«Luz del alma» Meditación para Tiempo de Navidad sobre la Basílica de Santa María la Mayor en Roma

Joseph Ratzinger

Esta iglesia es un templo dedicado a la Natividad. Como obra de arte, pretende hacernos llegar la invitación del ángel, que primero se hizo a los pastores. No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy… un salvador que es el Cristo Señor…» (Lc. 2, 10s). 

Nada más penetrar en la basílica de Santa María la Mayor dejando atrás las ruidosas calles de Roma, me viene a la memoria la invitación del salmista: «Callad y mirad» /Sal. 46.10). Siempre que no sea precisamente verano, cuando multitudes de turistas recorren de prisa la iglesia convirtiéndola también en una especie de calle, de la misteriosa penumbra de este espacio llega una incitación a guardar silencio, al recogimiento y a la contemplación, invitación que la algarabía de lo cotidiano, como por sí sola, consigue convertir en insignificante. Es como si la oración de los siglos hubiera permanecido presente con el único objetivo de ponernos en camino. Los ámbitos más silenciosos del alma. Que de otro modo quedan empujados a un lado por el torbellino de las preocupaciones y cotidianidades, se ven liberados cuando nos abandonamos al ritmo de esta casa de Dios y al de su mensaje.

Pero ¿cuál es dicho mensaje? Quien hace tal pregunta ya se encuentra, sin duda, en peligro de eludir la llamada especial que podría llegarle en este lugar. Ese mensaje no se puede transformar en una entrada de diccionario a la que se pudiera recurrir rápidamente. Propio de él es la exigencia de salir del fuego cruzado de los interrogatorios; en lugar de eso, nos llama a una permanencia en la que la escucha y la visión del corazón despiertan: a una permanencia que conduce más allá de lo que se coge rápidamente para a continuación volverlo a tirar. De ahí que -en lugar de darle a usted una respuesta con fórmulas y conceptos- yo prefiera invitarle a observar conmigo dos imágenes de esta iglesia y a dejar que, en su permanencia personal ante ellas, le digan lo que las palabras sólo deficientemente pueden traducir.

En primer lugar, se da allí un hecho muy curioso. Esta iglesia es un templo dedicado a la Natividad. Como obra de arte, pretende hacernos llegar la invitación del ángel, que primero se hizo a los pastores. No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy… un salvador que es el Cristo Señor…» (Lc. 2, 10s). Pero, al mismo tiempo, esta casa de Dios quisiera introducirnos en la respuesta de los pastores: «Vayamos… y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado» (Lc. 1, 15). Así, sería de esperar que la imagen de la Nochebuena fuera centro de este lugar y de sus caminos. De hecho es así; pero, al mismo tiempo, no lo es.

Los mosaicos de ambos lados de la nave de la iglesia explican, por decirlo así, toda la Historia como una procesión de la Humanidad hasta el redentor. En el centro, sobre el arco triunfal, en el punto de llegada de los caminos, en el que debería estar representado el nacimiento de Cristo, se encuentra en cambio sólo un trono vacío y, sobre él, una corona, un manto imperial y la cruz; sobre el escabel se encuentra a modo de cojín, la Historia, sellada con siete cordeles rojos. El trono vacío, la cruz y, a sus pies, la Historia; ésta es la imagen navideña de esta iglesia, que ha querido ser, y quiere seguir siéndolo, el Belén de Roma. ¿Por qué exactamente? Si queremos entender el mensaje de la imagen, debemos recordar primero que el arco triunfal está sobre la cripta, que originalmente fue construida como reproducción de la cueva de Belén en la que Cristo vino al mundo. Aquí se ha venerado también hasta hoy la reliquia que, para la tradición, pasa por ser el pesebre de Belén. De este modo, la procesión de la Historia, toda la pompa de los mosaicos se ve precipitada a la cueva, al portal; las imágenes caen a la realidad. El trono está vacío, porque el Señor ha descendido al portal. El mosaico central, hacia el que todo se dirige, es, por decirlo así, sólo la mano que se nos tiende para descubrir el salto de las imágenes a la realidad. El ritmo del espacio nos arrastra a un súbito cambio radical cuando, del mundo esplendoroso de las alturas más altas del arte antiguo, en los mosaicos, nos empuja inmediatamente a las profundidades de la cueva, del portal. A lo que quiere conducirnos es al paso de la estética religiosa, al acto de fe.

