Carlos de Foucauld, o «soñar con un mundo que sea eternamente ‘Jesús’

«Sus enseñanzas encajaban plenamente en un grupo de personas ‘normales’ que hacían bandera de la amistad como semilla del amor fraterno, universal»

«Nos sentimos familia para ofrecer familia también, con el respeto a las identidades de cada uno y a los procesos personales, que evidentemente no llevan siempre la misma velocidad»

«Murió solo, pero ha dado fruto abundante en muchos hombres y mujeres, religiosos y laicos»

07.06.2020

La ‘familia’ foucouldiana, desde sus diversas sensibilidades en España y en el mundo, ofrece sus correspondientes testimonios de búsqueda espiritual comunitaria, personal e inspirada en el hermano Carlos de Foucauld, a la luz de su anunciada canonización.

Asociación Familia Carlos de Foucauld en España

Hoy es un gran día de fiesta para nuestra Familia Espiritual, para la Iglesia que sirve a Dios y para los pobres en general. Hemos conocido la noticia justo el día de la celebración de Pentecostés, una de las fiestas vividas más profundamente por Carlos de Foucauld. El Espíritu lo fue guiando en su búsqueda al lugar más inhóspito y pobre, Tamanrasset. Allí forma una «Zaouïa» (Fraternidad), esta era su casa.

Siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios. ¿»Hay alguna cosa más dulce en el mundo que hacer la voluntad de Aquel a quien se ama»?. Soñar para mañana un mundo que sea finalmente y eternamente «Jesús», su Modelo Único, practicando el apostolado de la bondad. La novedad de su mensaje es vivir Nazareth, vida humilde y pobre.

Las Fraternidades, que vivimos su carisma, generalmente queremos hacer en lo posible, la imitación de Nazaret en humildad, pobreza y «Dernière place» (último lugar); buscando el equilibrio entre Contemplación y Acción.

La acogida entre nuestras Fraternidades en unión como ramas de un mismo árbol. Queremos continuar el deseo de Carlos de Foucauld de ser una Fraternidad Universal. Nos comprometemos en nuestra sociedad, cada una en donde le ha tocado vivir, en compromiso con los más desfavorecidos que son nuestros hermanos.

Esta gran satisfacción y alegría que nos produce su canonización nos ayudará y nos dará fuerza para continuar viviendo nuestro Carisma en profundidad. Damos gracias a Dios por tan gran obra.

Comunitat de Jesús

La Comunitat de Jesús fue iniciada por el laico Pere Vilaplana a finales de los años 60. En septiembre de 1968, en la ermita de la Santa Creu, en la montaña de Montserrat, el monje ermitaño Estanislau Llopart recibía los compromisos de los primeros hermanos. Actualmente conformamos la Comunitat de Jesús 43 hermanos y hermanas: casados, solteros y un hermano consagrado en el celibato.Vivimos en diversas localidades de Catalunya, País Valenciano, Aragón y Baleares, cada uno en su domicilio. Uno de los inspiradores de nuestro carisma ha sido, y es, Carlos de Foucauld, así como Albert Peyriguère, seguidor también de Foucauld, en el Kbab (Marruecos) en los años 50. El conocimiento de ambos se gestó en las primeras biografías de Foucauld y en unas cartas de Peyriguère recogidas en “Dejad que Cristo os conduzca”.La visión en la etapa final de Foucauld de promover la encarnación del evangelio en el laicado, recuperando el modelo de Priscila y Aquila, también en el mundo occidental, y no solo en los países musulmanes, encajaba plenamente en un grupo de personas ‘normales’ que hacían bandera de la amistad como semilla del amor fraterno, universal.

Espiritualidad en el desierto según Carlos de Foucauld
Espiritualidad en el desierto según Carlos de Foucauld

Amigos en el Amigo, viviendo la vida de Nazaret en los entornos laborales, sociales y de Iglesia. Nuestro estilo de vida no tiene nada de particular: los mismos problemas, las mismas ilusiones, los mismos dolores, que cualquier ciudadano, pero con la inquietud de impregnarnos del proyecto del Dios-Amor, revelado en Jesús. Oración, trabajo del evangelio, formación con la ayuda de muchos, compartir la vida -en serio-, los bienes materiales según posibilidades, los espacios que posee la Comunitat de Jesús en el pueblo de Tarrés, Lleida, implicación en compromisos sociales y con la Iglesia, sin ninguna actividad apostólica predominante.La vinculación a la comunidad nos empuja a seguir creciendo, a no acomodarnos a los reclamos del mundo, tan tentador siempre. A sentirnos familia para ofrecer familia también, con el respeto a las identidades de cada uno y a los procesos personales, que evidentemente no llevan siempre la misma velocidad. Recibimos la noticia de la próxima canonización de Carlos de Foucauld desde la alegría de formar parte de su Familia Espiritual, desde los años 80. Esta familia, para nosotros, ha sido un soporte y una riqueza inmensa. Acogemos la canonización bajo el anhelo de que sirva para inspirar a otros en una vida encarnada en la sencillez, arraigada en la profundidad del silencio, que es Palabra, en la autenticidad del Amor, que es Proyecto, desde el anonimato que convive con todos, pero enfoca directamente a los más desfavorecidos, a los últimos de los últimos, como repetía Foucauld. Murió solo, pero ha dado fruto abundante en muchos hombres y mujeres, religiosos y laicos, y seguirá siendo espejo para reflejar la esencialidad de su enamorado, Jesús, la esencialidad del pan partido y encarnado entre los más humildes y en todo ser humano.

Espiritualidad
Espiritualidad

Comunidad ecuménica Horeb

El hermano Germán, regional de la CEHCF en Brasil, nos envía un whatsaap que dice así: «Estamos muy alegres por este acontecimiento anunciador de vida, vida plena para el mundo». La canonización del hermano Carlos de Foucauld es un acontecimiento de vida para la Iglesia y el mundo porque va en la línea del papa Francisco, que en palabras del obispo Pere Casaldàliga, quiere «una Iglesia vestida de Evangelio y calzada con sanda-lias». Foucauld puede ayudar a la Iglesia de hoy a «volver a Nazaret»: Una Iglesia pobre, sencilla, fraterna, acogedora, a imitación de la santa Familia de Nazaret.

La CEHCF es una unión espiritual de personas que constituyen un «monasterio invisible en la comunión de los santos». Esta comunidad la integran personas que bajo Los consejos evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld, hacen el compromiso ecuménico de pedir todos los días por la unión de los cristianos y que las Iglesias, Religiones y las Naciones se dejen conducir por el Espíritu de Jesús, el Cristo.

La CEHCF fue fundada, como lugar físico de acogida y oración en 1978, por José Luis Vázquez Borau, en el Poblado de Sn Francisco de Huercal-Overa (Almería), con la bendi-ción del obispo de entonces Don Manuel Casares Hervás, y funcionó hasta 1982, que tu-vieron los hermanos y hermanas que dispersarse por diversas circunstancias. Pero en Pentecostés de 2006 la CEHCF recibió un nuevo impulso constituyéndose Fraternidades Horeb por todo el mundo.

Capilla de comunidad seguidora de Carlos de Foucauld
Capilla de comunidad seguidora de Carlos de Foucauld

Fue reconocida ad experimentum como Asociación privada de fieles el 19 de junio de 2014, por el cardenal de Barcelona Mons. Luis Martinez Sistach y el 20 de junio de 2018 el Cardenal Juan José Omeya Omella, arzobispo de Barcelona, firmó el decreto de constitución definitiva de la misma como Asociación privada de fieles. El año 2020 la CEHCF ha sido acogida en la Asociación Familia Foucauld España. En la actualidad hay presencia de la CEHCF en quince países del mundo.

Fraternidad Carlos de Foucauld

Al llegarme la noticia de la Canonización del hermano Carlos de Foucauld, tuve una sensación muy dispar, de alegría, cómo no, pero al mismo tiempo de desconcierto, ¿y ahora qué?. Veníamos hablando en la Asociación de la Familia del Hermano Carlos, de esta posibilidad, especialmente desde la beatificación y siguiendo aunque de lejos los trabajos de la Comisión encargada de ese proceso. Después de la impresión inicial… Me surgía la pregunta: Carlos de Foucauld, ¿qué diría ahora?

«Si el grano de trigo no muere….». La primera constatación es, ¿cómo un hombre que deseó ardientemente vivir su experiencia con otros hermanos, que se pasó elaborando estatutos de una Asociación que nunca fue reconocida, a su muerte ha podido generar tantos grupos y formas de vivir el seguimiento de Jesús, en el camino que éste hombre inquieto y siempre en búsqueda inició solo en el desierto?

