
EUCARISTÍA CÓSMICA

La Eucaristía se vive y se extiende más allá del templo. Se proyecta en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se prolonga en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas, presentes y futuras de creyentes y no creyentes.
Fernando Bermúdez López
Esta reflexión es fruto de ocho días de silencio, meditación y contemplación en torno a «La Misa sobre el mundo» de Teilhard de Chardin, jesuita, doctor en Ciencias Naturales, filósofo, místico y poeta, científico y pensador. Teilhard había vivido de lleno los horrores de la primera guerra mundial, trabajando de camillero, recogiendo heridos, prestándoles los primeros auxilios físicos y espirituales y conduciéndolos al hospital de campaña.
En 1923 se encontraba en el desierto de Gobi entre China y Mongolia. En medio de su trabajo como paleontólogo, en un arrebato místico, redacta el texto “La Misa sobre el Mundo”. Deseaba celebrar la Eucaristía. No tiene ni pan ni vino. No tiene altar ni mesa. Sentado en una roca celebra la eucaristía sobre el mundo. Ofrece como víctima, en el altar de la tierra entera, el trabajo y el dolor de toda la humanidad.
Contempla en su imaginación la hostia consagrada como una presencia que se extiende y se adentra en toda la creación. El mundo se convierte en una gran hostia. Teilhard sentía que todo se transforma en el cuerpo y sangre de Cristo.
La Misa sobre el mundo es una Eucaristía cósmica. Es la celebración que se extiende más allá del templo. Se proyecta en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se prolonga en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas, presentes y futuras de creyentes y no creyentes, como señala mi amigo Juan Fernández de la Gala. Toda la Naturaleza, todo el universo es templo de Dios, un templo inmensamente más bello que las artísticas catedrales y basílicas que los hombres puedan construir. El corazón de la naturaleza es el templo de Dios.
“Y vio Dios que todo los que había hecho era bueno” (Gn 1,31). Todo fue creado por él con sabiduría infinita. De ahí, el canto y el encanto y el agradecimiento de todo cuanto existe. Seres humanos y animales del campo, aves y peces, plantas, árboles y flores, montañas y nubes, ríos, lagos y mares. Toda la creación canta a su Creador. “Laudato si”, entonaba el papa Francisco.
Canta de día el hermano sol y de noche la hermana luna. Y todas las estrellas, galaxias y planetas del universo lanzan sin fin cánticos de alabanza al Creador, Espíritu eterno que todo lo recrea. La belleza de infinidad de estrellas flotando en el universo refleja la presencia de Dios. El cosmos no es polvo de elementos inconscientes sino algo profundamente vivo y dinámico. Tiene alma. En él late la eternidad de Dios, la plenitud del Amor, reflejado en el Cristo cósmico. “En el principio era el Verbo… Todo se hizo por él” (Jn1,1-2) y es la plenitud de todo lo creado. En su muerte en la cruz da sentido al sufrimiento y muerte de todos los seres de la creación y en su resurrección los resucita a una nueva vida (Rm 8, 20-23).
Cuando Jesús dice: “Tomad, amigos míos, esta es mi carne, esta es mi sangre. Comed y bebed”. Este pedazo de pan es el cuerpo de todo el universo. “Si Cristo es el cuerpo de Dios, el pan que ofrece es también el cuerpo del cosmos. Mira profundamente y descubrirás en la luz del sol el pan. Verás en el pan el cielo azul, en las nubes, en los árboles, en las montañas verás el pan. En el acto eucarístico hay una divinización del universo entero. El universo se hace carne y sangre de Cristo”.
“El Universo, inmensa Hostia, se ha convertido misteriosa y realmente en el cuerpo de Cristo. Todo lo que existe se ha encarnado en Dios”. Teilhard de Chardin consideraba a Dios como el infinito inabarcable, pero al mismo tiempo tan cercano como un Padre y Madre. Los seres humanos y toda la creación vivimos en el medio divino sostenido por el Amor, que es el Alfa y Omega del universo, el Cristo cósmico, encarnado en la creación entera. Cristo está enraizado en el mundo hasta el corazón del átomo más pequeño.
La Eucaristía trasciende el rito y la liturgia. “La Eucaristía es, sobre todo, la existencia en comunión con el cosmos, celebrada sobre el altar del mundo, porque la Hostia es semejante a un hogar encendido desde donde se irradia y propaga la llama divina”. Participamos de una gran Eucaristía cósmica, que culminará en cada uno de nosotros cuando, en el Punto Omega de nuestra historia individual, nos acerquemos a la comunión definitiva. Una comunión cósmica que atraviesa la evolución de la humanidad y el sentido del tiempo y se abre a la esperanza escatológica.
La Eucaristía contiene una dimensión profundamente comunitaria. Es comunión con los hermanos y hermanas. En toda celebración eucarística sobre el mundo nunca estamos solos aunque físicamente lo estemos. Porque al faltar la presencia física de la comunidad, nos abrimos a toda la humanidad y a todo lo creado. Es una comunión cósmica.
“En el contexto de un mundo en guerra contra la vida, necesitamos más que nunca la sabiduría y la mística de comunión que abraza la materia en su más profunda hondura y se compromete con ella para poner en el centro la Vida, con toda su plenitud y su misterio”, señala la teóloga Pepa Torres.
La custodia que contiene el cuerpo de Cristo es el Universo y dentro de éste, la humanidad sufriente. Cristo está enraizado en el mundo hasta el corazón del átomo más pequeño y, sobre todo, en el ser humano más excluido y olvidado. Es por eso que cuando contemplamos la sagrada Hostia en una resplandeciente custodia de oro, podemos sentir que Cristo nos dice: Sacadme de aquí. Este no es mi lugar. Yo estoy en los pobres, en los niños hambrientos, en los migrantes y refugiados, en las víctimas de las guerras y en los que luchan por una nueva humanidad de justicia, paz y fraternidad. Ahí es donde yo estoy.
Hoy, en la Eucaristía sobre el mundo, contemplamos el cuerpo y sangre de Cristo, no en una custodia dorada como un sol radiante, sino entre escombros y llantos en la asolada Gaza. Es ahí donde encontramos el cuerpo del Cristo, mutilado, ensangrentado, hambriento y asesinado. Yo me pregunto si los cristianos logramos descubrir la presencia real de Cristo en esta realidad.
La “Misa sobre el mundo” de Teilhard de Chardin me enseña que la celebración de la Eucaristía no es un acto cultual sino una realidad permanente que se vive interiormente en la vida. La Eucaristía no se oye. “Oír misa”, dicen algunos. La Eucaristía se vive. Abarca toda la actividad del día y hasta el descanso. Aquel gesto histórico-teológico de Jesús de Nazaret en la noche de jueves santo, hoy es una realidad vivencial mística y cósmica. En esa Cena se concentra y revela el contenido salvador de toda su existencia: su amor y fidelidad al proyecto de Dios Padre y su compasión y amor hacia todos los seres humanos, abriéndose a toda la Creación.
Sentado a la sombra de la higuera o de la morera del huerto percibo en silencio, en profundo silencio, que no hay palabras para describir la presencia eterna de Cristo dándonos el pan y el vino para compartirlo en comunión con los pobres de este mundo. Y nos dice: «Haced esto en memoria mía». Hacer memoria de Cristo Jesús consiste en adentrarse en sus sentimientos más profundos, en una memoria permanente, no como recuerdo sino como presencia y compromiso.
No necesitamos cálices ni copones, ni incienso, ni agua bendita, ni velas, ni ropajes romanos. Es una predisposición del alma que abraza el pasado, el presente y el futuro con todas nuestras debilidades y nuestras luchas por un mundo nuevo, en el seguimiento de Jesús. La Eucaristía es una presencia existencial que abarca toda la vida y traspasa la inmensidad del universo. Todo cuanto existe evoluciona hacia el Punto Omega, plenitud del reino eterno de Dios.
Esta es la Eucaristía sobre el mundo. La única. No hay muchas misas. Es una sola, la de Cristo. Todo bautizado, esté donde esté, puede adentrarse y vivir la Eucaristía sobre el mundo. El cuerpo y sangre de Cristo están encarnados en la humanidad. Toda nuestra vida es una Eucaristía en la medida que somos uno con Cristo, glorificando a Dios.
Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre y Madre creador del Universo, en unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria.
Pablo, en un éxtasis de acción de gracias y de adoración, exclama: “De Cristo, por Él y para Él existe todo. A Él la gloria eterna” (Rm 11,36).
En la Eucaristía percibo que Dios todo lo hace nuevo y encuentra sentido el sufrimiento humano. La sangre de Cristo es la sangre de las víctimas inocentes y de los mártires. La muerte de todos aquellos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia cayeron víctimas de la injusticia o soñando en un mundo más justo y fraterno, encuentra sentido en la muerte de Cristo Jesús. Su resurrección es la resurrección de la humanidad, la resurrección de la verdad, de la vida y del amor.
En medio de los ruidos de este mundo neocapitalista que ahogan el espíritu, en medio de las ambiciones de poder y de riqueza, en medio de las guerras y genocidios y de la deshumanización en la que vivimos, escuchamos en el silencio del alma el himno de la creación. Entrar en la naturaleza y sentirse parte del universo es entrar en el templo de Dios y en este templo percibimos que la última palabra sobre este mundo no la tiene la muerte sino el Dios de la vida. Esta vivencia es el sostén de nuestra esperanza. Y desde esta experiencia esperanzadora percibimos a cada criatura cantando el himno de su existencia.