El guardar silencio en este edificio multisecular, el quedar emocionado por la belleza y grandiosidad de sus vistas, el tocar, lleno de presentimientos, lo grande, lo totalmente otro, lo eterno; esto es lo primero que el contacto con esta iglesia nos regala, y es algo elevado y noble de lo que precisamente hoy estamos necesitados. Pero esto no es todo. No dejaría de ser un hermoso sueño, un sentimiento pasajero sin compromiso, y, por tanto, sin fuerza, si no nos dejáramos llevar al paso siguiente: al sí de la fe. Sólo en ella se produce definitivamente el paso a la realidad. Sólo entonces se pondrá de manifiesto todavía algo más: la cueva no está vacía. Su verdadero contenido no es la reliquia que se conserva como el pesebre de Belén. Su verdadero contenido es la misa de media noche del nacimiento de Cristo. Sólo en ella llegamos junto a la imagen navideña, que ya no es una imagen. Sólo cuando nos dejamos guiar hasta allí por el mensaje de este lugar vuelve a ser verdad una vez más, de forma completamente nueva: Hoy os ha nacido el Salvador. Sí, hoy realmente.

Con tales pensamientos podemos volvernos a otra imagen de Santa María la Mayor que me gustaría presentarle brevemente: a la antiquísima imagen de María que se conserva en la capilla de Borghese bajo la advocación de «Salus populi Romani«. Para entender su interpelación al visitante, a nosotros, debemos recordar una vez más el mensaje fundamental de este templo. Es una iglesia de la Natividad, hemos dicho, construida, como cáscara, por decirlo así, en torno al portal de Belén, que aquí, a su vez, se entiende como imagen del mundo y de la Iglesia de Dios, pero que al mismo tiempo exige la superación de todas las imágenes y de todo lo puramente estético.

Alguien podría objetar que ésta no es una iglesia de la Natividad, por tanto, una iglesia dedicada a Cristo, sino un templo mariano, la primera iglesia dedicada a María en Roma y en todo occidente. Tal objeción indicaría, sin embargo, que quien la formula no ha entendido precisamente lo esencial, tanto de la piedad mariana de la Iglesia, como el misterio de la Navidad. La Navidad tiene en la estructura interna de la fe cristiana un significado de tipo muy particular. No la celebramos lo mismo que se recuerdan los días en que nacieron grandes hombres, porque también nuestra relación con Cristo es muy otra que la admiración por mostrarnos ante los grandes hombres. Lo que en ellos interesa es su obra: los pensamientos que pensaron y escribieron, las obras de arte que crearon y las instituciones que dejaron tras de sí. Esta obra les pertenece y no es la obra de sus madres, que sólo nos interesan en la medida en que de ellas pueda proceder algún elemento que contribuya a la explicación de dicha obra.

Pero Cristo no cuenta para nosotros sólo por su obra, por lo que ha hecho, sino ante todo por lo que era y por lo que es, en la totalidad de su persona. Cuenta para nosotros de manera distinta que cualquier otro hombre, porque no es simplemente hombre. Cuenta, porque en él tierra y cielo se tocan, y así en él Dios se hace para nosotros tangible en cuanto hombre. Los padres de la Iglesia han llamado a María la tierra santa de la que él fue formado en cuanto hombre, y lo maravilloso es que, en Cristo, Dios permanece para siempre unido a esta tierra. Agustín expresó en una ocasión este mismo pensamiento de la siguiente manera: Cristo no quiso un padre humano, para mantener visible su filiación respecto a Dios, pero quiso una madre humana: «Quiso aceptar en él el género masculino, y se dignó honrar el femenino en su madre… Si Cristo hombre hubiera aparecido sin recomendación del género de las mujeres, éstas tendrían que desesperar de sí… Pero él honró ambos, encomendó ambos, asumió ambos. Nació de la mujer. No desesperéis, hombres: Cristo se dignó ser hombre. No desesperéis, mujeres. Cristo se dignó nacer de la mujer. Ambos géneros colaboran para la salvación, se trate de lo masculino o se trate de lo femenino: en la fe no hay ni hombre ni mujer».

