Hay un corazón que late, Que palpita en el Sagrario, El corazón solitario, Que se alimenta de amor. Es un corazón paciente, Es un corazón amigo, El que habita en el olvido, El corazón de tu Dios. Es un corazón que espera, Un corazón que perdona, Que te conoce y que toma, De tu vida lo peor. Que comenzó esta tarea Una tarde en el Calvario, Y que ahora desde el Sagrario Tan sólo quiere tu amor. Decidle a todos que vengan A la fuente de la vida. Que hay una historia escondida Dentro de este corazón. Decidles que hay esperanza, Que todo tiene un sentido. Que Jesucristo está vivo, Decidles que existe Dios. Es el corazón que llora En la casa de Betania. El corazón que acompaña A los dos de Emaús. Es el corazón que al joven Rico amó con la mirada. El que a Pedro perdonaba Después de la negación. Es el corazón en lucha Del huerto de los Olivos, Que amando a sus enemigos Hizo creer al ladrón. Es el corazón que salva Por su Fe a quien se le acerca. Que mostró su herida abierta Al apóstol que dudó. Decidle a todos que vengan A la fuente de la vida. Que hay una historia escondida Dentro de este corazón. Decidles que hay esperanza, Que todo tiene un sentido. Que Jesucristo está vivo, Decidles que existe Dios. Que Jesucristo está vivo, Decidles que existe Dios.
De Mgr. Dominique Rey, Obispo de Toulon, Francia, en Adoración y Evangelización
Hay unos 70 institutos y congregaciones dedicadas a la Eucaristía en el mundo. Sus fundadores son quienes han comprendido el vínculo substancial que hay entre la Eucaristía y la renovación de la vida cristiana. Entre ellos Julien Eymard, Theodolinde Dubouche al comienzo del 1800 fundadora del instituto de la adoración reparadora, santa Julienne du Mont Cornillon, del 1900, luego de una revelación privada le pide al Papa la celebración anual de la fiesta del Santísimo Sacramento, Marie Marthe Emilie Tamisier entre el 1800 y el 1900 que recibió en Paray-le-Monial la inspiración de crear congresos eucarísticos universales y de reencender la llama de la eucaristía para hacer arder al mundo de caridad, santa Teresita, santa Faustina Kowalska, Charles de Foucauld que hará de Jesús Hostia el corazón de su misión.
La primera persona que se encuentra en la misión es el mismo misionero. “Todo misionero no es auténticamente misionero sino emprende el camino de la santidad” (Redemptoris Missio n. 90)
La Eucaristía nos sana de la indiferencia y de replegarnos sobre nosotros mismos.
«La Eucaristía sola puede revelar al hombre la plenitud del amor infinito de Dios y responde así a su deseo de amor. Sólo la Eucaristía puede guiar sus aspiraciones a la libertad mostrando la nueva dimensión de la existencia humana.» (JP II en Congreso Eucarístico de Wroclaw 1997)
En la Eucaristía Dios Todopoderoso se hace tan pequeño, tan pobre bajo la apariencia del pan. La singularidad de la adoración eucarística con respecto a todas las otras formas de oración y de devoción, es que por la presencia sacramental de Jesús-Hostia, Dios toma la iniciativa de encontrarse con nosotros. Cristo me precede en la respuesta que el Padre espera. “La Eucaristía significa: Dios ha respondido. La Eucaristía es Dios como respuesta, como presencia que responde” (J. Ratzinger – Dios está cerca- Palabras y silencio 2003)
Adoración, la palabra proviene de un vocablo latino cuya etimología está en “ios” (la boca). Comprende una postración que apunta al objeto de veneración y lo besa. Significa inclinarse profundamente en señal de extremo respeto. No faltan ejemplos evangélicos al respecto: la hemorroisa que se echa por tierra para tocar el borde del manto de Jesús (Lc 8,44); María Magdalena que se arroja a los pies de Jesús y los abraza. Esta actitud de adoración es bien natural al hombre cuando se encuentra ante algo o alguien que lo sobrepasa. La adoración debe expresarse con todo nuestro ser y entonces igualmente comprometer nuestro cuerpo. El hombre ha sido creado para adorar, para inclinarse profundamente ante Aquel que nos hizo y que nos sobrepasa.
