«Ellacuría entiende la teología de la liberación como teología histórica a partir del clamor ante la injusticia, aplica el método de la historificación de los conceptos a los grandes temas y categorías del cristianismo: revelación, salvación, gracia, pecado, Iglesia, Dios, Jesús, presentados tradicionalmente de forma espiritualista y evasiva, establece una correcta articulación entre teología y ciencias sociales y asume un compromiso por la transformación de la realidad histórica desde la opción por las personas más vulnerables, los colectivos empobrecidos y los pueblos oprimidos por el capitalismo y el sistema colonial»
«Ellacuría debe ser eliminado y no quiero testigos»
Esa fue la orden que dio el coronel René Emilio Ponce al batallón Atlacatl, el más sanguinario del Ejército salvadoreño. Se cumplió la noche del 16 de noviembre de 1989 en que fueron asesinados en la Universidad Centroamericana de San Salvador (UCA) con premeditación, nocturnidad y alevosía los jesuitas Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín Baró, Armando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López y López, la trabajadora doméstica Julia Elba Ramos y su hija Celina, de 15 años. La masacre conmocionó al mundo. Las ocho personas asesinadas se sumaban a los 80.000 que hasta entonces había causado la guerra en ese pequeño país centroamericano, donde se había instalado una inmisericorde cultura de la muerte con el apoyo político y militar de los Estados Unidos.
El teólogo Jon Sobrino podía haber sido el séptimo jesuita asesinado, pero esa noche no se encontraba en casa. Había viajado a Tailandia para impartir un curso de teología en Hua Hin, a 200 kilómetros de Bangkok. Un sacerdote irlandés le despertó para comunicarle la noticia. «Toda la comunidad, toda mi comunidad ha sido asesinada», fue su comentario. Enseguida se preguntó por qué él estaba vivo. En Tailandia, donde el número de cristianos es muy escaso, alguien le preguntó, entre sorprendido e incrédulo: «¿Y en El Salvador hay católicos que asesinan a sacerdotes?».
Reliquias de Romero y Ellacuría
36 años después, los jesuitas asesinados no han caído en el olvido. Su figura y su obra han adquirido nuevas dimensiones y han ido creciendo en relevancia social, significación intelectual e influencia religiosa. Tras su muerte se han publicado importantes obras suyas que gozan de una amplia difusión, permiten descubrir aspectos de su vida y pensamiento desconocidos hasta ahora y abren nuevas perspectivas en el estudio de las disciplinas cultivadas por ellos y en los compromiso por la justicia y la liberación que asumieron. A sus obras cabe añadir las numerosas investigaciones llevadas a cabo en torno a su vida y pensamiento.
Uno de los asesinados fue el jesuita vasco, nacionalizado salvadoreño, Ignacio Ellacuría, rector de la UCA, discípulo de Zubiri y editor de algunas de sus principales obras. Era filósofo y teólogo de la liberación, analista político, científico social, intelectual comprometido e impulsor de la teoría crítica de los derechos humanos, dimensiones que son difíciles de encontrar y de armonizar en una sola persona, pero que convivieron en su persona no sin conflictos internos y externos, y se desarrollaron con lucidez intelectual y coherencia.
Ignacio Ellacuría
“Revertir la historia… evitar un desenlace fatal”
«Revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección», «sanar la civilización enferma», «superar la civilización del capital», «evitar un desenlace fatídico y fatal», «bajar a los crucificados de la cruz» (son expresiones suyas) fueron los desafíos a los que Ellacuría quiso responder con la palabra y la escritura, el compromiso político y la vivencia religiosa. Y lo pagó con su vida.
36 años después de su asesinato Ellacuría sigue vivo y activo en sus obras, muchas de ellas publicadas póstumamente. En 1990 y 1991 aparecieron dos de sus libros mayores: Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, de la que fue editor junto con su compañero Jon Sobrino, entonces la mejor y más completa visión global de dicha corriente teológica latinoamericana, y Filosofía de la realidad histórica, editada por su colaborador Antonio González, cuyo hilo conductor es la filosofía de Zubiri, pero recreada y abierta a otras corrientes como Hegel y Marx, leídos críticamente. Era parte de un proyecto más ambicioso trabajado desde las décadas setenta y ochenta del siglo pasado y que quedó truncado con el asesinato. Posteriormente la UCA editores publicó sus Escritos Políticos, 3 vols., 1991; Escritos Filosóficos, 3 vols., 1996-2001; Cursos Universitarios, 2009; Escritos Teológicos, 4 vols., 2000-2004. La editorial Comares está preparando una edición de sus Obras Completas.
