El 13 de mayo de 2003, a la edad de 98 años (nació el 19 de julio de 1905), René Voillaume murió en Aix-en Provence, asistido por los representantes de las diversas familias espirituales nacidas de sus escritos y de su vida, y en particular de su hermana pequeña Jeanne que hoy puede ser considerada la memoria histórica de las fundaciones que pertenecen al hermano universal Charles de Foucauld. Ordenado sacerdote en 1929, Voillaume prosiguió sus estudios teológicos en el Angelicum de Roma y luego se especializó en árabe e islam en Túnez.
El 8 de septiembre de 1933 en la basílica parisina del Sagrado Corazón de Montmartre, junto con Guy Champenois, Marcel Boucher, Georges Gorrée y Marc Gerin, Voillaume inició la familia de los «Hermanitos de Jesús», instalándose así con sus primeros hermanos en El Abiodh, en el sur de Argelia, siguiendo los pasos de quien había inspirado su fundación, Charles de Foucauld, el ermitaño solitario. que había soñado con fundar congregaciones sin lograrlo nunca, pero en cuyo nombre se habría originado un vasto movimiento que hoy inspira a miles de creyentes y decenas de familias espirituales. En 1938, Voillaume conoció a Magdeleine Hutin, a su vez fundadora, en 1939, de las «Hermanitas de Jesús», el análogo femenino de los Hermanitos. El diálogo espiritual entre los dos personajes, conservado en miles de cartas, representa un capítulo precioso en la historia no sólo de la espiritualidad foucaultiana.
La biografía de Voillaume atraviesa todos los grandes problemas del siglo XX, desde el problema de los sacerdotes obreros hasta la promoción del laicado, desde las crisis de los años 50 hasta los grandes fermentos conciliares. Voillaume ofrece su aportación a partir de uno de los grandes puntos de inflexión en la historia de la espiritualidad contemporánea, el representado por el modelo de sencillez y abandono total en manos de Dios puesto en boga en los escritos y en la vida de Santa Teresa del Niño Jesús, cuyo nombre es muy a menudo asociado por Voillaume con el del hermano Carlos. Durante la década de 1950 esa espiritualidad será conocida e influirá en la vida de miles de sacerdotes, monjas y laicos, gracias al volumen de Voillaume aparecido en Francia con el título Au coeur de masses, traducido y reeditado varias veces también en Italia.
Vale la pena recordar que, a pedido del mismo Voillaume, monseñor Giovanni Battista Montini había escrito un prefacio para la edición italiana del volumen, que luego quedó inédito (¡el propio Montini lo consideró no al nivel de las páginas de Voillaume!) y publicado solo en los últimos años. En los últimos años de su vida, pues, sirviéndose de sus diarios y correspondencia, Voillaume tuvo tiempo de dejarnos una autobiografía espiritual de extraordinario interés, publicada también en Italia por las ediciones San Paolo con el título: Charles de Foucauld y sus discípulos.
Los encuentros con el Padre Voillaume siempre dejaron un recuerdo precioso; Pienso en las diversas ocasiones en que concelebré con él en Roma en la comunidad de las Hermanitas de Tre Fontane, cuando ya casi ciego hacía breves comentarios sobre el Evangelio con una precisión de lenguaje y una profundidad espiritual de rara intensidad. ; o el año pasado, cuando aún pudo participar en las jornadas dedicadas a Charles de Foucauld en la comunidad de Bose, como un patriarca bíblico que enriquece cada momento de diálogo y oración con su sola presencia.
En la conclusión de su volumen autobiográfico, recuerda los dos grandes misterios que dominaron toda su vida, el Santísimo Sacramento y Nazaret, la ciudad bíblica leída en sus dos sentidos, el de clausura, silencio, oración, trabajo y pobreza, y el de inserción en un medio pobre, compartiendo la vida y el trabajo de todos. En tiempos en los que nos abruma la necesidad de actuar, en los que también nosotros, las Iglesias, a menudo nos sentimos tentados por la necesidad de aparecer y de contar, acogemos ese suplemento de alma que inspiró la vida del hermano Carlos y de su mayor discípulo, René Voillaume del esiglo veinte.
La espiritualidad de Carlos de Foucauld, de la que se nutren sus discípulos Massignon, Peyriguère, Voillaume y la Hta. Magdeleine, recoge e integra muchos de los mejores contenidos de la piedad anterior, en relación con el tema del desierto, y están totalmente en línea con los antiguos Padres del desierto. Así lo expresa Foucauld comentando el evangelio de san Mateo: «Una vida en el desierto que se acerque a la vida oculta de Nazaret», identificando Nazaret con el ideal del desierto del monacato. Ahora, cuando la Iglesia se propone canonizar a Carlos de Foucauld como testimonio universal de santidad, parece oportuno presentar a «cuatro pilares de la espiritualidad del desierto», cada uno con su peculiaridad propia, y que han sido grandes generadores de vida espiritual, ya que «en el desierto se alumbran las grandes cosas».
Carlos de Foucauld siempre soñó compartir su vocación con otros: después de haber escrito varias reglas religiosas, pensó que aquella «vida de Nazaret» podía ser vivida en todas partes y por todos. Quiso ir al encuentro de los más alejados, «los más olvidados y abandonados», y que cada uno de los que lo visitaran lo consideraran como un hermano, «el hermano universal». Quiso, en sus propias palabras, «gritar el evangelio con toda su vida», en un gran respeto de la cultura y la fe de aquellos en medio de los cuales vivía. «Yo quisiera ser lo bastante bueno para que ellos digan: ¿Si tal es el servidor, como entonces será el Maestro…?».
Correspondería al hermano René Voillaume (1905-2003) la fundación de la congregación católica que seguiría en el futuro las huellas de Carlos de Foucauld. Fue en septiembre de 1933 cuando René Voillaume, junto con otros cuatro jóvenes sacerdotes franceses, se instalaron en el Sahara argelino para vivir según el espíritu de Carlos de Foucauld: ese fue el comienzo de la fraternidad conocida con el nombre de «Hermanos de Jesús». Algo más tarde, se sumaría Magdeleine Hutin (1898-1989), conocida como hermanita Magdeleine de Jesús (o hermanita Josefa Assumpta de Jesús). Ella, con su primera profesión religiosa en Argel el 8 de septiembre de 1939, iniciaría la fundación de las «Hermanitas de Jesús». Actualmente la «familia espiritual» de Carlos de Foucauld comprende una decena de diferentes comunidades religiosas, institutos seculares de laicos y sacerdotes, además de distintas asociaciones de fieles. Gracias a Carlos de Foucauld, cobró vida en la Iglesia un retorno a la llamada espiritualidad del desierto en pleno siglo XX, inspirada en sus escritos y en su obrar.
La apertura de la causa de su beatificación y canonización se produjo en 1927. El proceso se interrumpió durante la guerra de Argelia pero se reemprendió más tarde. El 24 de abril de 2001, Carlos de Foucauld fue declarado venerable por Juan Pablo II, y el 13 de noviembre de 2005 fue proclamado beato por el por entonces prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, cardenal José Saraiva Martins, durante el papado de Benedicto XVI. La Iglesia católica celebra su festividad el 1 de diciembre. La biografía de Carlos de Foucauld, inquieta y colorida en experiencias, lo vuelve una de las personalidades llamativas de los siglos XIX y XX y su cambio de vida, tan drástico como decisivo, hicieron de él uno de los paradigmas de la conversión en tiempos contemporáneos.
Esta reflexión del Camino de la Cruz (Via Crucis) fue escrita en 1946, por el hermano René Voillaume, fundador de los Hermanitos de Jesús y las Fraternidades de Hermanitas y Hermanitos del Evangelio. Esta publicación es una versión abreviada de la misma que publicó en ingles la página web de la Familia espiritual de Inglaterra Iesus Caritas: http://www.jesuscaritas.info
Creo que en este tiempo de cuaresma puede ayudarnos mucho en nuestros tratos con el Bienamado, como así también en las reflexiones apropiadas para este tiempo en nuestras Parroquias o Grupos de pertenencia.
Cabe destacar que las imágenes que figuran en cada una de las estaciones fueron pintadas con lápiz y tinta negra por el hermano Carlos en madera de cajas para embalaje, para su capilla en Beni Abbes; allí mismo hoy día podemos encontrarlas y rezar junto al Hermanito el camino de nuestra salvación.
INTRODUCCIÓN
La cruz, la cruz de Jesús, está ahí delante de nosotros, y junto a Él podemos ver a su Madre, con Juan, el discípulo amado y María Magdalena a quien has perdonado a causa de su gran amor por ti.
Ellos también nos miran, como si desde la distancia, nos dijeran que tú eres el Cristo, nuestro Salvador.
Vamos a acercarnos a Ti, pidiendo el don de la fe, pues cómo dijo nuestro Hermanito Carlos “cuándo mas creemos y entendemos, cuanto más amamos”. Creemos, Señor, pero ayuda nuestra incredulidad. Fortalécenos Señor, porque son pobres nuestros esfuerzos para amarte más. Abre nuestros corazones y mentes a tu sufrimiento, tu agonía y muerte. Muéstranos el camino a la vida a través de ti.
ESTACIÓN 1, JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
Tú les has dicho que eres el Hijo de Dios y es por eso que te han condenado.
¿Quién se ha preocupado por saber si lo que decía era verdad? El mundo de lo divino y el mundo de lo humano han sido brutalmente confrontados. Tu fidelidad a la verdad de tu ser, se enfrenta a todo lo que bloquea nuestro corazón a tu verdad.
Aquí somos testigos del imperialismo de los gobernantes, el fariseísmo implacable de los doctores de la ley y de los escribas, el nacionalismo duro de los jefes de Israel, y la cobardía de la multitud sin nombre. Ellos estaban obligados a intentar, obligados a sentenciar tu muerte y te sacaré de en medio. Cara a cara como estamos con las solicitaciones y contradicciones del materialismo, el nacionalismo, la inmoralidad, el egoísmo y jueces hostiles del mundo de hoy, concédenos seguir siendo fiel hasta el punto de morir por la verdad y la pureza de su imagen en nosotros como el Hijo de Dios.
ESTACIÓN 2, JESÚS RECIBE LA CRUZ
Con la cruz, nuestro Señor Jesús, ha tomado sobre sí mismo la totalidad de la humanidad, todo el peso de nuestra debilidad, el pecado y la muerte. Tal es su amor por nosotros, tal es su obediencia a su Padre.
Haber aceptado este sufrimiento y esta muerte fue una agonía misteriosa y terrible, una pura contradicción a la integridad y la pureza de tu naturaleza.
En el nombre de tu valor y en el nombre de tu amor, sólo podemos pedir la luz para discernir y hacer frente a la cruz, la cruz que se ha preparado para nosotros, la cruz prevista para cada uno de nosotros en el íntimo tejido misterioso de nuestras vidas.
Enséñanos a ver nuestras cruces cotidianas como un camino de vida a través de ti Señor. Enséñanos a recibir nuestra cruz.
ESTACIÓN 3, JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ.
La redención es una carga demasiado pesada para el cuerpo de un hombre. Tu has optado por asumir nuestra condición humana, que tiene un cuerpo como el nuestro y has caído bajo su peso, pero te incorporas y sigues adelante. Llevas en ti la fuerza de Dios, la fuerza del amor infinito.
Nuestras caídas, a causa de nuestra debilidad de cuerpo y espíritu son experiencias comunes. Pero hay algo que debemos aprender, una de las primeras cosas que debe aprender, mientras luchamos en tu seguimiento, y que nos parece tan difícil, es que nuestra cruz consiste sobre todo en saber aceptar nuestras caídas, y luego ponernos de pie y seguir con nuestras vidas sin mirar atrás.
Jesús, te rogamos, que nunca permitas desesperarnos. Ayúdanos a caminar con confianza y ante cada caída nos permitas ver que lo único que importa es el amor en nuestros esfuerzos para empezar de nuevo.
ESTACIÓN 4, JESÚS ENCUENTRA A SU MADRE.
El destino de María como Madre del Salvador se encuentra en el momento de su cumplimiento. A pesar de todo su amor y profunda fe, ella nunca podrá abrazar el misterio de tu ser, que no solamente es el de ser “su” hijo, sino también el de ser el Hijo de Dios. Ahora la separación, la soledad se termina en la tragedia terrible de su muerte, la muerte de un esclavo. Pero María está allí.
Su fe no ha disminuido; cada vez es más fuerte, con un amor más fuerte que la muerte. Ahora sus ojos se encuentran. En su propia soledad, la soledad infinita de su tarea de redención, allí donde ninguno de sus discípulos lo podían seguir o entender, incluso, allí hay una presencia, la presencia de su madre.
Más cerca que nunca, a pesar de que está presente con toda su ternura maternal, ella también debe permanecer detrás pues “donde yo voy, no me puedes seguir”. «Jesús se convierte ahora en medio de la pasión, en la posesión de cada persona, de cada pecador, de todos y cada uno de nosotros.
Nosotros también tenemos que darnos cuenta de que en la medida de nuestras vidas se hacen compañeras de la misión del Salvador, también estarán marcadas por la soledad, porque como Él nos pertenecemos cada vez más a todos y no vamos a tener nada que reclamar para nosotros mismos. Nuestros corazones estarán unidos con el suyo, por ello serán consagrados, entregados, abiertos y disponibles.
ESTACIÓN 5, SIMÓN DE CIRENE CARGA CON LA CRUZ DE JESUS
Simón de Cirene, era en apariencia de todas las personas en la multitud que rodeaba a Jesús el más oscuro, y el más insignificante. Él seguramente no se habría dado cuenta, pero ahora era “ese” alguien que se necesitaba para llevar una pesada cruz de madera. También fue una oportunidad de asociarse a otra persona en la abyección de un condenado a muerte.
Simón era el hombre necesario. Un trabajador pobre, al que se pudo imponer a voluntad. No importaba lo que pensaba o sentía.
¿Habrá tenido alguna idea, Simón sobre lo grande y significativo de lo que se le pidió hacer?
¿Qué tan difícil es para nosotros aceptar esta verdad: que la parte de nuestra vida mejor preparada para acoplarse con la obra de la redención del mundo es la que solemos considerar como insignificante, sin importancia o incluso irrelevante? Queremos liberar la vida de su pobreza y humildad. Sin embargo, es precisamente nuestra pobreza que nos hace digno de ser llamados al servicio del amor en los pasos del Salvador.
No se puede llamar a los ricos, a los espléndidamente vestido, al bien ubicado, sólo los pobres, los sin importancia, el hombre al que nadie presta atención, pero que al igual que Simón, se puede contar con ellos para hacer un trabajo duro y sin quejarse.
¿Podemos permanecer entre la gente común, que no llegó a los titulares, lo suficientemente humilde como para estar listos para el servicio del Salvador?.
ESTACIÓN 6, LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS
En su pasión, los golpes, el dolor y la sangre hicieron de Jesús un objeto de desprecio. Sin embargo, es desfigurado y sufriente la manera que sigues tu camino en medio nuestro. Constantemente corremos el riesgo de pasar junto a ti y no reconocerte.
