ALBERT PEYRIGUÈRE: REALIZADOR DEL PROYECTO DE FOUCAULD

Para que el padre Peyriguère pueda dar un salto tan escalofriante como el de pasar de una vida de sacerdote profesor de seminario en Francia, a llevar una vida de monje-misionero en El Kbab, hay que tener en cuenta dos movimientos. Uno interior, hecho de un realismo y una fortaleza singular para llevar a término su ideal de sacerdote entregado a Cristo; y otro exterior, hecho de las vicisitudes y circunstancias que Dios le pone día a día en su vida para que se abandone cada vez más en sus manos y olvidándose de sí mismo, se deje conducir por el Espíritu1.

1. Siguiendo al hermano Carlos

En el verano de 1919 el padre Albert Peyriguère, una vez finalizada la Iª Guerra Mundial y restablecido de las heridas de guerra se reincorpora al trabajo de profesor en el seminario, sin estar todavía del todo recuperado. Físicamente debilitado y espiritualmente inquieto, se expresa de este modo en una carta del 23 de agosto de 1919 a un amigo del campo de concentración: «He vuelto a mi trabajo del Seminario, pero las fuerzas me han traicionado, aún no recuperadas de las sacudidas de la guerra… Ruega encarecidamente a Dios por mí. Me parece, en algunos momentos, que el Señor me llama a pertenecerle más plenamente»2.

2. Peyriguère ya no es el mismo, la guerra le ha cambiado

Se siente atraído hacia una vida más profunda y por otro lado le asalta una fuerte ambición de conquista. Su salud le impone un largo período de descanso y como algunos de sus compañeros habían partido hacia África para ingresar en la congregación de los Padres Blancos, dirige su mirada hacia allí, en un intento de ser coherente con sus aspiraciones de apóstol y su salud: «La guerra ha despertado en mí, mejor dicho, ha precisado ciertas aspiraciones hacia una vida más dura, más conquistadora; la verdadera vida del evangelizador que despojado de todo, va siempre avanzando a través de los grandes espacios, hablando del Buen Maestro a las pobres almas que no le conocen. Mi corazón ya no está en Europa, y todos mis sueños me llevan hacia esa inmensa África donde millones de pobres almas esperan al misionero. Sí, si mi salud me lo permite, espero ingresar en los Padres Blancos; todos los demás ministerios ya no me dicen nada y me parecen demasiado “caseros”»3.

3. Se pone a la búsqueda de un lugar para descansar y desempeñar algún pequeño ministerio, mientras se restablece su salud

Después de diversas consultas Mons. Lemaitre, arzobispo de Cartago, le acogerá en Túnez. De esta forma el padre. Peyriguère realiza la primera toma de contacto con el mundo del islam. Tenía treinta y siete años cuando llegó a África, el mes de diciembre de 1920, justo cuatro años después de la muerte del hermano Carlos. Es nombrado capellán del internado de Sillonville, al sur de la península de Capbon, donde permanecerá dos años en condiciones que le permiten descansar y reflexionar. Consciente de que está de paso y que debe partir ya definitivamente a realizar su apostolado entre los infieles, ingresa en los Padres Blancos. Y es aquí, en un ambiente de tranquilidad y de profunda reflexión, donde se va a realizar un encuentro que va a ser definitivo en la orientación de la vocación del padre Peyriguère. Aparece en Francia, en aquel año 1921, el libro de René Bazin Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, eremite du Sahara. No tardó en leerlo el padre Peyriguère, porque ya en su correspondencia sostenida con su amigo de guerra se deja entrever cómo ha captado y le ha impresionado el mensaje del padre Foucauld. Aquello era lo que tanto tiempo le había tenido intranquilo, era la expresión de su vivencia interior: «Me parece que el apostolado directo no le será posible por ahora. Pero tranquilícese, hay una manera de ser apóstol que está inmediatamente a su alcance y que puede ser fecunda. Lo quiera o no, sus ejemplos y sus palabras, tendrán una influencia directa a su alrededor, a corto o a largo plazo, no importa… Nada se pierde en el mundo moral y cuando los hombres tienen ante los ojos el espectáculo de un hogar verdaderamente cristiano, en donde, lejos de las pequeñeces, de las vulgaridades que a ellos les esclavizan, sientan arder de verdad la llama del ideal, no es posible que de una forma u otra no se sientan arrastrados hacia él… Serán el punto luminoso y ardiente, desde donde irradiará el ideal sobre las pobres almas del vecindario, tan hundidas en la materia, y estos no podrán dejar de sentirse impresionados de la misma manera que sería imposible encontrarse a pleno sol sin sentirse inundados de luz y de calor»4.