Los mártires de la UCA Claudia Munaiz
En los treinta y seis años transcurridos desde su asesinato se han sucedido ininterrumpidamente los estudios, monografías, tesis doctorales, congresos, conferencias, investigaciones, cursos monográficos, círculos de estudio, Cátedras universitarias con su nombre –una de ellas la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, que dirigí en la Universidad Carlos III de Madrid desde 2002 hasta mi jubilación-, que demuestran la «autenticidad» de su vida y la creatividad y vigencia de su pensamiento en los diferentes campos del saber y del quehacer humano: política, religión, derechos humanos, universidad, ciencias sociales, filosofía, teología, ética, etc.
Lo que descubrimos con la publicación de sus escritos y los estudios sobre su figura es que Ellacuría tuvo excelentes maestros: Rahner en teología, Zubiri en filosofía, monseñor Romero en espiritualidad y compromiso liberador, de quienes aprendió a pensar y actuar, y colegas como Jon Sobrino, profesor de la UCA y uno de los grandes teólogos de la liberación. Pero su discipulado no fue escolar, sino creativo, ya que, inspirándose en sus maestros, desarrolló un pensamiento propio y él mismo se convirtió en maestro, si por tal entendemos no solo el que da lecciones magistrales en el aula, sino, en expresión de Kant aplicada al profesor de filosofía, el que enseña a pensar.
Ellacuría parte del pensamiento de sus maestros, pero no se queda en ellos; avanza, va más allá, los interpreta en el nuevo contexto global, latinoamericano y centroamericano y, en buena medida, los enriquece e incluso transforma. Su relación con ellos es, por tanto, dialógica, de colaboración e influencia mutuas. Sus obras así lo acreditan y los estudios sobre él lo confirman.
Ignacio Ellacuría
He aquí una síntesis muy apretada de sus principales aportaciones, que debe ser completadas con la lectura de sus obras.
Teología
Su colega y amigo Jon Sobrino ha escrito páginas de necesaria lectura sobre el «Ellacuría olvidado», en las que recupera tres pensamientos teológicos fundamentales suyos: el pueblo crucificado, el trabajo por una civilización de la pobreza, superadora de la civilización del capital, y la historización de Dios en la vida de sus testigos, que Ellacuría acuñó con una aforismo memorable: «Con monseñor Romero Dios pasó por la historia».
Ellacuría entiende la teología de la liberación como teología histórica a partir del clamor ante la injusticia, aplica el método de la historificación de los conceptos a los grandes temas y categorías del cristianismo: revelación, salvación, gracia, pecado, Iglesia, Dios, Jesús, presentados tradicionalmente de forma espiritualista y evasiva, establece una correcta articulación entre teología y ciencias sociales y asume un compromiso por la transformación de la realidad histórica desde la opción por las personas más vulnerables, los colectivos empobrecidos y los pueblos oprimidos por el capitalismo y el sistema colonial. La historia es el lugar de la revelación, la mediación del encuentro con Dios, el escenario de la salvación o del fracaso de la humanidad y el lugar de realización y verificación de la ética. Pero la historia no pensada idílicamente, sino en toda su conflictividad.
Ellacuría
La historización de los conceptos se presenta como correctivo al uso ideologizado (= falseador) y ahistórico de los mismos. Con dicho método pretende desenmascarar la trampa idealista -tan presente en la teología y la filosofía tradicionales, así como en el lenguaje político-, que adormece las conciencias e impide enfrentarse con la realidad en toda su crudeza. La historicidad forma parte de la estructura del conocimiento filosófico y teológico.
El teólogo austriaco Sebastián Pittl recupera la primera idea destacada por Jon Sobrino y la interpreta teológicamente: la realidad histórica de los pueblos crucificados como lugar hermenéutico y social de la teología. Asimismo, hace una lectura de la concepción ellacuriana de la espiritualidad radicada en la historia desde la opción por las personas y los colectivos empobrecidos.
El resultado es una teología post-idealista, que tiene un fuerte componente ético-profético. Aplicándole a ella la consideración lévinasiana de la ética como filosofía primera, bien podría decirse que, para el teólogo hispano-salvadoreño, la ética es la teología primera, el profetismo la manifestación crítico-pública de la ética y la utopía de la liberación de las mayorías populares el horizonte al que dirigir todo proyecto humano.
San Ignacio y los mártires de la UCA
Filosofía
El objeto de su filosofía es la realidad histórica como unidad física, dinámica, procesual y ascendente. De aquí emanan los conceptos y las ideas fundamentales de su pensamiento: historia (materialidad, componente social, componente personal, temporalidad, realidad formal, estructura dinámica), praxis histórica, liberación y unidad de la historia. Su método, como acabo de indicar, es la historización de los conceptos filosóficos para liberarlos del idealismo y de la idealización en que suelen incurrir la filosofía y la teoría universalista de los derechos humanos.
