Madeleine Delbrel (Fundación IEM) | José Luis Vázquez Borau
Madeleine Delbrêl es una maestra de vida espiritual, pues unifica en su vida estas tres dimensiones: poeta, asistenta social y mística. Tuvo una vivencia de la fe cristiana en un ambiente muy descristianizado y fue protagonista de la época precursora del Concilio Vaticano II
Se implicó en el movimiento ¿Francia país de misión? y apoyó, colaboró y defendió a los sacerdotes obreros
Madeleine Delbrêl (1904-1964) fue una asistente social muy activa y trabajó en la barriada obrera del extrarradio de Ivry-sur-Seine, que tenía autoridades municipales comunistas. Se enfrentó entonces con el ateismo marxista, sin dejar de anunciar e Evangelio, a contracorriente. Al contactar con una población descristianizada, y a veces hostil al cristianismo, nos habla de la fe vivida sobre el terreno, rezando en el metro, en el tren de cercanías, en el centro comercial, en el centro de salud, etc. Lo cotidiano es siempre nuevo. No hay nada que no sea importante. Dios está donde se hallan esos rostros de hombres y mujeres de la vida diaria.Sus escritos manifiestan dotes poéticas y, sobre todo, una profunda vida mística. Tuvo una vivencia de la fe cristiana en un ambiente muy descristianizado, en la Francia de la mitad del siglo pasado y fue protagonista de la época precusora del Concilio Vaticano II. Vivió gran parte de sus años en las periferias parisinas (Ivry-sur-Seine), pero no fue una mujer periférica, pues estuvo en el corazón de la vida de la Iglesia francesa.
Madeleine Delbrêl, asistente social, escritora y mística, vivió durante más de treinta años en la periferia pobre y obrera de París. Una compañera de Madeleine, Christine de Boismarmin, nos brinda su mejor retrato:
Vista de lejos, daba el perfil de una mujer sutil, ágil y frágil, pero su porte, y cada gesto, trasuntaba la energía y la decisión de un viejo combatiente en quien el reflejo de estar preparado para entrar en acción siguiendo las órdenes recibidas ha dejado huellas indelebles. Si uno se acercaba a ella, aparecían sus ojos: grandes, luminosos, color marrón claro, que te miraban con atención. Incluso si no tenías ganas de hablar hasta ese momento, algo hacía que se entablara un diálogo, una conversación, en el sentido profundo, etimológico de la palabra. Si no eras capaz de hablar o si no tenías necesidad, todo podía limitarse a un estrechón de manos, a una mirada profunda. Pero, si dejándote atraer por la expresión de su rostro, te animabas a correr el riesgo de dejar entrever un poco de tu alegría o de tu pena, entonces todo su rostro se animaba, como si el viento hiciera temblar la superficie transparente del agua: las expresiones de la compasión, de la comprensión auténtica, del sufrimiento realmente sentido, permitían ver, como a través de una puerta entreabierta, el inmenso camino que había tenido que recorrer esta mujer para llegar a generar encuentros así… ( M. DELBRÊL, Noi delle strade, Milano, Gribaudi, 1969, 8-9, con la introducción de Jacques Loew, de 1957).
Madeleine Delbrêl fue una mujer laica de profunda fe y acción, que supo unir misticismo y compromiso social. Su testimonio sigue siendo un modelo para quienes buscan vivir el Evangelio en medio de las realidades sociales cotidianas.Es considerada por muchos como una de las personalidades espirituales más importantes del siglo XX.
En el libro Madeleine Delbrêl una mística en el mundo obrero, de JL Vázquez Borau, Editorial San Pablo, he descubierto a una mujer que me ha fascinado tanto por su humanidad como por su espiritualidad. Madeleine Delbrêl vivió en una Europa de guerras, pobreza y desigualdades, nada que ver con la Europa del bienestar que nos ha tocado vivir a nosotros. Su ambiente familiar ateo y sus amistades agnósticas la alejaron del catolicismo hasta que a los 20 años tuvo lugar en ella un proceso de conversión; se enamora de Dios. No lo busca, es Dios quien la encuentra y ya nunca la abandona. Y, entonces, empieza a rezar. Para Madeleine Delbrêl la oración es totalmente indispensable para mantener firme la fe en una sociedad que va por otro camino. Si creemos en el Dios vivo que sostiene nuestras vidas es lógico que queramos relacionarnos con Él, que lo busquemos, que hablemos con Él. Para Madeleine “la oración debe tener un tiempo reservado para sí misma pero no un tiempo sobrante, sino un tiempo que deja lo útil por algo más útil”. A través de la oración Madeleine va experimentando a Dios y es esta experiencia la que llena todo su espacio y tiempo y da sentido a todo su amor por los más pobres y a buscar caminos de hospitalidad y de diálogo. “La oración en cualquier momento, en la medida que estemos preparados para ello, nos pone en contacto con el Dios que nos da la Vida”. Madeleine introdujo en la sociedad secular nuevos modos de orar. Donde no hay tiempos ni espacios adecuados para rezar, el deseo de Jesús hace que ella aproveche cualquier lugar y momento para hacerlo. Madeleine es una mujer enamorada de Dios que busca cualquier momento del día como oportunidad para el encuentro, aunque sea breve, y son estos pequeños momentos de oración los que la conducen hacia momentos de silencio y mayor recogimiento para una escucha activa de Dios. Su opción radical por vivir con los pobres y desfavorecidos de la sociedad de su tiempo la llevó a crear una comunidad de mujeres laicas, “La Charité de Jésus”, en un suburbio obrero de París. Ella y sus compañeras trabajan en la calle atendiendo el sufrimiento de los más abandonados. Allí trabaja primero como asistente social muy activa y al final de la II Guerra Mundial deja su trabajo y se centra en organizar su comunidad. Madeleine se interesa por todos y dialoga con las autoridades de ideología marxista trabajando con ellos en pro de la justicia social, pero no oculta que la esperanza que la anima es el Cristo de los pobres, y no deja de anunciar el Evangelio. Madeleine entendió que es el servicio el que construye la Iglesia de Jesús porque Jesús no vino al mundo para exigir que le sirvan, sino “para servir y dar su vida en rescate por todos”. Ella sirvió al proyecto del Reino de Dios desviviéndose por los más débiles y necesitados, comprometida y entregada al proyecto de Jesús. Podríamos decir que Madeleine Delbrêl fue una “contemplativa en la acción”; oración en cualquier momento con el Dios vivo que llevamos dentro de nosotros, que nos impulsa a estar presentes en todo sufrimiento, y así experimentar toda la fuerza del amor evangélico. Madeleine supo que seguir a Jesús era despojarse de todo y vivir donde hiciera falta. Vivió y actuó en el mundo y se abandonó en manos de Dios. La vida de Madeleine Delbrêl nos interpela como cristianos laicos y es, al mismo tiempo, un bellísimo ejemplo a seguir por todos.
Escribir sobre Madeleine Delbrêl es escribir sobre «una de las más grandes místicas del siglo XX», cómo dijo el cardenal Martini[1]. Y si es verdad lo que el mismo cardenal afirmó sobre la Iglesia – «La Iglesia está atrasada 200 años. ¿Cómo es posible que no se sacuda? ¿Tenemos miedo, miedo en lugar de coraje?»[2] -, releyendo la vida de Madeleine podemos decir que en esta hija suya, en su testimonio de vida y en su pensamiento, la Iglesia se adelantó 80 años.
Martini, al hablar del atraso, se refería principalmente a la Iglesia en Europa y al aspecto institucional. Decía: «La Iglesia está cansada en la Europa del bienestar y en Estados Unidos. Nuestra cultura está envejecida, nuestras Iglesias son grandes, nuestras casas religiosas están vacías y el aparato burocrático de la Iglesia está fermentando, nuestros ritos y nuestra vestimenta son pomposos. ¿Acaso estas cosas expresan lo que somos nosotros hoy? […] El bienestar pesa. Estamos ahí como el joven rico que se marchó entristecido cuando Jesús lo llamó para convertirlo en su discípulo. Sé que no podemos dejar todo fácilmente. Pero al menos podemos buscar hombres libres que estén más cerca del prójimo. […] ¿Dónde están esas personas llenas de generosidad como el buen samaritano?, ¿que tienen fe como el centurión romano?, ¿el entusiasmo de Juan Bautista?, ¿quién busca lo nuevo como Pablo?, ¿quiénes son fieles como María Magdalena? Aconsejaría al Papa y a los obispos que busquen doce personas fuera de lo común para los puestos de dirigencia. Hombres que estén cerca de los más pobres y que estén rodeados de jóvenes y que prueben cosas nuevas. Necesitamos enfrentarnos con hombres que ardan, de modo que el espíritu pueda difundirse por todas partes»[3].
Madeleine es una de esas grandes mujeres que reúnen en sí la fidelidad de María Magdalena, la audacia de Pablo, la generosidad del buen samaritano y la fe y el entusiasmo en y por Jesús de tantos personajes del Evangelio. Muchas, por no decir todas sus propuestas de vida cristiana en medio del mundo – especialmente en los lugares de periferia geográfica y existencial, como la Ivry marxista de hace 80 años – , son las que Francisco actualiza hoy en sus gestos y escritos oficiales.
Retrato
Madeleine Delbrêl nació el 24 de octubre de 1904 en Mussidan (Dordoña, Francia). Inesperadamente para sus más cercanos, falleció un 13 de octubre de 1964, en su casa de la Rue Raspail 11, en Ivry-sur-Seine, la «villa marxista» donde había elegido ir a vivir y a servir con sus compañeras de comunidad, 30 años antes.
Su amigo y propagador de sus obras, Jacques Loew, nos brinda su mejor retrato, escrito por Krystyna W., compañera de Madeleine, del que tomamos un fragmento: «Vista de lejos, daba el perfil de una mujer sutil, ágil y frágil, pero su porte, y cada gesto, trasuntaba la energía y la decisión de un viejo combatiente en quien el reflejo de estar preparado para entrar en acción siguiendo las órdenes recibidas ha dejado huellas indelebles. Si uno se acercaba a ella, aparecían sus ojos: grandes, luminosos, color marrón claro, que te miraban con atención. Incluso si no tenías ganas de hablar hasta ese momento, algo hacía que se entablara un diálogo, una conversación, en el sentido profundo, etimológico de la palabra. Si no eras capaz de hablar o si no tenías necesidad, todo podía limitarse a un estrechón de manos, a una mirada profunda. Pero, si dejándote atraer por la expresión de su rostro, te animabas a correr el riesgo de dejar entrever un poco de tu alegría o de tu pena, entonces todo su rostro se animaba, como si el viento hiciera temblar la superficie transparente del agua: las expresiones de la compasión, de la comprensión auténtica, del sufrimiento realmente sentido, permitían ver, como a través de una puerta entreabierta, el inmenso camino que había tenido que recorrer esta mujer para llegar a generar encuentros así»[4].
Hija única de Jules Delbrêl y de Lucile Junière, heredó de su padre, ferroviario, el dinamismo, el sentido de la organización y el don de la comunicación; y de su madre, la sensibilidad, la firmeza y el encanto cautivador. Debido a los traslados por el trabajo de su padre y a su salud frágil, Madeleine recibió una formación no convencional. A los doce años hizo su primera comunión, deseada y ferviente, pero a partir de entonces, el trato con amigos cultos y no creyentes de su padre ejercería en ella una fuerte influencia que la llevó a declararse atea a los 17 años. Marcó su vida el encuentro con Jean Maydieu, joven del que se enamora y que la corresponde, pero que la dejará para entrar en la orden dominicana en 1925.
En 1926, Dios se abre una brecha en su vida y Madeleine, deslumbrada, se convierte. Al reflexionar que no es rigurosamente imposible que Dios exista, decide tratarlo como una persona viva y, en consecuencia, comienza a rezar[5]. Según ella testimonia, el Evangelio, con el que el padre Jacques Lorenzo le enseñó a interactuar, «le explotó» en el corazón y la convirtió de atea de un Dios abstracto en creyente fiel del Dios vivo, una persona a quien se puede amar, como dice Santa Teresa.
En 1933, luego de haber obtenido el diplomado en enfermería y de ser admitida en la Escuela práctica de servicio social, junto a Suzanne Lacloche y Hélène Manuel ingresan para siempre en la comuna de Ivry, para vivir el evangelio entre la gente obrera y estar al servicio de la Parroquia de San Juan Bautista[6]. En 1943, visita su comunidad el padre Jacques Loew. Comienza entre ellos una colaboración y amistad estrecha. En diciembre del mismo año Madeleine publica Misioneros sin barca. Hasta 1946, en que decide dedicarse a tiempo completo a su comunidad, Madeleine desplegó una actividad incansable en el servicio social, primero privadamente y luego en cargos públicos, con diferentes administraciones, marxistas y anti-marxistas, siendo respetada y buscada por todos[7]. Madeleine resiste la «tentación marxista»: trabaja codo a codo con todos, pero desde su amor por Jesucristo y la Iglesia. Su fidelidad al Papa la lleva en agosto de 1952 a peregrinar a Roma con el fin de rezar en San Pedro por la renovación misionera que ha surgido en Francia, para que permanezca en la unidad de la Iglesia. En 1953, realiza una nueva peregrinación en medio de la crisis del movimiento de sacerdotes obreros, para interceder por ellos ante Pío XII. En 1961 abren una fraternidad en Costa de Marfil, adonde viajará a pesar de no encontrarse bien de salud. En 1962 se le pedirá un trabajo sobre las formas de ateísmo contemporáneo con vistas al Concilio. Madeleine envía un dossier sobre «Ateísmo y evangelización» pocos días antes de la apertura conciliar. Muere en 1964. En 1996 es declarada Sierva de Dios.
Madeleine y papa Francisco
Francisco confiesa no haber conocido en su juventud mucho de la vida y los escritos de Madeleine, pero lo que le impresiona de esta «gran mujer» es «cómo se metía en las barriadas más pobres»[8].
Dos breves menciones a la venerable. En el 2015, el papa Francisco y el resto de los miembros de la curia romana se reunieron en Ariccia, en la Casa Divin Maestro de los religiosos paulinos, para realizar los Ejercicios Espirituales. El retiro de cuaresmo estaba dedicado a la vida del profeta Elías; pero «junto a Elías, hubo una “compañera” de viaje en los ejercicios de la curia. En el programa preparado para la ocasión por la Prefectura de la Casa Pontificia, al lado de una imagen de un ícono que representaba al profeta con su carro de fuego, hay un breve escrito de la mística francesa Madeleine Delbrêl. «La verdadera soledad», se lee, «no es la ausencia de los hombres, es la presencia de Dios», y continúa: «no hay soledad sin silencio. El silencio: a veces es callar, siempre es escuchar»[9].
El Papa también citó expresamente a Madeleine en la audiencia dirigida a los sacerdotes de la diócesis de Créteil, e invitó a rogar por su intercesión: «Pedid insistentemente al Espíritu Santo que os guíe e ilumine. Que os ayude, en el ejercicio de vuestro ministerio, a hacer que la Iglesia de Jesucristo sea amable y amorosa, de acuerdo con la bella expresión de la Venerable Madeleine Delbrȇl[10]. Con esta fuerza proveniente de lo alto, os sentiréis empujados a salir para estar más cerca de todos cada día, especialmente de aquellos que están heridos, marginados, excluidos»[11].
Madeleine Delbrêl es una de las Santas de la puerta de al lado de las que siempre habla el Papa; una mujer que situó su vida en medio de las barriadas pobres marxistas y ateas de Ivry. Es la mujer que, para escuchar a Dios, no se va al desierto de arena, sino al desierto de las multitudes, al medio de la calle, al metro, a los barrios más pobres: va con la actitud de la que quiere ser hermana de todos y servir a todos y, escuchando a cada uno, aprender a escuchar la voz de Dios, que habla siempre a través de los más pequeñitos y abandonados.
Escribir sobre Madeleine Delbrêl implica un continuo deshacer el camino andado hacia la literatura para reemprender el camino hacia el evangelio. En la corrección trabajosa de sus escritos se nota este empeño de Madeleine no de hacer literatura, sino de sacar todo lo que pueda quitar la palabra a Dios. En su meditación sobre el silencio hará notar que el silencio es activo: activa escucha de Dios. Que no lo impiden los ruidos normales ni las palabras normales de la vida. Lo impide la actitud del que con sus palabras le quita la palabra a Dios. El 15 de marzo de 1956 ella hace notar que no escribía por el gusto de escribir: «evitar caer un día u otro en la “literatura”, lo que me parecería el peor de los males»[12]. Por eso, cuando escribe, dice que no quiere hacer un trabajo de síntesis, sino dejar – siguiendo la vida – que se constituya un dossier sobre diversos aspectos de los temas.
Si Madeleine viviera hoy podríamos decir que cada exhortación apostólica y encíclica del Papa hubiera caído como anillo al dedo a su carisma y a sus aspiraciones. Al respecto, afirma don Luciano Luppi: «Cuando leemos hoy la Evangelii gaudium del papa Francisco, o Fratelli tutti, a la luz de muchos pasajes de la obra de Delbrêl, se observa una sorprendente consonancia entre los dos. Y, sin embargo, han pasado décadas desde entonces. ¿Por qué? Las motivaciones pueden ser múltiples. El papa Francisco y Madeleine Delbrêl tienen varias cosas en común: la cercanía a las enseñanzas espirituales de san Francisco y san Ignacio; una lectura del Evangelio que no es abstracta o espiritualista, sino preocupada de la adhesión profunda a lo concreto del Evangelio y de la vida; la voluntad de dejarse interpelar por el dolor de los pobres, escogiendo compartir la marginalidad y la pequeñez, el conocimiento vivo del Evangelio como el de una noticia sorprendente y decisiva, de la que el cristiano no puede sino sentirse en deuda con todos»[13].
Una Iglesia que “se construye”
Un hecho singular en la vida de Madeleine ayuda a comprender su concepción de la Iglesia. En 1952 Madeleine hizo un viaje relámpago a Roma para rezar ante la tumba de Pedro. Había manifestado a sus compañeras la necesidad de rezar por la misión de Francia. Estaba convencida de que a los sacerdotes obreros les estaba faltando el fundamento de la oración de todos los cristianos y había sentido la necesidad de hacer una peregrinación a Roma para orar ante la tumba de San Pedro. Iba a pedir que la gracia del apostolado que le había sido dado a Francia no se perdiera, sino que se mantuviera en la unidad y que esta gracia fuera reconocida y fortalecida por la Iglesia. Sin embargo, alguien le susurró al oído que le parecía un poco caro hacer un viaje de ida y vuelta a Roma sólo para rezar unas horas en San Pedro.
Esa misma semana, una amiga sudamericana de Madeleine que había visitado la comunidad, no habiendo podido comprar flores para dejar de regalo, compró un billete de lotería. Lo dejó sobre la mesa y nadie le prestó atención, hasta que se dieron cuenta de que era un billete ganador. ¡Y exactamente de la suma que se requería para hacer un viaje como el que quería hacer Madeleine! Fue así como ella viajó dos días y dos noches, estuvo 12 horas casi ininterrumpidas rezando en San Pedro – «à cœur perdu… et à perdre cœur» – y luego regresó a su tierra. Toda esta peripecia la hacía sin saber que un tal Jean Guègen la estaba esperando ese 6 de mayo de 1952 en Termini, con un billete para una audiencia con Pío XII.
En el prólogo a su biografía de Madeleine, Guéguen cuenta que en marzo de 1952 una amiga de Madeleine, con la que se habían conocido estando ella de gira por Roma, le escribió pidiéndole que recibiera «a una amiga» que llegaría a Roma, a la estación de Termini. Guèguen no conocía el aspecto de Madeleine y no lograron encontrarse[14]. Al regresar a su casa, Jean puso el billete para la audiencia con el Papa Pío XII en una carta y se lo envió a Madeleine al nº 11 de la calle Raspail, en Ivry. Cuando Madeleine lo recibió, le escribió una carta al Papa pidiendo perdón y así comenzó la amistad con Jean Guèguen[15]. Al año siguiente, Guèguen le ayudará a obtener la entrevista. Este es quizá un bello ejemplo del desfase de tiempos entre lo que el Espíritu obra en el corazón de un miembro pequeño del pueblo fiel de Dios y lo que obra en la maquinaria oficial de la iglesia jerárquica. Lo interesante no es el desfase, sino cómo lo vive con buen espíritu la primera interesada. En su libro Noi delle strade, Madeleine cuenta que fue a Roma para rezar y no para pedir «luces», pero algunas cosas se le impusieron como una misión[16]. Una, que Jesús, que había hablado tanto del poder del Espíritu Santo y de su vitalidad a propósito de la Iglesia, dijo que la habría edificado sobre Pedro, que se había convertido en una piedra. «¡Una piedra a la que se le ha pedido que ame! Según el pensamiento de Cristo la Iglesia no debe ser sólo algo vivo, sino algo construido[17]».
