Carlos de Foucauld, o «soñar con un mundo que sea eternamente ‘Jesús’

«Sus enseñanzas encajaban plenamente en un grupo de personas ‘normales’ que hacían bandera de la amistad como semilla del amor fraterno, universal»

«Nos sentimos familia para ofrecer familia también, con el respeto a las identidades de cada uno y a los procesos personales, que evidentemente no llevan siempre la misma velocidad»

«Murió solo, pero ha dado fruto abundante en muchos hombres y mujeres, religiosos y laicos»

07.06.2020

La ‘familia’ foucouldiana, desde sus diversas sensibilidades en España y en el mundo, ofrece sus correspondientes testimonios de búsqueda espiritual comunitaria, personal e inspirada en el hermano Carlos de Foucauld, a la luz de su anunciada canonización.

Asociación Familia Carlos de Foucauld en España

Hoy es un gran día de fiesta para nuestra Familia Espiritual, para la Iglesia que sirve a Dios y para los pobres en general. Hemos conocido la noticia justo el día de la celebración de Pentecostés, una de las fiestas vividas más profundamente por Carlos de Foucauld. El Espíritu lo fue guiando en su búsqueda al lugar más inhóspito y pobre, Tamanrasset. Allí forma una «Zaouïa» (Fraternidad), esta era su casa.

Siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios. ¿»Hay alguna cosa más dulce en el mundo que hacer la voluntad de Aquel a quien se ama»?. Soñar para mañana un mundo que sea finalmente y eternamente «Jesús», su Modelo Único, practicando el apostolado de la bondad. La novedad de su mensaje es vivir Nazareth, vida humilde y pobre.

Las Fraternidades, que vivimos su carisma, generalmente queremos hacer en lo posible, la imitación de Nazaret en humildad, pobreza y «Dernière place» (último lugar); buscando el equilibrio entre Contemplación y Acción.

La acogida entre nuestras Fraternidades en unión como ramas de un mismo árbol. Queremos continuar el deseo de Carlos de Foucauld de ser una Fraternidad Universal. Nos comprometemos en nuestra sociedad, cada una en donde le ha tocado vivir, en compromiso con los más desfavorecidos que son nuestros hermanos.

Esta gran satisfacción y alegría que nos produce su canonización nos ayudará y nos dará fuerza para continuar viviendo nuestro Carisma en profundidad. Damos gracias a Dios por tan gran obra.

Comunitat de Jesús

La Comunitat de Jesús fue iniciada por el laico Pere Vilaplana a finales de los años 60. En septiembre de 1968, en la ermita de la Santa Creu, en la montaña de Montserrat, el monje ermitaño Estanislau Llopart recibía los compromisos de los primeros hermanos. Actualmente conformamos la Comunitat de Jesús 43 hermanos y hermanas: casados, solteros y un hermano consagrado en el celibato.Vivimos en diversas localidades de Catalunya, País Valenciano, Aragón y Baleares, cada uno en su domicilio. Uno de los inspiradores de nuestro carisma ha sido, y es, Carlos de Foucauld, así como Albert Peyriguère, seguidor también de Foucauld, en el Kbab (Marruecos) en los años 50. El conocimiento de ambos se gestó en las primeras biografías de Foucauld y en unas cartas de Peyriguère recogidas en “Dejad que Cristo os conduzca”.La visión en la etapa final de Foucauld de promover la encarnación del evangelio en el laicado, recuperando el modelo de Priscila y Aquila, también en el mundo occidental, y no solo en los países musulmanes, encajaba plenamente en un grupo de personas ‘normales’ que hacían bandera de la amistad como semilla del amor fraterno, universal.

Espiritualidad en el desierto según Carlos de Foucauld
Espiritualidad en el desierto según Carlos de Foucauld

Amigos en el Amigo, viviendo la vida de Nazaret en los entornos laborales, sociales y de Iglesia. Nuestro estilo de vida no tiene nada de particular: los mismos problemas, las mismas ilusiones, los mismos dolores, que cualquier ciudadano, pero con la inquietud de impregnarnos del proyecto del Dios-Amor, revelado en Jesús. Oración, trabajo del evangelio, formación con la ayuda de muchos, compartir la vida -en serio-, los bienes materiales según posibilidades, los espacios que posee la Comunitat de Jesús en el pueblo de Tarrés, Lleida, implicación en compromisos sociales y con la Iglesia, sin ninguna actividad apostólica predominante.La vinculación a la comunidad nos empuja a seguir creciendo, a no acomodarnos a los reclamos del mundo, tan tentador siempre. A sentirnos familia para ofrecer familia también, con el respeto a las identidades de cada uno y a los procesos personales, que evidentemente no llevan siempre la misma velocidad. Recibimos la noticia de la próxima canonización de Carlos de Foucauld desde la alegría de formar parte de su Familia Espiritual, desde los años 80. Esta familia, para nosotros, ha sido un soporte y una riqueza inmensa. Acogemos la canonización bajo el anhelo de que sirva para inspirar a otros en una vida encarnada en la sencillez, arraigada en la profundidad del silencio, que es Palabra, en la autenticidad del Amor, que es Proyecto, desde el anonimato que convive con todos, pero enfoca directamente a los más desfavorecidos, a los últimos de los últimos, como repetía Foucauld. Murió solo, pero ha dado fruto abundante en muchos hombres y mujeres, religiosos y laicos, y seguirá siendo espejo para reflejar la esencialidad de su enamorado, Jesús, la esencialidad del pan partido y encarnado entre los más humildes y en todo ser humano.

Espiritualidad
Espiritualidad

Comunidad ecuménica Horeb

El hermano Germán, regional de la CEHCF en Brasil, nos envía un whatsaap que dice así: «Estamos muy alegres por este acontecimiento anunciador de vida, vida plena para el mundo». La canonización del hermano Carlos de Foucauld es un acontecimiento de vida para la Iglesia y el mundo porque va en la línea del papa Francisco, que en palabras del obispo Pere Casaldàliga, quiere «una Iglesia vestida de Evangelio y calzada con sanda-lias». Foucauld puede ayudar a la Iglesia de hoy a «volver a Nazaret»: Una Iglesia pobre, sencilla, fraterna, acogedora, a imitación de la santa Familia de Nazaret.

La CEHCF es una unión espiritual de personas que constituyen un «monasterio invisible en la comunión de los santos». Esta comunidad la integran personas que bajo Los consejos evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld, hacen el compromiso ecuménico de pedir todos los días por la unión de los cristianos y que las Iglesias, Religiones y las Naciones se dejen conducir por el Espíritu de Jesús, el Cristo.

La CEHCF fue fundada, como lugar físico de acogida y oración en 1978, por José Luis Vázquez Borau, en el Poblado de Sn Francisco de Huercal-Overa (Almería), con la bendi-ción del obispo de entonces Don Manuel Casares Hervás, y funcionó hasta 1982, que tu-vieron los hermanos y hermanas que dispersarse por diversas circunstancias. Pero en Pentecostés de 2006 la CEHCF recibió un nuevo impulso constituyéndose Fraternidades Horeb por todo el mundo.

Capilla de comunidad seguidora de Carlos de Foucauld
Capilla de comunidad seguidora de Carlos de Foucauld

Fue reconocida ad experimentum como Asociación privada de fieles el 19 de junio de 2014, por el cardenal de Barcelona Mons. Luis Martinez Sistach y el 20 de junio de 2018 el Cardenal Juan José Omeya Omella, arzobispo de Barcelona, firmó el decreto de constitución definitiva de la misma como Asociación privada de fieles. El año 2020 la CEHCF ha sido acogida en la Asociación Familia Foucauld España. En la actualidad hay presencia de la CEHCF en quince países del mundo.

Fraternidad Carlos de Foucauld

Al llegarme la noticia de la Canonización del hermano Carlos de Foucauld, tuve una sensación muy dispar, de alegría, cómo no, pero al mismo tiempo de desconcierto, ¿y ahora qué?. Veníamos hablando en la Asociación de la Familia del Hermano Carlos, de esta posibilidad, especialmente desde la beatificación y siguiendo aunque de lejos los trabajos de la Comisión encargada de ese proceso. Después de la impresión inicial… Me surgía la pregunta: Carlos de Foucauld, ¿qué diría ahora?

«Si el grano de trigo no muere….». La primera constatación es, ¿cómo un hombre que deseó ardientemente vivir su experiencia con otros hermanos, que se pasó elaborando estatutos de una Asociación que nunca fue reconocida, a su muerte ha podido generar tantos grupos y formas de vivir el seguimiento de Jesús, en el camino que éste hombre inquieto y siempre en búsqueda inició solo en el desierto?

Carlos de Foucauld, a los altares
Carlos de Foucauld, a los altares

La Fraternidad Carlos de Foucauld, Asociación de Fieles Laicas, es una de ellas, a la que pertenezco: «Está constituida por mujeres que optan por vivir el Absoluto de Dios, en el celibato, según el carisma se Carlos de Foucauld» Es en la vida cotidiana donde los miembros de la Fraternidad, viven su entrega a Dios en libre opción de trabajo, compromisos y formas de vida «. La segunda, ¿podremos sustraernos al «montaje «que toda Canonización lleva….? Seremos capaces, de vivir éste acontecimiento, como un reto para actualizar el mensaje, vivir en profundidad las intuiciones que nos enamoraron de su mensaje, en definitiva: «Volver al Evangelio, ser hermanos universales, en nuestro Nazaret de cada día. Si es así, ¡bienvenida canonización!

Fermina

Fraternidad sacerdotal Iesus Caritas

Hace unos días recibíamos la buena noticia de la próxima canonización del Hermano Carlos de Foucauld. La noticia ha llegado, curiosamente, en esta etapa de confinamiento por el coronavirus. Y, quizá, por ese motivo ha supuesto una sorpresa. Evidentemente, una sorpresa agradable. En tan pocos días no ha sido posible contactar con todos los sacerdotes de la fraternidad sacerdotal pero, el sentir general, con los que he podido compartir, es de alegría y agradecimiento.

Espiritualidad tras Carlos de Foucauld
Espiritualidad tras Carlos de Foucauld

Ese día fueron continuos los mensajes de alegría por parte de los hermanos sacerdotes, así como la comunicación de los distintos ecos que la noticia estaba provocando en la prensa. También hay que subrayar las palabras de felicitación por parte de muchos de nuestros feligreses, sabedores de que nuestra espiritualidad sacerdotal se nutre de la vida y el estilo del hermano Carlos. En este sentido, estoy convencido de que muchos de nosotros habremos recibido mensajes y llamadas de nuestras distintas comunidades parroquiales para felicitarnos. Yo puedo compartir algo de mi experiencia, en ese sentido. Alguna feligresa de mi parroquia, del centro de Valencia, nada más conocer la noticia, la puso en el grupo de whatsapp que tiene la parroquia. Inmediatamente, la comunidad empezó a manifestar su alegría por esta gran noticia, dándome la enhorabuena.

