
Los hermanitos de Jersús en Cuba



Por su interés reproducimos la carta que envió el hno de Jesús Ventura Puigdomenech en 01/01/2021, que vive en la hermita creada por Carlos de Foucuauld en el Assekrem (Argelia)
ECLESALIA, .- «Os aseguro que si dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mt.18, 20). Como preparación de la Navidad hace tiempo que me propuse profundizar algún tema que me ayude a mejor visualizar este «Dios hecho carne viviendo en medio de nosotros» (Juan 1,14). Un Dios que desde su primera venida no ha dejado de sorprendernos viniendo allí donde no lo esperábamos: una cueva, un pueblo perdido, un pesebre… lo que no es sorpresa y sabemos bien, es que este año una vez más viene a compartir nuestras historias y sufrimientos: «no tenemos un Jesús incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que de manera parecida a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado y por ello, puede concedernos, la ayuda que necesitamos» (Hb 4, 15-16). ¿De qué va a disfrazarse este año pidiendo acogida?: ¿tomará el disfraz de un desplazado?; ¿el de un parado?; ¿el de un enfermo?; ¿el de un…?, ¡sabe Dios! ¿Sabremos reconocerlo? ¿Y si fuera el disfraz de un Dios ENFERMO que viene a compartir nuestras ‘Unidades de Cuidados Intensivos ‘(UCI)?
A nivel mundial estamos sufriendo un virus del que creíamos que su visita sería de corta duración y hay que rendirse a la evidencia; ya se comienza hablar de una posible tercera ola: ¿Y si escucháramos lo que este bicho, nos quiere decir?
Imagino vuestra reacción: «no por favor, ya estamos hartos de que nos hablen del Covid-19» ¡Lo comprendo!, sin embargo, no puedo dejar de deciros que la respuesta global que le estamos dando desde los niveles político, económico, social y también eclesial no me gusta nada. Cuando veo que la única preocupación desde estos estamentos, no es otra que la de «recuperar la nueva normalidad», sencillamente me digo: «¡no vamos bien!» La realidad es esta: en medio de la pandemia, al ver cómo la naturaleza retomaba sus espacios, la onda de solidaridad que todo ello despertó, etc… La mayoría de entre nosotros llenos de optimismo, nos decíamos: «nada será como antes» pero una vez deconfinados vemos que para una gran mayoría la única preocupación es el «volver a lo de antes»; el «volver a lo de siempre.»
Pero, decidme: ¿alguien puede aceptar como «normal» que a diario la gente se ahogue en el mar?; ¿que nos hayamos acostumbrado a hablar de un primer y de un cuarto mundo hasta el punto de que ya no son noticia ni el hambre, ni la muerte de niños por una simple diarrea? ¿Cómo vamos a terminar con la pandemia si hay países que acumulan entre 7 y 9 veces más sus dosis necesarias dejando de esta manera en la cuneta a multitud de países pobres que solo podrán vacunar uno de cada diez de sus habitantes? ¿Quién puede aceptar como «normal» el hecho de ver cómo la mentira, la corrupción y la difamación son moneda de cambio en nuestros Parlamentos?; ¿que en pleno siglo XXI se siga cerrando en prisión a personas por sus ideas o reivindicaciones? Más que «normal»: ¿no es «escandaloso» el hecho de ver que se emplea más tiempo en construir muros que en construir puentes o hospitales? ¿Encerrar a millones de desplazados en campos insalubres; dilapidar los impuestos del contribuyente en armas para preparar la guerra; matar nuestra ‘Madre Tierra’… y así, un largo etc.: ¿será esto «normal»? «¿Recuperar una nueva normalidad?» «¡No!, ¡no gracias!»
Con todo, me limitaré a hablar de los efectos de la pandemia sólo desde el nivel eclesial y como miembro activo que soy de esta iglesia me gustaría poder ayudar a la reflexión; esta es la única razón por la que me he decidido a hablaros de ello. Me hago una multitud de preguntas de las que intuyo algunas posibles salidas pero mi sueño es que juntos, desde una reflexión eclesial serena con todo el pueblo de Dios, encontremos las respuestas adecuadas que nos marquen el camino a recorrer.
Para empezar la reflexión, debo deciros que siento una gran pena cuando leo cosas parecidas a estas: «Nosotros tenemos la gracia, como curas que somos, de celebrar en este periodo de confinamiento”; o cuando en la plena primera ola del Coronavirus, en nombre de la «libertad religiosa», algunos de nuestros responsables reclamaban abrir los templos; o también cuando tímidamente nuestras iglesias empezaron de nuevo a abrir sus puertas y la gente aún traumatizada y con el miedo en el cuerpo, incrédula escuchaba a algunos obispos subrayar: «la obligación dominical», recordándonos «que la dispensa de no asistir a la misa dominical ya se había acabado». Mal andamos cuando reducimos la religión a lo permitido, lo prohibido o lo obligatorio… ¿no os parece?
Nos hemos acostumbrado a privilegios y exacciones. En esta salida gradual del confinamiento, no acabo de imaginarme qué hubiera pasado si en muchos de los países dichos católicos hubiéramos tenido que adoptar la medida que tomaron una gran mayoría de países musulmanes: mezquitas (iglesias) abiertas los días laborables y cerradas los viernes (domingos)… simplemente habríamos puesto el grito al cielo al comprobar lo que todos sabemos: nuestras iglesias, a pesar de tener sus puertas abiertas a lo largo de la semana, seguirían vacías y el día que podríamos tener gente: puertas cerradas!
¿Y si el Covid-19 nos regalara el poder hacer una nueva lectura de nuestras prácticas cultuales? El papa Francisco nos pide que “desconfinemos” a Jesús: «hoy Jesús llama desde dentro de la Iglesia para salir hacia afuera.» ¿Seremos capaces de abrirle de par en par las puertas?
Vivo en el Assekrem (Sur de Argelia), en pleno desierto del Sáhara, y mi fraternidad vecina de Tamanrasset (80 km.) desde el mes de marzo del 2019 no tiene sacerdote, eso significa pasar meses enteros sin eucaristía, pero, «por los frutos los conoceréis,» nos dice Jesús: ¿no será más importante ser eucaristía, pan y vino para tanta gente que reclama su presencia? ¿Quién puede poner en duda que mis hermanos son una verdadera fraternidad eucarística y samaritana? Otras fraternidades a lo largo del mundo a pesar de tener algún hermano sacerdote en casa, por solidaridad con el común de los fieles decidieron no celebrar ninguna eucaristía hasta que abrieran las parroquias.
Es un hecho que a lo largo de la pandemia, las misas se multiplicaron en las plataformas digitales. Yo mismo, estando solo como estaba, cada mañana me conectaba a las eucaristías que el papa Francisco celebraba en Santa Marta: cortas, sin adornos y con unas homilías que me alimentaban… pero, llegaba la hora de la comunión y debo deciros que sentía en mi interior un cierto desgarrón, como si algo estuviera fuera de lugar y chirriara, era cuando el papa nos invitaba a hacer la «comunión espiritual». Sentía malestar al ver cómo algunos como yo – curas y obispos – teníamos el privilegio de celebrar y comulgar, mientras que la gran mayoría era excluida. Este malestar aumentó aún en mí interior cuando recibí dos consultas en la misma dirección: la una venía de una amiga y la otra de una familia – debo aclarar que entre ellos no se conocían -. El hecho es que, ellos como yo, ponían el pan y el vino sobre la mesa, y en virtud del ‘sacerdocio común de los fieles’ a la hora en que el papa consagraba ellos también pronunciaban las palabras de la consagración y comulgaban: «¿Es válido?», me preguntaban… Ironías de la historia, Carlos de Foucauld pasó un largo tiempo sin poder celebrar la Eucaristía por falta de asamblea («me es muy duro pasar la Navidad sin misa,» escribía) no podemos olvidar que la Iglesia se mantuvo fiel durante siglos en muchos lugares a pesar de no tener clero, mientras que hoy, los sacerdotes podemos celebrar sin la comunidad, pero la comunidad (familia) para celebrar necesita de nosotros. ¿No habrá algo que no acabamos de hacer bien?
