Entre los días 6 y 21 de mayo 2025 tuvo lugar la Asamblea Mundial de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas (en la espiritualidad de San Carlos de Foucauld) en la Casa de Espiritualidad Monseñor Aguirre de San Fernando, provincia de Buenos Aires. Esta asamblea se realiza cada seis años, para la revisión, estudio, informes regionales y continentales de la vida de la fraternidad, compuesta por más de 4.000 sacerdotes diocesanos en los cuatro continentes. Además, se elige un nuevo responsable internacional, y éste a su equipo, que debe ser aprobado por toda la asamblea. Participaron 34 delegados de los diversos países, además del equipo saliente, responsables anteriores y responsables continentales.
SACERDOTES DE IESUS CARITAS, TESTIGOS Y FORJADORES DE LA FRATERNIDAD SACERDOTAL Y UNIVERSAL ha sido el tema fundamental de trabajo, con la mirada puesta en Fratelli Tutti. Diversas ponencias han iluminado, así como la presentación de la Iglesia en Argentina actualmente, y, algo fundamental en el carisma de San Carlos de Foucauld, el encuentro con gente de las parroquias participando en su vida y sus celebraciones, de una manera especial en algunas “Villas Miseria”. Oración en común, adoración y eucaristía han nutrido el espíritu y la fraternidad de todos.
Nuevo equipo
Se eligió al nuevo responsable internacional: Carlos Roberto dos SANTOS, de Brasil, y su equipo formado por Roberto (Tino) FERRARI (Argentina), Mark MERTES (EEUU), Boris SCHÜSSEL (Suiza) y Louis Edmond ESSEYI A GNADAM (Camerún). También ha pedido a Eric LOZADA (Filipinas) que sea su delegado para Asia y a Yves de MALLMANN (Francia) que ayude en el mantenimiento de los Archivos. La experiencia de fraternidad a través de la revisión de vida, el estilo de Nazaret en lo personal y pastoral, el día mensual de desierto, la adoración y la opción fundamental por los pobres, centran la vida de cada sacerdote en esta línea espiritual y de compromiso en este mundo. Se vivió con espíritu eclesial y de universalidad la elección del Papa León XIV, teniendo, a su vez, muy vivo el recuerdo y el talante, el mensaje de evangelio y de universalidad del Papa Francisco. En San Carlos de Foucauld está el modelo de “hermano universal”.
Carlos de Foucauld escribió a Luis Massignon el 1 de agosto de 1916, seis meses antes de su muerte: “La palabra que más me ha conmovido y ha cambiado radicalmente mi vida es esta: Cada vez que lo habéis hecho a uno de estos más pequeños de mis hermanos, es a mí que lo habéis hecho” (Mt 25,40). Esta meditación parece ser el pilar de su camino hacia “la aceptación de la diferencia del otro”. Ve al mismo Jesús en cada persona, lo que no es muy fácil, ya que supone una gran decisión, una voluntad inquebrantable y una oración continuada.
El Hermano Carlos reflexiona en sus escritos espirituales: “quisiera que todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos o paganos se acostumbraran a ver en su hermano a un hermano universal”. En una carta a María de Bondy escrita el 7 de enero de 1902 se expresa así: “qué bonito nombre, empiezan a llamar a la casa la “fraternidad” y empiezan a darse cuenta que los pobres encuentran allí a un hermano, y no únicamente los pobres sino también los demás”. Meditando estas dos ideas percibimos con fuerza que ningún obstáculo se opone al acto de caridad del Hermano Carlos, no tiene miedo al otro por ser diferente, por su religión, sus convicciones, su situación social. Con el hermano Carlos, aceptar la diferencia del otro alcanza su apogeo: es amar de una manera universal y buscar la unión total con el otro.
El Hermano Carlos escribió en su reglamento de los hermanitos del Corazón de Jesús, esta asociación tan soñada por él, “que los hermanitos acogieran a los que llaman a su puerta, visitantes, pobres y enfermos”. Es un reflejo de que para él aceptar al otro supone una predisposición permanente por acoger sin cesar y en toda circunstancia.
