UN RABINO ERRANTE POR EL MARRUECOS PROHIBIDO(II)

El 25 de abril de 1885, los periódicos de París publicaron, en lugar muy destacado, el resumen de la sesión extraordinaria de la Sociedad de Geografía, que se había celebrado bajo la presidencia de Fernando de Lesseps, constructor del canal de Suez, el día anterior, con el fin de escuchar el relato de la expedición a Marruecos realizada por el vizconde Carlos de Foucauld, de veinticinco años de edad, a quien le había sido otorgada la medalla de oro.

«Antes del viaje del señor de Foucauld -es lo que pudo leer el público de Francia y de fuera de Francia- los cartógrafos disponían apenas de 12.208 kilómetros de Marruecos, con pocas e imprecisas referencias sobre la latitud y aun menos sobre la longitud. La geografía astronómica se había estudiado, dentro del imperio, sólo en una veintena de puntos… En nueve meses, del 28 de junio de 1883 al 23 de marzo de 1884, un sólo hombre, el vizconde Carlos de Foucauld, dobló por lo menos la longitud de los itinerarios marroquíes, con mapas cuidadosamente trazados, corrigió el conocimiento de 689 kilómetros descritos por anteriores viajeros y añadió 2.250 nuevos. En lo que respecta a la geografía astronómica,. determinó 45 longitudes y 40 latitudes. Donde sólo se conocían algunas docenas de alturas, él colocó tres mil. Gracias al vizconde de Foucauld se abrió una era nueva en el conocimiento geográfico de Marruecos…»

Este fue un capítulo en la vida de Carlos de Foucauld con el cual se podría escribir una novela. La sociedad de Geografía destacó únicamente su excepcional importancia científica. Fue un capítulo de ruptura, comprometido y audaz, que él quiso afrontar como reto, para acabar con las irregularidades de una existencia inútil. Nosotros, aquí, trataremos de relatar algunos momentos.

Primeramente, el joven vizconde y su guía habían intentado penetrar en Marruecos por tierra, a través de las salvajes montañas del Rif, pasadas las fronteras argelinas, pero no lo consiguieron.

Formaban una curiosa pareja. Uno, Carlos de Foucauld, alias Joseph Aleman -supuesto rabino moscovita, huido de Rusia a consecuencia de los últimos progroms-, disfrazado con aquellos vestidos medio sirios y medio argelinos, recordaba grotescamente a uno de esos monos que, con traje de colorines, hacen piruetas y muecas sobre el hombro de su amo. El otro, Mardoqueo Abi Serour, rabino auténtico de vida ajetreada, no era ya más que una ligera sombra del aventurero de otro tiempo: la barba, entonces negra y abundante, estaba ahora raía y surcada de abundantes hilos blancos; el caftán que, sujeto a la cintura, le caía hasta los pies y el casquete rojo que, con el turbante negro, le cubría la cabeza, mostraban a duras penas, entre los remiendos y las manchas, la buena calidad de las telas antiguamente. Viejo, cobarde y desgraciado, Mardoqueo se había quedado .casi ciego y sordo, si bien contaba con las mejores referencias de todo el Sahara. Tenía siempre entre las manos una vieja petaca, de la cual extraía contenido sin parar, y cuando podía entablar conversación con alguien, hablaba siempre y solamente de alquimia: era un buscador fanático de la piedra filosofal.

Con tal guía, Carlos de Foucauld había comenzado una de las expediciones más arduas y peligrosas de la época, tras diez días de haber buscado inútilmente, en las casuchas y las sinagogas de Orán, Tlemcen, LallaMarnia y Nemurs, un hebreo dispuesto a conducirlo al otro lado de la frontera, a introducirlo en el imperio secreto del sultán Muley Hassan.

Esbelto, majestuoso, con su vestidura alba, el rostro velado, sobre un caballo blanco cubierto con gualdrapa de terciopelo verde con franja de oro, rodeado de una nube de esclavos, atentos a espantar las moscas y a darle sombra con un gigantesco quitasol rojo, el sultán Muley Hassan,con su enorme cortejo de nobles, portaestandartes, guardias de vistosos uniformes encarnados y músicos incansables, estaba casi siempre de viaje a través de un vasto imperio, un imperio sin caminos y sin puentes, roído por el hambre y minado por la violencia. Iba de una ciudad a otra, de Fez a Rabat, de Meknés a Marrakech, o de una a otra de sus lejanas provincias, para cobrar los impuestos por la fuerza, o someter a las tribus rebeldes. Cuando, por la noche, se detenía, alrededor de su tienda, deslumbrante de adornos dorados, florecía como por encanto una ciudad de tiendas dispuestas en círculos concéntricos y dividida en sectores, para alojar a los dignatarios y el harén, la guardia y los mercaderes, los soldados regulares y los reclutados en las distintas tribus sometidas.

Estas eran las noticias «de color» que entonces se tenían del imperio prohibido más allá de sus fronteras, traídas por los pocos que habían osado poner los pies en Marruecos y logrado salir con vida de aquel país ferozmente xenófobo, que se defendía de la penetración de cualquier «cristiano» con leyes tan rigurosas que llegaban a contemplar la pena de muerte, la misma que para los que alimentaban aquel estado de constante insurrección que se recrudecía, contra todo y contra todos, a lo largo del inmenso territorio marroquí.

Una sola ciudad estaba abierta a los europeos: Tánger, que, para permitir el comercio de Marruecos con el resto del mundo, consentía a los comerciantes de toda Europa establecerse en ella con relativa seguridad. Fue a Tánger donde Carlos de Foucauld y su guía llegaron por mar, tras fracasar en los demás intentos de penetrar en Marruecos por tierra.

Era el 20 de junio de 1883. Una vez desembarcado en el inmenso puerto, que exhibía un sol espléndido, situado entre olivos y casas de blanquísimas fachadas, lanzando al cielo azul altísimas palmeras y agudos minaretes con un brillante policromado de mosaicos, Carlos de Foucauld se mezcló entre la multitud cosmopolita y, abriéndose paso con dificultad entre europeos, hebreos, árabes, bereberes y esclavos negros, se adentró en un laberinto de callejas estrechas y tortuosas, entre los gritos de vendedores públicos, el caracolear de jinetes con amplias chilabas, la música mágica de los encantadores de serpientes, el tintinear de las campanillas de los vendedores de agua, el trotar de los asnos cargados hasta los topes, los lamentos desesperados de los mendigos, las rimas de los cantantes y músicos y las ofertas susurrantes de las vendedoras con velo negro, acurrucadas en el suelo junto a sus pobres mercancías, con un surtido amplísimo, desde dátiles a pollos, desde hierbas a cacharros de barro.

Finalmente, Carlos encontró la casa del señor Ordega, ministro francés en Tánger, y luego fue a la morada de Mouley Abd es Selam, descendiente de Mahoma y amigo de Francia. Uno y otro le dieron cartas de recomendación para distintos personajes que, tarde o temprano, podrían serle útiles.

La primera jornada en territorio marroquí se desenvolvió felizmente. Alquilaron unas mulas y las cargaron con el equipaje indispensable: un par de sacos, que contenían cada uno una manta, un vestido, algunas .provisiones y utensilios de cocina, un botiquín con los medicamentos más necesarios y una caja metálica con el material secreto para la exploración: el sextante, el teodolito, el cronómetro, brújulas, termómetros, barómetros y mapas. Tres mil francos, en oro y corales -el capital de la expedición-, estaban escondidos en las vestiduras de Carlos, dentro de un pliegue que ni siquiera Mardoqueo conocía. Luego, los dos montaron en sendas mulas y se pusieron en camino hacia lo desconocido, hacia Tetuán.

Durante el camino, Carlos había tenido una conversación con su guía: «Escucha, Mardoqueo -le había dicho-: Estos días pasados, cuando intentabas convencer a alguno de tus correligionarios para que nos introdujera en Marruecos a través de las montañas del Rif, yo te dejaba hablar escuchándote en silencio; pero estaba bastante preocupado. Inventas cuentos sin fin sobre mi vida en Rusia. ¡Demasiadas historias sobre mí y, lo que es más, bastante inverosímiles! A la larga, esa manía tuya de fantasear puede llegar a ser imprudente. Y si nos descubren, ya sabes lo que nos espera… Por lo tanto, vamos a simplificar las cosas: desde este momento yo no soy el rabino Joseph Aleman, huido de Moscú, etc., etc. En adelante, simplemente, diremos que soy el rabino Couvaud, de Jerusalén, y basta. ¿De acuerdo?».

Llegaron a Tetuán, sin que nadie les molestase lo más mínimo. ¿Tal vez la realidad de Marruecos era menos hostil de lo que se decía?

Satisfechos por este primer éxito, y amablemente hospedados por una familia del «ghetto», se pusieron inmediatamente a preparar la siguiente aventura, bastante más ambiciosa: nada menos que una excursión a Chechaouen, la ciudad santa árabe, donde jamás un europeo había puesto los pies.

Partieron llenos de entusiasmo. Pero no pasarían muchas horas sin que la familia que los había hospedado los viera volver, con los vestidos desgarrados y los rostros lívidos. A las afueras de la ciudad, unos árabes, al descubrir los instrumentos científicos que el «rabino Couvaud» estaba manejando, olfatearon al explorador, y por lo mismo, al espía, y rápidamente se lanzaron contra él, para asesinarlo. «Si estamos todavía vivos, es de milagro», balbuceaba Mardoqueo, que había perdido hasta la última gota de su antiguo coraje.

Carlos de Foucauld comprendió que aquel era el primer aviso del verdadero Marruecos. Convenía, por tanto, anteponer, al estudio de la geografía y los demás estudios científicos, el conocimiento de la situación local y la profundización en ciertos aspectos particulares, referentes a los usos y costumbres de aquella gente. Informándose a fondo de la situación, descubrió que era la siguiente: en el País abundaban los salteadores dedicados a arrancar, sin misericordia, a los campesinos de aquellos contornos, y a rastrear hasta el último céntimo, de lo poco que se escapaba a las recaudaciones fiscales que llevaban a cabo el Sultán Mouley Hassan y su ávida y suntuosa corte. En lo que concernía a la posibilidad práctica de viajar por aquellas tierras, aprendió que no existía más que una manera, articulada en tres momentos: primero, pedir a un miembro importante de la tribu que le había hospedado que le concediese su anaia, esto es, su protección; segundo, concertar con él la zetata, o sea, la suma que pedía por protegerlo; tercero, afrontar el riesgo del viaje hasta el lugar indicado, en compañía del protector y de algunos de sus hombres armados hasta los dientes. Estos le pondrían en manos amigas y podría seguir el viaje hacia otros lugares merced a nuevas peticiones de anaia, nuevas zetata y nuevos desplazamientos con escolta armada, siempre con la esperanza de no encontrar alguna banda de ladrones más fuerte que la escolta. Y así, hasta el fin de su viaje por Marruecos.

Aprendida la lección, Carlos la puso inmediatamente en práctica para ir a Fez. A lo largo del camino, bajo la amenaza constante de los bandidos y la mirada desconfiada de sus acompañantes, logró rehacer de nuevo los primeros planos, a escondidas, trazando los primeros relieves con ayuda de la brújula y el barómetro, inaugurando aquel sistema clandestino de anotaciones científicas, que le sirvió después a lo largo de toda la expedición.

«Durante la marcha -contó más tarde- tenía siempre una libretita de cinco centímetros cuadrados escondida en la palma de la mano izquierda y un pedazo de lápiz como de dos centímetros en la derecha. Allí anotaba lo que me parecía importante en el camino, y lo que veía a izquierda y derecha. Anotaba los cambios de dirección, según las indicaciones de la brújula, los accidentes del terreno gracias a la altitud barométrica, la hora y el minuto de cada observación, las detenciones, la velocidad de la marcha, etc. Lo hice así todo el tiempo que duró el viaje y nadie se dio cuenta, ni siquiera en las ocasiones en que llegamos a ser una caravana numerosa; tenía, de hecho, la astucia de colocarme en cabeza o al final de la fila, de modo que, con ayuda de mis amplios vestidos, no se viese el ligero movimiento de mis manos al escribir…».

Cuando, a la caída del sol, llegaba a alguna aldea y conseguía un cuarto para él solo, Carlos pasaba aquellos apuntes a su cuaderno de viaje, describía el perfil de los paisajes observados durante la jornada y realizaba los croquis topográficos.

Ciudad de Chauen (Dibujo de Carlos de Foucauld)

Las observaciones astronómicas resultaron para Carlos más complicadas que la descripción del paisaje y los caminos. El sextante no lo podía esconder como la brújula y, además, aquella labor exigía permanecer bastante tiempo contemplando el cielo. ¿Cómo hacer entonces?

«La altura del sol y de las estrellas -comentaba después- la tomé casi siempre en los pueblos. De día, buscaba el instante en que no hubiera nadie en la terraza de la casa donde me hospedaba; llevaba entonces los instrumentos envueltos en ropa interior, que decía iba a tender para que se secara. Mardoqueo se quedaba al pie de la escalera, de guardia, dispuesto a entretener, con sus interminables narraciones, a cualquiera que fuera a buscarme. Comenzaba las observaciones cuando tampoco en las terrazas vecinas había nadie; pero con frecuencia tenía que interrumpirías. Era una labor pesadísima…». Más de una vez le sorprendieron en plena faena y, para que no sospecharan que era explorador, se hizo pasar por hechicero un tanto loco. Un día, por ejemplo, dijo que estaba escrutando el cielo para descubrir los pecados de los hebreos; otra vez aseguró que, con aquel aparato, lanzaba conjuros contra el cólera…

Finalmente, el 11 de julio, en el horizonte de una gran llanura verde, nuestros viajeros distinguieron las torres almenadas y los muros rojos de tierra prensada de una ciudad que se anunciaba espléndida, con sus altas terrazas blancas, los techos brillantes de azulejos verdes y los esbeltos minaretes cubiertos de mosaicos. Era Fez, con todo su fulgor, la más grande ciudad santa de Marruecos, una de las cuatro magníficas capitales del sultán Muley Hassan.

Pero al llegar, cuando se dirigieron al Mellan de los hebreos, se ofreció a sus ojos el espectáculo más horrendo y repugnante que hubiera visto jamás: el «ghetto» estaba separado del resto de la ciudad por una extensa franja de «tierra de nadie», llena de montañas de inmundicia y cúmulos de carroña de animales, que producían un hedor insoportable. Eran los desperdicios de toda Fez, arrojados allí como indiscutible frontera racial.

Las calles del «ghetto» eran las más estrechas, sucias y oscuras que Carlos recordaba. Tuvo que recorrerlas muchas veces antes de descubrir, en un soportal maloliente, la pequeña puerta de la casa de Samuel Ben Simún, para el cual le había entregado una carta de recomendación el ministro Ordega. Pero cuando la puerta fue abierta, y anduvo a tientas por un corredor oscuro como la noche, Carlos quedó literalmente estupefacto ante el encantador espectáculo que se ofrecía a sus ojos. Se encontraba, como por arte de magia, en presencia de un patio digno de «las mil y una noches»: las paredes interiores de la casa, que tenía dos pisos, con balcones preciosamente calados, estaban recubiertas de mosaicos desde el tejado hasta el suelo y, en el centro del patio, un pozo revestido de cerámica verde era un maravilla de arabescos. El dueño de la casa, un hombre encantador y de educación exquisita, alojó al «rabino Couvaud» en una estancia pequeña y fresca, una joya del arte de la cerámica, y le permitió el acceso a la terraza, desde la cual pudo, secretamente, hacer sus observaciones.

Carlos no pensaba echar raíces en Fez. Dijo que quería alcanzar lo más pronto posible Tadía, la vasta región salvaje y desconocida, que se extendía en torno a los montes de Atlas Medio. Precisamente en aquellos días, Ben Simún supo que el jerife Sidi Omar estaba organizando en Meknés una caravana para ir a Boujad, la capital de Tadía y, por medio de una colección de amistades, logró que sus huéspedes fuesen admitidos en la misma.

Cuando salió para Meknés, a Carlos el cabello le había crecido hasta los hombros, tal como era costumbre entre los hebreos de Marruecos. Entonces pensó en sustituir las llamativas vestiduras sirio-argelinas por el traje sencillo de los rabinos marroquíes &endash;casquete negro y babuchas negras-, con objeto de pasar lo más desapercibido posible entre la gente.

En Meknés, el 27 de agosto, el jerife Sidi Omar dio orden de partida a la larga caravana, en la cual viajaban, además de nuestro par de rabinos, siete u ocho miserables musulmanes que se dirigían a Tadía, dos hebreos de Boujad que retornaban a sus casas y una cincuentena de mercaderes, que deseaban tomar parte en una feria que se celebraba a una jornada de camino.

Los incidentes no se hicieron esperar: en el término de dos horas, el camino fue cerrado cinco veces por bandas de salteadores, que siempre exigían el pago de importantes peajes.

Al día siguiente, dejados los mercaderes, junto con sus naranjas, aceitunas, dátiles y rojos pimientos, y reforzada la escolta armada, la caravana atravesó una región de gargantas escabrosas, excavadas en las montañas y llenas de bosques, infectados de tribus amenazadoras. Afortunadamente, éstas no hicieron acto de presencia. Los hombres de la escolta se encargaron de crear complicaciones. Se tumbaron en el suelo y dijeron que no se moverían de allí mientras no les dieran un sustancioso suplemento sobre el sueldo que les habían asignado. El suplemento fue concedido y el viaje continuó bajo la amenaza constante de las emboscadas. Y la comezón del miedo hacía presa, cada vez mayor, en el pobre Mardoqueo.

El 5 de septiembre la caravana alcanzó los limites de Tadía. «Estoy a sólo tres horas de marcha de Boujad -anotó en su libreta Carlos de Foucauld-; pero me hallo muy lejos de haber llegado. Hay casi tantos peligros en este pequeño trozo de camino que me queda por hacer como en todo lo que he recorrido hasta ahora. Aquí no hay anaia ni zetata que valgan. Los ladrones pueden con todo y ni las caravanas de cincuenta fusiles osan aventurarse a pasar…».

Solo cabía una solución: recurrir a Sidi Ben Daoud, el único personaje respetado en Boujad y en toda la región de Tadía. Carlos recordó entonces que en Tánger había obtenido de Muley Abd es Selam, descendiente de Mahoma y amigo de Francia, una carta de recomendación, precisamente para aquel Sidi Ben Daoud, quien tenía por antecesor a Omar, compañero de Mahoma y segundo califa del Islam. Llamó inmediatamente a un hombre de la escolta, le mandó quitarse los vestidos, para que no atrajese la avidez de los ladrones, y le envió con aquella carta en busca de Ben Daoud.

A la mañana siguiente, el mensajero retornó vestido de punta en blanco, y con él un joven de hermosa apariencia, montado en una muía blanca, seguido de un esclavo que le protegía con una sombrilla. Era Sidi Edris, nieto de Ben Daoud, mandado por éste para escoltar a los viajeros.

Llegados a Boujad, Carlos y Mardoqueo fueron conducidos ante Sidi Ben Baoud, un anciano benévolo de rostro pálido, expresión dulce y larga barba blanca. Le dijeron que eran dos rabinos de Jerusalén, que habían estado siete años en Argelia, etc., etc. Carlos se dio cuenta de que el anciano le miraba atentamente y con sospecha; también lo advirtió Mardoqueo, que del susto perdió el habla. Pero no sucedió nada. El anciano ordenó que los dos rabinos fueran hospedados, con todos los honores, en casa de la mejor familia judía de la ciudad.

En los días siguientes, los dos huéspedes se vieron tratados con la mayor cortesía. Regularmente, eran invitados a comer y cenar por el hijo o por el nieto de Ben Daoud. ¿Qué significaban aquellas atenciones extraordinarias, sin precedentes para los hebreos?

«No tardé en comprender -dijo después Carlos- dos cosas. Por una parte las constantes invitaciones y las visitas amabilísimas de los familiares de Sidi Ben Daoud tenían por objeto ganar mi confianza y hacerme hablar. Por otro lado, los hebreos ejercían un verdadero espionaje sobre todos mis movimientos, metían la nariz en mis apuntes y examinaban mis instrumentos. Algún pequeño detalle había hecho nacer en Sidi Ben Daoud, en su hijo Sidi Omar y, por lo tanto, en el nieto Sidi Edris, la sospecha de que yo era cristiano. Para comprobarlo, los marabutos me hacían vigilar por los hebreos y, mediante sus invitaciones, me examinaban con toda libertad…».

Un día, durante la comida, Carlos advirtió que el joven Sidi Edris estaba dispuesto a descubrir sus cartas. Decidió hacer lo mismo y correr el riesgo que implicaba sincerarse.

«No se imagina cuanto me gustaría hacer un viaje a Francia», dijo Sidi Edris, como por casualidad.

Y Carlos le respondió: «Nada más fácil. El ministro de Francia en Tánger le haría llegar hasta Argel y, en ésta, yo me pondría a su completa disposición. ¿Pero usted traería un cristiano aquí, a Boujad?».

«No tendría nada que oponer, a condición de que ese cristiano se vistiera de musulmán, o de judío, de que el Sultán no supiese nada y que el acuerdo se tomará secretamente entre el ministro de Francia y yo».

En este caso -contestó Carlos-, estoy seguro de que las autoridades de Francia le dispensarían la mejor acogida, ya que es importante para ellas poder enviar franceses de visita a esta ciudad, pues jamás ha sido vista por un cristiano».

«No es exacto -rebatió, sonriendo alusivamente, Sidi Edris-. Hay cristianos que han estado en esta ciudad».

«¿Disfrazados de musulmanes?».

«No, de hebreos. Venían de incógnito; pero nosotros los hemos conocido».

Era evidente que Sidi Edris, su padre Sidi Omar y su abuelo Sidi Ben Daoud habían descubierto que él era cristiano. ¿Le esperaba la muerte? No tuvo tan mala suerte. Enemigos del despotismo absolutista y aislacionista del sultán de Marruecos, los miembros de la familia santa de Boujad buscaban el modo más discreto de iniciar relaciones con el mundo occidental. Al final, entregaron a Carlos de Foucauld, falso rabino desenmascarado, un mensaje para el ministro de Francia en Tánger.

Las sucesivas etapas de la peligrosa expedición por el Marruecos prohibido llevaron al vizconde francés y a su guía hebreo a través del Gran Atlas, en el cual las poblaciones se apretaban en torno a las kasbah, de rojos muros almenados, construidas por los señores feudales en lo alto de picachos rocosos, semejantes a nidos de águilas. Más al sur, la poca vegetación, constituida por espinos y acacias, les anunció que estaban cerca del Sahara; se adentraron entre las dunas del mismo Sahara, desde el oasis de Tisint al de Akka, para tomar finalmente el camino de regreso, de una ciudad prohibida a otra, de una a otra emboscada, a lo largo de un itinerario que les condujo a Mrimina, donde les ocurrieron algunos hechos que vale la pena contar.

Estaban en Navidad. Carlos había pasado una melancólica Nochebuena, sus recuerdos se habían remontado hasta las dulces navidades de Nancy, cuando se reunía junto al árbol con su hermana y el bondadoso abuelo Morlet, coronel de artillería retirado. La mañana del día de Navidad de 1883 Bou Rhim, notable de Tisint y amigo entrañable de Carlos, que como jefe de la escolta les había llevado, a él y a Mardoqueo, hasta Mrimina, confió a ambos a la protección de Si Abd Allah, quien debía acompañarlos durante la próxima etapa. Si Abd Allah era en Mrimina un santón de una importante fraternidad religiosa musulmana, un anciano de apariencia huraña, de cuyo rostro bronceado fluía una luenga barba blanca.

«Yo no siento gran simpatía por los judíos -fue el poco tranquilizador discurso que les soltó, apenas los tuvo en su presencia-. Sin embargo, ya que vosotros dos me habéis sido traídos aquí, y por lo tanto sois mis huéspedes, os trataré con toda consideración. Pero dados mis sentimientos hacia los hebreos, lo mínimo que puede pediros como prueba de gentileza es que me compenséis de la repugnancia que siento por tener que ayudaros y me hagáis un regalo, y se entiende que tiene que ser un regalo digno de mí y aparte del precio acordado para que os conceda mi protección.»

Carlos se consideró afortunado, porque Si Abd Allah se contentó con los panes de azúcar, el té y el algodón que había encontrado en su equipaje. Pero, al despedirse, el santón dijo: «Está bien. Ahora voy a tratar con uno para que os provea de escolta».

¿Cómo? ¿No estaba todo arreglado, cerrado el trato, pagado y requetepagado? ¿No se había comprometido él, Si Abd Allah en persona, a escoltarlos en la siguiente etapa? Misterios del Marruecos prohibido.

Al día siguiente, fecha de partida, nadie apareció. Carlos, que desde el primer momento había olfateado en Mrimina un aire particularmente enrarecido, decidió utilizar el segundo recurso, el que después del dinero se había revelado como el más eficaz en aquel extraño país. Buscó entre las cartas de recomendación de que había sido provisto antes de comenzar el viaje y durante el mismo. Una de Muley Abd Selam, venerable jerife de Uazan, le pareció la más prometedora.

Lo fue, en efecto, hasta el punto de que, apenas la mostró, mereció ser leída públicamente en las mezquitas. Si Abd Allah, en los tres días siguientes, se tomó la molestia de hacer numerosas visitas a los rabinos y, no contento con esto, encargó a dos de sus hijos que durmieran junto a Carlos y Mardoqueo, concediéndoles así el máximo honor y la más fuerte garantía de seguridad. Pero de la partida, el anciano seguía hablando en términos de dilación. Hasta que dejó de ir donde ellos, con la excusa de que estaba enfermo.

Entre tanto, llegó a los oídos de Carlos una alarmante noticia: por toda la región se había esparcido el rumor de que el «rabino Couvaud» era en realidad un cristiano disfrazado, que llevaba consigo un importante tesoro. A las puertas de Mrimina, dos bandas rivales de ladrones, la de los Arib y la de los Beraber, estaban apostados para apoderarse del botín, apenas él y Mardoqueo pusieran el pie en despoblado. La extraña conducta de Si Abd Allah tenía al fin explicación, así como sus recomendaciones de paciencia encontraban una justificación.

El comienzo del año 1884 fue tan triste para Carlos como melancólica había sido la Navidad. Días más tarde, le llegó la noticia de que la banda de los Arib se había cansado de esperar y se había ido. Otro tanto había hecho la de los Beraber. Pero habían sido sustituidas inmediatamente por una treintena de Am Seddrat, los cuales, poco dispuestos a perder el tiempo esperando la presa, habían enviado una embajada a Si Abd Allah para pedir que les confiara a ellos la protección de sus huéspedes.

Aunque abusón y rapaz, Si Abd Allah se reveló, afortunadamente, no del todo deshonesto. Rehusó la oferta e hizo poner guardia de protección en la casa de los rabinos.

Nueva embajada de los bandidos; nueva negativa del viejo santón. El asedio continuó.

«La única solución -dijo Si Abd Allah, apareciendo ante sus huéspedes, después de la diplomática enfermedad- es esperar otros ocho días. Porque entonces los miembros de mi fraternidad religiosa y yo dejaremos Mrimina para ir devotamente en peregrinación a Tisint, a la tumba del gran marabuto. Ustedes podrán mezclarse entre ellos, en la procesión, entre la multitud de peregrinos…».

«Basta -le interrumpió Carlos-. Si no eres capaz de proporcionarnos inmediatamente la protección necesaria para que pueda salir de aquí, buscaré yo mismo la forma de seguir el viaje por otros medios».

Mandó un mensajero a Tisint, a su amigo Bou Rhim. Tres días más tarde, cerca de treinta jinetes, guiados por Bou Rhim en persona, entraron en Mrimina como un huracán, galopando directamente a la casa de Carlos.

