
Carlos de Foucauld: La santidad como vuelta al Evangelio



Carlos de Foucauld Por Jacqueline Kelen, escritora. 12 ene 2022,
Ser santo no es tener una estatua o un icono en una iglesia, sino cumplir la propia vocación de cristiano. Hablando al hombre que en adelante se llamará Abraham, el Señor le dice: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1). Y Jesús exhorta a sus discípulos: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).
Una llamada inquietante
¿Hemos olvidado estas vívidas y poderosas palabras o les tenemos miedo? En una época en la que la felicidad, el bienestar, la seguridad y la gratificación son las principales preocupaciones, la llamada a la santidad suena un tanto inquietante, incluso desasosegante. Contemplar tal camino suscita muchos recelos porque, si se emprende esta ardua senda, que es de amor tanto como de renuncia, se experimentará el trastorno, la prueba, el vértigo y el abandono, habrá que subir paso a paso una escalera que se pierde en las nubes?
El hombre del mundo moderno que consume y gasta sin contar, vive espiritualmente muy por debajo de sus posibilidades. Deja a los demás un destino considerado raro, si no excepcional, y prefiere llevar su vida libre de todo riesgo, ¡como si uno estuviera a salvo de Dios! Se contenta con ser un individuo mortal, limitado a su condición terrenal, olvidando que fue creado «a imagen y semejanza» de Dios.
En el siglo II, el adagio de Ireneo de Lyon, retomado por los Padres de Oriente y Occidente, expone claramente la vocación del cristiano: «Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios». Nada menos. Se entiende que esta participación en la vida divina no tiene nada que ver con la ideología atea de un hombre arrogante que se cree Dios
La pequeña vía de la santidad
Así, todos los cristianos, sin excepción, están llamados a un camino de santificación que el sacramento del bautismo inaugura. Es un gran reto, una gran lucha. Pero por su encarnación, Cristo se convierte en mediador, guía y apoyo de cada uno. En el verano de 1897, Teresa de Lisieux, que llevaba nueve años en el Carmelo, confió a la priora «Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables; por lo tanto, a pesar de mi pequeñez, puedo aspirar a la santidad». Es entonces cuando descubre ese «caminito recto, muy corto, un caminito nuevo» en el que el amor de Jesús actúa como «ascensor al cielo». La aspiración del alma a la santidad no sólo es legítima, sino también deseable. El deseo se convierte en un deber, la llamada se convierte en una exigencia y ya brilla como una promesa.
Ciertamente, a lo largo de la historia del cristianismo, los teólogos y predicadores hablan mucho más del hombre pecador y miserable que del hombre llamado a la santidad, y los fieles, resignados a su triste destino o aliviados de tal carga, se contentan con hacer penitencia, con implorar la misericordia y el perdón de Dios. Sin embargo, como repite el Evangelio en varias parábolas, todos están invitados a trabajar en la viña del Maestro, a hacer fructificar los talentos que se le han confiado, a ir al banquete de bodas, es decir, a realizar el Reino y a unirse a la santidad divina
Todos necesitamos consuelo o ayuda. Los santos que han conocido las mismas dificultades que nosotros están a nuestro lado, se relacionan con nosotros, escuchándonos.
Espejos de Cristo
Las grandes figuras del cristianismo nos ayudan a comprender lo que significa una vida santa. El término «santo» no es un título de gloria o una recompensa, sino que designa un camino enteramente dirigido hacia Dios, lleno de fervor y fidelidad, según el primer mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». (Mt 22,37). Dicho itinerario se desarrolla y fortalece con la práctica de las virtudes llevadas a su excelencia, entre las que se encuentran las tres principales: la fe, la esperanza y la caridad. Es, en efecto, un camino heroico, de valor y confianza, de abnegación y sacrificio. «Para ir a Dios, dice Juan de la Cruz, hay que vaciarse de todo lo que no es Dios».
La santidad de una persona no puede juzgarse por fenómenos espectaculares (levitación, estigmas), ni puede reducirse a mortificaciones intensas, lo que sería confundir el fin y los medios. Se reconoce por sus frutos, por lo que irradia. Un santo es aquel que, en cualquier circunstancia y arriesgando su vida, responde a Dios en este mundo, refleja un poco de su belleza, de su amor infinito. En su lenguaje sencillo y verdadero, el Cura de Ars decía: «Los santos son como otros tantos espejitos en los que se contempla Jesucristo. Y añadió: «Donde los santos pasan, Dios pasa con ellos».
La santidad que debe coronar el amor a Dios guía y gobierna toda existencia santa donde se combinan la acción y la contemplación.
