Un documento escrito en 1953 por Mons. Giovanni Battista Montini, futuro Papa Pablo VI, cuando era prosecretario de Estado. Es un prefacio al libro del Padre René Voillaume: Au coeur des masses. La vie religieuse des Petits Frères du père de Foucauld .
«El volumen había sido publicado en Francia en 1950 y en una segunda edición dos años después, y recientemente había sido estrenado en Italia con el título Come loro. La vida religiosa de los Hermanitos del Padre de Foucauld , Roma, 1952. Escrito el junio siguiente, el texto de Montini nunca fue publicado en el original italiano». Después de muchos años, «lo presentamos en esta página tomado de: Giovanni Maria Vian, Los santos de un papa moderno: las canonizaciones de Pablo VI en Santi del Novecento. Historia, hagiografía, canonizaciones , editado por Francesco Scorza Barcellona, epílogo de Franco Bolgiani, Turín, Rosenberg & Sellier, 1998» (cf. L’Osservatore romano , 12 de febrero de 2014).
Sin embargo, debemos señalar que el manuscrito de Montini fue publicado por nosotros, cuando nos llegó el texto en 1985, acompañado de una carta del padre Voillaume, donde explicaba la historia: en un principio, el futuro Pablo VI habría aceptado la solicitud de inmediato, pidiendo por poco tiempo; pero posteriormente «con esa delicada humildad que lo caracterizaba, me pidió que lo liberara de su promesa. Me dijo que la lectura de esas páginas le había revelado la importancia y la novedad de los temas y que eso requería un trabajo de reflexión de su parte». Luego Voillaume presenta la novedad: «Hace algunos meses Don Pasquale Macchi, secretario personal de Pablo VI, me envió una copia, encontrada entre los papeles del Papa, de un borrador de prefacio, fechado en junio de 1953, escrito de su puño y letra». Y con una mezcla de asombro y quizás un toque de perplejidad, el Padre concluye: «Estaba lejos de imaginar cuando Mons. Montini se disculpó por no poder darme su prefacio a «Ven loro» si el texto ya estaba escrito. Es conmovedor ver, leyendo estas páginas, hasta qué punto el que se convertiría en Pablo VI había reflexionado sobre los aspectos más esenciales y entonces tan nuevos de la vocación religiosa de las Fraternidades” [cf. Jesús Caritas – Familia Carlo de Foucauld, XXV (abril 1985), p. 79-85]. había reflexionado sobre los aspectos más esenciales y entonces tan nuevos de la vocación religiosa de las Fraternidades» [cf. Jesús Caritas – Familia Carlo de Foucauld, XXV (abril 1985), p. 79-85]. había reflexionado sobre los aspectos más esenciales y entonces tan nuevos de la vocación religiosa de las Fraternidades» [cf. Jesús Caritas – Familia Carlo de Foucauld, XXV (abril 1985), p. 79-85].
René Voillaume -como se sabe- no participó activamente en el Concilio Vaticano II, «no era un experto, ni oficial ni privado, pero la amistad que le unía a muchos obispos justificaba sus estancias. Ciertamente fue un consejero escuchado por muchos» (G. Cottier). Los numerosos viajes para visitar las fraternidades dispersas habían hecho de él «un hombre mucho más realista, en contacto con el mundo real, moderno, progresista» (Y. Congar). Siguió de cerca los desarrollos del Concilio y tuvo la oportunidad de darse cuenta personalmente de cuánto se preocupaban los sucesivos Papas, con gran apertura, por las relaciones entre la Iglesia y el mundo obrero. Pío XII le concedió una larga audiencia en enero de 1949; Juan XXIII no sólo recibió a Voillaume a finales de 1960 sino que, como sabemos por el testimonio de Mons. Loris Francesco Capovilla, durante la primera sesión del Concilio El Papa Roncalli conservó dos entre sus papeles personalesNotas preparadas por el Padre Voillaume sobre: «El apostolado de la Iglesia frente al ateísmo contemporáneo y las masas sin Dios» y «Reflexiones sobre el tema de las liturgias orientales». Pablo VI, que conocía muy bien al fundador de los Hermanitos de Jesús, pidió su colaboración sobre el problema del trabajo de los sacerdotes y sobre la posición de la Iglesia frente a la clase obrera que, según el Papa, debía ser abordado por el Concilio (cf. R. Voillaume, Charles de Foucauld y sus discípulos , São Paulo, 419ss.). Que «el Padre» gozaba de gran estima, por su Au coeur des massesy otros escritos, el compromiso conciliar y la creciente influencia de las fraternidades, fue subrayado por la invitación de Pablo VI a predicar los ejercicios espirituales al Vaticano a principios de la Cuaresma de 1968 (ver las relaciones en Retraite au Vatican, Fayard, 1969; tr . it .: Con Jesús en el desierto , Morcelliana, 1979).
“Así nació –escribía Montini en el prefacio de 1952– un volumen de espiritualidad que enriquece la literatura religiosa con un aporte muy notable”. Más que un tratado, la colección de textos de Voillaume debe considerarse un «documento de vida religiosa» fruto de la reflexión sobre el testimonio de Charles de Foucauld, una relectura que «prueba la perenne capacidad de la Iglesia católica para generar auténticos seguidores de Cristo». Después de esbozar los múltiples aspectos contenidos en la obra, Montini añade: «cuántas almas, pues, que anhelan seguir al Maestro encontrarán su propia lección de santidad en las páginas del Padre Voillaume».
Parece oportuno subrayar que la motivación de Mons. Montini en no haber entregado el manuscrito al interesado, quizás porque se trataba de un mensaje espiritual muy progresista para ese momento histórico y que su rol en la Secretaría de Estado le había obligado a la prudencia. Pero esas intuiciones, puestas en práctica antes y después del Concilio por algunos, hoy las vuelve a proponer con fuerza el Papa Francisco cuando exige a todos los bautizados que se hagan misioneros: «Despertar al mundo», «Ir a las periferias, no sólo a las geográficas». Estos temas fueron abordados de manera particular durante una larga conversación entre el Papa y los Superiores Generales de los institutos religiosos masculinos al final de su 82ª Asamblea General celebrada en Roma en noviembre de 2013, donde fr. Janson Hervé, prior de los Hermanitos de Jesús (cf. La Civiltà Cattolica , 4 de enero de 2014).
Concluimos recordando a nuestros amigos que el mensaje espiritual de frère Charles y la relectura hecha por el Padre ha sido abordado en nuestro volumen: Charles de Foucauld y René Vollaume. Experiencia y teología del «Misterio de Nazaret» , Cittadella, Asís 2011.
Me dirijo en primer lugar a mi Familia, a todos sus miembros, chicos y grandes, cercanos y lejanos. Quiero decirles a todos, cómo los he amado, a pesar de que mi vocación no favorecía los encuentros Familiares. Y que mi temperamento poco expresivo, no permitía la expresión de mis sentimientos más profundos.
El afecto espontáneo que envolvió mi 90 cumpleaños, liberó los sentimientos de ternura que a esa edad se tienen hacia todos. Y entre ellos uno siente el sufrimiento de no poder aliviar a los hombres de las preocupaciones, penas y miserias que les Invaden. Mi esperanza y mi alegría descansan hoy, en la posibilidad que tengo en Dios, por la gracia de Cristo, de intervenir en alivio de las miserias humanas de la humanidad y especialmente en las de aquellos que he conocido y amado en esta tierra.
Y ahora, liberado de todas las incapacidades de comunicar y de todas las limitaciones unidas a la condición terrestre, os prometo, si Dios lo permite, estar presente a cada uno y pedir al Señor que os bendiga, que os ayude en los momentos difíciles y en las pruebas dolorosas. Pediré especialmente por los matrimonios jóvenes y por las nuevas generaciones para que sigan generosamente fieles a la fe cristiana. Suplico a la Providencia que vele por todos vosotros, hasta el día en que uno tras otro, os unáis a mí en la eterna vida de Cristo.
* * *
Señor, hace unos meses que cumplí 91 años. Mi partida de este mundo no debe estar lejana. Hace algún tiempo, Dios mío, tocaste mis ojos, a fin de enseñarme a desviarlos poco a poco de la visión de las realidades terrestres. Hace unos meses comprendí la gracia que me hiciste, pues la disminución de mi vista, que hacía imposible toda lectura, fue acompañada por una gracia inesperada de claridad sobre las realidades invisibles, que me hacían tanto tu presencia sensible como la de mi Señor Jesús casi permanente. Una gran paz invadió mi alma, haciéndome sensible la presencia de mi ángel, el que me guía en esta vida, y ha de acompañarme en la gran travesía.
De un manera cada vez más habitual, toda mi vida pasada está a menudo presente en la memoria de mi corazón. Sé, Señor, que no podré presentarme ante Tí, sino devolviéndote esta existencia que me diste. Mientras permanezco en la condición terrestre, los recuerdos no son más que acontecimientos que ya no existen. Pero se que para Tí el tiempo es un eterno presente. Cuando te vea como eres, toda vida estará ahí presente a tu corazón de Padre, por la gracia de mi salvador Jesús que dijo que no perdería a ninguno de aquellos que le fueron entregados. Todo lo se me conceda ver de mi vida lo será a la Luz de tu Verdad. La visión simultánea de tus incontables gracias y de mis numerosas faltas, harán subir hacia Ti un himno de acción de gracias y de abandono de toda miseria en la misericordia del corazón de Cristo.
Desde mi infancia me atrajiste a Ti. Cuando hice mi primera comunión, hacia lo siete años sentí un fuerte atractivo por la misa. Jugaba a imitar al sacerdote en el altar, revestido de una pequeña casulla, que mi madre o mis hermanas habían cosido. Desde que por mi edad pude hacerlo, ayudaba a misa por las mañanas en una capilla cercana. Me gustaba acercarme al altar revestido con la sotana roja de los monaguillos. Para responder al celebrante tenia un librito en el que las respuestas en latín estaban impresas en caracteres más gruesos. La Pasión de Jesús estaba representada en imágenes, de forma que cada parte de la liturgia correspondía a un episodio de la Pasión. Yo sabía que la misa era el Santo Sacrificio de Jesús ofrecido a Dios por el sacerdote de una manera misteriosa.
Más tarde, en mi adolescencia me diste la gracia de introducirme en el misterio de amor del Sagrado Corazón de tu Hijo. Yo iba, a veces, por la noche, a la penumbra trasera de la capilla a rezar ante el altar dedicado a tu Sagrado Corazón. En todo, Tú actuabas con tu gracia.
