El fracaso de la evangelización

En la evangelización, lo que a ojos humanos parece una vida estéril puede ser, con el paso del tiempo, la semilla de una cosecha que otros recogerán

Evangelización

©OMP

Les voy a contar la historia de un misionero fracasado. Se llamaba Carlos. Fue militar y explorador. Tras su conversión, se retiró al desierto del Sahara a vivir entre los tuaregs. Hasta su muerte no convenció a uno solo y ni siquiera murió mártir, sino por un disparo de un atracador asustado.

Otro: Pedro. Este era marista y con 33 años se embarcó rumbo a Oceanía para comenzar una misión. Tras años en la isla de Futuna para conocer mínimamente la lengua local y ser aceptado por los nativos, cuando consiguió transmitir la fe a algunos, fue asesinado por un sicario enviado por el rey, que temía perder su poder.

Otro: Juan. Sacerdote de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París. Enviado a Tonkín, en Vietnam, no pudo ejercer abiertamente su propósito evangelizador por culpa de un edicto que lo obligó a vivir en la clandestinidad. Fue de refugio en refugio hasta que lo capturaron, lo encerraron en una jaula durante semanas y lo decapitaron.     

Las vidas de Carlos, Pedro o Juan, como las de muchos otros misioneros y misioneras a lo largo de los siglos, son historias de fracaso. Ninguno de ellos fundó una congregación, ni edificó un hospital, escuela u orfanato. Ninguno pudo ver la promoción humana ni el desarrollo social que lleva el Evangelio en la zona a la que fueron enviados. Para la mentalidad humana, que busca los resultados y los beneficios a corto plazo, sus vidas y sus muertes no fueron más que un fiasco.

Pero los tiempos de Dios no son los nuestros y aquellas aparentes derrotas se tornan en éxitos cuando tomamos perspectiva. Si pellizcamos la pantalla táctil de la historia, nos alejamos del foco de las cortas vidas de estos tres fracasados y empezamos a ver la cantidad de flores y árboles frutales que han brotado gracias al estiércol de estas biografías aparentemente estériles, entendemos que, de fracaso, nada.

El primero es San Carlos de Foucauld, cuya espiritualidad inspiró el surgimiento de numerosas congregaciones misioneras y movimientos laicales gracias a los cuales el Evangelio ha llegado y sigue llegando a millones de personas. El segundo es San Pedro Chanel. A los tres años de su martirio, todos los habitantes de la isla, impresionados por su testimonio, habían pedido recibir el bautismo y hoy es el patrono de Oceanía. El último es San Juan Teófano Venard, uno de los mártires del Vietnam, país considerado hoy como el motor del cristianismo en el continente y en el que la fe católica vive una auténtica primavera, con siete millones de fieles, a pesar del régimen comunista.

Traigo estas historias a colación por la celebración, este año, del centenario del Domingo Mundial de las Misiones, el popular Domund. Fue también una idea pequeña de una mujer pequeña, la seglar Pauline Jaricot que, con solo 23 años, pensó en ayudar a las misiones universales pidiendo donativos entre la gente más humilde. Aquella minúscula iniciativa, se convirtió luego en la Obra de la Propagación de la Fe, que llegaría luego al grado de Pontificia. La hoy beata no vio al papa Pío XI fijar la fecha, ni sabe que en estos 100 años de Domund, los territorios de misión han pasado de tener 9 a 346 millones de católicos o que, durante este siglo, se ha abierto una parroquia al día en aquellas tierras o que, de cero escuelas, se ha pasado a 125.000. Ella solo inició el proceso, prendió la llama, plantó la semilla.

Es uno de los principios fundamentales formulados por el papa Francisco en Evangelii Gaudium para la construcción de un pueblo: «El tiempo es superior al espacio». Con este principio nos llamaba a dejar de obsesionarnos con los resultados de nuestras acciones, con acaparar espacios físicos o de poder; y nos invitaba a esperar, a ser pacientes, a sembrar bases sólidas sobre las que otros seguirán construyendo. Este principio se puede aplicar a la organización política y social, a la educación de los hijos, a una acción caritativa, a la construcción de una catedral, a la propia vocación…

Las cosas verdaderamente grandes, como el Domund, no surgen de la noche a la mañana. Son fruto de gente consciente de su pequeñez, de la necesidad de contar con los demás y de la inmensa generosidad de Dios que actúa en lo escondido. En la vida del misionero o de cualquier cristiano de a pie, vienen los momentos de persecución, de dudas, de aparente sequedad o de falta de fertilidad, pero ese trigo sigue creciendo silenciosamente, entre la cizaña, confiado y sin miedo porque, ¡habrá mayor fracaso que el de todo un Dios en una cruz!

El autor Antonio Moreno Revista OMNES

Fuente: El fracaso de la evangelización

LA COMUNIDAD HOREB CARLOS DE FOUCAULD

¿Cómo vivir hoy una espiritualidad del desierto en medio del mundo?

La Comunidad Horeb Carlos de Foucauld nace de una llamada a la oración, a la unidad y a la fraternidad universal.

Inspirada en la vida y el mensaje de Carlos de Foucauld, y enriquecida por el testimonio de hombres y mujeres como Estanislao Llopart, Teresa de Lisieux, el hermano Roger de Taizé y Carlo Carretto, esta comunidad propone un camino de contemplación, sencillez, silencio y servicio.

Horeb no es huida del mundo, sino presencia en él. Es aprender a descubrir a Dios en el corazón de la vida cotidiana y hacer de la oración un camino hacia la fraternidad.

Una espiritualidad abierta al ecumenismo y al diálogo interreligioso, que quiere contribuir a derribar fronteras y a construir puentes entre personas, Iglesias y pueblos.

Del desierto a la fraternidad universal.

Una invitación a escuchar, contemplar y caminar juntos hacia la unidad.

¿Por qué todas las religiones buscan lo sagrado en el silencio?

Del Génesis al Tao, del monte Horeb a la celda cartuja, las grandes tradiciones han sabido siempre que la palabra tiene un límite

Rafael del Moral

Durante su visita a España, el pasado mes de junio, León XIV pidió momentos de silencio real en las celebraciones. No pausas de transición ni mudez de cortesía, sino un silencio verdadero, sostenido, incómodo para quien no está acostumbrado. En la vigilia de la plaza de Lima, ante medio millón de jóvenes, permaneció veinte minutos arrodillado sin decir palabra. La petición parece moderna, pero tiene detrás varios milenios.

I. El silencio antes de la palabra

El evangelio de Juan se abre con una frase que ha modelado la cultura occidental: «En el principio era el Verbo». Pero antes de ese principio hubo otro. El Génesis describe el estado previo a la creación como un vacío sin forma: «La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo». El Rigveda lo formuló de manera aún más radical: «Ni el no-ser existía, ni el ser existía entonces». El Tao Te Ching arranca con la misma intuición: «El Tao que puede ser nombrado no es el Tao eterno». Y el Apocalipsis, al narrar la apertura del séptimo sello —el instante de máxima revelación—, no describe truenos ni visiones, sino esto: «Se hizo silencio en el cielo como por media hora» (Ap 8,1). Al principio y al final de la Biblia, y en culturas que nunca se conocieron, el silencio enmarca la palabra.