Si no, ¿por qué ser cristiano?
Desde el Carmelo de Dijon, la joven Isabel de la Trinidad (1880-1906) escribió: «Me encanta pensar que es por Él por quien lo he dejado todo». Y en otra carta, fechada en septiembre de 1903 y dirigida a una amiga, exclama: «Quiero ser una santa, una santa para hacerle feliz. Pídele que me haga vivir sólo del amor». Sumergida en un entorno completamente diferente, la ciudad comunista de Ivry donde era trabajadora social, Madeleine Delbrêl (1904-1964) dio testimonio de la misma caridad en nombre de Cristo: «Hay personas a las que Dios toma y aparta. Hay otros a los que deja en la masa, a los que no «retira del mundo». [?] Son personas con una vida ordinaria. La gente que te encuentras en cualquier calle. [?] Nosotros, gente de la calle creemos con todas nuestras fuerzas que esta calle, este mundo en el que Dios nos ha puesto, es para nosotros el lugar de nuestra santidad».
No debemos olvidar que los santos no nacen perfectos. Muchos de ellos llevaron una existencia descuidada o pecaminosa al principio: Agustín de Hipona, María la Egipcia, Margarita de Cortona, Francisco Javier, Carlos de Foucauld? Además, los más grandes santos siempre se declaran muy indignos y dicen que están entre los siervos inútiles. Saben bien, estos peregrinos del absoluto, que la progresión es interminable y que frente a la perfección divina no son casi nada. Así, sin un loco deseo de Dios y sin una profunda humildad, no hay santidad. ¿Es necesario querer ser santo? Por supuesto. Sin orgullo ni ostentación, y sin esperar ninguna ganancia. Si no, ¿por qué bautizarse, por qué llamarse cristiano? Y sobre todo, ¿de qué sirve el amor de Aquel que nos ha creado y nos espera?
Convertirse en santo es un imperativo, no una opción entre otras. Se trata de reclamar nuestra mejor parte y también de hacernos merecedores de ella. Y si hay una opción, está muy claramente establecida por el Señor (Dt 30, 19): «Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida».

La vida de Carlos de Foucauld es la de un hombre que hace su propio éxodo de la “esclavitud a la liberación”, peregrinó y contempló el horizonte al que Dios le hacía tender. Pero debiendo soportar y aceptar las debilidades-limitaciones propias. En él tenemos a un cristiano que camina señalado por la vocación a la santidad, experimentando el misterio de la gracia y el drama de la libertad que Dios siempre respeta.
No es un santo “hecho” desde el principio. Ni tampoco un santo que, a partir de la fecha de la conversión, se retira de forma definitiva de todo contacto humano, ni que trasciende la existencia como distancia e insensibilidad ante la problemática de las personas que le rodean o de las que tiene noticia.
La santidad de Carlos de Foucauld se puede resumir en dos verbos: buscar a Dios e imitar a Jesús, adoración y cercanía al prójimo pobre. Cualquiera que reflexione sobre la vida del Hermano Carlos puede interpretar que se trata de un inadaptado que nada le satisface. Y es verdad, en parte. Porque sólo le satisfacía Dios y un deseo profundo de “imitación”, casi con la literalidad evangélica que lo intentó Francisco de Asís. En las distintas experiencias encontraba a Dios y descubría que aún había camino que recorrer, que la fidelidad era continuar la búsqueda y responder siempre.
Buscó como el cristiano tiene que hacerlo, desde la pobreza, desde la humildad. “Ojos arrogantes y altivos no los quiere…”, reza el salmo. O, como dijo María: “Ha mirado la humillación de tu esclava”. A los años que vive alejado de Dios y a su destrozo moral, les pone nombre, no endurece su corazón, ni pretende la auto justificación. Carlos de Foucauld se reconoce pecador. Hace años un jesuita francés, especialista en Ejercicios Espirituales, escribió: “Nadie puede seguir a Jesús si antes no se reconoce pecador perdonado”.
Es la experiencia del Hno. Carlos, que describe: “… ya no veo a Dios ni a los hombres: ya no existe más que yo, y yo quiere decir el egoísmo absoluto en la oscuridad y en el cieno…”, a lo que añade en otro momento: “Sentía una tristeza que no he experimentado más que entonces… que volvía a mí cada tarde cuando me quedaba solo en mi apartamento…”. Como San Agustín, su corazón estaba inquieto, había comenzado la búsqueda.
Sensibilidad que le hace descubrir lo que en otras ocasiones había minusvalorado. En su viaje por Marruecos admira a los hombres y mujeres que creen en Dios. “La vista de esta fe, de estas almas viviendo en continua presencia de Dios, me hizo entrever algo más grande y más auténtico que las ocupaciones mundanas”.
