Fátima Cabrera: la militancia en la Villa 31, el horror y una perseverante lucha por los derechos humanos

Fátima Cabrera: la militancia en la Villa 31, el horror y una perseverante lucha por los derechos humanos

en A 50 años del Golpe Cívico Militar

Una historia de película. Fátima creció en la Villa 31 donde juntó conjugó la fe y la militancia junto al Padre Mugica. Fue secuestrada en 1976 junto al que años después se convertiría en su compañero de vida: Patricio Rice. Su militancia en la reivindicación de los derechos humanos.

Comenzamos con una serie de notas y entrevistas a días de cumplirse 50 años del inicio de la Dictadura Cívico – Militar que sumió al país en el horror, en la total oscuridad y con consecuencias perdurables en la estructura económica de la Argentina que aún hoy se mantienen.

No es algo nuevo, pero con la victoria electoral de Javier Milei en 2023 tomaron fuerza voces que tiempo atrás eran marginales, aún hoy lo son pero tienen a disposición una enorme caja de resonancia que busca darles legitimidad. En estos días, se utiliza con frecuencia la  palabra “negacionismo” que define sólo una parte de los planteos, habría que hablar también de “reivindicacionismo” de algunos sectores sobre ese proceso. Parte de la “batalla cultural” que hoy proponen los sectores más recalcitrantes de la política nacional para cambiar la interpretación de social de lo sucedido en esos días.

Un presente con un claro retroceso en políticas de derechos humanos, con un desmantelamiento de las áreas del Estado dedicadas a esos temas, con juicios que se ralentizan y con represores que en muchos casos mueren sin condena o condiciones más flexibles de detención. A ello hay que sumar una democracia con sus garantías que atraviesa su peor momento desde el retorno democrático en 1983.

En ese contexto, decidimos desde Radio Gráfica dejar notas y testimonios que describan y cuenten el horror de esos días y las consecuencias que aún se mantienen en el diseño de país, pero también el período previo, el posterior y el presente.

Para comenzar ese ciclo de notas, lo hacemos con una persona muy especial desde su trayectoria militante y política, pero al mismo tiempo con un vínculo muy especial con el surgimiento de nuestro medio, tanto de de ella como su familia: Fátima Cabrera. 

Fátima nació en Tucumán. Como muchos coprovincianos tuvo que buscar junto a su familia un mejor destino tras la decisión de cerrar los ingenios azucareros durante la dictadura de Juan Carlos Onganía. Su familia recaló en la Villa 31 de Retiro donde Fátima fue atravesada por la fe y la militancia junto la figura del Padre Mugica y al Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo.

Como muchos otros fue secuestrada el 11 de octubre de 1976 junto a Patricio Rice, un sacerdote irlandés que también combinaba la fe con la mirada social y política. Patricio se convertiría con el tiempo en un referente y un trabajador incansable por los derechos humanos en el mundo. Como en una historia de película, muchos años después, Fátima y Patricio, dejando los hábitos, se convertirían en compañeros de vida formando una familia con tres hijos y dos nietos.

Patricio murió en 2010. Desde Radio Gráfica lo recordamos bautizando con su nombre al estudio principal de la emisora. Fátima persiste con su militancia de Derechos Humanos, continuando con esa síntesis entre fe y política. Los dejamos con esta primera historia.


Por Leonardo Martín y Úrsula Asta

Fátima, queremos irnos un poco a tu historia militante, hacer un viaje atrás en el tiempo. Militaste en el Movimiento Villero Peronista en la Villa 31 y luego en Villa Soldati con el padre Carlos Mugica. ¿Cómo fue esa historia?

Fátima Cabrera: Mi familia vino de Tucumán a Buenos Aires en 1966 cuando yo era muy chica, tras el cierre de los ingenios azucareros en la época de Onganía. Mi madre decide quedarse instalándose en la Villa 31 de Retiro. De ahí es el vínculo con el Padre Mugica. Mi abuela lo conoció porque Carlos iba a su casa los domingos a comer empanadas después de dar la misa. Ahí se hablaba de fútbol, política y de la realidad. Naturalmente, a los 13 años cuando terminé la escuela primaria empecé a ir a la capilla y fui casi la primera catequista de la villa.

¿Qué decir del padre Mujica? A la distancia parecía una especie de “rockstar” con su campera de cuero, con un perfil muy alto en esas décadas del´60 y ´70. ¿Cómo era él personalmente?

Fátima Cabrera: Más allá de esa imagen, en lo cotidiano era una persona sumamente cercana. Para mi madre, que tenía cinco hijos y estaba separada, él fue un gran referente. La villa fue mi gran escuela de trabajo comunitario. Carlos primero estuvo en una iglesia que estaba en la entrada al barrio, él había ido desde la Iglesia del Socorro. Después de 1968 y unos viajes que había hecho (NdE: estuvo en París, en La Habana y en Madrid donde se reunió con Perón) decide armar su propia capilla, Cristo Obrero.

Él tenía una opción clara por los pobres con un desarrollo del trabajo comunitario. Era un contexto con muchísima organización y dirigentes con algunos venían de la Resistencia Peronista como José Valenzuela y Julio Lares. Por su lado, Carlos venía influenciado por el Mayo Francés y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Fue un contexto comprometido y politizado con trabajo comunitario en una villa con pocas canillas de agua y sin luz, lo que se denominaba una villa miseria.

Tras el asesinato de Mujica en 1974, te vas a Villa Soldati. ¿Cómo fue ese proceso?

Fátima Cabrera: Antes de Carlos, asesinaron en marzo de 1974 al vecino Alberto Chejolán en una marcha por la vivienda. La Triple A ya estaba actuando con la persecución a militantes. Carlos trabajaba en el Ministerio de Desarrollo Social pensando que desde ahí podía ayudar mucho más, pero entrar ahí fue lo peor. Lo termina matando la Triple A el 11 de mayo de 1974. Fue despojarnos de todo, fueron los actos más violentos previo al golpe. Uno de los proyectos era avanzar con un gran plan de viviendas en Retiro, ese era el proyecto popular. Retiro tenía una gran organización en esa etapa.

Mi traslado a Soldati se dio por la erradicación de las villas. Allí buscamos seguir la militancia y la organización comunitaria desde el Movimiento Villero Peronista. Había un grupo de sacerdotes de la fraternidad Carlos De Foucauld al que me uní. Está Fraternidad fue diezmada, ahí había sacerdotes como Carlos Bustos (hoy desaparecido) y Mauricio Silva, conocido como el cura barrendero. Allí conocí a quien sería mi compañero que también era sacerdote, Patricio Rice. Nosotros estábamos visibles porque teníamos que ver con las organizaciones comunitarias. Yo siempre digo que la síntesis mía es la fe y la política.

A ustedes los secuestran ya durante la dictadura ¿cómo fue ese momento? 

Fátima Cabrera: Nos secuestran a Patricio y a mí el 11 de octubre de 1976 después de una reunión en la Comisión Vecinal. Patricio era irlandés, integrante inicialmente de la orden El Verbo Divino. Había estado previa a llegar a Argentina en Paraguay para luego venir al norte santafesino. Allí conoce a la Fraternidad Carlos De Foucald donde había un sacerdote que para él fue una referencia como Arturo Paoli.

Ese día salíamos de la villa hacia la Avenida Cruz cuando nos secuestraron. Al principio no sabíamos qué era, de que se trataba. Nos llevaron a la Comisaría 36. Pensamos que, al ser Patricio sacerdote, mostraríamos documentos y saldríamos, pero nos separaron y empezaron a interrogarnos y a golpearnos. Así estuvimos más de dos horas y cerca de la medianoche nos sacaron en un Falcon; a él lo metieron en el baúl siendo una persona muy alta y a mí en la parte de atrás. Ahí empezó el horror.

Fue todo muy perverso, con el tiempo Patricio se convertiría en un gran luchador por los derechos humanos siendo uno de los fundadores de FEDEFAM (Federación Latinoaméricana de Asociaciones de Familiares  Asociaciones de Detenidos Desaparecidos). Fue perverso no sólo porque se secuestra a una persona, sino porque toda la familia sigue viviendo el terror.

¿A dónde los llevaron y qué vivieron allí?

Fátima Cabrera: Primero nos llevan a Garage Azopardo,en Garay y Azopardo. Mucho tiempo después supimos donde habíamos estado. Fue uno de los lugares de mayor tortura, primero te interrogaban, pero enseguida empezaban con las torturas. Querían que diéramos datos para seguir secuestrando. Era una tortura física y psíquica donde por primera vez sentí la impunidad del Estado, del terrorismo de Estado con todo el poder en las fuerzas de represión. Se creían dioses, eran dueños de nuestras vidas. Nos tenían encapuchados, vendados y encadenados contra una pared. Solo podíamos llamar para ir al baño.

Entramos un lunes a la noche, a Patricio lo sacan el jueves y a mí el sábado. A Patricio, que era irlandés y aún sacerdote, su liberación se convirtió en una cuestión de Estado para Irlanda: un sacerdote compañero de Patricio que estaba en La Rioja llamó a su familia en Irlanda y les advirtió que era “una cuestión de vida o muerte”. Ahí la madre de Patricio empieza una campaña impresionante, de cartas, de pedidos a la Embajada y al país pidiendo por su liberación. Logran enviar un cable a Estados Unidos donde se hace público. Gracias a eso continuamos vivos. Por el gobierno de Irlanda y la campaña que hizo la familia. Fue una solidaridad internacional muy efectiva.