¿Y si esta pandemia fuera un punto de inflexión? ¿Y si nos decidiéramos a no perder el tren? Cada vez son más los teólogos, liturgistas, eclesiólogos, sociólogos, etc., que hacen reflexiones parecidas a estas: «… Viaja por Internet un chiste que explica bien lo que quiero expresar. Más o menos dice así: el Diablo, feliz, le dice a Dios: «Con el Covid te he cerrado todas las iglesias» y, a Dios de responderle: «Que va,, todo lo contrario, gracias al Covid abrí una iglesia en cada casa». Está claro que no quiero que las iglesias se cierren definitivamente; sin embargo, ¿de qué sirven las iglesias sin la iglesia de la fe vivida por cada cristiano, sin las «iglesias domésticas» en cada casa y familia? (…) Es urgente repensar lo que la Iglesia es realmente, ante todo el conjunto de todos los bautizados. la Iglesia primitiva, era «la Iglesia doméstica», que se reunía en una casa grande de algún cristiano o cristiana y el que presidía era el dueño o la señora de la casa donde celebraban la memoria de Jesús haciendo lo que él mandaba: dar la bendición y compartir el pan y el vino, recordándolo en acción de gracias, como significa la palabra Eucaristía (…) en este contexto, es urgente que el clero medite sobre su misión y su lugar en la Iglesia y en el mundo de hoy. Es necesaria una conversión radical, para que la Iglesia deje de ser clerical, piramidal y pase a ser participativa, en círculo, comunitaria, poniendo los carismas de cada uno al servicio de todos. Hombres o mujeres, casados o no, porque Jesús no impuso el celibato.” (Anselm Borges, teólogo portugués en Religión Digital del 05/08/2020).
Y yo no puedo evitar el hacerme más y más preguntas: Este largo tiempo de pandemia con su segunda ola incluida: ¿no podría ser una oportunidad que se nos brinda de poner las cosas en su sitio? No se trata de caer en la trampa del dualismo: ¿“iglesias domésticas” o “asambleas en el templo”?; ¿“con” o “sin” sacerdotes? Estoy convencido de que lo mejor sería acoger la inclusión: “el templo y las iglesias domésticas”; “con y sin sacerdotes”. Creo con toda el alma que esto podría dinamizar nuestra fe, nuestras liturgias a la vez, nuestra iglesia ganaría en credibilidad. El papa Francisco, denuncia a menudo el «clericalismo» como una de las grandes plagas de la iglesia de hoy: ¿Y si nos decidiéramos a ponerle remedio enriqueciéndola con la multitud de carismas que suscita el Espíritu y haciendo de nuestros encuentros un gran recinto participativo donde todos se sintieran co-responsables? Pienso que es demasiado pronto para responder a estas preguntas o similares… pero, sí que podríamos empezar a reflexionar: ¿no os parece? La realidad es esta: al menos aparentemente hemos vuelto a abrir las iglesias como si nada hubiera pasado y a imagen y semejanza del mundo político y económico, se diría que la única preocupación eclesial hoy no parece ser otra que la de poder recuperar la «normalidad.» Deseo que en un futuro no muy lejano, este hecho del Covid-19 despierte una reflexión eclesial seria, profunda y participativa del “qué” y del “cómo” celebramos y vivimos nuestras eucaristías.
Para terminar, deciros que no puedo ni quiero ignorar el gran sufrimiento que algunos de vosotros habéis vivido a lo largo de esos meses con pérdidas de seres queridos de la familia, del vecindario o cercanos: mi pésame y solidaridad más sinceros!; sin olvidar tampoco los que habéis perdido el trabajo, por culpa de ese Covid… pero, como dice el refrán popular, portador siempre de una gran sabiduría: «Mientras hay vida, hay esperanza”, y es lo último que podemos perder. Sí; no podemos de ninguna manera “desesperar” o sea: “dejar de esperar”, de confiar en que una nueva Iglesia, un mundo mejor y una vida personal renovada…son posibles. Todo dependerá de la respuesta que tú, yo y todos nosotros demos a lo largo de la post-pandemia.
¡Feliz Navidad a todos y a todas! Deseo con todo mi corazón que Jesús visite vuestras familias y hogares y, ya sabéis, para que eso sea posible: «con dos o tres reunidos en su nombre» es suficiente para que Él se haga presente. Nadie puede confinarle
«Allí pasé tres días en la gruta de San Caprasio, solo, sin comer, estudiando a Carlos de Foucauld, que me dio una nueva forma de vivir en la presencia del Señor» (Kiko Argüello, 2016). En este vídeo se puede conocer la cueva en la que Kiko Argüello, coiniciador del Camino Neocatecumenal, se «encontró» un día con el gran santo francés Carlos de Foucauld (1858-1916), canonizado por el Papa en 2022.

«De Foucauld aprendí la imagen de la vida oculta de Cristo, estar silenciosamente a los pies de Cristo, rechazado por la humanidad, destruido, ser el último y estar ahí a sus pies», llegó a decir Kiko (foto: cueva de San Caprasio/ JCadarso).
por Juan Cadarso
«Allí pasé tres días en la gruta de San Caprasio, solo, sin comer, estudiando a Carlos de Foucauld, que me dio una nueva forma de vivir en la presencia del Señor» (Kiko Argüello, 2016).
Son los primeros días del mes de diciembre y, aunque el invierno está a punto de llegar, el termómetro del coche marca 15 grados en el exterior. El cielo de Farlete luce añil, espléndido, como si camináramos de forma inexorable hacia la temporada de verano. Recorro entonces la calle principal de esta localidad, emplazada a poco más de media hora de Zaragoza (Aragón), en las faldas de la Sierra de Alcubierre, en el lunático -por su forma- y místico -por su alma- desierto de Los Monegros.
Llego hasta el final del pueblo y me topo con el Santuario de Nuestra Señora de la Sabina. Allí dice la tradición que se le apareció la Virgen a un pastor, sobre uno de estos árboles tan típicos de toda la comarca. No es una simple ermita, es cierto, de hecho, tiene atrio, un bello camarín con la venerada talla, cofradía propia, cripta, sala capitular, vivienda para el sacerdote y hasta un albergue para alojar peregrinos y romeros.
Santuario de Nuestra Señora de la Sabina, en Farlete (Aragón).
Este lugar sirvió, precisamente, como noviciado internacional de los Hermanitos de Jesús durante 20 años. Llegados a Farlete en 1956, su anterior noviciado estaba en Argelia -donde vivió y murió Carlos de Foucauld-, pero, durante la guerra franco-argelina, fue asesinado uno de sus miembros y decidieron salir de allí. Uno de los hermanitos, brigadista internacional en la Guerra Civil, conocía a la perfección la zona, donde el frente de Aragón se estabilizó casi dos años -el escritor Orwell pasó por aquí y tiene hasta una ruta con su nombre-, y propuso Los Monegros como una buena alternativa.
Poco después de su llegada, los hermanitos comenzaron a excavar cuevas a las que retirarse y vivir tiempos de «desierto». De allí surgieron cuatro eremitorios (Elías, San Juan Bautista, María Magdalena y Santiago), además de una cueva comunitaria y una casita en el bosque. Uno de estos lugares sería nuestro destino final: la cueva en la que Kiko Argüello, coiniciador del Camino Neocatecumenal, se «encontró» un día con el gran santo francés Carlos de Foucauld (1858-1916), canonizado por el Papa en 2022.