Todas las posibilidades espirituales de nuestro cuerpo forman necesariamente parte de nuestra manera de celebrar la eucaristía y de rezar. La escucha atenta de la Palabra de Dios requiere la posición de sentado o el movimiento de la Resurrección reclama la posición de parados. La grandeza de Dios y de su Nombre se expresan de rodillas. Jesucristo mismo rezaba arrodillado durante las últimas horas de su Pasión en el Huerto de los Olivos (Lc 22,41). Esteban cae de rodillas antes de su martirio, al ver los cielos abiertos y el Cristo de pie (Hch 7,60). Pedro ruega arrodillado pidiendo a Dios la resurrección de Tabita (Hch 9,40). Luego de su discurso de despedida ante los ancianos de Éfeso, Pablo reza con ellos de rodillas (Hch 20,36). El himno de Flp 2, 6-11 aplica a Jesús la promesa de Isaías anunciando que toda rodilla se dobla ante el Dios de Israel, ante el nombre de Jesús…
Nuestro cuerpo manifiesta visiblemente aquello que nuestro corazón cree. La filósofa Simone Veil, de origen judío y no creyente, descubre a Cristo en Asís en 1936 y escribe: “Algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas”.
El testimonio de los santos es elocuente: Santo Domingo se prosternaba sin cesar, boca abajo y todo a lo largo cuan era, en presencia del Santísimo Sacramento.
La actitud exterior traduce la devoción interior.
Decía san Pierre-Julien Eymard que el primer movimiento de la adoración consiste justamente en prosternarse a tierra, la frente inclinada. Es una actitud que nos permite proclamar sin palabras la majestad infinita de Dios que se oculta tras el velo de la Eucaristía.
La adoración eucarística es una prueba de fidelidad, de constancia y de perseverancia.
La adoración eucarística es una evangelización del tiempo. Se trata de vivir el instante presente del encuentro eterno con Dios por la presencia real del cuerpo eucarístico de Jesucristo. Como María, la discípula bienamada, María Magdalena y las santas mujeres presentes en el Calvario en el momento del sacrificio de la tarde, el adorador acoge el don inestimable que le ha sido hecho. Hay que rechazar la impaciencia para centrarse en Cristo. Se trata de contemplar la permanencia del Amor, de su fidelidad que clama la nuestra.
En Dies Domini, el Papa JP II, invitaba a los fieles a imitar el ejemplo de los discípulos de Emaús, quienes luego de haber reconocido a Cristo resucitado al partir el pan (Lc 24, 30-32) sienten la exigencia de ir rápidamente a compartir la alegría del encuentro con Él, con todos los hermanos.
El apóstol Pablo pone en relación estrecha el banquete y el anuncio: “Cada vez que comáis de ese pan y que bebáis de esa copa, proclamad la muerte del Señor hasta que venga” (1 Cor 11,26)
Evangelización no es sólo un anuncio de Cristo sino también un proceso de incorporación a la Iglesia. De donde el vínculo sacramental entre evangelización y eucaristía.
Para evangelizar el mundo se necesita apóstoles “expertos” en celebración, en adoración y en contemplación de la Eucaristía. JP II (Mensaje para la Jornada mundial de los Misiones 2004).
Santa Teresita decía: “¡Qué amor incomprensible el de Jesús, que quiere que tengamos parte con Él en la salvación de las almas! No quiere hacer nada sin nosotros. El creador del universo espera la oración de una pobre pequeña alma para salvar otras almas, rescatadas como ella al precio de toda su sangre”.
Y agregaba: «Nuestra misión es aún más sublime. He aquí las palabras de nuestro Jesús: “Elevad los ojos y ved. Ved cómo en mi Cielo hay lugares vacíos, es a vosotras que os toca llenarlos, vosotras sois mis Moisés orando sobre la montaña”.
Para hacerse una idea exacta de la importancia del sacramento de la Eucaristía en la vida de Carlos de Foucauld, hay que seguir su itinerario desde finales de octubre 1886, en la Iglesia de San Agustín de París, hasta 1º de diciembre 1916, en Tamanrasset.
Un recorrido de treinta años marcado por evoluciones, tanto en la forma de concebirlo como en las actitudes prácticas. No nos podemos contentar con un texto solo, ni con un solo momento de su vida.