Esta revelación, que se le impone sencillamente, del pensamiento de Cristo acerca de una Iglesia que debe ser «construida», resuena en todas las dimensiones y acciones de la vida de Madeleine. Destacamos cuatro. La primera, que para construir la Iglesia hay que «hacer lugar a Dios». No necesariamente un gran lugar. Basta dejar que Él se abra una brecha y entre en nuestra vida. Segundo: para construir la Iglesia hace falta situarse. No en cualquier lugar ni en todo el espacio, sino allí donde el Espíritu abrió su brecha. A veces hemos confundido el espíritu de ir a todos los pueblos con ocupar territorialmente todo el mundo, cuando de hecho, hay lugares donde hay que permanecer y otros de los que hay que sacudir hasta el polvo de las sandalias, al menos hasta que venga un tiempo favorable. En tercer lugar, para construir la Iglesia hay que profundizar. Profundizar en la oración y en la conversión. Por último, para construir la Iglesia hay que incluir a todos.
La brecha: permitir que Dios se haga lugar
Para construir la Iglesia hay que permitirle al Señor que se haga lugar. «A los veinte años – confesaría años despúes Madeleine – fui literalmente “deslumbrada por Dios”; lo que había encontrado en Él no lo había encontrado en nada. Fue el abad Lorenzo quien hizo estallar, para mí, el Evangelio… el cual se convirtió no sólo en el libro del Señor vivo, sino en el libro del Señor para ser vivido»[18].
Madeleine descubre a un Señor que está del lado de la vida. Un Dios que no niega la danza, la poesía, la música, la literatura, el teatro, la filosofía… Ahora que ve la vida de esta manera cada minuto adquiere una importancia singular. Gracias al abad Lorenzo Dios deslumbró a Madeleine, el Evangelio se abrió paso en su vida no como una luz que viene de lo alto y entra en la oscuridad de un bosque, sino como una luz que «estalla», como una onda expansiva de luz que se expande desde adentro hacia afuera. Así concebirá Madeleine la misión del cristiano, como la misión de dar vida y salud al que nunca la tuvo o ya no la tiene. Afirma: «Si los cristianos deben recibir la Gracia en ellos, rezar y sufrir para que la evangelización del mundo sea eficaz, para que los pecadores sean curados, esto no puede eximirlos de ser, cada uno en la frontera con el no creyente con el que confina = brecha para el Evangelio»[19].
Recibir la gracia en sí está en tensión con ser brecha para que la gracia llegue a los demás. No se trata solo de «ser» iluminados por el Evangelio, sino de, al mismo tiempo, ser «brecha» para que pase a los otros esta luz. Y no solo para que pase: importa también discernir dónde esta luz del Evangelio está ya operante: «Discernir en toda persona lo que es luz, incluso fragmentaria, incluso distorsionada. Ser conscientes de que es difícil arrancar la cizaña sin arrancar el trigo bueno. Buscar poner en toda persona siempre más y más grano bueno, sin ocuparse de la cizaña. Respetar a cada uno: no ensuciar su ideal a causa de sus desencantos o rencores. No combatir contra el mal, sino sembrar un poco de vida donde se encuentra el mal, ya que el mal es ausencia de bien[20].
Situarse
Para construir la Iglesia hay que situarse. Madeleine fue una mujer situada, que encontró su lugar en el mundo y allí echó raíces y fructificó. El lugar tiene que ver no solo con la construcción, sino con las cosas superfluas que se dejan de lado para que la vida crezca en lo esencial. Se va a vivir a las barriadas pobres porque la palabra, para ser experimentada y escuchada y entendida, necesita este espacio de la proximidad y cercanía.
Pero lo que maravilla es cómo se concreta esta concepción suya, que es a la vez la más simple y tradicional: la del mal como ausencia de bien. Se concreta en ir a vivir allí donde, más que «haber» mal, lo que hay es «ausencia de bien». Sin ocuparse de la cizaña, ir a sembrar un poco de bien y de vida donde falta. No se trata de ir a arrancar la cizaña sino a sembrar(se) como un poco de trigo bueno. Es todo lo contrario de alejarse del mundo e ir al desierto para vivir allí la propia santidad. Para Madeleine, es en medio de los hombres donde Dios ama estar. Se convierte así en la mujer que una y otra vez pone su vida como levadura en la masa. Madeleine como las santas de la puerta de al lado, se mete en medio de su pueblo para hacerle lugar a Dios en la acción y en la palabra.
La acción con la que Madeleine le hace lugar al obrar de Dios tiene que ver con el estilo de las bienaventuranzas. Afirma Madeleine en «Felices los mansos»: «Para cumplir tu obra sobre la tierra, tú Señor no tienes necesidad de nuestras acciones sensacionales, sino de un cierto volumen de acatamiento amoroso, de un cierto grado de obediente docilidad, de un cierto peso de ciego abandono, situado no importa donde en medio de la multitud de los hombres. Y si en un solo corazón se encontraran juntos todo este peso de abandono, este acatamiento amoroso y esta docilidad, el aspecto del mundo cambiaría, ciertamente. Porque este solo corazón te abriría el camino, se convertiría en la brecha para tu invasión, en el punto débil donde cedería la rebelión universal»[21]. La invasión de la que habla Madeleine recuerda lo que dice el papa Francisco acerca del «desborde de la Misericordia»: «Se trata de discernir el punto concreto – de apertura, de fragilidad, de abajamiento – que permite el desborde de Dios. Cuando decimos “punto concreto”, nos referimos al hecho de que el desborde puede ocurrir sea por medio de una intervención en el momento justo, sea por un cambio de tono, o quizás por un gesto de abajamiento y/o de acercamiento al otro, que desequilibria lo que bloqueaba la relación vital»[22]. Profundizar
Para construir la Iglesia es necesario profundizar. A partir de 1933, en que se establece en Ivry, Madeleine pasa de la idea de una «misión en extensión», con las consiguientes partidas a lugares lejanos, desarraigos y nuevas fundaciones, a lo que ella llama una «misión en profundidad»[23]. Lo expresa mejor que en ningún otro escrito en un breve retrato de Santa Teresita del Niño Jesús: «Quizás Teresa de Lisieux, patrona de todas las misiones, fue designada para vivir al comienzo de este siglo un destino en el cual el tiempo estaba reducido al mínimo, los actos reconducidos a lo minúsculo, el heroísmo indiscernible a los ojos que lo ven, la misión limitada a un metro cuadrado: y esto para que nos enseñase que ciertas eficacias se escapan a la medida del reloj, que la visibilidad de los actos no siempre los recupera, que a las misiones en extensión se estaban por agregar aquellas en intensidad (que van) al fondo de las almas humanas, las misiones en profundidad, allí donde el espíritu del hombre interroga al mundo y oscila entre el misterio de un Dios que lo quiere pequeño y despojado y el misterio del mundo que lo quiere poderoso y grande. Prueba evidente de que consolidar un compromiso misionero con el marxismo no es algo accesorio, un refuerzo artificial, sino un retomar las fuerzas vitales en el lugar mismo en que se quiere minar la fe»[24].
En una charla que dio a sus compañeras de comunidad en 1956[25], Madeleine hace unas reflexiones muy hermosas y prácticas acerca de saber aprovechar los momentos en que se nos vuelve cercano Jesús haciendo lugar a Dios en la profundidad. Su charla era sobre la oración, porque es en la oración donde se nos aproxima Jesús, donde maduran la apertura del Reino y nuestra capacidad para entrar en él. Madeleine afronta un problema muy actual: no tenemos ni espacios ni tiempos adecuados para rezar. No los tenemos tal como los imaginamos cuando pensamos cómo deberían ser un lugar y un tiempo de oración, según una imagen un poco idealizada de la vida contemplativa. Ella nos hace ver que la oración es encuentro con el Dios vivo: cuando rezamos «nos encontramos al Cristo vivo»[26]. Y para las personas vivas siempre hay tiempo y espacio, aunque no sea el ideal (y si no lo hay, las personas mismas se lo hacen).
Aquí, Madeleine hace una consideración muy interesante acerca de una cercanía que, si no se da «horizontalmente», siempre se puede dar «en profundidad»[27]. Recuerda que en la antigüedad, para obtener calor había que quemar madera o sacar carbón, lo cual requería trabajar sobre grandes extensiones de tierra. Hoy se «perfora» un pozo petrolífero y se obtiene un combustible aún mejor. La cuestión es que el deseo de calor y de energía es lo que mueve a buscar los medios. En la oración es igual: el deseo de Jesús – de su calidez y de su energía vital – es el que crea espacios de oración y hace que se encuentren momentos maduros dondesea que uno esté.
Escuchemos a Madeleine sobre los espacios y tiempos para rezar: «El retiro al desierto puede consistir en cinco estaciones del metro al fin de un día en el cual estuvimos perforando un pozo (profundizando con nuestro deseo de Jesús) hacia esos mínimos instantes que la vida nos regala. Y por el contrario, el desierto mismo puede ser sin “retiro” si hemos esperado a estar allí para empezar a desear el encuentro con el Señor. Nuestras idas y nuestros retornos – y no solamente aquellos que se hacen de un lugar a otro, sino también los momentos en los que nos vemos obligados a esperar – ya sea para pagar en la caja, para que se libere el teléfono o para que se haga un lugar en el micro, son momentos de oración preparados para nosotros en la medida en que nosotros nos hayamos preparado para ellos. A ver los momentos desperdiciados porque no estábamos listos, podemos considerarlos como aquello que son: un pecado venial. Pero si un día en nuestra relación con el Señor no se tratará más de considerar pecados, sino amor, quizá tomaríamos conciencia de haber sido ridículos amantes»[28]. «¡Ridículos amantes!» Qué bien captado lo esencial y qué bien expresado. El que ama aprende rápido de sus errores sin necesidad de que otro se los eche en cara.
La cercanía o lejanía del Reino, en la cosmovisión de Delbrêl, es cuestión de amor. El que está enamorado profundiza todo el día en el deseo de encontrar a la persona amada y no se pierde la oportunidad de un encuentro porque sea breve; al contrario, si se trata de un encuentro casual, en el que se tiene poquísimo tiempo, se aprovecha mejor, y da una alegría más grande que si se hubiera planeado y se contara con todo el tiempo del mundo. Continúa Madeleine: «Harían falta muchísimos ejemplos para hacer comprender que en el Evangelio no es el tiempo o el lugar lo que más cuenta. Entre personas que se aman, el tiempo que han tenido para decírselo a veces ha sido brevísimo. Cada uno ha tenido tal vez que salir para su trabajo o para cumplir con una obligación. Pero ese trabajo y esa obligación no habrán sido ese día otra cosa que el eco de las pocas palabras dichas con amor en pocos minutos. Si hemos perdido a alguien a quien amamos y nos encontramos con una carta suya o con alguna nota que nos dicen un poco de su vida nos parece haber encontrado un tesoro. Y nuestro espíritu queda verdaderamente pleno con este tesoro. Y si por casualidad estas notas hablaran acerca de lo que esta persona amada pensaba de nosotros, lo que deseaba que nosotros hiciéramos, esas palabras se convertirían en nuestro pensamiento dominante. El Evangelio es un poco todo esto para nosotros o, al menos, debería serlo. Si lo queremos estudiar desde el punto de vista histórico o teológico el Evangelio requerirá tiempo. Pero si en el Evangelio buscamos algo del Señor vivo que todavía ignoramos: su palabra, su pensamiento, su modo de obrar, aquello que quiere de nosotros; en fin, algo de Él mismo, éste “Él mismo” que buscamos en todos los lugares donde Él nos dice que está, y que nunca encontramos tanto como querríamos, para esto, no es de tiempo que tenemos necesidad. Más exactamente: es de todo nuestro tiempo que, en un cierto sentido, tendremos necesidad. En efecto, vivir no exige tiempo: se vive todo el tiempo, y el Evangelio debe ser, antes de todo, vida para nosotros. Para que las palabras del Evangelio que hemos leído, rezado, y que quizá hemos estudiado, puedan realizar su trabajo de vida en nosotros, es necesario llevarlas con nosotros todo el tiempo que les es propio, para que la luz que les es propia nos ilumine y vivifique»[29].
Incluir
Un modelo actual de inclusión era para ella Charles de Foucauld. «Para estos hombres [como el padre de Foucauld] el amor a Jesucristo lleva al amor a todos nuestros hermanos. […] Sin esperar resultados, sin alterarse por su total fracaso; conserva su paz cuando, después de pasar toda su vida en el desierto, su único balance es la conversión – no muy firme – de un africano y de una anciana. Ama por amar, porque Dios es amor y está en él, y porque amando «hasta el extremo» a todos los suyos, imita – en la medida de lo posible – a su Señor” [30]. «Señor, haz que todos los humanos vayan al cielo», es la primera oración que se propone enseñar a los catecúmenos que nunca tendrá[31]. Para Madeleine, el Padre de Foucauld ha resucitado para nosotros «la figura fraterna de todos de Jesús en Palestina, que acoge en su corazón, a lo largo de los caminos, a obreros y sabios, judíos y gentiles, enfermos y niños, tan sencillo que a todos les resulta inteligible. Nos enseña que, al lado de los apostolados necesarios, en los que el apóstol debe impregnarse del medio que tiene que evangelizar y con el que casi tiene que desposarse, hay otro apostolado que requiere una simplificación de todo el ser, un rechazo de todo lo adquirido anteriormente, de todo nuestro yo social, una pobreza que da vértigo. Esta especie de pobreza evangélica o apostólica nos da una disponibilidad total para reunimos en cualquier sitio con cualquiera de nuestros hermanos, sin que ningún bagaje innato o adquirido nos impida correr hacia él. Al lado del apostolado especializado, se plantea la cuestión del todo a todos[32].
Reza Madeleine en su «Liturgia de los sin oficio», una noche entre 1945 y 1950, en que va con sus compañeras a un café y contempla a tantas personas que «solo están allí por no estar en otro sitio»: «Dilata nuestro corazón para que quepan todos; grábalos en ese corazón para que queden inscritos en él para siempre»[33]. Para construir la Iglesia hay que incluir a todos. La presencia de todos en el deseo básico, inicial, cotidiano, y el trabajo por hacer real esta inclusión de todos, uno a uno, será lo que dé la medida y las estructuras de la construcción. El uno a uno es un universal concreto: es por donde se desborda la misericordia de Dios.
M. Delbrêl, Noi delle strade, Milano, Gribaudi, 1969, 8-9, con la introducción de Jacques Loew, de 1957.↑
Cfr. Ibid., 17; M. Delbrêl, Ville marxiste, terre de mision, París, Editions du Cerf, 1957, 225. ↑
La caridad de Jesús fue el nombre que dieron a su comunidad de mujeres laicas Madeleine y sus primeras compañeras en 1933. El grupo no estaba ligado a ninguna organización, no preveía votos ni promesas oficiales. La vida común era muy intensa. El fin era unirse lo más posible a Cristo en pleno mundo, imitar su vida, obedecer al Evangelio y transmitirlo. Lo cual exigía una vida de oración fuerte y dejarse conducir por la caridad hacia una acción siempre concreta, viendo un hermano en el prójimo, tratándolo sin tacticismos, sino con todo el amor de Jesús (cfr M. Delbrêl, «Pedido de información a propósito de su modo de vida», en https://it.cathopedia.org/wiki/Anne_Marie_Madeleine_Delbrêl#La_Charit.C3.A9_de_J.C3.A9sus. ↑
En 1937 obtiene con la nota máxima el diploma de asistente social. Su tesis «Amplitud independencia del servicio social» es publicada inmediatamente. En 1938 publica «Nosotros, gente de la calle» en la revista Études Carmelitaines. El 21 de septiembre de 1939 es nombrada asistente social de la comuna de Ivry. En 1940, la administración comunista es destituida en Ivry y Madeleine coordinará todo el servicio social. Cuando regresen los comunistas, en 1944, continuará su trabajo colaborando con ellos. ↑
«L’Église, il faut s’acharner à la rendre aimable. L’Église, il faut s’acharner à la rendre aimante»: «Hay poner todo el empeño para volver amable a la Iglesia, hay que esforzarse al máximo para hacerla amable». (M. Delbrêl, Nous autres, gens des rues, París, Seuil, 1995, 137). ↑
Francisco, Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Créteil, 1 de octubre de 2018. ↑
M. Delbrêl, La alegría de creer, Santander, Sal Terrae, 1997, 22. ↑
L. Luppi, «Delbrêl, la mistica che ama le periferie come Bergoglio», en Credere, 15 de Marzo de 2015, 48-51. ↑
Cfr J. Guèguen, Madeleine Delbrêl. Una mistica nel mondo, Milano, Massimo, 1997, 6-8. ↑
«Jean se convierte en el hombre de confianza y el facilitador de los contactos cada vez que va a Roma. Este visita con frecuencia el 11 rue Raspail, en Ivry, y se vuelve un familiar de los “Equipes Madeleine Delbrêl”, bastante después de la muerte de Madeleine, el 13 de octubre de 1964» (G. François, «Décès du Père Jean Gueguen, premier postulateur de la cause en béatification de Madeleine Delbrêl» en Église catholique en Val-de-Marne [https://bit.ly/36qm5R7]. ↑
Le escribe Madeleine a Jean: «Cuatro personas que no conocía antes de estos últimos años me ayudaron sin motivo. Tú eres una de ellas y puedo decirte que las cuatro, en diferentes terrenos, me han dado incomparablemente más de lo que puedes imaginar» (M. Delbrêl, La alegría de creer, cit. 27). ¿De qué se había «hecho cargo» Madeleine cuando le escribió: «Lo que tengo como encargo, es, después de Dios, gracias a ti»? (traducción nuestra del francés). Tal vez, sin Jean Guéguen, Madeleine «sólo» habría ido a Roma a rezar. Para ella eso era lo esencial. Pero Jean la había «cargado» (con una misión) poniéndola en contacto con Pío XII y con el obispo Veuillot. A partir de entonces, Madeleine fue a Roma cada año durante los siguientes diez años. Guéguen la había ayudado a concretar ese «indispensable ir y venir entre la jerarquía y los fieles», sin el cual la misión no podría prosperar. Sobre todo y más allá de eso, Jean fue también el amigo inesperado durante los años más difíciles, de 1955 a 1958, cuando la «Caridad» estaba en crisis y el apoyo a Madeleine se había esfumado. Fueron entonces cuatro los que ayudaron a Madeleine «sin razón», cuatro personas providenciales mientras Madeleine vivía con gran dificultad este tiempo de gran dolor y aislamiento (cfr J. Guéguen, Madeleine Delbrêl. Una mistica nel mondo, cit., 66-67). ↑
Cfr D. Roccheti, «Madaleine Delbrêl, una donna di fuoco», cit. ↑
M. Delbrêl, «Lettera del 18 aprile 1951 a padre J. Loew», en Id., Insieme a Cristo per le strade del mondo, vol. 2: Corrispondenza 1942-1952, Milano, Gribaudi, 2008, 167. ↑
Fue un miembro del Colegio de Escritores de La Civiltà Cattolica, entre 2015 y 2022. Ingresó a la Compañía de Jesús en 1976, se ordenó sacerdote en 1986: su padrino de ordenación fue el entonces Provincial de los jesuitas en Argentina, Jorge Mario Bergoglio. Tras graduarse en teología, obtuvo un doctorado en filosofía con una tesis sobre “La fenomenología de la vida en el pensamiento de Hans Urs von Balthasar” (1995). Antes de incorporarse a nuestra revista, fue profesor de Metafísica en la Universidad del Salvador (USAL), en Buenos Aires, y de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Entre los años 1995 y 2015 trabajó como Director de El Hogar de San José, para personas en situación de calle y pobreza extrema. El padre Fares falleció el día 19 de julio de 2022, dejando un valioso legado de escritos sobre diversos temas.
