EL MORABITO DEL CORAZÓN ROJO (Vª parte)

La mañana del 6 de marzo de 1897, la hermana María Fiel, lega de las clarisas de Nazaret, se detuvo mucho más tiempo del acostumbrado en la capilla del convento. Había fingido salir con las demás después de la oración en común; pero se había escondido detrás de una columna, desde donde podía vigilar a un extraño vagabundo arrodillado ante el Santísimo.

Había entrado en la capilla a primera hora de la mañana -«Un tipo que inspira poca confianza»-, cubierto de harapos y polvo, la barba sin arreglar, los pies hinchados y heridos dentro de unas sandalias con las suelas rotas,- «ha debido venir andando»- se cubría la cabeza con algo que se parecía a un turbante; sobre la espalda, una blusa con capucha a rayas blancas y azules dejaba ver unos pantalones de algodón, cuyo color podría haber sido en otra época más o menos parecido al azul: «Un tipo al que no hay que perder de vista, si no queremos que desaparezca de improviso llevándose la custodia de oro», pensó también la hermana Maria Fiel y, por ello, se había quedado en la sombra montando la guardia, mientras aquella figura sospechosa, inmóvil ante el altar, parecía no decidirse nunca a separar los ojos del Santísimo.

Transcurrieron tres horas. Entonces se puso en pie. «Ahora intenta el golpe», pensó la lega, preparándose para dar la alarma. Pero él, sin darse cuenta de que era vigilado, salió de la capilla y se dirigió a la puerta del convento.

Tocó la campana, y la Hermana Marta, la portera, se quedó asombrada al oír en un francés absolutamente correcto, sin acento ninguno, expresarse a aquel hombre andrajoso, que le dijo: «Quisiera hablar con la madre abadesa».

Al llegar a este punto de nuestra narración, ni siquiera las vitrinas del mayor anticuario de París podrían contener por orden cronológico -si se nos permite decirlo así- los trajes y uniformes que Carlos de Foucauld de Pontbriand ha lucido ya, así como si fueran los símbolos de las distintas fases de su vida, que incluso cambia hasta en el modo de vestir. A los ocho años se puso el uniforme del colegio diocesano de Estrasburgo. A los dieciocho, el de cadete de la Escuela Militar Especial de Saint-Cyr. A los veinte, el de alumno de la escuela de caballería de Saumur. A los veintiuno, el de subteniente de Húsares (en este periodo particularmente desordenado, el smoking fue un segundo uniforme, vistiéndolo todas las noches). A los veintidós, vistió el de subteniente de Cazadores de África. A los veinticinco, una exótica vestidura sirio-argelina, mientras fingía ser el rabino moscovita Joseph Alemán. Poco después, en el papel de rabino Couvaud, se puso la más modesta de hebreo marroquí. A los treinta y dos años, tomando el nuevo nombre de hermano María Alberico, se cubrió con el hábito trapense. Siete años más tarde, una vez abandonada la Trapa (momento en que le encontramos a las puertas del convento de la clarisas de Nazaret), ha cambiado otra vez de nombre, se llama hermano Carlos de Jesús y también ha variado de vestiduras: ahora lleva andrajos, como el más miserable de los mendigos de Palestina. Única señal de distinción: un rosario de cuentas muy gruesas suspendido de la cintura.

Había desembarcado en Jaffa el 24 de febrero, y sin una moneda en el bolsillo, se puso en camino hacia el sur, hacia Belén y Jerusalén, en peregrinación; después fue hacia el norte, hasta Nazaret, la meta tan largamente soñada. Había hecho doscientos kilómetros a pie en ocho días.

Llegó a Nazaret hambriento, extenuado, herido, marcado con llagas sangrientas producidas por el empedrado de los caminos. Se presentó a los franciscanos de la Casa Nueva para pedirles trabajo y permiso para poder vivir a la puerta de su convento, pero aquellos frailes no tenían trabajo para darle, y le dijeron que probase a pedirlo en las clarisas.

Tal era la razón de que se encontrase en el locutorio de paredes encaladas, con una mesita, una silla y, delante de él, la verja de hierro, tras la cual había una cortina negra sin ninguna abertura.

«Alabado sea Jesucristo», bisbisó una voz de mujer a través de la cortina.

El hermano Carlos no dijo nada de sí. Sólo pronunció aquello que dicen los que piden trabajo. Pero la abadesa, madre San Miguel, intuyó rápidamente que no se trataba de uno de tantos hombres sin ocupación cuando, después de decirle que efectivamente necesitaban alguien que les sirviese de sacristán, hiciera los recados y supiera realizar algunos trabajos manuales, le preguntó qué cantidad quería como salario, éste le contestó: «No tengo necesidad de salario, sino sólo de un poco de pan y agua, además de algún tiempo libre para orar».

No quiso alojarse en la casa del jardinero; prefirió una garita de madera, que se usaba para guardar las herramientas en el fondo del huerto, poco más grande que una garita militar. Quitó cuanto le estorbaba y, unas veces haciendo de carpintero y otras de albañil, la puso perfectamente en orden y limpia. Una lega le llevó una mesita, un banco y un catre. Pero este último terminó retirado en un rincón, pues Carlos dormía en el suelo.

Terminado el arreglo, elevó la barraca a la dignidad de ermita y la dedicó a nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Comenzó entonces una nueva fase de la vida de Carlos de Foucauld, al cual le veían regularmente levantarse antes del amanecer, ir al convento de los franciscanos y permanecer en oración hasta las seis. Seguidamente volvía donde las clarisas para barrer, preparar el altar, ayudar a la misa del capellán, y poner en orden la iglesia. A lo largo del día, cavaba en el huerto o regaba la verdura, hacía los pequeños trabajos manuales que siempre son necesarios en un convento, iba a buscar el correo, pues en aquella época Nazaret tenía servicio postal, pero no cartero.

Los momentos libres los dedicaba a la oración en la capilla o a la lectura en su barraca. Leía los libros de piedad que le pasaban las monjas del convento y los de teología que le mandaban de Francia sus familiares. Únicamente los domingos aceptaba el mismo desayuno frugal de las clarisas; los otros días de la semana hacía sólo dos comidas, de pan duro y agua.

La abadesa, informada de aquello por las legas, mandó varias veces que le llevasen almendras e higos secos para hacer un poco más agradables las austerísimas comidas; pero se enteró que siempre él ponía aquellas frutas en una caja de cartón y las distribuía entre los niños y los mendigos, cuando creía no ser visto por nadie.

Un día, no se sabe cómo ni por quién, la madre San Miguel supo la verdadera identidad del hermano Carlos de Jesús; pero, respetando su silencio y deseo de ser olvidado, no le dijo ni una palabra. Sin embargo, quiso ponerle a prueba.

Se acercaba el 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración. Como todos los años, la mayor parte de los cristianos de Nazaret y de los alrededores haría dos horas de camino para subir al monte Tabor en romería. Sin embargo, esto, como otras veces, terminaría en jolgorio, con bailes y embriagueces.

La víspera de la fiesta, la madre abadesa mandó a la hermana Marta que fuera a decir al hermano Carlos que debía subir necesariamente al monte Tabor.

Carlos, que había oído hablar de aquella anual romería, tan irreverente, no sentía ningún deseo de asistir.

«No conozco el camino», trató de excursarse.

«No se preocupe, nosotras se lo indicaremos», le contestó la hermana Marta.

Carlos inclinó la cabeza, resignándose a obedecer, y se dirigió a la capilla para orar. Poco después volvió la hermana Marta.

«Tenga, hermano -le dijo-, ésta es la escalera para subir al Tabor». Le puso en las manos una escalerita de cartón, en cuyos peldaños estaban escritas, con la bonita caligrafía de las monjas, las virtudes que se deben practicar para subir a la montaña santa de Dios… La hermana Marta no pudo contener su alegre risa y el hermano Carlos le hizo coro.

Creyó que las monjas habían querido burlarse de él -no sospechó que, bajo la broma, lo que habían hecho era ponerle a prueba- y se alegró de que, en el fondo, le tuvieran por simple. Porque no deseaba otra cosa que ser escarnecido y despreciado y empezaba a sufrir a causa de que las clarisas le tratasen con muchos miramientos. El hecho es que, a la vez que habían comenzado a conocerlo mejor, a través de las noticias de las legas, lo admiraban cada vez más.

«Afortunadamente no es así en Nazaret», pensó Carlos.

En efecto, cuando iba a la ciudad a buscar el correo, siempre había algún granuja que le insultaba o se reía de él, al verle vestido con aquellos pintorescos harapos. Una vez le persiguieron a pedradas, y para Carlos fue aquel un día de alegría.

«Días dichosos» como aquel, que señalaban ante él mismo las etapas de su descenso, de la renuncia llevada al extremo, de la abyección elevada a ideal, hubo muchos. Bastará recordar algunos.

El hermano Carlos de Jesús, que se cortaba el pelo él mismo, medio arrancándoselos con una vieja navaja oxidada, un día se arrodilló delante de un padre carmelita, que había ido de visita al convento, y le pidió su bendición. Aquél, al ver una cabeza tan horrible le dijo: «Amigo, ¿no tendrás por casualidad sarna?».

En otra ocasión, las monjas le encargaron que acabara con un zorro que, desde hacía algún tiempo, entraba todas las noches en el gallinero del convento y cometía grandes destrozos. Rogaron a un vecino que le prestara un fusil. Este llegó con el arma, vio a aquel criado andrajoso y despeluchado, le pareció un poco tonto y se sentó a su lado para explicarle, durante dos horas, con palabras muy sencillas, lo mismo que si hablara con un niño o un retrasado mental, el modo de disparar. Carlos de Foucauld, que había estado en dos escuelas militares, que había sido oficial y había combatido en Argelia y explorado Marruecos, le dejó la satisfacción de darle aquellas instrucciones, aceptando también todo el desprecio que encerraban. Más tarde, al anochecer, se puso al acecho detrás de un olivo, exactamente como le había sido indicado. Esperó varias horas, sin ver siquiera la sombra del zorro. Después se puso el fusil sobre las rodillas y pasó el resto de la noche rezando el rosario. Al alba, cuando volvió al convento de las clarisas, supo que el zorro había hecho su acostumbrada visita al gallinero. Todo Nazaret se rió a su costa.

Otra vez, un predicador, de paso, comió en el locutorio de las clarisas. Era tiempo de Navidad, así que los alimentos que el hermano Carlos sirvió a la mesa fueron excepcionalmente buenos y abundantes. Al final, quedaron en los platos algunos restos.

«Ahora te toca a ti -le dijo el predicador, levantándose-. Siéntate y come bien, por lo menos esta vez…»

Carlos leyó en los ojos del fraile la buena intención; pero también cierto deseo de gozar de la escena de un atracón memorable. Evidentemente le juzgaba un tragón. No quiso desilusionarle y, aunque aquellos alimentos le repugnaban, decidió comerlos. Farfulló una inacabable serie de «gracias» y se lanzó sobre los platos, cogiendo con las dos manos los restos que habían quedado en ellos, devorándolos con toda la avidez que logró fingir. ¡Le habían tratado de glotón, qué felicidad! Había descendido otro peldaño en la escala de las humillaciones.

Otro día que podía haber sido de dicha plena, lo fue solamente a medias. Se encontraba en el patio de las legas, cerniendo lentejas. Pasaron dos religiosos franceses y les oyó un comentario irónico a su respecto, por estar haciendo aquel trabajo de mujer. Enrojeció hasta las orejas. Aquel rubor le quitó la alegría de la nueva humillación. No lograba perdonárselo: «¿Por ventura Jesús se hubiera avergonzado, aquí en Nazaret, de ayudar a su madre?».

Trató, en suma, apasionadamente, día tras día, de convertirse, cada vez más, en objeto de risa, y desprecio, a fin de anular su «yo» y ser, en la mayor medida posible, una sola cosa con Cristo burlado y desprepciado.

El día de Pentecostés escribió entre sus apuntes una nota dirigida a sí mismo, que años más tarde había de adquirir el dramatismo de una profecía: «Piensa que debes morir mártir, despojado de todo, tirado en tierra, desnudo, irreconocible, cubierto de sangre y heridas, muerto violentamente y dolorosamente.., y desea que sea hoy…».

¿Qué más podía hacer Carlos de Foucauld, que no hubiese hecho ya en aquellos primeros meses pasados en Nazaret, para arrancar de lo profundo de su ser las raíces del «hombre viejo», de que habla el apóstol Pablo? Sin embargo, él pensaba que no había logrado toda la expoliación de sí mismo que debía. Por ello, del 5 al 15 de noviembre entró en retiro: de la capilla a la barraca, en el más absoluto silencio, siempre en meditación y plegaria.

Esta subida a la montaña de Dios, hecha de mortificaciones, ayunos, vigilias y una pasión siempre ardiente de ser despreciado, no pasó inadvertida a las clarisas, las cuales le seguían, en todos sus detalles, a través de las noticias que llevaban las legas, quienes eran las que trataban con él.

La abadesa, madre San Miguel, quiso conocer al hermano Carlos más íntimamente, para lo cual mantuvo con él una serie de conversaciones a través de la cortina negra que cubría la reja. Nació así entre los dos, y paulatinamente se fue reforzando, un vínculo espiritual extraordinario, sin que sus ojos se llegaran a ver jamás.

En un determinado momento, la madre San Miguel informó del caso a sor Isabel del Calvario, abadesa de las clarisas de Jerusalén, la cual también quiso conocer personalmente a Carlos. Cuando éste llegó ante la reja -corría julio de 1898-, ella comenzó a interrogarle y Carlos le contó a grandes rasgos toda su vida.

La madre Isabel le retuvo algún tiempo junto a su monasterio: «Nazaret no se ha equivocado -dijo, cuando concluyó su examen-; verdaderamente es un hombre de Dios: tenemos en casa un santo». Seguidamente, de acuerdo con la madre San Miguel, empezó la tarea de convencerle para que se hiciera sacerdote.

Como se suponía, Carlos rechazó inmediata y decididamente aquella proposición. Pero insistiendo un día y otro, repitiéndole que no tenía derecho a enterrar los talentos que Dios le había concedido, la abadesa advirtió, con enorme alegría, que se abrían las primeras grietas en la coraza de su resistencia. El continuaba afirmando su indignidad, diciendo que no creía posible una conciliación entre el ministerio sacerdotal y su vocación al último puesto, a la abyección; pero ya había comenzado a admitir que quizá pudiera aceptar la idea de hacerse sacerdote si hubiera tenido la certeza de poder permanecer humilde y pobre, ignorado y despreciado.

Dos años más tarde, el 9 de junio de 1901, después de un retiro en su querida trapa de Nuestra Señora de las Nieves, entre los fríos montes de Vivarais, en Francia, monseñor Montéty, obispo de Viviers, le impuso las manos para ordenarle sacerdote. La madre San Miguel y la madre Isabel del Calvario, que habían sido intérpretes de la voluntad de Dios, veían realizadas su esperanza. Carlos se había puesto una nueva vestidura, esta vez la negra sotana del sacerdote, que añadía a la larga serie de sus trajes.

A los cuarenta y dos años cumplidos, una nueva vida se abría ante él. Era sacerdote de la diócesis de Viviers; pero, en principio, se había asegurado una completa libertad para residir fuera de la misma. ¿Dónde?

No existía problema de elección para él. Sabía perfectamente, desde mucho tiempo atrás, a qué lugar se dirigiría. «En la soledad de la preparación al diaconado y al sacerdocio -recordará más adelante- comprendí que aquella vida de Nazaret, que consideraba como mi vocación, debía vivirla no en Tierra Santa, tan amada, sino entre las almas más enfermas, las ovejas más abandonadas. Este divino banquete, del cual yo iba a ser ministro, era preciso ofrecerlo no a los parientes, ni a los ricos vecinos, sino a los cojos, a los ciegos, a los pobres, es decir, a las almas sin la ayuda de un sacerdote».

¿África, entonces? Precisamente, no podía ser otro lugar que «su» África. Tanto más cuanto que habían sido los musulmanes de Marruecos, sin querer, los primeros en orientarlo hacia Dios. Ahora quería devolverles el ciento por uno. Era entre ellos donde deseaba ser testigo del verdadero Dios. Los recuerdos de dieciocho años atrás afloraban claros en su mente: «En el interior de Marruecos, tan extenso como Francia y con diez millones de habitantes, no hay un solo sacerdote. En el Sahara, siete u ocho veces mayor que Francia, y bastante más poblado de lo que en un tiempo se creyó, apenas se encuentran una docena de misioneros. Ningún pueblo me parece más abandonado que éste…».

Sabía que, después de la muerte del sultán Muley Hassán, la situación en el interior de Marruecos se había hecho todavía más caótica y que toda la frontera argelino-marroquí estaba en llamas. Exceptuadas las localidades donde había una fuerte guarnición francesa, pocos oasis argelinos situados en las proximidades de la frontera con Marruecos se podían considerar a cubierto de las incursiones de los guerrilleros marroquíes.

Solamente muy al sur, en el corazón profundo del Sahara, los franceses habían hecho algún progreso, completando la ocupación, entre otros, de los oasis de Saoura, habitados por una de las más extrañas poblaciones de origen árabe, negra y hebrea. Ahora bien, aquellos oasis -Carlos lo sabia perfectamente- se extendían hasta las fronteras del sur de Marruecos.

Era allí donde debía ir. Y su sueño -siempre impedido, pero jamás abandonado, de fundar la Congregación de los Hermanitos de Jesús- se unió a la nueva decisión: «Nosotros fundaremos junto a la frontera marroquí no una trapa, no un grandioso y rico monasterio, no una empresa agrícola, sino una especie de humilde eremitorio, donde pocos monjes pobres podamos vivir con una escasa cantidad de fruta y trigo, cultivados con nuestras propias manos, en una rigurosa clausura, haciendo penitencia y adorando al Santísimo, sin salir jamás de los límites del eremitorio, sin predicar jamás; pero ofreciendo hospitalidad a quien la pida, bueno o malo, amigo o enemigo, musulmán o cristiano… Creo que habéis comprendido lo que yo quisiera: construir una zaouia de oración y hospitalidad, para hacer irradiar el Evangelio, la verdad, la caridad, a Jesús».

Era tal su amor a Marruecos que, para denominar el eremitorio que soñaba, no dudaba en emplear una palabra árabe: zaouia, que significa «centro de una fraternidad religosa musulmana».

En septiembre de 1901, Carlos de Foucauld desembarcó en Argel; pero en seguida sus proyectos encontraron serias dificultades. El Saoura era todavía considerado zona de operaciones y los militares no soportaban la llegada de civiles. En cuanto a sacerdotes, el gobernador general de Argelia era absolutamente contrario a que pusieran allí los pies, por temor, decía, a indisponer todavía más a los musulmanes. Si además un clérigo se presentaba, como Carlos de Foucauld, anunciando su intención de fundar una nueva congregación, esto todavía hacía más categórica la negativa.

Por fortuna, Carlos encontró en Argel a bastantes de sus antiguos compañeros de armas, algunos de los cuales ocupaban importantes puestos de mando en África del Norte. Fueron éstos quienes consiguieron allanar, una tras otra, todas las dificultades. Así que, después de haber estado cerca de un mes en descanso forzoso, Carlos obtuvo permiso para ponerse en viaje hacia los oasis del Saoura, exactamente hacia Beni Abbés, ya que éste, según las informaciones que le habían dado, era el que mejor se adaptaba a sus planes, pues comprendía algunos poblados indígenas, se alojaba en él una guarnición francesa, ni un solo sacerdote había en sus proximidades y por añadidura era el más cercano al sur de Marruecos.

Carlos, para emprender el camino, se puso una nueva vestidura, esta vez la misma de los indígenas saharianos: una blanca gandourah y un cheché de igual color. Únicamente llevaba dos signos que le distinguían: un grueso rosario de cuero pendiente de la cintura y un gran corazón rojo, sobre el cual había una cruz también roja, colocada en el pecho de la blanca gandourah.

Tomó un viejo tren que, traqueante y lento, llegaba hasta unos pocos kilómetros antes de Figuig, un oasis más bien turbulento. De allí en adelante no había más que un camino que, marchando paralelo a la invisible frontera de Marruecos, conducía a Beni Abbés.

Carlos quiso hacer el camino a pie; pero se lo impidieron. «No son éstos lugares por los cuales se pueda andar según el gusto de uno. !A caballo, monsieur l’abbé!».

Carlos aceptó el caballo y se puso en camino confiado a las escoltas de un lugarteniente, que regresaba de permiso, y un grupo de soldados indígenas.

No les acompañaremos en su viaje a través de las dunas del Sahara. Mejor esperarles a las puertas de Beni Abbés, donde el círculo de peladas colinas del desierto se abre y se descubre a la mirada de quien llega, al otro lado de una llanura de aridez lunar, la cinta brillante de las aguas del oued Saoura, que suaves y caudalosas, envuelven un bosque de siete u ocho mil palmeras verdes oscuras; desde aquí, un espolón de roca amarilla prorrumpe gigantesco hacia el cielo.

Si Carlos de Foucauld pensaba vivir en el Sahara más oculto que en Nazaret, pronto le fue quitada esta ilusión. El capitán Regnault, que mandaba la guarnición local, salió a su encuentro en compañía de todos los oficiales y, desde los tres poblados, escondidos entre los huertos y los árboles frutales del encantador oasis, vinieron los jefes de aquel millar y medio de habitantes, de raza mitad negra y mitad bereber.

Su fama de húsar brillante, valeroso soldado del cuerpo de Cazadores de África e intrépido explorador de Marruecos, había llegado unos días antes que él. Ya podía presentarse, estrechando las numerosas manos que se le tendían, como «hermano Carlos de Jesús». Intento inútil. Le habían bautizado ya a su manera, apenas recibieron de Argel la noticia de que le iban a tener entre ellos: los franceses le llamaban «padre Foucauld» y los árabes «marabuto del corazón rojo». Los unos querían que se alojase en el fortín y los otros en los poblados.

Pero el fortín, aunque austero, era demasiado confortable y las aldeas demasiado floridas. Su puesto estaba fuera del fortín y fuera de las aldeas, en pleno desierto, solo ante Dios, pero al mismo tiempo no demasiado lejos de aquellos hombres que tenían necesidad de él. Es más, encontrándose cerca de la frontera entre Argel y Marruecos, su puesto no podía estar más que en el lugar de división entre franceses y árabes, entre cristianos y musulmanes.

Inspeccionó la zona y, a menos de un kilómetro de Beni Abbés, descubrió que un vasto rellano, árido y quemado por el sol, terminaba en una hondonada. Descendió por la difícil cuesta, entre el silencio de las piedras agostadas por el sol y, al llegar hasta la mitad, se detuvo: desde aquel lugar no se veían ni las torretas del fortín, ni las copas de las palmeras; los montículos de las dunas cerraban el horizonte, y ante los ojos no tenía más que el paisaje desolado y la bóveda del cielo. Carlos miró hacia abajo, hacia el fondo, y divisó algunos escuálidos matorrales. Buena señal: allí, en algún tiempo, debió haber pozos de agua. Bien, su eremitorio lo construiría en aquel lugar, en la mitad de la cuesta, en el escenario dantesco que le rodeaba. 

