Acre y los jardines de Haifa, la peregrinación a la unidad

por por Alba Martorell Cid

CLAVE:

  • Los jardines y santuarios de Haifa y Acre, importantes lugares de peregrinación Bahá’í, simbolizan la unidad espiritual y global

En la bahía de Haifa, en la ladera del monte Carmelo, unas terrazas ajardinadas descienden hasta la ciudad formando uno de los paisajes más emblemáticos de Israel. En el centro de este conjunto se alza el Santuario del Báb, coronado por una cúpula dorada, el símbolo más emblemático de la fe Bahá’í. A pocos kilómetros de este lugar, en la ciudad de Acre (Akko), se encuentra el Santuario de Bahá’u’lláh, fundador de esta religión. Ambos lugares forman el corazón espiritual del bahaísmo y constituyen el principal destino de peregrinación de sus fieles.

Declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO en el año 2008, los jardines y santuarios de Haifa y Acre no solo destacan por su belleza arquitectónica y paisajística, sino también por el profundo significado espiritual que tienen para una comunidad religiosa presente hoy en casi todos los países del mundo.

El legado de un largo exilio

La importancia de Haifa y Acre se explica por la biografía del fundador de la fe Bahá’í. Bahá’u’lláh (1817-1892) nació en Persia, el actual Irán, pero muy pronto comenzó a sufrir persecución por sus creencias. Después de ser encarcelado en Teherán, fue expulsado de su país e inició un largo periplo de exilios impuestos tanto por las autoridades persas como por las otomanas.

Residió primero en Bagdad, luego en Constantinopla (Estambul) y más tarde en Adrianópolis (Edirne). Finalmente, en 1868 fue deportado a Acre, entonces una fortaleza utilizada como colonia penal del Imperio Otomano. A pesar de la dureza de los primeros años de cautiverio, con el tiempo obtuvo más libertad de movimientos y se estableció en una casa en Bahjí, a las afueras de la ciudad, donde murió en 1892. Su tumba es hoy el lugar más sagrado de la fe bahá’í y es hacia este santuario que se orientan diariamente las plegarias de los fieles de todo el mundo.

El monte Carmelo, centro espiritual

Según explica Emilio Egea, miembro de la comunidad local bahá’í de Barcelona, la importancia de Haifa deriva del hecho de que Bahá’u’lláh designó el monte Carmelo como el lugar destinado a acoger el mausoleo del Báb -su precursor- y el futuro centro administrativo de esta confesión.

Fue su hijo y sucesor, ‘Abdu’l-Bahá, quien hizo construir el Santuario del Báb en la cima del Carmelo. Con los años, a su alrededor se levantaron las principales instituciones internacionales de esta fe: la Casa Universal de Justicia, máximo órgano de gobierno de la comunidad bahá’í; el Centro Internacional de Enseñanza; el Centro de Estudios de los Textos Sagrados; el Archivo Internacional y otros edificios administrativos conocidos como los “edificios del Arco”. Por este motivo, Haifa y Acre forman conjuntamente el centro espiritual y administrativo de la religión Bahá’í.

Una peregrinación voluntaria

La peregrinación Bahá’í no constituye una obligación religiosa. Egea explica que la comunidad la considera “un privilegio”, al cual los fieles aspiran si sus circunstancias personales, familiares, económicas o de salud se lo permiten.

Originalmente, los escritos sagrados establecían la peregrinación a la casa del Báb, en Shiraz (Irán), y a la casa de Bahá’u’lláh, en Bagdad (Irak). Pero estos lugares han dejado de ser accesibles a los bahá’ís: la casa de Bagdad fue confiscada y la de Shiraz fue destruida después de la Revolución Islámica iraní. Por este motivo, bajo la guía de la Casa Universal de Justicia, la peregrinación reconocida actualmente es la que conduce a los santuarios de Bahjí y del monte Carmelo.

La comunidad subraya, sin embargo, que nadie es menos bahá’í por no haber podido peregrinar. El valor de la fe no depende del viaje, sino de vivir de acuerdo con las enseñanzas de Bahá’u’lláh.

Nueve días de oración y contemplación

La peregrinación suele durar nueve días y gira en torno a los dos grandes santuarios, el de Bahjí y el de Haifa. Los peregrinos suelen visitar también otros lugares vinculados a los últimos años de vida del fundador, como la prisión de Acre o la mansión donde residió.

Los jardines tienen un papel esencial en esta experiencia. Las diecinueve terrazas que rodean el Santuario del Báb, cuidadosamente diseñadas y mantenidas, no son un simple elemento decorativo. Para los bahá’ís, su armonía simboliza el orden, la belleza y la unidad de la creación. El silencio, la vegetación y el equilibrio del paisaje invitan a la oración y a la reflexión.

A diferencia de otras peregrinaciones, no hay rituales colectivos complejos ni ceremonias obligatorias. Cada peregrino vive estos días de manera profundamente personal, dedicando tiempo a la oración, a la meditación y a la lectura de los textos sagrados.

La unidad de la humanidad

Para Emilio, uno de los aspectos más significativos de la peregrinación es “la convivencia entre personas procedentes de todos los continentes”. Fieles de lenguas, culturas y orígenes muy diversos coinciden en los mismos santuarios, haciendo visible uno de los principios fundamentales del bahaísmo: que la humanidad constituye una sola familia.

Esta dimensión universal hace que la peregrinación no sea solo una visita a los orígenes históricos de la religión, sino también “una experiencia de fraternidad”. Los peregrinos descubren que comparten una misma fe con personas que viven en contextos culturales muy diferentes, pero que participan de los mismos ideales de paz, justicia y unidad.

Un camino que continúa

La verdadera peregrinación, sin embargo, no termina cuando se deja atrás Haifa o Acre. Como explica Egea, la visita a los lugares sagrados es sobre todo “una oportunidad para renovar la vida interior y volver a casa con un compromiso más firme de vivir las enseñanzas de Bahá’u’lláh”. Representa, por tanto, un impulso para transformar la propia vida y contribuir a una sociedad más justa y reconciliada.

Quizás esta es la singularidad de Acre y Haifa: más allá de su extraordinaria belleza, recuerdan a los peregrinos que el auténtico camino espiritual continúa mucho después de haber abandonado el monte Carmelo.

AUTORA:

Alba Martorell Cid (Tortosa, 1996). Graduada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Docente de lengua catalana y literatura en Jesuïtes Educació. Máster en Formación del Profesorado por la Universidad Rovira i Virgili (URV). Estudiante del Máster en Periodismo Avanzado-Reporterismo en Blanquerna-Universitat Ramon Llull (URL) y apoyo al Observatorio Blanquerna de Comunicación, Religión y Cultura.

FUENTE:

https://equipoecumenicosabinnanigo.blogspot.com/2026/09/acre-y-haifa-no-solo-peregrinacion-bahai.html?m=1

Rechazo a la pena de muerte

León XIV rechaza la pena de muerte: atenta contra la dignidad de la persona

El Papa León XIV reafirma el rechazo de la Iglesia católica a la pena de muerte, recordando que el bien común puede «salvaguardarse y que pueden satisfacerse las exigencias de la justicia sin recurrir a la pena capital».

El Papa León XIV ha publicado en su cuenta oficial de X que la Iglesia católica considera la pena de muerte «inadmisible porque constituye un ataque a la inviolabilidad y la dignidad de la persona».

En una publicación difundida este sábado, con motivo de la Jornada Mundial contra la Pena de Muerte, el Papa señaló que se puede hacer justicia y salvaguardar el bien común de la humanidad sin recurrir a la pena capital.

Afirmó que es posible mantener a los delincuentes bajo custodia de forma eficaz para proteger a los ciudadanos, al tiempo que se ofrece a los culpables la posibilidad de redención.

«La pena de muerte es inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona. El bien común puede protegerse y los requisitos de la justicia pueden salvaguardarse sin recurrir a la pena capital: ya se han desarrollado sistemas penitenciarios eficaces que protegen a los ciudadanos y, al mismo tiempo, no privan por completo a los culpables de la posibilidad de redimirse, escribió el Papa León.

La publicación del Papa se produjo un día después de que el cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin y el presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos hicieran declaraciones en contra de la ejecución pública prevista de Nidal Hassan.

Hassan fue condenado por matar a 13 personas e herir a otras 32 en Fort Hood en noviembre de 2009. Un tribunal militar lo condenó a muerte en 2013.

El jueves, el Pentágono anunció que su ejecución por fusilamiento estaba prevista para el 3 de diciembre de 2026, aunque nuevos procedimientos legales podrían retrasarla.

En declaraciones a los periodistas el viernes, el cardenal Parolin afirmó que los planes de retransmitir la ejecución en directo eran inaceptables.

«Es verdaderamente incomprensible que alguien quiera recurrir a este método en los tiempos que vivimos», afirmó. «No sé con qué propósito. Sin duda, es inaceptable convertir la muerte en un espectáculo. Por muy culpable que sea la persona, hay otras formas».

Reiteró que la pena de muerte «es incompatible con la dignidad humana y no sirve como medida disuasoria».

Más temprano ese mismo viernes, el arzobispo Paul Coakley, presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, expresó su «conmoción y gran pesar» e instó a que se reconsiderara la decisión.

«De ninguna manera pueden justificarse las acciones de Hassan, pero esta decisión supone una promoción bárbara de una cultura de la muerte y debe reconsiderarse», declaró a Vatican News.

