Hermanita Magdeleine de Jesús 1898 – 1989


Breve itinerario espiritual
Magdeleine Hutin nació en París el 26 de abril de 1898. Su familia originaria del este de Francia, fue diezmada durante la Primera guerra mundial y su pueblo fue destruido. Esta guerra marcó dolorosamente su juventud. A pesar de tantos sufrimientos, Magdeleine ama la vida y conserva una mirada positiva sobre cada persona.
Desde niña desea dar su vida a Dios y su padre le transmitió su
amor por los pueblos árabes.
Cuando descubre entonces en 1921 la figura de Carlos de Foucauld, a través de la biografía escrita por René Bazin, la recibe como una iluminación. Se siente llamada a esta vida centrada en Jesús que ama con pasión, vida
vivida en medio del mundo musulmán con el deseo de testimoniar silenciosamente el amor del Señor hacia toda persona humana, como lo hizo Jesús en Nazaret.
La espera será larga! Está enferma y además no puede abandonar a su mamá que es viuda y que tiene en ella su único apoyo.
En 1936 su enfermedad se agrava y está al borde de la invalidez. En esa situación un médico le prescribe como única solución posible irse a vivir en un país donde no cayera una gota de lluvia… ¡como el Sahara!
Para el sacerdote que la acompañaba este era el signo que esperaba y él la anima a partir sin demora, apoyándose únicamente en la fuerza del Señor.

A la luz de Belén
Así parte para Argelia con su mamá y una compañera también frágil de salud y se instalan algunos años en medio del barrio árabe en una pequeña ciudad en las altas mesetas. Allí intenta responder a las necesidades de una población pobre y abandonada.
Su vocación se aquilata con esta luz de Belén. En una profunda
experiencia espiritual, recibe al niño Jesús de las manos de la Virgen
María. Ante ese recién nacido indefenso queda seducida por el
misterio de la mansedumbre y humildad de Dios. De ese dios que
quiso ser uno de nosotros y se hizo niño pequeño. Desde aquel momento
su camino será la infancia espiritual según el Evangelio, camino de
confianza y abandono en las manos del Padre para todo lo que Él quiera:
“Me tomó de la mano y lo he seguido ciegamente.”
Y Dios la condujo hacia las personas más pobre y más sufrientes con el deseo de compartir su vida y poder ser en medio de ellas una señal de la ternura de Dios.
El 8 de septiembre de 1939, Magdeleine Hutin que tomó el nombre de hermanita Magdeleine de Jesús funda con ese espíritu la Fraternidad de las hermanitas de Jesús consagrada primero en exclusividad para los pueblos musulmanes.
La primera fraternidad nace en Touggourt, en un oasis del Sahara argelino. Al borde de ese oasis viven algunas centenas de personas nómadas obligadas a agruparse por su gran pobreza. En medio de estas personas se instala en una vieja casa en ruinas y con la ayuda de ellos empieza a arreglarla.
La hermanita Magdeleine trabaja con ellos desde la mañana a la tarde, se interesa en todo lo que constituye sus vidas, conoce a cada uno por su nombre y en esa ayuda recíproca se establece pronto una profunda amistad. Muy pronto su primera compañera se va y ella se encuentra sola, completamente inmersa en este ambiente musulmán. Al evocar esta
experiencia ella escribía:
“Con ellos he vivido un período extraordinario de mi vida.
Allí vi que un amor de amistad puede existir en medio de
diferencias de raza, de cultura, de condición social. Ellos eran
de los más pobres de los nómadas, personas que no tienen
nada y que se instalan en el borde de los oasis para recibir
ayuda y fueron conmigo de una bondad y una delicadeza
emocionantes.”
La Fraternidad fue construida sobre esta roca de la amistad
y la confianza recíproca con los pobres, compartiendo la vida
día tras día con profundo respeto.
Se trataba en realidad de una nueva forma de vida religiosa
y para estar segura de actuar según la voluntad de Dios, la
hermanita Magdeleine somete a la mediación de la Iglesia
todas sus intuiciones de fundadora.