Expresémoslo una vez más de otra manera: en el drama de la salvación, no es que María tuviera que desempeñar un papel para después hacer mutis, como alguien cuyo párrafo ha concluido. La humanación a partir de la mujer no es un papel que tras breve tiempo quede concluido, sino el estar permanente de Dios con la tierra, con el hombre, con nosotros que somos tierra. De ahí que la fiesta de Navidad sea a la vez una fiesta de María y una fiesta de Cristo y por eso una auténtica iglesia dedicada a la navidad debe ser un templo mariano. Con tales pensamientos debiéramos contemplar la antiquísima y misteriosa imagen que los romanos llaman Salus populi Romani. Según la tradición, es la imagen que Gregorio Magno llevó en procesión por las calles de Roma el año 590, cuando la peste atormentaba a la ciudad. Al término de la procesión cesó la epidemia. Roma recobró de nuevo la salud. El nombre de la imagen quiere decirnos: en él puede Roma, por él pueden los hombres, sanar continuamente. Desde esta figura a la vez juvenil y venerable, desde sus ojos sabios y bondadosos, nos mira la bondad maternal de Dios. «Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré», nos dice Dios a través del profeta Isaías (66.13).El consuelo maternal revela plenamente a Dios preferentemente a través de las madres, a través de su madre. ¿Y a quién podría extrañarle? Ante esta imagen se desprende de nosotros la fatuidad: se diluyen las crispaciones de nuestra soberbia, el miedo ante el sentimiento y todo lo que nos hace enfermar por dentro. La depresión y la desesperación se apoyan sobre el hecho de que el ámbito de los sentimientos se desordena o falla completamente. Ya no vemos lo que hay de cálido, consolador, bueno y salvador en el mundo -todo lo que podemos percibir únicamente con el corazón-. En la frialdad de un conocimiento al que se le ha privado de su raíz, el mundo se vuelve desesperación. De ahí que la aceptación de esta imagen sane. Nos devuelve la tierra de la fe y de la condición humana, siempre y cuando aceptemos desde dentro su lenguaje, no nos cerremos a él.

El concierto del arco triunfal y la cueva no enseñan el camino de la estética a la fe, hemos dicho. La transición a esta imagen nos puede llevar aún un paso más allá. Nos ayuda a desligar la fe del esfuerzo de la voluntad y del entendimiento y a situarla de nuevo en la totalidad de nuestro ser. Nos regala de nuevo la estética de manera nueva y mayor, si hemos seguido la llama del redentor, también podemos percibir de forma nueva el lenguaje de la tierra, que él mismo ha asumido. Podemos abrirnos a la cercanía de la madre sin temor a falsos sentimentalismos y sin miedo a caer en lo mítico. Todo esto se vuelve mítico y enfermizo sólo cuando lo desgajamos del contexto global del misterio de Cristo. Entonces, lo empujado a un lado regresa como esoterismo en formas embrolladas cuya promesa es vacía e ilusoria. En la imagen de la madre del redentor aparece el verdadero consuelo. Dios está, también hoy, tan cerca de nosotros, que podemos tocarlo. Si en la permanencia contemplativa en esta iglesia interiorizamos este consuelo, su mensaje habrá penetrado, salvífico y transformador, en nosotros.

¿Cuándo nació realmente Jesús de Nazaret? Lo que las fuentes históricas dicen sobre la verdadera fecha de la Navidad

La tradición cristiana marca la celebración el 25 de diciembre del 1 d.C. Sin embargo, testimonios de la época dan cuenta de cálculos más cercanos.