En las páginas, en las directrices y los consejos de orden general y particular que escribió a su amigo Mussa, el jefe de los Tuaregs, Carlos decía: “la primera obligación es la de amar a Dios de todo corazón y sobre todo, y la segunda amar a todos los hombres como a sí mismo; para el amor al prójimo se aplica la ley de la fraternidad, igualdad y libertad”. Para el Hermano Carlos, aceptar al otro y vivir en fraternidad con él, en el fondo es una forma de igualdad, de amor sincero y libre hacia el otro. No soy ni mejor ni más importante que el otro, y si acepto amar, lo hago en toda libertad, no por obligación sino porque Jesús me lo pide y yo confío en su palabra y me la creo.
En una época en que se repetía que “no hay salvación fuera de la Iglesia”, él camina contracorriente ya que escribe a un amigo protestante: “No estoy aquí para guiar a los Tuaregs sino para intentar comprenderles. Estoy seguro que el Señor acogerá en los cielos a todos los que llevaron una vida de piedad sin ser necesariamente católicos o latinos. Tu eres protestante, otro no es creyente, los Tuaregs son musulmanes y estoy convencido que Dios nos acogerá a todos si nos lo merecemos…” Esta idea fuerte nos muestra que aceptar la diferencia del otro, para el Hermano Carlos es sinónimo de respeto por su humanidad y la norma es la buena conducta de ésta o aquella persona. ¿Quién podría confirmar que la identidad cristiana convierte a una persona en más importante que las demás? Por medio de esta carta el Hno. Carlos nos recuerda lo que dijo el Señor: “no juzguéis y no seréis juzgados” porque Dios es el único juez.
En una carta a Henri du Ferier, un amigo suyo ateo dice: “no tengo necesidad de decirte que no te olvidaré nunca … Cada hombre es un hijo de Dios, por ello es imposible amar y desear el amor de Dios sin amar a los hombres o desear amarlos. Se ama a los hombres tanto como se ama a Dios …”. En esta carta el Hermano Carlos parece un hombre que ama, que comprende y que es valiente; acepta a su amigo ateo, lo ama y lo respeta sin renunciar a sus convicciones. No renuncia a lo que le diferencia de su amigo ateo para ganar su amor y su amistad sino que permanece lo que es y acepta al otro como es.
Para el Hno. Carlos, aceptar al otro es un camino que puede llevar a la salvación de las almas … ¿Cómo? En sus meditaciones, el Hermano Carlos dice: “lo que debemos hacer si queremos trabajar para la salvación de las almas es ir a su encuentro, mezclarse con ellas, vivir con ellas, establecer relaciones serias con ellas …” ¿Podría llevarse a cabo en todas las dimensiones en la relación humana sin aceptar la diferencia del otro? Encontramos respuestas profundizando en nosotros este concepto entre las directrices que les ofreció a los miembros de la fraternidad de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón: lo que hay que ver en el hombre, sea bueno o malo, es el alma que merece la salvación. Que sean todos en todos, que sea amigos universales con todos para que lleguen a ser redentores universales.
Cuando terminó la lectura del libro de su amigo Henri de Castries sobre el Islam, le escribió: “te doy gracias por tu deseo de desvelar la realidad musulmana y liberar a las almas del peso de las leyendas que escuchamos todos los días. No me sorprenden, en este caso, las falsas opiniones que tienen los musulmanes de nuestra religión ya que la mayoría de nosotros inventamos historias sobre sus creencias …” Aquí el Hermano Carlos nos parece un gran profeta: cuando se para ante la importancia de la relación entre musulmanes y cristianos y en la manera de rectificar. Para él el cristiano rechaza al musulmán cada vez que le mira con una mirada llena de prejuicios y vacía de la voluntad de conocer la realidad del otro.
“A través del desierto, nos conduce Dios a la libertad” era el lema de nuestro Papa Francisco para la Cuaresma 2024.
