En la inmensa quietud del desierto argelino, San Carlos de Foucauld y Lilias Trotter siguieron caminos distintos, pero sus almas se encontraron en un mismo anhelo: vivir solo para el amor de Cristo. Ambos comprendieron que la santidad no busca ser vista, sino ofrecerse en silencio, como la flor del desierto que florece solo para Dios. En su humildad y entrega aprendieron que la verdadera misión nace del amor vivido, no del ruido ni del éxito.
Que sus vidas nos inspiren a encontrar, en medio de nuestros propios desiertos, el gozo de servir en lo oculto y amar sin medida.
> “El desierto y el yermo se alegrarán; florecerá como el lirio.”
— Isaías 35:1
San Carlos de Foucauld (1858–1916) fue un misionero francés que vivió entre los tuareg del Sahara, llevando una vida de oración, servicio y fraternidad. Su espiritualidad inspiró numerosas comunidades religiosas.
Lilias Trotter (1853–1928) fue una artista inglesa y misionera protestante que renunció a la fama para llevar el Evangelio a Argelia. Su vida unió belleza, sencillez y una profunda fe en el poder transformador del amor de Dios.
El punto de partida, el punto de llegada y los medios que utiliza Jesús son todos del mundo pobre.a) Jesús hace acción desde los pobresJesús vino no solamente para salvar a los pobres, sino a todo el mundo, pero precisamente porque vino a salvar a todos, se situó al lado de los pobres, porque el lugar del pobre es el único lugar universal. Antes veíamos cómo Jesús, entre los tres grupos sociales de su tiempo, perteneció al grupo del pueblo, e hizo su acción desde el grupo de los marginados. Estas opciones de Jesús tienen una significación de universalidad así: el grupo del pueblo al que pertenece Jesús es el único universal, porque a él puede acceder todo el mundo, el poderoso puede hacerse pueblo y el marginado está llamado a integrarse a la sociedad en plano de igualdad.Por otra parte el hecho de hacer su acción desde los marginados tiene también un sentido de universalidad. Como hay personas que ni siquiera son capaces de acceder a la condición de todo el mundo, Jesús va hacia ellos. Es el comentario que hace Carlos de Foucauld al nacimiento de Jesús en el pesebre y que expresa muy bien este sentido de la opción de Jesús por los más pobres. Dice Carlos de Foucauld en el comentario del evangelio del nacimiento: “Jesús desde el principio quiso ser el hermano universal, mostrar que venía para todos los hombres, por eso nació en un pesebre, allí pudieron acudir, primero los pastores y luego los magos. Si Jesús hubiera nacido en el palacio de Herodes, habrían podido entrar los magos pero no los pastores”. Y en otro pasaje dice: “Jesús ocupó voluntariamente el último lugar, para que toda persona, aun el más marginado y despreciado pudiera encontrarlo como hermano».b) Jesús optó por medios pobres.Jesús le dio una especial importancia a los medios (Mt. 4.1). En el pasaje de las tentaciones, a Jesús se le ofrecen como formas de acción los medios de poder: el poder económico, político y religioso y cuando empieza su vida pública se le ofrece el poder popular, la gente lo quiere proclamar Rey (Jn. 6,1 5). Jesús rechaza apoyarse en estos cuatro poderes, que racionalmente serian los más apropiados para que lo reconocieran como Dios, pero 0pta por los medios pobres (acogida, generosidad, entrega, ayuda, amor etc.). Los medios pobres son los únicos eficaces para su misión. Jesús presenta los medios pobres como medios eficaces, es decir, que no los escoge por humildad, ni por modestia, es porque los otros medios no le sirven. LA OPCIÓN DE JESÚS POR EL POBRE ES EN FUNCIÓN DEL REINO.Ello quiere decir que la opción de Jesús por el pobre no es una opción individualista. Jesús viene a hacer una sociedad nueva, trae un proyecto comunitario que es el Reino. Por eso la preocupación de Jesús no es simplemente liberar al pobre, sino hacer una sociedad nueva. La actividad de Jesús es desde la persona del pobre pero no es una acción individual: busca hacer una sociedad nueva. (Cf. Apoc. 21,1-8; Is. 11,1-9; 65,17-25). Ampliemos este concepto: antes de esta época post-moderna se ha tenido una visión de la persona bastante individualista. Se mira la persona más como un individuo y en la persona todo se hace depender de su voluntad.Por eso el cambio y la conversión son de tipo individualista. Después del Concilio Vaticano II se descubre toda la dimensión estructural y comunitaria de la persona. Se descubre que ésta no existe sino dentro de las estructuras; que el individuo no existe como ser aislado, sino dentro de una red de relaciones, y por lo tanto, la persona no se cambia simplemente por la voluntad, sino que también tiene que haber un cambio de estructuras. En otros términos quiere decir, que el individuo está inmerso en su medio y para que él cambie, tienen que cambiar las estructuras.De esta manera se pasa de una visión individualista a una visión estructural que repercute en la acción y el compromiso de la persona. Se termina oponiendo persona y estructuras en la manera de concebir la fe y de juzgar la actitud y el compromiso de Jesús. Unos tienen una visión politizada de Jesús que aparece como el gran revolucionario y otros una visión moralista de Jesús para quienes lo que Él propone es un cambio individual.Pero en realidad, mirando lo concreto de la existencia, descubrimos que la persona es a la vez conciencia y estructura, es decir, que cada uno de nosotros somos una conciencia personal, y singular que existe dentro de un contexto sociocultural. Ello implica que la persona no se puede separar de las estructuras y que hay dos maneras de trabajar sobre la persona, o desde la estructura, o desde lo personal. Si se trabaja desde su conciencia individual se debe tener en cuenta la estructura y si se trabaja desde la estructura, se debe tener en cuenta la persona.Esta perspectiva nos ayuda a comprender mejor el proyecto de Jesús. Jesús habla y propone el Reino. En este sentido es una visión colectiva. Pero esa preocupación por el Reino, Jesús la hace desde la persona. Jesús no buscó directamente un cambio de estructuras, pero eso no quiere decir que no haya interés en un cambio de estructuras; todo lo contrario, EL vino a hacer una sociedad nueva. La posición de Jesús no es política, pero tiene una proyección política. Jesús no vino simplemente a cambiar los individuos sino a proponer el Reino. La opción por el pobre es la opción por una sociedad nueva construida desde y a partir de la persona del pobre. JESÚS DESCALIFICA LA RIQUEZA COMO IDEAL DE VIDAJesús descalifica la riqueza como ideal de vida y no sólo 0pta por el pobre, sino que rechaza la riqueza como opción de vida; rechaza la riqueza como objetivo de la vida. La riqueza no puede ser el fin de la búsqueda del hombre. No se puede servir a Dios y al dinero (Mt. 6,24) y quien sigue a Jesús, tiene que asumir los valores del pobre: la justicia y la solidaridad (Lc. 19,1).JESÚS TOMA LA DIMENSIÓN DESTRUCTORA DE LA POBREZA Y LE CAMBIA DE SIGNIFICACIÓN.Finalmente es necesario ver cómo Jesús se sitúa personalmente frente a la dimensión destructora de la pobreza. Jesús no escoge la dimensión destructora de la pobreza, pero sí la asume como consecuencia de su opción por una vida pobre y al lado del pobre. La cruz no es escogida directamente por Jesús. Más aún, siente rechazo frente a ella y le pide al Padre que se la quite. (Mc. 14,36). La cruz es consecuencia de su estilo de vida. Si Jesús hubiera optado por los ricos y por medios ricos, no le habría pasado lo que le pasó. Jesús asume las consecuencias, pero le cambia de significación, Jesús asume la cruz y le cambia de sentido, porque en lugar de signo de destrucción, convierte la cruz en signo de liberación. La muerte la convierte en vida (Hebreos 12,2). En Jesús hay una diferencia esencial en su actitud frente a la cruz y frente a la pobreza. Jesús la cruz no la busca, la pobreza si la busca. Frente a la cruz muestra su repugnancia y su rechazo: le dice al Padre que si es posible aparte de Él ese cáliz. Pero no le dice al Padre que le quite la pobreza, antes por el contrario, la reivindica en las Bienaventuranzas, que son la “radiografía de la existencia pobre” (Lc. 1O,21). ORIGINALIDAD EN LA MANERA EN QUE JESÚS SE SITÚA FRENTE AL POBRESin embargo, no basta con decir que Jesús llevó una existencia pobre. Es preciso detenerse a ver lo que hay de original en esa manera de llevar Jesús la existencia pobre. Veamos ahora dónde está la originalidad de Jesús en su manera de asumir la existencia pobre. JESÚS 0PTA POR LA EXISTENCIA POBRE Y AL MISMO TIEMPO 0PTA POR VIVIR COMO LOS POBRES. Él pudo haber llevado una existencia pobre como los ascetas, retirado del mundo para vivir a pan y agua. Pero quiso voluntariamente llevar una vida como la de los pobres. Es decir, Jesús 0pta por llevar una vida como la de los pobres. Su vida pobre es el fruto de una opción.Pues bien, separado de Jesús, decir que se es pobre por opción y se es pobre como los pobres ¡es una contradicción! Precisamente lo típico de la vida de los pobres, es que no es fruto de una opción. Por eso una cosa es optar por los pobres y otra vivir como los pobres. Pero en Jesús esto pierde su contradicción, pues las dos posiciones tienen y adquieren su valor desde Jesús: Él opta, y opta por una vida como las de los pobres. Él la hace su estilo de vida.El ser pobre como los pobres adquiere su pleno y profundo sentido, cuando se hace desde Jesús y por seguimiento de Jesús: “Amo la pobreza porque Él la amó”, escribe Pascal en los pensamientos. JESÚS VIVE LA SOLIDARIDAD CON EL POBRE HACIÉNDOSE POBRE Ésta también es una originalidad de Jesús, porque la solidaridad con el pobre no exige racionalmente hacerse pobre sino luchar contra la destrucción. Sólo cuando se quiere vivir al estilo de Jesús se descubre el valor de vivir como los pobres y de mostrar su solidaridad haciéndose como ellos. FEDERICO CARRASQUILLA M.
