Carlos de Foucauld

Por OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL


… Tuvo por maestros supremos a Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Y desde ellos como europeo tuvo la osadía de adentrarse en el corazón de África para ser prójimo, colaborador y hermano con todos…

¿QUIÉN es este hombre a quien la Iglesia, desde la sede del apóstol Pedro en Roma, reconoce como exponente auténtico de la fe en Cristo, modelo posible de vida cristiana y adelantado de una fraternidad universal, que religa a todos los hombres en una familia? ¿En qué medida un joven militar francés, que compartió los sueños coloniales de Francia en África del Norte, durante fines del XIX y comienzos del XX, puede ser hoy un espejo que refleja la santidad de Dios y en esa luz alumbrar a los cristianos y guiar a todos los hombres?

Nacido en Estrasburgo (1858) de familia noble y rica, Carlos, vizconde de Foucauld, huérfano temprano de padre y madre, pasa dos años en la escuela militar de San Ciro y otros dos en la de Saumur. Entre 1883 y 1884 inicia viajes de explorador en Marruecos, y sus publicaciones le ganan el respeto entre los científicos. Allí se realiza su primer encuentro con la fe de los musulmanes y el descubrimiento del islam; secreto inicio de un movimiento que años después (1886) le llevó a una conversión y cambio radical de vida.

De regreso en París, su encuentro con un sacerdote ejemplar, Henri Huvelin (1838-1910), le abre al universo real de la fe: el Dios vivo, como primera palabra, posibilidad y necesidad del hombre. Eso fue la conversión para él: descubrimiento del Dios viviente, como amor, reconocimiento de la propia existencia en su luz y necesitando de él como necesitan las plantas de la luz para crecer, florecer y fructificar. Lo mismo que para San Pablo, también para Carlos de Foucauld la conversión, fe y descubrimiento de su misión futura fueron un mismo acto. «En el mismo momento en el que creí que existía Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa más que vivir para él: mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe» (Carta 14 agosto 1901).

Descubrir la forma y exigencias concretas de esa vocación duró largos años y le llevó por rodeos lejanos y meandros dolorosos. En 1890 ingresa en la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves en Francia, pasando luego al priorato que esta abadía tiene en Akbés (Siria, 1890-1896). Aquí le nace un deseo profundo de revivir el evangelio en su gestación silenciosa: «la vida de Nazaret». No nos solemos percatar de que el cristianismo se refiere casi exclusivamente a lo que Jesús dijo, hizo, padeció y experimentó en los tres últimos años de su vida. Pero, ¿qué hubo antes? Si él es el Hijo de Dios encarnado, ¿cómo fue esa existencia de 30 años de trabajo en Nazaret, su participación en nuestro destino, su oración, su relación con los hombres, su propio misterio interior? ¿Cuál es el equivalente de ese misterio suyo en nuestra vida?

Volver a la raíz para estar enraizados y no desarraigados, volver a los inicios para tener principios y fundamentos, es una necesidad originaria del hombre. Esto en cristiano significa volver a Nazaret y a Belén para ver surgir a Jesús, surgir con él y como él, asistir admirados al fundamento que Dios puso en él y aprender con él a poner los fundamentos de la propia fe en el Padre, de la personalísima relación con él, de la misión de la Iglesia en el mundo. A Nazaret y a Belén volvió san Jerónimo y fueron los primeros lugares que visitó Pablo VI cuando salió de los muros del Vaticano. Allí están la raíz y savia de la revelación divina, de la experiencia cristiana y de la fraternidad universal que deriva de ellas.


Carlos de Foucauld une este descubrimiento de la gracia con su primera pasión de naturaleza: África, el islam, el desierto, una presencia itinerante, colaboradora y fraterna con las poblaciones saharianas de Marruecos y Argelia. Ya sacerdote, ermitaño, explorador, se instala primero en Béni-Abbés, luego en el Hoggar y finalmente con los tuareg en Tamanraset. ¿Qué intenta hacer allí, él solo? Ser como Jesús en Nazaret, sin pretender otra cosa que convivir, ofrecer hospitalidad, ser una alabanza incesante delante de Dios y una intercesión perenne en favor de los hombres. Tres eran los centros de su vida: vivir el Evangelio, para que Jesús viva en nosotros; amar la eucaristía para que Jesús esté en nosotros, como él está en el Padre; ejercer la pobreza como forma suprema de atención, solidaridad y amor al prójimo pobre.

Alrededor de estos tres quicios (Evangelio, Eucaristía, Pobreza) giran las actitudes fundamentales que moverán todo su hacer y estar: fraternidad, projimidad, solidaridad. Su ermita estuvo siempre abierta a todos: «dar hospitalidad a todo el que llega, bueno o malo, amigo o enemigo, musulmán o cristiano». Así se convierte en el hermano universal, más allá de razas, culturas, religiones. «Quiero habituar a todos estos habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a mirarme como su hermano, el hermano universal» (Carta 7 de enero 1902).


Silencio de oración y alabanza ante Dios a la vez que convivencia y promoción de los tuareg, cuya lengua y cultura conoce a la perfección. Recoge siete mil versos de su poesía, de memoria casi todos, anotados en cuadernos a lo largo de los años pasados en el desierto. Reescribe poemas y proverbios y los traduce al francés. Elabora en cuatro tomos un «Diccionario francés-tuareg y tuareg-francés», además de una gramática. El 28 de noviembre de 1916 escribe en sus notas: «Final de las poesías tuaregs». Tres días más tarde, el 1 de diciembre de 1916 era asesinado en su ermita de Tamanraset. La guerra y la violencia acabaron con aquel hombre que había sido todo él don y paz.

¿Quedaría apagada para siempre aquella voz y sofocado aquel fuego? Pensó en una familia religiosa de «Hermanos y Hermanas de Jesús» y para ellos escribió unos estatutos, que explicitarían esa forma de vida de Nazaret: adoración divina y convivencia humana, obediencia a la voz del Padre a la vez que destino compartido con los que viven en los extremos márgenes de la pobreza, exclusión social y desamparo. A su muerte no le había seguido nadie. Una asociación de amigos contaba con 49 miembros que mantendrían vivo su espíritu, hasta convertir al Hermano Carlos en uno de los primeros maestros espirituales del siglo XX. Su vida espiritual, su lectura de la Biblia y su propuesta evangélica nos son accesibles en sus múltiples pequeños escritos, cuya edición completa en francés abarca 17 volúmenes. Su oración «Padre, me pongo en tus manos» es ya un texto clásico, recitado y memorizado por millones de creyentes. Su legado fue recibido y mantenido por cuatro grandes nombres: Luis Massignon, el gran conocedor del mundo árabe y de la mística; René Bazin, el académico que con su célebre biografía de 1921 acercó su figura de héroe y místico a las generaciones nuevas; J.M. Peyriguère (fallecido en 1959) que revive con iniciativas personales el espíritu del hermano Carlos; R. Voillaume, orientador de las «Fraternidades» que surgen a partir de 1933, a la vez que extiende a todos los cristianos la vocación de Nazaret con su obra clásica: «En el corazón de las masas» (1950) y a través del Padre Congar influye decisivamente en el Concilio Vaticano II para hacer presente y programáticos el problema «la Iglesia y la pobreza en el mundo».


Él, que fue «el monje sin monasterio, el maestro sin discípulos, el penitente que sostuvo en su soledad, la esperanza de un tiempo que no iba a ver» (R. Bazin), un siglo después es padre de muchos. En los últimos decenios han surgido múltiples agrupaciones, en estructura religiosa o seglar, de sacerdotes y de laicos, que se remiten a su figura y quieren vivir, seguir su espíritu: Hermanitas y Hermanitos de Jesús, del Evangelio, Fraternidades Carlos de Foucauld, Jesús-Cáritas… Están presentes en todo el mundo; no hay barriada, ciudad portuaria o arrabales de gran urbe donde no haya una pequeña casa abierta en la que se adora al Santísimo siempre y siempre es acogido el prójimo. Pero ese silencio y hospitalidad suyos no hacen ruido, por ello no son noticia y pocos saben que existen. ¿Cuántos supieron en Nazaret que Dios estaba conviviendo con ellos en la casa de al lado?


Carlos de Foucauld tuvo por maestros supremos a Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Y desde ellos como europeo tuvo la osadía de adentrarse en el corazón de África para ser prójimo, colaborador y hermano con todos. Un cristiano en medio de musulmanes reviviendo la gesta de Nazaret: Dios siendo prójimo de los hombres, de cada hombre, sin preguntar por su identidad ni diferencia. La beatificación de este hombre el 13 de noviembre no es un hecho particular solo; es una proclamación universal: desde que Dios fue prójimo nuestro, cada ser humano es un hermano, y esa fraternidad es criterio, fundamento y límite de toda relación humana, también entre Europa y África, entre cristianos e islam. Y no hay projimidad donde no hay reconocimiento y solidaridad, justicia y misericordia, aceptación de la diferencia y ejercitación de la identidad.

CARLOS DE FOUCAULD INSERTO EN EL CORAZÓN DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Si tuviéramos que decir en pocas palabras la relevancia de Foucauld, diríamos que ha sido un hombre que siguiendo a su querido Señor Jesús, se ha hundido en el corazón de la Misión de l’Iglesia, ha sabido captar la paciencia de Dios en la realización de sus planes, y, en medio de un mundo que no conoce a Jesús, a querido ser un Evangelio viviente, encarnándose plenamente en su ambiente, interesándose por el progreso humano y practicando el apostoladot de la bondad. Carlos de Foucauld va descubriendo el plan de Dios en el hoy concreto de su existencia y nos ofrece a todos nosotros una llamada “misionera”, ya en tierras d’otras creencias, ya en tierra de total increencia, no tanto a l’estilo de Francisco de Asís, que gritaba el Evangelio por las calles y plazas, o como Jesús en Palestina, sino al estilo de Jesús en Nazaret, siendo Evangelios vivientes, practicando el apostolado de la bondad y colaborando en el desarrollo integral de las personas con qué compartimos comunidad de destino, como Foucauld lo hizo con su trabajo científico al realizar el diccionario tuareg-francés y recogiendo las tradiciones del pueblo con qué se identificó, a sabiendas de que ahora vamos abriendo caminos nuevos, en medio de terrenos inhóspitos, con la confianza y la esperanza de que “quizás tras siglos”, allí dónde estamos encarnados, nazca la Iglesia, al estilo de Jesús de Nazaret.

Quien era Carlos de Foucauld?

Carlos de Foucauld nació el 15 de septiembre de 1858 y murió asesinado el 1 de diciembre de 1916 cuando tenía poco más de cincuenta y ocho años. Se puede decir que estaba en la etapa de madurez de su vida. Ya a los cuarenta y tres había iniciado su opción fundamental instalándose en Beni-Abbés, en el corazón del Sáhara argelino, donde se da cuenta de que hay una multitud de personas por evangelizar y un ministerio muy importante que realizar. Pero durante los años que pasa en este oasis del desierto va experimentando una nueva transformación. Sale de su clausura. Acepta con sencillez los acontecimientos que van contra lo que siempre había creído que era la voluntad de Dios y se deja llevar por las circunstancias, que son manifestación de la voluntad divina. Así, esta obediencia al momento presente le conduce a los tuareg, “los hombres azules del desierto”, instalándose en medio de ellos el año 1905 en Tamanrasset. Once años convivirá con ellos, siendo uno de tantos, aprendiendo su lengua, sus costumbres, etc. con ánimo evangelitzador, aunque apenas sea realizando gestos de bondad. Foucauld se dicidió pronto por el léxico, reuniendo los elementos para realizar una gramática y un diccionario. Recogió textos en prosa, poesías, y preparó un gran diccionario, una verdadera enciclopedia del Hoggar y de los tuareg. Tuvo una gran alegría haciendo este trabajo, pero su móvil profundo era su amor al mundo tuareg y el deseo de favorecer la comunicación entre estos y los franceses. Su vida no ha sido, cono algunos han dicho “una sucesión de movimientos dispersos”, sino un movimiento siempre más profundo que le hace ir adaptándose e inventar. No hay diferentes carismas de Foucauld. Su carisma se uno, y muchos lo viven acentuando mas l’Evangelio, l’Eucaristía o l’Evangeltzació pero todos a la manera de “Nazaret”.

Precedentes de todo esto

Carlos de Foucauld nace en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858 al seno de una familia rica y cristiana. Desde los seis años conoce el que es ser huérfano de padre y madre. Como consecuencia de esto ha de ir a vivir con su abuelo, el coronel Morlet, que lo quiere con ternura. De él recibirá los dones de la simpatía y de la generosidad, el amor por la familia, el país y también el amor al estudio, el silencio y la naturaleza. Conoce el padecimiento de la guerra de 1870 y la invasión de su ciudad. Con su familia se refugia en Nancy, dónde prosigue sus estudios. Es allí dónde, con gran fervor realiza su primera comunión. Le sostiene la fe de su familia, sobre todo de su abuelo y su prima Maria, a quien admira mucho. El 1874 se matricula a Santa Genoveva de París pora estudiar filosofía, viviendo en régimen de pensionado en los Jesuitas. Como quiere ser militar entra en la escuela de Saint Cyr. Son años de despreocupación. No trabaja, trae una vida solitaria, pierde el tiempo, anda vagando, se entretiene con obras literarias y no encuentra sentido a la vida. Con gran pesar, a los diecinueve años pierde su abuelo, a quien admiraba mucho por su inteligencia y su ternura. Algo se rompe en él y su vida va a la deriva. De desesperación se abandona, se deja estar, va de fiesta en fiesta, malgastando la herencia de su abuelo. Su familia está muy triste. A pesar de todo, acaba sus estudios en la escuela de Caballería de Saumur. Tiene veinte años y hace una carrera corta en el ejército, porque a los veinticuatro años renuncia a este pora ir a explorar Marruecos. Para este viaje se prepara estudiando el árabe en Argel (Argelia) y aprende todo lo que ha de utilizar para este proyecto. Se pone en contacto con el rabí Mardoqueo, que acepta guiarlo disfrazado de judío. Realiza una verdadera expedición científica, de tres mil kilómetros de recorrido, con mucho éxito, y la Sociedad de Geografía de Francia le concede la medalla de oro.

El grande giro de su vida

El viaje a Marruecos lo conquista. Le conmueve el acogimiento de la gente, su fe en Dios manifestada sin verguenza y su oración. Pero interiormente no se siente satisfecho. De vuelta en París, empieza a entrar a la Iglesia dónde pasa largas horas repitiendo esta oración: «Dios mío, si existes, haz que te conozca». Su prima le aconseja ir a visitar el padre Huvelin, vicario de la parroquia de Santo Agustín, que resultará un encuentro decisivo en la vida de Foucauld. Este le pedía lecciones de religión y Huvelin le hizo arrodillar y confesar, para después darle la comunión. Unas palabras del padre Huvelin, pronunciadas durante uno de los sus sermones, le impactaron: «Nuestro Señor, tomó de tal manera el último lugar, que nadie se lo puede arrebatar». A partir de entonces tan sólo piensa en seguir Jesús pobre. Huvelin le aconseja una peregrinación a Tierra Santa, que le ayude a descubrir el rostro concreto de Jesús. Lo encuentra en Jerusalén y en el Calvario. Pero en Nazaret toma conciencia de la importancia de la vida oculta de Jesús que vivió la mayor parte de su vida como un pobre artesano de pueblo. A partir de entonces Nazaret permanecerá como una búsqueda constante de la imitación de Jesús que lo irá llevando cada vez más lejos. En una carta a su amigo Henry de Castries afirma: «Tan pronto creí que había un Dios, entendí que no podía hacer otra cosa que vivir en Él: mi vocación religiosa nace en el mismo momento que mi fe: Dios es tan grande. Hay tanta diferencia entre Dios y todo el que no es Él…» El 15 de enero de 1890 entró a la Trapa de la Virgen de las Nieves en Francia, tomando el nombre de Mará-Alberico. Meses más tarde, fue enviado a la Trapa de Akbés, en Siria. Allí se encuentra muy bien, aprecieando el trabajo manual que le acercaba a Jesús de Nazaret. Empujado por la búsqueda apasionada por imitar Jesús de Nazaret dejó la Trapa en febrero de 1897 .

De Nazaret al Sáhara

Animado por el padre Huvelin, marcha a Tierra Santa al lugar dónde Jesús vivió, por llevar una vida escondida. Durante tres años fue servidor del Monasterio de las Clarisas de Nazaret, viviendo pobremente en una cabaña. Allí pasó muchas horas de adoración silenciosa meditando las Escrituras. Hasta ahora no había querido ser sacerdote, porque temía alejarse de la pobreza y del último lugar. Pero acepta ser ordenado a los cuarenta y tres años, por llevar a Jesús a los más abandonados. En una carta escrita a Henry de Castries le dice: «No se trata, por ahora, de convento, mucho menos de predicación, ni de idas y venidas, sino de establecerme en un lugar francés del Sahara sin sacerdote, vivir allí sin título oficial de ninguna clase, como sacerdote libre, yendo cada día a la enfermería a consolar los enfermos, traerles los sacramentos, velarlos y enterrarlos cristianament si mueren”. Va al Sáhara y se instala en Beni Abbés (Argelia), cerca de la frontera en Marruecos, país en el que pensaba residir cuando las circunstancias fueran propicias. En una carta a Monseñor Guerin cuenta como transcurren allí sus días: «Los pobres soldados vienen siempre a mí. Los esclavos llenan la casa que se les ha construido. Los viajeros vienen derechos a la ‘Fraternidad’. Los pobres abundan… Todos los días hay huéspedes para comer y dormir, etc.«. Durante l’año 1902 no cesa de denunciar ante las autoridades la injusticia de l’esclavitud. En una carta al padre Martin afirma: «Hace falta estimar la justicia y odiar la iniquidad, y cuando el gobierno comete una gran injusticia contra aquellos que tenemos a nuestro cargo, hace falta decírselo… no tenemos derecho a ser centinelas dormidos o perros mudos o pastores indiferentes” En junio de 1903, su amigo el coronel Laperrine, , le cuenta el bello testimonio de una mujer tuareg que, tras una batalla, se opuso a que mataran a los soldados heridos, cuidándolos ella misma, y haciendo que los repatriaran en Trípoli. Carlos de Foucauld, sorprendido por este gesto y pese a que le cuesta dejar Beni-Abbés, siente la llamada hacia los tuareg, que para él son los más abandonados.

Al país tuareg del Hoggar en el sur de Argelia

Atento a los acontecimientos, parte hacia el Hoggar el 13 de enero de 1904. Después de un largo viaje por el desierto, descubre a los tuareg y es aceptado por Moussa Ag Amastane, jefe de la tribu del Hoggar, instalándose en Tamanrasset, dónde crecerá la amistad entre ambos a lo largo de los años. Hace grandes recorridos conociendo la gente en su vida y participando en ella. Aprende su idioma e inicia un grande trabajo lingüístico por respeto y amor a su cultura. El hermano Carlos transcribe los poemas que se cantan durante la noche alrededor del fuego, y en donde se transmite el alma del pueblo tuareg. Mira a todos como hermanos, conviviendo con ellos y formando parte de su familia. De todas partes vienen a pedirle consejo. Comprende que sus amigos aspiren a tener mejores condiciones de vida y trata de ayudarlos. Durante el hambre de 1906/1907, comparte todo el que tiene y cae muy enfermo. Los tuaregs lo cuidan ofreciéndole algo de leche de cabra, que han de ir a buscar muy lejos. A partir de este cambio de situación, la amistad entre los tuaregs y el hermano Carlos se profundiza.

Desde hace mucho tiempo que quería fundar una familia religiosa, pero está solo. En su diario de 1909 encontramos este texto: “Mi apostolado tiene que ser el apostolado de la bondad. Viéndome tienen que decirse: Puesto que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena. Y si me preguntan por qué soy manso y bueno, debo decir: porque soy el servidor de alguien que es más bueno que yo. Si supieran que bueno es mi maestro Jesús!… Yo querría ser lo suficiente bueno para que se diga: si así es el servidor, cómo tiene que ser el Maestro?”.

El hermano Carlos va a Francia tres veces. Ve su familia y constituye una asociación denominada Unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón, que tenía los siguientes objetivos, tal y como se puede ver en el texto que Foucauld nos dejó con el nombre de Consejos Evangélicos o Directorio: 1. Vida evangélica imitando al “Modelo Único”; 2. Vida Eucarística, desarrollando el sentido del sacramento de l’amor; 3. Vida apostólica, por la vía de la bondad en medio de los más necesidades.

Si el grano de trigo no cae en tierra…

Las repercusiones de la primera guerra mundial llegan hasta el Hoggar. La violencia y la inseguridad dominan estas regiones. Durante la mañana del 1º de diciembre de 1916 escribe a su prima: “Nuestra abyección es el hecho más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas”. Al atardecer del mismo día, durante una operación de los rebeldes sinusitas, se deja coger sin resistencia y lo matan al ver llegar a dos soldados franceses que traían el correo. En contra de su propia voluntad, que quería ser enterrado dónde muriera, algunos años después, el 18 d’abril de 1929, los restos del “tuareg universal”, excepto el corazón depositado en un cofre que quedó a Tamanrasset, fueron trasladados El Golea, a los pies de la primera iglesia de los Padres Blancos en el Sahara. A más de mil kilómetros de distancia, hacia el norte, y a 950 kilómetros de Argel.

Los dos pilares de la vida del hermano Carlos son: La presencia de Jesucristo en la Eucaristía y la presencia de Jesucristo en los pobres. Foucauld se siente empujado a vivir Nazaret en el lugar que sea más útil para el prójimo, a través del “apostolado de la bondad”. Como dice en los Consejos Evangélicos, “se hace el bien, no en la medida de lo que se dice y de lo que se hace, sino en la medida de lo que se es, en la medida de la gracia que acompaña nuestros actos, en la medida que Jesús vive en nosotros, en la medida que nuestros actos son actos de Jesús obrando en nosotros y por nosotros”.

 Si hay una palabra que pueda expresar mejor el mensaje de Foucauld es “Nazaret”, porque se trata de vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en medio de las circunstancias más corrientes de la vida, y también descubrir a Jesús resucitado, incógnito, que hace ruta anónima con los discípulos de Emaús, un Cristo Eucaristía que no se manifiesta en grandes apariciones, pero que se encuentra en las rutas y las circunstancias más banales, las más familiares de l’existencia de las personas, un Jesús a quien se reza en la vida de todos los días.

Los frutos de una entrega

Cuando Carlos de Foucauld volvió de su viaje a Francia en 1911, escribió al padre Crozier, a quien había visitado el 14 de marzo, reiterándole su insistente petición: «Ayudeme en la realización de la obra que tanto deseo, una asociación fuertemente constituida«. Y será gracias a Crozier que Foucauld, poco a poco, desde 1911 hasta su muerte, va simplificando los estatutos de la Unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón, la única fundación que creó Foucauld en vida y de la que el mismo fue miembro. Foucauld no encuentra en nadie que se ocupe de su obra en Francia, como tampoco encontraba discípulos por llegar a ser hermanos e ir con él al Sahara. Entonces piensa que un boletín puede reemplazar los directores. En una carta al padre Voillard, su director espiritual, en Pentecostés de 1916, se ve obligado a reconocer que no tiene a nadie pora dirigir a la Unión. En otra carta le hace una referencia a Luis Massignon diciendo: «Hay un hermano laico, fervoroso, a quien se le puede encargar la publicación del boletín y, si Dios le da vida (está al frente), podría hacer grandes servicios a la asociación«. Pero Foucauld cree que hace falta buscar un sacerdote. Y él mismo no se ve viniendo a Francia por tomar la dirección de la Unión: «Me creo el menos capaz de casi la totalidad de los sacerdotes para las gestiones que hace falta realizar, no a sabiendo más que rezar en solitario, callar, vivir entre mis libros, y hablar familiarmente frente a frente con los pobres«.

Hace falta señalar que en el momento de su muerte Foucauld no había encontrado la forma de su asociación, pero sí el fondo. Sobre el espíritu lo esencial estaba hecho: Más allá de las posiciones debidas a su época, más allá del vocabulario, hay un amor extremo a Jesucristo y el Evangelio, la expresión del amor extremo hacia todos, el respeto a la vida de cada uno, todo aquello que había commocionado a todas las personas que lo conocieron.