Salir de la esclavitud, y en el camino dejarnos llevar por Dios, aprendiendo de nuestros errores; una vida llena de acontecimientos y de personas que encontramos, o que nos acompañan en nuestro diario Nazaret. El Señor nos llama en esta Cuaresma 2025 a no evadirnos de las realidades del mundo, del que formamos parte. Salir de la burbuja de nuestras ideas, seguridades… El Señor nos quiere felices, no que seamos vencedores; entregados, y no víctimas; atentos a los demás, no guardaespaldas de nosotros mismos; hijos de la luz, no deslumbrados por nada.
En el tiempo de Cuaresma Dios nos puede empujar a revisar nuestra vida como ser humano en un mundo herido, como creyente en Jesús (miembro de la Iglesia) y, como hermano, en el seno de nuestra fraternidad.
En nuestro mundo
En las situaciones difíciles, que hasta creemos imposibles de resolver, descubrimos nuestra impotencia e incluso nuestra rabia por las graves injusticias que sufre la humanidad, O, al contrario, abordamos con paz las situaciones. “Levanta de la basura al pobre” (1 Sam 2,8), se escribe 1.100 años antes de Cristo. Nos cuesta mucho trabajo mirar el futuro de la humanidad con optimismo. La polarización, como recurso de los poderosos, del dios dinero, llega a la política, la cultura, la Iglesia, el mundo del trabajo, a todos los ámbitos. Desean que estemos nerviosos, crispados, sin pensar o analizar la realidad.
¿Cómo ayudo a los pobres que tengo al lado a levantarse de la basura? ¿Cómo me encuentro en la basura de mi propia casa, de mi interior? ¿Encuentro fuerzas en mi fe, en mí mismo, en mi confianza en los demás, en mi confianza en Dios?
En nuestra Iglesia
Hijos de la luz no es sólo una expresión muy bella. Como bautizados y como sacerdotes estamos llamados a ser hijos y testigos de la Luz. “Todos vosotros sois hijos de la luz, e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas” (1 Tes, 5,5), pero a veces se apagan las esperanzas, los motivos para ser felices repartiendo la luz que llevamos dentro y la luz del evangelio. Es posible que haya un desgaste, o un desencanto en nuestra vida. La luz de Jesús, el Resucitado, nunca se apaga.
¿Cómo me sitúo en la Iglesia, con las llamadas desde el Sínodo, con la esperanza de una Iglesia renovada? ¿Qué luz recibo desde la Iglesia, mi diócesis, mi parroquia? ¿Tengo alguna lámpara ya inservible, que no da luz en mi vida? ¿Apago la luz de los demás?
En nuestra fraternidad
La fraternidad es el espacio humano para manifestarnos como somos, sin disfraces. No es un grupo de amigos solteros que se reúnen. La fraternidad nos ayuda a vivir una espiritualidad y una práctica desde las intuiciones de Carlos de FOUCAULD: contemplación, acción, trabajo, entrega a los más pobres, estilo de Nazaret en lo personal y pastoral, vida compartida en los encuentros, en la revisión de vida, adoración y desierto. “Tened un mismo sentir los unos para con los otros” (Rm 12,16a) La fraternidad es una riqueza humana compartida entre sacerdotes llamados a evangelizar. Nuestra fraternidad no es una congregación religiosa, y mucho menos un estilo robótico de pertenencia a un grupo en el carisma de Carlos de FOUCAULD.
¿Qué encuentro en mi fraternidad para ser fiel a la llamada de Jesús? ¿Es para mí una prioridad el encuentro fraterno? Desde mi vida y mis realidades, ¿qué aporto, qué doy? ¿Sé escuchar a mis hermanos, me preocupo por ellos, cómo ayudo? La fraternidad es plural: ¿cómo vivo las diferencias entre unos y otros? ¿Qué me ha cambiado interiormente la fraternidad como hombre y como sacerdote?
