La importancia de los cantos de Taizé (Documental altamente recomendable)

La música de Taizé es fundamental para la comunidad ecuménica, actuando como un elemento clave que facilita la oración, la meditación y la unión entre personas de diversas culturas y denominaciones cristianas. Se caracteriza por ser una forma de oración cantada, centrada en la sencillez y la repetición, lo que permite una profunda interiorización de la fe. Oración en acción

Puntos clave sobre la importancia de la música de Taizé:

  • Carácter meditativo y repetitivo (Ostinato): Los cantos consisten en frases cortas, a menudo versículos de salmos o textos bíblicos, que se repiten una y otra vez (estilo ostinato). Esta repetición ayuda a interiorizar la realidad espiritual y a mantener la atención sin necesidad de seguir partituras complejas.
  • Fomento de la unidad y el ecumenismo: La música trasciende fronteras lingüísticas y confesionales, uniendo a personas de todas las confesiones y culturas en una misma oración, lo cual es central para la misión de Taizé.
  • Facilitador de la escucha y el silencio: Más que una simple actuación, la música en Taizé es un vehículo para la escucha de Dios, preparando el ambiente para el silencio contemplativo, que es una parte esencial de sus encuentros.
  • Accesibilidad y belleza: Diseñados para ser cantados por todos, los cantos combinan la simplicidad con la belleza, lo que permite que incluso aquellos sin formación musical profunda participen plenamente, creando un ambiente que evoca la reconciliación y la paz.
  • Experiencia espiritual para jóvenes: Es una forma de oración muy atractiva para las nuevas generaciones que peregrinan a Taizé, facilitando un encuentro personal con Dios a través de la armonía y la comunidad. Oración en acción

En resumen, la música de Taizé no es solo un acompañamiento litúrgico, sino una forma de vida que ayuda a vivir los valores de la comunidad: la reconciliación, la confianza, la alegría y la búsqueda de paz

En memoria del hermano Roger: Ejemplo de reconciliación aún vigente

La tumba del hermano Roger en el cementerio de la Comunidad de Taizé

Asesinado en 2005 durante la oración vespertina, el fundador de la comunidad monástica cristiana ecuménica internacional sigue siendo un ejemplo de paz y reconciliación. El prior, el hermano Matthew, declaró: «Nuestra comunidad se fundó durante la Segunda Guerra Mundial, y esto nos ha enseñado a estar cerca de todos los pueblos que sufren, como los de Ucrania y Tierra Santa».

Federico Piana – Ciudad del Vaticano

El mundo, desgarrado por guerras interminables como las de Ucrania y Tierra Santa, y desangrándose por conflictos olvidados como los de la República Democrática del Congo y Myanmar, aún necesita la figura y el mensaje de paz y unidad del Hermano Roger. Veinte años después de la muerte del fundador de la comunidad monástica cristiana ecuménica internacional de Taizé —asesinado el 16 de agosto de 2005 por una mujer perturbada que lo apuñaló durante la oración vespertina—, su actual sucesor, el Prior Hermano Matthew, señala cómo estas dos décadas de dolorosa ausencia han sido invaluables para profundizar y comprender mejor su visión de la humanidad y de la Iglesia: «Veía la comunidad eclesial como un misterio de comunión. A menudo decía que hay personas que ya viven la unidad en Cristo, que ponen en práctica la oración de Cristo: que todos sean uno. Y hoy este testimonio de reconciliación es esencial en un mundo dominado por el odio, la división y la violencia».  

Corazón y mente abiertos

Cuando el Hermano Roger llegó al pequeño pueblo francés de Taizé, enclavado en la región de Borgoña-Franco Condado, era 1940, en plena Segunda Guerra Mundial. Una situación que le recuerda al Hermano Matthew la situación actual, donde una tercera guerra mundial se libra a pedazos, como nos ha recordado repetidamente el Papa Francisco. «El Hermano Roger», relató el prior en una entrevista con los medios del Vaticano, «abrió su hogar a los refugiados judíos que se encontraban en una situación delicada y peligrosa. Y rezó con ellos. Nuestra comunidad se fundó en tiempos de guerra, y esto nos enseña a estar cerca de todos los pueblos que sufren, como los de Ucrania y Tierra Santa».  

