La noticia de la próxima canonización de Carlos de Foucauld ha dirigido la mirada de muchos sobre este santo. Entre los múltiples aspectos de su vida, su relación con el mundo musulmán no es un detalle menor, pues éste jugó un importante papel tanto en su conversión como en el discernimiento de su vocación como en su vida retirada en el Sahara hasta que fue asesinado en 1916.La tentación, en los momentos que vivimos, es presentar a un Carlos de Foucauld que se ajuste a nuestros deseos, especialmente a lo que consideramos políticamente correcto, expurgado de lo que nos pueda resultar molesto. Así, un escritor musulmán, Dídac P. Lagarriga, publicó un libro titulado «De tu hermano musulmán. Cartas de hoy a Charles de Foucauld», con prólogo de Javier Melloni y epílogo de Pablo d’Ors, en el que, según su editor, «nos invita a descubrir el islam silente y místico, un islam no exento de una intensa vertiente social y cultural que busca siempre el encuentro con el otro». Y en la web de la Familia Carlos de Foucauld se puede encontrar un artículo del teólogo e islamólogo Louis Gardet, titulado El P. de Foucauld y el Islam, en el que encontramos esta sorprendente afirmación: «Las raras veces en las que de Foucauld se refiere explícitamente al Islam en sus escritos no son significativas».Para saber exactamente cuál era su visión real del Islam parece apropiado ir a lo que el propio Carlos de Foucauld escribió al respecto en su abundante correspondencia, así como en sus diarios y notas espirituales.Es obvio que su encuentro con el Islam jugó un papel desencadenante en la conversión del entonces vizconde de Foucauld. Fue la actitud religiosa de los musulmanes, sobre todo su sumisión al Dios del Corán, de la que fue testigo durante su primera campaña en Argelia (1881-1882) y luego durante su expedición a Marruecos (1883-1884), la que provocó que se planteara la cuestión fundamental de la dimensión religiosa de la existencia. Esto se refleja en varias cartas a su primo Henry de Castries justo antes de su ordenación (1901), donde escribe que «la visión de esta fe, de estos hombres viviendo en la continua presencia de Dios, me ha hecho entrever algo más grande y más verdadero que las ocupaciones mundanas». Incluso llegará a confesar que estuvo tentado de hacerse musulmán: «el islamismo es extremadamente seductor; me ha seducido en exceso», y más adelante: «me gustaba mucho, con su simplicidad, la simplicidad del dogma, simplicidad de la jerarquía, simplicidad de la moral».Para el joven oficial que era en aquel momento Carlos de Foucauld, atraído por la doctrina coránica que presenta a un Dios magnífico e inalcanzable en su soledad, la religión cristiana le parecía irracional y complicada, con todos sus dogmas de la Trinidad, la Encarnación o la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Fue el Padre Huvelin quien supo abrirle los ojos y hacerle descubrir el corazón del cristianismo, que Dios es Amor, y de este modo superar sus objeciones. Es entonces cuando Carlos de Foucauld pasa a considerar la religión de Mahoma como «demasiado material» para ser verdad. «Pude ver con claridad -escribe a de Castries- que [el Islam] carece de fundamento divino y que no era la verdad… no tiene suficiente desprecio por las criaturas para enseñar un amor de Dios digno de Dios: sin la castidad y la pobreza, el amor y la adoración son muy imperfectos».Otro momento importante en su vida es su estancia en la trapa de Akbès (Siria), donde fue testigo, en 1895, de las masacres de cristianos orientales cometidas por los turcos y los kurdos. Más adelante pudo conocer más el Islam por su contacto con los tuaregs de Argelia, entre quienes se instaló en 1901. Este contacto de primera mano con el Islam se refleja, por ejemplo, en una carta a su cuñado, Raymond de Blic, del 9 de diciembre de 1907, en la que escribe: «Si en los países cristianos hay tanto mal, piense en lo que pueden ser estos países donde no hay, por así decirlo, más que mal, donde el bien está casi totalmente ausente: todo es mentira, duplicidad, astucia, codicia de todo tipo, violencia, ¡con qué ignorancia y qué barbarie!».Este realismo, sin embargo, no llevó a Carlos de Foucauld al desprecio de aquellos junto a quienes vivía, al contrario: decide a amarles a imagen de Cristo a quien ha elegido imitar incondicionalmente y sin reservas. Mientras observa una estricta regla de vida, oración y trabajo, el Padre de Foucauld dedica mucho tiempo a acoger a los que llaman a su puerta, a hacer el bien, a redimir esclavos, a aconsejar y a enseñar. Llegará incluso a crear talleres para mujeres, aunque tiene muy claro que lo suyo no es lo que hoy en día llamaríamos voluntariado. El 16 de abril de 1915, diez años después de su llegada a territorio tuareg, escribe a su prima Marie de Bondy: «el tricotaje y el ganchillo marchan de maravilla… Todas estas cosas son útiles espiritualmente, pues todo encaja: no se conseguirá que estos pueblos abandonen el islamismo más que instruyéndolos, abriéndoles el espíritu, dándoles la idea y el deseo de una vida material, y luego, de una vida intelectual superior a la suya».Y es que de la lectura de sus cartas aparece un Carlos de Foucauld volcado en la conversión de los musulmanes, un tema que se repite incesantemente en sus intercambios epistolares. A diferencia de muchos, Foucauld no considera que sea imposible convertir a los discípulos de Mahoma, y apostilla que ve menos fanatismo y prejuicios anticristianos entre los tuaregs que entre los árabes. Su método propio de evangelización, madurado en un largo período de tiempo, consistirá, en sus propias palabras en: «hacer todo lo posible por la salvación de los pueblos infieles de estas tierras, en el olvido total de mí mismo. ¿Por qué medios? Por la presencia del Santísimo Sacramento, el Santo Sacrificio, la oración, la penitencia, el buen ejemplo, la caridad, la santificación personal». Un método que actúa por el ejemplo y de modo progresivo y prudente, pero que no descarta nunca el anuncio explícito, como explica en sus notas personales del 19 de junio de 1903: «hablar mucho a los nativos y no de cosas banales, sino que, a propósito de todo, llegar a Dios; si no podemos predicarles a Jesús porque ciertamente no aceptarían esta enseñanza, prepararlos poco a poco para recibirla, predicándoles incesantemente en las conversaciones la religión natural, hablar mucho y siempre de manera que mejoren las almas, sean elevadas, se acerquen a Dios, se prepare el terreno para el Evangelio».Es este espíritu el que le llevó a traducir los cuatro Evangelios al idioma de los tuareg y a escribir un catecismo en forma de entrevista que tituló El Evangelio presentado a los pobres del Sahara. Otra de sus iniciativas, que podemos calificar de audaz, fue la de repartir «rosarios de la caridad» a los musulmanes, a quienes enseñaba a rezar diciendo en cada cuenta: «Dios mío, te amo con todo mi corazón». En una carta al Padre Huvelin fechada el 15 de julio de 1904, Carlos de Foucauld escribe: «Con todas mis fuerzas, trato de mostrar, de demostrar a estos pobres hermanos extraviados, que nuestra religión es toda caridad, toda fraternidad, que su emblema es un corazón».Pero quizás sea su carta a René Bazin, de 16 de julio de 1916, la que con más claridad expone lo que pensaba Carlos de Foucauld del Islam y de su misión entre los musulmanes. Se trata de un texto admirable, y me temo que muy significativo, donde presenta nuevamente las diferentes etapas que concibe para su misión entre los musulmanes, junto a un penetrante realismo que le hace predecir lo que ocurrirá cuarenta años después:«Tenemos que hacernos aceptar por los musulmanes, convertirnos para ellos en amigo seguro, a quien acudimos cuando tenemos dudas o sufrimos, en cuyo afecto, sabiduría y justicia confiamos absolutamente. Sólo cuando hayamos llegado allí podremos hacer el bien a sus almas. Inspirar una confianza absoluta en nuestra veracidad, en la rectitud de nuestro carácter y en nuestra educación superior, dar una idea de nuestra religión por nuestra bondad y virtudes, estar en relaciones amorosas con tantas almas como podamos, musulmanas o cristianas, indígenas o francesas, es nuestro primer deber: sólo después de haberlo cumplido bien, durante suficiente tiempo, podremos hacer el bien.A medida que se establece la intimidad, hablo siempre o casi siempre cara a cara del buen Dios, brevemente, dando a cada uno lo que puede asumir, huida del pecado, acto de amor perfecto, acto de contrición perfecta, los dos grandes mandamientos del amor a Dios y al prójimo, examen de conciencia, meditación de los fines últimos, viendo a la criatura pensar en Dios, etc. Hay muy pocos misioneros aislados que hagan este trabajo de despejar el camino; desearía que fueran muchos: cualquier párroco de Argelia, Túnez o Marruecos, cualquier capellán militar, cualquier católico laico piadoso (como Priscila y Aquila), podrían serlo.[…]Mi pensamiento es que si, poco a poco, lentamente, los musulmanes de nuestro imperio colonial del norte de África no se convierten, se producirá un movimiento nacionalista análogo al de Turquía: una élite intelectual se formará en las grandes ciudades, educada a la manera francesa, sin tener ni el espíritu ni el corazón francés, una élite que habrá perdido toda fe islámica, pero que mantendrá la etiqueta para a través de ella poder influir en las masas; por otra parte, la masa de los nómadas y de los campesinos permanecerá ignorante, lejos de nosotros, firmemente mahometanos, llevados al odio y al desprecio de los franceses por su religión, por sus morabitos, por los contactos que tiene con los franceses (representantes de la autoridad, colonos, comerciantes), contactos que demasiado a menudo no son los apropiados para hacernos querer. El sentimiento nacional o berberisco se exaltará entre la élite culta: cuando encuentren la oportunidad, por ejemplo cuando Francia esté en dificultades internas o externas, utilizarán el Islam como palanca, para agitar a la masa ignorante, y tratarán de crear un imperio musulmán africano independiente.Si no hemos sabido hacer franceses a estos pueblos, ellos nos expulsarán. La única manera de que se conviertan en franceses es que se convierten en cristianos. No se trata de convertirlos en un día o por la fuerza: sino con ternura, discreción, por persuasión, con el buen ejemplo, la buena educación, instrucción, gracias a un contacto cercano y afectuoso, obra sobre todo de laicos franceses que pueden ser mucho más numerosos que los sacerdotes y tener un contacto más íntimo. ¿Pueden los musulmanes ser realmente franceses? Excepcionalmente, sí. En general, no. Varios dogmas musulmanes fundamentales se oponen a ello; con algunos se puede encontrar acomodo; con uno, el del mahdi, no lo hay; todo musulmán, (no hablo de los librepensadores que han perdido la fe) cree que al acercarse el Juicio Final el mahdi vendrá, declarará una guerra santa y establecerá el Islam en todo el mundo, después de haber exterminado o subyugado a todos los no musulmanes. En esta fe, el musulmán mira al Islam como a su verdadera patria y a los pueblos no musulmanes como destinados, tarde o temprano, a ser subyugados por él como musulmán o por sus descendientes; si está sometido a una nación no musulmana, se trata de una prueba pasajera; su fe le asegura que finalmente triunfará sobre aquellos a los que ahora está sometido; la sabiduría le anima a vivir con calma esta prueba; «el pájaro atrapado en la trampa que lucha perderá sus plumas y romperá sus alas, si está tranquilo llegará intacto al día de su liberación», afirman; pueden preferir una nación a otra, pueden preferir ser sumisos a los franceses antes que a los alemanes, porque saben que los primeros son más amables; pueden estar apegados a tal o cual francés, como uno está apegado a un amigo extranjero; pueden luchar con gran coraje por Francia, por sentido del honor, carácter guerrero, espíritu de cuerpo, lealtad a la palabra, como los soldados de fortuna de los siglos XVI y XVII: pero en general, salvo en casos excepcionales, mientras sean musulmanes, no serán franceses; esperarán más o menos pacientemente el día del mahdi, en el que someterán a Francia».
En cada época histórica, el Espíritu Santo suscita un faro, una luz, un testigo nuevo del Evangelio para dar un nuevo impulso al crecimiento del Reino de Dios. Hace ahora 150 años, el 15 de septiembre de 1858, nacía en Estrasburgo Carlos de Foucauld. Fruto de su entrega, viviendo en su propio Nazaret junto a sus hermanos tuareg del desierto argelino, hoy la Iglesia lo presenta como testimonio y muchas personas viven de su carisma, formando la “familia Foucauld”.
Pero podríamos preguntarnos, ¿dónde están estos seguidores suyos, que apenas los medios de comunicación dan eco de sus vidas? Los encontrareis en medio de los más pobres, en los lugares a donde nadie quiere ir, en el servicio humilde y desinteresado y en la oración ferviente y adoradora. Algunos, formando pequeñas fraternidades en ambientes pobres no cristianos; otros, solos o en familia, desbrozando los terrenos para que un día pueda sembrarse la semilla del Evangelio, o anunciando en otras ocasiones la Palabra de Dios y formando nuevas comunidades cristianas. Pero, todos ellos, practicando el apostolado de la bondad y predicando el Evangelio con el testimonio de sus vidas, como lo hicieron, a su vez, los buenos vecinos que fueron José, María y Jesús en Nazaret.
Justo en estos días se cumple el aniversario de su muerte. Carlos de Foucauld fue asesinado el 1 de diciembre de 1916. Tenía en ese momento poco más de 58 años. Se puede decir que estaba en la etapa de madurez de su vida. Ya a los 43 había iniciado su opción fundamental instalándose en Beni-Abbes, en el corazón del Sahara argelino, donde se da cuenta de que hay una muchedumbre de personas por evangelizar y un ministerio muy importante que realizar. Pero durante los años que pasa en este oasis del desierto va experimentando una nueva transformación. Rompe con su autoimpuesta clausura. Acepta con sencillez los acontecimientos que van en contra de lo que siempre había creído que era la voluntad de Dios y se deja llevar por las circunstancias, que son manifestación de la voluntad divina. Así, esta obediencia a cada instante y con el discernimiento de su padre espiritual, le conduce a los tuareg, instalándose en medio de ellos, el año 1905, en Tamanrasset.
Testigo de Dios
El padre Foucauld ha sido un testigo privilegiado de la experiencia de Dios en medio del mundo. Se ha creído que su presencia en la ermita del Asekrem, el punto más alto de las montañas del Hoggar, o en Tamanrasset, fue un retiro, como antaño hicieron los Padres del Desierto, pero fue todo lo contrario: partió para vivir la vida de Nazaret con los nómadas más aislados, por ser éste un lugar de tránsito de las caravanas, que ofrecía grandes ventajas para las relaciones con los tuareg, a los que hospedaba, estableciendo relaciones de amistad.
Once años convivió con ellos, haciéndose uno de tantos, aprendiendo su lengua, sus costumbres, etc., con ánimo evangelizador, aunque nada más fuese realizando gestos de bondad. Así, resumiendo, Carlos de Foucauld vivió dieciséis años en tierras argelinas, y especialmente once entre los tuareg hasta que llegó su muerte como acto supremo de entrega a imitación de su hermano mayor, Jesús de Nazaret.
A nosotros, ahora, nos interesa señalar los rasgos esenciales de esta última etapa de su vida para entresacar los nervios espirituales de su existencia y, así, poderlos encarnar en nuestra realidad. Vida de oración, vida de trabajo, realizando una tarea lingüística inmensa; preocupación por el pro- greso espiritual y material de las personas con las que vivía; luchando contra toda injusticia; y, finalmente, lanzando un movimiento misionero universal hacia los más pobres y alejados de la Iglesia, que incluye a sacerdotes, religiosos y laicos, unidos “por la comunión de los santos”, predicando el Evangelio con la propia vida y practicando allí donde se encuentren el “apostolado de la bondad”, asumiendo con la “paciencia de Dios” el desarrollo del misterio de la salvación.
¿Cómo puede ayudarnos el carisma de Carlos de Foucauld a afrontar nuestro tiempo? Primero, y principalmente, su deseo de imitar a Jesús de Nazaret. Imitar no quiere decir “hacer lo mismo”, sino dejarse conducir por el mismo espíritu de fuego que animaba a Jesús de Nazaret. Como aconseja el propio Foucauld, “pensar y hacer en cada momento lo que haría Jesús en nuestro lugar, y hacerlo”. Jesús de Nazaret es nuestro “Modelo único”, por eso hay que leer y releer su Evangelio. Ser pobres como Jesús, viviendo en medio de ellos o siendo solidarios con ellos, y luchando contra toda injusticia.
Otro aspecto esencial es vivir una intensa amistad con Dios, en la oración silenciosa y la oración de la Iglesia. Y, finalmente, practicando el apostolado de la bondad, intentando curar todas las “enfermedades” y predicando el Evangelio con el testimonio de la propia vida, hasta entregar la vida por aquéllos a quien se ama.
Nazaret…
Si hay una palabra que exprese mejor el mensaje de aquél que se dejó conducir por el Espíritu de Amor para realizar su misión concreta, ésta es “Nazaret”: una llamada a vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en las situaciones comunes de la vida, como Él, que vivió plenamente la relación filial con el Padre, viviendo en el seno de una familia, realizando un oficio, mo- rando en una aldea y caminando por las veredas de Palestina. La misión del hermano Carlos es hacer notar que Nazaret se puede vivir en cualquier situación, en la vida religiosa, en la vida de familia, solo o haciendo vida en común. No es una espiritualidad del desierto ni eremítica. Es, por el contrario, una “espiritualidad de la relación” en sus dos dimensiones, la humana y la divina: relación de amor con Dios y relación de amor con las personas que compartimos la vida. Es la imitación de la vida de Jesús, Jesús de Nazaret, que vivió, en medio de las relaciones interpersonales más comunes, una relación única con el Padre.
Jacques Maritain actualizaba el testamento del hermano Carlos de Foucauld de este modo a todos sus discípulos: “Vuestro papel profético consiste en afirmar existencialmente el valor primordial de la proclamación del amor de Jesús a todas las personas, no ya por los grandes medios visibles, sino por el medio invisible o casi invisible de la simple presencia de amor fraternal en medio de los pobres y de los abandonados”.
CRONOLOGÍA DE SU VIDA
1858. Carlos de Foucauld nace el 15 de septiembre en Estrasburgo (Francia); a los seis años se queda huérfano. Pierde la fe a los 17 años.
1876. Ingresa en la Escuela Militar de Saint-Cyr. El subteniente Foucauld marcha hacia Argelia en 1880. Expulsado del ejército por indisciplina y mala conducta, pide reintegrarse al enterarse de que su regimiento iba a entrar en combate debido a una insurrección en el Sur de Orán.
1882-1884. Preparación y realización del libro Reconocimiento de Marruecos, donde explica el viaje de exploración que realizó haciéndose pasar por judío.
1886. Se instala en París. Período de búsqueda y de interrogaciones. Quiere encontrar a Dios. A finales de octubre, en la iglesia de San Agustín de París, se confiesa y recibe la comunión de manos del padre Huvelin, produciéndose su conversión. Viaja a Tierra Santa.
1890. Entra en la Trapa, el 26 de enero, en Nuestra Señora de las Nieves. Llamado hacia una más perfecta imitación de la vida de Nazaret, saldrá de la Trapa el 14 de febrero de 1897, después de que sus superiores ratifiquen su vocación.
1897. Llega a Nazaret el 4 de marzo. Vive como criado de las monjas clarisas de Nazaret, “exactamente lo que buscaba”. De este tiempo en Tierra Santa son la mayoría de sus escritos, meditaciones y notas espirituales.
1900. Vuelve a Francia el 22 de septiembre. Va a la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves para prepararse para la ordenación sacerdotal, que tendrá lugar el día 9 de junio de 1901.
1901. Llega a Beni-Abbes, el 28 de octubre. Durante este período, su correspondencia va aumentando. Escribe también El Evangelio presentado a los pobres del Sahara, y revisa la Regla de los Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón.
1905. Se instala en Tamanrasset. Allí escribe los estatutos para la asociación de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, dirigidos a sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos evangelizadores: Consejos Evangélicos o Directorio.
1916. El hermano Carlos de Jesús muere el 1 de diciembre violenta y dolorosamente, como había anotado en su diario aquella misma tarde: “Vivir como si tuvieses que morir mártir hoy”.
1917. Luis Massignon manifiesta a su director espiritual, Luis Poulin, párroco de la Trinité, el deseo de continuar la Asociación Foucauld, única asociación eclesial fundada por el propio Foucauld, a la que pertenecía Massignon, y publica el Directorio o Consejos Evangélicos del padre Foucauld.
1920. Luis Massignon, el día de Viernes Santo, pasa una terrible angustia al ver que el testamento del padre de Foucauld no se realiza. Se siente heredero y continuador de su obra.
1921.René Bazin, por indicación de Massignon, publica una biografía de Foucauld que tendrá gran impacto en la sociedad francesa de la época: Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, ermite du Sahara.
1922. Massignon publica en La Vie espirituelle un artículo sobre la Unión de oraciones.
1923. Suzanne Garde funda el “Grupo de Carlos Foucauld”, formado únicamente por laicos.
1928. Se funda la primera congregación religiosa nacida del padre de Foucauld, las Hermanitas del Sagrado Corazón.
1933. El padre René Voillaume tomó el hábito junto con otros cuatro compañeros en la basílica de Montmartre, instalándose en El Abiodh Sidi Cheikh, en el sur argelino. Al principio se llamaban “Petits Frères de la Solitude”.
1939. La hermanita Magdaleine de Jesús funda las “Hermanitas de Jesús”, hoy en día repartidas por todo el mundo en 321 fraternidades, manifestando el amor gratuito de Dios a través de la amistad y la solidaridad.
1947. René Voillaume funda, junto con otros tres hermanos, la primera fraternidad obrera de los “Hermanos de Jesús” en Aix-en-Provence.
1950. Luis Massignon es ordenado sacerdote y va a Tamanrasset, donde murió su querido padre espiritual, pasando una noche de oración, como la que tuvo con el propio Carlos de Foucauld en el Templo del Sagrado Corazón de París la noche del 21-22 de febrero de 1909, dando origen a la “Unión de hermanos y hermanas de Jesús, Sodalidad Carlos de Foucauld”.
1951. René Voillaume publica En el corazón de las masas, sobrepasando los 100.000 ejemplares.
1956. René Voillaume funda los “Hermanos del Evangelio” como respuesta al crecimiento evangélico allí donde los hermanos están encarnados. Posteriormente, surgirán las “Hermanitas del Evangelio”, expandidas también por distintos países del mundo.
