
«Cristo no se encuentra fuera de usted» (Padre Peyriguére)



Mensaje vivido
Todo lo que el Padre Peyriguère ha escrito, todo lo
que ha dicho, refleja su vida. Más allá de las complicaciones
de frases abstractas y mal puntuadas, o de alguna coquetería
de escritor, nos confía su vida profunda. «Una palabra,
afirma Péguy, no es la misma en un escritor que en otro.
Uno se la arranca del vientre; el otro la saca del bolsillo de
su abrigo». El P. Peyriguère pertenece a la categoría de los
primeros. Su mensaje impreso o hablado es la clave de su
vida, la explicación de sus actitudes y de sus actividades, la
razón de ser de sus treinta años de presencia en El-Kbab.
Sus palabras están llenas de oración, grávidas de
experiencia. Han sido repetidas incansablemente al pie del
altar. Han brotado un día como luz que disipa la noche de la
duda, o como respuesta a punzantes preguntas. Han sido
dichas para un amigo en quien ardía la misma mística: «Es su
alma la que sentimos latir con el mismo ideal que la nuestra»
(…).
El mismo nos previene: «Cada día, mientras me
queda tiempo y fuerzas, escribo algunas páginas: quisiera
encerrar en ellas lo que mi pobre alma ha vivido y orado
en esas ardientes adoraciones solitarias de mis noches, que
son para mí la porción escogida de mi vocación
misionera… todo lo que me ha sostenido, todo aquello para
lo que me he conservado firme, para lo que he dado, o
creído que daba, a mi pobre vida un poco de grandeza y
un poco de belleza… todo lo que me ha hecho sentir que
valía magníficamente la pena de ser vivida» (1939) … El
P. Peyriguère, como él mismo escribía de su amigo de
Tazert, es el hombre de una idea. «De ese modo se explican
su personalidad y su vida.»
Su predicación o sus artículos le proporcionan la
ocasión de repetir su idea y desarrollarla, de entusiasmarse
con ella y afirmarla a propósito de todo. Semejante sesgo de
espíritu, muy sintético, hace difícil una publicación
sistemática de sus escritos, clasificados por materias y
subdivididos en secciones.
En esta primera recopilación hemos reunido los
textos más conocidos del Padre, los más frecuentemente
citados: aquellos en los que seguramente se ha mostrado
más a sí mismo1.
El hombre de una idea
El Padre Peyriguère no puede conformarse con el
empirismo, y menos aún con el romanticismo. Por otra
parte, ¿podía parecer romántica después de seis meses la
situación que él mismo escogiera? Elegir el ser «quien
siembra y no recoge» es aceptar «una vocación de roturador
con sus prolongados esfuerzos y sus largas esperas al
umbral de una cosecha que no se verá nunca». Hacer de esta
vocación un pequeño negocio, con algunos ingresos y todo,
es cosa que el Padre Peyriguère no hubiera soportado. Para
llevar durante treinta años la vida que hizo, ha tenido
necesidad de «grandes horizontes teológicos». Algunas
técnicas apostólicas inventadas de un día a otro no hubieran
podido saciar su sed de un «gran sueño».
Rechaza sobre todo cualquier ruptura entre los
gestos de la vida cotidiana y una espiritualidad vivida al
margen. La doctrina cristiana no consiste simplemente en
un refugio donde poder descansar de vez en cuando de una
austera vocación. Quiere fundar sólidamente sobre el
dogma todo lo que constituye su vida. Ninguna sima entre
los humildes trabajos diarios y la síntesis intelectual,
ninguna ruptura entre el dispensario y la capilla, ninguna
oposición entre acción y contemplación. Dentro, una sola
aspiración debe unificarlo todo. El Padre Peyriguère es
doctrina hasta la punta de los dedos.
Días y días vuelven las preguntas esenciales: ¿qué
hago aquí? ¿Para qué sirve esto? ¿No sería yo más eficaz
de otra manera? ¿Por qué esconder mis talentos? ¿Qué es
lo esencial de mi misión aquí? «Seguir creyendo en el
propio ideal, a pesar de las incomprensiones, a pesar de las
dudas surgidas del fondo de uno mismo… Todas las
energías de su alma se recogieron y fueron concentradas en
justificar su vocación… a sus propios ojos, para poder
justificarla a los ojos de los demás». Lo que el Padre
Peyriguère escribe de su amigo lo ha confiado
frecuentemente: «El mío es un sueño loco: ante todo me es
necesario no dejar de creer en él».