Advirtió de que una ejecución pública socavaría el tejido moral de la nación y rezó para que los estadounidenses eligieran siempre la vida.

https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-10/leon-xiv-rechaza-la-pena-de-muerte-atenta-contra-la-dignidad.html?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=NewsletterVN-ES

LA ERA CONTEMPLATIVA

Hay personas con una vida interior muy rica, que no tiene nada de religiosa y que ni siquiera puede ser considerada como vida espiritual o sentimiento religioso, por más amplitud que se dé a esta palabra. Hay poetas o artistas que son completamente incrédulos, pero que, sin embargo, experimentan y comunican una gran riqueza de imaginación y de sentimientos. En otras personas que no tienen ninguna vida religiosa aparente, subsiste, sin embargo, un vago sentimiento religioso y hasta una cierta creencia. Y al revés, algunos tienen una práctica religiosa que no corresponde a una vida religiosa o a una creencia profunda1. Así pues, podemos describir el sentimiento religioso como la necesidad afectiva de estar ligado a algo distinto de uno mismo. Es una aspiración confusa a estar en simpatía con el mundo. Un sentimiento que trata de penetrar y comunicar con las fuerzas sensibles que se presiente que actúan en el universo. En definitiva es una inclinación al misterio. El sentimiento religioso prolonga la afectividad sin objeto preciso, satisfaciéndose con vagas efusiones. Busca las sensaciones, las emociones que le dan la ilusión del amor universal. Es un sentimiento panteísta que no implica una creencia determinada. La espiritualidad no es patrimonio de las religiones. Cualquier persona que vive con hondura y calidad humana su existencia, vive con una determinada espiritualidad que motiva su vida, inspira su comportamiento y configura sus valores y el horizonte de su ser. (Cf. A. SAMUEL, Las religiones en nuestro tiempo, Estella 1989, 12-14). Otra cosa es la experiencia religiosa, que en el sentido más amplio que se quiera, se trata de una relación con una realidad trascendente. Se trata de un encuentro y una superación. Es decir, un encuentro con un absoluto, con una energía, con una fuente de valores reconocidos. Es a la vez otro y uno mismo. Presente y ausente. Inmanente y trascendente. La persona que tiene experiencia religiosa o espiritualidad, tiene la impresión de salir de sus límites, de entrar en otra realidad distinta de lo cotidiano. Normalmente se describe esta experiencia en términos de rapto, de luz, y hasta de éxtasis. Esta experiencia escapaba de las dimensiones de espacio y de tiempo. Vive un tiempo que no miden los relojes. A veces, por un corto instante, tiene el sentimiento de que su vida no se limita a la sucesión de sus actos. Adquiere una nueva orientación de su existencia, que se encuentra asociada a otras vidas. A la Vida. Vamos a intentar recoger aquí la invitación de José Antonio Pagola, que, en Santiago de Compostela, en el Foro Relixión e Cultura de Galicia afirmaba: «Nada hay más urgente en la iglesia de hoy que volver a Jesús para centrar con más verdad y fidelidad nuestra espiritualidad en su persona y su proyecto de reino de Dios. En unos tiempos en que se está produciendo un cambio socio-cultural sin precedentes, la iglesia necesita una conversión al Espíritu que animó la vida entera de Jesús, que es fuente y camino de una espiritualidad sana, creativa, liberadora y generadora de esperanza. Después de veinte siglos de cristianismo, el corazón de la iglesia necesita conversión y purificación. De lo contrario el cristianismo corre el riesgo de diluirse en formas religiosas cada vez más decadentes y sectarias, y cada vez más apartadas de lo que fue el movimiento inspirado y querido por Jesús» (J. A. PAGOLA, Espiritualidade centrada en Xesús, Encrucillada 175). Así, para desarrollar nuestro tema de La Era contemplativa, cuyo paradigma ya no es la razón sino la conciencia, en primer lugar analizaremos el Movimiento de la Nueva Era, especialmente en su concepción “de la nueva espiritualidad”, para, a continuación, exponer el itinerario de la experiencia religiosa a la plenitud mística como fuente de belleza, verdad y bondad.

«Os regalo el primer capítulo de mi libro «La Era contemplativa». Si os engancha, en el propio PDF tenéis el enlace para conseguir el libro completo. Y si os gusta, reenviadlo a quien creáis que lo va a disfrutar.»

https://drive.google.com/file/d/1pg4mRrLKRSbUOeUAVFWmq5ofAmghlZWh/view?usp=sharing

Lo que vale es lo que sembramos

Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916

Un hombre de cincuenta y ocho años yace muerto en la arena, junto a la ermita que él mismo había levantado en el corazón del Sahara.

Lo mataron unos asaltantes. Nadie lo lloró. No había discípulos que continuaran su obra, ni comunidad, ni fruto visible.

Había vivido en el Sahara desde 1901 y en Tamanrasset desde 1905, entre los tuaregs.

Aprendió su lengua, compiló su diccionario, compartió su pobreza, y se fue sin ver el fruto que había soñado.

Se llamaba Carlos de Foucauld. Y el mundo, que cuenta la cosecha, habría escrito sobre su tumba una palabra: fracaso.

Detengámonos ahí. Porque esa palabra, el mundo la escribe sobre muchísimos de nosotros.

El mundo cuenta lo que se cosecha

Vivimos bajo una tiranía silenciosa: la de los resultados visibles. Lo que no se ve, no existe.

Lo que no se aplaude, no importa. Lo que no tuvo público, se da por perdido. Nos enseñaron a medir una vida por lo que se inauguró, no por lo que se entregó.

Y entonces el sembrador empieza a dudar. ¿De qué sirvió tanto esfuerzo? ¿A quién le importó? ¿No habré dado mi vida a una causa que nadie recogió?

Escucha bien, tú que hoy te haces esa pregunta, en voz baja, de noche, cuando nadie te ve: no estás midiendo con la vara de Dios.

Lo que ocurrió después

Foucauld había repetido durante años una frase del Evangelio que se volvió su respiración: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.“

Y cayó. Y murió. Solo.

En 1933, diecisiete años después, un joven sacerdote francés, René Voillaume, se instaló con cuatro compañeros en el Sahara argelino y fundó los Hermanitos de Jesús, inspirados en la vida de aquel ermitaño.

En 1939, Magdeleine Hutin fundó las Hermanitas de Jesús en Touggourt.

Desde entonces, de aquella tumba en la arena brotó una familia espiritual que hoy llega a más de sesenta países, con hombres y mujeres que viven entre los más pobres, sin ruido y sin vitrinas, repitiendo su gesto.

El 15 de mayo de 2022, en Roma, el papa Francisco lo proclamó santo.

El hombre que murió sin un solo discípulo que continuara su obra inspira hoy a hermanos y hermanas en todo el mundo.

No cosechó él. Cosecharon otros. Y él, que sembró con el alma y no vio nada, ya estaba cumpliendo la ley más antigua del Reino: uno siembra y otro cosecha.

Ninguna siembra hecha por amor se pierde

Lee de nuevo esa frase, despacio, porque es el centro de todo.

Ninguna siembra hecha por amor se pierde.

Puede ser ignorada. Puede ser rechazada.

Puede enterrarse bajo años de silencio y parecer estéril. Pero cae en una tierra que no es la de los hombres, sino la de Dios, y esa tierra no olvida una sola semilla. “Los que sembraban con lágrimas cosecharán entre cantares“, cantó el salmista.

No dijo que cosecharían pronto. No dijo que cosecharían aquí. Dijo que cosecharían.

Y el Apocalipsis afirma, con una sobriedad que estremece, que de quienes mueren en el Señor “sus obras los acompañan“. No los aplausos ni los cargos. Las obras. Lo sembrado viaja con nosotros hasta el umbral.

Frente a Aquel que todo lo ve

Hay un salmo, el 138 en la numeración latina (139 en las biblias actuales), que cualquier alma cansada debería aprenderse de memoria: “Señor, tú me sondeas y me conoces.”

Llegará una hora en que no habrá vitrinas. Ni títulos, ni estadísticas, ni reconocimientos. Estaremos ante Aquel ante quien nada podremos mentir, nada negar, nada fingir, nada ignorar. Sin apariencias ni vestiduras. Y entonces nadie preguntará qué se aprobó, qué se inauguró, quién nos aplaudió.

Preguntará una sola cosa: ¿qué sembraste?

Y habrá quienes lleguen con las manos llenas de un trigo que nadie vio crecer, y descubran que era el único que importaba.

¿Quién fijó la hora del retiro?

Hay una mentira más fina todavía, y hay que arrancarla de raíz: la de que sembrar tiene edad. La de que pasada cierta hora de la vida, ya hicimos lo que teníamos que hacer, y lo que sigue es esperar.

“Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes descansar tu mano.”

A la tarde. El Eclesiastés no dijo que a la tarde se descansa.

Dijo lo contrario. Y un salmo promete del justo que “aun en la vejez seguirá dando fruto“.

Foucauld sembró hasta el último día, a los cincuenta y ocho años, en el lugar más hostil de la tierra, sin ver nada. Y fue ese último día el que lo hizo fecundo.

Nadie, ni hombre ni institución, tiene autoridad para decirte que tu hora de dar ya pasó.

El pastor no pregunta qué lograste

Cuando el corazón se aflija, hay que volver al salmo 23.

El Pastor no interroga al cordero por sus resultados. Lo conduce a aguas tranquilas, lo guía por sendas justas, y aun en el valle de sombras camina a su lado. Quien se sabe pastoreado deja de mendigar reconocimiento y empieza simplemente a caminar.