Uno intenta no “condicionar” demasiado a la gente, en sus devociones y en sus santos. Pero, es evidente que, al final, si uno vive la espiritualidad del hermano Carlos, de una forma o de otra, eso lo transmite, lo contagia. En esa reacción inmediata de los feligreses de mi parroquia entendí que, en el poco tiempo que camino con ellos, han captado cuáles son mis fuentes de espiritualidad. No se han quedado, solamente, con la felicitación. Alguien ha propuesto, con la aceptación y el aplauso de todos, que un servidor ofrezca unas charlas o un curso sobre la vida y la espiritualidad del hermano Carlos, porque lo conocen poco. Evidentemente, no puedo decir que no. Tienen derecho a conocer quién es Carlos de Foucauld y por qué la Iglesia lo considera santo.

Hermana de comunidad inspirada en Carlos de Foucauld
Hermana de comunidad inspirada en Carlos de Foucauld

Yo diría, al respecto de la anécdota de mi parroquia, que la próxima canonización del hermano Carlos debe despertar, no sólo la alegría inmensa de que la Iglesia reconozca en su vida un camino de santidad sino, también, la responsabilidad, como sacerdotes diocesanos, de dar a conocer a nuestra gente, a nuestras comunidades, a las personas que servimos y acompañamos, al hermano Carlos y su espiritualidad. Entre otras cosas, porque estamos convencidos de que su espiritualidad de Nazaret no es algo del pasado, sino que sigue teniendo mucha actualidad.

Nazaret proporciona un estilo de presencia y de evangelización que tiene mucho que ver con esa llamada constante y permanente del Papa Francisco a ser cristianos y comunidades “en salida”. Cuanto más profundizamos en la espiritualidad de Carlos de Foucauld más nos damos cuenta de su actualidad. Y, quizá, éste puede ser un buen momento para darla a conocer. Nosotros, como sacerdotes diocesanos; otros miembros de la familia del hermano Carlos, desde su carisma. No cabe duda de que, durante mucho tiempo, hemos sido parcos o tímidos a la hora de hablar del hermano Carlos. Al menos, a mí me lo ha parecido. Pero, si estamos convencidos de que su espiritualidad tiene algo o mucho que aportar a la Iglesia y al mundo de hoy, no podemos privar al Pueblo de Dios, de la vida y el testimonio de un santo que supo encarnar el evangelio, a Jesús mismo, en un contexto difícil, adverso. Su estilo tiene mucho que aportar a la Iglesia de hoy. Como sacerdotes diocesanos, miembros de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas, no podemos sino alegrarnos de la noticia, dar gracias a Dios, y traducir nuestra alegría y agradecimiento, no sólo en un estilo de vida, sino en un modo de hacer llegar a nuestra gente la vida y el testimonio del hermano Carlos. Ojalá acertemos. Un fuerte abrazo y felicidades a toda la Familia de Carlos de Foucauld.

Aquilino Martínez

«La responsabilidad, como sacerdotes diocesanos, de dar a conocer a nuestra gente, a nuestras comunidades, a las personas que servimos y acompañamos, al hermano Carlos»

Fraternidad Secular Carlos de Foucauld de Valencia

«Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él». Ese es el absoluto que descubre el hermano Carlos. Y que sitúa a todo lo demás y a cada persona, como criatura. Y nos ayuda a no asumir protagonismos que no nos corresponden. De ahí el abandono, la adoración, la acción de gracias, el último lugar. Su profetismo nace de ese descubrimiento del Amor de Dios que le lleva al apostolado de la amistad, a Nazaret.

Fue testigo del amor de Dios y su muerte tal vez se debió al miedo y la confusión de un joven… No la entregó en defensa de su fe. Muchos de sus escritos no resisten el paso del tiempo. Como tampoco la forma en que la Iglesia dictamina quién es santo. Los milagros pueden parecer un «poner a prueba» a Dios. Tal vez sea momento de revisarlo. Pero agradecemos sus intuiciones y testimonio, que nos ha abierto caminos de conversión y de vida fraterna.

Como parte de la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld de Valencia quiero destacar su figura como una persona que supo ser profeta sin pretenderlo, legándonos una espiritualidad basada en el abandono propio y aceptación de un Dios que es visible y cercano en todas las criaturas que habitan nuestro mundo. Y no pretendo representar a la totalidad sino mostrar el testimonio agradecido de esa riqueza en la diversidad que representa la Fraternidad.

«Muchos de sus escritos no resisten el paso del tiempo. Como tampoco la forma en que la Iglesia dictamina quién es santo»

Desde lo cotidiano nos sentimos llamadas a recrear la Iglesia con sus grandes y pequeñas contradicciones. Porque nos sabemos acompañadas por esa multitud de testimonios de vida, comunión de santas que ejerciendo su libertad, han hecho crecer el Reino encarnando el Evangelio. Agradecemos al Hermano Carlos y a todas las personas que acogieron la Fraternidad Universal. Es vía para saberse hermana e hija, para compartir con quien sabemos que nos ama y afrontar así nuestras miserias y limitaciones, como personas y como sociedad. Nos despierta a la presencia en lo cotidiano, en la bondad pequeña, en las relaciones, en la acción política y sindical. Nos lleva a la creatividad para encarnar la Palabra, al encuentro en la amistad y la fraternidad como espacio de lucha personal por la coherencia. A la Eucaristía, acción de gracias y alimento, en la que compartimos la vida y nos abrimos al Espíritu. A vivir en los márgenes, situarnos en la periferia, acompañadas por el respeto, la libertad y el cariño. Nos alegramos que las intuiciones del Hermano Carlos sean compartidas y valoradas aunque su canonización no añade nada a nuestra experiencia de fe. Nos gustaría alimentar gestos plenos de significado y esperanza para esta sociedad del siglo XXI, que dieran testimonio de esa lectura del Evangelio encarnada en la vida, que es la fe cristiana. Queremos manifestar que nos sentimos agradecidas porque su vida y la obra que nos legó nos sirven como guía en nuestro camino como personas a las que un día sedujo el evangelio de Jesús de Nazaret.

Isabel Zacarés Escrivà

Espiritualidad, tras la estela de C. de Foucauld
Espiritualidad, tras la estela de C. de Foucauld

Hermanitas de Jesús

Me han pedido un pequeño escrito en nombre de las Hermanitas de Jesús, pero no es esta mi intención, porque creo que hay tantas maneras de reaccionar a la noticia de la canonización del Hermano Carlos como Hermanitas existen en el mundo… Voy a hablar por mí. Estoy en la Fraternidad hace muchos años, desde el pos-Concilio, y lo que me atrajo fue la figura de Carlos de Foucauld, tal como la descubrí en algunos libros y en el testimonio de unas hermanitas que conocí por casualidad. Estaba enamorada de la persona de Jesús y deseaba seguirle en la vida religiosa, pero no sabía dónde… Al conocer al Hermano Carlos intuí que había en él una trayectoria de verdad evangélica, de las bienaventuranzas, donde la contemplación de la Encarnación me llevaba de la mano a compartir mi suerte con la de los más pobres y marginados. Y esto me pareció concretizar de manera bien clara las orientaciones que acabábamos de recibir del Concilio Vaticano II.

Por esto me decidí por la Fraternidad. Mi vida ha sido de altos y bajos, con mucha fragilidad y bastantes huidas, pero con la presencia (muchas veces apenas presentida) de este Jesús descubierto en la juventud, y que ha continuado acompañándome por los caminos del mundo.

Hoy Carlos de Foucauld es reconocido “santo” oficialmente por la Iglesia. ¡No es que no lo fuera ya! A mí casi me gusta más como “santo de la puerta de al lado” que como “santo en los altares”… Las canonizaciones en general me dejan un poco fría. Pero me sorprendo a mí misma alegrándome de verdad con esta celebración, por lo que el “nuevo santo” representa:

Vida comunitaria inspirada en las enseñanzas de C. de Foucauld
Vida comunitaria inspirada en las enseñanzas de C. de Foucauld

Creo que es muy importante para toda la Iglesia actual, tan amenazada de retrocesos y de cierre sobre sí misma, que se reconozca en Carlos de Foucauld uno de los paradigmas de una nueva forma de situarnos como discípulos y discípulas de Jesús en este cambio de época: maravillado por la cercanía de Dios, por lo concreto de la Encarnación (Nazaret), precursor de una nueva forma de evangelización por la presencia y la amistad, tejedor de relaciones impregnadas de un profundo respeto por cada ser humano, de cualquier pueblo, cultura, religión… En resumen: un hombre clave.

Josefa Falgueras

Hermanos del Evangelio

Como congregaciones religiosas bebemos de la intuiciones de Carlos de Foucauld que se inspiran en la vida de Jesús en Nazaret. En ese pueblo perdido de Galilea Jesús creció y pasó la mayor parte de su vida y estamos seguros que esto marcó profundamente su manera de actuar y anunciar la buena noticia del Reino de Dios. Nuestra vocación está marcada por la amistad y el compartir la vida de la gente sencilla, en el trabajo, en el barrio, en sus luchas y alegrías, en sus penas y debilidades… Esa vivencia atraviesa y marca nuestra oración. A través de ese estilo de “Nazaret”, desde lo cotidiano, desde lo sencillo y pequeño, muchas veces aparentemente inútil y poco relevante, esperamos que pueda traslucirse ese gran amor que Dios nos tiene a toda la humanidad.

Sinceramente, la mayoría de los hermanos de Jesús y del Evangelio apenas hemos apoyado la causa de la canonización del hermanos Carlos. El revuelo y el boato que suelen acompañar estos acontecimientos no están en nuestra genética. Más bien tenemos una tendencia innata a huir de ello.

La noticia de la próxima canonización nos llena de alegría, porque estamos convencidos que las intuiciones del hermano Carlos, su modo de relacionarse con su “bien amado hermano y Señor Jesús”, su manera de vivir el “apostolado de la bondad”, son una verdadera riqueza para nuestro tiempo. En una época de cierta globalización por un lado y un peligro de repliegue sobre sí mismo por otro, Carlos, el hermano universal, nos invita a ser hermano de todos y todas, sin distinción… En tiempos saturados de ruidos y palabras, de ídolos y estrellas, Carlos nos invita a redescubrir la importancia de lo pequeño, la sencillez, lo silencioso… En las tensiones que surgen a veces entre las religiones el camino de Carlos -que recuperó la fe de su infancia gracias a la impresión que le causó la fe en el mundo musulmán- nos abre al respeto mutuo en el diálogo interreligioso…

«Sinceramente, la mayoría de los hermanos de Jesús y del Evangelio apenas hemos apoyado la causa de la canonización del hermanos Carlos»

¿Es el momento del anuncio de su canonización una casualidad? Durante esos meses de pandemia, muchos creyentes nos hemos quedado sin poder asistir físicamente a la eucaristía. Carlos, en su empeño de ir hacia los más pobres y alejados, se puso en tal situación que durante meses estuvo privado de poder celebrar la misa… ¡Curiosa coincidencia!

