
En árabe pone «María madre de Jesús» «ماري ، أم يسوع»





«Por favor, dejadnos vivir íntimamente mezcladas con la humanidad, como la levadura
en la masa». Esa fue la petición ardiente que hizo hermanita Magdeleine al papa Pío XII
en los orígenes de su fundación. Y ese fue también el testamento que dejó a las que
quieran seguir el camino de la Congregación de Hermanitas de Jesús: «Testigo de Jesús,
vivirás mezclada con la humanidad como la levadura en la masa».
Este libro de sus Escritos esenciales nos pone en contacto con el sueño y el
proyecto de una mujer que se adelantó al concilio y de la que podemos decir: «La vida
religiosa no es igual a partir de hermanita Magdeleine».


María es la perfecta cristiana y anticipación perfecta de la Iglesia. Los evangelistas Lucas y Juan no se limitan a subrayar la participación de María en la obra redentora de Jesucristo, sino que trazan su personalidad religiosa. Todas las dimensiones espirituales características de los “pobres de Yahvéh” de la Biblia, canonizadas por las bienaventuranzas evangélicas, convergen en María y componen su retrato espiritual: Pobreza; servicio; temor de Dios; conciencia de su propia fragilidad; solidaridad con el pueblo de Dios; alegría; apertura y disponibilidad al plan divino; y confianza en la realización de las promesas de Dios fiel y misericordioso. Además Lucas y Juan nos invitan a compartir dos actitudes prácticas. En primer lugar, las que expresan aquellas palabras de María, que encontramos en el Evangelio de Lucas: “Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1, 48) Así, el pueblo de Dios, siguiendo el ejemplo de Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, proclamará bienaventurada a María y la llamará bendita, reconociendo en ella a la persona donde Dios revela su poder y generosidad al escogerla entre todas las mujeres para una tarea salvadora.
A la actitud de alabanza se añade la acogida de María como madre por parte del discípulo al que amaba Jesús, como se nos dice en el Evangelio de Juan: “Desde aquel momento el discípulo la recibió consigo” (Jn 19, 27) Juan nos transmite este mensaje: los que escuchan la voz de Jesús y se hacen una sola cosa con él en una fe madura y operante son invitados a dar cabida a María, aceptando su maternidad como don supremo de Jesucristo. Naturalmente que la fe de María tuvo que ir creciendo a lo largo de su vida, pues su fe, como la nuestra ignora el futuro y no acaba de comprender, pero fue una fe ejemplar por su confianza ciega impregnada de meditación, como podemos contrastar en el Evangelio de Lucas: “Conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 19)
La prueba de fuego de la fe de María llegó en el Calvario, pues las palabras que le dijo el ángel Gabriel anunciándole que su hijo sería grande, que Dios le daría el trono de David y que reinaría sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendría fin, no cuadran cuando ve a su hijo clavado en la cruz. Es la noche oscura de la fe. Por todo ello, María es un modelo para nuestra vida creyente. El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Jesucristo, deriva directamente de ella. Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Jesucristo hasta su muerte. Se manifiesta particularmente en la hora de la pasión, tal y como se nos dice en el Concilio Vaticano II: “La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 58)
Después de la Ascensión de su Hijo, María estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones, junto a los apóstoles y algunas mujeres, pidiendo el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra. Finalmente, La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte.


Meditación de Carlos de Foucauld el 6 de noviembre de 1897.