La Conversión
Este acontecimiento base explica todo el resto si lo consideramos en primer lugar como un encuentro personal, que transforma la vida y afecta todo el ser. Un encuentro con alguien vivo, presente en nuestro mundo, Jesús. No sólo ese Dios que él buscaba, sino aquél que le esperaba y a quien él no se esperaba. Un Dios que ama hasta el punto de perdonar. Alguien que amó tanto a los hombres que se entrega a ellos ahora en el sacramento de su presencia. Dios no se limita a existir sino que está aquí, y se puede estar con Él, permanecer con Él, cerca de Él. Carlos de Foucauld, que tanto había dudado, parece no dudar ya ni un solo instante del realismo de la encarnación y del realismo de la presencia de Jesús en el sagrario. Para él, la Eucaristía es en primer lugar el sacramento de la presencia de Dios.
Más que un alimento, la comunión “casi diaria”, en sus palabras, será el medio de unirse a Él de la forma más íntima posible. El culto al Sagrado Corazón y al Santísimo, con las exposiciones y las bendiciones, no son, a sus ojos, sino una sola y única expresión de amor, que para él es lo esencial de la religión y que será el punto dominante de su caminar espiritual.
De peregrinación a Tierra Santa, en 1889, será muy sensible a la gracia de los lugares santos. Pero las huellas de Jesús, por muy enternecedoras que sean, solamente son recuerdos. La realidad está en el sagrario. En las calles de Nazaret encontró la respuesta a la pregunta que le inquietaba desde hacía dos años: “¿Qué tengo que hacer?”Tendrá que vivir como Jesús en Nazaret.
La Trapa
Por esto eligió ir a vivir y morir pobre en un pequeño monasterio trapense en construcción, al norte de Siria, en un país no cristiano. Fue para amar con un amor más grande y hacer el mayor sacrificio que estuviera en su poder, dejando para siempre todo lo que tanto amaba. Pero esta ofrenda total de sí mismo no parece tener conexión alguna con su percepción de la Eucaristía en ese momento. Su culto es otro: “En la medida de lo posible me mantengo a los pies del Santísimo Sacramento. Jesús está ahí… Me veo como si estuviera junto a sus padres, como Magdalena sentada a sus pies en Betania”.
Pero lo que es “posible”en la trapa no le satisface y quiere otra cosa. Inventa entonces una nueva congregación cuya finalidad sería llevar una vida pobre trabajando y adorando el Santísimo Sacramento. El oficio divino sería reemplazado por la adoración del Santísimo expuesto. Solamente habría un sacerdote para celebrar la misa diariamente. De esta forma se haría el bien llevando al mundo la presencia de Jesús.
Nazaret
Después de siete años de vida monástica, le autorizan dejar la Trapa, y se encuentra solitario junto a un convento de Clarisas donde el Santísimo está frecuentemente muy expuesto.
Leyendo los textos, muy numerosos, de ese periodo, podríamos creer que pasa todo su tiempo libre delante del Santísimo, rezando, leyendo, escribiendo allí. La realidad es algo distinta.
Por una parte, lee a menudo en su cabaña, como lo testifica esta nota de un retiro:
“Oh Dios mío, el lugar y el tiempo están bien elegidos: estoy en mi pequeña habitación, ya es de noche, todo duerme, solamente se oye la lluvia, el viento, y algunos gallos lejanos que recuerdan la noche de vuestra pasión … ¡Dios mío, enseñadme a rezar en esta soledad, en este recogimiento! … Aquél que ama y que está frente a su Bien Amado, ¿puede hacer otra cosa sino tener la mirada fija en él? Rezar es miraros. Ya que estáis siempre aquí, ¿puedo yo, si de veras os amo, no miraros constantemente?”
Por otro lado la oración delante del Santísimo no siempre le es fácil: “Delante del Santísimo no consigo hacer oración durante mucho tiempo: mi estado es extraño: todo me parece vacío, hueco, nulo, sin medida, excepto mantenerme a los pies de Nuestro Señor, y mirarle … Y luego, cuando estoy a sus pies, estoy seco, árido, sin una palabra ni un pensamiento, y a menudo, ya veis, acabo por dormirme. Leo por voluntad, pero todo me parece vacío”.
De esa misma época tenemos una meditación sobre la Eucaristía en la cual hace decir a Jesús cómo él entiende entonces el sacramento: “En primer lugar mi Presencia constante; en segundo lugar, mi ser entero, Dios y hombre, entrando en tu cuerpo y recibido por ti como alimento; en tercer lugar, Yo, encarnándome sobre el altar y ofreciéndome por todos vosotros a mi Padre en sacrificio … Son tres dones, infinitos los tres, que os hago”.
