
Los datos externos de la vida de la Hermana Magdaleine (Hutin) se pueden resumir en tres etapas: su infancia y Juventud, su seguimiento de la espiritualidad de Carlos de Foucauld, y su actividad como Fundadora de las Hermanitas de Jesús.
Nace en París el 26 de abril de 1898. A causa de la guerra se educa también en España (San Sebastián) y en Italia (San Remo). De los veinte a los treinta años sufre una grave enfermedad de pleuritis. De 1928 a 1936 ejerce como directora de un Colegio en Nantes.
Atraída por la figura de Carlos de Foucauld, cuya primera biografía se publica en 1921 y ella conoce en la casa paterna, viaja a África y se establece cerca de Argel. En 1938 peregrina a la tumba de Carlos de Foucauld en El Golea y encuentra providencialmente a René Voillaume. Empieza una experiencia de vida religiosa para seguir las huellas del Hermano Carlos. Hace su noviciado con otra hermana en las Franciscanas Misioneras de María y redacta las Constituciones de la futura Congregación. El 8 de septiembre hace sus votos; una fecha que se considera como el principio de la nueva Congregación, y un mes mas tarde funda la primera fraternidad en pleno desierto, ba^o una tienda de nómadas, una de sus ilusiones de un nuevo estilo de vida religiosa. Propaga en Francia su ideal en los años siguientes, en medio de la guerra. En 1942 hace los votos perpetuos. En 1944 llega a Roma y obtiene la primera audiencia con el Papa Pío XII, que apoya su ideal de vida. En 1946 percibe la vocación universal de las Pequeñas Hermanas de Jesús y su inserción en medios pobres, superando la total dedicación inicial al Islam que parecía ser la inspiración exclusiva de Carlos de Foucauld.
En los años que siguen, después de la segunda guerra mundial, la Hermanita Magdaleine da un impulso universal a la Congregación que en 1947 es aprobada por el Obispo de Aix-en-Provence. Ya en 1949 deja el gobierno general de la Congregación, pero sigue siendo la animadora de la expansión universal con fundaciones de fraternidades obreras, entre los gitanos y los pastores. Con intuición profética extiende las Fundaciones en contacto con las Iglesias orientales católicas y ortodoxas en el Líbano; más tarde se extienden las fundaciones por América del Norte y del Sur. Viaja mucho y penetra en las naciones que entonces están todavía bajo el régimen comunista, tras el telón de acero, tanto en Europa como en Asia. Quiere llegar a los cinco continentes y llega de hecho a los confines de Rusia y de China. Es un momento de expansión y de crecimiento de la Congregación. La Hermana Magdeleine mira con simpatía los países del Este europeo. En 1964, la Congregación recibe el reconocimiento de derecho pontificio y pasa a depender de la Congregación de Religiosos, mientras anteriormente dependía, por los vínculos estrechados con algunas Iglesias del medio Oriente, de la Congregación para las Iglesias Orientales. En 1963 nacen las Hermanitas del Evangelio; se funda en 1970 la primera fraternidad ecuménica en Suiza y se aprueban definitivamente las Constituciones adaptadas al nuevo Código de Derecho Canónico en 1988. A la muerte de la Fundadora, en 1989, la Congregación cuenta con 1.350 hermanas y esta ya extendida en 65 naciones.
Hay una línea providencial que es el hilo de oro de la historia de la Hermana Magdeleine. Está marcada por la piedad de la familia y las muertes, enfermedades y contradicciones que vive en su familia desde la juventud, pruebas que la van curtiendo en el amor a los pobres y también en su amor por África. El encuentro con la figura y espiritualidad de Carlos de Foucauld acaece en la propia familia, gracias a la devoción que su padre tiene por este aventurero del desierto cuya biografía y escritos suscitan un movimiento de fervor en Francia en los años que siguen a la muerte del Hermano Carlos, por mérito de sus grandes amigos y propagandistas L. Massignon y R. Bazin. Como un grano de trigo que muere en el desierto el 1° de diciembre de 1916, el Hermano Carlos de Jesús, sin dejar un discípulo, empieza a brotar por doquier el interés por su persona, su obra y su espiritualidad.