No es casual. Cuando el Génesis pasa del caos a la creación, lo hace mediante un acto lingüístico: Dios separa la luz de las tinieblas y les pone nombre, «Día» y «Noche». Crear es distinguir, y distinguir es nombrar. Es exactamente lo que hace una lengua. Saussure enseñó que en ella no hay más que diferencias, que cada palabra vale por lo que la separa de las otras. La palabra nombra, distingue y explica; pero el silencio aparece cuando aquello que se quiere expresar desborda la capacidad de nombrarlo. Lo absoluto, lo que no tiene contrario ni contorno, no cabe en un sistema hecho de oposiciones.

La propia lengua guarda memoria de esa frontera. Inefable procede del latín ineffabilis, «lo que no puede decirse». Infante, del latín infans, era «el que todavía no habla»: también el ser humano empieza en silencio. Y misterio y mística comparten raíz con el verbo griego myein, que significaba cerrar los ojos o los labios: el iniciado en los misterios era, ante todo, el que callaba. De ahí que el silencio ocupe un lugar estructural en las tradiciones religiosas. No es ausencia de ruido, sino la condición que abre la puerta a lo sagrado.

II. El silencio como camino espiritual

Todas las escuelas del budismo sitúan el silencio en el corazón de la práctica. La meditación es un entrenamiento para habitar el mutismo interior y observar el pensamiento sin identificarse con él. La tradición cuenta que Siddhartha Gautama, tras alcanzar la iluminación bajo el árbol bodhi, permaneció semanas en silencio y dudó si enseñar lo que había comprendido, porque las palabras pertenecen al mundo de la dualidad —yo y los otros, bien y mal, vida y muerte— y lo que él había visto estaba más allá de ellas. Más tarde, ante ciertas preguntas metafísicas, respondía callando, una actitud que la tradición asocia al «noble silencio».

El hinduismo convirtió el voto de silencio, mauna, en práctica ascética de primer orden, y la lengua lo dejó escrito: mauna significa propiamente «la condición del muni», del sabio. Ser sabio y callar se dicen en sánscrito con la misma raíz. Gandhi guardaba silencio todos los lunes con una disciplina que sus colaboradores conocían y respetaban; era su manera de escuchar lo que el ruido cotidiano impedía oír.

El taoísmo hace del silencio casi una epistemología. Laozi lo resumió en un aforismo de rara eficacia: «El que sabe no habla; el que habla no sabe». El sabio actúa según el wu wei, la no-acción, que no es pasividad sino sintonía con el ritmo natural de las cosas.

La mística judía distingue entre el Ein Sof —lo infinito, lo que no tiene nombre ni límite— y todo lo demás; ante él, el silencio es la única aproximación honesta. Pero es el libro de los Reyes el que formula con mayor precisión la teología del silencio. El profeta Elías, refugiado en una cueva del monte Horeb, aguarda la presencia de Dios. Dios no está en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego. Está en lo que el hebreo llama qol demamah daqah: literalmente, «voz de silencio fino» (1 Re 19,12). La expresión es un oxímoron, y los traductores nunca han sabido qué hacer con ella: San Jerónimo escribió sibilus aurae tenuis, «susurro de brisa leve»; Casiodoro de Reina, «un silbo apacible y delicado»; las versiones modernas, «una voz suave y delicada». Cada lengua ha preferido suavizar la paradoja antes que admitir que una voz pueda estar hecha de silencio.

El islam encontró en el sufismo su tradición más honda del silencio interior. Rumi, autor de miles de poemas, firmó muchos de ellos con un sobrenombre elocuente: Jamush, «el silencioso». El dhikr, la repetición del nombre divino, conduce en su forma más alta al mismo lugar: la palabra se repite hasta que deja de ser palabra. Los psicolingüistas conocen bien el fenómeno —lo llaman saciedad semántica: cualquier vocablo repetido muchas veces se vacía de sentido—, pero el sufí no busca el vacío, sino la presencia que queda cuando el significado se retira.

El cristianismo heredó todas estas intuiciones. Jesús se retira al desierto y al monte antes de cada momento decisivo, y los Padres del desierto hicieron del silencio una regla de vida; al abad Arsenio se atribuye una sentencia que cualquier tertuliano debería colgar en su estudio: «Muchas veces me he arrepentido de haber hablado; de haber callado, nunca». Siglos después, la mística española llevó la paradoja a la poesía. San Juan de la Cruz habló de «la música callada, / la soledad sonora», dos oxímoros que repiten, sin saberlo, el del Horeb. Y dejó escrita la frase que da la vuelta al comienzo del evangelio de Juan: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma». También el Verbo, por tanto, se pronuncia en silencio.

III. El silencio que necesita nuestro tiempo

El cristianismo cristalizó esa herencia en el monacato, con una progresión que va del silencio reglado al silencio casi total. San Benito de Nursia, en su Regla del siglo VI, dedicó un capítulo entero, De taciturnitate, a situarlo entre las virtudes fundamentales: el monje debe hablar poco, incluso cuando sus palabras sean buenas, porque el exceso de conversación dispersa el espíritu. Se apoyaba en los Proverbios —«En el mucho hablar no falta el pecado»— y en el Salmo: «Guardaré mis caminos para no pecar con mi lengua». Los camaldulenses, a comienzos del siglo XI, y los trapenses, más tarde, afinaron la norma. Thomas Merton, el trapense que se convirtió en uno de los escritores espirituales más leídos del siglo XX, describió el silencio monástico no como privación sino como plenitud: el lugar donde, paradójicamente, más se oye. Sus hermanos guardan todavía el Gran Silencio desde Completas hasta después de Laudes.

El peldaño más alto es el de los cartujos. San Bruno fundó la orden en 1084 para vivir la soledad en su forma más extrema, y sus estatutos lo dicen sin adornos: «El silencio protege la soledad y favorece la unión con Dios». El cartujo pasa la mayor parte de su vida en una celda con huerto propio, donde reza, estudia, come y trabaja sin hablar. Una vez por semana, en el spatiamentum, los monjes salen juntos a caminar por el campo, y solo entonces la conversación fluye con cierta libertad. Su lema lo resume: Stat crux dum volvitur orbis, «La cruz permanece firme mientras el mundo gira».

León XIV pertenece a la orden agustina, de tradición espiritual marcada por la interioridad. San Agustín, que fue también uno de los primeros pensadores del signo, sostuvo en De magistro que las palabras no enseñan nada por sí mismas: solo señalan, y la verdad se aprende en el interior. En las Confesiones dejó la frase que mejor resume la relación entre el silencio y lo sagrado: «Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Ese descanso es el del silencio interior, el de quien deja de huir de sí mismo. El primer Papa agustino de la historia lo tradujo al lenguaje de una vigilia juvenil: en silencio, dijo en la plaza de Lima, se comprende que las ideologías pasan mientras la verdad permanece.

Que ese Papa haya pedido silencio real en España no es un detalle de protocolo. Es, tal vez, el mensaje más hondo de toda la visita. Vivimos en un mundo que produce ruido de manera industrial, que teme el silencio y lo rellena compulsivamente, que convierte hasta la vida espiritual en espectáculo y en contenido. El español tiene para ese estrépito una palabra que es en sí misma una lección: algarabía, que en árabe hispánico designaba sencillamente la lengua árabe y que acabó significando griterío confuso cuando dejó de entenderse. Gran parte de nuestro ruido es eso: palabras que ya nadie escucha. Pedir silencio en semejante algarabía es, en sí mismo, un acto radical.

