«En la escuela de los Hechos de los Apóstoles…»

Cardenales Vesco y Marengo

por Marie-Lucile Kubacki
 
Roma (Agenzia Fides) – En la escuela de los Hechos de los Apóstoles, los cardenales Jean‑Paul Vesco, arzobispo de Argel, y Giorgio Marengo, prefecto apostólico de Ulán Bator, aceptaron volver sobre su experiencia para Fides en Argelia y Mongolia. Entre el desierto del Sáhara y la estepa del Gobi, describen una misión entendida no como activismo, sino como una presencia humilde, relacional y llena de esperanza, llamada a anunciar el Evangelio en el corazón de sociedades que no han sido modeladas por el cristianismo.

En su carta a los cardenales de abril, el papa León XIV habla de la «necesidad de relanzar» la exhortación apostólica Evangelii gaudium en relación con la misión de la Iglesia. ¿Cómo resuena para ustedes la palabra «misión»?

Cardenal Jean‑Paul Vesco. Para mí, la palabra «misión» resuena ante todo como una pregunta: «¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué nos quedamos? ¿Qué queremos vivir?». Creo que esta pregunta del «por qué» es más fecunda que la del «cómo». Viviendo en un país donde nuestra Iglesia es minoritaria y jurídicamente limitada, he aprendido que la misión no se mide por la cantidad de cosas que hacemos ni por la visibilidad de nuestras iniciativas, sino por la autenticidad de nuestra presencia y la calidad de nuestra esperanza. A menudo comparo nuestra Iglesia con una persona con discapacidad: desde fuera se ve sobre todo lo que no puede hacer, pero aquello que sí hace tiene un gran valor. Del mismo modo, la misión no es una prestación, sino una fidelidad. Lo esencial no pasa en primer lugar por las palabras. Predicamos a un Mesías crucificado con lo que somos, con nuestra manera de vivir las relaciones respetando la fe del otro. La misión, para mí, consiste en dejar transparentar nuestra esperanza, a menudo de manera discreta, casi frágil.

Cardenal Giorgio Marengo. Cuando oigo la palabra «misión», especialmente a la luz de Evangelii gaudium, pienso inmediatamente en una relación: la que une a quien envía y a quien es enviado. El sustantivo «misión» viene del verbo latino mittere, enviar. Supone una relación viva entre quien envía y quien es enviado. No es simplemente: «hazme este encargo, ve a llevar este libro»; es otra cosa. La misión se vive en un nivel profundo, allí donde nos damos a nosotros mismos; de lo contrario, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie, de «hacer» descuidando el «ser». En un contexto como el de Mongolia, donde el anuncio explícito está regulado y la Iglesia es muy pequeña, la misión adopta el rostro de la discreción y la cercanía. Cito a menudo la observación de una catequista mongola que un día dijo: al principio, en Mongolia, la Iglesia no envió paquetes de libros, sino que envió personas. La misión se vive en esta presencia humilde y relacional que permite a Cristo llegar a los corazones a través de mediaciones humanas muy sencillas.

Ambos viven en países marcados por grandes desiertos —el Sáhara o el Gobi—. ¿De qué modo esta experiencia ha modelado su forma de comprender la misión?

Cardenal Jean‑Paul Vesco. En Argelia, la mayor parte del país es efectivamente un desierto. Pero el 80% de la población vive en el 20% del territorio: el desierto es inmenso, pero está poco habitado. A mi llegada, a principios de los años 2000, viví un año y medio en Béni Abbès, donde Charles de Foucauld había fundado su primer eremitorio, para aprender árabe. En cierto modo, fue él quien me llevó a Argelia. Allí experimenté realmente el desierto: la inmensidad, el encuentro con los nómadas. Creo que fue el año más feliz de mi vida. Es mi paraíso perdido. Cuando fui elegido prior de la Provincia dominicana de Francia y tuve que regresar en veinticuatro horas, mientras era vicario general de la diócesis de Orán, atravesé una crisis existencial. Uno de los signos era que ya no lograba rezar a Charles de Foucauld, al que había dejado en Argelia: tenía la impresión de haberlo perdido. Un día, en París, entré en la iglesia de Saint‑Augustin, precisamente donde él se había convertido. Releyendo la oración de abandono, todo se pacificó en mí: comprendí que podía volver a ser feliz allí donde estuviera, en París o en cualquier otro lugar, con Charles de Foucauld. En el desierto hace falta un guía. Caminé mucho con un amigo nómada al que me costaba seguir, y comprendí la diferencia entre caminar tras las huellas de alguien y caminar exactamente en sus pasos. Cuando lograba poner mis pasos en los suyos, todo cambiaba: tenía su energía. Me dije: caminar siguiendo a Cristo y caminar en sus pasos son dos cosas distintas. Para mí, la misión es aprender poco a poco a caminar en sus pasos más que limitarse a seguir su rastro.

Cardenal Giorgio Marengo. Cuando me convertí en obispo, dado que la Iglesia en Mongolia no es todavía una diócesis sino una prefectura apostólica, recibí el título de una antigua diócesis que ya no existe: Castra Severiana, en Argelia. Me alegró estar vinculado a esa parte del mundo, al desierto y a Charles de Foucauld. No he vivido en el desierto, pero pasé catorce años en una región de Mongolia muy cercana al desierto del Gobi, el mayor desierto frío del mundo. Allí Teilhard de Chardin realizó sus estudios y compuso su meditación «La misa sobre el mundo». He ido muchas veces por visitas y exploración. Para mí, el desierto es ante todo la experiencia del vacío: la extensión incalculable del espacio. Cuando me encuentro en medio del desierto, me siento invitado a pasar a un nivel superior, porque la escasez de relaciones hace que todo adquiera más peso. Se pueden tener conversaciones que en la ciudad son más difíciles, porque cada uno se abre más. La inmensidad y la intimidad están ligadas. Se percibe la propia pequeñez y, paradójicamente, las sombras de la mañana y de la tarde son muy largas, porque el sol sale y se pone muy bajo en el horizonte. Como si estuviéramos llamados a algo más grande de lo que imaginamos. Esto modela mi manera de comprender la misión: menos como una multiplicidad de iniciativas y más como algunas relaciones muy densas, en ese vacío que hace que todo sea más valioso.

Hoy viven en grandes capitales. ¿En qué cambia la ciudad la manera de vivir la misión respecto al desierto?

Cardenal Jean‑Paul Vesco. Para mí, el desierto está en la ciudad. Experimenté el oasis de Béni Abbès como un lugar de sociabilidad extremadamente intensa, donde siempre se está en relación. En Orán ya es distinto y, cuanto más crece la ciudad, más se convierte para mí en un desierto: las personas están más aisladas, es más difícil entrar en relación. Ser cristiano en una sociedad musulmana es mucho más fácil en Béni Abbès que en Argel. Pensemos en la experiencia de René Voillaume, fundador de los Pequeños Hermanos de Foucauld. Queriendo seguir el ejemplo de Charles de Foucauld, se fue a El Abiodh Sidi Cheikh, en el desierto, y allí fundó un monasterio. Pero después de la guerra, los hermanos comprendieron que el desierto estaba en la ciudad, donde se encuentran las pobrezas, y la familia de Foucauld realizó un cambio completo de espiritualidad. La misión, para nosotros, consiste entonces en habitar estos «desiertos urbanos», hechos de soledad y pobreza relacional.

Cardenal Giorgio Marengo. Para mí, es más fácil estar en relación con Dios en el desierto que en la ciudad. Esto no significa que sea imposible, pero en el desierto uno se ve ayudado por el paisaje y el contexto. Se está naturalmente más dispuesto a pensar, mientras que en la ciudad uno se distrae. Las ciudades son lugares de gran soledad, pero a menudo se trata de una soledad negativa, en medio de la multitud, mientras que en el desierto se puede experimentar una soledad positiva. Ulán Bator, por ejemplo, es una ciudad muy congestionada. Después de los años 2000 ha experimentado una explosión demográfica: hoy la mitad de la población del país se concentra en un espacio reducido, aunque sigue pensando de manera nómada. Los desafíos de la convivencia son grandes. Estoy convencido de que se necesitan espacios de silencio en el corazón de las ciudades, posibilidades de escuchar una palabra de sabiduría. Los monasterios budistas diseminados en la capital son para la gente lugares de gran reflexión. En la Iglesia, deseamos que también nuestras parroquias sean lugares de paz y de encuentro con Dios y entre nosotros. Esta es, a mi parecer, la primera vocación de las parroquias en las ciudades de hoy.

