Desde el Sahara, la banda tuareg Tinariwen canta en su propia lengua y lanza “Hoggar”, un álbum que mezcla blues del desierto y resistencia política para contar la historia de un pueblo marcado por el conflicto, el exilio y la identidad
El grupo originario del norte de África presenta su décimo álbum grabado en Argelia, donde une generaciones y utiliza la música como memoria, denuncia y forma de preservar la cultura tuareg
Desde el desierto del Sahara, en el norte de África, la banda Tinariwen se ha convertido en una de las voces más representativas del pueblotuareg, una comunidad nómada que habita regiones de países como Malí, Argelia y Níger.
De acuerdo con el medio OkayAfrica, el grupo no solo hace música: utiliza sus canciones como una forma de preservar su identidad cultural, contar su historia y expresar los conflictos que han marcado a su comunidad durante décadas.
a su comunidad durante décadas.
Tinariwen canta en lengua tuareg y es reconocido por su estilo conocido como “blues del desierto”, una fusión entre sonidos tradicionales africanos y elementos del rock y el blues.
Con “Hoggar”, Tinariwen canta en lengua tuareg y utiliza su música para narrar la historia, la resistencia y la vida cotidiana de su comunidad en el norte de África /Foto por Marie Planeille
Qué es “Hoggar” y por qué marca un momento importante
“Hoggar” es el décimo álbum de estudio de la banda Tinariwen y representa un regreso a sus raíces, tanto en lo musical como en lo territorial.
El disco fue grabado en Tamanrasset, en el sur de Argelia, una región clave para la cultura tuareg. Es la primera vez que el grupo logra producir un álbum en su propio entorno con equipo profesional.
El título hace referencia a las montañas del Hoggar, un símbolo geográfico y cultural para esta comunidad, pero también funciona como punto de partida para abordar su realidad actual.
A lo largo del álbum, la banda combina canciones tradicionales con temas contemporáneos que reflejan el contexto que vive su pueblo, incluyendo referencias a la violencia en la región y la presencia de actores armados como el grupo Wagner en territorios tuareg.
El músico Abdallah Ag Alhousseyni explicó:
“Hoggar fue una experiencia maravillosa para mí. Es la primera vez que grabamos un álbum allí”.
Un álbum que mezcla música, historia y conflicto
El disco incluye 11 canciones, algunas de ellas composiciones antiguas que nunca habían sido grabadas oficialmente.
A través de sus letras, Tinariwen aborda temas como:
El desplazamiento de comunidades tuareg
La división política en regiones como el norte de Malí
La vida cotidiana en el desierto
La relación entre tradición y cambio
Canciones como “Imidiwan Takyadam” y “Erghad Afewo” reflejan estos procesos.
Al mismo tiempo, el álbum también incorpora temas más personales como el amor, las relaciones y la vida en comunidad.
Por qué este disco une a varias generaciones
Uno de los elementos más importantes de “Hoggar” es la participación de músicos jóvenes, quienes colaboran con los integrantes fundadores.
Entre ellos está Iyad Moussa Ben Abderahmane, quien además facilitó el estudio de grabación.
Para la banda, este relevo generacional es parte de su cultura:
“En nuestra cultura, pasamos el testigo pronto”.
El objetivo es claro: mantener viva la música tuareg sin perder su esencia.
El nuevo disco “Hoggar” reúne a músicos de distintas generaciones para preservar la cultura tuareg mientras retrata conflictos y cambios sociales en el Sahara /Foto por Marie Planeille
La música como forma de resistencia
Desde sus inicios, Tinariwen ha utilizado la música como una herramienta para narrar la realidad de su pueblo.
En este álbum, continúan abordando:
Conflictos en el norte de África
La vida en territorios marcados por tensiones
La lucha por preservar su identidad
Algunas canciones también reflejan el contexto actual en regiones como Azawad.
El papel de las mujeres en esta nueva etapa
El álbum también refuerza la participación femenina, clave en la tradición musical tuareg.
Durante años, factores sociales limitaron su presencia en espacios urbanos, pero en “Hoggar” se observa una mayor integración.
Una de las voces destacadas es Wonou Walet Sidati, quien señaló:
“Me encanta la música porque nos da la oportunidad de contar nuestra historia”.
Qué hace diferente a “Hoggar”
Este álbum destaca no solo por su contenido, sino por su proceso:
Grabación en territorio tuareg
Participación de distintas generaciones
Integración comunitaria
Producción profesional sin salir de su entorno
Es un proyecto que busca documentar y preservar una cultura a través de la música.
“Hoggar” y la identidad cultural, un punto de encuentro que también resuena en México
El nuevo álbum de Tinariwen pone en el centro temas como la identidad, el territorio y la memoria colectiva, elementos que no son exclusivos del Sahara y que también forman parte de muchas historias en México.
A través de su música, el grupo retrata lo que implica pertenecer a una comunidad, enfrentar cambios sociales y preservar tradiciones en contextos de presión o transformación, una experiencia que se repite en distintas regiones del mundo.
