«Mujeres de oración» para los vecinos musulmanes

por Sor Kyong-Ha Yim, fmm

CLAVE:

  • La fraternidad fmm ‘Tiberíades’ en Clichy-Sous-Bois, en la periferia de París, es una presencia fiel en un contexto complejo frente a la realidad de la multiculturalidad y de la multi-nacionalidad que a menudo es un argumento delicado en Francia.

Las Hermanas Franciscanas Misioneras de María de la Fraternidad Tiberíades iniciaron su presencia en Clichy-Sous-Bois en el 13º piso de un edificio HLM (Habitation à Loyer Modéré [viviendas de alquiler moderado]) entre sus vecinos mayoritariamente musulmanes. Cuando la fraternidad tuvo que trasladarse de su edificio en 2007, sor Jola Nowosielska recuerda que “nuestros vecinos musulmanes estaban tristes al ver que nos mudábamos. Nos decían: ‘¿quién nos protegerá ahora?’. Para ellos éramos mujeres de oración”.

Esta fraternidad de Seine Saint-Denis, presente en este suburbio parisino desde 1994, es una presencia fiel en un contexto complejo frente a la realidad de la multiculturalidad y de la multi-nacionalidad que a menudo es un argumento delicado en Francia. Las hermanas son testigos de esta oleada de desafíos sociales a través de su solidaridad con los vecinos de culturas y nacionalidades diferentes y a través de sus oraciones ofrecidas por el mundo (cercano y lejano). Así son conocidas por sus vecinos, como las mujeres de oración.

La población musulmana es la mayoría y la más visible en Clichy-Sous-Bois como en muchos suburbios parisinos. La fraternidad Tiberíades fue fundada para prestar particular atención a los cristianos, que son una minoría en este contexto social, y a todos indistintamente, convirtiéndose en lugar de acogida y de encuentro en el barrio.

“Aunque no veía a las hermanas todos los días, sabía que estaban allí. Me sentía aliviado por su amabilidad, por su cercanía a las personas. No hablaban como los otros”, ha observado Bernard Péyrebesse, un cristiano de Clichy-Sous-Bois, cercano a las hermanas franciscanas desde 1996.

A lo largo de los años las hermanas se han comprometido en las capellanías y en las catequesis con los jóvenes, así como en las asociaciones y en ámbito social. Sor Alexandrine Lefèvre, una de las fundadoras, inició el primer programa de apoyo escolar en Clichy-Sous-Bois en colaboración con el Secours Catholique; apoyo que existe todavía hoy para ayudar a los estudiantes de familias humildes y ofrecerles experiencias diferentes y enriquecedoras como la visita al corazón de París.

Desde el principio, las hermanas eran conocidas por los vecinos como mujeres de oración con un estilo de vida sencillo. Pero también los pequeños incidentes, señales de la realidad de las tensiones y de las incomprensiones, marcaban su vida cotidiana. “Cuando llegamos, los jóvenes del barrio nos miraban con desconfianza. A veces nos provocaban o ponían a prueba nuestras reacciones. Pero no era nada serio”, ha contado sor Jola, una de las fundadoras de esta fraternidad, responsable de la comunidad de Clichy-Sous-Bois desde 2022.

Las hermanas siempre han sido testigos de esta oleada de problemas sociales a través de su presencia y, al mismo tiempo, las relaciones cordiales y respetuosas con sus vecinos eran parte integrante de su realidad en los suburbios. Son también testigos de una solidaridad imprevista que se manifiesta con ocasión de eventos y tensiones importantes. “Cuando padre Hamel fue asesinado por terroristas en 2016, algunos jóvenes musulmanes vinieron a la iglesia un domingo para expresar su pésame y nos dijeron que el islam es la religión de la paz. Nos mostraron su solidaridad frente a este evento impactante. Los jóvenes tratan de mejorar el ‘vivir juntos’ en una ciudad en la que diferentes religiones se encuentran cada día” ha testimoniado sor Léa Bakoarivelo, responsable de esta fraternidad hasta el 2022.

Hoy la misión de la fraternidad Tiberíades está centrada en la acogida, la escucha, la oración y la animación del lugar de peregrinación dedicado a la Virgen de los Ángeles, un santuario mariano en Clichy-Sous-Bois.

“Me alegro mucho cuando se construyó esta iglesia de San Juan XXIII y supe que las hermanas vendrían aquí. No sé qué están haciendo, pero sé qué son. No se logra encontrar una solución a todos los problemas. Pero encontrar a las personas, escucharlas, es importante, y están ahí precisamente para encontrar a las personas. Mirando a las hermanas, se nos remite a Jesús”, ha confiado el señor Péyrebesse con convicción.

En el corazón de la ciudad a lo largo de los encuentros imprevistos, “las mujeres de oración” estrechan vínculos con el prójimo y rezan por él, sea quien sea.

FUENTE: https://www.vaticannews.va

Aceptar la diferencia del otro

Carlos de Foucauld escribió a Luis Massignon el 1 de agosto de 1916, seis meses antes de su muerte: “La palabra que más me ha conmovido y ha cambiado radicalmente mi vida es esta: Cada vez que lo habéis hecho a uno de estos más pequeños de mis hermanos, es a mí que lo habéis hecho” (Mt 25,40).  Esta meditación parece ser el pilar de su camino hacia “la aceptación de la diferencia del otro”. Ve al mismo Jesús en cada persona, lo que no es muy fácil, ya que supone una gran decisión, una voluntad inquebrantable y una oración continuada.