Y en esa hora hay que decir, con la voz del niño Samuel, la oración de los que escuchan antes de actuar:

“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”

No “cumple mis planes“. No “dame resultados“. Solo: habla.

Pon tus delicias en el Señor

Hay una frase que un padrino espiritual me enseñó y que se aprende a golpes: “Pon tus delicias en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón.”

Durante años la entendí mal, como si prometiera cumplir mis proyectos. Hoy sé que promete algo infinitamente mejor: que quien deposita su alegría en Dios deja de depender de que los hombres la reciban, y su corazón termina pidiendo lo que Dios quiere dar.

Esa es la libertad de los sembradores.

Dar sin recibo. Servir sin vitrina. Amar sin garantía de cosecha. No por ingenuidad, sino porque sabemos Quién mira.

Para quien lee con el corazón cansado

Hermano, hermana. No midas tu vida por lo que fue aceptado, sino por lo que fue entregado.

El mundo cuenta lo que se cosecha. El cielo cuenta lo que se sembró, con qué amor y con cuánta fidelidad cuando nadie miraba.

Quizá tu campo parezca hoy un desierto. Quizá tus años te susurren que ya es tarde. Pero un hombre murió solo en la arena del Sahara, y diecisiete años después empezó a florecer.

Sigue sembrando. Que tu mano no descanse a la tarde.

Y cuando llegue el momento de presentarte tal cual eres, sin apariencias ni vestiduras, que lo que lleves en las manos sea lo único que importa: lo que diste.

Señor, tú me sondeas y me conoces. Habla, que tu siervo escucha.

Dedicado a mi querida esposa Mariela. . .

©Catolica.ar

https://catolic.ar/carlos-de-foucauld-lo-que-sembramos/?amp=1

El monasterio de Khrekhiv, orar adentrándose en el bosque

por Alba Martorell Cid

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  • El monasterio de Khrekhiv, en Ucrania, es un centro espiritual importante, conocido por su rica tradición monástica oriental e historia de resistencia religiosa.

En los confines del Parque Nacional de Yavorivskyi, en los bosques de la Roztochchia, se levanta uno de los santuarios más queridos por los fieles de la Iglesia Grecocatólica Ucraniana: San Nicolás de Khrekhiv. En el oeste ucraniano, sólo a cincuenta kilómetros de Lviv y lejos de los grandes circuitos turísticos europeos, se esconde un monasterio rodeado de murallas defensivas y de un paisaje verde y frondoso.

Es un lugar de peregrinación en el que la tradición monástica oriental mantiene una vitalidad sorprendente, incluso en medio de las dificultades que enfrenta el país. Para los ucranianos, Khrekhiv es un espacio de memoria nacional, resistencia religiosa y renovación espiritual. Cada primavera, miles de peregrinos llegan para venerar sus iconos milagrosos, participar en la liturgia católica bizantina y compartir la fe.

Para Olga Hrynyk , creyente de rito grecocatólico y vecina del monasterio, Khrekhiv no es sólo un lugar de peregrinación, sino una parte de su vida. «He nacido en la casa más cercana al monasterio», comenta con ternura. De pequeña iba habitualmente los domingos e hizo la catequesis. «Hacían actividades, había una coral», recuerda. Su relación con este lugar, por tanto, va mucho más allá de la visita ocasional de un peregrino: es un espacio que ha acompañado a varias generaciones de la pequeña comunidad de Kozul’ka.

Un monasterio nacido de la vida eremítica

Los orígenes del monasterio se remontan a finales del siglo XVI. La tradición explica que dos monjes procedentes de la Lavra de las Cuevas de Kiiv —uno de los centros más importantes del cristianismo ortodoxo—, llamados Joel y Silvestre, se retiraron a vivir como eremitas en unas cuevas situadas cerca del actual pueblo de Khrekhiv. Su vida austera atrajo a otros discípulos hasta que, a principios del siglo XVII, el magnate Stanislaw Zolkiewski les cedió unos terrenos para construir un monasterio permanente.

Las primeras edificaciones eran de madera, pero entre 1619 y 1658 el conjunto se transformó en una fortificación de piedra. Las murallas, las torres de vigilancia y las puertas monumentales todavía recuerdan que estos monasterios también debían protegerse de las incursiones tátaras —un conjunto de pueblos de origen turco— que frecuentaban aquella región fronteriza de la antigua Confederación Polaca-Lituana.

Durante los siglos XVII y XVIII, el monasterio recibió el apoyo de varios hetmanes , comandantes supremos del ejército ucraniano, entre ellos Bohdan Khmelnitski, Petro Doroixenko e Ivan Mazepa. Aquel patrocinio contribuyó a convertir a Khrekhiv en uno de los principales centros espirituales y culturales de la región.

Del mundo ortodoxo a la Iglesia Grecocatólica

Uno de los rasgos que singulariza Khrekhiv es que inicialmente fue un monasterio de tradición ortodoxa, pero en 1721 se incorporó a la Iglesia Grecocatólica Ucraniana, heredera de la Unión de Brest de 1596, que mantiene la liturgia bizantina y las tradiciones espirituales orientales en comunión con Roma.

Esa doble herencia explica buena parte de su identidad actual. Los fieles celebran la Divina Liturgia según el rito bizantino, con el uso abundante del incienso, el canto sin acompañamiento instrumental, los iconos y una espiritualidad profundamente influida por los Padres de Oriente cristiano.

Sin embargo, para Hrynyk las diferencias respecto al catolicismo que ha conocido en Cataluña no son especialmente grandes. “Para mí no hay muchas diferencias en el rito, las iglesias son algo distintas por dentro y sólo un poco la vestimenta de los monjes”, comenta. Sin embargo, sí destaca una diferencia en la manera de celebrar: “Las celebraciones son casi todas cantadas, más que lo que he podido ver aquí”, admite.

Los monjes basilios

Actualmente el monasterio está habitado por los monjes de la Orden de San Basilio el Grande, conocidos popularmente como los basilios. La comunidad sigue la tradición monástica inspirada en san Basilio, uno de los grandes padres del monaquismo oriental del siglo IV. A diferencia de otras comunidades estrictamente contemplativas, los basilios combinan la vida de oración con la formación, la predicación, la acogida de los peregrinos y diversas actividades pastorales.

Khrekhiv es también una casa de noviciado. Desde principios del siglo XX, muchos de los futuros monjes basilios han iniciado su formación religiosa, una función que sigue desarrollando hoy. Durante este período, los aspirantes reciben el hábito, estudian la regla de san Basilio, profundizan en la oración y disciernen su vocación antes de hacer los primeros votos.

Khrekhiv, símbolo de recuperación y resistencia

Como tantos otros monasterios de Ucrania occidental, Khrekhiv sufrió duramente la persecución soviética. Tras la prohibición de la Iglesia Grecocatólica Ucraniana en 1946, el monasterio fue clausurado. Los monjes fueron encarcelados, deportados u obligados a vivir clandestinamente. La rica biblioteca y buena parte del patrimonio documental desaparecieron, y los edificios sufrieron un largo período de abandono.

Olga recuerda que hubo épocas en las que la religión católica estaba prohibida y los monjes “se solían esconder en los bosques”. El monasterio no funcionaba y la práctica religiosa debía trasladarse al ámbito privado: “La gente oraba en casa y con mucho cuidado”, relata.

Solo con la independencia de Ucrania, en 1990, la comunidad basiliana pudo regresar. Desde entonces, se ha restaurado progresivamente el conjunto monumental y se ha reanudado la vida monástica. Para la vecina del monasterio, esa historia también cuenta el vínculo que Khrekhiv ha mantenido con su entorno: “Siempre ha sido un símbolo de unión para la gente, está muy abierto al pueblo y se ayuda mucho a las personas, así fue especialmente en aquella época”, afirma.

La peregrinación de san Nicolás

El principal motivo de peregrinación son los dos iconos venerados en el monasterio: la Virgen de Khrekhiv y el icono de san Nicolás, ambos considerados milagrosos por los fieles. Durante más de cuatrocientos años han atraído a peregrinos no sólo de Ucrania sino también de los territorios vecinos de la Europa oriental.

La gran celebración anual tiene lugar el 22 de mayo, fiesta de la Traslación de las reliquias de san Nicolás de Mira hasta Bari, una solemnidad especialmente querida en la tradición bizantina. Ese día, miles de fieles recorren a pie los últimos kilómetros hasta el monasterio, participan en largas celebraciones litúrgicas y veneran los iconos antes de compartir las comidas preparadas por un grupo de voluntarios y las comunidades locales.

Hrynyk explica que durante dos días el monasterio se llena de peregrinos que llegan desde otras zonas: «Era una fiesta muy grande, no se cabía», recuerda. Había cantos, tenderetes y comida típica, y las calles y los espacios de alrededor del monasterio se convertían en un punto de encuentro para toda la comunidad. La fiesta sigue celebrándose, aunque hoy llega menos gente. La guerra es uno de los principales motivos.

El recinto monástico se extiende también por los bosques que lo rodean, donde un Vía Crucis invita a los peregrinos a continuar la oración caminando. Las estaciones, distribuidas a lo largo de un itinerario que se adentra en el bosque, ofrecen un espacio de silencio y meditación sobre la pasión de Cristo.

Para Olga, la naturaleza es una parte esencial de la experiencia. «El bosque crea una atmósfera más especial, se siente más paz y tranquilidad», explica. Más allá de la dimensión estrictamente religiosa del Vía Crucis, la ruta «se convierte casi en un espacio para la meditación». Y lo resume con una simple frase: «Es extraordinariamente bello».

