Carlos de Foucauld, o «soñar con un mundo que sea eternamente ‘Jesús’

«Sus enseñanzas encajaban plenamente en un grupo de personas ‘normales’ que hacían bandera de la amistad como semilla del amor fraterno, universal»

«Nos sentimos familia para ofrecer familia también, con el respeto a las identidades de cada uno y a los procesos personales, que evidentemente no llevan siempre la misma velocidad»

«Murió solo, pero ha dado fruto abundante en muchos hombres y mujeres, religiosos y laicos»

07.06.2020

La ‘familia’ foucouldiana, desde sus diversas sensibilidades en España y en el mundo, ofrece sus correspondientes testimonios de búsqueda espiritual comunitaria, personal e inspirada en el hermano Carlos de Foucauld, a la luz de su anunciada canonización.

Asociación Familia Carlos de Foucauld en España

Hoy es un gran día de fiesta para nuestra Familia Espiritual, para la Iglesia que sirve a Dios y para los pobres en general. Hemos conocido la noticia justo el día de la celebración de Pentecostés, una de las fiestas vividas más profundamente por Carlos de Foucauld. El Espíritu lo fue guiando en su búsqueda al lugar más inhóspito y pobre, Tamanrasset. Allí forma una «Zaouïa» (Fraternidad), esta era su casa.

Siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios. ¿»Hay alguna cosa más dulce en el mundo que hacer la voluntad de Aquel a quien se ama»?. Soñar para mañana un mundo que sea finalmente y eternamente «Jesús», su Modelo Único, practicando el apostolado de la bondad. La novedad de su mensaje es vivir Nazareth, vida humilde y pobre.

Las Fraternidades, que vivimos su carisma, generalmente queremos hacer en lo posible, la imitación de Nazaret en humildad, pobreza y «Dernière place» (último lugar); buscando el equilibrio entre Contemplación y Acción.

La acogida entre nuestras Fraternidades en unión como ramas de un mismo árbol. Queremos continuar el deseo de Carlos de Foucauld de ser una Fraternidad Universal. Nos comprometemos en nuestra sociedad, cada una en donde le ha tocado vivir, en compromiso con los más desfavorecidos que son nuestros hermanos.

Esta gran satisfacción y alegría que nos produce su canonización nos ayudará y nos dará fuerza para continuar viviendo nuestro Carisma en profundidad. Damos gracias a Dios por tan gran obra.

Comunitat de Jesús

La Comunitat de Jesús fue iniciada por el laico Pere Vilaplana a finales de los años 60. En septiembre de 1968, en la ermita de la Santa Creu, en la montaña de Montserrat, el monje ermitaño Estanislau Llopart recibía los compromisos de los primeros hermanos. Actualmente conformamos la Comunitat de Jesús 43 hermanos y hermanas: casados, solteros y un hermano consagrado en el celibato.Vivimos en diversas localidades de Catalunya, País Valenciano, Aragón y Baleares, cada uno en su domicilio. Uno de los inspiradores de nuestro carisma ha sido, y es, Carlos de Foucauld, así como Albert Peyriguère, seguidor también de Foucauld, en el Kbab (Marruecos) en los años 50. El conocimiento de ambos se gestó en las primeras biografías de Foucauld y en unas cartas de Peyriguère recogidas en “Dejad que Cristo os conduzca”.La visión en la etapa final de Foucauld de promover la encarnación del evangelio en el laicado, recuperando el modelo de Priscila y Aquila, también en el mundo occidental, y no solo en los países musulmanes, encajaba plenamente en un grupo de personas ‘normales’ que hacían bandera de la amistad como semilla del amor fraterno, universal.

Espiritualidad en el desierto según Carlos de Foucauld
Espiritualidad en el desierto según Carlos de Foucauld

Amigos en el Amigo, viviendo la vida de Nazaret en los entornos laborales, sociales y de Iglesia. Nuestro estilo de vida no tiene nada de particular: los mismos problemas, las mismas ilusiones, los mismos dolores, que cualquier ciudadano, pero con la inquietud de impregnarnos del proyecto del Dios-Amor, revelado en Jesús. Oración, trabajo del evangelio, formación con la ayuda de muchos, compartir la vida -en serio-, los bienes materiales según posibilidades, los espacios que posee la Comunitat de Jesús en el pueblo de Tarrés, Lleida, implicación en compromisos sociales y con la Iglesia, sin ninguna actividad apostólica predominante.La vinculación a la comunidad nos empuja a seguir creciendo, a no acomodarnos a los reclamos del mundo, tan tentador siempre. A sentirnos familia para ofrecer familia también, con el respeto a las identidades de cada uno y a los procesos personales, que evidentemente no llevan siempre la misma velocidad. Recibimos la noticia de la próxima canonización de Carlos de Foucauld desde la alegría de formar parte de su Familia Espiritual, desde los años 80. Esta familia, para nosotros, ha sido un soporte y una riqueza inmensa. Acogemos la canonización bajo el anhelo de que sirva para inspirar a otros en una vida encarnada en la sencillez, arraigada en la profundidad del silencio, que es Palabra, en la autenticidad del Amor, que es Proyecto, desde el anonimato que convive con todos, pero enfoca directamente a los más desfavorecidos, a los últimos de los últimos, como repetía Foucauld. Murió solo, pero ha dado fruto abundante en muchos hombres y mujeres, religiosos y laicos, y seguirá siendo espejo para reflejar la esencialidad de su enamorado, Jesús, la esencialidad del pan partido y encarnado entre los más humildes y en todo ser humano.

Espiritualidad
Espiritualidad

Comunidad ecuménica Horeb

El hermano Germán, regional de la CEHCF en Brasil, nos envía un whatsaap que dice así: «Estamos muy alegres por este acontecimiento anunciador de vida, vida plena para el mundo». La canonización del hermano Carlos de Foucauld es un acontecimiento de vida para la Iglesia y el mundo porque va en la línea del papa Francisco, que en palabras del obispo Pere Casaldàliga, quiere «una Iglesia vestida de Evangelio y calzada con sanda-lias». Foucauld puede ayudar a la Iglesia de hoy a «volver a Nazaret»: Una Iglesia pobre, sencilla, fraterna, acogedora, a imitación de la santa Familia de Nazaret.

La CEHCF es una unión espiritual de personas que constituyen un «monasterio invisible en la comunión de los santos». Esta comunidad la integran personas que bajo Los consejos evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld, hacen el compromiso ecuménico de pedir todos los días por la unión de los cristianos y que las Iglesias, Religiones y las Naciones se dejen conducir por el Espíritu de Jesús, el Cristo.

La CEHCF fue fundada, como lugar físico de acogida y oración en 1978, por José Luis Vázquez Borau, en el Poblado de Sn Francisco de Huercal-Overa (Almería), con la bendi-ción del obispo de entonces Don Manuel Casares Hervás, y funcionó hasta 1982, que tu-vieron los hermanos y hermanas que dispersarse por diversas circunstancias. Pero en Pentecostés de 2006 la CEHCF recibió un nuevo impulso constituyéndose Fraternidades Horeb por todo el mundo.

Capilla de comunidad seguidora de Carlos de Foucauld
Capilla de comunidad seguidora de Carlos de Foucauld

Fue reconocida ad experimentum como Asociación privada de fieles el 19 de junio de 2014, por el cardenal de Barcelona Mons. Luis Martinez Sistach y el 20 de junio de 2018 el Cardenal Juan José Omeya Omella, arzobispo de Barcelona, firmó el decreto de constitución definitiva de la misma como Asociación privada de fieles. El año 2020 la CEHCF ha sido acogida en la Asociación Familia Foucauld España. En la actualidad hay presencia de la CEHCF en quince países del mundo.

Fraternidad Carlos de Foucauld

Al llegarme la noticia de la Canonización del hermano Carlos de Foucauld, tuve una sensación muy dispar, de alegría, cómo no, pero al mismo tiempo de desconcierto, ¿y ahora qué?. Veníamos hablando en la Asociación de la Familia del Hermano Carlos, de esta posibilidad, especialmente desde la beatificación y siguiendo aunque de lejos los trabajos de la Comisión encargada de ese proceso. Después de la impresión inicial… Me surgía la pregunta: Carlos de Foucauld, ¿qué diría ahora?

«Si el grano de trigo no muere….». La primera constatación es, ¿cómo un hombre que deseó ardientemente vivir su experiencia con otros hermanos, que se pasó elaborando estatutos de una Asociación que nunca fue reconocida, a su muerte ha podido generar tantos grupos y formas de vivir el seguimiento de Jesús, en el camino que éste hombre inquieto y siempre en búsqueda inició solo en el desierto?

Carlos de Foucauld, a los altares
Carlos de Foucauld, a los altares

La Fraternidad Carlos de Foucauld, Asociación de Fieles Laicas, es una de ellas, a la que pertenezco: «Está constituida por mujeres que optan por vivir el Absoluto de Dios, en el celibato, según el carisma se Carlos de Foucauld» Es en la vida cotidiana donde los miembros de la Fraternidad, viven su entrega a Dios en libre opción de trabajo, compromisos y formas de vida «. La segunda, ¿podremos sustraernos al «montaje «que toda Canonización lleva….? Seremos capaces, de vivir éste acontecimiento, como un reto para actualizar el mensaje, vivir en profundidad las intuiciones que nos enamoraron de su mensaje, en definitiva: «Volver al Evangelio, ser hermanos universales, en nuestro Nazaret de cada día. Si es así, ¡bienvenida canonización!

Fermina

Fraternidad sacerdotal Iesus Caritas

Hace unos días recibíamos la buena noticia de la próxima canonización del Hermano Carlos de Foucauld. La noticia ha llegado, curiosamente, en esta etapa de confinamiento por el coronavirus. Y, quizá, por ese motivo ha supuesto una sorpresa. Evidentemente, una sorpresa agradable. En tan pocos días no ha sido posible contactar con todos los sacerdotes de la fraternidad sacerdotal pero, el sentir general, con los que he podido compartir, es de alegría y agradecimiento.

Espiritualidad tras Carlos de Foucauld
Espiritualidad tras Carlos de Foucauld

Ese día fueron continuos los mensajes de alegría por parte de los hermanos sacerdotes, así como la comunicación de los distintos ecos que la noticia estaba provocando en la prensa. También hay que subrayar las palabras de felicitación por parte de muchos de nuestros feligreses, sabedores de que nuestra espiritualidad sacerdotal se nutre de la vida y el estilo del hermano Carlos. En este sentido, estoy convencido de que muchos de nosotros habremos recibido mensajes y llamadas de nuestras distintas comunidades parroquiales para felicitarnos. Yo puedo compartir algo de mi experiencia, en ese sentido. Alguna feligresa de mi parroquia, del centro de Valencia, nada más conocer la noticia, la puso en el grupo de whatsapp que tiene la parroquia. Inmediatamente, la comunidad empezó a manifestar su alegría por esta gran noticia, dándome la enhorabuena.

Uno intenta no “condicionar” demasiado a la gente, en sus devociones y en sus santos. Pero, es evidente que, al final, si uno vive la espiritualidad del hermano Carlos, de una forma o de otra, eso lo transmite, lo contagia. En esa reacción inmediata de los feligreses de mi parroquia entendí que, en el poco tiempo que camino con ellos, han captado cuáles son mis fuentes de espiritualidad. No se han quedado, solamente, con la felicitación. Alguien ha propuesto, con la aceptación y el aplauso de todos, que un servidor ofrezca unas charlas o un curso sobre la vida y la espiritualidad del hermano Carlos, porque lo conocen poco. Evidentemente, no puedo decir que no. Tienen derecho a conocer quién es Carlos de Foucauld y por qué la Iglesia lo considera santo.

Hermana de comunidad inspirada en Carlos de Foucauld
Hermana de comunidad inspirada en Carlos de Foucauld

Yo diría, al respecto de la anécdota de mi parroquia, que la próxima canonización del hermano Carlos debe despertar, no sólo la alegría inmensa de que la Iglesia reconozca en su vida un camino de santidad sino, también, la responsabilidad, como sacerdotes diocesanos, de dar a conocer a nuestra gente, a nuestras comunidades, a las personas que servimos y acompañamos, al hermano Carlos y su espiritualidad. Entre otras cosas, porque estamos convencidos de que su espiritualidad de Nazaret no es algo del pasado, sino que sigue teniendo mucha actualidad.

Nazaret proporciona un estilo de presencia y de evangelización que tiene mucho que ver con esa llamada constante y permanente del Papa Francisco a ser cristianos y comunidades “en salida”. Cuanto más profundizamos en la espiritualidad de Carlos de Foucauld más nos damos cuenta de su actualidad. Y, quizá, éste puede ser un buen momento para darla a conocer. Nosotros, como sacerdotes diocesanos; otros miembros de la familia del hermano Carlos, desde su carisma. No cabe duda de que, durante mucho tiempo, hemos sido parcos o tímidos a la hora de hablar del hermano Carlos. Al menos, a mí me lo ha parecido. Pero, si estamos convencidos de que su espiritualidad tiene algo o mucho que aportar a la Iglesia y al mundo de hoy, no podemos privar al Pueblo de Dios, de la vida y el testimonio de un santo que supo encarnar el evangelio, a Jesús mismo, en un contexto difícil, adverso. Su estilo tiene mucho que aportar a la Iglesia de hoy. Como sacerdotes diocesanos, miembros de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas, no podemos sino alegrarnos de la noticia, dar gracias a Dios, y traducir nuestra alegría y agradecimiento, no sólo en un estilo de vida, sino en un modo de hacer llegar a nuestra gente la vida y el testimonio del hermano Carlos. Ojalá acertemos. Un fuerte abrazo y felicidades a toda la Familia de Carlos de Foucauld.

Aquilino Martínez

«La responsabilidad, como sacerdotes diocesanos, de dar a conocer a nuestra gente, a nuestras comunidades, a las personas que servimos y acompañamos, al hermano Carlos»

Fraternidad Secular Carlos de Foucauld de Valencia

«Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él». Ese es el absoluto que descubre el hermano Carlos. Y que sitúa a todo lo demás y a cada persona, como criatura. Y nos ayuda a no asumir protagonismos que no nos corresponden. De ahí el abandono, la adoración, la acción de gracias, el último lugar. Su profetismo nace de ese descubrimiento del Amor de Dios que le lleva al apostolado de la amistad, a Nazaret.

