Ser contemplativo en una misión en Etiopía

OMPRESS-ETIOPÍA

El misionero Paul Schneider, sacerdote de Getafe, escribe de nuevo desde su misión de Lagarba en Etiopía. Próximo a cumplir ocho años desde su llegada al país, habla de la vida contemplativa y de cómo su misión es un lugar ideal para vivirla.

“Estáis, como siempre, en mis oraciones y, en mi día a día, mi mayor ofrecimiento y privilegio es la Eucaristía. La ofrezco por todos, por los de aquí y los de allí, grandes y pequeños, ricos y pobres, por los creyentes y por los que aún no conocen a Dios. Porque Jesús es nuestra única esperanza, y la oración de su esposa la Iglesia es el diálogo vivo con Él. ‘El Espíritu Santo y la Esposa dicen Maranatha – Ven, Señor Jesús’ (Ap 22, 17-21).

Si no escribo más no es porque no tenga cosas que contaros, tengo cien. Ayer despedí a mi hermana Teresa y a su marido que me estuvieron visitando unos días, y se volvían a Michigan. Los monaguillos de mi foto de perfil son sus hijos. Aunque siempre estoy enredado con varios proyectos materiales, de ayuda económica a familias o de construcción, de un tiempo para acá el Señor también está poniendo en mi corazón un mayor anhelo de intimidad con Él. En realidad nunca estamos lejos de Él, pues ‘en Él vivimos, nos movemos y existimos’ (Hch 17, 28). La conversión es un cambio de mentalidad que, si bien no te desapega de lo material, te hace tomar una postura diferente. Usas mejor la creación, tienes una sabiduría respecto a la naturaleza, muchas ansiedades remiten. Cuando Dios es lo principal, relativizas muchas cosas, como qué vas a comer o cómo vas a vestir. Tu prioridad es conocerle más, amarle de veras, hacer Su voluntad y tratar mejor a los que tienes cerca.

Hay algo en la vida de la misión aquí en África que me está llevando a considerar la vida monástica, la experiencia contemplativa. En septiembre se cumplirán 8 años de mi venida, y puede que esta consideración sea algo pasajero, o que se concrete en una forma particular en un futuro. Para este discernimiento me encomiendo a San Benito, San Bruno, Rafael Arnáiz, Carlos de Foucauld, a todos los santos, a Nuestra Señora, y a vosotros.

Allá donde estemos –hoy, ahora–, todos los cristianos estamos llamados a ser contemplativos. En Betania (cfr. Lc 10, 38) Marta hacía una labor encomiable y valiosa sirviendo a Jesús, pero su hermana María escogió la mejor parte escuchándolo, sentada a sus pies. No era monja ni nada, era una mujer del pueblo. Pero conoció a Jesús, quedó enamorada, y ya nunca dejó de seguir al Maestro. Su corazón quedó cautivado. Yo, que antes nunca había prestado especial atención a este relato del Evangelio, ahora me parece que contiene un mensaje, una indicación para mí. Me entran ganas de irme al desierto, como Antonio y los Padres de Egipto, o como Carlos de Foucauld, para vivir sólo para Él, para ser totalmente suyo, sin las distracciones del presente.

Mi bella y rústica misión de Lagarba es ideal, tiene elementos de vida ermitaña, sin duda, pero a veces me parece que me he aclimatado hasta tal punto que las comodidades y la vanidad podrían llegar a ser un estorbo. Tal vez el Señor quiera llevarme al desierto, a un lugar nuevo. En cualquier caso, nada me preocupa, lo dejo en sus manos.

Mis profesores de Teología y formadores del Seminario me enseñaron a adorar, amar y servir a Cristo en todos los ámbitos: la intimidad del corazón, la vida de familia, el testimonio público, la Liturgia, la comunidad de creyentes, la evangelización y la caridad con los pobres, porque de ellos es el Reino. Se puede descubrir y conocer a Jesucristo en el rostro de los hermanos.

En los encuentros con mis vecinos y hermanos de Lagarba, quiero ser contemplativo. Aparte de que mis Misas y oraciones personales estén llenas de unción y de devoción –ese es mi deseo, ¡ay!– también quiero que todos los encuentros con mis buenos prójimos de aquí sean de una gran profundidad espiritual, y más de escuchar que de hablar por mi parte. De entrada, estamos en comunión, porque somos hijos de Dios. Hace falta algo de la inocencia del niño o la agudeza del filósofo para empezar de nuevo, asombrarse y aprender, hacer preguntas y contemplar. Al Dios invisible se llega por lo visible. Y luego lo visible y lo que se ha vivido se guarda en el secreto del corazón, como la Virgen – ‘María guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón’ (Lc 2, 19). La misión de la Iglesia es dar la ternura de una madre, como María, a un mundo herido, y anunciar el Evangelio es llevar la misericordia y el juicio definitivo de Jesucristo hasta los confines de la tierra. A todos los pueblos, lenguas y naciones.

En fin, aquí os he dejado una pequeña reflexión, ya en otro mensaje os compartiré historietas y aventurillas. Encomendad a Belen. Tendrá unos 7 años, y la he traído a Adís Abeba junto con su padre. La operan esta próxima semana de un nódulo que tiene bajo la ceja izquierda. Es una operación sencilla de cirugía maxilofacial, pero con anestesia total. Su padre es sacerdote ortodoxo de Lagarba, muy amigo mío”.

Hoy mismos, 27 de febrero, este misionero ha escrito: “La niña Belén acaba de salir ahora mismo de la operación, que ha sido un éxito. Había un grupo de médicos españoles. Gloria a Dios”.

La unión de los pueblos y las religiones de Rusia

de Stefano Caprio

Releyendo la historia y la realidad rusa pasada y presente, el patriarca Kirill condena a quienes «hacen llamamientos en defensa de la pureza del Islam o de la Ortodoxia», porque «podemos tener diferentes culturas y tradiciones, pero somos un solo pueblo». Mientras tanto, en el barrio moscovita de Kommunalka, se presenta un centro multirreligioso donde se construirán una iglesia ortodoxa, una sinagoga, una mezquita y un templo budista en un espacio compartido.

En los últimos meses han surgido en Rusia tensiones de índole étnica y también religiosa, sumado al creciente activismo de los nacionalistas de la «Comunidad Rusa» que organizan acciones contra los migrantes internos de las zonas del Cáucaso y los provenientes de Asia Central, con tonos extremistas a nivel ideológico filonazi y expresiones de «Ortodoxia radical» a nivel religioso, apoyados por las fuerzas del orden y bendecidos por las comunidades monásticas ortodoxas más radicalizadas. Otra fuente de gran preocupación es la controversia religiosa intraortodoxa entre las diversas jurisdicciones de las iglesias en Ucrania, donde las autoridades civiles presionan cada vez más a la Iglesia pro-Moscú UPZ. En los últimos días se le ha revocado la ciudadanía ucraniana al metropolitano de Kiev, Onufryj (Berezovski), porque se considera que es incompatible con su ciudadanía rusa original. Otros obispos y sacerdotes de la Iglesia UPZ ahora corren el riesgo de ser objeto de la misma medida restrictiva, lo que podría llevar a la expulsión del clero ruso de Ucrania.