Hacia los 17 años, mientras estudiaba filosofía, sentí tu llamada al sacerdocio. Pero no acepté entonces responder positivamente a la misma. Mi padre había decidido que ingresara en la Escuela Politécnica. Entonces, interviniste, Tú, Señor, visitándome en un relámpago de luz. Era un domingo por la mañana en el colegio de San Juan de Betune. Después de comulgar, me había vuelto al banco y rezaba con la cabeza inclinada entre las manos. Según la costumbre de entones, a la Misa dominical, le seguía la exposición del Santísimo Sacramento- De repente, bruscamente me vi transportado en espíritu hacia la custodia, y penetrar en la Hostia consagrada, Al mismo tiempo fui invadido por una gracia que no se puede describir. Esta unión a Jesús Hostia fue tan profunda que durante algunos días, yo no sabía donde estaba. Era como un estado somnoliento, pero esta vez, con la decisión claramente aceptada y tomada de ser sacerdote. Después de largas tergiversaciones, mi padre aceptó, no sin pesar, mi vocación.
Pero la luz que me diste, Señor, aunque me indicaba claramente que me querías sacerdote, no me indicaba con la misma claridad el camino a seguir. Me confíe a mi profesor de filosofía, un santo sacerdote de los padres eudistas. A lo largo de un año, y sin poder tomar una decisión, yo proyectaba ser, sucesivamente, monje benedictino, sacerdote del Santísimo Sacramento (sacramentino), y finalmente bajo la influencia de mi amigo Francisco Blondel -que acabó orientándose al matrimonio-, padre blanco.
Fue entonces. Señor, cuando tuviste una tercera intervención en mi vida, a través de una luz inesperada. Durante el curso escolar 1922-22 (quizás el curso precedente, no lo sé con certeza) tampoco sé a causa de qué circunstancias, el libro de Rene Bazin sobre Carlos de Foucauld, cayó en mis manos. Interviniste Señor, a través de la certeza de una gracia luminosa que no dejaba en mi alma ninguna duda: yo debía imitar la vida de Carlos de Foucauld. No puedo olvidar este instante. Me vuelvo a ver de pie, frente a la ventana del salón, el libro en las manos, con los ojos inundados de lágrimas. Era una certeza que venía de Ti. Descubrí en la vida de Carlos de Foucauld, realizadas en una sola, las tres vocaciones que sucesivamente me habían atraído: ser monje, misionero, y adorador del Santísimo Sacramento.
Pero, de nuevo, me dejaste buscar el camino para alcanzar el ideal de mi vida. Solo, con 17 años, ¿qué podía hacer?. Pensé que entrar en los Padres Blancos sería el mejor modo de llegar a ese ideal. Pero tenía una salud frágil, y el médico de familia, el Dr. Laurent, desaconsejó el marchar a África. Una vez más me encontraba en la oscuridad. Por Fin, gracias al consejo del cura de Fraissinette en quien mis padres confiaban, se decidió que entrara en el Seminario de San Sulpicio de la diócesis de París, en Issy-les-Moulineaux.
A continuación, seguiste interviniendo, Señor, para modificar mis pobres proyectos y obligarme a realizar el vuestro. Finalmente al cabo de dos años yo realizaba mi sueño de entrar en los Padres Blancos. Pero me hiciste abandonarlos gracias a una enfermedad, y muy angustiado reingresar en el Seminario de Issy donde se constituiría el grupo fundador.
Durante mi estancia en Roma a donde fui enviado a estudiar por Mons. Rolland Gosselin mi obispo, tuve ocasión de encontrar al Padre Henrion, que vivía en Túnez y decidí que me uniría a él. Una vez más tu intervención, Señor, y con ella, el que el P. Henrion rechazara mi incorporación junto a él.
Escogido por mis hermanos del grupo para ser responsable del mismo, no sabía qué hacer, ya que tampoco los Padres Blancos quisieron recibirnos. De todos modos, se decidió hacer la fundación, pero ninguno de los dos lugares que había buscado, parecían convenientes, y sin haberlo buscado, el capitán del Anexo de Geryville, me indicó EI-Abíodh-Sidi-Cheikh. Una vez más, descartaste Túnez, Señor Jesús, deshiciste todos mis proyectos para sustituirlos por el tuyo.
Reelegido prior por mis hermanos en el retiro que precedió a nuestra consagración en Montmartre, yo había decidido que deberíamos comenzar esta fundación en la mayor discreción. Una vez más, Señor, tu intervención desbarató nuestros proyectos, ya que sugeriste al Cardenal Verdier, arzobispo de París, dar la mayor publicidad, bajo su presidencia y en la Basílica de Montmartre, a nuestra consagración y a nuestra partida.
A partir de este momento me encontré por primera vez, como prior, al frente de una comunidad silenciosa y enclaustrada. Mi temperamento era el de un solitario. Mi niñez en La Bourboule durante los años de la guerra de 1914, era la de un niño solitario, que no iba a ninguna escuela, sino que estudiaba en casa, siendo mis profesores los curas de los pueblos cercanos. Mis diversiones eran también las de un muchacho solitario, y no tenia sino uno o dos compañeros de juegos, con quienes me veía sólo durante las vacaciones. Me apasionaba la lectura y no sólo leía novelas de aventuras o de Julio Verne, sino obras más serias como las de astronomía de FIammarion o historia de los emperadores de China. También Carlos de Foucauld, durante su Juventud, había compartido esta pasión de la lectura solitaria de buenos libros. Yo como él era un amante de la soledad, y por ello me gustaba nuestra vida en EI-Abiodh, cuya regla y espiritualidad estaban influidas por las de la cartuja; pues los cartujos nos habían ayudado mucho en los comienzos, con sus consejos.
No me daba cuenta de las necesidades de los hermanos: verme, sentir una dirección y una verdadera puesta en común cuando las decisiones a tomar, interesaban a toda la comunidad. Señor, me pregunto cómo lo hiciste para servirte de un instrumento tan poco adecuado, para lo que Tú esperabas de él. ¡Sin duda, hice sufrir a mis hermanos, sin darme cuenta de ello…! Cuando ahora al escribir, vuelvo a revivir aquellos años de El-Abiodh, me siento confundido.
Pero no es sólo durante la época sahariana, sino más tarde, durante el tiempo en que fui prior, que vivía demasiado encerrado en mí mismo, sin saber compartir con mis consejeros, ni animar una vida comunitaria. Surgen en mí verdaderos remordimientos al recordarlo. Mi única excusa es que no me daba cuenta de lo que mis hermanos esperaban de mí. Verdaderamente, Señor, si tu proyecto se cumplió no fue gracias a mí, sino a pesar de mí. Me siento confuso cuando pienso que elegiste a un hermano de carácter solitario, para animar un ideal de vida, profundamente fraterno y comunitario. Como fundador, he tenido que actuar siempre, a contracorriente de mis tendencias profundas.
Desde aquí quiero humildemente pedir perdón a todos aquellos a quienes hice sufrir por mi carácter, mi falta de espíritu comunitario, así como por mis torpezas en mis esfuerzos de colaboración.
Cuando se me ocurre pensar las razones por las que me encargasteis la obra de las Fraternidades, a pesar de esas deficiencias, me pregunto si mi disposición a vivir como un solitario ante Tí y contigo, no estaba destinada a recordarnos que para llevar en el mundo una vida contemplativa de íntima unión contigo, ¡ Oh Jesús!, tenemos que aprender a amar la soledad contigo. Este amor a la soledad, fecundado por la gracia de tu presencia me permite aceptar mejor el aislamiento que acompaña a toda persona muy anciana.
Es verdad, Señor, que el gusto por la soledad, puede ser un replegarse sobre sí mismo, y no he escapado, lo confieso, a este defecto. Sin embargo, desde hace aproximadamente dos años, yo vivo esta soledad aparente, no en mí mismo sino en Ti, pues toda ella es presencia al mundo de Jesús, de los ángeles y de los santos. Entonces, me siento anegado de una gran paz llena de esperanza.
A pesar de ello, no me has abandonado en mí mismo; pues quisiste que encontrara a Hermanita Magdalena que iba a introducir grandes cambios en mi vida, y lo confieso, un poco a mi pesar.
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Cuando dispusiste mi encuentro con Hermanita Magdalena en El-Golea, yo no le atribuí una importancia especial, era a mis ojos un encuentro fortuito y sin continuidad. Me sugeriste, Señor, invitarla a un retiro a El-Abiodh. No podía pensar hasta qué punto este segundo encuentro iba a trastornar toda mi vida y la de las fraternidades. Pues es evidente, que sin nuestro encuentro las Fraternidades nunca hubieron llegado a ser lo que son. También creo, Díos mío, haber sido un apoyo para Hermanita Magdalena, no por lo que yo era, con todos mis defectos, y resistencias, sino como sacerdote y teólogo. No es este el lugar para contar la historia maravillosa de la aventura espiritual que fueron sucesivamente, el nacimiento de las fraternidades obreras en Francia, después la expansión universal de las pequeñas y frágiles fraternidades, diseminadas por todo el mundo y por medio de las cuales, ¡Oh Jesús!, quisiste decir una Palabra a la Iglesia de ese momento.
En esa época, como nunca, yo no sabía adonde iba. Hermanita Magdalena me enseñó -no sin dificultades-, a renunciar a mis proyectos tan rígidamente razonables, para dejarme llevar por Dios, allí donde yo no había previsto. Sólo Dios sabe la gracia que recibí por el ejemplo y la manera en que Hermanita Magdalena se dejaba guiar por tu Espíritu. Te serviste de ella para enseñarme a salir de mí y a acoger a los demás, incluso cuando yo ponía por delante mis planes de trabajo. Ella me enseñó a
dejarme molestar sin hacerme esperar. No siempre sin fricciones ni penas, pues yo resistía, a veces, constreñido entre sus intuiciones que eran la expresión de tu voluntad, y mis previsiones organizadas de antemano.
Ahora, estoy en paz. Pues estoy seguro de que Hermanita Magdalena me ha perdonado cien veces, los disgustos que le causé, y también porque en la medida en que te ofendí, Señor Jesús, tu misericordia lo ha borrado. Hasta el final, hasta su muerte, Hermanita Magdalena me enseñó lo que era el amor, especialmente el amor de los pequeños y el de todos los que acudían a ella.
¡Señor Jesús, Dios mío! Te suplico me perdones todo el mal que queda en mí, hasta hoy mismo. A medida que me acerco a Ti, tu Luz me hace descubrir tanto mal, que no encuentro reposo más que en tu divino corazón abierto. ¡Querría encontrarte Jesús, con la misma inocencia que el niño al que gustaba ayudar a misa, uniéndose a tu santo sacrificio!
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La mayor gracia que me concediste, Señor, a lo largo de toda mi vida y a pesar de mis innumerables infidelidades, ha sido creer en tu Presencia en el seno de la Humanidad, no sólo en la del Reino, por la que reinas invisiblemente en los corazones, sino en esa Presencia única, prolongación final del movimiento de la Encarnación. De tal manera que no sólo estás presente en los hombres por el Espíritu que prometiste enviarnos, sino corporalmente, conforme a la promesa que hiciste a los apóstoles, de permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos. Eres Tú mismo, Jesús cuerpo y alma en la persona del Verbo, el que has creado un nuevo orden de cosas, el orden sacramental, por el que continúas comunicándonos lo que el Padre te ha revelado, salvándonos por el sacrificio de la Cruz, alimentándonos con tu Cuerpo y tu Sangre, y oyendo en nuestra lengua propia decirnos: «Yo le perdono tus pecados… vete en paz».