Fue testigo del amor de Dios y su muerte tal vez se debió al miedo y la confusión de un joven… No la entregó en defensa de su fe. Muchos de sus escritos no resisten el paso del tiempo. Como tampoco la forma en que la Iglesia dictamina quién es santo. Los milagros pueden parecer un «poner a prueba» a Dios. Tal vez sea momento de revisarlo. Pero agradecemos sus intuiciones y testimonio, que nos ha abierto caminos de conversión y de vida fraterna.

Como parte de la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld de Valencia quiero destacar su figura como una persona que supo ser profeta sin pretenderlo, legándonos una espiritualidad basada en el abandono propio y aceptación de un Dios que es visible y cercano en todas las criaturas que habitan nuestro mundo. Y no pretendo representar a la totalidad sino mostrar el testimonio agradecido de esa riqueza en la diversidad que representa la Fraternidad.

«Muchos de sus escritos no resisten el paso del tiempo. Como tampoco la forma en que la Iglesia dictamina quién es santo»

Desde lo cotidiano nos sentimos llamadas a recrear la Iglesia con sus grandes y pequeñas contradicciones. Porque nos sabemos acompañadas por esa multitud de testimonios de vida, comunión de santas que ejerciendo su libertad, han hecho crecer el Reino encarnando el Evangelio. Agradecemos al Hermano Carlos y a todas las personas que acogieron la Fraternidad Universal. Es vía para saberse hermana e hija, para compartir con quien sabemos que nos ama y afrontar así nuestras miserias y limitaciones, como personas y como sociedad. Nos despierta a la presencia en lo cotidiano, en la bondad pequeña, en las relaciones, en la acción política y sindical. Nos lleva a la creatividad para encarnar la Palabra, al encuentro en la amistad y la fraternidad como espacio de lucha personal por la coherencia. A la Eucaristía, acción de gracias y alimento, en la que compartimos la vida y nos abrimos al Espíritu. A vivir en los márgenes, situarnos en la periferia, acompañadas por el respeto, la libertad y el cariño. Nos alegramos que las intuiciones del Hermano Carlos sean compartidas y valoradas aunque su canonización no añade nada a nuestra experiencia de fe. Nos gustaría alimentar gestos plenos de significado y esperanza para esta sociedad del siglo XXI, que dieran testimonio de esa lectura del Evangelio encarnada en la vida, que es la fe cristiana. Queremos manifestar que nos sentimos agradecidas porque su vida y la obra que nos legó nos sirven como guía en nuestro camino como personas a las que un día sedujo el evangelio de Jesús de Nazaret.

Isabel Zacarés Escrivà

Espiritualidad, tras la estela de C. de Foucauld
Espiritualidad, tras la estela de C. de Foucauld

Hermanitas de Jesús

Me han pedido un pequeño escrito en nombre de las Hermanitas de Jesús, pero no es esta mi intención, porque creo que hay tantas maneras de reaccionar a la noticia de la canonización del Hermano Carlos como Hermanitas existen en el mundo… Voy a hablar por mí. Estoy en la Fraternidad hace muchos años, desde el pos-Concilio, y lo que me atrajo fue la figura de Carlos de Foucauld, tal como la descubrí en algunos libros y en el testimonio de unas hermanitas que conocí por casualidad. Estaba enamorada de la persona de Jesús y deseaba seguirle en la vida religiosa, pero no sabía dónde… Al conocer al Hermano Carlos intuí que había en él una trayectoria de verdad evangélica, de las bienaventuranzas, donde la contemplación de la Encarnación me llevaba de la mano a compartir mi suerte con la de los más pobres y marginados. Y esto me pareció concretizar de manera bien clara las orientaciones que acabábamos de recibir del Concilio Vaticano II.

Por esto me decidí por la Fraternidad. Mi vida ha sido de altos y bajos, con mucha fragilidad y bastantes huidas, pero con la presencia (muchas veces apenas presentida) de este Jesús descubierto en la juventud, y que ha continuado acompañándome por los caminos del mundo.

Hoy Carlos de Foucauld es reconocido “santo” oficialmente por la Iglesia. ¡No es que no lo fuera ya! A mí casi me gusta más como “santo de la puerta de al lado” que como “santo en los altares”… Las canonizaciones en general me dejan un poco fría. Pero me sorprendo a mí misma alegrándome de verdad con esta celebración, por lo que el “nuevo santo” representa:

Vida comunitaria inspirada en las enseñanzas de C. de Foucauld
Vida comunitaria inspirada en las enseñanzas de C. de Foucauld

Creo que es muy importante para toda la Iglesia actual, tan amenazada de retrocesos y de cierre sobre sí misma, que se reconozca en Carlos de Foucauld uno de los paradigmas de una nueva forma de situarnos como discípulos y discípulas de Jesús en este cambio de época: maravillado por la cercanía de Dios, por lo concreto de la Encarnación (Nazaret), precursor de una nueva forma de evangelización por la presencia y la amistad, tejedor de relaciones impregnadas de un profundo respeto por cada ser humano, de cualquier pueblo, cultura, religión… En resumen: un hombre clave.

Josefa Falgueras

Hermanos del Evangelio

Como congregaciones religiosas bebemos de la intuiciones de Carlos de Foucauld que se inspiran en la vida de Jesús en Nazaret. En ese pueblo perdido de Galilea Jesús creció y pasó la mayor parte de su vida y estamos seguros que esto marcó profundamente su manera de actuar y anunciar la buena noticia del Reino de Dios. Nuestra vocación está marcada por la amistad y el compartir la vida de la gente sencilla, en el trabajo, en el barrio, en sus luchas y alegrías, en sus penas y debilidades… Esa vivencia atraviesa y marca nuestra oración. A través de ese estilo de “Nazaret”, desde lo cotidiano, desde lo sencillo y pequeño, muchas veces aparentemente inútil y poco relevante, esperamos que pueda traslucirse ese gran amor que Dios nos tiene a toda la humanidad.

Sinceramente, la mayoría de los hermanos de Jesús y del Evangelio apenas hemos apoyado la causa de la canonización del hermanos Carlos. El revuelo y el boato que suelen acompañar estos acontecimientos no están en nuestra genética. Más bien tenemos una tendencia innata a huir de ello.

La noticia de la próxima canonización nos llena de alegría, porque estamos convencidos que las intuiciones del hermano Carlos, su modo de relacionarse con su “bien amado hermano y Señor Jesús”, su manera de vivir el “apostolado de la bondad”, son una verdadera riqueza para nuestro tiempo. En una época de cierta globalización por un lado y un peligro de repliegue sobre sí mismo por otro, Carlos, el hermano universal, nos invita a ser hermano de todos y todas, sin distinción… En tiempos saturados de ruidos y palabras, de ídolos y estrellas, Carlos nos invita a redescubrir la importancia de lo pequeño, la sencillez, lo silencioso… En las tensiones que surgen a veces entre las religiones el camino de Carlos -que recuperó la fe de su infancia gracias a la impresión que le causó la fe en el mundo musulmán- nos abre al respeto mutuo en el diálogo interreligioso…

«Sinceramente, la mayoría de los hermanos de Jesús y del Evangelio apenas hemos apoyado la causa de la canonización del hermanos Carlos»

¿Es el momento del anuncio de su canonización una casualidad? Durante esos meses de pandemia, muchos creyentes nos hemos quedado sin poder asistir físicamente a la eucaristía. Carlos, en su empeño de ir hacia los más pobres y alejados, se puso en tal situación que durante meses estuvo privado de poder celebrar la misa… ¡Curiosa coincidencia!

La frase del Evangelio que más sacudió mi vida es ésta: ‘Lo que hacen al más pequeño de los míos, a mí me lo hacen’ (Mateo 25,40). Y cuando se piensa que es la misma persona la que dijo: ‘Este es mi cuerpo, ésta es mi sangre’, con qué fuerza se siente uno impulsado a amar a Jesús en estos pequeños (Carlos de Foucauld)

JuanFamilia Carlos de Foucauld

La Catedral de San Pedro de Ginebra, los orígenes del calvinismo

Alba Martorell Cid

otografía Vista de la catedral de Ginebra desde el lago Lemán
Fotografía: Vista de la catedral de Ginebra desde el lago Lemán. Camba bajo licencia CC

a Catedral de San Pedro de Ginebra, testigo de grandes transformaciones religiosas, destaca por su papel en la historia del calvinismo

La aguja puntiaguda de la catedral de San Pedro despunta sobre la ciudad de Ginebra desde hace más de nueve siglos. Desde allí, la mirada se extiende sobre los tejados de la ciudad, donde en los pies reposa el lago Lemán. El paisaje lo enmarcan el Jura, el Salève y los Alpes, con el Mont Blanc presidiendo el horizonte cuando el tiempo acompaña.

Este templo ha contemplado las grandes transformaciones religiosas de Europa. Primero fue la sede de los obispos católicos de Ginebra; después, se convirtió en uno de los símbolos más universales de la Reforma protestante. Hoy es la sede del ecumensime por excelencia. Un lugar de culto vivo y un destino de referencia para miles de visitantes atraídos tanto por su patrimonio arquitectónico como por su profundo significado espiritual.

De los orígenes católicos a la Reforma

La historia del sitio se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Las excavaciones arqueológicas han puesto al descubierto los restos de un conjunto episcopal de los siglos IV y V, que atestiguan la antigüedad de la comunidad cristiana de Ginebra. La catedral actual empezó a construirse en el siglo XII en estilo románico, aunque a lo largo de los siglos incorporó numerosos elementos góticos y, posteriormente, una fachada neoclásica que le confiere el aspecto actual.

Durante casi cuatrocientos años fue la sede del obispo de Ginebra. Pero su destino se transformó radicalmente en la primera mitad del siglo XVI. En un contexto de fuertes tensiones políticas y vuelcos religiosos, el obispo Pierre de La Baume abandonó la ciudad en 1533 y trasladó su residencia primero a Gex y después a Annecy.

Tres años más tarde, el 21 de mayo de 1536, Ginebra adoptaba oficialmente la Reforma protestante y la catedral pasaba a formar parte de la nueva Iglesia Reformada. Las imágenes, los altares laterales y buena parte de la decoración medieval fueron retirados, de acuerdo con la voluntad de los reformadores de hacer hincapié en la predicación de la Palabra y en una liturgia más austera.

La catedral de Juan Calvino

Si hay una figura inseparable de San Pedro de Ginebra es la de Joan Calví. El reformador francés llegó a la ciudad en 1536, poco después de que Ginebra se hubiera adherido a la Reforma. Ese mismo año Calvino había publicado  Institución de la religión cristiana . Inicialmente, había ido sólo de paso, pero el reformador Guillermo Farel le convenció para que se quedara y le ayudara a organizar la nueva Iglesia.

Sus propuestas de reforma provocaron tensiones con las autoridades civiles, especialmente por la cuestión de la disciplina eclesiástica y control sobre la vida religiosa de la ciudad. El Consejo de Ginebra, formado por magistrados civiles que habían asumido buena parte de las antiguas funciones del obispo, quería mantener el control político sobre el municipio. Calvino, en cambio, defendía una mayor autonomía de la Iglesia para regular la vida religiosa de los creyentes. Estas desavenencias acabaron provocando su expulsión en 1538.

Durante los tres años siguientes, Calvino vivió en Estrasburgo, donde ejerció como pastor y profundizó en su pensamiento teológico. Aquel período de exilio fue decisivo para su formación y para la elaboración de su obra. En 1541 regresó definitivamente a Ginebra, aceptando las competencias de la autoridad civil, pero instaurando una figura propia del modelo ginebrino: el Consistorio, un organismo en el que participaban pastores y laicos que supervisaban la disciplina religiosa.

Durante más de dos décadas, Calvino predicó regularmente desde el púlpito de la catedral -aún se conserva una silla de madera sencilla, desde donde se dice que lo hacía-. Sus ideas se extendieron por todo el continente gracias a pastores y estudiantes que acudían para formarse. Poco a poco, el pensamiento calvinista influyó en las iglesias reformadas de Francia, Países Bajos, Escocia, Hungría y, más adelante, de Norteamérica. Por ese motivo, Ginebra llegó a ser conocida como «la Roma protestante».

Los lugares más emblemáticos del calvinismo

Quien llega hoy a San Pedro lo hace, principalmente, movido por el deseo de conocer los orígenes de una tradición cristiana que ha tenido una influencia decisiva en la historia de la educación, la política, la cultura y el pensamiento occidental.

Aparte de la catedral, es habitual visitar otros espacios vinculados a la Reforma, como el Auditori de Calví, un antiguo lugar de reunión y predicación de la comunidad reformada. También destaca el Museo Internacional de la Reforma, que conserva su memoria del movimiento religioso.

Según el párroco y teólogo  Antoni Matabosch , otro lugar imprescindible es la sede del Consejo Mundial de Iglesias, situada en la Route de Ferney. De la misma forma, también es ineludible la Universidad de Ginebra, fundada por Joan Calví y hoy especialmente reconocida por sus estudios en el ámbito de las relaciones internacionales y la diplomacia.

A poca distancia, el Muro de los Reformadores recuerda a los principales referentes del protestantismo, con esculturas de Joan Calví, Guillem Farel, Teodoro de Beza y John Knox. Construido a principios del siglo XX, el monumento lleva inscrita la divisa  Post Tenebras, Lux (“Después de las tinieblas, la luz”), una expresión que simboliza la interpretación que los reformadores hacían de su propio movimiento.

Cada año, grupos parroquiales, estudiantes, teólogos y visitantes diversos llegan para profundizar en la historia de la Reforma y participar en celebraciones o encuentros de reflexión y oración. La catedral sigue acogiendo el culto dominical, así como conciertos, conferencias y actividades culturales. Además, los restos arqueológicos bajo el templo permiten recorrer casi dos mil años de historia cristiana, mientras que la subida a las torres ofrece una de las panorámicas más sobrecogedoras sobre la ciudad y el lago.

Ginebra, ciudad ecuménica

Aunque es uno de los grandes símbolos de la Reforma, Ginebra participa hoy de un contexto muy diferente al del siglo XVI. Según  Matabosch , la ciudad es una de las capitales mundiales del ecumenismo porque el Consejo Mundial de Iglesias tiene su sede desde su fundación oficial, en el año 1948, aunque ya mantenía una oficina desde 1939. Actualmente, forman parte unas 245 iglesias de todo el mundo, hecho más que el mundo, hecho más que el mundo.

