El ejemplo y la espiritualidad de Carlos de Foucault «podría inspirar a más personas», dijo el obispo Jonh MacWilliam, obispo de Laghouat, Argelia. Evoca la futura canonización de Charles de Foucault.
Obispo John MacWilliam
¿Qué representa para ti la perspectiva de la canonización de Charles de Foucauld en tu situación actual? Monseñor Jonh MacWilliam: Charles de Foucauld vivió los últimos 15 años de su vida aquí en el Sahara, en Beni Abbès, en Tamanrasset y un poco en Assekrem. Posteriormente fue enterrado en El Golea. Durante casi cien años, la Iglesia misionera en el Sahara ha experimentado gran parte de la sencillez y la fraternidad que caracterizaron al «hermano universal». Hasta ahora, es conocido en el mundo francófono, especialmente en su Francia natal. Convertido en «santo» de la Iglesia universal, será más conocido en todo el mundo; su ejemplo y su espiritualidad de Nazaret y el Sahara podrían inspirar a más personas del mundo.
Charles de Foucauld no siempre tuvo una vida ejemplar. No era perfecto; ¿Cómo, en tu opinión, puede ser una figura de santidad? Como san Pablo, como san Agustín y como santo Tomás Becket entre muchos, Carlos de Foucauld pasó por una conversión que le permitió abandonar su pasado para abandonarse a Dios nuestro Padre. La santidad no es la perfección de toda la vida. Nuestro santo patrón del desierto, Juan el Bautista, nos llamó a la conversión, ¿verdad?
¿Cómo puede la canonización de Charles de Foucauld (o no) servir al diálogo con los musulmanes? En Argelia, el «diálogo» entre la mayoría de musulmanes y cristianos tiene lugar a través de un encuentro de vida. Cada uno reconoce en el otro una persona o una comunidad que reza a Dios, que busca hacer la voluntad de Dios tal como la entiende, que se preocupa por los más pobres y los «pequeños del mundo». Esto es precisamente por lo que pasó Charles de Foucauld. Nuestras comunidades que acogen a sus vecinos en los cuatro lugares sagrados del ‘hermano Carlos’ dan testimonio de ello.
«Toda su vida, Charles de Foucauld buscó imitar a Jesús en la más extrema pobreza, la oración y la Eucaristía viviéndolo en medio de personas que no conocían el Evangelio en absoluto». Para el padre Albert Yon, sacerdote de la diócesis de La Rochelle et Saintes y miembro de la fraternidad sacerdotal Jesús Caritas, la que el Papa Francisco decidió canonizar recientemente sigue siendo un modelo de santidad tanto para sacerdotes como para laicos.
¿Qué relación tienes con el beato Carlos de Foucault?
Conocí al padre de Foucauld (1858-1916) cuando estaba en el seminario de La Rochelle. Como muchos jóvenes de mi generación, había leído el libro de René Bazin sobre Charles de Foucauld. Fue mi primer encuentro con este antiguo Saint-Cyrien que se convirtió en explorador en Marruecos y luego en ermitaño en el Sahara. Más tarde, cuando estaba en el seminario mayor, circulaba un libro de René Voillaume (sacerdote de la diócesis de Versalles y fundador de la congregación de los Hermanitos de Jesús, nota del editor), titulado “En el corazón de las masas”.
¿Charles de Foucauld tuvo discípulos durante su vida?
Charles de Foucauld hubiera soñado con tener discípulos, pero nunca los tuvo. De cualquier manera, habría llevado una vida imposible para ellos … Por un momento, había pensado que Louis Massignon (1883-1962), un académico e islamólogo francés, se uniría a él, pero nunca sucedió. Tanto es así que al final de su vida, el padre de Foucauld simplemente había imaginado encontrar voluntarios en Francia para constituir lo que él había llamado «la Unión», una especie de hermandad en la que los sacerdotes, religiosos y laicos. A través de la oración, estos miembros se preocuparían por la misión y tratarían de ser portadores del evangelio dondequiera que vivieran. Pero eso, sin formar una congregación.
¿Cuándo aparecieron los primeros imitadores de Charles de Foucauld?
Mucho más tarde ! René Voillaume así como otros sacerdotes de la diócesis de Versalles se sintieron conmovidos por la figura de Charles de Foucauld y esto les hizo querer crear una congregación. Así nacieron los Hermanitos de Jesús en 1933. Ese mismo año, en Bélgica, se formaron las Hermanitas del Sagrado Corazón. Seis años después, una monja francesa – Sor Magdeleine de Jésus – a su vez se embarcó en esta aventura creando una congregación religiosa de contemplativas en el medio del mundo: las Hermanitas de Jesús.
¿Cuándo se le ocurrió seguir los pasos de Charles de Foucauld?
Ya en el seminario mayor, estuve en contacto con dos sacerdotes que trabajaban en la Capellanía del Mar en La Rochelle. Este último adoptó rápidamente el espíritu de Charles de Foucauld. Así que fue a través de ellos que contraje este «virus». Luego me llamaron para hacer mi servicio militar en Argelia donde conocí una fraternidad de los Hermanitos de Jesús. Entonces simpaticé con ellos. En ese momento, había soñado con ir a Tamanrasset, lugar de la ermita del padre de Foucauld. Nunca tuve la oportunidad, pero mantuve este sueño en el fondo de mi mente. Cuando fui ordenado sacerdote en 1960 (este año marca el 60 aniversario de la ordenación del padre Albert Yon, nota del editor), me uní a una fraternidad: la fraternidad sacerdotal Jesús Caritas, una asociación de sacerdotes diocesanos. Desde que me hice sacerdote, siempre he estado en contacto con una fraternidad sacerdotal, ya sea aquí en Charente-Maritime o en Níger, adonde fui enviado como sacerdote Fidei donum.
¿Cuál fue su reacción al conocer la noticia del reconocimiento de un segundo milagro atribuido a Charles de Foucauld allanando el camino para su canonización?
Su beatificación en 2005 ya había sido un primer paso importante. No había estado en Roma entonces, pero según los comentarios que recibí, ¡había sido un gran momento! Esta vez es de su canonización de lo que estamos hablando: es una alegría pero no una sorpresa. Ya sabíamos que a finales de año eso iba a suceder. ¡También podemos decir que fue muy largo porque Charles de Foucauld murió el 1 de diciembre de 1916! En resumen, solo podemos alegrarnos de este reconocimiento oficial de la Iglesia de la Santidad de Charles de Foucauld.
¿Entonces siempre lo consideraste un santo?
Todo depende de lo que ponga detrás de la palabra «santidad». A menudo, cuando la gente habla de santidad, ve un modelo extraordinario de virtud … Personalmente, prefiero la expresión utilizada por el Papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018): “la santidad de la puerta de al lado «. Lo cierto es que no hemos esperado esta formalización para reconocerlo en todo lo que nos ha aportado.
¿Cuán actual es el mensaje de Charles de Foucauld? ¿Cómo puede hablar todavía hoy a los sacerdotes o seminaristas?
Su mensaje puede hablar no solo a los cristianos, sacerdotes, religiosos o laicos, sino también a los hombres que no afirman tener fe en Jesús. Algunas personas se apegan a Charles de Foucauld sin compartir nuestra fe: aman a este hombre que ha vivido a diario una fraternidad universal, una amistad con todo ser humano. También es un modelo de pobreza. El ideal de Charles de Foucauld habría sido ser más pobre que Cristo. Pero el padre Huvelin (un sacerdote que participó en gran medida en la conversión de Charles de Foucauld, nota del editor) una vez le dijo: «Jesús tomó el último lugar, nadie se lo podrá quitar». Charles luego descubrió cómo tomar el penúltimo lugar. Su idea siempre ha sido: este Jesús a quien descubrí y al que trato de imitar, lo quiero dar a conocer porque este Jesús es el amor de Dios. También eligió llamarse a sí mismo Carlos de Jesús y tomó como lema: «Jesús Caritas». El padre Huvelin también dijo de él «que hizo de la religión un amor». Toda su vida buscó imitar a Jesús en la más extrema pobreza, la oración y la Eucaristía, viviéndolo en medio de poblaciones que no conocían en absoluto el Evangelio.