A menudo estamos ciegos, vueltos hacia nosotros mismos, y sin embargo estás ahí, nuestro Dios, ante nosotros. Sólo un amor audaz como la de esta mujer nos permitirá ver tu rostro, donde te ocultas, en la pobreza, en la enfermedad o el dolor.
Señor, que podamos ser siempre capaces de encontrarte donde quiera, que podamos descubrir tu rostro que se oculta en todos los sufrimientos visibles u ocultos de nuestro mundo.
ESTACIÓN 7, JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ.
Jesús debe continuar el camino de su pasión, pero la lucha entre su fragilidad física y la fuerza de su gran amor se vuelve cada vez más penosa. Pero debe continuar hasta el final del camino. El sacrificio aceptado en el Huerto de los Olivos no puede ser consumado de una vez, el cáliz tiene que ser bebido hasta el final.
Tales caídas, caídas de debilidad, caídas motivadas por el cansancio, caídas de mero hábito, son muchas en nuestra vida, Señor. Ellas nos detienen en el camino hacia Ti
Se tú nuestra fuerza y vida. Nada puede separarnos de tu amor, la fuente de la vida surgiendo dentro de nosotros ahora y en la eternidad.
ESTACIÓN 8, JESUS SE ENCUENTRA CON LAS MUJERES DE JERUSALEN.
Las mujeres lloraban estaban muy lejos de comprender y, de hecho ¿quién de nosotros podía entender lo que significaba nuestro Salvador para ver en la profundidad de los pecados, todos los pecados del mundo? Jesús ha querido cargar la cruz de su amor por cada uno de nosotros.
En tu misericordia suave, Señor, perdónanos. Perdona el pecado de todo el mundo. Abre nuestros corazones y mentes a la profundidad de tu amor por cada persona en la tierra.
ESTACIÓN 9, JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
El amor ha llevado a Jesús a los últimos límites de su fuerza humana, casi más allá de lo que un hombre puede soportar. Él realmente nos ha amado hasta el extremo. Pero no puede ir más lejos y cae por tercera vez, pronto todo culminará. La voluntad del Padre, se cumplirá, El llegará hasta el final.
Si entregamos nuestras vidas por completo, el amor puede transformar nuestra debilidad. Jesús, enséñanos a acoger cada invitación al amor. Permítenos llevar cada respuesta a través de los límites de nuestra fuerza. Deja que tu gracia esté presente en nosotros a cada instante, incluso cuando parece que no podemos ir más lejos. Deseemos sólo en nosotros mismos el cumplimiento de cada detalle de la voluntad del Padre, aun cuando a veces no somos capaces de entender.
ESTACIÓN 10, JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
Cuando queremos ir al encuentro de ti, Jesús, muchas veces nos vemos impedido a ello por algo ajeno a nosotros mismos, nos duele, es un obstáculo, una humillación. Creemos estar listos, dispuestos y ansiosos, pero nos dificulta dar la bienvenida a cualquier cosa menos lo que se presenta y es precisamente esta posibilidad que no esperamos para confiar en ti.
Nos imaginamos servirle en grandes actos de coraje, entrega y sacrificio, incluso en una muerte heroica, pero tú nos hablas de otra manera, eres el Señor de la impotencia, la vergüenza y el escarnio, el tener que acercarte al final de tu vida aparentemente sometida y desnuda, golpeada y humillada en las partes más secretas de tu ser.
La ropa que vestimos, estas prendas que tanto obstaculiza nuestro progreso hacia ti, aunque sólo fuera como un abrigo que se pone por la mañana y se quita por la noche! Nos cubre con demasiada fuerza, se pega a nuestros cuerpos. Fue por esta causa Señor, que no podías ir a tu muerte sin ser despojado de tus prendas y arrancadas de tu cuerpo herido.
ESTACIÓN 11, JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
¿Qué palabras podrían describir lo que está sucediendo ahora?
El Hijo de Dios está colgado en la cruz, clavado y desvalido. Inexorablemente, el final se acerca. ¿Es este el bautismo has deseado grandemente? ¿Esta es la hora que has esperado tanto?
Al dar a la totalidad de tu ser, de esta manera se está logrando por fin el misterio para el que te encarnaste: Estás dando vida a todos los pueblos del mundo, has comenzado a atraer todas las cosas hacia Ti. Tu madre y Juan han abierto el camino. Nosotros también debemos permitirnos abrazar la cruz, por ella la vida, la verdadera vida y la vida en plenitud nos espera.
¿Podemos aceptar ser salvado por la sangre de Jesús y nos dejarnos ser amados de esta manera?
ESTACIÓN 12, JESÚS MUERE EN LA CRUZ
Señor vamos a leer en tu corazón y escuchar tus últimas palabras en la tierra.
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen ‘.
«Mujer, ahí tienes a tu hijo …. Hijo ahí tienes a tu madre ‘
«Este día estarás conmigo en el paraíso.»
«Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?»
‘Tengo sed’.
«Está consumado».
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
Señor, ayúdanos a escuchar tus palabras, nos ayudan a entender tus palabras, nos ayudan a recibir tus palabras. Enséñanos a amar.
ESTACIÓN 13, JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ
Jesús ha muerto y María lo sostiene en sus brazos. Él está desfigurado, inerte y frío. ¿No es esta la hora terrible cuando toda esperanza se acaba? ¿Quién podría imaginar que Jesús ya no podía hablar, Jesús ya no es capaz de animar a sus amigos con una palabra o una mirada, Jesús ya no puede poner sus manos sobre los enfermos y sanarlos? Todo está terminado, los que se quedaron hasta el final buscan un lugar para enterrar su cuerpo.
Pero en ti María, la fe y la esperanza aún vigilan, sabes que hay algo que debes esperar cuando todo parece roto y destrozado. Hasta su último aliento les dijo a sus seguidores que iba a resucitar. ¿Acaso no es Él la vida, como les había dicho?
En esas horas de nuestras vidas en Jesús parece que ha muerto, cuando todo parece sin esperanza, y no entendemos, nos da María la fuerza de su esperanza. ¿Podría ser que tan a menudo en esos momentos la luz de la vida está esperando para alumbrar al fin?
Jesús, con todas nuestras fuerzas, te pedimos la gracia de la esperanza y de la fe en escucha de tu palabra.
ESTACIÓN 14, JESÚS ES COLOCADO EN EL SEPULCRO
No sólo han asesinado al Señor, sino que también han tomado posesión de su cuerpo y le pusieron guardias para asegurarse que permaneciera en la tumba. Ellos previendo su resurrección han sellado la entrada. Todo parece resuelto otra vez Tu tenías otra historia.
Te quedaste sólo tres días en la tumba y esos tres días son nuestra última esperanza. Cara a cara con el fracaso y la muerte, nos olvidamos de que es la esperanza de lo que tenemos que hablar. Dale Señor la fidelidad indudable a tu Iglesia. Que nuestra confianza sea invencible, y nuestra certeza de que la verdadera vida finalmente triunfará en el mundo.
1. En el corazón de las masas es el libro que dio a conocer a René Voillaume como autor espiritual y como fundador. También es el libro que ha centrado y dominado el primer periodo que distinguimos de la obra (literaria) de René Voillaume, aquella que corresponde a esta refundación de la Fraternidad de los hermanitos de Jesús tras la Segunda Guerra mundial, y que se extiende hasta Vaticano II (incluido).Es un periodo “fuente”. En el corazón de las masas se sitúa en un conjunto poco conocido – con los retiros fundacionales de la Fraternidad secular, Una regla de vida (1950), conferencias a veces algo molestas[2] de lo cual tenemos algunos ecos en el primer volumen de Cartas a las Fraternidades. Durante el segundo periodo, post conciliar, el autor espiritual se hace más clásico y su enseñanza está sin duda alguna más espontáneamente en concordancia con su fondo personal.
2. Au coeur de masses tiene una génesis. El libro aparece primero en Aix en Provence, en julio 1949, bajo la forma de fascículos fotocopiados. El conjunto es titulado: “La espiritualidad de las fraternidades del P. Foucauld” Esta publicación responde a necesidades internas apremiantes: hay que explicar la nueva orientación de la Fraternidad; ella atrae la atención en los medios católicos franceses porque está en consonancia con la renovación apostólica-misionera entonces activa. Al mismo tiempo, hay que iniciar la formación religiosa de los recién llegados, cada vez más numerosos: mientras que desde 1933 a 1945 solamente hubo diez entradas en la fraternidad de El Abiodh (Argelia), hubo ocho en 1946, otras tantas en 1947, trece en 1948, quince en 1950, etc.
Esta edición artesanal – que pronto estará agotada – tiene por título “Recopilación de conferencias y textos diversos”. Estos textos son leídos por los cercanos a René Voillaume; y estiman – como le escribe Mons. de Provenchères, el 7 de agosto 1948 – que “su lectura sería beneficiosa, incluso para otros además de los hermanitos” En sus recuerdos, el padre piensa que él empezó a considerar la publicación de sus conferencias en abril 1947, después de una visita a Mons. Richaud, y que se llegó a una decisión en el primavera 1948[3]; pero añade que su aparición en Cerf, “sólo tendrá lugar dos años más tarde”. Hay que decir que en la época los editores religiosos se mostraban más bien reticentes ante manuscritos de “espiritualidad”; el título de las policopias no era muy atractivo.
Los diversos textos así reunidos se extienden sobre varios años. Aquí, yo quisiera simplemente atraer la atención sobre las conferencias que figuran a la cabeza de la edición policopiada. Fueron dadas a los novicios, en El Abiodh, en los últimos meses de 1946, al regreso de una estancia en Francia sobre las cuales habría que detenerse[4]. Tres de las conferencias se refieren al “Misterio de Nazaret” – en la vida de Jesús, en la del P. de Foucauld, en la de los religiosos que se dedicaban a ella; el manuscrito de la cuarta conferencia (8 de diciembre) tiene un título que interroga: “¿son los Hermanitos contemplativos?” En sus recuerdos, René Voillaume escribe que este texto sobre la vida contemplativa constituía junto con el de “Nazaret, forma de vida religiosa”, “la carta fundacional de la fraternidad obrera[5]” que verá la luz seis meses más tarde (1º de mayo 1947).
En cuanto a la reflexión sobre el misterio de “Nazaret” hay que observar que estas siguen a las conclusiones que René Voillaume había sacado, dos años antes (junio 1944), de su balance de diez años vividos en El Abiodh, balance hecho al término de una seria crisis interna: los hermanos sentían entonces un profundo malestar respecto a su fidelidad al P. de Foucauld quien, hay que decirlo, no les facilitaba las cosas; en efecto, la fidelidad a lo que él vivió recortaba la fidelidad a lo que había escrito (la Regla de 1899, en especial) pero está lejos de identificarse con ella!… Enumerando “lo que faltaba”, René Voillaume escribe: una presencia suficiente de alma y de espíritu del P. de Foucauld; un cierto sentido de la pobreza y del trabajo; una profundización mayor del gran misterio de la vida escondida de Nazaret” (manuscrito de Djebel Aissa, cap.V)
3. En el Corazón de las Masas saldrá de la imprenta el 30 de diciembre de 1950, con un título propuesto por Michel Carrouges. El texto es el de la edición policopiada, revisada (algunos ángulos son redondeados) y aumentados con dos mensajes importantes del prior a sus hermanos. El libro aparece en las Ediciones du Cerf, en la colección “Rencontres”, las cuales no admitían ni tratados de teología ni escritos de espiritualidad sino testimonios de renovación a la obra en la Iglesia de Francia, con títulos “significativos”: ¿Francia país de misión?, ¿Resurgimiento o declive del clero francés?, etc.
El libro es bien acogido por los censores patentados y más aún por el público puesto que desde el final del año (1951), se prevé un suplemento que será publicado bajo el título: Que ellos sean uno. Y en abril 1952, aparece la segunda edición: será En el corazón de las masas en su forma definitiva, la más conocida, por no decir la única conocida. Aligerada del lado de las meditaciones, el texto se ha enriquecido con dos grandes cartas del prior a sus hermanos: una sobre la obediencia religiosa, que desencadenará una controversia entre los teólogos; la otra sobre “la oración de los pobres”, esta carta remplaza el texto sobre “la vida contemplativa de las fraternidades” – lo cual sentirá René Voillaume porque “trata del mismo tema pero bajo otro punto de vista. Hubiese sido preferible unir los textos[6]”
Constituido de esta manera, el libro tendrá una bella carrera: 50 mil en 1955, 115 mil en la colección “Foi Vivante”, el P. Bro quiso marcar el volumen 100 mil (nº 100-101) en 1969. Sin hablar de las traducciones: la primera italiana, en 1953, con un prefacio de Mons. Montini (futuro papa Pablo VI) que no será publicado porque en esa época, no convenía; la quinceava y la última en chino (Taiwán 1985); hay que hacer notar las dos traducciones “clandestinas” en 1969, en húngaro y checo.
De ahí mi última observación, que es una pregunta: ¿por qué una difusión así, cuando el subtítulo del libro precisa bien que se trata de “la vida religiosa de los Hermanitos del P. de Foucauld ?