Antonio recuerda que el movimiento ecuménico moderno tiene sus raíces en la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo de 1910, cuando cerca de 1.500 misioneros protestantes asumieron el compromiso de trabajar por la unidad de los cristianos. La división, explica  Matabosch , dificultaba el anuncio del Evangelio, tal y como ya expresa el Evangelio de Juan: «que todos sean uno». Con el tiempo, este impulso inicial se amplió al diálogo doctrinal, la acción social y la oración compartida. La Iglesia católica se incorporaría plenamente a raíz del Concilio Vaticano II, especialmente con el decreto  Unitatis Redintegratio (1964).

En este contexto, la catedral se ha configurado como espacio de encuentro. A lo largo del año acoge actos ecuménicos y visitas de cristianos de tradiciones muy diversas. Para  Matabosch , San Pedro «mantiene un profundo valor simbólico tanto para los cristianos reformados como para los católicos». No es tanto un lugar de veneración del pasado, sino más bien un espacio que sigue interpelando sobre «la unidad de los cristianos y el papel de la Iglesia en el mundo contemporáneo».

No es una afirmación sólo académica. El propio  Matabosch reconoce que la ciudad también ha marcado su propia trayectoria: «Es el lugar donde me formé en ecumenismo, en el Instituto Ecuménico de Bossey, dependiente del Consejo Mundial de Iglesias y de la Universidad de Ginebra. He trabajado durante muchos años, he hecho grandes amistades y he asistido a las amistades de Iglesias”. «Le debo muchísimo», concluye. Esta experiencia personal resume bien lo que sigue representando a Ginebra para muchos cristianos: no sólo el recuerdo de una división histórica, sino el anhelo de trabajar intensamente para reconstruir la unidad, como ya sucede desde hace más de un siglo.

LA PEQUEÑA HERMANA MAGDELEINE

Los datos externos de la vida de la Hermana Magdaleine (Hutin) se pueden resumir en tres etapas: su infancia y Juventud, su seguimiento de la espiritualidad de Carlos de Foucauld, y su actividad como Fundadora de las Hermanitas de Jesús.

Nace en París el 26 de abril de 1898. A causa de la guerra se educa también en España (San Sebastián) y en Italia (San Remo). De los veinte a los treinta años sufre una grave enfermedad de pleuritis. De 1928 a 1936 ejerce como directora de un Colegio en Nantes.

Atraída por la figura de Carlos de Foucauld, cuya primera biografía se publica en 1921 y ella conoce en la casa paterna, viaja a África y se establece cerca de Argel. En 1938 peregrina a la tumba de Carlos de Foucauld en El Golea y encuentra providencialmente a René Voillaume. Empieza una experiencia de vida religiosa para seguir las huellas del Hermano Carlos. Hace su noviciado con otra hermana en las Franciscanas Misioneras de María y redacta las Constituciones de la futura Congregación. El 8 de septiembre hace sus votos; una fecha que se considera como el principio de la nueva Congregación, y un mes mas tarde funda la primera fraternidad en pleno desierto, ba^o una tienda de nómadas, una de sus ilusiones de un nuevo estilo de vida religiosa. Propaga en Francia su ideal en los años siguientes, en medio de la guerra. En 1942 hace los votos perpetuos. En 1944 llega a Roma y obtiene la primera audiencia con el Papa Pío XII, que apoya su ideal de vida. En 1946 percibe la vocación universal de las Pequeñas Hermanas de Jesús y su inserción en medios pobres, superando la total dedicación inicial al Islam que parecía ser la inspiración exclusiva de Carlos de Foucauld.

En los años que siguen, después de la segunda guerra mundial, la Hermanita Magdaleine da un impulso universal a la Congregación que en 1947 es aprobada por el Obispo de Aix-en-Provence. Ya en 1949 deja el gobierno general de la Congregación, pero sigue siendo la animadora de la expansión universal con fundaciones de fraternidades obreras, entre los gitanos y los pastores. Con intuición profética extiende las Fundaciones en contacto con las Iglesias orientales católicas y ortodoxas en el Líbano; más tarde se extienden las fundaciones por América del Norte y del Sur. Viaja mucho y penetra en las naciones que entonces están todavía bajo el régimen comunista, tras el telón de acero, tanto en Europa como en Asia. Quiere llegar a los cinco continentes y llega de hecho a los confines de Rusia y de China. Es un momento de expansión y de crecimiento de la Congregación. La Hermana Magdeleine mira con simpatía los países del Este europeo. En 1964, la Congregación recibe el reconocimiento de derecho pontificio y pasa a depender de la Congregación de Religiosos, mientras anteriormente dependía, por los vínculos estrechados con algunas Iglesias del medio Oriente, de la Congregación para las Iglesias Orientales. En 1963 nacen las Hermanitas del Evangelio; se funda en 1970 la primera fraternidad ecuménica en Suiza y se aprueban definitivamente las Constituciones adaptadas al nuevo Código de Derecho Canónico en 1988. A la muerte de la Fundadora, en 1989, la Congregación cuenta con 1.350 hermanas y esta ya extendida en 65 naciones.

Hay una línea providencial que es el hilo de oro de la historia de la Hermana Magdeleine. Está marcada por la piedad de la familia y las muertes, enfermedades y contradicciones que vive en su familia desde la juventud, pruebas que la van curtiendo en el amor a los pobres y también en su amor por África. El encuentro con la figura y espiritualidad de Carlos de Foucauld acaece en la propia familia, gracias a la devoción que su padre tiene por este aventurero del desierto cuya biografía y escritos suscitan un movimiento de fervor en Francia en los años que siguen a la muerte del Hermano Carlos, por mérito de sus grandes amigos y propagandistas L. Massignon y R. Bazin. Como un grano de trigo que muere en el desierto el 1° de diciembre de 1916, el Hermano Carlos de Jesús, sin dejar un discípulo, empieza a brotar por doquier el interés por su persona, su obra y su espiritualidad.

La Hermanita Magdeleine, madurada por Dios en la pobreza y en la enfermedad, obligada a buscar el clima de África, teniendo en el corazón el ideal de Carlos de Foucauld, se siente en Argelia como en su tierra prometida y empieza a ver a Jesús en los rostros de los niños árabes. Atraída especialmente por los nómadas del desierto, sueña con una vida religiosa que pueda vivirse bajo una tienda del desierto. Hay una fecha carismática en este tiempo. Es su encuentro con el misterio de Jesús, cuando percibe que la Virgen María se lo entrega. Un Niño que es «luz, ternura y amor», una presencia de encarnación que la marca profundamente y marca también el arte y la vida de las Hermanitas de Jesús. Tras el encuentro, junto a la tumba de Carlos de Foucauld, con R. Voillaume y el Obispo Gustave Nouet, Padre Blanco, Prefecto Apostólico del Sahara, que la invita a hacer un año de noviciado y redactar las leyes de la futura Congregación, Magdeleine, fiel a lo que siente como una inspiración de la Iglesia, se pone manos a la obra. Quiere fundar fraternidades muy sencillas, sin el peso de las estructuras de la vida monástica de entonces, siempre en camino, dedicadas principalmente a vivir en los países del Islam. Madura su mística de la encarnación, atraída por la presencia de Cristo y por la imitación del gesto mariano de entregar a los hombres y mujeres de este mundo al Niño Jesús, en el misterio de la pobreza y de la Encarnación. Lo vive, lo escribe, lo representa con diversas formas artísticas. Jesús será el nombre que ella misma asume cuando hace los votos el 8 de septiembre de 1939. Tras el sueño del desierto, las dificultades de la guerra y el afluir de vocaciones nuevas y generosas en Francia, atraídas por la novedad y sencillez de esta fraternidad que esta naciendo, recibe la aprobación de Pío XII en 1946, y se le abren nuevos horizontes. Se fundan las primeras fraternidades obreras entre los gitanos y los pastores en 1949. La Fundadora sueña a lo grande, en medio de la sencillez, y piensa en fraternidades que se establecen entre los judíos en Jerusalén, entre los leprosos en Camerún y Vietnam, en Japón, China, Moscú, Estambul. Y los sueños se van realizando. Siente la vocación de presencia entre las Iglesias orientales del Medio Oriente, entre los judíos y palestinos de la Tierra Santa, pero piensa también en África central, en América del Norte y del Sur; realiza fundaciones entre las tribus indígenas de Brasil, de Australia, entre los pobres de Sri Lanka, con los esquimales del Polo Norte. Se va realizando el sueño de una universalidad dentro de la sencillez de la presencia de encarnación, de la variedad de las culturas y de los ritos, de la búsqueda de los más pequeños, los despreciados. Todo con un talante a la vez hondamente contemplativo y concreta mente enraizado en el trabajo de los pobres, con y como los pobres. Poco a poco la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús, con el sentido universal y concreto de Magdaleine, se hace presente en los límites de lo humano y da sentido de presencia y amor al Evangelio de los pobres. Cruza con frecuencia el telón de acero y dilata dentro de sus posibilidades los horizontes de una presencia amiga, sencilla, eclesial, con un sentido de universalidad y de inculturación profunda, según el espíritu de Carlos de Foucauld. Vive y vibra por los grandes problemas de la justicia, de la paz, de la unidad de la Iglesia, con un amplio espíritu ecuménico.

La autora de la primera biografía de la Hermana Magdaleine, Angélica Daiker, ha intuido cómo sus caminos espirituales han estado marcados por las etapas de Jesús en el Evangelio. Belén son las raíces con el encuentro decisivo de la Hermana Magdaleine con el misterio de Jesús en el pesebre. Galilea son los caminos de universalidad. Nazaret el estilo de vida, la levadura en la masa de la vida cotidiana, el trabado sencillo de los obreros y obreras, la contemplación y la adoración por tos senderos del mundo, la amistad como estilo de comunión y la preocupación por la vida como lo que más acerca a lo que es más divino y humano. De aquí la novedad del estilo de las fraternidades. Betania es la oración contemplativa, en adoración de la Eucaristía. Jerusalén es la plenitud, con las pruebas y gozos que nunca faltan en la vida de los Fundadores y Fundadoras. Roma es como su patria espiritual, la unidad y el amor a la Iglesia, la prueba segura de su catolicidad más acendrada, la obediencia y la comunión con el Papa como garantía de esa universalidad que es amor a la Iglesia universal, sentido de las iglesias particulares, amor por la dimensión ecuménica y apostólica, sentido de inculturación.

Toda una aventura que es interpretación creativa y dinámica del cansina de Carlos de Foucauld, bajo la guía del Espíritu Santo. Desde su estilo y su originalidad, como trata de ilustrar la autora de esta biografía, la herencia espiritual de la Hermanita Magdeleine responde a muchos retos de la Iglesia de nuestro tiempo, desde lo hondo de lo que se vive, sin ruido, como presencia de contemplación y de amistad, de cercanía y testimonio. Con una abertura de horizontes y una aceleración de la historia que se manifiesta precisamente por la presencia en las fronteras de los diálogos y de las situaciones culturales de pobreza y de lejanía de la Iglesia, allí donde las Hermanitas son presencia eclesial y mañana que ofrece la presencia de Jesús Salvador, el Niño de Belén.

Por los caminos de la Hermanita Magdaleine se cruzan personajes de la historia espiritual del siglo XX, presencias, de amistad y de consejo sereno en los momentos difíciles. Entre estas presencias recordarnos a Pío XII, Pablo VI, Juan Pablo II, a Rene Voillaume, a Mons. Charles de Provencheres, al Cardenal Eugenio Tisserant. Pero también la Madre Teresa de Calcuta, el sacerdote ortodoxo Alexander Men, asesinado en Moscú, Roger Schütz, Prior de Taizé8.

La documentación fotográfica que nos presenta el libro nos ayuda a recorrer los caminos de la Hermana Magdaleine desde su infancia por Francia, Argelia, Camerún, Nazaret, Bélgica, Brasil, Alaska, Rusia, China.

En los últimos años de su vida, la Hermanita Magdaleine ha vivido en su retiro de Tre Fontane los acontecimientos de la Iglesia, ha tenido el gozo recibir a Juan Pablo II en su casa. Roma fué para ella una patria espiritual, como lo fue el Sahara, la cuna espiritual del cansina de Carlos de Foucauíd, pero siempre con el corazón y con los pies de peregrina y viajera en el mundo entero, como reza el título del más conocido de sus libros que narra sus experiencias fundacionales.

La pequeña Hermana Magdaleine es una mujer excepcional, testigo de nuestra historia espiritual del siglo XX, pero a la vez protagonista de una dilatación del corazón de la Iglesia por el mundo entero, con una presencia y una espiritualidad que llevan el sello de lo evangélico -ésta es la fascinadora dimensión espiritual de Carlos de Foucauld y de sus seguidores y discípulos- y acercan a la verdad de lo cristiano en sus más hondas raíces humanas y divinas. Una presencia evangélica que no se puede olvidar, ahora que nos dejamos fascinar demasiado por las presencias fuertes y avasalladoras y por los entusiasmos conservadores de última hora, como si con ellos empezara la Iglesia a ser presencia en la sociedad. La memoria histórica de los testigos auténticos del Evangelio es motivo de esperanza y garantía de autenticidad de la presencia constante del Espíritu en la Iglesia. Y el mensaje evangélico de la Hermanita Magdaleine es de tal calado que no podemos echarlo en olvido, por su universalidad y su profundidad espiritual.

(J. Castellano, OCD)

Edificar sobre roca. El monasterio de San Basilio de Ostrog

Monasterio Superior de San Basilio de Ostrog

Fotografía: Monasterio Superior de San Basilio de Ostrog. Martí Tresserra y Fisas.

Alba Martorell Cid

Vista desde lo alto del monasterio
Fotografía: Vista desde lo alto del monasterio. Etan J. Tal, Wikimedia Commons bajo licencia CC 3.0

El monasterio de San Basilio de Ostrog en Montenegro es un emblemático lugar de peregrinación ortodoxa con una arquitectura singularmente empotrada en la roca

Hay lugares que parecen desafiar a las leyes de la naturaleza. Empotrado en un acantilado vertical del macizo de Ostroska Greda, a unos 900 metros de altitud, el monasterio de San Basilio de Ostrog domina el valle del río Zeta, en el centro de Montenegro. Desde la distancia, su fachada blanca parece brotar directamente de la roca, como si la propia montaña se hubiera convertido en templo.

Su arquitectura -de las imágenes más fotografiadas e icónicas de los Balcanes- no responde sólo a un criterio estético. Durante siglos, las cuevas y las grutas ofrecieron refugio a los monjes ortodoxos frente a las incursiones del Imperio Otomano. La montaña se convertía así en un espacio de oración, pero también de protección.

