Carlos de Foucauld: de la separación a la cercanía

El cambio de 1947 se hizo, después de una “crisis” en la Fraternidad, como un deseo de volver a la fuente de Carlos de Foucauld y su “mirada” sobre Nazaret. Y quizás nos hará falta pasar por Carlos de Foucauld, ya que es de él que recibimos esta intuición de “mística” de Nazaret, para ver cómo va evolucionando su concepción de Nazaret. Únicamente, quisiera subrayar algunas etapas significativas.

He perdido mi corazón por Jesús de Nazaret, crucificado hace 1900 años, y tanto como mi debilidad me lo permite, no busco otra cosa que imitarlo1”. Carlos nos da una hermosa definición de su vida: su historia después de la conversión es, en efecto, ante todo una historia de “corazón dado y perdido”, la historia de una amistad real y fuerte con Alguien que está vivo y cercano, y cuyo rostro lo ha fascinado: Jesús de Nazaret. Una búsqueda que le llevará tiempo…

Poco tiempo después de su conversión, mientras buscaba como entregar su vida a Dios, hizo una peregrinación a Tierra Santa y, visitando Nazaret, caminando por sus calles, “entrevió” como él dice, lo que pudo ser la vida de Jesús: la de simple vecino de un pueblo, una de esas personas anónimas que Carlos veía en las calles; y como su mirada es la de un occidental miembro de una familia rica, todavía le fascina más: ¡el hijo de Dios ha escogido esta vida tan banal! Tiene en su imaginario la imagen de su época de la vida de la Sagrada Familia de Nazaret: una vida de silencio, de oración constante ¡con las manos juntas todo el día!… y a esta imagen Carlos añade la pobreza extrema, la “abyección” como él la llama. Para encontrar estas condiciones de silencio, recogimiento y de pobreza en la intimidad con Jesús, escoge lógicamente la vida monástica y entra en la Trapa (16 enero de 1890).

Saldrá 7 años más tarde (16 de febrero 1897) y se instala en el mismo Nazaret, cerca de las Clarisas que le alojan en una cabaña del jardín y le confían algunos trabajos. Lo explicará en una carta: “El buen Dios me ha permitido, lo más perfectamente posible, encontrar aquí lo que buscaba: pobreza, soledad, abyección, trabajo humilde, oscuridad completa: la imitación, lo más perfecta posible, de lo que fue la vida de Nuestro Señor Jesús en este mismo Nazaret […] La Trapa me hacía ascender, me daba una vida de estudio, una vida honorable… por eso he dejado la Trapa y he abrazado aquí la existencia humilde y oscura del divino obrero de Nazaret2”. Expresa bien cuál es la lectura que en ese momento hace del Nazaret de Jesús: pobreza, soledad, abyección, trabajo, oscuridad social (alusión a los estudios como promoción social). Y la resume en la fórmula: “la existencia humilde y oscura del divino obrero de Nazaret”. Ha tomado conciencia de la diferencia de naturaleza que hay entre la pobreza del monje y la pobreza del pobre, pobreza de medios y de estatus social. Y siente que es precisamente esta última la que le acerca a Jesús de Nazaret. Es interesante saber que entre los resortes que han provocado esta toma de conciencia, ha habido raras ocasiones de conocimiento de las condiciones concretas de vida de una familia pobre: “Hace unos ocho días me enviaron a rezar, por un pobre indigente católico que murió en la aldea vecina: ¡Qué diferencia entre su casa y nuestras habitaciones! Suspiro por Nazaret3”. De la misma manera que le ha dolido ver que su monasterio estaba protegido, mientras que en la zona habían tenido lugar las primeras masacres de Armenios cristianos4 Con las Clarisas de Nazaret piensa haber encontrado la solución: al mismo tiempo intimidad con Jesús y la oscuridad social del pobre.

Después de tres años y medio en Nazaret, acepta ser ordenado sacerdote (lo que hasta entonces le había parecido contrario a la humildad social de Nazaret) y se produce un nuevo cambio: va a vivir a Argelia: “Mis últimos retiros de diaconado y sacerdocio me han mostrado que esta vida de Nazaret, mi vocación, debería vivirla no en la Tierra Santa tan amada sino entre las almas más enfermas, las ovejas más perdidas, las más abandonadas: este divino banquete, del que yo era ministro, hacía falta presentarlo no a los hermanos, a los parientes, a los vecinos ricos, sino a los más cojos, los más ciegos, los más pobres, a las almas más abandonadas, a aquellos a los que más les faltan sacerdotes5. Se trata siempre de la vida de Nazaret, pero ha comprendido que para estar con Jesús, hay que ir allí donde Jesús ha ido, cerca de los más abandonados: no se trata de separarse y aislarse como en Tierra santa, sino de “vivir entre” los más desamparados.

