
Video sobre Carlos de Foucauld



CIUDAD MCY.-
El papa León XIV recordó que «ninguna guerra es santa», en un mensaje enviado a un foro con representantes de las principales religiones del mundo en Asís, Italia; al que no pudo acudir por su reciente operación, ya que los médicos le desaconsejaron el viaje en helicóptero a esa ciudad tras su operación por un tumor pulmonar.
«¡Debemos reconstruir la paz en todas partes, no preparar más guerras! ¡La guerra nunca puede librarse en nombre de Dios! (…) No existe ninguna guerra santa: ¡solo la paz es santa!», instó el sumo pontífice en un videomensaje.
Acto seguido, el papa León XIV sostuvo ante los asistentes que «en estos tiempos de cultura del poder» es necesario fomentar «el rechazo a la legitimación religiosa de la guerra». El papa apostó por que las religiones aboguen por «un espíritu de mediación y diálogo, una experiencia contemplativa y una acción creativa por un futuro de paz» en todo el mundo.
Dichas declaraciones las emitió en el foro Paz desarmada y desarmante organizado por la Comunidad de Sant’Egidio con motivo del 40.° aniversario de la histórica oración por la paz celebrada por Juan Pablo II.
La mencionada conferencia reunió a decenas de representantes religiosos católicos, judíos, musulmanes, budistas, cristianos ortodoxos, luteranos o sintoístas, así como a expertos en geopolítica, historiadores, sociólogos o políticos

«Los discípulos de Carlos de Foucauld están llamados, a causa de su vocación para la vida de Nazaret, a vivir periódicamente en el desierto, especialmente en ciertas ocasiones; por ejemplo en el transcurso de su formación, o a intervalos regulares durante su vida de Nazaret y también en la época de estancias más o menos prolongadas...» (Hno. René Voillaume, Por los caminos del mundo, Marova, Madrid 1973, 297)
En la línea que habla René Voillaume, os presento cinco libros, que abarcan los cinco temas pilares de la espiritualidad del hno. Carlos de Foucauld: 1. DESIERTO; 2. NAZARET; 3. EVANGELIO; 4. EUCARISTÍA y 5. EVANGELIZACIÓN.
Estos cinco libros, un libro por semana, abarcan los 40 días de desierto, número simbólico del tiempo de Jesús de Nazaret en el desierto. Se pueden utilizar para hacer las cinco semanas seguidas, para una semana de desierto sobre un tema del carisma e incluso para una sola jornada de desierto.
¿Cómo están estructurados?
Los cinco libros juntos incluyen todo el Salterio e Himnos del Antiguo Testamento más textos del Nuevo Testamento. Cada uno de estos cinco libros está dividido en dos partes: La primera, siguiendo el ritmo de cada una de las jornadas de desierto tiene Salmos ,Himnos, Textos del NT y textos de la Familia Foucauld o Padres del Desierto, sobre cada uno de los temas. La segunda parte del libro, también para cada momento de la Jornada de desierto, se acompaña con un texto del hno. Carlos de Foucauld.
Aquí os dejo información de cada uno de estos libros, con la confianza de que os puedan ser útiles en estos momentos tan importantes con el encuentro con el Señor Jesús.



Según informó este martes la familia encargada de dicho proyecto a EFE, durante el encuentro, llevado a cabo días atrás en Fanar, se habló -entre otros temas- sobre la misión interreligiosa y el diálogo entre religiones.
Asimismo, apuntó que el patriarca agradeció la construcción del símbolo gigante y pidió que se avance en la del jardín interreligioso con más plantas y más flores.
El octubre de 2025, el símbolo de paz fue inaugurado en Villa Serrana.
En una zona turística y rural de la mencionada localidad, quienes visitan el simbólico lugar encuentran un jardín colectivo dentro de una circunferencia de piedra de más de veinte mil metros cuadrados, dividida en cuatro partes iguales por una cruz gigante, que recuerda al cristianismo, al judaísmo y al islam; y que aspira a abrir una categoría en el Récord Guinness.
Allí, cada uno de los sectores tendrá la vegetación correspondiente a las distintas religiones: vid para el judaísmo, palmeras con dátiles para el islam y olivos para el cristianismo.