Héctor Samour, uno de sus mejores intérpretes y especialistas, reinterpreta al maestro relacionando su pensamiento con la realidad histórica contemporánea, al tiempo que considera la filosofía de la historia como filosofía de la praxis. Otra línea de investigación del pensamiento filosófico de Ellacuría es la que hace una lectura pluridimensional con las siguientes derivaciones creativas, que enriquecen, recrean y reformulan su filosofía:
a) Su conexión con la dialéctica hegeliano-marxista, que implica analizar la concepción que Ellacuría tiene de la dialéctica, la utilización del método dialéctico en su análisis político e histórico, y la dialéctica entre historia personal -biografía- e historia colectiva -el pueblo salvadoreño-, en otras palabras, el impacto y la capacidad transformadora de su vida y de su muerte en la historia de El Salvador.
b) Su conexión con la teoría crítica de la primera Escuela de Frankfurt, que integra dialécticamente las diferentes disciplinas dando lugar a un conocimiento emancipador, así como su incidencia en la negatividad de la historia.
c) Su conexión con la filosofía utópica de Bloch en uno de los últimos textos más emblemáticos de Ellacuría, considerado su testamento intelectual: «Utopía y profetismo en América Latina», cuyo origen fue la conferencia pronunciada en Madrid en 1988 en el VIII Congreso de Teología sobre “Cristianismo: profecía y utopía”.
d) Su original teoría del «mal común» como mal histórico, la crítica de la civilización del capital y las diferentes formas de superarla.
e) La relación mutuamente fecundante del pensamiento de Ellacuría con la denuncia profética de monseñor Romero y la crítica ético-estética del poeta salvadoreño Roque Dalton, así como la recuperación filosófica del cristianismo liberador.
f) La fundamentación moral de la actividad intelectual y la relevancia del lugar de los oprimidos en los diferentes campos y facetas de quehacer teórico.
g) La importante -y poco conocida- aportación de Ellacuría al pensamiento decolonial latinoamericano y su original lectura de la conquista como encubrimiento violento de los pueblos originarios y del despojo de sus riquezas, el desenmascaramiento de la gran mentira que fue la intención de los conquistadores de cristianizar los territorios indígenas y de la verdadera motivación de su viaje a América: dominar, conquistar, ampliar su poder y sus fuentes de riqueza.
Teoría crítica de los derechos humanos
Ellacuría ha hecho aportaciones relevantes en el terreno de la teoría y de una nueva fundamentación de los derechos humanos. Cabe destacar a este respecto su contribución a la superación del universalismo jurídico abstracto, su crítica de una visión desarrollista de los derechos humanos y a elaboración de una teoría crítica de los derechos humanos
El pensamiento de Ellacuría no es intemporal, sino histórico, y debe ser interpretado no de manera esencialista, sino al rito de la procesos históricos en diálogo con los nuevos climas culturales. Así leído e interpretado puede abrir nuevos horizontes e iluminar la realidad histórica contemporánea.
En los últimos años Héctor Samour -fallecido en 2022- José Manuel Romero y yo hemos publicado tres obras que profundizan en la vida y el pensamiento del filósofo y teólogo de la liberación y destacan la actualidad de su legado:
– Juan José Tamayo y José Manuel Romero, Ignacio Ellacuría. Teología, filosofía y critica de la ideología, Anthropos, Barcelona, 2019.
– Héctor Samour y Juan José Tamayo (editores), Ignacio Ellacuría, 30 años después (Tirant, Valencia, 2021): recoge las cuarenta conferencias del Coloquio Internacional celebrado en celebrado en noviembre de 2019 en San Salvador en conmemoración del trigésimo aniversario de su asesinato.
– Juan José Tamayo y José Manuel Romero (editores), El pensamiento vivo de Ignacio Ellacuría, Tirant, Valencia, 2025. Recoge las ponencias del Simposio Internacional celebrado en la Universidad de Alcalá en noviembre de 2022 con la participación de Diego Gracia Guillén, Antonio González Fernández, Marcela Lisseth Brito de Gutter, Fernando Lautero Ramírez, Juan Antonio Nicolás, Fernando Monedero García, Javier López Goicoechea de Zabala, José Manuel Romero Cuevas y Juan José Tamayo Acosta.