La angustia y las tentaciones del explorador se
revelan en estas otras líneas estremecedoras, en las que nos
habla de sí mismo: «¿No ha equivocado su vida? ¿Qué hace
ahí…? Un hombre activo, un realizador, ante todo… pero
¿una acción superficial, o una acción profunda? ¡Se siente
“activo” delante del Tabernáculo! La acción del mismo Dios
ejercida en él y para él… El peso enorme que hay que
levantar: almas que hay que ganar, arrancarlas al pecado y a
ellas mismas. Es necesario un redentor, no un redentor
humano. Llenarse de Dios para que Dios mismo actúe en él…
y después, la Comunión de los Santos…»
En otros ministerios más tradicionales, el contacto
con los fieles, gracias a los sacramentos, a la enseñanza, a
los círculos de estudios, aporta ciertas satisfacciones al
sacerdote. La influencia espiritual se derrama en una
influencia humana, y el sacerdote, sabiéndose todo él
«instrumento», «palpa» la gracia y admira las maravillas de
Dios en las almas; además, no está aislado: lo rodea una
comunión cristiana. Pero el explorador está solo: jamás
agrupará a militantes alrededor de sí, nunca podrá
maravillarse de la acción de Dios visiblemente instalada;
celebrará siempre en su soledad la misa… Entonces se mide
la importancia de saber por qué está allí y qué es lo que en
ese lugar se hace. Y el darse razones fundadas en la doctrina
más profunda y más sólida.
Añadamos que son muchos los sacerdotes y los seglares
que se sienten llevados a dirigirle las mismas preguntas que el
Padre Peyriguère se hace a sí mismo. Viven en ambientes
profundamente descristianizados u hostiles al cristianismo y
en los que parece imposible todo apostolado directo: es «la
broza de las almas». Son necesarios los «desbrozadores»,
especialistas de la pre-misión2. Y estos se preguntan: ¿qué
puede hacerse, en el respeto absoluto a las personas, pero
también con el corazón poseído por esa voluntad redentora
que anima a Cristo: «he venido a traer fuego a la, tierra y qué
he de querer, sino que arda»? La respuesta que se ha dado el
Padre Peyriguère trasciende a su misma persona. En su vida
y sus escritos, muchos apóstoles descubrirán el mensaje que
esperan.
Un guía: Carlos de Foucauld
¿Quién ha abierto al Padre Peyriguère esas
perspectivas teológicas y espirituales que constituyen el
armazón de su vida? El Padre de Foucauld. Digo bien, «el
Padre» y no su obra. Más aún que por sus escritos, el
ermitaño de Tamanrasset es un desbrozador de caminos, un
genial iniciador. «El documento esencial es su vida». Aunque
no lo ha conocido personalmente, el Padre Peyriguère se
adhiere a la persona del Padre de Foucauld más que a sus
manuscritos. Temperamento intuitivo, no analiza
detenidamente los textos, sino que aprehende de ellos lo
esencial. Así, a pesar de la escasa documentación de que
dispone hacia 1930, destaca los rasgos originales de la
fisonomía del pequeño hermano universal: ante todo, es un
misionero. Quiere ser un misionero en todos sus pasos y en
toda su vida: «La espiritualidad del Padre de Foucauld y su
fórmula misionera lo es todo. Para él no se da por separado,
de una parte, su vida de piedad personal y, de la otra, su
actividad misionera. No separa y, por lo tanto, no distingue.
Por el mero hecho de vivir su espiritualidad, es y se siente
misionero».
El Padre de Foucauld por entero y toda su vida es
mucho más que un determinado reglamento o un proyecto
de asociación: «Desde hace años, el Padre de Foucauld,
fundador de una orden, no está en mis horizontes. Para mí,
toda su talla procede de haber sido el iniciador de un
movimiento misional y de un movimiento espiritual»
(1952). Es el capitán de los «desbrozadores»: «En algunos
casos, el apostolado tropieza con tales obstáculos que
necesario realizar una división del trabajo y que la tarea
premisionera posea sus méritos y sus especialistas». El
Padre de Foucauld es, bien puede decirse así, el «inventor»
de ese trabajo pre-misional.
Nazaret
Si existe una palabra que simbolice esa invención
foucauldiana, es la de Nazaret. Pero a condición de que se la
entienda bien y que no se le estreche. No soñemos,
efectivamente, con una pequeña imitación individual de un
determinado estilo de vida oculta. Nazaret es mucho más que
todo eso.