En la actualidad, la Asociación Carlos de Foucauld reúne a un importante número de grupos que se dicen y son discípulos del hermano Carlos de Foucauld. Además de los ya mencionados, hay que citar a las Hermanitas de Nazaret; los Hermanitos de la Cruz (Canadá); las Hermanitas y Hermanitos de la Encarnación (Haití); las Hermanitas del Corazón de Jesús (República Centro Africana); la Fraternidad Jesús Caritas (Instituto Secular Femenino); la Fraternidad Sacerdotal Jesús Caritas; la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld; la Comunidad de Jesús (Asociación privada de fieles: matrimonios consagrados, célibes consagrados y laicos comprometidos); la Comunidad Jesús Caritas de Italia (sacerdotes diocesanos en comunidad parroquial); la Fraternidad Carlos de Foucauld (Asociación de fieles: laicas con celibato); el Grupo Charles de Foucauld, otro en Vietnam y, además, en España han surgido a Fraternidad de Betania, la Fraternidad de Emaús, las Fraternidades de la Amistad y la Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld.
Publicado el 05.12.2008 en el nº 2.639 de Vida Nueva.
La palabra profeta significa “persona escogida por Dios para hablar al pueblo en su nombre”. Carlos de Foucauld fue esa persona para los tuareg. Pero habló principalmente con el testimonio de su vida, realizando gestos de bondad con sus conciudadanos, pues llegó a hacerse uno de ellos, su hermano, y por ello, “hermano universal”. El hecho de titular este artículo como Carlos de Foucauld profeta entre los tuareg, se debe a que éste militar, explorador, peregrino, monje, misionero, filólogo de la cultura tuareg, amigo, hermano y mártir, fue un auténtico místico, un hombre de Dios, pues se dejó conducir al máximo por el Espíritu Santo y la prueba de esto es que, cuanto más unido estaba a Dios, más pobre y humilde se hacía, entregándose completamente a sus hermanos más alejados y olvidados, los “hombres azules del desierto del Sahara”, los tuareg por los que dio su vida. El grano caído en tierras saharianas germinó y dio fruto. Hoy son miles las personas que se inspiran y viven tal como él quiso y pensó. Carlos de Foucauld es un germen revolucionario en el seno de la Iglesia y de la Sociedad en general. Dios quiera que el testimonio de tolerancia y respeto que él significa ayude a superar las incomprensiones y las intolerancias que existen en el país donde Carlos de Foucauld vivió, y que esconden siempre intereses inconfesables, pues los pobres de Dios, tengan la religión o creencia que tengan, siempre se entienden y respetan, ya que el único interés que tienen es la bondad y fraternidad entre los humanos.
Los hombres azules del desierto
Hoy en día, los tuareg, “los hombres azules del desierto”, son un pueblo en peligro de extinción. Al ser un pueblo que se mueve por el Sur del Sahara atravesando distintos países, pues consideran que estas tierras son como suyas, pero al no tener Estado propio y moverse de un lugar para otro con toda libertad, desde 1990, el pueblo tuareg conoce una represión sin precedentes en Mali y Níger. Miles de civiles tuaregs han sido masacrados sin la menor reprobación de la comunidad internacional, que continúa guardando un extraño silencio sobre este genocidio. En Níger, después de la masacre de Tchin Tabaraden (en mayo-junio de 1990) donde murieron más de mil personas, la represión se ha extendido al conjunto de las regiones tuareg, acompañada de ejecuciones trajudiciales, desapariciones, torturas y arrestos arbitrarios. En Mali, los artífices de la limpieza étnica han provocado miles de víctimas desde 1990. Muchos pueblos y campamentos tuareg han sido borrados del mapa con sus habitantes. El silencio que rodea este genocidio y la impunidad no nos puede dejar al margen de la amplitud de estas masacres y la amenaza de exterminio de todo un pueblo, hecho que está en el fondo de las actuales luchas en la región.
¿En qué lugar vivió entre los tuareg Carlos de Foucauld? Carlos de Foucauld vivió y murió en un pueblo llamado Tamanrasset, en Argelia. Antes de la actual situación de guerra civil larvada entre los propios argelinos a causa de la elección de un modelo de vida más islámico-radical o más occidental, cuando se realizaba la carrera París-Dakar, uno de los lugares de parada obligada, antes de introducirse en las tierras desérticas que conducen a Niger y después a Malí, era Tamanrasset. Pienso que muy pocos, por no decir nadie, de los que llegaban a esta población por motivos deportivos, sabían que esta población bisagra entre la África blanca y la negra y que lleva el nombre del ued o lecho del río sahariano, habitualmente seco, que transita por ahí, debe su origen a que el hermano Carlos se instaló allí en 1905, cuando tan solo había veinte zeribas, o chozas construidas con madera y ramas de palmera, habitadas por cuarenta y dos personas, y ayudó a los tuaregs en el cultivo agrícola, favoreciendo la creación de una aldea rodeada por las montañas del Hoggar. La región del Hoggar cubre un territorio de 480.000 kilómetros cuadrados, casi la superficie de la España peninsular (491.258 Kms. cuadrados). Tamanrasset es su capital, en pleno Sahara, a 2.000 kilómetros de Argel, y próxima a la frontera de Malí. Según nos describe maravillosamente bien Javier M. Suescun, que ha podido visitar esta ciudad, antes de que el conflicto actual desaconseje la visita de estos lugares por occidentales, “la pueblan algo más de cuarenta mil heterogéneos habitantes, diseminados por barrios dispersos, construidos de manera incontrolada: Tuareg nativos de la zona y tuareg huidos de Malí y Níger; hijos de negros, descendientes de los antiguos esclavos de los tuareg; comerciantes árabes y bereberes, de la Kabilia (región al norte de Argelia, entre las comarcas de Argel y Constantine); jóvenes del norte de Argelia que buscan un empleo; y negros de todo el Africa Subsahariana…, modernos esclavos de unos y otros, afincados en Tamanrasset o en tránsito hacia Europa; aquí permanecen unos meses, ahorran un dinero y emprenden de nuevo camino hacia la tierra de promisión europea o americana; todos ellos, jóvenes entre los 18 y 23 años que se autodenominan ‘aventureros’, pero en realidad son viajeros que huyen del hambre, dispuestos a sufrir para lograr sus objetivos” .
Este es el pueblo en el que el vizconde de Foucauld, el prestigioso explorador de Marruecos, Carlos de Foucauld, quiso encerrarse en 1905 para vivir en pobreza, en soledad y en el ocultamiento más completo, a imitación de Jesús de Nazaret. Aquí en Tamanrasset halló, al fin, su rincón, el espacio que con desasosiego venía buscando desde su conversión al cristianismo, para servir a Dios en absoluta entrega. Aquí transcurrieron sus dieciséis últimos y fecundos años, en silencio y oscuridad, al servicio de los tuareg, viviendo como un tuareg más y realizando una tarea lingüística de primera magnitud. Aquí encontró la muerte el 1 de diciembre de 1916, víctima de un atentado de un grupo religioso senussita, fundado por Mohamed Alí-Es-Senussi (1833) y que actualmente son unos 500.000 extendidos por el Sahara oriental.
¿Cómo esta vida perdida en el interior del Sahara llega a ser conocida? Carlos de Foucauld, de regreso a Tamanrasset después de un viaje a Francia en 1911, escribió al padre Crozier pidiéndole ayuda para la constitución de “una cofradía fuertemente constituida”, tal y como éste la había fundado: sin ninguna inscripción oficial, ningún registro ni asamblea general o local; simplemente “una invisible familia de almas creyentes, unidas entre ellas por una voluntad de hacer todo lo necesario en y para el Amor”. Tan poco visible y no obstante tan comprometida con Dios y los demás, “La Unión en el Sagrado Corazón y por el Sagrado Corazón es una aplicación eficaz de la comunión de los santos entre todos aquellos que quieren amar y hacer amar al buen Dios y el corazón de Jesús”, dice Crozier en el Excelsior, un pequeño libro que Luis Massignon -islamista, amigo en vida de Carlos de Foucauld y eslabón ente éste y el nacimiento de las Fraternidades seguidoras del carisma del hno. Carlos- dijo que le había hecho tanto bien. Y sin duda es bajo la influencia de Crozier, una influencia silenciosa pero real, que Foucauld, desde 1911 hasta su muerte, va simplificando poco a poco los Estatutos de lo que él denomina la Unión. Foucauld no encuentra a nadie que se ocupe de su obra en Francia, como tampoco encontraba discípulos para llegar a ser Hermanos e ir con él al Sahara. Entonces piensa que un boletín puede reemplazar a los directores espirituales. Siete meses antes de su muerte, el 28 de abril 1916, escribía a Joseph Hours: “Veo claramente la finalidad y lo que hay que pedir a los hermanos de esta Unión; lo que no está tan preciso es la organización”. En una carta al padre Voillard, director espiritual de Carlos de Foucauld en ese momento, fechada en Pentecostés de 1916, reconoce que no tiene a nadie, pues el p. Caron, el p. Crozier, y el p. Laurain rechazan dirigir la Unión. Pero hay un laico, se sobreentiende que habla de L. Massignon, “a quien se le puede encargar la publicación del boletín y, si Dios le da vida (está en el frente), podría hacer grandes servicios a la cofradía“. Pero Foucauld añade que hay que buscar un sacerdote. Y el mismo no se ve viniendo a Francia para tomar la dirección de la Unión: “Me creo el menos capaz de casi la totalidad de los sacerdotes para las gestiones que hay que realizar, no sabiendo más que rezar en solitario, callar, vivir entre mis libros, y todo lo más hablar familiarmente cara a cara con los pobres”. El 31 de julio de 1916 escribe a su prima diciéndole que trabaja en presentar, “simplificando y abreviando, los Estatutos, modificando completamente la organización“. Hay que precisar pues que en el momento de su muerte Foucauld no había encontrado la forma de su asociación, pero si el fondo; sobre el espíritu lo esencial estaba hecho: más allá de las posiciones debidas a su época, más allá del vocabulario, se refleja el amor extremo hacia Cristo y el Evangelio, la expresión del amor extremo hacia todos, el respeto a la vida de cada uno, todo aquello que había conmocionado a todas las personas que lo conocieron, entre ellas a Luis Massignon. Para muchos, después de la muerte de Carlos de Foucauld, el 1 de diciembre de 1916, todo había terminado.
La actitud de Massignon es completamente diferente; en 1950, dirá retrospectivamente, después de pasar una noche de adoración en Tamanrasset: “No hay duda de que Foucauld, a quien me he dado incondicionalmente el 14 de octubre 1913 (siendo el único miembro vivo de los 49 primeros hermanos en el momento de su muerte en 1916), a quien he conducido a mi mujer, que ha bendecido a mi hijo en su carta-testamento que escribió en el día de su muerte, me ha pedido post mortem ‘completar’, sustituirme a él en relación a lo que faltaba a su pasión” . Cuando Massignon se entera de la muerte de Foucauld, escribe al p. Laurin, a quien Foucauld había escogido para su obra y era el no 2 de la lista de sus miembros. Desea saber en que situación se encuentra la Unión y que va a ocurrir. El p. Laurin le contesta, el 20 de febrero de 1917, de la siguiente manera: “He aquí como están las cosas en relación a la obra: sabe que he enviado un gran número de ejemplares de su Regla (la que usted recibió); a las personas que me había indicado. Ha habido pocas adhesiones. Ningún escrito. Le comuniqué la situación (esto ha sido un proceso largo debido a las distancias). Reflexionó, consultó y se decidió: primero a implificar la Regla; y en segundo lugar a venir a pasar un largo tiempo a Francia después de la guerra, para llevar la dirección del tema y promocionarlo él mismo. Recibí hace aproximadamente dos meses, escrita poco antes de su muerte, una carta en la que me decía que la Regla, simplificada, estaba escrita y que ahora tan solo hacía falta que viniera a Francia. De modo que, como puede ver, nunca ha habido Unión pues casi nadie respondió a la llamada. Y actualmente la cosa está, humanamente hablando, completamente terminada. ¿Ve usted alguna otra solución? Estoy asombrado de este final. El p. Foucauld era un alma santa, muy generosa. Parecía que Dios lo había suscitado para alguna cosa especial. Y he aquí que después de su muerte todo se ha destruido. Quizás tan sólo debía hacer su obra en el Sahara. Sobre esto compartió muy poco conmigo. Lo encontraba incluso muy cerrado. Estaba incómodo por el resultado de la obra. Ahora se encuentra con Jesús. Parece que su idea no se pudo realizar“. Se puede decir que es una carta de un “discípulo de Emaús”, una carta que muestra como el p. Laurin esperaba la venida de Foucauld para establecer todo y ahora había desaparecido. Todo estaba terminado. Pero pronto todo va a cambiar. El 23 febrero de 1917, Massignon visita a Mns. Le Roy, superior general de los Padres del Santo Espíritu desde 1896, para pedirle que acepte presidir la Asociación Foucauld, lo cual acepta, y por contra partida le pide a Massignon que edite una biografía de Carlos de Foucauld y le autoriza a publicar los estatutos. Massignon recuerda que Foucauld le había hablado de René Bazin, miembro de la Academia Francesa y le pide una entrevista. Este le invita a venir a visitarlo, cosa que ocurrió el 2 de marzo por la tarde en su casa. Massignon pidió a Bazin que deseaba que fuese él el biógrafo de Carlos de Foucauld. A la pregunta del ¿porqué? Massignon le comentó la carta que Foucauld le había enviado el 11-4-16: “El Sr. René Bazin, sus pensamientos están en gran armonía con los míos“. Entonces Bazin dijo que, si bien entre ellos dos tan sólo hubo un intercambio epistolar, aceptaba la propuesta. Conocemos la importancia que ha tenido para la posteridad espiritual del p. Foucauld, la biografía de R. Bazin , pues gracias a ella muchas personas conocieron su testimonio y legados . Es esta una biografía que Massignon, en 1922, diría que es “densa y profunda” , pero que en conjunto está marcada por numerosos toques de patriotismo de después de la guerra y escrita en un estilo vaporoso.
Hemos dividido esta exposición en dos partes. En la primera hablaremos brevemente del proceso de beatificación del hermano Carlos de Foucauld. Y en la segunda de su testamento espiritual1.
Proceso de beatificación
En este momento todos nos alegramos del hecho de que Carlos de Foucauld sea un nuevo beato. Pero ¿cómo es que se han tardado 89 años para poderlo beatificar?2
El proceso comenzó el año 1925 en diez diócesis, Argel, París, Viviers, Périgueux, etc., en donde había testigos de su vida, en lo que se llama el “proceso requisitorio”. Mientras se iba reuniendo, clasificando y descifrando todo lo que el hermano Carlos escribió.
Diez años, entre 1930 y 1940, tardaron las Hermanas Blancas de Argel para mecanografiar todo el material, ya que de trabajos científicos había 539 folios; escritos espirituales 7.624 folios; de correspondencia 6.417 folios. En total 14.580 folios. Todo este material, recogido en tres volúmenes, junto con las Actas de los diferentes Procedimientos, llegó a Roma en 1946.
Diez años más tarde, a causa de la guerra de Argelia, el papa Pío XII pidió parar el proceso, que no se reabrirá de nuevo hasta marzo de 1967. El Concilio Vaticano II, que fue inaugurado por el papa Juan XXIII el 11 de octubre de 1962, dio un nuevo aliento a esta causa, pues sin mencionarlo directamente Carlos de Foucauld estuvo en un primer plano. Si bien su nombre no sale en ningún documento, muchos obispos, las comunidades de base que surgían por todas partes y el movimiento “Por una Iglesia servidora y pobre” liderada por el padre Paul Goutier en Nazaret, hicieron que el proceso avanzara. Fue en este contexto que el padre Congar dijo a los padres conciliares: “Teresa de Lisieux y Carlos de Foucauld son dos faros que Dios ha puesto en nuestro camino”.
Fue el año1979 cuando la Congregación para la causa de los santos pidió una positio documentada, es decir, una relación, con documentación de apoyo, sobre las cuestiones más delicadas. ¿Cuáles eran?
Primera cuestión: Carlos de Foucauld, que vivió con una mujer cuando tuvo una vida disoluta, ¿tuvo descendencia? Pregunta difícil y delicada que el presidente de la asociación Amitiés Charles de Foucauld, el General de Suremain, antiguo especialista en informes militares, durante tres años de búsqueda intentó esclarecer. La señora que vivió con Foucauld, conocida por el nombre de Mimí, era de Pont-à-Mousson y había sido bailarina. El General de Suremain investigó en los archivos de la ópera de París. Investigó en un grupo de bailarinas que venían, invitadas por Foucauld, a sus bulliciosas fiestas. En ningún caso el General encontró rastro de Mimí ni de cualquier otra bailarina que hubiese frecuentado al joven oficial.
Segunda cuestión: La Congregación quería saber la razón de que durante toda su vida, incluso cuando dejó el mundo, había estado tan unido a su familia. Y en concreto, ¿cuál fue su relación con su prima Maria de Bondy? ¿No había una historia amorosa entre ellos? Se demostró que fue una relación de un profundo respeto. Fueron sus directores espirituales quienes le animaron a mantener estos lazos con su familia, que no le desprotegieron de bienes, lo que fue útil para la abadía de la Trapa.
Tercera cuestión de las autoridades vaticanas: Querían saber cual era la situación de la compra que Foucauld hizo de la Montaña de las Bienaventuranzas, pues había un litigio con los franciscanos, que finalmente se hicieron con el lugar. La Postulación pudo demostrar que la persona que actuaba en nombre de Foucauld no ganó dinero en esta gestión y que la familia no pudo recuperar el dinero adelantado.
Cuarta pregunta: Roma quería asegurarse de la estabilidad de su vocación. ¿Cómo explicar que quisiera ser trapista, ermitaño y después misionero? La Postulación ha podido demostrar que era una misma vocación en búsqueda y que se pudo realizar.
Quinta pregunta: ¿Cuáles fueron sus relaciones con los militares franceses, pues algunos lo presentan como espía del ejército francés? La Postulación pudo probar que si estaba próximo a los soldados franceses era porque se sentía responsable de estos y deseaba que tuviesen un comportamiento impecable. En relación a los informes, estos no eran de índole militar ya que llegaban, dadas las distancias, por lo menos dos días después de que los hechos se produjesen..
Sexta cuestión: ¿Porqué fue tan virulento contra Alemania? ¿Porqué tanta pasión-odio, en una persona tan afable? La Postulación demostró que no atacaba a los alemanes, sino a la civilización prusiana profundamente anticatólica. Si hablaba de “cruzada”, palabra nada pacífica, era para defender la civilización cristiana contra el paganismo alemán y contra la idea de una “raza fuerte”. Foucauld pensaba sinceramente que un pueblo que hace la guerra a Francia es hostil a la Iglesia y a la libertad.
Séptima cuestión: ¿Era antisemita cuando describe a los judíos como “sucios, avaros y tramposos”? Esto lo hizo haciendo una descripción, en unas circunstancias concretas, en su viaje a Marruecos, pero se sabe que pronto tuvo amigos judíos.
Todas estas preguntas llevaron mucho tiempo y a partir de 1990 el equipo de Postulación nada más estaba compuesto por cinco o seis personas, auténticos militantes foucouldianos que trabajaban junto a Mons. Bouvier. Pierre Sourisseau, el Secretario, el General de Suremain, el hermano de Jesús Antoine Chatelard en Tamanrasset, Maurice Serpette, y Louis Kergoat, se sintieron a veces un poco solos cuando se tenía que proseguir las investigaciones Además, tuvieron que defender ideas o calumnias contra Foucauld, como la del escritor Jean-Edern Hallier, que ha escrito una biografía novelada y provocadora de Carlos de Foucauld, L’Evangile du fou (El Evangelio del loco)3, donde le acusa de pederastia al estar siempre rodeado de niños; o bien responder adecuadamente a Jean-Marie Muller, miembro fundador del “Movimiento por una alternativa no-violenta”, que acusa a Foucauld, llevado de una ideología rigorista, en primer lugar de colonialista y después de nacionalista recalcitrante por defender la guerra, aunque sea justa, pues, según este autor del libro Charles de Foucauld, hermano universal o monje-soldado4 , ante la guerra nada más vale un absoluto anatema. ¿Qué responder? ¿Cómo probarlo? Estas cuestiones son las que han hecho retardar la causa de beatificación y que de una manera clara y honesta intentan responder en el libro al que ahora haremos referencia, El Testamento de Carlos de Foucauld5.
El testamento espiritual
De la vida de Carlos de Foucauld, hecha de rupturas y de búsquedas, algunos retienen especialmente su búsqueda constante de la imitación de Cristo en el desposeimiento y la pobreza. No hay más que ver su utilización del tiempo de cada día, extremadamente minucioso, para darse cuenta de cómo estuvo influenciado por su paso por la Trapa. Se mantendrá monje hasta el final de sus días, rezando durante largas horas, alimentándose poquísimo, durmiendo poco para poder realizar la adoración del Santísimo. Pero, al mismo tiempo, ha querido llevar esta vida en medio de la gente, no importando el lugar, allí donde el Evangelio no ha sido anunciado. Había en él esta voluntad de llevar la Eucaristía, esta es la razón por la que quiso ser sacerdote, a las colonias francesas de religión musulmana. Fue, por tanto, igualmente misionero.
Sin querer entrar en una falsa polémica, Jean François Six, Maurice Serpette y Pierre Sourisseau, en el libro ya citado del Testamento de Carlos de Foucauld, se fijan especialmente en los años del final de su vida, es decir en el momento en que se instala en Tamanrasset, su Nazaret, donde comienza ya a tener clara su vocación, Nos referimos a los años que van de 1908 a 1916. Incluso si todavía tenía tensión entre diversas “llamadas”, al menos sabía lo que había venido a hacer al Sahara y lo que podría ser esa “cofradía” en la que soñaba durante el periodo último de su vida, esa asociación clérigo-laical, que no era una orden religiosa y que llamará la Unión de los Hermanos y Hermanas del sagrado Corazón de Jesús.