«Para recibir la gracia de Dios -escribió aquella misma noche a un amigo trapense- es preciso vivir algún tiempo en el desierto: aquí es donde uno se vacía, se desembaraza de todo aquello que no es Dios, se libera completamente la habitación de nuestra alma para dejar el sitio sólo a Dios. Los hebreos pasaron por el desierto; Moisés vivió en él antes de ser encargado de su misión; San Pablo, San Juan Crisóstomo, también fueron preparados en el desierto… Es un tiempo de gracia, una condición por la cual el alma que quiera dar fruto debe pasar necesariamente. Es preciso este silencio, este olvido de todo lo creado, pues en él Dios edifica su eremitorio y crea el espíritu interior… Subid todavía más arriba: mirad a San Juan Bautista, a nuestro Señor mismo. El no tenía necesidad; sin embargo quiso darnos ejemplo…»

Después escribió también a su prima María de Bondy. para pedirle dinero. Necesitaba un millar de francos destinados a comprar al caíd de Beni Abbés el árido terreno de la cuesta, porque justamente a lo largo de aquella pendiente esperaba encontrar un poco de tierra cultivable. El dinero llegó pronto y Carlos puso manos a la obra. Tenía que levantar el pequeño eremitorio, cavar la tierra para plantar un huertecillo, poner de nuevo en funcionamiento los viejos pozos del fondo de la hondonada y plantar en torno de éstos algunas palmeras y olivos. Comprendió bien pronto que él solo no lograría hacerlo. Pero el capitán Regnault, sospechando la misma cosa, le envió varios soldados para que le ayudasen, al menos, a preparar el adobe.

Lo primero que construyó fue la capilla. No se parecía en nada a una iglesia, ni siquiera a la más mísera del más olvidado valle de Europa. Si no hubiese sido por la pequeña cruz de madera que tenía en el tejado, no se la habría podido distinguir, externamente, de las demás chozas árabes de aquellos contornos. Por dentro no se diferenciaba en absoluto de las cinco habitaciones que se estaban levantando a su alrededor. Una de éstas estaba destinada a celda de Carlos, otras dos para los huéspedes que pudieran llegar y las restantes para los hipotéticos compañeros que, en su sed de unidad en la caridad, esperaba siempre que se agregarían a él.

Bien pobre cosa era la iglesia construida; pero no dejaba de ser la casa del Señor, y Carlos la describió entusiasmado a su prima Maria de Bondy: «Por dentro está recubierta de mortero gris oscuro, o mejor gris perla muy oscuro, gris negro en suma; un bonito color natural. Tiene cuatro metros de altura. El cielo raso, o, mejor dicho, el techo, es horizontal, hecho con gruesas vigas de palmera. En conjunto resulta rústica, bastante pobre; pero armoniosa y bella. Para sostener la construcción hay en el centro cuatro troncos de palmera, verticales. Con su rusticidad producen un bellísimo efecto y encuadran muy bien el altar. En la parte del Evangelio hay colgada una lámpara de petróleo que me da luz por la noche e ilumina el altar. Este, desmontable, de madera blanca, fue hecho, de acuerdo con mis indicaciones, en Nuestra Señora de las Nieves, y lo traje conmigo. Es una mesa sostenida por cuatro gruesas patas cuadradas y en su centro se halla el sagrario. La cruz es de cuero sobre ébano, bellísima: regalo de la abadesa de las clarisas de Jerusalén. Del techo pende un dosel, a modo de cortina, de tela gruesa, verde oscura, absolutamente impermeable, para resguardar el altar y la peana de la lluvia. El techo protege más del sol que del agua. El suelo está cubierto de una capa de arena roja de diez centímetros de espesor: en este país, arena la hay a montones…». 

El 1 de diciembre de 1901, Carlos celebró por primera vez la misa. «Quien no ha asistido a aquella misa -contó después el viejo soldado que le ayudó-, no sabe lo que es una misa. Cuando pronunció el Domine, non sum dignus, el padre Foucauld puso tal acento, que los presentes lloraron con él…».

Al final del verano de 1901, cuando Carlos dejó Francia para dirigirse a África -esta vez como sacerdote, no como soldado o explorador-, para explicar el sueño que acariciaba desde hacía tanto tiempo, se sirvió de una palabra árabe: zaouia, que significaba, para los musulmanes, el lugar donde se reúnen para vivir juntos los miembros de una fraternidad religiosa. «Nosotros fundaremos, junto a la frontera marroquí… una zaouia de oración y hospitalidad», escribió, ¿lo recuerda?

Cuando, en el comienzo de la primavera de 1902 -tras haber construido con sus manos, a lo largo de la pendiente árida de la hondonada sahariana, en las proximidades del oasis de Beni Abbés y mirando hacia Marruecos, aquel grupo de chozas según el estilo argelino- comprobó que ningún compañero se le unía y que las dos habitaciones preparadas para los soñados Hermanitos de Jesús seguían inútilmente vacías, la realidad le obligó a servirse de otra palabra árabe para definir exactamente su eremitorio: Khaoua, que quiere decir fraternidad y, por lo tanto, lugar donde cualquiera que se hallase de paso, sería acogido como un hermano. Así denominó aquel grupo de chozas: «Khaoua del Sagrado Corazón». Con toda seguridad, el vocablo Khaoua no sonaba tan dulcemente a los oídos de Carlos como zaouia, pues siguió esperando la llegada de algunos que, estableciéndose allí y consumándose en la unidad con él en Cristo, transformasen aquella casa de ermitaño en casa de una comunidad.   Estaba resignado a la soledad; pero hacía cuanto se hallaba en su mano para atraer compañeros que trabajasen con él en aquello que consideraba la parcela más árida de la viña del Señor. Un día hasta escribió a sus antiguos superiores de las trapas de Nuestra Señora de las Nieves, en Francia, y de Staoueli, junto a Argel: ¿tenían algún novicio que quisiera unirse a él y hacer su misma vida? Pero los dos abades ni siquiera interrogaron a los novicios, pues temían que la inextinguible hambre de penitencia y abyección de Carlos pudiera producir trágicas consecuencias en la salud de sus hipotéticos seguidores. Aunque desolados, le contestaron que no. Respecto a este hecho, uno de los abades escribió en aquellos días: «La única cosa que me asombra en el padre Foucauld es que no haga milagros. Fuera de los libros, yo no he visto sobre la tierra una santidad semejante. Confieso, sin embargo, que dudo un poco de su prudencia. Las penitencias que hace son tales, que me permito pensar que un novicio sucumbiría en breve tiempo. Y no es esto sólo: la disciplina de espíritu que se impone y que quiere imponer a sus discípulos me parece hasta tal punto sobrehumana, que temo que volvería loco al novicio, antes de matarlo con el exceso de penitencias…» 

Carlos levantó en torno a su eremitorio un muro para cerrarlo. Muro tal vez sea una palabra excesiva; en realidad, era un montón de piedras colocadas en fila, las cuales casi se confundían con las otras que había en la inhospitalaria pendiente. Sin embargo, representaba un límite que Carlos se había impuesto no superar sino en caso de absoluta necesidad, y con el cual reforzaba tanto el vinculo que lo unía a la clausura, como la barrera del desierto que había colocado entre si y el oasis. Sin embargo, era una barrera sólo para él, porque cualquiera, desde el exterior, la podía traspasar sin esfuerzo. Para los otros, para todos los demás, soldados y oficiales franceses, árabes y bereberes, caídes y mendigos, cristianos y musulmanes, enfermos y esclavos -sobre todo los esclavos- no había ningún impedimento, aquella barrera no tenía razón de ser y en la práctica no existía.

El capitán Regnault, que mandaba la guarnición francesa del fortín de Beni Abbés, escribió aquellos días, en el parte que enviaba a Argel a sus superiores: «Deseando continuar la vida de clausura, el reverendo padre de Foucauld ha colocado, en el terreno que rodea su casa, límites que no supera jamás. Con la ayuda de indígenas, que ha pagado con dinero suyo, ha sembrado de cebada la pendiente al este del eremitorio. También ha excavado pozos que le permitirán regar. Vive de los dátiles y el pan que le pasa la administración. El dinero lo emplea en comprar harina, cebada y dátiles, que regala a los pobres. No obstante las repetidas instancias de los señores oficiales de la guarnición, no ha querido cambiar de alimento. Las legumbres que se le mandan, con el fin de que mejore su comida, van a parar a manos de los pobres o de gentes de paso que encuentran refugio en su casa. Los indígenas del Saoura sienten hacia el reverendo padre de Foucauld una profunda veneración. Su generosidad y abnegación les producen maravilla y admiración…»

«Para tener una idea exacta de mi vida -escribía por su parte Carlos a monseñor Guérin, Padre Blanco, que por ser prefecto apostólico de Ghardaia ejercía autoridad sobre todos los católicos de las regiones saharianas anexas a Argelia- es preciso tener presente que a mi puerta llaman unas diez veces cada hora, casi siempre más que menos, y son pobres, enfermos, necesitados, gente de paso…». Los cristianos iban para asistir a misa o para orar con él, sacerdote de Cristo; los musulmanes acudían para hablar de las cosas de Dios con él, «marabuto del corazón rojo»; los mendigos, para pedir algo con qué quitar el hambre o con qué vestirse, a él que era el más pobre de los blancos de todo el Sahara; los esclavos, para refugiarse bajo su protección, cuando él era el más inerme e indefenso de los franceses de toda Argelia…   Y Carlos daba a los pobres cuanto recibía del fortín de Beni Abbés y, además, lo que podía comprar, cebada, dátiles, trozos de tela y, si había necesidad, los alojaba en su eremitorio. 
 Sin embargo, durante un retiro, juzgó que todavía no era suficiente la hospitalidad que ofrecía a aquellos desgraciados, y decidió lavar sus andrajos, hacerles la cama y ordenar sus habitaciones, cocinar para ellos, servirles a la mesa, con el fin de cargar sobre sí «todo aquello que es servicio y asemejarse a Jesús, que entre los apóstoles era como “aquel que sirve” …». Los más desgraciados entre aquellos desgraciados eran los esclavos negros. Carlos comprendió muy pronto que, para ellos, todos los servicios que prestaba eran muy poca cosa.   A los pocos días de llegar a Beni Abbés se dio cuenta de un hecho terrible. Mientras toda la prensa de Europa callaba -cuando no proclamaba lo contrario-, en el Sahara, en aquel año de gracia de 1901, existía todavía la trata de esclavos, y no se realizaba de un modo clandestino; el comercio de criaturas humanas gozaba prácticamente de impunidad, se hacía tranquilamente, a la luz del sol. Francia, que en su territorio metropolitano se enorgullecía del hermoso lema de libertad, igualdad y fraternidad, en los márgenes extremos de Argelia cerraba un ojo, cuando no los dos, ante aquel horrendo tráfico, para no enemistarse con los notables de los oasis y los jefes de las tribus, los cuales eran propietarios del mayor número de esclavos.  

Aquellos infelices eran sometidos a fatigas agotadoras, sobre todo la de sacar agua de los pozos con cántaros, frecuentemente sin la ayuda de una polea, de la mañana a la noche, para regar las palmeras. Si hacían el trabajo con lentitud, los latigazos arrancaban trozos de piel de sus espaldas de ébano. En caso de que se les ocurriera huir, eran perseguidos a golpe de fusil como si se tratase de fieras. Cuando eran capturados con vida, se les cortaban los tendones de los pies para que no pudieran volver a correr. «Los esclavos -anotaba Carlos- no reciben nada por su trabajo; por lo tanto, jamás les será posible rescatarse. Su miseria material es extrema; pero la moral es todavía peor: casi sin fe religiosa, viven en el odio y en la desesperación…»

El conocía, quizá mejor que nadie, las condiciones inhumanas en que vivían y el sufrimiento furioso que atormentaba su ánimo. Alrededor de una veintena de esclavos saltaban todos los días el bajo muro que había construido y pedían que les diera refugio en su Khaoua. Para todos buscaba palabras de caridad, que fuesen capaces de aplacar sus corazones, para todos encontraba un pan, un lecho y mucha, muchísima amistad. Pero cuando todos, absolutamente todos, se arrojaban a sus pies y dando alaridos le suplicaban que los liberase, Carlos comprendía que para aquellos desgraciados no bastaba la amistad, ni eran suficientes las buenas palabras, el pan y el lecho.

Necesitaban la libertad. ¿Pero dónde encontrar el dinero necesario para comprar la libertad de una muchedumbre de esclavos, que cada día se le revelaba más imponente? Era fácil sacar las cuentas del contenido del bolsillo de Carlos. Su prima María de Bondy atendía los gastos de la capilla y, todos los meses, los oficiales y soldados del fortín de Beni Abbés hacían una colecta entre ellos, que sumaba entre los 40 y 50 francos, que luego le entregaban. A esta cantidad había que añadir los 50 francos que mensualmente le enviaba su prima Caterina de Flavigny y 20 más remitidos por María de Blic, su hermana. Total: 110-120 francos al mes, que Carlos destinaba enteramente a los pobres.   Era todo lo que podía dar…, y venía a ser como una gota de agua en el ardor del desierto, ya que en el Sahara, los desesperados eran mayoría. 

Logró rescatar siete esclavos: el primero, un nómada caído en manos de los negreros que, apenas libre, regresó con su tribu. El segundo y tercero desaparecieron inmediatamente y de ellos no se volvió a saber nada. El cuarto y el quinto eran niños: al más pequeño, de unos tres años, lo bautizó y le puso de nombre Abda Jesús (Servidor de Jesús); luego envió a ambos a un orfanato de los Padres Blancos. La sexta fue una negra viejísima que murió en el eremitorio pocos días después de su liberación; pero antes, la bautizó con el nombre de María. Parece que fueron solamente estos dos los bautismos administrados por Carlos; él no era, de hecho, el párroco de Beni Abbés, ni se consideraba un misionero, en el sentido de predicador que se atribuye normalmente a esa palabra. Sólo se sentía llamado a vivir allí del modo más parecido posible a como lo había hecho el Hijo de Dios en Nazaret, en silencio. Sin embargo, aunque no lo pretendía, también daba testimonio. El séptimo esclavo liberado fue también un niño, llamado Paul Embarek, quien -al hacerse mayor- le abandonará varias veces para crearse una vida independiente; pero en cada ocasión retornará derrotado, para al fin permanecer fielmente a su lado hasta el último instante.

Bastó la liberación de estas pocas criaturas para que la noticia de la misma corriese como el viento e hiciera estremecer todas las palmeras del Saoura y, desde todos los oasis, los infelices marcharan en largas filas hacia la «Khaoua del Sagrado Corazón» como si se dirigiesen hacia la libertad.

El hecho, clamoroso, alarmó a los dueños de esclavos de todas las tribus de la zona, los cuales protestaron vivamente ante los oficiales de la guarnición de Beni Abbés. Los oficiales de la guarnición se alarmaron a su vez temiendo, tanto la reacción de los notables indígenas, como la reprobación del gobierno. (Efectivamente, si lo que soplaba en los oasis saharianos era, en aquellos días, viento de liberación, lo que soplaba en Francia era, más que nunca, viento de masonería, y el gabinete Combes no toleraba ninguna «intrusión de clérigos», empeñado como estaba en la lucha contra las congregaciones religiosas).

Los militares, por ello, invitaron a Carlos a obrar con la máxima prudencia. Pero éste no podía poner de acuerdo la prudencia con los horrores de la esclavitud, que todos los días contemplaba en aquellos que veía, y obró con la máxima energía.

Escribió a París, al capitán de Castries, primo suyo. Sabia que éste ocupaba un buen puesto en el Ministerio de Asuntos Indígenas y tenía «influencias» -como se diría hoy- con algunos diputados notables de la Asamblea Nacional. También envió una carta a monseñor Guérin, que representaba en aquellas tierras la autoridad de la Iglesia: «La esclavitud es un asunto doloroso, y nosotros los franceses, consintiéndola y hasta sosteniéndola, no conseguimos otra cosa que hacernos despreciar… Los indígenas saben que la condenamos, que entre nosotros no está permitida…; y cuando ven que nos prestamos a su juego, se dicen:

“No tienen valor para impedírnoslo, tienen miedo de nosotros”. Nos desprecian y con razón… Nadie en el mundo tiene el derecho de remachar las cadenas de estos infelices, que Dios ha creado libres como nosotros. Permitiendo a sus presuntos amos retenerlos por la fuerza, darles caza cuando huyen, llevarlos consigo otra vez cuando vienen a echarse a los pies de las autoridades francesas, en busca de refugio y de justicia, nosotros les robamos el más precioso de los bienes… No tenemos el derecho de ser perros mudos o centinelas sordos: debemos gritar cuando vemos el mal… No hay otro remedio para esta vergüenza y esta injusticia que la liberación de los esclavos. No hay razón política ni económica en el mundo que pueda justificar esta inmoralidad, esta iniquidad…»

No sabemos cuánto pudo hacer monseñor Guérin en el ambiente de envenenado anticlericalismo que había en Francia; tampoco qué labor había sabido ejercer el primo de Castries, trabajando en los engranajes del aparato del Estado. Sabemos, sin embargo, que Carlos de Foucauld hizo toda su parte, hasta el final. Y por los hechos que sucedieron en el oasis de Beni Abbés, y en los que estaban cerca, nos creemos autorizados a pensar que en más de una ocasión logró convencer al capitán Regnault de que tomase localmente medidas antiesclavistas, a pesar de los intereses, y también en contra de los intereses, del gobierno de París y de las autoridades civiles de Argelia.

 Lo cierto es que, tres años después de su llegada a Beni Abbés, Carlos podía escribir al capitán de Castries: «De común acuerdo, nuestras autoridades coloniales han tomado medidas para la supresión de la esclavitud: no en un día, ya que esto no sería prudente, sino gradualmente, de modo que en breve tiempo no habrá esclavos. Se puede decir que esclavitud verdadera y propia, entendida en su antiguo significado, hoy ya no existe: el mercado de esclavos ha sido absolutamente prohibido, los esclavos actuales no pueden cambiar de dueño y, si no son bien tratados, se les da la libertad. Esto es ya un gran paso…» Mientras Carlos luchaba contra la esclavitud, otros episodios sucedían, los cuales apenas hemos mencionado en el cuadro de los dramáticos sucesos, pero que ahora recordaremos de manera sumaria.

Carlos estaba escribiendo un esbozo de regla para las Hermanitas de Jesús. Aunque llevaba muchos años esperando en vano la llegada de varones que quisieran formar una comunidad con el título de Hermanitos, Carlos, en lugar de declararse fracasado, proyectaba la creación de grupos femeninos que vivieran al estilo de Nazaret en tierra de misión. Se encontraba escribiendo esta regla, mientras la situación en el Sahara se iba agravando de día en día.

En julio de 1903, después de algunos esporádicos ataques de tanteo contra uno u otro oasis fronterizo, doscientos guerreros marroquíes cayeron, por sorpresa, en las cercanías de Beni Abbés, sobre un destacamento de cincuenta fusileros argelinos, realizando una matanza de veintidós bajas. El capitán Regnault ordenó inmediatamente una expedición de castigo y, al frente de ochenta hombres, consiguió cortar el camino por el cual los asaltantes pensaban refugiarse en Marruecos, los sorprendió en retirada y puso a una veintena fuera de combate.

El oasis de Beni Abbés tributó los honores del triunfo al capitán Regnault; pero al jerife Muley Mustafá, en respuesta, declaró la guerra santa. Reunió cuatro mil guerreros bereberes y, a su cabeza, y a la cabeza de sus mujeres y sus hijos -cerca de nueve mil personas-, de sus camellos, de sus asnos y de sus cabras, marcho contra los oasis del Saoura. En el curso de pocas horas, el de Taghit, mejor abastecido que otros por ser el más poblado, fue invadido por una muchedumbre de gentes aterradas que habían huido desordenadamente de los oasis vecinos, más pequeños y peor defendidos. En aquél caos indescriptible, el capitán de Susbielle, jefe de la guarnición y antiguo compañero de armas de Carlos, tuvo que preparar precipitadamente la defensa, sin más medios que dos cañones de 80 y cuatrocientos setenta hombres.

La marea humana de Muley Mustafá avanzó entre las dunas, con el impresionante aspecto de una emigración bíblica. Durante tres días consecutivos atacaron, primero en masa y después en grupos separados. Pero Taghit consiguió sostenerse y el jerife tuvo que retroceder hacia Marruecos, dejando en el campo mil doscientos muertos.

Por desgracia, durante la retirada, doscientos de sus guerreros se encontraron, en las proximidades de El Mungar, con un centenar de legionarios que daban escolta a un convoy, y se vengaron de ellos. Cuando el capitán de Susbielle acudió en su ayuda, sólo encontró sobre la arena del Sahara muertos que sepultar y cuarenta y nueve heridos, a los que recogió y llevó a Taghit.

La noticia de los combates llegó a Beni Abbés y sembró el pánico en las tres aldeas del oasis. Carlos comprendió que, en aquel momento, el muro que circundaba su eremitorio cesaba de tener significado también para él. Su puesto estaba al lado de aquellos cuarenta y nueve heridos, pues eran entonces sus hermanos más necesitados.

Se presentó en el fortín, donde pidió un caballo y permiso para dirigirse a Taghit.

«Es una locura», le dijeron los oficiales de la guarnición; pero terminaron por entregarle el caballo. El, calzadas las espuelas y envuelto en un burnous, desapareció entre las dunas al galope.

«Lo conseguirá -dijo el capitán Regnault a quienes le miraban con expresión de reproche, como si él hubiera consentido al eremita del Sagrado Corazón ir a la muerte-, lo conseguirá. Os lo digo yo, porque él no lo confesará jamás: puede atravesar sin armas todo el territorio en revuelta. Nadie le tocará un cabello, porque es sagrado».

En efecto, lo consiguió.

Cuando el capitán de Susbielle le vio salir, de su primera entrevista con los heridos, conociendo muy bien a aquellos hombres que, endurecidos en la Legión Extranjera, masticaban mucho tabaco pero poca religión, le preguntó con algo de ironía en la voz: «Cómo te ha ido, querido padre? ¿Te han acogido con las debidas consideraciones tus nuevas ovejas?».

«Vaya, es necesario algún tiempo para que nos conozcamos -respondió Carlos, brillándole en los ojos una sonrisa-; pero lo haremos. Ahora soy feliz por estar junto a ellos».

Permaneció allí tres semanas. Pero «no necesitó mucho tiempo para conquistarlos a todos con su dulzura, su solicitud en todo momento y su alegría -contará más tarde el capitán Susbielle-. Cuando entraba en las habitaciones, se disputaban el tenerle los primeros junto a su cama y que estuviera el mayor tiempo posible, a pesar de las protestas de los otros. El padre, infatigablemente, escribía sus cartas, los animaba, conversaba con ellos en voz baja y poco a poco empezaba a hablarles de Dios y de la religión. Recuerdo a uno en particular: era de origen alemán y tenía un pasado más bien borrascoso. Había recibido una herida gravísima en el pecho y el médico desesperaba de poder salvarlo. Al principio acogió al padre bastante mal; pero, al cabo de un par de días, no fue capaz de seguir resistiendo. Y, como todos sus compañeros, al fin se confesó y comulgó».