Volvamos a colocarlo en el dinamismo del misterio
de la Encarnación y en los amplios horizontes de los
Padres de la Iglesia: «A partir del significado y de la
interpretación misionera de la vida oculta de Cristo y en
relación con el punto de vista de los Padres de la Iglesia
acerca de las edades de Cristo, el Padre de Foucauld ha
pensado, expresado y vivido su problemática premisionera».
El Cristo místico en acción
Cristo Jesús, cuya carrera terrena e histórica
concluye en la Ascensión, se prolonga místicamente en
sus miembros. «La Iglesia, dice Bossuet, es Jesucristo
difundido y comunicado». Desde Ascensión y Pentecostés,
Cristo continúa en su Cuerpo místico, verdadera
prolongación de la Encarnación a través del tiempo y del
espacio. Por su muerte y su resurrección, Cristo Jesús ha
salvado al mundo una vez por todas; pero la salvación se
realiza en sus miembros actualmente. El Cristo místico está
siempre en acción.
Conscientes de estas realidades, leamos otra vez este
texto clave del Padre Peyriguère: «Como el Cristo
Redentor histórico, el Cristo Redentor místico ha querido
tener sus diversas edades, ya en la manera en que viene a
las almas y subsiste momentáneamente en ellas, ya en la
manera en que se propone y se da por el Apóstol… La
Iglesia, que es Cristo, tiene también sus edades en la
conquista de las almas, sea para llegarse a ellas, sea para
hacerlas suyas, es decir, de Cristo. Por ciertas razones, a
veces insuperables, en determinados ambientes y razas no
puede ejercer sus actividades redentoras visibles… Para
poder ser Cristo salvador en medio de los hombres, pide al
pre-misionero que se dé a ella, a fin de que por su medio la
Iglesia misma sea el Cristo de la vida oculta…»
Durante treinta años en Nazaret, Cristo Jesús ha
salvado a las almas guardando silencio, negándose a todas
las manifestaciones exteriores que más tarde constituirán
su vida pública, predicación y milagros. «Durante treinta
años en Nazaret, fue salvador simplemente callando, pero
estando presente en medio de un mundo». De la misma
manera, el Cristo místico, en sus desbrozadores, salva en
silencio. En el reducido puñado de cristianos de tal
ambiente o de tal pueblo, en el mundo obrero o en tierra
del islam, Cristo sigue viviendo el misterio de Nazaret. Por
sus cristianos, sacerdotes o laicos, salva invisiblemente y
se manifiesta en silencio. Muestra su grandeza moral y su
bondad, pero no habla. «Predicar el Evangelio en silencio»,
«Clamar el Evangelio durante toda la vida», estas
consignas del Padre de Foucauld, alcanzan todas sus
resonancias en las más amplias perspectivas doctrinales. La
pre-misión prolonga en el tiempo y multiplica en el espacio el
misterio de Nazaret.
Vivir de esperanza
Qué impulso de esperanza brota de esta certeza, que
sostiene la oscura labor cotidiana del apóstol. Nazaret, que
sigue escondiendo su testimonio en medio de un pueblo, es
ya la levadura estremecida en la masa, es el grano de trigo
que brilla en lo secreto de la tierra. «Sembrar sin recoger es
sembrar igualmente… Vivir a nuestro amado Cristo, incluso
sin hablar con él, es igualmente hablarle.»
Toda la inmensa masa humana fermenta bajo las
preparaciones históricas: el islam, como un Antiguo
Testamento, la encamina hacia el Encuentro. Y para la
comunidad cristiana en tierra musulmana, es el tiempo de
Nazaret… «El Cristo místico, que es la Iglesia, debía tener
su etapa de vida oculta… Treinta años de vida escondida, de
los treinta y tres de su existencia histórica… ¿qué representa
eso comparativamente en los largos siglos de su destino
místico?»
Vivido en tal nivel, el cristianismo ya no se parece en
nada a un mínimo asunto individual. Cada uno de nosotros,
según la expresión de Cesáreo de Arlés, al que el Padre
Peyriguère gusta tanto citar, «cada uno de nosotros,
conservando sus proporciones visibles, se ha hecho mayor
que sí mismo». La luz así proyectada sobre nuestra vida
cotidiana la transfigura. «Es tan bueno ver su propia pobre
vida hecha de estas pequeñas cosas que la asemejan a la vida
de nuestro Cristo en Nazaret y a la de la Virgen y san José.
Ser carpintero, cocinero, jardinero, enfermero, barrer la
propia casa, repasar los manteles del altar, hacer la comida:
¡qué grande es todo esto!» (1933). Sí, es grande, puesto que
Cristo Jesús asume en nosotros toda esa vida.
