EN EL CORAZÓN DE LAS MASAS

EN EL CORAZÓN DE LAS MASAS

Siendo René Voillaume miembro de la congregación de los Hermanos de Jesús y, más aún, el fundador ante la Iglesia de esta Congregación, que sigue las huellas de Carlos de Foucauld, para situar adecuadamente el libro En el corazón de las masas comenzamos ofreciendo una síntesis del ideal y la misión que Foucauld quiso vivir durante su vida y nos dejó como legado, marcando para la posteridad dos tradiciones dentro de su carisma: a) Los «solitarios desbrozadores», asociación eclesial fundada por el propio Carlos de Foucauld, la Unión de hermanos y hermanas de Jesús, Sodalidad Carlos de Foucauld, que, en la comunión de los santos, ya sean sacerdotes, religiosos/as o laicos, como él, van abriendo caminos, con su creatividad, en los ambientes más alejados de la Iglesia, y que en la actualidad cuentan con más de 1.000 discípulos extendidos por todo el mundo[1]; y b) Las «Fraternidades», cuyo máximo exponente, inspirador y fundador fue el hermano René Voillaume, del que nos vamos a ocupar[2]. Carlos de Foucauld, ideal y proyectos de fundación Carlos de Foucauld murió asesinado el 1 de diciembre de 1916 en Tamanrasset, sin haber podido realizar su sueño de toda la vida: formar una fraternidad de hermanos. Quedaba sin embargo tras él, como semilla fecunda, su testimonio, sus escritos y la asociación que había fundado, gracias a la cual, y especialmente gracias a Luis Massignon, que difundirá los estatutos simplificados de las Reglas que el hermano Carlos había escrito[3], buscará un escritor para dar a conocer la vida del hermano Carlos[4]y que será el eslabón necesario puesto por la Providencia entre Carlos de Foucauld y el nacimiento de las Fraternidades. Carlos de Foucauld había nacido en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858 y, desde el momento mismo de su conversión, ocurrida en 1886, no cesó de buscar el camino por el que realizar su vocación religiosa, cosa que se irá manifestando progresivamente. Así lo manifiesta a su amigo Henry de Castries: «Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa sino vivir para Él: mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe: ¡Dios es tan grande! (¡Es tal la diferencia entre Dios y todo aquello que no es Él! (…). Yo deseaba ser religioso, no vivir más que para Dios y hacer lo que fuera más perfecto, sin importar qué… Mi confesor me hizo esperar tres años; (…) yo mismo no sabía qué orden elegir: el Evangelio me mostró que “el primer mandamiento consiste en amar a Dios con todo el corazóny que había que encerrarlo todo en el amor; cada uno sabe que el amor tiene por efecto primero la imitación; quedaba, pues, entrar en la orden donde yo encontrase la más exacta imitación de Jesús. Yo no me sentía hecho para imitar su vida pública en la predicación: yo debía, por tanto, imitar la vida oculta del humilde y
pobre obrero de Nazaret. Me pareció que nada me ofrecía mejor esta vida que la Trapa
»[5]. Este texto resume admirablemente las intuiciones que habrían de acompañarlo a lo largo de toda su vida en una marcha de etapas imprevisibles, pero permaneciendo siempre su idéntica vocación espiritual. Así, será en la Trapa (1890-1897) donde hará los primeros intentos por realizar su vocación. Pasados varios años de vida cisterciense notará, sin embargo, que no encontraba allí toda la abyección que perseguía, conforme a su vocación a la «vida de Nazaret». Es así como en 1893 le escribe al padre Huvelin, su director espiritual, diciéndole que se interroga sobre la posibilidad de formar una pequeña Congregación. No será sino pocos días antes del tiempo en que le hubiera correspondido pronunciar sus votos perpetuos cuando recibirá la dispensa del Padre general para centrarse en la realización de la vocación a la que se sentía llamado. Irá, pues, a Tierra Santa, donde permanecerá tres años al servicio de las hermanas Clarisas de Nazaret (1897-1899) y de Jerusalén (1899-1900), dividiendo su tiempo entre el trabajo manual, la lectura y la oración. Consagra jornadas enteras a la oración y a la meditación del Evangelio. Este período será para él como un largo retiro, y el noviciado de su vida espiritual futura. Comienza a considerar la posibilidad de una fundación eremítica sobre el monte de las Bienaventuranzas, por lo que vuelve a Francia para prepararse a la ordenación sacerdotal, que habrá de recibir el 9 de junio de 1901. En sus retiros preparatorios al diaconado y al sacerdocio, descubre que aquella vida de Nazaret que entendía debía ser su vocación no tenía que llevarla a cabo en Tierra Santa, sino