Las fraternidades ocupan dentro de la Iglesia un lugar muy humilde y su manera de vivir no debe ser interpretada como una crítica o una desconsideración hacia otras formas de apostolado reconocidas por la Iglesia. Sin embargo, el apostolado de los Hermanitos parece responder a una nueva necesidad de evangelización del mundo, necesidad de la que es oportuno ser conscientes. La Humanidad tiene, más que nunca, necesidad de un alma cristiana. Sin embargo, la eficacia del esfuerzo misional parece apagarse a causa de nuevas condiciones de vida causadas por la confusión de las situaciones sociales o internacionales. El desarrollo de los métodos técnicos hasta en los terrenos sociológico, psicológico o pedagógico, incita a poner en marcha esas mismas técnicas con miras al apostolado. Por otro lado, los hombres experimentan una intensa necesidad de unidad, de colaboración, de emancipación, a fin de evitar las peores catástrofes. Los cristianos se ven conducidos, por este hecho, a insistir en el apostolado sobre los valores de justicia, de paz y de amor fraterno. La nostalgia de la unidad impulsa a la reconciliación a las cristiandades separadas de la Iglesia, avivando en ellas el deseo de atenuar o de colocar en segundo plano las divergencias doctrinales. Se abre paso una tendencia general, entre las diversas religiones o teologías, a considerar las divergencias de fe y las verdades dogmáticas como de menor importancia frente a la urgencia de unidad de acción a favor de la paz. El desaliento, el escepticismo empujan a la Humanidad a buscar una salida en el desarrollo intensivo del bienestar material. La existencia de un mundo invisible o de un destino ultraterrestre parece despertar mucho menos interés. Influidos por este clima ambiente, los espíritus más generosos se ponen a buscar a Cristo a través del acontecimiento, a través de la realización de la Historia o dentro de un servicio del hombre casi exclusivo. Tales movimientos seducen el espíritu de los cristianos ávidos de seguir estando, ante todo, muy presentes en el mundo. Sin embargo, estas espiritualidades en busca de eficacia y llenas de aspiraciones generosas son difíciles de definir en términos de verdad objetiva. A través de todo esto, el apostolado de los cristianos, enriquecido con nuevas perspectivas y con un retorno del sentido comunitario, corre el riesgo de una tentación permanente: la de descuidar la enseñanza y la presencia viva de Jesús, de aquel cuyo encuentro constituye el término obligatorio de toda vida humana, y cuyo retorno entre nosotros sigue siendo el centro de la historia del mundo y de su transformación última. Comprendemos mejor, dentro de un contexto semejante, la oportunidad del mensaje del Hermano Carlos de Jesús invitándonos a un apostolado de testigos y mediante los pobres medios evangélicos. Esta manera de afirmar la objetividad del mundo invisible viene a insertarse, a su hora y en su humilde lugar, en el gran conjunto de la acción apostólica de la Iglesia. Jacques Maritain escribió en alguna parte: “Existen para la comunidad cristiana, en una época como la nuestra, dos peligros inversos: el peligro de no buscar la santidad más que en el desierto y el peligro de olvidar la necesidad del desierto para la santidad”. Uno de los efectos de la vida de los Hermanitos ¿no es el de ayudar a la comunidad cristiana a evitar ese doble peligro? No hace falta insistir sobre las causas, demasiado conocidas dentro del contexto del mundo actual, de este divorcio entre la vida humana y la realidad transcendente del Reino de Jesús, que no cesa, sin embargo, de seguir trabajando dentro de la Iglesia y en el fondo de los corazones. Las fraternidades fieles a su ideal traen dos respuestas a esta necesidad vital, la de la eficacia de su ejemplo y la de una espiritualidad apta para mantener una vida contemplativa en medio del mundo. Tal vez no realizamos suficientemente la importancia vital de un testimonio semejante. Una de las consecuencias de la vida religiosa de los Hermanitos es justamente demostrar, realizándola, la posibilidad de llevar una oración contemplativa auténtica, dentro de las mismas condiciones de vida que los trabajadores manuales asalariados, que son los que sufren con más rigor las consecuencias del progreso de la civilización técnica. El esfuerzo hecho por cada uno de nosotros para permanecer valerosamente fiel a su unión con Cristo, a pesar de todas las tentaciones, las pesadeces, las fatigas que le impone la vida de una fraternidad obrera mezclada con el mundo, repercute en el conjunto de los miembros del Cuerpo Místico de Jesús. Con Él son todos los trabajadores prisioneros del trabajo industrial, aminorados por un exceso de cansancio; todos los pobres acaparados por la inquietud del alimento de cada día, todos aquellos que disipan las fuerzas de su espíritu y de su conciencia moral en el seno de una civilización que sólo se ocupa del placer; son todos estos quienes, junto con los Hermanitos y a través de su oración contemplativa, vuelven a encontrar algo de la fe en Dios y de la unión con Cristo Una fraternidad fiel a su vocación de oración dentro de la pobreza y el trabajo puede tener una influencia insospechada en la vida espiritual de los cristianos que se acercan a ella o que saben de su existencia. El solo ejemplo de las fraternidades ¿no contribuyó muchas veces a devolver a seglares, y en ocasiones hasta a sacerdotes, el sentido de la oración de adoración o el de la presencia de Dios en su vida? Lo que casi siempre sorprende en la vida de una fraternidad ferviente es que unos hombres que podrían “hacer otras cosas” puedan pasar así su vida, sin actividades interesantes, sin un fin capaz de satisfacer realmente las aspiraciones legítimas de un hombre normal: este renunciamiento es una señal que permite a los hombres sospechar la existencia, en el mundo invisible, de una realidad sobrenatural. Sin la realidad de ese mundo, una tal manera de vivir es, en efecto, inexplicable. Sin el ejemplo vivo de las fraternidades, muchos cristianos no habrían creído posible llegar a una verdadera oración contemplativa dentro de las condiciones ordinarias de la vida actual y tampoco se hubieran atrevido a pensar que fuera para ellos una necesidad vital. Son muy numerosos los testimonios que permiten afirmarlo. Si la enseñanza principal de la vida religiosa de las fraternidades se apoya sobre la oración eucarística de adoración, es preciso añadirle, además, el testimonio de pobreza y de amistad fraternal hacia todos los hombres. Los Hermanitos más humildemente fieles a su vocación no tienen, sin duda, conciencia de esta acción apostólica, y es mejor que sea así. Siento hasta como un cierto malestar al tener que subrayar de esta manera la eficacia de la vida de una fraternidad