Así, a través del universo, el Cristo místico está en
estado de Nazaret. En este cristiano o en aquella comunidad,
vive su vida oculta, no sólo en las avanzadillas visibles de la
Iglesia, sino ya en el extremo del crecimiento que la lleva, a
través de los siglos, hacia su estatura perfecta. «Ser el
primogénito de todos aquellos que nacerán en los siglos.»
La cruz y la eucaristía
Pero Nazaret no es un camino fácil. La asimilación a un
ambiente, el ocultamiento silencioso, la renuncia a las eficacias
visibles, constituyen día a día un duro sacrificio para el apóstol.
La sombra de la cruz se perfila sobre Nazaret. Invisiblemente
se opera la redención. «Cumplo en mi carne lo que falta a la
pasión de Cristo por su Cuerpo que es la Iglesia». Y la ley del
grano de trigo es que muera.
En la montaña, bajo las hierbas verdes, se oculta la
pequeña fuente. Buscad la fuente secreta tras la vida
ordinaria de Nazaret. Encontraréis la Eucaristía. Porque a
los pies del sagrario y del altar nos conducirá el Padre
Peyriguère, como el Padre de Foucauld. La Eucaristía
alimentará las más hondas actitudes del apóstol.
Contemplando la Hostia, se impregnará de Nazaret: Dios
convertido en uno de nosotros y que salva en silencio… «Por
la Eucaristía se le dice todo al pre-misionero, se le da todo,
de esta vocación; todo se le da a la Iglesia: todo lo que ella
puede esperar de parte de aquel a quien, para ganar las almas
para Cristo, ha enviado a sus últimos confines».
MICHEL LAFON, “Mística de una
vocación”, en ALBERT PERYGUÈRE, El
Tiempo de Nazaret. Mística de una vocación
(Barcelona 1967) 12-20.
1 Michel Lafon hace alusión al libro ALBERT PEYRIGUÈRE, El tiempo deNazaret. Mística de una vocación (Barcelona 1967). Hacer notar que el P.Peyriguère escribía con frecuencia con seudónimos tales como Paul Hector,Jean Vasco, Maurus y otros).
2 En la actualidad no es frecuente el uso del vocablo premisión. Se habla más
de preevangelización.

P. Michel Lafon
No se puede separar Albert Peyriguère de Charles de Foucauld.
Peyriguère se ha presentado siempre como “el hombre del mensaje”, es decir del mensaje de Charles de Foucauld. Mgr. Dagens decía, en Viveros el 2001: “Reconocemos en Carlos de Foucauld un don de Dios por la renovación de la misión cristiana”.
Es este don de Dios el que Albert Peyriguère ha querido poner de relieve a partir de los escritos y sobre todo de la vida del hermano Carlos. Pero, evidentemente, tal como ha sido vivido por él, en un contexto político y social diferente, más próximo a nosotros, y tal y como lo explicó a su modo.
Yo mismo, hijo espiritual de estos maestros, creo ser fiel a lo que ellos me han enseñado. Intenté vivirlo, en mi caso, durante 41 años, en tierra musulmana, y de expresarlo a mi manera. Sobre todo me gustaría decir que este mensaje es actual para nosotros. Aquello que nos ha dicho el Padre Peyriguère a través de su vida y de sus escritos responde a algunas de nuestras preguntas.
1. Responder al llamamiento del tercero mundo.
En los últimos años de su vida, Carlos de Foucauld intentó poner en marcha una Asociación, la finalidad de la cual era hacer tomar conciencia a los cristianos de Francia de sus responsabilidades frente a los pueblos de las colonias. Hoy, ampliamos y hablamos de los cristianos de Europa y de los pueblos del tercer mundo. ¿No es más actual que nunca?
Hace 100 años, Carlos de Foucauld deseaba hacer una llamada a los laicos, hombres y mujeres, con la intención de que fueran al tercer mundo, no como “misioneros” sino como testigos silenciosos de Jesucristo a través de sus oficios (enfermeras, agricultores, comerciantes, sabios). Profetizó lo que sería la cooperación y la ayuda humanitaria. Subrayaba la importancia de los laicos para hacer caer las barreras entre el mundo no-cristiano y la Iglesia, representada sobre todo por los sacerdotes y las religiosas. Hacer caer las barreras entre la iglesia y el mundo no cristiano, en el tercer mundo y Europa, es uno de los ejes esenciales del pensamiento foucoldiano, lo volveremos a encontrar cuando hablemos de Nazaret.