Señor mío y Dios mío, ¡qué jomada más dulce! Sois Vos, mi Señor
Jesús, en el día de hoy el motivo de mis meditaciones…
Sí, Dios mío, Vos sois constante, fiel, continuáis vuestras mercedes,
los santos y los ángeles continúan ayudándome… Solamente yo soy quien
no me ayudo a mí mismo: Vos me empujáis hacia el bien y me colmáis de
gracias; todo me ayuda en el Cielo y en la tierra… Solamente yo soy quien
pone obstáculos por mi cobardía, fragilidad y tibieza…
La Encarnación tiene su raíz en la bondad de Dios… Pero una cosa
aparece primeramente, tan maravillosa, brillante y asombrosa, que brilla
como un signo deslumbrador: es la humildad infinita que encierra tal
misterio… Dios, el Ser, el Infinito, lo Perfecto, el Creador, el Omnipotente
Inmenso, soberano Señor de todo, haciéndose Hombre, uniéndose a un
alma y a un cuerpo humano y apareciendo sobre la tierra como un
Hombre, y el último de los hombres…
En la estima del mundo, ¿qué es esto? ¿Conviene que Dios la
busque? Viendo el mundo desde las alturas de la divinidad, todo es igual a
sus ojos; lo grande, lo pequeño, todo es como una hormiga y un gusano de
la tierra… Desdeñando esas falsas grandezas, que son, en realidad, tan
extremas pequeñeces, Dios no ha querido revestirse de ellas… Y como Él
venía a la tierra para rescatamos, enseñamos, y para hacerse conocer y
amar, ha tenido a bien darnos, desde su entrada en este mundo y durante
toda su vida, esta lección de desprecio de las grandezas humanas, del
desasimiento completo de la estimación de los hombres… Ha nacido,
vivido y muerto en la más profunda abyección y los últimos oprobios,
habiendo escogido una vez para siempre, de tal manera el último puesto,
que nadie ha podido estar más bajo que Él… Y si ha ocupado con tanta
constancia y cuidado este último puesto, ha sido para instruirnos y
enseñamos que los hombres y la estima de los mismos no son nada, no
valen nada; que no conviene despreciar a aquellos que ocupan las más
bajísimas situaciones, que los más pobres y abyectos no deben
entristecerse de su vileza: ellos están cerca de Dios, cerca del Rey de
Reyes de este mundo; esto es, para enseñarnos que nuestra conversación,
no siendo de este mundo, no debemos hacer caso del mismo…, sino vivir
para este reino de los cielos, que el Dios Hombre veía desde aquí abajo por
medio de la visión beatífica, y que nosotros debemos tener presente sin
cesar bajo los ojos de la fe, andando por este mundo como si no fuéramos
de este mundo, sin cuidado de las cosas externas, no ocupándonos más que
de una cosa: contemplar, amar a Nuestro Padre celestial y hacer su
voluntad…
Resoluciones.—En mis pensamientos, palabras y acciones sea por
mí, sea por el prójimo, no hacer ningún caso de la grandeza, de la
ilustración, de la estima humana, sino apreciar aún más a los más pobres
que a los más ricos… Prestar más atención al último obrero que al
príncipe, puesto que Dios ha aparecido como el último de los obreros…
Para mí, buscar siempre el último de los últimos puestos, para ser también
pequeño, como mi Maestro, para estar con Él, marchar tras Él, paso a paso,
como fiel criado, fiel discípulo, y, puesto que en su bondad infinita,
incomprensible, se digna permitirse hablar así, como fiel hermano y fiel
esposo…
En consecuencia, organizar mi vida para ser el último, el más
despreciado de los hombres, para pasarla con mi Maestro, mi Señor, mi
Hermano, mi Esposo, que ha sido la abyección del pueblo y el oprobio de
la tierra, «un gusano y no un hombre…»
Vivir dentro de la pobreza, la abyección, el sufrimiento, la soledad, el
abandono, para vivir en la vida, con mi Maestro y mi Hermano, mi
Esposo, mi Dios, que ha vivido así toda su vida y me da tal ejemplo desde
su nacimiento.

Se ha cumplido el primer centenario de la muerte del beato Carlos de Foucauld, figura fundamental de la espiritualidad cristiana reciente. Su experiencia es muy útil para volver a considerar el sentido y el significado profundo del martirio cristiano. Según declara el monje benedictino, Davide Semeraro, “en él, el martirio se vive sin la necesidad de buscar al verdugo. Solo así se sale del círculo vicioso de la venganza y se entra en la esfera del Evangelio. Lo que cuenta es la disponibilidad a dar la vida hasta el fondo”.
Pasando su juventud alejado de la fe, se convierte a mitad de su vida. Durante una peregrinación a Tierra Santa descubrió su vocación: seguir a Jesús en su vida de Nazaret. Este deseo le llevó sucesivamente a ser trapense, criado del convento de las Clarisas en Nazaret, sacerdote, y marchar hacia los últimos, a Tamanraset, en el desierto argelino. Allí vivió como un hermano entre los tuareg, con la esperanza de preparar camino a la evangelización, hasta su muerte ocurrida durante una revuelta, en la que recibió un tiro.
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El oficial, el explorador
Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo, Francia, el 15 de septiembre de 1858. Durante la adolescencia sufrió la influencia del escepticismo religioso y del positivismo científico que caracterizaban su época; escribió, refiriéndose a esa época: “desde la edad de 15 o 16 años toda la fe había desaparecido en mí”. Entró a la escuela militar y se convirtió en oficial. Fue enviado con su regimiento a Argelia. En 1882 abandonó el ejército y emprendió un viaje de exploración que lo condujo primero a Marruecos y después al desierto argelino y tunecino.
“¡Dios mío, haz que yo Te conozca!”