En sus países no se trata de proselitismo, y las Iglesias viven con fuertes limitaciones legales y culturales. ¿De qué modo estos límites redefinen la misión?

Cardenal Jean‑Paul Vesco. Cuando se me dice: «Están limitados», a menudo el tono es peyorativo y no me parece justo. Tomo dos ejemplos. El primero es el de la danza clásica. Las bailarinas dan la impresión de tener un cuerpo sin límites, con gran ligereza, pero eso es fruto de un trabajo inmenso dentro de un marco muy exigente. El segundo es el de las personas con discapacidad que mencionaba antes. Para mí, ambos ejemplos convergen. En mi misión de evangelización, ¿hay algo esencial que no pueda hacer en Argelia? En el fondo, ¡muy poco! Predicamos con lo que somos y con nuestra esperanza.

Cardenal Giorgio Marengo. Me reconozco en lo que dices. La cuestión del límite nos ayuda a permanecer en contacto con lo esencial. A veces, cuando se piensa que se puede hacer todo, se corre el riesgo de perderse y de agotarse en una multiplicidad de actividades. En este sentido, paradójicamente, vivir la fe en un contexto minoritario con mayores límites externos es un ejercicio hacia una libertad más grande. Nos empuja a adherirnos a lo que es verdaderamente esencial. La limitación legal y cultural se convierte en una ayuda indirecta para ir a lo que realmente importa.

¿Se puede todavía hablar de misión cuando el anuncio explícito está limitado y todo debe vivirse con gran discreción?

Cardenal Jean‑Paul Vesco. No puedo reducir la misión a una dialéctica explícito/implícito. Lo que sé es que hablo mucho más de Dios en Argelia que en Europa, porque la gente me pregunta mucho más, sin cesar. La cuestión más profunda para mí es la de la verdad que reconozco en la fe del otro. Pienso en la frase de Pierre Claverie: «Soy creyente, creo que hay un Dios, pero no pretendo poseer ese Dios… Dios no se posee. No se posee la verdad, y yo necesito la verdad de los otros».
En mi experiencia concreta, «discreto» significa poco visible, pero también respetuoso. Nuestra presencia es discreta porque respeta la voz del otro. La discreción puede ser signo de finura, de respeto y de realismo: no hacer la pregunta de más, la que rompería una relación de confianza apenas naciente. Recuerdo mi primera Navidad en Argelia: ningún signo exterior en las calles, y sin embargo en nuestras comunidades una alegría muy fuerte, de la que muchos guardan nostalgia. Cuando regresé a Francia, me dije: por fin una Navidad tradicional. Y, sin embargo, echaba de menos la Navidad de Argelia, que es incomparable.
A veces se nos reprocha hacer obras sociales sin hablar de Cristo. No nos lo prohibimos. Me gusta esta frase de Desmond Tutu: «Mi vida es el evangelio que muchas personas leerán». No se trata de hablar de Él sin cesar, sino de hacerlo visible a través de nuestras vidas. Y es en la pregunta que nace en el otro —«¿por qué están aquí?»— donde reside, creo, una gran fuerza misionera.

Cardenal Giorgio Marengo. Conozco bien esa cita de Pierre Claverie, a quien admiro mucho. Cada año reflexionamos con los misioneros sobre el hecho de que la misión debe vivirse en un nivel profundo, dando una parte de nosotros mismos; de lo contrario, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie, de «hacer» descuidando el «ser».
¿Tiene sentido hablar de misión cuando el anuncio es tan limitado? La respuesta es sí, como explicó el papa Francisco en Evangelii gaudium. La misión no es ante todo una acción exterior, sino una presencia humilde y relacional, llevada por la alegría del Evangelio. En Occidente, a veces he constatado que se acogen de buen grado los proyectos de desarrollo, pero se molestan cuando se dice: «Estamos aquí por Cristo». Lo importante es volver a esta relación con Cristo. Como decía una de nuestras catequistas, Rufina: «La Iglesia envió personas, no envió paquetes de libros». Si la misión consistiera solo en difundir un mensaje, bastaría con enviar un SMS a todos. Pero la misión es mucho más hermosa: es una relación viva con Cristo, que nos toma tal como somos y nos introduce en una circulación de amor, de alegría y de plenitud.

En Europa, la fe ha modelado catedrales; en Mongolia los nómadas viven en estructuras ligeras como la ger. ¿Qué formas de Iglesia les parecen más adecuadas para la misión hoy?

Cardenal Jean‑Paul Vesco. Pienso en el hermano Roger Schutz, fundador de Taizé. Al principio, los hermanos se reunían en la pequeña capilla románica del pueblo. Luego, misteriosamente, comenzaron a llegar jóvenes y un hermano arquitecto comenzó a construir una iglesia de hormigón. Un día, el hermano Roger fue a ver las obras y se marchó furioso, porque le parecía que todo se había rigidizado. Pero algunas semanas antes de Pascua, los hermanos se dieron cuenta de que la iglesia era demasiado pequeña. El hermano arquitecto dijo: «Solo hay una cosa que hacer: derribar la fachada». Desde entonces, la estructura inicial de piedra se ha mantenido, acompañada de una parte modulable. Es lo que el hermano Roger llamaba la «dinámica de lo provisional».
En Argelia, nuestra relación con el lugar es particular: la primera evangelización tuvo lugar antes de san Agustín, luego vinieron la islamización y la colonización. La mayoría de las iglesias que existieron están en ruinas o se han convertido en mezquitas. Vivimos entre huellas de patrimonio y fragilidad presente. Las dos dinámicas, la de la piedra y la de la tienda, son importantes. La arquitectura es también una manera de existir; es un poder. Cuando se construye una catedral, inevitablemente entra también en juego el ego de quienes la construyen. Y luego está la trascendencia, la belleza, y esta belleza sostiene la oración. Pero, ¿qué es justo y qué no lo es? Es un discernimiento constante.

Cardenal Giorgio Marengo. Para las Iglesias jóvenes, es importante mirar a las sociedades en las que la fe cristiana ha modelado el arte, la música y la arquitectura sagrada. Uno de los efectos de la evangelización es que el encuentro con Cristo modela no solo la vida de las personas, sino también un estilo de vida, opciones políticas y artísticas. Al mismo tiempo, aprecio la idea de la «provisionalidad» y de la ligereza, propias de la cultura nómada mongola, con su sobriedad: no gastar demasiado dinero en mantener edificios. El riesgo para nosotros, misioneros, es llegar y construir inmediatamente cosas. Venimos de realidades en las que la Iglesia es también un lugar físico y a veces construimos primero los edificios, pensando que la comunidad vendrá después. En Mongolia somos 64 misioneros de 29 nacionalidades distintas: cada uno lleva consigo el modelo de Iglesia de su país y a veces desea reproducirlo. El deseo de construir iglesias hermosas nace de una intención muy buena. Pero para mí sigue siendo una cuestión abierta: cómo articular la ligereza y lo provisional, muy en sintonía con la cultura mongola, con la dimensión positiva y legítima de un lugar de culto estable. Quizá estamos llamados a inventar formas híbridas.

Última pregunta: ambos viven en Iglesias que están todavía en sus inicios, aunque ambas estén marcadas por una presencia antigua. ¿De qué manera la Iglesia de los orígenes, la de los Hechos de los Apóstoles, puede ser una fuente de inspiración?