Luego los “legalizan”. ¿Cómo fue ese paso a la cárcel?

Fátima Cabrera: Pasamos por la Superintendencia Federal y de ahí empiezan a legalizar. A nosotros nos tenían secuestrados en un piso mientras en otro atendían al Embajador. Junto al Secretario exigieron ver a Patricio, ahí lo bañan y lo cambian para ocultar las torturas. Cuando lo ven, él logró decirles una frase en irlandés para confirmar que estaba secuestrado y en peligro de muerte. Empezaron a negociar por la libertad, finalmente lo expulsan del país en diciembre de 1976, previo a eso había estado en la Unidad 9 de La Plata. A mí me trasladaron a la cárcel de Devoto, donde llegamos a ser 1.400 presas políticas que somos un gran colectivo que hoy estamos en distintos lugares del país y del mundo.

¿Cómo resumirías la figura de Patricio?

Fátima Cabrera: Yo lo conozco junto a los otros curas. Tuvo un compromiso impresionante, fue una persona de grandes valores y generosidad. Lo que quisiera rescatar de él es su libertad. Él siempre decía que después del secuestro y de todo lo que él había vivido, ya no podía pensar en no tener una defensa clara y contundente de los derechos humanos. Se transformó en eso, en un defensor de los derechos humanos. Siempre decía que había que ser un activista y un militante de los derechos humanos. Estaba en contra de las grandes declamaciones, sino que decía que había que activar y ser un militante en eso. También se dedicó mucho a la formación de activistas en distintas organizaciones.

Cuando sale de Argentina, primero va a Londres y después va hacia Irlanda donde lo espera su familia. En Inglaterra da una conferencia de prensa donde, a pesar de que la Embajada de Irlanda le pide que no hable por toda la negociación que tuvieron que hacer, él decide hacer público su testimonio, además de colaborar con un montónde asociaciones y grupos de derechos humanos. Cuando falleció en 2010, venía de toda una campaña para que más países firmen lo que es la Convención contra los Crímenes de Lesa Humanidad que es firmar contra la desaparición forzada.

Él siempre decía, “bueno, no nos quedemos que quedar con que ya tenemos una democracia y ya parecería que ya estamos bien“, siguió peleando para que en el mundo no existiera la desaparición forzada. Si nos remontamos al hoy, todos los días pienso la claridad que tenía con una práctica que lamentablemente continúa en el mundo, pero hoy la tortura y la desaparición forzada están declaradas como un crimen y se puede accionar en la Justicia.

También quisiera rescatar la honestidad que en Argentina han tenido las Madres, Abuelas y los sobrevivientes en no plantear venganza, sino buscar justicia cuando nuestros compañeros ni ninguno de nosotros la tuvimos.

Fuiste querellante en los juicios por delitos de lesa humanidad. ¿Qué significó ese proceso para vos?

Fátima Cabrera: Presas en Devoto, una vez nos vino a ver la Cruz Roja. Hablando, alguien me dijo: ‘¿Alguna vez esto lo vas a decir en un juicio?’. En ese lugar jamás ni se me hubiera ocurrido que podía suceder.

Pero realmente después de toda la lucha de los organismos de derechos humanos, de los familiares, de los militantes y de los sobrevivientes, se llegó con un cambio muy fuerte en el gobierno de Néstor Kirchner. Primero estuvieron los Juicios a las Juntas en el gobierno de Alfonsín, algo que hay reconocer y decirlo, pero después vinieron las leyes de impunidad de Punto Final y Obediencia Debida y los indultos por los cuales tuvimos otras décadas de silencio.

Cuando se derogan esas leyes de indultos y nosotros pudimos accionar nuevamente, avanzar con los juicios es lo máximo que nosotros queríamos en ese momento. Con el respeto de todas las leyes para los represores. Yo fui a todas las audiencias, los genocidas vinieron a la primera, alguna más, pero después se iban. Ni siquiera estaban para escuchar los testimonios. Nosotros fuimos sesenta y cinco personas, entre familiares y sobrevivientes, que pudimos testimoniar.

Algo importante que avanzó en los juicios fueron las querellas también de los abusos, de los acosos, de las violaciones que sufrieron muchas mujeres con denuncias que se sostuvieron en los juicios. Esto costó, llevó muchos años, porque entre tanto horror era como algo natural, parecía que era una tortura más. Se pudo reivindicar que realmente eran crímenes de lesa humanidad; eran parte de la práctica sistémica. Como el robo de niños, la tortura a mujeres embarazadas y a todas las mujeres que nos torturaban, nos decían que era para que no tengamos hijos. Yo tenía 18 años, ¿imaginen lo que significaba para nosotros que nos digan eso?

Con Patricio nos unimos después de ocho años, sin pensar previamente que íbamos a ser una pareja y tener tres hijos y hoy dos nietos, es una reivindicación a la vida. De alguna manera es haber podido ganar, digamos, con nuestros hijos y nuestros nietes; que otras generaciones puedan seguir. Y ojalá puedan seguir esta gran lucha para tener lo que quisieron todos los compañeros: que era una patria, una patria grande, una patria con justicia, con justicia social, una patria digna.

SIMONE WEIL Y LA VULNERABILIDAD

Simone Weil: mística y pasión - crisi


Para Simone Weil, que nació el 3 de febrero de 1909 (hoy hace 117 años) y murió el 24 de agosto de 1943, la vulnerabilidad no es un accidente de la existencia humana, sino su verdad más profunda. El ser humano es vulnerable porque es finito, expuesto a la fuerza, al sufrimiento y a la desgracia, pero también porque solo en esta situación puede abrirse a la verdad, a la justicia y a Dios.
         Simone Weil entendió el cuidado no como una protección, sino como una presencia. Cuidar, para ella, no era ni aliviar ni explicar el sufrimiento, sino permanecer atento ante la fragilidad, sin huir ni dominarla.
Por eso compartió la vida de los vulnerables: el trabajo agotador, el hambre, la humillación. No por heroísmo, sino por no mirar desde fuera. Aceptó la propia fragilidad corporal como lugar de verdad, convencida que solo quién es vulnerable puede atender los demás de verdad.
         Su ética rechaza la fuerza, incluso cuando se presenta como bondad. No quiere salvar, ni dirigir, ni imponer un sentido. Quiere hacer espacio. La atención, vivida así, llega a ser una forma de plegaria. Cuidar es no abandonar. Y, en esta fidelidad desnuda a la vulnerabilidad del otro, Simone Weil reconoció el paso de Dios.

A) Como vivió Simone Weil una ética de la cura basada en la atención y la vulnerabilidad?

Simone Weil vivió de manera radical, y su vida ofrece ejemplos concretos de cómo encarnó una ética del cuidado y una justicia basada en la atención y en la vulnerabilidad.

1. Trabajó en fabricas (1934-1935): Weil dejó temporalmente la docencia para trabajar como obrera en las fábricas de Renault y Alsthom, para comprender la condición obrera desde dentro y no solo teóricamente
Renunció a su comodidad intelectual para compartir la fatiga y la humillación de los trabajadores. Esto refleja su idea de atención al sufrimiento ajeno y su rechazo a la distancia entre pensamiento y vida.

2. Solidaridad en la Guerra Civil Española (1936): Se unió brevemente a una columna anarquista en el Aragón, aunque su salud física la obligaron a retirarse. No soportaba la idea de permanecer cómoda mientras otros arriesgaban la vida por la justicia. Su gesto muestra la disposición a exponerse por los vulnerables, aunque después criticó la violencia en ambos bandos.

3. Renuncia a privilegios y lleva una vida austera: Vivió con extrema sencillez, rechazando comodidades y lujos. Creía que la atención pura exigía desnudarse del egoísmo y la búsqueda de poder. Esta austeridad no era ascetismo narcisista, sino solidaridad con quienes carecían de lo básico.

4. Exilio y ayuda a refugiados (1940-1942): Durante la ocupación nazi, ayudó a refugiados y colaboró con la Resistencia intelectual en Marsella. Puso su vida en riesgo para sostener a los más vulnerables, coherente con su idea de justicia como atención.

5. Último gesto: morir por solidaridad: En Londres, trabajando para la Francia Libre, se impuso una dieta mínima para no comer más que los franceses bajo l´ocupación. Consecuencia: Murió en 1943 de tuberculosis agraviada por desnutrición voluntària, llevando su solidaridad hasta el extremo. Simone Weil no utiliza el término vulnerabilidad de manera explícita, pero su pensamiento ofrece una perspectiva muy rica para reflexionar sobre este concepto.
              Para Weil, la vulnerabilidad no es un defecto, sino una característica constitutiva del ser humano. Somos seres expuestos al sufrimiento, a la necesidad y a la desgracia. Esta fragilidad es el que nos da la capacidad de recibir la gracia y de abrirnos al bien. En su obra La gravedad y la gracia, que son fragmentos de sus cuadernos redactados entre 1934 y 1942, especialmente durante su etapa de reflexión espiritual en Marsella y Londres, insiste en que la atención amorosa hacia el otro nace precisamente del reconocimiento de su vulnerabilidad.

Para Weil la invulnerabilidad es una ilusión peligrosa porque puede interpretarse como una tentación del poder o del orgullo: querer ser autosuficiente, no depender de nadie, no sufrir. Para Weil, esto es contrario a la verdad espiritual, porque nos aleja de la compasión y de la atención hacia el otro. Frente a la invulnerabilidad Weil propone la atención: mirar al otro en su vulnerabilidad sin querer dominarlo ni protegernos de su sufrimiento. La verdadera fuerza, para ella, no es la invulnerabilidad, sino la capacidad de soportar la desgracia sin endurecer el corazón.