generosa. El Padre de Foucauld expresaba todo esto con palabras sencillas y clásicas cuando decía a los Hermanitos: “Su fin consiste en dar gloria a Dios conformando su vida con la de Nuestro Señor Jesús, adorando la Santa Eucaristía y santificando a los pueblos infieles por la presencia del Santísimo Sacramento, la ofrenda del divino Sacrificio y la práctica de las virtudes evangélicas”. En efecto, un contemplativo debe abstenerse de intentar comprobar la eficacia de su vida misionera; de otro modo arriesgaría destruir su fervor, porque debe bastarle con que sea para su Dios muy amado. Por lo demás, la difusión del mensaje de que está encargado no está necesariamente vinculado a una presencia inmediata. ¿Cómo podría comprobar el resultado de su vida? Los Hermanitos tienen por vocación permanecer entre los pobres, pero no se sigue siempre que pueda comprobarse inmediatamente una influencia sobre este mismo ambiente. Algunos deducirán que su vida no sirve para nada. ¿Para qué vivir así? Ahora bien; puede ser que la influencia bienhechora de esta fraternidad se deje sentir más allá de los límites del barrio a otros ambientes, entre las clases más acomodadas, los ambientes de acción católica, por ejemplo, o hasta entre el clero, influencia tanto más profunda, tal vez, cuanto que deriva de un testimonio silenciosamente vivido más bien que de una predicación por medio de la palabra. Los hermanos recordarán este aspecto de su misión cuando no comprueben ningún resultado de su presencia. En esto mismo las fraternidades serán fieles a su fundador: después de varios años de presencia entre los “harratins” de Beni-Abbés, y más adelante entre los de Tamanrasset, el Hermano Carlos hubiera podido descorazonarse al no comprobar el menor progreso en la evangelización de esas poblaciones enteramente próximas con las que compartía la vida, mientras que su testimonio debería negar en pocos años a los ambientes más diversos, a una gran distancia y aun hasta las extremidades del mundo. El Hermano Carlos de Jesús nos trajo mucho más por medio de su vida que mediante su enseñanza. No estuvo encargado de enseñar o de predicar. Sus escritos mismos son menos una enseñanza que la transmisión viva y directa del ritmo diario de su vida de intimidad con Dios. Sus escritos no son tan sólo meditaciones, ecos de su vida íntima: son actos. Cuando escribía que su vocación y la de sus hermanos era la de “pregonar el Evangelio por medio de su vida”, con esto lo había dicho todo. RENÉ VOILLAUME, Por los Caminos del Mundo, (Madrid, 1962, 310- 316
El Papa Francisco: La evangelización no se hace por proselitismo, sino por testimonio, por atracción. Nosotros sacerdotes necesitamos mucho tener a nuestro lado a estos laicos que creen de verdad y con su testimonio nos enseñan el camino. Carlos de Foucauld con esta experiencia anticipa los tiempos del Concilio Vaticano II, intuye la importancia de los laicos y comprende que el anuncio del Evangelio pertenece a todo el pueblo de Dios. Del 13 al 19 de octubre de 2023.
Audiencia general. Proseguimos nuestro encuentro repasando algunos cristianos que han sido ejemplo de este celo apostólico. Hoy quisiera hablaros de un hombre que ha hecho de Jesús y de los hermanos más pobres la pasión de su vida.
Me refiero a san Carlos de Foucauld el cual, «desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos» ¿Y cuál ha sido el “secreto” de Carlos de Foucauld, de su vida?
Él, después de haber vivido una juventud alejada de Dios, sin creer en nada si no en la búsqueda desordenada del placer, lo confía a un amigo no creyente, al que, después de haberse convertido acogiendo la gracia del perdón de Dios en la Confesión, revela la razón de su vivir. Escribe: «He perdido mi corazón por Jesús de Nazaret»[1].
El hermano Carlos nos recuerda así que el primer paso para evangelizar es tener a Jesús dentro del corazón, es “perder la cabeza” por Él. Si esto no sucede, difícilmente logramos mostrarlo con la vida.
Más bien corremos el riesgo de hablar de nosotros mismos, de nuestro grupo de pertenencia, de una moral o, peor todavía, de un conjunto de reglas, pero no de Jesús, de su amor, de su misericordia.
Creo que hoy sería bonito que cada uno de nosotros se pregunte: Yo, ¿tengo a Jesús en el centro del corazón? ¿He perdido un poco la cabeza por Jesús? Carlos sí, hasta el punto que pasa de la atracción por Jesús a la imitación de Jesús.
Aconsejado por su confesor, va a Tierra Santa para visitar los lugares en los que el Señor ha vivido y para caminar donde el Maestro ha caminado. En particular es en Nazaret que comprende que tiene que formarse en la escuela de Cristo. Vive una relación intensa con el Señor, pasa largas horas leyendo los Evangelios y se siente su hermano pequeño.
Y conociendo a Jesús, nace en él, el deseo de darlo a conocer. Siempre sucede así: Cuando cada uno de nosotros conoce más a Jesús, nace el deseo de darlo a conocer, de compartir este tesoro. Al comentar el pasaje de la visita de la Virgen a santa Isabel, le hace decir: «Me he donado al mundo… llevadme al mundo».
Sí, pero ¿cómo? Como María en el misterio de la Visitación: «en silencio, con el ejemplo, con la vida»[2]. Con la vida, porque «toda nuestra existencia – escribe el hermano Carlos – debe gritar el Evangelio»[3].
Y muchas veces nuestra existencia grita mundanidad, grita muchas cosas estúpidas, cosas extrañas y él dice: “No, toda nuestra existencia debe gritar el Evangelio”. Entonces decide establecerse en regiones lejanas para gritar el Evangelio en el silencio, viviendo en el espíritu de Nazaret, en pobreza y en lo escondido.
Va al desierto del Sahara, entre los no cristianos, y allí llega como amigo y hermano, llevando la mansedumbre de Jesús Eucaristía. Carlos deja que sea Jesús quien actúe silenciosamente, convencido de que la “vida eucarística” evangeliza. De hecho, cree que es Cristo el primer evangelizador. …Y nosotros, me pregunto, ¿creemos en la fuerza de la Eucaristía? Nuestro ir hacia los otros, nuestro servicio, ¿encuentra ahí, en la adoración, su inicio y su cumplimiento?
Estoy convencido de que nosotros hemos perdido el sentido de la adoración; debemos retomarlo, empezando por nosotros los consagrados, los obispos, los sacerdotes, las monjas y todos los consagrados. “Perder” tiempo delante del tabernáculo, retomar el sentido de la adoración.
Carlos de Foucauld escribe: «Todo cristiano es apóstol»[4]; y recuerda a un amigo que «cerca de los sacerdotes hacen falta laicos que vean lo que el sacerdote no ve, que evangelizan con una cercanía de caridad, con una bondad para todos, con un afecto siempre preparado para donarse»[5].
Y esos laicos, ese laico, esa laica que están enamorados de Jesús hacen entender al sacerdote que él no es un funcionario, que él es un mediador, un sacerdote.
