SE REÚNEN EN MI NOMBRE

Por su interés reproducimos la carta que envió el hno de Jesús Ventura Puigdomenech en 01/01/2021, que vive en la hermita creada por Carlos de Foucuauld en el Assekrem (Argelia)

ECLESALIA, .- «Os aseguro que si dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mt.18, 20). Como preparación de la Navidad hace tiempo que me propuse profundizar algún tema que me ayude a mejor visualizar este «Dios hecho carne viviendo en medio de nosotros» (Juan 1,14). Un Dios que desde su primera venida no ha dejado de sorprendernos viniendo allí donde no lo esperábamos: una cueva, un pueblo perdido, un pesebre… lo que no es sorpresa y sabemos bien, es que este año una vez más viene a compartir nuestras historias y sufrimientos: «no tenemos un Jesús incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que de manera parecida a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado y por ello, puede concedernos, la ayuda que necesitamos» (Hb 4, 15-16). ¿De qué va a disfrazarse este año pidiendo acogida?: ¿tomará el disfraz de un desplazado?; ¿el de un parado?; ¿el de un enfermo?; ¿el de un…?, ¡sabe Dios! ¿Sabremos reconocerlo? ¿Y si fuera el disfraz de un Dios ENFERMO que viene a compartir nuestras ‘Unidades de Cuidados Intensivos ‘(UCI)?

A nivel mundial estamos sufriendo un virus del que creíamos que su visita sería de corta duración y hay que rendirse a la evidencia; ya se comienza hablar de una posible tercera ola: ¿Y si escucháramos lo que este bicho, nos quiere decir?

Imagino vuestra reacción: «no por favor, ya estamos hartos de que nos hablen del Covid-19» ¡Lo comprendo!, sin embargo, no puedo dejar de deciros que la respuesta global que le estamos dando desde los niveles político, económico, social y también eclesial no me gusta nada. Cuando veo que la única preocupación desde estos estamentos, no es otra que la de «recuperar la nueva normalidad», sencillamente me digo: «¡no vamos bien!» La realidad es esta: en medio de la pandemia, al ver cómo la naturaleza retomaba sus espacios, la onda de solidaridad que todo ello despertó, etc… La mayoría de entre nosotros llenos de optimismo, nos decíamos: «nada será como antes» pero una vez deconfinados vemos que para una gran mayoría la única preocupación es el «volver a lo de antes»; el «volver a lo de siempre.»

Pero, decidme: ¿alguien puede aceptar como «normal» que a diario la gente se ahogue en el mar?; ¿que nos hayamos acostumbrado a hablar de un primer y de un cuarto mundo hasta el punto de que ya no son noticia ni el hambre, ni la muerte de niños por una simple diarrea? ¿Cómo vamos a terminar con la pandemia si hay países que acumulan entre 7 y 9 veces más sus dosis necesarias dejando de esta manera en la cuneta a multitud de países pobres que solo podrán vacunar uno de cada diez de sus habitantes? ¿Quién puede aceptar como «normal» el hecho de ver cómo la mentira, la corrupción y la difamación son moneda de cambio en nuestros Parlamentos?; ¿que en pleno siglo XXI se siga cerrando en prisión a personas por sus ideas o reivindicaciones? Más que «normal»: ¿no es «escandaloso» el hecho de ver que se emplea más tiempo en construir muros que en construir puentes o hospitales? ¿Encerrar a millones de desplazados en campos insalubres; dilapidar los impuestos del contribuyente en armas para preparar la guerra; matar nuestra ‘Madre Tierra’… y así, un largo etc.: ¿será esto «normal»? «¿Recuperar una nueva normalidad?» «¡No!, ¡no gracias!»

Con todo, me limitaré a hablar de los efectos de la pandemia sólo desde el nivel eclesial y como miembro activo que soy de esta iglesia me gustaría poder ayudar a la reflexión; esta es la única razón por la que me he decidido a hablaros de ello. Me hago una multitud de preguntas de las que intuyo algunas posibles salidas pero mi sueño es que juntos, desde una reflexión eclesial serena con todo el pueblo de Dios, encontremos las respuestas adecuadas que nos marquen el camino a recorrer.

Para empezar la reflexión, debo deciros que siento una gran pena cuando leo cosas parecidas a estas: «Nosotros tenemos la gracia, como curas que somos, de celebrar en este periodo de confinamiento”; o cuando en la plena primera ola del Coronavirus, en nombre de la «libertad religiosa», algunos de nuestros responsables reclamaban abrir los templos; o también cuando tímidamente nuestras iglesias empezaron de nuevo a abrir sus puertas y la gente aún traumatizada y con el miedo en el cuerpo, incrédula escuchaba a algunos obispos subrayar: «la obligación dominical», recordándonos «que la dispensa de no asistir a la misa dominical ya se había acabado». Mal andamos cuando reducimos la religión a lo permitido, lo prohibido o lo obligatorio… ¿no os parece?

Nos hemos acostumbrado a privilegios y exacciones. En esta salida gradual del confinamiento, no acabo de imaginarme qué hubiera pasado si en muchos de los países dichos católicos hubiéramos tenido que adoptar la medida que tomaron una gran mayoría de países musulmanes: mezquitas (iglesias) abiertas los días laborables y cerradas los viernes (domingos)… simplemente habríamos puesto el grito al cielo al comprobar lo que todos sabemos: nuestras iglesias, a pesar de tener sus puertas abiertas a lo largo de la semana, seguirían vacías y el día que podríamos tener gente: puertas cerradas!

