La Devoción al Sagrado Corazón en Charles de Foucauld

Julia Crespo (Comunidad Horeb)

El Hermano Charles de Foucauld, hombre solitario, que nunca pudo atraer hacia su ermita a ningún discípulo (a pesar de la perseverancia que puso hasta el final por construir una orden religiosa dedicada al Sagrado Corazón de Jesús) y que nunca convirtió a nadie (a pesar de haber sido reconocido como un morabito, una palabra musulmana que designa a una persona a la que se atribuye santidad) ha sido, sin embargo, inspirador de una espiritualidad de vasta repercusión en el siglo XX y XXI cristiano, sobre todo a través de lo que se conoce como espiritualidad de Nazaret .

Las dos columnas vertebrales de la espiritualidad del Charles De Foucauld han sido la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús y la adoración al Santísimo Sacramento. De la Adoración Eucarística frecuente y prolongada, De Foucauld obtiene la fuente de su espiritualidad. De la Devoción al sagrado Corazón de Jesús obtuvo el impulso decisivo de su caridad hacía todos los hombres (1)

Ambas devociones revelan el carácter intensamente cristológico de la piedad foucauldiana. La devoción al Sagrado Corazón (que en su forma moderna data de las revelaciones de Paray-Le-Monial de Santa Margarita María Alacoque, 1647-1690) introdujo un punto de inflexión entre la oración rogativa (característica de la piedad mariana) y la oración contemplativa (2) . Orar no es solamente pedir y agradecer el don recibido, sino también mirar el corazón de Jesús traspasado de bondad, a Aquel que es la fuente primordial del amor, el “Modelo único” como le llamó De Foucauld. Todo el camino de la devotio moderna y de la imitación de Cristo atraviesa este puente de la oración contemplativa, que crea una relación de amistad, intimidad y confianza con Cristo.

Si bien son muy pocos los textos concretos en los que Charles de Foucauld se refiere a la devoción al Sagrado Corazón considerándola en sí misma, se advierte con facilidad, que la vida del Sagrado Corazón se encuentra para él subyacente a todo, y emerge a cada instante como algo tan natural, que pareciera hacerle innecesaria una referencia más explícita. El culto al Sagrado Corazón es, en el Hermano Carlos, inseparable del de la persona misma de Jesús. Y la necesidad imperiosa de asemejarse al Señor que él experimenta desde un comienzo, lo lleva a querer conformarse con los sentimientos de su Corazón. Muestra de esto será el dibujo que hace del Sagrado Corazón para la capilla de Beni Abbés y el símbolo de Jesús Caritas que llevó prendido durante un tiempo en su vestimenta(J.L. Vázquez Borau)

En su literatura epistolar que contiene lo mejor de su testamento espiritual podemos extraer mucha información. (3)

Su búsqueda de conformidad con el sagrado Corazón de Jesús, hace nacer en él un deseo de inmolación, que se expresará primeramente en el anhelo del martirio. Pero habrá luego en él una actitud de constante inmolación interior, traducida particularmente en su voluntad de participación, mediante el sufrimiento, en el trabajo redentor de Jesús: «Deseo de sufrimientos para devolverle amor por amor, para imitarle, […] para entrar en su trabajo, y ofrecerme con El, la nada que yo soy, en sacrificio, en víctima, por la santificación de los hombres» (Ch. de Foucauld, Écrits spirituels, París 1947, 67). “Nazaret —dice De Foucauld— es la raíz y el tronco, mientras que el “Calvario es el fruto”

«El tipo de vida contemplativa que nos ha legado el padre Charles de Foucauld no sólo se distingue por el hecho de que se viva en medio del mundo y compartiendo la condición de la gente pobre (esto implicará, por lo demás, una transformación de los medios de la vida contemplativa); va más allá, puesto que esa vida contemplativa, centrada en el Corazón de Cristo, se abre al misterio de la caridad para con los hombres, contemplada en su fuente divina» (CONT, 61).

De Foucauld se asienta en la confianza en el poder absoluto de la bondad y en la convicción —específicamente cristiana— de que Dios puede ser enteramente conocido a través del amor al prójimo. “El amor a Dios es el más importante… pero el amor a los hombres está tan unido al otro, que no pueden ir separados. Cómo amar a Dios si no amamos a sus hijos… el mejor medio para alcanzar el amor a Dios es practicar la caridad con los hombres… Contemplemos a Nuestro Señor en cada ser humano” (4)

Su método misional se asienta en la espiritualidad completamente original que De Foucauld había experimentado en la vida de Nazaret y que se consolida en el ardiente deseo de comunicar a Jesucristo únicamente a través de la fuerza testimonial de la bondad. “Yo quisiera ser —dice De Foucauld— lo bastante bueno para que ellos digan: Si tal es el servidor, ¿cómo entonces será el Maestro…?”. Esta posibilidad misional descansa en la capacidad innata de todos los pueblos —y de cualquier persona— de reconocer y apreciar el bien, cualquiera sea su fuente, incluso cuando esta proviene de alguien extraño y desconocido.

El llamado “apostolado de la bondad” tiene un camino trazado por este “monje singular” de la era moderna. 

[1] Citas tomadas de Charles de Foucauld et ses prémiers disciples, op.cit. Capítulo final.

[2] Beck, Victor ss.cc. Neuf Siècles d’Histoire du culte du Sacre Coeur. Paris Alsatia, 1963.

[3] Tomado de Père de Foucauld, Abbé HuvelinCorrespondance inédite. Desclée, 1957. Carta enviada desde Tamanrasset en 1907, pp. 269-270.

[4] Tomadas de sus notas de espiritualidad en de Foucauld, Charles, Viajero en la Noche. Notas de Espiritualidad. Editorial Ciudad Nueva, Madrid, 1994, p. 29.

La mística de Nazaret

De Marc Hayet. 27 abril 2011. Madrid, Instituto de vida religiosa.

La pregunta que me ha sido planteada es la siguiente: decir, en forma testimonial cómo nosotros, los Hermanos de Jesús, entendemos y vivimos la Mística de Nazaret. Mirando la presentación de la 40ª Semana de la Vida Religiosa en la página web, leo que “la mística es experiencia, del Misterio, de Dios, del Todo. La sociedad nos pide que seamos mujeres y hombres testigos del Misterio.”

Esta pregunta da vueltas en mi cabeza y me gustaría traducirla de la forma siguiente: ¿De qué aspecto del misterio de Dios somos testigos cuando nos referimos a Nazaret para vivir nuestra vida religiosa? E incluso ¿qué rostro de Dios nos ha seducido y nos ha puesto en marcha? ¿De qué Dios nos hemos enamorado? A pesar de lo pretencioso que pueda parecer.

Los Hermanos de Jesús: Nazaret como camino de vida

Quizás sea bueno poder deciros en dos palabras quiénes somos los Hermanos de Jesús y qué es lo que intentamos vivir. Me vais a permitir que lo haga utilizando una definición oficial, la que la Iglesia dio de nosotros al reconocernos como comunidad religiosa de derecho pontificio y que ha seguido utilizando incluso en el 2004 cuando presentamos la reforma de nuestras Constituciones:

“Este Dicasterio desea profundamente que la puesta en práctica de estas Constituciones sea para todos los Hermanos de Jesús una preciosa ayuda en la realización de su vocación, siguiendo el ejemplo de Jesús en Nazaret, humilde y escondido, en una vida contemplativa propia, la adoración de Cristo en la Eucaristía, la pobreza evangélica, el trabajo manual y una participación real en la condición social de aquellos que no tienen nombre ni influencia. ».

Esta presentación oficial nos parece preciosa: primero porque nos pone en relación directa con Jesús de Nazaret (calificado de “humilde y escondido”); también porque nos reconoce una vocación contemplativa con un camino propio y porque en los elementos de este camino de contemplación, figura la invitación a la participación real en la condición social “de aquellos que no tienen nombre ni influencia” para seguir el “ejemplo de Jesús en Nazaret, humilde y escondido”. Nuestras Constituciones precisan, además (precisamente en el capítulo que habla de nuestra misión en la Iglesia):

“Los hermanos están entre los hombres, no para convertirse en pastores o guías, sino sencillamente para ser sus hermanos. Es ante todo a través de su amistad, como ellos hablan y muestran la fe de la Iglesia de Cristo a sus compañeros de vida. Esta comunidad de vida es su testimonio propio, su participación en la misión de la Iglesia”.

No sé si hay muchas congregaciones – contemplativa además – cuyo carisma se defina por la condición social de la gente ordinaria; ni muchas cuya misión excluya toda forma de pastoral o de dirección, para insistir sobre la amistad y la fraternidad, la comunidad de vida con la gente, como misión de Iglesia y testimonio de fe.

Concretamente, somos una pequeña congregación de unos 220 miembros (todavía en una treintena de países). Fraternidades con rostros diferentes dependiendo del lugar o del continente donde se sitúan, pero con características comunes: pequeñas comunidades insertas en barrios populares (pequeñas, entre otras razones, para poder insertarse “sin demasiadas maletas”), insistiendo en la relación con la gente, en la proximidad, la amistad, la escucha, la reciprocidad, un montón de cosas que implican un estilo de vida cercano al de la gente. Un elemento importante de este estilo de vida es el “trabajo manual” (quizás antes se insistía sobre todo en éste), a menudo de tipo “trabajo-asalariado-obrero”, el tipo de trabajo que hace la gente corriente y que nos permite poder compartirlo con ellos. Pero me parece que no es el único elemento que nos acerca (y más aún ahora que hay muchos hermanos que están jubilados); es como un haz de elementos: el alojamiento1 es uno de ellos, el “ritmo de vida” y un “estilo”, podríamos decir “una manera de ser y de estar”.

Me gustaría concretarlo un poco con dos ejemplos:

– El primero viene de Irán (una fraternidad que desgraciadamente hemos tenido que cerrar): cuando los hermanos decidieron fundar en este país, la única posibilidad para obtener un visado era trabajar en la atención de leprosos (la verdad es que no había mucha gente que quería ocuparse de ellos). Había entre los hermanos un médico, enfermeros, un especialista en prótesis, como veis oficios que no son muy “de la base”. La leprosería era, de hecho, un pequeño pueblo con familias, con artesanos y pequeños talleres, comercios y un hospital. Y todo esto en una zona aislada, a kilómetros de la ciudad más cercana; el pueblo estaba cercado y por las noches se cerraban las puertas y estaba prohibido salir. Todo el personal del hospital vivía en el exterior del recinto y venía todos los días a trabajar. Cuando los hermanos llegaron, pusieron como condición para quedarse tener una casa en el interior del recinto y vivir junto a las familias del poblado. Es todo: después de esta decisión poco importa que uno sea médico, tal vez el trabajo más “alto” del pueblo: la gente percibe muy bien dónde están vuestros valores y no le importa el resto.

– El segundo ejemplo viene de Egipto: por las mismas razones de visado, dos hermanos comenzaron una fraternidad en un pueblo bastante grande del Alto Egipto, trabajando para una asociación con proyectos de desarrollo: uno de ellos puso en marcha un centro de formación para trabajos relacionados con la madera, gracias al cual muchos jóvenes pudieron tener un oficio y un trabajo y eso quiere decir poder construir una casa, casarse etc. Cuando visité esta fraternidad, tuve una tarde una larga conversación con un grupo de jóvenes, uno de ellos más tarde me escribió para decirme. “Oye, nuestros dos hermanos ya son mayores, tú que eres el jefe tienes que mandarnos algún hermano joven. Porque ¿sabes? los hermanos para nosotros son muy importantes: se visten como nosotros, comen como nosotros, con ellos puedo hablar de mis historias y de lo que me preocupa, no hace falta pedir cita para hablar con ellos; ¡los hermanos, para mí, son como el aire y el agua!”. Es una expresión muy hermosa, pero lo que más me impresionó de esta historia, es que lo importante para este joven, lo que era primordial para él y por lo que agradecía la presencia de los hermanos no era la formación recibida y que le permitía vivir de manera autónoma, sino la actitud de los hermanos, su proximidad, su escucha, su atención, en una palabra el hecho de que fueran sus hermanos.

Podríamos evocar decenas de testimonios un poco menos exóticos pero igual de verdaderos, estoy convencido que es la experiencia de cada uno de nosotros.

Otro elemento que conforma este haz y que, sin duda, es más discreto es el compromiso de una vida de oración: no solamente en los largos momentos cotidianos o en los momentos de retiro en soledad, sino en la convicción de que esta proximidad con la gente, compartir nuestra vida con ellos es, en sí mismo, un camino para descubrir el rostro del Señor. Volveremos sobre este aspecto.

El año pasado, estuvimos trabajando en una encuesta-cuestionario. Cada región (un espacio geográfico que agrupa varias fraternidades) fue invitada a expresar lo que le parecía ser hoy, el corazón de nuestra vocación. Partiendo de una gran variedad de puntos de vista, era llamativo e incluso emocionante, ver el rostro de la fraternidad que emergía de las respuestas. Permitidme que os lea un pasaje de la síntesis que encuentro muy significativo:

“Por nuestra parte, llama la atención ver cómo, partiendo de contextos, experiencias y expresiones diversas, algunos rasgos sobresalen con fuerza:

 A partir del rostro de Dios revelado en Jesús de Nazaret y de la invitación a entregar nuestra vida;

 Comprometidos en una vida de oración fuerte y en la búsqueda del rostro de Dios en la vida y los encuentros de todos los días;

 Caminando con otros en una vida comunitaria fraterna atenta a la persona de cada uno;

 Deseo de hacernos “próximos” y hermanos de los que no “tienen nombre” compartiendo sus vidas (según los contextos y las sensibilidades, lo expresamos diciendo que queremos estar con los están en el “último lugar” o que queremos compartir la vida ordinaria de la gente)

 Para amarles gratuitamente.

       Este término de gratuidad nos parece estar en el corazón de nuestra vocación: no quiere decir que rechazamos el compromiso, ni renunciamos a la fecundidad, ni rechazamos compartir las convicciones que nos hacen vivir. Significa una aproximación a cada persona, en el respeto de lo que es, sin un proyecto para ella, simplemente para testimoniarle amor y caminar hacia nuestro Padre común, en una relación de no poder, de igualdad y de reciprocidad.

 Conscientes de que la Iglesia nos ha reconocido y confiado esta vocación original y sin duda única: una comunidad religiosa contemplativa que es enviada a vivir en medio de la gente, sin una tarea pastoral o social, sino simplemente para ser sus hermanos.”

Lo que me parece interesante de esta encuesta es que se trata de una relectura de nuestra experiencia de vida. Nuestra fraternidad comenzó como un monasterio en el Sahara en 1933. A partir de 1947 se produce un gran cambio: pasamos de un monasterio a las pequeñas comunidades de inserción en medio de la gente sencilla con la intuición de que era un camino de vida. 65 años después, esta relectura lo confirma: Sí, “Dios estaba aquí y no lo sabía”, para decirlo con las palabras de Jacob.

Carlos de Foucauld: de la separación a la cercanía

El cambio de 1947 se hizo, después de una “crisis” en la Fraternidad, como un deseo de volver a la fuente de Carlos de Foucauld y su “mirada” sobre Nazaret. Y quizás nos hará falta pasar por Carlos de Foucauld, ya que es de él que recibimos esta intuición de “mística” de Nazaret, para ver cómo va evolucionando su concepción de Nazaret. Únicamente, quisiera subrayar algunas etapas significativas.

He perdido mi corazón por Jesús de Nazaret, crucificado hace 1900 años, y tanto como mi debilidad me lo permite, no busco otra cosa que imitarlo2”. Carlos nos da una hermosa definición de su vida: su historia después de la conversión es, en efecto, ante todo una historia de “corazón dado y perdido”, la historia de una amistad real y fuerte con Alguien que está vivo y cercano, y cuyo rostro lo ha fascinado: Jesús de Nazaret. Una búsqueda que le llevará tiempo…

Poco tiempo después de su conversión, mientras buscaba como entregar su vida a Dios, hizo una peregrinación a Tierra Santa y, visitando Nazaret, caminando por sus calles, “entrevió” como él dice, lo que pudo ser la vida de Jesús: la de simple vecino de un pueblo, una de esas personas anónimas que Carlos veía en las calles; y como su mirada es la de un occidental miembro de una familia rica, todavía le fascina más: ¡el hijo de Dios ha escogido esta vida tan banal! Tiene en su imaginario la imagen de su época de la vida de la Sagrada Familia de Nazaret: una vida de silencio, de oración constante ¡con las manos juntas todo el día!… y a esta imagen Carlos añade la pobreza extrema, la “abyección” como él la llama. Para encontrar estas condiciones de silencio, recogimiento y de pobreza en la intimidad con Jesús, escoge lógicamente la vida monástica y entra en la Trapa (16 enero de 1890).

Saldrá 7 años más tarde (16 de febrero 1897) y se instala en el mismo Nazaret, cerca de las Clarisas que le alojan en una cabaña del jardín y le confían algunos trabajos. Lo explicará en una carta: “El buen Dios me ha permitido, lo más perfectamente posible, encontrar aquí lo que buscaba: pobreza, soledad, abyección, trabajo humilde, oscuridad completa: la imitación, lo más perfecta posible, de lo que fue la vida de Nuestro Señor Jesús en este mismo Nazaret […] La Trapa me hacía ascender, me daba una vida de estudio, una vida honorable… por eso he dejado la Trapa y he abrazado aquí la existencia humilde y oscura del divino obrero de Nazaret3”. Expresa bien cuál es la lectura que en ese momento hace del Nazaret de Jesús: pobreza, soledad, abyección, trabajo, oscuridad social (alusión a los estudios como promoción social). Y la resume en la fórmula: “la existencia humilde y oscura del divino obrero de Nazaret”. Ha tomado conciencia de la diferencia de naturaleza que hay entre la pobreza del monje y la pobreza del pobre, pobreza de medios y de estatus social. Y siente que es precisamente esta última la que le acerca a Jesús de Nazaret. Es interesante saber que entre los resortes que han provocado esta toma de conciencia, ha habido raras ocasiones de conocimiento de las condiciones concretas de vida de una familia pobre: “Hace unos ocho días me enviaron a rezar, por un pobre indigente católico que murió en la aldea vecina: ¡Qué diferencia entre su casa y nuestras habitaciones! Suspiro por Nazaret4”. De la misma manera que le ha dolido ver que su monasterio estaba protegido, mientras que en la zona habían tenido lugar las primeras masacres de Armenios cristianos5 Con las Clarisas de Nazaret piensa haber encontrado la solución: al mismo tiempo intimidad con Jesús y la oscuridad social del pobre.

Después de tres años y medio en Nazaret, acepta ser ordenado sacerdote (lo que hasta entonces le había parecido contrario a la humildad social de Nazaret) y se produce un nuevo cambio: va a vivir a Argelia: “Mis últimos retiros de diaconado y sacerdocio me han mostrado que esta vida de Nazaret, mi vocación, debería vivirla no en la Tierra Santa tan amada sino entre las almas más enfermas, las ovejas más perdidas, las más abandonadas: este divino banquete, del que yo era ministro, hacía falta presentarlo no a los hermanos, a los parientes, a los vecinos ricos, sino a los más cojos, los más ciegos, los más pobres, a las almas más abandonadas, a aquellos a los que más les faltan sacerdotes6. Se trata siempre de la vida de Nazaret, pero ha comprendido que para estar con Jesús, hay que ir allí donde Jesús ha ido, cerca de los más abandonados: no se trata de separarse y aislarse como en Tierra santa, sino de “vivir entre” los más desamparados.

Esta nueva perspectiva le planteará una nueva cuestión: ¿Cómo conciliar estar con la gente (que no tardarán en invadir su casa) y el recogimiento para una vida de oración (para estar cerca del Amigo)? En un viaje que hace al gran sur sahariano, busca un lugar para instalarse entre los Tuareg. Un día encuentra un lugar que parece convenirle, al pie de un acantilado y cerca del camino por el que pasa la gente. Pero ¿hay que instalarse en lo alto del acantilado para garantizar el recogimiento en soledad, o abajo para poder tener contacto con la gente en el va y viene de la vida? Anota sus dudas y reflexiones y pone en boca de Jesús lo que le parece que es la conducta a seguir: “Para recogerte, es el amor quien te debe recoger en mí interiormente y no la lejanía de mis hijos: mírame en ellos; y como yo en Nazaret, vive cerca de ellos, perdido en Dios. En estas rocas donde, a pesar tuyo, yo te he conducido, tienes la imitación de mis moradas de Belén y de Nazaret, la imitación de toda mi vida de Nazaret…7”. Nueva lectura del Nazaret de Jesús que le hace exceder, por arriba o por el corazón, la tensión presencia-recogimiento: por el amor, Jesús podía pertenecer, a la vez, enteramente a Dios y enteramente a los hombres. Es el amor el que nos tiene “recogidos” en Dios; si de verdad amamos, podemos entregarnos totalmente y sin temor: no abandonamos a Dios dándonos a los hombres. Magnífica y sobria definición de Nazaret: “Como yo en Nazaret, vive cerca de ellos, perdido en Dios”.

Uno de los textos más conocidos de Carlos de Foucauld sobre Nazaret está escrito el año siguiente, cuando ya está instalado en Tamanrasset: “Jesús te ha establecido para siempre en la vida de Nazaret: la vida de misión o de soledad no son, para ti, como no lo fueron para él, sino sólo excepciones: practícalas cada vez que su voluntad lo indique claramente: y desde el momento en que ya no sea indicado, vuelve a la vida de Nazaret […] Sea estando solo, sea estando con algunos hermanos […] ten por objetivo la vida de Nazaret, en todo y para todo, en su simplicidad y su amplitud […] por ejemplo […] sin hábito – como Jesús en Nazaret; sin clausura – como Jesús en Nazaret; sin una casa lejos de los lugares habitados – como Jesús en Nazaret; no menos de 8 horas de trabajo diario (manual u otro, aunque a poder ser manual) – como Jesús en Nazaret; sin grandes posesiones, ni grandes casas, ni grandes gastos, ni grandes limosnas; una extrema pobreza en todo – como Jesús de Nazaret… En una palabra, en todo: Jesús en Nazaret […] Tu vida de Nazaret puede vivirse en todo lugar: vívela en el lugar más útil para el prójimo8”. Sigue siendo una lectura del Nazaret de Jesús, teniendo aquí como fondo la vida religiosa y sus cuadros habituales. Y vemos bien donde está ahora el acento: las consignas dadas tienden a romper la distancia que pudiera haber entre un cuadro de vida religiosa y la vida ordinaria de la gente. Y además, de golpe, ahora que sabe como guardar el corazón en Dios estando con la gente y, ahora que ha adoptado un estilo de vida parecido al de la gente, Nazaret ya no será un modelo cerrado, debe poder vivirse de modos diversos (“tu vida de Nazaret puede vivirse en todo lugar”) y lo importante no será la forma sino el objetivo (“vívela en el lugar más útil para el prójimo”); por nuestra proximidad, si estamos unidos a Dios y a los hombres en el amor, la buena noticia de un Dios cercano es anunciada al pobre y es su verdadero tesoro.

Carlos pasará los últimos años de su vida haciéndose cercano a los Tuaregs, será un camino de amistad que se irá construyendo pacientemente. Aprenderá, poco a poco, la reciprocidad de una verdadera relación (en concreto será atendido por ellos en un momento de grave enfermedad); trabajará mucho para conocer su cultura, aprenderá a quererlos: “He pasado todo el año 1912 en esta aldea de Tamanrasset. Los tuaregs son para mí una consoladora compañía; no podría decir cuánto bien me hacen, cuántas almas rectas encuentro entre ellos; uno o dos son verdaderos amigos, cosa rara y preciosa en todas partes9”.

No puedo terminar este recorrido en torno a la lectura que Carlos de Foucauld hace de Nazaret, sin citar un texto que tiene una gran importancia para mí y esta escrito algunos meses antes de su muerte: Carlos busca un sacerdote para asegurar la puesta en marcha en Francia de una Asociación de Fieles en la que está trabajando desde hace algunos años. Escribe: “Me creo menos capaz que la casi totalidad de los sacerdotes, para hacer las gestiones necesarias, no habiendo aprendido más que a rezar en soledad, a callarme, a vivir con libros y todo lo más a charlar con familiaridad –cara a cara– con los pobres10”. Este texto me afecta, porque toca mi propia experiencia y, como Hermano de Jesús, tengo ganas de decir: ¡Veis a qué lleva frecuentar a Jesús de Nazaret! Se trata de un aprendizaje: el de la oración, el de la escucha y el de las charlas familiares con los pobres, tres cosas que hay que aprender y la última – en expresión de Carlos – aparece como aquella que mejor ha aprendido… De aquí, de este aprendizaje, nace, poco a poco, la apertura del corazón, una capacidad para encontrar al otro en lo que es, entenderlo desde dentro, apreciarlo.

¿No es este el mismo camino que hace Jesús de Nazaret? Esto nos lleva al Nazaret de Jesús: ¿Qué lectura hacemos nosotros?

El Nazaret de Jesús: cuando Dios se humaniza

Algunas veces nos dicen: “Pero si el evangelio no dice nada –o casi nada sobre los años de Jesús en Nazaret ¿cómo podéis tomar Nazaret como referencia de vida?” Es verdad que los evangelios son más que discretos, pero lo poco que dicen es muy significativo y, seguro que no ha sido incluido por azar. Una buena razón para mirarlo con un poco de detenimiento. Fijémonos en algunos elementos que nos son entregados:

A. Tanto Nazaret como Galilea son lugares insignificantes en la historia de la salvación y por lo tanto profundamente despreciados: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” pregunta Natanael (Jn 1,46); “Estudia y verás que de Galilea no salen profetas” dirán los Fariseos (Jn 7,52).

Para los grupos religiosos, los círculos del poder, los doctores y los letrados, Jesús es un hombre de esta provincia marginal y poco fiable. Y no tienen de él mejor opinión que de aquellos que lo siguen: “esa gente que no conoce la ley, ¡son unos malditos!” (Jn 7, 49) (algunas traducciones dicen “esta masa”).

Expuesto sin protección, para los notables simple peón de un ajedrez político (“no entendéis nada ¿no veis que es mejor que muera uno solo por el pueblo y que no perezca toda la nación?”), Jesús asume, hasta el final, esta situación de hombre de pueblo ordinario y… le lleva hasta la muerte. El evangelio insiste en decirnos que en todo esto hay una revelación del rostro de Dios y de su manera de hacer: “¿crees que no puedo pedirle al Padre que me envíe enseguida más de doce legiones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirá lo escrito, que esto tiene que suceder?” (Mt 26,53ss; cf. Jn 11,51ss). Y tiene que suceder así para revelar algo de Dios.

Resulta impresionante entonces pensar que todo lo que Jesús nos dice sobre Dios, sobre el hombre, sobre las relaciones entre Dios y el hombre, ha sido pensado y sentido por alguien de esta “masa”, de esta muchedumbre ordinaria, despreciada y mirada con desconfianza por los expertos y los grandes. Su palabra es una palabra de “pequeño”, de alguien que ha integrado en su personalidad ese desprecio con el que miran a los que son como él. Me parece que no nos sorprendemos ni nos maravillamos bastante. Debería permitirnos leer con otros ojos sus palabras sobre el Padre misericordioso, o sobre el samaritano… Misteriosa actitud de Dios que asume, no la humanidad en general, sino esta humanidad bien precisa y concreta, sin duda porque la juzga más en disposición de expresar correctamente quién es y qué es lo que quiere. “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”

B. La ofrenda de María y de José con ocasión de la presentación de Jesús es la propia de las familias modestas (Lev 12, 6-8), aunque el levítico proponga la ofrenda para familias más pobres (Lev 5,11). Un hombre ordinario de Nazaret, sin relieve particular.

Cuando Jesús comience a enseñar y a curar, la gente de Nazaret se quedará completamente extrañada, incluso escandalizada: “¿De dónde saca éste su saber y sus milagros? ¿No es este el hijo del carpintero?” (Mt 13,58). También la gente de Jerusalén se sorprenderá y preguntará: “¿Cómo tiene ese tal cultura si no tiene instrucción?” (Jn 7,15).

Estos interrogantes tienen una respuesta muy esclarecedora en los evangelios: “Se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de saber; y la gracia de Dios le acompañaba” (Lc 2,39ss y Lc 2, 51ss).

Encontramos dos veces esta fórmula: en Lc 2,39s después de la presentación de Jesús en el Templo y en Lc 2,51s después de la escena de Jesús perdido y encontrado rodeado de Doctores.

En dos momentos, después de dos escenas que se desarrollan en el Templo, se nos presenta Nazaret como lugar de crecimiento de gracia y escuela de sabiduría. Y es algo más llamativo porque los textos de Lucas hacen referencia a la historia del joven Samuel (Lc. 2,52 que retoma 1 Sm 2,26). Pero para Samuel (y el texto lo precisa varias veces) el lugar de crecimiento en el servicio de Dios será el Templo (1Sm2, 11.18.21.26 y 1Sm 3). Es significativo y ciertamente intencionado que Lucas recoja la misma expresión para mejor subrayar la diferencia radical y la novedad de la situación de Jesús: su lugar de crecimiento en estatura, en fortaleza y en sabiduría, es Nazaret. Y Lucas insiste: al final de la escena en la que Jesús está rodeado de los doctores, Jesús se extraña: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa (en las cosas) de mi Padre?” Nuestra lógica respondería: “Es evidente. Que se quede en el Templo: al fin y al cabo es la casa de su Padre ¿no? Y las cosas de Dios se hacen en el Templo”. El evangelio, encadena por su parte dos informaciones: que los padres no comprenden y que vuelve con ellos a Nazaret: “Vivía sujeto a ellos y crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”. Por supuesto que debe estar en casa de su Padre, pero ante los ojos perplejos de sus padres, Jesús descubre que estar en casa de su Padre, es estar con ellos en Nazaret y ser hijo del Altísimo es estarles sometido.

Crecer en estatura y sabiduría, es en Nazaret donde va a hacerlo. Hay que subrayar que esto significa en la escuela de la gente sencilla y de la vida ordinaria, a través de las relaciones familiares, en el pueblo, en la sinagoga, en el trabajo, observando la vida, la gente y la naturaleza y escuchando.

Para deciros la verdad, para mí, esto es lo más importante de Nazaret, la clave: Nazaret es el lugar donde Dios se humaniza, donde el hijo de Dios se va haciendo hombre, y lo hace a la escuela de la vida con la gente ordinaria. Para decirlo con palabras sonoras, Nazaret es el lugar sociológico de la encarnación; para decirlo con palabras más simples: si hubiera nacido en una familia sacerdotal o con un padre escriba o doctor de la ley, su discurso y su personalidad habrían sido completamente diferentes. Nos habla de Dios con los términos de un campesino de Galilea. Es importante tomar conciencia de esto. Leemos “el Verbo se hizo carne” y solamente pensarlo nos invita a una contemplación honda; pero saber que el Verbo se ha hecho esta carne particular, Galileo de Nazaret, debería también maravillarnos.

¿Por qué pensáis que Jesús exclamó un día: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes y haberlo revelado a los pequeños. (…) Nadie conoce al Hijo si no el Padre y nadie conoce al Padre si no el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 25 ss), si no es porque él mismo ha hecho la experiencia de esta sabiduría? Y el Hijo que revela, es “el divino obrero de Nazaret humilde y pobre” como lo expresaría Carlos de Foucauld.