La frase del Evangelio que más sacudió mi vida es ésta: ‘Lo que hacen al más pequeño de los míos, a mí me lo hacen’ (Mateo 25,40). Y cuando se piensa que es la misma persona la que dijo: ‘Este es mi cuerpo, ésta es mi sangre’, con qué fuerza se siente uno impulsado a amar a Jesús en estos pequeños (Carlos de Foucauld)

JuanFamilia Carlos de Foucauld

El XXV aniversario del martirio de Monseñor Romero hay que celebrarlo bien.

Unos no lo harán, los que le insultaron en vida y celebraron con champán su asesinato, aunque ahora están más comedidos y se muestran como condescendientes y comprensivos ciudadanos. Y como también son populistas, si es necesario, irán a Roma cuando lo beatifiquen, pues captan que Monseñor es querido por muchos salvadoreños.
Otros se alegrarán de celebrar un año más a Monseñor. Lo recordarán de corazón, participarán en eucaristías, charlas y conferencias, exposiciones y conciertos, y en la gran vigilia del 2 de abril. Lucirán camisetas con su figura, pondrán un afiche en su casa y escucharán su palabra por la YSUCA. De fueran vendrán centenares, y en total serán miles los que participen en el aniversario. Y nada digamos si se da alguna señal de que la beatificación puede estar cerca. Pero, con todo, todavía falta una cosa, que queremos explicar, recordando lo ocurrido tras la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.
Los primeros cristianos celebraban su recuerdo en la eucaristía, entonaban himnos en su honor, desarrollaron una teología llena de entusiasmo, le empezaron a llamar “Señor”, “Hijo de Dios”, “Cabeza de la creación”, y tenían la esperanza de su pronta venida. Pero los cristianos más clarividentes  vieron que “sólo” eso no bastaba. Más aún, que “sólo” eso  era peligroso. Y entonces apareció Marcos con su evangelio.  Vino a “molestar” a cristianos demasiado complacientes, y nada digamos a cristianos que se habían olvidado de Jesús, y hasta renegaban de él, como ocurría en la comunidad de Corinto porque habían encontrado otra cosa mejor: un vaporoso espíritu.
El evangelio de Marcos, por supuesto, “celebra” a Jesús y le llama “Hijo de Dios”, pero no pone la invocación en labios de gente piadosa que espera prodigios, sino sólo en labios de un pagano, el centurión romano, y al pie de la cruz. También le llama “Mesías”, pero, cundo eso ocurre, Jesús dice a la gente que no lo digan a nadie. Marcos nos dice también que la fe en Jesús no fue nada fácil, ni para sus familiares, ni para los discípulos -en especial para Pedro-, y ciertamente no lo fue para los teólogos y sacerdotes de aquel tiempo. Por último, su evangelio termina abruptamente en Mc 16, 8:  junto a la tumba las mujeres “tuvieron miedo y no dijeron nada a nadie”. Tan chocante fue ese final que, más tarde, se le añadieron unos versículos para amortiguar el susto.
¿Por que traer a colación a Marcos en este XXV aniversario? Para aprender una importante lección. No basta la celebración ni la alegría, aunque son bienvenidas como brisa de aire fresco en medio de tantos sufrimientos de la vida. Ni siquiera bastará el aplauso que responderá al anuncio de su posible beatificación. Y si no basta, ¿qué es lo que falta? Volvamos a Marcos. El Jesús que no está interesado en que le llamen Mesías, sí está interesado en una cosa: el seguimiento.
Volvamos a Monseñor Romero. Celebrarlo significa ante todo “seguirle”. ¿Y cómo hacerlo? En primer lugar, hay que pasar por el cambio -o conversión- por el que él pasó. Y en segundo lugar hay que  re-hacer su vida. Ambas cosas son difíciles, pero son necesarias para el país y para la Iglesia -en lo que ahora nos vamos a centrar- y traen salvación. Por lo que toca a la “conversión”, baste con recordar las siguientes palabras:
“El profeta denuncia también los pecados internos de la Iglesia. ¿Y por qué no? Si obispos, papa, sacerdotes, nuncios, religiosas, colegios católicos estamos formados por hombres, y los hombres somos pecadores y necesitamos que alguien nos sirva de profeta para que nos llame a conversión… Sería muy triste una Iglesia que se sintiera tan dueña de la verdad que rechazara todo lo demás. Una Iglesia que sólo condena, una Iglesia que sólo mira pecado en los otros y no mira la viga que lleva en el suyo, no es la auténtica Iglesia de Cristo” (Homilía del 8 de julio de 1979).
Y tras la conversión, la praxis. No es el momento de exponer en detalle cómo debe ser la praxis de una Iglesia  fiel a Monseñor Romero, pero podemos mencionar los impulsos de lucidez, ánimo, firmeza, resistencia y esperanza que de él nos llegan.
Como seguidores de Monseñor, hay que decir la verdad, no sólo predicar una doctrina, aunque sea verdadera. Y entonces la  verdad se convierte en denuncia profética de los males que existen en el país, se nombra a los victimarios y a las victimas. Aunque algo han cambiado las cosas en estos 25 años, Monseñor Romero nos sigue  remitiendo a los ámbitos donde campea el mal: 1) la idolatría del dinero, la oligarquía antes agrícola, ahora financiera, 2) la idolatría del poder militar, más latente aquí y más patente en Estados Unidos, a lo que hay que añadir la espantosa violencia actual -de 8 a 10 homicidios diarios en los últimos tiempos, 3) la connivencia de unos partidos políticos con la injusticia y la irresponsabilidad de la mayoría de ellos ante la miseria y el sufrimiento, a lo que hay que añadir la corrupción, 4)  el imperialismo de Estados Unidos, en el comercio, en nuestra política internacional y, sobre todo, en los pseudovalores que nos impone: individualismo, éxito, buen vivir, 5) la corrupción de la administración de justicia, que no ha esclarecido todavía ni siquiera quién mató a Monseñor, 6) los medios de comunicación, con la  mentira, las verdades a medias, el encubrimiento, según los casos, 7) el falseamiento de la religión, el espiritualismo exagerado, que no es la vida con espíritu; el individualismo alienante, que no es la apropiación personal de la fe; el gregarismo que llena estadios, que no es la comunidad y el llevarse mutuamente; la infantilización de lo religioso, que no es la sencillez -como niños- ante el misterio de Dios.
Hay que volver a  una praxis, la de la misericordia, señal última de nuestro ser cristiano, y volver a promover la justicia, la transformación de estructuras. Hay que recuperar la opción por los pobres, en serio, sin aguarla, arriesgando por ella, recordando y honrando a quienes la vivieron hasta el final: nuestros mártires. Hay que recobrar la parcialidad de Dios y de su Cristo hacia los pobres de este mundo.
Hay que recuperar la evangelización, en el sentido primigenio que tiene en Jesús: el anuncio de una buena noticia a los pobres, sin que la novedad en métodos y lenguaje sustituya a lo esencial. Hay que anunciar ese reino con credibilidad, sin pensar que hay cosas más importantes que hacer, algunas de ellas buenas, como la vida sacramental; otras ambiguas, como el sinnúmero de concentraciones, fiestas, jubileos, años dedicados a algo, de modo que todo eso se acumula como si hubiese un horror vacui, un miedo a dejar vacíos en el tiempo, lo que puede acabar ocultando la buena noticia de Jesús. Y otras son peligrosas y pueden llegar a ser pecaminosas: proselitismo competitivo, buscar  triunfos, basarse en apoyos financieros en los ricos de este mundo.
Hay que recuperar y promover la organización del pueblo, en la sociedad y en la Iglesia. No hay por qué volver a los años 80, pero sí hay que volver a la intuición fundamental: como Iglesia somos antes que nada comunidad, cuerpo; y para influir en la sociedad desde la base esa comunidad debe estar estructurada, organizada, relacionada con otras fuerzas sociales. Es difícil, pero por lo menos hay que pensarlo e intentarlo.
Comenzamos así, pues en esto cojeamos, siendo así que en eso era eximio Monseñor, y no se ve cómo podemos celebrarlo sin al menos plantearnos estas cosas. Pero sobre todo hay que levantar el espíritu de la gente. Dicho con sus palabras, hay que llevar cercanía: “¡Cómo me da gusto en los pueblecitos humildes que las gentes y los niños se agolpan a uno, vienen a uno!” (12 de agosto, 1979). Consuelo: “Para mí son nombres muy queridos: Felipe de Jesús Chacón, ‘Polín’. Yo les he llorado de veras” (15 de febrero, 1980). Dignidad: “Ustedes son el divino traspasado” (19 de julio, 1977). Gozo: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor” (18 de noviembre, 1979). Esperanza: “Estoy seguro de que tanta sangre derramada y tanto dolor no será  en vano” (27 de enero, 1980). Y todo eso con humildad: “Yo creo que el obispo siempre tiene que aprender del pueblo” (9 de septiembre, 1979) y con credibilidad: “El pastor no quiere seguridad mientras no se la den a su rebaño” (22 de julio, 1979).  Es el consuelo que nace de la compasión, el gozo que nace de la cercanía y la solidaridad, la esperanza que nace de la credibilidad.
Todos sabemos cuán difícil es esto, pero en este aniversario al menos no lo declaremos imposible, y pidamos que ésta sea nuestra utopía. Monseñor ni ofreció ni ofrece recetas, pero sí ofrece caminos, luces, impulsos.
Muchas otras cosas se pueden decir sobre cómo celebrar este XXV aniversario. Sólo queremos añadir una última cosa, de la que sólo pueden hablar “con autoridad” quienes han vivido situaciones cercanas a la de Monseñor. A mediados de los años ochenta las madres de desaparecidos me pidieron que dijera una misa para recordar a Monseñor Romero. Cuando estaba para salir de mi casa, una sencilla trabajadora de la UCA me dijo: “en la misa de Monseñor, recuerde a mi hijo”. Su hijo había sido asesinado por los cuerpos de seguridad. Pensar que estaba con Monseñor era su mayor consuelo.
No sabemos que ocurrirá dentro de otros 25 años, pero todavía hoy hay mucha gente que el 24 de marzo recuerda a sus hijos e hijas, esposos, padres, hermanos y hermanas, que también fueron asesinados. Y piden a Monseñor que ahora cuide de ellos. A ese Monseñor le hablan como se habla a un padre. Quizás le piden favores, milagros, pero pienso que no lo hacen porque ven en Monseñor a un santo “milagrero”, con poder, sino porque ven a un hombre bueno, alguien que les quiere de verdad. Sigue siendo para ellos buena noticia. Eso ocurre “en lo escondido”, pero es lo más importante, pienso, en este XXV aniversario.

