El amor consiste no en sentir que se ama, sino en querer amar: cuando se quiere amar, se ama; cuando se quiere amar por encima de todo, se ama por encima de todo. Si ocurre que se cae en una tentación, es que el amor es demasiado débil, no es que no haya amor : hay que llorar como san Pedro, arrepentirse como san Pedro, humillarse como él, como él decir también tres veces: “ Yo os amo, os amo, vos sabéis que a pesar de mis debilidades y pecados, os amo” (Jn 21,15s).
En cuanto al amor que Jesús nos tiene, nos lo ha probado suficientemente como para que creamos en él sin sentirlo: sentir que le amamos y que nos ama, sería el cielo; el cielo no es, salvo raros momentos y raras excepciones, para aquí abajo.
Recordemos con frecuencia la doble historia de las gracias que Dios nos hizo personalmente desde nuestro nacimiento y el de nuestras infidelidades; encontraremos… allí el motivo para perdernos en una confianza ilimitada en su amor. Nos ama porque es bueno, no porque nosotros somos buenos; ¿Acaso las madres no aman a sus hijos descarriados? Así encontraremos cómo profundizar en la humildad y la desconfianza en nosotros mismos. Procuremos redimir un poco nuestros pecados por el amor al prójimo, por el bien hecho al prójimo. La caridad hacia el prójimo, los esfuerzos por hacer el bien a otros son un remedio excelente que hay que utilizar ante las tentaciones: es pasar de la simple defensa al contraataque.
San Carlos de Foucauld (1858-1916) ermitaño y misionero en el Sahara Carta del 15/07/1916 (Obras espirituales, antología de textos, san Pablo 1998, p.228)
«Era un amigo entrañable, con el que colaboramos a partir de los años setenta para hacer una teología adecuada a la situación de América Latina, hecha de injusticias sociales y de pobreza humillante»
«Era pequeño, cojo, fornido, cara de indio quechua y dotado de una inteligencia extraordinaria, creativa, llena de humor y de bellas ‘trouvailles’ como esta: ‘Los políticos sólo tienen en mente una intención, la segunda'»
«Su gran pregunta, de fondo biográfico, era: ¿cómo comprender a Dios ante el sufrimiento del inocente»
«Como otros teólogos de la liberación sufrió incomprensiones y persecuciones, especialmente del Cardenal de Lima, Cipriani, del Opus Dei, con la acusación de que sería una teología marxista»
El 22 de octubre de este año murió en Lima, con 96 años cumplidos, el iniciador de la TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN, Gustavo Gutiérrez (1928-2024).
Era un amigo entrañable, con el que colaboramos a partir de los años setenta para hacer una teología adecuada a la situación de América Latina, hecha de injusticias sociales y de pobreza humillante.
Como para todo teólogo, el centro de su indagación es Dios. En primer lugar Dios como experiencia de vida, en especial a partir el sufrimiento humano, y solo después como reflexión reverente.
El tema perturbador que le acompañó a lo largo de toda su vida era el sufrimiento. Él mismo sufrió de poliomelitis y estuvo durante años en una silla de ruedas. Después, operado, caminaba con dificultad. Era pequeño, cojo, fornido, cara de indio quechua y dotado de una inteligencia extraordinaria, creativa, llena de humor y de bellas “trouvailles” como esta: “los políticos sólo tienen en mente una intención, la segunda”. En suma, era fundamentalmente un hombre bueno, sencillo, humilde y espirituoso.
Entierro de Gustavo Gutiérrez
Su gran pregunta, de fondo biográfico, era: ¿cómo comprender a Dios ante el sufrimiento del inocente; cómo comprender a Jesús resucitado en un mundo donde las personas debido a la opresión mueren antes de tiempo; cómo encontrar a Dios liberador en un mundo donde falta fraternidad y solidaridad?
El mensaje cristiano no solo concierne a la vida eterna y al Reino de Dios, sino que ofrece estímulos para mejorar la vida presente, especialmente la de los pobres y oprimidos, en la convicción de que la vida eterna y el Reino de Dios ya comienzan aquí en la Tierra. Es más, el propio Jesús histórico fue un pobre y no tenía dónde reposar su cabeza. De aquí que Gustavo Gutiérrez entiende la teología como “una reflexión crítica de la práxis histórica a la luz de la Palabra de la revelación”.
El libro fundador en 1971 fue TEOLOGIA DE LA LIBERACIÓN, PERSPECTIVAS. Curiosamente, ese mismo año, sin conocernos, yo escribía JESUCRISTO EL LIBERADOR, Juan Luis Segundo en Uruguay y Segundo Galilea en Chile trabajaban también en una perspectiva de liberación. No nos conocíamos pero oíamos una llamada, creo, venida del Espíritu (Hegel diria del Weltgeist) y nosotros éramos solo meros micrófonos que realzaban el sonido de esa llamada.
El eje estructurador de este tipo de teología es la opción no excluyente por los pobres, contra la pobreza y a favor de la justicia social y de la liberación, apoyándose siempre en la tradición de los profetas y en la práctica del Jesús histórico. Bien afirmaba Gustavo: “Los pobres son los predilectos de Dios, no porque sean cristianos, religiosos o buenos, sino porque Dios, identificándose con ellos, es bueno y misericordioso”. Dios vivo opta por aquellos que menos vida tienen. Este es el fundamento teológico de la opción por los pobres, por su vida oprimida y por su liberación.
Hombre profundamente espiritual, vivió con los pobres en el barrio periférico Rimac de Lima. De esa inserción nacieron casi todas sus obras, especialmente BEBER EN SU PROPIO POZO; EL DIOS DE LA VIDA; LA FUERZA HISTÓRICA DE LOS POBRES; DÓNDE DORMIRÁN LOS POBRES; EN BUSCA DE LOS POBRES DE JESUCRISTO: EL PENSAMIENTO DE BARTOLOMÉ DE LAS CASAS y otros.
Como otros teólogos de la liberación sufrió incomprensiones y persecuciones, especialmente del Cardenal de Lima, Cipriani, del Opus Dei, con la acusación de que sería una teología marxista. Esa idea era reforzada por el mayor opositor, diría que hasta perseguidor de la Teología de la Liberación, el Cardenal López Trujillo de Medellín (Colombia). Esa acusación no se sostiene, pero siempre se le ha hecho a todos los que, como Dom Helder Câmara, entienden la situación de los pobres como víctimas de una sociedad de injusticias y de explotación que demanda una transformación histórico-social.
En América Latina se extendió el concepto de pobre a los indígenas, los negros, las mujeres, pobres económicos, culturales y de otra opción sexual. Así surgieron las distintas vertientes de la Teología de la liberación. Para cada grupo específico, su método adecuado y su correspondiente liberación. El método es siempre: ver la realidad sufriente; juzgar con medios científicos y a la luz de la fe; actuar para transformar esa antirealidad, teniendo como protagonistas principales a los propios oprimidos.
De ahí la liberación a partir de la fe. Marx nunca fue padre ni padrino de la Teología de la Liberación como la acusan, sin fundamento, algunos todavía hoy. Su inspiración se encuentra en las fuentes de la fe cristiana, en las Escrituras y en la tradición de figuras como San Francisco de Asís, San Vicente de Paúl y otros que dieron centralidad a los pobres.
Por su seriedad recibió innumerables premios y títulos de doctor honoris causa. No daba importancia a estos reconocimientos, pues se situaba siempre en el lugar de origen, la pobreza y los pobres con los cuales compartía la vida.
El Papa Francisco lo recibió en Roma, en un gesto de reconocimiento de su reflexión como una riqueza para toda la Iglesia. En sus exequias, el Papa envió este breve mensaje:
“Hoy pienso en Gustavo Gutiérrez, un grande, un hombre de Iglesia que supo estar callado cuando tenía que estar callado, supo sufrir cuando le tocó sufrir, supo llevar adelante tanto fruto apostólico y tanta teología rica. Que en paz descanse”.
Entierro de Gustavo Gutiérrez
Nosotros que lo conocimos en su trabajo y en su día-a-día damos testimonio de que vivió y murió con claras señales de santidad personal. Y le echaremos mucho de menos.
Seis obispos de América Latina compartieron con ACI Prensa quiénes son sus santos favoritos y cómo han influido e inspirado profundamente en su vida de fe y para afrontar los desafíos pastorales a lo largo de su ministerio.
Mons. Roberto Yenny García (México)
Cada vez es más difícil ver noticias católicas en las redes sociales. Suscríbete a nuestros canales gratuitos hoy:Mons. Yenny, Obispo de Ciudad Valles en San Luis Potosí (México), contó que tiene una profunda devoción por San Alfonso María de Ligorio, un obispo napolitano, Doctor de la Iglesia, que es patrono de los maestros de teología moral y de los confesores.
“Este obispo, originario de Nápoles, se convirtió en un excelente pastor para la comunidad cristiana. Tenía gran conocimiento de la teología moral de la época con un celo pastoral que se manifestaba en cercanía y misericordia, especialmente con los más desvalidos, con los más pobres”, contó a ACI Prensa.