El P. Peyriguère, también deseaba que los cristianos de Europa fueran a ponerse al servicio del tercer mundo, y, en el momento de la independencia de Marruecos, que estos cristianos “comprendan que tienen que pasar del estadio de señores al de amigos” renunciando a todo sentimiento de superioridad. (Y si exigía de ellos una competencia técnica, los quería “creadores de una ciencia de relaciones a base de respeto y de amor”). En Europa, no podemos vivir sin tener en cuenta a nuestros hermanos del tercer mundo. Aplicamos la parábola evangélica del rico y del pobre Lázaro al plan de las colectividades: Lázaro es el mundo de los pobres llamando a la puerta de la rica Europa. ¡Cuando pienso que en África los niños se mueren de hambre y que aquí se preocupan del aumento de niños obesos!
Los cristianos deban estar en primera línea para despertar la conciencia de sus conciudadanos. En todos los ámbitos de la vida, en la política y la economía, en la predicación y la catequesis, tenemos que pensar y actuar no solamente en función del crecimiento de nuestro país, de nuestro bienestar, de nuestros intereses, sino teniendo en cuenta a Lázaro que está en nuestra puerta. Empezamos aquí porque el tercer mundo está entre nosotros con los inmigrantes.
El Padre Peyriguère tomó posturas muy enérgicas contra las injusticias de las cuales fue testigo. Se indignaba aún más porque era verdaderamente uno entre ellos, en medio de los Beréberes de su pueblo. Uno de ellos, por su vestido, por la lengua, por la sensibilidad, que se “marroquinizó”, incluso físicamente. Tras su muerte, su médico y amigo, el Dr. Delanoë, escribió: “a sus Beréberes, los había amado tanto, había vivido de tal manera su vida, que hasta biológicamente se había identificado con ellos”. ¿No es una maravilla del amor? Se convirtió en uno de ellos. Cada vez que tenemos relaciones con un magrebí –en el trabajo, en el colegio, en el hospital, en nuestro edificio o en su tienda- tenemos que repetirnos: es un hermano del Padre Peyriguère. Si admiramos, si amamos Albert Peyriguère, ¿no cambiará esto nuestra mirada? Escuchémosle diciéndonos: es mi hermano, es un hermano de Cristo. Entonces, si pensamos en esto, ya no seremos los mismos y ellos ya no podrán ser los mismos para nosotros.
2. Desarrollar una mirada nueva sobre el mundo no-cristiano.
Antes, para encontrar el Islam, Carlos de Foucauld y Albert Peyriguère tenían que atravesar el Mediterráneo. Ahora el Islam se encuentra en medio de nosotros. Se ha convertido en un Islam europeo, como pasó durante siglos con la civilización árabe-musulmana que marcó profundamente Europa, tema olvidado o ignorado, aunque no en España. La mayor parte de los inmigrados es musulmana. ¿Cuál es la intención de Dios que permite que se reencuentren de nuevo el Islam y el cristianismo sobre esta vieja tierra de Europa? No conozco la respuesta, pero estoy seguro de que sólo puede ser para el bien de uno y otro, cada cual tiene que recibir algo del otro en esta confrontación pacífica.
Me gustaría de todo corazón, y a esto me dedico tanto cómo puedo, que el reencuentro entre el Islam y el Cristianismo en Europa sea exitoso. ¿Como tener éxito en este reencuentro? He aquí la respuesta de Peyriguère: “entre cristianos y musulmanes hay primero una actitud de respeto recíproca que deberíamos impulsar hasta la simpatía y hasta un verdadero amor fraterno en Dios… No humillar el Islam pero tampoco, ni en nosotros, ni ante sus ojos humillar nuestro cristianismo y que no lo humillen ellos. Dejar a los musulmanes lograr toda su altura, que no es pequeña… Respetar su orgullo musulmán y la sinceridad de sus creencias, pero también conservar toda nuestra altura, dirigirnos a ellos con todo nuestro orgullo cristiano, he aquí el mínimo que los musulmanes tienen el derecho de esperar de nosotros, son estas las condiciones para que el reencuentro se produzca”.
Algunos comentarios.
Primero un respeto profundo al otro. No caricaturizar, no denigrar aquello que viven los musulmanes por ignorancia, por prejuicio. No burlarse de ellos. Esto no quita nada a mis propias convicciones, reconocer aquello que hay bonito, aquello que hay de grande en el otro.
La regla de oro del evangelio es: “Todo lo que queréis que los hombres hagan por vosotros, hacedlo igualmente por ellos” (Mt, 7, 12) Aplicar esta regla es hablar de los musulmanes con el mismo respeto, la misma simpatía, con la cual me gustaría que los no-cristianos hablen de mi fe cristiana.