«Pobres entre los pobres»
Junto a La Sabina, un camino de tierra se abre paso por su margen derecho. Al fondo, en lo alto del todo, se dejan intuir las cuevas de San Caprasio, a unos 834 metros sobre el nivel del mar. Para completar la etapa, un poco de comida, varias botellas de agua, unos apuntes y un par de libros que me servirán de documentación. Escritos espirituales de Charles de Foucauld: Ermitaño del Sáhara y El Kerigma. En las chabolas con los pobres, que cuenta el origen del Camino Neocatecumenal en las barracas de Palomeras Altas de Madrid.
Aunque, si con algo cargaré, durante los más de nueve kilómetros que hay de camino hasta el eremitorio de San Caprasio, es con una pregunta, que, además, será la que trate en todo momento de resolver: ¿qué tuvo de especial aquel santo francés para cautivar de esa manera tan fuerte al joven pintor leonés?
Tras unos primeros metros sobre el llano, la pendiente empieza a escalar de forma suave pero constante, y, casi sin darse cuenta, uno se encuentra cada vez más alto. El sol impacta sin reparo en nuestras cabezas, diría que se siente hasta calor. Unos cuantos arbustos por aquí y otros por allá salpican una gran alfombra ondulada color ocre también llamada el desierto de Los Monegros. El gigantesco vacío por el que pasó un día el iniciador de una de las realidades más importantes de la Iglesia universal.
En una breve pausa de avituallamiento, abro mi libro y comienzo a leer:
«A un teólogo dominico le habían concedido una beca para buscar puntos de contacto entre el arte protestante y el arte católico, ante la inminente celebración del Concilio Vaticano II (…). Antes de iniciar el viaje a través de Europa y para prepararlo, el dominico me quiso llevar al desierto de Los Monegros, a Farlete, donde se encontraban los Pequeños Hermanos de Carlos de Foucauld. Fuimos y estuvimos una semana de retiro, preparándonos para el viaje. En aquel desierto, que es bellísimo y tiene varias grutas (…). Me acuerdo de que estuve allí tres días en la cueva de San Caprasio, ayunando. Allí conocí la vida de Foucauld. Hablé con el padre Voillaume -fundador de los hermanitos- y quedé muy impresionado de la vida oculta de la Familia de Nazaret y del gran amor de Carlos de Foucauld a la presencia real de Cristo. En Tamanrasset (Argelia) se pasaba horas solo ante el Santísimo Sacramento».
A esta altura de la etapa, el camino se va llenando de «meandros», y lo que estaba tan cerca parece ahora que no llega nunca. Un par de motoristas, de los de campo a través, se cruzan con nosotros y nos saludan al pasar. En lo alto del «farallón», la ermita de San Caprasio, dedicada a un pastor que llegó un día a la determinación de querer ser monje, tomó su cayado y lo arrojó todo lo lejos que le permitieron sus fuerzas, yendo a caer en la Sierra de Alcubierre. En el lugar donde se posó empezó a manar agua, y luego se levantó una capilla.
Cuevas de San Caprasio, a las que se retiraban los Hermanitos de Jesús.
Cuanto más cerca estamos de hacer cumbre, más se suceden los recodos, y resulta un tanto descorazonador. Son casi las tres de la tarde y no hemos comido, así que nos instalamos plácidamente en unas rocas que afloran de la tierra y sacamos unos bocadillos preparados con esmero. La imagen es de gran belleza, un extenso mar de cerros suavemente redondeados acompaña en el horizonte a la ermita de San Caprasio.
Terminamos de comer, aprovecho para sacar mis apuntes, y me pongo a leer:
«Los vínculos entre Carlos de Foucauld y Kiko Argüello son varios y profundos, y van desde el momento de su conversión, a la intuición de la vida oculta en medio de los pobres, del modo de estar como ‘pobres entre los pobres’, hasta el ‘sueño’ de una capilla para la adoración en el Monte de las Bienaventuranzas». ¡Parece que he descubierto lo que buscaba!
«El primer vínculo entre ambos es el grito, la súplica a Dios en el momento de la crisis existencial: ‘Dios mío, si existes, haz que te conozca’, es la invocación más famosa de Carlos de Foucauld -que pasó de una juventud marcada por el desenfreno y la increencia a la búsqueda constante y genuina de la presencia de Dios-.
‘¡Si existes, ven, ayúdame, porque ante mí tengo la muerte!’, es la oración de Kiko Argüello. El propio Kiko dice: ‘Me preguntaba: ¿Quién soy yo? ¿Por qué existen las injusticias en el mundo? ¿Por qué las guerras?… Me alejé de la Iglesia hasta el punto de abandonarla totalmente. Había entrado en una crisis profunda buscando el sentido de mi vida… Estaba muerto interiormente y sabía que mi final, tarde o temprano, sería el suicidio’.
Emblema del Sagrado Corazón que llevaba Foucauld (foto: JCadarso).
Y, por medio del filósofo de la intuición, Henri Bergson, Kiko recibió una ‘primera luz’ de la existencia de Dios. Entró en su habitación y se puso a gritar a este Dios que no conocía. ‘Le grité: ¡Ayúdame! ¡No sé quién eres!. Y, en ese momento, el Señor tuvo misericordia de mí, porque tuve una profunda experiencia de encuentro con el Señor que me sorprendió. Recuerdo que estaba llorando amargamente, las lágrimas caían, las lágrimas fluían…’.
Pareciera como si la providencia se hubiera empeñado en asemejar los caminos existenciales de estas dos figuras tan cruciales para la Iglesia Católica. Una primera etapa vital de falta de fe y entrega total al mundo y un posterior encuentro con Dios que cambiaría sus vidas, y la de tantos otros, para siempre –de la espiritualidad de Carlos de Foucauld han salido al menos 19 familias distintas de laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas y el Camino Neocatecumenal está presente en más de 130 países, con un total de 30.000 comunidades, y con un millón y medio de hermanos en 6800 parroquias de todo el mundo-.
En silencio a los pies de Cristo
La etapa empieza a hacerse fatigosa, llevamos más de una hora andando y, haciendo cálculos, si no nos damos prisa, puede que al volver se nos haga de noche. Mientras hablo con mi acompañante escuchamos un ruido. Es una pickup blanca que está hasta arriba de barro. Desaceleramos la marcha y nos ponemos en el lado del conductor para hablar con él. Vamos a preguntarle si queda mucho para llegar. El hombre, que tendrá poco más de cuarenta años, nos propone que atravesemos el sotobosque, pero, en un gesto de generosidad, nos dice que nos lleva hasta arriba. Es cazador y el GPS le indica que tiene a varios de sus perros por esa misma zona.
Tras unas empinadísimas cuestas estamos por fin en el destino, junto a la ermita de San Caprasio. El buen samaritano se despide de nosotros y nos regala un último favor, que llegará a ser fundamental, nos indica cómo bajar la montaña por un camino alternativo, que ahora pienso, fue bastante kamikaze. Se lo agradecemos y caminamos rumbo a las cuevas. La vista desde allí es sobrecogedora. Por un momento, me siento como Moisés en el monte Nebo, y, como él, rezo para poder entrar en la tierra prometida, que, en este caso, es volver al coche sanos y salvos. Caminamos unos metros entre la pared y el precipicio. Bajamos unas escaleras de hierro y llegamos al balcón natural donde están excavadas las cuevas.
Refectorio de los hermanitos en las cuevas de San Caprasio (foto: JCadarso).