El obispo de 52 años admira particularmente el enfoque equilibrado de San Alfonso en temas de moralidad, en el siglo XVIII, una época marcada por el rigorismo y el laxismo. “Ante esos extremos que llevaban al fundamentalismo, muchas veces la moral cristiana, San Alfonso María de Ligorio propuso una moral de la benignidad, buscando el justo medio”, explicó.
Resaltó además, cómo San Alfonso buscaba “reflejar lo que Cristo hubiera hecho ante circunstancias de la vida moral de las personas donde experimentan la fragilidad, sin perder nunca el ideal cristiano”.
Además, valora la dedicación de San Alfonso en su servicio pastoral: “Siendo un pastor cercano y celoso, organizaba aquellas misiones populares, tratando de llegar a las zonas más lejanas de la diócesis que le fue encomendada”. Con un “anuncio sencillo, directo, desde el corazón”, San Alfonso llevaba a los fieles un mensaje de conversión y del “gran amor de Dios” que transforma vidas, sostuvo.
“Esa armonía, esa combinación de ciencia y cercanía pastoral, es a lo que admiro mucho de este santo y que espero también que siga inspirando mi propio ministerio episcopal”, concluyó.
Mons. Alfredo José Espinoza (Ecuador)
Mons. Alfredo José Espinoza, Arzobispo de Quito, recordó con gratitud su formación salesiana, que comenzó a los cinco años y ha logrado permanecer durante 50 años de vida gracias al carisma de San Juan Bosco. “Por eso, mis santos favoritos, a los que yo le tengo una devoción muy grande, son San Juan Bosco, que es mi padre, y Santo Domingo Savio, el modelo de la juventud”.
La relación con Don Bosco va más allá de la devoción: es una figura paterna para él. “Tengo en la capilla de mi casa una reliquia de hueso de San Juan Bosco”, contó el arzobispo, recordando las palabras del P. Marcelo Farfán al entregársela en su ordenación episcopal: “Para que nuestro padre te acompañe en este nuevo camino”.
Mons. Espinoza asegura: “Don Bosco es eso para mí. Más que un santo es mi padre, a quien amo profundamente y es mi modelo de entrega, de trabajo con los jóvenes”.
Mons. Juan Ignacio Liébana (Argentina)
Mons. Liébana, Obispo de Chascomús, provincia de Buenos Aires, tiene varios santos favoritos. Entre ellos está San Carlos de Foucauld, eremita y místico francés a quien admira “por su espiritualidad en el desierto, de ser un monje contemplativo, pero a su vez predicar con su presencia”, especialmente entre los musulmanes. Además, lo admira por “irradiar la presencia de Jesús en la Eucaristía” y promover “la fraternidad universal, que era como su gran mensaje”.
También mencionó entre sus santos favoritos a San Francisco de Asís, inspirándose en su “fraternidad con las cosas, con las criaturas, con los demás”, y en su ejemplo de “amor a los pobres y a la austeridad de vida”.
Santa Clara de Asís ocupa también un lugar especial en su devoción: “Me encanta por su sencillez evangélica, su libertad para seguir las huellas de Francisco” y su compromiso con el “privilegio de la pobreza”. Como «bonus track», Mons. Liébana destaca a Santa Teresa de Jesús, valorando «su libertad, fortaleza y toda su enseñanza sobre la oración», así como «su cariño a la humanidad de Cristo».
Mons. Alfonso Miranda Guardiola (México)
Mons. Miranda, Obispo de Piedras Negras, reveló a ACI Prensa una profunda devoción por San Maximiliano Kolbe, fraile franciscano, fundador de la Milicia de la Inmaculada, que murió voluntariamente en el campo de concentración de Auschwitz (Polonia) durante la II Guerra Mundial. Su admiración por el santo comenzó durante sus años como rector en el Templo de San Maximiliano Kolbe, en Monterrey, donde tuvo la oportunidad de estudiar a fondo su vida.
“Es un santo que inspira por su amor a la Virgen, un arrastre poderoso que tiene con los jóvenes, especialmente en su tiempo con los franciscanos conventuales”, destacó Mons. Miranda, reconociendo su valentía y determinación del santo. San Maximiliano, continuó, es “un ejemplo para toda la humanidad por su entrega incondicional y su disposición a dar la vida aún sin conocer al otro, pero por amor a Jesucristo”.
Mons. Miranda recordó la visita que realizó a Polonia, donde tuvo la oportunidad de presentar una obra de teatro en el convento de Niepokalanów, el cual San Maximiliano fundó. “La luz de este santo llega a todo el mundo, a todas las países, y a mí me ha inspirado muchísimo, para ir por los sueños, aunque estos sean muy difíciles, prometiendo todo el coraje, toda la pasión y todo el corazón”, acotó.
Para el obispo, San Maximiliano Kolbe es un verdadero «vencedor de la Segunda Guerra Mundial», no con armas, sino «con su ejemplo de amor, entrega, humildad y servicio».
Mons. Lisandro Rivas (Venezuela)
Recientemente canonizado, San José Alamanno se ha convertido en un pilar espiritual para Mons. Lisandro Rivas, nuevo Obispo de la Diócesis de San Cristóbal. “Es mi santo de devoción y referencia”, afirma el prelado, quien también pertenece a los Misioneros de la Consolata, la congregación que San José Alamanno fundó inspirándose en la Virgen de la Consolata.
Mons. Rivas destacó a ACI Prensa que el lema de San José Alamanno fue “primero santos, luego misioneros”, una guía que invita a la transformación personal antes de anunciar el Evangelio. “Él decía que la evangelización tiene que ser realizada bien, pero sin ruido, con el objetivo de reconocer la dignidad de cada persona como hijo o hija de Dios”, explicó el obispo venezolano. Agregó que esta visión es el fundamento de su misión como misionero Ad Gentes, pues busca llevar la Buena Nueva a aquellos lugares donde aún no se conoce a Jesús.
En su reflexión, Mons. Rivas resalta cómo San José Alamanno promovía una “evangelización integral”. “Estas personas podrán aceptar la Buena Nueva de Jesucristo como salvación si primero que todo se les reconoce como personas. Es la persona integralmente la que es salvada, y con ella el ambiente donde se encuentra”, agregó.
Para Mons. Rivas, el ejemplo de San José Alamanno cobra particular relevancia en el contexto actual de la Iglesia, enfatizando la necesidad de una “espiritualidad sinodal”, trabajando juntos e involucrando a catequistas y líderes locales en el proceso de evangelización, en línea con la invitación del Papa Francisco. “Es un referente, porque nos invita a vivir en santidad y a hacer de lo ordinario una experiencia extraordinaria, impregnada de Dios y del Evangelio”, concluyó.
Mons. Giovanni Cefai (Perú)
Mons. Cefai, Obispo de Huancané, en la sierra del Perú, compartió su devoción personal a San José, que ha sido una constante en su vida desde su infancia. Gracias a sus padres, creció con esta fuerte devoción, que se reflejaba en las prácticas familiares, como la novena y la procesión en honor a San José el 19 de marzo. En su hogar, San José fue una figura de apoyo y consuelo, especialmente en los momentos difíciles, y el silencio del santo es algo que siempre le ha impresionado.
El obispo originario de Malta mencionó que, durante su formación en la Sociedad Misionera de San Pablo, vivió la providencia de San José: “Recuerdo mis superiores y la congregación siempre intercediendo ante San José, pidiendo a Dios para especialmente ayudarles con sus obras, etcétera. Y la providencia nunca faltaba. Siempre venía, estuvimos allí como cerca de 80 personas viviendo, estudiantes, sacerdotes, ancianitos y nunca nos faltaba a pesar que no teníamos nada”.
En su misión en Perú, país al que llegó en 2001, Mons. Cefai fundó una casa de retiro en honor a San José, prometiendo: “Si tú me ayudas, yo haré esta casa en tu nombre”. Actualmente, está desarrollando “Villa San José” en Huancané, que incluirá servicios educativos y de salud. Explicó que confía en San José para hacer crecer este proyecto: “Poco a poco con mucha fe, será un éxito”.
Bombino es uno de los hijos de esta tradición musical que los medios han sabido proyectar internacionalmente como “estrella tuareg”. Al igual que otros estetas del género como Tinariwen, Omara “Bombino” Moctar representa a un tipo de músicos capaces de navegar entre la tradición más genuina y la irreverencia de la música contemporánea occidental. Originario de una región con gran presencia tuareg (Agadez), Bombino fue en los primeros años de su vida un refugiado, con constantes idas y venidas a Argelia, todo esto en años convulsos de rebelión de este pueblo a causa de su creciente marginalización, aspecto que se ha visto reforzado especialmente en Níger y en Malí. Este exilio permanente fue forzado incluso en el año 2007, época en la que aprendió a tocar el instrumento que ha sido santo y seña del llamado blues del desierto: la guitarra eléctrica, elemento común en toda una serie de artistas míticos de la franja del Sahel.
