
Micaela Alejandra Díaz Miranda |
La cultura afrobrasileña fue el tema del cuarto conversatorio de la Sala de la Cultura y de la Sinodalidad, una iniciativa del sueño cultural del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño que acompaña el camino hacia el Encuentro Pastoral Afroamericano de 2028, que tendrá como sede a Brasil.
El encuentro estuvo coordinado por el Secretariado de Pastoral Afroamericana y Caribeña y contó con la participación del profesor y doctor Rosenilton Oliveira, investigador y docente de la Universidad de São Paulo, quien ha desarrollado parte de su trayectoria junto a las comunidades de la pastoral afrobrasileña y ha estudiado sus celebraciones, romerías, congresos, expresiones de espiritualidad y cultura negra en la Iglesia.
Antes de su exposición, el padre Wilfrido Mosquera presentó algunos datos sobre Brasil, país que acogerá el Encuentro Pastoral Afroamericano de 2028. Resaltó su dimensión continental, con más de 8,5 millones de kilómetros cuadrados, una población que para 2026 se estima en 214,2 millones de habitantes y una diversidad cultural vinculada también a la presencia de la Amazonía y de numerosos pueblos originarios.
El sacerdote recordó además que alrededor del 55,5 % de la población brasileña es afrodescendiente y presentó este encuentro como una primera aproximación al camino de preparación hacia 2028: “este encuentro ya es como que ese abreboca” para comenzar a conocer y saborear lo que vendrá.
Camino de encuentros sobre cultura
La Sala de la Cultura y de la Sinodalidad ya había abordado otros aspectos de la realidad latinoamericana. El primer diálogo, realizado en Madrid, estuvo dedicado al magisterio latinoamericano y la cultura y fue coordinado por la Red de Cultura Popular.
En junio se desarrolló un encuentro sobre cultura y educación, coordinado por la Red de Pastoral Educativa y Pacto Global. En julio, el tema fue la cultura y la mujer afroamericana, bajo la coordinación de la Red de Liderazgo.
Este cuarto conversatorio estuvo dedicado específicamente a la cultura afrobrasileña y fue acompañado por una oración de monseñor Zanoni Demettino Castro, arzobispo metropolitano de Feira de Santana. En su invocación pidió que la Santísima Trinidad, “fuente de comunión, de diversidad, de vida”, ilumine el encuentro y abra los corazones al diálogo, la memoria, la fe y la esperanza de los pueblos afrodescendientes. El momento de oración estuvo acompañado por una canción dedicada a Nuestra Señora Aparecida, presentada como “Nuestra Señora Negra” y “soberana Quilombola”, antes de dar paso a la exposición del profesor Rosenilton.
Identidad construida también desde África
El investigador comenzó su exposición reconociendo la dimensión continental de Brasil y su enorme diversidad de pueblos y culturas. Al mismo tiempo, advirtió que esta riqueza convive con estructuras sociales todavía marcadas por la desigualdad. Su reflexión presentó la identidad y la memoria negra de las personas afrodescendientes en Brasil y mostró cómo los pueblos africanos, traídos al país en condiciones de esclavización, participaron decisivamente en la construcción de la sociedad y de la cultura brasileñas.
Para organizar su exposición, planteó dos grandes cuestiones: la construcción de la identidad nacional y cultural brasileña y algunos de los elementos estructurales que permiten comprender esa identidad. Desde ahí propuso pensar también las posibilidades y los desafíos de una pastoral y de una acción eclesial junto a la población afrobrasileña.
El profesor situó parte de su análisis en el período posterior a la proclamación de la República, en 1889, cuando Brasil atravesaba transformaciones sociales y políticas. Apenas un año antes, en 1888, había terminado oficialmente la esclavitud. Sin embargo, señaló que la abolición no estuvo acompañada por políticas de reparación frente a las consecuencias de siglos de esclavización. Las respuestas institucionales de reconocimiento y valoración de las poblaciones africanas llegarían mucho después, especialmente a comienzos del siglo XXI.
Nación que buscó sus símbolos
A comienzos del siglo XX, explicó Oliveira, las élites brasileñas se preguntaban cómo construir una nueva sociedad y una identidad nacional en los trópicos. Brasil había desarrollado históricamente una mirada orientada hacia Europa y tendía a valorar elementos provenientes de Francia, Inglaterra y otros países europeos, mientras dejaba en segundo plano las culturas presentes en su propio territorio. Entre ellas estaban las culturas de los pueblos originarios y de las poblaciones africanas.
El movimiento modernista, particularmente a partir de 1922, desempeñó un papel importante en la construcción de una narrativa sobre Brasil y en el reconocimiento de determinados elementos como símbolos de la cultura nacional. Más adelante, durante los gobiernos de Getúlio Vargas, también se promovió una construcción de identidad nacional, aunque dentro de un período de fuertes contradicciones políticas y de dictadura. En ese proceso, cultura e identidad nacional llegaron a ser entendidas prácticamente como una misma realidad. La imagen de Brasil hacia el exterior quedó asociada a una enorme fuerza cultural.