Para muchos fieles, este recorrido completa la experiencia de la peregrinación: la oración sigue en contacto con la naturaleza, siguiendo una tradición muy arraigada en la espiritualidad monástica oriental, que entiende el bosque como un espacio privilegiado de recogimiento y encuentro con Dios.

Peregrinar en tiempo de guerra

Desde la invasión rusa a gran escala que comenzó en 2022, la peregrinación a Khrekhiv ha adquirido un nuevo significado. Hrynyk explica que el monasterio está estrechamente vinculado a la situación que atraviesa el país. «Actualmente, el monasterio está muy involucrado en la situación», señala. Se realizan oraciones por las víctimas del conflicto y el monasterio ha acogido sepelios.

La solidaridad se hace especialmente visible en momentos señalados en el año. «En Pascua o en Navidad se hacen colectas, se recoge comida típica para que la gente lo lleve y se traslada al frente», explica.

Los monjes basilios han mantenido abiertas las puertas de su casa, ofreciendo acogida espiritual y, en varios momentos, también apoyo humanitario. «En todo momento el monasterio está en contacto con la gente», afirma Olga.

Una comunidad que sigue viva

A pesar de la guerra y la disminución del número de peregrinos, la vida cotidiana del monasterio continúa. Hrynyk destaca que la catequesis se sigue impartiendo y que también hay un grupo de jóvenes de entre 13 y 15 años que organizan campamentos de verano para los más pequeños. De este modo, el monasterio sigue desempeñando una función que va más allá de la liturgia: es un lugar de oración, educación, encuentro y ayuda. «Aún hay mucha vida allí», resume Hrynyk.

Una identidad auténtica, sensata y discreta

Khrekhiv no figura entre los grandes destinos espirituales del mundo. La mayoría de los visitantes acuden por devoción, no como turistas. Quizás sea precisamente por eso que conserva una autenticidad que muchos otros santuarios han tenido que aprender a proteger.

El silencio de los bosques, las murallas centenarias, la solemnidad de la liturgia bizantina y la presencia discreta de los monjes recuerdan que éste sigue siendo, por encima de todo, un lugar de fe. Para los peregrinos ucranianos representa un hito espiritual; para quienes lo descubren por primera vez, es también una puerta de entrada a una tradición católica oriental que ha sabido mantener viva su identidad pese a guerras, imperios y persecuciones. Para Olga Hrynyk, que ha crecido literalmente junto a este lugar privilegiado, sigue siendo un punto de encuentro para la comunidad.

Quizá sea esta medida sensata, más que la monumentalidad, lo que convierte a Khrekhiv en uno de los grandes polos espirituales de Ucrania: un lugar donde la oración sale de la iglesia, atraviesa las puertas del monasterio y se adentra en el bosque.

AUTORA:

Alba Martorell Cid (Tortosa, 1996). Graduada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Docente de lengua catalana y literatura en Jesuïtes Educació. Máster en Formación del Profesorado por la Universidad Rovira i Virgili (URV). Estudiante del Máster en Periodismo Avanzado-Reporterismo en Blanquerna-Universitat Ramon Llull (URL) y apoyo al Observatorio Blanquerna de Comunicación, Religión y Cultura.

FUENTE: https://www.catalunyareligio.cat/

San Francisco de Asís y la frase sobre lo imposible que sigue siendo la más citada de su vida: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible»

Francisco de Asís
San Francisco de Asís y la frase sobre lo imposible.

Francisco María

Hay frases que flotan en el ambiente colectivo con una persistencia asombrosa. Las ves impresas en tazas de oficina, colgadas en corchos de despachos o adornando las primeras páginas de libretas en cualquier rincón del planeta. Entre todas ellas, una máxima destaca con luz propia por su capacidad de atravesar los siglos sin perder ni un ápice de pegada: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible». La cultura popular, los manuales de liderazgo y un sinfín de recopilaciones motivacionales se la atribuyen de manera casi automática a Francisco de Asís, aquel joven rico de la Umbría medieval que un día decidió despojarse de sus lujosas ropas en plena plaza pública para abrazar los caminos polvorientos de la sencillez radical.

Hay frases que flotan en el ambiente colectivo con una persistencia asombrosa. Las ves impresas en tazas de oficina, colgadas en corchos de despachos o adornando las primeras páginas de libretas en cualquier rincón del planeta. Entre todas ellas, una máxima destaca con luz propia por su capacidad de atravesar los siglos sin perder ni un ápice de pegada: «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible». La cultura popular, los manuales de liderazgo y un sinfín de recopilaciones motivacionales se la atribuyen de manera casi automática a Francisco de Asís, aquel joven rico de la Umbría medieval que un día decidió despojarse de sus lujosas ropas en plena plaza pública para abrazar los caminos polvorientos de la sencillez radical.

Lo que descubrimos en los archivos y en los manuscritos

Indagar en los archivos originales y en las biografías primitivas escritas por compañeros contemporáneos como Tomás de Celano desata a veces debates ásperos entre historiadores y hagiógrafos rigurosos. Quienes investigan los manuscritos antiguos descubren con frecuencia que los textos más tempranos no recogen la cita con esa perfección gramatical de eslogan publicitario que hoy manejamos con tanta soltura en internet.Religiones

Aun así, la atmósfera moral que destila encaja como un guante con la biografía real de un hombre que empezó remangándose los hábitos para acarrear piedras y reparar con argamasa barata una ermita medio derruida, la humilde capilla de San Damián, sin sospechar en absoluto que su locura mística acabaría dinamitando los cimientos de la rígida jerarquía eclesiástica de su época.

La teología y el realismo psicológico de San Francisco

El verdadero imán de esta sentencia milenaria reside en su descarnado realismo psicológico, muy alejado de la grandilocuencia estéril. Vivimos permanentemente atascados entre metas descomunales que nos petrifican de miedo antes siquiera de ponernos los zapatos por la mañana.

Los discursos de productividad contemporáneos suelen obsesionarse con la planificación milimétrica, los cuadros de mandos y los golpes de efecto inmediatos, olvidando por completo que las mudanzas vitales profundas nacen siempre de limpiar el polvo del suelo que pisamos. El fraile de Asís, fiel a una intuición vital irreductible, proponía una escalera de peldaños muy sensata y terrenal. Primero hay que apagar los fuegos de lo urgente, resolver aquello que sangra en el metro cuadrado que nos ha tocado gestionar y que no tolera la más mínima demora.

Entramos poco a poco en lo que se considera posible

Superado el bache de lo estrictamente necesario, el campo de visión se ensancha de forma natural hacia el terreno de lo posible. Aquí es donde toca medir las fuerzas con honestidad brutal, evaluando de qué herramientas rudimentarias disponemos hoy, cuántas energías reales nos quedan en las piernas y qué podemos abarcar sin inventar castillos en el aire.

No sirve absolutamente de nada diseñar estrategias faraónicas si luego nos falta el pan de cada día o si flaquean los ánimos a la primera curva complicada. Se trata de exprimir el presente con rigor, doblando la espalda ante la tarea rutinaria, aceptando las propias limitaciones físicas y emocionales sin caer en el lamento constante, sabiendo que cada paso cuenta aunque parezca invisible ante los ojos ajenos.

Llega el salto final hacia lo imposible

Lo verdaderamente hermoso del proceso descrito por la frase es el salto final hacia lo imposible. Esa mutación no ocurre nunca por arte de magia tras firmar un plan estratégico en un despacho elegante con aire acondicionado, sino como una consecuencia imprevista, casi silenciosa, de la constancia terca.Renacer a Dios

Cuando uno encaja una pequeña pieza tras otra durante meses, o incluso durante años de trabajo gris y monótono, los límites de lo que considerábamos factible se desplazan solos sin pedir permiso a nadie. Lo que ayer parecía una muralla infranqueable se convierte de repente en un trámite superado con naturalidad, confirmando con creces que las grandes gestas de la historia humana rara vez nacen de planes geniales, sino de empezar barriendo el suelo sin mirar demasiado lejos y confiando en el valor del esfuerzo diario.

Conclusión

Atribuida habitualmente a San Francisco de Asís, la célebre frase «Empieza haciendo lo necesario, después lo posible y acabarás haciendo lo imposible» encierra una profunda lección de realismo y constancia. Aunque los hagiógrafos debaten su origen documental exacto, su espíritu refleja fielmente la trayectoria del santo: alguien que comenzó reparando una modesta ermita con sus propias manos antes de transformar los cimientos de su época.

Lejos de la grandilocuencia o de la planificación estéril, la máxima propone una escala de peldaños muy sensata para combatir la parálisis ante las grandes metas. Primero se atienden las urgencias cotidianas; después, con los recursos disponibles, se aborda lo posible mediante el esfuerzo diario. La transformación hacia lo imposible surge de forma natural como consecuencia de esa constancia terca, demostrando que los grandes logros nacen siempre de la suma silenciosa de pequeños gestos cotidianos y humildes.

Fuente:https://okdiario.com/religion/san-francisco-asis-frase-sobre-lo-imposible-20375073

Asís, el desafío de la paz

Cuarenta años atrás San Juan Pablo II convocó a los representantes de las religiones del mundo para el rezar juntos por la paz en la estación de la “guerra fría”.