4. He recogido algunos elementos de respuesta a esta pregunta en las publicaciones de la época. Algunos tienen un Valor ante todo informativo, y no me voy a detener en ellos. Otros ponen en juego valores que me parecen aún perfectamente válidos hoy, aún viviendo en un mundo humano y eclesial profundamente diferente, que tiene otro lenguaje y otras preocupaciones o “problemas”.
a) En la reseña que da “La Vida Espiritual” (abril 1951, p. 431 -433), el P. Bonduelle estima que “El Corazón de las Masas” presenta “una vida religiosa que se construye en una total renovación y en plena correspondencia con el estado concreto de una civilización en alza”. Cualquiera que sea la respuesta que nosotros, hermanitos, hayamos podido dar a las esperanzas presentadas en el libro de René Voillaume, es un hecho que éste incitaba, indirectamente, al mundo de los religiosos y religiosas a una reflexión sobre su situación y sus prácticas a mediados del siglo XX. Una docena de años antes del decreto Perfectae caritatis de Vaticano II, a su manera, En el Corazón de las Masas invitaba a más realismo y transparencia evangélica. No es necesario detenerse sobre este punto que sin duda alguna no es el más significativo.
b) Puesto que esta reseña se detiene más sobre los problemas de vida religiosa, su final capta la atención e incluso sorprende. Ella amplía singularmente los horizontes: “se dirige a los cristianos (subrayado en el texto) y se deja ver la extrema valía cristiana de una vida vivida en el espíritu de Tamanrasset”. Diez años más tarde, en Christus (1961, p. 100), el P. Courel escribirá: [en el momento de la aparición de En el Corazón de las masas] “algunos quisieron ver un verdadero manifiesto proclamando una especie de revolución respecto a la concepción tradicional de la vida religiosa. Ciertamente eso era decir demasiado. Pero sigue siendo cierto que ese libro ayudó a más de un sacerdote y a más de un laico en su esfuerzo de oración y en su búsqueda de la pobreza”. Volveré a ello al terminar. Pero si tantos cristianos, clérigos y laicos, han sido sensibles al soplo evangélico de “En el Corazón de las Masas” (y lo han dado a conocer), no es solamente porque éste se sitúa en el dinamismo de la vocación bautismal[7]. Según mi parecer, es también porque es más fácilmente “perceptible”, en el caso de la vocación de los hermanitos de Jesús: vocación no especializada eclesialmente (carga pastoral, educacional, etc) y que deja en la condición humana común.
c) Este soplo evangélico tiene su fuente en el radicalismo del beato Carlos de Foucauld. Esto es lo que dice a su manera (en 1953, p. 75), la reseña publicada en la Revista de ascética y mística (que entonces era la gran revista de teología espiritual de la Compañía de Jesús): “El P. Voillaume hace revivir la experiencia del P. Carlos de Foucauld. Él desaparece ante esta autoridad excepcional. Pero interpreta al ermitaño muerto sin dejar discípulo inmediato con una inteligencia que supera en mucho la simple lectura de los textos” El crítico, que se une aquí a lo que Mons. Richaud escribía a René Voillaume, el 2 de marzo de 1948 (“Tengo la impresión que Ud. entresaca lo mas enriquecedor y subyacente en el mensaje espiritual del P. de Foucauld”), añadiendo: “Nadie se sorprenderá de ver su libro tan rápidamente convertido en el breviario espiritual de muchos sacerdotes y numerosos militantes católicos”. No hay que olvidar tampoco que al término de la guerra que había visto la promoción 128 de San Cyr bautizada con su nombre, el P. Foucauld conoció un gran reconocimiento en Francia (publicaciones del P. Gorré, exposición en los Invalides, el artículo de Madeleine Delbrêl “Por qué amamos al P. Foucauld” en La Vie Espiritual de noviembre 1946,etc). Es en este contexto en el cual aparece “En el corazón de las masas y, seguidamente, habrá como un juego de espejos entre el autor y aquél que le inspiraba y que la Iglesia acaba de beatificar.
d) Terminaré rápidamente con el elemento de respuesta a la pregunta hecha que es sin duda alguna la más decisiva para comprender el impacto que tuvo En el Corazón de las Masas. Puede ser presentado con la fórmula de Mons. de Provenchères, en su prefacio al libro, resumiendo el mensaje del hermano Carlos de Jesús: “Presencia a Dios – Presencia a los hombres”. Por lo que respecta a la búsqueda de Dios y de los caminos que ella exige, o bien impone, al hombre reconciliado con Dios por Jesucristo, propiamente hablando, En el Corazón de las Masas no es innovación alguna. Los caminos propuestos integran la presencia a los hombres y son remodelados aquí o allá; pero, puesto que Dios es Dios, siempre es sobre Él que ellos deben “medirse”. La novedad se sitúa más bien del lado de la presencia a los hombres y más concretamente, si así puede decirse, del lado de la “humanidad” de esta presencia (su peso y su realismo humano). Si esta novedad permanece relativa puesto que no se refiere sino a la vida religiosa tradicional, ella no deja de tener interés o incidencia para los laicos. A título de contra ejemplo, se podría recordar aquí la declaración de un cardenal del Santo Oficio estimando que el sacerdote trabajando en fábrica (puesto que es de él de quien se trata) “recibe la influencia del ambiente nefasto para su vida espiritual”, poniendo en peligro su fe y sus costumbres[8]
En la charla sobre “la vida contemplativa de las fraternidades”, René Voillaume recuerda la evolución de las formas de vida religiosa contemplativa; ésta “tiende a salir del claustro y a penetrar en la vida cotidiana de los humanos”; “ya no se trata solamente de encontrar a Dios solo sino de llegar a una asimilación de vida con el Corazón de Jesús Salvador y Redentor del mundo” (1ª edición, p. 193 – 194). Una nota al pie de página lleva al Humanismo integral: diez años antes (1936), Jacques Maritain, defendiendo “el impacto temporal del Evangelio”, defendía también la santificación de la vida secular y “un nuevo estilo de santidad” exigida por nuestra era de civilización; y al término de la guerra, en 1945, su defensa se hará aún más insistente[9].
En cuanto a las charlas sobre “Nazaret”, ellas nos muestran cómo, para nosotros hermanitos, “la salida del claustro” se hará por el camino que abre el P. de Foucauld. Hay que observar que René Voillaume no se compromete entonces en las reconstituciones de la vida de Jesús en Nazaret, ya sean, más o menos imaginativas, del P. de Foucauld, o las nuestras. Él nos lleva al misterio de Nazaret, fuente de exigencias y de libertad para aquél que se compromete a seguir a Jesús el Nazareno. Para Jesús, efectivamente, y para él solo, “el estado de vida ha sido el objeto de una opción soberanamente libre y personal que denota un amor de preferencia y también una voluntad de enseñarnos algo por medio de esa opción”. En otros términos, Dios, al darnos (Jn 3, 16), al entregarnos (Rom 8, 32) a su único Hijo en la Persona de Jesús de Nazaret, nos enseña algo de su mirada sobre el mundo de los hombres, de su Designio de salvación y más concretamente de los caminos y las formas por las cuales Él sigue con su Designio, algo de su amor por cada uno de nosotros y su predilección por los pequeños y los pobres. Al mismo tiempo, él nos enseña algo de la respuesta que espera de nosotros, cristianos, personal y eclesialmente.
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[1] Reflexiones propuestas el 18 de noviembre 2005, en el momento de la presentación de la biografía de René Voillaume por Marcel LAUNAY, René Voillaume, contemplación y accióny de la biografía espiritual de Hermanita Magdeleine, ambas publicadas en las Ediciones de Cerf en 2005. Ellas se inscriben en los márgenes del noveno capítulo del libro de Marcel Launay.
[2] Por ejemplo la conferencia sobre la Santa Virgen publicada en Demeures de Dieu (Edc. Du Cerf, 1954) – las autoridades romanas pidieron algunas correcciones – o bien El apostolado silencioso de la amistad, conferencia hecha en Sâo Paulo el 1º de diciembre 1953 (unos amigos romanos aconsejaron prudencia)
[3] Ver Histórico de la fundación de El Abiodh, IX /II, p. 302, 404-405
[4] En el momento de esa estancia, René Voillaume descubre el movimiento misionero al interior de la Iglesia de Francia, y del cual él solamente tuvo una breve noticia en el otoño de 1945. De esta época datan sus contactos con los laicos (a los que llamaríamos hoy “consagrados”) como Monique Maunoury en Ivry y Marguerite Taride en Toulouse, y su amistad con Jacques Loew quien, el primero, anunció el proyecto de fraternidad obrera (en Temoignage chrétien, a finales de julio 1946)
[7] Para quien lo haya olvidado, el Vaticano II recuerda claramente que “la consagración particular [de los religiosos] se arraiga íntimamente en la consagración del bautismo y lo expresa con más plenitud” (Perf. Caritatis, nº 5)
[8] Ver la carta del Cardenal Pizzardo, del 3 de julio 1957
[9] Él llega a escribir: “La vida contemplativa, tal vez bajo formas nuevas, se hace accesible, no solamente a algunos privilegiados, sino al hombre común si él cree realmente en Dios, será la condición prerrequerida a esta actividad misma que se esfuerza en hacer penetrar la levadura del Evangelio por todos sitios en el mundo”. Ver final del Cap. VI de Raison y raisons, Obras completas, IX, p. 374 -375
La labor de los misioneros – Populorum Progressio nº 12 (Pablo VI)
12. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo de su divino Fundador, que dio como señal de su misión el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc 7, 22), la Iglesia nunca ha dejado de promover la elevación humana de los pueblos, a los cuales llevaba la fe en Jesucristo. Al mismo tiempo que iglesias, sus misioneros han construido hospicios y hospitales, escuelas y universidades. Enseñando a los indígenas el modo de sacar mayor provecho de los recursos naturales, los han protegido frecuentemente contra la codicia de los extranjeros. Sin duda ninguna, su labor, por lo mismo que era humana, no fue perfecta, y algunos pudieron mezclar algunas veces no pocos modos de pensar y de vivir de su país de origen con el anuncio del auténtico mensaje evangélico. Pero supieron también cultivar y promover las instituciones locales. En muchas regiones, supieron colocarse entre los precursores del progreso material no menos que de la elevación cultural. Basta recordar el ejemplo del P. Carlos de Foucauld, a quien se juzgó digno de ser llamado, por su caridad, el «Hermano universal», y que compiló un precioso diccionario de la lengua tuareg. Hemos de rendir homenaje a estos precursores muy frecuentemente ignorados, impelidos por la caridad de Cristo, lo mismo que a sus émulos y sucesores, que siguen dedicándose, todavía hoy, al servicio generoso y desinteresado de aquellos que evangelizan.
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Conferencia de René Mougel. Barcelona. 30-octubre-2003 dentro de los actos del 30° aniversario de la muerte de Maritain. La ponencia se servirá de un largo estudio publicado por Michel Nurdin en Cuadernos J. Maritain (1997 nº 35) titulado: «J. Maritian y los Hermanos de Jesús». El texto entrecomillado remite textualmente al trabajo citado
Jacques Maritain estuvo presente en la misa de los Hermanos de Jesús, en Montmarte en los actos de la celebración del XXX aniversario de la fundación de la Orden, el 8 de septiembre de 1993. Hacia treinta años que el cardenal de París impuso el hábito a los cinco primeros Hermanos. El prior de esta primera comunidad era René Voillaume y tenía entonces 28 años. Casi treinta años más tarde, poco después de la muerte de su esposa J. Maritain publicaría el Diario de Raïssa. El autor no tenía ni la necesidad ni la costumbre de solicitar las introducciones de sus libros pero para este diario espiritual de Raïssa, tan importante para él, pidió el prólogo al P. Voillaume. Éste escribiría una docena de páginas donde aproximaba el testimonio y la experiencia espirituales de Raïssa a los del P. de Foucauld y a santa Teresa del Niño Jesús. Es conocido que, a partir de esa época, tras la muerte de Raïssa en noviembre de 1960, J. Maritain entró a compartir la vida comunitaria con los Hermanos de Jesús en Toulouse y, al final de su larga vida, hizo la profesión religiosa el 1 de noviembre de 1971, después de un año de noviciado, en aquella Fraternidad.
Es evidente que los vínculos entre J. Maritain y el P. Voillaume eran profundos aunque tuvieron pocas oportunidades de encontrarse. Su primer encuentro se produce en 1946. Tampoco mantienen una relación epistolar frecuente. Con todo, en 1961, en el acto de acogida a Maritain en Toulouse, el P. Voillaume tiene estas palabras esclarecedoras: “Es una delicadeza de la Providencia que la amistad de Jacques con nosotros, y que el parentesco espiritual que existía ya desde hace tiempo con nuestra forma de vida religiosa, lo hayan conducido a venir a vivir entre nosotros, como un hermano mayor de quien tenemos mucho que esperar […]”. Maritain estuvo asociado, según palabras del mismo fundador, a la “fundación espiritual de la Fraternidad”. Por tanto, el hombre que toma el hábito de los Hermanos el 15 de octubre de 1970 e inicia el noviciado en su Comunidad no es un joven que acaba de descubrir la espiritualidad de Foucauld. Tiene 88 años, y desde hace tiempo está muy cercano a la espiritualidad del P. de Foucauld. Más exactamente tiene trato con el primer círculo de sus discípulos, incluso en vida de Foucauld.
Maritain nunca se encontró con el P. Foucauld ni mantuvo correspondencia con él. Pero si conoció a Louis Massignon[1] con el que mantuvo a partir de 1913 una estrecha relación de amistad. El 28 de enero de 1917, Maritain escribe a Massignon, entonces enrolado en el ejército de Oriente: “¡Cuán tiernamente he pensado en usted, mi querido amigo, cuando he sabido por los periódicos la triste noticia que usted ya debe conocer desde hace algunas semanas, el asesinato de su querido y muy apreciado P. de Foucauld! Es un gran intercesor, aunque nos deje […] he conseguido conocer detalles sobre esta muerte, que se atribuye a los bandoleros del desierto, y que le valdrá posiblemente para ser reconocido como mártir”.
En poco menos de un mes, Massignon estará en París. J. Maritain anota en su cuaderno, con fecha del 23 de febrero de 1917: “Almuerzo en casa de Massignon […] Conversamos toda la tarde, me gusta hablar de Dios con este alma ardiente y llena de nobleza, de una línea moral tan recta y austera, de una inteligencia tan aguda y llena de curiosidad. Hemos ido a rezar juntos a Montmartre. Nuestra amistad se ha hecho cada vez más estrecha durante esta guerra, a pesar de la separación física. Me habla mucho del P. Foucauld […] Me pide rezar por la obra del P. de Foucauld que es “la Unión de oraciones” para la conversión de los musulmanes en las colonias francesas. Maritain había hablado de ella a principios de 1914 a su amigo Ernest Psichari, militar como Foucauld, y que había encontrado la fe en tierras musulmanas en los desiertos de Mauritania. El 1 de febrero de 1914 enviaba a Psichari los estatutos de la Unión, de parte de Massignon. “En esta época, señala Michel Nurdin, el P. de Foucauld acababa de hacer un comentario de estos estatutos, por otra parte comentario muy conocido bajo el nombre de Directorio (de la Unión de los hermanos y hermanas delSagrado Corazón de Jesús) que Massignon va a difundir sin demora. La primera edición, no comercial, data de 1917, apenas algunos meses después de la muerte del P. de Foucauld. El 23 de marzo, Massignon dedica un ejemplar a Jacques Maritain, el segundo de los treinta y cinco dedicados[2]. De este modo J. Maritain se asocia desde el principio a la difusión del testimonio y la obra del P. Foucauld promovida por Louis Massignon.
Otro discípulo y heredero de Foucauld, Charles Henrion, es también muy amigo de los Maritain. A nivel espiritual, Jacques anotará, que “ha tenido un lugar único en nuestra vida”, abogado, converso, amigo de Paul Claudel, y después de los Maritain desde 1913, vive totalmente entregado a la contemplación, siguiendo la escuela de san Juan de la Cruz. Atraído también por el ejemplo del P. de Foucauld marcha a Túnez, donde el arzobispo de Cartago, en noviembre de 1924, le impondrá el hábito. Tendrá gran influencia en la conversión de Cocteau, en las conversaciones en casa de los Maritain, con ocasión de uno de sus regresos a Francia seis meses más tarde de su partida. Así lo narra Raïsa: “Ayer Cocteau debía irse temprano después de la cena, un coche tenía que recogerlo para conducirlo al estreno del ballet ruso. Pero el coche se retrasaba. Llegó antes el P. Carlos. Con su vestido blanco del desierto, con un corazón rojo, coronado por una cruz, sobre el pecho. Es bonito, lleno de sencillez […] La impresión es grande. Veo a Jean Cocteau de pie, silencioso, en el marco de la ventana, ensimismado en la reflexión. He aquí pues la clara respuesta de Dios a nuestras oraciones, a nuestra inquietud; desde hacía algunas semanas nos preguntábamos a qué sacerdote dirigir a Cocteau, pues creíamos que era el momento oportuno, y no lo habíamos encontrado. Una vez más nuestro dulcísimo Dios había respondido en una dificultad muy grande con un gran auxilio[3].” Cocteau contestó del siguiente tenor en su Carta a J. Maritain: “Entró un corazón, un corazón rojo coronado por una cruz roja en medio de una forma blanca que se deslizaba, se inclinaba, hablaba, apretaba manos. Aquel corazón me hipnotizaba, me distraía de la cara, decapitaba el albornoz. Era la verdadera cara de la forma blanca y Carlos parecía tener la cabeza sobre su pecho como los mártires.”