Los tres autores han realizado un trabajo minucioso. Sabemos bien del trabajo obstinado de Jean François Six, especialmente en su trabajo en Itinerario espiritual de Carlos de Foucauld, o del estudio de la correspondencia de este con su director espiritual, el padre Huvelin, o las cartas que dirigió Foucauld a Luís Massignon; pero hay que subrayar el inmenso trabajo de historiador que ha hecho Pierre Sourisseau. En la Postulación es él quien ha hecho el más grande trabajo de documentación y de verificación. Su aportación queda bien reflejada en el citado libro. ¿Qué es pues lo que aprendemos en este escrito? En primer lugar que Carlos de Foucauld participa plenamente en la idea de colonizar Argelia, como la mayoría de los franceses de aquella época, como queda reflejado en las palabras que Jules Ferry dijo en la Cámara de los diputados franceses, con la mentalidad de la época: “Hay que decir claramente que las razas superiores tienen un deber en relación a las razas inferiores. Repito que para las razas superiores hay un derecho porque existe un deber. Tienen el deber de civilizar las razas inferiores”.
Carlos de Foucauld lo veía también así, incluso cuando insistía sobre los deberes de las naciones colonizadoras, añadiendo el verbo “evangelizar”. Él no está en Argelia para servir como auxiliar a la administración francesa, sino para llevar el Evangelio, pues, para él resulta insoportable saber que estas poblaciones abandonadas no han oído nunca hablar de Jesucristo. No pretende tanto hacer cristianos, sabemos que después de sus quince años pasados en el Sahara no hizo ninguna conversión, sino llevarles al menos alguna nueva perspectiva. El desea para estas poblaciones en un primer tiempo una “religión natural”. Como dice el propio Carlos de Foucauld, “no se trata propiamente de una evangelización, pues no soy digno ni capaz y la hora no ha llegado. Se trata de un trabajo preparatorio a la evangelización, el entrar en la confianza y la amistad”. Los autores del libro al que estamos haciendo referencia traducen así la voluntad del hermano Carlos: “El desarrollo de una moral natural y de una religión natural le parece como una apertura para la fe cristiana”. Y sitúan esta frase de Carlos de Foucauld: “Hay que conseguir de ellos que sean iguales a nosotros intelectualmente y moralmente”. Se trata, según Foucauld, de “conducirlos a una vida mejor, según la religión natural, por la palabra y el ejemplo; desarrollar su instrucción, darles una educación igual a la nuestra… Predicar Jesús a los tuareg, no creo que Jesús lo quiera, ni de mi ni de nadie. Esto sería el medio de retrasar no de avanzar su conversión. Esto les pondría en desconfianza, los alejaría, lejos de acercarlos”.
Para poder realizar bien el trabajo imagina la posibilidad de que vengan sacerdotes de incógnito, por ejemplo, le hace esta propuesta a Luís Massignon, que se prepararía con él al sacerdocio i como sacerdote de incógnito, después, trabajaría como Foucauld en un formidable trabajo lingüístico; o que las religiosas sean reemplazadas por “enfermeras laicas”, entregadas a Jesús plenamente, así como laicos, célibes o casados, que sean buenos comerciantes, agricultores, etc. En esto emplea toda su energía, en poner en marcha una cofradía, nombre que aparece en 1908, por la que viene varias veces a Francia para poner en funcionamiento esta asociación espiritual llamada “piadosa unión”.
Verdaderamente ha cambiado mucho su idea a nivel de estructura, pero ha conservado siempre del mismo modo los tres fines que han de seguir los que le quieran seguir, lo que se denomina las tres E (Evangelio, Eucaristía y Evangelización): Imitar a Jesús es el primer fin. Esto concierne al nivel de conversión personal, conversión que se realiza todos los días en relación a los actos que se refieren a Jesús del Evangelio. La segunda finalidad concierne a la manifestación de una vida de fe centrada en Jesús en la Eucaristía. La tercera finalidad lleva a la Evangelización. Carlos de Foucauld quería movilizar a los laicos. Tiene siempre muy presente el ejemplo de Priscila y Aquila, amigos de san Pablo, que “viendo, escribe Foucauld aquello que el sacerdote no ve, penetrando allí donde él no puede penetrar, yendo a aquellos que le huyen, evangelizando por un contacto bienhechor, una bondad desbordante para todos, un afecto siempre dispuesto a entregarse”.
Foucauld propone al final de su vida no una orden religiosa más, sino una “Unión”, que hoy sería, a mi modo de ver, la “familia Foucauld”, compuesta de diferentes grupos y con diferentes sensibilidades dentro del mismo carisma, que como “un movimiento evangelizador universal”, como dicen los autores del libro al que aquí hacemos referencia, “queserá una revolución en la Iglesia en tanto que comunidad evangélica y evangelizadora, una comunidad nómada en tanto que sus miembros están dispersos pero que no actúan de una manera dispersa: están reunidos en la Comunión de los santos”. Actuando de qué manera? Por el testimonio personal y comunitario, y practicando el apostolado de la bondad. En un mundo lleno de palabras, frecuentemente engañosas, tenemos necesidad de testimonios de vida auténticos. Tenemos necesidad de silencio adorarador y compromiso por la justicia. La novedad del mensaje de Foucauld es conjugar bien estas tres dimensiones que vivió Jesús: Nazaret, Desierto y Palestina. Es decir, cuando vivimos silenciosamente Nazaret lo hacemos para poder un día anunciar el Reino de Dios y nazca la Iglesia, pero hay que tener la paciencia de Dios y esto no se puede hacer de cualquier manera, pues no es lo mismo ser un portador del Evangelio en Europa o en África, por ejemplo. Por otra parte, no podemos anunciar a Cristo, o vivir Palestina (la Evangelización) si no somos personas enraizadas en el Nazaret de Jesús, es decir, gente humilde y pobre del Pueblo de Dios. I, finalmente, no podemos anunciar a Cristo adecuadamente si no pasamos por el Desierto donde nos purificamos y contemplamos la Gloria de Dios presente en la Eucaristía. Como comunidad de creyentes y seguidores del carpintero de Nazaret, hemos de construir entre todos una Iglesia pobre, como también la quería Francisco de Asís, que utiliza medios pobres, como la caridad fraterna y cercana a los más necesitados de nuestro tiempo. Es decir, realizando acciones que toquen el corazón de las personas. No estamos hablando de marketing. Recuerdo la siguiente anécdota del abbé Pierre: “Un día un obispo joven vino a verme. De una manera ingenua me dijo: Usted que tiene muchos contactos con los medios de comunicación, les podría decir que no son muy amables con nosotros. Le contesté: ¿Qué son los medios de comunicación social? Unas personas que se ganan la vida en función de la audiencia que tienen. Si no tienen oyentes o teleespectadores los quitan. Si no se interesan por vosotros puede ser que entre vosotros no haya muchos que se mojen en los asuntos que tocan el corazón de las personas. La madre Teresa de Calcuta tiene una gran audiencia y vosotros sabéis porqué”6.
El hermano Carlos envía su testamento a su cuñado Raymond de Clic con estas palabras:”Mi querido Raymond: te envío adjunto mi testamento (…). Mi testamento es de risa, pues no tengo nada: no obstante como lo poco que tengo puede servir para la Evangelización y para la gloria de Dios, en las manos de los Padres Blancos, quiero decirte mis intenciones al respecto (Se refiere a sus tres casas: Beni Abbés, Tamanrasset y el Asekrem…). Deseo ser enterrado en el mismo lugar donde muera, y reposar allí hasta la resurrección (…) Te abrazo de todo corazón como te he querido en el Corazón del Bien Amado Jesús”. Podemos preguntarnos, para terminar, ¿qué pasó enseguida después de su muerte? Después de su muerte el 1º de diciembre de 1916, Carlos de Foucauld fue enterrado rápidamente en una fosa que rodeaba el borj o fortín, con los tres militares árabes que fueron abatidos por los tuaregs rebeldes. Allí permanecieron un año. En diciembre de 1917, el general Laperrine, gran amigo de Foucauld, hizo cambiar los cuerpos de lugar pues podían llenarse de agua con las lluvias, y fueron trasladados a doscientos metros del fortín, en la cima de una pequeña colina, que se ve de lejos. La tumba de Foucauld era simple, sin inscripción y coronada con una cruz de madera negra. Fue allí que el general Laperrine fue enterrado cuatro años más tarde cuando murió a causa de un accidente de avión.
Cuando el “proceso informativo sobre la vida, las virtudes y el reconocimiento de santidad” fue abierto en 1927, el prefecto apostólico de Ghardaia hizo trasladar su cuerpo en el cementerio cristiano más cercano, el de El Golea, colocándolo en una gran tumba, que seguramente el padre Foucauld no hubiese querido. Este tumba y cementerio es cuidado por un Padre Blanco, el padre Le Clerc. Pero antes de trasladar el cuerpo del padre Foucauld, su corazón fue extraído y dejado en Tamanrasset en un pequeño mausoleo dedicado al general Laperrine, como detalla el biógrafo de Carlos de Foucauld, René Bazin7. Al final de la guerra de Argelia en 1962 el cuerpo de Laperrine fue llevado a Francia y el corazón de Carlos de Foucauld fue confiado a los hermanos de Tamanrasset. El lugar donde se encuentra es un secreto. Algunos piensan que el corazón de Foucauld, que estaba en buen estado en 1929, podría estar en el Assekrem. Es un secreto. Quizá los hermanos no lo han desvelado para no hacer un culto entorno a Foucauld. La Familia Carlos de Foucauld nunca consideró que la beatificación fuese algo prioritario. Pero una vez que la Iglesia hace este reconocimiento de santidad de uno de sus hijos, todos damos gracias a Dios!.
1 Conferencia realizada el día 19 de enero de 2006 en el seno de la Primer Jornada de estudio del Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, acto realizado conjuntamente con la Familia Carlos de Foucauld y el Instituto Emmanuel Mounier Cataluña.
2 Cf. D. GERBAUD, Le processus de béatification. Une longue enquête de personnalité, La Croix, 13 novembre 2005.
3 J. E. HALLIER, l’Evangile du fou. Charles de Foucauld le manuscrit de ma mère morta. Albin Michel, París 1986
4 J. M. MULLER, Charles de Foucauld, frère universel ou moine-soldat, París 2002
5 AA. VV., El Testamento de Carlos de Foucauld, Editorial San Pablo, Madrid 2005
6 ABBÉ PIERRE – B. KOUCHNER, Dieu et les hommes, Ed. Robert Laffont, París 1993
7 “Tal como estaba, el corazón fue colocado en un cofrecito destinado a permanecer en Tamanrasset y que debía de ser depositado en el monumento levantado a la memoria del genral Laperrine… El 20 de abril, el cofrecito que guardaba el corazón del Padre de Foucauld fue colocado en el monumento del general Laperrine. Ese cofrecito fue sellado por el Prefecto Apostólico y encerrado en una caja de madera blanca, en cuyo interior, un segundo documento, colocado en un frasco de vidrio sellado, indica que la llave del cofrecito la tiene como depositario el Prefecto Apostólico de Ghardaia, junto al presente proceso verbal. Tamanrasset 21 de abril de 1929”, R. BAZIN, Carlos de Foucauld, explorador de Marruecos ermitaño en el Sahara, Editorial Difusión, Buenos Aires 1950
En una pequeña biografía hecha por el historiador y gran conocedor de Foucauld, Jean François Six, este estructura su libro[1] en estos veintitres capítulos, a saber: Un rebelde; Un niño perdido; Un exiliado; Un soldado; Un explorador; Un solitario; Un converso (Primera conversión); Un peregrino; Un monje; Un ermitaño; Un sacerdote; Un defensor de los derechos humanos; Un itinerante; Un tuareg; Un converso (Segunda conversión); Un fundador; Un místico; Un apóstol; Un hombre de Espíritu; Un francés; Un pobre; Un desbrozador; y, finalmente, Un faro. Nosotros ahora vamos a añadir un nuevo elemento que engloba a todo el conjunto de los elementos citados: Un hombre de desierto. Y por elevación: Un padre del desierto de nuestros días
1. El desierto de su infancia y juventud
Huérfano de padre y madre a los seis años. A los doce años, a consecuencia de la derrota francesa, en la guerra franco prusiana (1870) junto con su abuelo tiene que exiliarse a Nancy. A los catorce años obtiene el bachillerato y a los diez y siete entra en el segundo curso de preparación en la escuela “Sainte Geneviève” de Versalles, para prepararse para la carrera militar en Saint-Cyr En marzo de 1876, seis meses después de su entrada, el joven Carlos de Foucauld es expulsado: no hace nada; es un rebelde, un auténtico egoísta, que genera discordia a su alrededor, tiene ataques de cólera y rechaza su fe de niño y toda creencia: Esto es lo que el propio Foucauld dirá a su amigo Henry de Castries el 14 de agosto de 1901: «Los filósofos están todos en desacuerdo: doce años permanecí sin negar ni creer nada, desesperando de la verdad y sin creer siquiera en Dios, pues ninguna prueba me parecía bastante evidente».Regresa a Nancy a casa de su abuelo, el coronel Morlet; herido en su amor propio, y prepara solo el examen de entrada, obteniendo el número 82 sobre 412. Ya en la escuela de caballería de Saumur, se abandona, se enoja, engorda y no trabaja. Termina Saumur en octubre de 1879, con veintiun años quedando el 87 sobre 87 alumnos. Al obtener la mayoría de edad, puede recibir su herencia: Lo envían a una guarnición en el este. Y para los permisos alquila una habitación en París, en la calle La Boétie, donde organiza suntuosas fiestas; lleva un gran tren de vida: tiene una criada, un coche, un caballo; es un gourmet que invita a sus camaradas a su casa para degustar sutilezas; su dinero está siempre disponible para ellos. Y a los veitidos años, pone en su vida una mujer mundana y ligera, Mimi.
Su regimiento es llamado a servir en Argelia a finales de 1888. Mimi le sigue; desembarca en Argel con el nombre de “Vizcondesa Carlos de Foucauld”. Él está tranquilo, se exhibe con ella. Las mujeres de los oficiales se quejan ante el Estado Mayor. El ejército quiere poner fin a este escándalo: consejos, amonestaciones y al final le ordenan renunciar a esta situación. Foucauld rechaza que se metan en sus asuntos, se irrita, no quiere someterse, deja el ejército. Se le pone en la reserva “por doble indisciplina de conducta notoria”. Se embarca en marzo de 1881 hacia Marsella con Mimi; la pareja se instala en Évrian, ciudad de aguas sobre el lago de Ginebra, con baños y casino.
2. El despertar de su desierto interior
Una mañana de junio en la estación termal, abre el periódico, y ve un titular: “Insurrección en el Sur Oranés” y lee: “El 4º regimiento de cazadores está inmerso en pleno combate”; su sangre se paraliza: es su regimiento, sus camaradas. Lo deja todo en Evian, va a París, obtiene una audiencia en el Ministerio de la Guerra, quiere ir como simple soldado; le devuelven su grado; vuelve con los suyos; va al combate. Allí, según el testimonio del oficial Laperrine, se muestra como “un soldado y un jefe, soportando con gallardía las pruebas más duras”.
Después de la expedición al Sud-Oranés, Laperrine y su escuadrón parten hacia Senegal. Foucauld se quiere unir a estos; pero se lo prohíben; se queda acuartelado en Mascara, cerca de Marruecos; se enfada; sueña con la aventura, con la exploración. Foucauld se pone a estudiar el árabe, indispensable para cualquier proyecto en oriente; vive como un árabe, sentado en el suelo, con chilaba, impregnándose del país.Pide una baja temporal en el ejército y le dicen que no. Dimite. En su carta de dimisión hay la siguiente nota:”Este oficial no desea servir más que en caso de guerra. Va a realizar un gran viaje por Oriente”.
3. La profunda serenidad del desierto
Decide ir a Marruecos aún inexplorado. Elige los mejores medios para lograrlo: en primer lugar un disfraz para hacerse pasar por uno de estos judíos despreciados del Magreb. Después toma lecciones de hebreo y realiza un curso en la Sociedad geográfica de Argel, con quien establece una especie de contrato. Le exigen que le acompañe un guía seguro: Mardoqueo, un rabino marroquí que vive en Argelia. Su trabajo Reconocimiento en Marruecos, que obtuvo la medalla de oro de la Sociedad de Geografía de París y que podría servir para preparar una invasión a ese país, hace que lo comprenda plenamente. Describe admirablemente los paisajes, los dibuja de una manera depurada. La belleza del introduce hacia el sagrado. Al llegar una tarde a un pueblecito cerca del Sahara, a la puesta del sol, le estalla una «profunda calma». Es lo que comparte con su amigo Henry de Castries el 8 de julio de 1901: «El Islam me produjo una impresión profunda. El ver la fe, de aquellas almas, que vivían en la presencia continua de Dios, me hizo entrever algo más grande y más verdadera que las ocupaciones mundanas .
4. El desierto de Dios
Alquila un apartamento en el número 50 de la calle Miromesnil en París; su tía Moitessier y su prima María viven cerca. Es un hombre sin Dios que vive sobriamente, con un alto tono moral de virtud pagana. Buscar las bases de su vida sin Dios, «en los libros de los filósofos paganos», pero éstos lo decepcionan. Buscar entonces por el lado de las religiones. Y piensa que si su prima María, a quien admira, «es tan inteligente, la religión en la que ella cree tan profundamente no será una locura como pienso. Quizás esta religión no es tan absurda»(Écrits Spirituels, de Girod, París 1923, 79) Así, al igual que para su exploración había recibido lecciones de árabe, ahora «busca un sacerdote instruido para que le dé lecciones sobre religión católica», le dice en una carta a su amigo Henry de Castries el 14 de agosto de 1901. por recomendación de su prima va a la iglesia de San Agustín, muy próxima, donde el padre Huvelin es vicario, para quedar de acuerdo con él para tener conversaciones científicas. En la misma carta dice: «Lo encontré en su confesionario y le dije que no venía a confesarme, porque no tenía fe, pero que deseaba tener alguna explicación sobre la religión católica». De repente se encuentra ante una persona tremendamente acogedora, lleno de ternura, que la escucha y que simplemente le propone confesarse para ir a comulgar seguidamente.Foucauld dirá más tarde: «Tan pronto como creí en Dios, no quería vivir más que para Él».
5. La paciencia del desierto
El padre Huvelin, ahora su director espiritual, le hace peregrinar en el país de Jesús durante tres meses (noviembre 1888-febrero 1889). Nazaret, que entonces era un pueblo bastante sucio y lleno de barro en invierno, imagina a Jesús, a quien quiere imitar, «caminando por las calles». Está decidido, él que antes quería ser famoso, ahora quiere «la humildad» como Jesús. Foucauld con treinta y dos años llega a la Trapa de Notre Dame des Neiges en el momento más duro de de invierno. Vida de monje muy reglada; ayunos, silencio, soledad, comunidad. No tiene dificultad para adaptarse; se le da el nombre de hermano María-Alberic.
6. La pobreza del desierto
Cinco meses más tarde se embarca en Marsella para la prelatura Akbés. Vuelve a Asia, bajo el imperio Otomano, en este Oriente que ama, no muy lejos de Tierra santa y de Nazaret. A pesar de vivir en la Trapa más pobre del orden no está satisfecho. Escribe al padre Huvelin: «Cree que tengo suficiente pobreza? No, somos pobres para los ricos, pero no pobres como lo fue nuestro Señor; no pobres como lo fui a Marruecos»(Lettres à l’Abbé Huvelin 30 de octubre de 1890). Sueña con pequeñas comunidades reproduciendo la vida de Nazaret.
Deja la Trapa y vuelve a Palestina instalándose en Nazaret. Se convierte en sirviente de un convento de religiosas, habita en una pequeña cabaña hecha con planchas, donde se guardan los utensilios del jardín; hace las compras en el pueblo de Nazaret; trabaja la tierra y hace de albañil. Hombre para todo el servicio de las Clarisas.
Se dice que Nazaret no es sólo un lugar, sino «que es también un tiempo, el gran tiempo del silencio. En ningún otro lugar adquieren tanto peso y tanta fuerza la duración de las emociones silenciosas; donde destaca la figura de José, el padre adoptivo de Jesús, que es «el patriarca del silencio». Vivir Nazaret quisiera: «humildad, pobreza, trabajo, obediencia, caridad, recogimiento y contemplación» (A. CORBIN, Historia del silencio, Fragmenta Editorial, Barcelona 2019, 85-86). En este tiempo de Nazaret 1897-1901 es cuando realiza la mayor parte de sus Ecritos Epirituales.
7. La entrega en el desierto
Celebra la misa por primera vez en Beni Abbès el 29 de octubre de 1901, quince años después de su conversión. Se instala entre el pueblo árabe y la guarnición; le ayudan a construir un habitáculo: es muy simple; tiene una capilla destinada al Corazón con los brazos abiertos. A este lugar se le llama la «Khaoua«, la «fraternidad»; y él no es el padre Foucauld, sino el hermano Carlos. En una carta a su prima le dice: «Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos o increyents, a que me consideren su hermano universal. Mi vida transcurre entre la oración; después recibir visitas (que lleva mucho tiempo), algunos oficiales, muchos soldados, muchos árabes, muchos pobres a quienes les doy cebada y dátiles en la medida de mis posibilidades«(Carta a la Sra. Bondy, el 7 de enero de 1902).
Descubre que hay poblaciones más abandonadas: los tuaregs. Escribe en su carnet de notas el 11 de agosto de 1905: «Tamanrasset, pueblo de veinte fuegos en plena montaña. Corazón del Hoggar y del Dag Rali, su principal tribu. He elegido este lugar abandonado y me instalo en él. Quiero seguir como único modelo de vida a Jesús de Nazaret».
Construyó en la montaña del Hoggar una pequeña casita a 2.600 m de altitud, sobre una plataforma de quinientos metros de diámetro, el Asekrem. Este es un cruce central de caminos de este macizo montañoso, es un punto de encuentro; donde los nómadas acampan allí en verano, lugar de paso de las caravanas. En esta ermita Foucauld trabaja en los estudios de la lengua tuareg. Este sitio favorece que tenga numerosas y largas visitas.
8. La conversión del desierto
El 2 de enero de 1908 Foucauld cae profundamente enfermo. Su fin parece cercano. Los Tuaregs el curan. En medio de una terrible sequía, llegan a encontrar cabras que tengan un poco de leche para alimentarlo. El salvan aquellos que la recibieron.