Con este símbolo, que sirve para “aprender y respetar” las religiones de otro, la familia uruguaya que lo construyó buscó agradecer al papa Francisco por haberlos casado en el Vaticano y por la recuperación de una de sus hijas, que sufrió una compleja enfermedad poco después de nacer.
De hecho, Francisco conoció y bendijo el proyecto durante un viaje llevado a cabo por parte de la familia al Vaticano en 2023.
La obra aspira a abrir la categoría de símbolo de paz interreligioso más grande del mundo en el Récord Guinness.

por Alba Martorell Cid
CLAVES:
Entre los numerosos lugares sagrados que se reparten por la India, hay un destino de peregrinación que destaca por su exigencia física y por su profundo simbolismo religioso: el Chota Char Dham, un recorrido por cuatro grandes santuarios en el Himalaya.
Situado en el estado de Uttarakhand, en el norte de la India, este itinerario conduce a los templos de Yamunotri, Gangotri, Kedarnath y Badrinath, enclavados entre valles profundos, ríos glaciares y cumbres que superan los 6.000 metros de altitud.
Para Dvarka Dasa, de la comunidad Iskcon Barcelona –un templo Hare Krishna–, el peregrinaje, que se llama tirthayatra en sánscrito, es “una de las actividades religiosas más populares y fundamentales del hinduismo”. No es solo un desplazamiento físico, sino “una búsqueda de descubrimiento espiritual en lugares cargados de una presencia divina especial”. Los peregrinos acuden para purificar el karma, cumplir un voto, dar gracias, pedir un favor o avanzar en su camino interior.
Donde lo divino y lo humano se encuentran
El hinduismo no establece una obligación universal de peregrinar, pero los textos sagrados y la tradición otorgan un gran valor espiritual a los tirtha, los lugares donde el mundo humano y lo divino se encuentran. Visitarlos permite acumular mérito espiritual (punya), expresar la devoción (bhakti) y profundizar en la relación individual con la divinidad.
Dasa explica que la misma palabra tirtha significa literalmente “vado” o “punto de cruce”. Es decir, un espacio donde el mundo cotidiano entra en contacto con lo sagrado y desde donde el fiel puede acercarse más fácilmente a lo divino. “Emprender un tirthayatra es un acto devocional profundo cargado de propósitos purificadores y transformadores”, resume.
Según el investigador, un lugar se convierte en destino de peregrinación porque es percibido como un espacio donde la presencia divina se manifiesta de una manera particular. Algunos son venerados porque allí ocurrieron episodios de la vida de los dioses; otros, porque albergan ríos, montañas u objetos considerados sagrados. “En la tradición hindú, los lugares de peregrinación no se inventan, sino que se descubren a partir de una manifestación divina previa”, señala.
Durante el camino, muchos fieles adoptan prácticas propias de los ascetas: ayunan, caminan descalzos, practican el celibato temporal o realizan largas circunvalaciones (parikrama) alrededor de los santuarios. Todo esto forma parte de un proceso de disciplina interior que, según Dasa, “ayuda al creyente a cultivar el desapego, la perseverancia y la comunión con la divinidad”.
Yamunotri, el nacimiento espiritual del Yamuna
El primer destino de este gran peregrinaje es Yamunotri, dedicado a la diosa Yamuna, personificación del río del mismo nombre. Aunque el nacimiento geográfico de sus aguas se encuentra en un glaciar situado más arriba, este templo es considerado su origen espiritual. Quienes llegan allí le ofrecen flores, encienden lámparas de aceite y aprovechan las aguas termales de la zona para preparar ofrendas o realizar baños rituales. Para los fieles, el Yamuna simboliza la pureza y la protección ante la muerte.
Gangotri, las fuentes del Ganges
La segunda etapa conduce a Gangotri, dedicado a la diosa Ganga, personificación del río Ganges. Es el río más sagrado del hinduismo y sus aguas son consideradas purificadoras. Según la tradición hindú, fue aquí donde la diosa descendió del cielo hasta la Tierra gracias a la intervención del dios Shiva, que amortiguó su fuerza recogiendo sus aguas entre sus cabellos. Aunque el glaciar de Gaumukh, situado unos kilómetros más arriba, es el nacimiento físico del río, Gangotri es el gran centro de devoción.