La Hermanita Magdeleine, madurada por Dios en la pobreza y en la enfermedad, obligada a buscar el clima de África, teniendo en el corazón el ideal de Carlos de Foucauld, se siente en Argelia como en su tierra prometida y empieza a ver a Jesús en los rostros de los niños árabes. Atraída especialmente por los nómadas del desierto, sueña con una vida religiosa que pueda vivirse bajo una tienda del desierto. Hay una fecha carismática en este tiempo. Es su encuentro con el misterio de Jesús, cuando percibe que la Virgen María se lo entrega. Un Niño que es «luz, ternura y amor», una presencia de encarnación que la marca profundamente y marca también el arte y la vida de las Hermanitas de Jesús. Tras el encuentro, junto a la tumba de Carlos de Foucauld, con R. Voillaume y el Obispo Gustave Nouet, Padre Blanco, Prefecto Apostólico del Sahara, que la invita a hacer un año de noviciado y redactar las leyes de la futura Congregación, Magdeleine, fiel a lo que siente como una inspiración de la Iglesia, se pone manos a la obra. Quiere fundar fraternidades muy sencillas, sin el peso de las estructuras de la vida monástica de entonces, siempre en camino, dedicadas principalmente a vivir en los países del Islam. Madura su mística de la encarnación, atraída por la presencia de Cristo y por la imitación del gesto mariano de entregar a los hombres y mujeres de este mundo al Niño Jesús, en el misterio de la pobreza y de la Encarnación. Lo vive, lo escribe, lo representa con diversas formas artísticas. Jesús será el nombre que ella misma asume cuando hace los votos el 8 de septiembre de 1939. Tras el sueño del desierto, las dificultades de la guerra y el afluir de vocaciones nuevas y generosas en Francia, atraídas por la novedad y sencillez de esta fraternidad que esta naciendo, recibe la aprobación de Pío XII en 1946, y se le abren nuevos horizontes. Se fundan las primeras fraternidades obreras entre los gitanos y los pastores en 1949. La Fundadora sueña a lo grande, en medio de la sencillez, y piensa en fraternidades que se establecen entre los judíos en Jerusalén, entre los leprosos en Camerún y Vietnam, en Japón, China, Moscú, Estambul. Y los sueños se van realizando. Siente la vocación de presencia entre las Iglesias orientales del Medio Oriente, entre los judíos y palestinos de la Tierra Santa, pero piensa también en África central, en América del Norte y del Sur; realiza fundaciones entre las tribus indígenas de Brasil, de Australia, entre los pobres de Sri Lanka, con los esquimales del Polo Norte. Se va realizando el sueño de una universalidad dentro de la sencillez de la presencia de encarnación, de la variedad de las culturas y de los ritos, de la búsqueda de los más pequeños, los despreciados. Todo con un talante a la vez hondamente contemplativo y concreta mente enraizado en el trabajo de los pobres, con y como los pobres. Poco a poco la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús, con el sentido universal y concreto de Magdaleine, se hace presente en los límites de lo humano y da sentido de presencia y amor al Evangelio de los pobres. Cruza con frecuencia el telón de acero y dilata dentro de sus posibilidades los horizontes de una presencia amiga, sencilla, eclesial, con un sentido de universalidad y de inculturación profunda, según el espíritu de Carlos de Foucauld. Vive y vibra por los grandes problemas de la justicia, de la paz, de la unidad de la Iglesia, con un amplio espíritu ecuménico.