Massignon tenía a los Maritain al corriente de lo que hacía el P. de Foucauld. Debió al menos hablarles de las cartas que había intercambiado con éste. Durante una entrevista publicada en el periódico neerlandés De Maasbode el 30 de mayo de 1926, después de haber destacado el hecho de que en Francia “las ideas del P. de Foucauld avanzan cada vez más”, Jacques Maritain proseguía: “Massignon mantuvo con él una correspondencia muy viva que un día u otro se publicará…”[4]. Antes, pues, de la fundación del P. Voillaume, J. Maritain aparece, como se evidencia por estos múltiples indicios, como alguien muy cercano a la herencia de Foucauld que comienza a extenderse. “El hecho, hace notar M. Nurdin, debía conocerse entre sus amigos; si no, por ejemplo, ¿por qué el P. Iwashita Soichi, que trabajaba entonces en la traducción de Tres Reformadores, habría dedicado a Jacques Maritain la biografía japonesa del Padre de Foucauld publicada en 1929 por el Dr. Totsuka Bunkei. Él mismo traducirá De la vié d’oraison en 1931-1932.
Entre estos indicios precoces, hay uno en 1922 que nos aproxima a la vocación de los Maritain y al testimonio del P. de Foucauld. Hacía entonces cerca de 15 años que Jacques y Raïssa Maritain se habían bautizado. Muy pronto experimentaron la llamada evangélica a darlo todo para seguir a Jesús. La vía clásica para responder a esta llamada radical era la vida religiosa pero su matrimonio era un factor a tener en cuenta. Una reflexión de J. Maritain en 1909 expresa su inquietud en esta situación de búsqueda: “Tenemos que ser como religiosos de una especie de orden especial”. Los Maritain comprenden muy rápidamente la parte primordial de la unión con Dios por medio de la vida de oración. El atractivo de la contemplación se traduce en el deseo de una vida propiamente contemplativa, a semejanza de la Cartuja o el Carmelo. Pero su estilo de vida y actividad los mantienen en otro estado: son intelectuales inmersos en la vida del mundo y en las relaciones con múltiples contactos con personas actores de la vida cultural, artística, política y no monjes viviendo en su monasterio o ermita. Hay, pues, una tensión perceptible entre la llamada de Dios a darlo todo y las exigencias de su vocación propia que es necesario encontrar fuera de las vías de la vida consagrada. Es conocido que, no sin dolor, los Maritain encontraron bastante incomprensión en sus planteamientos por parte de sus primeros directores espirituales (benedictinos) que consideraban sus planteamientos como una pequeña extensión de la vida monástica.
En 1922, los Maritain redactan para sus amigos con los que compartían una búsqueda en común un “Directorio” que define en la primera parte “la vida de oración” en los grupos de búsqueda intelectual que darían lugar a los famosos Círculos Tomistas. A los 40 años, no fundan una nueva congregación religiosa, sino una asociación abierta principalmente a laicos y basada en una práctica de vida contemplativa. En este contexto preciso, Maritain tiene en cuenta su situación un tanto especial. La describe el 16 de mayo de 1922: “Conversando detenidamente con Raïssa, tenemos la impresión de que estamos aquí los dos, a pesar nuestro, en alta mar y forzados a decidir por nosotros mismos”. Así, pues, hace notar la limitación de los consejos humanos, en particular para las cuestiones que tenían que solucionar entonces: “la vida espiritual” y “lo que conviene a la vida laica”. Añade: “Nos sentimos muy sorprendidos por la manera estrecha y convencional con que los Benedictinos juzgan al P. de Foucauld, ese “personaje original”, nos decía uno de ellos”.
Por entonces, hacía algunos meses que el éxito del libro de René Bazin, “Charles de Foucauldexplorateur du Maroc, eremite au Sahara”, había dado a conocer ampliamente a los interesados la historia del P. de Foucauld. Los Maritain tenían un conocimiento anterior y más extenso a la vez por Massignon. Existe entre los Maritain y el P. Foucauld un acuerdo espiritual profundo: ¿no hizo la llamada de Dios andar a Foucauld a través de los monasterios para conducirlo finalmente a una vida contemplativa entre los tuareg? Existe, pues, entre el sacerdote Foucauld y el matrimonio Maritain, una analogía profunda en cuanto a la búsqueda de Dios y su voluntad en cuanto la llamada de Dios a una vida contemplativa no los retira del mundo, al contrario, los atrae hacia el mundo. Esta convicción va a explicitar las relaciones de Maritain con la Fraternidad fundada por el P. Voillaume. En esta época nos encontramos a René Voillaume enfrascado en la lectura y meditación del libro de René Bazín momento espiritual del que escribirá más tarde en su testamento que fue “una gracia de certeza luminosa que no dejó en mi alma ninguna duda: debía imitar la vida de Carlos de Foucauld”.
El proceso de R. Voillaume que le conduce a fundar la Fraternidad diez años más tarde es ampliamente conocido. Los Maritain están completamente ajenos a esta fundación aunque, probablemente invitado por Massignon, Jacques Maritain asiste a la misa de fundación en Montmartre en 1933. Y, con todo, en 1928, totalmente ajeno a los preparativos del P. Voillaume, Jacques dibuja, para un joven que le pide consejo, una especie de proyecto profético de lo que más tarde realizará la Fraternidad. Este joven es André Harleire, amigo de los Maritain, será uno de los primeros Hermanos. Si no está en Montmartre el 8 de septiembre de 1933, es por que se encuentra en Argel esperando a los Hermanos para unirse a ellos. Para él, que desempeño un papel importante en la formación de la Fraternidad, la relación entre los Maritain y la Fraternidad se encontraba firmemente consolidada en la amistad. Pero volvamos de nuevo al episodio de 1928.
Intelectual, convertido, Harleire es como los Maritain seducido por el ideal de una vida contemplativa pero una vida contemplativa, no obstante, enel mundo. Y he aquí el consejo que le da Maritain (carta del 31 de julio de 1982) y que nos lleva al P. de Foucauld: “Si la impresión que tiene usted y que va en el sentido de una vida contemplativa en el mundo, responde a una voluntad de Dios, me parece que la entrada en la Cartuja es una decisión sabia y prudente. Ya que depende entonces de Dios, y sólo de Él, afirmar esta voluntad haciendo por usted lo que hizo por san Benito Labre o por el P. de Foucauld, empujándole afuera a pesar suyo”. El consejo de Maritain es, pues, prudente: la forma clásica de una vida contemplativa es la Cartuja (o la Trapa, o el Carmelo…). Hacia ella orienta a Harleire. Pero Maritain no se cierra del todo a la idea de que la vocación a una vida contemplativa “le empuje afuera”, fuera del claustro, como dice, ya que en la misma carta, aclara los términos del problema “vida contemplativa en el mundo”, de una manera que dice mucho sobre su propia manera de ver y vivir esta situación y la conciencia que tenía de su propia vocación compartida con Raïssa y Véra: “¿Una vida integralmente contemplativa en el mundo? En verdad, yo no la creo posible. Una vida contemplativa en esencia, sí, y que ni siquiera implicaría la preocupación directa por el apostolado de la vida mixta dominicana, sí todavía; no obstante, sólo se justificaría en el mundo por el deseo de servir a las almas, y en consecuencia de entregarse a ellas de un modo u otro, y soportar valerosamente todos los fracasos, amarguras y vaivenes inútiles que son inseparables del comercio con los hombres, aunque sólo sea para dar testimonio en medio ellos de la misma contemplación y del amor eucarístico de Nuestro Señor […].
Continúa el texto: “Si usted debe permanecer en el mundo, creo que es con la voluntad de dejarse devorar por los demás, sin preservar nada más que la parte, muy grande, de soledad necesaria para que Dios haga de usted algo que sea útilmente devorable […]” “¿Qué queda después de esto? La impresión, la esperanza de que el Espíritu Santo prepare algo en el mundo, una obra de amor y de contemplación, que querrá almas totalmente entregadas e inmoladas en medio mismo del mundo. Usted sabe hasta qué punto esta idea está profundamente en mí. Pero no es nada más que una idea, una esperanza […]”. Volveremos a encontrar esta idea de forma reiterativa en el pensamiento de J. Maritain.
La Fraternidad, como sabemos, se estableció en Al-Abiodh como una comunidad de clausura, y durante más de diez años vivió en el desierto y la soledad contemplativa siguiendo esencialmente los dictámenes y la forma clásica del claustro. Necesitará un lento proceso para encontrar la forma, nueva en la Iglesia, de su vocación de congregación religiosa, a saber, contemplativa para insertarse en medios no cristianos, entre los desheredados del mundo y en el mundo obrero, dicho en cuatro palabras célebres, “au coeur des masses”. Esto será, sobre todo, tarea de la posguerra. En ese momento nos encontramos con Maritain. Anteriormente, el período de clausura de la Fraternidad, oculta en el desierto argelino, se desarrollará casi sin relación con Maritain. A pesar de todo, se ve despuntar un elemento observado por M. Nurdin, y que traduce una determinada intimidad o proximidad con el pensamiento de Maritain. En efecto, lo que los Hermanos llamaban entonces la adaptación, diríamos hoy “inculturación”, al medio musulmán y sahariano. La fraternidad de El-Abiodh quería ir “lo más lejos posible en su deseo de «inculturación» no solamente espiritual, sino también humana y religiosa” (Cuaderno nº 35 p. 15). Fr. André encargado de elaborar un texto sobre este tema hacia 1935-36, lo redacta en referencia a dos textos de Maritain, Religión y cultura y Delrégimen temporal y de la libertad.
Llegado a este punto es obligado decir algunas palabras sobre el pensamiento de Maritain, desarrollado en los años 30 alrededor de estos dos textos citados, y que debía expresarse de manera magistral en Humanismo integral (1936). En un contexto de reflexión fundamental sobre la civilización y su futuro, sobre las posibles interferencias entre religión y cultura y, para un cristiano, entre el Evangelio y la Iglesia, en medio del hervor social y religioso que representaba el desarrollo de la Acción Católica, y también el compromiso cristiano de grupos como Esprit de Emmanuel Mounier, J. Maritain centró sus reflexiones sobre “los problemas temporales y espirituales de una nueva cristiandad”. Lo hizo, primero, en una Universidad de verano en España en 1934 (Santander) y, más tarde, en Polonia además de en múltiples artículos y conferencias por Europa y las dos Américas. Toda esta reflexión fue publicada en su libro más famoso: Humanismo integral (1936). La idea de un “mundo cristiano” o de una cristiandad nos lleva espontáneamente, en Occidente, a la Edad Media. Nuestro mundo no es cristiano como lo fue en la Edad Media. Esto es una constatación fundamental.
Por otra parte, en perspectiva histórica, la Iglesia en la Edad Media se había hecho la educadora de los pueblos cristianos, y por lo tanto la obra de civilización (cultural y política) se encontraba bajo la tutela religiosa. Pero, más adelante, la emancipación de esta tutela en lo que podríamos llamar el movimiento humanista del Renacimiento aparece, a los ojos de Maritain, como algo muy temporal. Y si desdicha del humanismo moderno ha sido la de ser antropocéntrico y rechazar sus fuentes cristianas, el reto no es rechazar suicidamente este humanismo, sino reconciliarlo con el espíritu cristiano. A este modo de proceder Maritain le llama un “humanismo integral”, humanismo teocéntrico o mejor aún “humanismo de la Encarnación” del Verbo de Dios en el hombre. Así, en tanto que obra de civilización centrada en la dignidad de la persona humana y ajustada a la inspiración del Evangelio, la realización de este “humanismo integral” será propiamente un asunto de laicos. Maritain llama a la “misión temporal de los cristianos (de todo tipo: cultural, social, política, científica, artística) que es una misión de colaboración en un mundo plural y que consistirá en aportar la inspiración y, en primer lugar, el testimonio y la presencia, del Evangelio en la obra de los hombres sobre la tierra.
En esta atención cristiana a lo humano, Maritain ve una prolongación de la Encarnación que ha hecho descender del cielo, en la humanidad de Jesús, la fuente de la gracia, y que sigue en la Iglesia. Maritain tiene un sentido claro de esta misión que continúa en la Iglesia. Sin añoranzas de los tiempos de cristiandad, en la Carta sobre la independencia (1935) escribe: “El instinto espiritual, que es de Dios, pide a los cristianos dispersarse en el mundo que Dios hizo, para llevar su testimonio y vivificarlo”. Y si el fuego del Evangelio debe extenderse sobre la tierra por obra de los cristianos, no es por medio de fulminaciones ni de condenas. Debe aparecer cómo lo que es, fuego de santidad y caridad”.
La atención evangélica a todo lo humano debe inspirar no solamente las acciones de los santos, sino las estructuras y las instituciones de la vida común, penetrar en las profundidades de la existencia sociotemporal. A partir de ahí, la renovación de la civilización que él dice que desea se caracterizará por la santificación de la vida profana o secular y Maritain no duda en hablar de un nuevo estilo de santidad caracterizado por la santificación de la vida profana. Finalmente añadía: “Forma parte del orden de las cosas que este nuevo estilo y esta nueva eclosión de espiritualidad no surjan de la misma vida profana, sino de algunas almas ocultas al mundo, unas viviendo en el mundo, otras en las cumbres de las más altas torres de la cristiandad, quiero decir en las Órdenes más altamente contemplativas, para extenderse desde allí a la vida profana y temporal”.
Humanismo integral fue leído, acogido con simpatía en El-Abioh. Su meditación sobre la penetración del Evangelio en todo lo humano y sobre un nuevo estilo de vida evangélica en el mundo coincidió con la maduración que se operaba en la Fraternidad alrededor del misterio siempre ejemplar, pero que era preciso profundizar fielmente, de la vida oculta en Nazaret. Reanudando las fórmulas del P. Voillaume, Michel Nurdin habla de un malestar experimentado por los hermanos, “inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, ante el desfase tan sensible entre su vida, el Reglamento de 1899 del P. de Foucauld y lo que éste había vivido en referencia al “misterio de la vida oculta de Nazaret”. Empieza una evolución en la búsqueda de respuestas de la Fraternidad en orden a su vocación contemplativa en tierra de misión “en el sentido de una vida centrada sobre todo en el trabajo para vivir y en un contacto más íntimo con las gentes” que los acogen. Por otra parte, restablecidas las conexiones entre las dos orillas del Mediterráneo, los hermanos descubrían el renacimiento misionero y religioso que tenía en “Francia país de misión”,su referencia. También la Fraternidad iba a vivir su paso del claustro al mundo y a trasplantar la fidelidad a su vocación contemplativa a las pequeñas fraternidades diseminadas por todo el mundo, en el corazón de las masas.