Todo canta al Espíritu Creador. Canta a Dios la vida de la naturaleza, el silencio del desierto y la música del viento. Descubrimos su presencia en el canto de la fuente que brota al pie de la montaña y en el río que discurre por la vega buscando el mar. Descubrimos su presencia en los pájaros que saltan entre las ramas de los árboles, mirlos, gorriones y ruiseñores. Y en todos los animales de la tierra. También en las culebras que salen de entre los cañaverales del río. Todos los seres viven y quieren vivir y viviendo cantan al Creador.
Y sobre todo, descubrimos a Dios en la humanidad sufriente, en los niños y niñas bombardeados en Gaza y en las madres palestinas abrazando a sus hijos muertos, ametrallados y en todos los hambrientos de la tierra. Descubrimos a Dios en los migrantes y refugiados que abandonan su tierra en busca de una vida digna, arriesgando sus vidas atravesando desiertos y metidos en cayucos donde muchos mueren ahogados en el mar. ”Fui forastero y me acogisteis”, dice Dios. Proclamamos con el arzobispo emérito de Tánger, Santiago Agrelo, que los que llaman a nuestras puertas no son extraños, son hermanos, son Cristo Jesús, quien dijo que lo que se haga con uno de ellos con él se hace (Mt 25, 31 y ss). Por eso nos duele y no nos deja indiferentes los discursos de odio de aquellos políticos de la ultraderecha criminalizando a los llaman a nuestras puertas.
Descubrimos al Dios Padre y Madre de misericordia, ofreciendo perdón a los que reconocen sus pecados y debilidades y se comprometen por un cambio personal y estructural.
Dios se nos hace presente en todo. En el silencio, lejos de los ruidos, escuchamos y saboreamos los cánticos del universo y la presencia resucitada del Cristo cósmico, sentido de la historia humana y plenitud de la creación.
Toda la creación, con todos los seres humanos, estamos en el corazón de Dios. En él vivimos, nos movemos y existimos. Su presencia nos envuelve, encendiendo en nosotros un estado permanente y profundo de adoración y acción de gracias. Así vivimos la Eucaristía cósmica.
¡Laudate omnes gentes, laudate Deum!
LA EUCARISTÍA ES JESÚS

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI, por Manuel Pozo Oller
San Juan Pablo II regaló a la Iglesia la Carta Encíclica, Ecclesia de Eucaristía dirigida a todo el pueblo de Dios. Cuando en ella el Papa habla de la Iglesia nos recuerda que «la Iglesia vive de la Eucaristía», y ésta «encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia» (n.1). El teólogo Henri de Lubac expresaría esta realidad, años antes del II Concilio del Vaticano, con la acertada síntesis eclesiológica: «La Iglesia hace la Eucaristía, y la Eucaristía hace a la Iglesia». La Eucaristía, por tanto, no es un sacramento más, sino la fuente y cumbre de la vida cristiana. Los primeros cristianos, a pesar de las dificultades, cuando los tribunales les preguntaban la razón del incumplimiento de la ley del emperador, contestaban con convencimiento: «Sin el domingo, no podemos vivir».
El pasaje de la multiplicación de los panes y los peces que proclamamos este domingo (Lc 9, 11b-17) es anuncio de la donación total de Jesús en el misterio del pan y vino consagrados. La misión de la Iglesia, el encargo de Jesús de «haced esto en memoria mía», convierte la cotidianidad en un banquete alternativo y, al tiempo, inclusivo de fraternidad y esperanza. El evangelista, por una parte, sitúa el episodio en el núcleo de la actividad de Jesús y, por otra, adelanta la vocación de la Iglesia: «Dadles vosotros de comer».
San Carlos de Foucauld escribió que «Una sola Misa glorifica más a Dios que el martirio de todos los hombres, unido a las alabanzas de todos los ángeles y santos». San Juan Crisóstomo, complementa esta verdad, en la homilía 50 sobre san Mateo cuando invita a que nuestra vida y acción se conviertan en una eucaristía: «¿Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. No lo honréis aquí con vestidos de seda y fuera le dejéis padecer de frío y desnudez (…) ¿Qué le aprovecha al Señor que su mesa esté llena toda de vasos de oro, si Él se consume de hambre? Saciad primero su hambre y luego, de lo que os sobre, adornad también su mesa (…)» (Cf. Obras de San Juan Crisóstomo (Madrid 1956) II, 80- 82). En verdad, el Jesús que dijo: «Esto es mi Cuerpo, esta es mi sangre» es el mismo que dijo «lo que hagáis a uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hacéis». La contemplación, por tanto, tiene dos polos indisolubles que son Cristo en la Eucaristía y Cristo en el hermano de tal suerte que la exposición del Santísimo, y ante el Santísimo, nos ha de llevar a una vida expuesta y comprometida con los demás para, a semejanza del Señor, dejarnos triturar y comer por los demás.
Manuel Pozo Oller
Párroco de la parroquia de Montserrat (Diócesis de Almería)
LA PRESENCIA REAL DE DIOS EN LA EUCARISTÍA

La cita de San Carlos de Foucauld nos recuerda una verdad fundamental de la fe: «Allí donde está la **SANTA HOSTIA** está Dios vivo». La Eucaristía no es un símbolo, sino la presencia real de Cristo, tan auténtica como cuando caminó por Galilea y Judea. En cada sagrada forma, Jesús se ofrece como Salvador, con el mismo amor que lo llevó a la cruz. Esta realidad nos invita a adorarle con reverencia y a recibirle con el corazón abierto. Como enseña la Iglesia, la Eucaristía es el cielo en la tierra, un anticipo de la gloria eterna. Que esta certeza fortalezca nuestra fe y nos impulse a vivir en comunión con Él, fuente de vida y santidad.
Hno. FERNANDO OCAMPO FERRERES (CEHCF)
De la exposición del Santísimo a una vida expuesta Itinerario Eucarístico de Carlos de Foucauld

| Antoine Chatelard, Hermanito de Jesús, Para hacerse una idea exacta de la importancia del sacramento de la Eucaristía en la vida de Carlos de Foucauld, hay que seguir su itinerario desde finales de octubre 1886, en la Iglesia de San Agustín de París, hasta 1º de diciembre 1916, en Tamanrasset.Un recorrido de treinta años marcado por evoluciones, tanto en la forma de concebirlo como en las actitudes prácticas. No nos podemos contentar con un texto solo, ni con un solo momento de su vida. La Conversión Este acontecimiento base explica todo el resto si lo consideramos en primer lugar como un encuentro personal, que transforma la vida y afecta todo el ser. Un encuentro con alguien vivo, presente en nuestro mundo, Jesús. No sólo ese Dios que él buscaba, sino aquél que le esperaba y a quien él no se esperaba. Un Dios que ama hasta el punto de perdonar. Alguien que amó tanto a los hombres que se entrega a ellos ahora en el sacramento de su presencia. Dios no se limita a existir sino que está aquí, y se puede estar con Él, permanecer con Él, cerca de Él. Carlos de Foucauld, que tanto había dudado, parece no dudar ya ni un solo instante del realismo de la encarnación y del realismo de la presencia de Jesús en el sagrario. Para él, la Eucaristía es en primer lugar el sacramento de la presencia de Dios.Más que un alimento, la comunión “casi diaria”, en sus palabras, será el medio de unirse a Él de la forma más íntima posible. El culto al Sagrado Corazón y al Santísimo, con las exposiciones y las bendiciones, no son, a sus ojos, sino una sola y única expresión de amor, que para él es lo esencial de la religión y que será el punto dominante de su caminar espiritual.De peregrinación a Tierra Santa, en 1889, será muy sensible a la gracia de los lugares santos. Pero las huellas de Jesús, por muy enternecedoras que sean, solamente son recuerdos. La realidad está en el sagrario. En las calles de Nazaret encontró la respuesta a la pregunta que le inquietaba desde hacía dos años: “¿Qué tengo que hacer?”Tendrá que vivir como Jesús en Nazaret. La Trapa Por esto eligió ir a vivir y morir pobre en un pequeño monasterio trapense en construcción, al norte de Siria, en un país no cristiano. Fue para amar con un amor más grande y hacer el mayor sacrificio que estuviera en su poder, dejando para siempre todo lo que tanto amaba. Pero esta ofrenda total de sí mismo no parece tener conexión alguna con su percepción de la Eucaristía en ese momento. Su culto es otro: “En la medida de lo posible me mantengo a los pies del Santísimo Sacramento. Jesús está ahí… Me veo como si estuviera junto a sus padres, como Magdalena sentada a sus pies en Betania”.Pero lo que es “posible”en la trapa no le satisface y quiere otra cosa. Inventa entonces una nueva congregación cuya finalidad sería llevar una vida pobre trabajando y adorando el Santísimo Sacramento. El oficio divino sería reemplazado por la adoración del Santísimo expuesto. Solamente habría un sacerdote para celebrar la misa diariamente. De esta forma se haría el bien llevando al mundo la presencia de Jesús. Nazaret Después de siete años de vida monástica, le autorizan dejar la Trapa, y se encuentra solitario junto a un convento de Clarisas donde el Santísimo está frecuentemente muy expuesto. Leyendo los textos, muy numerosos, de ese periodo, podríamos creer