CUANDO EL SILENCIO SE HACE ENCUENTRO

Julia Crespo Benito 

El silencio es un tema que, paradójicamente, ha cobrado una relevancia especial en nuestra era de hiperconexión, y existen autores que lo abordan desde la mística, la filosofía y la práctica contemplativa con una claridad asombrosa.

Algunos Referentes Actuales de la Espiritualidad del Silencio:

1. Pablo d’Ors (España)

Sacerdote y fundador de la red «Amigos del Desierto», es quizás el autor de habla hispana más influyente en este tema. Su obra clave: Biografía del silencio. Un ensayo breve pero profundo que se ha convertido en un fenómeno editorial.

2. Xavier Melloni (España)

Antropólogo y teólogo jesuita, experto en diálogo interreligioso, ve en el silencio el punto de encuentro de todas las religiones y todos los seres humanos.. Sus obra clave: El Cristo interior o sus reflexiones sobre la «contemplación», en un tono filosófico y poético universal ,son una apertura atractiva al misterio.

3. Anselm Grün (Alemania)

Monje benedictino que combina la espiritualidad cristiana con la psicología profunda. Enfoca el silencio como una herramienta terapéutica y espiritual para sanar el corazón. Habla mucho de cómo el silencio nos ayuda a gestionar las emociones y a encontrar el «espacio sagrado» dentro de nosotros. Su Obra clave: El silencio: entrar en el espacio de Dios. Es un bálsamo para el alma.

4. José Luis Vázquez Borau (España)

Doctor en filosofía y teología, y escritor prolífico en temas de espiritualidad representa una de las vertientes más ricas y serenas de la espiritualidad contemporánea en lengua española. Su enfoque tiene esa mezcla de sencillez evangélica y profundidad mística.

Si bien autores como d’Ors o Melloni nos abren la puerta, es en la figura de José Luis Vázquez Borau donde nos detendremos para encontrar un mapa detallado para transitar el silencio de nuestro desierto interior. Su obra no es solo teoría, es un itinerario para el alma que busca unificarse. Compartiremos la sabiduría y experiencia que destilan algunos de sus libros que tratan específicamente el tema del silencio.

1.El Silencio como Umbral del Encuentro

«El silencio no es la ausencia de palabras, sino la presencia de una Escucha que nos trasciende y nos habita.»( José Luis Vázquez Borau)

SILENCIO Y CONTEMPLACIÓN (J. L. VÁZQUEZ BORAU 2013 Edit Lulu.com)

Nos dice Vázquez Borau, el camino de descenso a las profundidades de nuestro ser y salida al encuentro de nuestros hermanos es cíclico y a la vez progresivo, hasta que veamos a Dios ‘cara a cara’. Por esto no hay auténtica mística sin ética, ni ética verdadera sin mística, ni verdadera religión sin mística ni ética. Y todo esto lo vive la persona santa en el aquí y ahora del presente de Dios. Todo comienza con una decisión, la de salir, la de ponerse en camino para descubrir nuevos horizontes, abrirse a lo provisional y hacerse peregrino.

2. El Silencio como Albergue del Misterio.

“Cuando el corazón se apacigua y deja de buscarse a sí mismo, se convierte en un umbral. En ese umbral, el silencio deja de ser ausencia para transformarse en una Presencia que nos habita.” (José Luis Vázquez Borau)

ESCUELA DE SILENCIO CONTEMPLATIVO ( J. L. VÁZQUEZ BORAU 2021 Edit. San Pablo)

El ser humano necesita del diálogo para alcanzar un humanismo pleno. Pero es en el diálogo interior donde se abren las cuestiones últimas de la existencia. ¿Cómo entrar en nuestra esencia mística? Haciendo silencio interior para poder escuchar la voz de Dios que se manifiesta a través de los acontecimientos.

3. El silencio como puerta a la belleza del alma.

«El desierto es el lugar de la verdad, donde caen las máscaras y las falsas seguridades, para dejarnos a solas con quien realmente somos ante Dios.» (José Luis Vázquez Borau)

EL DESIERTO FÉRTIL ( J. L. VÁZQUEZ BORAU Edit. Descleer)

En «El desierto fértil», José Luis Vázquez Borau nos invita a un viaje introspectivo para descubrir la belleza, la verdad y la bondad en nuestro interior. A través del silencio y la reflexión, el autor nos guía por un camino de transformación personal, donde el desierto se convierte en un espacio de encuentro con nosotros mismos y con lo trascendente, indispensable para a encontrar el sentido de la vida , la experiencia espiritual y el servicio a los demás.