“Hoggar” no solo documenta la vida del pueblo tuareg, también muestra cómo la música puede funcionar como un espacio para mantener vivas las raíces culturales, incluso cuando el entorno cambia o se fragmenta.
En ese sentido, el álbum se presenta como una obra que va más allá de lo musical y funciona como un testimonio sobre la importancia de conservar la identidad en medio de contextos complejos.
Tinariwen grabó “Hoggar” en el sur de Argelia, un álbum que mezcla música tradicional tuareg con temas actuales como identidad, conflicto y vida en el desierto /Captura de pantalla/ Tinariwen
Una vida fraterna en el corazón del mundo El 22 de julio 1905 Carlos de Foucauld anotaba en su Cuaderno un nuevo proyecto de vida. Justo antes de establecerse en una pequeña aldea del Ahaggar, que él no conocía aún y donde acabará su recorrido terrestre. Entre otras cosas podernos leer: «Nada de clausura –como Jesús en Nazaret»1. Esta indicación es sorprendente cuando se sabe la importancia que él daba a este signo material de la clausura. Ya sea un muro real como en la Trapa o una línea de piedras a ras del suelo, como en Beni Abbés. Estas piedras eran para él el signo visible de la separación y del alejamiento de los asuntos del mundo. Antes, cuando vivía en Jerusalén, cerca del convento de las Clarisas, lo argumentaba en una carta del 22 de enero 1899 al padre Huvelin en la que le pedía permiso para hacer un voto especial de clausura que le impidiera salir y por tanto responder a las invitaciones externas y a los diferentes servicios que le pedían. Antes de dejar Beni Abbès el 24 de noviembre 1903, escribía a su obispo: «¡Si supierais como me encuentro como pez fuera del agua, en el momento que dejo la clausura!… no estoy hecho para salir de ella»2. Y tres meses antes de tachar la clausura de su programa, escribía aún a su prima, el 11 de abril de 1905: «En cuanto a cambiar de lugar, a salir de la clausura, por razón de salud, es algo que nunca han hecho los buenos monjes: la clausura, es el elemento, la patria, a la espera del cielo…» De todas formas salió, por deber, para el servicio de Dios, aun sintiéndolo. ¿Cómo explicar este cambio, en un tiempo tan corto? En primer lugar hay que reconocer que él confunde la clausura y la estabilidad, como en la carta en la que pedía hacer el voto de clausura: «nunca tendré ni soledad, ni lugar fijo [….]3 Este voto debía inmovilizarlo y darle “estabilidad”, impidiéndole responder a las llamadas de las Clarisas u otras. Él no se sentía llamado a una vida de viajes entre Nazaret y Jerusalén, respondiendo a la menor demanda de algún servicio. De igual forma en Ghardaïa, en 1904, al final de un año entero de viajes y desplazamientos continuos, vuelve a decir al Padre Guérin que su vocación no es la de visitar las aldeas o las guarniciones sino la de vivir en un punto fijo en Beni-Abbés o en el Ahaggar, pero no viajando entre los dos. Parece que había terminado el tiempo de su juventud. Un período en el que, en el sur argelino, pasaba de siete a ocho meses moviéndose sin interrupción, y todo ello con gran contento. «Me gustaban mucho los viajes por los cuales yo siempre había sentido una gran atracción»4. Desde entonces, siente terror ante los viajes. ¿Es esto verdad? Los hará por deber como todo lo que hace. Decenas de miles de kilómetros, casi siempre a pie. Se comprende que haya expresado a menudo el deseo de detenerse y de permanecer en un lugar… con o sin clausura. Este abandono de la clausura al llegar a Tamanrasset se explica porque para él esto es solamente una situación provisional, a la espera de tener compañeros. Aún lee su reglamento de vida en común, incluso si está solo. Decide sin embargo «retirarse resueltamente de todo aquello que no sea la imitación perfecta de esta vida (“la de Jesús en Nazaret”)». El Reglamento no es ya la expresión de Nazaret y lo provisional sino que se convierte poco a poco en lo normal. La nueva orientación se irá confirmando a lo largo de los años convirtiéndose en una apertura a lo imprevisible, en una gran sumisión al momento presente ya que éste manifiesta la voluntad de Dios mucho más que una Regla escrita en circunstancias totalmente diferentes. Ya no se dejará encerrar en un reglamento ni en una clausura simbólica o ideológica. Por el contrario, tratará de vivir cada vez más cerca de los habitantes de la aldea y de los nómadas de los alrededores. En las relaciones de vecindad y de amistad. También en las relaciones de trabajo para las cosas prácticas y sobre todo para poder estudiar la lengua. Durante los primeros años evita ir a visitar a los Tuaregs. Lo hace por discreción y para no forzar las relaciones, pero sufre al no recibir muchas visitas de ellos. Él los excusa: «en invierno, los tuaregs, frioleros y mal vestidos circulan poco: así no tienen mucha prisa en visitarme: hay que romper el hielo: eso se hará con el tiempo… No he estado a más de cien metros de lo capilla»5. Cuando un poco más