Gestos de amor

Fue ese primer gesto de acogida y de compartir abierto el que puede considerarse uno de los primeros actos fundacionales de la comunidad, basado en tres pilares esenciales: ser una unión de cristianos de diferentes denominaciones, practicar la oración en común y acoger a los demás, especialmente a los jóvenes. Desde sus inicios hasta hoy, explica el hermano Matthew, «nos hemos esforzado por lograr una mayor corresponsabilidad, también gracias a los efectos positivos del reciente Sínodo sobre la sinodalidad. La escucha mutua siempre ha sido y sigue siendo fundamental para nosotros».

Escuchando a Dios

Para el hermano Roger, elegir quedarse en Taizé tras dejar Suiza, donde había vivido, fue una opción preferencial por los pobres: «Él, que no poseía nada», explica el prior, «escuchó la voz de una anciana muy pobre que le pidió que se quedara con ella en aquel pueblo asolado por la pobreza». Años después, el hermano Roger diría que esa voz era la voz de Dios, que lo llamaba a cosas más grandes.

La muerte del hermano Roger: ¿Por qué?



En muchos de los mensajes que recibimos el año pasado se comparaba la muerte del hermano Roger con las de Martin Luther King, Monseñor Romero o Gandhi. Con todo, no se puede negar que hubo una diferencia. Estos últimos se encontraban involucrados en un combate de origen político, ideológico, y fueron asesinados por sus adversarios, que no podían soportar sus opiniones ni su influencia.

Algunos dirán que es inútil buscar una explicación al asesinato del hermano Roger. El mal frustra siempre toda explicación. Un justo del Antiguo Testamento decía que lo odiaban «sin razón», y San Juan puso semejante afirmación en boca de Jesús: «Me odiaron sin causa».

Sin embargo, tratando al hermano Roger, hay un aspecto de su personalidad que me llamó siempre la atención, y me pregunto si ello no explica por qué fue agredido. El hermano Roger era un inocente. No porque no hubiera faltas en él. El inocente es alguien para quien las cosas son más evidentes e inmediatas que para los demás. Para el inocente la verdad es evidente. No depende de razonamientos. El hermano Roger la «veía», por así decirlo, y le costaba darse cuenta de que otros tuvieran una manera más laboriosa de ver las cosas. Para él, lo que él decía era simple y claro, y se asombraba de que otros no lo percibieran así. Se comprende fácilmente que, a menudo, el hermano Roger se encontrara desarmado o se sintiera vulnerable. No obstante, su inocencia, en general, no tenía nada de ingenuo. Para él, lo real no tiene la misma opacidad que para el resto. Él «veía a través».

Tomaré el ejemplo de la unidad de los cristianos. Para el hermano Roger era evidente que si esta unidad era querida por Cristo, tenía que poder ser vivida sin demora. Los argumentos que se le oponían tuvieron que parecerle artificiales. Para él, la unidad de los cristianos era ante todo una cuestión de reconciliación. Y en el fondo tenía razón, ya que nosotros, por el contrario, muy pocas veces nos preguntamos si estamos dispuestos a pagar el precio de la unidad. Una reconciliación que no nos afectara en nuestra propia carne, ¿merece llevar tal nombre?

Decían de él que no tenía un pensamiento teológico. Pero, ¿acaso no veía él mucho más claro que aquellos que decían eso? Los cristianos, desde hace siglos, han tenido la necesidad de justificar sus divisiones aumentando artificialmente lo que les oponía. Sin darse cuenta entraron en un proceso de rivalidad y la evidencia de dicho fenómeno se les ha ido de las manos. No han podido «ver a través». La unidad les parecía imposible.