Los latinos tenían dos verbos donde nosotros solemos usar uno. Tacere era lo que hace quien tiene algo que decir y no lo dice; de ahí tácito y taciturno. Silere, de donde viene silencio, era otra cosa: la quietud del mar en calma, del bosque sin viento, de la noche; Cicerón lo empleó para decir que las leyes callan entre las armas. El Papa no pidió que calláramos —eso lo consigue cualquier cartel en una sala de espera—, sino que hiciéramos silencio. Callar es retener la palabra. Hacer silencio es devolverla al lugar de donde salió.

Fuente: https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/por-que-todas-las-religiones-buscan-lo-sagrado-en-el-silencio.html

Acre y los jardines de Haifa, la peregrinación a la unidad

por por Alba Martorell Cid

CLAVE:

  • Los jardines y santuarios de Haifa y Acre, importantes lugares de peregrinación Bahá’í, simbolizan la unidad espiritual y global

En la bahía de Haifa, en la ladera del monte Carmelo, unas terrazas ajardinadas descienden hasta la ciudad formando uno de los paisajes más emblemáticos de Israel. En el centro de este conjunto se alza el Santuario del Báb, coronado por una cúpula dorada, el símbolo más emblemático de la fe Bahá’í. A pocos kilómetros de este lugar, en la ciudad de Acre (Akko), se encuentra el Santuario de Bahá’u’lláh, fundador de esta religión. Ambos lugares forman el corazón espiritual del bahaísmo y constituyen el principal destino de peregrinación de sus fieles.

Declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO en el año 2008, los jardines y santuarios de Haifa y Acre no solo destacan por su belleza arquitectónica y paisajística, sino también por el profundo significado espiritual que tienen para una comunidad religiosa presente hoy en casi todos los países del mundo.

El legado de un largo exilio

La importancia de Haifa y Acre se explica por la biografía del fundador de la fe Bahá’í. Bahá’u’lláh (1817-1892) nació en Persia, el actual Irán, pero muy pronto comenzó a sufrir persecución por sus creencias. Después de ser encarcelado en Teherán, fue expulsado de su país e inició un largo periplo de exilios impuestos tanto por las autoridades persas como por las otomanas.

Residió primero en Bagdad, luego en Constantinopla (Estambul) y más tarde en Adrianópolis (Edirne). Finalmente, en 1868 fue deportado a Acre, entonces una fortaleza utilizada como colonia penal del Imperio Otomano. A pesar de la dureza de los primeros años de cautiverio, con el tiempo obtuvo más libertad de movimientos y se estableció en una casa en Bahjí, a las afueras de la ciudad, donde murió en 1892. Su tumba es hoy el lugar más sagrado de la fe bahá’í y es hacia este santuario que se orientan diariamente las plegarias de los fieles de todo el mundo.

El monte Carmelo, centro espiritual

Según explica Emilio Egea, miembro de la comunidad local bahá’í de Barcelona, la importancia de Haifa deriva del hecho de que Bahá’u’lláh designó el monte Carmelo como el lugar destinado a acoger el mausoleo del Báb -su precursor- y el futuro centro administrativo de esta confesión.

Fue su hijo y sucesor, ‘Abdu’l-Bahá, quien hizo construir el Santuario del Báb en la cima del Carmelo. Con los años, a su alrededor se levantaron las principales instituciones internacionales de esta fe: la Casa Universal de Justicia, máximo órgano de gobierno de la comunidad bahá’í; el Centro Internacional de Enseñanza; el Centro de Estudios de los Textos Sagrados; el Archivo Internacional y otros edificios administrativos conocidos como los “edificios del Arco”. Por este motivo, Haifa y Acre forman conjuntamente el centro espiritual y administrativo de la religión Bahá’í.

Una peregrinación voluntaria

La peregrinación Bahá’í no constituye una obligación religiosa. Egea explica que la comunidad la considera “un privilegio”, al cual los fieles aspiran si sus circunstancias personales, familiares, económicas o de salud se lo permiten.

Originalmente, los escritos sagrados establecían la peregrinación a la casa del Báb, en Shiraz (Irán), y a la casa de Bahá’u’lláh, en Bagdad (Irak). Pero estos lugares han dejado de ser accesibles a los bahá’ís: la casa de Bagdad fue confiscada y la de Shiraz fue destruida después de la Revolución Islámica iraní. Por este motivo, bajo la guía de la Casa Universal de Justicia, la peregrinación reconocida actualmente es la que conduce a los santuarios de Bahjí y del monte Carmelo.

La comunidad subraya, sin embargo, que nadie es menos bahá’í por no haber podido peregrinar. El valor de la fe no depende del viaje, sino de vivir de acuerdo con las enseñanzas de Bahá’u’lláh.

Nueve días de oración y contemplación

La peregrinación suele durar nueve días y gira en torno a los dos grandes santuarios, el de Bahjí y el de Haifa. Los peregrinos suelen visitar también otros lugares vinculados a los últimos años de vida del fundador, como la prisión de Acre o la mansión donde residió.

Los jardines tienen un papel esencial en esta experiencia. Las diecinueve terrazas que rodean el Santuario del Báb, cuidadosamente diseñadas y mantenidas, no son un simple elemento decorativo. Para los bahá’ís, su armonía simboliza el orden, la belleza y la unidad de la creación. El silencio, la vegetación y el equilibrio del paisaje invitan a la oración y a la reflexión.

A diferencia de otras peregrinaciones, no hay rituales colectivos complejos ni ceremonias obligatorias. Cada peregrino vive estos días de manera profundamente personal, dedicando tiempo a la oración, a la meditación y a la lectura de los textos sagrados.

La unidad de la humanidad

Para Emilio, uno de los aspectos más significativos de la peregrinación es “la convivencia entre personas procedentes de todos los continentes”. Fieles de lenguas, culturas y orígenes muy diversos coinciden en los mismos santuarios, haciendo visible uno de los principios fundamentales del bahaísmo: que la humanidad constituye una sola familia.

Esta dimensión universal hace que la peregrinación no sea solo una visita a los orígenes históricos de la religión, sino también “una experiencia de fraternidad”. Los peregrinos descubren que comparten una misma fe con personas que viven en contextos culturales muy diferentes, pero que participan de los mismos ideales de paz, justicia y unidad.

Un camino que continúa

La verdadera peregrinación, sin embargo, no termina cuando se deja atrás Haifa o Acre. Como explica Egea, la visita a los lugares sagrados es sobre todo “una oportunidad para renovar la vida interior y volver a casa con un compromiso más firme de vivir las enseñanzas de Bahá’u’lláh”. Representa, por tanto, un impulso para transformar la propia vida y contribuir a una sociedad más justa y reconciliada.

Quizás esta es la singularidad de Acre y Haifa: más allá de su extraordinaria belleza, recuerdan a los peregrinos que el auténtico camino espiritual continúa mucho después de haber abandonado el monte Carmelo.

AUTORA:

Alba Martorell Cid (Tortosa, 1996). Graduada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Docente de lengua catalana y literatura en Jesuïtes Educació. Máster en Formación del Profesorado por la Universidad Rovira i Virgili (URV). Estudiante del Máster en Periodismo Avanzado-Reporterismo en Blanquerna-Universitat Ramon Llull (URL) y apoyo al Observatorio Blanquerna de Comunicación, Religión y Cultura.