Carlos de Foucauld, a los altares
Carlos de Foucauld, a los altares

La Fraternidad Carlos de Foucauld, Asociación de Fieles Laicas, es una de ellas, a la que pertenezco: «Está constituida por mujeres que optan por vivir el Absoluto de Dios, en el celibato, según el carisma se Carlos de Foucauld» Es en la vida cotidiana donde los miembros de la Fraternidad, viven su entrega a Dios en libre opción de trabajo, compromisos y formas de vida «. La segunda, ¿podremos sustraernos al «montaje «que toda Canonización lleva….? Seremos capaces, de vivir éste acontecimiento, como un reto para actualizar el mensaje, vivir en profundidad las intuiciones que nos enamoraron de su mensaje, en definitiva: «Volver al Evangelio, ser hermanos universales, en nuestro Nazaret de cada día. Si es así, ¡bienvenida canonización!

Fermina

Fraternidad sacerdotal Iesus Caritas

Hace unos días recibíamos la buena noticia de la próxima canonización del Hermano Carlos de Foucauld. La noticia ha llegado, curiosamente, en esta etapa de confinamiento por el coronavirus. Y, quizá, por ese motivo ha supuesto una sorpresa. Evidentemente, una sorpresa agradable. En tan pocos días no ha sido posible contactar con todos los sacerdotes de la fraternidad sacerdotal pero, el sentir general, con los que he podido compartir, es de alegría y agradecimiento.

Espiritualidad tras Carlos de Foucauld
Espiritualidad tras Carlos de Foucauld

Ese día fueron continuos los mensajes de alegría por parte de los hermanos sacerdotes, así como la comunicación de los distintos ecos que la noticia estaba provocando en la prensa. También hay que subrayar las palabras de felicitación por parte de muchos de nuestros feligreses, sabedores de que nuestra espiritualidad sacerdotal se nutre de la vida y el estilo del hermano Carlos. En este sentido, estoy convencido de que muchos de nosotros habremos recibido mensajes y llamadas de nuestras distintas comunidades parroquiales para felicitarnos. Yo puedo compartir algo de mi experiencia, en ese sentido. Alguna feligresa de mi parroquia, del centro de Valencia, nada más conocer la noticia, la puso en el grupo de whatsapp que tiene la parroquia. Inmediatamente, la comunidad empezó a manifestar su alegría por esta gran noticia, dándome la enhorabuena.

Uno intenta no “condicionar” demasiado a la gente, en sus devociones y en sus santos. Pero, es evidente que, al final, si uno vive la espiritualidad del hermano Carlos, de una forma o de otra, eso lo transmite, lo contagia. En esa reacción inmediata de los feligreses de mi parroquia entendí que, en el poco tiempo que camino con ellos, han captado cuáles son mis fuentes de espiritualidad. No se han quedado, solamente, con la felicitación. Alguien ha propuesto, con la aceptación y el aplauso de todos, que un servidor ofrezca unas charlas o un curso sobre la vida y la espiritualidad del hermano Carlos, porque lo conocen poco. Evidentemente, no puedo decir que no. Tienen derecho a conocer quién es Carlos de Foucauld y por qué la Iglesia lo considera santo.

Hermana de comunidad inspirada en Carlos de Foucauld
Hermana de comunidad inspirada en Carlos de Foucauld

Yo diría, al respecto de la anécdota de mi parroquia, que la próxima canonización del hermano Carlos debe despertar, no sólo la alegría inmensa de que la Iglesia reconozca en su vida un camino de santidad sino, también, la responsabilidad, como sacerdotes diocesanos, de dar a conocer a nuestra gente, a nuestras comunidades, a las personas que servimos y acompañamos, al hermano Carlos y su espiritualidad. Entre otras cosas, porque estamos convencidos de que su espiritualidad de Nazaret no es algo del pasado, sino que sigue teniendo mucha actualidad.

Nazaret proporciona un estilo de presencia y de evangelización que tiene mucho que ver con esa llamada constante y permanente del Papa Francisco a ser cristianos y comunidades “en salida”. Cuanto más profundizamos en la espiritualidad de Carlos de Foucauld más nos damos cuenta de su actualidad. Y, quizá, éste puede ser un buen momento para darla a conocer. Nosotros, como sacerdotes diocesanos; otros miembros de la familia del hermano Carlos, desde su carisma. No cabe duda de que, durante mucho tiempo, hemos sido parcos o tímidos a la hora de hablar del hermano Carlos. Al menos, a mí me lo ha parecido. Pero, si estamos convencidos de que su espiritualidad tiene algo o mucho que aportar a la Iglesia y al mundo de hoy, no podemos privar al Pueblo de Dios, de la vida y el testimonio de un santo que supo encarnar el evangelio, a Jesús mismo, en un contexto difícil, adverso. Su estilo tiene mucho que aportar a la Iglesia de hoy. Como sacerdotes diocesanos, miembros de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas, no podemos sino alegrarnos de la noticia, dar gracias a Dios, y traducir nuestra alegría y agradecimiento, no sólo en un estilo de vida, sino en un modo de hacer llegar a nuestra gente la vida y el testimonio del hermano Carlos. Ojalá acertemos. Un fuerte abrazo y felicidades a toda la Familia de Carlos de Foucauld.

Aquilino Martínez

«La responsabilidad, como sacerdotes diocesanos, de dar a conocer a nuestra gente, a nuestras comunidades, a las personas que servimos y acompañamos, al hermano Carlos»

Fraternidad Secular Carlos de Foucauld de Valencia

«Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él». Ese es el absoluto que descubre el hermano Carlos. Y que sitúa a todo lo demás y a cada persona, como criatura. Y nos ayuda a no asumir protagonismos que no nos corresponden. De ahí el abandono, la adoración, la acción de gracias, el último lugar. Su profetismo nace de ese descubrimiento del Amor de Dios que le lleva al apostolado de la amistad, a Nazaret.

Fue testigo del amor de Dios y su muerte tal vez se debió al miedo y la confusión de un joven… No la entregó en defensa de su fe. Muchos de sus escritos no resisten el paso del tiempo. Como tampoco la forma en que la Iglesia dictamina quién es santo. Los milagros pueden parecer un «poner a prueba» a Dios. Tal vez sea momento de revisarlo. Pero agradecemos sus intuiciones y testimonio, que nos ha abierto caminos de conversión y de vida fraterna.

Como parte de la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld de Valencia quiero destacar su figura como una persona que supo ser profeta sin pretenderlo, legándonos una espiritualidad basada en el abandono propio y aceptación de un Dios que es visible y cercano en todas las criaturas que habitan nuestro mundo. Y no pretendo representar a la totalidad sino mostrar el testimonio agradecido de esa riqueza en la diversidad que representa la Fraternidad.

«Muchos de sus escritos no resisten el paso del tiempo. Como tampoco la forma en que la Iglesia dictamina quién es santo»

Desde lo cotidiano nos sentimos llamadas a recrear la Iglesia con sus grandes y pequeñas contradicciones. Porque nos sabemos acompañadas por esa multitud de testimonios de vida, comunión de santas que ejerciendo su libertad, han hecho crecer el Reino encarnando el Evangelio. Agradecemos al Hermano Carlos y a todas las personas que acogieron la Fraternidad Universal. Es vía para saberse hermana e hija, para compartir con quien sabemos que nos ama y afrontar así nuestras miserias y limitaciones, como personas y como sociedad. Nos despierta a la presencia en lo cotidiano, en la bondad pequeña, en las relaciones, en la acción política y sindical. Nos lleva a la creatividad para encarnar la Palabra, al encuentro en la amistad y la fraternidad como espacio de lucha personal por la coherencia. A la Eucaristía, acción de gracias y alimento, en la que compartimos la vida y nos abrimos al Espíritu. A vivir en los márgenes, situarnos en la periferia, acompañadas por el respeto, la libertad y el cariño. Nos alegramos que las intuiciones del Hermano Carlos sean compartidas y valoradas aunque su canonización no añade nada a nuestra experiencia de fe. Nos gustaría alimentar gestos plenos de significado y esperanza para esta sociedad del siglo XXI, que dieran testimonio de esa lectura del Evangelio encarnada en la vida, que es la fe cristiana. Queremos manifestar que nos sentimos agradecidas porque su vida y la obra que nos legó nos sirven como guía en nuestro camino como personas a las que un día sedujo el evangelio de Jesús de Nazaret.