Más allá de la trinchera: Bonhoeffer, Arendt y el abrazo abrahámico frente a la anestesia del odio

*

Jesús Lozano Pino

Artículos, Feadulta

Frente a la marea creciente de antisemitismo e islamofobia, el diálogo entre cristianos, musulmanes y judíos no es un mero adorno diplomático. Es un acto de resistencia espiritual y de higiene moral frente al pensamiento único

Vivimos días en los que el aire pesa. Basta encender la televisión o deslizar el dedo por la pantalla del teléfono para sentir cómo la polarización nos va ganando el terreno del alma. Nos hemos acostumbrado a un lenguaje de trinchera donde el «otro» deja de ser un semejante para convertirse en una amenaza, un eslogan o un objetivo a derribar.

En este clima enrarecido, presenciamos con profundo dolor el repunte de dos fantasmas que creíamos haber arrinconado en los desvanes más oscuros de la historia: el antisemitismo y la islamofobia. Dos manifestaciones de una misma ceguera que olvida que detrás de una mezquita, una sinagoga o una iglesia hay rostros, historias, lágrimas y esperanzas idénticas a las nuestras.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué prende tan rápido la chispa del odio en sociedades que se presumen cultas y avanzadas?

1. La «estupidez moral» de Bonhoeffer y la «banalidad del mal» de Arendt

Para entender este fenómeno no basta con señalar a los fanáticos rabiosos; hay que mirar a la masa anestesiada. Y aquí es donde la historia nos ofrece dos faros indispensables que dialogan maravillosamente entre sí.

Por un lado, el teólogo y mártir luterano Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde la celda donde lo encerró el nazismo, dejó una reflexión magistral: la estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Bonhoeffer no se refería a la falta de inteligencia académica, sino a una estupidez moral y sociológica. Cuando el poder, la ideología o el eslogan dominan a una persona, esta queda privada de su capacidad crítica; se vuelve incapaz de pensar por sí misma, impermeable a las razones y manipulable. La persona «estupidizada» moralmente no odia por convicción elaborada, sino porque ha dimitido de su propia conciencia.

Por otro lado, la filósofa judía Hannah Arendt, al contemplar el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, acuñó su célebre concepto de la «banalidad del mal». Arendt descubrió con horror que los mayores crímenes de la humanidad no los cometen necesariamente monstruos sedientos de sangre, sino burócratas grises, ciudadanos «normales» que simplemente dejaron de pensar, que obedecieron consignas, que normalizaron la deshumanización del vecino y aplicaron clichés sin cuestionar las consecuencias.

Lo cortés no quita lo valiente: llamar a las cosas por su nombre exige reconocer que el antisemitismo y la islamofobia de hoy no nacen de un exceso de pensamiento, sino de su ausencia. Brotan de esa mezcla explosiva entre la estupidez moral de Bonhoeffer y la banalidad del mal de Arendt: la masa que repite el prejuicio de moda, que aplaude el chiste xenófobo en la comida familiar o que mira hacia otro lado cuando se profana una sinagoga o se agrede a una mujer con hiyab.

2. El escándalo de la fe manipulada

Cuando la fe religiosa se contagia de esta anestesia del pensamiento, el desastre es absoluto. Quien odia en nombre de Dios está rindiendo culto a un ídolo fabricado a la medida de sus miedos y prejuicios. Como advertía Bonhoeffer, el cristianismo exige un «coste» de compromiso personal; no basta con la «gracia barata» de ir a la deriva con la corriente ideológica del momento.

El verdadero Dios nunca exige la aniquilación ni el desprecio del vecino para reafirmar la propia identidad.

Tanto la Torah como el Corán y el Evangelio coinciden en un grito primordial: el respeto sagrado a la dignidad del ser humano. Cuando un judío es atacado por llevar su kipá, cuando un musulmán es discriminado por su fe, o cuando un cristiano ve perseguida su comunidad, la herida no se le inflige solo a un grupo: se le inflige al Dios de la vida que nos creó a todos a su imagen y semejanza.

3. Un mismo olivo: el abrazo abrahámico como antídoto

Frente al pensamiento perezoso que categoriza y divide, el diálogo interreligioso se levanta como un acto subversivo de pensamiento crítico y fe auténtica. Cristianismo, Islam y Judaísmo no son tres trincheras enemigas; son tres ramas que brotan del mismo tronco abrahámico.

El diálogo no consiste en diluir nuestras identidades en un consenso tibio. Todo lo contrario: consiste en enraizarnos tan profundamente en nuestra propia fe que perdamos el miedo a abrazar la diferencia del otro.

El Judaísmo nos regala el valor innegociable de la memoria, de la pregunta incómoda frente al poder y del cuidado de la creación (Tikkun Olam).

El Islam nos aporta la entrega confiada a la voluntad divina, la compasión (Rahma) y la devoción incansable en la cotidianidad.

El Cristianismo ofrece la radicalidad del perdón, la mesa compartida con el excluido y la convicción de que el amor al enemigo es la única revolución capaz de vencer la muerte.

4. Ni tibieza ni complicidad: el aviso de Niemöller

Llegados a este punto, conviene no llamarse a engaño. El diálogo interreligioso y la fraternidad no son sinónimos de ingenuidad ni de un «buenismo» anestesiado. Lo cortés no quita lo valiente, y la caridad cristiana nunca ha sido un cheque en blanco para la pasividad, al contrario, más bien ha sido motivo de profetismo y denuncia evangélica.

Quienes nos profesamos cristianos no podemos ser meros espectadores de la corriente de odio que atraviesa nuestras calles. La neutralidad ante la injusticia no es virtud ni prudencia: es complicidad. Cuando el mal avanza y nos refugiamos en la comodidad del silencio, dejamos de ser testigos del Evangelio para convertirnos en colaboradores necesarios de la devastación de los opresores.

Esta es la trampa mortal de la tibieza que el pastor luterano Martin Niemöller retrató con amarga lucidez tras sufrir los campos de concentración nazis. Una de las versiones que ha llegado a nosotros es esta:

«Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los creyentes de otras iglesias, y no dije nada porque a mí no me afectaba.

Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.»

Hoy esa lógica perversa sigue vigente. Si callamos cuando se persigue a un judío porque no somos judíos, o miramos a otro lado cuando se estigmatiza a un musulmán porque no somos musulmanes, estamos pavimentando el camino hacia nuestra propia destrucción. Y aquí no cabe firmar un cheque en blanco a ninguna ideología ni a ninguna religión. No caben razones de Partido ni de Estado. El mal es mal, lo haga quien lo haga. No valen las excusas ni la doble vara de medir a la que recurrimos cuando perdemos la objetividad solo porque la falta o el penalti lo ha cometido nuestro propio equipo de fútbol.

5. Profetas o cómplices: defender a la persona, frenar la barbarie

Para no caer en ese abismo, necesitamos sostener con firmeza una distinción teológica fundamental: denunciar el pecado con rotundidad sin destruir a la persona.

Se señala y se combate la acción perversa: Desenmascaramos el antisemitismo, la islamofobia y el fanatismo vengan de donde vengan, sin doble rasero ni paños calientes. A quien hace daño hay que pararlo, con valentía personal e institucional; dejar que la locura campe a sus anchas en nombre de una falsa tolerancia es una irresponsabilidad suicida. Desde esa ceguera mutua, terminaríamos por exterminarnos todos.

Se custodia la dignidad del ser humano: La persona nunca pierde su condición sagrada. Por muy extraviado o agresivo que sea quien actúa con odio, conserva intacto el derecho y la posibilidad de arrepentirse, reconciliarse con Dios y rectificar el rumbo.

Bonhoeffer pagó con la vida su negativa a ser un sujeto pasivo; Arendt nos advirtió del peligro mortal de dejar de pensar; y Niemöller nos legó la confesión de lo que ocurre cuando elegimos la comodidad del silencio.

Hoy, frente a las olas de antisemitismo e islamofobia, nos toca elegir: o somos cómplices por omisión de la banalidad del odio, o nos convertimos en artesanos valientes de un diálogo que devuelva a nuestro mundo su humanidad perdida. El puente está ahí, esperando a que tengamos la lucidez y el coraje profético de cruzarlo y, como decíamos anteriormente, “Lo cortés no quita lo valiente”.

Festividad de Ceferino Namuncurá incoporada al «Calendario Ecuménico intereligioso de la Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld»

Beato Ceferino Namuncurá Burgos nació en Chimpay, Río Negro [ Argentina ] el 26 de agosto de 1886 y murió en Roma el 11 de mayo de 1905, era un joven laico salesiano argentino de orígenes mapuches y criollos. Ceferino era devoto de María Auxiliadora

Ceferino Namuncurá ha sido el santo que suscita la mayor devoción en la Patagonia argentina, y probablemente también en la chilena. Su santuario, ubicado en la localidad de Chimpay en Río Negro, atrae a miles de personas y su estampa milagrosa circula ampliamente entre los devotos de ambos lados de la cordillera de los Andes. Ceferino está doblemente vinculado con tierras chilenas, por su madre Rosario Burgos y por la obra salesiana que se extiende a ambos lados de la frontera, aunque su vida transcurrió siempre en territorio argentino. Por su origen mapuche, Ceferino pertenecía al wallmapu[1] que no reconocía en aquel entonces ninguna fractura entre el lado argentino y chileno y que designaba indistintamente al pueblo mapuche que se extendía en ambas vertientes de la cordillera.

Ceferino es ante todo un joven salesiano muerto de tuberculosis en la flor de la juventud (1886-1905) cuya vida se ha comparado con la de Domingo Savio (18421857), el jovencísimo estudiante salesiano de Don Bosco que murió también prematuramente de pleuresía. Don Bosco mismo, el fundador de la orden salesiana cuyo propósito fundamental ha sido educar a jóvenes pobres en el trabajo y en la oración, recogió en Savio todas las virtudes y cualidades del joven que pretendía formar, piadoso y laborioso al mismo tiempo. El mismo Ceferino leía probablemente la biografía escrita por Don Bosco que ensalzaba la santidad de Domingo.