La purificación es, precisamente, una de las motivaciones principales de los peregrinajes hindúes. Dasa explica que bañarse en aguas sagradas es considerado “una manera poderosa de lavar los pecados y el karma acumulado en esta vida y las anteriores”. Pero el baño ritual no es el único objetivo, a veces también se busca simplemente obtener darsana, es decir, la visión auspiciosa de la deidad.
Kedarnath, el templo de Shiva
Después de venerar los ríos sagrados, el peregrinaje continúa hacia Kedarnath, un templo dedicado al dios Shiva. Situado a más de 3.500 metros de altitud, es también uno de los doce jyotirlinga, los santuarios que manifiestan la presencia más poderosa de esta divinidad. Es la etapa más exigente del recorrido. El acceso requiere una larga caminata de montaña -aunque hoy también es posible llegar en helicóptero- y solo se puede visitar durante los meses en que la nieve permite abrir los caminos.
En este sentido, el esfuerzo físico forma parte de la experiencia religiosa. Dasa recuerda que esta exigencia no es casual: “El viaje mismo es una forma de austeridad y sacrificio personal”, afirma. El objetivo no es solo llegar al templo, sino dejar que el camino transforme al peregrino, tanto física como espiritualmente.
Una peregrinación de comunidad
No hay ningún precepto religioso que obligue a completar el Chota Char Dham ni tampoco un número determinado de veces que deba hacerse. Todo depende de la devoción, la salud y las posibilidades de cada persona. Sin embargo, muchos hindúes aspiran a realizarlo al menos una vez en la vida. Puede hacerse individualmente, en familia o con grupos organizados por templos, asociaciones religiosas o agencias especializadas. La mayoría de fieles optan por ir acompañados, tanto por su carácter comunitario como por las dificultades que presenta la alta montaña.
Para Dvarka, esta dimensión colectiva es inseparable del significado del peregrinaje: “Al viajar por estos puntos, los hindúes de diversas regiones y lenguas descubren un hilo común de fe, lo que genera un fuerte sentido de parentesco nacional y espiritual”. Es habitual que compartan comida, se ayuden en los tramos más difíciles y establezcan vínculos que convierten el trayecto en una experiencia de solidaridad y fraternidad.
Entre la tradición y la modernidad
Debido a las duras condiciones climáticas del Himalaya, los cuatro templos solo permanecen abiertos aproximadamente entre finales de abril o principios de mayo y los meses de octubre o noviembre. Durante el invierno, la nieve cubre los accesos y las imágenes de las divinidades son trasladadas a santuarios situados a menor altitud, donde continúan recibiendo culto hasta la primavera.
En las últimas décadas, sin embargo, la manera de peregrinar también ha cambiado. Las nuevas infraestructuras han facilitado accesos que antiguamente requerían largas caminatas o semanas de viaje. Carreteras, autobuses y trenes permiten hoy que personas mayores o con dificultades físicas también puedan completar el recorrido.
Según Dasa, esta transformación no ha alterado los objetivos espirituales del peregrinaje, pero sí la manera de vivirlo: “El esfuerzo físico continúa considerándose meritorio, pero muchos peregrinos optan por las facilidades modernas”, explica.
Esta opción no ha estado exenta de críticas. El investigador recuerda que Mahatma Gandhi ya advertía de los riesgos de una excesiva comodidad: “Cuando los antiguos maestros caminaban hasta los lugares sagrados lo hacían por el bien de la humanidad”, escribía Gandhi, mientras lamentaba que los medios de transporte modernos pudieran convertir las ciudades santas en espacios demasiado alejados del esfuerzo espiritual que las había caracterizado. No obstante, señala Dasa que la mayoría de los fieles interpretan estas mejoras “como una manera de que la divinidad se haga más accesible a sus devotos en el mundo contemporáneo”.
Más allá del Himalaya
Este peregrinaje de los “cuatro pequeños santuarios” del Himalaya no debe confundirse con el Char Dham tradicional, establecido por el filósofo Adi Shankaracharya en el siglo VIII, que une los grandes santuarios de Badrinath, Dwarka, Puri y Rameswaram. Situados en los cuatro extremos de la India, estos centros definen simbólicamente la geografía sagrada del país y continúan siendo uno de los grandes referentes de la devoción hindú.