Intervienen en el acto junto con el autor, el sacerdote obrero Pepe Rodado y tres miembros del Instituto Emmanuel Mounier Cataluña: Sara Fernández Puerto, Martí Vila y Esperanza Puig-Pei.
«Porque hemos visto y tocado a Jesús, Dios hecho hombre, podemos encontrar Dios en nuestro corazón. El amor personal de Jesús por nosotros y nuestro amor por él, el corazón a corazón con él, es nuestro acceso al amor de Dios. Somos incapaces e ignorantes para poder y saber cómo “amar al Señor, Dios, con todo el corazón” sin la contemplación e imitación del corazón de Jesucristo. (…)»
Hace unas semanas celebramos la canonización de Carlos de Foucauld 1. Este santo fue un evangelizador aparentemente fracasado desde una visión mundana. No tuvo reconocimientos, ni discípulos en vida, ni conversos por su mensaje mientras predicaba. Sin embargo, al abrir sus manos en la eternidad, esas manos gastadas por el trabajo en el desierto, fortalecidas en la oración en el silencio, y con huellas de caricias en medio de la violencia, ellas florecieron y brillaron de amor intenso.
Unos años antes de su muerte, nacía una mujer, que hizo de los escritos del padre Foucauld su alimento y se lanzó, junto con otras pocas jóvenes, a vivir el Evangelio en las periferias de París.
Encarnar el Evangelio
Madeleine Delbrel nació en Francia en 1904, tuvo una niñez cercana a Dios pero, muy influenciada por la cultura en la que estaba inmersa, progresivamente rechazó todo lo religioso hasta declararse atea a sus 17 años. Luego de una ruptura amorosa a sus 22 años, Madeleine retoma el vínculo con Dios y en una experiencia de oración donde le “explota el corazón en amor a Dios” se convierte definitivamente.
Madeleine se sintió deslumbrada por el camino de libertad, humildad y caridad del padre Foucauld, quien luego de estar un tiempo en un monasterio, descubrió el llamado de Dios a hacerse “cercano de los más alejados” y se instaló en el desierto de Argelia para vivir su vocación de “hermano universal”. Madeleine, en el discernimiento de su misión evangelizadora, se apoya en la espiritualidad de Foucauld para tomar la decisión de vivir su vocación de amor a Jesús, sin buscar estructuras preestablecidas, en lo cotidiano de su trabajo y convivencia, en medio de un barrio sediento del Dios escondido.
“Del Padre de Foucauld hemos aprendido que, si para darse al mundo entero hay que aceptar de romper tantas amarras para dejarse “llevar”, no es necesario que este dejarse llevar esté contenido entre los muros de un monasterio. Puede hacerse marcando una clausura con piedras secas sobre la arena; puede hacerse en una caravana africana; puede realizarse en la convivencia en una de nuestras casas, en uno de nuestros talleres, mientras se sube una escalera, en un autobús; este dejarse llevar lo encontramos aceptando la estrechez, la incesante clausura del amor del prójimo más cercano. Dar a cada uno de los que nos acercamos la totalidad de una caridad perfecta, dejándose encadenar por esta dependencia constante y devoradora, vivir de forma natural el Sermón de la montaña, eso es dejarse llevar, la puerta estrecha que desemboca en la caridad universal.”2
La verdadera pobreza: despojarnos de nosotros mismos para amar
Madeleine es una “santa de la puerta de al lado”. Quiere servir a todos desde lo sencillo, no por un anhelo de arreglar el mundo, no por una sed de activismo o reconocimiento, sino como mera respuesta a un Dios que clama ser amado en el corazón de los más frágiles.
Por eso, tanto Carlos como Madeleine fueron afectados por el agobio, la frustración, la enfermedad, la impotencia, pero no se dejaron abatir. Todo lo que experimentaban como contrariedad, lo transformaron en oportunidad para vivir la alegría de la vida oculta de Nazaret. Cada día buscaron despojarse más de sí mismos. Esta actitud: perder para ganar, los llevó a unificar todo su ser desde su vida interior. Sólo desde allí, la misión estaba verdaderamente unida a Cristo. Madeleine lo expresa así:
“el Padre de Foucauld ha resucitado para nosotros «la figura fraterna de Jesús en Palestina, que acoge en su corazón, a lo largo de los caminos, a obreros y sabios, judíos y gentiles, enfermos y niños, tan sencillo que a todos les resulta inteligible. Nos enseña que, al lado de los apostolados necesarios, en los que el apóstol debe impregnarse del medio que tiene que evangelizar y con el que casi tiene que desposarse, hay otro apostolado que requiere una simplificación de todo el ser, un rechazo de todo lo adquirido anteriormente, de todo nuestro yo social, una pobreza que da vértigo. Esta especie de pobreza evangélica o apostólica nos da una disponibilidad total para reunirnos en cualquier sitio con cualquiera de nuestros hermanos, sin que ningún bagaje innato o adquirido nos impida correr hacia él. Al lado del apostolado especializado, se plantea la cuestión del todo a todos.”3
Ridículos amantes
Ambos durante mucho tiempo padecieron la tensión entre la contemplación y la acción. Parece un rasgo propio de la nueva evangelización. La dispersión en la oración por la necesidad de resolver cuestiones de la misión; la urgencia de muchos temas que le quitan tiempo a la oración; el cansancio; la sequedad. Allí se presentaba una y otra vez la tentación de la escisión. Alejarse al desierto en soledad. Incorporar métodos y parámetros para eficientizar los servicios. Sin embargo, alejarse de los hermanos no era una opción. ¿Cómo hacer entonces para profundizar la vida de oración en medio de lo cotidiano? En ambos surgió la misma respuesta: dejarse abrazar por el Amado en la realidad.
«El retirarse al desierto puede consistir en cinco estaciones del subte al fin de un día en el cual estuvimos perforando un pozo (profundizando con nuestro deseo de Jesús) hacia esos mínimos instantes que la vida nos regala. Y por el contrario, el desierto mismo puede ser sin “retiro” si hemos esperado a estar allí para empezar a desear el encuentro con el Señor. Nuestras idas y nuestros retornos – y no solamente aquellos que se hacen de un lugar a otro, sino también los momentos en los que nos vemos obligados a esperar – ya sea para pagar en la caja, para que se libere el teléfono o para que se haga un lugar en el micro, son momentos de oración preparados para nosotros en la medida en que nosotros nos hayamos preparado para ellos. Al ver los momentos desperdiciados porque no estábamos listos, podemos considerarlos como aquello que son: un pecado venial. Pero si un día en nuestra relación con el Señor no se tratará más de considerar pecados, sino amor, quizá tomaríamos conciencia de haber sido ridículos amantes». «¡Ridículos amantes!»4
La cercanía o lejanía del Reino, en la cosmovisión de Madeleine, es cuestión de amor. Quien está enamorado profundiza todo el día en el deseo de encontrar a la persona amada y no se pierde la oportunidad de un encuentro sea cual fuere la duración del mismo.
1 San Carlos de Foucauld fue canonizado el 15 de mayo de 2022 y Madeleine Delbrel fue declarada Sierva de Dios en 1996
2 Delbrel M., ¿Por qué amamos al Padre Foucauld? Revista PP Dominicos, 1946 .
3 Delbrel, M. “La alegría de creer”,Santander, Sal Terrae, 1997.
Escribir sobre Madeleine Delbrêl es escribir sobre «una de las más grandes místicas del siglo XX», cómo dijo el cardenal Martini[1]. Y si es verdad lo que el mismo cardenal afirmó sobre la Iglesia – «La Iglesia está atrasada 200 años. ¿Cómo es posible que no se sacuda? ¿Tenemos miedo, miedo en lugar de coraje?»[2] -, releyendo la vida de Madeleine podemos decir que en esta hija suya, en su testimonio de vida y en su pensamiento, la Iglesia se adelantó 80 años.
Martini, al hablar del atraso, se refería principalmente a la Iglesia en Europa y al aspecto institucional. Decía: «La Iglesia está cansada en la Europa del bienestar y en Estados Unidos. Nuestra cultura está envejecida, nuestras Iglesias son grandes, nuestras casas religiosas están vacías y el aparato burocrático de la Iglesia está fermentando, nuestros ritos y nuestra vestimenta son pomposos. ¿Acaso estas cosas expresan lo que somos nosotros hoy? […] El bienestar pesa. Estamos ahí como el joven rico que se marchó entristecido cuando Jesús lo llamó para convertirlo en su discípulo. Sé que no podemos dejar todo fácilmente. Pero al menos podemos buscar hombres libres que estén más cerca del prójimo. […] ¿Dónde están esas personas llenas de generosidad como el buen samaritano?, ¿que tienen fe como el centurión romano?, ¿el entusiasmo de Juan Bautista?, ¿quién busca lo nuevo como Pablo?, ¿quiénes son fieles como María Magdalena? Aconsejaría al Papa y a los obispos que busquen doce personas fuera de lo común para los puestos de dirigencia. Hombres que estén cerca de los más pobres y que estén rodeados de jóvenes y que prueben cosas nuevas. Necesitamos enfrentarnos con hombres que ardan, de modo que el espíritu pueda difundirse por todas partes»[3].
Madeleine es una de esas grandes mujeres que reúnen en sí la fidelidad de María Magdalena, la audacia de Pablo, la generosidad del buen samaritano y la fe y el entusiasmo en y por Jesús de tantos personajes del Evangelio. Muchas, por no decir todas sus propuestas de vida cristiana en medio del mundo – especialmente en los lugares de periferia geográfica y existencial, como la Ivry marxista de hace 80 años – , son las que Francisco actualiza hoy en sus gestos y escritos oficiales.
Retrato
Madeleine Delbrêl nació el 24 de octubre de 1904 en Mussidan (Dordoña, Francia). Inesperadamente para sus más cercanos, falleció un 13 de octubre de 1964, en su casa de la Rue Raspail 11, en Ivry-sur-Seine, la «villa marxista» donde había elegido ir a vivir y a servir con sus compañeras de comunidad, 30 años antes.
Su amigo y propagador de sus obras, Jacques Loew, nos brinda su mejor retrato, escrito por Krystyna W., compañera de Madeleine, del que tomamos un fragmento: «Vista de lejos, daba el perfil de una mujer sutil, ágil y frágil, pero su porte, y cada gesto, trasuntaba la energía y la decisión de un viejo combatiente en quien el reflejo de estar preparado para entrar en acción siguiendo las órdenes recibidas ha dejado huellas indelebles. Si uno se acercaba a ella, aparecían sus ojos: grandes, luminosos, color marrón claro, que te miraban con atención. Incluso si no tenías ganas de hablar hasta ese momento, algo hacía que se entablara un diálogo, una conversación, en el sentido profundo, etimológico de la palabra. Si no eras capaz de hablar o si no tenías necesidad, todo podía limitarse a un estrechón de manos, a una mirada profunda. Pero, si dejándote atraer por la expresión de su rostro, te animabas a correr el riesgo de dejar entrever un poco de tu alegría o de tu pena, entonces todo su rostro se animaba, como si el viento hiciera temblar la superficie transparente del agua: las expresiones de la compasión, de la comprensión auténtica, del sufrimiento realmente sentido, permitían ver, como a través de una puerta entreabierta, el inmenso camino que había tenido que recorrer esta mujer para llegar a generar encuentros así»[4].
Hija única de Jules Delbrêl y de Lucile Junière, heredó de su padre, ferroviario, el dinamismo, el sentido de la organización y el don de la comunicación; y de su madre, la sensibilidad, la firmeza y el encanto cautivador. Debido a los traslados por el trabajo de su padre y a su salud frágil, Madeleine recibió una formación no convencional. A los doce años hizo su primera comunión, deseada y ferviente, pero a partir de entonces, el trato con amigos cultos y no creyentes de su padre ejercería en ella una fuerte influencia que la llevó a declararse atea a los 17 años. Marcó su vida el encuentro con Jean Maydieu, joven del que se enamora y que la corresponde, pero que la dejará para entrar en la orden dominicana en 1925.
En 1926, Dios se abre una brecha en su vida y Madeleine, deslumbrada, se convierte. Al reflexionar que no es rigurosamente imposible que Dios exista, decide tratarlo como una persona viva y, en consecuencia, comienza a rezar[5]. Según ella testimonia, el Evangelio, con el que el padre Jacques Lorenzo le enseñó a interactuar, «le explotó» en el corazón y la convirtió de atea de un Dios abstracto en creyente fiel del Dios vivo, una persona a quien se puede amar, como dice Santa Teresa.
En 1933, luego de haber obtenido el diplomado en enfermería y de ser admitida en la Escuela práctica de servicio social, junto a Suzanne Lacloche y Hélène Manuel ingresan para siempre en la comuna de Ivry, para vivir el evangelio entre la gente obrera y estar al servicio de la Parroquia de San Juan Bautista[6]. En 1943, visita su comunidad el padre Jacques Loew. Comienza entre ellos una colaboración y amistad estrecha. En diciembre del mismo año Madeleine publica Misioneros sin barca. Hasta 1946, en que decide dedicarse a tiempo completo a su comunidad, Madeleine desplegó una actividad incansable en el servicio social, primero privadamente y luego en cargos públicos, con diferentes administraciones, marxistas y anti-marxistas, siendo respetada y buscada por todos[7]. Madeleine resiste la «tentación marxista»: trabaja codo a codo con todos, pero desde su amor por Jesucristo y la Iglesia. Su fidelidad al Papa la lleva en agosto de 1952 a peregrinar a Roma con el fin de rezar en San Pedro por la renovación misionera que ha surgido en Francia, para que permanezca en la unidad de la Iglesia. En 1953, realiza una nueva peregrinación en medio de la crisis del movimiento de sacerdotes obreros, para interceder por ellos ante Pío XII. En 1961 abren una fraternidad en Costa de Marfil, adonde viajará a pesar de no encontrarse bien de salud. En 1962 se le pedirá un trabajo sobre las formas de ateísmo contemporáneo con vistas al Concilio. Madeleine envía un dossier sobre «Ateísmo y evangelización» pocos días antes de la apertura conciliar. Muere en 1964. En 1996 es declarada Sierva de Dios.
Madeleine y papa Francisco
Francisco confiesa no haber conocido en su juventud mucho de la vida y los escritos de Madeleine, pero lo que le impresiona de esta «gran mujer» es «cómo se metía en las barriadas más pobres»[8].
Dos breves menciones a la venerable. En el 2015, el papa Francisco y el resto de los miembros de la curia romana se reunieron en Ariccia, en la Casa Divin Maestro de los religiosos paulinos, para realizar los Ejercicios Espirituales. El retiro de cuaresmo estaba dedicado a la vida del profeta Elías; pero «junto a Elías, hubo una “compañera” de viaje en los ejercicios de la curia. En el programa preparado para la ocasión por la Prefectura de la Casa Pontificia, al lado de una imagen de un ícono que representaba al profeta con su carro de fuego, hay un breve escrito de la mística francesa Madeleine Delbrêl. «La verdadera soledad», se lee, «no es la ausencia de los hombres, es la presencia de Dios», y continúa: «no hay soledad sin silencio. El silencio: a veces es callar, siempre es escuchar»[9].
El Papa también citó expresamente a Madeleine en la audiencia dirigida a los sacerdotes de la diócesis de Créteil, e invitó a rogar por su intercesión: «Pedid insistentemente al Espíritu Santo que os guíe e ilumine. Que os ayude, en el ejercicio de vuestro ministerio, a hacer que la Iglesia de Jesucristo sea amable y amorosa, de acuerdo con la bella expresión de la Venerable Madeleine Delbrȇl[10]. Con esta fuerza proveniente de lo alto, os sentiréis empujados a salir para estar más cerca de todos cada día, especialmente de aquellos que están heridos, marginados, excluidos»[11].
Madeleine Delbrêl es una de las Santas de la puerta de al lado de las que siempre habla el Papa; una mujer que situó su vida en medio de las barriadas pobres marxistas y ateas de Ivry. Es la mujer que, para escuchar a Dios, no se va al desierto de arena, sino al desierto de las multitudes, al medio de la calle, al metro, a los barrios más pobres: va con la actitud de la que quiere ser hermana de todos y servir a todos y, escuchando a cada uno, aprender a escuchar la voz de Dios, que habla siempre a través de los más pequeñitos y abandonados.
Escribir sobre Madeleine Delbrêl implica un continuo deshacer el camino andado hacia la literatura para reemprender el camino hacia el evangelio. En la corrección trabajosa de sus escritos se nota este empeño de Madeleine no de hacer literatura, sino de sacar todo lo que pueda quitar la palabra a Dios. En su meditación sobre el silencio hará notar que el silencio es activo: activa escucha de Dios. Que no lo impiden los ruidos normales ni las palabras normales de la vida. Lo impide la actitud del que con sus palabras le quita la palabra a Dios. El 15 de marzo de 1956 ella hace notar que no escribía por el gusto de escribir: «evitar caer un día u otro en la “literatura”, lo que me parecería el peor de los males»[12]. Por eso, cuando escribe, dice que no quiere hacer un trabajo de síntesis, sino dejar – siguiendo la vida – que se constituya un dossier sobre diversos aspectos de los temas.
Si Madeleine viviera hoy podríamos decir que cada exhortación apostólica y encíclica del Papa hubiera caído como anillo al dedo a su carisma y a sus aspiraciones. Al respecto, afirma don Luciano Luppi: «Cuando leemos hoy la Evangelii gaudium del papa Francisco, o Fratelli tutti, a la luz de muchos pasajes de la obra de Delbrêl, se observa una sorprendente consonancia entre los dos. Y, sin embargo, han pasado décadas desde entonces. ¿Por qué? Las motivaciones pueden ser múltiples. El papa Francisco y Madeleine Delbrêl tienen varias cosas en común: la cercanía a las enseñanzas espirituales de san Francisco y san Ignacio; una lectura del Evangelio que no es abstracta o espiritualista, sino preocupada de la adhesión profunda a lo concreto del Evangelio y de la vida; la voluntad de dejarse interpelar por el dolor de los pobres, escogiendo compartir la marginalidad y la pequeñez, el conocimiento vivo del Evangelio como el de una noticia sorprendente y decisiva, de la que el cristiano no puede sino sentirse en deuda con todos»[13].
Una Iglesia que “se construye”
Un hecho singular en la vida de Madeleine ayuda a comprender su concepción de la Iglesia. En 1952 Madeleine hizo un viaje relámpago a Roma para rezar ante la tumba de Pedro. Había manifestado a sus compañeras la necesidad de rezar por la misión de Francia. Estaba convencida de que a los sacerdotes obreros les estaba faltando el fundamento de la oración de todos los cristianos y había sentido la necesidad de hacer una peregrinación a Roma para orar ante la tumba de San Pedro. Iba a pedir que la gracia del apostolado que le había sido dado a Francia no se perdiera, sino que se mantuviera en la unidad y que esta gracia fuera reconocida y fortalecida por la Iglesia. Sin embargo, alguien le susurró al oído que le parecía un poco caro hacer un viaje de ida y vuelta a Roma sólo para rezar unas horas en San Pedro.
Esa misma semana, una amiga sudamericana de Madeleine que había visitado la comunidad, no habiendo podido comprar flores para dejar de regalo, compró un billete de lotería. Lo dejó sobre la mesa y nadie le prestó atención, hasta que se dieron cuenta de que era un billete ganador. ¡Y exactamente de la suma que se requería para hacer un viaje como el que quería hacer Madeleine! Fue así como ella viajó dos días y dos noches, estuvo 12 horas casi ininterrumpidas rezando en San Pedro – «à cœur perdu… et à perdre cœur» – y luego regresó a su tierra. Toda esta peripecia la hacía sin saber que un tal Jean Guègen la estaba esperando ese 6 de mayo de 1952 en Termini, con un billete para una audiencia con Pío XII.