El patriarca de Moscú Kirill (Gundyaev) ha intentado responder a estos y otros desafíos durante una discurso que pronunció en la catedral de Cristo Salvador, junto al Kremlin, ante los miembros de la Comisión para el diálogo interreligioso – un organismo creado directamente por la presidencia de Rusia – en el que subrayó la importancia del diálogo multiétnico y multirreligioso como característica principal de la vida de la sociedad rusa. Afirmó que «nosotros tenemos la fortuna de pertenecer a diversas comunidades étnicas y religiosas, podemos tener diferentes culturas y tradiciones, pero somos un único pueblo», lo que se resume en la característica sobornost, la «comunión universal» del mundo ruso.

Kirill asegura que este tipo de unidad «es un fenómeno muy raro en la historia de la civilización humana», una prerrogativa eminentemente rusa. Recordando los antiguos imperios, «desde el romano hasta el soviético», el patriarca observa que en estos sistemas los pueblos vivían efectivamente juntos, «pero la mayoría de las veces esta unidad, especialmente en las fases de agregación, se basaba solo en la fuerza». La fuerza de la etnia principal, del centro político de la capital, Roma, Constantinopla y las posteriores, eran «factores estatales que imponían la unificación», como ocurrió también en la época soviética, donde prevaleció el factor ideológico, aunque en opinión del líder ortodoxo «esta ideología era bastante equilibrada y ofrecía una perspectiva de política nacional sin discriminaciones por factores étnicos». Esto permitía consolidar las relaciones entre las personas, pero «ahora la Unión Soviética ya no existe, independientemente de  nuestra reacción a esto, y sin embargo nuestra unión se ha conservado».

Con estas expresiones, el patriarca resume eficazmente la evolución de la historia rusa en las últimas décadas, recuperando la continuidad entre el imperio soviético «ateo» y el imperio ruso «ortodoxo» de Kirill-Putin. Al igual que el presidente Vladimir Putin, el patriarca Kirill (también Vladimir de nacimiento) creció durante la restauración estalinista bajo la secretaría de Leonid Brézhnev, quien «reparó los daños» del deshielo de Jruschov, en el que se había condenado el «culto a la personalidad» del líder supremo y se había abierto una ventana al «desorden occidental». No es casualidad que en el último congreso de los comunistas rusos del KPRF, hace pocos días, la denuncia de Nikita Jruschov en el XX Congreso del PCUS contra Stalin, en 1956, haya sido declarada «un error de juicio», cerrando el círculo también a nivel histórico-ideológico.

Sin embargo, el patriarca insiste en la dimensión más «profunda y espiritual» de esta continuidad entre comunismo y comunión, afirmando que «los factores políticos, geopolíticos e ideológicos, en los que estaba fundada la unión absolutamente excepcional de nuestro pueblo multiétnico, hoy han desaparecido, pero nosotros seguimos juntos». Por lo tanto, la superioridad de la inspiración religiosa es lo que hace único al pueblo ruso, no las dimensiones sociopolíticas o ideológicas, sino «la sabiduría popular que se ha forjado en la experiencia histórica, que nos permite custodiar una unidad que no es solo en las palabras o las declaraciones, sino en la realidad vivida».

Según la narrativa patriarcal, «la fe en un único Dios ha sido siempre el fundamento espiritual de la vida de nuestro país multiétnico», de modo que todas las verdades profesadas por los rusos, «la fraternidad, la colaboración, la ayuda mutua, el respeto de todos» no se quedan sólo en declaraciones formales o términos vacíos en la retórica cotidiana, sino que son «expresiones de una mentalidad arraigada en las personas, que provienen de lo profundo del corazón». Kirill se proclama profundamente convencido de que «no solo el diálogo, sino la simple convivencia diaria y la cooperación entre ortodoxos y musulmanes» en Rusia, que «por gracia de Dios no se ve oscurecida por ningún tipo de conflicto», es una de las fuerzas unificadoras de las «personas creyentes» y de la solidaridad de todo el pueblo multiétnico. El Islam ruso es una herencia del yugo tártaro-mongol, con la conversión de los kanatos de la Horda de Oro a la religión musulmana a finales del siglo XIV, poco antes del «renacimiento de la Santa Rusia» precisamente en las batallas contra los invasores que habían dominado el país durante un par de siglos, y que fueron luego integrados por los zares victoriosos.

Con estas reinterpretaciones de la historia y de la realidad rusa pasada y presente, el patriarca reivindica el papel determinante de la Iglesia en la fundación del Estado ruso y exhorta a los líderes religiosos a «no poner obstáculos al proceso de consolidación», recordando que «existen fuerzas de todos los bandos que se oponen al desarrollo de estas relaciones». Condena a los que «lanzan llamamientos en defensa de lo que consideran la pureza del Islam o de la Ortodoxia», olvidando que las buenas relaciones entre las confesiones tradicionales de Rusia son «logros de nuestros teólogos y ministros de culto, basados en el progreso real de la historia de nuestra patria multiétnica, en esa comunión que se ha forjado en la experiencia de las personas, no en las cátedras de las universidades, las academias teológicas o algún círculo intelectual», atendiendo a las objeciones provenientes de diversos sectores del mundo académico ruso.

En esta interpretación, «los ortodoxos y los musulmanes luchan codo a codo por nuestra Patria, y podemos enumerar muchísimos ejemplos de aquellos que, en la diversidad de la fe, están unidos en el propósito de hacer crecer nuestro gran país, y esta cooperación debe continuar ante todo entre ortodoxos y musulmanes, las principales religiones monoteístas», bendiciendo de hecho la comparación de la Ortodoxia militante con el Islam alineado en defensa de las leyes sagradas. Las otras religiones tradicionales, según la ley rusa, son el budismo, difundido sobre todo entre los herederos de las etnias tártaro-mongolas, y el judaísmo, presente en las zonas caucásicas desde la antigua Rus’ de Kiev, y que luego se difundió en la Rusia del siglo XIX a raíz de las peregrinaciones provenientes de diversos países de Europa.

Las tesis patriarcales fueron respaldadas por el Gran Rabino de Rusia, Berl Lazar (nacido en Milán, educado en Estados Unidos y ruso «por adopción» desde hace más de treinta años), quien confirmó que «los rusos tenemos un único Padre que nos une» en el discurso que pronunció  en la presentación de un centro multirreligioso en el barrio moscovita de Kommunalka, donde se construirán una iglesia ortodoxa, una sinagoga, una mezquita y un templo budista en un espacio común. Felicitó por su colaboración a los líderes de las religiones tradicionales rusas a todos los niveles federales y regionales, y recordó su reciente visita a la ciudad de Derbent, en el punto más meridional de toda la Federación Rusa a orillas del mar Caspio, donde también se está abriendo un complejo que representa la Ortodoxia, el Islam y el Judaísmo con lugares de culto, salas de museo y una biblioteca, totalmente financiado por el empresario y oligarca Suleyman Kerimov, senador ultraputinista por la república de Daguestán, sometido a todo tipo de sanciones internacionales. El rabino lo ha elogiado por su comprensión de «cuán importante es que las religiones rusas tradicionales no se limiten a vivir una al lado de la otra, sino que muestran la capacidad de colaborar y encontrar puntos en común, para demostrar que lo que nos une es mucho más que lo que nos divide», circunstancia especialmente necesaria en las zonas del Cáucaso septentrional, donde las «religiones abrahámicas» están en guerra desde hace más de mil años.