Iconoclasta y rupturista, el nigeriano ha ido acuñando con el paso del tiempo una personalidad única que ha acabado colocándolo en lo más alto del podio de la world music. Después de su increíble éxito en 2013 con ‘Nomad’ (Nonesuch Records), un álbum producido por Dan Auerbach de The Black Keys, el guitarrista tuareg publicó su tercer álbum el pasado 1 de abril a través del sello Partisan. ‘Azel’ ha sido producido por Dave Longstreth (Dirty Projectors) y mezclado por David Wrench (FKA Twigs, Caribou, Jungle), en los estudios Applehead de Woodstock. A tenor del primer adelanto de su nuevo disco, ‘Akhar Zaman’, todo apunta a que este artista incombustible sigue empeñado en evolucionar más allá del corsé que imprime sus propias raíces.
Jesús Cervera es sacerdote en uno de los pueblos valencianos más afectados por las inundaciones Su centro, en el que estudia un millar alumnos y que ha sufrido muchos daños, trabaja a contrarreloj Tres escuelas católicas (incluida una de Polonia) se han ofrecido a apoyarles con material y mobiliario
El sacerdote valenciano Jesús Cervera está acostumbrado a agarrarse a los rayos de esperanza, aunque sean mínimos. Una experiencia a la que sin duda han contribuido sus años de misionero en Argelia, donde, además de ser el pastor responsable de custodiar la tumba de un gigante de la Iglesia como Carlos de Foucauld, sabía que tenía que actuar siempre con mucha delicadeza, pues en el país africano está prohibida cualquier manifestación pública de la fe cristiana y allí Jesús de Nazaret se testimonia de un modo pleno con “la amistad” hacia el otro.
Esa misma fuerza es la que experimenta desde hace dos semanas en el pueblo de Benetússer, uno de los más afectados por las inundaciones que han asolado Valencia, dejando casi 20 víctimas en una población con 15.000 habitantes. Al frente de la Parroquia Nuestra Señora del Socorro, “que afortunadamente apenas ha sufrido daños por estar en la parte alta del pueblo”, este presbítero explica a Vida Nueva cómo si ha sufrido un gran impacto una de sus grandes obras, el colegio del mismo nombre, de titularidad parroquial y en el que estudian casi un millar de alumnos.
Un edificio está menos dañado
Justo cuando hablamos con él, esboza una sonrisa: “Hoy podemos decir que estamos más animados. Con los directores del centro, nos hemos reunido con el Ayuntamiento y con la Consellería de Educación y parece que, el próximo lunes, podremos reabrir uno de nuestros dos edificios, el de Secundaria y Bachillerato, que ha sufrido menos daños, entrando ahí solo 20 centímetros de agua y barro”.
El otro, el de Infantil y Primaria, donde hay matriculados 640 niños, sí está muy afectado: “Ahí la inundación fue enorme y hemos perdido toda la planta baja, llevándose la corriente hasta tabiques y los fogones de la cocina, con lo que pesan. No queda nada: la dirección, la secretaría, el comedor, todas las aulas de Infantil… Todo está arrasado”.
Plan de viabilidad
Al salvarse las tres primeras plantas, salvo la baja, y gracias a la inspección de tres arquitectos, que han avalado que no hay un daño estructural, “estamos trabajando en un plan por el que los alumnos de Infantil suban al primer piso y los de Primaria, que estaban ahí, al segundo y al tercero. A los chicos de 1º y 2º de la ESO, que ocupaban esa última planta, los trasladaríamos al otro edificio. Esa es nuestra propuesta, que tienen que aprobar las autoridades. Si se acepta, construiríamos un acceso seguro desde una escalera que se ha salvado en la primera planta y, si todo va bien, nos gustaría reabrir en 15 días. Pero todo está en el aire”.
Ahora, toca ponerse a fondo “en las labores de albañilería y electricidad, lo que nos va a costar mucho dinero”. Por ello, han abierto una cuenta solidaria y “estamos recibiendo muchos donativos”. De particulares y entidades, resaltando “el fuerte apoyo que nos han dado tres colegios católicos. El principal, desde el primer día, fue el del Colegio de las Esclavas del Sagrado Corazón, en Valencia. Son nuestros ángeles de la guarda y, cuando abramos, nos aportarán muchos materiales escolares y muebles”. También ofrecerán su aporte otro centro levantino que prefiere permanecer en el anonimato y “otro más de Polonia, con el que estamos hermanados y compartimos alumnos de intercambio de Erasmus”.
Una gran familia
En este sentido, el Colegio Parroquial Nuestra Señora del Socorro es una gran familia: “Estudian cientos de alumnos del propio pueblo, pero también de otros cercanos y que ahora han sido muy afectados, como Sedaví, Alfafar o Masanasa. Es otra prioridad para nosotros asegurar que puedan venir en transporte público, lo que sin duda implica otro reto por el mal estado de las comunicaciones”.
Pero, para ellos, ningún esfuerzo es pequeño: “Ha sido increíble ver cómo se han volcado estos días profesores, alumnos y sus familias. Muchos de ellos han venido a limpiar a colegio para poder reabrir lo antes posible”.
Impacto emocional y espiritual
Otro aspecto en el que deberán recuperarse es en el emocional y espiritual: “Mucha gente lo ha perdido todo. Los coches, las primeras plantas de las casas, los comercios de hasta cuatro generaciones y que ya no abrirán… Y, aun así, sabemos que tenemos que dar las gracias a Dios por la vida”.
Aquí, hay un testimonio que a Cervera le ha llegado al corazón: “Un día, limpiando en la parroquia, vino un hombre, se sentó en un banco y empezó a llorar. Al preguntarle, me contó que, ese día, al tratar de salvar el coche, le sorprendió la corriente y se lo llevó… Durante una hora, estuvo atrapado en el coche, yendo a la deriva. Al principio, estaba desesperado, pero hubo un momento en el que rezó y dijo: ‘Padre, ¿de verdad vas a dejar que muera aquí, ahogado en mi propio coche?’. En el fondo, era la oración de Jesús en la cruz, su ‘¿por qué me has abandonado?’… Y lo bonito es que funcionó. Tras rezar, se calmó”.
Salvación milagrosa
Por fortuna, “la historia acabó bien y, hubo un momento en el que el coche paró y pudo salir por una puerta trasera. Fue apenas un segundo, ya que, según escapó, el coche ya no estaba… Había vuelto a emprender la marcha con mucha fuerza. Que salvara la vida es un milagro”.
Tristemente, no todas las historias han tenido este final feliz. Ni mucho menos: “Hay varias familias que conozco golpeadas mortalmente. Ya he enterrado a un padre de dos mellizos a los que doy catequesis… O a una alumna del colegio de 11 años cuyo padre tenía agarrada por las manos y que acabó siendo arrastrada por la corriente. Su cadáver apareció dos kilómetros más allá y ha sido muy duro”.
Que afloren la confianza y la esperanza
Por todo ello, el sacerdote acepta que “este es un momento de rabia e ira. Va a costar, pero debemos tratar de sacar ese veneno y que afloren la confianza y la esperanza, que sí construyen. Son días en que se repite mucho que ‘el pueblo salva al pueblo’, pero es Dios el único que nos salva verdaderamente”.
Para ello, hay que agarrarse al mejor signo de todos: “La gran fraternidad que ha surgido, por la que, hasta los que habían perdido mucho, se han volcado con los que no tenían nada. Ha muerto mucha gente sola, especialmente viudas que vivían en casas bajas. Pero también se han salvado muchas personas a las que sus vecinos han socorrido y acogido en su casa”.
Fotos: Víctor Gutiérrez / Comunicación Arzobispado de Valencia.
Muchos de los y las que conocieron a la hta. Magdalena dicen que no se podía olvidar su mirada. Yo también, recuerdo muy bien la primera vez que la encontré, en el año 1957. Acababa de hacer mi primera profesión y venía a Tre Fontane para un mes de formación. Llegaba de América Latina con otra hermanita de Brasil. Como las hermanitas vivían allí entre los Tapirapé (un grupo de indígenas brasileños), esta hermanita había traído como regalo una lanza Tapirapé.
Al llegar a la fraternidad después de un largo viaje, las hermanitas quisieron que fuéramos enseguida a saludar a la hta. Magdalena. Ella estaba trabajando en ese momento con su consejo y con el Padre Voillaume (fundador de los Hermanitos de Jesús). Para mí fue un momento muy emocionante porque, habiendo llegado de lejos, en un instante conocía «toda» la Fraternidad, con hermanitas de todos los Continentes que en aquel momento estaban a cargo de la Fraternidad.
Algunos años más tarde, fui nombrada a mi vez consejera general. Fue entonces cuando conocí mejor a la hta. Magdalena. Si ella estaba en Tre Fontane y nosotras no estábamos viajando, nos veíamos todos los días. Comía con nosotras. Eran momentos de preciosos encuentros. Era muy accesible. Nos compartía las cartas que llegaban de todo el mundo, las peticiones y reflexiones de las hermanitas. Pensábamos juntas cómo responderles. Había un buen ambiente y compartíamos nuestras opiniones y preguntas con sencillez.
