El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría

El día que mataron a Ellacuría
El día que mataron a Ellacuría

En el 36 aniversario de su asesinato

«Ellacuría entiende la teología de la liberación como teología histórica a partir del clamor ante la injusticia, aplica el método de la historificación de los conceptos a los grandes temas y categorías del cristianismo: revelación, salvación, gracia, pecado, Iglesia, Dios, Jesús, presentados tradicionalmente de forma espiritualista y evasiva, establece una correcta articulación entre teología y ciencias sociales y asume un compromiso por la transformación de la realidad histórica desde la opción por las personas más vulnerables, los colectivos empobrecidos y los pueblos oprimidos por el capitalismo y el sistema colonial»

Juan José Tamayo

«Ellacuría debe ser eliminado y no quiero testigos»

Esa fue la orden que dio el coronel René Emilio Ponce al batallón Atlacatl, el más sanguinario del Ejército salvadoreño. Se cumplió la noche del 16 de noviembre de 1989 en que fueron asesinados en la Universidad Centroamericana de San Salvador (UCA) con premeditación, nocturnidad y alevosía los jesuitas Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín Baró, Armando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López, la trabajadora doméstica Julia Elba Ramos y su hija Celina, de 15 años. La masacre conmocionó al mundo. Las ocho personas asesinadas se sumaban a los 80.000 que hasta entonces había causado la guerra en ese pequeño país centroamericano, donde se había instalado una inmisericorde cultura de la muerte con el apoyo político y militar de los Estados Unidos.

El teólogo Jon Sobrino podía haber sido el séptimo jesuita asesinado, pero esa noche no se encontraba en casa. Había viajado a Tailandia para impartir un curso de teología en Hua Hin, a 200 kilómetros de Bangkok. Un sacerdote irlandés le despertó para comunicarle la noticia. «Toda la comunidad, toda mi comunidad ha sido asesinada», fue su comentario. Enseguida se preguntó por qué él estaba vivo. En Tailandia, donde el número de cristianos es muy escaso, alguien le preguntó, entre sorprendido e incrédulo: «¿Y en El Salvador hay católicos que asesinan a sacerdotes?».

Reliquias de Romero y Ellacuría
Reliquias de Romero y Ellacuría

36 años después, los jesuitas asesinados no han caído en el olvido. Su figura y su obra han adquirido nuevas dimensiones y han ido creciendo en relevancia social, significación intelectual e influencia religiosa. Tras su muerte se han publicado importantes obras suyas que gozan de una amplia difusión, permiten descubrir aspectos de su vida y pensamiento desconocidos hasta ahora y abren nuevas perspectivas en el estudio de las disciplinas cultivadas por ellos y en los compromiso por la justicia y la liberación que asumieron. A sus obras cabe añadir las numerosas investigaciones llevadas a cabo en torno a su vida y pensamiento.

Uno de los asesinados fue el jesuita vasco, nacionalizado salvadoreño, Ignacio Ellacuría, rector de la UCA, discípulo de Zubiri y editor de algunas de sus principales obras. Era filósofo y teólogo de la liberación, analista político, científico social, intelectual comprometido e impulsor de la teoría crítica de los derechos humanos, dimensiones que son difíciles de encontrar y de armonizar en una sola persona, pero que  convivieron en su persona no sin conflictos internos y externos, y se desarrollaron con lucidez intelectual y coherencia.

Ignacio Ellacuría
Ignacio Ellacuría

“Revertir la historia… evitar un desenlace fatal”

«Revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección», «sanar la civilización enferma», «superar la civilización del capital», «evitar un desenlace fatídico y fatal», «bajar a los crucificados de la cruz» (son expresiones suyas) fueron los desafíos a los que Ellacuría quiso responder con la palabra y la escritura, el compromiso político y la vivencia religiosa. Y lo pagó con su vida.

36 años después de su asesinato Ellacuría sigue vivo y activo en sus obras, muchas de ellas publicadas póstumamente. En 1990 y 1991 aparecieron dos de sus libros mayores: Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, de la que fue editor junto con su compañero Jon Sobrino, entonces la mejor y más completa visión global de dicha corriente teológica latinoamericana, y Filosofía de la realidad histórica, editada por su colaborador Antonio González, cuyo hilo conductor es la filosofía de Zubiri, pero recreada y abierta a otras corrientes como Hegel y Marx, leídos críticamente. Era parte de un proyecto más ambicioso trabajado desde las décadas setenta y ochenta del siglo pasado y que quedó truncado con el asesinato. Posteriormente la UCA editores publicó sus Escritos Políticos, 3 vols., 1991; Escritos Filosóficos, 3 vols., 1996-2001; Cursos Universitarios, 2009; Escritos Teológicos, 4 vols., 2000-2004. La editorial Comares está preparando una edición de sus Obras Completas.

