La historicidad del Éxodo: ¿ocurrió realmente?

El estudio de la historicidad del Éxodo combina el análisis del texto bíblico con la arqueología del Sinaí, los archivos egipcios y la evidencia material. Mapa de la ruta del Éxodo, notas de investigación, fragmentos cerámicos y una estela con jeroglíficos, con el desierto del Sinaí al fondo. Crédito: Red Historia.

Marcelo Ferrando Castro

La pregunta sobre si el Éxodo ocurrió realmente es uno de los debates más activos y más encendidos de la arqueología bíblica contemporánea. No es un debate nuevo: lleva siglos planteándose en distintas formas, pero la explosión de las excavaciones arqueológicas en Egipto, el Sinaí y Canaán durante el siglo XX y el XXI le ha dado una dimensión empírica que antes no tenía. Hoy disponemos de más datos que nunca sobre el antiguo Egipto, el Sinaí y Canaán en el período en que habría ocurrido el Éxodo y esos datos han complicado considerablemente tanto la posición que acepta el relato bíblico como históricamente exacto como la que lo descarta como pura ficción.

La respuesta corta al debate es que no existe evidencia arqueológica directa que confirme el Éxodo tal como lo describe la Biblia, pero que esto no equivale a probar que no ocurrió nada. El silencio arqueológico es un argumento, pero no un argumento definitivo y la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia en un desierto que ha sido excavado solo parcialmente y donde un grupo nómada de tamaño moderado habría dejado huellas mínimas. Lo que sí puede decirse con confianza es que el Éxodo tal como lo describe el texto bíblico, con dos o tres millones de personas, 40 años de travesía y diez plagas catastróficas, no ocurrió en esa escala. La pregunta es si detrás de esa narración amplificada hay un núcleo histórico real y la mayoría de los investigadores académicos serios responden que probablemente sí, aunque el tamaño, la fecha y los detalles de ese núcleo sean imposibles de precisar con los datos disponibles.

Lo que está fuera de toda discusión es la importancia histórica del relato del Éxodo independientemente de su historicidad exacta. Un relato que ha estructurado la identidad de un pueblo durante tres mil años, que ha dado forma a tres de las religiones más influyentes de la historia y que ha servido como gramática narrativa de movimientos de liberación en los cinco continentes tiene una realidad histórica propia que trasciende la cuestión de si los hechos ocurrieron exactamente como se describen.

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El problema historiográfico: qué significa «historicidad»

Antes de entrar en los datos, conviene detenerse en lo que significa preguntar si el Éxodo ocurrió «realmente». La pregunta parece simple pero esconde una trampa metodológica importante: el texto bíblico no es una crónica histórica en el sentido moderno del término y nunca pretendió serlo. Es un texto teológico que usa la forma narrativa para transmitir una experiencia fundacional de encuentro con Dios. Preguntarle al Éxodo si es históricamente exacto es un poco como preguntarle a la Ilíada si Aquiles existió realmente: la pregunta tiene sentido, pero no capta lo más importante del texto.

Dicho esto, la pregunta histórica sí tiene sentido y sí importa, porque el texto bíblico no es mitología pura sino que ancla sus afirmaciones teológicas en eventos históricos concretos. A diferencia del mito griego, que habita un tiempo primordial anterior a la historia humana, el relato bíblico sitúa la liberación de Egipto en un tiempo histórico preciso, en el Egipto del faraón, en el desierto del Sinaí, con nombres de ciudades y rutas geográficas. Esa pretensión de historicidad es parte del mensaje teológico: YHWH no actúa en el tiempo mítico sino en el tiempo real de la historia humana.

Los investigadores distinguen habitualmente entre tres niveles de la cuestión. El primero es si el texto bíblico contiene información históricamente fiable sobre el período en que sitúa los eventos. El segundo es si los eventos descritos ocurrieron en alguna forma reconocible. El tercero es si la escala y los detalles del relato corresponden a los hechos. En el primer nivel, la respuesta es claramente afirmativa: el texto muestra un conocimiento del Egipto del Imperio Nuevo que solo puede proceder de una tradición antigua. En el segundo y el tercero, la respuesta es más compleja y más debatida.

Lo que dice el texto bíblico: el relato como fuente

El relato del Éxodo en su forma canónica actual es el resultado de siglos de composición, transmisión oral y edición literaria. Los estudiosos identifican en él varias capas textuales correspondientes a distintos períodos de la historia de Israel, desde tradiciones posiblemente del segundo milenio a.C. hasta la redacción final durante o después del exilio babilónico en el siglo VI a.C. Esta historia compositiva compleja no invalida el relato como fuente histórica, pero obliga a usarlo con precaución metodológica.

Lo que el texto nos dice con sus detalles internos es sugerente. Los nombres propios egipcios en el relato, Moisés, Pinjas, Hofni, Merari, son nombres egipcios auténticos del período del Imperio Nuevo, no invenciones tardías. La descripción del proceso de fabricación de ladrillos en el Éxodo 5, con la exigencia de que los esclavos recojan su propia paja sin reducción de la cuota, es técnicamente coherente con lo que sabemos sobre la fabricación de ladrillos en el Egipto antiguo. El conocimiento geográfico del Sinaí y del delta del Nilo que muestra el texto es preciso en detalles que un autor del período postexílico en Babilonia o Judea difícilmente habría tenido.

Estos detalles no prueban que el Éxodo ocurriera exactamente como se describe, pero sí que el texto preserva tradiciones antiguas que no fueron inventadas en época tardía. Son el tipo de detalles que se conservan cuando una comunidad transmite el recuerdo de experiencias reales durante generaciones, acumulando amplificaciones y elaboraciones teológicas sin perder completamente los trazos de la memoria original.

Los argumentos contra la historicidad literal

Los argumentos contra la historicidad literal del Éxodo son sólidos y no pueden ignorarse. El más contundente es el del silencio de los archivos egipcios. Egipto tenía uno de los aparatos burocráticos más desarrollados de la antigüedad: registraba impuestos, cosechas, construcciones, campañas militares y transacciones comerciales con una minuciosidad extraordinaria. Si dos o tres millones de personas hubieran vivido en Egipto durante generaciones, si diez catástrofes de escala nacional hubieran devastado el país y si el ejército del faraón se hubiera ahogado en el mar, habría algún rastro en los papiros, las estelas o los registros de los templos. No lo hay.

El segundo argumento es demográfico. El Éxodo 12:37 menciona «seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños», lo que implicaría una población total de dos a tres millones de personas. Esta cifra es imposible desde el punto de vista demográfico: habría multiplicado varias veces la población total de Egipto en el período del Imperio Nuevo y una columna de marcha de ese tamaño habría tardado semanas en cruzar cualquier punto geográfico y habría dejado huellas arqueológicas imposibles de ignorar. Las excavaciones en el Sinaí durante más de cuarenta años no han revelado ninguna evidencia de un campamento de esta magnitud.

El tercer argumento es arqueológico. Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, en su obra La Biblia desenterrada (2001), argumentan que las ciudades de Canaán que el libro de Josué describe como conquistadas por los israelitas, Jericó, Ai, Laquis, no estaban habitadas o no tenían murallas en el período en que habría ocurrido la conquista después del Éxodo. Si los israelitas llegaron a Canaán desde el desierto después de 40 años, no encontraron las ciudades amuralladas que describe el libro de Josué.

El cuarto argumento es histórico-comparativo. El Éxodo no tiene paralelos en ninguna tradición literaria del antiguo Oriente Próximo fuera de la Biblia. Las tradiciones egipcias, los anales asirios y los textos babilónicos no mencionan ningún evento que pudiera corresponder al Éxodo, ni siquiera en forma alusiva o distorsionada. Esta ausencia es tanto más llamativa cuanto que los egipcios sí registraron otras presencias semíticas significativas, como la invasión de los Hicsos.

Los argumentos a favor de un núcleo histórico

Los argumentos a favor de un núcleo histórico son igualmente serios y merecen la misma atención que los anteriores. El más poderoso es el argumento de la memoria del sufrimiento. Ningún pueblo inventa una memoria de esclavitud y humillación a menos que esa memoria sea real. Las mitologías de origen nacionales tienden a glorificar el pasado, no a comenzar con la imagen de un pueblo de esclavos que debe su libertad únicamente a la intervención divina. Si la historia del Éxodo fuera una invención, habría que explicar por qué alguien eligió inventar exactamente esta historia en lugar de un origen más glorioso.

El segundo argumento es el de los nombres egipcios. La presencia de nombres egipcios auténticos del período del Imperio Nuevo en el relato del Éxodo no puede explicarse por la erudición de un editor tardío que vivía en Babilonia o Judea. El investigador James Hoffmeier ha documentado extensamente que los nombres personales egipcios del relato, incluyendo el propio nombre de Moisés, que deriva del elemento egipcio ms, «nacer» o «hijo de», son nombres del tipo correcto para el período correcto. Un autor tardío que inventara el relato habría usado nombres más genéricos o anacrónicas.

El tercer argumento es el de los detalles técnicos. La descripción de la fabricación de ladrillos con paja en el Éxodo 5 es técnicamente precisa: la paja no servía como combustible sino como aglutinante que daba cohesión al barro, un detalle que los análisis químicos de ladrillos egipcios han confirmado. La prescripción del Éxodo 12 sobre el cordero pascual, que debe ser asado y no hervido, coincide con prácticas documentadas en el mundo semítico del segundo milenio a.C. que no serían conocidas por un autor tardío.

El cuarto argumento es el de la coherencia con el trasfondo histórico. La presencia de poblaciones semíticas en el delta del Nilo, el uso de trabajo forzado de trabajadores Apiru en construcciones faraónicas, la existencia de ciudades de almacenamiento en el delta oriental, todos estos elementos están documentados arqueológicamente y son coherentes con el trasfondo del relato bíblico, aunque ninguno pruebe específicamente la esclavitud de los hebreos.

El debate sobre el número: ¿cuántos salieron?

La cifra de 600.000 hombres adultos, que implicaría una población total de dos a tres millones, es el punto donde el relato bíblico choca más frontalmente con la realidad demográfica y arqueológica. Hay varias formas de abordar este problema.

La primera es la interpretación literal, que acepta la cifra como históricamente exacta y señala el carácter milagroso del sustento de una población tan grande en el desierto. Esta posición es coherente dentro de una teología que acepta los milagros como parte del relato, pero no tiene respaldo arqueológico.

La segunda es la propuesta de que el término hebreo elef, habitualmente traducido como «mil», designaba en contextos militares una unidad táctica más pequeña, posiblemente de entre cinco y catorce hombres. En ese caso, los «seiscientos mil» serían en realidad 600 unidades tácticas de entre cinco y catorce hombres cada una, lo que daría una cifra total de entre 3.000 y 8.000 guerreros, más coherente con lo que sabemos sobre la demografía de la región. Esta propuesta fue desarrollada por el estudioso George Mendenhall y ha sido elaborada por varios investigadores posteriores.

La tercera propuesta es que la cifra es una elaboración teológica tardía que amplificó un evento histórico más modesto para subrayar la grandeza de la liberación. En este caso, el núcleo histórico podría haber involucrado a un grupo de unas pocas decenas o centenas de familias, lo que explicaría tanto la ausencia de evidencias arqueológicas como la preservación de una memoria histórica real.

La datación: ¿cuándo ocurrió?

La datación del Éxodo es uno de los debates más persistentes de la arqueología bíblica. Hay dos posiciones principales, conocidas como la «fecha alta» y la «fecha baja», con sus respectivos argumentos y dificultades.