Decía el papa polaco: “Por primera vez en la historia, las iglesias y comunidades eclesiales cristianas y las religiones del mundo nos hemos congregado desde todas partes en este lugar sagrado dedicado a San Francisco para testimoniar ante el mundo – cada uno según sus propias convicciones – la naturaleza transcendente de la paz.”

Y agregaba: “La paz es una cantera abierta a todos y no solo a los especialistas, sabios y estrategas. La paz es una responsabilidad universal; se mantiene a través de miles de pequeños actos de la vida diaria.”

Una responsabilidad universal que la Comunidad de Sant’Egidio quiso tomar en sus manos, continuando con coraje y creatividad, aquel “espíritu de Asís” que había engendrado la profética intuición de Juan Pablo II. En este próximo 27 de octubre será León XIV a subir en la colina de Asís para pedir y buscar con las religiones mundiales aquella “paz desarmada y desarmante” que pide con fuerza y gran firmeza desde el comienzo de su pontificado. Las guerras y los conflictos como nos recuerda Andrea Riccardi, se eternizan y la lógica bélica parece haber borrado del panorama mundial la palabra paz.

Pero la construcción de la paz, como recordaba Juan Pablo II, es una responsabilidad personal que necesita ser ayudada también por las naciones. Aquella estructura tan vituperada por muchos políticos que es la Organización de las Naciones Unidas, puede todavía, con modificaciones oportunas, ser un instrumento de mediación de los conflictos y controversias que golpean a nuestro planeta y amenazan de forma permanente la convivencia humana.

Esta convivencia entre diferentes, entre diversos que goza nuestro país. El cardenal Koovakad, en su reciente visita a Buenos Aires ha hablado de un “espíritu de Buenos Aires” que se une a lo de Asís. Un talento, que come aquel de Asís, va gastado para que la paz y la cultura del encuentro pueda empapar todavía nuestra sociedad, a menudo desgarrada por la polarización.

El imperativo de la paz no es algo semejante a una piadosa exhortación sino requiere una urgencia para evitar el crecimiento de desigualdades sociales que son siempre la causa de posibles estallidos sociales.

La paz va garantizada en un trabajo diario de encuentro, de diálogo, de búsqueda de puntos en común, siempre en la perspectiva de la construcción del bien común, ajeno de intereses espurios.

A una semana de la visita de Papa León XIV, en la tarde del 1° de Noviembre, la Comunidad de Sant’Egidio en colaboración con la Comisión de Diálogo Ecuménico y Interreligioso de la Arquidiócesis de Buenos Aires reunirá todas las religiones para rezar por la paz en el Auditorio de la Paz de la Asociación laica budista Soka Gakkai. En esta oportunidad se ha lanzado un concurso de dibujos para niños, adolescentes de los colegios de todos los grados sobre el tema de la “paz desarmada”. Están todos invitados a la cantera de la paz.


Frecuencia alegría: El lenguaje del alma

Fe Adulta

La música no es solo sonido. Es vibración. Y la vibración tiene el poder de mover lo que las palabras no alcanzan. Cuando dejas que el cuerpo escuche con cada célula, no estás bailando una melodía… estás liberando memorias, desbloqueando emociones, devolviéndole espacio al alma para que hable a través del movimiento. Cuando la alegría fluye, el corazón se expande, la mente se aquieta, el sistema nervioso se regula y la energía vital circula con ligereza. Bailar desde la alegría no es frivolidad, es medicina. Es recordar que estamos vivos. Es permitir que el latido encuentre su ritmo y que el alma, a través del cuerpo, diga: “Estoy aquí.”

La biblioteca de Nag Hammadi: el hallazgo que cambió la historia del cristianismo

Recreación del hallazgo de Nag Hammadi: un campesino egipcio con turbante y galabiya rompe con una azada una gran jarra de barro junto a una roca, al pie de un acantilado con cuevas funerarias, mientras dos jóvenes observan los códices encuadernados en cuero esparcidos por el suelo.

Recreación del momento en que Muhammad Ali al-Samman rompió la jarra al pie del Jabal al-Tarif, en diciembre de 1945. Dentro había 13 códices de papiro con 52 textos, la mayoría desconocidos, que llevaban más de 1.500 años enterrados. Crédito: recreación con IA – Red Histori

Marcelo Ferrando Castro

En diciembre de 1945, al pie de un acantilado del Alto Egipto, un campesino llamado Muhammad Ali al-Samman golpeó con su azada una jarra de barro enterrada. Dudó antes de romperla, porque temía que dentro hubiera un genio encerrado, pero acabó haciéndolo con la esperanza de encontrar oro. No había oro. Había 13 libros de papiro encuadernados en cuero, copiados en copto hacia mediados del siglo IV y escondidos allí durante más de 1.500 años.

Esos libros forman la biblioteca de Nag Hammadi, el hallazgo más importante para el estudio del gnosticismo y uno de los grandes descubrimientos de manuscritos del siglo XX, comparable a los rollos del mar Muerto, que aparecieron apenas un año y medio después. Contienen 52 tratados, de los cuales unos 40 eran completamente desconocidos. Entre ellos están el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de la Verdad, el Apócrifo de Juan, los Apocalipsis de Santiago, Pablo, Pedro y Adán y una serie de tratados sobre el origen del mundo, el destino del alma y la naturaleza de Dios que los primeros cristianos habían leído y que la Iglesia había dejado de copiar.

Hasta entonces, los gnósticos solo se conocían por lo que contaban de ellos sus adversarios. Nag Hammadi les devolvió la voz y mostró que el cristianismo de los siglos II y III había sido mucho más diverso de lo que se creía, pero el camino entre la jarra rota y las ediciones publicadas fue largo y accidentado. Los códices pasaron por un asesinato y una venganza de sangre, el horno de una cocina campesina, el despacho de un sacerdote copto, las manos de anticuarios y contrabandistas, un instituto de psicología en Zúrich, una revolución, una guerra y casi 30 años de disputas académicas antes de que el mundo pudiera leerlos completos.

Este artículo cuenta esa historia, explica quién pudo esconder los libros y por qué y recorre el contenido de los 13 códices, uno por uno.

Índice:

Un acantilado junto al Nilo

El escenario del hallazgo es el Jabal al-Tarif, un acantilado de piedra caliza que se eleva sobre la orilla derecha del Nilo, a unos diez kilómetros al noreste de la ciudad de Nag Hammadi, en la provincia de Qena. Al pie del acantilado se extiende una franja de tierra de cultivo y en la roca se abren decenas de cuevas que se usaron como tumbas desde la época faraónica. Algunas datan del Imperio Antiguo, hace más de 4.000 años.

En la Antigüedad tardía, esta zona fue uno de los núcleos del primer monacato cristiano. A pocos kilómetros, al otro lado del río, estaba Shenesit, la antigua Chenoboskion, donde Pacomio, el fundador del monacato cenobítico, empezó su vida religiosa a comienzos del siglo IV. Algo más lejos se levantaban Tabennisi, donde fundó su primer monasterio hacia el año 323 y Pbow, que se convirtió en la sede central de la federación de monasterios pacomianos. Hacia mediados del siglo IV, la región estaba salpicada de comunidades de monjes que vivían, trabajaban y rezaban según una regla común.

Este contexto será decisivo para entender quién escondió la biblioteca. Pero en 1945 nadie pensaba en monjes. El valle era tierra de campesinos, los fellahin, que trabajaban los campos y buscaban al pie de los acantilados el sabakh, una tierra rica en nitratos que se usaba como fertilizante.

El hallazgo

La reconstrucción más detallada del descubrimiento se debe al estudioso estadounidense James M. Robinson, que en los años 70 viajó varias veces a la región, localizó a los protagonistas y los entrevistó. Su relato, con todas las reservas que impone basarse en recuerdos de 30 años antes, es el que se sigue habitualmente.

Según Robinson, a comienzos de diciembre de 1945, Muhammad Ali al-Samman, un campesino de la aldea de al-Qasr, fue con sus hermanos y otros hombres al Jabal al-Tarif a buscar sabakh. Junto a una gran roca caída, la azada golpeó una jarra de barro de aproximadamente un metro de altura, sellada con un cuenco. Muhammad Ali dudó en abrirla. Temía que contuviera un jinn, un espíritu, que escaparía al romperla, pero luego pensó que podía guardar oro y la rompió con la azada.

Dentro había libros. Muhammad Ali, decepcionado, los repartió con sus compañeros, que no mostraron interés, así que se los llevó a casa envueltos en su túnica. Algunas hojas sueltas de papiro, según contó, se dispersaron con el viento.

Una venganza de sangre

El destino de los códices quedó enredado en una tragedia familiar. Unos meses antes, el padre de Muhammad Ali, que trabajaba como vigilante nocturno de maquinaria de riego, había matado a un ladrón y había sido asesinado a su vez en represalia. Según la costumbre de la región, la familia estaba obligada a vengarse.

Poco después del hallazgo, la madre de Muhammad Ali les avisó de que el presunto asesino, un hombre de la aldea vecina de Hamra Dum, dormía junto al camino. Muhammad Ali y sus hermanos lo atacaron con las azadas y lo mataron. Según el relato recogido por Robinson, le arrancaron el corazón y se lo comieron, el acto supremo de la venganza de sangre.

El asesinato tuvo consecuencias para los manuscritos. La policía empezó a registrar la casa de la familia y Muhammad Ali, temiendo que encontraran los libros y los confiscaran, o que sirvieran de prueba contra él, decidió deshacerse de ellos.