Los mártires de la UCA
Los mártires de la UCA Claudia Munaiz

En los treinta y seis años transcurridos desde su asesinato se han sucedido ininterrumpidamente los estudios, monografías, tesis doctorales, congresos, conferencias, investigaciones, cursos monográficos, círculos de estudio, Cátedras universitarias con su nombre –una de ellas la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, que dirigí en la Universidad Carlos III de Madrid desde 2002 hasta mi jubilación-, que demuestran la «autenticidad» de su vida y la creatividad y vigencia de su pensamiento en los diferentes campos del saber y del quehacer humano: política, religión, derechos humanos, universidad, ciencias sociales, filosofía, teología, ética, etc.

Lo que descubrimos con la publicación de sus escritos y los estudios sobre su figura es que Ellacuría tuvo excelentes maestros: Rahner en teología, Zubiri en filosofía, monseñor Romero en espiritualidad y compromiso liberador, de quienes aprendió a pensar y actuar, y colegas como Jon Sobrino, profesor de la UCA y uno de los grandes teólogos de la liberación. Pero su discipulado no fue escolar, sino creativo, ya que, inspirándose en sus maestros, desarrolló un pensamiento propio y él mismo se convirtió en maestro, si por tal entendemos no solo el que da lecciones magistrales en el aula, sino, en expresión de Kant aplicada al profesor de filosofía, el que enseña a pensar.

Ellacuría parte del pensamiento de sus maestros, pero no se queda en ellos; avanza, va más allá, los interpreta en el nuevo contexto global, latinoamericano y centroamericano y, en buena medida, los enriquece e incluso transforma. Su relación con ellos es, por tanto, dialógica, de colaboración e influencia mutuas. Sus obras así lo acreditan y los estudios sobre él lo confirman.

Ignacio Ellacuría
Ignacio Ellacuría

He aquí una síntesis muy apretada de sus principales aportaciones, que debe ser completadas con la lectura de sus obras.

Teología 

Su colega y amigo Jon Sobrino ha escrito páginas de necesaria lectura sobre el «Ellacuría olvidado», en las que recupera tres pensamientos teológicos fundamentales suyos: el pueblo crucificado, el trabajo por una civilización de la pobreza, superadora de la civilización del capital, y la historización de Dios en la vida de sus testigos, que Ellacuría acuñó con una aforismo memorable: «Con monseñor Romero Dios pasó por la historia».

Ellacuría entiende la teología de la liberación como teología histórica a partir del clamor ante la injusticia, aplica el método de la historificación de los conceptos a los grandes temas y categorías del cristianismo: revelación, salvación, gracia, pecado, Iglesia, Dios, Jesús, presentados tradicionalmente de forma espiritualista y evasiva, establece una correcta articulación entre teología y ciencias sociales y asume un compromiso por la transformación de la realidad histórica desde la opción por las personas más vulnerables, los colectivos empobrecidos y los pueblos oprimidos por el capitalismo y el sistema colonial. La historia es el lugar de la revelación, la mediación del encuentro con Dios, el escenario de la salvación o del fracaso de la humanidad y el lugar de realización y verificación de la ética. Pero la historia no pensada idílicamente, sino en toda su conflictividad.

Ellacuría
Ellacuría

La historización de los conceptos se presenta como correctivo al uso ideologizado (= falseador) y ahistórico de los mismos. Con dicho método pretende desenmascarar la trampa idealista -tan presente en la teología y la filosofía tradicionales, así como en el lenguaje político-, que adormece las conciencias e impide enfrentarse con la realidad en toda su crudeza. La historicidad forma parte de la estructura del conocimiento filosófico y teológico.

El teólogo austriaco Sebastián Pittl recupera la primera idea destacada por Jon Sobrino y la interpreta teológicamente: la realidad histórica de los pueblos crucificados como lugar hermenéutico y social de la teología. Asimismo, hace una lectura de la concepción ellacuriana de la espiritualidad radicada en la historia desde la opción por las personas y los colectivos empobrecidos.

El resultado es una teología post-idealista, que tiene un fuerte componente ético-profético. Aplicándole a ella la consideración lévinasiana de la ética como filosofía primera, bien podría decirse que, para el teólogo hispano-salvadoreño, la ética es la teología primera, el profetismo la manifestación crítico-pública de la ética y la utopía de la liberación de las mayorías populares el horizonte al que dirigir todo proyecto humano.