En el prólogo a su biografía de Madeleine, Guéguen cuenta que en marzo de 1952 una amiga de Madeleine, con la que se habían conocido estando ella de gira por Roma, le escribió pidiéndole que recibiera «a una amiga» que llegaría a Roma, a la estación de Termini. Guèguen no conocía el aspecto de Madeleine y no lograron encontrarse[14]. Al regresar a su casa, Jean puso el billete para la audiencia con el Papa Pío XII en una carta y se lo envió a Madeleine al nº 11 de la calle Raspail, en Ivry. Cuando Madeleine lo recibió, le escribió una carta al Papa pidiendo perdón y así comenzó la amistad con Jean Guèguen[15]. Al año siguiente, Guèguen le ayudará a obtener la entrevista. Este es quizá un bello ejemplo del desfase de tiempos entre lo que el Espíritu obra en el corazón de un miembro pequeño del pueblo fiel de Dios y lo que obra en la maquinaria oficial de la iglesia jerárquica. Lo interesante no es el desfase, sino cómo lo vive con buen espíritu la primera interesada. En su libro Noi delle strade, Madeleine cuenta que fue a Roma para rezar y no para pedir «luces», pero algunas cosas se le impusieron como una misión[16]. Una, que Jesús, que había hablado tanto del poder del Espíritu Santo y de su vitalidad a propósito de la Iglesia, dijo que la habría edificado sobre Pedro, que se había convertido en una piedra. «¡Una piedra a la que se le ha pedido que ame! Según el pensamiento de Cristo la Iglesia no debe ser sólo algo vivo, sino algo construido[17]».
Esta revelación, que se le impone sencillamente, del pensamiento de Cristo acerca de una Iglesia que debe ser «construida», resuena en todas las dimensiones y acciones de la vida de Madeleine. Destacamos cuatro. La primera, que para construir la Iglesia hay que «hacer lugar a Dios». No necesariamente un gran lugar. Basta dejar que Él se abra una brecha y entre en nuestra vida. Segundo: para construir la Iglesia hace falta situarse. No en cualquier lugar ni en todo el espacio, sino allí donde el Espíritu abrió su brecha. A veces hemos confundido el espíritu de ir a todos los pueblos con ocupar territorialmente todo el mundo, cuando de hecho, hay lugares donde hay que permanecer y otros de los que hay que sacudir hasta el polvo de las sandalias, al menos hasta que venga un tiempo favorable. En tercer lugar, para construir la Iglesia hay que profundizar. Profundizar en la oración y en la conversión. Por último, para construir la Iglesia hay que incluir a todos.
La brecha: permitir que Dios se haga lugar
Para construir la Iglesia hay que permitirle al Señor que se haga lugar. «A los veinte años – confesaría años despúes Madeleine – fui literalmente “deslumbrada por Dios”; lo que había encontrado en Él no lo había encontrado en nada. Fue el abad Lorenzo quien hizo estallar, para mí, el Evangelio… el cual se convirtió no sólo en el libro del Señor vivo, sino en el libro del Señor para ser vivido»[18].
Madeleine descubre a un Señor que está del lado de la vida. Un Dios que no niega la danza, la poesía, la música, la literatura, el teatro, la filosofía… Ahora que ve la vida de esta manera cada minuto adquiere una importancia singular. Gracias al abad Lorenzo Dios deslumbró a Madeleine, el Evangelio se abrió paso en su vida no como una luz que viene de lo alto y entra en la oscuridad de un bosque, sino como una luz que «estalla», como una onda expansiva de luz que se expande desde adentro hacia afuera. Así concebirá Madeleine la misión del cristiano, como la misión de dar vida y salud al que nunca la tuvo o ya no la tiene. Afirma: «Si los cristianos deben recibir la Gracia en ellos, rezar y sufrir para que la evangelización del mundo sea eficaz, para que los pecadores sean curados, esto no puede eximirlos de ser, cada uno en la frontera con el no creyente con el que confina = brecha para el Evangelio»[19].
Recibir la gracia en sí está en tensión con ser brecha para que la gracia llegue a los demás. No se trata solo de «ser» iluminados por el Evangelio, sino de, al mismo tiempo, ser «brecha» para que pase a los otros esta luz. Y no solo para que pase: importa también discernir dónde esta luz del Evangelio está ya operante: «Discernir en toda persona lo que es luz, incluso fragmentaria, incluso distorsionada. Ser conscientes de que es difícil arrancar la cizaña sin arrancar el trigo bueno. Buscar poner en toda persona siempre más y más grano bueno, sin ocuparse de la cizaña. Respetar a cada uno: no ensuciar su ideal a causa de sus desencantos o rencores. No combatir contra el mal, sino sembrar un poco de vida donde se encuentra el mal, ya que el mal es ausencia de bien[20].
Situarse
Para construir la Iglesia hay que situarse. Madeleine fue una mujer situada, que encontró su lugar en el mundo y allí echó raíces y fructificó. El lugar tiene que ver no solo con la construcción, sino con las cosas superfluas que se dejan de lado para que la vida crezca en lo esencial. Se va a vivir a las barriadas pobres porque la palabra, para ser experimentada y escuchada y entendida, necesita este espacio de la proximidad y cercanía.
Pero lo que maravilla es cómo se concreta esta concepción suya, que es a la vez la más simple y tradicional: la del mal como ausencia de bien. Se concreta en ir a vivir allí donde, más que «haber» mal, lo que hay es «ausencia de bien». Sin ocuparse de la cizaña, ir a sembrar un poco de bien y de vida donde falta. No se trata de ir a arrancar la cizaña sino a sembrar(se) como un poco de trigo bueno. Es todo lo contrario de alejarse del mundo e ir al desierto para vivir allí la propia santidad. Para Madeleine, es en medio de los hombres donde Dios ama estar. Se convierte así en la mujer que una y otra vez pone su vida como levadura en la masa. Madeleine como las santas de la puerta de al lado, se mete en medio de su pueblo para hacerle lugar a Dios en la acción y en la palabra.
La acción con la que Madeleine le hace lugar al obrar de Dios tiene que ver con el estilo de las bienaventuranzas. Afirma Madeleine en «Felices los mansos»: «Para cumplir tu obra sobre la tierra, tú Señor no tienes necesidad de nuestras acciones sensacionales, sino de un cierto volumen de acatamiento amoroso, de un cierto grado de obediente docilidad, de un cierto peso de ciego abandono, situado no importa donde en medio de la multitud de los hombres. Y si en un solo corazón se encontraran juntos todo este peso de abandono, este acatamiento amoroso y esta docilidad, el aspecto del mundo cambiaría, ciertamente. Porque este solo corazón te abriría el camino, se convertiría en la brecha para tu invasión, en el punto débil donde cedería la rebelión universal»[21]. La invasión de la que habla Madeleine recuerda lo que dice el papa Francisco acerca del «desborde de la Misericordia»: «Se trata de discernir el punto concreto – de apertura, de fragilidad, de abajamiento – que permite el desborde de Dios. Cuando decimos “punto concreto”, nos referimos al hecho de que el desborde puede ocurrir sea por medio de una intervención en el momento justo, sea por un cambio de tono, o quizás por un gesto de abajamiento y/o de acercamiento al otro, que desequilibria lo que bloqueaba la relación vital»[22]. Profundizar
Para construir la Iglesia es necesario profundizar. A partir de 1933, en que se establece en Ivry, Madeleine pasa de la idea de una «misión en extensión», con las consiguientes partidas a lugares lejanos, desarraigos y nuevas fundaciones, a lo que ella llama una «misión en profundidad»[23]. Lo expresa mejor que en ningún otro escrito en un breve retrato de Santa Teresita del Niño Jesús: «Quizás Teresa de Lisieux, patrona de todas las misiones, fue designada para vivir al comienzo de este siglo un destino en el cual el tiempo estaba reducido al mínimo, los actos reconducidos a lo minúsculo, el heroísmo indiscernible a los ojos que lo ven, la misión limitada a un metro cuadrado: y esto para que nos enseñase que ciertas eficacias se escapan a la medida del reloj, que la visibilidad de los actos no siempre los recupera, que a las misiones en extensión se estaban por agregar aquellas en intensidad (que van) al fondo de las almas humanas, las misiones en profundidad, allí donde el espíritu del hombre interroga al mundo y oscila entre el misterio de un Dios que lo quiere pequeño y despojado y el misterio del mundo que lo quiere poderoso y grande. Prueba evidente de que consolidar un compromiso misionero con el marxismo no es algo accesorio, un refuerzo artificial, sino un retomar las fuerzas vitales en el lugar mismo en que se quiere minar la fe»[24].
En una charla que dio a sus compañeras de comunidad en 1956[25], Madeleine hace unas reflexiones muy hermosas y prácticas acerca de saber aprovechar los momentos en que se nos vuelve cercano Jesús haciendo lugar a Dios en la profundidad. Su charla era sobre la oración, porque es en la oración donde se nos aproxima Jesús, donde maduran la apertura del Reino y nuestra capacidad para entrar en él. Madeleine afronta un problema muy actual: no tenemos ni espacios ni tiempos adecuados para rezar. No los tenemos tal como los imaginamos cuando pensamos cómo deberían ser un lugar y un tiempo de oración, según una imagen un poco idealizada de la vida contemplativa. Ella nos hace ver que la oración es encuentro con el Dios vivo: cuando rezamos «nos encontramos al Cristo vivo»[26]. Y para las personas vivas siempre hay tiempo y espacio, aunque no sea el ideal (y si no lo hay, las personas mismas se lo hacen).
Aquí, Madeleine hace una consideración muy interesante acerca de una cercanía que, si no se da «horizontalmente», siempre se puede dar «en profundidad»[27]. Recuerda que en la antigüedad, para obtener calor había que quemar madera o sacar carbón, lo cual requería trabajar sobre grandes extensiones de tierra. Hoy se «perfora» un pozo petrolífero y se obtiene un combustible aún mejor. La cuestión es que el deseo de calor y de energía es lo que mueve a buscar los medios. En la oración es igual: el deseo de Jesús – de su calidez y de su energía vital – es el que crea espacios de oración y hace que se encuentren momentos maduros dondesea que uno esté.
Escuchemos a Madeleine sobre los espacios y tiempos para rezar: «El retiro al desierto puede consistir en cinco estaciones del metro al fin de un día en el cual estuvimos perforando un pozo (profundizando con nuestro deseo de Jesús) hacia esos mínimos instantes que la vida nos regala. Y por el contrario, el desierto mismo puede ser sin “retiro” si hemos esperado a estar allí para empezar a desear el encuentro con el Señor. Nuestras idas y nuestros retornos – y no solamente aquellos que se hacen de un lugar a otro, sino también los momentos en los que nos vemos obligados a esperar – ya sea para pagar en la caja, para que se libere el teléfono o para que se haga un lugar en el micro, son momentos de oración preparados para nosotros en la medida en que nosotros nos hayamos preparado para ellos. A ver los momentos desperdiciados porque no estábamos listos, podemos considerarlos como aquello que son: un pecado venial. Pero si un día en nuestra relación con el Señor no se tratará más de considerar pecados, sino amor, quizá tomaríamos conciencia de haber sido ridículos amantes»[28]. «¡Ridículos amantes!» Qué bien captado lo esencial y qué bien expresado. El que ama aprende rápido de sus errores sin necesidad de que otro se los eche en cara.
La cercanía o lejanía del Reino, en la cosmovisión de Delbrêl, es cuestión de amor. El que está enamorado profundiza todo el día en el deseo de encontrar a la persona amada y no se pierde la oportunidad de un encuentro porque sea breve; al contrario, si se trata de un encuentro casual, en el que se tiene poquísimo tiempo, se aprovecha mejor, y da una alegría más grande que si se hubiera planeado y se contara con todo el tiempo del mundo. Continúa Madeleine: «Harían falta muchísimos ejemplos para hacer comprender que en el Evangelio no es el tiempo o el lugar lo que más cuenta. Entre personas que se aman, el tiempo que han tenido para decírselo a veces ha sido brevísimo. Cada uno ha tenido tal vez que salir para su trabajo o para cumplir con una obligación. Pero ese trabajo y esa obligación no habrán sido ese día otra cosa que el eco de las pocas palabras dichas con amor en pocos minutos. Si hemos perdido a alguien a quien amamos y nos encontramos con una carta suya o con alguna nota que nos dicen un poco de su vida nos parece haber encontrado un tesoro. Y nuestro espíritu queda verdaderamente pleno con este tesoro. Y si por casualidad estas notas hablaran acerca de lo que esta persona amada pensaba de nosotros, lo que deseaba que nosotros hiciéramos, esas palabras se convertirían en nuestro pensamiento dominante. El Evangelio es un poco todo esto para nosotros o, al menos, debería serlo. Si lo queremos estudiar desde el punto de vista histórico o teológico el Evangelio requerirá tiempo. Pero si en el Evangelio buscamos algo del Señor vivo que todavía ignoramos: su palabra, su pensamiento, su modo de obrar, aquello que quiere de nosotros; en fin, algo de Él mismo, éste “Él mismo” que buscamos en todos los lugares donde Él nos dice que está, y que nunca encontramos tanto como querríamos, para esto, no es de tiempo que tenemos necesidad. Más exactamente: es de todo nuestro tiempo que, en un cierto sentido, tendremos necesidad. En efecto, vivir no exige tiempo: se vive todo el tiempo, y el Evangelio debe ser, antes de todo, vida para nosotros. Para que las palabras del Evangelio que hemos leído, rezado, y que quizá hemos estudiado, puedan realizar su trabajo de vida en nosotros, es necesario llevarlas con nosotros todo el tiempo que les es propio, para que la luz que les es propia nos ilumine y vivifique»[29].
Incluir
Un modelo actual de inclusión era para ella Charles de Foucauld. «Para estos hombres [como el padre de Foucauld] el amor a Jesucristo lleva al amor a todos nuestros hermanos. […] Sin esperar resultados, sin alterarse por su total fracaso; conserva su paz cuando, después de pasar toda su vida en el desierto, su único balance es la conversión – no muy firme – de un africano y de una anciana. Ama por amar, porque Dios es amor y está en él, y porque amando «hasta el extremo» a todos los suyos, imita – en la medida de lo posible – a su Señor” [30]. «Señor, haz que todos los humanos vayan al cielo», es la primera oración que se propone enseñar a los catecúmenos que nunca tendrá[31]. Para Madeleine, el Padre de Foucauld ha resucitado para nosotros «la figura fraterna de todos de Jesús en Palestina, que acoge en su corazón, a lo largo de los caminos, a obreros y sabios, judíos y gentiles, enfermos y niños, tan sencillo que a todos les resulta inteligible. Nos enseña que, al lado de los apostolados necesarios, en los que el apóstol debe impregnarse del medio que tiene que evangelizar y con el que casi tiene que desposarse, hay otro apostolado que requiere una simplificación de todo el ser, un rechazo de todo lo adquirido anteriormente, de todo nuestro yo social, una pobreza que da vértigo. Esta especie de pobreza evangélica o apostólica nos da una disponibilidad total para reunimos en cualquier sitio con cualquiera de nuestros hermanos, sin que ningún bagaje innato o adquirido nos impida correr hacia él. Al lado del apostolado especializado, se plantea la cuestión del todo a todos[32].
Reza Madeleine en su «Liturgia de los sin oficio», una noche entre 1945 y 1950, en que va con sus compañeras a un café y contempla a tantas personas que «solo están allí por no estar en otro sitio»: «Dilata nuestro corazón para que quepan todos; grábalos en ese corazón para que queden inscritos en él para siempre»[33]. Para construir la Iglesia hay que incluir a todos. La presencia de todos en el deseo básico, inicial, cotidiano, y el trabajo por hacer real esta inclusión de todos, uno a uno, será lo que dé la medida y las estructuras de la construcción. El uno a uno es un universal concreto: es por donde se desborda la misericordia de Dios.
M. Delbrêl, Noi delle strade, Milano, Gribaudi, 1969, 8-9, con la introducción de Jacques Loew, de 1957.↑
Cfr. Ibid., 17; M. Delbrêl, Ville marxiste, terre de mision, París, Editions du Cerf, 1957, 225. ↑
La caridad de Jesús fue el nombre que dieron a su comunidad de mujeres laicas Madeleine y sus primeras compañeras en 1933. El grupo no estaba ligado a ninguna organización, no preveía votos ni promesas oficiales. La vida común era muy intensa. El fin era unirse lo más posible a Cristo en pleno mundo, imitar su vida, obedecer al Evangelio y transmitirlo. Lo cual exigía una vida de oración fuerte y dejarse conducir por la caridad hacia una acción siempre concreta, viendo un hermano en el prójimo, tratándolo sin tacticismos, sino con todo el amor de Jesús (cfr M. Delbrêl, «Pedido de información a propósito de su modo de vida», en https://it.cathopedia.org/wiki/Anne_Marie_Madeleine_Delbrêl#La_Charit.C3.A9_de_J.C3.A9sus. ↑
En 1937 obtiene con la nota máxima el diploma de asistente social. Su tesis «Amplitud independencia del servicio social» es publicada inmediatamente. En 1938 publica «Nosotros, gente de la calle» en la revista Études Carmelitaines. El 21 de septiembre de 1939 es nombrada asistente social de la comuna de Ivry. En 1940, la administración comunista es destituida en Ivry y Madeleine coordinará todo el servicio social. Cuando regresen los comunistas, en 1944, continuará su trabajo colaborando con ellos. ↑
«L’Église, il faut s’acharner à la rendre aimable. L’Église, il faut s’acharner à la rendre aimante»: «Hay poner todo el empeño para volver amable a la Iglesia, hay que esforzarse al máximo para hacerla amable». (M. Delbrêl, Nous autres, gens des rues, París, Seuil, 1995, 137). ↑
Francisco, Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Créteil, 1 de octubre de 2018. ↑
M. Delbrêl, La alegría de creer, Santander, Sal Terrae, 1997, 22. ↑
L. Luppi, «Delbrêl, la mistica che ama le periferie come Bergoglio», en Credere, 15 de Marzo de 2015, 48-51. ↑
Cfr J. Guèguen, Madeleine Delbrêl. Una mistica nel mondo, Milano, Massimo, 1997, 6-8. ↑
«Jean se convierte en el hombre de confianza y el facilitador de los contactos cada vez que va a Roma. Este visita con frecuencia el 11 rue Raspail, en Ivry, y se vuelve un familiar de los “Equipes Madeleine Delbrêl”, bastante después de la muerte de Madeleine, el 13 de octubre de 1964» (G. François, «Décès du Père Jean Gueguen, premier postulateur de la cause en béatification de Madeleine Delbrêl» en Église catholique en Val-de-Marne [https://bit.ly/36qm5R7]. ↑
Le escribe Madeleine a Jean: «Cuatro personas que no conocía antes de estos últimos años me ayudaron sin motivo. Tú eres una de ellas y puedo decirte que las cuatro, en diferentes terrenos, me han dado incomparablemente más de lo que puedes imaginar» (M. Delbrêl, La alegría de creer, cit. 27). ¿De qué se había «hecho cargo» Madeleine cuando le escribió: «Lo que tengo como encargo, es, después de Dios, gracias a ti»? (traducción nuestra del francés). Tal vez, sin Jean Guéguen, Madeleine «sólo» habría ido a Roma a rezar. Para ella eso era lo esencial. Pero Jean la había «cargado» (con una misión) poniéndola en contacto con Pío XII y con el obispo Veuillot. A partir de entonces, Madeleine fue a Roma cada año durante los siguientes diez años. Guéguen la había ayudado a concretar ese «indispensable ir y venir entre la jerarquía y los fieles», sin el cual la misión no podría prosperar. Sobre todo y más allá de eso, Jean fue también el amigo inesperado durante los años más difíciles, de 1955 a 1958, cuando la «Caridad» estaba en crisis y el apoyo a Madeleine se había esfumado. Fueron entonces cuatro los que ayudaron a Madeleine «sin razón», cuatro personas providenciales mientras Madeleine vivía con gran dificultad este tiempo de gran dolor y aislamiento (cfr J. Guéguen, Madeleine Delbrêl. Una mistica nel mondo, cit., 66-67). ↑
Cfr D. Roccheti, «Madaleine Delbrêl, una donna di fuoco», cit. ↑
M. Delbrêl, «Lettera del 18 aprile 1951 a padre J. Loew», en Id., Insieme a Cristo per le strade del mondo, vol. 2: Corrispondenza 1942-1952, Milano, Gribaudi, 2008, 167. ↑
Hay lugares donde sopla el Espíritu, pero hay un Espíritu que sopla en todos los lugares.