que pasa todo su tiempo libre delante del Santísimo, rezando, leyendo, escribiendo allí. La realidad es algo distinta. Por una parte, lee a menudo en su cabaña, como lo testifica esta nota de un retiro: “Oh Dios mío, el lugar y el tiempo están bien elegidos: estoy en mi pequeña habitación, ya es de noche, todo duerme, solamente se oye la lluvia, el viento, y algunos gallos lejanos que recuerdan la noche de vuestra pasión … ¡Dios mío, enseñadme a rezar en esta soledad, en este recogimiento! … Aquél que ama y que está frente a su Bien Amado, ¿puede hacer otra cosa sino tener la mirada fija en él? Rezar es miraros. Ya que estáis siempre aquí, ¿puedo yo, si de veras os amo, no miraros constantemente?”Por otro lado la oración delante del Santísimo no siempre le es fácil: “Delante del Santísimo no consigo hacer oración durante mucho tiempo: mi estado es extraño: todo me parece vacío, hueco, nulo, sin medida, excepto mantenerme a los pies de Nuestro Señor, y mirarle … Y luego, cuando estoy a sus pies, estoy seco, árido, sin una palabra ni un pensamiento, y a menudo, ya veis, acabo por dormirme. Leo por voluntad, pero todo me parece vacío”.De esa misma época tenemos una meditación sobre la Eucaristía en la cual hace decir a Jesús cómo él entiende entonces el sacramento: “En primer lugar mi Presencia constante; en segundo lugar, mi ser entero, Dios y hombre, entrando en tu cuerpo y recibido por ti como alimento; en tercer lugar, Yo, encarnándome sobre el altar y ofreciéndome por todos vosotros a mi Padre en sacrificio … Son tres dones, infinitos los tres, que os hago”.Desarrolla el segundo aspecto sobre todo en el sentido de la unión nupcial: “por el segundo me tocáis, vuestra lengua, vuestra boca toca mi cuerpo; mi ser entero desciende en vosotros; os doy prueba de mi amor y a través de ello os incito fuertemente a devolverme amor por amor … Mirad qué maravilla, qué unión inefable, qué unidad de amor pongo por un lado entre Mí y vosotros, y por otro entre vosotros, unos con respecto a otros, al daros mi cuerpo en alimento”.El tercero es un aspecto más teológico: “Pero esto no es todo: yo me entrego a vosotros … en tercer lugar, para ser vuestra víctima, para ser ofrecido a Mi Padre en sacrificio de alabanza y de adoración … Considerad por tanto como debéis multiplicar estos sacrificios que dan a Dios tanta gloria … multiplicar los sacerdotes que puedan ofrecerlo”.A causa de esto, la nueva regla escrita en 1899 para los ermitaños del Sagrado Corazón, prevé el mayor número posible de sacerdotes, como si lo infinito de una Misa pudiese multiplicarse. Al año siguiente, en 1900, se impone el deber de llegar a ser él mismo sacerdote, para asegurar el culto de la Eucaristía en el santuario donde piensa instalarse. Con vistas a prepararse para ello, vuelve a Francia. Cambio de orientación Durante esta preparación se opera un giro en su vida. Quiere imitar a Jesús, no solamente en su vida escondida en Nazaret, en su retiro en el desierto y en su vida pública, sino sobre todo en su pasión, su muerte y resurrección, ofreciendo el sacrificio pascual en cada Misa. Es una nueva dimensión de su relación con la Eucaristía y de su forma de representarse la vida de Jesús.Aún más, este banquete del cual se convierte en uno de los servidores, tendrá que ofrecerlo no ya en Tierra Santa, a aquellos que tienen todas las comodidades espirituales, sino a aquellos que están más alejados. Ahora bien, a sus ojos, no hay gente más alejada que aquella que conoció antaño en los caminos y en las ciudades del Sahara y de Marruecos. Solo o junto con otros, se siente llamado a volver cercana la realidad de la presencia del Señor a estas gentes hacia quienes descubre que tiene un deber de agradecimiento. ¿No están ellos en el origen de la primera chispa de su fe? Tiene que hacer por los otros lo que hubiera querido que hicieran por él.Así, ya no piensa en “ermitaños”separados del mundo para adorar a Dios en su sacramento expuesto; ahora quiere “hermanos”,cuyas vidas expuestas irradien en esa tierra como hostias vivas. En el Sahara En Beni- Abbès, donde se esfuerza aún por multiplicar las horas de exposición del Santísimo Sacramento, tiene que alejarse a menudo del sagrario porque “Jesús, bajo la forma de los pobres, de los enfermos, de un alma cualquiera, me llama a otro lado”. Otra forma de estar con Jesús. ¿Otra forma de vivir la Eucaristía?Podemos constatar sin embargo, que el infinito de este misterio le impide permanecer frente a la belleza de las puestas de sol en las dunas y de las noches estrelladas: “Abrevio estas contemplaciones y vuelvo delante del sagrario … hay más belleza en el sagrario que en la creación entera”.De viaje, en el año 1904, su principal preocupación es la de celebrar la Misa cada día. Esto le obliga a hazañas ascéticas cuando caminan por la noche y no puede comer ni beber desde la media noche. Se presenta entonces un problema de pobreza y discreción, ya que le hace falta una montura especial para llevar el material necesario a la celebración de la Misa. No obstante, durante algunos años, seguirá poniendo la Misa por encima de todo, a pesar de los gastos extras que eso conlleva.Cuando hacen una parada prolongada en el norte del Hoggar, se construye una capilla de ramajes donde puede guardar el Santísimo durante unos días “una gran gracia para toda esta región”. En ese momento dice también: “Llevarlo lo más lejos posible … a fin de aumentar la zona en la que él irradie, extender la zona en la que se ejercerá su influencia”.Eso es lo que hace al instalarse en Tamanrasset al año siguiente. Coloca el Santísimo “en una pequeña covacha más pequeña que la de Nazaret”, y añade “eso será una gran felicidad para mí”. El año siguiente hace cuatro mil kilómetros para ir en búsqueda de un compañero que le permita “hacer con frecuencia exposiciones del Santísimo en Tamanrasset. Eso será una gran gracia para mi joven hermano y para mí”. Pero, de camino, tiene que despedir al compañero y volver solo al Hoggar. Vuelve aún sabiendo que, no solamente no podrá exponer el Santísimo, sino que ni siquiera podrá celebrar la Misa, ya que no tendrá asistente. Nueva evolución. Sin saber explicar su comportamiento, sabe que debe regresar al Hoggar, ya que es el único que puede residir allí, en cuanto que hay muchos que pueden celebrar la Eucaristía, y constata que su idea de hacer poner la Misa ante todo no debía ser muy acertada, “puesto que los grandes santos sacrificaron en ciertas ocasiones la posibilidad de celebrar en pro de trabajos de caridad espiritual, viajes u otros”. Efectivamente, durante seis meses no podrá decir la Misa sino una o dos veces. Y sin embargo escribe a su obispo: “No me inquieto para nada de esta falta de celebración del Santo Sacrificio”. En Navidad de 1907 está solo y no puede celebrar. Es la primera Navidad sin Misa desde su conversión. En enero de 1908, cae enfermo y ve la muerte muy cercana. Durante ese anonadamiento físico, se encuentra expuesto, sin defensa, como Jesús en la cruz. enteramente entregado a la buena voluntad de los que le rodean. ¿No es esta otra forma de vivir el misterio pascual, de compartir este misterio que ahora no puede celebrar litúrgicamente con aquellos que, para salvarlo, le traen un poco de leche y el apoyo de su amistad?El 31 de enero, cuando empieza a recuperar las fuerzas, recibe la autorización de celebrar la Misa sin asistencia. Es Navidad. Durante esos seis meses sin Misa, él conservaba el Santísimo en el sagrario, pero no se creía autorizado a comulgar. Esta presencia de “Jesús vivo e irradiante aunque escondido como en Nazaret”, le parecía legitimar su propia presencia: “Mi presencia ¿hace algún bien aquí? Aunque no lo haga, la presencia del Santísimo Sacramento sin duda hace mucho. Jesús no puede estar en un lugar sin irradiar”. ¿No era este otro razonamiento falso? Según esto, cuando, algunas semanas más tarde, se enterará de que no está autorizado a conservar el Santísimo por estar solo, debería haberse ido a otro sitio, en cuanto que se queda y deja el sagrario vacío. No lo hace sin dolor, pero no lo duda. Es de nuevo la ocasión de dar un paso más, como le explica su obispo: “Si el Señor le priva de Su presencia real en el sacramento, le hará apreciar más aún la ofrenda cotidiana del Santo Sacrificio. Al igual que su presencia, muy real también, en su alma por la gracia”. Más tarde el hermano Carlos escribirá a una Clarisa: “Hay que estar dispuesto a todo por el amor del Esposo, incluso a ser privado de su presencia sacramental en este mundo, si tal es su voluntad”.Esta privación durará seis meses. De esta forma, en el Assekrem donde, en 1911, pasa cinco meses en un lugar donde “la belleza y la impresión de infinito acercan tanto al Creador”, el sagrario que se llevó con la esperanza de recibir a un compañero, permanece vacío. Si no toma tiempo para ir a ver las puestas de sol, no es por quedarse al pie del sagrario, sino porque no se concede ni un solo minuto de descanso para terminar lo más rápidamente posible su diccionario tuareg. Se contenta con las salidas del sol: “¡qué bueno es, en esta gran calma y esta bella naturaleza tan atormentada y extraña, levantar el corazón hacia el Creador y Salvador Jesús!”