entre las ovejas más abandonadas. En su juventud había recorrido Argelia y Marruecos; ningún pueblo le parecía más abandonado que estos. Se instalará, pues, en Beni-Abbés, al sur de la provincia de Orán. Su vida adquiere aquí una modalidad diferente. Si bien no sale de los límites de su ermita, esta, sin embargo, está abierta a todos. Su ideal, por entonces, no era «ni un grande y rico monasterio ni una explotación agrícola, sino una humilde y pobre ermita donde unos pobres monjes pudieran vivir de algunas frutas y de un poco de cebada recogida con sus propias manos; en estricta clausura, penitencia y la adoración del Santísimo Sacramento, no saliendo del claustro, no predicando, pero dando hospitalidad a todo el que venga, bueno o malo, amigo o enemigo, musulmán o cristiano… Es la evangelización no por la palabra, sino por la presencia del Santísimo Sacramento, la ofrenda del divino Sacrificio, la oración, la penitencia, la práctica de las virtudes evangélicas, la caridad; una caridad fraterna y universal»[6]. Beni-Abbés (1901-1905) representa, pues, la primera realización de su ideal; el hermano Carlos busca un equilibrio entre su vida monástica contemplativa y su deseo de irradiar el amor de Cristo entre los musulmanes que lo rodean. Pero no será sino en Tamanrasset (1905-1916) donde realizará el pleno desarrollo de su vocación. Hace construir su choza no lejos de la aldea, y no sólo no rehuye a los habitantes de la región, sino que va hacia ellos, busca contactos, hace visitas. Siempre está a disposición de sus vecinos y de sus visitantes. Es el amigo que se puede buscar a toda hora del día y de la noche. Hizo cuanto estaba a su alcance para insertarse verdaderamente en la región tuareg del Hoggar. Veía ya claramente cuál era su vocación. En la carta que escribió en
1893 al padre Huvelin esboza por vez primera el ideal religioso que se sentía llamado a vivir. En junio de 1896 compone una pequeña Regla para los miembros de la Congregación que quería fundar, los «Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús». Ya en Palestina, la abadesa de las clarisas de Jerusalén ayudará con su influencia a reavivar sus proyectos, y en 1899 redactará la Regla de los «Ermitaños del Sagrado Corazón», donde aparece un elemento nuevo: el acento sobre el sacerdocio y el apostolado, presentándose desde entonces la «vida de Nazaret», a la vez recogida y abierta, lugar de intimidad con Jesús y lugar de partida en misión. Dos años más tarde, una mejor advertencia de las exigencias de caridad universal que implica el sacerdocio lo lleva a volver a la denominación de «Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús». Y en 1902 redacta la regla de las «Hermanitas del Sagrado Corazón». En los últimos años de su vida, ante al fracaso de sus primeros proyectos, considera la posibilidad de una especie de misioneros laicos que pudieran instalarse entre los infieles para atraerlos a la fe por el ejemplo y la bondad, apoyando de este modo la tarea de los misioneros consagrados. Al mismo tiempo Foucauld piensa en una «unión espiritual de personas» que, como él, estén encarnadas en diferentes ambientes descristianizados y que, en la comunión de los santos, formen un «monasterio espiritual». Este proyecto de 1909 madurará y el 25 de septiembre de 1913 Mons. Bonnet, obispo de Viviers, autoriza la asociación en su diócesis. Foucauld le pondrá el nombre de «Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús», y escribirá para ellos su Directorio o Consejos Evangélicos, publicado por Massignon en 1928, y que a la muerte de Foucauld contaba con 49 miembros, constituyendo la única descendencia visible que dejaba en torno a su ideal. En 1921 se publicó la biografía de Carlos de Foucauld. René Voillaume y la manifestación progresiva de su vocación El padre Voillaume nace en Versalles el 19 de julio de 1905, en el seno de una familia de cómoda situación económica, aunque de vida austera. Allí vivirá hasta los nueve años, para luego residir en La Bourboule durante los años de la Guerra del 14, donde recibirá los sacramentos de la Eucaristía y de la Confirmación. Introvertido y poco comunicativo, su infancia será solitaria y con marcada vocación a la lectura. Según él mismo reconoce, sus orígenes alsacianos y loreneses influyen por igual sobre su temperamento. Con clara inclinación por el saber científico y una atracción particular por la física y la mecánica, sus aptitudes para la ingeniería, favorecidas por el ambiente familiar, forjaron su primera vocación. Pero su religiosidad, alimentada desde niño por una particular devoción a la Eucaristía, le hará despuntar su vocación al sacerdocio, confirmada por un hecho misterioso del que fue objeto cuando tenía 16 años (1921), y que es juzgado por el mismo Voillaume como una gracia mística. Desde entonces ampliará el tiempo de oración, y su vida de unión con Dios estará especialmente representada por su devoción al Sagrado Corazón y a la Eucaristía. En plena adolescencia (1922) lee la vida de Charles de Foucauld, de René Bazin, y en ella descubre su vocación. Encuentra en la vida del Hno. Carlos de Jesús un eco providencial a sus aspiraciones a la vez misioneras y contemplativas. Además, junto a la