La decepción de Emaús

En vida del hermano Carlos, el padre Laurin transmitía los Estatutos a las personas que él le indicaba. Si daban su consentimiento, vivían según el espíritu del Directorio. Foucauld se dirigía especialmente a sus amigos, que hacían a su vez la difusión que querían. No tenían ninguna reunión. El padre Laurin, que era el lazo de unión entre los nuevos miembros de la Unión y Foucauld, cuando conoció la muerte de este no actuó más. L’actitud de Luis Massignon es completamente diferente. El 1950, dirá retrospectivamente, tras pasar una noche de adoración en Tamanrasset: «No hay duda que Foucauld, a quien me he entregado incondicionalmente el 14 d’octubre 1913 (siendo el único miembro vivo de los 49 primeros hermanos en el momento de su muerte nl 1916), a quien he conducido mi mujer, que ha bendecido a mi hijo en su carta que escribió al día de su muerte, me ha pedidopost mortem completar, sustituirme a él en relación a lo que faltaba de su pasión«. Cuando Massignon se entera de la muerte de Foucauld, escribe al padre Laurin, preguntando por la situación en que se encuentra la asociación y que pasará. La respuesta del padre Laurin del 20 de febrero de 1917 es parecida a la de los discípulos de Emaús: «recibí hace aproximadamente dos meses, escrita poco antes de su muerte, una carta en que me decía que la Regla, simplificada, estaba escrita y que ahora sólo hacía falta que viniera a Francia… Y actualmente la cosa está, humanamente hablando, completamente acabada. ¿Ve usted alguna otra solución? Estoy sorprendido de este final. El padre Foucauld era un alma santa, muy generosa. Parecía que Dios lo había suscitado para algo especial. Y he aquí que tras su muerte todo se ha destruido. Quizás tan sólo tenía que hacer su obra en el Sahara…”.Se puede decir que es una carta de un “discípulo de Emaús”, una carta que muestra como el padre Laurin esperaba la venida de Foucauld pora establecer todo y ahora había desaparecido. Todo estaba acabado.

Luis Massignon continuador de la obra de Foucauld

Luis Massignon visita el 23 de febrero de 1917 a Mons. Le Roy, superior de los Padres Blancos, que aceptó presidir l’Asociación Foucauld y le pide editar una biografía y publicar los Estatutos. Massignon recuerda que Foucauld le había hablado de René Bazin y le pide una entrevista. Este le invita a venir a visitarlo, y Massignon el 2 de marzo le pide que sea el biógrafo de Carlos de Foucauld, recordando la carta que el 11 d’abril de 1916 le había enviado Foucauld a Massignon: «El Sr. René Bazin, sus pensamientos están en general en armonía con los míos«. René Bazin accedió y su biografía ha sido la pieza clave para que se conozca el testimonio de Foucauld. Mientras tanto Massignon se encuentra, entre los papeles de Foucauld, los estatutos simplificados de su Asociación, con fecha de 1916, y que fueron aprobados por Mns. Bonnet. El breve texto de ocho páginas traía por título Unión Aapostólica, y en pequeños caracteres: «Para la conversión de los infieles de las colonias francesas«. En el plan religioso, este texto podría compararse con l’obra de la Propagación de la fe, si bien hay una preocupación de promover en las almas una más grande vida espiritual. El padre Laurain se consuela. Ya no creía y de pronto las cosas se mueven en torno al padre Foucauld y lo resucitan. Seha encontrado un biógrafo. El mismo cardenal-arzobispo de París aprueba la Asociación Foucauld. En todo esto, el verdadero protagonista es Massignon. Commocionado por la muerte del hermano Carlos, Massignon con treinta tres años d’edad, se considera como un hijo que tiene que continuar la obra de su padre. Es con esta convicción que realiza todas las gestiones. En un artículo que Massignon publicó el 1922, afirma que la nota distintiva de la Unión es un espíritu de fraternidad en el Corazón de Jesús. Prácticamente es «una organización que combina vida interior y trabajo de apostolado«. ¿Qué apostolado? Un «apostolado indirecto»: el apostoladode la amistad, de la bondad, que evita toda presión y que no suscita desconfianza ni antipatía. En palabras del propio Massignon, «la Unión ofrece a toda alma de buena voluntad, un simple consejo discreto, humilde, pero es el consejo de las bienaventuranzas«.

El nacimiento de las Fraternidades

Luis Massignon ve que con la biografía de René Bazin no no hay suficiente; quiere editar el texto clave, cargado de fuego, aunque imperfecto por su estilo y visión de la época, que el mismo Foucauld quería realizar de una manera más simple, clara y limpia. Publica Los Consejos Evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld y sigue sus consejos casi a la letra, de una manera eremítica, si se puede decir, en solitario en el mundo; aquellos y aquellas que se reúnen de una manera secreta y callada alrededor del Directorio tendrán la misma actitud. Durante diez años se dirigen a Massignon numerosos lectores de Bazin que s’interesan por los diversos proyectos de Foucauld. Sorprende que el primero grupo que surge del padre Foucauld bajo la guía de Suzanne Garde, el Grupo Carlos de Foucauld, sea una fundación que es estrictamente laica, cosa que en aquel momento, 1923, era revolucionario. La primera congregación religiosa que nace del padre Foucauld fue la de las Hermanitas del Sagrado Corazón, fundada gracias a una viuda de 43 años, la Sra. Macoir-Capart, que habiendo leído a René Bazin y tras la muerte de su marido en 1928, quiere poner en práctica la regla indicada por Foucauld en una congregación femenina. El 8 de septiembre de 1937, el padre René Voillaume, que también se había encontrado con Massignon, tomó el hábito, con otros cuatro compañeros, en la basílica de Montmartre. Dejan París hacia La Abiodh Sidi Cheikh, en el Sur argelino, dónde establecen su fraternidad. Al principio se denominan Hermanitos de la Soledad y pronto se llamarán Hermanitos de Jesús. El 7 de mayo de 1947 René Voillaume fundó con tres hermanos la primera fraternidad obrera en Aix-en-Provence. Cuatro años más tarde se publicó el libro En el corazón de las masas que sobrepasó los 100.000 ejemplares. Las Hermanitas de Jesús nacieron el 1939, gracias a la hermana Magdaleine de Jesús, y hoy en día están repartidas por todo el mundo en 321 fraternidades, manifestando el amor gratuito de Dios a través de la amistad y la solidaridad. El año 1956, René Voillaume fundó también los Hermanitos del Evangelio extendidos por todo el mundo.

 La grande familia del hermano Carles de Foucauld

Hoy en día la Asociación Carlos de Foucauld reúne a un numeroso número de grupos que se llaman y son discípulos del hermano Carlos de Foucauld. Además de los ya mencionados hace falta citar a las Hermanitas de Nazaret, fundadas en Bélgica y que están presentes en Santa Coloma de Gramenet (Barcelona), los Hermanitos de la Cruz (Canadá), los Hermanitos de la Encarnación (Haití), las Hermanitas del Corazón de Jesús (República Centro Africana), la Fraternidad Jesús Caritas, (Instituto Secular Femenino), Fraternidad Sacerdotal Jesus Caritas, la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld, la Comunidad de Jesús, nacida en Barcelona gracias a Pere Vilaplana Puntí, la Comunità Jesus Caritas (Italia), la Fraternidad Carles de Foucauld (Asociación de fieles: laicas con celibato), el Grupo Charles de Foucauld, otro en Vietnam y además en Cataluña tenemos también las Fraternidades de Betània,que tienen la Fraternidad General en Barcelona, la Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld y la Fraternidad de Emaús y las Fraternidades de la Amistad en València.

           


LA SEÑORA DE BONDY PRIMA DE CARLOS DE FOUCAULD

Nací el 19 de agosto de 1850, ocho años antes que me primo Charles de Foucauld. Mi nombre es Marie Moitessier. Luego me conoceran mejor como Marie de Bondy, puesto que me casé con el vizconde Olivier de Bondy.

Crecí en un hogar feliz y desarrollé una gran pasión por la música. Fui confrontada por primera vez con el dolor de la existencia humana cuando mi tío, el padre de Charles de Foucauld, Edouard de Foucauld falleció el 9/8/1864, después de meses de enfermedad, cinco meses después del fallecimiento de su esposa. Dejaban dos hijos pequeños huérfanos: Charles de seis y Marie de tres años.

Sin lugar a duda, su abuelo coronel de Morlet cuidaba muy bien de ellos, sin embargo mi madre los invitaba siempre a pasar las vacaciones en nuestra casa y los acogía de brazos abiertos. Así iba creciendo un lazo entre Charles y mi persona. Charles encontró en nuestra casa un segundo hogar. El cálido ambiente y la ternura que se le brindaba le hacían revivir.

No obstante la guerra de 1870 nos separó. El coronel de Morlet huyó con sus nietos a Suiza y luego a Nancy. Sin embargo les seguía escribiendo.

El 11/04/1874 me casé con el vizconde Olivier de Bondy. Para mi fue el inicio de un nuevo período muy feliz…Pero Charles entraba en un período muy difícil. Perdió todo el apoyo de su fe y el contacto con la familia se redujo al mínimo.

Nunca dejé a Charles a su suerte. Tampoco cuando abandonó la fe y se entregó a extravagancias y alocados despilfarros. Quería tanto a mi primo que siempre conseguía la palabra adecuada que, le tocara el corazón. A partir de 1884 mi influencia se hacía muy decisiva. Charles regresó agotado de su intrépida exploración a Marruecos. Mi mamá lo recibió cariñosamente en nuestra casa veraniega de Bordeaux. Yo también me encontraba ahí para recibirlo y percibí en él una necesidad de silencio y descanso.

Vivía sencillamente mi fe como testimonio, y le rodeaba con una ternura que le afectó hondamente. En esta soledad, en medio de la gente más querida en la tierra, Charles se sentía feliz. En compañía de los suyos, descubrió de nuevo el gusto por la integridad moral.

En octubre de 1886, para asegurar la educación de nuestros hijos, nos trasladamos a París. En el mismo año Charles alquiló un apartamento cerca de nosotros.

Tanto en su diario espiritual, como en las + 800 cartas que me escribió, se puede entrever la influencia decisiva que ejercía yo sobre la orientación de vida. Su escepticismo acerca de la fe empezó a vacilar. A través del silencio oía Charles la voz de Dios…

En mi actitud frente a Charles, trataba de estar como me aconsejaba mi acompañante espiritual, el abate Huvelin. Decía:” Si desea convertir a alguien, no se logra por medio de predicaciones. El mejor medio no es amonestarlo, sino hacerle ver que se le ama.”

Hacía ya diez años que había aceptado la orientación de este sacerdote.

En octubre de este mismo año Charles también se confiaría a él.

Su conversión fue emocionante. Se confesó por orden del abate Huvelin, y a partir de aquel momento sabía que no podía hacer otra cosa que seguir a Jesús. Desde entonces permanecía yo como una segura y discreta luz, para iluminar su sendero. Alguna vez, aludiendo a mi persona, escribió: “Puesto que esta alma es tan inteligente, la religión en la cual cree con tanta firmeza no puede ser una necedad, como yo pienso.

Lo ayudé tanto que pude, a fin de que descubriera su propia vocación. Hizo varios retiros espirituales, entre otros una en una abadía trapense muy pobre. Quedó hondamente marcado por la pobreza de uno de los padres.

Antes de partir a Nuestra Señora de las Nieves (el convento trapense donde entró), pasó el último día en mi casa. Aquel 15 de enero de 1890, la despedida fue muy dolorosa. En las ideas de Charles era una despedida definitiva. Afortunadamente esto no resultara así, sin embargo duró diez y nueve años antes de volver a encontrarnos. Pero seguía escribiéndole semanalmente, lo que fortalecía aún más nuestra íntima comunión.

Volví a ver a mi primo en tres oportunidades: en el 1909, en 1911 y en 1913. Estaba como Hermanito de visita en Paris. Buscaba personas que apoyaran su proyecto en el Sahara. Luego la guerra de 1914-1918 nos separó definitivamente.

En 1916 me avisó todavía que corría peligro. Pero por encima de todo le preocupaban los habitantes del lugar… Con gusto comparto un trozo de sus últimas cartas. La carta escrita desde Tamanrasset data del 30/10/1916.

  “No creo que aquí, en un futuro no muy lejano, seremos atacados por los Senusitas, a no ser que se presenten nuevos acontecimientos, poco probables.

Sin embargo, le agradezco al Buen Dios el que haya cambiado mi ermita en un baluarte fortificado que prestó ya sus servicios durante la falsa alarma que hace cuarenta días sufrimos. Para este invierno temo por una hambruna severa y su colaboración me permite el necesario abastecimiento, para que aquí y en los alrededores no haya gente que muera de hambre. Aquí hay dos cosechas al año: una de trigo y una de mijo, la primera en la primavera, la segunda en el otoño. La primera resultó muy escasa, la segunda nula y esto después de casi cuatro cosechas malogradas y a once años de sequía, la tierra esta agotada.

Las mujeres de aquí aprendieron el ganchillo, me encargaron pedirle tres modelos de zapatitos para niños de un año (ganchillo o de punto de aguja, medias (sin duda para hacerlo en punto de aguja) para un niño de la misma edad, un vestidito en ganchillo para niñas de la misma edad. Me agrada mucho transmitirle su petición. Estoy sumamente contento que aprendieran la utilidad del ganchillo y el punto de aguja y el vestir a sus hijos, que a menudo hasta los diez años, deambulan en su más sencilla exposición.”

El golpe era muy duro para mí cuando al fin recibí la noticia de su defunción. Aquel primero de diciembre, el día que lo mataron, todavía me había escrito una carta…

Alcancé sobrevivir a Charles por diez y ocho años. Uno de mis hijos murió poco después de mi primo. Dejó dos niños pequeños. También murió mi única hermana. Por entonces yo permanecía principalmente en nuestra casa veraniega, el castillo “La Barre”, donde durante la guerra, trataba de consolar y de cuidar a la gente de alrededor. Incluso recibí el permiso de conservar el Santísimo Sacramento.

El 15 de agosto de 1933 – había ya sufrido varios ataques cardíacos – hubo un incendio en el castillo. Casi todo fue consumido por las llamas. Afortunadamente las cartas del hermanito Charles se pudieron conservar.

De nuevo me trasladé a París, cerca de la iglesia de San Agustín.

El 15 de marzo sufrí una grave caída y el 19 de marzo regresé a la Casa del Padre…

Carlos de Foucauld en el centenario de su muerte y el año de la misericordia

Desde que el fue asesinado en Tamanrasset el 1º de diciembre de 1916, ahora hace cien años, múltiples interpretaciones de su vida y de sus escritos se han generado. Su mensaje ha sido interpretado de muchas maneras. Si no hubiera salido de la Trapa, y si hubiera muerto en Akbés, asesinado en el momento de la gran masacre de los armenios por parte de los turcos, su mensaje sería sin duda de una unidad más evidente, pero vivió como «ermitaño» en Nazaret; «monje» casi de clausura en Beni-Abbés, y finalmente como «misionero aislado» en el Sahara, encarnado en el pueblo tuareg. Se trata de captar a todo el Foucauld, sin olvidar la etapa previa a su conversión como militar y explorador de Marruecos.

              Su camino místico comenzó con su conversión el año 1886, como fruto de investigaciones y caminos anteriores, instaurándose en Foucauld un amor apasionado hacia el Dios de Jesús, llegando a ser un «hombre que hace de la religión un amor», como lo describió el padre Huvelin, su padre espiritual, poco después de su conversión. Al inicio sólo quería «vivir sólo para Dios». Pero, poco a poco, meditando las escrituras, su amor apasionado por Jesús de Nazaret y sobre todo diversas circunstancias, harán que sobrepasara el horizonte inicial, que, como una cumbre, culmina en su escrito eremítico-monástico de la Regla de 1899.

             Cuando descubre que Jesús quiere compartir con todos su vida divina, se desarrolla un nuevo impulso: el amor apasionado por el prójimo, por los demás, y, especialmente, para aquellos que no tienen como él, que ha vivido la conversión, la atracción operada por Dios Amor. Después de quince años de vivir centrado sobre el Nazaret de una Santa Familia contemplativa, Foucauld deja este Nazaret para ir a anunciar «a las ovejas más abandonadas» ese Dios Amor, haciendo un Nazaret itinerante. A partir de 1901 y hasta su muerte, la voluntad de anunciar el Evangelio y de ser «salvador» con Jesús, llega a ser lo primordial para él. Esto ocurre en dos fases: en la primera están los siete primeros años marcados por Beni Abbés, donde tiene una dependencia importante de la regla monástica de 1899; en la segunda, a partir de 1908, con la edad de cincuenta años, da el paso decisivo más allá de su regla y de toda clausura: la salida fuera en misión. Los siete últimos años, los de la madurez de Foucauld, están radicalmente marcados por la evangelización.

1. Su motivación principal: Llevar la misericordia de Jesús a los más pobres.

El 29 de septiembre de 1900 el eterno viajero se encuentra de nuevo en el monasterio de Nuestra Señora de las Nieves (Francia), donde permanecerá un año, para realizar su retiro de diaconado y sacerdocio. Y es aquí donde toma conciencia de su misión:

Mis retiros me han revelado que aquella vida de Nazaret, que me parecía ser mi vocación, no debía llevarla en Tierra Santa tan querida, sino entre las almas más enfermas, entre las ovejas más descuidadas… En mi juventud había recorrido Argelia y Marruecos. En Marruecos, grande como Francia entera, con diez millones de habitantes, no había un solo sacerdote en el interior; en el Sahara, con una extensión siete u ocho veces mayor que Francia y mucho más poblado de lo que se creía en otro tiempo, una docena de misioneros… Ningún pueblo me parecía más abandonado que éstos…

El hermano Carlos fue ordenado sacerdote el 9 de junio de 1901 por Monseñor Montéty, en presencia de Monseñor Bonnet, obispo de Viviers, diócesis en la que estaba incardinado. Después de la ordenación permaneció en el monasterio hasta que se realizaron los trámites para su marcha a África del Norte. El 14 de octubre recibe la autorización del gobernador de Orán y parte al día siguiente hacia esta ciudad, primero, y hacia el sur, después, pasando por Ain-Sefra en dirección a Beni Abbés, oasis de muchísimas palmeras. El hermano escoge este lugar por la cercanía con Marruecos, la tierra que tanto quería y que esperaba volver algún día.

Hay que recordar que el 24 de abril de 1885 en la sociedad de geografía de París se leía el informe Duveryrier sobre el Reconocimiento de Marruecos realizado por Carlos de Foucauld, al que se le otorgó la medalla de oro, con estas palabras:

En once meses, del 20 de junio de 1883 al 23 de mayo de 1884, un hombre solo, el vizconde de Foucauld, ha duplicado, por lo menos, la longitud de los itinerarios cuidadosamente trazados en Marruecos (ha explorado 3.000 kilómetros)… Comprenderán ustedes que realmente se abre una nueva era; y no se sabe que debemos admirar más: si esos resultados tan preciosos y tan útiles, o la dedicación, el valor y la abnegación ascética que han permitido a ese joven oficial francés llegar a obtenerlos.

La gran exploración de Marruecos realizada por Foucauld, disfrazado de judío y acompañando de Mardoqueo, su guía de viaje, cambió profundamente su vida. Nadie que conociese su pasado podía adivinar su tenacidad en proseguir su camino a pesar de los obstáculos de toda clase; su paciencia ante las injurias; su constancia en tomar diariamente notas y croquis, viajando en los intervalos de descanso, poniendo en peligro su propia vida; la rapidez en discernir las secretas disposiciones de espíritus tan distintos del suyo; semejante poder de voluntad en la soledad moral, un régimen tan austero, un trabajo tan constante, que revelan un gran dominio de sí mismo. Y también descubre a algunos musulmanes “viviendo constantemente en presencia de Dios”, lo que le dejó conturbado.

2. Siendo amigo de todos, “hermano universal”

El acceso a Dios, que es lo importante en toda acción misionera, se puede realizar de muchas maneras. Citemos las tres más importantes: a) a través de la belleza de la realidad, descubriendo el orden y la armonía; b) a través del amor desinteresado por el hermano, trabajando por la justicia y la paz; y, c) a través de la amistad, que es distinta de la caridad, ya que ésta es indiscriminada y se abre a todos los seres humanos, y, en cambio, la amistad implica preferencia por una persona determinada. De todos modos la amistad incluye un componente universal ya que se ama a un ser humano como se quisiese amar a toda la especie humana. En la auténtica amistad no debe haber ni dominio ni dependencia, como la imagen original y perfecta de la esencia de Dios, que tenemos en la Trinidad. Es lo que dice Jesús: “Que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17, 21). Así, toda amistad auténtica, presidida por el afecto, pero preservada de la dominación y de la dependencia, es una experiencia espiritual donde Dios se hace presente, ya que es Él quien posibilita la proximidad de dos seres humanos sin que peligre la autonomía de cada uno. En este sentido, la amistad sostiene la vivencia espiritual.

          Carlos de Foucauld además de intentar durante toda su vida no hacer distinción de personas y ser “hermano universal”, vivió la experiencia de amistad también con aquellas personas a las que había sido enviado. Así, hay que señalar la especial relación que le unió con Moussa ag Amastane desde el primer momento de su encuentro en junio de 1905. Gracias a éste, Foucauld pudo instalarse en Tamanraset. Moussa es el único tuareg que ha expresado en diferentes cartas sus sentimientos sobre el marabú Carlos de Foucauld. En una de estas, enviada después de la muerte del hermano Carlos, a su hermana la Sra. de Blic, como se puede leer en el libro de R. BAZIN, Charles de Foucauld Explorateur du Maroc Ermite au Sahara, París 1921, 466, dice:

Desde que me he enterado de la muerte de nuestro amigo Carlos, su hermano, mis ojos están cerrados, todo está oscuro para mí y he llorado. He llorado mucho y estoy de duelo riguroso. Su muerte me ha dado mucha pena… Carlos, el marabú, no está muerto solamente para vosotros, ha muerto también para nosotros. Que Dios le de misericordia y nos podamos reunir en el paraíso.

Carlos de Foucauld, el año 1910, en una carta al padre Laurain escribe:

Algunas visitas sinceras entre las capas más diversas de esta población, algunos me tienen mucha confianza, y con otros, si bien no tengo comunicación íntima, si hay relaciones amistosas. Esto es significativo, dada la extensa distancia que existe entre esta nación y nosotros. (Lettre au père Laurain, 27.11.1910).

              El hermano Carlos también conoce y tiene relación de amistad con otros tuareg, como le dice a su amigo Garnier en 1913 (Lettre à Garnier 23.02.1913, Archivos de la Postulación):

He aquí, como mínimo, cuatro ‘amigos’ en los que puedo confiar del todo. ¿Cómo nos hemos hecho amigos?, de la misma manera que surge la amistad entre nosotros. No les he hecho ningún regalo, pero han comprendido que tienen en mí un amigo fiel, que me entregaba a ellos. Los que trato aquí como buenos y verdaderos amigos son: Ureg ag Uksem, jefe de los Dag-Ghali, su hermano Abahag Chikat ag Mohamed, un hombre de sesenta y seis años que no sale mucho, y el hijo de este último: Uksem ag Chikat (que yo llamo mi hijo). Hay otros con los que tengo simpatía, pero con estos puedo contar para muchas cosas. A estos cuatro les puedo pedir cualquier cosa, información o servicio y estoy seguro que harán todo lo posible por conseguirlo.

En 1904 trató de llegar a ser hermano de todas aquellas personas que no podían entender su deseo de fraternidad. Pasado el tiempo, su enfermedad de 1908 fue crucial para su “segunda conversión”, pues era incapaz de hacer nada y se pudo recuperar gracias a la ayuda de los tuareg, que, debido a la gran sequía, se tenían que desplazar muy lejos en busca de leche para sanar al marabu. Así, poco a poco se fueron creando vínculos entre ellos, convirtiéndose algunos en amigos.

Según la opinión del hermano Antoine Chatelard, sucesor de Foucauld en Tamanrasset, Foucauld podía desear ser hermano de todos, pero no podía ser el amigo de todos, como lo expresa en una carta a su amigo Henry de Castries:

Pasé todo el año 1912 en este poblado de Tamanrasset. Los tuareg son para mí, una compañía muy consoladora, no puedo dejar de decir lo buenos que son conmigo y como he encontrado también en ellos personas rectas. Uno o dos de ellos son amigos de verdad, una cosa tan extraña y preciosa en todas partes. (Lettres à Henry de Castries, Grasset, París 1938, 8. 01. 1913, 196)

  Y el 18 de diciembre dice en una carta a su prima: «Mis vecinos tuareg siguen siendo muy buenos conmigo, y por parte de los familiares de Uksem, me muestran mucho afecto y una gran confianza” (Lettres à Mme de Bondy, DDB, París 1966, 225).