En resumen, ¿qué podemos aprender del espíritu de Charles de Foucauld?
Por el amor de Jesús, para vivir donde está la vida ordinaria, «la vida de Nazaret», tratando de poner tanta bondad y amor como sea posible. Charles de Foucauld quiso convertirse en «el hermano pequeño universal», especialmente en los últimos diez años de su vida entre los tuareg, cuya lengua aprendió y diseñó un diccionario y una gramática. Esta es la línea que ha tratado de mantener a lo largo de su vida y es lo que los sacerdotes, religiosos y laicos que le siguieron se llevaron de su mensaje.
Entrevista en la Casa Diocesana de La Rochelle et Saintes por Paul-Ambroise de Dinechin – Publicado el 12 de junio de 2020
Yolanda Gomila es miembro de la Fraternidad de Carlos de Foucauld en Málaga. Así han vivido la noticia de que será pronto canonizado.
Mi nombre es Yolanda Gomila Álvarez y pertenezco a la Fraternidad de Carlos de Foucauld, que tiene su origen en la Fraternidad Jesús Cáritas, en el año 1952 (Francia), con la ayuda de René Voillaume. A lo largo de los años en diversas Asambleas Generales Internacionales, la Fraternidad hizo un proceso de discernimiento de su propia identidad. Será en la asamblea Internacional del 7 de agosto de 1991 (Bayona), Francia, donde se inicia un nuevo camino, constituyéndose la Fraternidad de Carlos de Foucauld. Compuesta de mujeres que han escogido vivir para Dios en el celibato, miembro de la gran familia Asociación General de las Familias del Hermano Carlos de Jesús, ha encontrado y profundizado su misión propia en el seno de la Iglesia y se desarrolla en distintos países y continentes. La Fraternidad ayuda a sus miembros a discernir el proyecto de Dios en su vida, a tener una mirada contemplativa sobre los acontecimientos y la historia, según el carisma de Charles de Foucauld; que ella les invita a mantener un estilo de vida simple y a compartir con los pobres y los pequeños, inspirándose en la vida de Jesús de Nazaret; que en unión con la Iglesia Local, les sostiene en sus compromisos en los sectores socialmente difíciles. El deseo es que la Fraternidad sea cada vez más testimonio del Absoluto de Dios, por fundirse ”en el corazón de las masas”, fermento evangélico de comunión, lugar de revisión de orientación de la vida social, siguiendo las huellas de Jesús, invitando a la Fraternidad, en la perspectiva del Tercer milenio, a testimoniar sin miedo que Jesús es Salvador de toda la humanidad, que las mujeres tienen una misión específica para dar a la Iglesia, Esposa de Cristo, un rostro cada vez más conforme a este gran misterio.
La Fraternidad llegó a Málaga como Jesús Cáritas en 1958 y será en 1991 cuando pasará a llamarse Fraternidad Carlos de Foucauld. Actualmente somos tres personas.
¿Cómo definirías a Carlos de Foucauld?
Foucauld es el padre del desierto contemporáneo. Para encontrar el sentido de la vida hay que descalzarse como hizo Moisés en el monte Sinaí. Hay que entrar en el silencio del corazón. Charles, vincula el desierto a la conversación amorosa del alma con Dios, para que después se pueda encontrar con el amor de Dios en la propia vida y con la misión.
Foucauld, es el ideal de la evangelización a través de la vida, “pregonar el Evangelio a través de su propio vivir”. Vida que encuentra todo su sentido en el servicio más desinteresado. Vida ofrecida, en acción de gracias y en comunión, a todos los sedientos de Vida.
Foucauld “es Nazaret”. De Foucauld releva la extrema humildad de vida que debió haber llevado Jesús en “el pobre taller del carpintero José” con todas “las inconveniencias de la gente pequeña” y los bienes que resultan de vivir completamente apartado del “crédito, la influencia, los honores y el poder”.
Foucauld se “inculturó”. Él cultivó la amistad con todos los que se acercaban a su casa, Las personas con las encuentra también tienen libertad y dignidad y los invita al diálogo más que a imponer sus propias convicciones; se encuentra con la libertad de Dios, que se ha manifestado a esas personas por unos medios que le son desconocidos.
Foucauld es oración contemplativa, crear una relación de amistad, de confianza, de intimidad con el Modelo Único, él lo llamó “Mi Bien amado Hermano y Señor”. Connotación de fraternidad y adoración.
Foucauld es la “desolación”. No tuvo ningún seguidor. No logró convertir a ningún musulmán, visto desde los parámetros habituales, fue un total fracaso. Hoy su familia espiritual es inmensa, Charles es hoy lo que quiso ser entonces: el hermano Universal.
¿Cuál es la tarea que lleva a cabo en Málaga la fraternidad?
Al no tener obras propias, desde la Fraternidad de Carlos de Foucauld (F.C.F.) intentamos estar allí donde vemos que nos necesitan, sobre todo con los más más pobres. De las tres personas que estamos en Málaga, una está jubilada y las otras dos trabajamos y vivimos en fraternidad; estamos en las parroquias de los barrios donde vivimos, colaborando con mayores, talleres de costura, animando la liturgia, Cáritas, adultos, talles de niños, apoyo escolar, acompañando, escuchando a las familias del barrio, etc. Se trata de la necesidad de la evangelización a través de la simple presencia; por un intento de aprender de las realidades a las que hemos sido enviadas, porque en todas germina inequívocamente la semilla del Verbo. Y colaboramos con el crecimiento de tales semillas presentándonos abiertamente como amigas, porque la amistad, en cuanto cercanía abordable y gozosa, permitirá que las semillas contenidas en el campo de nuestra tarea consigan el crecimiento humano y espiritual. Sabemos que nuestra labor no es ruidosa, no es llamativa. Pero no importa, intentamos compartir con los demás lo que hemos recibido; un sentido de la vida basado en el amor, una experiencia de saberme amado en las coordenadas más apremiantes de nuestra existencia; ser fieles a nosotras mismas y ser hermanas de todos/as. Queremos que las personas conozcan a Jesús; apoyándonos en las palabras del papa Francisco, podemos concluir «No hay mayor libertad que la dejarse llevar por el Espíritu, renunciar a calcularlo y controlarlo todo y permitir que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente, nos impulse hacia donde Él quiera». (EG 280)
¿Qué aporta la espiritualidad de Carlos de Foucauld, su legado, a la realidad concreta de Málaga?
1. Una manera de situarse, de estar.
2. Una mirada liberadora y humanizadora sobre nosotros mismos y sobre nuestros hermanos/as.
3. Una relación con Jesús, honda y profunda, personal y comunitaria, que engloba las otras dos.
No digo que esto sea todo, quizá para alguno/a hay algún aspecto que le parece esencial y que no se refleja aquí, pero a mí me convence y creo que da razón de lo que intento vivir.
Para explicar lo que aporta nuestra espiritualidad a nuestra realidad, me he centrado en tres historias, que Jesús nos cuenta y que nos transmite Lucas.
Son historias de tres personajes muy distintos entre ellos y que nos hablan de salvación, de encuentro gozoso, de vida nueva.
Tres aspectos que nos ayudarán a formular lo que aporta nuestra espiritualidad:
– junto con los pobres
– como pobres
– mirados por Jesús
¿Cuáles son estas historias?
La primera es Lucas 16,19 ss.: Lázaro “echado a la puerta del rico…” el abandonado, al que nadie ve salvo los perros, al que no le tocan ni las migajas. Jesús nos invita a “sentarnos”. Y nos invita, en primer lugar, a verlo; no a mirar, sino a verlo, que es fijar la vista con atención, con cuidado, con interés; y, en segundo lugar, la invitación es a sentarnos a su vera… Precisamente, a este sentarse junto a los Lázaros de nuestra sociedad es a lo que somos invitados por Jesús, y sentarnos de una manera propia, nuestra.
“Amar a algunos hombres, los que Jesús quiera, amarlos con amistad, con ternura, como personas» (C. de Foucauld)
“ Esta amistad hace buscar espacios para acoger y ser acogidos, espacios de escucha, de vida para percibir el paso de Dios en nuestra historia, ir hacia los que están más solos, más abandonados.
