De Mgr. Dominique Rey, Obispo de Toulon, Francia, en Adoración y Evangelización
Hay unos 70 institutos y congregaciones dedicadas a la Eucaristía en el mundo. Sus fundadores son quienes han comprendido el vínculo substancial que hay entre la Eucaristía y la renovación de la vida cristiana. Entre ellos Julien Eymard, Theodolinde Dubouche al comienzo del 1800 fundadora del instituto de la adoración reparadora, santa Julienne du Mont Cornillon, del 1900, luego de una revelación privada le pide al Papa la celebración anual de la fiesta del Santísimo Sacramento, Marie Marthe Emilie Tamisier entre el 1800 y el 1900 que recibió en Paray-le-Monial la inspiración de crear congresos eucarísticos universales y de reencender la llama de la eucaristía para hacer arder al mundo de caridad, santa Teresita, santa Faustina Kowalska, Charles de Foucauld que hará de Jesús Hostia el corazón de su misión.
La primera persona que se encuentra en la misión es el mismo misionero. “Todo misionero no es auténticamente misionero sino emprende el camino de la santidad” (Redemptoris Missio n. 90)
La Eucaristía nos sana de la indiferencia y de replegarnos sobre nosotros mismos.
«La Eucaristía sola puede revelar al hombre la plenitud del amor infinito de Dios y responde así a su deseo de amor. Sólo la Eucaristía puede guiar sus aspiraciones a la libertad mostrando la nueva dimensión de la existencia humana.» (JP II en Congreso Eucarístico de Wroclaw 1997)
En la Eucaristía Dios Todopoderoso se hace tan pequeño, tan pobre bajo la apariencia del pan. La singularidad de la adoración eucarística con respecto a todas las otras formas de oración y de devoción, es que por la presencia sacramental de Jesús-Hostia, Dios toma la iniciativa de encontrarse con nosotros. Cristo me precede en la respuesta que el Padre espera. “La Eucaristía significa: Dios ha respondido. La Eucaristía es Dios como respuesta, como presencia que responde” (J. Ratzinger – Dios está cerca- Palabras y silencio 2003)
Adoración, la palabra proviene de un vocablo latino cuya etimología está en “ios” (la boca). Comprende una postración que apunta al objeto de veneración y lo besa. Significa inclinarse profundamente en señal de extremo respeto. No faltan ejemplos evangélicos al respecto: la hemorroisa que se echa por tierra para tocar el borde del manto de Jesús (Lc 8,44); María Magdalena que se arroja a los pies de Jesús y los abraza. Esta actitud de adoración es bien natural al hombre cuando se encuentra ante algo o alguien que lo sobrepasa. La adoración debe expresarse con todo nuestro ser y entonces igualmente comprometer nuestro cuerpo. El hombre ha sido creado para adorar, para inclinarse profundamente ante Aquel que nos hizo y que nos sobrepasa.
Todas las posibilidades espirituales de nuestro cuerpo forman necesariamente parte de nuestra manera de celebrar la eucaristía y de rezar. La escucha atenta de la Palabra de Dios requiere la posición de sentado o el movimiento de la Resurrección reclama la posición de parados. La grandeza de Dios y de su Nombre se expresan de rodillas. Jesucristo mismo rezaba arrodillado durante las últimas horas de su Pasión en el Huerto de los Olivos (Lc 22,41). Esteban cae de rodillas antes de su martirio, al ver los cielos abiertos y el Cristo de pie (Hch 7,60). Pedro ruega arrodillado pidiendo a Dios la resurrección de Tabita (Hch 9,40). Luego de su discurso de despedida ante los ancianos de Éfeso, Pablo reza con ellos de rodillas (Hch 20,36). El himno de Flp 2, 6-11 aplica a Jesús la promesa de Isaías anunciando que toda rodilla se dobla ante el Dios de Israel, ante el nombre de Jesús…
Nuestro cuerpo manifiesta visiblemente aquello que nuestro corazón cree. La filósofa Simone Veil, de origen judío y no creyente, descubre a Cristo en Asís en 1936 y escribe: “Algo más fuerte que yo me obligó, por primera vez en mi vida, a ponerme de rodillas”.
El testimonio de los santos es elocuente: Santo Domingo se prosternaba sin cesar, boca abajo y todo a lo largo cuan era, en presencia del Santísimo Sacramento.
La actitud exterior traduce la devoción interior.
Decía san Pierre-Julien Eymard que el primer movimiento de la adoración consiste justamente en prosternarse a tierra, la frente inclinada. Es una actitud que nos permite proclamar sin palabras la majestad infinita de Dios que se oculta tras el velo de la Eucaristía.
La adoración eucarística es una prueba de fidelidad, de constancia y de perseverancia.
La adoración eucarística es una evangelización del tiempo. Se trata de vivir el instante presente del encuentro eterno con Dios por la presencia real del cuerpo eucarístico de Jesucristo. Como María, la discípula bienamada, María Magdalena y las santas mujeres presentes en el Calvario en el momento del sacrificio de la tarde, el adorador acoge el don inestimable que le ha sido hecho. Hay que rechazar la impaciencia para centrarse en Cristo. Se trata de contemplar la permanencia del Amor, de su fidelidad que clama la nuestra.
En Dies Domini, el Papa JP II, invitaba a los fieles a imitar el ejemplo de los discípulos de Emaús, quienes luego de haber reconocido a Cristo resucitado al partir el pan (Lc 24, 30-32) sienten la exigencia de ir rápidamente a compartir la alegría del encuentro con Él, con todos los hermanos.
El apóstol Pablo pone en relación estrecha el banquete y el anuncio: “Cada vez que comáis de ese pan y que bebáis de esa copa, proclamad la muerte del Señor hasta que venga” (1 Cor 11,26)
Evangelización no es sólo un anuncio de Cristo sino también un proceso de incorporación a la Iglesia. De donde el vínculo sacramental entre evangelización y eucaristía.
Para evangelizar el mundo se necesita apóstoles “expertos” en celebración, en adoración y en contemplación de la Eucaristía. JP II (Mensaje para la Jornada mundial de los Misiones 2004).
Santa Teresita decía: “¡Qué amor incomprensible el de Jesús, que quiere que tengamos parte con Él en la salvación de las almas! No quiere hacer nada sin nosotros. El creador del universo espera la oración de una pobre pequeña alma para salvar otras almas, rescatadas como ella al precio de toda su sangre”.
Y agregaba: «Nuestra misión es aún más sublime. He aquí las palabras de nuestro Jesús: “Elevad los ojos y ved. Ved cómo en mi Cielo hay lugares vacíos, es a vosotras que os toca llenarlos, vosotras sois mis Moisés orando sobre la montaña”.
La labor de los misioneros – Populorum Progressio nº 12 (Pablo VI)
12. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo de su divino Fundador, que dio como señal de su misión el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Lc 7, 22), la Iglesia nunca ha dejado de promover la elevación humana de los pueblos, a los cuales llevaba la fe en Jesucristo. Al mismo tiempo que iglesias, sus misioneros han construido hospicios y hospitales, escuelas y universidades. Enseñando a los indígenas el modo de sacar mayor provecho de los recursos naturales, los han protegido frecuentemente contra la codicia de los extranjeros. Sin duda ninguna, su labor, por lo mismo que era humana, no fue perfecta, y algunos pudieron mezclar algunas veces no pocos modos de pensar y de vivir de su país de origen con el anuncio del auténtico mensaje evangélico. Pero supieron también cultivar y promover las instituciones locales. En muchas regiones, supieron colocarse entre los precursores del progreso material no menos que de la elevación cultural. Basta recordar el ejemplo del P. Carlos de Foucauld, a quien se juzgó digno de ser llamado, por su caridad, el «Hermano universal», y que compiló un precioso diccionario de la lengua tuareg. Hemos de rendir homenaje a estos precursores muy frecuentemente ignorados, impelidos por la caridad de Cristo, lo mismo que a sus émulos y sucesores, que siguen dedicándose, todavía hoy, al servicio generoso y desinteresado de aquellos que evangelizan.
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Impresionante, emocionante, y se te ponen los pelos de punta.
En este vídeo del 12 de junio de 2015, el Papa Francisco va desgranando y explicando de forma muy sencilla y desde la vida, cómo la Iglesia tiene que ser madre y no madastra , la respuesta del papa a la pregunta de un cura australiano acerca de la situación de secularismo en su país, qué hacer, qué decir. Está a partir de 1:13,24. Es muy largo todo el vídeo, y nada de lo que dice Francisco tiene desperdicio. El papa pone a Carlos de FOUCAULD como modelo de evangelización en una sociedad secularizada..
«Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a que me consideren su hermano, el hermano universal» (Charles de Foucauld)
Homilía misa en honor del Beato Carlos de Foucauld, pronunciada por el Cardenal Jean-Pierre Ricard, el domingo 4 de diciembre de 2016 en la Iglesia del Sagrado Corazón de Burdeos.