Lazar reconoce, en efecto, que «no todo es fácil entre nosotros», ya que muchos ministros de culto «de nivel medio y bajo» a menudo se dejan influir por movimientos extremistas, que reavivan los conflictos interétnicos e interreligiosos, pero según el gran rabino «son expresiones marginales dentro de sus propias comunidades», sin insistir en los pogromos antisemitas de los últimos años precisamente en las zonas caucásicas, sino, por el contrario, en la necesidad de «luchar juntos contra estas provocaciones». A la pregunta de en qué medida es posible conservar las relaciones amistosas entre las diversas confesiones en tiempos de continuos conflictos interreligiosos a nivel internacional, la respuesta de Lazar es típicamente rabínica: «Es una prueba de nuestra relación con lo eterno, y debemos mantener un enfoque equilibrado, recordando que el mandamiento de amar al prójimo vale para todas las religiones… Sería demasiado fácil amar solamente a aquellos con quienes nos llevamos bien». Rusia está formada por aquellos que aman incluso a quienes nunca querrían someterse a su asfixiante «comunión universal».

Fuente: https://www.asianews.it/noticias-es/La-uni%C3%B3n-de-los-pueblos-y-las-religiones-de-Rusia-63490.html

Abraham, patriarca de las religiones abrahámicas

Óscar Álvarez Araya| oalvarezcocr@gmail.com

El futuro del nuevo Medio Oriente pasa por los Acuerdos de Abraham.

Abraham, hijo de Taré, fue oriundo de Ur de Caldea, ubicada al sur de Mesopotamia, a orillas del río Eufrates, cerca del Golfo Pérsico, actual territorio de Irak.

Ur era parte de Sumeria, una constelación de ciudades-estado con religiones politeístas. Sobre el tema puede consultarse mi ensayo titulado “La historia comenzó en Sumeria” publicado en Meer Internacional del 08 de mayo de 2023. Allí se explica que Sumeria fue la primera civilización urbana y creadora de la escritura. De Sumeria proviene nuestro patriarca.

La biografía de Abraham se puede encontrar en el libro del Génesis, atribuido por algunos especialistas a la pluma de Moisés.

Según la tradición fue llamado por Dios (Yahvé) a dejar su país y viajar a una tierra lejana donde se convertiría en el fundador de una nueva nación.

Acompañado de su esposa Saray y su sobrino Lot, migraron hasta Jarán, situada hacia el noroeste, entre la parte superior de los ríos Tigris y Eufrates. Desde allí bajaron hasta la tierra de Canaán más o menos hacia el año 1850 a.C.

Según la Biblia Abraham tenía entonces 75 años de edad. En Canaán llegó hasta el lugar sagrado de Siquem, hasta la encina de Moré. Luego Abraham viajó con Saray a Egipto donde conoció al faraón y finalmente regresó a la tierra de Canaán. El patriarca era entonces muy rico en ganado, plata y oro. Se instaló en Hebrón, donde construyó un altar al Señor.

En vista de que Saray era estéril y no podía darle hijos, le recomendó a Abraham acercarse a su esclava egipcia llamada Agar con el fin de procrear un descendiente. Al cabo del tiempo Abraham acepta el consejo y de su relación con Agar nació Ismael, quién era mitad hebreo y mitad egipcio.

Entonces surge un conflicto de celos entre Saray y Agar que termina con la huida de la esclava hacia el desierto. Más adelante, en plena ancianidad de ambos, nace finalmente un hijo de Abraham y Saray (ahora nombrada como Sara) que es circuncidado y recibe el nombre de Isaac.

Posteriormente viene el relato bíblico en el que Dios puso a prueba a Abraham y le pide el sacrificio de su hijo Isaac. El Patriarca acepta la voluntad del supremo pero en el momento final recibe un mensaje de rectificación: ya no tendrá que sacrificar a su hijo Isaac y bastará con el sacrificio de un cordero. Pero había pasado la prueba. Luego en la Biblia se relata el matrimonio entre Isaac y Rebeca y su descendencia.

Uno de los pasajes menos conocidos del Génesis refiere que después de la muerte de Sara. Abraham volvió a tomar otra mujer, llamada Queturá, con la que tuvo seis descendientes. Y antes de morir el Patriarca dio todo cuanto poseía a Isaac y a los hijos que había tenido con su pareja. Según el relato Abraham vivió ciento setenta y cinco años y finalmente expiró y murió tras una vejez feliz, anciano y colmado de años. Es posible que el número de sus años de vida sea más bien simbólico de longevidad.

Sus hijos, Isaac e Ismael, lo sepultaron en la cueva de Macpelá, en el campo de Efrón, frente a Mambré.

Un tema para otro artículo sería referirse a la numerosa descendencia de Ismael, hijo de Abraham con su esclava egipcia y de la que nacieron doce príncipes de diferentes pueblos. Así también otro tema de estudio sería la descendencia de Isaac, de la que proviene Jacob, quién luego es llamado Israel y procrea los padres de las 12 tribus de Israel. Es muy interesante notar que ambos hijos del patriarca procrearon doce descendientes y líderes de pueblos.

Los musulmanes árabes consideran a Abraham y a Ismael como sus progenitores. Es decir que el islamismo sería descendiente de ambos.

En el cristianismo la genealogía de Jesús se remonta hasta Isaac, hijo de Abraham.

Para mi modesto entender Abraham fue el fundador del judaísmo, la religión monoteísta más antigua del mundo, el Patriarca de los israelitas y el primer integrante del pueblo y de la fe de los judíos. El abandonó los cultos politeístas propios de su tribu en Sumeria y se convirtió en creyente en un Dios único, creador de los cielos y de la tierra, de Adán y Eva y del género humano. El fue el primer referente genealógico del que disponemos los estudiosos de la historia del moderno estado de Israel.

Pero el Islam también venera a Abraham, llamado Ibrahim, y considerado Patriarca de los musulmanes. Y en la Biblia de los cristianos, dentro del Génesis, se considera a Abraham el primer patriarca, el origen y el padre en la formación del pueblo elegido por Dios.

Abraham entonces es el punto de convergencia espiritual y cultural de las tres grandes religiones abrahámicas que se consideran a sí mismas monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Un verdadero punto de encuentro para el diálogo, la tolerancia, la cultura de paz y la cooperación interreligiosa que facilita el camino hacia la paz y la solución pacífica de los conflictos. Abraham es el patriarca de la tolerancia.

Fuente: https://www.larepublica.net/noticia/abraham-patriarca-de-las-religiones-abrahamicas

JESÚS, EL OBRERO DE NAZARET

La misión liberadora de Jesús comienza en Nazaret, donde pasó la mayor parte de su vida. Fue en Nazaret donde creció, se cultivó y maduró como persona. Esto quiere decir que las pequeñas cosas cotidianas de la vida de Nazaret son también “redentoras”. Pero es más: El Jesús de Nazaret que, después de ser bautizado en el Jordán va al desierto y posteriormente, por un breve espacio de tiempo, anunciará el Reino de Dios, es el mismo que vivió la mayor parte de su vida en Nazaret. Es decir, los valores de Nazaret acompañan siempre a Jesús, ya esté en su pueblo, en el desierto o por las calles de Palestina predicando con el ejemplo de su vida y de su palabra. Tener conciencia de esto es importante para toda la comunidad de sus seguidores: Toda la vida de Jesús está marcada por Nazaret: Esté donde esté, siempre será el pobre obrero de Nazaret que va al desierto al encuentro con el Padre, o el pobre obrero de Nazaret que predica el Reino por Palestina, o el pobre obrero de Nazaret que es crucificado a las puetas de Jerusalén.