Es el inicio de la oración que reitera día tras día: “Dios, si existes que te conozca”. A esto añade un cambio en su actitud interior, pues comienza a reconocer los valores espirituales y morales de su familia y tiene deseos de leer páginas de mayor profundidad. Es cuando decide leer el libro de Bossuet que le ha regalado su prima, María de Bondy. La búsqueda le lleva al “tesoro escondido”. La fe en Dios vuelve a hacerse presente en su vida.
La búsqueda es camino que, porque se hace intenso, requiere ayuda que en Carlos de Foucauld está expresada por el recogimiento que comienza a necesitar. Él lo expresa: “Experimenté entonces una profunda necesidad de recogimiento” y, al mismo tiempo, la urgencia del acompañamiento que pidió al P. Huvelin. Nada se deja a la espontaneidad, buscar a Dios lleva consigo poner los medios para encontrarle.
En cada persona serán distintas las mediaciones, pero hay algunas genéricas que a todos convienen y son las que fueron queridas por él. Aristócrata, militar, autor de libros que llaman la atención, se ejercita en el recogimiento y en la conversación con un sacerdote que le ayudará a discernir. El camino de la santidad tiene consistencia porque está asentado en la postura de la necesaria humildad que es pobreza más radical que la manifestada en la forma de vestir, comer, viajar.
Cuando ha encontrado a Dios quiere hacer lo que Dios quiere de él. Es otro capítulo de su existencia. No queda en la alegría del encuentro, sino que desea el lugar de la máxima identificación, de la más fiel imitación. Primero será la Trapa, después vivirá junto al convento de las Clarisas, más tarde Beni-Abbés, el Hoggar, Tamanrasset. En ese camino descubre la voluntad de Dios de ser ordenado presbítero.
Su conversión puede explicarse a manera de brecha que sus infidelidades y miserias reconocidas y lloradas abren a la misericordia de Dios. Es el primer capítulo de su enseñanza sobre el camino de la infancia espiritual. Después la búsqueda de dónde y cómo asemejarse a Jesús será siempre una especie de “locura” por el último lugar, por la “abyección”. La Encarnación, Nazaret, son etapas de “descendimiento” que él quiere experimentar, especialmente en la pobreza, en el amor lo más universal posible, pero especialmente con los que vive y en el abandono en las manos de Dios.
No recorre este camino con facilidad. Las diversas rupturas le suponen momentos fuertes de desgarros afectivos. Su tierra de origen, Francia, su familia, especialmente su prima María de Bondy, su educación aristocrática, su ritmo de vida… son dejados atrás. En Carlos de Foucauld es muy fácil dar contenido a las palabras de Jesús: “Si alguno no renuncia… no puede ser discípulo mío”
Lo hace por el fuerte amor al Señor que la conversión ha dejado en su corazón. Pero se duele interiormente cada vez que decide una nueva manera de vivir. Cada etapa es original y son radicales todas ellas, en línea progresiva. Podemos decir que, a excepción del capítulo de la obediencia, el lugar menos exigente fue la Trapa, con toda la sobriedad que esa vocación supone.
En estos momentos de la historia, especialmente de nuestro mundo occidental, en los cuales es tan fácil dejarse llevar del hedonismo, de haber rebajado la intensidad de la vida en el Espíritu, Carlos de Foucauld nos ayuda a rehacer el entusiasmo por el seguimiento, audacia en la vivencia del Evangelio con fuerza de radicalidad, valentía para la renuncia a lo que se opone a la “llamada” de Jesús.
Contemplativo, adorador de la Eucaristía. Impresiona la capilla de Beni-Abbés donde el suelo es la arena del desierto, con una imagen del Sagrado Corazón pintada por él. Y la de Tamanrasset. La custodia con el Santísimo y el Hno. Carlos arrodillado horas y horas, de día y de noche. Es el núcleo de la existencia del cristiano que vive en el desierto, el hermano universal, que ora en la soledad con todos los orantes del mundo y, siempre, en favor de todos.
La experiencia muy de dentro es intensa y así la expresa: “Mi bien amado hermano y Señor Jesús”.
La oración es experiencia de abandono en el Dios que es Padre. Cuántas personas hemos rezado la oración del abandono: “Padre mío, me abandono a ti, haz de mí lo que quieras…”. Pero es, al mismo tiempo, impulso a la imitación, especialmente de dos rasgos de Jesús de Nazaret: la pobreza que incluye el despojo de todo y asumir la condición de “siervo” y el amor a todos, preferentemente a los más pobres.