“La caridad fraterna y universal… recibir a cualquier ser humano como a un hermano bien amado” (C. de Foucauld)
Un segundo personaje… es el publicano anónimo de Lucas (18,9 ss.). O sea, nosotros en nuestra verdad más íntima.
Cuántas veces jugamos a fariseos satisfechos, cuidadores de nuestra imagen, que torcemos el “morro” dando gracias de no ser como “esos”.
Reconocer nuestras “sombras”, nuestras heridas, nuestro sufrimiento, intentar abrirlos poco a poco a los otros, abrirlos a Dios, es camino de humanización, de liberación.
Es camino de abandonarse, dejar obrar a Dios que actúa en nosotros a través de la vida y de la experiencia que la misma vida trae consigo. Trabaja en nosotros vaciados y despojados…
Nuestra tercera persona es Zaqueo (Lc 19, 1ss.). El bueno del publicano (que también fue salvado) no se atrevía a levantar los ojos en el templo. A Zaqueo quien le mira, levantando los ojos, es Jesús y este ser mirado le hace cambiar de vida y, también, ser salvado. Dejarse mirar por Jesús es el tercer rasgo que quería compartir con vosotros. Me resuenan las palabras de René Voillaume: “Todo consiste, realmente, en verter toda oración en el corazón de Jesús. Y cuando no podáis más, contentaros con abrir vuestro vacío al Señor para que Él llene con su propia oración…”
¿Cómo recibe la noticia de su próxima canonización?
Ha sido y es un momento de fiesta para su muy numerosa familia espiritual, entre ellas nosotras, y también para la Iglesia que sirve a Dios y a los pobres. Lo sabíamos desde siempre, pero es necesario este reconocimiento por lo que significa para todas nosotras, porque hemos encontrado una forma de vida, un ejemplo de búsqueda en el camino de la fe, un modo de entrega a Jesús por quien finalmente Charles fue encontrado. En el corazón de Charles habitaba Jesús, el Señor y sus hermanos los musulmanes, en su mente sólo había preocupación porque a nadie le faltara la libertad, la alegría y el pan. Tenemos la esperanza de un sueño que tenía el Hermano Charles de Foucauld y era el de futuro de “resucitados”, mujeres y hombres audaces y libres amantes apasionados de la vida y arriesgados defensores de la dignidad y lo derechos humanos; bienaventurados en la pobreza de su espíritu solidario; bien dispuestos a entregar sus vidas en el día a día de sus responsabilidades, como “el grano de trigo que no teme morir para dar fruto abundante de bien común”.
Carlos de Foucauld: uno de los más grandes maestros espirituales del siglo XX será canonizado en 2020. ¿Un excéntrico, un buscador, un convertido… o un santo?
Por Néstor Zubeldía, sdb nzubeldia@donbosco.org.ar
Hay personas que parece que hubieran vivido varias vidas en una. Algo así sucede, por ejemplo, con Carlos de Foucauld, un francés de familia aristocrática que vivió entre los siglos XIX y XX en varios países de tres continentes.
Según desde qué época o lugar hablemos de él, podríamos definirlo como un excéntrico, un eterno disconforme, un bon vivant, un incansable buscador, un convertido, un erudito, un profeta, un explorador, un incomprendido, un delirante, un místico, un fracasado… o un santo.
En busca de aventura
Carlos nació en Estrasburgo, Francia, en 1858. Se crió entre mansiones y castillos, pero huérfano de padre y madre antes de los seis años. Sus abuelos maternos, que le dieron ternura, no pudieron ponerle límites. Aunque estudió con los jesuitas, en su adolescencia perdió la fe. Vivió una juventud entre excesos de todo tipo. Fue el tiempo en que el joven vizconde de Foucauld se transformó en cochonette (“chanchito”, en francés), como lo apelaron sus compañeros, a causa de su obesidad por el descontrol en las comidas.
Se inscribió en la academia militar, donde logró entrar con ayuda para superar los exámenes, a causa de su dejadez. Cuando su regimiento fue enviado a las colonias francesas en África, se le ocurrió llevar con él a su amante francesa, a la que ya en Argelia pretendió hacer pasar como su esposa y marquesa. Eso le valió ser licenciado del ejército y repatriado.
Cuando sus camaradas entraron en la lucha en África pidió volver junto a ellos aunque fuera como soldado raso. Y se le concedió, incluso recuperando el grado de teniente. Se lanzó a la vanguardia en los combates contra los árabes, dejando a todos admirados por su valor y compañerismo.
Cuando llegó el momento de regresar al cuartel renunció al ejército. Pero se quedó en África planeando una expedición secreta a Marruecos, país donde ningún occidental podía entrar en esos tiempos sin poner seriamente en riesgo su vida. Para eso aprendió el árabe y el hebreo y fingió ser un rabino judío. Miserablemente vestido viajó junto a un rabino verdadero que conoció en Argel. Entre sus ropas orientales y equipajes llevaba instrumentos de medición y minúsculos anotadores que le permitieron registrar todo sin ser descubierto.
La fe que conoció de cerca en el mundo islámico lo cuestionó: “Dios mío, si existís, hacé que te conozca”, fue su ruego de ese tiempo.
Durante casi un año recorrió más de tres mil kilómetros. A su regreso a Europa publicó Reconocimiento en Marruecos, la mejor descripción del país que se conociera hasta entonces, que le mereció la medalla de oro de la Sociedad Geográfica de París.
La fe que conoció de cerca en el mundo islámico lo cuestionó profundamente y lo llevó a preguntarse por su propia fe, considerando incluso hacerse musulmán: “Dios mío, si existís, hacé que te conozca”, fue su ruego de ese tiempo.
Siguiendo a Dios por los caminos del mundo
En casa de su tía conoció al padre Huvelin, un cura de París. Poco después se confió plenamente a él, pidiéndole ser instruido en la fe. El padre Huvelin le hizo comenzar inmediatamente por la confesión y la comunión y a partir de allí lo acompañaría con paciencia y firmeza como director espiritual hasta su muerte. Una vez convertido, Carlos sintió deseos de mayor radicalidad y pensó enseguida en la vida monástica. Su confesor le propuso viajar primero a Tierra Santa. A sus treinta años pasó la Navidad de 1888 en Belén y recorrió a pie los caminos de la Palestina.
Una vez convertido, Carlos sintió deseos de mayor radicalidad y pensó enseguida en la vida monástica. Su confesor le propuso viajar primero a Tierra Santa.
Dos años después renunció a todos sus bienes en favor de su única hermana menor e ingresó a un monasterio trapense en Francia. Allí se convirtió en el hermano Alberico y pidió ser enviado al monasterio más pobre de la orden, en Turquía, donde la vida era sumamente austera. Los monjes quedaron admirados de su santidad y le propusieron estudiar para prepararse al sacerdocio. Pero él sentía deseos de algo distinto, más escondido.
Finalmente, y acompañado siempre a distancia por el padre Huvelin, el abad general de los trapenses le concedió la dispensa para dejar la orden antes de sus votos perpetuos. Volvió entonces a Tierra Santa pero ya no como peregrino ni como monje, sino como sirviente de las monjas clarisas durante tres años, primero en Nazaret y luego en Jerusalén. Nazaret fue para él fuente permanente de inspiración.
Seguía soñando con fundar una familia religiosa que imitara la vida oculta de Jesús durante los treinta años que habitó en su pueblo, ocupando el último lugar en todo. Mientras tanto vivía en un pequeño depósito cerca del monasterio y trabajaba para las monjas a cambio del pan de cada día, que era literalmente su único alimento.
Soñaba con fundar una familia religiosa que imitara la vida oculta de Jesús durante los treinta años que habitó en su pueblo.
Cuando ellas descubrieron quién era ese extraño sirviente, volvieron a proponerle el sacerdocio. Ese fue el motivo de su regreso temporal entre los trapenses. Se preparó para su ordenación en Argelia, Roma y Francia, siempre enviado por los superiores de la Trapa y guiado a vuelta de correo por el padre Huvelin.