Maria Rosa Ocaña , miembro de la Iglesia Ortodoxa del Patriarcado de Serbia, delegada en diálogo interreligioso, miembro del GTER y colaboradora en Catalunya Religió , explica que, dentro de la tradición ortodoxa, la peregrinación es sobre todo “una búsqueda espiritual y una renovación de la persona”. Para ella, el valor de un lugar como Ostrog va mucho más allá de su impacto visual: «Es una curación para el alma y el cuerpo», añade.

Bratstvo manastira , la fraternidad del monasterio

El monasterio de Ostrog pertenece a la Iglesia Ortodoxa Serbia, dentro de la Territorio metropolitano de Montenegro y del Litoral, y está habitado por una hermandad de monjes ortodoxos que viven según la tradición cenobítica. A diferencia de los eremitas, los monjes comparten en comunidad la oración litúrgica, el trabajo, los bienes, las comidas y la vida cotidiana bajo la autoridad del hegumen , figura equivalente al abad en la tradición occidental.

La comunidad mantiene la celebración diaria de la Divina Liturgia, la acogida de los peregrinos y la custodia de las reliquias de san Basilio de Ostrog, siguiendo una vida austera y entregada. Desde 2022, la fraternidad de Ostrog la preside la arquimandrita Sergije, que ejerce el cargo de superior del monasterio.

San Basilio, semilla de la devoción

La historia de este lugar está indisolublemente unida a la figura de san Basilio de Ostrog, uno de los santos más venerados de la ortodoxia serbia. Nacido en Herzegovina en 1610, ingresó muy joven en la vida monástica y acabó siendo obispo de Zahumlje y Herzegovina. En una época marcada por el dominio otomano, se distinguió por la defensa de las comunidades cristianas y por una intensa vida ascética que le valió un gran prestigio.

Ocaña recuerda que el santo recorrió toda Herzegovina predicando el Evangelio y atendiendo a las necesidades del pueblo. «No sólo él se acercaba a la gente, sino que la gente empezó a acudir a él buscando ayuda, consejo y consuelo espiritual», relata.

Fundó el monasterio durante el siglo XVII y permaneció allí en los últimos años de su vida. Según la tradición ortodoxa, después de su muerte su cuerpo fue hallado incorrupto, un hecho interpretado como un signo de santidad. «El carácter prodigioso de estas reliquias ha sido el detonante de la motivación de miles de peregrinos», afirma Ocaña .

Un monasterio, dos ubicaciones

El conjunto arquitectónico se divide en dos espacios. El Monasterio Inferior, construido en 1824, acoge la iglesia de la Santísima Trinidad, las dependencias de la comunidad y la hospedería destinada a los peregrinos, con sólo unas pocas habitaciones. Esto hace que sea habitual acampar en el exterior del recinto; Ocaña destaca que «miles de personas duermen al raso para prepararse para venerar las reliquias», haciendo noche para completar el recorrido al día siguiente. En el monasterio es costumbre subir andando —ya menudo también descalzo— aunque hay un tren que puede acercarte y también se organizan viajes desde la ciudad cercana de Podgorica.

Pocos kilómetros más arriba se alza el Monasterio Superior, la imagen más conocida de Ostrog, el edificio literalmente suspendido sobre el acantilado. El hecho de que fuera construido en 1671 y junto a un precipicio de 900 metros, hace que se le haya llamado el “monasterio milagro”. Allí se conservan dos pequeñas iglesias excavadas en la misma roca: la de la Presentación de la Virgen en el Templo, donde reposan las reliquias de san Basilio, y la de la Santa Cruz, donde los peregrinos suelen permanecer largos ratos en silencio.

Las dimensiones de estas estancias son reducidas y se vuelven laberínticas, repletas de pequeñas capillas y rincones. También se pueden subir unas escaleras empinadas hasta la torre del campanario, donde se encuentra un mirador. La iglesia de la Santa Cruz, además, custodia el patrimonio artístico de Radul, uno de los grandes artistas serbios del siglo XVII, autor de los frescos pintados directamente sobre la roca natural de la cueva. En lugar de esconder las irregularidades del acantilado, las integró en la composición artística, creando una fusión excepcional, que refuerza la sensación de que el monasterio forma parte de la misma montaña.

Un lugar de encuentro interconfesional

Uno de los rasgos más singulares de Ostrog es precisamente su carácter abierto. Más allá de los fieles ortodoxos —serbios, montenegrinos, griegos, rumanos o rusos— acuden también numerosos católicos de los Balcanes y musulmanes de Bosnia, Montenegro o Albania. Muchos llegan convencidos de la capacidad de intercesión de san Basilio, a quien encomiendan, especialmente, la salud, la protección de la familia o la ayuda ante situaciones difíciles.

Esta fama traspasa las fronteras confesionales desde hace siglos. María Rosa recuerda que el presbítero anglicano B. Denton ya escribía en 1865 que musulmanes de Bosnia veneraban las reliquias del santo junto a los cristianos. También el viajero ruso Dimitri Galitzine describía, a finales del siglo XIX, una afluencia constante de peregrinos que «imploraban la ayuda del santo».

En un tiempo en el que muchos santuarios se han convertido en grandes centros de peregrinaje, Ostrog conserva un marcado carácter monástico. El silencio, el canto bizantino, el olor a incienso y la verticalidad de la montaña transforman la visita en una experiencia que va más allá del turismo religioso. Ocaña insiste en que hay que distinguir claramente al turista del peregrino: «El turista suele captar la belleza exterior oa tomar fotografías. El peregrino, en cambio, entra en el lugar santo para encender una vela, rezar ante un icono, participar en la liturgia, hacer una ofrenda o contagiar la salud propia o de sus seres queridos». La diferencia, asegura, no es tanto el lugar que se visita como la disposición interior con la que se llega.

Entre patrimonio y espiritualidad

En la tradición ortodoxa, la peregrinación no es una obligación religiosa. «Es sobre todo una recomendación y una práctica voluntaria», explica Maria Rosa . Tanto si se vive en comunidad como individualmente, su objetivo es el mismo: acercarse a Dios. En este sentido, la devoción a san Basilio sigue plenamente viva. Según Ocaña , los testimonios de gracias recibidas y de curaciones atribuidas a su intercesión se han transmitido de generación en generación y explican que el flujo de peregrinos no haya disminuido.

Incluso en Barcelona, ​​la Parroquia Ortodoxa de la Protección de la Virgen María conserva una reliquia del santo, entregada por el metropolitano de Montenegro, como signo de los vínculos espirituales con Ostrog. Para los miles de peregrinos que llegan cada año, no es sólo un monumento excepcional ni uno de los paisajes más impresionantes de los Balcanes. Es un lugar en el que la roca, el silencio y la oración invitan a una experiencia de renovación interior, que acerca a Dios.

Jesús de Nazaret, un artesano

 Xabier Pikaza 

 Más que su genealogía intrafamiliar (fijada en Mt 1, 1-17 y Lc 3, 23-38), los evangelisos destacan su genealogía laboral, para entroncar en ella su encuentro con Dios y su palabra mesiánica. Veamos en resumen lo ya visto:

 1. Marcos 6, 3 ledefine directamente como el tekton (artesano, Mc 6, 3). Ésa es su escuela, ése es su oficio e identidad: debía vender su trabajo, de forma que, para vivir, no se hallaba vinculado a la providencia de Dios (lluvia) y a su propio esfuerzo (trabajo personal en la tierra de dios), sino que dependía de la oferta y demanda de otros, en un mundo lleno de carencia y dureza.

2. Mateo parece suavizar esa afirmación y presenta a Jesús como el hijo del tekton (Mt 13, 53-55). Ese cambio no atenúa la dureza de su estado laboral, sino que lo corrobora pues no le presenta como nuevo tekton, alguien que acaba de empobrecer, por situaciones inmediatas de familia, sino como «hijo de» una familia de artesanos, sin la seguridad económica que ofrece un campo propio, como signo de bendición de Dios. Cuando más tarde prometa a sus seguidores «el ciento por uno» en campos (agrous: Mc 10, 30 par), casas y familia, Jesús querrá cambiar esa situación, pero no dando a cada padre de familia su poder y tierra, sino para superar el patriarcado, en forma de familia y tierra compartida en gratuidad.

3. Lucas y Juan pueden haber sentido embarazo de llamarle tekton (o hijo de tekton) y por eso cambian la expresión, diciendo: «¿No es éste el hijo de José? (Lc 4, 22 y Jn 6, 42)… Así pudo comenzar un vaciamiento de sentido de la palabra “tekton”, artesano-constructor del reino, en comunión de amor y vida con cien madres, hermanos e hijos para convertir el cristianismo (el mesianismo de Jesús) en religión de fe individual y de conocimiento espiritualizado, separado de la vida. Por eso es importante recuperar el fondo social del símbolo de artesano.

   Contra lo prometido por las bendiciones de Israel y promesas davídicas, Jesús era un hombre de poca importancia social; no era propietario de tierras, ni miembro de una estirpe sacerdotal como la de J. Bautista (cf. Lc 1) o F. Josefo (según su Autobiografía), ni escriba con autoridad docente establecida. Conocía la pobreza por dentro, no de un modo intelectual. No era sólo pobre de espíritu (ante Dios), sino un pobre real, por su trabajo y su lugar de sociedad, un judío marginal[1].

    Jesús sólo tenía autoridad de gracia, abierta, por amor a todos, sin poder, pero capaz de transformar por gracia(curación, comunión interhumana) la vida de hombres y mujeres de su tiempo. No se enfrentó con la ley (judía, romana) desde arriba, con poder de imposición, violencia externa, sino con autoridad de vida, con amor sanador, desde abajo.

   No empezó siendo marginado y pobre por vocación de Dios, sino por realidad social y familiar. Pero aceptó esa marginación no escogida como principio de trasformación mesiánica. Su escuela fue la pobreza y el trabajo alienado de millones de personas, que no tenían poder superior y dependían de aquello que otros quisieran ofrecerles, para cambiar las directrices de la vida personal y social desde los principios de la palabra y el amor, en solidaridad, en sanación personal, en amor mutuo.

    No ha sido trabajador autosuficiente (dueño de empresa o campo propio), sino dependiente de otros, de forma que, desde esa misma dependencia (¡como siervo no amo, Flp 2, 6-11!) inició y realizó un< tarea de nazoreo de poder, haciéndose hombre de amor entre lsmujeres y niños de su entorno, empezando por los pobres, enfermos, oprimidos.

   No ha sido pensador de tiempo libre, para mejorar algunos fallos, sino profeta en tiempos de opresión, empeñado en iniciar un cambio radical en las condiciones de su pueblo, retomando, recreando, actualizando la historia israelita. Fuera oriundo de Belén (como he supuesto) o descendiente de algún clan anterior de Galilea, Jesús era víctima de trasformaciones laborales y sociales, marcadas por la comercialización de los campos que, por la política de Roma y de los herodianos, pasaron a depender de las ciudades del entorno y de los nuevos comerciantes, “condenados” a trabajar como artesanos

   Siendo artesano a cuenta ajena, caminando por pueblos y conociendo a mendigos y expulsados de la tierra, Jesús pudo tener más movilidad y conocimientos que un campesino propietario que era opulento de las lindes de su heredad, pero carecía de la autoridad y de la autonomía que ofrece  una herencia en la tierra que Dios había prometido a los israelitas. En esa línea, Flp 2,7 afirma con toda propiedad que él tomo “forma” de “siervo” (μορφὴν δούλου λαβών). Más adelante, Gal 3, 28 dirá que en Cristo no hay siervo ni libre, pero como ser humano concreto, conforme a la proclamación de Flp 2, 7, el mismo Jesús que fue judío (no gentil), varón (no mujer) fue de hecho un siervo (esclavo o dependiente), no libre (no ἐλεύθερος), pero con la libertad que ofrece el no tener nada para defender.

   Los artesanos (no propietarios de tierra propia) carecían de patrimonio (vinculado al patriarcado) y no tenían una herencia/heredad para dejarla a sus descendientes o discípulos, de manera que, estrictamente hablando, no eran “libres” carecían de herederos, y no se podían casar de un modo patriarcal, pues no tenían casas-labranzas para imponer su dominio sobre otros.

   En ese sentido, los artesanos eran hombres sin patria, itinerantes obligados a “pedir” trabajo en aldeas y pueblos, a merced de aquellos que quisieran dárselo o negárselo. No eran dueños de su propiedad y de su vida, de manera que dependían de otros. Pues bien, sólo ellos, como los hebreos que salieron de Egipto hacia el XII-XI a C. podían iniciar una vida liberada en solidaridad mutua, no por imperio como Roma ni por religión como los judíos rabínicos, sino por servicio de amor, como ratifica Flp 2, 6-11

   No tenían ejército y dinero como Roma y por eso pudieron precisamente triunfar. No tenían unas leyes superior, como la de Israel, y por eso pudieron expandir el amor gratuito de Cristo, sin formar unos grupos nacionales de dominio legal, por encima de otros. En esa línea, los galileos artesanos de Jesús, campesinos sin tierra ni estructuras familiares de dominio (casas), en el sentido tradicional podíán asumir con más libertad el ideal mesiánico de Jesús..

 Campesino y artesano, tabla de oficios

   Había una clase superior de Gobernantes, formada por los reyes-etnarcas y sus familiares herodianos, aliados o dependientes de Roma. Jesús no se enfrentó directamente contra ellos, no quiso ocupar su lugar, pero fue mirado con mucho recelo por ellos´

1. Subclase militar. No había en Galilea una clase armada propiamente dicha, pues su ejército estaba subordinado al de Roma, bajo el poder de Poncio Pilatos gobernador con mando sobre Samaría y Judea y sobre todo del Legado de Siria.). Jesús no se opuso con armas al ejército imperial, ni quiso crear un ejército contrario, para así crear un estado militar alternativo.

2. Subclase sacerdotal. Roma ejercía un control militar sobre el judaísmo y, para asegurar su dominio, tuvo que pactar con la clase sacerdotal del templo de Jerusalén, con un Sumo Sacerdote, que gozaba de mucha autonomía, un santuario rico y unas instituciones clericales gran influjo socio-religioso sobre los judíos de Galilea.