Pero el mapa espiritual del hinduismo es mucho más amplio. Dvarka recuerda que las llamadas “Siete Ciudades Santas” (Sapta Puri) -entre las que se encuentran Varanasi, Ayodhya, Mathura, Haridwar, Ujjain, Kanchipuram y Dwarka- ocupan un lugar central en la tradición porque se considera que pueden conducir al fiel hacia el moksha, la liberación definitiva del ciclo de las reencarnaciones.
A estos santuarios se suman otros grandes centros de devoción como Tirupati, dedicado a Venkateshwara -una forma de Vishnu- y considerado el templo más rico de la India; Vrindavan, profundamente vinculado a la infancia de Krishna; Rishikesh, conocida como la puerta de entrada a los santuarios himalayos y referente internacional del yoga; o Prayagraj, donde confluyen el Ganges, el Yamuna y el mítico Saraswati, donde se celebra la multitudinaria Kumbh Mela, considerada la reunión religiosa más grande del mundo.
Esta extraordinaria densidad de lugares sagrados pone de manifiesto que el peregrinaje sigue ocupando un lugar central en la religiosidad hindú contemporánea. Entre ríos sagrados y templos milenarios, encabezados por los imponentes paisajes del Himalaya, el Chota Char Dham recuerda a los valientes que lo emprenden que, en el camino hacia lo divino, no se miden solo los kilómetros, sino también el esfuerzo dedicado a la transformación interior.
AUTORA:
Alba Martorell Cid (Tortosa, 1996). Graduada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF). FUENTE: https://www.catalunyareligio.cat/

Si somos humanos y cristianos, en muchos momentos nos sentiremos preocupados y angustiados por la situación económica y social de nuestra gente, de nuestro pueblo, por la pobreza y la marginación de muchos hermanos y hermanas… Y nuestros ojos se vuelven a María como la Madre que convoca y acompaña el caminar de sus hijos; como la Mujer fuerte que sostiene nuestra esperanza; como la primera cristiana que nos muestra el camino de la fidelidad y la solidaridad… Dediquemos nuestra reflexión a pensar en María como la mujer de su pueblo, entonces, y como la Madre de nuestro pueblo, hoy.
María aceptó y vivió su realidad
No nos es muy fácil imaginarnos la vida de una mujer judía del tiempo de María. Quizás algunos de nosotros tengamos que hacer un esfuerzo para despojar a María de atributos extraordinarios y de nubes de ángeles volando a su alrededor… Para no pensar en María viviendo en permanente éxtasis o provocando milagros a cada paso… No. La vida de María fue la vida de una mujer normal de su época. Y la «normalidad» de aquel momento y de aquella cultura era dura para una mujer. Tenía que ocuparse de las tareas de la casa que eran tediosas, rutinarias y absorbentes: limpiar, lavar, amasar el pan, acarrear el agua y la leña, cocinar, tejer, atender a los hijos y a los ancianos… Y muchas veces acompañar los trabajos de su esposo, cuidando animales, sembrando o cosechando… Y todo esto en un contexto machista en el que la mujer tenía pocos derechos, privilegios y participación civil.
María asumió esta realidad con naturalidad, serenidad y fortaleza. Con muchas preguntas y muchos anhelos en su corazón. Dejando crecer en su reflexión la conciencia de dignidad y libertad que Dios quiere para todos sus hijos. Y tratando de vivir y de trasmitir esa dignidad y esa libertad. Pero aceptando sus condiciones de vida y creyendo que con el trabajo responsable, la alegría y la actividad solícita por los suyos, cumplía la voluntad de Dios y hacía más llevadera la vida de su familia y sus vecinos.
El ejemplo de María nos puede ayudar a lograr el equilibrio entre la aceptación serena de la realidad y la lucha por mejorar esa misma realidad. Ni el conformismo resignado ni el idealismo utópico son caminos de crecimiento, de maduración y de superación de las rutinas y condicionamientos históricos. Los ideales deben empujarnos siempre a mejorar las cosas y el realismo sereno debe ayudarnos siempre a aceptar lo que -por ahora- no se puede cambiar.