4. De nuevo otro hecho, insalvable, desviará su camino; una grave disentería compromete definitivamente y sin remedio su deseo de ingresar en los Padres Blancos

Pero su espíritu se deja llevar, porque ante todo su deseo es cumplir la voluntad de Dios, y se expresa de esta forma en una carta del 3 noviembre1921: «De momento la cosa apenas marcha. He sido agraciado con una bonita disentería que me tiene agarrado desde hace cuatro meses; me agota y adelgazo continuamente. Tal vez el severo régimen a que estoy sometido logrará dominarla del todo. Pida que sepa aceptar esta prueba, no tanto en sí misma, sino porque me obliga a detenerme en relación al cumplimiento de mis sueños y me hace temer que habré de renunciar a ellos. Que sepa aceptar siempre la voluntad de Dios… En cuanto al apostolado repítase a sí mismo estas palabras de un sacerdote que me ha influido mucho en estos últimos tiempos: “Se puede hacer más apostolado por lo que se es, que por lo que se dice o por lo que se hace”», máxima del padre Huvelin, citada por R. Bazin en su libro sobre Carlos de Foucauld5. Y de qué manera tan delicada y tan parecida al padre Foucauld le hablará a su amigo, en una carta del 2 enero de1922, de la espiritualidad de Nazaret, que consiste fundamentalmente en ser “amigo de todos”: «Ojala su hogar, en medio del árido desierto que es el mundo para el corazón del Maestro, sea aquél acogedor oasis en el que Jesús pueda poner el pie y encontrar un poco de reposo y un poco de amor; está tan olvidado en todas partes, Él, que es tan necesario a las almas. Ojala que su hogar sea también como el centro desde donde irradie mucha bondad para hacer que Jesús sea amado… Luego sea en su pueblo “mensajero de paz”, manténgase totalmente apartado de las querellas. Con una firmeza incansable sepa tomar partido por el bien y contra el mal… Ignore las divisiones y los partidismos para ser amigo de todos en la medida de lo posible, sin capitulación y sin debilidad»6.

Una vez recuperado de la disentería y profundizando en este mensaje escribe a Mons. Lemaitre, expresándole el deseo y las ganas de buscar algo diferente: «Permítame, monseñor, repetirle mi deseo muy claro de renunciar al apostolado tan especial que me ha sido confiado hasta el presente, y encontrar un campo de actividad menos restringido y que ofrezca un terreno más grande y más libre a la iniciativa… Mis aspiraciones siguen estando muy vivas hacia el apostolado con los paganos»7.

Poco después fue nombrado párroco de Hammamet, donde se instala el 9 abril de 1923, donde comprende que todo sacerdote ha de sentirse responsable no sólo de los pocos cristianos que hay, sino también de los millares de infieles en medio de los que vive. Siguiendo este movimiento interior, empezará una labor de apostolado consistente en organizar un taller de bordados para chicas y un dispensario para lactantes.

5. Proyectos de fundación

El arzobispo había pensado en ampliar en mucho sus responsabilidades, confiándole también la parroquia de Nabeul. Este proyecto disgustó al padre Peyriguère, que precisó sus aspiraciones ante monseñor Lemaitre, manifestándole concretamente los rasgos y la forma que él consideraba para vivir una vocación en la línea del padre Foucauld: «La perspectiva de encargarme de Nabeul y Hammamet me impresionó mucho, porque me alejaba demasiado de mis aspiraciones y me llevaba hacia un ministerio parroquial ordinario. Una vida de trapense que mantiene contacto con las almas es lo que sueño por ahora y lo que mi cardenal y mi director espiritual me han autorizado a seguir».

Y aquí piensa en otros sacerdotes que podrían unirse a esta vida, debido al gran impacto que ha causado en Francia el libro de René Bazin, haciendo proyectos para estos ermitaños que se cuidarían del apostolado entre los cristianos y los indígenas… y al final de la carta pide que «para poder sentirse más comprometido con la obra, pueda vestir el hábito del padre Foucauld 8.

El hábito ya lo había tomado antes que él el almirante Malcor y Charles Henrion 9, el 21 de noviembre de 1924. Fueron ordenados sacerdotes posteriormente por Mons. Lemaitre, fundando la Fraternidad de Sidi-Saad. El padre Peyriguère se consideraba el tercero de esta sociedad de vida en común. «Esta vez sí que he de hablarle de mí, ya que se trata de una decisión transcendental para mí. Heme aquí definitivamente africano ¿no ha leído la estupenda vida del Padre de Foucauld, de Bazin? ¿Sabe que había pedido insistentemente discípulos que no acababan de llegar? Pues bien, se acaba de fundar una pequeña fraternidad que pretende seguir su apostolado, ejerciéndolo en medio de los pueblos musulmanes de África del Norte, con su mismo espíritu y utilizando sus métodos. Los dos primeros… El número tres soy yo: me cuesta dar crédito a lo que ven mis ojos, a lo que mis oídos escuchan. ¡Qué ideal tan extraordinario! Para alimentarlos, para hacer que lleguen a querer a Jesús, vivir en medio de los infieles una vida de oración, de renuncia, de trabajo manual, de caridad, de pobreza»10.