Queridos hermanos y hermanas,
Siguiendo a los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, el Papa Francisco nos recordó que la evangelización, la misión, no es una opción para un cristiano. Todo el que se bautiza debe ser apóstol, testigo. El Papa Francisco habla de “discípulos misioneros”. Escribe en su exhortación La alegría del Evangelio: “ En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28, 19). Cada bautizado, sea cual sea su función en la Iglesia y el nivel de educación de su fe, es un sujeto activo de evangelización … Esta convicción se transforma en una llamada dirigida a cada cristiano, para que nadie renuncie a su compromiso evangelizador, porque si realmente ha experimentado el amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para ir a anunciarlo, no puede esperar » haber recibido muchas lecciones o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que ha encontrado el amor de Dios en Jesucristo; ya no decimos que somos “discípulos” y “misioneros”, sino siempre que somos “discípulos-misioneros” . Sabéis que esta reflexión sobre la importancia de ser discípulos misioneros hoy está en el centro del cuestionamiento de nuestro sínodo diocesano. Y creo que es una gran gracia que profundiza nuestra reflexión sobre la misión que hoy escuchemos al Beato Carlos de Foucauld. Vivió y viene a contarnos cosas fundamentales. Anoto algunas:
La misión no es principalmente una cuestión de estrategia o marketing mediante el cual uno querría colocar un producto. Es sobre todo una pasión, una cuestión de amor. El padre de Foucauld no hizo muchas conversiones ni bautismos. Sabe que aún no ha llegado el momento de la cosecha. Pero ama a este pueblo tuareg en medio del cual vive y al que no quiso abandonar ni siquiera ante el peligro. Ora por él y lo lleva ante Dios. Es cierto que no lo idealiza. Sabe ver sus faltas. Pero ama a estos hombres y mujeres y desea que algún día puedan abrirse a la luz del evangelio.
Charles de Foucauld sabe que, si es necesario un testimonio explícito, a veces es necesario preparar lenta y extensamente los caminos del Señor, como hizo Juan el Bautista con Jesús. El servicio, la hospitalidad, el compartir, la cercanía preparan este camino del Evangelio. El padre de Foucauld está habitado por esta convicción de que la evangelización no se hace por proselitismo sino, como dice el Papa Francisco, por contagio, por atracción. Es el amor fraternal, la compasión, el cuidado de los demás lo que abre los corazones. Sus contemporáneos no se equivocaron. Si pudimos darle al Padre de Foucauld el hermoso nombre de «hermano universal», es porque muchos sintieron en él esta cualidad de corazón en la vida más cotidiana. Fue él quien estuvo en el origen de esta denominación. En 1902 escribió a su primo: “Quiero acostumbrar a todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos e idólatras, a que me consideren su hermano, el hermano universal”. Unos meses antes de su muerte, escribió: “Debemos hacernos aceptar a los musulmanes, convertirnos para ellos en el amigo confiable, a quien acudimos cuando tenemos dudas o tenemos dolor; en cuyo cariño, sabiduría y justicia contamos absolutamente. Sólo cuando lleguemos allí podremos hacer el bien a sus almas «.
Para él, la misión implica el conocimiento del otro, de los demás, de su cultura, de su lengua, de su mentalidad. Quiere familiarizarse con aquellos entre los que vive. Escribe un diccionario tuareg-francés. Recopila datos y tradiciones de la cultura de esta población de Hoggar. Sabe que un enfoque evangelístico puede requerir una larga compañía y una lenta familiarización con aquellos a quienes se llega.
Es en la celebración de la Eucaristía y en la adoración eucarística donde el Padre de Foucauld dibuja este amor que tiene por su pueblo. Sabemos lo vital que fue para él la celebración de la Misa. Ofreció al Señor su sufrimiento por no poder celebrar la Eucaristía cuando se encontraba solo, sin ayudante, hasta que recibió el permiso de Roma para poder celebrarla incluso solo. La adoración eucarística también fue muy importante para él. Contempla a Cristo y se une al sacrificio de Cristo que se ofrece al Padre por todos los hombres. La vida eucarística y la misión siempre han estado profundamente ligadas en la Iglesia. Una renovación de la vida eucarística (celebración y adoración) provoca siempre un mayor dinamismo misionero y una renovación apostólica permite descubrir aún más claramente la fuente de la que procede, la vida eucarística. Estoy muy feliz de que haya una capilla consagrada al Padre de Foucauld en esta Iglesia del Sagrado Corazón que ha querido ofrecer la adoración eucarística perpetua en Burdeos en los últimos años.
Finalmente, nuestro Beato viene a recordarnos que la fecundidad de la misión es parte del don de uno mismo. Su vida entera es un testimonio particularmente fuerte de estas palabras de Cristo en el Evangelio: “En verdad, en verdad, de cierto os digo, que si el grano de trigo que cae a la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. Quien ama su vida, la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí también estará mi siervo. Si alguno me sirve, mi Padre lo honrará ”(Jn 12, 24-26). Vemos cuánto se da la vida del padre Charles de Foucauld. Así será hasta el martirio, donde se verá inducido a unirse a la pasión de su Señor, por este pueblo al que no quiso abandonar, aun a riesgo de su propia vida. Esta muerte, se preparó para ella. Escribió: “Si algún día los paganos pudieran matarme, ¡qué hermosa muerte! Mi queridísimo hermano, qué honor y qué alegría, si Dios quisiera escucharme ”. Será asesinado por una banda armada, que quería saquear el fuerte en el que se encontraba. Y cerca de él se hallará una hostia consagrada en la arena. Charles de Foucauld se unió a Cristo en su muerte para estar en su resurrección.
Podemos preguntarnos esta mañana: ¿y nosotros?
¿Tenemos esta pasión por dar testimonio del evangelio? ¿Qué amor por la gente hay en nosotros? ¿Cómo nos estamos sirviendo? ¿Somos hermanos universales? ¿Tenemos un corazón hospitalario, acogedor y misericordioso? ¿Sabemos escuchar, entender a los que conocemos, incluso si nos desconciertan? ¿Sabemos entrar en la paciencia y la esperanza de Dios? ¿Qué lugar tiene la celebración eucarística, la adoración, el amor a la Eucaristía en nuestras vidas? ¿Cómo entramos día a día en esta dinámica de entrega?
El Adviento es verdaderamente ese tiempo de conversión que se nos da para responder personalmente a estas preguntas. No dudemos en pedir en oración al Beato Carlos de Foucauld que entre en su acto de entrega y confianza para la misión. Amén.
Decir “evangelio” es proclamar una Buena Noticia. Y decir “Evangelio de la amistad” es afirmar de una manera rotunda que el camino de la amistad es una Buena Noticia para vivir ya ahora en el Reino de Dios. Pero, ¿Qué es eso a lo que llamamos amistad?, ¿cómo vivió la amistad Carlos de Foucauld?, ¿es la amistad un camino para la evangelización?
¿A qué llamamos amistad? La amistad es una forma de amor y el amor va de dentro a fuera. Toda amistad supone amor, pero no todo amor supone amistad, que es un don que necesita ser aceptado. El amor, como el ser de la persona es dialógico, ya que se dirige hacia otra persona para plenificarse. El ser humano se reconoce como un yo a través de un tu, y encuentra su justa dimensión en un nosotros. Cada vez que se constituye una nueva amistad, un “nosotros”, la otra persona forma parte de mi ser. Llevamos dentro de nosotros, en nuestra conciencia, a nuestros amigos. Y la Conciencia en mayúscula, que es Dios y que está en lo más profundo de nuestra realidad, reúne a todos los amigos, que viven del amor, en su Reino. Una persona egoísta no puede tener amigos. Podrá tener relaciones interesadas o personas a quienes quiera por placer, pero no personas amigas. La amistad no interesada presupone un vaciamiento para que pueda entrar la otra persona en nosotros y se cree una intimidad común. Propiamente hablado solamente pueden tener amigos de verdad las personas buenas, las que se han vaciado de su yo y han dejado brotar en su ser la gracia de Dios, su Presencia amorosa. En esa comunión de vida se integran los amigos. Así, la amistad es la disposición de la persona que consiste en obrar con facilidad y alegría el bien de la persona amiga. Nace como sentimiento y alcanza después su plena verdad al ser querida y cultivada la amistad como forma de amor.