B) Desgracia, fuerza, atención, descreació y Cristo

En sus escritos Weil señala que: la vulnerabilidad es la condición humana, la desgracia es la forma extrema, la fuerza es la causa principal, la atención es la respuesta ética, la descreació es el camino espiritual. La vulnerabilidad es terrible, pero también lugar de verdad y justicia.
1. La desgracia (malheur), vulnerabilidad extrema: Weil distingue entre dolor, sufrimiento y desgracia (malheur).La desgracia no es solo sufrimiento físico o psicológico: implica destrucción social, humillación, pérdida de voz y de identidad. El sujeto desgraciado queda reducido a una cosa, sometido a la fuerza. «La desgracia hace del ser humano una cosa.»
(La Ilíada o el poema de la fuerza). Aquí la vulnerabilidad llega al límite: el ser humano puede ser anulado, no solo herido.


2. La fuerza hace a la vulnerabilidad, que es universal, desigual e injusta: En La Ilíada o el poema de la fuerza, Weil define la fuerza como aquello que transforma el hombre en objeto, destruye la palabra, la libertad y la dignidad. Nadie es inmune: tanto el vencedor como lo vencido son vulnerables ante la fuerza.
3. Atención (attention): una respuesta ética a la vulnerabilidad: La gran virtud ética de Weil no es la voluntad, sino la atención, que es una mirada desposeída, silenciosa, no apropiadora. Para Weil atender el vulnerable es no ejercer bastante sobre él, ni siquiera la fuerza del consuelo fácil. La atención reconoce la vulnerabilidad del otro sin absorberla ni negarla. Para ella «La atención pura es una forma de oración

4. Descreación: aceptar la propia vulnerabilidad: La descreación no es autodestrucción, sino renuncia al ego como centro. Reconocerse vulnerable es consentir a no ocuparlo todo, a hacer espacio al otro y a Dios. Aquí la vulnerabilidad se convierte en camino espiritual. «Hay que disminuir para que Dios pueda pasar a través nuestro
5. Cristo y la vulnerabilidad absoluta: Weil vió en Cristo la figura suprema de la vulnerabilidad: abandono, silencio de Dios, humillación. La cruz no glorifica el sufrimiento, sino que revela la solidaridad divina con los desgraciados. Dios no elimina la vulnerabilidad: la asume.

Annalena Tonelli, un testimonio evangélico que pone los pelos de punta

Lo único que realmente cuenta en la vida es amar» - La Civiltà Cattolica

El 6 de octubre, en Boorama, pequeña ciudad de Somalia, Annalena Tonelli recibió un disparo en la cabeza. Murió desangrada en el hospital que había fundado siete años antes. Tenía 60 años y llevaba 33 en África. Quién era y qué hacía en Somalia lo cuenta en un testimonio que dio en diciembre de 2001 en una conferencia celebrada en el Vaticano:

«Dejé Italia en enero de 1969. Desde entonces he vivido al servicio de los somalíes. Han sido treinta años de compartir. Elegí ser para los demás – los pobres, los que sufren, los abandonados, los que no son amados –, fui niña y así he sido, y confío en que lo seguiré siendo hasta el final de mi vida. He querido seguir a Jesús: pobre con los pobres, con los que mi día a día está lleno.

«Vivo en servicio, sin la seguridad de una orden religiosa, sin pertenecer a ninguna organización, sin sueldo, sin cotizar para cuando sea vieja. Dejé Italia tras seis años de servicio a los pobres en uno de los barrios pobres de mi ciudad natal [Forlì]. Pensé que no podría entregarme completamente a los pobres quedándome en mi país. […] Los límites de mi acción me parecían tan estrechos, tan asfixiantes. Treinta y tres años después estoy gritando el Evangelio sólo con mi vida y ardo en deseos de seguir gritándolo así, hasta el final. Esta es mi pasión subyacente, junto con una pasión invencible por el hombre herido y disminuido sin haberlo merecido, más allá de la raza, la cultura, la fe.

«Intento vivir con un respeto extremo por «ellos», que el Señor me ha dado. He asumido en la medida de lo posible su estilo de vida. Llevo una vida muy sobria en vivienda, alimentación, medios de transporte, vestimenta. He renunciado espontáneamente a los hábitos occidentales. He buscado el diálogo con todos.

«Vivo en un mundo estrictamente musulmán. He vivido los últimos cinco años en Boorama, en el extremo noroeste del país, en la frontera con Etiopía y Yibuti. Allí no hay ningún cristiano con el que pueda compartir. Dos veces al año, en Navidad y en Pascua, el obispo de Yibuti viene a decir misa por mí y conmigo. Hoy muchos de los somalíes que tenían reparos contra mí me han aceptado y se han convertido en mis amigos. Hoy saben que estuve dispuesta a dar la vida por ellos, que arriesgué mi vida por ellos.

«Mi primer amor fueron los enfermos de tuberculosis, las personas más abandonadas, más rechazadas de ese mundo. Estaba en Wajir, en el corazón del desierto del noreste de Kenia, cuando conocí a los primeros enfermos y me enamoré de ellos, y fue un amor a la vida. No sabía nada de medicina. Empecé a llevarles agua de lluvia que recogía de los tejados de la hermosa casa que el gobierno me había regalado como profesora. Me saludaban con la cabeza, aparentemente molestos por la torpeza de aquella joven blanca. Todo estaba en mi contra. Era joven y, por tanto, no merecía ser escuchada ni respetada. Era blanca y, por tanto, despreciada por esa raza que se considera superior a todas. Era cristiana y por lo tanto despreciada, rechazada, temida. Estaban convencidos de que había ido a Wajir a hacer proselitismo. Y además no estaba casada, un absurdo en ese mundo, donde el celibato no existe y no es un valor para nadie, de hecho es un no-valor.

«Treinta años después, por no estar casada, me siguen mirando con compasión y desprecio en todo el mundo somalí que no me conoce bien. Sólo los que me conocen bien dicen que soy tan somalí como ellos y que soy una verdadera madre para todos aquellos a los que he salvado, curado, ayudado, pasando por alto la realidad de que no soy ni seré nunca una madre natural.

Annalena Tonelli (Forlì, 2 de abril de 1943 – BooramaSomalia, 5 de octubre de 2003) fue una misionera católica italiana. Trabajó durante 33 años en África, tratando enfermedades como la tuberculosis y el HIV, realizando campañas en contra de la mutilación de los genitales femeninos y en escuelas especiales para niños de diferentes capacidades. En junio de 2003, Annalena ganó el Premio Nansen, que es entregado anualmente por ANCUR, en reconocimiento al servicio que ella brindó a los refugiados. Anna fue asesinada en su hospital por un somalí armado, perteneciente al AIAI.[1][2][3]

Biografía

Annalena Tonelli nació en 1943 en Forlí, Emilia Romagna, provincia de Italia. Se graduó en Leyes en la Universidad. Después de «seis años de servicio a gente pobre de los suburbios, chicos huérfanos, enfermos mentales o chicos abusados» de su ciudad, en 1969, la Annalena de 25 años viajó a África apoyando al Comité Contra el Hambre Mundial de Forlí, que ella había ayudado a que empezara.

Al principio, ella trabajó como una profesora de secundaria en Wajir, un región semi-desierta en el Noreste de Kenia, habitado por personas nómadas de origen somalí. El pésimo estado de salud de la comunidad local, llevó a Anna a estudiar medicina. Ella estaba calificada en Kenia para tratar la tuberculosis, en el Reino Unido para la Salud Pública, y en España para la lepra.

Ya en 1976, Annalena se hizo responsable en un proyecto piloto para tratar la tuberculosis en las personas nómadas. Entonces, Annalena invitó a los pacientes con tuberculosis al Centro de Rehabilitación para el Discapacitado, que ella, junto a otras voluntarias, estaba abriendo para tratar a enfermos de poliomielitis, ciegos, sordomudos y personas con otras discapacidades. Este enfoque garantizó que varios pacientes tomen el tratamiento, junto a una terapia de seis meses, que fue adoptada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

En 1984, tras diversos enfrentamientos entre clanes, la armada de Kenia inició una campaña represiva contra los clanes somalíes en la zona de Wajir. La denuncia pública por parte de Annalena ayudó a detener los asesinatos. Arrestada y puesta frente a una corte marcial, se le dijo que el hecho de que haya escapado a dos emboscadas no era una garantía que sobreviviría a una tercera, y fue forzada a abandonar Kenia.

Annalena Tonelli viajó a Somalía, primero a Merca, y luego a Borama. Aquí, su trabajo incluyó: Un hospital de 250 camas, una Escuela de Educación Especial (con 263 estudiantes) para niños discapacitados (única escuela de estas características en todo Somalía), un programa para la erradicación de la mutilación genital femenina, cura y prevención del HIV Sida y auxilio a marginados, huérfanos y gente pobre.

En octubre del 2003, Annalena fue asesinada en el hospital contra la tuberculosis que ella había abierto en Borama, por un hombre armado, perteneciente al AIAI. Dos semanas después del asesinato de Anna, Dick y Enid Eyeington, fueron asesinados en su departamento de la Escuela Secundaria de Auxilio Sheikh, en la región de Sheikh, por la misma célula terrorista. Los asesinos fueron arrestados en 2004, enjuiciados y condenados a muerte por una corte local.