El servicio evangelizador En nueve condiciones podemos resumir lo que el Hno. Carlos se pide a sí mismo y pide a los que quieren asumir esta tarea de servicio evangelizador. 7.1. La santidad personal del evangelizador. Su ideario en pos de la santidad se irá modulando a imagen del “Bienamado Hermano y Señor Jesús”, llegando a concreciones simples y domésticas. Viviendo estas actitudes más ordinarias y domésticas, como son la pobreza, la
amistad y la bondad, el cristiano va mostrando en sí la imagen-icono del único evangelizador, Jesucristo. La evangelización se va realizando a través de la vida pobre, amistosa y bondadosa, entregada y compartida paciente y en medio de una vecindad y un pueblo. La pobreza, la amistad y la bondad de estas relaciones diariamente compartidas van transformándolas hasta llegar a hacerse relaciones de familia, relaciones fraternas que serán la señal de la presencia de Jesucristo y de su acción misteriosa en medio de las gentes. La Fraternidad que así se va construyendo es la Palabra que señala al Verbo Encarnado y Salvador, imagen del Padre, misterio infinito que vive en el corazón de todos los hombres, a quien desde la vivencia de la fraternidad se comienza a balbucear su nombre más auténtico: “abbá”. “No es de los Chamba de quienes nosotros debemos aprender cómo hay que vivir, sino de Jesús … Jesús nos dice «Seguidme». San Pablo nos ha dicho «sed mis imitadores, como yo soy imitador de Cristo». Jesús sabía la mejor manera de llevarle las almas. San Pablo fue su incomparable discípulo. ¿Esperamos hacerlo mejor que ellos? Los musulmanes no se equivocan: de un sacerdote buen caballista, buen tirador, dicen: es un excelente caballista, nadie tira como él, incluso añaden: es digno de ser chambi… No dicen: es un santo… Con razón natural, a menudo darán su amistad al primero, pero si entregan su confianza respecto a su alma, se la darán al segundo… No tomemos, para conducir las almas a Dios, tales o cuales sentimientos, que no nos son recomendados por el Espíritu Santo. Tomemos por maestro a San Pablo, que consiguió bastantes conversiones en circunstancias difíciles, y que nos dice a todos, por inspiración del Espíritu Santo: «Sed mis imitadores, como yo soy imitador de Cristo». El Espíritu Santo nos conduce por San Pablo a la pura y simple imitación de Jesús, como mejor medio para salvar a las almas… El que quiera seguirme que me siga. ..El que me sigue no anda en las tinieblas… El discípulo no es mayor que el Maestro, es perfecto si se parece al Maestro” 106. 7.2 Estilo del evangelizador: más hermanos que padres Nota del servicio evangelizador será ser más hermanos que padres. Así se verifica, de alguna manera, aquella sentencia de Jesús:
«Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre, el que está en los cielos. No os hagáis llamar doctores, porque uno sólo es vuestro doctor, el Mesías. El más grande de vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalzare será humillado, y el que se humillare será ensalzado»107. 7.3. Uso de medios pobres Los medios pobres fueron los que usó Jesús, no utilizó los medios poderosos, sino los pequeños y humildes: “«Yo he venido a salvar al mundo» Nosotros tenemos el mismo fin, nosotros debemos no redimir al género humano, sino trabajar por su salvación; empleemos los medios que Él mismo ha empleado; pues bien, esos medios no son la sabiduría humana rodeada de fasto y de brillo y sentada en el primer lugar, sino la sabiduría divina, escondida bajo la apariencia de un pobre, de un hombre que vive del trabajo de sus manos, de un hombre sabio y lleno de ciencia, pero pobre, despreciado, abyecto, que no estudió jamás en las escuelas de los hombres, sino que a sus ojos fue conocido como viviendo humildemente de un trabajo vil…”108. 7.4. Dando y, al mismo tiempo, recibiendo Cuando el Hno. Carlos reglamenta para sus hermanos la vida en pobreza, lo hace por una parte con una cierta rigidez, pero por otra va comprendiendo también que la pobreza no consiste sólo en dar, sino también en recibir con amor y delicadeza el compartir de los pobres. “Debemos vivir una vida muy pobre, todo en la Fraternidad debe ser conforme a la pobreza del Señor Jesús, los edificios, los muebles, los vestidos, la alimentación, la capilla, en fin, todo. Nos está permitido recibir, en caso de necesidad urgente y excepcional, bien sea nuestra, bien del prójimo (pues en esto no hacemos ninguna diferencia entre los Hermanos y todos los humanos que están fuera de la Fraternidad: Ama a tu prójimo como a ti mismo).
Nos está prohibido recibir préstamos, a no ser de cosas muy pequeñas o de muy poco dinero, como los pobres… No recibimos estipendios de Misas. No aceptamos ninguna remuneración de los huéspedes, de quienes vengan a hacer un retiro, ni de los enfermos que reciben hospitalidad, alivio o remedio: damos estos socorros gratis, como los daba Jesús, como dados por Jesús, como dados a Jesús en sus miembros. Nos está permitido recibir dones de poco valor, cuando se nos ofrecen espontáneamente, y son más bien signos de amistad que otra cosa, como un paquete de imágenes piadosas o un cesto de frutos… Nos conducimos según el ejemplo de Ntro. Señor Jesús en Nazaret, prohibiéndonos tajantemente todo lo que diera como resultado el que no viviéramos del trabajo de nuestras manos como Él, y concediéndonos la amplitud suficiente para aceptar con libertad de espíritu, sencillez, dulzura, agradecimiento, los pequeños regalos amistosos, como Él los recibiera en Nazaret de sus vecinos…”109. 7.5. Coherentes en la predicación y en el testimonio de vida Es de nuevo en su “Diario apostólico” de Bèni-Abbés donde nos deja escritas estas reflexiones: 21 de junio de 1903. “Predicadores de Jesús, que «no tenía una piedra en que reposar su cabeza”, no debemos hacer lo contrario de lo que predicamos, sino ser una predicación muda, sobre todo yo, que no predico sino de ese modo […] Christianus alter Christus. Es en relación a los misioneros como los infieles juzgan el cristianismo. Si queremos que ellos vean a Jesús y la religión tal como son, seamos otros cristos” 110. 7.6. La predicación por el ejemplo En el artículo XXVIII, titulado «Medios generales, en particular para la conversión de las almas alejadas de Jesús y en especial de los infieles pertenecientes a las colonias de la madre patria», coloca en 6º lugar el buen ejemplo y en el 7º la bondad. Al explicar su contenido, unos párrafos más adelante, dice: “Por su ejemplo los hermanos y hermanas deben ser una predicación viva: cada uno de ellos debe ser un modelo de vida
evangélica. Viéndolos se debe ver lo que es la vida cristiana, lo que es la religión cristiana, 1o que es el Evangelio, 1o que es Jesús. La diferencia entre su vida y la vida de los no cristianos debe hacer aparecer con brillo dónde está la verdad. Ellos deben ser un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, y especialmente los infieles, deben conocer, sin libros y sin palabras, el Evangelio a la vista de su vida. El ejemplo es la única obra exterior por la que pueden actuar sobre las almas completamente rebeldes a Jesús, que no quieren ni escuchar las palabras de sus servidores, ni leer sus libros, ni recibir sus bienes, ni aceptar su amistad, ni comunicar de ninguna manera con ellos; sobre éstos no hay más acción que el ejemplo; pero esta acción por el ejemplo es tanto más fuerte cuanto que suscita menos desconfianza, dado que toda apariencia de engaño o de seducción quedan apartadas”
7.7. Pobreza es libertad para servir confiando en Dios El “descenso” del Verbo desde el Padre es lo que lleva al Hno. Carlos al despojamiento de las riquezas terrenas: Año 1989. “¡Dios mío, no sé si es posible a algunas almas veros pobre y seguir siendo voluntariamente ricas, de verse mayores que su maestro, que su Bienamado, de no querer parecerse a Vos en todo lo que de ellas depende y sobre todo en vuestros abajamientos; yo creo que ellas os aman, sin embargo creo que falta algo a su amor, y en cualquier caso, yo no puedo concebir el amor sin una necesidad, una imperiosa necesidad de conformidad, de parecido, y sobre todo de compartir todas las penas, todas las dificultades, todas las durezas de la vida… ¡Ser rico, a mi gusto, vivir dulcemente de mis bienes, cuando Vos habéis sido pobre, viviendo penosamente de un rudo trabajo! ¡Yo no puedo, Dios mío… Yo no puedo amar así… «No conviene que el servidor sea mayor que el Maestro», ni que la esposa sea rica cuando el Esposo es pobre, sobre todo cuando Él es voluntariamente pobre y es perfecto!”112. 7.8. Amigos para ser apóstoles Carlos de Foucauld es un hombre enormemente afectuoso, que necesita y goza del afecto de sus amigos [Gabriel Tourdes,