La condición previa a toda amistad es el conocimiento mutuo. Muchas personas hablan de sus amigos y apenas los conocen. ¿Cómo podríamos amar a la persona amiga si no la conocemos? Pedro Laín Entralgo nos dice como debemos relacionarnos con la persona amiga: Cuando el otro me es tú, debo acercarme a él y decirle, como un penitente: “No basta que Dios te hay creado, no basta que tus padres te hayan traído al mundo: es también necesario que yo te haga existir. Tú dependes de mí; tú, que cuando yo me doy a ti pareces depender de mí. Y si tu persona no echa raíces en la mía, si yo no la planto en mi corazón, si no la cultivo en mi razón, si ella no florece en mis acciones, aunque esté contenida en esa Imagen divina en la que estoy inscrito, no está en parte alguna”1 . Y Santo Tomás de Aquino nos dice los cinco efectos de la amistad: El amigo quiere que su amigo sea y viva; quiere su bien; se porta bien con él y lo trata bien; convive con él gustosamente; comparte los sentimientos, en las alegrías y en las tristezas2 .Antes de confiarse a una persona amiga se ha de poner a prueba su fidelidad, y ésta se manifiesta con la abnegación para con el amigo, permaneciendo a su lado en medio de la adversidad. El amigo cierto se manifiesta en las situaciones inciertas. Y es que hay amigos que no buscan en la amistad más que su propio provecho, y por eso permanecen tales en el día de la prosperidad, presentándose incluso como el mejor amigo, pero abandonan en el día de la adversidad, cuando ya no pueden percibir beneficio alguno de la amistad; son compañeros en la mesa, pero no en la desgracia. No es raro que tales amigos, por cualquier motivo, se conviertan en enemigos, y entonces, cuanto más íntima y confidencial fue la amistad con estas personas, tanto mayor será el mal que tal vez tengamos que sufrir, pues conocen más a fondo nuestros defectos y los podrán descubrir a los demás. Si bien se han de mantener relaciones amistosas con las personas, sólo a los amigos de fidelidad probada, se debe manifestar nuestra intimidad a fin de recibir consejo, ya que la amistad íntima supone una unión y compenetración de afectos que no es posible con muchos, y una confianza y lealtad que no siempre se encuentra. San Francisco de Sales aplica esta sentencia a la elección de un consejero espiritual. Bueno será que, además de nuestros amigos, tengamos una
persona de mayor experiencia humana y espiritual a quien podamos acudir en busca de consejo en las dudas y problemas que afectan a nuestro camino interior. El verdadero amigo, fiel en todas las circunstancias, es un tesoro de incalculable valor. Entre los amigos ha de existir una confianza y un amor mutuo, que los ha de hacer cada día mejor, advirtiéndose mutuamente los defectos y ayudándose a corregirlos. La benéfica influencia de la amistad se dejará notar esencialmente en medio de las adversidades; el verdadero amigo permanece más unido que nunca en el momento de la adversidad, y, con el ánimo que le infunde y su desinteresada ayuda, es su mejor consuelo y tal vez único sostén. Los justos, fieles a Dios en todas las circunstancias, lo son también al amigo, y sólo ellos permanecen fieles a la amistad en la desventura del amigo. Su fidelidad maravillará al amigo, que, a su vez, se esmerará en imitarla, con lo que existirá entre ellos la más noble y sincera amistad. En el cristianismo, la amistad se considera una virtud en cuanto refleja el amor de Jesús por todas las personas, sin distinción. En los Evangelios se le llama “amigo de publicanos y pecadores”3 Se dirige a los discípulos llamándolos “amigos”4 .Con esto se pone de manifiesto la fidelidad del Dios de Jesús, que tiene una disposición benévola frente al ser humano pecador e interpreta esta relación como amistad.
¿Cómo vivió la amistad Carlos de Foucauld?, Nos vamos a fijar ahora en la actitud amistosa que tuvo Carlos de Foucauld en los últimos doce años de su vida, cuando vivió su auténtico Nazaret en medio de los tuareg, es decir, desde que llegó a Tamanrasset el año 1904, hasta que murió en su pueblo de adopción el 1º de diciembre de 1916. 2.1Una relación amical de vecindad El año 1911, Carlos de Foucauld después de pasar cinco meses en la ermita del Asekrem, al regresar a Tamanrasset lo primero que hace es atender a las personas que encuentra todos los días. El día de Navidad escribe a su prima María de Bondy:he establecido no solamente conocimiento, sino también amistad con las poblaciones nómadas que he encontrado. Desde mí vuelta aquí, mi vida transcurre rezando al buen Dios y recibiendo uno tras otro a todos mis vecinos. Hacía falta que viese a todos mis pobres vecinos, que comienzan a ser viejos amigos, pues llevo aquí ya siete años en Tamanrasset.En una carta fechada el 6 diciembre de este mismo año, Foucauld comenta al padre Voillard, su nuevo director espiritual, después de la muerte del padre Huvelin el año 1910:Los tuareg tienen el carácter de nuestros agricultores franceses, como los mejores de nuestros paisanos. Como estos, son trabajadores, prudentes,ahorradores, enemigos de las novedades y llenos de desconfianza hacia las personas y las cosas desconocidas.Después expone su plan de acción:Suspiro por el día en que los instrumentos necesarios para la evangelización terminen, como son el léxico, la gramática, la traducción de los santos evangelios y algunas otras partes de los Libros santos, para poder dedicar mucho más tiempo a ver a las personas y no limitar su amistad, sino hablar más, de lo que hago ahora, del buen Dios y de Jesús. Hacen falta todavía cuatro años más para terminar estos medios. Este retraso no es un mal. Las personas estarán mejor preparadas, tendrán más confianza. Con personassin ningún espíritu crítico, no se puede actuar más que por autoridad; hace falta tiempo para adquirir esto; es el don de Jesús el que lo hace todo, pero, si bien sólo hay que contar con esto, hace falta también encontrar los medios que nos parezcan más adecuados.Como buen pastor de almas, busca los medios más convenientes para llevar el mensaje evangélico a sus amigos tuareg. Siete meses más tarde, el 12 de julio de 1912, en otra carta al padre Voillard volverá sobre el tema de la “autoridad”:La confianza que me dispensan los tuareg vecinos va en aumento; los viejos amigos cada vez son más íntimos; se forman nuevas amistades.¿Y qué hace Foucauld? Hago los servicios que puedo, tratando de mostrar que les quiero; cuando la ocasión parece favorable, les hablo de la religión natural, de los mandamientos de Dios, de su amor, de la unión a Su voluntad,del amor al prójimo. No creo que haya que ir rápido: esto les alejaría.5Ignorantes como son, sólo pueden recibir el Evangelio por autoridad;pero, ¿qué autoridad es necesaria para que la acepten y rechacen la que conocen, aman y veneran?: una autoridad que sólo se puede conseguir después de un largo tiempo, gracias a un contacto íntimo, una gran virtud y labendición divina.Se trata, ciertamente, de una autoridad moral y no de una coacción; de una ascendencia espiritual y no de una presión psicológica. Foucauld se referirá a su propia conversión, a la influencia que ejerció sobre él, en aquel momento, su prima María, “por su silencio, su amabilidad, su bondad”. “Ella era buena y expandía su perfume atrayendo, pero sin actuar”, son palabras del hermano Carlos. En la meditación del 8 de noviembre de 1897, cuando era sirviente delas Clarisas de Nazaret, donde relata su conversión, explica que “llegó a la verdad gracias a la bondad de esta persona”, refiriéndose a su prima. Se decía:“Si esta persona es inteligente, la religión en la que cree no debe ser una locura como pensaba”. Esta no-acción de María de Bondy, su bondad silenciosa, es para él un modelo, el modelo que debe y quiere seguir para la conversión de sus hermanos tuareg, el modelo que propone a aquellos y aquellas que tengan el deseo de consagrarse a la evangelización. María de Bondy había dejado tiempo para hacer su obra, y Foucauld cree en el trabajo del tiempo: “Es necesario ir lentamente y discretamente” escribe a su prima el 15 agosto de1912.
2.2 ¿Qué medios utilizó Foucauld para anunciar el Evangelio de Jesús de Nazaret? En el artículo 28 de los Consejos evangélicos, o Directorio, el propio Foucauld nos dice:Los principales medios recomendados a los hermanos y hermanas para la conversión de las almas, y particularmente para las de los infieles de las colonias de su patria son: 1º el santo sacrificio de la misa; 2º la presencia de la sagrada eucaristía; 3º la santificación personal; 4º la oración; 5º la penitencia; 6º el buen ejemplo; 7º la bondad; 8º el establecimiento de relaciones de amistad con las personas, con el constante deseo de hacer e lbien a sus almas; 9º la ayuda prestada a los sacerdotes, religiosos y religiosas que trabajan para la salvación de las almas fuera del lugar en que se está, y particularmente de los que entre ellos trabajan en la conversión de los infieles de las colonias de la madre patria.¿Qué entiende Foucauld por infieles? Foucauld distingue entre “cristianos”,“infieles” e “incrédulos”. En 1908, durante la estancia de seis meses del Dr.Dautheville en Tamanrasset, le dice: “Tu eres protestante. Teissère es incrédulo. Los tuaregs son musulmanes. Estoy persuadido de que Dios nos recibirá a todos si lo merecemos”. Teissère es un “incrédulo”, un ateo; Dautheville es un “cristiano”; los tuareg son “infieles”, es decir personas religiosas que tienen otra confesión diferente a la fe cristiana. Foucauld, a finales de 1913, precisa bien que no son infieles “los no bautizados de Europa,los ateos de Europa o de América”. El quiere limitar su misión a los infieles, en concreto a los infieles de las colonias francesas. Pero piensa también en los“no bautizados de Europa” y en los “ateos” que se encuentran en Francia. Por eso escribe: “Hay que ser misionero en Francia como se es en país infiel y esto tiene que ser obra de todos, eclesiásticos y laicos, hombres y mujeres”. Y en una carta enviada a su amigo Joseph Hours el 8 de septiembre de 1913,expone para las misiones de Francia con los incrédulos y ateos los mismos métodos que ha preconizado para los países infieles de ultramar: “la amistad,la confianza, la simplicidad y, la moderación en nuestra vida”.Constata como las religiones no cristianas son resistentes y habla frecuentemente de las “dificultades” que se pueden encontrar en la evangelización de todos estos seres profundamente religiosos. A Mons. Caron,obispo de la congregación de los Padres Blancos, el 11 de marzo de 1909 ya le había manifestado lo siguiente: “La conversión de los infieles es a menudo difícil”, y un año antes, el 1º de febrero de 1908, ya le había dicho al superior de los Padres Blancos, Mons. Levinhac, que el trabajo pedirá mucho tiempo:“Pasarán quizás siglos entre los primeros golpes de pico y la cosecha”.