Después de los hechos de Taghit y El Mungar, el gobierno de Paris pidió al ejército «un hombre fuerte». Y el ejército envió a Argelia al general Lyautey, otro antiguo compañero de Carlos, húsar con él en Sézanne, también Cazador de África con él durante la campaña de 1881.

Quiso la casualidad que Lyautey tomase posesión de su mando en Ain-Sefra precisamente cuando Carlos pasaba por allí, de retorno de Taghit.

«Permaneció conmigo tres días -contará después el general-, aceptó de buen grado ser mi huesped y comer en mi mesa. A los demás comensales los conocéis bien, eran el comandante Henrys, el capitán Berriau, el capitán Poemyrau y otros: todos gente alegre, tipos llenos de brío. Hablamos mucho, es verdad, de su documentación científica sobre Marruecos y de los problemas africanos. Pero, vosotros me compredereis bien, nosotros somos militares, no podemos tratar solamente durante tres días de asuntos serios. El hecho fue que, de una conversación a otra, más de una vez nos olvidamos de que el padre Foucauld no era el subteniente de Foucauld. El nunca dio muestras de escandalizarse y ni siquiera se negó a tomar la copa de champán que tenía delante. ¡Ah, muchachos, me parece estar viéndole cuando, en un determinado momento, pidió a Poemyrau que tocase una canción en el piano! Me dije a mi mismo: “Está bien, será un santo; pero al mismo tiempo no parece que le disgusta divertirse un poco con viejos compañeros”. ¡Nada de divertirse, muchachos! Escuchad lo que pasó después. Enseguida de haberse marchado él, recibí un telegrama de Argel que me anunciaba la llegada, una hora más tarde, de una caravana de turistas muy importantes. Llamé a mi asistente y le ordené que arreglase en pocos minutos la habitación del padre Foucauld. “Mi general -me contestó-, todo está perfectamente. No ha tocado nada. La cama no la ha deshecho. Las tres noches ha dormido en el suelo, sobre el pavimento, envuelto en su burnous”. ¿Comprendéis? Sólo entonces me di cuenta con qué discreción y con qué amabilidad había buscado, ante todo, que su presencia en nuestra mesa no molestase a nadie y después, para compensar aquella infracción pasajera e involuntaria de su regla, se había impuesto una mayor austeridad».

Unas semanas más tarde, el general Lyautey tuvo que ir a Beni Abbés. Eran días difíciles: consiguió llegar gracias a una buena escolta y abriéndose paso a tiros.

Enseguida buscó a Carlos, y éste le dijo que, la mañana siguiente, salía de viaje para Argel.

«¿Cómo? ¿Mañana? Ni pensarlo, amigo, tendrás que retrasar la salida dos o tres días. Viajarás con migo, porque antes no me es posible disponer una escolta, sólo para ti».

Carlos le contestó que tenía sus asuntos y trataba de

solucionarlos con la mayor brevedad, por lo cual partiría a la mañana siguiente. Lyautey se impacientó.

«Mi general -intervino en este momento el capitán Regnault-, el padre de Foucauld no tiene necesidad de escolta. Puede pasar en medio de todas las bandas de guerrilleros que merodean por el desierto sin temer un solo disparo. La gente que se encuentre con él, se echará a tierra, besará el borde de su burnous y le pedirá una bendición. Dejadlo ir».

«Así me fue revelado -escribió algún tiempo después el general Lyautey- el poder que aquel hombre, estimado por los musulmanes como un verdadero marabuto, tenía sobre el Islam sahariano».

De regreso a la «Khaoua del Sagrado Corazón», Carlos comenzó de nuevo a hacer la vida de Nazaret. Estaba redactando «El Evangelio presentado a los pobres negros del Sahara» (por si ocurría que alguno de ellos, un día, le solicitaba algo más que dátiles y cebada), cuando le llegaron noticias de nuevos estallidos de violencia en África. La última precisaba que también el Hoggar estaba revuelto. Todo hacía pensar que Francia aprovecharía la ocasión para intervenir y, después, quedarse en el territorio.

El Hoggar, corazón desnudo del Sahara, región de la sed y del miedo. Un océano en tempestad, inmóvil y muda, de piedras ásperas, rojas, negras, verdes, que proyectan aquí y allá contra el cielo montañas volcánicas de tres mil metros de altura… El Hoggar, el reino de los tuareg, los guerreros montados en camellos y vestidos de azul que caen sobre las caravanas, terribles como una maldición, y las roban y aniquilan. 

Un día a Carlos le llegó una carta, procedente de In-Salah, el más grande de los oasis argelinos dominado por los franceses al sur, precisamente en los confines con el Hoggar. La escribía el general Laperrine, que mandaba aquel territorio de los oasis. Habían sido amigos en la escuela de Saint-Cyr y luego compañeros de armas en el IV de Cazadores de África. El general le hablaba del temporal que se estaba condensando en el cielo de allí; pero sobre todo le hablaba de los tuareg.

La carta produjo en Carlos el efecto de una fulguración. Llevaba varios años viviendo en la Khaoua con los ojos y el corazón vueltos siempre hacia el Oeste, hacia Marruecos; en aquel momento comprendió que el camino señalado por el Señor tomaba otra dirección, precisamente la opuesta a la por él deseada: le indicaba hacia el sureste hacia el país de los tuareg, el pueblo perdido en el desierto de piedra, que ignoraba el nombre de Cristo, y sólo podía ser visitado por él, porque era el único sacerdote en el mundo, en aquel momento, que tenía la posibilidad de conseguir autorización para partir hacia el Hoggar.

Entonces, una vez más, lo abandonó todo. Había dejado una vida de aventuras galantes por una vida de aventuras científicas; después dejó las exploraciones por la trapa, luego ésta por el eremitorio de Nazaret, y el eremitorio por la Fraternidad de Beni Abbés. Ahora traspasaba por última vez el límite de piedra de su clausura para seguir, a lo largo de los caminos del desierto, el mandato de Dios, y renunciaba definitivamente a «su» Marruecos por el salvaje Hoggar.

El corazón le sangraba: «La naturaleza se me resiste de un modo increíble. Me rebelo -y siento vergüenza- ante el pensamiento de dejar Beni Abbés, la tranquilidad al pie del altar, y lanzarme a la aventura de nuevos viajes, por los cuales hoy siento un horror indecible»;

EL ULTIMO A TODA COSTA (IVª parte)

El sobre presentaba un montón de sellos de colores vivos, en los cuales se veía la media luna turca. Hacía meses que María de Foucauld, esposa del señor de Blic, esperaba aquella carta.

«El trabajo más duro -leyó, entre otras cosas, y fue el párrafo que la impresionó más- es el de la tierra. En invierno se talan los bosques, en primavera se podan las vides, en verano se siega el heno y se recoge el grano. Anteayer precisamente hemos terminado de segar. Un trabajo de labradores, en suma, inmensamente bueno para el alma, la plegaria y la meditación. Después de este trabajo -más pesado de cuánto se puede imaginar, sobre todo para uno como yo, que jamás lo ha hecho- se siente compasión de los pobres, caridad hacia los obreros, amor por los trabajadores… Se conoce el precio de un pedazo de pan cuando se prueba cuánto sudor cuesta producirlo. ¡Se aprende a tener compasión de aquellos que trabajan, al compartir fatigas!…»

La carta estaba firmaba por el hermano de la señora Blic, el antiguo vizconde Carlos de Foucauld de Pontbriand, ahora más sencillamente fray María Alberico, y procedía de la lejana trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, en Siria, lo que en aquél entonces equivalía a decir del imperio otomano. La fecha era la de un día de fin de verano de 1891. Carlos, como le seguían llamando en la familia, estaba allí desde hacia más de un año.

Fray María Alberico estuvo sólo seis meses en la trapa de Nuestra Señora de las Nieves, enclavada en los helados montes de Vivarais. («Parecía un ángel en medio de nosotros», escribía de él el padre abad, don Martín). Después no se le quiso hacer suspirar más por la pobrísima trapa del Asia Menor y, en junio de 1890, el novicio pudo dejar la escoba junto al cogedor de basura y dirigirse a Marsella, donde embarcó hacia Oriente. El 9 de julio desembarcaba en Alejandreta. En el puerto, bajo un cielo de metal fundido, le esperaba el padre Etienne, con la blanca túnica empapada de sudor. En silencio, los dos subieron a la grupa de sendas mulas y, escoltados en el primer trecho del camino por un pelotón de guardias turcos y después por varios guerreros curdos, avanzaron hacia el interior.

El camino ascendía con rápida pendiente por entre las montañas de Amanus, vigilado desde lo alto por las torres espectrales de antiguos castillos en ruinas. El paisaje sombrío, que recordaba al áspero y desolado del Pequeño Atlas, la escolta armada que caminaba con cautela a su lado, los jinetes de mirada huidiza que se cruzaban con ellos, las caravanas de lentitud exasperante que a veces cerraban el paso, los bosques infectados de bandidos, el sol que había bajado hasta la altura del horizonte: todo hacia revivir en la mente de Carlos una parte de su aventura marroquí. Si no hubiese sido por la vestidura que llevaba -el hábito cisterciense de fray María Alberico y no el pintoresco disfraz del rabino Couvaud- la similitud de lugares y circunstancias le habrían hecho creer que verdaderamente se acababa de despertar de un largo sueño para encontrarse, algunos años atrás, y a millares de kilómetros de distancia, sobre un camino prohibido en la tierra del Sultán Muley Hassan.

Cabalgaron dos días y dos noches, con breves descansos para dormir. Subieron a la cima de la colina de Beilán y descendieron por la otra vertiente hasta el poblado de Akbés, asomado a una vertiginosa pared cortada a pico. Bajaron por un lugar donde la verticalidad era menos pronunciada, siguiendo un camino de mulas apenas marcado en la roca, y alcanzaron el fondo del horrible precipicio. Recorrieron un largo trecho de la estrecha garganta, treparon por el lecho de un arroyo sin agua en aquellos momentos, y desembocaron al fin en un amplio valle, dulcemente extendido a ochocientos metros de altura, pero cercado de montes impenetrables, que erguían sus cimas de roca gris, horadadas por cavernas, más altas que los sombríos bosques de pinos marítimos, encinas gigantes y olivos silvestres, vivienda de perdices, venados y bandidos, reserva de caza -durante el invierno- de los lobos, panteras, osos y jabalíes.

Si el hosco paisaje, que los había acompañado durante el largo camino desde Alejandreta hasta allí, hizo recordar a Carlos algunas regiones de Marruecos, aquel valle insospechado y que aparecía repentinamente ante sus ojos, verde de pastos, dorado de mieses y alegre de árboles frutales, le trasladó, como por arte de magia, a los años de su infancia, en un valle de los Vosgos, cuando su pequeña mano iba cogida de la mano grande y buena del abuelo Morlet, coronel de artillería retirado. Pero poco después, los ojos del novicio encontraron dos detalles que le volvieron bruscamente a la realidad: una empalizada alta y sólida, protegida con espino, construida alrededor de todo el valle, en los limites con el bosque, para impedir las incursiones de las fieras; y en el centro, un poblado de barracas, hechas con madera y barro, cubiertas con ramas, muy semejante a los pueblos de los buscadores de oro del Far West, de los cuales Carlos había visto algunas fotografías.

Aquella era la trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. «Es una babel de graneros, establos, chozas, unidos los unos a los otros por miedo a los ladrones y a las fieras, a la sombra de árboles inmensos», escribió Carlos en una de sus cartas. En otra explicó: «Hace treinta años, este lugar estaba habitado; la comarca, ahora desierta, era populosa. Pero, a causa de una insurrección, los turcos lo arrasaron todo. Evidentemente, no pensaban prepararnos el lugar».

En 1882, los trapenses de Nuestra Señora de las Nieves, amenazados con la expulsión de Francia, enviaron a uno de ellos a buscar refugio en otro lugar. Alguien encontró aquí el refugio adecuado, en tierra Siria, en aquella cuenca perdida entre montes, donde el furor de los turcos había pasado sin dejar huella de personas y de cosas.

Entonces vinieron unos cuantos monjes desde Nuestra Señora de las Nieves, y fundaron una trapa hija, dedicada a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, y don Luis Gonzaga, hermano de don Martín, fue el prior. Algunos curdos, bajados de las montañas, se dejaron convencer de que abandonaran el bandidaje y todos juntos pusieron manos a la obra; levantaron algunos alojamientos provisionales, protegieron el valle con la empalizada, limpiaron el suelo de ruinas y, araron la tierra cultivable. Cada año recogían cebada, trigo, legumbres, uva, algodón y fruta, cada vez con mayor abundancia.

Después de ocho años de fatigas sin descanso, el valle que se ofrecía a los ojos de Carlos, tapizado de prados limpios y de cultivos ordenados, era un encanto. Pero el monasterio -si así se podía llamar a aquel conjunto de chozas miserables- hablaba todavía el áspero lenguaje de los pioneros. En el verano, los frailes dormían en un granero que estaba encima de los establos; el olor se metía por entre las tablas mal juntas y el pataleo de los animales no cesaba en toda la noche. Para los inviernos tenían otro granero, situado sobre el refectorio, y el frío parecía una lluvia glacial desde el techo de hojalata cubierto de nieve.

«Somos una veintena de trapenses, comprendidos los novicios -escribió Carlos algún tiempo después a su hermana Maria de Blic-. Hay ganado, bueyes, cabras, caballos, asnos, cuanto es necesario para una labor agrícola en gran escala. En las barracas se alojan también una veintena de huérfanos católicos -comprendidos entre los cinco y los quince años- y una quincena de obreros laicos -curdos que abandonaron el bandolerismo para hacerse agricultores-, sin contar un número siempre variable de huéspedes, en el verdadero sentido de la palabra, pues ya sabes que los monjes son esencialmente hospitalarios… Mi alma tiene una profunda paz, una paz que desde el instante en que llegué no me ha dejado, y que cada día es más grande, si bien comprendo cuán poco es mía y cuánto, por el contrario, es un puro don del Señor».

Aquella pobreza santificada por la oración, el trabajo hecho sagrado por la regla, el encontrarse en tierra de Asia, no lejos de los lugares que habían acogido a los primeros eremitas cristianos, le entusiasmaron, hasta tal punto, que creyó -por algún tiempo- haber conseguido plenamente la sencillez de los tiempos primitivos.

Pero luego recordó que todavía estaba ligado al mundo por un grado de oficial de la reserva y por aquel extravagante apartamento que poseía en Paris en el número 50 de la calle Miromesnil. Se apresuró a escribir a su hermana: «También es tuyo, te lo regalo»; y al ministro de la guerra: «De nuevo presento mi dimisión del ejército francés, y esta vez definitivamente». Después, con un profundo sentimiento de alivio, comunicó a su prima Maria de Bondy: «Este paso me ha dado una verdadera alegría. Había dejado todos los bienes; pero me quedaban dos impedimentos miserables: el grado y una pequeña propiedad. Me siento feliz de haberlos arrojado también por la ventana».

La semana del 2 de febrero de 1892 -el alba no había despuntado todavía sobre la fiesta de la Candelaria- fray María Alberico hizo voto de pobreza, castidad y obediencia en la Orden de los cistercienses reformados es decir, de los trapenses.

«Ya no me pertenezco en absoluto -escribió en la noche de su profesión religiosa-. Me encuentro en un estado que nunca había experimentado, si no es a mi regreso de Jerusalén. Es una necesidad de recogimiento, de silencio, de estar a los pies de Dios y de contemplarle…».

«No sabéis, señora -escribía respecto a él Don Luis Gonzaga, prior de la trapa, a María de Bonfy-, qué santo compañero de viaje hacia el cielo se ha unido a nosotros… Nuestro venerado padre Policarpo, que es su director espiritual, tiene casi cincuenta años de profesión religiosa y más de treinta de superior, y me asegura que no ha encontrado en su vida un alma tan entregada a Dios…». Y le confiaba, quizá para obtener de ella una ayuda indirecta: «Quisiera que fray María Alberico hiciese los estudios de teología para ordenarse sacerdote. Pero preveo que habré de sostener una gran lucha con su humildad».

Si ése era el deseo de Don Luis Gonzaga, más ambicioso era el proyecto que abrigaba su hermano, Don Martín. Este, llegado desde Francia a la trapa de Siria en visita canónica, dijo clara y rotundamente que fray María Alberico era el más dotado para ser en un día futuro prior del monasterio de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Sin embargo, los dos estaban de acuerdo en que la tarea de convencerle, para que aceptase semejante dignidad, iba a ser muy difícil.

Fray María Alberico no tenía ninguna de las llamadas «santas ambiciones»; o, mejor dicho, de ambiciones nutría una sola legítima, firmísima: la ambición de estar en el último puesto siempre y en todas partes. Los dos superiores lo comprobaron, sin lugar a dudas, al iniciar los primeros sondeos; nada más mencionárselo se declaró indigno del sacerdocio y descartó la idea de cualquier dignidad, aunque fuese religiosa, con el mismo ímpetu con que habría rechazado la tentación que pretendiera alejarle de aquella pobreza, la cual -decía- era la única capaz de acercarle a Cristo: «Experimento un gozo vivísimo al estar metido hasta el cuello entre la paja y la leña, y mi repugnancia es extrema hacia cuanto pueda alejarme de este último puesto, que he venido a buscar aquí, en esta abyección, en la cual deseo profundizar más y más, según el ejemplo de nuestro Señor…»

El «peligro» de tener que ordenarse sacerdote -es la palabra empleada textualmente por fray María Alberico- pareció alejarse cuando, además de no volver a mencionarle los estudios teológicos, le encargaron de remendar y coser los vestidos de los huérfanos acogidos en la trapa. Le pareció entonces que se le abrían las puertas del cielo. ¡Aquel trabajo si que le aproximaba a la casita de Nazaret!

Pero su felicidad duró poco tiempo. En agosto de 1892 le fue ordenado, de repente, que dejase la aguja y comenzase los estudios de teología. Desesperado, corrió ante el prior.

«No tengo vocación», insistió.

Don Luis Gonzaga le contestó, con tono terminante, que era cosa ya decidida y no había nada que objetar.

Fray Maria Alberico estuvo durante varios días profundamente deprimido. Después recordó que la obediencia perfecta es más pura que la más pura intención personal, y se sobrepuso. A partir de entonces, dos veces a la semana, acompañado de otro fraile trapense, recorrió a pie, ida y vuelta, el largo camino que llevaba a la aldea de Akbés -el terrible precipicio, el vertiginoso camino de mulas apenas señalado en la pared de roca casi vertical-, con objeto de acudir a la misión de los lazaristas y escuchar las lecciones del padre Destino, el superior, hijo de un antiguo ministro del rey de Nápoles y que había sido profesor de teología en Montpellier.

«La teología me interesa», escribió Carlos algún tiempo más adelante; pero nunca dijo que la amara. Le interesaba en cuanto !e hablaba de Dios y, queriendo, también podía conducirlo a Él. Pero en cuanto ciencia -no como acto de vida ni de amor- en ningún momento le produjo una chispa de entusiasmo. «Estos estudios -escribió- no valen lo que la práctica de la pobreza, de la obediencia, de la mortificación, de la imitación de nuestro Señor, que me inclinan al trabajo manual. Pero como lo hago por obediencia, después de haberme resistido cuanto me ha sido posible, no hay duda de que es esto lo que el buen Dios quiere de mí en este momento».

Yendo y volviendo de la trapa a la misión de los lazaristas en Akbés, Carlos tenía mucho tiempo para pensar sobre los hechos de su vida. Poco a poco, empezó a no sentirse a gusto consigo mismo.

Recordaba que hacia algún tiempo había escrito: «Cuanto más das a Dios, más devuelve El. Creía, al dejar el mundo, haberlo dado todo; pero en la trapa he recibido mucho más de cuanto he dado en toda mi vida». Entonces escribió estos reglones con el corazón lleno de gozo. Pero, ahora, pensar en ello le producía profunda inquietud. Había soñado y encontrado la trapa más pobre y más dura de cuantas existían en el mundo; y sin embargo aquella trapa le había ofrecido una vida tan dulce y tan fácil…

Por añadidura, la orden de estudiar le turbaba. «Para aplicarme con todas mis fuerzas en el estudio de la teología, me veo obligado a renunciar a la lectura y a pasar menos tiempo en la Iglesia… la teología me interesa, sí, y también es bella cuando se la ama… Pero sabía mucha, acaso, San José?» A pesar de su gran tristeza, sacaba fuerzas para ironizar sobre sí mismo: una trapa, que le encaminase hacia «una honorable vida de estudio», no la había esperado ni remotamente. Mientras tanto, las palabras de san Vicente de Paúl resonaban cada día, cada hora, de la misma manera, en su interior: «Amemos a Dios, amemos a Dios; pero a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente».

El sentimiento de disgusto que ya dominaba el alma de Carlos, aumentó en abril de 1893, a causa de un «Breve» de León XIII, que autorizaba a los trapenses a usar grasa y mantequilla como condimento para los alimentos de su régimen vegetariano. Más aún, la autorización tenía valor de recomendación.

Comprendía perfectamente que el Papa había dado aquel documento por la preocupación de salvaguardar, en cuanto era posible, la salud de los trapenses; y sabia también que, únicamente con este espíritu, la trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón había aceptado la invitación de Roma. No obstante, no podía negarse a si mismo que aquel hecho hacía más profundo el sentimiento que experimentaba últimamente: el de hallarse en la trapa como pez fuera del agua.

«Desde hace unas semanas -escribía a María de Bondy el exrefinadísimo sibarita en especialidades gastronómicas- no tenemos nuestra buena cocina a base de agua y sal… Ponen en los alimentos una enorme cantidad de grasa… Tú puedes comprender cuánto me disgusta esto: mortificarse menos es dar un poco menos a Dios, un poco menos a los pobres…».

Pasó algún tiempo, y la inquietud creció hasta tal punto en el ánimo de Carlos, que no tuvo más remedio que enfrentarse con el dramático interrogante que dominaba sus pensamientos: ¿podía, debía permanecer todavía entre los trapenses? En realidad, los votos que había pronunciado hasta aquel momento eran temporales; pero este hecho no era suficiente para aplacar su angustia.

Decidió pedir consejo al padre Policarpo y a sus superiores, y les habló con entera sinceridad.

«Me siento seguro -les dijo- de que mi vocación no coincide exactamente con la Orden de los cistercienses reformados».

Le pidieron que dijera cuál era la Orden a la que se sentía llamado y respondió que, en aquel momento, no existía en la Iglesia una comunidad que reuniese las condiciones que él necesitaba.