  La amistad pide reciprocidad y tiene grados. Se van produciendo fuertes vínculos entre él y quienes lo acogieron. Al padre Voillard, en la carta del 12 de julio de 1912, le dice:

La confianza que me conceden los tuareg del poblado es cada vez más grande. Las amistades se vuelven más íntimas, y las nuevas amistades que se forman, también lo son. Intento prestar el máximo servicio. (CH. DE FOUCAULD, Correspondances sahariennes, París, Cerf 1998, 863).

Ahora bien, tanto sus amigos musulmanes, como los ateos o agnósticos, como por ejemplo sus grandes amigos Gabriel Tourdes y Henry Laperrine, o sus amigos judíos y protestantes de Francia, que visitó con el joven Uksem, todos forman parte de la misma relación de hospitalidad y de amor fraternal. Todos estos hombres y mujeres, muchos amigos de juventud, amigos del Sahara, tanto tuareg como franceses, musulmanes o cristianos, creyentes o no, todos los que contaba entre sus amigos, ejercieron en él, una influencia que dio forma a la evolución de su pensamiento y a su comportamiento humano, así como su fe y sus prácticas religiosas. Gracias a ellos y sin que lo notase se dejó humanizar, como se dejó moldear y convertir. Remarcable reciprocidad para aquel que al inicio, sólo pensaba en dar y en convertir! Foucauld da testimonio en medio de la lucha, de la violencia y de la desconfianza, que otro tipo de relación es posible y que la debemos realizar en el respeto, la aceptación y el amor. Incluso superó, en términos de actitud y relación, sus propias posiciones teóricas sobre el Islam. Su relación con el Islam no es tanto el descubrimiento de otra religión, que ya la conocía, si no el encontrarse con hombres y mujeres concretos, donde deposita toda su energía por entender y hablar su lenguaje y poder comprender su cultura.

3. Practicando el apostolado de la bondad

Cuando Foucauld le dice a en una carta a su amigo Joseph Hours que quizá tendrán que pasar siglos, como queriendo indicar “largo tiempo”, para que brote la fe cristiana en los ambientes donde él se encuentra, hay que recordar lo que le expuso a sobre “los medios a emplear para la evangelización” en su carta del 25 de noviembre de 1911: “Lo primero preparar el terreno en silencio por la bondad”. Los términos “preparar el terreno” y la “bondad” están en dialéctica: la bondad es silenciosa y el silencio es una paciencia que manifiesta la bondad, es decir, la voluntad de respectar al otro, de no intervenir con violencia contra su voluntad. Se trata de una bondad sin “ideología”, que es el punto más alto al que puede llegar el espíritu humano. Una bondad que crea la fraternidad, una bondad que puede existir evangelizando si no se reduce a una instrumentalización para conseguir conversiones, si no es una ideología disfrazada, pues la bondad como la no-violencia pueden ser ideologías. Foucauld no va tras el bien ni el triunfo de una causa, practica la bondad.

              El padre Huvelin había invitado especialmente a Foucauld a la evangelización por la bondad. Veamos lo que dice en su carnet, que escribió en Tamanrasset en una página que lleva por título: “Lo que me ha dicho el padre Huvelin en mi viaje a Francia en 1909”:

 Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome se deben decir: ‘Si este hombre es bueno, su religión debe ser buena’. Si se me pregunta por qué soy dulce y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien más bueno que yo. Si supieses como es de bueno mi Maestro JESÜS!’ Quisiera ser tan bueno que se pueda decir: ¿Si así es el servidor, cómo debe ser el Maestro?

            Palabras que Foucauld entendía bien pues el padre Huvelin y su prima María de Bondy habían actuado con la misma bondad silenciosa con él antes de su conversión: podía dar testimonio de que había sido esta mediación la que le había conducido a Dios.

         El secreto de la vida del hermano Carlos estaba en la celebración de la Eucaristía y en su adoración prolongada. En una carta dirigida al padre Guerin, con fecha del 2 de abril de 1906, da a entender que tendrá que separarse de Pablo, el antiguo esclavo rescatado de Beni-Abbés y que había traído con él al Hoggar, por su comportamiento moral. Lo que le preocupa también es que no podrá celebrar la Eucaristía al no haber nadie con él, cosa imprescindible en aquellos momentos eclesiales y de no ser así, se requería permiso. Concluye la carta con estas palabras: “Mi alma se halla en paz absoluta. Estoy lleno de miserias, pero sin nada grave que me atormente. Soy feliz y estoy tranquilo a los pies del Bien Amado.

4. Estudiando su lengua y sus costumbres

El 5 de julio el hermano Carlos parte hacia el Asekrem, donde vive en una choza, a 2900 metros de altura. Va a buscar allá arriba, con el frío y la tormenta, las almas de las que se ha hecho el pastor. La sequía ha alejado a los tuareg de las mesetas del Hoggar, induciéndoles a ir a acampar en los valles de la Koudiat, donde hay un poco de pasto verde para los rebaños. Allí hay, por algún tiempo, gran cantidad de nómadas de diversas tribus, que intentan superar el hambre.

Se precisan tres días por lo menos para llegar al Asekrem, meseta rodeada por un paisaje fantástico de cumbres, picos, mesas gigantes y pórticos esculpidos por la naturaleza en las cumbres de las montañas de menor altura. Al norte y al sur nada detiene la vista. Recuerda las primeras edades de la tierra. Los grandes ríos saharianos, secos en la actualidad, se deslizaron por sus flancos. Por todas partes pueden advertirse las huellas de los lechos que abrieron y que siguen, unos hacia la laguna Taoudeni, otros hacia el Atlántico y otros en dirección al Níger, como el río sin agua Tamanrasset.

Carlos de Foucauld gustaba de aquella soledad y lo expresaba así:

 Es un hermoso lugar para adorar al Creador. Tengo la ventaja de tener muchas almas a mí alrededor y de estar solo en mi cumbre… Esta dulzura de la soledad la he experimentado en todas las edades, desde los veinte años, cada vez que he podido disfrutar de ella. Aun sin ser cristiano, amaba la soledad frente a la hermosa naturaleza, con algunos libros; con mayor motivo debo apreciarla cuando el mundo invisible y tan dulce hace que, en la soledad, uno no se sienta nunca solo. El alma no está hecha para el ruido, sino para el recogimiento, y la vida debe ser una preparación para el cielo, no sólo mediante las obras meritorias sino también por la paz y el recogimiento en Dios. Pero el ser humano se ha lanzado en discusiones infinitas: la poca felicidad que encuentra en el ruido bastaría para demostrar cuán lejos le aparta de su vocación.

En el Asekrem, lo mismo que en Tamanrasset, había elegido el lugar desde donde puede verse más. Su casa no era más que un corredor, construido con piedra y barro, tan estrecho que dos personas no podían pasar juntas. Pero en aquel pobre refugio había una capilla, además de libros, provisiones, etc. en cajones. Dormía en uno de estos que durante el día le servía de mesa. A su alrededor soplaba el viento, con ruido semejante al de la marea ascendente. El padre Huvelin le había mandado doscientos francos para ayudarle a construir la ermita, y le regaló el altarcito de la capilla.

Allí, más de una vez por semana, recibe la visita de familias tuareg, que suben de los innumerables valles escondidos en la Koudiat. Es una peregrinación y un viaje de placer a la vez. Vienen de lejos, a veces de una, dos y aún más jornadas de viaje. Por lo tanto es preciso descansar, cenar, pasar la noche… En una carta al padre Voillard, del 6 de diciembre de 1911, el hermano Carlos se expresa así:

 Una o dos comidas tomadas en común, un día entero o medio día pasado juntos, relacionan más estrechamente que un gran número de visitas de media hora o de una hora, como en Tamanrasset. Algunas de estas familias son relativamente buenas, tan buenas como pueden serlo sin el cristianismo. Estas almas se guían por las luces naturales; aunque de fe musulmana, son muy ignorantes del Islam y no han sido muy mimadas por él. Por este lado, la obra que se hace aquí es muy buena. Por último, mi presencia es motivo para que los oficiales vengan al corazón mismo del país.

El resto del día el hermano Carlos reza o trabaja. Vive con él un informante tuareg, a quien da veinticinco céntimos por hora por el trabajo lingüístico. El enorme trabajo que se realiza, la austeridad de vida y el frío de la llegada del invierno, hacen que a principios de diciembre regresen a Tamanrasset, donde lleva la vida habitual, y donde se entera de la guerra existente entre los italianos y los árabes de Tripolitania. Sus amigos se sienten inquietos por la repercusión que aquella guerra puede tener en el Sahara. Contesta a uno de ellos: “Tranquilízate, el Sahara es grande; indudablemente los turcos hacen todo lo posible por predicar la guerra santa entre las tribus árabes de Tripolitania, pero eso no nos afecta. Los tuareg, que son tibios musulmanes, sienten la misma indiferencia por la guerra santa, que los turcos y los italianos. Todo eso les tiene sin cuidado; lo único que les interesa son sus ganados, los pastos y las cosechas.

5. Ayudando en la promoción integral de sus amigos

En cada una de las páginas de la voluminosa correspondencia del ermitaño de Tamanrasset se advierte preocupación por intentar los mejores medios humanos para elevar a aquel pueblo. Para él la civilización “consiste en estas dos cosas: instrucción y dulzura”. Se interesa por todo aquello que pueda ayudar a proteger a los niños, liberar a los esclavos, instruir a los ignorantes y establecer a los nómadas en lugares fijos. Por esto se regocija de la próxima llegada de un comité compuesto de ingenieros, oficiales y geólogos, encargado de estudiar el trazado definitivo del ferrocarril transahariano, y de la noticia de que Marrucecos ha pasado a ser protectorado de Francia. Pero en la contestación de una carta ya apunta lo siguiente: “Si no cumplimos con nuestro deber, si explotamos en vez de civilizar, lo perderemos todo y la unión que hemos hecho con este pueblo se volverá contra nosotros.

Llevado por su afán de civilizar, como él lo concibe, proyecta un viaje a Francia acompañado por un joven tuareg. Para esto comienza a preparar a la señora de Blic y a sus primos de Francia, para que reciban a ese visitante vestido con una túnica y que lleva los cabellos trenzados y las mejillas cubiertas con un velo azul. Pero antes de iniciar aquel viaje, el candidato se ve precisado a salir con la caravana integrada por casi todos los hombres válidos del país, para ir en busca de mijo a Damergou.

Tanto la primavera, como las demás estaciones del año, encuentran al hermano Carlos en su ermita trabajando con sus manuscritos y libros. Termina el diccionario y se lo manda a Renato Basset para que lo publique “bajo el nombre de nuestro común amigo, el señor de Motylinski.

6. Siendo un Evangelio vivo

En el artículo XXVIII del Directorio Foucauld repite una y otra vez que los hermanos y las hermanas tienen que ser”una predicación viva (…), un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, y especialmente las infieles, deben, sin libros y sin palabras, conocer el Evangelio viéndoles vivir su vida”. Su pasión por anunciar el Evangelio, el querer “la salvación de las almas”, no le hacen fanático, al contrario, es consciente de que los caminos de los corazones humanos son impenetrables, y que se trata de respetarlos. Foucauld sabe bien, por ejemplo, que Moussa Ag Amastan es un “piadoso musulmán y que no es cuestión de usar ante él ningún método misionero o proselitista, ni presionarlo para convencerlo a toda costa. En una carta del 1º de enero de 1914, agradece a su prima el que rece por Ouksem: “él, su padre, su abuelo, su madre y otros, son almas de buena voluntad, y dejar de creer en lo que siempre se ha creído, en lo que siempre se ha visto creer a su alrededor, lo que creen aquellas personas a quienes ama y respeta, es difícil”. Las dos últimas palabras de su carta: “Recemos y esperemos” resumen perfectamente su pensamiento de una esperanza inquebrantable.

En una carta a R. Bazin, del 29 de julio de1916, Foucauld se ve como “un misionero aislado”, pues a diferencia de los misioneros que trabajan juntos y realizan un ministerio tradicional, él es uno de eso misioneros “muy raros”: “los misioneros aislados” ¿Cuál es la naturaleza de este aislamiento? Una “soledad en medio de poblaciones muy desimanadas y más aún alejadas de espíritu y de corazón” del cristianismo. El estatus del misionero aislado es el de “desbrozador”, como cuando, treinta y cinco años atrás, lo ralizó en su “reconocimiento de Marruecos”, tomando realmente el “oficio de desbrozador”. Y, a continuación expresa su deseo fundamental: “Hay muy pocos misioneros aislados haciendo el oficio de desbrozador; quisiera que hubiera muchísimos” ¿Quiénes serían estos? Y vemos que nombra como misioneros de este tipo, tanto laicos como sacerdotes; quisiera que todo sacerdote que se encuentre en las colonias forme sus parroquias del futuro con “misioneros aislados”. El deseo más ardiente de Foucauld es la multiplicación de “desbrozadores”.

En una comunicación que hizo Foucauld en enero de 1903 para el Congreso de los sacerdotes-Apóstoles de Montmatre, comunicación que hace relación con Marruecos, donde espera establecerse como “Hermanito del Sagrado Corazón”, es decir como monje contemplativo dado también a la caridad, habla del “primer surco” que hay que cruzar antes de enviar misioneros predicadores; así, para efectuar esta tarea, ve la necesidad de una congregación de vida contemplativa y de caridad: los Hermanitos del Sagrado Corazón serían de este tipo, pero estamos todavía en el primer modelo de “Nazaret”: una vida de oración y de proximidad fraterna. Ahora, en 1916, no se trata de contemplativos, sino de “misioneros” como tales, en vanguardia, “aislados”, haciendo el “oficio de desbrozadores”. Hay que “desbrozar la tierra antes de sembrarla”, escribe el 11 de diciembre de 1912 a su amigo Fitz-James; y habiendo precisado que para él. “desbrozar” significa: “tomar contacto, hacerse querer, inspirar estima, confianza, amistad”.

7. El germen de un cambio: los últimos años de su vida

Hasta principios de 1908, tiene para él el estatuto de monje-en país-de-misión, como puede verse en la carta que escribe a su cuñado Raymond de Clic: “Continuo monje, en país de misión, monje-misionero, pero no misionero”. Y señala como signo evidente de este estado monástico: “Me vienen a ver, yo no voy a ver a nadie. Estoy en mi clausura”.

          Pero un lento trabajo interior ha empezado a trabajarle desde 1907: para él la idea de ermita, de monje, de clausura ha sido modificada. En este año viaja durante muchos meses, en Argelia, visita las misiones de los padres Blancos; y a su vuelta a Tamanrasset, en julio de 1907, es consciente de que hay que dar un paso más. El choque que ha experimentado lo expresa en su carta del 1º de junio de 1908 a Mons. Guerin:

 Pienso mucho, mucho en los tuaregs… Y, al mismo tiempo, es en todo el Sahara en quien pienso. Es evidente que usted no puede hacer nada si no encuentra el medio de multiplicar y agilizar sus instrumentos, de manera que pueda tener, por un lado, muchos más obreros, y, por otro, obreros que escapen a las trabas que ponen los que ahora tiene.

 Este choque le ha provocado un auténtico cambio. Dice además en la misma carta:

 El pensamiento de una especie de tercera orden que tenga por finalidad la conversión de los infieles me ha venido a la cabeza este último septiembre durante mi retiro. Después me ha venido reiteradas veces.

Y añade:

«Conversión que es en el momento presente un deber estricto para los pueblos cristianos en los que la situación ha cambiado totalmente en relación a los infieles: por un lado, los infieles están casi todos sujetos a los cristianos; por otro, la rapidez de las comunicaciones y la explotación del mundo entero dan un acceso bastante rápido a todas partes; de estos dos hechos se deriva un deber muy estricto, especialmente los pueblos que tienen colonias: el de cristianizar. Haría falta, no en todas partes, sino en países que tienen dificultades especiales como las que usted tiene, misioneros al estilo de Santa Priscila de los dos sexos, ya sea que se les rebusque por aquí o por allá, sea que se les agrupe para darles una preparación común antes de enviarlos; parece que se les podría rebuscar aquí o allá y que podríamos encontrar donde ‘probarlos’ y ‘prepararlos’. Usted conoce mi deseo antiguo de ser misionero al estilo de Sta. Priscila.

          Esta evolución se percibe muy bien en el retiro que hizo en septiembre de 1907: «viviendo entre los pueblos infieles más abandonados», y añade, «hacer todos los actos útiles» para la evangelización de los infieles, no estando solamente «entre ellos». Esto le llevará a concretizar en la redacción de los estatutos de una cofradía y el deseo ve viajar a Francia para que el padre Huvelin y Mons. Bonnet den validez a su proyecto.

Este cambio le irá conduciendo poco a poco a una nueva concepción de su vida. A partir de 1913 Foucauld ya no se considera dependiendo del Reglamento de los Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús. Tiene un horario parecido, al de un sacerdote secular; ya no se somete a restricciones de alimentación y ayunos excesivos; ya no lleva el emblema del corazón y la cruz en su túnica; ya no firma más como «hermano Carlos de Foucauld», sino «Carlos de Foucauld». Para el horario, alimentación, vestidos, trabajo etc. Sigue sigue el Directorio de la Unión.          Se puede pues afirmar, pues, que a partir de 1913, y para los tres últimos años de su vida, Foucauld no es más «un hermanito del Sagrado Corazón de Jesús», sino uno de los miembros de «la Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús». Ya no hay más clausura ni insignia para singularizarlo; es un hombre orientado hacia una vida de testigo del Evangelio en un medio que ha llegado a ser el suyo.

8. Misioneros en avanzadilla

El padre Peyriguère pudo realizar lo que n o pudo realizar Foucauld: instalarse en Marruecos y vivir treinta años hasta su muerte, el 26 de abril de 1959 en El Kbab, pequeño pueblo del Medio-Atlas marroquí y «experimentar la vida de monje misionero siguiendo la tendencia de la carta del 13 de mayo de 1911″, escribe el 27 de agosto de 1937 (A. Peyriguère, Laissez-vous saisir par le Christ, Seuil 1981, 106) Habla de su «vida de misonero», el 27 de julio de 1945. «Intento poner a punto la espiritualidad misionera del Padre Foucauld», 20 de septiembre de 1946. «Ha llegado el momento de sacar lo que tiene de profundamente original y muy adaptado a las necesidades del apostolado de hoy este mensaje tan rico» 4 de noviembre de 1947. «Su talla, en la Iglesia misionera, es una talla de gigante», el 14 de abril de 1948. Así, podemos decir, que el pensamiento del padre Peyriguère es claro. Se trata de la Misión.

En el curso de su segundo viaje a Francia, Foucauld pasó un día en Notre-Dame des Neiges, el 20 de febrero de 1911, y fue invitado a dirigirse a los monjes. Algunos días después de su paso, el padre Antonin Audigier le escribió, por el o por otros, pidiéndole más precisiones sobre su vida en Tamanrasset. Foucaul le responde una larga carta para describir su vida y sus proyectos en el Sahara donde el lleva, como dice, una vida de «monje misionero». Y marca este principio: «Establecimiento entre los pueblos infieles los más abandonados haciendo todo lo posible para su conversión». Foucauld busca para la evangelización misioneros, ya sean monjes, sacerdotes, laicos, casados o solteros, es decir de todos los estados de vida. Y como escribe al padre Antonin que es monje, precisa que incluso pueden vivir como “ermitaños” o como “pequeños grupos de tres o cuatro”, pero “sin querer formar monasterios”, remarca él. En resumen lo que pide a todos es ser hombres y mujeres de oración, de relación con Dios, y, al mismo tiempo, imitando lo que hacía Jesús en Nazaret; ser hombres y mujeres que anuncien el Evangelio.

En el Sahara, estos “monjes misioneros” tienen que ser, a la manera de Foucauld, “como avanzadilla, hechos para preparar los caminos y ceder el lugar (…) hasta que el terreno esté desenredado”. Al mismo tiempo, otros, por ejemplo personas casadas, vivirían ellos también, a su manera, esta vida misionera de desenredadores. E incluso, ¿no había osado pensar en 1909, después de su encuentro con Mons. Bonnet, a fórmulas mixtas? “Sacerdotes misioneros, de incógnito, nadie conocería su cualidad de sacerdotes, serían un gran bien” escribió entonces. Seguramente que había pensado esto para dar la vuelta a la prohibición de las autoridades francesas de que haya sacerdotes predicando abiertamente contra el Islam; pero, al alba de este siglo, tenía un aspecto profético, como se puede ver en países totalitarios, sacerdotes secretos, ejerciendo un trabajo solitario; ¿No dijo Foucauld: “Pasaran inadvertidos bajo el aspecto de agricultores, comerciantes, sabios, etc.”? Se puede ver como el Nazaret de 1916 ha cambiado en relación al de 1901. El Nazaret de 1916 permanece, ciertamente, en una vida de oración, de trabajo, de fraternidad cotidiana, pero es una vida que se propone a los sacerdotes, laicos, religiosos, religiosas, casados o solteros, a todos: no está reservado para los “religiosos” y es fundamentalmente una vida de “desbrozamiento evangélico”, una vida misionera tal cual.

Así, Foucauld en 1916 se declara sin ninguna ambigüedad “misionero”. No es “un monje en misión especial”, sino un sacerdote secular que vive en país de misión y que ha llegado a ser plenamente “misionero”,desbrozador”, en “avanzadilla”, “misionero aislado” en medio de poblaciones no cristianas. Y él quisiera convencer al mayor número posible, a los bautizados, hombres y mujeres de todas clases a entrar en este camino; los desenredadores pueden ser tanto sacerdotes como laicos. Al laico que es Joseph Hours le dice el 28 de abril de 1916, una vez más, la necesidad que hay de “Priscila y Aquila”:

 Pido contigo a Dios Hagamos como Priscila y Aquila. Dirijámonos a todos aquellos que nos rodean, a los que conozcamos, a quien está cerca de nosotros; tomemos para cada uno los medios mejores, con uno la palabra, con otro el silencio, con todos el ejemplo, la bondad, el afecto fraterno.

Y cita al apóstol Pablo:

Hacernos todo a todos para ganar a todos para Jesús”

Carlos de Foucauld, el tuareg de Dios

Cada 1º de diciembre, aniversario de la muerte del padre Foucauld, los seguidores de su carisma nos reunimos para orar, dar gracias a Dios por el don del hermano Carlos y renovar nuestro compromiso de seguir la propuesta evangélica que él nos propone: Vivir Nazaret como la Sagrada Familia hoy.

Para intentar describir de una manera sucinta la vida de este “hermano universal” hecho tuareg, por los que dio su vida, sigo el librito de las Hermanitas de Jesús del padre Foucauld, titulado Hermano Carlos de Jesús,  en tres apartados: 1. Llamada; 2. Seguimiento; y, 3. Realización.
 
1. Llamada: Del nacimiento hasta Benni-Abbés (Argelia)
 
Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858 en el seno de una familia rica y cristiana. Desde los seis años conoce lo que es ser huérfano de padre y madre. Como consecuencia de esto tiene que ir a vivir con su abuelo, el coronel Morlet, que lo quiere con ternura. De él recibirá los dones de la simpatía y de la generosidad, el amor por su familia, el país y también el amor por el estudio, el silencio y la naturaleza.

Conoce el sufrimiento de la guerra de 1870 y la invasión de su ciudad. Con su familia se refugia en Nancy, donde prosigue sus estudios. Es allí donde, con gran fervor realiza su primera comunión. Le sostiene la fe de su familia, sobre todo de su abuelo y su prima María, a quien admira mucho.

En 1874 se matricula en Santa Genoveva de París para realizar su formación, viviendo en régimen de pensionado en los Jesuitas. Como quiere ser militar entra en la escuela de Saint Cyr. Son años de despreocupación. No trabaja, lleva una vida solitaria, pierde el tiempo, anda vagando, se entretiene con obras literarias y no encuentra sentido a la vida.

Con gran pesar, a los diecinueve años pierde a su abuelo, a quien admiraba mucho por su inteligencia y su ternura. Algo se rompe en él y su vida va a la deriva. De desesperación se abandona, se deja estar, va de fiesta en fiesta, derrochando la herencia de su abuelo. Su familia está muy triste.

Pese a todo, termina sus estudios en la escuela de Caballería de Saumur. Tiene veinte años y hace una carrera corta en el ejército, pues a los veinticuatro años renuncia a éste para ir a explorar Marruecos.

Para este viaje se prepara estudiando el árabe en Argel (Argelia) y aprende todo lo que debe utilizar para este proyecto. Se pone en contacto con el rabino Mardoqueo, que acepta guiarlo aparentando ser judío. Realiza una verdadera expedición científica con mucho éxito, y la Sociedad de Geografía de Francia le concede la medalla de oro.

