Carlos de Foucauld: Hermano Carlos de Jesús 1858-1916

 Archivado en 2005. Un mundo de todos y para todosNº 54 2 Inmigrantes entre la aceptación y el rechazo (junio 2.005)

Con motivo de su próxima beatificación, la Familia Carlos de Foucauld en España, queremos dar a conocer algunos rasgos de su singular camino de santidad, convencidos de la vigencia que su búsqueda tiene en nuestro mundo actual

 La experiencia de la ternura de Dios

Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo en 1858 y tuvo una infancia feliz, aunque sus padres murieron cuando todavía no tenía 6 años.

Su adolescencia fue dolorosa, perdió la fe y se hundió en una vida de placer y de desorden. Pero en el fondo de su corazón experimentaba una tristeza, un vacío… Más tarde comprenderá que esa tristeza era un signo de que Dios no lo había abandonado.

Entró en la escuela militar y salió de ella oficial a los 22 años. Fue enviado a Argelia, que era entonces una colonia francesa. Tres años después abandonó el ejército y emprendió una exploración arriesgada en Marruecos. Allí  algunos musulmanes muy religiosos le reciben y protegen varias veces. Se transforman en amigos, y su fe le interpela. En él surge una pregunta: ¿Existirá Dios ?

Al regresar a Francia, conmovido por la acogida cariñosa y discreta de su familia profundamente cristiana, empieza una búsqueda. Encuentra un sacerdote que será para él un padre y un amigo: Henri Huvelin. Se convierte en octubre de 1886, a los 28 años.

Descubre entonces a Dios como un Padre lleno de ternura que nunca se cansó de esperar a su hijo, y desde ese momento busca cómo responder con toda su vida a este amor infinito de Dios.

 El descubrimiento de Jesús de Nazaret

Una peregrinación a Tierra Santa le revela el rostro de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, que llevó durante 30 años la existencia oscura de un artesano de pueblo. Esta pobreza y esta humildad lo atraen irresistiblemente.

Vislumbra el camino, pero será largo y accidentado. El hermano Carlos pasa primero siete años en un monasterio de la Trapa, después cuatro años en Nazaret, donde vive como ermitaño junto a un convento de Clarisas.

Día y noche permanece en adoración delante del Santísimo como un enamorado que no se cansa de esperar a su Amado. Se deja impregnar por las palabras y los ejemplos de Jesús, deseando que acaben por cambiar su corazón. Y la Palabra de Dios lo interpela.

Una frase del Evangelio sacude la vida de Carlos de Foucauld: «Lo que hicisteis al más pequeño de los míos, a mí me lo hicisteis.»

Ella lo empuja a dejar su soledad para llevar a aquellos que no lo conocen el amor de Dios que arde en él como un fuego. Quiere estar tan atento a la presencia de Jesús en el pobre como a su presencia en la Eucaristía.

Por eso en agosto de 1900 deja definitivamente Nazaret para prepararse al sacerdocio. Ordenado el 9 de junio de 1901 por el obispo de Viviers, sale unos meses más tarde hacia Argelia y se establece en el oasis sahariano de Beni Abbès… No construye una ermita, sino una «fraternidad», es decir, una casa cuya puerta está abierta a todos los que vienen, sea cual sea su nacionalidad, raza o religión. Quiere ser el hermano y el amigo de todos.

El trabajo paciente de la amistad

Tres años después de su llegada a Beni Abbes el hermano Carlos oye hablar de los tuaregs del Hoggar. Unos amigos oficiales le ofrecen la posibilidad de emprender un viaje para entrar en contacto con ellos. Camina durante más de 3 meses para encontrar esas tribus nómadas. En 1905 Moussa Ag Amastane, jefe de una de ellas, le permite establecerse en Tamanrasset. Sólo, sin defensa, confía en la palabra de los que lo reciben y se instala en una pobre casita de tierra construida en unos días.

Empieza con gran empeño el estudio de su lengua y su cultura, confecciona un diccionario, transcribe centenares de poemas, con la finalidad de descubrir el alma de ese pueblo y de preparar su evangelización.

Muy pronto se da cuenta de que no es el momento de hablar de Jesús. Intentará decirles quién es su Dios a través de la bondad y de la amistad. Escribe en 1909 : «Yo quisiera ser suficientemente bueno para que digan: «Si así es el servidor, ¿cómo será el amo?»

 Configurado a Jesús en su propia muerte

En 1914 estalla la primera guerra mundial, y la violencia llega hasta la soledad del Hoggar. El hermano Carlos sabe que se encuentra en un entorno cada vez más peligroso, pero, unido al pueblo tuareg por una profunda solidaridad humana, no quiere abandonar a aquellos que lo acogieron hace más de 10 años.

También desea seguir incluso en su Pasión y en su Muerte a ese Jesús de Nazaret, que cautivó su corazón para dar como Él la prueba del mayor amor.

En la tarde del 1 de diciembre de 1916 es secuestrado por un grupo de rebeldes, que, al parecer, no tenían intención de matarle. Pero en un momento de pánico, el que lo vigila dispara contra él a quemarropa y el hermano Carlos cae víctima de la violencia como tantos otros durante esos años de guerra.

Muerte solitaria, pero signo de esperanza de que la fraternidad humana es más fuerte que los odios que desgarran a los pueblos. Moussa Ag Amastane, musulmán ferviente, escribía a la hermana del hermano Carlos quince días después de la muerte de éste:

«Carlos el marabú no ha muerto sólo para ustedes, ha muerto también para todos nosotros. Que Dios le conceda la misericordia y que nos volvamos a encontrar con él en el Paraíso«.

LAS TRANSFORMACIONES DEL HERMANO CARLOS Y SUS FACTORES

Honoré SAVADOGO, sacerdote de la Fraternidad de Burkina Faso y miembro del equipo internacional.


Invocación al Espíritu Santo
Palabra de Dios: 1 Cor 11, 18-29

Introducción
Todo lo que vive está muy a menudo sujeto a un conjunto de cambios que podemos llamar transformaciones. Algunas transformaciones son parte integral de la propia naturaleza de un ser vivo, mientras que otros
cambios se sufren o se imponen. Nacer, ser niño, crecer y envejecer son cambios intrínsecos en la vida humana. ¡El trigo transformado en pan, luego en el cuerpo y la sangre de Cristo sufre transformaciones
extraordinarias! En esta charla, me gustaría considerar algunos cambios
importantes en la vida de Carlos de FOUCAULD. Prestaremos especial atención a los mecanismos o factores de sus transformaciones para poder orientar las transformaciones a las que quisiéramos someter nuestra vida o comprender ciertas transformaciones que vamos experimentando.
He aquí algunas transformaciones espirituales importantes en la vida de Carlos: la pérdida de la fe durante su adolescencia y juventud, su conversión como explorador en Marruecos, su conversión a la fe, su entrada en Notre-Dame des Neiges en Francia y Notre-Dame-des-Neiges. Señora del Sagrado Corazón, en Siria, su estancia de tres años con las Clarisas en Nazaret, su ordenación sacerdotal, su vida misionera y pastoral en el Sáhara.

  1. Pérdida de la fe
    Hay, sobre todo, dos factores principales. La primera fue la lectura de autores hostiles a la fe. Con su amigo del instituto, Gabriel TOURDES, Carlos de FOUCAULD devoró las obras de autores como
    RABELAIS, MONTESQUIEU y VOLTAIRE. A lo largo de los años y las lecturas, estos escritores arruinaron su fe y los sumergieron en el positivismo, el racionalismo, el relativismo, el agnosticismo y, en
    última instancia, la incredulidad. Un segundo factor que es al mismo tiempo consecuencia de esta situación fue la vida de los pecados. El
    pecado es hostil a la fe, la expulsa y se multiplica tan pronto como desaparece. El pecado es la raíz de todo tipo de transformaciones negativas. Con la pérdida de la fe, el pecado se instaló en la vida del hermano Carlos: pereza, egoísmo, libertinaje, indolencia, goce excesivo, prodigalidad, desorden sexual, etc. (cf. Retiro en Nazaret, 103-106). Un último factor cuestionable es la cadena de duelo que le agobiaba: la muerte de su madre, padre, abuela y abuelo en el espacio de unos pocos años. Es una situación importante y atenuante, pero que no podría justificar tantos pecados. Carlos de FOUCAULD se arruinó con sus lecturas, pero también fueron éstas las que le dieron una luz que transformó su vida (Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Sto. Tomás de Aquino, San Juan Crisóstomo, clásicos de la teología y de la Palabra de Dios de manera eminente).Nuestras lecturas contribuyen enormemente a nuestra transformación. La lectura es necesaria, debemos darle un buen lugar en nuestra vida diaria y saber nutrirnos de libros que construyan y animen la unión con Dios, por el amor de Dios y de los hombres. ¿Qué libros he leído durante este año? ¿Cuánto tiempo ocupa la lectura en mi vida con la llegada de todas estas redes sociales? ¿Mi tiempo de lectura está consumido por actividades pastorales? A cierta edad, uno está mejor capacitado para hacer transformaciones importantes, pero una mente cultivada es siempre un mejor santuario para el Señor. La lectura es el aire que respira nuestra vida espiritual: si es puro respiramos buena salud, si está contaminado estamos infectados de enfermedades que son difíciles de curar.
  1. Conversión como explorador, conversión a la fe
    2.1. Conversión como explorador
    El factor principal detrás de esta transformación es doble: pasión y autoestima. Carlos de FOUCAULD siempre ha sido un apasionado de la geografía. Explorar Marruecos no ha sido un percance ni un simple accidente, es la realización de una pasión. Esta exploración también fue para él una forma de recuperar su autoestima, su índice de popularidad que estaba en el punto más bajo para su familia y para él mismo. Para lograr esta pasión desplegó una energía increíble que estaba adormecida en él: tiene 23 años y estudia desde las 7 de la mañana hasta la medianoche con 30 minutos de descanso para la comida. Estudió árabe, oficio de explorador, etnografía, geografía, astronomía, matemáticas y un poco de hebreo (por razón de su disfraz de judío) (Cf. J.-F. SIX, Charles
    de Foucauld en caso contrario
    , DDB, París 2008, 25).
    Nuestras pasiones, grandes o pequeñas, buenas o malas, pueden salvarnos o perdernos, pueden contribuir a la brillantez de nuestro ministerio sacerdotal o a su oscurecimiento. ¿Cuáles son mis pasiones (películas, fútbol, juegos de todo tipo, actividades, teléfonos y redes sociales, comida, etc.)? ¿Qué tiempo y qué energías (financieras, físicas)
    me quitan? ¿Cuáles son sus consecuencias en mi vida diaria?
    ¿Qué transformaciones han hecho en mí?
    2.2. Conversión a la fe
    Es obvio que el primer factor aquí es la gracia de Dios dada gratuitamente. Pero hay otros factores que podemos tener en cuenta, entre ellos el testimonio de vida de su prima Marie de BONDY. Marie de BONDY interpretó el papel de madre humana y espiritual de Carlos de
    FOUCAULD: “Me escribiste una carta que me hizo bien, que me conmovió en una edad en la que era difícil removerme. y que contribuyó más que nada a que volviera con mi tía”(Carta a la señora de Bondy, 12); «Ya que el buen Dios te hizo el primer instrumento de sus misericordias hacia mí, y de ti me vienen todas: si no me hubieras convertido, traído de vuelta a Jesús, aprendiendo poco a poco, con una palabra tras otra, piadosa y buena,¡cómo iba a estar aquí hoy! (28 de abril de 1901, 83).Lo más atractivo de nuestra vida, el lenguaje más seguro y eficaz en el anuncio de la Buena Nueva en nuestros entornos de vida en proceso de descristianización, es el amor que no juzga, la ternura, el cariño. , amistad, amabilidad, presencia amorosa. ¿Cuál es el lugar del cariño y la ternura en mis relaciones humanas: con los miembros de mi familia, mis hermanos en el ministerio, mis feligreses, o aquéllos de quienes tengo cuidado pastoral?
  1. Su entrada en la Trapa, su estancia con las Clarisas
    Carlos de FOUCAULD entró en la Trapa para amar a Dios con el amor más perfecto posible. Este amor perfecto pasó por la búsqueda y el
    cumplimiento de la voluntad de Dios, la imitación del amado, la cruz y los sacrificios, la adoración, la contemplación de Jesús presente en el Santísimo Sacramento y el amor al prójimo. Solo, a la vista de Dios.
    El amor de Dios fue, por tanto, el factor principal de su accidentada vocación religiosa. Según su forma de amar a Jesús, ocupar el último lugar, llegar a imitar materialmente la vida abyecta de Jesús, era motivo de tormento e incertidumbre. Tuvo que purificar su visión de la Eucaristía y de la imitación de Jesús de Nazaret para poder liberarse
    de ciertas ilusiones. Sin embargo, todo lo que vivió en la Trapa y con las Clarisas fueron verdaderos momentos de crecimiento espiritual y humano que lo llevarán al Sáhara.
    Pensemos en la historia de nuestra vocación. ¿Qué me atrajo del sacerdocio? ¿Ha cambiado o evolucionado esta realidad? ¿Qué me mantiene hoy en mi vocación sacerdotal?
  2. Ordenación sacerdotal y vida misionera en el Sáhara
    Un factor obvio en esta gran transformación de Carlos fue la comprensión de la Eucaristía como un banquete para los más lejanos. Mientras estaba con las Clarisas y tenía mucho tiempo para orar, meditar los Evangelios, adorar la Eucaristía y leer obras teológicas, Carlos percibió que en términos de la glorificación de Dios y la santificación de los hombres, nada podría valer más que la Eucaristía.
    El Concilio de Trento se ocupó de la excelencia del sacramento de la Eucaristía y esta verdad de fe ha sido retomada por los catecismos y por numerosos autores. Carlos de FOUCAULD se adhirió a esta enseñanza conciliar con una fe inquebrantable y radical. Si bien hasta entonces había rechazado el sacerdocio por humildad, comenzó a querer ser
    sacerdote y justificó su cambio de perspectiva con el padre HUVELIN en estos términos: “Sobre todo, porque nada glorifica tanto a Dios aquí abajo. que la presencia y la ofrenda de la Sagrada Eucaristía, por el solo hecho de que celebraré la Santa Misa y que pondré un sagrario, rendiré la mayor gloria a Dios y haré el mayor bien a los hombres ”, Por tanto, está convencido de que “la mera presencia del Santísimo Sacramento santifica silenciosamente el entorno. […] Y que nunca un hombre imita más perfectamente a Nuestro Señor que cuando ofrece el sacrificio o administra los sacramentos […]
  3. ¿Cuál es mi convicción dominante sobre la Sagrada Eucaristía que celebro y adoro?¿Estoy convencido, como los Concilios de Trento y Vaticano II, como el hermano Carlos, de que nada glorifica tanto a Dios aquí en la tierra como la presencia y la ofrenda de la Sagrada Eucaristía, sólo por el mero hecho de que celebre la Santa Misa y adoro la Eucaristía?. ¿Le doy a Dios la mayor gloria y hago a los hombres el mayor bien? ¿Tengo una o más convicciones eucarísticas específicas que dan una nota particular a mi vida, a mi ministerio sacerdotal?