Conclusiones

Concretando, para Vázquez Borau, el silencio no es un fin en sí mismo, sino el hábitat natural del amor y por tanto camino de plenitud  y transformación. El silencio, para él,  es el lenguaje de Dios. Sus reflexiones suelen centrarse en tres dimensiones :

  1. El Silencio como «Hacerse Capacidad»

Vázquez Borau sostiene que el ruido interior (preocupaciones, juicios, ego) nos llena tanto que no deja espacio para nada más. El silencio es el proceso de «vaciarse» para hacerse capacidad de Dios. Si el vaso está lleno de agua sucia (ruido), no puede entrar el agua limpia (la Gracia).

       2.  La Unificación del Corazón

Él habla mucho de la «itinerancia interior”, del hacerse peregrino…El silencio ayuda a que el corazón, que suele estar fragmentado en mil pedazos por las distracciones del mundo, se unifique y se «sosiegue“, para buscar la Verdad.

      3.  El Silencio que se hace Palabra en el Otro

Para José Luis Vázquez Borau, el silencio auténtico nos vuelve más sensibles, más empáticos y menos autorreferenciales. Contempla una visión muy hermosa sobre la alteridad: solo quien sabe callar ante el Misterio sabe escuchar de verdad al hermano.

Concluimos el articulo con una de sus frases .«El silencio es el único equipaje necesario para cruzar el desierto del yo y alcanzar la orilla del Nosotros

Fuentes: https://unsilenciofertil.com/cuando-el-silencio-se-hace…

Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld

DONDE FLORECE EL SILENCIO

Un espacio de reflexión, serenidad y paz donde pueden brotar palabras de luz

La autora es Julia Crespo Benito, miembro de la Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld.

Un espacio donde la calma se convierte en refugio y las palabras brotan desde el silencio fértil.

Un rincón para conectarnos con lo esencial , y dejar que nuestras vidas avanzan hacía la plenitud

Escribir como camino espiritual

La escritura es una vía de autoconocimiento, pero también de comunión : con los otros con lo invisible, con lo eterno.
El escritor de luz no busca público, sino presencia.
Sabe que si una sola persona encuentra consuelo o claridad en sus palabras, la misión está cumplida. Mis libros

Todo lo que aquí se anuncia lo encontraréis en:

https://unsilenciofertil.com

Dios en el silencio, en la historia y en la vida

Dios en el silencio, en la historia y en la vida
Dios en el silencio, en la historia y en la vida

«Desde niño aprendí que la soledad no siempre es ausencia, sino muchas veces presencia. Horas enteras en un pequeño pueblo, sentado en la muralla de mi casa, contemplando la puesta de sol. Allí descubrí que el silencio puede ser escuela»

«Romano Guardini decía que ‘la existencia del hombre alcanza su plenitud cuando se abre a lo eterno’. Y esa apertura ocurre, muchas veces, en el silencio»

«La Biblia nos recuerda que Dios es fiel en la historia… Y aquí quiero detenerme, muchas veces escuchamos que “el tiempo pone las cosas en su sitio”. Pero yo estoy convencido de que no es el tiempo el que lo hace, sino Dios mismo. Dios está en el tiempo, lo habita, lo llena de sentido»

 José Carlos Enríquez Díaz

David pasó muchas horas en silencio. Era pastor de ovejas, y en ese silencio fue forjando su corazón, aprendiendo a escuchar, a contemplar, a confiar. Esa vida escondida, aparentemente insignificante, fue la que le preparó para, más tarde, enfrentarse a Goliat y vencerlo no con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de Dios.

Algo parecido descubro en mi propia vida. Desde niño aprendí que la soledad no siempre es ausencia, sino muchas veces presencia. Horas enteras en un pequeño pueblo, sentado en la muralla de mi casa, contemplando la puesta de sol. Allí descubrí que el silencio puede ser escuela: una escuela que enseña a escuchar, a contemplar, a dejar que la naturaleza y el paso del tiempo hablen de Dios.