La fecha alta, defendida entre otros por el arqueólogo Bryant Wood y basada en una lectura literal de 1 Reyes 6:1, que dice que el Templo de Salomón fue construido 480 años después del Éxodo, sitúa el Éxodo en torno al 1446 a.C., durante el reinado de Tutmosis III o Amenofis II. Esta fecha tiene la ventaja de ser coherente con la cronología interna de la Biblia, pero tiene dificultades arqueológicas: las ciudades de Canaán que el libro de Josué describe como conquistadas no estaban habitadas en el siglo XV a.C.

La fecha baja, que es la más popular entre los investigadores académicos, sitúa el Éxodo en el siglo XIII a.C., durante el reinado de Ramsés II (1279-1213 a.C.) o su sucesor Merneptah (1213-1203 a.C.). Los argumentos a su favor incluyen la mención de la ciudad de Ramsés en el texto bíblico, cuya construcción comenzó bajo Ramsés II y la Estela de Merneptah del 1208 a.C., que menciona a Israel como un pueblo ya establecido en Canaán, lo que daría tiempo suficiente para la conquista después de un Éxodo en tiempos de Ramsés II.

Una tercera posición, cada vez más aceptada, es que el Éxodo no fue un evento único sino un proceso extendido en el tiempo, con grupos distintos saliendo de Egipto en diferentes momentos y uniéndose paulatinamente a lo que con el tiempo se convertiría en el pueblo de Israel. En este modelo, la pregunta «¿cuándo ocurrió el Éxodo?» no tiene una respuesta única porque el Éxodo no fue un evento sino una serie de migraciones.

La arqueología del Sinaí: el silencio del desierto

Las excavaciones arqueológicas en la península del Sinaí son uno de los argumentos más frecuentemente citados contra la historicidad del Éxodo. Durante más de cuarenta años de trabajo arqueológico sistemático, especialmente después de la ocupación israelí de la península entre 1967 y 1982, los arqueólogos no han encontrado evidencias de un campamento de la magnitud descrita en el relato bíblico para el período del Bronce Tardío.

El yacimiento de Cades-Barnea, identificado con el actual Ein Qudeirat en el Neguev israelí y que según el relato bíblico fue el campamento principal del pueblo durante años, ha sido excavado exhaustivamente y ha revelado una fortaleza del período del Hierro, del siglo X a.C. en adelante, pero ninguna evidencia de asentamiento del período del Bronce Tardío, cuando habría ocurrido el Éxodo según las dataciones más aceptadas.

Los defensores de un núcleo histórico responden a este argumento con varios puntos. El primero es que un grupo nómada que se mueve de campamento en campamento deja huellas arqueológicas mínimas: tiendas de pieles, cenizas de hogueras, huesos de animales, objetos que se deterioran en siglos. Un campamento nómada del segundo milenio a.C. en el Sinaí sería prácticamente invisible para la arqueología moderna. El segundo es que el Sinaí ha sido excavado de forma intensiva solo en sus rutas principales y que gran parte de su territorio sigue sin excavar sistemáticamente. El tercero, más radical, es que si el grupo histórico que protagonizó el Éxodo era mucho más pequeño de lo que sugiere el texto, su rastro arqueológico sería correspondientemente menor.

La Estela de Merneptah: el primer Israel extrabíblico

La Estela de Merneptah, también conocida como la Estela de Israel, es el documento extrabíblico más antiguo que menciona a Israel y uno de los puntos de referencia más importantes en el debate sobre la historicidad del Éxodo. Fue descubierta por el arqueólogo Flinders Petrie en 1896 en Tebas y se conserva en el Museo Egipcio de El Cairo. Data de aproximadamente el 1208 a.C. y fue erigida por el faraón Merneptah para celebrar sus victorias militares en Canaán.

El texto de la estela menciona a Israel en una lista de pueblos derrotados: «Israel está asolado, no tiene semilla; Hurru se ha convertido en viuda a causa de Egipto». Tres aspectos de esta mención son cruciales para el debate sobre el Éxodo.

El primero es cronológico: la estela es del 1208 a.C. y menciona a Israel como un pueblo ya establecido en Canaán. Esto significa que para esa fecha Israel ya existía como entidad reconocible en Canaán, lo que establece un terminus ante quem, una fecha antes de la cual Israel ya estaba en Canaán. Si hubo un Éxodo que precedió a esa presencia en Canaán, ocurrió antes del 1208 a.C.

El segundo es el determinativo jeroglífico. En la escritura jeroglífica, los nombres de lugares llevan un determinativo que indica si son ciudades, regiones o pueblos. El nombre «Israel» en la Estela de Merneptah lleva el determinativo de «pueblo», no de «ciudad» o «región», lo que sugiere que en el 1208 a.C. Israel era un grupo humano identificable pero no todavía un estado territorial. Esto es coherente con la imagen de un pueblo en proceso de asentamiento en Canaán.

El tercer aspecto es el de la frase «no tiene semilla», que podría indicar que las cosechas de Israel fueron destruidas, lo que apuntaría a una población agrícola o semi-sedentaria, no a un grupo puramente nómada que acaba de llegar del desierto.

Minimalistas y maximalistas: el estado del debate

El debate académico sobre la historicidad del Éxodo se articula habitualmente en torno a dos posiciones extremas, conocidas como minimalismo y maximalismo bíblico, aunque la mayoría de los investigadores serios ocupan posiciones intermedias.

Los minimalistas bíblicos, representados principalmente por los llamados «investigadores de Copenhague», Thomas Thompson y Niels Peter Lemche, y por Philip Davies en Gran Bretaña, argumentan que el Antiguo Testamento en su conjunto fue compuesto en el período persa o helenístico, entre los siglos V y II a.C., y que los relatos del Éxodo, los patriarcas y la conquista de Canaán son construcciones literarias sin base histórica directa. En este esquema, el Éxodo no ocurrió en ninguna forma reconocible y la identidad «israelita» fue una construcción tardía.

Los maximalistas, representados por investigadores como James Hoffmeier, Kenneth Kitchen y Bryant Wood, defienden la fiabilidad histórica sustancial del texto bíblico y argumentan que las evidencias arqueológicas son coherentes con el relato del Éxodo cuando se interpretan correctamente. Para estos investigadores, el silencio arqueológico es comprensible dado el tipo de evidencias que dejaría un grupo nómada, y los detalles internos del texto apuntan a una tradición histórica genuina del segundo milenio a.C.

La posición más representativa del consenso académico actual es la que defienden investigadores como William Dever, Carol Meyers e Israel Knohl: el Éxodo tiene un núcleo histórico real pero de dimensiones mucho más modestas que las del relato bíblico. Un grupo de origen semítico con experiencia de trabajo forzado en Egipto se habría unido a poblaciones cananeas locales para formar lo que con el tiempo se convertiría en Israel. La memoria de ese grupo, amplificada y teologizada durante generaciones, dio lugar al relato del Éxodo en su forma actual.

¿Qué ocurrió realmente? La posición intermedia

La posición más razonable para el estado actual del conocimiento puede formularse en varios puntos que intentan hacer justicia tanto a los datos arqueológicos como a la lógica interna del texto.

El primero es que el Éxodo tal como lo describe el texto bíblico, con dos o tres millones de personas, diez plagas de escala nacional y un ejército entero ahogado en el mar, no ocurrió en esa escala. Las evidencias arqueológicas y demográficas hacen esto imposible.

El segundo es que detrás del relato hay una experiencia histórica real de un grupo semítico con experiencia de trabajo forzado en Egipto que en algún momento salió de ese país y llegó a Canaán. Los detalles internos del texto, los nombres egipcios, el conocimiento técnico de la fabricación de ladrillos, la geografía precisa del delta y el Sinaí, no pueden explicarse por la erudición de un autor tardío.

El tercero es que este grupo era probablemente mucho más pequeño de lo que sugiere el texto, posiblemente de unas pocas miles de personas o menos, lo que explica tanto la ausencia de evidencias arqueológicas masivas como la preservación de una memoria histórica real.

El cuarto es que la identidad «israelita» en Canaán fue el resultado de la fusión de varios grupos distintos, incluyendo el grupo del Éxodo, poblaciones cananeas locales que nunca estuvieron en Egipto y otros grupos semíticos procedentes de distintas regiones. El relato del Éxodo se convirtió en la narrativa fundacional de todo Israel aunque probablemente solo una parte del pueblo tuviera ancestros que habían estado en Egipto.

El quinto es que la importancia histórica del Éxodo es independiente de su escala exacta. Una experiencia de liberación vivida por un grupo relativamente pequeño puede convertirse en narrativa fundacional de un pueblo entero si tiene la suficiente potencia simbólica y teológica. El Éxodo la tenía y eso explica su extraordinaria durabilidad a lo largo de tres milenios.

El debate sobre la historicidad del Éxodo: posiciones y argumentos

CuestiónPosición minimalistaPosición maximalistaConsenso académico actual
¿Ocurrió el Éxodo?No; construcción literaria tardía sin base históricaSí; el relato bíblico es sustancialmente históricoProbablemente sí, en escala mucho más modesta
¿Cuántas personas?Ninguna; cifra inventadaCifra bíblica aceptable con milagrosPocas decenas o centenas de familias; *elef* = unidad táctica
Silencio de archivos egipciosPrueba definitiva de que no ocurrióEgipcios no documentaban derrotasArgumento serio pero no definitivo; escala pequeña explicaría el silencio
Arqueología del SinaíSin evidencias = no ocurrióNómadas no dejan huellas; Sinaí poco excavadoArgumento válido para el relato literal; compatible con grupo pequeño
Nombres egipcios en el textoAñadidos por eruditos tardíosPrueban tradición histórica auténtica del II milenioArgumento sólido a favor de tradición antigua genuina
Estela de Merneptah (1208 a.C.)Israel en Canaán no implica Éxodo previoConfirma Israel en Canaán tras el Éxodo*Terminus ante quem* para Israel en Canaán; compatible con ambas posiciones
Origen de Israel en CanaánPoblación cananea local que creó nueva identidadIsrael llegó de fuera tras el Éxodo y la conquistaFusión de grupos: algunos del Éxodo, otros cananeos locales
Valor del relato bíblicoSolo literario y teológicoHistórico y teológico en igual medidaTeológico primariamente, con núcleo histórico real pero amplificado

Artículos relacionados con el Éxodo y el Antiguo Testamento

Fuentes y bibliografía

Fuentes:

Bibliografía académica:

Preguntas frecuentes sobre la historicidad del Éxodo

¿Hay pruebas de que el Éxodo ocurrió?

No existe evidencia arqueológica directa que confirme el Éxodo tal como lo describe la Biblia. Los archivos egipcios no mencionan la esclavitud masiva de hebreos, las diez plagas ni el ahogamiento del ejército faraónico. Sin embargo, hay datos indirectos que apuntan a un trasfondo histórico verosímil: presencia documentada de poblaciones semíticas en el delta del Nilo, uso de trabajo forzado de trabajadores Apiru en construcciones faraónicas, y detalles internos del texto bíblico que muestran un conocimiento preciso del Egipto del Imperio Nuevo. La mayoría de los investigadores académicos defienden la existencia de un núcleo histórico real de dimensiones más modestas que las del relato.

¿Por qué no hay registros egipcios del Éxodo?

Hay varias explicaciones posibles para el silencio de los archivos egipcios. La primera es que los egipcios no documentaban sus derrotas ni sus humillaciones: la Estela de Qadesh de Ramsés II presenta como victoria lo que fue en realidad un empate costoso. Una catástrofe tan humillante como la que describe el Éxodo difícilmente habría sido registrada. La segunda es que el grupo histórico que protagonizó el Éxodo era mucho más pequeño de lo que sugiere el texto, lo que reduciría considerablemente su visibilidad en los archivos. La tercera es que muchos documentos del período han desaparecido y nuestro conocimiento del Imperio Nuevo sigue siendo fragmentario.