Tú nos concediste la gracia, tanto a Hermanita Magdalena como a mi mismo, de buscarte, encontrarte y permanecer contigo, por nuestra fe en la Iglesia, Sacramento de tu presencia en el seno de la Humanidad, como por nuestra fe en la eucaristía, Sacramento de tu presencia corporal, sacramento de la intimidad divina de tu amor, en comunión inefable con tu Corazón, ¡Oh Jesús!, mi Bienamado Salvador.
Nuestro amor a la Iglesia lo fortaleciste, purificándolo por las pruebas. En el momento de la fundación de las primeras fraternidades obreras, siempre acepté en espíritu de fe las reticencias y las prohibiciones de la Iglesia. En total libertad y transparencia siempre he sometido nuestra manera de actuar tanto a los obispos como a Roma. Y Tú sabes bien, que gracias a esta actitud de fe, obtuve de Pablo VI el cese de la prohibición del trabado asalariado de los sacerdotes-obreros. Jamás he criticado a tu Iglesia, ¡Oh Jesús!, acordándome de tus palabras. «El que os desprecia, me desprecia».
En cuanto a Hermanita Magdalena, conociendo su amor a la Iglesia, y a su representante en Roma, permitiste que fuera profundamente probada hasta el fondo del alma, por la prueba de una visita canónica… ¡Sólo Tú, Señor Jesús, sabes hasta dónde sufrió, dado su amor a la claridad y a la lealtad!
Te dirijo, ¡Oh Dios mío!, una ardiente plegaria, que todos aquéllos y aquéllas que quieren ser discípulos del humilde Hermano Carlos, reciban la gracia de una fe profunda en tu Iglesia. En un siglo atravesado por ideologías contestatarias, por la constante crítica a cualquier autoridad, guarda el corazón de mis hermanos y hermanas para que miren a la Iglesia como la fe de un niño, y esperen más allá de las personas que la constituyen, más allá de la realidad humana que es su materia, la divina realidad de tu Sacramento. Dales, Señor, la alegría de la firmeza de la fe de la Iglesia, la fuerza de resistir a quienes quieren llevarlos a una crítica vana. Que recuerden que la calumnia e incluso la maledicencia, son siempre faltas graves contra la caridad, y tanto más grave cuando se trate de la Iglesia.
Creo poder decir con verdad, Señor, que jamás -al menos conscientemente- he calumniado a la Iglesia, ni hablado mal de ella. Se también, que Hermanita Magdalena era en este punto más exigente que yo mismo. Y si voluntaria o involuntariamente he causado algún mal a tu Iglesia, te pido que me lo perdones por tu gran misericordia.
Quiero sobre todo agradecerte las gracias que me has concedido por tu Iglesia. Yo he encontrado en ella la paz en los momentos difíciles, y sobre todo la certeza de que actuaba conforme a tu voluntad. Gracias, Señor, por todos los que me apoyaron en nombre de tu Iglesia, e iluminado en los momentos en que había que tomar decisiones difíciles. En especial, Mons. Carlos de Provenchères. ¡Cuántas gracias, cuántos consejos, cuántas sabias directivas, recibí de él! ¡Sólo Tú y Hermanita Magdalena lo sabéis!
Durante esos veinte o treinta años, ¡cuántas veces, desorientado por algunas corrientes de pensamiento, por algunas ideologías, por algunas maneras de concebir la vida religiosa, o incluso de concebir el culto o la liturgia eucarística, encontré la paz de espíritu y la respuesta a las cuestiones que me planteaba, en los textos del Concilio Vaticano II! Por ello te doy gracias, y te suplico que extiendas abundantemente entre los discípulos de tu servidor el Hermano Carlos, que tanto amó a la Iglesia, la fidelidad de una filial y sencilla obediencia.
* * *
Sin embargo, ¡Oh Dios mío!, la mayor de tus gracias la que ha llenado mi vida hasta el día de hoy, ha sido la de tu divina y santa Eucaristía. Tu presencia en la hostia consagrada fue la alegría de mi infancia, la admiración de mi sacerdocio, la luz que iluminó la orientación de mi vida, cuando a los 16 años, Tú me transportaste en una unión indecible contigo, a la hostia consagrada, expuesta sobre el altar. Entonces me hiciste comprender que debería ser sacerdote, para ofrecer el Santo Sacrificio. Sí, esta llamada al sacerdocio fue la primera y la que determinó toda mi vocación.
Hacia el fin del tiempo de Seminario, cuando tenía 22 años, me preparaba a recibir las órdenes sagradas. A la sombra del sagrario, en la capilla del Seminario, en una silla del coro muy próxima al altar, a la que acudía cada noche a visitarte, venías a verme y me llevabas contigo, hasta tal punto que yo no estaba ya en la tierra. ¡ Oh Señor, si se conociera lo que es tu Amor, y cómo puede fascinar y traspasar un corazón humano…!
¡Perdón Jesús, por haber respondido tan mal a tales delicadezas por tu parte…! ¿Cómo podía permanecer días y semanas sin responder a semejantes detalles? Pero Tú comprendes lo que es la miseria de un pobre ser humano, tan profunda e intensamente preocupado por el mundo físico y sensible, que es el suyo.
Después de la gracia de mi ordenación sacerdotal y las de los primeros meses, hubo la de la Fundación de El-Abiodh, donde en el silencio de cada noche, pasábamos largos ratos, adorando el misterio incomprensible y siempre nuevo, de la Presencia del Amor en el Santísimo Sacramento. Y cuando Tú, nos dispersaste por el ancho mundo, Tú estabas con nosotros, velando en el sagrario de nuestros pequeños oratorios, recordándonos constantemente que en la soledad de tu Amor, eras el centro de nuestra vida y la razón de ser de nuestra vocación, ;
Y heme aquí, Jesús, al final de mi vida. Con más amor que nunca para tu Santo Sacramento. He pecado mucho durante mi vida, he sido, a menudo, infiel a mi vocación, no siempre supe guardarme de los múltiples atractivos de este mundo y captaban mi curiosidad entregándome a otras preocupaciones distintas, a la de recordar tu Presencia. A pesar de todo ello, creo haber conservado la fe viva en la soberana realidad de tu Presencia en el misterio de tu Eucaristía. Tu lo sabes, Señor, como conoces el sufrimiento que experimento cuando constato que el Sacramento de tu Sagrada Humanidad, la presencia de tu Cuerpo y de tu Sangre, son tratados a la ligera, sin que se observen signos de respeto y adoración. Se trata, sin embargo, del mayor misterio que exista sobre la tierra, en medio de todas las cosas creadas. Lo mismo me ocurre con el misterio del Santo Sacrificio y la manera cuya celebración hace presente tu dolorosa pasión «pues cada vez que se celebra el memorial de este sacrificio, se cumple la obra de nuestra redención”.
Señor, Tu sabes hasta qué punto me turba este asunto. Me turba porque no acabo de aceptar la manera en que a veces se tratan estos misterios divinos. Me turba la supresión de la mayoría de los signos exteriores e incluso de los ritos litúrgicos, que expresaban el carácter sagrado, infinitamente adorable del sacramento del altar. No quiero juzgar a los cristianos que piensan que están dispensados de observar las normas litúrgicas, y sin embargo sigo pensando que la supresión de los signos sagrados con los que se rodeaba la conservación de la Eucaristía en el sagrario, y su celebración litúrgica, insisto, en que esa reducción o supresión, no puede sino favorecer la tibieza de nuestra fe.
Perdóname, Señor, si me equivoco. Pero, ¡amo tanto tu Sacramento! Te confío mi pena, ¡0h Jesús!, y no puedo sino suplicarte que concedas a todas las fraternidades la gracia de permanecer, en medio del mundo, y entre las corrientes contradictorias de pensamiento que atraviesan la cristiandad- ser testigos fieles y llenos de amor para tu santa Eucaristía.
Es la última gracia que me atrevo a pedirte. Que tengan una fe de niño, la que permite tener el alma inundada por tu inefable alegría, ¡oh Jesús!, la que nace de la contemplación de las maravillas del Amor de tu Reino. Ante tu Presencia en la Hostia consagrada el niño se maravilla y penetra en el misterio, mientras el adulto se ve tentado a comprenderlo racionalmente, y lo reduce así, a la medida de su inteligencia natural. Ninguna inteligencia humana, ninguna teología es capaz de penetrar un misterio, que es misterio de la Encarnación de un Dios y su prolongación en nuestra historia.
¡Oh Jesús!, Tu agradeciste un día al Padre, el haber escondido estos misterios de tu Reino a los sabios y a lo poderosos y habérselos revelado a los más pequeños… ¡Haz, Señor, que nosotros todos estemos entre los más pequeños!
* * *
Señor, poco tiempo me queda ya para vivir en la tierra, y sin embargo quiero por encima de todo elevar desde mi corazón hacia Tí, un inmenso canto de alabanza y de acción de gracias por todos los dones recibidos de Tí, además del de la misma vida.
Gracias Señor, por la familia en que nací, por mi padre y por mi madre, por mis hermanos y hermanas, especialmente por mi hermano Domingo, a quien llamaste a unirse a nosotros. Gracias por su testimonio.
Gracias, por los sacerdotes que me dirigieron y orientaron mi vocación: el Padre Andrés, el cura de Fraissinette, durante mi adolescencia. Después en el Seminario, Vatin-Patignon, Weber, y por todos los seminaristas que formaron el primer grupo. Gracias por los hermanos Marcos, Guy, Marcel, Jorge y Andrés, a los que tú llamaste y cuya responsabilidad me encomendaste, y perdóname todas las penas que les causé.
Gracias por habernos dado a todos los que nos comprendieron y nos ayudaron como Montrieux, Luis Massignon, y tantos otros.
Gracias por habernos dado a Mons. Carlos de Provèncheres, sólo Tú sabes, todo lo que el nos dio.
Gracias, sobre todo, por haber encontrado a Hermanita Magdalena, por todo lo que de ella recibí, y perdóname por todo lo que la hice sufrir por mis deficiencias y falta de disponibilidad. Por ella y a través de ella, Tú me enseñaste las exigencias del amor, en el completo olvido de uno mismo.
Gracias, Señor, por haberme permitido que me encontrara con todos aquéllos y aquéllas, que elegiste para fundar las distintas fraternidades: el cura Cimitiére, «nuestro viejo hermano», Margot Poncet y tantos otros. Perdóname por no haberles ayudado como me lo pedían.
Gracias, ¡oh Jesús!, por haberme dado tantos hermanos y hermanas a quienes amar, y perdóname en todo lo que he fallado, y que Tú esperabas de mí.
