Del 6 al 21 de mayo de 2025, 34 delegados de fraternidades de 21 países de África, América, Asia y Europa se reunieron en la Residencia de Ancianos Monseñor Aguirre, cerca de Buenos Aires, donde se celebró la XII Asamblea General de nuestra Asociación. El tema fue: SACERDOTES DE IESUS CARITAS, TESTIGOS Y FORJADORES DE LA FRATERNIDAD SACERDOTAL Y UNIVERSAL.
GRACIAS
Ante todo, queremos agradecer a nuestros hermanos y hermanas argentinos su cálida bienvenida y su interés en acercarnos a la cultura de su país. No olvidaremos la velada cultural, el paseo por el Delta del Río Paraná, la visita al centro de Buenos Aires y el Santuario de Nuestra Señora de Luján. También queremos expresar nuestra gratitud a las diversas parroquias que nos recibieron el domingo 11 de mayo con gran fe, amor y ternura, al obispo Guillermo Caride de San Isidro, quien nos visitó, y a los miembros de nuestra familia espiritual que vinieron a compartir sus experiencias.
Sentimos una gratitud similar hacia los hermanos que nos iluminaron con sus presentaciones sobre la realidad de la Iglesia argentina, sobre el pontificado del Papa Francisco y sobre la Fraternidad en el Nuevo Testamento, en la encíclica Fratelli Tutti, y en la vida y apostolado de San Carlos de Foucauld. (Los textos de las conferencias están disponibles en el sitio web iesuscaritas.org. Un agradecimiento especial al equipo internacional saliente: Eric LOZADA, Fernando TAPIA, Honoré SAWADOGO, Tony LLANES y Matthias KEIL, por su cercanía y servicio a los hermanos durante estos seis años y por la excelente organización de esta Asamblea.
UN MUNDO HERIDO
En un mundo herido por divisiones, polarizaciones, ambiciones de poder y guerras, el mensaje de Jesús de Nazaret sobre la Fraternidad Universal es más necesario que nunca. Así lo entendió el Papa Francisco, como lo demuestran claramente sus palabras y acciones. Por ello, sentimos un fuerte llamado a ser testigos y artífices de la fraternidad, tanto en nuestros presbiterios como en las sociedades y culturas donde cada uno de nosotros está presente: queremos estar más cerca de los pobres, ponernos a su servicio, así como de los migrantes, los marginados o incluso las víctimas de abusos de todo tipo. Sabemos que todas estas personas son a menudo las primeras en sufrir la falta de fraternidad.
LA HERMANDAD ES POSIBLE
La fraternidad es posible. Esto es lo que experimentamos en esta Asamblea, a pesar de la diversidad de idiomas, culturas y experiencias pastorales. Cada día estuvo marcado por la oración comunitaria de Laudes, la Adoración y la celebración de la Eucaristía, lo que nos permitió vivir estos días en un ambiente de escucha atenta, comprensión, alegría, acogida y diálogo. Así, pudimos compartir nuestras historias personales, reflexionar sobre los temas tratados, escuchar atentamente los informes presentados y trabajar en nuestros Estatutos y Directorio.
NUESTRAS FRATERNIDADES
Los informes que hemos recibido nos muestran que, en varios países de Europa y América, nuestras fraternidades están envejeciendo. Esto no ocurre en África y Asia. Por lo tanto, debemos brindar mayor apoyo espiritual y financiero a las fraternidades de estos dos continentes. En los países de Europa y América, debemos renovar nuestros esfuerzos para dar a conocer a San Carlos de Foucauld en nuestros presbiterios e invitar a sacerdotes, diáconos y seminaristas a unirse a nuestra Fraternidad. Por lo tanto, sentimos un fuerte llamado a fundar nuevas fraternidades y a despertar a las que han quedado dormidas.
Para lograrlo, necesitamos mucha creatividad y una mayor fidelidad al carisma del Hermano Carlos, así como a los medios de crecimiento espiritual disponibles en nuestra Fraternidad. Nuestro testimonio de una vida sencilla, fraterna y alegre, comprometida con los pobres, que nace de nuestra estrecha relación con Jesús resucitado, será siempre la mejor manera de atraer nuevos miembros a nuestra Fraternidad. Estamos convencidos de que la espiritualidad del Hermano Carlos, centrada en el Evangelio y la Eucaristía, tanto a través de la celebración como de la adoración, ofrece una gran promesa para el futuro.
LA ELECCIÓN DE LEÓN XIV
Durante nuestra Asamblea, se celebró en Roma el cónclave que eligió al nuevo sucesor de Pedro, el Papa León XIV. Lejos de distraernos, su elección nos confirmó en los caminos por los que el Espíritu Santo guía a su Iglesia: un renovado impulso misionero, un compromiso cada vez mayor con la justicia y la paz, y una mayor participación de todos los bautizados en la vida de la Iglesia. Creemos que la fraternidad se expresa en la forma sinodal de vivir nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia, y por ello nos sentimos llamados a promover este estilo eclesial en nuestras parroquias, comunidades cristianas, movimientos y otros entornos pastorales en los que ejercemos nuestro ministerio.
VERSIÓN ACTUALIZADA DE NUESTROS ESTATUTOS SOCIALES Y NUESTRA DIRECTIVA
Durante esta Asamblea, hemos dedicado mucho tiempo a actualizar nuestros Estatutos y Directorio para el desarrollo de nuestras fraternidades en todo el mundo. Hemos aportado valiosas perspectivas y contribuciones, y finalmente los hemos aprobado. Se presentarán a la Congregación para el Clero y posteriormente serán difundidos y estudiados por nuestros hermanos en los distintos países donde operamos. Estos documentos nos ayudarán a adquirir una identidad más clara y a dar mayor relevancia al testimonio y los escritos del Hermano Charles.
ENCUENTRO DE LOS JÓVENES SACERDOTES DE NUESTRA FRATERNIDAD
En nuestra Asamblea, hemos experimentado la riqueza de la diversidad cultural y pastoral. Esperamos que los jóvenes sacerdotes de nuestra Asociación (menores de 45 años) tengan una experiencia similar que los inspire aún más a seguir a nuestro amado Hermano y Señor Jesús, siguiendo los pasos de San Carlos de Foucauld. Encomendamos la organización de este encuentro al nuevo equipo internacional, con el apoyo espiritual y económico de todas nuestras Fraternidades.
NUEVO EQUIPO INTERNACIONAL
En la Asamblea, elegimos a nuestro hermano Carlos Roberto dos SANTOS (Brasil) como nuevo Gerente Internacional, quien, a su vez, formó su equipo: Roberto (Tino) FERRARI (Argentina), Mark MERTES (EE. UU.), Boris SCHÜSSEL (Suiza) y Louis Edmond ESSEYI A GNADAM (Camerún). También le encargó a Eric LOZADA (Filipinas) ser su delegado para Asia y a Yves de MALLMANN (Francia) encargarse de la gestión del Archivo. Les agradecemos a todos por aceptar este servicio. Les ofrecemos nuestro apoyo fraternal y pedimos al Señor Jesús que los sostenga con su gracia y a Nuestra Señora de Luján que los proteja.
Eric LOZADA Delegados a la XII Asamblea General de la Fraternidad Sacerdotal IESUS CARITAS.
Buenos Aires, 20 de mayo de 2025. Esta carta se puede encontrar en iesuscaritas.org
«Este acto delictivo es totalmente contrario a los valores humanos e islámicos», señala UCIDANLas
El arzobispo Gil Tamayo RD/Captura
«Queremos subrayar que este acto delictivo es totalmente contrario a los valores humanos e islámicos, así como a los principios de respeto mutuo entre religiones. Reafirmamos que se trata de un hecho aislado que en absoluto representa a la comunidad musulmana en Andalucía»
Instamos a las autoridades competentes a que se apliquen las medidas legales correspondientes contra el autor, y a que se sigan promoviendo iniciativas de diálogo y respeto que garanticen la cohesión social»
La UCIDAN ha enviado otra carta al arzobispo de Granada, José María Gil Tamayo, en donde afirma que «deseamos expresar a Usted y, a través suyo, a toda la comunidad católica de Granada nuestra plena solidaridad en estos momentos difíciles»
En nombre de La Unión de Comunidades Islámicas de Andalucía (UCIDAN) ha expresado su «más enérgica condena ante el grave incidente ocurrido en la pedanía de El Pozuelo – Albuñol (Granada) donde un individuo provocó un incendio en la iglesia local, causando importantes daños materiales», según un comunicado hecho público este 17 de agosto.