Durante este viaje, Marruecos lo conquista. Le conmueve la acogida de la gente, su fe en Dios sin vergüenzas y su oración. Pero interiormente no se siente satisfecho. De regreso en París, comienza a entrar en la Iglesia donde pasa largas horas repitiendo esta oración: «Dios mío, si existes, haz que te conozca«[1].

Su prima le aconseja ir a visitar al padre Huvelin, vicario de la parroquia de San Agustín, que resultó un encuentro decisivo en la vida de Foucauld. Éste le pedía lecciones de religión y Huvelin le hizo arrodillar y confesar, para después darle la comunión.

Unas palabras del padre Huvelin, pronunciadas durante uno de sus sermones, le impactaron: «Nuestro Señor, tomó de tal modo el último lugar, que nadie se lo puede quitar«[2]. A partir de entonces tan sólo piensa en seguir a Jesús pobre.

Huvelin le aconseja una peregrinación a Tierra Santa, que le ayude a descubrir el rostro concreto de Jesús. Lo encuentra en Belén, en Jerusalén y en el Calvario. Pero en Nazaret toma conciencia de la importancia de la vida oculta de Jesús que vivió la mayor parte de su vida como un pobre artesano de pueblo. A partir de entonces, Nazaret permanecerá como una búsqueda constante de la imitación de Jesús que lo llevará siempre más lejos. En una carta a su amigo Henry de Casties afirma: «

Enseguida que creí que había un Dios, entendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él: mi vocación religiosa nace en el mismo momento que mi fe: Dios es tan grande. Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es Él…«[3]

Como no se sentía hecho para imitar la vida pública de Jesús en la predicación, intenta imitar la vida escondida del humilde y pobre obrero de Nazaret. Por eso escogió la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves en Francia, donde entró el 15 de enero de 1890, tomando el nombre de María Alberico. Meses más tarde, al desear una vida más ruda, fue enviado a la Trapa de Akbés, en Siria. Allí se encuentra muy bien y ama el trabajo manual que le acerca a Jesús de Nazaret. Quienes le conocieron en este momento recuerdan que nunca negó ningún servicio.

Deja la Trapa en febrero de 1897. Empujado por la búsqueda apasionada por imitar a Jesús de Nazaret y animado por el padre Huvelin, se va a Tierra Santa y en el lugar donde Jesús vivió, intenta llevar una vida de oración y trabajo humilde. En  pocas palabras: una vida escondida.

Durante tres años fue servidor en el Monasterio de las Clarisas de Nazaret, viviendo pobremente en una cabaña. Allí pasó muchas horas de adoración silenciosa meditando las Escrituras.

Poco a poco va comprendiendo que amar a Jesús es entrar en su trabajo salvador y siguiéndolo, convertirse en hermano de todos, principalmente de aquellos que no conocen el Amor de Jesucristo.

Hasta ahora no había querido ser sacerdote, porque temía alejarse de la pobreza y del último lugar. Pero acepta ser ordenado a los cuarenta y tres años, para llevar a Jesús a los más abandonados.

¿Cómo va a vivir ahora la imitación de Jesús de Nazaret? En una carta escrita a Henry de Castries le dice: «No se trata, por ahora, de convento, mucho menos de predicación, ni de idas y venidas, sino de establecerme en un puesto francés del Sahara sin sacerdote, vivir allí sin título oficial de ninguna clase, como sacerdote libre, yendo cada día a la enfermería a consolar a los enfermos, llevarles los sacramentos, velarlos y enterrarlos cristianamente si mueren”[4].

Va al Sahara y se instala en Beni Abbés (Argelia), cerca de la frontera con Marruecos, país al que quiso tanto y en el que pensaba instalarse cuando las circunstancias fuesen propicias. En una carta a Monseñor Guerin cuenta como transcurren allí sus días: «Los pobres soldados vienen siempre a mí. Los esclavos llenan la casita que se les pudo construir. Los viajeros vienen derechos a la ‘Fraternidad’. Los pobres abundan… Todos los días hay huéspedes para comer, dormir, desayunar…«[5].

Durante el año 1902 no cesa de denunciar ante las autoridades la injusticia de la esclavitud. En una carta al padre Martin afirma: «Hay que amar la justicia y odiar la iniquidad, y cuando el gobierno comete una gran injusticia contra aquellos que tenemos a nuestro cargo, hay que decírselo… no tenemos derecho a ser ‘centinelas dormidos’ o ‘perros mudos’ o ‘pastores indiferentes”.

 2. Seguimiento: Parte hacia el país tuareg del Hoggar en 1904
 
En junio de 1903, su amigo el coronel Laperrine, después de una batalla, le cuenta el hermoso testimonio de Tarichat Ouit Ibdakane, mujer tuareg que se opuso a que mataran a los soldados heridos, cuidándolos ella misma, haciendo que los repatriaran a Trípoli. Carlos de Foucauld, sorprendido por este gesto y pese a que le cuesta dejar Beni-Abbés, siente la llamada hacia los tuareg, que para él son los más abandonados. Parte hacia el Hoggar, sur de Argelia, el 13 de enero de 1904. Después de un largo viaje por el desierto, descubre a los tuaregs y es aceptado por Moussa Ag Amastane, jefe del Hoggar, instalándose en Tamanrasset, creciendo la amistad entre ambos a lo largo de los años.

Hace grandes recorridos conociendo a la gente en su vida y participando en ella. Aprende su idioma e inicia un gran trabajo lingüístico por respeto y amor a su cultura. Poco a poco el hermano Carlos transcribe los poemas que se cantan durante la noche alrededor del fuego, donde se transmite el alma del pueblo tuareg..

Mira a todos como hermanos, conviviendo con ellos y formando parte de su familia. De todas partes vienen a pedirle consejo. Comprende que sus amigos aspiren a tener mejores condiciones de vida y trata de ayudarlos. Durante la hambruna de 1906/1907, comparte todo lo que tiene y cae muy enfermo. Los tuaregs lo cuidan ofreciéndole un poco de leche de cabra, que tienen que ir a buscar muy lejos. A partir de ese cambio de situación, la amistad entre los tuaregs y el hermano Carlos se profundiza.

Quisiera, desde hace tiempo, fundar una familia religiosa, pero está sólo. En su diario de 1909 encontramos este texto: “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome deben decirse: ‘Ya que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena’. Y si me preguntan por qué  soy manso y bueno, debo decir: ’porque soy el servidor de alguien que es más bueno que yo. Si supieran que bueno es mi maestro Jesús!… Quisiera ser bastante bueno para que se diga: si así es el servidor, ¿cómo debe ser el Maestro?”

El hermano Carlos va a Francia tres veces. Ve a su familia y constituye una especie de cofradía denominada Unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón, que tenía   los siguientes objetivos, tal y como puede verse en el texto que Carlos de Foucauld nos dejó con el nombre de Consejos Espirituales (Directorio): 1. Vida evangélica imitando al ‘Modelo Único’; 2. Vida Eucarística, desarrollando el sentido del sacramento del amor; 3. Vida apostólica, por medio de la bondad en medio de los más necesitados.

3. Realización: Muerte violenta el 1º de diciembre de 1916
 
Las repercusiones de la primera guerra mundial llegan al Hoggar. La violencia y la inseguridad dominan esas regiones. Durante la mañana del 1º de diciembre de 1916 escribe a su prima: “Nuestro empequeñecimiento es el hecho más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas”. Al atardecer del mismo día, durante una operación de los rebeldes senusitas, se deja agarrar sin resistir y lo matan al ver llegar a soldados franceses que traían el correo.

En contra de la propia voluntad del hermano Carlos, que quería ser enterrado en el Hoggar, algunos años después, el 18 de abril de 1929, sus restos, excepto el corazón que quedó en Tamanrasset depositado en un cofre, fueron trasladados a El Golea, a más de mil kilómetros de distancia, hacia el norte, y a 950 kilómetros de Argel. El lugar que acoge al ‘tuareg universal’ es austero, y se encuentra junto a la primera iglesia construida por los Padres Blancos en el Sahara.
 

[1] C. DE FOUCAULD, 
Écrits spirituels, París 1923, 80-82.

[2]
Ibid., 83

[3] C. DE FOUCAULD,
Carta a Henry de Castries, 14 de agosto de 1901

[4] C. DE FOUCAULD,
Carta a Henry de Castries, 11 de septiembre de 1901

 

[5] C. DE FOUCAULD,
Lettres à Monseigneur Guérin, 4 de febrero 1902.

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Beato Carlos de Foucauld

Publicado el 2 diciembre 2011 por Equipo PreguntaSantoral

Fotografía de juventud del Beato.

Se llamaba Carlos Eugenio de Foucauld y nació en la Alsacia francesa, concretamente, en Estrasburgo el día 15 de septiembre del año 1858, siendo hijo de una familia ilustre, cuyo padre era el vizconde José Francisco Eduardo de Foucauld y su madre, Isabel Beaudet de Morlet; él también tenía el título de vizconde de Foucauld. Sus padres se habían casado tres años antes teniendo un hijo que murió recién nacido.
Calos Eugenio, con solo seis años de edad quedó huérfano, pues su madre murió el 13 de marzo de 1864, con solo 35 años de edad y el 9 de agosto del mismo año, murió su padre con cuarenta y cuatro años. El y su hermana Maria fueron confiados a su abuelo materno, el coronel Carlos Gabriel Beaudet de Morlet y bajo la tutela de su abuelo ingresó en la escuela diocesana de San Arbogasto y posteriormente, con solo diez años, en el Liceo de Estrasburgo.

La invasión alemana de septiembre de 1870 les obliga a dejar su casa y su ciudad, refugiándose el abuelo y sus nietos en la ciudad de Nancy donde el 28 de abril de 1872, recibió la primera comunión. Ya en ese acto mostró una especial piedad, acorde con la vida religiosa que se vivía en su familia, pero dos años más tarde, se alejó de la fe debido a la carencia de una buena formación filosófica y a la lectura de libros peligrosos, que no eran ejemplos de vida cristiana y que le facilitaban sus propios profesores.

Después de prepararse durante dos años en la Escuela de Santa Genoveva regida por los jesuitas, con dieciocho años, entró en la Escuela Especial Militar de Saint Cyr, pasando dos años de instrucción en caballería. Consiguió el grado de subteniente y fue enviado a la guarnición de Pont-à-Mousson (Francia) y posteriormente, en 1880, a Sétif (Argelia). En estos años de vida militar llevó una buena vida gracias a la herencia que le dejó su abuelo, que la había hecho a partir de la Revolución Francesa, por lo que en marzo de 1881 fue dado de baja por indisciplinado y por conducta inmoral, marchando con su amante a Évian. Pero ese mismo año reingresó otra vez voluntariamente en el ejército, incorporándose a una campaña contra un integrista musulmán llamado Bou-Amama, que fomentaba la guerra santa en el sur de Orán, en la frontera entre Argelia y Marruecos. En esas circunstancias conoció al teniente Enrique Lamperrine d’Hautpoul, que le sugirió establecerse en el macizo de Hoggar (Argelia) con un intérprete, el barón Colassanti, con el que colaboró en el estudio del “tifinagh” que era la lengua de los “tuaregs”. En esta campaña militar tuvo un comportamiento ejemplar.

El Beato junto a un anciano tuareg. Fotografía de 1904.

En el año 1882 dejó el ejército y se dedicó a estudiar el árabe en Argelia; haciéndose pasar por judío, durante dos años exploró Marruecos y al volver, recogió sus observaciones topográficas en una obra llamada “Reconnaissance au Maroc”, que fue premiada por la Sociedad Geográfica de París y que se reeditó en varias ocasiones por su indiscutible valor científico. Exploró también Argelia y parte de Túnez.

Pero en el año 1886 ocurrió lo que llamaríamos su conversión: la bizcondesa Maria Olivier de Bondy le recomendó la lectura de algunos libros religiosos y se puso bajo la dirección espiritual del sacerdote Enrique Huvelin, párroco de la de San Agustín de Paris. Arrepentido de la vida disoluta que hasta entonces había llevado, se dedicó a la penitencia y a la oración. Su vida dio un vuelco como un calcetín; el mismo lo cometa: “Como me creía como un dios, para mí estaba claro que no podía hacer otra cosa que vivir mi vida”. (Ver nota1)
Aconsejado por su director espiritual visitó Tierra Santa en el año 1888 y de vueltas a Francia, hizo cuatro veces los ejercicios espirituales para decidir cual sería en concreto su vocación y siendo propenso a la vida contemplativa, se decidió por la Trapa: el día 16 de enero del año 1889 fue recibido por el abad de la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves en Viviers vistiendo el hábito cisterciense y se hizo monje trapense tomando el nombre de Maria Alberico.

Como sabía árabe, fue enviado a la Trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Abbès, en Siria y allí fue testigo de la masacre de cristianos armenios por parte de los musulmanes turcos. Allí inició sus estudios eclesiásticos aunque los terminó en el Colegio Romano.
El 14 de junio de 1896 redactó la “Regla de los ermitaños del Sagrado Corazón de Jesús” y en enero de 1897 fue dispensado de sus votos simples a fin de que pudiera ir a Tierra Santa para dedicarse a la oración y al trabajo con la misma humildad y pobreza en las que vivió la Sagrada Familia.
Llegó a Nazareth y fue admitido como criado y comisionario de las monjas clarisas, viviendo como ermitaño en una pequeña choza junto al convento. Allí, dedicaba la mayor parte de su tiempo a la contemplación, a la lectura de las Sagradas Escrituras y de las obras de los Santos Padres. Estaba particularmente interesado en los textos de San Juan Crisóstomos, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y en las encíclicas de León XIII.

El Beato junto a un esclavo argelino.

Posteriormente, desde el 4 de octubre de 1898 al 20 de febrero de 1899, vivió en una casita adosada al muro del convento de las clarisas en Jerusalén; allí escribe “Las Constituciones de los Pequeños Hermanos de Jesús”, con un reglamento que reelaborará años más tarde previendo la fundación de una rama femenina. Volvió nuevamente a Nazareth tras renunciar a establecerse en el monte de las Bienaventuranzas y allí escribió sus meditaciones, entre ellas la célebre “Oración del abandono”.

Dejó Tierra Santa el 1 de agosto de 1900 y, pasando por Roma, fue a la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Francia a fin de prepararse para el sacerdocio, cosa que decidió tras dedicar en Tierra Santa muchísimas horas a la contemplación de la Eucaristía y decidir que había que llevar el Sacramento a las tierras donde no era conocido.
Preparado ya, el obispo de Viviers lo ordenó de sacerdote en la capilla del Seminario, el día 9 de junio del año 1901 y de acuerdo con el prefecto apostólico del Sahara, se estableció en Béni-Abbès en la frontera entre Argelia y Marruecos. Su intención, como escribió a su prima, la señora de Bondy el día 9 de septiembre del 1901, era “hacer el mayor bien posible a los numerosos y abandonados pueblos musulmanes, llevándoles a Jesús en el Santísimo Sacramento”.

El día 3 de mayo del año 1905, invitado por el general Laperrini y estimulado por el prefecto apostólico del Sahara, fue a las montañas de Hoggar, en el desierto argelino y el 13 de agosto a Tamanrasset donde construyó una pequeña ermita. Con posterioridad construiría otra en Aschrem, en una de las cimas del Hoggar. Allí, con la ayuda del barón Colassanti-Motylinski y con la intención de evangelizar a los tuaregs, se volvió a dedicar a perfeccionar el conocimiento de su lengua, redactando diversas obras de lingüística y de etnología, entre ellas, un diccionario tuareg-francés.
Sin embargo, compaginaba este importante trabajo científico y diversos viajes que realizó a Francia, con una intensa vida de oración y de beneficencia a favor de los tuaregs.

Fotografía del Beato junto a dos esclavos que liberó.

Durante la Primera Guerra Mundial, se mostró especialmente vigilante en la protección de estas poblaciones nómadas, amenazadas por las bandas de los bandidos “rezzou” que provenían principalmente de territorio libio. Aunque algunos intentaron tergiversar su misión diciendo que era un colonialista o un espía francés, su único objetivo en el Sahara era la evangelización de los militares, de las tribus locales y de los tuaregs.
Como consecuencia del ambiente criminal que se había extendido por el Sahara, el 1 de diciembre del año 1916 fue asesinado en la puerta de su ermita en el curso de un ataque de forajidos a Tamanrasset. El lo había presentido: “Creo necesario morir como mártir, despojado de todo, tendido en el suelo, desnudo, cubierto de heridas y de sangre, de forma violenta y con una muerte dolorosa”.

Su causa de beatificación la inició en el año 1927, el prefecto apostólico de Ghardaia, pero como sus escritos eran muy numerosos y fueron examinados con lupa y además el proceso se interrumpió durante la guerra con Argelia, no se aprobó hasta el 1 de junio de 1968, así que la Causa se introdujo en Roma el 13 de abril de 1978.
Parte de sus escritos originales pertenecientes al archivo de la causa de beatificación, son actualmente propiedad de la diócesis de Laghouat y están depositados en el archivo de la Conferencia Episcopal Francesa.
El Beato Juan Pablo II lo declaró venerable el día 24 de abril del 2001 y fue beatificado el 13 de noviembre del año 2005, por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro. Su festividad se celebró ayer, día 1 de diciembre. Está sepultado en el desierto argelino (El Golea) y su tumba es meta de peregrinaciones.

La espiritualidad del Beato Carlos Jesús de Foucauld tiene algo de ignaciana, adquirida cuando hizo los ejercicios espirituales; cisterciense por los años que estuvo en la Trapa; franciscana por el contacto que tuvo con ellos y con las clarisas en Tierra Santa; carmelita por su avidez de leer las obras de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. En fin, en su formación espiritual tuvo diversas influencias, incluso de los Padres del desierto.
Esta espiritualidad era predominantemente cristocéntrica, eucarística y misionera, caracterizándose por la imitación a Cristo, por su predilección por la Sagrada Familia de Nazareth y por una fraternidad universal. De hecho se le llama “el hermano pequeño de Jesús” y el “hermano universal”. Destacan también en él el inmenso amor a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y a Santa María Magdalena. Fue un testimonio de vida contemplativa y de caridad. Él mismo dice: “Mi vida, es una vida de monje misionero fundamentada en tres principios: la imitación de la vida oculta de Jesús en Nazareth, la adoración al Santísimo Sacramento y el establecimiento en medio de los infelices (Nota 2) más abandonados intentando hacer todo lo posible por conseguir su conversión”.

Sepulcro del Beato. Desierto de El Golea, Argelia.

El Vaticano reconoció sus virtudes antes de ser beatificado pues el Papa Pablo VI en su encíclica “Populorun progressio”, lo menciona llamándolo “hermano universal” presentándolo como modelo de apóstol. Juan Pablo II en su visita a París lo mencionó como uno de sus maestros espirituales.
Después de su muerte han aparecido diversas congregaciones religiosas que se han inspirado en su espiritualidad. Tres de ellas son de derecho pontificio: “Las pequeñas hermanas del Sagrado Corazón de Jesús”, “La fraternidad de las pequeñas hermanas de Jesús” y “Los pequeños hermanos de Jesús”.
Existen también “Las pequeñas hermanas del Evangelio”, “La Unión de Nazarenas del Padre de Foucauld”, “Las pequeñas hermanas de Nazareth”, “Los pequeños hermanos del Evangelio” y “Los pequeños hermanos de la Cruz”. Existen otros grupos religiosos que se inspiran en su espiritualidad, pero sería largo enumerarlos.

Son tantos sus escritos que para no alargar el artículo he preferido no relacionarlos a sabiendas de que hay información suficiente en Internet. Asimismo, son numerosas las biografías escritas sobre nuestro beato y aun más los estudios realizados sobre su espiritualidad. Todo esto daría para un segundo y largo artículo.
Como existen numerosas fotos auténticas del beato es fácil representarlo iconográficamente.

Antonio Barrero

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Nota 1: La traducción no es adecuada. Sería: «En cuanto comprendí que existe Dios, no puedo hacer otra cosa que vivir para Él«.

Nota 2: La traducción no es adecuada. Sería: Infieles o no creyentes

EL MORABITO DEL CORAZÓN ROJO (Vª parte)

La mañana del 6 de marzo de 1897, la hermana María Fiel, lega de las clarisas de Nazaret, se detuvo mucho más tiempo del acostumbrado en la capilla del convento. Había fingido salir con las demás después de la oración en común; pero se había escondido detrás de una columna, desde donde podía vigilar a un extraño vagabundo arrodillado ante el Santísimo.

Había entrado en la capilla a primera hora de la mañana -«Un tipo que inspira poca confianza»-, cubierto de harapos y polvo, la barba sin arreglar, los pies hinchados y heridos dentro de unas sandalias con las suelas rotas,- «ha debido venir andando»- se cubría la cabeza con algo que se parecía a un turbante; sobre la espalda, una blusa con capucha a rayas blancas y azules dejaba ver unos pantalones de algodón, cuyo color podría haber sido en otra época más o menos parecido al azul: «Un tipo al que no hay que perder de vista, si no queremos que desaparezca de improviso llevándose la custodia de oro», pensó también la hermana Maria Fiel y, por ello, se había quedado en la sombra montando la guardia, mientras aquella figura sospechosa, inmóvil ante el altar, parecía no decidirse nunca a separar los ojos del Santísimo.

Transcurrieron tres horas. Entonces se puso en pie. «Ahora intenta el golpe», pensó la lega, preparándose para dar la alarma. Pero él, sin darse cuenta de que era vigilado, salió de la capilla y se dirigió a la puerta del convento.

Tocó la campana, y la Hermana Marta, la portera, se quedó asombrada al oír en un francés absolutamente correcto, sin acento ninguno, expresarse a aquel hombre andrajoso, que le dijo: «Quisiera hablar con la madre abadesa».

Al llegar a este punto de nuestra narración, ni siquiera las vitrinas del mayor anticuario de París podrían contener por orden cronológico -si se nos permite decirlo así- los trajes y uniformes que Carlos de Foucauld de Pontbriand ha lucido ya, así como si fueran los símbolos de las distintas fases de su vida, que incluso cambia hasta en el modo de vestir. A los ocho años se puso el uniforme del colegio diocesano de Estrasburgo. A los dieciocho, el de cadete de la Escuela Militar Especial de Saint-Cyr. A los veinte, el de alumno de la escuela de caballería de Saumur. A los veintiuno, el de subteniente de Húsares (en este periodo particularmente desordenado, el smoking fue un segundo uniforme, vistiéndolo todas las noches). A los veintidós, vistió el de subteniente de Cazadores de África. A los veinticinco, una exótica vestidura sirio-argelina, mientras fingía ser el rabino moscovita Joseph Alemán. Poco después, en el papel de rabino Couvaud, se puso la más modesta de hebreo marroquí. A los treinta y dos años, tomando el nuevo nombre de hermano María Alberico, se cubrió con el hábito trapense. Siete años más tarde, una vez abandonada la Trapa (momento en que le encontramos a las puertas del convento de la clarisas de Nazaret), ha cambiado otra vez de nombre, se llama hermano Carlos de Jesús y también ha variado de vestiduras: ahora lleva andrajos, como el más miserable de los mendigos de Palestina. Única señal de distinción: un rosario de cuentas muy gruesas suspendido de la cintura.

Había desembarcado en Jaffa el 24 de febrero, y sin una moneda en el bolsillo, se puso en camino hacia el sur, hacia Belén y Jerusalén, en peregrinación; después fue hacia el norte, hasta Nazaret, la meta tan largamente soñada. Había hecho doscientos kilómetros a pie en ocho días.

Llegó a Nazaret hambriento, extenuado, herido, marcado con llagas sangrientas producidas por el empedrado de los caminos. Se presentó a los franciscanos de la Casa Nueva para pedirles trabajo y permiso para poder vivir a la puerta de su convento, pero aquellos frailes no tenían trabajo para darle, y le dijeron que probase a pedirlo en las clarisas.

Tal era la razón de que se encontrase en el locutorio de paredes encaladas, con una mesita, una silla y, delante de él, la verja de hierro, tras la cual había una cortina negra sin ninguna abertura.

«Alabado sea Jesucristo», bisbisó una voz de mujer a través de la cortina.

El hermano Carlos no dijo nada de sí. Sólo pronunció aquello que dicen los que piden trabajo. Pero la abadesa, madre San Miguel, intuyó rápidamente que no se trataba de uno de tantos hombres sin ocupación cuando, después de decirle que efectivamente necesitaban alguien que les sirviese de sacristán, hiciera los recados y supiera realizar algunos trabajos manuales, le preguntó qué cantidad quería como salario, éste le contestó: «No tengo necesidad de salario, sino sólo de un poco de pan y agua, además de algún tiempo libre para orar».

