
Carta escrita desde Nazaret el 12 de febrero de 1900 a su hermana Marie de Bondy («Mimí»), tras la muerte de su séptimo hijo, Régis, pocas horas después de nacer. En estas líneas, Charles de Foucauld expresa, con la sensibilidad y la fe que caracterizan toda su correspondencia, su esperanza cristiana ante el misterio de la muerte.
Mi querida Mimí:
Acabo de recibir el telegrama enviado ayer. Has debido de sentir una inmensa pena por la muerte de este pequeño, y yo me uno de todo corazón a tu dolor.
Pero debo confesarte también la profunda admiración y el inmenso agradecimiento que llenan mi alma cuando pienso que tú, mi hermanita, peregrina y pobre viajera sobre esta tierra, eres ya la madre de un santo. Ese hijo al que has dado la vida habita ahora en ese hermoso cielo al que todos aspiramos y por el que suspiramos.
En un solo instante se ha convertido en el mayor de sus hermanos y hermanas, en el mayor de sus padres, en el mayor de todos los mortales.
¡Qué sabio es Dios, infinitamente más sabio que todos los sabios!
Nosotros conocemos las cosas como entre sombras; él las contempla con plena claridad. Lo que nosotros apenas esperamos, él ya lo posee. La meta que perseguimos con tanto esfuerzo, después de tantos combates y sufrimientos, él la ha alcanzado desde el primer paso de su existencia.
Tus otros hijos caminan lentamente hacia la patria del cielo. Esperan llegar a ella, pero todavía pueden apartarse del camino. Si llegan, será después de muchas luchas y dolores, quizá incluso tras un largo purgatorio.
Él, en cambio, este pequeño ángel protector de vuestra familia, ha llegado de un solo vuelo a la patria definitiva, sin incertidumbres ni sufrimientos. Por pura misericordia de nuestro Señor Jesucristo, goza ya para siempre de la visión de Dios, de la compañía de la Santísima Virgen, de san José y de todos los santos.
¡Cuánto debe amaros ese niño! Tus otros hijos podrán contar desde ahora con un protector lleno de ternura: un santo en la familia que intercede por vosotros ante Dios.
Que el Señor os conceda la paz. Mi oración os acompaña y doy gracias a Dios por este pequeño, que ha llegado antes que nosotros a la Casa del Padre.
Con todo mi afecto,
Charles de Foucauld
Nazaret, 12 de febrero de 1900
Nota: Conviene señalar que esta carta refleja el lenguaje espiritual y la sensibilidad teológica propios de comienzos del siglo XX. Algunas expresiones —como la referencia al purgatorio o la afirmación de que el niño ha alcanzado inmediatamente la visión de Dios— pertenecen al contexto espiritual de Charles de Foucauld y deben leerse en ese marco histórico y de fe.
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