«Queremos subrayar que este acto delictivo es totalmente contrario a los valores humanos e islámicos, así como a los principios de respeto mutuo entre religiones. Reafirmamos que se trata de un hecho aislado que en absoluto representa a la comunidad musulmana en Andalucía, cuya vida cotidiana se desarrolla en un marco de convivencia y paz», señala el comunicado, en alusión a los hechos protagonizados por un joven, de unos 20 años, de nacionalidad marroquí y previsiblemente con las facultades mentales dañadas, que se había encerrado y prendido fuego a la iglesia de la citada localidad andaluza.
Marruecos muestra su «rotunda condena» por el incendio de la iglesia de El Pozuelo
Destrozos en la iglesia Diócesis de Granada
«La historia de Marruecos, marcada por siglos de convivencia interreligiosa, ha cimentado una cultura de convivencia tolerante y pacífica durante siglos, que dista de estos comportamientos violentos»
«Marruecos es un país que aboga por la convivencia, la paz y el diálogo entre las diferentes religiones y culturas». La cónsul general de Marruecos en Almería, Soumia Fathi Ceneral, ha enviado una carta al arzobispo de Granada, José María Gil Tamayo, en el que expresa «nuestra rotunda condena por el incendio provocado este domingo, por un individuo de nacionalidad marroquí en la Iglesia de El Pozuelo».
Al tiempo, la representante del reino hachemita busca transmitir «nuestra solidaridad con la comunidad católica en estos momentos tristes». «Desde este Consulado General, expresamos nuestro rechazo a la violencia y a este grave acto, que no representa los valores de la comunidad marroquí y musulmana residente en España», añade Fathi Ceneral.
«La historia de Marruecos, marcada por siglos de convivencia interreligiosa, ha cimentado una cultura de convivencia tolerante y pacífica durante siglos, que dista de estos comportamientos violentos», señala el escrito, que concluye reiterando «nuestra entera disposición para colaborar con el Arzobispado de Granada, con el objetivo de reforzar la convivencia, el respeto y la armonía entre las diferentes comunidades religiosas».
Carta de la cónsul general de Marruecos a Gil Tamayo
En muchos de los mensajes que recibimos el año pasado se comparaba la muerte del hermano Roger con las de Martin Luther King, Monseñor Romero o Gandhi. Con todo, no se puede negar que hubo una diferencia. Estos últimos se encontraban involucrados en un combate de origen político, ideológico, y fueron asesinados por sus adversarios, que no podían soportar sus opiniones ni su influencia.
Algunos dirán que es inútil buscar una explicación al asesinato del hermano Roger. El mal frustra siempre toda explicación. Un justo del Antiguo Testamento decía que lo odiaban «sin razón», y San Juan puso semejante afirmación en boca de Jesús: «Me odiaron sin causa».
Sin embargo, tratando al hermano Roger, hay un aspecto de su personalidad que me llamó siempre la atención, y me pregunto si ello no explica por qué fue agredido. El hermano Roger era un inocente. No porque no hubiera faltas en él. El inocente es alguien para quien las cosas son más evidentes e inmediatas que para los demás. Para el inocente la verdad es evidente. No depende de razonamientos. El hermano Roger la «veía», por así decirlo, y le costaba darse cuenta de que otros tuvieran una manera más laboriosa de ver las cosas. Para él, lo que él decía era simple y claro, y se asombraba de que otros no lo percibieran así. Se comprende fácilmente que, a menudo, el hermano Roger se encontrara desarmado o se sintiera vulnerable. No obstante, su inocencia, en general, no tenía nada de ingenuo. Para él, lo real no tiene la misma opacidad que para el resto. Él «veía a través».
Tomaré el ejemplo de la unidad de los cristianos. Para el hermano Roger era evidente que si esta unidad era querida por Cristo, tenía que poder ser vivida sin demora. Los argumentos que se le oponían tuvieron que parecerle artificiales. Para él, la unidad de los cristianos era ante todo una cuestión de reconciliación. Y en el fondo tenía razón, ya que nosotros, por el contrario, muy pocas veces nos preguntamos si estamos dispuestos a pagar el precio de la unidad. Una reconciliación que no nos afectara en nuestra propia carne, ¿merece llevar tal nombre?
Decían de él que no tenía un pensamiento teológico. Pero, ¿acaso no veía él mucho más claro que aquellos que decían eso? Los cristianos, desde hace siglos, han tenido la necesidad de justificar sus divisiones aumentando artificialmente lo que les oponía. Sin darse cuenta entraron en un proceso de rivalidad y la evidencia de dicho fenómeno se les ha ido de las manos. No han podido «ver a través». La unidad les parecía imposible.
El hermano Roger era un hombre realista. Tenía en cuenta aquello que quedaría irrealizable, sobre todo desde el punto de vista institucional. Pero él no podía detenerse en ello. Esa inocencia le daba una fuerza persuasiva muy particular, una especie de dulzura que no se daba nunca por vencida. Hasta el fin, vio la unidad de los cristianos como una cuestión de reconciliación. Y la reconciliación es un camino que cada cristiano puede hacer. Si todos lo realizaran de verdad, la unidad estaría muy cerca.
Había otro aspecto de esa manera de ver del hermano Roger en el cual se podía palpar todavía mejor su personalidad en toda su radicalidad: todo aquello que podía sembrar una duda sobre el amor de Dios le era insoportable. Aquí tocamos el tema de la comprensión inmediata de las cosas de Dios. No era un rechazo a reflexionar, sino que sentía muy fuerte en sí mismo que un cierto lenguaje que se considera correcto, por ejemplo sobre el amor de Dios, podría, en realidad, oscurecer lo que personas no prevenidas esperaban de este amor.
Si el hermano Roger insistió tanto sobre la bondad profunda de cada ser humano, habría que verlo con la misma óptica. No se hacía ilusiones acerca del mal. Por naturaleza, era más bien vulnerable. Pero tenía la certeza de que si Dios ama y perdona, significa que rechaza volver sobre el mal. Todo perdón verdadero despierta el fondo del corazón humano, este fondo que está hecho para la bondad.
Esta insistencia sobre la bondad impresionaba a Paul Ricoeur. Nos dijo un día en Taizé que era ahí donde él veía el sentido de la religión: «Liberar el fondo de bondad de los hombres, ir allí donde está totalmente oculta». En el pasado, algunas predicaciones cristianas recalcaban constantemente que la naturaleza humana era fundamentalmente mala. Se hacía para garantizar la pura gratuidad del perdón. Pero dicha prédica llevó a que mucha gente se alejara de la fe, incluso si escuchaban hablar del amor, tenían la impresión de que ese amor tenía reservas y que el perdón que se anunciaba no era total.
Lo más precioso de la herencia del hermano Roger se encuentra, quizás ahí: ese sentido del amor y del perdón, dos realidades que eran evidentes para él y que captaba con una inmediatez que, a menudo, se nos escapaba. En este campo era verdaderamente el inocente, siempre sencillo, desarmado, leyendo en el corazón de los demás, capaz de una extrema confianza. Su bellísima mirada lo transparentaba. Si él se sentía tan a gusto con los niños, era porque ellos vivían las cosas con la misma inmediatez; ellos no pueden protegerse ni pueden creer en algo que es complicado; sus corazones van directo hacia lo que les conmueve.
La duda no estaba jamás ausente en el hermano Roger. Por eso le gustaba tanto la frase: «¡No dejes que me hablen mis tinieblas!» Porque las tinieblas son las insinuaciones de la duda. Pero esta duda no tapaba la evidencia con la que él sentía el amor de Dios. Quizás, la duda, reclamaba un lenguaje que no dejase convivir ninguna ambigüedad. La evidencia de la que hablo no se sitúa a nivel intelectual, sino más profundamente, a nivel del corazón. Y, como todo lo que no puede ser protegido por fuertes razonamientos o certezas bien construidas, esta evidencia era necesariamente frágil.
En los evangelios, la simplicidad de Jesús incomoda. Algunos de los que le escuchaban se sentían cuestionados. Era como si los pensamientos de sus corazones hubieran sido develados. El lenguaje claro de Jesús y su manera de leer los corazones constituía, para ellos, una amenaza. Un hombre que no se deja atrapar por los conflictos aparece como peligroso para algunos. Este hombre fascina, pero la fascinación puede volverse fácilmente hostilidad.