FUENTE:

https://equipoecumenicosabinnanigo.blogspot.com/2026/09/acre-y-haifa-no-solo-peregrinacion-bahai.html?m=1

La misión tras las huellas de la venerable hermanita Magdeleine de Jesús

 

 

 

 

«El Señor me tomó de la mano y yo lo seguí a ciegas». Con estas palabras, que resumen la esencia de toda una vida dedicada al Evangelio, Diego Sarrió Cucarella, obispo de Laghouat-Ghardaïa, ha publicado una nueva e intensa carta pastoral titulada ‘Marcher à la suite du Christ’ (Caminar tras las huellas de Cristo).

Difundida en el corazón del Sáhara argelino, la carta conmemora el quinto aniversario del reconocimiento de las virtudes heroicas de la venerable hermanita Magdeleine de Jesús, fundadora de las Hermanitas de Jesús, cuyo decreto fue promulgado el 13 de octubre de 2021.
Nacida en París en 1898 con el nombre de Élisabeth Marie Magdeleine Hutin, la futura hermanita Magdeleine dejó una profunda huella en la historia de la Iglesia del siglo XX gracias a un carisma de fraternidad universal y de cercanía radical a los más pobres y al mundo musulmán. Su causa de beatificación dio un paso fundamental hace cinco años, cuando el papa Francisco autorizó la promulgación del decreto sobre sus virtudes heroicas, reconociendo así la extraordinaria intensidad de su testimonio espiritual.

La primacía de la relación frente al eficientismo pastoral

El núcleo de la reflexión propuesta por el obispo Sarrió Cucarella parte de una constatación profunda que interpela a la Iglesia de hoy: la verdadera fecundidad de la misión no depende de la pretensión de alcanzar una eficiencia «medible», del activismo ni de las estrategias de éxito, sino del encuentro y de la unión profunda con Cristo. En su carta pastoral, el obispo de Laghouat-Ghardaïa recuerda que la propia hermanita Magdeleine comprendió, desde sus primeros pasos en el desierto argelino, en Sidi Boujnan (Touggourt), donde nació la primera fraternidad en 1939, que el Señor no la llamaba a reproducir una gran obra ni a imponerse mediante la fuerza del poder humano. Su vocación consistía, más bien, en dejar que el Evangelio diera fruto a través del silencio, la oración y el compartir la vida cotidiana.
En una época que exalta la velocidad, la productividad y los resultados cuantificables, el testimonio de la venerable nos devuelve a la escuela de Belén y Nazaret. En Belén, Dios elige la pequeñez y la fragilidad de un niño para manifestar su salvación, enseñándonos que la fuerza cristiana reside en el amor que se entrega, no en la pretensión de dominar la realidad. En Nazaret, el Hijo de Dios comparte durante largos años la vida ordinaria y escondida de los hombres. De ahí nace el carisma de las Hermanitas: la presencia precede a la acción; la escucha, a la enseñanza; y el amor fraterno, a cualquier proyecto pastoral.

Tras las huellas de Charles de Foucauld en el Sáhara

La carta pastoral pone de relieve el vínculo espiritual indisoluble entre la hermanita Magdeleine y san Charles de Foucauld. Aunque nunca llegaron a conocerse personalmente -hermano Charles murió en 1916-, la joven Magdeleine reconoció en sus escritos, que descubrió gracias al libro de René Bazin ‘Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, ermite au Sahara’ (1921), el ideal evangélico que ardía en su corazón.
Como el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto, Charles de Foucauld no dejó tras de sí grandes estructuras ni organizaciones eficaces, sino el testimonio de un abandono radical en Dios, expresado en su célebre oración de abandono.
Retomando esta herencia espiritual, el obispo Sarrió Cucarella subraya que la Iglesia en el Sáhara, aunque pequeña en número y arraigada en una tierra de mayoría musulmana, no debe medir su vitalidad según las lógicas del poder o de la eficiencia mundana. La misión se realiza haciéndose prójimo, tejiendo vínculos de verdadera amistad y respeto mutuo, siguiendo el ejemplo de Jesús, que eligió habitar en medio de los hombres.

Una alegría que florece en el desierto

Esta perspectiva alcanza su plenitud en la alegría cristiana, que la hermanita Magdeleine transmitía con la luz de su rostro y de su sonrisa. Una alegría ajena a la superficialidad, que no ignora las pruebas ni la soledad, sino que brota de la experiencia de que el Señor siempre se adelanta a sus discípulos.
Al recordar los cinco años transcurridos desde el reconocimiento de sus virtudes heroicas, la diócesis de Laghouat-Ghardaïa vuelve a ponerse a la escuela de la venerable para redescubrir que seguir a Cristo genera actitudes auténticas de humildad y docilidad: confiarse a las manos del Padre. «Dieu m’a prise par la main et, aveuglément, j’ai suivi» («El Señor me tomó de la mano y yo lo seguí ciegamente»).
Una confianza ciega que no significa renunciar a la libertad interior ni a la capacidad de discernimiento, sino adoptar una manera de mirar la realidad y el mundo que nace de una razón iluminada por la fe. Se trata de reconocer que, precisamente al confiarse a la voluntad de Dios, la vida da sus frutos más abundantes. Un mensaje que, desde las arenas del Sáhara, sigue iluminando el camino de la Iglesia universal.
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Rechazo a la pena de muerte

León XIV rechaza la pena de muerte: atenta contra la dignidad de la persona

El Papa León XIV reafirma el rechazo de la Iglesia católica a la pena de muerte, recordando que el bien común puede «salvaguardarse y que pueden satisfacerse las exigencias de la justicia sin recurrir a la pena capital».

El Papa León XIV ha publicado en su cuenta oficial de X que la Iglesia católica considera la pena de muerte «inadmisible porque constituye un ataque a la inviolabilidad y la dignidad de la persona».

En una publicación difundida este sábado, con motivo de la Jornada Mundial contra la Pena de Muerte, el Papa señaló que se puede hacer justicia y salvaguardar el bien común de la humanidad sin recurrir a la pena capital.

Afirmó que es posible mantener a los delincuentes bajo custodia de forma eficaz para proteger a los ciudadanos, al tiempo que se ofrece a los culpables la posibilidad de redención.

«La pena de muerte es inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona. El bien común puede protegerse y los requisitos de la justicia pueden salvaguardarse sin recurrir a la pena capital: ya se han desarrollado sistemas penitenciarios eficaces que protegen a los ciudadanos y, al mismo tiempo, no privan por completo a los culpables de la posibilidad de redimirse, escribió el Papa León.

La publicación del Papa se produjo un día después de que el cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin y el presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos hicieran declaraciones en contra de la ejecución pública prevista de Nidal Hassan.

Hassan fue condenado por matar a 13 personas e herir a otras 32 en Fort Hood en noviembre de 2009. Un tribunal militar lo condenó a muerte en 2013.

El jueves, el Pentágono anunció que su ejecución por fusilamiento estaba prevista para el 3 de diciembre de 2026, aunque nuevos procedimientos legales podrían retrasarla.

En declaraciones a los periodistas el viernes, el cardenal Parolin afirmó que los planes de retransmitir la ejecución en directo eran inaceptables.

«Es verdaderamente incomprensible que alguien quiera recurrir a este método en los tiempos que vivimos», afirmó. «No sé con qué propósito. Sin duda, es inaceptable convertir la muerte en un espectáculo. Por muy culpable que sea la persona, hay otras formas».