Sus asesinos, a sueldo y auspiciados por el ejército salvadoreño y americano, fueron los que aceleraron su proceso de canonización; sin duda consiguieron algo diferente a lo que pretendían: el ejército salvadoreño y el partido Arena pretendían “eliminar» definitivamente al “obispo del pueblo”, pero consiguieron justo lo contrario, que su asesinato fuera el comienzo de una presencia distinta de Monseñor en medio de su pueblo
«Quizás hoy no haya pasado esto, porque ante el genocidio de Gaza no se han oído muchas voces de obispos que lo denunciaran, probablemente la misma Iglesia en todo este proceso genocida no ha sido molesta, y por eso “ningún obispo ha sobrado”, porque todos han cumplido las normas establecidas»
Gracias, Monseñor Romero, gracias por seguir vivo, gracias por ser el santo que dio la vida por el pueblo, gracias en definitiva por tu modelo de vida y de actuar. Queremos que sigas siendo nuestra voz, queremos que nos sigan ayudando a ser nosotros también “voz de los sin voz”
Javier Sánchez, capellán de la cárcel de Navalcarnero
El 14 de octubre se cumplen ya siete años de la canonización de Monseñor Romero, obispo asesinado en El Salvador mientras celebraba la Eucaristía, un 24 de marzo de 1980. Monseñor fue canonizado ese día por el papa Francisco, pero había sido canonizado antes por el pueblo. Desde el mismo instante de su asesinato, Monseñor Romero fue San Romero de América en el mismo momento de que la bala asesina le quitó la vida. Sus asesinos, a sueldo y auspiciados por el ejército salvadoreño y americano, fueron los que aceleraron su proceso de canonización, sin duda consiguieron algo diferente a lo que pretendían: el ejército salvadoreño y el partido Arena del mayor D’Abuisson pretendían “eliminar» definitivamente al “obispo del pueblo”, pero consiguieron justo lo contrario, que su asesinato fuera el comienzo de una presencia distinta de Monseñor en medio de su pueblo, de su gente, y de su “pobrerío”.
La bala fatídica no consiguió callar su voz, sino que la aumentó. Aún recuerdo la fotografía de Monseñor en la entrada de la UCA, en el centro Monseñor Romero de San Salvador; en esa foto aparecen las balas de los asesinos de los jesuitas, nueve años después. No consiguieron acabar con él, y nueve años después, tras la matanza de los hermanos jesuitas, también cosieron a balazos la imagen del obispo. Hicieron realidad las palabras que el mismo Monseñor había dicho poco antes de ser asesinado: “Si me matan, resucitaré en el pueblo”. Ese pueblo fue el que el santificó, nada más ser asesinado, y el que lo mantiene vivo y resucitado junto a él.
Pero si eso es cierto, es también cierto que el 14 de octubre de 2018 Monseñor Romero fue declarado santo por la Iglesia oficial. Y lo hizo alguien que a mí siempre me recuerda y me recordará a Monseñor: el papa Francisco. Un papa no al uso, sino un papa que ha sabido saltar las mismas barreras que saltó Monseñor. Un papa tan al servicio del pueblo y de la Iglesia de Jesús, que, como me decía siempre “me critican por todo”. Me hubiera gustado ver cómo fue el encuentro entre Romero y Francisco, cuando falleció, me hubiera gustado ver su abrazo fraterno, al lado del Padre. Habría pagado por contemplar como los dos santos se abrazaban y se fundían en ese amor especial ya sin límites, y resucitado totalmente. Hicieron una fiesta en el cielo delante del Dios de la vida que ellos habían predicado y testimoniado. Francisco tuvo la valentía de canonizar oficialmente al “perseguido” Monseñor Romero, y lo hizo sin duda porque ambos coincidían en ver en el pueblo pobre, humilde y necesitado, el rostro del mismo Jesús crucificado y a la vez resucitado. A los ocho años de su canonización Romero y Francisco ya están juntos para siempre, disfrutando de una eternidad merecida e intercediendo de manera especial por el pueblo sencillo y humilde.
La memoria de Monseñor Romero
En aquella mañana del 14 de octubre de 2018, Roma estaba especialmente de fiesta; Roma estaba especialmente “salvadoreña”: eran miles de salvadoreños y salvadoreñas , miles de personas nacidas en la “Tierra Santa de El Salvador” (y otros muchos que nos sentimos unidos a ellos), los que se encontraban allí. Cuando se pronunció el nombre de Monseñor Romero y se bajó el lienzo que cubría al gran retrato de él, en la fachada de la basílica de San Pedro, un aplauso estremecedor lleno de muchas lágrimas lleno toda la plaza, fue un aplauso de vida, de agradecimiento y lleno de emoción. Allí pudimos contemplarlo muchos, y pudimos vibrar en aquel momento que tanto habíamos deseado desde hacía años. Sin duda, el griterío y la expectación fue similar al momento en el que cayó asesinado Monseñor, al pie del altar de la capilla del Hospitalito de San Salvador; en aquel momento de tristeza, incluso de rabia contenida, de llanto sin consuelo, en este otro momento de emoción y de descubrir que por fin la Iglesia, a la que tanto amó y sirvió Monseñor Romero, le reconocía el título que ya le había conseguido el pueblo, y que el otro santo de América latina, Monseñor Pedro Casaldáliga, al día siguiente le otorgó: “San Romero de América, pastor y mártir nuestro: ¡nadie hará callar tu última homilía!”.