El hermano Roger fascinó ciertamente por su inocencia, por su percepción de inmediatez, por su mirada. Creo que él vio en los ojos de algunos que la fascinación podía transformarse en desconfianza o en agresividad. Para alguien que lleva sobre sí mismo conflictos irresolubles, su inocencia debió volverse insoportable. No bastaba con insultar a este inocente. Hacia falta eliminarlo. El doctor Bernard de Senarclens escribió: «Si la luz es demasiado viva, y pienso que la que emanaba el hermano Roger podía encandilar, no siempre es fácil soportarla. Entonces no queda otra solución que apagar esa fuente luminosa suprimiéndola.»
Quise escribir esta reflexión porque me permite sacar a la luz un aspecto de la unidad de la vida del hermano Roger. Su muerte ha sellado misteriosamente lo que él siempre fue. Porque no lo mataron por una causa que él defendía. Lo mataron por lo que era.
En la nueva guerra fría que estamos viviendo y ante la amenaza de que se repitan Hiroshima y Nagasaki, las religiones, todas al unísono, tanto en su carácter institucional como en sus miembros y sus dirigentes, no pueden limitarse a pedir que no se utilicen las armas nucleares. Deben condenar la acción genocida de los Estados Unidos, reclamarle arrepentimiento y reparación
Foto archivo de la explosión de la bomba atómica tras caer sobre la ciudad japonesa de Hiroshima (Japón) el 6 de agosto de 1945. EFE/Peace Memorial Museum
Los días 6 y 9 de agosto de 1945 Estados Unidos lanzó dos bombas atómicas contra las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki respectivamente en un acto genocida escrupulosamente programado y moralmente reprobable, que redujo a ambas ciudades a cenizas, causó la muerte de más de 200.000 personas, dejó profundas cicatrices no solo en Japón sino en toda la humanidad y dio lugar al nacimiento de la era nuclear, una era de consecuencias imprevisibles para la humanidad y el planeta. Robert Oppenheimer, el padre de la bomba atómica, consciente del monstruo que había creado, recordó la afirmación de la Bhagavad-Gita, que se aplicó a sí mismo: “Me he convertido en la muerte, el destructor de los mundos”.
Ota Yoko, quizá la más prominente escritora japonesa de la llamada “literatura de la bomba atómica”, escribió en los meses de agosto a noviembre del mismo año Ciudad de cadáveres, referida a Hiroshima, su ciudad. Es uno de los relatos más impactantes sobre la explosión cuyo valor destaca por ser la autora víctima y observadora y por describir tanto el bombardeo atómico sobre Hiroshima como la magnitud del trauma provocado por el genocidio.
El libro no pudo publicarse hasta tres años después, y lo hizo bajo la censura del Código de Prensa impuesto por el Mando Supremo de las Potencias Aliadas (GHQ en inglés) y el consentimiento de la autora. En 1950 se publicó la versión íntegra. Dentro de la producción relacionada con la literatura de la bomba atómica, Ciudad de cadáveres es considerada “la obra más excepcional porque está escrita con un fuerte sentido de la vida y de la alegría por vivir a pesar de estar contemplando fijamente la muerte” (Koichiro Tanabe). Este año la editorial Satori ha publicado por primera vez el libro en castellano con un prólogo muy iluminador de Patricia Hiramatsu en torno a la “literatura de la bomba atómica”, la compleja biografía de la autora, el proceso de redacción y el desarrollo de la obra.
También es muy abundante la literatura sobre el segundo bombardeo atómico provocado el 9 de agosto de 1945 también por Estados Unidos contra la ciudad de Nagasaki, que visité hace unos meses en plenos preparativos del 80 aniversario. El recorrido por los lugares de la explosión, la visita al Ayuntamiento, la recepción del alcalde y la escucha de los testimonios de algunos sobrevivientes me sobrecogieron y me llevaron derechamente a un acto espontáneo de compasión con las víctimas no como simple sentir pena o lástima por lo sucedido, sino como una experiencia de identificación con el sufrimiento de las 74.000 personas muertas y el trauma de los supervivientes, como denuncia de sus autores, los dirigentes políticos y militares de Estados Unidos por tan execrable barbarie, y como exigencia de reparación de tal barbarie y de no repetición.
Quiero sumarme a los actos conmemorativos que se han celebrado estos días como motivo del 80 aniversario. Y lo hago a través de este decálogo en el que deseo comprometer a las religiones en la lucha por la paz, basada en la justicia, y en la destrucción de las armas nucleares.
1. Durante mis largos años de estudio de la historia de las religiones he podido comprobar que existe una falta de sintonía entre los mensajes de paz que predican las religiones y algunas de sus manifestaciones más violentas. Históricamente estas han atizado y siguen atizando no pocos conflictos bélicos a partir de los textos “sagrados”, que, leídos de manera fundamentalista, incitan a la violencia incluso en nombre de Dios. Pero las religiones pueden jugar también un importante papel en la construcción de una cultura de paz a partir de la activación de aquellos textos que llaman a la utopía de una sociedad pacífica y pacificadora. En esa dirección avanzan actualmente numerosos colectivos religiosos implicados en la resolución pacífica de los conflictos bélicos.
2. Es necesario pasar de las guerras de religiones al diálogo interreligioso, intercultural, interétnico e interplanetario, como condición necesaria para la paz entre las religiones y la paz en el mundo. De lo contrario serán cómplices de la extensión de la violencia en el mundo.
3. Hago mía la afirmación del filósofo y teólogo catalán intercultural Raimon Panikkar (1918-2010), que transitó armónicamente por los caminos del cristianismo, el budismo, el hinduismo y la secularización en plena armonía y sin ninguna contradicción: “Sin diálogo el ser humano se asfixia y las religiones se anquilosan”.
4. El diálogo interreligioso debe tener como resultado una ética mundial de la paz consensuada con estas propuestas: el trabajo por la no violencia activa y el respeto por la vida; la defensa de la naturaleza sometida a explotación por el actual modelo de desarrollo científico-técnico; la opción por los sectores, los pueblos y los continentes oprimidos, cuya vida ven amenazada a diario; la apuesta por una cultura de la solidaridad, que no deje a nadie atrás; la promoción de una cultura de la igualdad y la justicia de género, frente a la cultura patriarcal hoy imperante en todas las sociedades.
5. El mundo gasta hoy en armamento y en las guerras dos billones cuatrocientas mil millones de dólares. Las religiones, junto con otros actores en favor de la paz, deben denunciar dicho gasto y exigir a los gobiernos que lo destinen a la educación, la sanidad y la alimentación de los 750 millones de personas pobres y hambrientas que hay en el mundo.
6. El 1% de la población mundial tiene el 99% de las riquezas de toda la humanidad. El diálogo de culturas y el encuentro de religiones serán estériles si no van acompañados de una alianza en la lucha contra la pobreza, el hambre y las brechas de la desigualdad, cada vez más profundas, y en la condena del neoliberalismo, que, como afirma el Papa Francisco, es injusto en su raíz, genera tamañas desigualdades en el mundo entre el Norte global y el Sur global y “mata” realmente, no de manera metafórica.
7. Siguiendo el ejemplo de Francisco de Asís, Mahatma Gandhi, Martin Luther King y otros líderes religiosos, las religiones están llamadas a desterrar la violencia en todas sus formas, en su organización, en sus textos fundacionales, en sus códigos jurídicos, en sus discursos y en el estilo de vida de sus seguidores y seguidoras, y a fomentar la fraternidad-sororidad entre sus miembros y en la sociedad.
8. Nuestra sociedad vive inmersa en todo tipo de excesos y desmesuras: en el consumo, que desemboca en consumismo; en la múltiple discriminación de las mujeres por clase social, cultura, género, identidad sexual, religión, etnia, que desemboca en feminicidios; en el uso de la violencia, que desemboca en constantes guerras en las que los pueblos ponen siempre los muertos; en el odio contra las personas y los colectivos diferentes, que desemboca en racismo, xenofobia y aporofobia; en el maltrato a la naturaleza convertida en un basurero, que desemboca en ecocidio; en el abusivo ejercicio del poder, que desemboca en dictaduras y autoritarismos, etc.
Para evitar dichos excesos, las religiones deben contribuir a buscar la justa medida y seguir el camino medio, la moderación, el autocontrol, el equilibrio, la corresponsabilidad, la razón cordial, la compasión y la ética del cuidado.