«Viendo que no es posible en la trapa llevar la vida de pobreza, de absoluto desinterés, humildad -y diría también de recogimiento- de nuestro Señor en Nazaret, me he preguntado si Él me habrá dado estos deseos tan vivos para que se los sacrifique o, por el contrario, si dado que hoy ninguna congregación en la Iglesia ofrece la posibilidad de llevar la misma vida que El tuvo en este mundo, debo buscar algunas almas con las cuales fundar una pequeña congregación que reúna estas condiciones: imitar lo más exactamente posible la vida de nuestro Señor, vivir únicamente del trabajo manual, sin aceptar ningún regalo ni limosna alguna, siguiendo al pie de la letra los consejos de Cristo, no poseyendo nada, dando a todo el que pida, no reclamando nada, privándose de todo lo privable, a fin de ser lo más conforme posible a nuestro Señor y darle lo más que podamos en la persona de los pobres. Al trabajo iría unida mucha oración, pero sin oficio en el coro, ya que es un inconveniente para los huéspedes y ayuda tan poco a la santificación de los ignorantes. Las comunidades serían de pocos miembros, a la manera de los carmelitas, porque los monasterios numerosos asumen, necesariamente, una importancia material que es enemiga de la pobreza y de la humildad. Y así difundirse por todas partes, sobre todo en los países de infieles o abandonados, donde será dulcísimo aumentar el amor y los servidores de nuestro Señor Jesús…»

Esto dijo a sus superiores. Al confesor le preguntó de dónde le vendría aquel deseo tan grande de realizar su «ideal de Nazaret»: ¿De Dios? ¿Tal vez del demonio? ¿O de su fantasía? «El padre Policarpo me ha contestado que no lo piense por el momento y espere la ocasión, propicia, que Dios, si este deseo mío viene de El, lo hará surgir sin duda».

Más dura fue la respuesta del abate Huvelin, al cual había escrito para pedirle también consejo: «Proseguid los estudios de teología, al menos hasta el diaconado; aplicaos en el ejercicio de las virtudes interiores y sobre todo del anonadamiento. En cuanto a las virtudes externas, practicadlas en la perfecta obediencia a la regla y a los superiores… Para lo demás, esperemos. Sin embargo, tened presente que vos no estáis hecho, en absoluto, para guiar a los demás…».

Ante esta respuesta, fray Maria Alberico inclinó la cabeza.

«Paciencia, paciencia», pensó. Transcurrieron varios meses, sin que sucediera nada. Pero de improviso, Dios le envió la primera señal.

Fue en abril de 1894. A fray Maria Alberico le mandaron ir a velar el cadáver de un operario árabe católico. Apenas pisó la choza del muerto, se sintió conmovido hasta lo más profundo. A poca distancia de la trapa más pobre del mundo, descubría una miseria tan tremenda que hacía parecer riqueza la pobreza de los monjes.

«Nosotros, los trapenses -pensó entonces-, hemos renunciado al mundo, es verdad; vivimos una vida dura, es cierto. Pero este hombre que acaba de morir en este tugurio ha llevado una vida todavía más dura. Por añadidura, nosotros los frailes formamos una comunidad numerosa, nos sostenemos el uno al otro, tenemos algunas tierras y ganados; pero este hombre, para mantener a su familia, estaba solo, como San José. No poseía nada. Y si ha logrado sobrevivir hasta hoy, ha sido gracias a que vendía cada día, míseramente, el trabajo de sus brazos. ¡Qué diferencia entre esta casa y la nuestra! ¡Cómo añoro a Nazaret!».

Un año más tarde, en noviembre de 1895 hubo una terrible matanza, fue la segunda señal. Los cristianos de Armenia se sublevaron contra los turcos y éstos aprovecharon la oportunidad para intentar el exterminio no sólo de los armenios, sino de todos los cristianos, católicos y greco-ortodoxos, donde quiera que se encontrasen. En pocos meses las víctimas llegaron a ciento cuarenta mil -en Marache, la ciudad más próxima a la trapa, en dos días fueron muertos cuatro mil quinientos-, y muchos fueron mártires, en el pleno sentido de la palabra, porque murieron voluntariamente, sin defenderse, antes que renegar de la fe.

«Los europeos se hallan bajo la protección del gobierno turco, y así nosotros estamos seguros -escribió Carlos, con profunda amargura-. Pero es bien doloroso ser tratados de este modo por los mismos que deguellan a nuestros hermanos. ¡Cuánto mejor seria morir con ellos que ser protegidos por sus asesinos!».

La gran tragedia aumentó todavía más su deseo de abyección total. Si no hubiese sabido aceptar la obediencia hasta la completa negación de si mismo, no habría resistido, ni un minuto más, dentro de la empalizada que cerraba el verde valle.

Pero obedeció, una vez más se anonadó en la obediencia, Aunque desde hacía tres años no sentía otro deseo que salir de la trapa, en enero de 1896 -por obediencia- renovó los votos temporales por dos años más. No obstante, al mismo tiempo, elaboraba con todo detalle un proyecto de regla para las pequeñas comunidades que soñaba fundar y para las cuales ya había encontrado nombre: «Congregación de los Hermanitos de Jesús».

«Estas comunidades -escribió- se establecerán en las ciudades pequeñas o en los suburbios de los centros populosos, en todo caso en los barrios donde vivan los más pobres. Habitarán en pequeños alojamientos, que serán absolutamente semejantes a las más miserables viviendas del lugar, barracas o cabañas, según sean. Cada alojamiento tendrá tres habitaciones; una reservada a la capilla, otra a los huéspedes y la tercera a los Hermanitos. Nada de sillas, ni de camas: bastará con unos bancos adosados a las paredes. En torno a la barraca habrá un huertecillo para cultivar legumbres y algunos árboles frutales. La clausura será extremadamente severa, y el silencio deberá reinar perpetuo, roto solamente por la oración que, con el trabajo, ocupará toda la jornada. El trabajo será manual y lo más sencillo posible, tanto para sufrir la misma fatiga que la gente más ignorante como para dejar libre el espíritu para la meditación. Por el trabajo se cobrará el salario más bajo. Como vestido se adoptará el que usen los más pobres de la región. Para la alimentación serán suficientes dos comidas: una con solo cereales hervidos en agua y sal y la otra de una libra de pan. Únicamente los domingos habrá un poco de leche, miel, mantequilla y fruta. Sin embargo, los enfermos gozarán de la mayor abundancia, porque es justo que naden en las delicias. También la oración será “pobre”: se asistirá a la misa, se adorará al Santísimo, se rezarán el ángelus, el viacrucis y el rosario; pero nada de oficio canónico: no se debe excluir de la plegaria a aquellos que no saben nada de latín…».

Carlos envió una copia de este esbozo de regla al abate Huvelin. La respuesta llegó, alarmadísima, a vuelta de correo: «Vuestra regla es absolutamente impracticable. ¡Si el Papa vaciló en aprobar la franciscana, por considerarla demasiado severa, imaginad la vuestra! ¿Debo deciros la verdad? Me asusta. Vivid a las puertas de una comunidad, en la abyección que queréis; pero no redactéis reglas, os lo suplico…».

¡Pobre abate Huvelin, qué golpe había asestado a aquel proyecto de regla!. Pero había servido para algo: rehusaba, de un modo claro, reconocer en Carlos de Foucauld el espíritu del fundador y, al fin, le daba permiso para vivir -como un solitario loco de Dios- a la puerta de cualquier monasterio.

Carlos no dejó pasar el tiempo. Inmediatamente presentó al padre Policarpo y a los superiores su petición de libertad. Estos escribieron a Roma para solicitar la autorización de Don Sebastián, el superior general de los trapenses. Cuando el 10 de septiembre llegó la respuesta, decía sólo: «El hermano María Alberico es invitado a partir inmediatamente hacia la trapa de Staoueli, donde recibirá nuevas instrucciones».

La trapa de Staoueli se encontraba situada a diecisiete kilómetros de Argel, en una meseta desierta. Era prior Don Luis Gonzaga, el mismo que hasta hacia poco había estado allí, en Siria, dirigiendo la de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

La alegría que sintió Carlos al ver, después de diez años, a su amada África y al abrazar a su antiguo superior, se apagó tan pronto le fueron comunicadas las «nuevas instrucciones» dadas por Don Sebastián: como última prueba debía estudiar, durante dos años, teología en Roma. ¡Dos años! Tenía treinta y ocho, y de prueba en prueba, había tenido paciencia desde hacía más de tres años. Pero de nuevo obedeció. Es más: «Obedecer es amar: es el acto de amor mas puro, el más perfecto, el más sublime, el más desinteresado, el más adorador».

En noviembre de 1896, Carlos llegó a Roma y se alojó en la casa generalicia de los cistercienses reformados, al lado de San Juan de Letrán. Poco después comenzaba los cursos de la Universidad Gregoriana.

«El trabajo manual -escribió- ahora lo hemos dejado necesariamente… No tenemos todavía edad para trabajar como San José; estamos aprendiendo a leer como el Niño Jesús…».

Mientras tanto, se acercaba la temida fecha del 2 de febrero de 1897. En aquel día, por cumplirse los cinco años de los primeros votos, las constituciones indicaban que Carlos debía, o pronunciar los votos perpetuos, o abandonar la Orden. Precisamente, mientras se encontraba cumpliendo la última prueba que le había sido impuesta, lo cual complicaba la situación: si se iba de la trapa, faltaría al compromiso de ser obediente a su superior hasta el final, y pronunciando los votos anularía, en principio, todo resultado diverso de la prueba misma.

Fue el propio Don Sebastián quien resolvió in extremis la cuestión: reunió, con carácter de urgencia, el consejo, y los dos años de prueba y de teología fueron suprimidos. Fray María Alberico, al fin, era libre de abandonar la trapa. Solamente se le rogaba que pidiera un último consejo al abate Huvelin, quien había quedado como único director de su conciencia.

«Creo que mi vocación es descender… -escribió entonces Carlos al abate-. Se me han abierto las puertas para dejar de ser religioso de coro y bajar al rango de mandadero y criado». En suma, le hizo comprender que también en la jerarquía eclesiástica quería ocupar el último puesto.

El abate, en la respuesta, le repitió el permiso para vivir con todo el ocultamiento que quería, a las puertas de un convento, si era lo que deseaba; pero le negó de nuevo, con palabras claras y terminantes, la autorización para redactar una regla para otras personas.

Era todavía septiembre cuando Carlos dejó Roma, no llevando consigo más que lo poco que le habían dado los trapenses. Poco, pero sí suficiente para embarcarse con dirección a Jaffa. De ésta, pensaba dirigirse a Nazaret, ya que era precisamente allí donde quería vivir la «vida de Nazaret».

Cf. Vidas místicas Carlos de Foucauld, Blog subsidiario de elsantonombre.org

EL CAMINO QUE LLEVA A LA TRAPA (3ª parte)

Abbey of Notre-Dame des Neiges

El invierno de 1886 fue crudo incluso para Jerusalén. Las terrazas de las casas, las cúpulas de los santuarios, las cúspides de los minaretes, las copas de las palmeras y los ramos de los olivos se cubrieron de una nieve espesa como algodón. Las callejas sucias de la ciudad vieja se llenaron rápidamente de un barro resbaladizo, de color grisáceo oscuro.

Nevaba también, la víspera de Navidad, cuando un joven europeo -el bigote aguzado según el dictamen de la última moda y con un paletot de inconfundible corte parisino- fue visto aventurarse en aquel fango helado que cubría la Via Crucis hasta el Calvario; se dirigió después al Santo Sepulcro y paseó más tarde por el Jardín de la Resurrección. Por la noche llegó a Belén, asistió a la misa de medianoche y comulgó. En los días que siguieron a la Navidad, visitó Betania, Caná, subió al monte Tabor, pasó por Emaús y fue a Nazaret. En esta última ciudad se detuvo más largamente que en los Otros lugares y recorrió las calles llenas de barro, donde jugaban niños harapientos.

Se marchó. Pero en seguida volvió sobre sus pasos, como si una voz, a la que no se pudiera no hacer caso, le repitiera: «Aquí, aquí, en Nazaret, es donde Jesús vivió treinta años. Los vivió en silencio, ignorado por todos, desconocido, orando junto a su madre y trabajando de carpintero en el taller de José. Treinta años, ¿comprendes? Todo lo larga que ha sido tu vida hasta ahora; tal vez tanto como te queda todavía por vivir…».

Se hizo la luz. Jesús no le llamaba a imitarle en la vida pública; no le mandaba por ello ingresar en una orden religiosa que después le enviara a la predicación o a la vida intelectual. Nazaret hablaba claro a su corazón: «Estar escondido en Cristo, con San Pablo, quiere decir elegi abjectus esse (he elegido ser despreciado), porque nuestro Señor lo fue».

Era la luz. La luz que Carlos buscaba desde hacía cuatro años, a partir del verano de 1885, el cual pasó -como vamos a ver a continuación- en Tuquet, entre los plácidos viñedos de Gironda.

Poco después de terminada la expedición al Marruecos prohibido, Carlos de Foucauld había regresado a Francia. El eco de su empresa y la fama proporcionada por los primeros elogios oficiales habían borrado, del ánimo de sus parientes, el resentimiento por las pasadas irregularidades. Estos le acogieron con un calor que era a la vez afecto y orgullo. Pero Carlos permaneció poco tiempo entre ellos.

En octubre nos lo encontramos de nuevo en Argel, donde -apoyándose en los apuntes confeccionados durante el viaje- escribió una obra de elevado valor cien tífico y gran interés literario, que el editor Challamel publicó con el titulo Reconnaissance au Maroc. Fue un trabajo absorbente, que exigía de él mucha concentración, pero que no le impidió correr el riesgo de contraer un matrimonio, cuyos preparativos ya habían comenzado. Afortunadamente se salvó, en el último momento, gracias a la intervención a distancia de sus parientes, en particular de su prima María de Bondy, una persona de la cual sería necesario decir alguna palabra.

Tía Inés, la belleza sofisticada de otros tiempos, había contraído matrimonio con el bonachón señor de Moitissier. Fue ella quien, preocupada por la conducta de Carlos y sus prodigalidades extravagantes, había hecho imponer a éste un consejo judicial. Había tenido dos hijas. La mayor, Catalina, estaba casada con un diplomático, el conde de Flavigni. La segunda, María, era esposa del vizconde de Bondy. María había sentido siempre un afecto particular por su extravagante primo, desde el momento en que, siendo un niño, quedó huérfano de padre y madre.

También durante el transcurso de todos aquellos años que siguieron, cuando a casa de los Moitissier llegaban las noticias, cada vez más alarmantes, sobre el comportamiento del muchacho, Maria, sola en medio del coro consternado e indignado de la familia, nunca había pronunciado una palabra de condena. Por el contrario, siguió manteniendo con Carlos una relación epistolar cariñosa y serena que, en algunas ocasiones, le libró de cometer locuras todavía más grandes que aquellas en que caía.

Fue también su discreta y dulce intervención la que disuadió a su primo de caer en un nuevo error. «Tenía necesidad de ser salvado de este matrimonio, y vos lo habéis hecho», escribió después Carlos a su prima. Y ésta no será, como veremos más adelante, más que una de las intervenciones trascendentales de María de Bondy en la vida de Carlos de Foucauld.

Mientras tanto, en Argel, Carlos se había puesto preocupantemente enfermo, con una inflamación. El médico, que le había tratado hasta su curación, le prescribió taxativamente una larga convalecencia en Francia, a ser posible en el campo.

Era ya el verano de 1885. Carlos, todavía con fiebre, aprovechó para reunirse con su hermana, que estaba veraneando con los Moitissier en una granja que estos tenían en Tuquet, en Gironda. «Nada de trabajar, nada de escribir, ninguna clase de fatiga: reposo, reposo y reposo», le había recomendado el médico de Argel. A Carlos no le quedó más remedio que pasar las horas en una cómoda habitación, pensando y observando. Pero pensara lo que pensara, viera lo que viera, era África quien prevalecía en sus recuerdos.

Los viñedos de Gironda eran bellos. Para recorrerlos, no se necesitaba contratar protección, ni pagar una escolta armada, ni afrontar emboscadas como en Marruecos… Pero, cuando la brisa movía los pámpanos de la vid, era el rumor de las palmeras de Tisint el que resonaba en los oídos de Carlos. Si, desde la ventana de su habitación veía la blanca barba de un labrador anciano, era la patriarcal figura de Sidi Ben Daoud la que se alzaba ante sus ojos. Cuando, desde los lejanos telares se alzaba, al atardecer, alguna coplilla, le venia a la mente el eco de la plegaria musulmana que desde la cordillera del Atlas llegaba hasta allí, hasta la Gironda; aquella plegaria solemne, que hacían postrados, y cinco veces al día repetía: «Allah Akbar» («Dios es el más grande»).

Sin embargo, en Tuquet había aprendido que no eran los seguidores de Mahoma los únicos que sabían orar, creer y adorar. Se daba cuenta de que, mientras los beduinos se inclinaban allá en el lejano desierto, en la iglesia del pueblo, a pocos pasos de la granja, su prima Maria rezaba por lo menos con la misma entrega.

Durante muchos años había pensado -desde que la adolescencia echó su fe a las ortigas- que precisamente la diferencia entre unas y otras religiones era la negación de todas. Ahora conocía a los creyentes de dos de ellas, comprendía que aquella convicción no se tenía en pie y que se imponía esta otra como evidente y cierta: de las ardientes arenas del Sahara, como de la fresca penumbra de la iglesita de Tuquet, era único el acto de fe que se alzaba a Dios, única la alabanza al Altísimo…

El no creía en aquel Dios. Pero, sin saberlo, tenía una gran necesidad de creer. Las interminables horas de aquel reposo forzado estuvieron, a partir de un determinado momento, llenas de meditaciones sobre el mundo de la fe y la virtud. El no tenía fe; pero podía aspirar, al menos, a la virtud. Una virtud -sin duda alguna- pagana.

Se lanzó a buscarla en los viejos autores griegos y latinos; pero sólo halló aburrimiento y disgusto. Entonces, casi instintivamente, pasó a ojear algunos textos cristianos. Fueron lasElevations sur les Mystéres, de Bossuet, las que le hicieron al fin encontrar un cierto sentido místico a la vida. Pero siguió vacilando ante la fe en Dios, y, todavía más, ante la fe en el Hijo de Dios, y rebelándose al solo pensamiento de aceptar el «yugo de la Iglesia».

Mientras tanto su salud mejoraba. Cuando, en septiembre, los Moitissier y su hermana regresaron a París, él volvió a Argelia. Tenía planeado Otro viaje -a través de las regiones desde hacía poco sometidas a Francia- y lo realizó. De Mzab a El Golea, después subiendo hasta Túnez, donde embarcó, para llegar a su patria en enero de 1886.

Se estableció en Paris, en el número 50 de la calle Miromesnil. En el apartamento volcó su nostalgia de África: colgó de las paredes, entre los viejos retratos familiares, una colección completa de sus «paisajes» marroquíes. Adquirió una biblioteca de obras selectas y editadas lujosamente, contrató un mayordomo; pero no compró cama. Prefirió dormir sobre una estera, envuelto en su albornoz, como Buo Rhim y los otros amigos de allá. ¿Bohemia de lujo con fantasías exóticas? ¿Ascetismo snob? Puede ser. Sin embargo, la diferencia entre los equívocos pisitos anteriores y este apartamento, aunque extravagante, indicaba que algo había cambiado en el interior de Carlos de Foucauld.

A poca distancia de la calle Miromesnil, en la de Anjou, vivían los Moitissier. La tía Inés tenía un salón que ejercía cierta influencia en el mundo político francés de la época. Carlos fue acogido con todo el interés que merecía el explorador de una parte de mundo desconocida. Bien pronto se vio asediado por un coro de ilustres aduladores, que pretendían atraerle a su campo con toda clase de tentadoras ofertas. Hastiado, no les dio oportunidad; y si continuó frecuentando el salón fue sólo para encontrarse, lo más a menudo posible, con su prima María, a la cual definía a menudo como «ángel en la tierra», o «alma bella».

Estas dos expresiones hoy nos pueden parecer mediocres y hasta un poco cursis, dada la profusión poética y romántica de las «almas bellas» y de los «ángeles en la tierra». Pero en boca de Carlos de Foucauld tenían un significado genuino. Un hombre como él -que durante años había conocido la «dolce vita», calibrando la relación con las mujeres solamente con la medida del capricho o la pasión- no podía encontrar otras expresiones para definir a una mujer como María de Bondy, la cual, por primera vez en su vida, cual imagen viviente de la virtud, le inspiraba un sentimiento de absoluta pureza, jamás conocido antes.

A la calle de Anjou iba, de vez en cuando, el abate Huvelin para visitar a la tía Inés y a María. Era un convertido que se había hecho sacerdote y que entonces desempeñaba el cargo de vicario en la parroquia de San Agustín. Fatigas y enfermedades habían señalado su rostro, haciéndole parecer más viejo de lo que en realidad era. Para escuchar sus sermones acudía mucha gente del gran mundo; sin embargo no tenía nada de abate mundano, y no ofrecía un Evangelio aguado, sino todo lo contrario.

Carlos sintió muy pronto una gran admiración por aquél abate; pero ni siquiera se le ocurrió pensar que pudiera ayudarle lo más mínimo. Si Maria no había logrado que recobrase la fe, mucho menos estaba ello al alcance del abate Huvelin. Este era un simple sacerdote, no un taumaturgo. Y además, la fe, no te la pueden imponer los otros, ni tú la puedes comprar en los mercados, ni siquiera para hacer feliz a una María de Bondy…

Un día Carlos entró en San Agustín. Recorrió lentamente las naves, sumidas en una discreta penumbra, murmurando entre dientes: «Dios mío, si existís, hacédmelo saber».

¿Le buscaría -podríamos preguntar con Pascal- si no le hubiese encontrado ya?

Pero no es siempre fácil para un hombre conocer aquello que le inspira. Además, sin negar el poder de la gracia, quien ha perdido la fe es raro que la recobre como iluminado por un rayo de lo alto. La mayoría de las veces, debe recorrer un camino largo y penoso, con avances y retrocesos, antes de llegar a la meta del «si» que subraya el final del drama interior.

En septiembre de 1886, Carlos volvió a embarcar se. Quería realizar una rápida expedición por territorio tunecino, antes de poder decir que había recorrido toda África del norte, desde Tánger hasta Tunez.

Un mes más tarde, en octubre, se lo pudo decir a María, nada más volver a París. Pero la conversación se desvió inevitablemente a Otro tema y terminó con estas palabras amargas de Carlos: «Vosotros sois felices con creer; yo, por el contrario, busco la luz y no la encuentro».

Sin embargo, una mañana de los últimos días de octubre, a primera hora, después de una noche de insomnio, Carlos de Foucauld salió de casa y se dirigió a San Agustín. No sabia claramente que era lo que deseaba; sólo sentía una angustiosa necesidad de ayuda.

En la sacristía preguntó por el abate Huvelin. Le contestaron que estaba en el confesionario, aquél de allí, y se lo indicaron. Carlos se aproximó y, hablando a media voz, a través de las portezuelas cerradas: «Abate Huvelin -dijo, y fueron las únicas palabras que le acudieron a los labios-, deseo que me instruyáis en la fe».

«Arrodillaos -respondió desde la oscuridad la voz contenida del sacerdote-, confesaos a Dios y creeréis.».

«Pero yo no he venido a eso…».

«Confesaos» -repitió el abate-. Un último momento de vacilación y Carlos pasó al lateral del confesionario y se arrodilló con la vista dirigida hacia la rejilla.

Desde aquel día, casi todas las mañanas iba a comulgar y se confesaba cada semana. Su alma sentía una serenidad como jamás la había conocido.

Pero Carlos no había llegado al final de su conversión. Porque si conversión significa la transformación total del ser, él comprendía que ésta no estaría concluida mientras su vida no fuera arrasada, para construirla de nuevo de un modo completamente distinto. «Cuando creí que había Dios -escribirá más tarde-, supe que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para El. Mi vocación religiosa nació en el mismo instante que mi fe».

