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Mariano Delgado*
El diálogo interreligioso es “la forma” en que las religiones pueden movilizar sus recursos humanísticos y teológicos para que el ser humano pueda cumplir mejor su vocación, como “interlocutor” de Dios (Gaudium et spes 19), de “cultivar y custodiar el jardín del mundo” (cf. Gn 2,15; Laudato si’ 67).
Sin embargo, dado que las religiones no han sido creadas con el fin de “entrar en diálogo entre sí”, ni han cultivado especialmente esta capacidad, esto requiere, en primer lugar, un cambio de paradigma en las propias religiones, que las lleve de la polémica y la absolutización de sus propias pretensiones de verdad al diálogo y a la apertura a la verdad del otro, pero también a la conciencia de que todos somos miembros de una familia humana que está en el mismo barco y llamada a cultivar la fraternidad universal. Este cambio de paradigma, que hoy en día constituye el marco del diálogo interreligioso, se puede observar claramente en la transformación de la Iglesia católica desde el Concilio Vaticano II.

Antes del Concilio, el diálogo ecuménico, intercultural e interreligioso fue condenado explícitamente, ya que se consideraba una puerta abierta al “indiferentismo” y al “relativismo”. Pío XII encargó al Santo Oficio que, en una “Instrucción sobre el movimiento ecuménico del 20 de diciembre de 1949”, advirtiera de esos peligros. En 1950, Roma calificó al “Consejo Internacional de Cristianos y Judíos (ICCJ)” de “organización indiferentista” que ignoraba o minimizaba las diferencias en la fe y la vida, sobre todo por su programa de una “fraternidad intercultural”.
Hasta el Concilio Vaticano II, la Iglesia entendía su relación con el mundo según el modelo de la Ecclesia docens, la Iglesia docente, incluso instructora. Se veía a sí misma como Mater et Magistra, de los pueblos del mundo tal y como se afirma al comienzo de la encíclica homónima de Juan XXIII (del 15 de mayo de 1961).
En la encíclica inaugural de Pablo VI, Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964, es decir, en pleno Concilio, este pensamiento aún es perceptible cuando dice que “mundo”, a la luz del Evangelio, significa “la humanidad adversa a la luz de la fe y al don de la gracia”, se trata “de la humanidad que se exalta en un ingenuo optimismo creyendo que le bastan las propias fuerzas para lograr su expresión plena, estable y benéfica; o de la humanidad, que se deprime en un crudo pesimismo declarando fatales, incurables y acaso también deseables como manifestaciones de libertad y de autenticidad los propios vicios, las propias debilidades, las propias enfermedades morales”.
El Evangelio que la Iglesia anuncia al mundo “es luz, es novedad, es energía, es renacimiento, es salvación” (ES 31). El diálogo que la Iglesia quiere mantener con los tres ámbitos mencionados en la encíclica (con la humanidad en general, con los creyentes en Dios y con los hermanos separados) es, en el fondo, el nuevo método de evangelización de la Ecclesia docens, que se entiende a sí misma frente al mundo como el médico frente al enfermo.

Solo cuando consideramos la “longue durée” de esta mentalidad podemos apreciar el gran cambio que supuso la constitución pastoral Gaudium et spes, aprobada poco antes del final del Concilio, en diciembre de 1965. Al principio aún se percibe el tono de Ecclesiam suam, por ejemplo cuando se dice que la Iglesia entra en diálogo con la familia humana sobre todos sus problemas para “aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador” (GS 3).
Pero en el n.º 44 se produce un giro en la relación entre la Iglesia y el mundo, algo nuevo, que es sin duda el resultado de la dinámica del acontecimiento conciliar: “Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento de la historia. De igual manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que ha recibido de la evolución histórica del género humano. La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. […] La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase o condición. […] Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios” (GS 44).
Este es un tono nuevo en la Iglesia católica. Por eso, Yves Congar, en su comentario a la Constitución Gaudium et spes, ha dicho con claridad: “Probablemente nunca antes [la Iglesia] había reconocido formalmente que también es receptora del mundo […]. La Iglesia reconoce incluso que tiene algo que agradecer a la crítica de sus adversarios y perseguidores”. La posibilidad de recibir del mundo significa para la Iglesia, según Congar, “en primer lugar, que su diálogo con el mundo no puede consistir únicamente en el diálogo del médico con su enfermo, del que habla la encíclica Ecclesiam suam. Se trata de un diálogo que implica reciprocidad; el mundo tiene algo que aportar”. Sí, el mundo y la historia de la humanidad son también un “lugar de aprendizaje” para la Iglesia y la teología. Por eso, el diálogo debe tener lugar en pie de igualdad.
La segunda marca del Concilio es la recuperación del horizonte universal de la revelación, el paso del exclusivismo al inclusivismo. Por eso, podemos considerar la historia universal en general y la historia de las religiones en particular como lugar de revelación o de profecía, donde también sopla el viento el Espíritu Santo. Esto significa que el diálogo interreligioso debe ser un “proceso de aprendizaje”: en primer lugar, porque nos comprendemos mejor a nosotros mismos al intentar comprender a los demás; y, en segundo lugar, porque los demás también han recibido algo de la sabiduría que ilumina a todos los seres humanos, como dice el Libro de la Sabiduría 8,1: “Se despliega con vigor de un confín a otro y todo lo gobierna con acierto”.
Esto es un estímulo para descubrir las huellas de la sabiduría divina, las huellas de Cristo, en la historia universal y religiosa. Por lo tanto, la declaración de la Iglesia católica hacia otras religiones en Nostra aetate también debe considerarse como una consecuencia del cambio de paradigma de Gaudium et spes: “La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (NA 2).