El hermano Roger era un hombre realista. Tenía en cuenta aquello que quedaría irrealizable, sobre todo desde el punto de vista institucional. Pero él no podía detenerse en ello. Esa inocencia le daba una fuerza persuasiva muy particular, una especie de dulzura que no se daba nunca por vencida. Hasta el fin, vio la unidad de los cristianos como una cuestión de reconciliación. Y la reconciliación es un camino que cada cristiano puede hacer. Si todos lo realizaran de verdad, la unidad estaría muy cerca.

Había otro aspecto de esa manera de ver del hermano Roger en el cual se podía palpar todavía mejor su personalidad en toda su radicalidad: todo aquello que podía sembrar una duda sobre el amor de Dios le era insoportable. Aquí tocamos el tema de la comprensión inmediata de las cosas de Dios. No era un rechazo a reflexionar, sino que sentía muy fuerte en sí mismo que un cierto lenguaje que se considera correcto, por ejemplo sobre el amor de Dios, podría, en realidad, oscurecer lo que personas no prevenidas esperaban de este amor.

Si el hermano Roger insistió tanto sobre la bondad profunda de cada ser humano, habría que verlo con la misma óptica. No se hacía ilusiones acerca del mal. Por naturaleza, era más bien vulnerable. Pero tenía la certeza de que si Dios ama y perdona, significa que rechaza volver sobre el mal. Todo perdón verdadero despierta el fondo del corazón humano, este fondo que está hecho para la bondad.

Esta insistencia sobre la bondad impresionaba a Paul Ricoeur. Nos dijo un día en Taizé que era ahí donde él veía el sentido de la religión: «Liberar el fondo de bondad de los hombres, ir allí donde está totalmente oculta». En el pasado, algunas predicaciones cristianas recalcaban constantemente que la naturaleza humana era fundamentalmente mala. Se hacía para garantizar la pura gratuidad del perdón. Pero dicha prédica llevó a que mucha gente se alejara de la fe, incluso si escuchaban hablar del amor, tenían la impresión de que ese amor tenía reservas y que el perdón que se anunciaba no era total.

Lo más precioso de la herencia del hermano Roger se encuentra, quizás ahí: ese sentido del amor y del perdón, dos realidades que eran evidentes para él y que captaba con una inmediatez que, a menudo, se nos escapaba. En este campo era verdaderamente el inocente, siempre sencillo, desarmado, leyendo en el corazón de los demás, capaz de una extrema confianza. Su bellísima mirada lo transparentaba. Si él se sentía tan a gusto con los niños, era porque ellos vivían las cosas con la misma inmediatez; ellos no pueden protegerse ni pueden creer en algo que es complicado; sus corazones van directo hacia lo que les conmueve.

La duda no estaba jamás ausente en el hermano Roger. Por eso le gustaba tanto la frase: «¡No dejes que me hablen mis tinieblas!» Porque las tinieblas son las insinuaciones de la duda. Pero esta duda no tapaba la evidencia con la que él sentía el amor de Dios. Quizás, la duda, reclamaba un lenguaje que no dejase convivir ninguna ambigüedad. La evidencia de la que hablo no se sitúa a nivel intelectual, sino más profundamente, a nivel del corazón. Y, como todo lo que no puede ser protegido por fuertes razonamientos o certezas bien construidas, esta evidencia era necesariamente frágil.

En los evangelios, la simplicidad de Jesús incomoda. Algunos de los que le escuchaban se sentían cuestionados. Era como si los pensamientos de sus corazones hubieran sido develados. El lenguaje claro de Jesús y su manera de leer los corazones constituía, para ellos, una amenaza. Un hombre que no se deja atrapar por los conflictos aparece como peligroso para algunos. Este hombre fascina, pero la fascinación puede volverse fácilmente hostilidad.

El hermano Roger fascinó ciertamente por su inocencia, por su percepción de inmediatez, por su mirada. Creo que él vio en los ojos de algunos que la fascinación podía transformarse en desconfianza o en agresividad. Para alguien que lleva sobre sí mismo conflictos irresolubles, su inocencia debió volverse insoportable. No bastaba con insultar a este inocente. Hacia falta eliminarlo. El doctor Bernard de Senarclens escribió: «Si la luz es demasiado viva, y pienso que la que emanaba el hermano Roger podía encandilar, no siempre es fácil soportarla. Entonces no queda otra solución que apagar esa fuente luminosa suprimiéndola.»