Los primero que hacemos al llegar es entrar en el que fuera el refectorio de los hermanitos. Todavía permanece en el centro la mesa donde comían, incluso hay algún colchón roído para el que quiera quedarse a meditar en esta especie de Abuna Yemata versión española -impresionantes iglesias etíopes excavadas en la roca-. El lugar está bien cuidado y tiene hasta un libro de visitas. Estampamos unas frases de recuerdo y leo de nuevo mis apuntes:
«Kiko, escuchando un discurso del Papa Juan XXIII, tuvo la intuición de que la renovación de la Iglesia vendría a través de los pobres. ‘Convencido de esto y de que Jesucristo se identifica con los pobres y miserables de la tierra, lo dejé todo y a todos. También mi prometedora carrera de pintor y me fui a vivir a las chabolas. En Carlos de Foucauld encontré la fórmula para vivir: una imagen de San Francisco, una Biblia –que sigo llevando conmigo porque la leo todos los días– y una guitarra… De Carlos de Foucauld aprendí la imagen de la vida oculta de Cristo, estar silenciosamente a los pies de Cristo, rechazado por la humanidad, destruido, ser el último y estar ahí a sus pies’.
Es más, cuando Kiko fue a las barracas de Palomeras Altas, fue siguiendo las huellas de Carlos de Foucauld en la vida oculta de Cristo.
Cuenta Kiko: ‘No fui allí para enseñar a leer y escribir a aquella gente, ni para hacer asistencia social y ni siquiera para predicar el Evangelio. Me fui allí para ponerme al lado de Jesucristo. Carlos de Foucauld me había dado la fórmula para vivir en medio de los pobres como un pobre, silenciosamente. Este hombre supo vivir una presencia silenciosa de testimonio entre los pobres. Tenía como ideal la vida oculta que Jesús vivió treinta años en Nazaret, sin decir nada, en medio de los hombres. Ésta era la espiritualidad de Carlos de Foucauld: vivir en silencio entre los pobres. Foucauld me dio la fórmula para realizar mi ideal monástico: vivir como pobre entre los pobres, compartiendo su casa, su trabajo y su vida, sin pedir nada a nadie y sin hacer ninguna cosa especial. Jamás pensé montar una escuela o un dispensario o algo por el estilo. Sólo quería estar entre ellos compartiendo su realidad’.
Este momento será constitutivo y esencial para el posterior anuncio del kerygma, que acompañará toda la evangelización del Camino Neocatecumenal: Dios nos ama y sale a nuestro encuentro, hasta lo más profundo de nuestro ser pecadores, de nuestro ser ‘últimos’, para salvarnos. En esta intuición de Carlos de Foucauld, que Kiko hace suya, tiene fundamento su experiencia de Jesucristo y su misión».
Pasados unos minutos, salimos para conocer el lugar más importante de las cuevas. Antes de llegar, en un pequeño hueco en la pared, que parece destinado para hacer fuego, en el hollín, alguien ha raspado un Sagrado Corazón, emblema de Carlos de Foucauld. Unos pasos más allá, en el «pináculo» del monte, una puerta de madera da acceso al oratorio donde el iniciador del Camino Neocatecumenal descubrió un día al santo francés. Dos bancos esculpidos en la roca flanquean la nave central, que está reforzada con troncos de madera a modo de correa que le dan un aire muy acogedor. Hay un icono de La Trinidad de Rublev, unos pocos rosarios y un sagrario, que se encuentra vacío.

Oratorio de los hermanitos de Jesús (foto: JCadarso).
En el silencio más absoluto que uno bien pudiera imaginar, escuchando casi únicamente nuestro propio palpitar, me pongo a leer:
«Varias veces Kiko ha recordado que hay tres santos –y los tres franceses– que lo llevaron a las chabolas: Teresita de Lisieux, Isabel de la Trinidad y Carlos de Foucauld. En el mensaje que la Virgen le dará: ‘Hay que hacer comunidades cristianas como la Sagrada Familia de Nazaret que vivan en humildad, sencillez y alabanza. El otro es Cristo’, la humildad está representada por San Carlos de Foucauld, la sencillez por Santa Teresita del Niño Jesús y la alabanza por Santa Isabel de la Trinidad.
Hagamos presente ahora una inspiración que se llegaría a cumplir 50 años después y que es muy profunda. Kiko mismo la explicó durante una convivencia: ‘Nosotros hemos realizado un sueño, que en el Monte de las Bienaventuranzas haya una capilla para la presencia real y permanente de la Santa Eucaristía. El Camino Neocatecumenal tiene como imagen la Sagrada Familia de Nazaret y hemos visto con sorpresa que estamos muy cercanos a Carlos de Foucauld que quiso, tuvo la intuición, la misión de la vida oculta de Nazaret… Ahora, aquí, inauguraremos una capilla. Foucauld pensó comprar este sitio porque sentía de Dios que en el Monte de las Bienaventuranzas tenía que haber una capilla con la presencia constante de la Santa Eucaristía, día y noche.
El hermano Carlos pasaba largas horas de oración contemplativa ante el tabernáculo. En sus escritos espirituales se ve este deseo, esta pasión por estar cerca de la presencia de Cristo. Precisamente con relación a esto, escribió: ‘Creo que es mi deber esforzarme por adquirir un lugar del Monte de las Bienaventuranzas, para asegurar su propiedad a la Iglesia, cediéndola después a los Franciscanos, y también el de esforzarme por construir un altar donde, perpetuamente, se celebre la misa cada día y esté presente Nuestro Señor’.
El sueño de Carlos de Foucauld
Sobre esta intención, el santo reflexionó y rezó mucho. Él estaba profundamente convencido de que su vocación de ‘imitar lo más perfectamente posible a nuestro Señor Jesús, en su vida oculta’, con una consagración más radical y definitiva, la recibiría aquí, en el Monte de las Bienaventuranzas.
El sueño de Carlos de Foucauld se hizo realidad durante la Pascua de 2008, cuando en el Centro Internacional Domus Galilaeae, gestionado por el Camino Neocatecumenal y situado en la parte superior del Monte de las Bienaventuranzas (Korazim – Galilea), se inauguró una capilla con la presencia constante de la Santa Eucaristía, día y noche, para la adoración perpetua del Santísimo. Lugar que queda reflejado en el Lago de Galilea, embellecido por la predicación del Sermón de la Montaña y por el sueño de Carlos de Foucauld que se sella con la misión evangelizadora de la Iglesia». Puedes ver aquí la capilla construida por el Camino.
Nuestro tiempo en las cuevas de San Caprasio -en este lugar tan señalado para la historia reciente de la Iglesia-, va llegando a su fin. Cierro mi libro y leo algo en un pequeño cuadro que descansa a los pies del sagrario. Y, en silencio, repito para adentro:
«Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tu eres mi Padre («Oración de abandono», de Carlos de Foucauld).
Puedes ver aquí cómo se accede a las cuevas de San Caprasio.
Echo la vista hacia adelante… y un sol escurridizo atraviesa la linterna del Santuario de Nuestra Señora de la Sabina, dejando un espectáculo que hasta el hombre más valioso nunca sería capaz de recrear. Echo la mirada hacia atrás… y las cuevas de San Caprasio se van escondiendo en el horizonte cada vez un poco más.
Entonces, levanto la mano, y, como brindando un toro a la inmensidad, me digo: Bendito seas, oh ‘hermano universal’, y bendito sea tu santo, dulce y estrepitoso fracaso. Porque tú, que dejabas siempre un plato vacío para tu ‘compañero’, hoy cuentas con miríadas de hijos… que, gracias a ti, saben que solo en el madero uno encuentra el descanso… ¡el verdadero!