Empero, su fe recién nacida tenía que soportar muchas dificultades para sobrevivir. A veces, los prodigios narrados por los Evangelios le sabían a fábula; en otros momentos deseaba mezclar las plegarias cristianas con trozos del Corán… Fue necesaria la ayuda constante del confesor para que aquella delicada fe llegase a madurar; pero, sobre todo, fue decisiva la ayuda de la gracia de Dios.

En medio de tantas contradicciones, la primera idea -que fulguró en el mismo momento que la mano del abate Huvelin trazaba la cruz de la absolución- se abría paso y se robustecía. «Deseo ser religioso, vivir sólo para Dios, hacer lo más perfecto, cueste lo que cueste…»

El abate Huvelin le hizo esperar tres años. Además de otras razones, había una especial: aunque Carlos deseaba «desaparecer ante Dios en un puro anonadamiento» -como le sugerían las páginas de Bossuet-, sus ideas seguían sin ser claras del todo y no sabía qué Orden religiosa escoger.

La primera indicación le llegó de un trozo del Evangelio, que le produjo un impacto muy particular: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el primero y el más grande de los mandamientos. El segundo es semejante a éste: amarás al prójimo como a ti mismo». Por lo tanto, comenzaba y se circunscribía en el amor.

La segunda orientación..Ja tuvo por medio de un sermón del abate Huvelin en San Agustín. Recordaba muy bien sus palabras: «Nuestro Señor ha elegido el último puesto, hasta tal punto que nadie ha logrado quitárselo». «De acuerdo -pensó Carlos-, no es posible quitárselo; pero lograr el último puesto entre los hombres sí que es posible. Este, sin duda, es el único modo de estar próximo a nuestro Señor…»

Transcurrieron varios meses. Durante los mismos, Carlos -convencido de tener al fin en la mano la llave de su vida- meditó profundamente en la gran paradoja del cristianismo: Dios es el Altísimo; pero el Hijo de Dios se ha hecho el último de los hombres. ¿Por qué? Lentamente sus ideas se fueron aclarando: el Altísimo ha amado a la humanidad con tal amor, que ocultó toda señal de su gloria para hacerse hombre -y entre los hombres el más miserable-, llegar incluso hasta la muerte en el patíbulo y a la ignominia para conquistar el amor de las criaturas humanas.

Durante aquellos meses nadie se dio cuenta del drama que se desarrollaba en el alma de Carlos de Foucauld. Para todos seguía siendo el elegante parisino, un poco «snob», que frecuentaba el salón de madame Moitissier, tenía un mayordomo con lujosa librea y un piso un poco extravagante, donde pasaba las horas corrigiendo las pruebas de su obra sobre Marruecos y completando los mapas y cartas topográficas. Cuando -a comienzos del año 1888- el editor Challamel lanzó al mercado Reconnaissance au Maroc, el libro tuvo el más lisonjero éxito y la crítica profetizó a su autor un brillante porvenir. Al leer esto último, Carlos no pudo contener una sonrisa irónica.

En el verano de aquel mismo año, fue a pasar unos días en el castillo de los Bondy, en Indre. Fue entonces cuando María le aconsejó que visitará la trapa de Fontgombault, que estaba próxima. Carlos así lo hizo. Contempló el silencioso ir y venir de aquellos monjes de hábitos de lana blanca, oyó el golpear del martillo en el taller, el trino de los pájaros en los árboles, el murmullo del agua en las fuentes, el mugido lejano de una vaca, el sonido sordo que producía el azadón al hundirse en la tierra del huerto, el rumor del rastrillo; pero no oyó una sola voz humana en aquél pequeño mundo, limpio y misterioso. El silencio absoluto del hombre le pareció que transfiguraba el mismísimo campo de Francia, dándole la muda majestad del desierto. Pero lo que más le impresionó fue el mísero hábito de trabajo, sucio y remendado, de un fraile que regresaba de los campos.

Esta fue la tercera indicación: «Es aquí dentro -pensó- donde ese fraile ha encontrado el último puesto. Su hábito es el más bello del mundo…»

¿Era la trapa el único lugar de la tierra donde podía satisfacer su vocación? El abate Huvelin, al cual sometió su pregunta en cuanto estuvo de regreso en París, no se pronunció todavía. «Es mejor -le dijo- que antes de tomar cualquier decisión, hagáis una peregrinación a Tierra Santa. Allí pedid a Dios que os ayude a decidir».

En Tierra Santa, entre la nieve, sucedieron los acontecimientos que hemos narrado al comienzo de este capítulo. Desde aquella Navidad, Carlos no soñó sino con vivir la vida de silencio, oración y trabajo que durante treinta años llevó Cristo en Nazaret.. Había recibido la cuarta indicación y era la definitiva.

El 16 de enero de 1880 fue un día de viento impetuoso. Carlos avanzó por el sendero que se adentraba en un bosque de hayas y abetos, en forma de escarpada pendiente, entre los montes del Vivarais. Aquel camino llevaba a la trapa de Nuestra Señora de las Nieves.

Respecto de la misma, sabía dos cosas esenciales: la primera, que aquél era el más pobre entre los pobres monasterios trapenses, y él quería ser el más miserable de aquellos frailes míseros; segunda, que aquella trapa había fundado un nuevo monasterio en Siria, cerca de Alejandreta, y esperaba formar parte del grupo que iba a ser enviado allí para reforzar la nueva comunidad, la cual sin duda seria todavía más pobre que la casa madre.

El abate Huvelin le había escuchado, -ya no cabían dudas, la elección de Foucauld era meditada- y le dio su aprobación. Aquél fue el momento de la decisión final.

Desde que solicitó la admisión en la trapa, hasta que le fue concedida, pasaron varios meses. En el transcurso de los mismos, el tribunal de Nancy le quitó el consejo judicial y le devolvió la plena libertad para disponer de su fortuna. Curiosa historia la de la fortuna de Carlos: había podido utilizarla a manos llenas cuando era mejor que no la tuviese; le fue administrada precisamente cuando la había podido emplear en algo serio; se le devolvía ahora la completa disposición sobre la misma, cuando para él carecía totalmente de interés. Carlos la donó íntegra a su hermana.

Hizo una visita de despedida a sus parientes. Fue de Nancy a Dijón y por último a París. La víspera de la partida, él y Maria asistieron juntos a la misa que celebró el abate Huvelin y ambos comulgaron. Al llegar el momento, dio un postrer abrazo a los parientes de la calle de Anjou y se encaminó solo hacia la estación.

El bosque estaba ahora a su espalda; pero el viento soplaba igualmente en la desnuda pendiente de la montaña. Al alzar los ojos, Carlos vio los muros de granito blanco del monasterio solitario. Entonces sintió que, en verdad, todo había terminado: las locuras de Saumur, las pasiones de Evian, las aventuras de Fez, las amistades de Boujad y de Tisint, los afectos de París, las noches marroquíes bajo un cielo de diamantes, las noches parisinas iluminadas con las luces de los grandes bulevares, los veranos entre los viñedos de Gironda y en el castillo de Indre. Pero, al mismo tiempo, sintió que todo comenzaba en aquel reino de silencio. Hizo sonar la campana que había en la puerta.

«Deseo hablar con el Padre Abad» -dijo-. El hermano portero le guió, sin abrir la boca, ante el P. Martín.

«¿Qué sabéis hacer?» -le preguntó éste sin entrar en preámbulos.

«Pocas cosas».

«Entonces tomad ésta». Y le dio una escoba.

«Es mejor ser el último allí donde Dios quiere» -murmuró Carlos.

El día 27 de aquél mismo mes entró en la comunidad como postulante. Diez días más tarde tomaba el hábito de los novicios de coro: una amplia túnica de lana blanca, el escapulario y la cogulla. El vizconde de Carlos de Foucauld elegía para nombre religioso el de hermano María Alberico. «María -explicó-, por la Virgen de Nazaret, por mi prima que había sido la inspirada y como una hermana, a la que amaba tiernamente. Alberico en recuerdo de uno de los santos fundadores de la orden cisterciense».

En la trapa de Nuestra Señora de las Nieves cada día era idéntico que el anterior e igual que el siguiente. Para el hermano María Alberico todos ellos significaban oración, estudio y escoba, y una gran nostalgia de las personas amadas: María, Catalina, su hermana, la tía…

«Nos levantamos a las dos -escribió a su hermana- y vamos a la iglesia, donde recitamos durante dos horas en voz alta los salmos en el coro. Después, durante hora y media, se está libre: se lee, se reza, los sacerdotes celebran su misa. Hacia las cinco y media volvemos al coro para seguir recitando salmos -es el oficio de «prima»- y se oye la misa de la comunidad. Después se va al capítulo, donde se hacen algunas oraciones, el superior comenta una parte de la regla y, si alguno ha cometido una culpa, se acusa en público y recibe la penitencia correspondiente, que no es jamás severa. Después, más tiempo libre -tres cuartos de hora- para leer y orar cada uno por su cuenta; luego se recita en el coro la «tercia». Hacia las siete se comienza el trabajo: al salir de «tercia» el superior señala el trabajo a cada uno. Se hace éste hasta las once, hora en que se dice la «sexta». A las once y media vamos al refectorio. Después de la comida -una comida monacal- nos dirigimos a la habitación para dormir hasta la una y media de la tarde. Tres cuartos de hora de intervalo para las plegarias particulares de cada uno o la lectura. A las dos y media, vísperas. Después de éstas, trabajo hasta las seis menos cuarto. A las seis, oración. A las seis y cuarto, cena. Un poco de tiempo libre y, a las siete y cuarto, lectura para toda la comunidad, en capitulo. Después «completas», canto de la salve y a la cama. Vamos a dormir a las ocho…»

Los trapenses no tienen celdas separadas, duermen todos juntos en una desnuda habitación. Adiós cámara familiar de otro tiempo, adiós cuarto número 82 de la escuela de Saumur con su cómoda tumbona, adiós garçoniere de Pont-á-Mousson, adiós apartamento de Paris, adiós tiendas marroquíes…

Pero ¿por qué había elegido la trapa? «Por amor, por amor», escribía.

Cf. Vidas místicas Carlos de Foucauld, Blog subsidiario de elsantonombre.org

UN RABINO ERRANTE POR EL MARRUECOS PROHIBIDO(II)

El 25 de abril de 1885, los periódicos de París publicaron, en lugar muy destacado, el resumen de la sesión extraordinaria de la Sociedad de Geografía, que se había celebrado bajo la presidencia de Fernando de Lesseps, constructor del canal de Suez, el día anterior, con el fin de escuchar el relato de la expedición a Marruecos realizada por el vizconde Carlos de Foucauld, de veinticinco años de edad, a quien le había sido otorgada la medalla de oro.

«Antes del viaje del señor de Foucauld -es lo que pudo leer el público de Francia y de fuera de Francia- los cartógrafos disponían apenas de 12.208 kilómetros de Marruecos, con pocas e imprecisas referencias sobre la latitud y aun menos sobre la longitud. La geografía astronómica se había estudiado, dentro del imperio, sólo en una veintena de puntos… En nueve meses, del 28 de junio de 1883 al 23 de marzo de 1884, un sólo hombre, el vizconde Carlos de Foucauld, dobló por lo menos la longitud de los itinerarios marroquíes, con mapas cuidadosamente trazados, corrigió el conocimiento de 689 kilómetros descritos por anteriores viajeros y añadió 2.250 nuevos. En lo que respecta a la geografía astronómica,. determinó 45 longitudes y 40 latitudes. Donde sólo se conocían algunas docenas de alturas, él colocó tres mil. Gracias al vizconde de Foucauld se abrió una era nueva en el conocimiento geográfico de Marruecos…»

Este fue un capítulo en la vida de Carlos de Foucauld con el cual se podría escribir una novela. La sociedad de Geografía destacó únicamente su excepcional importancia científica. Fue un capítulo de ruptura, comprometido y audaz, que él quiso afrontar como reto, para acabar con las irregularidades de una existencia inútil. Nosotros, aquí, trataremos de relatar algunos momentos.

Primeramente, el joven vizconde y su guía habían intentado penetrar en Marruecos por tierra, a través de las salvajes montañas del Rif, pasadas las fronteras argelinas, pero no lo consiguieron.

Formaban una curiosa pareja. Uno, Carlos de Foucauld, alias Joseph Aleman -supuesto rabino moscovita, huido de Rusia a consecuencia de los últimos progroms-, disfrazado con aquellos vestidos medio sirios y medio argelinos, recordaba grotescamente a uno de esos monos que, con traje de colorines, hacen piruetas y muecas sobre el hombro de su amo. El otro, Mardoqueo Abi Serour, rabino auténtico de vida ajetreada, no era ya más que una ligera sombra del aventurero de otro tiempo: la barba, entonces negra y abundante, estaba ahora raía y surcada de abundantes hilos blancos; el caftán que, sujeto a la cintura, le caía hasta los pies y el casquete rojo que, con el turbante negro, le cubría la cabeza, mostraban a duras penas, entre los remiendos y las manchas, la buena calidad de las telas antiguamente. Viejo, cobarde y desgraciado, Mardoqueo se había quedado .casi ciego y sordo, si bien contaba con las mejores referencias de todo el Sahara. Tenía siempre entre las manos una vieja petaca, de la cual extraía contenido sin parar, y cuando podía entablar conversación con alguien, hablaba siempre y solamente de alquimia: era un buscador fanático de la piedra filosofal.

Con tal guía, Carlos de Foucauld había comenzado una de las expediciones más arduas y peligrosas de la época, tras diez días de haber buscado inútilmente, en las casuchas y las sinagogas de Orán, Tlemcen, LallaMarnia y Nemurs, un hebreo dispuesto a conducirlo al otro lado de la frontera, a introducirlo en el imperio secreto del sultán Muley Hassan.

Esbelto, majestuoso, con su vestidura alba, el rostro velado, sobre un caballo blanco cubierto con gualdrapa de terciopelo verde con franja de oro, rodeado de una nube de esclavos, atentos a espantar las moscas y a darle sombra con un gigantesco quitasol rojo, el sultán Muley Hassan,con su enorme cortejo de nobles, portaestandartes, guardias de vistosos uniformes encarnados y músicos incansables, estaba casi siempre de viaje a través de un vasto imperio, un imperio sin caminos y sin puentes, roído por el hambre y minado por la violencia. Iba de una ciudad a otra, de Fez a Rabat, de Meknés a Marrakech, o de una a otra de sus lejanas provincias, para cobrar los impuestos por la fuerza, o someter a las tribus rebeldes. Cuando, por la noche, se detenía, alrededor de su tienda, deslumbrante de adornos dorados, florecía como por encanto una ciudad de tiendas dispuestas en círculos concéntricos y dividida en sectores, para alojar a los dignatarios y el harén, la guardia y los mercaderes, los soldados regulares y los reclutados en las distintas tribus sometidas.

Estas eran las noticias «de color» que entonces se tenían del imperio prohibido más allá de sus fronteras, traídas por los pocos que habían osado poner los pies en Marruecos y logrado salir con vida de aquel país ferozmente xenófobo, que se defendía de la penetración de cualquier «cristiano» con leyes tan rigurosas que llegaban a contemplar la pena de muerte, la misma que para los que alimentaban aquel estado de constante insurrección que se recrudecía, contra todo y contra todos, a lo largo del inmenso territorio marroquí.

Una sola ciudad estaba abierta a los europeos: Tánger, que, para permitir el comercio de Marruecos con el resto del mundo, consentía a los comerciantes de toda Europa establecerse en ella con relativa seguridad. Fue a Tánger donde Carlos de Foucauld y su guía llegaron por mar, tras fracasar en los demás intentos de penetrar en Marruecos por tierra.

Era el 20 de junio de 1883. Una vez desembarcado en el inmenso puerto, que exhibía un sol espléndido, situado entre olivos y casas de blanquísimas fachadas, lanzando al cielo azul altísimas palmeras y agudos minaretes con un brillante policromado de mosaicos, Carlos de Foucauld se mezcló entre la multitud cosmopolita y, abriéndose paso con dificultad entre europeos, hebreos, árabes, bereberes y esclavos negros, se adentró en un laberinto de callejas estrechas y tortuosas, entre los gritos de vendedores públicos, el caracolear de jinetes con amplias chilabas, la música mágica de los encantadores de serpientes, el tintinear de las campanillas de los vendedores de agua, el trotar de los asnos cargados hasta los topes, los lamentos desesperados de los mendigos, las rimas de los cantantes y músicos y las ofertas susurrantes de las vendedoras con velo negro, acurrucadas en el suelo junto a sus pobres mercancías, con un surtido amplísimo, desde dátiles a pollos, desde hierbas a cacharros de barro.

Finalmente, Carlos encontró la casa del señor Ordega, ministro francés en Tánger, y luego fue a la morada de Mouley Abd es Selam, descendiente de Mahoma y amigo de Francia. Uno y otro le dieron cartas de recomendación para distintos personajes que, tarde o temprano, podrían serle útiles.

La primera jornada en territorio marroquí se desenvolvió felizmente. Alquilaron unas mulas y las cargaron con el equipaje indispensable: un par de sacos, que contenían cada uno una manta, un vestido, algunas .provisiones y utensilios de cocina, un botiquín con los medicamentos más necesarios y una caja metálica con el material secreto para la exploración: el sextante, el teodolito, el cronómetro, brújulas, termómetros, barómetros y mapas. Tres mil francos, en oro y corales -el capital de la expedición-, estaban escondidos en las vestiduras de Carlos, dentro de un pliegue que ni siquiera Mardoqueo conocía. Luego, los dos montaron en sendas mulas y se pusieron en camino hacia lo desconocido, hacia Tetuán.

Durante el camino, Carlos había tenido una conversación con su guía: «Escucha, Mardoqueo -le había dicho-: Estos días pasados, cuando intentabas convencer a alguno de tus correligionarios para que nos introdujera en Marruecos a través de las montañas del Rif, yo te dejaba hablar escuchándote en silencio; pero estaba bastante preocupado. Inventas cuentos sin fin sobre mi vida en Rusia. ¡Demasiadas historias sobre mí y, lo que es más, bastante inverosímiles! A la larga, esa manía tuya de fantasear puede llegar a ser imprudente. Y si nos descubren, ya sabes lo que nos espera… Por lo tanto, vamos a simplificar las cosas: desde este momento yo no soy el rabino Joseph Aleman, huido de Moscú, etc., etc. En adelante, simplemente, diremos que soy el rabino Couvaud, de Jerusalén, y basta. ¿De acuerdo?».

Llegaron a Tetuán, sin que nadie les molestase lo más mínimo. ¿Tal vez la realidad de Marruecos era menos hostil de lo que se decía?

Satisfechos por este primer éxito, y amablemente hospedados por una familia del «ghetto», se pusieron inmediatamente a preparar la siguiente aventura, bastante más ambiciosa: nada menos que una excursión a Chechaouen, la ciudad santa árabe, donde jamás un europeo había puesto los pies.

Partieron llenos de entusiasmo. Pero no pasarían muchas horas sin que la familia que los había hospedado los viera volver, con los vestidos desgarrados y los rostros lívidos. A las afueras de la ciudad, unos árabes, al descubrir los instrumentos científicos que el «rabino Couvaud» estaba manejando, olfatearon al explorador, y por lo mismo, al espía, y rápidamente se lanzaron contra él, para asesinarlo. «Si estamos todavía vivos, es de milagro», balbuceaba Mardoqueo, que había perdido hasta la última gota de su antiguo coraje.

Carlos de Foucauld comprendió que aquel era el primer aviso del verdadero Marruecos. Convenía, por tanto, anteponer, al estudio de la geografía y los demás estudios científicos, el conocimiento de la situación local y la profundización en ciertos aspectos particulares, referentes a los usos y costumbres de aquella gente. Informándose a fondo de la situación, descubrió que era la siguiente: en el País abundaban los salteadores dedicados a arrancar, sin misericordia, a los campesinos de aquellos contornos, y a rastrear hasta el último céntimo, de lo poco que se escapaba a las recaudaciones fiscales que llevaban a cabo el Sultán Mouley Hassan y su ávida y suntuosa corte. En lo que concernía a la posibilidad práctica de viajar por aquellas tierras, aprendió que no existía más que una manera, articulada en tres momentos: primero, pedir a un miembro importante de la tribu que le había hospedado que le concediese su anaia, esto es, su protección; segundo, concertar con él la zetata, o sea, la suma que pedía por protegerlo; tercero, afrontar el riesgo del viaje hasta el lugar indicado, en compañía del protector y de algunos de sus hombres armados hasta los dientes. Estos le pondrían en manos amigas y podría seguir el viaje hacia otros lugares merced a nuevas peticiones de anaia, nuevas zetata y nuevos desplazamientos con escolta armada, siempre con la esperanza de no encontrar alguna banda de ladrones más fuerte que la escolta. Y así, hasta el fin de su viaje por Marruecos.

Aprendida la lección, Carlos la puso inmediatamente en práctica para ir a Fez. A lo largo del camino, bajo la amenaza constante de los bandidos y la mirada desconfiada de sus acompañantes, logró rehacer de nuevo los primeros planos, a escondidas, trazando los primeros relieves con ayuda de la brújula y el barómetro, inaugurando aquel sistema clandestino de anotaciones científicas, que le sirvió después a lo largo de toda la expedición.

«Durante la marcha -contó más tarde- tenía siempre una libretita de cinco centímetros cuadrados escondida en la palma de la mano izquierda y un pedazo de lápiz como de dos centímetros en la derecha. Allí anotaba lo que me parecía importante en el camino, y lo que veía a izquierda y derecha. Anotaba los cambios de dirección, según las indicaciones de la brújula, los accidentes del terreno gracias a la altitud barométrica, la hora y el minuto de cada observación, las detenciones, la velocidad de la marcha, etc. Lo hice así todo el tiempo que duró el viaje y nadie se dio cuenta, ni siquiera en las ocasiones en que llegamos a ser una caravana numerosa; tenía, de hecho, la astucia de colocarme en cabeza o al final de la fila, de modo que, con ayuda de mis amplios vestidos, no se viese el ligero movimiento de mis manos al escribir…».

Cuando, a la caída del sol, llegaba a alguna aldea y conseguía un cuarto para él solo, Carlos pasaba aquellos apuntes a su cuaderno de viaje, describía el perfil de los paisajes observados durante la jornada y realizaba los croquis topográficos.

Ciudad de Chauen (Dibujo de Carlos de Foucauld)

Las observaciones astronómicas resultaron para Carlos más complicadas que la descripción del paisaje y los caminos. El sextante no lo podía esconder como la brújula y, además, aquella labor exigía permanecer bastante tiempo contemplando el cielo. ¿Cómo hacer entonces?