Cuando el Padre Peyriguère habla de “orgullo cristiano” no se trata de sentimiento de superioridad, del orgullo del fariseo: Señor no soy como estos musulmanes… ( dejamos de lado el pasado en el cual hemos cometido ambos faltas, crímenes, en la historia, a veces sangrante del reencuentro… tal y como pide el Concilio). No solamente el respeto sino también el amor fraterno. Nazaret, ya lo veremos, es el tiempo del amigo (J. Loew).
Si queremos vivir este respeto y esta amistad, ¿cómo tiene que ser nuestra mirada sobre los musulmanes? Más generalmente, ¿cómo tiene que ser nuestra mirada sobre los no-cristianos que nos rodean, sobre los que están alejados de la Iglesia?
El P. Peyriguère tenía una conciencia viva de que su propia experiencia en el ambiente musulmán podía dar luz a los cristianos de Europa. Lo dijo y escribió a menudo al final de su vida: “una gran tarea urgente se impone, decía, ir a decir en Francia el mensaje del Padre Foucauld. He pasado mi vida viviendo este mensaje, y después de haber intentado vivirlo, me he puesto ‘a pensarlo’, a explicármelo… para poder explicarlo a los demás”.
Todos estos musulmanes, todos estos no-cristianos con los cuales vivimos, aun cuando no pongan nunca los pies en la iglesia, no son extraños a Cristo. Si una pequeña parte de la humanidad es cristiana, decía el P. Peyriguère, toda la humanidad es crística y en particular estos musulmanes”.
Entonces, si nosotros situamos este amigo no-cristiano en relación a la iglesia, tendremos una visión negativa: no está bautizado, no se ha casado por la iglesia…, sólo negaciones. Situémoslo en relación con Cristo Jesús: Sin querer anexionarlo, situarlo en el reino de Dios, que se extiende en el tiempo y en el espacio, más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. El P. Peyriguère evocaba sobre este tema “la inmensa multitud” de la misa de Todos los Santos. Ésta multitud que nadie puede numerar y que no entra dentro de ninguna estadística de sociología, pero que el autor del Apocalipsis veía en la gloria del cielo.
3. Nazaret es una forma misionera nueva,
de la cual el P. Foucauld es el iniciador, para la Iglesia frente al mundo no-cristiano. Estamos profundamente convencidos de que Jesús es “el camino, la verdad, y la vida” y querríamos que los otros compartieran nuestra convicción. ¿Cómo hacerlo?
Todo musulmán, todo no-cristiano rehúsa cualquier proselitismo, cualquier acción, cualquier discurso con vistas a atraerlo para que se una a nosotros. Se trata más bien, dice el P. Peyriguère, de poner en práctica las máximas del hermano Charles “rezar el Evangelio en silencio”, “Gritar el Evangelio con la vida”… escribía también: “Las personas alejadas de Jesús tienen que conocer el Evangelio viendo mi vida, sin libros y sin palabras…, al verme, tienen que ver aquello que es Jesús”. Y este programa es mucho más exigente que hacer un discurso… manifestar la presencia de Cristo por nuestra bondad, por nuestra amistad. ¿Sabéis lo que los musulmanes esperan de los cristianos, cuando leen en el Corán estas palabras puestas en boca de Dios “hemos enviado a Jesús, hijo de María, le hemos dado el Evangelio? Hemos establecido en los corazones de los que los siguen bondad y compasión” (57, 27)? Esta forma de misión en un mundo no-cristiano, en el que no es tiempo del apostolado directo, del anuncio explícito de la Buena Nueva, el P. Peyriguère lo ha comparado al tiempo de la vida de Jesús en Nazaret que precede al tiempo de la enseñanza por la palabra durante su vida pública.
El P. Peyriguère pensaba que era una gran invención de Carlos de Foucauld presentar Nazaret como una forma de vida apostólica adaptada a algunos medios y épocas. Esta imitación de Jesús en Nazaret implica compartir la vida, el trabajo. No es la separación, es “vivir con” aquellos a los cuales se ha sido enviado. Es el tiempo de las relaciones de amistad. ¿Veremos el resultado de esta misión? Primero diré que la amistad es gratuita, no es una nueva táctica. Amo al otro por sí mismo. Pero después respondo con otra pregunta: ¿Conocemos el destino de Dios sobre nuestros amigos? Deseo que mi amigo conozca a Jesucristo como yo lo conozco. Pero ¿es este el deseo de Dios? El P. De Foucauld escribía de Tamanrasset que podan pasar siglos entre el primer de golpe de hoz y la cosecha. ¿Por qué estos miles de años anteriores a la Encarnación? ¿Por qué estos treinta años de silencio de Nazaret? Entonces, andamos al paso de la paciencia de Dios.