Reiteró que la pena de muerte «es incompatible con la dignidad humana y no sirve como medida disuasoria».

Más temprano ese mismo viernes, el arzobispo Paul Coakley, presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, expresó su «conmoción y gran pesar» e instó a que se reconsiderara la decisión.

«De ninguna manera pueden justificarse las acciones de Hassan, pero esta decisión supone una promoción bárbara de una cultura de la muerte y debe reconsiderarse», declaró a Vatican News.

Advirtió de que una ejecución pública socavaría el tejido moral de la nación y rezó para que los estadounidenses eligieran siempre la vida.

https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2026-10/leon-xiv-rechaza-la-pena-de-muerte-atenta-contra-la-dignidad.html?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=NewsletterVN-ES

LA ERA CONTEMPLATIVA

Hay personas con una vida interior muy rica, que no tiene nada de religiosa y que ni siquiera puede ser considerada como vida espiritual o sentimiento religioso, por más amplitud que se dé a esta palabra. Hay poetas o artistas que son completamente incrédulos, pero que, sin embargo, experimentan y comunican una gran riqueza de imaginación y de sentimientos. En otras personas que no tienen ninguna vida religiosa aparente, subsiste, sin embargo, un vago sentimiento religioso y hasta una cierta creencia. Y al revés, algunos tienen una práctica religiosa que no corresponde a una vida religiosa o a una creencia profunda1. Así pues, podemos describir el sentimiento religioso como la necesidad afectiva de estar ligado a algo distinto de uno mismo. Es una aspiración confusa a estar en simpatía con el mundo. Un sentimiento que trata de penetrar y comunicar con las fuerzas sensibles que se presiente que actúan en el universo. En definitiva es una inclinación al misterio. El sentimiento religioso prolonga la afectividad sin objeto preciso, satisfaciéndose con vagas efusiones. Busca las sensaciones, las emociones que le dan la ilusión del amor universal. Es un sentimiento panteísta que no implica una creencia determinada. La espiritualidad no es patrimonio de las religiones. Cualquier persona que vive con hondura y calidad humana su existencia, vive con una determinada espiritualidad que motiva su vida, inspira su comportamiento y configura sus valores y el horizonte de su ser. (Cf. A. SAMUEL, Las religiones en nuestro tiempo, Estella 1989, 12-14). Otra cosa es la experiencia religiosa, que en el sentido más amplio que se quiera, se trata de una relación con una realidad trascendente. Se trata de un encuentro y una superación. Es decir, un encuentro con un absoluto, con una energía, con una fuente de valores reconocidos. Es a la vez otro y uno mismo. Presente y ausente. Inmanente y trascendente. La persona que tiene experiencia religiosa o espiritualidad, tiene la impresión de salir de sus límites, de entrar en otra realidad distinta de lo cotidiano. Normalmente se describe esta experiencia en términos de rapto, de luz, y hasta de éxtasis. Esta experiencia escapaba de las dimensiones de espacio y de tiempo. Vive un tiempo que no miden los relojes. A veces, por un corto instante, tiene el sentimiento de que su vida no se limita a la sucesión de sus actos. Adquiere una nueva orientación de su existencia, que se encuentra asociada a otras vidas. A la Vida. Vamos a intentar recoger aquí la invitación de José Antonio Pagola, que, en Santiago de Compostela, en el Foro Relixión e Cultura de Galicia afirmaba: «Nada hay más urgente en la iglesia de hoy que volver a Jesús para centrar con más verdad y fidelidad nuestra espiritualidad en su persona y su proyecto de reino de Dios. En unos tiempos en que se está produciendo un cambio socio-cultural sin precedentes, la iglesia necesita una conversión al Espíritu que animó la vida entera de Jesús, que es fuente y camino de una espiritualidad sana, creativa, liberadora y generadora de esperanza. Después de veinte siglos de cristianismo, el corazón de la iglesia necesita conversión y purificación. De lo contrario el cristianismo corre el riesgo de diluirse en formas religiosas cada vez más decadentes y sectarias, y cada vez más apartadas de lo que fue el movimiento inspirado y querido por Jesús» (J. A. PAGOLA, Espiritualidade centrada en Xesús, Encrucillada 175). Así, para desarrollar nuestro tema de La Era contemplativa, cuyo paradigma ya no es la razón sino la conciencia, en primer lugar analizaremos el Movimiento de la Nueva Era, especialmente en su concepción “de la nueva espiritualidad”, para, a continuación, exponer el itinerario de la experiencia religiosa a la plenitud mística como fuente de belleza, verdad y bondad.

«Os regalo el primer capítulo de mi libro «La Era contemplativa». Si os engancha, en el propio PDF tenéis el enlace para conseguir el libro completo. Y si os gusta, reenviadlo a quien creáis que lo va a disfrutar.»

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Lo que vale es lo que sembramos

Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916

Un hombre de cincuenta y ocho años yace muerto en la arena, junto a la ermita que él mismo había levantado en el corazón del Sahara.

Lo mataron unos asaltantes. Nadie lo lloró. No había discípulos que continuaran su obra, ni comunidad, ni fruto visible.

Había vivido en el Sahara desde 1901 y en Tamanrasset desde 1905, entre los tuaregs.

Aprendió su lengua, compiló su diccionario, compartió su pobreza, y se fue sin ver el fruto que había soñado.

Se llamaba Carlos de Foucauld. Y el mundo, que cuenta la cosecha, habría escrito sobre su tumba una palabra: fracaso.

Detengámonos ahí. Porque esa palabra, el mundo la escribe sobre muchísimos de nosotros.

El mundo cuenta lo que se cosecha

Vivimos bajo una tiranía silenciosa: la de los resultados visibles. Lo que no se ve, no existe.

Lo que no se aplaude, no importa. Lo que no tuvo público, se da por perdido. Nos enseñaron a medir una vida por lo que se inauguró, no por lo que se entregó.

Y entonces el sembrador empieza a dudar. ¿De qué sirvió tanto esfuerzo? ¿A quién le importó? ¿No habré dado mi vida a una causa que nadie recogió?

Escucha bien, tú que hoy te haces esa pregunta, en voz baja, de noche, cuando nadie te ve: no estás midiendo con la vara de Dios.

Lo que ocurrió después

Foucauld había repetido durante años una frase del Evangelio que se volvió su respiración: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.“

Y cayó. Y murió. Solo.

En 1933, diecisiete años después, un joven sacerdote francés, René Voillaume, se instaló con cuatro compañeros en el Sahara argelino y fundó los Hermanitos de Jesús, inspirados en la vida de aquel ermitaño.

En 1939, Magdeleine Hutin fundó las Hermanitas de Jesús en Touggourt.

Desde entonces, de aquella tumba en la arena brotó una familia espiritual que hoy llega a más de sesenta países, con hombres y mujeres que viven entre los más pobres, sin ruido y sin vitrinas, repitiendo su gesto.

El 15 de mayo de 2022, en Roma, el papa Francisco lo proclamó santo.

El hombre que murió sin un solo discípulo que continuara su obra inspira hoy a hermanos y hermanas en todo el mundo.

No cosechó él. Cosecharon otros. Y él, que sembró con el alma y no vio nada, ya estaba cumpliendo la ley más antigua del Reino: uno siembra y otro cosecha.

Ninguna siembra hecha por amor se pierde

Lee de nuevo esa frase, despacio, porque es el centro de todo.

Ninguna siembra hecha por amor se pierde.