No quiso alojarse en la casa del jardinero; prefirió una garita de madera, que se usaba para guardar las herramientas en el fondo del huerto, poco más grande que una garita militar. Quitó cuanto le estorbaba y, unas veces haciendo de carpintero y otras de albañil, la puso perfectamente en orden y limpia. Una lega le llevó una mesita, un banco y un catre. Pero este último terminó retirado en un rincón, pues Carlos dormía en el suelo.

Terminado el arreglo, elevó la barraca a la dignidad de ermita y la dedicó a nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Comenzó entonces una nueva fase de la vida de Carlos de Foucauld, al cual le veían regularmente levantarse antes del amanecer, ir al convento de los franciscanos y permanecer en oración hasta las seis. Seguidamente volvía donde las clarisas para barrer, preparar el altar, ayudar a la misa del capellán, y poner en orden la iglesia. A lo largo del día, cavaba en el huerto o regaba la verdura, hacía los pequeños trabajos manuales que siempre son necesarios en un convento, iba a buscar el correo, pues en aquella época Nazaret tenía servicio postal, pero no cartero.

Los momentos libres los dedicaba a la oración en la capilla o a la lectura en su barraca. Leía los libros de piedad que le pasaban las monjas del convento y los de teología que le mandaban de Francia sus familiares. Únicamente los domingos aceptaba el mismo desayuno frugal de las clarisas; los otros días de la semana hacía sólo dos comidas, de pan duro y agua.

La abadesa, informada de aquello por las legas, mandó varias veces que le llevasen almendras e higos secos para hacer un poco más agradables las austerísimas comidas; pero se enteró que siempre él ponía aquellas frutas en una caja de cartón y las distribuía entre los niños y los mendigos, cuando creía no ser visto por nadie.

Un día, no se sabe cómo ni por quién, la madre San Miguel supo la verdadera identidad del hermano Carlos de Jesús; pero, respetando su silencio y deseo de ser olvidado, no le dijo ni una palabra. Sin embargo, quiso ponerle a prueba.

Se acercaba el 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración. Como todos los años, la mayor parte de los cristianos de Nazaret y de los alrededores haría dos horas de camino para subir al monte Tabor en romería. Sin embargo, esto, como otras veces, terminaría en jolgorio, con bailes y embriagueces.

La víspera de la fiesta, la madre abadesa mandó a la hermana Marta que fuera a decir al hermano Carlos que debía subir necesariamente al monte Tabor.

Carlos, que había oído hablar de aquella anual romería, tan irreverente, no sentía ningún deseo de asistir.

«No conozco el camino», trató de excursarse.

«No se preocupe, nosotras se lo indicaremos», le contestó la hermana Marta.

Carlos inclinó la cabeza, resignándose a obedecer, y se dirigió a la capilla para orar. Poco después volvió la hermana Marta.

«Tenga, hermano -le dijo-, ésta es la escalera para subir al Tabor». Le puso en las manos una escalerita de cartón, en cuyos peldaños estaban escritas, con la bonita caligrafía de las monjas, las virtudes que se deben practicar para subir a la montaña santa de Dios… La hermana Marta no pudo contener su alegre risa y el hermano Carlos le hizo coro.

Creyó que las monjas habían querido burlarse de él -no sospechó que, bajo la broma, lo que habían hecho era ponerle a prueba- y se alegró de que, en el fondo, le tuvieran por simple. Porque no deseaba otra cosa que ser escarnecido y despreciado y empezaba a sufrir a causa de que las clarisas le tratasen con muchos miramientos. El hecho es que, a la vez que habían comenzado a conocerlo mejor, a través de las noticias de las legas, lo admiraban cada vez más.

«Afortunadamente no es así en Nazaret», pensó Carlos.

En efecto, cuando iba a la ciudad a buscar el correo, siempre había algún granuja que le insultaba o se reía de él, al verle vestido con aquellos pintorescos harapos. Una vez le persiguieron a pedradas, y para Carlos fue aquel un día de alegría.

«Días dichosos» como aquel, que señalaban ante él mismo las etapas de su descenso, de la renuncia llevada al extremo, de la abyección elevada a ideal, hubo muchos. Bastará recordar algunos.

El hermano Carlos de Jesús, que se cortaba el pelo él mismo, medio arrancándoselos con una vieja navaja oxidada, un día se arrodilló delante de un padre carmelita, que había ido de visita al convento, y le pidió su bendición. Aquél, al ver una cabeza tan horrible le dijo: «Amigo, ¿no tendrás por casualidad sarna?».

En otra ocasión, las monjas le encargaron que acabara con un zorro que, desde hacía algún tiempo, entraba todas las noches en el gallinero del convento y cometía grandes destrozos. Rogaron a un vecino que le prestara un fusil. Este llegó con el arma, vio a aquel criado andrajoso y despeluchado, le pareció un poco tonto y se sentó a su lado para explicarle, durante dos horas, con palabras muy sencillas, lo mismo que si hablara con un niño o un retrasado mental, el modo de disparar. Carlos de Foucauld, que había estado en dos escuelas militares, que había sido oficial y había combatido en Argelia y explorado Marruecos, le dejó la satisfacción de darle aquellas instrucciones, aceptando también todo el desprecio que encerraban. Más tarde, al anochecer, se puso al acecho detrás de un olivo, exactamente como le había sido indicado. Esperó varias horas, sin ver siquiera la sombra del zorro. Después se puso el fusil sobre las rodillas y pasó el resto de la noche rezando el rosario. Al alba, cuando volvió al convento de las clarisas, supo que el zorro había hecho su acostumbrada visita al gallinero. Todo Nazaret se rió a su costa.

Otra vez, un predicador, de paso, comió en el locutorio de las clarisas. Era tiempo de Navidad, así que los alimentos que el hermano Carlos sirvió a la mesa fueron excepcionalmente buenos y abundantes. Al final, quedaron en los platos algunos restos.

«Ahora te toca a ti -le dijo el predicador, levantándose-. Siéntate y come bien, por lo menos esta vez…»

Carlos leyó en los ojos del fraile la buena intención; pero también cierto deseo de gozar de la escena de un atracón memorable. Evidentemente le juzgaba un tragón. No quiso desilusionarle y, aunque aquellos alimentos le repugnaban, decidió comerlos. Farfulló una inacabable serie de «gracias» y se lanzó sobre los platos, cogiendo con las dos manos los restos que habían quedado en ellos, devorándolos con toda la avidez que logró fingir. ¡Le habían tratado de glotón, qué felicidad! Había descendido otro peldaño en la escala de las humillaciones.

Otro día que podía haber sido de dicha plena, lo fue solamente a medias. Se encontraba en el patio de las legas, cerniendo lentejas. Pasaron dos religiosos franceses y les oyó un comentario irónico a su respecto, por estar haciendo aquel trabajo de mujer. Enrojeció hasta las orejas. Aquel rubor le quitó la alegría de la nueva humillación. No lograba perdonárselo: «¿Por ventura Jesús se hubiera avergonzado, aquí en Nazaret, de ayudar a su madre?».

Trató, en suma, apasionadamente, día tras día, de convertirse, cada vez más, en objeto de risa, y desprecio, a fin de anular su «yo» y ser, en la mayor medida posible, una sola cosa con Cristo burlado y desprepciado.

El día de Pentecostés escribió entre sus apuntes una nota dirigida a sí mismo, que años más tarde había de adquirir el dramatismo de una profecía: «Piensa que debes morir mártir, despojado de todo, tirado en tierra, desnudo, irreconocible, cubierto de sangre y heridas, muerto violentamente y dolorosamente.., y desea que sea hoy…».

¿Qué más podía hacer Carlos de Foucauld, que no hubiese hecho ya en aquellos primeros meses pasados en Nazaret, para arrancar de lo profundo de su ser las raíces del «hombre viejo», de que habla el apóstol Pablo? Sin embargo, él pensaba que no había logrado toda la expoliación de sí mismo que debía. Por ello, del 5 al 15 de noviembre entró en retiro: de la capilla a la barraca, en el más absoluto silencio, siempre en meditación y plegaria.

Esta subida a la montaña de Dios, hecha de mortificaciones, ayunos, vigilias y una pasión siempre ardiente de ser despreciado, no pasó inadvertida a las clarisas, las cuales le seguían, en todos sus detalles, a través de las noticias que llevaban las legas, quienes eran las que trataban con él.

La abadesa, madre San Miguel, quiso conocer al hermano Carlos más íntimamente, para lo cual mantuvo con él una serie de conversaciones a través de la cortina negra que cubría la reja. Nació así entre los dos, y paulatinamente se fue reforzando, un vínculo espiritual extraordinario, sin que sus ojos se llegaran a ver jamás.

En un determinado momento, la madre San Miguel informó del caso a sor Isabel del Calvario, abadesa de las clarisas de Jerusalén, la cual también quiso conocer personalmente a Carlos. Cuando éste llegó ante la reja -corría julio de 1898-, ella comenzó a interrogarle y Carlos le contó a grandes rasgos toda su vida.

La madre Isabel le retuvo algún tiempo junto a su monasterio: «Nazaret no se ha equivocado -dijo, cuando concluyó su examen-; verdaderamente es un hombre de Dios: tenemos en casa un santo». Seguidamente, de acuerdo con la madre San Miguel, empezó la tarea de convencerle para que se hiciera sacerdote.

Como se suponía, Carlos rechazó inmediata y decididamente aquella proposición. Pero insistiendo un día y otro, repitiéndole que no tenía derecho a enterrar los talentos que Dios le había concedido, la abadesa advirtió, con enorme alegría, que se abrían las primeras grietas en la coraza de su resistencia. El continuaba afirmando su indignidad, diciendo que no creía posible una conciliación entre el ministerio sacerdotal y su vocación al último puesto, a la abyección; pero ya había comenzado a admitir que quizá pudiera aceptar la idea de hacerse sacerdote si hubiera tenido la certeza de poder permanecer humilde y pobre, ignorado y despreciado.

Dos años más tarde, el 9 de junio de 1901, después de un retiro en su querida trapa de Nuestra Señora de las Nieves, entre los fríos montes de Vivarais, en Francia, monseñor Montéty, obispo de Viviers, le impuso las manos para ordenarle sacerdote. La madre San Miguel y la madre Isabel del Calvario, que habían sido intérpretes de la voluntad de Dios, veían realizadas su esperanza. Carlos se había puesto una nueva vestidura, esta vez la negra sotana del sacerdote, que añadía a la larga serie de sus trajes.

A los cuarenta y dos años cumplidos, una nueva vida se abría ante él. Era sacerdote de la diócesis de Viviers; pero, en principio, se había asegurado una completa libertad para residir fuera de la misma. ¿Dónde?

No existía problema de elección para él. Sabía perfectamente, desde mucho tiempo atrás, a qué lugar se dirigiría. «En la soledad de la preparación al diaconado y al sacerdocio -recordará más adelante- comprendí que aquella vida de Nazaret, que consideraba como mi vocación, debía vivirla no en Tierra Santa, tan amada, sino entre las almas más enfermas, las ovejas más abandonadas. Este divino banquete, del cual yo iba a ser ministro, era preciso ofrecerlo no a los parientes, ni a los ricos vecinos, sino a los cojos, a los ciegos, a los pobres, es decir, a las almas sin la ayuda de un sacerdote».

¿África, entonces? Precisamente, no podía ser otro lugar que «su» África. Tanto más cuanto que habían sido los musulmanes de Marruecos, sin querer, los primeros en orientarlo hacia Dios. Ahora quería devolverles el ciento por uno. Era entre ellos donde deseaba ser testigo del verdadero Dios. Los recuerdos de dieciocho años atrás afloraban claros en su mente: «En el interior de Marruecos, tan extenso como Francia y con diez millones de habitantes, no hay un solo sacerdote. En el Sahara, siete u ocho veces mayor que Francia, y bastante más poblado de lo que en un tiempo se creyó, apenas se encuentran una docena de misioneros. Ningún pueblo me parece más abandonado que éste…».

Sabía que, después de la muerte del sultán Muley Hassán, la situación en el interior de Marruecos se había hecho todavía más caótica y que toda la frontera argelino-marroquí estaba en llamas. Exceptuadas las localidades donde había una fuerte guarnición francesa, pocos oasis argelinos situados en las proximidades de la frontera con Marruecos se podían considerar a cubierto de las incursiones de los guerrilleros marroquíes.

Solamente muy al sur, en el corazón profundo del Sahara, los franceses habían hecho algún progreso, completando la ocupación, entre otros, de los oasis de Saoura, habitados por una de las más extrañas poblaciones de origen árabe, negra y hebrea. Ahora bien, aquellos oasis -Carlos lo sabia perfectamente- se extendían hasta las fronteras del sur de Marruecos.

Era allí donde debía ir. Y su sueño -siempre impedido, pero jamás abandonado, de fundar la Congregación de los Hermanitos de Jesús- se unió a la nueva decisión: «Nosotros fundaremos junto a la frontera marroquí no una trapa, no un grandioso y rico monasterio, no una empresa agrícola, sino una especie de humilde eremitorio, donde pocos monjes pobres podamos vivir con una escasa cantidad de fruta y trigo, cultivados con nuestras propias manos, en una rigurosa clausura, haciendo penitencia y adorando al Santísimo, sin salir jamás de los límites del eremitorio, sin predicar jamás; pero ofreciendo hospitalidad a quien la pida, bueno o malo, amigo o enemigo, musulmán o cristiano… Creo que habéis comprendido lo que yo quisiera: construir una zaouia de oración y hospitalidad, para hacer irradiar el Evangelio, la verdad, la caridad, a Jesús».

Era tal su amor a Marruecos que, para denominar el eremitorio que soñaba, no dudaba en emplear una palabra árabe: zaouia, que significa «centro de una fraternidad religosa musulmana».

En septiembre de 1901, Carlos de Foucauld desembarcó en Argel; pero en seguida sus proyectos encontraron serias dificultades. El Saoura era todavía considerado zona de operaciones y los militares no soportaban la llegada de civiles. En cuanto a sacerdotes, el gobernador general de Argelia era absolutamente contrario a que pusieran allí los pies, por temor, decía, a indisponer todavía más a los musulmanes. Si además un clérigo se presentaba, como Carlos de Foucauld, anunciando su intención de fundar una nueva congregación, esto todavía hacía más categórica la negativa.

Por fortuna, Carlos encontró en Argel a bastantes de sus antiguos compañeros de armas, algunos de los cuales ocupaban importantes puestos de mando en África del Norte. Fueron éstos quienes consiguieron allanar, una tras otra, todas las dificultades. Así que, después de haber estado cerca de un mes en descanso forzoso, Carlos obtuvo permiso para ponerse en viaje hacia los oasis del Saoura, exactamente hacia Beni Abbés, ya que éste, según las informaciones que le habían dado, era el que mejor se adaptaba a sus planes, pues comprendía algunos poblados indígenas, se alojaba en él una guarnición francesa, ni un solo sacerdote había en sus proximidades y por añadidura era el más cercano al sur de Marruecos.

Carlos, para emprender el camino, se puso una nueva vestidura, esta vez la misma de los indígenas saharianos: una blanca gandourah y un cheché de igual color. Únicamente llevaba dos signos que le distinguían: un grueso rosario de cuero pendiente de la cintura y un gran corazón rojo, sobre el cual había una cruz también roja, colocada en el pecho de la blanca gandourah.

Tomó un viejo tren que, traqueante y lento, llegaba hasta unos pocos kilómetros antes de Figuig, un oasis más bien turbulento. De allí en adelante no había más que un camino que, marchando paralelo a la invisible frontera de Marruecos, conducía a Beni Abbés.

Carlos quiso hacer el camino a pie; pero se lo impidieron. «No son éstos lugares por los cuales se pueda andar según el gusto de uno. !A caballo, monsieur l’abbé!».

Carlos aceptó el caballo y se puso en camino confiado a las escoltas de un lugarteniente, que regresaba de permiso, y un grupo de soldados indígenas.

No les acompañaremos en su viaje a través de las dunas del Sahara. Mejor esperarles a las puertas de Beni Abbés, donde el círculo de peladas colinas del desierto se abre y se descubre a la mirada de quien llega, al otro lado de una llanura de aridez lunar, la cinta brillante de las aguas del oued Saoura, que suaves y caudalosas, envuelven un bosque de siete u ocho mil palmeras verdes oscuras; desde aquí, un espolón de roca amarilla prorrumpe gigantesco hacia el cielo.

Si Carlos de Foucauld pensaba vivir en el Sahara más oculto que en Nazaret, pronto le fue quitada esta ilusión. El capitán Regnault, que mandaba la guarnición local, salió a su encuentro en compañía de todos los oficiales y, desde los tres poblados, escondidos entre los huertos y los árboles frutales del encantador oasis, vinieron los jefes de aquel millar y medio de habitantes, de raza mitad negra y mitad bereber.

Su fama de húsar brillante, valeroso soldado del cuerpo de Cazadores de África e intrépido explorador de Marruecos, había llegado unos días antes que él. Ya podía presentarse, estrechando las numerosas manos que se le tendían, como «hermano Carlos de Jesús». Intento inútil. Le habían bautizado ya a su manera, apenas recibieron de Argel la noticia de que le iban a tener entre ellos: los franceses le llamaban «padre Foucauld» y los árabes «marabuto del corazón rojo». Los unos querían que se alojase en el fortín y los otros en los poblados.

Pero el fortín, aunque austero, era demasiado confortable y las aldeas demasiado floridas. Su puesto estaba fuera del fortín y fuera de las aldeas, en pleno desierto, solo ante Dios, pero al mismo tiempo no demasiado lejos de aquellos hombres que tenían necesidad de él. Es más, encontrándose cerca de la frontera entre Argel y Marruecos, su puesto no podía estar más que en el lugar de división entre franceses y árabes, entre cristianos y musulmanes.

Inspeccionó la zona y, a menos de un kilómetro de Beni Abbés, descubrió que un vasto rellano, árido y quemado por el sol, terminaba en una hondonada. Descendió por la difícil cuesta, entre el silencio de las piedras agostadas por el sol y, al llegar hasta la mitad, se detuvo: desde aquel lugar no se veían ni las torretas del fortín, ni las copas de las palmeras; los montículos de las dunas cerraban el horizonte, y ante los ojos no tenía más que el paisaje desolado y la bóveda del cielo. Carlos miró hacia abajo, hacia el fondo, y divisó algunos escuálidos matorrales. Buena señal: allí, en algún tiempo, debió haber pozos de agua. Bien, su eremitorio lo construiría en aquel lugar, en la mitad de la cuesta, en el escenario dantesco que le rodeaba. 

«Para recibir la gracia de Dios -escribió aquella misma noche a un amigo trapense- es preciso vivir algún tiempo en el desierto: aquí es donde uno se vacía, se desembaraza de todo aquello que no es Dios, se libera completamente la habitación de nuestra alma para dejar el sitio sólo a Dios. Los hebreos pasaron por el desierto; Moisés vivió en él antes de ser encargado de su misión; San Pablo, San Juan Crisóstomo, también fueron preparados en el desierto… Es un tiempo de gracia, una condición por la cual el alma que quiera dar fruto debe pasar necesariamente. Es preciso este silencio, este olvido de todo lo creado, pues en él Dios edifica su eremitorio y crea el espíritu interior… Subid todavía más arriba: mirad a San Juan Bautista, a nuestro Señor mismo. El no tenía necesidad; sin embargo quiso darnos ejemplo…»

Después escribió también a su prima María de Bondy. para pedirle dinero. Necesitaba un millar de francos destinados a comprar al caíd de Beni Abbés el árido terreno de la cuesta, porque justamente a lo largo de aquella pendiente esperaba encontrar un poco de tierra cultivable. El dinero llegó pronto y Carlos puso manos a la obra. Tenía que levantar el pequeño eremitorio, cavar la tierra para plantar un huertecillo, poner de nuevo en funcionamiento los viejos pozos del fondo de la hondonada y plantar en torno de éstos algunas palmeras y olivos. Comprendió bien pronto que él solo no lograría hacerlo. Pero el capitán Regnault, sospechando la misma cosa, le envió varios soldados para que le ayudasen, al menos, a preparar el adobe.

Lo primero que construyó fue la capilla. No se parecía en nada a una iglesia, ni siquiera a la más mísera del más olvidado valle de Europa. Si no hubiese sido por la pequeña cruz de madera que tenía en el tejado, no se la habría podido distinguir, externamente, de las demás chozas árabes de aquellos contornos. Por dentro no se diferenciaba en absoluto de las cinco habitaciones que se estaban levantando a su alrededor. Una de éstas estaba destinada a celda de Carlos, otras dos para los huéspedes que pudieran llegar y las restantes para los hipotéticos compañeros que, en su sed de unidad en la caridad, esperaba siempre que se agregarían a él.

Bien pobre cosa era la iglesia construida; pero no dejaba de ser la casa del Señor, y Carlos la describió entusiasmado a su prima Maria de Bondy: «Por dentro está recubierta de mortero gris oscuro, o mejor gris perla muy oscuro, gris negro en suma; un bonito color natural. Tiene cuatro metros de altura. El cielo raso, o, mejor dicho, el techo, es horizontal, hecho con gruesas vigas de palmera. En conjunto resulta rústica, bastante pobre; pero armoniosa y bella. Para sostener la construcción hay en el centro cuatro troncos de palmera, verticales. Con su rusticidad producen un bellísimo efecto y encuadran muy bien el altar. En la parte del Evangelio hay colgada una lámpara de petróleo que me da luz por la noche e ilumina el altar. Este, desmontable, de madera blanca, fue hecho, de acuerdo con mis indicaciones, en Nuestra Señora de las Nieves, y lo traje conmigo. Es una mesa sostenida por cuatro gruesas patas cuadradas y en su centro se halla el sagrario. La cruz es de cuero sobre ébano, bellísima: regalo de la abadesa de las clarisas de Jerusalén. Del techo pende un dosel, a modo de cortina, de tela gruesa, verde oscura, absolutamente impermeable, para resguardar el altar y la peana de la lluvia. El techo protege más del sol que del agua. El suelo está cubierto de una capa de arena roja de diez centímetros de espesor: en este país, arena la hay a montones…». 

El 1 de diciembre de 1901, Carlos celebró por primera vez la misa. «Quien no ha asistido a aquella misa -contó después el viejo soldado que le ayudó-, no sabe lo que es una misa. Cuando pronunció el Domine, non sum dignus, el padre Foucauld puso tal acento, que los presentes lloraron con él…».

Al final del verano de 1901, cuando Carlos dejó Francia para dirigirse a África -esta vez como sacerdote, no como soldado o explorador-, para explicar el sueño que acariciaba desde hacía tanto tiempo, se sirvió de una palabra árabe: zaouia, que significaba, para los musulmanes, el lugar donde se reúnen para vivir juntos los miembros de una fraternidad religiosa. «Nosotros fundaremos, junto a la frontera marroquí… una zaouia de oración y hospitalidad», escribió, ¿lo recuerda?

Cuando, en el comienzo de la primavera de 1902 -tras haber construido con sus manos, a lo largo de la pendiente árida de la hondonada sahariana, en las proximidades del oasis de Beni Abbés y mirando hacia Marruecos, aquel grupo de chozas según el estilo argelino- comprobó que ningún compañero se le unía y que las dos habitaciones preparadas para los soñados Hermanitos de Jesús seguían inútilmente vacías, la realidad le obligó a servirse de otra palabra árabe para definir exactamente su eremitorio: Khaoua, que quiere decir fraternidad y, por lo tanto, lugar donde cualquiera que se hallase de paso, sería acogido como un hermano. Así denominó aquel grupo de chozas: «Khaoua del Sagrado Corazón». Con toda seguridad, el vocablo Khaoua no sonaba tan dulcemente a los oídos de Carlos como zaouia, pues siguió esperando la llegada de algunos que, estableciéndose allí y consumándose en la unidad con él en Cristo, transformasen aquella casa de ermitaño en casa de una comunidad.   Estaba resignado a la soledad; pero hacía cuanto se hallaba en su mano para atraer compañeros que trabajasen con él en aquello que consideraba la parcela más árida de la viña del Señor. Un día hasta escribió a sus antiguos superiores de las trapas de Nuestra Señora de las Nieves, en Francia, y de Staoueli, junto a Argel: ¿tenían algún novicio que quisiera unirse a él y hacer su misma vida? Pero los dos abades ni siquiera interrogaron a los novicios, pues temían que la inextinguible hambre de penitencia y abyección de Carlos pudiera producir trágicas consecuencias en la salud de sus hipotéticos seguidores. Aunque desolados, le contestaron que no. Respecto a este hecho, uno de los abades escribió en aquellos días: «La única cosa que me asombra en el padre Foucauld es que no haga milagros. Fuera de los libros, yo no he visto sobre la tierra una santidad semejante. Confieso, sin embargo, que dudo un poco de su prudencia. Las penitencias que hace son tales, que me permito pensar que un novicio sucumbiría en breve tiempo. Y no es esto sólo: la disciplina de espíritu que se impone y que quiere imponer a sus discípulos me parece hasta tal punto sobrehumana, que temo que volvería loco al novicio, antes de matarlo con el exceso de penitencias…» 

Carlos levantó en torno a su eremitorio un muro para cerrarlo. Muro tal vez sea una palabra excesiva; en realidad, era un montón de piedras colocadas en fila, las cuales casi se confundían con las otras que había en la inhospitalaria pendiente. Sin embargo, representaba un límite que Carlos se había impuesto no superar sino en caso de absoluta necesidad, y con el cual reforzaba tanto el vinculo que lo unía a la clausura, como la barrera del desierto que había colocado entre si y el oasis. Sin embargo, era una barrera sólo para él, porque cualquiera, desde el exterior, la podía traspasar sin esfuerzo. Para los otros, para todos los demás, soldados y oficiales franceses, árabes y bereberes, caídes y mendigos, cristianos y musulmanes, enfermos y esclavos -sobre todo los esclavos- no había ningún impedimento, aquella barrera no tenía razón de ser y en la práctica no existía.