«La altura del sol y de las estrellas -comentaba después- la tomé casi siempre en los pueblos. De día, buscaba el instante en que no hubiera nadie en la terraza de la casa donde me hospedaba; llevaba entonces los instrumentos envueltos en ropa interior, que decía iba a tender para que se secara. Mardoqueo se quedaba al pie de la escalera, de guardia, dispuesto a entretener, con sus interminables narraciones, a cualquiera que fuera a buscarme. Comenzaba las observaciones cuando tampoco en las terrazas vecinas había nadie; pero con frecuencia tenía que interrumpirías. Era una labor pesadísima…». Más de una vez le sorprendieron en plena faena y, para que no sospecharan que era explorador, se hizo pasar por hechicero un tanto loco. Un día, por ejemplo, dijo que estaba escrutando el cielo para descubrir los pecados de los hebreos; otra vez aseguró que, con aquel aparato, lanzaba conjuros contra el cólera…

Finalmente, el 11 de julio, en el horizonte de una gran llanura verde, nuestros viajeros distinguieron las torres almenadas y los muros rojos de tierra prensada de una ciudad que se anunciaba espléndida, con sus altas terrazas blancas, los techos brillantes de azulejos verdes y los esbeltos minaretes cubiertos de mosaicos. Era Fez, con todo su fulgor, la más grande ciudad santa de Marruecos, una de las cuatro magníficas capitales del sultán Muley Hassan.

Pero al llegar, cuando se dirigieron al Mellan de los hebreos, se ofreció a sus ojos el espectáculo más horrendo y repugnante que hubiera visto jamás: el «ghetto» estaba separado del resto de la ciudad por una extensa franja de «tierra de nadie», llena de montañas de inmundicia y cúmulos de carroña de animales, que producían un hedor insoportable. Eran los desperdicios de toda Fez, arrojados allí como indiscutible frontera racial.

Las calles del «ghetto» eran las más estrechas, sucias y oscuras que Carlos recordaba. Tuvo que recorrerlas muchas veces antes de descubrir, en un soportal maloliente, la pequeña puerta de la casa de Samuel Ben Simún, para el cual le había entregado una carta de recomendación el ministro Ordega. Pero cuando la puerta fue abierta, y anduvo a tientas por un corredor oscuro como la noche, Carlos quedó literalmente estupefacto ante el encantador espectáculo que se ofrecía a sus ojos. Se encontraba, como por arte de magia, en presencia de un patio digno de «las mil y una noches»: las paredes interiores de la casa, que tenía dos pisos, con balcones preciosamente calados, estaban recubiertas de mosaicos desde el tejado hasta el suelo y, en el centro del patio, un pozo revestido de cerámica verde era un maravilla de arabescos. El dueño de la casa, un hombre encantador y de educación exquisita, alojó al «rabino Couvaud» en una estancia pequeña y fresca, una joya del arte de la cerámica, y le permitió el acceso a la terraza, desde la cual pudo, secretamente, hacer sus observaciones.

Carlos no pensaba echar raíces en Fez. Dijo que quería alcanzar lo más pronto posible Tadía, la vasta región salvaje y desconocida, que se extendía en torno a los montes de Atlas Medio. Precisamente en aquellos días, Ben Simún supo que el jerife Sidi Omar estaba organizando en Meknés una caravana para ir a Boujad, la capital de Tadía y, por medio de una colección de amistades, logró que sus huéspedes fuesen admitidos en la misma.

Cuando salió para Meknés, a Carlos el cabello le había crecido hasta los hombros, tal como era costumbre entre los hebreos de Marruecos. Entonces pensó en sustituir las llamativas vestiduras sirio-argelinas por el traje sencillo de los rabinos marroquíes &endash;casquete negro y babuchas negras-, con objeto de pasar lo más desapercibido posible entre la gente.

En Meknés, el 27 de agosto, el jerife Sidi Omar dio orden de partida a la larga caravana, en la cual viajaban, además de nuestro par de rabinos, siete u ocho miserables musulmanes que se dirigían a Tadía, dos hebreos de Boujad que retornaban a sus casas y una cincuentena de mercaderes, que deseaban tomar parte en una feria que se celebraba a una jornada de camino.

Los incidentes no se hicieron esperar: en el término de dos horas, el camino fue cerrado cinco veces por bandas de salteadores, que siempre exigían el pago de importantes peajes.

Al día siguiente, dejados los mercaderes, junto con sus naranjas, aceitunas, dátiles y rojos pimientos, y reforzada la escolta armada, la caravana atravesó una región de gargantas escabrosas, excavadas en las montañas y llenas de bosques, infectados de tribus amenazadoras. Afortunadamente, éstas no hicieron acto de presencia. Los hombres de la escolta se encargaron de crear complicaciones. Se tumbaron en el suelo y dijeron que no se moverían de allí mientras no les dieran un sustancioso suplemento sobre el sueldo que les habían asignado. El suplemento fue concedido y el viaje continuó bajo la amenaza constante de las emboscadas. Y la comezón del miedo hacía presa, cada vez mayor, en el pobre Mardoqueo.

El 5 de septiembre la caravana alcanzó los limites de Tadía. «Estoy a sólo tres horas de marcha de Boujad -anotó en su libreta Carlos de Foucauld-; pero me hallo muy lejos de haber llegado. Hay casi tantos peligros en este pequeño trozo de camino que me queda por hacer como en todo lo que he recorrido hasta ahora. Aquí no hay anaia ni zetata que valgan. Los ladrones pueden con todo y ni las caravanas de cincuenta fusiles osan aventurarse a pasar…».

Solo cabía una solución: recurrir a Sidi Ben Daoud, el único personaje respetado en Boujad y en toda la región de Tadía. Carlos recordó entonces que en Tánger había obtenido de Muley Abd es Selam, descendiente de Mahoma y amigo de Francia, una carta de recomendación, precisamente para aquel Sidi Ben Daoud, quien tenía por antecesor a Omar, compañero de Mahoma y segundo califa del Islam. Llamó inmediatamente a un hombre de la escolta, le mandó quitarse los vestidos, para que no atrajese la avidez de los ladrones, y le envió con aquella carta en busca de Ben Daoud.

A la mañana siguiente, el mensajero retornó vestido de punta en blanco, y con él un joven de hermosa apariencia, montado en una muía blanca, seguido de un esclavo que le protegía con una sombrilla. Era Sidi Edris, nieto de Ben Daoud, mandado por éste para escoltar a los viajeros.

Llegados a Boujad, Carlos y Mardoqueo fueron conducidos ante Sidi Ben Baoud, un anciano benévolo de rostro pálido, expresión dulce y larga barba blanca. Le dijeron que eran dos rabinos de Jerusalén, que habían estado siete años en Argelia, etc., etc. Carlos se dio cuenta de que el anciano le miraba atentamente y con sospecha; también lo advirtió Mardoqueo, que del susto perdió el habla. Pero no sucedió nada. El anciano ordenó que los dos rabinos fueran hospedados, con todos los honores, en casa de la mejor familia judía de la ciudad.

En los días siguientes, los dos huéspedes se vieron tratados con la mayor cortesía. Regularmente, eran invitados a comer y cenar por el hijo o por el nieto de Ben Daoud. ¿Qué significaban aquellas atenciones extraordinarias, sin precedentes para los hebreos?

«No tardé en comprender -dijo después Carlos- dos cosas. Por una parte las constantes invitaciones y las visitas amabilísimas de los familiares de Sidi Ben Daoud tenían por objeto ganar mi confianza y hacerme hablar. Por otro lado, los hebreos ejercían un verdadero espionaje sobre todos mis movimientos, metían la nariz en mis apuntes y examinaban mis instrumentos. Algún pequeño detalle había hecho nacer en Sidi Ben Daoud, en su hijo Sidi Omar y, por lo tanto, en el nieto Sidi Edris, la sospecha de que yo era cristiano. Para comprobarlo, los marabutos me hacían vigilar por los hebreos y, mediante sus invitaciones, me examinaban con toda libertad…».

Un día, durante la comida, Carlos advirtió que el joven Sidi Edris estaba dispuesto a descubrir sus cartas. Decidió hacer lo mismo y correr el riesgo que implicaba sincerarse.

«No se imagina cuanto me gustaría hacer un viaje a Francia», dijo Sidi Edris, como por casualidad.

Y Carlos le respondió: «Nada más fácil. El ministro de Francia en Tánger le haría llegar hasta Argel y, en ésta, yo me pondría a su completa disposición. ¿Pero usted traería un cristiano aquí, a Boujad?».

«No tendría nada que oponer, a condición de que ese cristiano se vistiera de musulmán, o de judío, de que el Sultán no supiese nada y que el acuerdo se tomará secretamente entre el ministro de Francia y yo».

En este caso -contestó Carlos-, estoy seguro de que las autoridades de Francia le dispensarían la mejor acogida, ya que es importante para ellas poder enviar franceses de visita a esta ciudad, pues jamás ha sido vista por un cristiano».

«No es exacto -rebatió, sonriendo alusivamente, Sidi Edris-. Hay cristianos que han estado en esta ciudad».

«¿Disfrazados de musulmanes?».

«No, de hebreos. Venían de incógnito; pero nosotros los hemos conocido».

Era evidente que Sidi Edris, su padre Sidi Omar y su abuelo Sidi Ben Daoud habían descubierto que él era cristiano. ¿Le esperaba la muerte? No tuvo tan mala suerte. Enemigos del despotismo absolutista y aislacionista del sultán de Marruecos, los miembros de la familia santa de Boujad buscaban el modo más discreto de iniciar relaciones con el mundo occidental. Al final, entregaron a Carlos de Foucauld, falso rabino desenmascarado, un mensaje para el ministro de Francia en Tánger.

Las sucesivas etapas de la peligrosa expedición por el Marruecos prohibido llevaron al vizconde francés y a su guía hebreo a través del Gran Atlas, en el cual las poblaciones se apretaban en torno a las kasbah, de rojos muros almenados, construidas por los señores feudales en lo alto de picachos rocosos, semejantes a nidos de águilas. Más al sur, la poca vegetación, constituida por espinos y acacias, les anunció que estaban cerca del Sahara; se adentraron entre las dunas del mismo Sahara, desde el oasis de Tisint al de Akka, para tomar finalmente el camino de regreso, de una ciudad prohibida a otra, de una a otra emboscada, a lo largo de un itinerario que les condujo a Mrimina, donde les ocurrieron algunos hechos que vale la pena contar.

Estaban en Navidad. Carlos había pasado una melancólica Nochebuena, sus recuerdos se habían remontado hasta las dulces navidades de Nancy, cuando se reunía junto al árbol con su hermana y el bondadoso abuelo Morlet, coronel de artillería retirado. La mañana del día de Navidad de 1883 Bou Rhim, notable de Tisint y amigo entrañable de Carlos, que como jefe de la escolta les había llevado, a él y a Mardoqueo, hasta Mrimina, confió a ambos a la protección de Si Abd Allah, quien debía acompañarlos durante la próxima etapa. Si Abd Allah era en Mrimina un santón de una importante fraternidad religiosa musulmana, un anciano de apariencia huraña, de cuyo rostro bronceado fluía una luenga barba blanca.

«Yo no siento gran simpatía por los judíos -fue el poco tranquilizador discurso que les soltó, apenas los tuvo en su presencia-. Sin embargo, ya que vosotros dos me habéis sido traídos aquí, y por lo tanto sois mis huéspedes, os trataré con toda consideración. Pero dados mis sentimientos hacia los hebreos, lo mínimo que puede pediros como prueba de gentileza es que me compenséis de la repugnancia que siento por tener que ayudaros y me hagáis un regalo, y se entiende que tiene que ser un regalo digno de mí y aparte del precio acordado para que os conceda mi protección.»

Carlos se consideró afortunado, porque Si Abd Allah se contentó con los panes de azúcar, el té y el algodón que había encontrado en su equipaje. Pero, al despedirse, el santón dijo: «Está bien. Ahora voy a tratar con uno para que os provea de escolta».

¿Cómo? ¿No estaba todo arreglado, cerrado el trato, pagado y requetepagado? ¿No se había comprometido él, Si Abd Allah en persona, a escoltarlos en la siguiente etapa? Misterios del Marruecos prohibido.

Al día siguiente, fecha de partida, nadie apareció. Carlos, que desde el primer momento había olfateado en Mrimina un aire particularmente enrarecido, decidió utilizar el segundo recurso, el que después del dinero se había revelado como el más eficaz en aquel extraño país. Buscó entre las cartas de recomendación de que había sido provisto antes de comenzar el viaje y durante el mismo. Una de Muley Abd Selam, venerable jerife de Uazan, le pareció la más prometedora.

Lo fue, en efecto, hasta el punto de que, apenas la mostró, mereció ser leída públicamente en las mezquitas. Si Abd Allah, en los tres días siguientes, se tomó la molestia de hacer numerosas visitas a los rabinos y, no contento con esto, encargó a dos de sus hijos que durmieran junto a Carlos y Mardoqueo, concediéndoles así el máximo honor y la más fuerte garantía de seguridad. Pero de la partida, el anciano seguía hablando en términos de dilación. Hasta que dejó de ir donde ellos, con la excusa de que estaba enfermo.

Entre tanto, llegó a los oídos de Carlos una alarmante noticia: por toda la región se había esparcido el rumor de que el «rabino Couvaud» era en realidad un cristiano disfrazado, que llevaba consigo un importante tesoro. A las puertas de Mrimina, dos bandas rivales de ladrones, la de los Arib y la de los Beraber, estaban apostados para apoderarse del botín, apenas él y Mardoqueo pusieran el pie en despoblado. La extraña conducta de Si Abd Allah tenía al fin explicación, así como sus recomendaciones de paciencia encontraban una justificación.

El comienzo del año 1884 fue tan triste para Carlos como melancólica había sido la Navidad. Días más tarde, le llegó la noticia de que la banda de los Arib se había cansado de esperar y se había ido. Otro tanto había hecho la de los Beraber. Pero habían sido sustituidas inmediatamente por una treintena de Am Seddrat, los cuales, poco dispuestos a perder el tiempo esperando la presa, habían enviado una embajada a Si Abd Allah para pedir que les confiara a ellos la protección de sus huéspedes.

Aunque abusón y rapaz, Si Abd Allah se reveló, afortunadamente, no del todo deshonesto. Rehusó la oferta e hizo poner guardia de protección en la casa de los rabinos.

Nueva embajada de los bandidos; nueva negativa del viejo santón. El asedio continuó.

«La única solución -dijo Si Abd Allah, apareciendo ante sus huéspedes, después de la diplomática enfermedad- es esperar otros ocho días. Porque entonces los miembros de mi fraternidad religiosa y yo dejaremos Mrimina para ir devotamente en peregrinación a Tisint, a la tumba del gran marabuto. Ustedes podrán mezclarse entre ellos, en la procesión, entre la multitud de peregrinos…».

«Basta -le interrumpió Carlos-. Si no eres capaz de proporcionarnos inmediatamente la protección necesaria para que pueda salir de aquí, buscaré yo mismo la forma de seguir el viaje por otros medios».

Mandó un mensajero a Tisint, a su amigo Bou Rhim. Tres días más tarde, cerca de treinta jinetes, guiados por Bou Rhim en persona, entraron en Mrimina como un huracán, galopando directamente a la casa de Carlos.

Pasada media hora, Carlos y Mardoqueo salían camino de Tisint. La escolta que Bou Rhim había formado, con hombres de su parentela, estaba tan poderosamente armada, que los Am Seddrat no creyeron prudente salir al paso.

Pero las aventuras de Carlos y Mardoqueo no habían terminado. Nuevos incidentes los acompañaron de Tisint a El Outat, hasta Lalla Marnia, en las fronteras con Argelia, donde los encontramos desvanecidos, magullados y cubiertos de sangre, en la mañana del 23 de marzo de 1884.

Marruecos los había despedido apaleándolos y robándolos. Los autores materiales del hecho habían sido los hombres de la última escolta. Una despedida digna de aquella tierra, «donde -había escrito Carlos a su hermana María- entre los ladrones y el Sultán, no tienen tranquilidad ni ricos ni pobres; donde la autoridad no defiende a nadie y amenaza los bienes de todos; donde el Estado atesora continuamente, sin jamás hacer un gasto para el bien del país; donde la justicia se vende, la injusticia se compra y el trabajo nunca tiene recompensa… Se trabaja de día y se hace guardia durante la noche. Cierras los ojos un momento y los ladrones te quitan ganado y cosecha… Y cuando, a fuerza de trabajo y fatigas, la cosecha está a salvo en el granero, hay que defenderla todavía del Sultán. Para librarla de éste, los campesinos gritan que están en la miseria, que la estación ha sido pésima. Pero los emisarios los vigilan. Si ven que salen del mercado sin comprar grano, eso quiere decir que tienen, y los denuncian. En el momento menos pensado, llega una veintena de guardias, les registran la casa, les quitan el grano y además, si tienen esclavos y animales domésticos, se los llevan. Por la mañana si despiertan ricos y a la noche se encuentran pobres. Sin embargo, no les queda más remedio que seguir viviendo, sembrar para el siguiente año. En esta situación, sólo hay una esperanza: el judío. Este, si es un hombre honesto, les hará un préstamo al sesenta por ciento. En caso contrario, el interés todavía es más grande. El principio del fin, porque el primer año de sequía, las tierras salen a subasta y ellos van a la cárcel. Ruina total…»

El 26 de mayo de 1884, Carlos llegó a Argel. Lo primero que hizo fue ir a la biblioteca para entregar a su viejo amigo Mac Carthy las notas científicas de la expedición.

Se quitó los vestidos de hebreo errante. De ellos salió el Carlos de Foucauld «hombre viejo» elevado a la enésima potencia. Mientras los periódicos, argelinos contaban su viaje con categoría de hecho sensacional, él se entregó, durante doce días, a las orgías más desenfrenadas. Pero eran las últimas locuras del descendiente de los vizcondes de Foucauld de Pontbriand. Para él estaba muy próxima la hora de su gran conversión.

Mardoqueo cobró la paga pactada -doscientos setenta francos por cada uno de los nueve meses que duró la expedición- y, en poco tiempo, quemó todo este dinero en las llamas de su vieja pasión: la alquimia. Unos meses más tarde, durante un experimento del cual esperaba obtener la piedra filosofal, murió envenenado por los vapores del mercurio.

Fuente: Vidas místicas Blog subsidiario de elsantonombre.org

¿Fue Carlos de Foucauld un «monje-misionero»?

«¿Podemos encontrar en una carta aislada la última evolución de Carlos de Foucauld en la conceptualización de su ideal? El Padre Peyriguère lo creyó así y se «apoyó» en este texto para oponerlo a la regla de 1899. El padre Gorée la publicó por primera vez presentándose el mismo como el primer miembro de la orden de los «monjes-misioneros del Padre Foucauld», después de dejar los Hermanitos de Jesús en 1934″1 No es el momento aquí de entrar en la historia de las divergencias que han existido sobre esto entre el padre René Voillaume y el padre Albert Peyriguere. Se trata de un texto escrito en 1911 por Carlos de Foucauld 2.


1  A. CHATELARD, o. C. , 281.

2  El padre Peyriguère pudo realizar lo que le fue prohibido a Foucauld: instalarse en Marruecos y vivir treinta años hasta su muerte, el 26 de abril de 1959 en El Kbab, pequeño pueblo del Medio-Atlas marroquí (cf. M. Lafon, Le Père Peyriguère, Seuil 1967) «Experimentar la vida de monje misionero siguiendo la tendencia de la carta del 13 de mayo de 1911″, escribe el 27 de agosto de 1937 (A. Peyriguère, Laissez-vous saisir par le Christ, Seuil 1981, 106) Habla de su «vida de misonero», el 27 de julio de 1945. «Intento poner a punto la espiritualidad misionera del Padre Foucauld», 20 de septiembre de 1946 «Ha llegado el momento de sacar lo que tiene de profundamente original y muy adaptado a las necesidades del apostolado de hoy este mensaje tan rico» 4 de noviembre de 1947. «Su talla, en la Iglesia misionera, es una talla de gigante», el 14 de abril de 1948. Así, podemos decir, que el pensamiento del padre Peyriguère es claro. Se trata de la Misión. Pero el presentador del libro interpreta este pensamiento hablando de «premisión»:el padre Peyriguère habría desarrollado una «doctrina» y una «espiritualidad de la premisión» «La premisión: en esta palabra se condensan estas páginas de esperanza entregadas a todos los desenredadores» (pág. 6)

                                                                                                                                                                            M. Lafon ha escrito esta palabra en 1967, al día siguiente del Concilio Vaticano II. Pero, el término «premisión» había aparecido algunos años antes del Concilio para designar un movimiento de acercamiento a los mundos no cristianos o no religiosos antes de ser anunciado el Evangelio. El Concilio rechazó este concepto; para él, la misma vida, los actos humanos de los bautizados, de los misioneros, comunican el mensaje de Cristo Resucitado son ya la obra en el corazón de aquellos y aquellas que encuentra el bautizado deseoso, en el profundo silencio de él mismo, de dar a conocer el mensaje de Jesús. Un «desenredador» (desbrozador) tal como lo concibe Foucauld no está en premisión, sino en la Misión, integralmente. Y el padre Fouicauld se hubiese llevado las manos a la cabeza si se definiese los trabajos de «desenredador evangélico» como «premisión», una especie de trabajos anteriores a la Misión, cuando en realidad esos trabajos son el principio indispensable de la Misión, su primera siembra.

EL DESCENDIENTE DE LOS VIZCONDES DE FOUCAULD DE PONTBRIAND (I)


A las cinco de la mañana del mes de junio, en Argel, ya se ve muy bien; también en el Mellah, el «ghetto» judío, donde las casuchas sórdidas, pegadas las unas a las otras, retienen durante más tiempo las sombras de la noche. El cielo estaba ya alto y claro a aquella hora; las mujeres, dentro de las covachas, se dedicaban a sus quehaceres, aunque las callejuelas se veían todavía desiertas y silenciosas. Al alba, cualquier paso retumbaba en los muros y provocaba la curiosidad detrás de las ventanas. Por esto no pasó inadvertida -a las cinco de la mañana del 10 de junio de 1883- la extraña visita que un joven, de estatura mediana, elegante, vestido a la europea, hizo a la sucia barraca donde vivía el rabino Mardoqueo Abi Serour con su mujer y cuatro hijos. Se habló bastante en Mellah de aquella visita misteriosa. Sobre todo porque -según el testimonio de cientos de ojos que habían permanecido espiando tras las puertas entreabiertas- a aquel joven europeo nunca se le vio salir. Por el contrario, alrededor de una hora más tarde, salió un desconocido, envuelto en un traje medio argelino y medio sirio: casquete rojo y turbante de seda negra en la cabeza, gilet turco de tela oscura, sobre una camisa blanca de mangas muy amplias y pantalones hasta las rodillas. Se detuvo un instante en el umbral de la puerta, mientras se ponía una capa de lana con capucha; luego, en compañía de Mardoqueo, se dirigió presuroso fuera del «ghetto». Algunos oyeron a Mardoqueo llamarlo «Joseph Aleman», otros «rabino». El misterio no se desveló hasta varios años más tarde. El «rabino Joseph Aleman» era el mismo joven europeo que entró tan de mañana en casa de Mardoqueo, precisamente para disfrazarse. Se trataba del vizconde Carlos de Foucauld de Pontbriand, cuya vida escandalosa proporcionaba tema de conversación en los salones de Saumur, Pont-á-Mousson y París; y motivos de irritación y entretenimiento a las guarniciones francesas en Argelia.
Carlos de Foucauld había nacido en Estrasburgo veinticinco años antes, exactamente el 15 de septiembre de 1858. Era entonces emperador de Francia Napoleón III y los periódicos andaban revolucionados, aquel año, a cuenta de las apariciones de Lourdes.    La casa natal, situada en el número 9 de la plaza de Broglie, hablaba en todos sus rincones de riqueza, aristocracia y glorias pasadas; muebles, cuadros, alhajas, tapicerías, cortinas, todo parecía concebido y construido como reverente orla de un antiguo escudo que, sobre la pared del fondo de una sala austera, mostraba un rojo león rugiente sobre un puente de plata de dos arcadas; el brillante puente de los vizcondes de Pontbriand, cuya valerosa divisa es:«Jamais arriére» («No retroceder jamás»).

