como desde el punto de vista religioso, un problema de Foucauld”. Comienza por afirmar el padre Peyriguere, y lo propone inmediatamente con nitidez: “¿Cómo resolvió en su pensamiento y en su vida, la gran antinomia contemplación y acción…? Esta se presentaba en el padre de Foucauld de una manera especial: Ser el hombre de la contemplación con el fin de ser verdaderamente monje, ser el hombre de acción con el fin de ser verdaderamente misionero… La acción conquistadora del misionero, sí, pero también los silencios orantes e inmolados, los silencios fecundos del monje. Quería ser monje, no como los demás monjes: siendo, al mismo tiempo misionero. Sería misionero, no como los demás misioneros: siendo igualmente monje.” “Eran los dos extremos de la cadena que mantenía entre las manos sólidamente desde el comienzo, y nada podría hacer que los soltara…; desde el primer momento, estos contrarios aparentes se encontraban en el, ocultamente eslabonados uno a otro por afinidades que se irían robusteciendo de día en día, y que se encabritarían ante cualquier intento de separarlos. “
“Algo mandaba en el interior del padre de Foucauld que prohibía y hacía imposible que cada una de esas fuerzas paralelas fuera dueña de su alma con exclusividad por exclusión de la otra o simplemente porque le llegaba su turno. La vida del padre de Foucauld no sería ninguna, a no ser que fuera de las dos a la vez… Tanteo por mucho tiempo antes de dar con la fórmula exacta que, sin sacrificar ni multiplicar ninguna de estas riquezas tan diversas, reduciría toda a la unidad en ese término complejo, tan nuevo y tan poderoso, cuál es su concepción del monje misionero. Tal es el problema de Foucauld en toda su amplitud.”
Si queremos entrever como se situó Carlos de Foucauld en su misión hacia los más abandonados, será bueno comentar el artículo XXVIII de los Consejos Evangélicos o Directorio1, escritos en su plenitud de vida, para ver todo el tesoro que él nos ofrece, entresacándolo del lenguaje teológico de su época. Titula así este artículo: “Medios generales en particular para la conversión de las almas alejadas de Jesús, y especialmente de los infieles que pertenecen a las colonias de la madre patria”.2
1. ¿Qué entiende Carlos de Foucauld por la palabra infieles?
No es la primera vez que utiliza este término. En 1890 había dejado la Trapa de Notre-Dame des Neiges (Francia) por una modesta Trapa, fundada por este mismo monasterio, en Akbés (Siria). Esta Trapa estaba situada en medio de una población musulmana; los cristianos, armenios en su mayoría, que había alrededor de Akbés, eran pocos; entonces se da cuenta de la situación de “estas misiones tan aisladas de Oriente”, como le dice al padre Huvelin el 22 de septiembre de 1893; queriendo establecer en ellas pequeñas comunidades, “pequeños hogares de vida fervorosa y laboriosa” y “verlos extenderse especialmente en los países infieles, musulmanes u otros”.
En junio de 1896 escribe una regla para esos “Nazaret”, como él les llama, y que quiere fundar: “Nos estableceremos especialmente en las ciudades (…) en los pequeños pueblos como Nazaret, en los barrios, en las ciudades de los países infieles”.
En abril de 1900, cuando se entera de que el posible Monte de las Bienaventuranzas está en venta, elabora un proyecto para rescatarlo de los infieles3 con la finalidad de “establecerse como ermitaño-sacerdote”. Desea vivir, como escribe en Akbés en 1893 y lo repite el 7 de mayo siempre al padre Huvelin,” el misterio de la Visitación: es decir, santificar a los pueblos infieles de estos países de misión, llevando en medio de ellos, en silencio, sin predicar, a Jesús en el Santo sacramento y la práctica de las virtudes evangélicas”.
Si se encuentra en Akbés o en Nazaret en medio de poblaciones musulmanas y si piensa en 1899 instalarse como ermitaño en medio de ellas, hay que notar que desde 1893 su perspectiva no se limita a estas: establece un proyecto de pequeñas comunidades “en los países musulmanes infieles y otros”.
Conocemos el horizonte que se marcó cuando hizo el retiro preparatorio al subdiaconado en Notre Dame des Neiges, en diciembre de 1900: “El África subsahariana donde hay tantas almas sin evangelizar y donde monjes y ermitaños harían tanto bien”. Y cuando se introduce en el desierto le dice al padre Caron el 8 de abril de 1905, “el Sahara es siete u ocho veces más grande que Francia y más poblado que lo que se creía anteriormente”. Así comprende que un gran número de seres humanos están abandonados: nadie les ha presentado a Jesús y a su Evangelio. Este vacío le sobrecoge.
En marzo de 1901, durante su retiro de diaconado, no llama a los futuros miembros de la congregación que espera fundar “Ermitaños”, sino “Hermanitos” del sagrado Corazón de Jesús. Escribe al padre Caron el 8 de abril de 1905 diciéndole que en sus retiros de preparación al diaconado y al sacerdocio se ha convencido que hay que “llevar la vida de Nazaret” “entre las ovejas más necesitadas”; la población del Sahara le parecía de esta categoría: “Ningún pueblo me parece tan abandonado como éste”. Abandonado: esta palabra es significativa; hay, según él, pueblos infieles, que lo son porque no han sido tenidos en cuenta, se les ha dejado solos y disminuidos, sin ninguna ayuda y sostén, abandonados.
Así su elección, su destino es dictado por este primer punto de referencia: los “infieles”, los abandonados. Se remarcará que son los más abandonados los que le atraen y hacia los que quiere ir en primer lugar: los más alejados de Dios, no por su falta, sino porque han sido abandonados.
Retomando la clasificación que hacía de los diferentes “infieles”, se ve claramente que para él están los infieles de Francia, Europa, de América, los infieles que se encuentran en países cristianos; son los no-bautizados, los ateos; es verdad que están alejados del Evangelio, pero no están abandonados: alrededor de estos, en su familia o vecindad hay cristianos, sacerdotes o laicos que pueden ayudarles, como le ocurrió al mismo Foucauld cuando era agnóstico y se convirtió gracias a la bondad y la acción silenciosa de María de Bondy y el encuentro con el padre Huvelin. Por otro lado, están los infieles que no tienen a su alrededor vecinos o signos cristianos; están sin presencia cristiana. Es a estos a los que hay que ir. Además, algunos de estos infieles están en contacto con naciones cristianas a través de la colonización; estas naciones tienen una doble responsabilidad: ayudar al desarrollo de los países colonizados y, en tanto que cristianos, llevarles el Evangelio. Sobre esto Foucauld hace frecuentemente la comparación con la situación de los padres cristianos que tienen que educar a sus hijos en el crecimiento humano y en la fe. El mismo Foucauld, huérfano de padre y madre, a la edad de cinco años conoció la situación de abandono, por eso su corazón se dirige a los que humanamente y espiritualmente conocen la misma situación. Así, para él ”infieles” no indica rechazo hacia los que no tienen nuestra fe, sino todo lo contrario, una palabra que manifiesta el deseo de ir al encuentro de aquellos de los que nadie se ocupa, que han sido abandonados.
Finalmente, veamos la única distinción que Foucauld hace: junto a los “países infieles” que tienen lazos con los países católicos, hay algunos que dependen de países no católicos, pero si cristianos, como las colonias británicas o alemanas. Y otros todavía que son países independientes, como el Japón, por el que, según consta en sus meditaciones de 1916, reza de un modo especial. Estos países son también abandonados y no los podemos olvidar.
Pero vuelve sin cesar sobre la responsabilidad especial que tienen las naciones católicas en relación a los países que han colonizado. Constata como las religiones no cristianas son resistentes y habla frecuentemente de las “dificultades” que se pueden encontrar en la evangelización de todos estos seres profundamente religiosos: “La conversión de los infieles es a menudo difícil”4. Y es entonces cuando subraya que el trabajo pedirá mucho tiempo: “Pasarán quizás siglos entre los primeros golpes de pico y la cosecha”, escribe al superior de los Padres Blancos, Mons. Levinhac el 1º de febrero de 1908.
Foucauld distingue bien la diferencia entre “cristianos”, “infieles” e “incrédulos”. Recordemos lo que le dijo al Dr. Dautheville cuando estuvo unos días en Tamanrasset en 1908: “Tu eres protestante. Teissère es incrédulo. Los tuaregs son musulmanes. Estoy persuadido de que Dios nos recibirá a todos si lo merecemos”. Teissère es un “incrédulo”, un ateo; Dautheville es un “cristiano”; los tuaregs son “infieles”, es decir personas religiosas que tienen otra confesión diferente a la fe cristiana. Foucauld, a finales de 1913, precisa bien que no son infieles “los no bautizados de Europa, los ateos de Europa o de América”. El quiere limitar su misión a los infieles, en concreto a los infieles de las colonias francesas. Pero piensa también en los “infieles” y en los “ateos” que se encuentran en Francia. Treinta años antes del libro del padre Godin, Francia, ¿país de misión? escribe: “Hay que ser misionero en Francia como se es en país infiel y esto tiene que ser obra de todos, eclesiásticos y laicos, hombres y mujeres”. Y en una carta enviada a Joseph Hours el 8 de septiembre de 1913, expone para las misiones de Francia con los infieles y ateos los mismos métodos que ha preconizado para los países infieles de ultramar: la amistad, la confianza, “la simplicidad, la moderación en nuestra vida”5.
Su elección quiso ser limitada. Lo que podemos decir es que Foucauld tomó tal como era la situación de la colonización, pensando que este fenómeno nada más tenía un tiempo y como ya se había producido, por el momento había que asumirlo sacando el máximo provecho espiritual posible. Y, humanamente hablando, ¿qué más podía hacer en 1916 encontrándose en lo más profundo del Sahara, que estar a la escucha del futuro de su región, de vivir de un modo humilde y afectuoso, en amistad con todos y al servicio de todos? Además, deseando que hombres y mujeres de toda condición viniesen a instalarse como él en esta colonia y viviesen en la misma actitud de bondad y en la misma fraternidad con los tuaregs, intentando vivir el Evangelio en su existencia cotidiana. Así, el artículo IV de los estatutos de la cofradía de 1916, lo titula “Prácticas”, donde resume la perspectiva foucouldiana, “Amor fraterno a todos los hombres”. “Mostrar con la vida lo que es el Evangelio, ser bueno, hacer ver en si la bondad de Jesús; establecer afectuosas relaciones con todos los que nos rodean”. Y más en particular, en el apartado del “Amor fraterno con los infieles de las colonias francesas”, es allí donde habla de enviar a estos países un número suficiente de “sacerdotes, religiosos y cristianos fervorosos destinados a ser misioneros laicos al estilo de Priscila y Aquila”.
2. ¿Qué medios utiliza Foucauld para la evangelización?
“Los principales medios recomendados a los hermanos y hermanas para la conversión de las almas, y particularmente para las de los infieles de las colonias de su patria son: 1º el santo sacrificio de la misa; 2º la presencia de la sagrada eucaristía; 3º la santificación personal; 4º la oración; 5º la penitencia; 6º el buen ejemplo; 7º la bondad; 8º el establecimiento de relaciones de amistad con las personas, con el constante deseo de hacer el bien a sus almas; 9º la ayuda prestada a los sacerdotes, religiosos y religiosas que trabajan por la salvación de las almas fuera del lugar en que se está, y particularmente de los que entre ellos trabajan en la conversión de los infieles de las colonias de la madre patria”6.
Cuando Foucauld habla que quizá tendrán que pasar siglos, como queriendo indicar “largo tiempo”, para que brote la fe cristiana, hay que recordar lo que le expuso a J. Hours sobre “los medios a emplear para la evangelización” en su carta del 25 de noviembre de 1911: “Lo primero preparar el terreno en silencio por la bondad”. Los términos “preparar el terreno” y la “bondad” están en dialéctica: la bondad es silenciosa y el silencio es una paciencia que manifiesta la bondad, es decir, la voluntad de respectar al otro, de no intervenir con violencia contra su voluntad. Se trata de una bondad sin “ideología”, que es el punto más alto al que puede llegar el espíritu humano. Una bondad que crea la fraternidad, una bondad que puede existir evangelizando si no se reduce a una instrumentalización para conseguir conversiones, si no es una ideología disfrazada, pues la bondad como la no-violencia pueden ser ideologías. E. Levinas afirma: “La pequeña bondad que va del ser humano a su prójimo se pierde y se deforma cuando se convierte en doctrina, tratado de política, Partido, Estado, e incluso Iglesia”7. Foucauld no va tras el bien ni el triunfo de una causa, practica la bondad. Esta bondad de la que habla Foucauld marcó mucho a su amigo y discípulo Luis Massignon, que en un artículo titulado “Las delicadas invenciones surgidas de la ingeniosa bondad de Foucauld” nos habla de su “delicadeza inexpresable: Él no pedía, no reclamaba nada, vigilaba, esperaba la hora de la gracia, evitando herir a ninguna alma, no molestar a nadie, aunque sea ligeramente. Recuerdo el gesto rápido, afectuoso y discreto, con el que levantó, delante de mí, a un joven musulmán que había resbalado, una imagen de piedad de un buen sacerdote acostumbrado a la bondad”8.
El padre Huvelin le había invitado especialmente a esta evangelización por la bondad. Veamos lo que dice en su carnet, que escribió en Tamanrasset en una página que lleva por título: “Lo que me ha dicho el padre Huvelin en mi viaje a Francia en 1909”, donde dice esto: “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome se deben decir: ‘Si este hombre es bueno, su religión debe ser buena’. Si se me pregunta porqué soy dulce y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien más bueno que yo. ¡Si supieses como es de bueno mi Maestro JESÚS!’ Quisiera ser tan bueno que se pueda decir: Si así es el servidor, ¿cómo debe ser el Maestro?”. Palabras que Foucauld entendía bien pues el padre Huvelin y su prima María de Bondy habían actuado con la misma bondad silenciosa con él antes de su conversión: podía dar testimonio de que había sido esta mediación la que le había conducido a Dios.
Se puede decir que la bondad no es patrimonio de los cristianos o de los creyentes, que otros, que no tienen convicciones religiosas la viven y dan testimonio de este “punto más alto” del “espíritu humano” y que por tanto no es una prueba. Si, e incluso también el martirio, que Pascal veía una prueba casi decisiva, no es exclusivo de los cristianos: otros van por otras causas. Nosotros decimos simplemente que Foucauld ha propuesto a los discípulos de Jesús, y con más insistencia a los miembros de su familia espiritual, vivir la Misión antes que nada siendo buenos, una bondad cotidiana y simple. Y esto previo a toda predicación y enseñanza catequética, con una paciencia estrictamente respetuosa por el camino del otro. A finales de 1911, cuando Foucauld invitó a Massignon a pasar con él algunos meses en el Sahara, y sabiendo que este joven era un recién y ardoroso convertido, le da este programa de actuación: “Harás amistad con la población, no les hablarás del dogma, pero te dejarás querer por ellos y serás el amigo de todos”.
3. ¿Fue Foucauld un misionero?