El capitán Regnault, que mandaba la guarnición francesa del fortín de Beni Abbés, escribió aquellos días, en el parte que enviaba a Argel a sus superiores: «Deseando continuar la vida de clausura, el reverendo padre de Foucauld ha colocado, en el terreno que rodea su casa, límites que no supera jamás. Con la ayuda de indígenas, que ha pagado con dinero suyo, ha sembrado de cebada la pendiente al este del eremitorio. También ha excavado pozos que le permitirán regar. Vive de los dátiles y el pan que le pasa la administración. El dinero lo emplea en comprar harina, cebada y dátiles, que regala a los pobres. No obstante las repetidas instancias de los señores oficiales de la guarnición, no ha querido cambiar de alimento. Las legumbres que se le mandan, con el fin de que mejore su comida, van a parar a manos de los pobres o de gentes de paso que encuentran refugio en su casa. Los indígenas del Saoura sienten hacia el reverendo padre de Foucauld una profunda veneración. Su generosidad y abnegación les producen maravilla y admiración…»

«Para tener una idea exacta de mi vida -escribía por su parte Carlos a monseñor Guérin, Padre Blanco, que por ser prefecto apostólico de Ghardaia ejercía autoridad sobre todos los católicos de las regiones saharianas anexas a Argelia- es preciso tener presente que a mi puerta llaman unas diez veces cada hora, casi siempre más que menos, y son pobres, enfermos, necesitados, gente de paso…». Los cristianos iban para asistir a misa o para orar con él, sacerdote de Cristo; los musulmanes acudían para hablar de las cosas de Dios con él, «marabuto del corazón rojo»; los mendigos, para pedir algo con qué quitar el hambre o con qué vestirse, a él que era el más pobre de los blancos de todo el Sahara; los esclavos, para refugiarse bajo su protección, cuando él era el más inerme e indefenso de los franceses de toda Argelia…   Y Carlos daba a los pobres cuanto recibía del fortín de Beni Abbés y, además, lo que podía comprar, cebada, dátiles, trozos de tela y, si había necesidad, los alojaba en su eremitorio. 
 Sin embargo, durante un retiro, juzgó que todavía no era suficiente la hospitalidad que ofrecía a aquellos desgraciados, y decidió lavar sus andrajos, hacerles la cama y ordenar sus habitaciones, cocinar para ellos, servirles a la mesa, con el fin de cargar sobre sí «todo aquello que es servicio y asemejarse a Jesús, que entre los apóstoles era como “aquel que sirve” …». Los más desgraciados entre aquellos desgraciados eran los esclavos negros. Carlos comprendió muy pronto que, para ellos, todos los servicios que prestaba eran muy poca cosa.   A los pocos días de llegar a Beni Abbés se dio cuenta de un hecho terrible. Mientras toda la prensa de Europa callaba -cuando no proclamaba lo contrario-, en el Sahara, en aquel año de gracia de 1901, existía todavía la trata de esclavos, y no se realizaba de un modo clandestino; el comercio de criaturas humanas gozaba prácticamente de impunidad, se hacía tranquilamente, a la luz del sol. Francia, que en su territorio metropolitano se enorgullecía del hermoso lema de libertad, igualdad y fraternidad, en los márgenes extremos de Argelia cerraba un ojo, cuando no los dos, ante aquel horrendo tráfico, para no enemistarse con los notables de los oasis y los jefes de las tribus, los cuales eran propietarios del mayor número de esclavos.  

Aquellos infelices eran sometidos a fatigas agotadoras, sobre todo la de sacar agua de los pozos con cántaros, frecuentemente sin la ayuda de una polea, de la mañana a la noche, para regar las palmeras. Si hacían el trabajo con lentitud, los latigazos arrancaban trozos de piel de sus espaldas de ébano. En caso de que se les ocurriera huir, eran perseguidos a golpe de fusil como si se tratase de fieras. Cuando eran capturados con vida, se les cortaban los tendones de los pies para que no pudieran volver a correr. «Los esclavos -anotaba Carlos- no reciben nada por su trabajo; por lo tanto, jamás les será posible rescatarse. Su miseria material es extrema; pero la moral es todavía peor: casi sin fe religiosa, viven en el odio y en la desesperación…»

El conocía, quizá mejor que nadie, las condiciones inhumanas en que vivían y el sufrimiento furioso que atormentaba su ánimo. Alrededor de una veintena de esclavos saltaban todos los días el bajo muro que había construido y pedían que les diera refugio en su Khaoua. Para todos buscaba palabras de caridad, que fuesen capaces de aplacar sus corazones, para todos encontraba un pan, un lecho y mucha, muchísima amistad. Pero cuando todos, absolutamente todos, se arrojaban a sus pies y dando alaridos le suplicaban que los liberase, Carlos comprendía que para aquellos desgraciados no bastaba la amistad, ni eran suficientes las buenas palabras, el pan y el lecho.

Necesitaban la libertad. ¿Pero dónde encontrar el dinero necesario para comprar la libertad de una muchedumbre de esclavos, que cada día se le revelaba más imponente? Era fácil sacar las cuentas del contenido del bolsillo de Carlos. Su prima María de Bondy atendía los gastos de la capilla y, todos los meses, los oficiales y soldados del fortín de Beni Abbés hacían una colecta entre ellos, que sumaba entre los 40 y 50 francos, que luego le entregaban. A esta cantidad había que añadir los 50 francos que mensualmente le enviaba su prima Caterina de Flavigny y 20 más remitidos por María de Blic, su hermana. Total: 110-120 francos al mes, que Carlos destinaba enteramente a los pobres.   Era todo lo que podía dar…, y venía a ser como una gota de agua en el ardor del desierto, ya que en el Sahara, los desesperados eran mayoría. 

Logró rescatar siete esclavos: el primero, un nómada caído en manos de los negreros que, apenas libre, regresó con su tribu. El segundo y tercero desaparecieron inmediatamente y de ellos no se volvió a saber nada. El cuarto y el quinto eran niños: al más pequeño, de unos tres años, lo bautizó y le puso de nombre Abda Jesús (Servidor de Jesús); luego envió a ambos a un orfanato de los Padres Blancos. La sexta fue una negra viejísima que murió en el eremitorio pocos días después de su liberación; pero antes, la bautizó con el nombre de María. Parece que fueron solamente estos dos los bautismos administrados por Carlos; él no era, de hecho, el párroco de Beni Abbés, ni se consideraba un misionero, en el sentido de predicador que se atribuye normalmente a esa palabra. Sólo se sentía llamado a vivir allí del modo más parecido posible a como lo había hecho el Hijo de Dios en Nazaret, en silencio. Sin embargo, aunque no lo pretendía, también daba testimonio. El séptimo esclavo liberado fue también un niño, llamado Paul Embarek, quien -al hacerse mayor- le abandonará varias veces para crearse una vida independiente; pero en cada ocasión retornará derrotado, para al fin permanecer fielmente a su lado hasta el último instante.

Bastó la liberación de estas pocas criaturas para que la noticia de la misma corriese como el viento e hiciera estremecer todas las palmeras del Saoura y, desde todos los oasis, los infelices marcharan en largas filas hacia la «Khaoua del Sagrado Corazón» como si se dirigiesen hacia la libertad.

El hecho, clamoroso, alarmó a los dueños de esclavos de todas las tribus de la zona, los cuales protestaron vivamente ante los oficiales de la guarnición de Beni Abbés. Los oficiales de la guarnición se alarmaron a su vez temiendo, tanto la reacción de los notables indígenas, como la reprobación del gobierno. (Efectivamente, si lo que soplaba en los oasis saharianos era, en aquellos días, viento de liberación, lo que soplaba en Francia era, más que nunca, viento de masonería, y el gabinete Combes no toleraba ninguna «intrusión de clérigos», empeñado como estaba en la lucha contra las congregaciones religiosas).

Los militares, por ello, invitaron a Carlos a obrar con la máxima prudencia. Pero éste no podía poner de acuerdo la prudencia con los horrores de la esclavitud, que todos los días contemplaba en aquellos que veía, y obró con la máxima energía.

Escribió a París, al capitán de Castries, primo suyo. Sabia que éste ocupaba un buen puesto en el Ministerio de Asuntos Indígenas y tenía «influencias» -como se diría hoy- con algunos diputados notables de la Asamblea Nacional. También envió una carta a monseñor Guérin, que representaba en aquellas tierras la autoridad de la Iglesia: «La esclavitud es un asunto doloroso, y nosotros los franceses, consintiéndola y hasta sosteniéndola, no conseguimos otra cosa que hacernos despreciar… Los indígenas saben que la condenamos, que entre nosotros no está permitida…; y cuando ven que nos prestamos a su juego, se dicen:

“No tienen valor para impedírnoslo, tienen miedo de nosotros”. Nos desprecian y con razón… Nadie en el mundo tiene el derecho de remachar las cadenas de estos infelices, que Dios ha creado libres como nosotros. Permitiendo a sus presuntos amos retenerlos por la fuerza, darles caza cuando huyen, llevarlos consigo otra vez cuando vienen a echarse a los pies de las autoridades francesas, en busca de refugio y de justicia, nosotros les robamos el más precioso de los bienes… No tenemos el derecho de ser perros mudos o centinelas sordos: debemos gritar cuando vemos el mal… No hay otro remedio para esta vergüenza y esta injusticia que la liberación de los esclavos. No hay razón política ni económica en el mundo que pueda justificar esta inmoralidad, esta iniquidad…»

No sabemos cuánto pudo hacer monseñor Guérin en el ambiente de envenenado anticlericalismo que había en Francia; tampoco qué labor había sabido ejercer el primo de Castries, trabajando en los engranajes del aparato del Estado. Sabemos, sin embargo, que Carlos de Foucauld hizo toda su parte, hasta el final. Y por los hechos que sucedieron en el oasis de Beni Abbés, y en los que estaban cerca, nos creemos autorizados a pensar que en más de una ocasión logró convencer al capitán Regnault de que tomase localmente medidas antiesclavistas, a pesar de los intereses, y también en contra de los intereses, del gobierno de París y de las autoridades civiles de Argelia.

 Lo cierto es que, tres años después de su llegada a Beni Abbés, Carlos podía escribir al capitán de Castries: «De común acuerdo, nuestras autoridades coloniales han tomado medidas para la supresión de la esclavitud: no en un día, ya que esto no sería prudente, sino gradualmente, de modo que en breve tiempo no habrá esclavos. Se puede decir que esclavitud verdadera y propia, entendida en su antiguo significado, hoy ya no existe: el mercado de esclavos ha sido absolutamente prohibido, los esclavos actuales no pueden cambiar de dueño y, si no son bien tratados, se les da la libertad. Esto es ya un gran paso…» Mientras Carlos luchaba contra la esclavitud, otros episodios sucedían, los cuales apenas hemos mencionado en el cuadro de los dramáticos sucesos, pero que ahora recordaremos de manera sumaria.

Carlos estaba escribiendo un esbozo de regla para las Hermanitas de Jesús. Aunque llevaba muchos años esperando en vano la llegada de varones que quisieran formar una comunidad con el título de Hermanitos, Carlos, en lugar de declararse fracasado, proyectaba la creación de grupos femeninos que vivieran al estilo de Nazaret en tierra de misión. Se encontraba escribiendo esta regla, mientras la situación en el Sahara se iba agravando de día en día.

En julio de 1903, después de algunos esporádicos ataques de tanteo contra uno u otro oasis fronterizo, doscientos guerreros marroquíes cayeron, por sorpresa, en las cercanías de Beni Abbés, sobre un destacamento de cincuenta fusileros argelinos, realizando una matanza de veintidós bajas. El capitán Regnault ordenó inmediatamente una expedición de castigo y, al frente de ochenta hombres, consiguió cortar el camino por el cual los asaltantes pensaban refugiarse en Marruecos, los sorprendió en retirada y puso a una veintena fuera de combate.

El oasis de Beni Abbés tributó los honores del triunfo al capitán Regnault; pero al jerife Muley Mustafá, en respuesta, declaró la guerra santa. Reunió cuatro mil guerreros bereberes y, a su cabeza, y a la cabeza de sus mujeres y sus hijos -cerca de nueve mil personas-, de sus camellos, de sus asnos y de sus cabras, marcho contra los oasis del Saoura. En el curso de pocas horas, el de Taghit, mejor abastecido que otros por ser el más poblado, fue invadido por una muchedumbre de gentes aterradas que habían huido desordenadamente de los oasis vecinos, más pequeños y peor defendidos. En aquél caos indescriptible, el capitán de Susbielle, jefe de la guarnición y antiguo compañero de armas de Carlos, tuvo que preparar precipitadamente la defensa, sin más medios que dos cañones de 80 y cuatrocientos setenta hombres.

La marea humana de Muley Mustafá avanzó entre las dunas, con el impresionante aspecto de una emigración bíblica. Durante tres días consecutivos atacaron, primero en masa y después en grupos separados. Pero Taghit consiguió sostenerse y el jerife tuvo que retroceder hacia Marruecos, dejando en el campo mil doscientos muertos.

Por desgracia, durante la retirada, doscientos de sus guerreros se encontraron, en las proximidades de El Mungar, con un centenar de legionarios que daban escolta a un convoy, y se vengaron de ellos. Cuando el capitán de Susbielle acudió en su ayuda, sólo encontró sobre la arena del Sahara muertos que sepultar y cuarenta y nueve heridos, a los que recogió y llevó a Taghit.

La noticia de los combates llegó a Beni Abbés y sembró el pánico en las tres aldeas del oasis. Carlos comprendió que, en aquel momento, el muro que circundaba su eremitorio cesaba de tener significado también para él. Su puesto estaba al lado de aquellos cuarenta y nueve heridos, pues eran entonces sus hermanos más necesitados.

Se presentó en el fortín, donde pidió un caballo y permiso para dirigirse a Taghit.

«Es una locura», le dijeron los oficiales de la guarnición; pero terminaron por entregarle el caballo. El, calzadas las espuelas y envuelto en un burnous, desapareció entre las dunas al galope.

«Lo conseguirá -dijo el capitán Regnault a quienes le miraban con expresión de reproche, como si él hubiera consentido al eremita del Sagrado Corazón ir a la muerte-, lo conseguirá. Os lo digo yo, porque él no lo confesará jamás: puede atravesar sin armas todo el territorio en revuelta. Nadie le tocará un cabello, porque es sagrado».

En efecto, lo consiguió.

Cuando el capitán de Susbielle le vio salir, de su primera entrevista con los heridos, conociendo muy bien a aquellos hombres que, endurecidos en la Legión Extranjera, masticaban mucho tabaco pero poca religión, le preguntó con algo de ironía en la voz: «Cómo te ha ido, querido padre? ¿Te han acogido con las debidas consideraciones tus nuevas ovejas?».

«Vaya, es necesario algún tiempo para que nos conozcamos -respondió Carlos, brillándole en los ojos una sonrisa-; pero lo haremos. Ahora soy feliz por estar junto a ellos».

Permaneció allí tres semanas. Pero «no necesitó mucho tiempo para conquistarlos a todos con su dulzura, su solicitud en todo momento y su alegría -contará más tarde el capitán Susbielle-. Cuando entraba en las habitaciones, se disputaban el tenerle los primeros junto a su cama y que estuviera el mayor tiempo posible, a pesar de las protestas de los otros. El padre, infatigablemente, escribía sus cartas, los animaba, conversaba con ellos en voz baja y poco a poco empezaba a hablarles de Dios y de la religión. Recuerdo a uno en particular: era de origen alemán y tenía un pasado más bien borrascoso. Había recibido una herida gravísima en el pecho y el médico desesperaba de poder salvarlo. Al principio acogió al padre bastante mal; pero, al cabo de un par de días, no fue capaz de seguir resistiendo. Y, como todos sus compañeros, al fin se confesó y comulgó».

Después de los hechos de Taghit y El Mungar, el gobierno de Paris pidió al ejército «un hombre fuerte». Y el ejército envió a Argelia al general Lyautey, otro antiguo compañero de Carlos, húsar con él en Sézanne, también Cazador de África con él durante la campaña de 1881.

Quiso la casualidad que Lyautey tomase posesión de su mando en Ain-Sefra precisamente cuando Carlos pasaba por allí, de retorno de Taghit.

«Permaneció conmigo tres días -contará después el general-, aceptó de buen grado ser mi huesped y comer en mi mesa. A los demás comensales los conocéis bien, eran el comandante Henrys, el capitán Berriau, el capitán Poemyrau y otros: todos gente alegre, tipos llenos de brío. Hablamos mucho, es verdad, de su documentación científica sobre Marruecos y de los problemas africanos. Pero, vosotros me compredereis bien, nosotros somos militares, no podemos tratar solamente durante tres días de asuntos serios. El hecho fue que, de una conversación a otra, más de una vez nos olvidamos de que el padre Foucauld no era el subteniente de Foucauld. El nunca dio muestras de escandalizarse y ni siquiera se negó a tomar la copa de champán que tenía delante. ¡Ah, muchachos, me parece estar viéndole cuando, en un determinado momento, pidió a Poemyrau que tocase una canción en el piano! Me dije a mi mismo: “Está bien, será un santo; pero al mismo tiempo no parece que le disgusta divertirse un poco con viejos compañeros”. ¡Nada de divertirse, muchachos! Escuchad lo que pasó después. Enseguida de haberse marchado él, recibí un telegrama de Argel que me anunciaba la llegada, una hora más tarde, de una caravana de turistas muy importantes. Llamé a mi asistente y le ordené que arreglase en pocos minutos la habitación del padre Foucauld. “Mi general -me contestó-, todo está perfectamente. No ha tocado nada. La cama no la ha deshecho. Las tres noches ha dormido en el suelo, sobre el pavimento, envuelto en su burnous”. ¿Comprendéis? Sólo entonces me di cuenta con qué discreción y con qué amabilidad había buscado, ante todo, que su presencia en nuestra mesa no molestase a nadie y después, para compensar aquella infracción pasajera e involuntaria de su regla, se había impuesto una mayor austeridad».

Unas semanas más tarde, el general Lyautey tuvo que ir a Beni Abbés. Eran días difíciles: consiguió llegar gracias a una buena escolta y abriéndose paso a tiros.

Enseguida buscó a Carlos, y éste le dijo que, la mañana siguiente, salía de viaje para Argel.

«¿Cómo? ¿Mañana? Ni pensarlo, amigo, tendrás que retrasar la salida dos o tres días. Viajarás con migo, porque antes no me es posible disponer una escolta, sólo para ti».

Carlos le contestó que tenía sus asuntos y trataba de

solucionarlos con la mayor brevedad, por lo cual partiría a la mañana siguiente. Lyautey se impacientó.

«Mi general -intervino en este momento el capitán Regnault-, el padre de Foucauld no tiene necesidad de escolta. Puede pasar en medio de todas las bandas de guerrilleros que merodean por el desierto sin temer un solo disparo. La gente que se encuentre con él, se echará a tierra, besará el borde de su burnous y le pedirá una bendición. Dejadlo ir».

«Así me fue revelado -escribió algún tiempo después el general Lyautey- el poder que aquel hombre, estimado por los musulmanes como un verdadero marabuto, tenía sobre el Islam sahariano».

De regreso a la «Khaoua del Sagrado Corazón», Carlos comenzó de nuevo a hacer la vida de Nazaret. Estaba redactando «El Evangelio presentado a los pobres negros del Sahara» (por si ocurría que alguno de ellos, un día, le solicitaba algo más que dátiles y cebada), cuando le llegaron noticias de nuevos estallidos de violencia en África. La última precisaba que también el Hoggar estaba revuelto. Todo hacía pensar que Francia aprovecharía la ocasión para intervenir y, después, quedarse en el territorio.

El Hoggar, corazón desnudo del Sahara, región de la sed y del miedo. Un océano en tempestad, inmóvil y muda, de piedras ásperas, rojas, negras, verdes, que proyectan aquí y allá contra el cielo montañas volcánicas de tres mil metros de altura… El Hoggar, el reino de los tuareg, los guerreros montados en camellos y vestidos de azul que caen sobre las caravanas, terribles como una maldición, y las roban y aniquilan. 

Un día a Carlos le llegó una carta, procedente de In-Salah, el más grande de los oasis argelinos dominado por los franceses al sur, precisamente en los confines con el Hoggar. La escribía el general Laperrine, que mandaba aquel territorio de los oasis. Habían sido amigos en la escuela de Saint-Cyr y luego compañeros de armas en el IV de Cazadores de África. El general le hablaba del temporal que se estaba condensando en el cielo de allí; pero sobre todo le hablaba de los tuareg.

La carta produjo en Carlos el efecto de una fulguración. Llevaba varios años viviendo en la Khaoua con los ojos y el corazón vueltos siempre hacia el Oeste, hacia Marruecos; en aquel momento comprendió que el camino señalado por el Señor tomaba otra dirección, precisamente la opuesta a la por él deseada: le indicaba hacia el sureste hacia el país de los tuareg, el pueblo perdido en el desierto de piedra, que ignoraba el nombre de Cristo, y sólo podía ser visitado por él, porque era el único sacerdote en el mundo, en aquel momento, que tenía la posibilidad de conseguir autorización para partir hacia el Hoggar.

Entonces, una vez más, lo abandonó todo. Había dejado una vida de aventuras galantes por una vida de aventuras científicas; después dejó las exploraciones por la trapa, luego ésta por el eremitorio de Nazaret, y el eremitorio por la Fraternidad de Beni Abbés. Ahora traspasaba por última vez el límite de piedra de su clausura para seguir, a lo largo de los caminos del desierto, el mandato de Dios, y renunciaba definitivamente a «su» Marruecos por el salvaje Hoggar.

El corazón le sangraba: «La naturaleza se me resiste de un modo increíble. Me rebelo -y siento vergüenza- ante el pensamiento de dejar Beni Abbés, la tranquilidad al pie del altar, y lanzarme a la aventura de nuevos viajes, por los cuales hoy siento un horror indecible»;

EL ULTIMO A TODA COSTA (IVª parte)

El sobre presentaba un montón de sellos de colores vivos, en los cuales se veía la media luna turca. Hacía meses que María de Foucauld, esposa del señor de Blic, esperaba aquella carta.

«El trabajo más duro -leyó, entre otras cosas, y fue el párrafo que la impresionó más- es el de la tierra. En invierno se talan los bosques, en primavera se podan las vides, en verano se siega el heno y se recoge el grano. Anteayer precisamente hemos terminado de segar. Un trabajo de labradores, en suma, inmensamente bueno para el alma, la plegaria y la meditación. Después de este trabajo -más pesado de cuánto se puede imaginar, sobre todo para uno como yo, que jamás lo ha hecho- se siente compasión de los pobres, caridad hacia los obreros, amor por los trabajadores… Se conoce el precio de un pedazo de pan cuando se prueba cuánto sudor cuesta producirlo. ¡Se aprende a tener compasión de aquellos que trabajan, al compartir fatigas!…»

La carta estaba firmaba por el hermano de la señora Blic, el antiguo vizconde Carlos de Foucauld de Pontbriand, ahora más sencillamente fray María Alberico, y procedía de la lejana trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en Siria, lo que en aquél entonces equivalía a decir del imperio otomano. La fecha era la de un día de fin de verano de 1891. Carlos, como le seguían llamando en la familia, estaba allí desde hacia más de un año.