El Papa. Francisco conservaba un trozo de la ropa de Romero y Rutilio
Esa última homilía que le costó definitivamente la vida, fue la puntilla sin duda, donde el obispo llamaba desde el mandato a parar la represión y a la insurrección militar del ejército. Una homilía donde desde la valentía que siempre le caracterizó, Monseñor Romero hacia suyo el mandato evangélico de ponerse de parte del pobre, del marginado, del que nadie quiere. Una homilía que le costó de manera casi irrevocable el asesinato, como le costó al mismo Jesús de Nazaret. Ambos asesinatos, el de Jesús de Nazaret, el de Romero y el de tantos miles de salvadoreños y salvadoreñas, como los jesuitas de la UCA, que han hecho del pequeño país centroamericano una Tierra especialmente Santa, por ser tierra de mártires. Una tierra santa similar a la tierra de Gaza, donde los judíos, sin hacer caso de su historia, han llevado a cabo el genocidio mayor de los últimos años. Gaza es también “Tierra Santa”, como lo es El Salvador, y como son muchos países de nuestro mundo, donde la vida de los pobres no tiene valor y es crucificada a diario. En Gaza los crucificados siguen gritando justicia, siguen diciéndonos a todos los países del mundo que cómo hemos sido capaces de asistir impasibles, durante más de dos años, a semejante monstruosidad. Los crucificados de Gaza, como los de El Salvador en su día ( y también hoy desde la dictadura del actual presidente, que encarcela a cualquiera y además en condiciones infrahumanas, que ha sustituido la violencia callejera por la violencia institucional auspiciada por él mismo) nos siguen gritando, como los miles de crucificados de muchos países de Africa, América Latina, Asía y ·”la martirizada Ucrania”, a la que también se refería el papa Francisco.
“En nombre de Dios y de este martirizado pueblos os suplico, os ruego, OS ORDENO: cese la represión”. Está claro que alguien que se atreve a hablar así al ejército, no podía seguir vivo, parece que la muerte Monseñor se la ganó un poco “a pulso”, no buscó la muerte, pero sin duda que iba en el lote de lo que decía, como también iba en el lote de Jesús de Nazaret. Dice el Evangelio, en muchos de sus versículos, que después de que Jesús hablaba o actuaba, muchos querían despeñarlo e incluso en un momento concreto, decidieron darlo muerte. Es lo que hizo el mayor Roberto D´Aubuisson : decidió dar muerte a Monseñor Romero porque le estorbaba, porque personas como él son molestas para un régimen dictatorial y corrupto como lo era el suyo. Monseñor avisó del baño de sangre que podría suceder si las cosas seguían así, pero una vez más los poderosos no le hicieron caso, y su asesinato fue sin duda el preludio de una cruel guerra civil que asoló el país y de la que aún quedan cicatrices tanto en la estructura de país, como en la propia gente que sufrió todo aquello.
Rogelio y monseñor Romero
Por fin fue canonizado en aquella mañana, donde Roma se tiño de América latina, y de salvadoreños, y fue canonizado sobre todo por su vida, porque el auténtico milagro de Romero fue su misma vida, no había que esperar que por su causa fuera “curado alguien” físicamente, sino que su vida ejemplar fue el auténtico milagro y la auténtica cura para el pueblo martirizado. Es lo que el propio papa Francisco reconoció: la vida de Monseñor es milagro delante de Dios , delante del pueblo y delante de la Iglesia, y por eso es modelo para todos los cristianos. El papa “venido del fin del mundo” tuvo la osadía de proclamarlo “santo oficial”, y no le importó que le volvieran a criticar. Tanto Francisco como Romero fueron tachados de “comunistas”, porque el delito y el “ comunismo” de ambos fue decir que Dios es Padre-Madre de todos, que nos quiere a todos por igual y que solo quiere que todos podamos vivir, no malvivir; que el Dios del evangelio que nos muestra Jesús de Nazaret, quiere que todos sus hijos e hijas podamos ser siempre felices.
