
Pietro Ameglio
Este artículo recoge una síntesis detallada de una ponencia presentada muy recientemente -el 10 de septiembre- en la Conferencia “Paz desarmada y desarmante: el emergente cambio de paradigma de la Iglesia Católica hacia la noviolencia evangélica”, presentada en el Instituto Católico para la Noviolencia (Pax Christi Internacional), en Roma, Vaticano, ante un grupo internacional de académicos y activistas especializados en el tema, pero sobre todo con la intención que los círculos cercanos al papa, y -¿por qué no?- él mismo pudiera oírla o leerla.
Pensamos que esta Conferencia podría ser una excelente oportunidad para aprender y compartir, así también como para idear acciones colectivas y «reales» de noviolencia a corto plazo, que permitan afrontar algunas de las situaciones de violencia más urgentes de inhumanidad, de fe cristiana y construcción de paz que vive el mundo actual. En lo específico, me refiero a la que considero la principal situación de inhumanidad mundial por varias razones: el genocidio (acción más inhumana de nuestra especie) en Gaza, y la limpieza étnica y ocupación militarizada de Cisjordania. Es anti-cristiano y anti-noviolento quedarnos “contemplando” pasmados y en silencio este genocidio, incluso aduciendo un fatalismo posmoderno, que no tiene nada que ver con nuestra esperanza, fe y noviolencia.
El título de la Conferencia menciona los conceptos de “paz desarmada” y “desarmante”: en todos nuestros talleres, cursos, conferencias… iniciamos del hecho que no existe mayor “indefensión” y “desarme” -y mejor “defensa”- que no partir de un “principio de realidad” con reflejos empíricos, donde queremos reflexionar y sobre todo actuar los conceptos abarcados.
Aquí va la síntesis:
Para León XIV, cuya palabra nos ha desafiado a hacer más en la noviolencia…el resto le toca al espíritu que sopla dónde, cuándo y cómo quiere
¿Hasta dónde la noviolencia ha sido efectiva para detener hoy día tan altos niveles de inhumanidad?
A mi juicio, el mundo y la humanidad se encuentran hoy ante una “frontera moral y material” sumamente peligrosa -sin precedentes, debido al riesgo nuclear y al poder de los medios de comunicación y las grandes corporaciones-, entre la normalización de la ilegalidad, la impunidad y la deshumanización, y una suerte de supervivencia y urgente retorno a los valores fundamentales y a las conquistas históricas de los pueblos en materia de derechos humanos y paz. Creo que el papa en su última encíclica (“Magnifica Humanitas”) nos advierte -no sólo desde la IA- de este riesgo de des-humanización y pérdida del sentido de qué nos hace seres humanos.
En este escenario, la noviolencia -impulsada por pueblos, iglesias, espacios educativos y numerosas organizaciones sociales, colectivos y personas comprometidas socialmente…- asume una enorme responsabilidad histórica y profética: no en el sentido de “mirada predictiva hacia el futuro” sino de “acción radical en el mismísimo presente”. Esta responsabilidad reside principalmente en el ámbito de la ACCIÓN, más que en el de los principios o las palabras: ¡se trata de predicar con el ejemplo frente a poderes corruptos e inhumanos!
No considero que esta sea una visión mesiánica o catastrofista ; es simplemente la visión de un activista social y académico historiador quien en cierto modo se siente avergonzado -tanto de sí mismo como de gran parte de la humanidad- ante la tibieza de nuestras acciones al respecto de Gaza, misma tibieza que Dios “vomita” (Apocalipsis 3, 15-19), y la ignorancia social acumulada que tenemos respecto a estos avasalladores procesos de violencia, guerra y genocidio (fenómenos que no son iguales).
De ahí que, al menos para mí, la noviolencia -o nosotros los activistas- en este momento histórico se ha quedado rezagada a la hora de afrontar estos desafíos. El genocidio en Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania -así como muchas otras acciones de brutal violencia en el mundo- donde destacan los bombardeos totalmente ilegales e impunes a lanchas de pescadores caribeños- han puesto seriamente en tela de juicio la eficacia de la noviolencia ante niveles tan extremos de violencia y genocidio, sea para prevenirlos que para enfrentarlos en sus picos de violencia. Surge entonces la pregunta de hasta qué punto dicha postura debe complementarse con otras formas de acción comunitaria de defensa y solidaridad, tal como lo plantean y practican nuestras comunidades en México y América Latina. Es un problema profundo que exige un debate serio, a la luz de la historia y de las experiencias de los pueblos: ¿cuál es el «principio de realidad» para la defensa de la humanidad en esta coyuntura histórica y particularmente en determinados territorios de tan alta violencia impune? Claramente, no existe una sola respuesta.