¿Y si el Covid-19 nos regalara el poder hacer una nueva lectura de nuestras prácticas cultuales? El papa Francisco nos pide que “desconfinemos” a Jesús: «hoy Jesús llama desde dentro de la Iglesia para salir hacia afuera.» ¿Seremos capaces de abrirle de par en par las puertas?

Vivo en el Assekrem (Sur de Argelia), en pleno desierto del Sáhara, y mi fraternidad vecina de Tamanrasset (80 km.) desde el mes de marzo del 2019 no tiene sacerdote, eso significa pasar meses enteros sin eucaristía, pero, «por los frutos los conoceréis,» nos dice Jesús: ¿no será más importante ser eucaristía, pan y vino para tanta gente que reclama su presencia? ¿Quién puede poner en duda que mis hermanos son una verdadera fraternidad eucarística y samaritana? Otras fraternidades a lo largo del mundo a pesar de tener algún hermano sacerdote en casa, por solidaridad con el común de los fieles decidieron no celebrar ninguna eucaristía hasta que abrieran las parroquias.

Es un hecho que a lo largo de la pandemia, las misas se multiplicaron en las plataformas digitales. Yo mismo, estando solo como estaba, cada mañana me conectaba a las eucaristías que el papa Francisco celebraba en Santa Marta: cortas, sin adornos y con unas homilías que me alimentaban… pero, llegaba la hora de la comunión y debo deciros que sentía en mi interior un cierto desgarrón, como si algo estuviera fuera de lugar y chirriara, era cuando el papa nos invitaba a hacer la «comunión espiritual». Sentía malestar al ver cómo algunos como yo – curas y obispos – teníamos el privilegio de celebrar y comulgar, mientras que la gran mayoría era excluida. Este malestar aumentó aún en mí interior cuando recibí dos consultas en la misma dirección: la una venía de una amiga y la otra de una familia – debo aclarar que entre ellos no se conocían -. El hecho es que, ellos como yo, ponían el pan y el vino sobre la mesa, y en virtud del ‘sacerdocio común de los fieles’ a la hora en que el papa consagraba ellos también pronunciaban las palabras de la consagración y comulgaban: «¿Es válido?», me preguntaban… Ironías de la historia, Carlos de Foucauld pasó un largo tiempo sin poder celebrar la Eucaristía por falta de asamblea («me es muy duro pasar la Navidad sin misa,» escribía) no podemos olvidar que la Iglesia se mantuvo fiel durante siglos en muchos lugares a pesar de no tener clero, mientras que hoy, los sacerdotes podemos celebrar sin la comunidad, pero la comunidad (familia) para celebrar necesita de nosotros. ¿No habrá algo que no acabamos de hacer bien?

¿Y si esta pandemia fuera un punto de inflexión? ¿Y si nos decidiéramos a no perder el tren? Cada vez son más los teólogos, liturgistas, eclesiólogos, sociólogos, etc., que hacen reflexiones parecidas a estas: «… Viaja por Internet un chiste que explica bien lo que quiero expresar. Más o menos dice así: el Diablo, feliz, le dice a Dios: «Con el Covid te he cerrado todas las iglesias» y, a Dios de responderle: «Que va,, todo lo contrario, gracias al Covid abrí una iglesia en cada casa». Está claro que no quiero que las iglesias se cierren definitivamente; sin embargo, ¿de qué sirven las iglesias sin la iglesia de la fe vivida por cada cristiano, sin las «iglesias domésticas» en cada casa y familia? (…) Es urgente repensar lo que la Iglesia es realmente, ante todo el conjunto de todos los bautizados. la Iglesia primitiva, era «la Iglesia doméstica», que se reunía en una casa grande de algún cristiano o cristiana y el que presidía era el dueño o la señora de la casa donde celebraban la memoria de Jesús haciendo lo que él mandaba: dar la bendición y compartir el pan y el vino, recordándolo en acción de gracias, como significa la palabra Eucaristía (…) en este contexto, es urgente que el clero medite sobre su misión y su lugar en la Iglesia y en el mundo de hoy. Es necesaria una conversión radical, para que la Iglesia deje de ser clerical, piramidal y pase a ser participativa, en círculo, comunitaria, poniendo los carismas de cada uno al servicio de todos. Hombres o mujeres, casados o no, porque Jesús no impuso el celibato.” (Anselm Borges, teólogo portugués en Religión Digital del 05/08/2020).

Y yo no puedo evitar el hacerme más y más preguntas: Este largo tiempo de pandemia con su segunda ola incluida: ¿no podría ser una oportunidad que se nos brinda de poner las cosas en su sitio? No se trata de caer en la trampa del dualismo: ¿“iglesias domésticas” o “asambleas en el templo”?; ¿“con” o “sin” sacerdotes? Estoy convencido de que lo mejor sería acoger la inclusión: “el templo y las iglesias domésticas”; “con y sin sacerdotes”. Creo con toda el alma que esto podría dinamizar nuestra fe, nuestras liturgias a la vez, nuestra iglesia ganaría en credibilidad. El papa Francisco, denuncia a menudo el «clericalismo» como una de las grandes plagas de la iglesia de hoy: ¿Y si nos decidiéramos a ponerle remedio enriqueciéndola con la multitud de carismas que suscita el Espíritu y haciendo de nuestros encuentros un gran recinto participativo donde todos se sintieran co-responsables? Pienso que es demasiado pronto para responder a estas preguntas o similares… pero, sí que podríamos empezar a reflexionar: ¿no os parece? La realidad es esta: al menos aparentemente hemos vuelto a abrir las iglesias como si nada hubiera pasado y a imagen y semejanza del mundo político y económico, se diría que la única preocupación eclesial hoy no parece ser otra que la de poder recuperar la «normalidad.» Deseo que en un futuro no muy lejano, este hecho del Covid-19 despierte una reflexión eclesial seria, profunda y participativa del “qué” y del “cómo” celebramos y vivimos nuestras eucaristías.