Así era Palestina en el siglo XIX antes de que llegara el colonialismo y el conflicto

Aunque desde principios del siglo XX y sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, Palestina ha vivido sumida en una espiral de violencia, muerte y destrucción -y desde el 7 de octubre de 2023 incluso de genocidio-, históricamente no siempre fue así. Antes de convertirse en el objeto de deseo del movimiento sionista-israelí para establecer allí la patria judía, Palestina tuvo un milenio de existencia, funcionando de forma más o menos autónoma, dentro del Sultanato otomano,  y caracterizada por la diversidad, convivencia intercomunitaria y la tolerancia religiosa. En The Conversation, un profesor de historia detalla como era Palestina en el siglo XIX antes de que empezara el conflicto que desde hace 80 años desangra la región.


Gaza, la ciudad vieja. Un dibujo de Henry Baker Tristram a partir de una fotografía de 1857 de Francis Frith.
British Library

Jorge Ramos TolosaUniversitat de València

Llevamos más de 20 meses presenciando en directo cómo Israel comete un genocidio –definido así por académicos judíos israelíes como Raz Segal, Omer Bartov, Amos Goldberg, Lee Mordechai, Daniel Blatman o Shmuel Lederman, además de figuras de las Naciones Unidas y otros expertos internacionales–.

Es la última fase de una historia contemporánea de colonialismo de asentamiento sionista-israelí y de descolonización palestina que se inició entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Generaciones enteras nacieron y desaparecieron con esta problemática internacional como telón de fondo.

Pero no siempre fue así. La violencia, la muerte y la destrucción no tienen que entenderse como el núcleo inexorable de la vida en Palestina.

El inicio se remonta a las últimas décadas del siglo XIX, cuando surgió el movimiento sionista, un nacionalismo colonialista creado por una minoría de judíos europeos asquenazíes que hablaba en nombre del judaísmo pero que no lo representaba.

Influido por otros nacionalismos de la época, el sionismo era sin embargo un “nacionalismo sin territorio”, por lo que tomó la vía del colonialismo de asentamiento. Por un tiempo, el movimiento sionista manejó diversos territorios para establecer la “patria” colonial judía, y el lugar finalmente escogido fue Palestina.

Pero aquel no era un territorio vacío ni “una tierra sin pueblo” como esgrimía el movimiento sionista; ya tenía habitantes. ¿Y cómo era entonces la vida en Palestina?

En el siglo XIX

A finales del siglo XIX, Palestina formaba parte del Sultanato otomano y contaba con aproximadamente un 3-4 % de población judía, un 10-11 % de población cristiana y un 85-86 % de población musulmana –en su mayoría sunni–. Todas estas comunidades hablaban árabe y habían convivido durante más de un milenio en una Palestina caracterizada por la diversidad.

Mapa de Palestina en 1830 que muestra las subdivisiones otomanas.

Mapa de Palestina en 1830 que muestra las subdivisiones otomanas, hecho por Sidney Hall.
David Rumsey Map Collection/Wikimedia Commons

Después de vivir su apogeo entre el final de la Edad Media y el principio de la época moderna, en el siglo XIX el Sultanato entró en su etapa de decadencia final. Se independizaron numerosos territorios y el régimen sufrió la derrota en diversos enfrentamientos bélicos.

Por aquel entonces, el territorio al que nos referimos no constituía una estructura política diferenciada y se conocía como Siria meridional, Tierra Santa o, de forma cada vez más habitual, como Filistin/Falastin (Palestina), una denominación utilizada desde el siglo V a. e. c.. La Franja de Gaza, por ejemplo, no existía como tal, y no lo haría hasta la después de la Nakba –“catástrofe”– de 1948, la expulsión de casi dos tercios de la población palestina indígena, unos habitantes que se convirtieron en refugiados. Unas 200 000 personas se refugiaron en la Franja.

En la Palestina de finales del siglo XIX, prácticamente la totalidad de sus habitantes eran árabes (según el criterio identitario lingüístico-cultural) y tenían una adscripción religiosa heterogénea. Eran básicamente rurales, tenían un estilo de vida tradicionalmente bastante autónomo respecto al poder estatal y estaban organizados en torno a la familia y el clan (hamula).

Un jeque (sheikh), que solía ser el líder del hamula más fuerte, representaba a su clan y a otros cercanos ante instancias superiores. Aplicaba las medidas políticas que venían desde arriba y tenía la atribución para recaudar impuestos, pero también era esencial su labor para dirimir disputas y reconciliar a las familias.

De lo rural a la urbe

Las leyes de propiedad del suelo establecidas durante el siglo XIX alteraron ciertos regímenes de propiedad y explotación de la tierra, formalizando títulos individuales de propiedad legal o estableciendo numerosos latifundios. Aparecieron las primeras bolsas de trabajo asalariado en el sector agrícola y la propiedad privada empezó a convertirse en un privilegio.

Dos hombres hablan sentados en unas rocas con una ciudad al fondo.

Fotografía coloreada de los alrededores de Jerusalén de finales del siglo XIX, hecha por Bonfils.
National Photo Collection of Israel

Numerosos campesinos (fellahin) y pequeños comerciantes urbanos tuvieron que vender sus derechos de propiedad a terratenientes o a familias pudientes de las ciudades. Muchas de estas descubrieron que gracias a la especulación podrían obtener beneficios cómodamente, algo de lo que se aprovecharían posteriormente los compradores sionistas.

De todos modos, durante la segunda mitad del siglo XIX la vida comunal continuó teniendo una importancia fundamental en la población palestina. En este contexto, a pesar de intentar ser proscrito, el sistema musha de rotación voluntaria de cultivos colectivos pervivió, haciendo que toda la comunidad se beneficiase de las tierras más fértiles cuando llegaba su turno y fortaleciendo el sentimiento de colectividad.

Con el mandato británico posterior a la Primera Guerra Mundial, este método comunitario agrícola sería definitivamente abolido.

La internacionalización palestina

En estas y otras tierras de propiedad diversa se cultivaba sobre todo el olivo, cereales, árboles frutales y el algodón en la zona septentrional. Palestina estaba inserta en los circuitos comerciales transnacionales y tenía una notable interacción económica con el extranjero. A lo largo del siglo XIX, aumentó la exportación de productos como cereales, sésamo, aceite de oliva, tabaco y algodón. Pero fue especialmente el comercio de naranjas de la zona de Jaffa el que más se expandió.

También había otros centros industriales y económicos significativos: la manufactura de madera de olivo en Belén, la industria textil en Gaza y de vidrio en Hebrón, el núcleo ferroviario, industrial y portuario de Haifa o todo lo relacionado con el mundo de la cultura, la comunicación y la exportación de cítricos en Jaffa.

En las últimas décadas del siglo XIX, las exportaciones e importaciones crecieron exponencialmente y Palestina se fue constituyendo como un lugar de acceso a los mercados del Levante mediterráneo.

De esta manera, la zona no era únicamente sinónimo de Tierra Santa. Para que la interacción económica pudiese desarrollarse, fueron básicas las nuevas redes de comunicación: las carreteras y ferrocarriles unieron las ciudades más importantes de la zona con los territorios colindantes y con Europa. Anteriormente ya se habían establecido rutas navales regulares entre sus puertos y el Viejo Continente.