Henry Laperrine; Motylinski el capitán Nieger, P. Guerin; el P. Huvelin); el joven Ouksem,…]. Quien ama a sus amigos quiere para ellos lo mejor. Para el Hno. Carlos, lo mejor es la amistad de Jesús, cuyo camino tratará de indicar a sus amigos. 1º Cristianos: Charlar mucho con ellos, “ser el amigo de todos, de los buenos y de los malos, ser el hermano universal; en la medida de lo posible, no recibir nada de nadie, sin que lo parezca, no recibir, ni pedir, ni aceptar ningún servicio, sino lo indispensable. Rendir todos los servicios compatibles con nuestro estado, con la perfección”. El bien mayor que se puede hacer a los cristianos es llegar a ser el amigo del corazón, el confidente de cada uno, para que una vez establecida la amistad se puedan dar con fruto buenos consejos, buenos criterios, hacer bien a sus almas. 2º Con los soldados indígenas: ser de acogida fácil, muy grata con ellos, sin ser familiar… Si buscan mantener relaciones de mayor intimidad, aceptarlas, hablándoles únicamente de Dios, de la santidad, de cosas espirituales, darles consejos conformes a la perfección respecto a sus asuntos familiares, si lo piden, no dárselos sobre los asuntos temporales. 3º Con los otros indígenas: Tratar de ponerlos en confianza y amistad, a fin de que una vez establecida la confianza se les puedan dar con fruto, progresivamente, las mejores enseñanzas… Obtener su amistad por la bondad, la paciencia, los servicios (pequeños servicios de cualquier clase que se pueden hacer a todos: pequeñas limosnas, medicamentos, hospitalidad). “Tratar de tener con ellos el máximo de relaciones posibles para establecer confianza y amistad, pero en estas relaciones ser discreto… Aprovechar de todo para estrechar con ellos la amistad, aumentar en todos la confianza… En la medida de lo posible, vivir como ellos. Tratar de mantener la amistad con todos, ricos y pobres, pero ir sobre todo y en primer lugar a los pobres, según la tradición evangélica” 113. Todo el Directorio de la Unión está atravesado por la idea de la necesidad de la amistad. Propone a los miembros de la Unión:
“Que conozcan a los cristianos de su vecindad; en la medida y de la manera que les aconseje su Director Espiritual, que se «mezclen» con ellos, con caridad, prudencia, reserva, con discreción y delicadeza, con humildad y dulzura; que se hagan sus amigos, ganen su estima, su confianza, su afecto, recordando que el mejor medio para ser amado es amar uno mismo. Cuanto más amigos de todos, mejor conocerán las necesidades de cada uno, y mejor podrán remediar los males y socorrer y consolar en el momento oportuno. Que se interesen afectuosamente por todos los cristianos vecinos, alegrándose con sus alegrías y compadeciendo sus penas (un pequeño adelanto de GS), que les ayuden material y espiritualmente con una entrega fraterna” 114. 7.9. Ser buenos, en el mejor sentido de la palabra. “Ser bueno para todos, rezar y hacer penitencia por todos, dar de tal forma buen ejemplo que viéndome se vea una fiel imagen de Jesús, a fin de santificarme lo más posible” 115. “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome deben decirse: «Puesto que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena». Si se me pregunta por qué soy dulce y bueno, debo decir: «Porque yo soy el servidor de Alguien mucho más bueno que yo. Si Vds. supieran qué bueno es mi Maestro Jesús” 116. Todos los cristianos están llamados al apostolado de la bondad. Escribe a su amigo L. Massignon: “Es amando a los hombres como se aprende a amar a Dios. El medio de alcanzar la caridad para con Dios es practicarla con los hombres. Yo no sé a qué le llama Dios especialmente: yo sé muy bien a qué llama a todos los cristianos, hombres y mujeres, sacerdotes y laicos, célibes y casados; a ser apóstoles, apóstoles por el ejemplo, por la bondad, por un contacto bienhechor, por un afecto que llama a la conversión y que conduce a Dios, apóstol bien como Pablo, bien como Aquila y Priscila, pero siempre apóstol, «haciéndose todo a todos» para dar a todos a Jesús” 117.
8 Propuesta de una Fraternidad renovada a la luz del Evangelio y del carisma foucaldiano. Partimos de nuestra realidad de bautizados que intentamos vivir el Evangelio y la Fraternidad “en el corazón de las masas y sufrimos con nuestro pueblo buscando con empeño razones para la esperanza. Ofrecemos ocho caminos para releer el Evangelio y ponerlo en obra con los ojos del carisma y las intuiciones de Carlos de Foucauld: 8.1. Fraternidad belenita (Cf. Mt 1.2; Lc 2) Sufrimos la realidad de encontrarnos en una Fraternidad sin apoyos y sin poder (inscripción para no ser “don nadie”, tener un nombre, pertenecer a una familia). Formamos parte de una Iglesia que pide ayuda y “toca a las puertas” saliendo a las periferias existenciales actualizando el misterio ambiguo de la debilidad y la dependencia como lo fue en aquel niño de Belén. Al tiempo es Iglesia con corazón universal (Adoración de pastores, reyes, aldeanos,…) que no excluye y a todos ofrece. El signo es “el último lugar”: “un niño se nos ha dado”; “La Palabra se ha hecho carne y habita entre nosotros”. Nuestras pequeñas fraternidades están envueltas como sal en la masa de nuestras ciudades, barrios, diócesis, iglesias. Sus notas características son: la ternura que produce la contemplación del misterio (amistad, bondad, disponibilidad, la aceptación de la voluntad de Dios halla donde estemos,…); la peregrinación al encuentro de Dios y los hermanos (símbolos de Belén: universo, estrellas, aire, animales…); guiados por el Amor y necesitados de él (necesitamos sentirnos queridos y acogidos, suspiramos por el detalle para sentirnos acompañados en nuestras soledades,…). 8.2. Fraternidad nazaretana ¿De Nazaret puede salir algo bueno?; ¿No es éste el hijo de José, el carpintero?118 Estamos en un momento histórico de falta de esperanza. Hay muchos profetas de desesperanza. También la desesperanza ha entrado en la Iglesia y en la Fraternidad. Hemos perdido relevancia
social lo que nos ha hecho descubrir que nuestro corazón está lejos de lo que anunciamos como Evangelio. Nuestra autoestima se ha visto afectada por lo que se hace necesario encontrar, clarificar y reforzar nuestra identidad y misión con otros criterios (“Sólo Dios”). Vivimos en una nueva situación histórica donde la globalización y el pluralismo de la “aldea global” ha generado curiosamente la uniformidad del “hombre unidimensional”119. Quizás el momento exige menos dogmas y más coherencia de vida120. Nazaret es tiempo de silencio, trabajo, familia, acogida, hospitalidad,… valores no desechables para hacer creíble el mensaje del Evangelio a los hombres y mujeres de hoy. Nuestra Fraternidad nos ayuda a vivir el misterio de la Iglesia en cuanto nos dedicamos a nuestro trabajo evangelizador; aceptamos nuestra debilidad y limitaciones; vivimos en familia los acontecimientos; aceptamos la monotonía diaria; amamos a nuestro pueblo; nos sorprendemos ante la belleza de la cotidianidad 8.3. Fraternidad cananita. De corazón universal. Cf. Jn 2,1-12. Iglesia que supera el AT por la alegría del vino nuevo121. Constatamos: la realidad de sufrimiento y sus repercusiones en el ánima de las gentes y en su deterioro físico-psicológico y espiritual; muestras propias limitaciones intelectuales, de carácter; los movimientos asociativos y solidarios; la necesidad de sentirnos queridos, perdonados, sanados; la necesidad de hacer un mundo nuevo y fraterno “in solidum” (solidarios). Fraternidad: Siempre preocupación y pone los medios para llegar a los pobres haciéndose pobre y empleando medios pobres para el anuncio del Evangelio; signo entre los excluidos y marginados; empeño en comunicar la alegría de vivir. 8.4. Fraternidad samaritana. Cf. Lc 10,25-38 Iglesia que atiende al otro, sin distinción de razas, cultura o condición, porque somos hermanos y hemos sido engendrados en el mismo seno materno; de seguidores convencidos de Jesucristo; que
están en el mundo y se “acercan” al hermano; que montan al herido en su propia cabalgadura (=signo de reconocimiento de su dignidad de hijo de Dios); que pone lo que es y tiene al servicio del otro; que crea fraternidad cf. décima de La Soterraña en Ávila en la cripta de la Iglesia de san Vicente: “Si a la Soterraña vas / ve que la Virgen te espera: / que, por esta su escalera, / quien más baja sube más. / Pon del silencio el compás / a lo que vayas pensando… / Baja, y subirás volando / al cielo de tu consuelo; /que para subir al Cielo /se sube siempre bajando”. Fraternidad: lugar de “salud” y donde nos “llaman por nuestro nombre”; donde no se juzga a nadie y se acompaña en el sufrimiento y las búsquedas personales; donde se anima a seguir caminando y a sentir insatisfacción por lo que aún queda por alcanzar y lo mucho que queda por hacer; al encuentro de los nuevos tipos de pobreza. 8.5. Fraternidad betainita, hogar. Cf. Jn 12,1-8 Iglesia acogedora, responsable los unos de los otros, hospitalaria, con capacidad de fiesta; con respeto a la historia personal; donde nos reponemos de las heridas de la vida para seguir adelante. La Fraternidad: lugar de amistad; con sentido de pertenencia; grupo humano abierto; donde los carismas están al servicio de todos; lugar privilegiado para compartir la vida y abrir el corazón; con preocupación por los que sufren; espacio de ternura, de reconocimiento de lo que somos. 8.6. Fraternidad santuario. Cf. Act 2,42-47 Espacio para Dios y escuela de oración (=con-templación) personal y comunitaria. La Fraternidad: orar para llevar a Dios a la vida, para mirar la vida con los ojos de Dios. Celebrar la presencia del Señor en medio de nosotros. Dispensar los dones de Dios a través de débiles instrumentos. Crecimiento en comunitario. 8.7. Fraternidad profética. Cf. Lc 13,10-17; Act 3,1-12 Anuncio de la liberación y denuncia de todo lo que impide que ésta sea una realidad; anuncio de esperanza; exigencia de conversión/acción.