Muchos gestos y palabras de la hta Magdalena han marcado mi vida. Cada vez que tenía un problema, encontraba en ella «una madre». Aún hoy pienso en algunas de las cosas que nos decía, en su visión de la vida. Era muy exigente y muy franca, pero también había en ella una gran ternura. De hecho, pasara lo que pasara, hiciéramos lo que hiciéramos, podíamos volver a ella, y nunca se detenía en lo que habíamos hecho: era como si ya lo hubiera olvidado. También me conmovió su sencillez, su bondad, su gran cuidado y amor por las personas más pobres. Se notaba en su manera de acoger a todo el mundo. Durante la construcción de una parte de Tre Fontane, había obreros trabajando con nosotras. Era muy atenta con cada uno y con sus familias. Cuando salía a Roma, sólo visitaba a esas diferentes familias. Nunca iba a comer a otro sitio, pero iba a sus casas con mucha alegría. Preparaba con esmero los pequeños regalos que llevaba a los niños.
Fue esta vida contemplativa vivida en medio de los más pobres la que me atrajo hacia las Hermanitas y la que he intentado vivir lo mejor que he podido durante todos estos años. Durante más de 30 años, compartí la vida cotidiana de la gente de La Victoria (un barrio de la periferia de Santiago). Todas esas familias que luchan cada día por ganarse la vida, criar a sus hijos y salir adelante han dejado su huella en mi vida y en mi oración. Aún hoy, es el mismo deseo el que guía mi vida, ahora que comparto el día a día de los ancianos en una residencia.
El deseo que ardía en la hta Magdalena y que brillaba en todos sus mensajes, en todas sus cartas, en todas sus acciones, era el del amor: el amor hacia todas las personas, el amor más allá de las fronteras, el amor entre los pueblos, el amor entre nosotras… Lo repetía constantemente y en todas partes, como un estribillo que ritmaba su vida y que vivía profundamente. Conocerla y vivir con ella fue para mí una lección de amor y de ternura.
El domingo 1 de diciembre se celebra la memoria de san Carlos de Foucauld, quien fue canonizado por el papa Francisco el 15 de mayo de 2022. La familia espiritual de San Carlos de Foucauld está preparando su fiesta con un tiempo de oración abierto a todos cuantos deseen compartirlo.
En el día en que se conmemora su fallecimiento, el 1 de diciembre, y su fiesta litúrgica, el 1 de diciembre, compartirán un tiempo de oración en la iglesia de San Juan de Dios, en calle Márquez de Mantua, Jardín de Malaga.
San Carlos de Foucauld fue beatificado el 13 de noviembre de 2005 por Benedicto XVI y canonizado el 15 de mayo de 2022 por Francisco.
Documental
Con motivo de la canonización del Hermano Carlos, la Familia de Foucauld de Málaga lanzó un vídeo documental titulado «Un desierto habitado». Siguiendo los versos de la “Oración de abandono” un grupo de Hermanitos y Hermanitas de Jesús, sacerdotes y seglares de la Familia de Foucauld y miembros de movimientos que lo tienen como patrón, como los Misioneros de la Esperanza, el Movimiento de Acción Cristiana y Amigos del Desierto, relatan varios momentos destacados de la vida del Hermano Carlos y las huellas que su carisma dejó impresas en ellos.
Nuestro Señor vino para buscar lo que estaba perdido… Deja algunas ovejas que están en el corral para correr detrás de la que se había perdido…Hagamos como él. Ya que nuestras oraciones son una fuerza, con la certeza de obtener lo que pedimos, corramos. Por nuestras oraciones, corramos a la búsqueda de pecadores y hagamos por ellos la obra por la que nuestro Divino Esposo vino sobre la tierra…
Si no estamos dedicados a la vida apostólica, mucho debemos rezar por la conversión de los pecadores. La oración es casi el único medio potente, extendido, que tenemos para hacerles un bien y ayudar a nuestro Esposo en su trabajo de salvar a sus Hijos, sacar de un peligro mortal a los que ama apasionadamente, ya que nos ha pedido en su Testamento de amar como él mismo ama… Si estamos dedicados al apostolado, nuestro apostolado sólo dará fruto si rezamos por los que queremos convertir, ya que nuestro Señor da al que demanda, abre a quien llama… Para que Dios ponga buenas palabras sobre nuestros labios, buenas inspiraciones en nuestros corazones y buena voluntad en aquellos a quienes nos dirigimos, es necesaria la gracia de Dios. Para recibirla hay que pedirla… Así, cualquiera sea nuestro género de vida, recemos mucho, mucho, por la conversión de los pecadores. Es especialmente por ellos que Nuestro Señor trabaja, sufre, reza…
San Carlos de Foucauld (1858-1916) ermitaño y misionero en el Sahara Meditaciones sobre el Evangelio (Écrits spirituels de Charles de Foucauld, ermite au Sahara, apôtre des touaregs, J. de Gigord, 1964)
Para que el padre Peyriguère pueda dar un salto tan escalofriante como el de pasar de una vida de sacerdote profesor de seminario en Francia, a llevar una vida de monje-misionero en El Kbab, hay que tener en cuenta dos movimientos. Uno interior, hecho de un realismo y una fortaleza singular para llevar a término su ideal de sacerdote entregado a Cristo; y otro exterior, hecho de las vicisitudes y circunstancias que Dios le pone día a día en su vida para que se abandone cada vez más en sus manos y olvidándose de sí mismo, se deje conducir por el Espíritu1.
1. Siguiendo al hermano Carlos
En el verano de 1919 el padre Albert Peyriguère, una vez finalizada la Iª Guerra Mundial y restablecido de las heridas de guerra se reincorpora al trabajo de profesor en el seminario, sin estar todavía del todo recuperado. Físicamente debilitado y espiritualmente inquieto, se expresa de este modo en una carta del 23 de agosto de 1919 a un amigo del campo de concentración: «He vuelto a mi trabajo del Seminario, pero las fuerzas me han traicionado, aún no recuperadas de las sacudidas de la guerra… Ruega encarecidamente a Dios por mí. Me parece, en algunos momentos, que el Señor me llama a pertenecerle más plenamente»2.
2. Peyriguère ya no es el mismo, la guerra le ha cambiado
Se siente atraído hacia una vida más profunda y por otro lado le asalta una fuerte ambición de conquista. Su salud le impone un largo período de descanso y como algunos de sus compañeros habían partido hacia África para ingresar en la congregación de los Padres Blancos, dirige su mirada hacia allí, en un intento de ser coherente con sus aspiraciones de apóstol y su salud: «La guerra ha despertado en mí, mejor dicho, ha precisado ciertas aspiraciones hacia una vida más dura, más conquistadora; la verdadera vida del evangelizador que despojado de todo, va siempre avanzando a través de los grandes espacios, hablando del Buen Maestro a las pobres almas que no le conocen. Mi corazón ya no está en Europa, y todos mis sueños me llevan hacia esa inmensa África donde millones de pobres almas esperan al misionero. Sí, si mi salud me lo permite, espero ingresar en los Padres Blancos; todos los demás ministerios ya no me dicen nada y me parecen demasiado “caseros”»3.
3. Se pone a la búsqueda de un lugar para descansar y desempeñar algún pequeño ministerio, mientras se restablece su salud
Después de diversas consultas Mons. Lemaitre, arzobispo de Cartago, le acogerá en Túnez. De esta forma el padre. Peyriguère realiza la primera toma de contacto con el mundo del islam. Tenía treinta y siete años cuando llegó a África, el mes de diciembre de 1920, justo cuatro años después de la muerte del hermano Carlos. Es nombrado capellán del internado de Sillonville, al sur de la península de Capbon, donde permanecerá dos años en condiciones que le permiten descansar y reflexionar. Consciente de que está de paso y que debe partir ya definitivamente a realizar su apostolado entre los infieles, ingresa en los Padres Blancos. Y es aquí, en un ambiente de tranquilidad y de profunda reflexión, donde se va a realizar un encuentro que va a ser definitivo en la orientación de la vocación del padre Peyriguère. Aparece en Francia, en aquel año 1921, el libro de René Bazin Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, eremite du Sahara. No tardó en leerlo el padre Peyriguère, porque ya en su correspondencia sostenida con su amigo de guerra se deja entrever cómo ha captado y le ha impresionado el mensaje del padre Foucauld. Aquello era lo que tanto tiempo le había tenido intranquilo, era la expresión de su vivencia interior: «Me parece que el apostolado directo no le será posible por ahora. Pero tranquilícese, hay una manera de ser apóstol que está inmediatamente a su alcance y que puede ser fecunda. Lo quiera o no, sus ejemplos y sus palabras, tendrán una influencia directa a su alrededor, a corto o a largo plazo, no importa… Nada se pierde en el mundo moral y cuando los hombres tienen ante los ojos el espectáculo de un hogar verdaderamente cristiano, en donde, lejos de las pequeñeces, de las vulgaridades que a ellos les esclavizan, sientan arder de verdad la llama del ideal, no es posible que de una forma u otra no se sientan arrastrados hacia él… Serán el punto luminoso y ardiente, desde donde irradiará el ideal sobre las pobres almas del vecindario, tan hundidas en la materia, y estos no podrán dejar de sentirse impresionados de la misma manera que sería imposible encontrarse a pleno sol sin sentirse inundados de luz y de calor»4.
4. De nuevo otro hecho, insalvable, desviará su camino; una grave disentería compromete definitivamente y sin remedio su deseo de ingresar en los Padres Blancos
Pero su espíritu se deja llevar, porque ante todo su deseo es cumplir la voluntad de Dios, y se expresa de esta forma en una carta del 3 noviembre1921: «De momento la cosa apenas marcha. He sido agraciado con una bonita disentería que me tiene agarrado desde hace cuatro meses; me agota y adelgazo continuamente. Tal vez el severo régimen a que estoy sometido logrará dominarla del todo. Pida que sepa aceptar esta prueba, no tanto en sí misma, sino porque me obliga a detenerme en relación al cumplimiento de mis sueños y me hace temer que habré de renunciar a ellos. Que sepa aceptar siempre la voluntad de Dios… En cuanto al apostolado repítase a sí mismo estas palabras de un sacerdote que me ha influido mucho en estos últimos tiempos: “Se puede hacer más apostolado por lo que se es, que por lo que se dice o por lo que se hace”», máxima del padre Huvelin, citada por R. Bazin en su libro sobre Carlos de Foucauld5. Y de qué manera tan delicada y tan parecida al padre Foucauld le hablará a su amigo, en una carta del 2 enero de1922, de la espiritualidad de Nazaret, que consiste fundamentalmente en ser “amigo de todos”: «Ojala su hogar, en medio del árido desierto que es el mundo para el corazón del Maestro, sea aquél acogedor oasis en el que Jesús pueda poner el pie y encontrar un poco de reposo y un poco de amor; está tan olvidado en todas partes, Él, que es tan necesario a las almas. Ojala que su hogar sea también como el centro desde donde irradie mucha bondad para hacer que Jesús sea amado… Luego sea en su pueblo “mensajero de paz”, manténgase totalmente apartado de las querellas. Con una firmeza incansable sepa tomar partido por el bien y contra el mal… Ignore las divisiones y los partidismos para ser amigo de todos en la medida de lo posible, sin capitulación y sin debilidad»6.
Una vez recuperado de la disentería y profundizando en este mensaje escribe a Mons. Lemaitre, expresándole el deseo y las ganas de buscar algo diferente: «Permítame, monseñor, repetirle mi deseo muy claro de renunciar al apostolado tan especial que me ha sido confiado hasta el presente, y encontrar un campo de actividad menos restringido y que ofrezca un terreno más grande y más libre a la iniciativa… Mis aspiraciones siguen estando muy vivas hacia el apostolado con los paganos»7.
Poco después fue nombrado párroco de Hammamet, donde se instala el 9 abril de 1923, donde comprende que todo sacerdote ha de sentirse responsable no sólo de los pocos cristianos que hay, sino también de los millares de infieles en medio de los que vive. Siguiendo este movimiento interior, empezará una labor de apostolado consistente en organizar un taller de bordados para chicas y un dispensario para lactantes.
5. Proyectos de fundación
El arzobispo había pensado en ampliar en mucho sus responsabilidades, confiándole también la parroquia de Nabeul. Este proyecto disgustó al padre Peyriguère, que precisó sus aspiraciones ante monseñor Lemaitre, manifestándole concretamente los rasgos y la forma que él consideraba para vivir una vocación en la línea del padre Foucauld: «La perspectiva de encargarme de Nabeul y Hammamet me impresionó mucho, porque me alejaba demasiado de mis aspiraciones y me llevaba hacia un ministerio parroquial ordinario. Una vida de trapense que mantiene contacto con las almas es lo que sueño por ahora y lo que mi cardenal y mi director espiritual me han autorizado a seguir».
Y aquí piensa en otros sacerdotes que podrían unirse a esta vida, debido al gran impacto que ha causado en Francia el libro de René Bazin, haciendo proyectos para estos ermitaños que se cuidarían del apostolado entre los cristianos y los indígenas… y al final de la carta pide que «para poder sentirse más comprometido con la obra, pueda vestir el hábito del padre Foucauld 8.
El hábito ya lo había tomado antes que él el almirante Malcor y Charles Henrion 9, el 21 de noviembre de 1924. Fueron ordenados sacerdotes posteriormente por Mons. Lemaitre, fundando la Fraternidad de Sidi-Saad. El padre Peyriguère se consideraba el tercero de esta sociedad de vida en común. «Esta vez sí que he de hablarle de mí, ya que se trata de una decisión transcendental para mí. Heme aquí definitivamente africano ¿no ha leído la estupenda vida del Padre de Foucauld, de Bazin? ¿Sabe que había pedido insistentemente discípulos que no acababan de llegar? Pues bien, se acaba de fundar una pequeña fraternidad que pretende seguir su apostolado, ejerciéndolo en medio de los pueblos musulmanes de África del Norte, con su mismo espíritu y utilizando sus métodos. Los dos primeros… El número tres soy yo: me cuesta dar crédito a lo que ven mis ojos, a lo que mis oídos escuchan. ¡Qué ideal tan extraordinario! Para alimentarlos, para hacer que lleguen a querer a Jesús, vivir en medio de los infieles una vida de oración, de renuncia, de trabajo manual, de caridad, de pobreza»10.
En 1925, el padre Peyriguère se encuentra con el padre Chatouville, hecho providencial que va a dar el último impulso para que Peyriguère entre de lleno a vivir de cerca el mensaje de Foucauld. Chatouville, sacerdote también de Burdeos, que había ingresado en los Padre Blancos en 1899, y que luego ocupó cargos importantes en dicha congregación misionera, había conocido bien al padre Foucauld y habían mantenido correspondencia. Diversas veces, siempre inútilmente, había manifestado a sus superiores el deseo de ir a vivir con el hermano Carlos. Hacía diez años que Foucauld había muerto en Tamanrasset, y Chatouville se encuentra en Harnmamet un sacerdote que comparte sus aspiraciones plenamente. Obtenida de sus superiores la autorización para el padre Chatouville, Peyriguère escribe a Mons. Lemaitre en mayo de 1926: «Creo que ha llegado el momento de obedecer la llamada imperiosa de mi vocación. Mi venerado cardenal y mi director espiritual, me dejan libre. Es una prueba suficiente de que estoy en la voluntad de Dios. Dejo pues mi parroquia e incluso Túnez, pero no África, pues me retienen las aspiraciones al apostolado oscuro y silencioso que ya sabéis»11. El lugar ya estaba preparado: Una casa con jardín, de los Padres Blancos, en Ghardaia, donde había vivido un eremita. Esta fue la casa que acogió a los dos hermanos durante la primera quincena de junio de 1926, época de fuerte y peligrosa calor en el Sahara.
6. Vida de Fraternidad
La Fraternidad empieza a organizar su vida cotidiana queriendo imitar la vida de Nazaret, aquella vida que el padre Foucauld amó tan apasionadamente y que propuso como ideal a sus futuros Hermanos en el reglamento de 1899: Oración, ayuno, trabajo manual, etc. El padre Chatouville es el superior y es el que mantiene contacto con los vecinos, mientras que Peyriguère se dedica más plenamente a la clausura que ambos se habían impuesto. En la calma de la ermita y en el esfuerzo por vivir según el Reglamento de los Hermanos del Sagrado Corazón, Peyriguère reflexiona, vive y experimenta la riqueza del mensaje y va perfilando su propio estilo de vida, una nueva configuración de la fraternidad. Se plantea si la única forma de vivir el mensaje de Foucauld era a través del Reglamento de 1899. En este ambiente de búsqueda, Chatouville muestra a Peyriguère la carta de Foucauld dirigida al padre Antonino el 13 mayo de 1911, donde expresa que junto a hermanos que vivan una vida más enclaustrada, podría haber otros que se dedicaran más al apostolado. Estos hermanos serán sacerdotes y de edad madura, es decir, debidamente formados. Se trata de un apostolado de presencia y no de actividades. Veamos cómo se expresa el hermano Carlos en dicha carta: «Según las aptitudes, las aficiones, las necesidades, según lo que crea ser voluntad de Dios, el superior de 24 cada pequeño grupo de tres o cuatro dedicará a cada hermano, ora totalmente al trabajo manual, ora parte al trabajo manual y parte al apostólico, ora casi exclusivamente al trabajo apostólico»12.
Se trata de regirse por las circunstancias, para poder dedicarse, con la mayor eficacia posible, a la evangelización. Este descubrimiento, que encaja tan exactamente con sus propias aspiraciones, le llena de alegría, tomando conciencia de que el principal documento para conocer el ideal de vida de Foucauld es el testimonio de su propia vida. Los tres principios que en la carta se ponen de manifiesto y que son una constante de todos los proyectos del hermano Carlos son: «Imitación de la vida oculta de Jesús en Nazaret, Adoración del Santísimo Sacramento expuesto, y establecerse en medio de los pueblos infieles más abandonados y hacer allí todo lo que sea posible para su conversión»13. Que sean grupos de tres o cuatro monjes-misioneros, auténticos contemplativos, pero manteniendo relaciones con el exterior es todo lo que hay de nuevo en relación con las Regla primitiva.
Unos años más tarde, el padre Peyriguère le diría al padre Gorrée, en una carta del 1º febrero de 1929: «La Regla de 1899, con el padre Chatouville, la hemos estudiado profundamente en nuestra ermita de Ghardaia; y además de no estar al día bajo el punto de vista canónico, no la hemos encontrado viable. Si quisiéramos seguirla se nos ahogaría tan deprisa el cuerpo como el alma. Un hecho curioso y que miro como una indicación que me da la Providencia, es que antes de conocer el texto de la carta de 1911, mis aspiraciones y mis propias experiencias personales me habían encaminado por sí mismas a las mismas concepciones que al padre Foucauld»14.
7. Nuevos caminos
En otoño de 1926, Peyriguère deja la ermita de Ghardaia y pasa algunos meses en la región de Burdeos; el fuerte verano del Sahara lo había agotado mucho y necesitaba reposo antes de emprender de nuevo y definitivamente el camino. La salud del padre Chatouville tampoco era muy buena, pero continuó solo aún 25 unos meses; hasta que sus superiores le reclamaron y lo enviaron a descansar, primero a Tínes y luego a Francia, donde moriría en julio de 1927.
En febrero de 1927 el padre Peyriguère estaba ya de vuelta en Marruecos, en Marrakech. El padre Foucauld había deseado siempre ardientemente ir a Marruecos, y llevar a cabo este sueño del maestro fue el elemento decisorio para Peyriguère. Primero se instala en Marrakech para estudiar la lengua y las costumbres bereberes. Encuentra en la persona del Vicario Apostólico de Rabat, Mons. Vielle, una gran comprensión y ayuda en la realización del ideal que había entrevisto. Por entonces el país sufría varios años de sequía y una gran miseria, además de una epidemia de tifus y una plaga de langosta, que habían diezmado el Sur del país. A petición de Mons. Vielle y como un servicio temporal, el padre Peyriguère decide trasladarse allí, concretamente a Taroudant, donde otros hermanos en la fe estaban ya trabajando. Al llegar se encuentra con que el Dr. Chatiniees, que había contraído el tifus, murió al poco tiempo; después sería el hermano Pierre quien también moriría a causa de la epidemia. Tampoco Peyriguère escaparía a la enfermedad, pues casi al mismo tiempo tuvo que ser evacuado en estado de extrema gravedad. Una vez repuesto pasará una larga convalecencia al lado de Mons. Vielle, acompañándole en un viaje apostólico por todo Marruecos, que le permitirá conocer de cerca a aquel pueblo. Después, en una carta del 31 de mayo.1928, escribe: «Pienso ir a instalarme en una de esas tribu, y una vez allí intentar vivir esta vida que suscita en mí unas aspiraciones tan ardientes»15. Poco tiempo después, con una sencilla maleta, una pequeña caja de libros y un poco de dinero en el bolsillo, el 14 de julio de 1928, llega a El Kbab, donde se instalará. El 18 de julio de este año, temblando de emoción, celebra allí la primera Eucaristía: «Esta mañana, en la Santa Misa… era la primera Misa que decía en el nuevo lugar que acabo de fundar: jamás nuestro Cristo bienamado había venido por aquí; Él ha descendido hoy por primera vez, traído por nuestras manos para todos»16. A partir de aquí empieza una larga y profunda historia de encarnación en el mundo bereber. Primero sería la lengua, luego el corazón y los sentimientos y por fin también la inteligencia acabaría por berberizarse.
8. Interpretación y vivencia del mensaje de Foucauld
El padre Peyriguère era un hombre de silencio y contemplación, pero no escogía él, dejaba que Cristo le viniera a buscar de la manera que Él quisiera: «dejar a Dios… para encontrar a Dios… tal como Él quiere». Su teología es la encarnación y la del Cuerpo Místico. Ese amor directamente dirigido a Dios, dejando que Cristo tomara su corazón para continuar amando al Padre y a los hombres tal como hizo en Nazaret: «Saber la riqueza incomparable de cada instante que nos es dado, sobre todo cuando ese instante nos pone delante del pobre y del desventurado, delante del que sufre; no se ha de saber nada de nuestro cristianismo para ignorar que, bajo las apariencias del desventurado, está Cristo que viene a nosotros, que se nos da, que quiere ser consolado y reconfortado por nosotros. ¡Ah¡ Este realismo cristiano que quiere que, a cada momento, nuestra pobre vida camine al mismo paso que la vida de Cristo, este realismo cristiano que es como lo vivió Foucauld, tal como lo descubro profundamente en medio de nuestros pobres»17.
Pero esto no está exento de sacrificio y esfuerzo, como dice en una carta del 11 de noviembre de 1938: «Si supierais las ganas que tengo de soledad y de silencio. No estoy nunca solo, no “siento” nunca este silencio a mi alrededor… Como el Buen Dios quiera; hace falta darle nuestra vida tal como Él quiera tomarla. Es ya tan bonito que quiera tornarla de alguna manera y hacer algo con esta nada que es ella»18. En esta nueva etapa que comienza de su vida en El Kbab, uno de los pilares para su vida de “misionero aislado o desbrozador” es la contemplación-adoración nocturna que él considera como la parte más escogida de su vocación misionera. Es de esta adoración a la presencia silenciosa de la Eucaristía de la que uno se deja cautivar por toda la dulzura y toda la bondad de Cristo, para luego hacerle revivir, dejar que se muestre Él mismo a través de una sonrisa, un gesto, un servicio.
En su vivir de cada día, no hay una fidelidad esclava a un reglamento, sino como en el padre Foucauld, una facilidad de adaptación y una disponibilidad que le permiten vivir profundamente lo que él llama «toda la riqueza del momento presente». Así no hay ruptura ni discontinuidad entre la capilla y el dispensario. A menudo decía: «La contemplación es tener la experiencia de la Presencia. Aquí, curando estos niños, yo lo veo, lo toco, tengo la impresión física de tocar el cuerpo de Cristo, es una gracia extraordinaria, hace falta haberlo experimentado»19.
9. Un encuentro de amistad
Para el padre Peyriguère su trabajo en el dispensario no consiste sólo en realizar curas, o un servicio, sino que se trata de crear relaciones humanas. Su dispensario es mucho más que un dispensario, es un verdadero lazo de amistad, un verdadero encuentro de amistad; todo ello como la mejor manera de mostrar a Cristo, mostrar su bondad; es el testimonio del “misionero aislado o desbrozador” en medio de aquel pueblo: «En medio de los que no le conocen, ser una presencia de Cristo… sentirse solo llevando a Cristo en sí… saber que uno es, en medio de ellos, el único a través de quien Él se muestra, y a través de quien ellos le juzgan… tener toda la responsabilidad de lo que ellos pensarán de este Cristo, y querer dar la idea más alta y la idea más tierna. Y que el Cristo anónimo sea a la larga como una llamada que hará venir el Cristo declarado y conocido»20.
De alguna manera sus amigos, los bereberes, llegaron a captar toda esta dimensión humana y espiritual del padre Peyriguère. Por esta razón le consideraban un “marabú”21 cristiano.
10. Monje-misionero
El padre Peyriguère consiguió ir más allá del binomio acción-contemplación y más allá del binomio monje-misionero. Siguiendo a Foucauld llegará, como éste, a la fusión y síntesis de estas realidades como “misionero aislado o desbrozador”: «Cuando me di cuenta de que este mensaje de su vida misionera contenía una riqueza escalofriante, quise expresármelo por fragmentos. Sobre todo, hacerlo oración, hacerlo vida, ponerlo a prueba»22.
«Hace años que el padre Foucauld como fundador de una orden no cabe en mis horizontes. Para mí, toda su envergadura le viene de haber sido el iniciador de un movimiento misionero, de un movimiento espiritual»23.
«Los que querrán hacérsela suya y dedicarle la vida, se buscarán, encontrarán. Cuando se hayan encontrado, si desean trabajar juntos, habrán de concretar la fórmula para la organización de su grupo que incluyan sus deseos de cooperación»24. Leyendo y releyendo la propia vida de Foucauld, el padre Peyriguère va comunicando en sus diferentes escritos, artículos, correspondencia, todo aquello que aprende del mensaje centrado en estos tres principios citados anteriormente. Veámoslo en concreto.
11. Establecerse en medio de los pueblos infieles
Todo esto lo expresa el P. Periguère en su correspondencia: «He venido aquí para vivir personalmente el ideal del padre Foucauld… monje-misionero. Esto es lo que yo quiero ser. Tenemos que estar en medio del islam antes que nada como orantes e inmolados. Dios no salvó a la humanidad si no porque Jesús, el gran Sacerdote, tomó esta humanidad en sí, y el Padre no ha visto a los hombres sino a través de su Hijo muy 29 amado. De igual manera, creemos que Dios quiere la salvación del islam, pero sólo se salvará por Cristo. Cristo glorioso no puede volver a la tierra, nosotros nos ofrecemos a Él, nos dejamos en Él, le prestamos a Él, le damos nuestra pobre humanidad para que viviendo en Él (es el efecto del bautismo y del sacerdocio), Él pueda, puesto que nos hemos hecho bereberes con los bereberes, en nosotros y por nosotros, ser Él mismo berebere. Y que el Padre, único que puede llevar al Hijo, mire, ame y salve a los bereberes en Él»25.
Hacerse a todos para ganar a todos. Encarnación en los bereberes: «Cristo en medio de los bereberes… cada noche por medio de la voz de su sacerdote, la oración de Cristo pide al Padre que le dé estas almas, el Cristo convertido en bereber en su sacerdote que se ha hecho bereber… Cristo, a través de la voz de su sacerdote, desea ardientemente y aún espera ardientemente la redención berebere»26.
El padre Peyriguère, una y otra vez, reza y medita los puntos neurálgicos de la misión en Foucauld: «Me parece que delante del Buen Dios y delante de los hombres, quedaré como aquél que ha extraído, materializándola en mi pobre vida, esta vocación espléndida de “misionero aislado o desbrozador” (monjemisionero), tan querida por el padre Foucauld, como aquél que ha extraído de su mensaje, donde estaba mezclada con algo más. Ahora el movimiento está en marcha. Seguro que en el futuro habrá vocaciones que buscarán este camino»27 . Foucauld vivió e intuyó el mensaje de la pre-misión en una situación de conflicto entre dos realidades opuestas: por un lado su voluntad de ser salvador con Jesús y por otro el hecho de encontrarse con la realidad del islam, que rehúsa a Cristo porque cree poseer una cosa mejor. Frente a este rechazo el pre-misionero intenta encontrar puntos de penetración para comunicar y transmitir su mensaje salvador. Esta presencia del pre-misionero en un medio no-cristiano y su forma de vida silenciosa, imitando al Jesús de la vida oculta de Nazaret, hace presente en el islam a la Iglesia y le convierten en un auténtico misionero. A través del pre-misionero, Cristo se hace presente a estas personas, manifestándose de nuevo con toda su ternura, a través de la caridad y de la bondad. Y, además, el misionero intercediendo por los no-cristianos, va preparando el terreno de la cristianización haciendo presente ya en el aquí y ahora el Reino de Dios.
12. Vivir el misterio de la encarnación
El padre Peyriguère sabe ahora en El Kbab lo que quiere ser, para lo que ha sido llamado. Estas son sus palabras: «El padre Foucauld alcanza toda su talla en la Iglesia de las misiones y ante el apostolado cristiano, por haber dicho y vivido el significado y la densidad mística, el significado y la densidad apostólica de las presencias silenciosas del apóstol, de todo cristiano, en realidad, allá donde se halla o dondequiera que esté: he aquí el alma y la esencia del mensaje foucauldiano»28.
Ser apóstol en Nazaret es sumergirse plenamente en el misterio de la encarnación, tal como lo vivió Foucauld. Peyriguère se hace bereber para llevar el mensaje de salvación a sus hermanos bereberes. Es, al mismo tiempo, bucear en el misterio de la propia persona, para ir desposeyéndose de todo lo superfluo y encontrar, en lo más íntimo del ser, el misterio de la encarnación. Peyriguère siente la llamada misionera que nace de su misma esencia cristiana: «Todo cristiano ha de ser misionero, todo cristiano ha de ser salvador con Jesús». Ser cristiano en su pensamiento es, para cada persona, saberse y aceptarse como responsable en su propia alma y en su propia vida de los destinos del misterio de la Encarnación, pero también «saberse y aceptarse responsable del misterio de los demás y del mundo entero»29.
El misterio de la Salvación, a través del misterio de la Encarnación como fruto y consecuencia del misterio del Amor de Dios, es lo que querrá vivir el padre Peyriguère en su ermita de El Kbab. Para ello se hará bereber, será uno más, intentará identificarse hasta el último detalle, ropa, comida, lenguaje, para que, tal como él mismo dirá con un deje de íntima satisfacción y de sencillez evangélica, que a través de él, este nuevo bereber, Cristo pueda también ser bereber y también a través de él sus hermanos bereberes puedan descubrir a su hermano Jesús. Esta vocación de exploración y adelanto, esta vocación de encarnación profunda y total que llevará con verdadero tesón y fidelidad hasta las últimas consecuencias, y que definirá como pre-misión, y en la que quedan recogidas todas sus ansias de justicia y amor a los más pobres, de ternura y heroísmo, de tenacidad y humildad, de búsqueda en los grandes espacios del espíritu, parece hecha a su medida y no la abandonará jamás.
13. Amistad con Jesús y entrega a los hermanos
Uno de los aspectos esenciales del padre Peyriguère es su intimidad con Jesús. En él, la delicadeza y la ternura irán tomando cuerpo en sus relaciones con los demás: «Qué bueno es vivir cogido así a la falda del buen Dios! Esta pobreza, si sigue envuelta con la sonrisa de la confianza, es la marca de las obras del buen Dios»30. Al hablar de la pobreza trasciende el hecho en sí, y también de la simple comunión con el hermano, e incluso de la misma imitación de Cristo. Llega más allá. Es el sentimiento del hijo pequeño plenamente confiado en los brazos de su padre, que se siente pequeño y se siente amado. «Qué cerca estamos de Cristo en los detalles de esta vida de cada día que nos parece tan monótona y tan insignificante. Días enteros acogiendo a los bereberes, trabajando de forma agotadora: cuidados, alimentos, ternura». Para darse de esta manera hay que estar muy unido al Señor. Aunque utilizando un lenguaje impersonal, en el fondo nos está hablando de su experiencia en este fragmento de su testamento espiritual: « … después de haber tocado como físicamente, pero con respeto y amor, el sufrimiento de Cristo en todas esas carnes doloridas… nada más entrar en su pobre capillita de los confines, hallarse allí cara a cara con la Eucaristía, ¡qué calor de intimidad subía por él, le afluía al corazón¡»31
En esto podemos ver el cumplimiento de las palabras de Jesús: «Manteneos en ese amor que os tengo, y para manteneros en mi amor, cumplid mis mandamientos»32. Para conocer la vida contemplativa de Peyriguère hay que profundizar también en lo que ha comprendido acerca de las cosas de Dios, en lo que le ha sido revelado por el Padre por ser “pequeño y humilde” como decía Jesús en su acción de gracias al Padre33. Otra de las constataciones de Peyriguère es comprender que «durante mi vida he aprendido más sobre el buen Dios entre los niños pequeños que entre los grandes teólogos»34. Realización en él de las palabras de Jesús: «De los que son como ellos es el Reino de Dios35. Ligado a esto está su sentido claro de la actuación de Dios en nuestras vidas: «Adoremos esta santa voluntad de Dios, a medida que los detalles y las circunstancias de nuestra vida nos la signifiquen y nos la hagan conocer. Y después adoremos también por todo lo que aún no vemos, adoremos lo que hay de desconocido en los designios del buen Dios sobre nosotros»36.
«Nunca tengo prisa; el tiempo es un colaborador tan bueno de las obras del buen Dios, que aclara muy bien las cosas y las somete a prueba de fuego»37 .
«Día tras día, el buen Dios nos lo va arrebatando todo. Pero Él se queda siempre, todo lo que no ha arrebatado nos queda con Él y en Él»38.
Una de las cosas interesantes a tener en cuenta a la hora de considerar su conocimiento de Dios, es su expresión “el buen Dios” que utilizaba frecuentemente en sus escritos. La mayor parte de las veces que nombra a Dios, antepone el adjetivo “el buen”, como afirmando que «Nadie es bueno más que uno, Dios»39. Así, esta expresión es una herencia que nos deja el mismo Peyriguère, movido por el Espíritu Santo.
14. Buscar a Dios en donde nos encontramos y no donde nos gustaría
El padre Peyriguère siente vivamente la necesidad de dedicarse al estudio del padre Foucauld y sobre todo a expresar cual ha sido su legado espiritual al mundo. El 3 de febrero de 1939, escribe: «No me acabo de convencer de que esté a la altura de ponerme delante de un movimiento al cual he dado impulso al ser el primero y hasta ahora el único en vivir la carta de 1911. Al menos lo que yo veo claramente es que dar la doctrina de este movimiento es quizás mi vocación»40.
Pero resulta que se ve llevado a otra actividad: «No, el ideal misionero del padre Foucauld no va deprisa en avanzar: ¡estoy tan ocupado! El número de enfermos que se presentan, a menudo en proporciones agobiantes, ha aumentado»41. Peyriguère planeaba una vida de ermitaño, de “silencio y soledad”, de estudio, de cara a hacer una labor de monje misionero y de “hombre del mensaje”. Pero el buen Dios le presenta otro servicio a realizar por los hermanos bereberes. Un servicio acaparador, y Peyriguère acepta esta vida que le presenta el Padre, desarrollándola con una gran generosidad: «Paso prácticamente todo el tiempo libre cuidando enfermos… Ha sido preciso que dejase momentáneamente los trabajos intelectuales. En principio, me ha costado. De repente, un buen día, una iluminación del Señor. He “palpado” con la mano que haber hecho el más pequeño bien al más débil de nuestros bereberes era mejor y más importante que escribir páginas geniales sobre los temas más elevados e interesantes»42.
«Buscar al buen Dios allí donde se ha puesto para cada uno de nosotros, y no allí donde nos agradaría encontrarlo o donde escogeríamos encontrarlo. ¡Que elija Él! Nunca hago tanta contemplación como en plena agitación de mi dispensario. “Estaba enfermo y me cuidasteis”, entonces la carne sufriente de estosenfermos, es la carne de Cristo que tengo el trastornador gozo de tocar. A eso le llamo hacer presencia real»43.