En diciembre de 1944, cuando la congregación contaba con
apenas una docena de miembros y sin tener todavía ningún
reconocimiento oficial, ella logra en plena guerra llegar a
Roma para confiar al Papa todo lo que habita su corazón
referido a la fundación. Pío XII la recibe y la escucha con gran
benevolencia. Encuentra también a monseñor Montini, quien
sería después Pablo VI y él le expresa desde el primer
momento una cálida simpatía. La hermanita Magdeleine
guardará a lo largo de toda su vida un gran amor por la Iglesia,
sabiendo defender ante ella los puntos esenciales de esa nueva
vocación con mucho vigor y perseverancia.

Hasta el fin del mundo
La Fraternidad de las hermanitas de Jesús crece. La fuerza
evangélica de las palabras de la hermanita Magdeleine llega al
corazón de muchas jóvenes. Ella les escribe en un tono muy
personal como dirigiéndose a cada una de ellas:
“Como Jesús durante su vida humana, hazte toda a todos:
árabe en medio de los árabes, nómada en medio de los
nómadas, obrera en medio de las obreras y obreros… pero
ante todo humana en medio de los humanos.
Como Jesús penetra profundamente y santifica el medio
que te rodea conformando tu vida a la de ellos, por amistad,
por amor, por tu vida totalmente entregada como la de Jesús,
al servicio de todas y todos por una vida tan mezclada hasta
ser una con todos para ser en medio de ellas y de ellos como
la levadura que se pierde en la masa para hacerla levantar.
Para que las fraternidades puedan ser abiertas y
acogedoras sin riesgo y sobretodo con frutos deberán ser al
mismo tiempo focos irradiantes de oración y de amor, de paz y
sencillez, de mansedumbre y alegría. Vivirás en presencia de
Jesús, como en la santa casa de Nazaret, con el recogimiento
del amor, con el corazón y el espíritu tan llenos de Jesús que a
través de ti Él pueda irradiar y desbordar.”
Es una nueva forma de vida contemplativa, vivida en
medio del mundo, en grupos pequeños, como una familia. En
el corazón de cada fraternidad una pequeña capilla con el
Santísimo porque la oración de las hermanitas, como la del
hermano Carlos está centrada en la adoración silenciosa de
Jesús presente en la Eucaristía y en el Evangelio que debe
penetrar y transformar sus corazones.
En 1946, la Fraternidad se abre al mundo entero. La
hermanita Magdeleine acaba de revivir con profunda
intensidad la Pasión de Jesús y sale de esta experiencia
espiritual como con “una herida en el corazón”, con una
compasión inmensa por todo sufrimiento, un amor ardiente que
va a conducirla hasta el fin del mundo. Las fundaciones se
multiplican en los cinco continentes con un ritmo que desafía la
prudencia humana pero la hermanita Magdeleine persuadida de
que la fuerza de Dios actúa en la debilidad escribe:
“Cuando miro a las hermanitas y las veo todavía tan
jóvenes, tan poco formadas, experimento un poco de miedo…
Pero cuando miro al pesebre y al niñito Jesús sobre la paja y
los pastores, y los apóstoles y todas las personas que han
empezado algo grande me vuelvo a decir que es esta pobreza y
esta debilidad que el Señor quiere, así será sólo Él quien
actuará y nosotras no seremos sino sus instrumentos que Él
puede manejar sin que se resistan.”
En las situaciones de conflicto y opresión la hermanita
Magdeleine anima a las hermanitas para que sean solidarias de
los más pobres y a que luchen con ellos contra la injusticia pero
sin violencia, mirando siempre la gruta de Belén:
La pasión de la unidad
“Desearía que las hermanitas de todos los continentes
dejaran traslucir por todas partes alrededor de ellas, hasta los
confines de la tierra la irradiación de ese niñito que es
dulzura, ternura, luz, esperanza. El mundo actual tiene tanta
necesidad de esta dulzura, de esta ternura, de esta luz, de esta
esperanza…”
La hermanita Magdeleine sabía por experiencia desde
su infancia hasta donde puede conducir el odio entre las
naciones y este dolor había cavado en ella un inmenso deseo de
unidad.