Puede ser ignorada. Puede ser rechazada.

Puede enterrarse bajo años de silencio y parecer estéril. Pero cae en una tierra que no es la de los hombres, sino la de Dios, y esa tierra no olvida una sola semilla. “Los que sembraban con lágrimas cosecharán entre cantares“, cantó el salmista.

No dijo que cosecharían pronto. No dijo que cosecharían aquí. Dijo que cosecharían.

Y el Apocalipsis afirma, con una sobriedad que estremece, que de quienes mueren en el Señor “sus obras los acompañan“. No los aplausos ni los cargos. Las obras. Lo sembrado viaja con nosotros hasta el umbral.

Frente a Aquel que todo lo ve

Hay un salmo, el 138 en la numeración latina (139 en las biblias actuales), que cualquier alma cansada debería aprenderse de memoria: “Señor, tú me sondeas y me conoces.”

Llegará una hora en que no habrá vitrinas. Ni títulos, ni estadísticas, ni reconocimientos. Estaremos ante Aquel ante quien nada podremos mentir, nada negar, nada fingir, nada ignorar. Sin apariencias ni vestiduras. Y entonces nadie preguntará qué se aprobó, qué se inauguró, quién nos aplaudió.

Preguntará una sola cosa: ¿qué sembraste?

Y habrá quienes lleguen con las manos llenas de un trigo que nadie vio crecer, y descubran que era el único que importaba.

¿Quién fijó la hora del retiro?

Hay una mentira más fina todavía, y hay que arrancarla de raíz: la de que sembrar tiene edad. La de que pasada cierta hora de la vida, ya hicimos lo que teníamos que hacer, y lo que sigue es esperar.

“Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes descansar tu mano.”

A la tarde. El Eclesiastés no dijo que a la tarde se descansa.

Dijo lo contrario. Y un salmo promete del justo que “aun en la vejez seguirá dando fruto“.

Foucauld sembró hasta el último día, a los cincuenta y ocho años, en el lugar más hostil de la tierra, sin ver nada. Y fue ese último día el que lo hizo fecundo.

Nadie, ni hombre ni institución, tiene autoridad para decirte que tu hora de dar ya pasó.

El pastor no pregunta qué lograste

Cuando el corazón se aflija, hay que volver al salmo 23.

El Pastor no interroga al cordero por sus resultados. Lo conduce a aguas tranquilas, lo guía por sendas justas, y aun en el valle de sombras camina a su lado. Quien se sabe pastoreado deja de mendigar reconocimiento y empieza simplemente a caminar.

Y en esa hora hay que decir, con la voz del niño Samuel, la oración de los que escuchan antes de actuar:

“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”

No “cumple mis planes“. No “dame resultados“. Solo: habla.

Pon tus delicias en el Señor

Hay una frase que un padrino espiritual me enseñó y que se aprende a golpes: “Pon tus delicias en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón.”

Durante años la entendí mal, como si prometiera cumplir mis proyectos. Hoy sé que promete algo infinitamente mejor: que quien deposita su alegría en Dios deja de depender de que los hombres la reciban, y su corazón termina pidiendo lo que Dios quiere dar.

Esa es la libertad de los sembradores.

Dar sin recibo. Servir sin vitrina. Amar sin garantía de cosecha. No por ingenuidad, sino porque sabemos Quién mira.

Para quien lee con el corazón cansado

Hermano, hermana. No midas tu vida por lo que fue aceptado, sino por lo que fue entregado.

El mundo cuenta lo que se cosecha. El cielo cuenta lo que se sembró, con qué amor y con cuánta fidelidad cuando nadie miraba.

Quizá tu campo parezca hoy un desierto. Quizá tus años te susurren que ya es tarde. Pero un hombre murió solo en la arena del Sahara, y diecisiete años después empezó a florecer.

Sigue sembrando. Que tu mano no descanse a la tarde.

Y cuando llegue el momento de presentarte tal cual eres, sin apariencias ni vestiduras, que lo que lleves en las manos sea lo único que importa: lo que diste.

Señor, tú me sondeas y me conoces. Habla, que tu siervo escucha.

Dedicado a mi querida esposa Mariela. . .

©Catolica.ar

https://catolic.ar/carlos-de-foucauld-lo-que-sembramos/?amp=1

El monasterio de Khrekhiv, orar adentrándose en el bosque

por Alba Martorell Cid

CLAVE:

  • El monasterio de Khrekhiv, en Ucrania, es un centro espiritual importante, conocido por su rica tradición monástica oriental e historia de resistencia religiosa.

En los confines del Parque Nacional de Yavorivskyi, en los bosques de la Roztochchia, se levanta uno de los santuarios más queridos por los fieles de la Iglesia Grecocatólica Ucraniana: San Nicolás de Khrekhiv. En el oeste ucraniano, sólo a cincuenta kilómetros de Lviv y lejos de los grandes circuitos turísticos europeos, se esconde un monasterio rodeado de murallas defensivas y de un paisaje verde y frondoso.

Es un lugar de peregrinación en el que la tradición monástica oriental mantiene una vitalidad sorprendente, incluso en medio de las dificultades que enfrenta el país. Para los ucranianos, Khrekhiv es un espacio de memoria nacional, resistencia religiosa y renovación espiritual. Cada primavera, miles de peregrinos llegan para venerar sus iconos milagrosos, participar en la liturgia católica bizantina y compartir la fe.

Para Olga Hrynyk , creyente de rito grecocatólico y vecina del monasterio, Khrekhiv no es sólo un lugar de peregrinación, sino una parte de su vida. «He nacido en la casa más cercana al monasterio», comenta con ternura. De pequeña iba habitualmente los domingos e hizo la catequesis. «Hacían actividades, había una coral», recuerda. Su relación con este lugar, por tanto, va mucho más allá de la visita ocasional de un peregrino: es un espacio que ha acompañado a varias generaciones de la pequeña comunidad de Kozul’ka.

Un monasterio nacido de la vida eremítica

Los orígenes del monasterio se remontan a finales del siglo XVI. La tradición explica que dos monjes procedentes de la Lavra de las Cuevas de Kiiv —uno de los centros más importantes del cristianismo ortodoxo—, llamados Joel y Silvestre, se retiraron a vivir como eremitas en unas cuevas situadas cerca del actual pueblo de Khrekhiv. Su vida austera atrajo a otros discípulos hasta que, a principios del siglo XVII, el magnate Stanislaw Zolkiewski les cedió unos terrenos para construir un monasterio permanente.

Las primeras edificaciones eran de madera, pero entre 1619 y 1658 el conjunto se transformó en una fortificación de piedra. Las murallas, las torres de vigilancia y las puertas monumentales todavía recuerdan que estos monasterios también debían protegerse de las incursiones tátaras —un conjunto de pueblos de origen turco— que frecuentaban aquella región fronteriza de la antigua Confederación Polaca-Lituana.

Durante los siglos XVII y XVIII, el monasterio recibió el apoyo de varios hetmanes , comandantes supremos del ejército ucraniano, entre ellos Bohdan Khmelnitski, Petro Doroixenko e Ivan Mazepa. Aquel patrocinio contribuyó a convertir a Khrekhiv en uno de los principales centros espirituales y culturales de la región.