108 Oeuvres spirituelles de Charles de Jésus, père de Foucauld (Anthologie) 186.
109 Ibid., 449-450. 110 Carnet de Bèni-Abbés
111 Directoire de l´Union 65-69. 112 La derniére place, 175.
113 Carnet de Bèni-Abbés 115-117.
114 Directoire de l´Union 94-95. 115 Oeuvres spirituelles de Charles de Jésus, père de Foucauld (Anthologie) 538. 116 Ibid., 383. 117 Lettres à Louis Massignon 127.
118 Mt 13,55.
119 Cf. HERBERT MARCUSE, El hombre unidimensional Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada (Barcelona 19729). 120 Cf. PABLO VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975). 121 FRANCISCO, Exhortación apostólica Evangelium gaudium (2013).
122 ANTOINE DE CHATELARD, Boletín Familias Carlos de Foucauld 1 (Almería 1999) 44 – 45.
VUELTA AL EVANGELIO Y NUEVA EVANGELIZACIÓN La historia para el creyente es historia de salvación y en ella, a pesar de las oscuridades y sufrimientos, vemos la obra del Espíritu Santo que actúa sin cesar en el mundo y en la Iglesia. Él suscita vocaciones a la santidad. Él ha inspirado la acción en el tiempo de profetas, apóstoles y santos. Su acción, con frecuencia, nos desconcierta. Ante nosotros innumerables historias de santidad donde constatamos que solo el esfuerzo humano hubiera sido insuficiente para sus vidas ejemplares. También el Espíritu Santo desconcierta cuando toca el corazón de la criatura y le impulsa a ser testigo del amor de Dios.Este es el caso de Carlos de Foucauld, en su vida, testimonio y en su carisma misionero. Conocemos su peculiar vida. En este artículo intentaremos volver al Evangelio para reflexionar sobre su originalidad, su radicalidad y su aportación al anuncio de Jesucristo en el mundo que nos ha tocado vivir.Dos son las claves de su espiritualidad. Ambas ponen ante nuestros ojos las claves del seguimiento de Jesucristo. Carlos de Foucauld invita a toda la Iglesia a «volver al Evangelio” y a imitar/seguir “al Modelo Único” del “bienamado y Señor Jesús”. Pretende, con la intuición de los santos, no quedarse en métodos, programas, planificaciones, sino ir a las raíces de la misión, a lo que verdaderamente funda y llena de sentido una existencia cristiana efectivamente misionera.Llama la atención el aporte de la espiritualidad que tiene su raíz en el hermano Carlos en cuanto que este hombre, muerto sin discípulos, inspiró después de su muerte no sólo nuevas fundaciones, especialmente las de los Hermanitos y Hermanitas de Jesús, sino también simplemente hombres y mujeres que viven, oran, evangelizan siguiendo sus intuiciones, en los cuatros rincones del mundo.Estas líneas las he agrupado en tres apartados bajo los siguientes epígrafes: I) La misión no es una estrategia sino una forma de vida. II) Esta forma de vida es inseparable de la experiencia de Dios. III) La experiencia de Dios inspira la presencia entre los últimos como don
I) La Misión no es una estrategia sino una forma de vida1. Un mensaje misioneroEs evidente que el mensaje de Carlos de Foucauld se basa fundamentalmente en su vida, en el desarrollo completo de su vida desde el momento en que fue llamado por Dios en la Iglesia de san Agustín en París, gracias al padre Huvelin a finales de octubre de 1886 hasta su muerte el 1 de diciembre, delante de su ermita de Tamanrasset. Su vida y su muerte fueron reconocidas desde el primer momento como una llamada para una nuevo impulso de la misión cristiana, especialmente en África. Tal es la convicción expresada a su manera por René Bazin en la celebre biografía que dedica en 1921 a “El ermitaño del Sahara”: “Señor Jesucristo, mezclado con nosotros, mezclados con la multitud de pueblos y tribus que dependen de nosotros… Tu servidor Carlos de Foucauld ha mostrado el camino… Fue el monje sin monasterio, el maestro sin discípulo, el penitente que apoyaba en la soledad, la esperanza de un tiempo que no pudo ver. Murió en el empeño. Gracias a él, ¡ten piedad de ellos! Manifestad vuestra riqueza a los pobres del Islam, y perdonad la codicia a las naciones bautizadas”1.Los escritos de Carlos Foucauld, sin embargo, tan numerosos y tan amplios, se descubrieron y se difundieron después de su muerte. Sus propios escritos se referían en primer lugar a su vida y precisamente a la actitud misionera de la que nunca renunció: “predicar el Evangelio a los cuatro vientos no con palabras, como San Francisco de Asís sino a través de su vida”2.Más tarde, cuando quiso, durante su estancia en Beni-Abbès y en Tamanrasset, dar a su proyecto una forma concreta e incluso institucionalizada fue fiel a su intuición original: la proclamación del Evangelio está ligada a la vida y al testimonio, a la manera diaria de vivir con Dios y con los demás. Es evidente que esta misión que escucha y atiende a la vida no constituye en sí un programa o un método. Por el contrario, se sitúa bajo el signo del cotidiano discurrir de lo imprevisible, o si se prefiere, en palabras del Hermano Carlos, en un radical “abandono en las manos de Dios”.
2. Bajo el signo de lo imprevisible.Lo imprevisto e imprevisible caracteriza la vida del buscador Carlos de Foucauld y su carisma. Nada de cálculos, programas, organizaciones. A veces la improvisación hace aflorar la sensación de fracaso o, al menos, la sensación de proyectos incompletos, como Carlos de Jesús lo constata con harta frecuencia.Es la vocación misma de este convertido, vivir su vida y su misión bajo el signo de lo inesperado, es decir, en una actitud constante de auto-renuncia de si mismo. Para este ex oficial de Saint-Cyr, que había luchado en el sur de Argelia, hay una renuncia radical de cualquier cálculo, de cualquier estrategia humana.Esta renuncia fue para él objeto de un aprendizaje continuo. En 1900 se encuentra en Nazaret. Había dejado el monasterio hacía tres años. Escribe al padre Huvelin: “Estoy esperando. Dios mismo me trajo hasta aquí, a través de vuestra voz, y me ha mantenido aquí. Por su propia acción me hizo volver. Lo dejo dirigir mi vida. Cuando quiera que me vaya, si alguna vez lo quiere, me lo mostrará con claridad por vuestra voz, querido padre, o por los acontecimientos… Así que estoy esperando y me dejo llevar”3.Año tras año, mes tras mes, desde su estancia en Notre Dame des Neiges, desde 1890 hasta sus últimos años en el Sahara, Carlos de Foucauld aceptó que su vida fuese totalmente una respuesta a la llamada de Dios, a través de una total obediencia a sus superiores, y de manera particular a su director espiritual, el padre Huvelin. Supone para él, una opción de estilo de vida, una orientación fundamental. Incluso en 1897, cuando fue enviado a Roma por sus superiores de la Trapa, él está todavía dispuesto a todo, por obediencia. “El día en que mi vocación a mi Padre General y de mi Padre Maestro les parezca obvio que Dios no me quiere en La Trapa (al menos como Padre), me lo dirán y me ayudarán a retirarme, porque son demasiado concienzudos para desear retenerme un solo día, cuando ven que la voluntad de Dios está en otra parte”4. Unos días más tarde el hermano Alberic Marie abandonará la Trapa y se marchará a Nazaret, después de haber escuchado el consejo de su padre espiritual.