Hace pocos días, en conversación con una amiga, hablábamos de esa experiencia del silencio. Un silencio que no es vacío, sino espacio donde Dios interpela. Es como abrir una ventana interior y dejar que el Espíritu sople dentro de uno mismo. Y en este camino también Asturias ocupa un lugar muy especial en mi vida. Allí, entre sus verdes montañas, ríos que cantan y acantilados que miran al mar, he sentido la fuerza de la naturaleza y la hondura del silencio. En ese paisaje, que parece tejido por la mano de Dios, descubrí que Él también se hace presente a través de las personas que pone providencialmente a tu lado. Una mujer en particular, llegada en un momento preciso, se convirtió en señal de su cuidado discreto y fiel.

Asturias
Asturias

Ella es luz serena, belleza que se siente más que se ve. Su alma vibra con paz, bondad y armonía, y su presencia deja una huella silenciosa de calma y admiración.

Romano Guardini decía que “la existencia del hombre alcanza su plenitud cuando se abre a lo eterno”. Y esa apertura ocurre, muchas veces, en el silencio.

No siempre el rostro de Dios llega a través de oraciones o templos. A veces se refleja en la vida sencilla de las personas. Mi bisabuelo, sin ser religioso, me transmitió con su forma de vivir y tratar a los vecinos la presencia de un Dios cercano, humilde, que acompaña sin hacer ruido. Fue un signo, un reflejo silencioso de que Dios actúa también en la sencillez de lo cotidiano.

La vida trae dificultades, momentos en los que todo parece oscuro. Sin embargo, incluso allí se descubre una luz. Recuerdo aquellas palabras tan conocidas: había un hombre que miraba sus huellas en la arena junto a las de Dios; pero en los momentos más difíciles solo veía un par de huellas. Entonces comprendió que no era que Dios lo hubiese abandonado, sino que el Señor lo llevaba en brazos. Esa certeza me acompaña siempre.

La Biblia nos recuerda que Dios es fiel en la historia. El faraón, con toda su fuerza y sus carros de guerra, no pudo detener al pueblo de Israel porque Dios caminaba con ellos y los liberó de la esclavitud. Y así, también en nuestra propia historia, podemos reconocer que Dios nunca deja de estar presente, aun cuando los caminos parecen cerrarse.

Y aquí quiero detenerme: muchas veces escuchamos que “el tiempo pone las cosas en su sitio”. Pero yo estoy convencido de que no es el tiempo el que lo hace, sino Dios mismo. Dios está en el tiempo, lo habita, lo llena de sentido. Él es quien endereza lo torcido, quien acompaña los procesos, quien, poco a poco, va iluminando lo oscuro. Lo que parece casualidad, lo que parece azar o simple espera, en realidad es la acción providente de un Dios vivo y real.

Personas concretas
Personas concretas

Dios no se revela solo en los grandes relatos. En mi vida también ha pasado a través de personas concretas, auténticos testigos de su amor.

En el año 1988, en los pasillos del colegio La Salle, en Santiago, me crucé con Ignacio Ellacuría. Fue un instante fugaz: nos miramos a los ojos y me sonrió. Pero en aquella sonrisa, en aquella mirada, descubrí algo que todavía hoy, en 2025, sigo recordando con claridad. Era una mirada tierna, dulce, limpia, de las que hablan las Bienaventuranzas. Una mirada que no juzgaba, que acogía, que transmitía la paz de quien vive arraigado en Dios. Esa experiencia me recuerda siempre aquel canto: “Señor, tú me has mirado a los ojos y has dicho mi nombre”. En esa mirada de Ignacio pude descubrir un destello de la mirada misma de Cristo.

En un momento de tremendo dolor, apareció también Agustín Villamor Herrero, misionero claretiano que pasó largos años en la selva. Su presencia no fue casual: fue providencia. En él descubrí un hombre de Dios, un santo de carne y hueso, capaz de llevar consuelo y de convertirse en bálsamo para un corazón herido.

Providencialmente también llegó a mi vida Juan Cabo Meana, otro misionero que, con su sencillez y entrega, se hizo reflejo de la ternura de Dios. No hacía falta que hablara mucho: su vida misma era palabra, testimonio, evangelio vivo.

Y de muy joven conocí a Paulino Pérez Mendaña, un médico que cumplió las bienaventuranzas con una radicalidad impresionante. Magnánimo, entregado a los más pobres, fue un hombre grande con corazón de niño. En Chiapas, junto a Samuel Ruiz, llegó incluso a ponerse como escudo humano en defensa de los más débiles. Esa imagen lo define: un hombre que se dejó gastar, que se hizo hermano de los más necesitados, que mostró que Dios se hace presente cuando alguien ama de verdad.