tarde (en 1907) se encuentra más al sur, en medio de numerosos campamentos, se alegrará de los encuentros: “vamos a ver muchos indígenas durante el mes que nos quedaremos cerca de los que acampan en esta región, esto es lo que deseo..”6 No esconde su satisfacción: «Aprovecho la presencia de muchos Tuaregs para conocerlos por esta estancia y contactos que no había tenido antes tan cercanos»7, Y cuando vuelve a Tamanrasset, escribe: «Mi regreso aquí ha sido dulce, la población me ha recibido bien, mucho más afectuosamente que no osaba esperar».8 Después de otra ausencia, escribirá a H. de Castries el 16 de mayo 1911: «Estos primeros días de regreso aquí no han sido días de soledad; he sido recibido con un afecto que ha emocionado por los Tuaregs y continuamente tengo sus visitas… pero pronto, se producirá una media soledad, y ya, desde que el sol se pone, es la gran calma tan deseada. Benedicite noctes y dies Domino. Soy la única persona en este desierto que recita el cantico Benedicite omnia opera Domini Domino frente a estas bellas montañas. Que el Señor se digne dar gracia a estos Tuaregs, tan capacitados, para que ellos amen y sirvan a Dios y que sus almas alaben al Señor al igual que lo hace la creación inanimada». No hay duda de que desea esta apertura a los otros desde el primer día de su llegada a Tamanrasset. En agosto de 1905, le quedan once años que vivir en este pueblo donde él quiere “tomar como único ejemplo la vida de Nazaret”, como anota en su cuaderno, el 11 de agosto. Estos once años sin clausura, ¿pueden dejar ver la originalidad del mensaje contenido bajo el nombre de Nazaret? Es difícil usar para esto el vocabulario clásico, ya sea el de su época o el de hoy día. Las palabras son importantes, pero son equivocas. Al hermano Carlos es imposible clasificarlo en una categoría; monje, misionero, sacerdote diocesano, etc. Cada una de estas etiquetas, que él mismo utiliza en un momento u otro, o bajo las cuales lo encerramos, exige explicaciones pues ninguna de ellas permite completar el mensaje que se desprende de una vida fuera de las normas habituales. Él sigue llamándose “monje muerto para el mundo” pero la clausura no forma ya parte de su vida. Él quiere estar cada vez más cercano a aquellos de quienes no quiere estar “separado”. “No quiero morar lejos de un lugar habitado, sino cerca de una aldea – como Jesús en Nazaret”. Tendrá que mudarse, al final de su vida, alegrándose de vivir más cerca de las casas de sus amigos y darse cuenta de que Jesús no vivía cerca de Nazaret. El nunca hizo grandes consideraciones sobre la inserción en una aldea o en un barrio, pero la lógica del amor le hizo estar más cercano a sus amigos, conocer mejor su propia vocación y el verdadero rostro de Aquél que fue, en Nazaret, no un monje sino un hombre de pueblo con un oficio, una reputación y unas relaciones. Hasta su muerte, él se llamará a sí mismo ermitaño puesto que está solo. Con gusto habla de sus ermitas y se sigue haciéndolo después de él, incluso en Beni-Abbés, el único lugar al que él había dado el nombre de fraternidad. Según René Bazin, muchos se equivocaron con este vocabulario. Aún más, porque viviendo solo en el Sahara (en el desierto) no se puede imaginar sin la espiritualidad del Desierto. De ahí la representación del ermitaño atraído por la “llamada del silencio”. Es verdad, que no se puede eliminar la palabra ermitaño de su vocabulario, pero hay que saber que no es nada adecuado a su tipo de vida ni en Tamanrasset, ni siquiera en el Asekrem donde él se establece no para huir de la multitud sino para estar “en un punto céntrico” más cercano de los nómadas que él veía poco en sus comienzos sedentarios en la aldea de Tamanrasset. La palabra “ermitaño” es más adecuada para describir el tiempo vívido en Nazaret y Jerusalén a la sombra de los conventos de las Clarisas. En este período tenía en su mente el proyecto, muy elaborado y muy idealizado, de vivir junto a una treintena de ermitaños. En el Hoggar no desea el aislamiento, sino que busca los encuentros. Él quería tener un compañero, pero puede asumir la soledad por la fuerza de su temperamento y por su fe en la presencia viva de Dios. Esta soledad le parece incluso una suerte, no para el recogimiento, sino para estar más cerca de los habitantes: estando solo, uno es “más sencillo y más abordable”. Esto es lo que él oyó decir desde su primera visita a esta región, el 26 de mayo 1904. “Por lo que respecta al recogimiento, es el amor el que tiene que recogerte en mi interiormente y no el alejamiento de mis hijos”. ¿Se identificaría mejor su vida en el Hoggar llamándola misionera? Sin duda, él está en “país de misión”. Participa plenamente a su manera en la misión de la Iglesia de la cual se preocupa haciendo proyectos e informes para los misioneros. Sin embargo, él no se considera a sí mismo como un misionero, incluso rechaza esa palabra para marcar bien su diferencia con los Misioneros de África. El último