En 1925, el padre Peyriguère se encuentra con el padre Chatouville, hecho providencial que va a dar el último impulso para que Peyriguère entre de lleno a vivir de cerca el mensaje de Foucauld. Chatouville, sacerdote también de Burdeos, que había ingresado en los Padre Blancos en 1899, y que luego ocupó cargos importantes en dicha congregación misionera, había conocido bien al padre Foucauld y habían mantenido correspondencia. Diversas veces, siempre inútilmente, había manifestado a sus superiores el deseo de ir a vivir con el hermano Carlos. Hacía diez años que Foucauld había muerto en Tamanrasset, y Chatouville se encuentra en Harnmamet un sacerdote que comparte sus aspiraciones plenamente. Obtenida de sus superiores la autorización para el padre Chatouville, Peyriguère escribe a Mons. Lemaitre en mayo de 1926: «Creo que ha llegado el momento de obedecer la llamada imperiosa de mi vocación. Mi venerado cardenal y mi director espiritual, me dejan libre. Es una prueba suficiente de que estoy en la voluntad de Dios. Dejo pues mi parroquia e incluso Túnez, pero no África, pues me retienen las aspiraciones al apostolado oscuro y silencioso que ya sabéis»11. El lugar ya estaba preparado: Una casa con jardín, de los Padres Blancos, en Ghardaia, donde había vivido un eremita. Esta fue la casa que acogió a los dos hermanos durante la primera quincena de junio de 1926, época de fuerte y peligrosa calor en el Sahara.

6. Vida de Fraternidad

La Fraternidad empieza a organizar su vida cotidiana queriendo imitar la vida de Nazaret, aquella vida que el padre Foucauld amó tan apasionadamente y que propuso como ideal a sus futuros Hermanos en el reglamento de 1899: Oración, ayuno, trabajo manual, etc. El padre Chatouville es el superior y es el que mantiene contacto con los vecinos, mientras que Peyriguère se dedica más plenamente a la clausura que ambos se habían impuesto. En la calma de la ermita y en el esfuerzo por vivir según el Reglamento de los Hermanos del Sagrado Corazón, Peyriguère reflexiona, vive y experimenta la riqueza del mensaje y va perfilando su propio estilo de vida, una nueva configuración de la fraternidad. Se plantea si la única forma de vivir el mensaje de Foucauld era a través del Reglamento de 1899. En este ambiente de búsqueda, Chatouville muestra a Peyriguère la carta de Foucauld dirigida al padre Antonino el 13 mayo de 1911, donde expresa que junto a hermanos que vivan una vida más enclaustrada, podría haber otros que se dedicaran más al apostolado. Estos hermanos serán sacerdotes y de edad madura, es decir, debidamente formados. Se trata de un apostolado de presencia y no de actividades. Veamos cómo se expresa el hermano Carlos en dicha carta: «Según las aptitudes, las aficiones, las necesidades, según lo que crea ser voluntad de Dios, el superior de 24 cada pequeño grupo de tres o cuatro dedicará a cada hermano, ora totalmente al trabajo manual, ora parte al trabajo manual y parte al apostólico, ora casi exclusivamente al trabajo apostólico»12.

Se trata de regirse por las circunstancias, para poder dedicarse, con la mayor eficacia posible, a la evangelización. Este descubrimiento, que encaja tan exactamente con sus propias aspiraciones, le llena de alegría, tomando conciencia de que el principal documento para conocer el ideal de vida de Foucauld es el testimonio de su propia vida. Los tres principios que en la carta se ponen de manifiesto y que son una constante de todos los proyectos del hermano Carlos son: «Imitación de la vida oculta de Jesús en Nazaret, Adoración del Santísimo Sacramento expuesto, y establecerse en medio de los pueblos infieles más abandonados y hacer allí todo lo que sea posible para su conversión»13. Que sean grupos de tres o cuatro monjes-misioneros, auténticos contemplativos, pero manteniendo relaciones con el exterior es todo lo que hay de nuevo en relación con las Regla primitiva.

Unos años más tarde, el padre Peyriguère le diría al padre Gorrée, en una carta del 1º febrero de 1929: «La Regla de 1899, con el padre Chatouville, la hemos estudiado profundamente en nuestra ermita de Ghardaia; y además de no estar al día bajo el punto de vista canónico, no la hemos encontrado viable. Si quisiéramos seguirla se nos ahogaría tan deprisa el cuerpo como el alma. Un hecho curioso y que miro como una indicación que me da la Providencia, es que antes de conocer el texto de la carta de 1911, mis aspiraciones y mis propias experiencias personales me habían encaminado por sí mismas a las mismas concepciones que al padre Foucauld»14.

7. Nuevos caminos

En otoño de 1926, Peyriguère deja la ermita de Ghardaia y pasa algunos meses en la región de Burdeos; el fuerte verano del Sahara lo había agotado mucho y necesitaba reposo antes de emprender de nuevo y definitivamente el camino. La salud del padre Chatouville tampoco era muy buena, pero continuó solo aún 25 unos meses; hasta que sus superiores le reclamaron y lo enviaron a descansar, primero a Tínes y luego a Francia, donde moriría en julio de 1927.