Del mundo ortodoxo a la Iglesia Grecocatólica

Uno de los rasgos que singulariza Khrekhiv es que inicialmente fue un monasterio de tradición ortodoxa, pero en 1721 se incorporó a la Iglesia Grecocatólica Ucraniana, heredera de la Unión de Brest de 1596, que mantiene la liturgia bizantina y las tradiciones espirituales orientales en comunión con Roma.

Esa doble herencia explica buena parte de su identidad actual. Los fieles celebran la Divina Liturgia según el rito bizantino, con el uso abundante del incienso, el canto sin acompañamiento instrumental, los iconos y una espiritualidad profundamente influida por los Padres de Oriente cristiano.

Sin embargo, para Hrynyk las diferencias respecto al catolicismo que ha conocido en Cataluña no son especialmente grandes. “Para mí no hay muchas diferencias en el rito, las iglesias son algo distintas por dentro y sólo un poco la vestimenta de los monjes”, comenta. Sin embargo, sí destaca una diferencia en la manera de celebrar: “Las celebraciones son casi todas cantadas, más que lo que he podido ver aquí”, admite.

Los monjes basilios

Actualmente el monasterio está habitado por los monjes de la Orden de San Basilio el Grande, conocidos popularmente como los basilios. La comunidad sigue la tradición monástica inspirada en san Basilio, uno de los grandes padres del monaquismo oriental del siglo IV. A diferencia de otras comunidades estrictamente contemplativas, los basilios combinan la vida de oración con la formación, la predicación, la acogida de los peregrinos y diversas actividades pastorales.

Khrekhiv es también una casa de noviciado. Desde principios del siglo XX, muchos de los futuros monjes basilios han iniciado su formación religiosa, una función que sigue desarrollando hoy. Durante este período, los aspirantes reciben el hábito, estudian la regla de san Basilio, profundizan en la oración y disciernen su vocación antes de hacer los primeros votos.

Khrekhiv, símbolo de recuperación y resistencia

Como tantos otros monasterios de Ucrania occidental, Khrekhiv sufrió duramente la persecución soviética. Tras la prohibición de la Iglesia Grecocatólica Ucraniana en 1946, el monasterio fue clausurado. Los monjes fueron encarcelados, deportados u obligados a vivir clandestinamente. La rica biblioteca y buena parte del patrimonio documental desaparecieron, y los edificios sufrieron un largo período de abandono.

Olga recuerda que hubo épocas en las que la religión católica estaba prohibida y los monjes “se solían esconder en los bosques”. El monasterio no funcionaba y la práctica religiosa debía trasladarse al ámbito privado: “La gente oraba en casa y con mucho cuidado”, relata.

Solo con la independencia de Ucrania, en 1990, la comunidad basiliana pudo regresar. Desde entonces, se ha restaurado progresivamente el conjunto monumental y se ha reanudado la vida monástica. Para la vecina del monasterio, esa historia también cuenta el vínculo que Khrekhiv ha mantenido con su entorno: “Siempre ha sido un símbolo de unión para la gente, está muy abierto al pueblo y se ayuda mucho a las personas, así fue especialmente en aquella época”, afirma.

La peregrinación de san Nicolás

El principal motivo de peregrinación son los dos iconos venerados en el monasterio: la Virgen de Khrekhiv y el icono de san Nicolás, ambos considerados milagrosos por los fieles. Durante más de cuatrocientos años han atraído a peregrinos no sólo de Ucrania sino también de los territorios vecinos de la Europa oriental.

La gran celebración anual tiene lugar el 22 de mayo, fiesta de la Traslación de las reliquias de san Nicolás de Mira hasta Bari, una solemnidad especialmente querida en la tradición bizantina. Ese día, miles de fieles recorren a pie los últimos kilómetros hasta el monasterio, participan en largas celebraciones litúrgicas y veneran los iconos antes de compartir las comidas preparadas por un grupo de voluntarios y las comunidades locales.

Hrynyk explica que durante dos días el monasterio se llena de peregrinos que llegan desde otras zonas: «Era una fiesta muy grande, no se cabía», recuerda. Había cantos, tenderetes y comida típica, y las calles y los espacios de alrededor del monasterio se convertían en un punto de encuentro para toda la comunidad. La fiesta sigue celebrándose, aunque hoy llega menos gente. La guerra es uno de los principales motivos.

El recinto monástico se extiende también por los bosques que lo rodean, donde un Vía Crucis invita a los peregrinos a continuar la oración caminando. Las estaciones, distribuidas a lo largo de un itinerario que se adentra en el bosque, ofrecen un espacio de silencio y meditación sobre la pasión de Cristo.

Para Olga, la naturaleza es una parte esencial de la experiencia. «El bosque crea una atmósfera más especial, se siente más paz y tranquilidad», explica. Más allá de la dimensión estrictamente religiosa del Vía Crucis, la ruta «se convierte casi en un espacio para la meditación». Y lo resume con una simple frase: «Es extraordinariamente bello».

Para muchos fieles, este recorrido completa la experiencia de la peregrinación: la oración sigue en contacto con la naturaleza, siguiendo una tradición muy arraigada en la espiritualidad monástica oriental, que entiende el bosque como un espacio privilegiado de recogimiento y encuentro con Dios.

Peregrinar en tiempo de guerra

Desde la invasión rusa a gran escala que comenzó en 2022, la peregrinación a Khrekhiv ha adquirido un nuevo significado. Hrynyk explica que el monasterio está estrechamente vinculado a la situación que atraviesa el país. «Actualmente, el monasterio está muy involucrado en la situación», señala. Se realizan oraciones por las víctimas del conflicto y el monasterio ha acogido sepelios.

La solidaridad se hace especialmente visible en momentos señalados en el año. «En Pascua o en Navidad se hacen colectas, se recoge comida típica para que la gente lo lleve y se traslada al frente», explica.

Los monjes basilios han mantenido abiertas las puertas de su casa, ofreciendo acogida espiritual y, en varios momentos, también apoyo humanitario. «En todo momento el monasterio está en contacto con la gente», afirma Olga.

Una comunidad que sigue viva

A pesar de la guerra y la disminución del número de peregrinos, la vida cotidiana del monasterio continúa. Hrynyk destaca que la catequesis se sigue impartiendo y que también hay un grupo de jóvenes de entre 13 y 15 años que organizan campamentos de verano para los más pequeños. De este modo, el monasterio sigue desempeñando una función que va más allá de la liturgia: es un lugar de oración, educación, encuentro y ayuda. «Aún hay mucha vida allí», resume Hrynyk.

Una identidad auténtica, sensata y discreta

Khrekhiv no figura entre los grandes destinos espirituales del mundo. La mayoría de los visitantes acuden por devoción, no como turistas. Quizás sea precisamente por eso que conserva una autenticidad que muchos otros santuarios han tenido que aprender a proteger.

El silencio de los bosques, las murallas centenarias, la solemnidad de la liturgia bizantina y la presencia discreta de los monjes recuerdan que éste sigue siendo, por encima de todo, un lugar de fe. Para los peregrinos ucranianos representa un hito espiritual; para quienes lo descubren por primera vez, es también una puerta de entrada a una tradición católica oriental que ha sabido mantener viva su identidad pese a guerras, imperios y persecuciones. Para Olga Hrynyk, que ha crecido literalmente junto a este lugar privilegiado, sigue siendo un punto de encuentro para la comunidad.

Quizá sea esta medida sensata, más que la monumentalidad, lo que convierte a Khrekhiv en uno de los grandes polos espirituales de Ucrania: un lugar donde la oración sale de la iglesia, atraviesa las puertas del monasterio y se adentra en el bosque.