Educado en el colegio salesiano de Buenos Aires bajo la influencia bienhechora del padre Vespignani, Ceferino no pudo entrar, sin embargo, al seminario y fue llevado finalmente por el cardenal Cagliero a Roma, donde murió en casa salesiana al poco tiempo. Dos hipótesis se han levantado respecto de este derrotero tan singular:  la primera es la prohibición canónica que pesaba entonces sobre hijos llamados naturales para ser admitidos al sacerdocio, algo que pudo obstaculizar la entrada de Ceferino al seminario; la segunda es su condición de salud, detectada ya en Buenos Aires que lo inhabilitaba para las asperezas del entrenamiento sacerdotal. Nunca se ha sabido la verdadera razón. Ceferino era hijo de una de las cuatro esposas de Manuel Namuncurá, la chilena Rosario Burgos, repudiada una vez que se lo insta a dejar la poligamia, uno de los sellos del cacicazgo mapuche, aunque legalmente –se ha indicado– el padre de Ceferino inscribe a todos sus doce hijos bajo el nombre de su esposa reconocida. Esto podría haber levantado los obstáculos iniciales. También se lo pudo haber admitido como coadjutor, es decir, como hermano lego, sin calificación para el sacerdocio, en cuyo caso no se aplicaban los impedimentos canónicos. Ceferino quería ser sacerdote, algo que calzaba completamente con las aspiraciones salesianas, y específicamente de Don Bosco, de ordenar sacerdotes de origen indígena que pudieran evangelizar a su propio pueblo. De Ceferino se recuerda siempre su famoso dicho, “quiero ser útil a mi propio pueblo”, lo que muestra que su proyecto de hacerse sacerdote y volver a los suyos estaba inscrito en su corazón desde muy temprano.

Ceferino quería ser sacerdote, algo que calzaba completamente con las aspiraciones salesianas, y específicamente de Don Bosco, de ordenar sacerdotes de origen indígena que pudieran evangelizar a su propio pueblo. De Ceferino se recuerda siempre su famoso dicho, “quiero ser útil a mi propio pueblo”, lo que muestra que su proyecto de hacerse sacerdote y volver a los suyos estaba inscrito en su corazón desde muy temprano.

El linaje Namuncurá

Ceferino no fue solamente un joven salesiano ejemplar en devoción y carácter. Sobre todo era mapuche, hijo de Manuel Namuncurá y nieto de Juan Calfucurá, quienes tienen un lugar destacado en la historia de la resistencia mapuche a la expansión de la frontera interior argentina. Calfucurá (piedra azul, c. 1790 en las cercanías del Llaima-1873) llegó a dominar toda la pampa argentina y en particular aseguró el control de las salineras al sudoeste de Buenos Aires y, por consiguiente, el comercio de la sal que era indispensable para la industria de la carne. Bajo la protección de Juan Manuel de Rosas y de Justo José de Urquiza, caudillos del interior argentino, Calfucurá ayuda a Urquízar en Caseros y propina derrotas decisivas al ejército bonaerense cuando este intenta controlar la provincia y resguardarse de los malones indígenas. Recién bajo la gobernación de Domingo Faustino Sarmiento (el famoso autor de “Civilización y Barbarie”), hacia 1870 –la misma época en que comienzan a desplegarse las misiones salesianas– el ejército avanza sobre la frontera indígena, derrota a Calfucurá en San Carlos e inicia la “campaña del desierto”, apenas unos años antes de las campañas de igual propósito en el lado chileno. Manuel Namuncurá (1811-1908), el padre de Ceferino, luchará al lado de su padre, pero actuará más protagónicamente en los procesos de pacificación, tendrá que someterse a la solución reduccional que lo obliga a plegarse sobre un pequeñísimo territorio al lado de la cordillera, acepta el grado de coronel de ejército argentino (existe una célebre fotografía de Manuel con uniforme militar rodeado de sus hijos Ceferino y Julián) y les abre a los salesianos las puertas de su casa al punto que abandona la poligamia (y entre otras a su esposa Rosario, madre de Ceferino) y entrega confiado a su hijo para que lo educaran en un colegio de la orden.

Los salesianos llegaron a la Patagonia bajo el impulso del propio Don Bosco, que pugnó por fundar una misión en territorios baldíos y consiguió que se estableciera un Vicariato patagónico en torno a las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut (que quedó en manos del futuro cardenal Giovanni Cagliero, mentor de Ceferino) y una Prefectura en el sur de la Patagonia, que incluía la Tierra del Fuego en sus partes chilena y argentina que estuvo a cargo de Giuseppe Fagnano[2]. Una diferencia respecto de la evangelización en territorio mapuche chileno es que esta estuvo a cargo de capuchinos –primero italianos, y luego alemanes–, mientras que los salesianos misionaron en toda la pampa argentina, en zona tehuelche al norte (mucho más receptiva con los misioneros) y mapuche más al sur, quienes ofrecieron siempre mayor resistencia.

5.2. Ceferino Namuncura
Junto al Siervo de Dios Juan Cagliero (1838-1926), discípulo de San Juan Bosco, primer obispo de la Congregación Salesiana (Vicario Apostólico de la Patagonia), y después también primer cardenal salesiano.

Como en otras partes, los salesianos ocuparon a la vez el método de las misiones volantes, en las que el misionero itineraba y seguía a los indígenas en sus desplazamientos o visitaba sus asentamientos, y el método reduccional, en que, a la inversa, el misionero se establecía en un lugar fijo y alentaba a que los indígenas lo visitaran o incluso se establecieran junto a la misión. El primer método forjó a los misioneros exploradores que se internaron en lo más recóndito de la geografía patagónica, como el padre Doménico Milanesio, algunos de los cuales dejaron fama de heroísmo y santidad. En el segundo método destacó justamente Cagliero, quien funda las principales misiones de la Patagonia central argentina. El esquema civilizatorio y educativo de los salesianos –común a todos los misioneros de la época– favorecía el método reduccional, pero poco se conseguía sobre todo con los indígenas trashumantes de Tierra del Fuego que vivían de la caza y la recolección.

Las dificultades que hubo para construir asentamientos agrícolas hizo poner la atención en la obra educacional y en el establecimiento de colegios que tenían el doble mérito de poner al indígena a la altura de cualquier ciudadano y evangelizar eficazmente a través del catecismo. “Buenos ciudadanos, buenos cristianos”. La evangelización a través de los hijos de jefes indígenas que eran atraídos hacia los colegios misionales fue un método usual, algo que muchas veces calzaba con el interés de los propios caciques que querían dotar a sus hijos de lo necesario para adaptarse mejor al mundo que les tocaría vivir. Ceferino llegó de esta manera al colegio salesiano de Buenos Aires enviado con autorización de su padre a los doce años. Rosario Burgos, su madre, entrevistada muchos años después para que entregara recuerdos del niño, declaró que poco o nada podía decir porque le fue arrebatado muy temprano. Habrá que decir también que el padre tuvo en mente una carrera militar para su hijo y que lo envió primeramente a una escuela de la Armada, pero Ceferino no se adaptó y solo entonces se trasladó al colegio salesiano.

En el linaje Namuncurá se encuentra el derrotero de la etnia mapuche del siglo XIX: Calfucurá fue el jefe indómito que organizó las principales revueltas contra la expansión de la frontera (ayudado y sostenido eso sí por los caudillos criollos que peleaban contra Buenos Aires); Manuel ya fue un jefe de tolderías, derrotado militarmente, que abandona las enseñas del cacicazgo (mocetones y esposas), se convierte al cristianismo y envía a sus hijos a la escuela, mientras que Ceferino será el santo mapuche, católico devoto y fiel, enteramente dispuesto a cruzar el umbral de la religión cristiana y de la civilización.

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Retrato de Ceferino Namuncurá.

Un santo popular 

Beatificado en Chimpay (su lugar de nacimiento) en 2007, la fama de Ceferino como santo popular se ha adelantado con mucho al proceso canónico y ha irradiado en la Patagonia argentina y chilena con una fuerza singular. ¿De dónde proviene esta devoción popular? En las memorias del cardenal Cagliero se menciona a Ceferino con admiración y benevolencia, pero será el padre Pedemonte el primero que recogerá sus cartas y recopilará los primeros antecedentes para iniciar un proceso de beatificación.[3] Pedemonte estuvo interesado en Ceferino como modelo del estudiante salesiano ejemplar. Una parte considerable de la hagiografía de Ceferino está formada por historietas y cuentos infantiles que lo muestran como un niño admirable por su devoción y bondad.

En el linaje Namuncurá se encuentra el derrotero de la etnia mapuche del siglo XIX: Calfucurá fue el jefe indómito que organizó las principales revueltas contra la expansión de la frontera […]; Manuel ya fue un jefe de tolderías, derrotado militarmente, que abandona las enseñas del cacicazgo […], se convierte al cristianismo y envía a sus hijos a la escuela, mientras que Ceferino será el santo mapuche, católico devoto y fiel enteramente dispuesto a cruzar el umbral de la religión cristiana y de la civilización.

5.5. Festejo del aniversario de la beatificacion de Namuncura en el monumento kultrun en San Ignacio
Festejo del aniversario de la beatificación de Namuncurá en el monumento kultrún, en San Ignacio.

María Andrea Nicoletti señala que su condición aborigen fue originalmente un problema, puesto que en la hagiografía de niños santos la procedencia de una familia virtuosa era generalmente exigida e indispensable.[4] Pedemonte habría utilizado la expresión Lirio de la Patagonia para afirmar la pureza de Ceferino, cuya iconografía también tendía a atenuar los rasgos marcadamente indígenas de su rostro. En las últimas décadas, sin embargo, la memoria de Ceferino gira aceleradamente hacia el reconocimiento de su procedencia indígena. Nicoletti habla de una tensión creciente entre la figura del joven con facciones suaves, vestido de chaqueta y corbata (tal como aparece con monseñor Cagliero) y la figura de un santo criollo con poncho pampa y pañuelo al cuello (al modo gaucho, más que indígena), que la iconografía de Armas contenida en la historieta El pequeño Gran cacique patagónico hizo más popular en el último tiempo. La fotografía de Ceferino en Villa Sora, Italia, poco antes de morir es la más elocuente de todas, de piel oscura y rasgos indígenas acusados, pobre pero elegantemente vestido con chaqueta, chaleco y camisa blanca de humita, Ceferino representa humildad y desvalimiento, pero a la vez algo de la serena determinación y orgullo de su raza.[5]

La santidad de Ceferino es una conjunción entre los ideales sacerdotales de una vida entregada a Cristo y las idealizaciones propias de la cultura popular que venera la muerte precoz de un niño inocente, sobre todo del que pertenece a la propia comunidad.