Desarrolla el segundo aspecto sobre todo en el sentido de la unión nupcial: “por el segundo me tocáis, vuestra lengua, vuestra boca toca mi cuerpo; mi ser entero desciende en vosotros; os doy prueba de mi amor y a través de ello os incito fuertemente a devolverme amor por amor … Mirad qué maravilla, qué unión inefable, qué unidad de amor pongo por un lado entre Mí y vosotros, y por otro entre vosotros, unos con respecto a otros, al daros mi cuerpo en alimento”.
El tercero es un aspecto más teológico: “Pero esto no es todo: yo me entrego a vosotros … en tercer lugar, para ser vuestra víctima, para ser ofrecido a Mi Padre en sacrificio de alabanza y de adoración … Considerad por tanto como debéis multiplicar estos sacrificios que dan a Dios tanta gloria … multiplicar los sacerdotes que puedan ofrecerlo”.
A causa de esto, la nueva regla escrita en 1899 para los ermitaños del Sagrado Corazón, prevé el mayor número posible de sacerdotes, como si lo infinito de una Misa pudiese multiplicarse. Al año siguiente, en 1900, se impone el deber de llegar a ser él mismo sacerdote, para asegurar el culto de la Eucaristía en el santuario donde piensa instalarse. Con vistas a prepararse para ello, vuelve a Francia.
Cambio de orientación
Durante esta preparación se opera un giro en su vida. Quiere imitar a Jesús, no solamente en su vida escondida en Nazaret, en su retiro en el desierto y en su vida pública, sino sobre todo en su pasión, su muerte y resurrección, ofreciendo el sacrificio pascual en cada Misa. Es una nueva dimensión de su relación con la Eucaristía y de su forma de representarse la vida de Jesús.
Aún más, este banquete del cual se convierte en uno de los servidores, tendrá que ofrecerlo no ya en Tierra Santa, a aquellos que tienen todas las comodidades espirituales, sino a aquellos que están más alejados. Ahora bien, a sus ojos, no hay gente más alejada que aquella que conoció antaño en los caminos y en las ciudades del Sahara y de Marruecos. Solo o junto con otros, se siente llamado a volver cercana la realidad de la presencia del Señor a estas gentes hacia quienes descubre que tiene un deber de agradecimiento. ¿No están ellos en el origen de la primera chispa de su fe? Tiene que hacer por los otros lo que hubiera querido que hicieran por él.
Así, ya no piensa en “ermitaños”separados del mundo para adorar a Dios en su sacramento expuesto; ahora quiere “hermanos”,cuyas vidas expuestas irradien en esa tierra como hostias vivas.
En el Sahara
En Beni- Abbès, donde se esfuerza aún por multiplicar las horas de exposición del Santísimo Sacramento, tiene que alejarse a menudo del sagrario porque “Jesús, bajo la forma de los pobres, de los enfermos, de un alma cualquiera, me llama a otro lado”. Otra forma de estar con Jesús. ¿Otra forma de vivir la Eucaristía?
Podemos constatar sin embargo, que el infinito de este misterio le impide permanecer frente a la belleza de las puestas de sol en las dunas y de las noches estrelladas: “Abrevio estas contemplaciones y vuelvo delante del sagrario … hay más belleza en el sagrario que en la creación entera”.
De viaje, en el año 1904, su principal preocupación es la de celebrar la Misa cada día. Esto le obliga a hazañas ascéticas cuando caminan por la noche y no puede comer ni beber desde la media noche. Se presenta entonces un problema de pobreza y discreción, ya que le hace falta una montura especial para llevar el material necesario a la celebración de la Misa. No obstante, durante algunos años, seguirá poniendo la Misa por encima de todo, a pesar de los gastos extras que eso conlleva.
Cuando hacen una parada prolongada en el norte del Hoggar, se construye una capilla de ramajes donde puede guardar el Santísimo durante unos días “una gran gracia para toda esta región”. En ese momento dice también: “Llevarlo lo más lejos posible … a fin de aumentar la zona en la que él irradie, extender la zona en la que se ejercerá su influencia”.