Oliveira recordó, por ejemplo, las investigaciones folclóricas realizadas por Mário de Andrade, quien recorrió distintas regiones del país para estudiar la diversidad y riqueza de las expresiones culturales brasileñas. Pero este reconocimiento tuvo una contradicción: se valoraban determinados elementos culturales, mientras las personas y los pueblos que los habían producido continuaban siendo discriminados.
Se valoró la cultura, pero no siempre a quienes la crearon
El profesor utilizó la capoeira como uno de los ejemplos más claros. La capoeira pasó a ser reconocida como un elemento de la cultura brasileña y posteriormente como deporte nacional, pero quienes la practicaban, en su mayoría personas negras, fueron perseguidos y considerados incluso sujetos de infracciones penales durante buena parte de la primera mitad del siglo XX.
Algo semejante ocurrió con el samba. Este ritmo de origen africano fue progresivamente incorporado a la imagen de Brasil y valorizado como expresión nacional, mientras los hombres y mujeres que lo interpretaban fueron perseguidos hasta la década de 1940. De esta manera, Oliveira mostró una de las contradicciones que atraviesan la construcción de la identidad brasileña: “tenemos un movimiento de valorizar elementos de la cultura africana, pero no tenemos el mismo movimiento de valorizar las personas, los sujetos que lo producen”.
Esta tensión también puede observarse en el patrimonio cultural. El investigador explicó que cuando se habla del patrimonio cultural brasileño es necesario reconocer las matrices africanas y de los pueblos originarios que lo constituyen. “Cuando nosotros hablamos de la cultura brasileña, estamos hablando también de la presencia del pueblo venido de África”, señaló.
La presencia africana en la cultura brasileña
Para Oliveira, muchos de los símbolos que actualmente son reconocidos como expresiones de la “brasilidad” tienen una fuerte presencia africana e indígena. La música, la danza, la gastronomía, la literatura, las artes y las expresiones religiosas forman parte de este patrimonio. La capoeira, el samba, el carnaval y la feijoada son algunos de los ejemplos más conocidos. En la música, la influencia africana está presente en ritmos, batidas, formas de bailar y letras de canciones. Esa influencia también alcanza expresiones como el sertanejo, el pop, el rock y el funk producidos en Brasil.
El investigador relacionó además estas expresiones con otras experiencias culturales de América Latina, mencionando semejanzas con manifestaciones presentes en Cuba, Colombia y Uruguay.
En la gastronomía, destacó la feijoada y el uso de ingredientes como el aceite de palma, vinculados a tradiciones provenientes de África. En la literatura, señaló la influencia de la cultura afrobrasileña en autores como Jorge Amado, así como la obra de escritoras contemporáneas como Conceição Evaristo y Carolina Maria de Jesus. También se refirió a la lengua portuguesa hablada en Brasil. Según explicó, la influencia africana no se limita a la incorporación de palabras procedentes de distintas lenguas, pues alcanza la construcción de las frases, la fonética y otros aspectos de la lengua brasileña, con una presencia particularmente importante de las lenguas del complejo bantú.
Patrimonio que también tiene rostros negros
La exposición abordó igualmente el patrimonio cultural material. Oliveira presentó como ejemplo la ciudad de Ouro Preto, en Minas Gerais, reconocida por su patrimonio arquitectónico y por la riqueza del barroco brasileño. En el relato tradicional sobre este patrimonio suelen aparecer los maestros y artistas europeos, entre ellos portugueses, españoles, italianos y franceses. Sin embargo, el investigador señaló la necesidad de reconocer la participación de los africanos y afrodescendientes que trabajaron en su construcción, tanto desde el esfuerzo físico como desde sus capacidades intelectuales y artísticas.
Pintores, artesanos y otros trabajadores africanos participaron en la construcción de iglesias, casas, ornamentaciones y otras expresiones del barroco brasileño. Para el investigador, esta presencia debe ser incorporada a la memoria cultural del país.
Otro espacio de memoria presentado fue el sitio arqueológico del Cais do Valongo, en Río de Janeiro, antiguo puerto por donde ingresaron numerosas personas traídas desde África en condición de esclavización. Hoy, el lugar permite mantener visible esa parte de la historia brasileña.
Más de cinco millones de africanos llegaron a Brasil
Oliveira explicó que los datos históricos sobre el número exacto de africanos traídos a América no son precisos, pero señaló que durante los siglos de tráfico esclavista Brasil recibió aproximadamente la mitad de las personas africanas llevadas a las Américas. Según los datos presentados durante el conversatorio, entre 1526 y 1870 fueron trasladadas alrededor de diez millones de personas y cerca de cinco millones llegaron a Brasil.
Esta dimensión ayuda a comprender, según el investigador, por qué la población de origen africano y los pueblos originarios tienen un peso tan importante en la formación histórica del país. Sin embargo, los censos y las categorías utilizadas para clasificar a la población durante buena parte de la historia brasileña contribuyeron a presentar una realidad diferente. El investigador explicó que hasta la década de 1990 los registros demográficos podían mostrar una mayoría de población autodeclarada blanca, relacionada con la manera en que se realizaba la clasificación por color.