Isabel Zacarés Escrivà

Espiritualidad, tras la estela de C. de Foucauld
Espiritualidad, tras la estela de C. de Foucauld

Hermanitas de Jesús

Me han pedido un pequeño escrito en nombre de las Hermanitas de Jesús, pero no es esta mi intención, porque creo que hay tantas maneras de reaccionar a la noticia de la canonización del Hermano Carlos como Hermanitas existen en el mundo… Voy a hablar por mí. Estoy en la Fraternidad hace muchos años, desde el pos-Concilio, y lo que me atrajo fue la figura de Carlos de Foucauld, tal como la descubrí en algunos libros y en el testimonio de unas hermanitas que conocí por casualidad. Estaba enamorada de la persona de Jesús y deseaba seguirle en la vida religiosa, pero no sabía dónde… Al conocer al Hermano Carlos intuí que había en él una trayectoria de verdad evangélica, de las bienaventuranzas, donde la contemplación de la Encarnación me llevaba de la mano a compartir mi suerte con la de los más pobres y marginados. Y esto me pareció concretizar de manera bien clara las orientaciones que acabábamos de recibir del Concilio Vaticano II.

Por esto me decidí por la Fraternidad. Mi vida ha sido de altos y bajos, con mucha fragilidad y bastantes huidas, pero con la presencia (muchas veces apenas presentida) de este Jesús descubierto en la juventud, y que ha continuado acompañándome por los caminos del mundo.

Hoy Carlos de Foucauld es reconocido “santo” oficialmente por la Iglesia. ¡No es que no lo fuera ya! A mí casi me gusta más como “santo de la puerta de al lado” que como “santo en los altares”… Las canonizaciones en general me dejan un poco fría. Pero me sorprendo a mí misma alegrándome de verdad con esta celebración, por lo que el “nuevo santo” representa:

Vida comunitaria inspirada en las enseñanzas de C. de Foucauld
Vida comunitaria inspirada en las enseñanzas de C. de Foucauld

Creo que es muy importante para toda la Iglesia actual, tan amenazada de retrocesos y de cierre sobre sí misma, que se reconozca en Carlos de Foucauld uno de los paradigmas de una nueva forma de situarnos como discípulos y discípulas de Jesús en este cambio de época: maravillado por la cercanía de Dios, por lo concreto de la Encarnación (Nazaret), precursor de una nueva forma de evangelización por la presencia y la amistad, tejedor de relaciones impregnadas de un profundo respeto por cada ser humano, de cualquier pueblo, cultura, religión… En resumen: un hombre clave.

Josefa Falgueras

Hermanos del Evangelio

Como congregaciones religiosas bebemos de la intuiciones de Carlos de Foucauld que se inspiran en la vida de Jesús en Nazaret. En ese pueblo perdido de Galilea Jesús creció y pasó la mayor parte de su vida y estamos seguros que esto marcó profundamente su manera de actuar y anunciar la buena noticia del Reino de Dios. Nuestra vocación está marcada por la amistad y el compartir la vida de la gente sencilla, en el trabajo, en el barrio, en sus luchas y alegrías, en sus penas y debilidades… Esa vivencia atraviesa y marca nuestra oración. A través de ese estilo de “Nazaret”, desde lo cotidiano, desde lo sencillo y pequeño, muchas veces aparentemente inútil y poco relevante, esperamos que pueda traslucirse ese gran amor que Dios nos tiene a toda la humanidad.

Sinceramente, la mayoría de los hermanos de Jesús y del Evangelio apenas hemos apoyado la causa de la canonización del hermanos Carlos. El revuelo y el boato que suelen acompañar estos acontecimientos no están en nuestra genética. Más bien tenemos una tendencia innata a huir de ello.

La noticia de la próxima canonización nos llena de alegría, porque estamos convencidos que las intuiciones del hermano Carlos, su modo de relacionarse con su “bien amado hermano y Señor Jesús”, su manera de vivir el “apostolado de la bondad”, son una verdadera riqueza para nuestro tiempo. En una época de cierta globalización por un lado y un peligro de repliegue sobre sí mismo por otro, Carlos, el hermano universal, nos invita a ser hermano de todos y todas, sin distinción… En tiempos saturados de ruidos y palabras, de ídolos y estrellas, Carlos nos invita a redescubrir la importancia de lo pequeño, la sencillez, lo silencioso… En las tensiones que surgen a veces entre las religiones el camino de Carlos -que recuperó la fe de su infancia gracias a la impresión que le causó la fe en el mundo musulmán- nos abre al respeto mutuo en el diálogo interreligioso…

«Sinceramente, la mayoría de los hermanos de Jesús y del Evangelio apenas hemos apoyado la causa de la canonización del hermanos Carlos»

¿Es el momento del anuncio de su canonización una casualidad? Durante esos meses de pandemia, muchos creyentes nos hemos quedado sin poder asistir físicamente a la eucaristía. Carlos, en su empeño de ir hacia los más pobres y alejados, se puso en tal situación que durante meses estuvo privado de poder celebrar la misa… ¡Curiosa coincidencia!

La frase del Evangelio que más sacudió mi vida es ésta: ‘Lo que hacen al más pequeño de los míos, a mí me lo hacen’ (Mateo 25,40). Y cuando se piensa que es la misma persona la que dijo: ‘Este es mi cuerpo, ésta es mi sangre’, con qué fuerza se siente uno impulsado a amar a Jesús en estos pequeños (Carlos de Foucauld)

JuanFamilia Carlos de Foucauld

La mirada contemplativa

En este tiempo que parece que estemos absorvidos por la Inteligencia Artificial (IA) permítaseme que hable de la Inteligencia Espiritual (IES), ya que si la (IA) es un medio para nuestro progreso como humanidad, la (IES) es esencial para nuestro progreso personal y social ya que nos da el sentido de la vida y una «mirada contemplativa». El hablar hoy de la Inteligencia Espiritual (IES) no es un hecho nuevo, ya que, por ejemplo, san Buenaventura, el gran Doctor Seraphicus de la Iglesia y uno de los filósofos preferidos por los místicos occidentales, afirmaba que los seres humanos disponen de tres formas de adquirir conocimiento, de «tres ojos», como él decía: a) el ojo de la carne, por medio del cual percibimos el mundo externo del espacio, el tiempo y los objetos; b) el ojo de la razón, que nos permite alcanzar el conocimiento de la filosofía, de la lógica y de la mente; y, finalmente, c) el ojo de la contemplación, mediante el cual tenemos acceso a las realidades trascendentes. Nosotrsos aquí, al ojo de la carne lo denominamos (IE) Inteligencia Emocional; al ojo de la razón lo denominalos (IR) Inteligencia Racional, y al ojo de la contemplación (IES) Inteligencia Espiritual.

Para san Buenaventura todo conocimiento es una especie de illuminatio. Así pues, existe una iluminación exterior que nos permite iluminar el ojo de la carne y conocer los objetos ensoriales, una lumen interius, que ilumina el ojo de la razón y nos proporciona el conocimiento de las verdades filosóficas, y una lumen superius, la luz del Ser trascendente, que ilumina el ojo de la contemplación y nos revela la verdad curativa, «la verdad que nos ilumina». En el mundo externo, dice san Buenaventura, encontramos un «vestigio de Dios» y el ojo de la carne percibe este vestigio, que se manifiesta como una diversidad de objetos separados en el espacio y en el tiempo. En nosotros mismos, en nuestro propio psiquismo, especialmente en la «triple actividad del alma» (memoria, entendimiento y voluntad), el ojo mental nos revela una imago de Dios. Finalmente, a través del ojo de la contemplación, iluminado por el lumen superius, descubrimos el mundo trascendente que existe más allá de los sentidos y de la razón, la misma Esencia Divina. Como dice Ken Wilber: «El ojo de la contemplación es al ojo de la razón lo que el ojo de la razón al ojo de la carne. Del mismo modo que la razón trasciende a la carne, la contemplación trasciende a la razón. Así como la razón no puede reducirse al conocimiento carnal ni originarse en él, la contemplación tampoco puede reducirse ni originarse en la razón. El ojo de la razón es transempírico pero el ojo de la contemplación es transracional, translógico y transmental.» 1. La Inteligencia Espiritual (IES) da respuesta al sentido de la vida. Da respuesta a las preguntas esenciales del ¿porqué vivir?, ¿porqué amar?, ¿porqué luchar?, ¿qué hay más allá de las cosas? La (IES) es el ápice espiritual o conciencia por medio del cual Dios nos ilumina,conforta y nos habla. Esta fue la experiencia de San Justino, filósofo y mártir (hacia 100-160 d. C.):