San Ignacio y los mártires de la UCA
San Ignacio y los mártires de la UCA

Filosofía

El objeto de su filosofía es la realidad histórica como unidad física, dinámica, procesual y ascendente. De aquí emanan los conceptos y las ideas fundamentales de su pensamiento: historia (materialidad, componente social, componente personal, temporalidad, realidad formal, estructura dinámica), praxis histórica, liberación y unidad de la historia. Su método, como acabo de indicar, es la historización de los conceptos filosóficos para liberarlos del idealismo y de la idealización en que suelen incurrir la filosofía y la teoría universalista de los derechos humanos.

Héctor Samour, uno de sus mejores intérpretes y especialistas, reinterpreta al maestro relacionando su pensamiento con la realidad histórica contemporánea, al tiempo que considera la filosofía de la historia como filosofía de la praxis. Otra línea de investigación del pensamiento filosófico de Ellacuría es la que hace una lectura pluridimensional con las siguientes derivaciones creativas, que enriquecen, recrean y reformulan su filosofía:

  1. a) Su conexión con la dialéctica hegeliano-marxista, que implica analizar la concepción que Ellacuría tiene de la dialéctica, la utilización del método dialéctico en su análisis político e histórico, y la dialéctica entre historia personal -biografía- e historia colectiva -el pueblo salvadoreño-, en otras palabras, el impacto y la capacidad transformadora de su vida y de su muerte en la historia de El Salvador.
  2. b) Su conexión con la teoría crítica de la primera Escuela de Frankfurt, que integra dialécticamente las diferentes disciplinas dando lugar a un conocimiento emancipador, así como su incidencia en la negatividad de la historia.
  3. c) Su conexión con la filosofía utópica de Bloch en uno de los últimos textos más emblemáticos de Ellacuría, considerado su testamento intelectual: «Utopía y profetismo en América Latina», cuyo origen fue la conferencia pronunciada en Madrid en 1988 en el VIII Congreso de Teología sobre “Cristianismo: profecía y utopía”.
  4. d) Su original teoría del «mal común» como mal histórico, la crítica de la civilización del capital y las diferentes formas de superarla.
  5. e) La relación mutuamente fecundante del pensamiento de Ellacuría con la denuncia profética de monseñor Romero y la crítica ético-estética del poeta salvadoreño Roque Dalton, así como la recuperación filosófica del cristianismo liberador.
  6. f) La fundamentación moral de la actividad intelectual y la relevancia del lugar de los oprimidos en los diferentes campos y facetas de quehacer teórico.
  7. g) La importante -y poco conocida- aportación de Ellacuría al pensamiento decolonial latinoamericano y su original lectura de la conquista como encubrimiento violento de los pueblos originarios y del despojo de sus riquezas, el desenmascaramiento de la gran mentira que fue la intención de los conquistadores de cristianizar los territorios indígenas y de la verdadera motivación de su viaje a América: dominar, conquistar, ampliar su poder y sus fuentes de riqueza.

Teoría crítica de los derechos humanos

Ellacuría ha hecho aportaciones relevantes en el terreno de la teoría y de una nueva fundamentación de los derechos humanos. Cabe destacar a este respecto su contribución a la superación del universalismo jurídico abstracto, su crítica de una visión desarrollista de los derechos humanos y a elaboración de una teoría crítica de los derechos humanos

El pensamiento de Ellacuría no es intemporal, sino histórico, y debe ser interpretado no de manera esencialista, sino al rito de la procesos históricos en diálogo con los nuevos climas culturales. Así leído e interpretado puede abrir nuevos horizontes e iluminar la realidad histórica contemporánea.

En los últimos años Héctor Samour -fallecido en 2022- José Manuel Romero y yo hemos publicado tres obras que profundizan en la vida y el pensamiento del filósofo y teólogo de la liberación y destacan la actualidad de su legado:

– Juan José Tamayo y José Manuel Romero, Ignacio Ellacuría. Teología, filosofía y critica de la ideología, Anthropos, Barcelona, 2019.

– Héctor Samour y Juan José Tamayo (editores), Ignacio Ellacuría, 30 años después (Tirant, Valencia, 2021): recoge las cuarenta conferencias del Coloquio Internacional celebrado en celebrado en noviembre de 2019 en San Salvador en conmemoración del trigésimo aniversario de su asesinato.