«El africano es religioso por esencia; Europa ha perdido esa noción por creerse dueña de la vida»

Entrevista a Paco Ostos, misionero en el Congo durante 52 años

El granadino Paco Ostos lleva más de medio siglo en la frontera más viva de la Iglesia: África. Allí ha visto levantarse a un pueblo que sufre, pero cree. Una promesa juvenil fue suficiente para cambiar su historia… y la de miles de personas

María Rabell García
María Rabell GarcíaCorresponsal en Roma y El Vaticano

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Tenía 15 años cuando Paco Ostos (1949), natural de Granada, escuchó por la radio una noticia que le cambió la vida: seis misioneros y cuatro religiosas habían sido asesinados en el Congo por los rebeldes simbas. Él, postrado en la cama por una lesión deportiva, no conocía aún su futuro. «Señor, si tú lo deseas, un día yo reemplazaré a uno de esos misioneros», murmuró entonces sin imaginar que esa promesa marcaría su vocación de vida.

Años después, tras una sólida formación entre Sevilla, Madrid, Estrasburgo y Suiza, entró en los Misioneros de África (Padres Blancos) una congregación que trabaja pequeñas comunidades de tres miembros para anunciar el Evangelio. Ordenado sacerdote en 1977, llegó finalmente al Congo. Allí lo esperaba una misión que llevaba más de una década cerrada: la misma de Aba, donde aquellos mártires habían derramado su sangre. En ese momento se acordó de lo que le dijo al Señor aquel 27 de noviembre.

Desde entonces han pasado más de cincuenta años. Medio siglo en el corazón de África: evangelizando, construyendo escuelas, hospitales y orfanatos y levantando una universidad donde ya se forman ingenieros, médicos veterinarios, economistas y maestros. Paco Ostos ha visto crecer a la Iglesia donde más florece hoy: en un Continente que sufre y espera, pero cree. Y donde él sin pretenderlo cumplió la palabra que de adolescente hizo a Dios.

–Lleva más de medio siglo entregado a la misión en África. ¿Dónde y cuándo empezó ese camino?

–Mi vocación comenzó cuando tenía 15 años. Estaba estudiando el bachillerato y haciendo deporte. Tuve una caída que me obligó a estar en cama durante un mes por una fisura de peroné, que entonces no se podía tratar de otra forma. Un 27 de noviembre escuché en Radio Nacional una noticia: habían matado a seis Padres Blancos en la misión de Aba, al noreste del Congo Belga, cerca de la frontera con Sudán.

Yo tenía 15 años y dije: «Señor, si tú quieres, un día yo reemplazaré a uno de estos mártires». Luego lo olvidé. Yo cumplía religiosamente, pero no mucho más. Cuando terminé el bachiller, el párroco me fue orientando porque yo quería hacer algo grande en la vida para ayudar a los demás. Y me fui acercando a los Padres Blancos, a quienes ni siquiera conocía. Poco a poco fui progresando y diez años después me ordenaron sacerdote.

Me preguntaron a qué país africano quería ir y había que indicar tres destinos por orden de preferencia. Yo puse en primer lugar el Congo (entonces llamado Zaire). Y cuando llegué, el provincial me comunicó que habían decidido reabrir una misión cerrada desde 1964, cuando asesinaron a los seis misioneros que trabajaban allí. Así que me nombraron para Aba. Fíjese: reemplazaba a uno de aquellos mártires a los que yo había dicho de niño: «Si tú quieres…». Llegué en 1973 y, desde entonces, aquí estoy. Solo estuve fuera de 2014 a 2018.

Con los niños huerfanos  de la diocesis
Con los niños del Orfanato Virgen de la Capilla, en la parroquia de San Idelfonso, financiaron el proyecto)

Durante once años, de 2003 a 2014, fui nombrado por el obispo como ecónomo general de la diócesis de Mahagi-Nioka. Cuando nombró a un sacerdote diocesano para sustituirme, pensé que lo mejor era alejarme para dejarle trabajar libremente. Los Misioneros de África me propusieron ir como administrador de la obra de los Padres Blancos en México. Allí estuve hasta 2018.

Ese año me pidieron volver al Congo, pero ya no para la diócesis, sino para el grupo de los Padres Blancos de la provincia. Estuve tres años y, al terminar el mandato, me nombraron provincial de Ituri, y en eso estoy ahora, ya terminando mi último año, porque son dos mandatos de tres años.

África lidera las estadísticas

–Evangelizar en un territorio tan amplio y distinto de Europa debe ser todo un reto…

–La formación ya nos prepara para esto. Estudié un año de sociología en el Instituto Social León XIII, en Madrid; luego el noviciado en Friburgo, en Suiza; y la teología en la Universidad Estrasburgo. Nos formaban para trabajar con otras religiones, otros pueblos y mentalidades. Vivíamos en un ambiente internacional, lo cual ayuda a adaptarte.

Lo que más me gustó de los Padres Blancos es que siempre trabajamos en comunidad, no individualmente, y en comunidades internacionales, interculturales e interraciales. Esto me ayudó a no querer transportar mi cultura religiosa andaluza a otros pueblos, sino quedarme con lo esencial de la fe: el Evangelio de Jesucristo, teniéndolo que vivir en una estructura cultural diferente, sin llevarle lo mío propio que es valido para mi pero no necesariamente para los demás. Eso me ayudó siempre.

–De hecho, el Evangelio ha arraigado profundamente: según las estadísticas más recientes, África es el Continente donde más crecen el número de bautizados, vocaciones, práctica religiosa…

–El africano es esencialmente religioso. En Europa hemos perdido esa noción, quizá por el orgullo de creer que controlamos la vida. Aquí saben que el único que puede sacarles del sufrimiento es Dios.

También han visto que los misioneros no hemos venido a imponer nada, sino a servir y a acompañar, respetándolos. Mientras los líderes políticos muchas veces no respetan a su propio pueblo, la Iglesia se ha convertido para muchos en un oasis de paz donde saben que son escuchados y valorados.

Paco Ostos con jóvenes de la Universidad Lago Alberto (UNILAC)
Paco Ostos con jóvenes de la Universidad Lago Alberto (UNILAC)

Han descubierto que Cristo les ha traído algo más que su propia religión, que con frecuencia les infundía miedo ante castigos y espíritus. Lo han acogido libremente, sin imposiciones, y por eso la fe ha crecido auténticamente. De ahí que los seminarios estén llenos.

En Europa, en cambio, predomina el individualismo. Aquí siendo un pueblo necesitado se ayudan unos a otros, como antiguamente en España, donde las familias numerosas se sostenían mutuamente. Hoy en Europa cada uno va más a lo suyo. En África saben que solo se puede salir adelante juntos y confiando en Dios.

Una fe que libera del miedo

–Impresiona esa confianza, sobre todo en un pueblo que sigue viviendo la persecución y violencia por su fe…

–Los cristianos africanos han recibido un bautismo que es más que un barniz superficial. Es una fe profunda, una confianza en Dios que les libera de los miedos. Tenemos varios ejemplos en el Congo: la beata Marie-Clémentine Anuarite Nengapeta, el laico carmelita beato Isidoro Bakanja o santa Josephine Bakhita y otros hoy día que son auténticos testigos de Jesús. Cuando se tiene esa fe, al que profesa otras creencias no se le tiene miedo.

Yo llegué pensando que venía a evangelizar África y ahora son ellos los que están evangelizando Europa. Esperemos que con su testimonio, Europa recupere la conciencia de que la vida no es solo tener y dominar, sino que es ante todo compartir, fraternizar, respetar y ser solidarios, y no ir cada cual a lo suyo pisoteando a quienes se interponen en sus ambiciones egoístas.

Europa tiene que cambiar de óptica: será menos envidiosa e inhumana cuando aprenda a convivir compartiendo y recuperando la alegría de ser personas. Entonces no nos quejaríamos tanto de lo mucho que tenemos, sino que viviríamos con un espíritu agradecido.

–Háblenos de los numerosos proyectos que han ido surgiendo allí: el orfanato, la universidad… y, entre tanto, colegios, ambulatorios y tantas otras obras repartidas por toda la diócesis.

–Aquí trabajamos con comunidades de base. Los proyectos no vienen de nosotros, sino de ellos: un puente para que los niños puedan ir a la escuela, una captación de agua limpia, ampliar una escuela, un centro de maternidad, un dispensario… Ellos reflexionan sobre como vivir con mas dignidad como consecuencia de su bautismo. Nosotros les acompañamos. Pedimos ayudas a organismos como Manos Unidas, Ayuda a la Iglesia Necesitada, Cáritas, Obras Misionales Pontificias… Siempre con una contribución local mínima del 25%. Ellos se implican.

Por contactos y también gracias a la generosidad del pueblo español, y también el Fondo Nueva Evangelización de la Conferencia Episcopal Española, todos los proyectos se han realizado: escuelas, internados, hospitales, centros de salud, orfanatos… Además tenemos la Universidad del Lago Alberto. Gracias al contacto con la Universidad Politécnica de Madrid y otros organismos, ya han salido promociones de Ingeniería Agrónoma, Ingeniería Civil, Medicina Veterinaria, Economía, Derecho y Ciencias de la Educación. Los proyectos funcionan porque ellos mismos los gestionan, con comisiones locales. Unos salen mejor, otros peor, pero la mayoría funciona muy bien.

–¿Planes de volver a España?

–Por el momento solo tengo 76 años y buena salud. Lo que hago en el Congo no es un castigo sino todo lo contrario. Ser un misionero al servicio de Dios y de la Iglesia es un honor que no merezco, pero mientras Dios me aguante y otros hermanos me soporten aquí estamos.