La tercera marca del Concilio fue, por último, el reconocimiento de la libertad religiosa. No se trata solo de que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, “tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos” (DH 2). Se trata también de que el derecho a la libertad religiosa “está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil” (DH 2). Y esto debería ser así en todo el mundo, lo que lamentablemente aún no es el caso.
Partiendo de estas condiciones de base fundamentales para el diálogo interreligioso, la Iglesia católica lo ha institucionalizado con la creación de una autoridad propia (el “Dicasterio para el Diálogo Interreligioso”) y lo ha acompañado con su propia experiencia de reflexión crítica continua. Así, por ejemplo, en el documento Diálogo y Anuncio (1991) se habla de cuatro tipos de diálogo (n.º 42), que, sin embargo, “están relacionados entre sí” (n.º 43): Se trata del “diálogo de la vida” para una mejor relación y convivencia; del “diálogo de la acción” o de la cooperación “para un desarrollo integral y la liberación del ser humano”; el “diálogo del intercambio teológico” para una mejor comprensión del patrimonio religioso respectivo y para una mejor apreciación mutua; y, por último, el “diálogo de la experiencia religiosa” para compartir la riqueza espiritual.
En este contexto de cambio de paradigma, la Iglesia católica ha desarrollado iniciativas en el ámbito del diálogo interreligioso que marcan el rostro religioso del mundo actual: por ejemplo, las “Jornadas Mundiales de Oración por la Paz” de Asís, que se celebran desde 1986 y que, con su propia dinámica, no solo han promovido la “cultura del diálogo” y de la oración multireligiosa en la lógica de la religión respectiva, sino que también han dado lugar a pensar en una oración “interreligiosa” conjunta basada en un texto común, como ha señalado el propio Papa Francisco al final de sus encíclicas Laudato si’ (24 de mayo de 2015) y Fratelli tutti (3 de octubre de 2020).
El último paso en esta dinámica es el “El Documento sobre la Fraternidad Humana por la Paz Mundial y la Convivencia Común”, firmado por el papa Francisco y el gran imán de El Cairo, Ahmad Mohammad Al-Tayyeb, en Abu Dabi el 4 de febrero de 2019. Partiendo de su responsabilidad religiosa y moral, piden a sí mismos “y a los líderes del mundo, a los artífices de la política internacional y de la economía mundial, comprometerse seriamente para difundir la cultura de la tolerancia, de la convivencia y de la paz; intervenir lo antes posible para parar el derramamiento de sangre inocente y poner fin a las guerras, a los conflictos, a la degradación ambiental y a la decadencia cultural y moral que el mundo vive actualmente.”
Por primera vez en un documento firmado por un Papa, se subraya también la legitimidad del pluralismo religioso: “El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos. Esta Sabiduría Divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y a la libertad de ser diferente. Por esto se condena el hecho de que se obligue a la gente a adherir a una religión o cultura determinada, como también de que se imponga un estilo de civilización que los demás no aceptan”.