En su primer viaje al Africa central al descubrir las heridas del racismo escribía:
“Será necesario que hasta el fin de los tiempos haya siempre grupos de personas humanas que desprecien a otros?… Creo que el desprecio es peor que el odio y si no conduce derechito al odio. Y esto quiebra la unidad del amor…
Cada vez veo más claro que esto el puro espíritu del Evangelio, el puro espíritu de Cristo quien nos dejó como último mensaje antes de morir, ese mensaje que se recibe con tanto amor de las personas que están muriendo, esta oración:
“Que sean uno como nosotros somos uno, yo en ellos y Tú en
mi, para que sean consumados en la unidad.”
También afirmaba: “Si me pidieran definir con una sola
palabra la misión de la Fraternidad, no dudaría un minuto y
exclamaría Unidad – porque todo puede ser resumido en la
unidad.”
Solo de oír hablar de un país con fronteras cerradas, se
sentía irresistiblemente atraída y fue así como muy pronto en
pleno período estalinista ella sueña con partir a Rusia.
A partir de 1956, cada año realiza viajes con estadías
discretas en la mayoría de los países europeos con régimen
marxista. Recorría cientos de kilómetros acompañada de
algunas hermanitas, en una casa rodante con la finalidad de
confortar a los cristianos perseguidos y también de tejer lazos
de amistad con todas las personas creyentes o no que encontraba en el camino. En sus estadías en Rusia participa en
la oración de los cristianos ortodoxos y con muchos miembros
de esa Iglesia vive grandes amistades. El ecumenismo es una
de sus prioridades desde los inicios de la Fraternidad.
El 8 de setiembre de 1989, la Fraternidad celebra su jubileo. Muy poco antes la hermanita Magdeleine tras una caída y fractura ya no se levantará más y se debilitará progresivamente. Unos años antes había escrito a las
hermanitas:
“Quizás alguna de nosotras se encuentra más cerca del
gran encuentro con el Señor. Solo Él lo sabe. Esperémoslo con
amor “más que el vigía que espera la aurora” (salmo 130)…
“Mi alma tiene sed de dios, del Dios vivo, cuando lo veré cara
a cara (salmo 42). No tengan miedo! Él es solo bondad y
misericordia.¡Él es el Amor!…”
Con esta fe y esta sed del Encuentro, en la tarde del 6 de noviembre de 1989, con mucha sencillez ella parte hacia su Señor.
Qué puede revelarnos una vida semejante?… quizás lo
que ella misma decía poco antes de su muerte:
“Yo no he deseado hacer otra cosa que una
obra de amor Ahora, a ustedes que después de mi se
comprometieron en al el mismo camino, les tocará seguir haciendo,
ustedes también también, una obra de amor, con una clara
conciencia de que que esa obra no nos pertenece. Es una obra
de Iglesia.”.