M. Nurdin explica aún: “La imitación de la vida de Jesús en Nazaret siempre ha sido una de las características que la Fraternidad conserva del P. de Foucauld. Esta imitación se había centrado en principio en la fundación del marco monástico de El-Abioh. Desde este momento iba a cambiar su rostro insertándose “en el corazón de las masas”. Publicadas bajo este título en 1950, las charlas del hermano René Voillaume en el noviciado del El-Abioh y sus cartas a los hermanos se proponían orientar y estimular a una forma de vida consagrada que, debido a su novedad, requería un reajuste respecto a algunos temas clásicos en teología espiritual. Esta nueva situación era especialmente sensible en el ámbito de la plegaria y la oración contemplativa donde, haciendo suya la enseñanza de san Juan de la Cruz, el prior de la Fratenidad reformulaba algunas grandes verdades sacadas a la luz por el Doctor Místico en un contexto existencial humano y religioso, totalmente diferente al nuestro. Ahora bien, M. Nurdin lo destaca, el P. Voillaume cita entonces Humanismo integral e inscribe espontáneamente la profundización de la experiencia de la Fraternidad entre los hombres en las perspectivas caracterizadas por Maritain. Tengamos en cuenta aquí que en 1946, el P. Voillaume acompañado por el hermano André, visita por varias semanas Roma, donde J. Maritain es embajador de Francia. Con esta ocasión se establecerán los primeros contactos para unas relaciones amicales en progresivo crecimiento.
Recíprocamente, cuando el hermano André trasmite a los Maritain algunos textos del P. Voillaume publicados “En el corazón de las masas”, Jacques reconoce sin vacilar la aparición de un “nuevo modo o estilo de contemplación o de vida contemplativa” (Cuaderno, p. 20). Antes, él había anotado: “muy emocionado por los textos del P. Voillaume que André ha dado a Raïssa” que “estos Hermanos son lo que esperábamos desde hacía mucho tiempo” (ibid, p.19). Con el fin de precisar un poco esta espera, recordemos que Humanismo integral dejaba entrever un nuevo estilo de santidad y tenía en cuenta, lo citamos más arriba, que “este nuevo estilo y este nuevo impulso de espiritualidad” debían iniciarse normalmente en las almas contemplativas y en las órdenes religiosas “más altamente contemplativas”. En un texto de 1945, por lo tanto antes de que encuentre al P. Voillaume, un texto donde condensaba una vez más los temas axiales de Humanismo integral, Maritain presentía una renovación de la vida contemplativa y manifestaba su deseo de una “vida contemplativa, quizá bajo nuevas formas” que “sea accesible no solamente a algunos privilegiados, sino al hombre común”, para permitir la penetración del Evangelio en el mundo y la “santificación de lo profano” que él esperaba. No postulaba, pues, una nueva congregación religiosa. Pero en la experiencia espiritual de los Hermanos y en la enseñanza que les daba su fundador, reconocía esta nueva forma de vida espiritual o contemplativa que esperaba el mundo y la mayoría de las gentes y que con Raïssa denominaron desde ese momento “la contemplación por los caminos del mundo”. En este sentido, la Fraternidad, garantizada por la Iglesia, aportaba a los deseos y a las búsquedas, a los presentimientos de los Maritain el refuerzo, el crisol y el aval de su propia experiencia. A través de la difusión de la obra Enel corazón de las masas y los escritos del P. Voillaume, el espíritu de Foucauld se extendía en la espiritualidad del siglo XX.
Un tema afecta vivamente a Maritain en la enseñanza espiritual del P. Voillaume: el lugar del amor al prójimo en la vida espiritual o en la experiencia cristiana de la contemplación vivida entre los hombres. Un monje dedicado a la unión con Dios en una vida regulada por la oración no debe olvidar nunca al prójimo. Ahora bien, en una vida compartida ordinariamente con los hombres, como Jesús en Nazaret, las relaciones con los demás alteran totalmente las condiciones del ejercicio de amor al prójimo. Y si en vez de vivirlas como unas concesiones obligadas, en una especie de nostalgia del monasterio, el contemplativo las vive “siguiendo a Jesús de Nazaret”, si ama y mira a los demás “como Jesús los amó” y nos dijo que los hiciéramos (“como el Padre me amó…, como yo os he amado, amaos los unos a los otros”), entonces el amor a los otros ocupará un lugar central en su vida. “De ninguna manera en detrimento de su unión con Dios, puesto que este ejercicio del amor a los demás se hará “divinamente”, abrazando los sentimientos de Cristo Jesús. Más aún, en estas circunstancias, el amor a los demás será indisolublemente el lugar o el momento de la experiencia de Dios.
Maritain había meditado sobre la experiencia de los místicos. En la escuela de san Juan de la Cruz y santo Tomás de Aquino, había reconocido que el medio propio de la experiencia de Dios del que dan prueba los místicos es el amor de Dios, el amor de caridad. Los místicos no conocen a Dios por revelaciones especiales sino a través de la experiencia íntima de amor. Pues bien, al meditar sobre el lugar que ocupa el amor a los demás en una vida contemplativa en medio de los hombres, Maritain extiende muy lógicamente sobre ellos los conceptos que expresaban clásicamente la experiencia mística de Dios. Escribe, en notas inéditas: “El amor al prójimo es el mismo amor que el amor a Dios. Por lo tanto, el amor fraterno nos connaturaliza también con Dios”. El amor de caridad es el lugar y medio de la experiencia de Dios. El ideal de una vida contemplativa perseguido por los Maritain encuentra allí la justificación profunda de su permanencia en las condiciones de una vida en el mundo. Y por otra parte, la nueva forma de espiritualidad que llaman “contemplación en los caminos” se justifica precisamente en las condiciones de espiritualidad del laico será, ante todo, en la inmersión social del existir con los demás, el aprendizaje de la acogida y de la caridad.
En un texto publicado en 1945, Maritain esboza un poco más la nueva forma de espiritualidad cuya aparición percibía: “en estas perspectivas, se puede comprender que un nuevo estilo de santidad, no digo un nuevo tipo de santidad ya que ésta tiene su tipo eterno en Cristo, se puede comprender que un nuevo estilo de santidad, una nueva etapa en la santificación de la vida secular será requerido por una nueva edad de civilización. No solamente el espíritu de Cristo se extenderá en la vida secular, y buscará a sus testigos entre los que trabajan en las obras y las fábricas, las obras sociales, la política o la poesía, tanto como entre los monjes dedicados a la búsqueda de la perfección; sino que una especie de divina simplificación ayudará a los hombres a comprender que la perfección de la vida humana no consiste en un atletismo estoico de virtud ni en una aplicación libresca y humanamente elaborada de recetas de santidad, sino en un amor que crece sin cesar, a pesar de nuestros desprecios y nuestras miserias, entre el Yo increado y el yo creado; y que todo depende de este descenso de la divina plenitud en el ser humano del que hablé más arriba, y que opera en el hombre la muerte y la resurrección; y que la santificación del hombre tiene su piedra de toque en el amor al prójimo que le pide estar siempre dispuesto a dar lo que tiene, y así mismo, y finalmente a morir de alguna manera por los que ama.”
Naturalmente, el amor al prójimo, la atención a lo humano no son aquí un amor cualquiera. Su causa no es humana o humanitaria. Es evangélica, siguiendo los pasos de Cristo. Por esto, la atención al prójimo se modifica. Las notas inéditas ya citadas se multiplican en su brevedad: “Eso supondría una aproximación evangélica a los demás hombres. No esperar recibir algo de ellos, ni su gratitud, ni siquiera su conversión […] Estar dispuesto a servirles. Escucharles. Ser un instrumento para transmitir el amor que Dios le tiene. […] Eso exige de nosotros existir con ellos, con los pobres. “Como resultado: una vida mística y desposeída” en que se trata “de estar muy disponible al amor fraterno” […] “Más desgarrada por el dolor humano y el servicio humano”. Y aún: “Menos preparada por una meditación intelectual, pero preparada por las pruebas del amor.” Finalmente: “contemplación en los caminos”.
Y concluye sus notas así: “Me siento incapaz de darle más que estas pobres indicaciones, desde el exterior. Pero afortunadamente, esta forma de contemplación es practicada por un cierto número de hombres y de mujeres, comprometidos en la vida laica o en la vida religiosa, especialmente por los Hermanos de Jesús, que son discípulos del P. de Foucauld.
Maritain se sentía cada día más próximo a los Hermanos de Foucauld. “Amamos a los Hermanos cada vez más”, decía Maritain. Escribía convencido: “estamos persuadidos de que los Hermanos son un don del Espíritu Santo a la Iglesia y al mundo como lo fueron los Franciscanos y los Dominicos en el siglo XIII y los Jesuitas en el XVII. La única fundación religiosa verdaderamente y auténticamente nueva desde el siglo XVII”.
En el verano de 1960, Jacques y Raïssa vuelven a París, solos. Abatida por la muerte de Véra unos meses antes, Raïssa sufre una conmoción cerebral. El Hermano Paul Marnay les acoge y permanece junto a ellos en este periodo que Jacques llamará los “cuatro meses irrespirables” de la última enfermedad de Raïssa. René Voillaume y el hermano André estarán también con ellos, en particular cuando se apaga la vida de Raïsa, el 4 de noviembre de 1960, y cuando Jacques se encuentra solo, viudo, sin hijos. La amistad con los Hermanos André y Paul facilita la acogida en la Fraternidad de estudios de Toulouse. Ciertamente que la vocación de la Fraternidad no consiste en recoger a los ancianos, pero la amistad, el parentesco en el estilo espiritual de vida, son tan estrechos que la acogida se realiza con toda naturalidad. De este modo, Jacques Maritain no seguirá estando solo y podrá hacer un favor a los hermanos en la organización de sus estudios. A partir del 19 de noviembre escribe: “Se me acepta para ponerme al servicio de los Hermanos, como filósofo laico. Se verá más adelante qué compromisos religiosos puedo asumir (Instituto Secular o Fraternidad Secular). Por el momento, el Padre Prior me envía la insignia de los Hermanos y me autoriza a llevarla.” Jacques es verdaderamente “acogido como un hermano” en la Fraternidad.
El primer trabajo de Maritain en Toulouse será publicar el texto inacabado de Raïssa bajo el título de Notas sobre el Padrenuestro. Los tres primeros capítulos son un comentario muy clásico del Padrenuestro. El capítulo IV: “la oración de Jesús”, Raïssa propone en la línea de una espiritualidad renovada las perspectivas de lo que llamaba “la contemplación en los caminos”.
Jacques descubrió, además de las “Notas sobre el Padrenuestro”, unas notas espirituales que reunirá y publicará bajo el título de Diario de Raïssa. Mejor quizá que un tratado deliberadamente construido, estas notas daban prueba de la experiencia de la contemplación en los caminos de esta larga búsqueda de una vocación espiritual vivida en el mundo, en medio de las preocupaciones y trabajos de los hombres. Como las Notas sobre el Padrenuestro, dedicadas a los Hermanos, el Diario de Raïssa tuvo en primer lugar una edición no comercial para los Hermanos que eran los primeros destinatarios. Y puesto que la vía espiritual de la que daba prueba el Diario suscitaba la incomprensión de algunos amigos y teólogos, Maritain pidió al P. Voillaume presentar e introducir, y de alguna manera avalar, la obra. En este prefacio, lo recordé al principio, el P. Voillaume acercaba, sin ninguna reticencia, el testimonio de Raïssa a los del P. de Foucauld y Teresa de Lisieux. “Es con un consentimiento de humildad y con el corazón lleno de gratitud como escribo este prefacio de recopilación de notas publicadas bajo el título de Diario de Raïssa. Permítaseme decir en primer lugar hasta qué punto la lectura es significativa para nosotros, hijos e hijas de la familia del hermano de Carlos de Jesús […] en su límpida sobriedad nos muestran todo el desarrollo de la vida escondida de un alma enamorada de Dios, y a la vez presente, con qué incansable caridad, en la vida del mundo, muy especialmente en los movimientos de pensamiento y en la búsqueda artística que caracterizaron su época.”
Haciendo hincapié a continuación en el “verdadero parentesco espiritual” que conecta el camino de Raïssa con la enseñanza de Teresa de Liseux y el testimonio del P. de Foucauld, indica: “La característica dominante de este movimiento espiritual me parece que es la preocupación por volver a dar a la contemplación de Dios el primer lugar, y por traerla al mundo, a la miseria del mundo, como una necesidad vital para la expansión misma de la vida cristiana que los laicos de nuestro tiempo están llamados a vivir.” “La santa carmelita de Liseux, permaneciendo en el claustro, recibió la misión de enseñar un camino hacia la contemplación y la santidad accesible por su simplicidad a todos los que viven en el mundo. En la misma línea, el P. de Foucauld, ermitaño en el desierto, que esperó vanamente algún compañero, coloca los fundamentos de un ideal de vida religiosa que tiene como característica esencial dedicarse a la contemplación en el marco de la vida de Nazaret, de la vida cotidiana de trabajo de los pobres. Raïssa se sabe llamada a una vida contemplativa en el mundo, ahí mismo, en el reino de los artistas, de los poetas, de los filósofos, donde lo mejor y lo más turbio del mundo se encuentran en el punto más alto de seducción y de peligro.
La publicación del Diario de Raïssa en 1963, bajo la autoridad espiritual y el patrocinio del P. Voillaume, no constituye el último acto o el último fruto de la relación que unía la Fraternidad a la “contemplación en los caminos” esperada por los Maritain. En 1965 se acababa el segundo Concilio Vaticano, bajo la guía de Pablo VI, amigo de Maritain, a quien llamaba su “maestro”. El 8 de diciembre de 1965, Maritain, lo recuerdo bien, recibió de manos de Pablo VI el “mensaje del Concilio” a los intelectuales. Y algunos días más tarde, el filósofo tuvo la idea de redactar sus deseos para el futuro. El Campesino del Garona, como su título lo sugiere, fue editado en Toulouse, es decir en la Fratenidad, y la obra acaba con una sección muy larga consagrada a la “contemplación en los caminos”, que constituye el texto más conseguido de los Maritain.
En un libro con Jacques en 1950, Liturgia ycontemplación, Raïssa había redactado, un corto capítulo titulado “la contemplación en los caminos” y consagrado en gran parte “al testimonio y a la misión de Teresa de Liseux”. Terminaba, al final, escribiendo: “Añadamos que en esta contemplación en los caminos al desarrollo a la cual el futuro asistirá indudablemente, parece que la constante atención a Jesús presente y la caridad fraterna sean llamados a desempeñar un papel más importante, incluso en relación a las vías de la oración infusa.” Para curar la modestia de los Hermanos, iremos hasta el final de la cita: “creemos que la vocación de estos contemplativos, lanzados al mundo y a la miseria del mundo, que son los Hermanos de Carlos de Foucauld, tiene en este punto un alto significado, y se puede esperar de ellos nuevas luces en el ámbito de la vida espiritual, con el tiempo y la gracia de Dios.”