María y la historia de su pueblo
María es la mujer de su pueblo porque comparte sus temores y sus frustraciones, sus ilusiones y sus esperanzas de un futuro mejor, su orgullo nacionalista y su rebeldía digna ante los imperios dominadores. Como su pueblo, María lleva en sí la huella de una historia difícil y de un futuro incierto, del fracaso y de la esperanza, de la sombra colectiva de la infidelidad a Dios y del orgullo de haber sido el pueblo elegido como porción de Yahvéh.
María, junto a su pueblo, aprendió que los poderosos a menudo oprimen a los débiles y que las autoridades no siempre se preocupan por el bien común. Que las promesas y discursos son muchas veces palabras vacías y que los derechos y la situación de los más pobres se niegan o se postergan sistemáticamente. Que el afán de poder y la ambición empañan mentes y conciencias y que muchos se tapan los ojos o se callan por miedo o para evitar problemas.
Y María sufre por todo ello. Sufre al comprobar la marginación de muchos hombres y mujeres. Sufre por la violencia, por la mentira y la injusticia. Está muy segura de que nada de ello tiene que ver con la voluntad de Yahvéh ni es consecuencia de pecados pasados. Tiene claro que son la responsabilidad personal y la libertad los factores que generan bienestar o pobreza, participación o marginación. Y mira a todos con cariño y respeto. Y trata a todos con simpatía y deferencia. Y se brinda a todos con generosidad y sencillez.
¡Qué actual nos resulta esta imagen de María cuando miramos la situación de nuestro pueblo! ¡Cuántos anhelos y esperanzas frustradas! ¡Cuánta impotencia y dolor! ¡Qué desafío concreto y fuerte para nuestra conciencia de ciudadanos y de cristianos! Es muy fácil entregarse a la crítica amarga, a la protesta verbal, a la búsqueda de responsables. Pero nada de esto construye. Sólo la fortaleza, el compromiso concreto, el servicio humilde y eficaz, la «imaginación de la caridad» (de la que nos hablaba Juan Pablo II) son caminos válidos.
María solidaria con los pobres y los humildes
María es la mujer de su pueblo porque se siente cercana a los pobres, a los olvidados, a los enfermos… ¡Qué evidente se nos hace la figura de María solícita y servicial, atendiendo a sus hermanos marginados, sensible a la soledad y a la tristeza, llevando a todos una palabra de consuelo, una sonrisa de esperanza, un gesto de servicio! En María empieza a brillar la aurora de un Dios defensor de la causa de los pobres, justo con los que han sufrido la injusticia, rico con los que sufren el peso de su pobreza. El cántico de María no es sólo alabanza al Dios poderoso que se fija en su servidora. Es anuncio profético del Proyecto de Dios, es denuncia del pecado de los egoístas y satisfechos, es anhelo de un mundo distinto en el que la dignidad reconocida, la justicia y la atención al pequeño se abran paso y generen una sociedad solidaria y fraterna.
Así es María. La María de Belén y de Cana, la María perseguida por causa de su hijo, emigrante y refugiada en Egipto, la María viuda y sola que lucha y consuela a otras mujeres abandonadas, la María presente junto a la cruz de Jesús y a las cruces de todos sus hijos, la María que sostiene la esperanza de los primeros discípulos…
María puede iluminar y fortalecer nuestros esfuerzos por la justicia y por la paz, nuestras denuncias de un sistema económico injusto, de una exclusión creciente y de una globalización que sólo favorece a unos pocos. María da sentido a la lucha diaria y a los pequeños gestos de ayuda y de servicio. María acompaña y sostiene las iniciativas de tantos grupos que trabajan por el pan, el trabajo y la dignidad de hermanos necesitados y marginados. En María la lucha por la dignidad de cada hombre y mujer se hace realidad, el esfuerzo por la justicia se abre camino, la construcción de un mundo fraterno y en paz comienza ser cierta y firme.
¡María, Madre de nuestro pueblo: ruega por nosotros!
Manuel Madueño, SM
Oración A María, Mujer De Su Pueblo
Virgen María, mujer sencilla de tu pueblo:
Hoy queremos contemplarte en silencio,
en tu vida de todos los días, junto a los tuyos.