Por consecuencia, lo que de verdad es importante no es tanto imaginar cómo sería la vida de Jesús en Nazaret, sino escrutar en el Evangelio lo que Jesús ha aprendido en Nazaret y qué tipo de hombre se ha ido formando. Y ¿por qué es tan importante? Porque si el contexto de vida con la gente sencilla es la tierra fértil que ha formado a Jesús, estoy autorizado a pensar que en esa misma tierra fértil y con el mismo Espíritu que animaba a Jesús (y que nos ha sido prometido y dado), Nazaret podrá ser, también para mí, lugar de crecimiento y de descubrimiento, “ante Dios y ante los hombres”.

Ya os he dicho lo que me parece que es el corazón, pero os pediría seguir un rato más juntos para “averiguar” que tipo de hombre ha formado Nazaret, dando una vuelta rápida por el evangelio. Es apasionante leer el Evangelio tratando de apuntar lo que Jesús ha integrado de la escuela de vida en Nazaret. Siempre se descubren nuevos aspectos ¿Por qué no detenernos en algunos?

– La liturgia familiar, la oración en la sinagoga van formando su oración. Además Jesús desarrolla una relación muy íntima y muy especial con Dios al que llamará “Abba, papá”. Y podemos ver cómo alimenta esta relación dedicando tiempos para rezar a su Padre: se levanta temprano (Mc 1,35) o se queda hasta tarde por la noche (Mt 14,23); se aísla y lo buscan (Jn 6,24). Es una relación siempre alerta y que surge y se despierta en cada acontecimiento y en cada encuentro (Mt 11,25ss; Jn 11,41) y que es acogida de una forma discreta en el secreto del corazón porque ha aprendido que “el Padre ve en lo secreto” (Mt 6, 4.6.18).

– Sin duda porque ha hecho la experiencia de la mirada de desprecio con que se mira a la gente sencilla y simple, subraya siempre el valor de los pequeños: “es voluntad de vuestro Padre del cielo que no se pierda ni uno de esos pequeños” (Mt 18,14). No soporta todo lo que excluye a causa del origen y de la situación social: se acerca a los leprosos y los toca, contagiándose de su impureza (Mc 1, 40-45); se deja tocar por una mujer de mala reputación (Lc 7, 36ss); incluso se atreve a declarar “magnífica” la fe de los paganos (Lc 7,9; Mc 7, 24-30).

– Ha aprendido a mirar los acontecimientos de todos los días como pequeños mensajes que le hablan del Padre; tiene sobre las cosas y los acontecimientos una especie de mirada contemplativa que le hace ir al fondo de su sentido: “mirad las flores del campo y los pájaros del cielo y pensad en vuestro Padre que vela sobre todos vosotros” (Mt. 6, 25ss); “mirad el grano que crece sin que se sepa cómo y acordaros que el Reino crece, también, poco a poco aunque no lo percibamos” (Mc 4, 27); “mirad esa mujer que barre toda la casa para encontrar la moneda, pues así es como vuestro Padre busca a todos aquellos que se pierden” (Lc 15,8ss); “mirad como la lluvia cae sobre los justos e injustos (Mt 5,45), ved cómo el trigo y la mala hierba crecen al mismo tiempo (Mt 13, 24ss) y entended que el Padre, que es el único que puede decir quién es malo o bueno, ofrece, siempre una oportunidad para volverse hacia Él”.

– Es sobre todo a la gente a la que mira con esta mirada que va más allá de las apariencias y que mira el corazón. Sí, sabe demasiado bien lo que hay de falso (de desprecio) en las ideas preconcebidas que tenemos sobre la gente. Él ha experimentado la generosidad espontánea de la gente que no tiene nada y quiere hacernos ver la verdadera grandeza, la dignidad de todos aquellos que encuentra: hace notar la discreta ofrenda de la viuda que ha dado todo lo que tenía (Mc 12, 41ss); invita a Simón a abrir los ojos: ¿ves esta mujer? ¿la ves de verdad? si ama de esta manera – esta que tú desprecias – ¡es porque ha sido perdonada! (Lc 7,44); y pone a cada uno frente a su conciencia cuando están dispuestos a lapidar a la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8,1ss).

– Siempre se le ve dispuesto a aprender y a interrogarse cuando encuentra rectitud y fe, vengan de donde vengan: de extranjeros como el Centurión (Lc 7, 1-10) y de la Cananea (Mt 15,21-28) (que se expresan, como Él en un lenguaje lleno de imágenes), o de su madre (Jn 2,1-11; cf Lc 2,48-52), o de un escriba: “no estás lejos del Reino de Dios” (Mc 12,34).

– Muestra una extraordinaria sensibilidad ante las desgracias de la gente y en particular de los pobres. A menudo el evangelio nos dice que está conmovido, incluso profundamente afectado: mirando a la gente, ovejas sin pastor (Mt 9,36); ante la viuda que lleva a enterrar su hijo (Lc 7,11ss); ante todo tipo de enfermos, aquellos que se acercan a él y aquellos a los que él mismo va a encontrar (Jn. 5,6). Esta compasión le da fuerza y coraje ante situaciones de las que todo el mundo huye, como de los poseídos gerasenos (Mt 8,28).

– De Nazaret fue guardando todos los proverbios e historias y sabe hablar con las palabras simples de los campesinos. Con su mirada de “pequeño” observó la vida de la gente y de los “grandes”: el juez injusto (Lc 18,2ss), el rico inconsciente de todo lo que le rodea (Lc 16,19ss), el administrador corruptor (Lc 16, 1ss), el sacerdote y el levita prisioneros en su mundo (Lc 10,31). Conoce la humillación del pobre que no puede invitar a nadie (Lc 14,14). Aprendió el sentido común de la gente sencilla que no entiende una ley cuando no está al servicio de la vida: “¿quién me puede hacer creer que si su hijo o su buey cae en un pozo el sábado, no va a sacarlo porque es sábado?” (Lc 14,5; Jn 7,23). Como la gente sencilla capta bien lo que suena a falso, tiene olfato para ello y lo que reprocha con más insistencia es, precisamente, la hipocresía: espeta a los Fariseos amigos del dinero: “vosotros sois los que os la dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro, y ese encumbrarse entre los hombres le repugna a Dios” (Lc 16,15)

Con esta actitud no se consiguen únicamente amigos ¡claro!, pero lo asume: y se dice de él que es un borracho, que no piensa más que en comer, que frecuenta únicamente gente poco recomendable (Lc 5,30; 7,34; 15,2). El evangelio, a menudo, nos dice que producía mucho “rechinar de dientes” mientras los sencillos lucían sonrisas de gozo escuchando las palabras de misericordia que salían de su boca y las curaciones que hacía (Lc 13,17; cf. Lc 4,28; 11,53; Mt 15,31).

Es muy interesante ver como el evangelio de Juan – que dicen más “contemplativo” – subraya el tema de Nazaret. En el inicio nos encontrábamos con la pregunta: “¿De Nazaret, puede salir algo bueno?” (Jn 1,46); al final, en el letrero clavado en la cruz, Pilatos ironiza: “Jesús el Nazareno, el Rey de los Judíos” (Jn 19,19, sólo Juan menciona el Nazareno). Todo parece dar la razón a los escépticos. Sin embargo, bajo la apariencia de un jardinero, María reconocerá la voz de su Maestro; de incógnito al borde del lago el discípulo bien amado reconocerá al Señor. No, no es una revancha ni el final de un paréntesis que pondría las cosas en su sitio: el Maestro y Señor no aparece con los rasgos, recuperados, de un gran señor; sigue siendo Jesús de Nazaret y tendremos que reconocerlos en sus rasgos ordinarios. Los sinópticos lo dicen de otra manera: “Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado (…) os precede… en Galilea, allí lo veréis” (Mc 16,6ss).

No sé qué os pasa a vosotros, pero a mí esta lectura del evangelio me deja maravillado. Me siento como “en casa” en estos textos, no solamente porque me enseñan el rostro de Jesús que me fascina, sino también porque detrás de cada escena, de cada actitud de Jesús, podría poner nombres de personas que por su actitud o sus reacciones me han ayudado a entender la palabra de Dios y a descifrar su misterio.

Añado una cosa: que Jesús haya adquirido este rostro, que haya sido formado en esta escuela, es también revelación del misterio de Dios:

A menudo decimos, con palabras impregnadas de piedad, que en Nazaret Dios ha ocultado su divinidad. Pero es precisamente lo contrario: ¡es en Nazaret donde Dios ha revelado su auténtico rostro de Dios! Cuando Él quiere decirnos quién es verdaderamente, asume el rostro de un hombre simple de Nazaret, de esa aldea desconocida en la Biblia, en una región de la periferia, alejada del Templo y de los centros religiosos, lejos de Judea y de los círculos del poder, “encrucijada de las naciones paganas” y contaminada por ellas. Como queriéndonos decir: “Todos los grandes discursos de todas la religiones y de todas las teologías me han presentado como el “Altísimo”, “el Otro”, “el Absoluto” “el Separado” y, sin duda, son ciertos, ¡a condición de que seáis capaces de vaciarlos de su sentido habitual! Y estaríais más cerca de captar mi realidad – que de toda forma ningún término es capaz de traducir – si me llamarais a la vez el “Bajísimo”, el “Totalmente cercano”, el “Comprometido”, el “Servidor”. Jesús lo afirmará con claridad: “Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y con razón, porque lo soy, pero soy un maestro y un señor que os lava los pies y si queréis ser de los míos, deberéis vosotros también, hacer lo mismo” (Jn 13, 13s). Sólo podremos exclamar: “A ti el Reino, el Poder y la Gloria” si no olvidamos que su realeza está proclamada en un cartel clavado a una cruz y que es reconocida por un condenado a muerte, majestad de un Nazareno (Jn 19,19) que da su vida cuando parece que la pierde; que su poder es el de un amigo que mendiga un amor renovado de aquel que le ha traicionado (Jn 21,15s) y que esta traición ha sido precisamente: “No tengo nada que ver con ese Nazareno” (Mt. 26,11s).

Con Nazaret, también la acción de Dios se ilumina con una luz nueva. Ya no se presenta como aquél que salva desde el exterior, “con mano fuerte y brazo poderoso”. E incluso si continúa siendo aquel que “recoge mis lágrimas en su odre” (Ps. 56,9), es desde el interior, llorando con nosotros: “tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt.8,17), “ha sido probado en todo como nosotros”, “por eso no se avergüenza de llamarnos hermanos” (Hb 4,15 y 2,11) nos dice la Escritura. No podemos perder de vista que es en lo concreto de Nazaret donde se ha realizado esta proximidad con nosotros.

La actitud básica de Nazaret: Ser hermano

Este es el rostro de Jesús que nos ha seducido, estos son sus pasos tras los que queremos caminar, escogiendo vivir entre la gente sencilla, entre los pobres.

A menudo nos dicen: “Sois unos ilusos: de todas maneras vosotros no sois como los pobres”. Y es verdad: incluso para aquellos de nosotros que venimos de familias modestas, la formación que hemos recibido, las garantías y la seguridad que da una comunidad, la ausencia de la preocupación por el futuro de los nuestros, nos alejan de la situación de los verdaderos “pequeños”. ¿Cómo hacer?

Quizás haya que comenzar diciendo que la miseria y ciertas formas de privación y de pobreza (material, cultural, de educación) son males que hay que combatir. No es la miseria lo que yo he escogido, lo que he escogido es vivir con la gente que sufre la miseria o la pobreza y luchar con ellos por salir de ella. Quiere decir que rechazo intentar salir yo solo y que acepto, por amistad hacia ellos, las privaciones que ellos sufren. Luchar contra estas privaciones, llevándolas con ellos, no es completamente ajeno a la actitud de ofrenda que queremos hacer, día tras día, de nuestras vidas.

Una segunda consideración: de todas formas no se trata de ser como los pobres, sino de ubicarnos con ellos como hermanos. Y aquí no somos nosotros los únicos actores. Si hay de nuestra parte un esfuerzo a hacer para estar lo más cerca posible de ellos, otra parte de este proceso no depende de nosotros. No podemos ser “como ellos”, muchos aspectos de nuestra vida hacen que no seamos de su “bando”, pero si sienten en nosotros el deseo de acercarnos, son ellos quienes nos tomarán de la mano para hacernos pasar de su lado y acogernos en sus vidas; nos perdonarán todas nuestras riquezas y seguridades. ¡Cuántos ejemplos podríamos dar, vosotros también, de esta acogida que no se cierra a la diferencia!

No obstante hay, también, un cierto número de actitudes de fondo que nos permiten entrar en esta dinámica de Nazaret.

1 La primera es apuntarse a la escuela de los pequeños11.

Me gusta hacer un paralelismo con un versículo de las constituciones (que he leído más arriba) y un pasaje del evangelio: “Los hermanos están en medio de los hombres, no para convertirse en pastores o guías, sino simplemente para ser sus hermanos” (Constituciones) y “En cuanto a vosotros, no os hagáis llamar “maestros”, pues uno solo es vuestro maestro mientras que todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8). Para mí es muy significativo que la palabra “hermano” esté asociada en este texto del evangelio no al Padre12, sino al maestro, al que enseña. ¡Como para poner el dedo en una de nuestras grandes tentaciones: la de siempre querer enseñar a los otros sin desear aprender de ellos!…

Querer estar en medio de los hombres “simplemente para ser sus hermanos” nos invita a entrar en otra actitud: somos hermanos de los pequeños si caminamos juntos compartiendo nuestras luces. Esta es a la vez la espera y la realización de la alianza nueva prometida: “Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en su corazón… No tendrá que instruir uno a su prójimo, otro a su hermano, diciendo: “Conoce al Señor” porque todos me conocerán desde el más pequeño hasta el más grande” (He. 8, 10 citando a Jer. 31, 33ss). Para establecer una relación de verdadera fraternidad, no es suficiente, aunque sea una disposición necesaria, “hacerse del país” – como decía Carlos de Foucauld – “siendo abordable, pequeño” de manera que el otro pueda atreverse a pedirme cualquier cosa… Que el otro pueda verme como un hermano no será suficiente si yo no cambio mi mirada sobre él. Como persona humana e hijo de Dios, en él (ella) el Espíritu también trabaja y como toda persona busca a responder y busca lo que está bien, con las capacidades de las que disponga, todos los días. De su fidelidad, titubeante como la mía, puedo aprender y, gracias a él, creceré si acepto meterme en su escuela; entonces y solo entonces, caminaremos verdaderamente juntos… como hermanos.

2 Una segunda actitud, es tener un corazón vigilante, estar permanentemente atentos para buscar el rostro del Señor. Está en relación directa con la primera.

Supone, ante todo, leer y releer sin cesar el Evangelio13. En primer lugar no para buscar en él una moral, sondear lo que está bien y lo que está mal, sino para buscar constantemente el rostro de Jesús: mirarle actuar, escrutar sus reacciones, ver sus comportamientos. Poco a poco dejarnos habitar y transformar por él. Él es un hombre de Nazaret, un “pequeño”: mirándolo podemos descubrir poco a poco cómo comportarnos en el mundo de la gente sencilla que es el nuestro, aprender a maravillarnos como él, a dejarnos tocar por la compasión, a luchar contra el mal, a encontrar el camino hacia el Padre, etc. ¡Simplemente, a amar!

Esta búsqueda del rostro de Jesús, es “un compromiso a tiempo completo”. No solamente en los tiempos de oración sino en la vigilancia de un corazón despierto. No cumplimos solamente con los tiempos de oración o de lectura del evangelio: cada encuentro, cada acontecimiento deberían encontrarnos atentos para buscar el rastro del Señor que prometió acompañarnos; hacer una lectura de nuestra vida para poder, como el discípulo que Jesús amaba, reconocerlo bajo los rasgos inciertos en la vida cotidiana (cf. Jn 21, 7 y 12).

3 “Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa” (Mc 9,41 // Mt 10,42)

En un contexto (Mc 9, 33-34) en el que los discípulos se preguntan “¿Quién es el más grande?” Jesús llama a un niño y responde: “El más grande, es aquel que es pequeño como este niño, ya que permitirá a los que le acojan acogerme a mí y a Aquél que me envía (v.37). El más grande es aquel que es lo bastante pequeño para dejar trastornar sus certezas y reconocer el bien venga de donde venga, incluso de donde no se le espera (v39 s). El más grande es aquel lo suficientemente pequeño como para pedir un vaso de agua, permitiendo a aquel que se lo da mostrarse hermano y ganar un lugar en el Reino de Dios (v41)”.

Quizás hemos asimilado demasiado bien la frase que S. Pablo atribuye a Jesús: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Nos gusta dar; no nos gusta nada dejar entrever nuestras necesidades; no aceptamos tan fácilmente recibir. Lo que deseamos hacer a los otros (mostrar que somos su hermano viniendo en su ayuda, acogiéndolo, valorizándolo, haciéndonos su prójimo), no les permitimos hacerlo con nosotros… ¡Caminar juntos, de verdad, sin ocultar nuestros límites y nuestras necesidades, con nuestras pequeñeces y nuestras grandezas, quizás sea darles la posibilidad de considerarnos sus hermanos dándonos, simplemente, lo que nos falta!

Para concluir

Me gustaría para terminar, ilustrar lo que acabo de decir con tres pequeñas historia personales, tres rostros que pueden ayudarnos a concretar. No sé si conocéis la película argentina de Carlos Sorín “Historias mínimas”. Nuestras historias siempre son historias “mínimas”, pequeñas cosas, pero hay que estar en el buen lugar para acogerlas y percibir el misterio que nos muestran, dar gracias, suplicar, llorar, gritar. Son historias plenas de sentido y reveladoras del misterio, si estamos atentos.

La primera, es David, un amigo al que he visitado durante años en la cárcel; ha sido él quien me ha enseñado toda la profundidad de lo que es el perdón. Me había contado que una vez, un colega de la cárcel le había prometido: “Cuando salga, te lo juro, voy a organizar tu fuga”. David, razonable, le había dicho: “No hagas juramentos así, tú sabes lo que les sucede entre nosotros a los que faltan a la palabra dada”. El otro sostuvo la promesa, salió de prisión y ¡claro! jamás volvió. Cuando vuelvo a visitarlo, le encuentro enfadado y decepcionado. Intento calmarlo explicándole: “Si ya lo sabes, dentro eres capaz de hacer promesas porque no mides las dificultades, una vez fuera te das cuenta de que es mucho más complicado; tienes que comprenderle”. Entonces, David me dice: “Sí, tu quieres hablarme del perdón (yo no había hablado de eso), pero, ¿sabes? ¡Si yo quiero perdonarle, hace falta que cambie todas mis leyes interiores!” ¡A mí, nunca me habían explicado el perdón de esta manera!

Una segunda historia: la del mejor regalo de Navidad que recibí este año. Delante del centro comercial, donde trabajaba, hay todo un grupo de hombres, jóvenes, sin hogar, gente de la calle, que pasan el día bebiendo y pidiendo limosna. Poco a poco nos hemos ido conociendo, me paraba para saludarles, he aprendido sus nombres y ellos el mío; hemos ido creando una pequeña amistad, me gusta verlos y estar con ellos y creo que a ellos también les gusta que me pare un momento. La víspera de la Epifanía, una asociación de ayuda les estaba entregando roscones de Reyes en el momento en el que yo pasaba. Cuando me iba a ir, uno de ellos me para y me dice: “Espera, Pascual ha ido a buscar algo”. Y Pascual regresa con un roscón: “Toma, gordo, es para ti, para que hagas la fiesta”. Cuando el excluido se vuelve incluyente hay una gran alegría en el Reino de los Cielos ¿no?

Tercera historia, también en el trabajo: había muchos jóvenes en prácticas enviados por las escuelas de formación profesional. A menudo son jóvenes árabes, normalmente no muy bien vistos. Tengo la costumbre de preguntarles por su nombre. Me ha sorprendido mucho constatar qué importante era para ellos este pequeño detalle insignificante: cuando al día siguiente le vuelves a ver y dices: “Hola Jamal” o “Hola Kader”, cuántas veces me han dicho con gozo y con la sorpresa marcada en la mirada: “¡Te has acordado de mi nombre!”; y después son ellos los que venían a saludarme aunque no sea habitual en ellos hacerlo con otros. Me ha hecho pensar mucho y, quizás comprender más profundamente las palabras de Jesús: “El pastor conoce su ovejas y llama a cada una por su nombre y le siguen”. ¡A qué profundidad de lo humano, a qué espera secreta de salvación, alude Jesús en esta simple frase!

Lo interesante para mí es que esta historia ha tenido una continuación. Mi jefe es un musulmán practicante, un hombre abierto y curioso: hemos hablado mucho de religión, de política, de justicia… y con mucha libertad y amistad. A menudo ha comentado mi manera de hacer, insistía siempre en decir que allí donde yo hablaba sobre todo de humanidad, la fuente de mi actitud era mi fe en Dios. Me gustaba lo que me decía. Se había dado cuenta de mi actitud con los jóvenes y de que vinieran a saludarme. Lo hablamos y pude explicarle lo que había podido descubrir del misterio del amor de Dios a partir de la frase sobre las ovejas. Cuando dejé el trabajo (acabo de jubilarme) me dijo, haciendo referencia a esta pequeña historia: “Te voy a echar en falta. Estar contigo me ha hecho trabajar sobre mi Islam: hay una dimensión de humanidad en vosotros, que nosotros no tenemos”. Y yo le agradecí su ayuda para releer mi vida. Todo esto fue posible porque hemos estado juntos más de un año, con la escoba en la mano…

Esta vez termino de verdad. Con una frase del evangelio que es para mí una gran luz:

“Sois la sal de la tierra: si la sal pierde su sabor ¿con qué se la salará?” (Mt 5,13).

Hay un misterio en la sal y se nota incluso en nuestra manera de hablar: si la comida es sosa decimos: “¡Falta sal!”; y si hay demasiada decimos: “¡Te pasaste con la sal!”; pero cuando hay justo la pizca correcta, ya no hablamos de la sal, decimos: “¡Qué sopa más rica!”; es el gusto de la comida lo que sobresale, no el de la sal…

Este es el sentido de esta imagen del evangelio. A veces nos preguntamos con ansiedad cómo darle un gusto cristiano al mundo de hoy. No sé si es la buena interrogación. El mundo tiene gusto, Dios se lo ha puesto. Nuestro papel como cristianos, es estar presentes en el mundo para que ese intercambio misterioso se produzca y que el gusto divino del mundo pueda expresarse. No nuestro gusto…

¿Se puede hablar mejor de Nazaret?

Marc Hayet

Fraternité

3/11 Rue Romain Rolland

F – 59000 LILLE

marcohayet@yahoo.fr


1  A propósito de la vivienda, me acuerdo de un joven cubano (y es una historia que he escuchado en diferentes países) que venía a la fraternidad para un primer contacto, para “ver” y cuando llegó al barrio ilegal en el que viven los hermanos en La Habana, se dio media vuelta diciéndose: “Me he tenido que equivocar de dirección: no puede haber una casa de religiosos en un barrio como este”.

2  Carta a Gabriel Tourdes, 07/03/1902.

3  Carta a Luis de Foucauld, 12/04/1887.

4  Carta a María de Bondy, 10/04/1895.

5  “Es doloroso estar tan bien con los asesinos de nuestros hermanos”, carta a María de Bondy, 24/06/1896.

6  Carta al Padre Caron, 09/04/1905.

7  Cuadernos de Beni Abbes, 26/05/1904.

8  Cuadernos de Tamanrasset, 22/07/1905.

9  Carta a Henry de Castries, 08/01/1913.

10  Carta al Padre Voillard, 11/06/1916.

11  “Escucharán, primeramente, todo aquello que constituye el fondo del corazón de sus amigos y las riquezas del pueblo con el que viven, aprendiendo de los pobres que son el tesoro de la Iglesia”. (Constituciones de los Hermanos de Jesús). Es significativo que este pasaje se encuentre en el capítulo sobre nuestra misión en la Iglesia.

12  A menudo nos referimos a este texto diciendo “Todos sois hermanos puesto que solo tenéis un Padre”; es cierto evidentemente, pero ¡no es esto lo que dice el evangelio! Es importante respetar el texto.

13  “Hay que tratar de impregnarnos del espíritu de Jesús leyendo y releyendo, meditando y volviendo a meditar constantemente sus palabras y sus ejemplos: que ellos hagan en nuestras almas como la gota de agua que cae y vuelve a caer sobre una piedra, siempre en el mismo lugar…” Carlos de Foucauld Carta a Louis Massignon, 22/07/1914. “Volvamos al Evangelio. Si no vivimos el Evangelio, Jesús no vive en nosotros” Carta a Mons. Caron, 30/06/1909

LOUIS MASSIGNON Y EL NACIMIENTO DE LAS FRATERNIDADES

1. Louis Massignon un islamista comprometido con su tiempo

Louis Massignon (1883-1962) ha sido uno de los más excepcionales espíritus de la sabiduría contemporánea. Y no sólo por figurar entre los grandes islamólogos del siglo XX, de los que es el más respetuoso y fiel hacia el Islam, sino también por su magisterio crucial en el que integra razón y vida, conocimientos y acción moral. Así, toda su trayectoria vital se proyectó en una sabiduría práctica a favor de los humillados, los olvidados y los expoliados. Profesor en el colegio de Francia; director de estudios de ciencias religiosas en la Escuela Práctica de Altos Estudios de París; director de diversas publicaciones; fundador de varias asociaciones y comités; profesor gratuito de los emigrantes magrebíes en París; miembro de todas las Academias de la lengua de los países árabes y de múltiples Academias europeas; participante asiduo de los coloquios «Eranos» de ciencias religiosas promovidos por Jung, presidente del Instituto de Estudios Iranios; su prolífica obra escrita se distribuye en pocos libros y amplias recopilaciones: Tableau geograpbique du Maroc dans les quin ze premiéres années du xv siécle daprés Léon L’Africain (1906), La Passion d’AI-Hallaj (1922), Essai sur les origines du lexique technique de la mystique en pays d’lslam (1922), Recueil de textes inédits (1929 ), Parole donnée (1962) y Opera minora (1969). Pero lo que ahora queremos subrayar es que sin la fuerza inquebrantable de este hombre por mantener la obra y el carisma de Carlos de Foucauld, hoy no existiría la cofradía-asociación eclesial que el mismo Foucauld fundó, La Unión de hermanos y hermanas de Jesús, Sodalidad Carlos de Foucauld, ni su familia espiritual, como ahora vamos a mostrar.

           La vida de Louis Massignon estuvo unida a los problemas políticos del Cercano Oriente, a los de su país y, de una manera especial, a los dramas de Marruecos y Argelia. Luis Massignon es un hombre de “tienda grande”. Al final de su vida lo llamarán el “Cheikh admirable”, en recuerdo del Doctor admirable, el gran teólogo y filósofo catalán del siglo XIII, Raimundo Lull. En Francia, un círculo de iniciados, y hasta discípulos, queda profundamente marcado por su genio singular. En Oriente, en África del Norte, su recuerdo se mantiene vivo entre ciertos eruditos; de Pakistán a Marruecos se sabe que el profesor Massignon fue un maestro y un guía. Pero, a pesar de todo, entre nosotros sigue siendo casi desconocido1.

Massignon fue un gran orientalista en una época en que esta disciplina era todavía relativamente desconocida. Algunos no han dudado en calificar a Massignon de santo. Pero no queremos hacer hagiografía, pues, aún admitiendo que se probase su santidad, el término sin duda le hubiese parecido inapropiado, pues tenía horror a la “bonachonería”2. Massignon parece escapar a todas las categorías, por su genialidad, pero también y sobre todo por sus paradojas, sus vacilaciones, las contradicciones entre el hombre público y el hombre privado. Su gran obra, esa extraordinaria Pasión del sufí musulmán Hallaj3, que llevó sobre él durante toda su vida, tras haber hecho de ella el tema de su tesis doctoral, corrigiéndola sin cesar, es en gran parte una biografía. Massignon afirmaba “que la ciencia fallaba en lo esencial si no entrañaba amor, o al menos, simpatía”. Massignon fue también, ante todo, un formidable erudito, un buscador infatigable, un verdadero arqueólogo del conocimiento, al acecho de los menores detalles, filtrándose por los menores entresijos para apoyar algunos de sus hallazgos; todo un saber que serviría para despertar a los difuntos y hacérnoslos presentes, lo que ha hecho de la Pasión de Hallâj un trabajo sin equivalente.

Massignon nos da testimonio, en primer lugar, de una vida completamente introducida en otra cultura. A los veinticinco años, siendo increyente como el explorador de Marruecos Carlos de Foucauld, marcha a Egipto y a Bagdad con el deseo de comprender el Islam. Estas experiencias cambiarán las perspectivas de miras de ambos, pues comprenderán enseguida que nunca se puede poner uno completamente en el lugar del otro, y que en vez de intentar poseer al otro, hay que compartir humildemente la vida. Como el mismo Massignon dirá, «la auténtica sabiduría que podemos desear es la humildad y ésta no tiene límites«. Massignon acogía a todos los hermanos, especialmente los más necesitados, como”seres únicos en el mundo”. Había sido marcado por Foucauld, que fue para él, según dijo en 1959, «como un hermano mayor y que le había hecho encontrar en todos los seres humanos, comenzando por los más abandonados, sus hermanos«.

Massignon, que fue presidente de los Amigos de Gandhi en Francia y precursor de los “métodos de la no-violencia activa”, hablaba de la “compasión”, capacidad de vivir al otro lo más profundamente posible, como de una «ciencia experimental» que tiene un método preciso y verificable. Para él, «el compartir la vida de los más humildes» es una ciencia. El método lo llamaba «descentramiento«. Se trata de ponerse en el lugar del otro, en el centro mismo de éste. Y la verificación de esta ciencia consiste en ver si hemos operado una «liberación» en la vida de los demás, en consonancia a la descripción que se hace en los Hechos de los Apóstoles sobre Jesús de Nazaret, que «pasó haciendo el bien«. En cuanto a su obra literaria, Massignon no fue un erudito de cámara. Intentó acercarse al Islam directamente y desde dentro. Su trabajo científico contribuyó a cambiar la manera de abordar la cultura islámica.

Massignon fue un profeta para nuestro tiempo porque «tenía un sentido de las realidades ocultas«. Algunos meses antes de su muerte, Massignon escribirá a un amigo sacerdote diciéndole «la gran deuda que tenía con Gandhi por haberle hecho comprender la ‘no-violencia de Jesús’«. Massignon comprendió que los métodos misioneros, incluso los más modernos y sutiles, se oponen al método no-violento de Jesús, que proponía sin imponer y no utilizaba la acción psicológica. Se trata de reconocer al otro tal como es y de no tratar de imponerse. Esta no-violencia pide una extrema fuerza interior, pues se verifica en el hecho de considerar al otro como un ser responsable al que se le pueden asignar tareas. Massignon criticaba ferozmente los métodos proselitistas pues veía una violación y especialmente una violación de los más pobres, de los corazones de niño con los que uno fácilmente puede abusar.