9. En plena crisis de las religiones y en la era de la inteligencia artificial, de la tecnocracia, del transhumanismo, del supremacismo, del necrocapitalismo, es necesario recuperar la espiritualidad, que es una de las dimensiones fundamentales del ser humano, más allá de las creencias o increencias religiosas. La espiritualidad es el espacio verde de las culturas, de las religiones y de los pueblos, el lugar de la paz interior y exterior, y una de las mejores reservas de la humanidad que es necesario poner en valor y activar.
El diálogo entre espiritualidades y religiones deja sin efecto la justificación de la teoría de la “guerra justa”, desactiva las guerras de religiones y apuesta por la paz justa, inseparable de la justicia, como afirman dos textos de la Biblia hebrea: “la justicia y la paz se besan” (Salmo 85, 10); “el fruto de la justicia será la paz, la justicia traerá calma y seguridad perpetua” (Isaías, 32,17). Israel, depositario y heredero de estos mensajes, no solo los ha olvidado, sino que va en dirección contraria con el genocidio y el hambre como arma de guerra contra la población de Gaza.
La Eucaristía se vive y se extiende más allá del templo. Se proyecta en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se prolonga en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas, presentes y futuras de creyentes y no creyentes.
Fernando Bermúdez López
Esta reflexión es fruto de ocho días de silencio, meditación y contemplación en torno a «La Misa sobre el mundo» de Teilhard de Chardin, jesuita, doctor en Ciencias Naturales, filósofo, místico y poeta, científico y pensador. Teilhard había vivido de lleno los horrores de la primera guerra mundial, trabajando de camillero, recogiendo heridos, prestándoles los primeros auxilios físicos y espirituales y conduciéndolos al hospital de campaña.
En 1923 se encontraba en el desierto de Gobi entre China y Mongolia. En medio de su trabajo como paleontólogo, en un arrebato místico, redacta el texto “La Misa sobre el Mundo”. Deseaba celebrar la Eucaristía. No tiene ni pan ni vino. No tiene altar ni mesa. Sentado en una roca celebra la eucaristía sobre el mundo. Ofrece como víctima, en el altar de la tierra entera, el trabajo y el dolor de toda la humanidad.
Contempla en su imaginación la hostia consagrada como una presencia que se extiende y se adentra en toda la creación. El mundo se convierte en una gran hostia. Teilhard sentía que todo se transforma en el cuerpo y sangre de Cristo.
La Misa sobre el mundo es una Eucaristía cósmica. Es la celebración que se extiende más allá del templo. Se proyecta en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se prolonga en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas, presentes y futuras de creyentes y no creyentes, como señala mi amigo Juan Fernández de la Gala. Toda la Naturaleza, todo el universo es templo de Dios, un templo inmensamente más bello que las artísticas catedrales y basílicas que los hombres puedan construir. El corazón de la naturaleza es el templo de Dios.
“Y vio Dios que todo los que había hecho era bueno” (Gn 1,31). Todo fue creado por él con sabiduría infinita. De ahí, el canto y el encanto y el agradecimiento de todo cuanto existe. Seres humanos y animales del campo, aves y peces, plantas, árboles y flores, montañas y nubes, ríos, lagos y mares. Toda la creación canta a su Creador. “Laudato si”, entonaba el papa Francisco.
Canta de día el hermano sol y de noche la hermana luna. Y todas las estrellas, galaxias y planetas del universo lanzan sin fin cánticos de alabanza al Creador, Espíritu eterno que todo lo recrea. La belleza de infinidad de estrellas flotando en el universo refleja la presencia de Dios. El cosmos no es polvo de elementos inconscientes sino algo profundamente vivo y dinámico. Tiene alma. En él late la eternidad de Dios, la plenitud del Amor, reflejado en el Cristo cósmico. “En el principio era el Verbo… Todo se hizo por él” (Jn1,1-2) y es la plenitud de todo lo creado. En su muerte en la cruz da sentido al sufrimiento y muerte de todos los seres de la creación y en su resurrección los resucita a una nueva vida (Rm 8, 20-23).
Cuando Jesús dice: “Tomad, amigos míos, esta es mi carne, esta es mi sangre. Comed y bebed”. Este pedazo de pan es el cuerpo de todo el universo. “Si Cristo es el cuerpo de Dios, el pan que ofrece es también el cuerpo del cosmos. Mira profundamente y descubrirás en la luz del sol el pan. Verás en el pan el cielo azul, en las nubes, en los árboles, en las montañas verás el pan. En el acto eucarístico hay una divinización del universo entero. El universo se hace carne y sangre de Cristo”.
“El Universo, inmensa Hostia, se ha convertido misteriosa y realmente en el cuerpo de Cristo. Todo lo que existe se ha encarnado en Dios”. Teilhard de Chardin consideraba a Dios como el infinito inabarcable, pero al mismo tiempo tan cercano como un Padre y Madre. Los seres humanos y toda la creación vivimos en el medio divino sostenido por el Amor, que es el Alfa y Omega del universo, el Cristo cósmico, encarnado en la creación entera. Cristo está enraizado en el mundo hasta el corazón del átomo más pequeño.
La Eucaristía trasciende el rito y la liturgia. “La Eucaristía es, sobre todo, la existencia en comunión con el cosmos, celebrada sobre el altar del mundo, porque la Hostia es semejante a un hogar encendido desde donde se irradia y propaga la llama divina”. Participamos de una gran Eucaristía cósmica, que culminará en cada uno de nosotros cuando, en el Punto Omega de nuestra historia individual, nos acerquemos a la comunión definitiva. Una comunión cósmica que atraviesa la evolución de la humanidad y el sentido del tiempo y se abre a la esperanza escatológica.
La Eucaristía contiene una dimensión profundamente comunitaria. Es comunión con los hermanos y hermanas. En toda celebración eucarística sobre el mundo nunca estamos solos aunque físicamente lo estemos. Porque al faltar la presencia física de la comunidad, nos abrimos a toda la humanidad y a todo lo creado. Es una comunión cósmica.
“En el contexto de un mundo en guerra contra la vida, necesitamos más que nunca la sabiduría y la mística de comunión que abraza la materia en su más profunda hondura y se compromete con ella para poner en el centro la Vida, con toda su plenitud y su misterio”, señala la teóloga Pepa Torres.
La custodia que contiene el cuerpo de Cristo es el Universo y dentro de éste, la humanidad sufriente. Cristo está enraizado en el mundo hasta el corazón del átomo más pequeño y, sobre todo, en el ser humano más excluido y olvidado. Es por eso que cuando contemplamos la sagrada Hostia en una resplandeciente custodia de oro, podemos sentir que Cristo nos dice: Sacadme de aquí. Este no es mi lugar. Yo estoy en los pobres, en los niños hambrientos, en los migrantes y refugiados, en las víctimas de las guerras y en los que luchan por una nueva humanidad de justicia, paz y fraternidad. Ahí es donde yo estoy.
Hoy, en la Eucaristía sobre el mundo, contemplamos el cuerpo y sangre de Cristo, no en una custodia dorada como un sol radiante, sino entre escombros y llantos en la asolada Gaza. Es ahí donde encontramos el cuerpo del Cristo, mutilado, ensangrentado, hambriento y asesinado. Yo me pregunto si los cristianos logramos descubrir la presencia real de Cristo en esta realidad.
La “Misa sobre el mundo” de Teilhard de Chardin me enseña que la celebración de la Eucaristía no es un acto cultual sino una realidad permanente que se vive interiormente en la vida. La Eucaristía no se oye. “Oír misa”, dicen algunos. La Eucaristía se vive. Abarca toda la actividad del día y hasta el descanso. Aquel gesto histórico-teológico de Jesús de Nazaret en la noche de jueves santo, hoy es una realidad vivencial mística y cósmica. En esa Cena se concentra y revela el contenido salvador de toda su existencia: su amor y fidelidad al proyecto de Dios Padre y su compasión y amor hacia todos los seres humanos, abriéndose a toda la Creación.
Sentado a la sombra de la higuera o de la morera del huerto percibo en silencio, en profundo silencio, que no hay palabras para describir la presencia eterna de Cristo dándonos el pan y el vino para compartirlo en comunión con los pobres de este mundo. Y nos dice: «Haced esto en memoria mía». Hacer memoria de Cristo Jesús consiste en adentrarse en sus sentimientos más profundos, en una memoria permanente, no como recuerdo sino como presencia y compromiso.