3. Subclase intelectual, escribas y rabinos. Estaba surgiendo en Israel, no sólo en Judea, sino también en Galilea y en la diáspora una subclase intelectual formada por rabinos y escribas, que interpretaban y recreaban las tradiciones escritas y orales, adaptadas a un tipo de necesidades del conjunto de la población. Escribas y rabinos había pactado con los sacerdotes y tenían una gran autonomía, aunque no tanta como la que obtendrán después, con el judaísmo rabínico, a partir del siglo II d.C. (destruido el templo). Esa subclase optó por la identidad y el poder nacional del judaísmo; Jesús optó, en cambio, por los “pobres y excluidos” de Israel, en comunión con todos los pobres del mundo.

4. Clase mercantil, Dios Mammon. En el comienzo de Israel, según la Escritura, no había una clase superior de comerciantes del dinero que controlaran los excedentes agrícolas y organizaran los intercambios económicos, pues no había grandes excedentes. Pero en el tiempo de Jesús, con el desarrollo del mercantilismo, vinculado a la administración política y social de los herodianos, en pacto con Roma, se estaba imponiendo una casta de comerciantes, dueños del dinero, relacionados con reyes, terratenientes, y con los soldados y las élites ricas de las ciudades Frente al trabajo del agricultor, que produce bienes que se consumen o intercambian de un modo directo, surge así y se desarrolla el Dios universal Dinero (Mammón: Mt 6 24), contra el que se opone el movimiento de Jesús, artesano del Reino de Dios Padre.

   En ese contexto Jesús pudo presentar y condenar el poder de Mammon, dinero universal, como ídolo supremo, anti-Dios que domina sobre el mundo y compra-vende todo lo que existente (cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13). En un sentido, los gestores del comercio/mercado y del dinero, dependían de gobernantes y militares; pero, en otro sentido, podían controlarles y de hecho lo hicieron. Esos gestores del dinero eran sacerdotes o ministros, una religión universal, en cuyo templo-mercado se vende y compra todo, desde oro y la plata hasta cuerpos y vidas humanas (cf. Ap 18, 11-13; Jn 2, 14-17; esta religión del dios-dinero, controlado por comerciantes fue condenada por Ev Tomas 64).

   No era purista extremo, contrario a toda posesión: ni ha condenó sin m-as a los comerciantes (como hará Ev Tom 64), ni ha rechazó a los publicanos (recaudadores de impuestos, al servicio de un orden socio/económico vinculado a Roma), a los que gran parte del pueblo consideraba impuros. Pero, en una línea de mayor profundidad, él quiso que comercio y dinero estuvieran al servicio de los pobres, de un modo gratuito (por comunicación directa), sin que el dinero se convirtiera en Dios (cf. Mt 6, 24, No podéis servir a Dios y el dinero, Santander 2019).

   El proyecto de Jesús implicaba un cambio radical en la manera de entender la economía de la vida (trinidad “económica”), a fin de que el dinero no fuera valor en sí, sino que se convirtiera en medio de comunicación al servicio de las personas. En principio, Israel había formado una federación o liga de agricultores y pastores libres, con tierras y trabajos semejantes para todos, de manera que no había campesinos inferiores, separados de la clase superior de gobernantes-soldados-mercaderes, pues funciones y grupos no habían desembocado en clases opuestas. En el proyecto de Jesús no había lugar para reyes (jerarquía social), sacerdotes (jerarquía sacral), ni soldados profesionales, sino que todos eran madres, hermanos e hijos (Mc 2, 31-35)

   No quiso lucha militar de clases, sino una comunidad o federación de agricultores-pastores autónomos capaces de ayudarse unos a otros y de intercambiarse bienes y servicios (sin una clase intermediaria, liberada para funciones burocráticas), sin apelar a un “dios dinero” (Mammón) por encima de ellos. 

    Jesús nació y vivió en un momento crucial de ese cambio, vinculado a la caída de la federación de agricultores libres y a la degradación de un campesinado sometido al poder político/mercantil de reyes, ciudades y comerciantes (es decir, al servicio del dinero). Pues bien, en aquel momento (ya en el tiempo de los padres de Jesús) una parte considerable de los agricultores no pudieron mantener su autonomía familiar y social, de manera que tuvieron que ponerse (les pudieron) al servicio de una estructura política, laboral y comercial al servicio del Dios-Dinero, dominando sobre todos.

    Los artesanos no vivían del producto directo de la tierra (de los campos y rebaños) sino del dinero que les pagaban dueños de campos, funcionarios de administración, comerciantes y sacerdotes. Aquel momento es muy semejante al nuestro (2026), cuando una pequeña “clase” con dominio militar y económico, y gran capacidad “intelectual” (Bestia 2 de Ap 13, inteligencia artificial de nuestro tiempo) puede hacerse dueña de la humanidad, esclavizando o encerrando en “cárceles” o reservas “raciales y sociales”, controladas desde arriba, al resto de la población, en la línea de Mt 25, 31-46 (por hambre y un tipo de cárcel universal.

Esclavos y prescindibles

    El orden económico de Roma se podía definir como esclavista, pues fundaba su economía y administración en la existencia de personas-objeto, sin derechos propios. Ciertamente, en el contexto rural de Galilea, en tiempos de Jesús, había pocos esclavos “legales” o tenían menos importancia, y en esa línea Jesús no encabezó una rebelión como la de Espartaco en Roma el 71 a.C. Pero había en Galilea muchos pobres y artesanos que vivían (malvivían) a sueldo de las clases “superiores” de terratenientes, funcionarios o comerciantes.

   Más que esclavos legales había en Galilea muchos prescindibles, sin ley que les defendiera, ilegales, sin oficio o beneficio. En aquella situación, Jesús vino a presentarse como representante “artesano” de los prescindibles, esto es, de los que carecían de valor para el sistema, pues no tienen poder laboral, ni garantía legal, afectiva o simbólico… Eran los cojos-mancos-ciegos a los que alude el evangelio, los leprosos-impuros. Éstos eran menos que esclavos, pues los esclavos tienen un valor (un precio) para sus dueños; os prescindibles, en cambio, no tienen ni dueños, son simplemente mendigos sin rendimiento, incapaces de realizar un servicio, enfermos, locos.

   El número de prescindibles varía de sociedad a sociedad, pero ellos pueden volverse relativamente numeroso en tiempos de crisis (como eran los de Jesús). Son prescindibles porque parece que no aportan, ni importan a nadie, de manera que todo seguiría igual si ellos murieran. Pero ellos eran los que más importaban para Jesús, que se hizo artesano amigo, animador de in-válidos, es decir, de prescindibles. Según esto, Jesús no hablará de Dios en general, de un modo evasivo, desde una superestructura impositiva, sino desde los pobres, enfermos y expulsados de la sociedad israelita.

Ciudad y campo

    En principio, Jesús fue trabajador eventual, en tiempos de crisis y destrucción de los tejidos sociales, y eso le permitió entender a Juan Bautista, que anunciaba la destrucción de este orden político-social injusto. Así vivió al comienzo de un proceso que, en algún sentido, está culminando en nuestro tiempo (año 2026), con el triunfo y crisis de un capitalismo avanzado y el paso de una sociedad de agricultores autosuficientes de subsistencia a una economía industrial y comercial que por un lado “fabrica” gran riqueza), pero conlleva mucho sufrimiento (destrucción social e injusticia. Jesús no fue constructor de nuevas ciudades helenistas (Scitopolis, Tiro) o judías de su entorno (Séforis, Tiberíades), probablemente porque pensaba que su misma estructura (con división jerárquica y dominio de clase) iba en contra del ideal de fraternidad del Dios israelita.

– Jesús no quiso cambiar el orden urbano porque el Dios de su tradición campesino/nazorea no era de ciudades dominadoras, en la línea de la religión y cultura helenista. Posiblemente, el pensó que la vida de las ciudades no podía cambiarse partiendo de ellas mismas, pues sus habitantes eran responsables de la situación de los campesinos-artesanos, que habían perdido su identidad y autonomía.

– Jesús fue un profeta mesiánico, de tipo nazoreo, a partir del campo, es decir, desde Galilea, y en ese contexto anunciará e iniciará el Reino de Dios, desde la tierra de los campesinos pobres, subiendo a Jerusalén para culminar su obra. En esa perspectiva, conforme a su proyecto, Jerusalén no aparecerá como una ciudad helenista (que domina sobre el campo, de un modo político), sino como ciudad de las promesas de Dios, lugar donde debe decidirse el movimiento del Reino. Quizá podemos decir que Jesús descubrió e inicio desde las zonas rurales un movimiento social y religioso que puede y debe extenderse a todos los estratos de la población, empezando por las duras ciudades del imperio romano .

 No fue hombre de amor universal abstracto, amando a todos por igual, pues eso sirve para justificar y sostener el orden establecido. Sólo se puede ser universal de un modo concreto, desde los desfavorecidos. En ese contexto de universalidad concreta, desde los más pobres, escuchó la voz de Dios y pudo desarrollar su proyecto mesiánico (nazoreo) a través de un intenso compromiso de acompañamiento, curación e impulso de comunicación directa de amor y servicio entre hombres y mujeres. No nació teniendo la respuesta sabida de antemano, pues eso no sería perfección, sino imperfección humana.

  Lc 2, 52 afirma que creció en humanidad y sabiduría a lo largo de los años, en apertura al Dios de la experiencia israelita y de la esperanza nazorea, que es la esperanza de vida entre los hombres, no en una escuela de templo o de rabinismo legal, sino en la escuela del trabajo real, de . Sin esos treinta años de aprendizaje y misión en la escuela de Dios, que es la escuela de la vida humana, en contacto con las tradiciones de Israel y con las necesidades de los hombres, en solidaridad laboral y cercanía humana, Jesús no había podido ser mensajero de Dios.

  Jesús no abandonó su trabajo de artesano por negación o rechazo, sino por búsqueda y comunicación de un Reino superior desde los trabajadores, excluidos y prescindibles, al servicio de todos los necesitados. No abandonó el tipo de familia-patriarcado que existía en su entorno por rechazo o represión, sino por búsqueda de una familia donde cupieran los expulsados de las familias anteriores. Algo especial le mantuvo abierto al Dios de los pobres, que es el Dios de la esperanza y experiencia de su pueblo, el Dios de la gracia para todos.

   Iba a comenzar un camino distinto, que nadie hasta entonces había explorado, partiendo de una intensa experiencia de Dios, por amor hacia los hombres y mujeres concretos de su entorno. Por eso buscó a Juan Bautista y después de ser bautizado en el Jordán, tras escuchar la voz de Dios que le decía “tú eres mi Hijo” (Mc 1, 9-11), Jesús inició su tarea de Reino como lucha contra lo diabólico.


[1] Más que marginal era un marginado, un expulsado, pero él convirtió su marginación-expulsión en principio de más alta creatividad personal y social Por eso, cuando habla de pobreza y llama bienaventurados a los ptojoi-mendigos, aquellos que no tienen ni siquiera trabajo), Jesús no está proponiendo una teoría sobre la vida de otros, ni un mensaje general, de tipo abstracto, sino que está hablando de su propia situación de marginado. No se retira y aleja, saliendo de los altos círculos sociales, como el idiota de F. Dostoievski (acogido en un sanatorio para ricos), No era un “negado” que no sabe oponerse, como decía F. Nietzsche, El Anticristo, o como ha repetido desde un judaísmo de “tribu” rica, como decía J. Klausner (cf. Jesús de Nazaret, 1907), uno de los creadores del nuevo Estado poderoso de Israel. Pero Jesús se opuso de un modo más alto contra un tipo de estado de Israel y Roma, siendo crucificado por ello. 

Fuente: https://www.religiondigital.org/el_blog_de_x-_pikaza/who-is-jesus-seria_132_1464919.html?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=estas_son_las_principales_noticias_de_rd&utm_term=2026-08-31

La mística del arte

De la Virgen de Guadalupe a la Capilla Sixtina: qué esconden las obras de arte sagrado que desafían a la ciencia desde hace siglos

Un manto de fibra vegetal que no se desintegra, un fresco que sobrevivió terremotos y un cerebro humano pintado en un palacio: creaciones milenarias ponen en jaque las certezas de la razón

Por Laura SubiseSeguir

En el techo de la Capilla Sixtina, Miguel Ángel escondió un cerebro humano donde todos ven la mano de Dios: una de las cinco obras sagradas de distintas culturas y siglos que la ciencia observa sin poder explicar

En el andar colectivo de un viaje milenario, el misterio de la existencia se une a la mística del arte, sin excluir a nadie e incluso convoca a quienes prefieren habitar la duda o prescindir de una deidad formal. Pues no es necesario practicar un credo ni recorrer los laberintos de la teología para contemplar y sentirse conmovido ante algunas obras, esas que actúan como reflejo espiritual y exponen nuestra psique, sentimientos y emociones. El arte sagrado congrega espectadores y creyentes de diversas religiones, ateos, agnósticos, a todos los invita a caminar en una peregrinación coincidente; la del asombro. Esta vía de conexión intelectual y emocional a menudo supera la razón y manifiesta las fibras más sensibles de la espiritualidad. Búsquedas incesantes de respuestas y pruebas que, tal vez ya no están, en el plano terrenal, agradecimientos, súplicas y plegarias, todo converge en la universalidad de las experiencias humanas que hoy cobija el arte.

De MéxicoItaliaPerúChina y el Tíbet, la nota recorre obras sagradas para mostrar cómo arte y espiritualidad convergen en distintos contextos culturales: desde la Tilma de Guadalupe y la Capilla Sixtina hasta el Señor de los Milagros, el Buda de Leshan y los mandalas de arena.

Viajamos a México y se impone pacíficamente; la Tilma de Guadalupe con su secreto impreso en la pupila. En diciembre de 1531, en el cerro del Tepeyac, un indígena Juan Diego desplegó su manto tejido, este era de fibra vegetal de agave, un material frágil, temporal, que se desintegra en unos veinte años. Pasaron casi 5 siglos y permanece intacto. Doctores y bioquímicos de diferentes lugares han realizado estudios y al amplificar la pupila de la Virgen 2.500 veces, el ingeniero José Aste Tonsmann descubrió que el ojo actúa como una córnea humana, reflejando las siluetas microscópicas de los testigos presentes en 1531. Este fenómeno respeta con precisión matemática el efecto óptico de Samson-Purkinje, totalmente desconocido en el siglo XVI. Fibra humilde de cactus, tecnología infrarroja, trazos de pincel, una mirada eterna, misterios de ciencia y fe.