            – Juan José Tamayo y José Manuel Romero (editores), El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría, Tirant, Valencia, 2025. Recoge las ponencias del Simposio Internacional celebrado en la Universidad de Alcalá en noviembre de 2022 con la participación de Diego Gracia Guillén, Antonio González Fernández, Marcela Lisseth Brito de Gutter, Fernando Lautero Ramírez, Juan Antonio Nicolás, Fernando Monedero García, Javier López Goicoechea de Zabala, José Manuel Romero Cuevas y Juan José Tamayo Acosta.

Destruir las armas nucleares para salvar a la humanidad y a la naturaleza

En la nueva guerra fría que estamos viviendo y ante la amenaza de que se repitan Hiroshima y Nagasaki, las religiones, todas al unísono, tanto en su carácter institucional como en sus miembros y sus dirigentes, no pueden limitarse a pedir que no se utilicen las armas nucleares. Deben condenar la acción genocida de los Estados Unidos, reclamarle arrepentimiento y reparación

Juan José Tamayo

Foto archivo de la explosión de la bomba atómica tras caer sobre la ciudad japonesa de Hiroshima (Japón) el 6 de agosto de 1945. EFE/Peace Memorial Museum
Foto archivo de la explosión de la bomba atómica tras caer sobre la ciudad japonesa de Hiroshima (Japón) el 6 de agosto de 1945. EFE/Peace Memorial Museum

Los días 6 y 9 de agosto de 1945 Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas contra las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki respectivamente en un acto genocida escrupulosamente programado y moralmente reprobable, que redujo a ambas ciudades a cenizas, causó la muerte de más de 200.000 personas, dejó profundas cicatrices no solo en Japón sino en toda la humanidad y dio lugar al nacimiento de la era nuclear, una era de consecuencias imprevisibles para la humanidad y el planeta. Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, consciente del monstruo que había creado, recordó la afirmación de la Bhagavad-Gita, que se aplicó a sí mismo: “Me he convertido en la muerte, el destructor de los mundos”.

Ota Yoko, quizá la más prominente escritora japonesa de la llamada “literatura de la bomba atómica”, escribió en los meses de agosto a noviembre del mismo año Ciudad de cadáveres, referida a Hiroshima, su ciudad. Es uno de los relatos más impactantes sobre la explosión cuyo valor destaca por ser la autora víctima y observadora y por describir tanto el bombardeo atómico sobre Hiroshima como la magnitud del trauma provocado por el genocidio.

El libro no pudo publicarse hasta tres años después, y lo hizo bajo la censura del Código de Prensa impuesto por el Mando Supremo de las Potencias Aliadas (GHQ en inglés) y el consentimiento de la autora. En 1950 se publicó la versión íntegra. Dentro de la producción relacionada con la literatura de la bomba atómica, Ciudad de cadáveres es considerada “la obra más excepcional porque está escrita con un fuerte sentido de la vida y de la alegría por vivir a pesar de estar contemplando fijamente la muerte” (Koichiro Tanabe). Este año la editorial Satori ha publicado por primera vez el libro en castellano con un prólogo muy iluminador de Patricia Hiramatsu en torno a la “literatura de la bomba atómica”, la compleja biografía de la autora, el proceso de redacción y el desarrollo de la obra.

También es muy abundante la literatura sobre el segundo bombardeo atómico provocado el 9 de agosto de 1945 también por Estados Unidos contra la ciudad de Nagasaki, que visité hace unos meses en plenos preparativos del 80 aniversario. El recorrido por los lugares de la explosión, la visita al Ayuntamiento, la recepción del alcalde y la escucha de los testimonios de algunos sobrevivientes me sobrecogieron y me llevaron derechamente a un acto espontáneo de compasión con las víctimas no como simple sentir pena o lástima por lo sucedido, sino como una experiencia de identificación con el sufrimiento de las 74.000 personas muertas y el trauma de los supervivientes, como denuncia de sus autores, los dirigentes políticos y militares de Estados Unidos por tan execrable barbarie, y como exigencia de reparación de tal barbarie y de no repetición.

Quiero sumarme a los actos conmemorativos que se han celebrado estos días como motivo del 80 aniversario. Y lo hago a través de este decálogo en el que deseo comprometer a las religiones en la lucha por la paz, basada en la justicia, y en la destrucción de las armas nucleares.

1. Durante mis largos años de estudio de la historia de las religiones he podido comprobar que existe una falta de sintonía entre los mensajes de paz que predican las religiones y algunas de sus manifestaciones más violentas. Históricamente estas han atizado y siguen atizando no pocos conflictos bélicos a partir de los textos “sagrados”, que, leídos de manera fundamentalista, incitan a la violencia incluso en nombre de Dios. Pero las religiones pueden jugar también un importante papel en la construcción de una cultura de paz a partir de la activación de aquellos textos que llaman a la utopía de una sociedad pacífica y pacificadora. En esa dirección avanzan actualmente numerosos colectivos religiosos implicados en la resolución pacífica de los conflictos bélicos.