Meditación y oración:
Jn 13, 1-17
Lc 22, 14-20
1 Corintios 11, 18-29

Como Jesús, escuchar y preguntar al otro-2 (Carlos de Foucauld)

 Jacques Levrat

María, después de su encuentro con Isabel, ya lo hemos observado, escuchó las palabras pronunciadas por ésta. Estuvo atenta a lo que brotaba del corazón de su prima. Esta actitud corresponde a la que el mismo Jesús practicó y enseñó. En efecto el primer gesto público de Jesús, explicado por el Evangelio, se sitúa en Jerusalén, cuando, a los 12 años, se encuentra en medio de los doctores. Ahora bien, nos dice el texto: Jesús está allí, «escuchándolos y preguntándolos». Jesús no comienza por enseñar, por decir a sus hermanos humanos que deben hacer… Está allí, en una actitud de recepción, disponibilidad, escucha respetuosa: «suave y humilde de corazón». Escucha. Pregunta también. No como un funcionario que debe informarse, sino como un enamorado que quiere saber lo que vive el corazón del otro, que pretende comprenderlo, que quiere descubrir lo mejor del otro. Jesús ha consagrado el tiempo más largo de su vida a escuchar. Quería conocer su pueblo, sus miserias por supuesto, y también sus alegrías, su esperanza… A continuación, solo a continuación, hablará. ¡Lo hará incluso con autoridad, ya que sabe lo que hay en el corazón del hombre! En esta época, no se hablaba aún de diálogo… Pero sabemos hoy que esta actitud de escucha respetuosa es la primera condición. Uno de los objetivos de! diálogo es, en efecto, descubrir lo que hay de bueno en el otro. Y, a partir de lo mejor, es posible intercambiar, compartir, enriquecemos mutuamente con nuestras experiencias espirituales. Ahora bien, podemos observar que Charles de Foucauld dedicó mucho tiempo a la escucha y al descubrimiento del otro. Ya, en su «Reconocimiento en Maruecos»- una «visita» de carácter científico -, por razones prácticas, había elegido ponerse en una situación de silencio. Al principio de su viaje, hablaba bastante mal el árabe dialectal y muy poco el berber. Y sobre todo, disfrazado en judío, no quería hacerse reconocer. Este silencio, obligado hasta cierto punto, le permitió observar muy atentamente el país y a sus habitantes. Es probablemente una de las razones de la calidad científica de su trabajo. Un trabajo que continúa siendo una obra de referencia sobre Marruecos de final del siglo XIX.

Anos más tarde, cuando Charles de Foucauld vuelve al Magreb, es por amor a sus amigos tuaregs que quiere conocer su lengua y su poesía, que los escucha y los pregunta detenidamente. Hace allí aún, un trabajo científico de gran cualidad: un diccionario de lengua tuareg de más de 2.000 páginas manuscritas y las recopilaciones de poesía berber. Sus motivaciones habían evolucionado. No tenía ya que salir de los problemas personales en los cuales aún estaba metido, en tiempos de su «Reconnaissance au Maroc»; había adquirido una gran libertad interior, una nueva capacidad de amar, de escuchar y preguntar. Aquellos trabajos saharianos son una expresión de su respeto por una cultura en la que reconoce, y quieren hacer conocer, las calidades, el valor. Son, por eso, una señal de su amor, de su deseo de conocer mejor a las personas para, según sus propias palabras, «convertirse uno de entre ellos»; como Jesús, por su Encarnación y su vida a Nazaret, pasó a ser uno entre nosotros. La calidad de estos trabajos científicos en realidad, aún hoy, los hace un instrumento indispensable para conocer la lengua y la poesía tuareg que expresa el alma profunda de este pueblo. Un alma preparada para estremecerse, si se la descubre.

En la actualidad, en el Magreb, entre otras formas de presencia, cristianos trabajan en centros de estudio, bibliotecas, para descubrir las distintas culturas de esta región, y para ponerse al servicio del desarrollo de los hombres. Estos centros culturales son lugares de encuentro privilegiados entre cristianos y musulmanes. Encuentros que se sitúan, deliberadamente, a nivel cultural, en el humanismo. No hay un humanismo sectario, pero abierto a intercambios sobre lo que da sentido a la vida, un humanismo disponible a intercambios en el ámbito religioso. Hago hincapié en esta dimensión humanista porque demasiado a menudo, me parece, se aborda a los Magrebíes poniendo sobre ellos la etiqueta «musulmán». Una etiqueta religiosa que funciona como un marco o un disfraz que no permite entender la riqueza y la complejidad de su historia, su vida social, su personalidad. En estos centros de estudio, tenemos como objetivo de encontrar al otro con toda su riqueza cultural. Una cultura que incluye una dimensión religiosa, ciertamente, pero a la cual no se la puede nunca reducirlo. ¡Es más que eso! La escucha del otro, acogerlo de tal como es, pide también que sepamos tomar el tiempo necesario para el encuentro y respetar las etapas. Tomando modelo de la paciencia divina: «Mil de años son para El como un día». Ya que Dios trabaja el corazón del hombre en profundidad, a lo largo del tiempo.

Cuando tengo la tentación de quemar etapas, pienso en el episodio del evangelio de Marcos que necesité tiempo para comprender. Jesús, nos dice el texto, para viajar al país de los Gerasenos, tuvo que cruzar el lago para llegar a la otra orilla. Durante la travesía sufre una fuerte tormenta, ir hacia los paganos remueve siempre muchas cosas. Allí, encuentra un hombre «poseído de un espíritu impuro». Jesús lo libera de este espíritu astuto, y, después de un momento pasado con él, Jesús se prepara para volver a salir y se incorpora a su barca. En ese momento, el Geraseno manifiesta el deseo de seguirle. Pero Jesús, viendo sus buenas disposiciones, le propone otro programa, le dice: «Ve a tu casa, con los tuyos, y explícales lo que el Señor ha hecho en ti y como se ha compadecido de ti» (Mc 5.19). Este hombre, si hubiera seguido a Jesús, habría podido ser testigo de su muerte, su resurrección, los dones del Espíritu, en una palabra de la plenitud del misterio pascual… Pero Jesús lo devuelve a los suyos y le da una misión: dar testimonio de su curación y este encuentro que acaba de vivir… Lo mismo sucede con nosotros que debemos vivir el momento presente, con alegría, gratuidad, disponibilidad: el futuro sigue estando abierto, está en las manos de Dios.

Cuando Charles de Foucauld llegó al Magreb, tenía prisa en proclamar toda la Buena Noticia y bautizar… Pero, poco a poco, la escucha atenta de las personas entrevistadas y los años de estudios le han permitido conocer mejor al otro tal como es, con su historia y sus riquezas. El otro es un hermano, y es trabajado por el Espíritu. Debo encontrarlo, pero debo también respetar su propio camino espiritual hacia Dios. Ya que, como dice el profeta Isaías: «vuestros pensamientos no son mis pensamientos, y mis caminos no son vuestros caminos» (Is.55,8). Por ello Charles de Foucauld aprendió a vivir como «hermano universal».

Charles de Foucauld y el “misterio de Nazaret”

Comparte0Vatican Insider | Nov 29, 2016

El jueves primero de diciembre se cumple el primer centenario de la muerte del beato Charles de Foucauld, figura fundamental de la espiritualidad cristiana reciente, un hombre que —dijo Papa Francisco— «tal vez como pocos otros intuyó el alcance de la espiritualidad que emana de Nazaret»; un hombre cuyo carisma —observó el teólogo Pierangelo Sequeri– «fue donado y destinado, anticipadamente, para este tiempo de la Iglesia».

El oficial, el explorador

Charles de Foucauld nació en Estrasburgo, Francia, el 15 de septiembre de 1858. Durante la adolescencia sufrió la influencia del escepticismo religioso y del positivismo científico que caracterizaban su época; escribió, refiriéndose a esa época: «desde la edad de 15 o 16 años toda la fe había desaparecido en mí». Entró a la escuela militar y se convirtió en oficial. Fue enviado con su regimiento a Argelia. En 1882 abandonó el ejército y emprendió un viaje de exploración que lo condujo primero a Marruecos y después al desierto argelino y tunecino.

«¡Dios mío, haz que yo Te conozca!»

Volvió al seno familiar parisino, en 1886, con la intención de preparar un texto sobre sus descubrimientos: fue un tiempo decisivo para su conversión. Escribió: «He iniciado a ir a la iglesia, sin ser creyente, pasaba largas horas repitiendo una extraña oración: “¡Dios mío, si existes, haz que yo Te conozca!”». Su conversión, acompañada por el abad Henry Huvelin, fue en octubre de ese mismo año: «Apenas creí que había un Dios, comprendí que no podía más que vivir para Él»

Jesús, obrero de Nazaret

Hizo inmediatamente un largo peregrinaje a la Tierra Santa, durante el que anotó: «Deseo conducir la vida que he entrevisto y percibido al caminar pos las calles de Nazaret, en donde Nuestro Señor, pobre artesano perdido en la humildad y en la oscuridad, apoyó los pies». Dirigiéndose a Jesús, escribió: «¡Cuán fértil en ejemplos y lecciones es esta vida de Nazaret! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué bueno fuiste al habernos dado esta instrucción durante 30 años!».

Al volver a su patria entró a la Trapa Notre-Dame des Neiges y después due enviado a la Trama de Akbés, en Siria. Pero se dio cuenta de que en la Trama no es posible «conducir la vida de pobreza, de abyección, de desapego efectivo, de humildad, diría incluso de recogimiento de Nuestro Señor en Nazaret». Un episodio significativo que vivió en ese tiempo: «Una semana me mandaron a rezar un poco al lado de un pobre obrero del lugar, católico, que murió en la fracción de al lado: ¡qué diferencia entre esta casa y nuestras habitaciones! Yo anhelo Nazaret».

La misma vida de Nuestro Señor

Al darse cuenta de que «ninguna congregación de la Iglesia da la posibilidad de conducir hoy y co Él esta vida que Él condujo de esta manera», se preguntaba si «no era hora de buscar a algunas almas con las cuales […] formar un inicio de pequeña Congregación de este tipo: el objetivo sería el de conducir cuanto lo más exactamente posible la misma vida de Nuestro Señor, viviendo únicamente del trabajo de las manos, sin aceptar ningún don espontáneo ni oblación, y siguiendo al pie de la letra todos sus consejos, sin poseer nada, privándonos de lo más posible, antes que nada para conformarnos a Nuestro Señor y después para darle lo más posible en la persona de los pobres. Añadir a este trabajo muchas oraciones».