Acción-contemplación en lo concreto de su vida en El Kbab. Hay muchos pasajes suyos hablando de este tocar la carne de Jesús a cada momento en su dispensario. Pensamos que es uno de los descubrimientos básicos de su vida y de su espiritualidad, y esto para él es su contemplación. «A Mí me lo hicisteis»44. Así, el padre Peyriguère era contemplativo cuidando a sus bereberes, porque sentía que tocaba a Jesús y en la Eucaristía donde oraba por sus hermanos de adopción, con los que se sentía uno de entre ellos: “Sacerdote de Cristo y enfermero de los bereberes”, diríamos nosotros, pero para él era “sacerdote de los bereberes y enfermero de Cristo”.
15. Apóstoles por el ejemplo, por la bondad
La intuición del “hermano universal” es de una riqueza muy grande. Su mensaje se dirige tanto a sacerdotes como a religiosos y a laicos. Su correspondencia está plagada por esa preocupación de hacer vibrar a todos con su ideal. En una carta de Foucauld a Massignon, del año 1912, hay un texto que creemos importante: «Yo sé muy bien a qué llama Dios a todos los cristianos, hombres o mujeres, sacerdotes y laicos, célibes y casados A ser apóstoles, apóstoles por el ejemplo, por la bondad, por un contacto beneficioso, por un afecto que reclama reciprocidad y que lleva a Dios; a ser apóstol ya sea como Pablo, ya como Priscila y Aquila, pero apóstol siempre, “haciéndose todo a todos para dar a Jesús a todos”»45.
Esto también lo recoge fielmente el padre Peyriguère, quién en su Testamento espiritual, escrito el 10 de febrero de 1959, pocos días antes de su muerte, lo expresa de esta forma: «El mensaje del padre Foucauld es de una riqueza muy densa y compleja. Más que una espiritualidad particular, es simplemente, nos atrevemos a decirlo, una visión del Misterio Cristiano… tal como se ha mostrado a los Padres de la Iglesia, ante todo un mundo al que había que convertir tal como debe ser propuesto a los hombres de Dios si queremos que nos escuchen. Muchos son los que vienen a beber de su fuente. Todos, por diferentes que sean unos de otros, deben tener el derecho de inspirarse en el padre Foucauld. Perdidos en la muchedumbre, aislados y viviendo este ideal cada uno en su estado de vida, tal vez alguno o alguna viviéndolo en común, a ellos nos dirigimos. Se adhieran o no abiertamente, en el anonimato o nominalmente, al padre Foucauld, el hecho es que están en su línea. Esta doctrina misionera del padre Foucauld no está simplemente destinada a los sacerdotes y religiosos. También los seglares pueden ser llamados a hacerla suya y a informar con ella su vida. ¡De qué manera, a cada instante, Foucauld recuerda que todo cristiano es responsable del destino del Misterio de la Encarnación, en sí mismo, sin duda alguna, pero también en el mundo entero! Para él nuestra vocación cristiana se nos ha dado como una vocación de salvadores. Él mismo ha llevado en sí la magnífica obsesión de integrar la preocupación misionera en el cristianismo tal como la ha vivido y propuesto que se viva. A pesar de que ciertas expresiones que parecen más bien dirigidas a los sacerdotes y religiosos, nuestro lenguaje se dirige a todos los seglares, estén donde estén y sea cual sea su estado de vida»46.
No hace falta insistir sobre la universalidad del mensaje del padre Foucauld, tan profundamente vivido por el padre Peyriguère, que llega a una serie de formulaciones muy claras. Pero también vivió esta preocupación por llevar a todos los cristianos el mensaje que había sido el centro de su vida. En una carta del año 1945, el padre Peyriguère escribe a un amigo poniendo de manifiesto el mensaje misionero de Foucauld al final de sus días, como si fuese el propio del padre Peyriguère: «Poniendo a punto nuestra doctrina misionera, Y habiendo de proponerla por primera vez al gran público, me doy cuenta de que mis ideas han evolucionado singularmente respecto a la forma que podrían tomar esos grupos, formados espontáneamente por los que se habrían adherido y quisieran consagrar su vida a la práctica de esta doctrina. Mis horizontes ahora van más allá de los horizontes de la carta y toman toda la dimensión de los horizontes de la Asociación. Es un hecho que el padre Foucauld al final de su vida olvidó casi todos sus proyectos de reglas. Sus preocupaciones parecían casi totalmente centradas en el Directorio y en la voluntad de proponerlo al mayor número posible de almas y de hacerlo vivir. De otra parte, pensaba ir a instalarse a Francia y permanecer todo el tiempo que fuera necesario para poner en marcha esta Asociación. Almas penetradas de su espiritualidad misionera, que estuviesen completamente disponibles para lo que la obra misionera reclamase de ellos y bajo la forma que ella reclamase: he aquí lo que él quería dar a la Iglesia misionera, el instrumento que quería forjar para ella… Algo totalmente libre en relación a una regla, sin atarlo a cuestiones de reglamento, de hábito, de espíritu particular, etc. al servicio total y único de la Iglesia misionera, fuera lo que fuera lo que se les pidiese. Elementos comprometidos, definitivamente o por el tiempo que hiciera falta, en todos los ambientes, sacerdotes, religiosos, laicos e incluso familias. En algún caso la primera penetración misionera tan sólo podría ser posible dando paso en primer lugar a unos Priscila y Aquila. ¿Bajo qué forma, en qué estructura, muy amplia, evidentemente, pero asimismo real, se agruparían todos estos elementos? Estoy tal vez a punto de concebirlo. Tanto los grupos de la regla, como los grupos de la carta, podrían existir en el interior de un organismo muy amplio… Una “fraternidad”, una familia de almas donde fueran aseguradas la estabilidad y la cohesión, una cohesión y estabilidad bien reales y bien sólidas, pero con el mínimo, tan sólo el mínimo necesario, de encuadramiento exterior y una forma canónica nueva a encontrar»47.
J L. VÁZQUEZ BORAU
1 Cf. R. GIRÓ, “Albert Peyriguère”, Jesus Caritas 22 (1980)
2 A. PERYGUÈRE, Los caminos de Dios (Barcelona 1968) 50
3 Ibid. 66
4 Ibid.
5. Ibid. 78.
6 Ibid. 81
7 GORRÉE-CHAUVEL, Foucauld y Peyriguère. Misioneros que no colonizaron, (Madrid 1968) 69. 22
8. Ibid, 70.
9 Justamente será el padre Henrion que una vez en Túnez rechazará que se una a ellos para formar parte de la Fraternidad a René Voillaume. ¡Cosas de la Providencia!
10. a. PEYRIGUÈRE, Los caminos de Dios, o. c., 122.
11. M. LAFONT, El Pare Peyriguère, Barcelona 1974, 35.
12. (BACF) Bulletin de l’Association Charles de Foucauld, París, nº 68, 37.
13. Ibíd.
14. M. LAFONT, El Padre Peyriguère, o. c., 46.
15. Ibíd. 54.
16. A. PEYRIGUERE, “Une vie que crie l’Evangile”, Le Maroc Catholique (1928).
17. M. LAFONT, El Pare Peyriguère, o. c., 101.
18. Ibíd. 107.
19. Ibíd. 113.
20. Ibíd. 116.
21. El marabú (al-marabit, morabito, «almorávide») es un campeón de la fe, una especie de santo, a veces ermitaño, buen conocedor del Corán, famoso por su profunda piedad, cuyo prestigio le lleva a ser consultado por los doctores de la ley y a ser tomado por árbitro y juez de la tribu o incluso de la región, levantándose a su muerte una tumba (también llamada marabú), adonde acuden en peregrinación. Pese al monoteísmo islámico, el pueblo siempre buscó intermediarios entre lo divino y lo humano.
22. Ibíd. 148.
23. Ibíd. 143.
24. Ibíd. 147.
25. GORRÉE-CHAUVEL, Foucauld y Peyriguère. Misioneros que no colonizaron, o. c. 172.
26. M. LAFONT, El Pare Peyriguère, o.c., 121.
27. Ibíd., 144.
28. A. PEYRIGUÈRE, El tiempo de Nazaret, o.c., 87.
29. Ibid. 84-85. 31.
30. M. LAFONT, El pare Peyriguère, o. c., 188.
31. A. PEYRIGUÈRE, El tiempo de Nazaret, o. c., 209.
32. Jn. 15, 10.
33. “Por aquel entonces exclamó Jesús: «Bendito seas Padre, Señor del cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla; si, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien» (Mt 11, 25-26).
34. M. LAFONT, El pare Peyriguère, o. c. 193.
35. Mt 19, 14.
36. M. LAFONT, El pare Peyriguère, o. c. 192.
37. Ibid., 194.
38. Ibid., 186.
39. Lc 18, 19.
40. M. LAFONT, El pare Peyriguère, o. c. 147.
41. Ibid., 154.
42. Ibid.,107. 34
43. Ibid., 192.
44. Mt 25, 31-46.
45. D. BARRAT, Oeuvres spirituelles de Charles de Jesús, pere de Foucauld. (París 1958) 773.
46. A. PEYRIGUÈRE, El tiempo de Nazaret, o. c., 185-186. 36
47 Carta inédita del padre Peyriguère, que se encuentra en la Biblioteca Foucauld de la Comunidad de Jesús.