Carlos de Foucauld desea y quiere la más exigente pobreza, la austeridad suma. Jesús es pobre, luego él debe ser pobre. Sumamente interesante su forma de creer y vivir en coherencia con “la imitación del Señor Jesús”, nos ayuda a superar la tentación de sentirnos llamados a la preocupación por el “otro”, pero olvidamos ser pobre que es valor indispensable del seguimiento de Jesús.
Pobreza y “abyección” como él dice: es buscar lo último, lo más abajo. Ignacio de Loyola lo sugiere al ejercitante en el conocido “tercer grado de humildad”. Jesús nos manda lavarnos los pies unos a otros pero hacerlo como Él que acogió la condición de “esclavo”. El motivo no es ser más eficaz en la entrega, dar ejemplo a los demás, es “imitar” a Nuestro Señor, en aquello que el Hno. Carlos tiene muy claro: “Mi vocación es descender. Jesús en toda su vida no hizo sino descender. Descender en la Encarnación, descender cuando se hace niño, descender obedeciendo, descender haciéndose pobre… ocupando siempre el último lugar.”
Y, por último, servidor de los más pobres, pero viviendo entre ellos, con ellos. Les ayuda en todo lo que puede “que no es oro ni plata…” que no tiene.
En Tamanraset anima a trabajar por el progreso cultural y material del pueblo tuareg y desea que se realicen progresos técnicos que son novedad en esta región del Sahara. Al mismo tiempo ofrece orientaciones a las mismas autoridades con el fin de que las tribus sean gobernadas conforme a las exigencias de la justicia y del mejor desarrollo humano.
Reacciona contra las injusticias que encuentra, las denuncia sin miedo a las posibles reacciones de la administración. En alguna ocasión aconseja poner medios para que se elimine el bandidaje y la subversión que amenaza al pueblo tuareg. Su amor a ellos es total. Son años de contraste entre su ideal de Nazaret, vida oculta, y esta experiencia en la que llega a ser personaje conocido con autoridad delante de Moussa, jefe del Hoggar y ante el mismo general Laperrine. Este capítulo de su vida es como un imperativo del amor y la justicia.
Al final muere asesinado por un adolescente que le disparó. Era el 1 de Diciembre de 1916. También este final se encuentra en continuidad con la vida que decidió. Solo, en el desierto, con una muerte de alguna manera inexplicable, sin poder manifestar ningún gesto heroico. Totalmente pobre.
Sus bienes son su fe en Jesús, su confianza en el Padre, su fraternidad universal y especialmente de sus vecinos del desierto. Los materiales los constituyen unas pocas pertenencias de ropa, de libros y unos apuntes. Especialmente las “reglas” de una comunidad que ha dejado escritas y que había ofrecido a más de uno y que nunca fueron seguidas. Muchos le admiraron, pero nadie le acompañó. Murió en soledad y ofreciendo la mayor inmolación. Ninguna persona dio el paso que asegurase la continuidad de su modo de vivir la imitación de Jesús en los años inmediatos.
Su cuerpo quedó sepultado en el amplio horizonte de arena. Ocho años después René Bazin publica la primera biografía de Carlos de Foucauld que produce impacto en Francia y que después será traducida a muchos idiomas. De ahí surgen algunos seguidores, entre los cuales tendrán importancia fundamental para el conocimiento de la espiritualidad del Hermano Carlos y el desarrollo de las Fraternidades, la Hermanita Magdeleine y el P. Voillaume.
A partir de entonces nace y se extiende por el mundo la numerosa familia “espiritual” de Carlos de Foucauld y, especialmente a través de los escritos del P. Voillaume, es descubierto por miles de cristianos, sacerdotes, religiosos y seglares, a los que sirve de reactivo para vivir con mayor autenticidad la respectiva vocación. Porque el Hermano Carlos, persona inquieta e incómoda para sí mismo había redescubierto perfiles evangélicos muy básicos y los enmarcó en una manera de vida exigente.
Las “reglas” escritas y los apuntes espirituales que aparentemente no habían servido, han sido extraordinariamente fecundos de tal forma que podemos afirmar que son una de las mejores aportaciones a la espiritualidad del siglo XX.