“Vida contemplativa”: expresión, a veces enigmática, que guía nuestra vida cotidiana; una melodía sin la cual nuestra vida pierde sentido. ¿Qué significan estas dos palabras para nosotros hoy? Hermanitos y Hermanitas de diferentes países europeos se han reunido para intentar responder a esta pregunta, basándose en sus propias experiencias. Comparten con nosotros algunas perlas, algunas pistas que pueden guiar nuestros propios comienzos en la oración.
Contemplar es mirar a la manera de Dios. Es mirar a Jesús y maravillarse de su belleza. Significa mirar a las personas: descubrir la belleza que a veces oculta la vida ordinaria. Significa descubrir el Espíritu, la santidad del vecino de al lado.
Significa mirar y también ser mirado, dejarse mirar, dejarse interpelar por la mirada de los demás en cada etapa de nuestra vida.
¿Podemos maravillarnos de lo que no sabemos? Estamos en el camino del conocimiento… La búsqueda es continua, siempre abierta.
Muchos otros movimientos, cristianos o no, religiosos o filosóficos, desarrollan la contemplación. Nosotros los «religiosos», junto con nuestros vecinos, la gente de los barrios donde vivimos nos descubrimos en una profunda búsqueda.
Alguien me preguntó una vez: «¿De dónde viene tu esperanza? Yo quería una vida que no me alejara de la vida real con la gente sencilla; la vida con sus alegrías, sus sufrimientos, sus dificultades. Es ahí, en medio de la vida cotidiana, donde encuentro mi esperanza.
No soy llamada a vivir en un mundo paralelo, sino en la realidad de la vida, a vivir en el mundo y aceptarlo tal como es.
Jesús se sumergió en la realidad de su tiempo, en su contexto. Descubramos algo nuevo en esta realidad banal, cotidiana, que tiene algo de positivo. Nuestra vida contemplativa tiene los colores del hoy, de nuestra realidad.
Somos una Iglesia en medio del valle: una Iglesia en salida de “la cristiandad” y de su vocabulario. Una Iglesia en salida, pero que aún no ha entrado de lleno en este mundo postcristiano. El contexto europeo secularizado en el que vivimos nos urge a redescubrir las relaciones.
Necesitamos ampliar la Eucaristía, verla como una presencia que va más allá del ámbito litúrgico para abarcar toda nuestra vida. No es la Eucaristía la que pierde importancia, sino que se unen Eucaristía y vida, formando una sola cosa con nuestra vida. Se nos invita a vivir una vida eucarística.
La edad y la vejez son también una escuela de oración, de contemplación, de desprendimiento, de deseo del Encuentro. Acompañar a nuestros hermanos ancianos es ser testigo de un camino accidentado, siguiendo las huellas de Jesús, que no tuvo que experimentar la vejez.
Con la edad, nos volvemos más humildes, aceptamos la realidad tal como es, acogemos nuestras propias limitaciones. El desapego en sí mismo no tiene sentido, salvo para apegarse más a Jesús. No se trata de una actitud voluntarista, sino de dejar que el Espíritu Santo actúe en nosotros.
A los mayores les gusta mirar a los niños, que son maestros de la admiración, el asombro y la contemplación.
No es fácil ni natural hablar con los demás de las cuestiones que nos rondan por la cabeza. Tengamos 20 u 80 años, nos cuesta hablar o escribir sobre nuestra vida contemplativa.
Tal vez, al llegar a cierta edad, sentimos cierto pudor al hablar de la experiencia vital de la contemplación, prefiriendo guardar silencio. Al mismo tiempo, es necesario decir algo… necesitamos encontrar el camino.
Por eso hemos querido compartir contigo algunos fragmentos de nuestros intercambios, con la esperanza de que puedan resonar con tu propia experiencia.
Texto redactado a partir de extractos de la carta de pt sr Elisabeth-Lucie (PSJ), pt fr Kuba (PFJ), pt fr Mirek (PFJ) tras el encuentro de Bérgamo (Italia)


El hermanito de Jesús Ventura Puigdomènech Boix, frente a la parroquia de Sant Bernat Calvó de Reus, en junio.3 de septiembre 2024 Macià Grau
El pasado mes de junio, la parroquia de San Bernardo Calvó de Reus acogió una charla del hermanito de Jesús Ventura Puigdomènech Boix, un cura hijo de los Hostalets de Balenyà que vive desde hace más de 28 años en Argelia. Aprovechando su visita temporal a Cataluña, hemos hablado con él para conocer cómo es la Iglesia en este país, donde cada año pasan miles de inmigrantes que quieren ir a Europa en busca de una vida mejor. Monje de la Trapa en el monasterio de la Oliva, Jesús Ventura conoció a los monjes mártires del monasterio de Tibhirine, hasta que finalmente entró en la fraternidad de los Hermanitos de Jesús, de Carlos de Foucauld. Como nos explica, su futuro pasa por Argelia, y aprovecha la entrevista para hacer una petición especial al semanario Catalunya Cristiana : “Acabemos de cerrar una comunidad, yo ahora vivo en Assekrem, en el desierto del Sáhara argelino, y sólo quedamos dos hermanos. En todas las comunidades cristianas falta relevo, pero en Argelia es mucho más extremo. Necesitamos que se dé a conocer nuestra situación, para que venga más gente altruista dispuesta a ayudar a los más necesitados”.
«Hay muchos inmigrantes subsaharianos que saben que somos cristianos y llaman a nuestra puerta», asegura el religioso.

René Voillaume,
una mirada retrospectiva a un año decisivo (Un hermanito de Jesús)
Con motivo del vigésimo aniversario de la muerte de René Voillaume, la edición italiana de la revista ‘Jesús-Caritas’ publicó un número especial, con la participación de toda la familia espiritual Carlos de Foucauld. Para los hermanos de Jesús en Italia, le pidieron a Laurent Ch. que escribiera algo. Éste es el texto:
Las líneas que siguen se limitan a considerar a René Voillaume como el fundador de los Hermanos de Jesús. Evidentemente, la personalidad de René Voillaume va mucho más lejos.
Centrarse en un solo aspecto de la vida de una persona puede ayudarnos a conocerla mejor, porque ella es siempre única y compleja.
A principios de 1948, René Voillaume pasó varios meses en El-Abiodh (Argelia). Se encontró en una situación muy diferente a la de los primeros años de la fundación de los Hermanos de Jesús. La vida monástica de los primeros años, que seguía marcando la vida de los hermanos, había evolucionado gracias a un conocimiento más profundo de Carlos de Foucauld, a un mejor acercamiento a la vida local y
también, desde los años de la guerra, gracias también a los cuestionamientos procedentes de los hermanos de las fraternidades que empezaban a propagarse por el mundo.
Esta estancia en El-Abiodh fue un periodo de gracia excepcional para René Voillaume y en consecuencia
para los Hermanos de Jesús.
He aquí lo que escribió en este sentido:
“A principios de 1948, pasé tres meses en El- Abiodh, ocupado con unas charlas para las Hermanitas
de Jesús. Este período fue para mí un tiempo de reflexión sobre nuestra vocación. Sentí que había llegado a un punto en el que podía poner por escrito el fruto de estas reflexiones.
Durante estas semanas redacté una serie de textos destinados principalmente a los hermanos y que serían como el Estatuto espiritual de su ideal de vida. Ésta es la lista de esas cartas que se sucedieron a principios de 1948:

Presentaciónes del libro previstas:
Septiembre: Presentación virtual Instituto Emmanuel Mounier
Diciembre: Barcelona vigilia del aniversario de la muerte del padre Foucauld.