Hay personas a las que Dios toma y pone aparte. Hay otros a los que deja en medio de la gente, a los que «no retira del mundo».
Esta es la gente que tiene un trabajo ordinario, que tiene un hogar ordinario o son solteros ordinarios. Gente que tiene enfermedades ordinarias, con su pena ordinaria. Gente que tiene una casa ordinaria, que viste ropas ordinarias. Es la gente de la vida ordinaria.
La gente que se encuentra en cualquier calle. Aman la puerta que da a la calle, como sus hermanos invisibles al mundo aman la puerta que se cierra definitivamente tras ellos.
Nosotros, la gente de la calle, creemos con todas nuestras fuerzas que esta calle, que este mundo donde Dios nos ha puesto, es para nosotros el lugar de nuestra santidad.
Creemos que no carecemos de nada, porque, si algo de lo necesario nos faltara, Dios ya nos lo habría dado
(ver la lista de los 17 volúmenes de las Œuvres complètes [OC] publicados en los años 2004-2018. Los poemas juveniles y la correspondencia 1953-1964 quedan por publicar en el idioma original)
Madeleine Delbrêl, Deslumbrada por Dios.Correspondencia 1910-1941 , Presentación de Enzo Bianchi , Gribaudi, Milán 2007, pp.240, 15,00 €
Este primer volumen de la correspondencia inédita de Madeleine Delbrêl (1904-1964) marca el debut de un trabajo editorial de gran importancia, finalmente disponible para el gran público. Las cartas (de los 6 a los 37 años) de la que es considerada una de las más grandes místicas del siglo XX revelan el paso de una normal preparación cristiana a un ateísmo proclamado hasta una conversión violenta: así es como ella es «deslumbrada por Dios”. Enriquecidos por las fotografías relacionadas con su figura, todos los volúmenes de las Obras Completas de Madeleine Delbrêl han sido editados por «Les Amis de Madeleine Delbrêl».
Madeleine Delbrêl, Junto a Cristo en las calles del mundo. Correspondencia 1942-1952 , Gribaudi, Milán 2008, pp. 287, 16,00 €. Este segundo volumen de la correspondencia inédita de Madeleine Delbrêl (1904-1964) concluye la Correspondencia publicada de la autora. El primer volumen Dazzled by God (lanzado en mayo de 2007) suscitó gran interés y numerosas críticas. Este es el debut de un trabajo editorial de gran importancia editorial: las cartas de quien es considerado uno de los más grandes místicos del siglo XX, figura muy querida por SS el Papa Benedicto XVI y S. Em. tarjeta. Martini, que contribuyó en gran medida a dar a conocer Delbrel en Italia. El proceso de beatificación está en marcha. Este volumen también contiene fotografías relacionadas con su figura. Cada volumen de las Obras completas de Madeleine Delbrêl ha sido editado por “Les Amis de Madeleine Delbrêl”.
Profesión asistente social , 5 ème tome des Œuvres complètes, Écrits professionnels. Vol. 1: textes publiés de son vivant, Nouvelle Cité, Montrouge 2007 (traducción al italiano: Profesión de trabajador social. Escritos profesionales , Gribaudi, Milán 2009).
Madeleine Delbrêl, Profesión de trabajador social , Gribaudi, Milán 2009, pp. 304, 16,50€. Este tercer volumen de la Opera omnia de Madeleine Delbrêl (1904-1964) pone a disposición del lector italiano por primera vez sus escritos profesionales, a saber, cuatro textos dirigidos al público en general por Delbrêl entre 1937 y 1942, testigos de la vida de la trabajadora social. realizada por Delbrêl hasta 1945. En una época pionera para esta profesión y asumiendo importantes responsabilidades para la formación de jóvenes trabajadores sociales en los años dramáticos de la guerra, Madeleine supo ser cristiana con pasión y competencia junto a los heridos de la vida, renunciando así a una carrera literaria y artística. En esta «mujer enamorada de su trabajo –como dice la Prof. Andrea Riccardi, historiador y fundador de la Comunidad de S.
Humor en el amor. Meditaciones y poemas. Vol. 4, Gribaudi, Milán 2011, 224 p. Tras el interés suscitado por los tres primeros volúmenes de la Opera Omnia de Madeleine Delbrêl (1904-1964), con la correspondencia inédita hasta 1952 (Deslumbrada por Dios, Junto con Cristo por las calles del mundo) y sus textos profesionales más importantes (Profesión de trabajador social), aquí está el cuarto volumen, que rinde homenaje a su legendario humor. A una primera parte completada con meditaciones poéticas, le sigue una segunda parte con sus reflexiones, cuentos, oraciones y divertidas anécdotas, escritos en su mayoría inéditos y que dan testimonio de su mística de la encarnación. Al igual que los volúmenes anteriores, este volumen de la Opera Omnia de Madeleine Delbrêl también fue editado por “Les Amis de Madeleine Delbrêl”, quienes ya cuentan con ocho volúmenes en su haber.
En el artículo de “Avvenire” del 27/7/2011 se publicaron dos textos inéditos de Madeleine extraídos del volumen, junto con extensos extractos de la presentación de Guido Dotti, de la comunidad Bose.
Ciudad marxista en tierra de misión , nueva traducción, Gribaudi, Milán 2015, pp. 208 Publicado por Madeleine Delbrel (1904-1964) en 1957, Ciudad marxista tierra de misión es «el» libro de su vida. Dirigida a trabajadores sociales, lleva al autor a un nuevo nivel de madurez y espíritu misionero. En estas páginas podemos ver que si la vida cristiana de Delbrel contradice el marxismo, también reconoce su «provocación a la vocación de Dios».
La santidad de la gente común, Gribaudi, Milán 2020 Este volumen que continúa la Opera Omnia de Madeleine Delbrêl (1904-1964) -cuya causa de beatificación está en curso- recoge los textos misioneros de la mística francesa escritos por ella entre 1938 y 1950 y representan la puerta de entrada a su extraordinaria obra.
Algunos ya conocidos como Nosotros de las calles y Misioneros sin barcas forman el centro de la espiritualidad de Delbrêl. Otros textos solo han sido publicados parcialmente o manipulados, como Nuestro Pan Diario y Por qué amamos a Charles de Foucauld, mientras que más de un tercio son completamente inéditos y desconocidos, como Liturgia y vida laical, de extraordinaria relevancia. (Libro a la venta en línea )
Obras completas en francés.
Correspondencia 1915 – 1949 , Madeleine Delbrel, Nouvelle Cité 2022 Este primer volumen de la correspondencia de Madeleine Delbrêl (1904-1964) cubrió un gran período. Après quelques lettres de jeunesse, nous la suivons dans le mûrissement qui la mena à Ivry-sur-Seine, le 15 octobre 1933, puis dans son engagement au coude-à-coude avec la Population et au coeur de l’Église, et sa la participación en iniciativas misioneras prises durant la guerre et après – particulièrement la Mission de France et la Mission de Paris. El discernimiento, la profundidad y el tacto de sus cartas sumergen al lector en una gran intimidad con ella. Elles ont toutes été annotées, aux planes historique, théologique et spiritualuel, par Bernard Pitaud et Gilles François, biographes de Madeleine Delbrêl et qui avaient précédemment coordonné la publicación des OEuvres Complètes.
Les cinq volumes de la correspondance de Madeleine Delbrêl Volumen I (1915-1949) À paraître : Volumen II (1950-1956) Volumen III (1957-1958) Volumen IV (1959-1960) Volumen V (1961-1964)
Madeleine Delbrêl, Si la caridad existe… (2018).
Textes à ses equipières 1958-1962, vol. 4, 16e tome des Œuvres complètes, ed. Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2018, 343 págs. Después de la crisis que atravesó el grupo de la Caridad de 1956 a 1958, este nuevo volumen de las Obras Completas nos hace recorrer los siguientes cuatro años, de 1958 a 1962. Estamos en la época de las primeras implementaciones de la encíclica Fidei donum de Pío XII. , que invita a los obispos a llevar consigo «la preocupación por la misión universal de la Iglesia». El pequeño grupo de caridad no sólo ha sobrevivido a un período difícil, sino que está en el corazón del impulso misionero universal de la Iglesia que atraviesa todas las tribulaciones desde hace siglos. Los miembros de los equipos no son numerosos, pero están sostenidos por un ardiente recurso al Evangelio, con el fin de «escuchar la persona de Jesús». Con la profundidad y unidad interior que la conocemos, Madeleine Delbrêl sigue escribiendo siguiendo las circunstancias; con la única preocupación de «elegir la caridad». En concreto, en respuesta al llamamiento de Mons. Yago, arzobispo de Abiyán, tres compañeros partieron hacia Costa de Marfil, país recientemente independiente. El relato del viaje de Madeleine a Abiyán cierra bellamente este volumen XVI.
Madeleine Delbrêl, La conversión del corazón (2018) Este volumen se abre con el relato que hizo Madeleine Delbrêl de su viaje a Varsovia en diciembre de 1961. Fue a hospedarse con unos amigos que se habían convertido al cristianismo, en un país aún marcado por la guerra. No se podría explicar a Magdalena sin su excepcional capacidad de amistad, movida por una profunda libertad, fruto de su unión con Cristo. Luego, en el contexto del Concilio Vaticano II – “la Iglesia y Cristo nunca serán un viejo ménage” – Madeleine Delbrêl llama a sus compañeras a la conversión del corazón para “estar en estado de concilio, […] dóciles en el dar y en el recibir». Sin embargo, Madeleine volverá por última vez, por fin, a su «vida de oración», luego se preocupará, pocos días antes de su muerte, por «no dejar planes», sino por «direcciones de vida y de acción». Esto completa la publicación de los escritos de Madeleine Delbrêl. Para tiempos futuros y en otras formas, quedarán los poemas juveniles y la correspondencia de 1953 a 1964.
Notre vie. Textes à ses équipières volumen 3, 15e tome des Œuvres complètes, Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2017, 344 pp.
Este nuevo volumen de las Obras Completas abarca un período muy breve: de junio de 1957 a junio de 1958. Hay dos textos principales: «Apuntes relativos a nuestra vida» y la «Carta». En general, es una obra maestra de discernimiento, llena de orientaciones para quien quiere pertenecer enteramente a Jesucristo y conformar la vida secular en la que vive al Evangelio.
J’aurais voulu. Textos à ses equipières 1950-1956. 14e tome des Œuvres complètes, Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2016, 326 págs. Este segundo volumen de escritos a Equipos reúne textos del período 1950-1956. Con una quincena de mujeres, Madeleine Delbrêl persigue un único objetivo: «Realizar en esta tierra el amor por el que Dios nos creó y que Cristo nos reveló en su Evangelio». Muy comprometidas, sin caer en el activismo ni en la agitación, estas mujeres viven con Madeleine un discernimiento en la vida cotidiana, el de una fraternidad evangélica vivida al lado de la gente de su ciudad. Pero Madeleine atraviesa un momento difícil, sembrado de dudas e incertidumbres sobre el futuro de los Equipos. Tras intentos de vinculación con institutos seculares, que finalmente fracasaron, ella misma procedió, no sin dificultad, a redactar proyectos de estatutos. Los textos espirituales que las encontraron son de profunda belleza: «respeto por la vida de cada uno», «espíritu de penitencia»… y su espíritu misionero está presente en todas partes: «Espera mucho, aprende mucho, ama hasta el final».
La vocación de la Charité 13e tome des Œuvres complètes, Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2015, 334 pp. “No ser activo sino actuado por Dios”. Esta expresión fundacional de Madeleine Delbrêl, ya encontrada en La sainteté des gens ordinaires, tomo VII de las Obras Completas, está precisamente en la línea de San Pablo cuando dice: «Yo vivo, pero ya no yo, es Cristo quien vive en a mí.» «La Carità» es el nombre que Madeleine le había dado a su pequeña comunidad de vida. La vocación de la Charité, volumen XIII de las Obras completas, explora el aspecto práctico que Magdalena había dado así a la vida cristiana. Recoge sus primeros escritos a sus compañeros de comunidad, de 1933 a 1950: «El diario de los inicios de La Charity» que anota día a día los primeros pasos en Ivry-sur-Seine, con gran frescura; luego sus primeras enseñanzas y su maduración durante la guerra; las tres conferencias que les había dado con motivo del «duodécimo año», en octubre de 1945;
En dialog avec les communistes, textes missionnaires volumen 6, 12e tome des Œuvres complètes, Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2014, 360 pp.
El volumen 12 de las Obras Completas recoge una treintena de conferencias y artículos que en su mayor parte siguen a la publicación en 1957 de «Ciudad marxista, tierra de misión». Muy solicitada en ese momento por su experiencia de la cuestión marxista, Madeleine no deja de volver a sus grandes intuiciones para profundizar y explicarlas mejor. Leer no tiene nada de aburrido porque enriquece continuamente tu pensamiento. Encontramos en todos los textos el aliento de su búsqueda apostólica.
Ville marxiste, terre de mission, préface de Mgr Claude Dagens, textes missionnaire, volumen 5, 11e tome des Œuvres complètes, Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2014, tomo XI, 252 pp. Publicado en 1957, este es «el» libro de su vida. No sin humor, afirma que «lo escribió en Ivry desde 1933 hasta 1957». Después de su colección de poemas «La Route» de 1927, después de «Veglia d’armi» de 1942, dirigida a los trabajadores sociales, este texto se sitúa en un nivel de madurez completamente diferente. Se percibe que, si su vida cristiana contradice el marxismo, Magdalena también reconoce la “provocación del marxismo a la vocación de Dios”. Madeleine transmite su celo misionero gracias a la sutileza y precisión de sus análisis. En una hermosa evocación de la zarza ardiente, ella misma ofrece una interpretación mística de su experiencia de Ivry. “Para dar a Dios, para hacerlo presente, para hacerlo compañía de los hombres, no hace falta valer mucho, basta un puñado de espinas. […] El cristiano que vivirá así en una ciudad experimentará la fuerza del amor evangélico con todo su ser. La realidad de este amor estallará, en él como evangelización, en él como iluminación”.
La question des prêtres-ouvriers. El León de Ivry. Textos misioneros, vol. 4, tomo 10 des Œuvres Complètes, Nouvelle Cité, octubre de 2012, pp. 248
Este es el X volumen de las Œuvres complètes, el 4º dedicado a los escritos misioneros. Madeleine se encontró en el corazón de la actualidad de los sacerdotes de la ópera. Conocía a muchos de ellos y también estaba al tanto de las preocupaciones de los obispos romanos y franceses por ellos. De este problema se ocupa la primera parte de este libro, que se abre con el luminoso relato de su jornada de oración en Roma, el 6 de mayo de 1952. Este tema se beneficia al ser retomado más de 50 años después y en el contexto contemporáneo de la nueva evangelización. Madeleine Delbrêl nos muestra cómo la vida cristiana es por naturaleza un estado violento, un camino en una loma entre dos escarpadas laderas: «Uno está enraizado en la promesa de Dios; la otra se reduce al rechazo de los hombres». La continuación del libro huele a primavera, con retratos de tres bellas figuras misioneras: los padres Jacques Loew y Jacques Lorenzo, y la estadounidense Dorothy Dohen. Luego vienen sus innovadoras reflexiones sobre la parroquia misionera y sobre la enseñanza de la fe. Finalmente, la publicación completa de su última conferencia, cuatro semanas después de su muerte, nos sumerge en el último mensaje que envió a un grupo de estudiantes.
La femme, le prêtre et Dieu. Au cœur du mystère intime de l’Eglise. Textos misioneros, vol. 3, tomo 9 des Œuvres Complètes, Nouvelle Cité, octubre de 2011, pp. 288
Este es el noveno volumen de las Œuvres complètes, el tercero dedicado a los escritos misioneros (después de los volúmenes VII y VIII) de los años 1951-1964, textos en un 80% inéditos o completamente olvidados. El título «La femme, le prêtre et Dieu» ya es fuertemente evocador, y el subtítulo traduce bien la idea guía: «Au cœur du mystère intime de l’Église». En aproximaciones posteriores, Magdalena revela su comprensión del misterio de la Iglesia, que ella misma concreta a través de sus viajes a Roma y al tratar problemas concretos: la vocación de la mujer y las relaciones entre hombres y mujeres (60 páginas sobre el tema), la condiciones de vida de los sacerdotes y sentido de su soledad, ecumenismo, actitudes del cristiano comprometido en la vida apostólica y en las luchas de su tiempo. Muy bonitas páginas sobre la fe, «tesoro extraordinario y extraordinariamente gratuito», sobre la bondad «cuerpo sensible de la caridad» y sobre todo sobre la Iglesia, en la que desarrolla esa ofensiva «femenina y no feminista» de la que había hablado durante la Guerra en «Vigilia de armas». «, mostrando la vocación de la mujer en la línea de la alteridad y el parto. ¡Una lectura obligada!
Athéismes et évangélisation . Textos misioneros, vol. 2, tomo 8 des Œuvres Complètes, Nouvelle Cité, 2010, pp. 288 Recopilando de manera ordenada los artículos publicados por Madeleine, sus conferencias y notas de los años 1951-1963, el volumen VIII de las Œuvres complètes, publicado en 2010 por Nouvelle Cité, se concibe como un libro autónomo. Este es el segundo volumen de escritos misioneros después de La Sainteté des gens ordinaires (volumen VII), al que seguirán otros dos volúmenes (IX: la Iglesia y las actitudes del cristiano; X: las formas de evangelización) y finalmente el libro Ville marxiste , terre de mission, publicado por primera vez por la propia Madeleine en 1957. El volumen VIII aborda uno tras otro los ambientes a evangelizar (pobreza económica y espiritual, ateísmos contemporáneos) y la evangelización misma. En estas páginas, y especialmente en las escritas inmediatamente antes o durante el Concilio, Madeleine no pretende ofrecer una receta para la evangelización, sino su testimonio, decididamente fuerte y aún actual, sobre la vida de fe y el estilo de vida del cristiano en un ambiente ateo. “En un ambiente ateo –escribe– para vivir hay que evangelizar. O se es misionero o se renuncia. La sainteté des gens ordinaires . Textos misioneros, vol. 1, 7.° tomo des Œuvres Complètes, Nouvelle Cité, 2009, pp. 210
El volumen VII de las Œuvres complètes –el primero dedicado a los textos misioneros– constituye la puerta de entrada a la obra de Madeleine Delbrêl. El lector puede seguir a Madeleine en su camino de cristiana conversa, que vive su testimonio en medio del mundo: «El converso es un hombre que descubre lo maravilloso que es que Dios exista». Este volumen recoge los textos misioneros escritos por Madeleine entre 1938 y 1950. Una parte ya se conoce, pero de forma un tanto dispersa. Otros textos se habían publicado de forma incompleta (por ejemplo, una hermosa contribución de 1946 sobre Charles de Foucauld). Un tercio del volumen es totalmente desconocido. Además de los textos programáticos «Nous autres, gens des rues» y «Missionnaires sans bateaux», un texto de gran actualidad: «Liturgie et vie laïque».
Le service social entre personne et société 6° tome des Œuvres Complètes, Nouvelle Cité, 2007, pp. 510
Este segundo volumen de escritos profesionales nos permite descubrir otros textos sobre el tema, como informes de servicio, conferencias e informes dirigidos a los futuros trabajadores de los servicios sociales. Así podemos descubrir la evolución de Madeleine Delbrêl como trabajadora social. Denis Pelletier hace balance, en un 1er prefacio, de la doctrina social de la Iglesia en 1940. En un 2º prefacio, Christine Garcette ofrece una aportación esclarecedora sobre el servicio social en tiempos de Madeleine Delbrêl. En el epílogo, Bernard Pitaud sitúa estos escritos profesionales en el conjunto de la obra de Delbrêl
Profesión asistente social , 5ème tome des Œuvres complètes, Écrits professionnels. Vol. 1: textes publiés de son vivant, Nouvelle Cité, Montrouge 2007 (traducción al italiano: Profesión de trabajador social. Escritos profesionales, Gribaudi, Milán 2009).