La guerra extiende sus tentáculos a través del mismo Sahara; los saqueadores hacen incursiones en el Hoggar, aprovechando que han retirado los soldados de la región para enviarlos al frente, y por otro lado, de la Tripolitania vienen grupos armados sinusitas, aliados con Turquía, que pasan la frontera y amenazan a Tamanrasset. Foucauld que les ha dado su vida, quiere, como una madre, protegerlos. Prepara un fortín con provisiones. El 23 de junio de 1916, escribe a su prima: «me he instalado en un recinto fortificado, alrededor de un pozo, que pueda servir de refugio a la población en caso de ataque. Pienso viendo mis almenas, en los conventos fortificados del siglo X». Un mes antes de su muerte, le dice de nuevo a su prima que es» un lugar de refugio defendible «. Está dispuesto a defender a su gente hasta el final.
9. Los frutos del desierto
Las repercusiones de la primera guerra mundial llegan al Hoggar. La violencia y la inseguridad dominan estas regiones. Durante la mañana de el 1º de diciembre de 1916 escribe a su prima: «Nuestro empequeñecimiento es el hecho más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas«. Al atardecer del mismo día, durante una operación de los rebeldes senusitas, se deja coger sin resistir y lo matan al ver llegar a dos soldados franceses que llevaban el correo. Una muerte anónima y cobarde en tiempo de guerra, como tantos hombres y mujeres la vivieron en el siglo XX. Pero como una semilla, ha dado mucho fruto, ya que el desierto es el lugar donde se intullen las grandes cosas.
10. Hay que pasar por el desierto
«Hay que pasar por el desierto y permanecer allí para recibir la gracia de Dios: es el desierto donde uno se vacía y se desprende de todo lo que no es Dios, y donde se vacía completamente la casita de nuestra alma para dejar todo el sitio a Dios solo. Los hebreos pasaron por el desierto, Moisés vivió en él antes de recibir su misión, san Pablo antes de salir de Damasco fue a pasar tres años en Arabia, san Jerónimo y san Juan Crisóstomo se prepararon también en el desierto. Es indispensable. Es un tiempo de gracia. es un período por el que debe pasar necesariamente toda alma que quiera dar fruto, es necesario este silencio, este recogimiento, este olvido de toda la creación, en medio de la cual Dios establece en el alma su reino, y forma en ella el espíritu interior, la vida íntima con Dios, la conversación del alma con Dios en la fe, la esperanza y la caridad. […] y es en la soledad, en esta soledad tan sólo con Dios, en un recogimiento profundo del alma que olvida toda la creación para vivir sólo en unión con Dios, donde Dios se da entero al que se da todo entero a Él[2]»
[1] J. F. SIX, Carlos de Foucauld, Monte Carmelo, Burgos 2008. Nosotros seguimos aquí, a grandes rasgos, el itinerario de este libro.
[2] Carta escrita desde Nazaret al padre Jeronim el 19 de mayo de 1898.
Para mostrar como las enseñanzas de la santa perviven hoy, quinientos años después de su tránsito, me centraré en el testimonio de Carlos de Foucauld para quien la guía de la santa fue crucial en su camino espiritual, y por ende a sus seguidores, dispersos hoy por todo el mundo como “levadura en la masa”, en comunión de destino con los más pobres.
Semejanza espiritual
Santa Teresa fue una influencia decisiva para Carlos de Foucauld (1858-1916) durante los años que estuvo en la Trapa. Ya antes de entrar en ésta, había leído gran parte de sus escritos, pues el año 1888, la señora Flavigny, su prima, le había ofrecido los escritos de santa Teresa, excepto las Fundaciones, que compró el mismo en septiembre de 1889. Entusiasmado con estos escritos se los recomienda a todas aquellas personas conocidas suyas que quieren adelantar en el camino de la perfección. Así, al padre Jerónimo le dirá: “Con gran apuro mío, me permito darle un consejo: leer y releer mucho, continuamente, a santa Teresa, parándose especialmente en lo que se refiere al amor de Jesús y a las verdades religiosas”1. En 1909, siete años antes de su muerte, tenemos constancia de su resolución de leer cada día dos páginas de santa Teresa 2. Y un año antes de su muerte escribe a un amigo hablando de santa Teresa: “Comprendo cuanto te gusta la vida de esta gran santa. Después de la Vida, lee Fundaciones, el Camino de perfección, las Cartas, en fin, todas las obras. Todo es en ella incomparable y, al lado de cosas especiales, por doquiera se hallan otras aplicables a todos. Después de leerla, la releerás. Santa Teresa es uno de esos autores de que se hace el pan de cada día”3. Y el 28 de abril de 1916, siete meses antes de su asesinato, le dice de nuevo a su amigo:”Jamás se leerá bastante a santa Teresa. Se halla en ella un conjunto incomparable de ejemplos de virtud y una doctrina de seguridad perfecta. ¡Qué espíritu apostólico! Como Dios, su caridad se extendía a todos los hombres. ¡Cómo la conducía el amor a Jesús al de las almas!”4. La santa de Ávila fue la guía predilecta de Carlos de Foucauld, que con su vida le indicaba lo que Dios quería de él. Se reconocía de la misma familia espiritual que ella. Semejanza de temperamento. Caracteres de temple excepcional, Teresa y Carlos se arrojan sobre los obstáculos y los vencen gracias a una voluntad inflexible. Ambos se crecen ante los obstáculos y hallan en el riesgo y el peligro, una audacia extrema. Son dos seres que tienen sed de absoluto. Tienen centrada el alma sobre las máximas realizaciones posibles, porque los dos poseen un sentido eminente de la trascendencia de Dios, ante quien, estas almas excepcionales, se descubren débiles, pero apoyándose en la omnipotencia de Dios, serán un medio para realizar su voluntad. Por su unión con Dios, vivirán más y más en el olvido de sí mismos5. Es por esto que Carlos de Foucauld de 1908 a 1916, momento de su muerte, concluye cada uno de sus diarios con el “Sólo Dios basta” de santa Teresa. Lo que encuentra Carlos de Foucauld en los escritos de santa Teresa en cuanto “verdades religiosas” no es una teología sistemática, aunque su pensamiento es muy seguro. Lo que vemos que Carlos de Foucauld copia en sus cuadernos son “experiencias de vida”, ya que ambos no son personas de abstracción. No son intelectuales, sino temperamentos de acción. Si bien el itinerario místico trazado por san Juan de la Cruz forma una síntesis razonada de la vida espiritual, fruto de una teología sistemática, la aportación de santa Teresa es otra. Se trata de una descripción de los hechos sobrenaturales que ella vive, no de un estudio metódico de su naturaleza. Teresa presenta los estados y la progresión de la vida espiritual como ella los ha experimentado pero no intenta dar un ejemplo tipo de toda evolución del alma. Es la experiencia de esta “hermana mayor” lo que admira Carlos de Foucauld. Y una concreción del impacto de Teresa en Foucauld será, en referencia a la persona de Jesús, la Sacratísima Humanidad de Cristo de la que habla Teresa, que, cuando ésta se refiere a la Humanidad de Cristo, siempre tiene presente a Jesús resucitado, ya que “el encuentro entre la persona humana y Cristo, que se da en la oración, tiene lugar desde esa realidad de la resurrección de Jesús, y cuando Teresa se representa y contempla la humanidad de Jesús, lo hace desde la perspectiva de su carne glorificada, aun cuando mire al Jesús que caminaba por los caminos polvorientos de su tierra natal, cumpliendo la misión de proclamar el Evangelio”6. Esta huella teresiana llevará a Foucauld a realizar una pequeña síntesis de lo que dicen los evangelios sobre la persona de Jesús y elaborar un pequeño texto que lee y relee durante toda su vida, denominado El Modelo Único7.
Llamados a la santidad
¿Qué puede aportar el testimonio de vida y los escritos de la santa de Ávila a las personas del siglo XXI? Las personas de hoy, sin fe o desasosegadas por el “mundanal ruido” que se aproximen a esta biografía tanto interna como externa, pueden ver en santa Teresa como nunca es tarde para iniciar una aventura de amor, después de haber desaprovechado parte de nuestra vida. Esta aventura espiritual supone un proceso progresivo de espiritualización en la persona orante, que conlleva una donación de sí, por amor a Dios. Teresa cuenta sus experiencias espirituales y nos enseña a orar, convirtiendo frecuentemente su relato en una oración. En la primera parte del libro Teresa nos relata su infancia y juventud, la muerte de su madre y la posterior de su padre. También su ingreso a los veinte años en la vida religiosa el año 1535. Pero, la intensidad de su vivencia religiosa comienza a adquirir más fuerza desde que lee el libro las Confesiones de san Agustín, y también le causa grave impresión un Cristo muy llagado que trajeron a guardar al oratorio. Así se expresa la santa: “Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar, que se havia buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota, que en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representava bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle”8.
Santa Teresa de Jesús nos enseña de una manera sencilla cómo entrar en diálogo con Dios. Es una forma muy sugerente para las personas de hoy, pues somos seres sociables que necesitamos desarrollar en nosotros esta tendencia hacia los otros, y hacia el Ser de Dios, de cuya imagen y semejanza participamos. De ahí el testimonio de la santa: “Procurava representar a Cristo dentro de mí, y hallávame mijor – a mi parecer – de las partes a donde le vía más solo”9. Representar a Jesucristo dentro de sí era para ella la manera de contactar con Dios. Manera que cobraba todo su realismo en el momento de la comunión eucarística. Orar es para ella prestar atención a la Persona, Dios, dentro del propio espacio interior para llegar a ser amigos: “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”1. Para explicar este lenguaje de la oración, santa Teresa recurre a una serie de comparaciones muy hermosas acerca de las relaciones de amistad entre los dos protagonistas: Dios y la persona. Son los cuatro grados de la oración. Santa Teresa compara al alma como un huerto donde Dios quita las malas hierbas y planta las buenas. La persona es el hortelano que debe cuidar el huerto de su alma para que no se sequen las plantas de virtudes que Dios siembra en ella. Todo está en la solicitud del hortelano, en ese tener cuidado de no malograr la siembra que Dios hace en su huerto-alma. El punto de referencia para la persona es siempre contentar a Dios. De esta manera la persona se libra de caer en un egocentrismo espiritual malsano, y del descontento en la relación de amistad con Dios.
Primer grado de oración
En este primer modo de oración se experimenta trabajo y esfuerzo, por no estar acostumbrado a recogerse en el interior del alma. “De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su travajo, como tengo dicho, que han de cansarse en recoger los sentidos; que, como están acostumbrados a andar derramados, es harto travajo”11. A la persona que vive en su exterior la oración se le hace costosa y con escaso fruto. Sentirá malestar y disgusto cuando a pesar de su trabajo en recogerse y meditar no halle en sí más que sequedad y sinsabor. Santa Teresa invita a quienes comienzan este camino a no quedarse en una praxis de la oración que solo agrada al sentido. No hay que quedarse preso del ejercicio de la oración dura, sino abrirse a una relación de amistad desinteresada. Es la amistad pura. En este grado el orante debe mantenerse en la oración con el ejercicio de la meditación, es decir, discurrir con el entendimiento. Con buenos libros que le lleven al trato de amistad con Dios, o pensando sobre las grandezas de Dios, sus misericordias, su amor, etc. Pero la santa insiste en que no se le vaya en esto todo el tiempo de la oración. Sino que “se representen delante de Cristo, y sin cansancio del entendimiento, se estén hablando y regalando con El”12. Teresa advierte que el orante no debe intentar suspender la actividad del entendimiento para ayudarse en la oración, sino dejar que Dios se lo suspenda cuando quiera. No está en nosotros procurarnos sentir los gustos de Dios, de lo contrario perdería el tiempo. Por lo tanto, en esta primera manera de regar el huerto se saca el agua del pozo, esto es, discurriendo con el entendimiento.
Segundo grado de oración
Siguiendo adelante, la persona saca el agua con una noria: “…con noria y arcaduces, que se saca con un torno – yo lo he sacado algunas veces – : es a menos travajo que estroto, y sácase más agua”13. Aquí la persona experimenta en sí unos gustos muy particulares que no vienen de ninguna manera procurados por su mucho meditar en las cosas de Dios. Aunque en este grado no se ha de dejar del todo la oración mental, Teresa nos habla de la oración de quietud, que es precisamente una comunicación de Dios al alma en la que la persona siente en sí un recogimiento hacia lo profundo de su ser, en el que su voluntad siente y goza claramente de unos gustos, contentos, que no había conocido antes en ninguna cosa de este mundo: “Aquí se comienza a recoger el alma, toca ya aquí cosa sobrenatural, porque en ninguna manera ella puede ganar aquello por diligencias que haga”14. Dios actúa directamente en la voluntad intensificando el amor. La persona ve con certeza que estuvo el Señor con ella. Va creciendo en virtudes y desea más ratos de soledad para gozar más de Dios, pues comprende que la oración es principio de todos los bienes y que por nada querría dejarla. La experiencia de la gracia es mucho más clara que en la situación anterior.
Tercer grado de oración
Llegados aquí la huerta del alma se riega con agua que “es agua corriente de río o de fuente, que se riega muy a menos travajo, aunque alguno da el encaminar el agua. Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de manera que casi El es el hortelano y el que hace todo”15. La acción de Dios alcanza a la persona en las potencias, de manera más intensa que en la oración de quietud. Esta acción de Dios la “adormece” en relación a todo lo creado, porque está profundamente cautivada por Dios. La persona siente en sí “embriaguez de amor”. “Glorioso desatino, una celestial locura”16. La actitud de la persona en esta experiencia de oración es abandonarse del todo en los brazos de Dios, porque su alma ya no es suya sino de Dios. Ya no querría vivir sino en Él. La persona se ve fortalecida en las virtudes y deseosa de servir a su Señor.
Cuarto grado de oración
Se trata de la oración de unión de todas las potencias en la que la acción de Dios envuelve y domina a la persona. El huerto se riega con “agua que viene del cielo para con su abundancia henchir y hartar todo este huerto de agua”17. Santa Teresa describe así la oración de unión: “Acá no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza. Entiéndese que se goza un bien adonde juntos se encierran todos los bienes, mas no se comprehende este bien. Ocúpanse todos los sentidos en este gozo, de manera que no queda ninguno desocupado para poder en otra cosa esterior ni interiormente ocuparse” 18. La acción de Dios es tan fuerte que suspende todas las potencias, de modo que la persona orante no puede ocuparse en nada. En esta oración hay una concentración total de la persona entera en Dios: interior y exterior. Santa Teresa llama a esta gracia de unión levantamiento de espíritu o vuelo de espíritu y unión.
¿Qué nos enseña hoy Teresa?
Teresa nos enseña a encontrar a Cristo desde nuestra propia realidad personal e histórica, nos lleva a interiorizar en la oración la revelación que Jesús ha hecho de sí y puesta de relieve en los Evangelios, hasta hacernos contemporáneos de su experiencia y doctrina. La búsqueda de Jesucristo en su realidad humana, da realismo y hondura a nuestra oración. Pero, además, Teresa tiene la convicción que no se busca en vano a Cristo. El paga la búsqueda con el encuentro en su compañía y en los hermanos, en los que Él está presente y prolonga su existencia. En la oración se aprende a vivir con Él y como Él. El capítulo 22 de la Vida encierra una síntesis doctrinal acerca de la importancia de Cristo en la vida de oración y en la vida espiritual. Veamos algunos rasgos: a) Cristo en su Humanidad modelo de nuestra existencia19. Sin la humanidad de Cristo nos faltaría el punto de referencia en el realismo de nuestra aventura, en la fragilidad de nuestro ser y en las situaciones dolorosas en las que tenemos que vivir. Sin Cristo estamos como en el aire, sin un punto de arrimo, sin una referencia realista para nosotros que somos humanos: «Es gran cosa mientras vivimos y somos humanos, traerle humano«20. Es la misma consideración que hace en el libro de la Vida, capítulo 37, 6: «Vía que aunque era Dios era Hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura, sujeta a muchas caídas por el primer pecado que El había venido a reparar. Puedo tratar como con amigo aun que es Señor”21. Y la razón de esto está en que «es muy buen amigo Cristo, porque le miramos Hombre y vémosle con flaquezas y travajos y es compañía. Y habiendo costumbre, es muy fácil hallarle cabe sí, aunque veces vernán que lo uno ni lo otro se pueda«22. Cristo Crucificado es como el límite de los dolores y desarraigos y contradicciones en que nos podemos ver también nosotros. Y entonces es necesario mirarle en el límite de su experiencia humana en el abandono de la cruz. No es extraño que la experiencia cristiana sufra a veces la ausencia de Dios como una identificación con el dolor del Crucificado. Carlos de Foucauld se identifica en esto con santa Teresa, cuando al identificarse con Cristo en el Calvario pone en labios de Jesús esta hermosa oración que decimos todos los días los discípulos de Foucauld: “Padre mío, me abandono a Ti, haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas”19. Recordemos el impacto de la humanidad de Cristo en Foucauld reflejado en su Modelo Único. “No deseo nada más, Dios mío. Pongo mi alma en tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo y porque para mí amarte es darme, entregarme en tus manos sin medida con infinita confianza, porque Tú eres mi Padre”. Santa Teresa nos ayuda a fijar nuestra mirada en Cristo nuestro modelo porque la vida cristiana es vivir como Cristo; solo se puede vivir en Cristo si se vive como Él, partiendo de su vida, de sus compromisos y de sus actitudes vitales. Pues si: “todas veces la condición o enfermedad, por ser penoso pensar en la Pasión, no se sufre, ¿quién nos quitará estar con Él después de resucitado, pues tan cerca le tenemos en el Sacramento, adonde ya está glorificado, y no le miraremos tan fatigado y hecho pedazos, corriendo sangre, cansado por los caminos, perseguido de los que hacia tanto bien, no creído de los Apóstoles? Porque, cierto, no todas veces hay quien sufra pensar en tantos travajos como pasó. Hele aquí sin pena, lleno de gloria, esforzando a los unos, animando a los otros, antes que subiese a los cielos, compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros»23. Teresa no sólo defiende la plena humanidad de Cristo en su existencia con nosotros, sino también la perenne validez de la humanidad de Cristo en su vida gloriosa. Cristo es el único y absoluto mediador ante el Padre: «Mucho contenta a Dios ver un alma que con humildad pone por tercero a su Hijo y le ama tanto…»24. E indica que en el camino de la oración “este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes«25, como desarrolla con mayores argumentos en el libro de las Moradas del castillo interior (VI, 7,6): «Si pierden la guía – que es el buen Jesús – no acertarán el camino…; porque el mesmo Señor dice que es camino26; también dice el Señor que es luz27 y que no puede nenguno ir al Padre sino por El28; y quien me ve a mí ve a mi Padre29″. Esto lo puede corroborar la santa por experiencia: «Es muy continuo no se apartar de andar con Cristo nuestro Señor por una manera admirable, adonde divino y humano junto es siempre su compañía«30.
Importancia de la imagen
En estos tiempos de corrientes de Nueva Era donde se acude al zen, al yoga o a la meditación trascendental es importante la referencia a la Humanidad de Cristo que nos hace santa Teresa: “Una cosa quiero decir, a mi parecer importante. Si a vuestra merced le pareciere bien, servirá de aviso, que podría ser haverle menester; porque en algunos libros que están escritos de oración tratan que, aunque el alma no puede por sí llegar a este estado – porque es todo obra sobrenatural que el Señor obra en ella – que podrá ayudarse levantando el espíritu de todo lo criado (…) Y avisan mucho que aparten de sí toda imaginación corpórea y que se lleguen a contemplar en la divinidad; porque dicen que, aunque sea la Humanidad de Cristo, a los que llegan ya tan adelante, que embaraza o impide a la más perfecta contemplación… Yo no lo contradigo, porque son letrados y espirituales, y saben lo que dicen, y por muchos caminos y vías lleva Dios las almas; cómo ha llevado la mía quiero yo ahora decir – en lo demás no me entremeto- y en el peligro en que me vi por querer conformarme con lo que leía”31. La contemplación de santa Teresa de la imagen de Cristo y su recomendación de traer ante los ojos algún retrato, signo, dibujo relacionados con Cristo, nos demuestran la pedagogía acertada de la maestra de oración, avalada además por la iconografía de las iglesias orientales y los buenos maestros para adentrarnos en la relación teologal, creyente y transformadora de la conducta con el Señor. Así se expresa la santa: “… tratando con un gran letrado dominico, el maestro fray Domingo Váñez, le dijo que era mal hecho que ninguna persona hiciese esto; porque adondequiera que veamos la imagen de nuestro Señor es bien reverenciarla, aunque el demonio la haya pintado, porque él es gran pintor, y antes nos hace buena obra queriéndonos hacer mal, si nos pinta un crucifijo u otra imagen tan al vivo, que la deje esculpida en nuestro corazón. Cuadróme mucho esta razón, porque cuando vemos una imagen muy buena, aunque supiésemos la ha pintado un mal hombre, no dejaríamos de estimar la imagen ni haríamos caso del pintor para quitarnos la devoción; porque el bien o el mal no está en la visión, sino en quien la ve y no se aprovecha con humildad de ellas; que si ésta hay, ningún daño podrá hacer aunque sea demonio; y si no la hay, aunque sean de Dios, no hará provecho”32.