Estos hombres, distintos en caminos pero iguales en fe, fueron para mí grandes santos, testimonios vivos de que Dios sigue caminando en medio de su pueblo, de que el Evangelio se sigue encarnando hoy.

Hay momentos en que parece que Dios nos deja solos. Pero esa aparente ausencia es también pedagogía divina. Como un niño que comienza a caminar: necesita caerse, arriesgarse, levantarse, para crecer. Sin embargo, al final del camino siempre está su padre con los brazos abiertos. Dios no nos quiere eternamente niños; nos quiere maduros, adultos en la fe. Y en ese crecimiento descubrimos que su presencia no se impone, pero se deja sentir, se puede experimentar.

Los discípulos proclamaban: “Lo que hemos visto, lo que hemos oído, lo que hemos tocado”. Ellos tocaron a Cristo resucitado, pero también nosotros hoy podemos palpar a Dios en la vida: en el silencio, en las personas, en la historia, en las pequeñas huellas que va dejando.

Pablo Picasso decía que “el arte es la mentira que nos permite acercarnos a la verdad”. Y algo así ocurre con la vida espiritual: a veces el dolor, la soledad, incluso la noche oscura, parecen signos de ausencia de Dios. Pero, en lo profundo, descubrimos que son caminos ocultos hacia la verdad de un Dios que nunca abandona.

Hoy sigo sintiendo hambre de Dios, necesidad de su cercanía. Y cada día descubro con más claridad que Dios está presente, real, cercano, acompañando siempre, incluso cuando mis ojos no saben verlo.

Libro
Libro

Fuente: https://www.religiondigital.org/dios_en_la_frontera/Dios-silencio-historia-vida_7_2817388247.html

«Atravesar el desierto»

Carlos de Jesús (Carlos de Foucauld)

«Hay que atravesar el desierto y quedarse allí para recibir la Gracia de Dios; es allí donde nos vaciamos, que expulsamos de nosotros todo lo que no es Dios y que vaciamos por completo esta casita de nuestra alma para dejar todo el lugar solo a Dios.

Es esencial… Es un tiempo de gracia, es un período por el que necesariamente debe pasar toda alma que quiera dar fruto. Necesita este silencio, esta contemplación, este olvido de toda la creación, en medio del cual Dios establece su reino y forma en ella el espíritu interior. Si esta vida interior es cero, puede haber celo, buenas intenciones, mucho trabajo, pero los frutos son cero: es una fuente que quisiera dar santidad a los demás, pero que no puede, no la tiene: nosotros. sólo damos lo que tenemos y es en la soledad, en esta vida, solo con Dios, en este profundo recogimiento del alma que olvida todo lo creado para vivir sola en unión con Dios, que Dios se entrega enteramente a quien se entrega así. enteramente suyo.

Nuestro Señor no lo necesitaba pero quiso darnos un ejemplo. Dad a Dios lo que es de Dios.»

Charles de Foucauld, Meditación / extracto, en: Vivamos juntos una Cuaresma de oración y de compartir (ecr-ge.ch)

Imagen: Amanecer sobre Assekrem, Hoggar / Argelia (vitaminedz.org)