Y, a través de tus gestos, palabras y acciones, entrar en tu corazón,
para descubrir y admirar en él tu serenidad, tu fe, tu humildad y tu fortaleza.
Ayúdanos a superar nuestras rutinas superficiales y nuestros conformismos egoístas.
Enséñanos a vivir cada día con realismo, dignidad, responsabilidad y fe.
Haz que salgamos de nuestros individualismos y evasiones
para sentirnos miembros y protagonistas de la historia de nuestro pueblo.
Danos respeto a la dignidad de cada uno, sensibilidad a sus problemas y deseos,
valor para participar en tantos reclamos justos,
coraje y constancia para luchar por el bien común.
María de nuestro pueblo, mujer fuerte y solidaria:
Enséñanos especialmente a estar cerca de nuestros hermanos más pobres
para servirles como tú y Jesús lo hicieron
y hacer así más presente el Reino de Dios.
Amén.
Comparte FeAdulta

El Concilio Vaticano II fue uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX, no solo para la Iglesia Católica sino que para el mundo en general, debido a su impacto e influencia en diversas esferas sociales, culturales y poli?ticas en una década de fuertes cambios.
En la oportunidad, se efectuó un profundo debate en materia doctrinal y pastoral entre obispos con diferentes visiones sobre la Iglesia. El dia?logo, la apertura y la actualizacio?n fueron los conceptos dominantes. El resultado fue una serie de cambios sustanciales como el acercamiento con otras religiones, la voluntad de acrecentar la presencia de la Iglesia en los medios de comunicacio?n para anunciar el Evangelio al mundo moderno y reforzar el papel de los laicos en la iglesia.
La decana de la Facultad Eclesiástica de Teología, Loreto Moya, expresó que el Concilio Vaticano II fue una buena noticia para la Iglesia de la época, pues nos invitó a un «aggiornamento» o renovación en un proceso donde los padres conciliares se reunieron en diversas sesiones para reflexionar sobre la Iglesia como también la relación de ella con el mundo.
«El Papa Juan XXIII usó la metáfora del aggiornamento abriendo las ventanas de la Iglesia para que entre el espíritu. Dentro de los aspectos que vale destacar de este cambio que significó el Concilio Vaticano II es una Iglesia que se abre al diálogo con el mundo, donde se reconoce que en él hay presencia de Dios. El Concilio a través de la Constitución Gaudium et Spes nos invita a ser capaces de reconocer en la historia de la humanidad los signos de Dios. Ese es un concepto que nos permite entender que hay que mirar a los otros con los ojos de Dios para descubrir cómo actúa en la historia»
Otro aspecto a destacar es que se pudo restablecer el diálogo ecuménico, donde se llama a la unidad respetando a la diversidad. «En el Concilio se reconoce que en las otras religiones también está Dios y se favorece el diálogo ecuménico e interreligioso. Es una iglesia que se mira a sí misma sobre su estructura y misión, el para qué de la iglesia, lo que fue una pregunta fundamental», indicó la decana.
Sobre el rol de los laicos, el Concilio Vaticano II les dio un mayor protagonismo en el anuncio del Evangelio, lo que fue una novedad y que se percibe hasta hoy en día. Es una Iglesia que es capaz de mirar la tradición y desde allí proyectar el futuro.
En ese sentido, el Profesor Emérito de la Escuela de Derecho, Carlos Salinas, recordó que el Concilio Vaticano II significó «poner a la Iglesia a la altura de los tiempos modernos, pero sin desconectarse de su historia, en directa continuidad con ella, a pesar de algunas visiones que ha pretendido plantearlo como una ruptura con lo anterior. Un Concilio no se implementa de un día para otro, por lo que su puesta en práctica todavía sigue adelante y en esa tarea está empeñado el Papa Francisco».