En febrero de 1927 el padre Peyriguère estaba ya de vuelta en Marruecos, en Marrakech. El padre Foucauld había deseado siempre ardientemente ir a Marruecos, y llevar a cabo este sueño del maestro fue el elemento decisorio para Peyriguère. Primero se instala en Marrakech para estudiar la lengua y las costumbres bereberes. Encuentra en la persona del Vicario Apostólico de Rabat, Mons. Vielle, una gran comprensión y ayuda en la realización del ideal que había entrevisto. Por entonces el país sufría varios años de sequía y una gran miseria, además de una epidemia de tifus y una plaga de langosta, que habían diezmado el Sur del país. A petición de Mons. Vielle y como un servicio temporal, el padre Peyriguère decide trasladarse allí, concretamente a Taroudant, donde otros hermanos en la fe estaban ya trabajando. Al llegar se encuentra con que el Dr. Chatiniees, que había contraído el tifus, murió al poco tiempo; después sería el hermano Pierre quien también moriría a causa de la epidemia. Tampoco Peyriguère escaparía a la enfermedad, pues casi al mismo tiempo tuvo que ser evacuado en estado de extrema gravedad. Una vez repuesto pasará una larga convalecencia al lado de Mons. Vielle, acompañándole en un viaje apostólico por todo Marruecos, que le permitirá conocer de cerca a aquel pueblo. Después, en una carta del 31 de mayo.1928, escribe: «Pienso ir a instalarme en una de esas tribu, y una vez allí intentar vivir esta vida que suscita en mí unas aspiraciones tan ardientes»15. Poco tiempo después, con una sencilla maleta, una pequeña caja de libros y un poco de dinero en el bolsillo, el 14 de julio de 1928, llega a El Kbab, donde se instalará. El 18 de julio de este año, temblando de emoción, celebra allí la primera Eucaristía: «Esta mañana, en la Santa Misa… era la primera Misa que decía en el nuevo lugar que acabo de fundar: jamás nuestro Cristo bienamado había venido por aquí; Él ha descendido hoy por primera vez, traído por nuestras manos para todos»16. A partir de aquí empieza una larga y profunda historia de encarnación en el mundo bereber. Primero sería la lengua, luego el corazón y los sentimientos y por fin también la inteligencia acabaría por berberizarse.

8. Interpretación y vivencia del mensaje de Foucauld

El padre Peyriguère era un hombre de silencio y contemplación, pero no escogía él, dejaba que Cristo le viniera a buscar de la manera que Él quisiera: «dejar a Dios… para encontrar a Dios… tal como Él quiere». Su teología es la encarnación y la del Cuerpo Místico. Ese amor directamente dirigido a Dios, dejando que Cristo tomara su corazón para continuar amando al Padre y a los hombres tal como hizo en Nazaret: «Saber la riqueza incomparable de cada instante que nos es dado, sobre todo cuando ese instante nos pone delante del pobre y del desventurado, delante del que sufre; no se ha de saber nada de nuestro cristianismo para ignorar que, bajo las apariencias del desventurado, está Cristo que viene a nosotros, que se nos da, que quiere ser consolado y reconfortado por nosotros. ¡Ah¡ Este realismo cristiano que quiere que, a cada momento, nuestra pobre vida camine al mismo paso que la vida de Cristo, este realismo cristiano que es como lo vivió Foucauld, tal como lo descubro profundamente en medio de nuestros pobres»17.

Pero esto no está exento de sacrificio y esfuerzo, como dice en una carta del 11 de noviembre de 1938: «Si supierais las ganas que tengo de soledad y de silencio. No estoy nunca solo, no “siento” nunca este silencio a mi alrededor… Como el Buen Dios quiera; hace falta darle nuestra vida tal como Él quiera tomarla. Es ya tan bonito que quiera tornarla de alguna manera y hacer algo con esta nada que es ella»18. En esta nueva etapa que comienza de su vida en El Kbab, uno de los pilares para su vida de “misionero aislado o desbrozador” es la contemplación-adoración nocturna que él considera como la parte más escogida de su vocación misionera. Es de esta adoración a la presencia silenciosa de la Eucaristía de la que uno se deja cautivar por toda la dulzura y toda la bondad de Cristo, para luego hacerle revivir, dejar que se muestre Él mismo a través de una sonrisa, un gesto, un servicio.

En su vivir de cada día, no hay una fidelidad esclava a un reglamento, sino como en el padre Foucauld, una facilidad de adaptación y una disponibilidad que le permiten vivir profundamente lo que él llama «toda la riqueza del momento presente». Así no hay ruptura ni discontinuidad entre la capilla y el dispensario. A menudo decía: «La contemplación es tener la experiencia de la Presencia. Aquí, curando estos niños, yo lo veo, lo toco, tengo la impresión física de tocar el cuerpo de Cristo, es una gracia extraordinaria, hace falta haberlo experimentado»19.

9. Un encuentro de amistad

Para el padre Peyriguère su trabajo en el dispensario no consiste sólo en realizar curas, o un servicio, sino que se trata de crear relaciones humanas. Su dispensario es mucho más que un dispensario, es un verdadero lazo de amistad, un verdadero encuentro de amistad; todo ello como la mejor manera de mostrar a Cristo, mostrar su bondad; es el testimonio del “misionero aislado o desbrozador” en medio de aquel pueblo: «En medio de los que no le conocen, ser una presencia de Cristo… sentirse solo llevando a Cristo en sí… saber que uno es, en medio de ellos, el único a través de quien Él se muestra, y a través de quien ellos le juzgan… tener toda la responsabilidad de lo que ellos pensarán de este Cristo, y querer dar la idea más alta y la idea más tierna. Y que el Cristo anónimo sea a la larga como una llamada que hará venir el Cristo declarado y conocido»20.

De alguna manera sus amigos, los bereberes, llegaron a captar toda esta dimensión humana y espiritual del padre Peyriguère. Por esta razón le consideraban un “marabú”21 cristiano.