La llamada del desierto
En junio de 1900 fue ordenado sacerdote en Francia. Sintió la llamada a volver al Sahara. Consiguió el permiso para ir a vivir como ermitaño en el oasis de Beni Abbés, en el interior de Argelia. Allí se transformaría en el hermano Carlos de Jesús, un “morabito”, como llaman los pueblos del desierto a los hombres de Dios. Nunca un sacerdote había llegado hasta esa región. Vivió entre los militares franceses, los musulmanes y los negros, muchos de ellos esclavos de los árabes. Siguió soñando con tener compañeros que, por uno u otro motivo, nunca llegaron.
En 1900 fue ordenado sacerdote. Consiguió el permiso para vivir como ermitaño en el interior de Argelia. Nunca un sacerdote había llegado hasta esa región.
Después de tres años en Beni Abbés, se internó todavía más profundamente en el Sahara, hasta Tamanrasset, en territorio de los nómades tuareg. Entre ellos pasó los últimos doce años de su vida, que transcurría entre largas horas de adoración eucarística en su pequeña y rústica ermita, el trabajo manual y la hospitalidad con los habitantes y viajeros del desierto.
Última fotografía con vida de Carlos de Foucauld, entre 1914 y 1915.
Se conservan miles de cartas y escritos espirituales de esos años. Incluso podríamos escribir un apartado sólo sobre la importancia hasta el día de hoy de sus investigaciones sobre la lengua y el modo de vida de los pueblos nómades del Sahara. Con los años, De Foucauld llegó a compilar el primer diccionario “tuareg-francés”, tradujo el Evangelio, registró sus refranes, cantos y poemas. Llegó a ser un referente en la región, consultado por los jefes tribales y los generales franceses, algunos de los cuales habían sido sus camaradas en los años de la academia militar.
Con los años llegó a compilar el primer diccionario “tuareg-francés”, tradujo el Evangelio, registró sus refranes, cantos y poemas. Llegó a ser un referente indiscutido en la región.
Pero el 1 de diciembre de 1916, en un confuso episodio, cayó asesinado junto a su ermita en medio del desierto por un joven tuareg que se hizo pasar por el enviado del correo. La convulsión provocada por la primera guerra mundial en Europa había llegado hasta lo profundo de las colonias francesas en África y al provocar el enfrentamiento entre las tribus del desierto, el hilo se cortó por lo más delgado.
De Foucauld no llegó a conocer ni siquiera un discípulo que continuara su camino y en tantos años en África apenas si bautizó a dos habitantes del desierto. Y si bien para muchos su historia puede resultar un poco extraña o desconcertante, décadas después innumerables hombres y mujeres en distintos países del mundo se sentirían inspirados por su testimonio y su deseo de gritar el evangelio con la vida.
A este hombre que anheló siempre la vida escondida de Nazaret se lo considera hoy uno de los más grandes maestros espirituales del siglo XX. Inspirador de más de veinte movimientos y asociaciones y miles de discípulos en todo el mundo, en 2005 fue beatificado por el Papa Benedicto XVI, y en 2020 será canonizado por el papa Francisco.
El pasado 27 de mayo, la Santa Sede hacía pública la próxima canonización —todavía sin fecha— de Charles de Foucauld (1858-1916), beatificado en 2005 por el papa Benedicto XVI. De Charles de Foucauld dijo Yves Congar que, con Teresa de Lisieux, serían los dos faros que alumbrarían la espiritualidad del siglo xx; también lo subrayó Pablo VI. Y así ha sido. Charles de Foucauld ha dado muchos frutos, sobre todo el de una familia religiosa extensa y con una vivencia evangélica ejemplar, llena de deseos de mostrar con la vida lo más central del mensaje de Jesús; más de veinte grupos o fraternidades dispersos por el mundo entero, que tratan de vivir los diversos aspectos del carisma de vida de este hombre admirable, y lo hacen, además, casi todos ellos, entre los más pobres. Carisma, el de Charles de Foucauld, que consiste sobre todo en una unidad fuerte entre acción y contemplación, entre vida interior cuidada, en la que el trato con «el Amado» tiene un lugar primordial, y la misión a la que el Mensaje de Cristo no puede sino empujar, aunque se trate, para muchos de ellos, de una misión silenciosa en lo que toca a las palabras, pero elocuente en lo que se refiere al propio vivir. Pues la espiritualidad de Nazaret no es sino vivencia callada de una vida sencilla, tomando como modelo el tiempo que Jesús vivió con sus padres en el hogar de Nazaret, como un niño o un joven más en una familia cualquiera; se trata de uno de los puntos primordiales que las familias inspiradas en Charles de Foucauld aportan a la Iglesia del siglo xxi, una espiritualidad muy significativa que contrasta con tanto imperio de la imagen y que lleva a interrogarse a muchos acerca de dónde reside la autenticidad del Evangelio. De todos es conocido que Charles de Foucauld llevó una vida un tanto disoluta como militar y explorador aventurero por el Norte de África, y que vivió una conversión fulminante en otoño de 1886, en la iglesia de San Agustín, en París; en este templo puede verse una exposición permanente sobre la conversión y la vida de Charles de Foucauld, en el altar enel que tuvo lugar aquella su primera confesión «consciente » seguida de la comunión. La fe cristiana entró en su vida para habitarla ya siempre, con una intensidad inusitada: «Apenas creí que había Dios, comprendí que no podía vivir más que para Él», escribirá recordando este acontecimiento que daría tal vuelco a su vida. Y pronto quedaría especialmente afectado por estas palabras del padre Huvelin, su director espiritual: «Nuestro Señor tomó de tal manera el último lugar, que nadie pudo arrebatárselo»; se acogió a ellas con todas sus fuerzas, y desde entonces no dejaría de buscar el último puesto entre los últimos. Ingresó así en la Trapa, pero en un monasterio pobre y alejado, en Siria; y buscando ese último lugar trabajó como mandadero para las hermanas clarisas de Nazaret durante cuatro años. En 1901, dando otra orientación a su vida y sin dejar de «aspirar» al último lugar, fue ordenado sacerdote, y pocos años después llegaría hasta Argelia, donde se instaló como una suerte de monje ermitaño que cultivaba la amistad con sus vecinos, primero en Beni Abbès y luego en Tamanrasset, entre los tuaregs, en medio de los cuales viviría hasta su muerte, el 1 de diciembre de 1916. En Tamanrasset, al sur de Argelia, en 1908, pasó por una experiencia de desolación y enfermedad; Charles de Foucauld, allí, solo entre los más alejados, vivió la experiencia de dejarse asistir por ellos; sus amigos tuaregs se percataron de la situación y guardaban para él buena parte de la escasa leche que daban sus cabras. Esta vivencia de abandono radical supuso para él una vivencia muy enriquecedora que se conoce como su segunda conversión. En España hay presencia de fraternidades de Charles de Foucauld en bastantes lugares a lo largo de las diversas regiones en que se divide nuestra geografía: familias religiosas, laicos, grupos de espiritualidad, etc. En Aragón, concretamente, los Hermanos de Jesús están desde 1958, pues tuvieron que abandonar momentáneamente Argelia debido a la guerra de independencia de Francia; y en la comarca de Los Monegros hallaron un paraje similar para poder vivir temporadas de