año de su vida lo emplea solo para explicar que no es umisionero como los otros, que él es una especie rara. Él se da cuenta de su especial situación. Ni siquiera tiene referencias que dar, su situación no es comparable con la de nadie. En realidad, él es el primero en una misión especial y desea que haya muchos compañeros como él. No siempre se distingue la diferencia entre lo que él organiza en Beni-Ahhés (actividades muy semejantes a las de un misionero que comienza) y lo que él proyecta más tarde para los Padres Blancos. De igual forma, él propone (en 1911) a varios trapenses que deseaban ser más misioneros un programa de vida de monjesmisioneros que no es en absoluto el suyo en ese momento. Tampoco se puede trasladar todo lo que escribe a los que le escriben cartas, suponiendo que él mismo viviera así en Tamanrasset. Es importante saber que estaba dispuesto a pasar en Francia todo el año 1915, para lanzar su asociación, pero esto no nos dice nada sobre su vida diaria en Tamanrasset. Los tuaregs no conocieron nunca al monje ni al ermitaño, ni siquiera al sacerdote; desde el primer día y hasta la hora de su muerte, en su último grito de petición de socorro, eta el marabout. No tenía nada en común con los hechiceros y charlatanes contemporáneos o modernos. Él es el único de su especie, un hombre que reza, que no está casado, que cura, da consejos, distribuye limosnas, que es bueno para todos; éste es el retrato del buen religioso. Esta palabra evoca incluso la misma raíz que marabout (unido a Dios) pero no separado, pues él también está unido a los hombres y las mujeres por los lazos que intenta crear con todos aquellos en medio de quienes vive. Al igual que ellos, come tortas de trigo y mijo cocido, así como una especie de mezcla con dátiles, pero nada de carne (algo que le queda del régimen monástico). Bebe café. Su régimen alimenticio ha mejorado, pero sigue siendo desequilibrado. Carlos se sorprenderá de ser víctima del escorbuto por segunda vez a finales del año 1914. Escribe: «Sin hábito, como Jesús en Nazaret». Lleva puesto un hábito simple que le distingue de los otros franceses. Su vestidura se parece a una túnica árabe, pero con una correa. Sin ningún signo particular: ni rosario, ni insignia, ni ese corazón bajo una cruz (que a todos interrogaba y que no era más que un signo inadaptado e ilegible del amor que él quería dar a todas las criaturas de Dios). El único signo visible de su diferencia será su comportamiento fraterno y amistoso para con todos aquellos con los que se cruza (militares franceses, tuaregs, árabes, antiguos esclavos negros o mulatos). Desea que al verle puedan decir: “Ved como ama”. Es el único signo visible que permite reconocer que es discípulo de Jesús. Durante esos años el lugar principal lo ocupa el trabajo. Un trabajo intelectual de casi 11 horas cada día. Se podría decir que hacía una obra de benedictino, pero lejos de los horarios monásticos y de las ocho horas de trabajo que él atribuía a Jesús de Nazaret. ¿Cuál es el sentido humanitario de este trabajo? Se trata de una obra científica de gran calidad (una obra de apertura a otra cultura), pero también es una obra de fraternización ya que permitía un acercamiento más real e íntimo a la sensibilidad de un pueblo. Lo que él hace es fundamental ya que es un trabajo que le permite ponerse en relación con los hombres y mujeres. En 1907 hace largas caminatas y estancias prolongadas en los campamentos del sur. Escucha atentamente y sin descanso las poesías que le recitan. Horas, días, meses para corregir ese trabajo hasta conseguir la frase justa y el sentido exacto. ¡Qué precisión y qué perfección! Nadie ha vuelto a hacer en esos lugares nada parecido. Deberíamos recibir el mensaje de lo que él vivió durante sus últimos años. Queda mucho por descubrir en los detalles de su vida y en la lectura de sus cartas para situarle en la verdad concreta de sus relaciones con los hombres y mujeres a quienes quiso acercarse. Si hubiese vivido en otro lugar, en un país no musulmán, ¿habría llevado un mensaje nuevo? Si se hubiese quedado en Beni Abbès ¿se hubiese convertido en lo que fue en Tamanrasset? Si hubiese podido recibir algunos compañeros (en un lugar mejor comunicado que el Hoggar) probablemente habría creado una nueva comunidad monástica apenas diferente de la Trapa. O habría organizado, como tan bien sabía hacerlo, la vida de sus compañeros, sin tener en cuenta las realidades locales a las que, al estar solo, se adapté de una manera admirable. Solo en medio de ellos, supo mantener su fe y su identidad, aun viviendo cerca. Más aún, al ponerse a la escucha de los otros, y tratando de comprenderles, se dejó transformar por las relaciones de amistad y pudo evolucionar en sus ideas, sus proyectos y sus utopías. Él fue el confidente de unos, el consejero de otros, el amigo de algunos. También se convirtió en una referencia e incluso en un modelo de convivencia y diálogo para aquellos