Ceferino falleció en Roma en 1905 y fue enterrado sencillamente en una tumba del cementerio de Campo Verano; sus restos fueron exhumados y reducidos diez años después y repatriados recién en 1924 y mucho más tarde alojados en Fortín Mercedes, un centro de formación de vocaciones salesianas. Su tumba y algunas de sus reliquias fueron objeto de veneración desde que llega a Argentina. Tras la beatificación en 2007 la familia Namuncurá consiguió el traslado de sus restos a San Ignacio, donde se levanta su ermita, que constituye su lugar actual de peregrinación.  La santidad de Ceferino es una conjunción entre los ideales sacerdotales de una vida entregada a Cristo y las idealizaciones propias de la cultura popular que venera la muerte precoz de un niño inocente, sobre todo del que pertenece a la propia comunidad y hunde sus raíces en el santo pueblo fiel de Dios, como dice el Papa Francisco. Ceferino representa cabalmente como Domingo Savio la espiritualidad juvenil salesiana, el joven bueno y santo que madura tempranamente una vocación sacerdotal. Es el aspecto bonaerense y citadino de Ceferino. Pero también Ceferino ha calado hondo en la imaginación de la pampa argentina, a la vez criolla e indígena, en los pueblos desvalidos del interior, donde su figura como la de muchos otros santos populares se revela próxima, tutelar y bienhechora.


Notas

* Licenciado en Sociología. Profesor titular del Instituto de Sociología y profesor de la Escuela de Gobierno de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales del 2013 al 2021. Director de la revista Humanitas y de la Encuesta Nacional Bicentenario, coordinador de la Comisión UC para el análisis de la crisis de la Iglesia, autor de numerosas publicaciones en sociología de la cultura y de la religión.
[1] Término mapundungun que quiere decir ‘territorio circundante’. Se refiere al territorio que los mapuches y otros pueblos habitaron históricamente en los actuales territorios nacionales chileno y argentino.
[2] María Andrea Nicoletti ha sido la principal historiógrafa de Ceferino y muchas de las referencias han sido tomadas de su libro principal, Indígenas y Misioneros en la Patagonia. Huellas de los salesianos en la cultura y religiosidad de los pueblos originarios. Ediciones Continente, 2008.
[3] Pedemonte, Luis; Vida y virtudes de Ceferino Namuncurá. Escuela de Artes y Oficios del Asilo de Huérfanos, Buenos Aires, 1943. Del padre Pedemonte también, Ceferino Namuncurá. Lirio de la Patagonia. Editorial Ceferino, Buenos Aires, 1948 (ambos libros reeditados muchas veces).
[4] Para un análisis de la iconografía ceferiniana, ver Nicoletti, María Andrea; “Ceferino Namuncurá: un Indígena Virtuoso”. Runa XXVII, 2007 (121-145). 
[5] El análisis de esta fotografía se puede encontrar en Nicoletti, María Andrea y Penhos, Marta; “Algo más que una estampita: tensiones entre aboriginalidad y santidad en las imágenes de Ceferino Namuncurá”. Quinto Sol N°14, 2010 (11-46).

Fallece el párroco de Perín, el sacerdote y cooperativista Aurelio Sanz

El religioso murió este jueves en el hospital Santa Lucía, donde permanecía ingresado

Jesús Nicolás

El sacerdote Aurelio Sanz Baeza ha fallecido este jueves en el hospital Santa Lucía de Cartagena, donde permanecía ingresado. Su muerte deja un profundo pesar entre los vecinos del oeste cartagenero, especialmente en Perín, localidad a la que ha estado estrechamente vinculado por su trayectoria pastoral y donde era una persona muy querida y reconocida.

Sanz Baeza, sacerdote de la Diócesis de Cartagena, fue también nombrado en 2022 por el obispo José Manuel Lorca Planes párroco de Santiago Apóstol de Cuesta Blanca, cargo que desempeñaba junto a sus demás responsabilidades pastorales. El nombramiento figura en los decretos de la Diócesis de aquel año.

Formado en el espíritu de la Fraternidad Sacerdotal de Carlos de Foucauld, defendía una Iglesia próxima, sencilla y comprometida con las periferias. En una entrevista concedida en 2016 a la Diócesis de Málaga explicaba que los sacerdotes de esta fraternidad viven su carisma desde las parroquias y otros ámbitos de la sociedad, tratando de compartir las condiciones de vida de los más pobres y practicando una «pastoral de la amistad».

También desempeñó responsabilidades internacionales dentro de la Fraternidad de Carlos de Foucauld. En aquella entrevista señalaba que su labor consistía, entre otras cosas, en visitar y acompañar a las fraternidades repartidas por distintos países y conocer de primera mano sus proyectos y realidades. Ese compromiso con los más necesitados se plasmó también en su trabajo de cooperación internacional. Durante años estuvo vinculado a la Fundación Tienda Asilo de San Pedro de Cartagena y al proyecto WEND BE NE DO, desarrollado en Burkina Faso para atender a personas afectadas por el VIH y a personas con discapacidad.

Otro de los episodios que Sanz compartió con los medios de comunicación fue, cuando en enero de 2016, un atentado terrorista le pilló de paso en Estambul. El sacerdote se encontraba en la ciudad turca haciendo escala junto a otros cooperantes de la Fundación Tienda Asilo de San Pedro antes de continuar hacia la capital del mencionado país africano, Ouagadougou.

La concejal socialista y vecina de Galifa Isabel Andreu recordó este jueves a Sanz como «un hombre bueno» y lamentó su pérdida. Destacó especialmente su compromiso con las personas más necesitadas y su implicación en la vida cotidiana de los pueblos del oeste de Cartagena. Andreu recordó también su preocupación por los conflictos internacionales y, en particular, las constantes llamadas a la paz que el sacerdote realizó durante los últimos años a raíz de los ataques de Israel sobre Gaza y Cisjordania.

«El 1 de septiembre iban a hacer 40 años de que le nombraron sacerdote del pueblo. Vino de la parroquia de Santa Lucía. Siempre estuvo muy implicado y vivía aquí en Perín, además. Era socio nuestro también», recordó el presidente de la asociación de vecinos de Perín, Bartolomé Gimeno. «Era un hombre de charla amena, que hablaba de tú a tú. De conversación muy cercana. Y por supuesto era uno más en el local social. Siempre le reclamaban para cualquier cosa», añadió.


Aurelio nos espera en el Reino de Jesús, el Reino de Vida, de Paz y Justicia por el que el trabajó incansablemente sirviendo al Señor en la presencia de los más pobres y vulnerables.

Damos gracias con el corazón lleno de dolor pero también de gozo por el don de su vida repartido desde su ministerio sacerdotal como pan y alimento en nombre de Jesús para todos nosotros, para los feligreses de Perin, para los hermanos de la Fraternidad sacerdotal, los hermanos de las fraternidades seglares de Foucauld, para las Hermanitas del Evangelio, para los desheredados de Torrre de Nazaret y para su gran familia de Wend Be Ne Do en Burkina Faso.

Desde el Reino seguirá presente entre nosotros a través del Espíritu Santo y de la gran herencia que nos deja.

Meteora, seis monasterios suspendidos en el aire

Fotografia: Detalle del acceso  al monestiro de Roussanou. Wikimedia Commons sota llicència C. C. 4.0

Alba Martorell Cid

Vista des d'un dels monestirs.
Fotografia: Vista desde uno de los monestiros. Wikimedia Commons sota llicència C. C. 4.0.

Meteora, en el centro de Grecia, es uno de los principales centros espirituales de la Iglesia Ortodoxa Griega, con monasterios suspendidos en formaciones rocosas.


Hay pocos lugares en el mundo donde la geografía y la espiritualidad parezcan tan inseparables como en Meteora. En el centro de Grecia, cerca de los pueblos de Kastraki y Kalambaka, decenas de inmensas agujas de roca se alzan repentinamente sobre la llanura de Tesalia. En la cima de algunas de estas formaciones, se conservan los monasterios de Meteora, uno de los principales centros espirituales de la Iglesia Ortodoxa Griega y una de las imágenes más emblemáticas del cristianismo oriental.

Cada año, cientos de miles de personas recorren sus carreteras y escaleras para contemplar un paisaje único, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1988. Para muchos es una visita imprescindible durante un viaje a Grecia; para otros, sigue implicando una peregrinación hacia un lugar de silencio y retiro que mantiene viva una tradición monástica de más de seiscientos años.

Para Maria Rosa Ocaña, miembro de la Iglesia Ortodoxa del Patriarcado de Serbia, delegada en diálogo interreligioso, miembro del GTER y colaboradora en Catalunya Religió, Meteora “es un lugar al que se va por ascetismo, para estar más cerca de Dios. Es silencio, oración y contemplación”, resume. Según explica, la fuerza del paisaje no es solo estética: las grandes rocas que sostienen los monasterios expresan el deseo de los monjes de separarse del mundo para dedicarse plenamente a la vida espiritual.

Los orígenes de Meteora

Las cuevas y simas de la región, como la de Teopetra, habían sido habitadas durante la prehistoria; pero la literatura griega y los mitos clásicos no hacen referencias explícitas al conjunto paisajístico de Meteora. Los primeros indicios de ermitaños que se instalan en este lugar se encuentran en los siglos IX y X. Buscaban un lugar inaccesible donde poder vivir alejados del mundo para dedicarse a la oración continua, siguiendo la tradición de los antiguos Padres del Desierto de Egipto y Siria, considerados los fundadores del monaquismo cristiano oriental.

Aquellos primeros ascetas habitaban cuevas naturales y pequeñas cavidades excavadas en la roca. Solo bajaban periódicamente hasta una pequeña iglesia situada a los pies de las montañas para celebrar conjuntamente la liturgia. La vida monástica organizada comenzó más adelante, en el siglo XIV, en un contexto de inestabilidad política provocada por la descomposición del Imperio Bizantino y la expansión otomana.

Hacia 1344, el monje Atanasio de Meteora, procedente del Monte Athos, el gran centro del monaquismo ortodoxo, fundó el Gran Meteoro, el primer monasterio del conglomerado. Esta denominación, que en griego significa ‘suspendido en el aire’, acabaría identificando todo aquel paisaje.

Durante los siglos XV y XVI se vivió la época de esplendor. Nobles, emperadores bizantinos y gobernantes de los principados rumanos financiaron la construcción de nuevos conventos, iglesias y bibliotecas. En su momento de máximo desarrollo hubo veinticuatro monasterios, además de numerosas ermitas y celdas eremíticas repartidas entre las rocas.

La tradición monástica ortodoxa

Meteora no es un museo al aire libre. Ocaña explica que Meteora “fue el centro monástico más importante de la ortodoxia después del Monte Athos”. No obstante, de los veinticuatro monasterios históricos, solo seis continúan en funcionamiento: el Gran Meteoro, Varlaam, San Nicolás Anapafsas y la Santísima Trinidad, habitados por comunidades masculinas; y Roussanou y San Esteban, que hoy son conventos de monjas. El resto fue desapareciendo progresivamente.