A partir de 1908 ya de una manera muy clara Foucauld se ve a sí mismo misionero. No era un monje “escondido” en tierra de misión. La palabra “escondido” Foucauld, no lo utiliza nunca. Él es un misionero. Y si hay una real novedad en él, no lo es por “una nueva especie de monje”, sino por una nueva especie de misionero, o misionero de una especie rara. En una carta suya del 29 de julio de 1916 a René Bazín, dice: “Los misioneros aislados como yo…”. Es decir, él se define netamente como misionero. Por el momento es un caso aparte, cosa que lamenta: “Los misioneros aislados como yo son muy raros”; y lo repite otra vez un poco más adelante en su carta: “Hay pocos misioneros aislados haciendo el trabajo de desbrozadores”.
En su respuesta a Bazin, Foucauld describe al misionero normal, (piensa por ejemplo en los Padres Blancos), aquel que forma parte de un grupo de varios sacerdotes y que se dedica a las “obras de ayuda y educación”, realizando un “ministerio parroquial”, llegando a afirmar con rotundidad: “Esta vida no es la mía”. Él es “un misionero aislado”, señalando que su “soledad se encuentra en medio de poblaciones muy diseminadas”. Que cambio tan grande se ha producido en Foucauld! Antes Foucauld quería crear “fraternidades” aisladas del mundo, perdidas en la contemplación, a semejanza de María y José en Nazaret alrededor de Jesús. Hoy es un misionero perdido en medio de un inmenso territorio, buscando sin cesar “estar en la más amplia relación” con “estas poblaciones tan desimanadas”; es un misionero aislado, que está solo para ir al encuentro de poblaciones “todavía alejadas de espíritu y de corazón” de Jesús. Él no se encierra con Jesús, sale fuera, como el buen pastor, aquel que de entrada va a buscar a las ovejas “más abandonadas”, o como aquel que se pone a la búsqueda de los más excluidos para invitarles al banquete. Se trata de poner en marcha “relaciones de amistad”: actuar de tal manera que en el Sahara, cristianos y musulmanes lleguen a ser amigos, esta es la finalidad que deben perseguir los “misioneros aislados” empleando solamente “la bondad, el amor y la prudencia”.
Este trabajo de amistad las autoridades francesas no lo pueden prohibir. Pero paradoxalmente algunos fieles católicos le critican por este aspecto: ¿cómo es posible que Foucauld no predique directamente y enseñe la fe? ¿no esconde su bandera en el bolsillo? Y, ¿cuál es la razón de que tarde en predicar la buena nueva del Evangelio? Otros fieles, a la inversa, ponen el acento sobre lo que ellos llaman el ocultamiento de Foucauld, hasta el punto de desconocer su perspectiva misionera integral, perspectiva a largo plazo, pero no por eso menos pura y vigorosa. Esto pone de relieve la dificultad de captar a Foucauld en la tensión que pone entre un horizonte quizá lejano de irrupción de la fe cristiana y el surgimiento de Iglesia, y un hinc et nunc consagrado a la gratuidad de las relaciones de verdadera amistad, en estricta igualdad fraterna.
Foucauld vive esta tensión en la vida de cada día; es esta tensión lo que hace de él, estrictamente, un misionero; él es fundamentalmente un misionero, en sus búsquedas de contacto, relación y amistad. No llamemos a esta tarea “pre-misión”; para él, la relación de amistad que hay que crear es el amor, es el Reinado de Jesús ya presente; es la Misión, la espera de la lejana conversión final, el Reino que tiene que venir. Para él los tuaregs están ya trabajados en su corazón por el Espíritu Santo y ya tienen una manera de dialogar con El, en su libertad; las relaciones de amistad, respetuosas con la libertad del otro, manifiestan y hacen ya vivir las relaciones de amistad análogas que se viven con el espíritu.
Si hay alguna novedad que Foucauld, movido por el espíritu, ha promovido en la Iglesia, es su concepción de “misioneros aislados”: sacerdotes y laicos esparcidos por todas partes, nómadas, en movimiento, en visitación, en diáspora en un mundo refractario a la fe cristiana, y que se esfuerzan en crear “relaciones de amistad”, actuando de tal manera que establezcan el contacto, el diálogo, la amistad entre cristianos y aquellos que tienen otras convicciones, sobretodo las convicciones más alejadas de la fe cristiana.
Para Foucauld hay necesidad y urgencia de ver surgir este género de misioneros. Todo bautizado puede llegar a ser un misionero de este tipo. Todo cristiano lo puede ser en su condición humana común, en su familia, barrio, trabajo: Nazaret continúa siendo para él, más que nunca, la referencia para esta tarea de “misionero aislado”: Jesús vivió en Nazaret, en la “Galilea de los paganos”, y no en la santa Jerusalén, mezclado con la población de su pueblo en un intercambio constante y una amistad cotidiana con ella. En los estatutos de 1909, Foucauld escribe que Jesús “vivió en medio del mundo. Lo que Él ha querido, lo que ha escogido para Él, es de ser llamado ‘el hijo del carpintero, el carpintero hijo de María’” (art. IX). Cuando Jesús volvió más tarde a su propio pueblo, a Nazaret, no fue entendido por su predicación. El “misionero aislado” se encuentra solo en medio de un pueblo que ignora la relación de Dios y del hombre tal y como Cristo la trae; sabe que por el momento no puede hablar claramente y ser escuchado, expresarse en una predicación “abierta” y ser escuchado; sabe que su rol de” apostolado”, su misión propia se realiza en la amistad y la bondad. Sabe que Jesús ya en Nazaret es completamente “misionero” de su Padre; que anuncia ya la Buena Nueva; que incluso este primer trabajo misionero es indispensable para la predicación anunciadora del Evangelio (Francisco de Asís, nómada, hacía este anuncio por montañas y valles). Foucauld pide que cada cristiano, allí donde se encuentre, anuncie el Evangelio en y por su condición cotidiana. Hace falta pues, en relación a esto, abandonar las imágenes de un Foucauld que toma Nazaret como exaltando la sola esfera privada de la pura relación con Dios; como lo dijo bien claramente el Dr. Dautheville que vivió seis meses con él en Tamanrasset en 1908, Foucauld estaba “muy interesado por los acontecimientos humanos”, implicándose en los asuntos saharianos, la política, y la vida “diseminada” de los tuaregs. Nazaret es lo opuesto a una religión de repliegue o una doctrina de evasión.
Mientras tanto, Laperrine hace publicar, en octubre 1913, en la Revue de l’École de cavalerie de Saumur, un artículo sobre Foucauld titulado «Las etapas de la conversión de un Houzard»9, Laperrine habla de su bondad, pero sin omitir su firmeza: «Daría una imagen falsa de su carácter si no puntualizo. Su indulgencia tiene límites cuando se trata de gente deshonesta, de gente que abusa por la fuerza de los débiles. Entonces surge su indignación».
Ver la carta de Foucauld a Massignon diciéndole que sería sacerdote en secreto.
1 J. L. VÁZQUEZ BORAU, Consejos Evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld, BAC, Madrid 2005
2 Para la presente reflexión y comentario nos apoyamos básicamente en la opinión, que compartimos, de J F SIX, El testamento de Carlos de Foucauld, Editorial San Pablo, Madrid 2005
OMPRESS-MADRID (17-11-23) “Pequeñas historias misioneras”, el programa producido por las Obras Misionales Pontificias en Radio María, y su podcast, para escucharlo en cualquier momento, trae de manera amena relatos, anécdotas y vidas de misioneros y misioneras. En el último programa el protagonista es Charles de Foucauld, el “hermano universal”. Es lo que él mismo decía cuando llegó a Argelia, su tierra de misión: “Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a mirarme como su hermano, el hermano universal”.
En los breves 25 minutos que dura la última entrega de “Pequeñas historias misioneras” no se puede agotar ni muchos menos, ni la espiritualidad, ni los escritos, ni las aventuras de Charles de Foucauld. Chico de buena familia, huérfano a corta edad, oficial en el ejército, aventurero disfrazado en el norte de África, monje trapense, sacerdote y misionero entre los tuaregs. Pero es su espiritualidad basada en el silencio de Nazaret, en una piedad eucarística muy sólida y en la evangelización por el amor la que hacen de San Carlos de Jesús, el nombre que él adoptó, una figura que ha atraído a tantas y tantas personas.
“Los misioneros aislados como yo son muy raros”, decía Carlos de Foucauld en Tamanrasset, en medio del desierto del Sáhara, lejos de todo, pero muy cerca de sus amados tuaregs. “Su papel consiste en preparar el camino, de manera que las misiones que los sustituyan encuentren una población amiga y confiada, almas un poco preparadas para el cristianismo, y, si fuese posible, algunos cristianos…”, lo que requiere “ante todo bondad, amor y prudencia, como cuando queremos llevar a Dios a un pariente que ha perdido la fe”. Lo que él si había perdido era su corazón: “He perdido mi corazón por Jesús de Nazaret”, Lo decía el Papa Francisco en una reciente catequesis que le dedicó: “El hermano Carlos nos recuerda así que el primer paso para evangelizar es tener a Jesús dentro del corazón, es perder la cabeza por Él. Si esto no sucede, difícilmente logramos mostrarlo con la vida. Yo, ¿tengo a Jesús en el centro del corazón? ¿He perdido un poco la cabeza por Jesús?”.
Es con una cierta emoción que me encuentro de nuevo con la Iglesia de Lyon. Es ella que me acogió, formó y envió en misión a Marruecos. Desde hace cerca de 40 anos, vivo en la Iglesia de Rabat donde descubrí el trabajo del Espíritu en un contexto cultural y religioso bien diferente de el que conocía. Pero es el mismo Espíritu que está trabajando por todas partes del mundo… Cuando la Iglesia de Lyon me ha invitado a hablarles, acepté esta demanda con alegría. En efecto, soy feliz de poder dar prueba ante ustedes de la vitalidad de la Iglesia que está en el Magreb en medio de los hermanos musulmanes. Y de compartir con ustedes sus sufrimientos, sus alegrías, y también su esperanza. No explicaré un panorama detallado de sus distintas actividades porque sería aburrido. Me propongo más bien hacerles descubrir su alma, el Espíritu que lo anima. Lo haré basándome en el testimonio del hermano Charles de Foucauld, ya que él vivió un método de misión renovado que enciende nuestra manera de ser cristiano hoy en un mundo musulmán. Y porque la Iglesia, al beatificarlo, nos lo propone como modelo, A partir de la experiencia espiritual del hermano Carlos, desarrollaré mi reflexión en tres ejes
– La Visitación y el encuentro con el otro,
– Como Jesús, escuchar y preguntar al otro,
– Ser, con Jesús, el «hermano universal».
1.- La Visitación y el encuentro con el otro
Charles de Foucauld, después de una larga estancia en Oriente, – en la Trapa de Akbés y en Nazaret -, desembarcó en el puerto de Argel en septiembre de 1901 con un amigo monje, se queda en la Trapa de Staouéli, fundada en 1843 en la región de Argel. Allí, el Padre de Foucauld reza delante de una imagen de la Virgen que representa a Marie que lleva, dentro de ella, a su niño, una imagen rara en la tradición cristiana… Después de una breve estancia en Argel, Charles de Foucauld se instala en Beni Abbés, cerca de la frontera marroquí. Allí, con mucho cuidado, construye una casa muy simple para vivir su fe, cerca de los habitantes de esta región, y poder acoger hermanos. Para decorar su oratorio, pinta, de sus propias manos, un cuadro representando al encuentro de María con su prima Isabel en la Visitación. Una elección significativa, vamos a verlo. Un segundo cuadro lo completará, representando a la Santa Familia. Estas dos escenas son como un resumen de su experiencia espiritual, vivida en Nazaret, y de su encuentro con la imagen de la Virgen en la Trapa. Están allí, cerca del tabernáculo delante del cual pasa largos momentos, cada día. Estos cuadros expresan lo que es su proyecto apostólico en Argelia: no busca ya la soledad, como en Oriente, quiere ahora dedicar su vida al encuentro del otro tomando como modelo a la Virgen en la Visitación.
Charles de Foucauld interpretará de distintas maneras este encuentro de María con Isabel en sus oraciones y sus escritos. Esta elección marcará su vida apostólica en Beni Abbés, luego en Tamanrasset. Y, después, el relato de la Visitación marcará profundamente la vida de las Iglesias del Magreb. En efecto, en estos países, los cristianos, y no solamente entre los discípulos directos de Charles de Foucauld, viven de este misterio, generalmente de una manera muy discreta. Afortunadamente, algunos de ellos han dejado huellas escritas de esta experiencia espiritual. Destaco a tres. El padre Peyriguère, por ejemplo, que ha vivido 30 años en el Atlas Medio marroquí, ocupándose de los enfermos de El Kebab y de la región, hace hincapié, en sus escritos espirituales, en la necesidad de estar habitado por Cristo,y vivir el vínculo entre sus múltiples encuentros de la vida diaria y el Visitación.
El padre Jean-Mohamed Abd-el-Jahí también. Este marroquí, musulmán, bautizada en 1928 y ordenado sacerdote en la orden franciscana, vivió su fe cristiana en el contexto difícil de la colonización. Con gran sensibilidad, experimentó, penosamente, en su carne, la falta de respeto de numerosos cristianos con los musulmanes. Siendo profesor en el Instituto católico de París, escribirá un libro que tiene por título «María y el Islam». En la última página de este libro, escribe: «El misterio maríano que, por excelencia, debe vivirse ante los musulmanes, es el de la Visitación». Es, en efecto, para el modelo de un encuentro verdadero profundamente respetuoso con el otro…
Es también el caso de Christian de Chergé. Durante la guerra de Argelia, este soldado francés fue salvado de la muerte por un amigo argelino, guarda forestal, que se sacrificó por él. Este acontecimiento orientará toda su vida. Ordenado sacerdote, elegirá consagrarse a los argelinos, será monje y prior de la Trapa de Tibherine y, a su vez, con sus hermanos monjes, dará su vida por este país. Él también meditó mucho y escribió sobre el Misterio del Visitación y el sentido de la presencia cristiana en el mundo musulmán. Entre sus textos sobre este tema, he aquí un fragmento de la homilía que pronunció en la fiesta de la Visitación, el 31 de mayo de 1993:
«La Iglesia vino en este país para una urgencia de servicio, o de presencia… Como María, lleva con ella al Emmanuel. Es su secreto. No sabe cómo decirlo. ¿Ha de decirlo? Y he aquí que a menudo, es el otro – el musulmán – que toma la iniciativa de saludar, como Isabel hablando la primera con la libertad del Espíritu del cual sabemos todo lo que puede manifestar de comunión profunda, más allá que todas las fronteras y diferencias. Entonces sale en nosotros también, una oración irresistible, la de un Magnificat.»