Mateo Chacón Orduz

Cada 25 de diciembre, en prácticamente todos los rincones del mundo, millones de personas se reúnen para conmemorar una de las fechas más esperadas del calendario: la Navidad. Se trata de una celebración cuyo origen es religioso y que remite, según la tradición cristiana, al nacimiento de Jesús en un pesebre en Belén, una pequeña localidad de Judea.Play Video

La imagen es ampliamente conocida y reconocible: un niño recién nacido, identificado como el salvador y el mesías anunciado al pueblo judío siglos atrás, que llega al mundo en condiciones humildes. Es hijo de María, una mujer virgen que concibe por obra directa del Espíritu Santo, sin la participación de un padre biológico. El nacimiento ocurre en un pesebre, rodeado de animales, y es presenciado por pastores que, tras ser guiados por una estrella, acuden al lugar para adorar al niño al reconocer en él el cumplimiento de la promesa divina.

Esa es la versión difundida y aceptada por el cristianismo. Sin embargo, como sucede con la mayoría de los relatos religiosos, existe la posibilidad de que haya sido objeto de transformaciones a lo largo del tiempo, producto de traducciones, interpretaciones y reescrituras realizadas por escribas y autoridades religiosas. Aun así, incluso entre historiadores y científicos particularmente críticos existe un amplio consenso: la existencia histórica de Jesús de Nazaret —o Jeshúa ben Yosef, Jesús hijo de José— no está en duda. De hecho, se trata de una de las figuras sobre las que más se ha escrito en toda la historia.

La pregunta, entonces, es otra: ¿cómo fue el nacimiento del Jesús histórico, más allá de su dimensión divina? ¿Qué elementos pueden considerarse comprobables desde el punto de vista histórico en torno a la Navidad?

“Esta siempre ha sido una discusión candente, que no necesariamente busca refutar o confirmar la divinidad de Cristo, por lo que no debe ser un impedimento en la fe y la confesión espiritual de las personas. Si tenemos que Jesús y su legado fueron lo suficientemente importantes para que sus seguidores marcaran el curso de la historia, entonces conocer qué hay detrás de su figura divina siempre puede ser recibido y, de hecho, resulta realmente fascinante”, explica Luis Esteban Castro, doctor en Teología y especialista en Historia del Cristianismo.

Dónde y cuándo

En su Enciclopedia de la teología (2004), el reconocido teólogo Karl Rahner afirma que los evangelios no proporcionan información suficiente para establecer con certeza la fecha exacta del nacimiento de Jesús. No obstante, sí hay referencias temporales generales: nació durante el gobierno de Octavio Augusto, emperador romano entre el 27 a. C. y el 14 d. C., y probablemente en los últimos años del reinado de Herodes el Grande, designado por Roma como rey de Judea hasta su muerte en el año 4 d. C.

Con base en estos datos, los especialistas sitúan el nacimiento de Jesús entre los años 6 a. C. y 4 d. C.

El lugar de nacimiento también es motivo de debate. La tradición cristiana sostiene que ocurrió en Belén, una antigua población de Judea de donde supuestamente provenía la familia paterna de José, descendiente del rey David. De este modo, se cumpliría la profecía judía que anunciaba que el mesías surgiría de esa localidad y de la estirpe del monarca más relevante de la historia de Israel.

No obstante, surge una dificultad: Jesús es conocido como el nazareno, es decir, originario de Nazaret, un asentamiento ubicado más al norte, en la región de Galilea, donde residían José y María. Para explicar esta aparente contradicción, los evangelios relatan que un censo ordenado por Roma obligó a las personas a desplazarse a sus lugares de origen, lo que habría llevado a la Sagrada Familia a viajar desde Nazaret hasta Belén durante el embarazo de María, donde finalmente habría ocurrido el nacimiento.