2.3 Preparar el terreno por la bondad Cuando Foucauld habla que quizá tendrán que pasar siglos, como quer iendoindicar “largo tiempo”, para que brote la fe cristiana, hay que recordar lo que le expuso a su amigo Joseph Hours sobre “los medios a emplear para la evangelización” en su carta del 25 de noviembre de 1911: “Lo primero preparar el terreno en silencio por la bondad”. En concreto su carta dice así:Primeramente, preparar el terreno en silencio por la bondad, un contacto íntimo, el buen ejemplo; entrar en relación, hacerse conocer de ellos y conocerlos; amarlos desde lo hondo del corazón, hacerse estimar y amar de ellos; destruir de este modo los prejuicios, obtener confianza, ganar autoridad, que requiere tiempo; luego hablar especialmente a los mejor dispuestos, muy prudentemente, poco apoco, diversamente, dando a cada uno lo que es capaz de recibir. Los tuareg son incapaces de discutir. La fe, con la ayuda de la gracia, nada más puede nacer en ellos, gracias a la autoridad que se tenga sobre ellos y del testimonio de las virtudes cristianas practicadas delante de ellos. Antes de hablarles del dogma cristiano, hay que hablarles de religión natural, llevarlos al amor de Dios, al acto de amor perfecto.Cuando sean capaces de hacer actos de amor perfecto y de pedir a Dios de todo corazón la luz, estarán muy cerca de convertirse. Cuando vean que los cristianos son hombres más virtuosos que ellos, más sabios que ellos, que hablan de Dios mejor que ellos, estarán muy cerca de decirse a sí mismos que acaso estos hombres no están en el error, y de pedir a Dios la luz.Los términos “preparar el terreno” y la “bondad” van juntos: la bondad es silenciosa y el silencio es una paciencia que manifiesta la bondad, es decir, la voluntad de respetar al otro, de no intervenir con violencia contra su voluntad.Se trata de una bondad sin “ideología”, que es el punto más alto al que puede llegar el espíritu humano. Una bondad que crea la fraternidad, no una bondad“interesada” o “instrumentalizada” para conseguir conversiones. Foucauld no va tras el triunfo de una causa, sino que practica la bondad. Esta bondad marcó mucho a su amigo y discípulo Luis Massignon, que en un artículo titulado “Las delicadas invenciones surgidas de la ingeniosa bondad de Foucauld” (Vie espirituelle, febrero 1922, 43) nos habla de su delicadeza inexpresable: Él no pedía, no reclamaba nada, vigilaba,esperaba la hora de la gracia, evitando no herir a ninguna persona, no molestar a nadie aunque sea ligeramente. Recuerdo el gesto rápido, afectuoso y discreto, con el que levantó, delante de mi, a un joven musulmán que había resbalado, una imagen de piedad de un buen sacerdote acostumbrado a la bondad.8El padre Huvelin le había invitado especialmente a esta evangelización por la bondad. Veamos lo que dice en su carnet de notas, que escribió en Tamanrasset, en una página que lleva por título: “Lo que me ha dicho el padre Huvelin en mi viaje a Francia en 1909”:Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome se deben decir: ‘Si este hombre es bueno, su religión debe ser buena. Si se me pregunta porqué soy dulce y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien más bueno que yo. Si supieses como es de bueno mi Maestro JESÚS! Quisiera ser tan bueno que se pudiese decir: ¿Si así es el servidor,cómo debe ser el Maestro?Estas palabras Foucauld las entendía bien, pues el padre Huvelin y su prima María habían actuado con él antes de su conversión con la misma bondad silenciosa: podía dar testimonio de que había sido esta mediación la que le había conducido a Dios.A finales de 1911, cuando Foucauld invita a Massignon a pasar con él algunos meses en el Sahara, y sabiendo que este joven era un recién y ardoroso convertido, le da este programa de actuación: “Harás amistad con lapoblación, no les hablarás del dogma, pero te dejarás querer por ellos y serás el amigo de todos”.Es interesante notar la siguiente apreciación sobre Foucauld que hace su amigo Laperrin, cuando en octubre de 1913 publica en la Revue de l’École de cavalerie de Saumur, un artículo sobre Foucauld titulado Las etapas de la conversión de un Houzard, habla de la bondad de Foucauld pero sin omitir su firmeza: “Daría una imagen falsa de su carácter si no puntualizo. Su indulgencia tenía límites cuando se trata de gente deshonesta, de gente que abusa de los débiles con la fuerza. Entonces surgía su indignación”.2.4 ¿Fue Foucauld un misionero?
A partir de 1908 ya de una manera muy clara Foucauld se ve a sí mismo misionero. No era un monje “escondido” en tierra de misión. La palabra “escondido” Foucauld, no lo utiliza nunca. Él es un misionero. Y si hay una real novedad en él, no lo es por “una nueva especie de monje”, sino por una nueva especie de misionero, o misionero de una especie rara. En una carta suya del 29 de julio de 1916, cuatro meses antes de su muerte, le dice a René Bazín: Normalmente, cada misión comporta varios sacerdotes, al menos dos o tres; comparten el trabajo, que consiste principalmente en las relaciones con los indígenas (visitarlos y recibir visitas); obras de beneficencia (limosnas, dispensario); obras de educación (escuelas para los niños, escuelas de noche para los adultos, talleres para los adolescentes); ministerio parroquial (para los conversos y aquellos que quieran instruirse sobre la religión cristiana). No estoy en situación de describiros esta vida que no es la mía, pues estoy solo en medio de poblaciones diseminadas y alejadas de espíritu y de corazón. Los misioneros aislados como yo son muy raros: Su rol es preparar el camino, para que los misioneros que lo reemplacen encuentren una población amiga y confiada, almas de algún modo preparadas para el cristianismo, y, si se puede, algunos cristianos. Usted ha escrito en parte sus deberes en su artículo “El más grande servicio” (L’Écho de Paris, 22 de enero de 1916). Hay que dejarse aceptar por los musulmanes, llegar a ser para ellos el amigo seguro a quien se va a encontrar cuando se está en la duda o en la pena, contando con el afecto, la sabiduría y la justicia de éste. Solamente cuando se llega a este punto se puede hacer el bien a sus almas. Inspirar una confianza absoluta en nuestra veracidad, en la rectitud de nuestro carácter y en nuestra instrucción superior, dar una idea de nuestra religión por nuestra bondad y nuestras virtudes, mantener relaciones afectuosas con tantas almas como sea posible, musulmanas o cristianas, indígenas o francesas, es nuestro primer deber; y no es después de haberlo cumplido bien y por mucho tiempo, que se puede hacer el bien. Mi vida consiste, pues, en estar en relación lo más posible con los que me rodean y hacer los servicios que puedo. A medida que la intimidad se establece, hablando cara a cara del buen Dios, hay que dar a cada uno lo que pueda asumir para dejar el pecado; para realizar un acto de amor perfecto, un acto de arrepentimiento perfecto; tomar conciencia de los dos grandes mandamientos del amor a Dios y al prójimo; el examen de conciencia; la meditación de los fines últimos; como criaturas pensar en Dios, etc., dando a cada uno según sus fuerzas y avanzando lentamente, prudentemente”. Y en este momento de la carta Foucauld define su vida: “Hay pocos misioneros aislados que hagan el oficio de desbrozador; quisiera que hubiese muchos: todo sacerdote de Argelia, de Túnez o de Marruecos, todo capellán militar, todo piadoso católico laico (según el ejemplo de Priscila y Aquila) podrían serlo. El gobierno prohíbe a los sacerdotes seculares, como es el propio Foucauld, hacer propaganda anti-musulmana; pero se trata de la propaganda abierta y más o menos ruidosa; las relaciones amícales con muchos indígenas, tendiendo a llevar lentamente, dulcemente, silenciosamente a los musulmanes a aproximarse a los cristianos, que han llegado a ser sus amigos, no las puede impedir nadie. Todo sacerdote de nuestras colonias podría esforzarse en formar a sus parroquianos en ser Priscila y Aquila”.