Pasada media hora, Carlos y Mardoqueo salían camino de Tisint. La escolta que Bou Rhim había formado, con hombres de su parentela, estaba tan poderosamente armada, que los Am Seddrat no creyeron prudente salir al paso.

Pero las aventuras de Carlos y Mardoqueo no habían terminado. Nuevos incidentes los acompañaron de Tisint a El Outat, hasta Lalla Marnia, en las fronteras con Argelia, donde los encontramos desvanecidos, magullados y cubiertos de sangre, en la mañana del 23 de marzo de 1884.

Marruecos los había despedido apaleándolos y robándolos. Los autores materiales del hecho habían sido los hombres de la última escolta. Una despedida digna de aquella tierra, «donde -había escrito Carlos a su hermana María- entre los ladrones y el Sultán, no tienen tranquilidad ni ricos ni pobres; donde la autoridad no defiende a nadie y amenaza los bienes de todos; donde el Estado atesora continuamente, sin jamás hacer un gasto para el bien del país; donde la justicia se vende, la injusticia se compra y el trabajo nunca tiene recompensa… Se trabaja de día y se hace guardia durante la noche. Cierras los ojos un momento y los ladrones te quitan ganado y cosecha… Y cuando, a fuerza de trabajo y fatigas, la cosecha está a salvo en el granero, hay que defenderla todavía del Sultán. Para librarla de éste, los campesinos gritan que están en la miseria, que la estación ha sido pésima. Pero los emisarios los vigilan. Si ven que salen del mercado sin comprar grano, eso quiere decir que tienen, y los denuncian. En el momento menos pensado, llega una veintena de guardias, les registran la casa, les quitan el grano y además, si tienen esclavos y animales domésticos, se los llevan. Por la mañana si despiertan ricos y a la noche se encuentran pobres. Sin embargo, no les queda más remedio que seguir viviendo, sembrar para el siguiente año. En esta situación, sólo hay una esperanza: el judío. Este, si es un hombre honesto, les hará un préstamo al sesenta por ciento. En caso contrario, el interés todavía es más grande. El principio del fin, porque el primer año de sequía, las tierras salen a subasta y ellos van a la cárcel. Ruina total…»

El 26 de mayo de 1884, Carlos llegó a Argel. Lo primero que hizo fue ir a la biblioteca para entregar a su viejo amigo Mac Carthy las notas científicas de la expedición.

Se quitó los vestidos de hebreo errante. De ellos salió el Carlos de Foucauld «hombre viejo» elevado a la enésima potencia. Mientras los periódicos, argelinos contaban su viaje con categoría de hecho sensacional, él se entregó, durante doce días, a las orgías más desenfrenadas. Pero eran las últimas locuras del descendiente de los vizcondes de Foucauld de Pontbriand. Para él estaba muy próxima la hora de su gran conversión.

Mardoqueo cobró la paga pactada -doscientos setenta francos por cada uno de los nueve meses que duró la expedición- y, en poco tiempo, quemó todo este dinero en las llamas de su vieja pasión: la alquimia. Unos meses más tarde, durante un experimento del cual esperaba obtener la piedra filosofal, murió envenenado por los vapores del mercurio.

Fuente: Vidas místicas Blog subsidiario de elsantonombre.org

¿Fue Carlos de Foucauld un «monje-misionero»?

«¿Podemos encontrar en una carta aislada la última evolución de Carlos de Foucauld en la conceptualización de su ideal? El Padre Peyriguère lo creyó así y se «apoyó» en este texto para oponerlo a la regla de 1899. El padre Gorée la publicó por primera vez presentándose el mismo como el primer miembro de la orden de los «monjes-misioneros del Padre Foucauld», después de dejar los Hermanitos de Jesús en 1934″1 No es el momento aquí de entrar en la historia de las divergencias que han existido sobre esto entre el padre René Voillaume y el padre Albert Peyriguere. Se trata de un texto escrito en 1911 por Carlos de Foucauld 2.


1  A. CHATELARD, o. C. , 281.

2  El padre Peyriguère pudo realizar lo que le fue prohibido a Foucauld: instalarse en Marruecos y vivir treinta años hasta su muerte, el 26 de abril de 1959 en El Kbab, pequeño pueblo del Medio-Atlas marroquí (cf. M. Lafon, Le Père Peyriguère, Seuil 1967) «Experimentar la vida de monje misionero siguiendo la tendencia de la carta del 13 de mayo de 1911″, escribe el 27 de agosto de 1937 (A. Peyriguère, Laissez-vous saisir par le Christ, Seuil 1981, 106) Habla de su «vida de misonero», el 27 de julio de 1945. «Intento poner a punto la espiritualidad misionera del Padre Foucauld», 20 de septiembre de 1946 «Ha llegado el momento de sacar lo que tiene de profundamente original y muy adaptado a las necesidades del apostolado de hoy este mensaje tan rico» 4 de noviembre de 1947. «Su talla, en la Iglesia misionera, es una talla de gigante», el 14 de abril de 1948. Así, podemos decir, que el pensamiento del padre Peyriguère es claro. Se trata de la Misión. Pero el presentador del libro interpreta este pensamiento hablando de «premisión»:el padre Peyriguère habría desarrollado una «doctrina» y una «espiritualidad de la premisión» «La premisión: en esta palabra se condensan estas páginas de esperanza entregadas a todos los desenredadores» (pág. 6)

                                                                                                                                                                            M. Lafon ha escrito esta palabra en 1967, al día siguiente del Concilio Vaticano II. Pero, el término «premisión» había aparecido algunos años antes del Concilio para designar un movimiento de acercamiento a los mundos no cristianos o no religiosos antes de ser anunciado el Evangelio. El Concilio rechazó este concepto; para él, la misma vida, los actos humanos de los bautizados, de los misioneros, comunican el mensaje de Cristo Resucitado son ya la obra en el corazón de aquellos y aquellas que encuentra el bautizado deseoso, en el profundo silencio de él mismo, de dar a conocer el mensaje de Jesús. Un «desenredador» (desbrozador) tal como lo concibe Foucauld no está en premisión, sino en la Misión, integralmente. Y el padre Fouicauld se hubiese llevado las manos a la cabeza si se definiese los trabajos de «desenredador evangélico» como «premisión», una especie de trabajos anteriores a la Misión, cuando en realidad esos trabajos son el principio indispensable de la Misión, su primera siembra.

EL DESCENDIENTE DE LOS VIZCONDES DE FOUCAULD DE PONTBRIAND (I)


A las cinco de la mañana del mes de junio, en Argel, ya se ve muy bien; también en el Mellah, el «ghetto» judío, donde las casuchas sórdidas, pegadas las unas a las otras, retienen durante más tiempo las sombras de la noche. El cielo estaba ya alto y claro a aquella hora; las mujeres, dentro de las covachas, se dedicaban a sus quehaceres, aunque las callejuelas se veían todavía desiertas y silenciosas. Al alba, cualquier paso retumbaba en los muros y provocaba la curiosidad detrás de las ventanas. Por esto no pasó inadvertida -a las cinco de la mañana del 10 de junio de 1883- la extraña visita que un joven, de estatura mediana, elegante, vestido a la europea, hizo a la sucia barraca donde vivía el rabino Mardoqueo Abi Serour con su mujer y cuatro hijos. Se habló bastante en Mellah de aquella visita misteriosa. Sobre todo porque -según el testimonio de cientos de ojos que habían permanecido espiando tras las puertas entreabiertas- a aquel joven europeo nunca se le vio salir. Por el contrario, alrededor de una hora más tarde, salió un desconocido, envuelto en un traje medio argelino y medio sirio: casquete rojo y turbante de seda negra en la cabeza, gilet turco de tela oscura, sobre una camisa blanca de mangas muy amplias y pantalones hasta las rodillas. Se detuvo un instante en el umbral de la puerta, mientras se ponía una capa de lana con capucha; luego, en compañía de Mardoqueo, se dirigió presuroso fuera del «ghetto». Algunos oyeron a Mardoqueo llamarlo «Joseph Aleman», otros «rabino». El misterio no se desveló hasta varios años más tarde. El «rabino Joseph Aleman» era el mismo joven europeo que entró tan de mañana en casa de Mardoqueo, precisamente para disfrazarse. Se trataba del vizconde Carlos de Foucauld de Pontbriand, cuya vida escandalosa proporcionaba tema de conversación en los salones de Saumur, Pont-á-Mousson y París; y motivos de irritación y entretenimiento a las guarniciones francesas en Argelia.
Carlos de Foucauld había nacido en Estrasburgo veinticinco años antes, exactamente el 15 de septiembre de 1858. Era entonces emperador de Francia Napoleón III y los periódicos andaban revolucionados, aquel año, a cuenta de las apariciones de Lourdes.    La casa natal, situada en el número 9 de la plaza de Broglie, hablaba en todos sus rincones de riqueza, aristocracia y glorias pasadas; muebles, cuadros, alhajas, tapicerías, cortinas, todo parecía concebido y construido como reverente orla de un antiguo escudo que, sobre la pared del fondo de una sala austera, mostraba un rojo león rugiente sobre un puente de plata de dos arcadas; el brillante puente de los vizcondes de Pontbriand, cuya valerosa divisa es:«Jamais arriére» («No retroceder jamás»).

En realidad Bertrand de Foucauld jamás había retrocedido en la séptima cruzada, y cayó como un héroe en Mansourah, junto al rey San Luis. No había retrocedido tampoco Juan de Foucauld, a quien las crónicas de familia recordaban firme junto a Juana de Arco, en el coro de Reims, durante la consagración de Carlos VII. Ni Armando de Foucauld -más conocido como Juan María de Lau, arzobispo de Arlés- había retrocedido jamás, en tiempos de la Revolución francesa, muriendo martir en la prisión de los carmelitas, en París, durante las matanzas de septiembre de 1792 (Pío XII lo beatificó en 1926). Y tampoco Eduardo de Foucau íd, padre de Carlos, hijo y nieto de militares, había retrocedido en el cumplimiento del deber como inspector de aguas y bosques.

 También la madre de Carlos, Isabel de Morlet, descendía de una familia con ilustres tradiciones militares; pero ello la dejaba perfectamente indiferente. De profundos sentimientos cristianos, había hecho bautizar a Carlos dos días después de su nacimiento. Al cabo de tres años, le dio una hermanita, María. A ambos, desde su más tierna infancia, les enseñó a crecer en la ley de Dios y, sobre todo, a invocar a la Virgen y ayudar a los pobres.    No podemos decir que estas enseñanzas maternas obtuvieran una correspondencia entusiasta por parte del pequeño Carlos. En su infancia no hemos logrado descubrir ningún episodio que indique inclinación a la piedad, y mucho menos que revele la más tenue vocación religiosa. Sin embargo, aquellas lecciones prácticas de vida cristiana, aunque en su época no produjeron resultados evidentes, se imprimieron con tal fuerza en el alma del niño que, muchos años después, las encontró dentro, frescas y válidas como si nunca hubieran sido olvidadas.
En 1863, cuando Carlos tenía apenas cinco años, en pleno verano, la desgracia entró inesperadamente en casa de los vizcondes de Foucauld de Pontbriand.    El padre, Eduardo, enfermó de tuberculosis y, bien pronto, su estado fue motivo de preocupación. Tuvo que dimitir del cargo que desempeñaba y cada día fue cayendo en una tristeza más grande. Se encerró en un silencio atormentado, huraño, casi alucinado. Un día abandonó a sus hijos y a su mujer, que estaba esperando un nuevo hijo, y fue a refugiarse en casa de su hermana Inés, una famosa belleza de su época, que había sido retratada por el pincel de Ingres.   A su vez Isabel, desesperada, dejó la espléndida mansión de la plaza de Broglie y fue con los dos niños a la casa de la calle «Eschases» con su padre, el señor de Morlet, simpatiquísimo coronel de artillería retirado. Y allí, en el mes de marzo del año siguiente, murió de parto y de pena. Sus últimas palabras fueron las de Cristo en el huerto de Getsemaní: «Padre, hágase tu voluntad y no la mía…». 

Cinco meses más tarde, en casa de Inés, expiraba también Eduardo.

Carlos y María quedaron huérfanos, y el abuelo coronel, de sesenta y siete años, se hizo cargo de ellos. Adoraba a Carlos («cuando llora es igual que mi pobre hija…»), y Carlos le correspondía con un cariño profundo.

A los ocho años el muchacho ingresó en el colegio diocesano de Saint-Arbogast de Estrasburgo. De allí salió cuando llegó el momento de estudiar en el Instituto Nacional.

Como estudiante fue regular: todos los profesores estaban de acuerdo en reconocerle una inteligencia extraordinariamente viva; pero no pocos tenían que dolerse de su excesiva condescendencia con la pereza.

Después, la guerra. Año 1870: los alemanes atacaron por el este. El señor de Morlet previó claramente la catástrofe, no obstante las ilusiones de Napoleón III, y se refugió con sus nietos en Suiza. Apenas los cañones germanos amenazaron Estrasburgo, Napoleón III fue abatido en Sedán, y Francia, invadida, proclamó la república. París, sitiado, se rindió por hambre. Alsacia y Lorena fueron anexionadas a Alemania.

«¡Adiós, Estrasburgo!» El señor de Morlet, excoronel de artillería del Ejército francés, no querrá volver a poner los pies en ti. Se establecerá en Nancy; y allí reanudará los estudios Carlos, y -a los catorce años, en 1872, ya un hombrecito- hará la primera comunión y será confirmado.

En su alma se hizo una intensa luz; pero se apagó pronto. Inscrito en retórica, en seguida se enamoró de los escépticos de todas las épocas, de Horacio, de Montaigne, con una particular predilección por el viejo Aristófanes. Eran los años en que prevalecían los burgueses incrédulos y los profetas del ateísmo proletario. Berthelos, Renan, Taine, Anatole France, Nietzsche, Marx y Rimbaud llamaban a la lucha contra la religión desde todos los frentes.

Carlos no leyó ni un solo renglón de estos autores; pero respiró ávidamente el aire contaminado de sus ideas, lo que fue suficiente para hacerle tirar la fe religiosa a las ortigas. «Durante doce años -recordará más tarde- viví sin ninguna fe. Nada me parecía bastante probado; la misma fe con que la gente del mundo sigue mil religiones distintas me parecía la condenación de todas».

Una vez obtenido el título de Bachiller en retórica en 1874, llegó para Carlos la hora de abandonar el nido. Le esperaban París y los estudios de filosofía.

El señor de Morlet le envió al internado de los jesuitas de la calle «Poste»; pero el ambiente pronto le resultó odioso e insoportable. Rogó, insistió, conjuró al abuelo, en decenas de cartas, que le llevase de nuevo a Nancy; pero el anciano no cedió. A pesar de todo, al finalizar el curso, Carlos era Bachiller en filosofía.

Había llegado el momento de empezar a estudiar una carrera. Para Carlos de Foucauld de Pontbriand no existía el problema de elegir. Desde que nació había parecido obvio a todos que un vástago de tal estirpe debería seguir la carrera militar. Carlos había aceptado siempre esta perspectiva como lógica y natural.

Al abuelo Morlet le hubiera gustado que su nieto entrara en la escuela politécnica, para que se hiciese oficial de artillería, como él. Pero Carlos sabia que la escuela politécnica era un hueso duro de roer y él no sentía ningún deseo de desgastarse los dientes. Ser militar estaba bien, pero sin mucho trabajo. Mejor la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr, mucho más fácil.    Sin embargo, Saint-Cyr suponía un año de preparación en París. Y París significaba de nuevo el pensionado de los jesuitas. Así, durante un año más, el anciano señor de Morlet no tuvo paz. Cada dos días recibía una carta del nieto. Cartas desesperadas, algunas hasta de cuarenta páginas. «Aquí me es imposible permanecer, déjame volver a casa…».   Regresó a finales de año, expulsado por negligencia e indisciplina. «En aquella época -escribiría un día- era todo egoísmo, todo vanidad, todo impiedad, todo deseo de mal. Estaba como loco». El abuelo no se desanimó por la expulsión. Le puso en manos de algunos profesores y le obligó a presentarse a las pruebas de admisión de Saint-Cyr. 

Carlos corrió el peligro de ser rechazado por obesidad. Apenas con dieciocho años, de un metro sesenta y siete de estatura, estaba gordo, flácido y pesado, por abuso de dulces, carnes refinadas, vinos selectos y horas de reposo. Pero la comisión pensó que un par de meses en Saint-Cyr serían suficientes para despojarlo de los kilos de adiposidad, y le admitió a los exámenes. Le fue bastante bien y obtuvo el puesto ochenta y dos, entre cuatrocientos doce candidatos.

Dos años más tarde, en los exámenes de licenciatura, consiguió el 333 entre 386, un notable bajón. Había comenzado con el mayor entusiasmo; apenas puso los pies en Saint-Cyr, se sintió al fin «hombre» y «libre». Y como hombre libre, los primeros meses había aceptado dócilmente la disciplina militar, a pesar de ser tan fastidiosa, orgulloso de llevar el célebre kepis a la escuela, adornado con el famoso penacho blanco y rojo. Pero después se hizo amigo del marqués de Morés y de Monte Mayor, calavera y haragán, y el resultado fue que el estudio, la disciplina y el trabajo se le convirtieron en aborrecibles. En dos años coleccionó cuarenta y cinco castigos por negligencia, pereza e indisciplina. Si superó de alguna forma los exámenes se lo debió únicamente a su despierta inteligencia y ágil memoria.

En esa época murió su abuelo, el querido señor de Morlet, coronel de artillería retirado. Fue un trance doloroso. Pero el 15 de septiembre de 1878, al cumplir los veinte años de edad, entró en posesión de la herencia de la familia, y ésta representaba una verdadera fortuna. Carlos de Foucauld se volvió loco de alegría: aquel dinero era la llave de oro que le abriría las puertas de una vida brillante.

Decidió ser oficial de caballería. El marqués de Morés fue de la misma opinión. ¿En la escuela especial de Saint-Cry habían logrado salir adelante por los pelos? Voilá! En la escuela de caballería de Saumur no les faltaría, de vez en cuando, un golpe de suerte.

En la escuela de Saumur compartieron la misma habitación, la número 82. Morés tomó a su cargo el guardarropa, y compró trajes y calzado de acuerdo con el último grito de la moda. Carlos se preocupó de la despensa y la comodidad: ricas golosinas y una deliciosa butaca. De reserva, una tumbona.

«Quien no ha visto a Foucauld en su habitación, en pijama de franela blanca con llamares, cómodamente hundido en una butaca o tumbona, saboreando un pastel de hígado, acompañado de excelente champán, leyendo a Aristófanes en un libro elegantemente encuadernado -escribió en aquel tiempo uno de sus amigos-, no puede hacerse idea de lo que es un hombre feliz de la vida». Otro contó: «La habitación de ambos pronto se hizo célebre por las excelentes comidas y las largas partidas de cartas que en ella se organizaban, con objeto de tener compañía durante el castigo, pues era raro que uno de los dos no estuviera arrestado».

En breve, Carlos mereció un total de veintiún días de arresto simple y cuarenta y cinco de arresto mayor, y Morés no se quedaba atrás. Cuando podían salir, llevaban con ellos un alegre grupo a «Budan», el restaurante más famoso y caro de Saumur y, en un reservado, se hacían servir menús de lo más selecto. Carlos prefería el pastel frío de perdiz acompañado de dos botellas de Alicante. Luego, recostado en un sofá, sentenciaba que «a continuación de una comida no hay nada mejor que un buen puro y, para volver a casa, un coche pequeño y bajo, a fin de no tener que levantar demasiado el pie para subir». Después de estas «reuniones», siempre se levantaba en toda la ciudad una polvareda de comentarios y escándalo.

Pero al descendiente de los vizcondes de Pontbriand no le bastaba. A las orgías normales, añadió la pimienta de las aventuras excepcionales. Un día que, como de costumbre, estaba arrestado, supo que se daba una fiesta en Tours. Consiguió una blusa y una gorra de obrero, se colocó una barba postiza y, de tal guisa disfrazado, salió de la escuela, pasando con desenvoltura por delante del cuerpo de guardia. Cuando el tren le dejó en Tours, decidió regalarse con una cena antes de ir a la fiesta, y se dirigió a un pequeño restaurante. El dueño encontró en él algo sospechoso: ¡la barba de aquel extraño cliente se estaba desprendiendo! ¿ Ladrón o anarquista? Por si acaso, llamó a la policía.

En la comisaría, Carlos supo inventar una historia tan graciosa para explicar por qué se había disfrazado de aquella manera, que el comisario lo dejó marchar dándole unas palmaditas en la espalda y llorando todavía de la risa.

Pero, apenas había salido de la comisaría, cuando se topó, frente a frente, con el general L’Hotte, comandante de la escuela de Saumur: treinta días de arresto mayor.

Al final del curso, en octubre de 1879, Carlos de Foucauld salía de la escuela de caballería con el puesto octogésimo séptimo, sobre un total de 87… Y la nota del inspector general decía así: «Es distinguido. Ha recibido una buena educación. Pero tiene la cabeza ligera y no piensa más que en divertirse. Se le ha privado del diploma por mala conducta y por los numerosos castigos recibidos».

Fue nombrado subteniente del IV Regimiento de Húsares, en Sézanne. Pero este pueblo no le ofrecía suficientes ocasiones de diversión. Se hizo trasladar a Pontá-Mousson, donde lo primero que hizo fue alquilar un piso. También tomó un apartamento en París, con objeto de ir allí a pasar los días de permiso.    Estaba más gordo que nunca. Saint-Cry había sido un fracaso como cura de adelgazamiento. El rostro parecía hinchado, tenía los labios gruesos del hombre sensual, la mirada asesina del vividor, se peinaba como un tenorio. «Era un sibarita -contó el duque de Fitz-James, que había reemplazado a Morés al lado de Carlos, pues aquél había sido destinado a otro lugar-. Con tacto exquisito y perfecta delicadeza, Foucauld tenía su bolsa a nuestra disposición. Cuando nos jugábamos la consumición, si ganaba varias veces seguidas, yo le he visto perder a propósito. De verdadero buen gusto, le agradaba celebrar reuniones de poca gente, un grupo reducido. Frecuentemente nos invitaba a su magnífica garçoniére para saborear sandwiches de pastel de hígado, acompañados de un óptimo sherry. Tenía un criado, un calesín inglés y un caballo…»

En este período, Carlos conoció a una tal Mimí. La tuvo consigo un año, hasta que, en diciembre de 1880, le llegó la noticia de que el IV de Húsares iba a ser trasladado a Argelia, a la guarnición de Sétif, con el nombre de IV de Cazadores de África. Carlos, que no quería separarse de Mimí, ideó una nueva treta. Escribió una carta de presentación e hizo partir a la muchacha para Argelia dos días antes que el regimiento. Mimí se presentó en Sétif haciéndose pasar por la esposa del subteniente Carlos de Foucauld, vizconde de Pontbriand -como la carta testimoniaba- y las autoridades militares le dispensaron toda clase de atenciones. Pero, cuando, con el regimiento, llegaron el coronel, los oficiales y sus esposas legítimas, estalló el escándalo.

El coronel cubrió de improperios al subteniente; pero el subteniente ni se inmutó. Es más, acentuó la provocación narrando descaradamente, en público, las escenas de más refinada afectuosidad con Mimí. Entonces las protestas arreciaron, el coronel le planteó la elección: «O Mimí o el regimiento. ¡Elija usted! ». Carlos respondió, con impertinencia, que no pensaba de ninguna manera devolver a Mimí a Francia.

Así, el 20 de marzo de 1881, por decreto ministerial, el subteniente Carlos de Foucauld fue mandado a la reserva «por haber deshonrado el grado, por indisciplina y mala conducta en público».

Su carrera estaba terminada. Carlos lo celebró con una salva de carcajadas. Después tomó del brazo a Mimí y fue a establecerse en Evian.

Pero un día, alrededor de tres meses más tarde, ojeando casualmente un periódico, leyó que, en Argelia, los Ulad Sidi Cheikh se habían sublevado, y que el IV de Cazadores de África estaba en pleno combate. «Jamais arriére!» y, de repente, Mimí perdió para sus ojos todo el interés.

Corrió a París, se presentó en el Ministerio de la Guerra y pidió ser admitido inmediatamente en el ejército. Dado que se dudaba, ante sus antecedentes escandalosos, declaró que no le importaba en absoluto el grado militar: estaba dispuesto a partir aun como simple soldado.

Le aceptaron y, además, con grado de subteniente. Partió para África en el primer buque. En seguida se encontró en medio del tinglado.

Estaba desconocido. Era un hombre completamente cambiado, aunque Aristófanes le seguía a todas partes, en una cuidada edición. «En medio de los peligros y las privaciones -escribió un compañero- aquel erudito en juergas se reveló como un soldado y un jefe capaz de soportar, con la sonrisa en los labios, las más duras pruebas, siempre dispuesto a arriesgarse y preocupado sobre todo de sus hombres, a quienes cuidaba con abnegación…»

Combatía para vencer, desde luego. Los franceses tenían que aplastar a los Ouled Sidi Cheikh, no cabía duda. Pero, al mismo tiempo, aquellos amplios albornoces que se inclinaban profundamente en la solemnidad de la oración, y aquella invocación que se elevaba: «Allah Akbar!» («Dios es el más grande»), le causaron una enorme impresión.

A los dieciséis años, con la fe que aprendió en los libros -escribiría Michel Carrouges en Charles de Foucauld, explorador místico-, le pareció que la oposición entre las diversas religiones era la más sencilla negación de todas. Hoy, al borde del desierto, ve orar a los creyentes del Islam y se estremece de envidia y admiración». «El Islam -confesará más tarde el propio Foucauld- produjo en mí un profundo cambio… La vista de aquella fe, de aquellas almas tan unidas a Dios, me hizo intuir que existe algo más grande y más digno que las diversiones mundanas».

Dios se sirvió de la fe de los seguidores de Mahoma para abrir una primera brecha en el alma de Carlos de Foucauld.

Cuando la campaña terminó y el IV de Cazadores hubo de regresar a Sétif, Carlos sintió que no podía renunciar a aquel mundo, que apenas había vislumbrado. Pidió permiso para realizar un viaje de estudios por Argelia del sur, pero le fue negado. Y así, por segunda vez, salía nuevamente del ejército; pero ahora, por algo más que una simple Mimí.

Fue a instalarse en Argel, donde alquiló una casa en el número 58 de la cuesta de Vallée. ¿Se le negaba un viaje de estudios por Argelia? Voilá! ¡Explorará Marruecos! Sí, señores, el Marruecos impenetrable, la fortaleza musulmana del Atlántico, con sus ciudades fabulosas, sus bazares multicolores, sus laberintos envueltos en misterio, y sus jardines secretos; el reino de Muley Hasan, el sultán omnipotente, y de la anarquía imperante; el país que cerraba herméticamente las puertas para los europeos porque en cada uno de éstos veía, además de un evidente infiel, un oculto espía.    Sin embargo era preciso prepararse minuciosamente. La indolencia y la ligereza de Carlos desaparecieron como por encanto. Se instaló en la biblioteca de Argel y se dedicó a estudiar el árabe, la geografía y etnología de Marruecos, a examinar mapas, a utilizar los aparatos necesarios para la investigación científica. El bibliotecario principal, Oscar Mac Carthy, le prestó una valiosa ayuda.   Pero, mientras se encontraba abstraído en aquellos estudios, recibió un inesperado golpe. La tía Inés- aquella belleza espléndida de un tiempo, a cuyo lado había ido su padre a morir- le acusó de haber derrochado en juergas y extravagancias una notable parte de la herencia familiar -cuatro mil francos oro al mes durante cuatro años consecutivos- y presentó una instancia en el tribunal civil de Nancy para que al joven sobrino le fuera impuesto un consejo judicial. 