Eso es lo que hace al instalarse en Tamanrasset al año siguiente. Coloca el Santísimo “en una pequeña covacha más pequeña que la de Nazaret”, y añade “eso será una gran felicidad para mí”. El año siguiente hace cuatro mil kilómetros para ir en búsqueda de un compañero que le permita “hacer con frecuencia exposiciones del Santísimo en Tamanrasset. Eso será una gran gracia para mi joven hermano y para mí”. Pero, de camino, tiene que despedir al compañero y volver solo al Hoggar. Vuelve aún sabiendo que, no solamente no podrá exponer el Santísimo, sino que ni siquiera podrá celebrar la Misa, ya que no tendrá asistente. Nueva evolución. Sin saber explicar su comportamiento, sabe que debe regresar al Hoggar, ya que es el único que puede residir allí, en cuanto que hay muchos que pueden celebrar la Eucaristía, y constata que su idea de hacer poner la Misa ante todo no debía ser muy acertada, “puesto que los grandes santos sacrificaron en ciertas ocasiones la posibilidad de celebrar en pro de trabajos de caridad espiritual, viajes u otros”. Efectivamente, durante seis meses no podrá decir la Misa sino una o dos veces. Y sin embargo escribe a su obispo: “No me inquieto para nada de esta falta de celebración del Santo Sacrificio”. En Navidad de 1907 está solo y no puede celebrar. Es la primera Navidad sin Misa desde su conversión. En enero de 1908, cae enfermo y ve la muerte muy cercana. Durante ese anonadamiento físico, se encuentra expuesto, sin defensa, como Jesús en la cruz. enteramente entregado a la buena voluntad de los que le rodean. ¿No es esta otra forma de vivir el misterio pascual, de compartir este misterio que ahora no puede celebrar litúrgicamente con aquellos que, para salvarlo, le traen un poco de leche y el apoyo de su amistad?
El 31 de enero, cuando empieza a recuperar las fuerzas, recibe la autorización de celebrar la Misa sin asistencia. Es Navidad. Durante esos seis meses sin Misa, él conservaba el Santísimo en el sagrario, pero no se creía autorizado a comulgar. Esta presencia de “Jesús vivo e irradiante aunque escondido como en Nazaret”, le parecía legitimar su propia presencia: “Mi presencia ¿hace algún bien aquí? Aunque no lo haga, la presencia del Santísimo Sacramento sin duda hace mucho. Jesús no puede estar en un lugar sin irradiar”. ¿No era este otro razonamiento falso? Según esto, cuando, algunas semanas más tarde, se enterará de que no está autorizado a conservar el Santísimo por estar solo, debería haberse ido a otro sitio, en cuanto que se queda y deja el sagrario vacío. No lo hace sin dolor, pero no lo duda. Es de nuevo la ocasión de dar un paso más, como le explica su obispo: “Si el Señor le priva de Su presencia real en el sacramento, le hará apreciar más aún la ofrenda cotidiana del Santo Sacrificio. Al igual que su presencia, muy real también, en su alma por la gracia”. Más tarde el hermano Carlos escribirá a una Clarisa: “Hay que estar dispuesto a todo por el amor del Esposo, incluso a ser privado de su presencia sacramental en este mundo, si tal es su voluntad”.
Esta privación durará seis meses. De esta forma, en el Assekrem donde, en 1911, pasa cinco meses en un lugar donde “la belleza y la impresión de infinito acercan tanto al Creador”, el sagrario que se llevó con la esperanza de recibir a un compañero, permanece vacío. Si no toma tiempo para ir a ver las puestas de sol, no es por quedarse al pie del sagrario, sino porque no se concede ni un solo minuto de descanso para terminar lo más rápidamente posible su diccionario tuareg. Se contenta con las salidas del sol: “¡qué bueno es, en esta gran calma y esta bella naturaleza tan atormentada y extraña, levantar el corazón hacia el Creador y Salvador Jesús!”. ¿No parece reconocer entonces que este Jesús, Creador y Salvador, es aquél mismo que no reside ya en su sagrario? Nueva evolución desde Beni-Abbes. “Me cuesta despegar mis ojos de esta admirable vista cuya belleza y sensación de infinito acercan al Creador, al mismo tiempo que su soledad y su aspecto salvaje muestran cómo estamos solos con Él y cómo no somos sino una gota de agua en el mar”. (L.M.B. 09.07.11)
Pero, cuando después de seis años de privación será autorizado a “guardar la reserva del Santísimo” no ha perdido el sentido ni el gusto de esta presencia y no ocultará su alegría: “dulzura extrema, gran apoyo, fuerza grande para mí y gracia grande para todas las almas de este país”. No obstante hay que señalar que nunca cumplirá con los requisitos exigidos para la exposición del Santísimo.