llamada al sacerdocio, África ejerce sobre él una particular atracción, quizá debido a que su hermana mayor, Margherite, había entrado en 1921 en las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de África, las «Hermanas Blancas». No sabiendo en qué congregación entrar, para clarificar su vocación ingresa, en 1923, en el Seminario Mayor de San Sulpicio, de Issy-les-Moulineaux, donde recibe una adecuada formación teológica y espiritual. Hizo allí el bienio de filosofía, tras lo cual entró como novicio de los Padres Blancos en Maison-Carrée (Argel). Estuvo, sin embargo, sólo un año con ellos, pues la fragilidad de su salud le impidió permanecer en África. Vuelve al Seminario de Issy, con la esperanza de poder regresar con los Padres Blancos al terminar sus estudios, si su salud se lo permite. Estando en Maison-Carrée, había recibido una carta de un seminarista de Issy, confiándole su atracción por el ideal de Carlos de Foucauld. A su vuelta al Seminario, conocerá a otros con las mismas inquietudes, por lo que formarán un grupo en 1925 del que surgiría, años después, la base de la fundación en El-Abiodh. «No olvidaré nunca [son palabras del propio Voillaume] nuestro primer encuentro con Luis Massignon, que tuvo lugar en el Seminario Saint-Sulpice de Issy-les-Moulineaux, el miércoles 1 de diciembre de 1926, cuando estudiábamos teología; un grupo de seminaristas teníamos ya el proyecto de partir un día a África del norte para vivir como el hermano Carlos vivió en Beni-Abbés. Luis Massignon había sido invitado a dar una conferencia a la comunidad, desde las 18 horas a las 19 horas. Recordaré siempre, al final de su conferencia, cuando éramos unos 400 seminaristas y sonaron los siete golpes de las siete del reloj del Seminario, se levantó de golpe y dijo con voz solemne y emocionada: “Señores, la hora que suena marca exactamente el décimo aniversario de la muerte de mi amigo Carlos de Foucauld, asesinado en 1916 en este mismo día y a esta misma hora, en Tamanrasset”. Fuimos presentados este mismo día después de la conferencia y desde este día datan nuestras relaciones. Massignon tenía el culto del recuerdo y estimaba mucho la fidelidad en la amistad. Él se ha considerado siempre como el heredero espiritual de su amigo, cuando la muerte le sorprendió escribiéndole una carta. Es gracias a Massignon que pudimos, a pesar de los diez años que nos separan de la muerte del hermano Carlos, renovar fácilmente los lazos con aquel que consideramos como el verdadero inspirador de todas las Fraternidades»[7]. A finales de 1927, otro hecho misterioso habría de influir decisivamente sobre su vida. Un arrobamiento de orden místico, que se repetirá durante varios meses, lo confirmará en el carácter contemplativo de su vocación. Habiendo conseguido el manuscrito del padre Foucauld que contenía la Regla de 1899, comienza su estudio con la intención de elaborar, partiendo de ella, un proyecto de fundación. René Voillaume, que había sido elegido para encabezar el grupo, es ordenado sacerdote el 29 de junio de 1929, pasando los dos años siguientes en Roma, donde realizará el doctorado en teología bajo la dirección del padre R. Garrigou-Lagrange. Después de la preparación lingüística que la empresa requería y de un período donde abundaron los contactos y consultas, toman el hábito en la Basílica de Montmartre, el 8 de septiembre de 1933, y se instalan en el pequeño oasis de El-Abiodh-Sidi-Cheikh, situado en el Sáhara sudoranés. Eran cinco sacerdotes: René Voillaume, Marcel Bouchet, Marc Guerin, Guy Champenois y Georges Gorrée. Todos ex alumnos de Issy. A ellos se agregará alguien que, habiendo recorrido hasta allí un camino distinto al del resto, compartirá desde entonces la misma vocación, formando parte del grupo fundador. Se trata de un converso, discípulo y amigo de Jacques Maritain, que, no deseando dar a conocer su nombre por razones personales vinculadas a su pasado, será conocido por todos desde