A diferencia del monaquismo occidental, los monasterios de Meteora no forman parte de una orden religiosa. Pertenecen a la Iglesia Ortodoxa Griega y siguen la tradición espiritual oriental inspirada en san Basilio el Grande, una de las figuras más importantes del cristianismo de los primeros siglos. Cada monasterio es una entidad con autonomía, regida bajo la autoridad del obispo correspondiente y en comunión con el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla.

Cada uno conserva su propio calendario litúrgico y celebra con especial solemnidad la fiesta de su titular, momento más importante del año para la comunidad. Destacan la Transfiguración del Señor el 6 de agosto, celebrada en el Gran Meteoro y en Roussanou; san Nicolás el 6 de diciembre; la Santísima Trinidad el lunes después de Pentecostés, y san Esteban el 27 de diciembre. Estos días los monasterios celebran largas vigilias, la Divina Liturgia y acogen numerosos fieles ortodoxos.

¿Qué pasó con los otros monasterios?

Las causas son diversas. Algunos quedaron abandonados durante los siglos XVII y XVIII como consecuencia de la disminución de vocaciones. Otros sufrieron los efectos de guerras, saqueos o incendios. Durante la Segunda Guerra Mundial, varios edificios fueron bombardeados o expoliados por las tropas alemanas e italianas, mientras que la Guerra Civil Griega terminó de acelerar su decadencia.

En algunos casos, solo se conservan las ruinas; en otros, pequeñas capillas excavadas en la roca o restos de las antiguas cisternas y dependencias monásticas. Todavía hoy, caminando por los senderos de Meteora, es posible descubrir vestigios de aquella extensa red de hermandades que un día convirtió estas montañas en uno de los grandes epicentros de la ortodoxia.

Una peregrinación vertical

Durante siglos, llegar a los monasterios era una auténtica prueba física. No había escaleras excavadas en la roca ni carreteras. Maria Rosa recuerda que este aislamiento respondía también a una opción espiritual. Hasta bien entrado el siglo XX, “tenían que subir con cuerdas, redes y cestas”. Aquel sistema, más que una simple dificultad de acceso, simbolizaba la separación entre la vida monástica y el mundo.

Las escaleras actuales, construidas principalmente durante el siglo XX, han facilitado enormemente las visitas, pero la llegada a los monasterios sigue exigiendo un cierto esfuerzo. Para muchos, la subida mantiene un valor simbólico: la ascensión recuerda que toda búsqueda espiritual implica dejar atrás, aunque sea temporalmente, los ritmos de la vida mundana.

Meteora invita a alzar la mirada

“Prácticamente todos los grandes monasterios de tradición ortodoxa custodian reliquias de santos y son lugares de peregrinación”, recuerda Ocaña. En este amplio mapa, Meteora ocupa un lugar destacado, junto a otros sitios como Tierra Santa, el Monte Athos, Ostrog, Rila o las grandes lavras de Ucrania y Rusia.

Para quien quiera comprender esta espiritualidad desde dentro, Ocaña recomienda una lectura convertida en un clásico de la literatura religiosa oriental: Relatos sinceros de un peregrino ruso a su padre espiritual, editado en catalán por Sebastià Janeras (Pagès Editors, 2012). La obra narra el camino de un peregrino anónimo que recorre Rusia buscando aprender a vivir la oración incesante, una búsqueda interior que resume buena parte del espíritu de la peregrinación ortodoxa.

Con todo, las rocas de Meteora aún hoy transmiten la misma intuición que llevó a los primeros ermitaños a establecerse allí hace más de mil años: a veces, el silencio, la belleza y la altura pueden ayudar a orientar la mirada hacia lo trascendente. En un mundo cada vez más acelerado, estos monasterios suspendidos en el aire son, sobre todo, una invitación a alzar la mirada.

Fuente: Monasterios de Meteora, patrimonio espiritual en Grecia | Catalunya Religió: Portal religioso de Cataluña | Alba Martorell Cid

Kanwar Yatra, el agua sagrada y las carreteras naranja

Mujeres con los 'kalash' para transportar el agua sagrada durante el Kanwar Yatra

Foto: Mujeres con los ‘kalash’ para transportar el agua sagrada durante el Kanwar Yatra. Camba bajo licencia CC

Alba Martorell Cid

Peregrinos y sacerdotes cogiendo agua del Ganges durante el Kanwar Yatra
Fotografía: Peregrinos y sacerdotes cogiendo agua del Ganges durante el Kanwar Yatra. Aktron, Wikimedia Commons bajo licencia CC 4.0.

El Kanwar Yatra es la peregrinación hindú donde millones de personas transportan agua sagrada del Ganges hasta el templo de Chiva.

Con la serie Geografías de la fe, desde Catalunya Religió os proponemos un recorrido por algunos de los grandes lugares de peregrinación del mundo de la mano de una persona que nos lo presenta y explica su importancia.

Cada verano, cuando llega el mes hindú de Shravan (entre julio y agosto), las carreteras del norte de la India se tiñen de naranja. Millones de personas recorren cientos de kilómetros a pie cargando sobre sus hombros una estructura de madera decorada con flores, telas y banderolas. En ambos extremos cuelgan dos recipientes llenos de agua del Ganges que los peregrinos transportan con cuidado extremo hasta el templo de Chiva de su pueblo o ciudad. Es el Kanwar Yatra, probablemente la peregrinación anual más multitudinaria del mundo.

A diferencia de otros grandes itinerarios del hinduismo, como Char Dham o Chota Char Dham, Kanwar Yatra no conduce hacia un único santuario. El centro de la peregrinación es el mismo camino y la ofrenda que el peregrino realiza al final del recorrido. El agua recogida en el Ganges se vierte sobre un lingam —el símbolo de Chiva— como acto de devoción, gratitud o petición.

Para Òscar Pujol Riembau , doctor en sánscrito por la Banaras Hindu University, ex director del Instituto Cervantes de Nueva Delhi y antiguo director de los programas educativos de Casa Asia, Kanwar Yatra sólo se entiende si se comprende el papel central que tiene la peregrinación en el hinduismo. Autor de los diccionarios Sánscrito-Catalán y Sánscrito-Español , así como de las traducciones de la Bhagavadgita y los Yogasutra , entre otros, considera que «la peregrinación es una forma democrática de la religión. Lo puede hacer cualquiera. En cambio, los antiguos sacrificios védicos requerían sacerdotes y eran muy costosos».

Del sacrificio a la peregrinación

Éste es, según Pujol , uno de los grandes cambios que experimentó la religión hindú hace más de dos mil años. Mientras prepara la primera traducción directa al castellano y catalán del Mahabharata desde el sánscrito, ha vuelto a leer los capítulos dedicados a las peregrinaciones y ha encontrado una idea que considera fundamental: «Los textos explican que hacer una peregrinación puede dar el mismo fruto espiritual que los grandes sacrificios védicos», señala. De esta forma, una práctica reservada antiguamente a las élites se transformaba en una experiencia abierta a todo el mundo.

Kanwar Yatra es uno de los mejores ejemplos. No exige conocimientos religiosos ni grandes recursos económicos. Sólo hace falta disposición para andar, soportar el esfuerzo físico y cumplir el voto hecho en Chiva.

Llevar el agua sagrada

La peregrinación comienza en ciudades sagradas bañadas por el Ganges, especialmente Haridwar, Gangotri o Gaumukh. Allí los fieles llenan los recipientes de la kanwar con agua considerada sagrada y emprenden el camino de regreso.

La norma principal es que el agua nunca toque el suelo. Por eso los recipientes cuelgan en ambos extremos de una estructura equilibrada sobre los hombros y, cuando los peregrinos descansan, la colocan sobre soportes especialmente preparados. Muchos hacen todo el recorrido descalzos y, algunos, incluso mantienen ayunos o períodos de silencio como parte de su promesa religiosa.

Cuando llegan a su destino, vierten el agua sobre el lingam de Chiva durante la festividad de Shravan Shivratri , culminando así un acto de devoción que combina esfuerzo físico, disciplina y oración.

El baño, un acto de purificación

Pero para los hindúes la peregrinación no consiste únicamente en llegar a un templo. El contacto con el agua sagrada es parte esencial de la experiencia religiosa. «Pensamos a menudo al visitar un santuario, pero en la India el baño es fundamental», explica Pujol . «Cuando no es posible bañarse, al menos se toca el agua sagrada. Sin tener en cuenta la importancia ritual del baño es muy difícil comprender una peregrinación hindú».

El agua del Ganges es purificadora, capaz de eliminar las impurezas acumuladas. Esta dimensión ritual se inscribe en una tradición muy antigua en la que el agua ocupa un lugar central en la vida religiosa cotidiana.

Pedir, dar gracias y transformarse

Los motivos que llevan a millones de personas a participar en el Kanwar Yatra son muy diversos. Algunos cumplen una promesa hecha después de haber superado una enfermedad o dificultad. Otros piden salud, trabajo, prosperidad o protección para la familia. También los hay que buscan una renovación espiritual.

Según Pujol, esta variedad de intenciones forma parte de la forma en que el hinduismo entiende la vida religiosa: «Se puede pedir desde encontrar a un buen marido para la hija hasta alcanzar la liberación espiritual. No hay una contradicción entre las necesidades materiales y las espirituales; son diferentes niveles del mismo camino».

Una tradición plenamente viva

Durante las últimas décadas, el Kanwar Yatra ha experimentado un espectacular crecimiento. Cada año participan decenas de millones de personas, hasta el punto de que muchos estados del norte de la India cierran carreteras, habilitan carriles exclusivos e instalan campamentos provisionales para que los peregrinos puedan descansar.

Este aumento de participantes también ha ido acompañado de nuevos retos logísticos, medioambientales y de seguridad. Sin embargo, el fenómeno pone de manifiesto la vitalidad de la peregrinación dentro del hinduismo contemporáneo.

«Las peregrinaciones siempre han sido importantes, pero hoy aún más», observa Pujol . «India ha prosperado económicamente y cada vez hay más personas que pueden desplazarse. Algunos santuarios del Himalaya, por ejemplo, ya sufren problemas de masificación».

Cuando un sitio se convierte en sagrado

La India está llena de santuarios, templos, ríos y montañas que atraen a peregrinos. Muchos aparecen ya en los grandes textos épicos, como Ramayana y Mahabharata , y conservan una tradición de más de dos mil años.

Pero la geografía sagrada india va mucho más allá. “Cualquier sitio puede convertirse en un lugar de peregrinaje si se percibe una presencia sagrada”, relata Pujol . Recuerda el caso de un asceta que vio instalarse bajo un árbol en Benarés. Sin decir prácticamente nada, la gente empezó a traerle comida ya pedirle bendiciones. Con el tiempo, ese lugar se fue convirtiendo en un espacio venerado. “En India todavía existe esa capacidad para que nazcan nuevos sitios sagrados”, concluye.