Un día leímos algo sobre Carlos de FOUCAULD. De alguna manera nos llamó la atención su forma de vivir el evangelio. Fuimos descubriendo cómo su testimonio de vida fue realmente sorprendente. A través de los libros de René VOILLAUME, de Carlo CARRETO, de Jean-François SIX, o Arturo PAOLI, una línea de espiritualidad y de acción se abría ante nosotros. Pudo ser la palabra o la invitación de algún compañero para participar en un retiro de oración, a una reunión de otros sacerdotes, o un artículo de alguna publicación donde se hablaba de un hombre enamorado de Jesús, que cambió su vida de rico para ser pobre; un hombre con un sentido de fraternidad universal y lleno de Dios, o unos hermanitos y hermanitas, o sacerdotes, que seguían un estilo de ser cristianos desde lo sencillo, el trabajo, estar con los pobres sobre todo, hombres y mujeres encarnados en la realidad de su entorno. Quizá en la época de estudiantes nos llamó la atención que, entre tanta teología, había una manera directa de conocer a Jesús, desde un hombre que, sin ser de nuestro tiempo, se adelantó al Vaticano II y tuvo unas intuiciones que más adelante se hicieron realidad, en su vida y en la vida de muchos cristianos que contemplamos este mundo como una maravillosa obra de Dios, donde los seres humanos debemos vivir la fraternidad universal. Somos sacerdotes diocesanos y llamados a ser Iglesia, sin rasgos sectarios o de elegidos especiales para algo glorioso: llamados a ser también hermanos universales.
La espiritualidad de Nazaret
El hermano Carlos quizá nos abrió un camino distinto en la fe; no el único, pero sí al que Dios nos llama a cada uno, tal y como somos, sin la frustración de no ser de otra manera, mejor o más perfecta. Esto no nos hace estar por encima de otras formas de espiritualidad, sino acercarnos a Jesús allí donde está, en convivencia con quienes tenemos cerca, en donde vivimos, con quienes nos encontramos cada día. Nazaret es estar con la gente, no vivir al margen de nadie. Nazaret es trabajar como uno más, o estar enfermo como otro enfermo, o ser jubilado como tantos jubilados. Es sonreír con quienes ríen y llorar con los que lloran. Sin empatía no podemos entender qué es Nazaret y entender qué nos traen los acontecimientos sencillos o lo pequeño de cada día. A veces a los sacerdotes nos cuesta trabajo vivir en ese estilo, o tener una actividad pastoral sin pensar en el éxito; el clericalismo está muy lejos de Nazaret, como lejos está Nazaret del templo de Jerusalén… Por eso no tenemos que sentirnos fracasados si acude poca gente a las reuniones de la parroquia, o en el templo hay mayoría de personas mayores o muy poca afluencia de creyentes. Vivir Nazaret es llevar a Jesús de vecino en el barrio, el pueblo, la calle, donde se reúne la gente, en los hospitales, la cárcel, los centros de acogida, participar de las esperanzas de los refugiados o desplazados. Puede ser difícil de entender si queremos conservar nuestras seguridades personales o posibles privilegios sociales.
El Mes de Nazaret nos ayuda, al menos una vez en la vida, a vivir en fraternidad este espíritu del hermano Carlos, profundizando en su vida y su legado, compartiendo nuestras vidas y realidades al orar juntos, trabajar en algo manual – sin jugar a ser obreros por un día – , revisando nuestras vidas, alegrías y fracasos, dando al desierto su tiempo, como búsqueda y encuentro con el silencio de Dios, haciendo juntos las tareas de cualquier hogar, aunque en este caso sea un hogar de solteros. En el Mes de Nazaret hacemos nuestro compromiso en la fraternidad, que es compromiso a vivir el evangelio y seguir a Jesús, donde él nos ponga.
Una entrega a los más pobres
Rompiendo esquemas de tradición familiar y social, Carlos de FOUCAULD, después de sus búsquedas de Dios, optó por ser pobre como Jesús. Cuando uno se enamora quiere escuchar el corazón de la otra persona. El hermano Carlos se identificó con su Bien Amado Jesús yendo hacia los más abandonados.