No necesitamos cálices ni copones, ni incienso, ni agua bendita, ni velas, ni ropajes romanos. Es una predisposición del alma que abraza el pasado, el presente y el futuro con todas nuestras debilidades y nuestras luchas por un mundo nuevo, en el seguimiento de Jesús. La Eucaristía es una presencia existencial que abarca toda la vida y traspasa la inmensidad del universo. Todo cuanto existe evoluciona hacia el Punto Omega, plenitud del reino eterno de Dios.
Esta es la Eucaristía sobre el mundo. La única. No hay muchas misas. Es una sola, la de Cristo. Todo bautizado, esté donde esté, puede adentrarse y vivir la Eucaristía sobre el mundo. El cuerpo y sangre de Cristo están encarnados en la humanidad. Toda nuestra vida es una Eucaristía en la medida que somos uno con Cristo, glorificando a Dios.
Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre y Madre creador del Universo, en unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria.
Pablo, en un éxtasis de acción de gracias y de adoración, exclama: “De Cristo, por Él y para Él existe todo. A Él la gloria eterna” (Rm 11,36).
En la Eucaristía percibo que Dios todo lo hace nuevo y encuentra sentido el sufrimiento humano. La sangre de Cristo es la sangre de las víctimas inocentes y de los mártires. La muerte de todos aquellos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia cayeron víctimas de la injusticia o soñando en un mundo más justo y fraterno, encuentra sentido en la muerte de Cristo Jesús. Su resurrección es la resurrección de la humanidad, la resurrección de la verdad, de la vida y del amor.
En medio de los ruidos de este mundo neocapitalista que ahogan el espíritu, en medio de las ambiciones de poder y de riqueza, en medio de las guerras y genocidios y de la deshumanización en la que vivimos, escuchamos en el silencio del alma el himno de la creación. Entrar en la naturaleza y sentirse parte del universo es entrar en el templo de Dios y en este templo percibimos que la última palabra sobre este mundo no la tiene la muerte sino el Dios de la vida. Esta vivencia es el sostén de nuestra esperanza. Y desde esta experiencia esperanzadora percibimos a cada criatura cantando el himno de su existencia.
Todo canta al Espíritu Creador. Canta a Dios la vida de la naturaleza, el silencio del desierto y la música del viento. Descubrimos su presencia en el canto de la fuente que brota al pie de la montaña y en el río que discurre por la vega buscando el mar. Descubrimos su presencia en los pájaros que saltan entre las ramas de los árboles, mirlos, gorriones y ruiseñores. Y en todos los animales de la tierra. También en las culebras que salen de entre los cañaverales del río. Todos los seres viven y quieren vivir y viviendo cantan al Creador.
Y sobre todo, descubrimos a Dios en la humanidad sufriente, en los niños y niñas bombardeados en Gaza y en las madres palestinas abrazando a sus hijos muertos, ametrallados y en todos los hambrientos de la tierra. Descubrimos a Dios en los migrantes y refugiados que abandonan su tierra en busca de una vida digna, arriesgando sus vidas atravesando desiertos y metidos en cayucos donde muchos mueren ahogados en el mar. ”Fui forastero y me acogisteis”, dice Dios. Proclamamos con el arzobispo emérito de Tánger, Santiago Agrelo, que los que llaman a nuestras puertas no son extraños, son hermanos, son Cristo Jesús, quien dijo que lo que se haga con uno de ellos con él se hace (Mt 25, 31 y ss). Por eso nos duele y no nos deja indiferentes los discursos de odio de aquellos políticos de la ultraderecha criminalizando a los llaman a nuestras puertas.
Descubrimos al Dios Padre y Madre de misericordia, ofreciendo perdón a los que reconocen sus pecados y debilidades y se comprometen por un cambio personal y estructural.
Dios se nos hace presente en todo. En el silencio, lejos de los ruidos, escuchamos y saboreamos los cánticos del universo y la presencia resucitada del Cristo cósmico, sentido de la historia humana y plenitud de la creación.
Toda la creación, con todos los seres humanos, estamos en el corazón de Dios. En él vivimos, nos movemos y existimos. Su presencia nos envuelve, encendiendo en nosotros un estado permanente y profundo de adoración y acción de gracias. Así vivimos la Eucaristía cósmica.
El discurso del Cardenal Prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso en el congreso internacional «Caminos de Paz. Religiones y culturas en diálogo» en la Universidad Católica de Temuco.
Vatican News
«Las religiones y las culturas desempeñan indudablemente un papel polifacético y preeminente en la construcción de caminos de paz», promoviendo y facilitando «el diálogo y la cooperación entre personas de diferentes religiones y culturas», con el fin de «construir un mundo más justo, humano, fraterno y pacífico». Así lo ha subrayado el Cardenal George Jacob Koovakad, Prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, en su intervención hoy, miércoles 13 de agosto, en el Congreso Internacional «Caminos de Paz. Religiones y Culturas en Diálogo» que se celebra en Temuco, Chile, organizado por la Universidad Católica local.
El papel de los Papas y sus llamamientos a la reconciliación
Recordando que «construir y promover la paz en todas partes es un aspecto central de la misión de la Iglesia», el cardenal destacó su labor a través del «diálogo y la cooperación entre religiones y culturas».
A continuación, hizo hincapié en tres aspectos: en primer lugar, el papel del Papa como «constructor de puentes», ya que «a lo largo de la historia, los Papas han subrayado constantemente la importancia del respeto mutuo, la comprensión, el diálogo y la coexistencia pacífica entre todos los pueblos». Y desde principios del siglo XX, también han desempeñado «un papel fundamental en la resolución de conflictos, llamando a la moderación y al cese de las hostilidades, apoyando las negociaciones y proponiendo planes de paz tras los conflictos y las guerras».
En este sentido, el cardenal citó los numerosos llamamientos a la reconciliación lanzados por los Pontífices a lo largo de los años, junto con la publicación de varios «importantes documentos y mensajes destinados a promover la paz».
El compromiso diplomático de la Santa Sede
En segundo lugar, el cardenal Koovakad subrayó el compromiso diplomático de la Santa Sede «por la paz, la justicia y el desarrollo», destacando cómo -especialmente en el periodo actual- ha «planteado cuestiones que van desde los derechos humanos al desarme» y se ha erigido en un «actor significativo», elogiado «por su imparcialidad y atención a las cuestiones humanitarias». Y es que, subrayó el cardenal, «la diplomacia de la Santa Sede es una diplomacia de paz».
Como tercer y último punto, el Prefecto del Dicasterio vaticano se detuvo en la promoción del diálogo interreligioso e intercultural por la paz: «La Santa Sede -dijo- está segura de que en el mundo de hoy, caracterizado por un creciente pluralismo religioso y cultural, el diálogo con las religiones y las culturas es fundamental para promover la comprensión, el respeto de la diversidad, la construcción de puentes y la paz en la sociedad». Esto, explicó, se consigue de varias maneras: animando, guiando y ayudando a las Iglesias locales en la promoción del diálogo interreligioso; organizando encuentros interreligiosos; facilitando la formación de quienes podrían implicarse en este campo; acogiendo y dialogando con delegaciones de diferentes grupos religiosos; iniciando un diálogo bilateral, en particular con los musulmanes; y enviando mensajes a diversos grupos religiosos en festividades y ocasiones significativas.
La tarea del Dicasterio para la Cultura y la Educación
También es central la promoción del diálogo interreligioso «en un espíritu ecuménico de unidad y colaboración», junto con la facilitación y promoción de la colaboración entre diferentes culturas, «para favorecer la comprensión mutua y contribuir a la construcción de un mundo más inclusivo y armonioso». Una tarea, ésta, llevada a cabo específicamente por el Dicasterio para la Cultura y la Educación.
El Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral
En la misma línea, Koovakad recordó también el compromiso del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, que «interactúa con todos los actores de la sociedad para defender y promover los derechos humanos, la libertad religiosa y la justicia, en particular el bienestar de los migrantes, los marginados, los vulnerables» y la salvaguarda de la creación. De esta reflexión se desprende, por tanto, que «es responsabilidad compartida de todos promover una cultura de paz y trabajar por la paz en el mundo», concluyó el cardenal, exhortando finalmente a creyentes y no creyentes a responder a la invitación de León XIV de alcanzar la paz «mediante la reflexión y la praxis inspiradas en la dignidad de la persona y el bien común».