que, a un siglo de distancia y por todo el mundo, viven en situaciones semejantes. El aprendió a amar desinteresadamente a cada persona, respetando sus diferencias y mantener la preocupación por el interés general y el bien común. Se convirtió en un artesano de unidad entre los seres humanos a los que todo enfrentaba. Había llegado allí pensando que tenía que convertir a los otros a su religión. Pero ¿cómo podía seguir pensando que esos hombres y mujeres a los que se había unido no podrían ser salvados porque no tenían la misma religión que él? Ellos le habían obligado a pensar de otra forma. Al final de su vida, sólo habla de la salvación de todo ser humano y de la necesidad de trabajar por la salvación de los otros tanto como por la propia. Dios desea la salvación de todos los humanos. Ya no hay que cambiarlos de religión. Carlos mantiene esta esperanza, pero la aplaza. Lo inmediato es mantener viva su fe, permanecer siendo él mismo, vivir una vida cristiana en la perfección del amor amando a cada persona como Dios la ama respetando sus convicciones. Esto parece tan superficial que se puede leer sin ver su importancia. Él lo anota, unos meses antes de su muerte, en las últimas meditaciones escritas, el 18 de junio de 1916: “Amar al prójimo, es decir, a todos los humanos como a nosotros mismos, es hacer por la salvación de los otros lo mismo que para la nuestra, la obra de nuestra vida; amarnos los unos a los otros como Jesús nos ha amado, es hacer de la salvación de todas las almas, la obra de nuestra existencia”. Desde ese momento, la obra de su vida será amar a cada uno tal como es. El medio mejor para trabajar por la Salvación de los otros, es amarlos como Dios les ama. Él no tiene ninguna otra cosa que hacer. Esa es la obra de nuestra existencia. Ninguna frase puede mostrar mejor esto que la que él había tenido la audacia de usar desde su llegada al Sahara: “hermano, hermano de todos, hermano universal” y que al final de su vida usará con más humildad. No basta con suprimir la clausura sobre el papel y en la realidad para que todo se haga simple. No hasta con suprimir la palabra ermitaño en su reglamento para convertirse en el hermano de todos. Era necesario aprender a vivir en el mundo sin ser del mundo, aun estando en los asuntos de este mundo del Sahara al cual se siente especialmente enviado. ANTOINE CHATELARD, “Carlos de Foucauld en Tamarraset”, Los Hermanos de Jesús. Noticias para amigos de la Fraternidad 1 (2006) 18-2
1Cuadernos de Tamanrasset 46 2Correspondencias Saharianas 237 Ed. du Cerf (Paris 1998) 3Cartas al abbé Huvelin (LHA) 102
4 A. CHATELARD, Carlos de Foucauld. El camino de Tamanrasset (Madrid 2002).
5Cartas a Marie de Bondy, 18 de marzo 1903, 148 = LMB 6Ibid., 28-04-1907 7Ibid., 28-05-1907 8Ibid., 11-07-1907
En octubre de 1911, la guerra estalla entre Italia y Turquía: “Los turcos hacen todo lo posible para predicar la guerra santa entre las tribus árabes de la Tripolitana”, escribe a su prima el 25 de diciembre. Así, una de estas tribus, bajo la influencia religiosa de los Senusitas, durante los años siguientes trabajará particularmente a los tuaregs para empujarles a la disidencia de Francia; y es plausible que el 1º de diciembre de 1916, cuando Foucauld fue tomado como rehén por un grupo de inspiración senusita llegado a Tamanrasset, su joven guardián lo asesinara accidentalmente. La muerte de Foucauld es también una lejana consecuencia de la guerra italo-turca comenzada en 1911.
Si dejó el Asekrem antes de lo previsto fue por una cuestión de salud, y también porque Ba Hamnou no cesaba de quejarse: no le gustaba estar allí, tenía frío. Cuando Foucauld bajó de la montaña se encontró con muchos problemas: “He encontrado Tamanrasset y las poblaciones vecinas en un estado de miseria sobrecogedor”, escribe el 25 de diciembre a su prima. Dos son las razones de esta situación: “La sequía dura desde hace veinte meses”; “En 1911 las dos cosechas han sido nulas. Resultado: en el país no hay nada que comer”.
Se encuentra también con otro problema que no cesa de preocuparle y que es para él “una herida”, como había escrito al superior de los Padres Blancos, Monseñor Levinhac, el 7 de diciembre, antes de dejar el Asekrem: “El número de muertes infantiles es grandísimo; quizás un cuarto o un tercio de los niños muere cuando nace; las costumbres son muy liberales, se admite corrientemente; pero la costumbre no admite el nacimiento fuera del matrimonio; cuando esto ocurre se salva el honor haciendo desaparecer al niño”. Foucauld pide leyes severas: “Me responden que tengo razón, pero que el establecimiento de estas normas, tal como están las cosas, es muy difícil, debido a la dificultad de la represión: poner a estas mujeres en prisión guardándolas soldados árabes!!! Me han dicho: ‘Establezca religiosas y nosotros promulgaremos inmediatamente la ley’”. Hace falta, pues, en primer lugar “establecer religiosas dispuestas a acoger a los recién nacidos”.