Carlos contestó que sí, que era cierto, que había cometido un sinfín de locuras y administrado su fortuna de una manera, por lo menos, poco prudente: sin embargo ahora…

Al tribunal le bastó la confesión. Le declaró derrochador y le impuso un consejo judicial en la persona de un anciano primo suyo, el señor de Latouche, quien le concedió una pensión de trescientos cincuenta francos al mes -precisamente en el momento en que disponer de dinero le iba a permitir realizar algo serio- y accedió a darle un anticipo suplementario, sólo para que pudiera comprar un sextante, un cronómetro, un teodolito y algunos otros instrumentos indispensables para la expedición.

Carlos volvió a sumirse en el estudio. El duque de Fitz-James, su antiguo compañero de juergas en Pont-á-Mousson, un día, lo encontró por casualidad. «¡Cómo ha cambiado Foucauld! -escribió a unos amigos-. Era gordo y ahora es delgado. Y nada de fiestas, mujeres y buenas comidas. Sólo le interesa el estudio».

A bordo de un buque de guerra, mandado por un pariente suyo y atracado en el puerto de Argel, Carlos practicaba el manejo de los instrumentos científicos.

Mientras tanto, el señor Mac Carthy buscaba un buen guía para la expedición. Creyó encontrarlo el día que le pusieron tras la pista del rabino Mardoqueo Abi Serour, cuya vida parecía una novela de aventuras. Los tratos con el viejo hebreo fueron laboriosos y largos, pues, en cada encuentro, el muy pícaro, aumentaba la cifra que quería cobrar por sus servicios. Al fin llegó a un acuerdo por la cantidad de doscientos setenta francos al mes, durante los seis o siete meses que durase la expedición.

La mañana del 10 de junio de 1883 hemos visto a Carlos, con Mardoqueo, en una calleja del «ghetto» de Argel. Estaban a punto de comenzar un viaje. Vestido de europeo, Carlos no hubiera avanzado ni un solo kilómetro por Marruecos. Disfrazarse de árabe hubiera sido imprudente, pues todavía no hablaba la lengua a la perfección y su ignorancia sobre el Islam le hubiera traicionado fácilmente. Por esto se había puesto vestiduras de hebreo.

Con el apoyo de Mardoqueo, el joven presunto rabino Joseph Aleman encontraría, durante su peligroso viaje por Marruecos, asilo y protección entre los judíos que habitaban en las ciudades prohibidas.

 Fuente: Vidas místicas Blog subsidiario de elsantonombre.org

¿Quien fue Laperrine?

Soy Laperinne, oficial del ejército Francés y comandante en jefe de los oasis del Sahara. He sido un amigo íntimo de Carlos de Foucauld. Ustedes sabrán que, de Foucauld, en su juventud también se alistó en el ejército. Pero tengo que reconocer que mientras él estaba en el ejército en realidad yo no lo conocía. Sólo compartimos un par de días en Mascara cuando yo tenía vientidos años y él veinticuatro.

Sólo en 1902, nos volvimos a ver, después de veinte años. Mientras tanto cada quien había hecho su propio camino. Muy pronto, de Foucauld dio su dimisión como militar para hacer un viaje de exploración de Marruecos. Un logro brillante, por cierto. Poco después se fue a enterrarse en un convento Trapense. Ahí permaneció varios años, mientras tanto escuchaba absolutamente nada de él. Pero hace poco regresó de aquel silencio. Era sacerdote y vivía como ermitaño en la frontera con Marruecos. Soñaba con volver al país de su exploración, o sea a Marruecos.

Yo, también había vivido algunos avatares. Como militares Franceses teníamos mucho interés en el África del Norte. Queríamos obtener colonias ahí. ¡Viví tantas aventuras! Hice una brillante carrera en el ejército. Sin embargo conocí también oposición e incomprensión. Me gustaba la “acción”, pero guardaba un enorme respeto por la gente autóctona.

Poco a poco se iba conociendo y apreciando “mi método”. En realidad yo tenía mi visión política muy propia: Una política de “amansamiento”. En Francés suena menos negativo. Se trataba de una política de sondear, de tantear posibilidades en las relaciones, con mucha prudencia, de tratar de ser uno mismo honesto y justo, de llegar a conocer y respetar a los otros…Así era que veía mi misión militar.

Pasado veinte años, tomé de nuevo contacto con Foucauld. Yo en persona había sido nombrado comandante en jefe de los oasis del Sahara. Tenía mi residencia en Adrar. El año anterior, de Foucauld se había instalado en Beni Abbés, una de las oasis mayores. Sucedió así que, en el viaje de regreso de Argel a Adrar, visité en Beni Abbés a mi antiguo camarada del ejército.

Era a principios de marzo de 1903. Tenía necesidad de desahogarme. Estaba muy irritado. ¿Qué pasaba? Bueno, hacía poco me habían encargado una nueva e importante misión. Resulta que tenía que tratar de vincular el Tidikelt con Sudán, conquistar el Hoggar hasta Agadés, tratar de conseguir una conexión con el océano Atlántico en el occidente .¡ Una tarea realmente a mi medida! Pero, todavía no lo entiendo, por motivos políticos superiores acaban de anular ésta importante misión.

Me sentía engañado…pero…podía contar con la comprensión de de Foucauld. Él entendía mi deseo de ir al Hoggar y los Touaregs. Jamás y nunca desistiría de ello…

En Beni Abbés seguíamos conversando un largo rato. Foucauld me hablaba de su proyecto. Tenía tanto deseo de volver a Marruecos, el país que había explorado en su juventud…Allá querría ser sacerdote – monje. Hacerse el “hermano de todos”.

Empecé a reflexionar acerca de su proyecto y del mío…y de pronto veía que: la presencia de una persona como de Foucauld supondría una enorme ventaja también para mi proyecto. Haría todo lo posible para que de Foucauld me acompañara en mi viaje de exploración hacia el sur, hacia los Touaregs.

Finalmente tuve éxito. En vista de que la frontera con Marruecos seguía cerrada, de Foucauld terminó por aceptar de emprender la marcha hacia el Sur, hacia los Touaregs, con la columna del ejército (naturalmente yo también iba ahí), Incluso empezaría inmediatamente a estudiar el idioma y la preparación de la traducción del evangelio…

En éste período, quizás no era preciso de hablar de pura “amistad”, tal vez se entremezclaba un poco de interés propio. A decir verdad, yo tenía algunas tendencias coloniales. Pero en éste proceso de colonización importaba ante todo “el amansar”, el ganar la confianza. Y en éste punto nos entendíamos. Éramos…cuán diferentes…en el fondo, almas gemelas. Tal vez, fuera también un poco su santidad que jugaba un papel. De todos modos yo respetaba a mi amigo en su misión propia. Yo, hasta soñaba que quizás en un futuro llegara a ser el capellán del amenokal del Hoggar.

En 1904, a mediados de marzo, partimos juntos hacia el Sur. Durante tres meses compartíamos la dura vida nómada. De nuevo nos llegamos a conocer y respetar más profundamente. Pero de Foucauld empezaba a ver también con más lucidez la ambigüedad de su presencia; se preguntaba ¿si de veras los autóctonos notarían la diferencia entre los soldados y los sacerdotes?.Desgraciadamente, en aquel preciso momento me llamaron de regreso a Francia. En realidad no era prudente dejar a de Foucauld sólo en aquel lugar. En vista de eso regresamos. Yo a Francia y de Foucauld a Beni Abbés.

Pero el año después de Foucauld volvió a partir. Ahora definitivamente. Un amigo mío, capitán Dinaux, lo puso en contacto con Moussa, el amenokal de los Touaregs del Hoggar. Este le dio el permiso de permanecer ahí, en Tamanrasset, un pequeño pueblo donde él mismo también vivía.

A partir de entonces ya no veía a de Foucauld con tanta frecuencia, sólo de vez en cuando, por unos pocos días. Desgraciadamente yo estaba constantemente en Francia.

Sin embargo aún recuerdo vivamente el año 1908. Un año de una sequía muy fuerte en el Sahara. Por poco perece de Foucauld durante la reinante hambruna. Los Touaregs le salvaron la vida, con la leche de cabra que en éste período de una escasez aguda, trataban de conseguir en todas partes. Al enterarme de esta noticia hice sonar enseguida la alarma. Llegué hasta quejarme con su superior, monseñor Guerin. Le decía que se estaba suicidando y que practicar la penitencia de tal manera no estaba permitido…etc.

Tan pronto que pude le envié tres camellos cargados de víveres: azúcar, té, conservas etc. También una carta muy seria con una amonestación y…la noticia que en adelante podía celebrar la misa sin asistente (esto me lo había contado monseñor Guerin).

En el verano de aquel año nos volvimos a ver. Yo buscaba entonces un lugar para mandar a construir un nuevo fortín (El fortín Motylinski). También los dos años siguientes nos vimos de vez en cuando.

Desgraciadamente, en julio de 1910 me hicieron volver a Francia. No nos volvimos a ver en el Sahara. ¿Terminó ahí nuestra amistad? De ninguna manera. Nos seguimos escribiendo con mucha frecuencia. Pero estas cartas – sobre todo la cantidad –no estuvieron libres de comentarios. Se decía que de Foucauld hubiera sido agente secreto a mi servicio. Pero es muy fácil sacar de su contexto una determinada frase o fragmento de una carta y darle así una interpretación totalmente diferente. Nuestra amistad se sostenía casi exclusivamente por estas cartas. He guardado de de Foucauld sesenta y una cartas. Por prudencia, él destruyó las mías porque al fin y al cabo se encontraba en un país extraño…d

Sólo nos volvimos a ver tres veces, eran encuentros cortos. No obstante estas sesenta cartas en apenas cinco años, demuestran lo suficiente que entre ambos había un verdadero diálogo. Era la manifestación de la vivencia de una sólida y entusiasta amistad que tenía la necesidad de “compartir” y que se alimentaba por este “compartir”.

Estaba profundamente conmovido al enterarme del asesinato de mi amigo. A causa de la guerra sólo pude visitar su tumba el año posterior.

A los tres años , en 1920, volví desde Tamanrasset a Europa, en avión. El avión se cayó. Estaba muy malherido y a los pocos días fallecí. Me envolvieron en un trozo de tela y a lomo de camello me llevaron de regreso a Tamanrasset. Me enterraron al lado de mi amigo.

Hasta más allá de la muerte se justificó la expresión de de Foucauld, yo era para él “el amigo incomparable”.

Una vida que rompe esquemas, inquieta, desconcertante

Breve recorrido biografico

NACIMIENTO:   1858
 15 septiembre 1858 en Estrasburgo, en una familia de la nobleza, cuya divisa era «jamás atrás.» Carlos fue bautizado.

INFANCIA-JUVENTUD:

1858-1876



«Yo que había estado desde mi infancia envuelto de tantas gracias, hijo de una madre santa…»

Noviembre 1897

 Carlos tiene una hermana, María, 3 años menor.
 Sus padres mueren uno detrás de otro en 1864. Carlos guardará de esta experiencia una herida muy profunda.
 Los huérfanos son confiados a su abuelo materno, el coronel de Morlet, bueno pero débil.
 Después de la guerra franco-alemana de 1870, Francia ha perdido la Alsacia y Lorena. La familia abandona Estrasburgo para ir a Nancy y opta por la nacionalidad francesa.
 Estudios secundarios en Nancy, después en Paría con los jesuitas, donde él hace su bachillerato y comienza el año de preparación de Saint Cyr (Escuela Militar). Juzgado holgazán e indisciplinado, es despedido sin finalizar el curso. Carlos sitúa su pérdida de la fe al final de sus estudios secundarios, hacia los 16 años.

VIDA MILITAR:

1876-1881


«Yo me alejaba cada vez más de Vos, Señor. Toda fe había desaparecido de mi vida.»

Retiro de Noviembre de 1897

 1876: Carlos entra en Saint Cyr.
 1878: Su abuelo muere en marzo; él hereda una gran fortuna que va pronto a dilapidar. Entra en la escuela de caballería de Saumur en octubre de donde saldrá en 1879, con la última calificación de todos, el 87 sobre el 87.
 En la escuela él lleva una vida de juerguista y multiplica los actos de indisciplina y de excentricidades (abandona su puesto de centinela; se disfraza de mendigo…). No obstante, dibuja y se cultiva leyendo mucho.
 1879: En la guarnición de Pont-à-Mousson dilapida más y más su dinero, vive a lo grande, y se desacredita llamando la atención con una jovencita de mala reputación: Mimi.
 1880: Su regimiento es enviado a Argelia. Carlos lleva consigo a Mimi haciéndola pasar por su mujer. Cuando la superchería es descubierta la Ejército le requiere para licenciarlo. Carlos lo rehúsa y prefiere ser puesto en no-actividad por «indisciplina, agravada de mala conducta notoria.» Vuelve a vivir a Francia, en Evian.
1881: Se entera de que su regimiento está comprometido en una acción peligrosa en Argelia. Carlos abandona a Mimi, pide su reintegración en el ejército y se reúne con sus camaradas.
Durante 8 meses se muestra un excelente oficial apreciado tanto por sus jefes como por los soldados.

LOS VIAJES DE EXPLORACIÓN:

1882-1886


«El Islam ha producido en mi una profunda transformación, una revolución interior.»

Carta del 8-1-1901

1882: Seducido por el África del Norte, abandona el Ejército y se instala en Argelia para preparar científicamente un viaje de «reconocimiento de Marruecos.» Aprende árabe y hebreo.
Julio 1883-mayo 1884: recorre clandestinamente Marruecos disfrazado de rabino y conducido por el rabino Mardoqueo. Arriesga su vida en varios de sus viajes. Fue impresionado por la fe y la plegaria de los musulmanes.
1884: Carlos se compromete en noviazgo en Argelia, pero lo romperá porque su familia se opone a este matrimonio.
1885: Recibe la medalla de oro de la «Sociedad Francesa de Geografía» por el primer informe que ha hecho de su «reconocimiento de Marruecos».
1885-1886: Viaje a los oasis del sur de Argelia y Túnez.
1886: Vuelve a Francia, se reencuentra con su familia, en particular con su prima María de Bondy.
Redacta el libro «Reconocimiento de Marruecos».
Vive muy sobriamente como un asceta.
Se interroga sobre la vida interior, la espiritualidad. Entra en las iglesias, sin fe, y repite esta extraña plegaria «Dios mío, si existís haced que yo os conozca.»

LA CONVERSION:

1886-1889


«Tan pronto como yo creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa más que vivir para Él…»

Carta de Agosto de 1901

Fin de Octubre 1886: Carlos entra en la iglesia de San Agustín de París para pedir al Padre Huvelin (que le había hecho conocer María de Bondy) lecciones sobre la Religión.
El Padre Huvelin le pide que se confiese y comulgue de inmediato, y luego hablarían.
1887-1888 : Pasa un tiempo en familia, en provincias, en casa de su hermana María, y comienza a pensar en la vida religiosa.
Diciembre 1888 – Enero 1889: Carlos está en Tierra Santa. Nazaret le marca profundamente.
Vuelto a Francia, da todos sus bienes a su hermana. Hace diversos retiros para buscar una Orden religiosa donde pudiera entrar.
Se siente llamado a vivir «la vida escondida del humilde y pobre obrero de Nazaret».
Es la Trapa lo que parece que más le conviene.

LA VIDA RELIGIOSA:

1889-1897


«Mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe: Dios es tan grande…»

Agosto 1901

1890 (16 Enero): Entra en la Trapa Nuestra Señora de las Nieves en Francia.
Seis meses después parte para una Trapa mucho más pobre, la de Akbès en Siria. No obstante no se siente a gusto. Aquel estilo de vida no le parece favorecer la imitación de Jesús en Nazaret.
Hace un primer proyecto de congregación religiosa «a su manera». «Yo suspiro por Nazaret», escribe.
Pide ser dispensado de los votos. En Octubre de 1896, se le envía a Roma para ampliar estudios.
Enero 1897: El Prior general de los trapenses lo deja en libertad para seguir su vocación.

NAZARET:

1897-1900


«Para asemejarme más todavía a Jesús…»

Agosto 1901


«Por el solo hecho de celebrar la Misa, yo daré a Dios la más grande gloria y haré a los hombres el más grande bien»

Carta del 26 de Abril de 1901

Desde el mes de marzo de 1897, Carlos está en Nazaret donde se asienta como criado y recadero de las Clarisas y vive en una cabaña cerca de su claustro.
«Había obtenido el permiso de volverme solo a Nazaret y de vivir allí desconocido, como obrero, de mi trabajo cotidiano. Soledad, plegaria, adoración, meditación del evangelio, humilde trabajo.»
Permanece cuatro años. Poco a poco las clarisas y su confesor, el Padre Huvelin, le llevan a aceptar pedir la ordenación sacerdotal.
Vuelve a Francia, a Nuestra Señora de las Nieves, para prepararse.
9 de Junio de 1901: Es ordenado sacerdote.

BENI-ABBES Y LOS VIAJES POR EL PAIS DE LOS TUAREGS:

1901-1906


«Continuar en el Sahara la vida escondida de Jesús en Nazaret, no para predicar sino para vivir en la soledad, la pobreza, el humilde trabajo de Jesús»

Abril 1904

Septiembre 1901: Carlos de Foucauld está en Argelia. Va a establecerse en Beni-Abbès, donde construirá una ermita para fundar una fraternidad de monjes.
1902: Alerta a sus amigos y a las autoridades francesas sobre el drama de la esclavitud.
Rescata a varios esclavos.
1905: Hace varias giras por las tierras y rutas de los Tuaregs.
Aprende su idioma.
Ningún sacerdote había penetrado en esta pueblo antes que él.
Para ellos hace un catecismo y comienza a traducir el evangelio.
1906: Un compañero se reúne al fin con él. Pero muy pronto el hermano Michel cae enfermo y vuelve a Francia.

TAMANRASSET Y VIAJES A FRANCIA:

1907-1916


«Mi apostolado debe ser el de la bondad. Que viéndome se pueda decir: ‘puesto que este hombre es bueno, su religión debe ser buena’.»

1909

Julio 1907: Carlos se instala en Tamanrasset. Emprende un enorme trabajo científico sobre los tuaregs, sus cantos, sus poesías. Para ello cuenta con la ayuda de uno de ellos.
Carlos es el único cristiano. Al faltar los fieles le está prohibido celebrar la Eucaristía. Pero él elige permanecer… «en favor de los hombres,» es decir, hace de su vida una eucaristía. Esto durará 6 meses. Al fin, recibirá la autorización de celebrar solo, pero no de guardar el Santo Sacramento.
Enero 1908: Agotado, cae enfermo, roza la muerte. Los tuaregs le salvan compartiendo con él la poca leche de cabra que les queda en este tiempo de sequía. Carlos se sabe impotente, depende en todo de sus vecinos… Hace la experiencia de que la amistad, el amor de los hermanos, pasa por el intercambio, la reciprocidad, no sólo se trata de dar sino recibir.
1909-1911-1913: Hace tres viajes a Francia para presentar su proyecto de una «unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón», asociación de laicos para conversión de los infieles. «Fervientes cristianos de todas las condiciones, capaces de hacer conocer por su ejemplo lo que es la religión cristiana, y de ‘hacer ver el evangelio en su vida’.» (Reglamento y Consejos, 1909-1913).
1914: La guerra mundial ha estallado también para Francia. Carlos de Foucauld permanece en Tamanrasset por los consejos de Laperine, un militar de entre sus amigos.
1915: El desierto está agitado: batidas de marroquíes, senusitas de Libia, alentados por los alemanes, amenazan la situación.

EL ULTIMO AÑO. LA MUERTE:

1916


«Nuestro anonadamiento es el medio más potente que tenemos de unirnos a Jesús y de hacer el bien a las almas.»

1 de Diciembre de 1916, a María de Bondy


«Cuando el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece solo. Si muere, trae mucho fruto. Yo no he muerto, también yo estoy solo… Rogad por mi conversión a fin de que muriendo traiga fruto.»

Carta a Suzanne Perret

Para proteger a los indígenas fieles a Francia se construye un fortín en Tamanrasset. Carlos de Foucauld se instala allí solo, esperando acoger a las gentes del entorno en caso de peligro.
Él continua en su trabajo con las poesías y proverbios tuaregs.
1 de Diciembre de 1916: Última carta a Louis Massignon.
1 de Diciembre de 1916: Unos tuaregs bajo influencia sinusita lo sacan fuera del fortín, le dominan y le atan.
Durante el pillaje se anuncia la llegada de los militares por sorpresa. Es la locura…y una bala perdida. Carlos es muerto. Sus despojos son enterrados en la fosa que envuelve el fortín.
En su muerte Carlos está sólo… o casi. En Francia hay 49 inscritos en la asociación de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, que él consiguió hacer aprobar por las autoridades religiosas.
2002: 19 fraternidades diferentes, de laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, viven el Evangelio a través del mundo, con la ayuda de las intuiciones de Carlos de Foucauld.

CARLOS DE FOUCAULD EN EL PAÍS TUAREG DEL HOGGAR (2ª conversión)

El borj de Tamanrasset donde fue asesinado Carlos e Foucauld

1. Pobre entre los pobres

El 13 de enero de 1904 Carlos de Foucauld se pone en marcha agregándose a un numeroso convoy escoltado por cincuenta soldados. Después de dieciocho días de camino el convoy entra en Adrar. “Allí, escribe el hermano Carlos, encuentro al comandante Laperrine, quien me ofrece un aposento en su casa, aposento que transformo en capilla. El comandante me informa de que, de las seis grandes fracciones que constituyen el pueblo tuareg, tres han hecho acto de sumisión ante él en los doce últimos meses: los Iforas, los Taitoq y los Hoggar. El jefe de estos últimos, la más importante y la más belicosa de las seis fracciones, se encuentra ahora en In-Salah, donde acaba de llegar con ochenta notables, para rendir sumisión y presentar la de su tribu… En su próxima gira, el comandante Laperrine tal vez llegará hasta Tombuctú. Si lo hace le acompañaré, para ser conocido por los nativos y entrar en relaciones de amistad y confianza con ellos… El mejor lugar para estudiar la lengua tuareg (tamahaq o idioma hablado) es Akabli donde todos los habitantes lo hablan y se encuentran constantemente caravanas tuareg.”1

En Akabli pasa tres semanas de trabajo y recogimiento, sin perder ni una sola hora. Después reemprende de nuevo el viaje, durante cinco meses, acompañando al comandante Laperrine por el país tuareg y realizando muchas visitas a los nativos. Foucauld se separa de Laperrine, y, el 22 de junio, prosigue la ruta acompañando al teniente Roussel, el sargento Duiller, dos cabos,y setenta y cinco camelleros indígenas. Recorren 40 Km y la columna acampa para pasar la noche entre Aseksen y Tin Tounin. El 3 de julio, el hermano Carlos escribe a un amigo describiéndole las características de aquel viaje: “Vamos de manantial en manantial a los lugares de pastoreo más frecuentados por los nómadas, instalándonos en medio de ellos y pasando allí varios días. Junto con la Eucaristía, las oraciones, las necesidades de este cuerpo mortal, a veces la marcha y el tiempo dado al prójimo, mis días están ocupados por el estudio de la lengua de este país, idioma berberisco muy puro, y en la traducción de los Evangelios a esa lengua. Los indígenas nos reciben bien; no es algo sincero: ceden a la necesidad. ¿Cuánto tiempo precisarán para adquirir los sentimientos que simulan? Tal vez no los tengan nunca. Si los tienen algún día, será el día que se hagan cristianos. ¿Sabrán distinguir entre los soldados y los sacerdotes, ver en nosotros servidores de Dios, ministros de paz y caridad, hermanos universales? No lo sé. Si cumplo con mi deber, Jesús esparcirá gracias abundantes y ellos comprenderán.

El 20 de septiembre Carlos de Foucauld llega a In-Salah, donde las tropas vuelven a sus cuarteles, pero él no se queda allí. Sin convoy y acompañado por un único soldado indígena que le sirve de guía, sigue su camino por Inghar, Aoulef y Adrar. Y, de acuerdo con su promesa, allí donde hay una carpa, un grupo de ellas o casa de barro, allí que se detiene para establecer lazos de amistad. En Timimoun permanece tres días, reemprendiendo luego su camino solitario, durmiendo a la intemperie, sin encontrar durante una semana entera más que un lugar habitado, el fuerte Mac Mahon, donde el jefe indígena de allí lo recibe muy bien. Se detiene poco tiempo en El-Golea, en casa de los Padres Blancos, pues está impaciente por volver a Ghardaia y ver a su gran amigo, el Prefecto Apostólico del Sahara.

Ghardahia será su lugar de descanso. Permanece allí, la capital del Mzab, seis semanas, del 12 de noviembre al día siguiente de la Navidad de 1904, y donde puede afirmar: “Descanso en el silencio y la soledad, en la dulce amistad del Padre Guerin y sus misioneros.” Foucauld entrega a su superior y amigo la traducción completamente terminada de los cuatro Evangelios en lengua tuareg, en la que no ha dejado de trabajar durante las etapas de su viaje, o por las noches bajo las carpas. Después de hacer su retiro anual abandona Ghardaia junto con dos Padres Blancos que iban con él a El Golea. Conocía el camino y, siempre a pie junto a su camello, se adelantaba, como lo suelen hacer los guías de las caravanas que andan siempre cincuenta metros delante de las mismas, para no ser distraído en sus meditaciones y en sus oraciones. Como no tenía reloj, pidió a uno de los acompañantes que le avisara cada hora. Y así se hacía dando unos golpes sobre una olla. El ruido se transmitía por el aire ardiente y el hermano Carlos se volvía haciendo un gesto agradecido. Llegaron a El-Golea el 1º de enero de 1905, donde encontró a su amigo Laperrine, recientemente ascendido a teniente coronel. Dos días más tarde sale con él en dirección a Adrar, donde había una oportunidad de ir a Beni-Abbés, regresando de nuevo el 24 de enero con esta intención: “Regreso sin intención de ausentarme de nuevo, sobre todo, con el gran deseo de que los Padre Blancos puedan hacer, en lo sucesivo, lo que he hecho yo este año; con grandes deseos de permanecer en esta querida Fraternidad, en la que tan sólo falta una cosa: Hermanos entre quienes pueda desaparecer… Al estar sólo, a cada momento es necesario atender a la puerta, contestar, hablar. Las penas de la tierra están hechas para hacernos notar el destierro y suspirar por la patria celestial… Jesús elige para cada uno el género de sufrimiento que considera más adecuado para santificar y, a menudo, la cruz que nos da es la que, si uno se atreviera, rechazaría de plano, aun aceptando todas las demás. La que da Él es la que menos se comprende… Nos dirige hacia los prados de pasto amargo, que sabe buenos. ¡Pobres ovejas! ¡Somos tan ciegas!.”

Así pues, el hermano Carlos reanuda la existencia sedentaria que llevaba un año antes. De nuevo, a media noche, en la meseta desierta se oye la campana; cada vez son más los indígenas que vienen en busca de limosna y a contarle sus preocupaciones. Él, sin embargo, está más agotado que antes del gran viaje que acaba de realizar. Pero las fuerzas regresarán y se le concederá que regrese al Hoggar como primer sacerdote entre los tuareg, cuyo idioma habla y escribe como casi ningún otro europeo. Abandonará la residencia elegida, la capilla pobre y querida, el silencio de las horas reservadas, para internarse una vez más en el desierto y recomenzar en otro lugar la misión a la que ha sido destinado.