Actualmente, alrededor del 56 % de la población brasileña, más de 110 millones de personas, se reconoce como afrodescendiente, según los datos compartidos durante la exposición.
Pueblos africanos y pueblos originarios
La presencia africana en Brasil tampoco puede entenderse como una experiencia homogénea. Oliveira presentó la diversidad de pueblos africanos trasladados al país, entre ellos grupos de las regiones identificadas históricamente como sudanesas y pueblos de África central y meridional. Mencionó, entre otros, a los nagô, ketô, ijexá y jeje, así como la fuerte presencia yoruba, especialmente en el nordeste brasileño y en Salvador de Bahía.
Esta diversidad dejó huellas en las lenguas, la música, la gastronomía, las danzas y las expresiones religiosas. La presencia de los orixás, las tradiciones musicales y manifestaciones culturales de Bahía son algunos de los ejemplos señalados.
A esta herencia se suma la presencia de los pueblos originarios. Oliveira recordó que Brasil cuenta con alrededor de 190 pueblos indígenas y más de 200 lenguas originarias, aunque el portugués continúa siendo la única lengua oficial a nivel nacional. Para el investigador, esta realidad plantea el desafío de reconocer también las lenguas indígenas como parte de la identidad y la cultura del país.
La dimensión religiosa de la memoria afrobrasileña
Uno de los aspectos que se expuso fue la relación entre cultura y experiencia religiosa. Oliveira explicó que, al igual que ocurrió en otros países de América Latina y el Caribe con fuerte presencia africana, en Brasil surgieron religiones de matriz africana.
Estas experiencias religiosas se constituyeron a partir de procesos de transformación y diálogo con el catolicismo y con las matrices culturales indígenas. Por ello, el investigador pidió evitar una lectura simplista basada únicamente en la idea de sincretismo. “No estoy hablando acá de una idea de sincretismo o de una falsa vivencia religiosa”, aclaró.
Su planteamiento es que la experiencia religiosa está estrechamente vinculada con la experiencia cultural de los pueblos. Por eso, así como las religiones africanas se transformaron en Brasil, también el catolicismo vivido en el país recibió la influencia de las culturas africanas e indígenas. “Si hay una transformación de las religiones africanas en Brasil, hay también una transformación del catolicismo que se vive en Brasil”, dijo. En este sentido, las formas de celebrar, las expresiones de fe y la relación con lo sagrado también forman parte de la memoria cultural afrobrasileña.
Los espacios religiosos como lugares de preservación
Oliveira remarcó especialmente el papel de los terreiros de Candomblé en la preservación de elementos culturales africanos durante los siglos de esclavización y después de ellos. Durante casi cuatro siglos, recordó, la población de origen africano sufrió esclavización y sus valores y producciones culturales fueron despreciados. En ese contexto, estos espacios religiosos permitieron conservar símbolos, conocimientos, música, filosofía y formas de comprender el mundo.
“Cuando nosotros hoy hablamos de la cultura africana en Brasil, tenemos que reconocer que fue gracias a la religiosidad africana” que muchos de estos símbolos pudieron conservarse, explicó.
Por ello, consideró que no es posible pensar la presencia afrodiáspórica en Brasil sin reconocer la importancia de estos espacios y la relación con lo sagrado.
Cultura diversa que prepara el camino hacia 2028
La exposición también recorrió otras expresiones de la cultura brasileña, entre ellas las indumentarias de las bahianas, cuyos vestidos, adornos, colores y formas de cubrir la cabeza contienen referencias culturales y cosmológicas relacionadas con la autoridad y la identidad. En el caso de la capoeira, distinguió entre la capoeira Angola, realcionada de manera más directa con tradiciones de África central, y la capoeira regional, que incorporó transformaciones y elementos acrobáticos posteriormente difundidos internacionalmente.
También abordó el carnaval, especialmente las escuelas de samba del sudeste. Aunque el carnaval es una celebración extendida por todo Brasil y es reconocido como una de las principales expresiones culturales nacionales, Oliveira recordó que existen otras fiestas regionales de enorme importancia, como el Festival de Parintins en el norte y las fiestas de junio dedicadas a san Juan, san Antonio y san Pedro en el nordeste.
La diversidad de estas expresiones muestra que la cultura brasileña no puede reducirse a un único símbolo. Se trata de una construcción plural en la que confluyen las matrices africanas, indígenas y europeas, con una presencia africana que, según el investigador, ha sido decisiva y muchas veces insuficientemente reconocida.
Mirada hacia la pastoral afroamericana
El encuentro forma parte del camino de preparación hacia el Encuentro Pastoral Afroamericano de 2028 en Brasil y tiene el fin de generar espacios de formación y diálogo sobre la diversidad cultural de América Latina y el Caribe.
La Sala de la Cultura y de la Sinodalidad deja abierta una reflexión que trasciende las fronteras de Brasil: reconocer las raíces africanas de la cultura latinoamericana también implica recuperar la memoria de los pueblos que la construyeron, sus espiritualidades, sus luchas y sus aportes a la vida de la Iglesia y de las sociedades de la región.
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