Estas pocas frases iluminan la misión de la Iglesia en el Magreb: como María, se pone en marcha, va al encuentro del otro con un espíritu de servicio. El encuentro se hace en casa del otro, como pasa con Isabel. La Iglesia debe pues hacer el camino que la conduce al otro. Y, como María, lleva en ella un misterio, está habitada por la presencia divina, un misterio que la sobrepasa y que debe vivir en el silencio y la contemplación… María, en camino, debía preguntarse qué iba a decir a su prima, cómo explicarle lo que le pasaba. No tenía palabras para decirlo… La Iglesia, tampoco, no tiene las palabras para expresar el misterio que vive. ¡Será siempre inexpresable! Cuando las dos mujeres se encuentran, una emoción muy intensa les estremece. Un estremecimiento de alegría que viene de los niños que llevan dentro, están sobrepasadas hasta cierto punto por el acontecimiento… María no dice nada, es Isabel que habla. En realidad, es el Espíritu que habla por ella, que le ayuda a encontrar las palabras que dan sentido. María se expresará a su vez. Es una oración de alabanza, de acción de gracias que brota de su corazón: «Mi alma exalta al Señor y mi espíritu se llena de alegría en Dios mi salvador». María era impulsada por el deseo de servir, un servicio bien concreto. Pero, porque está habitada por Cristo, el encuentro tomó una nueva dimensión, más allá de lo que podía imaginar…El corazón de la misión está aquí. Debo ir hacia el otro, a encontrarlo en su propio terreno, ponerme a su servicio. Y, si estoy habitado realmente por el Cristo, el encuentro alcanzará una plenitud que me sobrepasa y del que debo dar gracias.
Así pues, poco a poco, la Iglesia descubre que en la misión, lo que es primero, no es la conversión del otro, sino nuestra propia conversión. Debe vivir, simplemente, humildemente, el misterio que la habita. No tiene que imponerse. Debe sobre todo velar para no estorbar a Aquel que la vive ni el trabajo del Espíritu. Comprendo que lo que importa, no son mis palabras, sino las del otro, ya que me dicen lo que él vive, lo que lleva en él de humanidad, de proyectos, de esperanza… Es lo que debe atraer mi atención, lo que debo escuchar y acoger. A partir de eso, si el contexto es favorable, podemos dialogar más, ir avanzando… Tenemos, en efecto, cosas que decimos de nuestras experiencias espirituales. Christian de Chergé a menudo ha comentado este evangelio del Visitación para descubrir su riqueza y vivirlo con sus hermanos, en la Iglesia. Este año más concretamente, nosotros debemos acordarnos de este testimonio de nuestros hermanos monjes. En efecto, murieron hace diez años. Era el 26 de marzo de 1996, inmediatamente después de la fiesta de la Anunciación. Y 56 días más tarde, el 30 de mayo, en la víspera de la fiesta del Visitación, sus cabezas se encontraron… Vivieron durante 56 días una vida ocultada, de los que no se sabe nada, un tiempo de maduración, de gestación, que preparaba su verdadero «nacimiento», su encuentro con el Señor.
Su sacrificio es ciertamente la señal más fuerte que haya sido dirigida por las Iglesias del Magreb a nuestros hermanos musulmanes. Nos muestra que la parte fundamental de la misión no es tanto lo que podemos hacer o decir, sino nuestra calidad de vida, nuestra calidad de ser, nuestro amor ilimitado. Se situaron simplemente como «hombres de oración en medio de hombres de oración». Estaban habitados por el Cristo, su muerte hizo estremecer hasta el fondo, aquellos que venían a visitar…Su sacrificio y el otras hermanas y hermanos cristianos – conocidos y desconocidos – es un don de Dios a nuestra Iglesia. Hay también una luz que da sentido al sacrificio de numerosos cristianos que, cada día, humildemente, discretamente, dedican su vida al servicio de sus hermanos musulmanes. Charles de Foucauld tuvo, ante sus ojos, en su capilla, el cuadro del Visitación. De encuentro en encuentro, preparó el encuentro con su «Bien amado Señor Jesús». Él que gustaba de repetir: «vivir hoy como si debiera morir esta noche, mártir». Mostró y abrió este camino.
2.- Como Jesús, escuchar y preguntar al otro.
María, después de su encuentro con Isabel, ya lo hemos observado, escuchó las palabras pronunciadas por ésta. Estuvo atenta a lo que brotaba del corazón de su prima. Esta actitud corresponde a la que el mismo Jesús practicó y enseñó. En efecto el primer gesto público de Jesús, explicado por el Evangelio, se sitúa en Jerusalén, cuando, a los 12 años, se encuentra en medio de los doctores. Ahora bien, nos dice el texto: Jesús está allí, «escuchándolos y preguntándolos». Jesús no comienza por enseñar, por decir a sus hermanos humanos que deben hacer… Está allí, en una actitud de recepción, disponibilidad, escucha respetuosa: «suave y humilde de corazón». Escucha. Pregunta también. No como un funcionario que debe informarse, sino como un enamorado que quiere saber lo que vive el corazón del otro, que pretende comprenderlo, que quiere descubrir lo mejor del otro. Jesús ha consagrado el tiempo más largo de su vida a escuchar. Quería conocer su pueblo, sus miserias por supuesto, y también sus alegrías, su esperanza… A continuación, solo a continuación, hablará. ¡Lo hará incluso con autoridad, ya que sabe lo que hay en el corazón del hombre! En esta época, no se hablaba aún de diálogo… Pero sabemos hoy que esta actitud de escucha respetuosa es la primera condición. ¡Uno de los objetivos de! diálogo es, en efecto, descubrir lo que hay de bueno en el otro. Y, a partir de lo mejor, es posible intercambiar, compartir, enriquecemos mutuamente con nuestras experiencias espirituales. Ahora bien, podemos observar que Charles de Foucauld dedicó mucho tiempo a la escucha y al descubrimiento del otro. Ya, en su «Reconocimiento en Maruecos»- una «visita» de carácter científico -, por razones prácticas, había elegido ponerse en una situación de silencio. Al principio de su viaje, hablaba bastante mal el árabe dialectal y muy poco el berber. Y sobre todo, disfrazado en judío, no quería hacerse reconocer. Este silencio, obligado hasta cierto punto, le permitió observar muy atentamente el país y a sus habitantes. Es probablemente una de las razones de la calidad científica de su trabajo. Un trabajo que continúa siendo una obra de referencia sobre Marruecos de final del siglo XIX.
Anos más tarde, cuando Charles de Foucauld vuelve al Magreb, es por amor a sus amigos tuaregs que quiere conocer su lengua y su poesía, que los escucha y los pregunta detenidamente. Hace allí aún, un trabajo científico de gran cualidad: un diccionario de lengua tuareg de más de 2.000 páginas manuscritas y las recopilaciones de poesía berber. Sus motivaciones habían evolucionado. No tenía ya que salir de los problemas personales en los cuales aún estaba metido, en tiempos de su «Reconnaissance au Maroc»; había adquirido una gran libertad interior, una nueva capacidad de amar, de escuchar y preguntar. Aquellos trabajos saharianos son una expresión de su respeto por una cultura en la que reconoce, y quieren hacer conocer, las calidades, el valor. Son, por eso, una señal de su amor, de su deseo de conocer mejor a las personas para, según sus propias palabras, «convertirse uno de entre ellos»; como Jesús, por su Encarnación y su vida a Nazaret, pasó a ser uno entre nosotros. La calidad de estos trabajos científicos en realidad, aún hoy, los hace un instrumento indispensable para conocer la lengua y la poesía tuareg que expresa el alma profunda de este pueblo. Un alma preparada para estremecerse, si se la descubre.
En la actualidad, en el Magreb, entre otras formas de presencia, cristianos trabajan en centros de estudio, bibliotecas, para descubrir las distintas culturas de esta región, y para ponerse al servicio del desarrollo de los hombres. Estos centros culturales son lugares de encuentro privilegiados entre cristianos y musulmanes. Encuentros que se sitúan, deliberadamente, a nivel cultural, en el humanismo. No hay un humanismo sectario, pero abierto a intercambios sobre lo que da sentido a la vida, un humanismo disponible a intercambios en el ámbito religioso. Hago hincapié en esta dimensión humanista porque demasiado a menudo, me parece, se aborda a los Magrebíes poniendo sobre ellos la etiqueta «musulmán». Una etiqueta religiosa que funciona como un marco o un disfraz que no permite entender la riqueza y la complejidad de su historia, su vida social, su personalidad. En estos centros de estudio, tenemos como objetivo de encontrar al otro con toda su riqueza cultural. Una cultura que incluye una dimensión religiosa, ciertamente, pero a la cual no se la puede nunca reducirlo. ¡Es más que eso! La escucha del otro, acogerlo de tal como es, pide también que sepamos tomar el tiempo necesario para el encuentro y respetar las etapas. Tomando modelo de la paciencia divina: «Mil de años son para El como un día». Ya que Dios trabaja el corazón del hombre en profundidad, a lo largo del tiempo.
Cuando tengo la tentación de quemar etapas, pienso en el episodio del evangelio de Marcos que necesité tiempo para comprender. Jesús, nos dice el texto, para viajar al país de los Gerasenos, tuvo que cruzar el lago para llegar a la otra orilla. Durante la travesía sufre una fuerte tormenta, ir hacia los paganos remueve siempre muchas cosas. Allí, encuentra un hombre «poseído de un espíritu impuro». Jesús lo libera de este espíritu astuto, y, después de un momento pasado con él, Jesús se prepara para volver a salir y se incorpora a su barca. En ese momento, el Geraseno manifiesta el deseo de seguirle. Pero Jesús, viendo sus buenas disposiciones, le propone otro programa, le dice: «Ve a tu casa, con los tuyos, y explícales lo que el Señor ha hecho en ti y como se ha compadecido de ti» (Mc 5.19). Este hombre, si hubiera seguido a Jesús, habría podido ser testigo de su muerte, su resurrección, los dones del Espíritu, en una palabra, de la plenitud del misterio pascual… Pero Jesús lo devuelve a los suyos y le da una misión: dar testimonio de su curación y este encuentro que acaba de vivir… Lo mismo sucede con nosotros que debemos vivir el momento presente, con alegría, gratuidad, disponibilidad: el futuro sigue estando abierto, está en las manos de Dios.
Cuando Charles de Foucauld llegó al Magreb, tenía prisa en proclamar toda la Buena Noticia y bautizar… Pero, poco a poco, la escucha atenta de las personas entrevistadas y los años de estudios le han permitido conocer mejor al otro tal como es, con su historia y sus riquezas. El otro es un hermano, y es trabajado por el Espíritu. Debo encontrarlo, pero debo también respetar su propio camino espiritual hacia Dios. Ya que, como dice el profeta Isaías: «vuestros pensamientos no son mis pensamientos, y mis caminos no son vuestros caminos» (Is.55,8). Por ello Charles de Foucauld aprendió a vivir como «hermano universal».
3.- Ser con Jesús, el «hermano universal»
Eso no es espontáneo y no se hace sin un largo trabajo sobre uno mismo. Cuando se observa atentamente el texto del «Reconaissance au Maroc», se constata que el joven Vizconde de Foucauld utiliza aún un vocabulario que se caracteriza por el contexto cultural recibido en su educación. Sus juicios sobre los Marroquíes, musulmanes y judíos, son, a menudo, duros y severos… Su viaje a Marruecos se sitúa incluso en el mismo año del famoso discurso de Ernest Renán pronunciado en la Sorbona en el cual afirma, entre otras cosas, cito: «la nulidad intelectual de las razas que extraen solamente de esta religión (el Islam) su cultura y su educación»… Sin embargo. Charles de Foucauld, ya en esta época de su vida, consiguió retirarse de la mentalidad dominante. Abrir su corazón al otro, más allá de los prejuicios de raza y religión. Observamos que tuvo verdaderos amigos marroquíes como, por ejemplo, el Hadj Bou Rhim a quien rinde homenaje en su «Reconnaissance au Maroc»: «(usted) que con riesgo de su seguridad me ha protegido en el peligro, a quienes debo la vida, de quien el recuerdo lejano me llena de emoción… ¿Cómo expresarle mi agradecimiento?».
Y frecuentemente, en sus escritos, mencionará a sus amigos marroquíes con los cuales pretende conservar vínculos. Su rectitud fundamental le permitió admirar la fe de aquéllos que encontraba. En una carta enviada a su amigo Enrique de Castries, escribe: «el Islam produjo en mí una profunda convulsión. La vista de esta fe, de estas almas viviendo en la continua presencia de Dios, me hizo entrever alguna cosa más grande y de más verdadero que las ocupaciones mundanas». Estos creyentes musulmanes le ayudaron a redescubrir su propia fe…Noto que la experiencia del encuentro del otro y el diálogo, si se llevan bien, nos devuelven a nosotros mismos, nos obligan a trabajarnos a nosotros mismos, a ponernos en la búsqueda de la verdad, en búsqueda de la mirada de Dios. Y cuando se observa atentamente el vocabulario del Padre de Foucauld, así como su comportamiento, se descubre, con el paso de los años – más concretamente después de su conversión- una evolución hacia más respeto, más aprecio verdadero para con sus hermanos del Magreb y del Sahara. Ha debido operar -y tenemos aún a veces que hacer hoy- una verdadera purificación de la memoria para modificar su mirada sobre los otros y a sentirse y querer ser «hermano universal», como lo declaró, a partir de 1901. Una nueva fórmula, una nueva actitud, revolucionaria en esa época. Se traduce, en señales muy simples: así pide que le llamen «hermano Carlos» o «hermano Carlos de Jesús», sin título de reverencia. Pero ser hermano universal supone más que eso, es una conversión que se debe reanudar cada día…
Insisto en el trabajo intelectual de hermano Carlos. El Señor nos pide en efecto que hagamos esta parte de camino que podemos y debemos hasta nosotros mismos, con la inteligencia que nos dio. Pero eso no basta. Nuestro corazón también debe convertirse, abrirse al otro. Dejarse tocar, conmover, dejarse conducir, ir hacia otro y ser capaz de amar… Las largas horas pasadas, por el hermano Carlos, delante del tabernáculo le permitieron dejarse habitar por el corazón de Jesús, dejarse transformar por él, llegar a ser hermano universal. Es observando el Cristo en la cruz, especialmente aquél que el mismo pinta sobre el tabernáculo de su capilla. Y también en la celebración del sacrificio la misa y la comunión con el misterio pascual, que poco a poco pudo abrir, su corazón a las dimensiones del corazón de Cristo. Comprendió el amor universal de Jesús. Quiso imitarlo, se dejó transformar por él para convertirse en hermano universal. La toma de conciencia de esta exigencia de fraternidad va a conducirle a girarse en contra de las injusticias coloniales, de las cuales fue testigo. Tanto más cuando vienen de personas que se dicen cristianas y que toleran aún la esclavitud. Lo hará incluso con vehemencia:
«Desgraciados vosotros hipócritas que ponéis en los sellos y por todas partes: «Libertad, Igualdad, Fraternidad, Derechos humanos”, y que claváis los hierros de los esclavos… que permitís robar niños a sus padres y venderlos públicamente; que castigáis el robo de un pollo y permitís el de un hombre»…
El hermano Carlos no podía soportar de ver a sus hermanos del Sahara humillados, tratados con menosprecio. Se las tenía con estas personas, consideradas como «cristianas», que oscurecían el mensaje fraternal y liberador de Cristo. Un acontecimiento, vivido algunos años después de su intuición de hermano universal, me parece muy significativo para entender esta evolución. Estamos en 1908, Carlos de Foucauld tiene cincuenta años. Se internó aún más dentro del desierto, estableciéndose en Tamanrasset. Trabaja su monumental diccionario de la lengua Tuareg. Entonces, no llueve en Tamanrasset, desde hace dos anos. La gente vive en una gran miseria, Foucauld resume la situación en una frase brusca: «Las cabras están tan secas como la tierra y la gente tanto más que las cabras». La prueba se prolonga. Ya había distribuido a su entorno la comida y los medicamentos de los que disponía. Él mismo se debilita mucho y sufre de escorbuto. Sin embargo, se esfuerza en trabajar las once horas al día con el diccionario tuareg. Además, se aísla mucho. Desde hace once meses, solo ha recibido dos visitas de cristianos. No tiene pues correo, ni noticias. No puede, solo, celebrar la misa. Sufre mucho… Ni siquiera recibe ya la visita de sus vecinos, no teniendo ya nada que compartir con ellos… El cansancio se acumula… y el lunes 20 de enero de 1908, ni siquiera puede ya levantarse. Escribe entonces en su cuaderno: «Obligado de parar mi trabajo, Jesús, María, José, os doy mi alma, mi espíritu y mi vida». Se dispone a morir… Una persona lo descubre en este estado y alerta a sus vecinos que, tomando entonces conciencia de su estado y su deber de hospitalidad, se ponen en busca las cabras por toda la región. Encuentran algunas que tienen aún un poco de leche y, en un gran impulso de solidaridad, le salvan la vida. Gracias a esta comida y al afecto que descubre, Carlos de Foucauld, en algunas semanas, recobra las fuerzas y vuelve a trabajar.