¿Cuándo ocurrió el Éxodo según los investigadores?

Hay dos posiciones principales. La «fecha alta», basada en una lectura literal de 1 Reyes 6:1, sitúa el Éxodo en torno al 1446 a.C., durante el reinado de Tutmosis III o Amenofis II. La «fecha baja», más popular entre los investigadores académicos, lo sitúa en el siglo XIII a.C., durante el reinado de Ramsés II o su sucesor Merneptah. La mención de la ciudad de Ramsés en el texto bíblico y la Estela de Merneptah del 1208 a.C., que menciona a Israel en Canaán, son los principales argumentos de la fecha baja. Algunos investigadores proponen que el Éxodo no fue un evento único sino un proceso extendido con varios grupos saliendo de Egipto en distintos momentos.

¿Qué es la Estela de Merneptah y por qué es importante?

La Estela de Merneptah, descubierta en 1896 y datada en torno al 1208 a.C., es el documento extrabíblico más antiguo que menciona a Israel. Fue erigida por el faraón Merneptah para celebrar sus victorias militares y contiene la frase «Israel está asolado, no tiene semilla». Es importante porque establece que para el 1208 a.C. Israel ya existía como entidad reconocible en Canaán, lo que fija un terminus ante quem para la presencia israelita en la región. El determinativo jeroglífico que acompaña al nombre «Israel» indica que era un pueblo o grupo humano, no una ciudad o región, lo que es coherente con un proceso de asentamiento en curso.

¿Cuántas personas salieron realmente de Egipto?

La cifra bíblica de seiscientos mil hombres adultos, que implicaría dos o tres millones de personas en total, es imposible desde el punto de vista demográfico y arqueológico. Las propuestas alternativas más aceptadas incluyen la reinterpretación del término hebreo elef como unidad táctica en lugar de mil, lo que daría cifras de entre tres mil y ocho mil guerreros, y la hipótesis de que el núcleo histórico del Éxodo involucró a unas pocas decenas o centenas de familias, amplificadas en el relato por su significado teológico. La ausencia de evidencias arqueológicas en el Sinaí es más comprensible si el grupo era pequeño.

¿Quiénes son los minimalistas y los maximalistas bíblicos?

Los minimalistas bíblicos son investigadores, principalmente de las escuelas de Copenhague y Sheffield, que argumentan que el Antiguo Testamento fue compuesto en época muy tardía, en los períodos persa o helenístico, y que los relatos históricos como el Éxodo son construcciones literarias sin base histórica directa. Los maximalistas defienden la fiabilidad histórica sustancial del texto bíblico y argumentan que las evidencias arqueológicas son coherentes con el relato cuando se interpretan correctamente. La mayoría de los investigadores académicos actuales ocupan posiciones intermedias que reconocen un núcleo histórico real pero de dimensiones más modestas que las del relato.

¿Es necesario que el Éxodo sea histórico para que tenga importancia religiosa?

No, y este es uno de los puntos más importantes del debate. La importancia religiosa del Éxodo en el judaísmo, el cristianismo y el islam no depende de que cada detalle del relato sea históricamente exacto. El texto bíblico no es una crónica histórica en el sentido moderno sino un documento teológico que usa la forma narrativa para transmitir una experiencia fundacional. Un relato que ha estructurado la identidad de un pueblo durante tres mil años, que ha dado forma a tres religiones y que ha servido como gramática narrativa de movimientos de liberación en los cinco continentes tiene una realidad histórica propia que trasciende la cuestión de los detalles factuales.

¿Qué dice la posición académica más extendida hoy sobre el Éxodo?

El consenso académico más extendido en la investigación contemporánea, representado por investigadores como William Dever, Carol Meyers e Israel Knohl, sostiene que el Éxodo tiene un núcleo histórico real pero de dimensiones muy inferiores a las del relato bíblico. Un grupo de origen semítico con experiencia de trabajo forzado en Egipto habría salido de ese país y se habría unido a poblaciones cananeas locales para formar lo que con el tiempo se convertiría en Israel. La memoria de ese grupo, amplificada y teologizada durante siglos de transmisión oral y escrita, dio lugar al relato del Éxodo en su forma actual. Esta posición no satisface ni a los literalistas ni a los minimalistas radicales, pero es la más coherente con la totalidad de los datos disponibles.

Los 40 años de Moisés en el desierto

Moisés en el desierto contempla el campamento hebreo desde una altura, con el agua brotando de la roca en primer plano

Moisés, anciano y con el cayado, observa desde una altura el campamento hebreo extendido en el desierto del Sinaí. En primer plano, el agua brotando de la roca evoca el episodio de Meriba narrado en el Éxodo 17 y los Números 20. Crédito: Red Historia

Marcelo Ferrando Castro

Los 40 años que el pueblo hebreo pasó en el desierto bajo la guía de Moisés constituyen el período más largo y más complejo del relato del Éxodo. Después del cruce del Mar Rojo y de la revelación del Sinaí, la narrativa bíblica abandona el drama de la liberación para adentrarse en algo más difícil y más humano: la formación de un pueblo. Los 40 años en el desierto no son un paréntesis entre la salida de Egipto y la llegada a Canaán sino el corazón del proyecto del Éxodo, el espacio donde Israel aprende qué significa ser el pueblo de YHWH.

El relato de la travesía ocupa los libros del Éxodo, los Números y el Deuteronomio y está estructurado como una alternancia constante entre la provisión divina y la queja del pueblo, entre el milagro y la rebelión, entre la fidelidad y el fracaso. El maná que cae cada mañana, el agua que brota de la roca, las codornices que llegan con el viento del mar son los signos de una providencia que sostiene al pueblo incluso cuando este se vuelve contra su Dios. Las quejas, las nostalgia de Egipto, las rebeliones contra Moisés y Aarón y el episodio del becerro de oro son los signos de la fragilidad de un pueblo que ha sido liberado de la esclavitud pero que todavía no ha aprendido a vivir en libertad.

Moisés es en este período mucho más que un líder militar o un legislador; es el intercesor que se interpone entre la ira divina y el pueblo, el hombre que negocia con Dios cara a cara como un amigo habla con otro amigo, el guía que carga con el peso de una comunidad que se queja de él constantemente y es también, al final, el hombre que no llega a la tierra prometida: muere en el monte Nebo, a la vista de Canaán, después de haberlo dado todo por un pueblo que no siempre le fue fiel.

Los episodios más significativos de los 40 años incluyen el maná y las codornices como provisión cotidiana, el agua brotando de la roca en Meriba, la serpiente de bronce que cura a los mordidos, las victorias militares contra los amalecitas y los cananeos, la rebelión de Coré contra la autoridad de Moisés, la muerte de Miriam y Aarón y el pecado de Moisés en Meriba que le costará la entrada en Canaán. Cada uno de estos episodios tiene una densidad teológica propia y ha generado siglos de comentario rabínico, patrístico e islámico.

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El desierto como espacio teológico

Antes de entrar en los episodios concretos, conviene detenerse en lo que el desierto significa teológicamente en la Biblia hebrea, porque el relato de los 40 años no se entiende sin esa dimensión. El desierto, en hebreo midbar, es un espacio ambivalente: es el lugar del peligro, la sed y la muerte, pero también el lugar del encuentro con Dios, de la purificación y de la dependencia radical. Es el espacio donde las estructuras de la civilización desaparecen y el ser humano queda frente a lo esencial.

La tradición profética israelita desarrolló una teología del desierto que idealizó ese período como el tiempo de la fidelidad primera. Oseas, en el siglo VIII a.C., describe el desierto como el lugar donde YHWH habló al corazón de Israel, como los primeros días del amor entre Dios y su pueblo. Jeremías evoca la misma imagen. Esta idealización contrasta con el relato del Éxodo y los Números, que describe el desierto como el lugar de la queja constante y la rebelión repetida, pero las dos visiones son complementarias: el desierto es el lugar donde la relación entre Dios e Israel se forja en la dificultad y esa forja es inseparable del conflicto.

El número 40 tiene en la Biblia un valor simbólico preciso que designa un período de prueba completo. Cuarenta días duró el diluvio, 40 días estuvo Moisés en el Sinaí, 40 días ayunó Elías en el camino al Horeb, 40 días tentó el diablo a Jesús en el desierto. Los 40 años de Israel en el desierto son el período de prueba definitivo, el tiempo que necesita una generación para ser reemplazada por otra capaz de entrar en la tierra prometida.

La ruta por el desierto: geografía y debate

El relato bíblico de la travesía menciona docenas de topónimos, campamentos y etapas del camino, pero su identificación geográfica es extraordinariamente difícil. El libro de los Números (33) ofrece una lista de 40 y dos etapas del viaje, desde Ramsés hasta los llanos de Moab, pero la mayoría de estos lugares no pueden identificarse con certeza en el mapa actual.

Los grandes escenarios geográficos del relato son tres. El primero es el Sinaí, donde el pueblo acampa durante casi un año y recibe la Ley. El segundo es Cades-Barnea, un oasis en el norte del Sinaí o el sur del Neguev donde el pueblo acampa durante un período prolongado y desde donde envía los doce espías a explorar Canaán. El tercero son los llanos de Moab, al este del Jordán frente a Jericó, donde el pueblo acampa antes de entrar en Canaán y donde Moisés pronuncia el Deuteronomio y muere.

La arqueología no ha encontrado evidencias de un campamento de la magnitud descrita en ninguno de estos lugares para el período del Éxodo. Las excavaciones en Cades-Barnea, identificada con el actual Ein Qudeirat en el Neguev israelí, han revelado una fortaleza del siglo X a.C. pero ninguna evidencia de asentamiento del período del Bronce Tardío. Esta ausencia es uno de los argumentos recurrentes de quienes cuestionan la historicidad literal del relato, aunque los defensores de un núcleo histórico señalan que un grupo nómada no dejaría las mismas huellas que una ciudad sedentaria.

El maná: el pan del cielo

El maná es el alimento milagroso que según el Éxodo 16 YHWH envió al pueblo hebreo en el desierto para sustentarlo durante los 40 años de travesía. Cada mañana, al amanecer, cubría el suelo alrededor del campamento una capa de algo blanco y fino como la escarcha. El pueblo, al verlo por primera vez, preguntó man hu, «¿qué es esto?» y de esa pregunta viene el nombre man o maná. Tenía sabor de torta con miel, o de aceite, según diferentes pasajes y debía recogerse cada mañana porque se derretía con el calor del sol. El día anterior al Sabbat caía el doble, para que nadie tuviera que recogerlo en día de descanso. El que guardaba de un día para otro encontraba que se había llenado de gusanos, excepto la porción del viernes, que se conservaba intacta.

La descripción del maná ha generado una amplia literatura de identificación naturalista. La más popular relaciona el maná con la secreción del insecto Trabutina mannipara o con la de la escama Gossyparia spuria, parásitos que viven en el tamarisco del Sinaí y producen una sustancia dulce y blanquecina que cae al suelo por las noches y se disuelve con el calor del día. Esta sustancia, llamada mann en árabe, sigue recolectándose en algunas zonas del Sinaí. La analogía con el maná bíblico es evidente en varios detalles, incluyendo el color, el sabor dulce y la tendencia a desaparecer con el calor, pero las cantidades que produce son completamente insuficientes para alimentar a una comunidad de cualquier tamaño durante 40 años.

En el judaísmo, el maná es el paradigma de la providencia divina cotidiana: YHWH no da de comer para un año sino para un día, enseñando al pueblo a depender de Él día a día en lugar de acumular y olvidar. Esta pedagogía de la dependencia diaria es una de las enseñanzas más constantes del relato del desierto. Una vasija de maná fue guardada en el Arca de la Alianza como memoria perpetua de la provisión divina en el desierto.