desierto en soledad y ofrecer a otros esta experiencia capital en la espiritualidad que su inspirador les dejó como herencia. Más de sesenta años de vida evangélica silenciosa, de cultivo sencillo de la amistad, de vida activa y contemplativa, a un tiempo, hecha a base de oración, presencia eucarística y trabajo manual. Dos hermanos nos siguen acompañando y abren a todo el mundo la fraternidad, situada en un pueblecito de la provincia de Zaragoza: Farlete. Además de su presencia fraterna, los Hermanos ponen a disposición de quienes quieren vivir un tiempo de silencio y soledad las cuevas que se encuentran próximas a esa localidad zaragozana, lindando al norte con la provincia de Huesca. Muchas son ya las personas que han pasado temporadas de desierto en las cuevas conocidas por la zona como «cuevas de san Caprasio», en honor a este santo que llegó hasta estos pagos desde el sur de Francia. A estas familias o grupos que beben de la espiritualidad de Charles de Foucauld, hay que añadir más recientemente el grupo de Amigos del desierto, fundado por Pablo D’Ors, cuyo libro El olvido de sí (2014) tiene a Charles de Foucauld por protagonista; es un trabajo que ha contribuido en buena medida a dar a conocer al futuro santo entre los lectores de lengua española. No deja de ser curioso que el milagro que hará posible la canonización de Charles de Foucauld haya sido no tanto una curación cuanto una «preservación». Y que se diese, además, en el ámbito del mundo del trabajo, lugar tan especial en la vivencia del carisma foucauldiano: Nazaret, la vida oculta de Jesús vivida de forma anónima entre los más pobres, predicando el Evangelio no con la palabra, sino con la vida, como tantas veces recordaba el propio Charles de Foucauld. A finales de noviembre de 2016, en vísperas de cumplirse cien años de la muerte del beato Charles de Foucauld, Charles Charpentier, trabajador en una empresa de restauración de monumentos históricos, se desplomaba desde 16 metros de altura cuando operaba en el armazón de la techumbre de la institución San Luis, en Saumur. Curiosamente, este lugar se encuentra muy cerca de la Escuela de Caballería donde Charles de Foucauld había cursado estudios militares en 1878, durante aquellos años de vida desordenada. Charles Charpentier, que tenía entonces veintiún años, cayó desde lo alto de la cúpula del edificio y fue a dar sobre un banco puesto del revés, con las patas hacia arriba,
lo que provocó el empalamiento del trabajador, es decir, el atravesamiento de su cuerpo por la parte del abdomen. El accidente no podía ser más aparatoso ni más mortal, de entrada. El responsable de la empresa, François Asselin, que se encontraba en París y no lograba dar con la familia de Charpentier, telefoneó al padre Artarit, párroco de la Parroquia del Beato Charles de Foucauld, en el mismo Saumur, a quien conocía porque solía asistir a la Eucaristía dominical en esta parroquia, y le contó lo sucedido, al tiempo que le invitaba a rezar al titular de la parroquia (Charles de Foucauld) por el joven trabajador cuya vida todos daban por perdida. El propio Asselin pasó la noche en oración no sin recordar la fecha próxima de los cien años de la muerte de Charles de Foucauld. Su oración y la llamada al párroco desencadenaron todo un movimiento de intercesión, dirigido al beato Charles de Foucauld, pidiendo por la salud de aquel joven carpintero que había sufrido semejante accidente en vísperas de una fecha tan señalada. Y, contra todo pronóstico médico, Charles sobrevivió a la terrible caída, y sin grandes dificultades, además. Como él explicaría después, tras la caída, se levantó él solo y caminó unos cincuenta metros con el palo del banco atravesándole el abdomen, en busca de ayuda. A los pocos días, tras una operación que resultó exitosa a pesar de las dificultades que veían los médicos, Charles se encontraba en la habitación deseando abandonar el hospital, y dos meses después había vuelto al trabajo. Es lo que relataba recientemente el encargado de la empresa, François Asselin, poniendo el acento en lo sorprendentemente bien que encontró a Charles tres días después del accidente, cuando pudo por fin visitarlo en el hospital, y subrayando al mismo tiempo la perplejidad de los médicos, que no dejaban de expresar que un accidente así era mortal casi por necesidad, y que no se podía decir, sin más, que Charles había tenido mucha, muchísima, suerte. El vínculo de Charles de Foucauld con Saumur propició que en la diócesis se celebrasen novenas de acción de gracias y más encuentros de oración en torno a la figura de aquel que había adquirido el grado de oficial de la Escuela de Caballería de aquella localidad; y que el centenario de la muerte del todavía beato cobrase especial significado en la región, donde se estaba rezando para que tuviera lugar el milagro
que pudiera desencadenar una pronta canonización. Así, tanto desde la diócesis de Angers como desde diversos grupos espirituales vinculados a Charles de Foucauld, animados todos ellos por los miembros de Amitiés Charles de Foucauld y en coordinación con el postulador de la causa de la canonización, el padre Ardura, se puso en marcha un movimiento para presentar este hecho extraordinario de la preservación del trabajador Charles Charpentier como un segundo milagro para el proceso de canonización. Se siguieron las vías habituales. Dos médicos certificaron la curación de Charpentier desde donde sucedieron los hechos (en Saumur, Francia), y más adelante se reuniría en Roma una comisión médica que juzgaría de nuevo lo sucedido, esta vez desde la distancia, de forma aún más rigurosa y mucho más objetiva, si cabía. Fue esta comisión romana la que el pasado mes de noviembre de 2019 declaraba por unanimidad que lo sucedido en el accidente padecido por Charles Charpentier no tenía explicación natural. Por último, la Congregación para la causa de los santos tenía la última palabra sobre el caso, y, reunida durante el pasado mes de febrero, todos sus miembros reconocieron por unanimidad que la «preservación» o curación del joven trabajador tenía carácter sobrenatural, y que podía considerarse un milagro, a todas luces. Charles Charpentier no era creyente. No deja de ser sorprendente que el milagro se haya obrado precisamente en un no creyente, cuando el propio Charles de Foucauld pasó casi toda su etapa de monje-misionero entre personas no creyentes y él mismo lo fue durante una etapa bien notable de su vida. Charles de Foucauld solía decir que Jesús es Señor de lo imposible. Contemplando estos hechos vienen a la memoria estas palabras que le acompañarían a lo largo de su vida.
La canonización de Charles de Foucauld es un motivo de alegría. Aunque el lector haya leído en este artículo que hubo movilizaciones desde la diócesis de Angers o desde la misma Iglesia de Francia para rezar por la canonización, no está de más expresar que los miembros de las fraternidades, sus hijos e hijas más ‘directos’, por así decir, aunque no estaban en contra, tampoco pusieron un gran empeño en promover las causas de beatificación o de canonización de ese hombre santo en quien inspiran su forma de vida. Lo contrario hubiese supuesto cierta contradicción de fondo en personas que, como se viene indicando, tratan de vivir el Evangelio con la mayor sencillez y desde el más auténtico anonimato. Sin embargo, la Iglesia sigue ahí promoviendo las causas de sus santos, y Charles de Foucauld ha llegado a ser beatificado y muy pronto canonizado. Su ejemplo nos recuerda la importancia de «gritar el Evangelio con la vida», pero también la centralidad de lo pequeño y la búsqueda del último lugar, tan impropios de un tiempo como el nuestro, versado en los relumbrones de las imágenes y en dar a conocer lo poco que a veces se hace, como si fuese un logro al que hay que darle toda la difusión posible. Y luego se dice, además, que eso es evangelizar. Por eso, la espiritualidad de Nazaret y esta vivencia silenciosa del Evangelio son propuestas preciosas para nuestro tiempo presente, que pueden ayudar a muchas personas a un redescubrimiento del mensaje de Jesús desde la sencillez y la profundidad, devolviéndoles y devolviéndonos a la centralidad del mensaje evangélico. Este ha sido y sigue siendo el mensaje de Charles de Foucauld, que puede erigirse de nuevo en faro para esta segunda década del siglo xxi, haciendo descubrir la maravilla de lo sencillo, de lo que no hace ruido, pero fulgura discretamente. ACONTECIMIENTO 135
El 27 de mayo, el papa Francisco reconoció la atribución de un segundo milagro al beato Carlos de Foucauld (1858-1916), preparando así el camino para su canonización. Asesinado en Tamanrasset, en el corazón del Sahara, al sur de Argelia, este famoso ermitaño francés, antiguo oficial del Ejército, se convirtió radicalmente a los 28 años a una vida contemplativa consagrada a la voluntad del Padre y centrada en la sagrada eucaristía.