2. Tamanrrasset, su nuevo Nazaret

De nuevo, la invitación a regresar al Hoggar vino del comandante Laperrine. En dos cartas del 1 y el 8 de abril de 1905 le propone a Carlos de Foucauld ir a pasar el verano al Hoggar con el capitán Dinaux, jefe de la compañía sahariana del Tidikelt, que debía partir a principios de mayo, pasando por Abnet, el Adrar de los Iforas y el Aïr. El hermano Carlos contestó que no podía abandonar la Saoura antes del otoño, pues tenía que decidir si vivir enclaustrado en Beni-Abbés, o vivir como sacerdote-viajero entre la Saoura, el Gourara, el Touat, el Tidikelt y los Tuareg. Se hallaba extraordinariamente indeciso. Escribió al padre Huvelin, albergando la esperanza de atraer algún hermano a la Fraternidad de Beni-Abbés para transformar su obra personal en fundación duradera. Por eso contestó vagamente a Laperrine.

El 22 de abril recibe desde Francia un telegrama del padre Guerin exponiendo su parecer y el del padre Huvelin, con el siguiente contenido: “Nos inclinamos a que aceptes las invitaciones”. De inmediato el hermano Carlos se informa y se entera de que el capitán Dinaux no saldrá de Akabli hasta el 15 de mayo. Tiene tiempo de llegar. El 3 de mayo sale para Adrar con Pablo. Tres días después, cerca de un pozo de la región del Touat, se encuentra por fin con el capitán Dinaux, quien tiene como compañeros cuatro civiles franceses, tres de los cuales de renombre: el señor E. Gautier, explorador y geógrafo; el señor Chudeau, geólogo; un escritor, el señor Pierre Mille y un inspector de correos y telégrafos en gira, el señor Etiennot. El 23 de junio llega un correo que el capitán Dinant ha enviado en busca del nuevo amenokal del Hoggar, que ha encontrado en Tin-Zaouaten. Trae una carta de Moussa ag Amastane anunciando la próxima llegada del jefe de los tuareg Hoggar. En efecto, dos días después Moussa entra en el campamento y va a saludar al jefe francés. El hermano Carlos valora esto con las siguientes palabras: “Es muy distinguido, muy inteligente, muy abierto, piadoso, quiere el bien, pero es ambicioso y amigo del dinero, el placer y el honor, como Mahoma, la persona más perfecta a sus ojos… En resumen, Moussa es un musulmán bueno y piadoso, que posee las ideas, las cualidades y los defectos llevando la vida de un musulmán lógico y, al mismo tiempo, un espíritu abierto tanto como es posible. Desea mucho ir a Argel y a Francia… Hemos quedado de acuerdo con él para mi instalación en el Hoggar.” El joven jefe, que tiene unos treinta y cinco años, acompaña la misión de Dinaux durante quince días. Luego la columna se reduce. Moussa se marcha y los señores E. Gautier y Pierre Mille, escoltados y guiados por tres jefes de los tuareg, emprenden la travesía del sur del Sahara, llegan a Gao y a Tombuctú y regresaron a Francia después de visitar Senegal. En cuanto al capitán Dinaux sigue su marcha hacia las altas mesetas del Hoggar y, veintiocho días más tarde, entra en el valle de Tamanrasset.

El nombre de Tamanrasset está subrayado tres veces en los márgenes del diario del hermano Carlos. Veamos en las líneas siguientes la emoción que transparentan: “Por la gracia del Divino Bien Amado Jesús, puedo instalarme, enraizarme en Tamanrasset o en cualquier otro lugar del Hoggar, tener aquí una casa, un huerto y establecerme para siempre… Elijo Tamanrasset, pueblo de veinte fuegos, en plena montaña, en el corazón del Hoggar y de los Dag-Rali, la tribu principal, alejado de todos los centros importantes. No parece que aquí tenga que establecerse nunca una guarnición, telégrafo ni europeos; en muchos años no habrá una misión: elijo este lugar abandonado y me instalo en él. Quisiera atraer y radicar en el Hoggar un hortelano, un labrador, un médico; algunas mujeres que sepan tejer lana, el algodón y el pelo de camello; y, además, uno o dos vendedores de telas de algodón, de quincallería, de azúcar y de sal, pero gente buena, que nos puedan bendecir y no maldecir.” Lo mismo que hizo en Beni-Abbés, aquí comienza por edificar una casa, o para ser más exactos, un corredor de seis metros de largo por uno setenta y cinco de ancho, destinado a servir de capilla y de sacristía. Por el momento dispone de una choza de estacas situada a cierta distancia, donde duerme y trabaja. Más adelante prolongará el corredor, separando con una cortina la capilla de la biblioteca y el dormitorio. El 7 de septiembre de 1905 celebra la primera Eucaristía en el Hoggar. Piensa permanecer allí hasta el otoño de 1906, para dirigirse después a Beni-Abbés y pasar el otoño y el invierno, regresando a Tamnrasset a principios el verano de 1907. De esta manera estará dividido entre dos ermitas. Será el emigrante, el monje de las dos cuevas, el amigo de los pueblos abandonados.

Los señores del desierto, como a menudo se denomina a los tuareg, llevan una vida pastoral y nómada. Llenan el desierto con su nombre, pero no son muy numerosos. Tamanrasset tenía sesenta habitantes. Carlos de Foucauld consideraba que las diversas tribus Kel Ahaggar contaban con unas ochocientas familias, mientras que otros grupos, como los Iforas por ejemplo, serían como mínimo unas dos mil familias. En verano se trasladan a distancias considerables, hasta la región sudanesa, para cazar, donde tienen que pagar elevados derechos de peaje. También viajan para el comercio. Caravanas van a vender carneros y cabras a los mercados del Tidikelt y a su regreso traen telas de algodón, dátiles, mijo etc. Otros llevan a Tombuctú sus camellos cargados de sal de las célebres minas de Taoideni; y otros, finalmente, trafican con Rhat y Rhadames. Los tuareg son pobres. No se sabe que es lo que hizo que se retiraran a regiones tan ásperas. En la actualidad prevalece la opinión de que se trata de berberiscos arrojados hasta el fondo del desierto por las invasiones árabes. Para Carlos de Foucauld, “seguramente son camitas. Su lengua lo revela claramente. Su fisonomía, cuando el tipo es puro, es la misma que la de los antiguos egipcios: muy blancos, esbeltos, de rostro alargado, rasgos regulares, ojos grandes, frente un poco huidiza, brazos y piernas largos, un poco delicados: como los egipcios de las antiguas esculturas. Sus costumbres son muy distintas de las de los árabes; son musulmanes con mucha fe y sin ninguna práctica ni la menor instrucción.”2

Los tuareg creen en Dios pero no practican el ayuno del Ramadán, ni hacen las cinco oraciones cotidianas. De la época de las Cruzadas tenemos noticia de los Multimín, los hombres del velo hasta los ojos. Su orgullo es inmenso y de una gran coquetería. La guerra, la expedición para la venganza y el pillaje, ha sido la industria más lucrativa de las tribus tuareg, hasta principios de nuestro siglo. Para ellos, el hombre libre no trabaja. La confederación del Hoggar, lo mismo que las demás confederaciones tuareg, era gobernada por un jefe electo, el amenokal, elegido entre los nobles. El amenokal de los Hoggar era Moussa ag Amastane, sucesor de dos jefes enemigos de los franceses. Mas hábil que sus predecesores y más inteligente también, Moussa entró en negociaciones con los jefes militares de los oasis, antes aún de haber sido elegido amenokal. A principios de 1904 sellaba un tratado de amistad con Francia y se hacía proclamar jefe de los tuareg Hoggar en In-Salah, obteniendo el perdón para el antiguo amenokal, Attisi, que se había retirado hacia el sud-este, a la región de los tuareg Azdjers.

Tal era el país donde el hermano Carlos se proponía vivir. Solo en medio de los tuareg, a 700 Kilómetros de In-Salah, sin más vínculo de unión que los correos mensuales. Una vez instalado en su ermita, hace retiro y anota en su diario: “Hacer todo lo que me sea posible para ayudar a los pueblos de estas comarcas, con olvido absoluto de mí mismo. Realizar todos los años la jira de los arrhem3, del Hoggar; aceptar las invitaciones a viajes por el Sahara, si han de ser útiles; si es posible, pasar todos los años algunos días en las carpas de los Hoggar.” Inmediatamente da comienzo la traducción al tuareg de extractos de la Biblia, con la ayuda de Abden Nebi, harratin de Tamanrasset, a quien abona un precio concertado de antemano y suficiente en aquel país y en aquellos tiempos: veinte céntimos por lección.

La regla de Carlos de Foucauld sigue siendo la de los Hermanos del Sagrado Corazón, pero ha tenido que hacer en ella dos modificaciones: consagra mucho tiempo al estudio del tamacheq y tiene que salir de su claustro para entrar en contacto con sus vecinos. Así pues, el hermano Carlos entrará en los huertos donde trabajan los harratines; irá a conversar, alrededor de las carpas diseminadas en la llanura, con los pastores y sus esclavos. Distribuye medicamentos, agujas para coser a las mujeres etc. Más adelante aprenderá a tejer lana para poder enseñar este menester, pues considera que se puede hacer un gran bien con esto. También se ve con Moussa ab Amastane y considera que “en la actualidad, las dos cosas más necesarias en el Hoggar son la instrucción y la reconstrucción de la familia; su profunda ignorancia les hace incapaces de discernir lo verdadero de lo falso y la relajación de la vida de familia, consecuencia de las costumbres y de los divorcios multiplicados, deja crecer a los niños a su aire, sin educación…

El secreto de la vida del hermano Carlos estaba en la celebración de la Eucaristía y en su adoración prolongada. En una carta dirigida al padre Guerin, con fecha del 2 de abril de 1906, da a entender que tendrá que separarse de Pablo, el antiguo esclavo rescatado de Beni-Abbés y que había traído con él al Hoggar, por su comportamiento moral. Lo que le preocupa también es que no podrá celebrar la Eucaristía al no haber nadie con él, cosa imprescindible en aquellos momentos eclesiales; de no ser así, se requería permiso. Concluye la carta con estas palabras: “Mi alma se halla en paz absoluta. Estoy lleno de miserias, pero sin nada grave que me atormente. Soy feliz y estoy tranquilo a los pies del Bien Amado.”

Su diario indica, con fecha de 17 de mayo, que Pablo ha abandonado la Fraternidad de Tamanrasset. En sus cartas anuncia una próxima visita: “Espero la visita de mi viejo y excelente amigo Motylinski, antiguo intérprete militar, uno de los hombres más sabios de Argelia, para estudiar el tamacheq. Estoy preparando una gramática, un diccionario tamacheq-francés y francés tamacheq y traducciones de extractos de la Biblia, formando una Historia Sagrada abreviada y una colección de los pasajes que pueden resultar más útiles en este ambiente, de los libros poéticos, sabios y proféticos. Todo esto está ya bastante adelantado y quizás pueda quedar listo dentro de dos o tres meses.”El 3 de junio de 1906 llega Motylinski, permaneciendo con Carlos de Foucauld tres meses, durante los cuales los trabajos de lingüística realizaron grandes progresos. A principios de septiembre los dos amigos parten hacia el norte: Motylinski se separa en El-Golea del hermano Carlos, y éste, pasa por Beni-Abbés en dirección a la Maison Carré de los Padres Blancos, donde reside unos días junto con el padre Guerin, regresando apresuradamente al Hoggar. El 10 de diciembre abandona Argel con la intención de pasar algunas semanas en Beni-Abbés y regresar después a Tamanrasset.

Por fin un compañero estaba dispuesto a seguir al hermano Carlos al desierto. El hermano Miguel era un joven bretón que había pasado tres años con los Padres Blancos y otros tres años en un regimiento de Africa. Buscaba su camino definitivo y creyó encontrarlo al oír los relatos que se hacían del apostolado del hermano Carlos. Así pues, partieron juntos hacia Beni-Abbés, primero en ferrocarril y después por el desierto. He aquí algún fragmento del relato que hace el hermano Miguel sobre Carlos de Foucauld: “Permanecí con el reverendo padre Carlos de Jesús del dos o tres de diciembre de 1906, al 10 de marzo de 1907; así pues, viví con él por espacio de tres meses, en la mayor intimidad posible. Puedo afirmar, bajo juramento, que siempre fue para mí un ejemplo edificante, por su tierna devoción al Sagrado Corazón, al Santísimo Sacramento y a la Santísima Virgen María, por su celo ardiente de las almas y su caridad para con el prójimo, por su espíritu de fe, su esperanza firme y su desapego absoluto a todos los bienes de la tierra, por su profunda humildad, su paciencia imperturbable en las contrariedades y, sobre todo, por su mortificación aterradora. Sin embargo, para ser completamente sincero, debo señalar una imperfección, bastante común a los hombres que han ejercido durante mucho tiempo la autoridad, advertida en mi digno superior. De vez en cuando, en las ocasiones en que las cosas no iban a su gusto, se le escapaba un gesto de impaciencia que, por lo demás, era reprimido de inmediato. Aparte de ese ligero defecto, del que ha debido corregirse, estimo que el hermano Carlos practicaba en un grado heroico las tres virtudes teologales y las cuatro virtudes cardinales, lo mismo que las virtudes morales que son las consecuencias de aquellas.4 La esperanza de un obrero sucesor se aleja de nuevo.

Carlos de Foucauld, el 6 de mayo de 1907, después de conocer por el coronel Laperrine la muerte del señor Motylinski, escribe al padre Voillard: “Estoy envejeciendo y quisiera ver a otro mejor que yo remplazándome en Beni-Abbés, de modo que Jesús siga residiendo en ambos lugares y las almas salgan más beneficiadas cada vez.” Mientras, el hermano Carlos compra una casita en In-Salah, en pleno barrio. Allí continúa sus estudios del idioma tuareg con Ben Messis, junto con quien, el 8 de marzo, se une a la expedición del capitán Dinaux, que pretende atravesar en pequeñas etapas el Adrar y el Hoggar. Aquí tenemos al hermano Carlos como misionero y filólogo. Cuando paraban en los campamentos de los pastores, Foucauld recogía las tradiciones y las poesías que nadie había escrito y que se conservaban de memoria: “Documentos preciosos para la gramática y el léxico; en cuanto a la gramática, en caso de duda permiten poner ejemplos; en lo relativo al léxico, se encuentran en ellos muchas palabras que no suelen ser utilizadas a menudo en la conversación… Haré toda clase de esfuerzos para terminar mi diccionario tuareg-francés en el transcurso de este año. He pedido a Laperrine que haga publicar, por quien quiera y como algo de su propiedad, perteneciente a la comandancia militar de los oasis, la gramática tuareg y el diccionario francés-tuareg que ya están terminados, lo mismo que el diccionario tuareg-francés en el que estoy trabajando y las poesías que he coleccionado, con la sola condición de que no figure mi nombre para nada y permanezca enteramente desconocido, ignorado. En el año próximo quisiera no tener otra tarea que la corrección de la traducción anterior de los Santos Evangelios y los extractos de la Biblia y luego no tener otra obra a realizar más que dar el ejemplo de una vida de oración y de trabajo manual, ejemplo que tanto necesitan los tuareg.5

En otra carta al padre Guerin, en Navidad de 1907, da la razón profunda por la que quiere permanecer desconocido: “No son estos medios los que ha dado Dios para continuar la obra de salvación del mundo. Los medios de que se ha servido en el pesebre, en Nazaret y en la Cruz, son: pobreza, humillación, abandono, persecución, sufrimiento y cruz. ¡He aquí nuestras armas! No encontraremos a nadie mejor que Él y Él no ha envejecido!.” El Hoggar sufre una época de gran hambruna. El ermitaño tiene una provisión de trigo que inmediatamente pone a disposición de los pobres, especialmente de los niños. Hay algo que le preocupa, y es la tentativa que realiza Moussa de islamizar el Hoggar. Escribe así al padre Guerin el 22 de julio de 1907: “En Tamanrasset se va a construir una mezquita y un zoco. Será promulgado el diezmo religioso en todo el Hoggar para el sostén de ese zoco, donde probablemente residirá el cadí, y enseñarán el Corán, la religión y el árabe a los jóvenes tuareg. Es la islamización del Hoggar y, por lo mismo, de los Taitoq. Es un hecho muy grave. Hasta ahora, los tuareg, musulmanes poco fervientes, entablan fácilmente relaciones con nosotros, son familiares y francos. Después de que sean penetrados por ese mal espíritu, estrecho, cerrado, tan lleno de antipatía hacia nosotros, será todo muy distinto y es de temer que, dentro de algunos años, la población del Hoggar nos sea más hostil que en la actualidad; hoy existe en ella desconfianza, temor, salvajismo; dentro de unos años, si la influencia musulmana llega a imponerse, será una hostilidad profunda y duradera.”

El 31 de enero de 1908, por una carta del coronel Laperrine, le llega la noticia de que puede celebrar solo la Eucaristía. Esta noticia llega en medio de la enfermedad que sufre el hermano Carlos: cansancio general, pérdida completa de apetito y un dolor en el pecho que al menor movimiento que hace parece anticipar su fin. Se ve obligado a observar una inmovilidad absoluta. Para alimentarlo, sus amigos tuaregs van a ordeñar todas las cabras que tienen un poco de leche y llevan ésta a la cabaña del marabito cristiano. Cuando se recupera de aquella sacudida se siente incapaz de esfuerzos manuales un poco pesados y, por tanto, no puede realizar ningún menester de curtidor. Este es su lamento: “Por un lado, el trabajo humilde constituye una parte íntima de la vida de Jesús en Nazaret, modelo de vida monástica; por otro, nada sería más útil que ese ejemplo, en medio de estos pueblos dominados por el orgullo y la pereza.” La gravedad de aquella dolencia fue adivinada por sus amigos, y en primer lugar por el coronel Laperrine, a quien anunció que no podría ir a In-Salah a comienzos de primavera. El 3 de febrero, y el 13 del mismo mes, Laperrine escribe al padre Guerin. De la primera carta entresacamos: “He recibido una extensa misiva de Foucauld; no piensa estar aquí antes del 15 de marzo y todavía no da esta fecha como segura. Se siente cansado… Esta carta me preocupa bastante porque, para que él se confiese cansado y me pida leche concentrada, es necesario que se encuentre verdaderamente enfermo.” Y en la segunda afirma: “Ha estado más enfermo de lo que quiere admitir; ha sufrido desvanecimientos y los tuareg, que lo han cuidado muy bien, se han sentido muy intranquilos. Sigue mejor. Le he dado una buena reprimenda, porque supongo que sus penitencias exageradas tienen buena parte de culpa de su debilidad, y que el cansancio mental de su trabajo del diccionario ha hecho lo demás. Como la riña no basta, le hemos enviado tres camellos con víveres.”

El coronel Laperrine y el capitán Nieger visitaron al hermano Carlos, lo que fue para éste motivo de una gran alegría, pues no tenía noticias de Europa desde hacía cinco meses. En el verano de 1908, la administración militar resuelve que un destacamento de tropa, que realizará jiras de vez en cuando, será enviado y mantenido en el Hoggar, y que un fuerte va a ser edificado. Laperrine quería llamarlo “fuerte de Foucauld”, pero el ermitaño se opuso. El nombre que tomó fue fuerte Motylinski, 0ubicado a 50 kilómetros de Tamanrasset. El hermano Carlos también se entera de que el año próximo Moussa ag Amastane visitará Francia acompañado por un oficial. Se pregunta, y pregunta al padre Guerin, si no sería conveniente que otros tuareg pudieran viajar también a Francia para adquirir alguna idea de ese mundo tan distinto al suyo, vivir con alguna familia francesa por espacio de ocho días, a fin de llevar consigo la convicción de que no somos paganos y salvajes, como se considera en el Hoggar a los europeos. También se entera de que el amenokal del Hoggar está haciéndose construir, con ladrillos cocidos al sol y barro seco, un edificio importante y varios de sus familiares cercanos le imitan.

3. El ermitaño del Asekrem

El 27 de marzo de 1909 Carlos de Foucauld está de nuevo en Beni-Abbés para permanecer allí todo el tiempo pascual, ponerse al servicio de todas las personas que se encuentran en aquel lugar, y dar los últimos toques a los Estatutos de la Asociación para el desarrollo del espíritu misionero, de acuerdo con las indicaciones de Monseñor Bonet, que se había interesado por aquel proyecto. Se trataba de una unión de oraciones para interceder por estos pueblos. Después de permanecer casi un mes en la ermita de Beni-Abbés, se pone de nuevo en camino, andando junto a su camello. De nuevo en Tamanrasset se encuentra su ermita un poco más ampliada gracias a los buenos oficios de sus amigos. Una vez instalado reanuda los trabajos sobre el idioma tuareg con igual ardor que antes, deseoso de terminarlos con la mayor brevedad posible “para trabajar más directamente en la finalidad única: ver más a la gente y dar más tiempo a la oración y a las lecturas religiosas.”

En el año 1910, dos grandes amistades le son arrebatadas a Carlos de Foucauld. El 14 de mayo, el correo que viene de In-Salah trae la noticia de que el padre Guerin había muerto, a los treinta y siete años de edad, agotado por las fatigas de la vida del Sahara. Dos días más tarde escribe al padre Voillard: “El buen Dios acaba de infligirnos una dura prueba. Ha perdido usted un excelente hijo y yo un excelente padre; perdido en apariencia, pues se encuentra más cerca de nosotros que nunca… Preparo una acción más activa sobre las almas, haciendo construir, a 60 kilómetros de aquí, en el corazón de las montañas más elevadas del Hoggar, y en lugares donde se hallan instaladas grandes cantidades de carpas, una pequeña ermita donde podrán vivir dos personas. Allí estaré mucho más en el centro de la población que aquí. Tengo el propósito, a partir del año próximo, de repartir mi estancia entre la nueva ermita y la de Tamanrasset… Le pido una oración para mi director espiritual, el padre Huvelin; me dirige desde hace veinticuatro años; no tendría palabras para expresar lo que es para mí y lo que le debo. Las noticias que me dan sobre su salud no son buenas. Cuando llegan cartas temo enterarme de que también él ha terminado su época de destierro.”

En efecto, menos de dos meses más tarde, el 10 de julio moría el padre Huvelin. A uno de los Padres Blancos que le dio el pésame al hermano Carlos, éste le dice: “Si, Jesús basta; donde está Él no falta nada. Por muy queridos que sean aquellos en quienes brilla un reflejo de Él, es Él quien constituye siempre el Todo. Es Todo en el tiempo y en la eternidad.”

Como si todos los andamios tuvieran que ser retirados del edificio terminado, un tercer amigo del hermano Carlos debía dejar Africa: el coronel Laperrine, que había solicitado el relevo, después de haber dejado pacificado todo el país tuareg. Laperrine no regresará al Hoggar hasta mediados de la Primera Guerra Mundial. No volverá a ver allí a su amigo vivo. Es el adiós ignorado como casi siempre. Antes de abandonar Africa, el coronel había resuelto el viaje de Moussa ag Amastane a Francia. Algunos nobles tuareg acompañaban al amenokal. El jefe del Hoggar, de regreso a Africa, desde Argel, el 20 de septiembre de 1910 escribe esta carta a Carlos de Foucauld: “Al honorable, excelente, amigo nuestro y querido entre nosotros, el señor morabito Abed Aissa6: el sultán Moussa ben Mastane te saluda y te desea la más elevada gracia de Dios y su bendición. ¿Cómo sigues? Si deseas noticias nuestras, como nosotros te pedimos las tuyas, estamos bien, gracias a Dios, y no tenemos más que buenas noticias que darte. He aquí que acabamos de llegar de París, después de un viaje feliz. Las autoridades de París han estado muy satisfechas de nosotros. He visto a tu hermana y estuve dos días en su casa; también he visto a tu cuñado; he visitado sus jardines y casa. ¡Y tú estás en Tamanrasset como un meskine7! A mi llegada te daré todas las noticias detalladamente. Ouani ben Lemniz y Soughi ben Chitach te saludan. Salud!.”

El ermitaño permanece en Tamanrasset hasta fin de año y, a principios de 1911, emprende un segundo viaje a Francia, un poco más largo que el primero, que duró tres semanas en 1911. El 3 de mayo estaba de regreso en Tamanrasset, después de detenerse tan sólo tres días en Beni-Abbés. Después de aquellos cuatro meses de viaje, la calma del Hoggar le pareció dulce y la recepción que le tributaron los tuareg le conmovió. El 14 de mayo el hermano Carlos escribe a su nuevo director espiritual, el padre Voillard: “En estos momentos, debido a la cosecha, hay aquí mucha gente; me quedaré unas tres semanas a fin de aprovechar esta reunión, ver a unos y otros y hablar con Moussa y dar parte de limosna a los pobres de la vecindad, y luego me iré a Asekrem, la ermita de la montaña para pasar en ella un año, por lo menos. Allí me dedicaré a trabajar con todas mis fuerzas en mis trabajos del idioma tuareg, a fin de poderlos terminar en el plazo de un año y medio… He sido muy bien recibido por toda la población, que realiza grandes progresos en la confianza y también materialmente… Seguramente seguirá a esto un movimiento intelectual.” El 5 de julio el hermano Carlos parte hacia el Asekrem, donde vive en una choza, a 2900 metros de altura. Va a buscar allá arriba, en el frío y en la tormenta, las almas de las que se ha hecho el pastor vagabundo. La sequía ha alejado a los tuareg de las mesetas del Hoggar, induciéndoles a ir a acampar en los valles de la Koudiat, donde hay un poco de pasto verde para los rebaños. Allí hay, por algún tiempo, gran cantidad de nómadas de diversas tribus, que intentan superar el hambre.

Se precisan tres días por lo menos para llegar al Asekrem, meseta rodeada por un paisaje fantástico de cumbres, picos, mesas gigantes y pórticos esculpidos por la naturaleza en las cumbres de las montañas de menor altura. Al norte y al sur nada detiene la vista. Recuerda las primeras edades de la tierra. Los grandes ríos saharianos, secos en la actualidad, se deslizaron por sus flancos. Por todas partes pueden advertirse las huellas de los lechos que abrieron y que siguen, unos hacia la laguna Taoudeni, otros hacia el Atlántico y otros en dirección al Níger, como el río sin agua Tamanrasset8. Carlos de Foucauld gustaba de aquella soledad y lo expresaba así: “Es un hermoso lugar para adorar al Creador. Tengo la ventaja de tener muchas almas a mí alrededor y de estar solo en mi cumbre… Esta dulzura de la soledad la he experimentado en todas las edades, desde los veinte años, cada vez que he podido disfrutar de ella. Aun sin ser cristiano, amaba la soledad frente a la hermosa naturaleza, con algunos libros; con mayor motivo debo apreciarla cuando el mundo invisible y tan dulce hace que, en la soledad, uno no se sienta nunca solo. El alma no está hecha para el ruido, sino para el recogimiento, y la vida debe ser una preparación para el cielo, no sólo mediante las obras meritorias sino también por la paz y el recogimiento en Dios. Pero el ser humano se ha lanzado en discusiones infinitas: la poca felicidad que encuentra en el ruido bastaría para demostrar cuán lejos se aparta de su vocación.