Fotografía en blanco y negro de una vía del tren adentrándose en el mar.

En la milenaria ciudad palestina de Jaffa, la vía del tren se adentraba en el mar Mediterráneo para conectar mejor el comercio.
Historical Railway Images/Flickr

También comenzaron a llegar viajes organizados desde Marsella o Trieste, iniciando sus actividades agencias de viajes como Cook & Hijos, que transportaban turistas y peregrinos a Palestina. Del mismo modo, varias compañías internacionales cubrían el servicio postal.

La educación palestina

Las reformas otomanas decimonónicas reestructuraron el sistema escolar público siguiendo el modelo francés. Sin embargo, aunque se consiguió aumentar la escolarización elemental, su impacto quedó limitado por el hecho de que la lengua docente fuese el turco. En los últimos años del Imperio otomano, en torno al 34 % de los niños y el 12 % de las niñas en edad escolar estaban matriculados en centros de enseñanza primaria.

Para ir al instituto los jóvenes debían desplazarse a Damasco, mientras que para acceder a la universidad debían acudir a Estambul. Las distancias y las limitaciones en el acceso restringieron enormemente las posibilidades de recibir educación superior.


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La movilidad social se vio, no obstante, afectada. Algunos miembros de las elites locales llegaron a la burocracia imperial y emergió una pequeña clase media urbana en contacto con las elites tradicionales.

Además, el estudio en las mismas escuelas por parte de cristianos, judíos y musulmanes pudo contribuir a que compartiesen perspectivas comunes sobre el mundo que les rodeaba.

Tolerancia religiosa

El territorio se caracterizaba por la pluralidad y la tolerancia en la esfera religiosa. No había problemas de acceso a los Santos Lugares de las tres religiones monoteístas. Sólo la llegada del colonialismo de asentamiento sionista empezó a alterar esta situación.

Picado de una calle en una ciudad con gente paseando y una puerta antigua al fondo.

Fotografía de la Puerta de Jaffa, en Jerusalén, hecha por Félix Bonfils alrededor de 1870.
Metropolitan Museum of Art

Entre 1850 y 1880, alrededor de medio millón de personas vivían en Palestina, un territorio de unos 27 000 kilómetros cuadrados. Como destacamos al inicio, convivían la mayoría musulmana con las minorías cristiana y judías. El sistema otomano otorgaba un considerable grado de autonomía a las religiones que no eran la oficial islámica: les concedía reconocimiento estatal, representación y potestad para dirimir sobre asuntos relacionados con el culto, la justicia religiosa, la educación o el estatus individual.

En Palestina estaban arraigadas interpretaciones populares de las tres religiones mayoritarias. Como en muchos otros lugares del Mediterráneo, no era infrecuente la creencia en malos espíritus (jinn, en árabe) o en el mal de ojo, del que los árabes-palestinos, independientemente de su religión, se solían proteger con la figura de la conocida como mano de Fátima o de Miriam.

Por otro lado, la relación entre las autoridades religiosas y los creyentes era frecuentemente bidireccional. La población interactuaba con los representantes religiosos e incluso dialogaba con ellos sobre las interpretaciones de los textos sagrados.

Litigios e igualdad social

En los ámbitos rurales, a pesar de estar subordinadas a un régimen patriarcal y al modelo de domesticidad, gran parte de las mujeres palestinas participaban en las tareas agrícolas, educativas y en decisiones que concernían a sus vidas. Conformaban un sujeto diverso, cambiante y con capacidad de agencia que desmitificaba la imagen de mujer pasiva y sumisa del “Tercer Mundo” –y sobre todo musulmana– que aún hoy predomina en numerosas perspectivas orientalistas, racistas y patriarcales del Norte Global.

Fotografía de dos mujeres con cestos en la cabeza.

Mujeres de Siloé, fotografía de Félix Bonfils alrededor de 1870.
Getty Center

Como ejemplo de la variabilidad y la diversidad, puede decirse que, generalmente, en los pueblos y en los barrios populares de las ciudades, las mujeres musulmanas no llevaron velo hasta que estos lugares empezaron a ser visitados recurrentemente por extranjeros o hasta que los colonos sionistas europeos empezaron a ser numerosos. En las clases pudientes el fenómeno llegó a ser el opuesto; aunque el velo era la norma, conforme se acercaba el final del siglo XIX las excepciones comenzaron a ser cada vez más habituales.

En la Palestina urbana, las estructuras patriarcales podían llegar a ser más livianas, sobre todo en las familias de notables. La vida cotidiana de la mayoría de las mujeres dependía más de la clase social o del ámbito en el que vivían que de si pertenecían a una religión o a otra. En algunos aspectos, las fronteras entre las personas eran más bien difusas en Palestina.

Es decir, hasta la llegada del colonialismo de asentamiento sionista y el desarrollo de su movimiento político nacional-colonial, no existía ningún enfrentamiento intercomunitario entre los distintos grupos de Palestina. Fuese cual fuese su religión, todas las personas compartían la tierra, se comunicaban en árabe y interactuaban de manera diversa con un mundo cada vez más acelerado y cambiante por la llegada de la época industrial.

De hecho, el territorio no solo no vivió la oleada judeófoba que estuvo presente en distintos ámbitos europeos en el mismo periodo ni se sucedieron episodios violentos como los pogromos del Este de Europa o del sur de la Rusia zarista, sino que las diversas comunidades que residían en Palestina cooperaron en varias esferas socio-económicas.

Por tanto, es necesario recordar que no estamos ante un “conflicto” religioso ni milenario, sino contemporáneo y colonial. En medio del horror del genocidio actual, también cabe conocer el pasado anterior a la llegada sionista y cómo durante siglos la convivencia intercomunitaria marcó la vida en Palestina. El futuro sólo puede pasar por el fin del genocidio y del colonialismo y por el que todas las personas, sean judías, cristianas, musulmanas o ateas, tengan los mismos derechos.

Jorge Ramos Tolosa, Profesor e investigador de Historia Moderna y Contemporánea, Universitat de València

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Las religiones en el mundo

Un estudio demográfico del Pew Research Center

Daniel Iglesias Grèzes

Con fecha 09/06/2025 el centro de investigaciones estadounidense Pew Research Center publicó un estudio de demografía religiosa que muestra la composición religiosa en el año 2020 de cada uno de 201 países y territorios, más seis subtotales regionales y el total mundial, y la compara con los datos análogos del año 2010. Las categorías religiosas consideradas en el estudio son siete, a saber: cristianos, musulmanes, no afiliados, hindúes, budistas, otras religiones y judíos. Presentaré algunos datos especialmente interesantes.