Nazaret es la vida de Jesús, no simplemente su prefacio

Surgió algo conscientemente inédito en la geografía religiosa, observó Sequeri en el volumen «Charles de Foucauld. El Evangelio viene de Nazaret» (Vita e Pensiero): «La novedad de la intuición se da, en primer lugar, por la neta referencia cristológica de la imitación/secuela de Nuestro Señor Jesús: “la misma vida de Nuestro Señor” Jesús, es decir “la existencia humilde y oscura de Dios, obrero de Nazaret”». En otras palabras: «Nazaret no es el “prólogo” de la vida pública, el simple momento “preparatorio” de la misión, ni la forma de una “pre-evangelización” que ofrece un genérico compartir y un anónimo testimonio […] Nazaret es la vida de Jesús, no simplemente su prefacio. Es la misión redentora en acto, no su mera condición histórica. Nazaret es el trabajo, la cercanía, la proximidad doméstica del Hijo que se nutre durante largos años de lo que le importa al “abba-Dios” (“¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”, Lc. 2, 49). ¿De dónde podría partir una nueva evangelización sin detenerse por todo el tiempo necesario en el fundamento en el que Dios la puso para el Hijo mismo?».

La lectura de los Evangelios

En 1897, el hermano Charles deja la Trapa y se muda a Nazaret, en donde vivió durante tres años, en una casita en el monasterio de las clarissa. Marcaban sus días el trabajo, la adoración silenciosa de la Eucaristía y la lectura de los Evangelios. «De Foucauld desea vivir imitando a Jesús, “obrero de Nazaret”: y para hacerlo decide encomendarse a los Evangelios, que lee cotidianamente y sobre los que medita por escrito», cuenta Antonella Fraccaro, religiosa de las Discípulas del Evangelio (Instituto religioso que forma parte de la Asociación de Familias Espirituales Charles de Foucauld) y autora del volumen «Charles de Foucauld y los Evangelios». «Sus meditaciones —algunos miles de páginas— tienen un corte intimista y auto referencial; sacan a la luz sobre todo el vínculo intenso y afectuoso que Foucauld vive con el Señor. En el centro de las meditaciones no está su autor, sino la persona de Jesús y Su estilo, que debe ser asimilado día a día con Su gracia. Los motivos que inspiran la lectura de los Evangelios se expresan en un breve texto, muy significativo, escrito en una pequeño papel utilizado como separador. Anotó el hermano Charles dirigiéndose a Jesús: “Leo: 1o) para darte una prueba de amor, para imitarte, para obedecerte; 2o) para aprender a amarte mejor, para aprender a imitarte mejor, para aprender a obedecerte mejor; 3o) para poder hacer que los otros te amen, para poder hacer que los demás te imiten, para poder hacer que los demás te obedezcan”».

Con el pueblo del desierto

Durante el tiempo que pasó en Nazaret maduró en su interior la vocación al sacerdocio: fue ordenado en 1901 en Francia, y al año siguiente se estableció en Beni Abbès, en la parte argelina del Sahara, «entre las ovejas más perdidas, entre las más abandonadas». En esos días escribió: «De las 4.30 de la mañana a las 20.30 de la noche, no dejo de hablar, de ver gente: esclavos, pobres, enfermos, soldados, viajeros, curiosos […] Quiero que se acostumbren todos los habitantes de la tierra a considerarme un hermano, el hermano universal». En 1905 decidió dirigirse hacia el sur, entre los Tuareg, a Tamanrasset, en donde no hay «ni guarniciones, ni telégrafos, ni europeos».

La belleza doméstica de la radicación evangélica

La Nazaret que Charles anhelaba no estaba en la Trapa sino en el desierto. Sequieri comenta al respecto: «El punto no es tanto el de la dureza de la ascesis sino el de una imitación “real” de Nazaret: que tiene que encontrar las condiciones del propio rigor en la normalidad del contexto en el que las condiciones ya están dadas y no son artificialmente buscadas o reconstruidas religiosamente. En esas condiciones, efectivamente, el “pequeño hermano universal” se radica como su “bien amado hermano Jesús”, porque los hombres y las mujeres ya se han radicado: porque son la vida cotidiana, el horizonte de su mirada sobre el mundo». El rigor de esta “inhabitación” incluye «un principio de simplificación y un criterio de afinidad que liberan la singular belleza doméstica de la radicación evangélica».

Hermano y familiar de los Tuareg

Charles fue pródigamente generoso con sus Tuareg. «Quiso vencer las desconfianzas, conquistar su confianza, fraternizar, volverse un familiar; quiso hacer que conocieran la bondad de Jesús», dice Fraccaro. «Su tiempo estaba dividido entre la oración, las relaciones con los indígenas, a los que ayudaba y apoyaba de diferentes maneras, y los estudios de la lengua tuareg: redactó incluso un diccionario tuareg-francés. En las cartas a sus amigos lejanos les pedía que rezaran por estas almas abandonadas, y también por él: “Récenle para que yo haga lo que quiere de mí para ellos, porque yo soy el único, desgraciadamente, que me ocupo de ellos por Su parte y para Él».

La presencia eucarística

Los gestos de atención, la tenaz dedicación a los hombres y a las mujeres del desierto, conviven con una total relación/conversación con el Señor presente en la Eucaristía. Foucauld lo llevó entre quienes no lo conocían porque también ellos son “suyos”. Es una presencia, una bendición que todos perciben, todos sienten la oración y las palabras que la habitan, todos intuyen el vínculo especial al que da vida. La presencia eucarística del Señor condensa en sí la palabra y el gesto cristiano menos “anónimos” que existan (Sequeri).
 
Si el grano de trigo no muere

Charles de Foucauld murió el primero de diciembre de 1916, en Tamanrasset. Lo golpeó una bala durante una escaramuza provocada por las tropas rebeldes del Sahara. Él, que desde 1893 hasta el final de su vida se aplicó a la redacción de «Reglas» para estas agregaciones que tanto había deseado, murió solo. En las décadas siguientes, nacieron muchas familias de religiosos, religiosas, sacerdotes y laicos que se inspiran en él: en la actualidad son veinte y tienen presencia en todo el mundo. Reunidas en la Asociación de Familias Espirituales Charles de Foucauld, incluyen a alrededor de 13 mil personas. «En su diversidad —concluye Fraccaro– estas familias tienen rasgos comunes: la radicación en los contextos de la existencia ordinaria, la vida en pequeñas comunidades unidas por un espíritu fraterno, la meditación de la Palabra de Dios, la dedicación a las almas que más sufren y más abandonadas. El grano de trigo, muriendo, ha dado fruto, justamente como De Foucauld –tan vinculado a este versículo del Evangelio de Juan (12, 24)— esperaba que sucediera».
 

Charles de Foucauld: Un viajero en la noche

 Eduardo Valenzuela11 Junio 2019 Revista Humanitas

Charles de Foucauld, hombre solitario e inspirador de una espiritualidad de vasta repercusión en el siglo XX cristiano.

Charles de FoucauldCharles de Foucauld murió asesinado el 1º de diciembre de 1916 en una remota aldea llamada Tamanrasset en la profundidad del desierto argelino. De Foucauld había decidido partir hacia el desierto sahariano quince años atrás para iniciar una experiencia inédita de evangelización de la población islamizada del desierto árabe. Primero estuvo en Beni-Abbés y luego en Tamanrasset en medio del pueblo tuareg del Hoggar argelino en la frontera marroquí (para estar cerca de Marruecos, donde había realizado trabajos de reconocimiento geográfico cuando joven que fueron reconocidos por las sociedades científicas de la época). Este hombre solitario que nunca pudo atraer hacia su ermita a ningún discípulo (a pesar de la perseverancia que puso hasta el final por construir una orden religiosa dedicada al Sagrado Corazón de Jesús) y que nunca convirtió a nadie (a pesar de haber sido reconocido como un morabito, una palabra musulmana que designa a una persona a la que se atribuye santidad) ha sido, sin embargo, inspirador de una espiritualidad de vasta repercusión en el siglo XX cristiano, sobre todo a través de lo que se conoce como espiritualidad de Nazaret y de la obra de los Hermanitos y Hermanitas de Jesús que fundarían años más tarde el padre René Voillaume y la hermana Magdeleine Hutin respectivamente.

Del padre De Foucauld proviene el ideal de evangelización a través de la vida, “pregonar el Evangelio a través de su propio vivir”, predicar en silencio, simplemente con el testimonio de una vida buena y santa. En Tamanrasset logró estabilizar una regla de vida que combinaba la pobreza, la oración, el trabajo y la caridad. No construyó un templo sino una ermita, donde se ocultaba para orar —sobre todo en la tarde noche— y donde celebraba la Eucaristía con las licencias correspondientes para hacerlo solo. Tampoco vistió hábitos sacerdotales, solamente una túnica blanca a la usanza tuareg con el emblema en rojo del corazón de Jesús con la Cruz de Cristo en lo alto (del mismo modo que Teresa de Calcuta que se adentrará en los barrios pobres de Calcuta vestida únicamente con un sari indio). Trabajó arduamente en la elaboración de un diccionario tuareg-francés y en la recopilación y traducción de poesía local, siguiendo la huella de los grandes misioneros cristianos que admiraron, preservaron y acogieron las culturas diversas (en algo que después se llamará inculturación de la fe como método misional por excelencia del cristianismo). Su pobreza era proverbial y uno de los signos visibles de su santidad. Por lo demás, compartía con sus vecinos de igual a igual bajo los signos de la hospitalidad monástica, pero también a través de ayudas y favores que prestaba por doquier a los habitantes de su aldea, conocido y apreciado por todos. Su muerte se atribuye a la desestabilización de la frontera argelina custodiada por el ejército francés en plena guerra mundial y la emergencia de bandas seléucidas que asolaban los puestos fronterizos en nombre de la guerra santa del Islam y uno de cuyos objetivos pudo haber sido eliminar a los extranjeros especialmente apreciados por la población local.

La espiritualidad de Nazaret

La espiritualidad de Nazaret se forma en el deseo de llevar una vida semejante a aquellos años ocultos de Jesús en Nazaret y que De Foucauld llevó a cabo como simple auxiliar y mandadero del convento que las monjas clarisas tenían en la ciudad. Dice De Foucauld: “Nazaret es humildad, Nazaret es también silencio; Nazaret es también oración; ¿Qué es también Nazaret? Trabajo. En fin, Nazaret es principalmente un lugar de obediencia” [1]. De Foucauld releva la extrema humildad de vida que debió haber llevado Jesús en “el pobre taller del carpintero José” con todas “las inconveniencias de la gente pequeña” y los bienes que resultan de vivir completamente apartado del “crédito, la influencia, los honores y el poder”. Respecto del silencio, imagina “¡cómo se callaba frecuentemente en la casa de María!”, lo que dispone el ambiente hogareño hacia la oración y la acción de gracias en el marco de una vida llena de serenidad y de paz. El trabajo debió ser asiduo y haber cubierto toda la jornada y por ello mismo el lugar de la oración debió tomarse “preferentemente por la noche, quitándoselo al sueño”, lo que recuerda la adoración nocturna al Santísimo, todavía en la ermita de Tamanrasset. Además, Jesús “vivía sujeto a ellos”, como dice el Evangelio, “sumiso como un niño, a dos de sus pobres criaturas”, María y José, lo que pone de relieve el inmenso valor de la mansedumbre cristiana. “Nazaret —dice De Foucauld— es la raíz y el tronco”, mientras que el “Calvario es el fruto”. Ya en esta época escribe acerca del deseo de morir mártir “despojado de todo, tendido desnudo en la tierra, irreconocible, cubierto de sangre y de heridas, muerto violenta y dolorosamente”, tal como ocurrirá años más tarde.

Foucauld
Primero estuvo en Beni-Abbés y luego en Tamanrasset en medio del pueblo tuareg del Hoggar.

La espiritualidad de Nazaret es evidentemente de cuño monacal por su énfasis en las virtudes pasivas de la humildad, la comprensión y la obediencia y la combinación característica de oración y trabajo. Por lo demás, De Foucauld provenía de los monasterios trapenses Nuestra Señora de las Nieves en Francia y Akbés en Siria, donde se practicaban habitualmente las condiciones más exigentes de ocultamiento, separación y silencio, y donde el deseo de mortificación era más intenso. Algunos contrastes con la vida monástica, sin embargo, aparecen en la elección de Nazaret que tiene que ver con la búsqueda de simplicidad y pobreza —el objetivo principal de casi todas las reformas monásticas— y con desbordar el régimen de clausura monacal. Dice el padre Voillaume, fundador de los Hermanitos de Jesús: “Toma como objetivo en todo y para todo la vida de Nazaret: en su simplicidad y en su extensión; sin hábito especial, como Jesús de Nazaret; sin clausura, como Jesús en Nazaret; sin querer buscar sitios aislados y solitarios, sino más bien junto a una aldea, como Jesús en Nazaret; no menos de ocho horas diarias de trabajo (trabajo manual o de otra clase, pero manual en cuanto sea posible) como Jesús en Nazaret; ni campos grandes, ni habitaciones espaciosas, ni grandes gastos, ni siquiera grandes limosnas, sino también una extremada pobreza en todo, como Jesús en Nazaret…” [2].