En el Nuevo Testamento, el maná es uno de los tipos más desarrollados. El Evangelio de Juan (6:31-58) construye un largo discurso sobre el «pan del cielo» en el que Jesús se presenta a sí mismo como el verdadero maná, el pan que da vida eterna en contraposición al maná del desierto, que solo daba vida temporal. La conexión entre el maná y la Eucaristía, desarrollada desde los primeros siglos del cristianismo, hizo de este episodio uno de los más comentados de toda la tipología bíblica.

Las codornices: la queja de la carne

Junto con el maná, el pueblo recibe en dos ocasiones codornices como respuesta a su queja por la falta de carne. La primera vez, en el Éxodo 16, las codornices llegan al campamento al atardecer junto con el maná, sin mayor elaboración narrativa. La segunda vez, en los Números 11, el episodio es mucho más dramático y teológicamente cargado.

En Números 11, el pueblo se queja amargamente: «¿Quién nos dará carne? Recordamos el pescado que comíamos de balde en Egipto, los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos. Ahora nuestra alma se seca, pues no hay nada sino este maná ante nuestros ojos». La nostalgia de Egipto, la memoria selectiva que recuerda los alimentos pero olvida la esclavitud, es uno de los motivos más recurrentes del relato del desierto y uno de los más psicológicamente precisos.

Moisés, agotado, se lamenta ante YHWH: «¿Por qué has afligido a tu siervo? ¿Por qué no he hallado gracia ante tus ojos, que has puesto la carga de todo este pueblo sobre mí? ¿Acaso los concebí yo o los engendré, para que me digas: llévales en tu seno como lleva la nodriza al niño?». Es uno de los momentos de mayor humanidad de Moisés en todo el relato. YHWH responde nombrando 70 ancianos que compartan la carga del liderazgo y enviando un viento que trae codornices del mar en cantidades inmensas. Pero el pueblo, que ha pedido carne, muere de una plaga mientras aún la tiene entre los dientes. El lugar se llama Kibrot-Hatavá, «las tumbas de la codicia».

La migración de codornices es un fenómeno real y documentado en el Mediterráneo oriental: las codornices cruzan el mar en grandes bandadas durante la migración otoñal y caen agotadas en las costas, donde pueden recogerse fácilmente a mano. El relato tiene un trasfondo natural verificable, aunque su elaboración narrativa y teológica va mucho más allá del fenómeno natural.

El agua de la roca: Meriba y el pecado de Moisés

El agua brotando de la roca aparece dos veces en el relato del desierto, en el Éxodo 17 en Refidim y en los Números 20 en Cades. En ambos casos el pueblo se queja de sed y YHWH provee agua de forma milagrosa, pero los dos episodios tienen funciones teológicas distintas y el segundo tiene consecuencias fatales para Moisés.

En el Éxodo 17, el procedimiento es sencillo: YHWH instruye a Moisés a golpear la roca con su cayado y el agua brota. El lugar se llama Masá y Meriba, «prueba y disputa», porque allí el pueblo puso a prueba a YHWH. En los Números 20, la situación es más compleja. YHWH instruye a Moisés a hablar a la roca, no a golpearla. Moisés, impaciente y furioso, golpea la roca dos veces y dice: «¿Tenemos que sacaros agua de esta roca, nosotros, los rebeldes?». El agua brota, pero YHWH le dice a Moisés y a Aarón: «Por no haber confiado en mí para santificarme ante los hijos de Israel, no introduciréis esta asamblea en la tierra que les he dado».

Este episodio es uno de los más desconcertantes y más comentados del Pentateuco. ¿Cuál fue exactamente el pecado de Moisés? El texto no lo dice con claridad. Los comentaristas rabínicos han propuesto interpretaciones diversas: que golpeó la roca en lugar de hablarle, que usó el plural «nosotros» atribuyéndose el milagro, que expresó ira ante el pueblo. La tradición cristiana añadió que golpear la roca dos veces simbolizaba no confiar en la eficacia de la primera acción divina. Sea cual sea la interpretación exacta, el resultado es definitivo: Moisés y Aarón no entrarán en la tierra prometida.

La gravedad de la consecuencia, que el hombre que ha guiado al pueblo durante 40 años muera sin alcanzar el destino, ha sido leída como una teología de la responsabilidad del liderazgo: a quienes más se les ha dado, más se les exige. El Talmud registra un debate sobre si este castigo fue justo y algunos rabinos lo cuestionaron abiertamente.

La serpiente de bronce: el Nehustán

Uno de los episodios más enigmáticos de los 40 años en el desierto es el de la serpiente de bronce, narrado en los Números 21. El pueblo, cansado del camino, vuelve a quejarse del maná y del desierto y YHWH envía serpientes venenosas que matan a muchos. El pueblo reconoce su pecado y pide a Moisés que interceda. YHWH le ordena a Moisés que fabrique una serpiente de bronce y la coloque sobre un asta: quien haya sido mordido y la mire, vivirá.

La serpiente de bronce, llamada más adelante Nehustán en el libro de 2 Reyes, fue conservada en el Templo de Jerusalén como objeto de culto hasta el reinado de Ezequías, en el siglo VIII a.C., quien la destruyó porque el pueblo le quemaba incienso. La existencia de este objeto cultual en el Templo de Jerusalén es uno de los indicios de que el episodio del desierto refleja una práctica religiosa real y antigua, aunque la teología posterior la reinterpretó en términos estrictamente yahvistas.

El episodio plantea una tensión teológica evidente con el segundo mandamiento, que prohíbe las imágenes. La serpiente de bronce es precisamente una imagen fabricada con propósito cultual y el Deuteronomio y los libros proféticos son muy conscientes de esa tensión. La solución que ofrece el texto es que la curación no viene de la imagen en sí sino de la obediencia al mandato divino y de la mirada de fe.

El Evangelio de Juan (3:14-15) usa este episodio como prefiguración de la crucifixión: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna». La analogía es estructural: así como quien miraba la serpiente de bronce era curado de la muerte física, quien mira a Cristo levantado en la cruz es curado de la muerte espiritual. Es una de las tipologías más audaces del Nuevo Testamento porque usa como tipo un objeto que la tradición israelita acabó destruyendo por idolátrico.

El becerro de oro: la gran ruptura

El episodio del becerro de oro, narrado en el Éxodo 32, es la crisis más grave de los 40 años y la que amenaza con destruir la alianza antes de que haya comenzado a funcionar. Mientras Moisés permanece 40 días en la cumbre del Sinaí recibiendo las instrucciones del Tabernáculo, el pueblo, impaciente ante su ausencia prolongada, presiona a Aarón para que les fabrique un dios visible. Aarón recoge los pendientes de oro del pueblo, funde un becerro y proclama: «Este es tu dios, Israel, el que te sacó de la tierra de Egipto».

El becerro de oro ha sido objeto de debate entre los estudiosos sobre su naturaleza exacta. La mayoría de los investigadores no cree que el pueblo adorara al becerro como un dios diferente de YHWH, sino que usaba la imagen del toro como representación visible de YHWH mismo, siguiendo una práctica cultual extendida en el antiguo Oriente Próximo. El pecado no sería el politeísmo sino la violación del segundo mandamiento, la fabricación de una imagen del Dios invisible.

La rebelión de Coré: el cuestionamiento del liderazgo

Los Números 16 narran la rebelión de Coré, Datán y Abirón contra la autoridad de Moisés y Aarón. Coré es un levita que cuestiona el monopolio sacerdotal de Aarón y la autoridad de Moisés: «¡Basta ya! Toda la congregación, todos ellos son santos, y YHWH está en medio de ellos. ¿Por qué, pues, os elevais sobre la asamblea de YHWH?». El argumento de Coré no es irreligioso sino que apela precisamente a la santidad universal del pueblo proclamada en el Sinaí.

La respuesta divina es fulminante: la tierra se abre y se traga a Coré, Datán y Abirón con sus familias y tiendas. Un fuego devora a los 250 hombres que ofrecían incienso con ellos. La violencia del castigo es uno de los pasajes más difíciles del Pentateuco para el lector moderno y la tradición rabínica lo ha debatido extensamente. Algunos textos del Talmud afirman que los hijos de Coré no murieron y el título «hijos de Coré» aparece en los encabezados de varios salmos.

La función narrativa del episodio es clara: consolida la autoridad sacerdotal aaronita y la autoridad profética de Moisés frente a cualquier cuestionamiento. Su función teológica es más compleja: plantea la tensión entre la igualdad de todos los miembros del pueblo elegido y la necesidad de estructuras de liderazgo diferenciadas dentro de esa igualdad, una tensión que recorre toda la historia del judaísmo y del cristianismo.

Los espías y la condena del desierto

Uno de los episodios más dramáticos de los 40 años es el de los doce espías enviados a explorar Canaán, narrado en los Números 13-14. Moisés envía un representante de cada tribu a reconocer la tierra prometida. Los espías regresan después de 40 días portando un enorme racimo de uvas como prueba de la fertilidad de la tierra, pero diez de los doce traen un informe aterrador: la tierra devora a sus habitantes y sus pobladores son gigantes ante los cuales los israelitas parecen langostas. Solo Caleb y Josué mantienen que la tierra puede conquistarse con la ayuda de YHWH.

El pueblo entra en pánico y quiere volver a Egipto. La respuesta divina es la más severa del relato: la generación que salió de Egipto, que ha visto los prodigios de YHWH y aun así no confía en Él, morirá en el desierto sin entrar en Canaán. Solo Caleb y Josué, los dos espías fieles, sobrevivirán para ver la tierra prometida. Los 40 años en el desierto son directamente la consecuencia de este fracaso: un año de castigo por cada día que los espías estuvieron en Canaán.

Este episodio es teológicamente fundamental porque explica la duración del desierto y establece la lógica del castigo generacional: no es la generación culpable la que hereda la promesa sino la siguiente, la nacida en libertad. La tierra prometida no es una recompensa para los que salieron de Egipto sino para sus hijos, lo que convierte los 40 años en una pedagogía del umbral.

La muerte de Miriam y Aarón

Los Números narran la muerte de los dos hermanos de Moisés durante la travesía del desierto, antes de que el pueblo llegue a Canaán. Miriam muere en Cades y es enterrada allí sin más elaboración narrativa, un final austero para una figura que había sido profetisa y líder de las mujeres en el cruce del Mar Rojo. La tradición rabínica, sensible a esta sobriedad, desarrolló la figura de Miriam extensamente y le atribuyó el mérito de haber protegido a Moisés bebé en el Nilo y de ser la fuente del pozo milagroso que acompañó al pueblo en el desierto: según el Midrash, el pozo de Meriba fue un regalo de Dios a Israel en mérito de Miriam y secó cuando ella murió.

Aarón muere en el monte Hor, después de que Moisés le transfiera sus vestiduras sacerdotales a su hijo Eleazar en presencia del pueblo. La transferencia de las vestiduras es un gesto ritual de sucesión que muestra que lo que muere con Aarón no es el sacerdocio sino solo su persona: la institución continúa. El pueblo llora a Aarón 30 días, el mismo período de luto que se establecerá para Moisés.

La muerte de Moisés en el monte Nebo

El Deuteronomio culmina con uno de los finales más memorables de toda la literatura antigua. Moisés, de 120 años, sube al monte Nebo en los llanos de Moab. YHWH le muestra desde allí toda la tierra prometida: Galaad, Dan, Neftalí, el Neguev, el Jordán, Jericó, el mar Mediterráneo y le dice: «Esta es la tierra que juré dar a Abraham, Isaac y Jacob. Te la he hecho ver con tus ojos, pero no pasarás allá».