En septiembre de 1939 estalla la Segunda Guerra mundial. Sangre, muerte, destrucción, crueldad, odio, bestialidad e infamia sin fin. Los nazis, llenos de soberbia, invaden Polonia. En pocas semanas, el ejercito y toda la nación polaca sufren la humillación de la derrota. Quedan completamente subyugados. Pocos días después, llega la Wermach, o ejercito de ocupación, que sin miramiento alguno comete todo tipo de tropelía, saqueos y vandalismos en la ciudad mariana: destrozan imágenes, encienden fogatas con ornamentos sagrados, retiran y se llevan una buena parte de la maquinaria tipográfica. El P. Kolbe, el fundador, esta presente ante esos destrozos sacrílegos. No se deja dominar por el odio ni grita venganza. Solo reza, llora y consuela… Pese al clima de odio al enemigo, el perdona como Cristo en la Cruz; el ama a todos: «¡Animo muchachos, la Inmaculada nos lo dio. La Inmaculada nos lo quito. Ella bien sabe como están las cosas!». El 19 de septiembre se presento en Niepokalanow la Wermacht alemana con gritos: «Todos fuera!.. ¡Todos en marcha!.. Todos los frailes fueron acorralados en el patio, encolumnados y cargados en camiones rumbo al occidente. Pasaron de un campo de concentración a otro: de Lamsdorf a Amtitz, de aquí a Ostrzeszow. Aun no se había llegado a los horrores posteriores de los campos de concentración; sin embargo, no faltaban los sufrimientos. Había de sobra dolor para poner a prueba hasta a los mas fuertes: abusos, prepotencia, desprecio, violencia, repugnante suciedad, hambre, frío, promiscuidad, piojos. Pese a todo, había algo de libertad que permitía a los frailes tener vida común, instalar una imagen en la repisa de un galpón, rezar y cantar juntos, hacer su retiro espiritual. El 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada, luego de tres meses de encierro, fueron inexplicablemente liberados. Era un regalo de la Virgen. Pero triste espectáculo les brindo Niepokalanow al regresar. Primeramente, los bombardeos y los saqueos habían destrozado la mística ciudad. Ahora, todo se hallaba ocupado por los deportados y desbandados. Sin embargo, no hubo desmayo, sino que en seguida se organizo la vida religiosa con tandas continuadas de Adoración ante el Santísimo. De inmediato, la numerosa comunidad tuvo que enfrentar no tanto los problemas culturales de las revistas y ediciones, cuanto los mas prosaicos y graves de la subsistencia: comida, ropa, remedios, Para resolverlos, como también para salir al encuentro de las necesidades del pueblo de los alrededores, se abrieron talleres de herrería, carpintería, mecánica, servicios automovilísticos, y también una lechería. Ocasionalmente tuvieron que prestar servicios también a las autoridades de ocupación. Niepokalanow brindo su asistencia a varios miles de pobres desheredados, entre los cuales había un millar de judíos, marcados por los nazis con una estrella amarilla sobre el pecho. El P. Maximiliano había impartido a sus frailes estas pautas de conducta: la caridad ha de estar abierta a todos sin discriminación; sus únicos limites han de ser los de las posibilidades, que, gracias a su gran espíritu de sacrificio, llegaban a los extremos de la misma generosidad. El P. Kolbe se las arregló para enviar mensajes a los hermanos dispersos: «Trabajemos en la acción misionera. Conquistemos para la Inmaculada otros corazones. Recemos mucho por la venida del reino. Ofrezcámosle nuestros sufrimientos. Nuestra consigna sea ésta: que la Inmaculada esté contenta de nosotros. Vivamos de amor. Comuniquemos a los otros fuego de amor» La Navidad de 1939 es Navidad de guerra: nuevos aprestos bélicos en el frente ruso, carecen los alimentos y la calefacción, aumenta el miedo, las persecuciones y arrestos… ¿Quien se acuerda de celebrar Navidad? -El P. Maximiliano. Organiza una fiestecita infantil para los muchos niños alojados en Niepokalanow: teatrillo, cantos, modestas golosinas, para devolver a los niños un poco de alegría y hacer brillar de nostalgia los ojos de las madres. El P. Kolbe esta en la lista negra de la Policía Secreta. ¿Por que? El Padre Kolbe es el superior de Niepokalanow, cuyas actividades marianas tienen tanta influencia en toda Polonia. Los nazis quieren destruir esa influencia y a la vez quieren vengarse de que de esos talleres salía «El Pequeño Diario» cuya predica patriota y católica tanto los había enfurecido. Peor mas aun, el P. Kolbe por su sacerdocio, cultura y posición era dirigente notable. En el programa de ocupación estaba previsto el exterminio de los intelectuales y dirigentes. Además, en Niepokalanow se brindaba asilo a los judíos. A los ojos antisemitas de los nazis, eso era un delito que merecía el castigo de los campos de concentración. El P. Maximiliano presentía que vendrían para apresarlo pero seguía firme en compromisos. Estaba convencido de que su vida estaba en manos de Dios y que la Inmaculada velaba por todos. Seguía trabajando por la difusión de sus ideales marianos. Deseaba reeditar «El Caballero de la Inmaculada» para llevar autentica esperanza y paz a ciento de miles de hogares en tiempo de tanto dolor y confusión. Finalmente, en diciembre del 1940, luego de infinitas gestiones con los ocupantes invasores, pudo editar el ultimo numero, en el cual brillaba la belleza del amor mariano. Un día de febrero del 1941 por la mañana dos autos negros de la Gestapo se paran ante Niepokalanow. Los policías piden hablar con el P. Kolbe, quien al saber su llegada contesta con temblor al hermano portero: «¡Bien, bien, hijo mío!¡María!». Reúnen a todos los frailes en el patio, mientras tanto ellos inspeccionan bruscamente todo el convento. Hacia mediodía, el Padre Maximiliano y otros cinco padres son obligados a introducirse en los autos. Parten para un viaje sin retorno. El P. Maximiliano inicia su vía crucis sereno y tranquilo, como siempre. Dejó su querida Niepokalanow, su predilecta ciudad mariana, para no volver mas. Para todo polaco, el «Pawiak» es el nombre de la terrible cárcel de Varsovia, que «hace helar la sangre». Ahí ingreso el 17 de febrero de 1941 el P. Maximiliano Kolbe. El campo de concentración de Auschwitz es llamado por los polacos: «campo de la muerte», porque en sus campos, bloques y sótanos, han perecido miserable y trágicamente, mas de cinco millones de personas. Levantado sobre los escombros de unos cuarteles y granjas, esta situado en la Polonia meridional, en una zona pantanosa, insalubre, para que no hubiese testigos indiscretos de esa fabrica de muerte. Rodeado por altas alambradas electrizadas y de torres de control. Allí toda crueldad e infamia, toda bestialidad y aberración, toda atrocidad y todos los horrores se habían dado cita para transformarlo en un verdadero infierno. Continuas muertes por enfermedades y por inanición, frío, fatigas agotadoras, escorbuto, disentería, traumas e infecciones. El pelotón de fusilamiento acribillaba a docenas a la vez contra un paredón forrado de caucho, para atenuar el ruido del disparo. En la plaza de armas cinco personas subían a la banqueta. El verdugo les colocaba el lazo al cuello. Con una patada a la banqueta quedaban las víctimas suspendidas. Auschwitz se había hecho famoso por la instalación de la primera cámara de gas. Lo que mas se temía no eran las balas, ni las horcas, ni las cámaras de gas, sino los sótanos de la muerte, o «Bunker», de la lenta agonía, del martirio enloquecedor del hambre y de la sed. En Auschwitz murieron millones de católicos y también, como es sabido, millones de judíos. El objetivo mas profundo de Hitler en sus masacres es poco conocido. El hecho es que el odiaba la revelación divina confiada a Israel y también a Jesucristo, particularmente a la Iglesia Católica. Entra en Auschwitz el P. Maximiliano la tarde del 28 de mayo de 1941 con un transporte de otros 320 presos. Sobre el portón de entrada había un letrero en alemán: «El trabajo libera». Era una mentira mas. En realidad, al entrar los prisioneros, se les decía que los judíos tenían el derecho de vivir dos semanas y los sacerdotes católicos un mes. Apenas llegan agotados, se pasa lista. Cada preso ha de pasar debajo de una doble fila de sayones, los que armados de látigos y bastones, se divierten sádicamente, golpeándolos o haciéndoles zancadillas, que