Mi alma ansiaba conocer lo que es propio y principio de la filosofía… El conocimiento inteligente de las cosas inmateriales me cautivaba por completo. La contemplación de las ideas daba alas a mi pensamiento. Durante algún tiempo me creía ser un sabio, y tan estúpido era que esperaba ver a Dios dentro de nada, ya que éste es el fin de la filosofía de Platón. En este estado espiritual…me acercaba a un lugar aislado donde creía encontrarme solo cuando me di cuenta que un anciano me seguía los pasos…

 -¿Qué es lo que te ha conducido hasta aquí?- me preguntó. –Me gusta este paseo-…es muy adecuado para la meditación filosófica…. -¿Es, pues, en la filosofía que se encuentra la felicidad?- me preguntó.  –Ciertamente, le contesté, y sólo en ella-… ¿A qué llamas tu, Dios? –Lo que siempre es idéntico a si mismo  y que da el ser a todo lo que existe, esto es Dios. -¿Cómo pueden los filósofos hacerse una idea justa de lo que es Dios si no lo conocen, no lo han visto jamás ni lo han oído?- Yo respondí: -La divinidad no es visible a nuestros ojos como los demás seres, sólo se accede a él por medio de la inteligencia, como dice Platón. Estoy de acuerdo con él.-
– Hace mucho tiempo, dijo el anciano, hubo hombres mucho más antiguos que estos pretendidos filósofos, hombres felices, justos, amigos de Dios. Hablaban bajo la inspiración del Espíritu de Dios y presagiaron un futuro, realizado ahora. Se llaman profetas. Ellos han visto la verdad y la han anunciado a los hombres… Los que leen sus profecías pueden, si tienen la fe, sacar mucho provecho…Eran testigos fieles de la verdad… Han glorificado al creador del universo, Dios y Padre y han anunciado al que él envió, Cristo su Hijo… Y tú, antes que nada, pide para que se te abran las puertas de la verdad, ya que nadie puede ver ni comprender si Dios o su enviado, Cristo, no se lo da a comprender-…

 Ya no le vi más. Pero, de repente, un fuego se encendió en mi alma. Quedé prendado del amor a los profetas, a aquellos hombres amigos de Cristo. Reflexionando sobre las palabras del anciano, reconocí que ésta era la filosofía única, provechosa y segura.2


1  Cf. K. WILBER, Los tres ojos del conocimiento, Ed. Kairós, Barcelona 1991.

2  San Justino, Diálogo con Trifón, 2-4, 7-8; PG 6, 478-482; 491.

Dialogar y construir puentes a los 60 años de ‘Nostra aetate’

Carmen Márquez Beunza. Universidad Pontificia Comillas

El teólogo suizo H. Küng se preguntó en una ocasión cuál habría sido la postura de la Iglesia ante el mundo de las religiones si el Concilio Vaticano II no hubiera tenido lugar. Su respuesta nos permite comprender la trascendencia de uno de sus documentos, la declaración ‘Nostra aetate’ sobre las religiones no cristianas, que revolucionó el enfoque y la forma en que nos referimos a aquellos que profesan otras fes:


“Si este Concilio no hubiera tenido lugar, las demás religiones del mundo habrían seguido siendo para la Iglesia objeto sobre todo de discusión negativa, de polémica y de estrategias misioneras de conquista. Seguiríamos viviendo en un clima de hostilidad sobre todo respecto a los musulmanes y especialmente los judíos. El antisemitismo nacional-socialista condicionado por la raza hubiera sido imposible sin el secular antijudaísmo religioso de las Iglesias cristianas. Pero para el Vaticano II todos los pueblos forman una comunidad con sus distintas religiones: intentan responder de manera diferente a los mismos interrogantes fundamentales acerca del sentido de la vida y el curso vital”.

Tan solo unos días después de su aprobación, su máximo responsable, el cardenal alemán Augustin Bea, intuía la trascendencia de este breve documento para el futuro de la vida de la Iglesia y de la humanidad: “¿Qué significa para la humanidad la aplicación de esta declaración? Significa que la humanidad se verá progresivamente enriquecida con cientos de millones de hombres que se esforzarán por comprender, estimar y amar a cientos de millones de hombres cuya fe es distinta de la suya, y precisamente en su intimidad más sagrada, su fe religiosa”.

Un prometedor caminoBea se mostraba convencido de que ‘Nostra aetate’ significaba el inicio de un nuevo y prometedor camino para la Iglesia en su relación con los creyentes de otras religiones. Lo que inicialmente se pensó como una pequeña declaración sobre la actitud de los cristianos con respecto al pueblo judío, pasó a convertirse en un documento referido a todas las religiones no cristianas.

Sorteando numerosas dificultades, el texto vio finalmente la luz en la última etapa conciliar, posibilitando la apertura de la Iglesia al diálogo interreligioso. Por primera vez, un concilio ecuménico hablaba en términos positivos de otras religiones. ‘Nostra aetate’ afirmaba claramente la posibilidad de salvación de los no cristianos, reconocía el valor positivo de las otras religiones y se refería a los elementos de verdad y de gracia salvífica presentes en ellas.

Amplias repercusiones

El cardenal Bea no se equivocaba. La declaración ha tenido amplias e importantes repercusiones, convirtiéndose en un valioso instrumento de partida para cuantos se dedican al estudio de las religiones, contribuyendo a mejorar las relaciones, especialmente con el judaísmo y el islam, transformando las hostilidades y animadversiones en comprensión, respeto mutuo y diálogo. En el período posconciliar se ha desplegado un amplio y fecundo campo de colaboración con creyentes de diferentes religiones.

ás allá de los serios conflictos interreligiosos que todavía persisten, se ha ido fraguando un movimiento de acercamiento y colaboración que ha encontrado en el campo de la ética una de sus vetas más fructíferas. Los líderes religiosos tratan hoy de asumir una responsabilidad común ante las grandes cuestiones que preocupan a la humanidad, comprometiéndose en la defensa de la paz, la justicia y la integridad de la creación.

Diálogo doctrinal

Junto a ese tipo de diálogo, centrado en el desarrollo de iniciativas y acciones comunes, se ha desplegado un amplio diálogo de carácter doctrinal. Desde la nueva perspectiva abierta por ‘Nostra aetate’, se ha venido elaborando lo que se ha dado en llamar una teología cristiana de las religiones.

La aprobación de la declaración ‘Nostra aetate’ implicó la apertura de la Iglesia católica a un diálogo interreligioso que ha encontrado en los papas del posconcilio a algunos de sus mejores aliados. El compromiso de Roma queda reflejado en esta secuencia: si el Vaticano II constituyó el punto de partida, Pablo VI imbuyó al movimiento del impulso necesario que condujo a su madurez de la mano de Juan Pablo II, afianzándose con Benedicto XVI y adquiriendo con el papa Francisco nuevos contornos y una nueva orientación.

León XIV, bajo cuyo pontificado hemos conmemorado el sexagésimo aniversario de este importante texto, ha expresado su firme compromiso de proseguir con el diálogo. El encuentro de oración por la paz, convocado por Juan Pablo II en Asís en 1986, constituye todavía hoy una de las expresiones más elocuentes de esa trayectoria de implicación del papado, impulsada bajo la convicción de que el diálogo interreligioso forma parte del compromiso de la Iglesia al servicio de la humanidad. Hay un ámbito del diálogo interreligioso que ha sido especialmente privilegiado y alentado a nivel magisterial y pastoral: el desarrollado en el seno del monoteísmo, con las religiones “abrahámicas”, el judaísmo y el islam.

Documentos más relevantes

La creación, en 1964, del Secretariado para los No Cristianos, convertido en 1988 en el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso (hoy Dicasterio para el Diálogo Interreligioso) constituye una plataforma privilegiada para impulsar el diálogo y ha sido el marco para publicar algunos de los documentos más relevantes, como ‘Diálogo y misión’ (1984) y ‘Diálogo y anuncio’ (1991).

a reflexión sobre la relación entre el cristianismo y las religiones se ha convertido en una de las cuestiones fundamentales para la Iglesia a comienzos del tercer milenio: ¿qué dice la Iglesia de las otras religiones?; ¿cómo interpretar hoy el viejo axioma ‘extra ecclesiam nulla salus’ (“fuera de la Iglesia no hay salvación”)?; ¿puede un creyente de otra religión acceder a la salvación?; ¿son las otras religiones caminos válidos de salvación? Son preguntas acuciantes para los creyentes del siglo XXI. La descripción de la Iglesia como “sacramento universal de salvación” condujo a la superación de una interpretación en clave exclusivista del citado clásico axioma ‘extra ecclesiam nulla salus’.