Cardenal Jean‑Paul Vesco. Es cierto que nuestra Iglesia se parece a la Iglesia de los comienzos descrita en los Hechos de los Apóstoles, y constatarlo nos sostiene mucho. Como la Iglesia primitiva, aspiramos a ser un solo corazón y una sola alma; y, como ella, estamos atravesados por desgarramientos, conflictos, desconfianzas y celos. Como ella, tenemos regularmente la impresión de tener que empezar de nuevo desde cero y reconstruir, y percibimos de manera muy concreta y encarnada las dificultades que aparecen tanto en los Hechos de los Apóstoles como en las cartas de Pablo. Como en los tiempos de la primera Iglesia, nos maravillamos de lo que el Espíritu puede hacer en las vidas de manera humanamente inexplicable. Y al mismo tiempo vemos al Divisor actuar dentro de nuestra comunidad. Entre el número muy pequeño de cristianos argelinos de nuestra Iglesia, cuatro han fallecido en los últimos tres años, entre ellos uno de nuestros dos seminaristas, acogido como un don de Dios. Dos bautizados en la Pascua de 2025 subieron al cielo dentro de los seis meses siguientes a su bautismo, y otra fue gravemente herida en un improbable accidente doméstico dos días después de haber pedido el bautismo. Es sin duda la gracia de los comienzos: vivir de forma directa estas tribulaciones del Maligno y también la fuerza del soplo del Espíritu.
Durante la visita del Santo Padre el pasado mes de abril, esperaba presentarle una Argelia sonriente y bañada de sol. En cambio, una furia de los elementos puso a dura prueba parte de lo que habíamos preparado. Me sentí herido, hasta que comprendí que, lejos de la imagen de postal que había deseado, era una pequeña Iglesia de corazón ardiente, luchando contra viento y marea, la que se mostraba en su verdad.

Cardenal Giorgio Marengo. En Mongolia nos referimos a menudo a los Hechos de los Apóstoles como nuestra inspiración. Allí encontramos descrita nuestra realidad cotidiana, con sus luces y sombras, y de ahí sacamos confianza y esperanza. Sentimos con fuerza la responsabilidad de acompañar a la primera generación de cristianos, que tienen mucho que darnos con la frescura de su adhesión a la fe. En particular, nos interesa la dinámica testimoniada en los Hechos del anuncio del Evangelio al mundo no judío. En esas fases primordiales de la Iglesia naciente se maduró la convicción de que el Evangelio era para todos y, por tanto, había que dirigirse también a los pueblos no directamente vinculados a la experiencia de Israel. Como nos sucede a nosotros en el encuentro con las tradiciones religiosas de Asia. En la escuela de los Hechos, sentimos que estamos llamados a «susurrar el Evangelio al corazón de Mongolia», a través de un testimonio sencillo y discreto que florece en relaciones de auténtica fraternidad.

(Agencia Fides) 

San Carlos de Foucauld y Lilias Trotter: Dos luces del desierto

En la inmensa quietud del desierto argelino, San Carlos de Foucauld y Lilias Trotter siguieron caminos distintos, pero sus almas se encontraron en un mismo anhelo: vivir solo para el amor de Cristo. Ambos comprendieron que la santidad no busca ser vista, sino ofrecerse en silencio, como la flor del desierto que florece solo para Dios. En su humildad y entrega aprendieron que la verdadera misión nace del amor vivido, no del ruido ni del éxito.

Que sus vidas nos inspiren a encontrar, en medio de nuestros propios desiertos, el gozo de servir en lo oculto y amar sin medida.

> “El desierto y el yermo se alegrarán; florecerá como el lirio.”

— Isaías 35:1

San Carlos de Foucauld (1858–1916) fue un misionero francés que vivió entre los tuareg del Sahara, llevando una vida de oración, servicio y fraternidad. Su espiritualidad inspiró numerosas comunidades religiosas.

Lilias Trotter (1853–1928) fue una artista inglesa y misionera protestante que renunció a la fama para llevar el Evangelio a Argelia. Su vida unió belleza, sencillez y una profunda fe en el poder transformador del amor de Dios.

Hermano Rogelio (CEHCF)

«LOS POBRES NOS EVANGELIZAN» JESÚS HACE SU ACCIÓN DESDE LOS POBRES PARA LOS POBRES Y CON MEDIOS POBRES

El punto de partida, el punto de llegada y los medios que utiliza Jesús son todos del mundo pobre.a) Jesús hace acción desde los pobresJesús vino no solamente para salvar a los pobres, sino a todo el mundo, pero precisamente porque vino a salvar a todos, se situó al lado de los pobres, porque el lugar del pobre es el único lugar universal. Antes veíamos cómo Jesús, entre los tres grupos sociales de su tiempo, perteneció al grupo del pueblo, e hizo su acción desde el grupo de los marginados. Estas opciones de Jesús tienen una significación de universalidad así: el grupo del pueblo al que pertenece Jesús es el único universal, porque a él puede acceder todo el mundo, el poderoso puede hacerse pueblo y el marginado está llamado a integrarse a la sociedad en plano de igualdad.Por otra parte el hecho de hacer su acción desde los marginados tiene también un sentido de universalidad. Como hay personas que ni siquiera son capaces de acceder a la condición de todo el mundo, Jesús va hacia ellos. Es el comentario que hace Carlos de Foucauld al nacimiento de Jesús en el pesebre y que expresa muy bien este sentido de la opción de Jesús por los más pobres. Dice Carlos de Foucauld en el comentario del evangelio del nacimiento: “Jesús desde el principio quiso ser el hermano universal, mostrar que venía para todos los hombres, por eso nació en un pesebre, allí pudieron acudir, primero los pastores y luego los magos. Si Jesús hubiera nacido en el palacio de Herodes, habrían podido entrar los magos pero no los pastores”. Y en otro pasaje dice: “Jesús ocupó voluntariamente el último lugar, para que toda persona, aun el más marginado y despreciado pudiera encontrarlo como hermano».b) Jesús optó por medios pobres.Jesús le dio una especial importancia a los medios (Mt. 4.1). En el pasaje de las tentaciones, a Jesús se le ofrecen como formas de acción los medios de poder: el poder económico, político y religioso y cuando empieza su vida pública se le ofrece el poder popular, la gente lo quiere proclamar Rey (Jn. 6,1 5). Jesús rechaza apoyarse en estos cuatro poderes, que racionalmente serian los más apropiados para que lo reconocieran como Dios, pero 0pta por los medios pobres (acogida, generosidad, entrega, ayuda, amor etc.). Los medios pobres son los únicos eficaces para su misión. Jesús presenta los medios pobres como medios eficaces, es decir, que no los escoge por humildad, ni por modestia, es porque los otros medios no le sirven.