Para terminar, deciros que no puedo ni quiero ignorar el gran sufrimiento que algunos de vosotros habéis vivido a lo largo de esos meses con pérdidas de seres queridos de la familia, del vecindario o cercanos: mi pésame y solidaridad más sinceros!; sin olvidar tampoco los que habéis perdido el trabajo, por culpa de ese Covid… pero, como dice el refrán popular, portador siempre de una gran sabiduría: «Mientras hay vida, hay esperanza”, y es lo último que podemos perder. Sí; no podemos de ninguna manera “desesperar” o sea: “dejar de esperar”, de confiar en que una nueva Iglesia, un mundo mejor y una vida personal renovada…son posibles. Todo dependerá de la respuesta que tú, yo y todos nosotros demos a lo largo de la post-pandemia.

¡Feliz Navidad a todos y a todas! Deseo con todo mi corazón que Jesús visite vuestras familias y hogares y, ya sabéis, para que eso sea posible: «con dos o tres reunidos en su nombre» es suficiente para que Él se haga presente. Nadie puede confinarle

Ventura Puigdoménech Boix: “En todas las comunidades cristianas falta relevo, pero en Argelia es muy extremo. Necesitamos más gente altruista”

El hermanito de Jesús vive desde hace más de 28 años en Argelia, en el desierto de piedra de Tamanràsset

El hermanito de Jesús Ventura Puigdomènech Boix, frente a la parroquia de Sant Bernat Calvó de Reus, en junio.3 de septiembre 2024    Macià Grau

El pasado mes de junio, la parroquia de San Bernardo Calvó de Reus acogió una charla del hermanito de Jesús Ventura Puigdomènech Boix, un cura hijo de los Hostalets de Balenyà que vive desde hace más de 28 años en Argelia. Aprovechando su visita temporal a Cataluña, hemos hablado con él para conocer cómo es la Iglesia en este país, donde cada año pasan miles de inmigrantes que quieren ir a Europa en busca de una vida mejor. Monje de la Trapa en el monasterio de la Oliva, Jesús Ventura conoció a los monjes mártires del monasterio de Tibhirine, hasta que finalmente entró en la fraternidad de los Hermanitos de Jesús, de Carlos de Foucauld. Como nos explica, su futuro pasa por Argelia, y aprovecha la entrevista para hacer una petición especial al semanario Catalunya Cristiana : “Acabemos de cerrar una comunidad, yo ahora vivo en Assekrem, en el desierto del Sáhara argelino, y sólo quedamos dos hermanos. En todas las comunidades cristianas falta relevo, pero en Argelia es mucho más extremo. Necesitamos que se dé a conocer nuestra situación, para que venga más gente altruista dispuesta a ayudar a los más necesitados”.

«Hay muchos inmigrantes subsaharianos que saben que somos cristianos y llaman a nuestra puerta», asegura el religioso.

LA ERMITA DEL ASEKREM

1º de diciembre 1911. El padre Foucauld acaba de cumplir 53 años. Dentro de cinco años exactos, el 1º de diciembre, terminará su vida, asesinado en Tamanrasset donde llegó el agosto de 1905.

              1º de diciembre 1911. Desde hace cinco meses, el padre Carlos de Foucauld habita en el Asekrem: “Estoy en la más bella soledad del mundo, una ermita en la cima de una montaña en el centro del macizo del Hoggar, a 2700 metros de altitud, rodeado de fantásticos picos de aguja rocosos, una decoración de fábula, de noche de fiesta. Es bellísimo!” ( a Mazel, 10 de julio 1911). “Es una bella soledad que amo muchísimo; en los alrededores hay muchos barrancos, que cuando llueve, se cubren de hierba perfumada, y rápidamente los Tuareg1 plantan sus tiendas para obtener la buena leche de las montañas” (a Gabriel Tourdes, 16 de junio 1911).

              La ermita es una pequeña casa construida sobre un plano de cinco metros de diámetro llamado Asekrem; el padre Huvelin, su padre espiritual, que tuvo una gran importancia en su vida y que había muerto un año y medio antes, en julio de 1910, le impulsó a hacer esta construcción, enviándole el mismo 200 francos, legándole su altar personal, que Foucauld instaló en la ermita en agosto de 1911.

              Esta ermita, a pesar de lo que el nombre indica, no estaba designada para aislarse del mundo, sino todo lo contrario: el Asekrem es el “nudo orográfico del país” (a G. Tourdes, 16 de junio 1911); en verano los nómadas acuden; es pues un punto de encuentro; es, pues, un punto de reencuentro tal y como Foucauld desea. En verano de 1911, desgraciadamente reina una sequía extrema y Foucauld se encuentra en una “soledad momentánea” que “me deja todo el tiempo para trabajar en los estudios de lengua tuareg que duran desde hace ya mucho tiempo y que deseo terminar”, escribe a su prima el 24 de julio; estudios que realiza con la colaboración de Ba Hammou, su “informador targui” que ha venido con él de Tamanrasset. No obstante recibe visitas en la ermita: “Me vienen a ver al menos cada cuatro o cinco días, pese que a causa de la sequía los campamentos se encuentren alejados; como los visitantes vienen de un día, día y medio, dos días de distancia, pasan la tarde y duermen aquí. Una o dos comidas tomadas juntos, un día o medio día pasado juntos hacen que las relaciones sean más estrechas que las de un gran número de visitas de media o de una hora, como las de Tamanrasset” (a Señora de Bondy, 15 de agosto de 1911). En octubre llueve un poco: “Dos pequeños grupos, de dos tiendas cada uno, se han instalado cerca: uno a tres cuartos de hora, el otro a una hora y media de la ermita, en los torrentes cercanos; los que han venido son gente muy buena, sobretodo el grupo más cercano, verdaderos amigos” (Ibíd., 19 de octubre).