Todo esto era impensable antes del Concilio Vaticano II, cuando, como dijimos más arriba, el diálogo ecuménico o interreligioso despertaban más bien el miedo al indiferentismo y al relativismo. Estamos en la alborada de una nueva era de la humanidad, en la que las religiones están llamadas a ser un factor decisivo para construir un mundo mejor. Pero para ello tienen que superar las “patologías” desarrolladas a través de su propia historia y pasar, como lo ha hecho la Iglesia católica con el Concilio, de la absoluta apología de lo propio y la polémica contra lo ajeno al diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural.
2. Algunos retos del diálogo interreligioso en la era del Antropoceno
En la encíclica Laudato si’, el papa Francisco invita a las religiones a cultivar con confianza el diálogo con las ciencias en relación con la crisis ecológica (Laudato si’, 199-201), y también en beneficio de las propias ciencias empíricas, que no pueden pretender explicar completamente «la vida, la interdependencia de todas las criaturas y la totalidad de la realidad» sin «sobrepasar indebidamente sus estrechos límites metodológicos» (Laudato si’ 199). Quiero subrayar que las religiones solo pueden contribuir a este diálogo si antes, como ha hecho la Iglesia católica, hacen un examen de conciencia y superan las patologías de su propia historia. Y si entablan entre sí un diálogo interreligioso «orientado a la protección de la naturaleza, la defensa de los pobres y la construcción de una red de respeto mutuo y fraternidad» (Laudato si’, 201). Además, las religiones solo pueden esperar ser escuchadas por las ciencias si participan en el diálogo con la «competencia objetiva» requerida. ¿En qué podría consistir la contribución de las religiones?
(1) En un mundo que corre constantemente el riesgo de dividir a las personas según su lengua, etnia o clase social, fomentando así el particularismo «identitario» o «social», las religiones tienen la tarea de tender puentes, destacar los puntos en común y defender la visión de una familia humana en un mundo único. Es cierto que las religiones han sido a menudo un factor de particularismo que ha conducido a la violencia y los conflictos. Sin embargo, hoy en día, gracias en gran parte al diálogo interreligioso, ha crecido la conciencia de que también son fuentes de un humanismo universal del que el mundo no puede prescindir en la era del Antropoceno.
(2) Las religiones, al menos las tres que consideran a Abraham como padre de la fe, también tienen una determinada imagen de Dios, del mundo y del ser humano. Esto incluye considerar a Dios como fuente de misericordia, pero también como guardián de la justicia y protector de los pobres, sin distinción de fe, raza, clase o nación. Hacer habitable el mundo y dejarlo como un lugar digno de ser vivido para las próximas generaciones es hoy, gracias en gran parte al movimiento ecologista, una idea que ha entrado en la conciencia general y ha dado lugar a algunas correcciones en la teología de la creación. Hubo un tiempo en que los cristianos y cristianas pensaban que el mandato bíblico del Génesis (1,28) de «someter» la tierra era una carta blanca para la explotación desenfrenada de la naturaleza no humana. Gracias al cambio de perspectiva mencionado, el papa Francisco pudo decir en Laudato si’: «Esta no es una interpretación correcta de la Biblia según la Iglesia». Hoy vemos el relato de la creación de otra manera, como una invitación a «cultivar y cuidar el jardín del mundo» (cf. Gn 2,15). Hoy creemos que la Biblia «no da lugar a un antropocentrismo despótico que no se preocupa por las demás criaturas» (Laudato si’, 67, 68).

(3) Esto va acompañado de la que quizá sea la contribución más importante de las religiones en la era del Antropoceno. Me refiero a la invitación del papa Benedicto XVI en su discurso del 22 de septiembre de 2011 en el Bundestag alemán a no olvidar la «ecología del ser humano»:
«La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder en consecuencia. Pero quiero insistir en un punto que, en mi opinión, sigue quedando al margen: también existe una ecología del ser humano. El ser humano también tiene una naturaleza que debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El ser humano no es solo libertad que se crea a sí mismo. El ser humano no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también es naturaleza, y su voluntad es justa cuando respeta la naturaleza, la escucha y la acepta como lo que es y como lo que no se ha creado a sí mismo. Solo así se realiza la verdadera libertad humana».
Las tres religiones mencionadas nos recuerdan que, a pesar de todas sus posibilidades, el ser humano sigue siendo una criatura que debe ser consciente con humildad de su diferencia con respecto al «Creador». Esto implica alejarse de la mentalidad moderna del homo faber, que caracteriza la era del Antropoceno. Junto con las personas y los movimientos seculares que comparten esta crítica al Antropoceno, las religiones pueden introducir correcciones y contribuir a evitar la arrogancia del hombre moderno, que tiende al «mesianismo» científico del homo Deus.
3. Perspectivas
El diálogo interreligioso en la era del Antropoceno debería servir a la convivencia pacífica de las personas y los pueblos y a la construcción de un mundo en el que los valores del Reino de Dios (libertad y verdad, justicia y paz «para todos») encuentren cada vez más un hogar. Las religiones deben mantener vivo este anhelo siguiendo los pasos de Abraham, con una sensibilidad especial por «los pequeños y los agobiados» (Mt 11,28) de la historia, lo que incluye la «amistad social» con ellos. Las religiones no deben olvidar que siempre se trata también de antropología, del conocimiento de la naturaleza humana ante Dios, de la humilde comprensión de la diferencia y la similitud entre nosotros y Él.
Hemos superado una pandemia. Tras crisis similares, que deberían habernos enseñado «humildad» y «autoconocimiento», así como una nueva forma de vida, la humanidad volvió a caer en la hybris: así, a la peste negra del siglo XIV le siguió el Renacimiento, en el que el ser humano se consideraba la corona de la creación, llamado a explotar la naturaleza no humana. A la Guerra de los Treinta Años y las epidemias de los siglos XVII y XVIII siguió la Ilustración con el sapere aude kantiano («¡Atrévete a usar tu propio entendimiento!») y el positivismo técnico del siglo XIX. A las guerras mundiales y las epidemias del siglo XX siguieron la navegación espacial y la revolución tecnológica y digital.