http://www.carlosdefoucauld.es

Carlos de Foucauld y el Islam

Jorge Soley

 
La noticia de la próxima canonización de Carlos de Foucauld ha dirigido la mirada de muchos sobre este santo. Entre los múltiples aspectos de su vida, su relación con el mundo musulmán no es un detalle menor, pues éste jugó un importante papel tanto en su conversión como en el discernimiento de su vocación como en su vida retirada en el Sahara hasta que fue asesinado en 1916.La tentación, en los momentos que vivimos, es presentar a un Carlos de Foucauld que se ajuste a nuestros deseos, especialmente a lo que consideramos políticamente correcto, expurgado de lo que nos pueda resultar molesto. Así, un escritor musulmán, Dídac P. Lagarriga, publicó un libro titulado «De tu hermano musulmán. Cartas de hoy a Charles de Foucauld», con prólogo de Javier Melloni y epílogo de Pablo d’Ors, en el que, según su editor, «nos invita a descubrir el islam silente y místico, un islam no exento de una intensa vertiente social y cultural que busca siempre el encuentro con el otro». Y en la web de la Familia Carlos de Foucauld se puede encontrar un artículo del teólogo e islamólogo Louis Gardet, titulado El P. de Foucauld y el Islam, en el que encontramos esta sorprendente afirmación: «Las raras veces en las que de Foucauld se refiere explícitamente al Islam en sus escritos no son significativas».Para saber exactamente cuál era su visión real del Islam parece apropiado ir a lo que el propio Carlos de Foucauld escribió al respecto en su abundante correspondencia, así como en sus diarios y notas espirituales.Es obvio que su encuentro con el Islam jugó un papel desencadenante en la conversión del entonces vizconde de Foucauld. Fue la actitud religiosa de los musulmanes, sobre todo su sumisión al Dios del Corán, de la que fue testigo durante su primera campaña en Argelia (1881-1882) y luego durante su expedición a Marruecos (1883-1884), la que provocó que se planteara la cuestión fundamental de la dimensión religiosa de la existencia. Esto se refleja en varias cartas a su primo Henry de Castries justo antes de su ordenación (1901), donde escribe que «la visión de esta fe, de estos hombres viviendo en la continua presencia de Dios, me ha hecho entrever algo más grande y más verdadero que las ocupaciones mundanas». Incluso llegará a confesar que estuvo tentado de hacerse musulmán: «el islamismo es extremadamente seductor; me ha seducido en exceso», y más adelante: «me gustaba mucho, con su simplicidad, la simplicidad del dogma, simplicidad de la jerarquía, simplicidad de la moral».Para el joven oficial que era en aquel momento Carlos de Foucauld, atraído por la doctrina coránica que presenta a un Dios magnífico e inalcanzable en su soledad, la religión cristiana le parecía irracional y complicada, con todos sus dogmas de la Trinidad, la Encarnación o la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Fue el Padre Huvelin quien supo abrirle los ojos y hacerle descubrir el corazón del cristianismo, que Dios es Amor, y de este modo superar sus objeciones. Es entonces cuando Carlos de Foucauld pasa a considerar la religión de Mahoma como «demasiado material» para ser verdad. «Pude ver con claridad -escribe a de Castries- que [el Islam] carece de fundamento divino y que no era la verdad… no tiene suficiente desprecio por las criaturas para enseñar un amor de Dios digno de Dios: sin la castidad y la pobreza, el amor y la adoración son muy imperfectos».Otro momento importante en su vida es su estancia en la trapa de Akbès (Siria), donde fue testigo, en 1895, de las masacres de cristianos orientales cometidas por los turcos y los kurdos. Más adelante pudo conocer más el Islam por su contacto con los tuaregs de Argelia, entre quienes se instaló en 1901. Este contacto de primera mano con el Islam se refleja, por ejemplo, en una carta a su cuñado, Raymond de Blic, del 9 de diciembre de 1907, en la que escribe: «Si en los países cristianos hay tanto mal, piense en lo que pueden ser estos países donde no hay, por así decirlo, más que mal, donde el bien está casi totalmente ausente: todo es mentira, duplicidad, astucia, codicia de todo tipo, violencia, ¡con qué ignorancia y qué barbarie!».Este realismo, sin embargo, no llevó a Carlos de Foucauld al desprecio de aquellos junto a quienes vivía, al contrario: decide a amarles a imagen de Cristo a quien ha elegido imitar incondicionalmente y sin reservas. Mientras observa una estricta regla de vida, oración y trabajo, el Padre de