           1º de diciembre de 1911. Se da cuenta que está “un poco al borde de las fuerzas a causa de la falta de alimentos frescos” – había llevado al Asekrem alimentos para “dieciséis meses de harina, cuscus, dátiles… y vive de estas reservas”. Decide volver a Tamanrasset. Antes de dejar el Asekrem donde volverá tan sólo en tres breves visitas – dos en 1912 para buscar sus instrumentos de meteorología, y en julio de 1914 para recoger el tabernáculo del padre Huvelin que había instalado -, escribe el 13 de diciembre a su cuñado Raymond de Blic trasmitiéndole su testamento y sus últimas voluntades en relación a su sepultura y a sus bienes: “Deseo ser enterrado en el lugar mismo donde muera y reposar allí hasta la Resurrección. Prohíbo que se traslade mi cuerpo y que se aparte del lugar donde el buen Dios me hará terminar mi peregrinación”. Como tenía en este momento cuatro sitios: Beni Abbés, Insalah, Tamanrasset, Asekrem, desea ser enterrado allí donde muera y prohíbe que se lleve su cuerpo a un lugar u otro, especialmente a Francia. En el mismo testamento delega a los Padres Blancos las cuatro propiedades que tiene en el Sahara, ya que estos terrenos y estas casas pueden ser útiles para la evangelización: “La casa del Asekrem (…) está muy bien situada para la evangelización del Hoggar, donde se puede contactar con la parte más importante e la población del Hoggar que no abandona nunca el macizo montañoso central y a la que no se vería nunca si no se está en medio de ella”.


1  Preferimos utilizar la ortografía tuareg, tuaregs más que targui y su plural tuareg

Cf. Testamento de Carlos de Foucauld, Jean François Six, Maurice serpette, Pierre Sourisseau, Ediciones San Pablo

Del Assekrem (Argelia)

La fraternidad del Assekrem, en la que Carlos de Foucauld vivió algunos meses en 1911, está situada en la región montañosa del Hoggar, en el sur de Argelia, a alrededor de 80 km. de Tamanrasset, ciudad que cuenta actualmente con unos 100.000 habitantes. Allí viven actualmente dos hermanos: Edouard y Ventura (Alain acaba de regresar a Francia después de más de veinte años vividos en el Assekrem) Edouard que tiene una larga permanencia en estas montañas, describe su vida:

• Acoger a los numerosos visitantes (peregrinos o no)

• Acoger también a los hermanos o amigos para tiempos de retiro

• …y rezar en nombre de toda la Iglesia y de la Fraternidad

de Edouard

En el Assekrem, vivimos en un lugar muy visitado. Esto exige de nosotros una disponibilidad continúa acogiendo a todo el que llega, respetando las motivaciones de unos y otros, que son, de hecho muy diversas. Y esto en una actitud de apertura al encuentro y aceptación de las diferencias humanas, sociales, nacionales y religiosas. Teniendo, una atención prioritaria para los visitantes argelinos, “hombres del  Islam”, interpelados, muy a menudo por este lugar, por nuestra presenciay por nuestra prolongada permanencia.

Los visitantes que pasan por Tamanrasset encuentran a las Hermanitas del Sagrado Corazón, y a los Hermanos de Jesús a los que se acercan en las Eucaristías “parroquiales” en las que participan. Los que vienen aquí son a menudo “peregrinos”, traen con ellos uno o varios sacerdotes y casi siempre están preocupados por celebrar la Eucaristía en la capilla de la ermita. Lo cual pueden hacer, en general, al comienzo de la tarde, antes de la llegada de otros visitantes. Tras eso les queda muy poco tiempo para encontrarse con uno de nosotros, a menos que no estemos acaparados por todos los otros grupos de paso a los que tenemos que atender. En la charla que a veces tenemos con ellos, como casi siempre han pasado un día en Tamanrasset, han visitado la “Fregate” y el “Bordj”, encontrado a las Hermanitas del Sagrado Corazón y a Antoine*, nosotros no tenemos que hablarles mucho de Carlos de Foucauld, si no es en el sentido de su venida al Assekrem. Esto nos lleva a hablar del sentido de nuestra presencia aquí en este lugar desértico donde pasa mucha gente. Y nos esforzamos entonces por despertar su atención sobre el mundo argelino que esta peregrinación les da ocasión de vivir. Lo hacemos en el espíritu de Carlos de Foucauld que quería ser “hermano universal”.

Mucho más numerosos ahora que los peregrinos, son los visitantes argelinos. Sobre todo desde mayo a octubre, mientras que desde octubre a mayo, los europeos son mayoría. Para nosotros es la ocasión de unos encuentros a menudo afectuosos. El itinerario humano, espiritual de Carlos de Foucauld, su encuentro con los hombres del Islam en Marruecos o Argelia, su colosal obra lingüística, les impresionan. Y luego nuestra presencia aquí, y el tiempo que hace que estamos, les interpela.