La amistad un camino para la evangelización Para Foucauld, como dice en el Art. 28 del Directorio, los seguidores de Jesús deben ser un “quinto Evangelio, una predicación viva: cada uno de ellos tiene que ser un modelo de vida evangélica. Viéndoles, se debe ver en qué consiste la vida cristiana, que es la religión cristiana, lo que es el Evangelio, quien es Jesús…deben ser un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, especialmente los infieles, deben, sin libros ni palabras, conocer el Evangelio por su manera de vivir. Es decir, cada uno de nosotros tiene que ser como un “quinto evangelio”, anunciando con su vida a Jesús. Esta manera de actuar es no actuar, la cima del respeto por el otro; este es el modo que preconiza Foucauld ante los otros métodos: Esta acción por el ejemplo es más fuerte, pues no genera desconfianza, ya que toda apariencia de engaño o de seducción desaparece. ¿En qué se caracteriza este ejemplo? En la bondad: Esta bondad hay que tenerla para todo el mundo. Estamos delante de la concepción esencial de la misión para Foucauld: Predicar con el ejemplo, pasar haciendo el bien como Jesús de Nazaret. El deseo más ardiente de Foucauld es la multiplicación de “desbrozadores”. Foucauld se centra, antes que nada y principalmente, en la transformación personal que debe llevar a cabo cada uno en su propia vida. En el Artículo XXVIII del Directorio se nos recuerda: «Se hace el bien, no en la medida de lo que se dice y de lo que se hace, sino en la medida de lo que se es, en la medida del amor que acompaña nuestros actos, en la medida en que Jesús vive en nosotros, en la medida en que nuestros actos son actos de Jesús obrando en nosotros y por nosotros…La persona hace el bien en la medida de su santidad: tengamos siempre presente esta verdad”. Y cuando, a continuación Foucauld analiza el punto de la “bondad” dice entre otras cosas: «Por su ejemplo los seguidores de Jesús de Nazaret deben ser una viva predicación: cada uno de ellos debe ser un modelo de vida evangélica. Al verlos se debe apreciar lo que es la vida cristiana, lo que es la religión cristiana, lo que es el Evangelio, lo que es Jesús. Y continúa: El ejemplo es la única obra exterior mediante la cual pueden obrar sobre las almas completamente rebeldes a Jesús, que no quieren escuchar las palabras de sus servidores, ni leer sus libros, ni recibir sus bendiciones, ni aceptar su amistad, ni comunicar de ningún modo con ellos; sobre aquellas no cabe más acción que por el ejemplo; pero esta acción por el ejemplo es tanto más fuerte cuanto no suscita ninguna desconfianza, quedando apartada toda apariencia de engaño o de seducción”. Por esto Jacques Maritain nos recuerda que: «un acto de verdadera bondad, el menor acto de verdadera bondad es, a decir verdad, la mejor prueba de la existencia de Dios. Pero nuestra inteligencia está demasiado agobiada por nociones etiquetadas para poderlo ver. Entonces lo creemos por el testimonio de aquellos en quienes la verdadera bondad irradia de manera que nos maravilla«.(Cf. J. MARITAIN, Approches a Dieu, París 1953). En la carta de 1º de mayo de 1912, que Foucauld envía a Massignon, expone, de una manera breve lo esencial de su espiritualidad: «Es amando a las personas que aprendemos a amar a Dios. La manera de adquirir la caridad en relación con Dios es practicándola con las personas». Y afirma su convicción profunda: Se muy bien a lo que Dios llama a todos los cristianos, hombres y mujeres, sacerdotes o laicos, célibes o casados: a ser apóstoles, apóstoles por el ejemplo, por la bondad, por un contacto bienhechor, por un afecto que llama al retorno y que conduce a Dios, apóstoles ya como Pablo, ya como Priscila y Aquila, pero siempre apóstoles».
El 28 de noviembre de 1916, tres días antes de su muerte, Foucauld termina la copia de las Poesías tuareg que había recogido (210 poesías, entre las 575 de la edición original de dos tomos (1925, 1930), que han sido publicadas por Albin Michel en 1977, con introducción de Dominique Casajus, bajo el título: Charles de Foucauld, Chants touaregs). Vive entre dos polos: los encuentros de amistad con los tuareg y los trabajos sobre la lengua tuareg. No quiere sacrificar ni una cosa ni otra. A su prima le hace la siguiente confidencia: «Mis amigos tuareg son agradecidos, afectuosos; por este lado estoy contento; pero haría falta poder ocuparme más de ellos, ir a verlos, consagrarles todo mi tiempo. Deseo terminar mis trabajos de lengua, necesarios también, y que deben ser hechos lo primero” (LMB, 15 agosto 1912). Los trabajos lingüísticos son para Foucauld un trabajo que vale por si mismo. A medida que avanza y profundiza en el objeto mismo de su trabajo, cada vez más este trabajo le aparece como una realidad que vale por si misma y no como un paso para la evangelización. Para Foucauld el trabajo científico tiene una seriedad extrema y pide consagrarse enteramente. El hecho de que durante diez años Foucauld trabaje en la lengua de los tuareg nos da una idea de su concepción de la reciprocidad en la amistad, pues indica que apreciaba los valores de los tuareg y su sabiduría. Esta es la razón por la que le dice en una carta a Massignon, el 8 de septiembre de 1909: “busco a una persona que realice un estudio lingüístico, arqueológico, sociológico, histórico del país de los tuareg”, añadiendo que “este estudio pide unos treinta años. Científicamente esto tendrá un interés máximo”. Si estos trabajos son tan esenciales para él, es porque podrán permitir a la población tuareg acceder en primer lugar y ante todo a la “instrucción”; ya que el nivel cultural de las poblaciones en las que vive es muy bajo, pues tiene la convicción de la fundamental igualdad intelectual de todo grupo humano. Para Foucauld se trata de una especie de confianza primera en la capacidad racional de todo ser humano y la necesidad de instrucción, pues el desarrollo de la inteligencia, lejos de impedir la fe, es un puente para acceder a ella. Del mismo modo, el desarrollo de una moral natural y de una religión natural le parece también como una apertura para la fe cristiana. Después de todo lo expuesto hasta aquí podemos afirmar que verdaderamente la amistad es una categoría teológica y evangelizadora vivida por Carlos e Foucauld y todos sus seguidores, que tienen que vivir en sus carnes la tensión de que, por un lado, todos los pueblos de la tierra tienen sus propios medios de acceso a Dios y que al final de nuestros días a todos se nos juzgará por el bien o el mal que hayamos cometido, pero, por otro lado, somos enviados por el Espíritu de Jesús a que se conozca y se pueda vivir, en la comunidad de sus seguidores, su mensaje de vida y amor hasta extremos insospechados. Ciertamente que hay muchos medios de acceso a Dios, pero el de la amistad desinteresada, probada por el testimonio de vida, es el medio privilegiado para una auténtica evangelización.
1 P. LAÍN ENTRALGO, Teoría y realidad del otro, Madrid, 1983, p. 337.
2 TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica II-III, q.25, a7.
Cien años después de la muerte del beato francés que eligió una vida enterrada en el desierto, los frutos de su herencia siguen siendo cada vez más evidentes. Para Carlos, Jesús no estaba más cerca de sus discípulos de lo que lo está hoy de nosotros en el Santísimo Sacramento. Así, los laicos y religiosos que todavía hoy forman su familia espiritual son un llamado a buscar, como Jesús, el último lugar, habitar los desiertos de nuestras ciudades, nuestras parroquias, transformándolas en lugares de caridad fraterna y universal.
El 1 de diciembre de 1916 Charles de Foucauld murió en Tamanrasset, entonces un pequeño pueblo, en el sur del Sahara argelino. Nacido en Estrasburgo en 1858, de familia noble de tradición militar, crecerá en un ambiente de profundo afecto y fe.
Después de un período de pérdida de la fe y oscuridad interior, en 1886 vivirá una intensa experiencia de conversión y redescubrimiento de la fe católica de origen, paradójicamente también suscitada por el encuentro con el «Dios único» del Islam. Él mismo escribirá que su vocación se remonta al momento de su fe:
“Tan pronto como creí que había un Dios, me di cuenta de que no podía hacer nada más que vivir por él […]”.
Empieza un nuevo tiempo en la búsqueda de la verdad, animado por el deseo de conocer e imitar a la persona de Jesús: «Todos saben que el amor tiene la imitación como efecto principal […] Por eso tuve que imitar la vida oculta del humilde y pobre trabajador de Nazaret […] ». Este deseo lo llevó a vivir en la trampa durante siete años y luego, tras un tiempo en Nazaret, a recibir el sacerdocio y partir hacia Argelia, en 1901, para llevar el evangelio a las «ovejas más remotas del Sahara».