Dice Florencio ROSELLÓ, arzobispo de Pamplona, España, en la Jornada Mundial de los Pobres 2024: “En esta Jornada de los Pobres me surge siempre una duda: ¿cuando hablamos de los pobres, en quién pensamos? A veces veo que son gente dependiente de mi “limosna”, gente dependiente de mi actitud, gente que está por debajo de mí, que me mira hacia arriba, y yo le miro hacia abajo. Me siento superior a él, y eso me molesta. Siempre he querido tratar a los pobres de igual a igual, mirarle a los ojos, porque estoy a su misma altura, no de arriba abajo, como si yo fuese el bueno y él…piense usted lo que quiera”. Igual nuestro Papa Francisco insiste siempre en esto, y, aún más, hay que tocar al pobre, darle la mano, o abrazarlo, que no nos dé repugnancia, ni pensemos que nos vamos a manchar.
Carlos de FOUCAULD fue más allá: hay que estar con ellos, vivir con ellos, según su estilo, sin diferenciarnos por nuestro status religioso que a veces es clasista y clerical, hasta incluso si somos de la clase media. Los pobres no entienden de títulos universitarios: entienden a quienes son como ellos, y se acercan sin tener miedo o prejuicios. Hay muchas formas de pobreza a nuestro alrededor, y no sólo la pobreza material: pobres que no tienen un corazón libre, pobres que carecen de amistad, pobres saturados de tecnología y faltos de humanidad… Vivimos muchas veces en medio de ellos, y no hace falta ir muy lejos. Países pobres con deuda externa – y eterna – con Occidente, inmigrantes en malas condiciones: todos los rechazados por la riqueza. ¿Cómo ser coherentes en nuestro estilo de vida con un mundo lleno de injusticias? La fraternidad nos hace ver también la pobreza de nuestras propias miserias.
Compartir la fe y la vida
La vida de una fraternidad sacerdotal Iesus Caritas es la vida de unos hombres creyentes que siguen a Jesús y se ayudan a ser fieles al evangelio. En el encuentro de cada mes – en la fraternidad local – ,en el retiro anual o trimestral, en las asambleas, y en la vida de cada día, allí donde uno está, se renueva ese encuentro con Jesús en la adoración, el tiempo de silencio y contemplación de la Eucaristía, sin prisas. Jesús, que nos mira y nos acoge. Jesús, que nos escucha y comparte nuestro silencio y nuestros ruidos. Para que haya amistad con Jesús, tenemos que acercarnos a él. El hermano Carlos y los grandes orantes a través de la Historia nos dan testimonio de esta amistad profunda con Dios.
Y en el desierto, otro tiempo prolongado de estar a la escucha, la amistad se fortalece, como se fortalece el amor hacia la persona que echamos de menos porque no está a nuestro lado. No vemos a Dios, pero lo sentimos, porque él nos está buscando.
Puede ser que nos dé miedo la soledad, o encontrarnos con nosotros mismos, con nuestra realidad vulnerable. En la Oración de Abandono decimos “con infinita confianza”… Cuando hay confianza, se van los miedos. Para el desierto no necesitamos prácticamente nada: sólo nosotros. No necesitamos un templo o una capilla, ni libros, ni Biblia, ni un paisaje agradable o con comodidades: hay que salir hacia donde Dios nos conduzca. Silencio…
La vida de fraternidad es compartir la vida, tal y como es, en cada encuentro, especialmente en la revisión de vida. Carlos de FOUCAULD no revisaba su vida porque no tenía una fraternidad de cristianos como él. Ahondando en la amistad con la gente con quien vivió, animado por la dirección espiritual del P. Henry HUVELIN, desde la distancia entre Francia y Argelia, y antes en sus diversas etapas de búsqueda, el hermano Carlos tuvo una permanente revisión de vida, en la oración, en sus cartas, que le llevó a no estar cómodo e instalado en unos planes ya hechos: siempre estuvo abierto a la realidad de la vida y de las circunstancias. En la fraternidad vivimos la revisión de vida como un medio para el crecimiento interior, escuchando y siendo escuchados, Es necesaria la confianza mutua, la aceptación de los demás, con su forma de ser, a veces con ideas distintas sobre la Iglesia y la sociedad. El diálogo, el encuentro en clima de oración, hacen caer prejuicios y juicios hacia los demás. Por eso es imprescindible, para una verdadera revisión de vida, la transparencia del interior de cada persona. No hay que revisar actividades pastorales, hay que revisarse a uno mismo. Los demás nos ayudarán. Y, sobre todo, sentirnos en libertad, sin puertas cerradas.