¿Qué vendrá ahora, cuando la «inteligencia artificial» se haga notar? ¿Debe seguir siendo el lema de los Juegos Olímpicos citius, altius, fortius (más rápido, más alto, más fuerte) para la humanidad y los distintos países? ¿O ha llegado por fin el momento de dar un giro, como pidieron el Club de Roma en 1972 con su informe Los límites del crecimiento y el papa Francisco en 2015 con la encíclica Laudato si’? En ellos se afirma que el ser humano actual «carece de una ética sólida, de una cultura y de una espiritualidad […] que le impongan límites reales y le frenen en una clara autolimitación» (Laudato si’, 105). Se habla de una «espiritualidad y estética de la sobriedad», de una espiritualidad «del ocio y la fiesta, de la receptividad y la gratuidad», de un estilo de vida profético y contemplativo, de un «crecimiento con moderación», de un «retorno a la sencillez», de «frugalidad y humildad», de un adio a la «alta velocidad» de nuestro tiempo, a «la prisa constante». Estos serían algunos pasos hacia el «nuevo humanismo» que buscamos en la era del Antropoceno, que deja atrás la hybris y se ejercita humildemente en el autoconocimiento.
El diálogo interreligioso es una «forma» de participar en la búsqueda de esta nueva espiritualidad y este nuevo humanismo en la polifonía de las culturas y religiones del mundo. ¡El mundo después del coronavirus no debe volver a estar marcado por la fatídica hybris del Antropoceno! Esta dura prueba debe conducir finalmente a un cambio de rumbo. Esto es lo que Hilde Domin quiere hacernos comprender con su poema «Bitte» (Por favor):
Seremos sumergidos
y lavados con las aguas del diluvio,
nos empapamos
hasta la médula.
El deseo del paisaje
al otro lado de la frontera de las lágrimas
no sirve,
el deseo de retener la primavera floreciente,
el deseo de ser perdonado,
no sirve.
Sirve la petición
que al amanecer la paloma
traiga la rama del olivo.
Que el fruto sea tan colorido como la flor,
que las hojas de la rosa en el suelo
formen una corona resplandeciente.
Y que de la inundación,
que de la fosa de los leones y del horno ardiente
siempre más heridos y siempre más sanos
siempre renovados
a nosotros mismos
a nosotros mismos.
* Mariano Delgado es Catedrático emérito de Historia de la Iglesia en la Universidad de Friburgo (Suiza) y Decano de la Clase VII (Religiones) en la Academia Europea de las Ciencias y las Artes (Salzburgo)

Micaela Alejandra Díaz Portada
Con el tema “Ecumenismo y Diálogo Interreligioso Hoy”, se desarrolló el Encuentro Nacional de Formación Ecuménica, organizado por la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB). Durante tres días, el evento reunió a representantes de las iglesias católica, luterana y presbiteriana, junto a miembros de movimientos y expresiones eclesiales, en un espacio de oración, reflexión y experiencias compartidas en favor de la unidad.
El encuentro inició con la Santa Misa presidida por el arzobispo de Passo Fundo (RS), Mons. Rodolfo Luis Weber, miembro de la Comisión Episcopal para el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso de la CNBB. En su homilía, el prelado subrayó la importancia de promover la dignidad humana y la fraternidad universal como bases para la construcción de la paz. “El ecumenismo nos invita a derribar muros y construir puentes, a vivir como hermanos y hermanas en Cristo”, afirmó Mons. Rodolfo durante la celebración.

En la jornada inicial, el padre Elias Wolff, reconocido teólogo, habló sobre el significado del ecumenismo como una actitud de fe y servicio a la unidad. Explicó que el diálogo debe entenderse como una expresión de testimonio cristiano: “El diálogo verdadero sacude las conciencias y nos recuerda que la unidad es signo del Reino de Dios”.
El segundo día, el padre José Antonio Boareto, profesor de la Facultad de Teología de la PUC-Campinas, abordó temas como la interculturalidad, el pluralismo y los nuevos paradigmas para el ecumenismo, además de analizar el impacto del documento Nostra Aetate, que este año cumple 60 años y marcó un hito en la apertura de la Iglesia al diálogo con otras religiones.
Durante la tarde del 13 de septiembre, representantes de la Familia Abrahámica —católicos, judíos y musulmanes— compartieron sus experiencias de convivencia y de búsqueda de paz, mostrando cómo el encuentro fraterno puede transformar realidades y promover la reconciliación.
El intercambio de experiencias entre diócesis y movimientos reveló la riqueza y los desafíos que enfrenta el ecumenismo en Brasil. Iniciativas como cafés ecuménicos, semanas de oración, formación en línea y celebraciones conjuntas muestran avances significativos. Sin embargo, también se evidenció la necesidad de una mayor apertura y apoyo dentro de las comunidades eclesiales para fortalecer esta misión.
El obispo de Ponta de Pedras, Pará, y presidente de la Comisión Episcopal de Ecumenismo de la CNBB, Mons. Teodoro Mendes Tavares, clausuró el encuentro con un mensaje de esperanza: “El ecumenismo es esencial para la Iglesia. No ser ecuménico es desobedecer al Magisterio y contradecir la voluntad de Cristo, quien oró por la unidad de sus discípulos”.
Entre las recomendaciones prácticas, se propuso la promoción de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, la creación de comisiones ecuménicas diocesanas y la elaboración de materiales formativos nacionales para clero y laicos.
El Encuentro Nacional concluyó con una invitación a renovar el compromiso de las iglesias con la oración de Jesús: “Que todos sean uno” (Jn 17,21). Los participantes coincidieron en que la unidad es un don del Espíritu Santo, pero también una tarea que exige valentía, paciencia y perseverancia.