Este 20 de enero de 1908, se produjo, pienso, una toma de conciencia en este hombre, pasando hasta cierto punto, de la muerte a la vida: quería ser «hermano universal» pero, en realidad, era aún el que acogía, el que distribuía comida y medicamentos, el que era capaz de realizar un diccionario que será útil a generaciones… Pero ahora los papeles se invierten. Es él que es acogido, es él que está en la necesidad y que recibe ayuda. No está ya en la situación del que tiene, que sabe y que da, sino en la de el que tiene necesidad de los otros y que acepta recibir… Ese día, experimentó y probablemente comprendió mejor el sentido de la fórmula: «hermano universal». Y lo vivirá, intensamente, hasta su último día. Ser hermano, es también aceptar ser querido, recibir del otro, lo que pide mucha humildad. Es más fácil, en efecto, y más agradable dar… El hermano Carlos acepta ahora recibir del otro una ayuda material, por supuesto, los testimonios de amistad también, pero aún más que eso…Hemos visto lo que recibió de sus hermanos musulmanes a partir de su «Reconnaissance au Maroc»; «El Islam ha producido en mí una profunda convulsión…» La fe de estos creyentes ha producido en él un estremecimiento, lo trastornó, lo puso sobre el camino de la búsqueda de Dios. El hermano Carlos también recibió del Islam el sentido de la grandeza de Dios. Varias veces en sus escritos, no duda en citar la expresión coránica “Allah Akbar». En la misma carta ya citada a Enrique de Castries, escribe: «Allah Akbar, Dios es más grande, más grande que todas las cosas que podemos enumerar; sólo El, después de todo, merece nuestros pensamientos y nuestras palabras». Y continua: ¡»Allah Akbar!» ¡La paz, la guerra pasan! Dios es mayor. Él que solo no pasa». Del mismo modo, en sus escritos, menciona en varias ocasiones: «el sentimiento contínuo de la presencia de Dios», una expresión típicamente musulmana de la cual se alimenta… El hermano Charles pues recibió, de sus hermanos musulmanes, valores espirituales que marcaron su vida. Lo sabe y lo reconoce. Se convirtió en su hermano. Aún hoy la Iglesia que está en el Magreb debe ser humilde y fraternal. No puede llegar con ideas demasiado hechas y certezas sin faltas… Debe también aceptar recibir. Para eso, debe vivir cercana a los musulmanes, escucharlos atenta y respetuosamente para descubrir y acoger el trabajo del Espíritu que la precede. Es cooperando con el trabajo del Espíritu que puede, hoy, caminar con los hermanos de estos países, y con ellos avanzar aún más: duc en altum…
Antes de concluir, he aquí dos reflexiones que me han iluminado mucho
• La primera es el fruto de un encuentro fraternal. El padre Peyriguère, este discípulo del hermano Carlos que mencionaba más arriba, ha vivido cerca de 30 años en El Kebab, al corazón del Atlas Medio, ocupándose de sus hermanos marroquíes. Había tejido, al compás de los años, fuertes lazos de amistad con numerosas personas, pero más concretamente con el Imam responsable de la mezquita cercana a su casa. Un día, este viejo amigo le dijo muy simplemente: «Tu eres cristiano, estás seguro de tener razón, yo soy musulmán, estoy seguro de tener razón. Pero, mira, lo importante es que nos podamos dar la mano muy fuerte, así, cuando estemos al otro lado, el que tenga razón estirará al otro…».(12) La fuerte amistad que los vinculaba les permitió encontrarse más allá de las certezas doctrinales bien afianzadas que podían separarlos. Convirtió los corazones disponibles. Avanzaron juntos, bajo la mirada de Dios, por la vía de la confianza. Un Dios «más grande que nuestro corazón». Más grande que nuestras ideas y nuestros proyectos.
• Después de la reflexión de un Imam, la de un Papa. Teniendo la oportunidad de participar en numerosas reuniones de la Conferencia episcopal del Norte de África, me acuerdo que, en uno de estos encuentros que se celebraba en Roma, en el curso de un intercambio muy libre, el Papa Juan Pablo II nos dijo: «La Iglesia es el sacramento del Reino, lo que se pide a un sacramento, es que sea signo, no que sea cantidad». Ser signo es más exigente que ser quantitat. Y el Papa repetía a cada visita: «Lo que la Iglesia vive en el Magreb es importante, viven algo de especifico que enriquece la mirada de la Iglesia». El hermano Carlos, desde su beatificación oficial por la Iglesia, se nos propone como un modelo que debe imitarse, como un «signo». La Iglesia que está en el Magreb se acuerda de su fuerte testimonio de «hermano universal» que eligió vivir intensamente el misterio de la Visitación y Nazaret; que llevó hasta el final con la donación de su vida. Se ha elegido a otros cristianos en el Magreb para ser signo, como él, hasta el martirio. Es una gracia para nuestras Iglesias. Y cada día los cristianos, muy discretamente generalmente, se esfuerzan, con su vida, en ser signo para sus hermanos musulmanes. Esta es la razón por la que esta Iglesia no es una Iglesia del silencio como algunos se imaginan, sino más bien una Iglesia del encuentro y del testimonio.
* Tal como anuncio en la introducción, he intentado presentarles el alma nuestras Iglesias, el Espíritu que las anima. Pero deseo decir, para acabar, que los cristianos que hacen la Iglesia en el Magreb distan mucho de ser a la altura de la misión que se les confía. Los encuentros débiles o superficiales son nuestro pan de cada día; los juicios que se hacen no son siempre fraternales; y nuestros esfuerzos de conocer las lenguas, la literatura, los hábitos, la historia son a menudo beligerantes, etc. Pero, a pesar de eso, el Señor que ve los corazones, los todos corazones, no solamente los que he citado, sabe que en nuestras Iglesias, las cristianas y los cristianos, habitados por Cristo, salen de su casa, van a casa de sus hermanos musulmanes y que se viven a veces encuentros maravillosos. Esta es la razón por la que esta Iglesia puede decir, en verdad: «Mi alma magnifica el Señor, exulta mi espíritu en Dios y en mi Salvador”. Amén
Los años pasados en Argelia, el testimonio del hermano Carlos, una nueva idea de misión. Una conversación con el padre Silvano Zoccarato sobre el tema de la canonización del ermitaño del Sahara
Misionero del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras (PIME), el padre Silvano Zoccarato conoció a Charles De Foucauld no solo a través de su texto, sino también a través de las personas que se inspiraron en su obra, especialmente las Hermanitas de Jesús. nosotros sobre su experiencia.
Comenzaste la misión del PIME en Touggourt, Argelia. ¿Puedes contarnos subre esa experiencia?
Era el amanecer del tercer milenio y adjuntó carta de Argelia a los superiores del PIME; el «obispo del desierto» monseñor Michel Gagnon, jefe de la diócesis de Laghouat-Gardaya -uno de los más grandes grandes del mundo en la superficie- pidió una comunidad formada por un misionero de 70 años, un misionero de 50 años y un misionero de 50 años de 30 años para iniciar una pequeña presencia en el Sahara. Cuando lo leyó, sintió que era para mí: ¡abrirme al mundo árabe! Era 2006. Tenía 70 años y, cuando busqué por primera vez a alguien con cierta experiencia, sintió la invitación y de inmediato me puso a disposición. Eran también los años de la exhortación de Juan Pablo II, que lo invitaba: «Queridos misioneros, en la Iglesia, por la gracia de Dios, se abre cada día nuevos espacios de evangelización y de compromiso.
Viví 10 años en Touggourt, un oasis en el desierto que fue convertido en ciudad y viví en una vieja casa abandonada por los Padres Blancos. La iglesia solía confiar en una asociación musulmana. No fue posible catequizar ni bautizar como estaba acostumbrado en mis treinta años en Camerún. Sólo tena que quedarse allí y vivir en amistad, animar y rezar. Facilidad con los idiomas me ayudó. Pronto pude celebrar misa en árabe con las Hermanitas seguidoras de Charles de Foucauld y pude ayudar a jóvenes musulmanes con italiano y francés. En Camerún, también desarrolló aptitudes para una cierta reflexión cultural, investigando y recopilando historias, mitos y proverbios de la etnia tupurì. Siempre ha tratado de aprovechar las pequeñas oportunidades para encontrarse conmigo en la vida cotidiana, a veces tomando té con amigos en el horno y luego contactando amigos en Italia en breve «postal». Para la evangelización tratamos de hacer lo que Jesús nos pidió: involucrarse y dejarse involucrar, manteniendo viva la propia identidad. Aún hoy nos seguimos sintiendo búsquedas a través de Facebook.
Eres el gran don de compartir la Eucaristía todos los días y dejarme formar por las Hermanitas de Jesús, cuyo programa de vida es el deseado por su fundadora Magdeleine Hutin: «Puedes seguir siendo hermanitas de nada… que pueda vivir, habitar, viajar como los pequeños… como Jesús, que no perdió nada de su dignidad divina al convertirse en un pobre artesanal. Tener derecho a ser pobre… a ofrecer la propia vida como inmolación por los hermanos del islam. Vivir íntimamente mezclado con la masa humana, como el levantamiento en la masa. Humano y cristiano, sin distinción alguna, con una profunda formación de vida interior».
De Touggourt me encontré a menudo en los lugares de Charles De Foucauld y viví en Beni Abbes y Tamanrasset en sus ermitas.
¿Qué significó seguir los pasos de Charles De Foucauld? ¿Qué le enseñó la vida y el estilo del hermano Charles?
Responderé repasando algunos momentos de tu vida y registrándolo a través de tus palabras. El 9 de junio de 1901, Charles Viviers hizo la ordenación sacerdotal como máxima adhesión al ministerio salvífico de Cristo para más. Cuatro meses después, se va a vivir a Beni Abbès, en el Sáhara argentino. Allí permanece con la esperanza de poder entrar en Marruecos, cuyos frentes estaban cerrados, y permanece hasta agosto de 1905. De su vida en la ermita de Beni Abbès escribe: «Todos los días, invitados, a cenar, a dormir, un desayunar; nunca hubo vacío; Fueron 11, una noche, sin contar un anciano inválido que ahora se ha instalado aquí. Tengo de 60 a 100 visitas diarias: esta fraternidad es una colmena».
La primera angustia que avergüenza el alma es la gran tragedia de los esclavos. Quiere actuar de inmediato. El 9 de enero de 1902 escapó con un enclave: el primero de varios otros. Luego está su vocación a la fraternidad. Él mismo escribe que quiere «acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a mirarme como su hermano, el hermano universal». Estas son las personas que llaman a la casa de Charles «Khawa» la «Fraternidad».Charles comenta que disfruta tanto, quiere «que todos sepan en todas partes que la Fraternidad es la casa de Dios, donde cada pobre, cada huésped, cada enfermo es siempre invitado, llamado, deseado, acogido con verdadera alegría y gratitud». . por hermanos que lo aman, lo desean y consideran sus bajos ingresos en techo como el tesoro de un tesoro.
Cuando vivió durante diez días en la casa de Charles de Foucauld en Beni Abbès, no se sintió un santo, sino un hombre abandonado. En ese ambiente pensó acoger a los exclavos y visitantes, festejando y celebrando ante el Sagrado Corazón, y apasionado por la naturaleza. Los dibujos que aún tiene en su cuaderno lo muestran contemplando el desierto, en las montañas. Los proverbios tuareg, las historias y las primeras palabras escritas en el diccionario tuareg resuenan y encantan.
El del hermano Carlos fue un apóstol de la bondad, como lo mismo dijo: «Al gusano le dijo: ‘Puesto que este hombre es bueno, su religión debe ser buena…’. Desearía ser lo suficiente bueno para que dijeran: «Si so es el sirviente, ¿cómo debería ser el amo?»
Sin embargo, añadió una nota importante: «Pero antes tengo que pasar por el deseo, y esperar allí, para recibir la gracia de Dios de nuestra alma para dejarla en paz. Hay falso silencio, reconocimiento, vacío, para que Dios se establezca y crea el espíritu interior. Sin esta vida interior, ni siquiera el celo, las buenas intenciones y el intenso trabajo darán sus frutos. Trataría de una fuente que quisiera dar santidad a los demás, pero en vano, porque no la tiene. Dios se da totalmente alma que se da totalmente a él. Por lo tanto, es imposible querer amar a Dios sin amar a los hombres. Cuanto más amamos a Dios, más amamos a los hombres».
Carlos está sobre todo enamorado de Jesús, que lo reconoce en el sacramento del altar, pero también en el sacramento de los hombres, en las personas, como también observó el Papa Francisco. Creo que esta es una gran lección para cualquier misionero.
Después de tantos años, pasados en diferentes países, ¿ha cambiado tu visión de la misión?
En mis tres años en Camerún viví para el pueblo, pero también estuve privado de conocimiento, fijo en mis posiciones misioneras. En Touggourt en Argelia en cambia fue como el Papa Francisco dice en Laudato Si’ : «La buena vida y la convivencia con todos y cada uno». Junto con las Hermanitas de Touggourt, en la relación con las personas se puede sentir el alma de las personas y sentir una búsqueda interior por ellas. Hay algo que siento vivo dentro de mí y que me gustaría seguir manteniendo.
Mi estilo de misión cambió: del diálogo sobre Jesús en Camerún, viví el diálogo del Jesús de la vida, ayudado también por el obispo emérito de Laghouat-Ghardaïa, Claude Rault, autor del libro El desierto es mi catedral.La misión se puede abrir envolviendo a un hombre íntegro, coherente con los valores humanos y la mujer más auténtica.