Al parecer morirá solo, en el desierto, pero en realidad inmerso en una auténtica fraternidad universal, formada por muchas y diferentes relaciones, con pobres, ricos, extranjeros, educados y analfabetos. Una dedicación que se expresó concretamente en las relaciones con los Touareg, en el estudio de su lengua y cultura, pero también en todas aquellas relaciones compartidas con sus corresponsales, unos quinientos. Desde el desierto, desde el «último lugar del mundo», supo amar a Dios y al prójimo, sin preferencia personal, si no a los más abandonados, convirtiéndose en precursor del diálogo interreligioso, a través de la simple amistad, el conocimiento profundo de Islam y la cultura de los lugares donde se encarna la fe.
El legado que nos deja este «apóstol del bien» nos ofrece algunas huellas de un camino que anticipa sorprendentemente los caminos señalados por la Iglesia en el Concilio Vaticano II y, hoy, por el Papa Francisco. Escucha y meditación diaria de la palabra de Dios, para «amar, imitar y obedecer a Dios» y poder llevar a los demás a ello. Una meditación muchas veces escrita, para que las palabras y los ejemplos de Jesús transformen la vida como «una gota de agua que cae y cae sobre la piedra».
Amor vivido «desde el último lugar», que busca la felicidad del otro, poniendo en el centro al prójimo y al Dios que allí vive, con gratuidad, en el don de sí sin pretender ser retribuido. La búsqueda humilde de servir «gritando el evangelio, en silencio con la vida» se expresará en el cuidado de los demás, con atención y respeto, para construir una iglesia que ame los detalles de la proximidad: un cuidado diario, discreto, pero también capaz de gritar injusticia, como lo hizo el propio hermano Carlos ante la plaga de la esclavitud, entonces desenfrenada como lo es hoy. La centralidad de la Eucaristía como comunión y acción de gracias.
Para Carlos, Jesús no estaba más cerca de sus discípulos de lo que lo está hoy de nosotros en el Santísimo Sacramento; esta «fe invencible» en la presencia real de Dios en el mundo será el origen de un estilo de evangelización auténtico y profético. Los diferentes grupos de laicos, religiosos, consagrados, sacerdotes, nacidos después de su muerte, que hoy forman la gran familia espiritual Charles de Foucauld, atestiguan que su vida, enterrada en el desierto por la fe, no se perdió, pero trajo mucho Fruto. Son un llamado a buscar, como Jesús, el último lugar, habitar los desiertos de nuestras ciudades, de nuestras parroquias, transformándolos en lugares de caridad fraterna y universal.
Dentro del marco de la primera semana de adviento celebramos la memoria del beato Carlos de Foucauld, un hombre profundamente sensible y un buscador infatigable. Genaro Ávila-Valencia S.J. presenta una mirada sobre el amor a Jesús y al Evangelio de este hijo de Dios.
Carlos de Foucauld en sus años de juventud fue un muchacho ambicioso; audaz explorador de Marruecos, donde quedó hondamente impactado por la fe de sus pobladores. Un joven brillante que, por sus grandes aportes geográficos y etnográficos, fue reconocido con la medalla de oro por parte de la Sociedad de Geografía de París.
Si nos tomamos la osadía de definir su vida, podríamos afirmar que se trata de una búsqueda constante del Amado de su alma, aún antes de conocerle ya le amaba en lo más íntimo de su ser, aún antes de poderlo nombrar ya se sentía atraído por la indecible belleza de su presencia, aún antes de conscientemente saberlo ya lo buscaba una y otra vez; buscaba a Aquel que en su más profundo centro lo habitaba calladamente. Él mismo nos cuenta que su vocación religiosa nació al mismo tiempo de su conversión.LEA TAMBIÉN27/05/2020
El gran regalo espiritual del Hermano Carlos de Jesús, como a él le gustaba ser llamado, fue la simplicidad de su vida. La gracia que tenía de volver lo ordinario en algo extraordinario por amor, de anhelar con paz la más oscura de las abyecciones, de abrazar con serenidad el polvo de los días grises donde no hay brillo, ni color, ni aplausos ni reflectores: la vida oculta de Nazaret, al mero estilo de Jesús. Una vida inútil para los pragmáticos criterios mundanales, una vida muda para los ruidos estridentes de una sociedad de consumo, una vida pequeña e insignificante para los grandes políticos hambrientos de fama, una vida pobre y miserable para los mezquinos empresarios que dominan al mundo. Dejemos que él mismo nos cuente su deseo más hondo en sus propias palaras:
“Toda nuestra vida, por muda que sea, la vida de Nazaret, la vida de desierto, como la vida pública, debe ser una predicación del Evangelio por el ejemplo; toda nuestra existencia, todo nuestro ser, debe gritar el Evangelio sobre los tejados; toda nuestra persona debe respirar a Jesús, todos nuestros actos, toda nuestra vida deben gritar que nosotros somos de Jesús, deben presentar la imagen de la vida evangélica; todo nuestro ser debe ser una predicación viva, un reflejo de Jesús, un perfume de Jesús, algo que grita a Jesús, que haga ver a Jesús, que brille como una imagen de Jesús…”
Carlos de Foucauld nos enseña a atravesar el desierto de la vida haciendo el bien, amando el sol de las más calurosas jornadas y la arenosa sequedad de los días áridos. Nos enseña que el desierto no sólo es el lugar de la tentación sino también el lugar del encuentro enamorado, de las noches estrelladas y la brillante luna que no deja nunca de acompañarnos. Nos enseña a despojarnos de las banalidades que tanto nos pesan y a sabernos detener reverentemente ante lo simple, lo pequeño y lo pobre, y desde ahí, dejarnos iluminar en nuestros días más oscuros.
El hermano universal, como lo llama el Papa Francisco al final de su bella encíclica Fratelli Tutti, nos invita en este tiempo de adviento a tejer fraternidad y sororidad en medio de la contrastante diferencia y diversidad de personas. Nos invita a no perder la esperanza y abrazar este histórico desierto que nos ha tocado atravesar en medio de esta pandemia. Nos invita a no perder la paciencia y buscar siempre la comunión con todos y, si algún hilo se enreda, volverlo a desenredar e hilar fino, muy fino. El hermanito Carlos murió asesinado en la puerta de su ermita el 1 de diciembre de 1916 en Tamanrasset, una ciudad ubicada al sur de Argelia. Allí quedó el cuerpo sin vida del que quiso ser el hermano de todos y todas, ahí se apagó su corazón atravesado por la crudeza de un disparo; Ahora late eternamente junto al Amor de su alma.
«No fue al desierto para estar más cerca de Dios, sino para estar más cerca de la gente que el desierto mantiene alejada del mundo». Habla el hermano Antoine Chatelad, durante medio siglo en los lugares del «marabout».
Quien va a Tamanrasset piensa que en el desierto solo hay piedras y estrellas. En cambio, hay hombres. Los tuareg todavía llegan tan lejos. Charles de Foucauld los buscaba, esos hombres a quienes el desierto mantiene alejados del mundo. Hace cien años se mudó aquí y, en primer lugar, presentó al mundo a este pueblo orgulloso y luego misterioso. Cien años después, mientras se proclama bendecido el morabito de Roma, la ermita sigue allí. En el duro suelo pedregoso de Assekrem y bajo las mismas estrellas todavía hay tuareg que toman y dan, como hicieron con el hermano Charles. «Después de compartir todos sus recursos con otros, durante una hambruna – leemos en una breve biografía – enfermó gravemente. Quedó reducido a la impotencia y luego vivió, en total abandono de Dios, en manos de sus amigos y vecinos, por cuya salvación ofreció su vida. Fue la solicitud de los pobres tuareg, cuidando su morabito, lo que le salvó la vida ». El mensaje del hermano Charles está todo aquí. El hermano Antoine Chatelad es otro morabito. Decimos sacerdote. Los tuareg, en cambio, dicen marabut : el que los pone en contacto con Dios. El morabito Hermano Antoine no quería ser párroco, sino vivir entre otros y, al mismo tiempo, quería vivir intensamente la vida religiosa. Tamanrasset le pareció la solución cuando, al salir del seminario de Lyon, decidió seguir el mismo camino que los Hermanitos de Foucauld. Ahora es párroco en Tamanrasset, en el corazón del Hoggar argelino, y durante años ha vivido en la misma ermita que el hermano Charles en el terreno pedregoso de Assekrem. Hoy está en Roma. Nos dirá: «Cuanto más veo ciudades y capitales, más siento la necesidad de volver al desierto». En Assekrem sucedió porque el noviciado de los Hermanitos tuvo lugar en el norte del desierto argelino: «Fui a Tamanrasset – dice – y comencé a vivir entre la gente. Aprendí su idioma y viví entre ellos, como ellos. Los superiores me dijeron que sería un alojamiento temporal, pero cuando conocí a estas personas no quise ir a otros lugares ». En Tamanrasset se quedó: «Vi a los tuareg, los árabes y las otras tribus del desierto, y comencé a vivir con ellos». En 1905, el hermano Carlos dio vida a su manera de evangelizar «no a través de la palabra – dice siempre su biografía – sino con la presencia del Santísimo Sacramento, la ofrenda del santo sacrificio, la oración, la penitencia, las prácticas de las virtudes evangélicas». , la caridad,caridad fraterna universal «. La clave para entender al hermano Carlos y a los sacerdotes como el morabito Antoine es esta: la caridad fraterna universal. «Yo no fui a buscar el desierto – dice el hermano Antoine -, sino la gente que vive en el desierto, y cuando comencé a interesarme por Charles de Foucauld comprendí que él buscaba las mismas cosas. No se fue al desierto para estar más cerca de Dios, sino para estar más cerca de la gente que el desierto aleja del mundo ». ¿Quiénes son estos hombres? ¿Que quieren ellos? ¿Qué le piden al morabito? «Los tuareg – testifica el cura del desierto – no piden nada: tienen sus referentes y su Olimpo. Buscan relaciones humanas, buscan amistad, buscan escuchar y compartir ». ¿Es todo esto extraño? «Absolutamente no. El propio hermano Carlos decía que no era misionero, sino monje, aunque luego se comportó como misionero porque daba limosna, se ocupaba de los enfermos. Al principio era él quien traía algo, luego hubo un momento en su vida, cuando se enfermó, cuando los demás lo cuidaron. Al principio, quería estudiar el idioma tuareg para llevar el evangelio a este pueblo. Luego simplemente los escuchó. Recogió sus poemas, sus leyendas. Nunca se había escuchado a los tuareg hasta entonces. Dio a conocer su cultura ». Es inusual que cuando el hermano Antoine se mudó al desierto hace muchos años, se interesó poco por el fundador. Pero vivía en su casa de piedra en Assekrem, aprendió el idioma tuareg de los libros del hermano Charles y, además: «Hace cincuenta años, cuando llegué a Tamanrasset todavía había mucha gente que lo conocía a él y a mí. hablaron de él. Me apasiona ». Dos mensajes provienen de Tamanrasset. Uno es traído por el viento del desierto y está escrito en las piedras: el descubrimiento de la vida sencilla, de la hospitalidad, de las relaciones humanas. El otro lo lleva Charles de Foucauld. Está escrito en su vida, la de un hombre que compartió la existencia de los excluidos. Para los Hermanitos, todo esto se llama hermandad universal.