. ¿No parece reconocer entonces que este Jesús, Creador y Salvador, es aquél mismo que no reside ya en su sagrario? Nueva evolución desde Beni-Abbes. “Me cuesta despegar mis ojos de esta admirable vista cuya belleza y sensación de infinito acercan al Creador, al mismo tiempo que su soledad y su aspecto salvaje muestran cómo estamos solos con Él y cómo no somos sino una gota de agua en el mar”. (L.M.B. 09.07.11)Pero, cuando después de seis años de privación será autorizado a “guardar la reserva del Santísimo” no ha perdido el sentido ni el gusto de esta presencia y no ocultará su alegría: “dulzura extrema, gran apoyo, fuerza grande para mí y gracia grande para todas las almas de este país”. No obstante hay que señalar que nunca cumplirá con los requisitos exigidos para la exposición del Santísimo.En el momento en el que está colmado por esta nueva proximidad con Jesús, no deja de desear una mayor proximidad con aquellos que le rodean. La Palabra de Jesús toma un realismo nuevo: “Todo aquello que hagáis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hacéis”. Pone esta palabra, que anteriormente ya produjo en él una profunda impresión, en el mismo plano que esta otra, salida de la misma boca: “Este es mi Cuerpo”. Y ella no deja de transformar su vida, llevándole a buscar y a amar a Jesús en “estos pequeños”. Servicio eucarístico y servicio de los “pequeños”, el mismo culto del cuerpo de Cristo. No solamente presencia real de aquél que se entrega para ser contemplado, comido y ofrecido, sino presencia real en un pueblo de una vida humana perpetuamente expuesta a todas las miradas y a todos los riesgos, presencia de una vida ofrecida como un pan fácilmente devorable. Es por esto que quería llegar a ser “pequeño y abordable”, consciente de que su vida sería la única Biblia que todos leerían. La Biblia que él quería ver iluminada por una sola y misma lámpara con el sagrario, uniendo “las dos mesas, de la Palabra y del Pan”.Vida ofrecida a Dios y a los hombres como la de Jesús, en un sacrificio que ya no es únicamente el del primer día, aunque éste siga muy real, sino que es también ofrenda de la vida de aquellos que le rodean, ofrenda de la amistad compartida, y sobre todo, en un mundo de guerra, ofrenda del sufrimiento de los demás e intercesión “en la tormenta, … durante el combate de los suyos … en la barca zarandeada por las olas”.Al día siguiente de su muerte, el cuerpo de Carlos de Foucauld es enterrado por la gente del pueblo. Tres semanas después, el capitán de la Roche planta una cruz de madera sobre su tumba y, en la arena de la capilla, encuentra la lúnula (que él llama custodia), la abre y verifica que hay una hostia entre los dos cristales. Un suboficial la lleva y la consume, solo, en el desierto. Esta hostia arrojada al suelo es un último símbolo eucarístico, como el cuerpo de aquél que la había consagrado y que había hecho de su propia vida “una hostia viva para alabanza de la gloria de Dios”. La vida y la muerte de este hombre ¿pueden hablarnos todavía?Las circunstancias le obligaron a actuar de forma que parecía estar en contradicción con sus convicciones más firmes; cada vez, consiguió superar su forma de concebir las cosas, ir más allá de su devoción y no confundir el fin y los medios. El fervor de su amor por la persona de Jesús ¿puede aún reanimar la llama en nuestros tibios corazones? El realismo de su fe en la presencia viva del Resucitado, ¿podrá dar nuevo vigor a nuestras “adoraciones”, si hemos continuado fieles a ellas, o, por el contrario, si las hemos desdeñado, podrá darnos de nuevo el gusto de esta presencia como camino de contemplación?La fuerza de sus convicciones y el valor de que hizo prueba nos impresionan. Su capacidad de adaptación a las situaciones nuevas es tan grande como su fidelidad en someterse a las leyes de la Iglesia. Su forma de hacer frente a esas situaciones nos invita a volver a lo esencial, sin despreciar los medios que nos son dados. Más allá de las formas de devoción de su tiempo y de todas las desviaciones, como la Misa delante del Santísimo Sacramento expuesto, la importancia dada a la custodia, a la forma y al color de la hostia, que vacían el pan de su realismo, por encima de la tendencia a “cosificar” la Eucaristía, a materializar y a localizar la irradiación de la hostia en el espacio, tenemos que redescubrir y utilizar los signos y los símbolos que siguen siendo inagotables para que podamos rezar, no sólo en espíritu, sino en la verdad de nuestro ser entero. ¡Ojala podamos acoger el testimonio de una vida entregada y ofrecida, de una vida consumada en sacrificio pascual, en la que la muerte toma su lugar normal, como remate y paso hacia la realización. Con palabras de Carlos de Foucauld, digamos para terminar que esta presencia de Cristo nos es dada “por amor, para nuestro bien, para hacemos más entregados, fervientes, amantes, tiernos, ya que somos fríos; para hacemos fuertes y animosos, ya que somos débiles; para darnos esperanza y confianza, ya que estamos sin esperanza; para hacernos felices, ya que estamos tristes y desanimados”. |
JESÚS ES PAN PARTIDO, REPARTIDO, COMPARTIDO

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Jn 13,1-15
El tema central del Triduo Pascual es el AMOR. El jueves se manifiesta en los gestos y palabras que lleva a cabo Jesús en la entrañable cena. El viernes queda patente el grado supremo de amor al poner su vida entera, hasta la muerte, al servicio del bien del hombre. El sábado celebramos la Vida que surge de ese Amor incondicional. En la liturgia de estos días manifestamos, de manera plástica, la realidad del amor supremo que se manifestó en Jesús. Lo importante no son los ritos, sino el significado que éstos encierran.
La liturgia del Jueves Santo está estructurada como recuerdo de la última cena. La lectura del evangelio de Juan debe hacernos pensar; se aparta tanto de los sinópticos que nos llama la atención que no mencione la fracción del pan. Pero en su lugar, nos narra una curiosa actuación de Jesús que nos deja desconcertados. Si el gesto sobre el pan y el vino tuvo tanta importancia para la primera comunidad, ¿por qué lo omite Juan? Y si realmente Jesús realizó el lavatorio de los pies, ¿por qué no lo mencionan los tres sinópticos?
No es fácil resolver estos interrogantes, pero tampoco debemos ignorarlos o pasarlos por alto. Seguiremos haciendo sugerencias, mientras los exégetas no lleguen a conclusiones más o menos definitivas. Sabemos que fue una cena entrañable, pero el carácter de despedida se lo dieron después los primeros cristianos. Seguramente en ella sucedieron muchas cosas que después se revelaron como muy importantes para la comunidad. El gesto de partir el pan y de repartir la copa de vino, eran gestos normales que el cabeza de familia realizaba en toda cena pascual. Lo que pudo añadir Jesús, o los primeros cristianos, es el carácter de signo, de lo que en realidad fue la vida entera de Jesús.
El gesto de lavar los pies era una tarea exclusiva de esclavos. A nadie se le hubiera ocurrido que Jesús la hiciera si no hubiera acontecido algo similar. Es una acción original y de mayor calado que el partir el pan. Seguramente, en las primeras comunidades se potenció la fracción del pan, por ser más cultual. Poco a poco se le iría llenando de contenido sacramental hasta llegar a significar la entrega total de Jesús. Pero esa misma sublimación llevaba consigo un peligro: convertirla en un rito mágico que no compromete a nada. Aquí está la razón por la que Juan se olvida del pan y el vino. La explicación que da de la acción, lleva directamente al compromiso con los demás y no es fácil escamotearla.
Parece demostrado que, para los sinópticos, la Última Cena es una comida pascual. Para Juan no tiene ese carácter. Jesús muere cuando se degollaba el cordero pascual, es decir el día de la preparación. La cena se tuvo que celebrar la noche anterior. Esta perspectiva no es inocente, porque Juan insiste, siempre que tiene ocasión, en que la de Jesús es otra Pascua. Identifica a Jesús con el cordero pascual, que no tenía carácter sacrificial, sino que era el signo de la liberación. Jesús, el nuevo cordero, es signo de la nueva liberación.
Los amó hasta el extremo. Se omite toda referencia del lugar y los preparativos de la cena. Va directamente a lo esencial. Lo esencial es la demostración del amor hasta el extremo, es decir, en el más alto grado, hasta alcanzar el objetivo final. Manifestó su amor durante toda su vida, ahora va a manifestarse de una manera total y absoluta. “Había amado… y demostró su amor hasta el final”, dos aspectos del amor de Dios manifestado en Jesús: amor y lealtad, (1,14) amor que nunca se desmiente ni se escatima.