Fuente: https://www.eldebate.com/religion/iglesia/20251108/africano-religioso-esencia-europa-perdido-nocion-creerse-duena-vida_352019.html

Celebración de todos los santos

CONSOL MUÑOZ, franciscana misionera

Esta semana tendremos la celebración de Todos los Santos. Y ese día veneramos a todos los “santos” que no tienen fecha propia en el calendario litúrgico, y que disfrutan ya de la bienaventuranza del cielo.

Había un gran deseo, entre los cristianos, de honrar la gran cantidad de mártires que murieron, especialmente durante la persecución del emperador Diocleciano (284-305), la más cruel y prolongada de la historia. Y, por otra parte, no había días suficientes al año para conmemorar cada uno de ellos, aparte de que muchos mártires murieron en grupos. Entonces se vio que lo apropiado era establecer una fiesta común para todos.

A partir de la segunda mitad del siglo IV el calendario de Nicomedia anunciaba para el viernes de la octava de Pentecostés la fiesta «de todos los santos confesores». En Roma el papa Bonifacio IV dedicó, a principios del siglo VII, el Panteón en honor de “santa María y todos los santos mártires”, y su fiesta se celebró, durante mucho tiempo, el 13 de mayo.

Más tarde, el papa Gregorio III consagró una capilla a la basílica de San Pedro dedicada a todos los santos, fijando la celebración para el día 1 de noviembre. El papa Gregorio IV, en 835, extendió la celebración de todos santos, el 1 de noviembre, a toda la Iglesia Universal. Quiso que todo el mundo cristiano honrara a todos los santos del cielo en dicha fecha.

La comunión con todos los santos nos lleva a agradecer la intercesión que, para nosotros, hacen delante del Señor. Ellos ya han llegado a la patria celeste y disfrutan de la presencia de Dios, pero sin olvidar a quienes, aún, peregrinamos en este mundo. Se refiere al himno del oficio de lectura de la fiesta de Todos los Santos; y una estrofa canta: “Desde el cielo nos llega cercana su presencia y luz guiadora: nos invitan, nos llaman ahora, compañeros seremos mañana.”

Las familias religiosas tenemos incluida, en nuestros respectivos calendarios litúrgicos, la festividad de Todos los Santos. En el caso de la familia franciscana, la celebramos el día 29 de noviembre, fecha de la aprobación de la Regla de los Hermanos Menores, por el papa Honorio III, el 29 de noviembre de 1223.

Por tanto, es una fiesta en la que conmemoramos tantos santos y santas de todas las épocas, de todas las capas sociales, de todas las culturas, que han iluminado con luz propia la santidad de la Iglesia. Una muchedumbre que ha vivido el seguimiento de Jesús y su evangelio de forma radical.


Conmemoración Ecuménica de los Mártires Cristianos Modernos

La iniciativa surge del Dicasterio para las Causas de los Santos y su Comisión para los Nuevos Mártires-Testigos de la Fe, organismo creado por el Papa Francisco en 2023 para documentar y preservar la memoria de los mártires contemporáneos

El 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, el Papa León XIV presidirá una solemne liturgia en la Basílica de San Pablo Extramuros para recordar a quienes, en este siglo, dieron su vida por Cristo. El evento, titulado «Conmemoración Ecuménica de los Mártires y Testigos de la Fe del Siglo XXI», pretende ser no solo un acto de memoria, sino también un signo de unidad entre las tradiciones cristianas. La iniciativa surge del Dicasterio para las Causas de los Santos y su Comisión para los Nuevos Mártires-Testigos de la Fe, organismo creado por el Papa Francisco en 2023 para documentar y preservar la memoria de los mártires contemporáneos. Su mandato trasciende el catolicismo y refleja una visión del martirio que trasciende las fronteras confesionales. El cardenal Kurt Koch, jefe del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, recordó a los participantes de una reciente reunión ecuménica que la sangre de los mártires se ha considerado desde hace mucho tiempo un factor de unión entre los cristianos. «La Iglesia», afirmó, «ya es una en la sangre de sus mártires».

El arzobispo Fabio Fabene, presidente de la Comisión, subrayó en rueda de prensa que la investigación que dio origen a esta conmemoración abarcó a cristianos de todas las confesiones. «La vitalidad del bautismo une a todos los que dieron su vida», explicó, invocando la expresión «ecumenismo de sangre», frecuentemente utilizada por san Juan Pablo II. Añadió que el papa León XIV espera que estas vidas «se conviertan en semillas de paz, reconciliación, fraternidad y amor».

Andrea Riccardi, vicepresidente de la Comisión y fundador de la Comunidad de San Egidio, trazó un mapa del martirio moderno: cristianos asesinados por cárteles de la droga y bandas criminales en América; Misioneros asesinados en África, especialmente en regiones azotadas por la violencia yihadista; víctimas de conflictos sectarios en Oriente Medio y el Norte de África; y fieles abatidos durante los atentados de Pascua de 2019 en Sri Lanka. Según Riccardi, África subsahariana sigue siendo «el continente donde mueren más cristianos que en ningún otro lugar».

«Los cristianos siguen muriendo en todo el mundo», afirmó Riccardi. «Las circunstancias varían, pero su testimonio es constante: viven y mueren por amor a Dios y al prójimo, ofreciendo el Evangelio con libertad y convicción». La conmemoración se realizará mediante una Liturgia de la Palabra, presidida por el Papa León XIV junto a representantes de 24 comunidades cristianas. El programa incluye la lectura de testimonios de varios mártires, permitiendo que sus voces resuenen a través de su sacrificio. Monseñor Marco Gnavi, secretario de la Comisión, explicó que la liturgia está diseñada para expandir la memoria y promover el diálogo entre diversas tradiciones.

“Estar juntos mientras los mártires hablan a través de su muerte es un inmenso estímulo hacia la unidad, tanto entre los cristianos como dentro de la familia humana en general”, afirmó. El evento recuerda un precedente establecido en el Jubileo del Año 2000, cuando Juan Pablo II presidió un servicio ecuménico en el Coliseo en honor a los mártires del siglo XX. Este nuevo memorial extiende ese gesto al siglo XXI, dejando claro que el martirio, considerado una reliquia de la Iglesia primitiva, es una realidad acuciante y contemporánea. Al honrar a estos testigos, el Vaticano busca subrayar una paradoja: las divisiones entre los cristianos siguen sin resolverse, pero los mártires ya dan testimonio de una unidad escrita no en documentos ni diálogos, sino en sangre. ZENIT – Espanol

La muerte del hermano Roger: ¿Por qué?



En muchos de los mensajes que recibimos el año pasado se comparaba la muerte del hermano Roger con las de Martin Luther King, Monseñor Romero o Gandhi. Con todo, no se puede negar que hubo una diferencia. Estos últimos se encontraban involucrados en un combate de origen político, ideológico, y fueron asesinados por sus adversarios, que no podían soportar sus opiniones ni su influencia.

Algunos dirán que es inútil buscar una explicación al asesinato del hermano Roger. El mal frustra siempre toda explicación. Un justo del Antiguo Testamento decía que lo odiaban «sin razón», y San Juan puso semejante afirmación en boca de Jesús: «Me odiaron sin causa».

Sin embargo, tratando al hermano Roger, hay un aspecto de su personalidad que me llamó siempre la atención, y me pregunto si ello no explica por qué fue agredido. El hermano Roger era un inocente. No porque no hubiera faltas en él. El inocente es alguien para quien las cosas son más evidentes e inmediatas que para los demás. Para el inocente la verdad es evidente. No depende de razonamientos. El hermano Roger la «veía», por así decirlo, y le costaba darse cuenta de que otros tuvieran una manera más laboriosa de ver las cosas. Para él, lo que él decía era simple y claro, y se asombraba de que otros no lo percibieran así. Se comprende fácilmente que, a menudo, el hermano Roger se encontrara desarmado o se sintiera vulnerable. No obstante, su inocencia, en general, no tenía nada de ingenuo. Para él, lo real no tiene la misma opacidad que para el resto. Él «veía a través».

Tomaré el ejemplo de la unidad de los cristianos. Para el hermano Roger era evidente que si esta unidad era querida por Cristo, tenía que poder ser vivida sin demora. Los argumentos que se le oponían tuvieron que parecerle artificiales. Para él, la unidad de los cristianos era ante todo una cuestión de reconciliación. Y en el fondo tenía razón, ya que nosotros, por el contrario, muy pocas veces nos preguntamos si estamos dispuestos a pagar el precio de la unidad. Una reconciliación que no nos afectara en nuestra propia carne, ¿merece llevar tal nombre?

Decían de él que no tenía un pensamiento teológico. Pero, ¿acaso no veía él mucho más claro que aquellos que decían eso? Los cristianos, desde hace siglos, han tenido la necesidad de justificar sus divisiones aumentando artificialmente lo que les oponía. Sin darse cuenta entraron en un proceso de rivalidad y la evidencia de dicho fenómeno se les ha ido de las manos. No han podido «ver a través». La unidad les parecía imposible.

El hermano Roger era un hombre realista. Tenía en cuenta aquello que quedaría irrealizable, sobre todo desde el punto de vista institucional. Pero él no podía detenerse en ello. Esa inocencia le daba una fuerza persuasiva muy particular, una especie de dulzura que no se daba nunca por vencida. Hasta el fin, vio la unidad de los cristianos como una cuestión de reconciliación. Y la reconciliación es un camino que cada cristiano puede hacer. Si todos lo realizaran de verdad, la unidad estaría muy cerca.

