Hay teólogos de la liberación… y hay «pintores de la liberación». Maximino Cerezo Barredo es uno de ellos. Sus dibujos han venido corriendo, durante las décadas pasadas, por las publicaciones latinoamericanas y pasando de unas a otras sin copyrights ni royalties, de fotocopia en fotocopia hasta desgastarse y quedar casi irreconocibles… como verdadera «propiedad del Pueblo Latinoamericano» que son. Ahora entraron en la época de la digitalización…
Mino Cerezo Barredo, misionero claretiano, el Pintor de la Liberacion, gran compañero de Don Pedro Casaldáliga. Puso imágenes y colores a la esperanza de los más pobres
«Pedro Casaldáliga no cabía en las fronteras. Ni en las geográficas ni en las del miedo. Catalán de nacimiento, amazónico por opción, dejó la comodidad para vivir al límite: allí donde la tierra se disputa a tiros, donde el río Araguaia es a la vez bautismo y cementerio, donde la selva es refugio y amenaza»
«Su vida fue un Evangelio escrito con barro, sudor y versos. Profeta descalzo, obispo sin anillo ni mitra, pastor que olía a pueblo. En su cuerpo cargó amenazas de muerte, en su voz llevó palabras que incomodaban a reyes y a prelados»
«A cinco años de su partida, su memoria sigue siendo semilla y estandarte. Porque Pedro no fue sólo un hombre que denunció; fue un hombre que amó hasta el escándalo. Y ese amor, radical y tierno, le dio la fuerza para vivir y, llegado el momento, morir de pie como los árboles»
Evaristo Villar
Orilla de eternidad
Ocho de agosto. Cinco años sin su voz, y sin embargo, más presente que nunca. Pedro Casaldáliga duerme junto al Araguaia, en la pura tierra, territorio de los indios Karajá, en el Mato Grosso amazónico. No hay mausoleo, no hay mármol: sólo una cruz de madera clavada como un verso que la lluvia lee despacio.
El río, testigo de fugas y bautismos, arrulla su tumba. Allí la tierra guarda, como un secreto fértil, la memoria de un hombre que fue raíz y viento. Poeta, profeta, místico y pastor, caminó sin más escolta que la fe, defendiendo a los posseiros, a los sin-poder, a los que no figuran en ningún censo.
Cuando las balas y las amenazas llegaron, el papa Pablo VI habló desde Roma con decisión y contundencia: «Quien toca a Pedro, toca a Pablo». No era protocolo: tocar a Pedro era herir a la Iglesia más comprometida que late en el corazón de los que sufren.
Casaldaliga-casa
Evangelio del reverso
Pedro abría la Biblia como quien abre una herida. “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar la buena noticia a los pobres, a liberar a los oprimidos” (Lc 4,18). No lo interpretaba desde la comodidad: lo vivía a pie descalzo, bajo el sol y la amenaza.
Su Evangelio no cabía en los altares dorados: se rezaba en los campamentos de lona negra, en las chozas de barro, en las asambleas a la orilla del río. Allí aprendió que la cruz no es un adorno, sino el peso real de la historia sobre los hombros de los pueblos crucificados.
Pensar desde el reverso de la historia es mirar el mundo desde abajo, desde la última fila, donde los títulos no valen y la palabra “hermano” es más fuerte que cualquier decreto. Allí descubrió que el poder fabrica mentiras, que la ley se vende, y que la verdad, si no incomoda, no sirve.
«En las aldeas lo llamaban hermano; en los despachos, agitador»
En las aldeas lo llamaban hermano; en los despachos, agitador. Él sabía que ambas cosas eran ciertas. Su táctica: ternura con filo. Amor que incomoda, amor que desobedece.
Fraterna y subversiva
Su vida fue “fraterna y subversiva”: fraterna, porque nadie quedaba fuera de su abrazo; subversiva, porque ese abrazo desobedecía las fronteras y las jerarquías. Denunció desalojos como si fueran crucifixiones de hoy, y a cada expulsión le respondió con campamentos de dignidad.
Sus cartas pastorales eran evangelios insurrectos, poemas de combate, salmos escritos con barro y sudor. Hablaba de la tierra como sacramento, y de la lucha como liturgia.
“No teman a los que matan el cuerpo” (Mt 10,28), repetía. Y él mismo no temió. Morir de pie como los árboles era para Pedro un modo de vida: con raíces profundas en la tierra y ramas abiertas al cielo. Sabía que la coherencia sangra, pero la mentira mata.
Reino en la frontera
Su último viaje fue ligero: llevaba sólo la certeza de que la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. El Araguaia, testigo de sus lágrimas y sus carcajadas, lo recibió como un hijo que regresa.
Hoy su nombre navega en las canoas de los Karajá, arde en las marchas campesinas, se pronuncia en las oraciones comunitarias. Pedro sabía —y ahora lo sabe para siempre— que el Reino comienza en la orilla, en el reverso, en la última fila… donde el amor es siempre un acto de rebelión.
«Hoy su nombre navega en las canoas de los Karajá, arde en las marchas campesinas, se pronuncia en las oraciones comunitarias»
Y allí, en la Amazonía que lo adoptó, Pedro sigue siendo árbol: raíz que resiste, sombra que acoge, fruto que alimenta, viento que susurra al oído de los vivos: no calléis, no os rindáis, no temáis.
Epílogo
No dejó herencias, dejó caminos. No construyó templos, construyó comunidad. No firmó tratados, firmó vidas con su presencia. La suya fue una santidad sin escaparates, una profecía que nunca se rindió al aplauso. Pedro vive en cada gesto de justicia que germina en el barro, en cada voz que se alza contra el miedo, en cada abrazo que atraviesa fronteras. Y como los árboles que mueren de pie, Pedro sigue de pie en la memoria de los pueblos de América Latina.
El 8 de agosto de 2025 se cumplirán 5 años de la muerte del obispo, profeta y poeta, Pedro Casaldáliga. Sus brazos “se han cansado de echar semilla al viento[1]”. Nació en Cataluña, fue misionero claretiano durante 75 años y por 34 años fue obispo de Sâo Felix de Araguaia (Mato Grosso, Brasil). En sus últimos 8 años de vida padeció un parkinson que lo fue apagando lentamente. Sin pretender escribir el resumen de su vida, comparto algunos rasgos poéticos y proféticos de este testigo de la Iglesia Latinoamericana, del cual la pena hacer memoria a cinco años de su pascua.
Sus primeros pasos como cristiano los dio en una Iglesia perseguida, en los tiempos de la guerra civil española. Los primeros años de religioso van pasando por los barrios populares en Sabadell, Barcelona, Barbastro y Madrid. La aspiración más profunda de su vida fue vivir lo más parecido a Jesús de Nazaret y su regla de vida fueron las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12).
A pocos años de terminado el Concilio Vaticano II, parte a fundar una nueva misión claretiana en el Mato Grosso, Brasil. A los 40 años llegó a Sao Félix de Araguaia sin mucho conocimiento de la realidad de América Latina. Vivió su propio proceso de inculturación, iluminado por la vida de un Dios que “en el vientre de María se hizo hombre, y en el taller de José se hizo clase[2]”. En sus comienzos intentó estar bien con todos, pero su fidelidad al evangelio y a los pobres no se lo permitieron. Su cercanía a la realidad de los campesinos que sufrían la injusticia de los latifundios le conmovió y le impidió la neutralidad. Se identificó rápidamente con la utopía de los desposeídos para siempre y con toda su vida.