Foucauld dedica mucho tiempo a acoger a los que llaman a su puerta, a hacer el bien, a redimir esclavos, a aconsejar y a enseñar. Llegará incluso a crear talleres para mujeres, aunque tiene muy claro que lo suyo no es lo que hoy en día llamaríamos voluntariado. El 16 de abril de 1915, diez años después de su llegada a territorio tuareg, escribe a su prima Marie de Bondy: «el tricotaje y el ganchillo marchan de maravilla… Todas estas cosas son útiles espiritualmente, pues todo encaja: no se conseguirá que estos pueblos abandonen el islamismo más que instruyéndolos, abriéndoles el espíritu, dándoles la idea y el deseo de una vida material, y luego, de una vida intelectual superior a la suya».Y es que de la lectura de sus cartas aparece un Carlos de Foucauld volcado en la conversión de los musulmanes, un tema que se repite incesantemente en sus intercambios epistolares. A diferencia de muchos, Foucauld no considera que sea imposible convertir a los discípulos de Mahoma, y apostilla que ve menos fanatismo y prejuicios anticristianos entre los tuaregs que entre los árabes. Su método propio de evangelización, madurado en un largo período de tiempo, consistirá, en sus propias palabras en: «hacer todo lo posible por la salvación de los pueblos infieles de estas tierras, en el olvido total de mí mismo. ¿Por qué medios? Por la presencia del Santísimo Sacramento, el Santo Sacrificio, la oración, la penitencia, el buen ejemplo, la caridad, la santificación personal». Un método que actúa por el ejemplo y de modo progresivo y prudente, pero que no descarta nunca el anuncio explícito, como explica en sus notas personales del 19 de junio de 1903: «hablar mucho a los nativos y no de cosas banales, sino que, a propósito de todo, llegar a Dios; si no podemos predicarles a Jesús porque ciertamente no aceptarían esta enseñanza, prepararlos poco a poco para recibirla, predicándoles incesantemente en las conversaciones la religión natural, hablar mucho y siempre de manera que mejoren las almas, sean elevadas, se acerquen a Dios, se prepare el terreno para el Evangelio».Es este espíritu el que le llevó a traducir los cuatro Evangelios al idioma de los tuareg y a escribir un catecismo en forma de entrevista que tituló El Evangelio presentado a los pobres del Sahara. Otra de sus iniciativas, que podemos calificar de audaz, fue la de repartir «rosarios de la caridad» a los musulmanes, a quienes enseñaba a rezar diciendo en cada cuenta: «Dios mío, te amo con todo mi corazón». En una carta al Padre Huvelin fechada el 15 de julio de 1904, Carlos de Foucauld escribe: «Con todas mis fuerzas, trato de mostrar, de demostrar a estos pobres hermanos extraviados, que nuestra religión es toda caridad, toda fraternidad, que su emblema es un corazón».Pero quizás sea su carta a René Bazin, de 16 de julio de 1916, la que con más claridad expone lo que pensaba Carlos de Foucauld del Islam y de su misión entre los musulmanes. Se trata de un texto admirable, y me temo que muy significativo, donde presenta nuevamente las diferentes etapas que concibe para su misión entre los musulmanes, junto a un penetrante realismo que le hace predecir lo que ocurrirá cuarenta años después:«Tenemos que hacernos aceptar por los musulmanes, convertirnos para ellos en amigo seguro, a quien acudimos cuando tenemos dudas o sufrimos, en cuyo afecto, sabiduría y justicia confiamos absolutamente. Sólo cuando hayamos llegado allí podremos hacer el bien a sus almas. Inspirar una confianza absoluta en nuestra veracidad, en la rectitud de nuestro carácter y en nuestra educación superior, dar una idea de nuestra religión por nuestra bondad y virtudes, estar en relaciones amorosas con tantas almas como podamos, musulmanas o cristianas, indígenas o francesas, es nuestro primer deber: sólo después de haberlo cumplido bien, durante suficiente tiempo, podremos hacer el bien.A medida que se establece la intimidad, hablo siempre o casi siempre cara a cara del buen Dios, brevemente, dando a cada uno lo que puede asumir, huida del pecado, acto de amor perfecto, acto de contrición perfecta, los dos grandes mandamientos del amor a Dios y al prójimo, examen de conciencia, meditación de los fines últimos, viendo a la criatura pensar en Dios, etc. Hay muy pocos misioneros aislados que hagan este trabajo de despejar el camino; desearía que fueran muchos: cualquier párroco de Argelia, Túnez o Marruecos, cualquier capellán militar, cualquier católico laico piadoso (como Priscila y Aquila), podrían serlo.