La lectura anatómica de la Capilla Sixtina

Cruzando el océano llegamos a Italia: nos espera La creación de Adán, de 1511. Cuando Miguel Ángel Buonarroti aceptó pintar la Capilla Sixtina, él mismo se consideraba únicamente escultor. Pero al parecer Miguel Ángel ocultó algo más; una clave médica y teológica a la vista de los papas que transmite una idea revolucionaria: el soplo divino de la creación no fue el de la carne, sino el regalo del intelecto y de la conciencia al pintar idéntico el cerebro humano, una reproducción con exactitud anatómica que distingue el lóbulo frontal, el cerebelo y la arteria vertebral en el manto que rodea a Dios.

Esta majestuosa obra que nos cautiva e invita a reflexionar, está ubicada en un lugar cerrado, lejano y con luces de exclusividad, pero su maestría trascendió la sala y en ella se cuela un mensaje universal: el verdadero templo sagrado vive en la creación y la mente humana, no en los recintos de piedra o majestuosidad.

El mural limeño que sobrevivió a los terremotos

Hacia 1651, un esclavo angoleño anónimo de Perú, pintó la imagen de Cristo crucificado: elSeñor de los Milagros: un fresco inquebrantable del siglo XVII sobre una tosca pared de adobe en el barrio de Pachacamilla, en Lima. En octubre de 1655, un catastrófico terremoto derribó casi toda la ciudad, pero el débil muro de adobe donde estaba la pintura permaneció intacto, sin una sola grieta. El fenómeno se repitió en los terremotos de 1687 y 1746.

Millones de personas en América Latina le atribuyen milagros de sanación médica y protección. Es considerado el mayor núcleo de fe pictórico del continente, y dio origen a procesiones multitudinarias donde la fe y el arte popular se funden en un solo clamor. Una frágil pintura sobre barro, sobreviviente a la furia tectónica de la Tierra, se transforma en el refugio insustituible de la esperanza de todo un pueblo.

El Buda de Leshan y la geografía transformada

En China; el Buda Gigante de Leshan representa a la naturaleza que esculpe, creado en el siglo VIII. En el año 713, el monje budista Hai Tong comenzó a construir un Buda monumental, de 71 metros de altura, una obra tallada en el acantilado de piedra en Sichuan. Se entrelazaron temas políticos y militares y en un desencuentro de ideas oficiales, y, como no era afín a su idea, amenazaron con retirarle el financiamiento, el monje se extrajo los propios ojos en un acto extremo para demostrar la pureza inquebrantable de su causa.

La persistencia de Hai Tong generó un milagro físico e hidrodinámico: las toneladas de roca extraídas del acantilado fueron arrojadas metódicamente al cauce de los tres ríos que allí coincidían, lo que provocó la modificación de la dinámica y profundidad del agua. A partir de entonces las corrientes calmaron su furia, salvando la vida de miles de personas que necesariamente debían transitarlas en barcas. La fe no fue un acto pasivo y esa geografía esculpida se convirtió en un escudo de protección para la vida humana.El Gran Buda de Leshan se alza esculpido en un acantilado de piedra en la provincia de Sichuan, donde varios visitantes observan la estructura desde los miradores

Los mandalas de arena y el arte de lo efímero

En un secreto de no permanencia nos encontramos con los mandalas de arena: budismo tibetano. En el budismo Vajrayana del Tíbet, los monjes dedican semanas para colocar granos de arena coloreada usando un embudo metálico. Delinean con paciencia hilos de tiza y forman bocetos matemáticos (dul-tson-kyil-khor) dando origen, una y otra vez, al cosmos. En el siglo XX, el psiquiatra Carl Gustav Jung analizó estos esquemas y los definió como arquetipos universales capaces de sanar la psique al guiar la mente desde el caos exterior hacia el centro interior.

La perfección del mapa se manifiesta en cada etapa del proceso, en un ritual con línea de tiempo: inicio, desarrollo y fin. Tras semanas de arduo trabajo, los monjes se acompañan con un canto, y en apenas instantes comienzan un camino inverso hasta lograr que el bello y geométrico mandala desaparezca. El pincel, como extensión de las manos destruye el original creado por completo en apenas minutos. Los pequeños granos de arena vuelven al agua, al viento y en ese movimiento las bendiciones se dispersan. Esta ofrenda es una lección sagrada; el desapego y la capacidad de construir sin perpetuarse. Una belleza que deslumbra, pero no habita en la posesión: simplemente está presente en la capacidad de reconocer el tiempo y en la concentración que dejan las enseñanzas que abrazan la paz y la templanza. Nos invita a soltar para comenzar una vez más; un nuevo día, un nuevo mapa, una nueva geometría de vida.

En estas creaciones despojadas de solemnidad, rótulos y recintos, aparece la verdad de la condición humana, la materia es solo un pretexto. Mantos humildes, adobe protegido ante la fuerza de la tierra, montañas que amansan ríos o granos de arena esparcidos en agua y viento pulverizan la sed de trascendencia.

Aquí el arte nuevamente nos acompaña, más allá de los dogmas. En él se encuentra un lugar seguro de conexión y fe, no por verdades absolutas, sino por los motores del deseo, los sentimientos, las necesidades: esa imperiosa búsqueda espiritual que se impregna en tantos lugares sagrados, aun sin lógica, en un instante de contemplación que ofrece el privilegio de sorprendernos.

Fuente:  https://www.infobae.com/cultura/2026/08/30/de-la-virgen-de-guadalupe-a-la-capilla-sixtina-que-esconden-las-obras-de-arte-sagrado-que-desafian-a-la-ciencia-desde-hace-siglos/



El XXV aniversario del martirio de Monseñor Romero hay que celebrarlo bien.

Unos no lo harán, los que le insultaron en vida y celebraron con champán su asesinato, aunque ahora están más comedidos y se muestran como condescendientes y comprensivos ciudadanos. Y como también son populistas, si es necesario, irán a Roma cuando lo beatifiquen, pues captan que Monseñor es querido por muchos salvadoreños.
Otros se alegrarán de celebrar un año más a Monseñor. Lo recordarán de corazón, participarán en eucaristías, charlas y conferencias, exposiciones y conciertos, y en la gran vigilia del 2 de abril. Lucirán camisetas con su figura, pondrán un afiche en su casa y escucharán su palabra por la YSUCA. De fueran vendrán centenares, y en total serán miles los que participen en el aniversario. Y nada digamos si se da alguna señal de que la beatificación puede estar cerca. Pero, con todo, todavía falta una cosa, que queremos explicar, recordando lo ocurrido tras la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.
Los primeros cristianos celebraban su recuerdo en la eucaristía, entonaban himnos en su honor, desarrollaron una teología llena de entusiasmo, le empezaron a llamar “Señor”, “Hijo de Dios”, “Cabeza de la creación”, y tenían la esperanza de su pronta venida. Pero los cristianos más clarividentes  vieron que “sólo” eso no bastaba. Más aún, que “sólo” eso  era peligroso. Y entonces apareció Marcos con su evangelio.  Vino a “molestar” a cristianos demasiado complacientes, y nada digamos a cristianos que se habían olvidado de Jesús, y hasta renegaban de él, como ocurría en la comunidad de Corinto porque habían encontrado otra cosa mejor: un vaporoso espíritu.
El evangelio de Marcos, por supuesto, “celebra” a Jesús y le llama “Hijo de Dios”, pero no pone la invocación en labios de gente piadosa que espera prodigios, sino sólo en labios de un pagano, el centurión romano, y al pie de la cruz. También le llama “Mesías”, pero, cundo eso ocurre, Jesús dice a la gente que no lo digan a nadie. Marcos nos dice también que la fe en Jesús no fue nada fácil, ni para sus familiares, ni para los discípulos -en especial para Pedro-, y ciertamente no lo fue para los teólogos y sacerdotes de aquel tiempo. Por último, su evangelio termina abruptamente en Mc 16, 8:  junto a la tumba las mujeres “tuvieron miedo y no dijeron nada a nadie”. Tan chocante fue ese final que, más tarde, se le añadieron unos versículos para amortiguar el susto.
¿Por que traer a colación a Marcos en este XXV aniversario? Para aprender una importante lección. No basta la celebración ni la alegría, aunque son bienvenidas como brisa de aire fresco en medio de tantos sufrimientos de la vida. Ni siquiera bastará el aplauso que responderá al anuncio de su posible beatificación. Y si no basta, ¿qué es lo que falta? Volvamos a Marcos. El Jesús que no está interesado en que le llamen Mesías, sí está interesado en una cosa: el seguimiento.
Volvamos a Monseñor Romero. Celebrarlo significa ante todo “seguirle”. ¿Y cómo hacerlo? En primer lugar, hay que pasar por el cambio -o conversión- por el que él pasó. Y en segundo lugar hay que  re-hacer su vida. Ambas cosas son difíciles, pero son necesarias para el país y para la Iglesia -en lo que ahora nos vamos a centrar- y traen salvación. Por lo que toca a la “conversión”, baste con recordar las siguientes palabras:
“El profeta denuncia también los pecados internos de la Iglesia. ¿Y por qué no? Si obispos, papa, sacerdotes, nuncios, religiosas, colegios católicos estamos formados por hombres, y los hombres somos pecadores y necesitamos que alguien nos sirva de profeta para que nos llame a conversión… Sería muy triste una Iglesia que se sintiera tan dueña de la verdad que rechazara todo lo demás. Una Iglesia que sólo condena, una Iglesia que sólo mira pecado en los otros y no mira la viga que lleva en el suyo, no es la auténtica Iglesia de Cristo” (Homilía del 8 de julio de 1979).
Y tras la conversión, la praxis. No es el momento de exponer en detalle cómo debe ser la praxis de una Iglesia  fiel a Monseñor Romero, pero podemos mencionar los impulsos de lucidez, ánimo, firmeza, resistencia y esperanza que de él nos llegan.
Como seguidores de Monseñor, hay que decir la verdad, no sólo predicar una doctrina, aunque sea verdadera. Y entonces la  verdad se convierte en denuncia profética de los males que existen en el país, se nombra a los victimarios y a las victimas. Aunque algo han cambiado las cosas en estos 25 años, Monseñor Romero nos sigue  remitiendo a los ámbitos donde campea el mal: 1) la idolatría del dinero, la oligarquía antes agrícola, ahora financiera, 2) la idolatría del poder militar, más latente aquí y más patente en Estados Unidos, a lo que hay que añadir la espantosa violencia actual -de 8 a 10 homicidios diarios en los últimos tiempos, 3) la connivencia de unos partidos políticos con la injusticia y la irresponsabilidad de la mayoría de ellos ante la miseria y el sufrimiento, a lo que hay que añadir la corrupción, 4)  el imperialismo de Estados Unidos, en el comercio, en nuestra política internacional y, sobre todo, en los pseudovalores que nos impone: individualismo, éxito, buen vivir, 5) la corrupción de la administración de justicia, que no ha esclarecido todavía ni siquiera quién mató a Monseñor, 6) los medios de comunicación, con la  mentira, las verdades a medias, el encubrimiento, según los casos, 7) el falseamiento de la religión, el espiritualismo exagerado, que no es la vida con espíritu; el individualismo alienante, que no es la apropiación personal de la fe; el gregarismo que llena estadios, que no es la comunidad y el llevarse mutuamente; la infantilización de lo religioso, que no es la sencillez -como niños- ante el misterio de Dios.
Hay que volver a  una praxis, la de la misericordia, señal última de nuestro ser cristiano, y volver a promover la justicia, la transformación de estructuras. Hay que recuperar la opción por los pobres, en serio, sin aguarla, arriesgando por ella, recordando y honrando a quienes la vivieron hasta el final: nuestros mártires. Hay que recobrar la parcialidad de Dios y de su Cristo hacia los pobres de este mundo.
Hay que recuperar la evangelización, en el sentido primigenio que tiene en Jesús: el anuncio de una buena noticia a los pobres, sin que la novedad en métodos y lenguaje sustituya a lo esencial. Hay que anunciar ese reino con credibilidad, sin pensar que hay cosas más importantes que hacer, algunas de ellas buenas, como la vida sacramental; otras ambiguas, como el sinnúmero de concentraciones, fiestas, jubileos, años dedicados a algo, de modo que todo eso se acumula como si hubiese un horror vacui, un miedo a dejar vacíos en el tiempo, lo que puede acabar ocultando la buena noticia de Jesús. Y otras son peligrosas y pueden llegar a ser pecaminosas: proselitismo competitivo, buscar  triunfos, basarse en apoyos financieros en los ricos de este mundo.
Hay que recuperar y promover la organización del pueblo, en la sociedad y en la Iglesia. No hay por qué volver a los años 80, pero sí hay que volver a la intuición fundamental: como Iglesia somos antes que nada comunidad, cuerpo; y para influir en la sociedad desde la base esa comunidad debe estar estructurada, organizada, relacionada con otras fuerzas sociales. Es difícil, pero por lo menos hay que pensarlo e intentarlo.
Comenzamos así, pues en esto cojeamos, siendo así que en eso era eximio Monseñor, y no se ve cómo podemos celebrarlo sin al menos plantearnos estas cosas. Pero sobre todo hay que levantar el espíritu de la gente. Dicho con sus palabras, hay que llevar cercanía: “¡Cómo me da gusto en los pueblecitos humildes que las gentes y los niños se agolpan a uno, vienen a uno!” (12 de agosto, 1979). Consuelo: “Para mí son nombres muy queridos: Felipe de Jesús Chacón, ‘Polín’. Yo les he llorado de veras” (15 de febrero, 1980). Dignidad: “Ustedes son el divino traspasado” (19 de julio, 1977). Gozo: “Con este pueblo no cuesta ser buen pastor” (18 de noviembre, 1979). Esperanza: “Estoy seguro de que tanta sangre derramada y tanto dolor no será  en vano” (27 de enero, 1980). Y todo eso con humildad: “Yo creo que el obispo siempre tiene que aprender del pueblo” (9 de septiembre, 1979) y con credibilidad: “El pastor no quiere seguridad mientras no se la den a su rebaño” (22 de julio, 1979).  Es el consuelo que nace de la compasión, el gozo que nace de la cercanía y la solidaridad, la esperanza que nace de la credibilidad.
Todos sabemos cuán difícil es esto, pero en este aniversario al menos no lo declaremos imposible, y pidamos que ésta sea nuestra utopía. Monseñor ni ofreció ni ofrece recetas, pero sí ofrece caminos, luces, impulsos.
Muchas otras cosas se pueden decir sobre cómo celebrar este XXV aniversario. Sólo queremos añadir una última cosa, de la que sólo pueden hablar “con autoridad” quienes han vivido situaciones cercanas a la de Monseñor. A mediados de los años ochenta las madres de desaparecidos me pidieron que dijera una misa para recordar a Monseñor Romero. Cuando estaba para salir de mi casa, una sencilla trabajadora de la UCA me dijo: “en la misa de Monseñor, recuerde a mi hijo”. Su hijo había sido asesinado por los cuerpos de seguridad. Pensar que estaba con Monseñor era su mayor consuelo.
No sabemos que ocurrirá dentro de otros 25 años, pero todavía hoy hay mucha gente que el 24 de marzo recuerda a sus hijos e hijas, esposos, padres, hermanos y hermanas, que también fueron asesinados. Y piden a Monseñor que ahora cuide de ellos. A ese Monseñor le hablan como se habla a un padre. Quizás le piden favores, milagros, pero pienso que no lo hacen porque ven en Monseñor a un santo “milagrero”, con poder, sino porque ven a un hombre bueno, alguien que les quiere de verdad. Sigue siendo para ellos buena noticia. Eso ocurre “en lo escondido”, pero es lo más importante, pienso, en este XXV aniversario.