Teresa guía en el camino
En una época como la nuestra necesitamos de maestros que nos hablen desde la autenticidad de una experiencia capaz de llenar de sentido la vida y de transformarla. Teresa es una luz no solo en el camino espiritual religiosos, sino incluso en el ámbito humanista y de la psicología, pues nadie como los místicos es capaz de profundizar tanto en ese espacio interior del ser humano. En las actuales circunstancias de la Iglesia es muy importante acudir a las enseñanzas de la santa. Es muy importante encontrar el rostro humano de Jesús y dejarnos seducir por su vida. Hay que releer los Evangelios para que el Señor se nos revele plenamente en sus palabras y sus ejemplos y dé sentido a nuestra realidad personal y social. De esta forma podemos vivir una existencia comprometida que tenga el mismo realismo del vivir de Cristo propuesto a sus discípulos. Y Él nos revelara plenamente su presencia en los hermanos y en la Iglesia para que nuestro amor a Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, se traduzca en una vida en Cristo que se prolonga en nuestra humanidad y en un servicio por amor a nuestros hermanos, hecho de obras significativas y eficaces en el actual contexto y en el momento de nuestra historia. Teresa de Jesús nos brinda su rica experiencia del Señor Jesús para que de su doctrina y pedagogía podamos revivir hoy nosotros nuestra experiencia de Cristo en nuestra Iglesia y en nuestra historia. No se trata simplemente de copiar o de repetir, porque las circunstancias eclesiales y sociales son diversas. El que sigue a Cristo abraza su causa, como Teresa la supo abrazar en plenitud, abierta a esa visión de la Iglesia como Reino de Dios que padece violencia en la lucha. Todo el proceso pedagógico espiritual al que Teresa nos invita nos debe conducir a una verdadera metamorfosis de unión con Cristo, lo que aportará a la persona una vida fecunda y transformadora. Experimentará una profunda paz interior al estar inundada por la luz de Cristo; sentirá la constante compañía de este Cristo crucificado y resucitado, con quien ha entrado en comunión, en una presencia que se prolongará en el tiempo. También experimentará resultados hacia el exterior: desde una mutación en su escala de valores, hasta una concepción distinta de la vida y de la muerte, del mundo y de las demás personas. Es una espiritualización de la vida a la que todos estamos llamados. Así se expresa Teresa en el libro de las Moradas 7, 4, 9: ”Mirad que importa esto mucho más que yo os sabré encarecer. Poned los ojos en el crucificado, y haráseos todo poco. Si su Majestad nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos, ¿cómo queréis contentarle con sólo palabras? ¿Sabéis que es ser espirituales de veras? Hacerse esclavos de Dios, a quien – señalados con su hierro, que es el de la cruz, porque ya ellos le han dado su libertad – los pueda vender por esclavos de todo el mundo, como El lo fue, que no les hace ningún agravio ni pequeña merced”33. El Matrimonio Espiritual “es la culminación de una experiencia de recogimiento y oración que comprende la vida entera y supone una transformación de raíz en la persona, que atañe a todo su ser, como fruto de la vivencia de este diálogo transformante que desgarra los viejos esquemas vitales. Esta transformación conlleva sus frutos, y ha de ser visible, necesariamente, en la vida de la persona que ha recibido tal gracia. Se trata, pues, de un proceso de espiritualización que Dios obra en el ser humano, con el consentimiento y la colaboración de este; y consistirá en dejarle hacer a Dios, abandonándose en sus manos, como corresponde a toda criatura, pues dejarse hacer es la primera cualidad de toda criatura, y la principal atención espontánea de esta para con su creador”34. La Santa eligió la causa de los más necesitados y tuvo una sensibilidad especial por los pobres, enfermos y necesitados. El mismo Señor le recordó en una ocasión a Teresa, que tenía que estar con los pobres y tener cuidado de los enfermos porque Él había, fundado la Iglesia con pobres pescadores y los que no se compadecen de los que sufren son como los amigos de Job. Para vivir en Cristo, ideal contemplativo de Teresa y ofrecimiento que ella hace a todos los que siguen su camino de oración, hay que vivir como Cristo. Y Él nos indica el camino del amor y del servicio a los más necesitados. Por eso la búsqueda de Cristo en la oración nos descubre el rostro de Cristo en esos rostros de nuestros hermanos en los que Cristo está presente y nos pide ser servido por amor para que también ellos consigan una plenitud de vida cristiana en el desarrollo de su plena humanidad y de su divinidad de hijos de Dios.
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1 G. FRANCHESCHI, Charles de Foucauld, (Buenos Aires 1950), 332.
2 Ibíd. 333.
3 CARTA A JOSEPH HOURS, Cahiers Charles de Foucauld 16, 103
4 Ibíd. 16, 104.
5 Justamente éste es el título, El olvido de sí, que PABLO D´ORS FÜHRER da a la biografía novelada de Carlos de Foucauld en la Editorial Pre-Textos, 2013.
6 C. HERRANDO, El camino espiritual de Teresa de Jesús, (Madrid 2009) 94.
7 Este texto se puede encontrar en J. L. VÁZQUEZ BORAU, Consejos evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld, (Madrid 2005) 25-50.
8 SANTA TERESA DE JESÚS, Obras completas, Libro de la Vida 8, 2 (Madrid 202) 63.
Desde que el fue asesinado en Tamanrasset el 1º de diciembre de 1916, múltiples interpretaciones de su vida y de sus escritos se han generado. Su mensaje ha sido interpretado de muchas maneras. Si no hubiera salido de la Trapa, y si hubiera muerto en Akbés, asesinado en el momento de la gran masacre de los armenios por parte de los turcos, su mensaje sería sin duda de una unidad más evidente, pero vivió como «ermitaño» en Nazaret; «monje» casi de clausura en Beni-Abbés, y finalmente como «misionero aislado» en el Sahara, encarnado en el pueblo tuareg. Por tanto, se trata de captar a todo el Foucauld, sin olvidar la etapa previa a su conversión como militar y explorador de Marruecos.
Su camino místico comenzó con su conversión el año 1886, como fruto de investigaciones y caminos anteriores, instaurándose en Foucauld un amor apasionado hacia el Dios de Jesús, llegando a ser un «hombre que hace de la religión un amor», como lo describió el padre Huvelin, su padre espiritual, poco después de su conversión. Al inicio sólo quería «vivir sólo para Dios». Pero, poco a poco, meditando las escrituras, su amor apasionado por Jesús de Nazaret y sobre todo diversas circunstancias, harán que sobrepasara el horizonte inicial, que, como una cumbre, culminó en su escrito eremítico-monástico de la Regla de 1899.
Cuando descubre que Jesús quiere compartir con todos su vida divina, se desarrolla un nuevo impulso: el amor apasionado por el prójimo, por los demás, y, especialmente, para aquellos que no tienen como él, que ha vivido la conversión, la atracción operada por Dios Amor. Después de quince años de vivir centrado sobre el Nazaret de una Santa Familia contemplativa, Foucauld deja este Nazaret para ir a anunciar «a las ovejas más abandonadas» ese Dios Amor, haciendo un Nazaret itinerante. A partir de 1901 y hasta su muerte, la voluntad de anunciar el Evangelio y de ser «salvador» con Jesús, llega a ser lo primordial para él. Esto ocurre en dos fases: en la primera están los siete primeros años marcados por Beni Abbés, donde tiene una dependencia importante de la regla monástica de 1899; en la segunda, a partir de 1908, con la edad de cincuenta años, da el paso decisivo más allá de su regla y de toda clausura: la salida fuera en misión. Los siete últimos años, los de la madurez de Foucauld, están radicalmente marcados por la evangelización. (Todo este proceso queda muy bien reflejado en el libro de JF SIX; M. SERPETTE; P. SOURISSEAU, El Testamento de Carlos de Foucauld, San Pablo, Madrid 2006)
1. Su motivación principal: Llevar la misericordia de Jesús a los más pobres.
El 29 de septiembre de 1900 el eterno viajero se encuentra de nuevo en el monasterio de Nuestra Señora de las Nieves (Francia), donde permanecerá un año, para realizar su retiro de diaconado y sacerdocio. Y es aquí donde toma conciencia de su misión:
Mis retiros me han revelado que aquella vida de Nazaret, que me parecía ser mi vocación, no debía llevarla en Tierra Santa tan querida, sino entre las almas más enfermas, entre las ovejas más descuidadas… En mi juventud había recorrido Argelia y Marruecos. En Marruecos, grande como Francia entera, con diez millones de habitantes, no había un solo sacerdote en el interior; en el Sahara, con una extensión siete u ocho veces mayor que Francia y mucho más poblado de lo que se creía en otro tiempo, una docena de misioneros… Ningún pueblo me parecía más abandonado que éstos…
El hermano Carlos fue ordenado sacerdote el 9 de junio de 1901 por Monseñor Montéty, en presencia de Monseñor Bonnet, obispo de Viviers, diócesis en la que estaba incardinado. Después de la ordenación permaneció en el monasterio hasta que se realizaron los trámites para su marcha a África del Norte. El 14 de octubre recibe la autorización del gobernador de Orán y parte al día siguiente hacia esta ciudad, primero, y hacia el sur, después, pasando por Ain-Sefra en dirección a Beni Abbés, oasis de muchísimas palmeras. El hermano escoge este lugar por la cercanía con Marruecos, la tierra que tanto quería y que esperaba volver algún día.
Hay que recordar que el 24 de abril de 1885 en la sociedad de geografía de París se leía el informe Duveryrier sobre el Reconocimiento de Marruecos realizado por Carlos de Foucauld, al que se le otorgó la medalla de oro, con estas palabras:
En once meses, del 20 de junio de 1883 al 23 de mayo de 1884, un hombre solo, el vizconde de Foucauld, ha duplicado, por lo menos, la longitud de los itinerarios cuidadosamente trazados en Marruecos (ha explorado 3.000 kilómetros)… Comprenderán ustedes que realmente se abre una nueva era; y no se sabe que debemos admirar más: si esos resultados tan preciosos y tan útiles, o la dedicación, el valor y la abnegación ascética que han permitido a ese joven oficial francés llegar a obtenerlos.
La gran exploración de Marruecos realizada por Foucauld, disfrazado de judío y acompañando de Mardoqueo, su guía de viaje, cambió profundamente su vida. Nadie que conociese su pasado podía adivinar su tenacidad en proseguir su camino a pesar de los obstáculos de toda clase; su paciencia ante las injurias; su constancia en tomar diariamente notas y croquis, viajando en los intervalos de descanso, poniendo en peligro su propia vida; la rapidez en discernir las secretas disposiciones de espíritus tan distintos del suyo; semejante poder de voluntad en la soledad moral, un régimen tan austero, un trabajo tan constante, que revelan un gran dominio de sí mismo. Y también descubre a algunos musulmanes “viviendo constantemente en presencia de Dios”, lo que le dejó conturbado.
2. Siendo amigo de todos, “hermano universal”
El acceso a Dios, que es lo importante en toda acción misionera, se puede realizar de muchas maneras. Citemos las tres más importantes: a) a través de la belleza de la realidad, descubriendo el orden y la armonía; b) a través del amor desinteresado por el hermano, trabajando por la justicia y la paz; y, c) a través de la amistad, que es distinta de la caridad, ya que ésta es indiscriminada y se abre a todos los seres humanos, y, en cambio, la amistad implica preferencia por una persona determinada. De todos modos la amistad incluye un componente universal ya que se ama a un ser humano como se quisiese amar a toda la especie humana. En la auténtica amistad no debe haber ni dominio ni dependencia, como la imagen original y perfecta de la esencia de Dios, que tenemos en la Trinidad. Es lo que dice Jesús: “Que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17, 21). Así, toda amistad auténtica, presidida por el afecto, pero preservada de la dominación y de la dependencia, es una experiencia espiritual donde Dios se hace presente, ya que es Él quien posibilita la proximidad de dos seres humanos sin que peligre la autonomía de cada uno. En este sentido, la amistad sostiene la vivencia espiritual.
Carlos de Foucauld además de intentar durante toda su vida no hacer distinción de personas y ser “hermano universal”, vivió la experiencia de amistad también con aquellas personas a las que había sido enviado. Así, hay que señalar la especial relación que le unió con Moussa ag Amastane desde el primer momento de su encuentro en junio de 1905. Gracias a éste, Foucauld pudo instalarse en Tamanraset. Moussa es el único tuareg que ha expresado en diferentes cartas sus sentimientos sobre el marabú Carlos de Foucauld. En una de estas, enviada después de la muerte del hermano Carlos, a su hermana la Sra. de Blic, como se puede leer en el libro de R. BAZIN, Charles de Foucauld Explorateur du Maroc Ermite au Sahara, París 1921, 466, dice:
Desde que me he enterado de la muerte de nuestro amigo Carlos, su hermano, mis ojos están cerrados, todo está oscuro para mí y he llorado. He llorado mucho y estoy de duelo riguroso. Su muerte me ha dado mucha pena… Carlos, el marabú, no está muerto solamente para vosotros, ha muerto también para nosotros. Que Dios le de misericordia y nos podamos reunir en el paraíso.
Carlos de Foucauld, el año 1910, en una carta al padre Laurain escribe:
Algunas visitas sinceras entre las capas más diversas de esta población, algunos me tienen mucha confianza, y con otros, si bien no tengo comunicación íntima, si hay relaciones amistosas. Esto es significativo, dada la extensa distancia que existe entre esta nación y nosotros. (Lettre au père Laurain, 27.11.1910).
El hermano Carlos también conoce y tiene relación de amistad con otros tuareg, como le dice a su amigo Garnier en 1913 (Lettre à Garnier 23.02.1913, Archivos de la Postulación):
He aquí, como mínimo, cuatro ‘amigos’ en los que puedo confiar del todo. ¿Cómo nos hemos hecho amigos?, de la misma manera que surge la amistad entre nosotros. No les he hecho ningún regalo, pero han comprendido que tienen en mí un amigo fiel, que me entregaba a ellos. Los que trato aquí como buenos y verdaderos amigos son: Ureg ag Uksem, jefe de los Dag-Ghali, su hermano Abahag Chikat ag Mohamed, un hombre de sesenta y seis años que no sale mucho, y el hijo de este último: Uksem ag Chikat (que yo llamo mi hijo). Hay otros con los que tengo simpatía, pero con estos puedo contar para muchas cosas. A estos cuatro les puedo pedir cualquier cosa, información o servicio y estoy seguro que harán todo lo posible por conseguirlo.
En 1904 trató de llegar a ser hermano de todas aquellas personas que no podían entender su deseo de fraternidad. Pasado el tiempo, su enfermedad de 1908 fue crucial para su “segunda conversión”, pues era incapaz de hacer nada y se pudo recuperar gracias a la ayuda de los tuareg, que, debido a la gran sequía, se tenían que desplazar muy lejos en busca de leche para sanar al marabu. Así, poco a poco se fueron creando vínculos entre ellos, convirtiéndose algunos en amigos.
Según la opinión del hermano Antoine Chatelard, sucesor de Foucauld en Tamanrasset, Foucauld podía desear ser hermano de todos, pero no podía ser el amigo de todos, como lo expresa en una carta a su amigo Henry de Castries:
Pasé todo el año 1912 en este poblado de Tamanrasset. Los tuareg son para mí, una compañía muy consoladora, no puedo dejar de decir lo buenos que son conmigo y como he encontrado también en ellos personas rectas. Uno o dos de ellos son amigos de verdad, una cosa tan extraña y preciosa en todas partes. (Lettres à Henry de Castries, Grasset, París 1938, 8. 01. 1913, 196)
Y el 18 de diciembre dice en una carta a su prima: «Mis vecinos tuareg siguen siendo muy buenos conmigo, y por parte de los familiares de Uksem, me muestran mucho afecto y una gran confianza” (Lettres à Mme de Bondy, DDB, París 1966, 225).
La amistad pide reciprocidad y tiene grados. Se van produciendo fuertes vínculos entre él y quienes lo acogieron. Al padre Voillard, en la carta del 12 de julio de 1912, le dice:
La confianza que me conceden los tuareg del poblado es cada vez más grande. Las amistades se vuelven más íntimas, y las nuevas amistades que se forman, también lo son. Intento prestar el máximo servicio. (CH. DE FOUCAULD, Correspondances sahariennes, París, Cerf 1998, 863).
Ahora bien, tanto sus amigos musulmanes, como los ateos o agnósticos, como por ejemplo sus grandes amigos Gabriel Tourdes y Henry Laperrine, o sus amigos judíos y protestantes de Francia, que visitó con el joven Uksem, todos forman parte de la misma relación de hospitalidad y de amor fraternal. Todos estos hombres y mujeres, muchos amigos de juventud, amigos del Sahara, tanto tuareg como franceses, musulmanes o cristianos, creyentes o no, todos los que contaba entre sus amigos, ejercieron en él, una influencia que dio forma a la evolución de su pensamiento y a su comportamiento humano, así como su fe y sus prácticas religiosas. Gracias a ellos y sin que lo notase se dejó humanizar, como se dejó moldear y convertir. Remarcable reciprocidad para aquel que al inicio, sólo pensaba en dar y en convertir! Foucauld da testimonio en medio de la lucha, de la violencia y de la desconfianza, que otro tipo de relación es posible y que la debemos realizar en el respeto, la aceptación y el amor. Incluso superó, en términos de actitud y relación, sus propias posiciones teóricas sobre el Islam. Su relación con el Islam no es tanto el descubrimiento de otra religión, que ya la conocía, si no el encontrarse con hombres y mujeres concretos, donde deposita toda su energía por entender y hablar su lenguaje y poder comprender su cultura.
3. Practicando el apostolado de la bondad
Cuando Foucauld le dice a en una carta a su amigo Joseph Hours que quizá tendrán que pasar siglos, como queriendo indicar “largo tiempo”, para que brote la fe cristiana en los ambientes donde él se encuentra, hay que recordar lo que le expuso a sobre “los medios a emplear para la evangelización” en su carta del 25 de noviembre de 1911: “Lo primero preparar el terreno en silencio por la bondad”. Se trata de una bondad sin “ideología”, que es el punto más alto al que puede llegar el espíritu humano. Una bondad que crea la fraternidad, una bondad que puede existir evangelizando si no se reduce a una instrumentalización para conseguir conversiones, si no es una ideología disfrazada, pues la bondad como la no-violencia pueden ser ideologías. Foucauld no va tras el bien ni el triunfo de una causa, practica la bondad.
El padre Huvelin había invitado especialmente a Foucauld a la evangelización por la bondad. Veamos lo que dice en su carnet, que escribió en Tamanrasset en una página que lleva por título: “Lo que me ha dicho el padre Huvelin en mi viaje a Francia en 1909”:
Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome se deben decir: ‘Si este hombre es bueno, su religión debe ser buena’. Si se me pregunta por qué soy dulce y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien más bueno que yo. Si supieses como es de bueno mi Maestro JESÜS!’ Quisiera ser tan bueno que se pueda decir: ¿Si así es el servidor, cómo debe ser el Maestro?
Palabras que Foucauld entendía bien pues el padre Huvelin y su prima María de Bondy habían actuado con la misma bondad silenciosa con él antes de su conversión: podía dar testimonio de que había sido esta mediación la que le había conducido a Dios.
El secreto de la vida del hermano Carlos estaba en la celebración de la Eucaristía y en su adoración prolongada. En una carta dirigida al padre Guerin, con fecha del 2 de abril de 1906, da a entender que tendrá que separarse de Pablo, el antiguo esclavo rescatado de Beni-Abbés y que había traído con él al Hoggar, por su comportamiento moral. Lo que le preocupa también es que no podrá celebrar la Eucaristía al no haber nadie con él, cosa imprescindible en aquellos momentos eclesiales y de no ser así, se requería permiso. Concluye la carta con estas palabras: “Mi alma se halla en paz absoluta. Estoy lleno de miserias, pero sin nada grave que me atormente. Soy feliz y estoy tranquilo a los pies del Bien Amado.”
4. Estudiando su lengua y sus costumbres
El 5 de julio el hermano Carlos parte hacia el Asekrem, donde vive en una choza, a 2900 metros de altura. Va a buscar allá arriba, con el frío y la tormenta, las almas de las que se ha hecho el pastor. La sequía ha alejado a los tuareg de las mesetas del Hoggar, induciéndoles a ir a acampar en los valles de la Koudiat, donde hay un poco de pasto verde para los rebaños. Allí hay, por algún tiempo, gran cantidad de nómadas de diversas tribus, que intentan superar el hambre.
Se precisan tres días por lo menos para llegar al Asekrem, meseta rodeada por un paisaje fantástico de cumbres, picos, mesas gigantes y pórticos esculpidos por la naturaleza en las cumbres de las montañas de menor altura. Al norte y al sur nada detiene la vista. Recuerda las primeras edades de la tierra. Los grandes ríos saharianos, secos en la actualidad, se deslizaron por sus flancos. Por todas partes pueden advertirse las huellas de los lechos que abrieron y que siguen, unos hacia la laguna Taoudeni, otros hacia el Atlántico y otros en dirección al Níger, como el río sin agua Tamanrasset.
Carlos de Foucauld gustaba de aquella soledad y lo expresaba así:
Es un hermoso lugar para adorar al Creador. Tengo la ventaja de tener muchas almas a mí alrededor y de estar solo en mi cumbre… Esta dulzura de la soledad la he experimentado en todas las edades, desde los veinte años, cada vez que he podido disfrutar de ella. Aun sin ser cristiano, amaba la soledad frente a la hermosa naturaleza, con algunos libros; con mayor motivo debo apreciarla cuando el mundo invisible y tan dulce hace que, en la soledad, uno no se sienta nunca solo. El alma no está hecha para el ruido, sino para el recogimiento, y la vida debe ser una preparación para el cielo, no sólo mediante las obras meritorias sino también por la paz y el recogimiento en Dios. Pero el ser humano se ha lanzado en discusiones infinitas: la poca felicidad que encuentra en el ruido bastaría para demostrar cuán lejos le aparta de su vocación.
En el Asekrem, lo mismo que en Tamanrasset, había elegido el lugar desde donde puede verse más. Su casa no era más que un corredor, construido con piedra y barro, tan estrecho que dos personas no podían pasar juntas. Pero en aquel pobre refugio había una capilla, además de libros, provisiones, etc. en cajones. Dormía en uno de estos que durante el día le servía de mesa. A su alrededor soplaba el viento, con ruido semejante al de la marea ascendente. El padre Huvelin le había mandado doscientos francos para ayudarle a construir la ermita, y le regaló el altarcito de la capilla.
Allí, más de una vez por semana, recibe la visita de familias tuareg, que suben de los innumerables valles escondidos en la Koudiat. Es una peregrinación y un viaje de placer a la vez. Vienen de lejos, a veces de una, dos y aún más jornadas de viaje. Por lo tanto es preciso descansar, cenar, pasar la noche… En una carta al padre Voillard, del 6 de diciembre de 1911, el hermano Carlos se expresa así:
Una o dos comidas tomadas en común, un día entero o medio día pasado juntos, relacionan más estrechamente que un gran número de visitas de media hora o de una hora, como en Tamanrasset. Algunas de estas familias son relativamente buenas, tan buenas como pueden serlo sin el cristianismo. Estas almas se guían por las luces naturales; aunque de fe musulmana, son muy ignorantes del Islam y no han sido muy mimadas por él. Por este lado, la obra que se hace aquí es muy buena. Por último, mi presencia es motivo para que los oficiales vengan al corazón mismo del país.”