Este relato, sin embargo, es cuestionado por algunos expertos. En aquella época, Judea era un reino cliente de Roma, pero no estaba plenamente integrado al sistema imperial, por lo que resulta poco probable que sus habitantes fueran sometidos a un censo, especialmente considerando que no pagaban impuestos romanos sino hasta algunos años después de la muerte de Herodes el Grande.

Así, surge otra posibilidad: que Jesús hubiera nacido en Nazaret. Pero esta hipótesis tampoco está exenta de problemas. Aunque Nazaret existe hoy en el actual territorio de Israel, algunos investigadores plantean que en el primer siglo pudo no haber sido un asentamiento propiamente dicho, pese a que hay evidencia arqueológica de presencia humana en la zona siglos antes de la dominación romana.

A esto se suma un dato llamativo: Nazaret no es mencionada por historiadores ni geógrafos del siglo I. Flavio Josefo, considerado el historiador judío más importante de la época, enumera 45 ciudades y poblaciones de Galilea, pero no incluye a Nazaret en su listado. Algunos sostienen que esto se debe a que se trataba de un lugar irrelevante. Sin embargo, en ese tiempo, identificar a una persona por su lugar de origen solía hacerse solo cuando se trataba de una localidad con cierto reconocimiento.

¿Un 25 nació?

“Un 25 nació, y fue en el mes de diciembre, en un humilde pesebre, la luz del mundo llegó”. Así dice una de las frases más recordadas de Aires de Navidad, la canción de Willie Colón popularizada por la voz de Héctor Lavoe, habitual en emisoras y celebraciones durante esta época del año. “Pero la verdad es que en un 25 no nació. O no lo sabemos. Y es muy poco probable que también haya sido en el mes de diciembre”, dice entre risas Castro.

La razón es sencilla: no existen fuentes documentales, más allá de los evangelios, que describan el nacimiento de Jesús, y estos textos no mencionan ninguna fecha específica, ni siquiera la estación del año.

“Diciembre es una época invernal, menos frío que enero, y por su ubicación en Israel esta temporada no es tan severa como en países del norte, pero no por ello deja de ser sumamente difícil un viaje con una mujer en últimos meses de gestación, a pie, con ayuda de solo animales, en medio del frío. A esto sumemos que el relato bíblico habla de pastores que apacentaban sus ovejas en la noche, a la intemperie, que llegaron al pesebre guiados por una estrella, cosa que los historiadores creen que no es factible que ocurriera en dicha temporada. Así que sí, podemos descartar diciembre”, sostiene el experto.

Así, el día exacto —e incluso el momento del año— en que ocurrió el nacimiento continúa siendo un misterio. La pregunta, entonces, es por qué se eligió el 25 de diciembre como fecha conmemorativa.

La respuesta apunta a la influencia de celebraciones paganas profundamente arraigadas en el Imperio romano, aunque los historiadores no coinciden plenamente sobre cuál de ellas fue determinante.

Una de ellas son las Saturnales, festividades dedicadas al dios Saturno (Cronos en la mitología griega), asociadas al solsticio de invierno. Según el calendario juliano, comenzaban el 17 de diciembre y se extendían hasta el día 23.

La otra es la fiesta del Sol Invictus, vinculada a diversas deidades solares como Apolo, Helios, Elágabalo o Mitra, y que se celebraba el 25 de diciembre, también en relación con el solsticio de invierno.

La referencia más antigua que señala el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús aparece, probablemente, en un texto de Hipólito de Roma, escrito a comienzos del siglo III. Se considera que fue durante el gobierno del emperador Constantino —hacia el año 330 d. C.— cuando la Navidad comenzó a celebrarse en esa fecha, presentando a Jesús como el verdadero “sol invicto”. Posteriormente, la fecha fue oficializada bajo el mandato de Teodosio I.

En cualquier caso, una vez el cristianismo se consolidó como religión del Imperio, la elección resultaba lógica: muchas de las religiones practicadas en los territorios romanos tenían sus principales celebraciones en torno al solsticio de invierno.

“Se trata claramente de una fiesta con una importancia espiritual muy grande para los cristianos de cualquier denominación, y es lógico entender que algunos consideren una ofensa a su fe este tipo de análisis”, dice Castro.