El único pecado de ambos fue el proclamar la igualdad para todos y la misericordia de un Dios ante el cual todos podemos estar, seamos del país que seamos y vivíamos como vivamos. Una misericordia que, en palabras de Francisco, supone “asumir las miserias del otro como las nuestras propias”, es decir descubrir que todos tenemos debilidades, flaquezas y sufrimientos pero que en la Iglesia, como también decía siempre Francisco, cabemos “todos, todos, todos”. Esa Iglesia misericordiosa y acogedora que ha proclamado Francisco y por la que Monseñor Romero dio la vida. Un Monseñor que no fue entendido por esa misma Iglesia, incluso que fue asesinado por personas que asistían a la misa dominical, pero que por mucho que fueran a misa y “cumplieran el precepto”, no habían leído el evangelio “ni por el forro”.
Esa Iglesia que casi llegó a afirmar que el asesinato de Romero estaba justificado porque había perdido la fe y no proclamaba ya el evangelio, sino una pura política, una política que le llevó a dar la vida por los más débiles. En la homilía del funeral del también asesinado Rutilio Grande, tres años antes de Romero y preludio de su asesinato, con la catedral de San Salvador llena de fieles, y con toda la cúpula del ejército salvadoreño, Romero llega a dirigirse a los asesinos con las palabras de “hermanos asesinos”, sin importarle que estén allí, reconociendo su crueldad pero a la vez llamándolos a la conversión, y a la fraternidad evangélica, como el mismo Jesús de Nazaret hace desde la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Estolas bordadas por las campesinas del Salvador Javier Sánchez, capellán de la cárcel de Navalcarnero
Quizás hoy no haya pasado esto, porque ante el genocidio de Gaza no se han oído muchas voces de obispos que lo denunciaran, probablemente la misma Iglesia en todo este proceso genocida no ha sido molesta, y por eso “ningún obispo ha sobrado”, porque todos han cumplido las normas establecidas. Han hablado de la paz , pero de manera “un tanto angelical”, tan angelical que no ha molestado a nadie del estado judío que ha provocado y llevado a cabo este exterminio. Nuestros obispos y nuestra iglesia no ha sido molesta, y por eso no ha estorbado en ningún momento. Ha tenido que ser el pueblo el que ha resultado molesto yendo en barcos hacia allí, y ese pueblo es el que ha sido humillado y maltratado.
Han pasado ya 7 años desde aquella mañana en que se canonizó oficialmente a Monseñor Romero, y nuestro obispo sigue estando presente como siempre quiso estar: al lado del pueblo, junto a su pobrerío, denunciando y siendo “voz de los sin voz”. Y nosotros seguimos echando de menos sus palabras, sus paseos por los cantones de El Salvador, su cercanía en cada una de las casas de allí, pero seguimos sintiendo su presencia viva cada vez que descubrimos su rostro y de Jesús en cada uno de los crucificados que se nos presentan: en cada inmigrante que busca un lugar para poder vivir, en cada encarcelado que sigue pidiendo que no se le quite su dignidad, en cada persona tirada en la calle sin hogar, en cada gazatí que hemos visto en recientes imágenes… Ahí nos sigue hablando Monseñor y el Jesús del Evangelio. Sigue siendo la voz para ellos y también nos dice que ahora cuenta con todos nosotros, para que como cristianos podamos nosotros también “llegar a ser molestos”. Si no lo somos, quizás no hemos entendido nada del evangelio de Jesús.
Óscar Romero
Siete años canonizado por la Iglesia y cuarenta y cinco por el pueblo, Romero sigue siendo “pastor y mártir nuestro”, en palabras también de Pedro Casaldáliga. Sigue siendo antorcha de vida para el todavía martirizado país de El Salvador, sigue viviendo en la Tierra Santa por la que ofreció su vida, y sigue ahora disfrutando, junto con el papa Francisco, toda la eternidad. Francisco tenía en el hall de Santa Marta, donde ha vivido siempre, una reliquia que contenía la sotana machada de sangre de aquel genocidio que los poderosos llevaron a cabo contra él; seguramente ahora tendrán los dos una reliquia de los asesinados en el genocidio de Gaza. A ellos dos les pedimos que sigan intercediendo por el pueblo salvadoreño y por todo el mundo, pero también por toda nuestra Iglesia, para que nunca sea insensible a las humillaciones de los pobres.
Gracias, Monseñor Romero, gracias por seguir vivo, gracias por ser el santo que dio la vida por el pueblo, gracias en definitiva por tu modelo de vida y de actuar. Queremos que sigas siendo nuestra voz, queremos que nos sigan ayudando a ser nosotros también “voz de los sin voz”. Tu pueblo y nuestra Iglesia te siguen necesitando, tu santidad nos hace reconocer que ser santo no significa ser bueno, sino vivir desde el Evangelio y dar testimonio de él. Date un paseo con Francisco, abrazaros, y que de ese abrazo fraternal pueda surgir una Iglesia nueva misericordiosa y acogedora, una Tierra Santa Salvadoreña nueva y un nuevo mundo, donde todos podamos vivir como hermanos, reconociendo que Dios nos quiere a todos por ser Padre-Madre de todos.