Esta nueva perspectiva le planteará una nueva cuestión: ¿Cómo conciliar estar con la gente (que no tardarán en invadir su casa) y el recogimiento para una vida de oración (para estar cerca del Amigo)? En un viaje que hace al gran sur sahariano, busca un lugar para instalarse entre los Tuareg. Un día encuentra un lugar que parece convenirle, al pie de un acantilado y cerca del camino por el que pasa la gente. Pero ¿hay que instalarse en lo alto del acantilado para garantizar el recogimiento en soledad, o abajo para poder tener contacto con la gente en el va y viene de la vida? Anota sus dudas y reflexiones y pone en boca de Jesús lo que le parece que es la conducta a seguir: “Para recogerte, es el amor quien te debe recoger en mí interiormente y no la lejanía de mis hijos: mírame en ellos; y como yo en Nazaret, vive cerca de ellos, perdido en Dios. En estas rocas donde, a pesar tuyo, yo te he conducido, tienes la imitación de mis moradas de Belén y de Nazaret, la imitación de toda mi vida de Nazaret…6”. Nueva lectura del Nazaret de Jesús que le hace exceder, por arriba o por el corazón, la tensión presencia-recogimiento: por el amor, Jesús podía pertenecer, a la vez, enteramente a Dios y enteramente a los hombres. Es el amor el que nos tiene “recogidos” en Dios; si de verdad amamos, podemos entregarnos totalmente y sin temor: no abandonamos a Dios dándonos a los hombres. Magnífica y sobria definición de Nazaret: “Como yo en Nazaret, vive cerca de ellos, perdido en Dios”.

Uno de los textos más conocidos de Carlos de Foucauld sobre Nazaret está escrito el año siguiente, cuando ya está instalado en Tamanrasset: “Jesús te ha establecido para siempre en la vida de Nazaret: la vida de misión o de soledad no son, para ti, como no lo fueron para él, sino sólo excepciones: practícalas cada vez que su voluntad lo indique claramente: y desde el momento en que ya no sea indicado, vuelve a la vida de Nazaret […] Sea estando solo, sea estando con algunos hermanos […] ten por objetivo la vida de Nazaret, en todo y para todo, en su simplicidad y su amplitud […] por ejemplo […] sin hábito – como Jesús en Nazaret; sin clausura – como Jesús en Nazaret; sin una casa lejos de los lugares habitados – como Jesús en Nazaret; no menos de 8 horas de trabajo diario (manual u otro, aunque a poder ser manual) – como Jesús en Nazaret; sin grandes posesiones, ni grandes casas, ni grandes gastos, ni grandes limosnas; una extrema pobreza en todo – como Jesús de Nazaret… En una palabra, en todo: Jesús en Nazaret […] Tu vida de Nazaret puede vivirse en todo lugar: vívela en el lugar más útil para el prójimo7”. Sigue siendo una lectura del Nazaret de Jesús, teniendo aquí como fondo la vida religiosa y sus cuadros habituales. Y vemos bien donde está ahora el acento: las consignas dadas tienden a romper la distancia que pudiera haber entre un cuadro de vida religiosa y la vida ordinaria de la gente. Y además, de golpe, ahora que sabe como guardar el corazón en Dios estando con la gente y, ahora que ha adoptado un estilo de vida parecido al de la gente, Nazaret ya no será un modelo cerrado, debe poder vivirse de modos diversos (“tu vida de Nazaret puede vivirse en todo lugar”) y lo importante no será la forma sino el objetivo (“vívela en el lugar más útil para el prójimo”); por nuestra proximidad, si estamos unidos a Dios y a los hombres en el amor, la buena noticia de un Dios cercano es anunciada al pobre y es su verdadero tesoro.

Carlos pasará los últimos años de su vida haciéndose cercano a los Tuaregs, será un camino de amistad que se irá construyendo pacientemente. Aprenderá, poco a poco, la reciprocidad de una verdadera relación (en concreto será atendido por ellos en un momento de grave enfermedad); trabajará mucho para conocer su cultura, aprenderá a quererlos: “He pasado todo el año 1912 en esta aldea de Tamanrasset. Los tuaregs son para mí una consoladora compañía; no podría decir cuánto bien me hacen, cuántas almas rectas encuentro entre ellos; uno o dos son verdaderos amigos, cosa rara y preciosa en todas partes8”.

No puedo terminar este recorrido en torno a la lectura que Carlos de Foucauld hace de Nazaret, sin citar un texto que tiene una gran importancia para mí y esta escrito algunos meses antes de su muerte: Carlos busca un sacerdote para asegurar la puesta en marcha en Francia de una Asociación de Fieles en la que está trabajando desde hace algunos años. Escribe: “Me creo menos capaz que la casi totalidad de los sacerdotes, para hacer las gestiones necesarias, no habiendo aprendido más que a rezar en soledad, a callarme, a vivir con libros y todo lo más a charlar con familiaridad –cara a cara– con los pobres9”. Este texto me afecta, porque toca mi propia experiencia y, como Hermano de Jesús, tengo ganas de decir: ¡Veis a qué lleva frecuentar a Jesús de Nazaret! Se trata de un aprendizaje: el de la oración, el de la escucha y el de las charlas familiares con los pobres, tres cosas que hay que aprender y la última – en expresión de Carlos – aparece como aquella que mejor ha aprendido… De aquí, de este aprendizaje, nace, poco a poco, la apertura del corazón, una capacidad para encontrar al otro en lo que es, entenderlo desde dentro, apreciarlo.

¿No es este el mismo camino que hace Jesús de Nazaret? Esto nos lleva al Nazaret de Jesús: ¿Qué lectura hacemos nosotros?

Marc Hayet, Hermanito de Jesús


1  Carta a Gabriel Tourdes, 07/03/1902.

2  Carta a Luis de Foucauld, 12/04/1887.

3  Carta a María de Bondy, 10/04/1895.

4  “Es doloroso estar tan bien con los asesinos de nuestros hermanos”, carta a María de Bondy, 24/06/1896.

5  Carta al Padre Caron, 09/04/1905.

6  Cuadernos de Beni Abbes, 26/05/1904.

7  Cuadernos de Tamanrasset, 22/07/1905.

8  Carta a Henry de Castries, 08/01/1913.

9  Carta al Padre Voillard, 11/06/1916.


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