El Concilio resolvía el problema de la salvación de los no cristianos. Pero, al haber dirigido la mirada más allá de la cuestión de la salvación de los individuos no cristianos, hacia una relación positiva de la Iglesia con las religiones como tales, planteaba una seria cuestión: la pregunta por el valor salvífico de las otras religiones, algo que no trató explícitamente ‘Nostra aetate’ y que quedó como tarea para la teología posconciliar. Las consecuencias para nuestra comprensión de Dios y de la función mediadora de Cristo, así como la cuestión de la eclesialidad de la salvación, son preguntas que deben ser abordadas en el marco de la apertura a las religiones iniciada por la Iglesia.

Vida Eterna o Morir hacia Dios. Releyendo a Hans Küng

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A Hans Küng, Roma le retiró la licencia para enseñar teología católica. Su delito: pensar en voz alta. Cuestionó la infalibilidad papal, criticó el autoritarismo de la Curia y propuso una Iglesia más democrática, ecuménica y abierta, fundada en la indefectibilidad —la verdad está en el conjunto del Evangelio, no en dogmas absolutos— y en una ética global compartida entre todas las religiones.

A una pregunta le dedicó un libro entero, ¿Vida eterna? (1982), y media vida de trabajo. Su respuesta cabe en una frase: la vida eterna no es un premio ni una amenaza. Es un abrazo.

Ramón Fandos

Alguien, no algo

La ciencia describe muy bien lo que somos: células, neuronas, química. Pero ningún análisis de sangre detecta la libertad ni el amor. Los seres humanos tenemos conciencia, responsabilidad, sed de verdad, apertura al infinito. No somos algo que ocurre: somos alguien que ama. «Dioses sois» (Jn 10,34; Sal 82,6). Hijos que comparten la esencia del Padre.

Y si eres alguien —no algo—, la muerte biológica no puede ser toda tu verdad. Un certificado de defunción explica qué le pasó a tu cuerpo. No explica quién eres.

La muerte es real. El miedo, no

Que nadie banalice la muerte. No es una anécdota que nos ocurre: nos rompe de verdad. Jesús no llegó a la tumba de Lázaro repartiendo consuelos baratos: lloró (Jn 11,35). La muerte es real. Pero la fe nos dice que no tiene la última palabra.

Küng lo formuló con maestría: morir no es caer en la nada, es morir hacia Dios. La muerte no es un final: es la puerta por la que se sale del tiempo y se entra en el Amor. Y ese Amor no puede no amar: es el anti-mal (1 Jn 4,8). Por eso el binomio «Dios te ama, pero puedes acabar en el infierno» es el mejor síntoma de una religión enferma a la que nunca le interesó el Evangelio. Una religión que inocula el virus para vender después la medicina.

Resucitar no es volver a respirar

Lázaro salió de la tumba… para volver a morir. Eso no es resurrección: es reanimación, una prórroga. La resurrección de Jesús es otra cosa. Los evangelios lo revelan con un pequeño detalle: entra con las puertas cerradas y sus amigos no lo reconocen. Es decir, atraviesa la muerte y se transforma: entra en la vida de Dios. No vuelve atrás, a esta vida; sigue su camino hacia la eternidad.

Lo dice Pablo: «se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo mortal, resucita un cuerpo espiritual» (1 Cor 15,42-44). No es continuidad: es transformación. La semilla no se conserva: se convierte en espiga. Quien espere del cielo una fotocopia ampliada de esta vida se ha equivocado de esperanza.

La eternidad no es mucho tiempo

La eternidad es la ausencia de reloj. No es cantidad: es plenitud. Presencia total. Amor que ya no se desgasta ni se fragmenta.

Y aquí Küng y los místicos se dan la mano. Jesús dijo: «Yo soy la puerta» (Jn 10,9). ¿Y dónde se abre esa puerta? En el presente. «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero» (Jn 17,3). Habla en presente, no en futuro. La vida eterna no empieza cuando morimos; empieza cuando amamos. El que ora en silencio, el que se recoge, el que habita el momento presente con Dios, ya la está tocando. Santa Teresa no esperó a morirse para entrar en el castillo interior. Y esta mística no es de élites: es de todos y para todos.

No es Dios de muertos, sino de vivos

Cuando los saduceos quisieron ridiculizar la resurrección con el cuento de la viuda de los siete maridos, Jesús no respondió con metafísica del alma. Respondió con una fidelidad: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,26-27).

Esto es lo que defiende Küng. Jesús no dice: «tenéis dentro algo inmortal». Dice: Alguien fiel os tiene. Permanecemos porque somos queridos por un Amor que no suelta lo que ama. El fundamento de mi persona no está en mí: está en el que me sostiene. Como el niño que duerme tranquilo no porque sea fuerte, sino porque su madre está al lado. Una madre que solo con su presencia ahuyenta el miedo y le hace sentirse seguro, eterno. Dios es Alguien que con su presencia nos dice: «tú no morirás». Y Dios no dice las cosas por decir.

Esto es lo que defiende Küng. Jesús no dice: «tenéis dentro algo inmortal». Dice: Alguien fiel os tiene. Permanecemos porque somos queridos por un Amor que no suelta lo que ama. El fundamento de mi persona no está en mí: está en el que me sostiene.

Don, no nómina

Por eso la vida eterna no se gana: se recibe. Al buen ladrón nadie le exigió confesarse, ni ser buen cristiano, ni obedecer a la Iglesia. «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Hoy. Sin examen, sin lógica de deuda, sin contabilidad de méritos. Y Barrabás, que significa «el hijo del padre», se encontró con la salvación sin pedirla, sin buscarla, sin saber siquiera que existía. Esa es la firma de Dios: «que no pierda nada de lo que me diste» (Jn 6,39). Estamos predestinados a la salvación. Fuimos salvados, como Barrabás, antes de nacer, sin saber siquiera qué significaba eso.

Escándalo para los contables de la gracia, para esos funcionarios de la fe que olvidan que no son más Iglesia que cualquiera de los que formamos el pueblo de Dios; y, al mismo tiempo, buena noticia para quienes reconocen en todo esto una gracia que desborda y libera.

Escándalo para los contables de la gracia, para esos funcionarios de la fe que olvidan que no son más Iglesia que cualquiera de los que formamos el pueblo de Dios; y, al mismo tiempo, buena noticia para quienes reconocen en todo esto una gracia que desborda y libera.

¿Y si todo esto fuera un cuento?

Al final, cada uno nos creemos el cuento que nos contamos. Lo importante no es el cuento en sí, sino comprobar qué hace de nosotros la historia que damos por verdadera: si nos hace mejores personas, si nos acerca a todos los seres humanos sin excepción de raza ni condición alguna, o si, en cambio, nos atrinchera en ideologías cerradas que en la práctica nos alejan del prójimo.

Y queda una cuestión más. Max Horkheimer, judío, agnóstico, filósofo de la Escuela de Frankfurt, confesó su anhelo de «que el verdugo no triunfe sobre la víctima inocente». Si la nada tiene la última palabra, el verdugo gana. Los abusados quedan abusados para siempre, los silenciados callados para siempre, las vidas rotas, rotas sin apelación. La resurrección no es un consuelo para cobardes: es la justicia de Dios para las víctimas. «Ni muerte ni vida… podrá separarnos del amor de Dios» (Rom 8,38-39).

Küng ofrece una confianza razonable. La razón abre la puerta. La confianza la cruza.

Al final, el cuento que a mí me sirve, el que hace de mí mejor ser humano, es creer que morir no es apagarse. Es como quedarse dormido en la playa y despertarse en la cama. No sabes cómo llegaste. No hace falta saberlo. Te llevó en brazos el que te quiere. Y al otro lado no hay un reloj sin fin: hay un Amor sin fin. Que no es lo mismo. Es infinitamente mejor.

Como decía mi amigo y maestro Salvador Toro: «Cuando muramos, estaremos con Él».