El silencio, la quietud del Espíritu


El silencio no es hijo de la superficialidad, sino de vivir desde la conciencia profunda. Pero esto exige un adiestramiento. Él nos ayuda a realizar el camino del silencio que termina en la quietud del corazón. Es lo que nos aporta este artículo.
Hace siglos, los Padres del desierto vivían conducidos por este principio de sabiduría: “Fuge, tace, quiesce”:”Huye calla y reposa”. Desde la perspectiva de quienes queremos vivir la contemplación en
medio de la vida diaria, creo que podríamos hacer esta traducción de aquel principio sabio: “Huye de la dispersión de la superficialidad, sosiégate, serénate, y serás conducido a la quietud del Espíritu”.
Para que el agua del Espíritu que mana dentro de nosotros pueda inundarnos e inundar todo lo que tocamos, necesitamos tener una actitud de sosiego, de serenidad y de quietud, en medio del mundo de
relaciones y de acontecimientos en los que vivimos. No es fácil, pero es posible y es imprescindible, si queremos dejar al Espíritu del Padre hacer sus obras en nosotros.
Huyo de la dispersión, de la superficialidad.
Los grandes regalos que la civilización actual ofrece al hombre, entrañan una gran dificultad para vivir dentro y en reposo profundo. Hay más posibilidades de moverse, existe un diluvio de información,
nos llegan medios de presiones masivas, de estímulos de todo tipo en una sociedad rica, pluralista y libre, nuevas comodidades y objetos de todo tipo.
El uso indiscriminado de estas realidades está haciéndonos personas llenas de estrés, muy dispersas, personas nerviosas que viven fuera de sí, personas superficiales a caballo de la últimanovedad, personas poco silenciadas, que no viven a tope el presente, disfrutándolo; personas evadidas y desarmónicas. En El arte llamar de amar, Eric Fromm escribe: “Nuestra cultura lleva a una forma difusa y descentrada, que casi no registra paralelo en la historia. Se hacen muchas cosas a la vez… Somos consumidores con la boca siempre abierta, ansiosos y dispuestos a tragarlo todo. Esta falta de concentración se manifiesta claramente en nuestra dificultad para estar a solas con nosotros mismos”.
Es tan fuerte esta situación que incluso se percibe en la vida de muchos sacerdotes y en las comunidades religiosas de vida activa, a quienes vemos estresados, sin tiempo para el encuentro personal,
cogidos por horas de TV, sin espacios gratuitos y con un clima de parloteo que ,a veces, son para preocupar.
Hemos de ser conscientes de esta situación quiénes queremos dejarnos conducir por el Espíritu hacia “el estado del hombre adulto, la madura es de la plenitud de Cristo” (Ef. 4,13). Así superamos positivamente la ambivalencia de la realidad actual en la que debemos vivir.
Es necesario vivir desde la profundidad.
No es posible que se dé en nosotros un nivel de conciencia mística, viviendo el nivel de conciencia superficial. Es necesario hacer fondo. Vivir desde lo hondo de nosotros, desde dentro, desde “la sustancia
del alma”. La vida del Espíritu es una sorprendente revelación de nuestra realidad fundamental y del Dios que vive en lo profundo de nosotros. Esto exige del creyente vivir desde su realidad esencial Viviendo desde la profundidad, nuestra personalidad se armoniza Y cada pieza de nuestro puzle se va colocando en su sitio y aflorando nuestro rostro original.
Viviendo en ella, nos relacionamos con las personas desde una actitud de veracidad. Es mi yo verdadero quien sale a acoger al otro con quien me relaciono. Desde la profundidad puedo percibir los
acontecimientos en su objetividad y puedo implicarme ycomprometerme con ellos en lo que desde mi verdadera realidad puede aportarles.
Desde la profundidad capto las ataduras, las distorsiones que desde mi falso yo están interceptando la relación verdadera con todo cuanto existe. Situo bien las tormentas de superficie que se dan en mí.
Por último solo desde la profundidad puedo valorar, puedo vivir en comunión con lo que es el Núcleo Esencial de cuánto existe, puedo ser introducido en el nivel de conciencia cristica para ir siendo unificado a Jesucristo.
Sosiégate, serénate.
Para poder vivir desde la hondura, es necesario no solo serenar la superficie, si no hacer todo el camino de sosiego que nos introduzca en la quietud del Espíritu.
Comencemos por cuidar el lugar donde vivimos. Muchos de los ruidos y de las tensiones que nos rodean son controlables. En tu casa, en el trabajo, en tu vida de relaciones pueden disminuirse los ritmos
para ir construyendo un ambiente sereno, relajado, acogedor.
Una habitación ordenada, el detalle de una flor, el modo de caminar, tu manera de relacionarte con quienes vives, un tono de música apropiada, la hostilidad en los muebles y en los adornos de tu casa…
son medios muy eficaces para vivir en un ambiente sereno y sosegado. Todos tenemos la experiencia de lugares que solo entrar en ellos nos sosiegan y no sitúan dentro de nosotros.
Otro paso es el sosiego de la persona. Soltar las tensiones musculares innecesarias, lograr un tono de relajación corporal que mantenga nuestro cuerpo en armonía. Hay que revisar nuestras costumbres en la comida, equilibrar más la tensión y el descanso, hacer un pequeño tiempo diario de ejercicio corporal. El cuerpo es la cara del espíritu, es la expresión sensible de la transcendencia es el templo de la divinidad… y debemos ayudarle para que puede transparentarla.
Llegamos así al sosiego psicológico.