Después de tres años como sacerdote y misionero, en 1971 fue nombrado obispo de la prelatura de Sao Félix en la Amazonía. No le bastó el nombramiento oficial. Antes de aceptar consultó a su pueblo y sus colaboradores. Inmediatamente renunció a todo signo de poder y comprendió la autoridad como servicio. Cambió la mitra por un sombrero de paja y el báculo por un remo. Utilizó toda su vida un anillo de tucum, símbolo contra la opresión indígena, que prontamente se convirtió en signo universal de la Iglesia de los pobres. El anillo oficial lo regaló.
Fue un gran caminante dentro de una diócesis más grande que Nicaragua. No aceptaba casa, regalos, fiestas ni auto del latifundista explotador. No aceptó saltarse la fila de pobres. Aunque vivió grandes soledades siempre camino en Iglesia, llegando a expresar en uno de sus poemas “amo a la Iglesia, a pesar de la Iglesia[3]”. Su amor por la Iglesia y su fidelidad la vivió con rebeldía.
Debido a su historia nunca comprendió a la Iglesia sin persecución y a un cristiano sin conflicto. La misma Iglesia que lo condenó y cuestionó su teología, después lo defendió; “quien toca a Pedro, toca a Pablo”, señaló Pablo VI en una carta que le salvó la vida. Su fidelidad rebelde encontró en Monseñor Romero, otro mártir de América Latina, un compañero y una fuente de inspiración: “¡Pobre pastor glorioso, abandonado por tus propios hermanos de báculo y de Mesa…! (Las curias no podían entenderte: ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo)[4]”.
Prefería andar con sandalias o descalzo sobre la tierra roja. En una de sus confesiones poéticas expresó: “Yo, pecador y obispo, me confieso de soñar con la Iglesia vestida solamente de evangelio y sandalias[5]”. Quienes compartieron de cerca con él, quedaron admirados de su capacidad de ternura y acogida, a pesar la dureza de los primeros años. Si hubiera que elegir dos palabras para resumir su vida podría ser “ternura y profecía”. Ciertamente hay muchas más palabras para definirlo.
Sobre su mesa de trabajo tenía como reliquia un grano de mostaza. Amaba y apostaba por lo pequeño. Su fe era una esperanza en lo más sencillo y cotidiano. Pedro Casaldáliga llenó su vida de causas a las que amó más que a su propia vida. Abrazó la causa de los pobres y de los “posseiros”. No aceptó que el latifundio quitara la tierra de los campesinos. Abrazó la causa indígena defendiendo los derechos humanos de los niños, ancianos y mujeres. Abrazó la causa del medio ambiente. El Papa Francisco encontró en él un buen aliado en su lucha por el cuidado de la Amazonía y la casa común. En definitiva, abrazó con todo su ser la utopía del reino.
La mayoría de sus años en Brasil los vivió amenazado de muerte. Su propia vida encarnó la más incómoda de todas las palabras de Jesús: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia” (Mt 5, 10). En más de una ocasión se salvó porque no parecía sacerdote ni obispo. El no-poder le salvó la vida. Y se la salvó, para entregarla. El asesinato de su amigo sacerdote Joao Bosco SJ, lo confirmó en su vocación profética.
Fue un importante teólogo que llenó a la teología de la liberación de mística y espiritualidad. No entendió la teología como ejercicio de biblioteca sino como un pensar desde los pobres, en amistad con ellos y en adhesión a sus causas. Nunca dejó de estudiar la realidad social y de confrontar la vida con el evangelio.
Su fe se hizo verso. La poesía, que fue para él una contemplación cotidiana de la belleza, tuvo un lugar importante en su vida y fue el modo que eligió para hablar de sus grandes amores y pasiones; Dios y los pobres. En sus versos encontramos luz y sentido para continuar esta aventura de abrazar la causa de los pobres, que muchas veces se va abriendo paso en medio de la noche de la infidelidad, como ese Judas a quien abrazó como “hermano, compañero de miedo, de codicias, de tradición[6]”. Su vida entera es un poema.
Toda su vida fue un compartir con los pobres y heridos. Creyó en un Dios que “puso su tienda en suburbio humano[7]”, que se hizo uno de tantos y que siendo vulnerable abrazó nuestro desamparo. Fue un buscador de silencios que fueron en su vida la raíz y el horizonte.
Su denuncia profética y su incansable entrega no sólo permitieron que los campesinos recuperen la tierra sino también su cultura y dignidad. Y lo hizo a ritmo de pueblo, a ritmo de la semilla que crece lenta y oculta bajo la tierra. La causa de “las cercas” que oprimen los sueños y esperanzas del pueblo fue una causa colectiva y martirial, que le ha costado la vida muchos compañero/as de camino. Por eso en alguno de sus versos señala: “Nuestros muertos caminan empujando la Historia[8]”.
Adentrarse en la profética vida y conmocionada poesía de Casaldáliga es un lente para mirar la realidad herida de nuestros tiempos, como aquéllos hermanos y hermanos desalojados de nuestras ciudades. A través de sus versos podemos indignarnos y actuar frente a la vida de quienes no tienen lo indispensable para vivir, en tantos rincones marginales de América Latina, donde pareciera que los derechos básicos no existen.
La vida del poeta y profeta nos ayuda a situarnos desde los márgenes frente a esta realidad injusta. Nos señala de quienes hay que estar cerca y de quienes hay que estar lejos. Nos confirma que la vida hay que gastarla con los que están alrededor del fuego, más que en los centros de poder o en las casas de los dueños de la tierra.
Pedro nos despierta del peligro de una vida adormecida y nos muestra que la confianza de los sin-poder la ganamos cuando le damos la espalda al poder. Su praxis nos ayuda a equilibrar la denuncia profética y la tierna cercanía. Cuestionar la estructura mientras se abraza el dolor concreto del hermano.
La vida de este profeta y poeta de nuestro continente no sólo nos ofrece criterios para una respuesta concreta, sino que además nos proyecta en un horizonte de esperanza, donde el fracaso y la muerte son palabras penúltimas. Junto a Pedro sabemos y creemos que la muerte y la injusticia no tienen la última palabra, esto “es la razón última y la fuerza diaria de nuestra esperanza, la garantía de nuestras luchas y la réplica final a la mentira, a la injusticia y a la muerte[9]”
La vida de Casaldáliga nos invita a vivir enraizados. Se trata de pensar y sentir con los pies[10]. Y así su vida nos enraíza en la realidad concreta de los desalojados de la historia, invitándonos a dar respuesta con un “amor eficiente” y abriéndonos a un futuro de esperanza, que sin ser ingenua nos permite esperar a contramano[11]. Es una esperanza firme y realista que invita a estar junto a los que están desesperanzados. Porque mientras más insertos en la miseria humana, más ancho es el horizonte de esperanza que se abre. Y en ese horizonte nos encontraremos cara a cara con los que amamos y ya no están[12].
En su aspecto frágil quedaron las huellas de muchas derrotas y de mucha muerte injusta. Todo su ser fue vida entregada y ofrenda repartida. Su gran anhelo era “morir de pie como los árboles[13]”, al igual que su pueblo martirizado. Ya se cumplen 5 años desde que se apagó su vida anciana con un corazón lleno de nombres. Murió agachado y abajado por un parkinson que lo acompañó sus últimos años. Su vocación fue un amor que descendió hasta los últimos de la historia. Su partida es una luz de esperanza para las causas de toda América Latina.
Solo nos queda esperar que su memoria sea tierna e incómoda. Que su recuerdo no nos deje en paz, como la memoria de tantos y tantas que han partido en nuestra América Latina y en nuestra Amazonía; Berta Cáceres, Alejandro Labaka, Doroty Stang, Chico Mendez… entre tantos rostros que nos siguen interpelando y animan nuestros compromisos cotidianos. Su testimonio nos invita a que nuestra vida sea “fraterna y subversiva”, para seguir esperando a contramano y reclamando primaveras en medio del dolor humano.