Para adquirir ejemplares: http://mounier.es/


QUIQUE desde Farlete (Zaragoza) nos cuenta cómo vive las consecuencias de una situación laboral cada vez más precaria.
España
Llevo tres años trabajando en la repoblación forestal, y en todo aquello que tiene alguna relación con el monte. Mis compañeros de trabajo son, en su mayoría, gente del campo que con esta actividad pueden hacer frente a su más o menos precaria economía (aunque no siempre es precaria).
Los primeros meses fueron para mí una especie de tortura. Yo no estaba acostumbrado a un trabajo tan duro, donde la fuerza física y la resistencia están diariamente a prueba. Me dolían los riñones y me sentía al final de la jornada completamente agotado, hasta el punto que más de una vez tuve que irme a dormir nada más llegar a casa. Al esfuerzo físico se sumaban las inclemencias del tiempo –ahora frío, ahora calor, ahora viento, ahora lluvia…- Yo me encontraba en desigualdad de condiciones ya que mis compañeros son gente acostumbrada a los trabajos duros. Lo peor de todo es que no podía plantar menos pinos que los demás, ya que eso era (y sigue siendo) un pasaporte a casa. El haber sabido aguantar me hizo ganar la confianza de mis compañeros y la del jefe. Hoy después de tres años, sigo en la misma empresa y aguantando como puedo. Físicamente me encuentro más fuerte y mejor preparado.
Este trabajo, debido a las distancias, nos obliga a desplazarnos continuamente y no pocas veces a muchos kilómetros de casa, lo que da lugar a tener que pasar los días laborables en fondas y a dormir fuera de la fraternidad.
Desde esta experiencia de trabajo, hay varios aspectos que me gustaría compartir con todos vosotros. Uno de estos aspectos es el que llamamos solidaridad. La solidaridad es un aspecto más o menos fácil de ver desde nuestra perspectiva de renuncia a… para ser uno más en el mundo obrero y caminar juntos hacia… pero, ¿es así también entre compañeros? Cuando uno ve que los compañeros se pican unos a otros para ser mejor vistos por el encargado; cuando los fuertes se ríen de los débiles; cuando el más agudo se ríe del más ingenuo; cuando el chivato de turno no hace más que vigilarte… uno se pregunta qué es lo que está pasando con la solidaridad…
España es un país con una alta tasa de paro; por eso ha creado un clima de miedo y de inseguridad, de saberse sin trabajo y sin el bienestar al que se está acostumbrado. Esa situación ha llevado a crear en ciertos círculos una dependencia casi total a la voluntad del jefe, que muchas veces hace oídos sordos a los derechos del trabajador. Yo sé que si quiero seguir en esta empresa, tengo que asumir el trabajar más horas sin cobrarlas; si tiene que pagarnos la comida y el alojamiento, por estar muy lejos de casa, nos hace trabajar una hora más al día. Si no lo hacemos, ya sabemos la respuesta… Cuando pienso en tantos obreros que han dado su vida por una sociedad del trabajo más justa, me pregunto qué dirían si levantaran la cabeza.
Hablamos también mucho entre compañeros sobre la situación política y social actual; sentimos el problema pero hay una especie de indiferencia y de no querer tomar conciencia de lo que se va cociendo en el país. El hombre de campo, aquí en Aragón, está acostumbrado a que sean los estamentos oficiales los que les solucionen los problemas. Dan su voto, pero no hacen oír su voz. Se quejan de todos, y para ellos todo va mal, pero las quejas no pasan de la casa o del bar. Para mí sería fácil el participar con otros grupos o el luchar de forma particular sin contar con los compañeros, pero eso no sería un camino común de liberación y de conciencia social… Tengo que seguir caminando con ellos, compartiendo con ellos y sintiendo con ellos… luego se verá. También yo muchas veces siento miedo e inseguridad ante esta crisis que nos azota; y eso que tengo mi comunidad, comunidad que me apoya y respeta en mis decisiones y que me da cierta seguridad. Pero sé que no debo aprovecharme de ese privilegio.
De todas maneras siempre hay micro-signos entre compañeros que tienen todo su valor. Hay compañeros que se vuelcan por ayudar a aquellos menos rápidos o menos fuertes en el trabajo. Nos animamos unos a otros y procuramos aprovechar el tiempo del almuerzo para hablar, reírnos y compartir un trago. Hay también entre nosotros un marroquí que ha sido bien acogido en el grupo y que parece contento entre nosotros. Ya veis pues, siempre hay pequeños signos de esperanza que son los que hacen que la vida sea más llevadera.
A pesar de la dureza, de los horarios y de los desplazamientos me encuentro a gusto con este trabajo y con los compañeros. Sé que cuento además con la comprensión y la ayuda de mis hermanos; ellos me ayudan a vivir todo esto desde la Fe y la vida cotidiana.

ANTOINE CHATELARD
El 22 de julio 1905 Carlos de Foucauld anotaba en su
cuaderno un nuevo proyecto de vida. Justo antes de establecerse
en una pequeña aldea del Ahaggar, que él no conocía aún y donde
acabará su recorrido terrestre.
Entre otras cosas podemos leer: “Nada de clausura – como
Jesús en Nazaret”.1 Esta indicación es sorprendente cuando se
sabe la importancia que él daba a este signo material de la
clausura. Ya sea un muro real, como en la Trapa o una línea de
piedras a ras del suelo, como en Beni Abbès. Estas piedras eran
para él el signo visible de la separación y del alejamiento de los
asuntos del mundo.
Antes, cuando vivía en Jerusalén cerca del convento de las
Clarisas, lo argumentaba en una carta del 22 de enero 1899 al
abbé Huvelin en la que le pedía permiso para hacer un voto
especial de clausura que le impidiera salir y por tanto responder a
las invitaciones externas y a los diferentes servicios que le pedían.
Antes de dejar Beni Abbès el 24 de noviembre 1903, escribía a su
obispo: “¡Si supierais como me encuentro como pez fuera del
agua, en el momento que dejo la clausura!… no estoy hecho para
salir de ella”.2
Y tres meses antes de tachar la clausura de su programa,
escribía aún a su prima, el 11 de abril de 1905: “En cuanto a
cambiar de lugar, a salir de la clausura, por razón de salud, es algo
que nunca han hecho los buenos monjes: la clausura, es el
elemento, la patria, a la espera del cielo…”
De todas formas salió, por deber, para el servicio de Dios, aún
sintiéndolo. ¿Cómo explicar este cambio, en un tiempo tan corto?
En primer lugar hay que reconocer que él confunde la
clausura y la estabilidad, como en la carta en la que pedía hacer el
voto de clausura: “[…] nunca tendré ni soledad, ni lugar fijo […]”.3
Este voto debía inmovilizarlo y darle “estabilidad”, impidiéndole
responder a las llamadas de las Clarisas u otras. Él no se sentía
llamado a una vida de viajes entre Nazaret y Jerusalén,
respondiendo a la menor demanda de algún servicio.
De igual forma en Ghardaïa, en 1904, al final de un año entero
de viajes y desplazamientos continuos, vuelve a decir al Padre
Guérin que su vocación no es la de visitar las aldeas o las
guarniciones sino la de vivir en un punto fijo en Beni-Abbès o en el
Ahaggar, pero no viajando entre los dos.
Parece que había terminado el tiempo de su juventud. Un
período en el que, en el sur argelino, pasaba de siete a ocho
meses moviéndose sin interrupción, y todo ello con gran contento.
“Me gustaban mucho los viajes por los cuales yo siempre había
sentido una gran atracción”.4
Desde entonces, siente terror ante los viajes. ¿Es verdad
esto? Los hará por deber como todo lo que hace. Decenas de
miles de kilómetros, casi siempre a pie. Se comprende que haya
expresado a menudo el deseo de detenerse y de permanecer en
un lugar… con o sin clausura.