entonces como el «hermano André» (1904-1986). Posteriormente, cuando sus estudios sobre islamología y mística comparada comiencen a publicarse, aparecerá bajo el seudónimo de Louis Gardet. La Fraternidad de El-Abiodh-Sidi-Cheikh Siguiendo la Regla que Carlos de Foucauld escribió en 1899, los Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús, o los «Hermanos de la Soledad», como les llamaban los árabes, comenzaron su aventura religiosa en tierra islámica dentro de un marco de vida claramente monástico, influenciados fuertemente en esta etapa por el Carmelo y la Cartuja. En el Seminario habían sido formados en la oración, teniendo a san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús por maestros, así como a santa Teresa del Niño Jesús. Y una vez en El-Abiodh, los «desiertos» carmelitanos tuvieron una influencia para equilibrar la vida comunitaria con períodos de vida eremítica. Durante la etapa preparatoria a su instalación en el desierto, fueron frecuentes los contactos con la Cartuja de Montrieux. Y posteriormente, la relación con los cartujos se hizo más estrecha, hasta convertirse estos en sus consejeros y aceptar ocuparse de la formación del que sería el primer maestro de novicios de los Hermanos. Durante más de diez años se vivió en una forma monástica: clausura, silencio y oración de día y de noche constituían lo esencial de su testimonio exterior, tanto frente a la población musulmana como para aquellos cristianos con quienes estaban espiritualmente vinculados o que iban a hacer retiro a la Fraternidad. Este carácter monástico que había asumido la Fraternidad desde su fundación estaba vinculado a la concepción que Foucauld tenía para su congregación durante su estancia en Tierra Santa. Fue allí donde redactó la «Regla de 1899», que los Hermanos eligieron desde un comienzo como base de su proyecto fundador. La II Guerra mundial y la vida de la Fraternidad La llegada de la II Guerra mundial modificó su vida. La mayor parte de los Hermanos fueron movilizados. Un par de ellos se quedó, sin embargo, en El-Abiodh, posibilitando el regreso periódico del resto, pero, aun así, la vida de la comunidad entrará en un paréntesis que habrá de prolongarse hasta el final de la guerra. René Voillaume fue destinado a Orán y luego a Touggourt como personal militar no combatiente. Esto lo mantendrá alejado durante varios años del gobierno físico de la comunidad, abriéndose un período en que distintas circunstancias y hechos providenciales llevarán a la Fraternidad a una transformación hasta entonces imprevista. Tras la lectura y mayor conocimiento de la Regla de 1899, que había sido suavizada por los superiores de San Sulpicio, que la consideraban impracticable, los Hermanos que habían permanecido en El-Abiodh le plantean a Voillaume, en mayo de 1943, la exigencia de volver a una más perfecta observancia de la misma, a fin de seguir con mayor fidelidad al hermano Carlos de Jesús. Esto suponía, fundamentalmente: una vida de mayor pobreza y austeridad; un cumplimiento más estricto de la clausura y del silencio; dar más importancia al trabajo, y alcanzar una mayor sencillez en el trato. Mientras la vida en El-Abiodh iba evolucionando en tal sentido, Voillaume se retira en junio de 1944 a la ermita de Djebel-Aíssa, comenzando un trabajo de investigación para compenetrarse mejor con el espíritu del hermano Carlos de Jesús. Durante un año entero leyó los escritos del padre Foucauld, incluso los inéditos, a los que tenía acceso por vía de la postulación de la causa de beatificación, intercambiando opiniones con los Hermanos, meditándolos y orando con ellos. A partir de entonces ya no se busca definir la vocación y misión de los Hermanos por referencia a la sola Regla de 1899, que representa parcialmente el pensamiento del Hno. Carlos, sino a partir del conjunto de la vida y de los escritos de Foucauld, lo que asegurará una mayor fidelidad a la integridad de su mensaje. Como fruto de aquel período de investigación y reflexión, Voillaume escribirá unas 200 páginas que titulará: La mission providentielle du Père Charles de Foucauld et la réalisation de ses projets de fondation, subtitulado: Étude sur l’esprit et le règlement des Fraternités[8]. Se cierra así la crisis desencadenada en 1943, de la que la Fraternidad, profundizando su ideal, sale más firmemente enraizada en el espíritu de Foucauld. La misión de la Fraternidad se dilata Si los años de guerra resultaron una ocasión providencial para que la Fraternidad se afirmara en su espíritu propio, el tiempo inmediatamente posterior no habrá de ser menos importante en