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – «Las diferencias de credo o de origen no tienen por qué dividirnos necesariamente. Al contrario, al encontrarnos en amistad y diálogo, nos unimos contra las fuerzas de la división, el odio y la violencia, que con demasiada frecuencia han asolado a la humanidad. Donde otros han sembrado desconfianza, nosotros elegimos la confianza; donde otros podrían alimentar el miedo, nosotros buscamos la comprensión; donde otros ven las diferencias como barreras, nosotros las reconocemos como caminos de enriquecimiento mutuo».
Estas fueron las palabras que dirigió el papa León XIV a los participantes en el encuentro interreligioso organizado en Daca por la Conferencia Episcopal de Bangladés sobre el tema «Promover una cultura de armonía entre hermanos y hermanas», al que asisten el prefecto del dicasterio para el Diálogo Interreligioso, el cardenal George Koovakad, y el secretario monseñor Indunil Janakaratne Kodithuwakku Kankanamalage. A todos ellos – retomando las palabras de su primer discurso – el pontífice les dirigió el deseo de una paz «que solo puede venir de Dios, una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante y que busca siempre la caridad, que busca siempre estar cerca especialmente de los que sufren».
«Como única familia, compartimos la oportunidad y la responsabilidad de seguir cultivando una cultura de armonía y de paz», dice León XIV. Y añade: «Sabemos por los momentos dolorosos de la historia que cuando se descuida la cultura de la armonía, las malas hierbas pueden ahogar la paz. La sospecha echa raíces; los estereotipos se endurecen; los extremistas explotan los miedos para sembrar la división. Juntos, como compañeros en el diálogo interreligioso, somos como jardineros que cuidan este campo de la fraternidad, y ayudan a mantener fértil el diálogo y a eliminar las malas hierbas del prejuicio».
El Papa explica en su mensaje que «una medida auténtica de la amistad interreligiosa es nuestra disposición a estar juntos al servicio de los más vulnerables de la sociedad. Bangladés – recuerda – ya ha sido testigo de ejemplos alentadores de esta unidad en los últimos años, cuando personas de diferentes religiones se han unido en solidaridad y oración en tiempos de desastres naturales o tragedias. Estos gestos construyen puentes – entre religiones, entre teoría y práctica, entre comunidades – para que todos los bangladesíes, y de hecho toda la humanidad, puedan pasar de la sospecha a la confianza, del aislamiento a la colaboración». Este tipo de experiencias hace crecer «la resiliencia de las comunidades frente a las voces de la división». Porque «cuando nuestro diálogo se vive en la práctica, resuena un mensaje muy poderoso: que es la paz, no el conflicto, el sueño que más valoramos y que construir esta paz es un compromiso que afrontamos juntos».
«Deseo reiterar el compromiso de la Iglesia católica de recorrer este camino junto a ustedes», concluye León XIV. «A veces los malentendidos o las heridas del pasado pueden ralentizar nuestros pasos. Sin embargo, animémonos unos a otros a perseverar. Que el Altísimo bendiga a cada uno de ustedes, a sus familias y a sus comunidades. Que bendiga su país con una armonía y una paz cada vez más profundas. Y que bendiga nuestro mundo, que tan urgentemente necesita la luz de la fraternidad».

«Queremos preservar la memoria junto a nuestros hermanos y hermanas de las demás Iglesias y Comuniones cristianas. Deseo, por tanto, reafirmar el compromiso de la Iglesia Católica de custodiar la memoria de los testigos de la fe de todas las tradiciones cristianas. La Comisión para los Nuevos Mártires, en el Dicasterio para las Causas de los Santos, cumple esta tarea, colaborando con el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos». El Papa León lanzó un mensaje de unidad de los cristianos en el mayor de los ejemplos, el del «ecumenismo de la sangre», durante una emocionante vigilia vivida en la basílica de San Pablo Extramuros.