«Donde yo esté, allí estará también mi servidor.» (Jn 12,26)

Acoger el Evangelio sin glosa

El Papa León XIV celebró la Santa Misa en Asís este jueves donde se reunió con más de 2.000 jóvenes en el GO! Franciscan Youth Meeting. Lea la homilía completa que pronunció el Pontífice.

Queridísimos jóvenes: La fiesta de la Transfiguración, que estamos celebrando, es un misterio de luz que nos ayuda a profundizar nuestro encuentro, tan gozoso, pero también cargado de interrogantes sobre el presente y el futuro. En el relato evangélico encontramos el contraste entre luz y sombra, silencio y palabras, estupor e incomprensión. Estamos en Asís, una ciudad a la que vienen, desde hace siglos, muchos peregrinos —hoy también nosotros— porque aquí todo nos susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, irradiar luz, reparar el mundo.

Aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y de otros miles de jóvenes: acogieron el Evangelio sin glosa —nosotros diríamos: sin descuentos— y la vida de Jesús ha recomenzado en ellos.

Hemos llegado aquí para comprender hacia dónde va la historia y hacia dónde estamos yendo nosotros. En el Evangelio vemos que se puede encontrar un sentido, se puede entrever un camino. Como Pedro, Santiago y Juan somos llevados un poco aparte y Jesús está con nosotros. Esto es lo que cuenta: su presencia.

En la montaña, los apóstoles contemplan a Jesús que se orienta hacia su propio futuro. Sobre este punto había habido incomprensión entre ellos. Seis días antes, Pedro había reprochado al Maestro que hubiese hablado abiertamente de la cruz (cf. Mt 16, 21-26): él se esperaba la gloria para el Mesías, tal vez incluso para sí mismo, sin tomar en cuenta las resistencias y los riesgos, pero sobre todo sin preguntarse qué es la gloria.

Ahora, en la transfiguración de Jesús, es Dios mismo quien se revela en su gloria, que tiene la apariencia de una nube que protege y envuelve. Señala al Hijo, invita a escucharlo. El camino de la vida se descubre siguiéndolo juntos.

Su belleza tiene un nuevo aspecto, una intensidad sin precedentes, tanto que Pedro quisiera detener el tiempo y prolongar esa visión.

Generosamente, se ofrece para construir tres tiendas, como si quisiera ver continuar la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Sin embargo, hace falta entrar en esa conversación. No se puede permanecer sólo como espectadores.

Estamos llamados a leer las Escrituras con el Maestro, a interpretar nuestro tiempo y a tomar decisiones siguiendo su camino.

Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que también nos frenan a nosotros, como frenaron a los apóstoles. Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de la historia.

Al escuchar que «su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz» (Mt 17,2) pensamos en la mañana de Pascua, cuando un ángel del Señor rodó la piedra que cerraba el sepulcro y trajo el anuncio de la resurrección.

«Su aspecto era como el de un relámpago y su vestidura tan blanca como la nieve» (Mt 28,3). Es la luz de un nuevo día, hacia el que estamos orientados, mientras que en torno a nosotros, y a veces dentro de nosotros, hay todavía oscuridad. Vemos su aurora en los santos canonizados, como san Francisco y santa Clara, y en una miríada de hermanos y hermanas que responden al mal con el bien. ¡No estamos solos!

En estos días lo han experimentado: se han encontrado y escuchado, pasando del ruido de voces que contrastan y se sobreponen al arte de la conversación. Hoy contemplamos a Jesús que se transfigura precisamente en la conversación con el Padre, con quienes le precedieron, Moisés y Elías, y con sus contemporáneos, los discípulos.

La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de escucha y de decisión, en el cual comprendemos para quién vivir y cómo vivir. Es en la comunidad en donde aprendemos a distinguir la voz de Dios, que no coincide simplemente con nuestras opiniones, y a ser obedientes al Espíritu Santo, que hace audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús: nosotros nos desfiguramos separándonos de Él y de los demás; nos transfiguramos, en cambio, en las relaciones que robustecen y llaman a la vida.

La espiritualidad franciscana, en la que ustedes se han formado, está muy atenta a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar, hoy más que nunca.

En este sentido, al comienzo de mi primera Encíclica, he sugerido que: «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto.

Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud» (Magnifica humanitas, 1).

Queridos amigos, la razón por la que san Francisco nos sigue atrayendo, ochocientos años después de su muerte, radica en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados, para abrir uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús.

Incluso en una ciudad cristiana desde hacía siglos, como Asís, esto es algo revolucionario. «La elección de Clara resultó aún más impresionante: ¡una joven que quería ser como Francisco, que quería vivir, como mujer, libre como aquellos hermanos!» (Audiencia jubilar, 4 de octubre de 2025).

Es la energía del cristianismo, la propia de sus comienzos y de sus múltiples reinicios. Y bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos: ¡tengan la audacia de creer en la palabra del Evangelio, sean muy humanos con la libertad de Jesucristo, abracen la hermana pobreza!

El título de su encuentro —Go!— es una misión, un envío por caminos, de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado donde ha querido precedernos. Go! ¡Vayan! Mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los lugares marginales, donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios.

El Papa Francisco, inspirándose en el pobrecillo de Asís, nos ha puesto en guardia frente a la «tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor.

Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 270).

Podemos incluso no ser comprendidos por los de nuestra propia casa, como le sucedió a san Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura de la fuerza y abatir los muros que separan a los seres humanos entre sí, nunca es traicionar a la familia, a la ciudad, a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio orden minúsculo sobre una realidad que nos desborda por completo.

Fiarse de Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo para defender, sino para abrazar.

Apuesten, queridos jóvenes, por la civilización del amor, de la cual han encontrado los brotes en tantos ejemplos de gratuidad, y que transfigura —a imagen de Cristo— a innumerables artífices de paz también hoy comprometidos con el servicio a la vida en los más trágicos escenarios de muerte.

Unan las mejores energías de su magnífica humanidad —los estudios, las competencias, el trabajo, las amistades, el amor, la oración— actualizando de diversos modos la visión de Francisco. Imagino que conocen esta oración frecuentemente atribuida a él, un texto del pasado siglo: ¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo el amor; donde haya ofensa, ponga yo el perdón; donde haya discordia, ponga yo la unión; donde haya error, ponga yo la verdad; donde haya duda, ponga yo la fe; donde haya desesperación, ponga yo la esperanza; donde haya tinieblas, ponga yo la luz; donde haya tristeza, ponga yo la alegría.

¡Aquí tenemos “hacia dónde” andar! Go! Pero también especialmente “cómo” andar: ¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto ser consolado como consolar; ser comprendido, como comprender; ser amado, como amar. Porque dando es como se recibe; olvidando, como se encuentra; perdonando, como se es perdonado; muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Queridos amigos: que estos días en Asís se impriman en su memoria y el retorno a casa, a diversos países de Europa a los que viajarán, sea como el descenso de Pedro, Santiago y Juan, del monte alto de la transfiguración. Un retorno reflexivo, abierto al futuro, comprometido con Jesucristo. Él se fía de ustedes, cuenta con ustedes, permanece con ustedes.

¿Qué se entiende realmente por crisis?

  Leonardo Boff

Actualmente parece que todo está en crisis: el orden del capital, la economía, la política, las ciencias, las éticas, los valores, las religiones y, entre nosotros, en Brasil, hasta el fútbol. En una palabra, nos enfrentamos a una crisis de civilización, es decir, de nuestra forma de estar en el mundo, de cómo organizamos la sociedad y establecemos los valores y las leyes que nos rigen. No existe ningún ámbito que permanezca al margen de esta crisis, especialmente en lo que concierne al futuro.

Ella puede representar una tragedia cuyo desenlace sea destructivo, como en el teatro griego, o un drama cuyo final pueda ser bienaventurado, como en la liturgia cristiana, que celebra la Pascua de la resurrección después del Viernes Santo de la pasión.

La humanidad se encuentra ante esta decisión: o continúa como hasta ahora, con el riesgo de encaminarse hacia una tragedia civilizatoria, o abre un nuevo camino, marcado ciertamente por un drama, pero que promete un futuro mejor.

La Carta de la Tierra, uno de los principales documentos de las Naciones Unidas que reflexiona sobre el futuro del planeta, afirma:

«Las bases de la seguridad mundial están amenazadas; estas tendencias son peligrosas, pero no inevitables. La elección es nuestra: o formamos una alianza mundial para cuidar la Tierra y cuidarnos unos a otros, o nos arriesgamos a destruirnos a nosotros mismos y a destruir la diversidad de la vida» (preámbulo). He aquí la crisis radical a la que nos enfrentamos.