La vida de Pedro estuvo marcada y herida por el dolor de su pueblo. Enterró a muchos amigos sacerdotes, campesinos, prostitutas y niños. Muchos de ellos sin nombre. En ese mismo cementerio de los indios Karajá, mirando al río Araguaia en Sao Félix fue enterrado hace 5 años. Ahí quiso descansar con los sin nombre, para siempre.
¡Hasta siempre Pedro Casaldáliga, poeta, profeta y pastor de nuestra América Latina.
[1] Pedro Casaldáliga, Antología Poética (Burgos: Editorial Fonte Monte Carmelo, 2023), 98.
[2] Pedro Casaldaliga, Con Jesús, el de Nazaret (Madrid, 2005), 21.
[9] Pedro Casaldáliga y José María Vigil. Espiritualidad de la Liberación… 251.
[10] Cfr. Poema “Piensa también con los pies”. Cfr. Pedro Casaldáliga. Todavía estas palabras (Estella/ Navarra: Editorial Verbo Divino, 1989), 57.
[11] Cfr. Michael Moore. Pedro Casaldáliga. Cuando la fe se hace poesía… 121-126.
[12] “Deseo tanto verlo como verte”. Poema “Entonces lo veremos como es”. Cfr. Pedro Casaldaliga. Sonetos Neobíblicos Precisamente (Buenos Aires: Editorial Claretiana, 1996), 57.
Eunice Dias de Paula: “Todavía es muy habitual oir que si no fuera por Pedro y la Prelatura, este lugar nuestro ya no existiría”
9 octubre 2023
«Conocí a Pedro Casaldáliga en 1970, cuando, con otros tres compañeros, llegamos a São Félix do Araguaia para trabajar en el Gimnasio Estadual de Araguaia». De esta forma comienza este relato de Eunice Dias de Paula, que llegó a la Prelatura de Pedro Casaldáliga con poco más de 20 años y que ha permanecido más de 40 años junto al Pueblo Indígena Apyãwa.
Doctora en Letras y Linguística por la Universidad Federal de Goiás, su opción de vida en la Prelatura de Casaldáliga ha sido fundamental para la valorización, la enseñanza y el uso de la lengua indígena de los Apyãwa (Tapirapé).
Conocí a Pedro Casaldáliga en 1970, cuando, con otros tres compañeros, llegamos a São Félix do Araguaia para trabajar en el Gimnasio Estadual de Araguaia. Esta escuela fue construida por Pedro y su equipo, para atender necesidades educativas urgentes, ya que el analfabetismo predominaba en la región en ese momento. Fuimos yo y otros tres compañeros, jóvenes que habían dejado el seminario claretiano, para comenzar una experiencia que marcaría nuestras vidas. Viviríamos aislados de los grandes centros urbanos e insertados entre una población de culturas ribereñas e indígenas.
Este sistema se rompió con la llegada de latifundios que (…) comenzaron a construir cercas en grandes áreas y a desalojar a los residentes que allí vivían. Incluso se produjo la deportación masiva de algunos pueblos indígenas, como los A’uwẽ Xavante y varios pueblos del Parque Indígena Xingu, para dejar vía libre a los invasores.
El sistema de ordenamiento territorial de laregión antes de la llegada de los claretianos Pedro Casaldáliga y Manoel Luzón, en 1968, tenía cierta similitud con lo observado entre los pueblos indígenas. Los “sertanejos” (campesinos aislados) que habían venido sobre todo de otros estados del Nordeste brasileño, se instalaron en tierras que pertenecían a los pueblos originarios. Siguiendo el curso de los ríos, fueron ocupando poco a poco el espacio sin molestarse en trazar los límites de la propiedad. La mayoría estaban formados por «vaqueros» que criaban ganado en áreas comunes, desprovistas de cercas y que mantenían una fuerte relación de ayuda mutua. Este sistema se rompió con la llegada de latifundiosque, provistos de documentos legales o falsos que acreditaban su propiedad, comenzaron a construir cercas en grandes áreas y a desalojar a los residentes que allí vivían. Incluso se produjo la deportación masiva de algunos pueblos indígenas, como los A’uwẽ Xavante y varios pueblos del Parque Indígena Xingu, para dejar vía libre a los invasores.
Pedro Casaldáliga con la autora de este texto, Eunice, su marido Luiz y su hijo André al poco tiempo de llegar a la comunidad indígena Apyãwa.
Ante este enfrentamiento entre fuerzas desproporcionadas, dado que el latifundio contaba con abundante financiación y un fuerte apoyo del gobierno militar dictatorial, Pedro asumió desde el comienzo una postura: Inmediatamente se puso del lado de los más débiles, de los indígenas, de los migrantes, de los habitantes que empezaban a formar núcleos urbanos y de los peones que fueron traídos de lejos para ser explotados en un régimen de trabajo esclavo en las fincas que se estaban estableciendo.
Hoy en día, es común escuchar a antiguos vecinos de la Prelatura decir: si no fuera por Dom Pedro y la Prelatura, este lugar nuestro ya no existiría. Testimonios como este nos dan una dimensión de lo que Casaldáliga y la Prelatura representaron y representan para esta región del interior de Brasil.
Poco a poco Casaldáliga fue constituyendo su equipo y pronto se convirtió en un punto de apoyo para la gente de la región. Realizaron mejoras en la educación, con la creación del Gimnasio del Estado del Araguaia; mejoraron la atención sanitaria, con la llegada de las enfermeras religiosas; apoyaron a las familias del campo para enfrentar a los grandes terratenientes que llegaban amenazando con expulsar a los habitantes de la región. Hoy en día, es común escuchar a antiguos vecinos de la Prelatura decir: si no fuera por Dom Pedro y la Prelatura, este lugar nuestro ya no existiría. Testimonios como este dan una dimensión de lo que Don Pedro y la Prelatura representaron y representan para esta región del interior de Brasil.
¿Porque Pedro fue un profeta?
Pedro, sin duda, fue un profeta. El profetismo de Pedro se revela por dos lados: en el anuncio de la Buena Nueva a los pobres, a través de los gestos concretos y el testimonio de su vida, simple y austera, y, por otro lado, en la denuncia constante de los actos practicados por los perseguidores de la gente que vivía en la Prelatura.
Las denuncias se hicieron a través de documentos pioneros en la historia de la lucha por la tierra en Brasil como “Esclavitud y Feudalismo en el Norte de Mato Grosso”, redactado incluso antes de su consagración como obispo, y la Carta Pastoral “Una Iglesia en la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginación social”. En la introducción del primer documento, Pedro afirma:
“Escribo esto por deber de conciencia, como imperativo de la más elemental justicia cristiana. En los últimos meses la tragedia ha estallado en tales términos que ya no puede ser silenciada”.
Portada del documento original “Uma Igreja da Amazônia…” que Casaldáliga publicó el mismo día de su consagración episcopal y sacudió Brasil.
La denuncia, para Pedro, parte de la fidelidad al Evangelio, de los preceptos cristianos que abogan por una vida en plenitud para todos. En la Carta Pastoral (1971, p. 40) afirma:
“No podemos aceptar la dicotomía entre evangelización y promoción humana, porque creemos en Cristo, como Señor resucitado que libera a todo el hombre y al mundo entero y nos salva en plenitud: progresiva y dolorosamente aquí en la tierra, definitivamente y con gloria en el cielo”.
Ver a las personas esclavizadas por el latifundio, expuestas a condiciones inhumanas, provocó una profunda indignación en Pedro, expresada también en varios de sus poemas, como en la Confesión del Latifundio:
Por onde passei, plantei a cerca farpada, plantei a queimada. Por onde passei, plantei a morte matada.