Finalmente, el tercer problema: el tema de la lengua. “En la actualidad, como los franceses no saben el tuareg, las autoridades francesas escriben en árabe a los tuaregs, lo que les obliga a estos tener secretarios árabes para leer las cartas y responder; las autoridades francesas hablan a los tuaregs en árabe, con intérpretes árabes que traducen más o menos mal en tuareg; al principio se hizo como se pudo… Pero creo que esto es un error pues se arabiza e islamiza a los tuaregs a pesar de ellos”, escribe a su director espiritual, el padre Voillard, el 6 de diciembre de 1911. ¿Qué hacer? “Abrir discretamente en el Hoggar una escuela tuareg-francés, no árabe-francés… La mayor dificultad para crear escuelas, es encontrar profesores. ¿Árabes? Ellos arabizan en lugar de afrancesar. ¿Laicos franceses? Estos tendrán, quizás, poca moralidad, espiando, calumniando a los oficiales, escribiendo contra éstos en los periódicos, exigiendo grandes salarios”.
Christiane Rancé cando fui a Tamanrasset hacía tiempo que había borrado las huellas del padre de Foucauld.
Del hermanito de Jesús sólo quedó un frágil recuerdo que las leyendas iban tergiversando. Sus dos últimos vestigios, los oratorios construidos por sus manos -«la Fragata» en la margen izquierda del wadi y, en la margen derecha, el Bordj donde fue asesinado- ya no oponían nada al rumor ligado a su nombre. : Charles de Foucauld era un agente de inteligencia que actuaba para el ejército francés; no era más monje que judío cuando entró en Marruecos para un reconocimiento que duró un año.En La Croix, más de 100 periodistas trabajan para brindar información veraz y de calidad contrastada.La cruz digital
Y cuando queríamos que estos dos edificios probaran algo, de su fe, de su devoción a los pueblos del desierto o de su obra monástica, era en todo caso siempre en el sentido de esta reputación sulfurosa. En lugar de la capilla donde prosiguió su recorrido interior y vertical, se me mostró, desde el Bordj, el muro de adobe rojo donde se había alojado la bala que lo había matado. El baile, el fuerte, la presencia del ejército con él cuando llegó a Tamanrasset, luego «un pequeño pueblo de veinte fuegos» , su pasado como oficial de Saint-Cyr y Saumur, eso fue suficiente en ese momento para establecer. su reputación como informante.
Como es suficiente para algunos, incluso hoy, desafiar su canonización, con el pretexto de que Charles de Foucauld sería una especie de modelo del colonialismo y el símbolo de los antiguos objetivos imperialistas de Francia en África. ¿Su canonización? “Una negación de la historia” , protestan algunos.
Todo ello explica esto: que se tardó un siglo en pronunciarse su beatificación -fue en 2005 por Benedicto XVI- y dieciséis años más, y el reconocimiento de un milagro, para que Francisco decidiera, este lunes, canonizarlo. Es que, contrariamente a lo que señalan sus críticos –el pasado militar, el título nobiliario, la fortuna–, el padre de Foucauld es sin duda una de las figuras más modernas del catolicismo, adelantada a su tiempo: el que, mucho antes del Concilio Vaticano II. y el reconocimiento de otros caminos de Salvación tan queridos por Juan Pablo II, había escrito: «Cuanto más lejos voy, más creo que no hay razón para buscar hacer conversiones aisladas por el momento. Entonces :“No estoy aquí para convertir a los tuareg de una vez, sino para tratar de comprenderlos y mejorarlos. Y luego quiero que los tuareg tengan un lugar en el paraíso. Estoy seguro de que el Buen Dios acogerá en el Cielo a los que fueron buenos y honrados, sin que sea necesario ser católico romano. Estoy convencido de que Dios nos recibirá a todos si lo merecemos” (1).
Y él, que había llegado al desierto para dar y recibir nada, decidido a “no aceptar nada” de la población, había aprendido a dejar que los demás, los más pobres, los más sencillos, entraran en su vida. Se había convertido a la humildad alabando a Dios por ser objeto de su compasión. Fue su última conversión, la más luminosa de todas.
“Como el grano del Evangelio, escribirá al final, debo pudrirme en la tierra, en el Sahara, para preparar las futuras cosechas. Esta es mi vocación. Su deseo finalmente fue escuchado, y mucho más lejos que solo en suelo africano. El ejemplo de extrema anulación y pobreza, la imitación de la incógnita de Cristo en su vida de Nazaret, su deseo de ser «el hermano universal de todos los hombres» finalmente marcaron profundamente, o al menos anunciaron, la Iglesia del siglo XXI .siglo y el pontificado de Francisco. Charles de Foucauld, que entró en Argelia imbuido de la idea de una acción civilizadora de Francia y de los Evangelios, murió allí renunciando a este cuidado pastoral en favor de la ascesis, la oración y una práctica incandescente de su fe en la aniquilación más absoluta. En otras palabras, toda “la espiritualidad de un apóstol de nuestro tiempo” (1) que está contenida en su magnífica Oración de Abandono : “Padre mío, en tus manos me encomiendo, Padre mío, en Ti me encomiendo (…) .