10. Monje-misionero

El padre Peyriguère consiguió ir más allá del binomio acción-contemplación y más allá del binomio monje-misionero. Siguiendo a Foucauld llegará, como éste, a la fusión y síntesis de estas realidades como “misionero aislado o desbrozador”: «Cuando me di cuenta de que este mensaje de su vida misionera contenía una riqueza escalofriante, quise expresármelo por fragmentos. Sobre todo, hacerlo oración, hacerlo vida, ponerlo a prueba»22.

«Hace años que el padre Foucauld como fundador de una orden no cabe en mis horizontes. Para mí, toda su envergadura le viene de haber sido el iniciador de un movimiento misionero, de un movimiento espiritual»23.

«Los que querrán hacérsela suya y dedicarle la vida, se buscarán, encontrarán. Cuando se hayan encontrado, si desean trabajar juntos, habrán de concretar la fórmula para la organización de su grupo que incluyan sus deseos de cooperación»24. Leyendo y releyendo la propia vida de Foucauld, el padre Peyriguère va comunicando en sus diferentes escritos, artículos, correspondencia, todo aquello que aprende del mensaje centrado en estos tres principios citados anteriormente. Veámoslo en concreto.

11. Establecerse en medio de los pueblos infieles

Todo esto lo expresa el P. Periguère en su correspondencia: «He venido aquí para vivir personalmente el ideal del padre Foucauld… monje-misionero. Esto es lo que yo quiero ser. Tenemos que estar en medio del islam antes que nada como orantes e inmolados. Dios no salvó a la humanidad si no porque Jesús, el gran Sacerdote, tomó esta humanidad en sí, y el Padre no ha visto a los hombres sino a través de su Hijo muy 29 amado. De igual manera, creemos que Dios quiere la salvación del islam, pero sólo se salvará por Cristo. Cristo glorioso no puede volver a la tierra, nosotros nos ofrecemos a Él, nos dejamos en Él, le prestamos a Él, le damos nuestra pobre humanidad para que viviendo en Él (es el efecto del bautismo y del sacerdocio), Él pueda, puesto que nos hemos hecho bereberes con los bereberes, en nosotros y por nosotros, ser Él mismo berebere. Y que el Padre, único que puede llevar al Hijo, mire, ame y salve a los bereberes en Él»25.

Hacerse a todos para ganar a todos. Encarnación en los bereberes: «Cristo en medio de los bereberes… cada noche por medio de la voz de su sacerdote, la oración de Cristo pide al Padre que le dé estas almas, el Cristo convertido en bereber en su sacerdote que se ha hecho bereber… Cristo, a través de la voz de su sacerdote, desea ardientemente y aún espera ardientemente la redención berebere»26.

El padre Peyriguère, una y otra vez, reza y medita los puntos neurálgicos de la misión en Foucauld: «Me parece que delante del Buen Dios y delante de los hombres, quedaré como aquél que ha extraído, materializándola en mi pobre vida, esta vocación espléndida de “misionero aislado o desbrozador” (monjemisionero), tan querida por el padre Foucauld, como aquél que ha extraído de su mensaje, donde estaba mezclada con algo más. Ahora el movimiento está en marcha. Seguro que en el futuro habrá vocaciones que buscarán este camino»27 . Foucauld vivió e intuyó el mensaje de la pre-misión en una situación de conflicto entre dos realidades opuestas: por un lado su voluntad de ser salvador con Jesús y por otro el hecho de encontrarse con la realidad del islam, que rehúsa a Cristo porque cree poseer una cosa mejor. Frente a este rechazo el pre-misionero intenta encontrar puntos de penetración para comunicar y transmitir su mensaje salvador. Esta presencia del pre-misionero en un medio no-cristiano y su forma de vida silenciosa, imitando al Jesús de la vida oculta de Nazaret, hace presente en el islam a la Iglesia y le convierten en un auténtico misionero. A través del pre-misionero, Cristo se hace presente a estas personas, manifestándose de nuevo con toda su ternura, a través de la caridad y de la bondad. Y, además, el misionero intercediendo por los no-cristianos, va preparando el terreno de la cristianización haciendo presente ya en el aquí y ahora el Reino de Dios.

12. Vivir el misterio de la encarnación

El padre Peyriguère sabe ahora en El Kbab lo que quiere ser, para lo que ha sido llamado. Estas son sus palabras: «El padre Foucauld alcanza toda su talla en la Iglesia de las misiones y ante el apostolado cristiano, por haber dicho y vivido el significado y la densidad mística, el significado y la densidad apostólica de las presencias silenciosas del apóstol, de todo cristiano, en realidad, allá donde se halla o dondequiera que esté: he aquí el alma y la esencia del mensaje foucauldiano»28.

Ser apóstol en Nazaret es sumergirse plenamente en el misterio de la encarnación, tal como lo vivió Foucauld. Peyriguère se hace bereber para llevar el mensaje de salvación a sus hermanos bereberes. Es, al mismo tiempo, bucear en el misterio de la propia persona, para ir desposeyéndose de todo lo superfluo y encontrar, en lo más íntimo del ser, el misterio de la encarnación. Peyriguère siente la llamada misionera que nace de su misma esencia cristiana: «Todo cristiano ha de ser misionero, todo cristiano ha de ser salvador con Jesús». Ser cristiano en su pensamiento es, para cada persona, saberse y aceptarse como responsable en su propia alma y en su propia vida de los destinos del misterio de la Encarnación, pero también «saberse y aceptarse responsable del misterio de los demás y del mundo entero»29.