Quise escribir esta reflexión porque me permite sacar a la luz un aspecto de la unidad de la vida del hermano Roger. Su muerte ha sellado misteriosamente lo que él siempre fue. Porque no lo mataron por una causa que él defendía. Lo mataron por lo que era.

Hermano François, de Taizé

«COMUNIDAD DE TAIZÉ» ECUMENISMO JÓVENES

Hermano Roger: la reconciliación es la primavera del alma Hace 105 años nacía Frère Roger, fundador de la Comunidad de Taizé, foco de ecumenismo. Su legado continúa inspirando a la juventud de hoy, que más allá de las fronteras y diferencias religiosas sigue en búsqueda de paz y reconciliación.

María Cecilia Mutual – Vatican New

Hoy se cumplen 105 años del nacimiento de frère Roger, fundador de la comunidad ecuménica de Taizé. Roger Louis Schutz nació el 12 de mayo de 1915 en Provenza, un país de la Suiza francófona. Hijo de un pastor protestante y biblista, el joven Roger, se graduó en Literatura y en Teología en Lausana. En 1940, Roger dejó su familia movido por el deseo de construir una “vida de comunidad en la que la reconciliación según el Evangelio, sería vivida en una realidad concreta” y se dirigió al país natal de su madre, Francia. En bicicleta, en el mes de agosto, llegó a Taizé, una aldea de la región de Borgoña y allí tuvo la intuición de fundar una comunidad que pudiera ofrecer una forma de fraternizar entre las personas, que la guerra y las religiones a menudo habían dividido dramáticamente. Así, en plena Segunda Guerra Mundial, empezaron a llegar a Taizè refugiados de todo el mundo, muchos judíos, y sobre todo jóvenes atraídos por la espiritualidad del fundador. La comunidad, signo de reconciliación y unidad de los cristianos “El ecumenismo es el intento de hacer visible la unión fraternal entre los bautizados, y esto sin humillar a nadie, sino con humildad”, afirmaba el minuto y frágil maestro. Hoy, hasta la colina de la pequeña ciudad del sur de Francia, llegan cada verano miles jóvenes de diversas Iglesias cristianas, para vivir una semana especial. La comunidad, tiene como vocación particular el acompañamiento espiritual de estos jóvenes a través de la formación, la oración y la meditación. Bajo la dirección desde 2005 del hermano Alois, sacerdote católico alemán, la Comunidad de Taizé organiza también encuentros internacionales en diferentes ciudades europeas a finales de cada año. Momentos de oración y canto Los momentos en Taizé están marcados por la oración comunitaria, tres veces al día. En la Iglesia de la Reconciliación, al final de la oración común, acompañada por cantos con un estilo musical que refleja la naturaleza meditativa de la comunidad, el Hermano Roger encontraba a menudo a los jóvenes. Perdón y misericordia Algunas semanas antes de morir asesinado por una persona desequilibrada, el 16 de agosto de 2005, el prior de Taizé escribió una carta: «Que Dios nos ama es una realidad a veces poco accesible. Pero cuando descubrimos que su amor es sobre todo perdón, nuestro corazón se calma y también se transforma». ¿Pero qué quiere decir amar? ¿Será quizás compartir los sufrimientos de los más maltratados? Sí, exactamente esto. ¿Será tener una infinita bondad de corazón y olvidarse de uno mismo por los demás, de forma desinteresada? Sí, ciertamente. Y de nuevo: ¿qué significa amar?