LA OPCIÓN DE JESÚS POR EL POBRE ES EN FUNCIÓN DEL REINO.Ello quiere decir que la opción de Jesús por el pobre no es una opción individualista. Jesús viene a hacer una sociedad nueva, trae un proyecto comunitario que es el Reino. Por eso la preocupación de Jesús no es simplemente liberar al pobre, sino hacer una sociedad nueva. La actividad de Jesús es desde la persona del pobre pero no es una acción individual: busca hacer una sociedad nueva. (Cf. Apoc. 21,1-8; Is. 11,1-9; 65,17-25). Ampliemos este concepto: antes de esta época post-moderna se ha tenido una visión de la persona bastante individualista. Se mira la persona más como un individuo y en la persona todo se hace depender de su voluntad.Por eso el cambio y la conversión son de tipo individualista. Después del Concilio Vaticano II se descubre toda la dimensión estructural y comunitaria de la persona. Se descubre que ésta no existe sino dentro de las estructuras; que el individuo no existe como ser aislado, sino dentro de una red de relaciones, y por lo tanto, la persona no se cambia simplemente por la voluntad, sino que también tiene que haber un cambio de estructuras. En otros términos quiere decir, que el individuo está inmerso en su medio y para que él cambie, tienen que cambiar las estructuras.De esta manera se pasa de una visión individualista a una visión estructural que repercute en la acción y el compromiso de la persona. Se termina oponiendo persona y estructuras en la manera de concebir la fe y de juzgar la actitud y el compromiso de Jesús. Unos tienen una visión politizada de Jesús que aparece como el gran revolucionario y otros una visión moralista de Jesús para quienes lo que Él propone es un cambio individual.Pero en realidad, mirando lo concreto de la existencia, descubrimos que la persona es a la vez conciencia y estructura, es decir, que cada uno de nosotros somos una conciencia personal, y singular que existe dentro de un contexto sociocultural. Ello implica que la persona no se puede separar de las estructuras y que hay dos maneras de trabajar sobre la persona, o desde la estructura, o desde lo personal. Si se trabaja desde su conciencia individual se debe tener en cuenta la estructura y si se trabaja desde la estructura, se debe tener en cuenta la persona.Esta perspectiva nos ayuda a comprender mejor el proyecto de Jesús. Jesús habla y propone el Reino. En este sentido es una visión colectiva. Pero esa preocupación por el Reino, Jesús la hace desde la persona. Jesús no buscó directamente un cambio de estructuras, pero eso no quiere decir que no haya interés en un cambio de estructuras; todo lo contrario, EL vino a hacer una sociedad nueva. La posición de Jesús no es política, pero tiene una proyección política. Jesús no vino simplemente a cambiar los individuos sino a proponer el Reino. La opción por el pobre es la opción por una sociedad nueva construida desde y a partir de la persona del pobre.
JESÚS DESCALIFICA LA RIQUEZA COMO IDEAL DE VIDAJesús descalifica la riqueza como ideal de vida y no sólo 0pta por el pobre, sino que rechaza la riqueza como opción de vida; rechaza la riqueza como objetivo de la vida. La riqueza no puede ser el fin de la búsqueda del hombre. No se puede servir a Dios y al dinero (Mt. 6,24) y quien sigue a Jesús, tiene que asumir los valores del pobre: la justicia y la solidaridad (Lc. 19,1).JESÚS TOMA LA DIMENSIÓN DESTRUCTORA DE LA POBREZA Y LE CAMBIA DE SIGNIFICACIÓN.Finalmente es necesario ver cómo Jesús se sitúa personalmente frente a la dimensión destructora de la pobreza. Jesús no escoge la dimensión destructora de la pobreza, pero sí la asume como consecuencia de su opción por una vida pobre y al lado del pobre. La cruz no es escogida directamente por Jesús. Más aún, siente rechazo frente a ella y le pide al Padre que se la quite. (Mc. 14,36). La cruz es consecuencia de su estilo de vida. Si Jesús hubiera optado por los ricos y por medios ricos, no le habría pasado lo que le pasó. Jesús asume las consecuencias, pero le cambia de significación, Jesús asume la cruz y le cambia de sentido, porque en lugar de signo de destrucción, convierte la cruz en signo de liberación. La muerte la convierte en vida (Hebreos 12,2). En Jesús hay una diferencia esencial en su actitud frente a la cruz y frente a la pobreza. Jesús la cruz no la busca, la pobreza si la busca. Frente a la cruz muestra su repugnancia y su rechazo: le dice al Padre que si es posible aparte de Él ese cáliz. Pero no le dice al Padre que le quite la pobreza, antes por el contrario, la reivindica en las Bienaventuranzas, que son la “radiografía de la existencia pobre” (Lc. 1O,21).
ORIGINALIDAD EN LA MANERA EN QUE JESÚS SE SITÚA FRENTE AL POBRESin embargo, no basta con decir que Jesús llevó una existencia pobre. Es preciso detenerse a ver lo que hay de original en esa manera de llevar Jesús la existencia pobre. Veamos ahora dónde está la originalidad de Jesús en su manera de asumir la existencia pobre.
JESÚS 0PTA POR LA EXISTENCIA POBRE Y AL MISMO TIEMPO 0PTA POR VIVIR COMO LOS POBRES.
Él pudo haber llevado una existencia pobre como los ascetas, retirado del mundo para vivir a pan y agua. Pero quiso voluntariamente llevar una vida como la de los pobres. Es decir, Jesús 0pta por llevar una vida como la de los pobres. Su vida pobre es el fruto de una opción.Pues bien, separado de Jesús, decir que se es pobre por opción y se es pobre como los pobres ¡es una contradicción! Precisamente lo típico de la vida de los pobres, es que no es fruto de una opción. Por eso una cosa es optar por los pobres y otra vivir como los pobres. Pero en Jesús esto pierde su contradicción, pues las dos posiciones tienen y adquieren su valor desde Jesús: Él opta, y opta por una vida como las de los pobres. Él la hace su estilo de vida.El ser pobre como los pobres adquiere su pleno y profundo sentido, cuando se hace desde Jesús y por seguimiento de Jesús: “Amo la pobreza porque Él la amó”, escribe Pascal en los pensamientos.
JESÚS VIVE LA SOLIDARIDAD CON EL POBRE HACIÉNDOSE POBRE
Ésta también es una originalidad de Jesús, porque la solidaridad con el pobre no exige racionalmente hacerse pobre sino luchar contra la destrucción. Sólo cuando se quiere vivir al estilo de Jesús se descubre el valor de vivir como los pobres y de mostrar su solidaridad haciéndose como ellos.
FEDERICO CARRASQUILLA M.