En 2020, las primeras cuatro categorías citadas (cristianos, musulmanes, no afiliados e hindúes) abarcaban el 93,5% de la población mundial; y todas las demás religiones juntas (budistas, judíos y otros) abarcaban el 6,5% restante. En cantidades absolutas, los aproximadamente 7.900 millones de habitantes del mundo se distribuían así: unos 2.300 millones de cristianos, unos 2.000 millones de musulmanes, unos 1.900 millones de personas sin afiliación religiosa, unos 1.200 millones de hindúes, unos 300 millones de budistas y unos 200 millones de personas de otras religiones (incluyendo a los judíos). Considerando sólo los aproximadamente 6.000 millones de personas afiliadas a alguna religión, se observa que, aunque existen muchas religiones en el mundo, las cuatro religiones más difundidas abarcaban en total al 96,7% de las personas “religiosas” (es decir, con religión). Más aún, debido a las importantes similitudes entre el hinduismo y el budismo (por ejemplo, la creencia en el karma y la reencarnación y la búsqueda de la liberación del supuesto ciclo de nacimientos y muertes sucesivas), las “familias religiosas” cuantitativamente importantes en el nivel mundial son sólo tres: cristianismo, islamismo y religiones orientales reencarnacionistas (hinduismo y budismo). Este dato puede ayudar a comprender que, en términos estadísticos, la diversidad religiosa del mundo es en realidad mucho menor de lo que podría parecer.

 Otro punto interesante es que, dado que la quinta religión más numerosa del mundo es la de los sikhs, que abarca a unos 30 millones de personas, resulta que hay solo una religión con un número de adherentes comprendido entre los 100 y los 1.000 millones de personas: el budismo, con unos 300 millones. Existe pues una distancia muy considerable entre las tres religiones más numerosas (cristianismo, islamismo e hinduismo) y la única religión de alcance intermedio (el budismo), y también una distancia muy considerable entre el budismo y las religiones menos numerosas (sikhs, judíos y muchos otros).

Consideremos ahora la distribución de las siete categorías religiosas mencionadas en las seis regiones consideradas en el estudio: Asia-Pacífico, Europa, Latinoamérica-Caribe, Medio Oriente-África del Norte, Norteamérica y África Subsahariana. Destacaré algunos resultados:

El cristianismo tiene la mayoría absoluta (o sea, más del 50%) en cuatro de esas seis regiones: Europa, Latinoamérica-Caribe, Norteamérica y África Subsahariana. La región donde el cristianismo tiene una mayor presencia en términos relativos es Latinoamérica-Caribe (84,6%) y en términos absolutos es África Subsahariana (casi 700 millones de personas). En las otras dos regiones la presencia del cristianismo es menor pero no insignificante: 5,9% en Asia-Pacífico y 2,9% en Medio Oriente-África del Norte. Hay sólo una región con menos de 100 millones de cristianos: Medio Oriente-África del Norte (la cuna histórica del cristianismo), con unos 13 millones.

El islamismo tiene mayoría absoluta en una sola región: Medio Oriente-África del Norte, con un 94,2%. En realidad, esa región (que abarca parte de África y parte de Asia) no corresponde tanto a un criterio geográfico como a un criterio cultural. Se trata más bien de la región donde prevalece la cultura islámica. Si se consideraran como regiones los continentes, el islamismo no tendría mayoría absoluta en ninguna región, puesto que en el continente africano el cristianismo seguiría teniendo mayoría absoluta y en el continente asiático el islamismo tendría solo una mayoría relativa. Sin embargo, la región con mayor presencia islámica en términos absolutos no es Medio Oriente-África del Norte (unos 410 millones de musulmanes) sino Asia-Pacífico (unos 1.200 millones de musulmanes). En esta última región, los cuatro países con mayor número de musulmanes (Indonesia, Pakistán, India y Bangladesh) reúnen a unos 830 millones de musulmanes, más del doble que la región Medio Oriente-África del Norte, que también fue la cuna histórica del Islam. En las restantes regiones, el porcentaje de musulmanes varía entre el 0,1% de Latinoamérica-Caribe y el 32,8% del África Subsahariana, donde constituye la segunda religión más numerosa. Europa, Latinoamérica-Caribe y Norteamérica, entre las tres, reúnen a unos 53 millones de musulmanes.

Las personas sin afiliación religiosa no son mayoría absoluta en ninguna región, pero son una mayoría relativa en una región: Asia Pacífico, con un 32,8%. Más aún, esa única región concentra el 78% de las personas sin religión del mundo: unos 1.500 de los 1.900 millones de personas sin religión. Y de esos 1.500 millones, casi 1.300 millones corresponden a un solo país: China, gobernada por un régimen comunista oficialmente ateo, hostil a todas las religiones. Por lo tanto, el número de personas sin religión fuera de China es de unos 600 millones de personas. Solo en otras dos regiones (Europa y Norteamérica) las personas sin religión superan los 100 millones. Por otra parte, no debe identificarse sin más a la categoría de personas sin afiliación religiosa con la de los no creyentes. Podría haber en el mundo (como ciertamente lo hay en mi país) un porcentaje no despreciable de personas que podríamos definir como “creyentes sin religión”.

Más del 99% de los hinduistas están concentrados en una sola región: Asia-Pacífico. Las restantes cinco regiones suman en total unos 11 millones de hinduistas, menos del 1% del total; y en ninguna de ellas los hinduistas reúnen más del 1% de los habitantes de la región. Más aún, más del 94% de los hinduistas del mundo están concentrados en un solo país: India, con unos 1.100 millones de hinduistas.

Los budistas son menos del 2% de la población en todas las regiones del mundo excepto Asia-Pacífico, donde abarcan al 7%. En el total mundial representan el 4,1%.

Los aproximadamente 15 millones de judíos del mundo están concentrados sobre todo en dos regiones: Medio Oriente-África del Norte (unos 7 millones) y Norteamérica (unos 6 millones). A su vez esas cantidades están concentradas en gran medida en solo dos países: Israel y Estados Unidos, que entre los dos reúnen al 87% de los judíos del mundo. Al parecer se han contabilizado todos los judíos como afiliados a la religión judía, pese a que existe un porcentaje significativo, aunque difícil de precisar, de judíos no creyentes. Los judíos son menos del 2% en cada una de las seis regiones del mundo.

Las otras religiones (es decir todas excepto cristianos, musulmanes, hinduistas, budistas y judíos) representan el 2,2% de la población mundial. La región con mayor porcentaje de personas de otras religiones es Latinoamérica-Caribe, con un 3,1%. El 53% de las personas del mundo con otras religiones (unos 91 millones sobre un total de 172 millones) están concentrados en solo tres países: China, India y Taiwan. Taiwan es el único país del mundo donde las otras religiones reúnen la mayoría absoluta (en este caso, un 52%). Las otras religiones no constituyen una mayoría relativa en ningún país.

Por último, destacaré que, en términos absolutos, todas las categorías religiosas consideradas excepto una (el budismo) tuvieron un crecimiento demográfico entre 2010 y 2020. Según un orden de crecimiento absoluto decreciente, se situaron así: el mayor crecimiento (347 millones) correspondió a los musulmanes y el menor (casi 1 millón) a los judíos. Entre ambos extremos se situaron las personas sin afiliación religiosa (+270 millones), los hinduistas (+126 millones), los cristianos (+121 millones) y las personas de otras religiones (+18 millones). En cambio, los budistas sufrieron una disminución de 18 millones.

Fuente: https://www.infocatolica.com/blog/razones.php/2507120323-las-religiones-en-el-mundo

Recuperar el sentido de la vida

El secreto de la vida, la muerte y el tiempo.– Francesc Torralba –«Hoy viene a contarnos su vida Francesc Torralba, un catedrático universitario, Doctor en Filosofía, Teología, Pedagogía e Historia del Arte, que ha dedicado su existencia a explorar las preguntas más profundas del ser humano. En este episodio hablamos sobre el secreto de la vida, la muerte y el tiempo, tres conceptos que nos atraviesan ya menudo nos generan ansiedad, miedo o confusión. Una conversación que nos invita a parar, pensar y sentir».