Más allá de la trinchera: Bonhoeffer, Arendt y el abrazo abrahámico frente a la anestesia del odio

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Jesús Lozano Pino

Artículos, Feadulta

Frente a la marea creciente de antisemitismo e islamofobia, el diálogo entre cristianos, musulmanes y judíos no es un mero adorno diplomático. Es un acto de resistencia espiritual y de higiene moral frente al pensamiento único

Vivimos días en los que el aire pesa. Basta encender la televisión o deslizar el dedo por la pantalla del teléfono para sentir cómo la polarización nos va ganando el terreno del alma. Nos hemos acostumbrado a un lenguaje de trinchera donde el «otro» deja de ser un semejante para convertirse en una amenaza, un eslogan o un objetivo a derribar.

En este clima enrarecido, presenciamos con profundo dolor el repunte de dos fantasmas que creíamos haber arrinconado en los desvanes más oscuros de la historia: el antisemitismo y la islamofobia. Dos manifestaciones de una misma ceguera que olvida que detrás de una mezquita, una sinagoga o una iglesia hay rostros, historias, lágrimas y esperanzas idénticas a las nuestras.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué prende tan rápido la chispa del odio en sociedades que se presumen cultas y avanzadas?

1. La «estupidez moral» de Bonhoeffer y la «banalidad del mal» de Arendt

Para entender este fenómeno no basta con señalar a los fanáticos rabiosos; hay que mirar a la masa anestesiada. Y aquí es donde la historia nos ofrece dos faros indispensables que dialogan maravillosamente entre sí.

Por un lado, el teólogo y mártir luterano Dietrich Bonhoeffer, escribiendo desde la celda donde lo encerró el nazismo, dejó una reflexión magistral: la estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad. Bonhoeffer no se refería a la falta de inteligencia académica, sino a una estupidez moral y sociológica. Cuando el poder, la ideología o el eslogan dominan a una persona, esta queda privada de su capacidad crítica; se vuelve incapaz de pensar por sí misma, impermeable a las razones y manipulable. La persona «estupidizada» moralmente no odia por convicción elaborada, sino porque ha dimitido de su propia conciencia.

Por otro lado, la filósofa judía Hannah Arendt, al contemplar el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén, acuñó su célebre concepto de la «banalidad del mal». Arendt descubrió con horror que los mayores crímenes de la humanidad no los cometen necesariamente monstruos sedientos de sangre, sino burócratas grises, ciudadanos «normales» que simplemente dejaron de pensar, que obedecieron consignas, que normalizaron la deshumanización del vecino y aplicaron clichés sin cuestionar las consecuencias.

Lo cortés no quita lo valiente: llamar a las cosas por su nombre exige reconocer que el antisemitismo y la islamofobia de hoy no nacen de un exceso de pensamiento, sino de su ausencia. Brotan de esa mezcla explosiva entre la estupidez moral de Bonhoeffer y la banalidad del mal de Arendt: la masa que repite el prejuicio de moda, que aplaude el chiste xenófobo en la comida familiar o que mira hacia otro lado cuando se profana una sinagoga o se agrede a una mujer con hiyab.

2. El escándalo de la fe manipulada

Cuando la fe religiosa se contagia de esta anestesia del pensamiento, el desastre es absoluto. Quien odia en nombre de Dios está rindiendo culto a un ídolo fabricado a la medida de sus miedos y prejuicios. Como advertía Bonhoeffer, el cristianismo exige un «coste» de compromiso personal; no basta con la «gracia barata» de ir a la deriva con la corriente ideológica del momento.

El verdadero Dios nunca exige la aniquilación ni el desprecio del vecino para reafirmar la propia identidad.

Tanto la Torah como el Corán y el Evangelio coinciden en un grito primordial: el respeto sagrado a la dignidad del ser humano. Cuando un judío es atacado por llevar su kipá, cuando un musulmán es discriminado por su fe, o cuando un cristiano ve perseguida su comunidad, la herida no se le inflige solo a un grupo: se le inflige al Dios de la vida que nos creó a todos a su imagen y semejanza.

3. Un mismo olivo: el abrazo abrahámico como antídoto

Frente al pensamiento perezoso que categoriza y divide, el diálogo interreligioso se levanta como un acto subversivo de pensamiento crítico y fe auténtica. Cristianismo, Islam y Judaísmo no son tres trincheras enemigas; son tres ramas que brotan del mismo tronco abrahámico.

El diálogo no consiste en diluir nuestras identidades en un consenso tibio. Todo lo contrario: consiste en enraizarnos tan profundamente en nuestra propia fe que perdamos el miedo a abrazar la diferencia del otro.

El Judaísmo nos regala el valor innegociable de la memoria, de la pregunta incómoda frente al poder y del cuidado de la creación (Tikkun Olam).

El Islam nos aporta la entrega confiada a la voluntad divina, la compasión (Rahma) y la devoción incansable en la cotidianidad.

El Cristianismo ofrece la radicalidad del perdón, la mesa compartida con el excluido y la convicción de que el amor al enemigo es la única revolución capaz de vencer la muerte.

4. Ni tibieza ni complicidad: el aviso de Niemöller

Llegados a este punto, conviene no llamarse a engaño. El diálogo interreligioso y la fraternidad no son sinónimos de ingenuidad ni de un «buenismo» anestesiado. Lo cortés no quita lo valiente, y la caridad cristiana nunca ha sido un cheque en blanco para la pasividad, al contrario, más bien ha sido motivo de profetismo y denuncia evangélica.

Quienes nos profesamos cristianos no podemos ser meros espectadores de la corriente de odio que atraviesa nuestras calles. La neutralidad ante la injusticia no es virtud ni prudencia: es complicidad. Cuando el mal avanza y nos refugiamos en la comodidad del silencio, dejamos de ser testigos del Evangelio para convertirnos en colaboradores necesarios de la devastación de los opresores.

Esta es la trampa mortal de la tibieza que el pastor luterano Martin Niemöller retrató con amarga lucidez tras sufrir los campos de concentración nazis. Una de las versiones que ha llegado a nosotros es esta:

«Primero vinieron por los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los socialistas, y no dije nada porque yo no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los creyentes de otras iglesias, y no dije nada porque a mí no me afectaba.

Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.»

Hoy esa lógica perversa sigue vigente. Si callamos cuando se persigue a un judío porque no somos judíos, o miramos a otro lado cuando se estigmatiza a un musulmán porque no somos musulmanes, estamos pavimentando el camino hacia nuestra propia destrucción. Y aquí no cabe firmar un cheque en blanco a ninguna ideología ni a ninguna religión. No caben razones de Partido ni de Estado. El mal es mal, lo haga quien lo haga. No valen las excusas ni la doble vara de medir a la que recurrimos cuando perdemos la objetividad solo porque la falta o el penalti lo ha cometido nuestro propio equipo de fútbol.

5. Profetas o cómplices: defender a la persona, frenar la barbarie

Para no caer en ese abismo, necesitamos sostener con firmeza una distinción teológica fundamental: denunciar el pecado con rotundidad sin destruir a la persona.

Se señala y se combate la acción perversa: Desenmascaramos el antisemitismo, la islamofobia y el fanatismo vengan de donde vengan, sin doble rasero ni paños calientes. A quien hace daño hay que pararlo, con valentía personal e institucional; dejar que la locura campe a sus anchas en nombre de una falsa tolerancia es una irresponsabilidad suicida. Desde esa ceguera mutua, terminaríamos por exterminarnos todos.

Se custodia la dignidad del ser humano: La persona nunca pierde su condición sagrada. Por muy extraviado o agresivo que sea quien actúa con odio, conserva intacto el derecho y la posibilidad de arrepentirse, reconciliarse con Dios y rectificar el rumbo.

Bonhoeffer pagó con la vida su negativa a ser un sujeto pasivo; Arendt nos advirtió del peligro mortal de dejar de pensar; y Niemöller nos legó la confesión de lo que ocurre cuando elegimos la comodidad del silencio.

Hoy, frente a las olas de antisemitismo e islamofobia, nos toca elegir: o somos cómplices por omisión de la banalidad del odio, o nos convertimos en artesanos valientes de un diálogo que devuelva a nuestro mundo su humanidad perdida. El puente está ahí, esperando a que tengamos la lucidez y el coraje profético de cruzarlo y, como decíamos anteriormente, “Lo cortés no quita lo valiente”.

Festividad de Ceferino Namuncurá incoporada al «Calendario Ecuménico intereligioso de la Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld»

Beato Ceferino Namuncurá Burgos nació en Chimpay, Río Negro [ Argentina ] el 26 de agosto de 1886 y murió en Roma el 11 de mayo de 1905, era un joven laico salesiano argentino de orígenes mapuches y criollos. Ceferino era devoto de María Auxiliadora

Ceferino Namuncurá ha sido el santo que suscita la mayor devoción en la Patagonia argentina, y probablemente también en la chilena. Su santuario, ubicado en la localidad de Chimpay en Río Negro, atrae a miles de personas y su estampa milagrosa circula ampliamente entre los devotos de ambos lados de la cordillera de los Andes. Ceferino está doblemente vinculado con tierras chilenas, por su madre Rosario Burgos y por la obra salesiana que se extiende a ambos lados de la frontera, aunque su vida transcurrió siempre en territorio argentino. Por su origen mapuche, Ceferino pertenecía al wallmapu[1] que no reconocía en aquel entonces ninguna fractura entre el lado argentino y chileno y que designaba indistintamente al pueblo mapuche que se extendía en ambas vertientes de la cordillera.

Ceferino es ante todo un joven salesiano muerto de tuberculosis en la flor de la juventud (1886-1905) cuya vida se ha comparado con la de Domingo Savio (18421857), el jovencísimo estudiante salesiano de Don Bosco que murió también prematuramente de pleuresía. Don Bosco mismo, el fundador de la orden salesiana cuyo propósito fundamental ha sido educar a jóvenes pobres en el trabajo y en la oración, recogió en Savio todas las virtudes y cualidades del joven que pretendía formar, piadoso y laborioso al mismo tiempo. El mismo Ceferino leía probablemente la biografía escrita por Don Bosco que ensalzaba la santidad de Domingo.

Educado en el colegio salesiano de Buenos Aires bajo la influencia bienhechora del padre Vespignani, Ceferino no pudo entrar, sin embargo, al seminario y fue llevado finalmente por el cardenal Cagliero a Roma, donde murió en casa salesiana al poco tiempo. Dos hipótesis se han levantado respecto de este derrotero tan singular:  la primera es la prohibición canónica que pesaba entonces sobre hijos llamados naturales para ser admitidos al sacerdocio, algo que pudo obstaculizar la entrada de Ceferino al seminario; la segunda es su condición de salud, detectada ya en Buenos Aires que lo inhabilitaba para las asperezas del entrenamiento sacerdotal. Nunca se ha sabido la verdadera razón. Ceferino era hijo de una de las cuatro esposas de Manuel Namuncurá, la chilena Rosario Burgos, repudiada una vez que se lo insta a dejar la poligamia, uno de los sellos del cacicazgo mapuche, aunque legalmente –se ha indicado– el padre de Ceferino inscribe a todos sus doce hijos bajo el nombre de su esposa reconocida. Esto podría haber levantado los obstáculos iniciales. También se lo pudo haber admitido como coadjutor, es decir, como hermano lego, sin calificación para el sacerdocio, en cuyo caso no se aplicaban los impedimentos canónicos. Ceferino quería ser sacerdote, algo que calzaba completamente con las aspiraciones salesianas, y específicamente de Don Bosco, de ordenar sacerdotes de origen indígena que pudieran evangelizar a su propio pueblo. De Ceferino se recuerda siempre su famoso dicho, “quiero ser útil a mi propio pueblo”, lo que muestra que su proyecto de hacerse sacerdote y volver a los suyos estaba inscrito en su corazón desde muy temprano.

Ceferino quería ser sacerdote, algo que calzaba completamente con las aspiraciones salesianas, y específicamente de Don Bosco, de ordenar sacerdotes de origen indígena que pudieran evangelizar a su propio pueblo. De Ceferino se recuerda siempre su famoso dicho, “quiero ser útil a mi propio pueblo”, lo que muestra que su proyecto de hacerse sacerdote y volver a los suyos estaba inscrito en su corazón desde muy temprano.

El linaje Namuncurá

Ceferino no fue solamente un joven salesiano ejemplar en devoción y carácter. Sobre todo era mapuche, hijo de Manuel Namuncurá y nieto de Juan Calfucurá, quienes tienen un lugar destacado en la historia de la resistencia mapuche a la expansión de la frontera interior argentina. Calfucurá (piedra azul, c. 1790 en las cercanías del Llaima-1873) llegó a dominar toda la pampa argentina y en particular aseguró el control de las salineras al sudoeste de Buenos Aires y, por consiguiente, el comercio de la sal que era indispensable para la industria de la carne. Bajo la protección de Juan Manuel de Rosas y de Justo José de Urquiza, caudillos del interior argentino, Calfucurá ayuda a Urquízar en Caseros y propina derrotas decisivas al ejército bonaerense cuando este intenta controlar la provincia y resguardarse de los malones indígenas. Recién bajo la gobernación de Domingo Faustino Sarmiento (el famoso autor de “Civilización y Barbarie”), hacia 1870 –la misma época en que comienzan a desplegarse las misiones salesianas– el ejército avanza sobre la frontera indígena, derrota a Calfucurá en San Carlos e inicia la “campaña del desierto”, apenas unos años antes de las campañas de igual propósito en el lado chileno. Manuel Namuncurá (1811-1908), el padre de Ceferino, luchará al lado de su padre, pero actuará más protagónicamente en los procesos de pacificación, tendrá que someterse a la solución reduccional que lo obliga a plegarse sobre un pequeñísimo territorio al lado de la cordillera, acepta el grado de coronel de ejército argentino (existe una célebre fotografía de Manuel con uniforme militar rodeado de sus hijos Ceferino y Julián) y les abre a los salesianos las puertas de su casa al punto que abandona la poligamia (y entre otras a su esposa Rosario, madre de Ceferino) y entrega confiado a su hijo para que lo educaran en un colegio de la orden.