Gracias, Señor, por haber llamado a tantos sacerdotes a la Fraternidad Sacerdotal. Tú me hiciste amar el sacerdocio y yo deseo amarlo con toda mi alma. Que Tú les concedas a lodos mis hermanos sacerdotes la misma gracia. De que están en la tierra como ministros de la Iglesia, y por ella, como una presencia sacramental de Jesucristo, para en su nombre, interceder, ofrecer, bendecir y dar la paz, perdonando los pecados.
Te pido también por todos los hermanos y hermanas de otras fraternidades; los jóvenes, los célibes, los matrimonios, las laicas consagradas, y te pido Señor, que me perdones mi falta de disponibilidad para con ellos.
Sí, Señor, lo que ahora se me aparece con toda claridad, es que he pecado mucho por omisión. Por ello te pido perdón Señor, lo mismo que a todos mis hermanos y hermanas. No tengo excusa, mi único recurso es confiarme al Amor misericordioso de tu corazón, ¡oh Jesús!
Redactado en Fez (Marruecos) el 22 de Noviembre de 1995 en el retiro de la comunidad de mis hermanos trapenses, a los que agradezco, por la paz que me ha dado el testimonio de su vida.
Lo conozco desde hace 72 años, y nunca me ha dejado ir desde entonces. Sí, Charles de Foucauld entró en mi vida durante el invierno de 1921 mientras leía la historia de su vida escrita por René Bazin. Tenia 16 años. Su amor por la persona de Jesús y la extrema generosidad de su personaje habían ganado mi corazón. A partir de este día podemos hacer una unión entre los dos que han dirigido toda mi vida y nunca fallaron. Ahora, en el ocaso de mi existencia terrenal, siento que puedo decir que se lo debo a quien la ha pasado mejor en mi vida. Quisiera darle las gracias y compartir con ella y sus esposos lo que recibió de él.
Sin embargo, durante mi vida religiosa, las relaciones con el Hno. Carlos, este hombre solitario y absoluto de vida dura y austera, pero de corazón cálido y alegre, henchido de un amor siempre fresco por su «amado herman y el Señor Jesús», estas relaciones no siempre fueron fáciles!
Pasé por el estilo de tus meditaciones, tan imaginativo, tan poco conforme a lo que realmente fue la vida y el rostro de Jesús. A veces me molestaba con la multiplicidad de sus intenciones preocupantes, con frecuencia, a observaciones meticulosas. Y luego, estaba la forma de vida de los hermanitos descrita por sus reglas, que era impracticable, impracticable, nunca realista, por lo tanto nunca tuvo tiempo de verificar la experiencia. Sí, es todo.
Pero siempre volví a él, seducido por la sencillez de su amor por Jesús, un amor que él trató de expresar en todo y en cada momento de sus días. Estaba como subyugado por este amor hasta el punto de perder, a veces, un poco de sentido común. Y fue precisa esto lo que invariablemente me trajo de vuelta a él. Reducir todo al Amor ya un amor que no tenga miedo de ser loco o ridículo. Esta locura, esta imprudencia sin límites, eso fue lo que me hizo bien, lo que refrescó mi corazón y frustró mi temperamento razonable, mi cobardía, mi miedo de darlo todo sin contar. Encontré en él coraje, pureza sin sombras, y un camino de ascesis, esa ascesis sin la cual nos arrastramos prisioneros de nuestra pesadez, de nuestra mediocridad y de nuestro egoísmo perezoso.
Nunca intenté adaptarlo a lo que viví, a mi entorno, a mi época. Tómalo como fue, como fue pensado, vivido y vivido.
Os envié mi carta de san Gildas del 17 de marzo, sobre lo que podría llamar «la segunda llamada de Jesús», esa llamada que nos hace volver a empezar hacia él en la plena madurez de nuestra vida humana y espiritual. Sólo a partir de este momento pertenecemos verdadera y totalmente a Dios, pero no creo haberte dicho todo.
A menudo me preocupa la doble necesidad continua de nuestra vida: desprendernos de todo y, sin embargo, entregarnos a los hombres. Porque eso es exactamente así, ni hay forma de evitar estos aspectos contradictorios de nuestra consagración religiosa. ¡Sí, hay que desprenderse de todo, aferrarse a nada, absolutamente a nada, como si estuviéramos a punto de entrar en el noviciado de una Cartuja! Es la «nada» de San Juan de la Cruz que el Padre de Foucauld se comentó con tanta fuerza en el capítulo de su regla titulado Desprendimiento de todo lo que no es Dios: sí, todo lo que no es Dios… por lo tanto los asuntos humanos y los hombres mismos. ¿Separarnos de nuestros hermanos? ¡Como es posible!
Conozco a muchos cristianos que se indignarían al oírme hablar así. Y sin embargo es cierto. Estar desprendido de todo lo que pueda ser de satisfacción egoísta en las relaciones humanas, en el amor humano, en la amistad misma, no significa no amar a los hombres con el corazón de Dios, pero indica que amarlos así no es tan fácil como parece. y que, quizás, primero debemos pasar por una purificación que, en cierto modo, nos separe de ellos. ¿No habría que vivir años en el desierto para ser capaz de ser un verdadero Hermanito? Si quizás. Se dirá que lo hizo el Padre de Foucauld y esto es profundamente cierto. En todo caso, debemos emprender este camino de desprendimiento de todo lo que no sea Dios, porque si minimizamos esta necesidad, no podremos llegar a ser verdaderos Hermanitos de Jesús.
Sin embargo, pienso en esta necesidad de estar presente en medio de los hombres, en esta aceptación de ser responsable de los hombres ante Cristo, en esta participación en las condiciones de vida que nos sumergen hasta el cuello en las preocupaciones y preocupaciones más concretas. de la vida cotidiana de los laicos. Este es también nuestro camino y creo precisamente que nosotros, pobres Hermanitos, en nuestra debilidad aprenderemos a permanecer fieles a través de esta dependencia de un don afectivo a los hombres. Es en esta presencia ya través de sus demandas que debe tener lugar este despojo. Ciertamente necesitamos el desierto, pero no para siempre. No somos ni monjes ni ermitaños, aunque debamos poseer su misma disposición esencial de desapego radical de toda la creación. No somos ermitaños y pienso, por el contrario, segunda llamada de Jesús, si no hemos dado nuestra vida a los hombres para salvarlos. Sí, nos dedicamos a llevar sobre nuestros hombros la carga de otros hombres, con todo lo que eso representa en ciertas horas de peso y esfuerzo […]
La primera llamada de Jesús nos separó de las posesiones, de un oficio, de un futuro humano, de la familia, del hogar, en una palabra del mundo, así como Jesús arrebató repentinamente a Pedro, Santiago y Juan de su barca, de las herramientas pesca, a sus compañeros y a su familia, como arrebató a Matteo de su banco y a sus amigos en la última fiesta. Luego estaba la novedad estimulante del primer descubrimiento de Jesús, un deseo sincero de amarlo, nacido de un movimiento de simpatía espontánea por él, una formación progresiva a través de su enseñanza, la experiencia de un reino de Dios diferente del que tenían. imaginado, y finalmente la prueba de la Pasión con sus consecuencias: desánimo, miedo, huida ante la cruz desnuda y ensangrentada y quizás también, como para Pedro, la triple caída…
Entonces resonó la segunda llamada de Jesús de pie a orillas del lago mientras los discípulos estaban casi recuperados del placer de las primeras actividades. Esta llamada viene de un Cristo que ya no pertenece completamente a la tierra y que, esta vez, no arrancará a los apóstoles sólo de las cosas y de las actividades, sino de sí mismos, entregándoselos a los hombres en nombre del amor y para que puedan dar prueba: como los peces obligan al pescador a la esclavitud de día y de noche: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Apacienta mis ovejas» (Jn 221, 1-19). Lo mismo ocurre con cada uno de nosotros.
René Voillaume, La segunda llamada , 24 de marzo de 1957, en: Por los caminos del mundo.
Este folleto está tomado enteramente de varios escritos por el hermano René Voillaume, fundador de los Hermanitos de Jesús, guía y animador de las diversas familias espirituales nacidas en la estela del Padre de Foucauld. La división en capítulos y subtítulos suele ser nuestra, mientras que, para la traducción del francés, a menudo hemos utilizado algunas obras de Voillaume ya publicadas en Italia y que señalamos a nuestros lectores para un conocimiento más profundo del mensaje Fraternidad espiritual : ELLOS de Paoline Ediciones, Roma; CARTAS A NUESTROS HERMANOS EN LOS CAMINOS DEL MUNDO y, por último en orden cronológico, CON JESÚS EN EL DESIERTO, Ediciones Morcelliana, Brescia.Al agradecer calurosamente a las editoriales las facultades de elección que les han sido concedidas, la redacción de JESUS CARITAS asume plenamente la responsabilidad de la colección.
INTRODUCCIÓN
«Orad siempre sin cansaros» (Lc 18, 1). La oración de Jesús sigue siendo para nosotros un misterio, de la misma profundidad que su misterio personal como Hijo de Dios hecho hombre. Su oración fue una conversación inalterada e inalterable con el Padre. Para él no había dificultades en la oración y, sin embargo, es precisamente como hombre, de la misma naturaleza humana que nosotros, que oraba; sobre oración en Getsemaní de elocuente de ello testigo.
Jesús oró a su Padre como nosotros le oramos, con todo el ardor de su alma humana y con la sencillez de un hijo de hombre. Así, lo vemos retirarse a la soledad para orar: no sólo para darnos un ejemplo, precisamente porque también él, como criatura humana, sintió la necesidad de ello, y allí. su oración fue divinamente filial, como su abandono en el Padre fue perfectamente filial.
No podemos hablar de la oración de Cristo hasta tartamudear: fue el eco, en su humana inteligencia y sensibilidad, de los intercambios de conocimiento y de amor que brotaron del seno mismo de la Trinidad. Y es precisamente allí de donde Jesús nos quiere arrastrar, para que también nosotros lleguemos a esta oración filial. Como nuestro líder, Jesús oró por todos y en nuestro nombre. El mismo Evangelio nos muestra cómo su oración personal estuvo enteramente configurada por su ser y su misión de salvador, y cuando deja resplandecer en el Tabor el esplendor de su divinidad, lo hace para hablarnos de su muerte inminente. Así como la pasión, la cruz y el ofrecimiento de su vida marcaron profundamente la oración del Salvador, así debe ser para cada uno de nosotros.
¿Por qué orar?