En el momento en el que está colmado por esta nueva proximidad con Jesús, no deja de desear una mayor proximidad con aquellos que le rodean. La Palabra de Jesús toma un realismo nuevo: “Todo aquello que hagáis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hacéis”. Pone esta palabra, que anteriormente ya produjo en él una profunda impresión, en el mismo plano que esta otra, salida de la misma boca: “Este es mi Cuerpo”. Y ella no deja de transformar su vida, llevándole a buscar y a amar a Jesús en “estos pequeños”. Servicio eucarístico y servicio de los “pequeños”, el mismo culto del cuerpo de Cristo. No solamente presencia real de aquél que se entrega para ser contemplado, comido y ofrecido, sino presencia real en un pueblo de una vida humana perpetuamente expuesta a todas las miradas y a todos los riesgos, presencia de una vida ofrecida como un pan fácilmente devorable. Es por esto que quería llegar a ser “pequeño y abordable”, consciente de que su vida sería la única Biblia que todos leerían. La Biblia que él quería ver iluminada por una sola y misma lámpara con el sagrario, uniendo “las dos mesas, de la Palabra y del Pan”.
Vida ofrecida a Dios y a los hombres como la de Jesús, en un sacrificio que ya no es únicamente el del primer día, aunque éste siga muy real, sino que es también ofrenda de la vida de aquellos que le rodean, ofrenda de la amistad compartida, y sobre todo, en un mundo de guerra, ofrenda del sufrimiento de los demás e intercesión “en la tormenta, … durante el combate de los suyos … en la barca zarandeada por las olas”.
Al día siguiente de su muerte, el cuerpo de Carlos de Foucauld es enterrado por la gente del pueblo. Tres semanas después, el capitán de la Roche planta una cruz de madera sobre su tumba y, en la arena de la capilla, encuentra la lúnula (que él llama custodia), la abre y verifica que hay una hostia entre los dos cristales. Un suboficial la lleva y la consume, solo, en el desierto. Esta hostia arrojada al suelo es un último símbolo eucarístico, como el cuerpo de aquél que la había consagrado y que había hecho de su propia vida “una hostia viva para alabanza de la gloria de Dios”.
La vida y la muerte de este hombre ¿pueden hablarnos todavía?
Las circunstancias le obligaron a actuar de forma que parecía estar en contradicción con sus convicciones más firmes; cada vez, consiguió superar su forma de concebir las cosas, ir más allá de su devoción y no confundir el fin y los medios. El fervor de su amor por la persona de Jesús ¿puede aún reanimar la llama en nuestros tibios corazones? El realismo de su fe en la presencia viva del Resucitado, ¿podrá dar nuevo vigor a nuestras “adoraciones”, si hemos continuado fieles a ellas, o, por el contrario, si las hemos desdeñado, podrá darnos de nuevo el gusto de esta presencia como camino de contemplación?
La fuerza de sus convicciones y el valor de que hizo prueba nos impresionan. Su capacidad de adaptación a las situaciones nuevas es tan grande como su fidelidad en someterse a las leyes de la Iglesia. Su forma de hacer frente a esas situaciones nos invita a volver a lo esencial, sin despreciar los medios que nos son dados. Más allá de las formas de devoción de su tiempo y de todas las desviaciones, como la Misa delante del Santísimo Sacramento expuesto, la importancia dada a la custodia, a la forma y al color de la hostia, que vacían el pan de su realismo, por encima de la tendencia a “cosificar” la Eucaristía, a materializar y a localizar la irradiación de la hostia en el espacio, tenemos que redescubrir y utilizar los signos y los símbolos que siguen siendo inagotables para que podamos rezar, no sólo en espíritu, sino en la verdad de nuestro ser entero. ¡Ojala podamos acoger el testimonio de una vida entregada y ofrecida, de una vida consumada en sacrificio pascual, en la que la muerte toma su lugar normal, como remate y paso hacia la realización.
Con palabras de Carlos de Foucauld, digamos para terminar que esta presencia de Cristo nos es dada “por amor, para nuestro bien, para hacemos más entregados, fervientes, amantes, tiernos, ya que somos fríos; para hacemos fuertes y animosos, ya que somos débiles; para darnos esperanza y confianza, ya que estamos sin esperanza; para hacernos felices, ya que estamos tristes y desanimados”.
DIOS se hace cercano en la pequeñez y fragilidad: Él viene a traer consuelo, luz, esperanza y ternura.