«La alegría del Evangelio, la alegría evangélica, a diferencia de cualquier otra alegría, puede renovarse cada día y volverse contagiosa. «Sólo gracias a ese encuentro —o reencuentro— con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la auto referencialidad. […] Allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque, si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida, ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros?» (Evangelii gaudium, 8). Esta es la doble característica de la alegría que es fruto del Espíritu: no sólo no está sujeta al inevitable desgaste del tiempo, ¡sino que se multiplica al compartirla con los demás! Los demás. Una verdadera alegría se comparte con los demás, y se “contagia”. (Papa Francisco)
Es por el Evangelio, según el Evangelio como seremos juzgados… No según tal o tal libro de tal o cual maestro espiritual, sino según el Evangelio de Jesús, según las palabras de Jesús, los ejemplos de Jesús, los consejos de Jesús, las enseñanzas de Jesús…»1. El Hermano Carlos compuso durante los años 1897-1899 dos retratos de Jesús, escritos a través de citas literales de los evangelios. Los dos son muy parecidos; a uno lo denominó «El Modelo Único» al otro «Nuestro tierno Salvador». Igualmente compuso con citas literales del Evangelio el «Ensayo para hacer compañía a Jesús». Su obra más amplia, «Meditaciones sobre el Evangelio», representa unas 1.500 páginas. Todas sus meditaciones, todos sus escritos, prácticamente todas sus cartas contienen alguna o varias citas del Evangelio. El Evangelio era sin duda su alimento.Así en las notas de su retiro de diaconado, 1901, escribe: «Cap. XII. No omitir jamás mi meditación personal del Santo Evangelio. Mis lecturas personales del santo Evangelio, de la sagrada Escritura, del Reglamento: es el alimento (…) Cuando esté encargado de explicar a los hermanos el Santo Evangelio, preparar esta explicación y conducirla siempre sobre el amor, la contemplación y la imitación de Jesús, y la obediencia a sus enseñanzas»2. En 1909, escribe: «Volvamos al Evangelio… Si no vivimos el Evangelio, Jesús no vive en nosotros»3. En 1914 escribe a su amigo Luís Massignon, lo siguiente: «Trate de encontrar tiempo para leer algunas líneas de los santos evangelios, continuando un día la lectura del anterior, de manera que en un tiempo haya pasado bajo sus ojos, y después de la lectura (que no debe ser larga: diez, quince, veinte líneas, medio capítulo como máximo) medite durante algunos minutos mentalmente o por escrito sobre las enseñanzas contenidas en su lectura. Es necesario tratar de impregnarnos siempre del espíritu de Jesús leyendo y releyendo, meditando y remeditando sin cesar sus palabras y sus ejemplos: que hagan en nuestras almas como la gota de agua que cae y recae sobre una losa, siempre en el mismo lugar…«4 Es necesario vivir el Evangelio, vivir del Evangelio, para ser de Jesús. No se puede ser de Jesús sin vivir del Evangelio, y esta fuente interior de vida se transformará en grito evangelizador. No puede ser de otra manera. El grito evangélico es reflejo de la vida interior transformada por Él.»Toda nuestra vida, por muda que sea, la vida de Nazaret, la vida de desierto, como la vida pública, debe ser una predicación del evangelio por el ejemplo; toda nuestra existencia, todo nuestro ser, debe gritar el evangelio sobre los tejados; toda nuestra persona debe respirar a Jesús, todos nuestros actos, toda nuestra vida deben gritar que nosotros somos de Jesús, deben presentar la imagen de la vida evangélica; todo nuestro ser debe ser una predicación viva, un reflejo de Jesús, un perfume de Jesús, algo que grita a Jesús, que haga ver a Jesús, que brille como una imagen de Jesús...»5. El Evangelio será para Carlos de Foucauld no sólo el modo de encuentro con Jesús, su Bienamado Hermano y Señor, sino el manantial permanente que alimenta su oración y su vida. No sólo don recibido, sino tarea que ocupará todo el espacio de su existencia. A través del Evangelio, transformado por él, el cristiano, el religioso, el sacerdote, configurándose con Jesús mismo, lo transparentarán como Buena Noticia que es para el hombre y para todos los hombres. Pero el Evangelio de Jesús, la alegre noticia de su presencia se destinará especialmente a todos aquellos que ocupan los últimos lugares, ya que por ellos y para ellos ha ocupado el Señor el último lugar por su Encarnación, y nadie podrá arrebatárselo.___________________________________________ 1. Oeuvres spirituelles de Charles de Jesús, père de Foucauld (Anthologie), 84. 2.Ibid., 423. 3. Ibid, Carta al abbé Caron, 750. 4. Lettres à Louis Massignon, 166. 5. Oeuvres spirituelles de Charles de Jesús, père de Foucauld (Anthologie), 395.