orden a revelar su futura orientación. Poco después de acabada la guerra, el P. Voillaume emprenderá un viaje a Francia (1945), al que seguirá, entre abril y julio de 1946, otro a Roma y Francia, resultando ambos decisivos para el futuro de la Fraternidad. Fruto del encuentro con militantes del mundo obrero Voillaume anuncia a los Hermanos a su vuelta a EI-Abiodh, en diciembre de ese mismo año, unas nuevas Constituciones, redactadas por entonces y aprobadas en 1947, que consideran como destinatarios de la misión de la Fraternidad no sólo el Islam, sino toda tierra de misión, según el pensamiento de Foucauld, en la que incluían al mundo obrero, en razón de su descristianización. También se subraya la importancia del trabajo, aunque no se contemplara aún la posibilidad del trabajo asalariado en el exterior: también a la fraternidad obrera se la concebía por entonces como monástica, aunque inserta en el medio obrero y en intercambio de relaciones y adaptación al mismo. Cambian, además, su nombre, llamándose desde entonces los «Hermanos de Jesús». Entre las personas que Voillaume encontró en Francia y que le confirmaron en el proyecto de las fraternidades obreras es preciso destacar a la hermana Magdeleine de Jesús, fundadora de las Hermanitas de Jesús, con quien ya por entonces tenía una importante relación, y que orientaba en tal sentido la misión de su Congregación. Se habían encontrado por vez primera en El-Golea, peregrinando ambos, en 1939, a la tumba del padre Foucauld. Hubo siempre entre ellos una profunda comunión en la manera de concebir el ideal de las Fraternidades, y no es fácil delimitar las respectivas influencias, que fueron recíprocas. Para Voillaume, el período que se extiende de marzo a octubre de 1946 será, para las Fraternidades, extraordinariamente fecundo y rico en acontecimientos o decisiones que contribuirán a dar, tanto a los Hermanos como a las Hermanitas de Jesús, su fisonomía definitiva. Lo más relevante dentro de este período fue, sin duda, el viaje que el padre Voillaume hizo con Fr. André entre abril y junio de ese año. El principal cometido del mismo era organizar una fraternidad de estudios en Roma. El hermano André acompañaba al padre Voillaume para aconsejarle en esto y para reencontrarse en Roma con su amigo Jacques Maritain, por entonces embajador de su país ante la Santa Sede, a quien no veía desde hacía trece años. Milad, el primer maestro de novicios y formador de los hermanos durante el período de más afluencia de vocaciones, quedaba, mientras tanto, como responsable en El-Abiodh. El primer hecho destacable es el encuentro que tienen en Argel, antes de cruzar hacia Europa, con dirigentes de la J.O.C. De lo conversado con ellos surge la posibilidad de una fraternidad obrera con trabajo en el exterior, pues los jocistas objetan el proyecto de un trabajo artesanal independiente, en orden a evitar el riesgo capitalista de otras órdenes o congregaciones religiosas. Así nace, pues, unido al deseo de una pobreza real y efectiva, la idea del trabajo asalariado en el exterior de la Fraternidad. Pero es necesario tener en cuenta aquí que en ningún momento había sido puesta en duda la naturaleza contemplativa de la vocación de las Fraternidades. En Roma fueron numerosos los encuentros del hermano André con los Maritain. También Voillaume tendrá oportunidad de estar con ellos. Hubo entre ellos unanimidad respecto a la posibilidad e importancia de una vida contemplativa en el mundo, la «contemplation sur les chemins», como decía Raíssa. Todo parece indicar que los Maritain no habrían sido ajenos, aun sin proponérselo, al modo de vida que desde 1947 adoptarán las Fraternidades. Hay que tener en cuenta, por lo demás, que los Maritain habían reflexionado en torno a este tema mucho antes de que los Hermanos dejasen la clausura de El-Abiodh. Hay que señalar, además, que en El-Abiodh, todos los Hermanos habían leído los textos espirituales de Maritain, habiendo sido el hermano André, desde 1936, el responsable de su formación doctrinal[8]. Es importante recordar, también, que, tras la muerte de Raíssa en 1960, Maritain se incorporó a la fraternidad de los Hermanos de Toulouse, donde vivirá hasta 1970, año en que pidió ser admitido en la Congregación, para morir, formando parte de ella, en 1973. Poco después de su instalación en Toulouse, Voillaume se referirá al «parentesco espiritual que existía ya desde hace mucho tiempo con nuestra forma de vida religiosa, que lo ha conducido a venir a vivir entre nosotros, como un hermano mayor del que tenemos mucho que esperar. Estoy contento de que tengáis la posibilidad, un día u otro, de encontrar a quien ha estado asociado más de lo que tal vez pensáis a la fundación espiritual de la Fraternidad» [9]. A comienzos de 1947 aparece el primer libro del padre Voillaume: Les Fraternités du père De Foucauld.