Este es la armonía de todas nuestras dificultades. Fruto de ser señores de nuestro ser. De vivir
conscientemente cada una de nuestras actividades, de estar aquí y ahora con aquellas dimensiones del ser que ahora necesitamos ejercitar. La serenidad es el fruto de una adecuación del adentro con el
afuera, en todo momento. La serenidad no es posible, además, sino en la medida en que
nuestro mundo inconsciente vaya estando aclarado y descongestionado. Miedos, ansiedades, conflictos internos, influjos sutiles…todo debe irse limpiando para que haya también una adecuación entre nuestro consciente y nuestro inconsciente. La serenidad es el fruto de esta adecuación.
San Juan de la Cruz nos dirá que para que “el entendimiento está dispuesto para la divina unión ha de quedar limpio del todo. Un entendimiento íntimamente sosegado y acallado puesto en la fe”. (2 S. 9,11).
Así llegamos al gran sosiego, a la serenidad fundamental, la serenidad del corazón. Es el silencio de las raíces del ser, de donde nace el desorden radical: “Lo que sale del corazón del hombre es lo que contamina al hombre. Porque de dentro del corazón de los hombres salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, enviada, injuria,
insolencia, insensatez. Todas estas prevaricaciones salen de dentro y contaminan al hombre
” (Mc. 7,20-23). Por eso Tony de Mello ha dicho que el silencio profundo es “la ausencia del egoísmo”.
La persona sosegada del todo es aquella que vive en la paz del corazón. La que domina sus apetencias, la que ha salido de si para vivir en el amor al Otro y a los otros, es la persona libre que tiene todo
bajo sus pies, es el indiferente positivo de San Ignacio: “Igual muerte que vida, salud que enfermedad, riqueza que pobreza…”, Es aquel que ve todo solo desde el querer de Dios, es el pobre de corazón.
“En esta desnudez halla la persona espiritual su quietud y descanso, porque no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime así abajo porque está en el centro de su humildad”, dice San Juan de la Cruz (1S.13, 13). En este silencio del corazón el que nos capacita para ver a Dios. “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Y nos capacita para ver al hermano desde la verdad, para acogerlo en su realidad, sin proyectar sobre él nuestras ilusiones o nuestras frustraciones, nuestras tentaciones del dominio. Este sosiego del corazón nos capacita para amar, un amor adulto y un amor teologal. Hace salir de nosotros la actividad verdadera, ese hacer ya que nos madura y hace crecer el Reino de Dios en la vida humana.
Necesidad de adiestramiento.
Todo este proceso de sosiego y de serenidad, impulsado en nosotros por el Espíritu, necesita de nuestra colaboración. Hace falta todo un nuevo estilo de ascesis que deje crecer en nosotros la armonía y la unidad a la que somos llamados, en medio de un ambiente consumista y burgués en el que nos toca vivir.
Es necesaria una disciplina personal, comunitaria y ambiental. Jesús lo deja claro en el Evangelio: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No os preocupéis de la mañana: el mañana se preocupara de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propia dificultad” (Mt 6, 33-34). “El que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33). “Venid a un lugar solitario para descansar un poco. (p. 31). Porque eran tantos los que iban y venían que no les quedaba tiempo para comer” (Mc 6,31) “Si alguno quiere seguir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 16, 24-25).
Necesitamos incluso, alguna metodología que nos acompañe durante esta peregrinación hacia el sosiego del corazón, al menos durante las primeras etapas. Las diversas generaciones creyentes han ido ejercitando, en su época, el método popular adecuado que conduciría al sosiego y la serenidad del espíritu.
Hoy también se nos ofrece viejos y nuevos métodos para el silencio del ser. Cada uno ha de encontrar el que más le ayude. Urge también encontrar el espacio de soledad y el ritmo de soledad que cada uno
necesita para crecer. Jesús armonizaba soledad y servicio. A veces de noche, otras de madrugada. A veces marchando a la montaña, otras internándose en el mar o en el huerto de un amigo. A veces, los
pequeños momentos oracionales que cada día realizaba como un buen israelita, a veces la fidelidad a los momentos semanales en la sinagoga o las grandes semanas en las que subía a Jerusalén. La soledad es imprescindible en dimensiones diversas y en equilibrio con la actividad y el tiempo dedicado a las relaciones fraternales. La actividad será motor de crecimiento de nosotros, si encontramos el
ritmo adecuado de soledad y de presencia en la vida.
“El abad Moisés dijo a el abad Macario: “Yo deseo estar en sosiego y serenidad, pero los hermanos no me dejan”. Él le contesto; “Me parece que tú eres de natural tierno y delicado y no eres capaz de deshacerte
de un hermano inoportuno. Si realmente buscas el sosiego de corazón ve al desierto, bien dentro, a Petra, verás cómo allá encontrarás el reposo que buscas”. Así lo hizo y consiguió la paz
”.
Cada uno según su modo de ser y las circunstancias en las que debe vivir, debe encontrar la medida de soledad que necesita para responder a las exigencias que Dios pone en su corazón.
Así entrarás en la quietud del espíritu.
El sosiego y la serenidad de toda la persona van introduciéndonos en una activa quietud que en su momento va siendo madurada por el don de la quietud del Espíritu.
La verdadera quietud es intensidad de amor.