Al llamarnos para seguirlo, el Señor Jesús, al mismo tiempo, nos ha llamado a orar con él. A la hora de orar, preguntémonos qué vamos a hacer y por qué lo hacemos. Debemos orar, en primer lugar, porque Dios nos hizo para él y es a él a quien debemos volver; y la oración es el recurso que acelera y causas este movimiento de retorno hacia el Padre. Debemos orar, porque el Señor Jesús nos amó primero y nuestro amor es la respuesta: la amistad requiere un diálogo íntimo en el que podemos expresar todo el amor y el conocimiento por el ser que amamos. Se trata de aspire a un conocimiento muy sencillo de Dios, generalmente oscuro, más allá de cualquier lenguaje humano, de donde las cosas divinas se degusten en su dulzura, pero también en su amargura. A veces, de hecho, Debemos orar, porque somos infinitamente miserables y pequeños. y, para que sea totalmente cierto, debemos expresar esta dependencia de nuestro ser, rogando al Padre que colme nuestra insuficiencia con su plenitud. Finalmente, debemos orar porque el Salvador Jesús nos ha llamado a trabajar con él por la salvación de las almas, no solo partiendo en cruz, hasta también orando constantemente y tomando parte en su dolorosa oración en el huerto de los olivos. Estamos cargados de almas: nunca estaremos suficientemente convencidos de esta realidad. Recordemos, por tanto, que orar significa hacerles el mayor bien, adhiriéndose al plan divino que quiso vincular su destino espiritual a nuestra miserable colaboración. Esta es una de las grandes tareas de nuestra vida y nada en el mundo nos debe y puede impedir que la hagamos. Recordemos estas cosas y vayamos a orar.
Velar y orar
La enseñanza evangélica sobre la oración se puede resumir en dos puntos esenciales: una promesa de que Dios sella nuestro encuentro donde y como quiera, y esta es la parte de la obra de Dios, la principal, ya que representa para nosotros la esperanza – que no puede estar decepcionado – que nuestra oración terminará en él; una gran invitación a la perseverancia, pase lo que pase ya pesar de todas las apariencias desfavorables, y esta es nuestra parte del trabajo. ¿Qué necesidad tenemos de saber más? Para aprender a rezar, hay que simplemente rezar, rezar mucho y saber volver a empezar sin cansarse: aunque no haya respuesta, aunque no veamos resultados evidentes. Jesús insistió tanto en la perseverancia, por la gravedad de la dificultad por nuestra necesidad de cambio y novedad. Una ayuda para perseverar vendrá del recuerdo frecuente de las características normales de la oración de fe. No esperamos a orar cuando sentimos el deseo: dejaríamos la oración en el momento de mayor necesidad. Es una ilusión peligrosa a la que muchos deben su alejamiento de Cristo. El deseo de oracion solo puede surgir de la fe; querer orar es ya un efecto de la oración. Nos Basta saber que Dios nos espera; Dios siempre quiere vernos orar, incluso cuando no tenemos ganas y, quizás, especialmente entonces. No olvidemos que cuanto menos oremos, más lo haremos mal y cada vez tendremos menos ganas. Por supuesto, no debemos esperar nada para nosotros mismos de la oración. Debemos orar por el Padre y no por satisfacción y mucho menos por la ambición de tiempo bien y con excelente método. No queremos ninguna otra oración que nos sea dada por el Espíritu. No sabemos que haya alguna pregunta en el Padrenuestro cuya respuesta pueda traernos una satisfacción personal o que incluya un resultado inmediatamente comprobable. Hay que perseverar sin ver y por tanto saber empezar de nuevo sin propósito, solo para él. Si todo sucede realmente así, esto equivale a decir que necesitaremos mucho coraje para rezar.
» Si tienes una fe que no hay duda… «
Solamente la fe es capaz de hacernos llegar verdaderamente a Jesús, no por la abstracción o por medios intelectuales, hasta en la concreción de una realidad percibida oscura e invisible, sobre la palabra de Dios . la fe y conectar con ella un amor que, como nos enseñó Jesús, consiste en hacer la voluntad del Padre; y, sin embargo, no olvidemos que lo mejor de nuestra sensibilidad humana, de nuestro corazón, no puede faltar en un misterio de amor que no tuvo miedo de la encarnación, del llanto, del corazón atravesado por una lanza y del cuerpo y de la sangre dada en comida. ¡Qué equilibrio debemos mantener en nuestra manera de amar a Dios, de amar a Jesús ya María, nuestra madre! Todo debe estar centrado en la fe, que es la única que nos introduce en el misterio del amor invisible. No si opone a los sentidos, sino que los trasciende, de lo contrario Dios no hubiera elegido proponiendo a nuestro amor «seres visibles para introducirnos en el amor de las cosas invisibles», como bien dice el prefacio de la Navidad y del Corpus Domini. En: nuestra vida entregada a los hombres y deliberadamente atenta a sus necesidades cotidianas, a su trabajo, a sus sufrimientos, ¿no estamos totalmente presentes a las cosas ya los seres visibles? Y es precisamente en el contexto de una vida, a menudo convulsa, que debe desarrollarse en nosotros un auténtico amor a Cristo, ahora invisible para nosotros, pero sus signos de amor nos son sensibles en el pan consagrado, en las palabras del Evangelio. y de la jerarquía eclesiástica. Nunca cultivaremos nuestra fe lo suficiente como para hacerla fuerte, viva, puesta habitualmente en la base de nuestras decisiones, de nuestros juicios y, sobre todo, de nuestra oración. Nuestra sensibilidad normalmente debe apoyar y nuestra expresión fe. sí No se trata de destruir esta sensibilidad, pero la fe debe, con igual certeza, hacerlo si no la supera, o incluirla en el mismo movimiento del amor del que es fuente. Debemos ser hombres de fe tanto en el trabajo, en la time, en la acogida, como en el silent. Cada uno, en su propia chimenea, debe poner sus energías y riquezas de su corazón y temperamento al servicio de la fe; y lo haremos solo amar. Ruego a Jesús, para que cada uno de nosotros aprenda a vivir de la fe: a mirar las cosas, los seres, las situaciones con los ojos de Dios ya reaccionar en cada circunstancia con la fuerza de su amor.
«Donde está tu cariño, allí está tu corazón… «
La continuidad de la presencia de Dios no está en la conciencia actual, limpia sobre todo a través de ideas o imágenes de esta presencia, sino que reside en la vigilancia del amor: es en él y para él que se realiza la unión con Cristo. La atención imaginativa o intelectual es sólo un medio de obtener esta vigilancia. El corazón debe y puede velar aun cuando el hombre se entregue totalmente a su trabajo para hacerlo de la mejor manera.
» Venga tu Reino, santificado sea tu nombre»
Hay dos formas de actuar sobre el mundo. La primera es inmediata en el tiempo y en el espacio y pertenece al hombre totalmente personal: es fruto de nuestra inteligencia, de nuestra inventiva, de nuestra voluntad, del trabajo de nuestras manos. Es una necesidad vital; todos los hombres la desean y aspiran a ella, caen en la medida de sus propias capacidades e ideales. La otra forma de actuar sobre el mundo solo puede describirse como después de perderse en la renuncia a toda actividad inmediata. Entonces, tal actividad se vuelve ilimitada en el tiempo y en el espacio, en la profundidad y en la amplitud, y nos mantiene continuamente absortos en una ambición cada vez mayor, de actuar dondequiera que haya hermanos, en la esperanza de que tal actividad crezca y perdure para siempre. Este deseo absoluto es signo de una vocación contemplativa y solamente puede satisfacerse en cooperación con la misma actividad de Dios, y es en este punto donde toda actividad exterior, aunque sea apostólica, nos deja insatisfechos. Tal colaboración en la acción omnipotente de Cristo no puede servir sino como fruto de un amor contemplativo. Todo se funda en el amor: sí, pero eso caracteriza el camino de un contemplativo es que su amor debe ser tal que le inspire no sólo el coraje para una acción inmediata y visible en la caridad, sino también eso, igualmente difícil. permanece fiel a un apostolado invisible, cuya realización presupone un grado de desapego, sí no más total, ciertamente más profundo. En esta perspectiva, debe dirigir todas sus acciones. Tal chimenea no puede recurrir ferozmente a una vida sostenida por la gracia de un conocimiento contemplando a Jesús, de una cruz en el Calvario y de que, en el corazón de cada uno de nosotros, sigue obrando por la salvación de todos. los hombres.