Si bien las circunstancias históricas de hoy son diversas a las que existían cuando se llevaron adelante los planteamientos eclesiológicos y doctrinales del Concilio Vaticano II, éstos siguen teniendo plena vigencia, advierte Salinas. «Pienso en el reconocimiento de la tarea de los laicos en la Iglesia y el rol de la mujer o el reconocimiento del derecho de libertad religiosa. Algunas decisiones importantes del Papa Francisco no podrían estar tomándose sin estos pasos previos. Tres ejemplos: el proceso sinodal que está llevando adelante, la incorporación de los laicos y las mujeres en las tareas de gobierno de la Iglesia y el diálogo con otras confesiones«, añadió.
El Doctor Honoris Causa y ex Vice Gran Canciller de la PUCV, Padre Jorge Sapunar reflexionó sobre el impacto del Concilio Vaticano II en nuestro país. «El Episcopado chileno comenzó desde Roma en la última sesión a pensar cómo aplicar estas medidas a la realidad nuestra. Posteriormente, en Puebla (México) con el Papa Juan Pablo II se reunieron representantes de los obispos de toda América Latina y allí se conversó sobre la aplicación de los documentos a las entidades locales«, añadió.
«Lo más valioso del Concilio Vaticano II fue que comenzó un proceso que todavía se está desarrollando y ha adquirido distintas formas, de mayor participación del pueblo de Dios en discernir sobre lo que se debe hacer. Hoy se habla mucho de la sinodalidad, en que se busca una mayor participación de todo el pueblo de Dios«, expresó.
El Concilio Vaticano II promulgó diversos documentos, el último de los cuales se produjo cuando había concluido: el Código de Derecho Canónico de 1983, que el Papa Juan Pablo II denominó el Concilio puesto en cánones y el último documento conciliar. «Es el texto que rige la vida de los fieles en la actualidad, el que culmina con una frase que recoge toda la sabiduría conciliar y de la Iglesia: dichas normas han de tener siempre en cuenta la salus animarum, la salvación de las almas, que ha de ser siempre la ley suprema de la Iglesia», concluye el profesor Carlos Salinas.

Ésta es la pregunta que guía la reflexión de la comunidad joánica
Por Fra Bernat Folcrà, monje de Poblet y biblista
Ésta es la pregunta que guía la reflexión de la comunidad joánica ante la desaparición del Templo físico de Jerusalén y la ausencia del Jesús histórico. En los primeros tiempos, los discípulos descubrieron que su propia humanidad se convertía en el nuevo espacio de presencia divina. Al unirse a Jesús, el Hijo, a través de la Eucaristía, experimentaban la misma intimidad con el Padre: también ellos eran hijos e hijas acogidos en su casa.
El evangelio de san Juan establece una clara continuidad entre la vida terrenal de Jesús y la vida presente del Resucitado en la comunidad. El Templo actúa como metáfora de esa conexión. Así como el Templo simbolizaba la misión y naturaleza de Jesús, también expresa la identidad y la misión de la comunidad cristiana. Cuando el monte del Templo es destruido y la sinagoga deja de ser accesible, los creyentes no lo viven como una pérdida: sus tradiciones encuentran su desempeño en la nueva experiencia de comunión con Dios.
«Dios habita entre nosotros» (Jn 1,14). Ésta es la Buena Nueva que sustenta la fe joánica: ya no hace falta mirar con añoranza el pasado del tabernáculo ni la experiencia inmediata del Jesús histórico. El nuevo Templo está vivo y presente en la comunidad, donde los fieles, incorporados por el agua y el Espíritu (el Bautismo), comparten la relación filial de Jesús con el Padre. San Agustín lo expresa así: «El Templo de Dios es sagrado, y este Templo sois vosotros mismos.» En el Hijo, nosotros somos la nueva casa del Padre, el espacio donde Dios sigue habitando en el mundo.
Unas bienaventuranzas cantadas para reflexionar…, preciosas que te llenarán el alma.

En la evangelización, lo que a ojos humanos parece una vida estéril puede ser, con el paso del tiempo, la semilla de una cosecha que otros recogerán

©OMP
Les voy a contar la historia de un misionero fracasado. Se llamaba Carlos. Fue militar y explorador. Tras su conversión, se retiró al desierto del Sahara a vivir entre los tuaregs. Hasta su muerte no convenció a uno solo y ni siquiera murió mártir, sino por un disparo de un atracador asustado.