PREGONAR EL EVANGELIO POR MEDIO DE LA VIDA


Las fraternidades ocupan dentro de la Iglesia un lugar muy humilde y
su manera de vivir no debe ser interpretada como una crítica o una
desconsideración hacia otras formas de apostolado reconocidas por la Iglesia.
Sin embargo, el apostolado de los Hermanitos parece responder a una nueva
necesidad de evangelización del mundo, necesidad de la que es oportuno ser
conscientes.
La Humanidad tiene, más que nunca, necesidad de un alma cristiana.
Sin embargo, la eficacia del esfuerzo misional parece apagarse a causa de
nuevas condiciones de vida causadas por la confusión de las situaciones
sociales o internacionales. El desarrollo de los métodos técnicos hasta en los
terrenos sociológico, psicológico o pedagógico, incita a poner en marcha esas
mismas técnicas con miras al apostolado. Por otro lado, los hombres
experimentan una intensa necesidad de unidad, de colaboración, de
emancipación, a fin de evitar las peores catástrofes. Los cristianos se ven
conducidos, por este hecho, a insistir en el apostolado sobre los valores de
justicia, de paz y de amor fraterno. La nostalgia de la unidad impulsa a la
reconciliación a las cristiandades separadas de la Iglesia, avivando en ellas el
deseo de atenuar o de colocar en segundo plano las divergencias doctrinales.
Se abre paso una tendencia general, entre las diversas religiones o teologías, a
considerar las divergencias de fe y las verdades dogmáticas como de menor
importancia frente a la urgencia de unidad de acción a favor de la paz. El
desaliento, el escepticismo empujan a la Humanidad a buscar una salida en el
desarrollo intensivo del bienestar material. La existencia de un mundo
invisible o de un destino ultraterrestre parece despertar mucho menos interés.
Influidos por este clima ambiente, los espíritus más generosos se ponen a
buscar a Cristo a través del acontecimiento, a través de la realización de la
Historia o dentro de un servicio del hombre casi exclusivo. Tales movimientos
seducen el espíritu de los cristianos ávidos de seguir estando, ante todo, muy
presentes en el mundo. Sin embargo, estas espiritualidades en busca de
eficacia y llenas de aspiraciones generosas son difíciles de definir en términos
de verdad objetiva. A través de todo esto, el apostolado de los cristianos,
enriquecido con nuevas perspectivas y con un retorno del sentido comunitario,
corre el riesgo de una tentación permanente: la de descuidar la enseñanza y la
presencia viva de Jesús, de aquel cuyo encuentro constituye el término
obligatorio de toda vida humana, y cuyo retorno entre nosotros sigue siendo el
centro de la historia del mundo y de su transformación última. Comprendemos
mejor, dentro de un contexto semejante, la oportunidad del mensaje del
Hermano Carlos de Jesús invitándonos a un apostolado de testigos y mediante
los pobres medios evangélicos. Esta manera de afirmar la objetividad del
mundo invisible viene a insertarse, a su hora y en su humilde lugar, en el gran
conjunto de la acción apostólica de la Iglesia. Jacques Maritain escribió en
alguna parte: “Existen para la comunidad cristiana, en una época como la
nuestra, dos peligros inversos: el peligro de no buscar la santidad más que en
el desierto y el peligro de olvidar la necesidad del desierto para la santidad”.
Uno de los efectos de la vida de los Hermanitos ¿no es el de ayudar a
la comunidad cristiana a evitar ese doble peligro? No hace falta insistir sobre
las causas, demasiado conocidas dentro del contexto del mundo actual, de este
divorcio entre la vida humana y la realidad transcendente del Reino de Jesús,
que no cesa, sin embargo, de seguir trabajando dentro de la Iglesia y en el
fondo de los corazones. Las fraternidades fieles a su ideal traen dos respuestas
a esta necesidad vital, la de la eficacia de su ejemplo y la de una espiritualidad
apta para mantener una vida contemplativa en medio del mundo. Tal vez no
realizamos suficientemente la importancia vital de un testimonio semejante.
Una de las consecuencias de la vida religiosa de los Hermanitos es
justamente demostrar, realizándola, la posibilidad de llevar una oración
contemplativa auténtica, dentro de las mismas condiciones de vida que los
trabajadores manuales asalariados, que son los que sufren con más rigor las
consecuencias del progreso de la civilización técnica.
El esfuerzo hecho por cada uno de nosotros para permanecer
valerosamente fiel a su unión con Cristo, a pesar de todas las tentaciones, las
pesadeces, las fatigas que le impone la vida de una fraternidad obrera
mezclada con el mundo, repercute en el conjunto de los miembros del Cuerpo
Místico de Jesús. Con Él son todos los trabajadores prisioneros del trabajo
industrial, aminorados por un exceso de cansancio; todos los pobres
acaparados por la inquietud del alimento de cada día, todos aquellos que
disipan las fuerzas de su espíritu y de su conciencia moral en el seno de una
civilización que sólo se ocupa del placer; son todos estos quienes, junto con
los Hermanitos y a través de su oración contemplativa, vuelven a encontrar
algo de la fe en Dios y de la unión con Cristo Una fraternidad fiel a su
vocación de oración dentro de la pobreza y el trabajo puede tener una
influencia insospechada en la vida espiritual de los cristianos que se acercan a
ella o que saben de su existencia. El solo ejemplo de las fraternidades ¿no
contribuyó muchas veces a devolver a seglares, y en ocasiones hasta a
sacerdotes, el sentido de la oración de adoración o el de la presencia de Dios
en su vida?
Lo que casi siempre sorprende en la vida de una fraternidad ferviente
es que unos hombres que podrían “hacer otras cosas” puedan pasar así su
vida, sin actividades interesantes, sin un fin capaz de satisfacer realmente las
aspiraciones legítimas de un hombre normal: este renunciamiento es una señal
que permite a los hombres sospechar la existencia, en el mundo invisible, de
una realidad sobrenatural. Sin la realidad de ese mundo, una tal manera de
vivir es, en efecto, inexplicable.
Sin el ejemplo vivo de las fraternidades, muchos cristianos no habrían
creído posible llegar a una verdadera oración contemplativa dentro de las
condiciones ordinarias de la vida actual y tampoco se hubieran atrevido a
pensar que fuera para ellos una necesidad vital. Son muy numerosos los
testimonios que permiten afirmarlo. Si la enseñanza principal de la vida
religiosa de las fraternidades se apoya sobre la oración eucarística de
adoración, es preciso añadirle, además, el testimonio de pobreza y de amistad
fraternal hacia todos los hombres.
Los Hermanitos más humildemente fieles a su vocación no tienen, sin
duda, conciencia de esta acción apostólica, y es mejor que sea así. Siento
hasta como un cierto malestar al tener que subrayar de esta manera la eficacia
de la vida de una fraternidad generosa. El Padre de Foucauld expresaba todo
esto con palabras sencillas y clásicas cuando decía a los Hermanitos: “Su fin
consiste en dar gloria a Dios conformando su vida con la de Nuestro Señor
Jesús, adorando la Santa Eucaristía y santificando a los pueblos infieles por la
presencia del Santísimo Sacramento, la ofrenda del divino Sacrificio y la
práctica de las virtudes evangélicas”.
En efecto, un contemplativo debe abstenerse de intentar comprobar la
eficacia de su vida misionera; de otro modo arriesgaría destruir su fervor,
porque debe bastarle con que sea para su Dios muy amado. Por lo demás, la
difusión del mensaje de que está encargado no está necesariamente vinculado
a una presencia inmediata. ¿Cómo podría comprobar el resultado de su vida?
Los Hermanitos tienen por vocación permanecer entre los pobres, pero no se
sigue siempre que pueda comprobarse inmediatamente una influencia sobre
este mismo ambiente. Algunos deducirán que su vida no sirve para nada.
¿Para qué vivir así? Ahora bien; puede ser que la influencia bienhechora de
esta fraternidad se deje sentir más allá de los límites del barrio a otros
ambientes, entre las clases más acomodadas, los ambientes de acción católica,
por ejemplo, o hasta entre el clero, influencia tanto más profunda, tal vez,
cuanto que deriva de un testimonio silenciosamente vivido más bien que de
una predicación por medio de la palabra.
Los hermanos recordarán este aspecto de su misión cuando no
comprueben ningún resultado de su presencia. En esto mismo las
fraternidades serán fieles a su fundador: después de varios años de presencia
entre los “harratins” de Beni-Abbés, y más adelante entre los de Tamanrasset,
el Hermano Carlos hubiera podido descorazonarse al no comprobar el menor
progreso en la evangelización de esas poblaciones enteramente próximas con
las que compartía la vida, mientras que su testimonio debería negar en pocos
años a los ambientes más diversos, a una gran distancia y aun hasta las
extremidades del mundo.
El Hermano Carlos de Jesús nos trajo mucho más por medio de su
vida que mediante su enseñanza. No estuvo encargado de enseñar o de
predicar. Sus escritos mismos son menos una enseñanza que la transmisión
viva y directa del ritmo diario de su vida de intimidad con Dios. Sus escritos
no son tan sólo meditaciones, ecos de su vida íntima: son actos.
Cuando escribía que su vocación y la de sus hermanos era la de
“pregonar el Evangelio por medio de su vida”, con esto lo había dicho todo.
RENÉ VOILLAUME, Por los Caminos del Mundo,
(Madrid, 1962, 310- 316

La evangelización no se hace por proselitismo, sino por testimonio

Siguiendo al Papa

  • Por: Anam Cara
  • El Papa Francisco: La evangelización no se hace por proselitismo, sino por testimonio, por atracción. Nosotros sacerdotes necesitamos mucho tener a nuestro lado a estos laicos que creen de verdad y con su testimonio nos enseñan el camino. Carlos de Foucauld con esta experiencia anticipa los tiempos del Concilio Vaticano II, intuye la importancia de los laicos y comprende que el anuncio del Evangelio pertenece a todo el pueblo de Dios. Del 13 al 19 de octubre de 2023.

Audiencia general. Proseguimos nuestro encuentro repasando algunos cristianos que han sido ejemplo de este celo apostólico. Hoy quisiera hablaros de un hombre que ha hecho de Jesús y de los hermanos más pobres la pasión de su vida.

Me refiero a san Carlos de Foucauld el cual, «desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos» ¿Y cuál ha sido el “secreto” de Carlos de Foucauld, de su vida? 

Él, después de haber vivido una juventud alejada de Dios, sin creer en nada si no en la búsqueda desordenada del placer, lo confía a un amigo no creyente, al que, después de haberse convertido acogiendo la gracia del perdón de Dios en la Confesión, revela la razón de su vivir. Escribe: «He perdido mi corazón por Jesús de Nazaret»[1]. 

El hermano Carlos nos recuerda así que el primer paso para evangelizar es tener a Jesús dentro del corazón, es “perder la cabeza” por Él. Si esto no sucede, difícilmente logramos mostrarlo con la vida. 

Más bien corremos el riesgo de hablar de nosotros mismos, de nuestro grupo de pertenencia, de una moral o, peor todavía, de un conjunto de reglas, pero no de Jesús, de su amor, de su misericordia. 

Creo que hoy sería bonito que cada uno de nosotros se pregunte: Yo, ¿tengo a Jesús en el centro del corazón? ¿He perdido un poco la cabeza por Jesús? Carlos sí, hasta el punto que pasa de la atracción por Jesús a la imitación de Jesús.

Aconsejado por su confesor, va a Tierra Santa para visitar los lugares en los que el Señor ha vivido y para caminar donde el Maestro ha caminado. En particular es en Nazaret que comprende que tiene que formarse en la escuela de Cristo. Vive una relación intensa con el Señor, pasa largas horas leyendo los Evangelios y se siente su hermano pequeño. 

Y conociendo a Jesús, nace en él, el deseo de darlo a conocer. Siempre sucede así: Cuando cada uno de nosotros conoce más a Jesús, nace el deseo de darlo a conocer, de compartir este tesoro. Al comentar el pasaje de la visita de la Virgen a santa Isabel, le hace decir: «Me he donado al mundo… llevadme al mundo». 