En el Asekrem, lo mismo que en Tamanrasset, había elegido el lugar desde donde puede verse más. Su casa no era más que un corredor, construido con piedra y barro, tan estrecho que dos personas no podían pasar juntas. Pero en aquel pobre refugio había una capilla y, además en cajones, libros, provisiones etc. Dormía en uno de estos que durante el día le servía de mesa. A su alrededor soplaba el viento, con ruido semejante al de la marea ascendente. El padre Huvelin le había mandado doscientos francos para ayudarle a construir la ermita, y le regaló el altarcito de la capilla. Allí, más de una vez por semana, recibe la visita de familias tuareg, que suben todas de los innumerables valles escondidos en la Koudiat. Es una peregrinación y un viaje de placer a la vez. Vienen de lejos, a veces de una, dos y aún más jornadas de viaje. Por lo tanto es preciso descansar, cenar, pasar la noche… En una carta al padre Voillard, del 6 de diciembre de 1911, el hermano Carlos se expresa así: “Una o dos comidas tomadas en común, un día entero o medio día pasado juntos, relacionan más estrechamente que un gran número de visitas de media hora o de una hora, como en Tamanrasset. Algunas de estas familias son relativamente buenas, tan buenas como pueden serlo sin el cristianismo. Estas almas se guían por las luces naturales; aunque de fe musulmana, son muy ignorantes del Islam y no han sido muy mimadas por él. Por este lado, la obra que se hace aquí es muy buena. Por último, mi presencia es motivo para que los oficiales vengan al corazón mismo del país.” El resto del día el hermano Carlos reza o trabaja. Vive con él un informante tuareg, a quien da veinticinco céntimos por hora por el trabajo lingüístico. El enorme trabajo que se realiza, la austeridad de vida y el frío de la llegada del invierno, hacen que a principios de diciembre regresen a Tamanrasset, donde lleva la vida habitual, y donde se entera de la guerra existente entre los italianos y los árabes de Tripolitania. Sus amigos se sienten inquietos por la repercusión que aquella guerra puede tener en el Sahara. Contesta a uno de ellos: “Tranquilízate, el Sahara es grande; indudablemente los turcos hacen todo lo posible por predicar la guerra santa entre las tribus árabes de Tripolitania, pero eso no nos afecta. Los tuareg, que son tibios musulmanes, sienten la misma indiferencia por la guerra santa, los turcos y los italianos. Todo eso les tiene sin cuidado; lo único que les interesa son sus ganados, los pastos y las cosechas.” En cada una de las páginas de la voluminosa correspondencia del ermitaño de Tamanrasset se advierte preocupación por intentar los mejores medios humanos para elevar a aquel pueblo. Para él la civilización “consiste en estas dos cosas: instrucción y dulzura”. Se interesa por todo aquello que pueda ayudar a proteger a los niños, liberar a los esclavos, instruir a los ignorantes y establecer a los nómadas en lugares fijos. Por esto se regocija de la próxima llegada de un comité compuesto de ingenieros, oficiales y geólogos, encargado de estudiar el trazado definitivo del ferrocarril transahariano, y de la noticia de que Marrucecos ha pasado a ser protectorado de Francia. Pero en la contestación de una carta ya apunta lo siguiente: “Si no cumplimos con nuestro deber, si explotamos en vez de civilizar, lo perderemos todo y la unión que hemos hecho con este pueblo se volverá contra nosotros.”9

Llevado por su afán de civilizar, como él lo concibe, proyecta un viaje a Francia acompañado por un joven tuareg. Para esto comienza a preparar a la señora de Blic y a sus primos de Francia, para que reciban a ese visitante vestido con una túnica y que lleva los cabellos trenzados y las mejillas cubiertas con un velo azul. Pero antes de iniciar aquel viaje, el candidato se ve precisado a salir con la caravana integrada por casi todos los hombres válidos del país, para ir en busca de mijo a Damergou. Tanto la primavera, como las demás estaciones del año, encuentran al hermano Carlos en su ermita trabajando con sus manuscritos y libros. Termina el diccionario y se lo manda a Renato Basset para que lo publique “bajo el nombre de nuestro común amigo, el señor de Motylinski.”

Cuando los calores arremeten en la meseta de Tamanrasset, un accidente grave interrumpe su tarea: Una víbora de cascabel muerde a Carlos de Foucauld. Normalmente, esta mordedura es mortal. Al enterarse de lo sucedido los pastores de los alrededores acuden inmediatamente y se encuentran a su amigo sin conocimiento. Curan al ermitaño según su costumbre, aplicando un hierro ardiendo a la llaga, y a la planta de los pies del hermano Carlos para que recobre el conocimiento, como así ocurrió. Está muy débil y en todo el valle se busca leche para alimentarlo. Moussa ordena traer dos vacas desde muy lejos para salvarlo. Durante mucho tiempo el hermano Carlos esta incapacitado para estudiar y andar, pero termina recuperándose.

El viaje a Francia era uno de los medios que el hermano Carlos pensaba podía ser más útil para acercar a estos dos pueblos: Francia y esta tribu tuareg. Había obtenido contestación favorable de su familia y de los padres Blancos de la Maison-Carrée. El hermano Carlos escribe a un amigo: “No llegaré a París hasta el 25 de mayo. Reza por Ouksem: va a casarse con un amor que viene de la infancia. Él tiene cerca de veintidós años y ella, Kaubechicheka tiene dieciocho. Son parientes próximos y se han criado juntos. Ella es muy inteligente y tiene mucha voluntad.” Los viajeros llegan a Maison-Carrée el 8 de junio y tan solo se detienen dos días. El 10 se embarcan en el Timgad. El 13 realizan la peregrinación a la Santa Gruta y el 15 son recibidos por Mons. Bonnet, obispo de Viviers. De allí siguen viaje a Lyon, donde son acogidos por el coronel Laperrine; luego prosiguen hacia Borgoña. A dos kilómetros de Gisey se encuentra la casa de la familia de Blic. Se trata ahora de darse a conocer, para volver a pasar con ellos unos días, después de ir a saludar a la familia del hermano Carlos.

Mientras Ouksem aprende a tejer para poder dar luego lecciones a las mujeres de su tribu y se va familiarizando con el tipo de vida de la sociedad francesa de aquel tiempo, el hermano Carlos aprovecha para dar a conocer su proyecto de la Unión de oraciones para la Evangelización de los Pueblos a unas pocas personas elegidas. Confía su proyecto al general Laperrine, a quien visita con Ouksem. Y, camino de Marsella, el 25 de septiembre se detiene en Viviers, para pasar el día con su querido obispo Monseñor Bonnet, quien autoriza “en su diócesis la fundación de la cofradía.” Tres días después los viajeros ponen fin a un viaje que ha durado tres meses y medio por Francia. Embarcan hacia Africa y Carlos de Foucauld escribe a su hermana: “Excepto en circunstancias excepcionales un misionero no pasa tanto tiempo descansando entre los suyos; el buen Dios, mediante el viaje de Ouksem, ha provocado esa circunstancia excepcional. Le doy gracias de todo corazón… También a ti, lo mismo que a Raimundo y a tus hijos, os doy gracias por las dulces semanas que me habéis hecho pasar y por vuestra extraordinaria bondad para con Ouksem, bondad que tanto bien hace para su alma; advierto que su alegría de volver a reunirse con los suyos se halla un poco enturbiada por la pesadumbre de abandonar a quienes le han recibido en Francia. El apostolado de la bondad es el mejor de todos.” El viaje de regreso tuvo que ser realizado a marcha lenta debido a dos causas: el calor extraordinario que hacía, y el estado lamentable en que encontraron a los camellos, que habían sido mal cuidados. Dejan Maison-Carrée a finales de septiembre y llegan a Tamanrasset el 22 de noviembre.

4. Desenlace final

El 3 de septiembre de 1914, casi un año después de su regreso, recibe la noticia de que Alemania ha declarado la guerra a Francia, invadido Bélgica y atacado Lieja. El hermano Carlos se da cuenta enseguida de que bandas armadas, reclutadas en Tripolitania, intentarán penetrar los territorios del Sahara predicando la guerra santa contra los franceses. ¿Cual será su actitud? En una carta del 5 de octubre de 1914 se expresa así: “No abandonaré Tamanrasset hasta que haya paz… Nada ha cambiado en el exterior de mi vida tranquila y regular, pues es necesario que los tuareg no adviertan nada que les manifieste un estado distinto al ordinario.” El 19 de noviembre de 1915 escribe el hermano Carlos a su amigo Laperrine, con quien mantiene una correspondencia constante, dándole esta notificación: “El correo del Azdjer no ha llegado todavía. Pero acabo de saber lo siguiente: el fortín Dehibat de Túnez ha sido atacado por los senusitas, mandados por oficiales de uniforme kaki, con prismáticos y revolver (alemán sin duda). El general Moinier ha enviado refuerzos. La situación es grave en toda la frontera tunecino-tripolitana.” El 11 de abril de 1916 escribe de nuevo al general Laperrine indicándole que el fuerte francés de Djanet, en la frontera tripolitana, ha sido asaltado a finales de marzo por más de mil senusitas provistos de un cañón y ametralladoras. Y continua: “Los senusitas tienen el camino libre para venir aquí. Pero la palabra aquí no se refiere a Tamanrasset, donde estoy solo, sino al fuerte Motylinski, capital del país, que queda a cincuenta kilómetros de Tamanrasset. Si se sigue mi consejo, les he dicho que se retiren con la totalidad de municiones y aprovisionamiento a un lugar inexpugnable en la montaña, provistos de agua, desde donde podríamos mantenernos indefinidamente y contra el cual los cañones no pueden hacer nada… No te inquietes si durante algún tiempo no recibes noticias, pues es posible que el correo sea interceptado, lo que no indica que nos haya ocurrido nada malo… Si atacan el fuerte, me reuniré con ellos… Todos estamos en la mano de Dios; no sucederá más que lo que Él permita.” La amenaza era demasiado seria para que la autoridad militar no se preocupara de la protección del hermano Carlos y de los tuareg que habitaban en Tamanrasset. A principios de 1916 se dispuso la construcción de un fortín para poder resistir un asedio. Formaba un cuadrado de dieciséis metros de lado, rodeado de un foso de dos metros de profundidad. En los ángulos se hallaba reforzada por cuatro torres provistas de almenas, a las que se subía por una escalera interna. El interior estaba dispuesto para poder acoger a un número bastante numeroso de refugiados y de combatientes. La construcción se termina el 15 de octubre de 1916.

Mientras, el hermano Carlos, en una carta escrita a René Bazin el 16 de julio de 1916, expresa cual es la misión de los misioneros aislados: “Su tarea consiste en preparar el camino, de modo que las misiones que le reemplazarán algún día encuentren una población amiga y confiada, almas un poco preparadas para el cristianismo y, si es posible, algunos cristianos… Mi vida consiste en estar en relación lo más posible con cuanto me rodea y prestar todos los servicios que puedo. A medida que se establece la intimidad, siempre o casi siempre a solas, hablo brevemente del buen Dios, dando a cada uno lo que pueda llevar: alejamiento del pecado, acto de amor perfecto, acto de contricción perfecta, los dos grandes Mandamientos del amor a Dios y al prójimo, examen de conciencia, meditación con vistas a las finalidades últimas, deber de la criatura de pensar en Dios, etc., orientando a cada uno según sus fuerzas y avanzando lenta y prudentemente… Mi convicción es que si los musulmanes del norte de África no se convierten poco a poco, se producirá un movimiento nacionalista análogo al de Turquía… El sentimiento nacional o berberisco se exaltará, y cuando la ‘elite’ encuentre una ocasión propicia para ello, se servirá del Islam como de una palanca para levantar a la masa ignorante y procurará crear un imperio africano musulmán independiente.” Cuánta razón tenían estas palabras vistas con perspectiva histórica…

En varias cartas escritas por Carlos de Foucauld a su amigo, el general Mazael, podemos descubrir el ambiente previo de los últimos meses de la vida del hermano Carlos. Así el 1º de septiembre de 1916 le dice: “El rincón del Sahara desde donde te escribo sigue estando tranquilo. Sin embargo se permanece alerta, debido a la creciente agitación de los senusitas en Tripolitania; nuestros tuareg de aquí son leales, pero podríamos ser atacados por los tripolitanos. He transformado mi ermita en un fortín; no hay nada nuevo bajo el sol; viendo mis almenas y mis troneras, pienso en los conventos y en las iglesias fortificadas del siglo X. ¡Cómo vuelven las cosas antiguas y cómo reaparece lo que se creía desaparecido para siempre! Me han confiado seis cajones de cartuchos y treinta carabinas Gras, lo que recuerda nuestra juventud…” En otra carta fechada el 15 de septiembre le informa: “Estos últimos días hemos tenido una gran alarma; trajeron la noticia de que íbamos a ser atacados, pero la noticia fue falsa… La alarma ha servido para demostrar la lealtad de la población: lejos de dar muestras de pretender pasarse al enemigo, se ha reunido alrededor del oficial que comanda el fuerte vecino y alrededor mío, dispuesta a defender el fortín de la ermita. Semejante lealtad me ha resultado muy conmovedora y les estoy muy agradecido. Hubieran podido refugiarse en las montañas, donde nada tenían que temer, pero han preferido encerrarse en el fuerte cercano y en mi ermita, a pesar de saber que el enemigo disponía de cañones y el bombardeo era seguro.”

El hermano Carlos tenía la certeza de que sería atacado, pero seguía viviendo solo y tranquilo. En su rostro no aparecía la sombra de la inquietud. A mediados de 1915 había terminado el diccionario tareg-francés, y, el 28 de octubre, como su diario indica, terminó las poesías tuareg. Pensaba, terminada la guerra, volver a Francia para implantar más sólidamente la Unión de oraciones para la Evangelización. Pero esto no fue posible, pues no entraba dentro de los planes de Dios.

Al sur de Tripolitania, en Fezzan, donde Si Mohamed Labed líder religioso senusita tiene su cuartel general, ha reunido a los tuareg Azdjers, llamados por los Hoggar con el nombre general de Fellagas. Ocupan Rhat, en Tripolitania, plaza que los italianos han abandonado, y donde encuentran víveres, material y municiones de guerra. El fuerte de Djanet que había sido abandonado por los franceses por dificultades de aprovisionamiento es tomado por los Fellagas. También había sido evacuado el fuerte de Polignac que estaba situado un poco más al norte. Los camelleros del Fuerte Motylinski siguen y protegen los campamentos dependientes de Moussa ag Amastane y que se encuentran con sus rebaños por esta región, pero pueden brindar poca ayuda al hermano Carlos.

El viernes 1º de diciembre de 1916, al caer la noche, Carlos de Foucauld está solo en casa. Su sirviente Pablo estaba en el pueblo, lo mismo que dos camelleros del Fuerte de Motylinski, que habían venido para asuntos del servicio y que esperaban la noche para regresar al fuerte. Una veintena de Fallagas estaban en aquellos momentos cerca de Tamanrrasset con el fin de raptar al hermano Carlos y saquear el fortín, donde sabían que había armas y provisiones. Para llevar acabo esto reclutaron algunos nómadas tuareg y algunos harratines, con quienes se relacionaba Carlos de Foucauld, en especial un tal Madani. En total eran unos cuarenta. Madani, conocedor de las costumbres del hermano Carlos, se acercó a la puerta y llamó. Al cabo de un tiempo llegó éste y preguntó quien era y qué deseaba. “El correo de Motylinski”, le contestó. Como era el día que el ermitaño esperaba la correspondencia abrió la puerta y rápidamente se abalanzaron hacia él.

Todo duró menos de media hora. La casa estaba rodeada de centinelas. Entonces uno de éstos dio la alarma de que los militares de Motylinski llegaban. Enseguida estalló un tiroteo. El vigilante del hermano Carlos apoyó la boca del cañón de su fusil sobre la cabeza e hizo fuego, muriendo éste al instante, lo mismo que los otros dos militares. Despojaron al hermano Carlos de todos sus efectos y lo arrojaron dentro de la fosa que rodea al edificio. Pasaron la noche comiendo y bebiendo. Por la mañana dieron también muerte a un militar aislado que traía el correo de In-Salah. Al mediodía abandonaron Tamanrasset llevándose el botín. Los harratines dieron sepultura a los muertos, y Pablo salió hacia el Fuerte Motylinski para dar la noticia, donde llegó el 3 de diciembre al mediodía.

El 17 de enero de 1917, Mons. Bonnet, obispo de Viviers, mandó esta carta a la señora de Blic: “Señora, el duelo que le aflige me alcanza también a mí en demasía. Se lo que pierde en la persona del padre Carlos de Foucauld. En mi larga vida he conocido muy pocas almas más amantes, más delicadas, más generosas y más ardientes que la suya y raras veces he tenido la oportunidad de acercarme a otras más santas. Dios le había penetrado de tal modo que todo su ser desbordaba luz y caridad… No podremos consolarnos de la desdicha si no pensamos que nuestro querido y venerado mártir está más vivo que nunca, que ha dejado de sufrir, pero no ha dejado de querernos.” En contra de la propia voluntad del hermano Carlos, que quería ser enterrado en el Hoggar, algunos años después, el 18 de abril de 1929, sus restos, excepto el corazón que quedó en Tamanrasset depositado en un cofre, fueron trasladados a El Golea, a más de mil kilómetros de distancia, hacia el norte, y a 950 kilómetros de Argel. El lugar que acoge al tuareg universal es austero, y se encuentra junto a la primera iglesia construida por los Padres Blancos en el Sahara.


1  Cf. A. CHATELARD, Carlos de Foucauld, el camino de Tamanrrasset, San Pablo, Madrid, 2003

2  Carta del 3 de abril de 1906, al conde Foucauld

3  Con este nombre se designan las pequeñas colonias de agricultores

4  El hermano Miguel entró en un monasterio de Cartujos.

5  Carta al padre Guerin, el 31 de mayo de 1907

6  Abed Aissa, servidor de Jesús

7  El ”meskine” es el pobre, objeto de piedad por su absoluta carencia de todo.

8  El padre Foucauld construyó a principios de 1910 la ermita del Asekrem, el punto más alto del corazón del Hoggar. Investigadores del Centro Geológico y Geofísico de la Universidad Montpellier han mostrado que las célebres montañas del Hoggar, constituidas por extraordinarios relieves volcánicos de 30 millones de años de antigüedad y conocidas en el mundo entero por su belleza y por sus habitantes autóctonos, los tuareg, presentan una anomalía gravimétrica, es decir, una disminución del campo de gravedad, que puede haber sido ocasionada por una densidad anormalmente débil del manto superior de la corteza terrestre. Esto quiere decir que en este oasis mineral de silencio “uno es más ligero que en cualquier otra parte del planeta”25, los científicos han señalado que la ermita que construyó el padre Foucauld, a 2700 m. de altitud, está en el epicentro de esta zona de anomalía. Se ha creído que su presencia en la ermita del Asekrem, en Tamanraset, fue un retiro, como antaño hicieron los Padres del Desierto, pero fue todo lo contrario: partió para vivir la vida de Nazaret con los nómadas más aislados, más pobres que los habitantes de Béni-Abbés. Carlos de Foucauld, como escribe en noviembre de 1911, se instala en el Asekrem, por ser este un lugar de tránsito de las caravanas y el lugar ofrecía grandes ventajas para las relaciones con los tuareg, a los que acogía estableciendo relaciones

amistosas.

9  Cf. J. F. SIX, El testamento de carlos de Foucauld, Editorial san Pablo, Madrid 2005

EL CAMINO DE CONVERSIÓN DE CARLOS DE FOUCAULD (1ª parte)

El camino del seguimiento de Jesús, el Resucitado, es un proceso, que implica, en primer lugar, una búsqueda apasionada de la verdad, que origina un cambio radical de vida, que no cesa a lo largo de toda nuestra existencia y que tiene momentos álgidos de conversión, hasta que el Espíritu de Jesús Resucitado se adueña de todo nuestro ser. En el converso Carlos de Foucauld vamos a señalar dos conversiones, que corresponden al principal mandamiento de Jesús: Una en relación al amor de Dios y otra en relación al amor a los hermanos, pero en realidad constituyen una grande y única conversión en la búsqueda del Rostro de Cristo y del camino junto a Él. La primera conversión fundamental, fue el camino interior hacia el cristianismo, hacia el “sí” de la fe, que se produjo el 29 o el 30 de octubre de 1886. La segunda y la más definitiva, después de un seguimiento radical de Jesús de Nazaret, ocurrirá en diciembre de 1914 cuando caerá gravemente enfermo y será asistido y alimentado por sus amigos vecinos, los pobres tuareg. Vayamos por partes.


Carlos de Foucauld nace en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858 en el seno de una familia rica y cristiana. Desde los seis años conoce el que es ser huérfano de padre y madre. Como consecuencia de esto ha de ir a vivir con su abuelo, el coronel Morlet, que lo quiere con ternura. De él recibirá los dones de la simpatía y de la generosidad, el amor por la familia, el país y también el amor al estudio, el silencio y la naturaleza. Conoce el padecimiento de la guerra de 1870 y la invasión de su ciudad. Con su familia se refugia en Nancy, dónde prosigue sus estudios. Es allí dónde, con gran fervor realiza su primera comunión. Le sostiene la fe de su familia, sobre todo de su abuelo y su prima Maria, a quien admira mucho. El 1874 se matricula a Santa Genoveva de París, viviendo en régimen de pensionado en los Jesuitas. A finales de este año es cuando pierde la fe, a la edad de diez y seis años.           

 Como quiere ser militar entra en la escuela de Saint Cyr. Son años de despreocupación. No trabaja, trae una vida solitaria, pierde el tiempo, anda vagando, se entretiene con obras literarias y no encuentra sentido a la vida. Con gran pesar, a los diecinueve años pierde su abuelo, a quien admiraba mucho por su inteligencia y su ternura. Algo se rompe en él y su vida va a la deriva. De desesperación se abandona, se deja estar, va de fiesta en fiesta, malgastando la herencia de su abuelo. Su familia está muy triste. A pesar de todo, acaba sus estudios en la escuela de Caballería de Saumur. Tiene veinte años y hace una carrera corta en el ejército, porque a los veinticuatro años renuncia a este para ir a explorar Marruecos. Para este viaje se prepara estudiando el árabe en Argel (Argelia) y aprende todo lo que ha de utilizar para este proyecto. Se pone en contacto con el rabí Mardoqueo, que acepta guiarlo disfrazado de judío. Realiza una verdadera expedición científica, de tres mil kilómetros de recorrido, con mucho éxito, y la Sociedad de Geografía de Francia le concede la medalla de oro.

El viaje a Marruecos lo conquista. Le conmueve el acogimiento de la gente, su fe en Dios manifestada sin vergüenza y su oración. Pero interiormente no se siente satisfecho. De vuelta en París, empieza a entrar a la Iglesia dónde pasa largas horas repitiendo esta oración: «Dios mío, si existes, haz que te conozca». Su prima le aconseja ir a visitar el padre Huvelin, vicario de la parroquia de Santo Agustín, que resultará un encuentro decisivo en la vida de Foucauld, que viene de vivir un “acontecimiento sorprendente”, del que nunca habló, pero que podemos pensar que la exploración a Marruecos fuese en si un choque. Este alejamiento, por corto que fuera, le hizo salir del ambiente familiar en el que se encogía. Así, contemplándola a cierta distancia, pudo acaso descubrir ante sus ojos más claramente la fe de los suyos. Y el hecho mismo de desarraigarse por un tiempo ¿no da la impresión de que una vida nueva puede iniciarse? Todas estas influencias son sólo preparaciones y no tienen, en sí mismas, el don de dar a conocer al mismo Dios. El alma de Carlos de Foucauld, trabajada por la gracia, está simplemente más dispuesta a recibirlo, pero no tiene siquiera de Él una noción viva. Al comienzo de octubre de 1886, después de seis meses de vida de familia, admiraba, quería la virtud, pero no conocía a Dios.

Para seguir los últimos pasos de Carlos de Foucauld antes de su conversión y su conversión misma, tenemos sobre todo el propio testimonio del convertido que cuenta su vuelta a Dios en dos escritos de género muy diferente: una meditación y una carta. El primer texto, la meditación, está sacado de un retiro hecho en Nazaret, entre el 5 y el 15 de noviembre de 1897, donde cuenta su conversión y la misericordia de Dios. La carta, fechada en 14 de agosto de 1901, está escrita a Henry de Castries, un amigo, de fe vacilante, con quien Foucauld entra de nuevo en relaciones después de más de quince años de silencio y a quien cuenta cómo recuperó la fe.

Ninguno de los dos textos es un relato sistemático de conversión. Foucauld cuenta simplemente, sin artificios literarios, el encuentro que vivió una mañana de octubre de 1886, encuentro del que continúa aún viviendo. Lo que le impulsa a hablar de este encuentro es el reconocimiento de la misericordia divina para con él (Nazaret) o responder al ruego de un amigo. Así, pues, veamos en primer lugar la Meditación del 8 noviembre 189: “Al comienzo de octubre de 1886, después de seis meses de vida de familia, yo admiraba y quería la virtud, pero no os conocía. ¿Por qué invenciones, Dios de bondad, os hicisteis conocer de mí? ¿De qué rodeos os servisteis? ¿De qué suaves y fuertes medios exteriores? ¿Por qué serie de circunstancias maravillosas, en que todo se juntó para empujarme hacia vos: soledad inesperada, emociones, enfermedades de seres queridos, sentimientos ardientes del corazón, retorno a París a consecuencia de un acontecimiento sorprendente? ¿Y qué gracias interiores? Esta necesidad de soledad, de recogimiento, de piadosas lecturas, esta necesidad de ir a vuestras iglesias, yo que no creía en Vos, esta turbación del alma, esta angustia, esta búsqueda de la verdad, esta oración: “Dios mío, si existes, manifiéstate!”.

Todo esto, Dios mío, era obra vuestra, obra exclusivamente vuestra… Un alma hermosa os secundaba, pero por su silencio, por su dulzura, su bondad, su perfección. Se dejaba ver, era buena y esparcía su perfume atrayente, pero no obraba. Vos, Jesús mío, salvador mío, lo hacíais todo tanto por dentro como por fuera. Vos me habíais atraído a la virtud, por la belleza de un alma, cuya virtud me había parecido tan bella que arrebató irrevocablemente mi corazón…

Vos me atrajisteis a la verdad por la belleza de esta misma alma. Entonces me hicisteis cuatro gracias: La primera fue inspirarme este pensamiento: Puesto que esta alma es tan inteligente, la religión que cree tan firmemente no puede ser una locura, como yo pienso. La segunda fue inspirarme este otro pensamiento: Puesto que la religión no es una locura, ¿estará acaso en ella la verdad, que no. se halla en ninguna otra sobre la tierra, ni en ningún sistema filosófico? La tercera fue decirme: “Estudiemos, pues, esta religión. Tomemos un profesor de religión católica, un sacerdote instruido, veamos lo que es y si hay que creer lo que dice”. La cuarta fue la gracia incomparable de dirigirme, para mis lecciones de religión, a M. Huvelin. A1 hacerme entrar en su confesionario, uno de los últimos días de octubre, creo que entre el 27 y el 30, vos me disteis, Dios mío, todos los bienes. ¡Si hay alegría en el cielo por un pecador que se convierte, la hubo cuando me acerqué al confesionario!

¡Día bendito, día de bendición! Vos me pusisteis bajo las alas de este santo, y bajo ellas he seguido. Por su mano me habéis conducido y ello ha sido gracia sobre gracia. Yo le pedía lecciones de religión y él me hizo arrodillar y confesarme y me envió a comulgar inmediatamente”.

La Carta del 14 agosto 1901 decía así: “Mientras estaba en París, haciendo imprimir mi viaje a Marruecos, me encontré con personas muy inteligentes, muy virtuosas y muy cristianas. Entonces me dije – perdona mis expresiones, pues no hago sino repetir en voz alta mis pensamientos – que “acaso aquella religión no era absurda”. Al mismo tiempo me impulsaba una gracia interior muy fuerte: empecé a ir a la iglesia sin tener fe, y no me hallaba bien más que allí, repitiendo durante largas horas esta extraña oración: “Dios mío, si existes, haz que te conozca”. Me vino la idea de que era menester estudiar esta religión, donde acaso se encontraba la verdad de que yo desesperaba, y me dije que lo mejor era tomar lecciones de religión católica, como había tomado lecciones de árabe. Como había buscado un buen thaleb que me enseñara el árabe, busqué un sacerdote instruido que me informara sobre la religión católica…

Se me habló de un sacerdote muy distinguido, antiguo alumno de la escuela normal. Fui a verle a su confesionario, y le dije que no venía a confesarme, porque no tenía fe, pero que deseaba informarme algo sobre la religión católica…

Dios terminó la abra de mi conversión, que tan poderosamente había empezado par esta gracia interior tan fuerte que me impulsaba casi irresistiblemente a la Iglesia. El sacerdote, desconocido para mí, a quien Dios me había encaminado, que unía a una gran instrucción una virtud y una bondad más grandes aún, vino a ser mi confesor, y ha sido mi mejor amigo los quince años que han pasado desde entonces.