Otro aspecto en el que Massignon nos habla hoy como profeta, es decir, contra corriente, es este: Massignon es un solitario, un “eremita”, en una época en la que nada más se habla de comunidad y de colectivos. Jesús fue al desierto, buscó la soledad, no para huir de sus responsabilidades, sino para poder afrontar mejor los demonios más profundos, que son el deseo de dominio, la demagogia, los medios de presión y toda clase de seducción. Massignon se introdujo por el camino de la “soledad creadora” gracias a la figura luminosa de Hallaj mártir místico del Islam. Éste no fue ortodoxo para nadie, pues habiendo conseguido una gran libertad interior, vivió la hospitalidad a ultranza, no respetando las reglas del clan y del grupo, que exigían defender de entrada a los miembros y los dogmas del grupo, defendiéndose del extranjero y de toda contaminación.

Massignon era un apasionado por el mundo del Islam y soñaba en la reconciliación entre todas las Religiones del Libro. Por eso, Louis Massignon, en 1961, en la revista Notre-Dame d’Ephèse decía: «Éfeso4 debe llegar a ser, antes de la reunión final en Jerusalén, para todos los grupos cristianos y musulmanes, el lugar de la reconciliación en «Hazrat Meryem Ana» (Nuestra Madre, en turco), esperando que Israel, reconociéndola finalmente como la gloria de Sión, reúna esta unanimidad tan deseada». ¿Por qué Efeso?, por ser el lugar según la tradición donde se encuentra la “Casa de la Virgen” La Casa de la Virgen, en Efeso, en tanto que santuario, es el lugar de un encuentro excepcional entre los cristianos y los musulmanes, «en el que los Católicos celebran la misa, mientras que los Musulmanes oran en la habitación adyacente; los diversos ex-votos muestran que la Virgen otorga milagros tanto a unos como a otros». Pero también de manera simbólica, ella prefigura la unanimidad de todos los Ahl al-Kitab, de todas las Gentes del Libro.

2. Louis Massignon, el eslabón perdido entre Carlos de Foucauld y el nacimiento de las Fraternidades

Foucauld no era una persona ágil, ni cambiaba fácilmente de punto de vista. Las transformaciones que va realizando a lo largo de su vida son debidas principalmente a la necesidad. Carlos de Foucauld ha ido aprendiendo, a partir de 1913, que lo esencial es expresar lo más sencillamente posible la finalidad de la obra, por eso todo su esfuerzo consistirá en “simplificar”. Foucauld sabe que hay que transformar la estructura y los últimos estatutos de julio 1916. El 31 de julio de 1916 escribe a su prima diciéndole que trabaja en presentar el conjunto «simplificando y abreviando los estatutos, modificando completamente la organización«. Así, en el momento que le llegó la muerte Foucauld no había encontrado la forma de su asociación, pero si el fondo: el amor total hacia Cristo y el Evangelio.            El propio Luis Massignon explica en una carta enviada el 12 de mayo 1959 a Jean François Six, lo siguiente: «Cuando llegué a París con permiso el viernes 16 de febrero de 1917, al día siguiente, fui a ver a mi director, el padre Luis Poulin, párroco de la Trinité, para comunicarle mi deseo de continuar la Asociación Foucauld5 (él había firmado mi adhesión el 15-10-1913). Pasando por Roma el 14 de febrero visité a los Padres Blancos y, el mismo día, visité a Henry de Castries. El 21 de febrero visité al padre Laurin y lo convencí para que me ayude; me envió el 28 de febrero a Issy el texto del Directorio de Carlos de Foucauld, que tenía para mí desde hace tres años; y a partir de las cartas intercambiadas con Mns. Bonnet y Mns. Livinhac, hemos visitado a Mns. Le Roy, calle Lhomond, y le hemos dado los documentos sobre la Asociación Foucauld. Después de examinarlos, Mns. Le Roy me ha dicho: esta obra es de Dios, y que se ocupará de ella; tienes el imprimatur (si publicas; cosa que hice en El Cairo); pero esta obra no se puede organizar más que cuando llegue la paz, después de la publicación de una ‘biografía’ de tu amigo; encuentra un biógrafo. Cuando volvía a casa, recé y encontré la carta que Foucauld me había enviado el 11-4-16: ‘El Sr. René Bazin, sus pensamientos están en gran armonía con los míos’ (R. B. me dijo que entre ellos dos tan sólo hubo un intercambio epistolar). Por esto, obedeciendo a Mns. Le Roy fui a visitar a René Bazin para decirle simplemente que deseaba que fuese él el biógrafo de Carlos de Foucauld – A lo que R. B. me dijo: ¿Desea que sea yo? – Entonces le comenté la carta ( de C. de F. a R. B.)”.

Massignon, para poder continuar la obra de Foucauld, tiene el recuerdo preciso de algunos encuentros y conversaciones breves, con Foucauld; tiene sobre todo entre las manos el texto del Directorio y las 80 cartas que recibió de él, cartas que leerá y releerá toda su vida, que no cesará de nutrirse, que citará en los momentos importantes de su existencia como momentos esenciales. Ahora que Foucauld está muerto, percibe más aún lo que era para él: no exactamente un director espiritual, sino un “hermano mayor”; al final de su vida retomará este significado: Foucauld ha sido para él «este hermano mayor» que lo ha conducido por los caminos de la mística, que lo ha ayudado en la búsqueda de una vocación propia con un inmenso respeto. Cuando Massignon con su director se decide por el matrimonio, Foucauld, que hubiese querido verlo sacerdote y junto a él sin reserva, tiene palabras fraternas y justas y le dice a Massignon que es una “admirable vocación”. Lo esencial para Foucauld es la vocación de bautizado; la llamada a la vida religiosa no es un signo de superioridad. No existen pues dos clases: los sacerdotes y los laicos, los religiosos y las personas casadas, con la idea de que sólo los primeros son los que aman a Dios “de todo corazón”, mientras que los segundos tendrían un amor mediocre: se puede amar al “Bien amado” en el matrimonio y fuera del matrimonio. Y el Directorio, que es un manual de perfección, está destinado tanto a los laicos como a los sacerdotes y religiosos.           

Mientras tanto, se encuentra Massignon entre los papeles de Foucauld los Estatutos simplificados de su Asociación, con fecha de 1916, aprobados por Mns. Bonnet. El padre Voillard se lo comunica al padre Laurain el 2 de octubre de 1918: «Es su texto que fue retomado para la Asociación Foucauld, después de su reorganización en París, aprobada por el cardenal Amette el 10 de septiembre 1919«6. Aprobación intermedia: «El ensayo puede intentarse» dijo el arzobispo de París.            El breve texto de ocho páginas que se publicó7 como presentación de la Asociación llevaba por título Unión apostólica. Era el título principal, debajo en pequeños caracteres: «Para la conversión de los infieles de las colonias francesas«.            En el plano religioso, este texto podría comparar a la Unión apostólica con la obra de la Propagación de la fe8, si bien hay una preocupación mayor por promover en las almas una mayor vida espiritual.

El viernes santo de 1920, Massignon pasa en Paray-le Monial una terrible angustia pensando en el testamento espiritual no realizado por el padre Foucauld. Massignon se siente heredero y continuador de la obra de Foucauld. El año 1922, publica un artículo sobre la Unión9 que consta de dos partes: Carlos de Foucauld y La Unión de oraciones. En la primera parte se remite, en primer lugar, al libro de R. Bazin10 y evoca la muerte de Foucauld. Después, aborda los diferentes aspectos de la vida espiritual de Foucauld. Habla de “la cruz” y evoca el “espíritu de oración”, señalando la fuerza del desierto sobre Foucauld; “su inmenso amor por las almas” y la extrema bondad inventiva de Foucauld. En la segunda parte, presenta la fundación que el padre Foucauld pretendía durante los últimos años de su vida. Se trata de los Estatutos y de un Directorio dados a la “cofradía de cooperadores, a la Unión que él pedía a Dios fundar; para extender y perpetuar la urgente y abrumadora obra de apostolado en la que sucumbió el 1º de diciembre de 1916. Para Massignon la nota distintiva de la Unión es un espíritu de fraternidad en el Corazón de Jesús. Prácticamente es “una organización que combina vida interior y trabajo de apostolado”. ¿Qué apostolado? Un “apostolado indirecto”, subraya Massignon refiriéndose al Directorio: el apostolado de la amistad que evita toda presión y que no suscita ni desconfianza ni antipatía. En conclusión: Lo que la Unión ofrece a toda alma de buena voluntad, es un simple consejo discreto y humilde. No es más que un consejo, pero es el consejo de las bienaventuranzas. Pues Foucauld cada vez más quería que el Directorio tuviese el simple carácter de consejos. 

Ocho años después de la publicación del Directorio, Luis Massignon acepta reunir «un grupo de miembros de la Asociación Foucauld resueltos a practicar el Directorio como regla de vida«. El 15 de mayo de 1938 tiene la aprobación del canónigo Dupin, presidente de la Asociación. Este le declara que bendice este proyecto de un «grupo más ferviente en el interior de la Asociación.11. En este grupo hay sacerdotes como el padre Gérin, de la diócesis de París; el hermano de Marc, hermanito de Jesús, y el padre Abdeljalil, franciscano, musulmán marroquí convertido al cristianismo, así como cuatro laicos; para estos el compromiso entorno al Directorio era importante.

Aquellos y aquellas que Massignon llamaría, en 1961, «los antiguos amigos del Directorio primitivo” y que se pueden llamar el “grupo primero, primitivo, del Directorio”, tienen al final de su vida, una importancia capital: es “el pequeño resto” que con él, alrededor de él, han velado por el “mantenimiento” del Directorio, dicho de otra manera, la exacta fidelidad con el mensaje del padre Foucauld. Tenía Massignon, en los últimos años, una secreta y profunda alegría en señalar que gracias a éste grupo, esta “sodalidad” tan humilde, tan perdida, se había podido continuar en la noche como la pequeña llama foucouldiana.

  En el itinerario espiritual de Massignon ocurrió un acontecimiento importante: Al final del año 1950, año en que fue ordenado sacerdote, fue a Tamanrasset donde murió el «querido Padre«12. Se siente llamado por él a hacer este peregrinaje; y allí, en la ermita de Foucauld, pasa una noche de adoración que religa a la noche de adoración que pasó en el Sagrado Corazón en el momento de su reciente encuentro con Foucauld (noche del 21-22 febrero 1909): «Una de las últimas llamadas de Foucauld ha sido en 1950, haciéndome falta ir a Tamanrasset para completar, con mi mujer, nuestro viaje de novios interrumpido en 1914 en Touggourt (…). Allí, durante la noche del 19-20 octubre 1950, desde las 23h. a las 4h de la madrugada, he tenido mi noche de adoración con Foucauld, en su bordj, noche oscura, más cerrada que nuestra primera noche de adoración en el Sagrado Corazón en 1909: todavía más pobre. Pero como dice un proverbio árabe: ‘Dios ve subir a la hormiga negra, por la piedra negra, en la noche negra’.»Así, en mi oración unida a la suya, en mi sacrificio unido al suyo, he presentado esta masa de creyentes musulmanes por los que murió, para quienes desde hace cincuenta años, mi vida es fraternalmente entregada; para quienes mi vida ha sido violentamente tomada«13.

  El desarrollo del conjunto de las congregaciones y de los grupos (fraternidades religiosas, sacerdotales, laicas…) surgidas del padre Foucauld, lleva a los responsables de estos movimientos, alrededor del año 1950, a desear reorganizar la Asociación. Se reúnen en Beni-Abbés del 14 al 21 noviembre 1955 para “hacer que el espíritu que animaba a Carlos de Foucauld continúe viviendo en la Iglesia para los hombres de hoy”. Mns. Charles de Provenchères, arzobispo de Aix-en-Provnce, es elegido quinto presidente de la Asociación Carlos-de-Jesús, Padre de Foucauld. Massignon participa en la asamblea de Beni-Abbés. Escribe a Mary Kahil, el 21 noviembre 1955: «Tú recuerdas como este año he sufrido por la omisión de mi rol de heredero de Foucauld, de editor de su Directorio. He sentido que la enseñanza, el pensamiento primitivo de Foucauld peligraban de ser modernizados por los organizadores que tienen toda la confianza del Vaticano». Añade en esta misma carta: «Nuestras oraciones después del bordj de Tamanrasset, han tenido resultados: estos diez últimos años, en unión constante de oración, de plena badaliya14, me han emblanquecido, envejecido, por el duro amor de una muerte en pleno testimonio.«15.

  En Beni-Abbés, representa el pequeño grupo de aquellos y aquellas que no han cesado de reunirse alrededor del Directorio y da a este grupo el nombre de Sodalidad del Directorio. Sodalidad es reconocida por el conjunto de los demás grupos que forman la Asociación, Massignon señala, no obstante, su anterioridad a todos los demás grupos: estos han nacido después de la muerte de Foucauld, escribe, «esta sodalidad nació viviendo el hermano Carlos de Foucauld«16. Y remonta este nacimiento al momento en que él, Massignon, ha dicho «Si» a Carlos de Foucauld; pues, para él, esta sodalidad existe «después de una noche de adoración pasada juntos en el Sagrado Corazón de Montmatre, el 22 de febrero de 1909.”17. Respondió entonces a una primera llamada de Foucauld y continuó siendo fiel a esta llamada. Si no fue con él al desierto al casarse, se comprometió en hacer existir el pensamiento y el corazón de Foucauld, acompañándolo siempre.

Después de la muerte de Foucauld aquellos y aquellas que captan el mensaje de fuego de Foucauld y desean vivirlo, van a ver a Luis Massignon para pedirle consejo; numerosos lectores de Bazin se interesan por los diversos proyectos de Foucauld y sobre las reglas que había escrito para los Hermanos y Hermanas que quería fundar, se dirigen a Massignon. Sorprende que el primer grupo que surge del padre Foucauld bajo la guía de Suzanne Garde, el Grupo Carlos de Foucauld, sea una fundación que quiera ser estrictamente laica, cosa que en aquel momento, 1923, era una apuesta revolucionaria. La primera congregación religiosa nacida del padre Foucauld fue las Hermanas del Sagrado Corazón, fundada por una viuda de cuarenta y tres años, la Sra. Macoir-Capart, que habiendo leído a René Bazin y después de la muerte de su marido en 1928, quiere poner en práctica la regla indicada por Foucauld en una congregación femenina. El 8 de septiembre de 1937, el padre René Voillaume, que también se había encontrado con Massignon, tomó el hábito, con otros cuatro compañeros, en la basílica de Montmartre. Dejan París hacia El Abiodh Sidi Cheikh, en el Sur argelino, donde establecen su fraternidad. Al principio se denominan Petits Frères de la Solitude y pronto se llamarán Petits Frères de Jesús. El 7 de mayo de 1947 René Voillaume fundó con tres hermanos la primera fraternidad obrera de los hermanos de Jesús en Aix-en-Provence. Cuatro años más tarde se publicó el libro En el corazón de las masas que sobrepasó los 100.000 ejemplares. Las Petites Soeurs de Jesús nacieron en 1939, gracias a la hermana Magdaleine de Jesús, y hoy en día hay repartidas por todo el mundo trescientas veintiuna fraternidades de hermanas, manifestando el amor gratuito de Dios a través de la amistad y la solidaridad. Años más tarde, en 1956 el propio René Voillaume fundó los Hermanitos del Evangelio, siendo aprobadas las constituciones actuales en 1986.

En 1917 Luis Massignon hizo editar el Directorio (texto de 1909 y adiciones de 1913 del hermano Carlos) en el Instituto Francés de El Cairo y en 1928 y 1933 en París. El año 1957, René Voillaume, fundador de los hermanos de Jesús y del Evangelio, lo adaptó para el uso de las Fraternidades seculares del hermano Carlos de Foucauld. Así se puede decir que Luis Massignon es un eslabón esencial entre su amigo Foucauld y los distintos grupos que surgieron veinte años después de su muerte. Hoy en día la Asociación Carlos de Foucauld reúne a un numeroso número de familias que se dicen y son discípulos del hermano Carlos de Foucauld. Además de las ya mencionadas, hay que citar a las Hermanitas de Nazaret; los Hermanitos de la Cruz (Canadá); las Hermanitas y Hermanitos de la Encarnación (Haití); las Hermanitas del Corazón de Jesús (República Centro Africana); la Fraternidad Jesús Caritas (Instituto Secular Femenino); la Fraternidad Sacerdotal Jesús Caritas; la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld; la Comunidad de Jesús (Asociación privada de fieles: matrimonios consagrados, célibes consagrados y laicos comprometidos); la Comunidad Jesús Caritas de Italia (Sacerdotes diocesanos en comunidad parroquial); la Fraternidad Carlos de Foucauld (Asociación de fieles: laicas con celibato); el Grupo Charles de Foucauld, otro en Vietnam y además en España han surgido la Fraternidad de Betania, la Fraternidad de Emaús, las Fraternidades de la Amistad y la Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld.


1  Cf. J. L. VÁZQUEZ BORAU, Volver a Nazaret, guiados por Carlos de Foucauld y Luis Massignon, PPC, Madrid 2004

2   Cf. C. DESTREMAU/ J. MONCELON, Louis Massignon, París 1994.

3  Cfr. L. MASSIGNON, La Pasión de Halläj, Paidós Orientalia, Barcelona 1999. Obra magistral que ayuda a conocer a aquel místico del Islam del siglo X, llamado “el crucificado de Bagdad”. Se llamaba Al-Husyn ibn Mansur. Lo crucificaron el año 992; quemaron después su cuerpo y esparcieron sus cenizas en el río Tigris.

4  Antigua ciudad de Asia Menor, puerto natural de Sardes, capital de Lidia, fundada por los griegos el año 1000 a.C.. La ciudad tenía un famoso templo consagrado a Ärtemis, diosa de la caza, hija de Zeus y Leto., que fue incendiado por Eróstrato el 356 a.C. y reconstruido rápidamente. Se le consideraba una de las siete maravillas del mundo antiguo. El año 431 fue sede de un concilio en el que se condenó la doctrina de Nestorio.

5  Hoy llamada Unión de hermanos y hermanas de Jesús-Sodalidad Carlos de Foucauld, cuyo Coordinador General es el padre J. F. SIX (127, Rue N. D. des Champú-75006 PARÍS)

6  CH. FOUCAULD, Directoire, 1a. ed., París, 1918, 122. Los Estatutos se publicaron en las págs. 123-128.

7  Impreso por A. Le Beau, Vanves.

8  La Propagación de la fe, fundada en Lyon en 1922 por Pauline Jaricot, tiene, como la Asociación Foucauld, según estaba establecida en 1919, la doble finalidad de suscitar oraciones y recoger donativos para las misiones.

9  La Vie spirituelle, febrero 1922, 362-376. Reproducido en el anexo del Directoire (ed. 1961, o. c.) 135-151 (Massignon firma este artículo con el seudónimo “L. Hovyn”, que es el nombre de su madre).

10  R. BAZIN, Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, eremite du Sahara, Plom. París 1921

11  Cf. J. F. SIX, l’Aventure de l’amour de Dieu, Seuil, París 1991, 291-292.

11  Desde Tamanrasset escribe el 8 de octubre 1950 a Mns. Kahil (L’Hospitalité sacrée, pág. 267): «Es bueno que venga al lugar donde Foucauld me llamaba para continuar su sacrificio después de él, llegando a ser su sucesor allí donde poco antes de ser asesinado me escribía pidiendo a Dios de todo corazón que no muriese. Este corazón fue dejado aquí cuando los Padres Blancos se llevaron su cadáver para ornamentar su capilla de El-Goléa. Está enterrado allí bajo una cruz. ¿Qué he hecho yo por Foucauld desde 1916? Lo que esperaba de mí; en la noche del 18 al 19, le presentaré mi ofrenda personal por todas sus intenciones que no han cesado de ser las mías«.

13   Cconferencia en la Sorbonne 1959.

14  Unión de oraciones para llevar el Islam a Cristo

15   L. MASSIGNON, L’Hospitalité sacrée, Nouvelle cité, Paris 1987, 296.

16  Carta a C. Lacour, 12 de mayo 1951.

16  Carta a C. Lacour, 12 de marzo 1949

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CARLOS DE FOUCAULD EN EL PAÍS TUAREG DEL HOGGAR (2ª conversión)

El borj de Tamanrasset donde fue asesinado Carlos e Foucauld

1. Pobre entre los pobres

El 13 de enero de 1904 Carlos de Foucauld se pone en marcha agregándose a un numeroso convoy escoltado por cincuenta soldados. Después de dieciocho días de camino el convoy entra en Adrar. “Allí, escribe el hermano Carlos, encuentro al comandante Laperrine, quien me ofrece un aposento en su casa, aposento que transformo en capilla. El comandante me informa de que, de las seis grandes fracciones que constituyen el pueblo tuareg, tres han hecho acto de sumisión ante él en los doce últimos meses: los Iforas, los Taitoq y los Hoggar. El jefe de estos últimos, la más importante y la más belicosa de las seis fracciones, se encuentra ahora en In-Salah, donde acaba de llegar con ochenta notables, para rendir sumisión y presentar la de su tribu… En su próxima gira, el comandante Laperrine tal vez llegará hasta Tombuctú. Si lo hace le acompañaré, para ser conocido por los nativos y entrar en relaciones de amistad y confianza con ellos… El mejor lugar para estudiar la lengua tuareg (tamahaq o idioma hablado) es Akabli donde todos los habitantes lo hablan y se encuentran constantemente caravanas tuareg.”1

En Akabli pasa tres semanas de trabajo y recogimiento, sin perder ni una sola hora. Después reemprende de nuevo el viaje, durante cinco meses, acompañando al comandante Laperrine por el país tuareg y realizando muchas visitas a los nativos. Foucauld se separa de Laperrine, y, el 22 de junio, prosigue la ruta acompañando al teniente Roussel, el sargento Duiller, dos cabos,y setenta y cinco camelleros indígenas. Recorren 40 Km y la columna acampa para pasar la noche entre Aseksen y Tin Tounin. El 3 de julio, el hermano Carlos escribe a un amigo describiéndole las características de aquel viaje: “Vamos de manantial en manantial a los lugares de pastoreo más frecuentados por los nómadas, instalándonos en medio de ellos y pasando allí varios días. Junto con la Eucaristía, las oraciones, las necesidades de este cuerpo mortal, a veces la marcha y el tiempo dado al prójimo, mis días están ocupados por el estudio de la lengua de este país, idioma berberisco muy puro, y en la traducción de los Evangelios a esa lengua. Los indígenas nos reciben bien; no es algo sincero: ceden a la necesidad. ¿Cuánto tiempo precisarán para adquirir los sentimientos que simulan? Tal vez no los tengan nunca. Si los tienen algún día, será el día que se hagan cristianos. ¿Sabrán distinguir entre los soldados y los sacerdotes, ver en nosotros servidores de Dios, ministros de paz y caridad, hermanos universales? No lo sé. Si cumplo con mi deber, Jesús esparcirá gracias abundantes y ellos comprenderán.

El 20 de septiembre Carlos de Foucauld llega a In-Salah, donde las tropas vuelven a sus cuarteles, pero él no se queda allí. Sin convoy y acompañado por un único soldado indígena que le sirve de guía, sigue su camino por Inghar, Aoulef y Adrar. Y, de acuerdo con su promesa, allí donde hay una carpa, un grupo de ellas o casa de barro, allí que se detiene para establecer lazos de amistad. En Timimoun permanece tres días, reemprendiendo luego su camino solitario, durmiendo a la intemperie, sin encontrar durante una semana entera más que un lugar habitado, el fuerte Mac Mahon, donde el jefe indígena de allí lo recibe muy bien. Se detiene poco tiempo en El-Golea, en casa de los Padres Blancos, pues está impaciente por volver a Ghardaia y ver a su gran amigo, el Prefecto Apostólico del Sahara.

Ghardahia será su lugar de descanso. Permanece allí, la capital del Mzab, seis semanas, del 12 de noviembre al día siguiente de la Navidad de 1904, y donde puede afirmar: “Descanso en el silencio y la soledad, en la dulce amistad del Padre Guerin y sus misioneros.” Foucauld entrega a su superior y amigo la traducción completamente terminada de los cuatro Evangelios en lengua tuareg, en la que no ha dejado de trabajar durante las etapas de su viaje, o por las noches bajo las carpas. Después de hacer su retiro anual abandona Ghardaia junto con dos Padres Blancos que iban con él a El Golea. Conocía el camino y, siempre a pie junto a su camello, se adelantaba, como lo suelen hacer los guías de las caravanas que andan siempre cincuenta metros delante de las mismas, para no ser distraído en sus meditaciones y en sus oraciones. Como no tenía reloj, pidió a uno de los acompañantes que le avisara cada hora. Y así se hacía dando unos golpes sobre una olla. El ruido se transmitía por el aire ardiente y el hermano Carlos se volvía haciendo un gesto agradecido. Llegaron a El-Golea el 1º de enero de 1905, donde encontró a su amigo Laperrine, recientemente ascendido a teniente coronel. Dos días más tarde sale con él en dirección a Adrar, donde había una oportunidad de ir a Beni-Abbés, regresando de nuevo el 24 de enero con esta intención: “Regreso sin intención de ausentarme de nuevo, sobre todo, con el gran deseo de que los Padre Blancos puedan hacer, en lo sucesivo, lo que he hecho yo este año; con grandes deseos de permanecer en esta querida Fraternidad, en la que tan sólo falta una cosa: Hermanos entre quienes pueda desaparecer… Al estar sólo, a cada momento es necesario atender a la puerta, contestar, hablar. Las penas de la tierra están hechas para hacernos notar el destierro y suspirar por la patria celestial… Jesús elige para cada uno el género de sufrimiento que considera más adecuado para santificar y, a menudo, la cruz que nos da es la que, si uno se atreviera, rechazaría de plano, aun aceptando todas las demás. La que da Él es la que menos se comprende… Nos dirige hacia los prados de pasto amargo, que sabe buenos. ¡Pobres ovejas! ¡Somos tan ciegas!.”

Así pues, el hermano Carlos reanuda la existencia sedentaria que llevaba un año antes. De nuevo, a media noche, en la meseta desierta se oye la campana; cada vez son más los indígenas que vienen en busca de limosna y a contarle sus preocupaciones. Él, sin embargo, está más agotado que antes del gran viaje que acaba de realizar. Pero las fuerzas regresarán y se le concederá que regrese al Hoggar como primer sacerdote entre los tuareg, cuyo idioma habla y escribe como casi ningún otro europeo. Abandonará la residencia elegida, la capilla pobre y querida, el silencio de las horas reservadas, para internarse una vez más en el desierto y recomenzar en otro lugar la misión a la que ha sido destinado.

2. Tamanrrasset, su nuevo Nazaret

De nuevo, la invitación a regresar al Hoggar vino del comandante Laperrine. En dos cartas del 1 y el 8 de abril de 1905 le propone a Carlos de Foucauld ir a pasar el verano al Hoggar con el capitán Dinaux, jefe de la compañía sahariana del Tidikelt, que debía partir a principios de mayo, pasando por Abnet, el Adrar de los Iforas y el Aïr. El hermano Carlos contestó que no podía abandonar la Saoura antes del otoño, pues tenía que decidir si vivir enclaustrado en Beni-Abbés, o vivir como sacerdote-viajero entre la Saoura, el Gourara, el Touat, el Tidikelt y los Tuareg. Se hallaba extraordinariamente indeciso. Escribió al padre Huvelin, albergando la esperanza de atraer algún hermano a la Fraternidad de Beni-Abbés para transformar su obra personal en fundación duradera. Por eso contestó vagamente a Laperrine.

El 22 de abril recibe desde Francia un telegrama del padre Guerin exponiendo su parecer y el del padre Huvelin, con el siguiente contenido: “Nos inclinamos a que aceptes las invitaciones”. De inmediato el hermano Carlos se informa y se entera de que el capitán Dinaux no saldrá de Akabli hasta el 15 de mayo. Tiene tiempo de llegar. El 3 de mayo sale para Adrar con Pablo. Tres días después, cerca de un pozo de la región del Touat, se encuentra por fin con el capitán Dinaux, quien tiene como compañeros cuatro civiles franceses, tres de los cuales de renombre: el señor E. Gautier, explorador y geógrafo; el señor Chudeau, geólogo; un escritor, el señor Pierre Mille y un inspector de correos y telégrafos en gira, el señor Etiennot. El 23 de junio llega un correo que el capitán Dinant ha enviado en busca del nuevo amenokal del Hoggar, que ha encontrado en Tin-Zaouaten. Trae una carta de Moussa ag Amastane anunciando la próxima llegada del jefe de los tuareg Hoggar. En efecto, dos días después Moussa entra en el campamento y va a saludar al jefe francés. El hermano Carlos valora esto con las siguientes palabras: “Es muy distinguido, muy inteligente, muy abierto, piadoso, quiere el bien, pero es ambicioso y amigo del dinero, el placer y el honor, como Mahoma, la persona más perfecta a sus ojos… En resumen, Moussa es un musulmán bueno y piadoso, que posee las ideas, las cualidades y los defectos llevando la vida de un musulmán lógico y, al mismo tiempo, un espíritu abierto tanto como es posible. Desea mucho ir a Argel y a Francia… Hemos quedado de acuerdo con él para mi instalación en el Hoggar.” El joven jefe, que tiene unos treinta y cinco años, acompaña la misión de Dinaux durante quince días. Luego la columna se reduce. Moussa se marcha y los señores E. Gautier y Pierre Mille, escoltados y guiados por tres jefes de los tuareg, emprenden la travesía del sur del Sahara, llegan a Gao y a Tombuctú y regresaron a Francia después de visitar Senegal. En cuanto al capitán Dinaux sigue su marcha hacia las altas mesetas del Hoggar y, veintiocho días más tarde, entra en el valle de Tamanrasset.

El nombre de Tamanrasset está subrayado tres veces en los márgenes del diario del hermano Carlos. Veamos en las líneas siguientes la emoción que transparentan: “Por la gracia del Divino Bien Amado Jesús, puedo instalarme, enraizarme en Tamanrasset o en cualquier otro lugar del Hoggar, tener aquí una casa, un huerto y establecerme para siempre… Elijo Tamanrasset, pueblo de veinte fuegos, en plena montaña, en el corazón del Hoggar y de los Dag-Rali, la tribu principal, alejado de todos los centros importantes. No parece que aquí tenga que establecerse nunca una guarnición, telégrafo ni europeos; en muchos años no habrá una misión: elijo este lugar abandonado y me instalo en él. Quisiera atraer y radicar en el Hoggar un hortelano, un labrador, un médico; algunas mujeres que sepan tejer lana, el algodón y el pelo de camello; y, además, uno o dos vendedores de telas de algodón, de quincallería, de azúcar y de sal, pero gente buena, que nos puedan bendecir y no maldecir.” Lo mismo que hizo en Beni-Abbés, aquí comienza por edificar una casa, o para ser más exactos, un corredor de seis metros de largo por uno setenta y cinco de ancho, destinado a servir de capilla y de sacristía. Por el momento dispone de una choza de estacas situada a cierta distancia, donde duerme y trabaja. Más adelante prolongará el corredor, separando con una cortina la capilla de la biblioteca y el dormitorio. El 7 de septiembre de 1905 celebra la primera Eucaristía en el Hoggar. Piensa permanecer allí hasta el otoño de 1906, para dirigirse después a Beni-Abbés y pasar el otoño y el invierno, regresando a Tamnrasset a principios el verano de 1907. De esta manera estará dividido entre dos ermitas. Será el emigrante, el monje de las dos cuevas, el amigo de los pueblos abandonados.