Dejó el manto y tomando un paño, se lo ató a la cintura. Ya dijimos que no se trata en Juan de la cena ritual pascual, sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido, porque había roto con las instituciones de la Antigua Alianza. Dejar el manto significa dar la vida. El paño (delantal, toalla) es símbolo del servicio. Manifiesta cuál debe ser la actitud del que le siga: Prestar servicio al hombre hasta dar la vida como él. Juan pinta un cuadro que queda grabado en la mente de los discípulos. Esa acción debe convertirse en norma para la comunidad. El amor es servicio concreto a cada persona.
Se puso a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. El lavar los pies era un signo de acogida o deferencia. Solo lo realizaban los esclavos o las mujeres. Lavar los pies en relación con una comida, siempre se hace antes, no durante la misma. Esto muestra que lo que Jesús hace no es un servicio cualquiera. Al ponerse a los pies de sus discípulos, echa por tierra la idea de Dios creada por la religión. El Dios de Jesús no actúa como Soberano, sino como servidor. El verdadero amor hace libres. Jesús se opone a toda opresión. En la nueva comunidad todos deben estar al servicio de todos, como Jesús. La única grandeza del ser humano es ser como el Padre, don total y gratuito para los demás.
¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Esta explicación de Jesús nos indica hasta qué punto es original esa actitud. Retomó el manto, pero no se quita el delantal. Se recostó de nuevo, símbolo de hombre libre. El servicio no anula la condición de hombre libre, al contrario, da la verdadera libertad y señorío. La pregunta quiere evitar cualquier malentendido. Tiene un carácter imperativo. Comprended bien lo que he hecho con vosotros, porque estas serán las señas de identidad de la nueva comunidad.
Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor” y decís bien porque lo soy. Juan es muy consciente de la diferencia entre Jesús y ellos. Lo que quiere señalar es que esa diferencia no crea rango de ninguna clase. Las dotes o funciones de cada uno no justifican superioridad alguna. Los hace iguales y deben tratarse como iguales. La única diferencia es la del mayor o menor amor manifestado en el servicio. Esta diferencia nunca eclipsará la relación de hermanos, todo lo contrario, a más amor, más igualdad, más servicio.
Pues si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Reconoce los títulos, pero les da un significado completamente nuevo. Es “Señor”, no porque se imponga, sino porque manifiesta el amor, amando como el Padre. Su señorío no suprime la libertad, sino que la potencia. El amor ayuda al ser humano a expresar plenamente la vida que posee. Llamarle Señor es identificarse con él, llamarle Maestro es aprender de él, pero no doctrinas sino su actitud vital. Se trata de que sienten la experiencia de ser amados, y así podrán amar con un amor que responde al que reciben.
Os dejo un ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Los sinópticos dicen, después de la fracción de pan: “Haced esto para acordaros de mí”. Es exactamente lo mismo, pero en el caso del lavatorio de los pies, queda mucho más claro el compromiso de servir. Lo que acaba de hacer no es un gesto momentáneo, sino una norma de vida. Ellos tienen que imitarle a él como él imita al Padre. Ser cristiano es imitar a Jesús en un amor que tiene que manifestarse siempre en el servicio a todos los hombres. Celebrar la eucaristía es comprometerse con el gesto y las palabras de Jesús. La misma Vida de Dios, manifestada por el que acepta su mensaje.
Fray Marcos
https://drive.google.com/file/d/12xydpxpQvFj5g38gqoyJ-xzyGjCpOizo/view?usp=sharingTeilhard de Chardin: El camino hacia una eucaristía cósmica

[Por Juan V. Fernández de la Gala] En este año 2023 celebramos el centenario de uno de los textos más conocidos del jesuita y paleontólogo francés Pierre Teilhard de Chardin. Fue escrito en tono de plegaria en dos momentos cruciales de su vida y sabemos que, en 1951, proyectaba ya una tercera versión. Él lo llamó La misa sobre el mundo (La Messe sur le Monde) y se recogió sucesivamente en dos de sus obras: El sacerdote e Himno del universo. Se trata, sin duda, de una de las piezas más impactantes de la literatura mística del siglo XX.
La primera versión está escrita en el frente de batalla de Verdún durante la Primera Guerra Mundial. Teilhard fue camillero y su misión consistía en recoger a los heridos, prestarles los primeros auxilios físicos y espirituales y derivarlos al hospital de campaña o al cementerio. Aquello fue, en sus propias palabras, “un bautismo de realidad” en el barro de las trincheras, en el dolor y en la fragilidad humanas y, sobre todo, una pregunta acuciante sobre el sentido que podemos dar al sufrimiento y a la muerte. La segunda versión del texto está firmada en 1923 en China, en el desierto de Ordos, cerca de la frontera norte con Mongolia. Teilhard participaba entonces en una expedición científica que estudiaba las características geológicas de los barrancos y de las estepas más áridas de Asia. La guerra de Europa y el exilio de China fueron los dos paisajes de la desolación que marcan su escrito. Es verdad que, entre líneas, flota también sobre esos párrafos inolvidables el frescor de los bosques de álamos que bordean el río Aisne, cerca de Verdún, los castaños amarillentos de sus paseos en Sussex o los acantilados de la isla de Jersey. Todos estos paisajes conforman en la memoria del jesuita una “composición de lugar” que nos conduce a la presencia inefable de Dios en lo más agreste de la naturaleza y en la áspera desnudez de las rocas, imágenes que a un paleontólogo le hablan indefectiblemente de la larga y misteriosa historia de la Tierra y de la extensión inabarcable del tiempo geológico, que supera ampliamente la estrecha vida de un hombre.
En ambos casos se encontraba Teilhard inmerso en la escueta precariedad del nómada y, como sacerdote, privado de la posibilidad de celebrar la eucaristía. Trata entonces de celebrarla en el interior de su corazón, poniendo como altar el propio paisaje que aparecía ante sus ojos con las primeras luces del día, antes de sumergirse en las tareas de su jornada científica. Y ahí es donde sucede el milagro, porque descubre ̶ y nos descubre también a nosotros ̶ que el sacrificio de la misa se extiende mucho más allá del templo o de la pequeña parroquia donde se celebra. Y se extiende, además, en todos los sentidos de la existencia: se extiende en el espacio hasta abarcar todo el cosmos y se extiende en el tiempo hasta alcanzar las generaciones pasadas y las futuras, en virtud de lo que la doctrina tradicional de la Iglesia ha llamado la “comunión de los santos”.
No es difícil intuir el peso que en esta devoción teilhardiana pudieron tener las catequesis domésticas que Pierre Teilhard y sus hermanos recibieron muy tempranamente de su madre, Berthe de Dompierre. Bajo la férula amable de su propio ejemplo, Berthe inculcó a sus hijos dos prácticas piadosas particulares: la comunión espiritual y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Como puede verse, la mística de Teilhard, con esa fama de heterodoxa y rompedora, se basa en estas dos devociones que la tradición católica asume desde antiguo, aunque es verdad que Teilhard las actualiza de acuerdo con los nuevos paradigmas y las eleva a una altura teológica antes no alcanzada.
Ya desde el Concilio de Trento, la tradición más piadosa del cristianismo recomendaba a los fieles la práctica de la “comunión espiritual”, una fórmula devocional que podía ser usada en caso de tener limitaciones materiales o morales para recibir el pan eucarístico de la comunión. San Alfonso María de Ligorio popularizó desde el siglo XVIII una de las oraciones más conocidas, que expresaba ferviente y llanamente el deseo de recibir a Jesús sacramentado con disponibilidad de corazón. Pienso que Teilhard fue puliendo el texto devocional de su Misa sobre el mundo basándose en esa misma idea. Para un místico como él, capaz de sentir la presencia de Dios de modo tan misteriosamente vívido, la ausencia del pan y el vino no podía impedir que un sacerdote pudiera, en el interior de su corazón, celebrar eucarísticamente la presencia de Dios en la materia, en los acontecimientos, en las creaturas, en el prójimo y en el interior de cada uno de nosotros, reviviendo y gustando interiormente su sentido de ofrenda, de consagración y de comunión.
Respecto a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, muy presente en el hogar de la familia Teilhard y difundida ampliamente por la Compañía de Jesús, basta con repasar las imágenes y tropos que Teilhard utiliza en su texto para desembocar abiertamente a la iconografía propia de esta devoción popular: el corazón como asiento de los sentimientos y el fuego en el que arde como expresión de su amor. Un amor extremo, como puntualiza el evangelio de Juan y “una devoción con la que mi madre no dejó jamás de nutrirme”, como afirma Teilhard en El corazón de la materia.
Hasta aquí los fundamentos devocionales de esta visión eucarística de Teilhard que a tantas personas ha conmovido, incluyendo a Pablo VI, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI. Los dos primeros citaron sus palabras en diversas alocuciones públicas, pero evitando expresamente mencionar al autor, que estaba entonces bajo la alargada sombra de sospecha del Santo Oficio.
Siempre se ha dicho que una de las características de un texto sublime es que es capaz de arraigar de modo distinto en el ánimo de cada lector, colmando necesidades diversas. suscitando sugestiones y connotaciones diversas en cada persona y en cada momento. Si resumo aquí algunas de las mías, lo hago a sabiendas de que no agotarán las posibilidades de un texto tan sugestivo y lamentando que este medio no permita compartir también las intuiciones que el texto de La misa sobre el mundo habrá podido despertar seguro en quienes ahora leen amablemente estas líneas. Para poder valorar con justicia el grado de profetismo de Teilhard, no olviden que estamos entre 1918 y 1923, en el pontificado de Benedicto XV, un papa temeroso de la modernidad y de la ciencia, y que nos falta todavía medio siglo para arribar al soplo revitalizador del Concilio Vaticano II.