En comune con la Eucaristía de Jesús “¡ Qué misteriosa realidad, si reflexionamos sobre ella, es este pan consagrado, este vino consagrado, que los hombres han poseído desde la víspera de la Pasión del Señor!La Iglesia posee la Eucaristía; todas las Iglesias cristianas, incluidas las separadas, no pueden prescindir de la Eucaristía. Jesús se lo dio a la Iglesia y no lo retiró. Jesús dejó la Eucaristía a los hombres; hagan lo que hagan, está ahí y estará con nosotros hasta el final de los tiempos. Lo que es, los hombres se esfuerzan por comprender. Están las intenciones de Jesús cuando instituyó este sacramento, y son interpretadas. Están las palabras de Jesús en la Cena, tratamos de entender su significado. ¿Lo que sucede? ¿Qué misterio es este?En este sentido, la piedad de los hombres fluctúa desde exageradas representaciones afectivas e imaginativas de la presencia de Cristo, a interpretaciones más simbólicas de esta presencia. Los teólogos no han terminado de preguntarse al respecto, pero hay algo ahí que los excede, ¿Cómo decir lo que debe ser la Eucaristía para nosotros? ¿Quién podría respondernos sobre la forma en que debemos comportarnos frente a ella? ¿Esta presencia divina es simplemente con vistas a la comunión? Si se puede decidir que todas las fluctuaciones en la teología y en el pie de los fieles a lo largo de la historia han repercutido en el tratamiento de la Eucaristía. Es como la prueba de la fe de los cristianos: cuando la fe se debilita, se minimiza la presencia de Jesús en la Eucaristía. No podemos deshacernos de él y de los problemas que plantea: no podemos ignorarlo: es la prueba de la fe porque es el Señor, y porque existe visiblemente. Lo vemos y lo tocamos. Está expuesto a las mismas discusiones, a las mismas críticas que el Señor encontró durante su vida terrena. Todo lo que se pueda decir del Señor hay que releerlo en el Evangelio. Estaba vivo: era un impostor, un bebedor de vino, un agitador… ¿qué sé yo? El hijo de María es signo de contradicción entre los hombres. Ahora, después de la Ascensión, Jesús ya no está visiblemente entre nosotros; vemos la Eucaristía; es ella la que se convierte en signo de contradicción entre los hombres. Dije que la piedad de los fieles si se manifestaba sobre todo en el modo en que realizaron la Eucaristía. En las iglesias de Oriente, está misteriosamente consagrado detrás de un iconostasio y la piedad de los fieles, su fe, se expresa frente a esta armoniosa representación de los símbolos de la jerarquía de los santos y del paraíso. En Occidente, por el contrario, en el siglo pasado la Eucaristía era objeto de una piedad más individualista, hasta el punto de que la comuna aparecía sentimentalmente desligada del sacrificio y bendición del Santísimo. Sacramento se hizo cargo de la misa. Ahora volvemos a una concepción más justa en el misterio eucarístico como sacrificio, pero con tendencia a rechazar cualquier otra forma de veneración de esta presencia divina. Pero, ¿por qué querer limitar la expresión normal de los sentimientos de amor, de veneración y fe, cuando estos sentimientos se basan en una correcta concepción en la fe, del sacramento del cuerpo y sangre de Jesús? Si es cierto que Jesús está presente en la Eucaristía, ¿con qué derecho se podría impedir que aquellos que creen en nosotros venenen esta presencia? De hecho para adorarlo? ¿Cómo impedir que los discípulos del Señor vayan a buscar a consuelo, afirmando su fe yendo a una iglesia, orando donde se guarden las Sagradas Especies, para suplicarte, para llorarte, para adorarte, porque hay una presencia real de nuestro Salvador, y ¿por ¿qué siente la necesidad de enganchar su fe a realidad visible, a signo sensible de la Presencia divina? del sacramento del cuerpo y la sangre de Jesús? Si es cierto que Jesús está presente en la Eucaristía, ¿con qué derecho se podría impedir que aquellos que creen en nosotros veneren esta presencia? De hecho para adorarlo? ¿Cómo impedir que los discípulos del Señor vayan a buscar a consuelo, afirmando su fe yendo a una iglesia, orando donde se guarden las Sagradas Especies, para suplicarte, para llorarte, para adorarte, porque hay una presencia real de nuestro Salvador, y ¿por ¿qué siente la necesidad de enganchar su fe a realidad visible, a signo sensible de la Presencia divina? del sacramento del cuerpo y la sangre de Jesús? Si es cierto que Jesús está presente en la Eucaristía, ¿con qué derecho se podría impedir que aquellos que creen en nosotros venenen esta presencia? De hecho para adorarlo? ¿Cómo impedir que los discípulos del Señor vayan a buscar a consuelo, afirmando su fe yendo a una iglesia, orando donde se guarden las Sagradas Especies, para suplicarte, para llorarte, para adorarte, porque hay una presencia real de nuestro Salvador, y ¿por ¿qué siente la necesidad de enganchar su fe a realidad visible, a signo sensible de la Presencia divina? Jesús ideó el pan y el vino como materia de este sacramento, y con esta elección manifestó claramente que su presencia estaba en vista del sacrificio y comunón de los fieles, ya que su presencia bajo las Sagradas Especies normalmente no puede cesar sí no como el sartén y consumiendo el vino. Pero necesito reflexionar sobre este misterio, necesito meditarlo, porque es grande; introduce me demasiado direct en el Corazón de Cristo en la Cena, con todos aquellos sentimientos que este Corazón contains sobre nosotros, por cada uno de nosotros, por su Iglesia, porque no puedo deberme ni un momento para penetrar en vosotros a través de la contemplación , mientras que en Cambio durante la misa, llevado por la acción litúrgica, ¡no tengo tiempo para contemplar todo esto! …En nuestro tiempo personal, con todo lo que implica el intercambio de amor y profundidad de la vida en nuestra vida, ciertamente la presencia de la Eucaristía en el sagrario es para los pobres, que somos, punto de referencia para la fe. en Jesús y por nuestro amor a Él. Es cases el claustro de los cristianos que viven en el mundo, su lugar de encuentro con el Señor. ¿Dónde podemos ir para encontrar un signo de la presencia de Dios, un signo que nos impulse a orar, que nos ayude a llegar a la presencia de Dios, en un mundo que lleva cada vez menos los signos de esta presencia? Este signo de las Sagradas Especies causa nuestra fe porque nuestros ojos no ven nada, y al mismo tiempo es como el punto de partida de nuestra oración. no se necesita mucho tiempo, leyendo las meditaciones que el hermano Carlos de Jesús (Charles de Foucauld) había escrito sobre la ermita de Beni-Abbes, para dar cuenta en qué punto la presencia eucarística era para él el punto de partida de su oración. Por supuesto, el contacto con Dios, el diálogo con Él, se desarrolla en lo más profundo de nosotros mismos, en nuestro enraizamiento en la vida divina a través de la vida teológica, mientras que la presencia eucarística externa a nosotros, excepto en el momento de la comunidad, pero es un signo y una realidad que necesita ser humana. Para considerar el enorme acuerdo de la piedad de los fieles sobre este punto, y esto durante siglos; considerar la espontaneidad de la devoción eucarística en las almas que viven de la fe,ya que la gran mayoría de los han amado profundamente al Señor no han planteado ningún problema al respecto; Considerando todo esto, creo que se puede decir que estuvo en el designio del Señor, cuando instituyó la Eucaristía, que fuera para nosotros, fuera de la celebración del sacrificio litúrgico, una presencia de consolación, de apoyo a la fe. de los fieles, un recordatorio del mundo invisible, y finalmente una invitación a adorarlos y unirse a su oración perpetua» Basado en el libro:» Con Jesús en el desierto » – por el P. René Voillaume ed- Morcelliana -Brescia 1973 El Volumen es el compendio de la predicación que el Padre Voillaume dio a la Curia Romana, en presencia del Papa Pablo VI, durante los ejercicios espirituales de 1968.El Padre René Voillaume, que siempre quiso llamarse simplemente: Frère (Hermano, a pesar de ser sacerdote), es el Fundador de la comunidad de los Hermanitos de Jesús, recogiendo la herencia espiritual del Hermano Carlos de Foucauld muerto asesinado en 1916, en el Sáhara.Este tronco masculino de la Congregación nació la rama femenina de la Fraternidad de las Hermanitas en 1939, de la mano de Sor Madeleine de Jésus, hija espiritual de Frère VoillaumeDespués de la muerte de su esposa en 1960, el filósofo francés Jacques Maritain se murió a la Comunidad de Toulouse (en el río Garona) de los Hermanitos de Jesús, en 1970 el filósofo se incorporó a la comunidad donde murió en 1973.
También nosotros, como Jesús durante su vida terrena, necesitamos períodos de retiro y de desierto, que “no deben parecer períodos quitados a los hombres”. La objeción de que no pueden permitir tales retiros y que por lo tanto no podemos separarnos de los otros pobres y de los trabajadores jubilándonosil deriva de un razonamiento demasiado materialista. ¿Se equivocaría entonces Jesús al decir a sus apóstoles que abandonaran sus redes, sus parientes, sus compañeros de trabajo para llevar a su séquito, y muchas veces en el desierto, una vida, al fin y al cabo, menos fatigosa que la pesca nocturna en el lago? Nuestros retiros son un trabajo con Jesús, debemos ser muy rigurosos en cuanto a las condiciones de silencio, aislamiento,
Los periodos del desierto
El período de tiempo del deseo es esencial para profundizar nuestra vida de oración. Desierto no es sinónimo de retiro: no todo lugar de retiro es un desierto y lo que normalmente se llama un ejercicio de retiro no es comparable a un período de desierto. Cada lugar lleva en si mismo un significado espiritual en la medida en que, a través de nuestros sentidos, ayuda a imprimir una señal en nuestro espíritu. San Juan de la Cruz ingresó en la importancia de los lugares como medio de preparación para la contemplación. El desierto no es solo un lugar solitario y silencioso, ya que puedes encontrar muchos en el mundo e incluso en el corazón de nuestras ciudades. El desierto es más que un lugar de retiro, porque en el ocupado por estas soledades áridas parece sin sentido frente a los espacios más estrechos reservados para regiones fértiles y superpobladas. Como la oración de adoración pura, de la que es imagen, el desierto aparamente no sirve para el hombre. El desierto lleva al hombre al límite de su debilidad e impotencia y lo obliga a buscar la fuerza sólo en Dios. Lleva en sí el signo de la pobreza, de la austeridad, de la extrema sencillez, del desaparo total del hombre que descubre su debilidad, ya que el hombre no es capaz de subsistir por sí mismo frente al desierto.su extensión y en su vacío lleva sus propios valores. Como tal, el desierto es inútil para el hombre y el espacio. A cambio, es Dios quien conduce al desierto, ya que el espíritu no puede permanecer allí sin ser alimentado directamente por Dios. En esto se diferencia un período de desierto de un retiro en el que es bueno, en el contrario, buscar a todos los posibles medios externos para renovar y recoger la fe: conferencias, participación en la liturgia, oraciones en común, discusiones con a directora espiritual. Estos retiros son necesarios y por otra parte pueden requerirse, según la madurez espiritual de cada uno, diversos grados de soledad.El desierto, por el contrario, es un intento de avanzar desnudos, débiles, desprovistos de todo apoyo humano, en ayuno de alimentos terrestres e inclusive espirituales, hacia el encuentro con Dios, y no habrá ir muy lejos, si Dios mismo no lo hizo . Envianos on comida como lo hizo por Israel, por Elias, se acostó y exhausto bajo el enebro. Nuestra oración, a cuando sea el resultado de una actividad de las virtudes teológicas, implica siempre una experiencia respetuosa del alimento divino. El periodo del desierto es una prueba, una prueba}as an intent lleno de confianza para instar a Dios a que venga hacia nosotros, en nuestra impotencia, para conducirnos a él. Lo que, por tanto, es esencial, en un período de desierto, es el despojo total y la espera serena y silenciosa de Dios en cierta inactividad de nuestras capacidades. Esta espera pasiva, sin respuesta de Dios, sería dañina si se prolongara mucho, pero está llena de ventajas si es breve, como un grito de auxilio lanzado hacia Dios y que necesitamos, de vez en cuando, para apoyar nuestra oración. No debemos emprender retiros prolongados en el desierto de forma temeraria, sin dirección espiritual y, en todo chance, debemos saber comportarnos de tal manera que estemos dispuestos, siguiendo la respuesta de Dios, a mezclarnos con Esperar en silencio y despojarnos del alimento espiritual necesario para no debilitarnos y no reducirnos a la inercia, con el pretexto de haber querido alcanzar, con nuestras fuerzas, la montaña a la que solo Dios puede conducirnos. Para ir al desierto, uno debe creer que Dios puede venir a nosotros encontrar en la oración y, para obtener la gracia de esta visita, hay que desearla con confianza y alegría. El día en el desierto nos recuerda regularmente la necesidad de esta espera. Nos recuerda las condiciones de preparación necesarias para recibir esta gracia: humildad de corazón, no confiar en un mismo, aceptar la ausencia de consuelos sensibles y la austeridad de este modo de encontrar a Dios; porque, si el Espíritu Santo nos visita, no sucederá menos que primero nos olvidemos de nosotros mismos. Para convertirse en camino hacia Dios, el desierto debe ser acogido con espíritu de absoluta pobreza. sin pelar y silencio interior, el desierto sólo sería un obstáculo para la oración.Es también en la desnudez del desierto donde caerán las ilusiones de todo lo que estorba nuestro corazón. No se puede soportar caminar mucho, solo en el desierto, si no si tiene un corazón sencillo y pobre y si todavía se espera de la vida algo más que solo Dios. Por eso las tentaciones de hacernos útiles a los hombres, de un modo diferente, de la sustancial vital de la trascendencia divina or del amor divino, la tentación de establecer el reino de Dios por medios distintos a los utilizados por el mismo Jesús, no serán definitivamente vencidos hasta que en el desierto, como lo fue para Jesús No, no somos más débiles en el desierto que en cualquier otra parte: estamos en condiciones de hacer una elección más absoluta y radical, una elección cuyas alternativas, durante nuestra vida habitual, se desvanecen por la multiplicidad de actividades diarias y por innumerables más o compromisos menos conscientes.