Las dos columnas vertebrales de la espiritualidad de Nazaret han sido la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y la adoración al Santísimo Sacramento, sin contar desde luego la lectura asidua del Evangelio.

Ambas devociones revelan el carácter intensamente cristológico de la piedad foucauldiana. La devoción al Sagrado Corazón (que en su forma moderna data de las revelaciones de Paray-Le-Monial de Santa Margarita María Alacoque, 1647-1690) introdujo un punto de inflexión entre la oración rogativa (característica de la piedad mariana) y la oración contemplativa [3]Orar no es solamente pedir y agradecer el don recibido, sino también mirar el corazón de Jesús traspasado de bondad, a Aquel que es la fuente primordial del amor, el “Modelo único” como le llamó De Foucauld. Todo el camino de la devotio moderna y de la imitación de Cristo atraviesa este puente de la oración contemplativa, que crea una relación de amistad, intimidad y confianza con Cristo.

De Foucauld se dejará guiar por un sacerdote excepcional llamado Henri Huvelin (1830-1910), vicario de San Agustín en París. Según García Rubio, Huvelin le enseñará a De Foucauld la “ciencia del corazón” [4]. La devoción del Sagrado Corazón tuvo un fuerte sentido de expiación (incluso con ribetes políticos como en la edificación del Sacre Coeur en París después de la guerra franco-prusiana), pero Huvelin le da un sentido místico. Pío XII (Haurietis Aquas) define la devoción como la “síntesis del cristianismo”, en la medida que identifica a Jesús con el Amor (tal como aparece en el lema epistolar del padre De Foucauld, JESUS CARITAS) e introduce la certeza de haber sido amado por Jesús con un amor que antecede y sobrepasa cualquier amor humano. En ocasiones, el culto adopta un sentido expiatorio que insiste en la desproporción entre el amor divino y la ingratitud humana respecto de Aquel que nos ha amado y propicia la Eucaristía como sacrificio reparatorio correspondiente (también en Margarita María en un momento se impulsaba la comunión frecuente de los fieles). Pero la devoción adopta su sentido propio cuando el fiel se deja tocar por el Amor de Dios hasta el punto de “tener los mismos gustos que Jesús” y motiva la capacidad de ver a los demás con los mismos ojos de bondad y dulzura con que Jesús los vería.

Una segunda inflexión se produce en el paso desde la Eucaristía hacia la adoración al Santísimo (también impulsada con gran vigor en la segunda mitad del siglo XIX europeo) que tiene el mismo sentido de la oración contemplativa. Tanto la comunión frecuente de los fieles (otrora reservada a los sacerdotes) como la adoración prolongada al Santísimo al margen de la misa y, por ende, en ausencia de un sacerdote, recibieron reparos eclesiásticos y debieron abrirse camino en el seno de la Iglesia con las dificultades correspondientes. En algún momento, De Foucauld se propuso crear una orden dedicada exclusivamente a la adoración perpetua al Santísimo, pero esto requería de varias personas y se desviaba del ideal de pobreza asociado al trabajo manual. Como buen monje, De Foucauld rehuyó el sacerdocio, aunque finalmente se ordenó antes de partir a la misión del desierto, seguramente para tener la oportunidad de celebrar la Eucaristía, y también —según Voillaume— porque descubrió que el sacerdocio no era incompatible con el ideal de pobreza. Al sacerdote se le concedería un rango y prestigio social que impide la abjección, un término expresamente utilizado por De Foucauld para designar la disposición a ocupar siempre el último lugar y pasar desapercibido, algo que en tierras extrañas podía conseguirse mucho mejor, puesto que nadie había visto nunca a un sacerdote católico en un lugar semejante.

El método misional de la caridad

De Foucauld HumanitasEl padre Huvelin, que lo asistió durante su conversión y lo acompañó epistolarmente toda la vida, le aconseja permanecer en Nazaret. “¿Dónde queréis cultivar mejor la humildad, el silencio, que en el jardín de Nazaret en el que estas virtudes han florecido como en ninguna otra parte? ¿Dónde queréis estar más oculto a las miradas de todos, excepto a la de aquel a quien buscáis, entregado a un mayor ocultamiento, a una entrega más olvidada?” [5]. Pero De Foucauld toma la decisión de salir de Nazaret “para imitar a la Santísima Virgen en el misterio de la Visitación” —aquel que la conduce a la casa de su prima Isabel— y elabora el ideal “de un pequeño grupo de almas dedicadas a la adoración perpetua al Santo Sacramento y a la práctica de la imitación de la vida oculta de Jesús” en medio de la multitud de los que no conocen a Cristo. Como en la Visitación, no se trata de permanecer siempre en casa, pero —también a imitación de la Virgen— el método misional consiste en mostrar a Cristo en el silencio, la humildad y el gozo de vivir en Dios que es propio de María, quien, por lo demás, ha misionado a medio mundo sin decir una palabra.

La decisión de instalarse en el desierto proviene de su experiencia previa como oficial del ejército francés en Argelia y luego como explorador en Marruecos. Al comienzo se instala en Beni Abbès (1901-1907) bajo el objetivo de preparar la evangelización de Marruecos a través de una asociación de hermanos confiados al Sagrado Corazón. La evangelización no puede hacerla solo escribía entonces: debe ser la obra de un grupo unido en la fraternidad y la oración. La obra misionera francesa de esa época estaba radicada en los llamados Padres Blancos [6], pero su alcance se limitaba a las cabeceras de la ocupación francesa en el Magreb. En algún momento, sin embargo, bajo la influencia del padre Guérin (1878-1910) decide enclaustrarse en Tamanrasset, en las profundidades del desierto argelino. Tanto la decisión de salir de Nazaret y partir hacia el desierto como esta última de internarse en el territorio remoto de los bereberes, donde prácticamente se perdía toda presencia francesa, constituyen el impulso más decisivo en la vida del padre De Foucauld de “pasar oculto por la tierra, como un viajero en la noche” [7].

¿Cómo se combina este afán de ocultarse y callarse con cualquier propósito plausible de evangelización? El método misional del padre De Foucauld consiste en instalarse en las inmediaciones de una aldea, aprender la lengua y apreciar las costumbres y hacerse lentamente conocido solo por la bondad del carácter y del trato. La benevolencia, mansedumbre, pobreza y humildad debe ser suficiente para reconocer la santidad de una vida que ha sido dedicada a Dios a través de Jesucristo, antes de pronunciar incluso su nombre y de anunciar a viva voz su evangelio. La oración y la celebración eucarística permanecen en la oscuridad del encierro claustral, reservada a la intimidad de quienes alojan en casa, mientras que la caridad es lo que se da a conocer y ver a los demás. De Foucauld no se instala en tierras árabes, sino bereberes, apenas islamizadas —como él mismo indica— y en continuas disputas con grupos árabes. Y dentro de todo, tenía suficiente protección del ejército francés para emprender una misión tradicional, a pesar de que terminó instalándose en la frontera más remota del colonialismo francés. Su método misional se asienta en la espiritualidad completamente original que De Foucauld había experimentado en Nazaret y que se consolida en el ardiente deseo de comunicar a Jesucristo únicamente a través de la fuerza testimonial de la bondad. “Yo quisiera ser —dice De Foucauld— lo bastante bueno para que ellos digan: Si tal es el servidor, ¿cómo entonces será el Maestro…?”. Esta posibilidad misional descansa en la capacidad innata de todos los pueblos —y de cualquier persona— de reconocer y apreciar el bien, cualquiera sea su fuente, incluso cuando esta proviene de alguien extraño y desconocido.

De Foucauld se asienta en la confianza en el poder absoluto de la bondad y en la convicción —específicamente cristiana— de que Dios puede ser enteramente conocido a través del amor al prójimo. “El amor a Dios es el más importante… pero el amor a los hombres está tan unido al otro, que no pueden ir separados. Cómo amar a Dios si no amamos a sus hijos… el mejor medio para alcanzar el amor a Dios es practicar la caridad con los hombres… Contemplemos a Nuestro Señor en cada ser humano” [8]. La fórmula monástica de la caridad consistió siempre en ver al prójimo a través de Dios, por ejemplo, en una formulación clásica de Elredo de Rivaux: “Debemos elegir para nuestro gozo a Dios y al prójimo, aunque de modo diverso. A Dios para disfrutar de Él en sí mismo y por Él mismo; al prójimo para gozar de él en Dios, o mejor para gozar de Dios en él” [9]. De tal forma, se ama en el prójimo lo que hay de Dios en él, lo que entre otras cosas limita la caridad al anillo de la comunidad monástica y de la fraternidad de los cristianos. De Foucauld, en cambio, pertenece a una tradición de desenclaustramiento monástico que utiliza la fórmula inversa, ver a Dios a través del prójimo, y que ha hecho posible el despliegue moderno de la caridad como donación inmoderada hacia los demás, cualquiera sea su condición, tal como se aprecia en los grandes maestros de la fraternidad desde San Francisco hasta Teresa de Calcuta en el segundo milenio cristiano. El deseo ardiente de sobrepasar los límites de la hospitalidad monástica y salir directamente al encuentro del mundo se sostiene en esta revalorización de la presencia viva de Dios en el rostro de los más pobres y desamparados, que sigue la intuición básica del apóstol Santiago, “la fe sin obras es fe muerta”, no se puede amar a Dios genuinamente sino a través de las obras de amor que se dedican a los hermanos.

La caridad del padre De Foucauld era modesta y sencilla, pequeños regalos (que conseguía con sus parientes), tiempo abundante de conversación en lengua tuareg, compañía frecuente y siempre una sonrisa en los labios, el símbolo corporal de la acogida. La estrategia misional del padre De Foucauld descansa también en la radicalidad del compromiso con los demás, la de aquel que ha abandonado familia y amigos, bienes y poder, y se ha decidido a vivir enteramente en Cristo, aunque al margen de toda conciencia escrupulosa sobre las posibilidades del amor puro. Se conserva algo de su examen de conciencia en las cartas que dirige al padre Huvelin, por ejemplo, desde la ermita de Tamanrasset, en que se reprocha “un gran fondo de orgullo” puesto que a veces aparenta ante los demás más de la bondad que realmente existe en su corazón (que puede ser el riesgo de una sonrisa falsa). De Foucauld no tuvo períodos prolongados de sequedad espiritual, que son tan comunes en los místicos, incluso en los místicos de la caridad como Teresa de Calcuta, pero igual se reprocha la dificultad de mirar a Jesús y permanecer en su compañía, incluso en la soledad del desierto, donde se pueden evitar mejor las distracciones humanas. Según él, se deja llevar demasiado por ensoñaciones que lo distraen de la oración, “ensoñaciones que sobrevienen constantemente en mis horas de oración y que estoy lejos de poder expulsar rápidamente” (y que incluyen también la dificultad de saltar de la cama apenas uno se despierta). Un último motivo de confesión es que “yo no veo suficientemente a Jesús en todos los hombres, no soy lo bastante sobrenatural con ellos, lo bastante dulce, y humilde, ni suficientemente dispuesto a hacer el bien a su alma cada vez que puedo” [10]. Con todo, De Foucauld recomienda continuamente no detenerse en el mal realizado y pertenece a aquellos que consideran que el Mal se corrige haciendo el Bien, siempre en la creencia en la eficacia purificadora de la bondad, algo que él mismo podría testimoniar con su propia vida, marcada por una juventud disparatada en humores y afectos (lo que le ha hecho más difícil el camino de su canonización).

Hermanitos y Hermanitas de Jesús

De Foucauld murió apenas conocido y apreciado por un puñado de oficiales que servían en la frontera argelina (sobre todo por el comandante Laperrine, compañero suyo en la escuela militar de Saint-Cyr). Durante años mantuvo correspondencia con algunos pocos sacerdotes (Huvelin y Guérin que a la sazón habían muerto), algún amigo —Louis Massignon— y sobre todo con su hermana, Marie de Blic, y su prima hermana, Marie de Bondy, cuyos apellidos compuestos recuerdan la procedencia noble de los De Foucauld. Esta literatura epistolar contiene lo mejor de su testamento espiritual. Entregó una o dos indicaciones para el momento de su muerte. Había escrito y corregido un montón de veces las reglas de una asociación religiosa que, no obstante, fueron apenas conocidas y jamás consideradas seriamente por la autoridad eclesiástica. De Foucauld será conocido sobre todo por el libro que muy pronto (1921) le dedicara Rene Bazin (un escritor católico de renombre en ese entonces) que tuvo un enorme éxito editorial [11]. El padre Voillaume (1905-2003) —como muchos otros— se entera de la existencia del eremita por el libro de Bazin, que todavía se puede leer con provecho, a pesar de las objeciones del padre Six que considera que Bazin explota excesivamente el talante aventurero de De Foucauld y el enorme atractivo que ejerce el desierto sobre la mentalidad europea, relegando la profundidad espiritual del mensaje foucauldiano que bien podía realizarse completamente en la rutina del trabajo obrero de cualquier ciudad [12].