La autora de la primera biografía de la Hermana Magdaleine, Angélica Daiker, ha intuido cómo sus caminos espirituales han estado marcados por las etapas de Jesús en el Evangelio. Belén son las raíces con el encuentro decisivo de la Hermana Magdaleine con el misterio de Jesús en el pesebre. Galilea son los caminos de universalidad. Nazaret el estilo de vida, la levadura en la masa de la vida cotidiana, el trabado sencillo de los obreros y obreras, la contemplación y la adoración por tos senderos del mundo, la amistad como estilo de comunión y la preocupación por la vida como lo que más acerca a lo que es más divino y humano. De aquí la novedad del estilo de las fraternidades. Betania es la oración contemplativa, en adoración de la Eucaristía. Jerusalén es la plenitud, con las pruebas y gozos que nunca faltan en la vida de los Fundadores y Fundadoras. Roma es como su patria espiritual, la unidad y el amor a la Iglesia, la prueba segura de su catolicidad más acendrada, la obediencia y la comunión con el Papa como garantía de esa universalidad que es amor a la Iglesia universal, sentido de las iglesias particulares, amor por la dimensión ecuménica y apostólica, sentido de inculturación.
Toda una aventura que es interpretación creativa y dinámica del cansina de Carlos de Foucauld, bajo la guía del Espíritu Santo. Desde su estilo y su originalidad, como trata de ilustrar la autora de esta biografía, la herencia espiritual de la Hermanita Magdeleine responde a muchos retos de la Iglesia de nuestro tiempo, desde lo hondo de lo que se vive, sin ruido, como presencia de contemplación y de amistad, de cercanía y testimonio. Con una abertura de horizontes y una aceleración de la historia que se manifiesta precisamente por la presencia en las fronteras de los diálogos y de las situaciones culturales de pobreza y de lejanía de la Iglesia, allí donde las Hermanitas son presencia eclesial y mañana que ofrece la presencia de Jesús Salvador, el Niño de Belén.
Por los caminos de la Hermanita Magdaleine se cruzan personajes de la historia espiritual del siglo XX, presencias, de amistad y de consejo sereno en los momentos difíciles. Entre estas presencias recordarnos a Pío XII, Pablo VI, Juan Pablo II, a Rene Voillaume, a Mons. Charles de Provencheres, al Cardenal Eugenio Tisserant. Pero también la Madre Teresa de Calcuta, el sacerdote ortodoxo Alexander Men, asesinado en Moscú, Roger Schütz, Prior de Taizé8.
La documentación fotográfica que nos presenta el libro nos ayuda a recorrer los caminos de la Hermana Magdaleine desde su infancia por Francia, Argelia, Camerún, Nazaret, Bélgica, Brasil, Alaska, Rusia, China.
En los últimos años de su vida, la Hermanita Magdaleine ha vivido en su retiro de Tre Fontane los acontecimientos de la Iglesia, ha tenido el gozo recibir a Juan Pablo II en su casa. Roma fué para ella una patria espiritual, como lo fue el Sahara, la cuna espiritual del cansina de Carlos de Foucauíd, pero siempre con el corazón y con los pies de peregrina y viajera en el mundo entero, como reza el título del más conocido de sus libros que narra sus experiencias fundacionales.
La pequeña Hermana Magdaleine es una mujer excepcional, testigo de nuestra historia espiritual del siglo XX, pero a la vez protagonista de una dilatación del corazón de la Iglesia por el mundo entero, con una presencia y una espiritualidad que llevan el sello de lo evangélico -ésta es la fascinadora dimensión espiritual de Carlos de Foucauld y de sus seguidores y discípulos- y acercan a la verdad de lo cristiano en sus más hondas raíces humanas y divinas. Una presencia evangélica que no se puede olvidar, ahora que nos dejamos fascinar demasiado por las presencias fuertes y avasalladoras y por los entusiasmos conservadores de última hora, como si con ellos empezara la Iglesia a ser presencia en la sociedad. La memoria histórica de los testigos auténticos del Evangelio es motivo de esperanza y garantía de autenticidad de la presencia constante del Espíritu en la Iglesia. Y el mensaje evangélico de la Hermanita Magdaleine es de tal calado que no podemos echarlo en olvido, por su universalidad y su profundidad espiritual.













