Las abejas que rodean íconos sagrados y no los tocan

El fenómeno de un panal de abejas rodeando un icono sagrado se refiere a una tradición en Grecia, donde un apicultor llamado Isidoros Tziminis coloca imágenes religiosas dentro de sus colmenas y las abejas construyen la cera a su alrededor sin tapar los rostros.

Irinea Funes

Hay imágenes que se niegan a volverse metáforas. La de un panal construido con precisión milimétrica alrededor de un ícono ortodoxo —sin tocarlo, sin cubrirlo, dejándolo suspendido en cera como si fuera un altar— es una de ellas. El relato del apicultor griego Isidoros Timinis, de una región cercana a Atenas, circula con la fuerza de las cosas que no terminan de explicarse: ni la fe lo agota del todo, ni la ciencia lo cierra del todo.

Y eso, precisamente, es lo que lo hace interesante.

Lo que las abejas sí hacen, documentado

Antes de entrar al terreno de lo sagrado, vale la pena detenerse en lo que la biología ya sabe sobre cómo construyen las abejas. No es un proceso aleatorio ni misterioso en su mecánica: las colonias de Apis mellifera son extraordinariamente sensibles a las superficies. Prefieren texturas rugosas y materiales porosos —madera, corteza, piedra áspera— sobre superficies lisas como el vidrio o el metal pulido. Esta preferencia no es espiritual; es funcional. La cera necesita adherirse, y lo liso no coopera.

Los íconos ortodoxos tradicionales están elaborados con capas de barniz, pigmentos minerales y maderas tratadas que crean una superficie particular: visualmente rica, táctilmente compleja, pero con acabados que pueden resultar poco propicios para la construcción de panal. Que las abejas los «eviten» podría ser, en términos estrictamente entomológicos, una consecuencia de esa composición material y no de su contenido religioso.

El problema es que nadie ha hecho todavía el experimento de control: colocar objetos de características físicas similares —mismo tamaño, misma superficie, mismos materiales— pero sin contenido sagrado, para comparar el comportamiento. Mientras ese experimento no exista, el fenómeno permanece abierto.

Nueve mil años de una relación que no termina

Lo que sí está documentado con claridad es que la relación entre las abejas y los rituales humanos es tan antigua que precede a casi todas las religiones que hoy conocemos. Las vasijas con residuos de cera halladas en sitios neolíticos de Anatolia sugieren que la miel y sus productoras ya tenían un lugar en la vida ceremonial mucho antes de que existieran los íconos, las iglesias o cualquier texto sagrado.

En el Mediterráneo antiguo, las abejas fueron mensajeras de los dioses, guardianas del alma, símbolo de resurrección. En el Egipto faraónico, la miel era ofrenda funeraria. En la tradición cristiana medieval, la abeja se convirtió en metáfora de la Virgen María —casta, laboriosa, productora de algo dulce y luminoso— y la cera de sus velas iluminó siglos de liturgia. En la iconografía barroca, la colmena aparece como imagen del orden divino, de la comunidad perfecta.

Que un apicultor del siglo XXI en Grecia coloque íconos entre sus colmenas no es una excentricidad: es la continuación de un gesto que lleva milenios repitiéndose con distintos nombres.

Por qué la explicación sobrenatural y la científica no se cancelan

Hay una trampa fácil en historias como esta: elegir bando. O las abejas son sensibles a lo sagrado, o son simplemente insectos respondiendo a estímulos físicos. Pero esa disyuntiva ignora algo más interesante: que los humanos llevamos miles de años construyendo lo sagrado con materiales específicos, y que esos materiales tienen propiedades reales que interactúan con el mundo real.

Un ícono ortodoxo no es solo una imagen. Es un objeto fabricado con una técnica precisa, con materiales seleccionados, dentro de una tradición que le asigna una función particular en el espacio. Que las abejas respondan a sus características físicas no desmiente su carácter sagrado para quien cree en él; solo añade una capa más a la conversación.

Lo que el caso de Timinis revela, más que cualquier milagro o desmitificación, es que seguimos sin entender del todo cómo toman decisiones las abejas. Sabemos que son capaces de comunicar distancias con danzas, de reconocer rostros humanos, de aprender por observación. Pero los mecanismos exactos que determinan dónde construyen y dónde no siguen siendo un campo activo de investigación.

El arte de no saber, y seguir mirando

Hay algo que las imágenes de esos panales hacen con mucha eficiencia: nos obligan a mirar despacio. La arquitectura hexagonal de la cera rodeando un rostro pintado de santo es, independientemente de su explicación, un objeto visualmente extraordinario. Una colaboración involuntaria entre una tradición artística milenaria y una ingeniería biológica igual de antigua.

Si las abejas construyen alrededor de los íconos por razones materiales, eso no hace menos asombrosa la imagen. Si hay algo más en juego que la ciencia aún no ha capturado, tampoco lo hace menos digno de atención. Lo que sí es cierto es que nueve mil años de convivencia entre humanos y abejas todavía producen preguntas que no sabemos responder.

FUENTE: https://culturacolectiva.com/noticias/deportes/la-cascarita/abejas-iconos-sagrados-griegos-panales-religion-ciencia/