En los años veinte surgen pequeñas iniciativas foucauldianas, entre las que destaca el esfuerzo de Suzanne Garde (1896-1954) por crear una asociación laica que penetrara el mundo árabe a través de la caridad, finalmente establecida bajo la forma de un orfanato en Dalidah tras un reguero de incomprensiones eclesiásticas. Según Voillaume, el propio de Foucauld habría querido una asociación de “enfermeras laicas, vestidas como laicas… sin nombre ni hábito religioso” [13] (preanunciando la fundación de las Hermanas de la Caridad, aunque la madre Teresa de Calcuta, a diferencia de Suzanne, era una religiosa) que pudieran construir una obra evangelizadora, algo completamente inaudito en una época en que la responsabilidad y la iniciativa laical estaban apenas reconocidas. El esfuerzo de Suzanne Garde lo continúa Magdeleine de Jesús (Magdeleine Hutin, 1898-1989), que funda la fraternidad de las Hermanitas de Jesús en 1939 y se instala en Touggourt, un oasis del Sahara argelino.

Visitación Charles de Foucauld
“La Visitación”, dibujo de “Charles de Foucauld [En Annie de Jésus, Charles de Foucauld. Sur lespas de Jésus de Nazareth”. Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel, 2001.]

Al igual que Magdeleine, Voillaume y sus compañeros fundaron en los años treinta la fraternidad en El-Abiodh-Sidi-Cheikh, en el Sahara argelino, para misionar en tierra árabe, tal como quería el padre De Foucauld a través de comunidades de contemplación y trabajo. Después de la guerra, sin embargo, el nacionalismo árabe (acicateado por los resultados en la Indochina francesa que conseguiría rápidamente su independencia) y la corrupción administrativa del colonialismo francés, ensombrecerá las posibilidades de las misiones. El Abiodh quedó en medio de la zona de guerra presionado por las bandas insurgentes (que llegaron incluso a asesinar a un Hermanito en una emboscada similar a la que le costó la vida a De Foucauld) y la represión militar francesa. Las fraternidades intentaron en vano preservar un clima de entendimiento y amistad, consiguieron que los sacerdotes no fueran movilizados (en una actitud que contrasta con el nacionalismo exacerbado de las guerras mundiales que incluyó el entusiasmo patriótico del padre De Foucauld, deseoso de servir a su país durante la primera guerra), pero no alcanzaron a retener la confianza de la población musulmana y quedaron expuestos a represalias que los obligaron a abandonar Argelia en la segunda mitad de los años cincuenta [14].

Charles de Foucauld Eduardo ValenzuelaLa posibilidad de establecer fraternidades en el ambiente obrero francés fue apenas entrevista por el padre De Foucauld. Según Voillaume esta iniciativa surge doblemente del retroceso de la misión árabe y del auge de las misiones católicas obreras, sobre todo en el catolicismo francés. La idea de insertar un espíritu misionero en el corazón de un país católico está inspirada en el libro de Godin La France, pays de mission (1943), que observa la descristianización de las masas obreras que se desplazan hacia las ciudades industriales y pierden contacto con la parroquia rural de antaño, la misma preocupación que hizo al padre Hurtado escribir su libro ¿Es Chile un país católico? unos años antes (1941). La posibilidad de establecer pequeñas comunidades de oración y trabajo en las ciudades que utilizaran el mismo método de evangelización del desierto, es decir que se mantuvieran al margen de la vida sacramental del templo y de las obras de caridad, recibió asimismo una inspiración definitiva con el libro del padre Voillaume, Au coeur des masses [15], cuyo título fija la novedad de toda la espiritualidad foucauldiana, el desafío de trasladar la tradición monástica del “ora et labora” e insertarla en medio de la multitud. La enorme reserva religiosa de la vida monacal –característica del catolicismo francés, a diferencia del latinoamericano, que prácticamente carece de monasterios– podía ponerse en juego en la evangelización de las masas del mundo moderno.

De inmediato se planteó el problema del trabajo en la vida sacerdotal. Muchos pensaban que debía ser un trabajo artesanal que retuviera la libertad del sacerdote y evitara la alienación del trabajo industrial, pero la inmersión en el mundo obrero exigía una experiencia de trabajo asalariado. También se planteaba la cuestión de la participación sindical y de las luchas obreras, en las que el sacerdote podría verse involucrado más allá de lo razonable, cuya frontera quedaba trazada por el rechazo de la violencia y la exigencia de amor universal que exige amar incluso a enemigos y adversarios y respetar enteramente su dignidad y derechos. En los años cincuenta la espiritualidad de los Hermanitos y Hermanitas de Jesús se entremezcló con la de los curas obreros que provenían de diversas órdenes religiosas o incluso del clero secular, alguno de los cuales despertaron reticencias y críticas dentro del episcopado de la época [16]. Voillaume y los suyos compartían el acento en el trabajo y reaccionaron, por ejemplo, contra la disposición que limitó alguna vez el trabajo de un sacerdote a un máximo de tres horas diarias (en el esfuerzo del episcopado francés por contener la inmersión obrera), recordando entre otras cosas que ganarse la vida trabajando, antes que vivir de las limosnas, fue común en el clero secular durante el primer milenio. Se recordaba el ejemplo de San Pablo, que se dedicó expresamente al oficio de tejedor y exhortaba a todos a ganarse el pan con el sudor de su frente y de evitar ser una carga para otros, algo que reaparece en la regla monástica de San Benito. En la tradición católica, fue realmente novedosa la prohibición de trabajar, que pesó sobre los sacerdotes post-tridentinos. El trabajo del sacerdote tiene también un sentido evangelizador, “permite que los pobres se acerquen familiarmente a un sacerdote que comparte su género de vida”, en un mundo en que se había perdido la confianza y la antigua familiaridad rural con los sacerdotes. Tiempo después, Pablo VI resolverá favorablemente la posibilidad de que los sacerdotes trabajen incluso tiempo completo bajo condiciones que debían aprobar los obispos y superiores.

La definición contemplativa de las comunidades debía, sin embargo, mantenerse a toda costa. El principal enemigo de la oración para aquel que trabaja es la fatiga, así como el mal que acecha al orante que no trabaja es la acedia, la melancolía que proviene de hacer siempre lo mismo en un clima de excesiva tranquilidad y calma. El ideal de la adoración eucarística nocturna se torna difícil después de una jornada larga y fatigosa de trabajo, pero las comunidades debían reservar las vísperas del sábado y la mañana del domingo para la oración y la reflexión comunitaria (que incluye la “revisión de vida”, poner en común la experiencia personal de la semana). También se procuraba reservar una quincena del año para un retiro espiritual o un año sabático para experiencias más profundas de renovación espiritual. La vocación contemplativa y la fidelidad a la Iglesia serán las dos notas más profundas de las hermandades foucauldianas, según el juicio que hace Voillaume hacia el final de su vida. La espiritualidad de Nazaret es sobre todo clausura, silencio, oración prolongada, trabajo y pobreza, no solo inmersión en un medio pobre y el deseo de compartir las condiciones de vida de los demás.Los discípulos del eremita del Hoggar están llamados por encima de todo a vivir y manifestar una fe viva, una fe humilde vivida como una obediencia de la inteligencia humana a la verdad divina manifestada en la plenitud del misterio de Cristo”. El test de esta fe —dice Voillaume— es “nuestro comportamiento vis-à-vis de la Eucaristía”. De la adoración eucarística frecuente y prolongada Charles de Foucauld obtuvo toda su espiritualidad —que no logró cuajar en ninguna doctrina, puesto que apenas escribió notas y cartas, y de ninguna institución, ya que no consiguió jamás un discípulo ni una aprobación episcopal—. Pero de la devoción al Corazón de Jesús obtuvo “la qualité d’humble charité envers tout homme” [17], el impulso decisivo de la caridad hacia todos los hombres.

El ideal de los Hermanitos y Hermanitas de Jesús consiste en “querer ser pequeños, pobres, viviendo del fruto de un trabajo humilde, entregados al prójimo en los humildes servicios de la caridad amistosa para todos, generosos en la práctica de la obediencia, sinceramente deseosos de ser despreciados y tenidos como nada por el nombre de Jesús, a fin de esforzarse por realizar este ideal en el seno de comunidades íntimamente fraternales, pero mezcladas completamente con la masa humana para llevar el testimonio del Salvador” [18]. Queda pendiente la cuestión de la eficacia evangelizadora de este método misional. No obstante, el impulso evangelizador del Hermanito —dice Voillaume— no debe medirse por la eficacia, las actividades exteriores y las obras organizadas (que no se desdeñan, sin embargo), sino por el amor que es capaz de brindar (y con el que es capaz de brindarse) a los demás, independientemente de si tiene éxito apostólico. Después de la muerte de Charles de Foucauld no quedó aparentemente nada, solo silencio y frustración, ninguna obra reconocible ni tangible, pero la semilla sembrada en el desierto terminó por florecer de un modo que nadie pudo haber previsto. Lo mismo sucede con cada uno de sus discípulos que parecen haber malgastado su vida en un esfuerzo inútil. Durante la beatificación de Charles de Foucauld en 2005 el cardenal Saraiva Martins ha recogido su lección como la de aquel que ha querido “acoger el Evangelio en toda su sencillez, evangelizar sin querer imponer, dar testimonio de Jesús respetando las demás experiencias religiosas, reafirmar el primado de la caridad vivida en la fraternidad”. El llamado “apostolado de la bondad” tiene un camino trazado por este monje singular de la era moderna. 


Notas 

[1] Tomadas de sus Notas destacadas de Espiritualidad escritas en Tierra Santa entre 1897-1900, p. 29 y ss. en Viajero en la Noche. Notas de Espiritualidad. Editorial Ciudad Nueva, Madrid, 1994.
[2] Voillaume, René, En el Corazón de las Masas. Ediciones Stvdium, Madrid, 1956, pp. 27-28.
[3] Beck, Victor ss.cc. Neuf Siècles d’Histoire du culte du Sacre Coeur. Paris Alsatia, 1963.
[4] García Rubio, Antonio, Perlas en el desierto. Evangelizar hoy con el latido de Carlos de Foucauld. PPC Editorial, Madrid, 2018.
[5] Op. cit. Viajero en la Noche, p. 137 y más adelante, p. 118.
[6] Instituto misionero dedicado a la evangelización de África, fundado en la época por el padre Lavigerie.
[7] Según el lema varias veces inscrito en su carnet de notas: “Jesús, María, José / aprenderé de ustedes a callarme, a pasar oculto por la tierra/ como un viajero en la noche”.
[8] Tomadas de sus notas de espiritualidad en de Foucauld, Charles, Viajero en la Noche. Notas de Espiritualidad. Editorial Ciudad Nueva, Madrid, 1994, p. 29.
[9] de Rieval, Elredo, El Espejo de la Caridad, p. 193.
[10] Tomado de Père de Foucauld, Abbé HuvelinCorrespondance inédite. Desclée, 1957. Carta enviada desde Tamanrasset en 1907, pp. 269-270.
[11] Bazin, René, Carlos de Foucauld. Explorador de Marruecos. Ermitaño en el Sahara. Fundación Charles de Foucauld, Santiago de Chile, 1996. Esta edición cuenta con un Prefacio del padre Voillaume que evoca una visita que le hiciera el padre Hurtado en Aix-en-Provence en la primavera de 1947 “preocupado de la evangelización de la clase obrera en su patria”. La primera traducción en castellano del libro de Bazin data de 1953, Editorial Difusión, España.
[12] Six, Jean Francois, Carlos de Foucauld. Itinerario espiritual. Editorial Herder, Barcelona, 1962. Jean Francois Six acaba de escribir también Lettre au pape Francois pour Charles de Foucauld. Le centenaire mis sous le boisseau. Médiaspaul Éditions, 2018, un texto de conmemoración del padre de Foucauld con ocasión del centenario de su muerte.
[13] Esta observación aparece en Voillaume, René, Charles De Foucauld et ses prémiers disciples. Du desert arabe au monde des cités. Bayard Editions/Centurion, 1998, pp. 73-74.
[14] Del mismo modo como sucedió en la última guerra argelina de los años noventa que costó la vida de varios monjes y sacerdotes cristianos, entre ellos los monjes trapenses del monasterio de Thiberine recientemente beatificados (ver en este mismo número en sección Apuntes y Notas los detalles).
[15] Del padre René Voillaume, En el Corazón de las Masas. Ediciones Stvdium, Madrid, 1956, con prólogo del obispo de Talca, Manuel Larraín, primera traducción en castellano del libro Au coeur des masses. La vie religieuse des Petits Frères du Père de Foucauld. Cerf, París, 1950.
[16] Entre los sacerdotes obreros chilenos cabe destacar sobre todo al padre jesuita Ignacio Vergara, de gran recuerdo en la zona poniente de Santiago.
[17] Citas tomadas de Charles de Foucauld et ses prémiers disciples, op.cit. Capítulo final.
[18] Op. cit. En el Corazón de las Masas. Pp. 496-497.