Los señores del desierto, como a menudo se denomina a los tuareg, llevan una vida pastoral y nómada. Llenan el desierto con su nombre, pero no son muy numerosos. Tamanrasset tenía sesenta habitantes. Carlos de Foucauld consideraba que las diversas tribus Kel Ahaggar contaban con unas ochocientas familias, mientras que otros grupos, como los Iforas por ejemplo, serían como mínimo unas dos mil familias. En verano se trasladan a distancias considerables, hasta la región sudanesa, para cazar, donde tienen que pagar elevados derechos de peaje. También viajan para el comercio. Caravanas van a vender carneros y cabras a los mercados del Tidikelt y a su regreso traen telas de algodón, dátiles, mijo etc. Otros llevan a Tombuctú sus camellos cargados de sal de las célebres minas de Taoideni; y otros, finalmente, trafican con Rhat y Rhadames. Los tuareg son pobres. No se sabe que es lo que hizo que se retiraran a regiones tan ásperas. En la actualidad prevalece la opinión de que se trata de berberiscos arrojados hasta el fondo del desierto por las invasiones árabes. Para Carlos de Foucauld, “seguramente son camitas. Su lengua lo revela claramente. Su fisonomía, cuando el tipo es puro, es la misma que la de los antiguos egipcios: muy blancos, esbeltos, de rostro alargado, rasgos regulares, ojos grandes, frente un poco huidiza, brazos y piernas largos, un poco delicados: como los egipcios de las antiguas esculturas. Sus costumbres son muy distintas de las de los árabes; son musulmanes con mucha fe y sin ninguna práctica ni la menor instrucción.”2

Los tuareg creen en Dios pero no practican el ayuno del Ramadán, ni hacen las cinco oraciones cotidianas. De la época de las Cruzadas tenemos noticia de los Multimín, los hombres del velo hasta los ojos. Su orgullo es inmenso y de una gran coquetería. La guerra, la expedición para la venganza y el pillaje, ha sido la industria más lucrativa de las tribus tuareg, hasta principios de nuestro siglo. Para ellos, el hombre libre no trabaja. La confederación del Hoggar, lo mismo que las demás confederaciones tuareg, era gobernada por un jefe electo, el amenokal, elegido entre los nobles. El amenokal de los Hoggar era Moussa ag Amastane, sucesor de dos jefes enemigos de los franceses. Mas hábil que sus predecesores y más inteligente también, Moussa entró en negociaciones con los jefes militares de los oasis, antes aún de haber sido elegido amenokal. A principios de 1904 sellaba un tratado de amistad con Francia y se hacía proclamar jefe de los tuareg Hoggar en In-Salah, obteniendo el perdón para el antiguo amenokal, Attisi, que se había retirado hacia el sud-este, a la región de los tuareg Azdjers.

Tal era el país donde el hermano Carlos se proponía vivir. Solo en medio de los tuareg, a 700 Kilómetros de In-Salah, sin más vínculo de unión que los correos mensuales. Una vez instalado en su ermita, hace retiro y anota en su diario: “Hacer todo lo que me sea posible para ayudar a los pueblos de estas comarcas, con olvido absoluto de mí mismo. Realizar todos los años la jira de los arrhem3, del Hoggar; aceptar las invitaciones a viajes por el Sahara, si han de ser útiles; si es posible, pasar todos los años algunos días en las carpas de los Hoggar.” Inmediatamente da comienzo la traducción al tuareg de extractos de la Biblia, con la ayuda de Abden Nebi, harratin de Tamanrasset, a quien abona un precio concertado de antemano y suficiente en aquel país y en aquellos tiempos: veinte céntimos por lección.

La regla de Carlos de Foucauld sigue siendo la de los Hermanos del Sagrado Corazón, pero ha tenido que hacer en ella dos modificaciones: consagra mucho tiempo al estudio del tamacheq y tiene que salir de su claustro para entrar en contacto con sus vecinos. Así pues, el hermano Carlos entrará en los huertos donde trabajan los harratines; irá a conversar, alrededor de las carpas diseminadas en la llanura, con los pastores y sus esclavos. Distribuye medicamentos, agujas para coser a las mujeres etc. Más adelante aprenderá a tejer lana para poder enseñar este menester, pues considera que se puede hacer un gran bien con esto. También se ve con Moussa ab Amastane y considera que “en la actualidad, las dos cosas más necesarias en el Hoggar son la instrucción y la reconstrucción de la familia; su profunda ignorancia les hace incapaces de discernir lo verdadero de lo falso y la relajación de la vida de familia, consecuencia de las costumbres y de los divorcios multiplicados, deja crecer a los niños a su aire, sin educación…

El secreto de la vida del hermano Carlos estaba en la celebración de la Eucaristía y en su adoración prolongada. En una carta dirigida al padre Guerin, con fecha del 2 de abril de 1906, da a entender que tendrá que separarse de Pablo, el antiguo esclavo rescatado de Beni-Abbés y que había traído con él al Hoggar, por su comportamiento moral. Lo que le preocupa también es que no podrá celebrar la Eucaristía al no haber nadie con él, cosa imprescindible en aquellos momentos eclesiales; de no ser así, se requería permiso. Concluye la carta con estas palabras: “Mi alma se halla en paz absoluta. Estoy lleno de miserias, pero sin nada grave que me atormente. Soy feliz y estoy tranquilo a los pies del Bien Amado.”

Su diario indica, con fecha de 17 de mayo, que Pablo ha abandonado la Fraternidad de Tamanrasset. En sus cartas anuncia una próxima visita: “Espero la visita de mi viejo y excelente amigo Motylinski, antiguo intérprete militar, uno de los hombres más sabios de Argelia, para estudiar el tamacheq. Estoy preparando una gramática, un diccionario tamacheq-francés y francés tamacheq y traducciones de extractos de la Biblia, formando una Historia Sagrada abreviada y una colección de los pasajes que pueden resultar más útiles en este ambiente, de los libros poéticos, sabios y proféticos. Todo esto está ya bastante adelantado y quizás pueda quedar listo dentro de dos o tres meses.”El 3 de junio de 1906 llega Motylinski, permaneciendo con Carlos de Foucauld tres meses, durante los cuales los trabajos de lingüística realizaron grandes progresos. A principios de septiembre los dos amigos parten hacia el norte: Motylinski se separa en El-Golea del hermano Carlos, y éste, pasa por Beni-Abbés en dirección a la Maison Carré de los Padres Blancos, donde reside unos días junto con el padre Guerin, regresando apresuradamente al Hoggar. El 10 de diciembre abandona Argel con la intención de pasar algunas semanas en Beni-Abbés y regresar después a Tamanrasset.

Por fin un compañero estaba dispuesto a seguir al hermano Carlos al desierto. El hermano Miguel era un joven bretón que había pasado tres años con los Padres Blancos y otros tres años en un regimiento de Africa. Buscaba su camino definitivo y creyó encontrarlo al oír los relatos que se hacían del apostolado del hermano Carlos. Así pues, partieron juntos hacia Beni-Abbés, primero en ferrocarril y después por el desierto. He aquí algún fragmento del relato que hace el hermano Miguel sobre Carlos de Foucauld: “Permanecí con el reverendo padre Carlos de Jesús del dos o tres de diciembre de 1906, al 10 de marzo de 1907; así pues, viví con él por espacio de tres meses, en la mayor intimidad posible. Puedo afirmar, bajo juramento, que siempre fue para mí un ejemplo edificante, por su tierna devoción al Sagrado Corazón, al Santísimo Sacramento y a la Santísima Virgen María, por su celo ardiente de las almas y su caridad para con el prójimo, por su espíritu de fe, su esperanza firme y su desapego absoluto a todos los bienes de la tierra, por su profunda humildad, su paciencia imperturbable en las contrariedades y, sobre todo, por su mortificación aterradora. Sin embargo, para ser completamente sincero, debo señalar una imperfección, bastante común a los hombres que han ejercido durante mucho tiempo la autoridad, advertida en mi digno superior. De vez en cuando, en las ocasiones en que las cosas no iban a su gusto, se le escapaba un gesto de impaciencia que, por lo demás, era reprimido de inmediato. Aparte de ese ligero defecto, del que ha debido corregirse, estimo que el hermano Carlos practicaba en un grado heroico las tres virtudes teologales y las cuatro virtudes cardinales, lo mismo que las virtudes morales que son las consecuencias de aquellas.4 La esperanza de un obrero sucesor se aleja de nuevo.

Carlos de Foucauld, el 6 de mayo de 1907, después de conocer por el coronel Laperrine la muerte del señor Motylinski, escribe al padre Voillard: “Estoy envejeciendo y quisiera ver a otro mejor que yo remplazándome en Beni-Abbés, de modo que Jesús siga residiendo en ambos lugares y las almas salgan más beneficiadas cada vez.” Mientras, el hermano Carlos compra una casita en In-Salah, en pleno barrio. Allí continúa sus estudios del idioma tuareg con Ben Messis, junto con quien, el 8 de marzo, se une a la expedición del capitán Dinaux, que pretende atravesar en pequeñas etapas el Adrar y el Hoggar. Aquí tenemos al hermano Carlos como misionero y filólogo. Cuando paraban en los campamentos de los pastores, Foucauld recogía las tradiciones y las poesías que nadie había escrito y que se conservaban de memoria: “Documentos preciosos para la gramática y el léxico; en cuanto a la gramática, en caso de duda permiten poner ejemplos; en lo relativo al léxico, se encuentran en ellos muchas palabras que no suelen ser utilizadas a menudo en la conversación… Haré toda clase de esfuerzos para terminar mi diccionario tuareg-francés en el transcurso de este año. He pedido a Laperrine que haga publicar, por quien quiera y como algo de su propiedad, perteneciente a la comandancia militar de los oasis, la gramática tuareg y el diccionario francés-tuareg que ya están terminados, lo mismo que el diccionario tuareg-francés en el que estoy trabajando y las poesías que he coleccionado, con la sola condición de que no figure mi nombre para nada y permanezca enteramente desconocido, ignorado. En el año próximo quisiera no tener otra tarea que la corrección de la traducción anterior de los Santos Evangelios y los extractos de la Biblia y luego no tener otra obra a realizar más que dar el ejemplo de una vida de oración y de trabajo manual, ejemplo que tanto necesitan los tuareg.5

En otra carta al padre Guerin, en Navidad de 1907, da la razón profunda por la que quiere permanecer desconocido: “No son estos medios los que ha dado Dios para continuar la obra de salvación del mundo. Los medios de que se ha servido en el pesebre, en Nazaret y en la Cruz, son: pobreza, humillación, abandono, persecución, sufrimiento y cruz. ¡He aquí nuestras armas! No encontraremos a nadie mejor que Él y Él no ha envejecido!.” El Hoggar sufre una época de gran hambruna. El ermitaño tiene una provisión de trigo que inmediatamente pone a disposición de los pobres, especialmente de los niños. Hay algo que le preocupa, y es la tentativa que realiza Moussa de islamizar el Hoggar. Escribe así al padre Guerin el 22 de julio de 1907: “En Tamanrasset se va a construir una mezquita y un zoco. Será promulgado el diezmo religioso en todo el Hoggar para el sostén de ese zoco, donde probablemente residirá el cadí, y enseñarán el Corán, la religión y el árabe a los jóvenes tuareg. Es la islamización del Hoggar y, por lo mismo, de los Taitoq. Es un hecho muy grave. Hasta ahora, los tuareg, musulmanes poco fervientes, entablan fácilmente relaciones con nosotros, son familiares y francos. Después de que sean penetrados por ese mal espíritu, estrecho, cerrado, tan lleno de antipatía hacia nosotros, será todo muy distinto y es de temer que, dentro de algunos años, la población del Hoggar nos sea más hostil que en la actualidad; hoy existe en ella desconfianza, temor, salvajismo; dentro de unos años, si la influencia musulmana llega a imponerse, será una hostilidad profunda y duradera.”

El 31 de enero de 1908, por una carta del coronel Laperrine, le llega la noticia de que puede celebrar solo la Eucaristía. Esta noticia llega en medio de la enfermedad que sufre el hermano Carlos: cansancio general, pérdida completa de apetito y un dolor en el pecho que al menor movimiento que hace parece anticipar su fin. Se ve obligado a observar una inmovilidad absoluta. Para alimentarlo, sus amigos tuaregs van a ordeñar todas las cabras que tienen un poco de leche y llevan ésta a la cabaña del marabito cristiano. Cuando se recupera de aquella sacudida se siente incapaz de esfuerzos manuales un poco pesados y, por tanto, no puede realizar ningún menester de curtidor. Este es su lamento: “Por un lado, el trabajo humilde constituye una parte íntima de la vida de Jesús en Nazaret, modelo de vida monástica; por otro, nada sería más útil que ese ejemplo, en medio de estos pueblos dominados por el orgullo y la pereza.” La gravedad de aquella dolencia fue adivinada por sus amigos, y en primer lugar por el coronel Laperrine, a quien anunció que no podría ir a In-Salah a comienzos de primavera. El 3 de febrero, y el 13 del mismo mes, Laperrine escribe al padre Guerin. De la primera carta entresacamos: “He recibido una extensa misiva de Foucauld; no piensa estar aquí antes del 15 de marzo y todavía no da esta fecha como segura. Se siente cansado… Esta carta me preocupa bastante porque, para que él se confiese cansado y me pida leche concentrada, es necesario que se encuentre verdaderamente enfermo.” Y en la segunda afirma: “Ha estado más enfermo de lo que quiere admitir; ha sufrido desvanecimientos y los tuareg, que lo han cuidado muy bien, se han sentido muy intranquilos. Sigue mejor. Le he dado una buena reprimenda, porque supongo que sus penitencias exageradas tienen buena parte de culpa de su debilidad, y que el cansancio mental de su trabajo del diccionario ha hecho lo demás. Como la riña no basta, le hemos enviado tres camellos con víveres.”

El coronel Laperrine y el capitán Nieger visitaron al hermano Carlos, lo que fue para éste motivo de una gran alegría, pues no tenía noticias de Europa desde hacía cinco meses. En el verano de 1908, la administración militar resuelve que un destacamento de tropa, que realizará jiras de vez en cuando, será enviado y mantenido en el Hoggar, y que un fuerte va a ser edificado. Laperrine quería llamarlo “fuerte de Foucauld”, pero el ermitaño se opuso. El nombre que tomó fue fuerte Motylinski, 0ubicado a 50 kilómetros de Tamanrasset. El hermano Carlos también se entera de que el año próximo Moussa ag Amastane visitará Francia acompañado por un oficial. Se pregunta, y pregunta al padre Guerin, si no sería conveniente que otros tuareg pudieran viajar también a Francia para adquirir alguna idea de ese mundo tan distinto al suyo, vivir con alguna familia francesa por espacio de ocho días, a fin de llevar consigo la convicción de que no somos paganos y salvajes, como se considera en el Hoggar a los europeos. También se entera de que el amenokal del Hoggar está haciéndose construir, con ladrillos cocidos al sol y barro seco, un edificio importante y varios de sus familiares cercanos le imitan.

3. El ermitaño del Asekrem

El 27 de marzo de 1909 Carlos de Foucauld está de nuevo en Beni-Abbés para permanecer allí todo el tiempo pascual, ponerse al servicio de todas las personas que se encuentran en aquel lugar, y dar los últimos toques a los Estatutos de la Asociación para el desarrollo del espíritu misionero, de acuerdo con las indicaciones de Monseñor Bonet, que se había interesado por aquel proyecto. Se trataba de una unión de oraciones para interceder por estos pueblos. Después de permanecer casi un mes en la ermita de Beni-Abbés, se pone de nuevo en camino, andando junto a su camello. De nuevo en Tamanrasset se encuentra su ermita un poco más ampliada gracias a los buenos oficios de sus amigos. Una vez instalado reanuda los trabajos sobre el idioma tuareg con igual ardor que antes, deseoso de terminarlos con la mayor brevedad posible “para trabajar más directamente en la finalidad única: ver más a la gente y dar más tiempo a la oración y a las lecturas religiosas.”

En el año 1910, dos grandes amistades le son arrebatadas a Carlos de Foucauld. El 14 de mayo, el correo que viene de In-Salah trae la noticia de que el padre Guerin había muerto, a los treinta y siete años de edad, agotado por las fatigas de la vida del Sahara. Dos días más tarde escribe al padre Voillard: “El buen Dios acaba de infligirnos una dura prueba. Ha perdido usted un excelente hijo y yo un excelente padre; perdido en apariencia, pues se encuentra más cerca de nosotros que nunca… Preparo una acción más activa sobre las almas, haciendo construir, a 60 kilómetros de aquí, en el corazón de las montañas más elevadas del Hoggar, y en lugares donde se hallan instaladas grandes cantidades de carpas, una pequeña ermita donde podrán vivir dos personas. Allí estaré mucho más en el centro de la población que aquí. Tengo el propósito, a partir del año próximo, de repartir mi estancia entre la nueva ermita y la de Tamanrasset… Le pido una oración para mi director espiritual, el padre Huvelin; me dirige desde hace veinticuatro años; no tendría palabras para expresar lo que es para mí y lo que le debo. Las noticias que me dan sobre su salud no son buenas. Cuando llegan cartas temo enterarme de que también él ha terminado su época de destierro.”

En efecto, menos de dos meses más tarde, el 10 de julio moría el padre Huvelin. A uno de los Padres Blancos que le dio el pésame al hermano Carlos, éste le dice: “Si, Jesús basta; donde está Él no falta nada. Por muy queridos que sean aquellos en quienes brilla un reflejo de Él, es Él quien constituye siempre el Todo. Es Todo en el tiempo y en la eternidad.”

Como si todos los andamios tuvieran que ser retirados del edificio terminado, un tercer amigo del hermano Carlos debía dejar Africa: el coronel Laperrine, que había solicitado el relevo, después de haber dejado pacificado todo el país tuareg. Laperrine no regresará al Hoggar hasta mediados de la Primera Guerra Mundial. No volverá a ver allí a su amigo vivo. Es el adiós ignorado como casi siempre. Antes de abandonar Africa, el coronel había resuelto el viaje de Moussa ag Amastane a Francia. Algunos nobles tuareg acompañaban al amenokal. El jefe del Hoggar, de regreso a Africa, desde Argel, el 20 de septiembre de 1910 escribe esta carta a Carlos de Foucauld: “Al honorable, excelente, amigo nuestro y querido entre nosotros, el señor morabito Abed Aissa6: el sultán Moussa ben Mastane te saluda y te desea la más elevada gracia de Dios y su bendición. ¿Cómo sigues? Si deseas noticias nuestras, como nosotros te pedimos las tuyas, estamos bien, gracias a Dios, y no tenemos más que buenas noticias que darte. He aquí que acabamos de llegar de París, después de un viaje feliz. Las autoridades de París han estado muy satisfechas de nosotros. He visto a tu hermana y estuve dos días en su casa; también he visto a tu cuñado; he visitado sus jardines y casa. ¡Y tú estás en Tamanrasset como un meskine7! A mi llegada te daré todas las noticias detalladamente. Ouani ben Lemniz y Soughi ben Chitach te saludan. Salud!.”

El ermitaño permanece en Tamanrasset hasta fin de año y, a principios de 1911, emprende un segundo viaje a Francia, un poco más largo que el primero, que duró tres semanas en 1911. El 3 de mayo estaba de regreso en Tamanrasset, después de detenerse tan sólo tres días en Beni-Abbés. Después de aquellos cuatro meses de viaje, la calma del Hoggar le pareció dulce y la recepción que le tributaron los tuareg le conmovió. El 14 de mayo el hermano Carlos escribe a su nuevo director espiritual, el padre Voillard: “En estos momentos, debido a la cosecha, hay aquí mucha gente; me quedaré unas tres semanas a fin de aprovechar esta reunión, ver a unos y otros y hablar con Moussa y dar parte de limosna a los pobres de la vecindad, y luego me iré a Asekrem, la ermita de la montaña para pasar en ella un año, por lo menos. Allí me dedicaré a trabajar con todas mis fuerzas en mis trabajos del idioma tuareg, a fin de poderlos terminar en el plazo de un año y medio… He sido muy bien recibido por toda la población, que realiza grandes progresos en la confianza y también materialmente… Seguramente seguirá a esto un movimiento intelectual.” El 5 de julio el hermano Carlos parte hacia el Asekrem, donde vive en una choza, a 2900 metros de altura. Va a buscar allá arriba, en el frío y en la tormenta, las almas de las que se ha hecho el pastor vagabundo. La sequía ha alejado a los tuareg de las mesetas del Hoggar, induciéndoles a ir a acampar en los valles de la Koudiat, donde hay un poco de pasto verde para los rebaños. Allí hay, por algún tiempo, gran cantidad de nómadas de diversas tribus, que intentan superar el hambre.

Se precisan tres días por lo menos para llegar al Asekrem, meseta rodeada por un paisaje fantástico de cumbres, picos, mesas gigantes y pórticos esculpidos por la naturaleza en las cumbres de las montañas de menor altura. Al norte y al sur nada detiene la vista. Recuerda las primeras edades de la tierra. Los grandes ríos saharianos, secos en la actualidad, se deslizaron por sus flancos. Por todas partes pueden advertirse las huellas de los lechos que abrieron y que siguen, unos hacia la laguna Taoudeni, otros hacia el Atlántico y otros en dirección al Níger, como el río sin agua Tamanrasset8. Carlos de Foucauld gustaba de aquella soledad y lo expresaba así: “Es un hermoso lugar para adorar al Creador. Tengo la ventaja de tener muchas almas a mí alrededor y de estar solo en mi cumbre… Esta dulzura de la soledad la he experimentado en todas las edades, desde los veinte años, cada vez que he podido disfrutar de ella. Aun sin ser cristiano, amaba la soledad frente a la hermosa naturaleza, con algunos libros; con mayor motivo debo apreciarla cuando el mundo invisible y tan dulce hace que, en la soledad, uno no se sienta nunca solo. El alma no está hecha para el ruido, sino para el recogimiento, y la vida debe ser una preparación para el cielo, no sólo mediante las obras meritorias sino también por la paz y el recogimiento en Dios. Pero el ser humano se ha lanzado en discusiones infinitas: la poca felicidad que encuentra en el ruido bastaría para demostrar cuán lejos se aparta de su vocación.

En el Asekrem, lo mismo que en Tamanrasset, había elegido el lugar desde donde puede verse más. Su casa no era más que un corredor, construido con piedra y barro, tan estrecho que dos personas no podían pasar juntas. Pero en aquel pobre refugio había una capilla y, además en cajones, libros, provisiones etc. Dormía en uno de estos que durante el día le servía de mesa. A su alrededor soplaba el viento, con ruido semejante al de la marea ascendente. El padre Huvelin le había mandado doscientos francos para ayudarle a construir la ermita, y le regaló el altarcito de la capilla. Allí, más de una vez por semana, recibe la visita de familias tuareg, que suben todas de los innumerables valles escondidos en la Koudiat. Es una peregrinación y un viaje de placer a la vez. Vienen de lejos, a veces de una, dos y aún más jornadas de viaje. Por lo tanto es preciso descansar, cenar, pasar la noche… En una carta al padre Voillard, del 6 de diciembre de 1911, el hermano Carlos se expresa así: “Una o dos comidas tomadas en común, un día entero o medio día pasado juntos, relacionan más estrechamente que un gran número de visitas de media hora o de una hora, como en Tamanrasset. Algunas de estas familias son relativamente buenas, tan buenas como pueden serlo sin el cristianismo. Estas almas se guían por las luces naturales; aunque de fe musulmana, son muy ignorantes del Islam y no han sido muy mimadas por él. Por este lado, la obra que se hace aquí es muy buena. Por último, mi presencia es motivo para que los oficiales vengan al corazón mismo del país.” El resto del día el hermano Carlos reza o trabaja. Vive con él un informante tuareg, a quien da veinticinco céntimos por hora por el trabajo lingüístico. El enorme trabajo que se realiza, la austeridad de vida y el frío de la llegada del invierno, hacen que a principios de diciembre regresen a Tamanrasset, donde lleva la vida habitual, y donde se entera de la guerra existente entre los italianos y los árabes de Tripolitania. Sus amigos se sienten inquietos por la repercusión que aquella guerra puede tener en el Sahara. Contesta a uno de ellos: “Tranquilízate, el Sahara es grande; indudablemente los turcos hacen todo lo posible por predicar la guerra santa entre las tribus árabes de Tripolitania, pero eso no nos afecta. Los tuareg, que son tibios musulmanes, sienten la misma indiferencia por la guerra santa, los turcos y los italianos. Todo eso les tiene sin cuidado; lo único que les interesa son sus ganados, los pastos y las cosechas.” En cada una de las páginas de la voluminosa correspondencia del ermitaño de Tamanrasset se advierte preocupación por intentar los mejores medios humanos para elevar a aquel pueblo. Para él la civilización “consiste en estas dos cosas: instrucción y dulzura”. Se interesa por todo aquello que pueda ayudar a proteger a los niños, liberar a los esclavos, instruir a los ignorantes y establecer a los nómadas en lugares fijos. Por esto se regocija de la próxima llegada de un comité compuesto de ingenieros, oficiales y geólogos, encargado de estudiar el trazado definitivo del ferrocarril transahariano, y de la noticia de que Marrucecos ha pasado a ser protectorado de Francia. Pero en la contestación de una carta ya apunta lo siguiente: “Si no cumplimos con nuestro deber, si explotamos en vez de civilizar, lo perderemos todo y la unión que hemos hecho con este pueblo se volverá contra nosotros.”9

Llevado por su afán de civilizar, como él lo concibe, proyecta un viaje a Francia acompañado por un joven tuareg. Para esto comienza a preparar a la señora de Blic y a sus primos de Francia, para que reciban a ese visitante vestido con una túnica y que lleva los cabellos trenzados y las mejillas cubiertas con un velo azul. Pero antes de iniciar aquel viaje, el candidato se ve precisado a salir con la caravana integrada por casi todos los hombres válidos del país, para ir en busca de mijo a Damergou. Tanto la primavera, como las demás estaciones del año, encuentran al hermano Carlos en su ermita trabajando con sus manuscritos y libros. Termina el diccionario y se lo manda a Renato Basset para que lo publique “bajo el nombre de nuestro común amigo, el señor de Motylinski.”

Cuando los calores arremeten en la meseta de Tamanrasset, un accidente grave interrumpe su tarea: Una víbora de cascabel muerde a Carlos de Foucauld. Normalmente, esta mordedura es mortal. Al enterarse de lo sucedido los pastores de los alrededores acuden inmediatamente y se encuentran a su amigo sin conocimiento. Curan al ermitaño según su costumbre, aplicando un hierro ardiendo a la llaga, y a la planta de los pies del hermano Carlos para que recobre el conocimiento, como así ocurrió. Está muy débil y en todo el valle se busca leche para alimentarlo. Moussa ordena traer dos vacas desde muy lejos para salvarlo. Durante mucho tiempo el hermano Carlos esta incapacitado para estudiar y andar, pero termina recuperándose.

El viaje a Francia era uno de los medios que el hermano Carlos pensaba podía ser más útil para acercar a estos dos pueblos: Francia y esta tribu tuareg. Había obtenido contestación favorable de su familia y de los padres Blancos de la Maison-Carrée. El hermano Carlos escribe a un amigo: “No llegaré a París hasta el 25 de mayo. Reza por Ouksem: va a casarse con un amor que viene de la infancia. Él tiene cerca de veintidós años y ella, Kaubechicheka tiene dieciocho. Son parientes próximos y se han criado juntos. Ella es muy inteligente y tiene mucha voluntad.” Los viajeros llegan a Maison-Carrée el 8 de junio y tan solo se detienen dos días. El 10 se embarcan en el Timgad. El 13 realizan la peregrinación a la Santa Gruta y el 15 son recibidos por Mons. Bonnet, obispo de Viviers. De allí siguen viaje a Lyon, donde son acogidos por el coronel Laperrine; luego prosiguen hacia Borgoña. A dos kilómetros de Gisey se encuentra la casa de la familia de Blic. Se trata ahora de darse a conocer, para volver a pasar con ellos unos días, después de ir a saludar a la familia del hermano Carlos.

Mientras Ouksem aprende a tejer para poder dar luego lecciones a las mujeres de su tribu y se va familiarizando con el tipo de vida de la sociedad francesa de aquel tiempo, el hermano Carlos aprovecha para dar a conocer su proyecto de la Unión de oraciones para la Evangelización de los Pueblos a unas pocas personas elegidas. Confía su proyecto al general Laperrine, a quien visita con Ouksem. Y, camino de Marsella, el 25 de septiembre se detiene en Viviers, para pasar el día con su querido obispo Monseñor Bonnet, quien autoriza “en su diócesis la fundación de la cofradía.” Tres días después los viajeros ponen fin a un viaje que ha durado tres meses y medio por Francia. Embarcan hacia Africa y Carlos de Foucauld escribe a su hermana: “Excepto en circunstancias excepcionales un misionero no pasa tanto tiempo descansando entre los suyos; el buen Dios, mediante el viaje de Ouksem, ha provocado esa circunstancia excepcional. Le doy gracias de todo corazón… También a ti, lo mismo que a Raimundo y a tus hijos, os doy gracias por las dulces semanas que me habéis hecho pasar y por vuestra extraordinaria bondad para con Ouksem, bondad que tanto bien hace para su alma; advierto que su alegría de volver a reunirse con los suyos se halla un poco enturbiada por la pesadumbre de abandonar a quienes le han recibido en Francia. El apostolado de la bondad es el mejor de todos.” El viaje de regreso tuvo que ser realizado a marcha lenta debido a dos causas: el calor extraordinario que hacía, y el estado lamentable en que encontraron a los camellos, que habían sido mal cuidados. Dejan Maison-Carrée a finales de septiembre y llegan a Tamanrasset el 22 de noviembre.

4. Desenlace final

El 3 de septiembre de 1914, casi un año después de su regreso, recibe la noticia de que Alemania ha declarado la guerra a Francia, invadido Bélgica y atacado Lieja. El hermano Carlos se da cuenta enseguida de que bandas armadas, reclutadas en Tripolitania, intentarán penetrar los territorios del Sahara predicando la guerra santa contra los franceses. ¿Cual será su actitud? En una carta del 5 de octubre de 1914 se expresa así: “No abandonaré Tamanrasset hasta que haya paz… Nada ha cambiado en el exterior de mi vida tranquila y regular, pues es necesario que los tuareg no adviertan nada que les manifieste un estado distinto al ordinario.” El 19 de noviembre de 1915 escribe el hermano Carlos a su amigo Laperrine, con quien mantiene una correspondencia constante, dándole esta notificación: “El correo del Azdjer no ha llegado todavía. Pero acabo de saber lo siguiente: el fortín Dehibat de Túnez ha sido atacado por los senusitas, mandados por oficiales de uniforme kaki, con prismáticos y revolver (alemán sin duda). El general Moinier ha enviado refuerzos. La situación es grave en toda la frontera tunecino-tripolitana.” El 11 de abril de 1916 escribe de nuevo al general Laperrine indicándole que el fuerte francés de Djanet, en la frontera tripolitana, ha sido asaltado a finales de marzo por más de mil senusitas provistos de un cañón y ametralladoras. Y continua: “Los senusitas tienen el camino libre para venir aquí. Pero la palabra aquí no se refiere a Tamanrasset, donde estoy solo, sino al fuerte Motylinski, capital del país, que queda a cincuenta kilómetros de Tamanrasset. Si se sigue mi consejo, les he dicho que se retiren con la totalidad de municiones y aprovisionamiento a un lugar inexpugnable en la montaña, provistos de agua, desde donde podríamos mantenernos indefinidamente y contra el cual los cañones no pueden hacer nada… No te inquietes si durante algún tiempo no recibes noticias, pues es posible que el correo sea interceptado, lo que no indica que nos haya ocurrido nada malo… Si atacan el fuerte, me reuniré con ellos… Todos estamos en la mano de Dios; no sucederá más que lo que Él permita.” La amenaza era demasiado seria para que la autoridad militar no se preocupara de la protección del hermano Carlos y de los tuareg que habitaban en Tamanrasset. A principios de 1916 se dispuso la construcción de un fortín para poder resistir un asedio. Formaba un cuadrado de dieciséis metros de lado, rodeado de un foso de dos metros de profundidad. En los ángulos se hallaba reforzada por cuatro torres provistas de almenas, a las que se subía por una escalera interna. El interior estaba dispuesto para poder acoger a un número bastante numeroso de refugiados y de combatientes. La construcción se termina el 15 de octubre de 1916.