En el Campesino de Garona, Jacques volvía a “la constante atención a Jesús presente y a la caridad fraterna” designados por Raïssa como dos “caracteres principales” de la contemplación en los caminos. En cierto modo, como en los dos mandamientos de amar a Dios y al prójimo que, en verdad, “no son más que uno”, estos dos caracteres sólo son uno, ya que mirar a los demás y amarlos como Jesús los ama, es unirse al mismo Jesús. Maritain añade: “el Padre Voillaume me decía un día que aquello era ver a Jesús en ellos”.
La idea, o más bien la palabra “contemplación”, expresa a menudo una mirada hacia el cielo. Incluso la “contemplación del ser amado” deja la idea de una distancia fría. Y en consecuencia la búsqueda de un “ideal contemplativo” parece un escape de la vida y el mundo. No es el caso del amor. Pero si se comprende que la contemplación cristiana se acaba también e indisolublemente en la mirada fraternal sobre los hombres, que ve a Jesús en ellos, y los ama como Él los ama.
La profesión religiosa de J. Maritain en la Fraternidad no tiene en ningún momento sentido clerical alguno, ni supone abandono de la búsqueda que había mantenido toda su vida con Raïssa y Véra como laicos. Para Jacques mismo, esta profesión era la consagración, el “abandono”, la “ofrenda” a Dios de la vida que le quedaba.
René Mougel
[1] ( 25 julio de 1883 – † 31 octubre 1962). Arabista y convertido. Amistad con Carlos de Foucauld por su interés por Marruecos y el mundo islámico. Cf. J. Etxezarreta Zubizarreta, Hacia los más abandonados. Un estilo de evangelización. El Hermano Carlos de Foucauld, 1995, 282-283
[2] Es interesante conocer las dedicatorias en personajes tan cercanos a la espiritualidad foucaldiana incluso por su orden: 1º. L. Massigon; 2º, J. Maritain; 3º, Mgr Le Roy [Primer presidente de la Asociación Foucauld]; 4º, René Bazin [Primer biógrafo de C. de Foucauld]).
Regreso de una visita al Santo Sepulcro, y esperando saber si obtendré mañana por la mañana el permiso para pasar a Israel, he bajado esta tarde al santuario de Getsemaní, para orar en su oscuridad silenciosa y desierta. No puedo encontrarme en el Santo Sepulcro o aquí, en el Jardín de los Olivos, sin sentirme, cada vez, como obsesionado por el pensamiento de la misión de oración de las Fraternidades, y por la importancia que reviste para cada Hermanito, para cada Hermanita.
Ya os dije en la carta fechada en Mar-Elías, que nuestra oración debe ser la oración de los pobres, la oración de los que penan y sufren; pero esta tarde experimento la necesidad de volver a tratar con vosotros este asunto.
Vengo de ver a vuestros Hermanitos del Líbano, y de dejar a dos de ellos en la pobre aldea de Hamud, en las cercanías de El-Kerak, capital del sur de Jordania. Ya empiezan a ofrecerse a los rudos campesinos semi-nómadas de la región de Moab, en el desasimiento mas completo. Mientras tanto, por su lado, las Hermanitas se instalan en Beirut, en dos cuartuchos miserables, que tienen por techo una cubierta ondulada de cinc, en el centro de un palio habitado por unas pobres familias árabes, tan mal alojadas como ellas. La vida no es fácil todos los días para la Fraternidad nómada del Sahara, con los cuidados que requiere el ganado, y bajo la tienda de lana negra cuando el sol abrasa. Y pienso con frecuencia en nuestros Hermanitos marineros, durante las largas jornadas de pesca y durante las noches de mar gruesa; y pienso en aquellos de vosotros a los que el Señor ha llevado entre los negros de la selva, o a los barrios «callampa» de los suburbios de Santiago de Chile.
Cada vez con más frecuencia, Jesús conducirá a sus Hermanitos hasta el corazón de las masas más abandonadas y más despreciadas. Ya vais sintiendo todo su peso sobre vosotros, y cada día soportaréis con más acuidad sus vicisitudes, sus servidumbres; en tanto que los hombres desamparados, los que no encuentran ninguna salida para sus vidas, acudirán a vosotros para acogerse en vuestras Fraternidades.
Vuestras cartas vienen a decirme aquí, en la ciudad en la que el Salvador murió por haber amado hasta el fin, todas las dificultades renovadas constantemente y a veces inextricablemente, a las que os conduce una caridad sincera hacia los hombres. Ya lo sé. Yo os dije que tendréis que saber llegar en ciertos casos hasta el heroísmo en la caridad, pero que también tendríais que saber preservar unas condiciones que son esenciales a la vida profunda de vuestros hermanos. Entre estas condiciones hay unas que son indispensables para conseguir un mínimo de intimidad, necesaria a la realización de una unión de corazón y de espíritu entre vosotros con vistas a una ayuda que os permita servir mejor a Cristo, vuestro dulce Maestro. También hay otras requeridas para que permanezcáis fieles a vuestra misión de «permanentes en la oración». Esta tarde me siento impulsado a hablaros de esta vida de oración, tan importante me parece en el momento en que estamos.
Hace un instante, cuando iba por el camino que conduce hasta la cumbre del Monte de los Olivos, pensaba en los Apóstoles, cuando pidieron a su Maestro les enseñase a orar. Me parece que esta tarde comparto con vosotros todas vuestras dificultades en el camino de la oración y me parece escuchar la confesión de vuestras impotencias, de vuestros temores, en el presente o por el futuro, a causa de las difíciles condiciones de vida en las que tan a menudo tendrá que integrarse vuestra oración. También quisiera contestar a vuestras preguntas acerca del modo de orar.
* * *
La tarde cae; apenas veo ya dónde estoy, cerca de la roca de la Agonía. Aun en pleno día, los sombríos ventanales violados casi no dejan pasar la luz, lo cual obliga, en este lugar, a una oración sin libro, una oración desnuda, una oración de todo el ser. Un Hermano franciscano, muy atento, viene a traerme una vela, y a su claridad continúo escribiéndoos,
¡Tengo tantas cosas que deciros acerca de la oración, y tan difíciles de expresar! Me parece que para que comprendierais unas realidades de esta naturaleza, sería preciso otra cosa que mis palabras. Sería precisa la experiencia personal, la que puede otorgar el espíritu de Jesús, por medio de intuiciones secretas de las que sólo El tiene el secreto. Ni siquiera las palabras pronunciadas por el Señor bastaron para que los Apóstoles hicieran el aprendizaje de la oración.
Pienso en lo que sucedió aquí mismo, y en cómo tras dos años de vida en común con el Maestro de la oración, los mejores de entre los Apóstoles no supieron velar una hora con El. Porque el espíritu está pronto, pero la carne es flaca. Además sabéis muy bien que vosotros fuisteis escogidos por El. ¿No es esto lo primero que tengo que volver a deciros? ¿Cómo podría pensar que mis enseñanzas tuvieran más eficacia para vosotros que las palabras de Jesús?
Sin embargo, debo indicaros cómo hacer para encontrar el camino por el que, en lo sucesivo, sólo podréis avanzar con la ayuda de Dios. Vuestras pesadeces, vuestras impotencias en el instante de orar, os llevan a veces a preguntaros si no habría algún método misterioso que os descubriera, al fin, el verdadero camino a seguir. No creo que exista tal método, y en caso de existir, no consistiría en otra cosa que en lo que ya nos dijo el Señor en el Evangelio. Jesús seguirá siendo siempre el Maestro supremo de la oración, no tan sólo porque habló de ella con pleno conocimiento de causa, sino por el ejemplo de su vida, porque oró mejor que cualquier otro hombre. Jesús vivió la oración perfecta en una vida particularmente atropellada, a veces agotadora. Pero, por encima de todo, sigue siendo el Maestro de vuestra oración, ya que Él solo, gratuitamente y por amor, puede introducir en la inteligencia, en la memoria y en el corazón, el verdadero espíritu de la oración. Nadie sabrá orar mientras que Jesús mismo no se lo haya enseñado en su interior. Siempre que Jesús quiso llevar consigo a algunos de sus Apóstoles para que oraran con Él, a pesar de que habían sido escogidos, nos dice el Evangelio que se quedaban dormidos. En el Tabor, mientras Jesús habla de su próxima muerte con Moisés y Elías, «Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño» (Lc IX, 32). En Getsemaní: «Y viene y los halla durmiendo, y dice a Pedro: «Simón… ¿Duermes? ¿No pudiste velar una hora?»… Y al volver los halló otra vez durmiendo, porque estaban sus ojos cargados. Y no sabían qué responderle». (Mc XIV, 37. 40). Jesús ni se descorazonó ni se impacientó. ¿Por qué habríamos de descorazonarnos nosotros? Los Apóstoles eran hombres rudos, ocupados en la pesca nocturna y acostumbrados a recuperar el sueño atrasado en cualquier momento del día. ¿Quien de nosotros no ha conocido esta especie de revancha del cuerpo sobre el espíritu, en los momentos de desaliento que invaden al trabajador? Se duerme uno en cualquier sitio. Creo, con toda probabilidad, que a veces le sucedería esto mismo al Señor: recobrar durante el día unas noches acortadas por el aflujo de visitantes o por la oración en las madrugadas; durante la travesía del lago con mal tiempo «El estaba en la popa durmiendo sobre el cabezal» (Mc IV, 38).
Os recuerdo estos hechos porque esta atmósfera evangélica nos facilita y nos coloca en la realidad a fin de poder abordar el problema de la oración en nuestras vidas. Nos inquietamos acerca de cosas bien insignificantes. Ya que, a pesar de todo, Jesús encontró el medio de trabajar el corazón de sus Apóstoles hasta que les enseñó a orar.
No podríamos, sin embargo, deducir de esto que vosotros no tenéis otra cosa que hacer más que esperar la visita del Espíritu Santo. Es menester ir a su encuentro y «avanzar por el camino estrecho«. Para orar verdaderamente hay que esforzarse ya en la oración y al mismo tiempo esperar al Señor. No hay ninguna contradicción en todo esto. Excepto cuando viene el Señor para hacerlo El todo, es preciso saber tener en cuenta estas dos realidades: la humilde esperanza, renovada sin cesar, de su visita, y nuestra espera en el esfuerzo. Esto es lo que quisiera explicaros un poco.
* * *
Vuestra constante inquietud está en saber cómo poder encontrar en vuestra vida las condiciones necesarias a una oración auténtica, y cómo disponeros para poder entregaros a ella generosamente. Tal vez en ciertos momentos se os haya ocurrido dudar de que esto sea posible. Confieso que ante la gravedad de este problema me sentí a veces como a la entrada de un camino desconocido, de un sendero terriblemente estrecho y peligroso. ¿Tenía derecho a empujaros hacia él? Pero ¿qué hacer si no? La reflexión, la interrogación de la experiencia -la nuestra, y sobre todo la de los Santos-, la palabra del Señor en el Evangelio, el sentido de la tradición de la Iglesia respecto a la oración, todo esto me tranquilizó. Hoy os escribo completamente seguro de lo que os digo. Los caminos más abruptos son a menudo los mejores, los más rápidos, ya que en el curso de su subida son poco propicios al ocio. Este me parece ser el camino por el que Jesús querría conducir a sus Hermanitos, a fin de que avancen por él con atrevimiento.
Ya os dije en la carta de Mar-Elías, que una de las principales objeciones que suelen hacerse a nuestro modo de vida era que el cansancio, el ruido con que se acompaña la mayor parte del tiempo, así como la pesadez del espíritu provocada por un esfuerzo físico penoso y prolongado, parecían quitar toda posibilidad de auténtica vida de oración. Me prometí a mí mismo volveros a hablar de ello. Ya comprendéis hasta qué punto es grave esta cuestión, no sólo para vosotros, sino para millones de pobres gentes, de humildes trabajadores sujetos a un trabajo a menudo agotador para poder vivir. Presentía que para esta objeción tendría que haber una respuesta. Dios nos acuciaba hacia una participación cada vez más completa en el designo de los pobres, y al mismo tiempo profundizaba en nuestras almas el sentido de nuestra vocación a la oración; y además, leyendo el Evangelio, no parecía que Jesús hubiera querido hacer nunca de la oración algo raro, algo reservado a unos cuantos hombres que gozan de la calma y del reposo necesario a toda meditación fructífera: «Venid a mí todos cuantos andáis fatigados y agobiados… y hallaréis reposo para vuestras almas» (Mt XI, 28, 29).
Sí, es preciso aceptarlo; cuando llega la hora de la oración la mayor parte del tiempo nos sentiremos incapaces de meditar y de pensar. Y toda la cuestión está en saber sí no se ofrecerá a nosotros otro camino para llegar a unirnos con Dios en la oración.
Durante un cierto tiempo, más o menos largo, según los casos, lo normal y aun lo bueno será que nuestro diálogo con Dios comience por un intercambio en el que tendrán parte el pensamiento, la imaginación y las emociones sensibles. Pero este diálogo tiene que progresar consecuentemente hacia una zona de nosotros mismos situada mucho más allá de la sensibilidad, de las imágenes, de la reflexión.
No temáis simplificar y actualizar en cada etapa vuestro encuentro con Dios. Al principio de vuestra vida de oración -principio que puede prolongarse- abrid, por ejemplo, el Evangelio o la Biblia, no tanto para «meditar” las divinas palabras como para permanecer ahí, bajo su luz, leyendo y releyendo lentamente los versículos, sin análisis, sin discutir con vosotros mismos. Podréis escoger el decir con la misma lentitud el Padrenuestro o el Avemaría, o cualquier otra oración, dejando que sus palabras penetren en vosotros una a una. No puedo dejar de pensar aquí en la repetición rítmica de la “oración de Jesús», tan antigua y tan querida de nuestros hermanos de Oriente. Todo esto es sencillo y compatible con el gran cansancio de las jornadas de trabajo. Y son unos «comienzos» a los que convendrá volver de cuando en cuando mucho más tarde, ya empeñados a lo largo de la ruta.
Pero, sobre todo, no apegaros jamás a unos métodos, sean los que sean. Vamos hacia Dios con todo nuestro ser y vamos como podemos. Vamos, lo primero, por medio de todas nuestras actividades humanas, sobrenaturalizadas por la presencia de la gracia en nosotros. Pero ya, y cada vez más, son la fe, la esperanza y la caridad viviendo en nosotros, las que nos unen con Dios mismo. Llegados a este punto, necesitaréis tener mucho valor. Y tenéis que saber que tales actos no dependen de las impresiones sensibles ni de los «consuelos» que encontremos dentro de nosotros. Nos basta saber que somos hijos de Dios y que queremos entregarnos a El. La mejor parte de nuestro ser no es aquella de la que tenemos una conciencia clara. Esto lo olvidamos generalmente. Es cierto que podemos tener conciencia de nosotros mismos por medio de nuestros pensamientos, de nuestros actos voluntarios, de nuestros sentimientos. Pero nuestra naturaleza de hijos de Dios escapa a nuestra atención. ¿Cuál de nuestras facultades sería capaz de alcanzar la realidad de la vida divina, o la señal impresa en nuestro ser por el Bautismo? Las «emociones religiosas» se sitúan más en la superficie; tienen causa distinta a las que tiene la percepción de nuestra naturaleza de hijos de Dios.