«Por encima de todo con un CORAZÓN de NIÑO, deberás recibir al Niño JESÚS del PESEBRE de manos de la VIRGEN MARÍA su MADRE
Y este será el broche de oro…
Podía haber sido el comienzo, como lo fue para tu Modelo Único. Jesús. Pero probablemente hubieras olvidado mirarlo con bastante amor y no lo hubieras contemplado de manera prolongada bajo este humilde aspecto, sin grandeza, ni majestad, que al principio, también a ti te hubiera desconcertado un poco…
Hasta ahora, habías tratado de hacer cosas grandes y bellas y te habías decepcionado. Siempre nos desilusionamos, de una u otra manera, cuando tratamos de hacer por nosotros mismos algo grande y hermoso, aun si queremos convencemos que lo hacemos con desinterés, hasta llegar a creerlo…
Habías puesto mucho de tu parte, buscando grandes y hermosos logros -toda tu inteligencia, toda tu voluntad, todo tu amor y en tu corazón las intenciones más rectas y las ambiciones más santas. Por eso quedaste doblemente decepcionada.
Sin estas apariencias de fracaso, no tendrías lugar entre los discípulos de Aquel que murió en la Cruz, traicionado, abandonado por los que con ternura Él llamaba sus amigos y que había formado junto a Él, en la intimidad de su amor. No serías verdaderamente hija del que murió «violenta y dolorosamente asesinado», después de haber sido traicionado por uno de los que tanto amaba, sin un amigo, sin un hijo para recoger las enseñanzas de esta hora suprema…
Te habías entregado cuerpo y alma a este gran intento, tan contenta y orgullosa cada vez que te parecía haber logrado algo.
Querías ofrecer al Señor el éxito de tus proyectos, llegando a Él muy feliz con tus manos llenas. Pero habías olvidado mirarlo a Él, tu Único Modelo. Él sólo te podía presentar sus manos rasgadas por los clavos de la cruz, manos callosas de trabajador o manitas impotentes en un pesebre…
Y ese pesebre, lo habías mirado como al pasar, o con los ojos indiferentes de una persona adulta que fácilmente cree que no tiene nada que ver con él, o le prestaría atención si fuera necesario, pero únicamente durante el tiempo de Navidad.
A la cruz, la habías mirado con más detenimiento. En ella encontrabas algo más grande para satisfacer tu ser de adulto, y aun en esa búsqueda de abyección y sufrimiento, podía esconderse un poco de orgullo. ¡Tan fácilmente uno puede creerse héroe por haber sufrido con valor!
Habías mirado el taller del Carpintero, admirando la belleza que brota siempre del esfuerzo en el trabajo, aunque el obrero esté pobremente en el último lugar, porque todavía le queda el orgullo de haber hecho algo por ganar su pan cotidiano.
Habías visto a Jesús por los caminos sanando y bendiciendo, y habías tenido ganas de reproducir sus gestos llevándolos hasta los confines del mundo; esos gestos de apóstol, cuyos esfuerzos se ven a menudo recompensados por la alegría de descubrir en alguna mirada, un reflejo de comprensión y aprobación.
Y te habías olvidado de mirar con mucho amor toda la vida de Cristo, desde su comienzo en un pesebre, su cuna, donde había sido muy pequeño, como todos los otros niños. No un niño extraordinario, ni un niño prodigio, sino un niño como fuiste tú, sin ninguna gracia durante las primera horas o los primeros días, un niño pequeño que lloraba de frío acostado sobre la paja y que por amor se había puesto en este estado de total impotencia.
Fue ésa inicialmente la condición de nuestro Dios, y quiere ser contemplado y adorado en ese estado, no sólo por los pequeños, sino también por los grandes. Aceptó la adoración de pastores y magos, conduciéndolos, Él mismo, por medio de una estrella hasta ese Niñito sin grandeza ni majestad.
Es verdad que para comprenderlo se necesita tener una mirada de niño, un corazón de niño. Pero muy fácilmente olvidamos que ese estado de infancia espiritual, no es exclusividad de algunos. Se tornó obligación, desde que el Señor Muy Querido, tomando de la mano un niño, lo puso en medio de los grandes que se peleaban por el primer lugar y soñaban con un reino terrestre, diciéndoles: «si no cambian y vuelven a ser como niños, no podrán entrar al Reino de los Cielos» (Mt 18. 3).
No dijo: no tendrán un buen lugar, sino «no entrarán» en mi Reino. Y estas palabras, no fueron bien comprendidas. Te habían dado explicaciones soñadoras o falsas, que no tenían en cuenta lo que es realmente la debilidad e impotencia de un niñito. Entonces para hacértelo
comprender mejor, el Señor te redujo a la impotencia de la enfermedad que te hacía incapaz del más mínimo esfuerzo personal; o a una impotencia más dolorosa todavía, la del alma que se debate sin fuerzas en medio de las tentaciones, en el trabajo y el sufrimiento.