Es poner en dirección de Dios todas las fuerzas, todas las capacidades, todo el corazón. Es amar sin medida a quien nos ama desmesuradamente. La quietud es como un enraizamiento en Dios; es tenerlo ahí como la única tierra en que hemos sido plantados, en la que crecemos y desde la que fructificamos. Va haciéndose nosotros en la medida que estamos cogidos por el único necesario. “Marta, Marta aún
estás cogida por muchas preocupaciones y no te das cuenta que solo una es necesaria. María la ha encontrado y por eso, su quietud y su enraizamiento en la tierra auténtica
” (Lc 10, 41-42).
Esta quietud es contemplación. Así define la contemplación San Juan de la Cruz: “La atención amorosa a Dios en paz interior y quietud y descanso” (2S. 13,4). Y también: “Es una quietud amorosa y sustancial” (2S. 14,4). Y en el mismo capítulo: “Poniéndose la persona delante de Dios, se pone en acto de noticia confusa, pacífica, amorosa y sosegada, en que está la persona bebiendo sabiduría, amor y sabor
(2S. 14,2).
La quietud es la paz de Dios que insufla en el fondo del corazón. La quietud no es inactividad. Lo místicos han actuado, han hecho lo que tenían que hacer, pero desde ese núcleo sagrado y quieto de
quien solo busca “la honra y la gloria de Dios”.
La quietud tampoco es ausencia de sufrimientos. No hay verdadera quietud sin buena cruz. Pero se puede sufrir mucho y crecer en la quietud. Algunas personas me han dicho: “Estoy sufriendo mucho
desde esta situación sin salida, pero hay un núcleo dentro de mí que sigue inalterable, en total paz”.
Cuando este don de la quietud va asentándose en la persona de Dios siendo el único Maestro, el guía espiritual del ser humano. Ya no necesita otros medios y maestros que le conduzcan en su claridad
oscuridad.

«En soledad vivía
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido
” (Canción 35)
Es la sabiduría de Dios, la única sabiduría del que vive en esta quietud: “Sabiduría de Dios, secreta, escondida, en la cual, sin ruido de palabras y sin ayuda de algún sentido corporal ni espiritual, como en
silencio y quietud, a oscuras de todo lo sensitivo y natural, enseña Dios cultísima y secretísimamente a la persona, sin ella saber cómo, lo cual algunos llaman “entender no entendiendo
” (Canción 39,12).
Es el punto final de este largo camino del sosiego y la serenidad. “Hay personas que con sosiego y quietud van aprovechando“, (S. prologo 7).
Aventura maravillosa la que hemos descrito. Aventura esencial que va a lograr en nosotros la integración de toda nuestra persona, la fecundidad en su quehacer y el crecer sin cesar en esta tierra teologal
del único Dios
Pepe SÁNCHEZ RAMOS.

https://www.carlosdefoucauld.es/pdf/Boletin-083.pdf#page=24

La importancia del silencio

Frente al poder que nos amenaza y envuelve con el ruido, en todas partes y en todo momento, necesitamos entrar en el silencio, para encontrarnos y encontrar el sentido de la historia y el sentido de nuestra propia existencia. Aquí, las palabras de Arturo Pauli toman todo su sentido

«El poder es ruidoso, es una estatua enorme con los pies de barro, un árbol inmenso que esteriliza la superficie que cubre con su sombra, pero no tiene raíces, está desligado del misterio de la historia. Curiosamente los pobres que no tienen secretos, que viven en casas sin puertas y en barrios sin muros de cinta, son los verdaderos clandestinos: la gran amenaza del poder viene de ellos…La multitud silenciosa y silenciada seguirá conservando misteriosamente en la permanente derrota la esperanza de la victoria y aquella vehemencia purificada para siempre del orgullo que Jesús infundía en los pobres haciéndoles príncipes del Reino» ( A. PAULI, El silencio, plenitud de la palabra, Paulinas, Madrid1991).