Probablemente nunca terminaremos de debatir la personalidad del Padre de Foucauld, en un tiempo ardiente de disputas y peleas, cada uno sin querer ver en este camino que abarcaba los extremos, de la alta cuna a la pobreza radical, del libertinaje y el ateísmo a la oración y devoción total a Cristo, que aquello que puede alegar contra el hombre. ¿Qué importa? Lo que cuenta en un santo no es su santidad, sino que santifica la vida; no que sea pura, sino que purifica. El vizconde se ha evacuado para hacer lugar a la Sagrada Hostia – Amor. Ahora bien, ¿quién necesita el mundo para ser salvo, si no Carlos, si no santos?
(1) Extractos de la muy buena antología de textos y cartas de Charles de Foucauld, elegidos y presentados por Antoine de Meaux, Charles de Foucauld. El explorador fraterno, Points Seuil.
Basta hojear la tesis de Marceau Gast para medir la influencia de Charles de Foucault (1858-1916), explorador, monje católico y especialista en la cultura tuareg, en sus investigaciones en el sur del Sáhara 1 . Marceau Gast incluso tradujo y editó varios textos del libro Textes touaregs en prose, ilustrados con algunas de sus propias fotografías 2 .
Marceau Gast se dispuso a descubrir el Sáhara, donde fue nombrado profesor en los años 50 y 60, siguiendo los pasos de Charles de Foucauld. Ingresó al CNRS como aprendiz en 1960 y regresó a las colinas que había conocido como maestro nómada. Capta con su lente los lugares que conservan su memoria. Sus fotografías son más que un simple archivo, reflejan la sensibilidad, el ojo del fotógrafo que fue Marceau Gast. Así, en la meseta de Assekrem, cuando visita la ermita del padre al amanecer.
Medihal-02632991, Fonds Marceau Gast – Territorio de Ahaggar –
En Tamanrasset, Marceau inmortalizó el bordj , al que todavía se adjunta el nombre del padre de Foucauld. La palabra bordj designa una torre, o un pequeño fuerte en árabe dialectal y clásico. Es frente a la puerta del edificio construido hacia 1905 donde habría muerto Charles de Foucauld 3 . En la época de Marceau Gast, el bordj sirvió como oficinas para los oficiales estacionados en Tamanrasset. En su cuaderno de campo de 1961 anota haber pernoctado allí, y en su cuaderno de campo de 1962-1963 presenta el bordj como el centro de su «ámbito de acción» oficialmente autorizado por la autoridad en Argelia.
“Ziriat fue al encuentro de los ministroscon Figeac y el coche obs.Llegan a las 12:00Alrededor de las 13:00 se acomodan en el podio preparadodetrás del bordj de FoucaultFotos de tuaregs con camellos bailarines y músicosEl maestro me sostiene las cámaras, nos estamos asando al sol…”.
2-05-3, Fondo Marceau Gast – Territorio de Ahaggar – Bordj del padre de Foucault 2-05-04, Fonds Marceau Gast Territorio de Ahaggar – Patio del bordj
Durante el trabajo de vinculación de los archivos de la colección Marceau Gast , me llamaron la atención cinco fotografías. Muestran Hermanas en un campamento nómada. La cruz que llevaba uno de ellos me recordó a la que llevaba Charles de Foucauld, una cruz con un corazón en el centro.
Aunque estos planos no están publicados en las obras de Marceau Gast, los agradecimientos que dirige en su obra a las Hermanitas de Jesús me ponen sobre su pista 4 .
Una búsqueda en la cruz me permitió confirmar que efectivamente era el colgante que llevaban las hermanas de esta congregación. Me puse en contacto por correo electrónico con las hermanas cuya sede está en Roma ( Fraternidad General Via di Acque Salvie, 2 Tre Fontane 00142 ROMA) . Se pusieron a trabajar y revisaron sus archivos. La información que pudieron comunicarnos resultó ser muy valiosa y arroja más luz sobre las fotos de la colección.
Resulta que las Hermanitas de Jesús de Hoggar llevaban un rebozo de tela sobre los hombros que las distinguía de sus otras hermanas. Una Hermanita también se fijó en las sandalias que difieren del modelo que reciben todas las Hermanitas de Jesús en el resto del mundo y que aquí sin duda son un modelo Tuareg. Finalmente, su investigación identificó a la hermana de la foto, que estuvo en Assekrem y luego en Níger en las décadas de 1960 y 1970. ¡Un buen ejemplo de colaboración entre archiveros!
64-04-025, Fondo Marceau Gast – Alimentos para la población de Ahaggar – La Hermanita Alice-Claude de la congregación de las Hermanitas de Jesús machaca mijo en un campamento nómada en el macizo de Hoggar, en línea: https: //medihal. archives-ouvertes.fr/hal-03353901
Escrito por Maryasha Barbé.