“Amar es perdonar, vivir como personas reconciliadas. Y reconciliarse es siempre una primavera del alma”

Palabras que recuerdan las del Papa Francisco y sus incesantes llamamientos al perdón y a la misericordia. La carta de Francisco a la Comunidad En el 2015, año de la celebración del 75° aniversario de fundación de la comunidad de Taizé, centenario del nacimiento del hermano Roger y 10° aniversario de su muerte, el Papa Francisco dirigió una carta a la Comunidad, en la que se lee: El hermano Roger comprendía a las nuevas generaciones; confiaba en ellos. Él hizo de Taizé un lugar de encuentro donde jóvenes de todo el mundo se sienten respetados y acompañados en su búsqueda espiritual. El hermano Roger amó a los pobres, a los olvidados, a quienes, aparentemente, no cuentan para nada; y testimonió, con su vida y con la de sus hermanos, que la oración va de la mano con la solidaridad humana.

La muerte del hermano Roger: ¿Por qué?

En muchos de los mensajes que recibimos el año pasado se comparaba la muerte del hermano Roger con las de Martin Luther King, Monseñor Romero o Gandhi. Con todo, no se puede negar que hubo una diferencia. Estos últimos se encontraban involucrados en un combate de origen político, ideológico, y fueron asesinados por sus adversarios, que no podían soportar sus opiniones ni su influencia.

Algunos dirán que es inútil buscar una explicación al asesinato del hermano Roger. El mal frustra siempre toda explicación. Un justo del Antiguo Testamento decía que lo odiaban «sin razón», y San Juan puso semejante afirmación en boca de Jesús: «Me odiaron sin causa».

Sin embargo, tratando al hermano Roger, hay un aspecto de su personalidad que me llamó siempre la atención, y me pregunto si ello no explica por qué fue agredido. El hermano Roger era un inocente. No porque no hubiera faltas en él. El inocente es alguien para quien las cosas son más evidentes e inmediatas que para los demás. Para el inocente la verdad es evidente. No depende de razonamientos. El hermano Roger la «veía», por así decirlo, y le costaba darse cuenta de que otros tuvieran una manera más laboriosa de ver las cosas. Para él, lo que él decía era simple y claro, y se asombraba de que otros no lo percibieran así. Se comprende fácilmente que, a menudo, el hermano Roger se encontrara desarmado o se sintiera vulnerable. No obstante, su inocencia, en general, no tenía nada de ingenuo. Para él, lo real no tiene la misma opacidad que para el resto. Él «veía a través».

Tomaré el ejemplo de la unidad de los cristianos. Para el hermano Roger era evidente que si esta unidad era querida por Cristo, tenía que poder ser vivida sin demora. Los argumentos que se le oponían tuvieron que parecerle artificiales. Para él, la unidad de los cristianos era ante todo una cuestión de reconciliación. Y en el fondo tenía razón, ya que nosotros, por el contrario, muy pocas veces nos preguntamos si estamos dispuestos a pagar el precio de la unidad. Una reconciliación que no nos afectara en nuestra propia carne, ¿merece llevar tal nombre?

Decían de él que no tenía un pensamiento teológico. Pero, ¿acaso no veía él mucho más claro que aquellos que decían eso? Los cristianos, desde hace siglos, han tenido la necesidad de justificar sus divisiones aumentando artificialmente lo que les oponía. Sin darse cuenta entraron en un proceso de rivalidad y la evidencia de dicho fenómeno se les ha ido de las manos. No han podido «ver a través». La unidad les parecía imposible.

El hermano Roger era un hombre realista. Tenía en cuenta aquello que quedaría irrealizable, sobre todo desde el punto de vista institucional. Pero él no podía detenerse en ello. Esa inocencia le daba una fuerza persuasiva muy particular, una especie de dulzura que no se daba nunca por vencida. Hasta el fin, vio la unidad de los cristianos como una cuestión de reconciliación. Y la reconciliación es un camino que cada cristiano puede hacer. Si todos lo realizaran de verdad, la unidad estaría muy cerca.