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CategoríaTEOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD DE LA IGLESIA

Carlos de Foucauld, lexicógrafo referencial para el conocimiento de la cultura tuareg

Carlos de Foucauld (Estrasburgo, 15 de septiembre de 1858-Tamanrasset, 1 de diciembre de 1916), en francés Charles de Foucauld, fue en su madurez un místico contemplativo, referente contemporáneo de la llamada «espiritualidad del desierto». Su personalidad polifacética se manifestó en su carácter de militar en Argelia y de explorador y geógrafo en Marruecos, y más tarde en su búsqueda espiritual, en su itinerario trapense por Francia y el Imperio otomano, y en su sacerdocio en el Sahara argelino, donde transcurrieron los últimos quince años de su vida. Descendiente de una familia aristocrática que portaba el título de «vizconde de Foucauld», Carlos quedó huérfano de padre y madre a los seis años y debió migrar con su abuelo al desatarse la guerra franco-prusiana. En 1876 ingresó en la Academia de Oficiales de Saint-Cyr donde llevó una vida militar disipada. Enviado como oficial en 1880 a Sétif, Argelia, fue despedido al año siguiente por «indisciplina, acompañada de notoria mala conducta», aunque más tarde fue reincorporado para participar en la guerra contra el jeque Bouamama. En 1882 se embarcó en la exploración de Marruecos haciéndose pasar por judío. La calidad de su trabajo de reconocimiento y registro de los territorios marroquíes le valió la medalla de oro de la Sociedad de Geografía de París y la adquisición de gran fama tras la publicación de su libro Reconnaissance au Maroc (1883-1884). En 1886 se volvió una persona espiritualmente muy inquieta que reiteraba la oración: «Dios mío, si existes, haz que yo te conozca», mientras entraba y salía de la iglesia repetidamente. Su encuentro y confesión con el sacerdote Henri Huvelin el 30 de octubre de 1886 produjo un cambio decisivo en su vida. Para cuando la publicación de su libro Reconnaissance au Maroc (1883-1884) lo catapultaba a la fama como «descubridor de mundos», a Foucauld ya no le interesaba nada de eso. En noviembre de 1888 peregrinó a Tierra Santa tras las huellas de Jesús de Nazaret, lo que causó un fuerte impacto en él. Entró en la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves en 1890 y pasó varios años en la Trapa de Cheikhlé en el Imperio otomano, donde puso por escrito muchas de las meditaciones que serían el corazón de su espiritualidad, incluyendo la reflexión que daría origen a la célebre Oración de abandono. Entre 1897 y 1900 vivió en Tierra Santa, donde su búsqueda de un ideal de pobreza, de sacrificio y de penitencia radical lo condujo cada vez más a llevar una vida eremítica. Ordenado sacerdote en Viviers el 9 de junio de 1901, decidió radicarse en Béni Abbès, en el Sahara argelino, donde combatió lo que él denominó la «monstruosidad de la esclavitud». Quiso establecer una nueva congregación, pero nadie se le unió. Vivió con los bereberes y desarrolló un estilo de ministerio basado en el ejemplo y no en el discurso. Para conocer mejor a los tuaregs, estudió su cultura durante más de doce años y publicó bajo un seudónimo el primer diccionario tuareg-francés. El 1 de diciembre de 1916, Carlos de Foucauld fue asesinado por una banda de forajidos en la puerta de su ermita en el Sahara argelino. Pronto se estableció una verdadera devoción en torno a su figura: nuevas congregaciones religiosas, familias espirituales y una renovación del eremitismo y de la «espiritualidad del desierto» en pleno siglo XX se inspiraron en sus escritos y en su vida. El 13 de noviembre de 2005 fue proclamado beato durante el papado de Benedicto XVI. Las contribuciones de Foucauld alcanzan campos tan variados como la geografía y la geología, la geopolítica, la lexicografía, y el diálogo interreligioso, en tanto que su conversión, su búsqueda espiritual y su mística del desierto fueron su mayor legado al cristianismo contemporáneo.Información extraída de Wikipedia

Carlos de Foucauld, Beato (1858-1916)

Año de nacimiento: 1858

Año de fallecimiento: 1916

Enlaces relacionados: http://es.wikipedia.org/wiki/Charles_de_Foucauld

CHARLES DE FOUCAULD

Aula Mounier- Institut Emmanuel Mounier Catalunya

Carmen Herrando
Miembro del Instituto E. Mounier

El pasado 27 de mayo, la Santa Sede hacía pública
la próxima canonización —todavía sin fecha—
de Charles de Foucauld (1858-1916), beatificado
en 2005 por el papa Benedicto XVI.
De Charles de Foucauld dijo Yves Congar que, con
Teresa de Lisieux, serían los dos faros que alumbrarían
la espiritualidad del siglo xx; también lo subrayó Pablo
VI. Y así ha sido. Charles de Foucauld ha dado muchos
frutos, sobre todo el de una familia religiosa extensa y
con una vivencia evangélica ejemplar, llena de deseos
de mostrar con la vida lo más central del mensaje de
Jesús; más de veinte grupos o fraternidades dispersos
por el mundo entero, que tratan de vivir los diversos
aspectos del carisma de vida de este hombre admirable,
y lo hacen, además, casi todos ellos, entre los más
pobres. Carisma, el de Charles de Foucauld, que consiste
sobre todo en una unidad fuerte entre acción y
contemplación, entre vida interior cuidada, en la que
el trato con «el Amado» tiene un lugar primordial, y
la misión a la que el Mensaje de Cristo no puede sino
empujar, aunque se trate, para muchos de ellos, de
una misión silenciosa en lo que toca a las palabras, pero
elocuente en lo que se refiere al propio vivir. Pues
la espiritualidad de Nazaret no es sino vivencia callada
de una vida sencilla, tomando como modelo el tiempo
que Jesús vivió con sus padres en el hogar de Nazaret,
como un niño o un joven más en una familia cualquiera;
se trata de uno de los puntos primordiales que
las familias inspiradas en Charles de Foucauld aportan
a la Iglesia del siglo xxi, una espiritualidad muy significativa
que contrasta con tanto imperio de la imagen
y que lleva a interrogarse a muchos acerca de dónde
reside la autenticidad del Evangelio.
De todos es conocido que Charles de Foucauld llevó
una vida un tanto disoluta como militar y explorador
aventurero por el Norte de África, y que vivió
una conversión fulminante en otoño de 1886, en la
iglesia de San Agustín, en París; en este templo puede
verse una exposición permanente sobre la conversión
y la vida de Charles de Foucauld, en el altar enel que tuvo lugar aquella su primera confesión «consciente
» seguida de la comunión. La fe cristiana entró
en su vida para habitarla ya siempre, con una intensidad
inusitada: «Apenas creí que había Dios, comprendí
que no podía vivir más que para Él», escribirá
recordando este acontecimiento que daría tal vuelco
a su vida. Y pronto quedaría especialmente afectado
por estas palabras del padre Huvelin, su director espiritual:
«Nuestro Señor tomó de tal manera el último
lugar, que nadie pudo arrebatárselo»; se acogió a ellas
con todas sus fuerzas, y desde entonces no dejaría de
buscar el último puesto entre los últimos. Ingresó así
en la Trapa, pero en un monasterio pobre y alejado,
en Siria; y buscando ese último lugar trabajó como
mandadero para las hermanas clarisas de Nazaret durante
cuatro años. En 1901, dando otra orientación a
su vida y sin dejar de «aspirar» al último lugar, fue ordenado
sacerdote, y pocos años después llegaría hasta
Argelia, donde se instaló como una suerte de monje
ermitaño que cultivaba la amistad con sus vecinos, primero
en Beni Abbès y luego en Tamanrasset, entre los
tuaregs, en medio de los cuales viviría hasta su muerte,
el 1 de diciembre de 1916. En Tamanrasset, al sur
de Argelia, en 1908, pasó por una experiencia de desolación
y enfermedad; Charles de Foucauld, allí, solo
entre los más alejados, vivió la experiencia de dejarse
asistir por ellos; sus amigos tuaregs se percataron de la
situación y guardaban para él buena parte de la escasa
leche que daban sus cabras. Esta vivencia de abandono
radical supuso para él una vivencia muy enriquecedora
que se conoce como su segunda conversión.
En España hay presencia de fraternidades de Charles
de Foucauld en bastantes lugares a lo largo de las diversas
regiones en que se divide nuestra geografía: familias
religiosas, laicos, grupos de espiritualidad, etc. En
Aragón, concretamente, los Hermanos de Jesús están
desde 1958, pues tuvieron que abandonar momentáneamente
Argelia debido a la guerra de independencia
de Francia; y en la comarca de Los Monegros hallaron
un paraje similar para poder vivir temporadas de

desierto en soledad y ofrecer a otros esta experiencia
capital en la espiritualidad que su inspirador les dejó
como herencia. Más de sesenta años de vida evangélica
silenciosa, de cultivo sencillo de la amistad, de vida
activa y contemplativa, a un tiempo, hecha a base de
oración, presencia eucarística y trabajo manual. Dos
hermanos nos siguen acompañando y abren a todo el
mundo la fraternidad, situada en un pueblecito de la
provincia de Zaragoza: Farlete. Además de su presencia
fraterna, los Hermanos ponen a disposición de quienes
quieren vivir un tiempo de silencio y soledad las
cuevas que se encuentran próximas a esa localidad zaragozana,
lindando al norte con la provincia de Huesca.
Muchas son ya las personas que han pasado temporadas
de desierto en las cuevas conocidas por la zona
como «cuevas de san Caprasio», en honor a este santo
que llegó hasta estos pagos desde el sur de Francia.
A estas familias o grupos que beben de la espiritualidad
de Charles de Foucauld, hay que añadir más recientemente
el grupo de Amigos del desierto, fundado
por Pablo D’Ors, cuyo libro El olvido de sí (2014) tiene
a Charles de Foucauld por protagonista; es un trabajo
que ha contribuido en buena medida a dar a conocer
al futuro santo entre los lectores de lengua española.
No deja de ser curioso que el milagro que hará posible
la canonización de Charles de Foucauld haya sido
no tanto una curación cuanto una «preservación».
Y que se diese, además, en el ámbito del mundo del
trabajo, lugar tan especial en la vivencia del carisma
foucauldiano: Nazaret, la vida oculta de Jesús vivida
de forma anónima entre los más pobres, predicando
el Evangelio no con la palabra, sino con la vida, como
tantas veces recordaba el propio Charles de Foucauld.
A finales de noviembre de 2016, en vísperas de cumplirse
cien años de la muerte del beato Charles de Foucauld,
Charles Charpentier, trabajador en una empresa
de restauración de monumentos históricos, se desplomaba
desde 16 metros de altura cuando operaba en el
armazón de la techumbre de la institución San Luis,
en Saumur. Curiosamente, este lugar se encuentra
muy cerca de la Escuela de Caballería donde Charles
de Foucauld había cursado estudios militares en 1878,
durante aquellos años de vida desordenada. Charles
Charpentier, que tenía entonces veintiún años, cayó
desde lo alto de la cúpula del edificio y fue a dar sobre
un banco puesto del revés, con las patas hacia arriba,

lo que provocó el empalamiento del trabajador, es
decir, el atravesamiento de su cuerpo por la parte del
abdomen. El accidente no podía ser más aparatoso ni
más mortal, de entrada. El responsable de la empresa,
François Asselin, que se encontraba en París y no lograba
dar con la familia de Charpentier, telefoneó al
padre Artarit, párroco de la Parroquia del Beato Charles
de Foucauld, en el mismo Saumur, a quien conocía
porque solía asistir a la Eucaristía dominical en esta
parroquia, y le contó lo sucedido, al tiempo que le
invitaba a rezar al titular de la parroquia (Charles de
Foucauld) por el joven trabajador cuya vida todos daban
por perdida. El propio Asselin pasó la noche en
oración no sin recordar la fecha próxima de los cien
años de la muerte de Charles de Foucauld. Su oración
y la llamada al párroco desencadenaron todo un movimiento
de intercesión, dirigido al beato Charles de
Foucauld, pidiendo por la salud de aquel joven carpintero
que había sufrido semejante accidente en vísperas
de una fecha tan señalada. Y, contra todo pronóstico
médico, Charles sobrevivió a la terrible caída,
y sin grandes dificultades, además. Como él explicaría
después, tras la caída, se levantó él solo y caminó
unos cincuenta metros con el palo del banco atravesándole
el abdomen, en busca de ayuda. A los pocos
días, tras una operación que resultó exitosa a pesar de
las dificultades que veían los médicos, Charles se encontraba
en la habitación deseando abandonar el hospital,
y dos meses después había vuelto al trabajo. Es
lo que relataba recientemente el encargado de la empresa,
François Asselin, poniendo el acento en lo sorprendentemente
bien que encontró a Charles tres días
después del accidente, cuando pudo por fin visitarlo
en el hospital, y subrayando al mismo tiempo la perplejidad
de los médicos, que no dejaban de expresar
que un accidente así era mortal casi por necesidad, y
que no se podía decir, sin más, que Charles había tenido
mucha, muchísima, suerte.
El vínculo de Charles de Foucauld con Saumur
propició que en la diócesis se celebrasen novenas de
acción de gracias y más encuentros de oración en torno
a la figura de aquel que había adquirido el grado
de oficial de la Escuela de Caballería de aquella localidad;
y que el centenario de la muerte del todavía
beato cobrase especial significado en la región, donde
se estaba rezando para que tuviera lugar el milagro