IÓN ETXEZARRETA, Hacia los más abandonados. Un estilo de evangelización. El hermano Carlos de Foucauld, Granada, 1995, 63-65.
«Recibamos el Evangelio. Es por el Evangelio, según el Evangelio como seremos juzgados… No según tal o tal libro de tal o cual maestro espiritual, sino según el Evangelio de Jesús, según las palabras de Jesús, los ejemplos de Jesús, los consejos de Jesús, las enseñanzas de Jesús…»1.
El Hermano Carlos compuso durante los años 1897-1899 dos retratos de Jesús, escritos a través de citas literales de los evangelios. Los dos son muy parecidos; a uno lo denominó «El Modelo Único» al otro «Nuestro tierno Salvador». Igualmente compuso con citas literales del Evangelio el «Ensayo para hacer compañía a Jesús». Su obra más amplia, «Meditaciones sobre el Evangelio», representa unas 1.500 páginas. Todas sus meditaciones, todos sus escritos, prácticamente todas sus cartas contienen alguna o varias citas del Evangelio. El Evangelio era sin duda su alimento.
Así en las notas de su retiro de diaconado, 1901, escribe: «Cap. XII. No omitir jamás mi meditación personal del Santo Evangelio. Mis lecturas personales del santo Evangelio, de la sagrada Escritura, del Reglamento: es el alimento (…) Cuando esté encargado de explicar a los hermanos el Santo Evangelio, preparar esta explicación y conducirla siempre sobre el amor, la contemplación y la imitación de Jesús, y la obediencia a sus enseñanzas»2.
En 1909, escribe: «Volvamos al Evangelio… Si no vivimos el Evangelio, Jesús no vive en nosotros»3.
En 1914 escribe a su amigo Luís Massignon, lo siguiente: «Trate de encontrar tiempo para leer algunas líneas de los santos evangelios, continuando un día la lectura del anterior, de manera que en un tiempo haya pasado bajo sus ojos, y después de la lectura (que no debe ser larga: diez, quince, veinte líneas, medio capítulo como máximo) medite durante algunos minutos mentalmente o por escrito sobre las enseñanzas contenidas en su lectura. Es necesario tratar de impregnarnos siempre del espíritu de Jesús leyendo y releyendo, meditando y remeditando sin cesar sus palabras y sus ejemplos: que hagan en nuestras almas como la gota de agua que cae y recae sobre una losa, siempre en el mismo lugar…»4
Es necesario vivir el Evangelio, vivir del Evangelio, para ser de Jesús. No se puede ser de Jesús sin vivir del Evangelio, y esta fuente interior de vida se transformará en grito evangelizador. No puede ser de otra manera. El grito evangélico es reflejo de la vida interior transformada por Él.
«Toda nuestra vida, por muda que sea, la vida de Nazaret, la vida de desierto, como la vida pública, debe ser una predicación del evangelio por el ejemplo; toda nuestra existencia, todo nuestro ser, debe gritar el evangelio sobre los tejados; toda nuestra persona debe respirar a Jesús, todos nuestros actos, toda nuestra vida deben gritar que nosotros somos de Jesús, deben presentar la imagen de la vida evangélica; todo nuestro ser debe ser una predicación viva, un reflejo de Jesús, un perfume de Jesús, algo que grita a Jesús, que haga ver a Jesús, que brille como una imagen de Jesús…»5.
El Evangelio será para Carlos de Foucauld no sólo el modo de encuentro con Jesús, su Bienamado Hermano y Señor, sino el manantial permanente que alimenta su oración y su vida. No sólo don recibido, sino tarea que ocupará todo el espacio de su existencia. A través del Evangelio, transformado por él, el cristiano, el religioso, el sacerdote, configurándose con Jesús mismo, lo transparentarán como Buena Noticia que es para el hombre y para todos los hombres. Pero el Evangelio de Jesús, la alegre noticia de su presencia se destinará especialmente a todos aquellos que ocupan los últimos lugares, ya que por ellos y para ellos ha ocupado el Señor el último lugar por su Encarnación, y nadie podrá arrebatárselo.
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1. Oeuvres spirituelles de Charles de Jesús, père de Foucauld (Anthologie), 84.