[…]Mi pensamiento es que si, poco a poco, lentamente, los musulmanes de nuestro imperio colonial del norte de África no se convierten, se producirá un movimiento nacionalista análogo al de Turquía: una élite intelectual se formará en las grandes ciudades, educada a la manera francesa, sin tener ni el espíritu ni el corazón francés, una élite que habrá perdido toda fe islámica, pero que mantendrá la etiqueta para a través de ella poder influir en las masas; por otra parte, la masa de los nómadas y de los campesinos permanecerá ignorante, lejos de nosotros, firmemente mahometanos, llevados al odio y al desprecio de los franceses por su religión, por sus morabitos, por los contactos que tiene con los franceses (representantes de la autoridad, colonos, comerciantes), contactos que demasiado a menudo no son los apropiados para hacernos querer. El sentimiento nacional o berberisco se exaltará entre la élite culta: cuando encuentren la oportunidad, por ejemplo cuando Francia esté en dificultades internas o externas, utilizarán el Islam como palanca, para agitar a la masa ignorante, y tratarán de crear un imperio musulmán africano independiente.Si no hemos sabido hacer franceses a estos pueblos, ellos nos expulsarán. La única manera de que se conviertan en franceses es que se convierten en cristianos. No se trata de convertirlos en un día o por la fuerza: sino con ternura, discreción, por persuasión, con el buen ejemplo, la buena educación, instrucción, gracias a un contacto cercano y afectuoso, obra sobre todo de laicos franceses que pueden ser mucho más numerosos que los sacerdotes y tener un contacto más íntimo. ¿Pueden los musulmanes ser realmente franceses? Excepcionalmente, sí. En general, no. Varios dogmas musulmanes fundamentales se oponen a ello; con algunos se puede encontrar acomodo; con uno, el del mahdi, no lo hay; todo musulmán, (no hablo de los librepensadores que han perdido la fe) cree que al acercarse el Juicio Final el mahdi vendrá, declarará una guerra santa y establecerá el Islam en todo el mundo, después de haber exterminado o subyugado a todos los no musulmanes. En esta fe, el musulmán mira al Islam como a su verdadera patria y a los pueblos no musulmanes como destinados, tarde o temprano, a ser subyugados por él como musulmán o por sus descendientes; si está sometido a una nación no musulmana, se trata de una prueba pasajera; su fe le asegura que finalmente triunfará sobre aquellos a los que ahora está sometido; la sabiduría le anima a vivir con calma esta prueba; «el pájaro atrapado en la trampa que lucha perderá sus plumas y romperá sus alas, si está tranquilo llegará intacto al día de su liberación», afirman; pueden preferir una nación a otra, pueden preferir ser sumisos a los franceses antes que a los alemanes, porque saben que los primeros son más amables; pueden estar apegados a tal o cual francés, como uno está apegado a un amigo extranjero; pueden luchar con gran coraje por Francia, por sentido del honor, carácter guerrero, espíritu de cuerpo, lealtad a la palabra, como los soldados de fortuna de los siglos XVI y XVII: pero en general, salvo en casos excepcionales, mientras sean musulmanes, no serán franceses; esperarán más o menos pacientemente el día del mahdi, en el que someterán a Francia».

Ser con Jesús, el «hermano universal»-3 (Carlos de Foucauld)

Jacques Levrat

Eso no es espontáneo y no se hace sin un largo trabajo sobre uno mismo. Cuando se observa atentamente el texto del «Reconaissance au Maroc», se constata que el joven Vizconde de Foucauld utiliza aún un vocabulario que se caracteriza por el contexto cultural recibido en su educación. Sus juicios sobre los Marroquíes, musulmanes y judíos, son, a menudo, duros y severos… Su viaje a Marruecos se sitúa incluso en el mismo año del famoso discurso de Ernest Renán pronunciado en la Sorbona en el cual afirma, entre otras cosas, cito: «la nulidad intelectual de las razas que extraen solamente de esta religión (el Islam) su cultura y su educación»… Sin embargo. Charles de Foucauld, ya en esta época de su vida, consiguió retirarse de la mentalidad dominante. Abrir su corazón al otro, más allá de los prejuicios de raza y religión. Observamos que tuvo verdaderos amigos marroquíes como, por ejemplo, el Hadj Bou Rhim a quien rinde homenaje en su «Reconnaissance au Maroc»: «(usted) que con riesgo de su seguridad me ha protegido en el peligro, a quienes debo la vida, de quien el recuerdo lejano me llena de emoción… ¿Cómo expresarle mi agradecimiento?».