¿Son necesarias las religiones?

Religiones
Religiones Vecteezy

«D. Bonhoeffer escribía: Ha pasado el tiempo de la religión en general. Nos encaminamos hacia una época totalmente arreligiosa… si un día resulta claro que no existe el apriori religioso, sino que ha sido una forma del hombre históricamente condicionada y transitoria ¿qué significaría esto para el cristianismo?»

Hoy, casi un siglo después de la muerte de Bonhoeffer, sabemos que las religiones no se pueden suprimir, están indisolublemente ligadas a la cultura de sus pueblos

«Los historiadores de las religiones suelen hablar de ‘tres tambores’, de tres grandes familias o grupos de religiones: religiones proféticas, místicas, y sapienciales»

«Estas líneas se proponen ‘tocar’ fugazmente los tres tambores, es decir: ofrecer una somera información descriptiva que muestre la irreparable pérdida que supondría prescindir del legado y la herencia de las religiones»

Manuel Fraijó

Bonhoeffer en el recuerdo

Bien avanzado el siglo XX, D. Bonhoeffer, el pastor protestante asesinado por Hitler el 9 de abril de 1945, cuando apenas contaba 39 años, escribía: “Ha pasado el tiempo de la religión en general. Nos encaminamos hacia una época totalmente arreligiosa… si un día resulta claro que no existe el apriori religioso, sino que ha sido una forma del hombre históricamente condicionada y transitoria ¿qué significaría esto para el cristianismo?”

Bonhoeffer pensaba que en Europa se había decretado ya la muerte de Dios y, por consiguiente, el final de la religión cristiana. Él se proponía viajar a la India por si de allí pudiera venir la “salvación”. No se proponía, naturalmente, convertirse al hinduismo ni al budismo. Y tampoco deseaba predicar allí el cristianismo. Él sabía que en veinte siglos solo un 3% de Asia se ha convertido al cristianismo. Probablemente lo que Bonhoeffer buscaba en la India era la innegable religiosidad de aquellas tierras. Allí, pensaba él, quedan “semillas” de la auténtica actitud religiosa. Actitud que Bonhoeffer plasmó en su libro Resistencia y sumisión.

Varias generaciones encontramos en aquellas cartas, escritas desde una prisión berlinesa, antesala de la muerte, aliento y lucidez. Y nos quedó claro -si no lo sabíamos ya- que la vida consta de días de Resistencia (de vigor, de fuerza, de salud, juventud), y de Sumisión (eclipse de todo lo anterior, lento acabamiento, vejez, enfermedad y muerte). Bonhoeffer experimentó la sumisión definitiva, la última, aquel 9 de abril en el que, con su Biblia bajo el brazo, enfiló el camino del patíbulo. Todavía le dio tiempo de decir a un compañero de prisión: “Es el final, para mí el comienzo de la verdadera vida”. Aquel día se truncó el futuro del que, según sus biógrafos, habría sido el nuevo K. Barth de la teología protestante. Y, sobre todo, se truncó la vida de una persona buena, de un cristiano solidario y responsable. Antes de participar en la conjura contra Hitler abandonó “solo oficialmente” su Iglesia para que esta no pudiera ser acusada de complicidad.

Dietrich Bonhoeffer - PastoralSJ

En una de sus cartas, Bonhoeffer se preguntaba qué problemas de los muchos que aquejaban a aquella Europa en guerra se podrían solucionar suprimiendo las religiones. Tal vez tenía presente el título de un celebrado libro del padre de la teología protestante del siglo XIX, F.D.E. Schleiermacher: Sobre la religión. Discursos a sus menospreciadores cultivados. En los días de Schleiermacher (1768-1834) la religión era abiertamente zarandeada por no pocos círculos intelectuales. El libro de Schleiermacher se proponía rebatir a aquellos osados pensadores ilustrados.

Hoy, casi un siglo después de la muerte de Bonhoeffer, sabemos que las religiones no se pueden suprimir, están indisolublemente ligadas a la cultura de sus pueblos. Los grandes sistemas metafísicos de la India, por ejemplo, son incomprensibles sin el hinduismo y el budismo. Es más: cuando una religión se debilita queda su cultura. J. L. López Aranguren (1909-1996) aventuraba la hipótesis de que España se deslizaba hacia un tiempo nuevo en el que, en lugar de hablar de “religión cristiana”, sería más correcto hablar de “cultura cristiana”.  También el filósofo polaco L. Kolakowski advirtió a los europeos que “ser enteramente no cristiano significaría no pertenecer a esta cultura”. El rechazo del credo cristiano es compatible con un firme anclaje en la cultura cristiana. Se trata de una tesis aplicable al resto de las religiones. Al concluir un viaje por China, el filósofo B. Russell concluía que los chinos no tenían religión. “La religión de los chinos es ser chino”, concluyó. Habría podido añadir que “ser chino” es estar profundamente enraizado en la cultura confuciana o taoísta, es decir, en las religiones de aquellas tierras. 

El universo de las religiones es altamente plural. Hasta diez mil religiones cuentan los historiadores. Ortega y Gasset, refiriéndose a los habitantes de Togo (tuvo, en Alemania, un compañero de estudios de esta nacionalidad), recuerda que se diferencian unos de otros con la expresión: “ese baila al son de otro tambor”. El tambor simboliza el sistema de creencias para muchos pueblos primitivos.

Los historiadores de las religiones suelen hablar de “tres tambores”, de tres grandes familias o grupos de religiones: religiones proféticas (judaísmo, cristianismo, islam), místicas(hinduismo, budismo), sapienciales(taoísmo, confucionismo). Estas líneas se proponen “tocar” fugazmente los tres tambores, es decir: ofrecer una somera información descriptiva que muestre la irreparable pérdida que supondría prescindir del legado y la herencia de las religiones.

Nos referiremos a las religiones, no a las Iglesias. Son difícilmente separables, peroro mezclarlas nos conduciría a otro escenario. Tampoco abordaremos el complejo tema de la “verdad” de las religiones. El historiador Salustio zanjó el tema de la verdad con una afirmación que ha pasado a la historia: “Estas cosas no sucedieron nunca, pero existen siempre”. A partir de la Ilustración europea se ha ido abriendo camino el convencimiento de que no tenemos acceso a la verdad de las religiones. La investigación ha renunciado al “qué son” y se ha centrado en el “para qué sirven”.

La utilidad ha ido ganando la partida a la verdad. El concilio Vaticano II admitió que todas las religiones son caminos de salvación paras sus creyentes. Aceptó de esta forma, sin abordar el tema de la verdad de sus contenidos doctrinales, que todos los credos religiosos conducen a la salvación. “Salvación” es la palabra definitiva de las religiones. Buda predicaba que, así como el agua del mar sabe toda ella a sal, también todas las religiones saben a salvación. Por lo demás es legítimo que todas las religiones pretendan ser verdaderas y tener “validez universal”; el problema surge cuando cada una de ellas pretende ser la “única” portadora de la verdad. Solo entonces brota la discordia, incluso las guerras, entre ellas. Se impone, pes, distinguir entre la legitima pretensión de “validez universal” y la conflictiva, rechazable, pretensión de “validez única”.