El Hermano Carlos reflexiona en sus escritos espirituales: “quisiera que todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos o paganos se acostumbraran a ver en su hermano a un hermano universal”. En una carta a María de Bondy escrita el 7 de enero de 1902 se expresa así: “qué bonito nombre, empiezan a llamar a la casa la “fraternidad” y empiezan a darse cuenta que los pobres encuentran allí a un hermano, y no únicamente los pobres sino también los demás”. Meditando estas dos ideas percibimos con fuerza que ningún obstáculo se opone al acto de caridad del Hermano Carlos, no tiene miedo al otro por ser diferente, por su religión, sus convicciones, su situación social. Con el hermano Carlos, aceptar la diferencia del otro alcanza su apogeo: es amar de una manera universal y buscar la unión total con el otro.

El Hermano Carlos escribió en su reglamento de los hermanitos del Corazón de Jesús, esta asociación tan soñada por él, “que los hermanitos acogieran a los que llaman a su puerta, visitantes, pobres y enfermos”. Es un reflejo de que para él aceptar al otro supone una predisposición permanente por acoger sin cesar y en toda circunstancia.

En las páginas, en las directrices y los consejos de orden general y particular que escribió a su amigo Mussa, el jefe de los Tuaregs, Carlos decía: “la primera obligación es la de amar a Dios de todo corazón y sobre todo, y la segunda amar a todos los hombres como a sí mismo; para el amor al prójimo se aplica la ley de la fraternidad, igualdad y libertad”. Para el Hermano Carlos, aceptar al otro y vivir en fraternidad con él, en el fondo es una forma de igualdad, de amor sincero y libre hacia el otro. No soy ni mejor ni más importante que el otro, y si acepto amar, lo hago en toda libertad, no por obligación sino porque Jesús me lo pide y yo confío en su palabra y me la creo.

En una época en que se repetía que “no hay salvación fuera de la Iglesia”, él camina  contracorriente ya que escribe a un amigo protestante: “No estoy aquí para guiar a los Tuaregs sino para intentar comprenderles. Estoy seguro que el Señor acogerá en los cielos a todos los que llevaron una vida de piedad sin ser necesariamente católicos o latinos. Tu eres protestante, otro no es creyente, los Tuaregs son musulmanes y estoy convencido que Dios nos acogerá a todos si nos lo merecemos…” Esta idea fuerte nos muestra que aceptar la diferencia del otro, para el Hermano Carlos es sinónimo de respeto por su humanidad y la norma es la buena conducta de ésta o aquella persona. ¿Quién podría confirmar que la identidad cristiana convierte a una persona en más importante que las demás? Por medio de esta carta el Hno. Carlos nos recuerda lo que dijo el Señor: “no juzguéis y no seréis juzgados” porque Dios es el único juez.

En una carta a Henri du Ferier, un amigo suyo ateo dice: “no tengo necesidad de decirte que no te olvidaré nunca … Cada hombre es un hijo de Dios, por ello es imposible amar y desear el amor de Dios sin amar a los hombres o desear amarlos. Se ama a los hombres tanto como se ama a Dios …”. En esta carta el Hermano Carlos parece un hombre que ama, que comprende y que es valiente; acepta a su amigo ateo, lo ama y lo respeta sin renunciar a sus convicciones. No renuncia a lo que le diferencia de su amigo ateo para ganar su amor y su amistad sino que permanece lo que es y acepta al otro como es.

Para el Hno. Carlos, aceptar al otro es un camino que puede llevar a la salvación de las almas … ¿Cómo? En sus meditaciones, el Hermano Carlos dice: “lo que debemos hacer si queremos trabajar para la salvación de las almas es ir a su encuentro, mezclarse con ellas, vivir con ellas, establecer relaciones serias con ellas …” ¿Podría llevarse a cabo en todas las dimensiones en la relación humana sin aceptar la diferencia del otro? Encontramos  respuestas profundizando en nosotros este concepto entre las directrices que les ofreció a los miembros de la fraternidad de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón: lo que hay que ver en el hombre, sea bueno o malo, es el alma que merece la salvación.  Que sean todos en todos, que sea amigos universales con todos para que lleguen a ser redentores universales.

Cuando terminó la lectura del libro de su amigo Henri de Castries sobre el Islam, le escribió: “te doy gracias por tu deseo de desvelar la realidad musulmana y liberar a las almas del peso de las leyendas que escuchamos todos los días. No me sorprenden, en este caso, las falsas opiniones que tienen los musulmanes de nuestra religión ya que la mayoría de nosotros inventamos historias sobre sus creencias …” Aquí el Hermano Carlos nos parece un gran profeta: cuando se para ante la importancia de la relación entre musulmanes y cristianos y en la manera de rectificar. Para él el cristiano rechaza al musulmán cada vez que le mira con una mirada llena de prejuicios y vacía de la voluntad de conocer la realidad del otro.

Fidaa Boutros (Boletín Internacional 71)