El misterio de la Salvación, a través del misterio de la Encarnación como fruto y consecuencia del misterio del Amor de Dios, es lo que querrá vivir el padre Peyriguère en su ermita de El Kbab. Para ello se hará bereber, será uno más, intentará identificarse hasta el último detalle, ropa, comida, lenguaje, para que, tal como él mismo dirá con un deje de íntima satisfacción y de sencillez evangélica, que a través de él, este nuevo bereber, Cristo pueda también ser bereber y también a través de él sus hermanos bereberes puedan descubrir a su hermano Jesús. Esta vocación de exploración y adelanto, esta vocación de encarnación profunda y total que llevará con verdadero tesón y fidelidad hasta las últimas consecuencias, y que definirá como pre-misión, y en la que quedan recogidas todas sus ansias de justicia y amor a los más pobres, de ternura y heroísmo, de tenacidad y humildad, de búsqueda en los grandes espacios del espíritu, parece hecha a su medida y no la abandonará jamás.

13. Amistad con Jesús y entrega a los hermanos

Uno de los aspectos esenciales del padre Peyriguère es su intimidad con Jesús. En él, la delicadeza y la ternura irán tomando cuerpo en sus relaciones con los demás: «Qué bueno es vivir cogido así a la falda del buen Dios! Esta pobreza, si sigue envuelta con la sonrisa de la confianza, es la marca de las obras del buen Dios»30. Al hablar de la pobreza trasciende el hecho en sí, y también de la simple comunión con el hermano, e incluso de la misma imitación de Cristo. Llega más allá. Es el sentimiento del hijo pequeño plenamente confiado en los brazos de su padre, que se siente pequeño y se siente amado. «Qué cerca estamos de Cristo en los detalles de esta vida de cada día que nos parece tan monótona y tan insignificante. Días enteros acogiendo a los bereberes, trabajando de forma agotadora: cuidados, alimentos, ternura». Para darse de esta manera hay que estar muy unido al Señor. Aunque utilizando un lenguaje impersonal, en el fondo nos está hablando de su experiencia en este fragmento de su testamento espiritual: « … después de haber tocado como físicamente, pero con respeto y amor, el sufrimiento de Cristo en todas esas carnes doloridas… nada más entrar en su pobre capillita de los confines, hallarse allí cara a cara con la Eucaristía, ¡qué calor de intimidad subía por él, le afluía al corazón¡»31

En esto podemos ver el cumplimiento de las palabras de Jesús: «Manteneos en ese amor que os tengo, y para manteneros en mi amor, cumplid mis mandamientos»32. Para conocer la vida contemplativa de Peyriguère hay que profundizar también en lo que ha comprendido acerca de las cosas de Dios, en lo que le ha sido revelado por el Padre por ser “pequeño y humilde” como decía Jesús en su acción de gracias al Padre33. Otra de las constataciones de Peyriguère es comprender que «durante mi vida he aprendido más sobre el buen Dios entre los niños pequeños que entre los grandes teólogos»34. Realización en él de las palabras de Jesús: «De los que son como ellos es el Reino de Dios35. Ligado a esto está su sentido claro de la actuación de Dios en nuestras vidas: «Adoremos esta santa voluntad de Dios, a medida que los detalles y las circunstancias de nuestra vida nos la signifiquen y nos la hagan conocer. Y después adoremos también por todo lo que aún no vemos, adoremos lo que hay de desconocido en los designios del buen Dios sobre nosotros»36.

«Nunca tengo prisa; el tiempo es un colaborador tan bueno de las obras del buen Dios, que aclara muy bien las cosas y las somete a prueba de fuego»37 .

«Día tras día, el buen Dios nos lo va arrebatando todo. Pero Él se queda siempre, todo lo que no ha arrebatado nos queda con Él y en Él»38.

Una de las cosas interesantes a tener en cuenta a la hora de considerar su conocimiento de Dios, es su expresión “el buen Dios” que utilizaba frecuentemente en sus escritos. La mayor parte de las veces que nombra a Dios, antepone el adjetivo “el buen”, como afirmando que «Nadie es bueno más que uno, Dios»39. Así, esta expresión es una herencia que nos deja el mismo Peyriguère, movido por el Espíritu Santo.

14. Buscar a Dios en donde nos encontramos y no donde nos gustaría

El padre Peyriguère siente vivamente la necesidad de dedicarse al estudio del padre Foucauld y sobre todo a expresar cual ha sido su legado espiritual al mundo. El 3 de febrero de 1939, escribe: «No me acabo de convencer de que esté a la altura de ponerme delante de un movimiento al cual he dado impulso al ser el primero y hasta ahora el único en vivir la carta de 1911. Al menos lo que yo veo claramente es que dar la doctrina de este movimiento es quizás mi vocación»40.