Palabra clave en su búsqueda personal es la obediencia con el necesario discernimiento. Así hemos de entender la expresión de “lo provisional” o “lo impredecible”. Hay que insistir que el abandono a Dios por la obediencia forma parte de su carisma misionero. O dicho de otra manera. La misión cristiana, que él quiere desarrollar, está bajo el signo de la radical entrega a Dios y nunca puede ser una mera estrategia o cálculo humano en la línea de la oración tan querida y conocida que se le atribuye a Carlos de Foucauld: “Padre mío, me abandono a ti”.
3. ¿Una nueva forma misionera?Podemos hablar con toda razón de una nueva forma misionera en Carlos de Foucauld. Nueva en el sentido de que la organización de la misión y la aplicación de sus recursos no son en absoluto esenciales. Él hablará de medios pobres y hará incluso una renuncia efectiva a todo resultado visible y calculable.Carlos de Foucauld actuando así se vincula a la experiencia de los apóstoles. “Para convertir el mundo como los apóstoles, siendo la piedra angular y el Jefe de la Iglesia, como san Pedro, no hay que prepararse en adelante, ni durante años ni meses, ni días, ni un solo minuto; es preciso obedecer en cualquier momento a las órdenes de Dios”5.
Con otras palabras, el abandono radical a Dios inspira una forma de vida y de acción misionera, que está directamente en sintonía con el proceder y las huellas de los apóstoles. Las primeras generaciones de cristianos nunca han programado sus empresas misioneras en el imperio romano. Evangelizaron simplemente e invitaron a vivir la novedad cristiana en medio de la sociedad pagana. En el último período de su vida, el Hermano Carlos de Jesús, de forma espontánea, hace referencia al ejemplo de Priscila y Aquila para encontrar nuevos caminos de evangelización aptos para todo el mundo a través del amor mutuo. «Hagamos como Priscila y Aquila. Dirijámonos a los que nos rodean, los que conocemos, los que están cerca de nosotros, y empleemos nuestros mejores recursos. Con unos, el discurso, con otros, el silencio, con todos el ejemplo, la bondad, el cariño fraternal, haciéndonos cercanos a todos para ganarlos todos para Jesús»6. Ciertamente, esta evangelización llena de sencillez, sin cálculo, sin una planificación previa, no es una evangelización fácil. Es una evangelización abierta a la novedad que aportan las personas y los acontecimientos. Es radical porque nos orienta y dirige a la fuente de la vida cristiana y a la vivencia del Evangelio sin glosa. Si Carlos de Foucauld es un modelo y una referencia para la misión cristiana es, precisamente, por su unión a la fuente de donde brota la vida cristiana que no es otra que el mismo Dios.
II. Esta forma de vida es inseparable de la experiencia de Dios.1. Una vida centrada en Dios.Todos aquellos que han hecho hincapié en la novedad del testimonio de Carlos de Foucauld, de René Bazin a Jacques Maritain, pasando por Paul Claudel, y por tantos otros, han insistido en el carácter radical de su experiencia de Dios. Igualmente piensan los que han seguido su estela y han intentado vivir el Evangelio con proyección misionera: de Madeleine Delbrel a Jacques Loew y especialmente los que viven de manera habitual, siguiendo al hermano René Voillaume y a la hermanita Magdeleine.
Aunque Carlos de Foucauld se convirtió en un apasionado por Jesús, por su humanidad, por su humildad, por su Cruz, su vida sigue centrada en el misterio de Dios, buscado incansablemente y con toda pasión. Fue llamado por Dios y respondió abandonándose a Él. Este abandono a Dios incluye no sólo la obediencia, la lucha interior, el trabajo personal por convertirse, como se podría pensar con demasiado facilidad. Esta entrega a Dios es fuente también de alabanza y de reconocimiento de las maravillas y grandezas del Señor.Once años después de su conversión, en 1897, en su pequeña ermita de Nazaret, Carlos de Foucauld recuerda su vida pasada, desde su infancia para celebrar la misericordia de Dios: “Oh Dios mío, todos tenemos que cantar tu misericordia, nosotros todos creados por la gloria eterna y redimidos por la sangre de Jesús, por tu sangre, mi Señor Jesús, que estás a mi lado en el Tabernáculo, si todos te debemos tanto, cuánto más yo! Yo que fui en mi infancia rodeado de tantas gracias. ¡Oh Dios mío, cómo tenía tu mano sobre mí, y cuán poco lo notaba! ¡Qué bueno eres! ¡Cómo me habéis protegido! ¡Cómo me habéis guardado debajo de tus alas cuando ni siquiera creía en tu existencia!”7.Y en 1904, cuando se fue de ermitaño al Sahara y seguía todavía buscando su camino, el Hermano Carlos de Jesús confía a su amigo Henry de Castries su absoluta confianza en Dios, que conduce su vida: “Es tan dulce sentirse en la mano de Dios, llevado por este Creador, bondad suprema que es Amor – Deus caritas est – Él es el amor, el amante, el esposo de nuestras almas en el tiempo y la eternidad. Es tan dulce sentirse transportado por esta mano a través de esta vida breve, hacia esta eternidad de luz y de amor por la cual nos creó.8”Todos los escritos de Carlos de Foucauld están impregnados por el sentido de la grandeza y de la providencia de Dios. La experiencia del desierto aumenta aún más en él estas experiencias. En este contexto de espiritualidad teocéntrica va desarrollando su pasión por Jesús, por su encarnación, por su humanidad, y por su Cruz 2. Una vida de imitación de Jesús y de su vida oculta.El carisma misionero de Carlos de Foucauld incluye en su centro, en su corazón, un anhelo ardiente, feroz y persistente, no sólo de conocer a Jesús en su humanidad sino de imitarlo también en su literalidad evangélica.En la vida y la experiencia del Hermano Carlos de Jesús, el principio de la encarnación se transforma en un principio misionero. Se trata para él de conformar su vida con Jesús de manera radical, es decir, mediante la práctica como él, del abajamiento, de la humildad, de la pobreza, de la abyección, la ocupación del último lugar.Sabemos que el nuevo converso se vio afectado de forma permanente por una frase pronunciada por el padre Huvelin en uno de sus sermones, diciendo a Jesús: “Ocupó de tal manera el último lugar que nadie jamás había sido capaz de arrebatárselo!” Esta frase quedó grabada en el alma de Carlos de Foucauld para siempre y buscará con todos los medios a su alcance compartir el último lugar con Jesús.Este itinerario espiritual de búsqueda del último lugar no es solo un descubrimiento espiritual. Es una orientación de vida que no lo dejará nunca tranquilo. No se conforma con anunciar a Jesucristo sino que tiene que vivir con él, compartiendo su condición real, como lo entiende con intensidad durante su retiro en Nazaret, en 1897: “Mi Señor Jesús, (…) quien te ama con todo el corazón, no puede soportar ser más rico que su amado (…) No me puedo imaginar el amor sin una necesidad, una necesidad imperiosa de conformidad, de semejanza, y más que todo, de compartir todas las penas, todas las dificultades, todas las durezas de la vidas”9.Sabemos que Carlos de Foucauld ha llevado muy lejos este realismo espiritual en relación con el misterio de Jesús. Eligió vivir en Nazaret, es decir, seguir a Jesús, donde se ha cumplido en el tiempo el misterio de la Encarnación. Se puede pensar que Carlos de Foucauld da así una forma casi sensible a las grandes afirmaciones teológicas inspiradas por Bérulle y por la tradición de la Escuela Francesa, a propósito del Verbo Encarnado.Creo que es necesario ir más allá, sobre todo si no olvidamos que la experiencia espiritual del hermano de Carlos Jesús no se detuvo en Nazaret, sino que lo llevó hasta el desierto, rodeado de nómadas Tuareg.Tal vez inconscientemente, el ermitaño de Nazaret, y después del Sahara, fue fascinado por el misterio del Dios oculto que se revela, paradójicamente, a través de los acontecimientos de la encarnación, desde Belén a Jerusalén pasando por Nazaret. Porque en Jesús, que desciende en nuestra humanidad, Dios al mismo tiempo se revela y se oculta. Esta ocultación de la gloria de Dios, de la pérdida de uno mismo a través de la Cruz, poco a poco va a estar en el corazón de la espiritualidad de Carlos de Foucauld y formará parte de su carisma misionero.Se trata de imitar, en su vida, el misterio de Dios humillado y escondido por amor a nosotros. Así lo había entendido el hermano Carlos desde su primera peregrinación a Tierra Santa, después de su conversión en 1888: la pasión de Jesús se refería a los años de vida oculta en Nazaret. Cuanto más va avanzando en su vida y pone en actos su carisma misionero, más comulga en este misterio de Dios oculto en Jesucristo: “Él bajó con ellos y vino a Nazaret, en su vida entera, no ha hecho más que bajar: bajar en la encarnación, bajar para ser un niño pequeño, bajar haciéndose obediente, bajar haciéndose pobre, abandonado, exiliado perseguido, torturado, poniéndose siempre en el último lugar”10. Este descubrimiento apasionado de Dios oculto y humillado en Jesucristo funda el carisma misionero de Carlos de Foucauld, es decir, su deseo de encontrarse al lado de los pobres y olvidados del mundo. Es la experiencia de Dios que exige una nueva forma de presencia entre los demás.