El horno de la cocina

Antes de eso, sin embargo, parte de los papiros sufrió un destino peor. Muhammad Ali contó a Robinson que había dejado los libros en la casa junto al horno de barro donde su madre cocía el pan y que ella, sin conceder ningún valor a aquellos papeles viejos, usó algunas hojas para encender el fuego.

La historia se repite en casi todos los relatos del hallazgo, pero los especialistas dudan de su alcance. Es posible que se quemaran algunas hojas sueltas o los papiros que servían para rellenar las tapas, pero la mayoría de los códices se conservan casi completos y las lagunas que presentan se explican mejor por el deterioro natural y por el trato que recibieron después. En todo caso, el episodio forma parte de la leyenda de Nag Hammadi.

El sacerdote y el maestro

Para proteger los libros de los registros policiales, Muhammad Ali dejó al menos uno de los códices en casa de un sacerdote copto de al-Qasr, al-Qummus Basiliyus Abd al-Masih. El cuñado del sacerdote, Raghib Andrawus, que trabajaba como maestro itinerante de historia y lengua inglesa en las escuelas de la región, vio el libro durante una visita y sospechó que podía tener valor.

Raghib llevó el códice a El Cairo y lo mostró a un médico copto, que lo puso en contacto con el Museo Copto. El director del museo, Togo Mina, reconoció su importancia y el 4 de octubre de 1946 el museo adquirió el que hoy se conoce como Códice III. Fue el primero de la colección que llegó a manos de una institución pública.

Los demás códices siguieron otro camino. Muhammad Ali y otros vecinos los vendieron por cantidades insignificantes a comerciantes locales, que a su vez los revendieron en el mercado de antigüedades de El Cairo. La mayoría acabó en manos de Phocion Tano, un anticuario chipriota establecido en la capital. Otra parte pasó a una coleccionista italiana, Maria Dattari y a un comerciante belga, Albert Eid.

El largo camino hasta el museo

En 1947, un joven estudioso francés, Jean Doresse, examinó el Códice III en el Museo Copto y se dio cuenta de que contenía textos gnósticos desconocidos. Al año siguiente vio el lote de Tano y comprendió la magnitud del hallazgo. Doresse visitó la región de Nag Hammadi en 1950, intentó localizar el lugar exacto y publicó las primeras noticias del descubrimiento en la prensa francesa y en revistas especializadas.

El gobierno egipcio actuó para evitar que los códices salieran del país. En 1949 se prohibió su exportación y en 1952, tras un largo proceso, la colección de Tano fue declarada propiedad nacional y depositada en el Museo Copto. Tano recibió una compensación que él siempre consideró insuficiente. Las vicisitudes políticas de Egipto en esos años, con la revolución de 1952 que derrocó al rey Faruk y la crisis de Suez de 1956, retrasaron todavía más el estudio de los manuscritos.

El Códice Jung

Un códice se escapó. Albert Eid sacó de Egipto de contrabando la mayor parte del que hoy se conoce como Códice I y lo ofreció en venta en Estados Unidos y Europa. Durante un tiempo no encontró comprador. En 1952, el historiador neerlandés Gilles Quispel, que conocía el valor del manuscrito, convenció al Instituto Carl Gustav Jung de Zúrich para que lo comprara con fondos de un mecenas. El códice fue entregado al psicólogo suizo en una ceremonia el 15 de noviembre de 1953 y desde entonces se le conoce como Códice Jung.

Jung tenía un interés profundo por el gnosticismo. Veía en sus mitos, con sus caídas, sus emanaciones divinas y su búsqueda de la chispa interior, una expresión simbólica de los procesos del inconsciente y del camino hacia la individuación. Había leído con atención a los heresiólogos antiguos y había escrito incluso, en su juventud, un texto visionario en estilo gnóstico, los Siete sermones a los muertos, firmado con el nombre de Basílides, un maestro gnóstico de Alejandría.

El Códice Jung contenía, entre otros textos, el Evangelio de la Verdad, que fue el primer texto de Nag Hammadi publicado en edición completa, en 1956. El acuerdo de compra preveía que el códice regresara a Egipto tras su publicación y así ocurrió de forma escalonada entre 1961 y 1975. Hoy está en el Museo Copto con los demás.

Casi 30 años para publicar

La publicación de la biblioteca se convirtió en uno de los grandes escándalos académicos del siglo XX. Los textos estaban en manos de un pequeño número de especialistas y sus ediciones avanzaban muy despacio. Algunos investigadores tenían acceso a las fotografías y otros no y las disputas por los derechos de publicación se mezclaban con rivalidades personales y nacionales.

El Evangelio de Tomás se publicó en 1959, en una edición preparada por un equipo internacional y causó sensación. Pero en los años 60, más de 15 años después del hallazgo, la mayoría de los textos seguían inéditos.

La situación cambió gracias a la intervención de la UNESCO y del gobierno egipcio, que en 1970 crearon un Comité Internacional para los Códices de Nag Hammadi. El secretario permanente del comité fue James M. Robinson, profesor en Claremont, California, que dirigía un ambicioso proyecto de traducción y edición. Su estrategia consistió en publicar primero una edición facsímil de todos los códices, con fotografías de cada página, de modo que cualquier investigador pudiera trabajar con los textos sin depender de los editores oficiales. Los diez volúmenes del facsímil aparecieron entre 1972 y 1977.

En 1977, Robinson publicó además The Nag Hammadi Library in English, la primera traducción completa de todos los textos a una lengua moderna. Por fin, 32 años después de que Muhammad Ali rompiera la jarra, cualquier lector podía conocer la biblioteca entera. En español, la edición de referencia es la que dirigieron Antonio Piñero, José Montserrat Torrents y Francisco García Bazán, publicada por Trotta en tres volúmenes entre 1997 y 2000.

Cómo son los códices

Los códices de Nag Hammadi son libros, no rollos. El formato de códice, con hojas dobladas y cosidas, como un libro moderno, se había impuesto entre los cristianos desde muy pronto, mientras que la literatura pagana seguía usando el rollo. Los códices de Nag Hammadi son de papiro y están encuadernados en cuero, con solapas que se cerraban con tiras de piel, una encuadernación sorprendentemente sólida que explica en parte su buena conservación.

Hay 12 códices y ocho hojas sueltas de un decimotercero, que se encontraron dentro de la tapa del Códice VI. Las hojas suman en total más de 1.000 páginas, aunque muchas están dañadas. Contienen 52 tratados, pero algunos aparecen repetidos en varias copias, como el Apócrifo de Juan, que se conserva tres veces, de modo que el número de obras distintas ronda las 46. De ellas, unas 40 eran desconocidas antes del hallazgo.

Los textos están escritos en copto, la última fase de la lengua egipcia, que se escribía con el alfabeto griego más algunas letras tomadas del demótico. La mayoría están en sahídico, el dialecto del Alto Egipto, aunque algunos códices presentan rasgos de otros dialectos regionales. Casi todas las obras son traducciones de originales griegos, compuestos en los siglos II y III en ciudades como Alejandría, Antioquía o Edesa.

Los códices no fueron copiados por una sola mano. Los especialistas han identificado una docena de escribas distintos y los libros presentan diferencias de formato, de tamaño y de calidad que indican que no se produjeron como una colección unitaria. Algunos copistas dejaron notas personales. Al final de uno de los textos del Códice II, el escriba pide a sus hermanos que lo recuerden en sus oraciones. En el Códice VI, otro copista explica que ha copiado un discurso de entre los muchos que le han llegado y que duda si deben copiarse los demás, porque quizá sus lectores ya los tienen.

El secreto de las tapas

Una de las claves para fechar la biblioteca estaba escondida dentro de las encuadernaciones. Para dar rigidez a las tapas de cuero, los encuadernadores las rellenaban con papiros de desecho pegados en capas, lo que se llama cartonaje. Ese papiro reciclado incluía cartas, recibos, contratos y documentos administrativos que ya no servían.

Al despegar el cartonaje del Códice VII, los investigadores encontraron documentos con fechas de los años 341, 346 y 348. Los códices tuvieron que encuadernarse, por tanto, después del 348 y probablemente no mucho más tarde. Algunos de esos documentos mencionan nombres de monjes y términos propios de la vida monástica, lo que alimentó la hipótesis de que la biblioteca procedía de un monasterio.

Quién escondió la biblioteca y por qué

La pregunta de quién enterró los códices al pie del Jabal al-Tarif no tiene una respuesta segura, pero hay dos grandes hipótesis.

Los monjes pacomianos y la carta de Atanasio

La explicación más difundida relaciona la biblioteca con los monasterios pacomianos de la región y su argumento principal es una fecha. En el año 367, el obispo Atanasio de Alejandría, el gran defensor de la ortodoxia nicena, envió su 39.ª Carta Festal a las iglesias de Egipto. Estas cartas se escribían cada año para anunciar la fecha de la Pascua, pero Atanasio aprovechó esta para fijar la lista de los libros aceptados como Escritura. Es el primer documento conocido que enumera exactamente los 27 libros del Nuevo Testamento actual. La carta condenaba además los libros apócrifos, que los herejes habían inventado para engañar a los sencillos.

Según una de las biografías de Pacomio, Teodoro, el abad de Pbow, mandó traducir la carta al copto y la hizo colocar en los monasterios para que sirviera de norma. La hipótesis sugiere que algunos monjes, que conservaban en sus bibliotecas textos ahora prohibidos, decidieron esconderlos en lugar de destruirlos, quizá con la esperanza de recuperarlos más adelante. La jarra sellada y el lugar elegido, una zona de tumbas que nadie removía, encajarían con esa intención.