Este abandono de la clausura al llegar a Tamanrasset se
explica porque para él esto es solamente una situación provisional,
a la espera de tener compañeros. Aún lee su reglamento de vida
en común, incluso si está solo. Decide sin embargo “retirarse
resueltamente de todo aquello que no sea la imitación perfecta de
esta vida (la de Jesús en Nazaret)”. El Reglamento no es ya la
expresión de Nazaret y lo provisional sino que se convierte poco a
poco en lo normal.
La nueva orientación se irá confirmando a lo largo de los años
convirtiéndose en una apertura a lo imprevisible, en una gran
sumisión al momento presente ya que éste manifiesta la voluntad
de Dios mucho más que una Regla escrita en circunstancias
totalmente diferentes. Ya no se dejará encerrar en un reglamento
ni en una clausura simbólica o ideológica. Por el contrario tratará
de vivir cada vez más cerca de los habitantes de la aldea y de los
nómadas de los alrededores. En relaciones de vecindad y de
amistad. También en las relaciones de trabajo para las cosas
prácticas y sobre todo para poder estudiar la lengua.
Durante los primeros años evita ir a visitar a los tuaregs. Lo
hace por discreción y para no forzar las relaciones, pero sufre al no
recibir muchas visitas de ellos. Él los excusa: “en invierno, los
tuaregs, frioleros y mal vestidos circulan poco: así no tienen mucha
prisa en visitarme: hay que romper el hielo: eso se hará con el
tiempo… No he estado a más de cien metros de la capilla”.5
Cuando un poco más tarde (en 1907) se encuentra más al sur, en
medio de numerosos campamentos, se alegrará de los encuentros:
“vamos a ver muchos indígenas durante el mes que nos
quedaremos cerca de los que acampan en esta región, esto es lo
que deseo…”.6 No esconde su satisfacción: “Aprovecho la
presencia de muchos tuaregs para conocerlos y recoger
documentos sobre su lengua, dando gracias a Dios por esta
estancia y contactos que no había tenido antes tan cercanos”7 Y
cuando vuelve a Tamanrasset, escribe: “Mi regreso aquí ha sido
dulce, la población me ha recibido bien, mucho más
afectuosamente que osaba esperar”.8 Después de otra ausencia,
escribirá a Henri de Castries el 16 de mayo 1911: “Estos primeros
días de regreso aquí no han sido días de soledad; he sido recibido
con un afecto que me ha emocionado por los tuaregs y
continuamente tengo sus visitas… pero pronto, se producirá una
media soledad, y ya, desde que el sol se pone, es la gran calma
tan deseada. Benedicite noctes y dies Domino. Soy la única
persona en este desierto que recita el cántico Benedicite omnia
opera Domini Domino frente a estas bellas montañas. Que el
Señor se digne dar gracia a estos tuaregs, tan capacitados, para
que ellos amen y sirvan a Dios y que sus almas alaben al Señor al
igual que lo hace la creación inanimada”.
No hay duda de que desea esta apertura a los otros desde el
primer día de su llegada a Tamanrasset. En agosto de 1905, le
quedan once años que vivir en este pueblo donde él quiere “tomar
como único ejemplo la vida de Nazaret”, como anota en su
cuaderno, el 11 de agosto. Estos once años sin clausura, ¿pueden
dejar ver la originalidad del mensaje contenido bajo el nombre de
Nazaret? Es difícil usar para esto el vocabulario clásico, ya sea el
de su época o el de hoy día. Las palabras son importantes pero
son equívocas. Al hermano Carlos es imposible clasificarlo en una
categoría: monje, misionero o sacerdote diocesano. Cada una de
estas etiquetas, que él mismo utiliza en un momento u otro, o bajo
las cuales lo encerramos, exige explicaciones pues ninguna de
ellas permite completar el mensaje que se desprende de una vida
fuera de las normas habituales.
l sigue llamándose monje, “monje muerto para el mundo”,
pero la clausura no forma ya parte de su vida. Él quiere estar cada
vez más cercano a aquellos de quienes no quiere estar “separado”.
“No quiero morar lejos de un lugar habitado, sino cerca de una
aldea, “como Jesús en Nazaret”.
Tendrá que mudarse, al final de su vida, alegrándose de vivir
más cerca de las casas de sus amigos y darse cuenta de que
Jesús no vivía cerca de Nazaret. Él nunca hizo grandes
consideraciones sobre la inserción en una aldea o en un barrio,
pero la lógica del amor le hizo estar más cercano a sus amigos,
conocer mejor su propia vocación y el verdadero rostro de Aquél
que fue, en Nazaret, no un monje sino un hombre de pueblo con
un oficio, una reputación y unas relaciones.
Hasta su muerte, él se llamará a sí mismo ermitaño puesto
que está solo. Con gusto habla de sus ermitas y se sigue
haciéndolo después de él, incluso en Beni-Abbès, el único lugar al
que él había dado el nombre de fraternidad.
Según René Bazin, muchos se equivocaron con este
vocabulario. Aún más, porque viviendo solo en el Sahara (en el
desierto) no se puede imaginar sin la espiritualidad del desierto. De
ahí la representación del ermitaño atraído por la “llamada del
silencio”. Es verdad que no se puede eliminar la palabra ermitaño
de su vocabulario, pero hay que saber que no es nada adecuado a
su tipo de vida ni en Tamanrasset, ni siquiera en el Asekrem donde
él se establece no para huir de la multitud sino para estar “en un
punto céntrico” más cercano de los nómadas que él veía poco en
sus comienzos sedentarios en la aldea de Tamanrasset.
La palabra “ermitaño” es más adecuada para describir el
tiempo vivido en Nazaret y Jerusalén a la sombra de los conventos
de las Clarisas. En este período tenía en su mente el proyecto,
muy elaborado y muy idealizado, de vivir junto a una treintena de
ermitaños. En el Hoggar no desea el aislamiento sino que busca
los encuentros. Él quería tener un compañero, pero puede asumir
la soledad por la fuerza de su temperamento y por su fe en la
presencia viva de Dios. Esta soledad le parece incluso una suerte,
no para el recogimiento, sino para estar más cerca de los
habitantes: estando solo, uno es “más sencillo y más abordable”.
Esto es lo que él oyó decir desde su primera visita a esta región, el
26 de mayo 1904. “Por lo que respecta al recogimiento, es el amor
el que tiene que recogerte en mí interiormente y no el alejamiento
de mis hijos”.
¿Se identificaría mejor su vida en el Hoggar llamándola
misionera? Sin duda, él está en “país de misión”. Participa
plenamente a su manera en la misión de la Iglesia de la cual se
preocupa haciendo proyectos e informes para los misioneros. Sin
embargo, él no se considera a si mismo como un misionero,
incluso rechaza esa palabra para marcar bien su diferencia con los
Misioneros de África. Los tuaregs no conocieron nunca al monje ni
al ermitaño, ni siquiera al sacerdote; desde el primer día y hasta la
hora de su muerte, en su último grito de petición de socorro, era el
marabout. No tenía nada en común con los hechiceros y
charlatanes contemporáneos o modernos. Él es el único de su
especie, un hombre que reza, que no está casado, que cura, da
consejos, distribuye limosnas, que es bueno para todos; éste es el
retrato del buen religioso. Esta palabra evoca incluso la misma raíz
que marabout (unido a Dios) pero no separado, pues él también
está unido a los hombres y las mujeres por los lazos que intenta
crear con todos aquellos en medio de quienes vive.