Apenas creí que había Dios, comprendí que no podía menos de vivir sólo por Él. Mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe. ¡Dios es tan grande! ¡Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es Él!”. Ya sea por “un acontecimiento sorprendente”, que no nos explica, ya por la “soledad inesperada” o por las “enfermedades de seres queridos”, en referencia a la enfermedad de María de Bondy, su prima, en todo caso, durante este mes de octubre, siente un hambre extraordinaria de Dios y una profunda necesidad de dirigirse a Él. Entra en las iglesias y, durante horas, repite incansablemente una “oración extraña”, a la vez que siente un cansancio inmenso.

Foucauld reconoce que la primera gracia de Dios, en la que ve su primera aurora de su conversión, es haberle hecho experimentar su necesidad de Él y hacerle esta extraña oración: “Si existes, haz que te conozca”. Para Carlos de Foucau1d, Dios no es ya únicamente, desde este momento, una verdad que aprender, sino una persona que encontrar, alguien que puede darse a conocer o negarse a ello. Sin embargo, esta oración no es en sí misma aún toda la conversión. La inteligencia se defiende. Quiere dar por sí misma el paso siguiente: Carlos de Foucau1d, que acaba de preguntarse si la verdad que busca no podría, en el fondo, hallarse en la religión católica, decide verificar esta hipótesis y, con este propósito, se pone a buscar un buen “profesor de religión católica”. Busca, pues, un “sacerdote instruido” que le de lecciones de religión, un thaleb, un “maestro de religión”, de la misma manera que en otro tiempo buscó un “thaleb de árabe”. ¿A quién escoger? Carlos de Foucau1d piensa primero en no tomar lecciones particulares de un sacerdote, sino seguir unas clases. Ha oído hablar de las conferencias que el padre Huve1in da en la cripta de la iglesia de San Agustín y decide seguirlas. Pero cuando, durante una comida, María de Bondy dice que el padre Huvelin, enfermo, no podrá continuar las conferencias este año, y añade que ella lo siente mucho, su primo le dice que él también pensaba seguirlas.

Veamos como ocurrieron las cosas: La mañana del 29 o del 30, Carlos de Foucauld entra en la iglesia y busca dónde se encuentra el maestro de religión católica que se ha propuesto tomar: el padre Huve1in. Lo ve, se le acerca y le dice que no quiere confesarse, sino que le pide “lecciones de religión”. Entonces, el padre Huvelin le hizo arrodillar y confesar. Seguidamente, siguiendo las indicaciones de su confesor, Foucauld va al altar de la Virgen donde recibe la comunión.

La manera de obrar del padre Huvelin nos puede sorprender: a este hombre que le dice no tener fe, le aconseja inmediata y vigorosamente que se confiese. Pero el coadjutor de San Agustín ¿estaba tan poco al corriente de la crisis de Foucauld en estos días? ¿No lo había visto pasar largas horas en un rincón de la iglesia? ¿No había leído en sus rasgos su tormento interior, que tenía sin duda que transparentarse en estos días de extrema tensión? Por otra parte, la señora de Bondy, que era su hija espiritual, ¿no le habría hablado de su primo?

Cuando se presentó al padre Huvelin, Foucauld no tenía intención de confesarse inmediatamente ni de comulgar. La vuelta a Dios en la iglesia de San Agustín fue inesperada. Es verdad que hubo una larga búsqueda que había durado largos meses, siendo la conversión el desenlace súbito que viene a irrumpir en esta larga búsqueda. Foucauld había imaginado un paciente encaminamiento intelectual en lugar de esta conclusión fulgurante. Por eso, en un plano humano, se halla como desarmado: se le coloca en una aventura que le sorprende mucho antes de lo que él había pensado, y vive esta aventura, inesperada, en el momento en que se le presenta. Luis Massignon, amigo personal de Foucauld y continuador de su obra, llega a afirmar: “Ella (la Sra. Bondy) le hizo hallar a Dios y lo orientó, para ir a la vida perfecta, hacia el sacerdote que era ya su director… » (L. MASSIGNON, La Vicomtesse Olivier de Bondy et la conversión de Charles de Foucauld, Bulletin de l’Association Charles de Foucauld, 20,103).

El orgullo de Carlos de Foucauld y su voluntad de poder se trasmutan, en adelante, en un ardor extremo de humildad, de abajamiento, de pobreza. Un texto, de Pentecostés de 1897, nos parece revelador de este gesto esencial de humildad que fue su conversión: “La fe, escribe el hermano Carlos, es incompatible con el orgullo, con la vanagloria, con el amor de la estima de los hombres. Para creer, hay que humillarse”. Y, revelándonos lo que su conversión le mostró, añade: la fe “nos muestra la perfección en la imitación de un Dios que se abate en su vida oculta; que es perseguido, calumniado, burlado, despreciado, acusado en su vida pública”. Durante toda su vida Carlos de Foucauld buscará por todos los medios posibles adorar y cumplir mejor la voluntad de Dios, humillándose.

Hay otro aspecto importante en su conversión: el encuentro íntimo en la eucaristía con el Señor Jesús, el Verbo encarnado. Ahora bien, ¿qué aspecto de Jesús contempla especialmente? El aspecto de abatimiento y pobreza. Aquel a quien recibe, aquel en cuyo sacrificio comulga, después de su confesión, es Jesús, el pobre de Belén, el desconocido de Nazaret, el despreciado del Calvario, el que quiso entregarse hasta el extremo. Carlos de Foucauld no tendrá más que un deseo: imitar a Jesús, imitarle más y más, anonadarse más y más con Él. Y en adelante Jesús es para Él el “modelo único”. Para él no habrá más que una sola y misma búsqueda, que se desenvolverá sin cesar desde el día de su conversión hasta el día de su muerte, el día último, en que escribirá: «Nuestro aniquilamiento es el medio más poderoso que tenemos para unimos a Jesús y hacer bien a las almas” (Carta a su prima la Sra. Bondy el 1 de diciembre de 1916 día de su asesinato).

“Apenas creí que había un Dios, comprendí que no tenía otro remedio que vivir sólo para Él… Todos sabemos que el primer efecto del amor es la imitación; tenía, pues, que entrar en la orden en que hallara la más exacta imitación de Jesús” (Carta a Henry de Castries, 14 agosto 1901) Comienza una búsqueda ardua y difícil para Foucauld de la voluntad de Dios. En Roma, diez años más tarde, en diciembre de 1896, escribe en una meditación: “¡He aquí siempre este quid me vis facere que, desde hace diez años que me volvisteis al redil, desde que me convertisteis y, sobre todo, desde hace ocho años, vuelve tan a menudo, tan a menudo a mis labios!”

En esta búsqueda larga y difícil, Carlos es ayudado, durante veinticuatro años, por un guía de gran valía: el padre Huvelin, que será un amigo y un padre para el joven converso. Huvelin, a pesar de ser catedrático de historia y haber hecho estudios teológicos en Roma, había pedido insistentemente, desde su ordenación, en 1867, no ser profesor, sino coadjutor. Nombrado en octubre de 1868 para la parroquia de San Eugenio, es trasladado en 1875 a la parroquia de San Agustín, después de rechazar la cátedra de historia que le ofreció el recién fundado Instituto Católico de París. Será un simple coadjutor de la parroquia San Agustín, hasta su muerte en 1910.

Pero ¿qué es lo que quiere hacer el padre Huvelin? Injertar más y más en el alma de su dirigido un amor muy sencillo y muy ardiente a Jesucristo. Y cuando Carlos de Foucauld quiera explicar lo que ha recibido de su director, hablará de este injerto paciente del amor a Jesús realizado en su alma, como le dice en una carta dirigida al padre Huvelin el 14 de junio de 1893: “El amor a Jesús que usted ha puesto en mi corazón, tanto como ha podido y con tanto cuidado”. En los primeros meses que siguen a la conversión, el papel del padre Huvelin consiste sobre todo en ayudar a Carlos de Foucauld a ver con más claridad la situación de su alma, que, después de doce años de anarquía, presenta un estado muy caótico. Pero este tiempo que siguió a la conversión significó, más que un trabajo negativo de superación de obstáculos y objeciones, un encadenamiento de gracias siempre crecientes. Un sermón del padre Huvelin pronunciado el 13 de diciembre de 1868 expresa 1o esencial de su doctrina espiritual, que marcará profundamente a Foucauld: “Dios quiere hacernos ver que la pequeñez y la humildad son la condición de la grandeza. Jesucristo no quiso otra cosa para sí mismo. El grano de trigo no fructifica si no se echa en tierra”.

A finales del año 1887 y principios de 1888, aparecen en librería las obras del vizconde de Foucauld: Itinerarios en Marruecos y Reconocimiento de Marruecos, obteniendo un éxito notable. Foucauld quiere conocer Tierra Santa, el país de Jesús. El 2 de noviembre de 1888 se dirige a Tuquet, en Bordelais, y después a Nancy, para despedirse de su familia. Les dice que desea permanecer tan sólo algunas semanas en Palestina. Y se embarca en Marsella. A mediados de diciembre llega a Jerusalén, que encuentra cubierta de nieve; se entretiene recorriendo las calles, visitando iglesias, subiendo y bajando la cuesta del monte de los olivos; pasa la navidad en Belén y realiza luego una larga excursión a caballo por Galilea, acompañado de un guía. En sus cartas pone de manifiesto el impacto que le produjo Nazaret, donde medita la frase del padre Huvelin: “Nuestro Señor vivió de tal modo el último lugar, que nadie ha podido arrebatárselo.”

El viajero regresa a París a principios de marzo de 1889. Éste será el año de las decisiones. Desde el momento mismo de su conversión había sentido una llamada a la vida religiosa. Para ver qué camino tomar realiza cuatro retiros. En Pascua está en Solesmes con los benedictinos; en la fiesta de la Trinidad está en la sede de los Trapenses; el 20 de octubre va a Nuestra Señora de las Nieves y pasa una semana entera de meditación sin llegar todavía a decidirse. Finalmente, en la segunda mitad de noviembre, en Clamart escribe a su hermana: ”Ayer he regresado de Clamart, donde, por fin, con la mayor paz y la máxima seguridad, siguiendo el consejo formal, completo y sin reservas del padre que me ha dirigido, he tomado la decisión que pienso desde hace mucho tiempo: es la de entrar en la Trapa. Ahora se trata ya de un asunto resuelto, en el que pensaba desde hace mucho tiempo. Estuve en cuatro monasterios; en los cuatro retiros se me ha dicho que Dios me llamaba y que me llamaba a la Trapa. Mi alma me impulsa hacia el mismo lugar y mi director es de la misma opinión… Se trata de algo resuelto y te lo anuncio como tal. Entraré en el monasterio de Nuestra Señora de las Nieves, donde estuve hace algún tiempo… ¿Cuando? No está decidido aún; tengo que arreglar varias cosas y, sobre todo, ir a decirte adiós. Pero, de todos modos no tardaré mucho.”

Había obtenido el consentimiento del abad de Nuestra Señora de las Nieves. Pero, en su carta de solicitud había mencionado el convento de la Trapa en Akbés, en Siria, rogando que, pasados los meses de prueba y de noviciado, se le mandase a aquella lejana casa “si tal es, como creo, la santa voluntad de nuestro Padre que está en los Cielos.” El 11 de diciembre Carlos se dirige a Dijón, donde pasa una semana junto a su hermana y el señor de Blic, antes de la inclaustración, la soledad y el silencio. Después regresa a París para el arreglo de algunos asuntos, especialmente la cesión que hace de sus bienes en favor de su hermana. Partirá pobre y el mundo no volverá a verlo.

El monasterio de la Trapa de Nuestra Señora de Las Nieves está edificado sobre las altas mesetas de las montañas del Vivarais, en una región que antiguamente dependía del Languedoc. El vizconde Carlos de Foucauld fue admitido en el noviciado de la Orden de la Trapa, convirtiéndose en el hermano Maria-Alberico. El recuerdo que ha dejado entre los hermanos de la Orden, es el de un religioso servicial para con todo el mundo, sumamente piadoso, casi excesivo en su austeridad, pero ponderado en sus juicios.

Desde un principio había pedido que lo mandaran al monasterio más pobre y lejano del Asia Menor. Esto lo hacía principalmente por dos razones: estar más cerca del país donde vivió Jesús, e ir a un país donde no se conoce y ama el Evangelio de Jesús. El 27 de junio parte de Marsella en un buque destino a Alejandreta donde llega el 10 de julio. El nuevo monasterio donde va a residir el hermano Alberico se encuentra rodeado por un círculo de montañas cubiertas de bosques de altos pinos, bajo los cuales crecen robles y arbustos. El monasterio es el más pobre que pueda imaginarse. Para vivir allí los monjes tenían que ser fuertes y valientes. Pues, prescindiendo de los posibles asaltos de bandas en busca de alimento o por razones de fanatismo, no existía la comodidad y a veces faltaba lo necesario.

Su hermana le pide noticias de su convento y de sus ocupaciones. He aquí un fragmento de la carta que el hermano Alberico le envió el 3 de julio de 1891: “Somos una veintena de trapenses, incluyendo los novicios. Como puedes ver por las fotografías, estamos instalados en campamentos de barracones bastante amplios… Podrás formarte una idea bastante aproximada de nuestra vida, leyendo Los Monjes de Occidente de Montalembert. Sin embargo, hay una diferencia; los monjes que menciona estudiaban más que nosotros, se ocupaban más que nosotros de ciertas tareas como, por ejemplo, la copia de manuscritos. Para nosotros, el trabajo mayor son las labores agrícolas; esa es la diferencia entre la Orden de San Bernardo, a la que pertenecemos, y los antiguos monjes…”

La ceremonia de la profesión religiosa del hermano María Alberico tuvo lugar el día de la Candelaria, el 2 de febrero de 1892. Fue presidida por el abad de Nuestra Señora de las Nieves, que estaba visitando el monasterio. El hermano Alberico sabía que no se había equivocado en el hecho de ser monje, pero le quedaba un largo camino por recorrer y a veces una inquietud turbaba su paz: el proyecto, que mientras vivió entre nosotros no pudo ver realizado, de reunir a su alrededor “algunas personas con las que pudiera formar un principio de congregación”, según su intuición de la “vida de Nazaret”. ¿Cuál sería la misión de ésta congregación? En una carta del 4 de octubre de 1893 se expresa así: “Llevar la misma vida de Nuestro Señor en la forma más exacta posible, viviendo exclusivamente del trabajo de las propias manos, sin aceptar ninguna donación, ni espontánea ni solicitada, y siguiendo al pie de la letra todos los consejos del Divino Maestro, sin poseer nada, dando a todo el que pida, no reclamando nada, privándose de todo lo posible…; agregar a este trabajo mucha oración…; no formar más que grupos reducidos…; diseminarse sobre todo en los lugares y países donde no es conocido y amado Nuestro Señor Jesucristo.” Así, este trapense que ha formulado sus primeros votos cree estar llamado a abandonar la Orden par seguir una inspiración personal que le lleva a desaparecer más completamente todavía que un monasterio de Siria. En Francia, en París, tiene a su director espiritual en la parroquia de San Agustín, que desconfía de lo excepcional, y a quien hará falta convencer para dar rienda suelta a este sueño. El 29 de enero de 1894 el padre Huvelin le escribe: “Sigue tus estudios de teología, por lo menos hasta llegar a diácono; aplícate en las virtudes interiores, sobretodo en la humildad; en cuanto a las virtudes exteriores, practícalas en la perfección de la obediencia a la Regla y a tus superiores…; en lo demás, veremos más adelante. Por otra parte, no has sido hecho en absoluto para dirigir a los demás.”

Mientras iba transcurriendo el tiempo, dos acontecimientos ocurrieron que tienen que ver con el monasterio trapense de Akbés. El primero fue que a principios de 1894 dejó de depender de la abadía de Nuestra Señora de las Nieves, para ser adscrita a la de Staoueli, que tenía más amplios viñedos y podía socorrer mejor al muy pobre monasterio de Siria. El segundo hecho fue la época de matanzas que el sultán de Turquía permitió u ordenó. Cuando se iba acercando el quinto aniversario de los votos simples y era el momento de pronunciar los votos perpetuos o pedir dispensa y abandonar la Orden de San Bernardo, le llegó, en una carta fechada en París el 15 de junio de 1896, el consentimiento del padre Huvelin: “Había esperado, mi querido hijo, que encontrarías en la Trapa lo que buscabas; que hallarías en ella suficiente pobreza, humildad y obediencia para poder seguir a Nuestro Señor en su camino de Nazaret… Pero veo en ti un impulso demasiado profundo hacia otro ideal y poco a poco, por la fuerza de este movimiento, te vas saliendo de este cuadro, sintiéndote fuera de lugar. Verdaderamente no veo que puedas contener este movimiento. Díselo a tus superiores de la trapa de Staoueli. Diles sencillamente tu manera de pensar…

Nada más conocer el contenido de la carta, el hermano María-Alberico somete a la consideración de su director el borrador de un reglamento para la futura comunidad de los Hermanitos de Jesús. Esperaba una aprobación, sin embargo la respuesta no fue la misma. Desde Fontainebleau, el 2 de agosto de 1896 el padre Huvelin le responde: “Tu regla es prácticamente impracticable… El Papa vaciló en aprobar la regla franciscana por encontrarla demasiado severa; ¡qué decir, entonces, de este reglamento! A decir verdad, me ha asustado. Vive en el umbral de una comunidad, en la humildad que deseas, pero por favor no redactes reglas.” Una sola autorización le concede: la de tratar de vivir, fuera de la Trapa, una vida totalmente escondida, en algún rincón de Siria o de Palestina. Pero antes tendrá que someterse a una prueba de obediencia que le someterán sus superiores. El superior general de la Orden, antes de tomar una decisión, le pide que vaya a estudiar a Roma durante dos años.

Así pues, el hermano María-Alberico va a estudiar teología a Roma y al acercarse la fecha del 2 de febrero de 1897, fecha de los votos perpetuos, el padre superior de la Orden accede a las peticiones del hermano Alberico que le pide ser lego en un convento de Oriente y lo pone bajo la dirección de su padre espiritual.

El padre Huvelín, el 24 de enero de 1897 le contesta así: “Mi querido hijo, temo que te instales en otro monasterio trapense, pues allí te visitarán los mismos pensamientos. Prefiero Cafarnaún o Nazaret, en un convento de Franciscanos; pero no en el mismo convento, sino a su sombra, para pedir únicamente allí la ayuda espiritual, viviendo en la pobreza. No pienses en reunir personas a tu alrededor y, sobre todo, en darles una regla. Vive tu vida y si vienen otras personas, vivid juntos la misma vida sin reglamentar nada. En este punto soy terminante.

Carlos de Foucauld abandona Roma en los primeros días de febrero, para ir a embarcarse a Brindisi. Los trapenses ofrecieron un pasaje para el buque al que dejaba de ser el hermano María-Alberico, conduciéndole así hasta “el convento de franciscanos”. Foucauld había pasado siete años en la Orden de la Trapa. Durante toda su vida tendrá un gran respeto y gratitud por la venerable Orden que ha dejado; incluso, más tarde, regresará al monasterio de Nuestra Señora de las Nieves en calidad de huésped y de amigo. El buque era uno de los que hacen escala en Alejandría, en Egipto, y después, camino de Constantinopla, en el puerto de Jaffa, donde descendió Carlos de Foucauld. Enseguida el peregrino puso rumbo hacia Nazaret, pasando por Belén y Jerusalén. El 5 de marzo de 1897 llegó a Nazaret como un pobre desconocido. Fue acogido por los Franciscanos ofreciéndose como sirviente a los religiosos. Al no tener eéstos necesidad de sus servicios, el capellán de las Clarisas de Nazaret intervino para encontrarle un puesto ante las clarisas, después de haber sido reconocido por un hermano franciscano encargado de la acogida, de cuando Carlos de Foucauld había visitado Nazaret.

Así pues, la abadesa fue prevenida de que un extraño peregrino acudiría al monasterio a ofrecerse como sirviente y que ese peregrino dedicado a la penitencia, deseoso de permanecer oculto, era el vizconde Foucauld. Y así ocurrió. Unos días después el peregrino solicitó hablar con la madre abadesa del monasterio. Ésta era una mujer capaz de comprender tanto lo que había de grande, como lo que había de singular en cada situación, obrando con gran tacto. Comprendió que aquel hombre era sincero y era necesario ayudarle. Le ofreció el trabajo de sacristán y encargado de los mandados al correo y otras pequeñas tareas. Le quisieron dar la habitación del jardinero, pero él optó por una choza de tablas, situada en el patio, a unos cien metros de distancia, que servía como pieza de desahogo. Le trajeron dos taburetes, dos tablas y un jergón; convirtiéndose así en ese ermitaño de Nazaret tantas veces soñado.

Ya no era un religioso, pero continuaba viviendo como un religioso. De hecho, después de recibir la dispensa de sus votos de trapense, hizo, ante su confesor en Roma, voto de castidad perpetua y de no tener para su uso personal nada más de lo que posee un pobre obrero. El propio Carlos de Foucauld se expresa así en una carta dirigida al señor de Blic el 25 de noviembre de 1897: “Gozo infinitamente de ser pobre, de vestir como un obrero, de ser sirviente, de pertenecer a esa condición humilde que fue la de Nuestro Señor Jesucristo, y todo esto, por una gracia excepcional, poderlo vivir en Nazaret.”

En Nazaret pasó el verano, otoño e invierno de 1898. La abadesa de las clarisas de Nazaret había escrito a la de Jerusalén, madre Isabel del Calvario, acerca de su abnegado sirviente, que vestía como un pobre pero hablaba y escribía como un sabio y rezaba como un santo. Madre Isabel quiso conocer a este personaje e interrogarlo, pues ella que era la fundadora de los dos monasterios, temía que la comunidad de Nazaret fuese víctima de un aventurero. Enviaron al hermano Carlos con una carta importante para las clarisas de Jerusalén. Emprendió el camino solo, a pie, como había venido y cruzó Galilea y Samaría, pensando que el Maestro había realizado tantas veces ese mismo viaje. El 24 de junio, festividad de San Juan Bautista, muy cansado, llegó a divisar las murallas; pero, como comenzaba a anochecer, se acostó en el suelo, en un campo cercano al convento. Al día siguiente fue recibido por la abadesa, cuya desconfianza no tardó en disiparse, apenas habló cinco minutos con él. Madre Isabel, una mujer venerable y espiritual estaba destinada, como veremos más adelante, a tener una influencia decisiva en la decisión que tomará Carlos de Foucauld de prepararse para el sacerdocio. En una carta enviada a su familia el 15 de octubre de 1898 el hermano Carlos les dice: “Tengo una casita adosada a la gruesa pared del cerco del monasterio… Vivo como un ermitaño, o como un obrero independiente, recibiendo cuanto pido y, cuando quiero, en un trabajo muy liviano que tienen la delicadeza de confiarme, para que pueda decirme que me gano el pan…” No tardó en regresar a Nazaret, considerándose un sirviente de los dos monasterios. Como la madre Isabel del Calvario le había expuesto el deseo de que volviera a Jerusalén, regresó allí antes de fin de año. Se le veía todos los días ir a buscar como un pobre su comida a la puerta del monasterio, y regresar sin haber dejado de leer en un libro que nunca le abandonaba; se le veía participar en la Eucaristía, realizar concienzudamente las pequeñas tareas que le eran confiadas, pasar hora y media en la capilla después del almuerzo y volver a ella por la tarde cuando había algún oficio; se sabía que dormía sobre dos tablas cubiertas con un lienzo y teniendo una piedra por almohada, como en Nazaret; que no dormía mucho más de dos horas cada noche; que practicaba una templanza extremada y la más intensa caridad. Las personas de lengua árabe e idioma francés que habían hablado con él, conservaban el recuerdo de sus ojos bondadosos y de sus modales fraternos. Y, además, estaban sorprendidos del júbilo adivinado en aquel hombre sin casa, sin parientes, sin riqueza y sin empleo.

La madre Isabel, después de haberle visto vivir así varios meses y una vez segura de la gran inteligencia y de la singular virtud de que se hallaba dotado, empezó a exhortarlo hacia el sacerdocio. Al principio el hermano Carlos rechazó la idea. Todas las hermanas del convento pedían por esta intención, Al cabo de algún tiempo, al insistir de nuevo la madre Isabel, éste le dijo que se lo propusiese ella misma a su director espiritual. Y así se hizo.

El padre Huvelin hacía mucho tiempo que opinaba que Carlos de Foucauld estaba destinado al sacerdocio y se lo dio a entender así. Finalmente, en la choza de Nazaret donde había regresado de nuevo, tomó la decisión. Su problema era cómo conciliar el sacerdocio y el eremitismo. En sus notas escribe: “Creo que mi deber es tratar de comprar el lugar probable de mi ubicación en el monte de las Bienaventuranzas… La fe en la palabra de Dios y en la Iglesia se practica lo mismo en todas partes; pero allí, en el monte de las Bienaventuranzas, en la desnudez, en el aislamiento, en medio de árabes muy hostiles, para no perder el valor tendré necesidad de una fe firme y constante en estas palabras: ‘buscar el Reino de Dios; el resto se os dará en añadidura…’ Aquí, al contrario, no carezco de nada y me hallo en seguridad. Es allí, pues, donde mi fe podrá ejercitarse mejor.”

En junio de 1900, el hermano Carlos, después de haber tomado la decisión del sacerdocio, se puso en camino, dirigiéndose a Jerusalén, a cuya ciudad llegó la víspera de la festividad del Sagrado Corazón. Quería ver a Monseñor L. Piavi, para pedirle permiso para instalarse en el monte de las Bienaventuranzas como sacerdote ermitaño y pedir aprobación del proyecto de Regla que redactó para él y para los futuros Hermanitos del Sagrado Corazón.

Al día siguiente de su llegada a Jerusalén, subió al Calvario donde asistió a Misa, dirigiéndose posteriormente al Patriarcado, con una vestimenta y estado lamentable. Monseñor Piavi le escuchó y luego, creyendo que tenía delante a uno de esos iluminados que no son raros en Oriente, le dijo que ya se lo pensaría y que podía retirarse.

El hermano Carlos consideró el fracaso como un signo de la voluntad divina, si bien Monseñor Piavi, después de tomar informes, quiso que volviera al Patriarcado, cuando Foucauld ya estaba en Nazaret de nuevo. Al mismo tiempo descubrió que lo habían engañado en la escritura de compra del terreno donde debía levantarse la capilla y choza en el monte de las Bienaventuranzas. El padre Huvelin animaba al hermano Carlos para que se preparara para el sacerdocio y pensaba que el lugar idóneo podía ser el Monasterio Trapense de Nuestra Señora de las Nieves. Como la relación epistolar es muy lenta, el hermano Carlos apresuró las cosas, previno con unas letras al padre Huvelin y abandonó Tierra Santa rumbo a Francia a principios de agosto de 1900, sin llevar más que un breviario y una canasta donde guardaba sus provisiones. Para Carlos de Foucauld los años pasados en Oriente fueron años de preparación. Le habían acostumbrado a la vida solitaria, a la disciplina sin testigos, al trabajo sin programa impuesto. Había realizado el aprendizaje que le permitiría soportar en el futuro pruebas más duras, sin desfallecimientos y con el júbilo de quien obedece a su vocación.