Fray María Alberico estuvo sólo seis meses en la trapa de Nuestra Señora de las Nieves, enclavada en los helados montes de Vivarais. («Parecía un ángel en medio de nosotros», escribía de él el padre abad, don Martín). Después no se le quiso hacer suspirar más por la pobrísima trapa del Asia Menor y, en junio de 1890, el novicio pudo dejar la escoba junto al cogedor de basura y dirigirse a Marsella, donde embarcó hacia Oriente. El 9 de julio desembarcaba en Alejandreta. En el puerto, bajo un cielo de metal fundido, le esperaba el padre Etienne, con la blanca túnica empapada de sudor. En silencio, los dos subieron a la grupa de sendas mulas y, escoltados en el primer trecho del camino por un pelotón de guardias turcos y después por varios guerreros curdos, avanzaron hacia el interior.

El camino ascendía con rápida pendiente por entre las montañas de Amanus, vigilado desde lo alto por las torres espectrales de antiguos castillos en ruinas. El paisaje sombrío, que recordaba al áspero y desolado del Pequeño Atlas, la escolta armada que caminaba con cautela a su lado, los jinetes de mirada huidiza que se cruzaban con ellos, las caravanas de lentitud exasperante que a veces cerraban el paso, los bosques infectados de bandidos, el sol que había bajado hasta la altura del horizonte: todo hacia revivir en la mente de Carlos una parte de su aventura marroquí. Si no hubiese sido por la vestidura que llevaba -el hábito cisterciense de fray María Alberico y no el pintoresco disfraz del rabino Couvaud- la similitud de lugares y circunstancias le habrían hecho creer que verdaderamente se acababa de despertar de un largo sueño para encontrarse, algunos años atrás, y a millares de kilómetros de distancia, sobre un camino prohibido en la tierra del Sultán Muley Hassan.

Cabalgaron dos días y dos noches, con breves descansos para dormir. Subieron a la cima de la colina de Beilán y descendieron por la otra vertiente hasta el poblado de Akbés, asomado a una vertiginosa pared cortada a pico. Bajaron por un lugar donde la verticalidad era menos pronunciada, siguiendo un camino de mulas apenas marcado en la roca, y alcanzaron el fondo del horrible precipicio. Recorrieron un largo trecho de la estrecha garganta, treparon por el lecho de un arroyo sin agua en aquellos momentos, y desembocaron al fin en un amplio valle, dulcemente extendido a ochocientos metros de altura, pero cercado de montes impenetrables, que erguían sus cimas de roca gris, horadadas por cavernas, más altas que los sombríos bosques de pinos marítimos, encinas gigantes y olivos silvestres, vivienda de perdices, venados y bandidos, reserva de caza -durante el invierno- de los lobos, panteras, osos y jabalíes.

Si el hosco paisaje, que los había acompañado durante el largo camino desde Alejandreta hasta allí, hizo recordar a Carlos algunas regiones de Marruecos, aquel valle insospechado y que aparecía repentinamente ante sus ojos, verde de pastos, dorado de mieses y alegre de árboles frutales, le trasladó, como por arte de magia, a los años de su infancia, en un valle de los Vosgos, cuando su pequeña mano iba cogida de la mano grande y buena del abuelo Morlet, coronel de artillería retirado. Pero poco después, los ojos del novicio encontraron dos detalles que le volvieron bruscamente a la realidad: una empalizada alta y sólida, protegida con espino, construida alrededor de todo el valle, en los limites con el bosque, para impedir las incursiones de las fieras; y en el centro, un poblado de barracas, hechas con madera y barro, cubiertas con ramas, muy semejante a los pueblos de los buscadores de oro del Far West, de los cuales Carlos había visto algunas fotografías.

Aquella era la trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. «Es una babel de graneros, establos, chozas, unidos los unos a los otros por miedo a los ladrones y a las fieras, a la sombra de árboles inmensos», escribió Carlos en una de sus cartas. En otra explicó: «Hace treinta años, este lugar estaba habitado; la comarca, ahora desierta, era populosa. Pero, a causa de una insurrección, los turcos lo arrasaron todo. Evidentemente, no pensaban prepararnos el lugar».

En 1882, los trapenses de Nuestra Señora de las Nieves, amenazados con la expulsión de Francia, enviaron a uno de ellos a buscar refugio en otro lugar. Alguien encontró aquí el refugio adecuado, en tierra Siria, en aquella cuenca perdida entre montes, donde el furor de los turcos había pasado sin dejar huella de personas y de cosas.

Entonces vinieron unos cuantos monjes desde Nuestra Señora de las Nieves, y fundaron una trapa hija, dedicada a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, y don Luis Gonzaga, hermano de don Martín, fue el prior. Algunos curdos, bajados de las montañas, se dejaron convencer de que abandonaran el bandidaje y todos juntos pusieron manos a la obra; levantaron algunos alojamientos provisionales, protegieron el valle con la empalizada, limpiaron el suelo de ruinas y, araron la tierra cultivable. Cada año recogían cebada, trigo, legumbres, uva, algodón y fruta, cada vez con mayor abundancia.

Después de ocho años de fatigas sin descanso, el valle que se ofrecía a los ojos de Carlos, tapizado de prados limpios y de cultivos ordenados, era un encanto. Pero el monasterio -si así se podía llamar a aquel conjunto de chozas miserables- hablaba todavía el áspero lenguaje de los pioneros. En el verano, los frailes dormían en un granero que estaba encima de los establos; el olor se metía por entre las tablas mal juntas y el pataleo de los animales no cesaba en toda la noche. Para los inviernos tenían otro granero, situado sobre el refectorio, y el frío parecía una lluvia glacial desde el techo de hojalata cubierto de nieve.

«Somos una veintena de trapenses, comprendidos los novicios -escribió Carlos algún tiempo después a su hermana Maria de Blic-. Hay ganado, bueyes, cabras, caballos, asnos, cuanto es necesario para una labor agrícola en gran escala. En las barracas se alojan también una veintena de huérfanos católicos -comprendidos entre los cinco y los quince años- y una quincena de obreros laicos -curdos que abandonaron el bandolerismo para hacerse agricultores-, sin contar un número siempre variable de huéspedes, en el verdadero sentido de la palabra, pues ya sabes que los monjes son esencialmente hospitalarios… Mi alma tiene una profunda paz, una paz que desde el instante en que llegué no me ha dejado, y que cada día es más grande, si bien comprendo cuán poco es mía y cuánto, por el contrario, es un puro don del Señor».

Aquella pobreza santificada por la oración, el trabajo hecho sagrado por la regla, el encontrarse en tierra de Asia, no lejos de los lugares que habían acogido a los primeros eremitas cristianos, le entusiasmaron, hasta tal punto, que creyó -por algún tiempo- haber conseguido plenamente la sencillez de los tiempos primitivos.

Pero luego recordó que todavía estaba ligado al mundo por un grado de oficial de la reserva y por aquel extravagante apartamento que poseía en Paris en el número 50 de la calle Miromesnil. Se apresuró a escribir a su hermana: «También es tuyo, te lo regalo»; y al ministro de la guerra: «De nuevo presento mi dimisión del ejército francés, y esta vez definitivamente». Después, con un profundo sentimiento de alivio, comunicó a su prima Maria de Bondy: «Este paso me ha dado una verdadera alegría. Había dejado todos los bienes; pero me quedaban dos impedimentos miserables: el grado y una pequeña propiedad. Me siento feliz de haberlos arrojado también por la ventana».

La semana del 2 de febrero de 1892 -el alba no había despuntado todavía sobre la fiesta de la Candelaria- fray María Alberico hizo voto de pobreza, castidad y obediencia en la Orden de los cistercienses reformados es decir, de los trapenses.

«Ya no me pertenezco en absoluto -escribió en la noche de su profesión religiosa-. Me encuentro en un estado que nunca había experimentado, si no es a mi regreso de Jerusalén. Es una necesidad de recogimiento, de silencio, de estar a los pies de Dios y de contemplarle…».

«No sabéis, señora -escribía respecto a él Don Luis Gonzaga, prior de la trapa, a María de Bonfy-, qué santo compañero de viaje hacia el cielo se ha unido a nosotros… Nuestro venerado padre Policarpo, que es su director espiritual, tiene casi cincuenta años de profesión religiosa y más de treinta de superior, y me asegura que no ha encontrado en su vida un alma tan entregada a Dios…». Y le confiaba, quizá para obtener de ella una ayuda indirecta: «Quisiera que fray María Alberico hiciese los estudios de teología para ordenarse sacerdote. Pero preveo que habré de sostener una gran lucha con su humildad».

Si ése era el deseo de Don Luis Gonzaga, más ambicioso era el proyecto que abrigaba su hermano, Don Martín. Este, llegado desde Francia a la trapa de Siria en visita canónica, dijo clara y rotundamente que fray María Alberico era el más dotado para ser en un día futuro prior del monasterio de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Sin embargo, los dos estaban de acuerdo en que la tarea de convencerle, para que aceptase semejante dignidad, iba a ser muy difícil.

Fray María Alberico no tenía ninguna de las llamadas «santas ambiciones»; o, mejor dicho, de ambiciones nutría una sola legítima, firmísima: la ambición de estar en el último puesto siempre y en todas partes. Los dos superiores lo comprobaron, sin lugar a dudas, al iniciar los primeros sondeos; nada más mencionárselo se declaró indigno del sacerdocio y descartó la idea de cualquier dignidad, aunque fuese religiosa, con el mismo ímpetu con que habría rechazado la tentación que pretendiera alejarle de aquella pobreza, la cual -decía- era la única capaz de acercarle a Cristo: «Experimento un gozo vivísimo al estar metido hasta el cuello entre la paja y la leña, y mi repugnancia es extrema hacia cuanto pueda alejarme de este último puesto, que he venido a buscar aquí, en esta abyección, en la cual deseo profundizar más y más, según el ejemplo de nuestro Señor…»

El «peligro» de tener que ordenarse sacerdote -es la palabra empleada textualmente por fray María Alberico- pareció alejarse cuando, además de no volver a mencionarle los estudios teológicos, le encargaron de remendar y coser los vestidos de los huérfanos acogidos en la trapa. Le pareció entonces que se le abrían las puertas del cielo. ¡Aquel trabajo si que le aproximaba a la casita de Nazaret!

Pero su felicidad duró poco tiempo. En agosto de 1892 le fue ordenado, de repente, que dejase la aguja y comenzase los estudios de teología. Desesperado, corrió ante el prior.

«No tengo vocación», insistió.

Don Luis Gonzaga le contestó, con tono terminante, que era cosa ya decidida y no había nada que objetar.

Fray Maria Alberico estuvo durante varios días profundamente deprimido. Después recordó que la obediencia perfecta es más pura que la más pura intención personal, y se sobrepuso. A partir de entonces, dos veces a la semana, acompañado de otro fraile trapense, recorrió a pie, ida y vuelta, el largo camino que llevaba a la aldea de Akbés -el terrible precipicio, el vertiginoso camino de mulas apenas señalado en la pared de roca casi vertical-, con objeto de acudir a la misión de los lazaristas y escuchar las lecciones del padre Destino, el superior, hijo de un antiguo ministro del rey de Nápoles y que había sido profesor de teología en Montpellier.

«La teología me interesa», escribió Carlos algún tiempo más adelante; pero nunca dijo que la amara. Le interesaba en cuanto !e hablaba de Dios y, queriendo, también podía conducirlo a Él. Pero en cuanto ciencia -no como acto de vida ni de amor- en ningún momento le produjo una chispa de entusiasmo. «Estos estudios -escribió- no valen lo que la práctica de la pobreza, de la obediencia, de la mortificación, de la imitación de nuestro Señor, que me inclinan al trabajo manual. Pero como lo hago por obediencia, después de haberme resistido cuanto me ha sido posible, no hay duda de que es esto lo que el buen Dios quiere de mí en este momento».

Yendo y volviendo de la trapa a la misión de los lazaristas en Akbés, Carlos tenía mucho tiempo para pensar sobre los hechos de su vida. Poco a poco, empezó a no sentirse a gusto consigo mismo.

Recordaba que hacia algún tiempo había escrito: «Cuanto más das a Dios, más devuelve El. Creía, al dejar el mundo, haberlo dado todo; pero en la trapa he recibido mucho más de cuanto he dado en toda mi vida». Entonces escribió estos reglones con el corazón lleno de gozo. Pero, ahora, pensar en ello le producía profunda inquietud. Había soñado y encontrado la trapa más pobre y más dura de cuantas existían en el mundo; y sin embargo aquella trapa le había ofrecido una vida tan dulce y tan fácil…

Por añadidura, la orden de estudiar le turbaba. «Para aplicarme con todas mis fuerzas en el estudio de la teología, me veo obligado a renunciar a la lectura y a pasar menos tiempo en la Iglesia… la teología me interesa, sí, y también es bella cuando se la ama… Pero sabía mucha, acaso, San José?» A pesar de su gran tristeza, sacaba fuerzas para ironizar sobre sí mismo: una trapa, que le encaminase hacia «una honorable vida de estudio», no la había esperado ni remotamente. Mientras tanto, las palabras de san Vicente de Paúl resonaban cada día, cada hora, de la misma manera, en su interior: «Amemos a Dios, amemos a Dios; pero a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente».

El sentimiento de disgusto que ya dominaba el alma de Carlos, aumentó en abril de 1893, a causa de un «Breve» de León XIII, que autorizaba a los trapenses a usar grasa y mantequilla como condimento para los alimentos de su régimen vegetariano. Más aún, la autorización tenía valor de recomendación.

Comprendía perfectamente que el Papa había dado aquel documento por la preocupación de salvaguardar, en cuanto era posible, la salud de los trapenses; y sabia también que, únicamente con este espíritu, la trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón había aceptado la invitación de Roma. No obstante, no podía negarse a si mismo que aquel hecho hacía más profundo el sentimiento que experimentaba últimamente: el de hallarse en la trapa como pez fuera del agua.

«Desde hace unas semanas -escribía a María de Bondy el exrefinadísimo sibarita en especialidades gastronómicas- no tenemos nuestra buena cocina a base de agua y sal… Ponen en los alimentos una enorme cantidad de grasa… Tú puedes comprender cuánto me disgusta esto: mortificarse menos es dar un poco menos a Dios, un poco menos a los pobres…».

Pasó algún tiempo, y la inquietud creció hasta tal punto en el ánimo de Carlos, que no tuvo más remedio que enfrentarse con el dramático interrogante que dominaba sus pensamientos: ¿podía, debía permanecer todavía entre los trapenses? En realidad, los votos que había pronunciado hasta aquel momento eran temporales; pero este hecho no era suficiente para aplacar su angustia.

Decidió pedir consejo al padre Policarpo y a sus superiores, y les habló con entera sinceridad.

«Me siento seguro -les dijo- de que mi vocación no coincide exactamente con la Orden de los cistercienses reformados».

Le pidieron que dijera cuál era la Orden a la que se sentía llamado y respondió que, en aquel momento, no existía en la Iglesia una comunidad que reuniese las condiciones que él necesitaba.

«Viendo que no es posible en la trapa llevar la vida de pobreza, de absoluto desinterés, humildad -y diría también de recogimiento- de nuestro Señor en Nazaret, me he preguntado si Él me habrá dado estos deseos tan vivos para que se los sacrifique o, por el contrario, si dado que hoy ninguna congregación en la Iglesia ofrece la posibilidad de llevar la misma vida que El tuvo en este mundo, debo buscar algunas almas con las cuales fundar una pequeña congregación que reúna estas condiciones: imitar lo más exactamente posible la vida de nuestro Señor, vivir únicamente del trabajo manual, sin aceptar ningún regalo ni limosna alguna, siguiendo al pie de la letra los consejos de Cristo, no poseyendo nada, dando a todo el que pida, no reclamando nada, privándose de todo lo privable, a fin de ser lo más conforme posible a nuestro Señor y darle lo más que podamos en la persona de los pobres. Al trabajo iría unida mucha oración, pero sin oficio en el coro, ya que es un inconveniente para los huéspedes y ayuda tan poco a la santificación de los ignorantes. Las comunidades serían de pocos miembros, a la manera de los carmelitas, porque los monasterios numerosos asumen, necesariamente, una importancia material que es enemiga de la pobreza y de la humildad. Y así difundirse por todas partes, sobre todo en los países de infieles o abandonados, donde será dulcísimo aumentar el amor y los servidores de nuestro Señor Jesús…»

Esto dijo a sus superiores. Al confesor le preguntó de dónde le vendría aquel deseo tan grande de realizar su «ideal de Nazaret»: ¿De Dios? ¿Tal vez del demonio? ¿O de su fantasía? «El padre Policarpo me ha contestado que no lo piense por el momento y espere la ocasión, propicia, que Dios, si este deseo mío viene de El, lo hará surgir sin duda».

Más dura fue la respuesta del abate Huvelin, al cual había escrito para pedirle también consejo: «Proseguid los estudios de teología, al menos hasta el diaconado; aplicaos en el ejercicio de las virtudes interiores y sobre todo del anonadamiento. En cuanto a las virtudes externas, practicadlas en la perfecta obediencia a la regla y a los superiores… Para lo demás, esperemos. Sin embargo, tened presente que vos no estáis hecho, en absoluto, para guiar a los demás…».

Ante esta respuesta, fray Maria Alberico inclinó la cabeza.

«Paciencia, paciencia», pensó. Transcurrieron varios meses, sin que sucediera nada. Pero de improviso, Dios le envió la primera señal.

Fue en abril de 1894. A fray Maria Alberico le mandaron ir a velar el cadáver de un operario árabe católico. Apenas pisó la choza del muerto, se sintió conmovido hasta lo más profundo. A poca distancia de la trapa más pobre del mundo, descubría una miseria tan tremenda que hacía parecer riqueza la pobreza de los monjes.

«Nosotros, los trapenses -pensó entonces-, hemos renunciado al mundo, es verdad; vivimos una vida dura, es cierto. Pero este hombre que acaba de morir en este tugurio ha llevado una vida todavía más dura. Por añadidura, nosotros los frailes formamos una comunidad numerosa, nos sostenemos el uno al otro, tenemos algunas tierras y ganados; pero este hombre, para mantener a su familia, estaba solo, como San José. No poseía nada. Y si ha logrado sobrevivir hasta hoy, ha sido gracias a que vendía cada día, míseramente, el trabajo de sus brazos. ¡Qué diferencia entre esta casa y la nuestra! ¡Cómo añoro a Nazaret!».

Un año más tarde, en noviembre de 1895 hubo una terrible matanza, fue la segunda señal. Los cristianos de Armenia se sublevaron contra los turcos y éstos aprovecharon la oportunidad para intentar el exterminio no sólo de los armenios, sino de todos los cristianos, católicos y greco-ortodoxos, donde quiera que se encontrasen. En pocos meses las víctimas llegaron a ciento cuarenta mil -en Marache, la ciudad más próxima a la trapa, en dos días fueron muertos cuatro mil quinientos-, y muchos fueron mártires, en el pleno sentido de la palabra, porque murieron voluntariamente, sin defenderse, antes que renegar de la fe.

«Los europeos se hallan bajo la protección del gobierno turco, y así nosotros estamos seguros -escribió Carlos, con profunda amargura-. Pero es bien doloroso ser tratados de este modo por los mismos que deguellan a nuestros hermanos. ¡Cuánto mejor seria morir con ellos que ser protegidos por sus asesinos!».

La gran tragedia aumentó todavía más su deseo de abyección total. Si no hubiese sabido aceptar la obediencia hasta la completa negación de si mismo, no habría resistido, ni un minuto más, dentro de la empalizada que cerraba el verde valle.

Pero obedeció, una vez más se anonadó en la obediencia, Aunque desde hacía tres años no sentía otro deseo que salir de la trapa, en enero de 1896 -por obediencia- renovó los votos temporales por dos años más. No obstante, al mismo tiempo, elaboraba con todo detalle un proyecto de regla para las pequeñas comunidades que soñaba fundar y para las cuales ya había encontrado nombre: «Congregación de los Hermanitos de Jesús».

«Estas comunidades -escribió- se establecerán en las ciudades pequeñas o en los suburbios de los centros populosos, en todo caso en los barrios donde vivan los más pobres. Habitarán en pequeños alojamientos, que serán absolutamente semejantes a las más miserables viviendas del lugar, barracas o cabañas, según sean. Cada alojamiento tendrá tres habitaciones; una reservada a la capilla, otra a los huéspedes y la tercera a los Hermanitos. Nada de sillas, ni de camas: bastará con unos bancos adosados a las paredes. En torno a la barraca habrá un huertecillo para cultivar legumbres y algunos árboles frutales. La clausura será extremadamente severa, y el silencio deberá reinar perpetuo, roto solamente por la oración que, con el trabajo, ocupará toda la jornada. El trabajo será manual y lo más sencillo posible, tanto para sufrir la misma fatiga que la gente más ignorante como para dejar libre el espíritu para la meditación. Por el trabajo se cobrará el salario más bajo. Como vestido se adoptará el que usen los más pobres de la región. Para la alimentación serán suficientes dos comidas: una con solo cereales hervidos en agua y sal y la otra de una libra de pan. Únicamente los domingos habrá un poco de leche, miel, mantequilla y fruta. Sin embargo, los enfermos gozarán de la mayor abundancia, porque es justo que naden en las delicias. También la oración será “pobre”: se asistirá a la misa, se adorará al Santísimo, se rezarán el ángelus, el viacrucis y el rosario; pero nada de oficio canónico: no se debe excluir de la plegaria a aquellos que no saben nada de latín…».

Carlos envió una copia de este esbozo de regla al abate Huvelin. La respuesta llegó, alarmadísima, a vuelta de correo: «Vuestra regla es absolutamente impracticable. ¡Si el Papa vaciló en aprobar la franciscana, por considerarla demasiado severa, imaginad la vuestra! ¿Debo deciros la verdad? Me asusta. Vivid a las puertas de una comunidad, en la abyección que queréis; pero no redactéis reglas, os lo suplico…».

¡Pobre abate Huvelin, qué golpe había asestado a aquel proyecto de regla!. Pero había servido para algo: rehusaba, de un modo claro, reconocer en Carlos de Foucauld el espíritu del fundador y, al fin, le daba permiso para vivir -como un solitario loco de Dios- a la puerta de cualquier monasterio.

Carlos no dejó pasar el tiempo. Inmediatamente presentó al padre Policarpo y a los superiores su petición de libertad. Estos escribieron a Roma para solicitar la autorización de Don Sebastián, el superior general de los trapenses. Cuando el 10 de septiembre llegó la respuesta, decía sólo: «El hermano María Alberico es invitado a partir inmediatamente hacia la trapa de Staoueli, donde recibirá nuevas instrucciones».

La trapa de Staoueli se encontraba situada a diecisiete kilómetros de Argel, en una meseta desierta. Era prior Don Luis Gonzaga, el mismo que hasta hacia poco había estado allí, en Siria, dirigiendo la de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

La alegría que sintió Carlos al ver, después de diez años, a su amada África y al abrazar a su antiguo superior, se apagó tan pronto le fueron comunicadas las «nuevas instrucciones» dadas por Don Sebastián: como última prueba debía estudiar, durante dos años, teología en Roma. ¡Dos años! Tenía treinta y ocho, y de prueba en prueba, había tenido paciencia desde hacía más de tres años. Pero de nuevo obedeció. Es más: «Obedecer es amar: es el acto de amor mas puro, el más perfecto, el más sublime, el más desinteresado, el más adorador».

En noviembre de 1896, Carlos llegó a Roma y se alojó en la casa generalicia de los cistercienses reformados, al lado de San Juan de Letrán. Poco después comenzaba los cursos de la Universidad Gregoriana.

«El trabajo manual -escribió- ahora lo hemos dejado necesariamente… No tenemos todavía edad para trabajar como San José; estamos aprendiendo a leer como el Niño Jesús…».

Mientras tanto, se acercaba la temida fecha del 2 de febrero de 1897. En aquel día, por cumplirse los cinco años de los primeros votos, las constituciones indicaban que Carlos debía, o pronunciar los votos perpetuos, o abandonar la Orden. Precisamente, mientras se encontraba cumpliendo la última prueba que le había sido impuesta, lo cual complicaba la situación: si se iba de la trapa, faltaría al compromiso de ser obediente a su superior hasta el final, y pronunciando los votos anularía, en principio, todo resultado diverso de la prueba misma.