Mission et esprit, donde sintetiza el estudio que realizó, entre 1944 y 1945, en torno a la misión del padre De Foucauld y sus Fraternidades. Por los caminos del mundo En mayo de 1946 se funda en Aix-en-Provence la primera fraternidad obrera. Voillaume formará parte del grupo, trabajando de pintor, si bien las responsabilidades como prior no le permitieron permanecer demasiado tiempo en esto. A partir de aquí se abre un período particularmente fecundo para la Fraternidad. En tanto se iba consolidando y confirmando en su nueva orientación, la abundancia de vocaciones y la consecuente multiplicación y dispersión de las Fraternidades caracterizaron los años siguientes. Así, a finales de 1946, doce hermanos habían hecho la profesión perpetua, otros tantos entraron al noviciado, y cinco pronunciaban sus primeros votos. A comienzos de 1951, el número de profesos se había triplicado y estaban distribuidos en dieciséis Fraternidades. Es durante esos mismos años cuando el padre Voillaume escribirá las cartas y conferencias que en 1949 serán policopiadas y al año siguiente (1950) publicadas bajo el título En el corazón de las masas. En estos escritos del prior de los Hermanos de Jesús se encuentra la base de la espiritualidad futura de las Fraternidades. El libro conocerá más de una docena de traducciones y numerosas reediciones, manifestando así que su interés superaba ampliamente los límites de las Fraternidades. Por esta misma época aparecen las nuevas Constituciones de los Hermanos de Jesús (1951), donde se expresa su nueva fisonomía: «Los Hermanos de Jesús imitan, ante todo, la vida laboriosa de Jesús obrero en Nazaret, llevando a cabo en la pobreza una vida de trabajo, en contacto íntimo con los hombres, mezclados con ellos como la levadura en la masa, a fin de contribuir por el testimonio de sus vidas más que por sus palabras, a hacer conocer y amar a Jesús, Hijo de Dios, y a establecer entre los hombres, por encima de todas las divisiones de clases, razas y naciones, la unidad fraternal del amor del Salvador» (art. 3). Las Fraternidades crecen y se afianzan gracias a la afluencia de vocaciones. En mayo de 1959 ya son cincuenta. Igualmente significativo resulta el hecho de su implantación en medios muy variados. Ante tal multiplicación de las Fraternidades, Voillaume se ve obligado a viajar constantemente y por todos los continentes, utilizando con frecuencia la vía epistolar para seguir en contacto con los Hermanos. Como fruto de este período aparecerán sus Cartas a las Fraternidades. El primer volumen, Testigos silenciosos de la amistad divina, recogerá escritos dados a luz entre 1954 y 1959. El segundo, A causa de Jesús y del Evangelio, abarca otros, surgidos entre 1949 y 1960. El tercero, Por los caminos del mundo, recopila cartas escritas entre 1959 y 1964[10]. Si bien durante estos años serán publicados numerosos artículos suyos en medios diversos, lo contenido en estas cartas viene a continuar y a completar, desde el contacto con la experiencia de las Fraternidades, lo que Voillaume ya expuso en En el corazón de las masas. Surgirán también, en aquel tiempo, la Fraternidad Jesus-Caritas (Instituto Secular Femenino) y la Fraternidad Sacerdotal Jesus-Caritas, desarrollándose, asimismo, la Fraternidad Secular Carlos de Foucauld. La palabra del padre Voillaume es requerida por unos y otros, así como por las Hermanitas de Jesús. Esto ha hecho que la transmisión delmensaje del padre Foucauld por parte de René Voillaume trascienda progresivamente las fronteras de su Congregación. Por otra parte, en 1956, permaneciendo Voillaume como prior de los Hermanos de Jesús, fundó los Hermanitos del Evangelio. Estos, en el mismo espíritu de contemplación, pobreza y humilde caridad fraterna propio de Carlos de Foucauld, tendrán por misión la evangelización de los ambientes pobres y más alejados de Dios, a través del testimonio, la palabra y la creación de nuevas comunidades cristianas. Razones análogas llevarán a Voillaume a fundar, en 1963, las Hermanitas del Evangelio. En 1965 el P. Voillaume dimitirá como prior de los Hermanitos de Jesús, cargo que ejercía desde la fundación en 1933, para poder dedicarse con mayor libertad a las Congregaciones más jóvenes. La Fraternidad de los Hermanos de Jesús fue elevada, en 1968, a Congregación de derecho pontificio.   