Todo esto, que les sorprende, crea para nosotros un clima de diálogo humano, que vivimos con alegría, contentos de darnos así, entregados a estos bellos encuentros. Para mí, personalmente, al término de medio siglo de presencia en Argelia, es una “realización” por la cual no puedo dejar de dar gracias.

Aparte de los argelinos o los peregrinos, están todos los demás visitantes. Es lo que yo llamo “cualquiera que llega”. Alrededor de un 60% del total anual. Claramente mayoritarios desde octubre a mayo, muy minoritarios después. Son excursionistas que vienen acompañados por guías y camelleros tuaregs, o bien viajeros de grandes distancias, conducidos en coches por las pistas de las regiones periféricas alrededor de Tamanrasset y pasan más o menos rápidamente por el Assekrem, especialmente en el momento de la puesta y la salida del sol. Los franceses son ahora los más numerosos, pero hay otros europeos: españoles, italianos, alemanes, holandeses… y a veces asiáticos: japoneses, chinos. Toda esa gente, incluidos los franceses, ignoran todo o casi todo de la vida de Carlos de Foucauld, pero muchos están interesados por su perfil humano, religioso, cultural. Y también por la historia de los tuaregs entre los cuales vivió y cuya presencia en medio de ellos les hizo ser conocidos. Todo este mundo que encontramos, breve o largamente no se presenta a nosotros como un mundo particularmente cristiano, salvo excepciones. Sin duda es parecido al mundo secularizado en el cual están insertas las fraternidades de Europa, al menos algunas. Pero para este mundo, a menudo “alejado” de Dios, el paso por el desierto, una visita al Assekrem y un encuentro con los hermanos que viven allí pueden dejarle huella. Algunos nos lo dicen o nos escriben mucho tiempo después. Esto nos anima a continuar con nuestra actitud de acogida.

La acogida es pues la tarea más importante en nuestra vida en el Assekrem. Pero esto representa también un trabajo laborioso, obligando a muchas repeticiones, cada vez adaptadas a los diferentes interlocutores. Así pues, para estar siempre a la altura, manteniendo la sonrisa, nos alternamos, Alain, Ventura y yo, para asegurar este servicio por turnos.

Pero este inventario de relaciones humanas, que vivimos en el Assekrem, quedaría incompleto, si yo no precisara también que la mayoría de las visitas recibidas, son únicas y limitadas en el tiempo, por consiguiente, efímeras para nosotros al menos y muy a menudo, olvidamos los nombres y los rostros, incluso si algunos se quedan algún tiempo en nuestra memoria y nuestra oración. En cuanto a la huella de su paso por aquí y su encuentro con el lugar y con nosotros, que pueda permanecer en su recuerdo, nosotros lo ignoramos, a menos que ellos nos escriban, para decírnoslo, apoyándolo con fotos…

Si la mayoría de las visitas son únicas, hay también muchos que repiten, gente que ha estado fascinada por el Hoggar y los hombres del Hoggar. Observamos también que muchos argelinos, que vienen una primera vez, entre hombres, en grupos de amigos o colegas de trabajo, nos confían al marchar, y a menudo en voz baja, que volverán un día “con su familia”.Y de hecho, en verano y después del desarrollo de Tamanrasset, muchas visitas son visitas familiares. Esto lo apreciamos mucho pues no siempre es corriente en Argelia.

Tengo que añadir además, que a las numerosas relaciones que el turismo religioso y profano nos procura, se añade por supuesto, las relaciones de cada día, como en cualquier sitio, de los vecinos. Lo cual, en el desierto implica forzosamente ciertas distancias. Así pues, cerca de nosotros tenemos los técnicos de la meteorología que trabajan por turnos, en el observatorio que hay sobre la Meseta desde hace diez años. También están en la cima, adonde llegan los coches, los empleados del refugio – restaurante. Más lejos, mucho más lejos ahora, aún hay tres familias de tuaregs nómadas, que continúan con su vida en el desierto: “pequeño resto” de amistades nuestras muy antiguas.

De este mundo de los tuaregs vemos ahora, sobre todo, a aquellos que acompañan desde hace varias décadas, a los grupos que llegan caminando, y que nos los presentan y nos presentan a ellos, contentos de asociarnos a su trabajo, ya que eso les permite descansar, mientras que nosotros nos ocupamos del grupo. Estos acompañantes tuaregs se han convertido para nosotros en verdaderos amigos. Y, en la medida en que los años pasan, acabamos por conocer muchos habitantes de Tamanrasset, que nos visitan para acompañar a veces a algunos de sus familiares del Norte de Argelia que han venido a visitarles. Y parecen contentos de enseñarles un lugar que ellos aprecian y de presentarnos.

Resumiendo, todo esto permite una inserción humana, que tiene su consistencia, sus alegrías y sus dificultades, su significado y sus limitaciones. Al igual que para toda fraternidad implantada en el mundo…

Dicho esto, debería añadir que, si la acogida constituye para nosotros una gran ocupación e incluso un verdadero trabajo, esto no es sin embargo nuestro único trabajo: está todo el trabajo de mantenimiento de las edificaciones, del complejo hidráulico y el acompañamiento de los que vienen a retirarse en las ermitas o por los senderos. A esto se pueden añadir los trabajos personales de escritura. Todo esto nos ocupa ampliamente según nuestras capacidades en función de nuestras edades. Dejándonos el tiempo para la oración, sobre todo por la mañana temprano antes de la salida del sol que es cuando llegan los primeros visitantes…

Perdonadme la amplitud de este diario. No lo hago muy a menudo…

  • El hermano Antoine Chatelard está ya en la casa del Padre. Hoy le sustituye el hno catalán Ventura Puigdomenech

Desde el Assekrem (Argelia)

VENTURA PUIGDOMENECH
ASSEKREM (ARGELIA).