Por supuesto, no dudo de la fuerza de la noviolencia y de la verdad presentes en las enseñanzas de Jesús y tantos otros personajes y pueblos de la historia de nuestra especie. Particularmente en México las principales identidades sociales con quienes trabajamos, aprendemos y que encabezan los procesos de construcción de paz noviolentos son los familiares que buscan desaparecidos, las comunidades indígenas-campesinas-urbanas que defienden sus recursos naturales y cultura, las colectivas feministas y de jóvenes -sobre todo universitarios- que luchan contra violencias de género y abusos de poder.
Sin embargo, tengo claro que no hemos hecho lo suficiente y hemos normalizado en exceso esta brutalidad bélica y genocida mundial, probablemente también por carecer del conocimiento necesario (que no es lo mismo que simple información). El nivel y la proporción de las acciones noviolentas emprendidas para detener estas situaciones inhumanas han sido muy inferiores al nivel de las acciones violentas. A juzgar por la historia y por nuestra humilde experiencia mexicana y latinoamericana, entiendo que, para confrontar acciones tan inhumanas, es necesario construir y EJECUTAR ACCIONES noviolentas masivas de no-cooperación y desobediencia civil, que corresponden a una necesaria proporción y relación entre la espiral de la noviolencia y la espiral de la guerra que se enfrentan.
En un genocidio el mensaje verdadero de lucha es “meter el cuerpo”
Durante los últimos meses he estado leyendo las declaraciones ejemplares del papa sobre la paz justa, cristiana y noviolenta, así como observando sus muchos gestos simbólicos (la foto del niño libanés musulmán que lleva consigo, al que saludó y poco después asesinaron; con los migrantes en Sicilia; con la condecoración al embajador de Irán en el Vaticano; de encuentros con otras iglesias de Oriente…). También he valorado mucho la claridad y valentía con las que se pronunció contra Trump, Netanyahu, y sus ministros con su doctrina y acciones impunes de la «guerra justa», y el papa hablando a favor de “la noviolencia que Jesús enseñó como el verdadero poder sobre el mal” (6-4-26). León XIV ha reiterado “su rechazo a las guerras justas” en su reciente encíclica; ha declarado, entre muchas otras frases: “La guerra no es santa, sólo la Paz es santa, porque es voluntad de Dios” el 14-3-26, “Dios, Jesús, rey de la Paz que rechaza la guerra, a quien nadie puede usar para justificar la guerra” el 29-3-26. ¡Ha sido el principal actor social a nivel mundial con la fuerza moral necesaria para alzar la voz de esa manera contra “un puñado de tiranos que está destruyendo el mundo” (Camerún, 16-4-26).
Por todo ello queremos -humildemente- proponer una acción de este tipo y lógica, a discutirse colectivamente:
que el Papa y líderes religiosos pudieran meter (no poner) su cuerpo -junto a los nuestros y de muchos otros y otras- allí donde la violencia y el genocidio son más intensos e inhumanos. Como propusimos, respecto a Francisco I en nuestra ponencia (¿Por qué el papa no está en Gaza?”) aquí mismo el 25 de octubre del 2024 (https://www.academia.edu/125601846/Pax_Christi_Espa%C3%B1ol_Seminario_Vaticano_Papa_en_Gaza_final), que el papa junto a líderes de otras religiones, fueran YA a Gaza y/o Cisjordania (¡Tierra Santa! Donde Jesús caminó, comió, durmió, habló, curó, amó…) para orar y ayunar, escuchar y acompañar solidariamente a las víctimas palestinas y de los rehenes israelíes, llevando también alimentos y medicinas…Y permaneciendo allí el tiempo necesario (al menos tres días: de la cruz a la resurrección), hasta que se produzca algún tipo de ¡Alto al Genocidio! y entrada de ayuda humanitaria.
Con mucha claridad León XIV en una festividad budista envió un mensaje titulado: “Budistas y cristianos por una paz desarmada y desarmante”, donde decía que “estamos invitados a convertirnos en artífices de la paz: no como observadores pasivos, sino como testigos valientes”.
En la noviolencia se le llamaría a ésta una acción de no-cooperación de “firmeza permanente”, la que sin duda sería una acción profética como iglesias y pueblos de Dios, y en solidaridad con las víctimas; sería también una acción noviolenta de “desobediencia debida a las órdenes des-humanizantes” (J.C.Marín), que nos mandan silenciar y normalizar este genodicio. Hemos planteado desde hace años que este genocidio, desde la acción noviolenta podría tal vez detenerse con acciones masivas de desobediencia civil abierta de millones por parte de la población israelí dentro de Israel, bloqueando toda forma de gobierno, caminos, casas de líderes políticos, etc., paralizando el país, sin “retirarse del lugar” hasta que Netanyahu y sus secuaces renuncien y/o vayan a la cárcel, y el genocidio en Gaza así como la impune e ilegal ocupación brutal de los colonos en Cisjordania se detengan.