En una palabra para entrar en el misterio de lo que no se ve, que es más importante que lo que se ve; de lo que no se oye, que es más importante que lo que se oye, hay que ir al silencio donde amanece lo esencial está más allá de lo que se ve y oye.

Cada vez más, sin darnos cuenta, las personas estamos inmersas en una dimensión virtual a causa de mensajes audiovisuales que acompañan nuestra vida de la mañana a la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta condición, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por el miedo de sentir, precisamente, el vacío interior. Algunas personas ya no son capaces de quedarse durante mucho rato en silencio y en soledad. Pero el silencio cuando se hace presente no pasa inadvertido, te llama la atención sin pretenderlo, nos habla sin decir nada, nos interroga sin hacer preguntas, nos sitúa y nos descubre el lugar donde nos encontramos, sin análisis ni cálculos mentales.

El silencio y la palabra definen la identidad de una persona más que los rasgos físicos y su estilo de vida, pues nos muestran a la persona como un ser orgulloso o humilde, ya que en el silencio interior encontramos nuestro centro personal y en el hondón de este centro encontramos al Señor. El silencio, el verdadero silencio nos sitúa más allá de las palabras, en el manantial infinito y silencioso desde donde toma forma toda palabra. Nos sitúa en el mismo silencio de Dios, desde donde brotó la Palabra infinita y amorosa de Dios, Jesús, Hijo de Dios, Palabra eterna del Padre. Como dice san Juan de la Cruz: “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en el silencio ha de ser oída del alma” (JUAN DE LA CRUZ, o. c., Dichos de luz y amor, 99, BAC, Madrid 1994, 166).

Nuestra mente, habitualmente dispersa en una gran diversidad de pensamientos y de ideas, debe ser unificada y llevada de la multiplicidad a la simplicidad, de la diversidad a la sobriedad. Debe ser purificada de toda imagen mental, de todo concepto intelectual, hasta no ser consciente de nada, salvo de la presencia amorosa de Dios invisible e incomprensible. Es así como, entrando en el silencio aprendemos el arte de la oración, que es un camino espiritual que nos une con Dios y no un lugar para reflexionar sobre Dios o sobre nosotros mismos. Recordemos las palabras de san Bernardo: “Toda la fuerza sale del silencio. A través del silencio nos abismamos en el seno del Padre y a la vez resurgimos de Él con su Palabra eterna. Reposar en el abismo de Dios supone curación para los desordenes del mundo, pues la tranquilidad todo lo sosiega” (SAN BERNARDO,Obras completas de San Bernardo III: Sermones litúrgicos, Monjes Cistercienses de España, Sermón 23, 16).

Dios nos da el espíritu de sabiduría para manifestarnos el verdadero conocimiento y nos ilumina nuestros ojos para conocer a que esperanza estamos llamados.               El silencio es una música callada que brota en el corazón cuando se callan todos los sonidos de alrededor. El silencio es la melodía de Dios, una presencia amorosa, quieta y luminosa que envuelve a toda la creación. El silencio siempre habla, pero se escucha en silencio. Silencio y quietud es lo mismo que presencia amorosa.

Según Karlfried Graf Dürckheim,

«Hay un conocimiento temporal y un saber intemporal. La ciencia que sirve para dominar el mundo está en continuo desarrollo. Un invento excluye a otro. Lo que se ha descubierto ayer, hoy ya no satisface. Pero el saber de Lao-Tse es una sabiduría tan válida hoy como lo fue en su tiempo. El tesoro de sabiduría de la humanidad tiene que ver con su devenir interior y con su vinculación a lo sobrenatural. Este vivo contenido es independiente de lo espacio-temporal. Las apariencias y contradicciones bajo las que se presenta, que están determinadas por la época y el lugar, la expresan y ocultan a la vez. Y a través de todas las capas externas irradia la vida más allá del espacio-tiempo” (K. G. DÜRCKHEIM, El maestro interior, Mensajero 1992, 23).

El silencio es necesario para encontramos a nosotros mismos y para autodescubrirnos de manera auténtica; nos ayuda a mirar el pasado con ecuanimidad, el presente con realismo y el futuro con esperanza. El silencio nos permite contemplar al dador de la Vida, a los hermanos y a la naturaleza con una nueva mirada, y nos ayuda a proyectarnos, en la realización del plan o la vocación que Dios ha dispuesto para cada uno de nosotros desde siempre.