SE REÚNEN EN MI NOMBRE

ECLESALIA, 01/01/21.- «Os aseguro que si dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mt.18, 20). Como preparación de la Navidad hace tiempo que me propuse profundizar algún tema que me ayude a mejor visualizar este «Dios hecho carne viviendo en medio de nosotros» (Juan 1,14). Un Dios que desde su primera venida no ha dejado de sorprendernos viniendo allí donde no lo esperábamos: una cueva, un pueblo perdido, un pesebre… lo que no es sorpresa y sabemos bien, es que este año una vez más viene a compartir nuestras historias y sufrimientos: «no tenemos un Jesús incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que de manera parecida a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado y por ello, puede concedernos, la ayuda que necesitamos» (Hb 4, 15-16). ¿De qué va a disfrazarse este año pidiendo acogida?: ¿tomará el disfraz de un desplazado?; ¿el de un parado?; ¿el de un enfermo?; ¿el de un…?, ¡sabe Dios! ¿Sabremos reconocerlo? ¿Y si fuera el disfraz de un Dios ENFERMO que viene a compartir nuestras ‘Unidades de Cuidados Intensivos ‘(UCI)?

A nivel mundial estamos sufriendo un virus del que creíamos que su visita sería de corta duración y hay que rendirse a la evidencia; ya se comienza hablar de una posible tercera ola: ¿Y si escucháramos lo que este bicho, nos quiere decir?

Imagino vuestra reacción: «no por favor, ya estamos hartos de que nos hablen del Covid-19» ¡Lo comprendo!, sin embargo, no puedo dejar de deciros que la respuesta global que le estamos dando desde los niveles político, económico, social y también eclesial no me gusta nada. Cuando veo que la única preocupación desde estos estamentos, no es otra que la de «recuperar la nueva normalidad», sencillamente me digo: «¡no vamos bien!» La realidad es esta: en medio de la pandemia, al ver cómo la naturaleza retomaba sus espacios, la onda de solidaridad que todo ello despertó, etc… La mayoría de entre nosotros llenos de optimismo, nos decíamos: «nada será como antes» pero una vez deconfinados vemos que para una gran mayoría la única preocupación es el «volver a lo de antes»; el «volver a lo de siempre.»

Pero, decidme: ¿alguien puede aceptar como «normal» que a diario la gente se ahogue en el mar?; ¿que nos hayamos acostumbrado a hablar de un primer y de un cuarto mundo hasta el punto de que ya no son noticia ni el hambre, ni la muerte de niños por una simple diarrea? ¿Cómo vamos a terminar con la pandemia si hay países que acumulan entre 7 y 9 veces más sus dosis necesarias dejando de esta manera en la cuneta a multitud de países pobres que solo podrán vacunar uno de cada diez de sus habitantes? ¿Quién puede aceptar como «normal» el hecho de ver cómo la mentira, la corrupción y la difamación son moneda de cambio en nuestros Parlamentos?; ¿que en pleno siglo XXI se siga cerrando en prisión a personas por sus ideas o reivindicaciones? Más que «normal»: ¿no es «escandaloso» el hecho de ver que se emplea más tiempo en construir muros que en construir puentes o hospitales? ¿Encerrar a millones de desplazados en campos insalubres; dilapidar los impuestos del contribuyente en armas para preparar la guerra; matar nuestra ‘Madre Tierra’… y así, un largo etc.: ¿será esto «normal»? «¿Recuperar una nueva normalidad?» «¡No!, ¡no gracias!»

Con todo, me limitaré a hablar de los efectos de la pandemia sólo desde el nivel eclesial y como miembro activo que soy de esta iglesia me gustaría poder ayudar a la reflexión; esta es la única razón por la que me he decidido a hablaros de ello. Me hago una multitud de preguntas de las que intuyo algunas posibles salidas pero mi sueño es que juntos, desde una reflexión eclesial serena con todo el pueblo de Dios, encontremos las respuestas adecuadas que nos marquen el camino a recorrer.

Para empezar la reflexión, debo deciros que siento una gran pena cuando leo cosas parecidas a estas: «Nosotros tenemos la gracia, como curas que somos, de celebrar en este periodo de confinamiento”; o cuando en la plena primera ola del Coronavirus, en nombre de la «libertad religiosa», algunos de nuestros responsables reclamaban abrir los templos; o también cuando tímidamente nuestras iglesias empezaron de nuevo a abrir sus puertas y la gente aún traumatizada y con el miedo en el cuerpo, incrédula escuchaba a algunos obispos subrayar: «la obligación dominical», recordándonos «que la dispensa de no asistir a la misa dominical ya se había acabado». Mal andamos cuando reducimos la religión a lo permitido, lo prohibido o lo obligatorio… ¿no os parece?

Nos hemos acostumbrado a privilegios y exacciones. En esta salida gradual del confinamiento, no acabo de imaginarme qué hubiera pasado si en muchos de los países dichos católicos hubiéramos tenido que adoptar la medida que tomaron una gran mayoría de países musulmanes: mezquitas (iglesias) abiertas los días laborables y cerradas los viernes (domingos)… simplemente habríamos puesto el grito al cielo al comprobar lo que todos sabemos: nuestras iglesias, a pesar de tener sus puertas abiertas a lo largo de la semana, seguirían vacías y el día que podríamos tener gente: puertas cerradas!