AUTORA:

Alba Martorell Cid (Tortosa, 1996). Graduada en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra (UPF). Docente de lengua catalana y literatura en Jesuïtes Educació. Máster en Formación del Profesorado por la Universidad Rovira i Virgili (URV). Estudiante del Máster en Periodismo Avanzado-Reporterismo en Blanquerna-Universitat Ramon Llull (URL) y apoyo al Observatorio Blanquerna de Comunicación, Religión y Cultura.

FUENTE: https://www.catalunyareligio.cat/

60 años de diálogo con otras religiones: Roma publica una valoración realista

El cardenal Koovakad, con su sombrero shash de tradición siromalabar, junto al metropolita Samuel Teophilus (con barba) de una iglesia anglicana en India

El cardenal Koovakad, con su sombrero shash de tradición siromalabar, junto al metropolita Samuel Teophilus (con barba) de una iglesia anglicana en Indiabec.org

Hace 60 años, en el marco del Concilio Vaticano II, la Iglesia publicó la Declaración Nostra Aetate (el 28 de octubre de 1965), sobre la relación de los católicos con otras religiones no cristianas.

En realidad, había empezado como una reflexión sobre la relación con los judíos, estando aún marcado Occidente por el horror del antisemitismo nazi y su genocidio planificado y sistemático. Pero ese trabajo de reflexión llevó al Vaticano y sus expertos a tratar también el trato con otras religiones.

Ahora, pasados 60 años, tres Dicasterios romanos (Doctrina de la Fe, Unidad de los Cristianos y Diálogo Interreligioso) firman el documento Un Camino de Esperanza, para valorar lo aprendido y conseguido en estas seis décadas.

El documento habla de «frutos visibles y silenciosos». «Son evidentes los frutos que Nostra aetate ha aportado a las relaciones con el judaísmo y al diálogo con el islam y las demás religiones. En lo que respecta a estas últimas, por citar algunos ejemplos, durante este tiempo la Iglesia católica ha dialogado y colaborado —en diversos ámbitos y a distintos niveles— con los seguidores del hinduismo, el budismo, el jainismo, el sijismo, el sintoísmo, el taoísmo, el confucianismo y el zoroastrismo, además de con las religiones tradicionales, en particular las africanas».

Relaciones de amistad, proyectos sociales conjuntos

«Se han establecido relaciones duraderas de amistad entre responsables religiosos, se han puesto en marcha proyectos educativos y sociales conjuntos y se han publicado declaraciones comunes ante tragedias humanitarias, guerras o crisis medioambientales», enumera el documento.

En estas seis décadas ha habido cambios importantes. «Donde hace un tiempo reinaban el rechazo, la desconfianza o la ignorancia, estos gestos concretos han contribuido a construir una cultura del diálogo y una «cultura del encuentro». La revista Pro Dialogo, publicada por el Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, se hace eco regularmente de estas numerosas iniciativas», detalla el texto, para quien quiera repasarlas y valorarlas.

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Diálogo a muchos niveles, también en el día a día

Ese diálogo hoy se da en varios foros y niveles. Hay «diálogo en la vida cotidiana», «diálogo en la acción» (cuando seguidores de distintas religiones colaboran en campañas e iniciativas), «diálogo teológico» (para expertos en religión y doctrinas), y «diálogo de la experiencia religiosa» (monjes cristianos, budistas y de otras tradiciones comparten experiencias).

«Las parejas interreligiosas, los grupos de jóvenes y las comunidades locales inventan constantemente nuevas formas de convivencia. Todos estos resultados, a veces embrionarios, invisibles pero fecundos, encarnan la intuición de Nostra aetate: vivir en el mundo como testigos del amor de Dios, en diálogo con todos«, constata el documento.

El trato con los musulmanes

El documento lamenta la «islamofobia», que no distingue «los casos de fundamentalismo y violencia de la convivencia pacífica«. 

Anima a los cristianos a tener «mejor conocimiento y estima hacia los creyentes musulmanes» y recuerda la cita de Nostra aetate que dice que los musulmanes «adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres», y que los musulmanes «aprecian la vida moral y veneran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno«.

Dificultades persistentes en el diálogo

El documento reconoce que «las dificultades del diálogo permanecen. En algunos ambientes se sigue dudando de su conveniencia, temiendo un relativismo doctrinal o a una dilución de la identidad religiosa«.

Reconocen que «el camino sigue siendo exigente: requiere humildad, valentía y discernimiento».

«El auge de los fundamentalismos, la permanencia de los prejuicios, la manipulación política de las pertenencias religiosas o la violencia en nombre de Dios socavan los propios cimientos del diálogo», sigue enumerando el documento.

Y está el caso de las culturas que han perdido su sentido religioso. «En las sociedades secularizadas, la palabra religiosa se ve a veces marginada o instrumentalizada, reducida a folclore, a opinión subjetiva o totalmente oscurecida», advierte el texto.

La actitud del misionero es la del enamorado

La actitud misionera en un cristiano, dice el documento, «presupone un compromiso sincero, un conocimiento profundo del otro y el reconocimiento de la libertad de conciencia como fundamento de toda relación auténtica. No se trata, por tanto, de renunciar a la verdad, sino de anunciarla de manera evangélica: con estima, escucha y caridad. Es un verdadero compartir de lo que habita en el propio corazón: «Hablar de Cristo, con el testimonio o la palabra, de tal manera que los demás no tengan que hacer un gran esfuerzo para quererlo, este es el mayor deseo de un misionero de alma»».

Y sigue el texto con el ejemplo del enamorado. «No hay proselitismo en esta dinámica de amor, son las palabras del enamorado que no molestan, que no imponen, que no obligan, sólo mueven a los otros a preguntarse cómo es posible tal amor. Con el máximo respeto ante la libertad y la dignidad del otro, el enamorado sencillamente espera que le permitan narrar esa amistad que le llena la vida».

Persecuciones de extremistas religiosos

El documento también menciona brevemente «las persecuciones que sufren los cristianos en diversas partes del mundo a manos de grupos religiosos extremistas. Toda persecución por motivos religiosos constituye siempre una violación de la dignidad humana, ante la cual es urgente encontrar una respuesta común».

Dar herramientas para el diálogo

De cara al futuro, el documento anima a «proporcionar a los fieles las herramientas para participar en el diálogo de manera informada, crítica y serena». Esas herramientas útiles serían: el conocimiento de las religiones, la historia de las relaciones interreligiosas, la elaboración de directrices para el diálogo y la promoción de la religious literacy (básicamente, tener cultura sobre religiones). También piden integrar temas culturales y geopolíticos en la formación cristiana.

Aprender de los cristianos en primera línea

El documento anima a valorar y aprender de las iglesias locales que «están en primera línea», los cristianos que conviven con no cristianos, y que «desarrollan las formas más creativas y valientes de encuentro: comisiones de diálogo, proyectos comunes, acciones educativas o humanitarias, celebraciones compartidas». 

El documento está firmado por los cardenales Fernández (argentino, de Doctrina de la Fe), Kurt Koch (suizo, veterano prefecto de Unidad de los Cristianos) y George Koovakad (indio, prefecto de Diálogo Interreligioso).

Fuente: https://www.religionenlibertad.com/vaticano/260916/60-anos-dialogo-religiones-roma-publica-valoracion-realista_120030.html