Por onde passei, matei a tribo calada, a roça suada, a terra esperada…
Por onde passei, tendo tudo em lei, eu plantei o nada.
La forma de vida de Pedro también fue una proclamación profética. Su casa sencilla, como las demás casas de la región, no recuerda en modo alguno a un “palacio episcopal”. Las puertas están siempre abiertas, acogiendo desde campesionos e indígenas hasta magistrados, políticos, periodistas que lo buscaron. Pedro recibía calurosamente a todos, dejando inmediatamente cualquier trabajo que estuviera haciendo y dedicando toda la atención a quienes lo visitaban.
A los que le decían que sería mejor viajar en avión y evitar estos inconvenientes, Pedro respondía con una sonrisa diciéndoles “en bus se pierde en tiempo, pero se gana en gente”.
Sus viajes siempre los hacía en autobús, lo que le llevaba muchos días en la carretera. En tiempo lluvioso, sobre todo, la carreteras de tierra embarradas provocaban retrasos considerables. A los que le decían que sería mejor viajar en avión y evitar estos inconvenientes, Pedro respondía con una sonrisa diciéndoles “en bus se pierde en tiempo, pero se gana en gente”. Pedro hablaba con los pasajeros todo el tiempo durante el viaje, les preguntaba sobre sus familias, sobre su salud, sobre el trabajo que estaban haciendo. El viaje se convertía en una verdadera visita pastoral.
Pedro Casaldáliga en un viaje por la región del Araguaia (más grande que todo Portugal) en caminón.
El profetismo de Pedro también se manifestó en la experiencia de una Iglesia – Pueblo de Dios, que presupone relaciones horizontales más que jerárquicas. Incluso cuando recibió la invitación para asumir el episcopado, reflexionó con los miembros del equipo pastoral y con su amigo Don Tomás Balduino, si convenía aceptarlo o no. Todos los equipos se reunían 3 veces al año: primero, en una reunión de estudio y programación, denominada “Bolão”, en la que se disponían las sillas en círculo y todos los temas se discutían juntos; segundo, en un Retiro, un tiempo de oración, y luego en una Asamblea Popular, en la que se tomaban importantes decisiones sobre la Prelatura junto con representantes de todas las comunidades. En una de estas Asambleas se elaboró el Manual de la Prelatura que, en su objetivo, incluye las palabras pronunciadas por un campesino:
“Siguiendo a Jesucristo y en fraterna comunión con toda la Iglesia, el objetivo general de nuestra Iglesia de São Félix do Araguaia es vivir y anunciar la Buena Nueva del Evangelio con alegría, humildad y pasión, acoger el Reino de Dios y contribuir aquí en la Tierra en la esperanza del Reino Definitivo”.
Los equipos mixtos, formados por sacerdotes, laicos y religiosas, son otro ejemplo de horizontalidad en la experiencia del servicio al Reino. Las mujeres ejercían la diaconía siempre que era necesario.
¡Es de esta experiencia profundamente evangélica de donde nace el testimonio y el grito profético de Don Pedro Casaldáliga, este hombre sencillo, humilde, frágil, santo que lleva en su poesía y en sus inspiradas palabras la voz, la historia y vida de los pobres de esta tierra!
La solidaridad con otros países de América Latina, la Pátria Grande, también muestra la profunda comunión de Pedro con los desposeídos de nuestro continente. Pedro realizó varias visitas a países centroamericanos que sufrían en las luchas por la liberación. El asesinato de Don Óscar Romero, con quien tenía una fuerte amistad y compromiso con las causas de los pobres, le dejó conmocionado profundamente.
Debido a esta alianza con los empobrecidos, Pedro sufrió muchas amenazas de muerte y persecución por parte de distintos órdenes. Los terratenientes incluso presionaron al Nuncio Apostólico para que lo expulsara de Brasil.
En una actitud acorde con toda su vida, Pedro vivió pobre entre los pobres hasta el final de su vida y fue enterrado en el cementerio de los peones y los indios Karajá a orillas del río Araguaia, como había pedido en vida.
¡Es de esta experiencia profundamente evangélica de donde nace el testimonio y el grito profético de Don Pedro Casaldàliga, este hombre sencillo, humilde, frágil, santo que lleva en su poesía y en sus inspiradas palabras la voz, la historia y vida de los pobres de esta tierra!
Hace cuatro años que fue enterrado, en São Félix do Araguaia, el 12 de agosto de 2020, Pedro CASALDÁLIGA, primer obispo de la Prelatura del mismo nombre
Con esta ocasión un nuevo vídeo, «Pedro Casaldáliga, 1928-2020», ha sido estrenado el pasado día 8, aniversario de su fallecimiento, con material documental de archivo, desde su ordenación sacerdotal en Montjuic, Barcelona (1953), y sus primeros tiempos misioneros en Brasil
Hace cuatro años que fue enterrado, en São Félix do Araguaia, el 12 de agosto de 2020, Pedro CASALDÁLIGA, primer obispo de la Prelatura del mismo nombre.
Con esta ocasión un nuevo vídeo, «Pedro Casaldáliga, 1928-2020», ha sido estrenado el pasado día 8, aniversario de su fallecimiento, con material documental de archivo, desde su ordenación sacerdotal en Montjuic, Barcelona (1953), y sus primeros tiempos misioneros en Brasil; en estos cuatro días acumula ya más de 1200 visitas. Si usted no lo ha visto, puede verlo aquí.
También hoy, servicios Koinonía publica, por primera vez con subtítulos incorporados en castellano, el video «Pedro Libertad, un río que pasó por nuestra tierra». La base documental del vídeo se remite a la obra de la periodista brasileña Ana Helena Tavares, «Un obispo contra todas las cercas», y la «pregunta generadora» que dio origen al vídeo de Américo Galpão, del canal de televisión «Causas de la Vida» (@causasdavida), de Goiânia, ha sido: «¿qué hemos aprendido con Pedro Casaldáliga?». «Pedro Libertad» es el nuevo nombre que, en un poema memorable, Pedro pidió a su madre que le impongan si hubieran de bautizarlo otra vez. Está disponible aquí.
Prácticamente todas las obras escritas de Casaldáliga están puestas en la red, digitalizadas, disponibles libre y gratuitamente, en su página de internet.
Casaldáliga
[Em português. English below]
Há quatro anos, em 12 de agosto de 2020, Pedro CASALDÁLIGA, o primeiro bispo da Prelazia homônima, foi sepultado em São Félix do Araguaia.
É uma boa oportunidade para fazer uma visita virtual-espiritual ao seu túmulo, em terra nua, às margens do famoso Rio Araguaia. Basta clicar aqui e, na página que aparecerá, escolher seu idioma (inglês, português, espanhol ou francês). E deixe-se guiar pelo itinerário virtual, de página em página. Dez a 15 minutos podem ser suficientes.
Nessa ocasião, no dia 8, aniversário de sua morte, foi lançado um novo vídeo, «Pedro Casaldáliga, 1928-2020», com material documental de arquivo, desde sua ordenação sacerdotal em Montjuic, Barcelona (1953), até seus primeiros dias de missionário no Brasil; nesses quatro dias, já acumulou mais de 1.200 visualizações. Se você ainda não viu, pode vê-lo aqui.
Também hoje, os serviços de Koinonia publicam, pela primeira vez com legendas em espanhol, o vídeo «Pedro Liberdade, um rio que pasou em nosa terra». A base documental do vídeo refere-se ao trabalho da jornalista brasileira Ana Helena Tavares, «Um bispo contra todas as cercas», e a «pergunta geradora» que deu origem ao roteiro do vídeo de Américo Galpão, do canal de televisão «Causas da Vida» (@causasdavida), de Goiânia, foi: «o que aprendemos com Pedro Casaldáliga? «Pedro Liberdade» é o novo nome que, em um poema memorável, Pedro pediu à sua mãe que lhe impusesse se ele fosse batizado novamente. Ele está disponível aqui.