Expliquemos, en primer lugar, qué entendemos por crisis. La mayoría recurre al ideograma chino de la crisis: entendido como riesgo y oportunidad, lo que considero una interpretación iluminadora. Sin embargo, prefiero la rica significación de la palabra «crisis» en sánscrito, por ser la matriz de nuestra lengua y por resonar en otras palabras derivadas de ella.

En sánscrito, «crisis» proviene de kir o kri, que significa purificar y limpiar. De kri deriva crisol, el recipiente donde se depura el oro separándolo de las impurezas. En un lenguaje más refinado, acrisolar también significa decantar.

Una enfermedad grave produce una profunda crisis en quien la padece. Al salir de ella, la persona reevalúa el sentido de la vida y redescubre el valor de las cosas más cotidianas. En este sentido, la crisis significa un proceso crítico de depuración de todo aquello que no es esencial. Lo accidental sigue siendo accidental.

Abordemos ahora la naturaleza de la crisis. Quien primero profundizó en la relación entre crisis y angustia fue Søren Kierkegaard (1813-1855), considerado uno de los fundadores del existencialismo. Filósofo y teólogo, escribió El concepto de la angustia (Vozes, 2010) y también La crisis y una crisis en la vida de una actriz. Para él, la vida es un proceso permanente de angustias y crisis, así como de superación de esas angustias y crisis.

Otro pensador fundamental fue el filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955), conocido por la célebre frase: «Yo soy yo y mi circunstancia». En 1942 escribió un ensayo, publicado posteriormente con el título En torno a Galileo: esquemas de las crisis históricas (Vozes, 1989). En él mostró que la historia, debido a sus rupturas y recomienzos, posee la estructura misma de la crisis.

Según Ortega y Gasset, esta obedece a la siguiente lógica:  (1)El orden dominante deja de ofrecer un sentido evidente.  (2) Surge la percepción de que un muro se levanta frente a nosotros; por ello reinan la duda, el escepticismo y una crítica generalizada.  (3) Se hace urgente una decisión capaz de crear nuevas certezas y un nuevo sentido. Pero ¿cómo decidir cuando no se ve con claridad? Sin embargo, sin decisión no habrá salida de la crisis.  (4) Una vez tomada la decisión, aun con riesgos, se abre un nuevo camino y un nuevo espacio para la libertad. La crisis ha sido superada y puede comenzar un nuevo orden.

Este nuevo orden se traducirá en un curso diferente de los acontecimientos. Más adelante, siguiendo la lógica propia de la crisis, también entrará en crisis. Y permitirá, tras un proceso crítico de depuración y purificación, la emergencia de un nuevo orden. Así se estructura, sucesivamente, la historia humana.

La crisis posee también una dimensión personal, especialmente la gran crisis representada por la muerte. Revela igualmente una dimensión cósmica: el fin del universo. A mi juicio, este no culminará en una muerte térmica y en un vacío absoluto, sino en una explosión e implosión hacia el interior de la Realidad Suprema.

Sin embargo, todo proceso de purificación implica cortes y rupturas. De ahí la necesidad de la de-cisión. La de-cisión produce una escisión con lo anterior e inaugura lo nuevo. Recuperemos, pues, el sentido griego de la palabra crisis.

En griego, krísis significa el proceso de decisión adoptado por un juez o por un médico. El juez sopesa los argumentos a favor y en contra; el médico articula los diversos síntomas de una enfermedad. Sobre la base de ese proceso, ambos toman una :  para el tipo de sentencia que debe dictarse o el tipo de enfermedad que debe tratarse. Ese proceso de decisión recibe el nombre de crisis. Una vez encontrada la solución, la crisis desaparece.

El Evangelio de san Juan utiliza treinta veces la palabra «crisis» en el sentido de decisión. La mayoría de los traductores, poco sensibles a la riqueza del término griego krísis, la traducen simplemente como «juicio». Sin embargo, el hecho es que Jesús apareció como «la crisis del mundo» (krisis tou kosmou), porque obligaba a las personas a decidirse a favor o en contra de su mensaje y de su persona.

Brasil vive desde hace siglos postergando sus crisis porque sus dirigentes carecen de la audacia histórica necesaria para tomar decisiones que rompan con un pasado perverso. Siempre se han realizado —y se siguen realizando— conciliaciones negociadas con el pretexto de garantizar la gobernabilidad (cf. José Honório Rodrigues, Conciliación y reforma en Brasil, 1965). De este modo, se preservan sutilmente los privilegios de las élites del atraso y, una vez más, las grandes mayorías son condenadas a permanecer en la miseria o en la marginalidad.

La crisis del capitalismo es evidente. Como mostró Carl Polanyi en La gran transformación (Campus, 2000), se pasó de una sociedad con mercado a una sociedad de mercado. Todo se convierte en mercancía, incluso los órganos humanos, algo que Marx ya había previsto en 1847 al hablar de «la época de la corrupción general y de la venalidad universal» (La miseria de la filosofía). Hoy predomina el capital especulativo, que no produce ni siquiera un clavo, sino únicamente dinero y más dinero. Con toda seguridad terminará desembocando en una crisis de enormes proporciones que afectará cruelmente a millones de pobres.

Platón expresó acertadamente, en medio de la crisis de la cultura griega: «Las grandes cosas solo suceden en el caos, en la krisis.» Con la de-cisión, el caos y la crisis desaparecerán y podrá nacer un nuevo orden. Con estas palabras concluía también Martin Heidegger —quien durante un tiempo adhirió al nazismo— su lección inaugural como rector de la Universidad de Friburgo, en Alemania.

Ojalá que de esta crisis planetaria surja un nuevo ensayo civilizatorio que sea más integrador, más humanitario, más espiritual y más cuidadoso. De lo contrario…

Leonardo Boff escribe para la revista LIBERTA del ICL(https://www.revistaliberta.com.br. Es autor también de La gran transformación en la economía, la política y la ecología (Vozes, 2014).

El cardenal Simoni celebra Misa en el campo de prisioneros donde pasó 18 años

León XIV le ha escrito un mensaje en el que recuerda a quienes rezaron en ese lugar dando «un testimonio silencioso de fidelidad, valentía y esperanza»

Ángeles Conde Mir 

  • Cuando el Papa Francisco hizo su primer viaje apostólico en suelo europeo, en 2014, escogió como destino Albania. Este enclave, otrora soviético, padeció una de las más terribles dictaduras comunistas. Enver Hoxha convirtió a Albania en el primer país del mundo oficialmente ateo. «El Estado no reconoce religión alguna y se encargará de fomentar el ateísmo», rezaba la carta magna albanesa.

Condenado a muerte por celebrar Misa
Esta obsesión contra las religiones, así como contra cualquiera que osara oponerse al dictador, propició una feroz persecución. La Iglesia católica quedó prácticamente aniquilada. En primer lugar, porque sus ministros fueron perseguidos, encarcelados y asesinados. Algunos «solo» fueron condenados a trabajos forzados. Es el caso de Ernest Simoni. Fue arrestado por el Sigurimi, la policía comunista, acusado de haber celebrado una Misa en sufragio por JF Kennedy. Considerado como «enemigo del pueblo», Simoni fue condenado a muerte. Sin embargo, la pena le fue conmutada a 25 años de trabajos forzados. Era 1963. Y así, el sacerdote hizo del campo de prisioneros su tierra de misión.

Cuenta que celebraba la misa cada día, con la poquita harina que conseguía y alguna uva exprimida. Como la decía en latín, de memoria, los carceleros no le entendían y pensaban que estaba teniendo alucinaciones. Si se hubieran dado cuenta de lo que hacía, lo habrían asesinado de inmediato. En ese campo, además de trabajar en las minas, Simoni confesaba, acompañaba a los demás prisioneros e intentaba hacer el bien. No cumplió la condena completa. Fue liberado en 1981. 18 años de trabajos forzados y, tras dejar el campo, vivió más clandestinidad. Por si no hubiera sido poco, el régimen comunista lo mandó a limpiar las alcantarillas.

Directamente cardenal
Cuando el Papa Francisco visitó Albania, conoció a Simoni quien le contó un poco de lo que había vivido. Los ojos del Pontífice se llenaron de lágrimas. Dos años después, el Papa lo creó cardenal. No obispo. Directamente, cardenal. Francisco siempre definió a Simoni como un mártir viviente de la fe. Hoy en día, a sus 97 años, el cardenal albanés se mantiene extraordinariamente activo.