Había otro aspecto de esa manera de ver del hermano Roger en el cual se podía palpar todavía mejor su personalidad en toda su radicalidad: todo aquello que podía sembrar una duda sobre el amor de Dios le era insoportable. Aquí tocamos el tema de la comprensión inmediata de las cosas de Dios. No era un rechazo a reflexionar, sino que sentía muy fuerte en sí mismo que un cierto lenguaje que se considera correcto, por ejemplo sobre el amor de Dios, podría, en realidad, oscurecer lo que personas no prevenidas esperaban de este amor.

Si el hermano Roger insistió tanto sobre la bondad profunda de cada ser humano, habría que verlo con la misma óptica. No se hacía ilusiones acerca del mal. Por naturaleza, era más bien vulnerable. Pero tenía la certeza de que si Dios ama y perdona, significa que rechaza volver sobre el mal. Todo perdón verdadero despierta el fondo del corazón humano, este fondo que está hecho para la bondad.

Esta insistencia sobre la bondad impresionaba a Paul Ricoeur. Nos dijo un día en Taizé que era ahí donde él veía el sentido de la religión: «Liberar el fondo de bondad de los hombres, ir allí donde está totalmente oculta». En el pasado, algunas predicaciones cristianas recalcaban constantemente que la naturaleza humana era fundamentalmente mala. Se hacía para garantizar la pura gratuidad del perdón. Pero dicha prédica llevó a que mucha gente se alejara de la fe, incluso si escuchaban hablar del amor, tenían la impresión de que ese amor tenía reservas y que el perdón que se anunciaba no era total.

Lo más precioso de la herencia del hermano Roger se encuentra, quizás ahí: ese sentido del amor y del perdón, dos realidades que eran evidentes para él y que captaba con una inmediatez que, a menudo, se nos escapaba. En este campo era verdaderamente el inocente, siempre sencillo, desarmado, leyendo en el corazón de los demás, capaz de una extrema confianza. Su bellísima mirada lo transparentaba. Si él se sentía tan a gusto con los niños, era porque ellos vivían las cosas con la misma inmediatez; ellos no pueden protegerse ni pueden creer en algo que es complicado; sus corazones van directo hacia lo que les conmueve.

La duda no estaba jamás ausente en el hermano Roger. Por eso le gustaba tanto la frase: «¡No dejes que me hablen mis tinieblas!» Porque las tinieblas son las insinuaciones de la duda. Pero esta duda no tapaba la evidencia con la que él sentía el amor de Dios. Quizás, la duda, reclamaba un lenguaje que no dejase convivir ninguna ambigüedad. La evidencia de la que hablo no se sitúa a nivel intelectual, sino más profundamente, a nivel del corazón. Y, como todo lo que no puede ser protegido por fuertes razonamientos o certezas bien construidas, esta evidencia era necesariamente frágil.

En los evangelios, la simplicidad de Jesús incomoda. Algunos de los que le escuchaban se sentían cuestionados. Era como si los pensamientos de sus corazones hubieran sido develados. El lenguaje claro de Jesús y su manera de leer los corazones constituía, para ellos, una amenaza. Un hombre que no se deja atrapar por los conflictos aparece como peligroso para algunos. Este hombre fascina, pero la fascinación puede volverse fácilmente hostilidad.

El hermano Roger fascinó ciertamente por su inocencia, por su percepción de inmediatez, por su mirada. Creo que él vio en los ojos de algunos que la fascinación podía transformarse en desconfianza o en agresividad. Para alguien que lleva sobre sí mismo conflictos irresolubles, su inocencia debió volverse insoportable. No bastaba con insultar a este inocente. Hacia falta eliminarlo. El doctor Bernard de Senarclens escribió: «Si la luz es demasiado viva, y pienso que la que emanaba el hermano Roger podía encandilar, no siempre es fácil soportarla. Entonces no queda otra solución que apagar esa fuente luminosa suprimiéndola.»

Quise escribir esta reflexión porque me permite sacar a la luz un aspecto de la unidad de la vida del hermano Roger. Su muerte ha sellado misteriosamente lo que él siempre fue. Porque no lo mataron por una causa que él defendía. Lo mataron por lo que era.

Hermano François, de Taizé

EL OBISPO QUE DESAFIÓ A HITLER


Denunció la eutanasia nazi y arriesgó su vida para encender la esperanza en una Alemania silenciada

Clemens August von Galen tuvo la tremenda valentía de elevar su voz y pedir justicia por los indefensos desde el púlpito, sin temor a represalias. Su sermón del 3 de agosto de 1941 inspiró a quienes querían rebelarse contra el feroz régimen, como los estudiantes universitarios conocidos como La rosa blanca. Por qué no lo mataron y su beatificación

Por Alberto Amato

Von Galen era hijo deVon Galen era hijo de un conde y se educó en una escuela jesuita

Le plantó cara a Adolfo Hitler con la misma fuerza y la misma fe, porque era un hombre de fe, con la que lo había apoyado. Era un patriota alemán pero era, ante todo, un sacerdote en los difíciles años del ascenso nazi, de la llegada al poder de Hitler y del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Tal vez, en aquellos días tormentosos, alguien haya pensado que Clemens August Graf von Galen, obispo de Münster, una ciudad del oeste alemán con su catedral de San Pablo del siglo XIII, era nazi. Había dado la bienvenida a la invasión alemana a la Unión Soviética en junio de 1941, porque era un ferviente anticomunista y un feroz antiestalinista, ferocidad a la que le sobraban motivos; desde el triunfo de la Revolución Rusa en 1917, y en especial bajo el régimen de José Stalin, la mayor parte de los obispos católicos de la URSS habían sido asesinados, deportados, o habían optado por huir. Cuando los alemanes entraron en la vasta Rusia, el obispo von Galen saludó como “un hecho positivo” aquella jugada arriesgada, sería fatal, del régimen nazi.

Pero von Galen no era nazi. Era un tipo singular, tal vez mal llevado, férreo en sus convicciones, áspero, indócil y rudo cuando era necesario: sólo se arrodillaba ante Dios. Cuando era chico, lejos de ser un estudiante ejemplar, uno de sus profesores jesuitas, en cuatro trazos y en una carta a sus padres, lo había retratado con asombrosa fidelidad: “La infalibilidad es el principal problema de Clemens, quien bajo ninguna circunstancia admitirá que pueda estar equivocado. Siempre están mal sus profesores y sus educadores”.

Lejos de coincidir con el nazismo, aunque aplaudiera la invasión a Rusia, el obispo Galen estaba alerta y preocupado por dos rigurosos caminos que había trazado el nazismo: el enfrentamiento del régimen con el cristianismo, y la instrumentación de un plan de eutanasia, conocido como “Aktion T4”, que eliminaba a enfermos mentales, incapacitados y a toda otra persona a la que el nazismo considerara imposible que viviera “una vida digna”. El 3 de agosto de 1941, hace ochenta y cuatro años, von Galen dio un incendiario sermón contra la eutanasia, atacó a la Gestapo y a las SS, encargadas ambas del plan criminal de Hitler y rompió con el régimen al que había aplaudido. Ese grito aislado y decidido le auguró una condena a muerte que nunca llegó, y encendió a la vez la llama de la esperanza para quienes querían rebelarse contra Hitler: el sermón de von Galen fue el primer documento emitido por el grupo de estudiantes universitarios conocidos como “La Rosa Blanca”, de corta vida y trágico final.El obispo había dado laEl obispo había dado la bienvenida a la invasión a la Unión Soviética en junio de 1941, porque era un ferviente anticomunista y un feroz antiestalinista, pero nunca fue nazi (EFE/ARCHIVO/)

Von Galen se ganó el apodo de “El león de Münster”; era, si se quiere, un león solitario en medio de una sociedad sojuzgada que rara vez cuestionaba al nazismo, o lo apoyaba en cambio con fervor. Es probable que von Galen se sintiera respaldado. En sus años de joven sacerdote, había entablado una buena relación con el entonces nuncio apostólico en Alemania del papa Pío XI, un sacerdote llamado Eugenio Pacelli. La historia cuenta que durante una misa como párroco de San Matías, en Berlín, von Galen notó la presencia del nuncio Pacelli como un oyente más de su sermón dominical, perdió el hilo de sus pensamientos y empezó a tartamudear como un cura principiante. Ambos entablaron luego una fluida relación y Pacelli solía recordarle el episodio con irónica humildad: frente a un debate o incluso ante una mera propuesta que venciera la rutina sacerdotal, Pacelli le decía a von Galen: “Antes de decidir, tengo que ser párroco de San Matías y atascarme en mi sermón”. Ahora, desde marzo de 1939, Pacelli era el papa Pío XII y terminaría por elevar a von Galen al Sacro Colegio Cardenalicio.

Papa Pío XII - Eugenio

Papa Pío XII – Eugenio Pacelli

Había nacido en 16 de marzo de 1878 en el Castillo de Dinklage, en la Baja Sajonia, en una de las familias más antiguas y distinguidas del sur católico de Westfalia. Era hijo del conde Ferdinand Heribert von Galen, miembro del parlamento del Imperio Alemán por el Partido de Centro Católico, y de Elisabeth von Spee. Se educó en la exclusiva escuela jesuita Stella Matutina, de Austria, donde sólo era posible conversar en latín. Fue allí donde sus profesores lo encontraron insoportable por el ejercicio infantil de su infalibilidad.