Praticamente todas as obras escritos de Casaldáliga estão on-line, digitalizadas e disponíveis gratuitamente em seu site.
[In English:]
Four years ago today, on 12 August 2020, Pedro CASALDÁLIGA, the first bishop of the Prelature of the same name, was buried in São Félix do Araguaia.
It is a good opportunity to make a virtual-spiritual visit to his tomb, in bare earth, on the banks of the famous Araguaia River. Just click here and, on the page that will appear, choose your language (Portuguese, Spanish or French, for English, at this moment, pick up this PDF). Ten to 15 minutes may be enough.
On this occasion, a new video, «Pedro Casaldáliga, 1928-2020», was released on the 8th, the anniversary of his death, with archival documentary material, from his priestly ordination in Montjuic, Barcelona (1953), and his early missionary days in Brazil; in these four days it has already accumulated more than 1200 views. If you have not seen it, you can see it here.
Also today, Koinonia services publishes, for the first time with subtitles in Spanish, the video «Pedro Libertad, un río que pasó por nuestra tierra». The documentary basis of the video refers to the work of the Brazilian journalist Ana Helena Tavares, «A bishop against all fences», and the «generating question» that gave rise to the video by Américo Galpão, from the television channel «Causas de la Vida» (@causasdavida), from Goiânia, was: «what have we learnt with Pedro Casaldáliga? «Pedro Libertad«, Peter Freedom, is the new name that, in a memorable poem, Pedro asked his mother to impose on him if he were to be baptized again. It is available here.
Practically all of Casaldáliga’s written works are online, digitized, freely available on his website, in several languajes, English included.
Por si puede interesar:
“Voy a pasar la vida más o menos inútil, más o menos poeta. No habré tenido un hijo. No habré sido magnate ni gerente de lucros, ni albañil o mecánico. Habré plantado unos contados árboles y habré escrito unos libros, muchas cartas, hojas hijos al viento. Procura que la Gracia y la Ternura llenen de vino nuevo… tu ánfora de barro. Dios mide a su manera la eficacia. Ama a todos los hijos de los hombres. Di tus palabras como las semillas que mueren pero brotan. Haz de tu corazón célibe solo un ambulante hogar desatrancado, una lona de circo bullanguero. Deja las digitales de tus pies peregrinos como besos en llama solidaria sobre la carne de la Madre Tierra. Posa tus ojos, tibios ya de ocaso, como lumbres de aceite, acurrucadas en la vigilia universal del Tiempo” (Confesiones, Pedro Casaldàliga) https://www.amazon.com/dp/1977008909
Las sombras flotan sobre mí, madera muerta. Pero la estrella nace sin reproche, por encima de las manos expertas de este niño que conquista las aguas y la noche. Me basta saber que me conoces enteramente, antes de mis días». (Pedro Casaldáliga, obispo y poeta, citado en la Exhortación Apostólica «Querida Amazônia» de Francisco)
Se fue el último Obispo de una generación de Pastores Profetas de Brasil
Hay momentos en que estamos llamados a reflexionar sobre hechos, proyectos y crisis que afectan directamente a una comunidad, a una región. Pero hoy reflexionaremos sobre un profeta de perfil universal. No es un héroe del fútbol, ni de la política nacional; ni siquiera un inventor de la vacuna contra el virus corona. Tenemos que buscar a alguien que sea una inspiración para ti, para mí, para todos los que aman la vida. No sólo (para los que aman la propia) vida libre, sino para los que defienden la vida de los ríos y los bosques, de los seres humanos humillados por los sistemas opresores.
Un profeta murió el viernes pasado. Sí, uno de los pocos profetas de hoy, de talla mundial, se ha ido al otro lado de la vida. ¿Entiendes lo que significa ser un profeta? Sí, ha muerto Pedro Casaldáliga, el último de una generación de profetas cristianos en Brasil.
Español de nacimiento, echó raíces en el corazón de la Amazonía, asumió la misión de defender a los trabajadores de la tierra ya los indígenas perseguidos por los hombres que se apropiaron de sus tierras en la región del río Araguaia. En 1971 fue elegido por el Papa Pablo VI para ser obispo de la prelatura de São Félix de Araguaia (en el estado de Tocantins-Brasil). Contra su voluntad, pero por conciencia, aceptó la misión pastoral, renunciando al cargo de príncipe de la Iglesia, para ser pastor de los pobres, como Jesús.
En la lucha por defender a los oprimidos fue amenazado de muerte e incluso perseguido por militares durante la dictadura de 1964/85. Intentaron expulsarlo de Brasil, pero el Papa Pablo VI respondió en persona, diciendo abiertamente que «si se mueven contra Pedro, tendrán que vérselas con Paulo (Papa Pablo VI ed.)». Y así, fiel a los proyectos de Jesús Libertador, Pedro continuó su misión hasta jubilarse a los 75 años, defendiendo siempre a los pobres ya los que sufren la violencia.
Persona sencilla como era, vivía en una pequeña casa en São Félix, el poeta y profeta Dom Pedro, pastor y compañero de los oprimidos del país. A los 92 años, sigue siendo el último de una generación de obispos proféticos en Brasil. Ahora todos esperan el surgimiento de una nueva generación, inspirados en el Sínodo de la Amazonía, durante el cual 180 obispos de los nueve países de la Amazonía escribieron un documento titulado «Amazonas, nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral». También unos días antes del último viaje de don Pedro Casaldáliga, 152 obispos brasileños firmaron un manifiesto profético sobre la grave crisis que enfrenta el pueblo brasileño, crisis provocada por la mala administración del actual gobierno. Que este documento de los Obispos sea una buena señal para una nueva generación de profetas,
escrito por Edilberto Sena, nuestro corresponsal de Brasil
Solo las sandalias y el evangelio
Al final Pedro Casaldáliga, obispo y padre de los pobres y de los últimos, resucitó, dejando su vida terrena el sábado 8 de agosto de 2020, en la ciudad paulista de Batatais. Su funeral se celebra hoy y luego lo llevarán al «Santuário dos Mártires da Caminhada», en Ribeirão Cascalheira, donde lo velarán, y finalmente a su domicilio, en el Centro Comunitario de Tía Irene, en São Félix do Araguaia. Lo enterrarán cerca de la orilla del Araguaia, que sube de vez en cuando para ir a buscar a sus muertos, todos pobres, porque los muertos cerca del Araguaia son todos pobres y Pedro sólo pudo ir con ellos.
Y quedará con nosotros su maravilloso y conmovedor recuerdo, el de un hombre bueno, justo, amoroso y sobre todo el de quien siempre creyó en el Dios de Jesucristo, porque sabía que él «era conocido enteramente, antes de sus días». .
Si puedo confiar en que poco a poco he ido recuperando el sentido de la vida cristiana, ante todo debo decir que Pedro Casaldáliga fue uno de mis maestros espirituales, aunque sólo lo conocí una vez y de ese encuentro me quedo claro. imagen y muy fuerte de un tremendo viaje para ir a su encuentro, de un gran sufrimiento físico por un ambiente muy duro, de un abrazo extraordinariamente fuerte y cálido con él y de un árbol de mango, una «mangueira», bajo el cual nos encontramos y conversamos .
Había viajado más de dos días en autobús solo, por Brasil, entre el calor y el polvo, viendo cosas impensables y horribles, solo para ir a encontrarlo en una Romaria, es decir, un evento religioso popular, inolvidable, el de la » Mártires da Caminhada”, en julio de 1996.