que pudiera desencadenar una pronta canonización.
Así, tanto desde la diócesis de Angers como desde
diversos grupos espirituales vinculados a Charles de
Foucauld, animados todos ellos por los miembros de
Amitiés Charles de Foucauld y en coordinación con el
postulador de la causa de la canonización, el padre
Ardura, se puso en marcha un movimiento para presentar
este hecho extraordinario de la preservación
del trabajador Charles Charpentier como un segundo
milagro para el proceso de canonización. Se siguieron
las vías habituales. Dos médicos certificaron
la curación de Charpentier desde donde sucedieron
los hechos (en Saumur, Francia), y más adelante se
reuniría en Roma una comisión médica que juzgaría
de nuevo lo sucedido, esta vez desde la distancia, de
forma aún más rigurosa y mucho más objetiva, si cabía.
Fue esta comisión romana la que el pasado mes de
noviembre de 2019 declaraba por unanimidad que lo
sucedido en el accidente padecido por Charles Charpentier
no tenía explicación natural. Por último, la
Congregación para la causa de los santos tenía la última
palabra sobre el caso, y, reunida durante el pasado
mes de febrero, todos sus miembros reconocieron
por unanimidad que la «preservación» o curación
del joven trabajador tenía carácter sobrenatural, y que
podía considerarse un milagro, a todas luces.
Charles Charpentier no era creyente. No deja de
ser sorprendente que el milagro se haya obrado precisamente
en un no creyente, cuando el propio Charles
de Foucauld pasó casi toda su etapa de monje-misionero
entre personas no creyentes y él mismo lo
fue durante una etapa bien notable de su vida. Charles
de Foucauld solía decir que Jesús es Señor de lo
imposible. Contemplando estos hechos vienen a la
memoria estas palabras que le acompañarían a lo largo
de su vida.

La canonización de Charles de Foucauld es un motivo
de alegría. Aunque el lector haya leído en este
artículo que hubo movilizaciones desde la diócesis
de Angers o desde la misma Iglesia de Francia para
rezar por la canonización, no está de más expresar
que los miembros de las fraternidades, sus hijos e hijas
más ‘directos’, por así decir, aunque no estaban en
contra, tampoco pusieron un gran empeño en promover
las causas de beatificación o de canonización
de ese hombre santo en quien inspiran su forma de
vida. Lo contrario hubiese supuesto cierta contradicción
de fondo en personas que, como se viene indicando,
tratan de vivir el Evangelio con la mayor sencillez
y desde el más auténtico anonimato. Sin embargo,
la Iglesia sigue ahí promoviendo las causas de sus
santos, y Charles de Foucauld ha llegado a ser beatificado
y muy pronto canonizado.
Su ejemplo nos recuerda la importancia de «gritar
el Evangelio con la vida», pero también la centralidad
de lo pequeño y la búsqueda del último lugar,
tan impropios de un tiempo como el nuestro, versado
en los relumbrones de las imágenes y en dar a conocer
lo poco que a veces se hace, como si fuese un
logro al que hay que darle toda la difusión posible. Y
luego se dice, además, que eso es evangelizar. Por eso,
la espiritualidad de Nazaret y esta vivencia silenciosa
del Evangelio son propuestas preciosas para nuestro
tiempo presente, que pueden ayudar a muchas personas
a un redescubrimiento del mensaje de Jesús desde
la sencillez y la profundidad, devolviéndoles y devolviéndonos
a la centralidad del mensaje evangélico.
Este ha sido y sigue siendo el mensaje de Charles de
Foucauld, que puede erigirse de nuevo en faro para
esta segunda década del siglo xxi, haciendo descubrir
la maravilla de lo sencillo, de lo que no hace ruido,
pero fulgura discretamente.
ACONTECIMIENTO 135

Carta sobre Carlos de Foucauld a la Abadía de San José (Francia)

Estimadísimo Amigo de la Abadía San José:

Un joven entra en un confesionario de la iglesia de San Agustín, en París, se inclina ante el sacerdote y dice: «Señor párroco, no tengo fe; vengo a pedirle que me instruya». El sacerdote lo examina con la mirada« «Póngase de rodillas, confiésese con Dios y creerá. –Pero, no he venido para eso« –¡Confiésese!». El que quería creer, siente en ese momento que el perdón es la condición para alcanzar la luz. Arrodillado, confiesa toda su vida. Una vez el penitente ha recibido la absolución de sus pecados, el párroco prosigue: «¿Está usted en ayunas? –Sí. –¡Vaya a comulgar!». El joven se acerca inmediatamente a la santa mesa; era su «segunda primera Comunión»« El hecho acontece a finales de octubre de 1886. Ese sacerdote, famoso por su habilidad a la hora de dirigir almas, es el párroco Huvelin, y ese joven de 28 años se llama Charles de Foucauld.

Nacido el 15 de septiembre de 1858 en Estrasburgo, en el seno de una familia muy cristiana, Carlos pierde a su madre y a su padre el mismo año, en 1864. Se hace cargo de él, y también de su única hermana, María, su abuelo el señor Morlet, coronel retirado. Carlos es afectuoso, ardiente y estudioso, convirtiéndose en el objeto de los mimos del abuelo, para quien los arrebatos del muchacho merecen una indulgencia secreta y pasan por ser una señal de su temperamento. El señor Morlet y los niños se establecen en Nancy en 1872. A partir de entonces, Carlos adquiere la costumbre de mezclar sus estudios con multitud de lecturas elegidas sin discernimiento. El resultado es que, al final de sus años de escolaridad, ha perdido la fe, «y no era el único mal, confiará más tarde« Dejamos que los niños entren en el mundo sin darles las armas indispensables para combatir a los enemigos que encuentran en ellos y fuera de ellos, y que les aguardan en tropel. Los filósofos cristianos han resuelto, desde hace mucho tiempo y con gran claridad, infinidad de cuestiones que cada joven se plantea febrilmente sin sospechar que la respuesta existe, luminosa y límpida, a dos pasos de él». Él mismo insistirá en que sus sobrinos sean educados por maestros cristianos: «Nunca tuve un maestro malo, pero la juventud necesita ser instruida no por neutros, sino por almas creyentes y santas, y además por personas que sean capaces de dar razón de sus creencias y de inspirar en los jóvenes una firme confianza en la verdad de la fe«».

Todo impiedad, todo deseo del mal

Con el título ya de bachillerato, curioso de todo, decidido a disfrutar aunque triste, Carlos se va a París para preparar el ingreso en la academia militar de Saint-Cyr. Él mismo dirá que era todo egoísmo, todo vanidad, todo impiedad, todo deseo del mal« Es tal su pereza que, en el transcurso del segundo año, es expulsado« Sin embargo, es admitido en la academia en 1876, uno de los últimos de la promoción. En 1878, pasa a la academia de caballería de Saumur, donde vive, según testimonio de un amigo, «una existencia de dulce filósofo epicúreo»; Carlos vive a todo tren, se viste con extrema afectación y organiza fiesta tras fiesta. Su tío se alarma y lo dota de tutela judicial, lo que encoleriza en extremo al sobrino. En 1880, el subteniente Foucauld parte con su regimiento hacia Argelia. Una joven se reúne allí con él, presentándose como su esposa legítima, pero cuando sus superiores se percatan de la verdad, le instan a que envíe a su compañera a Francia. Ante la negativa absoluta de Carlos, la sanción no se hace esperar: es declarado en situación de disponible por indisciplina y mala conducta. Se produce entonces en Argelia la insurrección del caudillo musulmán Bu’Amama, y Foucauld no puede hacerse a la idea de que sus camaradas vayan a combatir, acariciando el honor y exponiéndose al peligro, sin él. Se le concede entonces permiso para incorporarse al regimiento. «En medio de los peligros y privaciones de las columnas expedicionarias –dirá uno de sus amigos, el general Laperrine– demostró ser un soldado y un jefe«».

Tiene veinticuatro años y es seducido por el silencio habitual de los países del norte de África, por el espacio, lo imprevisto y lo primitivo de la vida, el misterio de sus habitantes« Presenta su dimisión del ejército y se lanza a una expedición de lo más difícil: explorar Marruecos, un país entonces muy cerrado, sobre todo a los cristianos. Acompañado de un rabino judío nacido en ese país, Carlos, que se hace pasar también por rabino, atraviesa la frontera en junio de 1883, recorriendo Marruecos durante once meses. Varios instrumentos de medida, que disimula entre los pliegues de la ropa, le permiten, aun a riesgo de ser sorprendido, realizar observaciones y tomar notas sobre ese país todavía desconocido. En mayo de 1884, regresa a Francia cargado de datos científicos que recoge en su Reconnaissance au Maroc, libro que le vale enseguida la estima del mundo científico.

Su familia lo acoge con alegría y afecto. Aunque conocen sus excesos y su estado de ánimo, no le hacen ningún reproche, sino que, antes al contrario, lo felicitan por el éxito de su aventura y lo ponen en contacto con la sociedad más selecta en cualidades espirituales y convicciones cristianas. Carlos ha quedado impresionado por lo que ha visto en el norte de África, y en especial por esa continua invocación a Dios. Todo el aparato religioso de la vida musulmana le mueve a reflexionar: «¡Y yo que no tengo religión!». Piensa incluso en hacerse musulmán, pero al primer examen se percata de que la religión de Mahoma no puede ser la verdadera, «ya que es demasiado material». A pesar de la agradable vida que lleva, su tristeza no hace más que aumentar. En sus horas libres, abre los libros de los filósofos paganos, pero sus respuestas le parecen pobres«

Nadie se lo ha podido arrebatar«

Y he aquí que, providencialmente, una tarde de 1886, Carlos se topa con el párroco Huvelin, en casa de su tía Moytessier. La ternura de ese hombre de Dios por los pecadores conmueve a los más indiferentes; él piensa, por ellos, en la hora definitiva en que serán juzgados y condenados para siempre. Aquella tarde, el intercambio de ideas entre ambos resulta banal, pero la Providencia convierte aquello en la causa inmediata de la confesión que operará un cambio total en la vida de Foucauld. En noviembre de 1888, Carlos embarca hacia Tierra Santa, recorriéndola durante cuatro meses. Le seduce sobre todo Nazaret; le inspira un amor que no se apagará con la vida oculta, la obediencia y la humilde condición voluntariamente elegida. Pues piensa en quien vivió allí treinta años, y de quien el párroco Huvelin decía: «Hasta tal punto Nuestro Señor ocupó el último lugar, que nunca nadie se lo ha podido arrebatar». Tras su regreso, tres retiros espirituales le ayudan a discernir su vocación: Dios lo llama a ser monje trapense. A finales de 1889, abandona sus bienes y parte a la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Ardèche. El 26 de enero de 1890, el padre abad le entrega el hábito, recibiendo el nombre de fray Alberico.

Sus treinta y dos años se adaptan sin esfuerzo al régimen del monasterio; lo único que resulta difícil a su naturaleza orgullosa es la obediencia. En sus combates, le sostiene su intención inicial: «Quería entrar en la vida religiosa para acompañar a Nuestro Señor en sus penas« Jesús me toma de la mano, introduciéndome en su paz y alejando la tristeza en cuanto pretende aproximarse». El 27 de junio de 1890, fray Alberico ve realizado un proyecto del que había hablado al abad nada más llegar: ser destinado a un monasterio muy pobre situado en Siria, la Trapa de Akbés, a fin de poder vivir en el anonimato, todavía más pobre, y de encontrarse próximo a Tierra Santa, donde trabajó y sufrió el Hijo de Dios. En ese lugar, los religiosos viven en medio de una población formada por kurdos, sirios, turcos y armenios, que se convertirían –escribe– en «un pueblo valiente, laborioso y honrado, si fuera instruido, gobernado y sobre todo convertido« Nos corresponde a nosotros labrar el porvenir de esos pueblos. El porvenir, el único porvenir, es la vida eterna, y esta vida no es más que una corta prueba que prepara para la otra« La predicación en los países musulmanes es difícil, pero los misioneros de tantos siglos pasados supieron vencer otras muchas dificultades« Seamos ejemplo de una vida perfecta, de una vida superior y divina».