Moisés muere allí, en la tierra de Moab y YHWH lo entierra en un lugar que nadie conoce hasta hoy. El texto cierra con un epitafio que no tiene paralelo en la Biblia:

No volvió a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien YHWH conocía cara a cara, como lo muestra todo lo que YHWH lo envió a hacer en la tierra de Egipto, contra el faraón, sus siervos y toda su tierra, y toda la mano poderosa y todos los grandes prodigios que Moisés realizó a los ojos de todo Israel.

La muerte de Moisés sin cruzar el Jordán es uno de los finales más debatidos de la Biblia. La explicación oficial del texto, el pecado de Meriba, ha parecido insuficiente a muchos lectores: ¿puede un hombre que habló con Dios cara a cara, que intercedió por el pueblo repetidamente, que lo guio durante 40 años, quedar excluido de la tierra prometida por golpear una roca dos veces en un momento de agotamiento? La tradición rabínica debatió esto extensamente y algunas voces cuestionaron abiertamente la justicia del castigo. Otras lecturas ven en la muerte de Moisés fuera de Canaán no un castigo sino una necesidad teológica: Moisés pertenece al desierto, a la alianza, a la Ley y no puede ser el que introduzca al pueblo en la tierra porque eso corresponde a Josué, cuyo nombre en griego es Jesús, un detalle que la tradición cristiana no pasó por alto.

Los grandes episodios de los 40 años en el desierto

EpisodioLugarContenidoSignificado teológico
El manáDesierto de Sin (Éxodo 16)Alimento milagroso que cae cada mañana; doble el viernesPedagogía de la dependencia diaria de YHWH
Las codornicesKibrot-Hatavá (Números 11)Carne enviada tras la queja del pueblo; plaga mientras la comenPeligro de la nostalgia de Egipto y la codicia
Agua de la rocaRefidim (Éxodo 17) y Meriba (Números 20)Agua brotando de la roca al golpe del cayadoProvidencia divina; en Meriba, pecado de Moisés
La serpiente de bronceCamino del mar Rojo (Números 21)Serpiente de bronce en un asta; quien la mira se curaFe obediente como antídoto; tipo de la crucifixión (Juan 3:14)
El becerro de oroAl pie del Sinaí (Éxodo 32)El pueblo fabrica un becerro mientras Moisés está en el monteRuptura de la alianza; intercesión de Moisés
Los doce espíasCades-Barnea (Números 13-14)Diez espías con informe negativo; condena a cuarenta añosLa falta de fe retrasa la promesa una generación
Rebelión de CoréDesierto (Números 16)Coré cuestiona la autoridad de Moisés y Aarón; la tierra los tragaLegitimidad del liderazgo sacerdotal aaronita
Muerte de MiriamCades (Números 20)Muerte austera; tradición rabínica: con ella muere el pozoFin del liderazgo fundacional femenino del Éxodo
Muerte de AarónMonte Hor (Números 20)Transferencia de vestiduras sacerdotales a Eleazar; treinta días de lutoContinuidad del sacerdocio más allá de la persona
Muerte de MoisésMonte Nebo (Deuteronomio 34)Ve Canaán pero no entra; enterrado por YHWH en lugar desconocidoEl mayor profeta de Israel muere en el umbral de la promesa

Artículos relacionados con el Éxodo y el Antiguo Testamento

Fuentes y bibliografía

Fuentes:

  • Biblia de Jerusalén. Libro del Éxodo, capítulos 16-17 y 32-34. Libro de los Números, capítulos 11-14, 16, 20-21. Libro del Deuteronomio, capítulo 34. Versión de la Biblia de Jerusalén. Desclée de Brouwer, 2009.
  • El Corán. Sura al-Maida (5), versículos 20-26. Traducción de Julio Cortés. Herder, 2005.
  • Talmud Babilónico. Taanit 9a (el pozo de Miriam). Sanhedrin 110a (hijos de Coré).

Bibliografía académica:

Preguntas frecuentes sobre Moisés en el desierto

¿Por qué duró 40 años la travesía del desierto?

Según el relato bíblico, los 40 años fueron una consecuencia directa del fracaso de los espías en Cades-Barnea. Cuando diez de los doce espías enviados a explorar Canaán volvieron con un informe aterrador y el pueblo se negó a confiar en YHWH, la condena fue que la generación que había salido de Egipto moriría en el desierto sin entrar en la tierra prometida. Los 40 años equivalen a un año por cada día que los espías estuvieron en Canaán. Solo Caleb y Josué, los dos espías fieles, sobrevivirían para ver la tierra. El número 40 tiene también un valor simbólico en la Biblia que designa un período de prueba completo.

¿Qué era exactamente el maná?

El texto bíblico describe el maná como una sustancia blanca y fina que cubría el suelo cada mañana, con sabor de torta con miel. Se derretía con el calor del sol y no podía guardarse de un día para otro sin pudrirse, excepto la porción del viernes, que se conservaba para el Sabbat. La explicación naturalista más aceptada lo relaciona con la secreción dulce y blanquecina producida por insectos parásitos del tamarisco del Sinaí, una sustancia llamada mann en árabe que todavía se recolecta en la región. Sin embargo, las cantidades que produce son completamente insuficientes para alimentar a una comunidad durante 40 años, lo que hace que la identificación sea sugerente pero no definitiva.

¿Por qué Moisés no pudo entrar en la tierra prometida?

Según el texto bíblico, la causa fue el episodio de Meriba, donde Moisés golpeó la roca dos veces en lugar de hablarle como YHWH había ordenado, y dijo en su frustración «¿tenemos que sacaros agua de esta roca, nosotros?», atribuyéndose el milagro. YHWH le dijo que por no haber confiado en Él para santificarlo ante el pueblo, no introduciría a Israel en la tierra. Los comentaristas rabínicos han debatido extensamente la naturaleza exacta del pecado y la justicia del castigo, y algunas voces cuestionaron abiertamente que la consecuencia fuera proporcionada a la falta.

¿Qué es la serpiente de bronce y cómo se relaciona con el Nuevo Testamento?

La serpiente de bronce, llamada Nehustán, fue fabricada por Moisés por orden de YHWH para curar a los israelitas mordidos por serpientes venenosas: quien miraba la serpiente de bronce sobre el asta sobrevivía. Fue conservada en el Templo de Jerusalén como objeto de culto hasta que el rey Ezequías la destruyó en el siglo VIII a.C. porque el pueblo le quemaba incienso. El Evangelio de Juan (3:14-15) usa este episodio como prefiguración de la crucifixión: así como quien miraba la serpiente era curado de la muerte física, quien mira a Cristo levantado en la cruz recibe vida eterna.

¿Quién fue Coré y por qué se rebeló contra Moisés?

Coré era un levita que cuestionó la autoridad exclusiva de Moisés y Aarón argumentando que toda la congregación era santa y que YHWH estaba en medio de todos ellos. Su rebelión no era irreligiosa sino que apelaba precisamente a la santidad universal proclamada en el Sinaí para cuestionar la jerarquía sacerdotal. La respuesta divina fue fulminante: la tierra se abrió y se tragó a Coré, Datán y Abirón con sus familias. Los hijos de Coré, según el Talmud, no murieron, y su nombre aparece en los títulos de varios salmos.

¿Qué papel tuvo Miriam en el desierto?

Miriam, hermana de Moisés y Aarón, aparece en el relato del desierto como profetisa y líder de las mujeres en la celebración del cruce del Mar Rojo. En los Números 12, junto con Aarón, cuestiona la autoridad de Moisés por haberse casado con una mujer cusita, lo que provoca que YHWH la castigue con una enfermedad de piel durante siete días. La tradición rabínica le atribuyó el mérito de haber protegido a Moisés bebé en el Nilo y afirmó que el pozo milagroso que sustentó al pueblo en el desierto fue un regalo de Dios en su mérito, y que secó cuando ella murió.

¿Dónde está enterrado Moisés?

El Deuteronomio dice explícitamente que Moisés fue enterrado por YHWH en el valle de la tierra de Moab, frente a Bet-Peor, y que nadie conoce su sepultura hasta el día de hoy. La oscuridad deliberada sobre el lugar de la tumba ha sido interpretada como una medida preventiva para evitar que el sepulcro se convirtiera en objeto de culto. El monte Nebo, en el actual Jordania, es el lugar donde la tradición cristiana sitúa la muerte de Moisés, y hay allí una iglesia y un memorial moderno con una réplica de la serpiente de bronce. Sin embargo, no hay evidencia arqueológica de la tumba.

¿Cómo interpreta el islam los 40 años en el desierto?

El Corán narra el episodio de los espías y la condena del desierto en la sura de la Mesa Servida (5:20-26), donde Musa advierte al pueblo que entre en la tierra santa que Alá les ha destinado y el pueblo se niega por miedo a sus habitantes. Alá condena al pueblo errante 40 años. El Corán también menciona el maná y las codornices como provisión divina en el desierto. La muerte de Moisés no es narrada en el Corán, aunque la tradición islámica la conoce a través de los relatos de los isra’iliyyat, las historias de origen judío transmitidas en el hadiz.

Fuente:https://redhistoria.com/moises-en-el-desierto/

El Gran Rollo de Isaías en Qumrán

Vista panorámica del Gran Rollo de Isaías.
Vista panorámica del Gran Rollo de Isaías. Foto: Wikimedia Commons.

A veces la historia y el conocimiento mudan por azares casi cómicos. El hallazgo de la principal colección de manuscritos judíos del cambio de era se debió a una cabra díscola que obligó a un pastor beduino a ir en su búsqueda cerca de Khirbet Qumrán. Al lanzar una piedra dentro de una cueva, Muhammed ed-Dib escuchó vasijas de cerámica rompiéndose, lo que le llevó a explorar el interior y encontrar grandes tinajas de arcilla con manuscritos envueltos cuidadosamente en lino. 

Este descubrimiento desencadenó una serie de expediciones arqueológicas sistemáticas. Entre 1949 y 1956, bajo la dirección del padre Roland de Vaux, de la Escuela Bíblica Francesa y el Museo Rockefeller, se exploraron once cuevas, en competencia muchas veces con los beduinos, quienes habían hecho de la venta de manuscritos un modo de vida. Se descubrieron más de 900 manuscritos diferentes, la mayoría incompletos. La cueva 4, descubierta en 1952, resultó la más prolífica, con unos 15.000 fragmentos de más de 500 rollos diferentes. Los manuscritos, datados entre el siglo III antes de la era común (a. e. c.) y el año 68 de la nuestra, se dividieron en tres categorías principales: textos bíblicos, pseudoepígrafos y documentos sectarios. Fueron escritos y copiados por los miembros de un grupo judío, relacionado con los esenios, que se retiró al desierto por desacuerdo con las autoridades del templo de Jerusalén y su ortopraxis, que consideraban poco estricta. Se encontraron copias de todos los libros de la Biblia hebrea excepto del de Ester. Su hallazgo proporciona evidencia textual 1.000 años más antigua que los manuscritos hebreos medievales masoréticos, como el códice de Alepo o el de Leningrado del siglo XI, con algunos manuscritos, como 4QDanielc (datado en el 124 a. e. c.), muy próximos a la época de su creación. De alguna manera, Qumrán ha devenido en la  piedra de Roseta para el estudio del judaísmo y la Biblia en el cambio de era. 