Intervención de Jean Louis Cathala, sacerdote de la diócesis de Albi, durante el encuentro regional de fraternidades del 4 y 5 de diciembre de 2010 en la abadía de En Calcat
Vivir más la Encarnación
Jesús de Nazaret, que murió bajo el poder de Poncio Pilato, el Dios único, incognoscible y todopoderoso – el Dios de Israel – se ha convertido verdaderamente en uno de nosotros; Nuestro hermano ; el pequeño de Belén. Es la fe más tradicional de la Iglesia. Pero es tan necesario que esta confesión de nuestros labios, que a veces nos parece casi increíble, se convierta en carne de nuestra vida. Y allí, por supuesto, el camino es muy largo; pero Charles de Foucauld se unió a nosotros en el camino; su testimonio y sus palabras nos ayudan a ver lo bueno que es esto para todos, en todas partes. De noviembre de 1888 a febrero de 1889, por invitación del padre Huvelin, el joven converso hizo una peregrinación a Tierra Santa. Fue allí donde descubrió la existencia humilde y oscura del «obrero divino»: «A este Jesús que vivió en una pequeña aldea durante treinta años, contempla» este Dios que caminaba entre los hombres «. Lo encuentra en la fuente, con Maria; lo ve mientras observa a los artesanos trabajar. «(A. Chatelard, El camino a Tamanrasset, Karthala 2002, 42-43).
Entonces, es bien sabido, Carlos dio una importancia central a lo que se llama «la vida oculta» de Nazaret: no una existencia humana que acecha desde lejos, sino una presencia divina invisible; real pero discretoa. Y lo más destacado de esta vida es realmente la originalidad de su camino, de su mirada en Cristo, de su mirada en los demás. La Encarnación está eminentemente expresada en el Prólogo del Evangelio de Juan 1, 14). Pero Nazaret no es un simple prólogo de lo que esperamos: Liberación para todos y en todas partes. En Nazaret, el de Jesús, el del hermano Carlos, pero también el nuestro, ya está dada, ya entregada la Redención: este amor que culmina el día del Viernes Santo. El Mesías resucitado todavía está de alguna manera en Nazaret; nos precede hasta su regreso. Y ahí es donde me habla, en una vida humana a veces áspera y sencilla. Y aquí es donde lo encontramos sin verlo, que muchas veces no lo parece. Por supuesto, Jesús también dejó su aldea, por acciones mayores, por palabras fuertes; morir de amor; era necesario según las Escrituras. Pero para nosotros, hoy, debemos quedarnos en Nazaret para sumergirnos una y otra vez en la fuente, en primer lugar, de la infinita ternura – de la infinita solidaridad – de Dios hacia el mundo. Es bueno que intentemos unirnos a él, amarlo, esperarlo, donde se ha unido a nosotros, amado, esperado. Si compartimos la vida de personas con poco poder y poca consideración; si estamos trabajando con ellos y no solo para ellos; si buscamos a Cristo en Nazaret, es posible que no sintamos mucho su presencia; Es posible que no estemos a menudo llenos de pensamientos muy espirituales, o incluso muy presentables; pero seremos, un poco más, a imitación de Cristo. Esta imitación de Jesús, querido por nuestro Carlos, vivida en una fe que es ante todo decisión de confianza; esta imitación, sólo Dios sabe cómo, es portadora de salvación y vida para nosotros y para aquellos con quienes estamos después. Por mi parte, estoy convencido de eso, aunque, francamente, no siempre estoy en la corrección e interpretación de lo que vivo en el trabajo, en el sindicato, en mi barrio; con toda esta gente frágil que se me da.
Pero aún más que hablar de nuestros destinos individuales, es bueno intentar comprender qué puede significar esta intuición del primado de la Encarnación en la escala de nuestra sociedad y nuestro mundo que ya no son los del padre de la Encarnación. Foucauld. Aquí voy a decir las cosas un poco «barco», pero está claro que la época de nazaret no es la época del rendimiento, ídolo de nuestro sistema económico. Y nuestra globalización, aunque tenga aspectos positivos, tiene fundamentalmente las consecuencias de desestabilizar los equilibrios locales, antes formas más respetuosas y humanas de vivir el comercio. También me gusta pensar que Jesús, antes de actuar y hablar, se tomó el tiempo, el de la Encarnación; hora de mirar los campos de su Galilea; tiempo especialmente para escuchar las alegrías y llantos de su pueblo. No sé ustedes, pero casi siempre tengo prisa y muy a menudo saludo a mis vecinos desde lejos; Tiendo a decidir demasiado rápido o anticipar demasiado el futuro. Nazaret, el primado de la Encarnación, con el cansancio físico del trabajo que la acompaña, me ayuda a mantener los pies en la tierra hoy, a dejar las cosas como están, a dejar madurar. El Señor nos pide que no entremos en pánico ante nuestro mundo, que en realidad no parece estar salvado; este mundo, en Nazaret, sin parecerlo, ¡ya fue salvado por él! Pero también hay otro aspecto de esto más allá de la Encarnación; un fenómeno que se puede observar en la suerte del hermano Carlos: después de su conversión, buscó una nueva forma de vida que era opuesta a lo que había sido su existencia como joven rico en St Cyr. Es el Carlos completamente «desencarnado», en el mismo nombre de la Encarnación, entre las Clarisas de Nazaret. Probablemente un ser humano muy santo, ¡pero un santo no muy humano! Y luego, poco a poco, y especialmente al final de su vida, parece que ha integrado -esta es también la encarnación en nuestra propia carne- lo mejor de todo lo que tenía. estado en profundidad antes de su conversión: soldado patriota, explorador-aventurero y trabajador incansable. Al pasar por el “hermano Marie-Alberic”, que era necesario, Carlos se había convertido de nuevo o más bien se había convertido en verdadero Charles de Foucauld. Esto me habla de la Encarnación; es una gran historia para todos y cada uno de nosotros. Por supuesto, debemos descentrarnos, nuestro pequeño egoísmo primitivo. A veces necesitamos desintegrar al anciano dentro de nosotros, pero con la condición de que integremos toda nuestra humanidad, nuestra identidad, nuestras cualidades y nuestras debilidades en un camino de confianza. ¡Solo hay pecado que debe ser destruido! Por eso, «todo Hijo que era», el Señor se tomó el tiempo de Nazaret. Creo que la Hermanita Magdeleine les dijo a sus hermanitas algo como esto: «Sean primero humanos, luego cristianos, y luego monjas …» Esto es parte del «camino a Nazaret», para usar la frase. Fórmula de Chatelard. En un momento en el que está de moda el “desarrollo personal”, un desarrollo sin alteridad, la vida del Padre de Foucauld nos ofrece un auténtico camino de autonomía y libertad relacional, un camino paradójico de autorrealización que pasa por una experiencia de una alteridad trascendente y benevolente, que nos permite combinar el extremo de la conversión con el extremo de la integración y el respeto por lo que somos y queremos llegar a ser. La abyección querida por nuestro Carlos, la abyección a imitación de Jesús de Nazaret, no es la aniquilación del yo, sino la aniquilación de lo que Huvelin en algún lugar llama «la propia voluntad»; ¡es la garantía del verdadero cumplimiento en Cristo
Vivir más lejos la misión
Está escrito en la contraportada del Cristo de Charles de Foucauld de Maurice Bouvier (Desclée, 2004): «El padre … exploró una nueva forma de dar testimonio de su fe ante el mundo y de ser misionero. «¡Una frase como esa me interesa y me da ganas de profundizar más!