En la fiesta de la Exaltación de la Cruz, y de su 70 cumpleaños, Prevost rindió homenaje a los más de 1.600 mártires y testigos de la fe de este siglo XXI, recordando su ejemplo como «la comunión más auténtica que existe con Cristo». Parafraseando a Juan Pablo II, León XIV insistió en que «allí donde el odio parecía impregnar cada aspecto de la vida, estos audaces servidores del Evangelio y mártires de la fe demostraron evidentemente que «el amor es más fuerte que la muerte»».
«Muchos hermanos y hermanas, también hoy, a causa de su testimonio de fe en situaciones difíciles y contextos hostiles, cargan con la misma cruz del Señor», recordó el Papa. «Al igual que Él son perseguidos, condenados, asesinados». Se trata de «mujeres y hombres, religiosas y religiosos, laicos y sacerdotes, que pagan con la vida la fidelidad al Evangelio, el compromiso con la justicia, la lucha por la libertad religiosa allí donde todavía es transgredida, la solidaridad con los más pobres».

Duarnte este Año Jubilar, trazó el Papa, «celebramos la esperanza de estos valientes testigos de la fe». «Es una esperanza llena de inmortalidad, porque su martirio sigue difundiendo el Evangelio en un mundo marcado por el odio, la violencia y la guerra; es una esperanza llena de inmortalidad, porque, aunque fueron asesinados en el cuerpo, nadie podrá apagar su voz ni borrar el amor que donaron; es una esperanza llena de inmortalidad, porque su testimonio permanece como profecía de la victoria del bien sobre el mal», recalcó.
También, «una esperanza desarmada», pues los mártires «han testimoniado la fe sin usar jamás las armas de la fuerza ni de la violencia, sino abrazando la débil y mansa fuerza del Evangelio». Entre los ejemplos, Prevost sitó a Dorothy Stang, «comprometida con los “sin tierra” en la Amazonía. A quienes se disponían a matarla y le pedían un arma, ella les mostró la Biblia respondiendo: “He aquí mi única arma”». También, el Ragheed Ganni, sacerdote caldeo de Mosul, «que renunció a combatir para testimoniar cómo se comporta un verdadero cristiano». O en Francis Tofi, anglicano «que dio la vida por la paz en las Islas Salomón«.

«Los ejemplos serían muchos, porque lamentablemente, a pesar del fin de las grandes dictaduras del siglo XX, todavía hoy no ha terminado la persecución de los cristianos, es más, en algunas partes del mundo ha aumentado», recordó el pontífice. «No podemos, no queremos olvidar. Queremos recordar. Lo hacemos seguros de que, como en los primeros siglos, también en el tercer milenio la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos»,culminó Prevost, reivindicando el «ecumenismo de la sangre» que «une a los cristianos de distintas tradiciones que junto sdan su vida por la fe en Jesucristo».
El Papa agustino terminó sus palabras haciendo suyas las que un niño pakistaní, Abish Masih, asesinado en un atentado contra la Iglesia católica, había escrito en su cuaderno: ««Making the world a better place», «Hacer del mundo un lugar mejor». Que el sueño de este niño nos impulse a testimoniar con valentía nuestra fe, para ser juntos levadura de una humanidad pacífica y fraterna».

Cuando honramos o exaltamos la Cruz, lo que hacemos los cristianos es principalmente reconocer a Cristo mismo (2do Concilio de Nicea). El Catecismo de la Iglesia Católica, en su párrafo 617 afirma:
«Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación» enseña el Concilio de Trento subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como «causa de salvación eterna». Y la Iglesia venera la Cruz cantando: «Salve, oh cruz, única esperanza».
Así como celebramos el sacrificio de Jesús en la Cruz, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz conmemora dos sucesos históricos. El primero es el descubrimiento, en el año 320, de la verdadera cruz, del Calvario y de la tumba de Cristo. Santa Elena, madre del emperador Constantino, los encontró bajo un templo erigido a la diosa Venus, donde habían sido enterrados por los romanos. El Segundo acontecimiento que origina la celebración de esta fiesta es la dedicación de una iglesia en ese lugar en el año 335. Hoy en día, esa iglesia, que existe desde entonces, recibe el nombre de Basílica del Santo Sepulcro, y alberga el Calvario, la tumba de Jesús y la cisterna en la cual Santa Elena encontró los instrumentos de la Pasión de Jesús, incluida la Cruz.
La Cruz representa la verdad de que Jesús se sacrificó por los pecados del mundo. Tristemente, muchos rechazan a Jesús y su Cruz. San Pablo, en 1 Corintios 1,18-25 se expresa así:
“Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan – para nosotros – es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres.”