2. Es necesario pasar de las guerras de religiones al diálogo interreligioso, intercultural, interétnico e interplanetario, como condición necesaria para la paz entre las religiones y la paz en el mundo. De lo contrario serán cómplices de la extensión de la violencia en el mundo.

3. Hago mía la afirmación del filósofo y teólogo catalán intercultural Raimon Panikkar (1918-2010), que transitó armónicamente por los caminos del cristianismo, el budismo, el hinduismo y la secularización en plena armonía y sin ninguna contradicción: “Sin diálogo el ser humano se asfixia y las religiones se anquilosan”.

4. El diálogo interreligioso debe tener como resultado una ética mundial de la paz consensuada con estas propuestas: el trabajo por la no violencia activa y el respeto por la vida; la defensa de la naturaleza sometida a explotación por el actual modelo de desarrollo científico-técnico; la opción por los sectores, los pueblos y los continentes oprimidos, cuya vida ven amenazada a diario; la apuesta por una cultura de la solidaridad, que no deje a nadie atrás; la promoción de una cultura de la igualdad y la justicia de género, frente a la cultura patriarcal hoy imperante en todas las sociedades.

5. El mundo gasta hoy en armamento y en las guerras dos billones cuatrocientas mil millones de dólares. Las religiones, junto con otros actores en favor de la paz, deben denunciar dicho gasto y exigir a los gobiernos que lo destinen a la educación, la sanidad y la alimentación de los 750 millones de personas pobres y hambrientas que hay en el mundo.

6. El 1% de la población mundial tiene el 99% de las riquezas de toda la humanidad. El diálogo de culturas y el encuentro de religiones serán estériles si no van acompañados de una alianza en la lucha contra la pobreza, el hambre y las brechas de la desigualdad, cada vez más profundas, y en la condena del neoliberalismo, que, como afirma el Papa Francisco, es injusto en su raíz, genera tamañas desigualdades en el mundo entre el Norte global y el Sur global y “mata” realmente, no de manera metafórica.

7. Siguiendo el ejemplo de Francisco de Asís, Mahatma Gandhi, Martin Luther King y otros líderes religiosos, las religiones están llamadas a desterrar la violencia en todas sus formas, en su organización, en sus textos fundacionales, en sus códigos jurídicos, en sus discursos y en el estilo de vida de sus seguidores y seguidoras, y a fomentar la fraternidad-sororidad entre sus miembros y en la sociedad.

8. Nuestra sociedad vive inmersa en todo tipo de excesos y desmesuras: en el consumo, que desemboca en consumismo; en la múltiple discriminación de las mujeres por clase social, cultura, género, identidad sexual, religión, etnia, que desemboca en feminicidios; en el uso de la violencia, que desemboca en constantes guerras en las que los pueblos ponen siempre los muertos; en el odio contra las personas y los colectivos diferentes, que desemboca en racismo, xenofobia y aporofobia; en el maltrato a la naturaleza convertida en un basurero, que desemboca en ecocidio; en el abusivo ejercicio del poder, que desemboca en dictaduras y autoritarismos, etc.

Para evitar dichos excesos, las religiones deben contribuir a buscar la justa medida y seguir el camino medio, la moderación, el autocontrol, el equilibrio, la corresponsabilidad, la razón cordial, la compasión y la ética del cuidado.

9. En plena crisis de las religiones y en la era de la inteligencia artificial, de la tecnocracia, del transhumanismo, del supremacismo, del necrocapitalismo, es necesario recuperar la espiritualidad, que es una de las dimensiones fundamentales del ser humano, más allá de las creencias o increencias religiosas. La espiritualidad es el espacio verde de las culturas, de las religiones y de los pueblos, el lugar de la paz interior y exterior, y una de las mejores reservas de la humanidad que es necesario poner en valor y activar.

El diálogo entre espiritualidades y religiones deja sin efecto la justificación de la teoría de la “guerra justa”, desactiva las guerras de religiones y apuesta por la paz justa, inseparable de la justicia, como afirman dos textos de la Biblia hebrea: “la justicia y la paz se besan” (Salmo 85, 10); “el fruto de la justicia será la paz, la justicia traerá calma y seguridad perpetua” (Isaías, 32,17). Israel, depositario y heredero de estos mensajes, no solo los ha olvidado, sino que va en dirección contraria con el genocidio y el hambre como arma de guerra contra la población de Gaza.