En el proyecto de Jesús
La fraternidad sacerdotal Iesus Caritas es una pequeña parte del conjunto de la Iglesia de Jesús, una pieza más del todo por el cual vivió Jesús: ovejas responsables de otras ovejas que no miran desde el poder. Nos sentimos en comunión con el Papa Francisco, que tiene a San Carlos de FOUCAULD siempre presente en sus encíclicas, y queremos ser Iglesia en salida, en las periferias, para seguir descubriendo a Jesús y trabajando por su Reino, necesitados de los demás y al servicio de los que no son protagonistas de éxito. Evangelizar siendo contemplativos y dejarnos evangelizar.
La Iglesia tiene el futuro ante sí. Pero está condenada a cambiar de rostro. Este cambio promete ser difícil debido a su pasado. El legado es pesado y los obstáculos en el camino son inevitables. La Iglesia se parece a la antigua fuente del pueblo: de ella sigue manando el agua que ha saciado la sed de generaciones de hombres y que todavía apaga la sed de los de hoy.
En nuestro tiempo, los puntos de referencia están desapareciendo. Vivimos en la precariedad. ¿A qué aferrarse? ¿Cómo marcar tu ruta? ¿Dónde encontrar sentido a tu vida? En el camino de los hombres, la Iglesia es signo, luz, levadura.
Jacques Gaillot, monseñor de los demás (Seuil, 1989)
El hermano Carlos, desde el día de su “conversión” en la iglesia de San Agustín de París, sintió en lo más profundo de sí la convicción de ser amado por Cristo, “elegido” por él, hasta el punto de de escribir más tarde a su amigo Henry de Castries: «Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir sólo para Él: mi vocación religiosa data de la misma época que mi fe”1.
En sus meditaciones de Nazaret sigue paso a paso al “Maestro de lo imposible”, su “amado hermano y Señor Jesucristo” y nos enseña a cultivar el deseo de imitarlo. “Seamos hombres de deseo y pidamos a Dios lo imposible en nuestras oraciones por el bien de las almas, para su glorificación en ellas, ya que creemos que su bondad nos concederá los verdaderos bienes que le pedimos…”2
Recientemente, en En la encíclica “Dilexit nos” (Él nos amó), el Papa Francisco se centró en la figura de quien ha sido llamado “el ermitaño del Sahara”, lo cito: él “San Carlos de Foucauld quiso imitar a Jesucristo, vivir como Él vivió, actuar como Él actuó, hacer siempre lo que Jesús hubiera hecho en su lugar. Para realizar plenamente su objetivo, era necesario que se conformara a los sentimientos del Corazón de Cristo; de ahí la expresión “amor por amor” que aparece una vez más cuando escribe: “Deseo de sufrir para devolverle amor por amor, para imitarlo, […] para entrar en su obra y ofrecerme con Él, toda la nada que soy, como sacrificio, como víctima, para la santificación de los hombres”. [182] 3
El deseo de llevar el amor de Jesús, a través de su compromiso misionero, a los más pobres y olvidados de la tierra, le llevó a tomar como lema Jesús Caritas, con el símbolo del Corazón de Cristo coronado por una cruz. » (§ 179) Hace 75 años, Mons. DUVAL, entonces obispo de Constantino e Hipona, ya estaba, como muchos de sus contemporáneos, asombrado por la vida del “hermano”, que quería ser “universal”, y así lo expresaba. : “…La salvación será el resultado del esfuerzo de todos. En un período crítico, el contacto personal puede ser suficiente para mejorar el curso de los acontecimientos. Carlos de Foucauld, este prodigio de inteligencia y de caridad, mostró tan bien la eficacia de estos contactos personales, donde el respeto prepara el camino al amor fraternal y donde el amor fraternal obra verdaderas maravillas…«4