Inauguraron el Santuario al que mañana será llevado Pedro, un lugar dedicado a todos aquellos que dieron su vida en nombre del Evangelio por los pobres del mundo. Precisamente en ese lugar, veinte años antes, el 11 de octubre de 1976, la policía militar le había disparado cuando él y el padre João Bosco Burnier, un hombre grande como un roble que lo acompañaba y que murió en el lugar, iban a la «Delegacía da Polícia Militar» para rescatar de la tortura a algunos campesinos de los movimientos populares.
Un policía, que luego confesó, dijo que le habían disparado al más grande porque no creían que el otro hombrecito, tan pequeño y aparentemente inofensivo, fuera el obispo. La camisa ensangrentada del padre João Bosco destacaba en aquella iglesia llena de campesinos desdentados, indígenas que apenas sabían portugués y gente sencilla y conmovida.
De Europa, en ese lugar en el fondo del mundo y en la cima de la humanidad, éramos muy pocos: yo y un grupito de españoles. Tengo cientos de recuerdos de esos días. Podría enumerarlos a todos, uno por uno, y podría reproducir la imagen de todos los rostros que encontré, solo yo, que buscaba sumisa, pero también con vehemencia, una liberación después de años difíciles y dolorosos. Al salir de Río de Janeiro, mi amiga Maria Stoppiglia me había asegurado: “Ve con calma. Pedro me llamó y nos tomó cariño. Incluso me llamó ‘Querida’”.
Pedro tenía un carácter difícil. Inmediatamente comprendió quién quería explotar su imagen o quién vivía acurrucado en la guarida tranquilizadora de cierto clericalismo. Una vez ahuyentó instantáneamente a un grupo de Bolonia que lo había visitado en São Félix do Araguaia y que se atrincheraron para recitar la Liturgia de las Horas en italiano: «Si vienes a mi casa, llevad la vida que yo y mis pobres y mis nativos De lo contrario, vuelve al lugar de donde viniste».
Pedro era un radical, un hombre de Dios sin término medio, un asceta de pies polvorientos. Como obispo no tenía escudo ni sotana, que había tomado prestados para ir a Roma en visita «ad limina» al Papa. Su «aliança», es decir, el anillo pastoral, era verdaderamente el signo de una alianza esponsal con su pueblo, hecha de simple coco, mientras que sus cruces eran simplemente de madera. De hecho, tenía un lema en portugués, que resumía perfectamente su adhesión existencial al Dios que une el Cielo y la Tierra: «Nada possuir, nada carregar, nada pedir, nada calar e sobretudo nada matar». no te hagas cargo de nada, no pidas nada, no calles nada y sobre todo no mates nada”. Tenía la libertad del Evangelio, al que se adhirió todos los días.
Era pobre, vivía en una casa muy sencilla y vestía ropa muy ordinaria. Estaba desprovisto de cualquier pretensión que pudiera ser una carga pesada e insoportable para los demás . Nunca pidió nada para sí mismo: nunca protección, nunca una defensa, nunca un privilegio y ni siquiera un pedazo de pan.
Habló sin censura para defender a todo ser humano vilipendiado y humillado. Lo hizo con su acento catalán y su voz cavernosa, que lo convirtió en objeto de tantas imitaciones. Pero en el amor al prójimo permaneció inimitable y lo hizo dentro de una síntesis admirable y lineal: rezaba, leía, escribía, hablaba y defendía a todo aquel agraviado. Precisamente por eso era simplemente un hombre de Dios, lo veíais y lo escuchabais y percibíais cómo Dios había descendido a la Tierra como el hombre desciende a un pozo, tomando en serio a los que siempre parecen estar del lado equivocado, justo en el el fondo del pozo.
El mal en Araguaia fue para muchos un compañero de vida. Todavía recuerdo, en los días que estuve en Vila Rica, pueblo de la Prelatura territorial gobernada por Pedro, que todas las mañanas los «peões» esperaban las camionetas de los caciques, sentados en el suelo detrás de la iglesia parroquial. Cuando estos llegaban, elegían a los trabajadores como un granjero elige los pollos para el matadero y los cargaban para llevarlos a trabajar en los campos. Los que se quedaron en el suelo, por tanto, terminaron por equivocarse dos veces: por ser pobres y por no haber obtenido ni una pizca de jornalero.
En la casa de Pedro y en la Iglesia de Pedro, el primer lugar siempre fue para ellos y quien los defendía corría grandes riesgos. Los helicópteros de los «fazendeiros» intimidaban a cualquiera, volando a baja altura, y cuando algunos de los curas de Pedro dieron un paso al frente, los mensajes que le llegaban eran inconfundibles.
“Tenga cuidado cuando ande en moto por la calle” – se había oído decir por teléfono el cura que me hospedaba la noche anterior. Con Pedro, la teología política da el salto cualitativo decisivo, convirtiéndose en «espiritualidad política», donde un pensamiento religioso, hundiendo sus raíces en la relación entre el Dios histórico y el hombre vivo, establece paradójicamente una relación directa, incluso un abrazo gozoso, entre lo trascendental soplo de Dios y la carne del mundo.
Leyendo la «Espiritualidad de la Liberación», editada por Pedro y José María Vigil en 1995 para las Edizioni Dehoniane Bologna, se recorre conscientemente este camino de la Redención que abarca todas las dimensiones históricas del cristianismo. La liberación cristiana se convierte contextualmente en Revelación, Redención, Relación y Revolución, donde la redención de la humanidad última representa el acto decisivo de Dios que instaura definitivamente el Reino, que es sobre todo de los últimos .
Liberando a los marginados ya los que sufren, Dios hecho Hombre se revela por lo que es y por lo que representa. El resto son mentiras.
Es pues bastante evidente que a quienes siempre han tenido una interpretación eminentemente institucional de la Iglesia y siempre han buscado una relación (con r minúscula) con todos los poderes del mundo no les gustó esta visión tan radicalmente exigente y por eso detestan a Pedro y Los como Pedro.
Pedro ha pasado por décadas de sospecha, a menudo dejando de lado una posible destitución «de conformidad con el Canon 401 párrafo 2» del Código de Derecho Canónico, que prevé medidas disciplinarias contra los obispos «por motivos graves».
En un par de ocasiones fue llamado a Roma, donde tuvo que defenderse. Pero Pedro nunca salió de Brasil. Al principio no lo hizo por temor a la expulsión de la República, dado que era de nacionalidad española, y luego, aun cuando obtuvo la ciudadanía brasileña, no salió a declarar su cercanía exclusiva a su pueblo, a quien nunca abandonó. De hecho, a medida que se hizo mayor, casi nunca salió de Mato Grosso.
Por lo tanto, ese encuentro bajo la «mangueira», en el polvo a casi 40 grados, me ha quedado para siempre. Se acordó de mí y de mi llegada, me dio las gracias y me abrazó suavemente, pero también con fuerza. Todavía recuerdo ese sentimiento y esas palabras dichas con ironía y con ese incorregible acento catalán: “Seja bem-vindo na terra da Revolução” – “ Bienvenidos a la tierra de la Revolución”.
Muchos detalles increíbles me decían que era tierra de Revolución, en esos días transcurrieron entre dramáticos testimonios de campesinos, tristes confidencias públicas de los ya extenuados indígenas xavantes, cantos populares entonados en la emoción general, procesiones de kilómetros en el polvo de la “ mata». con el obispo que caminaba «último», al fondo, en los márgenes, casi excluyéndose a sí mismo.