En realidad Bertrand de Foucauld jamás había retrocedido en la séptima cruzada, y cayó como un héroe en Mansourah, junto al rey San Luis. No había retrocedido tampoco Juan de Foucauld, a quien las crónicas de familia recordaban firme junto a Juana de Arco, en el coro de Reims, durante la consagración de Carlos VII. Ni Armando de Foucauld -más conocido como Juan María de Lau, arzobispo de Arlés- había retrocedido jamás, en tiempos de la Revolución francesa, muriendo martir en la prisión de los carmelitas, en París, durante las matanzas de septiembre de 1792 (Pío XII lo beatificó en 1926). Y tampoco Eduardo de Foucau íd, padre de Carlos, hijo y nieto de militares, había retrocedido en el cumplimiento del deber como inspector de aguas y bosques.

 También la madre de Carlos, Isabel de Morlet, descendía de una familia con ilustres tradiciones militares; pero ello la dejaba perfectamente indiferente. De profundos sentimientos cristianos, había hecho bautizar a Carlos dos días después de su nacimiento. Al cabo de tres años, le dio una hermanita, María. A ambos, desde su más tierna infancia, les enseñó a crecer en la ley de Dios y, sobre todo, a invocar a la Virgen y ayudar a los pobres.    No podemos decir que estas enseñanzas maternas obtuvieran una correspondencia entusiasta por parte del pequeño Carlos. En su infancia no hemos logrado descubrir ningún episodio que indique inclinación a la piedad, y mucho menos que revele la más tenue vocación religiosa. Sin embargo, aquellas lecciones prácticas de vida cristiana, aunque en su época no produjeron resultados evidentes, se imprimieron con tal fuerza en el alma del niño que, muchos años después, las encontró dentro, frescas y válidas como si nunca hubieran sido olvidadas.
En 1863, cuando Carlos tenía apenas cinco años, en pleno verano, la desgracia entró inesperadamente en casa de los vizcondes de Foucauld de Pontbriand.    El padre, Eduardo, enfermó de tuberculosis y, bien pronto, su estado fue motivo de preocupación. Tuvo que dimitir del cargo que desempeñaba y cada día fue cayendo en una tristeza más grande. Se encerró en un silencio atormentado, huraño, casi alucinado. Un día abandonó a sus hijos y a su mujer, que estaba esperando un nuevo hijo, y fue a refugiarse en casa de su hermana Inés, una famosa belleza de su época, que había sido retratada por el pincel de Ingres.   A su vez Isabel, desesperada, dejó la espléndida mansión de la plaza de Broglie y fue con los dos niños a la casa de la calle «Eschases» con su padre, el señor de Morlet, simpatiquísimo coronel de artillería retirado. Y allí, en el mes de marzo del año siguiente, murió de parto y de pena. Sus últimas palabras fueron las de Cristo en el huerto de Getsemaní: «Padre, hágase tu voluntad y no la mía…». 

Cinco meses más tarde, en casa de Inés, expiraba también Eduardo.

Carlos y María quedaron huérfanos, y el abuelo coronel, de sesenta y siete años, se hizo cargo de ellos. Adoraba a Carlos («cuando llora es igual que mi pobre hija…»), y Carlos le correspondía con un cariño profundo.

A los ocho años el muchacho ingresó en el colegio diocesano de Saint-Arbogast de Estrasburgo. De allí salió cuando llegó el momento de estudiar en el Instituto Nacional.

Como estudiante fue regular: todos los profesores estaban de acuerdo en reconocerle una inteligencia extraordinariamente viva; pero no pocos tenían que dolerse de su excesiva condescendencia con la pereza.

Después, la guerra. Año 1870: los alemanes atacaron por el este. El señor de Morlet previó claramente la catástrofe, no obstante las ilusiones de Napoleón III, y se refugió con sus nietos en Suiza. Apenas los cañones germanos amenazaron Estrasburgo, Napoleón III fue abatido en Sedán, y Francia, invadida, proclamó la república. París, sitiado, se rindió por hambre. Alsacia y Lorena fueron anexionadas a Alemania.

«¡Adiós, Estrasburgo!» El señor de Morlet, excoronel de artillería del Ejército francés, no querrá volver a poner los pies en ti. Se establecerá en Nancy; y allí reanudará los estudios Carlos, y -a los catorce años, en 1872, ya un hombrecito- hará la primera comunión y será confirmado.

En su alma se hizo una intensa luz; pero se apagó pronto. Inscrito en retórica, en seguida se enamoró de los escépticos de todas las épocas, de Horacio, de Montaigne, con una particular predilección por el viejo Aristófanes. Eran los años en que prevalecían los burgueses incrédulos y los profetas del ateísmo proletario. Berthelos, Renan, Taine, Anatole France, Nietzsche, Marx y Rimbaud llamaban a la lucha contra la religión desde todos los frentes.

Carlos no leyó ni un solo renglón de estos autores; pero respiró ávidamente el aire contaminado de sus ideas, lo que fue suficiente para hacerle tirar la fe religiosa a las ortigas. «Durante doce años -recordará más tarde- viví sin ninguna fe. Nada me parecía bastante probado; la misma fe con que la gente del mundo sigue mil religiones distintas me parecía la condenación de todas».

Una vez obtenido el título de Bachiller en retórica en 1874, llegó para Carlos la hora de abandonar el nido. Le esperaban París y los estudios de filosofía.

El señor de Morlet le envió al internado de los jesuitas de la calle «Poste»; pero el ambiente pronto le resultó odioso e insoportable. Rogó, insistió, conjuró al abuelo, en decenas de cartas, que le llevase de nuevo a Nancy; pero el anciano no cedió. A pesar de todo, al finalizar el curso, Carlos era Bachiller en filosofía.

Había llegado el momento de empezar a estudiar una carrera. Para Carlos de Foucauld de Pontbriand no existía el problema de elegir. Desde que nació había parecido obvio a todos que un vástago de tal estirpe debería seguir la carrera militar. Carlos había aceptado siempre esta perspectiva como lógica y natural.

Al abuelo Morlet le hubiera gustado que su nieto entrara en la escuela politécnica, para que se hiciese oficial de artillería, como él. Pero Carlos sabia que la escuela politécnica era un hueso duro de roer y él no sentía ningún deseo de desgastarse los dientes. Ser militar estaba bien, pero sin mucho trabajo. Mejor la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr, mucho más fácil.    Sin embargo, Saint-Cyr suponía un año de preparación en París. Y París significaba de nuevo el pensionado de los jesuitas. Así, durante un año más, el anciano señor de Morlet no tuvo paz. Cada dos días recibía una carta del nieto. Cartas desesperadas, algunas hasta de cuarenta páginas. «Aquí me es imposible permanecer, déjame volver a casa…».   Regresó a finales de año, expulsado por negligencia e indisciplina. «En aquella época -escribiría un día- era todo egoísmo, todo vanidad, todo impiedad, todo deseo de mal. Estaba como loco». El abuelo no se desanimó por la expulsión. Le puso en manos de algunos profesores y le obligó a presentarse a las pruebas de admisión de Saint-Cyr. 

Carlos corrió el peligro de ser rechazado por obesidad. Apenas con dieciocho años, de un metro sesenta y siete de estatura, estaba gordo, flácido y pesado, por abuso de dulces, carnes refinadas, vinos selectos y horas de reposo. Pero la comisión pensó que un par de meses en Saint-Cyr serían suficientes para despojarlo de los kilos de adiposidad, y le admitió a los exámenes. Le fue bastante bien y obtuvo el puesto ochenta y dos, entre cuatrocientos doce candidatos.

Dos años más tarde, en los exámenes de licenciatura, consiguió el 333 entre 386, un notable bajón. Había comenzado con el mayor entusiasmo; apenas puso los pies en Saint-Cyr, se sintió al fin «hombre» y «libre». Y como hombre libre, los primeros meses había aceptado dócilmente la disciplina militar, a pesar de ser tan fastidiosa, orgulloso de llevar el célebre kepis a la escuela, adornado con el famoso penacho blanco y rojo. Pero después se hizo amigo del marqués de Morés y de Monte Mayor, calavera y haragán, y el resultado fue que el estudio, la disciplina y el trabajo se le convirtieron en aborrecibles. En dos años coleccionó cuarenta y cinco castigos por negligencia, pereza e indisciplina. Si superó de alguna forma los exámenes se lo debió únicamente a su despierta inteligencia y ágil memoria.

En esa época murió su abuelo, el querido señor de Morlet, coronel de artillería retirado. Fue un trance doloroso. Pero el 15 de septiembre de 1878, al cumplir los veinte años de edad, entró en posesión de la herencia de la familia, y ésta representaba una verdadera fortuna. Carlos de Foucauld se volvió loco de alegría: aquel dinero era la llave de oro que le abriría las puertas de una vida brillante.

Decidió ser oficial de caballería. El marqués de Morés fue de la misma opinión. ¿En la escuela especial de Saint-Cry habían logrado salir adelante por los pelos? Voilá! En la escuela de caballería de Saumur no les faltaría, de vez en cuando, un golpe de suerte.

En la escuela de Saumur compartieron la misma habitación, la número 82. Morés tomó a su cargo el guardarropa, y compró trajes y calzado de acuerdo con el último grito de la moda. Carlos se preocupó de la despensa y la comodidad: ricas golosinas y una deliciosa butaca. De reserva, una tumbona.

«Quien no ha visto a Foucauld en su habitación, en pijama de franela blanca con llamares, cómodamente hundido en una butaca o tumbona, saboreando un pastel de hígado, acompañado de excelente champán, leyendo a Aristófanes en un libro elegantemente encuadernado -escribió en aquel tiempo uno de sus amigos-, no puede hacerse idea de lo que es un hombre feliz de la vida». Otro contó: «La habitación de ambos pronto se hizo célebre por las excelentes comidas y las largas partidas de cartas que en ella se organizaban, con objeto de tener compañía durante el castigo, pues era raro que uno de los dos no estuviera arrestado».

En breve, Carlos mereció un total de veintiún días de arresto simple y cuarenta y cinco de arresto mayor, y Morés no se quedaba atrás. Cuando podían salir, llevaban con ellos un alegre grupo a «Budan», el restaurante más famoso y caro de Saumur y, en un reservado, se hacían servir menús de lo más selecto. Carlos prefería el pastel frío de perdiz acompañado de dos botellas de Alicante. Luego, recostado en un sofá, sentenciaba que «a continuación de una comida no hay nada mejor que un buen puro y, para volver a casa, un coche pequeño y bajo, a fin de no tener que levantar demasiado el pie para subir». Después de estas «reuniones», siempre se levantaba en toda la ciudad una polvareda de comentarios y escándalo.

Pero al descendiente de los vizcondes de Pontbriand no le bastaba. A las orgías normales, añadió la pimienta de las aventuras excepcionales. Un día que, como de costumbre, estaba arrestado, supo que se daba una fiesta en Tours. Consiguió una blusa y una gorra de obrero, se colocó una barba postiza y, de tal guisa disfrazado, salió de la escuela, pasando con desenvoltura por delante del cuerpo de guardia. Cuando el tren le dejó en Tours, decidió regalarse con una cena antes de ir a la fiesta, y se dirigió a un pequeño restaurante. El dueño encontró en él algo sospechoso: ¡la barba de aquel extraño cliente se estaba desprendiendo! ¿ Ladrón o anarquista? Por si acaso, llamó a la policía.

En la comisaría, Carlos supo inventar una historia tan graciosa para explicar por qué se había disfrazado de aquella manera, que el comisario lo dejó marchar dándole unas palmaditas en la espalda y llorando todavía de la risa.

Pero, apenas había salido de la comisaría, cuando se topó, frente a frente, con el general L’Hotte, comandante de la escuela de Saumur: treinta días de arresto mayor.

Al final del curso, en octubre de 1879, Carlos de Foucauld salía de la escuela de caballería con el puesto octogésimo séptimo, sobre un total de 87… Y la nota del inspector general decía así: «Es distinguido. Ha recibido una buena educación. Pero tiene la cabeza ligera y no piensa más que en divertirse. Se le ha privado del diploma por mala conducta y por los numerosos castigos recibidos».

Fue nombrado subteniente del IV Regimiento de Húsares, en Sézanne. Pero este pueblo no le ofrecía suficientes ocasiones de diversión. Se hizo trasladar a Pontá-Mousson, donde lo primero que hizo fue alquilar un piso. También tomó un apartamento en París, con objeto de ir allí a pasar los días de permiso.    Estaba más gordo que nunca. Saint-Cry había sido un fracaso como cura de adelgazamiento. El rostro parecía hinchado, tenía los labios gruesos del hombre sensual, la mirada asesina del vividor, se peinaba como un tenorio. «Era un sibarita -contó el duque de Fitz-James, que había reemplazado a Morés al lado de Carlos, pues aquél había sido destinado a otro lugar-. Con tacto exquisito y perfecta delicadeza, Foucauld tenía su bolsa a nuestra disposición. Cuando nos jugábamos la consumición, si ganaba varias veces seguidas, yo le he visto perder a propósito. De verdadero buen gusto, le agradaba celebrar reuniones de poca gente, un grupo reducido. Frecuentemente nos invitaba a su magnífica garçoniére para saborear sandwiches de pastel de hígado, acompañados de un óptimo sherry. Tenía un criado, un calesín inglés y un caballo…»

En este período, Carlos conoció a una tal Mimí. La tuvo consigo un año, hasta que, en diciembre de 1880, le llegó la noticia de que el IV de Húsares iba a ser trasladado a Argelia, a la guarnición de Sétif, con el nombre de IV de Cazadores de África. Carlos, que no quería separarse de Mimí, ideó una nueva treta. Escribió una carta de presentación e hizo partir a la muchacha para Argelia dos días antes que el regimiento. Mimí se presentó en Sétif haciéndose pasar por la esposa del subteniente Carlos de Foucauld, vizconde de Pontbriand -como la carta testimoniaba- y las autoridades militares le dispensaron toda clase de atenciones. Pero, cuando, con el regimiento, llegaron el coronel, los oficiales y sus esposas legítimas, estalló el escándalo.

El coronel cubrió de improperios al subteniente; pero el subteniente ni se inmutó. Es más, acentuó la provocación narrando descaradamente, en público, las escenas de más refinada afectuosidad con Mimí. Entonces las protestas arreciaron, el coronel le planteó la elección: «O Mimí o el regimiento. ¡Elija usted! ». Carlos respondió, con impertinencia, que no pensaba de ninguna manera devolver a Mimí a Francia.

Así, el 20 de marzo de 1881, por decreto ministerial, el subteniente Carlos de Foucauld fue mandado a la reserva «por haber deshonrado el grado, por indisciplina y mala conducta en público».

Su carrera estaba terminada. Carlos lo celebró con una salva de carcajadas. Después tomó del brazo a Mimí y fue a establecerse en Evian.

Pero un día, alrededor de tres meses más tarde, ojeando casualmente un periódico, leyó que, en Argelia, los Ulad Sidi Cheikh se habían sublevado, y que el IV de Cazadores de África estaba en pleno combate. «Jamais arriére!» y, de repente, Mimí perdió para sus ojos todo el interés.

Corrió a París, se presentó en el Ministerio de la Guerra y pidió ser admitido inmediatamente en el ejército. Dado que se dudaba, ante sus antecedentes escandalosos, declaró que no le importaba en absoluto el grado militar: estaba dispuesto a partir aun como simple soldado.

Le aceptaron y, además, con grado de subteniente. Partió para África en el primer buque. En seguida se encontró en medio del tinglado.

Estaba desconocido. Era un hombre completamente cambiado, aunque Aristófanes le seguía a todas partes, en una cuidada edición. «En medio de los peligros y las privaciones -escribió un compañero- aquel erudito en juergas se reveló como un soldado y un jefe capaz de soportar, con la sonrisa en los labios, las más duras pruebas, siempre dispuesto a arriesgarse y preocupado sobre todo de sus hombres, a quienes cuidaba con abnegación…»

Combatía para vencer, desde luego. Los franceses tenían que aplastar a los Ouled Sidi Cheikh, no cabía duda. Pero, al mismo tiempo, aquellos amplios albornoces que se inclinaban profundamente en la solemnidad de la oración, y aquella invocación que se elevaba: «Allah Akbar!» («Dios es el más grande»), le causaron una enorme impresión.

A los dieciséis años, con la fe que aprendió en los libros -escribiría Michel Carrouges en Charles de Foucauld, explorador místico-, le pareció que la oposición entre las diversas religiones era la más sencilla negación de todas. Hoy, al borde del desierto, ve orar a los creyentes del Islam y se estremece de envidia y admiración». «El Islam -confesará más tarde el propio Foucauld- produjo en mí un profundo cambio… La vista de aquella fe, de aquellas almas tan unidas a Dios, me hizo intuir que existe algo más grande y más digno que las diversiones mundanas».

Dios se sirvió de la fe de los seguidores de Mahoma para abrir una primera brecha en el alma de Carlos de Foucauld.

Cuando la campaña terminó y el IV de Cazadores hubo de regresar a Sétif, Carlos sintió que no podía renunciar a aquel mundo, que apenas había vislumbrado. Pidió permiso para realizar un viaje de estudios por Argelia del sur, pero le fue negado. Y así, por segunda vez, salía nuevamente del ejército; pero ahora, por algo más que una simple Mimí.

Fue a instalarse en Argel, donde alquiló una casa en el número 58 de la cuesta de Vallée. ¿Se le negaba un viaje de estudios por Argelia? Voilá! ¡Explorará Marruecos! Sí, señores, el Marruecos impenetrable, la fortaleza musulmana del Atlántico, con sus ciudades fabulosas, sus bazares multicolores, sus laberintos envueltos en misterio, y sus jardines secretos; el reino de Muley Hasan, el sultán omnipotente, y de la anarquía imperante; el país que cerraba herméticamente las puertas para los europeos porque en cada uno de éstos veía, además de un evidente infiel, un oculto espía.    Sin embargo era preciso prepararse minuciosamente. La indolencia y la ligereza de Carlos desaparecieron como por encanto. Se instaló en la biblioteca de Argel y se dedicó a estudiar el árabe, la geografía y etnología de Marruecos, a examinar mapas, a utilizar los aparatos necesarios para la investigación científica. El bibliotecario principal, Oscar Mac Carthy, le prestó una valiosa ayuda.   Pero, mientras se encontraba abstraído en aquellos estudios, recibió un inesperado golpe. La tía Inés- aquella belleza espléndida de un tiempo, a cuyo lado había ido su padre a morir- le acusó de haber derrochado en juergas y extravagancias una notable parte de la herencia familiar -cuatro mil francos oro al mes durante cuatro años consecutivos- y presentó una instancia en el tribunal civil de Nancy para que al joven sobrino le fuera impuesto un consejo judicial. 

Carlos contestó que sí, que era cierto, que había cometido un sinfín de locuras y administrado su fortuna de una manera, por lo menos, poco prudente: sin embargo ahora…

Al tribunal le bastó la confesión. Le declaró derrochador y le impuso un consejo judicial en la persona de un anciano primo suyo, el señor de Latouche, quien le concedió una pensión de trescientos cincuenta francos al mes -precisamente en el momento en que disponer de dinero le iba a permitir realizar algo serio- y accedió a darle un anticipo suplementario, sólo para que pudiera comprar un sextante, un cronómetro, un teodolito y algunos otros instrumentos indispensables para la expedición.

Carlos volvió a sumirse en el estudio. El duque de Fitz-James, su antiguo compañero de juergas en Pont-á-Mousson, un día, lo encontró por casualidad. «¡Cómo ha cambiado Foucauld! -escribió a unos amigos-. Era gordo y ahora es delgado. Y nada de fiestas, mujeres y buenas comidas. Sólo le interesa el estudio».

A bordo de un buque de guerra, mandado por un pariente suyo y atracado en el puerto de Argel, Carlos practicaba el manejo de los instrumentos científicos.

Mientras tanto, el señor Mac Carthy buscaba un buen guía para la expedición. Creyó encontrarlo el día que le pusieron tras la pista del rabino Mardoqueo Abi Serour, cuya vida parecía una novela de aventuras. Los tratos con el viejo hebreo fueron laboriosos y largos, pues, en cada encuentro, el muy pícaro, aumentaba la cifra que quería cobrar por sus servicios. Al fin llegó a un acuerdo por la cantidad de doscientos setenta francos al mes, durante los seis o siete meses que durase la expedición.

La mañana del 10 de junio de 1883 hemos visto a Carlos, con Mardoqueo, en una calleja del «ghetto» de Argel. Estaban a punto de comenzar un viaje. Vestido de europeo, Carlos no hubiera avanzado ni un solo kilómetro por Marruecos. Disfrazarse de árabe hubiera sido imprudente, pues todavía no hablaba la lengua a la perfección y su ignorancia sobre el Islam le hubiera traicionado fácilmente. Por esto se había puesto vestiduras de hebreo.

Con el apoyo de Mardoqueo, el joven presunto rabino Joseph Aleman encontraría, durante su peligroso viaje por Marruecos, asilo y protección entre los judíos que habitaban en las ciudades prohibidas.

 Fuente: Vidas místicas Blog subsidiario de elsantonombre.org

El padre Huvelin, un director sagaz y buscadísimo

Hace unos días atrás en Argentina celebramos el día del padre, un día lleno de festejos, encuentros familiares y recuerdos, en un momento me imaginé a una persona que para nuestro hermanito Carlos tuvo una muy importante y referenciante figura hablando de sentimientos paternos y es nada más que el Abate Hubelín, a continuación conocemos algo más de este sacerdote que tuvo la intuición de conocer el corazón del Vizconde y llevarlo amorosamente hacia el Hermano Universal.

“… a los 48 años, Henri Hubelin era solamente Vicario Cooperador en la Iglesia de San Agustín, ¿porqué estaba tan rezagado si era un extraordinario sacerdote?  Posiblemente por estar impedido  desde su niñez por ciertas deformaciones reumáticas, era un sacerdote muy formado a quién más de una vez se le ofreció el profesorado en los institutos católicos de París; para ello disponía de los requisitos necesarios: sabiduría natural, formación esmerada, amigos influyentes incluso entre los teólogos más importantes de la Francia de entonces.

Pero él prefirió quedarse en la pastoral común, concreta en los puestos de retaguardia en contacto con el pueblo: largas horas en el confesionario, en iglesias que parecían heladeras en invierno y hornos en verano. Ciertamente también tenía a su cargo conferencias, unos “Cursos de Fe” para adultos y gente ya formada, pero su ocupación más directa y esencial fue la “cura de las almas” en la que no hacía distingos, pobres, ricos, anónimos, ocasionales y hasta difíciles penitentes intelectuales. Disponía de esa ciencia del alma que permite salir al encuentro de cada problema, de cada angustia.