Tres grandes familias (tambores) de religiones

Defendía el gran teólogo protestante, Adolf von Harnack, que quien conoce el cristianismo conoce todas las religiones. Por las mismas fechas, a comienzos del siglo XIX, Max Müller, el iniciador de la moderna ciencia de las religiones, le corrigió asegurando que quien conoce solo una religión no conoce ninguna (Goethe había dicho que quien conoce solo una lengua no conoce ninguna).

Tal vez convenga distinguir entre “conocer” y “tener información”. Solo es posible “conocer” la propia religión, la que se practica o se ha practicado a lo largo de la vida. De las restantes solo nos es permitido “tener información”. Renán, siempre tan sagaz, afirmaba que cuando mejor se conoce una religión es cuando se la abandona. Probablemente se refería a la fuerza cognoscitiva de la ausencia: a los seres queridos se les conoce mejor cuando ya se fueron, cuando solo el recuerdo nos une a ellos. Una religión abandonada, despojada de la rutina de la familiaridad, puede cobrar nueva fuerza ante su antiguo fiel practicante. El abandono de la fe puede ser fuente de mayor y más profundo conocimiento de la religión abandonada. Lo tenido por obvio suele perder profundidad. Pero abordemos ya nuestros “tres tambores”.

Las religiones proféticas

Son las monoteístas, es decir, las que creen en un solo Dios. Solemos considerar como tales el judaísmo, el cristianismo, y el islam. Su figura emblemática es, obviamente, el profeta. Son religiones activas, dinámicas, transformadoras de la realidad social. Son, además, religiones afirmativas que en su largo caminar han acumulado una rica herencia doctrinal. Precisamente por ello, el diálogo con ellas se torna trabajoso.

Tienen un amplio legado que defender. En su interior han introducido filosofías muy precisas que no toleran la ambigüedad en el ámbito de los enunciados doctrinales.  Son religiones muy configuradas, muy firmes en su universo de creencias. Rechazan todo proceder quebradizo o meramente insinuante. Desean saber a qué atenerse. No están dispuestas a poner en peligro los logros de su pasado, de su tradición. De ahí que, a veces, confundan el diálogo con la rendición incondicional. Su tolerancia, en este sentido, será siempre matizada. Agobiadas de convicciones, les queda poco espacio para la negociación con otras religiones. No consideran negociable su identidad. Sus concesiones no rebasarán nunca el ámbito de lo accesorio. En este sentido, los trofeos que ofrecerán a sus interlocutores serán siempre bien secundarios. De ahí el estancamiento del diálogo interreligioso. Con frecuencia no se traspasa el umbral de los “acuerdos operativos”, es decir, de la colaboración en las tareas solidarias que nos interpelan a todos. Son más propensas a entenderse en los temas éticos que en los contenidos doctrinales religiosos.

Holos - Religiones Monoteistas

Las religiones místicas

Estas religiones, el hinduismo y el budismo, tienen en el místico su figura emblemática. En ellas predomina la contemplación sobre la acción. Cultivan la interioridad, la indiferencia frente al mundo, la extinción de las pasiones y deseos. Buscan la paz interior, el sosiego, la calma espiritual. Aspiran a dominar nuestro siempre agitado mundo interior. Son tolerantes, pacíficas, compasivas (aunque también su pasado sabe de guerras y exterminios).  Persiguen una cierta imperturbabilidad. El tiempo y sus avatares pierden mordiente. Su meta es un cierto señorío sobre todo lo que ocurre. Piensan que, si estamos bien amueblados interiormente, podremos hacer frente al trajín del devenir histórico.

La gran batalla se libra en el ámbito de la extinción del deseo. Hay que calmar y dominar la insaciable apetencia del ser humano. De ella brotan todas las desventuras y sufrimientos. Es necesario desplazar acentos y relativizar la marea de los acontecimientos históricos. Algo que no se alcanza solo por la práctica del culto y los ritos. Estos pierden su importancia central. La batalla decisiva se libra en el campo de la ascesis personal. Es ahí donde se aprende a otorgar el debido relieve a cada cosa.   Es necesario jerarquizarlo todo debidamente.

La meditación y la contemplación son los mejores aliados del hinduismo y el budismo. Por medio de ellas se despierta la profundidad, el recto pensar y sentir. Hay en estas religiones una poderosa confianza antropológica de fondo. Consideran que las personas disponemos de recursos suficientes para tomar las riendas de nuestro destino. Creen posible la victoria sobre el agitado mundo interior. La meta final es la paz interior. En el fondo, las religiones místicas son un canto a la dignidad del ser humano. Creen que, si se lo propone, puede hacerse con el mando de su vida. En este sentido, son más optimistas de lo que se suele pensar.

Hinduismo, Budismo y Yoga - Essential Yoga

Las religiones sapienciales

Tienen su prototipo en el sabio. Las más conocidas son el confucionismo y el taoísmo. Lo que estas religiones buscan, sobre todo el confucionismo, es organizar y ordenar la vida, la privada y la pública. Se procura una organización sabia y prudente de la sociedad, la política, la economía y la familia. Se cultiva el recuerdo de los antepasados y las tradiciones familiares. Se otorga gran relieve a los usos ancestrales relacionados con la magia y la adivinación. La gran duda es si estas religiones son realmente religiones o, más bien, sabidurías, cosmovisiones filosóficas. Esta duda es mayor en el caso del confucionismo, la religión de los funcionarios chinos. Es una religión urbana, volcada en la civilización y en todo lo que puede fomentarla. Fundamental es también el humanitarismo. Confucio prohibía incluso “disparar a un pájaro posado”. No sería “juego limpio”, advertía

El taoísmo, en cambio, es la religión de las clases campesinas que desconfían profundamente de la civilización y de sus logros. Se refugia en el contacto con la naturaleza y en el cultivo de las relaciones humanas y familiares. Este contacto con la naturaleza reviste en el taoísmo un carácter hondamente místico.

Para concluir: por motivos pedagógicos hemos destacado lo que prevalece en cada uno de estos grupos de religiones. Pero existe un notable cruce de herencias. Hay mística en las religiones proféticas. Ahí están los grandes místicos cristianos para mostrarlo; sin olvidar, naturalmente, el sufismo en el islam. Y también hay sabiduría en las religiones proféticas. Baste recordar la literatura sapiencial del Antiguo Testamento. Y también existe el profetismo en las religiones místicas. La figura de Gandhi lo avala. Y acabamos de ver que la mística está presente en las religiones sapienciales, sobre todo en el taoísmo. Por tanto: en todas las religiones hay mística, profetismo y sabiduría. Se trata de un problema de acentos y prevalencias.

Bien mirado, nuestra pregunta inicial ¿Son necesarias las religiones? tal vez carece de sentido. El 85% de la humanidad practica alguna religión, religión que le ayuda a vivir, o sobrevivir, digna y esperanzadamente. Y todo lo que presta tan crucial ayuda adquiere la categoría de necesario y debería gozar del respeto universal.

Confucionismo y Taoísmo | Una anécdota y un poema sobre la Civilización -  Puro Verso

Gran noticia para todos!

De nuestro hermano Aurelio Sanz (Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas): Información general:

Marc, uno de nuestros hijos de Wend Benedo en Burkina Faso, se ordena de cura en Kongoussi, su parroquia, el próximo sábado. Su padre (Philbert) es usuario y voluntario en el proyecto. Su madre falleció cuando él era pequeño. Tiene más hermanos.

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