No obstante, el experto concluye que ocurre justamente lo contrario: “No podemos dejar de lado la historia y lo que podemos comprobar mediante las fuentes de la época. Y la verdad es que establecer la Navidad el 25 de diciembre era muy efectivo en la evangelización. Y, como historiador creyente, estoy convencido de que todas estas evidencias, o la falta de ellas en torno a la Navidad no deben afectar para nada la creencia”.

REDACCIÓN VIDA DE HOY

BONHÖFFER: CARTA DE NAVIDAD DESDE LA CÁRCEL

Dietrich Bonhoeffer: reflexiones éticas y teológicas a 80 años de su  ejecución - Hispanic L.A.

  • [Tegel] 17 de diciembre 1943

No me queda más remedio que escribiros ya una carta navideña en previsión de lo que pueda pasar. Aunque supera mi capacidad de comprensión el que posiblemente quieran retenerme aquí hasta después de navidad, en los ocho meses y medio pasados he aprendido a tener por verosímil lo inverosímil y a soportar con un sacrificium intellectus lo que no me es posible cambiar. Aunque ciertamente este «sacrificium» no es completo y el «intellectus» prosigue en silencio sus propios caminos.

Ante todo, no os vayáis a imaginar que me deje abatir por estas navidades que pasaré en solitario; ocuparán para siempre un lugar especial en la serie de variadas navidades que he celebrado en España, en América y en Inglaterra. no quiero recordar en el futuro con vergüenza estos días, sino evocarlos con cierto orgullo. Es lo único que nadie podrá quitarme.

Pero el hecho de que nadie os ahorre a vosotros, a María y a mis hermanos y amigos la tristeza de saberme en la cárcel estas navidades, y de que por esta causa una sombra se cierna sobre las escasas horas de alegría que aún podéis disfrutar en estos tiempos, sólo lo podré soportar porque creo y sé que vosotros no pensaréis de modo distinto que yo, y que estamos de acuerdo sobre nuestra actitud ante estas fiestas de navidad. no puede ser de otra manera, porque dicha actitud no es sino una herencia espiritual vuestra. No es preciso que os diga cuán grande es mi anhelo de libertad y de todos vosotros. Pero durante tantas décadas nos habéis deparado unas navidades tan incomparablemente hermosas, que su grato recuerdo es lo suficientemente fuerte como para poder iluminar incluso unas navidades más oscuras. En unos tiempos como éstos, es cuando realmente queda patente lo que significa poseer un pasado y una herencia interior independiente del cambio de los tiempos y de las contingencias. La conciencia de estar sostenido por una tradición espiritual que se remonta a varios siglos nos da una sensación de cobijo frente a todas las pesadumbres pasajeras. Creo que quien se sabe en posesión de tales reservas de fuerza, no debe avergonzarse de sentirse embargado por unos sentimientos más tiernos, que a mi parecer son los más nobles y mejores del hombre, si los suscita el recuerdo de un pasado bueno y rico. Tales sentimientos no dominarán a quien mantiene firme unos valores que ningún hombre puede quitarle.

Desde el punto de vista cristiano, unas navidades pasadas en la celda de una prisión no plantean ningún problema especial. En esta casa habrá posiblemente muchos que celebren unas navidades más auténticas y llenas de sentido que allí donde sólo se conserva el nombre de esta fiesta. El que la miseria, el sufrimiento, la pobreza, la soledad, el desamparo y la culpa tienen un significado muy diferente ante los ojos de Dios que en el juicio de los hombres; el que Dios se vuelve precisamente hacia el lugar de donde acostumbra a apartarse el hombre; el que Cristo nació en un establo, porque no hubo sitio para él en la hospedería, esto lo comprende un preso mucho mejor que cualquier otra persona, y para él significa una auténtica buena nueva. Al creer esto, el recluso sabe que participa en la comunión de los cristianos, que rebasa todos los límites temporales y espaciales, y los muros de la cárcel dejan de tener importancia para él.