Alcide le petit moine – 4th tome des Œuvres Complètes Dix pièces où l’humor et la spiritualité font bon ménage dans une suite logique du tome III Humor dans l’amour. En première partie le célèbre Alcide, recueil de maximes spirituelles publié pour la première fois intégralement, petit traité de vie chrétienne au quotidien. 249 páginas con diseños facsímiles.
Le Moine y le Nagneau . Alcide et ses métamorphoses, 4° tomo des Œuvres Complètes, Nouvelle Cité, 2006, pp. 249
El volumen recoge diez composiciones, en las que el humor y la espiritualidad se casan, siguiendo la estela del anterior Humor enamorado. La primera parte presenta el célebre Alcide -conocido en Italia con el título de «El pequeño monje»- una colección de aforismos y máximas espirituales publicada por primera vez en su totalidad, que constituye un pequeño tratado sobre la espiritualidad cotidiana.
Humor dans l’amour. Méditations et fantaisies – 3rd tome des Œuvres Complètes Este tomo recopila todas las méditations poétiques écrites dans l’après guerre et qui étaient jusqu’alors éparses dans les recueils “Nous autres, gens des rues”, “Joie de croire”, “Communautés selon l’Evangile” ou bien inédites. La constitue une magnifique porte d’entrée dans la spiritualité de Madeleine Delbrêl. 260 páginas.
S’unir au Christ en plein monde – 2° tome des Œuvres Complètes – Correspondance Volume 2 Les lettres des années 1942 à 1952, presque entièrement inédites 352 páginas, cahier-photo 16 páginas, octubre de 2004.
Eblouie par Dieu – 1er tome des Œuvres Complètes Correspondance – Volumen 1 Les lettres de l’âge de 6 à 37 ans, presque entièrement inédites 352 páginas, cahier-photos 16 páginas, abril de 2004.
antologías
NOSOTROS DE LAS CALLES, Gribaudi, Turín 1969; 1988 Introducción de Jacques Loew El autor expresa en estos escritos una síntesis viva entre intensidad religiosa, obediencia absoluta al Evangelio, amor incuestionable a la Iglesia, atención real a la condición del hombre. Tenemos aquí algunas de las páginas más significativas de la espiritualidad de Madeleine Delbrêl: Dios ha muerto… viva la muerte, Nosotros los de la calle, La danza de la obediencia, Iglesia y misión, La lección de Ivry .
LA ALEGRÍA DE CREER, Gribaudi, 1988, 304 p. Una obra llena de gran espiritualidad. Aquí, más que en otros escritos, se capta la sutileza y la audacia espiritual de esta mujer, claramente evidentes en esos pares de paradojas destacadas por Urs von Balthasar en la introducción a sus escritos que había traducido al alemán: profundidad y seriedad, humor y dureza crítica, vínculo con la Iglesia e intolerancia por todo lo que es formalidad y poder de ella. Entre los textos más significativos: Por qué amamos al Padre de Foucauld, Alegrías de la montaña, La espiritualidad de la bicicleta, Las virtudes se vuelven insensatas, El cristiano insólito, El éxtasis de tu voluntad, Misión o renuncia, Fe y tiempo, liturgia secular . Texto en Español: El gozo de Creer (casi completa) en Google books Texto en español: Alegria de creer (casi completa) en Google books
LA COMUNIDAD SEGÚN EL EVANGELIO , Gribaudi, 1996, 160 p.
Prólogo de Guy Lafon
El proyecto al que la autora ha querido someter toda su existencia en el contexto de una comunidad laica. «Expresa – escribe Guy Lafon en el preámbulo – la voz severa y realista de quien ha experimentado el choque que la fe traducida en praxis consecuente provoca en un ambiente incrédulo, cuando ambos
encarnada por una comunidad con humildad y apertura al diálogo, pero al mismo tiempo con una sinceridad intrépida».
Un cuaderno espiritual, Gribaudi, Turín 1990, 96 p.
Ilustraciones de B. Matheis El Monje representa al «cristiano sencillo» que busca sinceramente la santidad, más allá de todas las categorías y estados de vida. El pequeño pero precioso volumen recoge las composiciones en prosa rítmica más significativas de Madeleine y una colección de aforismos cuyo protagonista es el Monjecito , que en el texto original se llama Alcide . En las breves anotaciones, muy parecidas a los aforismos de los padres del desierto, Magdalena destaca los defectos y debilidades del cristiano, con una mirada llena de implacable realismo y junto a un profundo humor, liberando el deseo de santidad de toda ilusión espiritista y de cada satisfacción propia como un héroe.
Amor indivisible. Pensamientos de un cristiano a contracorriente , Piemme 1994, 159 p.
Es una antología de textos extraídos de la rica correspondencia de Madeleine Delbrêl y reunidos en torno a trece temas característicos. De las cartas a los amigos surgen aforismos y breves reflexiones sobre los temas más diversos: la fe, el recurso del cristiano al Evangelio, la esperanza, el amor, la oración, la Iglesia, el testimonio en la ciudad moderna. Son palabras que llegan directa e inmediatamente y conducen a la meditación. ¿El mundo nos hizo tan tímidos? Un escrito inédito, Berti, Piacenza 1999.
Madeleine Delbrêl, ¿ El mundo nos hizo tan tímidos? Un escrito inédito , Berti, Piacenza 1999, 71 p. Introducción de Jean Guéguen. Traducción y notas de Diego Zorzi. Esta obra inédita de Madeleine Delbrêl se publica aquí por primera vez en su totalidad y directamente en traducción al italiano. Se trata de una «Nota» escrita por Delbrêl en plena crisis de los sacerdotes-obreros en Francia, el 20 de octubre de 1953, y dirigida al P. Perrot, delegado de los obispos franceses a la «Mission de France» y al P. Augros, fundador y primer rector del seminario «Misión» de Lisieux, relevado de su cargo unas semanas antes. Sobre estas páginas vibrantes, Zorzi escribe: «Madeleine realmente no tiene la mentalidad del “cristiano-cero”, al que sólo la jerarquía eclesiástica puede dar sentido y tareas. Magdalena está enamorada de la Iglesia, se mueve en la Iglesia como en su casa, en su única familia amada: muy obediente y por eso extraordinariamente libre, humilde y por eso franca hasta parecer despiadada».
Madeleine Delbrêl, Misioneros sin barcas. Las raíces de la misión , Messaggero, Padova 2004, 107 p. Uno de los más grandes místicos del siglo XX”, dijo el card. Martini define a Madeleine Delbrêl como una mujer viva, radical e intransigente. A la edad de veinte años, como atea que era y profesaba ser, estaba literalmente «deslumbrada por Dios». Vivió una vida de comunidad, en el celibato, en la oración, el trabajo y el testimonio del Evangelio, casi siempre en Ivry, un pueblo obrero y marxista, a las afueras de París. Trabajó incansablemente por los más pobres como trabajador social, luchando por los derechos de los trabajadores y los menores explotados. «Misioneros sin barca» es un texto importante: un precioso legado de vida vibrante con el evangelio encarnado cada día, puesto a disposición del público internacional en su totalidad recién en el año 2000. Estas páginas revelan el corazón de Madeleine Delbrêl, su visión profética del compromiso cristiano en plena Segunda Guerra Mundial, un momento no exento de contradicciones, pero lleno de importantes impulsos innovadores. Releídas más de setenta años después de haber sido escritas, estas páginas revelan la audacia de un corazón misionero, que supo amar profundamente a la Iglesia, participando en su misión en el mundo con gran humildad, valentía y fidelidad y allanando el camino para ese compromiso. del laicado que caracterizará sustancialmente el camino eclesial de la segunda mitad del siglo XX.
Madeleine Delbrêl. Iglesia ateísmo evangelismo. Editado por Maurilio Guasco, Ed. Esperienze, Fossano, 2005, 142 p.
Se trata de una antología de textos misioneros, editada por Maurilio Guasco, historiador y gran conocedor de la renovación misionera francesa de posguerra. Los textos van precedidos de dos introducciones: una de Guasco y otra del P. Jean Guéguen, Postulador de la causa y amigo de Delbrêl. En conclusión, un texto de actualización escrito por Gianni Fornero. También es muy útil la extensa nota bibliográfica (págs. 41-43).
Madeleine Delbrêl , El Rosario. Meditar los misterios de Cristo , Gribaudi, Milán 2018.
Textos elegidos por las monjas de la abadía de Chambarand. ¿Quién, mejor que Madeleine Delbrêl (1904-1964), podría dar al rosario toda su profundidad mística iluminándolo con la alegría y la luz de una vida enteramente entregada a Dios? ¿Quién mejor para hacer extraordinaria la vida cotidiana más ordinaria? A través de la meditación de cuatro misterios, los mejores textos del gran místico francés nos introducen en una búsqueda de Dios que llega hasta lo más profundo del corazón.
Madeleine Delbrêl, Existías y yo no lo sabía. Los textos más bellos , Gribaudi, Milán, 2022 Antología de textos de Madeleine, editada por los Amigos franceses. Para la edición italiana, traducción de Sandra Fustini.
Biografías
Christine de Boismamin, Madeleine Delbrêl (1904-1964). Calles de ciudad, caminos de Dios , Città Nuova, Roma 1998, 216 p.
Las cualidades de esta biografía son numerosas y se puede suscribir lo que Jacques Loew escribió sobre ella: «Christine de Boismarmin dijo sólo lo que ella y sus amigas habían visto, entendido, leído sobre Madeleine Delbrêl durante sus treinta años de vida en común». Como diciendo que estamos ante un testimonio directo insustituible. La autora, mujer de gran profundidad espiritual y que sucedió a Madeleine al frente del equipo de Madeleine Delbrêl desde 1964 hasta 1999, año de su muerte, ofrece también un análisis riguroso de los principales acontecimientos de la época. Todas las demás biografías posteriores se han inspirado en esta. En 2004 se publicó una segunda edición en francés, con una bibliografía actualizada. Texto (casi completo) en libros de Google
Jean Guéguen, Madeleine Delbrêl. Una mística en el mundo , Massimo, Milán 1997, 104 p.
La biografía, que subraya el testimonio de fe, amor y solidaridad hacia todos vivido por Madeleine Delbrêl durante más de treinta años entre los más marginados y no creyentes de Ivry en las afueras de París, está escrita por el p. Jean Guéguen, omi, actual postulador de la Causa de Beatificación de Delbrêl, que conoció personalmente a Madeleine y a su comunidad a partir de 1952. Su memoria excepcional, su conocimiento directo de los hechos en los que Madeleine estuvo involucrada a partir precisamente de 1952 y de la vida eclesial y clima cultural de la época, indispensable para una correcta interpretación de los hechos.
Charles F. Mann, MADELEINE DELBRÊL, Una vida sin fronteras, Gribaudi , Milán 2004, 256 p.
El autor estadounidense –que con su tesis doctoral auspiciada en París en 1978, dirigida y alentada por el gran P. Chenu, había sentado las bases para una reconstrucción de toda la historia de Delbrêl; en esta biografía, aprovecha su conocimiento de los escritos inéditos de Delbrêl y los testimonios directos de quienes vivieron con ella. El Autor cautiva más por la historia que por su profunda excavación, privilegiando los episodios que muestran los rasgos más originales de la personalidad de Delbrêl, con una impresionante riqueza de detalles, pero muchas veces incomprobables por falta de referencias a las fuentes. El resultado es un retrato fresco y ciertamente poco convencional.
Gilles François y Bernard Pitaud, Madeleine Delbrêl. Biografía de una mística entre la poesía y el compromiso social, Dehoniane, Bolonia, octubre de 2014 Esta biografía de una de las grandes figuras de la espiritualidad del siglo XX, publicada treinta años después de la de una de sus compañeras, Christine de Boismamin, está destinada a constituyen un punto de referencia esencial para el estudio de Madeleine Delbrêl (1904-1964). El libro, que ofrece el resultado de muchos años de investigación en varios archivos en traducción al italiano, recorre su vida a partir de los orígenes de la familia y a través de su larga experiencia con los más pobres de Ivry-sur-Seine. Mujer de oración y de acción, la sierva de Dios Magdalena ofrece a la sociedad secularizada ya la Iglesia el rostro inspirador de una vida cristiana en diálogo con el ateísmo y el malestar social. Su reputación de santidad continúa creciendo a medida que avanza el proceso de beatificación. Introducción a la biografía de Don Luciano Luppi.
Principales monografías
FRANÇOIS Gilles, PITAUD Bernard et SPYCKET Agnès, Madeleine Delbrêl connue et inconnue, Livre du Centenaire, Nouvelle Cité, París 2004.
FRANÇOIS Gilles – PITAUD Bernard, Madeleine Delbrêl genèse d’une spiritualité, Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2008.
Bernard Pitaud, Eucaristía y discernimiento en Madeleine Delbrêl, Serie En el pozo de Sicar, Ed. Paoloine, julio de 2011, p.128, Serie En el pozo de Sicar, Ed. Paoloine, julio de 2011, p.128
La publicación de las obras completas de Madeleine Delbrêl comenzó en 2004 con el objetivo de estudiar el viaje interior de Madeleine Delbrêl. Paralelamente, se inició la publicación de textos de estudio sobre algunos aspectos peculiares de su intuición, para una reflexión más ordenada sobre su experiencia y su legado. Este volumen es el tercero de estos textos de estudio y profundiza en el conocimiento del lugar que la Eucaristía, pero también el discernimiento, ocuparon en la vida de Madeleine Delbrêl. Un texto lleno de sorpresas, porque durante mucho tiempo la reflexión sobre el pensamiento de Madeleine Delbrêl se centró en su relación privilegiada con la Escritura, dejando en la sombra la dimensión eucarística de su espiritualidad. En este volumen, Bernard Pitaud ofrece una contribución orgánica y articulada al conocimiento del lugar que ocupa la Eucaristía en el pensamiento y la intuición misionera de Madeleine Delbrêl. En este período de preparación inmediata al XXV Congreso Eucarístico Nacional que tendrá lugar en Ancona del 3 al 11 de septiembre próximo, este libro es una propuesta interesante y ciertamente llena de estímulos para quien desee reflexionar sobre los temas del Congreso a partir de un pensamiento muy cercano a la espiritualidad contemporánea porque fue elaborado por una mujer que había elegido la inmersión social para vivir su vocación cristiana. Bernard Pitaud: Bernard Pitaud es Superior de la provincia francesa de la Sociedad de Sacerdotes de San Sulpice. Ex profesor de espiritualidad en el Institut Catholique de París, realizó profundos estudios sobre la Escuela Francesa de espiritualidad, sobre el discernimiento y la dirección espiritual. Colabora en la publicación de la Opera omnia de Madeleine Delbrêl de la que es uno de los mayores conocedores.
Sandro Spinsanti, Espiritualidad en el traje cotidiano (Libreria Editrice Fiorentina), presenta a Madeleine Delbrêl como modelo de santidad para la gente de la calle (pp. 70-78).
Es un libro que, tras un ensayo de unas sesenta páginas sobre modelos espirituales, presenta los perfiles de siete personalidades, todas diferentes, pero unidas por una reconocida capacidad de vivir el Evangelio hoy con vigor y creatividad.
El Autor, junto con Madeleine Delbrêl presenta: Charles de Foucauld (La aspiración a vivir como un “hermano universal”), Martin
Luther King (Un creyente con un sueño), Theilhard de Chardin (Pasión por el «fenómeno humano»), Dietrich Bonhoeffer (Espiritualidad para un mundo adulto), Cecily Saunders (Compañera de viaje hacia el umbral extremo), Don Lorenzo Milani (Entre las realidades última y penúltima).
Giorgio Garrone, Luz de la oscuridad. Etty Hillesum, Maedeleine Delbrel, Roger Schutz, Oliver Clement – Paoline, Roma 2014, pp. 43-72. El libro presenta la vida y el camino espiritual de cuatro testigos de la luz, existencias que atravesaron la atormentada historia del siglo pasado sin dejarse engullir por el mal y desencadenando dinamismos de esperanza y de futuro. El tránsito de la muerte a la vida es en realidad el hilo rojo que une las páginas, los acontecimientos y las conciencias de Etty Hillesum, la joven judía que, al acercarse conscientemente a la muerte, se abre a la belleza y dilata su interioridad en el cuidado de ella. ‘otro; Madeleine Delbrêl, que pasó del marxismo y el rechazo de Dios a la elección de la justicia evangélica; Roger Schutz, fundador de la comunidad de Taizé y de los nuevos motivos de confianza y reconciliación que representa; Olivier Clément, pensador ortodoxo que llegó a la fe cristiana tras pasar por el ateísmo, la fascinación por el hinduismo y la Nada. De las tinieblas del holocausto, de la pobreza, de la separación, del conflicto y del ateísmo, vienen a nosotros como vivos que resucitan de entre los muertos (Rm 6,13).
Giorgio Garrone nació en Turín en 1966. Sacerdote diocesano desde 1994, actualmente ejerce el ministerio de párroco en la ciudad de Bra (Cuneo) compartiendo una experiencia de Fraternidad. En los cuatro capítulos del libro, el autor pone de manifiesto la dinámica de muerte y resurrección en la vida, pensamiento y personalidad de cada testigo, llevando al lector a descubrir su fecundidad y profecía para la acción de la Iglesia pero también y sobre todo para todo hombre que busque la justicia, la paz, el reino de los cielos con un corazón sincero.
María Luisa Eguez, «Madeleine Delbrêl. Una mujer para el camino» , en: Nacidos del Padre. Historias de mujeres excepcionales del siglo XX, Paoline, Milán 2018, pp. 43-79. libro editado por el P. Gilles, en: https://www.nouvellecite.fr/librairie/a-lecoute-de-la-parole-avec-m-delbrel/ La historia existencial y espiritual de cuatro grandes mujeres del siglo XX (Gabrielle Bossis, Madeleine Delbrêl, Etty Hillesum y Simone Weil) unidas por una relación personal, poco convencional y apasionada con lo divino. Gabrielle Bossis, Madeleine Delbrêl, Etty Hillesum y Simone Weil son cuatro extraordinarias figuras femeninas del siglo XX. Considerados por muchos como místicos modernos, experimentaron el amor de Dios en su interioridad y lo manifestaron en las palabras de sus vidas y escritos. Sorprendentemente actual. Gabrielle Bossis (1874-1950) fue una actriz de teatro que llevó los guiones que escribía a los escenarios de cuatro continentes. Madeleine Delbrêl (1904-1964) es una trabajadora social que, entre un cigarrillo y un café, compone poesía sentada en la barra. Etty Hillesum (1914-1943) es una intelectual que trabaja para el Consejo Judío de día y escribe un conmovedor diario de noche. Simone Weil (1909-1943) es una filósofa pacifista que lleva a cabo su guerra contra la guerra de una manera muy personal. En un contexto histórico dramático, marcado por los dos conflictos mundiales, estas cuatro mujeres, que ni siquiera se conocen, viven la misma experiencia de búsqueda y diálogo con Dios.Tienen una relación personal, no convencional, apasionada con lo divino, que alcances de rara intimidad. En ellos se centra el nuevo libro de María Luisa Eguez. Lo que los define, como dice el título, Nacidos del Padre. Leemos en la introducción: “Lo que une a cuatro mujeres conocidas como Madeleine Delbrêl, Etty Hillesum, ¿Simone Weil y Gabrielle Bossis? Ciertamente podemos rastrear inmediatamente más de un denominador común: ser mujeres europeas que vivieron en el siglo XX, haber enfrentado las dos guerras mundiales, haber estado involucradas en trabajo social, haber hecho un camino de fe no ordinario, haber procreado no en el cuerpo pero en espíritu. Pero hay mucho más y es una vocación bíblica a la alegría: incluso en medio de las tormentas de la vida, habiendo prestado el rostro a la imagen femenina de Dios, revelándose como hijas auténticamente engendradas de Dios, en efecto -para usar expresión típica del Evangelio traducida literalmente: haber nacido de Dios (Jn 11,52). Tal alegría no tiene nada que ver con el fácil entusiasmo, la euforia, la satisfacción de las propias necesidades, la satisfacción con la realización de los propios planes, sino más bien la percepción profunda de ser habitado por una presencia muda y al mismo tiempo elocuente, como «el susurro de una brisa ligera» (1 Reyes 19,12) experimentada por el profeta Elías en Horeb. Y uno puede dejar transpirar esta alegría de la inhabitación divina, como le sucedió a la Madre Teresa de Calcuta, incluso cuando uno se encuentra en la más espesa oscuridad”.