El resto del día el hermano Carlos reza o trabaja. Vive con él un informante tuareg, a quien da veinticinco céntimos por hora por el trabajo lingüístico. El enorme trabajo que se realiza, la austeridad de vida y el frío de la llegada del invierno, hacen que a principios de diciembre regresen a Tamanrasset, donde lleva la vida habitual, y donde se entera de la guerra existente entre los italianos y los árabes de Tripolitania. Sus amigos se sienten inquietos por la repercusión que aquella guerra puede tener en el Sahara. Contesta a uno de ellos: “Tranquilízate, el Sahara es grande; indudablemente los turcos hacen todo lo posible por predicar la guerra santa entre las tribus árabes de Tripolitania, pero eso no nos afecta. Los tuareg, que son tibios musulmanes, sienten la misma indiferencia por la guerra santa, que los turcos y los italianos. Todo eso les tiene sin cuidado; lo único que les interesa son sus ganados, los pastos y las cosechas.”
5. Ayudando en la promoción integral de sus amigos
En cada una de las páginas de la voluminosa correspondencia del ermitaño de Tamanrasset se advierte preocupación por intentar los mejores medios humanos para elevar a aquel pueblo. Para él la civilización “consiste en estas dos cosas: instrucción y dulzura”. Se interesa por todo aquello que pueda ayudar a proteger a los niños, liberar a los esclavos, instruir a los ignorantes y establecer a los nómadas en lugares fijos. Por esto se regocija de la próxima llegada de un comité compuesto de ingenieros, oficiales y geólogos, encargado de estudiar el trazado definitivo del ferrocarril transahariano, y de la noticia de que Marrucecos ha pasado a ser protectorado de Francia. Pero en la contestación de una carta ya apunta lo siguiente: “Si no cumplimos con nuestro deber, si explotamos en vez de civilizar, lo perderemos todo y la unión que hemos hecho con este pueblo se volverá contra nosotros.”
Llevado por su afán de civilizar, como él lo concibe, proyecta un viaje a Francia acompañado por un joven tuareg. Para esto comienza a preparar a la señora de Blic y a sus primos de Francia, para que reciban a ese visitante vestido con una túnica y que lleva los cabellos trenzados y las mejillas cubiertas con un velo azul. Pero antes de iniciar aquel viaje, el candidato se ve precisado a salir con la caravana integrada por casi todos los hombres válidos del país, para ir en busca de mijo a Damergou.
Tanto la primavera, como las demás estaciones del año, encuentran al hermano Carlos en su ermita trabajando con sus manuscritos y libros. Termina el diccionario y se lo manda a Renato Basset para que lo publique “bajo el nombre de nuestro común amigo, el señor de Motylinski.”
6. Siendo un Evangelio vivo
En el artículo XXVIII del Directorio Foucauld repite una y otra vez que los hermanos y las hermanas tienen que ser”una predicación viva (…), un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, y especialmente las infieles, deben, sin libros y sin palabras, conocer el Evangelio viéndoles vivir su vida”. Su pasión por anunciar el Evangelio, el querer “la salvación de las almas”, no le hacen fanático, al contrario, es consciente de que los caminos de los corazones humanos son impenetrables, y que se trata de respetarlos. Foucauld sabe bien, por ejemplo, que Moussa Ag Amastan es un “piadoso musulmán y que no es cuestión de usar ante él ningún método misionero o proselitista, ni presionarlo para convencerlo a toda costa. En una carta del 1º de enero de 1914, agradece a su prima el que rece por Ouksem: “él, su padre, su abuelo, su madre y otros, son almas de buena voluntad, y dejar de creer en lo que siempre se ha creído, en lo que siempre se ha visto creer a su alrededor, lo que creen aquellas personas a quienes ama y respeta, es difícil”. Las dos últimas palabras de su carta: “Recemos y esperemos” resumen perfectamente su pensamiento de una esperanza inquebrantable.
En una carta a R. Bazin, del 29 de julio de1916, Foucauld se ve como “un misionero aislado”, pues a diferencia de los misioneros que trabajan juntos y realizan un ministerio tradicional, él es uno de eso misioneros “muy raros”: “los misioneros aislados” ¿Cuál es la naturaleza de este aislamiento? Una “soledad en medio de poblaciones muy desimanadas y más aún alejadas de espíritu y de corazón” del cristianismo. El estatus del misionero aislado es el de “desbrozador”, como cuando, treinta y cinco años atrás, lo realizó en su “reconocimiento de Marruecos”, tomando realmente el “oficio de desbrozador”. Y, a continuación expresa su deseo fundamental: “Hay muy pocos misioneros aislados haciendo el oficio de desbrozador; quisiera que hubiera muchísimos” ¿Quiénes serían estos? Y vemos que nombra como misioneros de este tipo, tanto laicos como sacerdotes; quisiera que todo sacerdote que se encuentre en las colonias forme sus parroquias del futuro con “misioneros aislados”. El deseo más ardiente de Foucauld es la multiplicación de “desbrozadores”.
En una comunicación que hizo Foucauld en enero de 1903 para el Congreso de los sacerdotes-Apóstoles de Montmatre, comunicación que hace relación con Marruecos, donde espera establecerse como “Hermanito del Sagrado Corazón”, es decir como monje contemplativo dado también a la caridad, habla del “primer surco” que hay que cruzar antes de enviar misioneros predicadores; así, para efectuar esta tarea, ve la necesidad de una congregación de vida contemplativa y de caridad: los Hermanitos del Sagrado Corazón serían de este tipo, pero estamos todavía en el primer modelo de “Nazaret”: una vida de oración y de proximidad fraterna. Ahora, en 1916, no se trata de contemplativos, sino de “misioneros” como tales, en vanguardia, “aislados”, haciendo el “oficio de desbrozadores”. Hay que “desbrozar la tierra antes de sembrarla”, escribe el 11 de diciembre de 1912 a su amigo Fitz-James; y habiendo precisado que para él. “desbrozar” significa: “tomar contacto, hacerse querer, inspirar estima, confianza, amistad”.
7. El germen de un cambio: los últimos años de su vida
Hasta principios de 1908, tiene para él el estatuto de monje-en país-de-misión, como puede verse en la carta que escribe a su cuñado Raymond de Clic: “Continuo monje, en país de misión, monje-misionero, pero no misionero”. Y señala como signo evidente de este estado monástico: “Me vienen a ver, yo no voy a ver a nadie. Estoy en mi clausura”.
Pero un lento trabajo interior ha empezado a trabajarle desde 1907: para él la idea de ermita, de monje, de clausura ha sido modificada. En este año viaja durante muchos meses, en Argelia, visita las misiones de los padres Blancos; y a su vuelta a Tamanrasset, en julio de 1907, es consciente de que hay que dar un paso más. El choque que ha experimentado lo expresa en su carta del 1º de junio de 1908 a Mons. Guerin:
Pienso mucho, mucho en los tuaregs… Y, al mismo tiempo, es en todo el Sahara en quien pienso. Es evidente que usted no puede hacer nada si no encuentra el medio de multiplicar y agilizar sus instrumentos, de manera que pueda tener, por un lado, muchos más obreros, y, por otro, obreros que escapen a las trabas que ponen los que ahora tiene.
Este choque le ha provocado un auténtico cambio. Dice además en la misma carta:
El pensamiento de una especie de tercera orden que tenga por finalidad la conversión de los infieles me ha venido a la cabeza este último septiembre durante mi retiro. Después me ha venido reiteradas veces.
Y añade:
«Conversión que es en el momento presente un deber estricto para los pueblos cristianos en los que la situación ha cambiado totalmente en relación a los infieles: por un lado, los infieles están casi todos sujetos a los cristianos; por otro, la rapidez de las comunicaciones y la explotación del mundo entero dan un acceso bastante rápido a todas partes; de estos dos hechos se deriva un deber muy estricto, especialmente los pueblos que tienen colonias: el de cristianizar. Haría falta, no en todas partes, sino en países que tienen dificultades especiales como las que usted tiene, misioneros al estilo de Santa Priscila de los dos sexos, ya sea que se les rebusque por aquí o por allá, sea que se les agrupe para darles una preparación común antes de enviarlos; parece que se les podría rebuscar aquí o allá y que podríamos encontrar donde ‘probarlos’ y ‘prepararlos’. Usted conoce mi deseo antiguo de ser misionero al estilo de Sta. Priscila.
Esta evolución se percibe muy bien en el retiro que hizo en septiembre de 1907: «viviendo entre los pueblos infieles más abandonados», y añade, «hacer todos los actos útiles» para la evangelización de los infieles, no estando solamente «entre ellos». Esto le llevará a concretizar en la redacción de los estatutos de una cofradía y el deseo ve viajar a Francia para que el padre Huvelin y Mons. Bonnet den validez a su proyecto.
Este cambio le irá conduciendo poco a poco a una nueva concepción de su vida. A partir de 1913 Foucauld ya no se considera dependiendo del Reglamento de los Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús. Tiene un horario parecido, al de un sacerdote secular; ya no se somete a restricciones de alimentación y ayunos excesivos; ya no lleva el emblema del corazón y la cruz en su túnica; ya no firma más como «hermano Carlos de Foucauld», sino «Carlos de Foucauld». Para el horario, alimentación, vestidos, trabajo etc. Sigue el Directorio de la Unión. Se puede pues afirmar, pues, que a partir de 1913, y para los tres últimos años de su vida, Foucauld no es más «un hermanito del Sagrado Corazón de Jesús», sino uno de los miembros de «la Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús». Ya no hay más clausura ni insignia para singularizarlo; es un hombre orientado hacia una vida de testigo del Evangelio en un medio que ha llegado a ser el suyo.
8. Misioneros en avanzadilla
El padre Peyriguère pudo realizar lo que no pudo realizar Foucauld: instalarse en Marruecos y vivir treinta años, hasta su muerte el 26 de abril de 1959, en El Kbab, pequeño pueblo del Medio-Atlas marroquí y «experimentar la vida de monje misionero siguiendo la tendencia de la carta del 13 de mayo de 1911″, escribe el 27 de agosto de 1937 (A. Peyriguère, Laissez-vous saisir par le Christ, Seuil 1981, 106) Habla de su «vida de misionero», el 27 de julio de 1945. «Intento poner a punto la espiritualidad misionera del Padre Foucauld», 20 de septiembre de 1946. «Ha llegado el momento de sacar lo que tiene de profundamente original y muy adaptado a las necesidades del apostolado de hoy este mensaje tan rico» 4 de noviembre de 1947. «Su talla, en la Iglesia misionera, es una talla de gigante», el 14 de abril de 1948. Así, podemos decir, que el pensamiento del padre Peyriguère es claro. Se trata de la Misión.
En el curso de su segundo viaje a Francia, Foucauld pasó un día en Notre-Dame des Neiges, el 20 de febrero de 1911, y fue invitado a dirigirse a los monjes. Algunos días después de su paso, el padre Antonin Audigier le escribió, por el o por otros, pidiéndole más precisiones sobre su vida en Tamanrasset. Foucauld le responde una larga carta para describir su vida y sus proyectos en el Sahara donde el lleva, como dice, una vida de «monje misionero». Y marca este principio: «Establecimiento entre los pueblos infieles los más abandonados haciendo todo lo posible para su conversión». Foucauld busca para la evangelización misioneros, ya sean monjes, sacerdotes, laicos, casados o solteros, es decir de todos los estados de vida. Y como escribe al padre Antonin que es monje, precisa que incluso pueden vivir como “ermitaños” o como “pequeños grupos de tres o cuatro”, pero “sin querer formar monasterios”, remarca él. En resumen lo que pide a todos es ser hombres y mujeres de oración, de relación con Dios, y, al mismo tiempo, imitando lo que hacía Jesús en Nazaret. En una palabra: ser hombres y mujeres que anuncien el Evangelio.
En el Sahara, estos “monjes misioneros” tienen que ser, a la manera de Foucauld, “como avanzadilla, hechos para preparar los caminos y ceder el lugar (…) hasta que el terreno esté desenredado”. Al mismo tiempo, otros, por ejemplo personas casadas, vivirían ellos también, a su manera, esta vida misionera de desenredadores. Eincluso, ¿no había osado pensar en 1909, después de su encuentro con Mons. Bonnet, a fórmulas mixtas? “Sacerdotes misioneros, de incógnito, nadie conocería su cualidad de sacerdotes, serían un gran bien” escribió entonces. Seguramente que había pensado esto para dar la vuelta a la prohibición de las autoridades francesas de que haya sacerdotes predicando abiertamente contra el Islam; pero, al alba de este siglo, tenía un aspecto profético, como se puede ver en países totalitarios, sacerdotes secretos, ejerciendo un trabajo solitario; ¿No dijo Foucauld: “Pasaran inadvertidos bajo el aspecto de agricultores, comerciantes, sabios, etc.”? Se puede ver como el Nazaret de 1916 ha cambiado en relación al de 1901. El Nazaret de 1916 permanece, ciertamente, en una vida de oración, de trabajo, de fraternidad cotidiana, pero es una vida que se propone a los sacerdotes, laicos, religiosos, religiosas, casados o solteros, a todos: no está reservado para los “religiosos” y es fundamentalmente una vida de “desbrozamiento evangélico”, una vida misionera tal cual.
Así, Foucauld en 1916 se declara sin ninguna ambigüedad “misionero”. No es “un monje en misión especial”, sino un sacerdote secular que vive en país de misión y que ha llegado a ser plenamente “misionero”, “desbrozador”, en “avanzadilla”, “misionero aislado” en medio de poblaciones no cristianas. Y él quisiera convencer al mayor número posible de los bautizados, hombres y mujeres de todas clases a entrar en este camino; los desenredadores pueden ser tanto sacerdotes como laicos. Al laico que es Joseph Hours le dice el 28 de abril de 1916, una vez más, la necesidad que hay de “Priscila y Aquila”:
Pido contigo a Dios Hagamos como Priscila y Aquila. Dirijámonos a todos aquellos que nos rodean, a los que conozcamos, a quien está cerca de nosotros; tomemos para cada uno los medios mejores, con uno la palabra, con otro el silencio, con todos el ejemplo, la bondad, el afecto fraterno.
Y cita al apóstol Pablo:
“Hacernos todo a todos para ganar a todos para Jesús”
Si queremos entrever como se situó Carlos de Foucauld en su misión hacia los más abandonados, será bueno comentar el artículo XXVIII de los Consejos Evangélicos o Directorio1, escritos en su plenitud de vida, para ver todo el tesoro que él nos ofrece, entresacándolo del lenguaje teológico de su época. Titula así este artículo: “Medios generales en particular para la conversión de las almas alejadas de Jesús, y especialmente de los infieles que pertenecen a las colonias de la madre patria”.2
1. ¿Qué entiende Carlos de Foucauld por la palabra infieles?
No es la primera vez que utiliza este término. En 1890 había dejado la Trapa de Notre-Dame des Neiges (Francia) por una modesta Trapa, fundada por este mismo monasterio, en Akbés (Siria). Esta Trapa estaba situada en medio de una población musulmana; los cristianos, armenios en su mayoría, que había alrededor de Akbés, eran pocos; entonces se da cuenta de la situación de “estas misiones tan aisladas de Oriente”, como le dice al padre Huvelin el 22 de septiembre de 1893; queriendo establecer en ellas pequeñas comunidades, “pequeños hogares de vida fervorosa y laboriosa” y “verlos extenderse especialmente en los países infieles, musulmanes u otros”.
En junio de 1896 escribe una regla para esos “Nazaret”, como él les llama, y que quiere fundar: “Nos estableceremos especialmente en las ciudades (…) en los pequeños pueblos como Nazaret, en los barrios, en las ciudades de los países infieles”.
En abril de 1900, cuando se entera de que el posible Monte de las Bienaventuranzas esta en venta, elabora un proyecto para rescatarlo de los infieles3 con la finalidad de “establecerse como ermitaño-sacerdote”. Desea vivir, como escribe en Akbés en 1893 y lo repite el 7 de mayo siempre al padre Huvelin, ”el misterio de la Visitación: es decir, santificar a los pueblos infieles de estos países de misión, llevando en medio de ellos, en silencio, sin predicar, a Jesús en el Santo sacramento y la práctica de las virtudes evangélicas”.
Si se encuentra en Akbés o en Nazaret en medio de poblaciones musulmanas y si piensa en 1899 instalarse como ermitaño en medio de ellas, hay que notar que desde 1893 su perspectiva no se limita a estas: establece un proyecto de pequeñas comunidades “en los países musulmanes infieles y otros”.
Conocemos el horizonte que se marcó cuando hizo el retiro preparatorio al subdiaconado en Notre Dame des Neiges, en diciembre de 1900: “El África subsahariana donde hay tantas almas sin evangelizar y donde monjes y ermitaños harían tanto bien”. Y cuando se introduce en el desierto le dice al padre Caron el 8 de abril de 1905, “el Sahara es siete u ocho veces más grande que Francia y más poblado que lo que se creía anteriormente”. Así comprende que un gran número de seres humanos están abandonados: nadie les ha presentado a Jesús y a su Evangelio. Este vacío le sobrecoge.
En marzo de 1901, durante su retiro de diaconado, no llama a los futuros miembros de la congregación que espera fundar “Ermitaños”, sino “Hermanitos” del sagrado Corazón de Jesús. Escribe al padre Caron el 8 de abril de 1905 diciéndole que en sus retiros de preparación al diaconado y al sacerdocio se ha convencido que hay que “llevar la vida de Nazaret” “entre las ovejas más necesitadas”; la población del Sahara le parecía de esta categoría: “Ningún pueblo me parece tan abandonado como éste”. Abandonado: esta palabra es significativa; hay, según él, pueblos infieles, que lo son porque no han sido tenidos en cuenta, se les ha dejado solos y disminuidos, sin ninguna ayuda y sostén, abandonados.
Así su elección, su destino es dictado por este primer punto de referencia: los “infieles”, los abandonados. Se remarcará que son los más abandonados los que le atraen y hacia los que quiere ir en primer lugar: los más alejados de Dios, no por su falta, sino porque han sido abandonados.
Retomando la clasificación que hacía de los diferentes “infieles”, se ve claramente que para él están los infieles de Francia, Europa, de América, los infieles que se encuentran en países cristianos; son los no-bautizados, los ateos; es verdad que están alejados del Evangelio, pero no están abandonados: alrededor de estos, en su familia o vecindad hay cristianos, sacerdotes o laicos que pueden ayudarles, como le ocurrió al mismo Foucauld cuando era agnóstico y se convirtió gracias a la bondad y la acción silenciosa de María de Bondy y el encuentro con el padre Huvelin. Por otro lado, están los infieles que no tienen a su alrededor vecinos o signos cristianos; están sin presencia cristiana. Es a estos a los que hay que ir. Además, algunos de estos infieles están en contacto con naciones cristianas a través de la colonización; estas naciones tienen una doble responsabilidad: ayudar al desarrollo de los países colonizados y, en tanto que cristianos, llevarles el Evangelio. Sobre esto Foucauld hace frecuentemente la comparación con la situación de los padres cristianos que tienen que educar a sus hijos en el crecimiento humano y en la fe. El mismo Foucauld, huérfano de padre y madre, a la edad de cinco años conoció la situación de abandono, por eso su corazón se dirige a los que humanamente y espiritualmente conocen la misma situación. Así, para él ”infieles” no indica rechazo hacia los que no tienen nuestra fe, sino todo lo contrario, una palabra que manifiesta el deseo de ir al encuentro de aquellos de los que nadie se ocupa, que han sido abandonados.
Finalmente, veamos la única distinción que Foucauld hace: junto a los “países infieles” que tienen lazos con los países católicos, hay algunos que dependen de países no católicos pero si cristianos, como las colonias británicas o alemanas. Y otros todavía que son países independientes, como el Japón, por el que, según consta en sus meditaciones de 1916, reza de un modo especial. Estos países son también abandonados y no los podemos olvidar.
Pero vuelve sin cesar sobre la responsabilidad especial que tienen las naciones católicas en relación a los países que han colonizado. Constata como las religiones no cristianas son resistentes y habla frecuentemente de las “dificultades” que se pueden encontrar en la evangelización de todos estos seres profundamente religiosos: “La conversión de los infieles es a menudo difícil”4. Y es entonces cuando subraya que el trabajo pedirá mucho tiempo: “Pasarán quizás siglos entre los primeros golpes de pico y la cosecha”, escribe al superior de los Padres Blancos, Mons. Levinhac el 1º de febrero de 1908.
Foucauld distingue bien la diferencia entre “cristianos”, “infieles” e “incrédulos”. Recordemos lo que le dijo al Dr. Dautheville cuando estuvo unos días en Tamanrasset en 1908: “Tu eres protestante. Teissère es incrédulo. Los tuaregs son musulmanes. Estoy persuadido de que Dios nos recibirá a todos si lo merecemos”. Teissère es un “incrédulo”, un ateo; Dautheville es un “cristiano”; los tuaregs son “infieles”, es decir personas religiosas que tienen otra confesión diferente a la fe cristiana. Foucauld, a finales de 1913, precisa bien que no son infieles “los no bautizados de Europa, los ateos de Europa o de América”. El quiere limitar su misión a los infieles, en concreto a los infieles de las colonias francesas. Pero piensa también en los “infieles” y en los “ateos” que se encuentran en Francia. Treinta años antes del libro del padre Godin, Francia, ¿país de misión? escribe: “Hay que ser misionero en Francia como se es en país infiel y esto tiene que ser obra de todos, eclesiásticos y laicos, hombres y mujeres”. Y en una carta enviada a Joseph Hours el 8 de septiembre de 1913, expone para las misiones de Francia con los infieles y ateos los mismos métodos que ha preconizado para los países infieles de ultramar: la amistad, la confianza, “la simplicidad, la moderación en nuestra vida”5.
Su elección quiso ser limitada. Lo que podemos decir es que Foucauld tomó tal como era la situación de la colonización, pensando que este fenómeno nada más tenía un tiempo y como ya se había producido, por el momento había que asumirlo sacando el máximo provecho espiritual posible. Y, humanamente hablando, ¿qué más podía hacer en 1916 encontrándose en lo más profundo del Sahara, que estar a la escucha del futuro de su región, de vivir de un modo humilde y afectuoso, en amistad con todos y al servicio de todos? Además deseando que hombres y mujeres de toda condición viniesen a instalarse como él en esta colonia y viviesen en la misma actitud de bondad y en la misma fraternidad con los tuareg, intentando vivir el Evangelio en su existencia cotidiana. Así, el artículo IV de los estatutos de la cofradía de 1916, lo titula “Prácticas”, donde resume la perspectiva foucouldiana, “Amor fraterno a todos los hombres”. “Mostrar con la vida lo que es el Evangelio, ser bueno, hacer ver en si la bondad de Jesús; establecer afectuosas relaciones con todos los que nos rodean”. Y más en particular, en el apartado del “Amor fraterno con los infieles de las colonias francesas”, es allí donde habla de enviar a estos países un número suficiente de “sacerdotes, religiosos y cristianos fervorosos destinados a ser misioneros laicos al estilo de Priscila y Aquila”.