La imagen de Pedro que llegaba último detrás de las cruces de madera y las fotografías de los que habían muerto por la justicia era la comunicación plástica de una verdad evangélica muy simple: «El que quiera ser el primero entre vosotros, que sea el servidor de todos». (Mc 10,44)
El primado de este último, durante la celebración de la Eucaristía, se celebraba a su vez con un ofertorio en el que se arrojaba a un pozo el sombrero de un «peão» rebelde, del que nunca salía la víctima. Su sombrero quedó junto al pozo, luego recogido y guardado en memoria del enésimo mal hecho a los que siempre se equivocan.
Pedro, que de joven obispo había dejado un espléndido escrito titulado «En la fidelidad rebelde», fue testigo fiel de la rebelión en nombre del Evangelio. Bueno, hablar de fidelidad rebelde puede parecer un oxímoron incomprensible, pero la dinámica que se desprende del anuncio evangélico cristiano está llena de oxímorones y paradojas, como la paradoja más extraordinaria y sensacional: El cielo irrumpiendo en la Tierra y Dios hace Hombre y paria. hombre.
Pedro fue el signo tangible y evidente de esta paradoja. Como hombre de Dios, desquició todo vínculo entre la fe y el poder y restauró maravillosamente la relación privilegiada entre el Dios cristiano y el hombre finalmente liberado. El resto es realmente una mentira.
En 2016, la última colección de sus escritos se tituló acertadamente “Solo sandalias y el evangelio”. De ese abrazo bajo la «mangueira» recuerdo su «foulard» rojo, su camisa blanca, sus pantalones y sandalias ligeramente arrugados. El Evangelio lo llevaba dentro.
Pedro no pasó en balde. Mañana lo llevarán directamente al «Santuário dos Mártires da Caminhada» en Ribeirão Cascalheira, junto al crucifijo de madera de los pobres, la camisa ensangrentada del Padre João Bosco y la fotografía de Sant’Óscar Romero. Luego, después de pasar por el Centro Tía Irene, lo enterrarán junto a Araguaia, que de vez en cuando sube a buscarla muerta, toda pobre, porque los muertos de Araguaia son todos pobres y Pedro estará feliz de estar junto a ellos.
Hoy estoy feliz de confiar en que he recuperado el sentido de mi fe y mi reflexión sobre ella a través de hombres de Dios como Pedro. Los santos me intimidan, los hombres de Dios no. Será porque calzan sandalias y llevan el Evangelio dentro. Que Pedro sonría, disfrutando de la compañía de los pobres, estando en los brazos del Dios de Jesucristo, que lo creó, lo envió entre nosotros y ahora lo ha vuelto a tomar. El resto es realmente solo una gran mentira.
São Félix do Araguaia siempre ha estado íntimamente ligado a la vida del misionero que llegó a esa tierra en 1968, de donde fue nombrado obispo en 1971
Su gente lo recibió con una pancarta y una canción que decía «Viva la Esperanza«, porque Pedro siempre fue alguien que miraba hacia delante, siempre soñando con días mejores
Han estado presentes hombres y mujeres que junto con Pedro trataron de hacer realidad una Iglesia basada en el Evangelio y en la teología del Concilio Vaticano II
Pedro regresó a su casa en ese lugar donde vivió durante 52 años, en su Nazaret, el lugar que puso en el mapa y dio a conocer en todo el mundo. São Félix do Araguaia siempre ha estado íntimamente ligado a la vida del misionero que llegó a esa tierra en 1968, de donde fue nombrado obispo en 1971. Allí, donde vivía, donde siempre quiso descansar para siempre.
Después de un largo viaje, con paradas en el Santuario de los Mártires da Caminhada, y otros lugares donde la gente quería despedirse de aquel que siempre habían visto como una referencia en sus vidas, Pedro llegó al centro comunitario Tía Irene. Su ataúd fue colocado en una canoa, la que usan los habitantes de Araguaia para navegar el río, para moverse y correr atrás de su sustento.
Estaba su báculo, un remo del pueblo Iny, y su mitra, un sombrero de paja del sertanejo. También estaba el Cirio Pascual, pues siempre tuvo claro que estaría vivo o resucitaría, algo que le hizo superar el miedo a la muerte y no permanecer callado ante las amenazas que recibió por defender sus causas, las causas de los más pobres, de aquellos a los que perseguían los poderosos de la región, pero que encontraron en el obispo su gran compañero de camino, su defensor incansable.
Su gente lo recibió con una pancarta y una canción que decía «Viva la Esperanza«, porque Pedro siempre fue alguien que miraba hacia delante, siempre soñando con días mejores. También había fotos de dos de las mujeres más admiradas y respetadas por Pedro, una a cada lado del ataúd, con las que compartió su vida y misión, dos mujeres que se convirtieron en un referente en su vida, por su labor misionera, y con las que ya está reunido en la Casa del Padre.
Dos religiosas, por un lado Irene Franceschini, Tía Irene, fallecida en 2008, por otro Veva Tapirapé, fallecida en 2013, dos mujeres que gastaron su vida en el Araguaia, de la mano de Pedro, un obispo para quien ser mujer no significaba tener un papel secundario en la Iglesia. Irene llegó a la región en 1970 y allí, además de ocuparse de los Archivos de la Prelatura, dedicó su vida a la formación de las mujeres, especialmente de las campesinas. Llegó cuando la dictadura estaba apretando una región que estaba claramente dividida, por un lado los indígenas, los campesinos y los peones, por otro los terratenientes. con sus matones y el apoyo de los militares.
La Tía Irene, religiosa de las Hermanas de San José, lo dejó todo y se entregó en cuerpo y alma a un pueblo y una tierra que adoptó como su pueblo y su tierra. Veva, Hermanita de Jesús (de Foucauld) llegó en medio de los Tapirapé en 1952, viviendo una experiencia única de evangelización, narrada en su diario, un claro ejemplo de lo que casi 70 años más tarde el Sínodo para la Amazonía pidió a la Iglesia de la Amazonía, ser una Iglesia de presencia y no una Iglesia de visita. Veva, junto con sus compañeras de la congregación, hizo posible que un pueblo, que cuando llegaron sólo tenía 50 personas, sobreviviera y se multiplicara. Ella, que nunca tuvo la intención de catequizar a los indígenas, compartió su vida con un pueblo que la adoptó como alguien en quien encontró afecto y solidaridad.
La Tía Irene y Veva Tapirapé son un ejemplo de tantos hombres y mujeres que junto con Pedro trataron de hacer realidad una Iglesia basada en el Evangelio y en la teología del Concilio Vaticano II, una Iglesia que fue admirada y denostada, pero que no dejó a casi nadie indiferente. Todo lo vivido ha sido recordado en los testimonios de los presentes, en sus palabras, sus cantos, sus oraciones, inspirados en la vida de un pueblo que ha encontrado en la Iglesia una verdadera aliada, un signo de una esperanza viva.
“Voy a pasar la vida más o menos inútil, más o menos poeta. No habré tenido un hijo. No habré sido magnate ni gerente de lucros, ni albañil o mecánico. Habré plantado unos contados árboles y habré escrito unos libros, muchas cartas, hojas hijos al viento. Procura que la Gracia y la Ternura llenen de vino nuevo … tu ánfora de barro. Dios mide a su manera la eficacia. Ama a todos los hijos de los hombres. Di tus palabras como las semillas que mueren pero brotan. Haz de tu corazón célibe solo un ambulante hogar desatrancado, una lona de circo bullanguero. Deja las digitales de tus pies peregrinos como besos en llama solidaria sobre la carne de la Madre Tierra. Posa tus ojos, tibios ya de ocaso, como lumbres de aceite, acurrucadas en la vigilia universal del Tiempo ” (Confesiones, Pedro Casaldàliga)
“Si no hubiera profetas en el mundo, el mundo quedaría ciego”, dijo hace unos días Benjamín Forcano en Vitoria-Gasteiz, en la presentación de un magnífico libro, concebido y dirigido por él: Pedro Casaldáliga. Las causas que dan sentido a su vida. El retrato de una personalidad (Ed. Nueva Utopía).