Volvió al seno familiar parisino, en 1886, con la intención de preparar un texto sobre sus descubrimientos: fue un tiempo decisivo para su conversión. Escribió: “He iniciado a ir a la iglesia, sin ser creyente, pasaba largas horas repitiendo una extraña oración: ¡Dios mío, si existes, haz que yo Te conozca!”. Su conversión, acompañada por el abad Henry Huvelin, fue en octubre de ese mismo año: “Apenas creí que había un Dios, comprendí que no podía más que vivir para Él”.
Jesús, obrero de Nazaret
Hizo inmediatamente un largo peregrinaje a la Tierra Santa, durante el que anotó: “Deseo conducir la vida que he entrevisto y percibido al caminar pos las calles de Nazaret, en donde Nuestro Señor, pobre artesano perdido en la humildad y en la oscuridad, apoyó los pies”. Dirigiéndose a Jesús, escribió: “¡Cuán fértil en ejemplos y lecciones es esta vida de Nazaret! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Qué bueno fuste al habernos dado esta instrucción durante 30 años!”.
Al volver a su patria entró a la Trapa Notre-Dame des Neiges y después fue enviado a la Trama de Akbés, en Siria. Pero se dio cuenta de que en la Trama no es posible “conducir la vida de pobreza, de abyección, de desapego efectivo, de humildad, diría incluso de recogimiento de Nuestro Señor en Nazaret”. Un episodio significativo que vivió en ese tiempo: “Una semana me mandaron a rezar un poco al lado de un pobre obrero del lugar, católico, que murió en la fracción de al lado: ¡qué diferencia entre esta casa y nuestras habitaciones! Yo anhelo Nazaret”.
La misma vida de Nuestro Señor
Al darse cuenta de que “ninguna congregación de la Iglesia da la posibilidad de conducir hoy y con Él esta vida que Él condujo de esta manera”, se preguntaba si “no era hora de buscar a algunas almas con las cuales […] formar un inicio de pequeña Congregación de este tipo: el objetivo sería el de conducir lo más exactamente posible la misma vida de Nuestro Señor, viviendo únicamente del trabajo de las manos, sin aceptar ningún don espontáneo ni oblación, y siguiendo al pie de la letra todos sus consejos, sin poseer nada, privándonos de lo más posible, antes que nada para conformarnos a Nuestro Señor y después para darle lo más posible en la persona de los pobres. Añadir a este trabajo muchas oraciones”.
Nazaret es la vida de Jesús, no simplemente su prefacio
Surgió algo conscientemente inédito en la geografía religiosa, observó Sequeri en el volumen “Carlos de Foucauld. El Evangelio viene de Nazaret” (Vita e Pensiero): “La novedad de la intuición se da, en primer lugar, por la neta referencia cristológica de la imitación/secuela de Nuestro Señor Jesús: ‘la misma vida de Nuestro Señor’ Jesús, es decir ‘la existencia humilde y oscura de Dios, obrero de Nazaret’”. En otras palabras: “Nazaret no es el ‘prólogo’ de la vida pública, el simple momento ‘preparatorio’ de la misión, ni la forma de una ‘pre-evangelización’ que ofrece un genérico compartir y un anónimo testimonio […] Nazaret es la vida de Jesús, no simplemente su prefacio. Es la misión redentora en acto, no su mera condición histórica. Nazaret es el trabajo, la cercanía, la proximidad doméstica del Hijo que se nutre durante largos años de lo que le importa al ‘abba-Dios’ (‘¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?’, Lc. 2, 49). ¿De dónde podría partir una nueva evangelización sin detenerse por todo el tiempo necesario en el fundamento en el que Dios la puso para el Hijo mismo?”.
La lectura de los Evangelios
En 1897, el hermano Charles deja la Trapa y se muda a Nazaret, en donde vivió durante 3 años, en una casita en el monasterio de las clarissa. Marcaban sus días el trabajo, la adoración silenciosa de la Eucaristía y la lectura de los Evangelios. “De Foucauld desea vivir imitando a Jesús, ‘obrero de Nazaret’: y para hacerlo decide encomendarse a los Evangelios, que lee cotidianamente y sobre los que medita por escrito”, cuenta Antonella Fraccaro, religiosa de las Discípulas del Evangelio (Instituto religioso que forma parte de la Asociación de Familias Espirituales Carlos de Foucauld) y autora del volumen “Carlos de Foucauld y los Evangelios”. “Sus meditaciones —algunos miles de páginas— tienen un corte intimista y auto referencial; sacan a la luz sobre todo el vínculo intenso y afectuoso que Foucauld vive con el Señor. En el centro de las meditaciones no está su autor, sino la persona de Jesús y Su estilo, que debe ser asimilado día a día con Su gracia. Los motivos que inspiran la lectura de los Evangelios se expresan en un breve texto, muy significativo, escrito en una pequeño papel utilizado como separador. Anotó el hermano Charles dirigiéndose a Jesús: ‘Leo: 1o) para darte una prueba de amor, para imitarte, para obedecerte; 2o) para aprender a amarte mejor, para aprender a imitarte mejor, para aprender a obedecerte mejor; 3o) para poder hacer que los otros te amen, para poder hacer que los demás te imiten, para poder hacer que los demás te obedezcan’”.