                  J. L. Vázquez Borau, 1 de enero de 2011


[1] J. F. SIX, El testamento de Carlos de Foucauld, San Pablo, Madrid 2005; J. L. VÁZQUEZ BORAU, Volver a Nazaret guiados por Carlos de Foucauld y Luis Massignon, PPC, Madrid 2004.

[2] Cf J. M. RECONDO, El camino de la oración en René Voillaume, Jesus Caritas (enero-junio) Zaragoza 2003.

[3] J. L. VÁZQUEZ BORAU, Consejos evangélicos o Directorio de Carlos de Foucauld, BAC, Madrid 2005 y Carlos de Foucauld y la espiritualidad de Nazaret, BAC, Madrid 2001.

[4] R. BAZIN, Charles de Foucauld, explorateur du Maroc, ermite au Sahara, Plon, París 1921.

[5] C. DE FOUCAULD, Lettres à Henry de Castries, París 1938, 96-97. [6] Ib, 83-84.

[6] C. DE FOUCAULD, Lettres à Henry de Castries, París 1938, 96-97.

[7] R. VOILLAUME, Lettre aux Petits Frères de Jésus, en J. F. SIX, L’Aventure de l’amour de Dieu, 80 lettres inédites de Charles de Foucauld à Louis Massignon, Seuil, París 1993.

[8] Les Petits Frères de Jésus 24 (1983) nº 95-96.

[9] J. MARITAIN, De la vie d’oraison (1922); Les degrés du savoir (1932); Action et contemplation, en Questions de conscience (1938); Le paysan de la Garonne, París 1966; J. Y R. MARITAIN, Liturgie et contemplation, Brujas 1959.

[10] R. VOILLAUME, Lettres aux Fraternités III. Sur les chemins des hommes, Cerf, París 1966, 74-75


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