Ahora creo que los Dioses sigan hablando, para salvar y unir a la humanidad entre personas que están enojadas con sus religiones, que conviven y dialogan con personas de diferentes culturas y religiones. Viviendo con musulmanes, me impresionó mucho cuando me dijeron cómo se sienten acerca de Dios y cómo Dios los hace sentir. Me dijeron que el hombre no puede vivir sin Dios, que la oración es lo más hermoso de la vida. El viernes caminaba entre la gente y –a la voz del muecín llamando a la oración– el barrio se detenía de abrupto, todos se arrodillaban. «¿Qué estoy haciendo aquí?», me preguntó entonces, y me impulsó a profundizar en mi cristiano, a darme cuenta de la que tenemos, aunque quede velada, prudente, a la esperanza.
El mío era, por ejemplo, un «apostolado del piso», en el sentido de que lo llevaba caminando, en mis paseos para ir a las Hermanas o a veces para venir un negocio por un denario en un comedor público. Viviendo 10 años en Touggourt, la gente me saludaba con el saludo musulmán o pedía orar por ellos.
Tenía razón el arzobispo de Argel Tessier: «No basta amar a la Iglesia de Argelia, sino que es Argelia la que debe ser amada. Luego los argentinos. Amamos a Argelia en las personas que conocemos. Esta es una prioridad: dejar la amistad y apuntar a insertar la amistad en el tejido de vida. Fue un milagro que hizo posible entender el islam y respetarlo como la religión de los pueblos a quienes nos enviaron”.
Pero entonces todo esto requería una yuxtaposición, no una empresa fácil. Hablaría de testimonio, anuncio, acogida, acompañamiento. Todo se desarrolla en el «viento de Dios» que llama a la conversión de quienes anuncian y de quienes acogen. Más que eso, podemos hablar de lealtad y del desarrollo de la fe que vivimos, como cristianos y musulmanes o no. Dios seguirá guiándose unos a otros a una comunión más verdadera con El.
Si te limitas a los números, Charles De Foucauld ha fallado. El mismo problema probó que no se convirtió a nadie. Madeleine Delbrel decía que De Foucauld nos retrotraía a la ley del Rey de Dios, que de la cruz a la victoria se empieza con un estrépito. ¿Cuáles son los frutos del «fracaso» de Charles?
Charles de Foucauld recibió un disparo el 1 de diciembre de 1916 en Tamanrasset y murió solo. Un día me encontré en Tamanrasset, enviado justo al lado de la puerta de la casa del hermano Charles y del agujero hecho por la bala que se lo llevó arriba. El hermano pequeño Antoine Chatelard me dijo: «Charles murió sin haber completodo su camino de fraternidad». Hoy 25 cofradías (Khawa) viven en el mundo con su espíritu, mucha gente tiene su Khawa en el corazón con Jesús Caritas. Entre las primeras de esta familia están las Hermanitas de Jesús de Magdeleine Hutin, con las que viví durante diez años en Touggourt. Las cofradías constituyeron una verdadera revolución en la vida religiosa: pequeños grupos contemplativos que viven en el mundo y ejercen un oficio; aquí hay algo muy diferente a lo que era la vida religiosa tradicional. La fraternidad no será sólo pasión misionera sino también partícipe de la misma identidad natural del hombre y del cristiano. Llamo la atención que fue Ali Merad, musulmán argentino y especialista en el pensamiento islámico moderno, quien escribió estas líneas: «Charles de Foucauld quizás ni alguna vez se convirtió a un muslim, pero tomó un camino evangélico que no habría tomado sin islam y sin el deseó y contribuyó a transformar no poco la actitud de la Iglesia Católica, 50 años después de su muerte, con el Concilio Vaticano II, respecto a otras religiones y culturas dentro de la comunidad humana».
¿Qué dice Charles de Foucauld hoy, tanto respecto a la relación con los musulmanes como a la vida de la Iglesia en general?
Cada santo dibuja algo nuevo. Jesús vino a ser la imagen del Padre. El cristiano se convierte en imagen viva de Jesús, que vive su «hoy» en los santos. Esta vez, sin embargo, nuestro santo está un poco incómodo. Incómodo para la sociedad, para la Iglesia y para todos los creyentes. De Foucauld abandona su sociedad burguesa, se ocupa apoyándose en el dinero y la tierra y defendiendo su ego. Vive en una iglesia pobre, en la calle, Eucaristía en el corazón y en el encuentro. Conocemos a todos por lo que somos, incluso si somos diferentes por raza, cultura, religión. La canonización de Charles De Foucauld, que se definió como Hermano Universal, abrirá la Iglesia, y esperamos también para el mundo entero, para una fraternidad más amplia, lo mismo que el Papa Francisco, al inicio de la encíclica Fratelli Tutti, love en San Francisco de Asís y para terminar indica precisamente en Carlos de Foucauld.
Durante siglos, en Occidente «el otro» fue concebido sólo entre categorías peyorativas: el hereje, el demoníaco, el inmoral, el brujo, el judío, el salvaje Saladino… Hoy el Papa Francisco les dice a todos los hombres: Hermano. Uno de los rasgos característicos de la inspiración de Foucauld fue hacer presente anticipadamente a Cristo entre los musulmanes a través de la Eucaristía. Indicación actual y al mismo tiempo profética, también porque el Papa se dirige no sólo a los católicos, sino a todos los que quieren seguir un camino de comunión y de fraternidad universal.
Fraternidad, no como palabra abstracta, sino como vida verdadera, como don de Dios a la humanidad. La aventura misionera de Carlos de Foucauld está en el origen de la apertura hecha en la Iglesia por el Papa Juan XXIII y continuada en el Concilio Vaticano II: una nueva manera de leer y vivir el Evangelio y de encontrar al otro. La fraternidad se convirtió en llamada, en vocación a vivir una existencia nueva, abierta, dadá. Se entiende como educación para el mundo de hoy y comunión entre todas las religiones, hasta el punto de amarse unos a otros, todos con el amor de Dios. Amar es unir». San Maximiliano Kolbe le hace eco: «¡Sólo el amor crea!».
Con la próxima canonización de Charles de Foucauld, el Espíritu Santo ayudará a la Iglesia a abrirse. Era cada día el mensaje del Papa Juan cuando la tribuna materna de la Iglesia se abría al mundo y hoy habló el Papa Francisco cuando habló de una “Iglesia en salida”.
A medida que aumente la pandemia, tendremos personas probadas y renovadas para la suficiencia y para nosotros también. También conoceremos gente nunca antes visitamos lugares de trabajo, escuelas, viajes. Estos encuentros pueden no ser solo una recuperación, sino el comienzo de una nueva vida. Pero si no te cuidas si puedes caer en la dispersión de la actual Babel del pensamiento, de los valores. Y a veces en un sentimiento de apatía y desconcierto. No sólo nuestro pueblo está pasando por un momento difícil, sino también nuestras sociedades, la Iglesia misma.
Puede ser que las diversidades sociales, religiosas y culturales de las personas con las que nos encontramos no sean obstáculos, sino valoris, riquezas para todos. Así lo experimentó San Juan Pablo II cuando, tras escucharlo junto a los líderes de algunas religiones del mundo, dijo que “en toda oración auténtica, orad al Espíritu Santo”. El Papa Francisco también cree en la importancia de la oración que uno. Su elevada oración el año pasado en la Llanura de Ur en Irak puede entenderse como síntesis de un camino de paz y fraternidad en la raíz común en el Dios de la promesa: «Te pedimos, Dios de nuestro padre Abraham y Dios nuestro, que concédenos Una fe fuerte, activa en hacer el bien, una fe que abra nuestro corazón a ti ya todos nuestros hermanos y hermanas; y una esperanza incontenible,
El Evangelio quiere llegar a los confines del mundo y permanecer en el camino, encomendado continuamente a nuevos discípulos, con la presencia del Espíritu del Resucitado en el corazón. Podemos experimentar lo que había en el corazón de Charles de Foucauld: Iesus Caritas, el sentimiento vivo de la presencia de Jesucristo amor que le empujaba siempre más allá. Involucrados en el mismo proyecto de amor de Dios que queréis junto con vuestros hijos. El Espíritu dará vida a nuevas relaciones en las que el deseo de verdad se completa con la visión de la sabiduría de los demás y con un acto de amor al prójimo que es el único que puede pretender acercarnos (aunque sin llamarlo nunca) al misterio.
La labor de los misioneros – Populorum Progressio nº 12 (Pablo VI)
12. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo de su divino Fundador, que dio como señal de su misión el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc 7, 22), la Iglesia nunca ha dejado de promover la elevación humana de los pueblos, a los cuales llevaba la fe en Jesucristo. Al mismo tiempo que iglesias, sus misioneros han construido hospicios y hospitales, escuelas y universidades. Enseñando a los indígenas el modo de sacar mayor provecho de los recursos naturales, los han protegido frecuentemente contra la codicia de los extranjeros. Sin duda ninguna, su labor, por lo mismo que era humana, no fue perfecta, y algunos pudieron mezclar algunas veces no pocos modos de pensar y de vivir de su país de origen con el anuncio del auténtico mensaje evangélico. Pero supieron también cultivar y promover las instituciones locales. En muchas regiones, supieron colocarse entre los precursores del progreso material no menos que de la elevación cultural. Basta recordar el ejemplo del P. Carlos de Foucauld, a quien se juzgó digno de ser llamado, por su caridad, el «Hermano universal», y que compiló un precioso diccionario de la lengua tuareg. Hemos de rendir homenaje a estos precursores muy frecuentemente ignorados, impelidos por la caridad de Cristo, lo mismo que a sus émulos y sucesores, que siguen dedicándose, todavía hoy, al servicio generoso y desinteresado de aquellos que evangelizan.
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Es con una cierta emoción que me encuentro de nuevo con la Iglesia de Lyon. Es ella que me acogió, formó y envió en misión a Marruecos. Desde hace cerca de 40 anos, vivo en la Iglesia de Rabat donde descubrí el trabajo del Espíritu en un contexto cultural y religioso bien diferente de el que conocía. Pero es el mismo Espíritu que está trabajando por todas partes del mundo… Cuando la Iglesia de Lyon me ha invitado a hablarles, acepté esta demanda con alegría. En efecto, soy feliz de poder dar prueba ante ustedes de la vitalidad de la Iglesia que está en el Magreb en medio de los hermanos musulmanes. Y de compartir con ustedes sus sufrimientos, sus alegrías, y también su esperanza. No explicaré un panorama detallado de sus distintas actividades porque sería aburrido. Me propongo más bien hacerles descubrir su alma, el Espíritu que lo anima. Lo haré basándome en el testimonio del hermano Charles de Foucauld, ya que él vivió un método de misión renovado que enciende nuestra manera de ser cristiano hoy en un mundo musulmán. Y porque la Iglesia, al beatificarlo, nos lo propone como modelo, A partir de la experiencia espiritual del hermano Carlos, desarrollaré mi reflexión en tres ejes
– La Visitación y el encuentro con el otro,
– Como Jesús, escuchar y preguntar al otro,
– Ser, con Jesús, el «hermano universal».
1.- La Visitación y el encuentro con el otro
Charles de Foucauld, después de una larga estancia en Oriente, – en la Trapa de Akbés y en Nazaret -, desembarcó en el puerto de Argel en septiembre de 1901 con un amigo monje, se queda en la Trapa de Staouéli, fundada en 1843 en la región de Argel. Allí, el Padre de Foucauld reza delante de una imagen de la Virgen que representa a Marie que lleva, dentro de ella, a su niño, una imagen rara en la tradición cristiana… Después de una breve estancia en Argel, Charles de Foucauld se instala en Beni Abbés, cerca de la frontera marroquí. Allí, con mucho cuidado, construye una casa muy simple para vivir su fe, cerca de los habitantes de esta región, y poder acoger hermanos. Para decorar su oratorio, pinta, de sus propias manos, un cuadro representando al encuentro de María con su prima Isabel en la Visitación. Una elección significativa, vamos a verlo. Un segundo cuadro lo completará, representando a la Santa Familia. Estas dos escenas son como un resumen de su experiencia espiritual, vivida en Nazaret, y de su encuentro con la imagen de la Virgen en la Trapa. Están allí, cerca del tabernáculo delante del cual pasa largos momentos, cada día. Estos cuadros expresan lo que es su proyecto apostólico en Argelia: no busca ya la soledad, como en Oriente, quiere ahora dedicar su vida al encuentro del otro tomando como modelo a la Virgen en la Visitación.
Charles de Foucauld interpretará de distintas maneras este encuentro de María con Isabel en sus oraciones y sus escritos. Esta elección marcará su vida apostólica en Beni Abbés, luego en Tamanrasset. Y, después, el relato de la Visitación marcará profundamente la vida de las Iglesias del Magreb. En efecto, en estos países, los cristianos, y no solamente entre los discípulos directos de Charles de Foucauld, viven de este misterio, generalmente de una manera muy discreta. Afortunadamente, algunos de ellos han dejado huellas escritas de esta experiencia espiritual. Destaco a tres. El padre Peyriguère, por ejemplo, que ha vivido 30 años en el Atlas Medio marroquí, ocupándose de los enfermos de El Kebab y de la región, hace hincapié, en sus escritos espirituales, en la necesidad de estar habitado por Cristo,y vivir el vínculo entre sus múltiples encuentros de la vida diaria y el Visitación.
El padre Jean-Mohamed Abd-el-Jahí también. Este Marroquí, musulmán, bautizada en 1928 y ordenado sacerdote en la orden franciscana, vivió su fe cristiana en el contexto difícil de la colonización. Con gran sensibilidad, experimentó, penosamente, en su carne, la falta de respeto de numerosos cristianos con los musulmanes. Siendo profesor en el Instituto católico de París, escribirá un libro que tiene por título «María y el Islam». En la última página de este libro, escribe: «El misterio maríano que, por excelencia, debe vivirse ante los musulmanes, es el de la Visitación». Es, en efecto, para el modelo de un encuentro verdadero profundamente respetuoso con el otro…
Es también el caso de Christian de Chergé. Durante la guerra de Argelia, este soldado francés fue salvado de la muerte por un amigo argelino, guarda forestal, que se sacrificó por él. Este acontecimiento orientará toda su vida. Ordenado sacerdote, elegirá consagrarse a los Argelinos, será monje y prior de la Trapa de Tibherine y, a su vez, con sus hermanos monjes, dará su vida por este país. Él también meditó mucho y escribió sobre el Misterio del Visitación y el sentido de la presencia cristiana en el mundo musulmán. Entre sus textos sobre este tema, he aquí un fragmento de la homilía que pronunció en la fiesta de la Visitación, el 31 de mayo de 1993:
«La Iglesia vino en este país para una urgencia de servicio, o de presencia… Como María, lleva con ella al Emmanuel. Es su secreto. No sabe cómo decirlo. ¿Ha de decirlo? Y he aquí que a menudo, es el otro – el musulmán – que toma la iniciativa de saludar, como Isabel hablando la primera con la libertad del Espíritu del cual sabemos todo lo que puede manifestar de comunión profunda, más allá que todas las fronteras y diferencias. Entonces sale en nosotros también, una oración irresistible, la de un Magnificat.»