obligan los presos a saltos, manotazos, morisquetas y terribles crispaciones. Todo esto provocaba en los verdugos burlas y risotadas. Maximilano siempre iba al final de la línea de la enfermería a pesar de la severa tuberculosis que padecía. La mañana del 29 de mayo despertó a los 320 con un deshumanizante programa. Desnudados, fueron sometidos a una ducha colectiva de violentos chorros de agua fría. Después golpeados y escarnecidos obscenamente por sus desnudeces, fueron revestidos de raídas casacas, muchas de ellas aun manchadas de sangre. Cada casaca lleva un numero. Desde ahora en adelante, cada preso no será mas que un numero. El del Padre Maximiliano María Kolbe era el 16670. Mas tarde, todo el grupo salió a la plaza de armas, para la asignación a las brigadas de trabajo o bloques. El P. Kolbe en seguida fue ocupado como peón en el acarreo de cantos rodados y arena para la construcción de un muro alrededor del horno crematorio. El P. Kolbe consolaba a sus compañeros y decía » todo lo que sufrimos, es por la Inmaculada». Un día, después de una tremenda paliza dada por el cabo que estaba a cargo, y que lo había dejado mas muerto que vivo, el P. Kolbe fue internado en el hospital, atacado de neumonía, con fiebre altísima y con el rostro estriado de moretones. «Con su conducta ante el sufrimiento, asombraba a médicos y enfermeros. Soportaba el dolor virilmente y con completa resignación a la voluntad de Dios, solía repetir: «Por Jesús soy capaz de padecer aun mas. La Inmaculada esta conmigo y me ayuda». El bloque 14 había salido para la cosecha de unas parcelas de trigo. Aprovechando algún descuido de los guardias, un preso se fugó. Por la tarde, al pasar lista, se descubrió el hecho. El terror congeló los corazones de aquellos hombres. Todos sabían la terrible amenaza del jefe: «Por cada evadido, 10 de sus compañeros de trabajo, escogidos al azar, serian condenados a morir de hambre en el bunker o sótano de la muerte. A todos aterrorizaba el lento martirio del cuerpo, la tortura del hambre, la agonía de la sed. Al día siguiente, los otros bloques siguen sus faenas diarias. Los del bloque 14 han de quedar en posición de atención en la explanada bajo el sol calcinante de verano, sin comer ni beber. Tres horas pasan como la eternidad. El P. Maximiliano, el de los pulmones agujereados por la tisis, el que acaba de salir del hospital, siempre débil y enfermizo, resiste de pie, no desmaya ni cae. El solía repetir: «En la Inmaculada todo lo puedo». A las 21 horas se distribuyo la comida. Pero no para el bloque 14. Estos pobres observaron como sus raciones eran tiradas de las ollas al desagüe. Al romper filas todos van a catres sabiendo que al día siguiente diez de entre ellos serian escogidos para el bunker de la muerte. Ya había ocurrido en dos ocasiones. Al día siguiente, a las 18 horas, Fritsch, el comandante del campo, se planta de brazos cruzados ante sus víctimas. Un silencio de tumba sobre la inmensa explanada, atestada de presos sucios y macilentos. «El fugitivo no ha sido hallado… Diez de ustedes serán condenados al bunker de la muerte… La próxima vez serán veinte». Con total desprecio a la vida humana, los condenados son escogidos al azar. ¡Este!… ¡Aquel!… grita el comandante. El ayudante Palitsch marca los números de los condenados en su agenda. Aterrorizado, cada condenado sale de las filas, sabiendo que es el final. ¡Adiós, adiós , mi pobre esposa!.. ¡Adiós , mis hijitos, hijitos huérfanos! dice sollozando el sargento Francisco Gajownieczek. Las palabras del sargento sin duda tocan el corazón de muchos presos, pero en el corazón del padre Kolbe hacen mas. Mientras los diez condenados responden al grito: «¡Quítense los zapatos!», porque deben ir descalzos al lugar del suplicio; de improviso ocurre lo que nadie podía imaginarse. He aquí los testimonio de los que estaban presente: «Después de la selección de los diez presos atestigua el Dr. Niceto F. Wlodarski, el P. Maximiliano salió de las filas y quitándose la gorra, se puso en actitud de ¡firme! ante el comandante. Este sorprendido, dirigiéndose al Padre, dijo: «Que quiere este cerdo polaco?». «El P. Maximiliano, apuntando la mano hacia F. Gajownieczek, ya seleccionado para la muerte, contesto: «Soy sacerdote católico polaco; soy anciano; quiero tomar su lugar, porque el tiene esposa e hijos…». «El comandante maravillado, pareció no hallar fuerza de hablar. Después de un momento, con un gesto de la mano, pronunciando la palabra ¡Raus! ¡Fuera!…, ordeno a Gajowniczek que regresara a su fila. De este modo, el P. Maximiliano María Kolbe tomo el lugar del condenado». «Parece increíble que el comandante Frisch haya borrado de la lista al sargento, y haya aceptado el ofrecimiento del P.Kolbe, y que mas bien no haya condenado a los dos al bunker de la muerte. Con un monstruo como ese, todo era posible» «Los diez pasaron ante nuestras filas», declara Fray Ladislao Swies, palotino, «y entonces observe que el Padre Kolbe seguía por ultimo, y sostenía a tientas a otro de los condenados, mas débil que el, que no era capaz de caminar con sus propias fuerzas». A la Virgen dirige su oración: «Reina mía, Señora mía, has mantenido tu palabra. ¡Es para esto que yo he nacido!». «El sacrificio del P. Kolbe, mientras provocó la consternación entre las autoridades del campo, provocó la admiración y el respeto de los presos», (Sobolewski). «En el campo casi no se notaban manifestaciones de amor al prójimo. Un preso rehusaba a otro un mendrugo de pan. En cambio, el había dado su vida por un desconocido» (Dr. Stemler) El sol se estaba hundiendo en el horizonte detrás de las tétricas alambradas. El cielo estaba tomando los colores rojos de los mártires. «Fue una magnifica puesta del sol, una puesta nunca vista», relatan los pocos supervivientes de esa tarde de fines de julio de 1941. Entre el odio brilló mas fuerte el amor que la Virgen nos concede. «No hay amor mas grande que dar la vida por un amigo» (San Jn 15:13) . Los diez condenados al hambre y la sed bajan al sótano de la muerte del que solo salen cadáveres directamente al crematorio. Bruno Borgowiec, un polaco encargado de retirar los cadáveres, dio su testimonio: «Después de haber ordenado a los pobres presos que se desnudaran completamente, los empujaron en una celda. En otras celdas vecinas ya se hallaban otros veinte de anteriores procesos. Cerrando la puerta, los guardias sarcásticamente decían: «Ahí se van a secar como cascaras». Desde ese día los infelices no tuvieron ni alimentos ni bebidas» «Diariamente, los guardias inspeccionaban y ordenaban retirar los cadáveres de las celdas. Durante estas visitas estuve siempre presente, porque debía escribir los nombres-números de los muertos, o traducir del polaco al alemán las conversaciones y los pedidos de los presos. «Desde las celdas donde estaban los infelices, se oían diariamente las oraciones recitadas en voz alta, el rosario y los cantos religiosos, a los que se asociaban los presos de las otras celdas. En los momentos de ausencia de los guardias yo bajaba al sótano para conversas y consolar a los compañeros. Loas fervorosas oraciones y cantos a la Virgen se difundían por todo el sótano. Me parecía estar en una iglesia. Comenzaba el P. Maximiliano y todos los otros respondían. A veces estaban tan sumergidos en las oraciones, que no se daban cuenta de la llegada de los guardias para la acostumbrada visita. Sólo a los gritos de estos, las voces se apagaban. «Al abrir las celdas, los pobres infelices, llorando a lágrima viva, imploraban un trozo de pan y agua, pero les era negado. Si alguno de entre los más fuertes se acercaba a la puerta, en seguida recibía de los guardias patadas al vientre, tanto que cayendo atrás sobre el cemento, moría en el acto o era fusilado. «Del martirio que han debido padecer los pobres condenados a una muerte tan atroz, da testimonio el hecho de que los cubos estaban siempre vacíos y secos. De lo cual hay que concluir que los desgraciados, a causa de la sed, tomaban la propia orina». «El P. Maximiliano se comportaba heroicamente. Nada pedía y de nada se quejaba. Daba animo a los demás. Persuadía a los presos a esperar de que el fugitivo sería hallado y ellos serían liberados. «Por su debilidad recitaba