Mientras, el hermano Carlos, en una carta escrita a René Bazin el 16 de julio de 1916, expresa cual es la misión de los misioneros aislados: “Su tarea consiste en preparar el camino, de modo que las misiones que le reemplazarán algún día encuentren una población amiga y confiada, almas un poco preparadas para el cristianismo y, si es posible, algunos cristianos… Mi vida consiste en estar en relación lo más posible con cuanto me rodea y prestar todos los servicios que puedo. A medida que se establece la intimidad, siempre o casi siempre a solas, hablo brevemente del buen Dios, dando a cada uno lo que pueda llevar: alejamiento del pecado, acto de amor perfecto, acto de contricción perfecta, los dos grandes Mandamientos del amor a Dios y al prójimo, examen de conciencia, meditación con vistas a las finalidades últimas, deber de la criatura de pensar en Dios, etc., orientando a cada uno según sus fuerzas y avanzando lenta y prudentemente… Mi convicción es que si los musulmanes del norte de África no se convierten poco a poco, se producirá un movimiento nacionalista análogo al de Turquía… El sentimiento nacional o berberisco se exaltará, y cuando la ‘elite’ encuentre una ocasión propicia para ello, se servirá del Islam como de una palanca para levantar a la masa ignorante y procurará crear un imperio africano musulmán independiente.” Cuánta razón tenían estas palabras vistas con perspectiva histórica…

En varias cartas escritas por Carlos de Foucauld a su amigo, el general Mazael, podemos descubrir el ambiente previo de los últimos meses de la vida del hermano Carlos. Así el 1º de septiembre de 1916 le dice: “El rincón del Sahara desde donde te escribo sigue estando tranquilo. Sin embargo se permanece alerta, debido a la creciente agitación de los senusitas en Tripolitania; nuestros tuareg de aquí son leales, pero podríamos ser atacados por los tripolitanos. He transformado mi ermita en un fortín; no hay nada nuevo bajo el sol; viendo mis almenas y mis troneras, pienso en los conventos y en las iglesias fortificadas del siglo X. ¡Cómo vuelven las cosas antiguas y cómo reaparece lo que se creía desaparecido para siempre! Me han confiado seis cajones de cartuchos y treinta carabinas Gras, lo que recuerda nuestra juventud…” En otra carta fechada el 15 de septiembre le informa: “Estos últimos días hemos tenido una gran alarma; trajeron la noticia de que íbamos a ser atacados, pero la noticia fue falsa… La alarma ha servido para demostrar la lealtad de la población: lejos de dar muestras de pretender pasarse al enemigo, se ha reunido alrededor del oficial que comanda el fuerte vecino y alrededor mío, dispuesta a defender el fortín de la ermita. Semejante lealtad me ha resultado muy conmovedora y les estoy muy agradecido. Hubieran podido refugiarse en las montañas, donde nada tenían que temer, pero han preferido encerrarse en el fuerte cercano y en mi ermita, a pesar de saber que el enemigo disponía de cañones y el bombardeo era seguro.”

El hermano Carlos tenía la certeza de que sería atacado, pero seguía viviendo solo y tranquilo. En su rostro no aparecía la sombra de la inquietud. A mediados de 1915 había terminado el diccionario tareg-francés, y, el 28 de octubre, como su diario indica, terminó las poesías tuareg. Pensaba, terminada la guerra, volver a Francia para implantar más sólidamente la Unión de oraciones para la Evangelización. Pero esto no fue posible, pues no entraba dentro de los planes de Dios.

Al sur de Tripolitania, en Fezzan, donde Si Mohamed Labed líder religioso senusita tiene su cuartel general, ha reunido a los tuareg Azdjers, llamados por los Hoggar con el nombre general de Fellagas. Ocupan Rhat, en Tripolitania, plaza que los italianos han abandonado, y donde encuentran víveres, material y municiones de guerra. El fuerte de Djanet que había sido abandonado por los franceses por dificultades de aprovisionamiento es tomado por los Fellagas. También había sido evacuado el fuerte de Polignac que estaba situado un poco más al norte. Los camelleros del Fuerte Motylinski siguen y protegen los campamentos dependientes de Moussa ag Amastane y que se encuentran con sus rebaños por esta región, pero pueden brindar poca ayuda al hermano Carlos.

El viernes 1º de diciembre de 1916, al caer la noche, Carlos de Foucauld está solo en casa. Su sirviente Pablo estaba en el pueblo, lo mismo que dos camelleros del Fuerte de Motylinski, que habían venido para asuntos del servicio y que esperaban la noche para regresar al fuerte. Una veintena de Fallagas estaban en aquellos momentos cerca de Tamanrrasset con el fin de raptar al hermano Carlos y saquear el fortín, donde sabían que había armas y provisiones. Para llevar acabo esto reclutaron algunos nómadas tuareg y algunos harratines, con quienes se relacionaba Carlos de Foucauld, en especial un tal Madani. En total eran unos cuarenta. Madani, conocedor de las costumbres del hermano Carlos, se acercó a la puerta y llamó. Al cabo de un tiempo llegó éste y preguntó quien era y qué deseaba. “El correo de Motylinski”, le contestó. Como era el día que el ermitaño esperaba la correspondencia abrió la puerta y rápidamente se abalanzaron hacia él.

Todo duró menos de media hora. La casa estaba rodeada de centinelas. Entonces uno de éstos dio la alarma de que los militares de Motylinski llegaban. Enseguida estalló un tiroteo. El vigilante del hermano Carlos apoyó la boca del cañón de su fusil sobre la cabeza e hizo fuego, muriendo éste al instante, lo mismo que los otros dos militares. Despojaron al hermano Carlos de todos sus efectos y lo arrojaron dentro de la fosa que rodea al edificio. Pasaron la noche comiendo y bebiendo. Por la mañana dieron también muerte a un militar aislado que traía el correo de In-Salah. Al mediodía abandonaron Tamanrasset llevándose el botín. Los harratines dieron sepultura a los muertos, y Pablo salió hacia el Fuerte Motylinski para dar la noticia, donde llegó el 3 de diciembre al mediodía.

El 17 de enero de 1917, Mons. Bonnet, obispo de Viviers, mandó esta carta a la señora de Blic: “Señora, el duelo que le aflige me alcanza también a mí en demasía. Se lo que pierde en la persona del padre Carlos de Foucauld. En mi larga vida he conocido muy pocas almas más amantes, más delicadas, más generosas y más ardientes que la suya y raras veces he tenido la oportunidad de acercarme a otras más santas. Dios le había penetrado de tal modo que todo su ser desbordaba luz y caridad… No podremos consolarnos de la desdicha si no pensamos que nuestro querido y venerado mártir está más vivo que nunca, que ha dejado de sufrir, pero no ha dejado de querernos.” En contra de la propia voluntad del hermano Carlos, que quería ser enterrado en el Hoggar, algunos años después, el 18 de abril de 1929, sus restos, excepto el corazón que quedó en Tamanrasset depositado en un cofre, fueron trasladados a El Golea, a más de mil kilómetros de distancia, hacia el norte, y a 950 kilómetros de Argel. El lugar que acoge al tuareg universal es austero, y se encuentra junto a la primera iglesia construida por los Padres Blancos en el Sahara.


1  Cf. A. CHATELARD, Carlos de Foucauld, el camino de Tamanrrasset, San Pablo, Madrid, 2003

2  Carta del 3 de abril de 1906, al conde Foucauld

3  Con este nombre se designan las pequeñas colonias de agricultores

4  El hermano Miguel entró en un monasterio de Cartujos.

5  Carta al padre Guerin, el 31 de mayo de 1907

6  Abed Aissa, servidor de Jesús

7  El ”meskine” es el pobre, objeto de piedad por su absoluta carencia de todo.

8  El padre Foucauld construyó a principios de 1910 la ermita del Asekrem, el punto más alto del corazón del Hoggar. Investigadores del Centro Geológico y Geofísico de la Universidad Montpellier han mostrado que las célebres montañas del Hoggar, constituidas por extraordinarios relieves volcánicos de 30 millones de años de antigüedad y conocidas en el mundo entero por su belleza y por sus habitantes autóctonos, los tuareg, presentan una anomalía gravimétrica, es decir, una disminución del campo de gravedad, que puede haber sido ocasionada por una densidad anormalmente débil del manto superior de la corteza terrestre. Esto quiere decir que en este oasis mineral de silencio “uno es más ligero que en cualquier otra parte del planeta”25, los científicos han señalado que la ermita que construyó el padre Foucauld, a 2700 m. de altitud, está en el epicentro de esta zona de anomalía. Se ha creído que su presencia en la ermita del Asekrem, en Tamanraset, fue un retiro, como antaño hicieron los Padres del Desierto, pero fue todo lo contrario: partió para vivir la vida de Nazaret con los nómadas más aislados, más pobres que los habitantes de Béni-Abbés. Carlos de Foucauld, como escribe en noviembre de 1911, se instala en el Asekrem, por ser este un lugar de tránsito de las caravanas y el lugar ofrecía grandes ventajas para las relaciones con los tuareg, a los que acogía estableciendo relaciones

amistosas.

9  Cf. J. F. SIX, El testamento de carlos de Foucauld, Editorial san Pablo, Madrid 2005

EL CAMINO DE CONVERSIÓN DE CARLOS DE FOUCAULD (1ª parte)

El camino del seguimiento de Jesús, el Resucitado, es un proceso, que implica, en primer lugar, una búsqueda apasionada de la verdad, que origina un cambio radical de vida, que no cesa a lo largo de toda nuestra existencia y que tiene momentos álgidos de conversión, hasta que el Espíritu de Jesús Resucitado se adueña de todo nuestro ser. En el converso Carlos de Foucauld vamos a señalar dos conversiones, que corresponden al principal mandamiento de Jesús: Una en relación al amor de Dios y otra en relación al amor a los hermanos, pero en realidad constituyen una grande y única conversión en la búsqueda del Rostro de Cristo y del camino junto a Él. La primera conversión fundamental, fue el camino interior hacia el cristianismo, hacia el “sí” de la fe, que se produjo el 29 o el 30 de octubre de 1886. La segunda y la más definitiva, después de un seguimiento radical de Jesús de Nazaret, ocurrirá en diciembre de 1914 cuando caerá gravemente enfermo y será asistido y alimentado por sus amigos vecinos, los pobres tuareg. Vayamos por partes.


Carlos de Foucauld nace en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858 en el seno de una familia rica y cristiana. Desde los seis años conoce el que es ser huérfano de padre y madre. Como consecuencia de esto ha de ir a vivir con su abuelo, el coronel Morlet, que lo quiere con ternura. De él recibirá los dones de la simpatía y de la generosidad, el amor por la familia, el país y también el amor al estudio, el silencio y la naturaleza. Conoce el padecimiento de la guerra de 1870 y la invasión de su ciudad. Con su familia se refugia en Nancy, dónde prosigue sus estudios. Es allí dónde, con gran fervor realiza su primera comunión. Le sostiene la fe de su familia, sobre todo de su abuelo y su prima Maria, a quien admira mucho. El 1874 se matricula a Santa Genoveva de París, viviendo en régimen de pensionado en los Jesuitas. A finales de este año es cuando pierde la fe, a la edad de diez y seis años.           

 Como quiere ser militar entra en la escuela de Saint Cyr. Son años de despreocupación. No trabaja, trae una vida solitaria, pierde el tiempo, anda vagando, se entretiene con obras literarias y no encuentra sentido a la vida. Con gran pesar, a los diecinueve años pierde su abuelo, a quien admiraba mucho por su inteligencia y su ternura. Algo se rompe en él y su vida va a la deriva. De desesperación se abandona, se deja estar, va de fiesta en fiesta, malgastando la herencia de su abuelo. Su familia está muy triste. A pesar de todo, acaba sus estudios en la escuela de Caballería de Saumur. Tiene veinte años y hace una carrera corta en el ejército, porque a los veinticuatro años renuncia a este para ir a explorar Marruecos. Para este viaje se prepara estudiando el árabe en Argel (Argelia) y aprende todo lo que ha de utilizar para este proyecto. Se pone en contacto con el rabí Mardoqueo, que acepta guiarlo disfrazado de judío. Realiza una verdadera expedición científica, de tres mil kilómetros de recorrido, con mucho éxito, y la Sociedad de Geografía de Francia le concede la medalla de oro.

El viaje a Marruecos lo conquista. Le conmueve el acogimiento de la gente, su fe en Dios manifestada sin vergüenza y su oración. Pero interiormente no se siente satisfecho. De vuelta en París, empieza a entrar a la Iglesia dónde pasa largas horas repitiendo esta oración: «Dios mío, si existes, haz que te conozca». Su prima le aconseja ir a visitar el padre Huvelin, vicario de la parroquia de Santo Agustín, que resultará un encuentro decisivo en la vida de Foucauld, que viene de vivir un “acontecimiento sorprendente”, del que nunca habló, pero que podemos pensar que la exploración a Marruecos fuese en si un choque. Este alejamiento, por corto que fuera, le hizo salir del ambiente familiar en el que se encogía. Así, contemplándola a cierta distancia, pudo acaso descubrir ante sus ojos más claramente la fe de los suyos. Y el hecho mismo de desarraigarse por un tiempo ¿no da la impresión de que una vida nueva puede iniciarse? Todas estas influencias son sólo preparaciones y no tienen, en sí mismas, el don de dar a conocer al mismo Dios. El alma de Carlos de Foucauld, trabajada por la gracia, está simplemente más dispuesta a recibirlo, pero no tiene siquiera de Él una noción viva. Al comienzo de octubre de 1886, después de seis meses de vida de familia, admiraba, quería la virtud, pero no conocía a Dios.

Para seguir los últimos pasos de Carlos de Foucauld antes de su conversión y su conversión misma, tenemos sobre todo el propio testimonio del convertido que cuenta su vuelta a Dios en dos escritos de género muy diferente: una meditación y una carta. El primer texto, la meditación, está sacado de un retiro hecho en Nazaret, entre el 5 y el 15 de noviembre de 1897, donde cuenta su conversión y la misericordia de Dios. La carta, fechada en 14 de agosto de 1901, está escrita a Henry de Castries, un amigo, de fe vacilante, con quien Foucauld entra de nuevo en relaciones después de más de quince años de silencio y a quien cuenta cómo recuperó la fe.

Ninguno de los dos textos es un relato sistemático de conversión. Foucauld cuenta simplemente, sin artificios literarios, el encuentro que vivió una mañana de octubre de 1886, encuentro del que continúa aún viviendo. Lo que le impulsa a hablar de este encuentro es el reconocimiento de la misericordia divina para con él (Nazaret) o responder al ruego de un amigo. Así, pues, veamos en primer lugar la Meditación del 8 noviembre 189: “Al comienzo de octubre de 1886, después de seis meses de vida de familia, yo admiraba y quería la virtud, pero no os conocía. ¿Por qué invenciones, Dios de bondad, os hicisteis conocer de mí? ¿De qué rodeos os servisteis? ¿De qué suaves y fuertes medios exteriores? ¿Por qué serie de circunstancias maravillosas, en que todo se juntó para empujarme hacia vos: soledad inesperada, emociones, enfermedades de seres queridos, sentimientos ardientes del corazón, retorno a París a consecuencia de un acontecimiento sorprendente? ¿Y qué gracias interiores? Esta necesidad de soledad, de recogimiento, de piadosas lecturas, esta necesidad de ir a vuestras iglesias, yo que no creía en Vos, esta turbación del alma, esta angustia, esta búsqueda de la verdad, esta oración: “Dios mío, si existes, manifiéstate!”.

Todo esto, Dios mío, era obra vuestra, obra exclusivamente vuestra… Un alma hermosa os secundaba, pero por su silencio, por su dulzura, su bondad, su perfección. Se dejaba ver, era buena y esparcía su perfume atrayente, pero no obraba. Vos, Jesús mío, salvador mío, lo hacíais todo tanto por dentro como por fuera. Vos me habíais atraído a la virtud, por la belleza de un alma, cuya virtud me había parecido tan bella que arrebató irrevocablemente mi corazón…

Vos me atrajisteis a la verdad por la belleza de esta misma alma. Entonces me hicisteis cuatro gracias: La primera fue inspirarme este pensamiento: Puesto que esta alma es tan inteligente, la religión que cree tan firmemente no puede ser una locura, como yo pienso. La segunda fue inspirarme este otro pensamiento: Puesto que la religión no es una locura, ¿estará acaso en ella la verdad, que no. se halla en ninguna otra sobre la tierra, ni en ningún sistema filosófico? La tercera fue decirme: “Estudiemos, pues, esta religión. Tomemos un profesor de religión católica, un sacerdote instruido, veamos lo que es y si hay que creer lo que dice”. La cuarta fue la gracia incomparable de dirigirme, para mis lecciones de religión, a M. Huvelin. A1 hacerme entrar en su confesionario, uno de los últimos días de octubre, creo que entre el 27 y el 30, vos me disteis, Dios mío, todos los bienes. ¡Si hay alegría en el cielo por un pecador que se convierte, la hubo cuando me acerqué al confesionario!

¡Día bendito, día de bendición! Vos me pusisteis bajo las alas de este santo, y bajo ellas he seguido. Por su mano me habéis conducido y ello ha sido gracia sobre gracia. Yo le pedía lecciones de religión y él me hizo arrodillar y confesarme y me envió a comulgar inmediatamente”.

La Carta del 14 agosto 1901 decía así: “Mientras estaba en París, haciendo imprimir mi viaje a Marruecos, me encontré con personas muy inteligentes, muy virtuosas y muy cristianas. Entonces me dije – perdona mis expresiones, pues no hago sino repetir en voz alta mis pensamientos – que “acaso aquella religión no era absurda”. Al mismo tiempo me impulsaba una gracia interior muy fuerte: empecé a ir a la iglesia sin tener fe, y no me hallaba bien más que allí, repitiendo durante largas horas esta extraña oración: “Dios mío, si existes, haz que te conozca”. Me vino la idea de que era menester estudiar esta religión, donde acaso se encontraba la verdad de que yo desesperaba, y me dije que lo mejor era tomar lecciones de religión católica, como había tomado lecciones de árabe. Como había buscado un buen thaleb que me enseñara el árabe, busqué un sacerdote instruido que me informara sobre la religión católica…

Se me habló de un sacerdote muy distinguido, antiguo alumno de la escuela normal. Fui a verle a su confesionario, y le dije que no venía a confesarme, porque no tenía fe, pero que deseaba informarme algo sobre la religión católica…

Dios terminó la abra de mi conversión, que tan poderosamente había empezado par esta gracia interior tan fuerte que me impulsaba casi irresistiblemente a la Iglesia. El sacerdote, desconocido para mí, a quien Dios me había encaminado, que unía a una gran instrucción una virtud y una bondad más grandes aún, vino a ser mi confesor, y ha sido mi mejor amigo los quince años que han pasado desde entonces.

Apenas creí que había Dios, comprendí que no podía menos de vivir sólo por Él. Mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe. ¡Dios es tan grande! ¡Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es Él!”. Ya sea por “un acontecimiento sorprendente”, que no nos explica, ya por la “soledad inesperada” o por las “enfermedades de seres queridos”, en referencia a la enfermedad de María de Bondy, su prima, en todo caso, durante este mes de octubre, siente un hambre extraordinaria de Dios y una profunda necesidad de dirigirse a Él. Entra en las iglesias y, durante horas, repite incansablemente una “oración extraña”, a la vez que siente un cansancio inmenso.

Foucauld reconoce que la primera gracia de Dios, en la que ve su primera aurora de su conversión, es haberle hecho experimentar su necesidad de Él y hacerle esta extraña oración: “Si existes, haz que te conozca”. Para Carlos de Foucau1d, Dios no es ya únicamente, desde este momento, una verdad que aprender, sino una persona que encontrar, alguien que puede darse a conocer o negarse a ello. Sin embargo, esta oración no es en sí misma aún toda la conversión. La inteligencia se defiende. Quiere dar por sí misma el paso siguiente: Carlos de Foucau1d, que acaba de preguntarse si la verdad que busca no podría, en el fondo, hallarse en la religión católica, decide verificar esta hipótesis y, con este propósito, se pone a buscar un buen “profesor de religión católica”. Busca, pues, un “sacerdote instruido” que le de lecciones de religión, un thaleb, un “maestro de religión”, de la misma manera que en otro tiempo buscó un “thaleb de árabe”. ¿A quién escoger? Carlos de Foucau1d piensa primero en no tomar lecciones particulares de un sacerdote, sino seguir unas clases. Ha oído hablar de las conferencias que el padre Huve1in da en la cripta de la iglesia de San Agustín y decide seguirlas. Pero cuando, durante una comida, María de Bondy dice que el padre Huvelin, enfermo, no podrá continuar las conferencias este año, y añade que ella lo siente mucho, su primo le dice que él también pensaba seguirlas.

Veamos como ocurrieron las cosas: La mañana del 29 o del 30, Carlos de Foucauld entra en la iglesia y busca dónde se encuentra el maestro de religión católica que se ha propuesto tomar: el padre Huve1in. Lo ve, se le acerca y le dice que no quiere confesarse, sino que le pide “lecciones de religión”. Entonces, el padre Huvelin le hizo arrodillar y confesar. Seguidamente, siguiendo las indicaciones de su confesor, Foucauld va al altar de la Virgen donde recibe la comunión.

La manera de obrar del padre Huvelin nos puede sorprender: a este hombre que le dice no tener fe, le aconseja inmediata y vigorosamente que se confiese. Pero el coadjutor de San Agustín ¿estaba tan poco al corriente de la crisis de Foucauld en estos días? ¿No lo había visto pasar largas horas en un rincón de la iglesia? ¿No había leído en sus rasgos su tormento interior, que tenía sin duda que transparentarse en estos días de extrema tensión? Por otra parte, la señora de Bondy, que era su hija espiritual, ¿no le habría hablado de su primo?

Cuando se presentó al padre Huvelin, Foucauld no tenía intención de confesarse inmediatamente ni de comulgar. La vuelta a Dios en la iglesia de San Agustín fue inesperada. Es verdad que hubo una larga búsqueda que había durado largos meses, siendo la conversión el desenlace súbito que viene a irrumpir en esta larga búsqueda. Foucauld había imaginado un paciente encaminamiento intelectual en lugar de esta conclusión fulgurante. Por eso, en un plano humano, se halla como desarmado: se le coloca en una aventura que le sorprende mucho antes de lo que él había pensado, y vive esta aventura, inesperada, en el momento en que se le presenta. Luis Massignon, amigo personal de Foucauld y continuador de su obra, llega a afirmar: “Ella (la Sra. Bondy) le hizo hallar a Dios y lo orientó, para ir a la vida perfecta, hacia el sacerdote que era ya su director… » (L. MASSIGNON, La Vicomtesse Olivier de Bondy et la conversión de Charles de Foucauld, Bulletin de l’Association Charles de Foucauld, 20,103).

El orgullo de Carlos de Foucauld y su voluntad de poder se trasmutan, en adelante, en un ardor extremo de humildad, de abajamiento, de pobreza. Un texto, de Pentecostés de 1897, nos parece revelador de este gesto esencial de humildad que fue su conversión: “La fe, escribe el hermano Carlos, es incompatible con el orgullo, con la vanagloria, con el amor de la estima de los hombres. Para creer, hay que humillarse”. Y, revelándonos lo que su conversión le mostró, añade: la fe “nos muestra la perfección en la imitación de un Dios que se abate en su vida oculta; que es perseguido, calumniado, burlado, despreciado, acusado en su vida pública”. Durante toda su vida Carlos de Foucauld buscará por todos los medios posibles adorar y cumplir mejor la voluntad de Dios, humillándose.

Hay otro aspecto importante en su conversión: el encuentro íntimo en la eucaristía con el Señor Jesús, el Verbo encarnado. Ahora bien, ¿qué aspecto de Jesús contempla especialmente? El aspecto de abatimiento y pobreza. Aquel a quien recibe, aquel en cuyo sacrificio comulga, después de su confesión, es Jesús, el pobre de Belén, el desconocido de Nazaret, el despreciado del Calvario, el que quiso entregarse hasta el extremo. Carlos de Foucauld no tendrá más que un deseo: imitar a Jesús, imitarle más y más, anonadarse más y más con Él. Y en adelante Jesús es para Él el “modelo único”. Para él no habrá más que una sola y misma búsqueda, que se desenvolverá sin cesar desde el día de su conversión hasta el día de su muerte, el día último, en que escribirá: «Nuestro aniquilamiento es el medio más poderoso que tenemos para unimos a Jesús y hacer bien a las almas” (Carta a su prima la Sra. Bondy el 1 de diciembre de 1916 día de su asesinato).

“Apenas creí que había un Dios, comprendí que no tenía otro remedio que vivir sólo para Él… Todos sabemos que el primer efecto del amor es la imitación; tenía, pues, que entrar en la orden en que hallara la más exacta imitación de Jesús” (Carta a Henry de Castries, 14 agosto 1901) Comienza una búsqueda ardua y difícil para Foucauld de la voluntad de Dios. En Roma, diez años más tarde, en diciembre de 1896, escribe en una meditación: “¡He aquí siempre este quid me vis facere que, desde hace diez años que me volvisteis al redil, desde que me convertisteis y, sobre todo, desde hace ocho años, vuelve tan a menudo, tan a menudo a mis labios!”

En esta búsqueda larga y difícil, Carlos es ayudado, durante veinticuatro años, por un guía de gran valía: el padre Huvelin, que será un amigo y un padre para el joven converso. Huvelin, a pesar de ser catedrático de historia y haber hecho estudios teológicos en Roma, había pedido insistentemente, desde su ordenación, en 1867, no ser profesor, sino coadjutor. Nombrado en octubre de 1868 para la parroquia de San Eugenio, es trasladado en 1875 a la parroquia de San Agustín, después de rechazar la cátedra de historia que le ofreció el recién fundado Instituto Católico de París. Será un simple coadjutor de la parroquia San Agustín, hasta su muerte en 1910.

Pero ¿qué es lo que quiere hacer el padre Huvelin? Injertar más y más en el alma de su dirigido un amor muy sencillo y muy ardiente a Jesucristo. Y cuando Carlos de Foucauld quiera explicar lo que ha recibido de su director, hablará de este injerto paciente del amor a Jesús realizado en su alma, como le dice en una carta dirigida al padre Huvelin el 14 de junio de 1893: “El amor a Jesús que usted ha puesto en mi corazón, tanto como ha podido y con tanto cuidado”. En los primeros meses que siguen a la conversión, el papel del padre Huvelin consiste sobre todo en ayudar a Carlos de Foucauld a ver con más claridad la situación de su alma, que, después de doce años de anarquía, presenta un estado muy caótico. Pero este tiempo que siguió a la conversión significó, más que un trabajo negativo de superación de obstáculos y objeciones, un encadenamiento de gracias siempre crecientes. Un sermón del padre Huvelin pronunciado el 13 de diciembre de 1868 expresa 1o esencial de su doctrina espiritual, que marcará profundamente a Foucauld: “Dios quiere hacernos ver que la pequeñez y la humildad son la condición de la grandeza. Jesucristo no quiso otra cosa para sí mismo. El grano de trigo no fructifica si no se echa en tierra”.

A finales del año 1887 y principios de 1888, aparecen en librería las obras del vizconde de Foucauld: Itinerarios en Marruecos y Reconocimiento de Marruecos, obteniendo un éxito notable. Foucauld quiere conocer Tierra Santa, el país de Jesús. El 2 de noviembre de 1888 se dirige a Tuquet, en Bordelais, y después a Nancy, para despedirse de su familia. Les dice que desea permanecer tan sólo algunas semanas en Palestina. Y se embarca en Marsella. A mediados de diciembre llega a Jerusalén, que encuentra cubierta de nieve; se entretiene recorriendo las calles, visitando iglesias, subiendo y bajando la cuesta del monte de los olivos; pasa la navidad en Belén y realiza luego una larga excursión a caballo por Galilea, acompañado de un guía. En sus cartas pone de manifiesto el impacto que le produjo Nazaret, donde medita la frase del padre Huvelin: “Nuestro Señor vivió de tal modo el último lugar, que nadie ha podido arrebatárselo.”

El viajero regresa a París a principios de marzo de 1889. Éste será el año de las decisiones. Desde el momento mismo de su conversión había sentido una llamada a la vida religiosa. Para ver qué camino tomar realiza cuatro retiros. En Pascua está en Solesmes con los benedictinos; en la fiesta de la Trinidad está en la sede de los Trapenses; el 20 de octubre va a Nuestra Señora de las Nieves y pasa una semana entera de meditación sin llegar todavía a decidirse. Finalmente, en la segunda mitad de noviembre, en Clamart escribe a su hermana: ”Ayer he regresado de Clamart, donde, por fin, con la mayor paz y la máxima seguridad, siguiendo el consejo formal, completo y sin reservas del padre que me ha dirigido, he tomado la decisión que pienso desde hace mucho tiempo: es la de entrar en la Trapa. Ahora se trata ya de un asunto resuelto, en el que pensaba desde hace mucho tiempo. Estuve en cuatro monasterios; en los cuatro retiros se me ha dicho que Dios me llamaba y que me llamaba a la Trapa. Mi alma me impulsa hacia el mismo lugar y mi director es de la misma opinión… Se trata de algo resuelto y te lo anuncio como tal. Entraré en el monasterio de Nuestra Señora de las Nieves, donde estuve hace algún tiempo… ¿Cuando? No está decidido aún; tengo que arreglar varias cosas y, sobre todo, ir a decirte adiós. Pero, de todos modos no tardaré mucho.”

Había obtenido el consentimiento del abad de Nuestra Señora de las Nieves. Pero, en su carta de solicitud había mencionado el convento de la Trapa en Akbés, en Siria, rogando que, pasados los meses de prueba y de noviciado, se le mandase a aquella lejana casa “si tal es, como creo, la santa voluntad de nuestro Padre que está en los Cielos.” El 11 de diciembre Carlos se dirige a Dijón, donde pasa una semana junto a su hermana y el señor de Blic, antes de la inclaustración, la soledad y el silencio. Después regresa a París para el arreglo de algunos asuntos, especialmente la cesión que hace de sus bienes en favor de su hermana. Partirá pobre y el mundo no volverá a verlo.