2. ¿Qué medios utiliza Foucauld para la evangelización?
“Los principales medios recomendados a los hermanos y hermanas para la conversión de las almas, y particularmente para las de los infieles de las colonias de su patria son: 1º el santo sacrificio de la misa; 2º la presencia de la sagrada eucaristía; 3º la santificación personal; 4º la oración; 5º la penitencia; 6º el buen ejemplo; 7º la bondad; 8º el establecimiento de relaciones de amistad con las personas, con el constante deseo de hacer el bien a sus almas; 9º la ayuda prestada a los sacerdotes, religiosos y religiosas que trabajan por la salvación de las almas fuera del lugar en que se está, y particularmente de los que entre ellos trabajan en la conversión de los infieles de las colonias de la madre patria”6.
Cuando Foucauld habla que quizá tendrán que pasar siglos, como queriendo indicar “largo tiempo”, para que brote la fe cristiana, hay que recordar lo que le expuso a J. Hours sobre “los medios a emplear para la evangelización” en su carta del 25 de noviembre de 1911: “Lo primero preparar el terreno en silencio por la bondad”. Los términos “preparar el terreno” y la “bondad” están en dialéctica: la bondad es silenciosa y el silencio es una paciencia que manifiesta la bondad, es decir, la voluntad de respectar al otro, de no intervenir con violencia contra su voluntad. Se trata de una bondad sin “ideología”, que es el punto más alto al que puede llegar el espíritu humano. Una bondad que crea la fraternidad, una bondad que puede existir evangelizando si no se reduce a una instrumentalización para conseguir conversiones, si no es una ideología disfrazada, pues la bondad como la no-violencia pueden ser ideologías. E. Levinas afirma: “La pequeña bondad que va del ser humano a su prójimo se pierde y se deforma cuando se convierte en doctrina, tratado de política, Partido, Estado, e incluso Iglesia”7. Foucauld no va tras el bien ni el triunfo de una causa, practica la bondad. Esta bondad de la que habla Foucauld marcó mucho a su amigo y discípulo Luis Massignon, que en un artículo titulado “Las delicadas invenciones surgidas de la ingeniosa bondad de Foucauld” nos habla de su “delicadeza inexpresable: Él no pedía, no reclamaba nada, vigilaba, esperaba la hora de la gracia, evitando herir a ninguna alma, no molestar a nadie aunque sea ligeramente. Recuerdo el gesto rápido, afectuoso y discreto, con el que levantó, delante de mi, a un joven musulmán que había resbalado, una imagen de piedad de un buen sacerdote acostumbrado a la bondad”8.
El padre Huvelin le había invitado especialmente a esta evangelización por la bondad. Veamos lo que dice en su carnet, que escribió en Tamanrasset en una página que lleva por título: “Lo que me ha dicho el padre Huvelin en mi viaje a Francia en 1909”, donde dice esto: “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome se deben decir: ‘Si este hombre es bueno, su religión debe ser buena’. Si se me pregunta porqué soy dulce y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien más bueno que yo. Si supieses como es de bueno mi Maestro JESÜS!’ Quisiera ser tan bueno que se pueda decir: ¿Si así es el servidor, cómo debe ser el Maestro?”. Palabras que Foucauld entendía bien pues el padre Huvelin y su prima María de Bondy habían actuado con la misma bondad silenciosa con él antes de su conversión: podía dar testimonio de que había sido esta mediación la que le había conducido a Dios.
Se puede decir que la bondad no es patrimonio de los cristianos o de los creyentes, que otros, que no tienen convicciones religiosas la viven y dan testimonio de este “punto más alto” del “espíritu humano” y que por tanto no es una prueba. Si, e incluso también el martirio, que Pascal veía una prueba casi decisiva, no es exclusivo de los cristianos: otros van por otras causas. Nosotros decimos simplemente que Foucauld ha propuesto a los discípulos de Jesús, y con más insistencia a los miembros de su familia espiritual, vivir la Misión antes que nada siendo buenos, una bondad cotidiana y simple. Y esto previo a toda predicación y enseñanza catequética, con una paciencia estrictamente respetuosa por el camino del otro. A finales de 1911, cuando Foucauld invitó a Massignon a pasar con él algunos meses en el Sahara, y sabiendo que este joven era un recién y ardoroso convertido, le da este programa de actuación: “Harás amistad con la población, no les hablarás del dogma, pero te dejarás querer por ellos y serás el amigo de todos”.
3. ¿Fue Foucauld un misionero?
A partir de 1908 ya de una manera muy clara Foucauld se ve a sí mismo misionero. No era un monje “escondido” en tierra de misión. La palabra “escondido” Foucauld, no lo utiliza nunca. Él es un misionero. Y si hay una real novedad en él, no lo es por “una nueva especie de monje”, sino por una nueva especie de misionero, o misionero de una especie rara. En una carta suya del 29 de julio de 1916 a René Bazín, dice: “Los misioneros aislados como yo…”. Es decir el se define netamente como misionero. Por el momento es un caso a parte, cosa que lamenta: “Los misioneros aislados como yo son muy raros”; y lo repite otra vez un poco más adelante en su carta: “Hay pocos misioneros aislados haciendo el trabajo de desbrozadores”.
En su respuesta a Bazin, Foucauld describe al misionero normal, (piensa por ejemplo en los Padres Blancos), aquel que forma parte de un grupo de varios sacerdotes y que se dedica a las “obras de ayuda y educación”, realizando un “ministerio parroquial”, llegando a afirmar con rotundidad: “Esta vida no es la mía”. Él es “un misionero aislado”, señalando que su “soledad se encuentra en medio de poblaciones muy diseminadas”. Que cambio tan grande se ha producido en Foucauld! Antes Foucauld quería crear “fraternidades” aisladas del mundo, perdidas en la contemplación, a semejanza de María y José en Nazaret alrededor de Jesús. Hoy es un misionero perdido en medio de un inmenso territorio, buscando sin cesar “estar en la más amplia relación” con “estas poblaciones tan desimanadas”; es un misionero aislado, que está solo para ir al encuentro de poblaciones “todavía alejadas de espíritu y de corazón” de Jesús. Él no se encierra con Jesús, sale fuera, como el buen pastor, aquel que de entrada va a buscar a las ovejas “más abandonadas”, o como aquel que se pone a la búsqueda de los más excluidos para invitarles al banquete. Se trata de poner en marcha “relaciones de amistad”: actuar de tal manera que en el Sahara, cristianos y musulmanes lleguen a ser amigos, esta es la finalidad que deben perseguir los “misioneros aislados” empleando solamente “la bondad, el amor y la prudencia”.
Este trabajo de amistad las autoridades francesas no lo pueden prohibir. Pero paradoxalmente algunos fieles católicos le critican por este aspecto: ¿cómo es posible que Foucauld no predique directamente y enseñe la fe? ¿no esconde su bandera en el bolsillo? Y, ¿cuál es la razón de que tarde en predicar la buena nueva del Evangelio? Otros fieles, a la inversa, ponen el acento sobre lo que ellos llaman el ocultamiento de Foucauld, hasta el punto de desconocer su perspectiva misionera integral, perspectiva a largo plazo, pero no por eso menos pura y vigorosa. Esto pone de relieve la dificultad de captar a Foucauld en la tensión que pone entre un horizonte quizá lejano de irrupción de la fe cristiana y el surgimiento de Iglesia, y un hinc et nunc consagrado a la gratuidad de las relaciones de verdadera amistad, en estricta igualdad fraterna.
Foucauld vive esta tensión en la vida de cada día; es esta tensión lo que hace de él, estrictamente, un misionero; el es fundamentalmente un misionero, en sus búsquedas de contacto, relación y amistad. No llamemos a esta tarea “pre-misión”; para él, la relación de amistad que hay que crear es el amor, es el Reinado de Jesús ya presente; es la Misión, la espera de la lejana conversión final, el Reino que tiene que venir. Para él los tuareg están ya trabajados en su corazón por el Espíritu Santo y ya tienen una manera de dialogar con El, en su libertad; las relaciones de amistad, respetuosas con la libertad del otro, manifiestan y hacen ya vivir las relaciones de amistad análogas que se viven con el espíritu.
Si hay alguna novedad que Foucauld, movido por el espíritu, ha promovido en la Iglesia, es su concepción de “misioneros aislados”: sacerdotes y laicos esparcidos por todas partes, nómadas, en movimiento, en visitación, en diáspora en un mundo refractario a la fe cristiana, y que se esfuerzan en crear “relaciones de amistad”, actuando de tal manera que establezcan el contacto, el diálogo, la amistad entre cristianos y aquellos que tienen otras convicciones, sobretodo las convicciones más alejadas de la fe cristiana.
Para Foucauld hay necesidad y urgencia de ver surgir este género de misioneros. Todo bautizado puede llegar a ser un misionero de este tipo. Todo cristiano lo puede ser en su condición humana común, en su familia, barrio, trabajo: Nazaret continúa siendo para él, más que nunca, la referencia para esta tarea de “misionero aislado”: Jesús vivió en Nazaret, en la “Galilea de los paganos”, y no en la santa Jerusalén, mezclado con la población de su pueblo en un intercambio constante y una amistad cotidiana con ella. En los estatutos de 1909, Foucauld escribe que Jesús “vivió en medio del mundo. Lo que Él ha querido, lo que ha escogido para Él, es de ser llamado ‘el hijo del carpintero, el carpintero hijo de María’” (art. IX). Cuando Jesús volvió más tarde a su propio pueblo, a Nazaret, no fue entendido por su predicación. El “misionero aislado” se encuentra solo en medio de un pueblo que ignora la relación de Dios y del hombre tal y como Cristo la trae; sabe que por el momento no puede hablar claramente y ser escuchado, expresarse en una predicación “abierta” y ser escuchado; sabe que su rol de ”apostolado”, su misión propia se realiza en la amistad y la bondad. Sabe que Jesús ya en Nazaret es completamente “misionero” de su Padre; que anuncia ya la Buena Nueva; que incluso este primer trabajo misionero es indispensable para la predicación anunciadora del Evangelio (Francisco de Asís, nómada, hacía este anuncio por montañas y valles). Foucauld pide que cada cristiano, allí donde se encuentre, anuncie el Evangelio en y por su condición cotidiana. Hace falta pues, en relación a esto, abandonar las imágenes de un Foucauld que toma Nazaret como exaltando la sola esfera privada de la pura relación con Dios; como lo dijo bien claramente el Dr. Dautheville que vivió seis meses con él en Tamanrasset en 1908, Foucauld estaba “muy interesado por los acontecimientos humanos”, implicándose en los asuntos saharianos, la política, y la vida “diseminada” de los tuareg. Nazaret es lo opuesto a una religión de repliegue o una doctrina de evasión.
José Luis Vázquez Borau
1 J. L. VÁZQUEZ BORAU, Consejos Evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld, BAC, Madrid 2005
2 Para la presente reflexión y comentario nos apoyamos básicamente en la opinión, que compartimos, de J F SIX, El testamento de Carlos de Foucauld, Editorial San Pablo, Madrid 2005
El acceso a Dios, que es lo importante en toda acción misionera, se puede realizar de muchas maneras. Citemos las tres más importantes: a) a través de la belleza de la realidad, descubriendo el orden y la armonía; b) a través del amor desinteresado por el hermano, trabajando por la justicia y la paz; y, c) a través de la amistad, que es distinta de la caridad, ya que ésta es indiscriminada y se abre a todos los seres humanos, y, en cambio, la amistad implica preferencia por una persona determinada. De todos modos la amistad incluye un componente universal ya que se ama a un ser humano como se quisiese amar a toda la especie humana. En la auténtica amistad no debe haber ni dominio ni dependencia, como la imagen original y perfecta de la esencia de Dios, que tenemos en la Trinidad. Es lo que dice Jesús: “Que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17, 21). Así, toda amistad auténtica, presidida por el afecto, pero preservada de la dominación y de la dependencia, es una experiencia espiritual donde Dios se hace presente, ya que es Él quien posibilita la proximidad de dos seres humanos sin que peligre la autonomía de cada uno. En este sentido, la amistad sostiene la vivencia espiritual.
1. Carlos de Foucauld apóstol de la amistad
Carlos de Foucauld además de intentar durante toda su vida no hacer distinción de personas y ser “hermano universal”, vivió la experiencia de amistad también con aquellas personas a las que había sido enviado. Así, hay que señalar la especial relación que le unió con Moussa ag Amastane desde el primer momento de su encuentro en junio de 1905. Gracias a éste, Foucauld pudo instalarse en Tamanraset. Moussa es el único tuareg que ha expresado en diferentes cartas sus sentimientos sobre el marabú Carlos de Foucauld. En una de estas, enviada después de la muerte del hermano Carlos, a su hermana la Sra. de Blic, como se puede leer en el libro de R. BAZIN, Charles de Foucauld Explorateur du Maroc Ermite au Sahara, París 1921, 466, dice:
“Desde que me he enterado de la muerte de nuestro amigo Carlos, su hermano, mis ojos están cerrados, todo esta oscuro para mí y he llorado. He llorado mucho y estoy de duelo riguroso. Su muerte me ha dado mucha pena… Carlos, el marabú, no está muerto solamente para vosotros, ha muerto también para nosotros. Que Dios le de misericordia y nos podamos reunir en el paraíso”.
Carlos de Foucauld, el año 1910, en una carta al padre Laurain escribe:
“Algunas visitas sinceras entre las capas más diversas de esta población, algunos me tienen mucha confianza, y con otros, si bien no tengo comunicación íntima, si hay relaciones amistosas. Esto es significativo, dada la extensa distancia que existe entre esta nación y nosotros” (Lettre au père Laurain, 27.11.1910).
El hermano Carlos también conoce y tiene relación de amistad con otros tuareg, como le dice a su amigo Garnier en 1913 (Lettre à Garnier 23.02.1913, Archivos de la Postulación):
“He aquí, como mínimo, cuatro ‘amigos’ en los que puedo confiar del todo. ¿Cómo nos hemos hecho amigos?, de la misma manera que surge la amistad entre nosotros. No les he hecho ningún regalo, pero han comprendido que tienen en mí un amigo fiel, que me entregaba a ellos. Los que trato aquí como buenos y verdaderos amigos son: Ureg ag Uksem, jefe de los Dag-Ghali, su hermano Abahag Chikat ag Mohamed, un hombre de sesenta y seis años que no sale mucho, y el hijo de este último: Uksem ag Chikat (que yo llamo mi hijo). Hay otros con los que tengo simpatía, pero con estos puedo contar para muchas cosas. A estos cuatro les puedo pedir cualquier cosa, información o servicio y estoy seguro que harán todo lo posible por conseguirlo”.
2. Foucauld ya no habla de hermanos, sino de “amigos”
En 1904 trató de llegar a ser hermano de todas aquellas personas que no podían entender su deseo de fraternidad. Pasado el tiempo, su enfermedad de 1908 fue crucial para su “segunda conversión”, pues era incapaz de hacer nada y se pudo recuperar gracias a la ayuda de los tuareg (Cf. J. L. VÁZQUEZ BORAU, Beato carlos de Foucauld, Edibesa, Madrid 2010, págs 72-77). Así, poco a poco se fueron creando vínculos entre ellos, convirtiéndose algunos en amigos.
Según la opinión del hermano Antoine Chatelard, sucesor de Foucauld en Tamanrasset, Foucauld podía desear ser hermano de todos, pero no podía ser el amigo de todos, como lo expresa en una carta a su amigo Henry de Castries:
“Pasé todo el año 1912 en este poblado de Tamanrasset. Los tuareg son para mí, una compañía muy consoladora, no puedo dejar de decir lo buenos que son conmigo y como he encontrado también en ellos personas rectas. Uno o dos de ellos son amigos de verdad, una cosa tan extraña y preciosa en todas partes” (Lettres à Henry de Castries, Grasset, París 1938, 8. 01. 1913, 196)
Y el 18 de diciembre dice en una carta a su prima: «Mis vecinos tuareg siguen siendo muy buenos conmigo, y por parte de los familiares de Uksem, me muestran mucho afecto y una gran confianza” (Lettres à Mme de Bondy, DdB, París 1966, 225).
La amistad pide reciprocidad y tiene grados. Se van produciendo fuertes vínculos entre él y quienes lo acogieron. Al padre Voillard, en la carta del 12 de julio de 1912, que ya hemos citado anteriormente, le dice:
“La confianza que me conceden los tuareg del poblado es cada vez más grande. Las amistades se vuelven más íntimas, y las nuevas amistades que se forman, también lo son. Intento prestar el máximo servicio”. (CH. DE FOUCAULD, Correspondances sahariennes, París, Cerf 1998, 863).
El comandante Meynier pasa por Tamanrasset a principios de 1914 y confirma lo dicho:
“En este período, el Padre de Foucauld está unido en amistad real con dos o tres familias tuareg, cosa conocida por todos los funcionarios del Sahara central. ¿Sus relaciones con ellos eran como las que hubiera podido tener con cualquier familia distinguida de sus amigos de Francia? De hecho hemos visto, mediante la lectura de su cuaderno de notas, que su relación es muy familiar” (A. CHATELARD, És possible ser germà universal i amic? L’experiència de Charles de Foucauld, Conferencia en la Sala Casaldàliga, Barcelona 10. 06. 2010).
Ahora bien, tanto sus amigos musulmanes, como los ateos o agnósticos, como por ejemplo sus grandes amigos Gabriel Tourdes y Henry Laperrine, o sus amigos judíos y protestantes de Francia, que visitó con el joven Uksem, todos forman parte de la misma relación de hospitalidad y de amor fraternal. Todos estos hombres y mujeres, muchos amigos de juventud, amigos del Sahara, tanto tuareg como franceses, musulmanes o cristianos, creyentes o no, todos los que contaba entre sus amigos, ejercieron en él, una influencia que dio forma a la evolución de su pensamiento y a su comportamiento humano, así como su fe y sus prácticas religiosas. Gracias a ellos y sin que lo notase se dejó humanizar, como se dejó moldear y convertir. Remarcable reciprocidad para aquel que al inicio, sólo pensaba en dar y en convertir! Foucauld da testimonio en medio de la lucha, de la violencia y de la desconfianza, que otro tipo de relación es posible y que la debemos realizar en el respeto, la aceptación y el amor. Incluso superó, en términos de actitud y relación, sus propias posiciones teóricas sobre el Islam. Su relación con el Islam no es tanto el descubrimiento de otra religión, que ya la conocía, si no el encontrarse con hombres y mujeres concretos, donde deposita toda su energía por entender y hablar su lenguaje y poder comprender su cultura.
3. La presencia silenciosa del apóstol
En el verano de 1919 el padre Albert Peyriguère, una vez finalizada la I Guerra Mundial y restablecido de las heridas de guerra, se reincorpora al trabajo de profesor en el seminario, sin estar del todo recuperado. Físicamente debilitado y espiritualmente inquieto, se expresa de este modo en una carta del 23 de agosto de 1919 a un amigo del campo de concentración:
“He vuelto a mi trabajo del seminario, pero las fuerzas, aún no recuperadas de las sacudidas de la guerra, me han traicionado… Ruega encarecidamente a Dios por mí. Me parece, en algunos momentos, que el Señor me llama a pertenecerle más plenamente» (A. PEYRIGUERE, Los caminos de Dios, Nova Terra, Barcelona 1968, 50).
Peyriguère ya no es el mismo, la guerra le ha cambiado. Se siente atraído hacia una vida más profunda y por otro lado le asalta una fuerte ambición de conquista. Su salud le impone un largo período de descanso y como algunos de sus compañeros habían partido hacia África para ingresar en la congregación de los Padres Blancos, dirige su mirada hacia allí, en un intento de ser coherente con sus aspiraciones de apóstol y su salud:
«La guerra ha despertado en mi, mejor dicho, ha precisado ciertas aspiraciones hacia una vida más dura, más conquistadora; la verdadera vida del evangelizador que despojado de todo, va siempre avanzando a través de los grandes espacios, hablando del Buen Maestro a las pobres almas que no le conocen. Mi corazón ya no está en Europa, y todos mis sueños me llevan hacia esa inmensa África donde millones de pobres almas esperan al misionero. Si, si mi salud me lo permite, espero ingresar en los Padres Blancos; todos los demás ministerios ya no me dicen nada y me parecen demasiado ‘caseros'» (Ibid. 66).
Se pone a la búsqueda de un lugar para descansar y desempeñar algún pequeño ministerio, mientras se restablece su salud. Después de diversas consultas Mons. Lemaitre, arzobispo de Cartago, le acogerá en Túnez. De esta forma el padre. Peyriguère realiza la primera toma de contacto con el mundo del Islam. Tenía treinta y siete años cuando llegó a África, el mes de diciembre de 1920, justo cuatro años después de la muerte del hermano Carlos.
Es nombrado capellán del internado de Sillonville, al sur de la península de Capbon, donde permanecerá dos años en condiciones que le permiten descansar y reflexionar. Consciente de que está de paso y que debe partir ya definitivamente a realizar su apostolado entre los infieles, ingresa en los Padres Blancos. Y es aquí, en un ambiente de tranquilidad y de profunda reflexión, donde se va a realizar un encuentro que va a ser definitivo en la orientación de la vocación del padre Peyriguère.