5. Hacia los más abandonados

Al principio el padre Huvelin no estaba contento de que el hermano Carlos regresara a Francia, pues le había enviado un telegrama pidiéndole que se quedase en Nazaret. Pero una vez volvió a ver a aquel terrible penitente, reconoció que algo interior le había conducido de nuevo a él. Pasaron veinticuatro horas juntos y el hermano Carlos tomó el camino de Nuestra Señora de las Nieves y de Roma. Llegó al monasterio como un pobre entre los pobres que esperaban en la puerta de la entrada, y no fue reconocido por el hermano portero. Después de recibir al antiguo hermano María-Alberico, el abad Martín se ocupó de conseguir que Monseñor de Viver lo aceptara entre los clérigos de su diócesis, cosa que consiguió sin dificultad. Entre el abad y el hermano Carlos quedó convenido que después de una breve estancia en Roma, regresaría al monasterio a fin de prepararse para el sacerdocio. ¿Qué iba a hacer a Roma? Antes de recibir el sacerdocio y elegir el punto de su destino definitivo, quería conversar con algunas personas que había conocido allí para tratar seguramente de la fundación de la orden de los Hermanitos de Jesús, su sueño desde hace siete años.

A principios de septiembre el hermanos Carlos está en Roma. Allí lleva una vida de ermitaño, estudiando teología. Visita a dos profesores y a un amigo suyo religioso. Llegado el momento de regresar, pide permiso al padre Huvelin para pasar por Barbirey a visitar a su hermana y a los sobrinos que no conoce. El padre Huvelin se lo concede y visita a su familia que está loca de alegría. El 29 de septiembre de 1900 el eterno viajero se encuentra ya en Nuestra Señora de las Nieves, donde permanecerá casi un año. Resumiendo este período, más tarde escribirá: “Mis retiros del diaconado y del sacerdocio me han revelado que aquella vida de Nazaret, que me parecía ser mi vocación, no debía llevarla en la Tierra Santa tan querida, sino entre las almas más enfermas, entre las ovejas más descuidadas. Ese banquete divino, del que me convertiré en ministro, no debe ser ofrecido a los parientes y a los vecinos ricos, sino a los alejados, a los ciegos, a los pobres, es decir, a las almas que carecen de sacerdotes. En mi juventud había recorrido Argelia y Marruecos. En Marruecos, grande como Francia entera, con diez millones de habitantes, no había un solo sacerdote en el interior; en el Sahara, de una extensión siete u ocho veces mayor que Francia y mucho más poblado de lo que se creía en otro tiempo, una docena de misioneros… Ningún pueblo me parecía más abandonado que estos.”1

El hermano Carlos fue ordenado sacerdote el 9 de junio por Monseñor Montéty, en presencia de Monseñor Bonnet. Después de la ordenación permaneció en el monasterio hasta que se realizaran los trámites para su marcha a África del Norte. A principios de septiembre Carlos de Foucauld se despide de sus hermanos de la trapa de Nuestra Señora de las Nieves. Unos días después cruza el mar y desemboca en África, donde es recibido por Monseñor Livinhac, obispo del Sahara, quien le da los permisos para instalarse en el sur de la provincia de Oran, cerca de Marruecos. Mientras espera el permiso del gobernador de Argelia, pasa unos días en el monasterio trapense de Staoueli, donde encuentra viejas amistades e inicia otras nuevas.

El 14 de octubre le llega la autorización favorable del gobernador general y al día siguiente lo vemos partiendo hacia Oran, primero, y hacia el sur después, pasando por Ain-Sefra, pequeña ciudad blanca edificada al pie de las dunas. Desde allí, camino de Beni-Abbes, acepta viajar a caballo el largo camino con el teniente Huot, que regresaba de su permiso. A mitad del camino se encuentra el oasis de Taghit y el fortín que protege una zona peligrosa, recorrida frecuentemente por merodeadores. Cuando los vieron llegar, salieron a su encuentro. Fue el saludo de bienvenida del Sahara. Cuatro días después, por la tarde de un día caluroso, los viajeros percibían las primeras palmeras de Beni-Abbes, oasis de muchísimas palmeras., que crecen sobre la orilla izquierda del Saoura, en tierras y arenas donde abundan los manantiales formando una larga franja espesa adosada a un acantilado que lo domina desde lo alto. El mismo Saoura no es más que el arroyo Zousfana, procedente de Figuig, que se une, a cuarenta kilómetros del oasis, con otro riachuelo más importante, el arroyo Guir, que desciende de las mesetas del gran Atlas marroquí. Como sucede con la mayor parte de los ríos saharianos, sus aguas se entierran para no ser evaporadas por el sol, cruzando los desiertos en túneles, para ir a parar misteriosamente al curso del Alto Níger.

El hermano Carlos ha elegido aquel lugar por las necesidades humanas que allí había y por la cercanía con Marruecos, la tierra que tanto quería y que esperaba poder volver algún día. Compró, en la meseta de la orilla izquierda del oasis, un terreno del barranco con palmeras donde construir la ermita de barro y su humilde residencia. La capilla se construyó en primer lugar. El decorador es el hermano Carlos, que en una tela dibuja a Cristo extendiendo los brazos para abrazar, estrechar, llamar a todas las personas y entregarse por todo el mundo. Allí es donde pasará tantas horas, de día y de noche, en adoración o meditación.

Después de la capilla y de los aposentos, se construyó una pared alrededor del patio. Luego, el hermano Carlos cercó el terreno de la Fraternidad, ya que había decidido vivir enclaustrado y no salir de los límites sin un motivo fundado e importante. Los nativos respetaron casi de inmediato la clausura del hermano Carlos. Para el cuidado del huerto contrató dos harratines, mestizos de árabes y negros, diseminadas por todos los oasis y cuya situación social era intermedia entre las personas esclavas o libres, para hacerlos hortelanos. Éstos conocían mejor los cuidados que hay que dar a las palmeras y las precauciones que deben tomarse, en un país cálido, para que las legumbres, apenas asomen las primeras hojas, no sean calcinadas por el sol.               En algunas ocasiones para saludar algún jefe del Sahara, como Laperrine o Lyautey, o la visita de algún investigador, Foucauld abandonaba su recinto y aceptaba la invitación que le hacían los oficiales. Si lo hacía era para no faltar a las normas de cortesía. Una vez terminada la capilla, el hermano Carlos cavó, en un rincón del jardín, la fosa donde quería ser enterrado y la bendijo. Esto era un recuerdo de la Trapa. Más tarde hizo lo mismo en los diversos puntos del Sahara donde vivió cierto tiempo.

Su regla de vida, que no variará hasta el final de su vida, está descrita en la carta dirigida al prefecto apostólico del Sahara el 30 de septiembre de 1902: “Levantarse a las cuatro de la madrugada, Angelus, Veni Creator y celebración de la Eucaristía. A las seis tomar un poco de alimento y una hora de adoración eucarística. A continuación trabajo manual o su equivalente (correspondencia, copias de varias cosas, extractos de autores a conservar, lecturas hechas en voz alta, o explicación del Catecismo a alguien), hasta las once. A las once un poco de oración hasta las once y media. A las once y media almuerzo. Al medio día Angelus y Veni Creator. La tarde dedicada íntegramente al buen Dios, al Santísimo Sacramento, excepto una hora dedicada a las conversaciones necesarias, las necesidades de la casa y a las limosnas: esta hora se reparte durante todo el día. A las cinco y media vísperas. A las seis cena. A las siete explicación de los Evangelios a quienes lo desean, rezo del santo rosario y me acuesto alrededor de las ocho y media. A media noche me levanto. Es un momento muy dulce para estar con Jesús, en el silencio profundo del Sahara. Vuelvo a acostarme a la una.

Así, pues, dormía seis horas, cortadas por una de vela. La oración ocupaba el primer lugar. Únicamente el servicio de caridad alteraba el reglamento. Vestía una túnica blanca, ceñida por un cinturón, sobre la cual llevaba un corazón coronado por una cruz, hecho en paño rojo; en los pies lleva sandalias. El sombrero era un invento suyo. Era un kepis al que había quitado la visera y recubierto con una tela blanca que le caía por encima de los hombros, para protegerse la nuca. Así, esta indumentaria constituía por sí sola una prédica y toda su vida afirmaba el Evangelio. Para rescatar a los esclavos del Sahara, como lo hizo con José y Pablo, que entró en la Fraternidad el 15 de octubre de 1902 y que encontraremos más tarde como testigo principal de la muerte del hermano Carlos, y alimentar a los pobres, pide frecuentemente pequeñas sumas de dinero a su familia, dándose cuenta de que iba contra la economía política imperante, como se desprende de este examen de conciencia: ”Podría tener algún dinero si aceptara honorarios de Misa. El padre abad del monasterio de Nuestra Señora de las Nieves me los ha ofrecido y si no tengo ningún otro medio de vivir y pagar mis deudas, aceptaré; pero mientras exista el más mínimo fulgor de esperanza de poder prescindir de ellos los rechazaré, por cuanto lo creo ‘más perfecto’; vivo de pan y agua, lo que me cuesta siete francos mensuales… Mi único capital al salir de Francia era el mismo que sigo poseyendo en la actualidad: las palabras de Jesucristo: ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura’… Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a considerarme como hermano suyo, hermano universal… Comienzan a llamar a la casa ‘Fraternidad’ y esto me resulta sumamente agradable.

Llevaba apenas cuatro meses viviendo en Beni-Abbés y ya había hecho la cuenta de las miserias materiales y morales que allí había. Para él, la primera tarea a realizar era “ayudar a los esclavos”, que son tratados con gran dureza por la población. La segunda tarea es dar acogida a los viajeros pobres. Y, finalmente, la tercera sería escolarizar a los niños que andan vagando todo el día, para darles instrucción. En una carta a Mons. Guerin, le explica lo que viene haciendo a estos tres niveles: “Para los esclavos tengo una pequeña habitación que les hace de albergue y les puedo ofrecer pan y amistad… Los viajeros pobres encuentran en la Fraternidad asilo y comida… Los enfermos y ancianos abandonados encuentran aquí techo, comida y cuidados… Para los niños no puedo hacer nada. A veces llegan hasta sesenta niños y los tengo que despedir sin poder hacer nada por ellos. Hay muchas necesidades que están fuera de mi vocación. Se precisarían religiosas.2

Carlos de Foucauld es un hombre humilde. Conoce sus limitaciones y espera más de Dios que de sus fuerzas. Es un solitario sacerdote perdido en un oasis del Sahara que quiere, con el poder de Dios, el bien de Africa y de todo el mundo. Por esto en mayo de 1903 piensa en la fundación de los Hermanos del Sagrado Corazón como “una congregación de misioneros que no predicaría el Evangelio directamente, pero lo haría conocer, admirar, amar, por la vida de oración, de caridad y de pobreza que llevarían los monjes entre los musulmanes”. En una carta del 15 de noviembre de 1903, enviada a su prima, afirma: “Estoy más convencido que nunca de que este lugar de Beni-Abbés es propicio para una comunidad de solitarios pobres, entregados a la adoración del Santísimo Sacramento y al trabajo manual. ¡Es tan solitario y tan equidistante de Argelia, Marruecos y el Sahara! Reza para que mis infidelidades no pongan obstáculos a los designios del Sagrado Corazón.”

Recibe una carta del abad de la Trapa de Staoueli informándole de que algún monje quizás desearía venir con él, a lo que Carlos de Foucauld responde: “Me escribe diciendo que algunos de ustedes desean compartir conmigo la vida pobre y solitaria de Jesús escondido, esa vida divina de la que nos ha dejado el ejemplo de los treinta años en Nazaret… No hay más que un medio absolutamente infalible para conocer la voluntad de Dios en asunto semejante: la dirección espiritual. Abrir completamente el alma a un director ‘consciente, instruido, inteligente, interior, sin prejuicios’ y tomar su respuesta como la voluntad divina en el momento actual… Pido tres cosas a los que deseen venir: 1ª estar dispuestos al martirio; 2º estar dispuestos a morir de hambre, y, 3º obedecerme, a pesar de mi indignidad, hasta que seamos varios, pueda realizarse una elección, y pueda volver al último lugar.

Carlos de Foucauld nunca llegó a tener ningún compañero, salvo una vez y por poco espacio de tiempo. En una carta al padre Guerin, escrita el 30 de septiembre de 1902, Foucauld se expresa así sobre este tema: “Si algún día tengo compañeros, me complaceré en ver en ello la realización de la voluntad de Dios. Si no los tengo pensaré que Él es glorificado de muchas otras maneras… Si pudiera perderme totalmente en la unión con su divina voluntad, preferiría para mí el fracaso total, la soledad perpetua y los tropiezos en todo. Hay en ello una unión a la Cruz de nuestro divino Bien Amado, que siempre me ha parecido preferible a todas. Hago todo lo que puedo para tener compañeros: a mis ojos, el medio de conseguirlos es santificarme en silencio: si los tuviera, me regocijaría ruidosamente en las cruces; no teniéndolos, me regocijo perfectamente.”

El padre Guerin y el padre Villard visitaron Beni-Abbés del 27 de mayo al 1 de junio. Podemos suponer la alegría del encuentro entre estos religiosos. El padre Guerin lo expresa así en su diario el 31 de mayo: “Por primera vez desde hace muchos siglos, acaso por primera vez en absoluto, se encuentran reunidos tres sacerdotes en Beni-Abbés.” Más tarde, el 24 de junio, Carlos de Foucauld escribe al padre Guerin pidiéndole permiso para “instalarme entre los tuareg, lo más adentro del país que me sea posible, a la espera de que pueda mandar allí sacerdotes; en aquel lugar rezaré, estudiaré el idioma y traduciré los Evangelios; entraré en relaciones con los tuareg; viviré sin enclaustrarme.” Recibe la autorización para el viaje tanto del padre Guerin, del padre Huvelin, como de las autoridades militares, pero en septiembre, cuando se disponía a partir, es llamado a Tahhit junto a los heridos de unas escaramuzas. El 13 de enero va a salir un convoy en dirección al Touat y al Tidikelt. Invitado por el general Laperrine, el hermano Carlos, considera que tenía posibilidad de visitar aquellas regiones y se decide a emprender el viaje. Empezaba con ello una nueva fase de su destino. Iba hacia los tuareg desconocidos del Ahaggar, donde ofrecerá su amistad y consumará su sacrificio.


1  Carta al padre. Huvelin, el 8 de abril de 1905. Cf. J. F. SIX, Carlos de Foucauld, itinerario espiritual, Herder, Barcelona 1988

2  Carta a Mns. Guerin, 19 enero 1902. Cf. J: F: SIX, o. c., 231

FOUCAULD EN EL SAHARA

Hasta ahora no había querido ser sacerdote, porque temía alejarse de la pobreza y del último lugar. Pero acepta ser ordenado a los cuarenta y tres años, para llevar a Jesús a los más abandonados. ¿Cómo va a vivir ahora la imitación de Jesús de Nazaret? En una carta escrita a Henry de Castries le dice: «No se trata, por ahora, de convento, mucho menos de predicación, ni de idas y venidas, sino de establecerme en un puesto francés del Sahara sin sacerdote, vivir allí sin título oficial de ninguna clase, como sacerdote libre, yendo cada día a la enfermería a consolar a los enfermos, llevarles los sacramentos, velarlos y enterrarlos cristianamente si mueren”1.

Va al Sahara y se instala en Beni Abbés (Argelia), cerca de la frontera con Marruecos, país al que quiso tanto y en el que pensaba instalarse cuando las circunstancias fuesen propicias. En una carta a Monseñor Guerin cuenta como transcurren allí sus días: «Los pobres soldados vienen siempre a mí. Los esclavos llenan la casita que se les pudo construir. Los viajeros vienen derechos a la ‘Fraternidad’. Los pobres abundan… Todos los días hay huéspedes para comer, dormir, desayunar…«2.Durante el año 1902 no cesa de denunciar ante las autoridades la injusticia de la esclavitud. En una carta al padre Martin afirma: «Hay que amar la justicia y odiar la iniquidad, y cuando el gobierno comete una gran injusticia contra aquellos que tenemos a nuestro cargo, hay que decírselo… no tenemos derecho a ser ‘centinelas dormidos’ o ‘perros mudos’ o ‘pastores indiferentes'»

1. Atento a los acontecimientos: Parte hacia el país tuareg del Hoggar en 1904

En junio de 1903, su amigo el coronel Laperrine, después de una batalla, le cuenta el hermoso testimonio de Tarichat Ouit Ibdakane, mujer tuareg que se opuso a que mataran a los soldados heridos, cuidándolos ella misma, haciendo que los repatriaran a Trípoli. Carlos de Foucauld, sorprendido por este gesto y pese a que le cuesta dejar Beni-Abbés, siente la llamada hacia los tuareg, los hombres azules del desierto, que para él son los más abandonados. Parte hacia el Hoggar, sur de Argelia, el 13 de enero de 1904. Después de un largo viaje por el desierto, descubre a los tuaregs y es aceptado por Moussa Ag Amastane, jefe del Hoggar, instalándose en Tamanrasset, creciendo la amistad entre ambos a lo largo de los años.

Hace grandes recorridos conociendo a la gente en su vida y participando en ella. Aprende su idioma e inicia un gran trabajo lingüístico por respeto y amor a su cultura. Poco a poco el hermano Carlos transcribe los poemas que se cantan durante la noche alrededor del fuego, donde se transmite el alma del pueblo tuareg.Mira a todos como hermanos, conviviendo con ellos y formando parte de su familia. De todas partes vienen a pedirle consejo. Comprende que sus amigos aspiren a tener mejores condiciones de vida y trata de ayudarlos. Durante la hambruna de 1906/1907, comparte todo lo que tiene y cae muy enfermo. Los tuaregs lo cuidan ofreciéndole un poco de leche de cabra, que tienen que ir a buscar muy lejos. A partir de ese cambio de situación, la amistad entre los tuaregs y el hermano Carlos se profundiza.

Quisiera, desde hace tiempo, fundar una familia religiosa, pero está sólo. En su diario de 1909 encontramos este texto: “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome deben decirse: ‘Ya que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena’. Y si me preguntan por qué soy manso y bueno, debo decir:’porque soy el servidor de alguien que es más bueno que yo. Si supieran que bueno es mi maestro Jesús!… Yo quisiera ser bastante bueno para que se diga: si así es el servidor, ¿cómo debe ser el Maestro?”

El hermano Carlos va a Francia tres veces. Ve a su familia y constituye una especie de cofradía denominada Unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón, que tenía los siguientes objetivos, tal y como puede verse en el texto que Carlos de Foucauld nos dejó con el nombre de Consejos Espirituales (Directorio): 1. Vida evangélica imitando al “Modelo Único”; 2. Vida Eucarística, desarrollando el sentido del sacramento del amor; 3. Vida apostólica, por medio de la bondad en medio de los más necesitados.

2. 1º de diciembre de 1916: El grano de trigo cae en tierra

Las repercusiones de la primera guerra mundial llegan al Hoggar. La violencia y la inseguridad dominan esas regiones. Durante la mañana del 1º de diciembre de 1916 escribe a su prima: “Nuestro anonadamiento es el hecho más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas”. Al atardecer del mismo día, durante una operación de los rebeldes sinusitas, se deja agarrar sin resistir y lo matan al ver llegar a soldados franceses que traían el correo.

En contra de la propia voluntad del hermano Carlos, que quería ser enterrado en el Hoggar, algunos años después, el 18 de abril de 1929, sus restos, excepto el corazón que quedó en Tamanrrasset depositado en un cofre, fueron trasladados a El Golea, a más de mil kilómetros de distancia, hacia el norte, y a 950 kilómetros de Argel. El lugar que acoge al ‘tuareg universal’ es austero, y se encuentra junto a la primera iglesia construida por los Padres Blancos en el Sahara.

3. El carisma del hermano Carlos de Foucauld

Los dos pilares ligados entre si e inquebrantables en la vida del hermano Carlos son: La presencia de Jesucristo en la Eucaristía y la presencia de Jesucristo en los pobres. Foucauld se siente empujado a vivir Nazaret en el lugar que sea más útil para el prójimo, a través del ‘apostolado de la bondad’. Como dice en los Consejos Espirituales 23,3, “se hace el bien, no en la medida de lo que se dice y de lo que se hace, sino en la medida de lo que se es, en la medida de la gracia que acompaña nuestros actos, en la medida que Jesús vive en nosotros, en la medida en que nuestros actos son actos de Jesús obrando en nosotros y por nosotros”

Foucauld nos recuerda la urgencia de la presencia amistosa y gratuita. Nos impulsa a la vuelta al Evangelio y en medio de una sociedad que corre a ocupar los primeros puestos, él nos hace reconsiderar la primacía de los últimos. Si hay una palabra que pueda expresar el mensaje de Foucauld es Nazaret, pues se trata de vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en medio de las circunstancias más ordinarias de la vida, y también descubrir al Jesús resucitado, incógnito, que hace ruta anónima con los discípulos de Meaux, un Cristo Eucaristía que no se manifiesta en grandes apariciones, pero que se encuentra en las rutas y las circunstancias más banales, las más familiares de la existencia de las personas, un Jesús a quien se reza en la vida de todos los días.

4. Los frutos de una entrega

Cuando Carlos de Foucauld volvió de su viaje a Francia en 1911, escribió al padre Crozier al que había visitado el 14 de marzo, reiterándole su insistente petición: «Ayúdeme a la realización de la obra que tanto deseo, una cofradía fuertemente constituida«. Y será gracias a Crozier que Foucauld, poco a poco, desde 1911 hasta su muerte, va simplificando los estatutos de la Unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón, la única fundación que creó Foucauld en vida y de la que fue miembro. Foucauld no encuentra a nadie que se ocupe de su obra en Francia, como tampoco encontraba discípulos para llegar a ser Hermanos e ir con él al Sahara. Entonces piensa que un boletín puede reemplazar a los directores. Siete meses antes de su muerte, el 28 de abril 1916, escribía a Joseph Hours: «Veo claramente la finalidad y lo que hay que pedir a los hermanos de esta Unión; lo que no está tan preciso es la organización«. En una carta al padre Voillard, su director espiritual, en Pentecostés de 1916, se ve obligado a reconocer que no tiene a nadie para dirigir la Unión. En una carta al padre Voillar el hace una referencia a Luís Massignon diciendo: «Hay un hermano laico, fervoroso, a quien se le puede encargar la publicación del boletín y, si Dios le da vida (está en el frente), podría hacer grandes servicios a la cofradía«. Pero Foucauld cree que hay que buscar un sacerdote. Y el mismo no se ve viniendo a Francia para tomar la dirección de la Unión: «Me creo el menos capaz de casi la totalidad de los sacerdotes para las gestiones que hay que realizar, no sabiendo más que rezar en solitario, callar, vivir entre mis libros, y todo lo más hablar familiarmente cara a cara con los pobres«.

Foucauld sabe que hay que transformar la estructura y los últimos estatutos de julio 1916. El 31 de julio de 1916 escribe a su prima diciéndole que trabaja en presentar el conjunto «simplificando y abreviando los estatutos, modificando completamente la organización«. Hay que señalar que en el momento de su muerte Foucauld no había encontrado la forma de su asociación, pero sí el fondo. Sobre el espíritu lo esencial estaba hecho: Más allá de las posiciones debidas a su época, más allá del vocabulario, hay un amor extremo hacia Jesucristo y el Evangelio, la expresión del amor extremo hacia todos, el respeto a la vida de cada uno, todo aquello que había conmocionaba a todas las personas que lo encontraron. En vida del hermano Carlos, el padre Laurin transmitía los Estatutos a las personas que le indicaba. Si daban su consentimiento, vivían según el espíritu de la Regla. Foucauld se dirigía especialmente a sus amigos, que hacían a su vez la difusión que querían. No tenían ninguna reunión. El padre Laurin daba cuenta a Foucauld de las respuestas que le daban y de las apreciaciones que hacían a su proyecto. Una vez conocida la muerte del hermano Carlos, el padre Laurin no actuó más.

5. Familia espiritual

La actitud de Massignon es completamente diferente. En 1950, dirá retrospectivamente, después de pasar una noche de adoración en Tamanrasset: «No hay duda de que Foucauld, a quien me he dado incondicionalmente el 14 de octubre 1913 (siendo el único miembro vivo de los 49 primeros hermanos en el momento de su muerte en 1916), a quien he conducido a mi mujer, que ha bendecido a mi hijo en su carta-testamento que escribió en el día de su muerte, me ha pedido post mortem ‘completar’, sustituirme a él con relación a lo que faltaba a su pasión«. Cuando Massignon se entera de la muerte de Foucauld, escribe al padre Laurin, a quien Foucauld había escogido para su obra. Desea saber en que situación se encuentra esta y que va a ocurrir. La respuesta del padre Laurin el 20 de febrero de 1917 es semejante a la de los discípulos de Emaús: «He aquí como están las cosas con relación a la obra: sabe que he enviado un gran número de ejemplares de su Regla (la que usted recibió); a las personas que me había indicado. Ha habido pocas adhesiones. Ningún escrito. Le comuniqué la situación (esto ha sido un proceso largo debido a las distancias) Reflexionó, consultó y se decidió: primero a simplificar la Regla; y en segundo lugar a venir a pasar un largo tiempo a Francia después de la guerra, para llevar la dirección del tema y promocionarlo él mismo. Recibí hace aproximadamente dos meses, escrita poco antes de su muerte, una carta en la que me decía que la Regla, simplificada, estaba escrita y que ahora tan solo hacía falta que viniera a Francia.

De modo que, como puede ver, nunca ha habido Unión pues casi nadie respondió a la llamada. Y actualmente la cosa está, humanamente hablando, completamente terminada. ¿Ve usted alguna otra solución?

Estoy asombrado de este final. El padre Foucauld era un alma santa, muy generosa. Parecía que Dios lo había suscitado para alguna cosa especial. Y he aquí que después de su muerte todo se ha destruido. Quizás tan sólo debía hacer su obra en el Sahara. Sobre esto compartió muy poco conmigo. Lo encontraba incluso muy cerrado. Estaba incómodo por el resultado de la obra. Ahora se encuentra con Jesús. Parece que su idea no se pudo realizar«.

Se puede decir que es una carta de un ‘discípulo de Emaús’, una carta que muestra como el padre Laurin esperaba la venida de Foucauld para establecer todo y ahora había desaparecido. Todo estaba terminado. En una carta del 8 de marzo de 1917, el padre Laurin escribe al padre Joyeux diciéndole que «es especialmente Luis Massignon quien me pide retomar el asunto«. Massignon visita el 23 de febrero a Mns. Le Roy, siguiendo el consejo de Mns. Livinhac, superior de los Padres Blancos, a quien después de esta visita escribe: «He visto a Mns. Le Roy después de la misa de San Francisco Javier y la gran oración de la Adoración-Reparadora. Acepta el presidir la Asociación Foucauld y me pide de editar una biografía. Me autoriza a publicar los estatutos«. Massignon recuerda que Foucauld le había hablado de René Bazin y le pide una entrevista. Éste le invita a venir a visitarlo, lo que realiza Massignon el 2 de marzo por la tarde en la casa de R. Bazin. Le pide simplemente que sea el biógrafo de Carlos de Foucauld, recordando la carta que el 11 de abril de 1916 le había enviado el propio Foucauld: «El Sr. René Bazin, sus pensamientos están en gran armonía con los míos«. René Bazin accedió y su biografía ha sido la pieza clave para que se conozca el testimonio de Foucauld.     