R. Cheaib, “ M. Delbrêl, o la amistad me convirtió” , Reseña de la biografía de G. François y B. Pitaud, traducida al italiano, https://it.zenit.org , 22 de marzo de 2016 (también si desafortunadamente, el hermoso artículo termina con la cita de un texto que no es de Madeleine)
Aparecida Lucia DEGANI, » El Pensamiento Social de Madeleine Delbrêl y su recepción en Italia «, tesis final de la Licenciatura en Trabajo Social de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Bolonia, realizada bajo la dirección de la Prof. Dina Galli, discutió el lunes, 15 de octubre de 2012.
Paolo Giuntella, Camino a la libertad. El cristianismo contado a los jóvenes , Paoline, Milán 2004. El A., periodista, comprometido en asociaciones católicas y en el debate cultural y político italiano, siguiendo al Presidente de la República como corresponsal de TG1, murió en 2008 a la edad de 61 años. En el volumen citado se propone comunicar la belleza del cristianismo a sus tres hijos e idealmente a los jóvenes de hoy. Para ello recurre a la presentación de algunos testigos y entre ellos Madeleine Delbrêl (pp. 175-193). Giuntella la define como una «mujer de fuego», que con su «testimonio de frontera» bajo la bandera de una «espiritualidad cotidiana» verdaderamente marcada por una perspectiva «encarnacionista», fundó un «nuevo estatuto de la condición laical mucho antes de la Concilio”, intuyó “la urgencia de un nuevo comienzo cristiano” y “trajo un nuevo amanecer a la Iglesia”. Gran parte del texto se encuentra en libros de Google
Anselm Grün, «Madeleine Delbrêl (1904-1964)» , en: Dios, si estás ahí. Grandes experiencias de fe de Agustín a Dag Hammarskj œld , Gribaudi, Milán 2012, pp. 159-169 (traducción del alemán « Gott, wenn es dich gibt. Große Glaubenserfahrungen von Augustinus bis Dorothee Sölle », 2010).
Piersandro Vanzan SI, Madeleine Delbrêl: El camino como encuentro entre Dios y los hombres, La Civiltà Cattolica – cuaderno N°3853 del 01/01/2011, pp. 28-39 El artículo describe los complejos pero emocionantes acontecimientos personales y comunitarios vividos por este fundador original de un pequeño equipo fraterno, inmerso de lleno en el mundo para compartir «la esencia ordinaria de la gente común». En este sentido Madeleine Delbrêl (1904-64) fue una pionera que abrió un nuevo camino a la obra de evangelización. Esto es gracias a una fe integral -paradójicamente nacida del ateísmo- que la llevó más allá de la burguesía, el marxismo y los curas obreros, haciéndola libre e inclasificable: cercana a los comunistas y celosamente laica, deseosa de amar a Dios de manera única y absoluta. En 1998 Madeleine fue declarada Sierva de Dios y sus discípulos siguen presentes en París y Amiens,
Yvon Poitras, Madeleine Delbrêl maestra espiritual , Maestras espirituales para nuestro tiempo, EllediCi, Turín 2010, pp. 123-141. El libro presenta a M. Delbrêl junto a otros ocho maestros, de la Edad Media y también del siglo XXI (Ildegarda de Bingen a Francisco de Asís, de Maurice Zundel a Tagore, y de nuevo Marguerite d’Youville, Bernard Hubert, Joan Chittister, Eckhart), considerándola una de esas figuras cuya espiritualidad es particularmente actual y capaz de proyectar una luz de sentido y de futuro frente a nuestros pasos inquietos como creyentes modernos. Después de un breve perfil biográfico, Y. Poitras expone una síntesis de la espiritualidad de Madeleine de manera convincente, componiendo una especie de carta imaginaria de Madeleine a compañeros y amigos, utilizando sus propias «palabras luminosas y ardientes». A continuación, identifica cinco puntos de mayor relevancia, como «Luces para nuestro camino»: la fe y el Evangelio, el testimonio público de la fe, el valor del silencio, capacidad de construir relaciones fraternas y solidarias, caminos que conducen a la fuente de la alegría. Termina con una interesante carta a Madeleine titulada «Me cuesta seguir tus pasos», y concluye relatando algunos deslumbrantes aforismos de Alcide o el Monjecito.
Masson R., Madeleine Delbrêl. Bastaría con creer , Paoline, 2008, pp. 144, 12,00 € . En cada pasaje de época, parece que el Señor ha decidido dar a algunos la vocación de vivir su Evangelio a partir del texto, haciéndolos carne y sangre como la edición destinada providencialmente a los hombres de su tiempo. Madeleine Delbrêl (1904-1964) es una de las nombradas. Con motivo del centenario de su nacimiento, los obispos franceses, situándola junto a la figura de santa Teresa de Lisieux, la definieron como un «faro de luz para aventurarse en el tercer milenio». En esta obra que relata algunos textos significativos de Madeleine, se nos devuelve algo de lo que la autora, periodista francesa, recibió de este Dios deslumbrado, uno de los más grandes místicos del siglo XX (CM Martini). No saldrás ileso de esta lectura.
Bernard Pitaud, Cristo al lado. Oremos 15 días con Madeleine Delbrêl , Paoline, Milano 2000, 136 p. Este volumen sobre Madeleine Delbrêl (1904-1964), escrito por el sulpiciano p. Bernard Pitaud, profesor de espiritualidad en el Institut Catholique de París y uno de los mayores estudiosos de los escritos de Delbrêl, identifica quince temas centrales en la espiritualidad de Delbrêl, a partir de algunos textos clave y mostrando la originalidad de la experiencia y la escritura de Delbrêl. En las primeras meditaciones el P. Pitaud retoma las intuiciones más profundas de Madeleine, surgidas de su primer encuentro con Dios y de sus primeras experiencias entre los no creyentes. Sin embargo, el tema central es el de Jesús-Iglesia, en la perspectiva de la actualización del Evangelio por los cristianos, Cuerpo de Cristo, en el que el Resucitado extiende su presencia a lo largo de la historia. Las meditaciones de la segunda parte del volumen desarrollan este deseo apostólico,
“Madeleine Delbrêl. 15 meditaciones, Gribaudi, Milán 2014 La nueva edición del libro de B.Pitaud, que incluye un nuevo capítulo sobre la Eucaristía, a la luz del estudio de textos inéditos.
¿Puede un sacerdote aprender algo de un laico? Una meditación del P. ZUIN ofmconv a los sacerdotes de Padua, en el que muestra cómo Madeleine Delbrêl vivió su vocación laical dentro de esos valores fundamentales que son decisivos en la vida misma de un sacerdote: la primacía del evangelio, la vida de oración, la comunión con el jerarquía siempre y sin embargo, el cuidado de los pobres, la misión. Magdalena está enamorada de Dios, del Evangelio, de la Iglesia y de sus ministros, de los pobres y vive todo con la máxima intensidad, sin rebajas. Una mujer que nunca ha dejado de ser apasionada por Dios y el «prójimo». Lee el texto de la meditación.
MARROUN, Sayed, L’assimilation et l’expansion du mystère pascal par l’existence chrétienne dans la pensée de Madeleine Delbrêl, Thèse de Doctorat en Théologie, Institut Catholique de Parias, 2016, 1150 pp. (pro manuscrito).
PITAUD Bernard, Madeleine Delbrêl, des rencontres décisives, Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2017.
Madeleine Delbrêl, Misericordia. El gran escándalo de la caridad (2016), editado por Gilles François – Bernard Pitaud, Gribaudi, Milán 2016, 96 pp. Madeleine Delbrêl (1904-1964) supo escapar de los buenos modales y nunca tuvo miedo de provocar «un hermoso escándalo de caridad». En el fondo estaba firmemente convencida de que “sólo con la misericordia podemos ser amados”, afirmación que hace de la misericordia una clave para entender su vida y su obra. Tras una introducción biográfica, cuatro de sus textos, apoyados por numerosas citas de sus obras, forman un camino para meditar y hacer crecer la misericordia en cada uno de nosotros. Autora de obras muy importantes como «Noi delle Strade», «La alegría de creer», siempre sintió el deseo de partir entre los no creyentes y los pobres para vivir el Evangelio. Mística de extrema actualidad, su causa de beatificación está abierta.
Madeleine Delbrêl, La vocación. Compartiendo la vida de los que amas , Gribaudi, Milán 2018 . A medida que se acerca el Sínodo de la Juventud dedicado a las vocaciones y luego a su realización, la enseñanza de Madeleine Delbrêl (1904-1964) ayudará a cada uno a encontrar su propia vocación. La vocación según Madeleine Delbrêl es un deseo de fidelidad total al Evangelio. Convertida a los 19 años, quiso permanecer laica, dedicando toda su vida a los demás. Estas páginas ofrecen un itinerario que parte de los textos de la gran mística francesa en los que su ejemplo vocacional, junto con el de una quincena más, se presenta muy original y sumamente actual para los jóvenes de hoy. Una luz que ilumina numerosas nuevas vocaciones.
Sufrimiento y alegría en Madeleine Delbrêl. Salvar el mundo es darle sentido a su dolor , Gribaudi, Milán, octubre de 2021.
El sufrimiento que se sufre en la tierra
me parecio mucho mas grande
e incluso mucho más pequeño,
las alegrías que allí se encuentran mucho más verdaderas
e incluso más pequeño.
Madeleine Delbrêl (1904-1964) escribió a lo largo de su vida sobre el sufrimiento y la alegría. Siempre feliz, como atestiguan quienes la conocieron, aunque la historia de su vida muestra que el sufrimiento la tocó íntimamente – desde los problemas de salud hasta la separación de sus padres, pasando por las crisis de la Iglesia en Francia, especialmente con la cuestión de sacerdotes trabajadores y sus equipos. Los textos propuestos aquí por Gilles Francois -sacerdote, historiador y postulador de la causa de beatificación de Delbrêl- y Bernard Pitaud -ex superior provincial de la Compañía de San Sulpicio, uno de los mayores conocedores de la obra del místico francés- nos hacen recorrer toda su existencia. Entre ellos algunos son inéditos, como varios de sus poemas, aún desconocidos para el gran público. Delbrêl nos muestra cómo el sufrimiento y la alegría son para ella dos realidades profundamente ligadas y que, por paradójico que parezca, no se excluyen mutuamente.
Éblouie par Dieu: les plus beaux textes de Madeleine Delbrêl, FRANÇOIS Gilles – PITAUD Bernard (ed.), ed. Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2019 (próxima traducción de Gribaudi).
Madeleine Delbrêl (1904-1964). Un coude-à-coude fraternel avec les incroyants et les pauvres , Éditions Jésuites Fidelité, París 2019.
PITAUD Bernard (ed.), Madeleine Delbrêl discípula de Charles de Foucauld , ed. Salvador, Paria 2019.
MATIS, Sophie, Madeleine Delbrêl, à l’école des saints du Carmel discípula de Jean de la Croix , Nouvelle Cité 2020.
EDI NAVIDAD. Madeleine Delbrêl. Fralezza e Trascendenza , San Paolo, Milano 2022. Edi Natali, en esta riquísima y profunda obra, reconstruye – no sólo para estudiosos y creyentes – la vida y la espiritualidad de una de las grandes protagonistas femeninas de la vida eclesial y civil del siglo XX , junto con Simone Weil y Chiara Lubich, el P.Para dar sólo dos ejemplos. Basándose en gran medida en los escritos de Madeleine Delbrêl, e insertándolos en el contexto civil y social en el que vivió, quien ha sido definida como una «mística de lo cotidiano», la autora nos ofrece un camino muy original de búsqueda de Dios, a partir de una pregunta decisiva: «¿No será que todos los cristianos de hoy nos hemos dejado intimidar por el mundo?». Hay dos tentaciones mundanas sobre las que Delbrêl no deja de hacernos reflexionar: dejarnos absorber por las necesidades del presente, olvidar nuestro destino para la eternidad, y olvidarnos de los hombres de hoy, centrándonos en un mañana feliz. La respuesta es tan sencilla como exigente: «El cristiano no debe caer en ninguna de las dos tentaciones, sino que debe llevar sobre sí el peso del mundo y de Dios». Una “biografía-intelectual que necesariamente nos provoca, cuando buscamos una visión de lo humano que no se da por sentada, perfectamente cristiana y radicalmente humana. Prefacio Piero Coda.
Estudios, Artículos y Actas de Congresos
AA.VV., “ Les communistes et les chrétiens. ¿Alianza o diálogo? Madeleine Delbrêl (1904-1933-1964) ” (Colloque d’Ivry du 7 octobre 1988): Revue d’éthique et de théologie morale. «Le Supplément», n° 173, junio de 1990, 199 p.
AA.VV., “ Dossier Madeleine Delbrêl et l’incroyance. Colloque Institut catholique de Toulouse et Association des Amis de Madeleine Delbrêl du 27-28 octobre 1994 ”: Revue d’éthique et de théologie morale. «Le Supplément», n° 198, septiembre 1996, 150 p.
AA.VV., “ Madeleine Delbrêl asistente social (1931-1945) ”: Vie sociale 2008, n. 3. Actes du Colloque Théologique International à l’occasion du quincuagésimo aniversario de la muerte de Madeleine Delbrêl (1904-1964) (Institut Catholique de Paris, viernes 17 y sábado 18 de octubre de 2014), Nouvelle Cité, Bruyères-le-Châtel 2015
Santo Battaglia, El compromiso social del cristiano en la reflexión de Madeleine Delbrêl , Tesis de Doctorado en Teología Moral en la Academia Alfonsiana de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, 2001.
Katja Boeme, Gott aussäen. Zur Theologie der weltofenen Spiritualität bei Madeleine Delbrêl , Echter, Würzburg 1995.
M. Luisa Coppadoro, Madeleine Delbrêl. Maestra de oración , Ancora, Milán 1999, 232 p. El libro presenta al lector a una mujer -Madeleine Delbrêl (1904-1964)- que, tras volver a la fe perdida en su juventud, desea entregarse totalmente a Dios sin encerrarse en un carmelo, sino decidiendo vivir en un Suburbio de clase alta de París. La autora, a partir de los escritos publicados de Delbrêl, examina sus creencias sobre la oración y su estilo de oración, que dan testimonio de una relación muy fuerte y viva con Dios.Este volumen se convierte en un incentivo para profundizar en la figura de Delbrêl, que se erige como Guía fiable y original para todo aquel que quiera vivir hoy con sabiduría y discernimiento el desafío de la oración cristiana.
Renato Corti, Madeleine Delbrêl (1904-1964) , dispensa del Istituto di Pastorale Lombarda, Milán 1978, 67 pp.
ML Cravetto, “ Madeleine Delbrêl (1904-1964). Una vida misionera ”: Humanitas 27 (1972) p.15-41; 142-161.
Fiorenzo Facchini (editado por), Persona, comunidad, servicio. El testimonio de Madeleine Delbrêl , LDC-Leuman (TO), 2012, p. 126. Madeleine Delbrêl, una de las figuras más significativas de la espiritualidad laical de nuestro tiempo, vivió su fe en la profesión de trabajadora social en los suburbios de París, junto a los más marginados, anticipando con su experiencia los principios y métodos del trabajo social actualmente seguido. Los estudios recogidos en este volumen son las Actas del Congreso celebrado en Bolonia el 22 de abril de 2010 en el Instituto “Veritatis Splendor”, Congreso de Estudios organizado por el Instituto Petroniano de Estudios Sociales Emilia Romagna IPSSER en colaboración con la Unión Católica Internacional de Estudios Sociales. Services (UCISS), el Instituto “Veritatis Splendor” de Bolonia, la Editorial “Gribaudi” y con el patrocinio de la Licenciatura en Trabajo Social – Ciencias Políticas – Universidad de Bolonia. Las aportaciones de FLAVIA FRANZONI, DINA GALLI,
Diego Fares, « Madeleine Delbrêl. Para construir una Iglesia más amable y amorosa »: Civiltà Cattolica 172 (2021/III) 171-185. FAZZINI, Gerolamo, «Madeleine Delbrêl y su “fe desnuda”»: Vita e Pensiero 2015/1, pp.104-111. FORNERO, Gianni, “Actualización”, en: GUASCO, M. (editado por), Iglesia ateísmo evangelizador, Ed. Esperienze, Fossano (CN) 2005, 131-142.
Michele Gianola , Fraternidad-hermandad, lugar privilegiado de identidad y formación cristiana. La experiencia de Madeleine Delbrêl (1904-1964) Tesis en Teología con Especialización en Espiritualidad, Pontificia Universidad Gregoriana, Roma, agosto de 2009
La Iglesia, fraternidad reunida en nombre de la Trinidad, es el lugar típico y privilegiado para la formación de la identidad del discípulo de Cristo. La experiencia espiritual de Madeleine Delbrêl surge y fluye dentro de una fraternidad. El trabajo -sin pretender ser exhaustivo- pone el acento en la dimensión fraterna de la vida espiritual, elemento fundamental, si no el único, del crecimiento en la madurez humana y cristiana. Parte I: Memorias teológicas 2 (2009), págs. 17-45. La segunda parte de la tesis sobre Madeleine Delbrêl está disponible en este sitio .
Maurilio GUASCO, “Madeleine Delbrêl: una vida para la misión” , en: GUASCO, M. (editado por), Iglesia ateísmo evangelización, Ed. Esperienze, Fossano (CN) 2005, p. 9-25.
Jean GUÉGUEN, «Madeleine Delbrêl: la misión de todo cristiano», en: GUASCO, M. (editado por), Iglesia ateísmo evangelización , Ed. Experiencias, Fossano (CN) 2005, p. 27-40.
Marianne Heimbach-Steins, Unterscheidung der Geister. Strukturmoment christlichen Sozialethik. Dargestellt am Werk Madeleine Delbrêls , Lit-Verlag, Münster-Hamburg 1994.
IDEM, Notre façon de vivre dit oui ou non à l’état de choose actuel. L’engagement politico prophétique de Madeleine Delbrêl , 2006.
Jacques Löw , Madeleine Delbrêl. La Extraña Danza de Nuestra Obediencia , Oración y Vida. Grandes modelos, Morcelliana, Brescia 1989, 113-159. Este es el segundo ensayo del P. Loew, hermano mayor y amigo de Madeleine, después de la introducción a la antología Noi delle strada de 1966. Se reconoce particularmente en deuda con la biografía de C. de Boismarmin (1985): « Hasta la publicación de este precioso libro, no poseíamos más que fragmentos seleccionados pero dispersos de la vida de esta mujer incomparable. Ahora podemos comprender hasta qué punto Madeleine Delbrêl fue una de las «guías de los nuevos tiempos» (…) Quisiera buscar qué, en ella, apoyó sus impulsos y sus afirmaciones, en qué es guía para nuestro tiempo» (p. 115s). «Madeleine no fue la única precursora del Concilio. Lo que da un lugar insustituible a su pensamiento ya su vida es su presencia en el mundo ateo» (p. 158). « Aquí aparece la gracia específica de esta mujer. El don de un pensamiento unitario. Madeleine Delbrêl tenía el don de ver, hablar y poder decir. Miró directamente, se atrevió a decir con valentía,
Biografías Jacques Loew, Madeleine Delbrêl. Del ateísmo al misticismo, Dehoniane, Bologna 1998, 128 p.
Dos biografías se cruzan en estas páginas para contar una sola historia de fe e inteligencia. Antes de conocerse, un sacerdote y una laica, prometedores en sus estudios, dieron el vertiginoso salto del racionalismo ateo a la conversión por sus propios caminos. En realidad, el salto no se da de una vez por todas: la fe es terreno accidentado y volcánico para naturalezas exigentes. De Madeleine Delbrêl, el autor -a quien Madeleine llamó padre-hermano- cuenta la vida concreta y espiritual con la ayuda de escritos, poemas, diarios y conferencias, de los cuales el volumen contiene una amplia selección. El autor identifica tres grandes convulsiones en Magdalena: el «encuentro fulgurante» con el Dios de la conversión, la «explosión del evangelio» y el encuentro con los círculos ateos «condiciones favorables a la propia conversión».