Estas pocas frases iluminan la misión de la Iglesia en el Magreb: como María, se pone en marcha, va al encuentro del otro con un espíritu de servicio. El encuentro se hace en casa del otro, como pasa con Isabel. La Iglesia debe pues hacer el camino que la conduce al otro. Y, como María, lleva en ella un misterio, está habitada por la presencia divina, un misterio que la sobrepasa y que debe vivir en el silencio y la contemplación… María, en camino, debía preguntarse que iba a decir a su prima, cómo explicarle lo que le pasaba. No tenía palabras para decirlo… La Iglesia, tampoco, no tiene las palabras para expresar el misterio que vive. ¡Será siempre inexpresable! Cuando las dos mujeres se encuentran, una emoción muy intensa les estremece. Un estremecimiento de alegría que viene de los niños que llevan dentro, están sobrepasadas hasta cierto punto por el acontecimiento… María no dice nada, es Isabel que habla. En realidad, es el Espíritu que habla por ella, que le ayuda a encontrar las palabras que dan sentido. María se expresará a su vez. Es una oración de alabanza, de acción de gracias que brota de su corazón: «Mi alma exalta al Señor y mi espíritu se llena de alegría en Dios mi salvador». María era impulsada por el deseo de servir, un servicio bien concreto. Pero, porque está habitada por Cristo, el encuentro tomó una nueva dimensión, más allá de lo que podía imaginar…El corazón de la misión está aquí. Debo ir hacia el otro, a encontrarlo en su propio terreno, ponerme a su servicio. Y, si estoy habitado realmente por el Cristo, el encuentro alcanzará una plenitud que me sobrepasa y del que debo dar gracias.
Así pues, poco a poco, la Iglesia descubre que en la misión, lo que es primero, no es la conversión del otro, sino nuestra propia conversión. Debe vivir, simplemente, humildemente, el misterio que la habita. No tiene que imponerse. Debe sobre todo velar para no estorbar a Aquel que la vive ni el trabajo del Espíritu. Comprendo que lo que importa, no son mis palabras, sino las del otro, ya que me dicen lo que él vive, lo que lleva en él de humanidad, de proyectos, de esperanza… Es lo que debe atraer mi atención, lo que debo escuchar y acoger. A partir de eso, si el contexto es favorable, podemos dialogar más, ir avanzando… Tenemos, en efecto, cosas que decimos de nuestras experiencias espirituales. Christian de Chergé a menudo ha comentado este evangelio del Visitación para descubrir su riqueza y vivirlo con sus hermanos, en la Iglesia. Este año más concretamente, nosotros debemos acordarnos de este testimonio de nuestros hermanos monjes. En efecto, murieron hace diez años. Era el 26 de marzo de 1996, inmediatamente después de la fiesta de la Anunciación. Y 56 días más tarde, el 30 de mayo, en la víspera de la fiesta del Visitación, sus cabezas se encontraron… Vivieron durante 56 días una vida ocultada, de los que no se sabe nada, un tiempo de maduración, de gestación, que preparaba su verdadero «nacimiento», su encuentro con el Señor.
Su sacrificio es ciertamente la señal más fuerte que haya sido dirigida por las Iglesias del Magreb a nuestros hermanos musulmanes. Nos muestra que la parte fundamental de la misión no es tanto lo que podemos hacer o decir, sino nuestra calidad de vida, nuestra calidad de ser, nuestro amor ilimitado. Se situaron simplemente como «hombres de oración en medio de hombres de oración». Estaban habitados por el Cristo, su muerte hizo estremecer hasta el fondo, aquellos que venían a visitar…Su sacrificio y el otras hermanas y hermanos cristianos – conocidos y desconocidos – es un don de Dios a nuestra Iglesia. Hay también una luz que da sentido al sacrificio de numerosos cristianos que, cada día, humildemente, discretamente, dedican su vida al servicio de sus hermanos musulmanes. Charles de Foucauld tuvo, ante sus ojos, en su capilla, el cuadro del Visitación. De encuentro en encuentro, preparó el encuentro con su «Bien amado Señor Jesús». Él que gustaba de repetir: «vivir hoy como si debiera morir esta noche, mártir». Mostró y abrió este camino.
2.- Como Jesús, escuchar y preguntar al otro.
Pintura realizada por Carlos de Foucauld
María, después de su encuentro con Isabel, ya lo hemos observado, escuchó las palabras pronunciadas por ésta. Estuvo atenta a lo que brotaba del corazón de su prima. Esta actitud corresponde a la que el mismo Jesús practicó y enseñó. En efecto el primer gesto público de Jesús, explicado por el Evangelio, se sitúa en Jerusalén, cuando, a los 12 años, se encuentra en medio de los doctores. Ahora bien, nos dice el texto: Jesús está allí, «escuchándolos y preguntándolos». Jesús no comienza por enseñar, por decir a sus hermanos humanos que deben hacer… Está allí, en una actitud de recepción, disponibilidad, escucha respetuosa: «suave y humilde de corazón». Escucha. Pregunta también. No como un funcionario que debe informarse, sino como un enamorado que quiere saber lo que vive el corazón del otro, que pretende comprenderlo, que quiere descubrir lo mejor del otro. Jesús ha consagrado el tiempo más largo de su vida a escuchar. Quería conocer su pueblo, sus miserias por supuesto, y también sus alegrías, su esperanza… A continuación, solo a continuación, hablará. ¡Lo hará incluso con autoridad, ya que sabe lo que hay en el corazón del hombre! En esta época, no se hablaba aún de diálogo… Pero sabemos hoy que esta actitud de escucha respetuosa es la primera condición. Uno de los objetivos de! diálogo es, en efecto, descubrir lo que hay de bueno en el otro. Y, a partir de lo mejor, es posible intercambiar, compartir, enriquecemos mutuamente con nuestras experiencias espirituales. Ahora bien, podemos observar que Charles de Foucauld dedicó mucho tiempo a la escucha y al descubrimiento del otro. Ya, en su «Reconocimiento en Maruecos»- una «visita» de carácter científico -, por razones prácticas, había elegido ponerse en una situación de silencio. Al principio de su viaje, hablaba bastante mal el árabe dialectal y muy poco el berber. Y sobre todo, disfrazado en judío, no quería hacerse reconocer. Este silencio, obligado hasta cierto punto, le permitió observar muy atentamente el país y a sus habitantes. Es probablemente una de las razones de la calidad científica de su trabajo. Un trabajo que continúa siendo una obra de referencia sobre Marruecos de final del siglo XIX.
Anos más tarde, cuando Charles de Foucauld vuelve al Magreb, es por amor a sus amigos tuaregs que quiere conocer su lengua y su poesía, que los escucha y los pregunta detenidamente. Hace allí aún, un trabajo científico de gran cualidad: un diccionario de lengua tuareg de más de 2.000 páginas manuscritas y las recopilaciones de poesía berber. Sus motivaciones habían evolucionado. No tenía ya que salir de los problemas personales en los cuales aún estaba metido, en tiempos de su «Reconnaissance au Maroc»; había adquirido una gran libertad interior, una nueva capacidad de amar, de escuchar y preguntar. Aquellos trabajos saharianos son una expresión de su respeto por una cultura en la que reconoce, y quieren hacer conocer, las calidades, el valor. Son, por eso, una señal de su amor, de su deseo de conocer mejor a las personas para, según sus propias palabras, «convertirse uno de entre ellos»; como Jesús, por su Encarnación y su vida a Nazaret, pasó a ser uno entre nosotros. La calidad de estos trabajos científicos en realidad, aún hoy, los hace un instrumento indispensable para conocer la lengua y la poesía tuareg que expresa el alma profunda de este pueblo. Un alma preparada para estremecerse, si se la descubre.
En la actualidad, en el Magreb, entre otras formas de presencia, cristianos trabajan en centros de estudio, bibliotecas, para descubrir las distintas culturas de esta región, y para ponerse al servicio del desarrollo de los hombres. Estos centros culturales son lugares de encuentro privilegiados entre cristianos y musulmanes. Encuentros que se sitúan, deliberadamente, a nivel cultural, en el humanismo. No hay un humanismo sectario, pero abierto a intercambios sobre lo que da sentido a la vida, un humanismo disponible a intercambios en el ámbito religioso. Hago hincapié en esta dimensión humanista porque demasiado a menudo, me parece, se aborda a los Magrebíes poniendo sobre ellos la etiqueta «musulmán». Una etiqueta religiosa que funciona como un marco o un disfraz que no permite entender la riqueza y la complejidad de su historia, su vida social, su personalidad. En estos centros de estudio, tenemos como objetivo de encontrar al otro con toda su riqueza cultural. Una cultura que incluye una dimensión religiosa, ciertamente, pero a la cual no se la puede nunca reducirlo. ¡Es más que eso! La escucha del otro, acogerlo de tal como es, pide también que sepamos tomar el tiempo necesario para el encuentro y respetar las etapas. Tomando modelo de la paciencia divina: «Mil de años son para El como un día». Ya que Dios trabaja el corazón del hombre en profundidad, a lo largo del tiempo.
Cuando tengo la tentación de quemar etapas, pienso en el episodio del evangelio de Marcos que necesité tiempo para comprender. Jesús, nos dice el texto, para viajar al país de los Gerasenos, tuvo que cruzar el lago para llegar a la otra orilla. Durante la travesía sufre una fuerte tormenta, ir hacia los paganos remueve siempre muchas cosas. Allí, encuentra un hombre «poseído de un espíritu impuro». Jesús lo libera de este espíritu astuto, y, después de un momento pasado con él, Jesús se prepara para volver a salir y se incorpora a su barca. En ese momento, el Geraseno manifiesta el deseo de seguirle. Pero Jesús, viendo sus buenas disposiciones, le propone otro programa, le dice: «Ve a tu casa, con los tuyos, y explícales lo que el Señor ha hecho en ti y como se ha compadecido de ti» (Mc 5.19). Este hombre, si hubiera seguido a Jesús, habría podido ser testigo de su muerte, su resurrección, los dones del Espíritu, en una palabra de la plenitud del misterio pascual… Pero Jesús lo devuelve a los suyos y le da una misión: dar testimonio de su curación y este encuentro que acaba de vivir… Lo mismo sucede con nosotros que debemos vivir el momento presente, con alegría, gratuidad, disponibilidad: el futuro sigue estando abierto, está en las manos de Dios.
Cuando Charles de Foucauld llegó al Magreb, tenía prisa en proclamar toda la Buena Noticia y bautizar… Pero, poco a poco, la escucha atenta de las personas entrevistadas y los años de estudios le han permitido conocer mejor al otro tal como es, con su historia y sus riquezas. El otro es un hermano, y es trabajado por el Espíritu. Debo encontrarlo, pero debo también respetar su propio camino espiritual hacia Dios. Ya que, como dice el profeta Isaías: «vuestros pensamientos no son mis pensamientos, y mis caminos no son vuestros caminos» (Is.55,8). Por ello Charles de Foucauld aprendió a vivir como «hermano universal».
3.- Ser con Jesús, el «hermano universal»
Eso no es espontáneo y no se hace sin un largo trabajo sobre uno mismo. Cuando se observa atentamente el texto del «Reconaissance au Maroc», se constata que el joven Vizconde de Foucauld utiliza aún un vocabulario que se caracteriza por el contexto cultural recibido en su educación. Sus juicios sobre los Marroquíes, musulmanes y judíos, son, a menudo, duros y severos… Su viaje a Marruecos se sitúa incluso en el mismo año del famoso discurso de Ernest Renán pronunciado en la Sorbona en el cual afirma, entre otras cosas, cito: «la nulidad intelectual de las razas que extraen solamente de esta religión (el Islam) su cultura y su educación»… Sin embargo. Charles de Foucauld, ya en esta época de su vida, consiguió retirarse de la mentalidad dominante. Abrir su corazón al otro, más allá de los prejuicios de raza y religión. Observamos que tuvo verdaderos amigos marroquíes como, por ejemplo, el Hadj Bou Rhim a quien rinde homenaje en su «Reconnaissance au Maroc»: «(usted) que con riesgo de su seguridad me ha protegido en el peligro, a quienes debo la vida, de quien el recuerdo lejano me llena de emoción… ¿Cómo expresarle mi agradecimiento?».
Y frecuentemente, en sus escritos, mencionará a sus amigos marroquíes con los cuales pretende conservar vínculos. Su rectitud fundamental le permitió admirar la fe de aquéllos que encontraba. En una carta enviada a su amigo Enrique de Castries, escribe: «el Islam produjo en mi una profunda convulsión. La vista de esta fe, de estos almas viviendo en la continua presencia de Dios, me hizo entrever alguna cosa más grande y de más verdadero que las ocupaciones mundanas». Estos creyentes musulmanes le ayudaron a redescubrir su propia fe…Noto que la experiencia del encuentro del otro y el diálogo, si se llevan bien, nos devuelven a nosotros mismos, nos obligan a trabajarnos a nosotros mismos, a ponernos en la búsqueda de la verdad, en búsqueda de la mirada de Dios. Y cuando se observa atentamente el vocabulario del Padre de Foucauld, así como su comportamiento, se descubre, con el paso de los años – más concretamente después de su conversión- una evolución hacia más respeto, más aprecio verdadero para con sus hermanos del Magreb y del Sahara. Ha debido operar -y tenemos aún a veces que hacer hoy- una verdadera purificación de la memoria para modificar su mirada sobre los otros y a sentirse y querer ser «hermano universal», como lo declaró, a partir de 1901. Una nueva fórmula, una nueva actitud, revolucionaria en esa época. Se traduce, en señales muy simples: así pide que le llamen «hermano Carlos» o «hermano Carlos de Jesús», sin título de reverencia. Pero ser hermano universal supone más que eso, es una conversión que se debe reanudar cada día…
Insisto en el trabajo intelectual de hermano Carlos. El Señor nos pide en efecto que hagamos esta parte de camino que podemos y debemos hasta nosotros mismos, con la inteligencia que nos dio. Pero eso no basta. Nuestro corazón también debe convertirse, abrirse al otro. Dejarse tocar, conmover, dejarse conducir, ir hacia otro y ser capaz de amar… Las largas horas pasadas, por el hermano Carlos, delante del tabernáculo le permitieron dejarse habitar por el corazón de Jesús, dejarse transformar por él, llegar a ser hermano universal. Es observando el Cristo en la cruz, especialmente aquél que el mismo pinta sobre el tabernáculo de su capilla. Y también en la celebración del sacrificio la misa y la comunión con el misterio pascual, que poco a poco pudo abrir, su corazón a las dimensiones del corazón de Cristo. Comprendió el amor universal de Jesús. Quiso imitarlo, se dejó transformar por él para convertirse en hermano universal. La toma de conciencia de esta exigencia de fraternidad va a conducirle a girarse en contra de las injusticias coloniales, de las cuales fue testigo. Tanto más cuando vienen de personas que se dicen cristianas y que toleran aún la esclavitud. Lo hará incluso con vehemencia:
«Desgraciados vosotros hipócritas que ponéis en los sellos y por todas partes: «Libertad, Igualdad, Fraternidad, Derechos humanos”, y que claváis los hierros de los esclavos… que permitís robar niños a sus padres y venderlos públicamente; que castigáis el robo de un pollo y permitís el de un hombre»…
El hermano Carlos no podía soportar de ver a sus hermanos del Sahara humillados, tratados con menosprecio. Se las tenía con estas personas, consideradas como «cristianas», que oscurecían el mensaje fraternal y liberador de Cristo. Un acontecimiento, vivido algunos años después de su intuición de hermano universal, me parece muy significativo para entender esta evolución. Estamos en 1908, Carlos de Foucauld tiene cincuenta años. Se internó aún más dentro del desierto, estableciéndose en Tamanrasset. Trabaja su monumental diccionario de la lengua Tuareg. Entonces, no llueve en Tamanrasset, desde hace dos anos. La gente vive en una gran miseria, Foucauld resume la situación en una frase brusca: «Las cabras están tan secas como la tierra y la gente tanto más que las cabras». La prueba se prolonga. Ya había distribuido a su entorno la comida y los medicamentos de los que disponía. Él mismo se debilita mucho y sufre de escorbuto. Sin embargo, se esfuerza en trabajar las once horas al día con el diccionario tuareg. Además, se aísla mucho. Desde hace once meses, solo ha recibido dos visitas de cristianos. No tiene pues correo, ni noticias. No puede, solo, celebrar la misa. Sufre mucho… Ni siquiera recibe ya la visita de sus vecinos, no teniendo ya nada que compartir con ellos… El cansancio se acumula… y el lunes 20 de enero de 1908, ni siquiera puede ya levantarse. Escribe entonces en su cuaderno: «Obligado de parar mi trabajo, Jesús, María, José, os doy mi alma, mi espíritu y mi vida». Se dispone a morir… Una persona lo descubre en este estado y alerta a sus vecinos que, tomando entonces conciencia de su estado y su deber de hospitalidad, se ponen en busca las cabras por toda la región. Encuentran algunas que tienen aún un poco de leche y, en un gran impulso de solidaridad, le salvan la vida. Gracias a esta comida y al afecto que descubre, Carlos de Foucauld, en algunas semanas, recobra las fuerzas y vuelve a trabajar.