III. La experiencia de Dios inspira la presencia entre los últimos como don.1. Una referencia absoluta: la Eucaristía.En la fuente de esta presencia de entrega a los demás se encuentran la Eucaristía y la adoración eucarística. Carlos de Foucauld evoca la Eucaristía en las huellas directas de la Encarnación y de manera especial en la Pasión de Jesús. “Besar los lugares que santificó en su vida mortal, las piedras de Getsemaní y el Calvario, el suelo de la Vía Dolorosa, es dulce y piadoso, Dios, pero preferir eso a su Tabernáculo, es dejar a Jesús que vive a mi lado, dejarlo solo e irme solo a venerar piedras muertas en donde no está”, porque “en todos los lugares donde se encuentra la Santa Hostia está el Dios vivo, es tu Salvador tan cierto como cuando estaba vivo y predicando en Galilea y Judea y como está ahora en el cielo”11.Cuanto más el hermano Carlos de Jesús crece en su experiencia espiritual y misionera, más se convierte la Eucaristía en el medio esencial de su apostolado. Lo escribió al padre Huvelin: «Tenemos que seguir poniendo la Misa antes de todo y celebrarla en el camino a pesar de los esfuerzos adicionales que conlleva. Una misa, es Navidad, y el amor pasa primero antes que la pobreza»12.Desde que se ordeno de sacerdote, vivió con mayor intensidad lo que había aprendido de su director espiritual, inmediatamente después de su conversión: “En este misterio, nuestro Señor da todo, se entrega por entero: la Eucaristía es el misterio del don, es el don de Dios, es aquí donde tenemos que aprender a dar, a darnos a nosotros mismos, porque no hay don, si uno no se da”13. Muchas veces, evoca la “Sagrada Eucaristía”, que brilla en medio de las poblaciones musulmanes, en torno a ella sueña agrupar algunos discípulos, que pudieran formarse junto al Señor para el servicio incondicional de la evangelización.Para él, el tiempo que pasa en la celebración y en la adoración de la Eucaristía es una parte esencial de su misión, porque se une así a Jesús en el misterio y el don de su vida oculta. Sin embargo, en sus últimos años, se preguntó si no debería abandonar la celebración de la Misa para poder penetrar en el Hoggar y atender a los más desfavorecidos. Formula así su reflexión: “Una vez, me sentí inclinado a ver, en primer lugar, el Infinito, el Santo Sacrificio; y en segundo lugar, el finito, todo lo que no es, y siempre a sacrificarlo todo por la celebración de la Santa Misa. Pero este razonamiento debe pecar por algo, porque desde los apóstoles, los más grandes santos han sacrificado en determinadas circunstancias, la oportunidad de celebrar a actividades de caridad espiritual, de viaje o de otro tipo”14. Su deseo de ir a conocer a la gente y llevarles el Evangelio estuvo siempre directamente y estrechamente integrada con su espiritualidad eucarística. Como si viviera también el misterio de la Eucaristía entregándose a los que quiere salvar imitando a Jesús.
2. Carlos de Foucauld, el hermano universal.De la eucaristía nace el corazón universal. “los pobres son sacramento de Cristo” (San Juan Crisóstomo). A través de la Eucaristía, el amor de Dios brilla para toda la humanidad sin excepción. “Deseo acostumbrar a todas las personas, cristianos, musulmanes, judíos, e idólatras, a mirarme como a su hermano, el hermano de todos. Empiezan a llamar mi casa “la fraternidad” (el Khaoua en árabe) y eso me agrada”15. En múltiples escritos afirma esta intención universal: «Mirar a todo ser humano como un hermano amado». “Ver en todo ser humano, un hijo de Dios, un alma redimida por la sangre de Jesús, un alma amada por Jesús”16.Ciertamente que centra su vocación y misión en el apostolado fraternal por la práctica del amor y de la bondad hacía todos. Su mística del Sagrado Corazón de Jesús, toma así una forma muy concreta, incluso visiblemente ilustrada, por el signo que lleva en su vestido: el corazón coronado por la Cruz.Sabemos que los manuscritos autobiográficos de Teresa de Lisieux se acaban en un acto de fe sin reserva en la misericordia del Padre de los cielos. Carlos de Foucauld, fue también encargado de transmitir a través de su muerte, como a través de su vida, este mensaje esencial que tantas veces transcribió en sus notas, y en particular en el pequeño libro dedicado al Modelo Único: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Unigénito para que todo aquél que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”17. El corazón de la misión cristiana según Carlos de Foucauld es también el corazón del Evangelio, la inspiración profunda de toda misión cristiana.Al final de este recorrido no podemos evitar una pregunta importante: ¿Por qué Carlos de Foucauld sigue siendo un don que Dios hizo de manera perdurable a la Iglesia? ¿En qué pueden contribuir su testimonio y su carisma a la renovación de la misión cristiana?A estas preguntas respondo sin vacilar, para que se reconozca la inspiración profunda de toda misión cristiana, que no está relacionada a una estrategia, incluso pastoral, sino a una forma de vida arraigada en la experiencia de Dios que exige, al tiempo, una presencia fraternal entre los hermanos sin ánimo de colonizar.Ya no podemos oponer entre sí las estrategias misioneras: por un lado, las que se centran solamente en las formas y los resultados visibles y, por otro lado, las que valoran las únicas virtudes de la inserción y la vida oculta.Parece que ha llegado la hora de reconciliar a todos los actores de la evangelización: aquellos que tienen tendencia a valorar la paciencia de las largas horas de la oración y de la adoración y los que son más sensibles a las expresiones públicas de fe; los que dan tiempo a los diálogos desinteresados y los que no tienen miedo de anunciar explícitamente a Cristo y a su Evangelio.Carlos de Foucauld se manifiesta para todos nosotros como un maestro exigente, dejando claro que su exigencia va a lo esencial: “¡Nos inclinamos a poner primero las obras cuyos efectos son visibles y tangibles, Dios da el primer lugar al amor y después al sacrificio inspirado por el amor y a la obediencia que deriva del amor. Es preciso amar y obedecer por amor ofreciéndose a sí mismo como una víctima con Jesús, como le plazca! A él corresponde decidir si para nosotros, es más conveniente la vida de san Pablo o la de santa Magdalena”18. EMÉRITO DE BARIA______________________________
_1.- Carlos de Foucauld explorador de Marruecos, ermitaño en el Sahara, 1921,472.2.- Meditación sobre el Antiguo Testamento, 1896.3.- Carta al padre Huvelin, 22 de marzo de 1900.4.- Carta a la señora de Bondy, 1 de enero de 1897.5.- Comentario de la lectura en el Santo Evangelio, Mateo 4, 18-20, Nazaret, 1897.6.- Carta a José Hora.s, £8 de abril 1916.7.- Retiro de Nazare4 1897 noviembre.8.- Carkz a Henry de Castries, 27 de noviembre 1904.9.- Retiro & Nazare4 noviembre de 1897.10.- Meditación sobre Lucas 2, 50—51 del 20 de junio 1916.11.- Retiro de Nazaret, noviembre 1897.12.- Carta al Padre Huvelin, 1 de diciembre 1905.13.- Cf. A. GIBERT-LAFON, Ecos de las charlas del padre Huvelin, París, 1917, 62.14.- Carta a Monseñor Guérin, julio de 1907.15.- Carta a la Sra. Bondy, enero 1902.16.- Carta a Joseph Hours, 5 de mayo 1912.17.- Juan 3,16.18.- Carta a la Sra. de Bondy, 20 de mayo 1915.