Entre los manuscritos bíblicos, destaca el Gran Rollo de Isaías; es el único manuscrito bíblico de Qumrán prácticamente completo. Está compuesto por 17 hojas de pergamino cosidas con hilo de lino, con una longitud total de 7,34 metros y una altura de entre 22 y 27 centímetros. Contiene 54 columnas con los 66 capítulos del libro de Isaías en hebreo, en el mismo orden que conocemos. El pergamino estaba elaborado con piel de cabra según estrictas reglas rituales mediante el curtido y estiramiento de la piel. El texto se escribió únicamente en el lado de la carne. El proceso de curtido y preparación  era complicado y costoso, lo que subraya la importancia que la comunidad de Qumrán otorgaba a estos textos. Su datación, mediante análisis paleográfico y pruebas de carbono 14, lo sitúa entre los años 125 y 100 a. e. c., aunque estudios recientes con inteligencia artificial han sugerido que algunos manuscritos de Qumrán podrían ser aún más antiguos de lo estimado inicialmente. 

Fragmento de una de las 17 hojas de pergamino que componen este importante manuscrito.
Fragmento de una de las 17 hojas de pergamino que componen este importante manuscrito. Foto: Museo de Israel en Jerusalén / Eli Pozner.

Su relevancia estriba en que testimonia la fidelidad de la transmisión textual bíblica a través de los siglos. Aproximadamente el 95 % del texto coincide con el masorético medieval, base de las traducciones modernas de la Biblia hebrea y el texto tradicional judío. Este acuerdo demuestra el cuidado meticuloso con el que los escribas copiaron y preservaron las Escrituras durante más de 1.000 años. El 5 % restante presenta variantes que abren una ventana fascinante al proceso de formación y evolución del texto bíblico. Se han identificado más de 2.600: diferencias ortográficas, errores de copia, correcciones de escribas posteriores y, lo más significativo, algunas lecturas diferentes que afectan al significado. Una característica notable del Gran Rollo es su uso de grafía plena, que emplea consonantes auxiliares para indicar los sonidos vocálicos del hebreo. Esto contrasta con otros manuscritos bíblicos de Qumrán y con el texto masorético de Isaías, que utilizan una grafía consonántica defectiva. Esta particularidad permite a los investigadores conocer con mayor precisión cómo se pronunciaba y entendía el texto en la época del Segundo Templo.

El libro de Isaías era muy popular en Qumrán, como demuestran las más de 21 copias halladas —es el segundo texto más representado después de los Salmos—. Además, se descubrieron seis pesharim o comentarios interpretativos, lo que indica que la comunidad leía y reinterpretaba este texto profético aplicándolo a su realidad. Esta importancia se refleja también en el Nuevo Testamento: Isaías es el profeta más citado, evidenciando la autoridad canónica especial de la que disfrutaba en el judaísmo del Segundo Templo. Actualmente, el Gran Rollo de Isaías se preserva en el Santuario del Libro del Museo de Israel en Jerusalén, un edificio diseñado específicamente para albergar los manuscritos del mar Muerto. Por su 60 aniversario, además, el museo inaugura el 23 de febrero una muestra excepcional dedicada a él. Y gracias a un proyecto de digitalización en colaboración con Google, está disponible en línea con imágenes de alta resolución, permitiendo estudiar este tesoro arqueológico.

Fuente: Pablo A. Torijano, autor en Alfa y Omega

La Biblia, Averroes y Borges: misterio, razón, perplejidad

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William Blake, «Dios creando el universo» (The Ancient of Days setting a Compass to the Earth), 1794, grabado coloreado en acuarela, Fitzwilliam Museum, Cambridge University. | William Blake

Hay libros que amanecen en la inteligencia y libros que amanecen en el alma. Mientras que ningún libro habita ambos territorios con tanta naturalidad como la Biblia. Sin ser filosofía, filosofa; tampoco es literatura, aunque su belleza poética sostiene generaciones; tampoco es simple memoria histórica, aunque su trama realiza la fundación de la de Occidente. La Biblia enseña que el lenguaje no se agota en representar lo que vemos, sino que intenta acercarse al Misterio.

Julio César Crivelli (*)

¿Se puede nombrar a Dios con palabras? ¿Cómo transmitir el Misterio? ¿Se puede entender la Biblia? ¿Acaso la Biblia está sujeta a la Razón?

Estas preguntas configuran la historia de las religiones, pero también la de la filosofía y la literatura. Averroes, filósofo andalusí del siglo XII, creyó que la razón podía acompañar a la revelación (Averroes, Fasl al-Maqal (Doctrina decisiva), trad. M. Cruz Hernández, Madrid: Taurus, 1986).

No sabemos si Averroes conoció la Biblia cristiana y la Torá, pudo conocerlas dada la existencia de las comunidades sefaradí y cristiana en Córdoba. Sin citas explícitas en sus obras, surge que se refiere a las tres religiones del Libro. De todos modos, el Corán tiene muchísimos pasajes comunes con la Biblia y la Torá. Borges, escritor del siglo XX, advirtió que el Misterio nunca se entrega por completo al pensamiento (La búsqueda del absoluto, en Otras inquisiciones, Buenos Aires: Sur, 1952).

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

Este ensayo recorre ese triángulo singular: Biblia – Averroes – Borges, donde cada vértice ilumina al otro. Averroes afirma que el Misterio debe traducirse en concepto. Borges sospecha que solo hay perplejidad frente a lo sagrado. El Misterio de la Biblia permanece inasible como un faro que nos guía pero que es imposible alcanzar. ¿Estamos cerca o lejos de la Biblia? No lo sabemos, ni lo sabremos.

Libro y límite

En el Génesis, Dios crea el Universo con la palabra (Génesis 1: Dios crea por la Palabra), es un Dios sin nombre que paradójicamente crea con la palabra y que jamás revelará su nombre. “Y dijo Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: «YO SOY me ha enviado a vosotros» (Éxodo 3:14). Y que prohíbe la imagen; “No te hagas ninguna imagen, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra” (Éxodo 20:3-8).

Dios es puro “Ser,” no está sujeto a la sucesivo, a “existir” (Lat. ex–sisto/sistere, “estar afuera”), Dios no está sujeto a las categorías de la conciencia. No está sujeto al espacio, es infinito; ni al tiempo, es eterno. Para Kant, espacio y tiempo no son propiedades del mundo “en sí” sino formas a priori de nuestra sensibilidad: son la estructura mediante la cual los datos sensibles se nos aparecen. El espacio es la forma de la intuición externa (la disposición de los objetos entre sí) y el tiempo la forma de la intuición interna (la sucesión de estados de la conciencia). Por eso, según Kant, las intuiciones espacio-temporales hacen posible la experiencia empírica universal y necesaria, aunque no nos informan sobre las cosas en sí mismas, sino sobre cómo las percibimos. El espacio es la forma a priori de la intuición externa. El tiempo es la forma a priori de la intuición interna. No son conceptos empíricos ni conceptos discursivos: son intuiciones puras. La geometría se funda en la intuición pura del espacio; la aritmética, en la del tiempo (Kant Immanuel, 1787, Crítica de la Razón Pura, Doctrina trascendental de los elementos, Estética trascendental).

Las Escrituras nos recuerdan que lo dicho nunca contiene por completo lo que quiere decir. Desde la Expulsión perdimos el lenguaje angélico, ese lenguaje con el que “hablábamos con Dios” y solo nos quedó la representación.

Los conceptos y las imágenes son representaciones del mundo, reflejo inexacto, inmóvil, incompleto de un caos que, para ser cosmos, (Gr, Kósmos; Orden), debe estar sometido al tiempo -sucesivo y medible-, y al espacio limitado, también medible. Vivimos en un mundo supuesto, en un cosmos construido con la representación que es falsa, inexacta, como el reflejo de los espejos:

“Dios ha creado las noches que se arman/ de sueños y las formas del espejo/ para que el hombre sienta que es reflejo/ y vanidad. Por eso nos alarman.” (Borges, Los Espejos, El hacedor, 1960.)

Un Dios sin nombre y sin imagen, sin tiempo y sin espacio, es reconocimiento de un desborde permanente; un desborde del lenguaje, un desborde de la consciencia y de la Razón. Misterio de la luz y de la sombra.

Los rabinos enseñaron que la Torá tiene 70 rostros (Talmud, Sanedrín 34a: “Setenta rostros tiene la Torá”), el número 70 combina el 7 (perfección espiritual) y el 10 (plenitud o totalidad), lo que lo convierte en símbolo del Misterio inasible de Dios. San Pablo sostuvo que “la letra mata, el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6.), o sea que el concepto es un reflejo muerto y la vida es puro misterio.

Ambos reconocen que el texto es más grande que cualquier lector. La hermenéutica, el arte de leer lo que yace detrás de lo dicho, nace de esa infinitud controlada. La Biblia exige comprender lo que el texto permite y callar donde la razón se vuelve soberbia.

El profeta Isaías recuerda al lector que “los pensamientos de Dios no son los nuestros” (Isaías 55:8.). Esa distancia no clausura la búsqueda, seguiremos intentando “entender” a Dios; nuestro sino es intentar aunque sea imposible el hallazgo. El lenguaje intenta acercar lo que permanecerá lejano; el texto funciona como puente, pero también como frontera.

La Biblia es una deriva del Misterio: También es lenguaje, pero igual que Él está más allá de la palabra. Aquí está el escenario donde entran Averroes y Borges: frente a un Libro que habla con voz humana de una verdad que está más allá de lo humano. Un Libro que exige la razón y el temblor. Un Libro que jamás se termina porque nunca se deja poseer.

(*) Julio César Crivelli es coleccionista de arte y presidente de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes

“La Biblia como fuente de Luz: la influencia bíblica en los Místicos españoles”

El profesor Juan A. Marcos participó en las Jornadas sobre Biblia y Literatura: Analizó la presencia de las mujeres bíblicas en la obra de San Juan de la Cruz desde una perspectiva no patriarcal  

El profesor Juan Antonio Marcos Rodríguez, ha impartido la conferencia “Las mujeres bíblicas en Juan de la Cruz: hacia una hermenéutica no-patriarcal”, en el marco de la Jornada sobre Biblia y Literatura: “La Biblia como fuente de Luz: la influencia bíblica en los Místicos españoles”, organizada por el Instituto Universitario de Ciencias de las Religiones (Universidad Complutense) y el Instituto Español Bíblico y Arqueológico de Jerusalén, y celebrada en la Facultad de Filología de la UCM el día 29 de octubre de 2025. En dicha jornada participaron como ponentes, entre otros, el actual director del Instituto Bíblico de Jerusalén, así como diversas profesoras de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense.

La ponencia del profesor Juan A. Marcos supuso un recorrido por la personalidad anti-patriarcal de Juan de la Cruz, así como su relación transformadora con las mujeres bíblicas, explorando cómo su lectura espiritual de las Escrituras desafió las estructuras de poder de su época. Para ello se evocó la biografía no-patriarcal del gran místico, así como su íntima conexión con las mujeres en general (siguiendo el consejo de Teresa: ‘Todos los hombres deben ser más amigos de mujeres’), a la par que algunas figuras bíblicas como la Magdalena (‘tres en una’, según las percepciones de la época), las tres Marías y la oración, y la samaritana. Sin olvidar dos polaridades claves del discurso sanjuanista: el yo poético en femenino y el yo autobiográfico en todo.

San Juan de la Cruz, en la línea de la tradición patrística, buscó siempre una ‘inteligencia espiritual’ de los textos bíblicos, más allá de la letra. La experiencia mística se convirtió para el místico abulense en fuente de inteligencia escrituraria. Pero al mismo tiempo, nuestro místico, fue más lejos: en su radical identificación con un personaje femenino, dentro de una sociedad patriarcalista, está asumiendo un papel y un rol subversivo, e implícitamente está poniendo en tela de juicio las mentalidades y universos religiosos en los que le tocó vivir. La Magdalena, esa mujer que camina sola, desafiando normas sociales y religiosas, simboliza la ruptura del orden patriarcal. Al presentarse ‘sin compañía’, pone de manifiesto su dependencia absoluta de Dios, rechazando cualquier proteccionismo masculino. La experiencia contemplativa del místico es una apuesta por esa misma libertad (interior), por el protagonismo de la pura gracia, subvirtiendo así el modelo meritocrático y patriarcal religioso dominante.