Este 20 de enero de 1908, se produjo, pienso, una toma de conciencia en este hombre, pasando hasta cierto punto, de la muerte a la vida: quería ser «hermano universal» pero, en realidad, era aún el que acogía, el que distribuía comida y medicamentos, el que era capaz de realizar un diccionario que será útil a generaciones… Pero ahora los papeles se invierten. Es él que es acogido, es él que está en la necesidad y que recibe ayuda. No está ya en la situación del que tiene, que sabe y que da, sino en la de el que tiene necesidad de los otros y que acepta recibir… Ese día, experimentó y probablemente comprendió mejor el sentido de la fórmula: «hermano universal». Y lo vivirá, intensamente, hasta su último día. Ser hermano, es también aceptar ser querido, recibir del otro, lo que pide mucha humildad. Es más fácil, en efecto, y más agradable dar… El hermano Carlos acepta ahora recibir del otro una ayuda material, por supuesto, los testimonios de amistad también, pero aún más que eso…Hemos visto lo que recibió de sus hermanos musulmanes a partir de su «Reconnaissance au Maroc»; «El Islam ha producido en mi una profunda convulsión…» La fe de estos creyentes ha producido en él un estremecimiento, lo trastornó, lo puso sobre el camino de la búsqueda de Dios. El hermano Carlos también recibió del Islam el sentido de la grandeza de Dios. Varias veces en sus escritos, no duda en citar la expresión coránica “Allah Akbar». En la misma carta ya citada a Enrique de Castries, escribe: «Allah Akbar, Dios es más grande, más grande que todas las cosas que podemos enumerar; sólo El, después de todo, merece nuestros pensamientos y nuestras palabras». Y continua: ¡»Allah Akbar!» ¡La paz, la guerra pasan! Dios es mayor. Él que solo no pasa». Del mismo modo, en sus escritos, menciona en varias ocasiones: «el sentimiento contínuo de la presencia de Dios», una expresión típicamente musulmán de la cual se alimenta… El hermano Charles pues recibió, de sus hermanos musulmanes, valores espirituales que marcaron su vida. Lo sabe y lo reconoce. Se convirtió en su hermano. Aún hoy la Iglesia que está en el Magreb debe ser humilde y fraternal. No puede llegar con ideas demasiado hechas y certezas sin faltas… Debe también aceptar recibir. Para eso, debe vivir cercana a los musulmanes, escucharlos atenta y respetuosamente para descubrir y acoger el trabajo del Espíritu que la precede. Es cooperando con el trabajo del Espíritu que puede, hoy, caminar con los hermanos de estos países, y con ellos avanzar aún más: duc en altum…
Antes de concluir, he aquí dos reflexiones que me han iluminado mucho
• La primera es el fruto de un encuentro fraternal. El padre Peyriguère, este discípulo del hermano Carlos que mencionaba más arriba, ha vivido cerca de 30 años en El Kebab, al corazón del Atlas Medio, ocupándose de sus hermanos marroquíes. Había tejido, al compás de los años, fuertes lazos de amistad con numerosas personas, pero más concretamente con el Imam responsable de la mezquita cercana a su casa. Un día, este viejo amigo le dijo muy simplemente: «Tu eres cristiano, estás seguro de tener razón, yo soy musulmán, estoy seguro de tener razón. Pero, mira, lo importante es que nos podamos dar la mano muy fuerte, así, cuando estemos al otro lado, el que tenga razón estirará al otro…».(12) La fuerte amistad que los vinculaba les permitió encontrarse más allá de las certezas doctrinales bien afianzadas que podían separarlos. Convirtió los corazones disponibles. Avanzaron juntos, bajo la mirada de Dios, por la vía de la confianza. Un Dios «más grande que nuestro corazón». Más grande que nuestras ideas y nuestros proyectos.
• Después de la reflexión de un Imam, la de un Papa. Teniendo la oportunidad de participar en numerosas reuniones de la Conferencia episcopal del Norte de África, me acuerdo que, en uno de estos encuentros que se celebraba en Roma, en el curso de un intercambio muy libre, el Papa Juan Pablo II nos dijo: «La Iglesia es el sacramento del Reino, lo que se pide a un sacramento, es que sea signo, no que sea cantidad». Ser signo es más exigente que ser quantitat. Y el Papa repetía a cada visita: «Lo que la Iglesia vive en el Magreb es importante, viven algo de especifico que enriquece la mirada de la Iglesia». El hermano Carlos, desde su beatificación oficial por la Iglesia, se nos propone como un modelo que debe imitarse, como un «signo». La Iglesia que está en el Magreb se acuerda de su fuerte testimonio de «hermano universal» que eligió vivir intensamente el misterio de la Visitación y Nazaret; que llevó hasta el final con la donación de su vida. Se ha elegido a otros cristianos en el Magreb para ser signo, como él, hasta el martirio. Es una gracia para nuestras Iglesias. Y cada día los cristianos, muy discretamente generalmente, se esfuerzan, con su vida, en ser signo para sus hermanos musulmanes. Esta es la razón por la que esta Iglesia no es una Iglesia del silencio como algunos se imaginan, sino más bien una Iglesia del encuentro y del testimonio.
* Tal como anuncio en la introducción, he intentado presentarles el alma nuestras Iglesias, el Espíritu que las anima. Pero deseo decir, para acabar, que los cristianos que hacen la Iglesia en el Magreb distan mucho de ser a la altura de la misión que se les confía. Los encuentros débiles o superficiales son nuestro pan de cada día; los juicios que se hacen no son siempre fraternales; y nuestros esfuerzos de conocer las lenguas, la literatura, los hábitos, la historia son a menudo beligerantes, etc. Pero, a pesar de eso, el Señor que ve los corazones, los todos corazones, no solamente los que he citado, sabe que en nuestras Iglesias, las cristianas y los cristianos, habitados por Cristo, salen de su casa, van a casa de sus hermanos musulmanes y que se viven a veces encuentros maravillosos. Esta es la razón por la que esta Iglesia puede decir, en verdad: «Mi alma magnifica el Señor, exulta mi espíritu en Dios y en mi Salvador”. Amén
«Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a que me consideren su hermano, el hermano universal» (Charles de Foucauld)
Homilía misa en honor del Beato Carlos de Foucauld, pronunciada por el Cardenal Jean-Pierre Ricard, el domingo 4 de diciembre de 2016 en la Iglesia del Sagrado Corazón de Burdeos.
Queridos hermanos y hermanas,
Siguiendo a los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, el Papa Francisco nos recordó que la evangelización, la misión, no es una opción para un cristiano. Todo el que se bautiza debe ser apóstol, testigo. El Papa Francisco habla de “discípulos misioneros”. Escribe en su exhortación La alegría del Evangelio: “ En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28, 19). Cada bautizado, sea cual sea su función en la Iglesia y el nivel de educación de su fe, es un sujeto activo de evangelización … Esta convicción se transforma en una llamada dirigida a cada cristiano, para que nadie renuncie a su compromiso evangelizador, porque si realmente ha experimentado el amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para ir a anunciarlo, no puede esperar » haber recibido muchas lecciones o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que ha encontrado el amor de Dios en Jesucristo; ya no decimos que somos “discípulos” y “misioneros”, sino siempre que somos “discípulos-misioneros” . Sabéis que esta reflexión sobre la importancia de ser discípulos misioneros hoy está en el centro del cuestionamiento de nuestro sínodo diocesano. Y creo que es una gran gracia que profundiza nuestra reflexión sobre la misión que hoy escuchemos al Beato Carlos de Foucauld. Vivió y viene a contarnos cosas fundamentales. Anoto algunas:
La misión no es principalmente una cuestión de estrategia o marketing mediante el cual uno querría colocar un producto. Es sobre todo una pasión, una cuestión de amor. El padre de Foucauld no hizo muchas conversiones ni bautismos. Sabe que aún no ha llegado el momento de la cosecha. Pero ama a este pueblo tuareg en medio del cual vive y al que no quiso abandonar ni siquiera ante el peligro. Ora por él y lo lleva ante Dios. Es cierto que no lo idealiza. Sabe ver sus faltas. Pero ama a estos hombres y mujeres y desea que algún día puedan abrirse a la luz del evangelio.
Charles de Foucauld sabe que, si es necesario un testimonio explícito, a veces es necesario preparar lenta y extensamente los caminos del Señor, como hizo Juan el Bautista con Jesús. El servicio, la hospitalidad, el compartir, la cercanía preparan este camino del Evangelio. El padre de Foucauld está habitado por esta convicción de que la evangelización no se hace por proselitismo sino, como dice el Papa Francisco, por contagio, por atracción. Es el amor fraternal, la compasión, el cuidado de los demás lo que abre los corazones. Sus contemporáneos no se equivocaron. Si pudimos darle al Padre de Foucauld el hermoso nombre de «hermano universal», es porque muchos sintieron en él esta cualidad de corazón en la vida más cotidiana. Fue él quien estuvo en el origen de esta denominación. En 1902 escribió a su primo: “Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a que me consideren su hermano, el hermano universal”. Unos meses antes de su muerte, escribió: “Debemos hacernos aceptar a los musulmanes, convertirnos para ellos en el amigo confiable, a quien acudimos cuando tenemos dudas o tenemos dolor; en cuyo cariño, sabiduría y justicia contamos absolutamente. Sólo cuando lleguemos allí podremos hacer el bien a sus almas «.
Para él, la misión implica el conocimiento del otro, de los demás, de su cultura, de su lengua, de su mentalidad. Quiere familiarizarse con aquellos entre los que vive. Escribe un diccionario tuareg-francés. Recopila datos y tradiciones de la cultura de esta población de Hoggar. Sabe que un enfoque evangelístico puede requerir una larga compañía y una lenta familiarización con aquellos a quienes se llega.
Es en la celebración de la Eucaristía y en la adoración eucarística donde el Padre de Foucauld dibuja este amor que tiene por su pueblo. Sabemos lo vital que fue para él la celebración de la Misa. Ofreció al Señor su sufrimiento por no poder celebrar la Eucaristía cuando se encontraba solo, sin ayudante, hasta que recibió el permiso de Roma para poder celebrarla incluso solo. La adoración eucarística también fue muy importante para él. Contempla a Cristo y se une al sacrificio de Cristo que se ofrece al Padre por todos los hombres. La vida eucarística y la misión siempre han estado profundamente ligadas en la Iglesia. Una renovación de la vida eucarística (celebración y adoración) provoca siempre un mayor dinamismo misionero y una renovación apostólica permite descubrir aún más claramente la fuente de la que procede, la vida eucarística. Estoy muy feliz de que haya una capilla consagrada al Padre de Foucauld en esta Iglesia del Sagrado Corazón que ha querido ofrecer la adoración eucarística perpetua en Burdeos en los últimos años.
Finalmente, nuestro Beato viene a recordarnos que la fecundidad de la misión es parte del don de uno mismo. Su vida entera es un testimonio particularmente fuerte de estas palabras de Cristo en el Evangelio: “En verdad, en verdad, de cierto os digo, que si el grano de trigo que cae a la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. Quien ama su vida, la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí también estará mi siervo. Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará ”(Jn 12, 24-26). Vemos cuánto se da la vida del padre Charles de Foucauld. Así será hasta el martirio, donde se verá inducido a unirse a la pasión de su Señor, por este pueblo al que no quiso abandonar, aun a riesgo de su propia vida. Esta muerte, se preparó para ella. Escribió: “Si algún día los paganos pudieran matarme, ¡qué hermosa muerte! Mi queridísimo hermano, qué honor y qué alegría, si Dios quisiera escucharme ”. Será asesinado por una banda armada, que quería saquear el fuerte en el que se encontraba. Y cerca de él se hallará una hostia consagrada en la arena. Charles de Foucauld se unió a Cristo en su muerte para estar en su resurrección.
Podemos preguntarnos esta mañana: ¿y nosotros?
¿Tenemos esta pasión por dar testimonio del evangelio? ¿Qué amor por la gente hay en nosotros? ¿Cómo nos estamos sirviendo? ¿Somos hermanos universales? ¿Tenemos un corazón hospitalario, acogedor y misericordioso? ¿Sabemos escuchar, entender a los que conocemos, incluso si nos desconciertan? ¿Sabemos entrar en la paciencia y la esperanza de Dios? ¿Qué lugar tiene la celebración eucarística, la adoración, el amor a la Eucaristía en nuestras vidas? ¿Cómo entramos día a día en esta dinámica de entrega?
El Adviento es verdaderamente ese tiempo de conversión que se nos da para responder personalmente a estas preguntas. No dudemos en pedir en oración al Beato Carlos de Foucauld que entre en su acto de entrega y confianza para la misión. Amén.