El abrazo entre Francisco y el entonces sacerdote tras haber dado su testimonio

Con el casco en la mano
Acaba de celebrar Misa en ese campo de prisioneros de Spaç, donde él fue encarcelado, en memoria de quienes sufrieron o perdieron la vida allí. Durante la Eucaristía, enseñó a los fieles el casco que usaba cuando bajaba a las minas.

El Papa León XIV le ha enviado un mensaje con motivo de esta ocasión. «Ninguna cadena es lo suficientemente fuerte como para aprisionar una conciencia iluminada por el Evangelio, ninguna noche es lo suficientemente larga como para impedir el amanecer que el Señor prepara para sus hijos, y ninguna prisión es lo suficientemente profunda como para separar al hombre del amor de Dios», le escribe el Pontífice.

El cardenal ha presidido una Misa por quienes fueron asesinados o murieron en el campo.

León XIV recuerda que ese campo simboliza una de las páginas más dolorosas de la historia de Albania. Fue un lugar donde «muchos cargaron con la pesada cruz de la injusticia», pero también donde «la sangre de quienes sufrieron y murieron en esas montañas regó aquella tierra, convirtiéndola en un testimonio silencioso de fidelidad, valentía y esperanza».

El mensaje del Papa se leyó al final de la Eucaristía. León XIV se unió a la oración por todos aquellos que murieron en ese lugar. «Que su memoria permanezca viva y sea para las nuevas generaciones un recordatorio constante de la inviolable dignidad de la persona humana, del valor de la libertad y del compromiso con la paz», concluía su mensaje.

«NAZARET» Una novela biográfica de Charles de Foucauld

¿Cómo contar la vida de Charles de Foucauld sin limitarse a una biografía más? José Luis Vázquez Borau responde a esta pregunta con una obra original que une el rigor histórico y la fuerza narrativa de la novela.

NAZARET recorre la apasionante trayectoria de uno de los grandes testigos cristianos del siglo XX: el joven aristócrata fascinado por la aventura, el explorador de Marruecos, el hombre que redescubre la fe, el monje trapense, el peregrino de Tierra Santa y, finalmente, el hermano universal que elige compartir su vida con los tuareg del Sahara.

A lo largo de setenta breves capítulos, el lector acompaña a Charles de Foucauld en un itinerario interior donde la búsqueda de la verdad conduce, paso a paso, al descubrimiento del misterio de Nazaret: la vida escondida de Jesús como camino de fraternidad, sencillez y amor universal.

La novela se apoya en una sólida documentación histórica, pero los diálogos y la recreación de las escenas permiten acercarse al protagonista con una intensidad humana que trasciende la simple narración de los hechos. El resultado es una lectura ágil y profunda que invita tanto al conocimiento de una figura excepcional como a la reflexión sobre el sentido de la propia existencia.

Con un estilo sobrio y elegante, José Luis Vázquez Borau, autor de una amplia obra dedicada a la espiritualidad, el personalismo y el diálogo interreligioso, ofrece un libro que no solo narra una vida, sino que propone un camino. NAZARET muestra que la verdadera grandeza nace de la humildad y que el Evangelio comienza, muchas veces, en la sencillez de la vida cotidiana.

Una obra especialmente recomendable para quienes desean descubrir la figura de san Carlos de Foucauld y para todos aquellos que buscan una espiritualidad encarnada, abierta al encuentro con los demás y profundamente humana.

Las abejas que rodean íconos sagrados y no los tocan

El fenómeno de un panal de abejas rodeando un icono sagrado se refiere a una tradición en Grecia, donde un apicultor llamado Isidoros Tziminis coloca imágenes religiosas dentro de sus colmenas y las abejas construyen la cera a su alrededor sin tapar los rostros.

Irinea Funes

Hay imágenes que se niegan a volverse metáforas. La de un panal construido con precisión milimétrica alrededor de un ícono ortodoxo —sin tocarlo, sin cubrirlo, dejándolo suspendido en cera como si fuera un altar— es una de ellas. El relato del apicultor griego Isidoros Timinis, de una región cercana a Atenas, circula con la fuerza de las cosas que no terminan de explicarse: ni la fe lo agota del todo, ni la ciencia lo cierra del todo.

Y eso, precisamente, es lo que lo hace interesante.

Lo que las abejas sí hacen, documentado

Antes de entrar al terreno de lo sagrado, vale la pena detenerse en lo que la biología ya sabe sobre cómo construyen las abejas. No es un proceso aleatorio ni misterioso en su mecánica: las colonias de Apis mellifera son extraordinariamente sensibles a las superficies. Prefieren texturas rugosas y materiales porosos —madera, corteza, piedra áspera— sobre superficies lisas como el vidrio o el metal pulido. Esta preferencia no es espiritual; es funcional. La cera necesita adherirse, y lo liso no coopera.

Los íconos ortodoxos tradicionales están elaborados con capas de barniz, pigmentos minerales y maderas tratadas que crean una superficie particular: visualmente rica, táctilmente compleja, pero con acabados que pueden resultar poco propicios para la construcción de panal. Que las abejas los «eviten» podría ser, en términos estrictamente entomológicos, una consecuencia de esa composición material y no de su contenido religioso.

El problema es que nadie ha hecho todavía el experimento de control: colocar objetos de características físicas similares —mismo tamaño, misma superficie, mismos materiales— pero sin contenido sagrado, para comparar el comportamiento. Mientras ese experimento no exista, el fenómeno permanece abierto.

Nueve mil años de una relación que no termina

Lo que sí está documentado con claridad es que la relación entre las abejas y los rituales humanos es tan antigua que precede a casi todas las religiones que hoy conocemos. Las vasijas con residuos de cera halladas en sitios neolíticos de Anatolia sugieren que la miel y sus productoras ya tenían un lugar en la vida ceremonial mucho antes de que existieran los íconos, las iglesias o cualquier texto sagrado.

En el Mediterráneo antiguo, las abejas fueron mensajeras de los dioses, guardianas del alma, símbolo de resurrección. En el Egipto faraónico, la miel era ofrenda funeraria. En la tradición cristiana medieval, la abeja se convirtió en metáfora de la Virgen María —casta, laboriosa, productora de algo dulce y luminoso— y la cera de sus velas iluminó siglos de liturgia. En la iconografía barroca, la colmena aparece como imagen del orden divino, de la comunidad perfecta.

Que un apicultor del siglo XXI en Grecia coloque íconos entre sus colmenas no es una excentricidad: es la continuación de un gesto que lleva milenios repitiéndose con distintos nombres.

Por qué la explicación sobrenatural y la científica no se cancelan

Hay una trampa fácil en historias como esta: elegir bando. O las abejas son sensibles a lo sagrado, o son simplemente insectos respondiendo a estímulos físicos. Pero esa disyuntiva ignora algo más interesante: que los humanos llevamos miles de años construyendo lo sagrado con materiales específicos, y que esos materiales tienen propiedades reales que interactúan con el mundo real.

Un ícono ortodoxo no es solo una imagen. Es un objeto fabricado con una técnica precisa, con materiales seleccionados, dentro de una tradición que le asigna una función particular en el espacio. Que las abejas respondan a sus características físicas no desmiente su carácter sagrado para quien cree en él; solo añade una capa más a la conversación.

Lo que el caso de Timinis revela, más que cualquier milagro o desmitificación, es que seguimos sin entender del todo cómo toman decisiones las abejas. Sabemos que son capaces de comunicar distancias con danzas, de reconocer rostros humanos, de aprender por observación. Pero los mecanismos exactos que determinan dónde construyen y dónde no siguen siendo un campo activo de investigación.

El arte de no saber, y seguir mirando

Hay algo que las imágenes de esos panales hacen con mucha eficiencia: nos obligan a mirar despacio. La arquitectura hexagonal de la cera rodeando un rostro pintado de santo es, independientemente de su explicación, un objeto visualmente extraordinario. Una colaboración involuntaria entre una tradición artística milenaria y una ingeniería biológica igual de antigua.

Si las abejas construyen alrededor de los íconos por razones materiales, eso no hace menos asombrosa la imagen. Si hay algo más en juego que la ciencia aún no ha capturado, tampoco lo hace menos digno de atención. Lo que sí es cierto es que nueve mil años de convivencia entre humanos y abejas todavía producen preguntas que no sabemos responder.

FUENTE: https://culturacolectiva.com/noticias/deportes/la-cascarita/abejas-iconos-sagrados-griegos-panales-religion-ciencia/