Esta convivencia entre santuarios milenarios y espacios de devoción surgidos espontáneamente es una de las características más singulares del hinduismo. De alguna forma, el Kanwar Yatra constata que, para millones de hindúes, el camino es mucho más que un desplazamiento. Es una forma de vivir la fe con el cuerpo, con el esfuerzo y con la convicción de acercarse, a cada paso, a lo divino.

Mirar adentro

Garry Wills revisita a San Agustín para explorar cómo sus contradicciones, conversiones e introspección marcaron la religión y el pensamiento occidental.

Armando González Torres

Garry Wills (1934) es un conocido y aclamado historiador estadunidense, así como un combativo católico que, desde su muy personal concepción de la fe, ha cuestionado lúcida y severamente la jerarquía y las usanzas contemporáneas de la Iglesia. Hace un par de décadas publicó una semblanza, tan concisa como memorable, sobre uno de los miembros más carismáticos de la hagiografía católica: San Agustín (hay edición en español en Mondadori, 2001). El libro de Wills muestra cómo este refinado pagano, licencioso ejemplar y genial filósofo logró, desde la periferia geográfica, modelar su religión y, de paso, el pensamiento de Occidente. Su vida es muy conocida. Agustín nace en una alejada provincia romana en lo que hoy es Argelia con una madre católica que busca infundir su fe en el pequeño. Al futuro santo, de niño le gustan los espectáculos de osos y las peleas de gallos y, de joven, le fascinan las mujeres (tanto que se hace padre adolescente y vive en una relación monógama de más de quince años con su concubina). Su excepcional talento retórico y su habilidad para codearse con los ricos le abren las puertas del estudio y el ascenso intelectual. Insatisfecho con la religión familiar, se adhiere a diversos cultos y escuelas de pensamiento (el maniqueísmo, el neoplatonismo), viaja a Europa en busca de horizontes y, pasados los treinta años, termina redescubriendo el catolicismo. Tras esa conversión, se arrepiente de su vida pretérita, despide a su concubina y a su hijo y se ordena sacerdote. Agustín regresa a África de donde ya nunca saldrá, predica con entusiasmo a su grey, participa en la organización de la iglesia y las interminables controversias religiosas y escribe copiosamente tanto sobre los temas perentorios de la época como sobre las eternas preguntas. Su accidentada formación que mezcla filosofías y religiones, sus hondas contradicciones vitales y su lucidez para plantearlas lo hacen un auténtico adelantado a su tiempo.

Cierto Wills se opone a las lecturas simplistas de Agustín y sitúa su obra cumbre, “las confesiones”, en su justo contexto, es decir, más que meras confidencias en el sentido moderno que antecederían a ejercicios con el psicoanálisis o la llamada auto-ficción, son un imponente testimonio intelectual, filosófico y religioso. Con todo, lo que resulta más seductor para sus lectores actuales es el ejercicio de introspección y soliloquio (diálogo con los muchos que habitan en uno mismo) que emprende. Para Agustín, el interior de uno mismo puede ser un escondrijo insondable o un fecundo misterio en el que es posible ingresar a través de la inteligencia y el apego a la verdad. Así, en sus confesiones, el examen sincero de sus días viejos le da la capacidad de iluminar y apreciar su presente. Las confesiones constituyen entonces una mezcla de órdenes de escritura: un franco, casi crudo, registro íntimo, una biografía intelectual y, sobre todo, el vívido relato de las querellas, dentro de un mismo individuo, entre sus demonios y su gracia.

Fuente: https://www.milenio.com/cultura/laberinto/mirar-adentro-la-introspeccion-de-san-agustin

¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Una respuesta desde las piedras vivas del pueblo y los márgenes de la historia

Jesús Lozano Pino

El polvo del camino se asentaba bajo el sol ardiente de Cesarea de Filipo. Jesús caminaba entre los suyos cuando detuvo el paso, giró sobre sus talones y los miró fijamente:

—Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

La pregunta, que un día halló respuesta en la voz firme de Pedro, sigue resonando viva en el corazón de la historia. Y junto a la confesión de los primeros apóstoles, toman la palabra aquellos que continuaron encarnando la misma carne sufriente del pueblo:

—Tú eres el Dios crucificado en los crucificados de la historia —tomó la palabra primero Ignacio Ellacuría, con la voz firme del pensador que atisba la verdad desde la masacre—. Eres la presencia que juzga la barbarie de los imperios y que exige que bajemos de la cruz a los pueblos oprimidos.

A su lado, Óscar Romero dio un paso al frente, ajustándose el pectoral de obispo y mirando al maestro con la calidez de quien oyó el clamor de las víctimas:

—Tú eres la voz de los sin voz, Señor. Eres el Dios defensor de los pobres, el que nos exige que la Iglesia no sea un refugio cómodo, sino el cuerpo dispuesto a correr la misma suerte del campesino despojado.

Un hombre flaco, con gafas redondas y sonrisa paciente, Gustavo Gutiérrez, dio un paso adelante, guardando en el bolsillo de su chaqueta un cuaderno manchado de polvo:

—Tú eres el Cristo liberador, el amigo de la vida que irrumpe en la no-persona. Eres la garantía de que la salvación no es un trámite intimista del cielo, sino la transformación radical de esta historia donde los pobres tienen hambre de pan y de Dios.

Desde el fondo, descalzo y envuelto en su vieja cruz de madera de palisandro, Pedro Casaldáliga alzó los brazos mirando los horizontes de Mato Grosso:

—Tú eres la Causa por la que vale la pena jugarse la vida entera. Eres el Dios hecho peón sin tierra, indio y negro; el Cristo encarnado en los anhelos de nuestro pueblo. Tú eres la utopía viva que nos prohíbe resignarnos ante el capital y la muerte.

Hélder Câmara, pequeño de estatura, pero gigante en serenidad, juntó sus manos temblorosas y sonrió con dulzura:

—Tú eres la Paz que nace de la Justicia, el Pastor de los arrabales. Eres quien nos recuerda que si damos pan al pobre nos llaman santos, pero si preguntamos por qué no tiene pan, nos llaman comunistas. Pero yo sé de quién me he fiado, Señor…

Un teólogo de palabra clara y mirada profunda, José María Castillo, intervino con la firmeza del Evangelio despojado de oropeles clericales:

—Tú eres la subversión de los poderes religiosos y políticos. Eres el Dios humanizado que antepuso la compasión al culto del templo, el que nos enseñó que el único dogma verdaderamente sagrado es la dignidad del ser humano y no los tinglados que a veces montamos.

Finalmente, el Papa Francisco, vistiendo su sencilla sotana blanca, dio un paso adelante. Con voz pausada y mirada atenta al sufrimiento del mundo, dijo:

—Tú eres el rostro de la misericordia del Padre. Eres el Dios que nos pide una Iglesia pobre para los pobres, una Iglesia en salida que no tema mancharse con el barro de la historia y que clame contra esta economía que mata. Eres la certeza de que el llanto de la tierra y el llanto de los pobres no le son indiferentes al Cielo.

Jesús recorrió la mirada por cada uno de ellos. Vio sus ropas sencillas, sus manos desgastadas, sus arrugas talladas por el compromiso y la entrega total. Sonrió con la compasión del Señor de la Vida y dijo:

—Sobre estas vidas entregadas hasta el extremo por el Reino, y sobre tantas otras que hoy siguen encendiendo la esperanza en los márgenes de la tierra, quiero seguir construyendo mi Iglesia.

FUENTE:https://www.religiondigital.org/hacer_realidad_lo_posible-_jesus_lozano_pino/decis-respuesta-piedras-vivas-pueblo_132_1464354.html

Aprender a esperar

Hay aprendizajes que no aparecen en ningún programa de estudios, pero que terminan sosteniendo toda una vida profesional. Uno de ellos es aprender a esperar. Vivimos inmersos en una lógica de inmediatez. Queremos respuestas claras, resultados rápidos, certezas. Nos hemos acostumbrado a pensar que avanzar significa necesariamente hacer algo. Pero la vida real, y muy especialmente la vida de quienes trabajamos en salud, se parece poco a ese ideal.

Los primeros cristianos tenían una palabra luminosa para hablar de esto: hypomoné. Solemos traducirla como paciencia o perseverancia, pero significa algo más profundo. Es permanecer. Permanecer bajo el peso de una situación sin huir de ella. Sostener la espera sin desfallecer.

El relato del profeta Elías en el monte Horeb (1 Reyes 19) siempre me ha parecido conmovedor. Elías espera encontrarse con Dios y todo parece anunciar una manifestación extraordinaria. Llega un viento tan fuerte que quiebra las rocas. Después, un terremoto. Luego, el fuego.

Pero el texto repite algo desconcertante: Dios no estaba allí. Finalmente aparece aquello que el hebreo describe como qol demamá daqqá: algo así como «la voz de un silencio tenue».

Simone Weil comprendió muy bien esta relación entre espera y atención. Para ella, atender verdaderamente significa vaciarse por un momento de uno mismo para recibir al otro. La atención no invade ni se precipita. Espera. Y esa actitud tiene mucho que decirnos en Medicina. Escuchar a un paciente también exige suspender por un instante nuestras respuestas preparadas, nuestros algoritmos e incluso nuestra necesidad de resolver.

Carlos de Foucauld llevó esa intuición a su propia vida. Se sintió profundamente atraído por los años ocultos de Jesús en Nazaret: décadas de existencia corriente, sin discursos públicos, sin reconocimiento, sin resultados que mostrar. Comprendió que también allí podía existir una vida plenamente fecunda. Por eso eligió permanecer, incluso cuando los frutos de su propia vocación parecían invisibles.

Hay momentos en que la Medicina puede intervenir y otros en que debe aprender a acompañar. A veces, frente al sufrimiento, no tenemos una solución inmediata. Pero todavía podemos escuchar, mirar, sostener una mano, guardar silencio y permanecer.

En una sociedad obsesionada con la productividad, quedarse puede parecer poco. Sin embargo, quizá algunas de las dimensiones más profundas de la vocación nacen precisamente allí. Porque la confianza, el cuidado y la esperanza no siempre necesitan a alguien que tenga una respuesta. A veces necesitan, simplemente, a alguien que permanezca.

Nicolás Saá Muñoz, Académico del Instituto de Bioética de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)

Fuente: https://g5noticias.cl/2026/08/21/la-espera-y-el-susurro-en-salud-por-nicolas-saa-munoz-academico-del-instituto-de-bioetica-de-la-facultad-de-medicina-de-la-universidad-catolica-de-la-santisima-concepcion-ucsc/