Al igual que ellos, come tortas de trigo y mijo cocido así como
una especie de mezcla con dátiles, pero nada de carne (algo que
le queda del régimen monástico). Bebe café. Su régimen
alimenticio ha mejorado pero sigue siendo desequilibrado. Carlos
se sorprenderá de ser víctima del escorbuto por segunda vez a
finales del año 1914.
Escribe: “Sin hábito, como Jesús en Nazaret”. Lleva puesto
un hábito simple que le distingue de los otros franceses. Su
vestidura se parece a una túnica árabe pero con una correa. Sin
ningún signo particular: ni rosario, ni insignia, ni ese corazón bajo
una cruz (que a todos interrogaba y que no era más que un signo
inadaptado e ilegible del amor que él quería dar a todas las
criaturas de Dios). El único signo visible de su diferencia será su
comportamiento fraterno y amistoso para con todos aquellos con
los que se cruza (militares franceses, tuaregs, árabes, antiguos
esclavos negros o mulatos). Desea que al verle puedan decir: “Ved
como ama”. Es el único signo visible que permite reconocer que es
discípulo de Jesús.
Durante esos años el lugar principal lo ocupa el trabajo. Un
trabajo intelectual de casi 11 horas cada día. Se podría decir que
hacía una obra de benedictino pero lejos de los horarios
monásticos y de las ocho horas de trabajo que él atribuía a Jesús
de Nazaret.
¿Cual es el sentido humanitario de este trabajo? Se trata de
una obra científica de gran calidad (una obra de apertura a otra
cultura), pero también es una obra de fraternización ya que
permitía un acercamiento más real e íntimo a la sensibilidad de un
pueblo. Lo que él hace es fundamental ya que es un trabajo que le
permite ponerse en relación con los hombres y mujeres. En 1907
hace largas caminatas y estancias prolongadas en los
campamentos del sur. Escucha atentamente y sin descanso las
poesías que le recitan. Horas, días, meses para corregir ese
trabajo hasta conseguir la frase justa y el sentido exacto. ¡Qué
precisión y qué perfección! Nadie ha vuelto a hacer en esos
lugares nada parecido.
Deberíamos recibir el mensaje de lo que él vivió durante sus
últimos años. Queda mucho por descubrir en los detalles de su
vida y en la lectura de sus cartas para situarle en la verdad
concreta de sus relaciones con los hombres y mujeres a quienes
quiso acercarse. Si hubiese vivido en otro lugar, en un país no
musulmán, ¿habría llevado un mensaje nuevo? Si se hubiese
quedado en Beni Abbès ¿se hubiese convertido en lo que fue en
Tamanrasset? Si hubiese podido recibir algunos compañeros (en
un lugar mejor comunicado que el Hoggar) probablemente habría
creado una nueva comunidad monástica apenas diferente de la
Trapa. O habría organizado, como tan bien sabía hacerlo, la vida
de sus compañeros, sin tener en cuenta las realidades locales a
las que, al estar solo, se adaptó de una manera admirable. Solo en
medio de ellos, supo mantener su fe y su identidad, aún viviendo
cerca. Más aún, al ponerse a la escucha de los otros, y tratando de
comprenderles, se dejó transformar por las relaciones de amistad y
pudo evolucionar en sus ideas, sus proyectos y sus utopías. Él fue
el confidente de unos, el consejero de otros, el amigo de algunos.
También se convirtió en una referencia e incluso en un modelo de
convivencia y diálogo para aquellos que, a un siglo de distancia y
por todo el mundo, viven en situaciones semejantes. Él aprendió a
amar desinteresadamente a cada persona, respetando sus
diferencias y mantener la preocupación por el interés general y el
bien común. Se convirtió en un artesano de unidad entre los seres
humanos a los que todo enfrentaba.
Había llegado allí pensando que tenía que convertir a los otros
a su religión. Pero ¿cómo podía seguir pensando que esos
hombres y mujeres a los que se había unido no podrían ser
salvados porque no tenían la misma religión que él? Ellos le
habían obligado a pensar de otra forma.
Al final de su vida, sólo habla de la salvación de todo ser
humano y de la necesidad de trabajar por la salvación de los otros
tanto como por la propia. Dios desea la salvación de todos los
humanos. Ya no hay que cambiarlos de religión. Carlos mantiene
esta esperanza pero la aplaza. Lo inmediato es mantener viva su
fe, permanecer siendo él mismo, vivir una vida cristiana en la
perfección del amor amando a cada persona como Dios la ama
respetando sus convicciones. Esto parece tan superficial que se
puede leer sin ver su importancia. Él lo anota, unos meses antes
de su muerte, en las últimas meditaciones escritas, el 18 de junio
de 1916: “Amar al prójimo, es decir, a todos los humanos como a
nosotros mismos, es hacer por la salvación de los otros lo mismo
que para la nuestra, la obra de nuestra vida; amarnos los unos a
los otros como Jesús nos ha amado, es hacer de la salvación de
todas las almas, la obra de nuestra existencia”.
Desde ese momento, la obra de su vida será amar a cada uno
tal como es. El medio mejor para trabajar por la Salvación de los
otros, es amarlos como Dios les ama. Él no tiene ninguna otra
cosa que hacer. Esa es la obra de nuestra existencia. Ninguna
frase puede mostrar mejor esto que la que él había tenido la
audacia de usar desde su llegada al Sahara: “hermano, hermano
de todos, hermano universal” y que al final de su vida usará con
más humildad. No basta con suprimir la clausura sobre el papel y
en la realidad para que todo se haga simple. No basta con suprimir
la palabra ermitaño en su reglamento para convertirse en el
hermano de todos. Era necesario aprender a vivir en el mundo sin
ser del mundo, aún estando en los asuntos de este mundo del
Sahara al cual se siente especialmente enviado.
No hay que sorprenderse si aquellos que caminan tras él han
terminado por tomar el mismo camino para llevar una vida
semejante a la de todos los seres humanos en el mundo. Una vida
sin las estructuras de un marco monástico, una vida entregada sin
ningún otro signo visible que el amor fraterno hacia cada persona
encontrada.
El último año de su vida lo emplea solo para explicar que no es
un misionero como los otros, que él es una especie rara. Él se da
cuenta de su especial situación. Ni siquiera tiene referencias que
dar, su situación no es comparable con la de nadie. En realidad,
él es el primero en una misión especial y desea que haya
muchos compañeros como él.
No siempre se distingue la diferencia entre lo que él organiza en
Beni-Abbès (actividades muy semejantes a las de un misionero
que comienza) y lo que él proyecta más tarde para los Padres
Blancos. De igual forma, él propone (en 1911) a varios trapenses
que deseaban ser más misioneros un programa de vida de
monjes – misioneros que no es en absoluto el suyo en ese
momento. Tampoco se puede trasladar todo lo que escribe a los
que le escriben cartas, suponiendo que él mismo viviera así en
Tamanrasset. Es importante saber que estaba dispuesto a pasar
en Francia todo el año 1915, para lanzar su asociación, pero
esto no nos dice nada sobre su vida diaria en Tamanrasset.
1 CARLOS DE FOUCAULD, Cuadernos de Tamanrasset, 46.
2 CARLOS DE FOUCAULD, Correspondencias Saharianas, Ed. du Cerf, 237. 3 CARLOS DE FOUCAULD, Cartas al abbé Huvelin (LHA), 102).
4 ANTOINE DE CHATELARD, Charles de Foucauld “El camino hacia Tamanrasset”.
5 CARLOS DE FOUCAULD, Cartas a Marie de Bondy (LMB), 18 de marzo 1903, 148.
6 IBIDEM, 28-04-1907.
7 IBIDEM, 28-05-1907.
8 IBIDEM, 11-07-1907, 160.