Fue el propio Don Sebastián quien resolvió in extremis la cuestión: reunió, con carácter de urgencia, el consejo, y los dos años de prueba y de teología fueron suprimidos. Fray María Alberico, al fin, era libre de abandonar la trapa. Solamente se le rogaba que pidiera un último consejo al abate Huvelin, quien había quedado como único director de su conciencia.

«Creo que mi vocación es descender… -escribió entonces Carlos al abate-. Se me han abierto las puertas para dejar de ser religioso de coro y bajar al rango de mandadero y criado». En suma, le hizo comprender que también en la jerarquía eclesiástica quería ocupar el último puesto.

El abate, en la respuesta, le repitió el permiso para vivir con todo el ocultamiento que quería, a las puertas de un convento, si era lo que deseaba; pero le negó de nuevo, con palabras claras y terminantes, la autorización para redactar una regla para otras personas.

Era todavía septiembre cuando Carlos dejó Roma, no llevando consigo más que lo poco que le habían dado los trapenses. Poco, pero sí suficiente para embarcarse con dirección a Jaffa. De ésta, pensaba dirigirse a Nazaret, ya que era precisamente allí donde quería vivir la «vida de Nazaret».

Cf. Vidas místicas Carlos de Foucauld, Blog subsidiario de elsantonombre.org

EL CAMINO QUE LLEVA A LA TRAPA (3ª parte)

Abbey of Notre-Dame des Neiges

El invierno de 1886 fue crudo incluso para Jerusalén. Las terrazas de las casas, las cúpulas de los santuarios, las cúspides de los minaretes, las copas de las palmeras y los ramos de los olivos se cubrieron de una nieve espesa como algodón. Las callejas sucias de la ciudad vieja se llenaron rápidamente de un barro resbaladizo, de color grisáceo oscuro.

Nevaba también, la víspera de Navidad, cuando un joven europeo -el bigote aguzado según el dictamen de la última moda y con un paletot de inconfundible corte parisino- fue visto aventurarse en aquel fango helado que cubría la Via Crucis hasta el Calvario; se dirigió después al Santo Sepulcro y paseó más tarde por el Jardín de la Resurrección. Por la noche llegó a Belén, asistió a la misa de medianoche y comulgó. En los días que siguieron a la Navidad, visitó Betania, Caná, subió al monte Tabor, pasó por Emaús y fue a Nazaret. En esta última ciudad se detuvo más largamente que en los Otros lugares y recorrió las calles llenas de barro, donde jugaban niños harapientos.

Se marchó. Pero en seguida volvió sobre sus pasos, como si una voz, a la que no se pudiera no hacer caso, le repitiera: «Aquí, aquí, en Nazaret, es donde Jesús vivió treinta años. Los vivió en silencio, ignorado por todos, desconocido, orando junto a su madre y trabajando de carpintero en el taller de José. Treinta años, ¿comprendes? Todo lo larga que ha sido tu vida hasta ahora; tal vez tanto como te queda todavía por vivir…».

Se hizo la luz. Jesús no le llamaba a imitarle en la vida pública; no le mandaba por ello ingresar en una orden religiosa que después le enviara a la predicación o a la vida intelectual. Nazaret hablaba claro a su corazón: «Estar escondido en Cristo, con San Pablo, quiere decir elegi abjectus esse (he elegido ser despreciado), porque nuestro Señor lo fue».

Era la luz. La luz que Carlos buscaba desde hacía cuatro años, a partir del verano de 1885, el cual pasó -como vamos a ver a continuación- en Tuquet, entre los plácidos viñedos de Gironda.

Poco después de terminada la expedición al Marruecos prohibido, Carlos de Foucauld había regresado a Francia. El eco de su empresa y la fama proporcionada por los primeros elogios oficiales habían borrado, del ánimo de sus parientes, el resentimiento por las pasadas irregularidades. Estos le acogieron con un calor que era a la vez afecto y orgullo. Pero Carlos permaneció poco tiempo entre ellos.

En octubre nos lo encontramos de nuevo en Argel, donde -apoyándose en los apuntes confeccionados durante el viaje- escribió una obra de elevado valor cien tífico y gran interés literario, que el editor Challamel publicó con el titulo Reconnaissance au Maroc. Fue un trabajo absorbente, que exigía de él mucha concentración, pero que no le impidió correr el riesgo de contraer un matrimonio, cuyos preparativos ya habían comenzado. Afortunadamente se salvó, en el último momento, gracias a la intervención a distancia de sus parientes, en particular de su prima María de Bondy, una persona de la cual sería necesario decir alguna palabra.

Tía Inés, la belleza sofisticada de otros tiempos, había contraído matrimonio con el bonachón señor de Moitissier. Fue ella quien, preocupada por la conducta de Carlos y sus prodigalidades extravagantes, había hecho imponer a éste un consejo judicial. Había tenido dos hijas. La mayor, Catalina, estaba casada con un diplomático, el conde de Flavigni. La segunda, María, era esposa del vizconde de Bondy. María había sentido siempre un afecto particular por su extravagante primo, desde el momento en que, siendo un niño, quedó huérfano de padre y madre.

También durante el transcurso de todos aquellos años que siguieron, cuando a casa de los Moitissier llegaban las noticias, cada vez más alarmantes, sobre el comportamiento del muchacho, Maria, sola en medio del coro consternado e indignado de la familia, nunca había pronunciado una palabra de condena. Por el contrario, siguió manteniendo con Carlos una relación epistolar cariñosa y serena que, en algunas ocasiones, le libró de cometer locuras todavía más grandes que aquellas en que caía.

Fue también su discreta y dulce intervención la que disuadió a su primo de caer en un nuevo error. «Tenía necesidad de ser salvado de este matrimonio, y vos lo habéis hecho», escribió después Carlos a su prima. Y ésta no será, como veremos más adelante, más que una de las intervenciones trascendentales de María de Bondy en la vida de Carlos de Foucauld.

Mientras tanto, en Argel, Carlos se había puesto preocupantemente enfermo, con una inflamación. El médico, que le había tratado hasta su curación, le prescribió taxativamente una larga convalecencia en Francia, a ser posible en el campo.

Era ya el verano de 1885. Carlos, todavía con fiebre, aprovechó para reunirse con su hermana, que estaba veraneando con los Moitissier en una granja que estos tenían en Tuquet, en Gironda. «Nada de trabajar, nada de escribir, ninguna clase de fatiga: reposo, reposo y reposo», le había recomendado el médico de Argel. A Carlos no le quedó más remedio que pasar las horas en una cómoda habitación, pensando y observando. Pero pensara lo que pensara, viera lo que viera, era África quien prevalecía en sus recuerdos.

Los viñedos de Gironda eran bellos. Para recorrerlos, no se necesitaba contratar protección, ni pagar una escolta armada, ni afrontar emboscadas como en Marruecos… Pero, cuando la brisa movía los pámpanos de la vid, era el rumor de las palmeras de Tisint el que resonaba en los oídos de Carlos. Si, desde la ventana de su habitación veía la blanca barba de un labrador anciano, era la patriarcal figura de Sidi Ben Daoud la que se alzaba ante sus ojos. Cuando, desde los lejanos telares se alzaba, al atardecer, alguna coplilla, le venia a la mente el eco de la plegaria musulmana que desde la cordillera del Atlas llegaba hasta allí, hasta la Gironda; aquella plegaria solemne, que hacían postrados, y cinco veces al día repetía: «Allah Akbar» («Dios es el más grande»).

Sin embargo, en Tuquet había aprendido que no eran los seguidores de Mahoma los únicos que sabían orar, creer y adorar. Se daba cuenta de que, mientras los beduinos se inclinaban allá en el lejano desierto, en la iglesia del pueblo, a pocos pasos de la granja, su prima Maria rezaba por lo menos con la misma entrega.

Durante muchos años había pensado -desde que la adolescencia echó su fe a las ortigas- que precisamente la diferencia entre unas y otras religiones era la negación de todas. Ahora conocía a los creyentes de dos de ellas, comprendía que aquella convicción no se tenía en pie y que se imponía esta otra como evidente y cierta: de las ardientes arenas del Sahara, como de la fresca penumbra de la iglesita de Tuquet, era único el acto de fe que se alzaba a Dios, única la alabanza al Altísimo…

El no creía en aquel Dios. Pero, sin saberlo, tenía una gran necesidad de creer. Las interminables horas de aquel reposo forzado estuvieron, a partir de un determinado momento, llenas de meditaciones sobre el mundo de la fe y la virtud. El no tenía fe; pero podía aspirar, al menos, a la virtud. Una virtud -sin duda alguna- pagana.

Se lanzó a buscarla en los viejos autores griegos y latinos; pero sólo halló aburrimiento y disgusto. Entonces, casi instintivamente, pasó a ojear algunos textos cristianos. Fueron lasElevations sur les Mystéres, de Bossuet, las que le hicieron al fin encontrar un cierto sentido místico a la vida. Pero siguió vacilando ante la fe en Dios, y, todavía más, ante la fe en el Hijo de Dios, y rebelándose al solo pensamiento de aceptar el «yugo de la Iglesia».

Mientras tanto su salud mejoraba. Cuando, en septiembre, los Moitissier y su hermana regresaron a París, él volvió a Argelia. Tenía planeado Otro viaje -a través de las regiones desde hacía poco sometidas a Francia- y lo realizó. De Mzab a El Golea, después subiendo hasta Túnez, donde embarcó, para llegar a su patria en enero de 1886.

Se estableció en Paris, en el número 50 de la calle Miromesnil. En el apartamento volcó su nostalgia de África: colgó de las paredes, entre los viejos retratos familiares, una colección completa de sus «paisajes» marroquíes. Adquirió una biblioteca de obras selectas y editadas lujosamente, contrató un mayordomo; pero no compró cama. Prefirió dormir sobre una estera, envuelto en su albornoz, como Buo Rhim y los otros amigos de allá. ¿Bohemia de lujo con fantasías exóticas? ¿Ascetismo snob? Puede ser. Sin embargo, la diferencia entre los equívocos pisitos anteriores y este apartamento, aunque extravagante, indicaba que algo había cambiado en el interior de Carlos de Foucauld.

A poca distancia de la calle Miromesnil, en la de Anjou, vivían los Moitissier. La tía Inés tenía un salón que ejercía cierta influencia en el mundo político francés de la época. Carlos fue acogido con todo el interés que merecía el explorador de una parte de mundo desconocida. Bien pronto se vio asediado por un coro de ilustres aduladores, que pretendían atraerle a su campo con toda clase de tentadoras ofertas. Hastiado, no les dio oportunidad; y si continuó frecuentando el salón fue sólo para encontrarse, lo más a menudo posible, con su prima María, a la cual definía a menudo como «ángel en la tierra», o «alma bella».

Estas dos expresiones hoy nos pueden parecer mediocres y hasta un poco cursis, dada la profusión poética y romántica de las «almas bellas» y de los «ángeles en la tierra». Pero en boca de Carlos de Foucauld tenían un significado genuino. Un hombre como él -que durante años había conocido la «dolce vita», calibrando la relación con las mujeres solamente con la medida del capricho o la pasión- no podía encontrar otras expresiones para definir a una mujer como María de Bondy, la cual, por primera vez en su vida, cual imagen viviente de la virtud, le inspiraba un sentimiento de absoluta pureza, jamás conocido antes.

A la calle de Anjou iba, de vez en cuando, el abate Huvelin para visitar a la tía Inés y a María. Era un convertido que se había hecho sacerdote y que entonces desempeñaba el cargo de vicario en la parroquia de San Agustín. Fatigas y enfermedades habían señalado su rostro, haciéndole parecer más viejo de lo que en realidad era. Para escuchar sus sermones acudía mucha gente del gran mundo; sin embargo no tenía nada de abate mundano, y no ofrecía un Evangelio aguado, sino todo lo contrario.

Carlos sintió muy pronto una gran admiración por aquél abate; pero ni siquiera se le ocurrió pensar que pudiera ayudarle lo más mínimo. Si Maria no había logrado que recobrase la fe, mucho menos estaba ello al alcance del abate Huvelin. Este era un simple sacerdote, no un taumaturgo. Y además, la fe, no te la pueden imponer los otros, ni tú la puedes comprar en los mercados, ni siquiera para hacer feliz a una María de Bondy…

Un día Carlos entró en San Agustín. Recorrió lentamente las naves, sumidas en una discreta penumbra, murmurando entre dientes: «Dios mío, si existís, hacédmelo saber».

¿Le buscaría -podríamos preguntar con Pascal- si no le hubiese encontrado ya?

Pero no es siempre fácil para un hombre conocer aquello que le inspira. Además, sin negar el poder de la gracia, quien ha perdido la fe es raro que la recobre como iluminado por un rayo de lo alto. La mayoría de las veces, debe recorrer un camino largo y penoso, con avances y retrocesos, antes de llegar a la meta del «si» que subraya el final del drama interior.

En septiembre de 1886, Carlos volvió a embarcar se. Quería realizar una rápida expedición por territorio tunecino, antes de poder decir que había recorrido toda África del norte, desde Tánger hasta Tunez.

Un mes más tarde, en octubre, se lo pudo decir a María, nada más volver a París. Pero la conversación se desvió inevitablemente a Otro tema y terminó con estas palabras amargas de Carlos: «Vosotros sois felices con creer; yo, por el contrario, busco la luz y no la encuentro».

Sin embargo, una mañana de los últimos días de octubre, a primera hora, después de una noche de insomnio, Carlos de Foucauld salió de casa y se dirigió a San Agustín. No sabia claramente que era lo que deseaba; sólo sentía una angustiosa necesidad de ayuda.

En la sacristía preguntó por el abate Huvelin. Le contestaron que estaba en el confesionario, aquél de allí, y se lo indicaron. Carlos se aproximó y, hablando a media voz, a través de las portezuelas cerradas: «Abate Huvelin -dijo, y fueron las únicas palabras que le acudieron a los labios-, deseo que me instruyáis en la fe».

«Arrodillaos -respondió desde la oscuridad la voz contenida del sacerdote-, confesaos a Dios y creeréis.».

«Pero yo no he venido a eso…».

«Confesaos» -repitió el abate-. Un último momento de vacilación y Carlos pasó al lateral del confesionario y se arrodilló con la vista dirigida hacia la rejilla.

Desde aquel día, casi todas las mañanas iba a comulgar y se confesaba cada semana. Su alma sentía una serenidad como jamás la había conocido.

Pero Carlos no había llegado al final de su conversión. Porque si conversión significa la transformación total del ser, él comprendía que ésta no estaría concluida mientras su vida no fuera arrasada, para construirla de nuevo de un modo completamente distinto. «Cuando creí que había Dios -escribirá más tarde-, supe que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para El. Mi vocación religiosa nació en el mismo instante que mi fe».

Empero, su fe recién nacida tenía que soportar muchas dificultades para sobrevivir. A veces, los prodigios narrados por los Evangelios le sabían a fábula; en otros momentos deseaba mezclar las plegarias cristianas con trozos del Corán… Fue necesaria la ayuda constante del confesor para que aquella delicada fe llegase a madurar; pero, sobre todo, fue decisiva la ayuda de la gracia de Dios.

En medio de tantas contradicciones, la primera idea -que fulguró en el mismo momento que la mano del abate Huvelin trazaba la cruz de la absolución- se abría paso y se robustecía. «Deseo ser religioso, vivir sólo para Dios, hacer lo más perfecto, cueste lo que cueste…»

El abate Huvelin le hizo esperar tres años. Además de otras razones, había una especial: aunque Carlos deseaba «desaparecer ante Dios en un puro anonadamiento» -como le sugerían las páginas de Bossuet-, sus ideas seguían sin ser claras del todo y no sabía qué Orden religiosa escoger.

La primera indicación le llegó de un trozo del Evangelio, que le produjo un impacto muy particular: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el primero y el más grande de los mandamientos. El segundo es semejante a éste: amarás al prójimo como a ti mismo». Por lo tanto, comenzaba y se circunscribía en el amor.

La segunda orientación..Ja tuvo por medio de un sermón del abate Huvelin en San Agustín. Recordaba muy bien sus palabras: «Nuestro Señor ha elegido el último puesto, hasta tal punto que nadie ha logrado quitárselo». «De acuerdo -pensó Carlos-, no es posible quitárselo; pero lograr el último puesto entre los hombres sí que es posible. Este, sin duda, es el único modo de estar próximo a nuestro Señor…»

Transcurrieron varios meses. Durante los mismos, Carlos -convencido de tener al fin en la mano la llave de su vida- meditó profundamente en la gran paradoja del cristianismo: Dios es el Altísimo; pero el Hijo de Dios se ha hecho el último de los hombres. ¿Por qué? Lentamente sus ideas se fueron aclarando: el Altísimo ha amado a la humanidad con tal amor, que ocultó toda señal de su gloria para hacerse hombre -y entre los hombres el más miserable-, llegar incluso hasta la muerte en el patíbulo y a la ignominia para conquistar el amor de las criaturas humanas.

Durante aquellos meses nadie se dio cuenta del drama que se desarrollaba en el alma de Carlos de Foucauld. Para todos seguía siendo el elegante parisino, un poco «snob», que frecuentaba el salón de madame Moitissier, tenía un mayordomo con lujosa librea y un piso un poco extravagante, donde pasaba las horas corrigiendo las pruebas de su obra sobre Marruecos y completando los mapas y cartas topográficas. Cuando -a comienzos del año 1888- el editor Challamel lanzó al mercado Reconnaissance au Maroc, el libro tuvo el más lisonjero éxito y la crítica profetizó a su autor un brillante porvenir. Al leer esto último, Carlos no pudo contener una sonrisa irónica.

En el verano de aquel mismo año, fue a pasar unos días en el castillo de los Bondy, en Indre. Fue entonces cuando María le aconsejó que visitará la trapa de Fontgombault, que estaba próxima. Carlos así lo hizo. Contempló el silencioso ir y venir de aquellos monjes de hábitos de lana blanca, oyó el golpear del martillo en el taller, el trino de los pájaros en los árboles, el murmullo del agua en las fuentes, el mugido lejano de una vaca, el sonido sordo que producía el azadón al hundirse en la tierra del huerto, el rumor del rastrillo; pero no oyó una sola voz humana en aquél pequeño mundo, limpio y misterioso. El silencio absoluto del hombre le pareció que transfiguraba el mismísimo campo de Francia, dándole la muda majestad del desierto. Pero lo que más le impresionó fue el mísero hábito de trabajo, sucio y remendado, de un fraile que regresaba de los campos.

Esta fue la tercera indicación: «Es aquí dentro -pensó- donde ese fraile ha encontrado el último puesto. Su hábito es el más bello del mundo…»

¿Era la trapa el único lugar de la tierra donde podía satisfacer su vocación? El abate Huvelin, al cual sometió su pregunta en cuanto estuvo de regreso en París, no se pronunció todavía. «Es mejor -le dijo- que antes de tomar cualquier decisión, hagáis una peregrinación a Tierra Santa. Allí pedid a Dios que os ayude a decidir».

En Tierra Santa, entre la nieve, sucedieron los acontecimientos que hemos narrado al comienzo de este capítulo. Desde aquella Navidad, Carlos no soñó sino con vivir la vida de silencio, oración y trabajo que durante treinta años llevó Cristo en Nazaret.. Había recibido la cuarta indicación y era la definitiva.

El 16 de enero de 1880 fue un día de viento impetuoso. Carlos avanzó por el sendero que se adentraba en un bosque de hayas y abetos, en forma de escarpada pendiente, entre los montes del Vivarais. Aquel camino llevaba a la trapa de Nuestra Señora de las Nieves.

Respecto de la misma, sabía dos cosas esenciales: la primera, que aquél era el más pobre entre los pobres monasterios trapenses, y él quería ser el más miserable de aquellos frailes míseros; segunda, que aquella trapa había fundado un nuevo monasterio en Siria, cerca de Alejandreta, y esperaba formar parte del grupo que iba a ser enviado allí para reforzar la nueva comunidad, la cual sin duda seria todavía más pobre que la casa madre.

El abate Huvelin le había escuchado, -ya no cabían dudas, la elección de Foucauld era meditada- y le dio su aprobación. Aquél fue el momento de la decisión final.

Desde que solicitó la admisión en la trapa, hasta que le fue concedida, pasaron varios meses. En el transcurso de los mismos, el tribunal de Nancy le quitó el consejo judicial y le devolvió la plena libertad para disponer de su fortuna. Curiosa historia la de la fortuna de Carlos: había podido utilizarla a manos llenas cuando era mejor que no la tuviese; le fue administrada precisamente cuando la había podido emplear en algo serio; se le devolvía ahora la completa disposición sobre la misma, cuando para él carecía totalmente de interés. Carlos la donó íntegra a su hermana.

Hizo una visita de despedida a sus parientes. Fue de Nancy a Dijón y por último a París. La víspera de la partida, él y Maria asistieron juntos a la misa que celebró el abate Huvelin y ambos comulgaron. Al llegar el momento, dio un postrer abrazo a los parientes de la calle de Anjou y se encaminó solo hacia la estación.

El bosque estaba ahora a su espalda; pero el viento soplaba igualmente en la desnuda pendiente de la montaña. Al alzar los ojos, Carlos vio los muros de granito blanco del monasterio solitario. Entonces sintió que, en verdad, todo había terminado: las locuras de Saumur, las pasiones de Evian, las aventuras de Fez, las amistades de Boujad y de Tisint, los afectos de París, las noches marroquíes bajo un cielo de diamantes, las noches parisinas iluminadas con las luces de los grandes bulevares, los veranos entre los viñedos de Gironda y en el castillo de Indre. Pero, al mismo tiempo, sintió que todo comenzaba en aquel reino de silencio. Hizo sonar la campana que había en la puerta.

«Deseo hablar con el Padre Abad» -dijo-. El hermano portero le guió, sin abrir la boca, ante el P. Martín.

«¿Qué sabéis hacer?» -le preguntó éste sin entrar en preámbulos.

«Pocas cosas».

«Entonces tomad ésta». Y le dio una escoba.

«Es mejor ser el último allí donde Dios quiere» -murmuró Carlos.

El día 27 de aquél mismo mes entró en la comunidad como postulante. Diez días más tarde tomaba el hábito de los novicios de coro: una amplia túnica de lana blanca, el escapulario y la cogulla. El vizconde de Carlos de Foucauld elegía para nombre religioso el de hermano María Alberico. «María -explicó-, por la Virgen de Nazaret, por mi prima que había sido la inspirada y como una hermana, a la que amaba tiernamente. Alberico en recuerdo de uno de los santos fundadores de la orden cisterciense».

En la trapa de Nuestra Señora de las Nieves cada día era idéntico que el anterior e igual que el siguiente. Para el hermano María Alberico todos ellos significaban oración, estudio y escoba, y una gran nostalgia de las personas amadas: María, Catalina, su hermana, la tía…

«Nos levantamos a las dos -escribió a su hermana- y vamos a la iglesia, donde recitamos durante dos horas en voz alta los salmos en el coro. Después, durante hora y media, se está libre: se lee, se reza, los sacerdotes celebran su misa. Hacia las cinco y media volvemos al coro para seguir recitando salmos -es el oficio de «prima»- y se oye la misa de la comunidad. Después se va al capítulo, donde se hacen algunas oraciones, el superior comenta una parte de la regla y, si alguno ha cometido una culpa, se acusa en público y recibe la penitencia correspondiente, que no es jamás severa. Después, más tiempo libre -tres cuartos de hora- para leer y orar cada uno por su cuenta; luego se recita en el coro la «tercia». Hacia las siete se comienza el trabajo: al salir de «tercia» el superior señala el trabajo a cada uno. Se hace éste hasta las once, hora en que se dice la «sexta». A las once y media vamos al refectorio. Después de la comida -una comida monacal- nos dirigimos a la habitación para dormir hasta la una y media de la tarde. Tres cuartos de hora de intervalo para las plegarias particulares de cada uno o la lectura. A las dos y media, vísperas. Después de éstas, trabajo hasta las seis menos cuarto. A las seis, oración. A las seis y cuarto, cena. Un poco de tiempo libre y, a las siete y cuarto, lectura para toda la comunidad, en capitulo. Después «completas», canto de la salve y a la cama. Vamos a dormir a las ocho…»

Los trapenses no tienen celdas separadas, duermen todos juntos en una desnuda habitación. Adiós cámara familiar de otro tiempo, adiós cuarto número 82 de la escuela de Saumur con su cómoda tumbona, adiós garçoniere de Pont-á-Mousson, adiós apartamento de Paris, adiós tiendas marroquíes…

Pero ¿por qué había elegido la trapa? «Por amor, por amor», escribía.

Cf. Vidas místicas Carlos de Foucauld, Blog subsidiario de elsantonombre.org