Fuente: https://www.comillas.edu/noticias/el-profesor-juan-a-marcos-participo-en-las-jornadas-sobre-biblia-y-literatura-la-biblia-como-fuente-de-luz-la-influencia-biblica-en-los-misticos-espanoles/

Carlos de Foucauld y la Bibla

Eucaristía y Biblia

A su manera, el padre Charles de Foucauld anticipó la renovación bíblica del siglo XX …

El 1 de diciembre de 2016 se celebró el centenario de la muerte de Charles de Foucauld (1858-1916). La espiritualidad que surge de su vida y de sus escritos ha marcado a la Iglesia, especialmente a la católica, de formas muy variadas. A lo largo de sus escritos y su correspondencia surge una conexión personal con las Sagradas Escrituras. En un momento turbulento por la investigación crítica, su lectura frecuente de los Salmos y los Evangelios, meditados, orados, comentados, traducidos, anticipa el renacimiento bíblico del siglo XX.

«Mi vida sigue en profunda calma, durante el día trabajo mientras está despejado, en la mañana y en la tarde y parte de la noche leo y rezo, […] al despertar… meditar por escrito sobre los Santos Evangelios y los Salmos ”(Carta al Padre Henri Huvelin, 16 de enero de 1898). De los cientos de páginas escritas por Charles de Foucauld podemos extraer su relación con la Biblia, más precisamente con los cuatro evangelios (1).

Imitar a Jesús

Busca y encuentra allí principalmente a la persona de Jesús a quien llama su Amado. Analiza el comportamiento y las enseñanzas para imitar a quien se ha convertido en la Luz de su existencia.

«Jesús dijo, esta es su primera palabra a sus apóstoles, su primera palabra a todos los que tienen sed de conocerlo: ‘Venite et videte’. Empiece por «venir» siguiéndome, imitándome, practicando mis enseñanzas, y luego «verás», disfrutarás de la luz, en la misma medida que habrás practicado … «Venite et videte»: He visto tanto en mi experiencia la verdad de estas palabras ”(Carta a Henri de Castries, 14 de agosto de 1901).

“La Pasión, el Calvario, es una declaración suprema de amor … Es para llevarnos, para atraernos a amarlo libremente, porque el amor es el medio más poderoso para atraer el amor. El amor, porque amar es el medio más poderoso para hacerse amar … Puesto que así nos hizo su declaración de amor, imitémoslo haciéndolo nuestro ”(CH. FOUCAULD, La Bonté de Dieu, Méditacions sur les saints Évangiles, Nouvelle Cité, París 1996, 194) .

«Encuentre tiempo para leer algunas líneas de los santos evangelios […] para empaparse del espíritu de Jesús leyendo y releyendo, meditando y revisando constantemente sus palabras y sus ejemplos; que hagan en nuestras almas como la gota de agua que cae y cae sobre una losa, siempre en el mismo lugar ”(Carta a Louis Massignon el 22 de julio de 1914).

«Es según el evangelio de Jesús, según las palabras de Jesús, los ejemplos de Jesús, los consejos de Jesús, las enseñanzas de Jesús que seremos juzgados» (CH. FOUCAULD, L’imitation du Bien-Aimé, Méditacions sur les saints Évangiles, Nouvelle Cité, París 1997, 204). Charles de Foucauld expone así la esencia de su relación con la Biblia. No es una biblioteca para estudiar, sino un conjunto de textos que conducen a la persona de Jesús; no principalmente para analizar su personalidad sino para traerle una mirada amorosa; no principalmente por fascinación con una figura importante de la historia pasada, sino para actualizar el contacto con un hombre vivo que se ha convertido en su contemporáneo. Un goteo diario que da sentido a cada día. Una conversación con un amigo que conoce tan bien el corazón humano que conviene ir a la escuela para avanzar hacia Dios por el camino más seguro.

Foucauld ya no siente la distancia entre el pasado y el presente. Con los oídos agudos, parece estar escuchando físicamente al Amado. Lo ve, le habla, a veces deslizándose en el tête-à-tête de Jesús con su Padre o con los humanos hasta tal punto que ya no sabemos si es él quien habla o Jesús. Uno de los ejemplos más llamativos de esta inclusión de Foucauld en el corazón de Cristo se encuentra en su comentario sobre “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 24,36): “Padre mío, me pongo entre Tus manos ; Padre mío, a Ti me encomiendo; Padre mío, a Ti me entrego; Padre mío, haz de mí lo que quieras «. Este comentario se ha convertido en la famosa oración de abandono de Charles de Foucauld, incansablemente retomada por quienes confían en el Padre Universal para vivir cada día.
En Nazaret

Cualquiera que esté acostumbrado a leer la Biblia y las páginas escritas por poetas o creyentes, judíos o cristianos, historiadores o investigadores, arqueólogos o agnósticos, entiende hasta qué punto Foucauld representa una relación completamente original e inimitable con la Biblia. Escuchar algunas líneas de los comentarios de Foucauld es suficiente para identificar al autor.

Cuando escribe la mayoría de sus cuadernos de meditaciones sobre la Biblia, Charles de Foucauld vive en la choza de un jardinero con las Clarisas de Nazaret. Una alegría intensa lo anima. Se libera de la mirada de la sociedad francesa sobre el vizconde de Foucauld de Pontbriand, hijo de una acomodada familia aristocrática, sobre el oficial que llevó una gran vida antes de dimitir del ejército a los 24 años, sobre el joven explorador del Marruecos coronado con la máxima distinción por la Sociedad Geográfica a la edad de 27 años. El que redescubrió su fe un día de octubre de 1886, a los 28 años, se convirtió en monje en Francia y luego en Siria, viviendo en la pobreza en las proximidades de musulmanes más pobres que él, en quienes encontró lo que había descubierto en Marruecos, “la visión de esta fe, de estas almas que viven en la presencia continua de Dios me hizo vislumbrar algo más grande y más verdadero que las ocupaciones mundanas” (Carta a Henri de Castries, 8 de julio 1901).

Foucauld está feliz de vivir en Tierra Santa, en Nazaret, el pueblo de José y María. Se ve a sí mismo como un miembro de esta sagrada familia: sus conciudadanos son los lugareños, ayer de la religión judía, hoy de la religión musulmana.

Nunca quita la vista de este Jesús nazareno, un judío de Galilea, poco apreciado por las autoridades religiosas de su tiempo, escandalizado por la forma en que la religión oficial ha distorsionado la Alianza de amor entregada por Dios a su pueblo, reduciéndola a prácticas sin alma. Su Jesús, su compatriota de Nazaret «apareció como el último obrero … debo ser tan pequeño como mi maestro, estar con él, caminar detrás de él, paso a paso, como un siervo fiel, un discípulo fiel … un hermano fiel» (El último lugar, págs. 52-53); «No hizo más que descender encarnando, descender haciéndose niño, descender obedeciendo, descender haciéndose … pobre, abandonado, exiliado, perseguido, torturado, poniéndose siempre en el último lugar» (Viajero en la noche, p. 208). Foucauld ve en el comportamiento de Jesús en Nazaret no solo la pobreza ordinaria y actual, sino una búsqueda de la abyección, para el último lugar.

Escribió en la capilla, para estar seguro de la proximidad de Jesús, a menudo durante la noche, en adoración ante el Santísimo Sacramento: “Ahí estás, Señor Jesús … ¡Qué cerca estás, Dios mío! mi Salvador ! mi Jesús, mi hermano, mi Esposo, mi Amado! […] Es una gran locura si creemos que hay algo mejor para su gloria que ir a sus pies … Amémoslo tanto como sea posible, eso es todo lo que puede hacer. necesitamos en el tiempo y en la eternidad … Cuando amamos, ¿no encontramos bien, perfectamente empleado todo el tiempo que pasamos cerca de lo que amamos? (El último lugar, págs. 81-83, escrito en 1897). Mantendrá este hábito. Posteriormente, es en la capilla donde escribirá su monumental diccionario de la lengua tuareg, los poemarios, dibujando como un profesional para mostrar y tocar lo que habla. Ante la hueste, como sumergido en la presencia de Cristo.

Nazaret! Foucauld lo descubrió físicamente después de su conversión. Siguiendo el consejo del Padre Huvelin, su consejero espiritual – solíamos decir «director de conciencia» – se convirtió en peregrino en Tierra Santa. Desde noviembre de 1888 hasta febrero de 1889, siguió los pasos de Jesús, reanudando sus viajes, Evangelio en mano, de Nazaret a Jerusalén, cruzando Samaria o por el Jordán. Siempre tan concreto, encarnado, arraigado. Reconociendo en Jesús la revelación y el sentido de su existencia, volvería diez años después a Nazaret y Jerusalén, pasando la mayor parte del tiempo leyendo, meditando y rezando el Evangelio. Concretamente, emocionalmente, afectuosamente, se hace contemporáneo de Cristo. De 39 a 42 años: estamos en 1897-1900.

Algunos no dejarán de interpretar la relación de Foucauld con la Biblia como una especie de literalismo, una abolición de la distancia indeleble entre el texto bíblico y quien lo lee para comprender su significado. En la raíz de su práctica encontramos sus años como monje trapense, en Notre-Dame des Neiges (Ardèche) y luego en Akbès, en Siria (1890-1896). Allí descubrió la lectio divina, continua, silenciosa, personal, complementada por el Oficio Nocturno donde se leen extensos pasajes de los Padres de la Iglesia comentando la Escritura. Notó la diversidad entre los Padres. De ahí su decisión de 1898: «Por eso emprendo esta lectura de la Biblia pequeña y humildemente, con el deseo de leerla de cabo a rabo sólo con miras a Dios, a conocerle mejor». amarlo y servirlo … ”(Pequeños comentarios sobre la Santa Biblia).
Traducir y comentar

¿De qué fuente saca Charles su lectura meditativa? La Vulgata antigua en latín. Mantendrá la costumbre de combinar el tabernáculo y la Biblia latina en su pequeña capilla. Las dos tablas. Seguramente también una o más traducciones al francés. Pero, ¿por qué sólo el latín, el que aprendió árabe, que se hizo pasar por rabino y fue recibido en las comunidades judías de Marruecos que practican el hebreo, y que está interesado en toda la ciencia de su tiempo? ¿Por qué no parece interesado en el trabajo científico de su tiempo?

Probablemente porque estos tocaron toda la Biblia, viéndola como una biblioteca para ser analizada y triturada según hipótesis científicas. También porque Foucauld se comporta como un católico fiel a Roma. Sin embargo, en su tiempo, a raíz del Concilio de Trento (1545-1563), los Papas reconocieron como único texto «auténtico» el de la Vulgata latina (este texto es la base de las traducciones católicas). Conscientes de las dificultades y variaciones de interpretación, se reservan el derecho de comentarlo a los especialistas. La Iglesia jerárquica se reconoce a sí misma como la única dueña responsable de transmitir la Biblia a los fieles. Esta actitud, sostenida firmemente en oposición a los protestantes, continuó hasta el Concilio Vaticano II. Los catecismos basaban la fe en la “doctrina cristiana” o en las “verdades para creer” y no principalmente en la persona de Jesús. La Biblia se resumió en «historias santas».