El consuelo de un encuentro con Dios en la desnudez del desierto se nos aparecerá entonces como fuente y guaría de nuestra fidelidad a las exigencias de la contemplación en el ritmo pleno de la vida, de a renovación de nuestra vocación como permanentes en la oración; se inscribe también en nuestra vocación de ser salvadores con Jesús a través de una oración de intercesión cuya intensidad exige, en sí mismo, el absoluto del desierto.
La llamada al desierto
Para un Hermanito la llamada a vivir en el desierto no deriva de una vocación solitaria permanente, ni de una vocación monástica que implica la separación del mundo como elemento esencial y permanente en la búsqueda de la santidad, hasta que es parte de la realización misma de on vocación a misión de oración de adoración e intercesión. También aquí la actitud fundamental de un hijo del Padre de Foucauld está ligada a la de Santa Teresa del niño Jesús: ante Dios sus angustias y sus súplicas, en unión con Jesús orante en el desierto. Es el mismo Espíritu que empuja al Hermanito a bajar a mezclarse con la multitud de hombres, a subir la montaña, solo, Las estancias de Jesús en el desierto encajan plenamente en su misión de Salvador. Con la adoración del Padre es la oración pura del Redentor, en toda la extensión de la misión y de la responsabilidad por la salvación de todos los hombres. Prueba de ello son las tentaciones que sufre por parte de Satanás, así como ciertas noches de oración: las que preceden a la elección de los apóstoles y la del huerto de Getsemaní. Es un estado extremo de oracion. Ciertos apóstoles y ciertos santos, elegidos por Dios para una gran obra de evangelización, vivieron estados de oración similares: San Pablo en el desierto de Arabia, San Francisco de Asís en muchas de sus ermitas y, sobre todo, en La Verna. Dadas las debidas proporciones, es precisamente en el mismo sentido de la oración desnuda y solitaria de quien, por vocación, está comprometido con el misterio de la redención de los hombres, que la llamada de un Hermanito a la oración solitaria en el desierto se inserta Si se trata de una verdadera realización de su vocación apostólica que presupone la muerte de sí mismo y una gran disponibilidad interior a la caridad de Jesús, de modo que toda la vida esté como dominada por la preocupación por la salvación de todos los hombres. Necesitaríamos renovar siempre nuestra fidelidad a la gracia de nuestra vocación, y para ello iremos al desierto. Además, en algunos momentos, sentiremos, como fruto de una generosa fidelidad a la gracia de la vocación, la necesidad de una pura oración de intercesión, como Jesús en su vida pública, siente la angustia de la salvación de aquellos a quienes es enviado, o se tiene conocimiento de la inclusión de la acción evangélica en casos impotentes ante la inmensidad del mal y que sólo la oración pura puede erradicar. «Este tipo de demonio, el espíritu impuro, sólo puede ser expulsado con la oración» (Me. 9:29). Esta última forma de oración se injerta y lleva a la Pasión de Jesús, por aquí han pasado muchos santos, y esto está en consonancia con la vocación redentora de las fraternidades.
CONCLUSIÓN
La vida contemplativa, enclaustrada o no, no es más que una anticipación de cuál debe ser un día el estado de vida de toda criatura humana: es su última y auténtica justificación. Sin esto, no tiene sentido. Anticipamos a continuación cuál debe ser el destino de todo hombre salvado y glorificado por Cristo.
Sabemos muy bien que algunas de las justificaciones humanas, que con demasiada frecuencia se invocan, no dan cuenta realmente de la legitimidad del voto de castidad: la única válida es la de la anticipación. Está en el plan de Dios que el estado de castidad sea un día el de todo hombre. . Por lo mismo, ninguna razón justifica más que la vida consagrada – en lo que es más esencial, mirar y contemplar con amor a Cristo, nuestro Dios y Salvador – que el hecho de ser simplemente una anticipación de la visión beatífica. A pesar de nuestra debilidad y del modo miserable en que llevamos tal vocación, nuestro estado de vida sigue siendo la sustentada de una vocación sobrenatural de la humanidad.
El mundo necesita ser verdad en estas realidades, no sólo afirmadas por una predicación, hasta realmente anticipadas, bajo sus ojos, en algunas vidas humanas.
En junio de 1953, al frente de la Secretaría de Estado del Vaticano como prosecretario de Estado para Asuntos Ordinarios, Giovanni Battista Montini -que, exactamente diez años después, se convertiría en Papa, asumiendo el nombre de Pablo VI- escribió el prefacio de un libro que permaneció inédito y que se publicó casi medio siglo después, en 1998.
El informe es del periódico L’Osservatore Romano, 30-11-2016. La traducción es de Moisés Sbardelotto.
La petición había llegado al alto prelado de parte de René Voillaume, fundador y prior general de los Hermanitos de Jesús, inspirado en la figura de Charles de Foucauld. El religioso francés (1905-2003) había pedido a Montini que escribiera el prefacio de la segunda edición de la traducción italiana de Au coeur des masses. La vie religieuse des Petits Frères du père de Foucauld [En el corazón de las masas. La vida religiosa de los Hermanitos del Padre De Foucauld].
El libro se publicó en Francia en 1950 y en una segunda edición dos años más tarde, y recientemente se ha publicado en Italia con el título Come loro. La vita religiosa dei Piccoli fratelli di Padre de Foucauld [Como ellos. La vida religiosa de los Pequeños Hermanos del Padre De Foucauld] (Roma, 1952).
Fue hacia el final de la guerra cuando Montini conoció a Voillaume y, con él, a Magdeleine Hutin, fundadora de las Hermanitas de Jesús. Este fue el comienzo de una relación y una amistad que continuó incluso después de su elección al papado, y de la que este prefacio, publicado en su totalidad, es una primera muestra.
En 1968 el fundador de los Hermanitos predicó los Ejercicios Espirituales en el Vaticano y de ahí salió un libro publicado en Francia al año siguiente e inmediatamente traducido al italiano (Con Gesù nel deserto [Con Jesús en el desierto], Brescia, 1969), con un prefacio de Virgilio Levi, en aquellos años secretario de la redacción de L’Osservatore Romano.
Aquí está el prefacio.
Para entender estas páginas será necesario conocer un poco la singular figura del asceta y místico en el que se inspiran, Carlos de Foucauld, o, como ya le llaman sus seguidores, Carlos de Jesús. Se convirtió en ermitaño misionero tras haber sido oficial del ejército colonial francés y haberse convertido por el fervor de una vida cristiana, divertido y fascinado por el misterioso encanto del desierto africano; Luego, peregrino en Tierra Santa, se hizo trapense, viajó de Armenia a Roma, dejó la orden para volver a Palestina y de allí a Francia de nuevo, donde, ordenado sacerdote, regresó a África, ya su patria espiritual, y allí consumió años de una vida pobre, asistiendo, nómada él, a las tribus musulmanas; Luego se instaló en el oasis de Tamanrasset, en Hoggar, para terminar su anhelada carrera terrenal asesinado, a la puerta de su ermita, por los mismos a los que había llevado, pleno y beneficioso, el humilde regalo de su amistad: esto ocurrió el 1 de diciembre de 1916.
Una vida tan variada y atormentada, tan errante y a la vez tranquila, solitaria y ávida de encuentros espirituales, agitada por múltiples experiencias y extrañas aventuras, y hecha por ellas aún más sencilla y recogida, tan gradualmente despojada de todo y a la vez progresivamente rica en bondad y en amor, desconcertante y atractiva, emerge como una tenue luz entre los miles de fatuos focos de nuestro siglo, y, poco a poco, a medida que se aleja en el tiempo, se convierte en un faro y marca un camino.
Este camino lo recorre ahora el padre Renato Voillaume, prior general de los Hermanitos de Jesús, que exhorta con estos escritos a sus humildes comunidades, las «fraternidades». Así nace un volumen de espiritualidad que viene a enriquecer la literatura religiosa con una aportación muy notable.
Más que un tratado, más que un libro, esta colección de escritos ocasionales es un documento de la vida religiosa que surgió del ejemplo valiente y maravilloso del asceta del Sahara, y demuestra la capacidad perenne de la Iglesia católica para generar auténticos seguidores de Cristo, creando asombro y alegría por la singularidad del fenómeno religioso que describe, despertando inquietud y fascinación por la profundidad y la sencillez espiritual a la que se refiere, y ofreciendo un código de ascesis evangélica, impulsado, por un lado, por expresiones primitivas y genuinas de la tradición monástica, inserto, por otro, en las condiciones más elementales de existencia y actividad de las clases sociales humildes.
La obra aborda una serie de cuestiones relativas a la perfección religiosa, las virtudes que le son propias, la pobreza y la caridad especialmente, la santificación alimentada por la celebración de las fiestas litúrgicas, los grandes temas de la ascética y la mística, el análisis del alma humana sedienta de unión con Dios y guiada por las lecciones evangélicas al servicio y al amor al prójimo, la abnegación, la visión del mundo y de la vida en el marco grandioso y lúcido de la sabiduría del divino Maestro: el trabajo y la oración, el silencio y la palabra, la soledad y la socialidad, el ocultamiento y la amistad, el valor del tiempo y el de la eternidad, la libertad de espíritu y la obediencia fácil y espontánea, el conocimiento de las miserias humanas y la estima del hombre, la tranquilidad y el valor, el arte de sufrir y, al mismo tiempo, de gozar La independencia del mundo y el afán por salvarlo, el desprendimiento de las criaturas y la capacidad de saborear su lenguaje y su belleza, y tantos otros temas, diversos y llevados a una armonía interior, son repasados en estas páginas y demuestran esa amplia información doctrinal y esa experiencia personal que dan crédito e interés inusitados a un libro.
Los doctos pueden discutir y comentar tantas cosas; no queremos hacer un juicio aquí.
Sin embargo, para recomendar el volumen a los lectores italianos, bastarán algunas circunstancias que pueden abrir el camino a una acogida favorable. La pobreza, sobre todo, de la mayor parte del clero italiano: necesita medidas, sobre las que no es dado discutir aquí; pero es, en sí misma, tal prenda, porque no podría reconocerse otra mejor para calificar de admirable su desinterés cotidiano y disponerle a ejercer su ministerio del modo más propicio para hacerlo convincente y darle dignidad y mérito de autenticidad evangélica. Por eso, así considerado, puede hacer de la más humilde y despojada vida eclesiástica un ejercicio de santidad, que fácilmente encontrará en las páginas del libro analogías reconfortantes, interpretaciones adecuadas, ejemplos apremiantes.
Y el beneficio de esa exhortación a la santidad atraída por la pobreza será aún mayor si a la intención, tan moderna como urgente, de evangelizar a las personas se añade la de desprenderse de los bienes materiales; Es decir, la intención que abre los ojos al estado de abandono espiritual de enormes franjas de población, tanto urbana como rural, y que lleva a los suburbios religiosamente más desolados, a los centros de trabajo y de tráfico más profanos, a los campos más alejados del campanario al apóstol de la sociedad actual, ya no centrada en el templo y en Dios, sino en el uso del mundo y del hombre.
