
Meditación de Carlos de Foucauld el 6 de noviembre de 1897.
Señor mío y Dios mío, ¡qué jomada más dulce! Sois Vos, mi Señor
Jesús, en el día de hoy el motivo de mis meditaciones…
Sí, Dios mío, Vos sois constante, fiel, continuáis vuestras mercedes,
los santos y los ángeles continúan ayudándome… Solamente yo soy quien
no me ayudo a mí mismo: Vos me empujáis hacia el bien y me colmáis de
gracias; todo me ayuda en el Cielo y en la tierra… Solamente yo soy quien
pone obstáculos por mi cobardía, fragilidad y tibieza…
La Encarnación tiene su raíz en la bondad de Dios… Pero una cosa
aparece primeramente, tan maravillosa, brillante y asombrosa, que brilla
como un signo deslumbrador: es la humildad infinita que encierra tal
misterio… Dios, el Ser, el Infinito, lo Perfecto, el Creador, el Omnipotente
Inmenso, soberano Señor de todo, haciéndose Hombre, uniéndose a un
alma y a un cuerpo humano y apareciendo sobre la tierra como un
Hombre, y el último de los hombres…
En la estima del mundo, ¿qué es esto? ¿Conviene que Dios la
busque? Viendo el mundo desde las alturas de la divinidad, todo es igual a
sus ojos; lo grande, lo pequeño, todo es como una hormiga y un gusano de
la tierra… Desdeñando esas falsas grandezas, que son, en realidad, tan
extremas pequeñeces, Dios no ha querido revestirse de ellas… Y como Él
venía a la tierra para rescatamos, enseñamos, y para hacerse conocer y
amar, ha tenido a bien darnos, desde su entrada en este mundo y durante
toda su vida, esta lección de desprecio de las grandezas humanas, del
desasimiento completo de la estimación de los hombres… Ha nacido,
vivido y muerto en la más profunda abyección y los últimos oprobios,
habiendo escogido una vez para siempre, de tal manera el último puesto,
que nadie ha podido estar más bajo que Él… Y si ha ocupado con tanta
constancia y cuidado este último puesto, ha sido para instruirnos y
enseñamos que los hombres y la estima de los mismos no son nada, no
valen nada; que no conviene despreciar a aquellos que ocupan las más
bajísimas situaciones, que los más pobres y abyectos no deben
entristecerse de su vileza: ellos están cerca de Dios, cerca del Rey de
Reyes de este mundo; esto es, para enseñarnos que nuestra conversación,
no siendo de este mundo, no debemos hacer caso del mismo…, sino vivir
para este reino de los cielos, que el Dios Hombre veía desde aquí abajo por
medio de la visión beatífica, y que nosotros debemos tener presente sin
cesar bajo los ojos de la fe, andando por este mundo como si no fuéramos
de este mundo, sin cuidado de las cosas externas, no ocupándonos más que
de una cosa: contemplar, amar a Nuestro Padre celestial y hacer su
voluntad…
Resoluciones.—En mis pensamientos, palabras y acciones sea por
mí, sea por el prójimo, no hacer ningún caso de la grandeza, de la
ilustración, de la estima humana, sino apreciar aún más a los más pobres
que a los más ricos… Prestar más atención al último obrero que al
príncipe, puesto que Dios ha aparecido como el último de los obreros…
Para mí, buscar siempre el último de los últimos puestos, para ser también
pequeño, como mi Maestro, para estar con Él, marchar tras Él, paso a paso,
como fiel criado, fiel discípulo, y, puesto que en su bondad infinita,
incomprensible, se digna permitirse hablar así, como fiel hermano y fiel
esposo…
En consecuencia, organizar mi vida para ser el último, el más
despreciado de los hombres, para pasarla con mi Maestro, mi Señor, mi
Hermano, mi Esposo, que ha sido la abyección del pueblo y el oprobio de
la tierra, «un gusano y no un hombre…»
Vivir dentro de la pobreza, la abyección, el sufrimiento, la soledad, el
abandono, para vivir en la vida, con mi Maestro y mi Hermano, mi
Esposo, mi Dios, que ha vivido así toda su vida y me da tal ejemplo desde
su nacimiento.
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