Sin mencionarlo, Foucauld imita sin embargo a Martín Lutero que había traducido la Biblia al idioma del pueblo, el alemán, en 1534. Contribuye con su parte a la difusión del Evangelio traduciéndolo al idioma tuareg o tamacheq (2). También escribió un catecismo con el asombroso título (para nosotros): El Evangelio presentado a los pobres negros del Sahara (unas 80 páginas, que prólogo de estas líneas: «Sagrado Corazón de Jesús, Tu indigno servidor te ofrece esta pobre obra, destinada a tus hijos. Deja que tus rayos caigan sobre ellos. No los dejes en la sombra de la muerte. En Beni Abbès, 1903 «. Cada lección se basa en largas citas de los Evangelios; comienza y termina con el frase: “Dios mío, haz que todos los hombres vayan al cielo.” El objetivo es claramente positivo: deseando gritar el Evangelio a los más pobres, se da los medios, ¡aunque nadie los use!

Otro elemento que arroja luz sobre el entorno intelectual de Charles de Foucauld: su relación con la ciencia bíblica, comenzando por la multiplicación de traducciones. En 1880, el protestante de Ginebra Louis Segond publicó una excelente versión. El de John Nelson Darby en 1885 es mucho más literal. En 1906, la Biblia hebrea fue traducida por un equipo dirigido por el Gran Rabino Zadoc Kahn. Y luego está la Santa Biblia de Canon Crampon (1826-1894). El obispo Charles Guérin, prefecto apostólico de Ghardaïa, se lo habló a Foucauld, quien se interesó por él y ordenó la versión en siete volúmenes.

Lectura crítica, lectura creyente

Además de las traducciones, en el siglo XIX se desarrolla la crítica bíblica (3). La época estuvo marcada por un lado por el racionalismo y, por otro, por la resistencia tanto de la jerarquía católica como del fundamentalismo protestante. Sin embargo, historiadores, teólogos y eruditos bíblicos de todas las religiones han tratado de combinar la fe, la espiritualidad y los estándares científicos. Debemos citar aquí al protestante Adolf von Harnack, cuya traducción francesa de la Esencia del cristianismo apareció en 1902. Más allá de la «ganga» de la cultura griega, quiso encontrar el mensaje del Evangelio, para él esencialmente moral. Alfred Loisy lo discutió en El Evangelio y la Iglesia (1902). Pero en ambos hay el mismo movimiento fundamental. “Esta mezcla de conocimiento extenso y fervor profundo, exigencia intelectual y compromiso existencial se corresponde bien con las aspiraciones de esta época. Rechazando alternativas ruinosas, combinando fe y ciencia, combinando una crítica del texto bíblico con una lectura creyente, este es el ideal que el protestantismo liberal nunca ha dejado de perseguir, rechazando tanto el oscurantismo como la irreligión. En este punto, se puede pensar que Harnack fascinó a sus oyentes y lectores ”(André Gounelle). En Jerusalén, la Escuela Bíblica, fundada en 1888 por la dominicana Marie-Joseph Lagrange, intentó combinar historia, arqueología y fe. A estos estudios e iniciativas hay que añadir otra dimensión más interior. En 1893, en la encíclica Providentissimus Deus, León XIII elogió a quienes extrajeron lo mejor de su alimento espiritual de la Sagrada Escritura, y de esto el hermano Carlos es un testigo eminente.

Se distanció de la fe desde los quince años, sobre todo por sus lecturas en las que a menudo se ridiculizaba o sospechaba de la religión. El clima cultural de la época era de cientificismo y secularismo. El anticlericalismo está creciendo. Alistado en el ejército de 1876 a 1882, dedicado por completo a su exploración de Marruecos desde 1882 hasta abril de 1885, donde recibió la medalla de oro de la Sociedad Geográfica, es difícil imaginarlo apasionado por los debates sobre la Biblia que agitó a una pequeña parte de los intelectuales franceses.

Cuando redescubrió la fe en octubre de 1886, tenía 28 años. Toda su energía se centra en el corazón del cristianismo, la persona de Jesús, revelador del Dios único. El padre Henri Huvelin (1830-1910) le aconsejó que siguiera los pasos de Cristo. Fuertemente culto, asociado de la filosofía, el griego y las letras, antiguo alumno de la École normale supérieure, apreciado por Carlos que lo eligió como consejero espiritual, el abad no parece haber estado involucrado en los debates bíblicos en curso.

Foucauld, fiel a Roma, respeta los principios católicos de la época: apego a la Vulgata latina como texto «auténtico», uso exclusivo de Biblias traducidas por católicos, preferiblemente acompañadas de citas de los Padres de la Iglesia, desconfianza de con respecto a una lectura personal del Antiguo Testamento susceptible de interpretaciones desviadas. Sin embargo, no era ajeno a los estudios bíblicos de su época. Tras su conversión, obtuvo algunas obras académicas: en primer lugar La vida de N.-S. Jesucristo de Abbé C. Fouard (1880), luego La religion primitiva de Israel de M. V.-G. Roux (1872), varios libros de F. Vigouroux: La Biblia y los descubrimientos modernos (1885), Manual bíblico (1890), El Nuevo Testamento y los descubrimientos arqueológicos modernos (1896), un Estudio sobre las religiones semíticas de M.- J. Lagrange (1903) etc. Pero, recordemos, persiguió un objetivo personal cuando se acercó a la Biblia: conocer e imitar al Señor Jesús, convertir su forma de ser para vivir en su presencia. Su obra titulada El modelo único nos convence de ello (4).

Lectura frecuente de las Escrituras

Con motivo de una conmemoración ecuménica de los 500 años de la Reforma Protestante, el Papa Francisco visitó Suecia a finales de octubre de 2016. En una entrevista preliminar con La Civiltà cattolica (28 de octubre de 2016) , expresa dos convicciones que Foucauld compartía y que la Iglesia católica podría aprender de la tradición luterana: la capacidad de “reforma”, que es “fundamental porque la Iglesia es semper reformanda”, y la proximidad a la Escritura: «Lutero dio un gran paso para poner la Palabra de Dios en manos del pueblo«. El Papa añade: “La proximidad es buena para todos. La distancia, por el contrario, nos enferma. […] También los cristianos nos enfermamos de divisiones ”. Sólo el regreso al Evangelio puede dar nueva vida a los cristianos y producir las renovaciones necesarias.

Foucauld claramente lo ha vivido y alentado durante más de cien años. El Concilio Vaticano II confirmó en gran medida esta orientación como una perspectiva católica que reemplazó a la de finales del siglo XIX. La constitución conciliar Dei Verbum n ° 25 (1965) proclama: «El santo Concilio exhorta enérgicamente y de manera especial a todos los cristianos […] a adquirir mediante la lectura frecuente de las divinas Escrituras» un conocimiento eminente de Jesucristo «(Ph 3.8). […] Que se acerquen, pues, de todo corazón al mismo texto sagrado, ya sea a través de la sagrada liturgia, que está llena de palabras divinas, o mediante una lectura piadosa, o mediante cursos hechos para éste o por otros. métodos que […] se están difundiendo loablemente a lo largo de nuestro tiempo. Pero la oración, recordemos, debe acompañar la lectura de la Sagrada Escritura para que se establezca un diálogo entre Dios y el hombre, porque “a él nos dirigimos cuando rezamos; es a él a quien escuchamos, cuando leemos los oráculos divinos «(San Ambrosio)«.

Anticipado en este punto como en muchos otros, Foucauld venía dando el mismo consejo desde 1908 en el Directorio que pretendía para la Unión, su sueño, una especie de red formada por cristianos conscientes de ser todos llamados a convertirse en evangelios vivos, anunciadores del Evangelio del Amor, cualquiera que sea su condición, casados ​​o no, ordenados o no, como la pareja Priscila y Aquila. “Estos cristianos [están invitados a] ser una predicación viva: cada uno de ellos debe ser un modelo de vida evangélica; viéndolos, hay que ver qué es la vida cristiana, qué es la religión cristiana, qué es el Evangelio, qué es Jesús. […] Deben ser un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús deben, sin libros y sin palabras, conocer el Evangelio con la vista de su vida ”(Directorio, artículo 28, n ° 6). Cien años después de su muerte, Charles de Foucauld todavía decía a los cristianos, y a cada uno de ellos: «cuando los vean, la gente lejos de Jesús debe ver lo que es Jesús … El que pasó haciendo el bien» (5). .

Es imposible concluir sin sorprenderse de la resistencia que muchos católicos todavía muestran hoy ante los desarrollos y los consejos más juiciosos sobre su relación con la Biblia, la meditación de los Evangelios y la preferencia radical por La Revelación bíblica como fundamento de la conversión, la fe y la evangelización diarias (6).

© Jean-Charles Thomas, SBEV / Éd du Cerf, Cahier Évangile n° 180 (juin 2017), « Les quatre livres d’Esdras », p. 55-62.

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Notas

(1) Charles de Foucauld escribió meditaciones basadas en la Biblia hasta el final de su vida, pero la mayoría de ellas antes de 1901 y su ordenación sacerdotal. El libro El Espíritu de Jesús (2005), págs. 11-39 y 46-51, felizmente presentado a sus Meditaciones y Explicaciones del Evangelio (1896-1915). Éditions Nouvelle Cité ha publicado 17 volúmenes de sus escritos a los que se suma correspondencia con familiares, infancia, bachillerato, juventud o amigos de la familia. Para descubrir cómo Foucauld leyó la Biblia y en particular los Evangelios, utilice los siguientes títulos: Al más pequeño de mis hermanos (1974), Quién puede resistir a Dios (1980), Comentario de San Mateo (1989), La Bonté de Dieu (1996) ), La imitación del amado (1997), Solo en vista de Dios (1999), Meditaciones sobre los salmos (2002), Llorando el evangelio (2004), Hermanito de Jesús (2003), El espíritu de Jesús (2005).

(2) Charles de Foucauld sigue siendo el especialista de esta lengua a la que dedicó gran parte de su tiempo desde 1905. Es autor del Diccionario Tuareg-Francés (4 volúmenes), de una colección de Poesías Tuareg y Proverbios (seis mil versos, dos volúmenes), un diccionario abreviado tuareg-francés de nombres propios, etc.

(3) Sobre la crítica bíblica, ver Anne-Marie Pelletier, “Exégesis moderna y contemporánea” en Collectif, Le Grand Livre de la Théologie, Éd. Eyrolles, 2014, especialmente págs. 83-89; Gérard Billon, “Herencia y rupturas en un ambiente católico” y Élisabeth Parmentier, “Herencia y rupturas en un ambiente protestante” en “Lire La Bible aujourd’hui. ¿Cuáles son los desafíos para las iglesias? », Cahiers Évangile n ° 141, 2007, págs. 36-63. Sobre las grandes traducciones del siglo XIX, ver Gérard Billon, Jacques Nieuviarts, «Traducir la Biblia al francés«, Cahiers Évangile n ° 157, 2011, pp. 26-33.

(4) Compuesto en Nazaret en 1898-1899, autógrafo dado al Padre Huvelin el 20 de abril de 1906, publicado en El Cairo en 1917. Texto completo disponible en el sitio http://thomasjch.com/modele.html

(5) Así concluyó Pierre Sourisseau en una conferencia impartida el 1 de diciembre de 2015 en la Iglesia Saint-Augustin (París) http://centenaire.charlesdefoucauld.org/Paris-90 (consultado el 21/04/2017). Acaba de publicar una biografía monumental: Charles de Foucauld, Éd. Salvator, 2016. Véase también Maurice Bouvier, Le Christ de Charles de Foucauld, “Jesus and Jesus Christ” n ° 89, Desclée-Mame, 2004.

(6) Para medir hasta qué punto Charles de Foucauld es un anticipador, consulte los nueve temas de reflexión dedicados a él en el sitio http://thomasjch.com/foucauld.html

SERVICE BIBLIQUE CATHOLIQUE- EVANGILE ET VIE numéros 180 à 189