De este modo podréis llegar a ejercer vitalmente la fe, la esperanza y la caridad. Y esto es ya una oración muy auténtica, aunque despojada de todo. Tal vez entonces vendrá el Señor mismo a cumplir en vosotros sus Misericordias. No creáis que esta acción divina se verá impedida por la vida pobre que tendréis que llevar. Hermanitos, para vosotros, cuya vocación es precisamente esa vida, el trabajo cotidiano, monótono y duro, podrá, por el contrario y en la medida de vuestra fidelidad, permitir que Dios, sí así lo quiere, obre directamente en vosotros con toda libertad, y que os arrastre en el movimiento mismo de su amor.
No es necesario que lo sintáis. Pensad bien que vuestra oración no es nunca tan real ni tan profunda como cuando se desarrolla fuera del campo de la conciencia sensible. El que ora verdaderamente se pierde de vista, su única mirada es para Dios, y es una mirada de fe pura, de esperanza y de amor, a la que nada sensible y a menudo nada sentido podrá consolar. Tenemos que estar plenamente convencidos de ello, para que podamos ver con confianza el desarrollo de nuestra vida de oración.
Parece como si tuviéramos una falta de confianza al mismo tiempo que se nos escapa todo punto de apoyo; sin embargo, es entonces cuando empezamos a obrar en el plano propiamente divino. Parece como si nos encontráramos en un mal paso, y es justamente que nuestra vida se ordena por fin como Dios lo quiere. Cuando ya no caminamos sino obligados por la fe, cuando «permanecemos» ante el Santísimo Sacramento sin saber bien cómo o por qué, cuando nos entregamos al servicio de los demás sin gusto ni atracción, cuando las palabras del Evangelio o de la Liturgia nos parecen desprovistas de otro atractivo, de todo poder emotivo, es entonces, si fuimos fieles y si Dios lo quiere, es precisamente entonces cuando se cumple en nosotros el misterio de la fe y cuando empezamos a penetrar en aquella zona de nuestra alma, en la que surge la vida divina. Únicamente a la luz de esta perspectiva y convencidos de su verdad, es como podemos reflexionar en el problema de la oración.
Meditar no es, pues, orar. La meditación puede ser, todo lo más, como una preparación a la oración, y para algunos su puerta de entrada. No debemos querer tomar otro camino que el que Dios nos ofrece. Debemos orar como podamos y no tenemos que inquietarnos intentando rezar como no podemos. No quiero decir que la meditación no juegue su papel en este proceso, dentro de poco trataré de ello. Lo único que quiero decir es que la meditación no es la oración, que ni siquiera es esencial como preparación a la oración cuando circunstancias independientes de nuestra voluntad nos obligan a seguir otro camino. Porque existe otro camino.
Todavía más, la meditación puede en ocasiones llegar a ser un obstáculo para la oración, como una pantalla colocada entre Dios y nosotros, como una ruta demasiado cómoda que invita a la pereza. No abandona uno fácilmente la carretera para tomar un sendero abrupto, y no obstante es indispensable abandonarla.
Ya hemos visto que Dios no puede venir a nuestro encuentro sino en la medida de la realidad de nuestro amor, y ésta sólo se encuentra en el camino de la fe pura. Este sendero pasa a través de la oscuridad producida por el desasimiento de la razón y de lo sensible. Ahora bien, este desasimiento es exigido, no sólo por la naturaleza misma de la purificación, sino también por la manera habitual de obrar del Señor Jesús, que no puede acercarse a nosotros sin abrazarnos con su agonía y con su cruz. Todos aquellos que pasan por la meditación tendrán necesariamente que llegar a esto, y el Espíritu Santo, si son fieles, vendrá a su hora para romper la ordenación demasiado racional de su «vida espiritual» y hacer imposible la meditación, con objeto de que su voluntad se vea obligada a dirigirse directamente hacia Dios solo, más allá de toda idea y de todo sentimiento. Ya que el sentimiento no es la oración, como no lo es la meditación. El sentimiento es inconstante y útil únicamente al que comienza, sirviéndole como de cebo para la voluntad. Porque el verdadero amor reside en la voluntad.
Tenemos que creer firmemente que lo verdadero de la oración, la vía de la unión con Dios, está más allá de los sentimientos, de las palabras y de las ideas. Se suele empequeñecer demasiado la realidad de la oración; no se tiene una idea bastante elevada de ella. No se cree suficientemente que Dios puede venir realmente a nosotros para hacer nuestra oración. O bien si se cree en ello, tiene uno la tendencia a reservar su éxito para un escaso número de personas aisladas, a las que el claustro procura un ambiente de silencio favorable a la meditación.
¿Por qué tendría que ser así? Aquellos que se ven privados de meditar debido a sus condiciones de vida, ¿se verían privados de orar por el mismo motivo? ¿No está la oración más allá de la reflexión? Los pobres no pueden meditar. No están dispuestos para ello, no poseen la cultura requerida, no conocen el mecanismo de la meditación o bien están demasiado cansados. Participando en la vida de los trabajadores, tendréis también que participar en su modo de oración. Tampoco vosotros estáis dispuestos para meditar cuando regresáis a vuestra morada, atontados por el ruido de las máquinas de la fábrica, deshechos por el trabajo en el fondo de las minas, embrutecidos por las largas horas de trabajo al sol en una granja, con la cabeza pesada debido a la intoxicación producida por los gases que lanza al aire la fábrica de plásticos; o llenos de sueño después de las jornadas de pesca en el mar. No podéis meditar.
Pero si podréis, a fuerza de valor perseverante y por medio de actos de fe y de amor, sencillos y desnudos, sí podréis poneros delante de Dios, y esperarle, abriéndole el fondo de vuestro ser tal y como es. Espera de su venida en el deseo, pero ante todo espera en esa sensación de impotencia, de miseria, de cobardía. El resultado será, con frecuencia, una oración dolorosa, tosca, poco espiritual en apariencia. A través de este esfuerzo de fe, en la valiente actitud del cuerpo, se traducirán la sed y la esperanza de Dios, que después de todo está en lo más profundo de nosotros. La voluntad quiere orar; por lo menos desea y pide la oración. Y es esta pobre materia lo que únicamente podréis ofrecer a Dios ciertos días, y es a El a quien pertenecerá transformarla en una verdadera oración y un medio de unión con El.
Sin duda tendréis que ser pacientes y estar constantemente atentos a una perseverancia valerosa, a través de los aplastamientos y de los embrutecimientos. Este continuo despertar en el ejercicio, ya muy despojado en sí de las virtudes teologales, durará para algunos quizá toda la vida. Dios, que os conduce, lo sabe. Pero nosotros podemos, nosotros debemos pedir humildemente y sin cesar al Señor Jesús que nos otorgue este don, que venga El mismo a orar en nosotros y a decir de una manera inefable la oración que tan sólo El puede decir a su Padre.
Vosotros le llevaréis la sed de su venida y vuestra espera, muy a menudo totalmente apoyada, apenas con una oración, al parecer. Pero Dios puede servirse de ello como de un privilegio para transformarlo todo en una purificación auténtica de los sentidos y de la inteligencia, y conduciros hasta la unión divina. Y será imprescindible que os digáis que una unión muy auténtica, en medio de vuestra vida física tan dura, podrá revestirse de unas formas tan sencillas, -me atrevería a decir tan triviales- que no tendréis siempre necesidad de reconocerla como tal.
Esta convicción es la que tenéis que grabar en el fondo de vuestro corazón: creer que ese camino es bueno, que es un camino de atajo que lleva a la unión en la fe y que Dios vendrá para hacer vuestra oración a pesar vuestro. No se cree en esto suficientemente, y por eso no llega uno a acostumbrarse a la idea de una oración sin forma.
Y sin embargo, todos los amigos de Dios han pasado por ahí. Sabemos bien que, a fin de cuentas, lo que condiciona el encuentro con Aquel que viene al alma de los que le esperaron, con fidelidad y deseo, es únicamente la generosidad del amor y de la fe. Aquí todo es don gratuito del Señor, pero de todos modos existe también su promesa: «Si uno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn XIV 23).
Al término de la evolución de la oración, todos se encuentran en un mismo modo de unión con Dios, sin forma y sin ideas. Pero los caminos habrán sido diferentes, aunque el sentido del trabajo hecho por el espíritu de Dios haya sido siempre el mismo para todos. Nuestro camino es distinto al de los monjes y al de los hombres que viven aislados del mundo, y para la mayor parte de nosotros ese camino no pasará habitualmente por la meditación. Y si pasa, será por una corta etapa. Muy pronto nos veremos obligados a abordar el sendero oscuro de la ausencia de sentimientos, de consolaciones, de representaciones, con todo lo que esto trae consigo de sequedades involuntarias y vacío interior. Por nuestra humilde perseverancia, llena del deseo del Amor, solicitaremos de Dios que intervenga para transformar todo esto en purificación de la fe.
Tal es nuestro método de oración. Por tanto, no tenemos por qué sobrellevar nuestra vida de cansancio y de trabajo como una condición inferior y desfavorable, sino que tenemos que abrazarla resueltamente, como un medio privilegiado para nosotros de purificación, de introducción, si Dios lo quiere, en el don gratuito de la unión divina. Tengamos el deseo de marchar en línea recta hacia una oración dolorosa de fe. La imposibilidad de meditar, aunque provenga de circunstancias exteriores puramente materiales, podrá entonces llegar a ser, bajo la acción divina, un verdadero paso a la oración de fe. El Señor no nos prometió otra cosa. Estoy seguro de que Dios aceptará este itinerario reducido para las pobres gentes. Pero creo que para merecer este beneplácito es preciso ser humildes y verdaderamente pequeños.
No tengáis miedo de extraviaros por este camino. No tendréis nada que temer, a condición de perseverar con valor; es realmente la única condición esencial. Jesús no nos ha pedido otra cosa. Es digno de notar que, reuniendo todas las enseñanzas de Jesús acerca de la oración, no encuentre uno, aproximadamente, sino una sola recomendación: la perseverancia. Y el Señor insiste, vuelve sobre ello incesantemente, con la ayuda de varias parábolas, siempre acerca del mismo tema. Parece como si quedara uno decepcionado. Esperábamos una iniciación más elevada. Todo esto nos parece muy primario. Entonces vamos a buscar a otra parte unas directivas que satisfagan mejor nuestra curiosidad o nuestra necesidad de complicar las cosas. ¡Es demasiado sencillo! Olvidamos que la recomendación de esta perseverancia importuna, en un acto tan desnudo de todo atractivo para el hombre, demuestra, justamente, que Dios se propone hacer el resto: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe; y el que busca halla; y al que llama se le abrirá» (Mt VII, 7-8). No busquemos otros métodos, contentémonos con el que nos indica el Señor. El Evangelio seguirá siendo siempre el código por excelencia de la oración de las pobres gentes, ya que todo lo que en él está indicado está siempre a su alcance.
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Por tanto, la enseñanza evangélica acerca de la oración puede resumirse en estos dos puntos esenciales: una promesa de que Dios vendrá a nuestro encuentro, cuando y como Él quiera, y ésta es la parte de Dios, la principal, ya que es para nosotros la esperanza, que no quedará nunca decepcionada, de que nuestra oración terminará en El; una invitación urgente a la perseverancia, pase lo que pase y a pesar de todas las apariencias desfavorables, y ésta es nuestra parte de trabajo. ¿Qué necesidad tenemos de saber más?
Para aprender a orar es preciso, pues, sencillamente, orar, orar mucho y saber volver a comenzar a orar indefinidamente, sin cansarse, aunque no haya respuesta, aunque no se produzca ningún resultado aparente. Si Jesús insistió tanto acerca de la perseverancia, es porque sabía que nos sería muy difícil, a causa de una necesidad nuestra de cambio y de novedad.
Para ayudarnos a perseverar os será preciso recordar muy a menudo las características habituales de la oración de fe.
Para orar no esperéis nunca a tener ganas de hacerlo, es una ilusión peligrosa, a la que muchos deben el haberse alejado de Cristo. El deseo de la oración sólo puede nacer de la fe. Desear orar es ya un efecto de la oración. Será suficiente con que sepáis que Dios os espera. Dios siempre desea veros orar, aun cuando no tenéis ganas de hacerlo, tal vez, sobre todo en ese momento. No olvidéis nunca que cuanto menos recéis peor lo haréis y menor deseos tendréis de hacerlo.
Naturalmente, no debéis esperar nada de la oración para vosotros mismos. Es para Dios por lo que hay que orar, no para obtener una satisfacción, ni para tener la sensación de haber orado bien o de poseer un buen método de oración. No debe uno desear otra oración que la que Dios nos da.
No sé que exista en el Padrenuestro ninguna petición cuya respuesta pueda traernos una satisfacción personal, ni siquiera un resultado inmediatamente comprobable. Es menester perseverar sin ver, y por tanto saber volver a empezar sin objeto, por nada, tan sólo por El. Si en verdad todo sucede así, quiere decir que necesitaréis tener mucho valor para orar y todavía más para prolongar la oración y perseverar en ella. El Padre de Foucauld pedía siempre valor, como algo indispensable, y continuamente se quejaba de no tener bastante.
No temáis llevar a vuestra oración ni sacar de vuestra misma oración un fuerte sentimiento de disgusto por vuestras debilidades, vuestras faltas y vuestra miseria. Leed de nuevo la parábola del Fariseo y el Publicano; los dos subieron al Templo para orar, y comprended por qué las preferencias del Señor se inclinaron manifiestamente hacia el Publicano, tímido y consciente de sus faltas. También es muy probable que cuanto más generosa haya sido vuestra oración, el sentimiento de vuestra incapacidad sea tanto más lancinante y más agobiante para vosotros. ¡Qué importa! Por tanto, tenéis que ser delante de Dios tal y como sois, y aceptar la oración como Dios os la pide y no de otro modo. Sobre todo, no intentéis aligerar vuestra oración, haciéndoosla sensible ya a vosotros mismos, por ejemplo, cogiendo un libro. Probablemente perderíais el tiempo. Se trata únicamente de estar realmente presente delante de Dios, no por medio del pensamiento, de la imaginación o de los sentimientos, los cuales quizá vagabundeen por otro lado, sino por el deseo de vuestra voluntad, constantemente reajustada. A veces la única manera a vuestro alcance de poder expresar esta voluntad, real sin embargo, será permaneciendo físicamente presentes, de rodillas, a los pies del Tabernáculo. Y esto bastará. Esta aspiración silenciosa de vuestro ser hacia Dios, si es auténtica, representa infinitamente más que la meditación o la lectura. En el tiempo de la oración es preciso saber aceptar sus exigencias.
Por tanto, muchas veces tendréis que ir a la oración como se va a la cruz. Es mucho más profundamente cierto de lo que pensáis, ya que es, justamente, en la oración cuando estáis asociados al trabajo de redención que se opera en la cruz. Id a la oración para perderos en ella y estaréis seguros de realizar por entero la voluntad del Señor: «pues quien quisiere poner a salvo su vida, la perderá; mas quien perdiese su vida por causa de mí, la hallará» (Mt XVI, 26).