Otro: Pedro. Este era marista y con 33 años se embarcó rumbo a Oceanía para comenzar una misión. Tras años en la isla de Futuna para conocer mínimamente la lengua local y ser aceptado por los nativos, cuando consiguió transmitir la fe a algunos, fue asesinado por un sicario enviado por el rey, que temía perder su poder.
Otro: Juan. Sacerdote de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París. Enviado a Tonkín, en Vietnam, no pudo ejercer abiertamente su propósito evangelizador por culpa de un edicto que lo obligó a vivir en la clandestinidad. Fue de refugio en refugio hasta que lo capturaron, lo encerraron en una jaula durante semanas y lo decapitaron.
Las vidas de Carlos, Pedro o Juan, como las de muchos otros misioneros y misioneras a lo largo de los siglos, son historias de fracaso. Ninguno de ellos fundó una congregación, ni edificó un hospital, escuela u orfanato. Ninguno pudo ver la promoción humana ni el desarrollo social que lleva el Evangelio en la zona a la que fueron enviados. Para la mentalidad humana, que busca los resultados y los beneficios a corto plazo, sus vidas y sus muertes no fueron más que un fiasco.
Pero los tiempos de Dios no son los nuestros y aquellas aparentes derrotas se tornan en éxitos cuando tomamos perspectiva. Si pellizcamos la pantalla táctil de la historia, nos alejamos del foco de las cortas vidas de estos tres fracasados y empezamos a ver la cantidad de flores y árboles frutales que han brotado gracias al estiércol de estas biografías aparentemente estériles, entendemos que, de fracaso, nada.
El primero es San Carlos de Foucauld, cuya espiritualidad inspiró el surgimiento de numerosas congregaciones misioneras y movimientos laicales gracias a los cuales el Evangelio ha llegado y sigue llegando a millones de personas. El segundo es San Pedro Chanel. A los tres años de su martirio, todos los habitantes de la isla, impresionados por su testimonio, habían pedido recibir el bautismo y hoy es el patrono de Oceanía. El último es San Juan Teófano Venard, uno de los mártires del Vietnam, país considerado hoy como el motor del cristianismo en el continente y en el que la fe católica vive una auténtica primavera, con siete millones de fieles, a pesar del régimen comunista.
Traigo estas historias a colación por la celebración, este año, del centenario del Domingo Mundial de las Misiones, el popular Domund. Fue también una idea pequeña de una mujer pequeña, la seglar Pauline Jaricot que, con solo 23 años, pensó en ayudar a las misiones universales pidiendo donativos entre la gente más humilde. Aquella minúscula iniciativa, se convirtió luego en la Obra de la Propagación de la Fe, que llegaría luego al grado de Pontificia. La hoy beata no vio al papa Pío XI fijar la fecha, ni sabe que en estos 100 años de Domund, los territorios de misión han pasado de tener 9 a 346 millones de católicos o que, durante este siglo, se ha abierto una parroquia al día en aquellas tierras o que, de cero escuelas, se ha pasado a 125.000. Ella solo inició el proceso, prendió la llama, plantó la semilla.
Es uno de los principios fundamentales formulados por el papa Francisco en Evangelii Gaudium para la construcción de un pueblo: «El tiempo es superior al espacio». Con este principio nos llamaba a dejar de obsesionarnos con los resultados de nuestras acciones, con acaparar espacios físicos o de poder; y nos invitaba a esperar, a ser pacientes, a sembrar bases sólidas sobre las que otros seguirán construyendo. Este principio se puede aplicar a la organización política y social, a la educación de los hijos, a una acción caritativa, a la construcción de una catedral, a la propia vocación…
Las cosas verdaderamente grandes, como el Domund, no surgen de la noche a la mañana. Son fruto de gente consciente de su pequeñez, de la necesidad de contar con los demás y de la inmensa generosidad de Dios que actúa en lo escondido. En la vida del misionero o de cualquier cristiano de a pie, vienen los momentos de persecución, de dudas, de aparente sequedad o de falta de fertilidad, pero ese trigo sigue creciendo silenciosamente, entre la cizaña, confiado y sin miedo porque, ¡habrá mayor fracaso que el de todo un Dios en una cruz!
El autor Antonio Moreno Revista OMNES
Fuente: El fracaso de la evangelización