Monje trapense a los 32 años, dejó la vida cisterciense siete años más tarde para establecerse durante tres años en Nazaret como factótum de las Clarisas. Allí, dividió su tiempo entre el trabajo manual, la adoración y la meditación sobre la Escritura y, en especial, sobre la vida oculta de Jesús en Nazaret, al que decidió imitar en silencio y discretamente. Entonces, sintió el impulso de ser sacerdote para llegar a los pueblos más lejanos. Ordenado sacerdote el 9 de junio de 1901, se estableció en el sur de Argelia, en Béni-Abbès, pero allí no erigió un eremitorio sino una khaoua -una fraternidad, un lugar abierto a todos: cristianos, musulmanes y judíos. A disposición de los pobres, comprando la libertad de esclavos y ofreciendo hospitalidad a todos los que pasaban por allí, repartió su tiempo entre muchas horas de oración (especialmente por la noche), actividades manuales y agrícolas y las visitas que recibía. En 1905, Carlos de Foucauld se asentó finalmente en Tamanrasset, en el macizo montañoso de Hoggar, para unirse a los hombres y mujeres tuaregs, a quienes el desierto había aislado del mundo: quería ser hermano de todos, desinteresadamente, sin predicar, con respeto, sin hacer distinciones por religión u origen, llevando una vida sencilla y despojada de todo.
“Dado que llevo más de veinte años viviendo en Tamanrasset, el anuncio de la canonización de Carlos de Foucauld me produce una alegría interior, renueva mi fe y vivifica mi presencia en este país musulmán”, confía a la fundación pontificia ACN la Hna. Martine Devriendt, perteneciente a la congregación de las Hermanitas del Sagrado Corazón de Carlos de Foucauld, cuya espiritualidad se inspira en el futuro santo. “El anuncio de esta canonización confirma en la Iglesia, de manera oficial, el carisma de este hombre, tanto más en cuanto que este carisma me parece de gran actualidad dondequiera que vivamos: la oración, la vida sobria, la amistad y la cercanía a las personas en situación precaria”.
En Tamanrasset, un pequeño pueblo de principios del siglo XX que se ha convertido en una ciudad cosmopolita de 150.000 habitantes, esta vocación se sigue caracterizando, como ya hizo Carlos de Foucauld en su época, por la presencia fraternal, discreta, contemplativa y de servicio en medio de los musulmanes del país, sin atisbo de proselitismo de las hermanas; siguiendo la estela de Carlos de Foucauld, que escribió en su libro Carnets de Tamanrasset: “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Al verme, ha de decirse: ‘Puesto que este hombre es bueno, su religión ha de ser buena’. Si se pregunta por qué soy dulce y bueno, tengo que responder: Porque soy servidor de uno mucho más bueno que yo. ¡Si supierais lo bueno que es mi maestro JESÚS!”.
La congregación de las Hermanitas del Sagrado Corazón – de Carlos de Foucauld es una de las doce congregaciones religiosas de todo el mundo que, al igual que varios grupos de laicos, se alimentan de la espiritualidad del futuro santo. Contemplativas en el corazón del mundo, las Hermanitas surgieron en 1933 y llegaron a Tamanrasset en 1952, donde se asentaron cerca del eremitorio del beato, que pasó allí los últimos once años de su vida.
Como explica la Hna. Martine a ACN, la presencia cristiana femenina en Tamanrasset es importante porque las mujeres pueden entrar en las familias y tener así acceso a todos los estratos de la población musulmana y, en particular, a los más pobres y frágiles: las mujeres, los niños y, sobre todo, los discapacitados, que son muy numerosos. Esto se logra escuchando a las mujeres, visitando sus hogares, los hospitales y las prisiones, también ayudando a realizar trámites administrativos o médicos y compartiendo momentos de luto o celebración.
Por otra parte, la ciudad de Tamanrasset, ubicada en el extremo sur de la diócesis de Laghouat-Ghardaïa, se ha convertido en una encrucijada para toda Argelia y África. Los habitantes autóctonos son haratines y tuaregs que se codean con argelinos procedentes de todas las partes del país: árabes, cabilios, mozabitos… Los años del terrorismo (1992-2000) empujaron a muchas personas del norte a buscar más tranquilidad en esta región, que también cuenta con muchos inmigrantes subsaharianos. Hay nigerianos y malienses que acuden allí a trabajar, mientras que los “otros subsaharianos” esperan a ir a Europa. Muchos de ellos son cristianos, para ellos las religiosas son una fuente de consuelo y apoyo espiritual. “Somos una misión compartida con los tres Hermanitos de Jesús de Tamanrasset y pronto tendremos a un nuevo sacerdote que está a la espera de obtener su visado. Hace quince meses que no hay un sacerdote en la parroquia”, explica a ACN la religiosa.
Desde hace cinco años, la Hna. Martine es la única de su comunidad que vive allí porque las hermanas de más edad han tenido que regresar a Francia. Para la congregación es una prioridad restablecer una verdadera presencia y fraternidad cristiana y femenina en Tamanrasset. “Como muchas otras congregaciones, especialmente en las zonas fronterizas, ya no podemos mantener esta comunidad debido a la falta de relevo generacional. Ya no podemos pensar en comunidades de religiosas de la misma congregación o de la misma espiritualidad. Ahora, de lo que se trata es de crear fraternidad en la diversidad de los carismas de las congregaciones y de las mujeres laicas que quieren comprometerse por un tiempo más o menos largo”, escribieron las religiosas en septiembre de 2019.
Entonces, lanzaron un llamamiento para obtener fondos para reconstruir el lugar y ofrecer así una acogida más adecuada – con autonomía y seguridad – a las mujeres que se sienten llamadas a vivir la realidad de Tamanrasset. La fundación ACN, ha decidido cofinanciar este proyecto. “La respuesta llegó con el anuncio de la canonización de Carlos de Foucauld, lo cual es providencial y hace que nuestro proyecto sea aún más actual”, ha escrito a la fundación la Hna. Isabel Lara Jaén, priora general de las Hermanitas del Sagrado Corazón. El edificio original, hecho de toub (barro), ya no servía, porque era poco práctico, difícil de mantener, complicado de renovar, sin comodidades, las habitaciones eran pequeñas, faltaba ventilación y luz, los baños eran exteriores… por lo que fue demolido:). La construcción ofrecerá la independencia necesaria a mujeres procedentes de horizontes muy diferentes, con una autonomía ciertamente grande pero también con un proyecto de misión común: una vida de oración y solidaridad entre musulmanes y cercana a los inmigrantes cristianos subsaharianos.
La obra básica ya está terminada y las obras de puesta a punto deberían estar listas a principios de otoño. Paralelamente a su búsqueda de fondos en septiembre de 2019, las Hermanas publicaron un llamamiento en el periódico católico francés La Croix para invitar a laicas y religiosas deseosas de vivir al menos durante un año en fraternidad. “Algunas querían venir a vernos pero la pandemia del Covid-19 ha impedido cualquier viaje en los últimos meses. ¡Pero el llamamiento sigue en pie!”, asegura Martine que, pese a todo, no pierde el ánimo.
Hay santas y santos a quienes todo el mundo cree conocer, por el mero hecho de haber leído alguna frase o de haber escuchado contar ciertos episodios de su vida. Ocurre, por ejemplo, con santa Teresa y su célebre adagio: “Entre los pucheros anda el Señor”; o con san Francisco de Asís, que se revolcó desnudo en la nieve para luchar contra la carne y sus tentaciones. El día que nos aventuramos a acercarnos de verdad a estos personajes descubrimos que no sabíamos casi nada, aparte de esos clichés que circulan en las tradiciones y en las redes.
Con Carlos de Foucauld sucede algo muy parecido. Su nombre evoca inmediatamente la oración de abandono, la imagen del desierto y la vaga idea de una conversión tumbativa precedida por una juventud tumultuosa. Ahora que el papa Francisco ha decidido canonizarle, quince años después de que fuese beatificado en 2005, puede ser una buena oportunidad para profundizar en la vida y en el mensaje de este nuevo santo. Recordemos que una canonización no es una condecoración póstuma que coloca en los altares a un creyente extraordinario, sino una humilde señal en la que toda la Iglesia está invitada a leer algún rasgo particular de Cristo y del Evangelio.
Vínculos familiares
Varón, francés, huérfano, aristócrata, militar, explorador, trapense, ermitaño, sacerdote, lingüista, misionero, hermano universal… Cada una de estas dimensiones dejará sus huellas en la personalidad y en la santidad de Carlos de Foucauld, nacido en Estrasburgo (Francia) en 1858 y asesinado en Tamanrasset (Argelia) en 1916. A los seis años, él y su hermana Mimí se encuentran huérfanos de padre y madre, y son educados con gran cariño por sus abuelos maternos. Carlos mantendrá, a lo largo de toda su vida, un vínculo muy estrecho con su familia, manifestado en una amplísima correspondencia.
Después de haber perdido la fe durante la adolescencia y de ser expulsado del liceo de los jesuitas, se embarca en una carrera militar de la que muy pronto se aburre. Lleva una vida de cierto desenfreno durante un corto período de tiempo, aprovechando la herencia de una inmensa fortuna. Sin embargo, su espíritu curioso y aventurero le incita a realizar un viaje de exploración en Marruecos, cuyos brillantes resultados le valdrán a su regreso el más alto reconocimiento de la comunidad científica.
La fe de los musulmanes que conoce durante este viaje le interpela profundamente. De vuelta en París, el testimonio de ciertas personas inteligentes y espirituales, especialmente su prima Marie de Bondy, le mueve a acercarse a la Iglesia y a murmurar en lo profundo de su corazón: “Dios mío, si existes, haz que te conozca”. La relación con el padre Huvelin, que se convertirá en su acompañante espiritual hasta la muerte de este, tendrá un peso fundamental en su conversión y en su decisión de entregarse completamente a Dios.
El itinerario interior de Carlos de Foucauld atraviesa parajes muy diversos, pero se dirige siempre en la misma dirección: Jesús de Nazaret, a quien Carlos desea ardientemente imitar, primero de forma literal (en la pobreza radical de la Trapa o como criado de las clarisas en Tierra Santa) y después de maneras cada vez más encarnadas, sencillamente como “hermano” entre los tuaregs y los militares franceses en Argelia. Seducido por el misterio de la vida oculta de Jesús en Nazaret, Carlos se dejará conducir al desierto del Sáhara, no para aislarse del mundo, sino para compartir con los últimos el tesoro que ha transformado su existencia
Mayor utilidad
El hermano Carlos descubre una razón fundamental para “salir” de sus proyectos de vida eremítica: la “mayor utilidad” a los demás. “Me quedaré, o iré acá o allá, según sea más útil a las almas”, dirá en 1903. Por ello, si en Beni Abbés acoge en la fraternidad a todo el que llega, en las etapas siguientes, y hasta el final de sus días, será él mismo quien se ponga en marcha hacia el encuentro del otro. Este deseo de llegar a los que están más lejos es el motivo que le impulsa a la construcción de la ermita del Asekrem, razón por la cual afirmará en 1910: “Mis ermitas se multiplican. Este año he tenido que agrandar la de Tamanrasset y construir una nueva en el Asekrem, en plena montaña; esta última era indispensable para entrar en contacto con las tribus que no veo jamás en Tamanraset”.
Tomando por modelo el misterio de la Visitación, Carlos de Foucauld permanece en el desierto pero va más allá del desierto, por su deseo de ser “hermano universal” y por el “apostolado de la bondad” vivido cotidianamente en el contacto con una cultura y con una religión muy diferentes de las suyas. De esta forma, se convierte sin saberlo en precursor de la nueva evangelización, marcada por la salida hacia las periferias, el compromiso de todos los bautizados, el carácter sinodal, el diálogo interreligioso y el testimonio de vida.
“Lo que haría más falta aquí –decía Carlos de Foucauld en 1908–, más que misioneros empeñados en seguir sus métodos ordinarios, sería mucha gente valiente, buenos cristianos de todas las profesiones, que entraran en contacto estrecho con los indígenas por los mil actos de la vida cotidiana”. Allí donde se han derrumbado los grandes discursos, el mundo espera creyentes audaces, dispuestos a entrar en todos los contextos para anunciar por medio de la vida diaria la alegría del Evangelio, con la mirada fija en Jesús. Eso es, seguramente, “lo que haría más falta aquí”, y la figura de este nuevo santo podrá servir de inspiración a toda la Iglesia.
La esperábamos desde hace años. Ésta es la noticia: Hoy, 26 de mayo de 2020, el Santo Padre Francisco autorizó la promulgación del decreto relativo al milagro atribuido a la intercesión del beato Charles de Foucauld, sacerdote diocesano.
Eso significa que ya podemos decir: Charles de Foucauld, Santo.
Lo esperábamos, por lo que este reconocimiento significa para él, por lo que significa para su familia espiritual, para cuantos en Charles de Foucauld –en Carlos de Jesús- han encontrado una forma de vida, un ejemplo de búsqueda en el camino de la fe, un modo de entrega a Jesús por quien finalmente Charles fue encontrado.
Personalmente, lo esperaba por lo que Charles de Foucauld representa para la Iglesia que peregrina en el norte de África, Iglesia tantas veces señalada desde la arrogancia como insignificante, como incapaz de “alargar sus tiendas” para cobijar nuevos hijos, como Iglesia muda, como pobre Iglesia indigna de cualquier reconocimiento.
Charles de Foucauld iba delante de nosotros. En el corazón –en el suyo y en los nuestros-, los mismos huéspedes: la Trinidad Santa, Jesús el Señor, y un mundo de hermanos, una multitud de la que eran y son parte esencial los musulmanes. En la mente, las mismas preocupaciones, porque a nadie falte libertad, alegría y pan.
Hoy es un día de fiesta para el hermano Carlos, para su muy numerosa familia espiritual, para la Iglesia que sirve a Dios y a los pobres en el norte de África, y para mí que he tenido la dicha de compartir con esa Iglesia inquietudes, trabajos, esperanzas y gozos.
Hoy quiero encerrar en un abrazo a cuantos, mujeres y hombres, llevan asociado a su nombre ese apellido espiritual que es “de Jesús”.
Y con todos ellos quiero soñar para mañana un mundo que sea finalmente y dichosamente “de Jesús”.
Con fecha de 27 de mayo nos llega la noticia de que el beato Charles de Foucauld será canonizado santo. La canonización es el acto mediante el cual la Iglesia católica, tanto en su rito oriental como en el occidental, declara como santa a una persona fallecida. El milagro aprobado por el Papa, antes por la comisión teológica y previamente por unanimidad por la comisión médica de la Causa de los Santos, es la supervivencia casi sin secuelas de un joven carpintero francés que cayó 15 metros desde un andamio en una iglesia, pese a sus heridas graves.Sucedió cien años después de morir el beato, el 30 de noviembre de 2016 en Saumur (Francia), en la iglesia de Saint-Louis. Han tenido que pasar 104 años después de su asesinato en Tamanrasset (Sahara argelino) gracias al impulso del papa Francisco. Han pasado quince años desde su beatificación en Roma, el 13 de noviembre de 2005, cuando el papa Benedicto XVI, hablando en francés, dio gracias a Dios por el testimonio del padre de Foucauld diciendo que «a través de su vida contemplativa escondida en Nazaret encontró la verdad de la humanidad de Jesús, invitándonos a contemplar el misterio de la Encarnación. Descubrió que Jesús, vino pora unirse a nosotros en nuestra humanidad, invitándonos a la fraternidad universal, viviendo mas tarde en el Sahara, dándonos ejemplo del amor a Cristo». «Como sacerdote –continuó diciendo-, puso a la Eucaristía y el Evangelio en el centro de su existencia».
¿Cómo ha sido este proceso?
El 1 de diciembre de 1916 Foucauld está solo en la ermita; unos cuarenta senusitas llegan silenciosamente; alguien que el conoce anuncia falsamente el correo. Foucauld abre la puerta, lo atrapan, lo tiran delante de la puerta de la ermita; se pone de rodillas y calla; le ordenan poner los brazos detrás de la espalda y se los atan a los tobillos; le interrogan, dice solamente en árabe: «Voy a morir»;. Lo confían al cuidado de un muchacho de quince años y saquean la ermita. Alguien grita: vienen dos soldados. Les disparan. El muchacho nervioso dispara sobre Foucauld; la bala entra por detrás de la oreja y sale por el ojo izquierdo. El drama dura un cuarto de hora.
Foucauld quería ser enterrado donde muriese, pero los Padres Blancos trasladan sus restos a los pies de la Basílica que tienen en El Golea (Argelia). Tan solo el corazón de Foucauld permanece en Tamanrasset.
El proceso comenzó el año 1925 en diez diócesis, Argel, París, Viviers, Périgueux, etc., en donde había testigos de su vida, en lo que se llama el “proceso requisitorio”. Mientras se iba reuniendo, clasificando y descifrando todo lo que el hermano Carlos escribió.
Diez años, entre 1930 y 1940, tardaron las Hermanas Blancas de Argel para mecanografiar todo el material, ya que de trabajos científicos había 539 folios; escritos espirituales 7.624 folios; de correspondencia 6.417 folios. En total 14.580 folios. Todo este material, recogido en tres volúmenes, junto con las Actas de los diferentes Procedimientos, llegó a Roma en 1946.
Diez años más tarde, a causa de la guerra de Argelia, el papa Pío XII pidió parar el proceso, que no se reabrirá de nuevo hasta marzo de 1967. El Concilio Vaticano II, que fue inaugurado por el papa Juan XXIII el 11 de octubre de 1962, dio un nuevo aliento a esta causa, pues sin mencionarlo directamente Carlos de Foucauld estuvo en un primer plano. Si bien su nombre no sale en ningún documento, muchos obispos, las comunidades de base que surgían por todas partes y el movimiento “Por una Iglesia servidora y pobre” liderada por el padre Paul Goutier en Nazaret, hicieron que el proceso avanzara. Fue en este contexto que el padre Congar dijo a los padres conciliares: “Teresa de Lisieux y Carlos de Foucauld son dos faros que Dios ha puesto en nuestro camino”.
Fue el año1979 cuando la Congregación para la causa de los santos pidió una positio documentada, es decir, una relación, con documentación de apoyo, sobre las cuestiones más delicadas.
¿Cuáles eran?
Primera cuestión: Carlos de Foucauld, que vivió con una mujer cuando tuvo una vida disoluta, ¿tuvo descendencia? Pregunta difícil y delicada que el presidente de la asociación Amitiés Charles de Foucauld, el General de Suremain, antiguo especialista en informes militares, durante tres años de búsqueda intentó esclarecer. La señora que vivió con Foucauld, conocida por el nombre de Mimí, era de Pont-à-Mousson y había sido bailarina. El General de Suremain investigó en los archivos de la ópera de París. Investigó en un grupo de bailarinas que venían, invitadas por Foucauld, a sus bulliciosas fiestas. En ningún caso el General encontró rastro de Mimí ni de cualquier otra bailarina que hubiese frecuentado al joven oficial.
Segunda cuestión: La Congregación quería saber la razón de que durante toda su vida, incluso cuando dejó el mundo, había estado tan unido a su familia. Y en concreto, ¿cuál fue su relación con su prima Maria de Bondy? ¿No había una historia amorosa entre ellos? Se demostró que fue una relación de un profundo respeto. Fueron sus directores espirituales quienes le animaron a mantener estos lazos con su familia, que no le desprotegieron de bienes, lo que fue útil para la abadía de la Trapa.
Tercera cuestión: Las autoridades vaticanas querían saber cual era la situación de la compra que Foucauld hizo de la Montaña de las Bienaventuranzas, pues había un litigio con los franciscanos, que finalmente se hicieron con el lugar. La Postulación pudo demostrar que la persona que actuaba en nombre de Foucauld no ganó dinero en esta gestión y que la familia no pudo recuperar el dinero adelantado.
Cuarta cuestión: Roma quería asegurarse de la estabilidad de su vocación. ¿Cómo explicar que quisiera ser trapista, ermitaño y después misionero? La Postulación ha podido demostrar que era una misma vocación en búsqueda y que se pudo realizar.
Quinta cuestión: ¿Cuáles fueron sus relaciones con los militares franceses, pues algunos lo presentan como espía del ejército francés? La Postulación pudo probar que si estaba próximo a los soldados franceses era porque se sentía responsable de estos y deseaba que tuviesen un comportamiento impecable. En relación a los informes, estos no eran de índole militar ya que llegaban, dadas las distancias, por lo menos dos días después de que los hechos se produjesen..
Sexta cuestión: ¿Porqué fue tan virulento contra Alemania? ¿Porqué tanta pasión-odio, en una persona tan afable? La Postulación demostró que no atacaba a los alemanes, sino a la civilización prusiana profundamente anticatólica. Si hablaba de “cruzada”, palabra nada pacífica, era para defender la civilización cristiana contra el paganismo alemán y contra la idea de una “raza fuerte”. Foucauld pensaba sinceramente que un pueblo que hace la guerra a Francia es hostil a la Iglesia y a la libertad.
Séptima cuestión: ¿Era antisemita cuando describe a los judíos como “sucios, avaros y tramposos”? Esto lo hizo haciendo una descripción, en unas circunstancias concretas, en su viaje a Marruecos, pero se sabe que pronto tuvo amigos judíos.
Todas estas preguntas llevaron mucho tiempo y a partir de 1990 el equipo de Postulación nada más estaba compuesto por cinco o seis personas, auténticos militantes foucouldianos que trabajaban junto a Mons. Bouvier. Pierre Sourisseau, el Secretario, el General de Suremain, el hermano de Jesús Antoine Chatelard en Tamanrasset, Maurice Serpette, y Louis Kergoat, se sintieron a veces un poco solos cuando se tenía que proseguir las investigaciones Además, tuvieron que defender ideas o calumnias contra Foucauld, como la del escritor Jean-Edern Hallier, que ha escrito una biografía novelada y provocadora de Carlos de Foucauld, L’Evangile du fou (El Evangelio del loco), donde le acusa de pederastia al estar siempre rodeado de niños; o bien responder adecuadamente a Jean-Marie Muller, miembro fundador del “Movimiento por una alternativa no-violenta”, que acusa a Foucauld, llevado de una ideología rigorista, en primer lugar de colonialista y después de nacionalista recalcitrante por defender la guerra, aunque sea justa, pues, según este autor del libro Charles de Foucauld, hermano universal o monje-soldado, ante la guerra nada más vale un absoluto anatema. ¿Qué responder? ¿Cómo probarlo? Estas cuestiones son las que hicieron retardar la causa de beatificación y que de una manera clara y honesta se responden en el libro escrito por el postulador de la causa Pierre Sourisseau y Jean François Six, El Testamento de Carlos de Foucauld, publicado en la Editorial San Pablo el año 2005.
¿Cual es la propuesta de Foucauld hoy?
Foucauld no propone al final de su vida una orden religiosa más, sino “un movimiento evangelizador universal”, “queserá una revolución en la Iglesia en tanto que comunidad evangélica y evangelizadora, una comunidad nómada en tanto que sus miembros están dispersos pero que no actúan de una manera dispersa: están reunidos en la Comunión de los santos”. ¡Hoy Foucauld tiene una gran familia de un hombre que murió solitario! En 1955 la Association Famille Spirituelle Charles de Foucauld contaba con ocho grupos o fraternidades (hermanitos, hermanitas, fraternidad secular, sacerdotes, etc…), pero hoy son más de veinte sus grupos o movimientos asociados en diversos países, con más de 13.000 miembros.¡Y la familia de los y las que encuentran en Carlos de Foucauld un inspirador para su vida!
Actuando de qué manera?
Por el testimonio personal y comunitario, y practicando el apostolado de la bondad. En un mundo lleno de palabras, frecuentemente engañosas, tenemos necesidad de testimonios de vida auténticos. Tenemos necesidad de silencio adorarador y compromiso por la justicia. La novedad del mensaje de Foucauld es conjugar bien estas tres dimensiones que vivió Jesús: Nazaret, Desierto y Palestina, pero siempre anclados en Nazaret, vida humilde y pobre, utilizando siempre medios pobres.
En una palabra
Si tuviéramos que decir en pocas palabras la relevancia de Foucauld, diríamos que ha sido un hombre que siguiendo a su querido Señor Jesús, s’ha hundido en el corazón de la Misión de l’Iglesia, ha sabido captar la paciencia de Dios en la realización de sus planes, y, en medio de un mundo que no conoce a Jesús, a querido ser un Evangelio viviente, encarnándose plenamente en su ambiente, interesándose por el progreso humano y practicando el apostolado de la bondad.