las oraciones en voz baja. Durante toda visita, cuando ya casi todos estaban echados sobre el pavimento, se veía al P. Maximiliano de pie o de rodillas en el centro, mirando con ojos serenos a los llegados. Los guardias conocían su sacrificio, sabían también que todos los que estaban con el morían inocentemente. Por esto, manifestando respeto por el P. Kolbe, decían entre si: «Este sacerdote es todo un caballero. ¡Hasta ahora no hemos visto nada semejante!». Así pasaron dos semanas, mientras tanto los presos morían uno tras otro. Al termino de la tercera semana, solo quedaban cuatro, el P. Kolbe entre ellos. A las autoridades pareció que las cosas se alargaban demasiado. La celda era necesaria para otras víctimas. «Por esto, un día, el 14 de agosto, condujeron al director de la sala de enfermos, el criminal Boch, el cual propino a cada uno una inyección endovenosa de ácido fénico. El P. Kolbe, con la plegaria en los labios, el mismo ofreció el brazo al verdugo. «Partidos los guardias con el verdugo, volví a la celda donde encontré al P. Kolbe sentado», narra Borgowiec, «recostado en la pared, con los ojos abiertos y concentrados en un punto y la cabeza reclinada hacia la izquierda (era su posición habitual). Su cuerpo limpio y luminoso. Su rostro lucia sereno y bello, radiante, mientras los demás muertos estaban tendidos sobre el pavimento, sucios y con los signos de la agonía en el rostro. «En el campo por meses se recordó el heroico acto del sacerdote. Durante cada ejecución se recordaba el nombre de Maximiliano Kolbe. «La impresión del hecho se me grabó eternamente en la memoria». La Inmaculada se lo llevó la víspera de su gran fiesta: La Asunción. Moría un santo sacerdote en Auschwitz, mártir por Dios, de la Virgen y por un padre de familia. El padre Kolbe venció al mal con el poder del amor. Murió tranquilo, rezando hasta el último momento. Según el certificado de defunción del campo, P. Maximiliano María Kolbe falleció a las 12:50 del 14 de agosto de 1941. Tenia 47 años.» El día siguiente, 15 de agosto, el cadáver del P. Kolbe fue llevado al horno crematorio. Cinco meses antes en la misma mañana del arresto, el P. Maximiliano María Kolbe así escribía en su agenda personal (02-17-1941): «La Inmaculada, que había sido todo el poema de su vida, la luz de su inteligencia y de su genio, el latido de su corazón, la llama de su apostolado, el éxtasis de su plegaria, su inspiradora y guía, su fortaleza y su sonrisa, la Reina de sus «ciudades» y la Dama de sus caballeros, en breve la vida de su vida; Ella quiso, arrebatárselo en luz de gloria entre los ángeles que festejaban su supremo triunfo». Cumplió su deseo máximo: «Concédeme alabarte, Virgen Santa, concédeme alabarte con mi sacrificio. Concédeme por ti, solo por ti, vivir, trabajar, sufrir, gastarme, morir…» San Maximiliano se encontró en medio de un gran choque espiritual en la batalla que se libra en el mundo entre la Inmaculada Virgen María y Satanás. El supo dar la talla y vencer con las armas del amor. Como respuesta a la brutalidad del trato de los guardias de la prisión, San. Maximiliano era siempre obediente, manso y lleno de perdón. Aconsejaba a todos sus compañeros de prisión a confiar en la Inmaculada: «¡Perdonen!», «Amen a sus enemigos y oren por los que os persiguen». . Es una batalla que ahora, con su ejemplo e intercesión debemos nosotros luchar. El 17 de Octubre de 1971, luego de dos milagros obtenidos gracias a su intercesión, el Padre Maximiliano Kolbe fue beatificado por el Papa Paulo VI. En su mensaje el Papa proclamó: «Maximiliano Kolbe ha sido un apóstol del culto a la Virgen, contemplada en su primer, originario y privilegiado esplendor, el de su propia definición en Lourdes: «LA INMACULADA CONCEPCION. Resulta imposible separar el nombre, la actividad, la misión del Beato Kolbe, del nombre de María Inmaculada….Ningún titubeo estorbe nuestra admiración, nuestra adhesión a esa consigna que el Beato nos deja en herencia» Un compatriota suyo, el Papa Juan Pablo II lo canonizó en 1982: Mártir de la caridad. El mismo Papa sufrió mucho en la misma guerra y Dios lo libró de la muerte para que pueda ser testigo de la victoria de la Inmaculada en San Maximiliano Kolbe.
Querido Jean-François, hoy tengo los ojos secos, pero el corazón como un manantial de acción de gracias a Dios, por todo lo que él me ha dado a través de ti. Te conocí la primera vez en la asamblea mundial de nuestra fraternidad Iesus Caritas en Poissy, en noviembre 2012. Nuestros hermanos, no sé si por error o por compasión, me eligieron responsable internacional, y yo inmediatamente pensé en ti para mi equipo, como asistente general, con Emmanuel, Mark, Félix y Mauricio. Trabajar contigo, durante casi siete años, ha sido un gran regalo de Dios. Siempre me has dado paz, y me has ayudado a amar a la fraternidad e intentar preocuparme por todos los hermanos. Tu presencia de Nazaret en las prisiones, entre los inmigrantes, en el diálogo interreligioso, en tus trabajos pastorales, ha hecho que mi Nazaret sea una realidad y no un desafío o una idea poética. Tu miopía era sólo una manera de ver con los ojos de Dios, con la mirada del corazón. Esa sonrisa es la que contagia paz, en la acogida, el saludo, el abrazo. Hemos reído también mucho juntos, y has soportado mis bromas, sin enfados. ¿Recuerdas en Bangalore que te dejamos la única alba que quedaba libre para la eucaristía? Un alba de encaje completo y transparente. Fui yo quien lo hizo a propósito, y reímos, y hasta fue divertido.
Gracias, Jean-François, por todo lo compartido en nuestros encuentros del equipo internacional, formando una fraternidad plural, cultural y étnicamente rica en humanidad, y con diversos modos de compromiso con el Evangelio y con los más pobres. A través de ti tuve el privilegio de conocer y convivir con François en Vernon, que siempre me ha reservado “la habitación del nuncio” cuando he estado allí. Un padre que cuida de sus hijos. También conocer a Jean-Louis, acogedor, fraternal, en su casa parroquial. Aprendí de él el trato cariñoso con su gente. A Michel, referente mundial de la espiritualidad de Carlos de FOUCAULD, pobre, entregado, puro evangelio en la vida oculta de sus últimos años. A ti te debo haber compartido dos veces con Jacques su sueño y su trabajo de obispo profeta, y su compromiso con los más desfavorecidos. Un regalo para este hermano tuyo que soy, aprendiendo siempre, y que celebra cada día su cumpleaños, el cumpleaños de mi vecina Julia, que ya va por noventa y dos: la vida de las personas que tengo cerca y de las que están lejos. Hay que celebrar, no lamentarse. Gracias, Jean-François, por el trabajo compartido cada año en Vernon y en mi casa de Perín, cuando nos juntábamos para estudiar los temas de fraternidad, y facilitar luego nuestros encuentros del equipo internacional. Qué maravilla celebrar en mi casa la eucaristía contigo, ahondando en nuestra amistad con Jesús, el Bien Amado del hermano Carlos, adorando, con mi perro, monaguillo silencioso… Gracias, Jean-François, por tu “manía” de incidir siempre en el mensaje de fraternidad universal de Carlos de FOUCAULD, adelantándote a la Fratelli Tutti. Esto nos ha dado a toda la fraternidad mundial una perspectiva de esperanza, frente a las muestras sociales de odio, sospecha, miedo, manipulación de las conciencias, al genocidio de Gaza y otros genocidios que no hacen ruido: cuando se mata el amor, la alegría, cuando se pretende dominar caiga quien caiga. Ese mensaje de fraternidad universal del hermano Carlos es lo que nos motiva a dejar los miedos a las personas, al futuro, y mirar a los ojos, a escuchar, tratando de comprender a hombres y mujeres que no hablan como tú, que no tienen tu
misma fe. Jean-François, tú me has ayudado a respetar a los demás, sea cual sea su pensamiento político, religioso o cultural. Todos te tendremos siempre en lo profundo del corazón: los presos, los inmigrantes, los compañeros sacerdotes a quienes has ayudado con tu acompañamiento, los cristianos y no cristianos de las parroquias donde has servido como pastor, los hermanos de nuestra fraternidad. Jean-François, puedo decir que eres un amigo del alma.
Aurelio SANZ BAEZA, fraternidad de Murcia, España Perín, 8 de agosto 2025