Marceau Gast, Dieta de las poblaciones de Ahaggar, estudio etnográfico , Memoria de CRAPE VIII., París, AMG, 1968, p. 111, 197, 254, 310, 346. Marceau Gast cita muchas veces del diccionario del padre de Foucauld, Dictionnaire tuareg-français, dialecte de l’Ahaggar , imprenta nacional de Francia, 1951 [ ]
Charles de Foucauld, A. de Calassanti-Motylinsky, Salem Chaker, Hélène Claudot y Marceau Gast, Textos tuareg en prosa , Aix-en-Provence, Edisud, 1984. [ ]
Jean-Jacques Antier, Charles de Foucauld , 2012, p. 283.; Daniel Grévoz, La muerte de Charles de Foucauld, Cercle algérianiste, publicado en línea el 1 de diciembre de 1996 . [ ]
Gast , Alimentación de las poblaciones de Ahaggar, estudio etnográfico …, op. cit. , pags. 11. [ ]
«Tamanrasset, las calles de arena roja, los muros de las casas mezclados con barro y paja, sombreados por los verdes tamariscos saharianos, tuaregs indolentes con un amplio turbante y gandures azules que pasean perezosos tomados de la mano, un mercado hecho de pasillos y arcadas donde amontonas en el suelo unas cuantas legumbres, dátiles secos cubiertos de moscas, monturas de camello, botes de plástico, quemados de lana, aromas, huesos, misteriosos paquetes de drogas africanas, un fuerte con cuatro torres, gran cubo de tierra roja, las aristas, con una puerta pequeña y baja, protegida por un muro anti-piso, en la pared a la derecha de la entrada un gran agujero que interrumpe la informe del yeso agrietado como una piel de elefante, el agujero de una bala disparada en la tarde de 1 de diciembre de 1916».
Así describe el mítico Tam, Gino Boccazzi en su «Hombre de Tamanrasset» (Rusconi 1983), el libro que dedicó al padre Charles de Foucauld, el morabito blanco, el hombre que durante años estudió la civilización tuareg y buscó mediar entre el colonialismo francés y la necesidad de libertad de los nómadas del desierto. De Foucauld nació en Alsacia, en 1858, en el seno de una familia noble que lo había iniciado en la carrera militar al inscribirlo en la Academia de Saint-Cyr y, siendo un joven oficial, había sido enviado a la guarnición de Argelia donde entendió que la disciplina y el aburrimiento del mundo militar estaban demasiado cerca de él para resistir por mucho tiempo. Además, la vida en el desierto argelino lo había fascinado, los silencios, los grandes cielos estrellados, el canto del viento, las dunas, altares naturales, erigidos para salvaguardar un mundo que no quería abrirse a los franceses, lo habían empujado hacia el ascetismo, por lo que decidió ingresar en una congregación religiosa y en 1910 fue ordenado sacerdote.
E inmediatamente entró en el desierto, Marruecos, Argelia, luego Tamanrasset donde aquella bala que cuenta Boccazzi puso fin a sus días. Una loca fulcilata, sin sentido, porque De Foucauld era muy conocido por todos los tuareg de la zona y también era admirado por su manera de comportarse: un blanco que hablaba la lengua de los tuareg, que confraternizaba con los esclavos, con los pobres, que vivía de la nada, que había venido, único en aquellos días, sin fusil, vestido con una gastada túnica, antes blanca, con un corazón rojo rematado por una cruz en el pecho.
Eran días en que el colonialismo, como para justificar su violencia, no sólo negaba su cultura a los pueblos sometidos, sino que borraba sistemáticamente sus rasgos, desconociendo sus valores. Muy diferente se comportaba el «marabú de corazón rojo», era el cordero entre los lobos, porque los lobos eran también los tuareg, hombres fuertes, orgullosos, acostumbrados a la santurronería, gente que concebía la incursión como un acto de valentía, que vivía con la daga en su cinturón.
Entonces De Foucauld se había retirado a Assekrem, en soberbia soledad, una cumbre escarpada, dura, cruel, entre rocas, sol, viento, elementos que parecen reconciliar al hombre con la vida y empujarlo hacia Dios. Una pequeña casa de piedra, que aún existe, y en su interior una inscripción: «No guardo lo suficiente la presencia de Dios». Allá arriba, entre aquellas rocas afiladas, feroces, en el gran silencio roto sólo por los gritos de los gavilanes, nacieron los muchos estudios de aquel hombre manso y severo consigo mismo que para comprender a un pueblo trató de ser parte de él, adaptarse a las condiciones locales, amar a los más maltratados como amaba al amenokal, al patrón, del que se había convertido en amigo y confidente. Aceptado por otros, aunque con cierto recelo, considerados diferentes a los suyos, aquellos franceses que también habían querido ocupar el gran vacío donde sólo podían vivir los tuareg. Luego ese tiro, obra de un fanático. Y ahora los restos descansan en El Meniaa en un sarcófago colocado cerca de una pequeña catedral católica, la de San Giuseppe.