Y frecuentemente, en sus escritos, mencionará a sus amigos marroquíes con los cuales pretende conservar vínculos. Su rectitud fundamental le permitió admirar la fe de aquéllos que encontraba. En una carta enviada a su amigo Enrique de Castries, escribe: «el Islam produjo en mi una profunda convulsión. La vista de esta fe, de estos almas viviendo en la continua presencia de Dios, me hizo entrever alguna cosa más grande y de más verdadero que las ocupaciones mundanas». Estos creyentes musulmanes le ayudaron a redescubrir su propia fe…Noto que la experiencia del encuentro del otro y el diálogo, si se llevan bien, nos devuelven a nosotros mismos, nos obligan a trabajarnos a nosotros mismos, a ponernos en la búsqueda de la verdad, en búsqueda de la mirada de Dios. Y cuando se observa atentamente el vocabulario del Padre de Foucauld, así como su comportamiento, se descubre, con el paso de los años – más concretamente después de su conversión- una evolución hacia más respeto, más aprecio verdadero para con sus hermanos del Magreb y del Sahara. Ha debido operar -y tenemos aún a veces que hacer hoy- una verdadera purificación de la memoria para modificar su mirada sobre los otros y a sentirse y querer ser «hermano universal», como lo declaró, a partir de 1901. Una nueva fórmula, una nueva actitud, revolucionaria en esa época. Se traduce, en señales muy simples: así pide que le llamen «hermano Carlos» o «hermano Carlos de Jesús», sin título de reverencia. Pero ser hermano universal supone más que eso, es una conversión que se debe reanudar cada día…

Insisto en el trabajo intelectual de hermano Carlos. El Señor nos pide en efecto que hagamos esta parte de camino que podemos y debemos hasta nosotros mismos, con la inteligencia que nos dio. Pero eso no basta. Nuestro corazón también debe convertirse, abrirse al otro. Dejarse tocar, conmover, dejarse conducir, ir hacia otro y ser capaz de amar… Las largas horas pasadas, por el hermano Carlos, delante del tabernáculo le permitieron dejarse habitar por el corazón de Jesús, dejarse transformar por él, llegar a ser hermano universal. Es observando el Cristo en la cruz, especialmente aquél que el mismo pinta sobre el tabernáculo de su capilla. Y también en la celebración del sacrificio la misa y la comunión con el misterio pascual, que poco a poco pudo abrir, su corazón a las dimensiones del corazón de Cristo. Comprendió el amor universal de Jesús. Quiso imitarlo, se dejó transformar por él para convertirse en hermano universal. La toma de conciencia de esta exigencia de fraternidad va a conducirle a girarse en contra de las injusticias coloniales, de las cuales fue testigo. Tanto más cuando vienen de personas que se dicen cristianas y que toleran aún la esclavitud. Lo hará incluso con vehemencia:

«Desgraciados vosotros hipócritas que ponéis en los sellos y por todas partes: «Libertad, Igualdad, Fraternidad, Derechos humanos”, y que claváis los hierros de los esclavos… que permitís robar niños a sus padres y venderlos públicamente; que castigáis el robo de un pollo y permitís el de un hombre»

El hermano Carlos no podía soportar de ver a sus hermanos del Sahara humillados, tratados con menosprecio. Se las tenía con estas personas, consideradas como «cristianas», que oscurecían el mensaje fraternal y liberador de Cristo. Un acontecimiento, vivido algunos años después de su intuición de hermano universal, me parece muy significativo para entender esta evolución. Estamos en 1908, Carlos de Foucauld tiene cincuenta años. Se internó aún más dentro del desierto, estableciéndose en Tamanrasset. Trabaja su monumental diccionario de la lengua Tuareg. Entonces, no llueve en Tamanrasset, desde hace dos anos. La gente vive en una gran miseria, Foucauld resume la situación en una frase brusca: «Las cabras están tan secas como la tierra y la gente tanto más que las cabras». La prueba se prolonga. Ya había distribuido a su entorno la comida y los medicamentos de los que disponía. Él mismo se debilita mucho y sufre de escorbuto. Sin embargo, se esfuerza en trabajar las once horas al día con el diccionario tuareg. Además, se aísla mucho. Desde hace once meses, solo ha recibido dos visitas de cristianos. No tiene pues correo, ni noticias. No puede, solo, celebrar la misa. Sufre mucho… Ni siquiera recibe ya la visita de sus vecinos, no teniendo ya nada que compartir con ellos… El cansancio se acumula… y el lunes 20 de enero de 1908, ni siquiera puede ya levantarse. Escribe entonces en su cuaderno: «Obligado de parar mi trabajo, Jesús, María, José, os doy mi alma, mi espíritu y mi vida». Se dispone a morir… Una persona lo descubre en este estado y alerta a sus vecinos que, tomando entonces conciencia de su estado y su deber de hospitalidad, se ponen en busca las cabras por toda la región. Encuentran algunas que tienen aún un poco de leche y, en un gran impulso de solidaridad, le salvan la vida. Gracias a esta comida y al afecto que descubre, Carlos de Foucauld, en algunas semanas, recobra las fuerzas y vuelve a trabajar.

Este 20 de enero de 1908, se produjo, pienso, una toma de conciencia en este hombre, pasando hasta cierto punto, de la muerte a la vida: quería ser «hermano universal» pero, en realidad, era aún el que acogía, el que distribuía comida y medicamentos, el que era capaz de realizar un diccionario que será útil a generaciones… Pero ahora los papeles se invierten. Es él que es acogido, es él que está en la necesidad y que recibe ayuda. No está ya en la situación del que tiene, que sabe y que da, sino en la de el que tiene necesidad de los otros y que acepta recibir… Ese día, experimentó y probablemente comprendió mejor el sentido de la fórmula: «hermano universal». Y lo vivirá, intensamente, hasta su último día. Ser hermano, es también aceptar ser querido, recibir del otro, lo que pide mucha humildad. Es más fácil, en efecto, y más agradable dar… El hermano Carlos acepta ahora recibir del otro una ayuda material, por supuesto, los testimonios de amistad también, pero aún más que eso…Hemos visto lo que recibió de sus hermanos musulmanes a partir de su «Reconnaissance au Maroc»; «El Islam ha producido en mi una profunda convulsión…» La fe de estos creyentes ha producido en él un estremecimiento, lo trastornó, lo puso sobre el camino de la búsqueda de Dios. El hermano Carlos también recibió del Islam el sentido de la grandeza de Dios. Varias veces en sus escritos, no duda en citar la expresión coránica “Allah Akbar». En la misma carta ya citada a Enrique de Castries, escribe: «Allah Akbar, Dios es más grande, más grande que todas las cosas que podemos enumerar; sólo El, después de todo, merece nuestros pensamientos y nuestras palabras». Y continua: ¡»Allah Akbar!» ¡La paz, la guerra pasan! Dios es mayor. Él que solo no pasa». Del mismo modo, en sus escritos, menciona en varias ocasiones: «el sentimiento contínuo de la presencia de Dios», una expresión típicamente musulmán de la cual se alimenta… El hermano Charles pues recibió, de sus hermanos musulmanes, valores espirituales que marcaron su vida. Lo sabe y lo reconoce. Se convirtió en su hermano. Aún hoy la Iglesia que está en el Magreb debe ser humilde y fraternal. No puede llegar con ideas demasiado hechas y certezas sin faltas… Debe también aceptar recibir. Para eso, debe vivir cercana a los musulmanes, escucharlos atenta y respetuosamente para descubrir y acoger el trabajo del Espíritu que la precede. Es cooperando con el trabajo del Espíritu que puede, hoy, caminar con los hermanos de estos países, y con ellos avanzar aún más: duc en altum…