4. En el mundo no-cristiano,
el “cristiano” renunciando a rezar con el discurso, reza silenciosamente por su vida. A través de sus gestos y de sus palabras, es silenciosamente presencia de Cristo. “Por la presencia del cristiano, Cristo se hace presente. Por él, haciéndose presente, se muestra” escribía Peyriguère.
Cristo se muestra a través del cristiano, por su bondad, por su comportamiento, por su vida. Se muestra y actúa. Actúa a través de mi amistad hacia el otro. Él es el actor de la misión. Esto supone que nosotros sabemos que Cristo vive en nosotros, que lo dejamos vivir en nosotros. De esta realidad tan importante, se habla demasiado poco, se la enseña tan poco. Mientras que saber que Cristo vive en nosotros, podría transformar nuestra vida, exaltarla, darle un alcance extraordinario a nuestra vida cotidiana, hasta a nuestras más simples actividades. Peyriguère escribió: “Cristo no está fuera de ti. Está en ti. Es más tu mismo que tú mismo. Es Él quien vive en ti, es él quien trabaja en ti, quien ruega por ti…” Somos testigos de Jesucristo: tenemos que ser transparentes a fin de que sea él quien se muestre. Él es en nosotros, tal y como somos, con nuestro temperamento, nuestro corazón, en nuestra situación concreta. Cristo viviente actúa por nosotros: planteémonos la cuestión: ¿qué diría él, qué haría en mi lugar? El P. Peyriguère decía sobre esto: “Toda esta mística del apostolado que toma las cosas de dentro”.
Todo esto, el P. Peyriguère se lo ha escrito, a lo largo de 25 años, a una religiosa docente, en las cartas recogidas en el volumen “Dejaos tomar por Cristo”, que ha obtenido un gran éxito en numerosos países, Cataluña incluida.
Entonces, a partir de mañana, traemos el Grito viviente en nosotros, en nuestro medio de trabajo, en el autobús, en nuestros intercambios, allá dónde vivimos, esto será como una multiplicación de la Encarnación a través del tiempo y del espacio.
Conclusión
1 . Charles de Foucauld, el hermano universal, quiso llamar a los laicos cristianos a ser testigos de Cristo en medio de los pueblos, que aún no eran llamados tercer mundo. ¡Como serían hoy felices él y el P. Peyriguère, de oír hablar de mundialización! Si los cristianos están en todas partes en primera fila de los combates por la paz, la justicia y la fraternidad, ¡qué oportunidad representa la mundialización para el cristianismo!
2 . Los musulmanes en Europa reencuentran a los cristianos. A la escucha de Peyriguère, la sola respuesta es la amistad. Más allá de las fronteras de la Iglesia, cuando no se puede anunciar a Cristo por la palabra, la amistad es el lenguaje del Reino de Dios.
3 . Se oye hablar a nuestro alrededor de una Iglesia autoritaria, que prohíbe, que manda… En lugar de responder situándonos en el terreno de la Ley, descubrimos lo que es vital: Cristo vive en nosotros y da una dimensión infinita a nuestra vida humana. Dejemos a Cristo vivir en nosotros.
Michel Lafon.
| TARRÉS, 16 DE ENERO DE 2005 COMUNITAT DE JESÚS |

La espiritualidad de Carlos de Foucauld, de la que se nutren sus discípulos Massignon, Peyriguère, Voillaume y la Hta. Magdeleine, recoge e integra muchos de los mejores contenidos de la piedad anterior, en relación con el tema del desierto, y están totalmente en línea con los antiguos Padres del desierto. Así lo expresa Foucauld comentando el evangelio de san Mateo: «Una vida en el desierto que se acerque a la vida oculta de Nazaret», identificando Nazaret con el ideal del desierto del monacato. Ahora, cuando la Iglesia se propone canonizar a Carlos de Foucauld como testimonio universal de santidad, parece oportuno presentar a «cuatro pilares de la espiritualidad del desierto», cada uno con su peculiaridad propia, y que han sido grandes generadores de vida espiritual, ya que «en el desierto se alumbran las grandes cosas».

Padre Alberto Peyriguère. Uno de los primeros seguidores de Charles de Foucauld.Nació en Trebons (Hautes-Pyrénées) cerca de Lourdes 28 de septiembre 1883, Albert Peyriguère fue ordenado sacerdote en 1906 y se convirtió en profesor del Seminario Menor. Se retira de los monasterios cartujos y trapense.Durante la guerra de 1914-1918, su conducta heroica le valió la Medalla Militar y la Cruz de Guerra, pero también un daño muy grave a la mandíbula.