Sí, pero ¿cómo? Como María en el misterio de la Visitación: «en silencio, con el ejemplo, con la vida»[2]. Con la vida, porque «toda nuestra existencia – escribe el hermano Carlos – debe gritar el Evangelio»[3]. 

Y muchas veces nuestra existencia grita mundanidad, grita muchas cosas estúpidas, cosas extrañas y él dice: “No, toda nuestra existencia debe gritar el Evangelio”. Entonces decide establecerse en regiones lejanas para gritar el Evangelio en el silencio, viviendo en el espíritu de Nazaret, en pobreza y en lo escondido. 

Va al desierto del Sahara, entre los no cristianos, y allí llega como amigo y hermano, llevando la mansedumbre de Jesús Eucaristía. Carlos deja que sea Jesús quien actúe silenciosamente, convencido de que la “vida eucarística” evangeliza. 
De hecho, cree que es Cristo el primer evangelizador. …Y nosotros, me pregunto, ¿creemos en la fuerza de la Eucaristía? Nuestro ir hacia los otros, nuestro servicio, ¿encuentra ahí, en la adoración, su inicio y su cumplimiento?

Estoy convencido de que nosotros hemos perdido el sentido de la adoración; debemos retomarlo, empezando por nosotros los consagrados, los obispos, los sacerdotes, las monjas y todos los consagrados. “Perder” tiempo delante del tabernáculo, retomar el sentido de la adoración. 

Carlos de Foucauld escribe: «Todo cristiano es apóstol»[4]; y recuerda a un amigo que «cerca de los sacerdotes hacen falta laicos que vean lo que el sacerdote no ve, que evangelizan con una cercanía de caridad, con una bondad para todos, con un afecto siempre preparado para donarse»[5]. 

Y esos laicos, ese laico, esa laica que están enamorados de Jesús hacen entender al sacerdote que él no es un funcionario, que él es un mediador, un sacerdote. 

UNA ESPIRITUALIDAD QUE INTERROGA

Boletin Iesus Caritas, Octubre-Diciembre 2016

  1. El servicio evangelizador
    En nueve condiciones podemos resumir lo que el Hno.
    Carlos se pide a sí mismo y pide a los que quieren asumir esta tarea
    de servicio evangelizador.
    7.1. La santidad personal del evangelizador. Su ideario en pos de la santidad se irá modulando a imagen del “Bienamado Hermano y Señor Jesús”, llegando a concreciones simples y domésticas. Viviendo estas actitudes más ordinarias y domésticas, como son la pobreza, la


amistad y la bondad, el cristiano va mostrando en sí la imagen-icono
del único evangelizador, Jesucristo. La evangelización se va
realizando a través de la vida pobre, amistosa y bondadosa,
entregada y compartida paciente y en medio de una vecindad y un
pueblo. La pobreza, la amistad y la bondad de estas relaciones
diariamente compartidas van transformándolas hasta llegar a
hacerse relaciones de familia, relaciones fraternas que serán la señal
de la presencia de Jesucristo y de su acción misteriosa en medio de
las gentes. La Fraternidad que así se va construyendo es la Palabra
que señala al Verbo Encarnado y Salvador, imagen del Padre,
misterio infinito que vive en el corazón de todos los hombres, a
quien desde la vivencia de la fraternidad se comienza a balbucear su
nombre más auténtico: “abbá”.
“No es de los Chamba de quienes nosotros debemos aprender cómo
hay que vivir, sino de Jesús … Jesús nos dice «Seguidme». San
Pablo nos ha dicho «sed mis imitadores, como yo soy imitador de
Cristo». Jesús sabía la mejor manera de llevarle las almas. San
Pablo fue su incomparable discípulo. ¿Esperamos hacerlo mejor
que ellos? Los musulmanes no se equivocan: de un sacerdote buen
caballista, buen tirador, dicen: es un excelente caballista, nadie tira
como él, incluso añaden: es digno de ser chambi… No dicen: es un
santo… Con razón natural, a menudo darán su amistad al
primero, pero si entregan su confianza respecto a su alma, se la
darán al segundo… No tomemos, para conducir las almas a Dios,
tales o cuales sentimientos, que no nos son recomendados por el
Espíritu Santo. Tomemos por maestro a San Pablo, que consiguió
bastantes conversiones en circunstancias difíciles, y que nos dice a
todos, por inspiración del Espíritu Santo: «Sed mis imitadores,
como yo soy imitador de Cristo
». El Espíritu Santo nos conduce
por San Pablo a la pura y simple imitación de Jesús, como mejor
medio para salvar a las almas… El que quiera seguirme que me
siga. ..El que me sigue no anda en las tinieblas… El discípulo no es
mayor que el Maestro, es perfecto si se parece al Maestro” 106.
7.2 Estilo del evangelizador: más hermanos que padres
Nota del servicio evangelizador será ser más hermanos que
padres. Así se verifica, de alguna manera, aquella sentencia de Jesús:


«Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro
Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Ni llaméis padre a nadie sobre la
tierra, porque uno sólo es vuestro Padre, el que está en los cielos. No os
hagáis llamar doctores, porque uno sólo es vuestro doctor, el Mesías. El más
grande de vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalzare será humillado,
y el que se humillare será ensalzado
»107.
7.3. Uso de medios pobres
Los medios pobres fueron los que usó Jesús, no utilizó los
medios poderosos, sino los pequeños y humildes:
“«Yo he venido a salvar al mundo» Nosotros tenemos el mismo
fin, nosotros debemos no redimir al género humano, sino trabajar
por su salvación; empleemos los medios que Él mismo ha empleado;
pues bien, esos medios no son la sabiduría humana rodeada de
fasto y de brillo y sentada en el primer lugar, sino la sabiduría
divina, escondida bajo la apariencia de un pobre, de un hombre que
vive del trabajo de sus manos, de un hombre sabio y lleno de
ciencia, pero pobre, despreciado, abyecto, que no estudió jamás en
las escuelas de los hombres, sino que a sus ojos fue conocido como
viviendo humildemente de un trabajo vil…
”108.
7.4. Dando y, al mismo tiempo, recibiendo
Cuando el Hno. Carlos reglamenta para sus hermanos la
vida en pobreza, lo hace por una parte con una cierta rigidez, pero
por otra va comprendiendo también que la pobreza no consiste sólo
en dar, sino también en recibir con amor y delicadeza el compartir de
los pobres.
Debemos vivir una vida muy pobre, todo en la Fraternidad debe
ser conforme a la pobreza del Señor Jesús, los edificios, los muebles, los
vestidos, la alimentación, la capilla, en fin, todo.
Nos está permitido recibir, en caso de necesidad urgente y
excepcional, bien sea nuestra, bien del prójimo (pues en esto no hacemos
ninguna diferencia entre los Hermanos y todos los humanos que están fuera
de la Fraternidad: Ama a tu prójimo como a ti mismo).

Nos está prohibido recibir préstamos, a no ser de cosas muy
pequeñas o de muy poco dinero, como los pobres… No recibimos estipendios
de Misas. No aceptamos ninguna remuneración de los huéspedes, de quienes
vengan a hacer un retiro, ni de los enfermos que reciben hospitalidad, alivio
o remedio: damos estos socorros gratis, como los daba Jesús, como dados por
Jesús, como dados a Jesús en sus miembros.
Nos está permitido recibir dones de poco valor, cuando se nos
ofrecen espontáneamente, y son más bien signos de amistad que otra cosa,
como un paquete de imágenes piadosas o un cesto de frutos…
Nos conducimos según el ejemplo de Ntro. Señor Jesús en
Nazaret, prohibiéndonos tajantemente todo lo que diera como resultado el
que no viviéramos del trabajo de nuestras manos como Él, y concediéndonos
la amplitud suficiente para aceptar con libertad de espíritu, sencillez,
dulzura, agradecimiento, los pequeños regalos amistosos, como Él los
recibiera en Nazaret de sus vecinos…
”109.
7.5. Coherentes en la predicación y en el testimonio de vida
Es de nuevo en su “Diario apostólico” de Bèni-Abbés donde
nos deja escritas estas reflexiones: 21 de junio de 1903. “Predicadores de Jesús, que «no tenía una
piedra en que reposar su cabeza”, no debemos hacer lo contrario de
lo que predicamos, sino ser una predicación muda, sobre todo yo,
que no predico sino de ese modo […] Christianus alter Christus.
Es en relación a los misioneros como los infieles juzgan el
cristianismo. Si queremos que ellos vean a Jesús y la religión tal
como son, seamos otros cristos
” 110.
7.6. La predicación por el ejemplo
En el artículo XXVIII, titulado «Medios generales, en
particular para la conversión de las almas alejadas de Jesús y en
especial de los infieles pertenecientes a las colonias de la madre
patria», coloca en 6º lugar el buen ejemplo y en el 7º la bondad. Al
explicar su contenido, unos párrafos más adelante, dice:
“Por su ejemplo los hermanos y hermanas deben ser una
predicación viva: cada uno de ellos debe ser un modelo de vida