Con el pueblo del desierto
Durante el tiempo que pasó en Nazaret maduró en su interior la vocación al sacerdocio: fue ordenado en 1901 en Francia, y al año siguiente se estableció en Beni Abbès, en la parte argelina del Sahara, “entre las ovejas más perdidas, entre las más abandonadas”. En esos días escribió: “De las 4.30 de la mañana a las 20.30 de la noche, no dejo de hablar, de ver gente: esclavos, pobres, enfermos, soldados, viajeros, curiosos […] Quiero que se acostumbren todos los habitantes de la tierra a considerarme un hermano, el hermano universal”. En 1905 decidió dirigirse hacia el sur, entre los Tuareg, a Tamanrasset, en donde no hay “ni guarniciones, ni telégrafos, ni europeos”.
La belleza doméstica de la radicación evangélica
La Nazaret que Charles anhelaba no estaba en la Trapa sino en el desierto. Sequieri comenta al respecto: “El punto no es tanto el de la dureza de la ascesis sino el de una imitación ‘real’ de Nazaret: que tiene que encontrar las condiciones del propio rigor en la normalidad del contexto en el que las condiciones ya están dadas y no son artificialmente buscadas o reconstruidas religiosamente. En esas condiciones, efectivamente, el ‘pequeño hermano universal’ se radica como su ‘bien amado hermano Jesús’, porque los hombres y las mujeres ya se han radicado: porque son la vida cotidiana, el horizonte de su mirada sobre el mundo”. El rigor de esta ‘inhabitación’ incluye “un principio de simplificación y un criterio de afinidad que liberan la singular belleza doméstica de la radicación evangélica”.
Hermano y familiar de los Tuareg
Charles fue pródigamente generoso con sus Tuareg. “Quiso vencer las desconfianzas, conquistar su confianza, fraternizar, volverse un familiar; quiso hacer que conocieran la bondad de Jesús”, dice Fraccaro. “Su tiempo estaba dividido entre la oración, las relaciones con los indígenas, a los que ayudaba y apoyaba de diferentes maneras, y los estudios de la lengua tuareg: redactó incluso un diccionario tuareg-francés. En las cartas a sus amigos lejanos les pedía que rezaran por estas almas abandonadas, y también por él: Récenle para que yo haga lo que quiere de mí para ellos, porque yo soy el único, desgraciadamente, que me ocupo de ellos por Su parte y para Él”.
La presencia eucarística
Los gestos de atención, la tenaz dedicación a los hombres y a las mujeres del desierto, conviven con una total relación/conversación con el Señor presente en la Eucaristía. Foucauld lo llevó entre quienes no lo conocían porque también ellos son “suyos”. Es una presencia, una bendición que todos perciben, todos sienten la oración y las palabras que la habitan, todos intuyen el vínculo especial al que da vida. La presencia eucarística del Señor condensa en sí la palabra y el gesto cristiano menos “anónimos” que existan (Sequeri).
Si el grano de trigo no muere
Carlos de Foucauld murió el primero de diciembre de 1916, en Tamanrasset. Lo golpeó una bala durante una escaramuza provocada por las tropas rebeldes del Sahara. Él, que desde 1893 hasta el final de su vida se aplicó a la redacción de “Reglas” para estar agregaciones que tanto había deseado, murió solo. En las décadas siguientes, nacieron muchas familias de religiosos, religiosas, sacerdotes y laicos que se inspiran en él: en la actualidad son veinte y tienen presencia en todo el mundo. Reunidas en la Asociación de Familias Espirituales Carlos de Foucauld, incluyen a alrededor de 13 mil personas. “En su diversidad —concluye Fraccaro– estas familias tienen rasgos comunes: la radicación en los contextos de la existencia ordinaria, la vida en pequeñas comunidades unidas por un espíritu fraterno, la meditación de la Palabra de Dios, la dedicación a las almas que más sufren y más abandonadas. El grano de trigo, muriendo, ha dado fruto, justamente como De Foucauld –tan vinculado a este versículo del Evangelio de Juan (12, 24)— esperaba que sucediera”.