Pero resulta que se ve llevado a otra actividad: «No, el ideal misionero del padre Foucauld no va deprisa en avanzar: ¡estoy tan ocupado! El número de enfermos que se presentan, a menudo en proporciones agobiantes, ha aumentado»41. Peyriguère planeaba una vida de ermitaño, de “silencio y soledad”, de estudio, de cara a hacer una labor de monje misionero y de “hombre del mensaje”. Pero el buen Dios le presenta otro servicio a realizar por los hermanos bereberes. Un servicio acaparador, y Peyriguère acepta esta vida que le presenta el Padre, desarrollándola con una gran generosidad: «Paso prácticamente todo el tiempo libre cuidando enfermos… Ha sido preciso que dejase momentáneamente los trabajos intelectuales. En principio, me ha costado. De repente, un buen día, una iluminación del Señor. He “palpado” con la mano que haber hecho el más pequeño bien al más débil de nuestros bereberes era mejor y más importante que escribir páginas geniales sobre los temas más elevados e interesantes»42.

«Buscar al buen Dios allí donde se ha puesto para cada uno de nosotros, y no allí donde nos agradaría encontrarlo o donde escogeríamos encontrarlo. ¡Que elija Él! Nunca hago tanta contemplación como en plena agitación de mi dispensario. “Estaba enfermo y me cuidasteis”, entonces la carne sufriente de estos enfermos, es la carne de Cristo que tengo el trastornador gozo de tocar. A eso le llamo hacer presencia real»43.

Acción-contemplación en lo concreto de su vida en El Kbab. Hay muchos pasajes suyos hablando de este tocar la carne de Jesús a cada momento en su dispensario. Pensamos que es uno de los descubrimientos básicos de su vida y de su espiritualidad, y esto para él es su contemplación. «A Mí me lo hicisteis»44. Así, el padre Peyriguère era contemplativo cuidando a sus bereberes, porque sentía que tocaba a Jesús y en la Eucaristía donde oraba por sus hermanos de adopción, con los que se sentía uno de entre ellos: “Sacerdote de Cristo y enfermero de los bereberes”, diríamos nosotros, pero para él era “sacerdote de los bereberes y enfermero de Cristo”.

15. Apóstoles por el ejemplo, por la bondad

La intuición del “hermano universal” es de una riqueza muy grande. Su mensaje se dirige tanto a sacerdotes como a religiosos y a laicos. Su correspondencia está plagada por esa preocupación de hacer vibrar a todos con su ideal. En una carta de Foucauld a Massignon, del año 1912, hay un texto que creemos importante: «Yo sé muy bien a qué llama Dios a todos los cristianos, hombres o mujeres, sacerdotes y laicos, célibes y casados A ser apóstoles, apóstoles por el ejemplo, por la bondad, por un contacto beneficioso, por un afecto que reclama reciprocidad y que lleva a Dios; a ser apóstol ya sea como Pablo, ya como Priscila y Aquila, pero apóstol siempre, “haciéndose todo a todos para dar a Jesús a todos”»45.

Esto también lo recoge fielmente el padre Peyriguère, quién en su Testamento espiritual, escrito el 10 de febrero de 1959, pocos días antes de su muerte, lo expresa de esta forma: «El mensaje del padre Foucauld es de una riqueza muy densa y compleja. Más que una espiritualidad particular, es simplemente, nos atrevemos a decirlo, una visión del Misterio Cristiano… tal como se ha mostrado a los Padres de la Iglesia, ante todo un mundo al que había que convertir tal como debe ser propuesto a los hombres de Dios si queremos que nos escuchen. Muchos son los que vienen a beber de su fuente. Todos, por diferentes que sean unos de otros, deben tener el derecho de inspirarse en el padre Foucauld. Perdidos en la muchedumbre, aislados y viviendo este ideal cada uno en su estado de vida, tal vez alguno o alguna viviéndolo en común, a ellos nos dirigimos. Se adhieran o no abiertamente, en el anonimato o nominalmente, al padre Foucauld, el hecho es que están en su línea. Esta doctrina misionera del padre Foucauld no está simplemente destinada a los sacerdotes y religiosos. También los seglares pueden ser llamados a hacerla suya y a informar con ella su vida. ¡De qué manera, a cada instante, Foucauld recuerda que todo cristiano es responsable del destino del Misterio de la Encarnación, en sí mismo, sin duda alguna, pero también en el mundo entero! Para él nuestra vocación cristiana se nos ha dado como una vocación de salvadores. Él mismo ha llevado en sí la magnífica obsesión de integrar la preocupación misionera en el cristianismo tal como la ha vivido y propuesto que se viva. A pesar de que ciertas expresiones que parecen más bien dirigidas a los sacerdotes y religiosos, nuestro lenguaje se dirige a todos los seglares, estén donde estén y sea cual sea su estado de vida»46.