¿Y si el Covid-19 nos regalara el poder hacer una nueva lectura de nuestras prácticas cultuales? El papa Francisco nos pide que “desconfinemos” a Jesús: «hoy Jesús llama desde dentro de la Iglesia para salir hacia afuera.» ¿Seremos capaces de abrirle de par en par las puertas?

Vivo en el Assekrem (Sur de Argelia), en pleno desierto del Sáhara, y mi fraternidad vecina de Tamanrasset (80 km.) desde el mes de marzo del 2019 no tiene sacerdote, eso significa pasar meses enteros sin eucaristía, pero, «por los frutos los conoceréis,» nos dice Jesús: ¿no será más importante ser eucaristía, pan y vino para tanta gente que reclama su presencia? ¿Quién puede poner en duda que mis hermanos son una verdadera fraternidad eucarística y samaritana? Otras fraternidades a lo largo del mundo a pesar de tener algún hermano sacerdote en casa, por solidaridad con el común de los fieles decidieron no celebrar ninguna eucaristía hasta que abrieran las parroquias.

Es un hecho que a lo largo de la pandemia, las misas se multiplicaron en las plataformas digitales. Yo mismo, estando solo como estaba, cada mañana me conectaba a las eucaristías que el papa Francisco celebraba en Santa Marta: cortas, sin adornos y con unas homilías que me alimentaban… pero, llegaba la hora de la comunión y debo deciros que sentía en mi interior un cierto desgarrón, como si algo estuviera fuera de lugar y chirriara, era cuando el papa nos invitaba a hacer la «comunión espiritual». Sentía malestar al ver cómo algunos como yo – curas y obispos – teníamos el privilegio de celebrar y comulgar, mientras que la gran mayoría era excluida. Este malestar aumentó aún en mí interior cuando recibí dos consultas en la misma dirección: la una venía de una amiga y la otra de una familia – debo aclarar que entre ellos no se conocían -. El hecho es que, ellos como yo, ponían el pan y el vino sobre la mesa, y en virtud del ‘sacerdocio común de los fieles’ a la hora en que el papa consagraba ellos también pronunciaban las palabras de la consagración y comulgaban: «¿Es válido?», me preguntaban… Ironías de la historia, Carlos de Foucauld pasó un largo tiempo sin poder celebrar la Eucaristía por falta de asamblea («me es muy duro pasar la Navidad sin misa,» escribía) no podemos olvidar que la Iglesia se mantuvo fiel durante siglos en muchos lugares a pesar de no tener clero, mientras que hoy, los sacerdotes podemos celebrar sin la comunidad, pero la comunidad (familia) para celebrar necesita de nosotros. ¿No habrá algo que no acabamos de hacer bien?

¿Y si esta pandemia fuera un punto de inflexión? ¿Y si nos decidiéramos a no perder el tren? Cada vez son más los teólogos, liturgistas, eclesiólogos, sociólogos, etc., que hacen reflexiones parecidas a estas: «… Viaja por Internet un chiste que explica bien lo que quiero expresar. Más o menos dice así: el Diablo, feliz, le dice a Dios: «Con el Covid te he cerrado todas las iglesias» y, a Dios de responderle: «Que va,, todo lo contrario, gracias al Covid abrí una iglesia en cada casa». Está claro que no quiero que las iglesias se cierren definitivamente; sin embargo, ¿de qué sirven las iglesias sin la iglesia de la fe vivida por cada cristiano, sin las «iglesias domésticas» en cada casa y familia? (…) Es urgente repensar lo que la Iglesia es realmente, ante todo el conjunto de todos los bautizados. la Iglesia primitiva, era «la Iglesia doméstica», que se reunía en una casa grande de algún cristiano o cristiana y el que presidía era el dueño o la señora de la casa donde celebraban la memoria de Jesús haciendo lo que él mandaba: dar la bendición y compartir el pan y el vino, recordándolo en acción de gracias, como significa la palabra Eucaristía (…) en este contexto, es urgente que el clero medite sobre su misión y su lugar en la Iglesia y en el mundo de hoy. Es necesaria una conversión radical, para que la Iglesia deje de ser clerical, piramidal y pase a ser participativa, en círculo, comunitaria, poniendo los carismas de cada uno al servicio de todos. Hombres o mujeres, casados o no, porque Jesús no impuso el celibato.” (Anselm Borges, teólogo portugués en Religión Digital del 05/08/2020).

Y yo no puedo evitar el hacerme más y más preguntas: Este largo tiempo de pandemia con su segunda ola incluida: ¿no podría ser una oportunidad que se nos brinda de poner las cosas en su sitio? No se trata de caer en la trampa del dualismo: ¿“iglesias domésticas” o “asambleas en el templo”?; ¿“con” o “sin” sacerdotes? Estoy convencido de que lo mejor sería acoger la inclusión: “el templo y las iglesias domésticas”; “con y sin sacerdotes”. Creo con toda el alma que esto podría dinamizar nuestra fe, nuestras liturgias a la vez, nuestra iglesia ganaría en credibilidad. El papa Francisco, denuncia a menudo el «clericalismo» como una de las grandes plagas de la iglesia de hoy: ¿Y si nos decidiéramos a ponerle remedio enriqueciéndola con la multitud de carismas que suscita el Espíritu y haciendo de nuestros encuentros un gran recinto participativo donde todos se sintieran co-responsables? Pienso que es demasiado pronto para responder a estas preguntas o similares… pero, sí que podríamos empezar a reflexionar: ¿no os parece? La realidad es esta: al menos aparentemente hemos vuelto a abrir las iglesias como si nada hubiera pasado y a imagen y semejanza del mundo político y económico, se diría que la única preocupación eclesial hoy no parece ser otra que la de poder recuperar la «normalidad.» Deseo que en un futuro no muy lejano, este hecho del Covid-19 despierte una reflexión eclesial seria, profunda y participativa del “qué” y del “cómo” celebramos y vivimos nuestras eucaristías.