Evidentemente, las cosas están íntimamente ligadas; el significado de la Encarnación induce un cierto matiz al anuncio del Evangelio. Si Nazaret es un lugar importante de Revelación del rostro de Dios en la gran Historia y en nuestras historias, el significado de la misión no puede dejar de estar imbuido de él. Cito al hermano Charles: “Dios, para salvarnos, vino a nosotros, se mezcló con nosotros, vivió con nosotros, en el contacto más familiar y cercano, desde la Anunciación hasta la Ascensión. Para la salvación de las almas, Él sigue viniendo a nosotros, para mezclarse con nosotros, para vivir con nosotros, en el contacto más cercano, todos los días y en todo momento en la Sagrada Eucaristía. Entonces, (lo subrayo) debemos, para trabajar por la salvación de las almas, acudir a ellas, relacionarnos con ellas, vivir con ellas en contacto familiar y cercano. Debemos hacerlo por todas las almas por cuya conversión Dios quiere que trabajemos en particular, y especialmente por los infieles. »(JL Vázquez Borau, Consejos evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld, BAC, Madrid 2005, 86-87)) Usted ve lo que esto significa para nuestra Iglesia y para la misión. La pregunta fundamental que está en el punto de partida de la misión en la escuela del Padre de Foucauld es: ¿Cuál es la cualidad evangélica de mi presencia real entre las personas?
Ya conoces el camino de nuestro hermano: después de su propia experiencia monástica, fueron los años con las Clarisas de Nazaret, luego la ordenación sacerdotal y la salida para Argelia, con el gran y muy generoso deseo de traer allí la presencia del Santísimo Sacramento y convertir al mayor número posible de musulmanes. Pero en Béni Abbès, poco a poco, y especialmente en Tamanrasset, desmanteló tanto su recinto como un cierto paternalismo religioso propio del espíritu de su época. Y así reinterpretó su espiritualidad de la familia Nazaret en una forma de vivir la misión revolucionaria de la época. Quería ser «pre-misionero», pero era plenamente misionero; con una autenticidad que no deja de desafiarnos: en el ambiente tuareg, sus relaciones eran cotidianas, casi familiares. Ya sabes: ha hecho un trabajo absolutamente considerable en el idioma y la cultura de sus amigos. Sin embargo, en su opinión, todo este trabajo estaba al servicio del encuentro y la amistad. Desde el comienzo de su etapa argelina, su objetivo pastoral no era construir «obras», como decíamos y hacíamos en su momento, sino más bien, sencillamente, hacer presente a Jesús en el Santísimo Sacramento. Es el apostolado del bien; un apostolado ante todo relacional y contemplativo. Esto es lo que escribe Charles, todavía en el Directorio: “Hacemos el bien no en la medida de lo que decimos y hacemos, sino en la medida de lo que somos … (Dios mío ¡Que estas palabras hablen a nuestro corazón contemporáneo!) en la medida en que Jesús vive en nosotros. «(Ibid. 83) Esta misión es inseparable del deseo de encontrarse con los demás y convertirse, no en su benefactor, sino en su hermano, lo más igual posible. Reconozco que a menudo hay algo de ilusorio en esto; pero la dirección es clara. Y sin hacer del padre de Foucauld un teórico del diálogo interreligioso, parece que con él, mucho antes del Vaticano II y Pablo VI, el diálogo es ya como «un nuevo nombre para la misión». “Un diálogo que no es inicialmente intelectual, sino que surge de la experiencia del trabajo y la vida compartidos. ¿Cuántos prejuicios sobre otras religiones, por ejemplo, no nos han caído gracias a Nazaret?
Pero con respecto a la relación del hermano Charles con el mundo, debemos tener cuidado de considerar toda su vida sin apegarnos a una u otra oración que él pueda haber escrito en nombre del absoluto de Dios. Maurice Bouvier también cita un extracto del Reglamento y del Directorio que en modo alguno sugiere el famoso En el corazón de las masasde René Voillaume. : «¿De qué serviría haber dejado nuestra patria, si nos preocupara lo que allí está pasando? Haremos todo lo posible por mantener una barrera infranqueable entre la hermandad y el mundo, para que allí se olvide todo lo creado, salvo en la medida en que nuestro Amado mismo nos ordene recordarlo. es decir, ejercitar la beneficencia espiritual y materialmente hacia sus “hijos” y sus “imágenes” frente a él (…) De lo que precede se desprende que tenemos estrictamente prohibido tener parte en los asuntos políticos y mundanos, ya que se nos prohíbe tener el más mínimo conocimiento de ellos, decir una sola palabra, tener un solo pensamiento en ellos. »(P. 188-191, citado por Bouvier, p. 29) ¡Maldita sea! Asombroso, ¿no? Y sin embargo, mirando todo el arco iris de la vida del Padre de Foucauld, entendemos que la misión en su espíritu se nutre de una inserción consecuente, humilde y benévola, ¡en medio del mundo! De la misma forma, a pesar del gran deseo de convertir a los demás que el padre llevaba en él en el momento de su ordenación, podemos ver claramente que el último Carlos, el de Tamanrasset, está verdaderamente en las antípodas de la conquista y el proselitismo. Para él, y casi a su pesar, la misión se convierte en presencia. Presencia libre, desamparada, fraterna. Presencia expuesta y frágil, como la del niño en el pesebre, como la del hombre de la cruz. El Señor que convirtió a la Hermanita Magdeleine y quien es la fuente de su impulso misionero, burlándose de todas las fronteras, es un pequeño bebé ofrecido con el brazo extendido por María de Belén y Nazaret. La fuerza paradójica de nuestro apostolado debe buscarse, pues, en la pobreza de medios, mediante encuentros sencillos y verdaderos donde no tengamos miedo de exponer nuestras debilidades. Fácil de decir, ¿no? Esta misión, sin parecerlo, llega hasta lo más lejano, a una vulnerabilidad donde ya no está del todo claro quién es el dador y quién es el destinatario. Misión donde el compartir diario es portador del don de Dios, don que levanta a quien pretendía elevar a los demás. Este es el significado del poquito de leche de cabra pobre recolectada en tiempos de escasez por los amigos tuareg del hermano Carlos. ¡El aspersor está regado! Estoy seguro de que todos y cada uno de nosotros podría testificar que en su Nazaret recibe mucho más de lo que cree que está ofreciendo. ¡El verdadero protagonista de la misión y el crecimiento de la fe es el Espíritu Santo y nadie más! De hecho, la vida del padre de Foucauld nos anima a ir más allá en el encuentro de aquellos que no comparten nuestras convicciones y nuestra fe y a intentar construir con ellos un mundo mejor, sin sucumbir a las sirenas, tan fuertes hoy. ‘hui, de la retirada de la identidad religiosa. Porque en verdad, aquel que podemos llamar seguimiento de Jesús, el Hermano universal, nos empuja cada vez más hacia el mar abierto. Nos pide que seamos personas con raíces profundas en algún lugar, pero también abiertas al mundo entero. Nos invita a vivir a nuestro turno como hermanos y hermanas universales, convencidos de que todos los seres humanos, creados a imagen de Dios, están llamados a salvarse convirtiéndose misteriosamente en miembros de una sola familia, de la misma. cuerpo. Sin duda, hemos tenido la dulce experiencia de ello: si compartimos en profundidad la vida diaria de alguien, sea cual sea su raza, religión o creencias; si compartimos nuestras alegrías y nuestras pruebas, realmente nos convertimos en hermanos y hermanas. Y luego, ya no podemos ser tomados, como somos, con la misma esperanza: liberación de todo mal; paz y felicidad eternas; el Reino de Dios.
En lo que respecta a nuestro Charles, como sabemos, eso hasta el final de la misión no tuvo éxito. Casi no convirtió a nadie; murió en una noticia. ¡Y sin embargo, vemos los frutos de todos los colores que crecieron después! Todos vemos a estas personas, creyentes o no, que están conmovidas por la autenticidad de su vida. Desde su soledad en el desierto, nos pide a gritos que aguantemos cuando estamos desanimados. No deja de susurrarnos la palabra de su Amado Hermano y Señor: “Buscad el Reino de Dios, y el resto se os dará por añadidura. »(Lucas, 12, 31)
JL Cathala – En Calcat – 05.12.10Diócesis de Toulouse – La Iglesia Católica en Haute Garonne