Intervención de Jean Louis Cathala, sacerdote de la diócesis de Albi, durante el encuentro regional de fraternidades del 4 y 5 de diciembre de 2010 en la abadía de En Calcat
Vivir más la Encarnación
Jesús de Nazaret, que murió bajo el poder de Poncio Pilato, el Dios único, incognoscible y todopoderoso – el Dios de Israel – se ha convertido verdaderamente en uno de nosotros; Nuestro hermano ; el pequeño de Belén. Es la fe más tradicional de la Iglesia. Pero es tan necesario que esta confesión de nuestros labios, que a veces nos parece casi increíble, se convierta en carne de nuestra vida. Y allí, por supuesto, el camino es muy largo; pero Charles de Foucauld se unió a nosotros en el camino; su testimonio y sus palabras nos ayudan a ver lo bueno que es esto para todos, en todas partes. De noviembre de 1888 a febrero de 1889, por invitación del padre Huvelin, el joven converso hizo una peregrinación a Tierra Santa. Fue allí donde descubrió la existencia humilde y oscura del «obrero divino»: «A este Jesús que vivió en una pequeña aldea durante treinta años, contempla» este Dios que caminaba entre los hombres «. Lo encuentra en la fuente, con Maria; lo ve mientras observa a los artesanos trabajar. «(A. Chatelard, El camino a Tamanrasset, Karthala 2002, 42-43).
Entonces, es bien sabido, Carlos dio una importancia central a lo que se llama «la vida oculta» de Nazaret: no una existencia humana que acecha desde lejos, sino una presencia divina invisible; real pero discretoa. Y lo más destacado de esta vida es realmente la originalidad de su camino, de su mirada en Cristo, de su mirada en los demás. La Encarnación está eminentemente expresada en el Prólogo del Evangelio de Juan 1, 14). Pero Nazaret no es un simple prólogo de lo que esperamos: Liberación para todos y en todas partes. En Nazaret, el de Jesús, el del hermano Carlos, pero también el nuestro, ya está dada, ya entregada la Redención: este amor que culmina el día del Viernes Santo. El Mesías resucitado todavía está de alguna manera en Nazaret; nos precede hasta su regreso. Y ahí es donde me habla, en una vida humana a veces áspera y sencilla. Y aquí es donde lo encontramos sin verlo, que muchas veces no lo parece. Por supuesto, Jesús también dejó su aldea, por acciones mayores, por palabras fuertes; morir de amor; era necesario según las Escrituras. Pero para nosotros, hoy, debemos quedarnos en Nazaret para sumergirnos una y otra vez en la fuente, en primer lugar, de la infinita ternura – de la infinita solidaridad – de Dios hacia el mundo. Es bueno que intentemos unirnos a él, amarlo, esperarlo, donde se ha unido a nosotros, amado, esperado. Si compartimos la vida de personas con poco poder y poca consideración; si estamos trabajando con ellos y no solo para ellos; si buscamos a Cristo en Nazaret, es posible que no sintamos mucho su presencia; Es posible que no estemos a menudo llenos de pensamientos muy espirituales, o incluso muy presentables; pero seremos, un poco más, a imitación de Cristo. Esta imitación de Jesús, querido por nuestro Carlos, vivida en una fe que es ante todo decisión de confianza; esta imitación, sólo Dios sabe cómo, es portadora de salvación y vida para nosotros y para aquellos con quienes estamos después. Por mi parte, estoy convencido de eso, aunque, francamente, no siempre estoy en la corrección e interpretación de lo que vivo en el trabajo, en el sindicato, en mi barrio; con toda esta gente frágil que se me da.
Pero aún más que hablar de nuestros destinos individuales, es bueno intentar comprender qué puede significar esta intuición del primado de la Encarnación en la escala de nuestra sociedad y nuestro mundo que ya no son los del padre de la Encarnación. Foucauld. Aquí voy a decir las cosas un poco «barco», pero está claro que la época de nazaret no es la época del rendimiento, ídolo de nuestro sistema económico. Y nuestra globalización, aunque tenga aspectos positivos, tiene fundamentalmente las consecuencias de desestabilizar los equilibrios locales, antes formas más respetuosas y humanas de vivir el comercio. También me gusta pensar que Jesús, antes de actuar y hablar, se tomó el tiempo, el de la Encarnación; hora de mirar los campos de su Galilea; tiempo especialmente para escuchar las alegrías y llantos de su pueblo. No sé ustedes, pero casi siempre tengo prisa y muy a menudo saludo a mis vecinos desde lejos; Tiendo a decidir demasiado rápido o anticipar demasiado el futuro. Nazaret, el primado de la Encarnación, con el cansancio físico del trabajo que la acompaña, me ayuda a mantener los pies en la tierra hoy, a dejar las cosas como están, a dejar madurar. El Señor nos pide que no entremos en pánico ante nuestro mundo, que en realidad no parece estar salvado; este mundo, en Nazaret, sin parecerlo, ¡ya fue salvado por él! Pero también hay otro aspecto de esto más allá de la Encarnación; un fenómeno que se puede observar en la suerte del hermano Carlos: después de su conversión, buscó una nueva forma de vida que era opuesta a lo que había sido su existencia como joven rico en St Cyr. Es el Carlos completamente «desencarnado», en el mismo nombre de la Encarnación, entre las Clarisas de Nazaret. Probablemente un ser humano muy santo, ¡pero un santo no muy humano! Y luego, poco a poco, y especialmente al final de su vida, parece que ha integrado -esta es también la encarnación en nuestra propia carne- lo mejor de todo lo que tenía. estado en profundidad antes de su conversión: soldado patriota, explorador-aventurero y trabajador incansable. Al pasar por el “hermano Marie-Alberic”, que era necesario, Carlos se había convertido de nuevo o más bien se había convertido en verdadero Charles de Foucauld. Esto me habla de la Encarnación; es una gran historia para todos y cada uno de nosotros. Por supuesto, debemos descentrarnos, nuestro pequeño egoísmo primitivo. A veces necesitamos desintegrar al anciano dentro de nosotros, pero con la condición de que integremos toda nuestra humanidad, nuestra identidad, nuestras cualidades y nuestras debilidades en un camino de confianza. ¡Solo hay pecado que debe ser destruido! Por eso, «todo Hijo que era», el Señor se tomó el tiempo de Nazaret. Creo que la Hermanita Magdeleine les dijo a sus hermanitas algo como esto: «Sean primero humanos, luego cristianos, y luego monjas …» Esto es parte del «camino a Nazaret», para usar la frase. Fórmula de Chatelard. En un momento en el que está de moda el “desarrollo personal”, un desarrollo sin alteridad, la vida del Padre de Foucauld nos ofrece un auténtico camino de autonomía y libertad relacional, un camino paradójico de autorrealización que pasa por una experiencia de una alteridad trascendente y benevolente, que nos permite combinar el extremo de la conversión con el extremo de la integración y el respeto por lo que somos y queremos llegar a ser. La abyección querida por nuestro Carlos, la abyección a imitación de Jesús de Nazaret, no es la aniquilación del yo, sino la aniquilación de lo que Huvelin en algún lugar llama «la propia voluntad»; ¡es la garantía del verdadero cumplimiento en Cristo
Vivir más lejos la misión
Está escrito en la contraportada del Cristo de Charles de Foucauld de Maurice Bouvier (Desclée, 2004): «El padre … exploró una nueva forma de dar testimonio de su fe ante el mundo y de ser misionero. «¡Una frase como esa me interesa y me da ganas de profundizar más!
Evidentemente, las cosas están íntimamente ligadas; el significado de la Encarnación induce un cierto matiz al anuncio del Evangelio. Si Nazaret es un lugar importante de Revelación del rostro de Dios en la gran Historia y en nuestras historias, el significado de la misión no puede dejar de estar imbuido de él. Cito al hermano Charles: “Dios, para salvarnos, vino a nosotros, se mezcló con nosotros, vivió con nosotros, en el contacto más familiar y cercano, desde la Anunciación hasta la Ascensión. Para la salvación de las almas, Él sigue viniendo a nosotros, para mezclarse con nosotros, para vivir con nosotros, en el contacto más cercano, todos los días y en todo momento en la Sagrada Eucaristía. Entonces, (lo subrayo) debemos, para trabajar por la salvación de las almas, acudir a ellas, relacionarnos con ellas, vivir con ellas en contacto familiar y cercano. Debemos hacerlo por todas las almas por cuya conversión Dios quiere que trabajemos en particular, y especialmente por los infieles. »(JL Vázquez Borau, Consejos evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld, BAC, Madrid 2005, 86-87)) Usted ve lo que esto significa para nuestra Iglesia y para la misión. La pregunta fundamental que está en el punto de partida de la misión en la escuela del Padre de Foucauld es: ¿Cuál es la cualidad evangélica de mi presencia real entre las personas?
Ya conoces el camino de nuestro hermano: después de su propia experiencia monástica, fueron los años con las Clarisas de Nazaret, luego la ordenación sacerdotal y la salida para Argelia, con el gran y muy generoso deseo de traer allí la presencia del Santísimo Sacramento y convertir al mayor número posible de musulmanes. Pero en Béni Abbès, poco a poco, y especialmente en Tamanrasset, desmanteló tanto su recinto como un cierto paternalismo religioso propio del espíritu de su época. Y así reinterpretó su espiritualidad de la familia Nazaret en una forma de vivir la misión revolucionaria de la época. Quería ser «pre-misionero», pero era plenamente misionero; con una autenticidad que no deja de desafiarnos: en el ambiente tuareg, sus relaciones eran cotidianas, casi familiares. Ya sabes: ha hecho un trabajo absolutamente considerable en el idioma y la cultura de sus amigos. Sin embargo, en su opinión, todo este trabajo estaba al servicio del encuentro y la amistad. Desde el comienzo de su etapa argelina, su objetivo pastoral no era construir «obras», como decíamos y hacíamos en su momento, sino más bien, sencillamente, hacer presente a Jesús en el Santísimo Sacramento. Es el apostolado del bien; un apostolado ante todo relacional y contemplativo. Esto es lo que escribe Charles, todavía en el Directorio: “Hacemos el bien no en la medida de lo que decimos y hacemos, sino en la medida de lo que somos … (Dios mío ¡Que estas palabras hablen a nuestro corazón contemporáneo!) en la medida en que Jesús vive en nosotros. «(Ibid. 83) Esta misión es inseparable del deseo de encontrarse con los demás y convertirse, no en su benefactor, sino en su hermano, lo más igual posible. Reconozco que a menudo hay algo de ilusorio en esto; pero la dirección es clara. Y sin hacer del padre de Foucauld un teórico del diálogo interreligioso, parece que con él, mucho antes del Vaticano II y Pablo VI, el diálogo es ya como «un nuevo nombre para la misión». “Un diálogo que no es inicialmente intelectual, sino que surge de la experiencia del trabajo y la vida compartidos. ¿Cuántos prejuicios sobre otras religiones, por ejemplo, no nos han caído gracias a Nazaret?
Pero con respecto a la relación del hermano Charles con el mundo, debemos tener cuidado de considerar toda su vida sin apegarnos a una u otra oración que él pueda haber escrito en nombre del absoluto de Dios. Maurice Bouvier también cita un extracto del Reglamento y del Directorio que en modo alguno sugiere el famoso En el corazón de las masasde René Voillaume. : «¿De qué serviría haber dejado nuestra patria, si nos preocupara lo que allí está pasando? Haremos todo lo posible por mantener una barrera infranqueable entre la hermandad y el mundo, para que allí se olvide todo lo creado, salvo en la medida en que nuestro Amado mismo nos ordene recordarlo. es decir, ejercitar la beneficencia espiritual y materialmente hacia sus “hijos” y sus “imágenes” frente a él (…) De lo que precede se desprende que tenemos estrictamente prohibido tener parte en los asuntos políticos y mundanos, ya que se nos prohíbe tener el más mínimo conocimiento de ellos, decir una sola palabra, tener un solo pensamiento en ellos. »(P. 188-191, citado por Bouvier, p. 29) ¡Maldita sea! Asombroso, ¿no? Y sin embargo, mirando todo el arco iris de la vida del Padre de Foucauld, entendemos que la misión en su espíritu se nutre de una inserción consecuente, humilde y benévola, ¡en medio del mundo! De la misma forma, a pesar del gran deseo de convertir a los demás que el padre llevaba en él en el momento de su ordenación, podemos ver claramente que el último Carlos, el de Tamanrasset, está verdaderamente en las antípodas de la conquista y el proselitismo. Para él, y casi a su pesar, la misión se convierte en presencia. Presencia libre, desamparada, fraterna. Presencia expuesta y frágil, como la del niño en el pesebre, como la del hombre de la cruz. El Señor que convirtió a la Hermanita Magdeleine y quien es la fuente de su impulso misionero, burlándose de todas las fronteras, es un pequeño bebé ofrecido con el brazo extendido por María de Belén y Nazaret. La fuerza paradójica de nuestro apostolado debe buscarse, pues, en la pobreza de medios, mediante encuentros sencillos y verdaderos donde no tengamos miedo de exponer nuestras debilidades. Fácil de decir, ¿no? Esta misión, sin parecerlo, llega hasta lo más lejano, a una vulnerabilidad donde ya no está del todo claro quién es el dador y quién es el destinatario. Misión donde el compartir diario es portador del don de Dios, don que levanta a quien pretendía elevar a los demás. Este es el significado del poquito de leche de cabra pobre recolectada en tiempos de escasez por los amigos tuareg del hermano Carlos. ¡El aspersor está regado! Estoy seguro de que todos y cada uno de nosotros podría testificar que en su Nazaret recibe mucho más de lo que cree que está ofreciendo. ¡El verdadero protagonista de la misión y el crecimiento de la fe es el Espíritu Santo y nadie más! De hecho, la vida del padre de Foucauld nos anima a ir más allá en el encuentro de aquellos que no comparten nuestras convicciones y nuestra fe y a intentar construir con ellos un mundo mejor, sin sucumbir a las sirenas, tan fuertes hoy. ‘hui, de la retirada de la identidad religiosa. Porque en verdad, aquel que podemos llamar seguimiento de Jesús, el Hermano universal, nos empuja cada vez más hacia el mar abierto. Nos pide que seamos personas con raíces profundas en algún lugar, pero también abiertas al mundo entero. Nos invita a vivir a nuestro turno como hermanos y hermanas universales, convencidos de que todos los seres humanos, creados a imagen de Dios, están llamados a salvarse convirtiéndose misteriosamente en miembros de una sola familia, de la misma. cuerpo. Sin duda, hemos tenido la dulce experiencia de ello: si compartimos en profundidad la vida diaria de alguien, sea cual sea su raza, religión o creencias; si compartimos nuestras alegrías y nuestras pruebas, realmente nos convertimos en hermanos y hermanas. Y luego, ya no podemos ser tomados, como somos, con la misma esperanza: liberación de todo mal; paz y felicidad eternas; el Reino de Dios.
En lo que respecta a nuestro Charles, como sabemos, eso hasta el final de la misión no tuvo éxito. Casi no convirtió a nadie; murió en una noticia. ¡Y sin embargo, vemos los frutos de todos los colores que crecieron después! Todos vemos a estas personas, creyentes o no, que están conmovidas por la autenticidad de su vida. Desde su soledad en el desierto, nos pide a gritos que aguantemos cuando estamos desanimados. No deja de susurrarnos la palabra de su Amado Hermano y Señor: “Buscad el Reino de Dios, y el resto se os dará por añadidura. »(Lucas, 12, 31)
JL Cathala – En Calcat – 05.12.10Diócesis de Toulouse – La Iglesia Católica en Haute Garonne