Mariola López Villanueva, « Madeleine Delbrêl: la fecundidad de una vida evangelica »: Teología y mundo actual n. 251 (2013) 431-447. Madeleine Delbrêl, Dehoniane, Bolonia 1996.
Luciano Luppi, “ Madeleine Delbrêl pasión misionera ”: Semana 18 julio 2004, n. 28-29, pág. 10
Luciano Luppi, “ Sin Dios todo es miseria. Madeleine Delbrêl 100 años después de su nacimiento ”: Testigos 15 de octubre de 2004, n. 17, págs. 15-18.
Luciano Luppi, “ Deslumbrados por Dios ”: Milicia Mariana noviembre 2005, n. 9, pág. 6-8.
Luciano Luppi, « Madeleine Delbrêl (1904-1964), guía para el discernimiento como “obediencia creativa” en los desiertos contemporáneos », en Rivista di Teologia dell’Evangelization 11 (2007) n. 21, págs. 141-174.
Luciano Luppi, Madeleine Delbrêl (1904-1964), guía para el discernimiento como «obediencia creativa» en los desiertos contemporáneos , Revista de Teología de la Evangelización 11 (2007) n. 21, 141-174. RESUMEN Madeleine Delbrêl (1904-1964) fue una de las protagonistas de la rica temporada eclesial que precedió al Concilio Vaticano II. El artículo busca documentar la convicción de que la «obediencia creadora» con la que ha habitado las fronteras de la Iglesia, en particular las de los ateísmos y mesianismos secularizados contemporáneos, la convierte en una especie de «madre del desierto» capaz de ofrecer criterios sabios muy actual para los discernimientos necesarios en nuestro tiempo. Recorriendo algunos momentos significativos de su camino vocacional y ciertos temas «epocales» que enfrentó, emergen importantes criterios de discernimiento. Ante todo, el absoluto de la caridad, encarnado en el Evangelio, interpela al cristiano en el hoy de su historia. Nuestro mundo rápidamente cambiante exige con urgencia testimonio de la originalidad de los caminos evangélicos en el tejido de la vida cotidiana. Para que esto se realice de manera auténtica, sin afectar la unicidad y universalidad de los dos mandamientos del amor, es necesario testimoniar juntos la preferencia por Dios, la voluntad de hacer propia la práctica concreta de Jesús testimoniada por el Evangelio, cercanía fraterna con las personas que nos rodean y plena comunión eclesial. En segundo lugar, la mirada tomada sobre el abismo de la nada en los años que precedieron a su conversión acompaña toda la historia de Delbrêl y la prepara para tomar en serio el desafío que plantean los ateísmos contemporáneos y sentir un exceso de solidaridad hacia los no creyentes. Poco a poco llega a formular,
Manifiesto del mundo cristiano al ateo editado por Paolo Calabrese en: Rivista di Vita Spirituale (2007, n. 4-5)
En la columna de la revista «Pagine di spiritualità» se presenta una página de Madeleine Delbrel (1904-1964), extraída de su obra quizás más conocida: Noi delle strada. Es un testimonio ejemplar de su forma típica de entrar en diálogo y confrontación, como cristiana, con el mundo del ateísmo marxista. Vivens Homo 12 (2012) p. 366-381
Luciano Luppi, Madeleine Delbrêl testigo de fortaleza espiritual , Revista memoria teológica (revista en línea) 1 (2008) pp. 40-66. Entre las muchas claves con las que podríamos revisitar la rica espiritualidad de Delbrêl, el tema de la «fortaleza» parece particularmente fecundo. Tal rastro es sugerido indirectamente por su amigo Jacques Loew, quien definió a Madeleine como «una fuerte esperanza hecha mujer». ver artículo
Luciano Luppi, « Ese estilo muy femenino. La actividad social de Madeleine Delbrêl en la Francia de mediados del siglo XX »: L’Osservatore Romano, sábado 8 de mayo de 2010, p. 5.
Luciano Luppi, “ Madeleine Delbrêl: trabajadora social, escritora y mística ”, en: F. FACCHINI (editado por), Persona, Comunidad, Servicio. El testimonio de Madeleine Delbrêl. Actas de la Conferencia de Bolonia del 22 de abril de 2010, LDC, Leumann (Turín) 2012, pp. 7-62.
Luciano Luppi, “ Madeleine Delbrêl: testigo y maestra de fe ”: Consagración y Servicio 2013/3, pp. 24-29. Madeleine Delbrêl es una de las grandes figuras espirituales del siglo XX. Fue trabajadora social y escritora, pero sobre todo una mujer de gran fe, una verdadera amante de Dios, de hecho, aunque tan discreta en su relación íntima con el Señor, se definía a sí misma como “deslumbrada por Dios”. Desde el día de su conversión, hacia los veinte años, toda la realidad, que antes le parecía irremediablemente «invadida por la nada y el absurdo», adquiere valor y belleza y Dios ocupa todo el horizonte de su existencia. A partir de ese momento arraigó en ella la convicción de que «la existencia de Dios es una felicidad incomparable». Dios se convierte en su «tesoro», «importantísimo -dirá ella- más que nada, más que cualquier vida, incluso y sobre todo la nuestra»: «Estuve y sigo deslumbrado por Dios. Dios mismo se balancea de un lado, del otro otro todos los bienes del mundo, ya sea para mí o para toda la humanidad».
Luciano Luppi, “ Iglesia y misión. El testimonio de Madeleine Delbrêl sobre el «Viernes Santo» de la Misión de Francia 1952-1954)” , Revista de Teología de la Evangelización XVII , 2013, n. 33, págs. 127-154. Parte II: Revista de Teología de la Evangelización XVIII, 2013, n. 34, págs. 433-462. Madeleine Delbrêl (1904-1964) representa un punto de referencia reconocido para la espiritualidad cristiana contemporánea. Este estudio pretende mostrar algunas líneas fundamentales de su conciencia eclesial y misionera, examinando los años 1952-1954. Son los años de la llamada crisis de los «sacerdotes obreros». Madeleine Delbrêl, que durante veinte años había vivido en los ambientes pobres y descreídos de los suburbios del sur de París, en contacto con militantes comunistas, y había dado su contribución al lanzamiento de las experiencias de renovación misionera francesa, comparte intensamente la “Viernes Santo” de la Misión de Francia. Queremos destacar aquí el estilo evangélico de su testimonio, la lucidez de sus discernimientos y la calidad espiritual de sus intervenciones,
Luciano Luppi, «Premisa a la edición italiana», en Gilles FRANÇOIS y Bernard PITAUD, Madeleine Delbrêl. Biografía de un místico entre la poesía y el compromiso social , Dehoniane, Bolonia, octubre de 2014, pp. 9-15.
Luciano Luppi, » Una mística entre la poesía y el compromiso social «: Semana, 26 de octubre de 2014, n. 37, pág. 14
Luciano Luppi, «Acompañamiento vocacional al estilo de Madeleine Delbrêl» : Vocazioni XXXII (2015) n. 4, págs. 5-15 ( Actas del XXX Seminario de Dirección Espiritual al servicio de la orientación vocacional celebrado en Sassone-Roma, 7-10 de abril de 2015).
« Delbrêl, el místico que amaba los suburbios como Bergoglio »: Entrevista a don Luciano Luppi editada por Gerolamo Fazzini, en el semanario Credere . La alegría de la fe III (2015) n. 11, págs. 48-51.
Luciano Luppi, «“ Ay de mí si evangelizar no me evangeliza a mí ” (M. Delbrêl). ¿No vuelven a empezar también los evangelizadores ?”: Revista de teología de la evangelización X (2016) Suplemento al n. 39, págs. 115-137 (Actas del Curso de Actualización Teológica para Sacerdotes «La iniciación cristiana de adultos y recién llegados», Bolonia 4-5 junio 2015).
Luciano Luppi, « Madeleine Delbrêl y la alegría de creer »: Dialoghi Carmelitani 18 (2017/4) 17-20.
Luciano Luppi, «” La France pays de mission?” y “Missionnaires sans bateaux”. Una comparación iluminadora 75 años después» : Revista de teología de la evangelización XXIII (2019) 45, 107-135.
La conciencia del cambio de época que se está produciendo y la consiguiente necesidad de emprender un camino de reforma eclesial misionera en clave sinodal, ¿tenía un precedente muy significativo hace setenta y cinco años en la célebre La France, pays de mission? y en otro texto igualmente programático, Missionnaires sans bateaux , escrito por una simple laica que trabajaba en los suburbios obreros de París, Madeleine Delbrêl, a quien el Papa Francisco declaró “venerable” precisamente el 26 de enero de 2018.
El destino de estos dos textos, escritos con pocos meses de diferencia, presenta un “extraño contraste”: «La obra de don Godín hizo historia; reeditado muchas veces en su tiempo, fue, al mismo tiempo, un gran éxito de libro y una pregunta que resonó con fuerza en el corazón de la Iglesia francesa. Hoy, sin embargo, se considera sólo como la obra principal de una historia pasada. El texto de Madeleine, mucho más breve, se lee hoy como una fuente que puede nutrir las perspectivas misioneras de nuestro tiempo». Este estudio pretende documentar esta afirmación y mostrar cómo estas reflexiones pioneras pueden iluminar las perspectivas misioneras de nuestro tiempo y, en particular, señalar algunos nodos y discernimientos fundamentales para la evangelización contemporánea.
Luciano Luppi, «Comunidad de destino, desorientación y profecía. Actualidad a partir del testimonio de Madeleine Delbrêl (1904-1964)» : Mysterion (online) 13 (2020/1), pp. 134-148.
Las palabras del Papa Francisco, con motivo de la bendición «Urbi et Orbi» del 27 de marzo de 2020, en una Plaza de San Pedro desierta y azotada por la lluvia, dieron voz a una gran sensación de desorientación. El Papa Francisco ha mostrado cómo la fe constituye para el creyente la posibilidad de hacer de la desorientación una oportunidad para desenmascarar las verdaderas vulnerabilidades de nuestro tiempo e iniciar un serio examen de conciencia, necesario para afrontar el futuro. Así, el desafío que plantea la pandemia se convierte para el Papa en una especie de llamado a comprender el drama de la situación a partir de una comunidad de destino consciente y de una provocación. afrontar los cambios radicales que impone, renovando las categorías de pensamiento y acción en clave profética a la luz del Evangelio. Precisamente esta perspectiva es fundamental en la experiencia espiritual de Madeleine Delbrêl (1904-1964). Por lo tanto, el artículo pretende revisar algunas de las «desorientaciones» experimentadas por Madeleine y resaltar su relevancia.
Carlo Maria Martini, » La soledad del profeta «, en: Una voz profética en la ciudad. Meditaciones sobre el profeta Jeremías, Centro Ambrosiano – Piemme, Casale Monferrato (AL) 1993, p. 127-141.
Giovanni Moioli, “Cristocentrismo . 3. La necesidad cristocéntrica en la espiritualidad contemporánea: de la espiritualidad del Cuerpo Místico al período posconciliar. c) Un ejemplo posconciliar ”, en: Nuevo Diccionario de Espiritualidad, editado por S.DE FIORES-T.GOFFI, Paoline, Roma 1979, p. 362-364.
Edi Natali, Madeleine Delbrêl: a frontier Church (Presentación de Giorgio Mazzanti) , EDB, Bolonia 2010 – Colección: Living Theology La autora, licenciada en filosofía, profesora de religión en el bachillerato e inscrita en la especialización en teología dogmática de la Facultad de Teología de Italia Central, destaca cómo la grandeza y actualidad de Madeleine Delbrêl residen en su capacidad de ver en el mundo y en sociedad los signos de un cambio continuo y de haber respondido a ellos con un deseo ardiente de descubrir en ellos nuevos modos de vivir el cristianismo, de comunicar a Cristo a los hombres de su tiempo. Al describir su historia, el volumen, con un estilo ameno y accesible para todos, se centra sobre todo en la relación de Delbrêl con la Iglesia: una Iglesia por un lado mística, porque es fuente y resultado de la profunda vida interior del creyente. , y por otro solidario, porque la puerta está abierta a una sociedad que crea soledad y pobreza. Se trata de una obra original, el primer ensayo sobre la eclesiología de Delbrêl, del que A. comparte el sueño de una Iglesia capaz de caminar junto a los hombres de su tiempo y aceptar sus provocaciones.
Edy Natali, « La Route de M. Delbrêl, genèse d’un itinéraire spirituel » – “La Route” de Madeleine Delbrêl. Génesis de un itinerario espiritual. Vivens Homo 12 (2012) p. 366-381.
Se trata de un ensayo sobre el poemario «La Route», con el que Madeleine Delbrêl ganó el premio nacional Sully Prudhomme para poetas jóvenes en 1926 y que fue publicado en 1927 por la editorial Lemerre de París. Esta colección se presenta como el testimonio poético de su transición del ateísmo a la fe. Este precioso y original estudio fue editado por Edy Natali [ver su Madeleine Delbrêl: una Chiesa di fronte, EDB, Bologna 2010] y apareció en el último número de la revista “Vivens homo” [EDB], n.23/2. Este es el resumen del artículo: 1. Hacia “La Route”: génesis de un itinerario espiritual 2. De “Cahiers” a “La Route”: los años de la conversión 3. El decir poético como forma privilegiada de comunicación 3.1. “La Route”: autobiografía poética 3.2. Los lemas obstinados 3.2.1. Orgullo y orgullo 3.2.2. Memoria 3.2.3. Memoria de vida 3.2.4. La calle
Negri, F. – Guglielmoni, L., El Evangelio en la ciudad. Meditaciones y oraciones, Centro Eucarístico, Ponteranica (BG) 2004. El libro se presenta en una entrevista con Don Diego Facchetti, profesor de teología moral y espiritual y director espiritual del Seminario de Brescia.
Benedetta Papasogli, “ Madeleine Delbrêl: la inquietud de la frontera ”: Lecturas 33 (1978) p. 757-770.
Andrea Riccardi, «Prefacio», en: DELBRÊL, Madeleine, Profesión de trabajador social. Escritos profesionales , Gribaudi, Milán 2009, p. 5-11.
Gabriele Ripamonti, » Las «nuevas tierras» de Madeleine. La aventura misionera de Delbrêl ”: Mundo y Misión Octubre 2004, p. 74-78.
Annette Schkeinzer, Die Liebe ist unsere einzige Aufgabe. Das Lebenszeugnis von Madeleine Delbrêl , Schwabenverlag, Ostfildern 1994.
Pier Angelo Sequeri, Fuerza del Evangelio y misión en Madeleine Delbrêl cien años después de su nacimiento , Revista de Teología de la Evangelización 8 (2004) n. 16, 437-445.
(De la Introducción) Delineo el camino de mi reflexión a través de algunas ideas clave, además muy evidentes en la experiencia y los textos de Madeleine Delbrêl, que me parecen de vigencia intacta también para nosotros. En conjunto, trataremos de percibir un estímulo para vencer la resistencia, que todavía experimentamos nosotros mismos, hacia el proyecto de «volver a poner en marcha el cristianismo», aligerando su excesiva contracción dentro de la «ciudadela autosuficiente» en la que se cultiva. . Todavía no hemos hecho lo que los santos esperan de nosotros, si nos limitamos a admirar la fuerza con que vivieron el cristianismo, sin sacar de ella energías para la tarea que es propiamente nuestra.
Premisa: «Dios ha muerto, ¡viva la muerte!» 1. Primera intuición: la realidad de la fe, fuerza que sigue siendo don, obra como don, se distribuye como don. 2. Segunda intuición: misión y sentido de la totalidad de la Iglesia, red espléndida de Dios que se teje en la urdimbre única del Evangelio. 3. Tercera intuición: vivir en comunidad la típica soledad del discípulo, a quien el Señor le ha indicado la evangelización de los gentiles.
En 1938 Madeleine escribió un texto programático que sería célebre, titulado: «Nosotros, gente de la calle» y proclamaba que hay cristianos para quienes «la calle», es decir: la parte del mundo en la que Dios, de vez en cuando, tiempo, manda – «es el lugar de santidad», como es el monasterio para las personas consagradas. Es la vocación específica de «cualquier persona común», en un «cualquier lugar», que realiza «cualquier trabajo», junto con otros «cualquier hombre» y que, sin embargo, «se sumerge en Dios» con el mismo movimiento con que «se sumerge en el mundo». Pero, ¿dónde encontrar el silencio que guardan los enclaustrados en sus monasterios? Madeleine explica que en el mundo ciertamente no es difícil encontrar «grupos humanos donde el odio, la codicia, el alcohol marcan el pecado», pero aquí mismo se hace posible experimentar «un silencio desértico en el que nuestro corazón se recoge con extrema tranquilidad». ¿Y dónde encontrar la soledad? Él responde: «Nuestra soledad no es estar solo… Nuestra soledad es encontrar a Dios en todas partes». En resumen, Jesús no dice sólo a Magdalena: «¡Sígueme!», sino: «¡Sígueme por el camino!», caminos de la existencia (A. Sicari).
S. Spinsanti, “ Modelos espirituales. II.2. Madeleine Delbrêl: santidad para la gente de la calle «, en: Nuevo Diccionario de Espiritualidad, editado por S.DE FIORES-T.GOFFI, Paoline, Roma 1979, p. 1015-1019.
D. Steiof, Verherrlichung Gottes – M. Delbrêl und alttestamentliche Texte [Rendre gloire à Dieu – Rencontre de M. Delbrêl avec l’Ancien Testament], Kohlhammer, 2013.
Claudio Stercal, « “L’action vraiment amoureuse”. La oración en Madeleine Delbrêl », en: COPPADORO, Maria Luisa, Deslumbrada por Dios La oración en Madeleine Delbrêl, Ancora, Milán 1994, p. 11-20.
Lucia Vantini, «Misionero sin barco. Madeleine Delbrêl: traer otra comunidad al mundo» : Por amor al mundo 16 (2019) 1-16.
Cristina Zaros, Entre la persona y la sociedad. La contribución de Madeleine Delbrêl (1904-1964) al Servicio Social, Tesis de Doctorado, Facultad de Letras y Filosofía, Licenciatura en Ciencias Sociales, Ca’ Foscari de Venecia, 2011.
Diego Zorzi, Madeleine Delbrêl. Una «mujer teológica» en la ciudad marxista , Berti, Piacenza 1997, 64 p. Este pequeño volumen ágil y precioso, escrito con un lenguaje inmediato y extraordinariamente eficaz, recoge tres artículos publicados en los «Quaderni di Prayer e Politica». El autor, don Diego Zorzi de Piacenza, tras presentar el perfil biográfico de Delbrêl como «mujer contemplativa en el conflicto entre dos culturas», muestra su radicalidad como «evangelio orado», y su capacidad para desenmascarar la tentación de un cristianismo camuflado , una tentación muy fuerte en los años dramáticos de la «Mission de France» y el debate sobre las nuevas formas de evangelización del mundo del trabajo. Finalmente, el autor afirma que Madeleine bien puede ser considerada una maestra de oración para aquellos que, inmersos en los asuntos sociales, en la política, en medio de una multitud que prescinde de Dios, no tienen tiempo para orar o creen que no lo tienen.
Madeleine Delbrêl, En las calles. Educadores en la escuela de Madeleine Delbrêl (2018)
Una pequeña y ágil herramienta de oración y meditación para educadores que se ocupan principalmente de preadolescentes y adolescentes. Diez citas con Madeleine Delbrêl, una mujer que vivió en el siglo XX en los suburbios industriales de París, que optó por consagrarse a Dios como laica, viviendo cada día lo que el Señor le puso en camino, viéndolo siempre en los ojos de cada hermano que conoció. Un ejemplo para los educadores que no quieren perder la oportunidad de renovar su compromiso, traduciéndolo en un servicio cada vez más consciente.
Claude Langlois, La femme du seigneur. Madeleine Delbrêl en sus obras, ed. du Cerf, París 2022. Langlois es la gran especialista en catolicismo femenino. Texto parcial presente en Google Books
François y Bernard Pitaud, Prêtres et laïcs selon Madeleine De