Aquí están algunos de los que intuyo como hallazgos teilhardianos:
- Disolver viejas dicotomías escolásticas. Las visiones teológicas de Teilhard tratan de armonizar nuestra desconcertante pluralidad con la invitación divina a la unidad fraterna o la marea de los afectos que mueven el mundo con la convulsión de los odios y añadamos todas esas viejas dualidades platónicas que la escolástica no supo resolver: el cuerpo frente al alma, la materia frente al espíritu, Dios frente al mundo y el barro de la realidad terrena frente a ese mundo angélico y celeste que desde tiempos medievales nos gustaba señalar con el dedo en alto.
Teilhard, que se considera a sí mismo más hijo del suelo que del cielo, nos reconcilia con la materia, proclamando su bondad natural y su misterio evolutivo y no duda en darle rango de sacralidad, recordándonos la aceptación manifiesta de Dios que recoge el libro del Génesis: “y vio Dios que era bueno”. Llega a llamarla “mano de Dios y carne de Cristo” por sostener de modo tangible la presencia de Dios en el mundo.
- Reconciliar ciencia y teología. Si en su ensayo El grupo zoológico humano intentó transitar un puente entre teología, biología y física, en La Misa sobre el mundo, brevísimo texto lleno de poesía y de mística, incorpora las intuiciones de tres paradigmas científicos que la doctrina de la Iglesia miraba aún con el recelo de la novedad. Por un lado la teoría evolutiva, que desde Darwin empieza a encontrar ya esos días formulaciones nuevas desde la bioantropología y la genética. Por otro, las ideas que, a partir de la teoría general de la relatividad, empezaban a debatirse sobre un universo en expansión desde una explosión de energía inicial, creadora de todo lo que existe. En tercer lugar, esboza ya la idea que empezaba a vislumbrarse en los círculos científicos de interpretar la biosfera como una entidad viva, como un gran cuerpo, como un superorganismo en el que todos los procesos están conectados para garantizar su autorregulación, una idea que después encontraría en James Lovelock su mejor formulación: la hipótesis Gaia.
- Unificar la teología. Por primera vez, muchos conceptos teológicos que la tradición epistolar paulina y la reflexión escolástica medieval nos mostraban como un mosaico parcialmente inconexo de verdades de fe, independientes y bien diferenciadas, Teilhard acierta a conectarlos como la totalidad coherente de una sola verdad, dilatando su significado y su relevancia teológica. Descubrimos con él que la creación, la encarnación, la redención, la consagración, la centralidad de la eucaristía, la providencia, la comunión de los santos, la presencia de Dios en el mundo o el mandamiento del amor no son realidades distintas, sino aspectos indisolubles y necesarios de una misma visión y que, a su vez, encajan sin estridencia alguna con la evolución cósmica y biológica, la génesis histórica de las religiones, el misterio de la muerte y el sufrimiento, la investigación científica o el trabajo humano como prolongación libre y creativa del poder creador de Dios. Pocos autores poseen esta capacidad de Teilhard de generar modelos integradores de pensamiento o de formular explicaciones unificadas.
- Expandir la teología. Además de unificarlos, Teilhard profundiza en la idea de que estos procesos (y su interpretación teológica) no son momentos puntuales en la historia de la salvación ni se limitan al ámbito espacial de la biosfera, sino que desbordan el espacio y el tiempo para devenir procesos cósmicos y continuamente actualizados.
Así, la metáfora paulina de la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, en donde las diversas partes anatómicas no pueden desentenderse, la extiende Teilhard, dilatándola, a toda la creación, que es, en efecto, un cuerpo material, biosférico, al mismo tiempo diverso y coordinado y necesitado de un alma que le otorgue consistencia y sentido.
Los símbolos eucarísticos del pan y el vino se expanden también más allá de su condición de frutos de la tierra, más allá de su presencia en aquella cena de la Pascua judía de hace más de dos milenios y se cargan de un sentido más amplio. El pan como representación de todo lo que esforzadamente germina, crece, florece, madura y se multiplica en el mundo. El vino como representación de todo lo que mengua o decrece, de la sangre derramada, de lo que nos causa dolor y sufrimiento, de la enfermedad, la decrepitud, la decepción, la traición y la muerte; ese cáliz que nos gustaría apartar, pero que asumimos siguiendo el ejemplo de Jesús en Getsemaní.
Estas y otras brillantes extensiones conceptuales de Teilhard no solo dan hondura espaciotemporal a los horizontes de la fe en Dios, sino que, además, los sustraen del contexto angélico en que los colocó la escolástica y los plantan en la realidad tangible de la materia. Así, por ejemplo, la consagración sacramental del pan y el vino se incardina en una interpretación mucho más amplia que refleja el modo en que la dimensión sobrenatural conecta con la realidad natural y la ilumina, es decir, nos habla de la consagración definitiva de toda la creación, que se reencontrará con Dios en su trayecto evolutivo hacia el punto omega.
De este modo, Cristo resucitado acabará siendo el alma del gran cuerpo místico que es la realidad universal. La cosmogénesis, la biogénesis y la propia historia del ser humano no son más que los pasos evolutivos previos a la cristogénesis, la gran consagración en la que todos estamos inmersos.
Para Teilhard, vivimos en el seno de una gran eucaristía cósmica, que culminará en cada uno de nosotros cuando, en el punto omega de nuestra historia individual, nos acerquemos a la comunión definitiva. Llegados a ese momento, nuestra desintegración física no será el final: será sólo el requisito para poder perdernos en el horizonte inmenso de la misericordia de Dios, ya sin la pesada oposición de nuestros átomos, para ser una sola cosa con Él.
PARA PROFUNDIZAR EN LA MISA SOBRE EL MUNDO:
El texto puede descargarse libremente en esta dirección: https://www.bubok.es/libros/238364/LA-MISA-SOBRE-EL-MUNDO-de-Pierre-Teilhard-de-Chardin
Aquí puede escucharse una videoadaptación abreviada del mismo: https://youtu.be/qjpEzrDuftU
Y la editorial Sal Terrae, en su colección El Pozo de Siquén, publicó en español la obra del jesuita Thomas M. King La misa de Teilhard: una aproximación a “La misa sobre el mundo” (Bilbao, 2022): https://gcloyola.com/testimonios-e-iglesia/3988-la-misa-de-teilhard-9788429330687.html
Enseñanzas de Charles de Foucauld sobre la Eucaristía

Redacción de Aleteia – publicado el 21/02/24El padre Charles de Foucauld siempre soñó con compartir su vocación con los más alejados, por eso fue misionero en el desierto. Él amaba la Eucaristía, y sus frases sobre el Santísimo Sacramento conmoverán tu corazón
El padre Charles de Foucauld descubrió su vocación después de una peregrinación a Tierra Santa. Después de algunos años de oración y adoración, fue ordenado sacerdote a los 43 años. En 1901 partió al Sahara porque siempre soñó con compartir su vocación con otros y quiso ir al encuentro de los más alejados.
Actualmente la «familia espiritual de Charles de Foucauld» comprende varias asociaciones de fieles, comunidades religiosas e institutos seculares de laicos y sacerdotes.
La Eucaristía se vuelve un estilo de vida aprendido y vivido cerca de Jesús. Por eso, te compartimos algunas enseñanzas que nos dejó sobre la Eucaristía en este video.
Algunas imágenes desconocidas de Charles de Foucauld:

Enseñanzas de Charles de Foucauld sobre la Eucaristía
Redacción de Aleteia – El padre Charles de Foucauld siempre soñó con compartir su vocación con los más alejados, por eso fue misionero en el desierto. Él amaba la Eucaristía, y sus frases sobre el Santísimo Sacramento conmoverán tu corazón
El padre Charles de Foucauld descubrió su vocación después de una peregrinación a Tierra Santa. Después de algunos años de oración y adoración, fue ordenado sacerdote a los 43 años. En 1901 partió al Sahara porque siempre soñó con compartir su vocación con otros y quiso ir al encuentro de los más alejados.
Actualmente la «familia espiritual de Charles de Foucauld» comprende varias asociaciones de fieles, comunidades religiosas e institutos seculares de laicos y sacerdotes.
La Eucaristía se vuelve un estilo de vida aprendido y vivido cerca de Jesús. Por eso, te compartimos algunas enseñanzas que nos dejó sobre la Eucaristía en este video.
Algunas imágenes desconocidas de Charles de Foucauld:

Carlos de Foucauld, una vida ante el Santísimo

El último número de la revista Cristiandad está dedicado a los Apóstoles de la Eucaristía. En él no podía faltar el ya santo Carlos de Foucauld, cuya intensa y agitada vida encontró sentido en la entrega total a Jesús. Precisamente escribí sobre la centralidad de la adoración en Carlos de Foucauld para La lámpara del santuario, la revista de la Adoración Nocturna Española. Ahora Cristiandad recoge este texto donde queda claro que si hay algo que ilumina y orienta la vida de Foucauld a partir de su conversión, es la adoración al Santísimo, ante quien pasará cada vez más tiempo y del que ya no querrá separarse jamás.