El celo de los conversos o de los “principiantes” – como se llama a quienes regresan a la fe de su bautismo – es bien conocido. Se ha dicho que Carlos era un “apasionado” de Jesús: “¡hizo de la religión un amor”! De hecho, basándose en la fuente del Evangelio y de la Eucaristía, pasó de la contemplación de Cristo siervo al servicio cotidiano de Cristo en sus hermanos humanos, sean quienes sean. “Seamos tiernos como Jesús, amemos como él”, meditó… Consolemos, consolemos como él a sus hermanos que son los aquellos miembros de sí mismo de quienes dijo: “Todo lo que hagáis a uno de estos pequeños, a mí me lo haréis”. Nosotros, que vivimos nuestra presencia, humilde y benévola, entre nuestros hermanos y hermanas argelinos, con la diversidad de nuestros propios orígenes, reconocemos que el ejemplo de Carlos de Foucauld, en su tiempo, sigue siendo, con las adaptaciones necesarias, completamente nuevo.
El “Dios que viene” –y a quien el tiempo de Adviento nos invita a desear nuevamente– no se impone, sino que se entrega gratuitamente. Así lo percibió agudamente el padre Henri SANSON, jesuita de Ben Smen, cuando escribió en 1990: “Esta presencia de la Iglesia en Argelia se hace, en principio, de sincera gratuidad a imagen de las obras de Dios que, son libre sin mezclar. A cambio de sus dones, Dios no pide nada a sus criaturas: le basta verlos realizados. A cambio de su presencia en Argelia y en los argelinos, la Iglesia no pide nada: basta con creer que puede, de algún modo, serles útiles…”5 (p. 153)
Que San Carlos de Foucauld interceda por todos de nosotros, para que permanezcamos fieles al “amor de Dios derramado por el Espíritu Santo en nuestros corazones”, este amor destinado a todos, sin distinción de filiación social, nacional e incluso religiosa.
—————————————————————————————————— 1 N.D. des Neiges, 14-8-1901.
2 O.S. tome 8, « L’Esprit de Jésus », 2005, p. 147.
3 Retraite à Nazareth, Jésus en sa Passion, du 5 au 15 novembre 1897.
4 Discours prononcé à la Basilique d’Hippone à l’occasion de l’Exposition agricole de Bône, Pentecôte 1949. Cité dans l’ouvrage « Paroles de paix », 1955, p. 48.
Acompañados día a día, a lo largo del año, de las palabras del hermano Carlos de Foucauld, podremos ir adentrándonos en lo que para él significó «vivir Nazaret» con sus tres ejes principales: Evangelio, Eucaristía y Evangelización. ¿Qué nos quiere indicar Foucauld hoy a propósito de su insistencia en la vida de la sagrada familia de Nazaret? En primer lugar, inserción en la realidad. Nazaret significa la condición humana, los trabajos y los días, una escucha incesante de las circunstancias y de los acontecimientos, una búsqueda apasionada para explorar lo mejor posible todos los datos de la existencia, avanzando en el conocimiento de las cosas como en el aprendizaje del saber vivir con las demás personas. Además, el reconocimiento de que cada ser humano es mi hermano, con la misma dignidad que yo, junto con la confianza espiritual en que en la vida ordinaria se puede vivir unido al Dios-Trinitario. Pero compete a toda persona bautizada poner en obra su bautismo, su vocación propia, de una manera creadora; conducirse como hermano del Resucitado allí donde se encuentre, en su «Nazaret», en la existencia cotidiana.