Hermanitos, os aseguro que no existe otro método más cierto ni más en conformidad con el Evangelio. Si hacéis esto no podréis extraviaros. No temáis aceptar el vacío de pensamiento y de sentimiento, con tal de que no haya sido provocado artificialmente por medio de vuestros esfuerzos y con tal de que hagáis pasar a ese vacío la espera silenciosa, valiente, dolorosa tal vez, en todo caso oscura, de la visita divina.
Sabed esperar el encuentro con Dios, aunque sea toda vuestra vida, sin dejar de creer en El y renovando cada día esta espera. Esto es perseverar con fe en las palabras del Señor y tener su lámpara abastecida de aceite.
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Toda vida en el Universo visible está sujeta a un ritmo; la vida de las plantas como la vida de los cuerpos y la del espíritu, y los dos tiempos de este ritmo se oponen, como se opone el ejercicio al reposo. Toda orientación en la vida expone esta a un peligro, a la ruptura del ritmo, ruptura motivada por la utilización aburrida de un solo tiempo de ese ritmo a expensas del otro. La vida divina del hombre y su oración no escapan a esta ley ni a sus riesgos. El modo de vida de las Fraternidades, el de las pobres gentes aprisionadas en el engranaje de la preocupación diaria, tiene, pues, sus peligros propios, lo mismo que los tiene la vida del solitario o la del monje. En el caso de los trabajadores, el embotamiento de la inteligencia puede arrastrar consigo una cierta pesadez de la voluntad; el exceso de fatiga puede romper el equilibrio nervioso y el dominio de sí mismo; de igual modo que la agitación y el ruido continuo pueden, a la larga, alterar el silencio interior del corazón. Es, por tanto, indispensable procurarse, a intervalos regulares, un tiempo para la reflexión acerca de la fe, del Evangelio, de uno mismo, con objeto de no engañarse sobre las propias disposiciones íntimas.
Por tanto, no podréis prescindir, sobre todo las Fraternidades de trabajo o de ayuda, de unos momentos de calma física, de reposo, de silencio exterior, que debéis procuraros periódicamente. Este ritmo es vital, al mismo tiempo que profundamente humano. El mismo Jesús comprendió su necesidad y respetó sus exigencias: sus tres años de vida pública no solamente comienzan con un retiro de cuarenta días, sino que están como jalonados por escapadas al desierto, de noche o al amanecer, con objeto de orar en paz durante algunas horas; otras veces llevando a su lado a sus Apóstoles, para un descanso de varios días.
Este es el momento de recordaros el gran mandamiento del descanso semanal, impuesto por Díos al hombre desde el origen del mundo. El descanso del séptimo día representa un ritmo tan esencial, que Dios marcó con él a la Creación desde su primer impulso vital, y aparece ante nosotros como enlazado a la misma Creación, de la que procede como un reflejo, como una imitación. «Y rematada en el día sexto toda la obra que había hecho, descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera: y bendijo al día séptimo y lo santificó, porque en él descansó Dios de cuanto había creado y hecho» (Gen 1, 3). «Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás tus obras, pero el séptimo es día de descanso, consagrado al Señor tu Dios…, pues en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo santificó» (Ex 8, 11).
«No dejéis de observar mis días de descanso, ya que son entre vosotros y Yo un signo para todas vuestras generaciones, para que sepáis que soy Yo, Yahvé, quien os santifica» (Ex XXX, 1, 13, 14).
¿Nos damos cuenta de que se trata de un precepto especialmente grave y sagrado? Su trasgresor era castigado con pena de muerte, como si hubiera atentado a una obra viva de la Humanidad. Este ritmo de reposo es sagrado, concurre a perfeccionar la semejanza divina en el hombre, en el plano de la acción, hasta el punto de que la falta de observancia de esta Ley llevará consigo una degradación de la imagen de Dios en el.
La Humanidad ha perdido el sentido de esta Ley divina, y si vuelve a encontrar el principio que gobierna el día semanal de descanso, ya no sabe vivirlo como un reposo del hombre creado a imagen de Dios. Los hombres ya no saben cómo detener sus actividades, encadenadas unas a otras. ¿Es que siguen siendo dueños de sus actos? La misma cristiandad tampoco ha escapado al contagio; no retiene ya más que el contenido material del mandamiento de la Iglesia, muchas veces para observarlo con cierto formalismo, a menudo olvidando lo sustancial de un precepto siempre en vigor dictado por el Creador, cuya amplitud desborda las prescripciones de la Iglesia, que vinieron más tarde para precisarlo y pulirlo, pero no para abolirlo.
Estas alternativas regulares de reposo y actividad son, por tanto, una necesidad vital para el cuerpo y para el alma, para el trabajo y para la oración; necesidad transformada por Dios en un imperativo de orden moral. Esto lo olvidamos fácilmente. Aunque asistamos a Misa los domingos y suspendamos los trabajos llamados «serviles» seguiremos en deuda con Dios si continuamos ocupando el resto de nuestra jornada con actividades de otro género, igualmente desbordantes y absorbentes. La ley tiene un espíritu que es preciso comprender bien. ¿Sabemos todavía someternos humildemente, cuando podemos hacerlo, a la ley del reposo evangélico, a ese apaciguamiento nervioso tan necesario? Desobedecer a una ley tan esencialmente vital tiene graves consecuencias.
Hermanitos trabajadores, tenéis que hacer un esfuerzo para respetar mejor el espíritu de esta Ley divina; un ritmo periódico de reposo para el cuerpo y para el alma es una obligación que compromete a vuestra conciencia. Cuando no os haya sido realmente posible orientar en este sentido el día mismo del domingo, no debéis consideraros como liberados de las exigencias que Dios mantiene sobre vuestras vidas.
En la mayoría de los países del mundo existen textos legales que imponen y reglamentan el descanso semanal; y la gran masa proletaria no ha podido en muchas ocasiones, reconquistar la libertad de poder guardar ese ritmo esencial de la vida, sino a costa de largas luchas. Tenéis que combatir para conservar esta libertad.
Sois pobres, sin duda, y nada más que esto, sometidos a la condición general de los trabajadores, y no siempre tendréis la posibilidad de observar íntegramente el contenido del precepto; pero tenéis que hacer todo lo que podáis, y no sé si siempre hicisteis todo lo que debéis para cumplirlo. Temo que ese engranaje de actividad se apodere de vosotros, esa esclavitud que coloca al hombre en la casi imposibilidad de detenerse para descansar, para el reposo, llevándole más bien a la sustitución de una actividad por otra distinta. Algunos tendrán que hacer un verdadero esfuerzo para poder aceptar las leyes ineluctables de su humilde situación de trabajador manual, teniendo que aprender cómo dejar su cuerpo en reposo.
Pero existe también, y es más importante, aunque dependiente del primero, el ritmo de la vida del alma; he ahí por qué el día de descanso está santificado por Dios. Tocamos aquí nuestras relaciones directas con Él. Algunos horarios de trabajo no son compatibles con el desarrollo, no digo de una vida religiosa o sacerdotal, sino sencillamente cristiana, ya que los momentos de descanso, diarios o periódicos, que llevan consigo son insuficientes para permitir un mínimo vital de reposo espiritual, de oración silenciosa, de alimentación de la fe por medio de la reflexión. Y esto, Hermanitos, lo sabéis bien vosotros, los que habéis experimentado ciertos modos de vida; la del marinero, por ejemplo, o la del capataz de granjas; cuando unos estatutos de la profesión, inexistentes o insuficientes, no reglamentan la duración de las horas de trabajo en un sentido humano. Ya recordáis con qué insistencia pedí que tomarais todas las disposiciones a vuestro alcance, con el fin de insertar en estas modalidades laborales el mínimo vital de respiración humana y cristiana, aunque vuestros compañeros de trabajo no sientan ya su necesidad, como consecuencia de un acostumbramiento puramente mecánico, y también porque han perdido el recuerdo de las exigencias que tiene la vida del espíritu. Es preciso que las Fraternidades estén presentes en esos ambientes, donde los hombres están más agobiados por el trabajo corporal, donde son más desgraciados, aunque a veces no lo sepan, pero, sobre todo, donde están más lejos de Dios, y donde los cristianos no pueden llevar ya una vida cristiana. Estos, más que ninguno, necesitan vuestra presencia, pero no podemos permanecer con ellos, sino después de haber obtenido el respeto de las exigencias esenciales a nuestra vida de oración; son aquéllas que todo hombre debería exigir, las que todos tienen el derecho de pretender; las exigencias de un Hermanito no van más allá de las que todo cristiano debería obtener para si mismo, ya que él también tiene el deber de luchar por un ritmo de vida compatible con la perfección cristiana. Ahora bien, estas condiciones no bastan para realizar nuestra vocación, y son precisamente las que tenemos que mantener firmemente.
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Este ciclo vital de respiración espiritual se concreta, para nosotros, en la media jornada semanal de silencio, de lectura y de oración; y en la jornada mensual de retiro y revisión de vida; sin contar el retiro anual, y el ritmo más amplio de sesiones periódicas de estudio, y estancias en las Fraternidades de adoración, a intervalos más o menos largos.
Ahora comprenderéis mejor la importancia de este ritmo de vida, sobre todo la del ritmo semanal y mensual. Aprended a poner en práctica vuestra energía y vuestras facultades inventivas, a fin de encontrar el modo de observarlos, ya que su realización dependerá, a menudo, de una buena organización del tiempo, así como del descubrimiento de un buen lugar de retiro. En efecto, la experiencia demostró que ésta era la mejor solución; es preciso dejar la Fraternidad e ir a otro sitio; a la naturaleza, a una iglesia, a un monasterio, o a una casa amiga silenciosa. Sois como esos pobres que viven tan estrechos y que necesitan, mucho más de lo que se cree, esos oasis de silencio que son los monasterios, con tal de que éstos sean fieles a su vocación y acojan fraternalmente a todos aquellos que desean rehacerse en el espacio de recogimiento limitado por su clausura. Es muy oportuno que por este medio seáis capaces de experimentar, por vosotros mismos, hasta qué punto son indispensables los monasterios de clausura para la respiración espiritual de una ciudad cristiana.
Sed muy firmes en la observancia de estos retiros periódicos. Las exigencias del trabajo, las de la caridad, vendrán sin duda a trastornar a veces este orden. Ya sabéis por experiencia que para realizarlo se necesita cierta agilidad de espíritu, pero no vaciléis respecto al principio que lo inspira. A veces os sucederá lo que le sucedió al mismo Señor, que os persigan hasta el lugar mismo de vuestro retiro, y que tengáis que sacrificar, a pesar vuestro, una jornada de recogimiento apenas comenzada. Jesús se dejaba llevar al desierto, y regresaba pacientemente para constituirse prisionero de las muchedumbres; lo que no le impedía aprovechar de nuevo la primera ocasión de adentrarse en el desierto: «Y al amanecer, muy oscuro todavía, levantándose, salió y se fue a un lugar solitario y allí hacía oración. Y fue en su busca Simón y los que con él estaban, y le hallaron y le dicen: «Todos andan buscándote»» (Mc I, 35-36).
Es necesario comprender bien el alcance de esta alternativa, que os lleva a perseguir la unión con Dios en dos direcciones de vida diametralmente opuestas. Por un lado, las jornadas de trabajo cargadas de fatiga, atropelladas por la importunidad de aquellos que tienen necesidad de vosotros, os obligarán a tener una oración oscura, informe, a veces dolorosa, de la que ya conocéis ahora su valor de purificación y de unión con Dios en la fe. Por otro lado las horas de recogimiento más prolongadas, las horas de silencio, os encontrarán, a causa del contraste, como un poco psicológicamente inadaptados, por lo menos al comienzo. Es normal. De esta manera os obligarán a un esfuerzo espiritual en el plano de la lectura meditada, y de la profundización de la fe; esfuerzo muy útil, ya que sentiréis menos la tentación de complaceros en vosotros mismos, deteniéndoos a considerar lo que hacéis. De igual modo, también os costará más trasladaros sin transición al silencio exterior, lo cual no significará necesariamente que os falten generosidad o silencio interior. A veces se tratará de una simple desorientación y el esfuerzo para sobreponerla dará su pleno valor de desasimiento al silencio exterior, que observaréis durante esos cortos tiempos de retiro en el «desierto». Esto os permitirá aseguraros acerca de la realidad del silencio interior, que habréis debido guardar en el fondo de vuestro corazón, durante vuestra vida ordinaria. Estos períodos alternos de vidas diferentes son para vosotros una garantía de verdad en la fe. Entregándoos generosamente a una y otra, sin intentar eludir lo que cada una de ellas os ofrece de desasimiento, de entrega generosa, evitaréis los riesgos inherentes a cada una de estas formas de vida. Vuestra oración, vuestra fe, vuestro amor de Dios y de los hombres, estarán al abrigo de las ilusiones. Por lo que concierne a la oración, ya que es de ella sobre todo de lo que os hablo hoy, os veréis constantemente constreñidos a abordarla en tales condiciones que os obligarán a un esfuerzo de fe, ya se trate de la hora de adoración al atardecer de un día de trabajo, o del silencio que guardaréis durante una jornada de retiro.
Insisto en el valor de acercamiento hacia la unión divina que tiene en vuestro ritmo de vida el período de trabajo y el de fatiga. No es un tiempo durante el cual vivimos como de algo adquirido, consumiendo energías espirituales almacenadas durante nuestros momentos de retiro; como si fuera un depósito que se llenó y se vacía en poco tiempo. Semejante concepto es totalmente falso. Ello equivaldría a rechazar en la vida de oración llevada con coraje en circunstancias difíciles, un valor de crecimiento en el amor. Un cuerpo vivo se fortalece tanto con el ejercicio como con el reposo. Estos dos elementos son igualmente necesarios a la salud y al desarrollo. El descanso continuo debilita al cuerpo, así como el exceso de ejercicio arrastra consigo el desequilibrio nervioso. Es imprescindible alternar el reposo con el ejercicio a fin de lograr el desenvolvimiento vital. Lo mismo sucede con nuestra oración viva. En ese estado de expropiación de nosotros mismos, en el que nos sumerge el esfuerzo valeroso para orar al atardecer de una jornada agotadora, estamos tanto, y a veces más, a disposición de la acción santificadora del espíritu divino, que en el transcurso de un reposo apacible en la lectura meditada, hecha en el umbral de una jornada silenciosa; pero uno y otro son los dos elementos que aseguran, al abrigo de las ilusiones, el equilibrio y la profundización generosa de nuestra vida por Dios.
La experiencia nos lleva a constatar que somos más tentados en la soledad del desierto y quizá pudiéramos deducir que es mejor no ir al desierto. No. No es que seamos más débiles en el desierto, sino que se nos pide allí una elección más absoluta y radical, elección cuyas alternativas no valoramos acertadamente en el curso normal de la vida porque entonces las vemos diluidas en la multiplicidad de los acontecimientos diarios y desfiguradas por compromisos más o menos inconscientes.
El desierto nos aclara lo esencial de nuestra fidelidad a la vocación contemplativa: “permanentes en la oración” “salvadores con Jesús” por medio de una oración de alabanza e intercesión cuya intensidad requiere lo absoluto del desierto”.