El monasterio de la Trapa de Nuestra Señora de Las Nieves está edificado sobre las altas mesetas de las montañas del Vivarais, en una región que antiguamente dependía del Languedoc. El vizconde Carlos de Foucauld fue admitido en el noviciado de la Orden de la Trapa, convirtiéndose en el hermano Maria-Alberico. El recuerdo que ha dejado entre los hermanos de la Orden, es el de un religioso servicial para con todo el mundo, sumamente piadoso, casi excesivo en su austeridad, pero ponderado en sus juicios.

Desde un principio había pedido que lo mandaran al monasterio más pobre y lejano del Asia Menor. Esto lo hacía principalmente por dos razones: estar más cerca del país donde vivió Jesús, e ir a un país donde no se conoce y ama el Evangelio de Jesús. El 27 de junio parte de Marsella en un buque destino a Alejandreta donde llega el 10 de julio. El nuevo monasterio donde va a residir el hermano Alberico se encuentra rodeado por un círculo de montañas cubiertas de bosques de altos pinos, bajo los cuales crecen robles y arbustos. El monasterio es el más pobre que pueda imaginarse. Para vivir allí los monjes tenían que ser fuertes y valientes. Pues, prescindiendo de los posibles asaltos de bandas en busca de alimento o por razones de fanatismo, no existía la comodidad y a veces faltaba lo necesario.

Su hermana le pide noticias de su convento y de sus ocupaciones. He aquí un fragmento de la carta que el hermano Alberico le envió el 3 de julio de 1891: “Somos una veintena de trapenses, incluyendo los novicios. Como puedes ver por las fotografías, estamos instalados en campamentos de barracones bastante amplios… Podrás formarte una idea bastante aproximada de nuestra vida, leyendo Los Monjes de Occidente de Montalembert. Sin embargo, hay una diferencia; los monjes que menciona estudiaban más que nosotros, se ocupaban más que nosotros de ciertas tareas como, por ejemplo, la copia de manuscritos. Para nosotros, el trabajo mayor son las labores agrícolas; esa es la diferencia entre la Orden de San Bernardo, a la que pertenecemos, y los antiguos monjes…”

La ceremonia de la profesión religiosa del hermano María Alberico tuvo lugar el día de la Candelaria, el 2 de febrero de 1892. Fue presidida por el abad de Nuestra Señora de las Nieves, que estaba visitando el monasterio. El hermano Alberico sabía que no se había equivocado en el hecho de ser monje, pero le quedaba un largo camino por recorrer y a veces una inquietud turbaba su paz: el proyecto, que mientras vivió entre nosotros no pudo ver realizado, de reunir a su alrededor “algunas personas con las que pudiera formar un principio de congregación”, según su intuición de la “vida de Nazaret”. ¿Cuál sería la misión de ésta congregación? En una carta del 4 de octubre de 1893 se expresa así: “Llevar la misma vida de Nuestro Señor en la forma más exacta posible, viviendo exclusivamente del trabajo de las propias manos, sin aceptar ninguna donación, ni espontánea ni solicitada, y siguiendo al pie de la letra todos los consejos del Divino Maestro, sin poseer nada, dando a todo el que pida, no reclamando nada, privándose de todo lo posible…; agregar a este trabajo mucha oración…; no formar más que grupos reducidos…; diseminarse sobre todo en los lugares y países donde no es conocido y amado Nuestro Señor Jesucristo.” Así, este trapense que ha formulado sus primeros votos cree estar llamado a abandonar la Orden par seguir una inspiración personal que le lleva a desaparecer más completamente todavía que un monasterio de Siria. En Francia, en París, tiene a su director espiritual en la parroquia de San Agustín, que desconfía de lo excepcional, y a quien hará falta convencer para dar rienda suelta a este sueño. El 29 de enero de 1894 el padre Huvelin le escribe: “Sigue tus estudios de teología, por lo menos hasta llegar a diácono; aplícate en las virtudes interiores, sobretodo en la humildad; en cuanto a las virtudes exteriores, practícalas en la perfección de la obediencia a la Regla y a tus superiores…; en lo demás, veremos más adelante. Por otra parte, no has sido hecho en absoluto para dirigir a los demás.”

Mientras iba transcurriendo el tiempo, dos acontecimientos ocurrieron que tienen que ver con el monasterio trapense de Akbés. El primero fue que a principios de 1894 dejó de depender de la abadía de Nuestra Señora de las Nieves, para ser adscrita a la de Staoueli, que tenía más amplios viñedos y podía socorrer mejor al muy pobre monasterio de Siria. El segundo hecho fue la época de matanzas que el sultán de Turquía permitió u ordenó. Cuando se iba acercando el quinto aniversario de los votos simples y era el momento de pronunciar los votos perpetuos o pedir dispensa y abandonar la Orden de San Bernardo, le llegó, en una carta fechada en París el 15 de junio de 1896, el consentimiento del padre Huvelin: “Había esperado, mi querido hijo, que encontrarías en la Trapa lo que buscabas; que hallarías en ella suficiente pobreza, humildad y obediencia para poder seguir a Nuestro Señor en su camino de Nazaret… Pero veo en ti un impulso demasiado profundo hacia otro ideal y poco a poco, por la fuerza de este movimiento, te vas saliendo de este cuadro, sintiéndote fuera de lugar. Verdaderamente no veo que puedas contener este movimiento. Díselo a tus superiores de la trapa de Staoueli. Diles sencillamente tu manera de pensar…

Nada más conocer el contenido de la carta, el hermano María-Alberico somete a la consideración de su director el borrador de un reglamento para la futura comunidad de los Hermanitos de Jesús. Esperaba una aprobación, sin embargo la respuesta no fue la misma. Desde Fontainebleau, el 2 de agosto de 1896 el padre Huvelin le responde: “Tu regla es prácticamente impracticable… El Papa vaciló en aprobar la regla franciscana por encontrarla demasiado severa; ¡qué decir, entonces, de este reglamento! A decir verdad, me ha asustado. Vive en el umbral de una comunidad, en la humildad que deseas, pero por favor no redactes reglas.” Una sola autorización le concede: la de tratar de vivir, fuera de la Trapa, una vida totalmente escondida, en algún rincón de Siria o de Palestina. Pero antes tendrá que someterse a una prueba de obediencia que le someterán sus superiores. El superior general de la Orden, antes de tomar una decisión, le pide que vaya a estudiar a Roma durante dos años.

Así pues, el hermano María-Alberico va a estudiar teología a Roma y al acercarse la fecha del 2 de febrero de 1897, fecha de los votos perpetuos, el padre superior de la Orden accede a las peticiones del hermano Alberico que le pide ser lego en un convento de Oriente y lo pone bajo la dirección de su padre espiritual.

El padre Huvelín, el 24 de enero de 1897 le contesta así: “Mi querido hijo, temo que te instales en otro monasterio trapense, pues allí te visitarán los mismos pensamientos. Prefiero Cafarnaún o Nazaret, en un convento de Franciscanos; pero no en el mismo convento, sino a su sombra, para pedir únicamente allí la ayuda espiritual, viviendo en la pobreza. No pienses en reunir personas a tu alrededor y, sobre todo, en darles una regla. Vive tu vida y si vienen otras personas, vivid juntos la misma vida sin reglamentar nada. En este punto soy terminante.

Carlos de Foucauld abandona Roma en los primeros días de febrero, para ir a embarcarse a Brindisi. Los trapenses ofrecieron un pasaje para el buque al que dejaba de ser el hermano María-Alberico, conduciéndole así hasta “el convento de franciscanos”. Foucauld había pasado siete años en la Orden de la Trapa. Durante toda su vida tendrá un gran respeto y gratitud por la venerable Orden que ha dejado; incluso, más tarde, regresará al monasterio de Nuestra Señora de las Nieves en calidad de huésped y de amigo. El buque era uno de los que hacen escala en Alejandría, en Egipto, y después, camino de Constantinopla, en el puerto de Jaffa, donde descendió Carlos de Foucauld. Enseguida el peregrino puso rumbo hacia Nazaret, pasando por Belén y Jerusalén. El 5 de marzo de 1897 llegó a Nazaret como un pobre desconocido. Fue acogido por los Franciscanos ofreciéndose como sirviente a los religiosos. Al no tener eéstos necesidad de sus servicios, el capellán de las Clarisas de Nazaret intervino para encontrarle un puesto ante las clarisas, después de haber sido reconocido por un hermano franciscano encargado de la acogida, de cuando Carlos de Foucauld había visitado Nazaret.

Así pues, la abadesa fue prevenida de que un extraño peregrino acudiría al monasterio a ofrecerse como sirviente y que ese peregrino dedicado a la penitencia, deseoso de permanecer oculto, era el vizconde Foucauld. Y así ocurrió. Unos días después el peregrino solicitó hablar con la madre abadesa del monasterio. Ésta era una mujer capaz de comprender tanto lo que había de grande, como lo que había de singular en cada situación, obrando con gran tacto. Comprendió que aquel hombre era sincero y era necesario ayudarle. Le ofreció el trabajo de sacristán y encargado de los mandados al correo y otras pequeñas tareas. Le quisieron dar la habitación del jardinero, pero él optó por una choza de tablas, situada en el patio, a unos cien metros de distancia, que servía como pieza de desahogo. Le trajeron dos taburetes, dos tablas y un jergón; convirtiéndose así en ese ermitaño de Nazaret tantas veces soñado.

Ya no era un religioso, pero continuaba viviendo como un religioso. De hecho, después de recibir la dispensa de sus votos de trapense, hizo, ante su confesor en Roma, voto de castidad perpetua y de no tener para su uso personal nada más de lo que posee un pobre obrero. El propio Carlos de Foucauld se expresa así en una carta dirigida al señor de Blic el 25 de noviembre de 1897: “Gozo infinitamente de ser pobre, de vestir como un obrero, de ser sirviente, de pertenecer a esa condición humilde que fue la de Nuestro Señor Jesucristo, y todo esto, por una gracia excepcional, poderlo vivir en Nazaret.”

En Nazaret pasó el verano, otoño e invierno de 1898. La abadesa de las clarisas de Nazaret había escrito a la de Jerusalén, madre Isabel del Calvario, acerca de su abnegado sirviente, que vestía como un pobre pero hablaba y escribía como un sabio y rezaba como un santo. Madre Isabel quiso conocer a este personaje e interrogarlo, pues ella que era la fundadora de los dos monasterios, temía que la comunidad de Nazaret fuese víctima de un aventurero. Enviaron al hermano Carlos con una carta importante para las clarisas de Jerusalén. Emprendió el camino solo, a pie, como había venido y cruzó Galilea y Samaría, pensando que el Maestro había realizado tantas veces ese mismo viaje. El 24 de junio, festividad de San Juan Bautista, muy cansado, llegó a divisar las murallas; pero, como comenzaba a anochecer, se acostó en el suelo, en un campo cercano al convento. Al día siguiente fue recibido por la abadesa, cuya desconfianza no tardó en disiparse, apenas habló cinco minutos con él. Madre Isabel, una mujer venerable y espiritual estaba destinada, como veremos más adelante, a tener una influencia decisiva en la decisión que tomará Carlos de Foucauld de prepararse para el sacerdocio. En una carta enviada a su familia el 15 de octubre de 1898 el hermano Carlos les dice: “Tengo una casita adosada a la gruesa pared del cerco del monasterio… Vivo como un ermitaño, o como un obrero independiente, recibiendo cuanto pido y, cuando quiero, en un trabajo muy liviano que tienen la delicadeza de confiarme, para que pueda decirme que me gano el pan…” No tardó en regresar a Nazaret, considerándose un sirviente de los dos monasterios. Como la madre Isabel del Calvario le había expuesto el deseo de que volviera a Jerusalén, regresó allí antes de fin de año. Se le veía todos los días ir a buscar como un pobre su comida a la puerta del monasterio, y regresar sin haber dejado de leer en un libro que nunca le abandonaba; se le veía participar en la Eucaristía, realizar concienzudamente las pequeñas tareas que le eran confiadas, pasar hora y media en la capilla después del almuerzo y volver a ella por la tarde cuando había algún oficio; se sabía que dormía sobre dos tablas cubiertas con un lienzo y teniendo una piedra por almohada, como en Nazaret; que no dormía mucho más de dos horas cada noche; que practicaba una templanza extremada y la más intensa caridad. Las personas de lengua árabe e idioma francés que habían hablado con él, conservaban el recuerdo de sus ojos bondadosos y de sus modales fraternos. Y, además, estaban sorprendidos del júbilo adivinado en aquel hombre sin casa, sin parientes, sin riqueza y sin empleo.

La madre Isabel, después de haberle visto vivir así varios meses y una vez segura de la gran inteligencia y de la singular virtud de que se hallaba dotado, empezó a exhortarlo hacia el sacerdocio. Al principio el hermano Carlos rechazó la idea. Todas las hermanas del convento pedían por esta intención, Al cabo de algún tiempo, al insistir de nuevo la madre Isabel, éste le dijo que se lo propusiese ella misma a su director espiritual. Y así se hizo.

El padre Huvelin hacía mucho tiempo que opinaba que Carlos de Foucauld estaba destinado al sacerdocio y se lo dio a entender así. Finalmente, en la choza de Nazaret donde había regresado de nuevo, tomó la decisión. Su problema era cómo conciliar el sacerdocio y el eremitismo. En sus notas escribe: “Creo que mi deber es tratar de comprar el lugar probable de mi ubicación en el monte de las Bienaventuranzas… La fe en la palabra de Dios y en la Iglesia se practica lo mismo en todas partes; pero allí, en el monte de las Bienaventuranzas, en la desnudez, en el aislamiento, en medio de árabes muy hostiles, para no perder el valor tendré necesidad de una fe firme y constante en estas palabras: ‘buscar el Reino de Dios; el resto se os dará en añadidura…’ Aquí, al contrario, no carezco de nada y me hallo en seguridad. Es allí, pues, donde mi fe podrá ejercitarse mejor.”

En junio de 1900, el hermano Carlos, después de haber tomado la decisión del sacerdocio, se puso en camino, dirigiéndose a Jerusalén, a cuya ciudad llegó la víspera de la festividad del Sagrado Corazón. Quería ver a Monseñor L. Piavi, para pedirle permiso para instalarse en el monte de las Bienaventuranzas como sacerdote ermitaño y pedir aprobación del proyecto de Regla que redactó para él y para los futuros Hermanitos del Sagrado Corazón.

Al día siguiente de su llegada a Jerusalén, subió al Calvario donde asistió a Misa, dirigiéndose posteriormente al Patriarcado, con una vestimenta y estado lamentable. Monseñor Piavi le escuchó y luego, creyendo que tenía delante a uno de esos iluminados que no son raros en Oriente, le dijo que ya se lo pensaría y que podía retirarse.

El hermano Carlos consideró el fracaso como un signo de la voluntad divina, si bien Monseñor Piavi, después de tomar informes, quiso que volviera al Patriarcado, cuando Foucauld ya estaba en Nazaret de nuevo. Al mismo tiempo descubrió que lo habían engañado en la escritura de compra del terreno donde debía levantarse la capilla y choza en el monte de las Bienaventuranzas. El padre Huvelin animaba al hermano Carlos para que se preparara para el sacerdocio y pensaba que el lugar idóneo podía ser el Monasterio Trapense de Nuestra Señora de las Nieves. Como la relación epistolar es muy lenta, el hermano Carlos apresuró las cosas, previno con unas letras al padre Huvelin y abandonó Tierra Santa rumbo a Francia a principios de agosto de 1900, sin llevar más que un breviario y una canasta donde guardaba sus provisiones. Para Carlos de Foucauld los años pasados en Oriente fueron años de preparación. Le habían acostumbrado a la vida solitaria, a la disciplina sin testigos, al trabajo sin programa impuesto. Había realizado el aprendizaje que le permitiría soportar en el futuro pruebas más duras, sin desfallecimientos y con el júbilo de quien obedece a su vocación.

5. Hacia los más abandonados

Al principio el padre Huvelin no estaba contento de que el hermano Carlos regresara a Francia, pues le había enviado un telegrama pidiéndole que se quedase en Nazaret. Pero una vez volvió a ver a aquel terrible penitente, reconoció que algo interior le había conducido de nuevo a él. Pasaron veinticuatro horas juntos y el hermano Carlos tomó el camino de Nuestra Señora de las Nieves y de Roma. Llegó al monasterio como un pobre entre los pobres que esperaban en la puerta de la entrada, y no fue reconocido por el hermano portero. Después de recibir al antiguo hermano María-Alberico, el abad Martín se ocupó de conseguir que Monseñor de Viver lo aceptara entre los clérigos de su diócesis, cosa que consiguió sin dificultad. Entre el abad y el hermano Carlos quedó convenido que después de una breve estancia en Roma, regresaría al monasterio a fin de prepararse para el sacerdocio. ¿Qué iba a hacer a Roma? Antes de recibir el sacerdocio y elegir el punto de su destino definitivo, quería conversar con algunas personas que había conocido allí para tratar seguramente de la fundación de la orden de los Hermanitos de Jesús, su sueño desde hace siete años.

A principios de septiembre el hermanos Carlos está en Roma. Allí lleva una vida de ermitaño, estudiando teología. Visita a dos profesores y a un amigo suyo religioso. Llegado el momento de regresar, pide permiso al padre Huvelin para pasar por Barbirey a visitar a su hermana y a los sobrinos que no conoce. El padre Huvelin se lo concede y visita a su familia que está loca de alegría. El 29 de septiembre de 1900 el eterno viajero se encuentra ya en Nuestra Señora de las Nieves, donde permanecerá casi un año. Resumiendo este período, más tarde escribirá: “Mis retiros del diaconado y del sacerdocio me han revelado que aquella vida de Nazaret, que me parecía ser mi vocación, no debía llevarla en la Tierra Santa tan querida, sino entre las almas más enfermas, entre las ovejas más descuidadas. Ese banquete divino, del que me convertiré en ministro, no debe ser ofrecido a los parientes y a los vecinos ricos, sino a los alejados, a los ciegos, a los pobres, es decir, a las almas que carecen de sacerdotes. En mi juventud había recorrido Argelia y Marruecos. En Marruecos, grande como Francia entera, con diez millones de habitantes, no había un solo sacerdote en el interior; en el Sahara, de una extensión siete u ocho veces mayor que Francia y mucho más poblado de lo que se creía en otro tiempo, una docena de misioneros… Ningún pueblo me parecía más abandonado que estos.”1

El hermano Carlos fue ordenado sacerdote el 9 de junio por Monseñor Montéty, en presencia de Monseñor Bonnet. Después de la ordenación permaneció en el monasterio hasta que se realizaran los trámites para su marcha a África del Norte. A principios de septiembre Carlos de Foucauld se despide de sus hermanos de la trapa de Nuestra Señora de las Nieves. Unos días después cruza el mar y desemboca en África, donde es recibido por Monseñor Livinhac, obispo del Sahara, quien le da los permisos para instalarse en el sur de la provincia de Oran, cerca de Marruecos. Mientras espera el permiso del gobernador de Argelia, pasa unos días en el monasterio trapense de Staoueli, donde encuentra viejas amistades e inicia otras nuevas.

El 14 de octubre le llega la autorización favorable del gobernador general y al día siguiente lo vemos partiendo hacia Oran, primero, y hacia el sur después, pasando por Ain-Sefra, pequeña ciudad blanca edificada al pie de las dunas. Desde allí, camino de Beni-Abbes, acepta viajar a caballo el largo camino con el teniente Huot, que regresaba de su permiso. A mitad del camino se encuentra el oasis de Taghit y el fortín que protege una zona peligrosa, recorrida frecuentemente por merodeadores. Cuando los vieron llegar, salieron a su encuentro. Fue el saludo de bienvenida del Sahara. Cuatro días después, por la tarde de un día caluroso, los viajeros percibían las primeras palmeras de Beni-Abbes, oasis de muchísimas palmeras., que crecen sobre la orilla izquierda del Saoura, en tierras y arenas donde abundan los manantiales formando una larga franja espesa adosada a un acantilado que lo domina desde lo alto. El mismo Saoura no es más que el arroyo Zousfana, procedente de Figuig, que se une, a cuarenta kilómetros del oasis, con otro riachuelo más importante, el arroyo Guir, que desciende de las mesetas del gran Atlas marroquí. Como sucede con la mayor parte de los ríos saharianos, sus aguas se entierran para no ser evaporadas por el sol, cruzando los desiertos en túneles, para ir a parar misteriosamente al curso del Alto Níger.

El hermano Carlos ha elegido aquel lugar por las necesidades humanas que allí había y por la cercanía con Marruecos, la tierra que tanto quería y que esperaba poder volver algún día. Compró, en la meseta de la orilla izquierda del oasis, un terreno del barranco con palmeras donde construir la ermita de barro y su humilde residencia. La capilla se construyó en primer lugar. El decorador es el hermano Carlos, que en una tela dibuja a Cristo extendiendo los brazos para abrazar, estrechar, llamar a todas las personas y entregarse por todo el mundo. Allí es donde pasará tantas horas, de día y de noche, en adoración o meditación.

Después de la capilla y de los aposentos, se construyó una pared alrededor del patio. Luego, el hermano Carlos cercó el terreno de la Fraternidad, ya que había decidido vivir enclaustrado y no salir de los límites sin un motivo fundado e importante. Los nativos respetaron casi de inmediato la clausura del hermano Carlos. Para el cuidado del huerto contrató dos harratines, mestizos de árabes y negros, diseminadas por todos los oasis y cuya situación social era intermedia entre las personas esclavas o libres, para hacerlos hortelanos. Éstos conocían mejor los cuidados que hay que dar a las palmeras y las precauciones que deben tomarse, en un país cálido, para que las legumbres, apenas asomen las primeras hojas, no sean calcinadas por el sol.               En algunas ocasiones para saludar algún jefe del Sahara, como Laperrine o Lyautey, o la visita de algún investigador, Foucauld abandonaba su recinto y aceptaba la invitación que le hacían los oficiales. Si lo hacía era para no faltar a las normas de cortesía. Una vez terminada la capilla, el hermano Carlos cavó, en un rincón del jardín, la fosa donde quería ser enterrado y la bendijo. Esto era un recuerdo de la Trapa. Más tarde hizo lo mismo en los diversos puntos del Sahara donde vivió cierto tiempo.

Su regla de vida, que no variará hasta el final de su vida, está descrita en la carta dirigida al prefecto apostólico del Sahara el 30 de septiembre de 1902: “Levantarse a las cuatro de la madrugada, Angelus, Veni Creator y celebración de la Eucaristía. A las seis tomar un poco de alimento y una hora de adoración eucarística. A continuación trabajo manual o su equivalente (correspondencia, copias de varias cosas, extractos de autores a conservar, lecturas hechas en voz alta, o explicación del Catecismo a alguien), hasta las once. A las once un poco de oración hasta las once y media. A las once y media almuerzo. Al medio día Angelus y Veni Creator. La tarde dedicada íntegramente al buen Dios, al Santísimo Sacramento, excepto una hora dedicada a las conversaciones necesarias, las necesidades de la casa y a las limosnas: esta hora se reparte durante todo el día. A las cinco y media vísperas. A las seis cena. A las siete explicación de los Evangelios a quienes lo desean, rezo del santo rosario y me acuesto alrededor de las ocho y media. A media noche me levanto. Es un momento muy dulce para estar con Jesús, en el silencio profundo del Sahara. Vuelvo a acostarme a la una.

Así, pues, dormía seis horas, cortadas por una de vela. La oración ocupaba el primer lugar. Únicamente el servicio de caridad alteraba el reglamento. Vestía una túnica blanca, ceñida por un cinturón, sobre la cual llevaba un corazón coronado por una cruz, hecho en paño rojo; en los pies lleva sandalias. El sombrero era un invento suyo. Era un kepis al que había quitado la visera y recubierto con una tela blanca que le caía por encima de los hombros, para protegerse la nuca. Así, esta indumentaria constituía por sí sola una prédica y toda su vida afirmaba el Evangelio. Para rescatar a los esclavos del Sahara, como lo hizo con José y Pablo, que entró en la Fraternidad el 15 de octubre de 1902 y que encontraremos más tarde como testigo principal de la muerte del hermano Carlos, y alimentar a los pobres, pide frecuentemente pequeñas sumas de dinero a su familia, dándose cuenta de que iba contra la economía política imperante, como se desprende de este examen de conciencia: ”Podría tener algún dinero si aceptara honorarios de Misa. El padre abad del monasterio de Nuestra Señora de las Nieves me los ha ofrecido y si no tengo ningún otro medio de vivir y pagar mis deudas, aceptaré; pero mientras exista el más mínimo fulgor de esperanza de poder prescindir de ellos los rechazaré, por cuanto lo creo ‘más perfecto’; vivo de pan y agua, lo que me cuesta siete francos mensuales… Mi único capital al salir de Francia era el mismo que sigo poseyendo en la actualidad: las palabras de Jesucristo: ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura’… Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a considerarme como hermano suyo, hermano universal… Comienzan a llamar a la casa ‘Fraternidad’ y esto me resulta sumamente agradable.

Llevaba apenas cuatro meses viviendo en Beni-Abbés y ya había hecho la cuenta de las miserias materiales y morales que allí había. Para él, la primera tarea a realizar era “ayudar a los esclavos”, que son tratados con gran dureza por la población. La segunda tarea es dar acogida a los viajeros pobres. Y, finalmente, la tercera sería escolarizar a los niños que andan vagando todo el día, para darles instrucción. En una carta a Mons. Guerin, le explica lo que viene haciendo a estos tres niveles: “Para los esclavos tengo una pequeña habitación que les hace de albergue y les puedo ofrecer pan y amistad… Los viajeros pobres encuentran en la Fraternidad asilo y comida… Los enfermos y ancianos abandonados encuentran aquí techo, comida y cuidados… Para los niños no puedo hacer nada. A veces llegan hasta sesenta niños y los tengo que despedir sin poder hacer nada por ellos. Hay muchas necesidades que están fuera de mi vocación. Se precisarían religiosas.2

Carlos de Foucauld es un hombre humilde. Conoce sus limitaciones y espera más de Dios que de sus fuerzas. Es un solitario sacerdote perdido en un oasis del Sahara que quiere, con el poder de Dios, el bien de Africa y de todo el mundo. Por esto en mayo de 1903 piensa en la fundación de los Hermanos del Sagrado Corazón como “una congregación de misioneros que no predicaría el Evangelio directamente, pero lo haría conocer, admirar, amar, por la vida de oración, de caridad y de pobreza que llevarían los monjes entre los musulmanes”. En una carta del 15 de noviembre de 1903, enviada a su prima, afirma: “Estoy más convencido que nunca de que este lugar de Beni-Abbés es propicio para una comunidad de solitarios pobres, entregados a la adoración del Santísimo Sacramento y al trabajo manual. ¡Es tan solitario y tan equidistante de Argelia, Marruecos y el Sahara! Reza para que mis infidelidades no pongan obstáculos a los designios del Sagrado Corazón.”

Recibe una carta del abad de la Trapa de Staoueli informándole de que algún monje quizás desearía venir con él, a lo que Carlos de Foucauld responde: “Me escribe diciendo que algunos de ustedes desean compartir conmigo la vida pobre y solitaria de Jesús escondido, esa vida divina de la que nos ha dejado el ejemplo de los treinta años en Nazaret… No hay más que un medio absolutamente infalible para conocer la voluntad de Dios en asunto semejante: la dirección espiritual. Abrir completamente el alma a un director ‘consciente, instruido, inteligente, interior, sin prejuicios’ y tomar su respuesta como la voluntad divina en el momento actual… Pido tres cosas a los que deseen venir: 1ª estar dispuestos al martirio; 2º estar dispuestos a morir de hambre, y, 3º obedecerme, a pesar de mi indignidad, hasta que seamos varios, pueda realizarse una elección, y pueda volver al último lugar.

Carlos de Foucauld nunca llegó a tener ningún compañero, salvo una vez y por poco espacio de tiempo. En una carta al padre Guerin, escrita el 30 de septiembre de 1902, Foucauld se expresa así sobre este tema: “Si algún día tengo compañeros, me complaceré en ver en ello la realización de la voluntad de Dios. Si no los tengo pensaré que Él es glorificado de muchas otras maneras… Si pudiera perderme totalmente en la unión con su divina voluntad, preferiría para mí el fracaso total, la soledad perpetua y los tropiezos en todo. Hay en ello una unión a la Cruz de nuestro divino Bien Amado, que siempre me ha parecido preferible a todas. Hago todo lo que puedo para tener compañeros: a mis ojos, el medio de conseguirlos es santificarme en silencio: si los tuviera, me regocijaría ruidosamente en las cruces; no teniéndolos, me regocijo perfectamente.”

El padre Guerin y el padre Villard visitaron Beni-Abbés del 27 de mayo al 1 de junio. Podemos suponer la alegría del encuentro entre estos religiosos. El padre Guerin lo expresa así en su diario el 31 de mayo: “Por primera vez desde hace muchos siglos, acaso por primera vez en absoluto, se encuentran reunidos tres sacerdotes en Beni-Abbés.” Más tarde, el 24 de junio, Carlos de Foucauld escribe al padre Guerin pidiéndole permiso para “instalarme entre los tuareg, lo más adentro del país que me sea posible, a la espera de que pueda mandar allí sacerdotes; en aquel lugar rezaré, estudiaré el idioma y traduciré los Evangelios; entraré en relaciones con los tuareg; viviré sin enclaustrarme.” Recibe la autorización para el viaje tanto del padre Guerin, del padre Huvelin, como de las autoridades militares, pero en septiembre, cuando se disponía a partir, es llamado a Tahhit junto a los heridos de unas escaramuzas. El 13 de enero va a salir un convoy en dirección al Touat y al Tidikelt. Invitado por el general Laperrine, el hermano Carlos, considera que tenía posibilidad de visitar aquellas regiones y se decide a emprender el viaje. Empezaba con ello una nueva fase de su destino. Iba hacia los tuareg desconocidos del Ahaggar, donde ofrecerá su amistad y consumará su sacrificio.


1  Carta al padre. Huvelin, el 8 de abril de 1905. Cf. J. F. SIX, Carlos de Foucauld, itinerario espiritual, Herder, Barcelona 1988

2  Carta a Mns. Guerin, 19 enero 1902. Cf. J: F: SIX, o. c., 231

El testimonio del hermano Benito. Fue el editor del libro «Yo soy tu hermano»

“VEN, BENITO DE MI PADRE…”

Benito nos ha dejado hoy después de una vida muy intensa. Como me escribe Juan Carlos su amigo de Perú: “para Benito el día debía tener mas de 24 horas”.

Benito vivió entre dos países que se ganaron su corazón: Perú y Chile.

No conozco su recorrido anterior. Benito  vivió en Santiago del 78 al 84, allí construyo la actual casa de Huamachuco, donde  vive Noel. Y comenzó a crear la cooperativa de trabajadores SERVATEC, que llegó a tener mas de 100 miembros, allí trabajo Noel hasta jubilarse y algunos jóvenes que pasaron por  la fraternidad.