evangélica. Viéndolos se debe ver lo que es la vida cristiana, lo que
es la religión cristiana, 1o que es el Evangelio, 1o que es Jesús.
La diferencia entre su vida y la vida de los no cristianos debe
hacer aparecer con brillo dónde está la verdad. Ellos deben ser un
Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, y especialmente los
infieles, deben conocer, sin libros y sin palabras, el Evangelio a la
vista de su vida. El ejemplo es la única obra exterior por la que
pueden actuar sobre las almas completamente rebeldes a Jesús, que
no quieren ni escuchar las palabras de sus servidores, ni leer sus
libros, ni recibir sus bienes, ni aceptar su amistad, ni comunicar de
ninguna manera con ellos; sobre éstos no hay más acción que el
ejemplo; pero esta acción por el ejemplo es tanto más fuerte cuanto
que suscita menos desconfianza, dado que toda apariencia de
engaño o de seducción quedan apartadas”

7.7. Pobreza es libertad para servir confiando en Dios
El “descenso” del Verbo desde el Padre es lo que lleva al
Hno. Carlos al despojamiento de las riquezas terrenas:
Año 1989. “¡Dios mío, no sé si es posible a algunas almas veros
pobre y seguir siendo voluntariamente ricas, de verse mayores que
su maestro, que su Bienamado, de no querer parecerse a Vos en
todo lo que de ellas depende y sobre todo en vuestros abajamientos;
yo creo que ellas os aman, sin embargo creo que falta algo a su
amor, y en cualquier caso, yo no puedo concebir el amor sin una
necesidad, una imperiosa necesidad de conformidad, de parecido, y
sobre todo de compartir todas las penas, todas las dificultades,
todas las durezas de la vida… ¡Ser rico, a mi gusto, vivir
dulcemente de mis bienes, cuando Vos habéis sido pobre, viviendo
penosamente de un rudo trabajo! ¡Yo no puedo, Dios mío… Yo no
puedo amar así… «No conviene que el servidor sea mayor que el
Maestro», ni que la esposa sea rica cuando el Esposo es pobre,
sobre todo cuando Él es voluntariamente pobre y es perfecto
!”112.
7.8. Amigos para ser apóstoles
Carlos de Foucauld es un hombre enormemente afectuoso,
que necesita y goza del afecto de sus amigos [Gabriel Tourdes,

Henry Laperrine; Motylinski el capitán Nieger, P. Guerin; el P.
Huvelin); el joven Ouksem,…].
Quien ama a sus amigos quiere para ellos lo mejor. Para el
Hno. Carlos, lo mejor es la amistad de Jesús, cuyo camino tratará de
indicar a sus amigos.
1º Cristianos: Charlar mucho con ellos, “ser el amigo de todos,
de los buenos y de los malos, ser el hermano universal; en la medida de lo
posible, no recibir nada de nadie, sin que lo parezca, no recibir, ni pedir, ni
aceptar ningún servicio, sino lo indispensable. Rendir todos los servicios
compatibles con nuestro estado, con la perfección
”. El bien mayor que se
puede hacer a los cristianos es llegar a ser el amigo del corazón, el
confidente de cada uno, para que una vez establecida la amistad se
puedan dar con fruto buenos consejos, buenos criterios, hacer bien a
sus almas.
2º Con los soldados indígenas: ser de acogida fácil, muy
grata con ellos, sin ser familiar… Si buscan mantener relaciones de
mayor intimidad, aceptarlas, hablándoles únicamente de Dios, de la
santidad, de cosas espirituales, darles consejos conformes a la
perfección respecto a sus asuntos familiares, si lo piden, no dárselos
sobre los asuntos temporales.
3º Con los otros indígenas: Tratar de ponerlos en confianza
y amistad, a fin de que una vez establecida la confianza se les puedan
dar con fruto, progresivamente, las mejores enseñanzas… Obtener su
amistad por la bondad, la paciencia, los servicios (pequeños servicios
de cualquier clase que se pueden hacer a todos: pequeñas limosnas,
medicamentos, hospitalidad). “Tratar de tener con ellos el máximo de
relaciones posibles para establecer confianza y amistad, pero en estas
relaciones ser discreto… Aprovechar de todo para estrechar con ellos la
amistad, aumentar en todos la confianza… En la medida de lo posible,
vivir como ellos. Tratar de mantener la amistad con todos, ricos y pobres,
pero ir sobre todo y en primer lugar a los pobres, según la tradición
evangélica”
113.
Todo el Directorio de la Unión está atravesado por la idea
de la necesidad de la amistad. Propone a los miembros de la Unión:

Que conozcan a los cristianos de su vecindad; en la medida y de la
manera que les aconseje su Director Espiritual, que se «mezclen»
con ellos, con caridad, prudencia, reserva, con discreción y
delicadeza, con humildad y dulzura; que se hagan sus amigos,
ganen su estima, su confianza, su afecto, recordando que el mejor
medio para ser amado es amar uno mismo. Cuanto más amigos de
todos, mejor conocerán las necesidades de cada uno, y mejor podrán
remediar los males y socorrer y consolar en el momento oportuno.
Que se interesen afectuosamente por todos los cristianos vecinos,
alegrándose con sus alegrías y compadeciendo sus penas (un
pequeño adelanto de GS), que les ayuden material y
espiritualmente con una entrega fraterna
” 114.
7.9. Ser buenos, en el mejor sentido de la palabra.
Ser bueno para todos, rezar y hacer penitencia por todos, dar de
tal forma buen ejemplo que viéndome se vea una fiel imagen de
Jesús, a fin de santificarme lo más posible
” 115.
Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome
deben decirse: «Puesto que este hombre es tan bueno, su religión
debe ser buena». Si se me pregunta por qué soy dulce y bueno, debo
decir: «Porque yo soy el servidor de Alguien mucho más bueno que
yo. Si Vds. supieran qué bueno es mi Maestro Jesús
” 116.
Todos los cristianos están llamados al apostolado de la
bondad. Escribe a su amigo L. Massignon:
Es amando a los hombres como se aprende a amar a Dios. El
medio de alcanzar la caridad para con Dios es practicarla con los
hombres. Yo no sé a qué le llama Dios especialmente: yo sé muy
bien a qué llama a todos los cristianos, hombres y mujeres,
sacerdotes y laicos, célibes y casados; a ser apóstoles, apóstoles por el
ejemplo, por la bondad, por un contacto bienhechor, por un afecto
que llama a la conversión y que conduce a Dios, apóstol bien como
Pablo, bien como Aquila y Priscila, pero siempre apóstol,
«haciéndose todo a todos» para dar a todos a Jesús
” 117.