Forcano es un recio teólogo aragonés, expulsado en su día de la Congregación Claretiana y desde entonces sacerdote secular acogido por Casaldáliga bajo su jurisdicción episcopal “a distancia”. Pero hoy quiero hablar de Casaldáliga profeta.
¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos profetas? Quedaríamos privados de luz y de vigías para atisbar el futuro, el futuro probable que nos amenaza y el futuro alternativo que hemos de construir. Quedaríamos mudos, sin poder pronunciar verazmente el presente que padece la gran mayoría ni proferir eficazmente el porvenir que está en nuestras manos.
Quedaríamos terriblemente desamparados: ¿quién nos haría saber que en nuestras muchas desgracias estamos acompañados, que unas Grandes Manos sostienen la Tierra y el cosmos como a una niña pequeña y frágil, que cuando nos sentimos caídos estamos en pie, que cada noche podemos dormir tranquilos porque hay Gracia en todo y todo está bien a pesar de todo, que cada mañana podemos emprender de nuevo la jornada porque la Gracia está a nuestro cuidado y nosotros somos el Creador y el Alfarero?
Si no hay profetas, ¿quién hablará al corazón de los humildes de la tierra para confortarlos? ¿Quién sacudirá la conciencia de los cínicos y de los opresores, hasta que les pene la conciencia por hacer el daño que hacen y el pesar les cure y la esperanza les transforme, hasta que descubran la alegría de sentirse y de ser hermanas y hermanos, hasta que se repita la historia de Zaqueo, el publicano de Jericó?
“Surgió un profeta”, repite la Biblia. Siempre ha habido profetas, y cada vez que se alzaban, la historia recobraba aliento. El Espíritu de la luz y del consuelo, el Espíritu de la bondad y de la libertad sigue aleteando sobre las aguas, fecundándolas e incubándolas, reordenando el caos, recreando el mundo.
Siempre ha habido profetas, salvadores de la Tierra, antes y después de la Biblia, antes y después de todas las fronteras, en todos los tiempos, en todos los pueblos, en todas las culturas, y también en todas las religiones, gracias a la religión y a pesar de ella.
Surgió un profeta en Sâo Felix de Araguaia, en el Estado de Mato Grosso, en la verde y martirizada Amazonía brasileña: Pedro Casaldáliga. Era claretiano catalán, e iba dispuesto a no mirar atrás, sino solo adelante, una vez empuñado el arado para arar la tierra y sembrar el Reino. Nunca ha vuelto a su país desde aquel 1968 en que se fue. Y no por ningún principio ideológico, sino por esa voluntad tan suya de ser coherente hasta el fin y de darse enteramente, sin radicalismo pero con radicalidad, y con alguna pizca de esa terquedad amable que los brasileños llaman “teimosía”. Evangélica terquedad de Jesús.
Pedro, o Pere, se ha quedado allí desde que se fue, porque quería ser verbo encarnado y liberador a orillas del Araguaia, como los tapirapés, a quienes evangelizó y por quienes, sobre todo, se hizo evangelizar.
Quería ser uno de ellos en cuerpo y en alma, en comida y ropa (tres camisas y dos pantalones, ni uno más, como los indios) y, claro está, también en los viajes. Quería hacer como sor Genoveva, una mujer “hermanita de Jesús” de Charles de Foucauld, que había decidido antes que él vivir con los indígenas y ser como ellos; ella le inició en la profecía, enseñándole a descubrir la Palabra hecha carne y mente y vida, incluso religión, entre los tapirapés y todos los indígenas.
Cuando, muy a su pesar, fue nombrado obispo (en 1971), siguió viviendo y vistiendo y profetizando como antes. Y allí se quedó cuando se jubiló (en 2005), con la fe y la lucha de siempre: la tierra y los indígenas. Y allí sigue hoy, prácticamente recluido en casa a causa del “hermano Parkinson”, pero sin perder en absoluto la luz de la mente, la llama del corazón, la chispa de la palabra. Profeta en pie hasta el fin, o hasta el principio final que llegará cuando llegue.
Como todos los profetas, Casaldáliga tiene el corazón lleno de compasión y de ira: la compasión hasta la ira, la ira desde la compasión. Así fue Jesús, compasivo y subversivo, desde el monte de las Bienaventuranzas hasta el monte del Calvario, desde las aldeas miserables de Galilea hasta el suntuoso Templo de Jerusalén.
Una vez, mientras acompañaba a peones que talaban árboles de la selva amazónica bajo la pistola de los hacendados, con su navaja y el corazón ardiente escribió Casaldáliga sobre una hoja de palmera silvestre:
“Somos un pueblo de gente,
somos el Pueblo de Dios.
Queremos tierra en la tierra, ya tendremos tierra en los cielos”.
Una nueva tierra que él imagina como
“un plato gigantesco de arroz,
un pan inmenso y nuestro,
para el hambre de todos”.
Una tierra sin males, una tierra sin hambre. Es el sueño de Dios para la tierra y el cielo.
“Todo es relativo menos Dios y el hambre”, declaró Casaldáliga en uno de sus geniales aforismos que debiera figurar en la cabecera de todos nuestros libros de teología, encíclicas y rituales. No dan gloria a Dios nuestras palabras, dogmas y cultos, como no han cesado de gritar los profetas ante reyes y sacerdotes. No crece Dios porque se llene los templos de incienso y de fieles, ¡bendito incienso y benditos fieles! Sólo crece Dios cuando se llenan de pan todas las mesas, ¡bendito todo pan y benditas todas las mesas! Tierra libre y pan sabroso fueron el sueño de Jesús.
Pere Casaldáliga se ha rebelado y ha gritado contra todos los poderes económicos y políticos responsables directos de la miseria en el mundo, y contra todas las estructuras religiosas que pactan con ellos por acción u omisión.
Casaldáliga es una rara especie de obispo y profeta subversivo, para gloria de Dios en la tierra y salvación del planeta. (Y para honra y credibilidad de la Iglesia, tan necesitada).
“Me llaman subversivo
y yo les diré: lo soy,
por mi pueblo en lucha, vivo.
Con mi pueblo en marcha, voy”.
Hasta el ritmo de las palabras es profético y subversivo, un ritmo de marcha esforzada y alegre al son del Evangelio, al son de las Bienaventuranzas para los pobres, al son de las maldiciones contra la riqueza:
· “a favor de los ricos, pero contra su riqueza, sus privilegios, su posibilidad de explotar, dominar y excluir”
· “a favor de la propiedad privada, pero en contra de la propiedad privadora”
Y remacha:
“Creo que hoy solo se puede vivir sublevadamente. Y creo que solo se puede ser cristiano siendo revolucionario, porque ya no basta con pretender ‘reformar’ el mundo”.
Y explica por qué:
“el Evangelio es la subversión de los intereses, porque es la demolición de los ídolos”.
El acomodo y/o la cobardía le sublevan:
“Yo me rebelo contra los tres mandamientos del neocapitalismo, que son: votar, callar y ver la televisión”.
He ahí el profeta de ojos iluminados, de oídos atentos, de corazón apasionado, de labios inspirados, enamorado de Jesús y airado por la injusticia hasta el arrebato. He ahí el profeta libre, hijo de la Libertad del Espíritu o de la Ruah.
“Si me bautizas otra vez, ponme por nombre Pedro Libertad”.