Una escuela de Charles de Foucauld Parte a Túnez para su recuperación, es capellán de un internado para niños y pastor de Hammamet y Nabeul. Descubre los musulmanes y luego lee la biografía de Charles de Foucauld , escrito por René Bazin en 1921. Entusiasta e iluminada por encarnar este tipo de vida, decidió dedicar su vida al ideal del Padre de Foucauld, será uno de los primeros discípulos del hermanito Carlos. Con el tiempo lo vemos llevando también él su habito adornado con el Sagrado Corazón en el pecho como el Padre de Foucauld .
» Mi vida se hizo pobre para vivir el mensaje del P. de Foucauld, que estaba iluminado, todos los días la ilumina y exalta más «, dice el padre Peyriguère.
Con otro sacerdote, intentó en 1926 a vivir a la manera de Charles de Foucauld cerca de Ghardaia (Argelia). Pero el busca su camino en Túnez, en el sur de Argelia y Marruecos.
Llo hace pensando en el Padre de Foucauld que seguramente a menudo habrá celebrado misa pensando en Marruecos, un país al que había viajado con el rabino Mordejai Aby Serour antes de su conversión, un país que amaba y donde no había ningún sacerdote para celebrar los santos misterios.
Padre Peyriguère es enviado por su obispo curar a los enfermos de tifus en Taroudant. Por la peste muere el médico y un fraile franciscano y él cae enfermo fue llevado entonces a Mogador.
Durante su convalecencia, descubre en un viaje acompañando al obispo, un pueblo en el Atlas Medio, a 35 km de Khenifra El Kbab , y se instaló en una pequeña casa de adobe con habitación de invitados, en la que construye una capilla, donde acoge y atiende incansablemente al pueblo de los bereberes en una clínica. Da atención médica y vestidos a todos los niños, da la bienvenida a los pobres e indigentes.Se convierte en antropólogo del lenguaje y la cultura bereberes (que había aprendido en Marrakech bereber), como Charles de Foucauld recopila cuentos, historias, poemas, canciones.
Rico en amistades espirituales
Padre Peyriguère tiene una extensa correspondencia escrita, una voluminosa parte de ella publicada después de su muerte.

Publica artículos como búsquedas en el pensamiento real del Padre de Foucauld , y en el periódico católico Marruecos bajo el seudónimo de Pablo Hector. También da conferencias, manteniendo una vida contemplativa, basada en el culto, a menudo por la noche, del Santísimo Sacramento:“…. Esa era la vida de Cristo mismo durante todo el día con las multitudes en la noche con su Padre. Es bueno mirar a Cristo”.
Alimenta su espiritualidad particular de Isabel de la Trinidad , una carmelita, y San Pablo , sino también los escritos del Padre Joseph-Marie Lagrange , dominico, fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén – en particular los Comentarios Evangelios . Es para él «La experiencia de la Presencia.» Esto lleva al «Chacal agujero» la vivencia de una vida ascética comprometida que le lleva a dormir en una tabla y comer muy poco, y dedicar mucho tiempo al trabajo.
Escribió tres años antes de su muerte: » …Para mí, es la primacía del mensaje del Padre de Foucauld . El mensaje de su vida misionera, me di cuenta de que estaba siendo una riqueza inmensa, quería expresar fragmentos, pero fue sobre todo orar y vivir … Yo sólo quiero ser el hombre del mensaje…
Siente que el ideal de Padre de Foucauld es amenazado, También considera la presencia de Francia en Marruecos como grave, y como el P. de Foucauld escribe cartas, denuncia los abusos franceses, envía cartas a los intelectuales franceses y la seña de un agitador a las autoridades francesas en Marruecos.Murió en un hospital de Casablanca 26 de abril 1959 y está enterrado en El Kbab. En su funeral un joven bereber lee este poema de despedida:
«El morabito no tenía esposa e hijos eran su familia los pobres, todos los hombres eran sus hermanos. Le dió de comer a los hambrientos. Él ha vestido a los que no tenían ropa. Se preocupaba por los enfermos. Defendió los que fueron tratados injustamente. Dio la bienvenida a los que no tenían hogar. Todos los pobres eran su familia, todos los hombres eran sus hermanos. Dios, ten piedad de él!»
El 21 de julio 2010, los restos del Padre Peyriguère fueron trasladados a El Kbab, donde fueron enterrado en la Abadía de Nuestra Señora del Atlas.