8 Propuesta de una Fraternidad renovada a la luz del
Evangelio y del carisma foucaldiano.

Partimos de nuestra realidad de bautizados que intentamos
vivir el Evangelio y la Fraternidad “en el corazón de las masas y
sufrimos con nuestro pueblo buscando con empeño razones para la
esperanza. Ofrecemos ocho caminos para releer el Evangelio y
ponerlo en obra con los ojos del carisma y las intuiciones de Carlos
de Foucauld:
8.1. Fraternidad belenita (Cf. Mt 1.2; Lc 2)
Sufrimos la realidad de encontrarnos en una Fraternidad sin
apoyos y sin poder (inscripción para no ser “don nadie”, tener un
nombre, pertenecer a una familia). Formamos parte de una Iglesia
que pide ayuda y “toca a las puertas” saliendo a las periferias
existenciales actualizando el misterio ambiguo de la debilidad y la
dependencia como lo fue en aquel niño de Belén.
Al tiempo es Iglesia con corazón universal (Adoración de
pastores, reyes, aldeanos,…) que no excluye y a todos ofrece. El
signo es “el último lugar”: “un niño se nos ha dado”; “La Palabra se
ha hecho carne y habita entre nosotros”.
Nuestras pequeñas fraternidades están envueltas como sal
en la masa de nuestras ciudades, barrios, diócesis, iglesias. Sus notas
características son: la ternura que produce la contemplación del
misterio (amistad, bondad, disponibilidad, la aceptación de la
voluntad de Dios halla donde estemos,…); la peregrinación al
encuentro de Dios y los hermanos (símbolos de Belén: universo,
estrellas, aire, animales…); guiados por el Amor y necesitados de él
(necesitamos sentirnos queridos y acogidos, suspiramos por el
detalle para sentirnos acompañados en nuestras soledades,…).
8.2. Fraternidad nazaretana
¿De Nazaret puede salir algo bueno?; ¿No es éste el hijo de
José, el carpintero?118
Estamos en un momento histórico de falta de esperanza.
Hay muchos profetas de desesperanza. También la desesperanza ha
entrado en la Iglesia y en la Fraternidad. Hemos perdido relevancia

social lo que nos ha hecho descubrir que nuestro corazón está lejos
de lo que anunciamos como Evangelio. Nuestra autoestima se ha
visto afectada por lo que se hace necesario encontrar, clarificar y
reforzar nuestra identidad y misión con otros criterios (“Sólo Dios”).
Vivimos en una nueva situación histórica donde la
globalización y el pluralismo de la “aldea global” ha generado
curiosamente la uniformidad del “hombre unidimensional”119. Quizás
el momento exige menos dogmas y más coherencia de vida120.
Nazaret es tiempo de silencio, trabajo, familia, acogida,
hospitalidad,… valores no desechables para hacer creíble el mensaje
del Evangelio a los hombres y mujeres de hoy.
Nuestra Fraternidad nos ayuda a vivir el misterio de la
Iglesia en cuanto nos dedicamos a nuestro trabajo evangelizador;
aceptamos nuestra debilidad y limitaciones; vivimos en familia los
acontecimientos; aceptamos la monotonía diaria; amamos a nuestro
pueblo; nos sorprendemos ante la belleza de la cotidianidad
8.3. Fraternidad cananita. De corazón universal. Cf. Jn 2,1-12.
Iglesia que supera el AT por la alegría del vino nuevo121.
Constatamos: la realidad de sufrimiento y sus repercusiones en el
ánima de las gentes y en su deterioro físico-psicológico y espiritual;
muestras propias limitaciones intelectuales, de carácter; los
movimientos asociativos y solidarios; la necesidad de sentirnos
queridos, perdonados, sanados; la necesidad de hacer un mundo
nuevo y fraterno “in solidum” (solidarios).
Fraternidad: Siempre preocupación y pone los medios para
llegar a los pobres haciéndose pobre y empleando medios pobres
para el anuncio del Evangelio; signo entre los excluidos y
marginados; empeño en comunicar la alegría de vivir.
8.4. Fraternidad samaritana. Cf. Lc 10,25-38
Iglesia que atiende al otro, sin distinción de razas, cultura o
condición, porque somos hermanos y hemos sido engendrados en el
mismo seno materno; de seguidores convencidos de Jesucristo; que

están en el mundo y se “acercan” al hermano; que montan al herido
en su propia cabalgadura (=signo de reconocimiento de su dignidad
de hijo de Dios); que pone lo que es y tiene al servicio del otro; que
crea fraternidad cf. décima de La Soterraña en Ávila en la cripta de
la Iglesia de san Vicente: “Si a la Soterraña vas / ve que la Virgen te
espera: / que, por esta su escalera, / quien más baja sube más. / Pon
del silencio el compás / a lo que vayas pensando… / Baja, y subirás
volando / al cielo de tu consuelo; /que para subir al Cielo /se sube
siempre bajando”.
Fraternidad: lugar de “salud” y donde nos “llaman por
nuestro nombre”; donde no se juzga a nadie y se acompaña en el
sufrimiento y las búsquedas personales; donde se anima a seguir
caminando y a sentir insatisfacción por lo que aún queda por
alcanzar y lo mucho que queda por hacer; al encuentro de los nuevos
tipos de pobreza.
8.5. Fraternidad betainita, hogar. Cf. Jn 12,1-8
Iglesia acogedora, responsable los unos de los otros,
hospitalaria, con capacidad de fiesta; con respeto a la historia
personal; donde nos reponemos de las heridas de la vida para seguir
adelante.
La Fraternidad: lugar de amistad; con sentido de
pertenencia; grupo humano abierto; donde los carismas están al
servicio de todos; lugar privilegiado para compartir la vida y abrir el
corazón; con preocupación por los que sufren; espacio de ternura, de
reconocimiento de lo que somos.
8.6. Fraternidad santuario. Cf. Act 2,42-47
Espacio para Dios y escuela de oración (=con-templación)
personal y comunitaria.
La Fraternidad: orar para llevar a Dios a la vida, para mirar
la vida con los ojos de Dios. Celebrar la presencia del Señor en
medio de nosotros. Dispensar los dones de Dios a través de débiles
instrumentos. Crecimiento en comunitario.
8.7. Fraternidad profética. Cf. Lc 13,10-17; Act 3,1-12
Anuncio de la liberación y denuncia de todo lo que impide
que ésta sea una realidad; anuncio de esperanza; exigencia de
conversión/acción.

Exigencia de conversión. Anuncio del Evangelio, denuncia
de todas aquellas situaciones que dificultan la puesta en práctica del
Reino de Dios.
8.8. Fraternidad Cafarnaita
La realidad se palpa en el corazón de las masas. Estar en
Cafarnaúm es estar en la complejidad de la vida pública donde los
sentimientos son de magnitud e impotencia, de sencillez y
complejidad, de encuentros personales y masa.
“«Padre mío, haz de mí lo que te plazca» Con esta invocación
cambiamos de registro, ya no es la oración de Jesús agonizante, el orante
habla en futuro y uno vuelve insensiblemente a la oración de Jesús en el
Huerto de los Olivos y a la del Padre Nuestro. «Haz que se realice Tu
voluntad»: Se trata de lo que se nos hace y no de lo que nosotros hacemos.
Son sobre todo los acontecimientos que soportamos, las contradicciones, la
enfermedad, el sufrimiento, la muerte. Saber interpretar estas situaciones
para descubrir mejor la voluntad del Padre que nos ama, es entrar en la
oración de Jesús: «No lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres». Es desear
esta voluntad amante como se desea un alimento.
La perfección del amor está en la coincidencia perfecta entre la
voluntad del Padre, su deseo sobre mí y mi propio deseo: «No deseo
ninguna otra cosa, Dios mío»: El camino de la perfección es el lento
acercamiento de estos dos deseos bajo la acción del Espíritu que armoniza y
unifica.
Y este deseo de unión total al amor del Padre se amplía y se
extiende a todos aquellos que han nacido de la voluntad de Dios: «Con tal
que Tu voluntad se haga en mí, en todas Tus criaturas, en todos Tus hijos,
en todos aquellos que ama Tu corazón»”
122.
© MANUEL POZO OLLER

106 Carnet de Bèni-Abbés

107 Mt 23, 8-12.

108 Oeuvres spirituelles de Charles de Jésus, père de Foucauld (Anthologie) 186.

109 Ibid., 449-450.
110 Carnet de Bèni-Abbés

111 Directoire de l´Union 65-69.
112 La derniére place, 175.

113 Carnet de Bèni-Abbés 115-117.

114 Directoire de l´Union 94-95.
115 Oeuvres spirituelles de Charles de Jésus, père de Foucauld (Anthologie) 538.
116 Ibid., 383.
117 Lettres à Louis Massignon 127.

118 Mt 13,55.

119 Cf. HERBERT MARCUSE, El hombre unidimensional Ensayo sobre la ideología de la
sociedad industrial avanzada (Barcelona 19729).
120 Cf. PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975).
121 FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelium gaudium (2013).

122 ANTOINE DE CHATELARD, Boletín Familias Carlos de Foucauld 1 (Almería 1999)
44 – 45.