Los defensores de esta hipótesis, como Hugo Lundhaug y Lance Jenott en un estudio de 2015, señalan además que los monasterios pacomianos tenían bibliotecas y escribas, que los monjes leían una gran variedad de textos y que la frontera entre la ortodoxia y la herejía no estaba tan clara en el siglo IV como lo estaría después. Un monje podía leer el Evangelio de Tomás o el Apócrifo de Juan como literatura espiritual sin considerarse gnóstico.

Un coleccionista o una tumba

La hipótesis alternativa sostiene que la biblioteca no pertenecía a un monasterio, sino a uno o varios particulares, quizá un grupo de cristianos interesados en estos textos o un coleccionista culto. La heterogeneidad de los códices, copiados por manos distintas y con formatos diversos, sugiere una colección reunida poco a poco más que la producción organizada de un scriptorium monástico.

Algunos investigadores han propuesto también que los libros se enterraron como ajuar funerario, siguiendo una costumbre egipcia muy antigua de depositar textos religiosos junto a los muertos. El Jabal al-Tarif era una necrópolis y otros manuscritos cristianos de la época han aparecido en tumbas.

El debate sigue abierto. Lo que parece claro es que quien escondió la biblioteca lo hizo con cuidado, en un recipiente sellado y en un lugar elegido, y que valoraba esos libros lo suficiente como para preservarlos.

Los 13 códices, uno por uno

La biblioteca no está organizada temáticamente. Cada códice reúne textos de procedencias distintas y a menudo un texto setiano aparece junto a uno valentiniano o a uno sin relación con el gnosticismo.

CódiceTextos principales
I (Jung)Oración del apóstol Pablo, Apócrifo de Santiago, Evangelio de la Verdad, Tratado sobre la resurrección, Tratado Tripartito
IIApócrifo de Juan, Evangelio de Tomás, Evangelio de Felipe, Hipóstasis de los arcontes, Sobre el origen del mundo, Exégesis sobre el alma, Libro de Tomás el Contendiente
IIIApócrifo de Juan, Evangelio de los egipcios, Eugnosto el bienaventurado, Sofía de Jesucristo, Diálogo del Salvador
IVApócrifo de Juan, Evangelio de los egipcios
VEugnosto el bienaventurado, Apocalipsis de Pablo, Primer y Segundo Apocalipsis de Santiago, Apocalipsis de Adán
VIHechos de Pedro y los doce apóstoles, El trueno: mente perfecta, Enseñanza autorizada, fragmento de la República de Platón, tres textos herméticos
VIIParáfrasis de Sem, Segundo tratado del gran Set, Apocalipsis de Pedro, Enseñanzas de Silvano, Tres estelas de Set
VIIIZostriano, Carta de Pedro a Felipe
IXMelquisedec, Pensamiento de Norea, Testimonio de la verdad
XMarsanes
XIInterpretación del conocimiento, Exposición valentiniana, Alógenes, Hipsifrone
XIISentencias de Sexto, fragmentos del Evangelio de la Verdad
XIIIProtennoia trimorfa, comienzo de Sobre el origen del mundo

Códice I: el códice valentiniano

El Códice Jung es el más homogéneo de la colección. Casi todos sus textos proceden de la escuela de Valentín. Abre con una breve Oración del apóstol Pablo, escrita en la guarda del libro, y sigue con el Apócrifo de Santiago, una carta en la que Santiago cuenta una revelación que Jesús les hizo a él y a Pedro 550 días después de la resurrección.

El texto más célebre del códice es el Evangelio de la Verdad, una meditación poética sobre cómo la ignorancia del Padre produjo el error y la angustia y cómo Jesús vino a disiparlos con el conocimiento. Su estilo es tan elevado que muchos investigadores lo atribuyen al propio Valentín. Completan el códice el Tratado sobre la resurrección, también llamado Carta a Reginos, que defiende una resurrección espiritual que ya se ha producido para quien posee el conocimiento, y el Tratado Tripartito, la exposición sistemática más extensa de la teología valentiniana.

Códice II: el más famoso

El Códice II es el más conocido de la biblioteca, porque reúne algunos de sus textos más influyentes. Abre con la versión larga del Apócrifo de Juan, el gran mito setiano sobre el origen del mundo, en el que Cristo revela al apóstol Juan cómo Sofía dio origen al Demiurgo Yaldabaot y cómo este creó el mundo y a la humanidad.

Le sigue el Evangelio de Tomás, una colección de 114 dichos de Jesús que comienza afirmando que son las palabras secretas que pronunció Jesús el viviente y que escribió Dídimo Judas Tomás. Muchos dichos tienen paralelos en los evangelios canónicos y algunos investigadores consideran que ciertas versiones podrían ser incluso más antiguas. Otros, como el que promete que quien encuentre la interpretación de estas palabras no probará la muerte, revelan una orientación propia.

El Evangelio de Felipe, a continuación, es una antología de reflexiones valentinianas sobre los sacramentos, entre ellos el misterioso rito de la cámara nupcial. Contiene el pasaje, dañado por una laguna en el papiro, que describe a María Magdalena como la compañera de Jesús, a quien él amaba más que a todos los discípulos y a quien besaba a menudo. La palabra que falta en el papiro, en el lugar donde Jesús besaba a María, ha dado lugar a ríos de tinta.

El códice incluye además la Hipóstasis de los arcontes, un relato del origen de los poderes que gobiernan el mundo, Sobre el origen del mundo, la Exégesis sobre el alma, que narra la caída y la redención del alma como una mujer prostituida que vuelve a su esposo celestial y el Libro de Tomás el Contendiente, un diálogo ascético entre Jesús y Tomás.

Códices III y IV: las otras copias

El Códice III, el primero que llegó al Museo Copto, contiene la versión breve del Apócrifo de Juan, el Evangelio de los egipcios, también llamado Libro sagrado del gran Espíritu invisible, una obra setiana que no tiene relación con el evangelio del mismo nombre citado por Clemente de Alejandría. Incluye también dos textos muy interesantes para entender cómo se formaron los escritos gnósticos: Eugnosto el bienaventurado, un tratado filosófico sobre el mundo divino sin ningún elemento cristiano y la Sofía de Jesucristo, que reproduce casi el mismo contenido en forma de diálogo entre Cristo resucitado y sus discípulos. La comparación entre ambos muestra cómo un texto filosófico podía cristianizarse convirtiéndolo en una revelación de Jesús. El códice termina con el Diálogo del Salvador.

El Códice IV, muy dañado, contiene otra copia de la versión larga del Apócrifo de Juan y otra del Evangelio de los egipcios.

Códice V: el códice de los apocalipsis

El Códice V reúne cinco revelaciones. Después de una segunda copia de Eugnosto, contiene el Apocalipsis de Pablo gnóstico, en el que el apóstol asciende hasta el décimo cielo y se enfrenta a un anciano que representa al Demiurgo. Siguen los dos Apocalipsis de Santiago, el primero un diálogo entre Jesús y su hermano sobre el ascenso del alma y el segundo un discurso de Santiago en el templo que termina con su lapidación. El códice cierra con el Apocalipsis de Adán, en el que Adán revela a su hijo Set la historia futura de la humanidad y la venida de un iluminador.

Códice VI: la sorpresa

El Códice VI es el más variado de la biblioteca y el que más sorprendió a los investigadores. Abre con los Hechos de Pedro y los doce apóstoles, un relato en el que los apóstoles encuentran a un misterioso vendedor de perlas que resulta ser Cristo.

Contiene a continuación uno de los textos más enigmáticos de toda la colección, El trueno: mente perfecta, un poema en el que una voz femenina se define a través de paradojas: es la primera y la última, la honrada y la despreciada, la prostituta y la santa, la esposa y la virgen. No menciona a Cristo ni contiene ningún mito gnóstico reconocible y su clasificación sigue siendo un misterio.

El códice incluye además un fragmento de la República de Platón, el célebre pasaje del libro IX que compara el alma humana con una criatura compuesta de un monstruo de muchas cabezas, un león y un hombre. La traducción copta es tan torpe que el traductor no parece haber entendido bien el original. Cierran el códice tres textos herméticos, atribuidos a la tradición de Hermes Trismegisto: un diálogo sobre la Ogdóada y la Enéada, una oración de acción de gracias y un fragmento del tratado Asclepio, conocido antes solo en latín. Ninguno de estos textos es gnóstico en sentido estricto, lo que demuestra que quien reunió la biblioteca tenía intereses amplios.

Códice VII: los textos setianos

El Códice VII, el de las fechas del cartonaje, contiene varios textos setianos: la Paráfrasis de Sem, el Segundo tratado del gran Set y las Tres estelas de Set, una serie de himnos para el ascenso del alma. Incluye también el Apocalipsis de Pedro gnóstico, que presenta a un Jesús que ríe en lo alto mientras crucifican a su parte carnal y las Enseñanzas de Silvano, una colección de consejos morales de tradición cristiana alejandrina sin rasgos gnósticos.

Códices VIII a XIII: los tratados filosóficos

Los últimos códices están peor conservados, pero contienen textos de gran interés. El Códice VIII incluye Zostriano, un largo tratado sobre el ascenso del alma por los niveles del mundo divino, y la Carta de Pedro a Felipe, también conservada en el Códice Tchacos. El Códice IX contiene Melquisedec, el Pensamiento de Norea y el Testimonio de la verdad, que ataca con dureza a los cristianos de la gran Iglesia. El Códice X conserva solo Marsanes, otro tratado filosófico setiano.