Iglesia de San Agustín – París

A través de su amigo el teólogo A. Houssaye, el Abbe Hubelin se contacto con la “escuela francesa de piedad” de inmediato comprendió su importancia, el valor del teocentrismo en una época de desmedida deificación del hombre. Sus predicaciones y su modo de dirección espiritual contradecían las corrientes entonces en boga por una parte demasiadas cargadas de sensiblería y por otra apegadas excesivamente a la razón. Uno de sus lemas más escuchados era: “Jesucristo ocupó en la tierra el último sitio, que nadie pudo discutirle, seguir a Cristo pues implica, seguir al oculto al desconocido Señor que nada poseía como propio, porque en todo buscaba la gloria de Dios”

El Abbe era un testigo privilegiado de esa vida, cuando hablaba de anonadamiento o de destrucción quería referirse a la pobreza de espíritu, del sermón de la montaña aplicada a la vida concreta: renuncia o mejor distancia de los planes excesivamente personales, incluso de los mejores para permanecer siempre abierto a los de Dios. Alguna vez escribiría a Foucauld esta significativa frase: “No se trata de hacer triunfar una idea, sino de hacer la voluntad de Dios

Precisamente esa entera disponibilidad de corregir sobre la marcha su pensamiento, para volverse atrás y rastrear lo que Dios pretende de cada uno en un momento determinado, lo capacitaba de extraordinario modo para ser un director espiritual sagaz y buscadísimo.

Nunca fue un guía complaciente sino exigente, no caía en paternalismos para no atar a sus dirigidos a su persona, nada de recetarios como esos curas que de inmediato sirven la pócima curativa, tampoco un teólogo infalible insuflado de soberbia que todo lo sabe y se queda siempre con la última palabra.

Confesionario del Abbé Hubelin

Sabia reconocer cuando el caso lo desconcertaba, si no veía claramente podía callar por mucho tiempo, pero cuando veía con claridad, no se andaba con rodeos ponía al dirigido ante el nudo, ante el punto quemante, le gustara o no.

En el “caso Foucauld” vio claro. De allí sus frases lapidarias, instrumentos de la gracia para servir a alguien que a partir de entonces alteró por entero el curso de su existencia.

Foucauld conoció a Hubelin en el salón de la casa de su tía Inés de Moitessier, los primeros contactos no superaron el nivel de lo formal, Huvelin no exponía sobre temas religiosos allí estaba silencioso, afable, buen interlocutor, porque tenía el don de saber escuchar.

El Hermano Carlos que lo conoció por referencia de su prima, quedo fuertemente impresionado por su personalidad pero no deseaba dejarse prendar por él.

Una mañana el Vizconde recorría las calles de Paris, ingresó al portal de San Agustín entró y como siempre el confesionario de Huvelin estaba iluminado al acercarse para solamente dialogar sobre algunas cuestiones relacionadas con la fe, encontró la imperativa y dulce voz del Abbé que le decía;  “arrodíllese y confiésese y así encantarará la fe”, Foucauld se arrodillo y la historia que sigue aún la estamos escibiendo…..”

Hildegard Waach, El Sahara fue su destino, , Edit. Guadalupe, págs 35 – 37

¿Quien fue Laperrine?

Soy Laperinne, oficial del ejército Francés y comandante en jefe de los oasis del Sahara. He sido un amigo íntimo de Carlos de Foucauld. Ustedes sabrán que, de Foucauld, en su juventud también se alistó en el ejército. Pero tengo que reconocer que mientras él estaba en el ejército en realidad yo no lo conocía. Sólo compartimos un par de días en Mascara cuando yo tenía vientidos años y él veinticuatro.

Sólo en 1902, nos volvimos a ver, después de veinte años. Mientras tanto cada quien había hecho su propio camino. Muy pronto, de Foucauld dio su dimisión como militar para hacer un viaje de exploración de Marruecos. Un logro brillante, por cierto. Poco después se fue a enterrarse en un convento Trapense. Ahí permaneció varios años, mientras tanto escuchaba absolutamente nada de él. Pero hace poco regresó de aquel silencio. Era sacerdote y vivía como ermitaño en la frontera con Marruecos. Soñaba con volver al país de su exploración, o sea a Marruecos.

Yo, también había vivido algunos avatares. Como militares Franceses teníamos mucho interés en el África del Norte. Queríamos obtener colonias ahí. ¡Viví tantas aventuras! Hice una brillante carrera en el ejército. Sin embargo conocí también oposición e incomprensión. Me gustaba la “acción”, pero guardaba un enorme respeto por la gente autóctona.

Poco a poco se iba conociendo y apreciando “mi método”. En realidad yo tenía mi visión política muy propia: Una política de “amansamiento”. En Francés suena menos negativo. Se trataba de una política de sondear, de tantear posibilidades en las relaciones, con mucha prudencia, de tratar de ser uno mismo honesto y justo, de llegar a conocer y respetar a los otros…Así era que veía mi misión militar.

Pasado veinte años, tomé de nuevo contacto con Foucauld. Yo en persona había sido nombrado comandante en jefe de los oasis del Sahara. Tenía mi residencia en Adrar. El año anterior, de Foucauld se había instalado en Beni Abbés, una de las oasis mayores. Sucedió así que, en el viaje de regreso de Argel a Adrar, visité en Beni Abbés a mi antiguo camarada del ejército.

Era a principios de marzo de 1903. Tenía necesidad de desahogarme. Estaba muy irritado. ¿Qué pasaba? Bueno, hacía poco me habían encargado una nueva e importante misión. Resulta que tenía que tratar de vincular el Tidikelt con Sudán, conquistar el Hoggar hasta Agadés, tratar de conseguir una conexión con el océano Atlántico en el occidente .¡ Una tarea realmente a mi medida! Pero, todavía no lo entiendo, por motivos políticos superiores acaban de anular ésta importante misión.

Me sentía engañado…pero…podía contar con la comprensión de de Foucauld. Él entendía mi deseo de ir al Hoggar y los Touaregs. Jamás y nunca desistiría de ello…

En Beni Abbés seguíamos conversando un largo rato. Foucauld me hablaba de su proyecto. Tenía tanto deseo de volver a Marruecos, el país que había explorado en su juventud…Allá querría ser sacerdote – monje. Hacerse el “hermano de todos”.

Empecé a reflexionar acerca de su proyecto y del mío…y de pronto veía que: la presencia de una persona como de Foucauld supondría una enorme ventaja también para mi proyecto. Haría todo lo posible para que de Foucauld me acompañara en mi viaje de exploración hacia el sur, hacia los Touaregs.

Finalmente tuve éxito. En vista de que la frontera con Marruecos seguía cerrada, de Foucauld terminó por aceptar de emprender la marcha hacia el Sur, hacia los Touaregs, con la columna del ejército (naturalmente yo también iba ahí), Incluso empezaría inmediatamente a estudiar el idioma y la preparación de la traducción del evangelio…

En éste período, quizás no era preciso de hablar de pura “amistad”, tal vez se entremezclaba un poco de interés propio. A decir verdad, yo tenía algunas tendencias coloniales. Pero en éste proceso de colonización importaba ante todo “el amansar”, el ganar la confianza. Y en éste punto nos entendíamos. Éramos…cuán diferentes…en el fondo, almas gemelas. Tal vez, fuera también un poco su santidad que jugaba un papel. De todos modos yo respetaba a mi amigo en su misión propia. Yo, hasta soñaba que quizás en un futuro llegara a ser el capellán del amenokal del Hoggar.

En 1904, a mediados de marzo, partimos juntos hacia el Sur. Durante tres meses compartíamos la dura vida nómada. De nuevo nos llegamos a conocer y respetar más profundamente. Pero de Foucauld empezaba a ver también con más lucidez la ambigüedad de su presencia; se preguntaba ¿si de veras los autóctonos notarían la diferencia entre los soldados y los sacerdotes?.Desgraciadamente, en aquel preciso momento me llamaron de regreso a Francia. En realidad no era prudente dejar a de Foucauld sólo en aquel lugar. En vista de eso regresamos. Yo a Francia y de Foucauld a Beni Abbés.

Pero el año después de Foucauld volvió a partir. Ahora definitivamente. Un amigo mío, capitán Dinaux, lo puso en contacto con Moussa, el amenokal de los Touaregs del Hoggar. Este le dio el permiso de permanecer ahí, en Tamanrasset, un pequeño pueblo donde él mismo también vivía.

A partir de entonces ya no veía a de Foucauld con tanta frecuencia, sólo de vez en cuando, por unos pocos días. Desgraciadamente yo estaba constantemente en Francia.

Sin embargo aún recuerdo vivamente el año 1908. Un año de una sequía muy fuerte en el Sahara. Por poco perece de Foucauld durante la reinante hambruna. Los Touaregs le salvaron la vida, con la leche de cabra que en éste período de una escasez aguda, trataban de conseguir en todas partes. Al enterarme de esta noticia hice sonar enseguida la alarma. Llegué hasta quejarme con su superior, monseñor Guerin. Le decía que se estaba suicidando y que practicar la penitencia de tal manera no estaba permitido…etc.

Tan pronto que pude le envié tres camellos cargados de víveres: azúcar, té, conservas etc. También una carta muy seria con una amonestación y…la noticia que en adelante podía celebrar la misa sin asistente (esto me lo había contado monseñor Guerin).

En el verano de aquel año nos volvimos a ver. Yo buscaba entonces un lugar para mandar a construir un nuevo fortín (El fortín Motylinski). También los dos años siguientes nos vimos de vez en cuando.

Desgraciadamente, en julio de 1910 me hicieron volver a Francia. No nos volvimos a ver en el Sahara. ¿Terminó ahí nuestra amistad? De ninguna manera. Nos seguimos escribiendo con mucha frecuencia. Pero estas cartas – sobre todo la cantidad –no estuvieron libres de comentarios. Se decía que de Foucauld hubiera sido agente secreto a mi servicio. Pero es muy fácil sacar de su contexto una determinada frase o fragmento de una carta y darle así una interpretación totalmente diferente. Nuestra amistad se sostenía casi exclusivamente por estas cartas. He guardado de de Foucauld sesenta y una cartas. Por prudencia, él destruyó las mías porque al fin y al cabo se encontraba en un país extraño…d

Sólo nos volvimos a ver tres veces, eran encuentros cortos. No obstante estas sesenta cartas en apenas cinco años, demuestran lo suficiente que entre ambos había un verdadero diálogo. Era la manifestación de la vivencia de una sólida y entusiasta amistad que tenía la necesidad de “compartir” y que se alimentaba por este “compartir”.

Estaba profundamente conmovido al enterarme del asesinato de mi amigo. A causa de la guerra sólo pude visitar su tumba el año posterior.

A los tres años , en 1920, volví desde Tamanrasset a Europa, en avión. El avión se cayó. Estaba muy malherido y a los pocos días fallecí. Me envolvieron en un trozo de tela y a lomo de camello me llevaron de regreso a Tamanrasset. Me enterraron al lado de mi amigo.

Hasta más allá de la muerte se justificó la expresión de de Foucauld, yo era para él “el amigo incomparable”.

«El Horeb» (Poema-oración)

  HOREB

Bíblico Monte de Horeb, “La montaña de Dios”

Lugar geográfico, árido, seco , desolado,

Allí dónde Señor, te revelaste en el pasado

a hombres que, como Moisés o Elías,

se adentraron en el desierto fatigados,

Cargados con los duros problemas de la vida

se vieron ya vencidos, casi exhaustos

Se encontraron allá Contigo en el silencio

y bajaron de “tu Monte” renovados

Hoy Señor queremos ofrecerte

Nuestro Horeb Comunitario

para que lo acojas en tu infinito Amor

y lo transformes en un templo sagrado

Derrames sobre él los dones de tu Espíritu

para salir de él fortalecidos e inundados

Que con la fuerza de tu gracia este sea siempre:

Hogar espiritual que acoge a todo hermano

Consuelo en la pena y la tristeza

Brújula para el que está desorientado,

Bálsamo que sane toda herida

Amistad para el que se siente abandonado

Que a través del silencio y la oración

Nos abramos a Dios y a los hermanos

Y percibamos aquí, en nuestro desierto,

tu clara voz en las tinieblas confortándonos,

Y así vivir, con alegría, conforme a tu bondad

el Nazareth que nos has regalado,

Que, con el ejemplo de nuestro Hermano Carlos,

Seamos humildes y sencillos

testimonios del Reino, proclamándolo

Cuidemos el jardín de la amistad,

Y si oramos, amamos y actuamos,

brotes nuevos un día serán dados.

(Julia Crespo Comunidad Horeb)

Una vida que rompe esquemas, inquieta, desconcertante

Breve recorrido biografico

NACIMIENTO:   1858
 15 septiembre 1858 en Estrasburgo, en una familia de la nobleza, cuya divisa era «jamás atrás.» Carlos fue bautizado.

INFANCIA-JUVENTUD:

1858-1876



«Yo que había estado desde mi infancia envuelto de tantas gracias, hijo de una madre santa…»

Noviembre 1897

 Carlos tiene una hermana, María, 3 años menor.
 Sus padres mueren uno detrás de otro en 1864. Carlos guardará de esta experiencia una herida muy profunda.
 Los huérfanos son confiados a su abuelo materno, el coronel de Morlet, bueno pero débil.
 Después de la guerra franco-alemana de 1870, Francia ha perdido la Alsacia y Lorena. La familia abandona Estrasburgo para ir a Nancy y opta por la nacionalidad francesa.
 Estudios secundarios en Nancy, después en Paría con los jesuitas, donde él hace su bachillerato y comienza el año de preparación de Saint Cyr (Escuela Militar). Juzgado holgazán e indisciplinado, es despedido sin finalizar el curso. Carlos sitúa su pérdida de la fe al final de sus estudios secundarios, hacia los 16 años.

VIDA MILITAR:

1876-1881


«Yo me alejaba cada vez más de Vos, Señor. Toda fe había desaparecido de mi vida.»

Retiro de Noviembre de 1897

 1876: Carlos entra en Saint Cyr.
 1878: Su abuelo muere en marzo; él hereda una gran fortuna que va pronto a dilapidar. Entra en la escuela de caballería de Saumur en octubre de donde saldrá en 1879, con la última calificación de todos, el 87 sobre el 87.
 En la escuela él lleva una vida de juerguista y multiplica los actos de indisciplina y de excentricidades (abandona su puesto de centinela; se disfraza de mendigo…). No obstante, dibuja y se cultiva leyendo mucho.
 1879: En la guarnición de Pont-à-Mousson dilapida más y más su dinero, vive a lo grande, y se desacredita llamando la atención con una jovencita de mala reputación: Mimi.
 1880: Su regimiento es enviado a Argelia. Carlos lleva consigo a Mimi haciéndola pasar por su mujer. Cuando la superchería es descubierta la Ejército le requiere para licenciarlo. Carlos lo rehúsa y prefiere ser puesto en no-actividad por «indisciplina, agravada de mala conducta notoria.» Vuelve a vivir a Francia, en Evian.
1881: Se entera de que su regimiento está comprometido en una acción peligrosa en Argelia. Carlos abandona a Mimi, pide su reintegración en el ejército y se reúne con sus camaradas.
Durante 8 meses se muestra un excelente oficial apreciado tanto por sus jefes como por los soldados.

LOS VIAJES DE EXPLORACIÓN:

1882-1886


«El Islam ha producido en mi una profunda transformación, una revolución interior.»

Carta del 8-1-1901

1882: Seducido por el África del Norte, abandona el Ejército y se instala en Argelia para preparar científicamente un viaje de «reconocimiento de Marruecos.» Aprende árabe y hebreo.
Julio 1883-mayo 1884: recorre clandestinamente Marruecos disfrazado de rabino y conducido por el rabino Mardoqueo. Arriesga su vida en varios de sus viajes. Fue impresionado por la fe y la plegaria de los musulmanes.
1884: Carlos se compromete en noviazgo en Argelia, pero lo romperá porque su familia se opone a este matrimonio.
1885: Recibe la medalla de oro de la «Sociedad Francesa de Geografía» por el primer informe que ha hecho de su «reconocimiento de Marruecos».
1885-1886: Viaje a los oasis del sur de Argelia y Túnez.
1886: Vuelve a Francia, se reencuentra con su familia, en particular con su prima María de Bondy.
Redacta el libro «Reconocimiento de Marruecos».
Vive muy sobriamente como un asceta.
Se interroga sobre la vida interior, la espiritualidad. Entra en las iglesias, sin fe, y repite esta extraña plegaria «Dios mío, si existís haced que yo os conozca.»

LA CONVERSION:

1886-1889


«Tan pronto como yo creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa más que vivir para Él…»

Carta de Agosto de 1901

Fin de Octubre 1886: Carlos entra en la iglesia de San Agustín de París para pedir al Padre Huvelin (que le había hecho conocer María de Bondy) lecciones sobre la Religión.
El Padre Huvelin le pide que se confiese y comulgue de inmediato, y luego hablarían.
1887-1888 : Pasa un tiempo en familia, en provincias, en casa de su hermana María, y comienza a pensar en la vida religiosa.
Diciembre 1888 – Enero 1889: Carlos está en Tierra Santa. Nazaret le marca profundamente.
Vuelto a Francia, da todos sus bienes a su hermana. Hace diversos retiros para buscar una Orden religiosa donde pudiera entrar.
Se siente llamado a vivir «la vida escondida del humilde y pobre obrero de Nazaret».
Es la Trapa lo que parece que más le conviene.

LA VIDA RELIGIOSA:

1889-1897


«Mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe: Dios es tan grande…»

Agosto 1901

1890 (16 Enero): Entra en la Trapa Nuestra Señora de las Nieves en Francia.
Seis meses después parte para una Trapa mucho más pobre, la de Akbès en Siria. No obstante no se siente a gusto. Aquel estilo de vida no le parece favorecer la imitación de Jesús en Nazaret.
Hace un primer proyecto de congregación religiosa «a su manera». «Yo suspiro por Nazaret», escribe.
Pide ser dispensado de los votos. En Octubre de 1896, se le envía a Roma para ampliar estudios.
Enero 1897: El Prior general de los trapenses lo deja en libertad para seguir su vocación.

NAZARET:

1897-1900


«Para asemejarme más todavía a Jesús…»

Agosto 1901


«Por el solo hecho de celebrar la Misa, yo daré a Dios la más grande gloria y haré a los hombres el más grande bien»

Carta del 26 de Abril de 1901

Desde el mes de marzo de 1897, Carlos está en Nazaret donde se asienta como criado y recadero de las Clarisas y vive en una cabaña cerca de su claustro.
«Había obtenido el permiso de volverme solo a Nazaret y de vivir allí desconocido, como obrero, de mi trabajo cotidiano. Soledad, plegaria, adoración, meditación del evangelio, humilde trabajo.»
Permanece cuatro años. Poco a poco las clarisas y su confesor, el Padre Huvelin, le llevan a aceptar pedir la ordenación sacerdotal.
Vuelve a Francia, a Nuestra Señora de las Nieves, para prepararse.
9 de Junio de 1901: Es ordenado sacerdote.

BENI-ABBES Y LOS VIAJES POR EL PAIS DE LOS TUAREGS:

1901-1906


«Continuar en el Sahara la vida escondida de Jesús en Nazaret, no para predicar sino para vivir en la soledad, la pobreza, el humilde trabajo de Jesús»

Abril 1904

Septiembre 1901: Carlos de Foucauld está en Argelia. Va a establecerse en Beni-Abbès, donde construirá una ermita para fundar una fraternidad de monjes.
1902: Alerta a sus amigos y a las autoridades francesas sobre el drama de la esclavitud.
Rescata a varios esclavos.
1905: Hace varias giras por las tierras y rutas de los Tuaregs.
Aprende su idioma.
Ningún sacerdote había penetrado en esta pueblo antes que él.
Para ellos hace un catecismo y comienza a traducir el evangelio.
1906: Un compañero se reúne al fin con él. Pero muy pronto el hermano Michel cae enfermo y vuelve a Francia.

TAMANRASSET Y VIAJES A FRANCIA:

1907-1916


«Mi apostolado debe ser el de la bondad. Que viéndome se pueda decir: ‘puesto que este hombre es bueno, su religión debe ser buena’.»

1909

Julio 1907: Carlos se instala en Tamanrasset. Emprende un enorme trabajo científico sobre los tuaregs, sus cantos, sus poesías. Para ello cuenta con la ayuda de uno de ellos.
Carlos es el único cristiano. Al faltar los fieles le está prohibido celebrar la Eucaristía. Pero él elige permanecer… «en favor de los hombres,» es decir, hace de su vida una eucaristía. Esto durará 6 meses. Al fin, recibirá la autorización de celebrar solo, pero no de guardar el Santo Sacramento.
Enero 1908: Agotado, cae enfermo, roza la muerte. Los tuaregs le salvan compartiendo con él la poca leche de cabra que les queda en este tiempo de sequía. Carlos se sabe impotente, depende en todo de sus vecinos… Hace la experiencia de que la amistad, el amor de los hermanos, pasa por el intercambio, la reciprocidad, no sólo se trata de dar sino recibir.
1909-1911-1913: Hace tres viajes a Francia para presentar su proyecto de una «unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón», asociación de laicos para conversión de los infieles. «Fervientes cristianos de todas las condiciones, capaces de hacer conocer por su ejemplo lo que es la religión cristiana, y de ‘hacer ver el evangelio en su vida’.» (Reglamento y Consejos, 1909-1913).
1914: La guerra mundial ha estallado también para Francia. Carlos de Foucauld permanece en Tamanrasset por los consejos de Laperine, un militar de entre sus amigos.
1915: El desierto está agitado: batidas de marroquíes, senusitas de Libia, alentados por los alemanes, amenazan la situación.

EL ULTIMO AÑO. LA MUERTE:

1916


«Nuestro anonadamiento es el medio más potente que tenemos de unirnos a Jesús y de hacer el bien a las almas.»

1 de Diciembre de 1916, a María de Bondy


«Cuando el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece solo. Si muere, trae mucho fruto. Yo no he muerto, también yo estoy solo… Rogad por mi conversión a fin de que muriendo traiga fruto.»

Carta a Suzanne Perret

Para proteger a los indígenas fieles a Francia se construye un fortín en Tamanrasset. Carlos de Foucauld se instala allí solo, esperando acoger a las gentes del entorno en caso de peligro.
Él continua en su trabajo con las poesías y proverbios tuaregs.
1 de Diciembre de 1916: Última carta a Louis Massignon.
1 de Diciembre de 1916: Unos tuaregs bajo influencia sinusita lo sacan fuera del fortín, le dominan y le atan.
Durante el pillaje se anuncia la llegada de los militares por sorpresa. Es la locura…y una bala perdida. Carlos es muerto. Sus despojos son enterrados en la fosa que envuelve el fortín.
En su muerte Carlos está sólo… o casi. En Francia hay 49 inscritos en la asociación de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, que él consiguió hacer aprobar por las autoridades religiosas.
2002: 19 fraternidades diferentes, de laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, viven el Evangelio a través del mundo, con la ayuda de las intuiciones de Carlos de Foucauld.