Mientras tanto Massignon se encuentra, entre los papeles de Foucauld, los estatutos simplificados de su ‘Asociación’, con fecha de 1916 y que fueron aprobados por Mns. Bonnet. El breve texto de ocho páginas, que se publicó como presentación de la Asociación llevaba por título Unión apostólica, y en pequeños caracteres: «Para la conversión de los infieles de las colonias francesas«.En el plano religioso, este texto podría compararse con la obra de la Propagación de la fe, si bien hay una preocupación de promover en las almas una más grande vida espiritual. Por otro lado, el padre Daniel Fontaine trabaja para que la Unión sea sobre todo Unión de Oraciones; y deseaba que esta fuese difundida por las comunidades contemplativas. Escribe el 12 de mayo de 1918 a Massignon: «La idea del padre Foucauld es divina. Hay que intentar su realización práctica… Un escrito breve enviado a todos los monasterios sería el primer paso a realizar… Esta propaganda no se realizara si no está centralizada en un monasterio… Hay una persona, el padre Chautard, abad de Sept-Fons que podría ocuparse de la obra…«.

El padre Laurain se consuela. Ya no creía y de repente las cosas se mueven entorno al padre Foucauld y lo resucitan. Se ha encontrado un biógrafo. El mismo cardenal-arzobispo de París aprueba la Asociación Foucauld. Cuando en 1922 esta vuelve a funcionar el padre Laurain presenta la dimisión como secretario pero continúa siendo miembro del consejo de la Asociación. En todo esto, el verdadero protagonista es Massignon. Conmocionado por la muerte del hermano Carlos, Massignon con 33 años de edad, se considera como un hijo que debe continuar la obra de su padre. Es con esta convicción que realiza todas las gestiones. En un artículo que Massignon publicó en 1922, afirma que la nota distintiva de la Unión es un espíritu de fraternidad en el Corazón de Jesús. Prácticamente es «una organización que combina vida interior y trabajo de apostolado«. ¿Qué apostolado? Un «apostolado indirecto«: el apostolado de la amistad que evita toda presión y que no suscita desconfianza ni antipatía. En conclusión: «Lo que la Unión ofrece a toda alma de buena voluntad, es un simple consejo discreto, humilde (…) No es más que un consejo, pero es el consejo de las bienaventuranzas«.

Una vez más Massignon ha tomado las cosas en mano y ha forzado de alguna manera el destino. Diez años antes fue a ver al padre Laurain, Mns, Le Roy y René Bazin. La biografía escrita por éste no le es suficiente; quiere que surja el texto clave, el texto inacabado, el que el mismo Foucauld quería realizar de una manera más simple, clara y neta. Massignon había captado este texto, con su misma imperfección, con su estilo y visiones de la época, pero cargado de fuego. Publica Los Consejos Espirituales-Directorio y sigue sus consejos casi a la letra, de una manera eremítica, si se puede decir, en solitario en el mundo; aquellos y aquellas que se reúnen de una manera secreta y callada alrededor del Directorio tendrán la misma actitud.

Durante diez años, aquellos y aquellas que captan el mensaje de fuego de Foucauld y desean vivirlo, van a ver a Luis Massignon para pedirle consejo; numerosos lectores de Bazin se interesan por los diversos proyectos de Foucauld y sobre las reglas que había escrito para los Hermanos y Hermanas que quería fundar, se dirigen a él y a Massignon. Sorprende que el primer grupo que surge del padre Foucauld bajo la guía de Suzanne Garde, el Grupo Carlos de Foucauld, sea una fundación que quiera ser estrictamente laica, cosa que en aquel momento, 1923, era revolucionario. La primera congregación religiosa nacida del padre Foucauld fueron las Hermanas del Sagrado Corazón, fundada por una viuda de 43 años, la Sra. Macoir-Capart, que habiendo leído a René Bazin y después de la muerte de su marido en 1928, quiere poner en práctica la regla indicada por Foucauld en una congregación femenina. El 8 de septiembre de 1937, el padre René Voillaume, que también se había encontrado con Massignon, tomó el hábito, con otros cuatro compañeros, en la basílica de Montmartre. Dejan París hacia El Abiodh Sidi Cheikh, en el Sur argelino, donde establecen su fraternidad. Al principio se denominan Petits Frères de la Solitude y pronto se llamarán Petits Frères de Jesús. El 7 de mayo de 1947 René Voillaume fundó con tres hermanos la primera fraternidad obrera de los hermanos de Jesús en Aix-en-Provence. Cuatro años más tarde se publicó el libro En el corazón de las masas que sobrepasó los 100.000 ejemplares. Las Petites Soeurs de Jesús nacieron en 1939, gracias a la hermana Magdaleine de Jesús, y hoy en día hay repartidas por todo el mundo 321 fraternidades de hermanas, manifestando el amor gratuito de Dios a través de la amistad y la solidaridad.

Unión de hermanos y hermanas-Sodalidad Carlos de Foucauld, asociación privada de fieles con unos novecientos miembros en la actualidad, es «la más humilde de las afiliaciones foucauldianas«, por utilizar la expresión de Luis Massignon. Pero su proyecto ha madurado durante mucho tiempo. Se inicia con las conversaciones entre Massignon con Carlos de Foucauld, las cartas, la noche de adoración pasada por ambos en el Sagrado Corazón de Montmatre, el 22 de febrero de 1909. Se concreta con la única fundación del hermano universal, la Unión de los hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, que contaba en el momento de su muerte con 49 inscritos, incluyendo a su fundador. Años más tarde, en la reunión que tuvo lugar en Béni-Abbès el año 1955 de todas las ‘familias’ del Padre Foucauld, dando lugar a la fundación Asociación familias Carlos de Foucauld, Massignon es reconocido como responsable de un pequeño grupo cuyos miembros se podían contar con los dedos de una mano. A partir de los años 60, le sucede en Unión-Sodalidad el actual coordinador, el sacerdote Jean-François Six. Los miembros de Unión-Sodalidad no tienen reuniones establecidas y se comprometen por un año, renovable, en secreto. No hay reglas, pero si la comunión de los santos que permite a cada uno vivir con autenticidad su vida, teniendo presente el Evangelio, sin espíritu militante, y con prioridad a los pobres. Se valora más el ser que el hacer, destacando dos puntos esenciales de la espiritualidad: el desierto y Nazaret.

En 1917 Luis Massignon hizo editar los Consejos Espirituales-Directorio (texto de 1909 y adiciones de 1913 del hermano Carlos) en el Instituto Francés de El Cairo y en 1928 y 1933 en París. El año 1957, René Voillaume, fundador de los hermanos de Jesús y del Evangelio, lo adaptó para el uso de las Fraternidades seculares del hno. Carlos de Foucauld. Así se puede decir que Luis Massignon es un eslabón esencial entre su amigo Foucauld y los distintos grupos que surgieron veinte años después de su muerte. Hoy en día la Asociación Carlos de Foucauld reúne a un numeroso número de familias que se dicen y son discípulos del hermano Carlos de Foucauld. Además de las ya mencionadas hay que citar a las Hermanitas de Nazaret, los Hermanitos de la Cruz (Canadá), las Hermanitas y Hermanitos de la Encarnación (Haití), las Hermanitas del Corazón de Jesús (República Centro Africana), la Fraternidad Jesús Caritas (Instituto Secular Femenino), la Fraternidad Sacerdotal Jesús Caritas, la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld, la Comunidad de Jesús (Asociación privada de fieles: matrimonios consagrados, célibes consagrados y laicos comprometidos), la Comunidad Jesús Caritas (Italia), la Fraternidad Carlos de Foucauld (Asociación de fieles: laicas con celibato), el Grupo Charles de Foucauld, otro en Vietnam y además en España han surgido la Fraternidad de Betania, la Fraternidad de Meaux y las Fraternidades de la Amistad.


1  C. DE FOUCAULD, Carta a Henry de Castries, 11 de septiembre de 1901

2  C. DE FOUCAULD, Lettres à Monseigneur Guérin, 4 de febrero 1902.

«Diecinueve familias religiosas en todo el mundo viven hoy su carisma» Entrevista a Antonio Rodriguez Carmona con motivo de la beatificación de Carlos de Foucauld

GRANADA, 8 de noviembre de 2005 (ZENIT.org).- El próximo 13 de noviembre la Iglesia beatifica en la basílica de San Pedro de Roma, durante la misa concelebrada presidida por el cardenal Saraiva Martins, al hermano Charles de Foucald, proponiendo su figura como ejemplo a imitar por los cristianos en el seguimiento de Jesús.

El que quiso ser «hermano universal» y especialmente de los más desvalidos, quiso fundar en vida una congregación religiosa que siguiera su carisma pero sólo le siguieron, en Francia, 49 personas, en la Unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, que consiguió fuese aprobada por las autoridades religiosas.

Hoy, miles de personas en once congregaciones religiosas y ocho asociaciones de vida espiritual siguen sus huellas. Son grupos espirituales integrados por laicos, sacerdotes, religiosos o religiosas y viven el Evangelio por todo el mundo, ayudados por las intuiciones de Charles de Foucauld.

Antonio Rodríguez Carmona, de esta familia espiritual, catedrático de Sagrada Escritura de la Facultad de Teología de Cartuja de Granada, España, y consultor de la Santa Sede para las relaciones con el mundo judío, comunica a Zenit la vida y los rasgos destacados del nuevo beato que Francia y África dan a la Iglesia y al mundo.

–Háblenos de la persona de Charles de Foucauld, sus raíces.

–Nació en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858, en el seno de una familia noble. Realizó los estudios primarios y medios en Estrasburgo y Nancy.

Su familia le ofreció un ambiente religioso, pero en los centros de estudio encontró un ambiente neutro, que unido a su temperamento inquieto y fogoso y a la falta de adecuada dirección educativa, determinó que viviera una juventud extremadamente disoluta.

Pierde la fe a los dieciséis años y permanece en estado de indiferencia durante más de doce años. Al llegar la mayoría de edad, entra en posesión de una rica herencia, que dilapidó con su vida licenciosa.

En 1878 ingresa en el ejército y como subteniente marcha a África, en la época en que Francia colonizaba Argelia.

Se licencia más adelante para dedicarse a explorar Marruecos, a donde realizó un viaje de tres mil kilómetros, disfrazado de rabino judío, fruto del cual fue un importante estudio geográfico de Marruecos, que le valió la medalla de oro de la Sociedad de Geografía.

–¿Qué supuso este viaje para su itinerario espiritual?

–Este viaje, que lo puso en contacto directo con el Islam y el desierto, fue el comienzo de un cambio serio en su vida.

Lee, reflexiona, ora a su manera. Un día va en busca del padre Huvelin para hablar sobre cuestiones religiosas y éste le dice que se ponga de rodillas y se confiese. Fue la gracia de la conversión.

«Tan pronto como creí que había un Dios, me di cuenta de que no podía hacer otra cosa que vivir para él», diría de aquella experiencia el hermano Charles de Foucauld.

–¿Y después de la conversión?

–A partir de este momento, toda su vida es una búsqueda seria y extremosa de la voluntad de Dios, que es su absoluto, imitando a Jesús, especialmente en su existencia oculta y pobre.

Opina que la voluntad de Dios es su ingreso en la vida religiosa, y elige la trapa (cistercienses), orden religiosa de vida austera, por lo que ingresa en 1890 en la trapa de Ntra Señora de las Nieves en Francia. Allí conoce la existencia de otra casa de la orden en Siria, en Akbés, donde era mayor la pobreza, y pide su traslado a ella, pasando allí seis años. No está satisfecho del todo. A pesar de la vida austera de los monjes, tienen a su servicio labradores pobres de la región, que viven en situación precaria.

Sus superiores le envían a Roma donde estudia teología (octubre 1896) y, ya a punto de hacer la profesión perpetua, decide dejar la orden. Insatisfecho, busca una más auténtica vida de Nazaret, imitando a Jesús, que pasó en Nazaret la mayor parte de su vida con una existencia de obrero, oscura, pero redentora.

Abandona la orden y se instala en Nazaret como criado de las Clarisas, viviendo en una caseta del huerto y entregándose completamente a la contemplación y a la pobreza. Sueña en compañeros que compartan su vida y redacta la regla de los Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús.

–Se perfilan ya los rasgos de su carisma para la Iglesia

–Sí, la larga estancia en Nazaret le empuja a buscar otro sitio más pobre, donde continuar el mismo género de vida y donde hacer presente a Jesús por medio de su vida oculta. Para ello en 1901 viaja a Francia para ordenarse sacerdote y decide establecerse en Marruecos, pero ante la imposibilidad de hacerlo, se instala en Argelia, en Beni-Abbés, cerca de la frontera de Marruecos.

Allí vive su vocación de vida de Nazaret, oculta y pobre, al servicio de los hombres, especialmente de los más necesitados. Pasa largas horas en adoración de la Eucaristía, vive como hermano de todos, acogiendo a pobres y enfermos sin distinción de raza o religión. Desde allí realiza varias correrías por Argelia, siempre en busca de los más pobres.

–Qué es lo que define su carisma como novedoso en aquel momento de la Iglesia y del mundo?

–Este aspecto de «Hermano Universal» es un aspecto importante de su espiritualidad: una llamada a encarnar el amor y el servicio entre los más humildes y abandonados a través de la amistad y el testimonio silencioso. Este amor, llevado a sus últimas consecuencias, exige compartir la condición social de los más pobres, el trabajo manual, el servicio incondicional.

Atraído por el deseo de ponerse en contacto con las tribus Tuareg, se establece en 1905 en Tamanrasset, en pleno corazón del Sahara. Allí lleva una vida semejante a la de Beni Abbés. Para preparar el camino a futuros misioneros lleva a cabo una serie de estudios lingüísticos, de gran calidad científica.

Allí finalmente encuentra la muerte un 1 diciembre 1916 en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Apresado y maniatado por una banda rebelde, un muchacho lo vigila, mientras los demás se dedican al saqueo de su residencia. El vigilante, nervioso al creer que llegaban soldados, le da muerte de un disparo en la cabeza.

–¿Puede ilustrarnos algunos trazos de esta espiritualidad?

–El carisma del hermano Charles se resume en el lema «Jesus-Caritas». En el comienzo está el absoluto de Dios Padre-amor, al que toma en serio y cuya voluntad quiere realizar. Toda su vida fue un continuo buscar la realización de esta voluntad, lo que se tradujo en una vida de creciente abajamiento y servicio.

Y como Dios Padre se revela en Jesús, éste fue su gran amor, al que desea imitar, especialmente en su período de vida oculta y redentora en Nazaret. La adoración de la Eucaristía es central, pues hace presente a Jesús-amor que se entrega e invita a continuar en el mundo concreto su entrega por los hombres, por todos los hombres, por lo que un auténtico adorador tiene que ser hermano universal, especialmente de los más débiles y abandonados.

Para un mejor conocimiento de la figura del hermano Charles es muy provechosa la obra de A. Chatelard, «El camino de Tamanrasset», publicada en Madrid en 2003 por la Editorial San Pablo.

–Charles de Foucauld no cumplió su deseo de fundar una congregación pero la semilla enterrada ha dado fruto abundante. Háblenos de la Fraternidad.

–El hermano Charles deseó crear una congregación que compartiera su carisma, para lo que escribió diversas reglas, pero no lo logró en vida, excepto una pequeña «Unión de Laicos» que contaba con unas decenas de adscritos en el momento de su muerte. Más adelante, a partir de 1933, comienzan a constituirse grupos que desean vivir las diversas facetas del carisma del hermano Charles, adoptando diversas formas: (congregación religiosa, instituto secular, asociaciones de laicos, asociación de sacerdotes, etc.) y subrayando cada uno tal o cual aspecto del carisma. Surgen así como congregaciones los Hermanos de Jesús, Hermanitas de Jesús, Hermanos del Evangelio, etc, como instituto secular la Fraternidad Jesus Caritas, como laicas consagradas la Fraternidad Charles de Foucauld, como asociación de fieles la Fraternidad Secular Charles de Foucald, como asociación de sacerdotes diocesanos la Fraternidad Sacerdotal Jesus Caritas, etc.

«La forma en que el hermano Charles de Foucauld imitó a Jesús de Nazaret nos ha seducido», dicen quienes integran la amplia y variada familia espiritual de este pequeño gran hombre del desierto. Hoy son ya once congregaciones religiosas y ocho asociaciones de vida espiritual extendidas por todo el mundo. Para más información consultar la página www.carlosdefoucauld.org.

Carlos de Foucauld, una luz para nuestro tiempo

En cada época histórica, el Espíritu Santo suscita un faro, una luz, un testigo nuevo del Evangelio para dar un nuevo impulso al crecimiento del Reino de Dios. Hace ahora 150 años, el 15 de septiembre de 1858, nacía en Estrasburgo Carlos de Foucauld. Fruto de su entrega, viviendo en su propio Nazaret junto a sus hermanos tuareg del desierto argelino, hoy la Iglesia lo presenta como testimonio y muchas personas viven de su carisma, formando la “familia Foucauld”.

Pero podríamos preguntarnos, ¿dónde están estos seguidores suyos, que apenas los medios de comunicación dan eco de sus vidas? Los encontrareis en medio de los más pobres, en los lugares a donde nadie quiere ir, en el servicio humilde y desinteresado y en la oración ferviente y adoradora. Algunos, formando pequeñas fraternidades en ambientes pobres no cristianos; otros, solos o en familia, desbrozando los terrenos para que un día pueda sembrarse la semilla del Evangelio, o anunciando en otras ocasiones la Palabra de Dios y formando nuevas comunidades cristianas. Pero, todos ellos, practicando el apostolado de la bondad y predicando el Evangelio con el testimonio de sus vidas, como lo hicieron, a su vez, los buenos vecinos que fueron José, María y Jesús en Nazaret.

Justo en estos días se cumple el aniversario de su muerte. Carlos de Foucauld fue asesinado el 1 de diciembre de 1916. Tenía en ese momento poco más de 58 años. Se puede decir que estaba en la etapa de madurez de su vida. Ya a los 43 había iniciado su opción fundamental instalándose en Beni-Abbes, en el corazón del Sahara argelino, donde se da cuenta de que hay una muchedumbre de personas por evangelizar y un ministerio muy importante que realizar. Pero durante los años que pasa en este oasis del desierto va experimentando una nueva transformación. Rompe con su autoimpuesta clausura. Acepta con sencillez los acontecimientos que van en contra de lo que siempre había creído que era la voluntad de Dios y se deja llevar por las circunstancias, que son manifestación de la voluntad divina. Así, esta obediencia a cada instante y con el discernimiento de su padre espiritual, le conduce a los tuareg, instalándose en medio de ellos, el año 1905, en Tamanrasset. 

Testigo de Dios

El padre Foucauld ha sido un testigo privilegiado de la experiencia de Dios en medio del mundo. Se ha creído que su presencia en la ermita del Asekrem, el punto más alto de las montañas del Hoggar, o en Tamanrasset, fue un retiro, como antaño hicieron los Padres del Desierto, pero fue todo lo contrario: partió para vivir la vida de Nazaret con los nómadas más aislados, por ser éste un lugar de tránsito de las caravanas, que ofrecía grandes ventajas para las relaciones con los tuareg, a los que hospedaba, estableciendo relaciones de amistad.

Once años convivió con ellos, haciéndose uno de tantos, aprendiendo su lengua, sus costumbres, etc., con ánimo evangelizador, aunque nada más fuese realizando gestos de bondad. Así, resumiendo, Carlos de Foucauld vivió dieciséis años en tierras argelinas, y especialmente once entre los tuareg hasta que llegó su muerte como acto supremo de entrega a imitación de su hermano mayor, Jesús de Nazaret.

A nosotros, ahora, nos interesa señalar los rasgos esenciales de esta última etapa de su vida para entresacar los nervios espirituales de su existencia y, así, poderlos encarnar en nuestra realidad. Vida de oración, vida de trabajo, realizando una tarea lingüística inmensa; preocupación por el pro- greso espiritual y material de las personas con las que vivía; luchando contra toda injusticia; y, finalmente, lanzando un movimiento misionero universal hacia los más pobres y alejados de la Iglesia, que incluye a sacerdotes, religiosos y laicos, unidos “por la comunión de los santos”, predicando el Evangelio con la propia vida y practicando allí donde se encuentren el “apostolado de la bondad”, asumiendo con la “paciencia de Dios” el desarrollo del misterio de la salvación.

¿Cómo puede ayudarnos el carisma de Carlos de Foucauld a afrontar nuestro tiempo? Primero, y principalmente, su deseo de imitar a Jesús de Nazaret. Imitar no quiere decir “hacer lo mismo”, sino dejarse conducir por el mismo espíritu de fuego que animaba a Jesús de Nazaret. Como aconseja el propio Foucauld, “pensar y hacer en cada momento lo que haría Jesús en nuestro lugar, y hacerlo”. Jesús de Nazaret es nuestro “Modelo único”, por eso hay que leer y releer su Evangelio. Ser pobres como Jesús, viviendo en medio de ellos o siendo solidarios con ellos, y luchando contra toda injusticia.

Otro aspecto esencial es vivir una intensa amistad con Dios, en la oración silenciosa y la oración de la Iglesia. Y, finalmente, practicando el apostolado de la bondad, intentando curar todas las “enfermedades” y predicando el Evangelio con el testimonio de la propia vida, hasta entregar la vida por aquéllos a quien se ama.

Nazaret…

Si hay una palabra que exprese mejor el mensaje de aquél que se dejó conducir por el Espíritu de Amor para realizar su misión concreta, ésta es “Nazaret”: una llamada a vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en las situaciones comunes de la vida, como Él, que vivió plenamente la relación filial con el Padre, viviendo en el seno de una familia, realizando un oficio, mo- rando en una aldea y caminando por las veredas de Palestina. La misión del hermano Carlos es hacer notar que Nazaret se puede vivir en cualquier situación, en la vida religiosa, en la vida de familia, solo o haciendo vida en común. No es una espiritualidad del desierto ni eremítica. Es, por el contrario, una “espiritualidad de la relación” en sus dos dimensiones, la humana y la divina: relación de amor con Dios y relación de amor con las personas que compartimos la vida. Es la imitación de la vida de Jesús, Jesús de Nazaret, que vivió, en medio de las relaciones interpersonales más comunes, una relación única con el Padre.

Jacques Maritain actualizaba el testamento del hermano Carlos de Foucauld de este modo a todos sus discípulos: “Vuestro papel profético consiste en afirmar existencialmente el valor primordial de la proclamación del amor de Jesús a todas las personas, no ya por los grandes medios visibles, sino por el medio invisible o casi invisible de la simple presencia de amor fraternal en medio de los pobres y de los abandonados”.

CRONOLOGÍA DE SU VIDA

1858. Carlos de Foucauld nace el 15 de septiembre en Estrasburgo (Francia); a los seis años se queda huérfano. Pierde la fe a los 17 años. 

1876. Ingresa en la Escuela Militar de Saint-Cyr. El subteniente Foucauld marcha hacia Argelia en 1880. Expulsado del ejército por indisciplina y mala conducta, pide reintegrarse al enterarse de que su regimiento iba a entrar en  combate debido a una insurrección en el Sur de Orán. 

1882-1884. Preparación y realización del libro Reconocimiento de Marruecos, donde explica el viaje de exploración que realizó haciéndose pasar por judío.

1886. Se instala en París. Período de búsqueda y de interrogaciones. Quiere encontrar a Dios. A finales de octubre, en la iglesia de San Agustín de París, se confiesa y recibe la comunión de manos del padre Huvelin, produciéndose su conversión. Viaja a Tierra Santa.

1890. Entra en la Trapa, el 26 de enero, en Nuestra Señora de las Nieves. Llamado hacia una más perfecta imitación de la vida de Nazaret, saldrá de la Trapa el 14 de febrero de 1897, después de que sus superiores ratifiquen su vocación. 

1897. Llega a Nazaret el 4 de marzo. Vive como criado de las monjas clarisas de Nazaret, “exactamente lo que buscaba”. De este tiempo en Tierra Santa son la mayoría de sus escritos, meditaciones y notas espirituales. 

1900. Vuelve a Francia el 22 de septiembre. Va a la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves para prepararse para la ordenación sacerdotal, que tendrá lugar el día 9 de junio de 1901. 

1901. Llega a Beni-Abbes, el 28 de octubre. Durante este período, su correspondencia va aumentando. Escribe también El Evangelio presentado a los pobres del Sahara, y revisa la Regla de los Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón

1905. Se instala en Tamanrasset. Allí escribe los estatutos para la asociación de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, dirigidos a sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos evangelizadores: Consejos Evangélicos o Directorio.

1916. El hermano Carlos de Jesús muere el 1 de diciembre violenta y dolorosamente, como había anotado en su diario aquella misma tarde: “Vivir como si tuvieses que morir mártir hoy”.

1917. Luis Massignon manifiesta a su director espiritual, Luis Poulin, párroco de la Trinité, el deseo de continuar la Asociación Foucauld, única asociación eclesial fundada por el propio Foucauld, a la que pertenecía Massignon, y publica el Directorio o Consejos Evangélicos del padre Foucauld.

1920. Luis Massignon, el día de Viernes Santo, pasa una terrible angustia al ver que el testamento del padre de Foucauld no se realiza. Se siente heredero y continuador de su obra.

1921. René Bazin, por indicación de Massignon, publica una biografía de Foucauld que tendrá gran impacto en la sociedad francesa de la época: Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, ermite du Sahara.

1922. Massignon publica en La Vie espirituelle un artículo sobre la Unión de oraciones.

1923. Suzanne Garde funda el “Grupo de Carlos Foucauld”, formado únicamente por laicos.

1928. Se funda la primera congregación religiosa nacida del padre de Foucauld, las Hermanitas del Sagrado Corazón.

1933. El padre René Voillaume tomó el hábito junto con otros cuatro compañeros en la basílica de Montmartre, instalándose en El Abiodh Sidi Cheikh, en el sur argelino. Al principio se llamaban “Petits Frères de la Solitude”.

1939. La hermanita Magdaleine de Jesús funda las “Hermanitas de Jesús”, hoy en día repartidas por todo el mundo en 321 fraternidades, manifestando el amor gratuito de Dios a través de la amistad y la solidaridad.

1947. René Voillaume funda, junto con otros tres hermanos, la primera fraternidad obrera de los “Hermanos de Jesús” en Aix-en-Provence.

1950. Luis Massignon es ordenado sacerdote y va a Tamanrasset, donde murió su querido padre espiritual, pasando una noche de oración, como la que tuvo con el propio Carlos de Foucauld en el Templo del Sagrado Corazón de París la noche del 21-22 de febrero de 1909, dando origen a la “Unión de hermanos y hermanas de Jesús, Sodalidad Carlos de Foucauld”.

1951. René Voillaume publica En el corazón de las masas, sobrepasando los 100.000 ejemplares.

1956. René Voillaume funda los “Hermanos del Evangelio” como respuesta al crecimiento evangélico allí donde los hermanos están encarnados. Posteriormente, surgirán las “Hermanitas del Evangelio”, expandidas también por distintos países del mundo. 

En la actualidad, la Asociación Carlos de Foucauld reúne a un importante número de grupos que se dicen y son discípulos del hermano Carlos de Foucauld. Además de los ya mencionados, hay que citar a las Hermanitas de Nazaret; los Hermanitos de la Cruz (Canadá); las Hermanitas y Hermanitos de la Encarnación (Haití); las Hermanitas del Corazón de Jesús (República Centro Africana); la Fraternidad Jesús Caritas (Instituto Secular Femenino); la Fraternidad Sacerdotal Jesús Caritas; la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld; la Comunidad de Jesús (Asociación privada de fieles: matrimonios consagrados, célibes consagrados y laicos comprometidos); la Comunidad Jesús Caritas de Italia (sacerdotes diocesanos en comunidad parroquial); la Fraternidad Carlos de Foucauld (Asociación de fieles: laicas con celibato); el Grupo Charles de Foucauld, otro en Vietnam y, además, en España han surgido a Fraternidad de Betania, la Fraternidad de Emaús, las Fraternidades de la Amistad y la Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld.

Publicado el 05.12.2008 en el nº 2.639 de Vida Nueva.