Los salesianos llegaron a la Patagonia bajo el impulso del propio Don Bosco, que pugnó por fundar una misión en territorios baldíos y consiguió que se estableciera un Vicariato patagónico en torno a las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut (que quedó en manos del futuro cardenal Giovanni Cagliero, mentor de Ceferino) y una Prefectura en el sur de la Patagonia, que incluía la Tierra del Fuego en sus partes chilena y argentina que estuvo a cargo de Giuseppe Fagnano[2]. Una diferencia respecto de la evangelización en territorio mapuche chileno es que esta estuvo a cargo de capuchinos –primero italianos, y luego alemanes–, mientras que los salesianos misionaron en toda la pampa argentina, en zona tehuelche al norte (mucho más receptiva con los misioneros) y mapuche más al sur, quienes ofrecieron siempre mayor resistencia.

5.2. Ceferino Namuncura
Junto al Siervo de Dios Juan Cagliero (1838-1926), discípulo de San Juan Bosco, primer obispo de la Congregación Salesiana (Vicario Apostólico de la Patagonia), y después también primer cardenal salesiano.

Como en otras partes, los salesianos ocuparon a la vez el método de las misiones volantes, en las que el misionero itineraba y seguía a los indígenas en sus desplazamientos o visitaba sus asentamientos, y el método reduccional, en que, a la inversa, el misionero se establecía en un lugar fijo y alentaba a que los indígenas lo visitaran o incluso se establecieran junto a la misión. El primer método forjó a los misioneros exploradores que se internaron en lo más recóndito de la geografía patagónica, como el padre Doménico Milanesio, algunos de los cuales dejaron fama de heroísmo y santidad. En el segundo método destacó justamente Cagliero, quien funda las principales misiones de la Patagonia central argentina. El esquema civilizatorio y educativo de los salesianos –común a todos los misioneros de la época– favorecía el método reduccional, pero poco se conseguía sobre todo con los indígenas trashumantes de Tierra del Fuego que vivían de la caza y la recolección.

Las dificultades que hubo para construir asentamientos agrícolas hizo poner la atención en la obra educacional y en el establecimiento de colegios que tenían el doble mérito de poner al indígena a la altura de cualquier ciudadano y evangelizar eficazmente a través del catecismo. “Buenos ciudadanos, buenos cristianos”. La evangelización a través de los hijos de jefes indígenas que eran atraídos hacia los colegios misionales fue un método usual, algo que muchas veces calzaba con el interés de los propios caciques que querían dotar a sus hijos de lo necesario para adaptarse mejor al mundo que les tocaría vivir. Ceferino llegó de esta manera al colegio salesiano de Buenos Aires enviado con autorización de su padre a los doce años. Rosario Burgos, su madre, entrevistada muchos años después para que entregara recuerdos del niño, declaró que poco o nada podía decir porque le fue arrebatado muy temprano. Habrá que decir también que el padre tuvo en mente una carrera militar para su hijo y que lo envió primeramente a una escuela de la Armada, pero Ceferino no se adaptó y solo entonces se trasladó al colegio salesiano.

En el linaje Namuncurá se encuentra el derrotero de la etnia mapuche del siglo XIX: Calfucurá fue el jefe indómito que organizó las principales revueltas contra la expansión de la frontera (ayudado y sostenido eso sí por los caudillos criollos que peleaban contra Buenos Aires); Manuel ya fue un jefe de tolderías, derrotado militarmente, que abandona las enseñas del cacicazgo (mocetones y esposas), se convierte al cristianismo y envía a sus hijos a la escuela, mientras que Ceferino será el santo mapuche, católico devoto y fiel, enteramente dispuesto a cruzar el umbral de la religión cristiana y de la civilización.

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Retrato de Ceferino Namuncurá.

Un santo popular 

Beatificado en Chimpay (su lugar de nacimiento) en 2007, la fama de Ceferino como santo popular se ha adelantado con mucho al proceso canónico y ha irradiado en la Patagonia argentina y chilena con una fuerza singular. ¿De dónde proviene esta devoción popular? En las memorias del cardenal Cagliero se menciona a Ceferino con admiración y benevolencia, pero será el padre Pedemonte el primero que recogerá sus cartas y recopilará los primeros antecedentes para iniciar un proceso de beatificación.[3] Pedemonte estuvo interesado en Ceferino como modelo del estudiante salesiano ejemplar. Una parte considerable de la hagiografía de Ceferino está formada por historietas y cuentos infantiles que lo muestran como un niño admirable por su devoción y bondad.

En el linaje Namuncurá se encuentra el derrotero de la etnia mapuche del siglo XIX: Calfucurá fue el jefe indómito que organizó las principales revueltas contra la expansión de la frontera […]; Manuel ya fue un jefe de tolderías, derrotado militarmente, que abandona las enseñas del cacicazgo […], se convierte al cristianismo y envía a sus hijos a la escuela, mientras que Ceferino será el santo mapuche, católico devoto y fiel enteramente dispuesto a cruzar el umbral de la religión cristiana y de la civilización.

5.5. Festejo del aniversario de la beatificacion de Namuncura en el monumento kultrun en San Ignacio
Festejo del aniversario de la beatificación de Namuncurá en el monumento kultrún, en San Ignacio.

María Andrea Nicoletti señala que su condición aborigen fue originalmente un problema, puesto que en la hagiografía de niños santos la procedencia de una familia virtuosa era generalmente exigida e indispensable.[4] Pedemonte habría utilizado la expresión Lirio de la Patagonia para afirmar la pureza de Ceferino, cuya iconografía también tendía a atenuar los rasgos marcadamente indígenas de su rostro. En las últimas décadas, sin embargo, la memoria de Ceferino gira aceleradamente hacia el reconocimiento de su procedencia indígena. Nicoletti habla de una tensión creciente entre la figura del joven con facciones suaves, vestido de chaqueta y corbata (tal como aparece con monseñor Cagliero) y la figura de un santo criollo con poncho pampa y pañuelo al cuello (al modo gaucho, más que indígena), que la iconografía de Armas contenida en la historieta El pequeño Gran cacique patagónico hizo más popular en el último tiempo. La fotografía de Ceferino en Villa Sora, Italia, poco antes de morir es la más elocuente de todas, de piel oscura y rasgos indígenas acusados, pobre pero elegantemente vestido con chaqueta, chaleco y camisa blanca de humita, Ceferino representa humildad y desvalimiento, pero a la vez algo de la serena determinación y orgullo de su raza.[5]

La santidad de Ceferino es una conjunción entre los ideales sacerdotales de una vida entregada a Cristo y las idealizaciones propias de la cultura popular que venera la muerte precoz de un niño inocente, sobre todo del que pertenece a la propia comunidad.

Ceferino falleció en Roma en 1905 y fue enterrado sencillamente en una tumba del cementerio de Campo Verano; sus restos fueron exhumados y reducidos diez años después y repatriados recién en 1924 y mucho más tarde alojados en Fortín Mercedes, un centro de formación de vocaciones salesianas. Su tumba y algunas de sus reliquias fueron objeto de veneración desde que llega a Argentina. Tras la beatificación en 2007 la familia Namuncurá consiguió el traslado de sus restos a San Ignacio, donde se levanta su ermita, que constituye su lugar actual de peregrinación.  La santidad de Ceferino es una conjunción entre los ideales sacerdotales de una vida entregada a Cristo y las idealizaciones propias de la cultura popular que venera la muerte precoz de un niño inocente, sobre todo del que pertenece a la propia comunidad y hunde sus raíces en el santo pueblo fiel de Dios, como dice el Papa Francisco. Ceferino representa cabalmente como Domingo Savio la espiritualidad juvenil salesiana, el joven bueno y santo que madura tempranamente una vocación sacerdotal. Es el aspecto bonaerense y citadino de Ceferino. Pero también Ceferino ha calado hondo en la imaginación de la pampa argentina, a la vez criolla e indígena, en los pueblos desvalidos del interior, donde su figura como la de muchos otros santos populares se revela próxima, tutelar y bienhechora.


Notas

* Licenciado en Sociología. Profesor titular del Instituto de Sociología y profesor de la Escuela de Gobierno de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales del 2013 al 2021. Director de la revista Humanitas y de la Encuesta Nacional Bicentenario, coordinador de la Comisión UC para el análisis de la crisis de la Iglesia, autor de numerosas publicaciones en sociología de la cultura y de la religión.
[1] Término mapundungun que quiere decir ‘territorio circundante’. Se refiere al territorio que los mapuches y otros pueblos habitaron históricamente en los actuales territorios nacionales chileno y argentino.
[2] María Andrea Nicoletti ha sido la principal historiógrafa de Ceferino y muchas de las referencias han sido tomadas de su libro principal, Indígenas y Misioneros en la Patagonia. Huellas de los salesianos en la cultura y religiosidad de los pueblos originarios. Ediciones Continente, 2008.
[3] Pedemonte, Luis; Vida y virtudes de Ceferino Namuncurá. Escuela de Artes y Oficios del Asilo de Huérfanos, Buenos Aires, 1943. Del padre Pedemonte también, Ceferino Namuncurá. Lirio de la Patagonia. Editorial Ceferino, Buenos Aires, 1948 (ambos libros reeditados muchas veces).
[4] Para un análisis de la iconografía ceferiniana, ver Nicoletti, María Andrea; “Ceferino Namuncurá: un Indígena Virtuoso”. Runa XXVII, 2007 (121-145). 
[5] El análisis de esta fotografía se puede encontrar en Nicoletti, María Andrea y Penhos, Marta; “Algo más que una estampita: tensiones entre aboriginalidad y santidad en las imágenes de Ceferino Namuncurá”. Quinto Sol N°14, 2010 (11-46).

Fallece el párroco de Perín, el sacerdote y cooperativista Aurelio Sanz

El religioso murió este jueves en el hospital Santa Lucía, donde permanecía ingresado

Jesús Nicolás

El sacerdote Aurelio Sanz Baeza ha fallecido este jueves en el hospital Santa Lucía de Cartagena, donde permanecía ingresado. Su muerte deja un profundo pesar entre los vecinos del oeste cartagenero, especialmente en Perín, localidad a la que ha estado estrechamente vinculado por su trayectoria pastoral y donde era una persona muy querida y reconocida.

Sanz Baeza, sacerdote de la Diócesis de Cartagena, fue también nombrado en 2022 por el obispo José Manuel Lorca Planes párroco de Santiago Apóstol de Cuesta Blanca, cargo que desempeñaba junto a sus demás responsabilidades pastorales. El nombramiento figura en los decretos de la Diócesis de aquel año.

Formado en el espíritu de la Fraternidad Sacerdotal de Carlos de Foucauld, defendía una Iglesia próxima, sencilla y comprometida con las periferias. En una entrevista concedida en 2016 a la Diócesis de Málaga explicaba que los sacerdotes de esta fraternidad viven su carisma desde las parroquias y otros ámbitos de la sociedad, tratando de compartir las condiciones de vida de los más pobres y practicando una «pastoral de la amistad».

También desempeñó responsabilidades internacionales dentro de la Fraternidad de Carlos de Foucauld. En aquella entrevista señalaba que su labor consistía, entre otras cosas, en visitar y acompañar a las fraternidades repartidas por distintos países y conocer de primera mano sus proyectos y realidades. Ese compromiso con los más necesitados se plasmó también en su trabajo de cooperación internacional. Durante años estuvo vinculado a la Fundación Tienda Asilo de San Pedro de Cartagena y al proyecto WEND BE NE DO, desarrollado en Burkina Faso para atender a personas afectadas por el VIH y a personas con discapacidad.

Otro de los episodios que Sanz compartió con los medios de comunicación fue, cuando en enero de 2016, un atentado terrorista le pilló de paso en Estambul. El sacerdote se encontraba en la ciudad turca haciendo escala junto a otros cooperantes de la Fundación Tienda Asilo de San Pedro antes de continuar hacia la capital del mencionado país africano, Ouagadougou.

La concejal socialista y vecina de Galifa Isabel Andreu recordó este jueves a Sanz como «un hombre bueno» y lamentó su pérdida. Destacó especialmente su compromiso con las personas más necesitadas y su implicación en la vida cotidiana de los pueblos del oeste de Cartagena. Andreu recordó también su preocupación por los conflictos internacionales y, en particular, las constantes llamadas a la paz que el sacerdote realizó durante los últimos años a raíz de los ataques de Israel sobre Gaza y Cisjordania.

«El 1 de septiembre iban a hacer 40 años de que le nombraron sacerdote del pueblo. Vino de la parroquia de Santa Lucía. Siempre estuvo muy implicado y vivía aquí en Perín, además. Era socio nuestro también», recordó el presidente de la asociación de vecinos de Perín, Bartolomé Gimeno. «Era un hombre de charla amena, que hablaba de tú a tú. De conversación muy cercana. Y por supuesto era uno más en el local social. Siempre le reclamaban para cualquier cosa», añadió.


Aurelio nos espera en el Reino de Jesús, el Reino de Vida, de Paz y Justicia por el que el trabajó incansablemente sirviendo al Señor en la presencia de los más pobres y vulnerables.

Damos gracias con el corazón lleno de dolor pero también de gozo por el don de su vida repartido desde su ministerio sacerdotal como pan y alimento en nombre de Jesús para todos nosotros, para los feligreses de Perin, para los hermanos de la Fraternidad sacerdotal, los hermanos de las fraternidades seglares de Foucauld, para las Hermanitas del Evangelio, para los desheredados de Torrre de Nazaret y para su gran familia de Wend Be Ne Do en Burkina Faso.

Desde el Reino seguirá presente entre nosotros a través del Espíritu Santo y de la gran herencia que nos deja.