En el 84 pasó a Lima, donde ya había vivido muchos años, para encargarse de los estudios de los hermanos del Continente, (Hermanos de Jesús, hermanos del Evangelio y Hermanitas de Jesús). Se encargaba de todo: conseguir los profesores, el centro de estudios, los talleres de estudios y además lugares para que los hermanos trabajaran con sus manos y ganarse la vida. En ese tiempo fueron a fundar las hermanitas una nueva fraternidad en las afueras de Lima y los estudiantes atravesaron cerros  llevando al hombro todo lo necesario para construir su casa bajo la asesoría de Benito

En su casa siempre preparaba una gran olla de sopa de verduras y algunos aditivos especiales que dieron origen a la famosa “sopa de Benito”. Después de la sopa Benito pasaba a seguir trabajando hasta altas horas de la noche, era un ave nocturna.

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Después de los estudios Benito se dedicó, además de su trabajo, a elaborar un texto sobre la fraternidad, recogiendo aportes de los diarios de los hermanos y además a diferentes autores para que todos escribieran sobre la espiritualidad de Nazaret y así nació el libro “Yo soy tu hermano”, podríamos decir que es “el Corazón de las Masas latinoamericano”…

Benito siguió trabajando en Lima y allí también reunió a un grupo de profesionales de la construcción y sus ayudantes que permitían a todos ganarse la vida y aprender un oficio para muchos jóvenes.

Fui a vivir a Lima el año 93 con Jacinto y Benito. Benito siguió su ritmo de trabajo hasta asumir con sus compañeros la construcción del monasterio Benedictino en Chucuito, al lado del lago Titicaca cerca de la frontera entre Peru y Bolivia. Benito pasaba fácilmente del nivel del mar a tomar un avión para subir a 4000 mts de altura. No sabemos la causa de su mal pero en febrero de 1998 sufrió en Lima un derrame que dejo paralizado todo su lado izquierdo. Benito paso 27 dias en el hospital “Maison de Santè” sin saber quien era, luego de ello acepto ir por un tiempo al sur de Chile, se decidió después que fuera a Europa y en Francia fue atendido con terapias sin resultado alguno hasta que llegó a Bélgica donde una doctora le enseño a caminar sin silla de ruedas, al lograr esta autonomía quiso regresar a Chile, con Noel y Elias.

En Chile Benito se ubicó en una casa a pocos metros de la de los hermanos, donde tenía su vida y su trabajo, muy ayudado por el computador y compartía las comidas con los hermanos. Durante años “caminaba” a la otra casa hasta que fue perdiendo fuerza y debió aceptar la silla de ruedas permanente. Benito nunca dejo de trabajar y se dedico a promover la educación para adultos en el barrio, acompañaba un grupo cultural que editaba la revista “la Chispa”, que después de años termino solo con artículos suyos, lo que muestra su tenacidad. Siempre fue fiel para recordar cumpleaños y estos con saludos que eran  largos escritos con su única mano y a altas horas de la noche.

Benito pasó hace dos años al Hogar Padre Hurtado, para personas de la calle, acogido gracias a su vocación Nazarena,  por intermediación de los Jesuitas, acogido por las Hermanas que llevan el Hogar. Benito sentía que estaba compartiendo la vida de los últimos como lo quería el Padre Hurtado inspirador de esta obra que ya es una fundación.

Benito estuvo siempre atento a que las reuniones regionales de la fraternidad fueran enriquecidas con reflexiones y llegaba a ellas con textos elaborados, era prácticamente el único en hacerlo. No siempre lograba hacerse entender, ya fuera porque no se le entendía al hablar o porque al hacerlo lo hacía con una fuerza que podía asustar a su interlocutor. 

Benito, gracias por tu vida vivida a “full”, te perdonamos tus momentos en que alzabas la voz y golpeabas la mesa para tratar de hacernos entender aquello que te parece no lográbamos captar y que si lo pensamos bien se resumía en aquel titulo que diste a tu libro “Yo soy tu Hermano” y que eso debemos ser todos en la Iglesia sin privilegios para nadie, todos hermanos!!!

Benito, digno discípulo de Carlos de Foucauld que quiso ser “el hermano universal”, Jesús te dice hoy “Ven, Benito de mi Padre porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed….”(Version libre Mateo 25:34-36).

Hermano Jorge Tobón, Ibagué, Colombia 13 junio 2020.

YO SOY TU HERMANO

En las huellas de Nazaret

FICHA TÉCNICA

Autor: Fraternidades de Carlos de Foucauld

Título: Yo soy tu hermano. En las huellas de Jesús de Nazaret

Editorial: Benito Cassiers

Fecha de edición: 1ª Edic. Paulinas 1990.

Reedición actual: 3ª abril 2007

Lugar: Santiago de Chile

Formato: 184 páginas. 11 x 18 cm.

ASPECTOS FORMALES 

Libro de divulgación que recoge nueve artículos de autores como Jorge Álvarez Calderón, Federico Carrasquilla, Gastón Garatea, Miguel Martel y el propio editor, Benito Cassiers, hermanito de Jesús, contando con una profunda presentación de Mons. Jorge Houston, a la sazón obispo auxiliar emérito de Santiago de Chile. La obra, casi un florilegio de estilos y sensibilidades, hay que leerla desde el ambiente vital donde vio la luz y, en consecuencia, la América Latina se convierte en lugar teológico donde el grito de Dios se contunde con el grito de los pobres para anhelar la llegada del reinado de Dios y la ruptura de toda cadena opresora. Tampoco hemos de olvidar que la primera publicación de este libro frisa los veinte años y han sido muchos los acontecimientos ocurridos en el planeta y algunos de gran calado como la caída del muro de Berlín y, por tanto, el derrumbe de ideologías que por un tiempo se confundían y entrelazaban con el empeño en la construcción del reinado de Dios. Aun así es hermoso constatar el amor de los autores a sus pueblos y a sus gentes y la opción sin reservas de tos autores por la evangelización desde el calor de la casa de Nazaret.

CONTENIDO

Miguel Martel presenta a Carlos de Foucauld citando a la asamblea de Puebla en un intento de hacer notar la semejanza de la mencionada asamblea y las intuiciones del beato recogiendo en breve y atinada síntesis lo mejor de su espiritualidad. Jorge Alvarez Calderón en dos capítulos presenta la vida de Nazaret en sus dos vertientes: identidad social de Jesús con su pueblo desde la vida oculta pasando del hecho evidente a una opción haciendo carne nazarena y, la consecuencia lógica para nosotros, la presentación de la Iglesia nazarena con la evidente repercusión para las fraternidades dedicando espacio de la reflexión a las fraternidades en América Latina. Federico Carrasquilla nos ofrece una reflexión sobre Nazaret como encuentro y anuncio de Jesús, el modelo único, al que hemos de anunciar sin complejos con el testimonio de nuestra vida que tiene una opción clara por la Iglesia de los pobres tal como describe en un hermoso capítulo Gastón Garatea cuando nos habla del gusto de Dios por los pequeños.

Un bloque de cuatro capítulos lo ocupa el editor de la obra el hermanito Benito Cassiers con epígrafes muy interesantes tales como «una aventura desde lo cotidiano se vuelve acontecimiento», «testigos del reino», «vivir la Alianza» o «Padre, santificado sea tu nombre».

La lectura del libro nos aviva aquellos sentimientos que sembró en la Iglesia universal Juan XXIII con la convocatoria del II Concilio Vaticano y que tuvieron su plasmación concreta en las asambleas tan importantes para América Latina de Medellín y Puebla.

Biografía de René Voillaume y testamento espiritual

BIOGRAFÍA

1905 – 19 DE JULIO: Nace en Versalles el P. Voillaume, en una familia acomodada.

1909 – A partir de este año pasa las vacaciones con su familia en La Bourboule (Macizo Central), balneario del que su padre era administrador.

1912 – Primera comunión, en la parroquia de Notre Dame, en Versalles.

Desde entonces siente una gran atracción por el Smo. Sacramento.

1914 – I DE AGOSTO: la noticia del estallido de la la guerra mundial, quedará grabada en su memoria. Su padre es movilizado. La familia se quedará en La Bourboule cinco años. A falta de escuela, recibe clases particulares.

De carácter introvertido y poco comunicativo, pero sensible y afectuoso, sin mostrarlo. Tenía clara inclinación por las ciencias. Su primera vocación fue la ingeniería.

1919 – SEPTIEMBRE: la familia regresa a Versalles. Inscrito en bachillerato de latín-ciencias, asiste al colegio Saint-Jean-de-Béthune, de los PP. Eudistas.

1921 – Curso escolar decisivo en su formación. Estudia filosofía con un gran profesor. Se afianza su amistad con Bernard Blande!.

En este curso le sucede un acontecimiento «interior», un domingo después de misa, que cambia su vida. Decide hacerse sacerdote. Sueña con ser mISIonero.

1922 – Su amigo Bernard ingresa en el noviciado de los PP. Eudistas.

En el invierno de este año, descubre su vocación, leyendo la vida de Charles de Foucauld, de René Bazin. Encuentra en el Hno. Carlos el eco de sus aspiraciones misioneras y contemplativas.

1923 – JULIO: termina su estancia en el Colegio Sto Jean, tras un retiro en los jesuítas de Clamart. «Carlos de Foucauld también hizo allí un retiro de discernimiento, pero yo aún no lo sabía». Se reafirma en su vocación al sacerdocio.

1923 – 2 DE OCTUBRE: Ingresa en el Seminario de S. Sulpicio, en I ssy-les-Moulineaux, como interno. 21 de noviembre: solicita y obtiene vestir la sotana, aunque no era costumbre hasta la tonsura.

1925 – Ingresa en los PP. Blancos en Maison-Carrée, Argelia. Al cabo (le un año, por motivos de salud, regresa a San Sulpicio para acabar sus estudios.

Con otros seminaristas que tenían las mismas inquietudes, forman un grupo, del que surgieron los primeros hermanos. Es elegido responsable (leI grupo.

1929 – 29 DE JUNIO: es ordenado sacerdote. Pasa dos años en I{oma, realizando el doctorado en teología.

1933 – 8 DE SEPTIEMBRE: Toma de hábito en el Sgdo. Corazón, de Montmartre. Son un grupo de 5 sacerdotes. Se establecen en EI-AbiodSidi-el-Cheij.

La vida de la Fraternidad estaba centrada en la Regla de 1899 escrita I )or el Hno. Carlos, con una carácter marcadamente monástico.

1939 – Conoce a Hermanita Magdeleine de Jesús en El Golea, con ocasión de una peregrinación a la tumba del Hermano Carlos. Mantendrá Yil siempre con ella una profunda comunión, amistad y colaboración.

El estallido de la 2a guerra mundial, con la movilización de la mayoría de los Hermanitos, modifica la vida de la Fraternidad. El P. Voillaume es destinado a Orán, y luego a Touggourt, como personal militar no combatiente.

1944 – El P. Voillaume se retira a la ermita de Djebel-Aissa durante un año, para hacer un trabajo de estudio e investigación de los escritos del Hno. Carlos y profundizar en su espíritu. Desde entonces la vocación y la misión de la Fraternidad tendrá en cuenta el conjunto de la vida y escritos del P. De Foucauld.

1945 – Terminada la guerra el P. Voillaume realiza un viaje a Francia. 1946 – Un viaje a Roma y otro a Francia. Durante ellos toma contacto con dirigentes de la JOC, con el mundo obrero y con el P. Jacques Loew, que trabajaba como cargador en el puerto de Marsella. Comienza a pensar en la presencia de la Fraternidad en el mundo del trabajo.

A finales de este año 12 Hermanitos hacen su profesión perpetua, entran otros 12 al noviciado y otros 5 hacen sus primeros votos.

1947 – 7 DE MAYO. Fundación de la 1 a fraternidad obrera de Hermanitos, en Aix-en-Provence. El P. Voillaume trabaja como pintor.

Se aprueban las nuevas constituciones de los Hermanitos de Jesús (cambian de nombre) que consideran que su misión no es solamente el islam, sino toda tierra de misión, incluido el mundo obrero.

1950 – Existen ya 50 fraternidades de Hermanitos, presentes en ambientes muy diversos, por todo el mundo. El carácter universal de la Fraternidad obligará al P. Voillaume a viajar por todo el mundo ya mantener contacto con las fraternidades por correspondencia. Posteriormente (1960) se publicarán estas cartas en tres volúmenes.

1951 – Publicación (Eds. du Cerf) de Au coeur des masses, colección de cartas y conferencias de los años anteriores. En este libro se expresa la base de la espiritualidad futura de las Fraternidades. El libro tuvo gran difusión, se tradujo a una docena de lenguas y se reeditó muchas veces. Se publicó en castellano en 1961, En el corazón de las masas. Es un libro muy leído que ha marcado a toda una generación.

1953 – agosto, hasta agosto de 1954. Acompaña a la Hta. Magdeleine en un viaje por todo el mundo, a través de África, América, Asia, Oceanía y Oriente.

1955 – Se constituye en Beni-Abbés la Asociación General de las Fraternidades.

1956 – Siendo aún prior de los Hermanitos de Jesús, el P. Voillaume funda los Hermanitos del Evangelio, que con el mismo espíritu que los Htos. de Jesús tendrán como misión evangelizar los ambientes más pobres y más alejados de Dios, por medio de un apostolado directo.

1963 – Funda las Hermanitas del Evangelio, por la misma razón.

1965 – El P. Voillaume dimite como prior de los Htos. de Jesús para dedicarse más plenamente a las Congregaciones más jóvenes.

1968 – Decreto de aprobación de la Fraternidad de Hermanitos de Jesús, como Congregación de Derecho Pontificio.

El P. Voillaume predica un retiro en el Vaticano al Papa Pablo VI y a sus íntimos colaboradores. El contenido se publica al año siguiente. En castellano, Retiro en el Vaticano.

ÚLTIMOS AÑOS

El P. Voillaume fue un viajero infatigable, que no dejó nunca de visitar a las Fraternidades de Hermanitos y Hermanitas, y de acompañar a la hta. Magdeleine en muchos de sus viajes por el mundo.

Es un verdadero hermano y padre para muchas de las comunidades que se inspiran en la espiritualidad del Hermano Carlos, tanto en lo que se refiere a las congregaciones religiosas como al grupo de Laicas consagradas, instituto secular Iesus Caritas, Fraternidad Sacerdotal, y asociaciones de laicos, como la Fraternidad Secular.

En los últimos años, sin dejar nunca de visitar las fraternidades y comunidades que han ido surgiendo por todo el mundo, vivía retirado en Cépie, un pueblecito cerca de Carcassonne, realizando un intenso trabajo de reflexión sobre la espiritualidad de Carlos de Foucauld y la evolución de las fraternidades, plasmado en un gran trabajo histórico y de espiritualidad.

Una síntesis del mismo se ha publicado en un volumen de 490 páginas. titulado Charles de Foucauld et ses premiers disciples. Du désert arabe au monde des cités. (Bayard Eds.- Centurion. Paris, 1998)

2001 – Octubre: el P. Voillaume se retira, en la Fraternidad de Hermanitas de Jesús de Le Tubet. Continúa atendiendo visitas.

2003 – Despues de una enfermedad de más de dos meses, el 13 de mayo fallece el P. Voillaume, a las 13.00 horas, en la Fraternidad de Hermanitas de Jesús de Le Tubet, Aix-en-Provence (Francia), a la edad de 97 años.

Me dirijo en primer lugar a mi familia, a todos sus miembros, chicos y grandes, cercanos y lejanos. Quiero decides a todos, cómo los he amado, a pesar de que mi vocación no favorecía los encuentros familiares. Y que mi temperamento poco expresivo, no permitía la expresión de mis sentimientos más profundos.

El afecto espontáneo que envolvió mi 90 cumpleaños, liberó los sentimientos de ternura que a esa edad se tienen hacia todos. Y entre ellos uno siente el sufrimiento de no poder aliviar a los hombres de las preocupaciones, penas y miserias que les invaden. Mi esperanza y mi alegría descansan hoy, en la posibilidad que tengo en Dios, por la gracia de Cristo, de intervenir en alivio de las miserias humanas de la humanidad y especialmente en las de aquéllos que he conocido y amado en esta tierra .

y ahora, liberado de todas las incapacidades de comunicar y de todas las limitaciones unidas a la condición terrestre, os prometo, si Dios lo permite, estar presente a cada uno y pedir al Señor que os bendiga, que os ayude en los momentos difíciles y en las pruebas dolorosas. Pediré especialmente por los matrimonios jóvenes y por las nuevas generaciones para que sigan generosamente fieles a la fe cristiana. Suplico a la Providencia que vele por todos vosotros, hasta el día en que uno tras otro, os unáis a mí en la eterna vida de Cristo.

Señor, hace unos meses que cumplí 91 años. Mi partida de este mundo no debe estar lejana. Hace algún tiempo, Dios mío, tocaste mis ojos, a fin de enseñarme a desviados poco a poco de la visión de las realidades terrestres. Hace unos meses comprendí la gracia que me hiciste, pues la disminución de mi vista, que hacía imposible toda lectura, fue acompañada por una gracia inesperada de claridad sobre las realidades invisibles, que me hacían tanto tu presencia sensible como la de mi Señor Jesús casi permanente. Una gran paz invadió mi alma, haciéndome sensible la presencia de mi ángel, el que me guía en esta vida, y ha de acompañarme en la gran travesía.

De un manera cada vez más habitual, toda mi vida pasada está a menudo presente en la memoria de mi corazón. Sé, Señor, que no podré presentarme ante Ti, sino devolviéndote esta existencia que me diste. Mientras permanezco en la condición terrestre, los recuerdos no son mas que acontecimientos que ya no existen. Pero sé que para Ti el tiempo es un eterno presente. Cuando te vea como eres, toda vida estará ahí presente en tu corazón de Padre, por la gracia de mi salvador Jesús que dijo que no perdería a ninguno de aquéllos que le fueron entregados. Todo lo se me conceda ver de mi vida lo será a la Luz de tu Verdad. La visión simultánea con tus incontables gracias y de mis numerosas faltas, harán subir hacia Ti un himno de acción de gracias y de abandono de toda miseria en la misericordia del corazón de Cristo.

[)esde mi infancia me atrajiste a Ti. Cuando hice mi primera comunión, Ilacia lo siete años sentí un fuerte atractivo por la misa. Jugaba a imitar al sacerdote en el altar, revestido de una pequeña casulla, que mi madre o mis hermanas habían cosido. Desde que por mi edad pude hacerla, ayudaba a misa por las mañanas en una capilla cercana. Me gustaba acercarme al altar revestido con la sotana roja de los monaguillos. Para responder al celebrante tenía un librito en el que las respuestas en latín estaban impresas en caracteres más gruesos. La Pasión de Jesús estaba representada en imágenes, de forma que cada parte de la liturgia correspondía a un episodio de la Pasión. Yo sabía que la misa era el Santo Sacrificio de Jesús ofrecido a Dios por el sacerdote de una manera misteriosa.

Más tarde, en mi adolescencia me diste la gracia de introducirme en el misterio de amor del Sagrado Corazón de tu Hijo. Yo iba, a veces, por la noche, a la penumbra trasera de la capilla a rezar ante el altar dedicado al Sagrado Corazón. En todo, Tú actuabas con tu gracia.

Hacia los 17 años, mientras estudiaba filosofía, sentí tu llamada al sacerdocio. Pero no acepté entonces responder positivamente a la misma. Mi padre había decidido que ingresara en la Escuela Politécnica. Entonces, interveniste, Tú, Señor, visitándome en un relámpago de luz. Era un domingo por la mañana en el colegio de San Juan de Bétune. Después de comulgar, me había vuelto al banco y rezaba con la cabeza inclinada entre las manos. Según la costumbre de entones, a la Misa dominical, le seguía la exposición del Santísimo Sacramento. De repente, bruscamente me vi transportado en espíritu hacia la custodia, y penetrar en la Hostia consagrada. Al mismo tiempo fui invadido por una gracia que no se puede describir. La unión a Jesús Hostia fue tan profunda que durante algunos días, yo no sabía donde estaba. Era como un estado somnoliento, pero esta vez, con la decisión claramente aceptada y tomada de ser sacerdote. Después de largas tergiversaciones, mi padre aceptó, no sin pesar, mi vocación.

Pero la luz que me diste, Señor, aunque me indicaba claramente que me querías sacerdote, no me indicaba con la misma claridad el camino a seguir. Me confié a mi profesor de filosofía, un santo sacerdote de los Padres eudistas. A lo largo de un año, y sin poder tomar una decisión, yo proyectaba ser, sucesivamente, monje benedictino, sacerdote del Santísimo Sacramento (sacramentino), y finalmente bajo la influencia de mi amigo Francisco Blondel-que acabó orientándose al matrimonio-, padre blanco.

Fue entonces, Señor, cuando tuviste una tercera intervención en mi vida, a través de una luz inesperada. Durante el curso escolar 1922-23 (quizás el curso precedente, no lo sé con certeza) tampoco sé a causa de qué circunstancias, el libro de René Bazin sobre Carlos de Foucauld, cayó en mis manos. Interviniste Señor, a través de la certeza de una gracia luminosa que no dejaba en mi alma ninguna duda: yo debía imitar la vida de Carlos de Foucauld. No puedo olvidar este instante. Me vuelvo a ver de pie, frente a la ventana del salón, el libro en las manos, con los ojos inundados de lágrimas. Era una certeza que venía de Ti. Descubrí en la vida de Carlos de Foucauld, realizadas en una sola, las tres vocaciones que sucesivamente me habían atraído: ser monje, misionero, y adorador del Santísimo Sacramento.

Pero, de nuevo, me dejaste buscar el camino para alcanzar el ideal de mi vida. Solo, con 17 años, ¿qué podía hacer? Pensé que entrar en los Padres Blancos sería el mejor modo de llegar a ese ideal. Pero tenía una salud frágil, y el médico de familia, el Dr. Laurent, desaconsejó el marchar a África. Una vez más me encontraba en la oscuridad. Por fin, gracias al consejo del cura de Fraissinette en quien mis padres confiaban, se decidió que entrara en el Seminario de San Sulpicio de la diócesis de París, en Issy-les-Moulineaux.

A continuación, seguiste interviniendo, Señor, para modificar mis pobres proyectos y obligarme a realizar el vuestro. Finalmente al cabo de dos años yo realizaba mi sueño de entrar en los Padres Blancos. Pero me hiciste abandonarlos gracias a una enfermedad, y muy angustiado reingresar en el Seminario de Issy donde se constituiría el grupo fundador.

Durante mi estancia en Roma a donde fui enviado a estudiar por Mons. Rolland Gosselin mi obispo, tuve ocasión de encontrar al Padre Henrion, que vivía en Túnez y decidí que me uniría a él. Una vez más tu intervención, Señor, y con ella, el que el P. Henrion rechazara mi incorporación junto a él.

Escogido por mis hermanos del grupo para ser responsable del mismo, no sabía qué hacer, ya que tampoco los Padres Blancos quisieron recibirnos. De todos modos, se decidió hacer la fundación, pero ninguno de los ,los lugares que había buscado, parecían convenientes, y sin haberlo buscado, el capitán del Anexo de Geryville, me indicó EI-Abiodh-Sidi-Cheikh. Una vez más, descartaste Túnez, Señor Jesús, deshiciste todos mis proyeclos para sustituirlos por el tuyo.

Reelegido prior por mis hermanos en el retiro que precedió a nuestra «Consagración en Montmartre, yo había decidido que deberíamos comenzar esta fundación en la mayor discreción. Una vez más, Señor, tu intervención desbarató nuestros proyectos, ya que sugeriste al Cardenal, arzobispo de París, dar la mayor publicidad, bajo su presidencia y en la Basílica de Montmartre, a nuestra consagración y a nuestra partida.

A partir de este momento me encontré por primera vez, como prior, al frente de una comunidad silenciosa y enclaustrada. Mi temperamento era el de un solitario. Mi niñez en La Bourboule durante los años de la guerra . era la de un niño solitario, que no iba a ninguna escuela, sino que estudiaba en casa, siendo mis profesores los curas de los pueblos cercanos. Mis diversiones eran también las de un muchacho solitario, y no tenía sino solo a dos compañeros de juegos, con quienes me veía solo durante las vacaciones. Me apasionaba la lectura y no sólo leía novelas de aventuras o de Julio Verne, sino obras más serias como las de astronomía o historia de los emperadores de China. También Carlos de Foucauld, durante su juventud, había compartido esta pasión de la lectura solitaria de buenos libros. Yo como él era un amante de la soledad, y por eso me gustaba nuestra vida en EI-Abiodh, cuya regla y espiritualidad estaban influidas por las de la cartuja; pues los cartujos nos habían ayudado mucho en los comienzos, con sus consejos.

No me daba cuenta de las necesidades de los hermanos: verme, sentir una dirección y una verdadera puesta en común cuando las decisiones interesaban a toda la comunidad. Señor, me pregunto cómo lo hiciste para servirte de un instrumento tan poco adecuado, para lo que Tú esperabas de él. Y sin duda, hice sufrir a mis hermanos, sin darme cuenta de ello… ! Cuando ahora al escribir, vuelvo a revivir aquellos años, me siento confundido.

Pero no es sólo durante la época sahariana, sino más tarde, durante el tiempo en que fui prior, vivía demasiado encerrado en mí mismo, sin saber compartir con mis consejeros, ni animar una vida comunitaria. Surgen en mí verdaderos remordimientos al recordarlo. Mi única excusa es que no me daba cuenta de lo que mis hermanos esperaban de mí. Verdaderamente, Señor, si tu proyecto se cumplió no fue gracias a mí, sino a pesar de mí. Me siento confuso cuando pienso que elegiste a un hermano de carácter solitario, para animar un ideal de vida, profundamente fraterno y comunitario. Como fundador, he tenido que actuar siempre, a contracorriente de mis tendencias profundas.

Desde aquí quiero humildemente pedir perdón a todos aquellos a quienes hice sufrir por mi carácter, mi falta de espíritu comunitario, así como por mis torpezas en mis esfuerzos de colaboración.

Cuando se me ocurre pensar las razones por las que me encargasteis la obra de las Fraternidades, a pesar de esas deficiencias, me pregunto si mi disposición a vivir como un solitario ante Ti y contigo, no estaba destinada a recordarnos que para llevar en el mundo una vida contemplativa de íntima unión contigo, ¡Oh Jesús!, tenemos que aprender a amar la soledad contigo. Este amor a la soledad, fecundado por la gracia de tu presencia, me permite aceptar mejor el aislamiento que acompaña a toda persona muy anciana.

Es verdad, Señor, que el gusto por la soledad, puede ser un replegarse sobre sí mismo, y no he escapado, lo confieso, a este defecto. Sin embargo, desde hace aproximadamente dos años, yo vivo esta soledad aparente, no en mí mismo sino en Ti, pues toda ella es presencia al mundo de Jesús, de los ángeles y de los santos. Entonces, me siento anegado de una gran paz llena de esperanza.

A pesar de ello, no me has abandonado en mí mismo; pues quisiste que encontrara a Hermanita Magdalena que iba a introducir grandes cambios en mi vida, y lo confieso, un poco a mi pesar.

Cuando dispusiste mi encuentro con Hermanita Magdalena en ElGolea, yo no le atribuí una importancia especial, era a mis ojos un encuentro fortuito y sin continuidad. Me sugeriste, Señor, invitarla a un retiro a EI-Abiodh. No podía pensar hasta qué punto este segundo encuentro iba a trastornar toda mi vida y la de las fraternidades. Pues es evidente, que sin nuestro encuentro las Fraternidades nunca hubieron llegado a ser lo que son. También creo, Dios mío, haber sido un apoyo para Hermanita Magdalena, no por lo que yo era, con todos mis defectos, y resistencias, sino como sacerdote y teólogo. No es este el lugar para contar la historia maravillosa de la aventura espiritual que fueron sucesivamente, el nacimiento de las fraternidades obreras en Francia, después la expansión universal de las pequeñas y frágiles fraternidades, diseminadas por todo el mundo y por medio de las cuales, ¡Oh Jesús!, quisiste decir una Palabra a la Iglesia de ese momento.

En esa época, como nunca, yo no sabía adónde iba. Hermanita Magdalena me enseñó -no sin dificultades-, a renunciar a mis proyectos tan rígidamente razonables, para dejarme llevar por Dios, allí donde yo no había previsto. Sólo Dios sabe la gracia que recibí por el ejemplo y la generosidad en que Hermanita Magdalena se dejaba guiar por tu Espíritu. Te serviste de ella para enseñarme a salir de mí y a acoger a los demás, incluso cuando yo ponía por delante mis planes de trabajo. Ella me enseño a dejarme molestar sin hacerme esperar. No siempre sin fricciones ni penas, pues yo resistía, a veces, constreñido entre sus intuiciones que eran la expresión de tu voluntad, y mis previsiones organizadas de antemano.

Ahora, estoy en paz. Pues estoy seguro de que Hermanita Magdalena me ha perdonado cien veces, los disgustos que le causé, y también porque en la medida en que te ofendí, Señor Jesús, tu misericordia lo ha borrado. Y hasta el final, hasta su muerte, Hermanita Magdalena me enseñó lo que es el amor, especialmente el amor de los pequeños y el de todos los que acudían a ella.

¡Señor Jesús, Dios mío! Te suplico me perdones todo el mal que hay en mí, hasta hoy mismo. A medida que me acerco a Ti, tu Luz me hace descubrir tanto mal, que no encuentro reposo mas que en tu divino corazón abierto. ¡ Querría encontrarte Jesús, con la misma inocencia que el niño al que gustaba ayudar a misa, uniéndose a tu santo sacrificio!

La mayor gracia que me concediste, Señor, a lo largo de toda mi vida y a pesar de mis innumerables infidelidades, ha sido creer en tu Presencia en el seno de la Humanidad, no sólo en la del Reino, por la que reinas invisiblemente en los corazones, sino en esa Presencia única, prolongación carnal del movimiento de la Encarnación. De tal manera que no sólo estás presente en los hombres por el Espíritu que prometiste enviarnos, sino corporalmente, conforme a la promesa que hiciste a los apóstoles, de permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos. Eres Tú mismo, Jesús, cuerpo y alma en la persona del Verbo, el que has creado un nuevo orden de cosas, el orden sacramental, por el que continúas comunicándonos lo que el Padre te ha revelado, salvándonos por el sacrificio de la Cruz, alimentándonos con tu Cuerpo y tu Sangre, y oyendo en nuestra lengua propia decirnos: «Yo te perdono tus pecados … vete en paz».

Tú nos concediste la gracia, tanto a Hermanita Magdalena como a mí mismo, de buscarte, encontrarte y permanecer contigo, por nuestra fe en la Iglesia, Sacramento de tu presencia en el seno de la Humanidad, como por nuestra fe en la eucaristía, Sacramento de tu presencia corporal, sacramento de la intimidad divina de tu amor, en comunión inefable con tu Corazón, ¡Oh Jesús!, mi Bienamado Salvador .

Nuestro amor a la Iglesia lo fortaleciste, purificándolo por las pruebas.

En el momento de la fundación de las primeras fraternidades obreras, siempre acepté en espíritu de fe las reticencias y las prohibiciones de la Iglesia. En total libertad y transparencia siempre he sometido nuestra manera de actuar tanto a los obispos como a Roma. Y Tú sabes bien, que gracias a esta actitud de fe, obtuve de Pablo VI el cese de la prohibición del trabajo asalariado de los sacerdotes-obreros. Jamás he criticado a tu Iglesia, ¡ Oh Jesús!, acordándome de tus palabras. «El que os desprecia, me desprecia» .