Aparece en Francia, en aquel año 1921, el libro de René Bazin Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, ermite du Sahara. No tardó en leerlo el padre Peyriguère, porque ya en su correspondencia sostenida con su amigo de guerra, se deja entrever cómo ha captado y le ha impresionado el mensaje del padre Foucauld. Aquello era lo que tanto tiempo le había tenido intranquilo, era la expresión de su vivencia interior:
«Me parece que el apostolado directo no le será posible por ahora. Pero tranquilícese, hay una manera de ser apóstol que está inmediatamente a su alcance y que puede ser fecunda. Lo quiera o no, sus ejemplos y sus palabras, tendrán una influencia directa a su alrededor, a corto o a largo plazo, no importa… Nada se pierde en el mundo moral y cuando los hombres tienen ante los ojos el espectáculo de un hogar verdaderamente cristiano, en donde, lejos de las pequeñeces, de las vulgaridades que a ellos les esclavizan, sientan arder de verdad la llama del ideal, no es posible que de una forma u otra no se sientan arrastrados hacia él… Serán el punto luminoso y ardiente, desde donde irradiará el ideal sobre las pobres almas del vecindario, tan hundidas en la materia, y estos no podrán dejar de sentirse impresionados de la misma manera que seria imposible encontrarse a pleno sol sin sentirse inundados de luz y de calor» (Ibid. 66).
De nuevo otro hecho, insalvable, desviará su camino; una grave disentería compromete definitivamente y sin remedio su deseo de ingresar en los Padres Blancos. Pero su espíritu se deja llevar, porque ante todo está su deseo es cumplir la voluntad de Dios, y se expresa de esta forma en una carta del 3 noviembre1921:
“De momento la cosa apenas marcha. He sido agraciado con una disentería que me tiene agarrado desde hace cuatro meses; me agota y adelgazo continuamente. Tal vez el severo régimen a que estoy sometido logrará dominarla del todo. Pida que sepa aceptar esta prueba, no tanto en si misma, sino porque me obliga a detenerme en relación al cumplimiento de mis sueños y me hace temer que tendré que renunciar a ellos. Que sepa aceptar siempre la voluntad de Dios… En cuanto al apostolado repítase a si mismo estas palabras de un sacerdote que me ha influido mucho en estos últimos tiempos: ‘Se puede hacer más apostolado por lo que se es, que por lo que se dice o por lo que se hace'»(máxima del padre Huvelin, citada por R. Bazin en su libro sobre Carlos de Foucauld) (Ibid. 78).
Y de qué manera tan delicada le hablará a su amigo, en una carta del 2 enero de 1922,y el padre Foucauld de su espiritualidad de Nazaret, que consiste fundamentalmente en ser “amigo de todos”:
«Ojala su hogar, en medio del árido desierto que es el mundo para el corazón del Maestro, sea aquel acogedor oasis en el que Jesús pueda poner el pie y encontrar un poco de reposo y un poco de amor; está tan olvidado en todas partes, Él, que es tan necesario a las almas. Ojala que su hogar sea también como el centro desde donde irradie mucha bondad para hacer que Jesús sea amado… Luego sea en su pueblo ‘mensajero de paz’, manténgase totalmente apartado de las querellas. Con una firmeza incansable sepa tomar partido por el bien y contra el mal… Ignore las divisiones y los partidismos para ser amigo de todos en la medida de lo posible, sin capitulación y sin debilidad» (Ibid. 81).
El padre Peyriguère, después de su periplo personal, se instala en El Kbab y sabe lo que quiere ser y para lo que ha sido llamado. Estas son sus palabras:
“El padre Foucauld alcanza toda su talla en la Iglesia de las misiones y ante el apostolado cristiano, por haber dicho y vivido el significado y la densidad mística, el significado y la densidad apostólica de las presencia silenciosa del apóstol, en realidad de todo cristiano, allá dondequiera que esté: he aquí el alma y la esencia del mensaje foucauldiano” (A. PEYRIGUERE, El tiempo de Nazaret, Nova Terra, Barcelona 1967, 87)
Ser apóstol en Nazaret es sumergirse plenamente en el misterio de la encarnación, tal como lo vivió Foucauld. Peyriguère se hace berebere para llevar el mensaje de salvación a sus hermanos bereberes. Es al mismo tiempo bucear en el misterio de la propia persona, para ir desposeyéndose de todo lo superfluo y encontrar, en lo más íntimo del ser, el misterio de la encarnación. Peyriguère siente la llamada misionera que nace de su misma esencia cristiana:
“Todo cristiano ha de ser misionero, todo cristiano ha de ser salvador con Jesús. Ser cristiano en su pensamiento es, para cada persona, saberse y aceptarse como responsable en su propia alma y en su propia vida de los destinos del misterio de la Encarnación, pero también saberse y aceptarse responsable del misterio de los demás y del mundo entero” (Ibid. 84-85).
El misterio de la Salvaci6n, a través del misterio de la Encarnación como fruto y consecuencia del misterio del Amor de Dios, es lo que querrá vivir el padre Peyriguère en su ermita de El Kbab. Para ello se hará berebere, será uno más, intentará identificarse hasta el último detalle, ropa, comida, lenguaje, para que, tal como él mismo dirá con un deje de intima satisfacción y de sencillez evangélica, que a través de él, este nuevo berebere, Cristo puede ser también berebere y también a través de él sus hermanos bereberes puedan descubrir a su hermano Jesús. Esta vocación de exploración y adelanto, esta vocación de encarnación profunda y total que llevará con verdadero tesón y fidelidad hasta las últimas consecuencias, y en la que quedan recogidas todas sus ansias de justicia y amor a los más pobres, de ternura y heroísmo, de tenacidad y humildad, de búsqueda en los grandes espacios del espíritu, parece hecha a su medida y no la abandonará jamás.
El padre Peyriguere, en su Testamento espiritual, escrito el l0 de febrero de 1959, pocos días antes de su muerte, se expresa así:
“El mensaje del padre Foucauld es de una riqueza muy densa y compleja. Más que una espiritualidad particular, es simplemente, nos atrevemos a decirlo, una visión del Misterio Cristiano… tal como se ha mostrado a los Padres de la Iglesia, ante todo un mundo al que había que convertir tal como debe ser propuesto a los hombres de Dios si queremos que nos escuchen. Muchos son los que vienen a beber de su fuente. Todos, por diferentes que sean unos de otros, deben tener el derecho de inspirarse en el padre Foucauld. Perdidos en la muchedumbre, aislados y viviendo este ideal cada uno en su estado de vida, tal vez alguno o alguna viviéndolo en común, a ellos nos dirigimos. Se adhieran o no abiertamente, en el anonimato o nominalmente, al padre Foucauld, el hecho es que están en su línea. Esta doctrina misionera del padre Foucauld no está simplemente destinada a los sacerdotes y religiosos. También los seglares pueden ser llamados a hacerla suya y a informar con ella su vida. ¡De qué manera, a cada instante, Foucauld nos recuerda que todo cristiano es responsable del destino del Misterio de la Encarnación, en si mismo, sin duda alguna, pero también en el mundo entero! Para él nuestra vocación cristiana se nos ha dado como una vocación de salvadores. El mismo ha llevado en sí la magnífica obsesión de integrar la preocupación misionera en el cristianismo tal como la ha vivido y propuesto que se viva. A pesar de que ciertas expresiones que parecen más bien dirigidas a los sacerdotes y religiosos, nuestro lenguaje se dirige a todos los seglares, estén donde estén y sea cual sea su estado de vida” (A: PEYRIGUER, El tiempo de Nazaret, o. c., 185-186).
4. Vivir una amistad desinteresada
Para René Voillaume, los seguidores de Foucauld, a través de su presencia silenciosa, manifiestan, por su manera de amar, ese respeto misterioso por la libertad de la inteligencia y del corazón que hallamos en Dios: esa paciencia incansable de la misericordia divina, que está humildemente sentada a la puerta del pecador o del incrédulo, y allí espera. Y “manifestar a alguien una amistad enteramente desinteresada, amándole por sí mismo, sin intentar convencerle o traerle a la fe, aunque, desde luego, sin ocultarle nuestra fe, puede ser a menudo la única manera de revelarle la plenitud del amor que reside en Dios”(Lettres aux Fraternités I, Cerf, Paris 1960, 337).
Y en otro pasaje Voillaume afirma:
“Siguiendo a Foucauld, sus seguidores deben dar testimonio, en medio del mundo, de una vida de intimidad con Jesús, para poder irradiar el Evangelio por medio de la vida. Carlos de Foucauld siempre asoció a la vida de Nazaret la intensa actividad redentora del Sagrado Corazón. El deseo impaciente del oscuro obrero de Nazaret de salvar, por la inmolación de sí mismo, debía desbordar en el silencio de sus relaciones con el Padre. Por eso, lo que debemos desear, primariamente yante todo, es la total comunión con la vida del Sagrado Corazón, que es el fin mismo de nuestra vida y que exige, igualmente, los contactos con los hombres, para ser vivida en plenitud” (R. VOILLAUME, Lettres aux Fraternités I, Cerf, Paris 1960, 192).
5. La amistad en el proceso de la misión
Veamos ahora unas páginas extraídas de una biografía del obispo Pedro Casaldáliga donde la presencia silenciosa de una Fraternidad de Hermanitas de Jesús del padre Foucauld, entre los indios tapirapé, a treinta kilómetros de Santa Terezinha, del Mato Grosso (Brasil), que nos mostrará la importancia de la amistad en el proceso de la misión:
“Los tapirapé se han dedicado siempre a la caza, la pesca y a una agricultura muy rudimentaria, pero desde hace unos años la artesanía se ha convertido en una buena fuente de ingresos complementarios. La casa de un artesano se conoce rápidamente porque tiene en la puerta un par de loros desplumados, la imagen de estos, con más piel que plumas, es patética. Los tapirapé aprecian mucho estas aves porque utilizan las plumas que cada año renuevan por hacer las grandes mascares características de la tribu. Awaetekatoi me enseña algunas de sus obras: sencillas, rústicas y bien acabadas. Es un tipo poco hablador pero muy simpático y acogedor. Cuando le pregunto por Casaldáliga hace una profunda inspiración, se acaricia pausadamente el mentón puntiagudo y dice: ‘Dom Pedro tiene la misma palabra que los tapirapé. Nosotros lo consideramos tapirapé’. Le pregunto si creen en el mismo Dios y clavándome sus ojos pequeños, negros y vivos sentencia: ‘Su Dios y el Dios de los tapirapé son el mismo Dios’. La opinión de Awaetekatoi no sorprende a Casaldáliga: ‘Recuerdo que en una de las primeras visitas al poblado, hace muchos años, me presentaron un viejo pâxé, una clase de sacerdote-médico, el hombre de culto de la medicina tradicional. Cuando llegué el pâxé me bendijo, me cogió las manos y me sopló insistentemente para espantar a los malos espíritus que yo pudiera traer. Me sentí sacudido porque pensé que yo podría ser un extranjero e incluso un conquistador, un invasor, ¿verdad? noté que hablaba algo en aras de estos pueblos que habían sentido la presencia de unos invasores que traían malos espíritus para sus tierras y sus culturas’.
Todavía no he visto en todo el poblado un solo signo religioso que pueda reconocer. No hay ninguna iglesia, ni ninguna cruz, pero hace más de cuarenta años que se instaló una misión de las hermanitas de Foucauld, las que trabajaban con el padre Jentel y que forman parte del equipo de la prelatura de Casaldàliga. Actualmente viven aquí las hermanitas Odile y Genoveva, que todo el mundo conoce como ‘Veva’. Ella fue la primera religiosa que llegó al poblado y ha vivido de cerca todos los conflictos que han afectado los tapirapé. Como todos los pueblos indios, estos también tienen problemas de tierra, en este caso dificultades en lograr que el gobierno haga la demarcación del territorio donde siempre han vivido y especialmente que los grandes propietarios de la región la respeten. Veva y Odile viven en una cabaña más del poblado. En su interior descubro la primera señal de su condición religiosa: cuando entramos estaban rezando en una discreta capilla de poco más de dos metros cuadrados que tienen en un rincón. Nuestra llegada hace que dejen inmediatamente la oración. Las hermanitas de Foucauld son una fraternidad contemplativa, pero su estilo de vida les lleva a estar siempre al servicio de los demás; por lo tanto, aunque sea la hora de la oración, lo abandonan si entra alguien a la casa. Otra característica de estas religiosas es la firme convicción que no pueden ni quieren enseñar nada a nadie: la gente ha de aprender por ella misma, ellas sólo quieren compartir. Veva nos invita a comer arroz y pescado del lago Tapirapé. Es una mujer de setenta y cinco años que ha pasado más de la mitad de su vida entre estos indios y parece como si, del contacto, se le hubiera pegado incluso una cierto parecido físico. El sol de la región le ha dorado y arrugado la piel, tiene los cabellos cortos, lisos y plateados, una mirada bondadosa y unas manos grandes y endurecidas por el trabajo. ‘Nosotros queremos respetar y no imponer, me dice. Cuando llegamos a este poblado la situación era muy difícil, intentamos ayudarles, pero no nos limitamos a darles medicinas, sino que les hicimos ver que había una salida, que no estaba todo acabado’.
En Silo Félix me habían explicado la dramática historia de los tapirapé y como las hermanitas de Foucauld los salvaron; también me dijeron que ellas no me explicarían nunca lo que habían hecho. No pido a Veva que me explique la historia, pero insisto en saber cual es la filosofía de vida que las impulsó a hacer lo que hicieron. ‘Para dar confianza a los tapirapé, añade Veva, decidimos asumir la vida que hacían, porque entre ellos se había creado el sentimiento de que sus creencias estaban equivocadas y empezaban a despreciar su propia lengua y a pensar que su sistema de vida era malo. Entonces, nosotras, para hacerles ver que su vida sí que tenía un sentido, decidimos asumir todo el que hacían y todo el que tenían’. ‘Nosotros tenemos la gran suerte de la presencia de las hermanitas de Foucauld, dice Casaldáliga. Es una presencia misionera de testimonio y de plena encarnación. En aquella época todavía no se usaba la palabra inculturación entre los misioneros, porque la Iglesia asumió la necesidad de inculturación hace muy pocos años, mucho después de que lo hicieran las hermanitas’. Inculturación. Una palabra que ahora tiene mucho sentido pero que era extraña cuando las hermanitas de Foucauld llegaron al poblado tapirapé. La inculturación para aquellas dos monjas llegó en el momento en que decidieron no intentar convertir los indios al cristianismo, sino que más bien fueron ellas las que se convirtieron a la manera de vivir de los tapirapé. Lo hicieron simplemente como una respuesta a la realidad que veían y como una consecuencia lógica del estilo de vida que la orden las impone. No era habitual a la sazón encontrar misioneros que actuaran de aquella manera, y descubrir esta realidad impresionó profundamente a Casaldáliga, que ha aprendido mucho de estas dos monjas” (F. ESCRIBANO, Descalç sobre la terra vermella, Edicions 62, Barcelona 2001, 120-133).
6. Los métodos misioneros y la no-violencia de Jesús
Algunos meses antes de su muerte, Massignon escribía a un amigo sacerdote diciéndole «la gran deuda que tenía con Gandhi por haberle hecho comprender la no-violencia de Jesús». Massignon comprendió que los métodos misioneros, incluso los más modernos y sutiles, se oponen al método no-violento de Jesús, que proponía sin imponer y no utilizaba la acción psicológica. Se trata de reconocer al otro tal como es y de no tratar de imponerse. Esta no-violencia pide una extrema fuerza interior, pues se verifica en el hecho de considerar al otro como un ser responsable al que se le pueden asignar tareas. Massignon criticaba ferozmente los métodos proselitistas pues veía una violación y especialmente una violación de los más pobres, de los corazones de niño con los que uno fácilmente puede abusar.
La única bienaventuranza de Jesús, del Sermón de la Montaña, que es común a Mateo y a Lucas es esta:
“Dichosos los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los cielos. Felices vosotros cuando, por causa mía, os maldigan, os persigan y levanten toda clase de calumnias. Alegraos y mostraos contentos, pues vuestra recompensa es grande en el cielo. De esta misma manera trataron a los profetas que hubo antes de vosotros” (Mt 5, 1-16; Lc 6, 20-23)
Ser perseguido por causa del bien no significa necesariamente tener que andar escondido, escapar del país, ser perseguido por los poderes públicos, etc. La persecución es la contradicción que nos viene a causa de la justicia, a causa del Reino, a causa de Jesús. La persecución no es siempre algo físico, y habitualmente no es física. El martirio es algo extraordinario: Es la persecución llevada al extremo. Normalmente la persecución es más sutil, más psicológica. Son las contradicciones que nos vienen por actuar de una manera recta, y nos llegan, a veces, de personas y sectores que uno no esperaría.
7. Ser testigos de la bondad
Resulta que la presencia de una persona buena no deja indiferente, lo que pasa es que lo que para una persona es virtud, para otras es debilidad. Donde uno ve generosidad sin límites, otros condenan el exceso vituperando su inmoderación. La sensibilidad a flor de piel es tildada de enfermedad; la falta de ambición, de flaqueza; la sinceridad sin reservas, de necedad, cuando no de infantilismo. Así, personas que han sido consideradas modelos de perfección para edificación de un mundo imperfecto, pasan por excéntricos, inmaduros, casos clínicos. Se admite la bondad extrema si es en un momento dado, pero no si es permanente.
Soren Kierkegaard describía de esta manera al testigo de la bondad:
“Un testigo de la bondad es una persona cuya vida transcurre desde el comienzo hasta el fin ajena a todo lo que se denomina goce… Un testigo de la bondad es una persona que da testimonio de esa bondad desde un estado de pobreza, viviendo en la mediocridad y en la humillación; una persona a quien nadie aprecia en lo que vale, a quien se aborrece, a quien se desprecia, se insulta y escarnece…; y finalmente es crucificado, decapitado, quemado en la hoguera o asado en la parrilla, y su cadáver es abandonado por el verdugo sin darle sepultura- ¡así se entierra a un testigo de la bondad!- o sus cenizas arrojadas a los cuatro vientos…” (Cf. S. KIERKEGAARD, El concepto de angustia, Ediciones Orbis, Barcelona 1984).
8. Descripción de una persona buena
Me ha llamado poderosamente la atención la descripción que hace Jaime Vandor sobre la persona buena y que transmitimos aquí por su alto grado de percepción:
“Entendemos por persona buena quien es capaz de convertir su generosidad en norma y pasión, bondadoso en grado sumo, sincero y veraz en todas las ocasiones, que se entrega y nada busca para sí. Demasiado noble para este mundo, paga por ello: es incomprendido, combatido, a veces escarnecido. Un tipo que, aunque poco frecuente, si existe, pero o pasa desapercibido, o es tenido por insensato, utópico, inepto para nada, equivalente a la frase popular que dice ‘de tan bueno es tonto’. Quien lo da todo es un excéntrico y, como mínimo, un problema para su familia. Sin embargo, pese a sus ‘extralimitaciones’, esta persona que comparte el sufrimiento del prójimo, aportando ayuda y consuelo, ha de constituir para nosotros un ideal hacia el cual tender” (J. VIANDOR, Valores humanos: la cualidad esencial, El Ciervo, Barcelona 1997, nº 550).
Son aquellas mujeres y hombres que iluminan la existencia de las personas que las rodean. Gracias a ellas la vida es más alegre y esperanzada. Son personas-faro.
9. ¿Quiénes son las personas-faro?
1) Son personas cuyo objetivo en la vida no es el dinero, ni el poder, ni la gloria. Procuran no hacer daño, buscan, por el contrario, pasar haciendo el bien. Tienen los ojos y los oídos abiertos para detectar las necesidades de sus prójimos.
2) Han aprendido a dialogar, empezando por la escucha, que es su característica más visible. Y como saben escuchar, han aprendido a hablar con las palabras precisas y en las ocasiones oportunas. Y también a callar…
3) Son personas de paz que la irradian a su alrededor. No echan leña al fuego de las discordias. Son capaces de mediar en los conflictos, buscando cauces de diálogo en los enfrentamientos. No intentan imponer ninguna solución, sino que se prestan a ayudar a que la encuentren quienes están sumergidos en la discordia.
4) Han aprendido a no juzgar. Buscan en cada ser humano lo bueno que hay en ellos. Pueden enfrentarse a los abusadores, pero sin faltarles al respeto en su dignidad de personas. En su forma pacífica objetan, empleando la no violencia activa, sean cuales sean las consecuencias que les acarreen sus acciones. Son sujetos morales que tienen a su conciencia personal como regla inmediata de su conducta responsable.
5) Aportan su voz y su participación en la toma de decisiones de los grupos donde conviven. Son capaces, sin renunciar a sus convicciones básicas, de ceder en parte para llegar a acuerdos o consensos. Pero no tienen miedo, si lo ven necesario, a mantener su posición, aunque sea minoritaria, contra viento y marea. Defienden el derecho al disenso, tanto para ellos mismos, como para quienes discrepen de su postura.
6) Pueden tener muchos o pocos conocimientos y no valoran a las personas en función de los mismos. Pero todas estas personas-faro coinciden en haber alcanzado un nivel de sabiduría bastante considerable. Es un saber-sabor que nace de las experiencias de su vida, de las buenas y, sobre todo, de las dolorosas. Esa sabiduría les capacita para vivir el presente, sin refugiarse en el pasado, ni huir hacia el futuro. Saben distinguir entre las cosas esenciales de las accesorias, que muchas veces quitan el sueño al común de los mortales.
7) Estas personas-luz no son perfectas. Son humanas y, por tanto, limitadas. Es posible que descubramos en ellas incoherencias en el propósito básico de su vida. Sus detractores se aprovechan de ellas para descalificarlas. Cuando lo hacen, la sabiduría de esas personas sale a relucir. Son capaces de agradecer las críticas como medio para superarse. Y sonríen, pues son capaces de perdonarse a sí mismas y de seguir su camino, procurando no volver a caer. Aunque saben que, probablemente volverán a hacerlo.
8) Muchas de esas personas–faro pasan desapercibidas. Los medios de comunicación de masas las suelen ignorar, aunque esporádicamente pueden aparecer en algunas situaciones especiales. Su estilo de vida choca demasiado con esos falsos valores que nos inculca el pensamiento único. Claro que ellas prefieren pasar desapercibidas y tratan por todos los medios de conseguirlo. A veces, hasta las más próximas desconocen que viven al lado de alguna persona con esas características. Y sólo cuando fallecen o cuando desaparecen de nuestro entorno, es cuando nos damos cuenta del vacío que dejan en nuestra existencia. Una luz cálida se ha apagado, dejándonos más fríos y más solos… ¿Quiénes son esas personas? La Biblia los llama justos. La Iglesia los denomina santos. (Cf. P. ZABALA, Personas-faro, Acontecimiento 95, Madrid 20010/2, 15).