El emblemático enclave de Jabal Musa (considerado el Monte Sinaí bíblico), que es considerado uno de los lugares más sagrados del mundo para judíos, cristianos y musulmanes, se ha convertido en el epicentro de un debate internacional tras el anuncio de un proyecto para construir un macrocomplejo turístico de lujo en su entorno. La montaña, identificada tradicionalmente como el lugar donde Moisés recibió las Tablas de la Ley, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y un importante destino de peregrinación.
El monasterio de Santa Catalina, una abadía cristiana en funcionamiento continuo desde el siglo VI, se ha convertido en epicentro de las tensiones después de que un tribunal egipcio dictaminara que los terrenos monásticos pertenecen al Estado. Mientras tanto, el ministro de Vivienda, Sherif el-Sherbiny, defendió el proyecto como «el regalo de Egipto para todo el mundo y todas las religiones», asegurando que se preservará el carácter ambiental y patrimonial del enclave.PauseUnmute
El conflicto también ha adquirido una dimensión internacional: la Fundación Santa Catalina, que cuenta con el rey Carlos III como patrono, trabaja en la conservación de los manuscritos del monasterio. El monarca ha descrito el lugar como «un gran tesoro espiritual que debe preservarse para las generaciones futuras».
Las consecuencias más graves las sufre la comunidad beduina Jebeleya, formada por unas 4.000 personas, cuyas casas y campamentos ecológicos han sido demolidos sin apenas compensaciones económicas. A ello se suma la preocupación de organismos internacionales: en 2023 la Unesco pidió detener las obras y elaborar un plan de conservación, mientras que World Heritage Watch ha solicitado incluir la zona en la Lista de Patrimonio Mundial en Peligro.
Egipto presenta el plan como motor económico y turístico, pero críticos y comunidades locales advierten que puede dañar el paisaje, los modos de vida tradicionales y el valor espiritual del Monte Sinaí compartido por las tres grandes religiones monoteístas.
Lior Ben Ari|
El gobierno egipcio está promoviendo un amplio y ambicioso proyecto turístico en Jebel Musa (“Monte de Moisés”), ubicado en el sur de la península del Sinaí y que muchos identifican como el monte Sinaí, el lugar donde, según la tradición, Dios entregó la Torá al pueblo de Israel.
A raíz del proyecto, han surgido preocupaciones sobre el destino de esta zona sagrada para las tres religiones monoteístas. Los opositores advierten que la intervención podría dañar el ecosistema local, el monasterio de Santa Catalina —situado al pie del monte— y la comunidad beduina que habita en la región.
El proyecto, denominado “La mayor revelación”, se desarrolla desde 2021 en la zona de la localidad de Santa Catalina. El gobierno egipcio lo presenta como “un regalo al mundo entero y a todas las religiones”. Según medios egipcios, se trata de una iniciativa para potenciar el atractivo turístico de la región, integrando elementos arqueológicos, religiosos y ambientales.
Sin embargo, existe una profunda preocupación por los cambios que está experimentando este sitio desértico y aislado, reconocido como Patrimonio Mundial por la UNESCO, que incluye el monasterio, la localidad y el monte. Según un reportaje de la BBC, ya se han comenzado a construir hoteles de lujo, villas y bazares en la zona.

En abril pasado, el Centro de Comunicación del gobierno egipcio publicó un video informativo en respuesta a los rumores que señalan que el proyecto altera el carácter arqueológico del área y viola normas ambientales y estándares de la UNESCO. El video muestra que el desarrollo de Santa Catalina se realiza en el marco del proyecto “La mayor revelación”, con un compromiso total hacia la herencia única y el entorno natural, y en conformidad con los estándares aprobados por la UNESCO.
El Centro de Comunicación aclaró que todas las obras se llevan a cabo en coordinación directa y constante con la organización, y en colaboración con asesores internacionales acreditados por ella, para garantizar la protección del carácter arqueológico y ambiental del sitio.

El video también subraya que todas las piedras arqueológicas y especies vegetales están siendo preservadas dentro de un plan integral que busca resaltar el valor espiritual, religioso y ecológico del lugar sagrado, descrito como “uno de los sitios patrimoniales más importantes del mundo”. Además, se destaca que el proyecto aspira a posicionar a Santa Catalina en el mapa global del turismo religioso y ecológico, y que el avance de las obras ya alcanza el 90%, cumpliendo con todos los requisitos ambientales.
Uno de los países que expresó su oposición en los últimos meses fue Grecia, debido a sus vínculos históricos con el monasterio. Las tensiones entre El Cairo y Atenas se intensificaron luego de que un tribunal egipcio dictaminara en mayo que el monasterio se encuentra en tierras estatales. En Atenas, la sentencia fue condenada de inmediato y considerada una amenaza existencial para el monasterio. También el Patriarcado Ortodoxo Griego en Jerusalem se pronunció sobre la importancia de preservar el lugar sagrado.