Para terminar, deciros que no puedo ni quiero ignorar el gran sufrimiento que algunos de vosotros habéis vivido a lo largo de esos meses con pérdidas de seres queridos de la familia, del vecindario o cercanos: mi pésame y solidaridad más sinceros!; sin olvidar tampoco los que habéis perdido el trabajo, por culpa de ese Covid… pero, como dice el refrán popular, portador siempre de una gran sabiduría: «Mientras hay vida, hay esperanza”, y es lo último que podemos perder. Sí; no podemos de ninguna manera “desesperar” o sea: “dejar de esperar”, de confiar en que una nueva Iglesia, un mundo mejor y una vida personal renovada…son posibles. Todo dependerá de la respuesta que tú, yo y todos nosotros demos a lo largo de la post-pandemia.

¡Feliz Navidad a todos y a todas! Deseo con todo mi corazón que Jesús visite vuestras familias y hogares y, ya sabéis, para que eso sea posible: «con dos o tres reunidos en su nombre» es suficiente para que Él se haga presente. Nadie puede confinarle. 

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En Tamanrasset para vivir como Carlos de Foucauld

ARGELIA: MACIFO DEL HOGGAR: EL ASSEKREM (60 KM AL NORTE DE TAMANRASSET) ALLÍ SE ENCUENTRA LAERMITA DE CARLOS DE FOUCAULD –

Mondo e Missione Redazione

En el sur de Argelia, la presencia cristiana es pequeña. Así la familia espiritual de Charles de Foucauld lanzó un llamamiento a los laicos y religiosos que tienen el deseo de vivir en la ermita donde vivía el «hermano universal» a las puertas del desierto.

Un tiempo para pasar en el desierto para que no se extinga el testimonio del Beato Carlos de Foucauld. Las Hermanitas del Sagrado Corazón de Tamanrasset y los Hermanitos de Jesús de Assekrem, en Argelia, lanzan un llamamiento a todos los laicos, religiosos, religiosos o sacerdotes que puedan estar disponibles para vivir con ellos durante un tiempo en estos dos lugares del Sahara argelino. vivía Charles de Foucauld.

Llegó a Tamanrasset de Foucauld a principios del siglo XX después de estar en Tierra Santa. Nacido en Estrasburgo en el seno de una familia noble, había estado en el norte de África en su juventud durante su servicio militar, pero luego abandonó el ejército porque estaba más interesado en la exploración geográfica de Marruecos. Después de pasar algún tiempo en Nazaret, fue ordenado sacerdote en Francia en 1901 y se trasladó a Argelia unos años más tarde. En Tamanrasset primero construyó una ermita y se dedicó a la defensa de las poblaciones locales de los merodeadores, pero fue asesinado en 1916 durante una emboscada. Su muerte, sin embargo, fue una semilla que a través de sus escritos dejó una profunda huella en la espiritualidad del siglo XX, inspirando también a muchos misioneros. Por eso Charles de Foucauld fue proclamado beato en 2005.
Desde la década de 1950, los hermanos y hermanas de su familia espiritual se han asentado en los lugares donde de Foucauld pasó los últimos once años de su vida. El contexto actual ciertamente ha cambiado en comparación con principios del siglo XX. El antiguo pueblo de Tamanrasset que en ese momento contaba con una veintena de chozas es hoy un centro administrativo y militar de más de 150.000 habitantes en el que conviven diferentes etnias: haratin, tuareg, árabes, cabili y mozabita a los que se suman migrantes de ‘Africa Sub-sahariana.

La meseta de Assekrem, por su parte, a 2800 metros sobre el nivel del mar, alberga una ermita rehabilitada por los hermanos, quienes incansablemente construyeron otras más pequeñas a su alrededor, ofreciendo «un lugar propicio para el silencio, la contemplación y el retiro espiritual», como leemos en el llamamiento conjunto que redactaron e informaron en el sitio web de La Croix.

De hecho, estas familias religiosas están dispuestas a acoger a los que «desean pasar un tiempo en el desierto, descansar y estudiar», a la manera del hermano Carlos, «en la oración y en la acogida de todos». La aspiración es mantener una presencia de amistad y oración en medio de una población esencialmente musulmana.

Pero estos lugares, lamentablemente, corren el riesgo de vaciarse. Hoy en día, solo dos hermanos residen en Assekrem, mientras que otros dos junto con una Hermanita del Sagrado Corazón viven en Tamanrasset. De ahí la idea de lanzar una invitación a todo aquel que quiera tener una fuerte experiencia de espiritualidad a las puertas del desierto y conocer los lugares del Beato de Foucalud

En junio de este año, el obispo de la diócesis de Laghout Ghardaïa, John MacWilliam, había lanzado otra solicitud de ayuda económica, especialmente para las Hermanas del Sagrado Corazón que atienden a las personas más desfavorecidas a diario. De hecho, sus salas de estar necesitaban una renovación, ya que nunca habían sido renovadas desde 1952. Ahora, sin embargo, solo faltan voluntarios con el deseo de mantener viva la presencia cristiana en estas ermitas del profundo sur del desierto argelino.