Y poco a poco, cansada de tantos esfuerzos inútiles te descubriste pensando en el Pesebre y en las Navidades de antes, y tu desazón y sufrimiento se serenaron por un tiempo, como se sosiegan siempre, -aun los corazones más endurecidos- ante la mirada clara de un niño pequeño.
«Haciéndose niño tan pequeño, niño tan manso. Él nos dice: ¡confianza! ifamiliaridad! ¡no tengan miedo de mi! ¡vengan a mí! …No teman, no sean tan tímidos ante un niño pequeño tan manso, que les sonríe y les tiende los brazos. Ése es nuestro Dios, pero está lleno de dulzura y sonrisas … sean todo ternura, todo amor y todo confianza.» (Hno. Carlos de Jesús, Escrítos Espirituales)
Ahora entonces, me gustaría que te detuvieras a mirar este pesebre, a la luz de la estrella que guió e iluminó a los Magos y que comprendas sus enseñanzas. Deja no más que sonrían los que todavía no lo comprenden. Sobre todo, no les vayas a presentar un aspecto del Pesebre que los desconcertaría. Este Pesebre de Belén tiene algo tan bello y tan grande, porque contiene a Cristo entero, a la vez Dios y hombre, y que a continuación de esta cuna encontramos el Taller de Nazaret, la Pasión, la Cruz y toda la Gloria de la Resurrección y del Cielo.
Por exceso de amor. Cristo, Hijo de Dios, quiso pasar por el estado de impotencia del niño pequeño, único estado que pone a un ser en manos de otro, en total abandono.
A causa de esta impotencia, el niño pequeño se vuelve siempre hacia su padre. Es demasiado débil y demasiado pequeño para tener voluntad propia. Su voluntad es la de su padre. Le tiene una confianza tan conmovedora… ¿Haz visto ya ese gesto frecuente de un joven papá que levanta a su hijito sobre el vacío fingiendo que lo va a dejar caer? y el niño se ríe a carcajadas porque sabe bien que de su padre no le vendrá ningún mal.
Como todos los niñitos del mundo, Jesús el Cristo obrero, el Cristo de la pasión, el Cristo de la Gloria y de la Resurrección tuvo necesidad junto a su cuna, de la ternura de la Virgen María y del cuidado de San José quien guió sus primeros pasos, y sobre todo del amor de su Padre del Cielo, al que obedeció siempre desde su nacimiento en el pesebre, hasta su muerte en la cruz.
Contempla el Pesebre y que no te detenga el aspecto pueril de ciertas representaciones. Es la parte humana en la interpretación de las realidades divinas.
Que este Pesebre evoque solamente para ti, a Aquel que es tu Dios y que te llama a seguirlo en este espíritu de infancia y de abandono.
Que con Él tengas hacia Dios la actitud confiada del niño pequeño. Que con Él tengas hacia la Virgen María su Madre, ese tierno abandono y la exigencia del niñito que necesita la mamá cerca de su cuna. ¡Es tan dolorosa la cuna sobre la que no se ha inclinado una mamá!
No seas nunca grande para la Virgen. Déjala que te rodee con su ternura de madre. Pídele que te enseñe los secretos de su amor tan delicado por el Señor. Pídele que te ayude a ser siempre la humilde «servidora delSeñor», en su verdadero papel de mujer, que sabe entregarse totalmente, desapareciendo y olvidándose de sí.
A Ella le confié todas las hermanitas de Jesús, porque uno entrega siempre lo que más quiere a la persona más amada, o en quien tiene depositada la mayor confianza.
A Ella, la Mediadora de todas las gracias, te encomiendo también a ti, y te pido que recibas de sus manos al Niñito Jesús, para tenerlo siempre contigo y llevarlo a través del mundo con su mensaje de humilde y confiado abandono, de sencillez y pobreza, de dulzura, paz, alegría y amor… un amor universal, por encima de las divisiones de clases, naciones y razas, para que reine entre los hombres
La Unidad en el Amor del Señor
¿Quieres recibir este mensaje que contiene el núcleo del pensamiento del hermano Carlos de Jesús, la esencia del espíritu de la Fraternidad de las herma-nitas de Jesús?
Ésta será la señal de que el Señor te llama para ser su hermanita, siguiendo al hermano Carlos de Jesús…»