Finalmente, a fines de mayo se informó que el presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi mantuvo una conversación telefónica con el primer ministro griego Kyriakos Mitsotakis, en la que reafirmó el compromiso de Egipto de preservar el estatus religioso único del monasterio en el sur del Sinaí. Ambos líderes ratificaron su voluntad de fortalecer las relaciones bilaterales. El canciller egipcio, Badr Abdel Aati, explicó entonces que el fallo judicial subraya la protección del monasterio, sus sitios arqueológicos, su valor espiritual y su estatus religioso. El ministro pidió revisar el texto completo del fallo, ante los rumores sobre una posible confiscación del monasterio y sus tierras.
Según el reportaje de la BBC, aunque el monasterio y su profunda significación religiosa permanecerán, su entorno y el estilo de vida centenario de la zona podrían cambiar de forma irreversible. El artículo menciona que la comunidad beduina local se vio obligada incluso a exhumar cuerpos de un cementerio para dar lugar a un estacionamiento. El canal entrevistó a una persona cercana a los clanes del Sinaí, quien afirmó que el proyecto, aunque presentado como una iniciativa necesaria para fomentar el turismo, fue en realidad impuesto desde arriba a los beduinos. Según su testimonio, se trata de un emprendimiento que prioriza intereses externos por encima de los de la comunidad local.
Cabe señalar que Egipto está promoviendo numerosos proyectos turísticos en su territorio para atraer visitantes, incluyendo iniciativas con participación de países extranjeros, lo que ha generado múltiples objeciones y temores sobre la pérdida de tierras estatales en el intento de superar la crisis económica.

En una carta al P. Jerónimo, 19 de mayo de 1898, Carlos de Foucauld se expresaba así sobre el DESIERTO:
“Es necesario pasar por el desierto y permanecer en él para recibir la gracia de Dios: es allí donde uno se vacía y se desprende de todo lo que no es Dios, y donde se vacía completamente esta pequeña casa de nuestra alma para dejar todo el espacio a Dios solo.
Es un tiempo de gracia, es un período por el cual toda alma que quiere dar frutos debe pasar necesariamente… No temáis ser infieles a vuestras obligaciones para con las criaturas; es, por el contrario, el único medio que tenéis para poder servirlas eficazmente.”
El desierto representa un espacio de purificación interna, donde el alma se despoja del ruido y las distracciones para encontrarse con Dios. Es vital para crecer espiritualmente y servir desde el corazón renovado.
En una Meditación sobre el Evangelio, que Carlos de Foucauld hace en diciembre de 1896, afirma:
“Cuando Jacob está de camino, pobre, solo, cuando se tiende sobre la tierra desnuda del desierto para descansar después de una larga travesía… es en el momento en que se encuentra en esta triste condición, cuando Dios lo colma de favores incomparables.”
El desierto, más allá de ser dificultad, se convierte en lugar de consuelo divino. En el momento de mayor vulnerabilidad emerge la gracia.
Finalmente, Carlos de Foucauld meditando sobre Mateo 6,30–32, nos da el siguiente consejo:
“En nuestra vida… tomémonos tiempo de reposo, tiempo de soledad pasado en compañía de Jesús… Que estos retiros tengan tres caracteres: descanso, sosiego y soledad en compañía de Jesús. […] ya mirándole sin decir nada (contemplación), ya preguntándole (meditación).”
El tiempo de desierto inspira a vivir momentos de encuentro profundo con Cristo, donde hay silencio, paz interior y contemplación.

¿Qué sería del mundo sin la música?, no cabe duda que conecta corazones, su poder universal trasciende idiomas, barreras generacionales e incluso, religiones, pues inspira emociones compartidas; por eso, en la capital del país, se desarrollará el primer Festival de Música Sagrada del Mundo.
“El Centro de Estudios Contemplativos Lex Hixon y el Museo Nacional de las Culturas del Mundo, te invitan cordialmente al primer Festival de Música Sagrada del Mundo, se llevará a cabo el 6 de septiembre en la sede del Museo, en el centro histórico de la Ciudad de México.
“El festival se ha creado con la finalidad de acercar al público a las manifestaciones musicales de diferentes tradiciones sagradas, con la premisa de que estas tienen la capacidad de beneficiarnos espiritualmente, sin importar nuestro credo”, señalaron los organizadores a través de un comunicado.
En el festival, participarán representantes de diferentes caminos espirituales, cuya música posee una gran belleza, la cartelera del evento se nutre con la participación de Teenek, grupo dedicado a rescatar y reelaborar los llamados “sones de costumbre”, piezas musicales asociadas a rituales y ceremonias en varias comunidades indígenas de México, especialmente a ritos relacionados con el maíz y la agricultura.
Desde el continente africano llegará Babou Diebaté; en África, existe una tradición de trovadores a los cuales se les llama “griot”, quienes preservan historias y poesía, a menudo con música. Babou Diebaté es un griot originario de Senegal, ejecutante del instrumento llamado kora.
Entre los invitados, también se encuentra el grupo de música clásica persa, Navaye Mehr, cuyo repertorio incluye piezas sufíes de la música iraní. El primer Festival de Música Sagrada del Mundo, se realizará el próximo sábado 6 de septiembre, en la CDMX, desde el mediodía y hasta las 17:00 horas, con entrada libre.