En 1892, unos meses después de haber pronunciado los votos, fray Alberico recibe la orden de iniciar estudios teológicos para convertirse en sacerdote. A pesar de la «extrema repugnancia» que siente hacia todo lo que le aleje del último lugar que ha venido a buscar, se pone manos a la obra. Al mismo tiempo, expone al padre abad general la persistente atracción que siente por un género de vida todavía más humilde, fuera de la orden cisterciense. El padre abad le manda llamar a Roma para que curse dos años de estudios. Obediente, fray Alberico llega en octubre de 1896. No obstante, el abad general le concede la facultad de abandonar la Trapa, a partir del mes de enero, y de seguir la llamada de Dios.

«Gozo hasta el infinito»

Fray Carlos de Jesús –es el nombre que adoptará en adelante– regresa entonces a Nazaret. Las religiosas clarisas lo admiten como criado: «Gozo hasta el infinito de ser pobre, vestido de obrero, en esa baja condición que fue la de Jesús«». Son muchas las horas que pasa en adoración ante el Santísimo Sacramento. Un día, deja escapar de su corazón estas notas de agradecimiento: «Dios mío, todos debemos cantar tus misericordias, todos nosotros que hemos sido creados para la gloria eterna y redimidos por la sangre de Jesús, por tu sangre, Señor y Jesús mío, que estás junto a mí en este sagrario; pero, si todos debemos hacerlo, ¡yo mucho más!, yo que desde la infancia he estado rodeado de muchos favores, que soy hijo de una santa madre, que aprendí de ella a conocerte, a amarte y a rezarte en cuanto pude entender una palabra. Y los catecismos, las primeras confesiones« aquellos ejemplos de fervor recibidos en el seno de mi familia« y, tras una larga y completa preparación, aquella primera Comunión«».

«Y cuando, a pesar de tantos favores, empezaba a separarme de ti, con cuánta dulzura me llamabas a ti por mediación de la voz de mi abuelo, con cuánta misericordia me impedías caer en los últimos excesos conservando en mi corazón mi ternura hacia él« Pero, a pesar de todo ello, por desgracia yo me alejaba, me alejaba cada vez más de ti, de ti Señor mío y vida mía« y por eso mi vida empezaba a ser una muerte, o más bien era ya una muerte a tus ojos« Y en aquel estado de muerte, aún me conservabas: había desaparecido toda fe, pero el respeto y la estima por la religión habían permanecido intactos«».

«Y por la fuerza de las cosas, me obligaste a ser casto, y enseguida, al devolverme a finales del invierno de 1886 al seno de la familia, en París, la castidad se convirtió para mí en algo dulce y en una necesidad del corazón. Fuiste tú quien lo hizo, Dios mío, sólo tú; porque yo, por desgracia, no estaba para nada. Esto era necesario para preparar mi alma a la Verdad, porque el demonio es demasiado dueño de un alma que no es casta para dejar que entre la Verdad« Y tú, Dios mío, no podías entrar en un alma donde el demonio de las pasiones inmundas reinaba como amo y señor« Dios mío, ¿cómo podría cantar tus misericordias?«».

«Te secundaba una hermosa alma, pero con su silencio, su dulzura y su perfección; ella se dejaba ver, era buena y esparcía su atractivo perfume, pero no actuaba. Y tú, Jesús mío, mi Salvador, hacías de todo por dentro y por fuera. Entonces me concediste cuatro gracias. La primera consistió en inspirarme este pensamiento: puesto que esa alma es tan inteligente, la Religión en la que tan firmemente cree no podría ser una locura, como creo yo. La segunda consistió en inspirarme este otro pensamiento: puesto que la Religión no es una locura, quizás la Verdad que no está en la tierra en ninguna otra religión, ni en ningún sistema filosófico, se encuentre allí. La tercera consistió en decirme: estudiemos pues esta Religión, tomemos un profesor de religión católica, un sacerdote instruido, y veamos qué ocurre. La cuarta consistió en la gracia incomparable de dirigirme al párroco Huvelin« Y desde entonces, Dios mío, todo ha sido un encadenamiento de gracias« Una marea ascendente, ¡siempre ascendente!».

Una Misa más, cada día

La reputación de santidad de fray Carlos se propaga sin él saberlo. La abadesa de las clarisas de Jesusalén le exhorta a prepararse para el sacerdocio. Para vencer sus resistencias, le hace observar que, en el caso de que aceptara, habría cada día en el mundo una Misa más en la tierra. Si ha recibido dones, ¿acaso son para él solo? Este argumento le hace vacilar; una respuesta del párroco Huvelin hace el resto. Fray Carlos regresa entonces a Francia, a Nuestra Señora de las Nieves, donde se prepara para la ordenación, que tiene lugar el 9 de junio de 1900. ¿Qué hará en adelante? Con la aquiescencia del obispo de Viviers y del párroco Huvelin, irá a llevar el Evangelio a los pueblos del Sahara, que se encuentran entre los más abandonados«

La vida del padre Carlos de Jesús se desarrolla a partir de entonces en el desierto: primero en Beni-Abbès, en el sur de Orán, y luego en Tamanrasset, en el macizo del Hoggar, a 1.500 kilómetros al sur de Argel. Es perfectamente consciente de ser el primer sacerdote de la historia en residir y celebrar la santa Misa en aquellos lugares. Su objetivo es abrir el corazón de los musulmanes –árabes y también tuaregs–, facilitándoles el contacto con la civilización cristiana y con un sacerdote, a fin de permitir, más tarde, su evangelización con misioneros en el pleno sentido del término. Con esas gentes ejercita una caridad generosa y desinteresada, hablándoles de Dios y enseñándoles los preceptos de la religión natural.

Se ha dicho que el padre Foucauld no predicaba de ningún modo la fe y que se limitaba a una presencia muda en medio de los musulmanes. Ya el general Laperrine se irritaba por ello, según anotó en su diario: «¿Y sus conversaciones? ¿Y su ropa?». Cuando alguien se presenta ante la puerta de la ermita, fray Carlos aparece, con la mirada llena de serenidad y la mano tendida, envuelto en una gandura blanca, en la cual hay cosido un corazón rojo coronado por una cruz. Esa imagen del Sagrado Corazón proclama la fe de ese hombre blanco, y toda su vida pone de manifiesto el Evangelio. Los indígenas no se equivocan. En un informe dirigido al prefecto apostólico del Sahara, fray Carlos anota: «Para los esclavos (la esclavitud era práctica corriente en el desierto), dispongo de una pequeña habitación donde los reúno«; poco a poco, les enseño a rezar a Jesús« Los viajeros pobres encuentran también en la Fraternidad un humilde albergue y una pobre colación, con una buena acogida y algunas frases para conducirlos al bien y a Jesús«». A un amigo le escribe: «Me aflige ver a los niños vagabundeando, sin ocupación, sin instrucción, sin educación religiosa« Unas pocas hermanas de la caridad conseguirían, en poco tiempo y con la ayuda de Dios, que todo este país se entregara a Jesús».

Una receta contra la tristeza

Hace ya mucho tiempo que sueña con reunir una comunidad a su alrededor: los «Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús», misioneros que harían conocer y amar a Jesús mediante una vida de oración, de caridad y de pobreza, en medio de esos pueblos inmensos que no conocen al único Salvador. Sin embargo, escribe: «En este momento tengo una gran paz, que durará lo que Jesús quiera. Tengo el Santísimo Sacramento, el amor de Jesús; otros tienen la tierra, y yo a Dios« Cuando estoy triste, tengo una receta: rezo los misterios gloriosos del rosario, y me digo que importa bien poco, después de todo, que yo sea miserable y que no llegue el bien que deseo. Porque todo ello no impide que el Bienamado Jesús –que desea el bien mil veces más que yo– sea bienaventurado, eterna e infinitamente bienaventurado!«».

Cuando estalla en Europa la guerra de 1914-18, el padre lleva ya nueve años establecido en el Hoggar. De las seis tribus tuaregs entre las cuales vive, tres se han sometido a Francia y le son fieles, pero las demás aprovechan el conflicto europeo para insuflarles el espíritu de revuelta. Son conscientes de la influencia preponderante que tiene el ermitaño sobre los Tuaregs-Hoggar: «El gran interés de Tamanrasset, escribe en enero de 1914 un médico francés, es la presencia del padre Foucauld. Ha conseguido, mediante su bondad, santidad y sabiduría, una gran celebridad entre la población». Así, el padre se convierte en el objetivo de los rebeldes, que organizan un golpe de mano. El 1 de diciembre de 1916, se acercan sin hacer ruido al fortín donde éste reside y llaman a la puerta, que el eremita entreabre sin recelo, capturándolo y maniatándolo. Consciente de lo que ocurre, se prepara para la muerte. ¡Por fin ha llegado el momento tan deseado de reunirse con el Bienamado! «Soportemos todos los insultos –había escrito–, los golpes, las heridas, la muerte, rezando por quienes nos odian« a imitación de Jesús, sin otro fin ni utilidad que declararle que le amamos».

Sorprendidos por dos soldados fieles a Francia, los conjurados enloquecen. Quien se encarga de custodiar al padre le dispara a bocajarro en la cabeza. El padre Carlos de Foucauld se desliza lentamente a lo largo de la pared y se desploma: está muerto« víctima de su celo de amor por esos pueblos en los que la luz de la fe nunca había brillado. Ha dedicado su vida a darles a conocer el verdadero Dios encarnado en Jesucristo, a hacerles experimentar la misericordia de la que él mismo se ha beneficiado de forma tan manifiesta y de la que ha querido, por gratitud, erigirse en heraldo. Hasta el 21 de diciembre, el capitán de La Roche, que manda el sector del Hoggar, no puede entrar en Tamanrasset. En la tumba del padre, planta una cruz de madera. Después, al penetrar en la ermita fortificada que los bandidos han saqueado, encuentra el rosario del padre, un vía crucis que había dibujado con esmero con pluma en unas tablillas, una cruz de madera con una hermosísima imagen de Cristo«

Una custodia en la arena

Al remover el suelo con el pie, el joven oficial descubre en la arena una pequeña custodia donde permanece todavía encerrada una sagrada forma. La recoge con respeto, la limpia y la envuelve en un paño. Cuando llega el momento de dejar Tamanrasset, la coloca delante de él, en la silla del dromedario, recorriendo de ese modo los 50 kilómetros que separan Tamanrasset de Fort-Motylinski. ¡Es la primera procesión del Santísimo Sacramento que se realiza en el Sahara! El capitán de La Roche recuerda una conversación que había mantenido con el padre Foucauld: «Si le ocurriera alguna desgracia –preguntaba–, ¿qué habría que hacer con el Santísimo Sacramento? –Hay dos soluciones: realizar un acto de contrición perfecto y comulgar usted mismo, o bien enviar la sagrada forma por correo a los Padres Blancos». No puede resignarse a la segunda solución; así pues, tras llamar a un suboficial, antiguo seminarista y cristiano ferviente, el capitán se pone unos guantes blancos que nunca antes ha usado para abrir la custodia. Ahí esta la sagrada forma, tal como el sacerdote la había consagrado y adorado. Ambos jóvenes se preguntan quién de los dos va a recibirla. Finalmente, el suboficial se arrodilla y comulga.

En Beni-Abbès, Carlos había establecido un régimen de vida donde la oración ocupaba el primer lugar: santa Misa y acción de gracias, breviario, vía crucis, rosario« Pero la adoración de la Santísima Eucaristía superaba todo lo demás, ya que le dedicaba tres horas y media cada día, repartidas en tres momentos de silencio. En su diario puede leerse: «Mayo de 1903. Hoy se cumplen treinta años de mi primera comunión, de la primera vez que recibí a Nuestro Señor« Y ahora llevo a Jesús en mis miserables manos. ¡Ponerse Él en mis manos! Y ahora, noche y día, disfruto del santo sagrario y poseo a Jesús, por así decirlo, para mí solo. Y ahora consagro cada mañana la Sagrada Eucaristía, y cada noche doy con ella la bendición».

Mediante su ardiente amor hacia Jesús en el sagrario, fray Carlos se adelantaba a la llamada que, un siglo más tarde, el siervo de Dios Juan Pablo II lanzaba a toda la Iglesia: «Queridos hermanos y hermanas« Aquí está el tesoro de la Iglesia« En la Eucaristía tenemos a Jesús, tenemos su sacrificio redentor, tenemos su resurrección, tenemos el don del Espíritu Santo, tenemos la adoración, la obediencia y el amor al Padre. Si descuidáramos la Eucaristía, ¿cómo podríamos remediar nuestra indigencia? En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos» (Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003, 59, 60, 62).

Carlos de Foucauld, que fue beatificado en Roma el 13 de noviembre de 2005 amó la Eucaristía como si viera en ella, con sus propios ojos, a Cristo presente. Pidámosle que encienda en nuestras almas un amor cada vez más ardiente hacia Él, que quiere permanecer entre nosotros para ser nuestro confidente, nuestro apoyo, nuestro amigo verdadero y fiel.

Dom Antoine Marie osb

Abadía San José de Clairval F-21150 Flavigny-sur-Ozerain Francia