Había otro aspecto de esa manera de ver del hermano Roger en el cual se podía palpar todavía mejor su personalidad en toda su radicalidad: todo aquello que podía sembrar una duda sobre el amor de Dios le era insoportable. Aquí tocamos el tema de la comprensión inmediata de las cosas de Dios. No era un rechazo a reflexionar, sino que sentía muy fuerte en sí mismo que un cierto lenguaje que se considera correcto, por ejemplo sobre el amor de Dios, podría, en realidad, oscurecer lo que personas no prevenidas esperaban de este amor.

Si el hermano Roger insistió tanto sobre la bondad profunda de cada ser humano, habría que verlo con la misma óptica. No se hacía ilusiones acerca del mal. Por naturaleza, era más bien vulnerable. Pero tenía la certeza de que si Dios ama y perdona, significa que rechaza volver sobre el mal. Todo perdón verdadero despierta el fondo del corazón humano, este fondo que está hecho para la bondad.

Esta insistencia sobre la bondad impresionaba a Paul Ricoeur. Nos dijo un día en Taizé que era ahí donde él veía el sentido de la religión: «Liberar el fondo de bondad de los hombres, ir allí donde está totalmente oculta». En el pasado, algunas predicaciones cristianas recalcaban constantemente que la naturaleza humana era fundamentalmente mala. Se hacía para garantizar la pura gratuidad del perdón. Pero dicha prédica llevó a que mucha gente se alejara de la fe, incluso si escuchaban hablar del amor, tenían la impresión de que ese amor tenía reservas y que el perdón que se anunciaba no era total.

Lo más precioso de la herencia del hermano Roger se encuentra, quizás ahí: ese sentido del amor y del perdón, dos realidades que eran evidentes para él y que captaba con una inmediatez que, a menudo, se nos escapaba. En este campo era verdaderamente el inocente, siempre sencillo, desarmado, leyendo en el corazón de los demás, capaz de una extrema confianza. Su bellísima mirada lo transparentaba. Si él se sentía tan a gusto con los niños, era porque ellos vivían las cosas con la misma inmediatez; ellos no pueden protegerse ni pueden creer en algo que es complicado; sus corazones van directo hacia lo que les conmueve.

La duda no estaba jamás ausente en el hermano Roger. Por eso le gustaba tanto la frase: «¡No dejes que me hablen mis tinieblas!» Porque las tinieblas son las insinuaciones de la duda. Pero esta duda no tapaba la evidencia con la que él sentía el amor de Dios. Quizás, la duda, reclamaba un lenguaje que no dejase convivir ninguna ambigüedad. La evidencia de la que hablo no se sitúa a nivel intelectual, sino más profundamente, a nivel del corazón. Y, como todo lo que no puede ser protegido por fuertes razonamientos o certezas bien construidas, esta evidencia era necesariamente frágil.

En los evangelios, la simplicidad de Jesús incomoda. Algunos de los que le escuchaban se sentían cuestionados. Era como si los pensamientos de sus corazones hubieran sido develados. El lenguaje claro de Jesús y su manera de leer los corazones constituía, para ellos, una amenaza. Un hombre que no se deja atrapar por los conflictos aparece como peligroso para algunos. Este hombre fascina, pero la fascinación puede volverse fácilmente hostilidad.

El hermano Roger fascinó ciertamente por su inocencia, por su percepción de inmediatez, por su mirada. Creo que él vio en los ojos de algunos que la fascinación podía transformarse en desconfianza o en agresividad. Para alguien que lleva sobre sí mismo conflictos irresolubles, su inocencia debió volverse insoportable. No bastaba con insultar a este inocente. Hacia falta eliminarlo. El doctor Bernard de Senarclens escribió: «Si la luz es demasiado viva, y pienso que la que emanaba el hermano Roger podía encandilar, no siempre es fácil soportarla. Entonces no queda otra solución que apagar esa fuente luminosa suprimiéndola.»

Quise escribir esta reflexión porque me permite sacar a la luz un aspecto de la unidad de la vida del hermano Roger. Su muerte ha sellado misteriosamente lo que él siempre fue. Porque no lo mataron por una causa que él defendía. Lo mataron por lo que era.

hermano François, de Taizé