No voy a reproducir aquí el texto completo, pero sí algunos fragmentos que me parece que dan una idea de la importancia que tuvo para el reciente santo la adoración al Santísimo:
“A partir de su conversión, su vida da un vuelco que le llevará por caminos hasta entonces insospechados. Un recorrido en el que juega también un importante papel su prima, Marie de Bondy, que le descubre el culto al Santísimo Sacramento y la devoción al Sagrado Corazón. Un camino marcado por una entrega total, como expresa en su diario con estas palabras: “Desde que creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él”… No es que Foucauld haya descubierto que Dios existe, lo que comprende es mucho mayor: está aquí y se puede estar con Él, permanecer con Él, hablar con Él. Carlos de Foucauld, que tanto había dudado, parece no dudar ya ni un solo instante de la realidad de la presencia de Jesús en el sagrario.
La comunión “casi diaria”, en sus propias palabras, será el medio de unirse a Jesús de la forma más íntima posible y de darle sentido a su vida. Una vida volcada al culto al Sagrado Corazón y al Santísimo, que no son más que una única expresión de ese amor de Cristo que constituye el núcleo, la esencia, de la religión cristiana.
[…]
En 1890 ingresa en la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Francia, donde su vida tiene como centro la Eucaristía y Nazaret: “en la medida de lo posible me mantengo a los pies del Santísimo Sacramento. Jesús está ahí… Me veo como si estuviera junto a sus padres, como Magdalena sentada a sus pies en Betania”.
[…]
Convencido de que los medios de sus esfuerzos evangelizadores son, antes que nada, eucarísticos (la Santa Misa y la Presencia Real por la cual la Santa Hostia irradia su presencia en el mundo), el Hermano Carlos parte hacia el Sahara.
Ya en Beni-Abbès, donde recala en octubre de 1901, se esfuerza por multiplicar las horas de exposición del Santísimo Sacramento, lo que alimenta su entrega al prójimo: “Jesús, bajo la forma de los pobres, de los enfermos, de un alma cualquiera, me llama a otros lugares”. Se admira contemplando la belleza de las puestas de sol en el desierto y sus claras noches, pero confiesa que “abrevio estas contemplaciones y vuelvo delante del sagrario… hay más belleza en el sagrario que en la creación entera”.

[…]
Tan intenso es su amor a Jesús Eucaristía que no concibe vivir sin ella: cuando en un viaje tiene que realizar una parada prolongada en el norte del Hoggar, construye una capilla de ramas donde puede guardar el Santísimo durante varios días, lo que considera “una gran gracia para toda esta región”. Escribe también en esa época lo que ve que Dios le pide: “Llevarlo lo más lejos posible… a fin de aumentar la zona en la que Él irradie, de extender la zona en la que se ejercerá su influencia”. Es esta vocación la que le lleva a instalarse en Tamanrasset en 1905, donde lo primero que hace es exponer el Santísimo “en una pequeña covacha más pequeña que la de Nazaret”. En su diario nos deja estas palabras que reiteran esa unión entre el Sagrado Corazón y la Eucaristía que es el núcleo de su anhelo evangelizador: “Sagrado Corazón de Jesús, gracias por este primer tabernáculo en país tuareg. Sagrado Corazón de Jesús, irradiad desde el fondo de este tabernáculo sobre este pueblo que os adora sin conoceros. Iluminad, dirigid, salvad estas almas que amáis”. Y en una carta a su prima Marie de Bondy, fechada el 9 de septiembre de 1901, al explicar sus planes, confiesa que, refiriéndose a los pobladores del desierto entre quienes va a vivir, “No creo hacerles mayor bien que el de llevarles, como María en la casa de Juan durante la Visitación, a Jesús, el bien de los bienes, el santificador supremo, a Jesús que estará siempre presente entre ellos en el Tabernáculo… Jesús ofreciéndose cada día sobre el santo altar para su conversión, Jesús bendiciéndolos cada día para la salvación: éste es el bien de los bienes, nuestro Todo, Jesús«.”
Bastan estos fragmentos para darse cuenta de lo mucho que nos puede enseñar este santo, especialmente en momentos en que estemos tentados bien de desánimo, bien de activismo (que vienen a ser dos caras de la misma moneda).
La espiritualidad eucarística de Charles De Foucauld en su vida

No es fácil acercarse a la figura de Charles de Foucauld y comprender inmediatamente su profundidad humana y espiritual. En muchos sentidos, sigue siendo un enigma: ninguna definición parece adecuada para definirlo. No puede ser considerado un monje o un ermitaño en el sentido que estos términos asumen entre los siglos XIX y XX. Por supuesto, siempre vivió en soledad, en la Trappa di Akbès, en Nazareth, en Beni-Abbès y en Tamanrasset; pasa largas horas retirado en oración y adoración, con un nivel de vida más austero que el de cualquier orden monástica. Por otra parte, su vida está lejos de ser segregada, como lo demuestra la tupida red de amistades, relaciones y contactos, mantenida a través de una siempre abundante correspondencia; y luego las numerosas visitas, la hospitalidad ofrecida a personas de todo tipo,
Tampoco puede ser calificado como cualquier misionero de su tiempo: habla a menudo de Dios y del Evangelio de Jesús a sus amigos árabes y tuaregs, pero no hay en él rastro de proselitismo, bautiza muy poco, tiene mucho cuidado de no forzar los tiempos de conversión a la fe cristiana. Tampoco puede reducirse lo que ha hecho a una simple «intervención humanitaria» en favor de las poblaciones pobres del noroeste de África y del Sáhara: cura a los enfermos, reparte limosnas a los pobres y los invita a compartir su mesa, pero no pretende en absoluto construir ni escuelas ni hospitales. Durante varios años de su vida, especialmente en la última parte, dedicó muchas horas al estudio: se le podía ver como un erudito de primera; realiza investigaciones etnográficas y lingüísticas y prepara la gramática tuareg; recopila poemas y poemas tuareg y compila un diccionario. Sin embargo, en todo este trabajo científico, con sus ritmos a menudo febriles, no hay sombra de búsqueda de notoriedad o de éxito: lo testimonia la fuerza con la que exige a sus editores y superiores que su nombre nunca aparezca en sus obras.
¿Quién es realmente Charles de Foucauld? ¿Dónde está el centro de gravedad de su vida? Ya en el título, «La espiritualidad eucarística de Carlos de Foucauld en su vida», la obra de Claudio Sottocornola intenta una respuesta y nos parece que da en el blanco. En efecto, la experiencia de fe de Carlos estuvo profundamente marcada por una espiritualidad eucarística, que adquirió diferentes acentuaciones a lo largo de su vida. Los modos en que se produce su conversión son ya significativos: aquella mañana de fines de octubre de 1886, en la iglesia de Sant’Agostino de París, el abate Huvelin, después de haberlo escuchado y absuelto, invita a Carlos a comulgar; desde ese momento percibirá la Eucaristía como una experiencia de intimidad y dulce conversación con el Señor que se hace presente en el Sacramento. La Eucaristía se convierte para él en expresión viva del rostro misericordioso de Dios, en signo de su cercanía, en camino para permanecer en su presencia. Este subrayado de la Eucaristía en su dimensión de Presencia real del Señor se profundiza en los diez años siguientes: en Akbes y Nazaret, Carlos es atraído por el misterio de Dios que se hace accesible en el Santísimo Sacramento. Su única preocupación es estar cerca de Jesús, perderse sólo en Él. Esta búsqueda de intimidad se traduce en un deseo constante de pasar días enteros en contemplación ante el Santísimo Sacramento. En un retiro espiritual de 1897, anota: «¡Señor mío Jesús, estás en la Sagrada Eucaristía! ¡Estás aquí, a un metro de mí, en este sagrario! Tu cuerpo, tu alma, tu humanidad, tu divinidad, todo tu ser está aquí, en su naturaleza dual! ¡Qué cerca estás, Dios mío!».
Con el tiempo, a Charles le llama cada vez más la atención el pasaje evangélico de Mateo en el que Jesús se identifica con los pobres. El 1 de agosto de 1916, pocos meses después de su muerte, escribe «Creo que no hay otro pasaje del Evangelio que me haya impresionado más y que haya transformado más mi vida que este: «Todo lo que hacéis a uno de estos pequeños, a mí me lo hacéis. Si se piensa que estas palabras son las de la Verdad increada, las de la boca que decía «este es mi cuerpo… esta es mi sangre», con qué fuerza se es llevado a buscar y amar a Jesús en «estos pequeños», estos pecadores, esta pobre gente, usando todos sus medios materiales para aliviar las miserias temporales». La meditación de estas palabras le lleva a comprender la Eucaristía como sacramento de la caridad fraterna, combinar el servicio eucarístico con el servicio a los pobres. La Eucaristía se le aparece ya no sólo como el Cuerpo de Cristo para ser contemplado y comido, sino también como un Sacrificio para ser ofrecido y al cual ofrecerse, el sacramento de una vida ofrecida en la amistad compartida, en el sufrimiento soportado por amor. , en oración de intercesión por el mundo.