Los seguidores han reproducido su biografía. Apoyados en la vida y en los pocos escritos del Hno. Carlos inician vida casi monacal, sistema de vida de clausura, posteriormente entienden la necesidad de proximidad con los vecinos y deciden establecer sólo fraternidades en países islámicos, por último fraternidades en Europa y en el mundo entero. Comunidades a semejanza de la vida obrera… en la cárcel, en el circo … Ante circunstancias y necesidades que surgen, del mismo espíritu brotan realidades eclesiales nuevas: fraternidad sacerdotal, seglar, diversas familias religiosas…
Testigos somos muchos de lo que ha aportado la vida del Hno. Carlos como testigo y como maestro, especialmente con su vida, para dar consistencia a la propia vocación. Si ahora que necesitamos testigos, la existencia y significación de Carlos de Foucauld es más conocida, seguro que hará mucho bien. “Padre me pongo en tus manos… con infinita confianza porque tú eres mi Padre”
Francisco Parrilla Gómez, sacerdote de Málaga.
Nota. Las citas están recogidas de Antoine Châtelard, “CARLOS DE FOUCAULD, EL CAMINO DE TAMANRASSET”, San Pablo, Madrid, 2002.

Perú Católico, líder en noticias.- Hace algunos días surgió la noticia de que el francés Charles de Foucauld (1858-1916) va en camino a la canonización, en fecha que todavía se está por definir. El pasado 26 de mayo, el Papa Francisco autorizó que la Congregación para la Causa de los Santos emitiera el decreto donde reconoció el milagro atribuido a su intercesión, por el que un joven francés sobrevivió a un grave accidente. Foucauld fue beatificado en el 13 de noviembre de 2015, durante el pontificado de Benedicto XVI.
El reconocimiento de la Iglesia al proponer a Foucauld como modelo universal de vida cristiana es una buena noticia, en medio de la situación que estamos viviendo como humanidad y como Iglesia, más ahora que estamos inmersos en una situación de emergencia sanitaria que, al parecer, todavía durará muchos meses más y que nos replanteará la forma de vivir. ¿Por qué es una buena noticia? En mi opinión, porque la vida de Foucauld nos muestra una serie de valores evangélicos que se nos suelen olvidar a los creyentes de hoy y que, en medio de la llamada “nueva normalidad”, habrá que volver a tener en cuenta. Entre esos rasgos está su amor a la Eucaristía, saberse un peregrino en permanente búsqueda, además de su respeto y actitud de diálogo hacia otras religiones como el islam y el judaísmo. Pero ahora quiero destacar estos otros tres valores.
El primer valor es la importancia que Foucauld le dio al desierto, tanto el físico como el espiritual. Sabemos que buena parte de su vida la desarrolló en el desierto del Sahara argelino, primero en Beni Abbès y luego en Tamanrasset, donde fue asesinado el 1 de diciembre de 1916. El desierto para Foucauld fue un lugar propicio para vivir la presencia de Dios, ajeno a cualquier tipo de estímulos que tanto nos seducen, nos distraen, nos hacen poner el corazón y que tanto extrañamos en medio del confinamiento al que estamos necesitados de vivir ahora.
Otro valor es la capacidad de vivir espiritualmente el fracaso. Y es que Foucault no pudo fundar ninguna congregación -aunque su inspiración diera origen después a los Hermanitos y Hermanitas de Jesús-, no pudo convertir a ningún musulmán, ni liberar a ningún esclavo a pesar de sus muchas solicitudes al gobierno francés. Hoy en día estamos atrapados por el deseo de sentir y proclamar nuestros éxitos, ya sea en títulos, logros de todo tipo, likes en las redes sociales, etcétera; por lo que este hombre nos puede mostrar el valor de vivir con libertad y gratitud nuestros propios fracasos y así combatir nuestros no pocos narcisismos espirituales, propios del fariseo que oraba: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres” (Lc 18, 11).
Otro rasgo evangélico de Foucauld, según el P. Pablo d’Ors (quien escribiera sobre él una magnífica biografía novelada titulada El olvido de sí), es que fue un “místico de lo cotidiano. Lo cotidiano él lo llamaba Nazaret. Por encima de la vida pública de Jesús, que ya eran tantos y tantas que buscaban representar -anunciando el evangelio, curando a los enfermos, redimiendo a los cautivos, creando comunidad-, lo que Foucauld quiso fue representar su vida oculta como obrero en Nazaret. La vida en familia, el trabajo en la carpintería, la existencia sencilla en un pueblo… Todo eso, tan anónimo, tan aparentemente insignificante, fue lo que le subyugó hasta el punto de consagrarse siempre y por sistema a lo más pequeño, lo más ordinario, lo más ignorado.”
Estos y muchos otros rasgos de Charles de Foucauld quedaron sintetizados en su llamada “oración del abandono” que comienza diciendo: “Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy gracias”. Los invito a escucharla en una hermosa versión musicalizada por los Misioneros del Espíritu Santo, en México en los años ochenta.
Sergio Padilla
El autor es académico del ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara – padilla@iteso.mx