Ya adolescente, sus compañeros de colegio lo hallaron sino insoportable, al menos extraño: escribieron en uno de sus anuarios: “Clemens no hace el amor, ni bebe. No gusta de los placeres mundanos”. A los veinte años conoció en una audiencia privada al papa León XIII y decidió ser sacerdote. Se ordenó en 1904, a sus veintiséis años. En 1933, cuando Hitler había trepado al poder en enero de ese año, fue nombrado obispo de Münster después de que otros candidatos rechazaran la oferta y a pesar de una queja puntual: “Von Galen es mandón y paternalista en sus opiniones públicas”. El proyecto de veto fue a parar a manos del ya cardenal Pacelli y von Galen fue nombrado obispo.

Hitler no quería religiones: aspiraba a que el nazismo fuese la única religión de Alemania. Había dicho muchas veces que no quería enfrentarse a las iglesias mientras durara la guerra, pero que el enfrentamiento decisivo con el cristianismo debía producirse después de la victoria final. Los nazis, de todos modos, habían lanzado durante la primera mitad de 1941 una campaña de agitación anticlerical alentada desde la cabeza del partido en manos de Martin Bormann. En una circular confidencial de junio de ese año, Bormann proclamaba que el cristianismo y el nacionalsocialismo eran incompatibles y que el partido debía luchar para acabar con el poder de la Iglesia.

Empezaron a correr rumores de una futura prohibición de bautizar a los niños y de la expulsión de los sacerdotes de sus casas parroquiales. Adolf Wagner, uno de los más antiguos aliados de Hitler y ministro de educación, había ordenado en abril que se retiraran los crucifijos de las escuelas bávaras. La decisión despertó una serie de protestas organizadas por las madres de los chicos, madres que habían visto partir a sus hijos mayores al frente de guerra. Una de las protestas firmadas por más de dos mil trescientas madres decía: “Los hijos de nuestro pueblo están en el Este luchando contra el bolchevismo. No podemos entender que precisamente en esta época tan dura pueda haber gente que quiera quitar la cruz de las escuelas”. Wagner tuvo que revocar su orden.Retrato de Clemens August vonRetrato de Clemens August von Galen en su juventud (Por Grosby Group)

Von Galen también denunció, en junio de ese vital 1941, pocos días después de la invasión a Rusia, la eliminación de las órdenes religiosas de Münster a manos de la Gestapo. La denuncia coincidió también con uno de los más duros bombardeos aliados a la ciudad. El cierre de las órdenes religiosas, la persecución a los sacerdotes y el programa nazi de eutanasia habían puesto a los obispos alemanes en guardia desde el año anterior. En agosto de 1940, la conferencia obispal alemana celebrada en Fulda había protestado por los asesinatos de personas discapacitadas; había enviado incluso una carta a Hans Heinrich Lammers, jefe de la Cancillería del Reich, con una velada amenaza de hacer conocer el programa de eutanasia, Aktion T4, si los nazis no lo cancelaban. Los obispos no tuvieron respuesta alguna de Lammers y dieron intervención al Vaticano. El 2 de diciembre, la Santa Sede publicó un decreto que declaraba: “No está permitido matar directamente a una persona inocente por sus defectos mentales o físicos (…) (Hacerlo es) contrario a la ley natural y al precepto divino”

El decreto papal no logró nada y los obispos alemanes juzgaron poco aconsejable iniciar más acciones que pudieran provocar en la práctica “las consecuencias más deletéreas para los asuntos pastorales y eclesiásticos”. Sin embargo, el obispo von Galen, decidió no seguir la recomendación de los otros obispos. Siguió con sus denuncias y un año después, el 13 de julio de 1941, atacó en público al régimen nazi y a las tácticas de la Gestapo: desapariciones sin juicio, clausura de instituciones católicas, miedo impuesto a la población. Rechazó los argumentos de la Gestapo que lo acusaba de minar la unidad y la solidaridad alemana en tiempos de guerra. Por el contrario, contraatacó y acusó al régimen nazi de minar la justicia y de llevar al pueblo alemán a un estado de miedo permanente. Citó a su amigo, el papa Pío XII, que afirmaba que la paz es obra de la justicia y concluía: “Como alemán y como ciudadano decente, exijo justicia para el indefenso”.El obispo, desde su púlpito,

El obispo, desde su púlpito, denunció al régimen nazi con un incendiario discurso en 1941

Era un tremendo acto de valentía. No se detuvo allí. Al día siguiente, 14 de julio, envió un telegrama al imperturbable Lammers en el que por su intermedio pedía a Hitler que defendiera al pueblo alemán de la Gestapo. ¿Conservaba von Galen un átomo de fe en el Führer? Dos días después volvió a insistir ante Lammers con una carta que sólo podía considerarse una crítica velada y tal vez esperanzada a Hitler: “Adolf Hitler no es un ser divino, que se halle por encima de las limitaciones naturales, que sea capaz de controlarlo y dirigirlo todo al mismo tiempo. Sin embargo, cuando como consecuencia de esta sobrecarga de trabajo del dirigente responsable (…) la Gestapo arrasa sin freno en el frente interno (…) sé que debo alzar mi voz con fuerza”.

En otro sermón, el del domingo 20 de julio, dijo a los fieles que todas las protestas que había presentado por escrito contra la violencia nazi habían sido vanas: las confiscaciones a las instituciones religiosas no habían cesado, los miembros de esas órdenes religiosas eran deportados o encarcelados por lo que, y “dado que los cristianos no son revolucionarios” pedía paciencia y entereza y advertía: “El pueblo alemán está siendo destruido no solo por el bombardeo aliado desde fuera, sino por fuerzas negativas desde dentro”. Días después, en agosto, iba a atacar de lleno el despiadado plan de eutanasia nazi.

Los nazis iniciaron su programa de eutanasia en 1939. Estaba dirigido a personas con demencia, discapacidades cognitivas y mentales, a enfermos mentales de todo tipo, a quienes padecieran epilepsia o discapacidades físicas, a chicos con síndrome de Down y personas con afecciones asociadas. Hitler había firmado ese año un documento que facultaba a los médicos a conceder una “muerte por piedad a pacientes considerados incurables según el mejor criterio humano disponible sobre su estado de salud”.Traslado de discapacitados mentales duranteTraslado de discapacitados mentales durante el programa Aktion T4 creado por los nazis para eliminar a todo quien fuera improductivo

Las autoridades sanitarias, también las militares, animaron a los padres de chicos con discapacidad para que ingresaran a sus hijos en alguna de las numerosas clínicas pediátricas donde un seleccionado grupo de médicos los asesinaba con dosis letales de medicamentos. El método se extendió a pacientes adultos en hospitales públicos y privados, en instituciones psiquiátricas y en residencias para enfermos crónicos o ancianos. Entre septiembre de 1939 y agosto de 1941, el programa había asesinado a más de setenta mil personas. En enero de 1941 uno de los responsables del programa se había enorgullecido ante Goebbels de que los muertos sumaban más de cuarenta mil y “todavía quedan sesenta mil de los que ocuparse”. A finales de 1941, la cifra de asesinados por gases, por hambre, o envenenados con inyecciones mortales estaba más cerca de los cien mil. Luego de los sermones de von Galen y del estremecimiento que provocaron en parte de la sociedad alemana, Hitler dio la orden de frenar el programa Aktion T4. Fue una decisión retórica: el programa no paró siquiera en forma parcial; al contrario, se instrumentó también en los campos de concentración y fue el destino de los deportados que llegaban a los campos enfermos o que eran considerados no aptas para el trabajo.

Por fin, el 3 de agosto, el obispo von Galen subió al púlpito a dar su más célebre sermón, el que mayor impacto iba a producir; lo había conmovido la visita secreto del padre Heinrich Lackmann, capellán del Instituto Psiquiátrico de Mariental, vecino a Münster, que le había pedido que hiciera algo para que los pacientes fuesen trasladados a cualquier otra institución antes de que los asesinaran. Desde el púlpito, von Galen empezó: “Existe la sospecha general, que roza la certeza, de que esas numerosas muertes de personas con enfermedades mentales no se producen por sí solas, sino que se provocan deliberadamente, que se está siguiendo la doctrina de acuerdo con la cual ha de destruirse la llamada ‘vida indigna’; es decir, matar a personas inocentes si uno considera que sus vidas no son ya útiles para la nación y para el Estado”. Citó después al doctor Leonardo Conti, médico jefe del Reich, que “hablaba sin andarse por las ramas sobre el hecho de que en Alemania se ha matado ya de manera deliberada a un gran número de enfermos mentales y más van a morir en el futuro”.Autorización de Hitler para elAutorización de Hitler para el Aktion t4

Luego, con lógica impecable, dijo que si alguien quedaba inválido por un accidente de trabajo, o por una acción en el frente de guerra, todos estaban en peligro. “Una comisión puede incluirnos en la lista de ‘improductivos’ que se han convertido, según su opinión, en ‘vida indigna’. Y no habrá fuerza policial que nos proteja, ni tribunal de justicia que investigue nuestro asesinato y asigne al asesino el castigo que merece. ¿Quién va a ser capaz ya de confiar en su médico? Puede muy bien denunciar a su paciente como ‘improductivo’ y recibir instrucciones de matarle. Es imposible imaginar el grado de depravación moral, de desconfianza general que se propagaría hasta dentro de esas familias si esta doctrina espantosa se tolerase, se aceptase y se aplicase”. Después dejó la lógica impecable y pasó al ataque frontal: “Esto es asesinato, ilegal según la ley divina y alemana, un rechazo a las leyes de Dios (…) Esas son personas, nuestros hermanos y hermanas; quizás su vida sea improductiva, pero la productividad no justifica el asesinato (…)”. Después de sugerir que un régimen capaz de abolir el quinto mandamiento, no matarás, también podía destruir los otros nueve, von Galen terminó su incendiario discurso: “Yo, en nombre del recto pueblo alemán, en nombre de la majestad de la justicia (…) elevo mi voz, en voz alta, como alemán y como honesto ciudadano, como representante de la religión cristiana, como obispo católico, digo: ¡pedimos justicia!”