Pensaré mucho en vosotros en la nochebuena, y quisiera que creyeseis que también yo pasaré unas horas verdaderamente hermosas, y que la aflicción ciertamente no se apoderará de mí. Quien lo pasará peor será María. Sería agradable saber que está con vosotros. Pero para ella será mejor quedarse en casa. Si pensamos en el terror que en estos últimos tiempos se ha apoderado de tantas personas en Berlín, nos damos cuenta de todo lo que tenemos que agradecer. Estas navidades serán en todas partes muy tranquilas, y más tarde los niños las recordarán durante largo tiempo. Pero quizás alguno comprenderá con esto por vez primera el verdadero sentido de la navidad.

Saludad de mi parte a todos los hermanos, a los chicos y a todos los amigos. Que Dios nos proteja a todos.

Os saluda con gran agradecimiento y amor, vuestro

Dietrich

Equipo Atrio

PREGÓN DE NAVIDAD

Todo empezó con un «Ven». O con muchos.

Ven a poblar nuestra soledad, decía el abandono

Ven a traer respuestas, pedía la inquietud.

Ven a sanar las heridas, clamaba la compasión.

Ven a tender puentes, proponían los abismos.

Ven a mostrarnos un camino, gritaba el extravío.

Ven a saciar nuestra hambre, rogaba la pobreza.

Ven a mostrarnos tu rostro, decía el amor.

Y Dios quiso venir.

Las llamadas desencadenaron una respuesta.

El silencio se abrió a la Palabra.

La Palabra se hizo carne.

La carne se volvió abrazo y en ese abrazo cabíamos todos.

En Belén, la soledad se encontró con el cariño.

La pregunta se convirtió en sabiduría.

Las heridas dejaron de doler.

Se trenzaron caminos en la niebla.

La mesa se dispuso para todos,

y Dios se hizo historia, con rostro de niño.

Hoy, mucho tiempo después, seguimos llamando: *Ven*.

Es el momento de recordar una respuesta que, desde entonces, es promesa cumplida.

Dios-con-nosotros. ¡Para siempre!

(José María R. Olaizola, SJ)

Carlos de Foucauld y los pastores de Belén


Jesús elige a sus adoradores él mismo …
Atrae a los pastores hacia él con la voz de los ángeles, que primero quieren verlos alrededor, después de María y José. Para los padres eligió a dos trabajadores pobres; para los primeros adoradores, elige pastores pobres … Siempre la misma abyección, siempre el mismo amor a la pobreza y al pobre. Jesús no rechaza a los ricos, murió por ellos, los llama a todos, los ama, pero se niega a compartir sus riquezas y es el primero en llamar a los pobres. ¡Qué divinamente bueno eres, Dios mío! Si hubieras sido el primero en llamar a los ricos, los pobres no se habrían atrevido a acercarse a Ti, se habrían creído obligados a permanecer al margen por su pobreza. Te habrían observado desde lejos, dejando que los ricos te rodearan. Pero al llamar primero a los pastores, llamaste a todos a ti.
Todos: los pobres, porque con esto les demuestras, hasta el fin de los siglos, que son los primeros llamados, los favoritos, los privilegiados; los ricos, porque por un lado no son tímidos y por el otro depende de ellos hacerse pobres como pastores. En un minuto, si quieren, si tienen el deseo de ser como Tú, si temen que sus riquezas los alejen de Ti, pueden volverse perfectamente pobres.

¡Qué tan bueno es Dios! ¿Cómo eligió el medio correcto para llamar a todos sus hijos a su alrededor a la vez, sin excepción? Y qué bálsamo has puesto en el corazón de los pobres, los pequeños, los despreciados por el mundo hasta el fin de los siglos, mostrándoles ya desde tu nacimiento que son tus privilegiados, tus favoritos, los primeros llamados: los que siempre llamas. a Ti que quisiste ser uno de ellos y estar rodeado de ellos desde tu cuna y durante toda tu vida.