Ese es el nuevo giro, el desafío tanto espiritual como material que considero urgente para la noviolencia, particularmente desde las iglesias. Por supuesto, todos somos conscientes de las enormes dificultades que esto conlleva, pero -como hemos comentado en más de una ocasión- la humildad y la audacia son dos de las características fundamentales de la noviolencia (padre Donald Hessler), así como una virtud de la noviolencia que hemos aprendido en México de las Madres Buscadoras, es que a veces las acciones deben hacerse “sin pedir permiso” (este punto es de una enorme complejidad sea en cuanto a valores sociales que respecto a la estrategia de las acciones).
De lo contrario, continuaremos repitiendo las mismas acciones -a veces rutinarias o repetidas- aunque sean valiosas, indispensables y muy necesarias de resistencia, mientras la inhumanidad y la violencia avanzan con mucha mayor rapidez. Sin duda, muchas personas que no conocemos están impulsando acciones de no-cooperación y desobediencia civil en distintos lugares del mundo, pero queremos proponer aquí que necesitamos mucha más acción directa de la «reserva moral» del mundo, y las iglesias forman parte de ella -siempre que actúen-, de lo contrario son cómplices de la inhumanidad. Por ello afirmamos que es un momento crucial de nuestra historia como especie y cristianos para decir ¡Ya Basta! y hacer acciones proféticas “radicales” (ir a la raíz), desde las mejores raíces de nuestras tradiciones noviolentas. La reserva moral puede estar constituida por grandes masas en el espacio público o por cuerpos cuyas identidades sociales concentran un gran “poder social”, como es el caso del papa y líderes religiosos, pero que es necesario que decidan “usar su poder” y no sólo “tener conciencia de poseerlo pero sin usarlo”.
La prudencia es un valor milenario, muchas veces admirado en la Iglesia, pero en momentos de alta inhumanidad la prudencia se puede volver complicidad, se puede volver co-operación con la inhumanidad, y el valor que debe prevalecer -desde la noviolencia- nos parece debería ser -como decíamos- el de la audacia humilde. Como, por ejemplo, tuvo Francisco de Asís en su visita a Tierra Santa, durante la V Cruzada, con su encuentro -en principio frente a un enemigo religioso- hacia el sultán Al-Malik al-Kamil en Egipto en 1219, algo inaudito en aquella época y que permitió sentar las bases del diálogo y la paz interreligiosa.
¿Redefinir la “Paz noviolenta, justa y digna” desde Asís y detener una posible guerra nuclear?
Para concluir, quisiéramos también compartir una reflexión acerca de otra propuesta al papa y las iglesias de acción noviolenta que en nada sustituye la urgencia de la anterior -desde un ángulo muy diferente, más cercano a esta Conferencia-, pero también necesaria, y en la línea de la tradición papal de las últimas décadas.
La humanidad necesita recuperar, reconstruir, rescatar y volver a reflexionar, oír y vivir, una perspectiva o definición de paz distinta para el mundo, en un contexto marcado por la posibilidad de una tercera guerra mundial o guerra nuclear así como por esa peligrosa asociación entre «guerra, seguridad y paz», que líderes como Trump, Netanyahu y las grandes potencias mundiales repiten a diario en los medios cooptados, y que demasiada gente cree de manera ingenua e infantil.
Parte de esta difusión masiva de la creencia en la “paz armada” nace del gran proceso de “normalización” que los medios y políticos han instalado en el mundo, y en el que hemos co-operado a veces con nuestros silencios en muchos espacios, empezando por las clases que damos los participantes en esta Conferencia, quienes a veces “damos clases como si no existiera un genocidio en Gaza”, por ejemplo. El lema mundial de solidaridad con la población palestina es “No dejen de hablar de Palestina” y ese debería ser un gran desafío apara todas y todos aquí.
Por tanto, las iglesias quizás podrían convocar a un gran encuentro espiritual y religioso mundial por la paz en Asís -como han hecho papas anteriores junto al Dalai Lama- o cualquier otro lugar espiritual similar de otra tradición, para redefinir -a partir de darle contenidos muy específicos y claros- el concepto y la práctica noviolenta, legal e institucional de la paz y los derechos humanos ante el mundo, y detener una posible guerra nuclear. Y luego hacer una gran campaña mundial de difusión y discusión en todas las comunidades, grupos y personas posibles, presión a los poderes políticos y de todo tipo, incluso tal vez hasta construyendo medios y redes sociales internacionales de amplios alcances. Sería también una acción noviolenta de no-cooperación, emulando, por ejemplo, a Gandhi que centró gran parte de su vida y lucha en hacer reflexionar a las masas -en su propia lengua popular- acciones, espiritualidad y principios de paz y noviolencia
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