El poderoso Martin Bormann sugirió que lo mejor era ahorcar al obispo von Galen; había recibido incluso, por parte del alto oficial de propaganda Walter Tiessler, una orden suya para ejecutarlo personalmente. El comité nazi de Münster ordenó el arresto inmediato de von Galen. Pero fue Goebbels quien convenció a Bormann de que el asesinato del obispo, o su ejecución en la horca posterior a un juicio, quebraría la moral de los católicos y debilitaría la fe en el Reich. Otra cosa sería cuando la guerra terminara con el triunfo alemán. La furia nazi estaba centrada en la enorme impresión que había provocado el sermón del obispo. Von Galen, consciente de la fuerza de su mensaje, hizo imprimir el sermón como mensaje pastoral, por lo que fue leído en voz alta por los párrocos de todas las iglesias de su jurisdicción. Los británicos tradujeron el sermón a través del servicio alemán de la BBC, lo imprimieron y lo lanzaron como panfletos sobre varias ciudades alemanas. Completo, fue traducido a otros idiomas y distribuido en los países ocupados por los nazis como Francia, Holanda y Polonia.

Hasta el final de la guerra, von Galen vivió en una especie de destierro domésticouna prisión domiciliaria que no le impidió oficiar misa pero que silenció en parte su voz. Veinticuatro sacerdotes de su diócesis y otros dieciocho del clero regular, miembros de una determinada orden, fueron detenidos y enviados a campos de concentración: diez murieron a mano de los nazis. Una vez derrotado el nazismo y con Alemania ocupada por los aliados, von Galen se volvió contra los británicos por supuestos actos hostiles contra la población, como adjudicarles raciones de hambre; los británicos le quitaron su auto y le prohibieron visitar sus parroquias e incluso llevar adelante una numerosa cantidad de confirmaciones ya planeadas.

El 13 de abril de 1945, cuando todavía no había terminado de manera oficial la guerra, Alemania se rindió el 8 de mayo, von Galen protestó ante los jefes del Ejército de Estados Unidos por las violaciones a mujeres por parte de los soldados rusos y polacos, por el saqueo y robo de casas, fábricas y oficinas alemanas. El 1 de julio denunció “el saqueo de nuestros hogares ya destruidos por las bombas (…) el pillaje y la destrucción de nuestras casas y granjas en el campo por bandas armadas de ladrones (…) el asesinato de hombres indefensos, y la violación de mujeres y niñas alemanas por lascivos bestiales”, que parecían estar justificados “(…) por la falsa visión de que todos los alemanes son criminales y merecen los mayores castigos, incluyendo la muerte y la exterminación.”.

La prensa internacional se ocupó del incansable obispo rebelde turbulento; en una conferencia conjunta con oficiales británicos se descolgó con un: “Justo como luché contra las injusticias nazis, lucharé contra cualquier injusticia, sin importar de donde venga”, mientras su sermón del 1 de julio era impreso y distribuido en Alemania como lo había sido el del 3 de agosto de 1941 en los países ocupados por los nazis. Los británicos le sugirieron una retirada honorable del clero y von Galen se les rio en la cara; los americanos plantearon que era mejor darle total libertad de expresión y de movimientos.

Von Galen exigió el castigo de los criminales de guerra nazi, pero también un trato humano para los millones de prisioneros de guerra que no habían cometido crímenes contra la humanidad y a quienes los británicos les negaban el contacto con sus familias. También condenó la destitución sin investigación ni juicio de empleados alemanes de los servicios públicos, ordenada por los británicos. Cuando el general de las SS Kurt Mayer, el más joven general de esa fuerza, fue condenado a muerte, acusado del fusilamiento de dieciocho prisioneros de guerra canadienses, Galen pidió que se le perdonara la vida. Escribió: “Según lo que me han informado, el general Kurt Meyer fue condenado a muerte porque sus subordinados cometieron crímenes que él no planeó y que no aprobó. Como defensor de la doctrina cristiana, que establece que uno solo es responsable de sus propios actos, apoyo la petición de clemencia para el general Meyer y pido el indulto”. El juicio fue revisado y un general canadiense halló sólo “una gran cantidad de pruebas circunstanciales”. La pena de muerte fue conmutada: Meyer cumplió nueve años en prisiones militares británicas y canadienses. Murió en 1961.

De nuevo, como aquella estampa de infancia bosquejada por su profesor jesuita, un retrato en cuatro líneas definió al belicoso León de Münster: lo firmó el Foreign Office y decía: “Es la personalidad más destacada del clero en la zona británica. De apariencia escultural e inflexible en sus discusiones, este viejo aristócrata de trasero de roble es un nacionalista alemán de pies a cabeza”.

En la Navidad de 1945, la primera en paz después de seis Navidades de guerra, Pío XII anunció el nombramiento de tres nuevos cardenales alemanes. El primero era su amigo Clemens August von Galen, el segundo era el obispo de Berlín, Konrad von Preysing y el tercero era el arzobispo de Colonia Josef Frings. A los tres les fue difícil llegar a Roma. No había demasiados vuelos desde Alemania hacia el resto de Europa, los británicos pusieron algunos obstáculos pero la popularidad de von Galen era muy grande: llegó a la Santa Sede el 5 de febrero de 1946. Como, además, el dinero alemán valía nada, la estancia en Roma le fue financiada a von Galen y a los dos obispos restantes por los cardenales estadounidenses. Cuando el papa Pío XII le colocó el birrete rojo, el capelo cardenalicio, y le dijo: “Dios te bendiga y Dios bendiga a Alemania”, la Basílica de San Pedro estalló en una intensa ovación que duró algunos minutos.Von Galen murió por unaVon Galen murió por una apendicitis aguda, detectada demasiado tarde, el 22 de marzo de 1946

Con una humildad que no le habían descubierto sus maestros de infancia ni sus pares en la Iglesia, dijo que la ceremonia y ovación habían sido “un signo del amor del Papa por nuestro pobre pueblo alemán. Como un observador supranacional e imparcial y ante todo el mundo, él ha reconocido al pueblo alemán como igual en la sociedad de las naciones”. Después fue a ver a la madre Pascualina Lehnert, una religiosa alemana que había dirigido la casa de las nunciatura de Baviera y de Múnich donde entre 1917 y 1929, Pacelli había sido el decano del cuerpo diplomático. Cuando fue nombrado Secretario de Estado del Vaticano, Pacelli la incorporó a la Santa Sede como ama de llaves, cargo que mantuvo cuando Pacelli fue coronado como Pío XII. La madre Pascualina tuvo una larga vida, murió en Viena a los ochenta y nueve años, y el papa Juan Pablo II le otorgó la distinción Pro Ecclesia et Pontifice, el máximo honor que la Iglesia Católica podía dar a una mujer hasta 1993.

Fue a ella a quien von Galen le reveló su diálogo con Pío XII en el momento de ser consagrado cardenal. Le dijo que el Papa había citado de memoria largos pasajes de sus vibrantes sermones de 1941, en especial el del 3 de agosto, y que le agradecía su valor. Von Galen dijo a Pío XII: “Sí, Santo Padre, pero muchos de mis mejores sacerdotes murieron en los campos de concentración porque distribuyeron mis sermones. El Papa, que años más tarde fue cuestionado por su gestión al frente de la cristiandad durante los años de la guerra, le dijo que era consciente de que miles de inocentes hubieran sido enviados a una muerte segura por sus protestas como Papa. Ambos hablaron de los viejos tiempos en Alemania, cuando Pío era nuncio y von Galen un párroco entusiasta. “Por nada del mundo –dijo el flamante cardenal a la madre Pascualina– me hubiera perdido esas dos horas, ni siquiera por el sombrero rojo…”

Mientras estuvo en Italia, von Galen visitó los campos de prisioneros alemanes en Tarento, en el sureste, en el talón de la bota. Dijo a los soldados alemanes que él se encargaría de insistir en su liberación y que el mismo Papa trabajaba en lo mismo. Regresó a Alemania con centenares de mensajes a las atribuladas familias de los prisioneros.

Pero todo duró nada. Poco después de su regreso de Roma, luego de que fuera recibido como un héroe, y en cierto modo lo era, en su Westfalia natal y en su Münster, la ciudad que defendió como un león y que estaba ahora destruida por los bombardeos aliados, von Galen fue internado de urgencia en el St. Franciscus Hospital por una apendicitis aguda detectada demasiado tarde: murió el 22 de marzo de 1946 y fue sepultado en la cripta de la familia Galen en la semiderruida catedral de Münster.

Su sucesor, el obispo Michael Keller, inició en 1956 el proceso para su beatificación, que Pío XII le dio curso de inmediato: terminó en noviembre de 2004, bajo el papado de Juan Pablo II. El 9 de octubre de 2005, en la plaza de San Pedro, el entonces papa Benedicto XVI lo proclamó beato: era el día del cuarenta y siete aniversario de la muerte del papa Pío XII.