También por esta aventurada penetración pastoral, que hace del sacerdote y del laico deseosos de la salvación del prójimo auténticos misioneros, la elección de las Fraternidades de Charles de Foucauld ofrece magníficas lecciones de valor, de sabiduría, de caridad. Y muestra, con ejemplos que dan el aspecto paradójico del heroísmo habitual, cómo la evangelización de la doctrina y de la gracia debe ser previa o concomitante a la evangelización de la vida de los que predican y personifican a Cristo.
Ante el asombro del lector, pasan visiones lejanas, demasiado a menudo confinadas al ámbito de la reminiscencia y la fantasía: Son los apóstoles enviados por Jesús a su primer experimento anunciando el Reino de Dios, «sine pera, sine calceamentis»; son las extrañas figuras de los primeros ermitaños, exiliados voluntarios en el desierto, precursores del futuro monasterio y de la futura aldea cristiana; son los frailes medievales que van engalanados de pobreza y alegría a restaurar en el mundo la esperanza de la era cristiana; Son los valientes peregrinos que atraviesan continentes y océanos para llevar la buena noticia a las costas más lejanas; y hoy, finalmente, son los hermanitos de Jesús, que van errando por los márgenes de las obras ya organizadas, de las ciudades ya construidas, de la civilización ya establecida, para ser pioneros silenciosos y modestos del amor cristiano
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Este instinto de la más humilde evangelización hoy se ha convertido en ideal y da a los seguidores de Carlos de Jesús su talento religioso: dejan sus hábitos comunes para conservar la tradición evangélica; renuncian a la vestimenta digna para asumir la del trabajo miserable y duro; dejan las comunidades bien organizadas en colegios impersonales para crear pequeños grupos de amigos que trabajan, rezan y viven juntos; repudian cualquier distinción exterior para asimilarse a los estratos sociales humildes, donde han elegido vivir; Hacen de la renuncia, del abajamiento y de la paciencia un instrumento de predicación silenciosa, una oportunidad para la amistad y el apostolado. Sobre todo, conservan en la intimidad de sus corazones y en el refugio de sus miserables moradas una asidua y ardiente piedad de contemplativos y adoradores, y de ello obtienen una defensa frente a la vulgaridad del entorno y la capacidad de difundir la inefable fragancia de Cristo.
Cuántos sacerdotes, cuántos religiosos y religiosas, cuántos buenos fieles, en un país tan pobre en riquezas económicas como Italia y tan rico en patrimonio espiritual, pasan su vida y, por elección generosa y por la fuerza de las cosas, en condiciones casi análogas a las que la audaz vocación de los Hermanitos prefiere para el desarrollo de su espiritualidad; cuántas almas, pues, que anhelan seguir al Maestro, encontrarán en las páginas del Padre Voillaume su propia lección de santidad.
Y así, mientras la negación de Dios, el materialismo revolucionario, el anticlericalismo político se arman de miseria, de sufrimiento, de abyección social, estas páginas se ofrecen al público católico italiano como escuela, como ejemplo de una transfiguración cristiana muy diferente de la fatiga humana, en un signo de valor y de esperanza.
El amor y la imitación de Jesús de Nazaret inspiraron y animaron siempre el andar del padre de Foucauld en la realización de su vocación. Fue esto lo que lo condujo a la Trapa, y esto mismo lo que lo hizo salir de ella para avanzar solo, por caminos singulares, no por deseo de singularidad sino por fidelidad a un llamado, de hecho, le obligaría a innovar. Guardando todas las proporciones, ocurrirá otro tanto con la Fraternidad cuando, después de haber hecho de un modo monástico sus primeros pasos en la vida de Nazaret, comenzará la fundación de fraternidades con un cuadro de vida diverso al que hasta entonces le había sido característico.
En mayo de 1946 se funda en Aix-en-Provence la primera fraternidad obrera. Voillaume formará parte del grupo, trabajando de pintor, y si bien las responsabilidades del priorato no le permitirán permanecer demasiado tiempo en ello, deseaba participar personalmente en la nueva experiencia que comenzaban a vivir los hermanitos.
A partir de aquí se abre un período particularmente fecundo para la Fraternidad. En tanto se iba consolidando y confirmando en su nueva orientación, la abundancia de vocaciones y la consecuente multiplicación y dispersión de las fraternidades caracterizarán los años siguientes.
Es durante esos mismos años cuando el P. Voillaume escribirá las cartas y conferencias que en 1949 serán policopiadas y al año siguiente publicadas bajo el título En el corazón de las masas. En estos escritos del prior de los Hermanitos de Jesús, se hallará la base de la espiritualidad futura de las Fraternidades. El libro conocerá más de una docena de traducciones y numerosas reediciones, manifestando así que su interés superaba ampliamente los límites de las Fraternidades.
Por aquella misma época aparecen las nuevas Constituciones de los Hermanitos de Jesús (1951), donde se expresa en su nueva fisonomía la identidad de las Fraternidades:
«Los Hermanitos de Jesús imitan, ante todo, la vida laboriosa de Jesús obrero en Nazaret, llevando a cabo en la pobreza una vida de trabajo, en contacto íntimo con los hombres, mezclados con ellos como la levadura en la masa, a fin de contribuir por el testimonio de sus vidas más que por sus palabras, a hacer conocer y amar a Jesús, Hijo de Dios, y a establecer entre los hombres, por encima de todas las divisiones de clases, razas y naciones, la unidad fraternal del amor del Salvador» (art. 3)
Ante este hecho de la multiplicación de las fraternidades, y, sea para visitarlas o para preparar nuevas fundaciones, el padre Voillaume se verá obligado a viajar constantemente y por todos los continentes, utilizando con frecuencia la vía epistolar para seguir en contacto con los hermanitos.
Como fruto de este período aparecerán sus Cartas a las Fraternidades. El primer volumen –Testigos silenciosos de la amistad divina– El segundo –A causa de Jesús y del Evangelio–, El tercero –Por los caminos del mundo–, Si bien durante estos años serán publicados numerosos artículos suyos en medios diversos, lo contenido en estas cartas viene a continuar y a completar, desde el contacto con la experiencia de las fraternidades, lo que Voillaume expusiera en En el corazón de las masas. De aquí que constituyan la expresión medular de su pensamiento en estos años. Surgirán también, en aquel tiempo, otros grupos que se inspiran de la espiritualidad del Hermano Carlos.
La palabra del P. Voillaume será requerida por unos y otros, así como por las Hermanitas de Jesús. Esto hizo que la transmisión del mensaje del Padre de Foucauld por parte de René Voillaume, fuera trascendiendo progresivamente las fronteras de su Congregación. Por otra parte, en 1956, permaneciendo Voillaume como prior de los Hermanitos de Jesús, fundará los Hermanitos del Evangelio. En 1965 el padre Voillaume dimitirá como prior de los Hermanitos de Jesús –cargo que ejercía desde la fundación, en 1933–, para poder dedicarse con mayor libertad a las Congregaciones más jóvenes.
Fallecerá en Cépie (Francia) el 13 de mayo de 2003.
La llegada de la Segunda Guerra Mundial habrá de modificar la vida de la Fraternidad, al ser movilizados la mayor parte de los hermanitos. Un par de ellos quedará, sin embargo, en El-Abiodh, posibilitando el regreso periódico del resto; pero aun así, la vida de la comunidad entrará en un paréntesis que habrá de prolongarse hasta el final de la guerra. René Voillaume había sido destinado a Orán y luego a Touggourt como personal militar no combatiente. Esto lo mantendrá alejado durante varios años del gobierno físico de la comunidad de El-Abiodh. Se abre así un período en el que distintas circunstancias y hechos providenciales llevarán a la Fraternidad a una transformación hasta entonces imprevista.
Cabe comenzar recordando que la Regla de 1899, a partir de la cual se proyectó la fundación, había sido en muchos aspectos modificada, en razón de haber sido considerada por algunos superiores de San Sulpicio como impracticable y «escrita no para hombres sino para ángeles». Esto hizo que, exceptuando al grupo fundador, el resto de los hermanitos no tuviera un conocimiento directo de ella; es más, se evitó expresamente que llegara a manos de los más jóvenes, para preservarlos de engañosas ilusiones. Así fue como, tras la lectura de dicha regla por parte de los hermanitos que habían permanecido en El-Abiodh, le plantearan éstos a Voillaume, en mayo de 1943, la exigencia de volver a una más perfecta observancia de la misma, a fin de seguir con mayor fidelidad al Hermano Carlos.
Esto suponía, fundamentalmente: una vida de mayor pobreza y austeridad, un cumplimiento más estricto de la clausura y del silencio, dar más importancia al trabajo, y alcanzar una mayor simplicidad en el trato. La irreductibilidad con que se presentó inicialmente el planteamiento fue superada en virtud del espíritu abierto y paciente del P. Voillaume, así como por la intervención del Prefecto Apostólico del Sahara. De este modo, las observancias señaladas encontrarán eco y sintonía en René Voillaume y, mientras la vida en El-Abiodh iba evolucionando en tal sentido, él se retirará en junio de 1944 a una ermita comenzando un trabajo de investigación, a fin de compenetrarse mejor con el espíritu del Hno. Carlos. Esto, que habrá de llevarle un año entero, supuso la lectura de los escritos del P. de Foucauld, un intercambio de opiniones con los hermanitos, y tiempo de reflexión en la oración. A partir de ese momento ya no se busca definir la vocación y misión de los Hermanitos por referencia a la sola Regla de 1899 (que no representaba el pensamiento del Hno. Carlos sino parcialmente y, en más de un aspecto, de modo germinal), sino a partir del conjunto de su vida y de sus escritos, lo cual aseguraba una mayor fidelidad a la integridad de su mensaje.
Parece oportuno destacar el decisivo papel que jugara uno de los hermanitos que permaneció en El-Abiodh durante la guerra, quien, contagiado del radicalismo evangélico del padre de Foucauld, impulsará la transformación de la Fraternidad en dirección a una mayor pureza de ideal: el hermano Milad. Nombrado poco después maestro de novicios, él será el formador de los hermanitos durante los años de mayor afluencia de vocaciones. Es preciso, pues, destacar su figura, tanto por la importancia de su participación en el período que acabamos de narrar –verdaderamente determinante para la futura orientación de la Fraternidad–, como por lo que significó como formador. Se cierra así la crisis desencadenada en 1943, de la que la Fraternidad, profundizando su ideal, sale más firmemente enraizada en el espíritu del Padre de Foucauld. Lo que había faltado, según Voillaume, era «una presencia suficiente del alma y del espíritu del Padre de Foucauld –un cierto sentido de la pobreza y del trabajo–, una profundización mayor del misterio de la vida oculta de Nazaret».