La obra de Sottocornola sigue paso a paso esta maduración eucarística de Charles de Foucauld, colocándola continuamente en paralelo con su itinerario biográfico e ilustrándola con textos siempre elegidos adecuadamente. Este método destaca una adquisición importante, no solo en el campo de la espiritualidad, sino también en la filosofía, el arte, la literatura y la música. No es posible comprender plenamente las intuiciones y obras de un autor sin conocer su vida, proyectos, desengaños, pruebas, afectos, problemas de salud… Sottocornola demuestra esta sensibilidad no sólo en este texto sino también en otras obras: en todas en ellos emerge cuán fuertemente la experiencia biográfica afecta la forma de seleccionar los intereses y el estilo con el que se abordan los más variados temas.
El libro de Sottocornola es su disertación, generalmente uno de los primeros trabajos de cualquier erudito. No puede, por tanto, beneficiarse de una larga experiencia, que sólo puede adquirirse con los años y con un paciente itinerario de investigación. Sin embargo, esta escritura juvenil ya muestra un gran dominio metodológico y lingüístico: documentada sin ser pedante, precisa en las citas y al mismo tiempo fluida, ceñida al tema pero no desapegada, capaz de utilizar un léxico técnico pero en absoluto seco, mantiene una gran actualidad a pesar de que en 25 años y en este tiempo se han multiplicado los estudios sobre la vida y la espiritualidad de Charles de Foucauld, aprovechando herramientas de investigación cada vez más refinadas y perspectivas cada vez más amplias. En este sentido, el acto de la beatificación, celebrado en Roma el 13 de noviembre de 2005,
En particular, se hace cada vez más claro lo que este escrito pretende demostrar: cómo su espiritualidad eucarística, lejos de encerrar a Charles de Foucauld en estrechas perspectivas íntimas, lo llevó a buscar y vivir relaciones de fraternidad con las personas con las que entró en contacto, incluso no -Cristianos. En este sentido, vale la pena mencionar los interesantes horizontes que le abrió esa sensibilidad eucarística sobre las relaciones con los hombres y mujeres pertenecientes a otros religiosos. Charles de Foucauld se cita a menudo como un ejemplo de diálogo con el Islam. En verdad, más que en diálogo con el Islam, estableció una relación con los musulmanes. El suyo no es un enfrentamiento con ideas abstractas, con teorías filosóficas o conceptos teológicos, sino un encuentro con las personas, propio de su acercamiento concreto a la realidad. Esto implica a veces una especie de desajuste entre sus declaraciones escritas, a menudo muy perentorias e incluso ásperas en el tono, y su actitud real, mucho más suave y dispuesta. La forma en que Charles de Foucauld se acerca a los musulmanes cambia a lo largo de su vida, sufre una evolución fruto de la experiencia y de un largo proceso de discernimiento. También aquí se advierte un estilo dispuesto a revisar ciertos juicios y capaz de proceder no por axiomas sino por una continua confrontación con la realidad, leída a la luz de la Palabra de Dios. Su presencia en el contexto musulmán favorece un «silencio» pero no cambiar. No eligió los métodos de predicación pública que prevalecían en ese momento, los cuales podrían caer en el proselitismo; ni se enfoca en grandes obras de apostolado, como escuelas y hospitales, pero que él considera importante. Su testimonio silencioso nace de la convicción de que el primer anuncio es el que brota de la santidad y de la conversión personal.
Presencia silenciosa no significa falta de relación con las personas. Supera una concepción reduccionista de la clausura monástica, entendida como aislamiento y separación de los hermanos y de su vida cotidiana. Su presencia, por el contrario, apunta al compartir pleno, en la aceptación recíproca, en la ayuda mutua, en la solidaridad y en las relaciones de fraternidad y amistad. La presencia silenciosa permite a Carlos conocer mejor a sus interlocutores, estudiar su lengua, su historia, su cultura, para que el anuncio del Evangelio sea respetuoso y capaz de encarnarse en una historia concreta. Esto explica el gran valor que concede al estudio, especialmente en los últimos años de su vida.
La presencia silenciosa se vive en sintonía con la opción de vivir «como Jesús en Nazaret», es decir, con una idea de seguimiento centrada en la «vida escondida» de Jesús: hombre entre los hombres, Jesús se somete a las leyes comunes de existencia, compartiendo una vida modesta, sencilla y nada extraordinaria con los habitantes de Nazaret. Allí Jesús ya salva a los hombres con la oración y con la ofrenda de sí mismo. La presencia silenciosa expresa un testimonio cristiano con un rasgo «doméstico». Más radicalmente, la presencia silenciosa se ve en perfecta coherencia con la lógica evangélica de la semilla que muere para dar fruto. Su muerte «silenciosa», lejos de los focos, que pasó casi desapercibida, también debe leerse en este sentido. Esa muerte es coherente con un estilo de vida discreto y oculto, madurado en treinta años de vida religiosa.
De todo ello se desprende cuán acertada y eficaz fue la elección de Sottocornola para ahondar en una figura tan polifacética, estimulante y “actual”, lo que quizás lo confirmó también en su atención literaria a la vida cotidiana. La experiencia humana y espiritual de Charles de Foucauld se resume acertadamente en su intención de «seguir a Jesús a Nazaret». Se basa en elementos esenciales: el silencio, la escucha de la Palabra de Dios, la adoración eucarística, la sencillez de vida y el intercambio fraterno. Precisamente por eso constituye un punto de referencia válido para todos; ofrece un estilo de vida caracterizado por realidades cotidianas y ordinarias, triviales a primera vista, pero que constituyen el fundamento de una auténtica vida espiritual. El testimonio de Charles de Foucauld se puede vivir no sólo en el desierto arenoso donde nació, pero también en el desierto del mundo moderno, a través de la simple presencia, la oración con Dios y la amistad con los hombres. En este nuevo milenio, esta forma de espiritualidad se muestra particularmente elocuente. Charles de Foucauld se nos propone como compañero de caravana, que avanzamos laboriosamente entre las dunas y áridos senderos de la vida, perdidos en los horizontes cósmicos que se ciernen sobre nosotros, siempre amenazados por el peligro de sucumbir a los espejismos, ávidos de encontrar algún pozo de agua buena que pueda extinguir esa sed de felicidad que nos atenaza en lo más profundo del alma.
El pan y los peces, vol. I° – La espiritualidad eucarística de Charles de Foucauld en su vida -, Introducción a la Edición de Ezio Bolis
Redescubrir a Charles de Foucauld “Si me hablas de estudios, te explico que me gusta mucho estar hasta el cuello en medio del trigo y del bosque, y que siento una repugnancia extrema por todo lo que tienda a alejarme de esta abyección. en el que quiero hundirme cada vez más…» . Es en esta carta del 4 de noviembre de 1891 a Marie de Bondy donde captamos el rasgo más vital del espíritu del gran místico y explorador francés Charles de Foucauld, nacido en 1858 en Estrasburgo en el seno de una familia aristocrática, huérfano de ambos padres en 1864. y criado por su buen abuelo materno, el coronel de Morlet. Las vacaciones de verano, que pasa su tía Ines Moitessier en Louye, aumentan su afecto por su prima Marie de Bondy, que lo introduce en el culto del Sagrado Corazón y le da quizás el testimonio más intenso de lo que la Gracia puede lograr en un alma bien dispuesta (estos son también los temas de la obra maestra cinematográfica de Malick «El árbol de la vida»). Estas y otras noticias las encontramos en «La espiritualidad eucarística de Carlos de Foucauld», primer volumen de la trilogía «El pan y los peces» (ed. Velar), recientemente publicada por Claudio Sottocornola, una investigación sobre lo sagrado entre espiritualidad, periodismo y biografía, que aquí narra, en páginas muy sugerentes, el camino de un hombre desde la autosuficiencia hasta el abandono en Dios.
Así, tras una juventud inquieta, y una educación agnóstica impartida por buenos pero indiferentes maestros en materia religiosa, tras una fugaz y contrapuesta carrera militar, gallardas aventuras alternadas con lecturas clásicas e ilustradas, una heroica exploración de Marruecos que le valió la medalla de oro de la Société de Géographie… aquí está la electrocución (¿una experiencia a lo André Frossard?): el regreso a Francia, entre sus parientes, lo que queda de “su” familia, y el redescubrimiento de su prima, Marie de Bondy . “Me atrajiste a la virtud con la belleza de un alma en la que la virtud me parecía tan hermosa que había cautivado irrevocablemente mi corazón…”, decía Carlos en el Retiro de Nazaret de 1897.
finalmente la entrega al sacerdocio ministerial, como máxima adhesión al ministerio salvífico de Jesús, en esa dimensión pública por la que Carlos no se sentía inclinado, pero que le habría permitido un mayor gasto y renuncia de sí mismo. Era entonces el momento del Sáhara Francés, de la Fraternidad de Beni-Abbès y del pueblo de Tamanrasset, puestos de avanzada donde Charles de Foucauld intentó el camino de enraizarse en una realidad circunscrita y periférica como signo del amor más grande. Morirá asesinado por saqueadores el 1 de diciembre de 1916. En Francia, su Unión de laicos cuenta con 49 miembros, que forman el vínculo histórico con las futuras fundaciones. Hoy su legado, entre laicos, sacerdotes y religiosos, lo recogen nada menos que diecinueve familias en todo el mundo, siendo innumerables las que a su moderna espiritualidad,
Augusta Dentella