No hace falta insistir sobre la universalidad del mensaje del padre Foucauld, tan profundamente vivido por el padre Peyriguère, que llega a una serie de formulaciones muy claras. Pero también vivió esta preocupación por llevar a todos los cristianos el mensaje que había sido el centro de su vida. En una carta del año 1945, el padre Peyriguère escribe a un amigo poniendo de manifiesto el mensaje misionero de Foucauld al final de sus días, como si fuese el propio del padre Peyriguère: «Poniendo a punto nuestra doctrina misionera, Y habiendo de proponerla por primera vez al gran público, me doy cuenta de que mis ideas han evolucionado singularmente respecto a la forma que podrían tomar esos grupos, formados espontáneamente por los que se habrían adherido y quisieran consagrar su vida a la práctica de esta doctrina. Mis horizontes ahora van más allá de los horizontes de la carta y toman toda la dimensión de los horizontes de la Asociación. Es un hecho que el padre Foucauld al final de su vida olvidó casi todos sus proyectos de reglas. Sus preocupaciones parecían casi totalmente centradas en el Directorio y en la voluntad de proponerlo al mayor número posible de almas y de hacerlo vivir. De otra parte, pensaba ir a instalarse a Francia y permanecer todo el tiempo que fuera necesario para poner en marcha esta Asociación. Almas penetradas de su espiritualidad misionera, que estuviesen completamente disponibles para lo que la obra misionera reclamase de ellos y bajo la forma que ella reclamase: he aquí lo que él quería dar a la Iglesia misionera, el instrumento que quería forjar para ella… Algo totalmente libre en relación a una regla, sin atarlo a cuestiones de reglamento, de hábito, de espíritu particular, etc. al servicio total y único de la Iglesia misionera, fuera lo que fuera lo que se les pidiese. Elementos comprometidos, definitivamente o por el tiempo que hiciera falta, en todos los ambientes, sacerdotes, religiosos, laicos e incluso familias. En algún caso la primera penetración misionera tan sólo podría ser posible dando paso en primer lugar a unos Priscila y Aquila. ¿Bajo qué forma, en qué estructura, muy amplia, evidentemente, pero asimismo real, se agruparían todos estos elementos? Estoy tal vez a punto de concebirlo. Tanto los grupos de la regla, como los grupos de la carta, podrían existir en el interior de un organismo muy amplio… Una “fraternidad”, una familia de almas donde fueran aseguradas la estabilidad y la cohesión, una cohesión y estabilidad bien reales y bien sólidas, pero con el mínimo, tan sólo el mínimo necesario, de encuadramiento exterior y una forma canónica nueva a encontrar»47.

J L. VÁZQUEZ BORAU

1 Cf. R. GIRÓ, “Albert Peyriguère”, Jesus Caritas 22 (1980)

2 A. PERYGUÈRE, Los caminos de Dios (Barcelona 1968) 50

3 Ibid. 66

4 Ibid.

5. Ibid. 78.

6 Ibid. 81

7 GORRÉE-CHAUVEL, Foucauld y Peyriguère. Misioneros que no colonizaron, (Madrid 1968) 69. 22

8. Ibid, 70.

9 Justamente será el padre Henrion que una vez en Túnez rechazará que se una a ellos para formar parte de la Fraternidad a René Voillaume. ¡Cosas de la Providencia!

10. a. PEYRIGUÈRE, Los caminos de Dios, o. c., 122.

11. M. LAFONT, El Pare Peyriguère, Barcelona 1974, 35.

12. (BACF) Bulletin de l’Association Charles de Foucauld, París, nº 68, 37.

13. Ibíd.

14. M. LAFONT, El Padre Peyriguère, o. c., 46.

15. Ibíd. 54.

16. A. PEYRIGUERE, “Une vie que crie l’Evangile”, Le Maroc Catholique (1928).

17. M. LAFONT, El Pare Peyriguère, o. c., 101.

18. Ibíd. 107.

19. Ibíd. 113.

20. Ibíd. 116.

21. El marabú (al-marabit, morabito, «almorávide») es un campeón de la fe, una especie de santo, a veces ermitaño, buen conocedor del Corán, famoso por su profunda piedad, cuyo prestigio le lleva a ser consultado por los doctores de la ley y a ser tomado por árbitro y juez de la tribu o incluso de la región, levantándose a su muerte una tumba (también llamada marabú), adonde acuden en peregrinación. Pese al monoteísmo islámico, el pueblo siempre buscó intermediarios entre lo divino y lo humano.

22. Ibíd. 148.

23. Ibíd. 143.

24. Ibíd. 147.

25. GORRÉE-CHAUVEL, Foucauld y Peyriguère. Misioneros que no colonizaron, o. c. 172.

26. M. LAFONT, El Pare Peyriguère, o.c., 121.

27. Ibíd., 144.

28. A. PEYRIGUÈRE, El tiempo de Nazaret, o.c., 87.

29. Ibid. 84-85. 31.

30. M. LAFONT, El pare Peyriguère, o. c., 188.

31. A. PEYRIGUÈRE, El tiempo de Nazaret, o. c., 209.

32. Jn. 15, 10.

33. “Por aquel entonces exclamó Jesús: «Bendito seas Padre, Señor del cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla; si, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien» (Mt 11, 25-26).

34. M. LAFONT, El pare Peyriguère, o. c. 193.

35. Mt 19, 14.

36. M. LAFONT, El pare Peyriguère, o. c. 192.

37. Ibid., 194.

38. Ibid., 186.

39. Lc 18, 19.

40. M. LAFONT, El pare Peyriguère, o. c. 147.

41. Ibid., 154.

42. Ibid.,107. 34

43. Ibid., 192.

44. Mt 25, 31-46.

45. D. BARRAT, Oeuvres spirituelles de Charles de Jesús, pere de Foucauld. (París 1958) 773.

46. A. PEYRIGUÈRE, El tiempo de Nazaret, o. c., 185-186. 36

47 Carta inédita del padre Peyriguère, que se encuentra en la Biblioteca Foucauld de la Comunidad de Jesús.


Descubre más desde FOUCAULD DIALOGOS

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario