
Queridos hermanos y
hermanas: En el momento en que os dirijo esta primera carta pastoral, un año después de mi llegada como
obispo entre vosotros, acabamos de vivir la visita del Santo Padre a nuestro país. Ha sido para todos un
momento de gracia. A través de sus palabras, sus gestos y sus encuentros, hemos recibido una luz para nuestro
camino y una llamada a profundizar nuestra vocación en esta tierra del Sahara argelino. Entre las muchas
imágenes que nos dejó, una me impresionó particularmente: comparó la presencia de la Iglesia en Argelia con un
grano de incienso, pequeño y casi invisible, pero que al consumirse difunde un perfume que eleva los corazones
hacia Dios.
I. Una tierra habitada por una riqueza profunda El Santo Padre contempló Argelia no como un observador
exterior, sino como un hermano que viene a encontrarse con un pueblo. Reconoció en él valores profundamente
humanos: amistad, confianza, solidaridad y fraternidad. Subrayó también el lugar central de la fe en Dios en la
sociedad argelina, una fe que sostiene los corazones y da sentido a la vida. Argelia aparece además como un
puente entre culturas, religiones y pueblos, llamada a favorecer el diálogo y el respeto mutuo.
II. El desierto: escuela de verdad y fraternidad El desierto no es solamente una realidad geográfica; es una
verdadera escuela espiritual. Nos enseña nuestra fragilidad y nos recuerda que necesitamos a los demás y a
Dios. En el desierto se aprende la sobriedad, la paciencia y la solidaridad concreta. También nos invita al silencio
interior y a una relación más verdadera con Dios. El Sahara no debe convertirse jamás en un lugar donde se
apague la esperanza de quienes lo atraviesan buscando un futuro mejor.
III. Charles de Foucauld: una presencia vivida en el corazón del desierto Charles de Foucauld eligió vivir en esta
tierra con humildad y sencillez. No vino con ambiciones humanas, sino para compartir la vida de los demás y
permanecer en presencia de Dios. Su oración impregnaba toda su existencia y le llevaba a una cercanía fraterna
con todos. Su testimonio nos recuerda que la fecundidad cristiana no depende del éxito visible, sino de la
fidelidad cotidiana y del amor vivido discretamente.
IV. Como un grano de incienso: nuestra vocación hoy Ser como un grano de incienso significa aceptar una
presencia humilde y discreta. Aunque seamos pocos y poco visibles, estamos llamados a difundir el perfume del
Evangelio mediante la fraternidad, la oración y el servicio. Nuestra vida puede convertirse en un signo de
esperanza: – mediante relaciones sencillas y verdaderas; – mediante la acogida y el respeto; – mediante la
perseverancia en la oración; – mediante la atención a los más frágiles. Una comunidad pequeña, pero fiel, puede
convertirse en una presencia que consuela, une y abre caminos de paz.
Conclusión En el desierto aprendemos que nada es posible sin los demás y nada es duradero sin Dios. Siguiendo
el ejemplo de Charles de Foucauld y de tantos testigos del Sahara argelino, estamos llamados a vivir una
presencia humilde, fraterna y profundamente arraigada en Dios. Que nuestra vida pueda difundir silenciosamente
“el buen olor de Cristo” allí donde estamos. Ghardaïa, 16 de mayo de 2026
@ Diego Sarrió Cucarella Obispo de Laghouat-Ghardaïa
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