En cuanto a Hermanita Magdalena, conociendo su amor a la Iglesia, y a su representante en Roma, permitiste que fuera profundamente probada hasta el fondo del alma, por la prueba de una visita canónica … ¡Sólo Tú, Señor Jesús, sabes hasta dónde sufrió, dado su amor a la claridad y a la lealtad!

Te dirijo, iOh Dios mío!, una ardiente plegaria, que todos aquéllos y aquéllas que quieren ser discípulos del humilde Hermano Carlos, reciban la gracia de una fe profunda en tu Iglesia. En un siglo atravesado por ideologías contestatarias, por la constante crítica a cualquier autoridad, guarda el corazón de mis hermanos y hermanas para que miren a la Iglesia con la fe de un niño, y esperen más allá de las personas que la constituyen, más allá de la realidad humana que es su materia, la divina realidad de tu Sacramento. Dales, Señor, la alegría de la firmeza de la fe de la Iglesia, y la fuerza de resistir a quienes quieren llevarlos a una crítica vana. Que recuerden que la calumnia e incluso la maledicencia, son siempre faltas graves contra la caridad, y tanto más grave cuando se trate de la Iglesia.

Puedo poder decir con verdad, Señor, que jamás -al menos consciente he calumniado a la Iglesia, ni hablado mal de ella. Sé también, que la hermanita Magdalena era en este punto más exigente que yo mismo. Y si voluntaria o involuntariamente he causado algún mal a tu Iglesia, te pido que lo perdones por tu gran misericordia.

Quiero sobre todo agradecerte las gracias que me has concedido por tu Iglesia. Yo he encontrado en ella la paz en los momentos difíciles, y sobre todo la certeza de que actuaba conforme a tu voluntad. Gracias, Señor, por todos los que me apoyaron en nombre de tu Iglesia, e iluminado en los monentos en que había que tomar decisiones difíciles. En especial, Mons. de Provencheres. ¡ Cuántas gracias, cuántos consejos, cuántas , directivas, recibí de él! ¡Sólo Tú y Hermanita Magdalena lo sabéis!

Durante esos veinte o treinta años, ¡ cuántas veces, desorientado por todas las corrientes de pensamiento, por algunas ideologías, por algunas maneras de concebir la vida religiosa, o incluso de concebir el culto o la liturgia eucarística, encontré la paz de espíritu y la respuesta a las cuestiones que me planteaba, en los textos del Concilio Vaticano II. Por ello te doy gracias, y te suplico que extiendas abundantemente entre los discípulos de tu servidor el Hermano Carlos, que tanto amó a la Iglesia, la fidelidad y una filial y sencilla obediencia.

Sin embargo, ¡Oh Dios mío!, la mayor de tus gracias la que ha llenado mi vida hasta el día de hoy, ha sido la de tu divina y santa Eucaristía. Tu presencia en la hostia consagrada fue la alegría de mi infancia, la admiración de mi sacerdocio, la luz que iluminó la orientación de mi vida, cuando a los 16 años, Tú me transportaste en una unión indecible contigo, a la Hostia consagrada, expuesta sobre el altar. Entonces me hiciste comprender que debería ser sacerdote, para ofrecer el Santo Sacrificio. Sí, esta llamada fue al sacerdocio fue la primera y la que determinó toda mi vocación.

Y hacia el final del tiempo de Seminario, cuando tenía 22 años, me preparaba a recibir las órdenes sagradas. A la sombra del sagrario, en la capilla del Seminario, en una silla del coro muy próxima al altar, a la que acudía cada noche a visitarte, venías a verme y me llevabas contigo, hasta tal punto que yo no estaba ya en la tierra. ¡ Oh Señor, si se conociera lo que es tu Amor, y cómo puede fascinar y traspasar un corazón humano … ! ¡ Perdón Jesús, por haber respondido tan mal a tales delicadezas por tu parte … ! ¿Cómo podía permanecer días y semanas sin responder a semejantes detalles? Pero Tú comprendes lo que es la miseria de un pobre ser humano, tan profunda e intensamente preocupado por el mundo físico y sensible, que es el suyo.

Después de la gracia de mi ordenación sacerdotal y las de los primeros meses, hubo la de la fundación de EI-Abiodh, donde en el silencio de cada noche, pasábamos largos ratos, adorando el misterio incomprensible y siempre nuevo, de la Presencia del Amor en el Santísimo Sacramento. Y cuando Tú, nos dispersaste por el ancho mundo, Tú estabas con nosotros, velando en el sagrario de nuestros pequeños oratorios, recordándonos constantemente que en la soledad de tu Amor, eras el centro de nuestra vida y la razón de ser de nuestra vocación.

y heme aquí, Jesús, al final de mi vida. Con más amor que nunca para tu Santo Sacramento. He pecado mucho durante mi vida, he sido, a menudo, infiel a mi vocación, no siempre supe guardarme de los múltiples atractivos de este mundo y captaban mi curiosidad entregándome a otras preocupaciones distintas, a la de recordar tu Presencia. A pesar de todo ello, creo haber conservado la fe viva en la soberana realidad de tu Presencia en el misterio de tu Eucaristía. Tú lo sabes, Señor, como conoces el sufrimiento que experimento cuando constato que el Sacramento de tu Sagrada Humanidad, la presencia de tu Cuerpo y de tu Sangre, son tratados a la ligera, sin que se observen signos de respeto y adoración. Se trata, sin embargo, del mayor misterio que exista sobre la tierra, en medio de todas las cosas creadas. Lo mismo me ocurre con el misterio del Santo Sacrificio y la manera cuya celebración hace presente tu dolorosa pasión «pues cada vez que se celebra el memorial de este sacrificio, se cumple la obra de nuestra redención».

Señor, Tú sabes hasta qué punto me turba este asunto. Me turba porque no acabo de aceptar la manera en que a veces se tratan estos misterios divinos. Me turba la supresión de la mayoría de los signos exteriores e incluso de los ritos litúrgicos, que expresaban el carácter sagrado, infinitamente adorable del sacramento del altar. No quiero juzgar a los cristianos que piensan que están dispensados de observar las normas litúrgicas, y sin embargo sigo pensando que la supresión de los signos sagrados con los que se rodeaba la conservación de la Eucaristía en el sagrario, y su celebración litúrgica, insisto, en que esa reducción o supresión, no puede sino favorecer la tibieza de nuestra fe.

Perdóname, Señor, si me equivoco. Pero, ¡amo tanto tu Sacramento. Te confío mi pena, iOh Jesús!, y no puedo sino suplicarte que concedas a las Fraternidades la gracia de permanecer, en medio del mundo, y ante las corrientes contradictorias de pensamiento que atraviesan sepan ser testigos fieles y llenos de amor para tu santa Eucaristía.

La última gracia que me atrevo a pedirte. Que tengan una fe de niño, que permite tener el alma inundada por tu inefable alegría, ¡oh Jesús!, la fe que nace de la contemplación de las maravillas del Amor de tu Reino. Ante Tu Presencia en la Hostia consagrada el niño se maravilla y penetra en el misterio, mientras el adulto se ve tentado a comprenderlo racionalmente, y lo reduce así, a la medida de su inteligencia natural. Ninguna inteligencia humana, ninguna teología es capaz de penetrar un misterio, que es misterio, la Encarnación de un Dios y su prolongación en nuestra historia.

¡Oh Jesús!, Tú agradeciste un día al Padre, el haber escondido estos misterios de tu Reino a los sabios y a lo poderosos y habérselos revelado a los más pequeños ¡Haz, Señor, que nosotros todos estemos entre los más pequeños!

Señor, poco tiempo me queda ya para vivir en la tierra, y sin embargo quiero por encima de todo elevar desde mi corazón hacia Ti, un inmenso himno de alabanza y de acción de gracias por todos los dones recibidos de Ti, además del de la misma vida.

Cracias Señor, por la familia en que nací, por mi padre y por mi madre, por mis hermanos y hermanas, especialmente por mi hermano Domingo, a quien llamaste a unirse a nosotros. Gracias por su testimonio.

Gracias, por los sacerdotes que me dirigieron y orientaron mi vocación: el Padre Andrés, el cura de Fraissinette, durante mi adolescencia. Y después en el Seminario, Vatin-Patignon, Weber, y por todos los seminaristas que formaron el primer grupo. Gracias por los hermanos Marcos, Marcel, Jorge y Andrés, a los que tú llamaste y cuya responsabilidad me encomendaste, y perdóname todas las penas que les causé.

Gracias por habernos dado a todos los que nos comprendieron y nos ayudaron como Montrieux, Luis Massignon, y tantos otros.

Gracias por habernos dado a Mons. Carlos de Provencheres, sólo Tú sabes, todo lo que él nos dio.

Gracias, sobre todo, por haber encontrado a Hermanita Magdalena, por todo lo que de ella recibí, y perdóname por todo lo que la hice sufrir por mis deficiencias y falta de disponibilidad. Por ella y a través de ella, Tú me enseñaste las exigencias del amor, en el completo olvido de uno mismo.

Gracias, Señor, por haberme permitido que me encontrara con todos aquéllos y aquéllas, que elegiste para fundar las distintas fraternidades: el cura Cimitiere, «nuestro viejo hermano», Margot Poncet y tantos otros. Perdóname por no haberles ayudado como me lo pedían.

Gracias, ¡oh Jesús!, por haberme dado tantos hermanos y hermanas a quienes amar, y perdóname en todo lo que he fallado, y que Tú esperabas de mí.

Gracias, Señor, por haber llamado a tantos sacerdotes a la Fraternidad Sacerdotal. Tú me hiciste amar el sacerdocio y yo deseo amarlo con toda mi alma. Que Tú les concedas a todos mis hermanos sacerdotes la misma gracia. De que están en la tierra como ministros de la Iglesia, y por ella, como una presencia sacramental de Jesucristo, para en su nombre, interceder, ofrecer, bendecir y dar la paz, perdonando los pecados.

Te pido también por todos los hermanos y hermanas de otras fraternidades; los jóvenes, los célibes, los matrimonios, las laicas consagradas, y te pido Señor, que me perdones mi falta de disponibilidad para con ellos.

Sí, Señor, lo que ahora se me aparece con toda claridad, es que he pecado mucho por omisión. Por ello te pido perdón Señor, lo mismo que a todos mis hermanos y hermanas. No tengo excusa, mi único recurso es confiarme al Amor misericordioso de tu corazón, ¡ oh Jesús!

Redactado en Fez (Marruecos) el 22 de Noviembre de 1995 en el retiro de la comunidad de mis hermanos trapenses, a los que agradezco, por la paz que me ha dado el testimonio de su vida.

FOUCAULD EN EL SAHARA

Hasta ahora no había querido ser sacerdote, porque temía alejarse de la pobreza y del último lugar. Pero acepta ser ordenado a los cuarenta y tres años, para llevar a Jesús a los más abandonados. ¿Cómo va a vivir ahora la imitación de Jesús de Nazaret? En una carta escrita a Henry de Castries le dice: «No se trata, por ahora, de convento, mucho menos de predicación, ni de idas y venidas, sino de establecerme en un puesto francés del Sahara sin sacerdote, vivir allí sin título oficial de ninguna clase, como sacerdote libre, yendo cada día a la enfermería a consolar a los enfermos, llevarles los sacramentos, velarlos y enterrarlos cristianamente si mueren”1.

Va al Sahara y se instala en Beni Abbés (Argelia), cerca de la frontera con Marruecos, país al que quiso tanto y en el que pensaba instalarse cuando las circunstancias fuesen propicias. En una carta a Monseñor Guerin cuenta como transcurren allí sus días: «Los pobres soldados vienen siempre a mí. Los esclavos llenan la casita que se les pudo construir. Los viajeros vienen derechos a la ‘Fraternidad’. Los pobres abundan… Todos los días hay huéspedes para comer, dormir, desayunar…«2.Durante el año 1902 no cesa de denunciar ante las autoridades la injusticia de la esclavitud. En una carta al padre Martin afirma: «Hay que amar la justicia y odiar la iniquidad, y cuando el gobierno comete una gran injusticia contra aquellos que tenemos a nuestro cargo, hay que decírselo… no tenemos derecho a ser ‘centinelas dormidos’ o ‘perros mudos’ o ‘pastores indiferentes'»

1. Atento a los acontecimientos: Parte hacia el país tuareg del Hoggar en 1904

En junio de 1903, su amigo el coronel Laperrine, después de una batalla, le cuenta el hermoso testimonio de Tarichat Ouit Ibdakane, mujer tuareg que se opuso a que mataran a los soldados heridos, cuidándolos ella misma, haciendo que los repatriaran a Trípoli. Carlos de Foucauld, sorprendido por este gesto y pese a que le cuesta dejar Beni-Abbés, siente la llamada hacia los tuareg, los hombres azules del desierto, que para él son los más abandonados. Parte hacia el Hoggar, sur de Argelia, el 13 de enero de 1904. Después de un largo viaje por el desierto, descubre a los tuaregs y es aceptado por Moussa Ag Amastane, jefe del Hoggar, instalándose en Tamanrasset, creciendo la amistad entre ambos a lo largo de los años.

Hace grandes recorridos conociendo a la gente en su vida y participando en ella. Aprende su idioma e inicia un gran trabajo lingüístico por respeto y amor a su cultura. Poco a poco el hermano Carlos transcribe los poemas que se cantan durante la noche alrededor del fuego, donde se transmite el alma del pueblo tuareg.Mira a todos como hermanos, conviviendo con ellos y formando parte de su familia. De todas partes vienen a pedirle consejo. Comprende que sus amigos aspiren a tener mejores condiciones de vida y trata de ayudarlos. Durante la hambruna de 1906/1907, comparte todo lo que tiene y cae muy enfermo. Los tuaregs lo cuidan ofreciéndole un poco de leche de cabra, que tienen que ir a buscar muy lejos. A partir de ese cambio de situación, la amistad entre los tuaregs y el hermano Carlos se profundiza.

Quisiera, desde hace tiempo, fundar una familia religiosa, pero está sólo. En su diario de 1909 encontramos este texto: “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome deben decirse: ‘Ya que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena’. Y si me preguntan por qué soy manso y bueno, debo decir:’porque soy el servidor de alguien que es más bueno que yo. Si supieran que bueno es mi maestro Jesús!… Yo quisiera ser bastante bueno para que se diga: si así es el servidor, ¿cómo debe ser el Maestro?”

El hermano Carlos va a Francia tres veces. Ve a su familia y constituye una especie de cofradía denominada Unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón, que tenía los siguientes objetivos, tal y como puede verse en el texto que Carlos de Foucauld nos dejó con el nombre de Consejos Espirituales (Directorio): 1. Vida evangélica imitando al “Modelo Único”; 2. Vida Eucarística, desarrollando el sentido del sacramento del amor; 3. Vida apostólica, por medio de la bondad en medio de los más necesitados.

2. 1º de diciembre de 1916: El grano de trigo cae en tierra

Las repercusiones de la primera guerra mundial llegan al Hoggar. La violencia y la inseguridad dominan esas regiones. Durante la mañana del 1º de diciembre de 1916 escribe a su prima: “Nuestro anonadamiento es el hecho más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas”. Al atardecer del mismo día, durante una operación de los rebeldes sinusitas, se deja agarrar sin resistir y lo matan al ver llegar a soldados franceses que traían el correo.

En contra de la propia voluntad del hermano Carlos, que quería ser enterrado en el Hoggar, algunos años después, el 18 de abril de 1929, sus restos, excepto el corazón que quedó en Tamanrrasset depositado en un cofre, fueron trasladados a El Golea, a más de mil kilómetros de distancia, hacia el norte, y a 950 kilómetros de Argel. El lugar que acoge al ‘tuareg universal’ es austero, y se encuentra junto a la primera iglesia construida por los Padres Blancos en el Sahara.

3. El carisma del hermano Carlos de Foucauld

Los dos pilares ligados entre si e inquebrantables en la vida del hermano Carlos son: La presencia de Jesucristo en la Eucaristía y la presencia de Jesucristo en los pobres. Foucauld se siente empujado a vivir Nazaret en el lugar que sea más útil para el prójimo, a través del ‘apostolado de la bondad’. Como dice en los Consejos Espirituales 23,3, “se hace el bien, no en la medida de lo que se dice y de lo que se hace, sino en la medida de lo que se es, en la medida de la gracia que acompaña nuestros actos, en la medida que Jesús vive en nosotros, en la medida en que nuestros actos son actos de Jesús obrando en nosotros y por nosotros”

Foucauld nos recuerda la urgencia de la presencia amistosa y gratuita. Nos impulsa a la vuelta al Evangelio y en medio de una sociedad que corre a ocupar los primeros puestos, él nos hace reconsiderar la primacía de los últimos. Si hay una palabra que pueda expresar el mensaje de Foucauld es Nazaret, pues se trata de vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en medio de las circunstancias más ordinarias de la vida, y también descubrir al Jesús resucitado, incógnito, que hace ruta anónima con los discípulos de Meaux, un Cristo Eucaristía que no se manifiesta en grandes apariciones, pero que se encuentra en las rutas y las circunstancias más banales, las más familiares de la existencia de las personas, un Jesús a quien se reza en la vida de todos los días.

4. Los frutos de una entrega

Cuando Carlos de Foucauld volvió de su viaje a Francia en 1911, escribió al padre Crozier al que había visitado el 14 de marzo, reiterándole su insistente petición: «Ayúdeme a la realización de la obra que tanto deseo, una cofradía fuertemente constituida«. Y será gracias a Crozier que Foucauld, poco a poco, desde 1911 hasta su muerte, va simplificando los estatutos de la Unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón, la única fundación que creó Foucauld en vida y de la que fue miembro. Foucauld no encuentra a nadie que se ocupe de su obra en Francia, como tampoco encontraba discípulos para llegar a ser Hermanos e ir con él al Sahara. Entonces piensa que un boletín puede reemplazar a los directores. Siete meses antes de su muerte, el 28 de abril 1916, escribía a Joseph Hours: «Veo claramente la finalidad y lo que hay que pedir a los hermanos de esta Unión; lo que no está tan preciso es la organización«. En una carta al padre Voillard, su director espiritual, en Pentecostés de 1916, se ve obligado a reconocer que no tiene a nadie para dirigir la Unión. En una carta al padre Voillar el hace una referencia a Luís Massignon diciendo: «Hay un hermano laico, fervoroso, a quien se le puede encargar la publicación del boletín y, si Dios le da vida (está en el frente), podría hacer grandes servicios a la cofradía«. Pero Foucauld cree que hay que buscar un sacerdote. Y el mismo no se ve viniendo a Francia para tomar la dirección de la Unión: «Me creo el menos capaz de casi la totalidad de los sacerdotes para las gestiones que hay que realizar, no sabiendo más que rezar en solitario, callar, vivir entre mis libros, y todo lo más hablar familiarmente cara a cara con los pobres«.

Foucauld sabe que hay que transformar la estructura y los últimos estatutos de julio 1916. El 31 de julio de 1916 escribe a su prima diciéndole que trabaja en presentar el conjunto «simplificando y abreviando los estatutos, modificando completamente la organización«. Hay que señalar que en el momento de su muerte Foucauld no había encontrado la forma de su asociación, pero sí el fondo. Sobre el espíritu lo esencial estaba hecho: Más allá de las posiciones debidas a su época, más allá del vocabulario, hay un amor extremo hacia Jesucristo y el Evangelio, la expresión del amor extremo hacia todos, el respeto a la vida de cada uno, todo aquello que había conmocionaba a todas las personas que lo encontraron. En vida del hermano Carlos, el padre Laurin transmitía los Estatutos a las personas que le indicaba. Si daban su consentimiento, vivían según el espíritu de la Regla. Foucauld se dirigía especialmente a sus amigos, que hacían a su vez la difusión que querían. No tenían ninguna reunión. El padre Laurin daba cuenta a Foucauld de las respuestas que le daban y de las apreciaciones que hacían a su proyecto. Una vez conocida la muerte del hermano Carlos, el padre Laurin no actuó más.

5. Familia espiritual

La actitud de Massignon es completamente diferente. En 1950, dirá retrospectivamente, después de pasar una noche de adoración en Tamanrasset: «No hay duda de que Foucauld, a quien me he dado incondicionalmente el 14 de octubre 1913 (siendo el único miembro vivo de los 49 primeros hermanos en el momento de su muerte en 1916), a quien he conducido a mi mujer, que ha bendecido a mi hijo en su carta-testamento que escribió en el día de su muerte, me ha pedido post mortem ‘completar’, sustituirme a él con relación a lo que faltaba a su pasión«. Cuando Massignon se entera de la muerte de Foucauld, escribe al padre Laurin, a quien Foucauld había escogido para su obra. Desea saber en que situación se encuentra esta y que va a ocurrir. La respuesta del padre Laurin el 20 de febrero de 1917 es semejante a la de los discípulos de Emaús: «He aquí como están las cosas con relación a la obra: sabe que he enviado un gran número de ejemplares de su Regla (la que usted recibió); a las personas que me había indicado. Ha habido pocas adhesiones. Ningún escrito. Le comuniqué la situación (esto ha sido un proceso largo debido a las distancias) Reflexionó, consultó y se decidió: primero a simplificar la Regla; y en segundo lugar a venir a pasar un largo tiempo a Francia después de la guerra, para llevar la dirección del tema y promocionarlo él mismo. Recibí hace aproximadamente dos meses, escrita poco antes de su muerte, una carta en la que me decía que la Regla, simplificada, estaba escrita y que ahora tan solo hacía falta que viniera a Francia.

De modo que, como puede ver, nunca ha habido Unión pues casi nadie respondió a la llamada. Y actualmente la cosa está, humanamente hablando, completamente terminada. ¿Ve usted alguna otra solución?

Estoy asombrado de este final. El padre Foucauld era un alma santa, muy generosa. Parecía que Dios lo había suscitado para alguna cosa especial. Y he aquí que después de su muerte todo se ha destruido. Quizás tan sólo debía hacer su obra en el Sahara. Sobre esto compartió muy poco conmigo. Lo encontraba incluso muy cerrado. Estaba incómodo por el resultado de la obra. Ahora se encuentra con Jesús. Parece que su idea no se pudo realizar«.

Se puede decir que es una carta de un ‘discípulo de Emaús’, una carta que muestra como el padre Laurin esperaba la venida de Foucauld para establecer todo y ahora había desaparecido. Todo estaba terminado. En una carta del 8 de marzo de 1917, el padre Laurin escribe al padre Joyeux diciéndole que «es especialmente Luis Massignon quien me pide retomar el asunto«. Massignon visita el 23 de febrero a Mns. Le Roy, siguiendo el consejo de Mns. Livinhac, superior de los Padres Blancos, a quien después de esta visita escribe: «He visto a Mns. Le Roy después de la misa de San Francisco Javier y la gran oración de la Adoración-Reparadora. Acepta el presidir la Asociación Foucauld y me pide de editar una biografía. Me autoriza a publicar los estatutos«. Massignon recuerda que Foucauld le había hablado de René Bazin y le pide una entrevista. Éste le invita a venir a visitarlo, lo que realiza Massignon el 2 de marzo por la tarde en la casa de R. Bazin. Le pide simplemente que sea el biógrafo de Carlos de Foucauld, recordando la carta que el 11 de abril de 1916 le había enviado el propio Foucauld: «El Sr. René Bazin, sus pensamientos están en gran armonía con los míos«. René Bazin accedió y su biografía ha sido la pieza clave para que se conozca el testimonio de Foucauld.     

Mientras tanto Massignon se encuentra, entre los papeles de Foucauld, los estatutos simplificados de su ‘Asociación’, con fecha de 1916 y que fueron aprobados por Mns. Bonnet. El breve texto de ocho páginas, que se publicó como presentación de la Asociación llevaba por título Unión apostólica, y en pequeños caracteres: «Para la conversión de los infieles de las colonias francesas«.En el plano religioso, este texto podría compararse con la obra de la Propagación de la fe, si bien hay una preocupación de promover en las almas una más grande vida espiritual. Por otro lado, el padre Daniel Fontaine trabaja para que la Unión sea sobre todo Unión de Oraciones; y deseaba que esta fuese difundida por las comunidades contemplativas. Escribe el 12 de mayo de 1918 a Massignon: «La idea del padre Foucauld es divina. Hay que intentar su realización práctica… Un escrito breve enviado a todos los monasterios sería el primer paso a realizar… Esta propaganda no se realizara si no está centralizada en un monasterio… Hay una persona, el padre Chautard, abad de Sept-Fons que podría ocuparse de la obra…«.

El padre Laurain se consuela. Ya no creía y de repente las cosas se mueven entorno al padre Foucauld y lo resucitan. Se ha encontrado un biógrafo. El mismo cardenal-arzobispo de París aprueba la Asociación Foucauld. Cuando en 1922 esta vuelve a funcionar el padre Laurain presenta la dimisión como secretario pero continúa siendo miembro del consejo de la Asociación. En todo esto, el verdadero protagonista es Massignon. Conmocionado por la muerte del hermano Carlos, Massignon con 33 años de edad, se considera como un hijo que debe continuar la obra de su padre. Es con esta convicción que realiza todas las gestiones. En un artículo que Massignon publicó en 1922, afirma que la nota distintiva de la Unión es un espíritu de fraternidad en el Corazón de Jesús. Prácticamente es «una organización que combina vida interior y trabajo de apostolado«. ¿Qué apostolado? Un «apostolado indirecto«: el apostolado de la amistad que evita toda presión y que no suscita desconfianza ni antipatía. En conclusión: «Lo que la Unión ofrece a toda alma de buena voluntad, es un simple consejo discreto, humilde (…) No es más que un consejo, pero es el consejo de las bienaventuranzas«.

Una vez más Massignon ha tomado las cosas en mano y ha forzado de alguna manera el destino. Diez años antes fue a ver al padre Laurain, Mns, Le Roy y René Bazin. La biografía escrita por éste no le es suficiente; quiere que surja el texto clave, el texto inacabado, el que el mismo Foucauld quería realizar de una manera más simple, clara y neta. Massignon había captado este texto, con su misma imperfección, con su estilo y visiones de la época, pero cargado de fuego. Publica Los Consejos Espirituales-Directorio y sigue sus consejos casi a la letra, de una manera eremítica, si se puede decir, en solitario en el mundo; aquellos y aquellas que se reúnen de una manera secreta y callada alrededor del Directorio tendrán la misma actitud.

Durante diez años, aquellos y aquellas que captan el mensaje de fuego de Foucauld y desean vivirlo, van a ver a Luis Massignon para pedirle consejo; numerosos lectores de Bazin se interesan por los diversos proyectos de Foucauld y sobre las reglas que había escrito para los Hermanos y Hermanas que quería fundar, se dirigen a él y a Massignon. Sorprende que el primer grupo que surge del padre Foucauld bajo la guía de Suzanne Garde, el Grupo Carlos de Foucauld, sea una fundación que quiera ser estrictamente laica, cosa que en aquel momento, 1923, era revolucionario. La primera congregación religiosa nacida del padre Foucauld fueron las Hermanas del Sagrado Corazón, fundada por una viuda de 43 años, la Sra. Macoir-Capart, que habiendo leído a René Bazin y después de la muerte de su marido en 1928, quiere poner en práctica la regla indicada por Foucauld en una congregación femenina. El 8 de septiembre de 1937, el padre René Voillaume, que también se había encontrado con Massignon, tomó el hábito, con otros cuatro compañeros, en la basílica de Montmartre. Dejan París hacia El Abiodh Sidi Cheikh, en el Sur argelino, donde establecen su fraternidad. Al principio se denominan Petits Frères de la Solitude y pronto se llamarán Petits Frères de Jesús. El 7 de mayo de 1947 René Voillaume fundó con tres hermanos la primera fraternidad obrera de los hermanos de Jesús en Aix-en-Provence. Cuatro años más tarde se publicó el libro En el corazón de las masas que sobrepasó los 100.000 ejemplares. Las Petites Soeurs de Jesús nacieron en 1939, gracias a la hermana Magdaleine de Jesús, y hoy en día hay repartidas por todo el mundo 321 fraternidades de hermanas, manifestando el amor gratuito de Dios a través de la amistad y la solidaridad.

Unión de hermanos y hermanas-Sodalidad Carlos de Foucauld, asociación privada de fieles con unos novecientos miembros en la actualidad, es «la más humilde de las afiliaciones foucauldianas«, por utilizar la expresión de Luis Massignon. Pero su proyecto ha madurado durante mucho tiempo. Se inicia con las conversaciones entre Massignon con Carlos de Foucauld, las cartas, la noche de adoración pasada por ambos en el Sagrado Corazón de Montmatre, el 22 de febrero de 1909. Se concreta con la única fundación del hermano universal, la Unión de los hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, que contaba en el momento de su muerte con 49 inscritos, incluyendo a su fundador. Años más tarde, en la reunión que tuvo lugar en Béni-Abbès el año 1955 de todas las ‘familias’ del Padre Foucauld, dando lugar a la fundación Asociación familias Carlos de Foucauld, Massignon es reconocido como responsable de un pequeño grupo cuyos miembros se podían contar con los dedos de una mano. A partir de los años 60, le sucede en Unión-Sodalidad el actual coordinador, el sacerdote Jean-François Six. Los miembros de Unión-Sodalidad no tienen reuniones establecidas y se comprometen por un año, renovable, en secreto. No hay reglas, pero si la comunión de los santos que permite a cada uno vivir con autenticidad su vida, teniendo presente el Evangelio, sin espíritu militante, y con prioridad a los pobres. Se valora más el ser que el hacer, destacando dos puntos esenciales de la espiritualidad: el desierto y Nazaret.

En 1917 Luis Massignon hizo editar los Consejos Espirituales-Directorio (texto de 1909 y adiciones de 1913 del hermano Carlos) en el Instituto Francés de El Cairo y en 1928 y 1933 en París. El año 1957, René Voillaume, fundador de los hermanos de Jesús y del Evangelio, lo adaptó para el uso de las Fraternidades seculares del hno. Carlos de Foucauld. Así se puede decir que Luis Massignon es un eslabón esencial entre su amigo Foucauld y los distintos grupos que surgieron veinte años después de su muerte. Hoy en día la Asociación Carlos de Foucauld reúne a un numeroso número de familias que se dicen y son discípulos del hermano Carlos de Foucauld. Además de las ya mencionadas hay que citar a las Hermanitas de Nazaret, los Hermanitos de la Cruz (Canadá), las Hermanitas y Hermanitos de la Encarnación (Haití), las Hermanitas del Corazón de Jesús (República Centro Africana), la Fraternidad Jesús Caritas (Instituto Secular Femenino), la Fraternidad Sacerdotal Jesús Caritas, la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld, la Comunidad de Jesús (Asociación privada de fieles: matrimonios consagrados, célibes consagrados y laicos comprometidos), la Comunidad Jesús Caritas (Italia), la Fraternidad Carlos de Foucauld (Asociación de fieles: laicas con celibato), el Grupo Charles de Foucauld, otro en Vietnam y además en España han surgido la Fraternidad de Betania, la Fraternidad de Meaux y las Fraternidades de la Amistad.


1  C. DE FOUCAULD, Carta a Henry de Castries, 11 de septiembre de 1901

2  C. DE FOUCAULD, Lettres à Monseigneur Guérin, 4 de febrero 1902.