El Códice XI reúne dos textos valentinianos, la Interpretación del conocimiento y la Exposición valentiniana, acompañada de breves fragmentos sobre los ritos de la unción, el bautismo y la eucaristía, y dos textos setianos, Alógenes y Hipsifrone. El Códice XII contiene las Sentencias de Sexto, una colección de máximas morales muy popular entre los monjes y fragmentos de otra copia del Evangelio de la Verdad. Las ocho hojas del Códice XIII conservan la Protennoia trimorfa, un himno setiano en el que el Pensamiento divino desciende tres veces al mundo, y el comienzo de Sobre el origen del mundo.

Zostriano y Alógenes tienen una historia especial. Porfirio, el discípulo de Plotino, cuenta en su biografía del filósofo que algunos cristianos del círculo romano de su maestro, hacia el año 260, leían revelaciones atribuidas a Zostriano y a Alógenes y que la escuela de Plotino escribió refutaciones contra ellas. Hasta 1945 eran solo títulos. Nag Hammadi demostró que los gnósticos y los neoplatónicos habían debatido sobre los mismos textos.

Qué cambió con Nag Hammadi

El hallazgo de Nag Hammadi transformó el estudio de los orígenes del cristianismo en varios sentidos.

El primero fue que, por fin, los gnósticos hablaban por sí mismos. Los textos confirmaron que los heresiólogos como Ireneo habían descrito con bastante precisión algunos mitos, pero también mostraron que su imagen era parcial. Los gnósticos no eran solo especuladores excéntricos con mitologías absurdas. Muchos de sus textos son profundamente espirituales, con una calidad literaria y una seriedad filosófica que sus adversarios nunca reconocieron.

El segundo fue que el cristianismo primitivo resultó mucho más diverso de lo que se creía. Durante siglos se había pensado que existía una doctrina original de la que los herejes se habían desviado. Los textos de Nag Hammadi mostraron que, en los siglos II y III, distintos grupos se consideraban igualmente cristianos, leían los mismos evangelios de formas muy diferentes y producían su propia literatura. La ortodoxia no fue el punto de partida, sino el resultado de un largo proceso de debate y selección.

El tercero fue el Evangelio de Tomás, que abrió un debate que sigue vivo sobre los dichos de Jesús. Su forma, una colección de dichos sin narración, coincide con la que los investigadores atribuían a la fuente hipotética Q, utilizada por Mateo y Lucas. Algunos especialistas, como los del llamado Seminario de Jesús en Estados Unidos, lo consideraron una fuente tan valiosa como los evangelios canónicos para conocer al Jesús histórico. Otros lo consideran un texto tardío que depende de ellos. La discusión ha generado una bibliografía enorme.

El cuarto fue su impacto cultural. El libro Los evangelios gnósticos, publicado por Elaine Pagels en 1979, presentó al gran público los textos de Nag Hammadi como testimonio de un cristianismo alternativo, más abierto a la experiencia personal y al papel de las mujeres y se convirtió en un éxito de ventas. Desde entonces, la biblioteca ha inspirado novelas, películas y movimientos espirituales, aunque generalmente con interpretaciones que los especialistas consideran simplificadoras.

Nag Hammadi se descubrió además en el mismo momento histórico que los manuscritos del mar Muerto, hallados en Qumrán a partir de 1947. Ambos descubrimientos, uno para el judaísmo del Segundo Templo y otro para el cristianismo primitivo, cambiaron en una sola generación lo que se sabía sobre los orígenes de las dos religiones.

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Fuentes y bibliografía

Ediciones y traducciones:

Estudios sobre el hallazgo y la colección:

  • Doresse, Jean. The Secret Books of the Egyptian Gnostics. Londres: Hollis & Carter, 1960.
  • Goodacre, Mark. «How Reliable Is the Story of the Nag Hammadi Discovery?». Journal for the Study of the New Testament 35 (2013), pp. 303-322.
  • Lundhaug, Hugo y Jenott, Lance. The Monastic Origins of the Nag Hammadi Codices. Tubinga: Mohr Siebeck, 2015.
  • Robinson, James M. The Nag Hammadi Story. 2 vols. Leiden: Brill, 2014.
  • Robinson, James M. «The Discovery of the Nag Hammadi Codices». Biblical Archaeologist 42 (1979), pp. 206-224.
  • Scholer, David M. Nag Hammadi Bibliography. Leiden: Brill, 1971-2009.

Estudios sobre el gnosticismo y los textos:

  • Brakke, David. The Gnostics: Myth, Ritual, and Diversity in Early Christianity. Cambridge: Harvard University Press, 2010.
  • Jonas, Hans. La religión gnóstica. Madrid: Siruela, 2000.
  • King, Karen L. What Is Gnosticism? Cambridge: Harvard University Press, 2003.
  • Markschies, Christoph. Gnosis: An Introduction. Londres: T&T Clark, 2003.
  • Pagels, Elaine. Los evangelios gnósticos. Barcelona: Crítica, 1982.
  • Rudolph, Kurt. Gnosis: The Nature and History of Gnosticism. San Francisco: Harper & Row, 1983.
  • Williams, Michael A. Rethinking «Gnosticism». Princeton: Princeton University Press, 1996.

Preguntas frecuentes sobre la Biblioteca de Nag Hammadi

¿Qué es la biblioteca de Nag Hammadi?

Es una colección de 13 códices de papiro en copto, con 52 tratados, descubierta en diciembre de 1945 cerca de la ciudad de Nag Hammadi, en el Alto Egipto. Los códices se copiaron hacia mediados del siglo IV, aunque la mayoría de los textos se compusieron en griego en los siglos II y III. Contiene sobre todo textos gnósticos, como el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe y el Apócrifo de Juan, además de textos herméticos y un fragmento de Platón.

¿Quién encontró los manuscritos de Nag Hammadi?

Un campesino llamado Muhammad Ali al-Samman, que buscaba fertilizante con sus hermanos al pie del acantilado de Jabal al-Tarif. Encontró una jarra de barro sellada con los códices dentro. La reconstrucción más detallada del hallazgo se debe al investigador estadounidense James M. Robinson, que entrevistó a los protagonistas en los años 70.

¿Dónde están hoy los códices de Nag Hammadi?

En el Museo Copto de El Cairo. El Códice III fue el primero en llegar, en 1946. La mayoría de los demás se confiscaron a un anticuario y se declararon propiedad nacional en 1952. El Códice I, que salió de Egipto de contrabando y fue comprado por el Instituto Jung de Zúrich, regresó al museo entre 1961 y 1975.

¿Quién escondió la biblioteca de Nag Hammadi?

No se sabe con certeza. La hipótesis más difundida atribuye el escondite a monjes de los monasterios pacomianos de la región, que habrían ocultado los libros tras la carta del obispo Atanasio del año 367 que condenaba los apócrifos. Otros investigadores piensan que la colección pertenecía a particulares o que se enterró como ajuar funerario en una tumba.

¿Qué textos se encontraron en Nag Hammadi?

Entre los más conocidos están el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de la Verdad, el Apócrifo de Juan, la Sofía de Jesucristo, los dos Apocalipsis de Santiago, los Apocalipsis de Pablo, Pedro y Adán, Zostriano, Alógenes y El trueno: mente perfecta. La colección incluye también textos herméticos, las Sentencias de Sexto y un fragmento de la República de Platón.

¿Qué relación tiene Nag Hammadi con los manuscritos del mar Muerto?

Ninguna directa. Los manuscritos del mar Muerto se encontraron en Qumrán, en Palestina, a partir de 1947, y son textos judíos de entre el siglo III a.C. y el siglo I d.C. Los de Nag Hammadi son textos cristianos y gnósticos de los siglos II al IV, encontrados en Egipto. Los dos hallazgos se produjeron casi a la vez y ambos transformaron el estudio de los orígenes del judaísmo y del cristianismo.

¿Se pueden leer los textos de Nag Hammadi en español?

Sí. La edición de referencia es Textos gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi, dirigida por Antonio Piñero, José Montserrat Torrents y Francisco García Bazán y publicada por la editorial Trotta en tres volúmenes entre 1997 y 2000. Incluye la traducción de todos los textos con introducciones y notas.

Fuente: https://redhistoria.com/nag-hammadi/

Descubre las más célebres frases de santa Teresa dñÑ Lisieux

Teresita del Niño Jesús o santa Teresa de Lisieux es la más joven de los Doctores de la Iglesia, proclamada por san Juan Pablo II el 19 de octubre de 1997; la más joven porque murió desconocida a los 24 años de edad.

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Hoy quisiéramos recordarla con estas, sus frases más celebres, la mayoría extraídas del libro Historia de un Alma, una verdadera joya espiritual de nuestro tiempo.

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Quién es santa Teresita

Santa Teresa de Lisieux es la autora del “caminito espiritual”, la santa que descubrió que su misión en el corazón de la Iglesia era ser el amor.

Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz, Teresita de Lisieux, es una maravillosa monja carmelita que ha hecho llover flores sobre el mundo, una de las santas más queridas por su nobleza, su genio espiritual y su dulzura de amor.

Tenía un corazón misionero, a pesar de que entró en un monasterio carmelita de clausura donde las monjas rara vez pasan más allá de los muros que lo rodean.

Ella siempre rezaba por los sacerdotes misioneros y por aquellos a quienes servían como ministros. Su corazón estaba lleno del amor de Dios y quería que todo el mundo lo poseyera.

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